Читать книгу: «El satiricón»

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BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 10


Asesor para la sección latina: SEBASTIÁN MARINER BIGORRA. .

Según las normas de la B. C. G., la traducción de este obra ha sido revisada por MANUEL C. DÍAZ Y DÍAZ .

© EDITORIAL GREDOS, S. A.

Sánchez Pacheco, 81, Madrid. España, 1988.

PRIMERA EDICIÓN, junio de 1978.

1a . reimpresión, marzo de 1984.

2a . reimpresión, junio de 1988.

ISBN 9788424930455.

INTRODUCCIÓN

LA NOVELA LATINA

Frente a otros géneros literarios como el épico y el dramático que en Roma gozaron de gran predicamento desde los orígenes de su literatura, la novela surge tarde y sólo está representada por dos obras: El Satiricón , de Petronio, y El Asno de Oro , de Apuleyo. Anteriormente los romanos parecen haberse contentado con traducciones de los cuentos milesios griegos, que leían con avidez en tiempos de paz y se llevaban entre sus enseres personales en período de campaña para entretener sus horas de ocio en la vida de campamento.

Por novela se entiende literatura narrativa no histórica, pues, como observó Menéndez y Pelayo, «la definición de la novela como historia ficticia incurre en una contradicción en los términos, pues la verdad es esencial en la historia. Si toda historia es o debe ser verdadera, parece difícil que pueda haber historia ficticia » 1 .

Para el gran sabio español en el nombre poco exacto y comprensivo de novela entran el cuento y la leyenda, la pintura de costumbres y la narración de sucesos maravillosos. Desde el género heroico, degeneración de la epopeya, hasta el pastoril, extensión de la poesía bucólica, todo cabe dentro de la novela. La forma de estas composiciones es variadísima; unas veces están en prosa, otras en verso, otras en prosa entremezclada de verso. Son las composiciones más libres en su forma, y menos reductibles a moldes determinados. Pero siempre presentan la narración como carácter distintivo.

Según esto, el nombre de novela es adecuado para designar las obras de Petronio y Apuleyo. Novela es El Satiricón , a pesar de los extraños elementos combinados en su composición. En cuanto a El Asno de Oro no se puede dudar de la unidad interna que existe en su estructura, como se verá en su lugar.

PETRONIO

Petronio y su obra plantean un sinfín de difíciles problemas. Del autor no sabemos nada con absoluta certeza; en cuanto a su obra, sólo nos ha llegado en parte e ignoramos lo que esta parte podría representar en el supuesto conjunto primitivo, cuyas líneas generales no logramos reconstruir: ni siquiera estamos de acuerdo sobre el tema que el autor pretendió desarrollar.

1.

La obra

Entre las obras de la literatura antigua que han llegado a la actualidad, pocas hay cuya transmisión acuse a través de los siglos estragos y peripecias más curiosas que El Satiricón . Le falta el principio y el final, como es bien comprensible y ocurre con otros textos, ya que lo más expuesto a perecer en un libro son siempre las primeras y últimas hojas del mismo. Pero, en el caso de El Satiricón , lo conservado ha ido apareciendo por partes y al azar de las circunstancias en diversas bibliotecas europeas: los editores han tenido que ir encajando los trozos dispersos para reconstruir en la medida de lo posible su primitiva unidad. Naturalmente, hay muchísimas lagunas más o menos extensas, y también no pocas «piezas» para las que no se encuentra sitio y que han de relegarse a un apéndice en las ediciones críticas o de cierta pretensión científica.

La colección de fragmentos, tal como la leemos actualmente, se ha constituido en tres etapas escalonadas a un siglo de distancia entre sí.

El primer manuscrito de Petronio apareció en 1476 y sirvió de base a la primera edición que de nuestro autor hizo Francisco Puteolano (Milán, 1482). Contiene la mayoría de las aventuras de Encolpio y el principio de la cena de Trimalción. No se conoció otro texto de Petronio hasta la segunda mitad del siglo XVI .

A partir de 1564 se descubren nuevos fragmentos que van encajando en el texto primitivo y lo completan en unos cuantos puntos; estos sucesivos hallazgos dan lugar a las importantes ediciones de Sambucus (Viena, 1564), Juan Tornesio (Lyón, 1575) y Pedro Pithoeano (París, 1577), que sucesivamente amplían la edición de 1482. Completan el texto, aunque no mejoran lo ya conocido, pues los nuevos manuscritos son menos fidedignos que el primitivo de Francisco Puteolano.

Para lograr progresos substanciales en el conocimiento de El Satiricón hemos de esperar todavía cerca de otro siglo más y llegar al año 1663, fecha en que, en la biblioteca de Nicolás Cippio, aparece el importantísimo códice Traguriensis (hoy Parisinus 7989 ). El Traguriensis , llamado así por haberse descubierto en la ciudad yugoslava de Traur, contiene en una primera parte los poemas de Catulo, Tibulo y Propercio; luego viene un largo fragmento que fue fácil identificar con la cena de Trimalción, cuyos primeros capítulos ya se conocían, como queda dicho.

Sin embargo hemos de recordar aquí que la autoridad del códice Traguriensis , aunque está fechado (20 de noviembre de 1423), tardó en imponerse al mundo erudito. Antes de incorporarlo a las ediciones de Petronio, se publicaron ediciones especiales del códice en 1664 (Padua y París) y 1665 (Upsala), que suscitaron numerosas y apasionadas controversias en pro y en contra de la autenticidad de la obra; hubo incluso un auténtico congreso en 1668 para estudiar el manuscrito y zanjar definitivamente la cuestión. La inmensa mayoría de los asambleístas reconoció la autenticidad del códice y se dictaminó que «la Cena era del mismo autor que las Aventuras de Encolpio».

Después de este dictamen no se hicieron esperar las nuevas ediciones que incorporarían el contenido del Traguriensis a la novela de Petronio: las encabeza Michael Hadrianides, cuyo trabajo publicó el impresor Juan Blevio, en Amsterdam, el año 1669. Esta fecha cierra, pues, el período de dos siglos de descubrimientos que fueron desenterrando la obra de Petronio en sus dimensiones actuales.

Con esto la edición «completa» de Amsterdam quedaba de hecho todavía demasiado «incompleta» para los admiradores de Petronio. Surge entonces la era de falsarios 2 que pretendieron completarla de verdad (!). El más célebre fue el francés Francisco Nodot, un militar que aseguraba haber hallado en 1668, en Belgrado, un nuevo manuscrito sin las lagunas de los conocidos anteriormente. Publicó, pues, su sensacional edición de Petronio en Rotterdam, en 1692, y en París el año siguiente. Aunque la crítica de su tiempo tardó poco en desenmascarar la superchería del falsario, sus interpolaciones tuvieron bastante éxito y figuran todavía en la mayoría de las ediciones posteriores. No hemos acogido esos suplementos en nuestra traducción.

Así, pues, desde 1669 sólo hubo para nuestro texto mejoras de detalle: consistieron en aprovechar exhaustivamente los datos suministrados por los manuscritos, en casos de discrepancia, y en enmendar por conjetura los pasajes corrompidos, pero siempre en la extensión marcada por el Traguriensis . En este sentido hace época la edición crítica monumental de Francisco Bücheler (Berlín, apud Weidmannos, 1862).

2.

El autor

A la vez que se constituía la colección de fragmentos de El Satiricón se iba identificando a «su» autor, Petronio, con cierto personaje consular llamado igualmente Petronio y del cual Tácito nos da las siguientes noticias en el libro XVI (capítulos XVII-XIX) de sus Anales :

«En el transcurso de breves días cayeron en la misma redada Aneo Mela, Cerial Anicio, Rufrio Crispino y Petronio…

»Por lo que atañe a Petronio, he de insistir en algunos antecedentes. Pasaba el día durmiendo y dedicaba la noche a sus quehaceres y diversiones; así como otros alcanzan la gloria trabajando, él la había alcanzado vegetando; y no se le tenía por un vicioso, como a la mayoría de los que dilapidan sus bienes, sino por un refinado vividor. Cuanto mayor era la despreocupación y abandono reflejados en sus palabras y su conducta, mayor era también la simpatía que despertaba su aparente sencillez. En la dignidad de procónsul, en Bitinia, y luego en la de cónsul, se mostró enérgico y a la altura del cargo. Posteriormente, recayendo en sus vicios reales o aparentes, fue admitido en el reducido número de los favoritos de Nerón. Era el árbitro de la elegancia: el príncipe, por hastío, no encontraba agradable y delicado sino lo que previamente Petronio le recomendaba. De aquí la envidia de Tigelino, como ante un rival que le llevaba ventaja en la ciencia del placer. Aprovecha, pues, la pasión dominante del príncipe, su crueldad, y airea a sus ojos la amistad de Petronio con Escevino: antes compra entre sus esclavos a un delator y, sin dar lugar a la defensa, encarcela a la mayoría de los restantes.

»Casualmente el César había ido a pasar aquellos días en Campania y Petronio lo había acompañado hasta Cumas, donde se le dejó detenido. No resistió la idea de aguardar entre el temor y la esperanza. Sin embargo, tampoco se quitó de repente la vida, sino que se abría caprichosamente las venas, las cerraba, las volvía a abrir, y a la vez charlaba con sus amigos sin adoptar un tono serio ni pretender dejar a la posteridad un ejemplo de valor. Escuchaba a sus interlocutores, que para nada mencionaban la inmortalidad del alma ni las bonitas máximas de los filósofos; tan sólo quería oír poesías ligeras y versos fáciles. Recompensó a algunos de sus esclavos e hizo azotar a otros; asistió a comidas, se entregó al sueño para que su muerte, aunque forzosa, pareciera natural. No trató de adular con misivas, como suelen hacer los condenados a la última pena, ni a Nerón ni a Tigelino ni a ningún otro personaje influyente; al contrario, bajo el nombre de jóvenes impúdicos y mujeres depravadas, describió el inaudito refinamiento de las orgías del príncipe y, lacrado el relato, lo envió a Nerón. Acto seguido, destruyó su anillo por temor a que se usara luego para ocasionar nuevas víctimas.»

La creencia en que Tácito nos habla aquí del autor de El Satiricón se ha impuesto desde el siglo XVI entre las personas cultas; y no han faltado eruditos que llegaron hasta el extremo de identificar El Satiricón con el libelo a que se refiere Tácito en los párrafos anteriormente citados. Lo inverosímil de esta última pretensión salta a la vista: el personaje de Tácito escribe su libelo pocas horas antes de morir; y lo que nos queda de El Satiricón , aún siendo al parecer una mínima parte de la novela primitiva, como luego diremos, exigiría no obstante varios días de dedicación aunque sólo fuera para el trabajo material de copiarla. Por otra parte, si Nerón hubiera tenido en su poder el libelo en cuestión, ¿cómo no iba a destruir en el acto un libro destinado a ridiculizarlo y cuya primera copia —y al parecer única— tenía en sus manos? ¿No hubiera incluso movilizado su censura a la caza de otros posibles ejemplares? Y, por último, el personaje consular llamado Petronio trazó el retrato de Nerón con toda su depravación; ahora bien, tal retrato es irreconocible en ninguno de los personajes de nuestra novela.

De un siglo a esta parte han sido contadísimos los eruditos que han creído leer en El Satiricón el libelo a que alude Tácito, y su opinión no es compartida por nadie en la actualidad.

En cambio, con el tiempo, se ha ido afianzando cada vez más la identidad del autor de El Satiricón con el cortesano de Nerón. Los intentos de nuestro siglo por situar al Petronio novelista cronológicamente después de Marcial (tesis de Paoli) e incluso después de Apuleyo, a finales del siglo II o primeros decenios del III (tesis de Marmorale), han dado lugar a múltiples réplicas con nuevos argumentos a favor de la tesis tradicional 3 .

Especialmente en el último decenio se ha consolidado la datación tradicional con nuevos e importantes estudios, entre los que merecen destacarse, como autoridades en la materia las obras de J. P. Sullivan, P. G. Walsh, K. F. C. Rose y Pierre Grimal 4 ; este último resume el sentir de todos ellos en las siguientes palabras: «Las probabilidades más fuertes están a favor de la fecha tradicional, una fecha próxima al 62 después de Jesucristo» 5 .

Sin embargo, muy a última hora y cuando ya parecía que todo estaba dicho sobre el tema, nos vemos sorprendidos por un artículo muy sugestivo y documentado de René Martin que renueva la «cuestión pretoniana» 6 . Este autor sostiene que el poema sobre la guerra civil incluido en la obra de Petronio (capítulos 119-124) no es una parodia de Lucano, como comúnmente se cree, sino de Silio Itálico; ahora bien, como este autor escribe sus Punica entre los años 85-101 de nuestra era, la composición de El Satiricón sería por lo menos unos treinta años posterior a la época de Nerón. Y, naturalmente, admitida esta tesis, tampoco podríamos seguir identificando al Petronio novelista con el Petronio consular y amigo de Nerón cuya vida y muerte nos ha referido Tácito. La cuestión petroniana no parece, pues, quedar definitivamente zanjada todavía.

3.

Otras cuestiones

«La obra de Petronio», como actualmente figura en nuestras ediciones, comprende una nutrida serie de fragmentos más o menos largos agrupados en tres apartados (las tres partes en que aparece dividida la novela en muchas ediciones):

a )

Ascilto, capítulos I-XXVI.

b )

La Cena de Trimalción, caps. XXVII-LXXVIII.

c )

Eumolpo, capítulos LXXIX-CXLI.

Como queda dicho, después de los dos siglos que duró el descubrimiento y consiguiente agrupación de estos fragmentos bajo el nombre de un solo autor y de una obra primitiva única, ya llevamos casi otros tres siglos más leyendo «la obra de Petronio» en forma substancialmente invariable. Sin embargo, la costumbre no ha de transformarse en certidumbre hasta el punto de hacernos olvidar la azarosa historia de la transmisión de la obra y borrar toda sombra de duda en lo que atañe a nuestro autor y a nuestra novela.

Nunca han faltado dudas sobre la legitimidad de tal agrupación y de su atribución a un autor único. De hecho, es evidente que no hay unidad visible entre la Cena y las aventuras del dúo Encolpio-Eumolpo. Ningún episodio de la Cena es indispensable para comprender las aventuras que le siguen, ni tampoco para entenderlas mejor. Se han señalado además notables diferencias de estilo, de lengua y de psicología entre las dos partes esenciales de El Satiricón . Claro que lo inconexo de las partes se atribuye al estado fragmentario de la obra; las diferencias de estilo, lengua y psicología pasan por denotar simplemente el gran mérito de «un» autor que sabe adaptarse a la materia que trata y a las circunstancias en que escribe 7 .

No obstante, los mismos hechos han dado lugar a otras hipótesis e interpretaciones que merecen al menos una mención, si no una amplia discusión.

Para unos, el texto de la Cena no encaja con el resto de la novela y ha de considerarse como una pieza inventada en su totalidad por algún falsario más hábil que Nodot y demás interpoladores de Petronio.

Para otros, el texto de la Cena es auténtico, pero no de la pluma que escribió las Aventuras de Encolpio: se trataría de dos o más autores distintos, identificados alegremente y sin las debidas garantías por nuestros sabios modernos.

Prescindiendo de estas y otras dudas conexas, ¿qué representa, extensivamente, lo que subsiste frente a lo que se ha perdido?

Una nota del códice Parisinus 7975 sitúa nuestro actual capítulo XX en el primitivo libro XIV de Petronio. En otro códice, el Parisinus 7989, es decir, el famoso Traguriensis , consta (?) que la Cena es tan sólo un fragmento de los libros XV y XVI de la obra primitiva. Si estos datos fueran exactos, nos faltarían por lo menos trece libros en su totalidad: sólo tendríamos tres, y éstos con múltiples lagunas, es decir, algo así como la sexta parte del original, según los cálculos más optimistas 8 .

Cerraremos este apartado de dudas con unas palabras sobre el nombre del novelista y el título de su obra.

El único nombre seguro de nuestro autor es el de Petronio. Como praenomen se le han atribuido los de Titus , o Caius o Publius ; ya nuestro Gonzalo de Salas, en el prólogo de su edición de 1629, discute las razones en que se pretende fundar tales atribuciones. Como cognomen suele dársele el de Arbiter , que en el texto de Tácito, antes referido, más bien parece una aposición calificativa: «Petronio, árbitro (= Arbiter ) de la elegancia». El último trabajo que conocemos sobre esta cuestión 9 sostiene que el autor de El Satiricón se llamaba Titus Petronius Niger , que fue cónsul alrededor del año 62.

En cuanto al título de la novela, parece seguro el de Satiricón que le da el más antiguo de los códices, el Bernensis 357 (siglo IX ); otros manuscritos, por ejemplo el Parisinus 8049 (siglo XII ), hablan de «Sátiras». «Satiricón» es una forma griega, en genitivo plural, que llevan varias novelas griegas, el Ephesiacón de Jenofonte de Éfeso, el Aethiopicón de Heliodoro, etc. Debe entenderse que estos adjetivos sustantivados en genitivo estarían, en principio, regidos por el sustantivo libri , es decir, «libros de temas satíricos, efesíacos, etíopes, etc.».

4.

El escritor

Unos párrafos de El Satiricón (capítulo 132) definen muy claramente el ideal artístico de Petronio. Reclama para el escritor sencillez, naturalidad y franqueza en la descripción de la vida humana tal cual es: «¿Por qué, Catones, me miráis con ceño fruncido y condenáis mi obra de una franqueza sin precedentes? Aquí sonríe, sin mezcla de tristeza, la gracia de un estilo limpio, y mi lengua describe sin rodeos el diario vivir de las gentes».

«Nada hay tan falso como un necio prejuicio de la gente, ni tan insensato como una fingida austeridad».

Este programa del más puro realismo está plenamente logrado en la novela. El Satiricón es un modelo y tal vez el más perfecto del realismo en la literatura latina. No faltan ciertamente otros muchos cuadros realistas, principalmente entre los satíricos; pero éstos, con la forma burlona y la forma poética, mixtifican un tanto la pura descripción. Petronio en cambio no añade aditivos: parece hacer consistir el arte del escritor en la reproducción pura y simple de las cosas que imagina tener a la vista. Las escenas populares, las conversaciones anodinas, las aventuras groseras, las costumbres inmundas que llenan su libro, le parecen interesantes por sí mismas. Como un realista contemporáneo mira y describe objetivamente cosas ajenas al mundo aristocrático al que verosímilmente pertenece y para el cual escribe. El estilo de Petronio, sus medios expresivos, están en total acuerdo con la materia que trata. Todos los tonos son oportunamente mezclados: el cómico y el trágico, el burlesco, el patético. Expresiones solemnes y retóricas se funden o alternan con otras de la más baja trivialidad. De la complejidad de elementos fantásticos y lingüísticos surge un arte nuevo, con un aspecto sin duda barroco, pero con el genio inconfundible de la fuerza creadora.

Para Petronio, como para los insuperables escritores de nuestra picaresca, la vulgaridad de los temas no implica vulgaridad en la ejecución. Petronio conoce el arte de escribir y maneja la lengua del Lacio con una maestría insuperable. Es cierto que los gramáticos tienen especial predilección por Petronio, en quien ven una mina de «incorrecciones» y giros que «anuncian» las lenguas románicas; es de rigor que unas cuantas páginas de Petronio figuren en toda antología de latín vulgar. Pero ello no ha de llamar a nadie a engaño. En realidad, en Petronio hay dos estilos notoriamente distanciados: el del propio Petronio, que es estilo de gran señor, y el que Petronio presta a sus personajes plebeyos, en cuya boca abundan las incorrecciones morfológicas y los giros sintácticamente inadecuados. Este desdoblamiento estilístico es una gran novedad en la literatura latina. Anteriormente se consideraba indispensable la unidad de tono a lo largo de una obra. Por ello, en una comedia todos los personajes, cultos o ignorantes, señores o plebeyos, hablan exactamente el mismo lenguaje: la educación —la educación del escritor, se entiende— los iguala a todos, y todos se expresan en la mejor latinidad del sermo urbanus ; los historiadores, por afán de unidad estilística, redactan a su modo los discursos que ponen en boca de sus personajes, aunque más de una vez tuvieran a mano los discursos «reales» pronunciados por ellos. Petronio es el primero en romper con tal norma estilística: hace hablar y actuar a los personajes conforme a su ambiente social y a la formación que les corresponde.

5.

Ediciones

Hemos citado antes las ediciones que se recomiendan por su interés histórico. Entre las de mayor interés científico, hay que recordar especialmente: la editio maior de F. Bücheler (Berlín, Weidmann, 1862; reimpresión en 1958); la editio minor de F. Bücheler-W. Heraeus (con numerosas reimpresiones); la de A. Ernout (colección «Belles-Lettres», 1929, con sucesivas reimpresiones); la de K. Müller (Munich, 1961; reimpresión en 1965); la de M. Díaz y Díaz, con traducción española, dos volúmenes («Alma Mater», Barcelona, 1968-69); la muy reciente de C. Pellegrino, con comentario (Roma, 1975).

Abundan igualmente las ediciones por separado de la Cena de Trimalción. Es muy valiosa, entre otras, la de L. Friedlánder (con comentario y traducción alemana, Leipzig, 1891, reeditada posteriormente). Sin texto latino, es magnífico el comentario de P. Perrochat: Le Festin de Trimalcion : Commentaire exégétique et critique («Les Belles Lettres», 1939).

Léxico: J. SEGEBADE , E. LOMMATZSCH , Lexicon Petronianum (Teubner, 1898; reimpresión en 1962).

Entre las mejores ediciones antiguas de Petronio, suele recordarse la que nuestro González de Salas dedicó al conde-duque de Olivares con introducción, texto, comentario e índices: T. Petroni Arbitri Satiricon Josephi Antoni Gonsali de Salas (Francfort, 1629).

6.

Traducciones castellanas de Petronio

Si hemos de juzgar por el número de ediciones y reediciones que, en versión castellana, tenemos de Petronio, cabe pensar que nunca tuvo Petronio tantos admiradores como en nuestro siglo, y concretamente en la última década.

Tomás Meabe es traductor (a través del francés) del texto que publicó en París (sin fecha). José Menéndez Novella, muy a principios de siglo, publicó El Satiricón o Sátira de costumbres romanas por Tito Petronio Arbiter (sin año; el prólogo lleva la fecha de 1902). Tampoco lleva año una versión de Roberto Robert: Petronio, El Satiricón , Valencia, F. Sempere; a pesar de su mediocridad como traducción y de la lamentable nota introductora «Breve noticia sobre el autor y la obra», el libro ha sido reeditado en 1969 (Valencia, «Ediciones Prometeo»). Anónimo y sin fecha hay un Tito Petronio Arbiter, El Satiricón (Madrid, Vda. de Rodríguez Serra). Como traductor y editor publicó Juan B. Bergua una versión sin originalidad en Ávila (1932; reedición, Madrid, 1964). Sin fecha sale en Buenos Aires una versión de J. G. Krohn; e igualmente en la Argentina aparece en «Clásicos Inolvidables» otra versión, cuya segunda edición lleva la fecha de 1959 (es una reproducción de la de Meabe). En Barcelona (1965) publica Enrique Palau en «Obras Maestras» su versión: Petronio, El Satiricón y otros escritos. En 1966 nos encontramos con Cayo Petronio, El Satiricón , Madrid, EDAF. «Clásicos Aguilar» nos ofrecen el año siguiente una primera traducción con méritos propios, debida al profesor Francisco de P. Samaranch, de la Universidad de Puerto Rico: Petronio, El Satiricón (Madrid, 1967; reedición en 1973). En 1968-1969 aparece en «Alma Mater» la edición crítica y traducción de nuestro colega Manuel C. Díaz y Díaz (dos volúmenes), único autor entre nosotros que ha sopesado su texto y lo ha interpretado en consecuencia. En 1971 vuelve a salir una versión anónima más (firma la introducción León-Ignacio): Petronio, El Satiricón , 1.a edición de bolsillo (Madrid-Barcelona). Y también en Barcelona sale en 1975 la más reciente traducción de Petronio (ed. Lumen).

Esperamos que nuestra interpretación, aún después de tantas otras tan recientes, merezca la atención del lector castellano que aspire a penetrar en la obra apasionante de Petronio.

Hemos seguido el texto latino de A. Ernout, Pétrone : Le Satiricon , París, «Les Belles Lettres», 5.a tirada, 1962.

7.

Petronio en España

La influencia de la novela latina en las letras españolas habría sido —según Menéndez y Pelayo— mínima, y concretamente la de Petronio habría sido nula.

En la Bibliografía Hispano-Latina Clásica de nuestro gran polígrafo hay bajo el nombre de «Apuleyo» exactamente cien páginas de «traducciones», «imitaciones» y «analogías» más o menos remotas en nuestra literatura (tomo VI, págs. 85-184) contra sólo seis páginas en el correspondiente apartado de «Petronio» (tomo VII, págs. 349-354).

Esta desproporción es un claro indicio de que Apuleyo ha tenido en España (y en tiempos pretéritos) más éxito que Petronio; en nuestro siglo, como hemos visto al señalar las traducciones de El Satiricón , se ha producido una notable reacción favorable a Petronio.

Si Collignon ha podido escribir todo un volumen sobre Petronio en Francia (Pétrone en France , París, 1905), no parece existir materia para una obra paralela en España tan interesante como el libro francés.

Sin embargo Menéndez y Pelayo parece haber minimizado demasiado el peso de la novela latina, y sobre todo de la novela de Petronio, en nuestro país. Nos referimos a esta cuestión al tratar de Apuleyo (últimas páginas de nuestra introducción a dicho autor).

NOTA BIBLIOGRÁFICA

I. LA NOVELA EN LA ANTIGÜEDAD CLÁSICA

C. GARCÍA GUAL , Los orígenes de la novela , Madrid, 1972.

M. MENÉNDEZ PELAYO , Orígenes de la novela, tomo IV: Apéndice I, La novela entre los latinos, Madrid, ed. nacional, 1962, págs. 205-266.

C. MIRALLES , La novela en la antigüedad clásica, Barcelona, 1968.

B. E. PERRY , The Ancient Romances, Berkeley, 1967.

A. RUIZ DE ELVIRA , «El valor de la novela antigua», Emerita 21 (1953), 64-110.

A. SCOBIE , Aspects of the Ancient Romance and its Heritage , Meisenheim am Glan, 1969.

J. M. WALKER , The Satyricon, the Golden Ass and the Spanish golden age picaresque novel, 1971.

P. G. WALSH , The Roman novel. The Satyricon of Petronius and the Metamorphoses of Apuleius, Cambridge, 1970.

II. PETRONIO

A)

TEXTO

F. BÜCHELER , Petronii Saturae, Berlín, 1958 (reimpresión).

A. ERNOUT , Pétrone: Le Satiricon, París, 5.a ed., 1962.

M. DÍAZ Y DÍAZ , Petronio Árbitro : Satiricón, texto revisado y traducido, 2 volúmenes, «Alma Mater», Barcelona, 1968.

L. FRIEDLÄNDER , Petronii Cena Trimalchionis, Amsterdam, 1960 (reimpresión).

E. V. MARMORALE , Petronii Arbitri Cena Trimalchionis, Florencia, 2.a ed., 1961.

A. MARZULLO , M. BONARIA , Petronio Arbitro: Il Satiricon, Bolonia, 1962.

K. MÜLLER , Petronii Arbitri Satyricon, Munich, 2.a ed., 1965.

C. PELLEGRINO , Petronii Arbitri Satyricon, Roma, 1975.

Léxico

I. SEGEBADE , E. LOMMATZSCH , Lexicon Petronianum, Leipzig, 1898 (reimpresión 1962).

B)

ESTUDIOS

G. BAGNANI , Arbiter of Elegance. A Study of the Life and Works of C. Petronius, Toronto, 1954.

R. BROWING , «The date of Petronius», Classical Review (1949).

G. BRUGNOLI , «L’intitulatio del Satyricon», Riv. di Cultura Classica e Medioevale 3 (1961), 317-331.

A. COLLIGNON , Étude sur Pétrone, París, 1892.

G. FUNAIOLI , «Ancora sull’età di Petronio», Rendic. Accad. Bologna (1936-37), 46-59.

E. V. MARMORALE , La questione petroniana, Bari, 1948.

R. MARTIN , «Quelques remarques concernant la date du Satyricon», Rev. des Études Latines 53 (1976), 182-224.

U. E. PAOLI , «L’età del Satyricon», Studi Ital. di Fil. Class. 14 (1937), 3-46.

E. PARATORE , Il Satyricon di Petronio, Florencia, 1933.

—, «Petronio del III secolo», Paideia 3 (1948), 261-271.

P. PERROCHAT , Pétrone, Le Festin de Trimalcion. Commentaire exégétique et critique, París, 3.a ed., 1962.

K. F. C. ROSE , «The author of the Satyricon», Latomus 20 (1961), 821-825.

—, The date and author of the Satyricon, Leyde, 1971.

J. P. SULLIVAN , The Satyricon of Petronius. A literary Study , Londres, 1968.


1 M. MENÉNDEZ PELAYO , Orígenes de la novela, IV, ed. nacional, Madrid, 1962, pág. 206. Sobre la novela en la antigüedad clásica disponemos de dos libros recientes en España: C. MIRALLES , La novela en la antigüedad clásica, Barcelona, 1968, y C. GARCÍA GUAL , Los orígenes de la novela, Madrid, 1972.

2 Entre ellos figuró el humanista español José Marchena y Ruiz (1768-1820), de Utrera. Fraguó un texto que llenaba una laguna de El Satiricón «con tal destreza que fue reconocido como auténtico por los críticos más autorizados de Alemania» (J. HURTADO , A. G. PALENCIA , Historia de la Literatura Española , 4.a ed., Madrid, 1940, pág. 811); cuando, después, quiso repetir la hazaña añadiendo 40 versos a Catulo, tuvo menos suerte y se descubrió el doble fraude. El texto de Marchena puede leerse en la edición de Díaz y Díaz (Introducción, págs. CIII-CV). Sobre esta falsificación, cf. igualmente MENÉNDEZ PELAYO , Biblioteca de Traductores españoles, III, ed. nacional, Madrid, 1953, 15; y, como estudio general sobre la figura del abate Marchena, ver igualmente MENÉNDEZ PELAYO , Estudios y discursos de crítica histórica IV, ed. nacional, Madrid, 1942, páginas 108-221.

3 U. E. PAOLI , «L’età del Satyricon», Studi Ital. di Filologia Class. 14 (1937), 3-46; E. V. MARMORALE , La questione petroniana , Bari, 1948. Contra su tesis: G. FUNAIOLI , «Ancora sull’età di Petronio», Rendic. Accad. Bologna (1936-37), 46-59; R. BROWING , «The date of Petronius», Classical Review (1949), 12-14; G. BRUGNOLI , «L’intitulatio del Satyricon», Riv. di Cultura Classica e Medioevale 3 (1961), 317-331; etc. Para una exposición más pormenorizada del debate hasta el año 1968 remitimos a la edición que citaremos en su lugar de M. Díaz y Díaz, Introducción, págs. X-XLVI.

4 J. P. SULLIVAN , The Satyricon of Petronius, a literary Study , 1968; P. G. WALSH , The roman novel, 1970; K. F. C. ROSE , The date and author of the Satyricon, 1971; P. GRIMAL , Introducción al Satiricón (traducción de A. Ernout) «Livre de poche», 1972.

5 O. c., p. III.

6 R. MARTIN , «Quelques remarques concernant la date du Satyricon», Rev. des Études Latines 53 (1976), 182-224.

7 A. COLLIGNON , Étude sur Pétrone, París, 1892, págs. 351-356.

8 Sobre las cuestiones aquí planteadas puede consultarse: A. COLLIGNON , Étude sur Pétrone (libro básico para toda la problemática de Petronio); E. PARATORE , Il Satyricon di Petronio , Florencia, 1933; «Petronio del III secolo», Paideia 3 (1948), 261-271; y, entre los autores más recientes, B. E. PERRY , The ancient Romances, Berkeley, 1967, págs. 190 ss.; P. G. WALSH , o. c., pág. 73.

9 K. F. C. ROSE , «The author of the Satyricon», Latomus 20 (1961), 821-25; y, sobre todo, su libro fundamental ya citado, The date and author of the Satyricon, Leyde, 1971.

ARGUMENTO

Nos hallamos en los alrededores de Nápoles

1.a PARTE . ASCILTO

1-2. Encolpio, protagonista de la novela, lamenta la decadencia de la oratoria.

3-5. Agamenón le replica que si la preparación escolar de la juventud es defectuosa, la culpa recae principalmente sobre los padres.

6-8. Ascilto, acompañado de Encolpio, aburrido por la disertación, ha desaparecido; Encolpio va en su búsqueda y lo encuentra en un lupanar. Ambos logran salir del antro con bastantes apuros.

9-11. Van al encuentro de Gitón, el querido de Encolpio; Gitón se queja de la violencia a que le ha sometido Ascilto. Discusión entre Encolpio y Ascilto.

12-15. Ya reconciliados, Encolpio y Ascilto intentan vender un manto robado. Se les acerca un comprador que llevaba encima la túnica raída que ellos habían perdido y en la que habían cosido su dinero. Se entabla una discusión que termina con el cambio de ambas prendas. Vuelven muy satisfechos a cenar.

16-26. De pronto se les presenta Psique, la sirvienta de cierta mujer llamada Cuartila; Psique acusa a estos hombres de haber perturbado el sacrificio que su señora estaba ofreciendo a Príapo. Acto seguido entra también Cuartila, reclámándoles una reparación del sacrilegio. Cuartila somete al trío Encolpio, Ascilto y Gitón a todos sus caprichos. Por último logran evadirse y piensan incluso en alejarse del país, pero en esto llega un esclavo de Agamenón a recordarles que están invitados a cenar en casa de Trimalción.

2.a PARTE . LA CENA DE TRIMALCIÓN

27-28. El baño previo; Trimalción se da a conocer jugando a la pelota.

29-30. La casa y el comedor: su decoración.

31-32. Trimalción hace su entrada solemne cuando ya se ha iniciado la cena.

33. Mientras se sirven a los invitados unos huevos con sorpresa, Trimalción concluye una partida de dados que había iniciado.

34. Se sirve un vino centenario. Reflexiones de Trimalción sobre la brevedad de la vida.

35. Un plato con los doce signos del Zodíaco.

36. Otra sorpresa. El servidor «Trincha».

37-39. Se explica a Encolpio quién es la mujer de Trimalción y quiénes sus amigos; entretanto, Trimalción explica por su parte el significado del plato con los doce signos del Zodíaco.

40-41. Nuevo plato: un jabalí con gorro de liberto.

42-46. Trimalción sale un momento: los invitados charlan libremente.

47-48. Vuelve el anfitrión y toma la palabra: confidencias muy personales y erudición del nuevo rico.

49. Nuevo plato sorpresa: un cerdo.

50. Origen de los famosos bronces de Corinto.

51. La historia del frasco irrompible.

52. Trimalción, bebido, quiere bailar y que baile Fortunata, su mujer.

53-55. Amenidades.

56. Rifa burlesca.

57-58. Ascilto y Gitón son llamados al orden.

59. Los homeristas.

60. Otro plato sorpresa.

61-62. Historia del hombre-lobo.

63. Otras historias terroríficas.

64-66. Varias intervenciones de los convidados.

67. Fortunata y Centella.

68. Intermedio.

69. Último servicio y postre.

70-71. Embriaguez general. Trimalción lee su testamento.

72. ¡«Ojo al perro»!

73. Otra vez al baño.

74. Violenta discusión entre Trimalción y su esposa, Fortunata.

75-76. Cómo se enriqueció Trimalción.

77. Meditación sobre la muerte.

78. Trimalción representa el ensayo de su propio entierro. Entretanto el trío Encolpio, Ascilto y Gitón se escabullen.

3.a PARTE . EUMOLPO

79-82. Nuevas desavenencias entre Encolpio y Ascilto disputándose a Gitón.

83-87. Cuando, para distraer su despecho, visita una galería de arte, Encolpio conoce al poeta Eumolpo e intima con él.

88-89. Reflexiones de Eumolpo sobre la decadencia moral y artística; su poema modélico sobre la conquista de Troya.

90. Encolpio invita a Eumolpo a cenar con él.

91. Encuentro de Encolpio con Gitón: se reconcilian.

92. Gitón es una vez más motivo de reyerta: esta vez entre Encolpio y Eumolpo.

93-94. Encolpio se quiere suicidar: Gitón y Eumolpo llegan oportunamente para evitar el suicidio.

95-96. Lucha épica entre Eumolpo y el posadero.

97-99. Gitón, en la posada, burla las pesquisas de Ascilto; y para evitar de modo definitivo su persecución, Gitón, Encolpio y Eumolpo se embarcan juntos para el extranjero.

100-104. Grave contratiempo: Licas, el propietario de la nave, y Trifaina, una gran dama viajera, son los enemigos más temibles de Encolpio y Gitón. Deliberación con Eumolpo sobre el modo de escapar del barco y salir del terrible aprieto.

105-106. Licas y Trifaina reconocen a Encolpio y Gitón: el castigo ejemplar parece inevitable.

107. Eumolpo interviene, sin éxito, en su favor.

108-110. Se entabla una dura reyerta. Llega la calma y se acuerda un tratado de paz.

111-112. Para distraer los ánimos, Eumolpo cuenta la historia de la Matrona de Éfeso.

113. Una vez más, Gitón es motivo de discordia: ahora entre Trifaina y Encolpio.

114-116. Sobreviene una tormenta en la que perece Licas. Los supervivientes se enteran de que han ido a parar a Crotona, donde la gente anda toda a la caza de testamentos.

117. Eumolpo se finge rico y sin herederos para explotar la avidez de los crotonienses.

118. Eumolpo expone su teoría sobre el poema épico.

119-124. Una muestra de lo que ha de ser un poema: La Guerra Civil.

125. El ardid de Eumolpo con los crotonienses tiene éxito.

126-135. Aventura amorosa de Encolpio (que ahora se llama Polieno) con la crotoniense Circe. Impotencia de Encolpio. Sarcasmos de Circe. Operaciones mágicas para devolver a Encolpio su virilidad de antaño.

136-138. El percance de las ocas sagradas de Oenotea, la sacerdotisa de Príapo que debía curar a Encolpio, obliga a éste a huir.

139. Pasión de Crisis, sirvienta de Circe, por Encolpio.

140. Aventura de Eumolpo con la hija de la matrona Filomena.

141. Eumolpo pone a sus herederos una condición para entrar en posesión de sus bienes: han de comer su cadáver.

(Aquí queda interrumpida la novela .)

EL SATIRICÓN

1.a PARTE : ASCILTO

1. «… ¿No será una nueva especie de Furias lo que atormenta a nuestros declamadores? Oídlos recitar: ‘¡Estas heridas las he recibido por la libertad del pueblo! ¡Este ojo lo he sacrificado por vosotros! ¡Dadme un guía, que me conduzca junto a mis hijos, pues los tendones de mis pantorrillas 1 han sido seccionados y no pueden sostener el peso de mi cuerpo’. Aún este [2] énfasis sería tolerable si abriera el camino a futuros oradores. Ahora estos temas grandilocuentes y estas frases tan huecas como altisonantes sólo logran un resultado: que los jóvenes, al llegar al foro, se crean transportados a un nuevo mundo 2 . Y así, según mi opinión, [3] la juventud, en las escuelas, se vuelve tonta de remate por no ver ni oír en las aulas nada de lo que es realmente la vida. Tan sólo se les habla de piratas con cadenas apostados en la costa, de tiranos redactando edictos con órdenes para que los hijos decapiten a sus propios padres, de oráculos aconsejando con motivo de una epidemia que se inmolen tres vírgenes o unas cuantas más; las palabras y frases se recubren de mieles y todo —dichos o hechos— queda como bajo un rocío de adormidera y sésamo.

2. »Los que se educan en este ambiente son tan incapaces de tener buen gusto como los cocineros de [2] tener buen olfato. Permítaseme, oh retóricos, afirmar con vuestra venia que, ante todo, sois vosotros quienes habéis echado a perder la elocuencia. Al reducirla a una música ligera y vana, a una especie de entretenimiento, habéis convertido el discurso en un cuerpo [3] sin nervio, sin vida. La juventud no se entretenía en declamaciones cuando Sófocles o Eurípides crearon la [4] lengua en que debían expresarse. El maestro a la sombra de su escuela no había asfixiado todavía el genio cuando Píndaro y los nueve líricos 3 renunciaron a [5] cantar en el ritmo homérico. Y para no invocar ya tan sólo el testimonio de los poetas, tampoco veo, por cierto, que Platón ni Demóstenes hayan acudido a esa [6] clase de ejercicios. La noble y —permítaseme la expresión— púdica elocuencia no admite aderezos ni redundancias, pero se yergue esbelta en su natural [7] belleza. Últimamente, de Asia ha pasado a Atenas esta verbosidad hueca y desmedida; cual astro maligno, ha asolado el alma de nuestra juventud y sus aspiraciones de grandeza; entonces la elocuencia, al ver falseadas sus normas, detuvo su marcha y enmudeció.

»Para resumir, ¿quién desde entonces ha alcanzado [8] una fama comparable a la de un Tucídides o un Hiperides? Ni la misma poesía ha recobrado su brillante y sano aspecto; al contrario, entre todas las manifestaciones del arte, envenenadas en cierto modo por el mismo manjar, ninguna pudo alcanzar las canas de la longevidad. Hasta la pintura ha corrido la misma triste [9] suerte desde que la audacia egipcia tuvo la ocurrencia de condensar en reglas los principios de un arte tan ilustre.»

3. Agamenón no pudo tolerar que mi declamación bajo el pórtico se alargara más que sus propias y sudorosas sesiones en la escuela: «Muchacho —me dijo—, puesto que tu lenguaje está reñido con las aficiones del público y puesto que, como caso totalmente excepcional, cultivas el sentido común, te voy a revelar los secretos de nuestro arte. En el fondo, los maestros no [2] tienen la menor culpa en lo que atañe a los ejercicios declamatorios: ellos se ven en la necesidad de ponerse a tono con los insensatos. Pues si sus lecciones no gustaran a la juventud, ‘se quedarían solos en sus escuelas’, como dice Cicerón.

»Los falsos aduladores que van a la caza de una [3] cena entre la gente rica tienen como preocupación primordial pensar en lo que resulte más grato a sus oyentes; el único medio de conseguir lo que pretenden es efectivamente tender al oído ciertas trampas. El [4] caso del maestro de oratoria es el mismo: como el pescador, si no pone en su anzuelo un cebo que a ciencia cierta atraiga los pececillos, perderá el tiempo sobre su roca, sin esperanza de botín.

4. »¿Cuál es la conclusión? Hay que echar la culpa a los padres: no quieren que sus hijos se formen en una severa disciplina. En primer lugar cifran sus esperanzas, [2] como toda su vida, en la ambición. Luego, por ver cumplidos pronto sus votos, lanzan al foro a esas inteligencias todavía muy verdes pretendiendo revestir a sus hijos recién nacidos con el ropaje de la oratoria, que es, según propia confesión, la cosa más [3] grande del mundo. Si aceptaran unos estudios graduados, dando tiempo al joven para formar su espíritu en el estudio de la filosofía, para trabajar su estilo con despiadada crítica, para escuchar con calma los modelos que se propone imitar, para convencerse que no es lo mejor aquello que deslumbra la infancia: entonces la gran oratoria volvería a reinar con toda su autoridad.

[4] »Hoy los niños no hacen más que jugar en la escuela, los jóvenes hacen el ridículo en el foro, y, lo que es más vergonzoso que ambos extremos, nadie quiere reconocer en la vejez la desacertada enseñanza de su infancia. [5] Pero no vayas a creer que yo condeno la improvisación sin pretensiones de un Lucilio. Yo mismo voy a expresar mis ideas en un breve poema:

5. »Si alguien aspira a un arte sobrio y se interesa por grandes temas, empiece por adaptar su vida a la estricta norma de la austeridad. No le importe el palacio [5] insolente con su altiva mirada, ni vaya tras los déspotas como cliente a la caza de una cena; no se entregue al vicio ni ahogue en vino el calor de su inspiración; no vaya al teatro contratado para aplaudir de oficio a los artistas. Pero si a uno le sonríe la ciudadela de Minerva [10] en armas o la tierra habitada por el colono Lacedemonio o la mansión de las Sirenas, entonces consagre a la poesía sus primeros años, beba a pleno pulmón en la fuente Meonia.

»Luego, saturado ya de la socrática grey, dé rienda suelta a su libertad y blanda las armas del gran Demóstenes.

[15] »Que entonces te envuelva el destacamento romano, el cual, liberado del acento griego, infundirá a tus palabras la savia de una nueva inspiración. Dejando el foro, corra a veces tu pluma sobre la plana para cantar la fortuna con sus característicos vaivenes. Sírvante de alimento las guerras cantadas en tono heroico y no pierdas de vista la impresionante sonoridad del indomable Cicerón.

»Pertrecha tu mente con todas esas virtudes; y entonces, saciado en dilatada corriente, brotarán de tu pecho palabras dignas de las Musas .»

6. Como yo prestaba atención a Agamenón, no me di cuenta de la huida de Ascilto…

Y mientras en el ardor de la conversación yo deambulaba por el jardín, entró en el pórtico un nutrido grupo de estudiantes; al parecer acababan de oír una improvisada declamación de no sé qué individuo como réplica al alegato de Agamenón. Como los jóvenes se [2] burlaban de las ideas y su disposición en el conjunto del discurso, aproveché la ocasión para desaparecer e irme corriendo en busca de Ascilto. Pero no recordaba [3] exactamente el camino ni sabía dónde estaba nuestra hospedería. En consecuencia, no hacía más que ir y [4] venir sobre mis propios pasos hasta que, harto de correr y bañado de sudor, me dirijo a cierta anciana que vendía legumbres silvestres y le pregunto:

7. «Por favor, abuela, ¿sabrías acaso decirme dónde está mi casa?» Le hizo gracia el chiste tan insulso, y me contestó: «¿Cómo no lo voy a saber?» Se puso de pie y echó a andar adelantándoseme. La tomé por una [2] adivina y…

Al poco rato, cuando habíamos llegado a un barrio bastante apartado, la amable vieja retiró la cortina de una puerta y dijo: «Esta debe ser tu morada.» Yo protestaba [3] que no reconocía la casa, cuando veo a ciertos individuos paseándose misteriosamente entre dos hileras [4] de letreros y de prostitutas desnudas. Tarde, demasiado tarde ya, comprendí que se me había llevado a un burdel.

Maldiciendo, pues, la emboscada que me había tendido la vieja, me cubro la cabeza y echo a correr por el centro del lupanar hasta la salida de enfrente. En el mismo umbral de la puerta me cruzo con Ascilto, tan extenuado y moribundo como yo: se diría que lo [5] había llevado allí la misma vieja. Después de saludarlo amablemente, le pregunté qué hacía en un sitio tan poco recomendable.

8. Llevándose las manos a la cabeza para secarse el sudor, dice: «¡Si supieras lo que me ha ocurrido!» [2] «¿Qué pasa?», pregunto. Y él, desfallecido, contesta: «Como andaba desorientado por toda la ciudad, sin saber dónde estaba mi paradero, se me acercó un buen padre de familia que se ofreció muy cortésmente para [3] acompañarme. Luego, por unos callejones tortuosos y muy oscuros, me trajo a este lugar y, con el dinero en la mano, me hizo una propuesta deshonrosa. La alcahueta ya había cobrado un as como precio de la habitación; ya el hombre me había puesto la mano encima, y, si yo no hubiera podido más que él, habría pasado un mal rato.»


Tanto es así, que por todas partes toda aquella gente me parecía entregada a la bebida del satirión 4 .


Aunando nuestras fuerzas, nos deshicimos de aquel impertinente.


9. (ENCOLPIO .) Como entre niebla, vi a Gitón de pie en la esquina de una calle y me dirigí a su encuentro.

Le pregunté si el hermanito 5 nos había preparado [2] algo para almorzar. El chiquillo, sentándose sobre la cama, se secó con el dedo pulgar las lágrimas que le saltaban de los ojos. Yo, preocupado ante el aspecto [3] del hermanito, pregunté qué había pasado. El muchacho, después de resistirse un buen rato, al ver que a los ruegos yo añadía ya las amenazas, consintió en hablar: «Ese, tu hermano o compañero, vino hace un instante [4] a mi departamento y quiso atentar contra mi honor. Como yo quería chillar, echó mano a la espada diciendo: [5] ‘Si tú eres una Lucrecia, te has encontrado con un Tarquinio’.»

Al oír eso, apuntando con mis puños a los ojos de [6] Ascilto, pregunto: «¿Qué contestas, monstruo invertido, que ni el aliento tienes limpio?» Ascilto fingió indignarse [7] y, blandiendo sus puños con mayor vigor todavía y a mayor altura que los míos, chilló diciendo: «¿Te [8] quieres callar, gladiador obsceno, a quien la arena ha desechado cuando ya habías sucumbido? ¿Te quieres [9] callar, asesino nocturno, que ni aun cuando pasabas por valiente pudiste con una mujer honrada y que en un bosque me adoptaste como hermano por la misma razón que ahora te acompaña en la hospedería ese chiquillo?» «Desapareciste —le dije— mientras yo hablaba con el maestro Agamenón» 6 .

10. «Idiota de remate, ¿qué iba a hacer si me estaba muriendo de hambre? ¿Querías que siguiera escuchando sus frases, es decir, su música de vasos rotos y sus interpretaciones de sueños? Por Hércules, eres bastante [2] más ruin que yo, ya que por cenar fuera de casa has aplaudido al poeta.»

[3] Así, acabando en sonrisas la más sucia de las discusiones, ya en paz, pasamos a otra cosa.


[4] Una vez más volvió a mi recuerdo la ofensa de Ascilto: «Mira —le digo—, veo que no podemos entendernos. En consecuencia, repartamos los bártulos que tenemos en común e intentemos buscar fortuna cada uno por su lado. Tú eres persona culta y yo también. [5] Para no hacerte la competencia, yo me ofreceré para cualquier otro servicio: pues, de lo contrario, tendríamos diariamente mil motivos de fricción y nos llevarían en lenguas por toda la ciudad.»

[6] Ascilto no se negó a ello, añadiendo: «Por hoy, ya que nos hemos comprometido a cenar como profesores que somos, no perdamos la noche. Mañana, ya que así lo dispones, me buscaré habitación y algún hermanito.»

[7] Mi respuesta fue: «Diferir lo que está acordado es perder el tiempo.»


Sólo la pasión me hacía romper así tan bruscamente con él. Iba ya tiempo, en efecto, que aspiraba a quitarme de encima a este importuno vigilante para volver a mi vida de antaño con Gitón.


11. Cuando hube echado un vistazo por toda la ciudad, volví a mi celdilla y, después de unos besos muy espontáneos, estrecho fuertemente en mis brazos al chiquillo rebosando de aquella felicidad soñada y envidiable. [2] No había concluido la escena, cuando Ascilto, apareciendo por la puerta al acecho y violentando el cierre, me sorprendió en plena fiesta con el hermanito. Llenó la celda de risas y aplausos, estiró la manta que [3] yo me había echado encima y dijo: «¿Qué estabas haciendo, venerable hermano? ¿Ah? ¿Estáis acampando por parejas?»

Pero no se atuvo tan sólo a las palabras; soltó la [4] correa de su saco y empezó a sacudirme sin cumplidos, sazonando además los golpes con sarcasmos obscenos: «¡Tal reparto, entre hermanos, ni pensarlo!»

12. Llegábamos al mercado al caer el día. Allí vimos un sinfín de mercancías; por cierto no eran de alta calidad; pero, aunque poco recomendables, pasaban no obstante fácilmente bajo la oscuridad del atardecer.

Como también nosotros habíamos traído el manto [2] robado, quisimos aprovechar la gran oportunidad y, en un rincón, empezamos a agitar una punta de la prenda por ver si casualmente su colorido podía atraer algún comprador. Al poco rato un campesino, cuya cara [3] me era familiar, se acercó en compañía de una mujercita y se puso a examinar el manto con mucho interés. Ascilto se fijó a su vez en la espalda del rústico comprador [4] y, de pronto, se quedó de piedra. Tampoco yo [5] me sentí indiferente al observar a aquel hombre, pues me parecía el que había encontrado mi túnica en el despoblado. Desde luego era el mismo. Pero Ascilto [6] no se atrevía a creer en lo que veía y, para no dar un paso en falso, empezó por acercarse él también, como si fuera un comprador, y, estirando la punta de la túnica que cubría la espalda del labriego, se puso a palpar minuciosamente la prenda.

13. ¡Oh maravillosa jugada de la Fortuna! El campesino aún no había tenido la curiosidad de registrar las costuras, y ni siquiera manifestaba interés en vender lo que él tomaba por desecho de algún mendigo. Ascilto, [2] al ver intacto nuestro tesoro y la poquita cosa que era el vendedor, me apartó un poco de la gente, diciéndome: «¿Sabes, hermano, que ha vuelto a nuestras manos [3] el tesoro por el que tanto suspiraba? Allí está la túnica y, por lo que se ve, con las monedas de oro intactas. ¿Qué hacemos? ¿A qué título reivindicaremos nuestro bien?»

[4] Loco de alegría, no tanto por tener a la vista el botín cuanto por ver a la Fortuna liberarme de una infamante sospecha, yo dije que no había que andar con rodeos, que había que acudir sencillamente a la ley; esto es, si se negaba a devolver el bien ajeno a su legítimo dueño, se le citaría ante la justicia.

14. Ascilto, al contrario, desconfiaba de los procedimientos legales. Decía: «¿Quién nos conoce aquí? ¿Quién dará crédito a nuestras afirmaciones? Yo soy partidario de comprar sencillamente, por nuestro que sea, lo que acabamos de reconocer; es preferible recuperar por poco dinero nuestro tesoro que embarcarnos en un pleito peligroso»:

[2] ¿De qué sirven las leyes donde sólo reina el dinero, donde la pobreza nunca puede salir triunfante? Incluso los Cínicos, que andan siempre con la alforja a cuestas, más de una vez, y hasta con cierta frecuencia, venden la verdad a buen precio. Así, pues, la justicia no es más que una mercancía pública y el caballero que preside el tribunal ratifica las transacciones.

[3] Pero no disponíamos más que de una moneda de dos ases y la reservábamos para comprar unos garbanzos [4] y unos altramuces. Así, pues, para que entretanto no se nos escapara la presa, decidimos colocar el manto aunque fuera a bajo precio, contando con la compensación del otro negocio más redondo para aliviar la pérdida. [5] Extendemos, pues, nuestra mercancía; de pronto la mujer del rostro velado, la que acompañaba al campesino, después de examinar con atención los detalles, agarró con ambas manos el borde del manto, diciendo a voz en grito que había cogido a unos ladrones. Nosotros, [6] aunque desconcertados por completo, para no quedar visiblemente cortados, también nos echamos sobre la túnica rota y sucia, y, con la misma indignación, protestamos de que ellos retuvieran unos despojos que eran nuestros. Pero en modo alguno eran [7] comparables las partidas en litigio; y los revendedores que habían acudido al oír nuestro griterío, se reían, como es natural, de nuestra indignación, ya que la otra parte reclamaba un preciosísimo manto, y nosotros, un harapo que apenas aprovechaba para remiendos. Entonces, Ascilto logró acallar las risas y, conseguido [8] el silencio, dijo:

15. «Vemos que cada cual tiene especialísimo cariño a lo que es suyo; que nos devuelvan nuestra túnica y que se lleven su manto.» Al campesino y a su mujer [2] les gustaba el cambio, pero unos consejeros jurídicos —por no llamarlos rateros nocturnos—, deseando hacerse con el manto, pretendían que ambas prendas fueran depositadas en sus manos y que al día siguiente un juez dictaminara el caso. Y no se trataba ya tan sólo [3] de dilucidar lo que parecía el motivo de la controversia, sino de una cosa muy distinta, a saber, la sospecha de robo que recaía sobre ambas partes. Ya se inclinaban [4] por secuestrarnos, y no sé quién entre los revendedores, un calvo con la frente toda abultada, que ocasionalmente intervenía en pleitos, había echado ya mano al manto, afirmando que lo presentaría el día siguiente. Por lo demás era fácil adivinar que aquellos pícaros no [5] pretendían sino hacer desaparecer la prenda en cuanto la tuvieran en sus manos, contando con que nosotros no acudiríamos a la cita por temor a vernos acusados de robo.


[6] Eso mismo era exactamente lo que también nosotros deseábamos. Ahora bien, la oportunidad contribuyó a que se vieran satisfechas las aspiraciones de ambas [7] partes. Efectivamente, el campesino, indignado de vernos exigir la presentación del harapo, le tiró a Ascilto la túnica a la cara y, al quitarnos así todo motivo de reclamación, mandó que depositáramos en mano de una tercera persona el manto, convertido ahora en único objeto de discusión.


[8] Recobrado pues, al parecer, nuestro tesoro, nos fuimos corriendo a la hospedería; dentro, y a puertas cerradas, nos echamos a reír de la sutileza tanto de los revendedores como de los impostores, que derrocharon habilidad para devolvernos nuestro dinero:

No quiero alcanzar al instante lo que anhelo: la victoria fácil no me gusta.


16. Pero al acabar de engullir la cena dispuesta por el servicial Gitón, un atrevido y estruendoso empujón hizo retumbar la puerta.

[2] Sobrecogidos y pálidos, preguntamos quién era. Contestación: «Abre y lo verás.» Mientras intercambiamos esas palabras, la cerradura se desprende y cae por sí misma; la puerta se abre de pronto y da libre paso al [3] intruso. Era una mujer con la cabeza cubierta: precisamente la que, momentos antes, acompañaba al campesino. Nos dice: «¿Os figurabais que os habíais reído de mí? Yo soy la sirvienta de Cuartila, cuyo sacrificio habéis [4] perturbado ante la gruta. Aquí la tenéis: viene en persona a la hospedería y pide permiso para hablaros. No os alarméis. No viene con reclamaciones ni pretende castigar vuestro error: al contrario, pregunta qué divinidad favorable ha podido mandar a estos jóvenes tan simpáticos hacia la zona de su residencia.»

17. Seguíamos aún en silencio y sin inclinarnos a una u otra opinión, cuando se presentó personalmente Cuartila en compañía de una doncella y, sentándose sobre mi lecho, se puso a llorar largamente. Aun entonces [2] nos abstuvimos de pronunciar una sola palabra: esperamos estupefactos el final de aquellas lágrimas que constituían una estudiada escena de dolor. Por fin, [3] cuando la teatral tormenta acabó de tronar, la dama se quita el manto que cubría su altiva cabeza y, con las manos entrelazadas tan estrechamente que hasta le crujían las articulaciones, dice: «¿Cómo se ha de calificar [4] vuestra audacia? ¿Dónde habéis estudiado el arte de una piratería que supera a cualquier leyenda? Dios me perdone: me dais compasión, pues nadie ha puesto impunemente su mirada en lo que estaba vedado; y más [5] en nuestra comarca, tan poblada de divinidades que resulta más fácil encontrarse con un dios que con un hombre. Y no creáis que me ha traído aquí el afán de [6] venganza; me preocupa más vuestra juventud que mi ofensa. En efecto, aún sigo creyendo que sólo por imprudencia habéis cometido el inexpiable crimen. Yo [7] misma, en la noche aquella de mi oprobio, sentí unos escalofríos tan mortales que sospecho un acceso de fiebre terciana. Por ello he pedido mi curación al sueño: se me ha ordenado venir a buscaros y se me indicó cierto ardid para calmar la virulencia del mal. Pero el [8] remedio de mi mal no es lo que tanto me atormenta; mi mayor dolor es una tortura del corazón, una tortura que me coloca en el inevitable trance de morir: consiste en la angustia de que podáis divulgar, con la indiscreción propia de la juventud, lo que habéis visto en la capilla de Príapo y de que podáis publicar los secretos designios de los dioses. Me arrodillo, pues, a [9] vuestras plantas y tiendo hacia vosotros mis manos suplicantes pidiendo y rogando que no toméis nuestras ceremonias nocturnas como objeto de bromas y de risas, ni dejéis traslucir esos secretos que en tantos siglos apenas mil hombres han llegado a conocer.»

18. Tras esta súplica se deshizo otra vez en lágrimas, apoyando sobre mi lecho el rostro y busto entre [2] largos suspiros y sollozos. Yo, bajo la impresión simultánea de la compasión y del miedo, la exhorto a animarse y a no pensar más en su doble preocupación: [3] pues ninguno de nosotros divulgaría sus misterios y, además, si un dios le había indicado algún otro remedio para su terciana, nosotros estábamos dispuestos a secundar la divina providencia hasta exponiendo la propia [4] vida. Se puso muy contenta con esta promesa, me besó con mucha efusión y, pasando de las lágrimas a la risa, acarició suavemente con su mano los mechones [5] de pelo que me colgaban tras la oreja y añadió: «Establezco una tregua con vosotros, desisto del pleito que os tenía planteado. Pero si no hubierais accedido a darme el remedio que solicito, ya tenía a punto para mañana un pelotón encargado de vengar mi oprobio y restablecer mi honra:

[6] »Sentirse despreciado es vergonzoso; dar leyes es motivo de orgullo. Tengo a pecho el poder seguir libremente el camino que me plazca. Hasta el sabio plantea conflictos cuando se ve despreciado. El que no se encona suele salirse con la suya .»


[7] Luego, de repente, se puso a aplaudir y a reír de tal manera que nos quedamos asustados. Lo mismo hizo la sirvienta que la había precedido, y lo mismo la doncellita que la había acompañado al entrar.

19. Toda la estancia resonaba al son de aquellas risas estudiadas, y aún ignorábamos el motivo de aquel cambio de humor tan instantáneo. Fijábamos sucesivamente nuestra mirada inquisidora en nuestros propios compañeros y en aquellas mujeres.


«En consecuencia, he dado la orden de no admitir [2] hoy a nadie, absolutamente a nadie, en esta hospedería: así podré recibir sin molestias de ninguna clase el tratamiento que vais a darme para mi terciana.» Al oír [3] estas palabras de Cuartila, Ascilto quedó perplejo unos instantes; por mi parte, más helado que un invierno de las Galias, tampoco pude proferir una sola palabra. No obstante, al considerar la compañía, no podía ver [4] demasiado negra la situación. Por un lado había efectivamente tres mujercitas, por demás endebles en caso de intentar algo; por nuestra parte éramos también tres, que por lo menos éramos del sexo fuerte y, en todo caso, estábamos dispuestos a cualquier eventualidad. Más todavía: yo ya había apareado las fuerzas [5] por si era preciso dar la batalla: yo haría frente a Cuartila, Ascilto a la sirvienta y Gitón a la doncellita.


En aquel instante se derrumbó toda nuestra fortaleza; [6] quedamos atónitos, y la muerte, que parecía insoslayable, empezó a velar con su sombra nuestros desventurados ojos.


20. «Por favor, señora —le digo—, si preparas un golpe mortal, dalo pronto: no hemos cometido un crimen tan horrendo como para tener que morir entre torturas.»


[2] La sirvienta, que se llamaba Psique, extendió cuidadosamente una alfombra sobre el pavimento.


Intentó despertar en mí una pasión que mil muertes habían ya enfriado.


[3] Ascilto se había cubierto la cabeza con el manto, pues recordaba que es peligroso meterse en intimidades ajenas.


[4] La sirvienta sacó de su seno dos lazos: con uno ligó nuestros pies, con el otro nuestras manos 7 .


[5] Ascilto, en un momento en que la conversación decaía, interviene: «¿Y qué? ¿Yo no me merezco un trago?» La sirvienta, comprometida por mi sonrisa, [6] aplaudió diciendo: «Ya te he servido, muchacho; y, por cierto, ¿es posible que hayas podido tú solo con [7] tan copiosa dosis del mágico filtro?» «¿Es verdad —pregunta Cuartila— que Encolpio se tomó todo el satirión?»


Todo su cuerpo se estremeció bajo una carcajada no exenta de gracia.


[8] El propio Gitón acabó por no poder aguantar la risa, sobre todo cuando la jovencita se echó a su cuello y, sin que el muchacho se resistiera, le dio un sinfín de besos.


21. Queríamos, pobres de nosotros, pedir auxilio; pero no había nadie para venir en nuestra ayuda; y, además, cuando yo hacía ademán de pedir socorro a los ciudadanos, Psique me pinchaba las mejillas con una aguja del pelo, mientras que la doncellita, con un pincel empapado también con satirión, mantenía a raya a Ascilto.


Por último llegó un indecente bailarín ataviado con [2] un suave paño de lana verde arrayán y arremangado hasta la cintura… que sucesivamente nos malhería con sus descoyuntadas nalgas o nos infectaba con nauseabundos besos, hasta que Cuartila, con una vara de ballena en la mano y bien arremangada ella tambien, le ordenó que dejara en paz a aquellos desgraciados.


Ambos juramos por todo lo que había de más sagrado [3] que tan horrible secreto moriría entre nosotros dos.


Entraron un sinfín de entrenadores de palestra que [4] nos frotaron debidamente con aceite y nos volvieron a poner en forma. Sea como fuere, repuestos ya del cansancio, [5] nos vestimos para cenar y nos mandaron pasar a una sala inmediata donde estaban dispuestos tres lechos con el dispositivo completo de un esplendidísimo banquete. Siguiendo, pues, la invitación nos instalamos [6] allí, y, tras unos maravillosos entremeses iniciales, hasta se nos inunda con vino de Falerno. Agasajados luego [7] con unos cuantos platos más, cuando ya nos empezábamos a caer de sueño: «¿Cómo —dice Cuartila—, pensáis ahora en dormir, sabiendo que esta noche se debe íntegramente al culto de Príapo?»


22. Como Ascilto, agobiado por tantos contratiempos, se caía de sueño, aquella sirvienta que había sufrido sus desplantes le untó toda la cara con grandes manchas de hollín y, sin que él se diera cuenta en su estado de sopor, le entiznó también los labios y la espalda. [2] Yo, tan rendido como él y por los mismos percances, había empezado a saborear el sueño; y toda la comparsa, tanto dentro como fuera, hacía otro tanto: unos yacían desperdigados al pie de los convidados; otros, apoyados en las paredes; otros se habían quedado en el mismo umbral de la puerta con las cabezas recostadas [3] una sobre otra. Las lámparas, faltas ya de aceite, derramaban también ellas un tenue y último resplandor, cuando entraron en la sala dos esclavos sirios para escamotear una botella. Cuando se la disputan ávidamente entre la vajilla de plata, la rompen [4] por estirar cada uno en sentido opuesto. También volcó la mesa con la vajilla, y al caer de bastante altura una copa sobre el lecho donde dormía la sirvienta, por poco no le rompe la cabeza. El golpe le hizo chillar: gracias a eso se descubrió a los ladrones y se despertaron [5] parte de los borrachos. Los dos sirios que habían entrado a robar, al verse sorprendidos, se dejaron caer al pie de la mesa tan al unísono como si lo hubieran tenido previsto, y se pusieron a roncar como si llevaran horas durmiendo.

[6] Ahora, despabilado ya el maestro de ceremonia, había echado aceite a las lámparas moribundas, y los esclavos, después de frotarse un poco los ojos, se habían reintegrado al servicio; en esto entra una instrumentista que al ruido metálico de sus platillos acabó de despertarnos a todos.

23. Se reanudó, pues, el banquete y una vez más Cuartila nos invitó a beber: al son de los platillos se acentuaba su alborozo de bacante.


Entra entonces un indecente bailarín, la persona más [2] insulsa del mundo y muy digno cliente de aquella casa. Tras unas palmadas de sus manos dislocadas y unos profundos suspiros, declamó un poema como éste:

Aquí, acudid aquí en seguida, alegres maricones; [3] apresurad el paso, venid corriendo, venid al vuelo, con vuestras piernas delicadas, con vuestras manos tentadoras; ¡oh ternura la vuestra, oh veteranía del amor, oh castrados de Delos!

Tras recitar sus versos, me escupió el más infecto [4] de los besos. Luego, se instaló en mi lecho y, desplegando todo su vigor, venció mi resistencia y me arrancó las vestiduras. Me molió las ingles de mil maneras sin [5] resultado alguno. Por su frente sudorosa caían arroyos de esencias y entre las arrugas de sus mejillas se veía tal cantidad de pasta, que aquello parecía una pared desconchada y a punto de derrumbarse bajo un aguacero.

24. No pude contener por más tiempo mis lágrimas y, reducido al colmo de la desesperación, le digo: «¿No habías prometido, señora, darme un embasiceto ?» 8 . Se puso ella a aplaudir con cierta dulzura, diciendo: [2] «¡Oh, qué hombre tan agudo! ¡La gracia inagotable de esta tierra! ¿Cómo? ¿No sabías que embasiceto quiere decir íncubo?» Luego, para que mi [3] colega no saliera mejor parado que yo: «Me remito a vuestra rectitud de conciencia —les digo—; ¿ha de ser Ascilto el único en la sala libre de servicio?» «Bueno [4] —replica Cuartila—, que le den también a Ascilto el embasiceto.»

Ante esta orden, el íncubo cambia de montura y salta sobre mi compañero, a quien tritura con sus apretones y besos.

[5] Gitón, entretanto, se había puesto en pie y reventaba de risa. Cuartila le echó el ojo y con el mayor interés preguntó a quién pertenecía aquel muchacho. Le dije [6] que era mi hermanito: «Entonces —replica—, ¿por qué no me ha besado?» Y, llamándolo a su lado, le aplicó [7] un beso. Luego, introduciendo su mano bajo la ropa de Gitón y manoseando a aquel inexperto mancebo, dice: «Mañana esgrimirá amablemente sus armas como anticipo de mis delicias; hoy, después de un banquete regio, no quiero un plato vulgar.»

25. En esto se le acercó Psique, sonriente, y le susurró al oído unas palabras que no pude captar: «Sí, sí —dice Cuartila—; has hecho bien de advertírmelo. ¿Por qué no? ¿No es la linda ocasión de desflorar a nuestra querida Panucha?»

[2] Al punto traen a una chiquilla muy bonita y que no parecía tener más de siete años; era precisamente la que al principio había acompañado a Cuartila a nuestro [3] aposento. Todos aplaudían y reclamaban la boda. Yo quedé atónito y aseguraba que ni Gitón, un joven de lo más recatado, se prestaría a tal descaro, ni una chiquilla de tan corta edad podría someterse a la ley impuesta [4] a la mujer. «Bueno —dice Cuartila—. ¿Es ella acaso más joven que lo era yo cuando soporté al hombre por primera vez? ¡Persígame la ira de Juno si guardo [5] algún recuerdo de mi estado virginal! Cuando apenas sabía hablar, retozaba con los críos de mi edad; despues, al correr de los años, me fui entregando a otros cada vez mayores, hasta alcanzar la edad adulta que [6] veis. De ahí arranca, sin duda, aquel proverbio que dice: ‘Podrá con el toro quien haya podido con el novillo’.» 9 .

Así las cosas, y temiendo que en mi ausencia aún le fuera peor a mi hermanito, me levanté para asistir a la ceremonia nupcial.

26. Ya Psique había envuelto la cabeza de la niña con el velo colorado, ya el embasiceto abría la marcha con una antorcha en la mano, ya le seguían en larga hilera y aplaudiendo aquellas mujeres en estado de embriaguez. Habían dispuesto en la sala nupcial la alfombra de la profanación. Entonces, Cuartila, bajo [2] el incentivo de aquella parodia voluptuosa, se levantó igualmente, cogió a Gitón por la mano y lo arrastró al dormitorio.

Era evidente que el muchacho no había puesto [3] mucha resistencia; y tampoco la niña se había desolado y palidecido ante la palabra «boda». Encerrados ellos [4] ya a solas, nosotros nos sentamos a la puerta de la sala. Cuartila, tomando la iniciativa, echó una mirada indiscreta por una rendija maliciosamente preparada y observaba con libidinosa curiosidad aquel juego infantil.

Con las caricias de su mano me atrajo a mí también [5] a su lado para que presenciara la escena, y, como se tocaban las caras de todos los espectadores, aprovechaba los entreactos para acercar sus labios a los míos y darme, como de paso, unos cuantos besos seguidos.


Y, tumbados en la cama, pasamos sin sobresaltos [6] el resto de la noche.


[7] Había llegado ya el tercer día, es decir, el de la esperada francachela 10 . Pero plagados de golpes como estábamos, nos atraía más la ocasión de escapar que [8] la de descansar. Así, pues, en nuestra congoja, deliberábamos sobre los medios de evitar la tormenta que teníamos encima. En esto, un esclavo de Agamenón vino a sacarnos de nuestra incertidumbre: «¿Cómo? —dice—. ¿No sabéis quién invita hoy? Es Trimalción, persona [9] elegante por demás: tiene un reloj en el comedor, y un trompetero apostado al lado para saber en todo instante las horas de menos que ha de vivir.»

[10] Así, pues, olvidando todas nuestras calamidades, nos aseamos con esmero y encargamos a Gitón, que desempeñaba muy a gusto su papel de esclavo, de acompañarnos al balneario.

2.a PARTE : LA CENA DE TRIMALCIÓN

27. Entretanto, sin desnudarnos, nos fuimos a pasear… o, mejor dicho, a pasar un rato entretenido acercándonos a los corrillos, cuando, de pronto, vemos a un viejo calvo, vestido con una túnica rojiza, que jugaba a la pelota con unos esclavos jovencitos y de [2] largas melenas. A nosotros no nos llamaron tanto la atención los esclavos —aunque valían la pena— cuanto el propio dueño, que calzaba sandalias y se entrenaba con pelotas verdes. Ya no volvía a coger la pelota que se le caía al suelo, sino que un esclavo tenía un saco lleno e iba abasteciendo a los jugadores de nuevas pelotas. [3] Observamos todavía otras particularidades: había dos eunucos, uno a cada extremo del campo; uno tenía en la mano un orinal de plata; el otro contaba las pelotas, pero no las que pasaban de mano en mano al desarrollarse el juego, sino las que caían al suelo. Estábamos, pues, admirando esas finuras, cuando llega [4] corriendo Menelao: «Este es —dice— el que os invita a su mesa, y ya estáis asistiendo al preludio de la cena.» No había concluido su frase Menelao, cuando Trimalción [5] produjo un castañeteo con los dedos, y a esta señal acudió el eunuco tendiéndole el orinal en pleno juego. Aliviada ya su necesidad, pidió agua para las [6] manos, se enjuagó un poquito y se limpió a la cabellera de un esclavo.

28. Sería prolijo enumerar todas sus singularidades. Entramos, pues, al balneario. Estuvimos un momento al calor del sudadero y salimos al agua fría. Ya Trimalción, todo inundado de perfumes, se estaba [2] secando, pero no con paños corrientes, sino con toallas de la más fina lana. Mientras tanto, tres masajistas bebían [3] vino de Falerno en su presencia, y, al pelearse por él, lo desparramaban en abundancia: «Es mío —decía Trimalción—, y lo beben a mi salud.» Luego, envolvieron [4] al señor en una manta escarlata y lo colocaron en una litera: ante ella desfilaban cuatro corredores con ricos y llamativos collares, y un carretón en el que iban los amores de Trimalción, es decir, un mancebo ya entrado en años, legañoso y más repulsivo que su propio dueño. Ya en marcha, se le acercó al respaldo un músico [5] con unas flautas en miniatura y, como si confiara al oído algún secreto, le fue entonando canciones durante todo el trayecto.

Nosotros seguimos su marcha, harto maravillados, [6] y con él llegamos a la puerta, en cuyo montante había un letrero con esta inscripción:

«TODO ESCLAVO QUE SALGA A LA CALLE SIN PERMISO DEL [7] DUEÑO RECIBIRÁ CIEN LATIGAZOS .»

[8] En la misma puerta, con uniforme verde puerro y cinturón rojo cereza, estaba el portero limpiando [9] guisantes en una fuente de plata. Sobre el dintel colgaba una jaula de oro donde una urraca de varios colores saludaba a los que entraban.

29. En medio de mi asombro ante tantas maravillas, me caí de espaldas y por poco no me rompo las piernas. Pues, a la izquierda, al entrar y a corta distancia de la cabina del portero, había un perro descomunal, atado con una cadena: era una pintura sobre la pared; y encima, en letras capitales, se leía: «CUIDADO CON EL [2] PERRO ». Mis compañeros se echaron a reír. Yo, cuando recobré la serenidad, no acababa de observar la superficie [3] total de aquella pared. Había un mercado de esclavos con sus rótulos al cuello, y el propio Trimalción, con largas melenas de esclavo y un caduceo en la mano, [4] entraba en Roma bajo la dirección de Minerva. Luego, se veía cómo había estudiado contabilidad, cómo había llegado a administrador: un hábil pintor había representado exactamente toda su vida con las respectivas [5] leyendas. Al final del pórtico, Mercurio levantaba a Trimalción por la barbilla y lo transportaba a un excelso [6] trono. A su lado estaban la Fortuna, con un gran cuerno de la abundancia, y las tres Parcas hilando [7] sendas ruecas de oro. También observé en el pórtico un equipo de corredores a pie que se entrenaban bajo [8] la dirección de un técnico. Además vi en el rincón un gran armario con un nicho donde había unos Lares de plata, una Venus de mármol y una caja de oro no muy pequeña donde, según decían, se guardaba la primera barba del señor.

[9] Pregunté, pues, al guardián del atrio qué representaban los cuadros centrales: «La Ilíada y la Odisea —me dijo—; y, del otro lado, la fiesta de gladiadores que dio Lenas.»

30. Me faltaba tiempo para contemplar tantas maravillas…

Ya habíamos llegado al comedor. Allí, en la antesala, estaba el procurador recibiendo cuentas. Y lo que me causó mayor admiración fueron unos fascios con hachas colgados en el marco de la puerta y cuyo extremo inferior terminaba como en un espolón de bronce de un navío con la siguiente inscripción:

«A GAYO POMPEYO TRIMALCIÓN , SÉVIRO AUGUSTEO 11 . SE [2] LO DEDICA SU TESORERO CINAMO .»

Con la misma dedicatoria colgaba también de la [3] bóveda una lámpara de dos brazos. En cada una de las dos hojas de la puerta había sendos cuadros: uno, si no me falla la memoria, con esta inscripción:

«LA ANTEVÍSPERA Y LA VÍSPERA DE LAS KALENDAS DE ENERO NUESTRO DUEÑO GAYO CENA FUERA DE CASA .»

El otro representaba la órbita lunar y los siete planetas. [4] Unas bolitas de distintos colores marcaban los días fastos y los nefastos.

Satisfechos de saborear esas delicias, nos disponíamos [5] a entrar ya en el comedor, cuando un jovencito esclavo, que tenía asignado ese oficio, nos sorprendió con esta exclamación: «¡Con el pie derecho!» Realmente [6] nos causó cierta sensación el temor de que alguno de nosotros pudiera infringir la regla protocolaria al cruzar el umbral. Ahora, al echar adelante, todos a una, [7] el pie derecho, un esclavo desnudo se arrojó a nuestras plantas y se puso a suplicarnos que lo libráramos del castigo: al parecer no era grave la falta que lo [8] ponía en peligro; se había dejado robar en el balneario la ropa del tesorero, lo que suponía apenas unos [9] diez sestercios. Echamos, pues, atrás nuestro pie derecho, y presentándonos al tesorero, que estaba entonces contando las piezas de oro, le rogamos que perdonara [10] al esclavo. Muy orgulloso, levantó la mirada y nos dijo: «No me importa tanto la pérdida como el [11] descuido de esa nulidad de esclavo. Me perdió mi ropa de mesa, que me había regalado un cliente para mi cumpleaños; desde luego era púrpura de Tiro, pero ya había sufrido una lavada. En fin, ¿qué le vamos a hacer? Lo dejo en vuestras manos.»

31. Nos sentíamos muy obligados por tan insigne favor, cuando, al entrar en el comedor, nos salió al paso aquel mismo esclavo por quien habíamos intercedido, y con gran asombro por nuestra parte nos plantó toda una profusión de besos a la vez que nos daba las [2] gracias por nuestra amable bondad: «Por lo demás, vais a saber ahora mismo —dice— a quién habéis hecho el favor. El vino del dueño es el agradecimiento del escanciador.»


[3] Por fin nos instalamos en la mesa. Unos esclavos de Alejandría nos echaron agua de nieve para lavarnos las manos; les siguieron otros por el lado de los pies y [4] nos quitaron los padrastros con destreza sin igual. Y ni aun en tan desagradable menester se quedaban callados, [5] sino que realizaban su tarea canturreando. Yo quise averiguar si toda la servidumbre se componía de cantantes, [6] y para ello pedí bebida. Un esclavo muy dispuesto me atendió con una melodía de la misma aspereza, y así ocurría cada vez que reclamábamos un servicio cualquiera. Aquello parecía un coro de pantomimo y no [7] un comedor de una casa particular.

Sacaron unos entremeses de lo más espléndido; [8] pues estaban ya instalados todos los comensales, excepto el propio Trimalción, a quien, según nueva moda, se reservaba el lugar preferente. En la bandeja de los [9] entremeses había un asno en bronce de Corinto con alforjas, las cuales, de un lado, iban llenas de aceitunas blancas, y del otro, de aceitunas negras. Dos fuentes [10] forman como un tejado sobre el asno; en sus bordes llevan inscrito el nombre de Trimalción y el peso de su plata. Dos pasarelas soldadas entre sí tenían encima unos lirones salpicados con miel y adormidera.

Había también salchichas calientes sobre una parrilla [11] de plata, y, bajo la parrilla, ciruelas de Siria con gajos de granada.

32. En medio de esta ostentación y a los acordes de la música nos trajeron ya al propio Trimalción y lo colocaron sobre unos cojines minúsculos. Su aparición arrancó una sonrisa de sorpresa. En efecto, de un manto [2] escarlata salía su cabeza rapada, y alrededor del cuello, ya recargado con los pliegues de su ropa, había añadido una servilleta con una amplia franja roja y volantes colgando por todas partes. Llevaba en el dedo meñique [3] de la mano izquierda un gran anillo ligeramente dorado 12 , y en la última falange del dedo siguiente una sortija de oro —a mi parecer— auténtico, pero con unas inscrustaciones de hierro, como si fueran estrellas. Y para no lucir sólo esas riquezas, descubrió su [4] brazo derecho con un brazalete de oro y una placa de esmalte engarzada en un aro de marfil.

33. Luego, cuando se hubo mondado los dientes con un hilillo de plata, dijo: «Amigos míos: por mi gusto aún no hubiera venido al comedor, pero por no retrasarme demasiado y haceros esperar más, he sacrificado toda complacencia conmigo mismo. No obstante, [2] vais a permitirme terminar mi partida.» Tras él llegaba un esclavo con un tablero de terebinto y unos dados de cristal. Observé un detalle que es ya el colmo del refinamiento: en lugar de piedrecitas blancas y negras [3] como peones, usaba denarios de oro y plata. Y mientras él, continuando la partida, agotaba el léxico de todos los tejedores y nosotros saboreábamos todavía los entremeses, he aquí que nos traen un azafate donde había una gallina de madera, con las alas desplegadas en círculo, en la postura que suelen adoptar para incubar [4] sus huevos. Se acercaron en seguida dos esclavos y, a los agudos acentos de una melodía, empezaron a escarbar en la paja, de donde sacaron huevos de pavo [5] y los repartieron a los convidados. Trimalción se volvió ante este cuadro, diciendo: «Amigos míos: son huevos de pavo que yo mandé echar a una clueca. Y, por Hércules, me temo que estén ya empollados. Probemos, [6] no obstante, a ver si aún se pueden tomar.» Nos pasan unas cucharas que no pesaban menos de media libra cada una, y rompemos los huevos, que resultaron ser [7] obra de pastelería. Yo estuve a punto de tirar mi ración, [8] pues me parecía ver ya formado el pollito. Pero oí a un veterano comensal de la casa comentar: «Aquí dentro ha de haber algún bocado exquisito.» Seguí, pues, ya a mano, quitando cáscara y me encontré con un papafigo rebozado con yema de huevo y pimienta.

34. Ya Trimalción, después de dejar el juego, se había hecho servir de todo y, con su voz sonora, nos había autorizado a repetir, si alguien quería más vino con miel, cuando de pronto la orquesta da la señal y desaparecen los entremeses en manos de un coro de cantores. En el bullicio, un plato de postre se le fue [2] accidentalmente de la mano a un esclavo, que intentó recogerlo del suelo. Trimalción, que se dio cuenta de ello, mandó abofetear al esclavo y tirar otra vez aquel plato. Apareció en seguida el encargado de la limpieza [3] y se puso a barrer la plata con los demás desperdicios. Inmediatamente después entraron dos etíopes, de larga [4] cabellera, con unos pequeños odres, como los que sirven para regar la arena del anfiteatro: nos echaron vino en las manos, pues allí nadie ofrecía agua.

Se felicitó al dueño de la casa por esas finuras: [5] «Marte —dice Trimalción— ama la igualdad. Por eso he mandado que a cada uno se asignara una mesa. De paso, esos esclavos tan malolientes, al estar menos hacinados, nos darán menos calor.»

Acto seguido se trajeron unas ánforas de vidrio cuidadosamente [6] selladas y en cuyo cuello había un rótulo con esta inscripción: «FALERNO OPIMIO, CENTENARIO » 13 . Mientras leemos los letreros, Trimalción, dando unas [7] palmadas, dice: «¡Ay! El vino vive bastante más que la pobre criatura humana. Bebamos, pues. El vino es vida. Y lo que os sirvo es auténtico Opimio. Ayer no saqué un vino tan selecto, y eso que mis invitados eran de bastante más categoría.» Mientras bebíamos, pues, [8] y nos extasiábamos ante tales magnificencias, un esclavo trajo un esqueleto de plata 14 , tan bien armado, que sus articulaciones y vértebras móviles podían girar [9] en cualquier dirección. Después de dejar caer este esqueleto varias veces sobre la mesa y hacerle tomar varias actitudes gracias a sus articulaciones movibles, Trimalción añadió:

[10] «¡Ay ! ¡Pobres de nosotros ! ¡Qué poquita cosa es el hombre ! ¡He aquí en qué pararemos todos nosotros cuando el Orco se nos lleve ! ¡A vivir, pues, mientras tengamos salud !»

35. A la oración fúnebre siguió una bandeja cuyo tamaño no respondía a nuestra expectación; su originalidad [2] atrajo, no obstante, todas las miradas. Era una bandeja circular y tenía representados a su alrededor los doce signos del zodíaco; sobre cada uno de ellos, el artista había colocado el especial y adecuado manjar: [3] sobre Aries, garbanzos, cuya forma recuerda la testuz del borrego; sobre Tauro, carne de ternera; sobre Gémini, testículos y riñones; sobre Cáncer, una diadema; [4] sobre el León, un higo chumbo; sobre Virgo, la ubre de una cerda que no había críado; sobre la Libra, una balanza que de un lado tenía una torta y del otro una tarta; sobre Escorpión, un pescadito de mar; sobre Sagitario, una liebre, sobre Capricornio, una langosta; sobre Acuario, una oca; sobre Piscis, dos barbos.

En el centro, un terrón, arrancado con su césped, [5] sostenía un panal de miel. Un esclavo egipcio pasaba [6] alrededor ofreciendo el pan en una olla-horno de plata…

…Y el propio Trimalción, con su voz espantosa, se puso a chirriar una canción del mimo de Laserpicio. Al vernos poner mala cara ante aquellos manjares tan [7] vulgares, nos dice: «Os doy un consejo: comamos. Es la ley del banquete.»

36. Después de estas palabras de Trimalción, acudieron al son de la música cuatro servidores danzando y retiraron la parte superior de la bandeja. Al quitarla, [2] vemos debajo —es decir, en una segunda bandeja—jugosos pollos, ubres 15 , y en el centro una liebre a la que se habían aplicado unas alas, con lo que recordaba a Pégaso. También observamos junto a cada uno de [3] los cuatro ángulos un Marsias con un pequeño odre de donde una salsa cargada de pimienta caía sobre el pescado, que ahora nadaba como en un nuevo criadero. Estalla un aplauso general, iniciado por la servidumbre [4] de la casa, y, con la sonrisa en los labios, atacamos aquellos manjares selectos. Trimalción, no menos satisfecho [5] de un éxito como aquél, «Trincha», dice. Al punto [6] se adelantó el trinchante y, adaptando sus movimientos al compás de la música, fue troceando la vitualla con el estilo de un conductor luchando en su carro a los acordes del órgano. Entretanto, Trimalción no cesaba [7] de repetir con el más insistente tono de voz: «Trincha, trincha.»

Yo sospechaba alguna alusión humorística en esa palabra tantas veces repetida; me permití interrogar en ese sentido al comensal que tenía a mi derecha y que había asistido con frecuencia a fiestas como ésta: [8] «¿Ves —me dice— al que está trinchando las vituallas? Se llama Trincha. Así, pues, cada vez que Trimalción dice ‘trincha’, llama y da órdenes con una sola palabra.»

37. Ya no pude tomar un bocado más, sino que, volviéndome hacia aquel hombre para conocer todos los detalles posibles, extendí ampliamente mi interrogatorio, empezando por preguntar quién era aquella mujer [2] que iba y venía por todas partes. «Es —me dice— la mujer de Trimalción, se llama Fortunata 16 y cuenta su [3] dinero midiéndolo a celemines. Y hace poco, muy poco, ¿quién era? ¡Perdóneme tu Genio tutelar! No hubieras [4] aceptado de su mano un pedazo de pan. Y ahora, sin saber cómo ni por qué, se ha visto transportada al cielo [5] y es el brazo derecho de Trimalción. En una palabra, si en pleno mediodía ella le dijera que es de noche, él [6] quedaría convencido de ello. Él, personalmente, no sabe lo que tiene, por ser tan acaudalado. Pero esa alimaña [7] está en todo, hasta en lo que menos te figuras. Es abstemia, sobria y persona de buen consejo: ya lo ves, es oro puro, por ese lado. Pero por otra parte es una mala [8] lengua, una urraca entre surco y surco. Cuando ama, sabe amar; pero cuando no ama, no ama. En cuanto a Trimalción, tiene posesiones cuya extensión sólo está al alcance del vuelo del gavilán, y, además, dinero y más [9] dinero. En la celda de su portero hay acumulada más plata que la equivalente a cualquier otro patrimonio [10] en su totalidad. En cuanto a sus esclavos, ¡huy, huy, huy!, no creo que ni el diez por ciento conozcan a su [11] amo. Y, para abreviar, a él no le importaría enterrar bajo una mata de ruda a cualquiera de esos infelices.

38. »Y no vayas a pensar que Trimalción compre nada. Todo se produce en su casa: lana, limones, pimienta; si pidieras leche de gallina, aparecería allí 17 . En pocas palabras: la lana que allí se producía era [2] de escasa calidad: Trimalción compró carneros de Tarento para renovar su ganado. Para producir en casa [3] miel ática, mandó importar abejas de Atenas; de paso, las abejas del país mejorarán de clase por virtud de las de Grecia. Y he aquí que estos días ha escrito a la [4] India solicitando semillas de setas. No tiene ninguna mula que no sea hija de un onagro. ¿Ves todos esos [5] cojines? No hay ninguno que no contenga lana de color púrpura o escarlata. Hasta ahí llega la felicidad de ese corazón.

»Y no se te ocurra menospreciar a los libertos compañeros [6] suyos. Tienen las espaldas bien guardadas. ¿Ves al último del último banco? Hoy tiene sus ochocientos [7] mil sestercios. Partió de la nada. Hace poco acarreaba al hombro fajos de leña. Pero, según dicen [8] (yo no sé nada, pero lo he oído), se pudo hacer con el gorro de un íncubo y encontró así un tesoro. Yo no [9] tengo envidia a nadie cuando un dios le hace un regalo.

»Aún le duele la bofetada de la liberación 18 y ya sueña con la buena vida. Por lo cual acaba de publicar [10] el siguiente anuncio: ‘Gayo Pompeyo Diógenes alquila su buhardilla a partir de las kalendas de Julio porque él se ha comprado una casa’. ¿Y el que ahora vegeta [11] en el puesto que dejó vacante el liberto? ¡Qué buena vida se ha llevado! No se lo echo en cara. Vio en sus [12] manos un millón de sestercios, pero tuvo la desgracia de arruinarse. Creo que tiene hipotecado hasta el último cabello; y, por Hércules, no fue suya la culpa, pues nadie le aventaja en bondad; la culpa es de los malditos libertos que le arramblaron con todo. Enteraos bien: [13] la olla de los amigos hace malo el cocido 19 , y en cuanto [14] las cosas se tuercen, ¡adiós amigos! ¡Y qué bonito negocio el suyo, así como lo ves! Fue empresario de pompas [15] fúnebres. Su mesa, a diario, era como la de un rey: jabalíes de rizada pelambre, pastelería, aves, cocineros, panaderos. Se tiraba al suelo más vino en su mesa que el que se guarda en otra bodega cualquiera. ¡Un sueño, [16] más que humana realidad! Al ir a menos su situación, y por temor a que sus acreedores lo creyeran tambalearse, proclamó una subasta con el siguiente anuncio: ‘Gayo Julio Próculo subastará lo que sobra en su casa’.»

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ISBN:
9788424930455
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Правообладатель:
Bookwire
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