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Vaso de barro

Apariencia frágil, contenido valioso

Neila D. Oliveira


Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires, Rep. Argentina.

Índice de contenido

Tapa

Prefacio

Presentación

1 - El primer campamento

2 - Noticia triste

3 - Refugio de los olmos

4 - Funeral en el campamento

5 - Consejo valioso

6 - Carta de Battle Creek

7 - Sueño arruinado

8 - El telegrama

9 - Excluidos...

10 - El día que no debía terminar

11 - El tejido rojo y otras novedades

12 - Una luz en el camino

13 - La silla vacía

14 - Una cuestión de salud

15 - El amor está en el aire

16 - Purificados por el fuego

17 - Vaso de barro

18 - Misión cumplida

Apéndice 1 - Conociendo el vaso por dentro y por fuera

Apéndice 2 - Contexto y escenario

Apéndice 3 - Libros de Elena G. de White

Álbum de fotos

Fechas importantes

Bibliografía

Vaso de barro

Apariencia frágil, contenido valioso

Neila D. Oliveira

Título del original: Vaso de Barro. Aparência Frágil. Conteúdo Valioso, Casa Publicadora Brasileira, Rodovia SP 127, Km 106, Tatuí, Brasil, 2014.

Dirección: Martha Bibiana Claverie

Traducción: Milton Bentancor

Diagramación y tapa: CPB

Ilustraciones: CPB

Libro de edición argentina

IMPRESO EN LA ARGENTINA - Printed in Argentina

Primera edición, e - Book

MMXXI

Es propiedad. © Casa Publicadora Brasileira (2014). © Asociación Casa Editora Sudamericana (2021).

Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723.

ISBN 978-987-798-355-5


Oliveira Tostes, Neila D.Vaso de barro : apariencia frágil, contenido valioso / Neila D. Oliveira Tostes ; Dirigido por Martha Bibiana Claverie. – 1ª ed. - Florida : Asociación Casa Editora Sudamericana, 2021.Libro digital, EPUBArchivo Digital: onlineTraducción de: Milton Bentancor.ISBN 978-987-798-355-51. Iglesia Adventista. 2. Cristianismo. I. Claverie, Martha Bibiana, dir. II. Bentancor, Milton, trad. III. Título.CDD 230

Publicado el 26 de enero de 2021 por la Asociación Casa Editora Sudamericana (Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires).

Tel. (54-11) 5544-4848 (opción 1) / Fax (54) 0800-122-ACES (2237)

E-mail: ventasweb@aces.com.ar

Website: editorialaces.com

Prohibida la reproducción total o parcial de esta publicación (texto, imágenes y diseño), su manipulación informática y transmisión ya sea electrónica, mecánica, por fotocopia u otros medios, sin permiso previo del editor.

Prefacio

En 2013, los editores de la revista Time publicaron un ar­tícu­lo especial titulado “Las cien personas más influyentes que nunca existieron”. Entre los personajes ficticios incluidos, figuran nombres bien conocidos, tales como Peter Pan, Pollyanna, Indiana Jones, Súperman, Barbie y hasta Harry Potter. Muchos lectores quedaron tan envueltos con las historias originales de los personajes que, simplemente, no consiguieron detenerse antes de terminar de leerlas. Después de todo, ¿a quién no le gusta una historia interesante con un final feliz?

Vaso de barro también contiene dos protagonistas ficticios: los jóvenes amigos estadounidenses Anna Beatrice y Gary, que están buscando ansiosamente conocer más sobre una persona muy influyente, llamada Elena Gould Harmond de White; en realidad, la autora más traducida del mundo. Como no les es posible encontrarse con ella personalmente, ellos se involucran en una fascinante investigación sobre su trayectoria y sus escritos; una experiencia que cambiará su vida para siempre.

Mucho más que una simple obra de ficción, este es un libro realmente inspirador y edificante. A lo largo de sus páginas, el lector se sentirá invitado a conocer acontecimientos interesantes y descubrirá el verdadero significado de la existencia humana. Sin duda, las experiencias de Anna Beatrice y Gary serán un óptimo ejemplo para todos aquellos que desean ser una luz en este mundo y brillar para Dios por toda la eternidad.

Así, te invito a ti a que comiences el viaje a través de las páginas de este cautivante libro.

Alberto R. Timm,

Ellen G. White Estate

Presentación

Cuando tenía 17 años, comencé a trabajar en la Casa Publicadora Brasilera como auxiliar de revisión. Mi actividad comprendía la lectura comparativa de los textos. Fue así que tuve contacto, de una forma más real y concreta, con los libros de Elena de White. Puedo garantizar que lo que sentí fue amor a primera vista. Sus textos, simplemente, me conquistaron y pasaron a formar parte de mi vida.

Después de algún tiempo, me casé y me convertì en mamá; también pasé a ejercer la función de editora asociada de libros. Un día, mientras estaba trabajando con un material, sentí la fuerte impresión de que algo debía ser hecho a fin de que los niños y los jóvenes descubrieran la riqueza y la belleza de los textos de Elena de White.

Pensé en un libro de meditaciones para jóvenes, que sirviera como introducción para la lectura de sus libros. A pesar de sentir que no era la persona más capacitada para realizar ese trabajo, Dios me ayudó y, en 2006, fue publicado El rescate: la historia de la salvación humana contada día a día. Después, siguieron tres libros para el público infantil, que cuentan la historia de una familia israelita, desde la salida de Egipto hasta la llegada a la Tierra Prometida. Estos componen la serie “Aventuras del pueblo de Israel”, y tienen como base el libro Patriarcas y profetas.

Sin embargo, al observar que mis hijos crecían y convivían con otros adolescentes, mi preocupación volvió a centrarse sobre lo que ellos pensaban en relación con la señora de White. ¿Qué sabían acerca de la vida de aquella extraordinaria mujer? Muchas veces surgían comentarios, incluso hasta entre adultos, que revelaban una impresión negativa con respecto a ella porque sus textos eran usados, meramente, para corregir o reprimir algún tipo de comportamiento. Desdichadamente, algunos fragmentos hasta eran sacados de sus contextos y transmitían ideas equivocadas.

En 2012, en un concilio de editores de la División Su­da­me­ri­ca­na, llamó mi atención la preocupación de los dirigentes con la futura generación de la iglesia, y un nuevo deseo surgió en mi corazón: escribir un libro para adolescentes, que los ayudase a tener una noción, aunque sea básica, sobre quién fue Elena de White. El objetivo es mostrar lo que ella representó, no solamente para la Iglesia Adventista del Séptimo Día, sino también para todos los cristianos sinceros que creen en el regreso de Jesús y lo aguardan ansiosamente.

Así surgió el personaje de Anna Beatrice. Como toda adolescente, ella es curiosa, inteligente, persistente y no se contenta con informaciones apenas superficiales. Ella quiere ir más allá, para aprender sobre los diversos temas. Después de asistir al funeral de la señora Elena de White, ella regresa a su casa determinada a descubrir quién fue realmente esa mujer que se había transformado en alguien tan especial para tanta gente. Con la ayuda de su amigo Gary, va a realizar un viaje en el tiempo y descubrir cosas que nunca imaginó.

Acompaña a Anna Beatrice y a Gary en esta aventura. Estoy segura de que te vas a entusiasmar y a emocionar, y vas a entender cómo Dios, todavía hoy, usa a personas comunes y las transforma en verdaderos recipientes de su amor y su gracia.

Después de la historia principal, encontrarás tres apéndices. En ellos vas a leer datos respecto de las características personales de Elena de White, y algunos acontecimientos bastante curiosos sobre su vida y su ministerio. Gracias a personas dedicadas y comprometidas con la obra adventista, tenemos muchos materiales disponibles que ayudan a componer el escenario y el contexto en el que vivió esta mensajera del Señor. Fueron esos materiales los que hicieron que este libro fuera posible.

Querido lector, con mucho placer te presento a Elena de White, un vaso de barro modelado por las manos divinas. Frágil en apariencia, pero con un contenido tan valioso que rebalsa y llega hasta nosotros.

Palabras de Elena de White a su hijo Guillermo, después de su última visión, el 3 de marzo de 1915:

No espero vivir mucho más. Mi trabajo está casi terminado. Diles a nuestros jóvenes que quiero que mis palabras los animen en la importancia de la vida que será más atractiva a las inteligencias celestiales, y que su influencia sobre otros debe ser ennoblecedora.

Capítulo 1
El primer campamento

Aquel era mi primer campamento. Me preguntaba cómo conseguían dejar todo preparado para un número tan grande de personas. Un cálculo inicial indicaba que habían sido armadas casi una centena de carpas para acomodar a las familias. Y todavía había enormes carpas para las principales reuniones y para las comidas. ¡Estaba todo perfectamente organizado!

Como vivíamos en Oakland, California, me puse feliz cuando escuché a mi padre decir a mi madre que nosotros tres podríamos asistir a las reuniones de campamento de verano de aquel año, pues serían en Richmond, una ciudad no muy distante de la nuestra. Me despertó mucha curiosidad saber cómo serían aquellas reuniones, y amaba todo lo que había visto y escuchado hasta aquel momento.

Uno de los días, me desperté en el horario de costumbre, cuando mi madre me llamó para que me lavara el rostro, con agua que ya estaba en un recipiente, y para que desayunara, pues dentro de una hora comenzaría la reunión de la mañana. Dormir en una carpa no era muy confortable, por eso no era difícil levantarse temprano.

Espié hacia afuera y me di cuenta de que aquel sería un nuevo día bien caluroso. Pero eso no me incomodó. Elegí un vestido beige nuevo, con detalles en muselina marrón. La trama era liviana y confortable. Mis zapatos eran marrones y combinaban con el lazo del vestido. “¡Mama realmente es una excelente costurera!”, pensé, mientras me abotonaba la parte de adelante, que terminaba en un cuello cuyo bordado era muy delicado. Había sido un regalo de mis padres por mis recién cumplidos quince años.

Era el viernes 16 de julio de 1915. Yo ni imaginaba que mi primer campamento traería sorpresas que influirían para siempre en mi vida; eso fue algo que recién entendería más tarde.

Doblé las sábanas y las coloqué, con las almohadas, arriba de un banquito desmontable. Entonces, enrollé las colchonetas y las apilé en una esquina, para que sobrara un poco más de espacio dentro de la carpa. Comí dos frutas, una rodaja de pan y yogurt.

–¡Vamos, niñas! –así era como mi padre acostumbraba llamarnos a mi madre y a mí–. Apresúrense –dijo con su voz grave–. Ustedes saben que me gusta estar bien adelante, para no perder nada de lo que el predicador dice; especialmente, cuando llega el momento de los testimonios.

Mientras salía de la carpa, hecha de tejido grueso y claro, vi a Gary en su traje gris. Él caminaba con pasos rápidos, un poco adelante de su hermano mayor. El padre y la madre, de la mano con la pequeña Victoria, intentaban acompañar a sus dos hijos. Cuando pasó cerca de mí, Gary disminuyó un poco el ritmo y me ofreció una sonrisa, que destacó sus lindos dientes. Él usaba el cabello de costado, y la impresión que yo tenía de él era que siempre estaba impecable. La camisa blanca parecía que recién hubiese sido almidonada, de tan bien planchada que estaba. Mi padre lo consideraba un buen muchacho; decía que era muy responsable y que siempre estaba interesado en las cosas de Dios. Tenía 17 años y vivía con su familia en Battle Creek.

Nuestras familias se conocían desde hacía unos ocho años. Cuando mi padre necesitó pasar un tiempo en Battle Creek para participar de unas reuniones relacionadas con su trabajo en la Asociación de California, nos hospedamos en la casa de los padres de Gary. Creo que yo tenía unos seis o siete años, y él nueve. Roger, el hermano más grande, tenía quince. Victoria era una beba recién nacida. Desde aquella época, las familias manteníamos contacto por medio de cartas. Ocasionalmente, nos encontrábamos.

–Anna Beatrice –la madre de Gary vino en mi dirección–, ¡qué elegante estás esta mañana! ¡Debo decirte que este vestido te queda muy bien! Apuesto a que fue Norma quien lo hizo...

Me sonrojé un poco frente a los elogios; y además porque miré a Gary y él todavía estaba sonriendo.

–Muchas gracias, señora MacPierson –le dije, aclarándome la garganta–. Usted tiene razón. Agradezco mucho, porque mi madre es una costurera muy buena.

–Y yo también lo agradezco –dijo mi padre, entrando en la conversación–. Norma es una esposa muy cuidadosa; y también muy económica.

El señor MacPierson estuvo de acuerdo:

–En los tiempos que estamos viviendo, esa es una cualidad esencial para una esposa.

Noté que lanzó una mirada discreta a sus dos hijos. Roger estaba comprometido con una señorita que se preparaba para ser enfermera, y su fama no era de las mejores en cuanto al requisito “economía”. Yo no conocía a Mary personalmente, pero había escuchado hablar de ella, especialmente por causa de su colección de vestidos. Ella pertenecía a una familia rica de Riverside y estaba acostumbrada a llevar una vida sin muchas dificultades. Roger trabajaba con su padre, al cuidado de los negocios de la familia. Había aprendido a vivir con simplicidad y modestia, y a sus 23 años ya tenía una renta suficiente como para mantener un hogar. El casamiento sería, posiblemente, dentro de un año o un poco menos. Los padres de Roger parecían tener razón en mostrar preocupación por el futuro de su hijo.

–Escuché decir que los testimonios de hoy serán especiales –Gary se dirigió a mí–. ¿Puedo tener la honra de acompañarte?

Miré respetuosamente a mi padre, pidiendo permiso. Él asintió con la cabeza. Tomé mi sombrilla marrón, que combinaba con mis zapatos y mi vestido, y fui al lado de Gary. Los otros miembros de la familia estaban apenas algunos pasos detrás de nosotros. La pequeña Victoria reía suavemente y estaba casi saltando, de tanta alegría. Los adultos conversaban animadamente.

En poco tiempo, llegamos al local en el que se realizarían las reuniones. Conseguimos un lugar bien adelante. ¡Había mucha gente! Las conferencias eran las mejores que había escuchado. Solo lamenté no encontrar a una de las conferencistas más esperadas; una señora de edad avanzada, llamada Elena. Ella siempre había participado de estas reuniones campestres y solía ser la oradora principal. Era autora de varios libros, y le gustaba ser llamada “la mensajera del Señor”. Sentía mucha curiosidad por encontrarme con ella. Quería hacerle tantas preguntas...

–¡Qué pena que la señora Elena no puede estar presente en la reunión! –comenté a Gary–. Una vez, la escuché predicar en la iglesia a la que asisto. Aunque era muy pequeña, me acuerdo que quedé impresionada con su mirada suave y su voz firme cuando hablaba.

–Realmente es una pena... –Gary me miró–. Escuché a mi padre decir que la caída que sufrió hace algunos meses fue bastante seria. Ella estaba entrando en su cuarto de estudios el sábado 13 de febrero por la mañana, cuando tropezó y se cayó. Como la señora Elena no conseguía levantarse, fueron a buscar ayuda y se dieron cuenta que el accidente era grave. Una fractura en la cadera a los 87 años es algo muy complicado. Ya hace cinco meses que no puede caminar, y ahora pasa la mayor parte del tiempo en la cama o en una silla de ruedas.

–Tengo ganas de conversar con ella... –dije, pensativa–. Mi padre va a ir al sanatorio de Santa Helena cuando termine la reunión campestre de verano. Voy a preguntarle si me lleva; así, aprovecho para visitar a la señora Elena.

–¡Esa es una buena idea! –Gary me incentivó–. La propiedad de ella se llama Elmshaven, y queda muy cerca del sanatorio de Santa Helena, en Napa Valley. ¡Mira, mira! Van a comenzar los testimonios...

Dios desea revelar hoy, por medio de los jóvenes y los niños, las mismas poderosas verdades que reveló mediante estos hombres. Las historias de José y Daniel son una ilustración de lo que el Señor hará por los que se entregan a él y se esfuerzan de todo corazón por llevar a cabo su propósito.

Elena de White

Capítulo 2
Noticia triste

Parecía que aquel viernes, 16 de julio de 1915, sería un día común en el campamento. Tuvimos las reuniones como de costumbre, y los preparativos para el sábado comenzaron a realizarse. Era posible ver a las personas agitadas, yendo de un lado para el otro, para dejar todo listo antes de la puesta del sol.

Yo estaba con mi madre en la carpa. Le comenté mi deseo de ir a Santa Helena con mi padre, para visitar a la señora Elena.

–No veo ningún problema, querida. Si tu padre está de acuerdo... Por mí, está todo bien.

Conversamos un poco más. Entonces, percibí un movimiento extraño afuera. Algunas mujeres estaban en una ronda, y parecía que una de ellas estaba llorando. Mi padre llegó cabizbajo y, antes de que yo pudiera decir algo sobre mi idea, miró a mi madre y anunció:

–Acabamos de recibir un telegrama informando que la señora de White falleció hoy... a las 3:40 de la tarde, en su casa, en Elmshaven. La mensajera del Señor ahora está descansando...

No podía creer aquellas palabras cuando las escuché. La señora Elena estaba muerta... ¡Era demasiado tarde! Nunca más tendría la chance de encontrarme con ella y conversar personalmente. Mis ojos se llenaron de lágrimas.

Mi madre preguntó más detalles a mi padre.

–Todavía no tenemos muchas informaciones –dijo–. Pero supe que falleció de forma tranquila, como un niño que se adormece para descansar, sin dolor ni sufrimiento. Algunos días antes, ella ya no parecía consciente de lo que sucedía a su alrededor, pues no se comunicaba más y aparentemente tampoco escuchaba nada.

–No tengo dudas de que ella fue un vaso elegido por Dios –dijo mi madre con solemnidad.

“¿Vaso?”, pensé. “¿Por qué mi mama está comparando la vida de la señora Elena con un vaso?” Bueno, yo no lo sabía en aquel momento, pero esa era una pregunta para la que tendría una respuesta en breve.

El resto de aquel día en el campamento fue muy diferente de los anteriores. Por otro lado, había mucho movimiento. Mi padre se ausentó para una reunión con los organizadores del congreso campestre.

Mientras fui a buscar agua para que mi madre terminara las tareas del viernes, encontré a Gary en el camino.

–¿Te enteraste del fallecimiento de la señora Elena? –pregunté, con la voz triste.

El azul de los ojos de Gary parecía más intenso en aquel atardecer. Él movió la cabeza afirmativamente.

–Sí, me enteré –Gary tomó gentilmente el balde de mis manos y comenzó a acompañarme hasta el lugar en el que era distribuida el agua–. Como falleció hoy, escuché decir que el funeral en Elmshaven será recién el domingo.

–Mi padre está reunido con los organizadores –le dije con la cabeza baja–. Creo que va a conseguir más informaciones respecto de los procedimientos para el funeral.

–Todos están muy tristes por la noticia... –comentó Gary–. Desde muy pequeño escucho la historia sobre la señora Elena y su esposo, el pastor Jaime. Dios los usó poderosamente para establecer la obra de las publicaciones, fundar los colegios que existen hasta hoy y organizar la iglesia para que cumpla el papel para el cual Dios la creó.

Gary comenzó a hablar con entusiasmo sobre algunos viajes en tren, en carroza y en trineo, que el matrimonio había realizado a lo largo del tiempo. Soportaron el frío intenso en algunas situaciones, pasaron por campos poco habitados y estuvieron en peligros, en otras. Pero siempre contaron con la protección de Dios.

Quedé impresionada con todo lo que Gary conocía acerca de la señora Elena y su esposo. Gary era apenas dos años mayor que yo, pero sabía muchas cosas. Por el hecho de que su familia vivía en Battle Creek, tenía más acceso a las noticias relacionadas con la vida de la señora Elena. Pasé a mirar a Gary con admiración y descubrí, en aquel atardecer, que teníamos algo en común: el interés y el gusto por las increíbles historias sobre el inicio de la iglesia; especialmente las que concernían a hombres y a mujeres que dedicaron sus vidas al servicio de Dios.

Llenamos el balde, y Gary se ofreció para llevarlo hasta nuestra carpa. Le agradecí, pues ahora estaba pesado.

Llegamos a tiempo para escuchar que mi padre estaba contando a mi madre una novedad que nos trajo un poco de alegría. Los oficiales de la Asociación de la Unión del Pacífico y de la Asociación de California habían solicitado que también fuese realizada una ceremonia en Richmond, en el campamento, al día siguiente del funeral de la señora Elena en Elmshaven.

No creí lo que estaba escuchando. Yo, Anna Beatrice, tendría la oportunidad de presenciar la ceremonia de despedida de Elena de White. Mi padre no entendió nada cuando me aproxi­mé a él y le di un beso en la mejilla; solamente Gary comprendió mi actitud. Mi padre miró a mi madre, y apenas se sonrió. Se trataba de algo triste, era verdad, pero me puse feliz con el regalo que Dios me estaba dando. Aquella ceremonia cambiaría para siempre mi vida.

Capítulo 3
Refugio de los olmos

Mientras en Richmond los organizadores del campamento comenzaban los preparativos, en Elmshaven las personas encargadas de la organización intentaban agilizar las cosas. Por medio de llamadas telefónicas y telegramas, la noticia del fallecimiento llegó a muchas de las iglesias a tiempo para ser comunicada en los anuncios del sábado por la mañana. El atardecer del viernes, Henry y Herbert, los nietos gemelos de la señora de White, realizaron invitaciones a la ceremonia fúnebre, que fueron enviadas a cerca de 220 familias de la región. En ellas, se leía lo siguiente:

“Usted y su familia son respetuosamente invitados a participar del funeral de la señora Elena G. de White en su residencia, ‘Elmshaven’, próxima al sanatorio de Santa Helena, California, el domingo 18 de julio de 1915, a las 5 de la tarde”.

Los más importantes medios de comunicación impresa divulgaron la noticia y un resumen de su vida. Ella se había transformado en una figura pública y su fallecimiento era algo relevante. El texto había sido preparado con anticipación, pues la familia sabía que ella podría ir al descanso en cualquier momento.

El sábado y el domingo, las personas de la región pudieron brindar homenaje a la señora Elena. Para la ceremonia del domingo, fueron colocados más de trescientos asientos delante de la casa, debajo de los frondosos olmos; otras cien personas se sentaron directamente en el césped. Había representantes del hospital y de la iglesia de Santa Helena, y del Pacific Union College. Muchos llegaron desde las ciudades vecinas.

La ceremonia fue simple e informal. Participaron los pastores John N. Loughborough, amigo personal de la familia y honrado pionero del movimiento adventista; George G. Starr; y E. W. Farnsworth, presidente de la Asociación de California. El pastor de la iglesia de la que la señora Elena era miembro, S. T. Hare, pronunció la bendición.

El pastor Loughborough habló de su primer encuentro con ella, en 1852, y relató otras experiencias que ocurrieron a lo largo de los años. El pastor George Starr hizo comentarios sobre algunos acontecimientos. Y el pastor Farnsworth presentó un sermón, enfatizando la esperanza del cristiano.

Guillermo, uno de los hijos de la señora Elena, quien estuvo a su lado en sus últimos momentos de vida, dice que, cuando concluyó la ceremonia, las personas no tenían ningún apuro por irse. Muchos deseaban que no terminara porque estaban envueltos por las palabras del orador, que subrayaban que un día la muerte sería vencida definitivamente.1

Luego, dieron cierre a la ceremonia y el cajón fue llevado a Santa Helena. A la mañana siguiente, los pastores Farnsworth y Loughborough; Guillermo White; y Sara McEnterfer, la fiel secretaria de la señora Elena, tomaron el primer tren a Richmond, acompañando el cuerpo. Estos detalles los supe recién después.

En Richmond, no tuve noción del paso del tiempo esos dos días, mientras esperábamos a que llegara el cortejo. ¡Bendita carretera de hierro! Qué bendición fue que el campamento de aquel verano se estuviera realizando en aquella ciudad, pues la primera línea de tren que conectaba la costa del Pacífico con el Este de los Estados Unidos pasaba por ese lugar. La sepultura de la señora Elena sería en Battle Creek, y Richmond quedaba en el camino.

En aquella reunión campestre estaban muchos de los antiguos asociados de la señora Elena, que habían venido desde la iglesia de Oakland, además de muchos miembros de las iglesias que ella había visitado cuando comenzó sus trabajos en California. Al saber de su muerte, esos hermanos pidieron que el cuerpo fuese llevado hasta la reunión y que hubiera una ceremonia allí, para que ellos también pudieran expresar su amor y su gratitud. Ellos dijeron: “Si la señora de White estuviera viva y bien de salud, estaría aquí para hablarnos sobre cómo ser mejores cristianos. ¿Por qué razón no traerla acá, y que alguien nos hable sobre cómo ella vivió?”

¡Esa fue una excelente idea! Y ahora yo tenía la expectativa de asistir a la ceremonia. Conversé bastante con Gary el sábado y el domingo. Él me contó algunos interesantes detalles más sobre la señora Elena. Uno de ellos fue sobre la elección del lugar en el que pasó los últimos años de su vida. Después de vivir en Australia durante nueve años, había regresado a los Estados Unidos en 1900, el año en que nací. Con ella, llegaron su hijo Guillermo, la familia de él y también los asistentes editoriales de ella. Llegaron a San Francisco en septiembre. Ella no sabía dónde debería establecer su hogar, pero tenía la plena seguridad de que Dios estaba preparándole un “refugio”. Contaba con 72 años, y tenía en mente escribir aún varios libros más. En un primer momento, la señora Elena quiso vivir cerca de la editoral Pacific Press que, en ese tiempo, todavía estaba instalada en Oakland, pues eso facilitaría el trabajo de impresión de los nuevos libros. Si eso hubiese ocurrido, yo habría tenido la oportunidad de crecer muy cerquita de ella, pues esa es mi ciudad natal.

Después de algunos días frustrados en búsqueda de la casa ideal, la convencieron de que fuera a Santa Helena para descansar y visitar a viejos conocidos. Cuando compartió su preocupación con una amiga, la señora Ings, Elena de White se enteró de que la casa de Robert Pratt estaba a la venta. Al visitar la propiedad, quedó encantada. El área era muy grande y bonita, con ciruelos, parrales, plantas y flores en abundancia. La casa estaba toda amueblada y atendía perfectamente a las necesidades de la señora Elena y su equipo. En la parte de atrás había un chalet, que luego fue transformado en oficina. Además, había un granero y un establo, con los animales de la hacienda y todo el equipamiento para las actividades de campo. La señora Elena consideró a la propiedad un verdadero regalo de Dios, pues le costó solamente cinco mil dólares. Con la venta de la casa de Australia, el dinero fue suficiente para comprar la propiedad en California. El 16 de octubre, solo 25 días después de desembarcar en San Francisco, la señora Elena y su equipo se mudaron al nuevo hogar.

A ella le gustaba dar nombre a sus casas, pues acostumbraba colocar en el cabezal de sus cartas el lugar desde el que escribía. Llamó “Sunnyside” [Lado soleado] a la casa de Australia; y a esta en Santa Helena, “Elmshaven” [Refugio de los olmos], por la gran cantidad de olmos que había alrededor de la propiedad.

–Ese fue el hogar que Dios proveyó para que la señora Elena pasara los últimos años de vida –dijo Gary–. Cuando estaba en el navío viniendo de Australia, el ángel le aseguró que ella tendría un “refugio” en los Estados Unidos. “Elmshaven” fue ese lugar.

–Espero que la casa no sea vendida... -mencioné, soñando con el día en que pudiera visitar el lugar en el que la señora Elena había pasado esos últimos años de su vida.

Gary me contó que la casa sería mantenida, porque Guillermo, uno de los hijos de la señora de White, vivía en una parte de la propiedad. Los funcionarios también vivían allá, y la oficina estaba muy cerquita. También había una biblioteca particular y un cofre con los manuscritos de su pluma.

–Bueno, ahora necesito apurarme, pues en poco tiempo será la puesta del sol. Gracias por ocupar tu tiempo en contarme esas cosas –dije, mientras miraba agradecida a Gary.

–Fue un inmenso placer –me respondió,–. No siento que el paso del tiempo cuando estoy contigo...

Sonreí y me despedí. Tenía que planchar mi mejor vestido. ¡El día siguiente sería muy importante!

1 Datos extraídos del libro Life Sketches of Ellen G. White, “The ‘Elmshaven’ funeral service”, pp. 450-455, edición de 1915.

La mayor necesidad del mundo es la de hombres que no se vendan ni se compren. Hombres que sean honrados y sinceros en lo más íntimo de sus almas. Hombres que no teman dar al pecado el nombre que le corresponde. Hombres cuya conciencia sea tan leal al deber como la brújula al polo. Hombres que se mantengan de parte de la justicia aunque se desplomen los cielos. Pero semejante carácter no es el resultado de la casualidad.

Elena de White

Capítulo 4
Funeral en el campamento

La noche del domingo al lunes casi no pude dormir. Apenas amaneció, ya estaba en pie, pronta para la ceremonia que se realizaría en el campamento. Tomé el desayuno lo más rápido que pude. No me quería perder ningún detalle.

–¡Cuánta gente! –le comenté con mi padre, mientras nos dirigíamos al lugar en donde se llevaría a cabo la ceremonia.

–Se calcula que por lo menos mil personas están aquí –respondió mi padre, mirando alrededor–. El anuncio sobre el fallecimiento de la señora de White fue enviado el sábado a las iglesias próximas a Richmond. Muchos vinieron desde las ciudades de alrededor de la Bahía de San Francisco, y hasta de lugares más distantes. Aunque sea lunes, un buen número hizo planes para darle el último adiós.

Miré alrededor, buscando a Gary. Creí que sería interesante quedarme cerca de él. ¡Ah! Allí estaba él, con su familia. Por lo visto, había conseguido despertarse antes que yo. Vestía un traje negro, y ya estaba sentado bien adelante, desde donde tenía una vista privilegiada. Victoria me vio y me saludó con su manito.

–Mama –dije, con una mirada suplicante-. ¿Podemos quedarnos cerca de la señora MacPierson?

–Sí, hija –respondió–. Creo que tu padre va a estar ocupado con la programación, y allí estaremos bien cómodas. ¿Qué te parece, Alberto?

–Tienes razón –concordó mi padre–. Es mejor que se queden con la familia MacPierson; yo voy a ver en qué puedo ser útil durante la ceremonia.

Levanté un poco la falda de mi vestido y comencé a pedir permiso a las personas para poder llegar adonde estaba Gary. Mi madre me acompañó.

–¡Hola! ¡Buen día! –saludé a toda la familia-. ¿Podemos quedarnos aquí, con ustedes?

–¡Claro, querida! –la señora MacPierson señaló tres asientos que parecía que estaban reservados–. Gary comentó que seguramente te gustaría estar bien adelante y pidió que reserváramos esos lugares para tu familia.

–Muy gentil de tu parte... –le dije a Gary, sonriendo–. ¡Muchas gracias!

Él retribuyó la sonrisa y dijo:

–Parece que no soy el único por aquí que tiene un aprecio especial por la señora Elena.

Mi madre y la señora MacPierson comentaron sobre el número de personas presentes en la ceremonia. ¡Era realmente impresionante!

Me estiré un poco y observé, a la distancia, el ataúd oscuro en el que la señora de White reposaba.

–Parece que estuviera durmiendo –comentó Gary–. Vas a poder verla de cerca en el momento indicado. Mira, aquel es el pastor Andross –indicó mi amigo–. Es el presidente de la Unión del Pacífico; y es el organizador de la ceremonia. Creo que ya va a empezar.

Gary se acomodó en el asiento y quedó en silencio, mientras las personas que componían la plataforma se ubicaban en sus lugares.

Eran las 10:30 cuando comenzó la ceremonia, y todos cantamos el himno “Sweet Be Thy Rest” [Dulce sea tu descanso]. La letra y la melodía hablaban profundamente al corazón. Aprecié especialmente la segunda estrofa, que mencionaba la conclusión de la obra y el recibimiento de la corona eterna.

Enseguida, el pastor E. W. Farnsworth realizó la lectura bíblica. Abrí mi Biblia, para acompañar los textos que hablaban sobre la resurrección: 1 Corintios 15:12 al 20, 35 y 42 al 45; y 2 Corintios 4:6 al 18, y 5:1 al 10. La oración fue realizada por el pastor John Loughborough. Él mencionó que, aunque las aflicciones nos sobrevengan y aunque los obreros de esta causa puedan deponer sus armaduras por causa de la falta de fuerza física, de todos modos el propósito de Dios sería cumplido.

Con aire solemne, un señor se preparó para hablar inmediatamente después.

–Este es el pastor Tait –me susurró Gary–. Es editor de Signs of the Times.

Gary se refería a uno de los periódicos más conocidos en nuestro medio, en el cual se habían publicados muchos ar­tícu­los escritos por la señora Elena.

–Creo que va a leer la biografía de la señora de White –añadió.

Gary tenía razón. Supimos que una reseña de la biografía había sido cuidadosamente preparada por el pastor Wilcox, de la Pacific Press, pero sería leída por uno de sus asociados pues Wilcox estaba ausente debido a un viaje que debía realizar al Este.

La lectura comenzó mencionando el hecho de que Dios puede hacer mucho utilizando a las personas. Todos los grandes movimientos, los reavivamientos y también las crisis de los siglos se centralizaron en seres humanos. Se citaban las historias de Noé, de Abraham y de otros personajes de la Biblia. También mencionó a Wycleff y a los hermanos Wesley. Luego, continuaba diciendo:

“Y en el movimiento del advenimiento, que debe dar al mundo el último mensaje de reforma, hay dos personas cuyas biografías incluyen el comienzo y el establecimiento del movimiento y su crecimiento mundial”. Estaba refiriéndose al pastor Jaime y a su amada esposa, Elena.

Se hizo una recapitulación de la historia de la vida de la señora de White y se destacaron los trabajos realizados en la costa del Pacífico.

“La obra en California fue inaugurada por los pastores John Loughborough y Daniel T. Bourdeau, en el verano de 1868. En el otoño de 1872, el pastor Jaime y la señora Elena visitaron San Francisco, Santa Rosa, Woodland, Healdsburg y Petaluma. Los mensajes de ella fueron recibidos por personas sinceras, y sus trabajos fueron muy apreciados. En febrero de 1873, el hermano y la hermana White fueron a Michigan, y luego retornaron a California en diciembre de aquel año para dar inicio a nuevos emprendimientos. En 1874, ellos participaron de dos reuniones campestres en Oakland. Aquí, la señora Elena habló especialmente sobre salud y temperancia”.

–¡Hace mucho tiempo!, ¿no? –le comenté a Gary, mientras hacía un cálculo mental–. Mi padre tenía apenas dos años de edad...

Él movió la cabeza en señal afirmativa y seguimos prestando atención.

“Fue en esa época que la obra de las publicaciones tuvo inicio en Oakland. La primera edición del periódico Signs of the Times data del 4 de junio de 1874”.

El editor continuó mencionando el surgimiento de la Pacific Press y cómo aquella institución había alcanzado un crecimiento fabuloso, y publicaba literatura religiosa y educacional. Por ese tiempo, ella ya se había mudado a Mountain View, también en California.

En este punto, se veía que el pastor Tait estaba visiblemente emocionado.

“Dios reveló a la señora de White que sería realizada una gran obra en la costa del Pacífico y en las ciudades alrededor de la bahía. Eso comenzó y se concretó muy rápidamente; pues varias iglesias fueron construidas en Oakland y en San Francisco, en 1875 y en 1876. Para ayudar en la construcción de estas iglesias, el señor y la señora de White vendieron todo lo que tenían en el Este”.

La biografía hizo referencia a la conexión de la señora Elena con el inicio del colegio en Healdsburg, que ahora era el Pacific Union College, cerca de Santa Helena, pues ella también había apoyado esa obra.

El hospital de Santa Helena también fue mencionado como un emprendimiento que surgió con el incentivo del matrimonio White, para que en California hubiera algo parecido al pionero hospital de Battle Creek. La señora Elena sabía lo que era sufrir físicamente y era sensible a los padecimientos de otras personas. Por eso, hizo los mayores esfuerzos para que fuesen establecidos más de tres instituciones médico misioneras en California: en Paradise Valley, cerca de San Diego; en Glendale, cerca de Los Ángeles; y en Loma Linda, que se transformó en el mayor y el más famoso hospital adventista.

El pastor Tait también habló de la vida de sacrificio de la señora Elena, de las tristezas que tuvo que enfrentar, de su compromiso en cumplir las órdenes de Dios y de la alegría de llevar esperanza a las personas. En varias ocasiones, ella estuvo muy cerca de la muerte, llegando incluso a ser desahuciada por los médicos; pero Dios la amparó y repetidamente le restauró la salud. Muchas veces, lo que ella recibía por sus libros era liberalmente donado para dar asistencia a las personas que estaban pasando alguna necesidad y colaborar con diversos proyectos.

Mientras escuchaba aquel relato, me sentí profundamente emocionada. No pude impedir que algunas discretas lágrimas rodaran por mi rostro, especialmente cuando el pastor Tait leyó lo siguiente:

“La señora de White ha sido difamada y calumniada por sus enemigos, habiendo recibido muchos de ellos sus advertencias y su reprobación. Los que la conocen pueden juzgar mejor su vida. Ella fue humana, sujeta a todas las enfermedades y las debilidades comunes de los seres humanos; pero encontró en Cristo un precioso Salvador y Ayudador. Él la llamó para que hiciera una obra impopular, y ella aceptó. Dios la usó. Verdaderamente, ella ha sido una madre en Israel. Nuestro Señor expresó el más sereno juicio del corazón humano cuando dijo que un árbol es conocido por sus frutos. A la luz de esto, la vida de nuestra hermana y su bendecida influencia sobre todos aquellos cuyas vidas fueron tocadas por ella son un testimonio de su carácter y obra. Aunque esté muerta, ella continúa hablando”.

Gary sacó del bolsillo de su saco un pañuelo blanco y me lo extendió. Él tocó suavemente mi mano, en un gesto de simpatía. Yo tenía plena seguridad de que él entendía mis lágrimas silenciosas. Mi madre notó la gentileza de Gary, pero mantuvo la discreción. Ella sabía cuánto había aprendido a apreciar su amistad durante aquel primer campamento. Quedé muy impresionada con el respeto de Gary por las cosas de Dios y su consideración para con los pioneros de nuestra iglesia.

Cuando el pastor Tait terminó la lectura, el pastor Andross abrió la Biblia en Apocalipsis 14:13: “Entonces oí una voz del cielo, que decía: ‘Dichosos los que de ahora en adelante mueren en el Señor. Sí –dice el Espíritu–, ellos descansarán de sus fatigosas tareas, pues sus obras los acompañan’ “.

–Realmente –me comentó mi madre en voz bien baja-, si hay alguien de quien se puede decir eso, es la señora Elena.

Miré nuevamente el ataúd, y las palabras del pastor Andross sonaron nuevamente en mis oídos. Él hablaba del deseo que tenemos, como seres humanos, de ver la muerte vencida para siempre, cuando la gloriosa mañana de la resurrección comience y nuestros seres queridos despierten del sueño de la muerte. Una promesa bíblica fue leída del libro de Oseas (13:14), en la que Dios afirma que rescatará a sus hijos del poder de la sepultura y los redimirá de la muerte. Fue mencionada también una promesa del libro de Isaías (26:19), que asegura que los muertos vivirán. Serán llamados para despertar y cantar de alegría. La muerte será para siempre vencida, y los que duermen en el Señor despertarán.

Concordé en que, a pesar de la tristeza de aquel momento, nosotros teníamos una maravillosa esperanza. Cerré los ojos mientras escuchaba las últimas palabras del pastor. La señora Elena había dedicado más de setenta años de su vida a servir fielmente al Señor, y ahora dormía el último sueño. Sin embargo, pronto resucitaría con el sonido de la trompeta que va a anunciar el retorno de Jesús. Sí, ella escuchará la voz del Señor y volverá a vivir. ¡Ese pensamiento me llenó de alegría!

El sermón no podía terminar sin una apelación a que fuésemos fieles a Dios tal como la amada señora Elena de White lo había sido. Y que pudiésemos decir, como el apóstol Pablo: “He peleado la buena batalla, he terminado la carrera, me he mantenido en la fe”.2 Con esas palabras, el pastor terminó su predicación.

Cantamos un himno más y el pastor Farnsworth cerró la ceremonia. Quise devolverle el pañuelo a Gary, él me dijo que lo guardara.

Se indicó un lugar a donde podíamos acercarnos, para que todos aquellos que deseábamos despedirnos de la señora de White tuviésemos la oportunidad de hacerlo. Gary se ofreció a acompañarme, y nos dirigimos hacia la gran fila que se estaba formando.

2 2 Timoteo 4:7

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Дата выхода на Литрес:
22 октября 2025
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170 стр. 18 иллюстраций
ISBN:
9789877983555
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