Читать книгу: «Historias. Libros I-II»
BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 402

Asesores para la sección latina: JOSÉ JAVIER ISO Y JOSÉ LUIS MORALEJO .
Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por FRANCISCO SOCAS GAVILÁN .
© EDITORIAL GREDOS, S. A., 2012.
López de Hoyos, 141, 28002-Madrid.
www.editorialgredos.com
Primera edición: junio de 2012
REF: GEBO471
ISBN: 9788424937683
INTRODUCCIÓN
PRESENTACIÓN
Tacitus was not an historian but a poet 1
Estas fueron las certeras palabras escritas por sir Ronald Syme, autor del mejor estudio que se haya escrito nunca sobre la vida, obra, pensamiento y estilo de uno de los dos historiadores más importantes de la antigüedad clásica (el otro es el griego Tucídides, ca. 460-396 a. C.). ¿Quién al leer el saqueo de Cremona (III 33-34), el incendio del Capitolio (III 71-72) o la conquista de la misma Roma (III 84-85) por las tropas flavianas no caería en la cuenta de que estas escenas ya las ha degustado en la caída de Troya del libro segundo de la Eneida de Virgilio 2 ? Ciertamente, Tácito fue un gran historiador en el sentido antiguo del término, pero por encima de todo ha quedado como un auténtico orfebre de la lengua latina. Después de Virgilio, la épica no fue sino una sombra de la Eneida y, después de Tácito, la historia se convirtió en simple cotilleo de biógrafos o reporteros sin arte ni vida. Según aseguró Goodyear 3 , «como historiador tiene grandes debilidades, si se le juzga de acuerdo con los rigurosos criterios actuales», pero «la magia de su estilo pervive». Analicemos, pues, con algún que otro detalle la persona de Tácito, su obra, cómo la escribió, de qué medios se valió y sobre quién influyó.
El año de los cuatro emperadores, el 69 d. C., atrajo la atención no solo de Tácito (ca. 55-ca. 120), sino también de Plutarco (50-120), Suetonio (ca. 70-d. 126), Dión Casio (155-229) y, en menor medida, de Flavio Josefo (ca. 37-101). Tácito fue superior a todos ellos. Y también, por otra parte, supera a Salustio (86-34 a. C.) en su brevedad y velocidad narrativa, en el retrato de los personajes y en las sentencias con que remata sus descripciones. El vigor narrativo y la interpretación psicológica de Tácito tampoco se encuentran en el estilo elegante de Tito Livio (ca. 59 a. C.-17 d. C.). El poder oratorio e introspectivo de nuestro historiador se refleja en los discursos, inventados o no, en estilo directo o indirecto. No se olvide que para los antiguos la historia como género literario estaba a caballo entre la oratoria y la poesía 4 . En este sentido, Tácito llega a ser un maestro inolvidable en la narración de momentos de gran dramatismo y emotividad (páthos), como el suicidio de Otón, el saqueo de Cremona o la situación de Roma después de la muerte de Vitelio.
Leídas de corrido, las Historias de Tácito aparecen como una magnífica novela histórica, basadas en hechos transmitidos por las mismas fuentes que usaron Plutarco o Suetonio y que no han llegado hasta nosotros en su mayor parte. La historiografía antigua, no se olvide, es muy diferente de la moderna tanto en la forma como en el fondo. El historiador antiguo tenía que combinar lo útil con lo atractivo (utile et dulce) y lo conseguía a través de la lengua y a través de la selección y presentación de la materia histórica. Los historiadores podían valerse en general de un estilo periódico (Heródoto, Tito Livio) o conciso (Tucídides, Salustio, Tácito), pero para atraer la atención de la audiencia tenían que variar su estilo dependiendo del asunto que tratasen. No era igual, por ejemplo, el estilo de un discurso, más oratorio, que el de un retrato, más cortado. Y otra forma de cautivar a los oyentes consistía en introducir composiciones genéricas, autónomas: digresiones sobre geografía, religión o costumbres, retratos, escenas de batalla, obituarios. En la variedad tanto de estilo como de materia está el gusto, y los historiadores antiguos pretendían enseñar («la historia como maestra de la vida») y agradar a los lectores (delectatio lectoris).
El 9 de junio del año 68 Nerón acabó con su vida atravesándose la garganta con una espada. La dinastía Julio-Claudia, iniciada por Augusto, había llegado a su fin. El Senado eligió para suceder a Nerón al gobernador de Hispania, el septuagenario Servio Sulpicio Galba, que contaba con el apoyo de M. Salvio Otón, gobernador de Lusitania, y de Julio Víndice, al frente de la Galia Lugdunense 5 . Galba se encaminó a Roma durante el verano y el otoño del 68 y entró en ella como el líder del ejército. Sin embargo, Galba, un militar de éxito, era incapaz de sobrellevar bien el imperio. Tácito sentenció en su obituario que «todos por unanimidad le hacían capaz de ser emperador, con la condición de que nunca hubiera llegado a serlo» (I 49, 4). El 15 de enero del año 69 cayó asesinado en el Foro de Roma a manos de sus propios pretorianos, dirigidos por Otón en un hábil golpe de Estado. Pero Otón no sabía que unos días antes el ejército romano asentado en Germania, dirigido por sus comandantes Fabio Valente y Cécina Alieno, había seleccionado como candidato para el imperio al gobernador de Germania Inferior, Lucio Vitelio, un hombre cobarde y de vida regalada. Los dos generales atravesaron los Alpes y vencieron a los otonianos en Cremona en abril del 69. Otón se suicidó con dignidad para evitar un mayor derramamiento de sangre. Los vitelianos alcanzaron Roma y se dedicaron a una vida de lujo y desidia durante un tiempo. Y en julio de ese año los ejércitos de Ilírico, Siria, Palestina y Egipto, que nunca habían aceptado el imperio de Vitelio, se inclinaron por un general que había servido a Nerón en la guerra contra los judíos, Tito Flavio Vespasiano, después de que Gayo Licinio Muciano, gobernador de Siria, y Tiberio Julio Alejandro, prefecto de Egipto, le animaran a asumir el poder. Entre ellos planearon invadir Italia y derrotar a las tropas vitelianas antes de entrar en Roma. Vespasiano, un soldado de 59 años de edad, disciplinado, competente y sin pretensiones, encontró a otro líder militar que sería una pieza fundamental en su victoria sobre Vitelio: Antonio Primo, comandante de la legión VII Gemina con base en Panonia. Primo, un general muy querido por sus soldados, dominó el encuentro que los líderes flavianos mantuvieron en Petovio (Panonia) a finales de agosto del 69. Allí se decidió actuar con rapidez para ocupar el norte de Italia, vencer a los vitelianos y ocupar Roma. En el mes de diciembre todo el plan se había cumplido, incluida la traición de Cécina, que se había unido a los flavianos. Valente, Vitelio y su hermano Lucio fueron asesinados y Antonio Primo entregó Roma en bandeja a Muciano, representante de Vespasiano hasta su llegada de Oriente. Tras los tres primeros libros que forman una unidad estructural e histórica, el libro IV comienza con una especie de coda de dos capítulos y medio del libro anterior. Tácito alterna en este libro la narración de los sucesos en Roma y en el extranjero (domi militiaeque). En efecto, nuestro historiador se centra en tres focos de atención: la política dirigida desde Roma, la rebelión en tierras del Rin y la guerra contra los judíos, que se apunta en este libro y se desarrolla en el V. En Roma interesan las relaciones entre el Senado y los representantes de Vespasiano, ausente en el Oriente, mientras que en el extranjero el hecho más importante era la rebelión contra Roma de los germanos, liderados por Julio Civil. Aparecen también algunas digresiones sobre África, Alejandría y el retiro de Antonio Primo. En el libro V, que se corta bruscamente en el capítulo 26, Tácito da cuenta de la historia y geografía de los judíos y de la rebelión judía. Tito decidió acabar con la resistencia judía y comienza el asedio de la ciudad santa, pero no remata con la narración del final de la ciudad (famosae urbis supremum diem, V 2, 1), sino que cambia su cámara narrativa a la revuelta de los batavos, dejada en el libro IV. Flavio Josefo (ca. 37-101 d. C.) ha quedado como la fuente de la caída de Jerusalén y Masada, el último reducto de los judíos. De todos estos acontecimientos del año 69 y comienzos del 70 d. C. trata lo que ha llegado hasta nosotros de las Historias de Tácito.
VIDA Y OBRA 6
Tácito nació en el año 56 o 57 d. C. Su padre, de la clase ecuestre, fue gobernador de la Galia Bélgica (PLINIO EL VIEJO , Historia natural VII 76). Su familia procedía probablemente de la Galia Narbonense 7 . No sabemos nada de sus primeros años y ni siquiera estamos seguros de que su nombre fuera Gayo o Publio. En los años 74 y 75 Tácito se encontraba ya en Roma aprendiendo de los oradores más prestigiosos de la época (Diálogo de los oradores II 1). Vespasiano le concedió el derecho de vestirse con el latus clavus o túnica con rayas de púrpura (Historias I 1, 3). En el año 77 se casó con la hija de Gneo Julio Agrícola, cónsul y gobernador de Britania (Agrícola IX 6). Se supone que alcanzó la cuestura sobre el año 81, lo que le permitiría entrar en el Senado. En el año 88 llegó a ser pretor y miembro del sacerdocio quindecinviral (XV viri sacris faciundis) , que organizaba los Juegos Seculares de dicho año (Anales XI 11, 1). Se sabe también que tanto él como su esposa estaban en el extranjero cuando falleció su suegro Agrícola en el año 93 (Agrícola XLV 4-5). Tras su regreso a Roma, fue cónsul suffectus o sustituto en el segundo semestre del año 97. En los años 112 y 113 fue procónsul en la provincia de Asia 8 , el último peldaño de su brillante carrera política. La última referencia que tenemos en su obra es a las campañas de Trajano contra los partos 9 en los años 115-116 (Anales II 61, 2). Tácito, pues, murió después del 116.
Según Plinio el Joven (Cartas I 20, 24; II 1, 6; VII 20, 4; IX 23, 2), Tácito gozó de una gran reputación como orador 10 . Pronunció en el año 97 la laudatio funebris en honor de Verginio Rufo (PLINIO EL JOVEN , Cartas II 1, 6) 11 y junto al mismo Plinio se hizo cargo de las acusaciones de concusión y crueldad contra Mario Prisco durante su gobierno en la provincia de África (Cartas II 1).
De Tácito nos han llegado cinco obras. En el año 98 Tácito escribió la biografía de su suegro Agrícola (Agrícola o De vita Iulii Agricolae) . Por la misma época salió a la luz un pequeño tratado etnográfico sobre las tribus de Germania (De origine et situ Germanorum) . Probablemente en el año 102, fecha del consulado de Fabio Justo, a quien Tácito dedica la obrita, se publicó el Diálogo sobre los oradores (Dialogus de oratoribus) sobre el declive de la oratoria en su tiempo 12 . Existen dudas sobre su autenticidad, aunque la mayoría de los expertos se inclinan por atribuirla a Tácito, que la escribió con un estilo ciceroniano, propio de la oratoria, y no con el breve, cortante y asimétrico de su obra histórica 13 . Sus obras mayores son dos: a) las Historias (Historiarum libri 14 ) , publicadas sobre los años 107-109 (PLINIO EL JOVEN , Cartas VII 33, 1), cubrían los años 69-96, aunque solo se conservan cuatro libros y una cuarta parte del quinto 15 ; y b) los Anales (Ab excessu divi Augusti Annales) , publicados después del año 113, tras regresar de su proconsulado de Asia, daban cuenta de la dinastía Julio-Claudia (Augusto no incluido) durante los años 14-68.
EL CONTENIDO DE LAS «HISTORIAS » 16
El libro I
Según nos cuenta en el prefacio de Agrícola (3, 3), Tácito tenía la intención de «recordar la pasada esclavitud y rendir tributo a la felicidad presente», es decir, que su obra comenzaría con el imperio de Domiciano (81-96) y continuaría con los de Nerva (96-98) y Trajano (98-117). Por las razones que fueran 17 , Tácito se inclinó por narrar en las Historias los hechos que transcurrieron desde las consecuencias de la muerte violenta de Nerón, el último emperador Julio-Claudio, hasta el asesinato de Domiciano, el último emperador Flavio. Tácito habría escrito en total doce o catorce libros de Historias , de los que solo han llegado hasta nosotros los primeros cuatro libros completos y un cuarto del quinto 18 . En ellos se narran los acontecimientos del año 69 y una parte del 70.
Se habría esperado que Tácito hubiera empezado las Historias con la muerte de Nerón y el ascenso de Galba, ocurridos en el mes de junio del 68. Sin embargo, inició su obra el 1 de enero del año 69 para seguir la tradición analística de los historiadores romanos desde los historiadores arcaicos: «Empezaré mi obra en el año del consulado de Servio Galba por segunda vez y de Tito Vinio» (I 1, 1). Además, el año 69 debió de haber ejercido un atractivo especial en la mente de Tácito, porque llega a decir que «Este era el estado del imperio romano cuando los cónsules Servio Galba por segunda vez y Tito Vinio iniciaron el último año para ellos y casi el año final para el Estado» (I 13, 3). Pocos años fueron tan convulsos y trágicos como el año 69, el de los cuatro emperadores: Galba es asesinado el 15 de enero, Otón se proclamó sucesor de Galba, pero las tropas germánicas habían proclamado emperador a Vitelio el 2 de enero y un poco después las tropas de Oriente se inclinan por Vespasiano. Tantos acontecimientos y tantos movimientos políticos y militares habían atraído la atención de un historiador que captaba como nadie los escenarios de los acontecimientos y las miserias humanas.
Tácito comienza las Historias con once espléndidos capítulos de introducción y resumen de toda la obra, siendo el capítulo 2 la quintaesencia de toda la obra con la concisión y rapidez de que Tácito era capaz:
La obra literaria en la que estoy embarcado es muy rica en desastres, llena de atroces batallas, plagada de luchas civiles, e incluso cruel en la paz. Cuatro emperadores sucumbieron por la espada. Hubo tres guerras civiles, más conflictos en el extranjero y a menudo ambos al mismo tiempo. La situación era favorable en Oriente y adversa en Occidente. El Ilírico era un torbellino, las Galias flaqueaban y Britania fue conquistada e inmediatamente abandonada a su suerte. Se levantaron contra nosotros los pueblos sármatas y suevos, el pueblo dacio se distinguió por victorias y derrotas y casi llegó a movilizarse el ejército [2] de los partos gracias a la impostura de un falso Nerón. También la misma Italia fue víctima de desastres sin precedentes o por lo menos no habían ocurrido desde hacía muchos siglos. Ciudades se habían incendiado o habían quedado sepultadas en la parte más rica de la costa de Campania. Roma fue devastada por incendios que destruyeron los templos más antiguos, llegando las manos de los ciudadanos a incendiar el mismo Capitolio. Se profanaron ceremonias religiosas y se cometieron adulterios sonados. El mar se pobló de exiliados y sus [3] islas rocosas se mancharon de sangre. La crueldad fue más atroz en Roma. La nobleza, las riquezas y los cargos políticos se declinaban o desempeñaban como si fuera un crimen y la recompensa de la virtud era una muerte más que segura. Las ganancias de los delatores eran no menos odiosas que sus crímenes, pues unos conseguían sacerdocios y consulados como si se tratara de despojos, mientras otros alcanzaban puestos oficiales y poder en la sombra, tratando y subvirtiendo todo, provocando el odio y el terror. Se sobornaba a los esclavos contra sus señores, a los libertos contra sus patronos, y quienes no tenían enemigos, caían arruinados por sus amigos.
Se detiene después en la situación de Roma (4-7) y las provincias (8-11): Hispania, Galia, Germania, Britania, Ilírico, Siria, Judea, África, Mauritania, Recia, Nórico, Tracia e Italia. Nada escapa del ojo escrutador de Tácito.
Los capítulos 1-49 tratan del enfrentamiento entre Galba y Otón. Cuando Galba adoptó a Pisón Liciniano, Otón se sintió traicionado por no haber sido él el elegido y preparó un golpe de Estado, él que era un hombre extravagante, disoluto, pero atractivo, contra Galba, un emperador avaro y viejo. Otón se encerró en el campamento con los soldados, a quienes dirigió un discurso lisonjero y lleno de buenas intenciones para asegurarse su lealtad (I 37-38, 2). Galba cayó asesinado por un tal Camurio, soldado de la legión XV Primigenia , o por Terencio o por otros. Todo este enfrentamiento entre Galba y Otón, incluido el asesinato del primero, es contado también por Plutarco y Suetonio, que debieron de beber de la misma fuente. La historia de Galba termina con el correspondiente obituario que dice en casi un capítulo (I 49, 2-4) más que en toda una biografía:
Este fue el final de Servio Galba, quien a lo largo de 73 años [2] había sobrevivido con éxito a cinco emperadores y fue más feliz bajo el imperio de otro que en el suyo propio. Había en su familia antigua nobleza y grandes riquezas. Era de una personalidad mediocre, destacando más por no tener vicios que por estar dotado de cualidades. No despreció ni compró su reputación; no [3] codició el dinero ajeno, fue parco con el suyo y avaro con el público. Era irreprochablemente tolerante con amigos y libertos, si resultaban gente honesta; si resultaban malvados, los ignoraba hasta llegar a ser él también culpable. Sin embargo, su cuna ilustre y el miedo que había en aquella época sirvieron de pretexto para llamar sabiduría a lo que en realidad era desidia. Mientras [4] estaba en la flor de la vida consiguió en las provincias de Germania gloria militar; como procónsul gobernó África con moderación y ya en sus últimos años llevó el control de Hispania Citerior con el mismo sentido de la justicia. Mientras fue un particular pareció superior a un particular y todos por unanimidad le hacían capaz de ser emperador, con la condición de que nunca hubiera llegado a serlo.
El retrato termina con un breve y brillante epigrama que resume la vida política de Galba: omnium consensu capax imperii, nisi imperasset . El capítulo 50 sirve de reflexión para perder las esperanzas en dos hombres indignos, Otón y Vitelio, y buscarlas en un tercero, Vespasiano, que inauguraría una nueva época de buen gobierno.
Los capítulos 51-90 giran en torno a las figuras de Otón y Vitelio, los dos nuevos protagonistas. Vitelio y sus generales copan la atención de los capítulos 51-70. Las fuerzas de Vitelio avanzan hacia Italia a través de los Alpes. A la estancia de Otón en Roma reserva Tácito los capítulos 71-90, momento en el que Otón decide salir de allí para enfrentarse a Vitelio. En la parte dedicada a este Tácito hace resaltar su extravagancia y su vida disipada frente a la energía y vitalidad de sus generales Cécina y Valente, a quienes ordena invadir Italia por dos rutas diferentes. A ellos seguiría más tarde el propio Vitelio. Tácito regresa a dar cuenta de los acontecimientos de Roma en los capítulos 71-89 centrándose en los sucesos acaecidos desde la muerte de Galba el 15 de enero, también contados por Plutarco. Destaca la narración del motín de los pretorianos, que termina después de un largo discurso de Otón a los soldados (I 83, 2-84), una magistral pieza de oratoria deliberativa. En las Idus de marzo o día 15 Otón salió de Roma (I 90) para ir al encuentro de Vitelio. La ciudad quedó bajo el mando de su hermano Salvio Ticiano.
El libro II
El libro II no se inicia como continuación del primero, sino que dedica los primeros once capítulos a detenerse en el anuncio de una nueva dinastía («La Fortuna estaba ya urdiendo en una parte diferente del mundo los orígenes y las causas de una dinastía, que con suerte varia significó felicidad o desgracia para el Estado y prosperidad o ruina para los propios príncipes»), iniciada por Vespasiano y Tito. También se da cuenta de la historia de un falso Nerón y de los asuntos del Senado en Roma. Los capítulos siguientes hasta el 45 se concentran en narraciones militares. Otón salió de Roma para frenar la invasión viteliana por el norte de Italia, pero llegó tarde. Espurina, general otoniano, no pudo contener a los vitelianos y se retiró a Piacenza. Tras una escaramuza del otoniano Marcio Macro al frente de un grupo de gladiadores, los también generales otonianos Annio Galo, Suetonio Paulino y Mario Celso derrotaron a las fuerzas vitelianas mandadas por Cécina en Cástores (II 24-26), pero Paulino no explotó la victoria y los vitelianos pudieron salvarse. Otón intentó acallar las críticas contra sus generales enviando a su hermano Ticiano y a Próculo para que asumieran el mando. Se celebró una asamblea militar. Mientras tanto se produjo en el bando viteliano un levantamiento contra Fabio Valente, quien salvó los muebles por poco. Tácito aprovecha la ocasión para hacer sendas comparaciones entre Cécina y Valente y entre Otón y Vitelio (II 30, 2-31). A ninguno de ellos deja bien parado. Otón celebró una asamblea militar para decidir si actuaban inmediatamente o esperaba refuerzos de Mesia y Panonia. El general Paulino, apoyado por Mario Celso y Annio Galo, defendía el aplazamiento de la batalla, mientras que Ticiano y Próculo instaban a una actuación inmediata. En este punto, tanto en Plutarco (Otón IX) como en Tácito (II 37-38), se introducen digresiones para buscar una explicación a una decisión de aplazamiento no conocida antes. La razón de un posible aplazamiento de la batalla residía en un rumor que se había extendido sobre la necesidad de nombrar a un nuevo emperador que acabara con la mediocridad y bajeza tanto de Otón como de Vitelio. Lo cierto es que ganó la opinión de intervenir inmediatamente y de que Otón se retirara a Brixelo para esperar acontecimientos. La primera batalla de Bedriaco (II 39-45), que tuvo lugar sobre el 12 de abril del 69, acabó con la victoria de Vitelio. Las consecuencias no se hicieron esperar. Otón prefirió sacrificar su propia vida a prolongar la guerra, no sabemos si después de enterarse de la capitulación de sus generales, incluido su hermano. Su muerte, propia de un estoico romano, es contada también por Suetonio (Otón IX 3-11), Plutarco (Otón XV-XVIII) y Dión Casio (LXIV 11). Todos los autores alabaron su muerte en la misma medida que criticaron su vida. Tras la muerte de Otón, Tácito narra el itinerario que recorrió Vitelio desde Colonia hasta su entrada en Roma sobre mediados del mes de julio. Repasa las reacciones que se produjeron en Roma. De vez en cuando, apela a nuestros sentimientos más hondos, como cuando describe la visión de Vitelio de Bedriaco después de la batalla (II 70):
El espectáculo fue repulsivo y horrible. Menos de cuarenta días después del enfrentamiento, la visión era de cuerpos lacerados, miembros mutilados, masas putrefactas de hombres y caballos, la tierra infectada de sangre corrompida y una terrible devastación [2] que había arrasado árboles y cultivos. Y no menos inhumano era el tramo de calzada que los cremonenses habían cubierto de rosas y laureles, erigiendo altares y sacrificando víctimas según la costumbre de los reyes orientales. Estas alegrías [3] del momento causaron su ruina más tarde. Le acompañaban Valente y Cécina, que le iban mostrando los lugares de la batalla: desde aquí, le indicaban, se habían lanzado las columnas de las legiones, desde ahí había saltado la caballería y desde allí las tropas auxiliares habían rodeado al enemigo. Y los tribunos y prefectos, exagerando cada cual sus acciones, confundían lo verdadero con lo falso o lo exageraban. También los soldados rasos se desviaban del camino entre gritos de alegría, reconocían el escenario de los combates, miraban y admiraban la pila de armas y los montones de cadáveres. Hubo incluso algunos que derramaron lágrimas y se compadecieron ante la inestabilidad [4] de la vida humana. Vitelio, sin embargo, no desvió su mirada ni sintió horror ante tal multitud de ciudadanos sin sepultar. Incluso estaba contento e, ignorante de la suerte tan cercana que le esperaba, ofreció un sacrificio a los dioses del lugar.
Pero Vitelio no contaba con los movimientos del Este (II 74-86). Vespasiano, un general honesto, disciplinado y con buena estrella, fue apoyado, pese a sus reticencias, por Muciano y Tiberio Alejandro para asumir el imperio. Este último lo proclamó emperador en Alejandría el 1 de julio y el ejército de Judea el día 3 del mismo mes. Se celebró en Beirut una asamblea militar (II 81, 3), donde se diseñó toda la estrategia para arrebatar el poder a Vitelio. Se decidió que Muciano dirigiera las fuerzas hacia Roma y que Antonio Primo fuera la avanzadilla. De este personaje nos ha quedado este retrato de Tácito (II 86, 1-2):
Este hombre, culpable ante las leyes, condenado por fraude en tiempos de Nerón, había recuperado el rango senatorial en medio de las otras desgracias de la guerra. Galba lo había puesto [2] al frente de la legión VII y se creía que había escrito más de una vez a Otón ofreciéndose como general de su bando. Ignorado por este último, no prestó servicio alguno en la campaña de Otón. Cuando declinaba la estrella de Vitelio, siguió a Vespasiano dando un gran impulso a su causa, pues era un hombre enérgico, de palabra fácil, un artista en sembrar el odio entre los demás, influyente en revueltas y motines, ladrón y despilfarrador, el peor enemigo en la paz y nada despreciable en la guerra.
A partir del capítulo 87, Tácito regresa a Vitelio, que recorre Italia como si fuera el general de un ejército extranjero contra su propia patria. Entró en Roma poco antes del 18 de julio 19 , seguido de un ejército indisciplinado y siendo él mismo un hombre glotón, débil y sin criterio alguno para gobernar un imperio. Así que no era de extrañar que las provincias fueran apoyando progresivamente a Vespasiano. Vitelio, alarmado, movilizó de nuevo al ejército al mando de Cécina y Valente, aunque este último retrasó la salida por enfermedad. El libro termina con la traición de Cécina y de la flota del cabo Miseno. Mal pintaba la situación para Vitelio, casi abandonado por sus propios lugartenientes, que lo traicionaron no por amar la paz y por el interés del Estado, sino por celos entre ellos mismos y por egoísmo (II 101).
El libro III
El libro tercero quizás sea el mejor de las Historias de Tácito por su ritmo dinámico y por la variedad narrativa. Se pasa de la batalla y saqueo de Cremona a las luchas en las mismas calles de Roma; se incendia por primera vez el Capitolio, el lugar más sagrado de la urbe, y se culmina con el brutal asesinato de Vitelio. Los flavianos diseñan un plan estratégico que, como habían decidido algunos de ellos en Petovio, consistía en invadir Italia, esperar a Muciano después de atravesar los Alpes con las tropas de Oriente y asegurar el dominio del mar con la flota y el apoyo de las provincias. Sin embargo, Antonio Primo aceleró los planes con una audacia y atrevimiento increíbles. No le importó desobedecer las órdenes que tenía de esperar a Muciano en Aquileya. El éxito en la segunda batalla de Bedriaco sobre el 25 de octubre (III 15-25), cuya descripción gráfica queda grabada en nuestras retinas, y el subsiguiente saqueo de Cremona salvaron a Antonio Primo de un castigo ejemplar por su osadía y precipitación. Merece ser recordado el páthos con que Tácito describe el saqueo (III 33):
Irrumpieron en la ciudad cuarenta mil hombres armados y un número mayor de asistentes y cantineros todavía peor dispuestos a la lujuria y la crueldad. Ni la dignidad ni la edad evitaban que se mezclaran las violaciones con los asesinatos y los asesinatos con las violaciones. Los ancianos de edad avanzada y las mujeres de edad marchita, sin valor para el botín, eran el blanco de sus burlas. Cuando una doncella crecida o alguien que atraía por su belleza caía en sus manos, la fuerza brutal de quienes intentaban cogerlos los despedazaba y esto al final llevaba a los mismos raptores a matarse unos a otros. Cuando uno se apropiaba del dinero o de las ofrendas de oro macizo de los [2] templos, otros más fuertes le cortaban la cabeza. Algunos despreciaban lo que estaba a la vista, buscaban las riquezas escondidas por sus dueños, a quienes azotaban y torturaban, y desenterraban los tesoros bajo tierra. Portaban teas en las manos, que, al terminar el saqueo, arrojaban por gusto a las casas deshabitadas o a los templos vacíos. Y, como era de esperar en un ejército de lenguas y costumbres diversas, que incluía a romanos, aliados y extranjeros, diferentes eran sus ideas de lo que era legal para cada uno de ellos, pero nada les estaba vedado. Cremona les duró cuatro días. Cuando todos los edificios, sagrados y civiles, quedaron reducidos a cenizas, solo el templo de Mefitis permaneció en pie, defendido por su situación o por el poder de su divinidad.
A partir del capítulo 36 Tácito dirige hacia atrás su mirada y cuenta los sucesos acaecidos en Roma desde finales de septiembre. La victoria de Primo ha convulsionado no solo a Roma, sino a todo el imperio romano: Hispania, Galia y Britania se deciden a apoyar a Vespasiano, quien se enteró de la victoria de Cremona en noviembre en su camino hacia Alejandría. Con las victorias de Antonio Primo y la llegada de Muciano a Italia, Vespasiano solo tuvo que encargarse del bloqueo de Egipto para impedir que llegara trigo a Roma. Mientras tanto, el avance de Primo era imparable. Sobre el 8 de diciembre se encontraba a unos 80 kilómetros de Roma. Allí Flavio Sabino, hermano de Vespasiano, tuvo que vérselas con los intentos fallidos de abdicación de Vitelio y acabó refugiándose en el Capitolio, la sede de Júpiter Óptimo Máximo, que fue incendiado irresponsablemente por los vitelianos. Junto a Flavio Sabino aparece también el futuro emperador Domiciano, quien salvó la vida por muy poco. Todo esto ocurrió en los días siguientes al 17 de diciembre. Sobre el día 20 Antonio Primo se encontraba en Saxa Rubra o Rocas Rojas, prácticamente a las puertas de Roma. El final del libro (III 76-83) trata de las luchas mantenidas en la propia Roma y de la muerte de Vitelio. Se luchó cuerpo a cuerpo por las calles de Roma como si fuera un espectáculo del circo para la plebe romana. Vitelio murió humillado en sus últimos momentos (III 85), abandonado y traicionado por Cécina y Baso:
A punta de espada se obligó a Vitelio ya a levantar la cara y exponerla a las burlas, ya a contemplar el derribo de sus propias estatuas y, especialmente, los Rostros y el lugar del asesinato de Galba. Finalmente, lo empujaron hasta las escaleras Gemonias, donde yacía el cuerpo de Flavio Sabino. Se le oyó una frase de un espíritu no innoble, cuando a un tribuno que lo insultaba, le respondió que pese a todo él había sido su emperador. Entonces cayó bajo una lluvia de golpes. Y el pueblo se ensañó con el muerto con la misma vileza con que lo había apoyado en vida.
El libro III se cierra con el obituario de Vitelio, hombre vividor, indolente e indeciso, y con la sorprendente aparición de Domiciano, quien se había escapado de la muerte hacía poco, cuando se encontraba en el Capitolio con su tío Flavio Sabino, apuñalado y decapitado unos días antes (74, 2). Con el libro III se culmina el conjunto de los tres primeros libros de las Historias formando una unidad en sí mismos, pues acaba el año 69 con la muerte de tres emperadores y se inaugura una nueva época con la llegada al poder de Vespasiano.
Los libros IV y V
El comienzo del IV cuarto es una especie de coda del libro III. Tácito al describir a Roma como una ciudad conquistada expresa su habitual pesimismo sobre la condición humana y el patetismo dramático de los sucesos después de la victoria de los flavianos:
La ejecución de Vitelio marcó el final de las hostilidades más que el comienzo de la paz. Los vencedores recorrían Roma a la caza de los vencidos con un odio implacable; las matanzas llenaban las calles, los foros y templos estaban teñidos de sangre, pues degollaban por doquier a las víctimas que la suerte les ponía por delante. Luego, al aumentar el libertinaje, buscaban y arrastraban a los que se escondían. Al que veían que llamara la atención por su estatura o juventud lo degollaban sin distinguir a soldados y civiles. Esta crueldad provocada por los odios todavía [2] recientes se saciaba de sangre, pero después se transformó en codicia. No respetaban ningún lugar secreto o cerrado con el pretexto de que allí se ocultaban los vitelianos. Ese era el comienzo del allanamiento de casas y, si encontraban resistencia, esa era la excusa para matar. Los más pobres de la plebe y los peores esclavos no perdían la ocasión de traicionar rápidamente a sus dueños ricos. Otros eran denunciados por sus amigos. Por todas partes se oían lamentos, gemidos: era la suerte de [3] una ciudad conquistada, hasta el punto de que se echaba de menos la odiosa indisciplina anterior de las tropas de Otón y Vitelio. Los generales flavianos eran entusiastas para desencadenar una guerra civil, pero incapaces para controlar la victoria, pues en los disturbios y conflictos los peores son los que más pueden, mientras que la paz y la tranquilidad requieren buenas condiciones.
El libro IV, que vuelve a la tradición analística de exponer el material histórico por años, narra los acontecimientos internos y externos (domi militiaeque) acaecidos en el año 69 (hasta IV 37) y del año 70 (a partir de IV 38). Unos pocos días antes de finales del 69 Muciano llegó a Roma y el Senado concedió a Vespasiano todos los honores imperiales (Lex de imperio Vespasiani, ILS 244). En los asuntos de Roma Tácito fija su mirada en el estoico Helvidio Prisco, yerno de Trásea Peto, y en el delator Eprio Marcelo, quienes defendieron posturas opuestas en el asunto de enviar delegados a Vespasiano. Prisco proponía que los delegados fueran elegidos individualmente por los magistrados bajo juramento, mientras Marcelo defendía el sorteo de acuerdo con la moción del cónsul electo. Tras sendos discursos, reproducidos por Tácito en estilo indirecto (oratio obliqua) , Marcelo ganó, porque era lo que convenía al interés tradicional de los senadores. Tras narrar acontecimientos en Roma, Tácito se adentra en el año 70 («Entretanto Vespasiano, por segunda vez, y Tito iniciaron el consulado in absentia , al tiempo que Roma se encontraba deprimida y angustiada por una multiplicidad de temores»), repasando de nuevo los sucesos internos de Roma, especialmente las decisiones del Senado (IV 38-47) y los acontecimientos externos, empezando por África (IV 48-50) y Alejandría (IV 51-53).
Una gran parte del libro IV está dedicada a la revuelta de los batavos a lo largo del Rin, encabezada por Julio Civil (IV 54-79 y también en V 14-26), quien se había rebelado contra Vitelio aparentando apoyar a Vespasiano, pero, cuando este asumió el poder, Civil se declaró en abierta rebeldía contra Roma. Su ideal era crear un imperium Galliarum , independiente de Roma. La narración continúa en el libro V, en el que se cuenta la lucha que contra Civil mantuvieron Petilio Cerial y Annio Galo, generales nombrados para tal misión por Muciano. El libro queda cortado en el capítulo 26, por lo que no conocemos el destino final de Civil, aunque sabemos que los batavos volvieron a ser aliados de Roma y sirvieron junto a sus ejércitos.
El resto del libro IV (80-86) trata especialmente de Muciano y Vespasiano, aunque también en menor medida de Antonio Primo y Domiciano. Antonio Primo fue apartado del poder por Muciano y optó por marcharse junto a Vespasiano, que andaba por Alejandría entretenido en milagros y augurios favorables. Tras una digresión sobre el dios Serapis, Tácito vuelve a Muciano y Domiciano, que se habían dirigido hacia Lugduno para participar en la revuelta de los batavos. Domiciano fracasó en su intento de protagonizar acciones militares y se retiró de la escena pública para esperar tiempos mejores. Pero el carácter real del hijo de Vespasiano y hermano de Tito no escapó al análisis reflexivo de nuestro historiador (IV 86, 2):
Bajo un manto de sencillez y moderación se encerró en sí mismo y simuló interés por las letras y amor a la poesía, con el objetivo de ocultar sus pensamientos y evitar competir con su hermano, cuya forma de ser, distinta a la suya y más amable, la interpretaba al revés.
El libro V trata de la campaña de Tito en Judea contra los judíos, cuya historia traza en una famosa digresión sobre su historia, costumbres y religión (V 2-9). Sigue con el asedio y conquista de Jerusalén antes de regresar al Rin para continuar con la revuelta de los batavos (V 14-26), tratada más arriba.
LOS PROTAGONISTAS
Los emperadores 20
Galba 21
Galba fue nombrado emperador a la muerte de Nerón el 9 de junio del año 68 d. C. En ese momento era gobernador de Hispania y contaba con unos 70 años de edad. Era de la clase noble, de rancio y viejo abolengo. Uno de sus antepasados, Servio Sulpicio Galba, fue cónsul en el año 144 a. C. y gobernador de Hispania en el año 151, donde según Suetonio (Galba III 2) pasó a cuchillo a treinta mil lusitanos, lo que provocó una guerra contra Viriato (147-139 a. C.). Otro Servio Galba se había unido a los asesinos de Julio César en el año 44 a. C. Galba fue cónsul en el año 33 d. C. a los 38 años, prestó servicios en África, Germania y en la Hispania Tarraconense, donde fue gobernador durante ocho años. Cuando Nerón cayó asesinado, el Senado de Roma lo nombró emperador. Se trasladó con su ejército hasta la capital del imperio, donde pronto fue asesinado en el Foro de Roma junto al lago Curcio el 15 de enero del año 69 d. C. Plutarco nos resume su vida en el correspondiente obituario (Galba y Otón XXIX 1-2 y 5):
Esta fue la suerte de Galba, un hombre que ni por linaje ni por riquezas estaba por debajo de muchos romanos, sino que, [2] juntando riqueza y linaje, aventajaba a sus contemporáneos; Galba, que había sobrevivido al gobierno de cinco emperadores con honor y fama, de tal manera que por su prestigio, más que [5] por su poder, había acabado con Nerón […] A pesar de estar mellado por la vejez, en lo que se refiere a las armas y a las tropas fue un gobernante competente y respetuoso con las tradiciones. Pero como confió en Vinio, Lacón y en los libertos que vendían todas las posesiones, de la misma forma que Nerón se había fiado de los que eran más insaciables, hubo muchos que lamentaron su muerte, pero no hubo ninguno que echara de menos su gobierno. (Trad. de Juan P. Sánchez)
Otón 22
M. Salvio Otón no era de una familia tan noble como la de Galba, aunque su abuelo había llegado al Senado y su padre, Lucio Otón, había sido cónsul suffectus en el año 33 d. C. bajo el reinado de Tiberio. Perteneció al círculo más íntimo de Nerón («participaba de todos los proyectos y secretos de Nerón», en palabras de Suetonio 23 ), hasta el punto de tomar parte en el complot para asesinar a Agripina, madre del emperador, en el año 59 y de renunciar a su propia esposa Popea Sabina para que se casara con Nerón. El emperador lo envió a Lusitania como gobernador para alejarlo de Roma 24 . A la muerte de Nerón, apoyó decididamente a Galba con la esperanza de ser elegido su sucesor y maniobró para ello ganándose la confianza del ejército y de la guardia pretoriana de Roma 25 . Pero, cuando Galba se inclinó por la adopción de Pisón Liciniano, Otón intrigó para perpetrar un golpe de Estado que acabó con la vida de Galba y su acceso al imperio. Poco le duró la tranquilidad al nuevo emperador, porque las tropas de Germania habían elegido emperador a Vitelio. El enfrentamiento final entre ambos tuvo lugar en Bedriaco a mediados del mes de abril con la victoria de los vitelianos. Poco después, Otón se suicidó por dignidad y patriotismo en la mañana del 17 de abril del año 69. Tenía 37 años y solo había reinado durante tres meses. Su vida y muerte es resumida así en el obituario usual de Tácito (Historias II 50, 1):
Otón era originario del municipio de Ferento, su padre había sido cónsul y su abuelo pretor. Su linaje materno era modesto, pero no sin dignidad. Su infancia y juventud transcurrió como he referido antes. Por dos hechos, uno muy cobarde y otro heroico, ha merecido de la posteridad tanto mala como buena fama.
Vitelio 26
Aulo Vitelio nació en el año 15 d. C. Su padre Lucio Vitelio había sido cónsul tres veces bajo los reinados de Calígula y Claudio. De su matrimonio con Sextilia, una mujer de gran prestigio 27 , nacieron dos hijos: Lucio y Aulo. Los dos alcanzaron el consulado en el año 48, siendo Aulo cónsul ordinario y Lucio suffectus o sustituto. Aulo Vitelio llevó una vida regalada y se distinguió por su avaricia y gula insaciables durante los imperios de Calígula. Claudio y Nerón 28 . Llegó a ser procónsul en la provincia de África en el año 60 o 61 e inspector de obras públicas (curator operum publicarum) en Roma. Se casó primero con Petronia y luego con Galeria Fundana y tuvo tres hijos. Galba, ante la sorpresa de todos, lo nombró, seguramente a instancias de Tito Vinio, gobernador de la Germania Inferior para sustituir a Fonteyo Capitón, asesinado por los soldados. A la muerte de Galba, los soldados lo proclamaron emperador. Entró en Italia como con un ejército extranjero y venció a los otonianos en la batalla de Bedriaco, como se ha dicho más arriba. Entró victorioso en Roma y reinó despótica y caprichosamente en medio de su pasión por la comida y su crueldad 29 . Pero lo mismo que había hecho el ejército de Germania contra Otón hizo el de Oriente contra Vitelio. Mesia, Panonia, Judea, Siria y Egipto juraron lealtad a Vespasiano. Intentó derrotar al bando flaviano, pero la gloria que alcanzó en la primera batalla de Bedriaco se tornó en derrota completa en la segunda del mismo nombre. Sin embargo, no tuvo la entereza de rendirse y evitar desgracias mayores, como antes había hecho Otón. En Roma sus fuerzas incendiaron el Capitolio, un crimen execrable, y asesinaron a Flavio Sabino, hermano mayor de Vespasiano. Una avanzadilla del ejército flaviano entró en Roma y Vitelio fue paseado por las calles de Roma, lacerado, ejecutado y arrojado a las aguas del Tíber.
Vespasiano 30
El primer emperador Flavio es recordado sobre todo por la destrucción de Jerusalén, aunque el ejecutor fue su hijo Tito, y por la construcción del Colosseum en Roma. Pero de Vespasiano tenemos la imagen de un general romano pragmático y con un sentido extraordinario de la planificación militar y política. Fue quien puso orden en el caos del final de la dinastía Julio-Claudia, extinguida en el convulso año 68. Él restauró los valores morales por encima de los materiales, además de devolver la esperanza en un futuro estable. Nacido en el año 9, ejerció su carrera política y militar durante los imperios de Tiberio, Calígula, Claudio y Nerón. Sometió Britania tras unos años de campaña militar (43-47) y redujo Judea por orden de Nerón en el 68. Era un general respetado por todos y ante la situación de desgobierno en todo el imperio supo jugar sus bazas a través de un general hábil y político como era Muciano y a través de un general intrépido, Antonio Primo, que doblegó al ejército viteliano. En el año 70 Vespasiano entró en Roma y logró la estabilidad política y militar tanto tiempo añorada.
Partidarios de los emperadores
R. Ash enumera en su introducción 31 al libro II los protagonistas de dicho libro, que paso a completar con los que faltan del resto de los libros.
A. Galbianos: a) familiares: Cornelio Dolabela, Pisón Liciniano; b) partidarios: Cornelio Lacón (prefecto del pretorio), Tito Vinio (senador).
B. Otonianos: a) familiares: Salvio Otón Ticiano (hermano de Otón), Salvio Coceyano (sobrino de Otón); b) partidarios: los generales Annio Galo, Vestricio Espurina, Suetonio Paulino, Marcio Macro, Mario Celso, Suedio Clemente, Antonio Novelo, Emilio Pacense, Turulio Cerial, Julio Brigántico, Orfidio Benigno, Rubrio Galo (después se hizo viteliano); los comandantes de la guardia pretoriana Licinio Próculo y Plocio Firmo; el tribuno Julio Frontón, el comandante legionario Vedio Áquila, el rey de Comagena Epífanes, el liberto Ceno, el gobernador de Mauritania Luceyo Albino y el orador Galerio Trácalo.
C. Vitelianos: a) familiares: Lucio Vitelio (hermano), Triaria (esposa de Lucio Vitelio), Galeria (esposa), Petronia (exesposa), Sextilia (madre), Germánico (hijo); b) partidarios: los generales Fabio Valente, Alieno Cécina y Julio Clásico, el comandante de la flota Lucilio Baso, el gobernador de Córcega Décimo Picario, los jefes de campamentos legionarios Julio Grato y Alfeno Varo, la esposa de Cécina Salonina, el gobernador de la Galia Lugdunense Junio Bleso, los comandantes de la guardia pretoriana Publilio Sabino y Julio Prisco, los libertos Hílaro y Asiático.
D. Flavianos: a) familiares: su hermano Flavio Sabino, sus hijos Tito y Domiciano y su sobrino Flavio Sabino; b) partidarios: el gobernador de Siria y comandante en jefe Muciano, los generales Antonio Primo, Cornelio Fusco y Petilio Cerial , el gobernador de Egipto Tiberio Alejandro, la reina judía Berenice, el rey de Émesa Sohemo, el rey de Comagena Antíoco, el rey judío Agripa, el liberto Asiático, el sacerdote Sóstrato y el astrólogo Seleuco 32 .
E. Otros protagonistas: Asiático, Calpurnio Asprenate, Basílides, Vetio Bolano, Fonteyo Capitón, Licinio Cécina, Quincio Certo, Julio Civil, Julio Clásico, Vibio Crispo, Cornelio Dolabela, Annio Fausto, Valerio Festo, Hordeonio Flaco, Tampio Flaviano, Geta, Tetio Juliano, Eprio Marcelo Marico, Valerio Marino, Mario Maturo, Trebelio Máximo, Claudio Pírrico, Asinio Polión, Cluvio Rufo, Verginio Rufo, Aponio Saturnino, Cecilio Símplice, Julio Tutor, Plancio Varo, Julio Víndice.
LAS FUENTES 33
Cuando Tácito escribió la historia de los años 69-70 en la primera década del siglo II d. C., habían pasado solo treinta años. Eso significa que pudo consultar fuentes documentales, como los archivos, los Commentarii principum , las Acta Diurna , los Fasti y, sobre todo, las actas del Senado (Acta senatus) y pudo escuchar no pocos testimonios de personajes todavía vivos, como los de Verginio Rufo, Arrio Antonino o su suegro Agrícola, además de Plinio el Joven, que mantuvo con Tácito una frecuente correspondencia 34 .
Flavio Josefo comenta que hubo muchos autores que escribieron sobre los años 68-69 (La guerra de los judíos IV 492-496) y el mismo Tácito alude a scriptores temporum (II 101, 1) que proliferaron durante el imperio de los Flavios. Tenemos noticia de la existencia de unos Commentarii o Memorias del emperador Vespasiano (JOSEFO , Autobiografía LXV 342; Contra Apión I 10), de un poema que Domiciano compuso sobre el asedio al Capitolio (MARCIAL , V 7, 7), de unas memorias del rétor Julio Segundo, secretario personal de Otón (PLUTARCO , Otón IX 3), de una biografía de Annio Baso a cargo de Claudio Polión (PLINIO EL JOVEN , Cartas VII 31, 5) y de otra de Helvido Prisco elaborada por Herennio Seneción (Agrícola , II 1; PLINIO EL JOVEN , Cartas VII 19, 5), de una obra de Titinio Capitón sobre la muerte de hombres famosos (PLINIO EL JOVEN , Cartas VIII 12, 4), y de las Memorias de Vipstano Mesala (Historias III 28, 1). También se citan como fuentes de Tácito obras de los generales otonianos Vestricio Espurina (PLINIO EL JOVEN , Cartas III 1, 7) y Mario Celso 35 .
Tácito solo nombra a dos autoridades en las Historias . En la anécdota de un hijo que mata a su propio padre en la batalla de Cremona (Historias , III 25, 2) cita como fuente a Vipstano Mesala, uno de los protagonistas del Diálogo de los oradores , y un poco después (III 28, 1) también alude a Mesala y a Plinio el Viejo como autoridades para refrendar el hecho de que Hormo o Antonio Primo pusieran ante los ojos de los soldados el saqueo de Cremona para levantar su moral. Parece que también le sirvió de fuente la Historia que escribió Plinio el Viejo en treinta libros (A fine Aufidii Bassi) , hoy perdida 36 , sobre el principado de Nerón, las guerras civiles y el imperio de Vespasiano 37 . Tácito debió de haberse valido también de otras fuentes, como Fabio Rústico 38 y Cluvio Rufo 39 , quien escribió en época de Vespasiano una historia de Roma 40 desde Calígula hasta las guerras civiles del 69. Además, el mismo Gayo Licinio Muciano 41 , lugarteniente de Vespasiano, escribió unos Mirabilia o Maravillas , citadas a menudo por Plinio el Viejo como una fuente de su Historia natural .
Algunas veces Tácito alude a sus fuentes con los términos «escritores» (scriptores) o «autoridades» (auctores) , como en II 37, 1; 101, 1; III 29, 2; 51, 1; IV 83, 1; V 3, 1. Lo normal era que Tácito se refiriera a sus fuentes con frases como «muchos han transmitido» (multi tradidere en III 59, 3; 54, 3), «así lo hemos recibido» (sic accepimus , III 38, 1), «hay dudas sobre» (hic ambigitur , I 42; III 71, 4) o «se cree, se dice» (tradunt , I 41, 1). Esto indica que Tácito tuvo en cuenta diferentes autoridades en la composición de sus Historias y no dependió de una sola fuente común a todos los historiadores de esta época, según la ley de Nissen 42 , aplicable a Tito Livio, que siguió a Polibio en los asuntos del Este que narra en los libros 31-45 de su Historia de Roma (Ab urbe condita) . Más bien habría que hablar de una fuente predominante (ese ignotus o desconocido precedente) como quiere Goodyear 43 , a partir de la cual nuestro historiador iba coloreando, elaborando y dando nueva forma al material recibido.
Por otra parte, se conservan obras de diferentes autores que narran los mismos acontecimientos que Tácito 44 . Es la llamada «tradición paralela». Son Flavio Josefo (Bellum Judaicum) , Plutarco (Galba y Otón) , Suetonio (Galba, Otón, Vitelio, Vespasiano) y Dión Casio (Historia de Roma LXIV-LXV en excerpta y epítomes). Se cree que esta tradición paralela procede de una fuente común, como se observa en algunos pasajes, como el suicidio de Otón (Historias II 47-51; Plutarco, Otón XV-XVII; Suetonio, Otón IX 3-XII 2; Dión Casio, LXIV 11-15), la batalla de Bedriaco (Historias II 39-44; Plutarco, Otón XI-XIV; Suetonio, Otón IX; Dión Casio, LXIV 10, 2-3), la visión horripilante del campo de batalla de Bedriaco (Historias II 70; Suetonio, Vitelio X 3; Dión Casio, LXV 1-3) o la proclamación de Vespasiano como emperador (Historias II 80, 1; Josefo, Guerra contra los judíos IV 601-604; Suetonio, Vespasiano VI 3; Dión Casio, LXV 8, 4). Los detalles de las diferentes narraciones varían, pero la información general es la misma 45 . Veamos un ejemplo: el final de Galba, narrado por Plutarco (Galba , XXVI-XXVII), Tácito (Historias I 41), Suetonio (Galba XX) y Dión Casio (LXIII 6, pero solo un resumen). La fuente es común, pero el tratamiento es diferente, porque diferentes son los géneros literarios (historia y biografía), además del estilo y vigor narrativo de cada cual.
Plutarco, Galba XXVI 8-XXVII 1-3:
Ninguno quiso defenderlo u oponerse, excepto un solo hombre [8] que veía en Galba al único digno del poder romano entre tantos miles que vieron el sol. Fue el centurión Sempronio Denso, un simple centurión que no había sacado un provecho particular de parte de Galba, pero que estaba dispuesto a defender el bien y la justicia, el que se puso delante de la litera. Al principio [9] alzó el látigo con el que castigan los centuriones a los que merecen esos golpes, gritaba a los que se lanzaban al ataque y les pidió que respetaran al emperador. Después, totalmente rodeado, desenvainó su espada y se defendió durante mucho tiempo, hasta que cayó herido en las piernas. XXVII Voltearon la litera de Galba cerca del lago llamado Curcio. Galba, cubierto con su coraza, cayó fuera de ella y los soldados corrieron a golpearlo. Él, ofreciendo su cuello, dijo: «Hacedlo si esto es lo mejor [2] para el pueblo de Roma». Recibió muchos golpes en sus brazos y en sus piernas, pero quien lo decapitó, como así afirma la mayoría, fue un tal Camurio que formaba parte de la cohorte decimoquinta. Algunos dicen en sus obras que fue Terencio, [3] otros que Lecanio, otros que Fabio Fabulo. También dicen que, tras cortarle la cabeza, se la llevaron envuelta en una toga, porque por la calvicie no había por donde asirla. Sin embargo, después, como los que estaban con el asesino no deseaban ocultar el hecho, sino mostrárselo a todos como un acto de valentía, ensartó la cabeza en una lanza y, de esta forma, blandiendo la cabeza de este anciano y honesto emperador, pontífice y cónsul, como si se tratara de «Bacantes», salió a la carrera dando muchas vueltas y agitando la lanza por la que chorreaba sangre. (Trad. de Juan P. Sánchez)
Tácito, Historias I 41, 2-3; 43, 1:
[2] Junto al lago Curcio y debido al pánico de los porteadores, Galba cayó de la litera y acabó rodando por los suelos. De sus últimas palabras se nos han transmitido diferentes versiones dependiendo del odio o admiración que cada cual sentía hacia él. Unos cuentan que había preguntado humildemente qué había hecho para merecer esta desgracia y suplicaba unos pocos días para pagar el donativo. Los más relatan que ofreció voluntariamente la garganta a los asesinos, diciéndoles que actuaran y le asestaran el golpe si eso les parecía que era lo mejor para el Estado. [3] A los asesinos nada importó lo que decía. No hay constancia suficiente de la identidad del verdugo. Unos señalan al veterano Terencio, otros a Lecanio, pero la versión más extendida cuenta que Camurio, soldado de la legión XV, hincando la espada le vació la garganta. Los demás le mutilaron espantosamente brazos y piernas, pues tenía protegido su pecho. La mayoría de las heridas se las infligieron con fiereza y saña a un cuerpo ya degollado.
43. Nuestra época pudo contemplar a Sempronio Denso, héroe aquel día. Este centurión de la cohorte pretoriana a quien Galba había destinado a la escolta de Pisón se enfrentó puñal en mano a aquellos hombres armados, reprochándoles su crimen. Y, atrayendo hacia él a los asesinos ya con la mano, ya a voces, permitió la huida de Pisón pese a encontrarse herido.
Suetonio, Galba XX 1-2:
Hay quienes afirman que, cuando aquellos se lanzaron a la carga, exclamó: «¿Qué hacéis camaradas?, yo soy vuestro y vosotros míos», y que incluso les prometió un donativo. Pero la mayoría cuenta que les presentó voluntariamente el cuello, exhortándolos a hacerlo y a herirlo, puesto que así lo querían. Lo que podría parecer realmente asombroso es que ninguno de los presentes intentara ayudar al emperador, y que todos aquellos a los que mandara llamar hicieran caso omiso de la embajada, salvo un destacamento de soldados de Germania. Estos, a causa del beneficio que les había dispensado recientemente colmándolos de atenciones cuando se encontraban enfermos y sin fuerzas, corrieron en su auxilio, pero su desconocimiento de la ciudad les hizo equivocarse de camino y llegaron demasiado tarde. Fue [2] asesinado junto al lago de Curcio y abandonado allí tal como estaba, hasta que un soldado raso, que volvía de recoger su provisión de grano, tirando al suelo su carga, le cortó la cabeza; y, como no podía cogerla por los cabellos, la ocultó entre los pliegues de su ropa, luego le metió el dedo pulgar en la boca, y se la llevó a Otón. Este se la entregó a los vivanderos y a los siervos del ejército, que la clavaron en una lanza y la pasearon por todo el campamento, no sin hacer escarnio de ella… (Trad. de Rosa M.a Agudo)
Dión Casio. LXIV 6, 3-5:
[3] Galba se dirigió al Capitolio para ofrecer un sacrificio. Al llegar al centro del Foro romano jinetes e infantes le salieron al encuentro y allí en presencia de muchos senadores y una multitud de gente asesinaron a este viejo hombre, su cónsul, su sumo pontífice, su César y emperador; y después de abusar de su cuerpo de muchas maneras le cortaron la cabeza y la ensartaron en [4] un palo. Pues Galba había sido golpeado por una lanza en el mismo carro que lo transportaba y al inclinarse fuera de él fue herido y dijo únicamente lo siguiente: «Pero ¿qué mal os he hecho?» Y Sempronio Denso, un centurión, lo defendió cuanto pudo y finalmente, cuando no pudo conseguir nada, se dejó matar [5] sobre el cuerpo de Galba. Y he recordado su nombre, porque es el que más merece que se le recuerde. Pisón también fue asesinado y muchos otros, pero no porque acudieran en ayuda del emperador.
Cuando los soldados realizaron esta acción, cortaron las cabezas de sus víctimas y las llevaron al campamento de Otón y al Senado, de manera que los senadores, aunque se sintieron aterrados, se alegraron, etcétera.
En la narración de la muerte de Galba observamos similitudes y diferencias 46 . En general, coinciden en el relato, lo que demuestra que se valieron de una fuente común, pero tanto Tácito como Suetonio aluden a dos fuentes diferentes en el detalle de las últimas palabras que pronunció Galba («diferentes versiones» en Tácito; «hay quienes afirman» y «la mayoría cuenta» en Suetonio). Pero los relatos también presentan tres grandes diferencias:
1) Tácito (II 41, 2) y Suetonio (XX 1) transmiten las dos versiones de las últimas palabras de Galba, si bien Suetonio se vale de la cita directa y Tácito de la indirecta: a) por qué lo trataban tan mal y la promesa de un donativo y b) presentación de su cuello para que lo remataran. Plutarco (XXVII 1), en cambio, solo ofrece la segunda versión, mientras que Dión Casio (LXIV 6, 4) ofrece únicamente la primera.
2) Tácito (II 41, 3; 49, 1) cuenta la mutilación del cuerpo de Galba de forma breve en comparación con los relatos de Plutarco (XXVII 2-3), Suetonio (XX 2) y Dión Casio (LXIV 6, 4).
3) La historia del centurión Sempronio Denso es tratada de manera muy diferente. Plutarco (XXVI 8-9) y Dión Casio (LXIV 6, 4-5), de manera algo prolija, dicen que Denso defendió a Galba; Suetonio afirma que nadie ayudó a Galba (cf. Dión Casio, LXIV 6, 5), pues los únicos que lo intentaron, soldados de Germania, llegaron tarde. Tácito, sorprendentemente, cuenta la historia de otra forma, pues nos dice que Denso ayudó no a Galba, sino a Pisón (II 43, 1), el heredero adoptivo del emperador.
Tácito se distingue también de los autores de la tradición paralela por la información que los demás omiten. Destacan dos tipos de materiales: los discursos y la actividad en las provincias. Sirvan de ejemplos el discurso de Galba con motivo de la adopción de Pisón (I 15-16), no citado en ninguna otra fuente, o la información sobre las provincias en los capítulos 8-11 del libro I .
Los historiadores antiguos se informaban cuidadosamente de los hechos que se proponían contar, pero los disponían y los trataban a su modo, con la intención de no faltar a la verdad, pero también con el objetivo de ofrecer ejemplos de buen o mal comportamiento y con la intención de atraer la atención de un público que deseaba aprender divirtiéndose con el fondo y la forma de las historias que oía. Los biógrafos, además, se detenían en los detalles y los chismes. Pero ninguno de los que narraron la muerte de Galba fueron capaces, por ejemplo, de resumir toda una vida de emperador en un final acúleo de seis palabras (II 49, 4), dignas de ser sopesadas y pensadas, no de ser traducidas: omnium consensu capax imperii nisi imperasset .
Cualquiera que haya sido la fuente o fuentes de Tácito para elaborar sus Historias , su sello personal se hace evidente en la presentación dramática de los hechos, en la concisión con que nos tiene concentrados para seguir el hilo y en sus juicios morales de aplicación universal.
LA COMPOSICIÓN DE LAS «HISTORIAS » 47
La forma de escribir historia de Tácito ha recibido varias interpretaciones. Unos destacan la presentación visual de las escenas narrativas; otros piensan que Tácito nació para ser un poeta trágico 48 que cuenta los hechos como si estuviera escenificando los acontecimientos; hay quienes ven en nuestro historiador a un poeta en prosa con profundas influencias del divino Virgilio; y no falta razón a quienes, partiendo de los anteriores, interpretan la forma de escribir de Tácito como pictórica y dramática, cercana a veces a la técnica cinematográfica de presentar los hechos. Todas estas diversas interpretaciones vienen a subrayar la variedad de Tácito en la selección del material, en la forma de tratarlo, en el plan de la obra y en la disposición de la misma.
El material de Tácito incluye la historia de los emperadores, la política del Senado romano y las guerras internas y externas. A ello hay que añadir otros temas tangenciales que el historiador trata a modo de digresiones, unas surgidas de lo que se esté tratando y otras puramente ornamentales, y otras hacen las veces de comentarios o interpretaciones del propio historiador. Al primer tipo pertenecería la larga digresión sobre la historia y costumbres del pueblo judío en el libro V 2-9; al segundo tipo correspondería la digresión sobre el falso Nerón en II 8-9; y al tercer tipo se adaptaría el repaso a la historia de Roma en II 38.
El tono que Tácito emplea en su narrativa es muy variado y va desde el meramente descriptivo, cercano a unas típicas Memorias históricas (p. e., III 1), hasta el tono extremadamente patético del saqueo de Cremona (III 33) o la descripción del campo de batalla después del segundo enfrentamiento en Bedriaco, citado antes (II 70).
Tácito comienza las Historias según la forma analística, es decir, año a año, siguiendo la tradición de los historiadores romanos desde época arcaica 49 . Sin embargo, en los libros I y II el foco de atención está en Galba, Otón y Vitelio más que en la narración de los sucesos de Roma y las provincias, como es el caso del libro IV. Se podría pensar que el plan de las Historias viene marcado por los protagonistas y no por los acontecimientos: Galba, Otón y sus generales, Vitelio y sus comandantes, Vespasiano junto a Muciano y Antonio Primo, o Civil en la revuelta de los batavos.
Uno de los fines de la historia, tal como la entendían los antiguos, es enseñar a los hombres, a partir de los hechos del pasado, a llevar una vida digna y honrada: historia magistra vitae . En Roma la historiografía desarrolló de manera especial esta función moralizante, es decir, que el conocimiento de los hechos pasados puede ayudar a la formación del carácter moral de los individuos. De ahí que los historiadores romanos en general y Tácito en particular ofrezcan exempla del pasado «para que no permanezcan en silencio las virtudes y para que se tenga miedo a la infamia de la posteridad por las palabras y acciones perversas» (Anales III 65, 1). De buenos ejemplos, resume Tácito unos pocos en Historias I 3, 1: «Esta época no fue tan estéril en virtudes como para no brindar también nobles ejemplos. Hubo madres que acompañaron a sus hijos en su huida, esposas que siguieron a sus maridos al exilio. Hubo parientes valientes, yernos leales y esclavos de fidelidad inquebrantable incluso a prueba de tortura. Hombres ilustres se vieron en el último trance, trance que sobrellevaron con valentía, y se produjeron desenlaces fatales comparables a las muertes ilustres de la antigüedad». Y de malos ejemplos, la obra de Tácito está repleta, empezando por la inutilidad de Galba, la ambición de Otón y la cobardía de Vitelio.
Ahora bien, ¿es fiable Tácito como historiador? Desde luego, él siente la obligación de decir la verdad y toda la verdad, como proponía Cicerón 50 (Sobre el orador , II 62: quis nescit primam esse historiae legem, ne quid falsi dicere audeat? Deinde ne quid veri non audeat?) Y el mismo Tácito proclama su vocación de imparcialidad (I 1, 3: «quienes hacen profesión de una honestidad insobornable deberán hablar de cada cual sin parcialidad y sin odio») en aquellos tiempos irrepetibles, «en los que se puede pensar lo que se quiere y decir lo que se piensa» (ubi sentire quae velis et quae sentias dicere licet) . Claro que todos los historiadores, desde Tucídides hasta Salustio, hacían la misma profesión de fe en la verdad histórica. Y a Tácito se le ha echado en cara que presente el siglo I d. C. como una época de oscuridad, degeneración y opresión, cuando en realidad se vivieron durante dicho siglo tiempos de prosperidad con Tiberio, Nerón, Vespasiano y Domiciano. No se olvide tampoco cómo Tácito presenta en los Anales un cuadro muy negativo de Tiberio, sanguinario, rencoroso, hipócrita, que no se corresponde enteramente con la verdad.
LA LENGUA Y EL ESTILO 51
El estilo periódico de Cicerón, largo y rotundo, había sido sustituido a partir del siglo I d. C. por una prosa concisa y parca, un nuevo estilo preconizado especialmente por Séneca (4 a. C.-65 d. C.). Después de este movimiento literario surgió el clasicista, liderado por Quintiliano (ca. 39-95 d. C.), seguidor acérrimo de Cicerón y contrario a Séneca 52 . Ni una ni otra tendencia cubrían las necesidades de Tácito, quien recurrió a forjarse un estilo en cierto modo diferente. El estilo oratorio de Cicerón se basaba en la riqueza expresiva (copia verborum) , en la simetría o equilibrio de las frases (concinnitas) y en la estructura periódica de las frases, adornadas de numerosas figuras retóricas. A nuestros oídos la forma de expresarse suena bien, pero se nos hace algo pesada. Tácito, por el contrario, destaca en su obra histórica por la brevedad (brevitas) frente a la exuberancia expresiva de Cicerón y por la huida de la simetría en la estructura de las frases (inconcinnitas) . Además, Tácito añade un colorido especial a las palabras y su tono es casi siempre elevado (color poeticus) . Estas características del estilo de Tácito también aparecen en mayor o menor medida en otros historiadores clásicos, como Tucídides o Salustio 53 . Con todo, hablar del estilo de Tácito es en cierto modo una simplificación, porque no escribe igual en las obras históricas que en el Diálogo de los oradores , cuyo estilo es neociceroniano, como el de Quintiliano. Pero además, dentro de los escritos históricos el estilo varía en los discursos, en los retratos o en las secciones propiamente narrativas. Y el estilo de Tácito fue evolucionando desde el menos comprimido y elevado del Agrícola y Germania hasta los últimos libros de los Anales , genuinamente tacíteo en su brevedad y asimetría o inconcinnitas .
Se ha discutido mucho sobre la evolución del estilo de Tácito desde sus obras menores hasta los últimos libros de los Anales 54 . Wölfflin 55 mantuvo que la obra de Tácito fue evolucionando desde un estilo normal y descolorido de las primeras obras hasta otro más elevado y singularmente tacíteo en los libros finales de los Anales . Le siguieron en dicha apreciación otros filólogos 56 , pero esta postura ha sido puesta en duda por Martin y Goodyear 57 , porque es muy difícil demostrar la evolución de un estilo a través de simples fórmulas en la elección de las palabras (delectus verborum) sin tener en cuenta también la compositio de un autor como Tácito, que se mantuvo siempre fiel a su peculiar estilo.
La palabra 58
Si ha habido tiempos en que se ha puesto en duda la objetividad histórica de Tácito, especialmente en su tratamiento de Tiberio en los Anales , nadie ha entrado en disputas sobre la maestría de nuestro autor en el uso de la lengua latina, que comienza precisamente por la selección de las palabras (delectus verborum) . Los teóricos clásicos mantenían que en el vocabulario hay tres elementos que realzan y adornan el discurso narrativo (Cicerón, Sobre el orador III 152: tria sunt igitur in verbo simplici, quae orator afferat ad illustrandam atque exornandam orationem) : las palabras desusadas o arcaísmos (inusitatum verbum) , los términos nuevos o neologismos (novatum verbum) y la metáfora (verbum translatum) .
Los historiadores latinos se valieron con mucha frecuencia de arcaísmos. Y tal elección no es patrimonio únicamente de Tácito, sino que también se encuentra en Catón el Viejo (234-149 a. C.), Salustio, Tito Livio y Quinto Curcio Rufo (siglo I d. C.). Con los arcaísmos los historiadores pretendían insuflar la dignidad de los tiempos antiguos a sus escritos. Así, por ejemplo, Tácito emplea apiscor por adipiscor, claritudo por claritas, cunctus en lugar de omnis, deum por deorum, duint por dent, gliscere en vez de crescere, metuere por timere, tempestas por tempus o torpedo por torpor 59 .
Los neologismos son más propios de la poesía que de la prosa, pero no faltan en Tácito, como criminator, condemnator, grates, intectus, intutus, praegracilis, peramoenus . Pero más que crear neologismos lo que hace Tácito es evitar los términos vulgares (verba sordida) . Si comparamos la narración del final de Vitelio en Suetonio y Tácito, observaremos cómo Tácito (III 84, 4) transforma una vulgar historia (Suetonio, Vitelio XVI) en un drama descrito en términos poéticos que evocan a Virgilio (Eneida VI 265: loca nocte tacentia late ; 269: perque domos Ditis vacuas et inania regna) en su memorable terret solitudo et tacentes loci, temptat clausa, inhorrescit vacuis .
El uso del lenguaje metafórico, más amplio que en Salustio y Livio, es uno de los hechos que más destacan en la lengua de Tácito. La metáfora puede aparecer en un solo término (plus praedae ac sanguinis Caecina hausit , I 67, 1; fides fluitasse , II 93, 2; omnis exercitus flammaverat , II 74, 1; pandere aciem , IV 33, 1; proelia serebant , V 11, 1) o en una sucesión de imágenes entrelazadas entre sí (sobre un edificio en II 76, 1 his pavoribus nutantem et alii legati amicique firmabant) 60 .
Tácito tiende a colorear su lenguaje de poeticismos (poeticus color) y Virgilio ha sido su principal valedor 61 . Unas veces son escenas enteras inspiradas en la poesía, como la tormenta en la costa de Germania (Anales , II 23, 4), todo un tópico épico 62 , o el asalto al campamento viteliano por parte de las fuerzas flavianas (Historias III 84, 1-3) que está inspirado en el de los troyanos en el libro II de la Eneida 63 . Otras veces aparecen reminiscencias que corresponden a frases virgilianas, como varia pereuntium forma et omni imagine mortium (Historias II 28), una paráfrasis de luctus ubique pavor et plurima mortis imago (Eneida II 369), o la frase, citada antes, terret solitudo et tacentes loci (Historias III 84, 4), modelada sobre la virgiliana loca nocte tacentia late (Eneida VI 265). Y las más consisten en el uso de términos propios de la poesía, como senecta por senectus, sonor por sonitus, remeare por redire , entre otros muchos.
La frase 64
Tácito heredó de Salustio, su modelo más querido, una estructura de frases que destacan por la brevedad, la variedad y el gusto por las sentencias. La brevedad 65 es sin duda la primera marca del estilo de Tácito. La brevitas puede reflejar una forma de pensar y expresarse o puede ser empleada a propósito para objetivos específicos de rapidez narrativa o pinturas de personajes a pinceladas. Con todo, el uso de la brevedad no significa confusión en el mensaje que se quiere transmitir. Tácito es capaz de resumir el contenido de sus Historias en una sola frase, rápida y cortante, de cuatro miembros: opus aggredior opimum casibus, atrox proeliis, discors seditionibus, ipsa etiam pace saevum (I 2, 1).
La brevedad se consigue, entre otros recursos, mediante el asíndeton, la elipsis y el zeugma. El asíndeton u omisión de conjunciones 66 se manifiesta entre palabras, el más frecuente (p. e., proelium tota nocte varium anceps atrox , III 22, 3), o entre frases u oraciones sin conjunción (v. g., non parare arma, non adloquio exercitioque militem firmare, non in ore vulgi agere , III 36, 1). La elipsis 67 más normal consiste en la omisión del verbo «ser», sobreentendido fácilmente, como en I 19, 1: inde apud senatum non comptior Galbae, non longior quam apud militem sermo . La elipsis es más frecuente en los retratos, en las descripciones y en la narración de acciones de gran viveza, como la visita de Vitelio al campo de batalla de Bedriaco (II 70). Para conseguir su célebre velocitas Tácito se vale de construcciones inteligentes, como el zeugma 68 o silepsis. El zeugma, una especie de elipsis, consiste en emplear un solo verbo con dos sentidos diferentes 69 . como en II 3, 2 (precibus et igne puro altaria adolentur , «los altares se honran con preces y se encienden con fuego puro»), donde el verbo adolentur hay que traducirlo con un significado para cada nombre; II 19, 2: provisa parataque non arma modo, sed obsequium et parendi amor («no solo se hicieron provisiones y preparativos de armas, sino que también se tomaron medidas para asegurar la obediencia y la disciplina». Además de la elipsis de sunt en provisa parataque , los verbos se emplean con sentidos diferentes para arma y para obsequium et parendi amor . Y es que Tácito omite palabras o silencia significados, porque se sobrentienden perfectamente y es su deseo imprimir vigor y rapidez a sus frases.
La variedad o variatio en la lengua consiste en un cambio deliberado de una construcción gramatical sin necesidad de tener que hacerlo 70 . La practicó Salustio, también Livio 71 y de manera especial Tácito. La variatio , que evita el equilibrio y el paralelismo de las oraciones (inconcinnitas) , aparece en grupos de palabras, pequeñas frases o en escenas enteras. Así, Tácito varía el vocabulario (inopes agrestes et vilia arma , II 13, 1; Antiochus… ingens et… ditissimus, mox… excitus , II 81, 1) y las partes de la oración (p. e., adverbio y adjetivo: palam laudares, secreta male audiebant , I 10, 2; quod palam abnuerat, inter secreta convivii largitur , II 57, 2), une participios en nominativo y sustantivos en ablativo (nec proinde nutantes e navibus quam stabili gradu e ripa vulnera derigebant , II 35, 1), varía el uso de las preposiciones (in civitate discordi et ob crebras principum mutationes , II 10, 1; unde longa illis erga Neronem fides et erecta in Othonem studia , II 11, 1), a un sintagma en ablativo de causa le une una subordinada causal (nullo apud quemquam Othonis favore, nec quia Vitellium mallent , II 17, 2), yuxtapone oraciones de diferente tipo, como una oración causal y otra final (non quia industria Flaviani egebat, sed ut consulare nomen surgentibus cum maxime partibus honesta specie praetenderetur , III 4, 2), puede emplear asíndeton en la oración principal y polisíndeton en la subordinada (ut vero deformis et flens et praeter spem incolumis Valens processit, gaudium miseratio favor , II 29, 3; Vitellius ventre et gula sibi inhonestus, Otho luxu saevitia audacia rei publicae exitiosior ducebatur , II 31, 1) o pasa de nombres concretos a abstractos (strepitus telorum et facies belli , I 85, 1; immixtis histrionibus et spadonum gregibus et cetero Neronianae aulae ingenio , II 71, 1). Se llega a decir que la variatio es tan consustancial al estilo de Tácito que otro tipo de variatio en su obra es justamente lo contrario, es decir, la concinnitas o el paralelismo (subruit muros, instruit aggerem, molitur portas , II 22, 2; foedum atque atrox spectaculum… dira vastitas , II 70, 1). También se despliega la variatio en escenas enteras. Si la muerte de Galba produjo un enorme terror en Roma (I 50) por miedo a lo que le venía encima con Otón y Vitelio, el final de Otón no produjo alteración alguna en la vida diaria de la ciudad (II 55), mientras que el asesinato de Vitelio desencadenó una venganza terrible contra los vencidos (IV 1).
El gusto por las sentencias le viene a Tácito de su maestro Salustio y del estilo declamatorio del siglo I d. C., como bien se observa en Séneca (4 a. C.-65 d. C.) 72 . Tácito se vale de esa vox universalis , como la define Quintiliano (Inst. orat . VIII 5, 3), para establecer los principios que gobiernan la conducta humana, especialmente, la mala. Con ellas Tácito se reviste de autoridad para convencer de la verdad de su narración histórica. Las sentencias se ponen en boca del propio narrador o de alguno de los protagonistas de las historias. El estilo declamatorio y conciso se expresa, pues, a través de las sentencias epigramáticas 73 , que resumen y describen el asunto o la persona tratada. Cuatro sentencias de este tipo se han hecho famosas, todas procedentes de las Historias : I 2, 3 (corrupti in dominos servi, in patronos liberti; et quibus deerat inimicus, per amicos opressi , «Se sobornaba a los esclavos contra sus señores, a los libertos contra sus patronos, y quienes no tenían enemigos, caían arruinados por sus amigos»), I 49, 4 (et omnium consensu capax imperii, nisi imperasset , «todos por unanimidad le hacían capaz de ser emperador, con la condición de que nunca hubiera llegado a serlo», sobre Galba), III 25, 3 (nec eo segnius propinquos adfines fratres trucidant, spoliant: factum esse scelus loquuntur faciuntque , «sin embargo, no por eso se mostraron más remisos para despojar a parientes, allegados y hermanos matados a degüello: hablaban de que se había cometido un crimen, pero ellos hicieron lo mismo») y III 63, 2 (tanta torpedo invaserat animum ut, si principem eum fuisse ceteri non meminissent, ipse oblivisceretur , «Tan gran abulia se había apoderado de su ánimo que, si los demás no le recordaran que había sido emperador, él mismo lo habría olvidado»).
La antítesis es otra de las características más sobresalientes del estilo rápido y cortante (el llamado pointed style) 74 de Tácito, como en I 8, 1 (Cluvius Rufus, vir facundus et pacis artibus clarus, bellis inexpertus) , 10, 2 (nimiae voluptates, cum vacaret; quotiens expedierat, magnae virtutes) o 49, 3 (pecuniae alienae non adpetens, suae parcus, publicae avarus) . A veces Tácito incluye como apéndice de la oración principal un asíndeton abrupto, como en I 45, 2 (ad supplicium expostulabant, industriae eius innocentiaeque quasi malis artibus infensi) .
El estilo periódico 75
Tácito raramente se vale de una estructura periódica, es decir, el empleo de frases complejas que alcanzan su clímax en una oración principal después de oraciones subordinadas y construcciones con participio. Y mucho menos emplea largos períodos ciceronianos, excepto en su Diálogo de los oradores . Sin embargo, esto no quiere decir que Tácito no usara nunca el estilo periódico en sus obras históricas 76 . Los historiadores se valen de dos tipos de períodos complejos 77 : 1) el período narrativo, que consiste en una o más oraciones subordinadas (o sus equivalentes, como el ablativo absoluto o construcciones con participios) seguidas de la oración principal que suele concluir con el verbo principal, como en IV 27, 2 (victi , quod tum in morem verterat, non suam ignaviam, sed perfidiam legati culpabant) ; y 2) el período oratorio, en el que las palabras, junturas y oraciones se equilibran entre sí y marcan dicho equilibrio (concinnitas) con recursos retóricos como la anáfora, la antítesis y la aliteración 78 . Tácito despliega todo su saber retórico en períodos largos, especialmente en los discursos que él pone en boca de diferentes personajes, aunque tampoco faltan en sus partes narrativas, como por ejemplo 79 en I 4, 1:
Ceterum ,
antequam destinata componam ,
repetendum videtur ,
qualis status urbis ,
quae mens exercituum ,
quid in toto terrarum orbe validum ,
quid aegrum fuerit ,
ut non modo casus eventusque rerum ,
qui plerumque fortuiti sunt ,
sed ratio etiam causaeque noscantur .
El largo período con paralelismo, anáfora variada (ad ornandam et ad augendam orationem) 80 y miembros crecientes no tiene nada que envidiar a Livio, el historiador más ciceroniano, aunque los dos términos del final (ratio causaeque) nos transmiten más que sesudas y largas introducciones históricas: a Tácito le interesa ante todo la lógica y los motivos que mueven los hilos de la historia de los hombres 81 .
El ritmo 82
En primer lugar, habría que preguntarse si la prosa de Tácito, incluidos los discursos, es amétrica. Parece que al menos en los discursos, más al modo de Cicerón y de Livio que las partes estrictamente narrativas, existe prosa rítmica. Pero no se olvide que el ritmo de la frase se consigue fundamentalmente por la disposición de las palabras en las frases y por el efecto sonoro y armónico de figuras estilísticas como la simetría, el quiasmo, el homoteleuto, la anáfora o la armonía imitativa, por ejemplo.
Salustio 83 se distinguía por el uso de cláusulas métricas compuestas de doble espondeo (-- -x), espondeo más crético (--
-x), peón 1.° (-
) o peón 4. ° (
-), frente a Cicerón, que prefería el dicoreo (-
-x), el crético-troqueo (-
- -x) y el doble crético (-
- -
x). Además, Salustio, a diferencia de Cicerón, utilizaba como último pie el peón y una de sus cláusulas favoritas era la heroica (-
-x), propia de la poesía épica, que era rechazada por Cicerón.
Tito Livio se inclina también por el dicoreo (-
-x) y el crético-troqueo (-
- -x), cláusulas que eran también del gusto de Salustio. Tácito, por su parte, se sitúa entre Cicerón y los otros historiadores. Le gusta emplear el dispondeo (-- -x) y el dicoreo (-
-x), favorece el doble crético (-
- -
x), como Salustio, y no rechaza el uso de la cláusula heroica (-
-x).
A mí me parece que más que ahondar en el análisis de las cláusulas métricas sin conocer la práctica antigua, mejor sería hablar de ritmo épico o dactílico-espondaico (p. e., III 31, 1), trocaico (III 10), crético (II 99, 1). También se consigue ritmo con la utilización de cantidades largas y breves junto a efectos sonoros (I 40, 1; 66, 3). La lengua latina es muy rica en lograr la sonoridad de la palabra y los miembros de las frases no solo a través de la simetría, sino también por medio de la variedad.
COMPOSICIÓN GENÉRICA
Se entiende por composición genérica aquellas piezas retóricas que se pueden leer como unidades autónomas 84 y que fueron señaladas por los retóricos antiguos con tópicos diversos. F. Cairns 85 ha estudiado las composiciones genéricas (p. e., epibaterion, genethliakón, kómos , poema triunfal, propemptikón, vocatio ad cenam , etc.) en la poesía griega y latina y ha abierto un camino muy fructífero para entender la técnica literaria antigua. Pues bien, en prosa se podría abrir una misma línea de composición genérica que llevaría mucho tiempo y espacio analizar. Baste por ahora dar un breve repaso a algunas piezas autónomas que se encuentran en las páginas de los historiadores antiguos: el retrato, los discursos, las digresiones, las escenas de batallas y la conquista de las ciudades.
El retrato 86
Tácito se ha ganado una reputación de moralista y psicólogo por la pintura de las emociones colectivas y por los retratos de los protagonistas de sus historias. Y dicha pintura aparece bajo la forma de toques o pinceladas insertas en el discurso narrativo 87 o a través de lo que Aubrion denomina «retratosmedallones», cuya técnica ya había sido establecida por Salustio. Los retratos sirven para subrayar el papel de los retratados como agentes de los sucesos que se estén narrando o para ilustrar la conducta humana, tanto la positiva como la negativa. Los historiadores antiguos solían introducir retratos literarios de los personajes más importantes, cuando entraban en escena o cuando fallecían. Y existía sin duda una cierta relación entre el lugar de los retratos y la estructura de la obra, normalmente al principio o al final del discurso narrativo. Salustio fue un maestro consumado del arte de retratar con certeras pinceladas a Catilina, Sempronia, César, Catón, Mario o Sila 88 , más reales y directos que los retratos difusos de Aníbal o Catón el Viejo por parte de Tito Livio 89 . Tácito en este sentido es fiel seguidor de Salustio y, por ejemplo, los retratos de Sejano y Popea Sabina (Anales IV 1; XIII 45) fueron modelados a partir de los de Catilina y Sempronia (Conjuración de Catilina V; XXV) 90 .
Los retratos respondían a la teoría de los manuales de retórica 91 , aunque tanto Salustio como Tácito se apartan de fórmulas meramente escolares. Con todo, los tópicos del encomio o laudatio (retrato positivo) y la vituperatio (retrato negativo) están presentes por doquier 92 : origen del personaje, vigor físico (corpus) , energía moral (animus) , educación y formación, desarrollo de las cualidades del cuerpo, desarrollo de las disposiciones del alma, relación con la sociedad que le rodea. En la forma, los retratos de Tácito destacan por el uso de la antítesis, la brevitas , las frases nominales, el empleo de frases lapidarias. Y, en el fondo, Tácito explota más los aspectos psicólogicos que los físicos de sus personajes.
En las Historias , en las que abundan más los «retratos-medallones» o directos que los indirectos, aparecen los siguientes: Muciano (I 10, 1-2), Tito Vinio (I 48, 3-7), Antonio Primo (II 86, 2-4), Fabio Valente (III 62, 4-7), Helvidio Prisco (IV 5). Se encuentran también los retratos compuestos, en los que se describe a un personaje por oposición a otro, también descrito, en forma de sýncrisis 93 o yuxtaposición de personalidades, como son los casos de Muciano y Vespasiano (II 4, 4; 5, 1-2), Cécina y Valente (II 30, 2-3) u Otón y Vitelio (II 31).
Los historiadores aprovechaban el fallecimiento de sus personajes para dedicarles una necrológica u obituario, en los que se retrataban sus virtudes y/o sus vicios. Servían como una especie de paréntesis en el discurso narrativo 94 , aunque colocados en lugares importantes dentro de la estructura narrativa. Son los casos de los emperadores Galba (I 49), Otón (II 50) y Vitelio (III 86, 1-2) y de Flavio Sabino, hermano de Vespasiano (III 75, 1-2), además de las noticias necrológicas de Pisón (I 48, 1) y Tito Vinio (I 48, 1-2), de Junio Bleso (III 39, 2) y de Valente (III 62, 2).
El obituario de Galba (I 49) presenta una estructura típicamente retórica que se repite en todas las notas necrológicas imperiales: a) origen, nobleza, físico, carrera política (corpus ); b) características psíquicas (animus) . Y el fondo fue descrito por una serie de antítesis en la forma, para acabar con el famoso epigrama, ya citado, con el que concluye el retrato: omnium consensu capax imperii, nisi imperasset . Otras necrológicas sirven para ilustrar la lealtad o deslealtad de algunos personajes, como la deslealtad de Fabio Valente (III 62, 3) o los servicios al Estado de Flavio Sabino (III 75, 1-2).
También merecieron una especie de obituario lugares como la ciudad de Cremona tras su asedio, saqueo y destrucción (III 34) y el incendio del Capitolio (III 72), «el desastre más lamentable y vergonzoso que sufrió el Estado del pueblo romano desde la fundación de Roma».
Las digresiones 95
Existían reglas retóricas para la descripción de lugares (ékphrasis tópou) , pues los lectores esperaban que se les delineara claramente las escenas de los relatos históricos 96 . Además, los historiadores se desviaban del tema principal para variar, entretener y descansar un poco del tema central 97 . Así, Tucídides, por ejemplo, comienza la narración de la expedición a Sicilia con la descripción de la geografía de la isla (VI 1-5) o Salustio intencionadamente se desvía del hilo narrativo en la Guerra de Jugurta dando cuenta de la etnografía del norte de África (XVII 1-XIX 8), de las discordias civiles en Roma (XLI 1-XLII) o de la leyenda de los hermanos Filenos (LXXIX 1-10). Y es que las digresiones, además de constituir un recurso meramente retórico, se convierten en una pista para averiguar los asuntos que más preocupaban al historiador.
Tácito (Anales IV 33, 3) reconoce que «la localización de los pueblos, las alternativas de las batallas, el destino de los líderes brillantes, los éxitos de los generales esclarecidos fascinan y refuerzan la atención de los lectores». Y las Historias están salpicadas de digresiones, tanto geográficas como etnográficas: el templo de Venus en Pafos (II 3), el falso Nerón (II 8-9), informe sobre las fuentes y anális del poder (II 37-38), la historia de Cremona (III 34), guerras civiles durante la República (III 51, 2; 72, 1; 83, 3), la historia del Capitolio (III 72), África y Alejandría (IV 48-53), el origen de Serapis (IV 83-84), Judea y los judíos (V 2-9).
Los discursos 98
Los discursos aparecen en la literatura clásica en la misma épica de Homero. Servían para delinear mejor el carácter de los personajes y para incrementar la tensión dramática en la poesía y en la historiografía, el género en prosa más cercano a ella. Y si una de las finalidades de insertar discursos en las obras históricas era artística, no debemos esperar que las palabras pronunciadas en estilo directo respondan exactamente a la realidad, porque los discursos en la historiografía antigua eran un producto de la inventio retórica. En la antigüedad, aparte de las notae Tironianae en Cicerón, no existían ni cámaras ni magnetófonos para dar fe exacta de lo que decían generales o emperadores. Por lo tanto, se tenía libertad para dar cuenta de las palabras pronunciadas por otros. Sea como fuere, en Roma desde la historiografía antigua, como el discurso de Catón el Censor (234-149 a. C.) en favor de los rodios 99 , los discursos formaban parte esencial de la historiografía. Salustio y Livio dieron buena cuenta de ellos en sus obras respectivas. Y el maestro en la elaboración de discursos retóricos fue, desde luego, Tito Livio, llamado por el mismo Tácito (Agrícola X 3) veterum eloquentissimus auctor . Quintiliano (X 1, 101) ensalzó el arte de Livio en los discursos, diciendo que se adaptaban a las circunstancias y al que los pronunciaba. Tácito en sus discursos no siguió el camino trazado por Tucídides 100 y su imitador latino, Salustio, quienes cultivaron en sus discursos un estilo algo oscuro según la opinión de Cicerón (Orador , XXX: ipsae illae contiones ita multas habent obscuras abditas sententias, vix ut intelligantur) , sino que siguió más bien el estilo ciceroniano de Livio.
Decíamos que no hay que esperar encontrar una fidelidad absoluta en las palabras que Tácito pone en boca de los que pronuncian los discursos, aunque a veces reprodujera casi las mismas palabras (ipsa verba) de sus personajes, como las de Vitelio en III 39, 1. Es la excepción. Ya se ha analizado hasta la saciedad el discurso de Claudio sobre el ius honorum de los galos de Lyon en la Tabula Claudiana (CIL XIII 1668, Dessau, ILS 212) 101 y Anales (XI 24) para constatar hasta qué punto Tácito, como todos los historiadores antiguos, anteponían el arte narrativo a la fidelidad histórica 102 . Ahora bien, Tácito nunca aburre a los lectores con sus discursos, como a veces ocurre con Tito Livio, ni los hace difíciles de entender, como sucede con los complejos discursos de Tucídides.
En las Historias se encuentran trece discursos: Galba a Pisón (I 15-16); Pisón a la guardia del palacio imperial (I 29, 2-30); Otón a las cohortes pretorianas (I 37-38, 2), a soldados rebeldes (I 83, 2-84) y antes de su suicidio (II 47); Licinio Muciano a Vespasiano (II 76-77); Antonio Primo a la asamblea militar en estilo indirecto y directo (III 2) y a los soldados, también mezclando el estilo indirecto con el directo (III 20); Curcio Montano en el Senado contra Aquilio Régulo (IV 42, 3-6); Dilio Vócula a los soldados amotinados en Germania (IV 58); un embajador de los tencteros en Colonia Agripinense (IV 64) y la respuesta de un ciudadano de Colonia (IV 65, 1-3); y Petilio Cerial a tréviros y lingones en una asamblea militar (IV 73-74). Los discursos en estilo directo de las Historias se distinguen no solo por sus cualidades retóricas, sino también por su función de delinear caracteres y exponer las causas y consecuencias de los acontecimientos narrados.
Miller 103 distingue seis tipos de discursos, sea en oratio recta u obliqua : 1) Contio o discurso formal a un cuerpo de ciudadanos, al ejército (cohortatio) o al Senado; p. e., el discurso de Galba con motivo de la adopción de Pisón (I 15-16); 2) «Conversación» entre oradores en una asamblea, como la mantenida entre Civil, Tutor y Clásico en IV 76; 3) Dictum o comentario breve y conciso, como el de Galba en I 5, 2 («Yo recluto, no compro a mis soldados»); 4) «Resúmenes» de palabras u opiniones sobre un asunto, como los consejos que se ofrecen a Galba entre dos propuestas (defensa o ataque) en I 33; 5) Formula a través de un oráculo, una súplica o un edicto, como en Anales II 22 (inscripción); III 6 (edicto) o XIII 51 (edicto).
Los discursos pueden versar sobre política interna, política internacional, asuntos militares o personales. A veces se superponen, pero siempre suele predominar un asunto sobre otro. Los discursos se pronuncian en ciertas circunstancias y en diferentes lugares: 1) in castris , donde se dirigen discursos en los campamentos a los soldados o a embajadas dentro de un contexto militar, como el discurso de Otón a los pretorianos (I 37-38); 2) in proelio o arenga a los soldados antes de la batalla, como la de Antonio Primo a los soldados en estilo indirecto y directo (III 20); 3) apud populum o ante el pueblo de Roma u otros ciudadanos, como el de Cerial a los tréviros y lingones (IV 73-74); 4) in senatu , como Curcio Montano en el Senado contra Aquilio Régulo (IV 42, 3-6); 5) in concilio o dirigido a una asamblea fuera de Roma, como los discursos pronunciados ante la asamblea de los ciudadanos de Colonia (IV 64-65); 6) apud legationes o ante embajadas no localizadas ni en el Senado ni en campamentos (IV 32, 2-3); 7) inter privatos o discursos pronunciados en contextos diferentes a los anteriores, como el de Muciano a Domiciano en IV 85.
Me voy a detener en el tercero de Otón (II 47), antes de su suicidio. Existen versiones similares en Plutarco (Otón XV 4-8), Suetonio (un resumen de las palabras de Otón en Otón X 2) y Dión Casio (LXIV 13). El ejemplar, pero inútil, suicidio de Otón se abre con una escena patética antes de una muerte estoica que lavó un poco su sórdida vida. De todas formas, Tácito pretende con esta mors laudata despertar las emociones de los lectores 104 . La estructura de esta cohortatio parenética es como sigue 105 :
1) Exordium ab auditoribus et a persona (47, 1). Otón pide a sus soldados (ab auditoribus) que no le aconsejen seguir con vida, porque en la lucha que él (a persona) ha mantenido con la Fortuna ha salido perdedor. Por tanto, que no insistan (ab auditoribus) en que no ha disfrutado de poco tiempo de imperio, porque es mejor para él (a persona) acabar pronto para no caer abusando de un poder que se sabe que durará poco.
2) Tractatio ab hoste et a me (47, 2-3a): a) impium/pium . Vitelio, no yo, comenzó las hostilidades, un hecho impium frente a mi actitud de abandono de las mismas, todo un ejemplo de piedad hacia los demás (pium ); b) inutile (3a). Continuar la lucha supondría la inútil pérdida de la juventud romana, que debe sobrevivir.
3) Conclusio (47, 3b). El suicidio irrevocable de Otón será la mejor opción para todos.
Batallas y escenas después de la batalla 106
La descripción de una batalla naval o terrestre era un ejemplo típico de écfrasis retórica y Tucídides (batallas navales de Patras y Naupacto en II 83-84) 107 era citado por los retóricos como el modelo. Las batallas por tierra son tratadas por Aftonio (XLVI 21), Hermógenes (XVI 17) y Libanio (VIII 460-4). Los retóricos aconsejan claridad (saphéneia) y viveza (enárgeia 108 ) como las virtudes principales de tales descripciones, de manera que se narren las batallas como si estuvieran delante de los ojos del oyente. Invitan, además, a concentrarse en los hechos esenciales y hacer rápidas transiciones de un motivo a otro. Los tópicos en este tipo de descripciones eran numerosos: la posición geográfica, la concentración de los ejércitos, la disposición de los mismos en el campo de batalla, las arengas de los generales, la distinción entre defensores y agresores, los miedos previos a la acción, la lucha, la victoria, la huida de los vencidos, la celebración de la victoria, los trofeos y la visita de los generales al campo de batalla al día siguiente de su celebración.
Lógicamente, Tácito no sigue fría y escrupulosamente todos y cada uno de los motivos prescritos por los retóricos, pero, al leer la emboscada en Cástores (II 24-27), la batalla en el río Po (II 34-36), las batallas de Bedriaco (II 39-45; III 26-35) o el asalto a Cremona (III 21-30) 109 , aparecen todos y cada uno de los tópicos señalados antes. Las descripciones de tales batallas pueden degustarse para deleite del lector (delectatio lectoris) 110 como piezas autónomas.
Otro motivo frecuente es el de la escena después de la batalla para contemplar sus consecuencias 111 . Los generales y sobrevivientes inspeccionaban los campos de batalla al amanecer del día siguiente 112 . Salustio (Conjuración de Catilina LXI) invitaba a los lectores a imaginar el campo de batalla de Pistoya después de un enfrentamiento encarnizado entre las huestes de Catilina y el ejército romano. Titio Livio cuenta la visita de Aníbal al campo de batalla de Cannas (XXII 51, 5-6, 9) y Tácito (Anales I 61-62) describe la visita de Germánico y sus soldados al bosque de Teutoburgo, donde fueron diezmadas las tropas de Quintilio Varo en el año 9 d. C. Y el mismo Tácito (II 70) nos cuenta la visita de Vitelio al campo de batalla de Bedriaco. En todos los ejemplos citados el cuadro que presentan los historiadores es lógicamente de horror, destrucción y muerte, un foedum spectaculum , como lo describió el mismo Tácito, a quien en su patética descripción le interesa resaltar la humanidad de los soldados y la crueldad de Vitelio. He aquí la escena de Bedriaco después de la batalla (II 70, 1):
Vitelio se desvió desde Ticino hacia Cremona y, tras presenciar el espectáculo de gladiadores organizado por Cécina, insistió en pasear por el campo de batalla de Bedriaco y contemplar con sus propios ojos las huellas de la reciente victoria. El espectáculo fue repulsivo y horrible. Menos de cuarenta días después del enfrentamiento, la visión era de cuerpos lacerados, miembros mutilados, masas putrefactas de hombres y caballos, la tierra infectada de sangre corrompida y una terrible devastación que había arrasado árboles y cultivos.
Y como Tácito aprovechaba cualquier oportunidad para entrar en el alma de sus personajes, no se resiste a lanzar un dardo envenenado contra Vitelio, a quien despreciaba profundamente por su inutilidad y crueldad cobarde (II 70, 4):
Vitelio, sin embargo, no desvió su mirada ni sintió horror ante tal multitud de ciudadanos sin sepultar. Incluso estaba contento e, ignorante de la suerte tan cercana que le esperaba, ofreció un sacrificio a los dioses del lugar.
Urbs capta 113
Cuando Tácito (IV 1, 3) resume el estado de Roma con la entrada de las tropas flavianas en los términos de ubique lamenta, conclamationes et fortuna captae urbis , está aludiendo a un motivo literario y retórico 114 , el de la «la conquista o saqueo de una ciudad», desarrollado desde Homero hasta la antigüedad tardía en poesía, oratoria e historiografía. Troya se había convertido desde antiguo en el paradigma de una ciudad conquistada. En época helenística las escenas de tomas de ciudades se convirtieron en un tema abusivo, hasta el punto de ser criticado por el mismo Polibio (200-ca. 118 a. C.) en un célebre pasaje (II 56, 7): «Filarco quiere provocar la compasión de sus lectores y hacerles sintonizar con su relato, de modo que describe teatralmente mujeres abrazándose, desgarrando sus cabellos y descubriendo sus pechos; nos habla de lágrimas y lamentos de hombres y mujeres llevadas a cautiverio con sus hijos y sus padres ancianos». Pero el objetivo de tales historiadores era justamente conseguir patetismo y emotividad poniendo ante nuestros ojos la matanza de hombres, el incendio y destrucción de las ciudades, la muerte de niños, las violaciones de mujeres y su sometimiento a la esclavitud y el clima de lamento y desesperación por doquier. La toma de una ciudad era el mayor desastre que podía ocurrir a los hombres libres, porque podían perder su casa, sus propiedades, su familia, su patria y su libertad. Los ejemplos son infinitos desde Homero (Ilíada , IX 592-594: «y le contó todas las desgracias que suceden a los hombres cuya ciudad es conquistada: matan a los hombres, reducen la ciudad a fuego y otros se llevan a hijos y mujeres de anchas cinturas») hasta Isidoro de Sevilla 115 .
Los dos ejemplos de Tácito sobre una urbs capta en las Historias , Cremona (III 33) y Roma (IV 1) 116 , explotan los tópicos que más le interesan para reflejar no sólo el saqueo, sino también la actitud moral de los saqueadores: violaciones y asesinatos (33, 1), pillaje (33, 1-2), destrucción de edificios e incendios (33, 2), matanzas y cadáveres (1, 1), avaricia (1, 2), lamentos (1). La retórica aprendida 117 era aprovechada por Tácito no solo para provocar la miseratio de la audiencia, sino también para desenmascarar una vez más la miseria del alma humana.
HISTORIA DEL TEXTO 118
Del autor al libro impreso
Tácito no fue un autor muy popular después de su muerte, pese a que su amigo Plinio el Joven (Cartas , VII 33, 1) le augurara inmortalidad. Solo tenemos unas pocas noticias en los siglos posteriores. Tertuliano (ca. 160-ca. 220) tilda a Tácito de mendaciorum loquacissimus por sus ataques a los cristianos y judíos (Apologético XVI y A las Naciones I 11). Por la Historia Augusta (siglo IV d. C.) sabemos que el emperador Tácito (275-276 d. C.) ordenó que se hicieran copias de toda la obra del historiador 119 y se albergaran en las bibliotecas públicas. A finales del mismo siglo IV Amiano Marcelino (XXXI 16, 9) confesó que su historia empezaba en el emperador Nerva (96-98) como continuación de la obra de Tácito, que terminaba con la muerte del emperador Domiciano en el año 96 d. C. San Jerónimo (ca. 340-420) en su Comentario a Zacarías (III 14) asegura que Tácito escribió la vida de los emperadores desde la muerte de Augusto hasta la de Domiciano (años 14-96 d. C.) en treinta libros, seguramente doce para las Historias y dieciocho para los Anales 120 , de los que han llegado hasta nosotros Historias (I-V 26) y Anales (I-VI y XI-XVI 35). Son los libros que se conservaron en los monasterios medievales. Las referencias a Tácito en las cartas de Sidonio Apolinar (IV 14, 1; 22, 2) a mediados del siglo V muestran que existían lectores entre la gente letrada de la Galia de aquella época. Y a principios del siglo VI Casiodoro (485-580) hace referencia a «un tal Cornelio» para explicar el origen del ámbar 121 . Entre los cristianos, aluden a él Tertuliano (ca. 160-ca. 220), ya citado, Sulpicio Severo (363-ca. 425) y Paulo Orosio (ca. 383-ca. 420).
Desde la muerte de Tácito en el reinado de Adriano (118-137 d. C.) hasta la primera edición impresa, sobre el año 1470, a cargo de Vindelino de Espira, la obra de Tácito fue copiada con múltipes errores de escritura, sin duda debidos a la dificultad del latín de nuestro historiador. Con todo, la Germania era conocida en el monasterio de Fulda en el siglo IX y de Hersfeld procedía un manuscrito del siglo IX , que habría sido el origen de la tradición manuscrita de la obra menor de Tácito y del De grammaticis et rhetoribus de Suetonio 122 .
Los libros XI-XVI de los Anales y las Historias I-V 123 se han conservado en un único manuscrito medieval del siglo XI , el codex Mediceus, Laurentianus 68.2 124 o «segundo Medíceo» para distinguirlo del «primer Medíceo» o Laurentianus 68.1 de los Anales I-VI. El segundo Medíceo fue copiado en escritura beneventana en el monasterio de Montecassino, siendo su abad Richer, en los años 1038-1055. Este manuscrito transmite también las obras mayores de Apuleyo, Apología, Metamorfosis o Asno de oro y Flóridas . Debió de descender de un antiguo manuscrito escrito en capitales rústicas, pero hay que suponer también la existencia de un manuscrito intermedio copiado en minúsculas. El segundo Medíceo fue usado por Paulinus Venetus, obispo de Pozzuoli, entre los años 1331 y 1344. Boccaccio vio este manuscrito en 1371 y un texto de Tácito se entregó al monasterio de Santo Spirito de Florencia entre los libros depositados allí a su muerte. En el año 1427 el manuscrito aparece como propiedad de Niccoló Niccoli, quien se lo prestó a Poggio para su lectura, siéndole devuelto después. Tras la muerte de Niccoli en 1437, el manuscrito pasó a la biblioteca Laurenziana de Florencia. Este manuscrito fue casi ignorado por la dificultad de la escritura beneventana hasta el año 1607 en la edición de Curtius Pichena. Del segundo Mediceus descienden apógrafos directos o indirectos: 33 códices recentiores . No obstante, C. W. Mendell 125 creyó erróneamente 126 que el Leidensis BPL 16B , copiado por Rudolphus Agricola (1444-1485) 127 , representaba una rama independiente del Mediceus 128 . Así que el segundo Medíceo es el manuscrito que debe seguirse en el establecimiento del texto de las Historias , excepto en los pasajes en los que el Medíceo sea ilegible, presente lagunas, corrupciones o interpolaciones.
Los manuscritos recentiores , todos del siglo XV , se dividen en tres grupos 129 . El primero de ellos y el más importante contiene el mismo texto que el Mediceus , es decir, hasta Historias , V 26, 3 (Flavianus in Pannonia) . El primer grupo (I), a su vez, incluye dos subgrupos: uno (Ia), compuesto de ocho códices (Laurentianus 68.5, Holkhamicus 359, Laurentianus 63.24, Caesaraugustensis 9439 130 , Yalensis I, Yalensis II, Urbinas Latinus, Yalensis III) , ofrece un texto muy cercano al Mediceus ; y otro (Ib), de nueve manuscritos, de los que el más antiguo es el Vaticanus latinus 1958 , copiado en Génova en 1499 por Joannes Andrea de Buxis; de ahí que a este grupo se le llame «genovés» (cod. Genuani o Genuenses): Vaticanus latinus 1958, Bodleianus Auct. F.2.24, Guelferbytanus Gudianus 118, Matritensis 8401 131 . Harleianus 2764, Malatestianus Caesenos II 13.5, Parmensis 861, Jesu Collegii Oxoniensis 109. Bodleianus Latinus class. D. 16 . Todos los manuscritos de este grupo presentan un comentario marginal a Historias III 30, 1 que alude a otra Génova (status mercatus generales nundinae ut genuae allobrogum urbis hodie est) . El segundo grupo (II) de recentiores termina en Historias V 23, 2 (magnitudine potiorem) por la ausencia de un folio y es la fuente tanto de la editio princeps de 1472-1473 en Venecia como del Leidensis antes citado: Vaticanus Latinus 1863, Neapolitanus IV.C.23, Venetus 381, Parisinus Regius 6118, Vindobonensis 49, Leidensis BPL 16B, Neapolitanus IV.C.22, Budensis 9 . El tercer grupo (III) acaba en Historias V 13, 1 (evenerant) con la pérdida de un quinión o cinco folios: Vaticanus Latinus 1864, Laurentianus 68.4, Vaticanus Latinus 2965, Londiniensis BL Addit. 8904, Neapolitanus IV.C.21, Ottobonianus 1748, Ottobonianus 1422, Haunienis Gl. Kgl. S. 496 . Todos los manuscritos han sido colacionados, hecho muy excepcional en los autores grecolatinos.
Las ediciones 132
La editio princeps de Tácito se publicó en Venecia en 1472 o 1473 y estuvo a cargo de Vindelino de Espira. Contiene Anales XI-XVI, Historias I-V, Germania y el Diálogo de los oradores . Los Anales aparecen sin título ni división de libros. Las Historias terminan en V 23, 2 como los manuscritos del grupo II, citados más arriba. La segunda edición salió a la luz en Milán en el año 1476 o 1477. Su editor, F. Puteolanus, añadió el Agrícola a su contenido, tres capítulos más a las Historias y puso título a los Anales (Corneli Taciti Historiae Augustae libri XI) . Una segunda edición de Puteolanus salió en el año 1497. La primera edición completa de Tácito, una vez redescubierto el Mediceus primus con Anales I-VI, apareció en Roma en el año 1515 a cargo de Filipo Beroaldo, a quien el papa León X concedió el derecho exclusivo para su publicación.
Durante el siglo XVI e inicio del XVII sobresalieron tres grandes editores de las Historias : Beatus Rhenanus, Justus Lipsius y Curtius Pichena. Beatus Rhenanus (1485-1547), discípulo de Erasmo de Rotterdam, editó la obra de Tácito en los años 1533 y 1544, después de haber sacado a la luz la editio princeps de Veleyo Patérculo en los años 1520-1521. Para la edición de Anales XI-XVI e Historias se valió del manuscrito Yalensis I . Justus Lipsius (1547-1606 133 ) se distinguió en sus sucesivas ediciones de Tácito desde 1574 hasta la póstuma de 1607 por su gran conocimiento no solo de la lengua y el estilo de Tácito, sino también de la historia e instituciones romanas. Introdujo cientos de enmiendas al texto 134 , especialmente en los Anales . Sus ediciones parece que están basadas solo en tres manuscritos del siglo XV : Vaticanus 1863, Vaticanus 1864 y Neapolitanus IV.C.21 . Con todo, Lipsius se ha mantenido como uno de los mejores editores de Tácito de todos los tiempos por la mejora evidente que introdujo en el texto, incluida la separación de Anales e Historias , y por el primer y excelente comentario completo de las obras mayores de Tácito 135 . Sus ediciones se siguieron imprimiendo un siglo después de su muerte, la última en 1648, en la que se incluyó la obra de Veleyo Patérculo. Por último, Curtius Pichena, una figura menor que los anteriores, tuvo el mérito de contar en su edición de 1607 136 con los códices Medíceos que él había colacionado antes muy cuidadosamente. Además, introdujo la división de los capítulos que han seguido los editores posteriores.
En los dos siglos siguientes no hubo un progreso evidente en los estudios de Tácito. J. Gronovius (1645-1711) editó a Tácito con las notas de su padre J. F. Gronovius (1611-1671) en los años 1672 y 1721. La edición de T. Ryck de Leiden en 1687 tiene el mérito de haber usado el Leidensis BPL 16B , del que se ha hablado más arriba. En el siglo XVII merece ser mencionada la edición de I. A. Ernesti en Leipzig (1752, 1772), aunque no tuvo en cuenta los Medíceos. En la primera mitad del siglo XIX destaca la edición de I. G. Orelli de 1846 en Zúrich. Es inferior a su Horacio de 1843, pero ofrece las lecturas de los Medíceos a partir de las completas colaciones de I. G. Baiter.
El siglo XIX supuso un gran avance en las ediciones de Tácito, porque se reconoció definitivamente la autoridad de los códices Medíceos y se construyó un aparato crítico fiable. K. Halm (Leipzig, 1850) fue el autor de una modesta edición que se convirtió en una especie de vulgata hasta los años veinte del siglo XX . Desde luego, no alcanzó la talla de K. Nipperdey, editor y comentarista de los Anales (Leipzig, 1852) y de toda la obra de Tácito (Berlín, 1871-1876). Mejoró el texto y creó un nuevo estilo de comentario, lingüístico, literario e histórico. De él bebieron Furneaux, Koesterman y el mismo Goodyear, como él mismo reconoce 137 .
En el siglo XX merecen ser citadas algunas ediciones aseadas, aunque no excepcionales. Así E. Koestermann se hizo cargo de sucesivas revisiones de la edición de K. Halm para la Bibliotheca Teubneriana (1934-1937 y 1949-1950) y de su propia edición de 1961, en la que da equivocadamente una gran importancia al códice Leidensis BPL 16B , del que hemos hablado antes. C. Giarratano elaboró una buena edición de las Historias basándose en el Mediceus II. La Collection Les Belles Lettres editó las Historias en 1921 al cuidado de H. Goelzer, pero ha sido sustituida por una nueva edición a cargo de P. Wuilleumier (solo para el tomo I) y H. Le Bonniec con extensas anotaciones de J. Hellegouarc’h (Histoires I, 1987; II-III, 1989; IV-V 1992, 20032 ). The Loeb Classical Library en los volúmenes II-III de la obra de Tácito presentó un texto de Historias (1925-1931 y sucesivas ediciones) con mínimas nota críticas y traducción inglesa a cargo C. H. Moore. La biblioteca Teubneriana ha editado otras dos versiones críticas de las Historias . Una fue publicada en Stuttgart (1978) y fue confeccionada por H. Heubner, también comentarista de la obra en cinco volúmenes (Heidelberg, 1963-1982) y está acompañada de una concisa introducción y un breve aparato crítico, igual que la edición oxoniense de C. D. Fisher (1911). La segunda edición Teubneriana (Leipzig, 1989) a cargo de K. Wellesley presenta un aparato crítico más completo y se viene convirtiendo en la edición crítica de referencia. De ediciones españolas poco hay que decir, a no ser de la de J. Vallejo (Madrid, CSIC, 1942) para los libros I -III (sin aparato crítico) y el texto con comentario de M. Bassols de Climent (I, Madrid, Bosch, 1971; II, Madrid, CSIC, 1946; III, Madrid-Barcelona, CSIC, 1951; IV, Madrid-Barcelona, CSIC, 1951; IV, Madrid-Barcelona, CSIC, 1955).
PERVIVENCIA DE TÁCITO 138
Tácito fue ignorado en la Edad Media hasta el siglo IX , cuando su obra fue copiada por los monjes de la abadía de Montecassino. Después, se volvió a descubrir en el siglo XIV por obra de Boccaccio 139 (1313-1375) y en el siglo XV ya se encuentran citas de su obra en los humanistas Leonardo Bruni 140 (1370-1444), Flavio Biondo (1392-1463), Lorenzo Valla (1406-1457), Guarino de Verona (1374-1460) y el papa Pío II (Eneas Silvio Piccolomini, 1405-1464). Precisamente, en el siglo XV surgió un fenómeno proteico, el tacitismo , que tuvo una influencia grande sobre la historia literaria del latín y de varias lenguas modernas, así como en el pensamiento histórico y político de más de un siglo europeo 141 . Tácito fue admirado como un fino estilista de la lengua latina, como un gran historiador, como un moralista y, sobre todo, como un maestro de la política 142 . Pero también tuvo sus detractores, precisamente aquellos que siempre defendieron la supremacía de Cicerón y de Tito Livio en la prosa latina.
A comienzos del siglo XV el humanista florentino Leonardo Bruni defendió en su Historia de Florencia que esta ciudad había heredado las virtudes que la antigua Roma había perdido con los emperadores. Esta misma teoría sobre la falta de libertad en Roma la había señalado Tácito en el comienzo de sus Historias (I 1, 1). No obstante, otros humanistas, como Pietro Bembo (1470-1547), le criticaban por escribir un latín malo, en comparación con el de Cicerón y Livio, y por haber ofrecido una imagen negativa de los cristianos (Anales XV 44, 2-5), al igual que lo criticó Guillaume Budé (1467-1540) (omnium scriptorum perditissimus) en 1508. Antes, Angelo Poliziano (1454-1494) había salido en defensa de Tácito aseverando que el hecho de que el estilo de Tácito fuera diferente al de los puristas no significaba que fuera peor, mientras que el jurista Jean Bodin (1529-1596) señalaba con razón que Tácito vivió en un mundo pagano, no cristiano. En los siglos siguientes se establecieron dos tipos de Tácito: el rojo o «Tacito rosso» y el negro o «Tacito nero», por usar los términos de Toffanin 143 . Por el primero, Tácito es un revolucionario, un historiador malo, un irreverente y una mala persona. Tal fue la postura del poder establecido y fue difundida especialmente por los jesuitas, que idealizaban a Tito Livio. Y, por el segundo, se veía a Tácito como el consejero de los tiranos, príncipes cínicos y cortesanos hipócritas, es decir, el modelo de Maquiavelo o de Bacon.
Beatriz Antón 144 ha establecido varias vías de penetración del tacitismo en España: 1) La «vía hispánica», representada por el humanista valenciano J. L. Vives (1492-1540) desde los Países Bajos y el llamado «triunvirato aragonés», formado por G. Zurita (1512-1580), A. Agustín (1517-1586) y J. Verzosa (1523-1574), desde Italia; 2) la «vía europea» que se divide en cuatro: a) la «vía italiana» a través de A. Alciato (1492-1550), F. Guicciardini (1483-1540), S. Ammirato (1531-1601), G. Botero (1540-1617), T. Boccalini (1556-1613) y V. Malvezzi (1595-1694); b) la «vía francesa», representada por J. A. Mureto (1526-1585), J. Bodin (ca. 1530-1596) y M. de Montaigne (1533-1592); c) la «vía flamenca» o Lipsiana, liderada por el editor y comentarista de Tácito, Justus Lipsius (1547-1606), ya mencionado; y d) la «vía alemana», a través de los austríacos C. Forstner y M. Bernegger, aunque fue una vía secundaria y tardía. Habría que destacar de manera especial a algunos de ellos.
Francesco Guicciardini (1483-1540), un humanista al servicio de los Medici de Florencia y del Papado, imitó a Tácito en sus análisis de los acontecimientos de su época y en el sentimiento que tuvo de una corrupción a todos los niveles en su Historia de Italia (1561). De él se conserva una frase famosa sobre las enseñanzas de Tácito: «Insegna molto bene Cornelio Tacito a chi vive sotto a’ tiranni il modo di vivere e governarsi prudentemente, così come insegna a’ tiranni e’ modi di fondare la tirannide 145 ». Nicolás Maquiavelo (1469-1527) salpica de citas de Tácito sus Discursos sobre la primera década de Tito Livio (1513-1517) y detrás de El príncipe se ha querido ver la figura de Tiberio. Para Momigliano el comentario de C. Paschalius de 1581, publicado en París, representa la inauguración del tacitismo político en Europa 146 . Y, aunque no todo fueron buenas noticias para Tácito en el siglo XVI , pues a M. A. Muretus (1526-1585) se le prohibió enseñar a Tácito en Roma durante las décadas de los setenta y ochenta por sus ataques a judíos y cristianos, sin embargo la situación se inclinó decididamente por la defensa del pensamiento y el estilo de Tácito a partir de Justus Lipsius (1547-1606) y su comentario a los Anales (1581), en el que llegó a declarar que la obra de Tácito era «un teatro de nuestra vida moderna». Y tanto Muretus como Lipsius consideraron a Tácito el modelo de una nueva manera de escribir (genus humile o estilo sencillo) de forma más cortada, más rápida y más aforística que el latín cieroniano que se cultivaba en escuelas y universidades. De esta manera, el estilo tacíteo se extendió por toda Europa a lo largo del siglo XVI y primera mitad del XVII 147 . Francis Bacon 148 (1561-1626) y P. C. Hooft (1581-1647) siguieron las inclinaciones taciteanas de Lipsius en su escritos 149 . M. Montaigne (1533-1592) enjuicia y se interesa por la obra de Tácito en sus Ensayos de 1588. Y para Gabriel Naudé (1600-1653), bibliotecario del cardenal Mazarino y padre de la biblioteconomía moderna, Tácito llegó a ser autoridad destacada en el pensamiento humano y en la actividad e historia politicas. Trajano Boccalini (1556-1613) se valió de cientos de citas de Tácito en sus Ragguagli di Parnaso (1612) para aplicarlas a príncipes y cortesanos de su época y póstumamente se publicaron sus Commentarii sopra Cornelio Tacito (Ginebra, 1669).
La obra de Tácito también fue utilizada por las víctimas del poder político, como fueron los casos del español Antonio Pérez (1540-1611) contra Felipe II, del que había sido secretario real, o del inglés Ben Jonson 150 (1572-1637), cuya obra teatral Sejanus: his Fall (1603) fue criticada por sus enseñanzas insidiosas contra el poder establecido. Esta obra de Jonson junto con el Britannicus (1669) de Jean Racine (1639-1699) son ejemplos destacados de tacitismo en el teatro francés e inglés del siglo XVII .
Tácito, a través de su Germania y de su descripción de la revuelta de los batavos en las Historias , sirvió desde el Renacimiento como guía para sostener que el pueblo germano poseía las cualidades de sus antepasados: valentía, desprecio por el lujo y amor a la libertad. Conrad Celtis (1459-1508), humanista alemán y descubridor de la Tabula Peutingeriana , fue el adalid de esta corriente, cuyos ecos llegaron hasta la Alemania nazi del siglo XX . En la misma línea H. Grotius (1583-1645), jurista holandés, sostenía, basándose en Tácito, que Holanda tenía sus raíces en los antiguos batavos y, como estos se atrevieron a enfrentarse a Roma, también ellos se resistían a aceptar el poder de España. Incluso, Justus Lipsius, cuando explicaba en Jena a Tácito en 1572, el mismo año de la revolución de los Sea Beggars contra España, sugirió que la doble cara de Tiberio era la viva imagen del duque de Alba, gobernador de los Países Bajos.
Con todo, la preferencia 151 de los españoles por Lipsius fue una consecuencia de la presencia española en los Países Bajos, especialmente desde la conversión de Lipsius al catolicismo en 1591. En Lipsius los políticos de la época encontraban las razones de un Estado cristiano, la doble moral cortesana y toda una casuística moral para la vida cotidiana. Los filólogos y humanistas, por su parte, veían en él a un erudito experto en analizar los textos antiguos. Así que Lipsius influyó 152 , entre otros, a B. Arias Montano (1527-1598), Lupercio Leonardo de Argensola (1559-1613) y M. Sarmiento de Mendoza, profesor de Teología en la Salamanca del XVI. La presencia de Lipsius se extendió durante el siglo XVII a los jesuitas P. Ribadeneyra y J. de Mariana y, sobre todo, a tres grandes ensayistas del Barroco español: Francisco de Quevedo (1580-1645), quien, pese a citar numerosas veces a Tácito, lo incluyó entre los impíos en la Política de Dios ; Diego de Saavedra y Fajardo (1594-1648), aunque sea de manera hostil hacia Tácito y sus comentaristas; y Baltasar Gracián (1601-1658) 153 .
El tacitismo comenzó a declinar en el tercer tercio del siglo XVII junto con el declive de la literatura clásica, marcada por la fundación de la Royal Society en Londres con su defensa de un estilo llano y sencillo. La Battle of the Books (1697) de J. Swift junto a la Querelle des Anciens et des Modernes de finales del siglo XVII en Francia marcaron el final de una época en la que la superioridad de la literatura antigua no admitía discusión alguna. Pese a ello, las grandes figuras de la Ilustración francesa, J. J. Rousseau (1712-1778), D. Diderot (1713-1784) y J. le R. d’Alembert (1717-1783), admiraron a Tácito, a quien tradujeron al francés, como estilista y como republicano junto a Maquiavelo. El barón Charles Louis de Montesquieu (1684-1755) siguió a Tácito al buscar las razones morales de los cambios sociales y políticos en sus Consideraciones sobre las causas de la grandeza de los Romanos y de su decadencia (1734) 154 . Y no se olvide la presencia de Tácito en The History of the Decline and Fall of the Roman Empire (1776-1788) 155 de Edward Gibbon (1737-1794).
Poco después, Napoleón Bonaparte (1769-1821), dotado de una profunda educación clásica, expresó su hostilidad hacia Tácito 156 por ser un crítico sin piedad hacia los emperadores romanos y por su estilo «impenetrable». Lo contrario que Napoleón pensaron los revolucionarios norteamericanos, que vieron en Tácito a un enemigo de la tiranía y a un modelo de moralismo radical. John Adams (1735-1826) y Thomas Jefferson (1743-1826), segundo y tercer presidentes americanos, tenían a Tácito como su escritor preferido.
La estrella de Tácito empezó a decaer en el siglo XIX , cuando se extendió la llamada historia académica y científica, la que debe contar pura y llanamente «lo que sucedió realmente». Con todo, Stendhal (1783-1842) 157 , Th. B. Macaulay (1800-1859) y John Quincy Adams (1767-1848) lo tenían entre sus libros favoritos. Pero, si declinó la fama de Tácito como historiador, su reputación de estilista y pensador se mantuvo intacta. Tanto el alemán F. Leo (1851-1914) como el francés G. Boissier (1823-1908) consideraron a Tácito un gran estilista y un profundo moralista.
En el siglo XX Tácito, como la mayoría de los autores griegos y latinos, no ha tenido gran influencia sobre la vida intelectual, a no ser el fervor que sintieron los nazis por su Germania , aunque las ideas de libertad y superioridad germana estaban ya trazadas por los humanistas alemanes. El siglo XX se ha distinguido por los trabajos de investigación filológica de la obra de Tácito. Ediciones, comentarios y artículos científicos, con Syme a la cabeza, han aumentado nuestro conocimiento de su obra, que seguirá viva para enseñarnos a desenmascarar a tiranos como Stalin, Hitler o Pol Pot. Mientras no juzguemos a Tácito con los criterios estrechos de la historia científica y académica de los siglos XIX y XX , Tácito «will once again illuminate the moral and political issues of yet another day 158 ».
Solo resta hacer mención a dos libros publicados en los últimos años sobre la época de Tácito. La novela de Juan Luis Conde, El largo aliento (1993), trata sobre el alma de Tácito, el Silencioso, a quien describe así (pág. 148): «Primero en el Foro y en la Curia, dominando las pasiones de los otros y sus juicios a placer, y luego también en sus libros de historia, distribuyendo sus argumentos con la astucia del castor, dirigiendo al lector la sentencia interesada de absolución o condena con la misma destreza que a los jueces. Qué ironía. Todos los misterios de su estilo literario, esa personalidad de sus escritos que tanto cautivaban a Gayo, la sintaxis forzada, las palabras extrañas, las máximas metálicas, el caudal de esa garra manaba de la obsesión para convencer, por ser creído». Santiago Posteguillo ha sacado a la luz en 2011 una nueva novela histórica sobre Trajano (Los asesinos del emperador. El ascenso de Trajano, el primer emperador hispano de la Historia) . Las páginas 169-244 reflejan sucintamente lo que Tácito y otros historiadores griegos y latinos contaron sobre los años 68 a 70 d. C.
LAS TRADUCCIONES 159
La primera traducción de Tácito al español apareció en el año 1590 a cargo de Antonio de Toledo. Comprende Anales I e Historias I y se conserva inédita en la Biblioteca Real de Madrid (Ms. II/1438) 160 . Nicolás Antonio 161 cita entre los traductores de Tácito a P. Simón de Abril (1530-1595) 162 , pero su traducción no se conserva, como tampoco las de Pedro Ponce de León (ca. 1508-1584), Lupercio Leonardo de Argensola (1559-1613), Miguel Clemente y Cristóbal de Benavente y Benavides, quien en sus Advertencias a Príncipes y Embajadores (Madrid, 1643) declara que tradujo a Tácito en su juventud. Hay noticias sobre otros traductores de Tácito, como Juan de Verzosa (1523-1574) y Baltasar de Céspedes († 1615), pero sus traducciones tampoco han llegado hasta nosotros. En el siglo XVII , la era del tacitismo español, aparecieron tres traducciones completas de Tácito a cargo de Emanuel Sueyro (Amberes, 1613), Baltasar de Álamos Barrientos 163 (Tácito español ilustrado con aforismos , Madrid, 1614) y Carlos Coloma (Douay, 1625, 1629), cuya traducción se ha estado publicando hasta hace bien poco (Madrid, Austral, 1944 y Aguilar, 1961) 164 . Hay que esperar a bien entrado el siglo XX para encontrar una nueva traducción completa de Vicente Blanco García (Madrid, Aguilar, 1957). La última parte del siglo XX y el comienzo del siglo XXI han conocido tres nuevas traducciones de las Historias : la fiel al español y al texto latino de Heubner de José L. Moralejo (Madrid, Akal, 1990), la parca de José M. a Requejo (Madrid, Ediciones Clásicas, 1977), basada en el discutido texto latino de Koestermann, y la de Juan L. Conde (Madrid, Cátedra, 2006), apoyada en el texto latino de Wellesley dirigida al lector de literatura más que a filólogos e historiadores. Por último hay que reseñar la versión al catalán con texto latino de Mariano Bassols de Climent y M. Casas Homs (I-II, Barcelona, Bernat Metge, 1949-1957) y con M. Dolç (III, IV-V, 1957-1962) y la traducción al vasco de Xabier Amuriza (Bilbao, 2005).
La presente traducción se basa en el texto latino de K. Wellesley (Leipzig, Bibliotheca Teubneriana, 1979), excepto en los pasajes enumerados más abajo. Me he beneficiado de los comentarios 165 de Ash (2007), Bassols de Climent (1946-1971), Chilver (1979), Chilver y Townend (1985), Damon (2003), Hellegouarc’h (1987-2003), Heubner (1963-1982), Wellesley (1972) y he tenido siempre a mano las traducciones de Moore (1925, 19807 ), José L. Moralejo (1990), Juan L. Conde (2006) y Wellesley (2009). El progresivo alejamiento de los textos originales de la cultura grecolatina de nuestra época me ha obligado a ser un poco más generoso en las notas a la traducción, deudoras no solo de los comentarios citados más arriba, sino también del buen oficio de cientos de filólogos que han dedicado su vida al esclarecimiento de la obra de Tácito. El rico y extenso material que ha llegado a mis manos ha sido posible gracias a la incansable labor del Servicio de Préstamo Interbibliotecario de la Biblioteca de la Universidad de Huelva y a sus recursos informáticos en línea.
NOTA TEXTUAL



Deseo agradecer las correcciones, sugerencias y observaciones a la traducción de José A. Bellido, Vicente Cristóbal, Samuel Díez Reboso, Juan A. Estévez, Juan Fernández Valverde, Ignacio García Pinilla, Luis Rivero, Ángela Suárez del Río y, sobre todo, de Francisco Socas, el revisor del volumen. Sus atinadas advertencias, consejos y mejoras de la traducción son impagables.
En Huelva y Habitat 71, el día de Reyes de 2012
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