Читать книгу: «Satélite humano»
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IMPRESO EN ESPAÑA – UNIÓN EUROPEA
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Para Sergio Bellver Cardete, Vergel.
PRÓLOGO
Una familia potencialmente disfuncional, banqueros de multinacionales, un paciente de un psiquiátrico, los cárteles, Fidel Castro o Pablo Escobar: ¿cómo pueden encontrarse narrativamente todos estos elementos aparentemente desconectados? En Satélite humano giran en la misma órbita. El convulso —crudo y a la vez fascinante— escenario latinoamericano es el campo de cultivo de este thriller político.
«Este libro no es verdad, es puro invento» se advierte al principio, pero algunos nombres y hechos que se describen son sobradamente conocidos. Satélite humano es un juego de verosimilitud, que no de verdad. Es una sensación narrativa de filtro que plantea una incógnita al lector: si el relato mantiene una estética crítico-realista, ¿el sobreaviso de que lo que se cuenta es una ficcionalización en realidad protege a los personajes o al lector? ¿Lo que de verdad ha pasado está fielmente reproducido en la ficción o en la ficción se ha exagerado?
Es, en todo caso, un thriller que juega con la mímesis de la realidad y, sobre todo, que busca al lector, como un reto. Y este es un ejercicio de ida y vuelta, que se refleja en la historia: el paciente del psiquiátrico se cuestiona desde el principio si es verdad lo que los médicos —de mayor autoridad que el paciente, como el narrador lo es con respecto al lector— le dicen, si los médicos están diciendo la verdad, si realmente está enfermo.
El espejo realidad-ficción resuelto a través de la metaliteratura es una «historia desafiante», como explicita el autor. «Estoy escribiendo un libro incomprensible». Es una historia atípica, que no comulga con el orden predeterminado que desde las escuelas creativas se imparte. Y, sin embargo, no es una narración marciana, no es ciencia ficción, porque, como el lector, como los personajes, el ser humano es incongruente. ¿Acertarás la moraleja?
Alba Fernández Maldonado
Correctora
ATENCIÓN
Este libro no es verdad, es puro invento, aunque la trama ficcional tenga bases en hechos reseñados como noticias, entrevistas, análisis, videos, libros de ficción y de no ficción. Al final de la obra se hallan las notas debidamente numeradas. No obstante, ya que la investigación la inicié hace cinco años y una buena cantidad de publicaciones fueron suprimidas o eliminadas de internet, he incluido fuentes sustitutas que soportan los datos de aquellas que han sido censuradas.
Carezco de los medios necesarios para determinar la autenticidad de los hechos e ignoro si son falsos. Desconozco también, más allá de las sospechas, los motivos para difundir mentiras como si no lo fueran.
Aceptar lo que la mayoría entiende como realidad o normalidad nunca me ha parecido una tarea fácil. Supongo de antemano que no existen. En consecuencia, lograrlo exige un esfuerzo sostenido y repugnante porque me obliga a abandonar una fuga deleitable.
La órbita de Satélite humano está en el universo de la imaginación.
Primera parte:
UNIDAD EXTERNA
(él es Chinto)
I
VIERNES, 30 DE NOVIEMBRE DE 1990
A siete días de la “visita relámpago” del presidente George H. W. Bush1
(1) Final de la jornada.
Sentado en el pequeño sofá de cuero marrón junto a once carpetas, una por cada mes, muchos libros, documentos y borradores, le pesan los fracasos, pero no es un frustrado. Su colección de éxitos sirve para amortiguar impactos, darse ánimo y seguir luchando. Duda, es cierto, a veces cree que habita en el país del engaño. Las persianas verticales dividen el paisaje, no hace falta retirarlas, así le agradan. Afuera centellean las bombillas, el tráfico aún es insoportable, más vale esperar. Ya todos se fueron, se lo dice el silencio atrapado en las oficinas vacías, una alabanza a la desolación. Han pasado más de veintinueve años desde que aceptó el trato. Siempre ha cumplido con el compromiso. Los desafíos le dieron, aparte de las lecciones propias del oficio, el criterio que surge cuando la experiencia y la intuición se abrazan. Sabe que algunos dicen que tiene olfato. A él no le gusta porque le quitan mérito al razonamiento. Hace un año que tumbaron el muro de Berlín y desde entonces le cuesta concentrarse. El análisis comparativo perdió el punto de referencia. La investigación está dispersa, los datos bailan ante sus ojos plomizos sin convencerlo y necesita volver a mirarlos, releer varias páginas para descubrir el sentido lógico. El agotamiento lo flagela. Su contextura atlética comienza a desbaratarse por la barriga propia de la mediana edad. La imaginación despega y se estrella contra los informes que tiene en su despacho, testigo mudo del declive, cayendo por el tobogán de los sucesos hacia el retiro, aunque le sobre energía e ingenio.
Se levanta, mide un metro setenta y cinco, da cuatro pasos a la derecha, hacia la puerta, vuelve y se sienta. Hoy viernes lleva el traje Zegna gris oscuro diplomático, su predilecto. Se afloja el nudo de la corbata azul índigo con rayitas celestes en diagonal. Suena el teléfono. Trata de no perder la paciencia. Echa de menos a Maribel, su secretaria, y como ya se ha ido, contesta.
—¡Qué bueno que te encuentro! —es Carmen Elena, su esposa.
—¿Qué pasa?
—Solamente quería recordarte que este fin de semana vamos a hablar con Isabel —se refiere a la mayor de sus hijas.
—No hace falta que me lo recuerdes.
—Está bien, disculpa, pero como se acerca el cierre del año y sueles andar tan ocupado…
—Lo que quieres es convencerme, ¿no es así?
—¿Acaso no estás convencido? Ya discutimos lo suficiente, pensé que habíamos llegado a un acuerdo.
—Te equivocas. Sentar a Isabel para que escuche temores y suposiciones puede ser peor.
—¿Te parece que son temores y suposiciones?, por el amor de Dios, te expliqué con lujo de detalles porqué estoy tan segura.
—Sí, con lujo de detalles y sin ninguna evidencia.
—Entonces, ¿no vas a hablar con Isabel?, ¿me vas a dejar sola con esto?
—¿No puedes esperar un poco?
—¿Esperar qué?, si se puede saber.
—Quiero estar seguro. Dame una semana.
—¿Necesitas tanto tiempo? Si veo que surge el momento para hablar con ella, lo haré, así que no te prometo nada. Es todo lo que puedo decir. Este problema hay que encararlo y tú lo estás evadiendo.
—No lo creo.
—Claro, obvio que no, ¿vas a venir a cenar?
—Sí.
Colgaron sin despedirse.
Carmen Elena acaba de anotar otra mortificación en la lista, un sismo en la vida privada que atenta contra su estabilidad habitual. Quisiera hablar con ella sobre las operaciones encubiertas. Una vez más le toca resistir la tentación. Si flaquea, el peligro es enorme. Los de la Agencia, en Harvey Point2, le aclararon el verdadero significado de las Acciones Preventivas a la hora de proteger un plan específico. Está harto de lidiar con su falta de comprensión. ¿Cómo podría ser de otra forma? Si ella supiera, respetaría su espacio dejándolo en paz con su millón de reflexiones. El impulso de romper el pacto confidencial solo persigue una gratificación fugaz y anodina. No debería sentir ese tipo de estímulos. Es muy probable que ella se burle. De ser así, estaría reaccionando según lo previsto con el fin de resguardar la información. No es un agente, siempre ha estado fuera de rango. Pertenece a un grupo externo que sirve de apoyo a un par de sujetos de medio y alto nivel. Temiendo filtraciones, utilizaron contactos ajenos y estrategias distintas al programa de reclutamiento hasta conformar la célula requerida. Si alguno de los integrantes decidiera abrir la boca, nadie en su sano juicio podría creerle.
Considera que Isabel y Luisa Elena, sus hijas, se portan bien. No subestima los pálpitos de su esposa, incluso respeta las premoniciones femeninas, pero no quiere precipitarse con sospechas infundadas.
Se hace tarde.
La biblioteca hecha a la medida, desde el suelo hasta el techo, abarca dos lados de su oficina y deja el espacio exacto donde encaja el sofá. Ventanales enormes y herméticos conforman las dos paredes restantes. La vista que tiene hacia el suroeste de Caracas es envidiable. Sabe que debe apoyar sus conjeturas en distintos elementos. Recuerda que apuntó en una libreta de hojas amarillas el punto de partida, la premisa mayor. A estas alturas, el comienzo nunca arranca desde la nada, viene precedido por uno o varios silogismos capaces de explicar las circunstancias. Su afición al pensamiento lo traiciona. El andamiaje deductivo no lo eleva, lo sepulta. Tras estudiar la matriz de estrategias y escenarios, se desliza estirando las piernas, suspira y clava la vista en la punta de los zapatos. Está en neutro. Invoca una idea bajo la presión que genera la infertilidad de las horas.
Se llama Jacinto Calderón, pero le dicen Chinto. Es socio de Marco Antonio Zapi y ambos fundaron hace más de quince años, en octubre de 1975, la firma C&Z CALZA, dedicada al análisis, auditoría y evaluación económica de empresas. Sus mejores clientes provienen tanto de las contratistas petroleras, como del sector financiero. A pesar de la confianza, Marco Antonio ignora por qué a Chinto nunca se le acaban los contactos, capta clientes en los momentos más oportunos, cuando las cuentas lucen débiles y agradece que ni siquiera le insinúe un cambio en la participación de los beneficios.
Las mangas de la camisa blanca asoman pliegues a la altura del codo. Decide arremangárselas para distraer la mente. Sin ser calvo, su cabello es escaso, no muy canoso, le viene bien la palabra rubio para describirlo. Con la nariz delgada, su perfil es de retrato. Evalúa su trayectoria profesional y no ve más que un punto, su carrera, una ficción. Hace una semana, el pasado viernes, falleció Baudilio Díaz, receptor de los Leones del Caracas y, desde 1985 hasta 1989, de los Cincinnati Reds. Compartía con su familia en casa, salió con la intención de reparar la antena parabólica. Al parecer, resbaló y sufrió politraumatismos que le causaron la muerte. Siete días después, Chinto sigue conmocionado por la noticia. No es un fanático del beisbol, pero la tragedia le demuestra que nunca se sabe cómo, cuándo y dónde ocurrirá el fin. Le aterra desperdiciar su vida, se niega a no hacer algo con la información. Debe darle algún valor agregado, convertirla en un producto de calidad a partir de la materia prima contenida en el desorden. Por eso llegó a él, para eso la conoce.
Recuerda que persiguió valores inexistentes porque los reactores del mundo funcionan sin ellos. Goza de solvencia económica. En C&Z CALZA es uno de los dos jerarcas, el indispensable, pero la firma, igual que su antiguo empleo en el First National City Bank of New York, depende de su relación con Ian Koffler. Ahí está el secreto, lo que Carmen Elena ignora y lo que su socio nunca sería capaz de descifrar.
La frecuencia de los reportes ha disminuido a niveles alarmantes. Eso le inquieta y no tiene con quién desahogarse. Teme lo peor, puede ser que lo hayan excluido. Arriba siempre hay uno o varios con el poder de aplastar a Chinto hasta convertirlo en una micropartícula. No hace falta que cometa errores, no necesitan argumentos. Sencillamente lo borran, eliminan su nombre del expediente que, para colmo, reposa en un archivo externo. Una presión añadida. Son tiempos confusos, a pesar de que muchos se sienten triunfadores. Él no comparte esa euforia. La ironía implícita en el sistema se revela con los secretos que se filtran. Tras el rotundo fracaso de la invasión a Cuba en el 613, en la que colaboró en labores de inteligencia básica, cuando estaba a punto de cumplir veinticuatro años, para que no se desmoralizara, Koffler le contó algunos detalles “clasificados” sobre la operación en Hungría del 564. Habló de muertos y heridos, mencionó condenas injustas, relató torturas aberrantes, recordó al líder húngaro Nagy5, a quien detuvieron garantizándole tanto su integridad física, como su vida, pero no cumplieron y, al cabo de un par de años, lo ejecutaron. Destacó la brutalidad que acarrea la frase: «Tampoco aquí llegó el apoyo militar prometido». Invocó principios y valores con expresiones conducentes a la inspiración. Hay que seguir, dijo, no cabe rendirse. Aquella arenga funcionó. Chinto siguió luchando en nombre de la libertad y todavía lo hace, pero abandonó el idealismo, es inmune a las mentiras. Sabe algo desquiciante. Los torturados y heridos, los muertos en combate o en las mazmorras, derramaron su sangre en conflictos que enriquecieron a unos pocos, por cierto, ni un solo húngaro, ni un solo cubano, se cuenta entre ellos, pero Ian Koffler sí. Conoce el peso que tiene la indiferencia, casi siempre convertida en un artefacto letal, bien calibrado, es capaz de salvar vidas. Por eso Chinto jamás cuestiona la procedencia del dinero que tiene Ian, incluso ha cooperado con él para maquillar declaraciones juradas de bienes. Se convirtió en cómplice a cambio de oportunidades y favores. Al parecer, entendió cuál era el negocio. Ya no hay vuelta atrás.
A veces anhela la felicidad con la que vive su socio, la sencillez de su mundo. Al menos los clientes están satisfechos y no hay mayores quejas en el trabajo. Es un hecho que C&Z CALZA vuela con cierta independencia. Hoy, minutos antes de salir a almorzar con Marco Antonio, como todos los viernes, Maribel atendió una llamada. Era Mr. Koffler. Por fin una fisura en el silencio tras casi siete meses sin comunicarse. Dijo que llegará el lunes y desea verlo el mismo día. La Agencia lo incluyó, a última hora, entre los académicos autorizados por el Departamento de Estado para impulsar la propuesta The Enterprise for the Americas Iniciative, denominada en español la Iniciativa para las Américas. Compuesta de tres ejes, escuchó:
—Libre mercado, inversión extranjera y reducción de la deuda externa.
Hablaba con apatía, sin esconder el desinterés. Así suele limpiar la basura del camino para “ahorrar tiempo” e ir al grano. A su manera, Ian acababa de advertirle que la reunión no tratará nada al respecto. La Iniciativa luce como el antídoto que saneará la economía del continente, pero Chinto piensa que no es más que otro juguete para entretener a los fabricantes de opinión.
Es tarde. Aparta una persiana y comprueba que el tráfico fluye. Es hora de irse. Carmen Elena lo espera, seguro que intenta discutir de nuevo. Se apresura. Los datos giran en su mente, el movimiento produce un efecto fantástico: alumbra una idea. Sabe que debe reinventarse, le urge hacerse necesario. Entonces tacha la palabra «Realidad» y escribe «Pronóstico» en su lugar.
(2) Por la mañana.
Despertó antes del alba, a las 4:53, con los gritos de Carlos García, un cubano desaparecido a quien dieron por muerto. Alterado, se incorporó queriendo ver en la oscuridad. Casi tres décadas sin saber de él, no era más que un recuerdo que lo sacó del sueño. Alguna vez tuvo pesadillas en las que García, amordazado y sentado bajo un foco de luz amarillenta, suplicaba clemencia. No pudo volver a dormir. Fue al cuarto de baño procurando no molestar a su esposa. Aunque era muy temprano, se puso la bata beige porque, más tarde, cuando despertaran sus hijas, no quería que lo vieran en pijama. Bajó a la cocina y bebió agua mientras colaba el café. Abrió la puerta principal con la taza humeante en una mano. Recogió el periódico. Como todos los días, el repartidor lo había lanzado por encima de la cerca. Cuando compró la casa, gracias a un crédito hipotecario, no tenía rejas y eso le encantaba. Han pasado diecisiete años, pero hace dos, la inseguridad lo obligó a levantarla. Desde que la montaron, tanto su esposa como sus dos hijas se sienten protegidas. En cambio, él cree que no sirve porque es muy baja y, si bien arruinaría la fachada, pronto tendrá que construir un muro similar a los de una prisión. Fue a su estudio. A través de la ventana comprobó que clareaba. Decidió mirar el jardín antes de leer las noticias. Concentrado en la naturaleza quiso ahuyentar el recuerdo de Carlos García.
Amparados en la sección especial del manual de adiestramiento vigente para la época, a Chinto lo entrenaron bien. Recurrieron a un método intenso, especialmente diseñado en virtud de la urgencia de la misión que estaba en curso. Si bien algunos oficiales de la CIA debían aprobar una exigente formación para el Análisis de Inteligencia en el Warrenton Training Center (WTC)6 y otros sitios especificados o no, a él le tocó recibir instrucciones de acuerdo con la modalidad prevista para la Unidad Externa: Grupo Secreto de Apoyo e Investigación Especializada (External Unit: Secret Support and Research Specialized Group, denominado SUPPRESS7). Como “apéndice” del Programa de Entrenamiento del Servicio Nacional Clandestino (CSTP)8, la necesidad de reducir el tiempo requerido se vio aliviada porque no tenía que dominar otro idioma, aparte del inglés y el español, ya que el objetivo en marcha era Cuba. Concentraron esfuerzos en cultura especializada en signos, señas, indicios y ambivalencias. Ayudó a detectar elementos anticastristas fiables y no fue suficiente. El espectro presentado no abarcaba el rango total y se determinó con posterioridad que hubo graves filtraciones. Le explicaron que dicha “falla” era común, ya que todo viajaba en ambos sentidos. El asunto radicaba en la minimización de riesgos, porcentajes reducidos y punto. No cabían, nunca caben, sentimentalismos o reproches. Tanto la capacitación física, como las “fortalezas” mentales, permanecieron en fase de instrucción aún después de concluida la Invasión de Bahía de Cochinos9. Koffler diseñaba un asistente personal prêt-à-porter con la destreza de un sastre con sobrada experiencia. Van casi treinta años y sus convicciones siguen firmes, no flaquean. Advirtió que, por su origen venezolano, Chinto poseía el talento para resolver claves caribeñas. Sometido con disciplina, dominó las técnicas para obtener información. A lo largo de su trayectoria ha evaluado material extraído de cuatro tipos de fuentes: Humint, Osint, Sigint, Imint10. Se destacaba con facilidad en el análisis, la resolución de acertijos, planificación, desarrollo y desenlace de estrategias supeditadas a tácticas fijas, debido a que el presupuesto era limitado. Desde finales de agosto, viene preguntándose algunas cosas. El culpable es Ian Koffler con el silencio que inició a mediados de mayo y que ya supera los seis meses. Al parecer, el contacto se enfrió, tal vez, congelado, Chinto sea uno más de los excluidos. No lo sabe. La incertidumbre comenzó a intoxicarlo.
Con el periódico sobre su escritorio, sin leer las noticias, cerró los ojos. Fotografías hechas desde varios ángulos desfilaron en su mente. Tomadas en noviembre del año pasado, sirvieron para engrosar la montaña de evidencia sobre lo que sucedió: al Muro de Berlín lo tumbaron, le cayeron a coñazos, no se derrumbó. Le molesta que hablen de la caída del muro como si la voluntad humana, indispensable, no existiera e ignorando el impulso que dio lugar a las acciones: ¡el deseo de vivir en libertad!
Aunque levantó una familia en el país donde nació, Venezuela, lo que antes servía para resguardar su trabajo encubierto, la soledad, ahora es una carga. Le gustaría contar con alguien, no para revelar lo que ha hecho ni lo que sabe, sino para tener el consuelo que surge de la complicidad. El enfriamiento, la reducción en la frecuencia de las comunicaciones, es el origen de esa sensación incómoda, su disgusto por el aislamiento, el veneno de las interrogantes pendientes, el malestar que se nutre de dudas.
Escuchó varios ruidos, arriba despertaron. Primero se acercó la menor, Luisa Elena. Entró al estudio para darle los buenos días. Suele ser muy cariñosa y él siempre se deja querer. La chiquita, como la llamaba, tenía prisa. Sus clases en la UCAB comenzaban temprano, a las siete en punto. Después del beso, dijo que bajó porque quería un cafecito antes de vestirse. Ella se acostumbró a esconder los verdaderos motivos, le avergonzaban sus arranques sentimentales. A Chinto lo conquistaban esos gestos. Pensó que ella quería hablarle, la observó tanteando la situación, deseaba saber si el momento era oportuno.
Ella es una versión mejorada, ya que se parecen mucho. Su contextura atlética goza de la firmeza juvenil. Mide un metro sesenta y cinco. Con la nariz delgada, el perfil también es de retrato. Le viene mejor la palabra rubia para describirla porque la cabellera es abundante. Igual que él, tiene los ojos plomizos. Sin ser carnosos, los labios son como los de Carmen Elena, su madre.
Ya que no era domingo le disgustó que el periódico viniera con varios encartados. Los apartó para tirarlos y un sobre cayó del escritorio. Al recogerlo vio que la chiquita estaba mirando a través de la ventana. No lo abrió, era mejor estar a solas para eso.
—Papá, ayer vi algo precioso. Un gavilán estaba en el jardín. Se posó en una rama de la mata de mango y comenzó a llamar a los suyos, ¿sabes? Hacía ese sonido agudo, como gritando, eso me llamó la atención, así fue como descubrí en dónde estaba. Me quedé viéndolo un rato. Una lindura, en serio.
—No sabía que por aquí volaran gavilanes.
—Yo tampoco.
Sus sonrisas contactaron. La de Chinto expresó incredulidad y aplaudía la ocurrencia al mismo tiempo. Luisa Elena, en cambio, con su gesto, subrayaba la verdad, le dijo que no era un invento.
—Tengo que irme —y subió a su habitación.
No dijo lo que quería decirle. Para él era evidente que ella seguía siendo temerosa. Puede que fuera su culpa, tal vez por el exceso de mimos, aunque el carácter de la chiquita siempre tuvo esa desventaja. Se reprochó en silencio, aún sin asumir el grado de responsabilidad como padre.
Hace un mes y medio Chinto recibió una información que, en caso de resultar cierta, merecía el seguimiento pertinente. Necesitaba cerciorarse, dado que la obtuvo de una fuente poco fiable. Escuchó a un par de profesores en los pasillos de la UCV discutiendo el asunto. Ninguno ocultaba sus preferencias ideológicas y ambos firmaron, el año pasado, el Manifiesto de Bienvenida11 a Fidel Castro, cuando vino a Caracas para asistir al acto de toma de posesión del segundo mandato del presidente Pérez. Por la debacle del bloque socialista soviético y la reciente unión entre Alemania del Este y del Oeste12, discutían sobre el futuro de la izquierda en Latinoamérica. Chinto acababa de salir del aula, donde impartía clases de Macroeconomía y caminaba detrás, sin que ellos advirtieran su presencia. La corta distancia le permitió escuchar con nitidez. El que iba a la derecha habló acerca del Foro de Sao Paulo13, una idea del “genio” Fidel —dijo—, junto al Partido de los Trabajadores de Brasil, cuyo primer encuentro se llevó a cabo durante el mes de julio, es decir —explicó—, hace tres meses. El otro, ignorando el asunto, lucía como el niño extraviado que oye la voz de su padre y corre a sus brazos buscando seguridad y fortaleza. Sí, los hijos de Fidel se daban esperanzas y transmitían las buenas nuevas al rebaño para mantener vivo el dogma, la infeliz utopía. Chinto alcanzó a oír que el segundo encuentro sería el año que viene, en la ciudad de México. Al llegar a su oficina se comunicó con Ian Koffler para solicitar la respectiva confirmación. Solo pudo dejarle un mensaje con su asistente, pero hizo hincapié en la necesidad de verificar la existencia del Foro de Sao Paulo y sus encuentros.
Abrió el sobre y la nota confirmó la información. Redactada en tres párrafos, el primero rendía cuenta del nacimiento de un foro de organizaciones de izquierda, reunido en Sao Paulo, de ahí su nombre, patrocinado por el Partido de los Trabajadores de Brasil. Además, comentaba la membresía “no oficial” de grupos guerrilleros colombianos, como las FARC o el ELN14. El siguiente mencionó que el Comité Organizador aprovechó el Congreso del Partido de la Revolución Democrática, en la ciudad de México, el 18 y el 19 de noviembre, para tratar acerca del segundo encuentro. Decidieron posponerlo, dado que no avanzaron lo suficiente en cuanto a los preparativos. El tercero y último párrafo, subestimaba el alcance de dicho foro en virtud de los acontecimientos que produjeron el final de la Guerra Fría, más el respaldo y el impulso obtenido por la propuesta del presidente Bush, la Iniciativa para las Américas15. Le advertía que lo mejor era que lograra adaptarse (as soon as possible, ASAP) tan pronto como sea posible, al nuevo orden mundial. Remataba con una recomendación para que concentrara sus esfuerzos en la amenaza “real” (real threat) como la ocupación del ejército iraquí en Kuwait, por órdenes de Saddam Hussein16.
Guardó en su maletín el sobre con la nota dentro. Subió para ducharse. Quería ponerse el traje Zegna gris oscuro diplomático, su predilecto. Antes de llegar, escuchó que Carmen Elena hablaba con la chiquita. Estaban encerradas en la habitación de Luisa Elena. No discutían, pero el tono de voz que utilizaban supuso algo grave, una angustia, un peligro. Le costó entender lo que decían. Esperaba que no tuviera que ver con lo que le dijo anoche su esposa acerca de Isabel, aunque oyó que la nombraban entre susurros. Si alguna de ellas abría la puerta lo encontraría espiando la conversación. Decidió seguir su camino. No estaba de humor para ese tipo de curiosidades íntimas.
Bajo el agua, intentó superar el desconcierto. No podía creer que la distracción fuera un fenómeno tan generalizado. Por primera vez en más de veintinueve años le “recomendaban” bajar la guardia. ¡Insólito! Quienes piensan —se dijo— que el socialismo ha muerto, celebran prematuramente. Desde el principio Chinto tuvo que bregar con las argucias de Fidel, sabía que no se ha rendido y ahora, sin su aliado soviético, redoblará los esfuerzos para controlar los recursos venezolanos y lograrlo significará algo vital para Cuba y su Revolución.
Mientras se vestía pensó en el fin de semana. Le gustaría ir al cine para ver Danza con Lobos, con Kevin Costner, ganadora del Oscar como mejor película, o quizás Átame, de Pedro Almodóvar, con Victoria Abril y Antonio Banderas. Carmen Elena preferiría ver Ghost, con Patrick Swayze y Demi Moore, se lo ha dicho varias veces, pero a ella le tocaba ceder porque no quiso salir la semana pasada.
Bajó y lamentó que la chiquita ya se había ido y se fue sin su bendición. En la cocina, Carmen Elena lo observaba.
—¿Cuántas veces te he dicho que te pongas la corbata después de desayunar? Esa es muy bonita y sería terrible que la mancharas.
—Tendré cuidado —le dijo en modo porfiado y se arregló el nudo de la corbata azul índigo con rayitas celestes en diagonal.
—Por cierto —Chinto se puso en guardia, el tono que ella acababa de usar era el primer disparo del día—: ¿sabes que Isabel no durmió aquí?
(3) Cena.
Se dirige a casa con la palabra «pronóstico» girando en su cabeza. La traduce al inglés y aparece forecast. Sí, es cierto que tachó «realidad», escrita en tinta negra no pudo borrarla. Se reunirá con Koffler el lunes. Piensa acorralarlo e impedir que se salga con la suya. Todo indica que será una despedida, el gesto cordial por los años de servicio, la expresión muda de gratitud por haberlo ayudado a amasar una linda fortuna. Carmen Elena lo espera, la conducta de Isabel está a punto de detonar una explosión. ¿Cómo desactivar la bomba? Tendrá que recurrir al pasado, sacará la lista de cosas buenas que ha hecho la mayor de sus hijas. Destacará lo orgullosos que siempre se han sentido. Debe calmar a su esposa; una mamá como muchas que le cuesta soltar a favor de la libertad. Comprende los miedos que tiene ante una situación que rompió la trayectoria esperada y se salió de control, aunque de eso se trata. Las dos, tanto Isabel como Luisa Elena, deben crecer. No existe un manual o un programa diseñado para aprender a ser padres. El rol se ejerce por medio del ensayo y el error. Solo los principios bien inculcados aumentan las probabilidades de éxito. Tomando en cuenta la advertencia que leyó esta mañana para que se adapte (ASAP) tan pronto como sea posible, al nuevo orden mundial, el meollo estriba en descubrir cuáles son esos principios. Chinto quiere saber a qué se referían en la nota con “nuevo orden mundial”. Cada vez que oye o lee que los fabricantes de opinión insisten en que el socialismo ha muerto, lo entiende, están atrapados en la lógica de la superficie, pero el equipo de Ian en la Agencia, allá arriba, ¿de verdad cree que los socialistas se rindieron?
Entra en la casa, como de costumbre, pasa a su estudio y deja el maletín. Sube para quitarse el traje y ponerse cómodo. A medida que se acerca la cita del lunes (en su agenda escribió: The Breaking Monday), sabe que la ansiedad aumenta. No quiere convertir la reunión en una descarga de tensiones acumuladas o reproches inusuales. Las palabras «Subestimar-Postergar-Descartar-Eliminar» son las fases del ciclo en el que entraron sus reportes durante el último año. Ian Koffler y su equipo no han tomado en cuenta la gravedad de los informes. Chinto está convencido de que existe un motivo capaz de explicar el desquicie y no se lo han dicho. Imagina, elucubra, piensa, así entra en la habitación y halla a Carmen Elena en la cama con la tv encendida.
No se saludan.
—¿Estás molesta?
—No.
—Entonces, ¿qué te pasa?
—Debe ser que no tengo nada de qué hablar a menos que sea de Isabel.
—¿Ni siquiera ha llamado?
—Sí, hace un rato. Dijo que se fue a la playa con tres amigas. Vuelve el domingo.
—Por lo menos avisó, ya es una mujer.
—¿Te parece bien que fume marihuana?
—No, por supuesto que no. Lo que pasa es que no creo que ande en eso.
—Claro, se me olvidaba que necesitas que fume una semana más para hablar con ella.
—Por favor, no quiero pelear, no hagamos de esto un terremoto —Chinto hace una pausa, pone cara de súplica y agrega—: tengo hambre.
Hace un par de días Carmen Elena, registrando sin permiso el bolso de Isabel, encontró lo que le pareció restos de marihuana. Más alarmada que segura de lo que vio, habló con Chinto y él notó que lo hacía no con el ánimo de oírlo, sino con el deseo de refugiar sus miedos. Se limitó a calmarla. Por prescripción médica, Carmen Elena tomaba 1mg de Ativan dos veces al día y eso, además de acabar con el insomnio, afectaba la credibilidad que podía tener frente a su marido.
Chinto baja a la cocina y calienta la cena en el microondas. Si ella estuviera de buen humor, fenómeno que se va convirtiendo en una reliquia, le encantaría que lo acompañara. A solas, piensa en la forma de abordar a Koffler. El Caracazo17 sería un buen punto. Quince días antes del estallido, Chinto le informó a Ian que, en Venezuela, dada la contracción económica por la caída en los precios del petróleo, se respiraba una atmósfera de malestar social. El ambiente era propicio para los jóvenes socialistas entrenados en Cuba, país con el que el presidente Pérez, en su primer mandato, restableció las relaciones diplomáticas el 29 de diciembre de 1974, tras la ruptura que se produjo el 11 de noviembre de 1961 y que persistió poco más de trece años. Destacó la obsesión del entonces presidente electo Carlos Andrés Pérez de invitar a su amigo y admirado Fidel Castro18. A Chinto le repugnaba que no concibiera el acto de toma de posesión de su segundo mandato sin la presencia del sátrapa en el auditorio. Por la pomposidad del evento, el cual se llevó a cabo en el Teatro Teresa Carreño, en la Sala Ríos Reyna19, algunos analistas lo calificaron como la Coronación de Pérez20. Preocupado, Chinto notificó que los cuerpos de inteligencia del Estado, tanto civil como militar, sufrieron cambios inexplicables. Por lo visto, se trataba de complacer todos los caprichos de Carlos Andrés Pérez. Por la rampa 4 del aeropuerto de Maiquetía, de tres aviones Ilyushin II-76 descendieron y entraron al país más de trescientos oficiales cubanos, acreditados como miembros de su comitiva. Las fotografías daban cuenta de las cajas de madera, como equipaje, para transportar armamento y sus respectivas municiones. Rumbo a Caracas en una caravana de autobuses y camiones, se alojaron en el Hotel Eurobuilding, todavía sin abrir al público pues le faltaban los últimos detalles para finalizar la construcción. Aquello obedeció a una de las muchas exigencias impuestas por Fidel para aceptar la invitación del presidente Pérez. Castro alegó que, por su seguridad, necesitaba un edificio completo para él y su comitiva. Concluida la agenda de la toma de posesión o Coronación, Chinto supo que regresaron menos cubanos, el resto se quedó en Venezuela21. Lo que sucedió, apenas veinticinco días después, es una historia de sangre y muerte que confirmó la calidad de las fuentes que tuvo y todavía tiene Chinto. Está harto de que «Subestimen-Posterguen-Descarten-Eliminen» datos cruciales. En este negocio, piensa antes de meterse el último bocado de la cena, pasta corta con salsa cuatro quesos, solo un tonto creería que Fidel Castro se rindió.
—Disculpa —Carmen Elena se ve triste—, debí bajar para acompañarte.
—No tiene importancia.
Chinto se levanta con el plato en la mano, sin intención de lavarlo, solo quiere ponerlo en el fregadero. Ella le corta el paso, se lo quita, abre el chorro y comienza a enjuagarlo. Él vuelve a sentarse y la observa sin decir una palabra. Los años de matrimonio le enseñaron que en estas circunstancias más vale que no inicie la conversación. Lleva puesta una bata de noche color violeta, no sabe si es de seda, pero como es traslúcida, se recrea con su ropa interior. Delgada, los embarazos no dejaron huellas lamentables. Su figura es similar a la de las mujeres que entrenan con constancia. Carmen Elena suele caminar, de lunes a viernes, por las calles de la urbanización. Por lo general la acompañan dos o tres vecinas contemporáneas. Este año cumplirá cuarenta y cinco y nadie le ha visto una cana. Chinto conquistó a una belleza monumental, cosa que supo desde el primer beso. Cuando dice que piensa morir a su lado, quien lo escucha descubre que, lejos de ser una cursilería, es el anhelo lógico de un hombre por el simple hecho de ser el elegido como su compañero de vida.
—Esta mañana hablé con Luisa Elena —Chinto se pone en guardia, el tono que ella acaba de usar anuncia el último disparo del día.
—¿Sobre Isabel?
—Sí.
—¿Y qué te dijo?
—Que cómo me ponía así por un simple chicharrón.
—¿Qué es eso?
—Me pasó lo mismo que a ti, no entendía. Me dijo que así le dicen a lo que queda; la colilla de marihuana.
—¿Y la chiquita cómo sabe esas cosas? —Carmen Elena suspira, percibe que quiere decirle algo y no lo hace. Aguarda e insiste—: di lo que tengas que decir.
—Aterriza, amor, aterriza. No niegues las cosas. Tenemos que encarar el problema.
No fue un disparo, fue una metralla.
(4) Noche-Insomnio.
No siente su cuerpo, ni siquiera un leve cosquilleo en las extremidades. Está paralizado. Comienza a comprender que la muerte en vida existe. La velocidad de sus pensamientos, acelerada por las múltiples heridas al recibir la metralla de Carmen Elena, le provoca un colapso. Tras buscar soluciones al problema se da cuenta de que es un ignorante. Todo su conocimiento, su experiencia en este mundo, tanto personal como profesional, le resulta inútil. No sabe cuál es el terreno que pisa. Desconcertado, está inmóvil ante las puertas de un universo ignoto. La noche se desplaza hacia una oscuridad de espanto, aunque en el cielo las estrellas brillan, a veces cubiertas por suaves mantos de nubes y la luna, pestaña creciente, se asoma generosa, casi sonriéndole a la Tierra. No hay amenaza de lluvia, tampoco corre el viento. Carmen Elena deja de verlo y Chinto reposa sus ojos en el aire, en la nada.
Silencio.
Ella trata de sacarlo del trance, lo invita a subir. Ambos se acuestan con la tv encendida. Chinto no presta atención a lo que pasa en la pantalla. No ha dicho una palabra, pero de pronto se anima:
—Está bien, voy a hablar con Isabel, pero antes quiero saber qué piensa Luisa Elena.
El Ativan ya fulminó a Carmen Elena. La determinación que acaba de soltar, nadie la ha escuchado, su voz desfalleció en el eco de la soledad.
Todavía no es medianoche, está cansado, aunque demasiado inquieto como para conciliar el sueño. Se levanta, baja a su estudio. Tener un plan de acción, saberse dispuesto a oír a la chiquita para contar con la mayor cantidad posible de datos y después sentarse a conversar con Isabel, lo ha sacado de la parálisis y el desconcierto absoluto en el que se hundía hace apenas unas horas. Luisa Elena debe andar con sus amigos —piensa—, seguro que no tarda en volver.
Más por reflejo que por un acto deliberado, saca una libreta en la que apuntó algunos hechos que creyó relevantes, ocurridos a lo largo del año. Anotados a manera de índice, la lista era más larga que la de su memoria. Antes de leer, se recrimina que una simple conversación le produzca semejante efecto. Se molesta cuando considera que no obtendrá ningún diagnóstico especializado, ya que se trata de su hija menor. Lo único que puede sacar es la confirmación del vicio que atenta contra su hija mayor, Isabel, de quien siempre se ha sentido tan orgulloso. Su estado anímico es deplorable. Le parece que falló como padre, siente que Carmen Elena y él fracasaron.
Se concentra en la reunión que tendrá con Ian Koffler. El fin de semana, en lugar de presentarse como el par de días propicios para despejar la mente y completar los requerimientos que hará, de manera de evitar lo que más teme, se está convirtiendo en horas plagadas de angustia y mortificación. El esfuerzo que debe realizar para trascender sus problemas familiares conlleva a la inmolación de los sentimientos más puros, los que lo distinguen, cree, como un ser humano.
De la lista extrae varios hechos para anotarlos en el borrador que tiene para la reunión con Koffler. A Chinto le preocupa la evolución del caso nicaragüense. El asunto pareciera que avanza del mismo modo que se desplazan las serpientes. El 27 de junio de 1986, la Corte Internacional de Justicia sentenció a favor de la demanda presentada por Nicaragua en contra de los Estados Unidos por reiteradas violaciones al Derecho Internacional22 y, dadas sus fuentes, sabe que cinco días antes del Caracazo23, el Ministerio de Hacienda le solicitó al presidente Pérez la rectificación presupuestaria de la partida secreta del Ministerio de Relaciones Interiores, por doscientos cincuenta millones de bolívares (Bs. 250.000.000,00) que, convertidos al cambio preferencial, esto es, a razón de catorce bolívares con cincuenta céntimos por cada dólar de los Estados Unidos (Bs.14,50=$1,00), se trató de diecisiete millones doscientos cuarenta y un mil trescientos setenta y nueve dólares con treinta y un centavos ($17,241,379.31), enviados a Nicaragua con el objeto de financiar la seguridad personal de Violeta Chamorro24. De manera que cuando la Unión Nacional Opositora UNO, cuyas actividades fueron financiadas por Estados Unidos, entre otros, ganó las elecciones el 25 de febrero y su candidata, la señora Chamorro fue electa presidenta de Nicaragua, Chinto apuntó un tanto a favor, ya que el derrotado fue el Frente Sandinista de Liberación Nacional FSLN25. Pero lo hizo con reservas al enterarse casi seis meses después que, fieles a Fidel, eran miembros del recién nacido Foro de Sao Paulo26 y, si bien estaban derrotados, no se habían rendido. Ahora, cerca de concluir el año, observa los hechos y arma un trozo del rompecabezas que denomina Amenazas. Para Chinto, los mandatarios cometieron un error táctico, tal y como acostumbran los políticos. El viernes 9 de marzo se reunieron en Caracas el vicepresidente de Estados Unidos, Dan Quayle, el presidente del Gobierno Español, Felipe González y el presidente de Venezuela Carlos Andrés Pérez, con la finalidad de tratar la situación política de Nicaragua, con miras a la transición entre el saliente gabinete Sandinista y la presidenta electa Violeta Chamorro27. Para los grupos de izquierda radical en Latinoamérica aquello debió ser, tras los golpes que le dieron al Muro de Berlín, una bofetada en el cuerpo moribundo del socialismo. Chinto, ante la publicidad que se le dio al encuentro —para él, ese fue el error—, sabe que el enemigo de siempre debe estar en máxima alerta y, con toda seguridad, va a diseñar una estrategia que le permita obtener el oxígeno que ansía la Revolución Cubana, que ya está próxima a extinguirse por asfixia. Venezuela —piensa— cada vez luce más necesaria y apetecible para esta cuerda de parásitos revolucionarios. Mucho más que en estado de alerta, la tensión debió significar la energía potencial que alumbró la mente de Fidel para convocarlos y reunirlos en el fulano Foro de Sao Paulo, menos de tres meses después de que Carlos Andrés Pérez viajara a Washington, el miércoles 25 de abril, en visita oficial, para rendirle cuentas al presidente George H. Bush28. Se comportan como ganadores sin haber triunfado del todo, las consecuencias no tardarán en aparecer. Las variables agudizan el olfato de Chinto quien comienza a percibir el hedor de la tragedia a largo plazo. Claro que informará a Koffler y no se dejará engatusar con el cuento de que el socialismo ha muerto. ¡No, señor!
Oye un ruido en la puerta. Son casi las dos de la madrugada. Luisa Elena entra en la casa. Nota que ella se sorprende cuando lo encuentra despierto. Lo saluda sin darle el beso de siempre. Ni siquiera pasa al estudio. Es evidente que la distancia que aplica en sus gestos es la barrera tras la cual se oculta. Fuera de su vista, sube los escalones con lentitud.
—Necesito hablar contigo mañana.
Ante la leve indiferencia, Chinto sale a toda prisa para que le quede claro la importancia del emplazamiento.
—Es algo serio, ¿sabes?
—Muy bien, papá, ya te oí. Mañana hablamos —y se mete en su habitación.
Su aliento impregna el aire espeso del hogar, un ligero tufo a alcohol vuela hasta que brinda en las narices de Chinto, quien descubre el motivo de la premura, la razón de ser de la distancia, el beso que no le dio y que echa en falta.
II
SÁBADO, 1 DE DICIEMBRE DE 1990
A seis días de la “visita relámpago” del presidente George H. W. Bush29
(1) Despertar.
Vuelve a soñar con Carlos García. En las imágenes confusas, el lugar parece desconocido. Una casa de campo rodeada por cañaverales. Chinto nunca ha estado en ese lugar. Tanto García como su mujer, Alba, comparten con entusiasmo en la celebración. Hay poca gente, no más de siete. Ríen y hablan con el típico acento cubano. No sabe de qué hablan, tampoco por qué ríen, igual que un invitado que se presenta tarde, cuando el ambiente ya entró en calor, pero él no llegó tarde, siempre estuvo ahí, en su sueño. Alguien grita ¡fuego! Se extingue el entusiasmo, se apaga la alegría. Las llamas devoran todo a su paso. Quiere hacer algo para evitarlo. No lo hace, nadie lo hace. Lloran contemplando la devastación de los cañaverales bajo las columnas de humo. Se presenta un tipo barbudo con el uniforme sucio de guerrillero. El odio destella en su mirada. Le pega un tiro a Alba y ella cae de espaldas. Todos observan, García también. Chinto intenta desafiarlo, pero el cuerpo no le obedece. El guerrillero se acerca y remata a la mujer. Después grita: «¡Viva Fidel!». Ahora aparece Carlos García amordazado y bajo un foco de luz amarillenta. Es el mismo cuarto en su sueño repetido. Esta vez mira que García tiene los pantalones mojados. Además, ruega balbuceando sin esperanzas para que dejen en paz a su familia. Se retuerce en la silla, se queja de dolor. Sangre, mocos y lágrimas le pintan el rostro, mientras resiste la tortura.
Despierta y está solo en la cama.
El mal descanso borra de su memoria, durante los primeros minutos, el asunto pendiente con Luisa Elena, el temido vicio de Isabel. Le da por recordar el día que conoció a Koffler, ya que García fue quien los presentó. Sucedió en Coral Gables, Florida, en la casa de su padre, Roberto Calderón. El viejo decidió irse con toda su familia hasta que en Venezuela —decía— se respiraran aires de verdadera libertad. Murió en Palm Air, Florida, en noviembre de 1986, a los ochenta y cinco años. Doña Isa no sobrevivió ni un año como viuda, falleció en septiembre de 1987. Ambos se fueron de este mundo sin ver el anhelado renacimiento venezolano. Una injusticia que Chinto resiente con ferocidad.
La resaca del mal sueño lo mantiene adormecido. Se cepilla los dientes sin hacerle caso a la imagen que le devuelve el espejo.
(-1) octubre de 1959 – diciembre de 1960 – enero de 1961.
En el mes de octubre de 1959, Roberto Calderón, a un año y ocho meses de la caída de Marcos Pérez Jiménez30, se mudó a Coral Gables, Florida, con su esposa Eloísa, a quien llamaba Isa, y sus tres hijos, Jacinto Roberto, Chinto, María Eloísa y Roberto Andrés. Dada la habilidad de comerciante que tenía el viejo, prosperó en el ramo de los electrodomésticos. Entabló excelentes relaciones con algunos cubanos. Se trataba de gente que salió de la isla porque no toleraba los desmanes de Fidel o eran víctimas de su injusticia. Para el mes de abril de 1959, la Comisión Depuradora, mediante los Juicios Revolucionarios, ya había denunciado y condenado, en procedimientos sumarísimos, a casi un millar de personas, fusilando a quinientos cincuenta31. Una verdadera masacre, cuyo ropaje de “legalidad”, para Carlos García, oriundo de Camagüey, era una burla que se cagaba en el alma del mundo libre.
La afinidad surgió de inmediato por el hecho de ser latinos en territorio estadounidense. Frente a ellos, Roberto Calderón era un hombre privilegiado. Sin ser millonario, contaba con el capital suficiente para invertir. En cambio, los cubanos se vieron obligados a dejar todos sus bienes en la isla. Las primeras ventas memorables las cerró gracias a Carlos García, bilingüe con verbo prodigioso y estupendo don de convencimiento. En la Sierra Maestra luchó en la columna número 9, bajo las órdenes del comandante Huber Matos, a quien admiraba. Nueve meses y dieciocho días después del triunfo de la Revolución Cubana, el 19 de octubre de 1959, Matos envía una segunda carta de renuncia como comandante del ejército en la provincia de Camagüey, ya que Fidel Castro pretendía hundir a Cuba en el fango comunista. Acusado de sedición, Camilo Cienfuegos, por orden de Fidel, lo arresta el 21 de octubre de 1959. En la Junta de Gobierno para resolver el destino de Huber Matos, Ernesto Che Guevara y Raúl Castro votaron a favor de la ejecución, querían asesinarlo, pero Fidel se opuso: «No deseo convertirlo en mártir». Cienfuegos regresaba de Camagüey a La Habana en un Cessna 310 y desapareció. Se tomó como fecha de su muerte el 28 de octubre de 1959, aunque nunca encontraron los restos de la aeronave, ni el cuerpo de Camilo32. Un misterio muy conveniente para Castro, quien —insistía García— necesitaba neutralizarlo.
Carlos llegó a Miami el 2 de diciembre de 1959, contactó a Pedro Luis Díaz, antiguo jefe de la Fuerza Aérea cubana, quien sobrevoló La Habana el mismo día que arrestaron a Matos y lanzó volantes exigiendo la destitución de todos los comunistas en el gobierno de Cuba33. A través de Díaz, García supo que el juicio en contra de Huber Matos se inició el 11 de diciembre de 1959, condenándolo a veinte años de prisión34. Roberto Calderón comprendía que su buen amigo cubano consagrara el resto de su vida a la libertad de Cuba.
Antes del 31 de diciembre de 1960, Carlos García, tan encantador como intenso, quería que Roberto conociera a Ian Koffler y no se dio por vencido hasta que los presentó. La idea era compartir la merienda, aunque se quedaron a cenar. Chinto tenía veintitrés años cuando lo vio por primera vez, sentado en la mesa, compartiendo en familia, dominando el español con tan rico vocabulario que solo el acento lo delataba. Doña Isa los atendió con prontitud, escondiendo el nerviosismo y afanándose en los detalles, improvisando hasta el postre, sin olvidar el cafecito de rigor, según las costumbres venezolanas. Ya sus hermanos se habían retirado a sus habitaciones cuando Ian Koffler le dirigió la palabra:
—Tu padre me dijo que eres economista.
—Así es.
—¿Y qué piensas hacer?
—Por ahora lo ayudo en su negocio. Estoy considerando varias opciones para realizar un postgrado, necesito una beca, tal vez un financiamiento.
—Magnífico. Siempre hace falta gente que entienda lo indispensable, ¿no es cierto? Dime, ¿crees que la forma como te enseñaron la economía está bien o cambiarías algo para explicarla mejor?
Chinto dudó y se aventuró a contestar:
—Ya que la economía es la ciencia que ayuda al hombre a utilizar los recursos escasos para producir bienes que satisfacen sus necesidades35, toda universidad debería, por motivos docentes, eliminar el cero en los cálculos económicos, dejándolo únicamente para las operaciones de pura contabilidad.
—¿Por qué?
—En economía nada es igual a cero, y eso es algo que no entienden los socialistas.
A Ian Koffler le gustó, quedó impactado con la respuesta, sin duda llamó su atención. Chinto se retiró un poco inseguro. Esa noche le costó conciliar el sueño. Por la mañana su padre y él desayunaron a solas y la severidad habitual se vio quebrantada. La voz de don Roberto expresaba el orgullo que sentía por su hijo, el primogénito:
—El señor Koffler me dijo que puede ayudar para que hagas el postgrado.
En la madrugada del 2 de enero de 1961, se marchó con Ian Koffler a bordo de un Porsche 356 descapotable azul, modelo 58. Aunque el cuartel general ubicado en Langley, Virginia, estuvo en construcción hasta el mes de marzo, la CIA ya los esperaba. Nunca más volvió a dormir bajo el mismo techo que sus padres.
(2) Desayuno.
Mientras se pone la bata beige se acuerda del asunto pendiente con Luisa Elena, el temido vicio de Isabel. Incómodo, reconoce que no sabe cómo abordar a la chiquita para que le explique lo que para él es inconcebible. La frontera entre la figura de autoridad y la calidez de la confianza es tan difusa en este caso que comienza a arrepentirse por haberla emplazado. En realidad, no desea saber, quiere sentir que no hay nada que temer, escuchar una frase mágica, daría lo que fuera por oírla decir que eso no está pasando.
Baja y encuentra a Carmen Elena en la cocina. Es muy raro que él no sea el primero en salir de la cama. Se saludan por mera cortesía. Ella le sirve un café.
—El periódico está en tu escritorio —le dice.
—Anoche te dije que hoy voy a hablar con Luisa Elena y mañana, cuando vuelva Isabel, hablaremos los dos con ella, pero ya te habías quedado dormida —así eleva una queja encubierta por su consumo de Ativan.
—Preferiría que hablaras tú solo con ella —se hace la tonta con respecto al Ativan.
—Está bien, como quieras —declina, retrocede ante una nueva discusión, por inútil.
—¿Quieres una arepa? —En la pregunta Chinto percibe el tono que ella emplea cuando se sabe ganadora.
(-2) marzo de 1960 – julio de 1960 – abril de 1961 – diciembre de 1962.
Carlos García tuvo esperanzas. Sus compatriotas en Florida también. El 17 de marzo de 1960 el presidente Eisenhower giró instrucciones a la CIA para que organizara un grupo de guerrilleros compuesto por exiliados cubanos. El objetivo era derrocar a Fidel Castro36. La coordinación de las acciones, mediante una labor de inteligencia para identificar a los anticastristas fiables, se llevó a cabo siguiendo un procedimiento de la Agencia que implicaba tres niveles jerárquicos. En el segundo estaba Ian Koffler y por eso solía ir a Coral Gables en aquella época. Como Richard Bissell37, tras estudiar historia en la Universidad de Yale, hizo un postgrado en la London School of Economics y regresó a Yale para obtener un Ph.D. en economía, el hecho de que Chinto fuera economista representaba un elemento muy favorable, dado el ambiente que se respiraba en aquel momento entre los oficiales de la CIA directamente implicados en la operación Bay of Pigs (Bahía de Cochinos). La urgencia en los reclutamientos era distinta por la premura de los lapsos. Su inclusión en el grupo SUPRPRESS, External Unit: Secret Support and Research Specialized (Unidad Externa: Grupo Secreto de Apoyo e Investigación Especializada) sin quebrantar los mínimos procedimientos requeridos, demostró que la velocidad de los trámites evaluativos y los resultados destacables se debieron, en gran medida, a los talentos de Chinto. Siguiendo el plan de Richard Bissell, era imperioso entrenar a los combatientes para que realizaran ataques rápidos y por sorpresa. Tomado el control de una ciudad distante de La Habana, tras la invasión de la isla, debían avanzar con la táctica conocida como guerra de guerrillas. En julio de 1960, Roberto Calderón colaboró financiando a dos exiliados cubanos, amigos de Carlos García y a los que nunca conoció en persona. Koffler y García le informaron que, gracias a su ayuda, los dos cubanos lograron participar en el traslado de un grupo de radio operadores al aeropuerto de Opa-locka y de ahí a la finca Helvetia en Guatemala38. Roberto se mostraba generoso ante cualquier solicitud y para mantenerlo interesado, Ian le ordenó a Carlos que lo mantuviera al tanto de la evolución estratégica. Le comunicaron que al finalizar la construcción de la base TRAX39, en las inmediaciones montañosas de la finca Helvetia, llegó el coronel Napoleón Valeriano, experto en lucha guerrillera y comandante del escuadrón Nenita, fuerza élite que derrotó al Hukbalahap, mejor conocido como “Huks”, el brazo armado del Partido Comunista de Filipinas40. Previa autorización de Ian Koffler, Carlos García le pidió a Roberto Calderón que le pagara el viaje hasta Guatemala. Quería unirse a la Brigada 250641. Por decisión del presidente John Fitzgerald Kennedy, compartida por su Secretario de Estado Dean Rusk, dada la inquietud que les producía no poder ocultar la colaboración y el liderazgo en las acciones por parte de los Estados Unidos, el plan originario de Richard Bissell se modificó en el último momento42. Además de regalarle una victoria inmerecida a Fidel Castro, la invasión arrojó más de un centenar de muertos, mil ciento ochenta y nueve capturados, juzgados y condenados a prisión.
La fecha del primer ataque fue el 15 de abril de 1961 y nada pudo evitar que, antes del mediodía, el embajador cubano Raúl Roa acusara en la ONU la participación de Estados Unidos. Lo que tanto temía Kennedy salió a la luz pública sin demoras. Los cambios sugeridos en el plan anterior transformaron la invasión en una chapuza mortal. El 18 de abril de 1961, Richard Bissell y el Almirante Arleigh Burke, responsable de las maniobras navales, reunidos con el presidente Kennedy, dijeron «nosotros llevamos a esos cubanos y nosotros tenemos que sacarlos de allí»43. Intermediarios diplomáticos consiguieron liberarlos a cambio de tractores, medicinas y alimentos por la suma total de cincuenta y tres millones de dólares. Un año y ocho meses después, el 29 de diciembre de 1962, llegaron a Miami los sobrevivientes de la Brigada 250644. Esfuerzos inútiles para Carlos García. Ian Koffler le dijo a Roberto Calderón que su amigo no soportó las torturas en las mazmorras cubanas. Nunca más se supo de él. Su esposa Alba, a quien solo vieron en una foto que García llevaba en su billetera, no pudo salir de la isla. Se convirtió en un fantasma activo, un espectro desconocido que visita a Chinto de manera recurrente, durante noches agitadas, en el horror de una pesadilla sin fin.
(3) Mediodía.
Está en su estudio ojeando el periódico cuando oye que Luisa Elena baja las escaleras. Despertó casi al mediodía. El cielo comienza a perder el azul imperante hasta el momento. Las nubes ganan espacio. Primero están las blancas y espesas, detrás, en el horizonte, todo es gris oscuro. La humedad aumenta y recarga el ambiente. Debido al valle caraqueño, el calor se instala, apretado, creando una especie de burbuja. Escucha que ella está en la cocina y decide ir a su encuentro.
—Hola, papá —lo saluda apenas lo ve y se acerca para darle el beso de siempre.
—¿Vas a desayunar? —es su manera de reclamar, tanto la hora, como el estado en el que llegó anoche.
—No, solo un cafecito —intenta evadir, pero sin otra opción, prefiere ir al grano—¿Hablamos de Isabel y salimos de eso de una vez?
—Está bien —a Chinto le sienta mal su tono despreocupado. Para él es un tema delicado y de mucha gravedad.
—Bueno, imagino que se trata del chicharrón que mamá encontró en la cartera de Isabel, ¿no es así? —busca un paquetico de galletas María para acompañar el café.
—Exactamente.
—Papá, si te sirve, aunque creo que no, eso no es para morirse. Todos lo hacen.
—¿Cómo que todos lo hacen?, ¿tú también?
—Cálmate, así no vamos a poder hablar —regresa el tono dulce y cariñoso que la caracteriza.
—Pero ¿cómo quieres que me ponga? Ahora resulta que mis hijas son un par de drogadictas.
—Un momento, cuida tus palabras, por favor. Drogadictas nada, estamos hablando de un simple chicharrón.
—¿Y acaso la marihuana no es una droga?
—Sí, pero el alcohol también.
—Ya entiendo —con ironía—, como todos beben y fuman, entonces mis hijas también y como todos lo hacen, nadie es borracho ni drogadicto. Ahora comprendo —prolongando la ironía—, tu lógica me encanta.
—Papá, en serio, tienes que relajarte, así no vamos a llegar a nada, de hecho, creo que si lo que quieres es descargar tu rabia mejor esperas a que Isabel regrese, total, el chicharrón era de ella, no mío.
Aparece Carmen Elena quien, atenta a lo lejos, escuchaba la conversación fuera de la cocina.
—Amor, tranquilízate, ¿quieres?
—No quiero, no tengo por qué estar tranquilo. Lo que acabo de oír no es nada tranquilizador, ¿me explico?
—Bueno, ¿y entonces qué vas a hacer?, ¿no querías hablar con Luisa Elena?, al menos deja que ella te diga lo que tenga que decirte, ¿no te parece?
—Lo que no me cabe en la cabeza es esa actitud, es decir, mis dos hijas están fumando droga y ahora resulta que yo me lo tengo que tomar con calma, relajado.
—Papá, estás exagerando.
—¿Exagerando dices?
—Sí, claro que sí. Las cosas no son como las pintas. No hay ninguna desgracia, nadie se está muriendo por eso. Además, yo no estoy fumando droga.
—¿Y eso no es lo que acabas de decirme?
—No, para nada. Yo solamente la probé y no me gustó.
Chinto clava la vista en Carmen Elena, le dice con los ojos que no piensa soportar que sus hijas lo vean como un bobalicón. Ella tuerce la mirada y suspira.
—¡Qué difícil eres! —con esta expresión su esposa lo desautoriza.
—Vamos a ver —Chinto respira profundo—, Luisa Elena, ¿podrías decirme cómo fue que la probaste y por qué no te gustó?
—Un día, al salir de la universidad, me fui con un grupo a tomarnos unas birras.
—Unas cervezas, ¿no?
—Sí, unas cervezas.
La interrumpe de nuevo:
—¿Un día de semana, antes del almuerzo?
—No recuerdo bien, quizás era un viernes.
—¿Antes del almuerzo? —insiste.
Carmen Elena desea que no siga con el interrogatorio.
—¿Y eso qué importa? —dice para que deje de hostigar a Luisa Elena con preguntas poco relevantes.
—¡Claro que importa!
—Sí, papá —responde la hija con voz de hartazgo—, antes del almuerzo. Sabes muy bien que siempre salgo antes del almuerzo.
—Por eso —dice Chinto—, mi hija menor se va a beber en la mañana, ¿cómo no va a ser importante que se tome unas cervezas a esa hora? ¡Eso es cosa de borrachos!
—Así no se puede.
—Chinto, ¡por Dios!, permite que Luisa Elena hable —Carmen lo regaña—, ¡ya está bueno! —se dirige a la hija—: Sigue, por favor.
—De repente tres panitas se pusieron a enrolar.
—¿Qué es eso? —ahora es Carmen Elena quien la interrumpe.
—¿Enrolar? Preparar los tabacos.
—¿Tres panitas son tres chicos o tres chicas? —pregunta Chinto escondiendo su horror.
—¡Wao, papá! Tienes razón, no me había dado cuenta de eso. Eran dos chicos y una chica, ellos son mejores amigos y ella es la novia de uno. ¿Sigo?
—Sí, sigue, anda —dice impaciente Carmen Elena.
—Bueno, claro, ellos estaban enrolando dentro del carro —mira a Chinto y se apresura—: No, papá, no era mi carro, era el del novio de mi amiga.
—¿Le doy gracias al cielo por eso? —la ironía estaba en modo sobredosis, aun así, no le sirve para protegerse.
—Entonces me invitaron y le di tres o cuatro patadas.
—¿Patadas a quién? —Carmen Elena está desconcertada.
—No, chica —Luisa Elena no logra contener la risa—, así se le dice cuando aspiras, así se llaman las caladas, ¿entiendes? —Carmen Elena asintió con la cabeza.
Pasa el mediodía y la luz, en lugar de resplandecer, se ha debilitado. Parece a punto de lloviznar, la humedad y el calor de la burbuja atrapada en el valle caraqueño así lo demandan. En los últimos días ha ocurrido el mismo fenómeno sin que las nubes descarguen. Se retiran dejando el calor sembrado en el aire, solo la frescura de la noche logra cambiar el ambiente y eso cuando ya es muy tarde.
—¿Y por qué no te gustó? —como Chinto está seguro de que no dirá la verdad, quiere oír la respuesta, desea observarla mintiendo.
—Porque me dio una pálida horrible.
—¿Una qué?
—Un bajón, como si estuviera a punto de desmayarme —y era cierto.
(4) Almuerzo.
Carne sobre brasas. El olor le atrae mientras camina hacia la mesa que les asignaron. Hoy Carmen Elena está especialmente bella. Le encanta cuando se viste de modo casual. Nota que algunos hombres, sentados con sus mujeres e hijos, clavan su vista en ella. Un descaro silencioso que entiende sin irritación, ya que ninguno se atreve a piropearla. La cosa es distinta si miran a Luisa Elena. Siente fogonazos de ira y los observa de manera desafiante. Sortearon pocas mesas. Los ubican en el ala lateral del restaurante El Tinajero de los Helechos. El plan es ir al cine después del almuerzo, lo que exigirá un paseo prolongado por las tiendas del centro comercial antes de hacer la cola frente a la taquilla. Los tres tenían tiempo sin compartir un sábado entero. Echa de menos a Isabel, con ella la familia estaría completa. Sabe que Luisa Elena aceptó acompañarlos en un intento por mitigar el desagrado de sus palabras. Siempre ha sido una chica muy cariñosa y su carácter tiende a la dulzura, ello explica la disposición inmediata que tuvo tan pronto su madre la invitó. Ni el propio Chinto es capaz de medir el tamaño exacto del descalabro en su fuero interno. A partir de ese día nunca más volvió a decirle la chiquita, ni siquiera con el pensamiento.
Ordenó una botella de vino tinto Monte Real, Gran Reserva, Rioja del 88, punta trasera para dos, asada término medio para los tres, una ración de yuca sancochada y dos ensaladas, una césar y la otra de aguacate y palmito. Está ensimismado, trata de reponerse. Los elementos giran a su alrededor y no logra comprender, mucho menos adaptarse. Carmen Elena tiene cierta habilidad para persistir en el área indicada, eso es lo que ha demostrado desde que se casaron. La escucha hablando con Luisa Elena y le sorprende su capacidad para borrar la confesión de su hija respecto al consumo de alcohol en un horario inaudito y peor aún, lo de la marihuana. Las oye entretenidas con menudencias, chismes o críticas acerca de los gustos que tienen otras mujeres. En silencio, Chinto se obliga a no contar el número de copas que lleva su hija. Tan solo van dos. Al parecer, la segunda será la última y quizás no se la beba toda. Se convence de que lo mejor sería deponer su actitud, debe relajarse a favor de la armonía familiar. Le cuesta, no logra salir del ensimismamiento.
Nadie quiere postre así que pide tres cafecitos sin azúcar. A la botella de Monte Real aún le queda casi la mitad. El camarero le propone guardarla a su nombre, lo que implica que debe volver en un lapso no mayor de treinta días. Le seduce la idea, cree que a Ian Koffler le gustará la carne que sirven en El Tinajero y a su socio Marco Antonio Zapi también. Podría presentarse con cualquiera de los dos. Paga la cuenta y se van.
(5) Cine.
Como ya es costumbre, a medida que se acerca la hora para entrar al cine, Carmen Elena experimenta un leve ataque de ansiedad. Chinto se pregunta de qué sirve el fulano Ativan si no ha logrado erradicar estos episodios que, por pequeños que sean, son incómodos. Tras deambular por los pasillos del centro comercial para distraer a Carmen Elena, hacen la cola para ver Átame. Tanto la de Danza con lobos como la de Ghost son mucho más largas. No es un experto en cine, tampoco suele leer las críticas relacionadas con el séptimo arte, de hecho, los aspectos técnicos o especializados sobre la industria del entretenimiento nunca le han producido la menor curiosidad. Sufre el impacto, tal vez las circunstancias personales le han predispuesto. Ricky, interpretado por Antonio Banderas, se le antoja el producto de una sociedad desamparada, a la deriva, ya que se trata de un huérfano educado, desde los tres años, en orfanatos y reformatorios. La obsesión de Ricky es Marina, drogadicta y actriz porno, también ha participado en películas de terror. Marina es interpretada por Victoria Abril. Ella en cambio, se le antoja la encarnación de los riesgos implícitos en la sensualidad, el poderoso atractivo latente en los vicios, la ficción de lograr la felicidad cuando se tiene una vida inmoral, el señuelo hipnótico de la inversión de valores. Ricky rapta a Marina como medida extrema para declararle su amor y ser correspondido, un atajo peligroso —piensa—, la estrategia del abuso, la supresión de la libertad del otro como medio válido para obtener un fin, por más loable que sea. Le molesta que al final de la película, esa sociedad desamparada, a la deriva, conquiste la sensualidad, ya débil en sus vicios, utilizando un método vil, delictual incluso, promocionando una felicidad tan quimérica como aberrante. Chinto concluye que Átame proclama el menosprecio absoluto hacia todo lo que vale la pena en la vida, la subversión del orden, una bomba en contra del sistema y que estallará en la mente de los espectadores con efecto retardado.
Así sale Chinto del cine, con más tensión de la que tenía al entrar.
De vuelta a casa oye a su esposa y a su hija menor alabando la película, fascinadas —dicen— por Ricky, el bello Antonio Banderas y atraídas por la sensualidad de Marina, tremenda actriz —resaltan— Victoria Abril. Es obvio que ninguna está ni siquiera dispuesta a identificarse con las preocupaciones que Chinto carga en el cerebro, así que guarda silencio, mientras comprueba —eso cree— que su círculo íntimo ha caído en la trampa, por lo tanto —concluye despavorido—, no quiere imaginarse el siniestro efecto que la película está causando a nivel global.
Dos meses y medio después le llamará la atención el resultado de la V Edición de los Premios Goya, ya que Átame, pese a tener quince nominaciones, no recibió ni un solo premio45. Lleva más de seis meses notando que una ola de fabricantes de opinión converge para resaltar algo, cualquier cosa de interés, pero de forma negativa. En lugar de elogiar, insultan o rebajan y, en ciertos casos, aplican un crudo desdén con el objeto de atraer al público. Esta idea comenzó a girar en la mente de Chinto a partir de la chapuza de Bahía de Cochinos46 y la subsecuente colección de fracasos para derrocar el régimen de Castro47. Mientras peor tratara la prensa del mundo libre al tirano, más aceptación ganaba, contrariando toda lógica o sentido común. Con los años, la figura del “Che” Guevara terminó siendo un icono del marketing. Pronto comenzó a sospechar que el efecto invertido entre las palabras y la reputación no era del todo involuntario, en realidad la mayoría de las veces era deliberado. Sin duda una manipulación previa y encubierta a los ojos del ciudadano común para evadir consecuencias indeseables, al tiempo que se generaban las reacciones esperadas en la opinión pública. También se daban casos en donde dicho fenómeno no era fruto de la voluntad humana y más bien obedecían al azar, como por ejemplo lo que sucedió con la novela de Thomas Pynchon El arcoíris de gravedad, obra que consagró al autor como uno de los mejores de la literatura contemporánea, la cual no obtuvo el premio Pulitzer en 1974 porque el jurado la consideró obscena, pero tampoco lo ganó otra, de modo que ese año el premio no fue concedido. A semejante fenómeno mediático, tanto si se debe al azar como si no, según el cual convergen circunstancias, palabras o silencios, pero de forma negativa, con el objeto de atraer al público, a Chinto le ha dado por llamarlo Sistema Inverso de Prestigio SIP. Para él, ante cada suceso SIP, el meollo radica en detectar la presencia de la voluntad humana para mantenerse a salvo de la manipulación previa, analizar las reacciones del público y observar con premura los impulsos sociales, la ruta señalada por los poderosos para el mundo.
(6) Narcos.
Suena el teléfono. Su esposa y él se miran. El deseo que ambos tienen estalla en el centro de la línea de visión, en forma de duda: ¿será Isabel? Luisa Elena se adelanta, contesta y pega un grito:
—¡Es para mí! —así marca distancia.
Ellos se esquivan callados y asumen posturas que intentan esconder una pequeña frustración, la misma en cada uno, ya que ambos querían hablar con Isabel. Chinto va a la cocina, se sirve un vaso de agua y en lugar de volver al salón, se mete en su estudio. El canto intermitente de los grillos le produce un efecto relajante. El calor, preñado de lluvia en un cielo sin estrellas, aún es dueño del aire. Ella no lo piensa mucho, aparece de inmediato y se sienta en la silla que está frente al escritorio.
—Amor, ¿podemos hablar? —usa la seducción en su voz, fenómeno tan irresistible como olvidado por Chinto.
—Claro, dime —sorprendido.
—Bueno, la verdad es que quiero comprenderte. No entiendo por qué andas tan alterado.
—¿No entiendes? —De nuevo la ironía como defensa.
—Amor —sin perder la seducción—, sé que hay motivos, yo misma insistí para que encararas el asunto, pero lo que trato de decirte es que me parece que estás exagerando.
—¡No lo puedo creer! —Suspira—. Antes, según tú, yo evadía el problema, ahora que ya no lo evado vuelves con lo mismo e insistes en que estoy exagerando. ¿Quién te entiende? —irritado por el cuestionamiento, pretende remolcarla hacia una lucha verbal, mientras le hace ver el tamaño de su incoherencia.
—Me parece que Luisa Elena tiene razón. Nosotros, a la edad de ellas, jamás tuvimos ese tipo de tentaciones. Tal vez por eso estemos exagerando la cosa, y me incluyo porque insistí bastante alarmada en que hablaras con Isabel, pero después de oír a Luisa Elena, me calmé, ¿sabes?, vi el tema desde otra perspectiva.
—¿Cómo es eso? —hace el esfuerzo para ser receptivo.
—No creo que todos sus amigos sean una cuerda de drogadictos, aunque hayan fumado marihuana.
—Eso no lo podemos saber, ni siquiera sabemos si nuestras hijas lo son.
—Jamás pensé que te lo tomarías tan a pecho.
—Me parece que ahora eres tú la que evade el problema.
—Puede ser, no lo sé, lo que pasa es que entendí el razonamiento de Luisa Elena y el hecho de que hayan fumado marihuana no las convierte en drogadictas automáticamente.
—Carmen Elena, ¿de verdad sabes lo que significan las palabras marihuana, droga, narcotráfico?
Chinto se da cuenta de que ella no capta lo que quiere transmitirle. Inexpresiva, aguarda la explicación.
—Si me permites, te lo diré —él sabe que pisa un terreno peligroso, debe administrar bien sus palabras y limitarse a la información “oficial” que se haya convertido en noticia, aunque no muy reseñada en los medios—, pero antes y es en serio, quiero que me digas si estás dispuesta a prestar atención.
—Claro que sí —desconcertada, contesta por reflejo.
—Bien, ¿sabes en qué pienso cuando oigo la palabra marihuana?
El semblante de Carmen Elena está en neutro.
—En El Búfalo, territorio ubicado al sur del estado de Chihuahua —dice él—, alrededor de mil hectáreas utilizadas para sembrar hierba. A principios del mes de noviembre de 1984, cuatrocientos cincuenta soldados mexicanos, transportados en helicópteros, se presentaron en el sitio logrando incautar varias toneladas48.
—Chinto, ¡por el amor de Dios!, estás hablando de narcotráfico. No me digas que ahora piensas que ellas son traficantes.
—Colaboran, nutren el negocio, sin consumidores no hay nada.
—El negocio, como lo llamas, no existiría si no fuera ilegal.
—Escúchame, lo que intento decirte es que Isabel y Luisa Elena ya forman parte de una triste estadística. Para fumar marihuana, antes hay que comprarla y cada dosis, por pequeña que sea, significa dinero necesario para el narcotráfico.
Carmen Elena no sale de su asombro. En lugar de marcharse, decide prestar atención.
—Se trata de criminales con mucho poder, no imaginas cuánto. En este momento, mientras tú te muestras escéptica, un médico mexicano está preso en El Paso, Texas, acusado por el secuestro y asesinato del agente de la DEA49, Enrique “Kiki” Camarena Salazar y el piloto que trabajaba con él, Alfredo Zavala Avelar. Ambos raptados y asesinados hace cinco años, a principios de febrero de 198550. Al parecer, el médico inyectó lidocaína a Kiki para que su corazón resistiera las torturas mientras lo interrogaban hasta que lo mataron.
—¿Y quién era el Kiki?
—El agente de la DEA que se infiltró en los cárteles de la droga en México. ¿Sabes de qué te hablo?
—Sí —dice—, de narcotráfico —sin esconder la molestia porque no entiende cuál es su punto.
—No tienes ni idea, créeme. Estoy hablando de Miguel Ángel Félix Gallardo, creador de los cárteles, está por encima de hombres como Rafael Caro Quintero o Ernesto Fonseca Carrillo, alias Don Neto. Los cárteles colombianos, el de Medellín y el de Cali, competidores por el control del negocio, enfrentados y causantes de terribles masacres, tienen que ingeniárselas para exportar la droga. Pablo Escobar se asoció con “el Padrino” mexicano para que transportara la cocaína por las mismas rutas por donde llevaba la marihuana y la heroína. Como el capo de Medellín no estaba en posición de exigir exclusividad en el trato, le bastó con que le dieran prioridad a su producto. De modo que, si los hermanos Rodríguez Orejuela así lo querían, como cualquier otra organización pequeña, también podían contar con el servicio de transporte desde México hacia los Estados Unidos. El Kiki Camarena, infiltrado en el cártel de Guadalajara, entabló buena relación con Caro Quintero y con “Don Neto”. Kiki demostró que podían confiar en él porque, a su cargo, las encomiendas llegaban sin pérdidas a sus destinos, más allá de la frontera norteamericana. Debido al vínculo forjado con astucia, durante más de un año y un sinfín de kilos de cocaína y hierba despachados sin contratiempos, los jefes decidieron contarle sobre uno de los sembradíos de marihuana más grandes del mundo. Todos los fumones de Europa y del norte de América, sin saberlo, recibían su dosis desde El Búfalo, México51.
—Entiendo —pausa—, y como el fulano Kiki era un agente de la DEA infiltrado, dio el pitazo y a los narcos los golpearon duro. Por eso se vengaron secuestrándolo, torturándolo y matándolo52.
—En marzo, debido a una llamada anónima, encontraron los cuerpos en estado de descomposición, envueltos en plástico y enterrados en el rancho El Mareño de Michoacán53. Imagina lo que tienen que hacerle a un hombre para que un médico deba inyectar lidocaína y así su corazón siga latiendo. ¿Cuánto dolor le obligaron a soportar? Le partieron las costillas, quemaron sus testículos, clavaron un tornillo en el cráneo, tras calentarlo en brasas, le metieron en el ano un palo candente, así lo violaron54.
—Un horror.
Silencio.
El canto intermitente de los grillos desfallece, ya no es capaz de relajarlo. El calor, antes preñado de lluvia, cede su lugar al viento nocturno bajo un cielo sin estrellas, reclamando su poder, agitando el aire.
—Amor —vuelve a usar la seducción—, ¿podrías decirme qué tiene que ver todo eso con Isabel y Luisa Elena? Ellas solamente han fumado un poco de marihuana.
Escuchan que Luisa Elena baja las escaleras. Entra en el estudio. Chinto observa que a ella le agrada hallarlos conversando con cierta privacidad.
—Papá —lo amonesta con picardía—, eres un hombre muy poco romántico.
—¿Por qué? —Chinto mira a Carmen Elena para comprobar si ella sabe a qué se refiere.
—No creo que mamá quiera estar al otro lado del escritorio —y suelta una carcajada.
—Luisa Elena, respeta, por favor —Carmen la reprende sin rabia, más bien con un toque de vergüenza.
—Me voy a acostar, estoy cansada, buenas noches —dice Luisa Elena. Antes de irse les da el beso acostumbrado.
Carmen Elena mira el reloj, ya es hora de tomarse el Ativan. Prefiere esperar, todavía él no acaba de explicarle el asunto. Además, desde que salió del cine quiere sexo.
—¿Ya estás aburrida o sigo hablando? —la pregunta es un ataque.
—¿Te parece que me aburres?
—No lo sé, pero como miraste el reloj…
—¿Podrías dejar de estar a la defensiva? ¿Acaso no te das cuenta? —Se acomoda en la silla y cruza las piernas—. Hoy no pienso tomarme la pastilla. Eso es todo.
—Disculpa, ¿sigo? —ella asiente—. Las plantaciones en El Búfalo eran del cártel de Guadalajara que, como ya te dije, lo crearon Miguel Ángel Félix Gallardo, Rafael Caro Quintero y Ernesto Fonseca Carrillo con el fin de traficar, primero heroína y marihuana, luego, por la asociación con los cárteles colombianos se dedicaron a transportar también cocaína hacia los Estados Unidos. Bueno, la pregunta es, en este momento, ¿dónde están esos señores? —Chinto cuenta con los dedos, levanta el índice: uno—. El año pasado, a principios de abril de 1989, detuvieron a Félix Gallardo, “el Padrino”, y se dice que tendrá que pasar, como mínimo, cuarenta años en prisión55; Caro Quintero —levanta el dedo corazón: dos— fue capturado, también a principios de abril, pero hace cinco años, en 1985, en Costa Rica, ya que trató de huir. Su detención ocurrió dos meses después del secuestro y asesinato de Kiki Camarena y su piloto Alfredo Zavala Avelar y un mes después de que encontraran los cuerpos. El 12 de diciembre de 1989 lo condenaron a cuarenta años de prisión. Este año, en agosto, hace casi tres meses, la sentencia fue ratificada56; Ernesto Fonseca Carrillo —levanta el dedo anular: tres—fue capturado en su casa, también a principios de abril de 1985, en Puerto Vallarta, Jalisco, y debe cumplir cuarenta años de prisión57.
—Si los tres están presos, ¿qué es lo que te preocupa?
—Después del asesinato de Kiki Camarena, la DEA recibió instrucciones para realizar una investigación completa del caso. El suceso generó mucha tensión entre los gobiernos de Estados Unidos y México, de hecho, a partir de ahí, cambiaron las relaciones de la administración mexicana con los agentes de la DEA, se modificó el trato que mantenían hasta febrero de 1985. Dicha investigación era secreta y contaba con recursos ilimitados. En ella participaron agentes especiales de la DEA y se bautizó como Operación Leyenda. Tras un par de años de haberse iniciado las investigaciones, nombraron a Héctor Berrellez como supervisor de la operación. Phil Jordan, agente de la DEA, en aquel momento era el jefe del Centro de Inteligencia de El Paso, Texas, y Tosh Plumlee, oficial de la CIA, se desempeñaba como piloto privado, encubierto, claro —Pausa. Chinto evalúa opciones, duda por un momento cuál es el modo adecuado de proseguir—. Debo decirte que el presidente del subcomité sobre terrorismo, narcóticos y comunicaciones internacionales era el senador John Kerry, el mismo que viajó a Nicaragua en abril de1985 y logró el cese al fuego contra los sandinistas, cuyo informe posterior se convirtió en el precedente fundamental que llevó a la condena del coronel Oliver North. Bien, según el testimonio que el señor Tosh Plumlee rindió ante el Comité de relaciones exteriores del senado, en agosto de este año, afirmó que, a principios de los ochenta, voló llevando armas a Centroamérica y regresaba a los Estados Unidos con drogas, dado que dichas operaciones estaban directamente aprobadas por Washington, en virtud del interés nacional implícito58.
—Necesito que te expliques mejor.
—Del testimonio de Plumlee se desprende que la CIA está implicada en el secuestro, tortura y asesinato de Kiki Camarena, así como también en el tráfico de drogas y armas con el fin de apoyar la lucha en Nicaragua, la Contra sandinista59, más las acciones en Irán, consideradas necesarias, dado el riesgo que corrían los intereses de Estados Unidos en la zona.
Por el impacto que le produce a Carmen Elena el tamaño de la desproporción entre el hecho de que sus hijas hayan fumado marihuana y los casos que Chinto relaciona con eso, decide reprimir cualquier gesto de asombro. Utiliza sus dotes femeninas para mostrarse cariñosa, interesada y finge confusión:
—Amor, ¿estás hablando del escándalo Irán-Contra60?
—Exactamente.
—Me imagino que la relación que pretendes sugerir se debe a que por lo visto Camarena descubrió los vínculos existentes entre el narcotráfico y la CIA para financiar el asunto Irán-Contra, ¿no es así?
—Sí.
—Pero ahora dime, ¿qué tiene que ver todo eso con que Isabel y Luisa Elena hayan fumado un poco de marihuana?
Chinto tuvo tiempo de preparar la respuesta, pero no lo hizo.
—¿Te acuerdas de Ian Koffler?
—Tu amigo del postgrado que, por cierto —aprovecha para quejarse—, nunca lo conocí, solamente lo he visto en fotos.
—Bien —sobre el reclamo, Chinto se hace el sordo—, en Coral Gables, cuando todavía vivía con mis padres, Ian me presentó a un cubano que estaba dispuesto a derrocar a Castro —invierte el orden de los hechos, ya que se refiere a Carlos García— y con él conocí a varios más, entre los que estaba Félix Ismael Rodríguez61 —no es verdad. Si bien es cierto que Chinto siempre ha sabido de él a través de terceros, nunca lo ha conocido en persona—. Hasta donde tengo entendido, Ian y Rodríguez continúan siendo buenos amigos —exagera la ficción para engendrar un vínculo lógico—. Los enemigos de Félix pueden haber identificado su círculo de relaciones personales para propiciar situaciones susceptibles de chantaje.
—Un momento, ¿te das cuenta de la locura que acabas de insinuar? ¡Estás paranoico!
—No es así, ya hablé con Ian —miente—, solo te estoy informando lo que él mismo me dijo.
—Suponiendo que es correcta esa teoría, cosa que me cuesta mucho creer, ¿dónde encaja que Isabel y Luisa Elena hayan fumado marihuana? Disculpa, pero es que no entiendo.
—Carmen, escucha, sé que no es fácil… —suspira. Chinto reconoce que el cuento que acaba de concebir es una historia mediocre. Se reprocha por tratar a su esposa como si fuera una tarada, pero sin otra opción, ya no hay vuelta atrás y, de cualquier forma, debe transmitirle el fondo del asunto, el verdadero motivo de su mortificación—, fue Ian quien me advirtió lo que estaba sucediendo contra Félix Rodríguez.
—Chinto —Carmen Elena está a punto de perder la paciencia y, por cierto, sus ganas de sexo se han esfumado—, aún estoy esperando que contestes mi pregunta, ¿necesitas que te la repita?
—No —Chinto observa que ella lo mira como si estuviera loco. Está molesta y decepcionada—, hay algo que no sabes —ahora deja que corran varios segundos para generar tensión—, desde hace años he asesorado a Ian financieramente, eso me convierte en una ficha importante en su círculo íntimo, de manera que tanto él como yo somos posibles blancos de los enemigos de Félix Rodríguez —miente. El riesgo que corre Chinto y su familia no deriva de tales nexos, ya que nunca han existido—. Por eso, cuando hablé con Ian sobre lo que estaba pasando con Isabel, recuerda que hasta el día de ayer solo ella había fumado marihuana…
—¿Lo llamaste para contarle eso?
—¡Qué va! —reacciona de inmediato—. Él me llamó para decirme que viene el lunes.
Carmen Elena empieza a comprender que la teoría paranoica no es de Chinto, sino de Ian, a quien no conoce. Eso la calma. El hecho de que sea otro y no su marido el que está loco la alivia, relaja su semblante y sentencia:
—Amor, creo que te dejaste influenciar. Sé que todo esto te ha desquiciado muchísimo, cosa que entiendo, ya que a mí tampoco me resulta fácil aceptar que ellas fumaron marihuana, pero de ahí a pensar en todo lo que me has dicho, discúlpame, es un disparate.
—Puede ser —Chinto retrocede, sabe que no tiene caso insistir, además, lo piensa y se convence de que lo mejor es que ella siga en su mundo, lejos de los tormentos que lo asedian a él—, quizás tengas razón.
—Claro que tengo razón, ya verás —se levanta—. Es tarde, ¿me acompañas?
—También estoy cansado. Termino de ordenar estos papeles y enseguida voy.
Ella se adelanta, llega hasta la puerta y regresa.
—Por cierto, ¿de dónde sacaste tanta información del narcotráfico?
Chinto se tensa por dentro, pero no muestra lo que siente. Sin parar, organiza el escritorio, a un lado el periódico, endereza la pequeña pila de hojas blancas coronadas por un sobre que ya debería estar en la basura. Lo coge y mientras lo rompe, dice con indiferencia:
—Me lo dijo Ian, quería explicarme lo que piensa.
Los grillos ya no cantan. El viento nocturno penetra en el estudio.
El silencio, además de su condena, es la única garantía que tiene para conservar el respeto en su hogar. Era joven cuando aceptó el trato y Chinto nunca imaginó que la confianza, elemento indispensable en el matrimonio, quedaría destruida si le dice la verdad a su esposa. Una paradoja diabólica, la prueba de su error por falta de experiencia, un daño irreparable en nombre de aquellos ideales nobles que ahora incomodan a tanta gente si los invoca.
Chinto se inclina para recoger los pedacitos del sobre que no alcanzaron la cesta. Cuando se incorpora, Carmen Elena se ha ido.
III
DOMINGO, 2 DE DICIEMBRE DE 1990
A cinco días de la “visita relámpago” del presidente George H. W. Bush62
(1) Madrugada.
El timbre del teléfono desgarra el silencio a las 3:51 am.
—Papá, disculpa que llame a esta hora.
—Isabel, hija, ¿estás bien? —Chinto aún no espabila.
—Regreso mañana o pasado mañana, el lunes o el martes.
—¿Por qué?
—¿Aló? ¿Me oyes? —el típico ruido de fondo, por la mala calidad de las comunicaciones, asume el protagonismo—. ¿Aló?
—Dime.
—Papá, espero que me estés oyendo —arrastra las palabras y eso la delata: está borracha—, solo llamé para avisar que regreso mañana —cuelga.
Carmen Elena balbucea unas palabras, se da media vuelta y refunfuña.
—Era Isabel —dice para que ella reaccione. Al parecer, sí se tomó el Ativan—, dijo que volverá—. Carmen Elena respira profundo, duerme plácidamente.
El agotamiento que arrastra Chinto es demoledor, pero la llamada le arrebató el sueño. Sale de la cama y baja a su estudio sin ponerse la bata. Sabe que necesita dormir, el descanso es esencial para mantener la mente en buena forma. Los años en los que podía jactarse de soportar jornadas exigentes, con trasnochos prolongados, quedaron atrás. Ya su fortaleza no es la misma, o quizás, debido a que el motivo de su angustia lleva los nombres de sus hijas, sobre todo el de Isabel, siente que el peso de la carga lo aplasta, lo anula. El estudio, ese espacio en el hogar, se ha convertido en su habitación predilecta, guarida imperfecta para relajarse o concentrarse, según lo necesite. Se pregunta qué sucedería si le robara un Ativan a su esposa. Despacha la tentación. En estado de vigilia contempla las sombras en el jardín. La brisa sacude las plantas y estas murmuran en la oscuridad. Repasa la conversación con Carmen Elena y lamenta no haber podido explicarle las cosas. Le encantó que ella supiera que él se refería, en algún momento, al escándalo Irán-Contra. La operación se aprobó, de acuerdo con lo que le dijo Ian, porque solucionaba el problema del dinero. Los dólares del narcotráfico jamás estarían sometidos al control del Estado, a nadie se le rendirá cuenta por ellos. Una zona gris en materia presupuestaria, cuyo atractivo consistió en proporcionar el ingreso rápido, cuantioso y necesario para influir en Nicaragua y en Irán al mismo tiempo. Una propuesta “genial” para quienes estaban dispuestos a jugárselas todas, para los que siempre han tenido claro que los formalismos no deberían convertirse en camisas de fuerza que impidan dar la pelea, mucho menos cuando el enemigo, por su naturaleza delictual, con ropaje ideológico, hace lo que le da la gana, sin restricciones de ninguna índole. Se trata de tiranos con poder absoluto.
Eso fue, más o menos, lo que le dijo Ian Koffler en aquel tiempo y Chinto le creyó. La impotencia que sentía —ahora más aguda por el transcurso del tiempo—, al observar cómo el enemigo continuaba abusando del poder y con ganas de infectar al continente entero, transmitiendo sus mentiras, desplazándose en silencio, acechando a la presa hasta el zarpazo ágil, veloz y mortal, favoreció que lo escuchara con oídos crédulos. Hoy, en esta madrugada triste, desvelado, sin saber en qué anda su hija, se reprocha lo cándido que ha sido, dejándose convencer, entre argumentos manipulados y elogios a sus talentos excepcionales para servirle a un par de tipos —solo conoce a uno: Ian Koffler, el otro, tras la única entrevista, para Chinto no es más que la sombra de arriba que gira instrucciones—, a quienes, desde hace años, únicamente los motiva el dinero. La lucha que libran ambos bandos fue, es y será —concluye— ficticia; maquillan lo mismo: el negocio.
Por eso la asesoría de Chinto resultó fundamental. El entramado financiero, unido por rutas bancarias desde el Caribe hasta Suiza, les permitió, tanto a Ian Koffler, como a su jefe, Gary Falk —la sombra de arriba que gira instrucciones—, quedarse con una buena tajada sin levantar sospechas, porque en relación con la totalidad, las sumas no eran ni siquiera migajas. Al reventar los casos del almirante John Poindexter63 y del coronel Oliver North64, ambos de la Infantería de Marina de los Estados Unidos e implicados en el caso Irán-Contra65, Chinto, nervioso, se comunicó con Ian Koffler, a quien halló con mucha serenidad. No había nada que temer, en efecto, ni Falk ni Koffler figuraban en la lista de investigados. ¿La causa? La ejecución de acciones encubiertas clasificadas como “externas”, de modo que lo relativo al narcotráfico quedó fuera del rango oficial66. El dinero negro tiene muchos amos, quienes ocultan sus mordidas bajo la sangre y los cadáveres que pagan el descuadre a la hora del conteo.
Se le escapa una sonrisa, burlándose de sí mismo, recuerda la simplicidad con la que proyectó el fin de semana. Creyó que podría disfrutar del descanso necesario para asistir en óptimas condiciones a la reunión con Ian Koffler. Sigue siendo un ingenuo crónico. Es su desventaja más acuciante, la que más esfuerzos le exige para lidiar con ella y ocultarla. El cuerpo le pide reposo mientras la mente, agitada, espanta el sueño, cabalga indómita y relincha entre recuerdo y recuerdo. Lo último que supo de Isabel es que se fue a la playa. No escogió ir a Camurí —club privado que se encuentra más allá de Naiguatá—, por eso ella y sus amigos están fuera del rango habitual de control.
(-1) marzo de 1961 – abril de 1961.
Concluido el entrenamiento y conformada la External Unit: SUPPRESS67 —recuerda—, pero antes de Bahía de Cochinos68, Koffler le pidió que lo acompañara a la costa de Portland, Maine, para rescatar a Nick Stuart, un viejo amigo suyo. Tras una discusión corta y lacónica con su esposa Julia, en la que ella le dijo que quería divorciarse, Nick salió a navegar en su queche. Eran menos de las nueve de la mañana del martes 21 de marzo de 1961 y el día, aunque frío, estaba despejado. Julia llamó a Ian para comentarle lo sucedido, aprovechó el momento indicado, sin rasgos de preocupación, para informar que Nick no había vuelto. Zarpó hace más de una semana, dijo. Koffler, valiéndose de sus influencias, solicitó un reporte informal de la Guardia Costera y el Capitán Peterson lo llamó para notificarle que Nick Stuart se encontraba estupendamente y a pocas millas del puerto. Le mandó saludos, señor, dijo. Así que la misión consistía en rescatarlo de su aislamiento.
El sábado primero de abril, gracias a los buenos oficios del Capitán Peterson, llegaron hasta el queche en una embarcación de la Guardia Costera. Abordaron entre los rezongos ficticios de Nick, quien se esmeraba por ocultar, sin lograrlo, la alegría, dada la visita sorpresa, pero previsible, de su amigo de siempre. Presentó a Chinto como su nuevo asistente técnico.
—No sabía que tuvieras asistentes técnicos —dijo Stuart—. Mucho gusto.
Tratando de no estorbar, cada uno se ubicó a ambos lados de la popa. Chinto a estribor, Ian a babor. De acuerdo con el diseño de este tipo de veleros, el palo menor, aunque está detrás del mástil mayor, se halla delante del timón. Media hora después del abordaje se produjo una aceleración súbita del viento. Eufórico, Nick entró en acción jactándose de la nobleza del Starfish —su queche—, destacando la velocidad del rizo. Bajó la vela mayor y obtuvo el equilibrio apropiado entre la mesana y el foque con tanta rapidez que se dedicó a presumir de la maniobra durante un par de minutos. Navegó amurado a estribor —recibiendo el viento por dicho flanco—, de regreso al puerto. Debido a la inclinación de leve pendiente, Chinto quedó un poco elevado y miraba la superficie del mar desplazándose bajo la espalda de Ian.
Echó el ancla muy cerca del muelle. Espantada la soledad, Nick se dedicó a beber mientras desahogaba sus penas maritales. De vez en cuando miraba de reojo a Chinto, quien no se sirvió ni un trago —apenas un vaso de agua—, para advertirle que, pese a no conocerlo, revelaba secretos íntimos en su presencia debido a la confianza que merecía Ian Koffler. Hizo una aclaratoria, a modo de paréntesis, con la finalidad de explicarle la causa de la supuesta ligereza:
—No olvides que estamos en mi Starfish.
—No, nunca —dijo Chinto.
—Fíjate que el aparejo del Starfish está en paralelo a la quilla.
Intentaba resaltar algo respecto al orden y la jerarquía, pero Chinto no lo captó, de modo que prefirió interpretar aquello como su forma particular y avergonzada de pedirle respeto. Ian campaneó el tercer whisky sin beber más de la mitad. Por la noche, al borde de la inconsciencia, ambos acomodaron a Nick en el camarote. En cubierta, la brisa helada les concedió una tregua larga. Mirando las estrellas, Koffler mencionó que hacía un año la Unión Soviética derribó un avión espía, el U-269 piloteado por Francis Gary Powers70.
—¿Sabes qué es lo peor?
—¿Qué? —repuso Chinto con asombro y ansiedad.
—Que Powers no está muerto, no se aplicó la aguja letal. Ahora está preso en la Unión Soviética y muchos aquí andan en estado de alarma. Imagínate la información que puede soltar si llegan a torturarlo.
—¿Es imposible que lo rescaten?
—No. Lo que pasa es que, al igual que Nick, este país —refiriéndose a Estados Unidos— está lleno de cabrones.
La rudeza de la frase golpeó a Chinto. Acababa de insultar a su amigo. El pobre estaba desecho por la infidelidad confesa de su mujer.
—¿Crees que Nick va a seguir casado?
—No solo eso, ¿acaso no viste cómo temblaba cuando le dije que Julia no va a abandonarlo porque la verdad es que ya lo hizo? No lo soporta, le aterra. Puedo verlo humillado ante ella, suplicándole que no lo deje. Se hará la víctima, manipulará la situación. Ella, después de confirmar que tiene el poder absoluto, iniciará negociaciones. Le sacará algo a cambio y él, con tal de no verse abandonado, cederá. Lo mismo va a ocurrir con Powers, ya lo verás, no tengo la menor duda.
—No lo sé, lo vi muy decidido.
—Fanfarroneando. Eso es todo.
—¿Tú crees que se va a calar que ella tenga un amante?
—Claro que sí, hasta va a hacer lo posible para saber quién es, si es que no lo sabe ya. Como te dije, sucederá exactamente lo mismo que con el bueno de Powers, quien, por cierto, no tiene ninguna culpa de que este país se haya transformado en un nido de cabrones.
Chinto jamás lo había escuchado hablar de ese modo, vomitando resentimientos.
—Me sorprendí mucho cuando me pediste que viniera contigo.
—¿Por qué?
—Estamos muy cerca de lo de Cuba y todavía tengo algunos datos por validar.
—No pasa nada. Hemos trabajado duro, ¿no es así?
—Llevo poco tiempo, pero sí, sin duda que ha sido muy duro.
—Pues bien, ¿habrá una mejor forma de comenzar? Tienes suerte.
—No te entiendo.
—Espero que no te desilusiones. Ya te hablé del incidente del U-2. ¿Sabes?, he oído cosas aquí y allá, cosas para las que debes estar preparado.
—¿Qué cosas?
—No es oficial, se trata de rumores de pasillo —Koffler ríe sin ganas—. Las paredes de la Casa Blanca tienen la lengua larga.
—Suéltalo ya, ¿quieres?
—Kennedy va a abortar el plan-Bissell, tiene miedo, lo más probable es que se raje de un momento a otro.
—¡Eso sería una locura! Me cuesta creerlo.
—Pues más vale que lo creas. ¿Acaso no pusiste atención a lo que acabo de decir?
—De ser así, ¿qué hacemos con lo que hemos hecho hasta ahora?
—¿Que qué hacemos con eso? —Koffler se bebió de un tirón lo que quedaba de su tercer Whisky, colgó la vista en alguna estrella y gritó—: ¡Nos lo metemos por el culo!
Silencio.
—Quería brindar contigo a la salud del presidente cagueta, pero no me das el chance, no bebes ni un trago —Pausa—. Eso es bueno, fíjate en las estupideces que te he dicho, solo el alcohol abre esas compuertas. No pierdas de vista que los borrachos, por lo general, siempre dicen la verdad.
—No te veo borracho.
—A los efectos, es lo mismo.
Silencio.
Chinto no consideraba que el presidente fuera un “cagueta”. Todo lo contrario. Pensó en los niveles de presión que debía estar soportando en aquellas horas de guerra fría a punto de calentarse. Lidiar con Kruschov, un hombre que fue —según lo que ha oído— obrero en las minas de carbón y arriero de animales de granja a cambio de pocos kopeks; un sujeto con una formación elemental comparada con la de Kennedy, no podía ser un desafío diplomático cualquiera, mucho menos tras el incidente del U-2.
Comenzó a entender que la misión no estaba dirigida a rescatar a Nick Stuart, aquello solo funcionó como señuelo para traerlo hasta el queche y, muy cerca de los muelles, mostrarle que los ideales están bien hasta cierto nivel, superado el mismo, no existen. Así, para destacarse en las actividades asignadas y escalar la montaña jerárquica, las emociones y los sentimientos deben ser erradicados. Cierto, la misión consistía en un rescate, el de abrirle los ojos a Chinto.
—Voy a servirme otro, ¿quieres uno? —insistió Koffler.
—No, gracias.
—¿Por qué?, ¿eres religioso?
—No, para nada. Solo tomo vino tinto y eso cuando como carne asada. No me gusta el alcohol.
—Tú te lo pierdes —Koffler le dio la espalda y bajó.
No demoró mucho y apareció en cubierta con el whisky en la mano derecha.
—¿Quiere decir que todo eso de la supremacía del individuo —dijo Chinto—, sus derechos, su libertad, la democracia, no son más que palabras vacías?
—Ya te lo dije, a partir de cierto nivel, sí.
—Si los que dirigen están, necesariamente, en el nivel más alto y, como dijiste, allá arriba, en esas alturas, los ideales no existen, ¿por qué y para qué luchamos?, o mejor, ¿por qué y para qué ellos mantienen viva la lucha?, ¿cuál es el propósito?
—La respuesta es tan sencilla y obvia que la mayoría no logra verla y, los que lo hacen, la desechan porque quisieran hallar una explicación compleja, algo que justifique tanto dolor, tantas muertes.
—¿Cuál es?
—Luchamos porque queremos tener el poder y cuando lo alcanzamos, luchamos para no perder el poder, algunas veces luchamos únicamente para ejercer el poder. Así de sencillo y obvio: todo es poder.
Silencio.
Nunca más han vuelto a conversar en esos términos.
Al principio él tomó aquellas palabras como una opinión, dado el modo particular que tenía Ian de explicar las cosas, la razón de ser del absurdo en cada lucha. Año tras año, la supuesta visión de Koffler se transformó en una semilla, la cual germinó en su mente hasta convertirse en el Árbol del Poder, fuerte y frondoso. Bajo su sombra se guareció Chinto sin albergar la más mínima duda acerca de su existencia, justo a partir del siniestro que le arrebató la vida a Renny Ottolina71.
(2) Trasnocho.
La brisa se detiene, ya no sacude a las plantas y estas dejan el murmullo. Un pájaro tempranero comienza a cantar antes del primer rayo de sol. Su mente sigue agitada con los recuerdos. Chinto se pregunta por qué a la mayoría de la gente le importa tanto cuando escucha que la CIA está embarrada con el narcotráfico y no muestra el mismo interés si se trata de Fidel Castro. Para él es absurda esa actitud, cuya indulgencia inmerecida defiende el reino de la impunidad. Son receptivos a los rumores y escándalos que involucran a la CIA, pero exigen pruebas irrefutables para creer que el tirano de Cuba también se relaciona con el tráfico de drogas72. Chinto se responde: es otro logro monstruoso de los fabricantes de opinión. Son muchos los que adoran al sátrapa y ninguno de ellos —piensa— ha tenido que soportar los horrores del socialismo en sus propios países, al contrario, disfrutan de una libertad de acción y expresión envidiable —los insulta—: ¡hipócritas!
(-2) mayo 1957 – marzo 1958 – septiembre 1960 – años 1961 y 1962.
En Coral Gables Carlos García le habló de las siembras de marihuana en la Sierra Maestra de Cuba. Mencionó a Crecencio Pérez Montano, quien participó en mayo de 1957 en el Combate del Uvero73 y en marzo de 1958 fue ascendido a comandante de la Columna 7-Regimiento Caracas74. Dijo que tenía plantaciones de marihuana y que Castro permitió que continuara cosechándola con el fin de obtener los recursos necesarios para comprar armas. Comentó que Raúl Chibás75 denunció todo esto en una conferencia de prensa ofrecida en 1957 en el Hotel Sands de Miami Beach. El recuerdo que tiene de los comentarios de Carlos, expresados sin prudencia, permaneció en la memoria de Chinto con especial nitidez. En la madrugada del 2 de enero de 1961, cuando se fue con Koffler a bordo del Porsche 356 descapotable azul, modelo 58, Ian utilizó las palabras de García como punto de partida para ampliar más la información. Habló de Santo Trafficante76. Esa fue la primera vez que, de manera explícita, Chinto supo de los vínculos entre la CIA y la Mafia77. En ese momento Ian no le dijo que Arthur Schlesinger78, asesor directo del presidente Kennedy, rechazaba el plan Bissell para invadir a Cuba, y no lo dijo porque aún no sabía que esa era su opinión al respecto. Lo que sí le comunicó es que gracias a Schlesinger pudo enterarse de que en Washington estaban al tanto de las conexiones que tenía Fidel con algunas familias de la Mafia79 y que, tras una reunión efectuada en septiembre de 1960 con Allen Dulles80, director de la CIA, con Johnny Roselli81 y Sam Giancana82, no tenía dudas de que Santo Trafficante representaría los intereses de Castro en el mundo del narcotráfico.
Después del fracaso de Bahía de Cochinos83, el ambiente que rodeaba a Koffler —y por lo tanto a Chinto— era una nube de pánico en las oficinas de un apartamento alquilado, cuya ubicación resultaba muy conveniente por su cercanía con Camp Peary, en Williamsburg, Virginia. La agitación se debía al traslado de ciertas actividades de entrenamiento y otras no especificadas, hacia Harvey Point, en Hertford, Carolina del Norte84. La tensión surgía del temor a ser reubicados en puestos de baja relevancia o, incluso, la posibilidad de quedar excluidos de la Agencia. Si se le había solicitado la renuncia al mismísimo director Dulles y a oficiales de la talla de Bissell, ¿qué podía esperar el resto del equipo para que Washington obtuviera el ansiado silencio? La conmoción era un factor tan general, como reprimido. Ninguno de los oficiales con los que Chinto había interactuado hasta el momento se permitía el lujo de mostrarse inquieto, por el contrario, fingían de manera loable una estabilidad que desafiaba la lógica. Koffler ordenó construir una oficina en la habitación contigua al salón. La pintaron de blanco, colocaron un escritorio de fórmica blanca mate, bajo dos lámparas de neón. Las tres sillas de tela gris plomo resaltaban en aquel hueco de palidez objetiva. No tenía ventanas, de manera que era fácil perder el sentido del tiempo cuando la jornada parecía interminable. Para Chinto, la razón de ser de su reclutamiento y asignación a la External Unit: SUPPRESS85 nacía y fallecía dentro del plan Bissell. Para su sorpresa, Ian Koffler le solicitó que colaborara con él en interrogatorios masivos. Al principio pensó que el propósito de estos era simular que detectaban filtraciones y procesar a los culpables, pero no. Nada más lejos de la realidad. Su labor consistía en guardar silencio, escuchar atentamente y recordar, al final del maratón, cada detalle. Al contrastar su memoria con las cintas de grabación, el resultado impactó a Koffler por la exactitud del testimonio. De esa manera lo preparaba para el futuro, diseñaba un asistente personal prêt-à-porter, mientras le soltaba un chorro de elogios. Lo hacía al mismo tiempo que recababa información trascendental para evitar que lo degradaran, quizás con un retiro anticipado, o peor, la temida separación definitiva de la Agencia. Concluido el proceso, Chinto elaboró un sumario con los datos completos y presentó, según las instrucciones, un informe verbal que no superaba los veinte minutos —lo expuso en menos de dieciocho—, de lo que debía mantenerse en estricta confidencialidad. Menos de seis días de intenso trabajo, poco sueño y mal comer —casi siempre comida rápida o almuerzos recalentados en la cocina que, a partir del segundo o el tercer día, comenzó a emanar vapores desagradables por la falta de higiene adecuada— lograron obtener un expediente secreto tan categórico que el ánimo de Koffler volvió a su estado habitual. Los muchachos —tal y como los llamaban—, accedieron sin reparos y se sometieron al maratón de preguntas debido al chantaje previo que utilizó Ian a la hora de abordarlos. Los tres participaron en una juerga que había terminado mal. Tal vez fueron drogados, tal vez no. Lo cierto es que quedaron retratados, sin sospecharlo, en una secuencia de once fotografías, participando en un encuentro sexual con dos travestis. Si aquello se difundía, sería demoledor en el ámbito más íntimo de cada uno. Ian Koffler les garantizó el anonimato, ya que no deseaba causarles daño, solo buscaba información significativa, nada más. El modo seguro de salvar el pellejo. También ayudó la buena imagen que ellos poseían de Koffler, aunque tuvieran poco contacto en el pasado, la verdad es que les caía bien. Antes de comenzar cada sesión, Ian les informó que no grabarían sus declaraciones —una mentira que ninguno creyó, pero actuaron como si la creyeran—; así explicaba la presencia de Chinto como colaborador o apuntador de palabras sin escribir nada de nada. El ambiente pasó del nerviosismo inicial a la camaradería. La reclusión en el apartamento coadyuvó a la sensación de estar en confianza. Se hizo evidente el verdadero propósito de aquella pesquisa: echarle una mano al antiguo compañero para impedir que cayera en desgracia por motivos ajenos a sus responsabilidades directas. A medida que soltaban lo que sabían, a Chinto le impresionaba la cantidad de información inútil que podía llegar a procesar un oficial cualquiera de la Agencia. La optimización de los recursos era un tema constante, un dolor de cabeza, pero definitivamente todavía no daban con la solución. Tras el careo de rigor para corroborar la veracidad de las respuestas, Chinto extrajo lo que denominó Nuclear-Data, ND —aludiendo al carácter irreductible e indispensable de los tres ejes que soportarían el reporte. Por la N, Koffler creyó que se trataba de Narcotics-Data, pero prefirieron utilizar el término Nuclear como un pequeño despiste dirigido a Gary Falk, cuando Ian se lo presentara—, cuya identificación le sirvió para elaborar tanto el sumario, como el informe verbal que expuso en menos de dieciocho minutos.
ND186: Año-1961.- Verificado contacto entre Raúl Castro, ministro de la Defensa de Cuba, con el General Jan Sejna87 de Checoslovaquia, para lograr colaboración recíproca en la producción y tráfico de drogas.
ND288: Año-1961.- Epidemia Rosada: la Unión Soviética utiliza a la Inteligencia checa, Departamento Z, para que junto a la KGB89 y el GRU90 colabore en la misión de iniciar a Cuba en el tráfico de drogas desde América latina hacia los Estados Unidos.
ND391: Año-1961.- Se confirma la aprobación de la operación Epidemia Rosada por parte del Premier moscovita Nikita Kruschov.
Desatada la guerra interna en la Agencia por culpa de la chapuza en Bahía de Cochinos, Koffler decidió “enfriar” a todos los integrantes de la Unidad Externa SUPPRESS para no perderla y reactivarla lo más pronto posible. Esperó varios meses hasta que la atmósfera entre los oficiales, con independencia de su grado de participación, resultó asfixiante. Convenció a Chinto para que realizara su postgrado en la Ole Miss, en Oxford, Mississippi, dado que tenía excelentes contactos con un par de profesores en esa casa de estudios, además, quien paga, manda. Así aseguraba una formación de línea conservadora ante lo que Chinto no tuvo reparos, todo lo contrario, se marchó agradecido. Concluyó el Master of Social Science con Major in Political and Theory Monetary Policy en 1962, recibiendo honores en el acto de grado por su desempeño académico. A menos de un mes de finalizar las evaluaciones, Ian Koffler lo visitó. Fue el 13 de mayo, de sorpresa, para felicitarlo porque cumplía veinticinco años. Cenaron roast beef con vino tinto en un buen restaurante ubicado en Courthouse Square. En la sobremesa Koffler le habló de una insurrección cívico militar ocurrida en Venezuela. En la media noche del 4 de mayo —hacía escasos nueve días—, elementos comunistas —así los calificó porque estaban adscritos al Partido Comunista PC o al Movimiento de Izquierda Revolucionaria MIR—, tomaron las calles, edificios y hasta la emisora de Radio Carúpano, valiéndose del favor de un Capitán de Navío o Corbeta, un mayor y un teniente. La acción de los rebeldes —dijo— quedó anulada por la Operación Tenaza, desplegada por el Batallón Mariño, el Batallón Sucre de Cumaná y el Batallón de Infantería de Marina Simón Bolívar de Maiquetía. Hubo ataques de la aviación y varias unidades navales bloquearon el puerto.
—Sabemos que los insurrectos estaban al servicio de Fidel Castro —dijo Koffler—, es decir, se trató de una invasión armada, pero los militares venezolanos no lo permitieron y ganaron la batalla.
—No se va a quedar quieto —respondió Chinto refiriéndose a Fidel Castro—, estoy seguro de que insistirá con sus planes de invadir a mi país.
—¿A tu país nada más? —lo corrigió Koffler—. No, mi amigo, Fidel quiere conquistar a toda Latinoamérica, no te olvides de eso.
—Pues ahí tienes —replicó Chinto con rabia— los primeros frutos, las primeras consecuencias del aborto de Bahía de Cochinos.
El acto de grado fue en septiembre. Asistieron don Roberto, doña Isa e Ian Koffler. Por supuesto los viejos no cabían dentro de sí, se pavoneaban con el orgullo apretado entre el pecho y la espalda por el logro de su primogénito, además de la enorme gratitud que sentían hacia Koffler por haberlo ayudado. De vuelta en el hotel, don Roberto abordó a Ian, aprovechando que el momento era oportuno, pues doña Isa y Chinto conversaban con ánimo. Hizo señas para que se retiraran un poco, no mucho y en voz baja le preguntó:
—Dígame una cosa, señor Koffler, ¿usted aceptaría que le pagara lo que ha costado el postgrado de mi hijo en varias cuotas?
—No se preocupe, don Roberto, eso está arreglado. Usted no me debe nada.
—¿Cómo es eso? —preguntó don Roberto sin esconder el asombro. A esas alturas, sabía con precisión que nada en la vida es gratis.
—Muy sencillo, Chinto me va a pagar con trabajo —a don Roberto le gustó oír eso porque sabía que esa es la mejor forma de crecer en este mundo.
—Pero si no tiene trabajo.
—Lo tendrá —Koffler hizo una pausa con la intención de calmar a don Roberto—. Escuche, tengo varios proyectos para invertir en Venezuela y otros países de Latinoamérica. El custodio financiero, por así decirlo, será el First National City Bank of New York, de modo que ya concerté una entrevista para ver si aceptan a Chinto.
—¿En Nueva York?
—Tal vez al comienzo, no lo sé, quizás sí, por el entrenamiento que debe superar en los primeros meses, pero en realidad será en Caracas —al oír esas palabras don Roberto no pudo ocultar la desilusión. Lo último que quería para su hijo era que regresara a Venezuela.
Justo el día anterior a que se iniciaran los disturbios de los segregacionistas porque un negro, militar y veterano, James Meredith, ingresó en Ole Miss, es decir, en la madrugada del jueves 27 de septiembre de 1962, Chinto se marchó con Ian Koffler a bordo de un avión comercial con destino a Manhattan. Durante el vuelo Koffler le dijo que, en Venezuela, el pasado 2 de junio, se había producido otra insurrección, esta vez en Puerto Cabello. En horas de la mañana se sublevó la base naval Agustín Armario. Los insurrectos eran del batallón de infantería de Marina General Rafael Urdaneta, dirigidos por un capitán de navío y un capitán de corbeta.
—Al parecer —dijo Koffler—, hubo muchos muertos y heridos. Tenemos información de que los rebeldes estaban al servicio de Fidel Castro.
—Te lo dije, no se va a quedar quieto —respondió Chinto refiriéndose a Fidel Castro—, estoy seguro de que continuará con sus planes de invadir a mi país, sin importarle lo que cuesten esas aventuras armadas.
—Ya te dije que no es a tu país nada más —lo corrigió Koffler—, Fidel quiere conquistar a toda Latinoamérica, no lo olvides nunca.
—Pues ahí tienes —replicó Chinto con rabia— nuevos frutos, nuevas consecuencias del aborto de Bahía de Cochinos.
—Ya lo sé, lo peor es lo que falta, esto apenas comienza —acotó Koffler un poco incómodo y reclinando el respaldar del asiento.
—Por cierto —comentó Chinto con ganas de cambiar de tema—, ¿qué pasó con tu Porsche? —se refería al 356 descapotable azul, modelo 58.
—No era mío, era de Gary y ya lo vendió.
—¿Por qué, si era una belleza?
—Creyó que con eso pasaría desapercibido en el revuelo que vivimos dentro de la Agencia después de lo de Cuba.
(3) Amanecer y primeras horas de la tarde.
El primer rayo de sol ilumina la parte superior del cuerpo de Chinto, las piernas bajo el escritorio son invisibles en la penumbra. La cabeza reposa caída en el pecho y con leve inclinación a la derecha. Los brazos descansan en los apoyos laterales de la silla y sus manos apuntan hacia el suelo. Así lo encuentra Luisa Elena, quien no puede creer lo que ve. Se asusta. Corre hacia él y lo despierta para salir de dudas.
—Papá —lo sacude un poco—, papá, ¿estás bien?
—¿Qué?
—Me asustaste.
—¿Qué pasa?
—Nada, te quedaste dormido. ¿Por qué no subes a tu cuarto?, ¿peleaste con mamá?
—No, nada de eso —se levanta—. ¿Por qué estás despierta tan temprano? Hoy es domingo.
—Tengo que estudiar para mi examen de mañana y voy a salir en la tarde con unos amigos, así que debo fajarme porque no me queda más tiempo.
—Tú sabrás.
Entra en su habitación, se desplaza en silencio. Se mete en la cama y siente que llegó al paraíso.
La resolana encandila a diez minutos para la una de la tarde. El calor lo despierta a pesar del silencio de cueva deshabitada que conquista la casa. Ellas, su esposa y su hija menor se han ido a la iglesia para cumplir con el mandamiento católico. No hace falta preguntarlo, no cabe la menor duda. Carmen Elena ya no lo molesta por su falta de religiosidad y las hijas se acostumbraron a su ausencia en el rito dominical.
(-3) 6 de enero de 1990. La blasfemia.
No sucedió de manera gradual. De un domingo para otro dejó de ir a la iglesia. Este año, el día de Reyes, hubo una conversación en la que Chinto le dijo a Carmen Elena por qué decidió abandonar la fe católica. En realidad, eligió echarle un cuento, una blasfemia, en lugar de comunicarle ciertos hechos de los que estaba al tanto gracias a las relaciones surgidas para asesorar financieramente a Ian Koffler.
Sentados en el corredor que daba al jardín, bajo el techo de tejas con vigas de madera y disfrutando el momento previo al ocaso, Carmen Elena demandaba una explicación.
—¿Entonces ahora eres ateo?
—Si no me equivoco, el ateísmo asegura que se puede probar la inexistencia de Dios, o al menos afirma, sin duda alguna, que Dios no existe. No es mi caso.
—Es decir, sea lo que sea, crees en algo, pero ya no eres católico.
—De ninguna religión y, la verdad, hago esfuerzos para no aborrecer a todas las religiones, aunque aún no lo logro.
—¿Las aborreces?
—Con toda mi alma, incluso creo que la palabra Dios es tóxica para el ser humano. Una fatal invención lingüística instalada en la cúspide de los sistemas de dominación, independientemente del lugar donde se apliquen.
En el cielo apareció un degradé de colores mientras fallecía la tarde. Carmen Elena señaló hacia arriba y preguntó:
—¿Y ese hermoso espectáculo cromático, único e irrepetible, se lo agradecemos a quién?
—Veo que estás medio filosófica.
—No te burles y contesta.
—Responderé con ideas que han dicho otros con mentes excepcionales y brillantes. Fíjate que la pregunta presupone la existencia de “algo” o “alguien” —Chinto alzó las dos manos y dibujó las comillas en el aire con los dedos índice y corazón—, un “creador”, un “autor”. La cosa es, ¿por qué debemos asumir, de entrada, esa concepción?
—¿Qué asumimos entonces?
—El infinito, con todo lo que implica, cambio, evolución, involución, movimiento, transformación…
—Me parece que lo que planteas es pura semántica.
—¿Por qué?
—Porque ese “autor”, “creador” —Carmen Elena también dibujó las comillas en el aire—, es infinito. Por lo tanto, lo que tú llamas “infinito”, yo lo llamo Dios.
—No, nada de eso, ya que para ti hubo un comienzo, un origen y, en consecuencia, un “creador” que le dio principio a todo.
—Bueno, de cualquier forma —Carmen Elena desvió un poco el curso de la conversación. Ante las palabras de Chinto, no tenía más alegatos y no deseaba caer en un círculo vicioso e inútil—, me gustaría saber ¿por qué rechazas la religión católica?, solo por curiosidad.
El sol, círculo candente, estaba cerca de contactar la línea del horizonte.
—Son muchos motivos, pero en este momento quizás te sirva una comparación entre lo que dice el evangelio y lo que considero que debió pasar.
—¿Qué me vas a decir?, ¿que el evangelio miente?, ¿que está equivocado?
—No. Eso no tiene importancia, al menos para mí. Considero intrascendente si lo que narra el evangelio es cierto o es falso. Discutir acerca de su veracidad es una pérdida de tiempo. Dejemos eso a los historiadores.
—Ahora tengo más curiosidad.
—En este instante se me ocurre el afamado milagro de la multiplicación de los panes en el que también multiplicó los peces. Dice el evangelio que Jesús se enteró del asesinato de Juan el Bautista y afectado por ello se montó en una barca y cruzó al otro lado del lago de Tiberíades o lago de Galilea.
—¿Cómo puedes recordar esos nombres?
—Porque los he leído.
—Sí, pero no todo el mundo memoriza los nombres que lee.
—Es algo que me pasa de manera involuntaria, no supone un esfuerzo, sencillamente me acuerdo y punto.
—Bien —Carmen Elena lo admiraba—, sigue.
—Estando al otro lado del lago, se ubicó en un monte, cerca de Betsaida. Deseaba estar a solas, pero dados sus prodigios, sanando enfermos y predicando su mensaje, la multitud lo siguió. Observó un alto en el monte y subió junto a sus discípulos. Desde arriba contempló a la muchedumbre y, según el evangelio de Juan, le dijo a Felipe: «¿Dónde compraremos panes para que coman todos?», y aclara el evangelista que la pregunta no era más que una prueba, ya que Jesús sabía lo que iba a hacer.
El horizonte comenzaba a tragarse el sol.
—¿Qué le dijo Felipe?
—¿No lo sabes?
—No lo recuerdo.
—Pues una católica como Dios manda no debería olvidar esas cosas.
—Tonto.
—Felipe respondió que el sueldo de todo un año no bastaría para que cada uno de ellos comiera un poco. ¿Sabes qué?, el bueno de Felipe tenía toda la razón, se daba cuenta de que la economía era algo muy serio para la humanidad. ¿No te parece?
—Evidentemente, pero no veo cuál es tu discrepancia.
—Porque no te la he dicho. Hasta aquí, solo he recordado lo que dice el evangelio de Juan sobre la multiplicación de los panes.
—Y según tú, ¿qué debería decir?
—Ya te dije que no me importa lo que diga, sino lo que debió pasar.
—¿Y qué debió pasar?
—Creo que Jesús pudo tener al menos una mujer entre los suyos.
—¡Chinto!
—Si a los hombres los denominamos apóstoles —ignorando la advertencia de Carmen Elena—, la mujer sería una apóstala.
La ocurrencia causa una leve hilaridad.
—En la historia de la multiplicación de los panes, ¿qué haría la apóstala?
—Cuando Felipe expresó su preocupación económica, ella esperaría, con la prudencia del caso, no olvides con quién estaban, hasta saber cómo Jesús iba a solucionar el problema. Callada, casi desapercibida, oiría a Andrés, el hermano de Simón Pedro, diciendo: «Aquí hay un muchacho con cinco panes y dos peces. Pero ¿qué es eso para tantos?», tal y como cuenta el evangelio. Ahora bien, ella escucharía a Jesús ordenándoles: «Decidles que se sienten en grupos de cien y de cincuenta». Justo antes de que los bendijera, diera gracias al cielo y procediera con la multiplicación milagrosa, la apóstala interrumpiría la ceremonia: «¡Un momento! Un momento, por favor». «¿Qué pasa?» preguntaría Jesús, en medio del desconcierto latente en los demás apóstoles. «Maestro, le respondería de inmediato, «usted no puede hacernos eso». «¿Por qué no?», replicaría Jesús, un tanto incordiado, «la muchedumbre tiene hambre y siento compasión, así que los saciaré a todos en el nombre del Padre».
—Amor —Carmen Elena siempre se divertía mucho con las ocurrencias de Chinto, y esta no era la excepción—, de verdad que estás loquísimo.
La luz desfallecía. El sol, un semicírculo cayendo detrás del horizonte, no frenaba el descenso.
—Insistiría la apóstala como buena mujer, «permítame hablar primero». Jesús viendo su semblante con misericordia y, pese a la impaciencia del resto, le daría el derecho de palabra. Ella, sin rasgos de temor: «Siendo nosotros humanos, carentes de superpoderes como usted, y no se ofenda querido maestro, solo trato de evitar una fuga de la realidad, lo cual es imposible para los mortales comunes, lo apropiado sería comprar las semillas de trigo. Felipe puede decirnos cuántos denarios hacen falta. Seguro que en el lecho de ellos tres, pero sin revelar sus nombres, hay más que suficiente». «¿Cómo sabes que ellos tienen dinero escondido en sus lechos?», preguntaría Jesús con suspicacia. «Con todo respeto, eso se lo contesto en privado, lo crucial es sembrar las semillas y, para hacerlo, necesitamos tierras fértiles disponibles. De manera que hemos de llegar a un acuerdo con el terrateniente para asociarnos con él en la labranza. Podríamos rezar como usted nos enseñó mientras llega el tiempo de la cosecha, ya sabe, para espantar la plaga, para que no llueva más de la cuenta y para que tampoco haya sequía. La recogida exigirá de nosotros un esfuerzo infatigable. Del trigo obtendremos la harina, después la masa y, por último, los panes que sacien el hambre de la multitud. Como puede ver, querido maestro, hay mucho trabajo por delante». «¿Y qué sugieres?», preguntaría Simón Pedro, «que después de tanto esfuerzo, ¿regalemos el fruto de nuestro trabajo? Yo cobraría cada barra de pan, algún beneficio nos ha de quedar, sería injusto asumir la pérdida».
—¿Qué haría Jesús? —pregunta Carmen Elena entre risas—, ¿cómo zanjaría el tema?
Muriendo la tarde, quedaban los últimos rayos de sol. Un crepúsculo memorable.
—Primero le haría notar a la apóstala la urgencia del hambre, el grado de desesperación en los rostros de los cinco mil hombres que lo han seguido hasta ahí, cerca de Betsaida. Multiplicaría los panes y los peces, como en efecto narra el evangelio. Ordenaría recoger los sobrantes para que no se perdiera nada, tal y como escribieron los apóstoles, llenando doce canastos. Concluida la comilona, la apóstala se le acercaría a Jesús para decirle: «Maestro, no quiero ser grosera, pero usted le acaba de hacer un daño incalculable a los seres humanos. ¿No se da cuenta de lo que hizo?» «Claro que sí», respondería sereno Jesús, «fíjate, ya están diciendo que yo soy el profeta que tenía que venir al mundo». «Por eso mismo, maestro», replicaría la apóstala, «de ahora en adelante, en lugar de saciar el hambre por medio del trabajo y el esfuerzo, vivirán añorando que otro les haga el milagro».
—¡Qué loco estás! —Carmen Elena, atraída por la ocurrencia, tan blasfema como graciosa, no paraba de reírse.
Muerta la luz, la penumbra nació.
Chinto trató de encender una bombilla, pero ella no quiso.
—No lo hagas, quiero estar así un rato contigo.
—Isabel y Luisa Elena pueden llegar en cualquier momento.
—¿Y qué? —Pausa—. Dime una cosa, amor, ¿por qué en tu cuento es una apóstala la que trata de impedir el milagro?
—Porque ustedes las mujeres, por regla general, tienen mejor plantados los pies en la tierra, saben cómo funcionan las cosas y creo que son las que mantienen en movimiento el mercado92.
Esa noche hicieron el amor e, igual que el crepúsculo, fue un acto memorable.
(-4) Lo que no dijo: A y B.
Además de la blasfemia, los hechos de los que estaba al tanto, gracias a las relaciones surgidas para asesorar financieramente a Ian Koffler y que Chinto no le comunicó a Carmen Elena se relacionaban con dos transacciones de último momento para evitar una pérdida.
A—. Durante la primera quincena de febrero de 1974, Koffler lo llamó con urgencia. Según las instrucciones recibidas, debía viajar a Nueva York para reunirse con Antonio Masimento, milanés y alto ejecutivo del Banco Nacional Franklin, de Long Island, cuya mayor participación accionaria la poseía Michele Sindona, a quien hacía menos de un mes, en enero del 74, el embajador de Estados Unidos en Italia, John Volpe, acababa de nombrar como “hombre del año”. En aquel tiempo Chinto trabajaba en el CITIBANK, en Caracas, como Assistant Manager —cargo en español: Oficial de Crédito— en el departamento World Corporate, International Clients —mundo corporativo, clientes internacionales— y resultó fácil justificar el viaje. Entre 1963 y 1965, Gary Falk e Ian Koffler constituyeron tres compañías denominadas GAFIAK ONE, GAFIAK TWO y GAFIAK THREE, todas en el Estado de Delaware, con el objeto de aprovechar los beneficios fiscales de ley. Sabían de la amistad entre Sindona y Giovanni Battista Montini, antiguo Cardenal de Milán, ascendido a Papa en junio de 1963, con el nombre de Pablo VI. El seguimiento obedecía al lavado de dinero proveniente del tráfico de heroína que realizaba la familia Gambino. Sindona era el sujeto perfecto para la mafia dada su destreza para evitar el pago de impuestos y su habilidad para centrifugar las ganancias por medio de transferencias que llegaban a Suiza. La estrecha relación entre el crimen organizado y Michele Sindona se produjo en 1957 y la participación accionaria en el Banco Nacional Franklin la adquirió en 1972. Tras leer el último reporte, temiendo la caída en desgracia del banquero mafioso, Gary Falk ordenó la retirada de los fondos que las tres compañías de la GAFIAK CORPORATION tuvieran depositados en el Banco Nacional Franklin. A Chinto le tocaba firmar, en su carácter de CEO —presidente ejecutivo— de las GAFIAK y, acto seguido, Antonio Masimento procedería con el retiro total y el correspondiente cierre de cuentas. Sumadas las tres, la cifra alcanzaba dos millones trescientos treinta y tres mil dólares ($ 2,333,000.00) que no podían abandonar el Banco Nacional Franklin en menos de seis transacciones, ni en más de diez, en un plazo perentorio de veinte días hábiles. Ian Koffler lo recibió en el Worldport (Pan Am) del aeropuerto internacional John F. Kennedy. Ambos se hospedaron en el hotel favorito de Edgar Hoover —director del FBI desde su fundación en 1935, hasta 1972, año en que murió—, cuando visitaba la ciudad, el Waldorf Astoria, en la Avenida Park de Manhattan. Masimento se retrasó un día, lo que puso nervioso a Koffler y Chinto estaba seguro de que las consecuencias no tardarían en llegar. La demora les dio tiempo de sobra. Cenaron en el Bull & Bear Steakhouse. A Chinto le impresionó las dos estatuas de bronce detrás de la barra, una de un toro y la otra de un oso. Ian celebró que Chinto no se negara a beber vino tinto y este le recordó que estaba cumpliendo su palabra ya que comerían carne roja. Conversaron de la actualidad venezolana. Carlos Andrés Pérez había ganado las elecciones presidenciales del 9 de diciembre de 1973 y se esperaba que tomara posesión del cargo el próximo 12 de marzo de 197493. Koffler comentó acerca de las dos nacionalizaciones que proyectaba ejecutar el nuevo presidente de Venezuela.
—Quiere nacionalizar la banca94 —dijo.
—Si lo hace, ¿qué va a pasar con el CITIBANK?
—No tengo idea de cómo van a resolver el asunto —Bastante preocupado, le hizo una pregunta, la cual, sin confusión alguna, en realidad era una orden—: ¿Serías capaz de independizarte y montar tu propia oficina?
—¿Cuándo quieres que renuncie?
—¡Así me gusta! —Complacido, le dio un par de palmadas en el hombro—. Tranquilo, ya te avisaré con tiempo.
—¿Cuál es la otra nacionalización?
—La del petróleo, aunque ese no es el término adecuado, ya que lo que piensa hacer es una estatización de la industria petrolera.
—Claro, tienes razón, el petróleo siempre ha sido venezolano.
—Exacto.
—¿Cuál es el problema con Sindona? —preguntó Chinto.
—Me parece que ya sabes que pertenece a la logia masónica italiana Propaganda Due95 y que, además utilizó al grupo conocido como Fasco para adquirir varios bancos en Italia, hasta que en 1969 llegó a asociarse con el IOR, el Instituto para las Obras de Religión.
—Sí.
—Bien, por lo visto Gary recibió un informe en el que vaticinan la caída en desgracia de Sindona. No podrá evitar la quiebra, dado el alto nivel de especulación en divisas y la pésima gerencia en los créditos.
—Pero ¿lo van a meter preso?
—Primero caerán los mercados de valores, luego vendrá la pérdida del banco y después, ¿quién sabe?, hasta puede terminar en la cárcel.
Al día siguiente, conteniendo la rabia al escuchar una excusa ridícula —tanto que Chinto la olvidó de inmediato—, Koffler prefirió no hablar más del retraso. Le dijo a Masimento, a pesar de las sospechas que podía levantar e ignorando las disposiciones giradas por Gary Falk, que ejecutara tres transferencias, cada una por la totalidad del saldo disponible, desde el Banco Nacional Franklin hasta el CITIBANK y de ahí, Chinto se encargaría de enviar los fondos a Suiza. Era necesario que volaran a Miami —el gerente de la Agencia en Coral Gables, Andy Rush, intercambiaba favores burocráticos con Koffler— para abrir una sola cuenta a nombre de una compañía constituida también en Delaware, en 1969, casi inactiva —y que a partir de aquel momento la utilizó para ese tipo de reversas financieras—, cuya denominación, al contrario de GAFIAK, era KAIFAG TRUST. Lo hicieron. En Coral Gables, Chinto visitó a sus padres, quienes aprovecharon la ocasión para enviarles a sus nietas, Isabel y Luisa Elena, un par de pendientes con una nota cariñosa dirigida a cada una por separado. Regresó a Caracas antes de lo previsto. A modo de señuelo, presentó a su jefe el plan acordado con Koffler, según el cual, gracias al viaje, acababa de captar como nuevo cliente a un fondo de pasivos laborales, con sede en Nueva York, administrado por un sindicato del ramo textil, que proyectaba asociarse con una contratista petrolera en Venezuela para mejorar el rendimiento financiero, sin incurrir en mayores riesgos. Los números de contacto comunicaban con tres oficiales de la Agencia —miembros ficticios de la junta directiva sindical—, subalternos directos de Ian Koffler. El monto estimado para el primer depósito justificaba una negociación prolongada en el tiempo, revuelta con los detalles de las cláusulas, tanto del Shareholders Agreement —asamblea de accionistas—, como del Board of Directors —junta directiva—, por culpa de las exigencias inadmisibles, elevadas por el trío de falsos obreros sindicalistas, hasta que Chinto presentara la renuncia irrevocable. La diversión extraída del engaño, además de una jocosa anécdota, también se convirtió en la válvula de escape temporal para las presiones habituales en las oficinas de Langley, Virginia. Siete días después de su regreso a Caracas, uno de los oficiales de la Agencia, el que actuaba como secretario de finanzas en la junta del sindicato imaginario, le dijo que a Antonio Masimento lo encontraron muerto por sobredosis de heroína en la habitación de un prostíbulo barato, cerca de Miami Beach, justo el día en que Gary Falk comprobó que el dinero de las tres GAFIAK ya no estaba en el Banco Nacional Franklin. «¡Qué casualidad!», dijo. «Las consecuencias del retraso», pensó Chinto, pero guardó silencio.
Un año después de que encontraran el cuerpo de Kiki Camarena96, en el estado de Michoacán, México, es decir, en marzo de 1986, el banquero mafioso Sindona murió en su celda, en la prisión de Voghera, provincia de Pavía, Lombardía, Italia. Lo envenenaron con cianuro en el café. Cumplía cadena perpetua por el asesinato de Giorgio Ambrosoli, el abogado que se encargó de liquidar sus bancos. Chinto tenía once años y menos de tres meses al frente de C&Z CALZA cuando se enteró de la noticia. Pensó, cada día más asqueado: las apariencias que guarda el Vaticano mientras mantiene relaciones con esa gente97, son aberrantes.
B—. El oficial que actuó como secretario de finanzas del sindicato imaginario —cuyo nombre permanece en reserva por motivos evidentes de seguridad—, alias Spark, contaba con dos atributos dados por el destino. Hijo de italianos oriundos de Pistoia, Toscana, sus orígenes llamaron la atención de Licio Gelli, quien vino al mundo también en Pistoia, Toscana. La tierra natal de Spark era la misma que la del arzobispo Paul Marcinkus, quien nació en Cícero, condado de Cook, Illinois. A pesar de ser uno de sus subalternos, era casi tres años mayor que Koffler, lo que supuso agregar en su contrato individual, además de las cláusulas de confidencialidad, un tiempo total de servicio inferior al estipulado para el resto de los oficiales. La Agencia lo reclutó, gracias a la recomendación de Gelli, tras activarlo en la operación clandestina Gladio98, dirigida al mismo tiempo tanto por la OTAN, como por la CIA y después de evaluar sus talentos en contabilidad durante la planificación del Golpe Borghese —golpe de Estado en Italia—, proyectado para diciembre de 1970 y abortado a última hora. Voló desde Roma hasta Washington D.C. y de ahí lo trasladaron a Langley, Virginia, para que recibiera el entrenamiento formal de rigor. Por sus férreas convicciones anticomunistas lo integraron en el equipo de Koffler, a finales de 1971, cuando ya el arzobispo Marcinkus era el presidente del Instituto para las Obras de Religión (IOR), mejor conocido como Banco Vaticano y Roberto Calvi era director general del Banco Ambrosiano. El tablero estaba servido.
Gary Falk presionó a Ian Koffler para que Spark, valiéndose de las buenas relaciones que tenía con Gelli, entrara en contacto con Calvi. No sucedió. En su lugar se presentó Piero Di Falco, hombre de absoluta confianza de Calvi y ajeno a la nómina del Banco Ambrosiano. Siguiendo las sugerencias de Di Falco, Gary Falk e Ian Koffler permitieron que el arzobispo Marcinkus —por los conocimientos que tenía en 1972 como director del banco Ambrosiano en ultramar— asesorara a Spark para constituir una compañía en Nassau, Bahamas, denominada GIAN INVESTMENT.
Para 1975, año en el que Chinto fundó con Marco Antonio Zapi la firma C&Z CALZA, dedicada al análisis, auditoría y evaluación económica de empresas, a Roberto Calvi lo ascendieron a presidente del Banco Ambrosiano. Pronto creó el Banco Ambrosiano Andino, radicado en Lima, Perú. A través de GIAN INVESTMENT —el CEO o presidente ejecutivo era Spark—, Gary Falk e Ian Koffler obtenían créditos sin garantías, sumándose al entramado dispuesto para el financiamiento de Anastasio Somoza en Nicaragua. En el trayecto del dinero se llevaban una mordida, por concepto de comisión especial de transacción. Chinto tomaba el mordisco mediante dos o tres transferencias por cada préstamo aprobado, nunca menos. Los fondos, deducida la cantidad destinada a Somoza, los recibía primero Spark, en su carácter de CEO de GIAN INVESTMENT y ordenaba las dos o tres transferencias, en un lapso perentorio de nueve días, indicando como destinatario a una cualquiera de las tres compañías de la GAFIAK CORPORATION. De modo que la ruta financiera partía del Banco Ambrosiano Andino, hacía escala menor a las cuarenta y ocho horas en un banco Off Shore en Nassau, Bahamas, muy controlado por la CIA, luego una segunda escala en el CITIBANK, donde en realidad el dinero pernoctaba durante varios meses ya que despegaban tres transferencias al año con las cuales Chinto lo enviaba a Suiza.
La rumba millonaria bailó sin descanso, lejos de los controles esperados. El cobro por la asesoría financiera lo facturaba la firma C&Z CALZA y su socio Marco Antonio Zapi dejó de competir con Chinto ya que era evidente que jamás podría superar el tamaño de aquellos dividendos.
En 1978 Spark previno a Koffler y este a Gary Falk. El Banco de Italia acababa de emitir un informe según el cual el Banco Ambrosiano se dirigía a un colapso. Falk tranquilizó a Koffler, le dijo que era cierto, pero que todavía quedaba tiempo para seguir engordando a punta de comisiones especiales. Las primeras alarmas sonaron en 1981. Una pesquisa policial encontró en la casa del Gran Maestre Licio Gelli una lista con más de novecientos nombres, miembros de la logia masónica italiana Propaganda Due99. Entre ellos estaban Michele Sindona y Roberto Calvi. Tras un allanamiento en las oficinas de Calvi, lo condenaron a cuatro meses de arresto domiciliario. Gary Falk se enteró de inmediato y ordenó la retirada de los fondos depositados para ese momento a nombre de GIAN INVESTMENT en el banco Off Shore en Nassau, Bahamas y a nombre de las tres compañías de la GAFIAK CORPORATION, en el CITIBANK. Tanto Spark como Chinto debían transferir la totalidad hacia la cuenta abierta en Coral Gables, Miami, a nombre de la KAIFAG TRUST, compañía utilizada para ese tipo de reversas financieras, cuyo CEO era Chinto. Sumadas las cuatro, sin contar el saldo que tenían en Suiza, la cifra alcanzaba cinco millones ciento nueve mil dólares ($ 5,109,000.00) que debía recibir la KAIFAG TRUST (as soon as possible, ASAP) tan pronto como sea posible, para que Chinto procediera a enviar, en una única transferencia, la totalidad de los fondos a Suiza. Lo hizo.
La gestión del arzobispo Marcinkus como presidente del Instituto para las Obras de Religión (IOR), mejor conocido como Banco Vaticano, se vio empañada en 1982 debido al escándalo que sobrevino al colapso del Banco Ambrosiano. Poco menos de mil trescientos millones de dólares ($1,300,000,000.00) se esfumaron en préstamos a empresas fantasmas en América Latina. El arzobispo Marcinkus otorgó cartas de crédito para muchos de esos préstamos. En junio de 1982, con pasaporte falso, Roberto Calvi huyó de Italia. Se había afeitado el bigote. El 17 de junio de 1982 lo hallaron ahorcado, colgando del puente Blackfriars de Londres, con miles de dólares y ladrillos en los bolsillos. Gracias a la inmunidad diplomática del Vaticano, el arzobispo Marcinkus se libró de las investigaciones del caso. Años después regresó a Estados Unidos a la diócesis de Phoenix, Arizona. Cuando Chinto escuchó el resumen que hizo Spark sobre el desenlace del escándalo del Banco Ambrosiano, pensó, más asqueado todavía: las apariencias que guarda el Vaticano mientras mantiene relaciones con esa gente100, son aberrantes.
(4) Almuerzo.
Chinto escucha que la reja del garaje se abre. Regresaron. Está en su estudio, todavía con los cabellos húmedos y sin leer la prensa. Como es domingo, los ejemplares, tanto de El Nacional como de El Universal, son más voluminosos que los del resto de la semana, además, la cantidad de propaganda le parece que tiende a confundir en lugar de atraer. El exceso de publicidad impresa —cree—, ofrecida al mismo tiempo, le resulta invasiva y, por ende, ofensiva también, lo cual —piensa— anula la inspiración original de la estrategia de mercadeo. Luisa Elena, vestida con una blusa blanca de mangas cortas, un Levi’s y mocasines vino tinto, entra y lo saluda sin olvidar el beso de siempre:
—Y por fin, papá, ¿lograste descansar?
—Sí —miente para evitarle preocupaciones inútiles—, tenía tiempo sin dormir hasta tan tarde.
—¡Qué bueno! Me alegra.
Cuando sale del estudio, se cruza con Carmen Elena. Lleva un vestido floreado a la altura de las rodillas, con un cinturón beige que acentúa sus caderas y zapatos de tacón bajo.
—Hola —dice distante.
—¿Cómo les fue?
—¿En misa?
—¿No estaban en misa?
—Claro que sí, lo que pasa es que me sorprende tu interés —así eleva una pequeña queja y no contesta.
—¿Qué pasa? ¿Vas a comenzar otra vez con lo mismo? Creí que ya respetabas mi decisión de no volver a la iglesia.
—La respeto y lo sabes, pero hoy se me ocurrió que tu rebeldía religiosa puede estar atrayendo ciertas desgracias.
Chinto prefiere no contestar, se limita a decirle con la mirada que su ocurrencia es una perfecta necedad. Ella aprovecha para comentarle:
—Por cierto, Luisa Elena me dijo que te encontró dormido aquí.
—Sí, ¿sabes por qué?
—Si lo supiera, no preguntaría nada, ¿no crees?
—Anoche dijiste que no te tomarías el Ativan.
—Y no lo hice.
—¿Y cómo es que no sabes nada entonces?
—Chinto, deja el ataque y dime de una vez qué es lo que pasa, ¿quieres?
—Isabel llamó casi a las cuatro de la madrugada y tú ni te diste cuenta, por eso me cuesta creer que no te tomaste el Ativan —así le devuelve la queja por su rebeldía religiosa—, dijo que volverá mañana o pasado mañana. Me pareció que estaba borracha.
—¿Qué?
—Así como lo oyes. Traté de despertarte, pero fue imposible.
—Lo siento.
Silencio.
Carmen Elena sale del estudio y sube a su habitación.
Media hora más tarde suena el timbre de la casa. Luisa Elena corre para abrir la puerta. Chinto le advierte que, si han venido a buscarla, sus amigos deben pasar primero a saludar. Quiere inspeccionarlos bien. Está decidido a retomar el control. Dadas las circunstancias, considera imprescindible fijarse en todos los movimientos del hogar.
Ella obedece a regañadientes.
Chinto observa que los tres —y con Luisa Elena, cuatro— se visten muy parecido. Eso le agrada, pero no lo comenta. Las dos chicas, con blusas de mangas cortas, exhiben combinaciones de colores pasteles difuminados sobre un fondo naranja la primera y verde lima la segunda. Ambas son más bajas que Luisa Elena. Una es morena y con el pelo sujeto en una cola de caballo. La otra es blanca y con el cabello castaño. El chico es de la misma estatura de Chinto, delgado, rubio y despeinado. Lleva una polo de rayas horizontales negras y blancas. Todos usan Levi’s y calzan mocasines vino tinto.
—Buenas tardes —dice el muchacho—, ¿cómo está? Mucho gusto, Mauricio Álvarez.
—Hola, Carolina González —dice la morena.
—A ti ya te conozco —dice Chinto dirigiéndose a Laura Suárez—, ¿cómo estás?
Percibe que los tres drenan el nerviosismo con inquietud corporal y se les escapan risitas sin causa. Concluida la inspección ocular, Chinto los despacha.
—¿A qué hora vuelves? —Aunque se dirige a su hija, quiere que todos oigan la pregunta.
—Temprano, no más de las diez.
En el cielo hay pocas nubes. El calor y la falta de brisa le restan belleza a la tarde y le suman incomodidad. Desde la puerta de la casa Chinto observa que Luisa Elena y Laura eligen el asiento trasero. El chico tiene un Corolla —Serie 80—, plateado. Cuando se pierden de vista, da media vuelta, cierra y sube a su habitación. Halla a Carmen Elena acostada boca arriba y con el vestido puesto.
—¿Por qué no bajaste?
—¿Para qué?
—Para que conocieras a los amigos de Luisa Elena.
—Ya los conozco.
—¿Estás segura?
Ella lo mira con desprecio.
—No empecemos, ¿quieres?
—¿Tienes hambre? Yo me muero de hambre.
—Un poco.
Suena el teléfono y Chinto rechaza la invitación a comer que le hace Marco Antonio, su socio. Miente, no quiere sonar antipático. Le dice que ya tiene un compromiso. Tras un par de monosílabos, cuelga.
—Menos mal que le dijiste que no. La verdad es que me encanta compartir con Teresa —Carmen Elena se refiere a la esposa de Marco Antonio—, pero hoy no es un buen día.
—Sí.
—Antes de ir a misa, llamé a El Barquero para reservar una mesa. Quería comer a solas contigo.
—¿Y?
—Después de lo que me dijiste de Isabel se me quitaron las ganas.
Al oírla, Chinto recapacita, baja la guardia, se acerca y se sienta al borde de la cama.
—Amor —Chinto no le decía así desde hace tanto tiempo que a ella se le iluminó el semblante—, no podemos hacer nada, quedarnos aquí no va a resolver el problema. Me encanta la idea de ir solos a comer.
Chinto hace lo que puede para distraer a Carmen Elena. A veces lo logra. Los tres segundos, que son eternos, cuando ella sonríe con cualquiera de sus ocurrencias, obsequian vida a sus ojos, par de faros de mujer hermosa, ahora débiles lumbres por los miedos de madre que se resisten al apagón total.
Antes de comprobar la cuenta, en medio del bullicio del restaurante, Chinto toma su mano y declara:
—Te amo.
Durante el trayecto a la casa, Chinto la mira de reojo. El arroz a la marinera de El Barquero —se dice— también sirve para paliar las mortificaciones.
(5) Noche.
La noche está fresca y los grillos arrullan con su concierto hipnótico.
Luisa Elena vuelve antes de las nueve. Entra y saluda desde el umbral del estudio. Sube con prisa, le urge llegar al baño. Al salir, busca a Carmen Elena. Chinto se presenta y ve que entre ellas hay un cruce de miradas.
—No importa —dice Carmen Elena—, di lo que tengas que decir.
—¿Qué pasa ahora?
—Que conste que fuiste tú —dirigiéndose a Carmen Elena— quien me obligó a decirlo enfrente de papá.
—Déjate de tonterías y dilo de una vez.
—Fuimos a la casa de María Alejandra, ¿sabes?, la amiga de Carolina, porque es su cumpleaños. Ahí estaba Pedro Luis, el hermano menor de uno de los que se fueron con Isabel y me dijo que estuvo con ellos hasta que decidieron irse para Aruba.
Chinto se sienta en el sillón que está junto a la ventana. Carmen Elena se levanta, abre la gaveta donde guarda los pasaportes de la familia y descubre que el de Isabel no está.
—¿Cuál es el número del muchacho?, voy a llamar a sus padres. ¿Cómo es que se llama, Pedro Luis?
—Mamá, los papás de Pedro Luis están de viaje.
—Además —dice Chinto con rabia—, estamos hablando de jóvenes que ya son mayores de edad.
IV
LUNES, 3 DE DICIEMBRE DE 1990
A cuatro días de la “visita relámpago” del presidente George H.W. Bush101
(1) En la oficina.
Cuando Chinto entra en las oficinas de C&Z CALZA lo golpea una ola de aire caliente. Camina hasta su despacho. Son las ocho en punto de la mañana y la única que ha llegado es Maribel, su secretaria.
—Buenos días.
—Buenos días. Ya hablé con el técnico. El aire acondicionado no arrancó esta mañana.
—¿Le dijiste que es urgente?
—Claro, debe estar por llegar.
—¿Por qué las persianas están abiertas?
—Disculpe —Maribel se apresura para colocarlas tal y como a él le agradan.
—Déjalo, yo lo hago.
Ella se retira, va en busca del primer café del día.
Conoció a Maribel en el CITIBANK, ahí descubrió que era una secretaria ejecutiva de alto calibre. Bilingüe, cinco años mayor que Chinto, aceptó trabajar para él porque las condiciones que le propuso superaban cualquier expectativa que ella pudiera imaginar. A lo sumo mide un metro cincuenta y cinco, es delgadita, con el cabello por debajo de las orejas. Tiene una mirada penetrante, su figura evoca a la inolvidable maestra de escuela. Muy disciplinada, la prudencia es la virtud que más la caracteriza. Nunca usa falda. Suele vestirse con conjuntos de pantalón y chaqueta sobre una camisa manga larga, a pesar de que en C&Z CALZA no se le exige que lleve uniforme. Sus zapatos son de tacón medio. La ropa le luce como si le quedara grande, ni siquiera se le marcan en las nalgas la típica V que hace los bordes de la ropa interior femenina.
Sentado detrás de su escritorio, repasa su agenda. No tiene idea de la hora en la que aparecerá Koffler. Tantas irregularidades en los procedimientos confirman su mayor temor. Es evidente que se trata de un encuentro informal —piensa—, una bonita despedida, además, Ian ya está cerca del retiro natural por los años de servicio. Será difícil, casi imposible convencerlo para que acepte la redimensión que tiene Chinto dando vueltas en su cabeza, tanto en inglés como en español, las palabras Forecast y Pronóstico giran sin detenerse. El preludio de la reunión fatal con Koffler nunca pudo ser peor. Isabel traicionó su confianza, la hija mayor y ejemplar ha quebrantado todos los límites. Le cuesta imaginar una conversación moderada con ella. En su lugar, saltan proyecciones de la futura discusión, tan acalorada como lamentable. Será difícil convivir con ella de ahora en adelante. No desea echarla a la calle, ni siquiera sabe si con esa decisión, un escarmiento rudo, las cosas podrían volver a su cauce. La sensatez se ha extraviado en las tierras del desquicie, por todas partes no hace sino comprobar la ausencia de cordura. Mal signo —se dice—, sin duda es un pésimo augurio que el resto del mundo se haya ido. No es lo habitual, ni siquiera es un rasgo de su personalidad, pero en ese instante Chinto siente lástima de sí mismo, cree que está rezagado en la pista, casi sordo por las atronadoras turbinas, contemplando un vuelo que despega con la humanidad abordo.
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