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EL INGENIO DE LOS MEDIOCRES
© María Antonia Quesada
© Corrección ortotipográfíca: Álvaro Martín Valcárcel
© de esta edición: Olé Libros, 2021
ISBN: 978-84-18759-41-3
Producción del ePub: booqlab
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KALOSINI, S. L.
Grupo editorial 
www.olelibros.com
Para Almudena, Ana y Belén, rompedoras de moldes,
y para Pedro, siempre.
Soñé mi muerte para descubrir
que podía cambiar mi vida.
«Renacimiento», poema V, Memoria poética
CAPÍTULO 1
La forma en que mi hermano ha comunicado que se casa le ha sentado a Nino como un mazazo. Barrunto que va a haber problemas, aunque no me sorprende porque la relación entre ambos está deteriorada desde mucho antes de que muriese mamá el pasado 7 de octubre, hace ocho meses ya. Llamo Nino a mi padre porque así lo conocen en la empresa desde los ejecutivos a los obreros de la fábrica, la gente de Burgos y los empresarios y políticos con los que se codea en Madrid. Yo trabajo con él y, aunque nunca lo hemos hablado, existe un pacto tácito entre nosotros que hace que le llame por su nombre cuando estamos en el trabajo y papá en casa.
Comprendo que se haya ofendido a los pocos segundos de descolgar el teléfono. A medida que hablaba se ha ido dibujando en su rostro una expresión de malestar y el tono de voz se le ha agriado totalmente al preguntar:
—¿Me tienes que contar por teléfono que te casas? —Acto seguido no ha podido más y le ha soltado el reproche que guardaba desde hacía meses—: No has venido a verme desde la muerte de tu madre, quizás piensas que no necesitaba de ningún consuelo.
La conversación se ha hecho tan bronca que temo que alguno cuelgue sin despedirse. No sé si papá me ha leído el pensamiento, pero desde luego sí que ve la preocupación en mi rostro porque me alarga el auricular con gesto hastiado y me pide que atienda a mi hermano. Me sorprende su contención, con Javier hace años que perdió la paciencia, claro que colgarle habría sido decirle que no va a su boda y eso no sé qué consecuencias tendría. Empeoraría una relación que ya está muy deteriorada y reavivaría una pelea de la que, como cuando era niña, trato de mantenerme al margen; por eso me fastidia cuando me meten en medio de sus contenciosos e intentan hacerme juez de sus quejas. Sé que, si trato de mostrarme conciliadora, saldré malparada y ambos se enfadarán conmigo, por lo que aprovecho las novedades que me cuenta Javier para limar asperezas y con fingida alegría le pido a mi hermano que me ponga al tanto de los pormenores de la boda, mientras él insiste en que no comprende que papá se ofenda cuando esperaba que se alegrara y lo felicitara. En realidad, él sabía que no iba a ser así, pero simula sorpresa por la frialdad de Nino y alimenta su resentimiento sin entender el daño que nos causa con su forma de actuar.
Es cierto que han pasado ocho meses sin aparecer por casa, sin descolgar el teléfono, demostrando una falta de interés total hacia nosotros, y ahora pretende que nos pongamos tan contentos, y en esto me incluyo porque a mí también me duele su indiferencia y el hecho de que piense que es el único al que ha afectado la muerte de nuestra madre. Me resulta difícil hilvanar una explicación para nuestro estado de ánimo porque no ha pasado tiempo suficiente y el dolor nos impide ver con claridad. Tengo la impresión de que papá, al igual que Javier, vierte su frustración en sacar a colación en cuanto puede la lista de agravios que le hace, le hizo y le seguirá haciendo mi hermano; quejas que escucho hasta la saciedad porque soy la única persona con la que Nino se desahoga.
La noticia de la boda de Javier en poco más de un mes hubiera colmado las ilusiones de mamá, quien, de estar todavía viva, habría redoblado la presión para que yo le imitara. Ahora que ella ya no está incluso echo en falta su entrometimiento, que se había ido suavizado con los años, quizás porque al fin se convenció de que nunca voy a ser la madre y esposa solícita con la que ella pretendía que yo continuara su estirpe de mujeres resignadas. Pero está muerta y me produce melancolía imaginar cómo habría disfrutado con los preparativos de este enlace, de cuyos detalles me va informando Javier por teléfono.
—Todo es una locura, te puedes imaginar —me comenta—, pero el abuelo nos está ayudando mucho.
El viejo, como le llama papá cuando estamos él y yo a solas, todavía tiene ímpetu a sus noventa y un años y ha convencido a Javier y a su novia Rosa, otra más con ese nombre en la familia, de que celebren la boda en Saldisetxea. Miro a mi padre porque no sé cómo se tomará que la celebración tenga lugar en la casa de la familia Arlaiz-Saldise en el Pirineo navarro. Nino, que aparentemente se había desentendido de la conversación, capta mi expresión y enseguida me pregunta qué sucede con la mirada y una leve elevación de barbilla. Yo le pido también con un gesto de la mano que espere.
Volver a Saldisetxea no va a ser nada fácil para él, aunque mis padres también celebraron allí su boda. A pesar de sus desavenencias estuvieron casados treinta años y, después de tantos desencuentros y de una relación que yo pensaba rota, resulta que desde que murió mamá Nino se ha hundido. No reconozco a mi padre cuando de noche deambula por la casa y se refugia en el cuarto que ella ocupó en sus últimos años. Claro que a mí me sucede algo similar: la casa de El Viso en Madrid se va haciendo cada vez más grande, mientras que los que permanecemos en ella empezamos a parecer las sombras de una familia que un día dio vida a todas las estancias. En el piso de Burgos sucede otro tanto: mi padre y yo podemos pasar en él todo el día sin encontrarnos más que para comer o cenar. Hasta en esos momentos papá se ha vuelto más taciturno; antes hablaba y hablaba de lo que le había sucedido durante el día y ahora permanece en silencio.
Personalmente me alegro de que Javier le dé el gusto al abuelo de celebrar la boda en su casa, eso lo va a animar. Embargada por mi propio dolor, casi no me doy cuenta de lo que ha supuesto la pérdida de mi madre para el abuelo, que va acumulando ausencias y vive solo en su caserón, refugiado en los recuerdos. Ignoro si papá y Javier son conscientes de que al desparecer mamá han descargado sobre mí la responsabilidad de establecer un puente de entendimiento entre ellos. Una tarea inútil, que ella tampoco pudo resolver, porque la lucha soterrada que mantienen los hombres de la familia los enemista tanto como los hace disfrutar. Mamá se dio por vencida y optó por situarse en una ambigua equidistancia, aunque sin ocultar su preferencia por el hijo aun cuando no estuviera de acuerdo con sus actuaciones. Me molestaba esa conformidad de mi madre no exenta de cinismo que mezclaba con su rollo sobre la familia, el sentido del deber y la resignación cuando venían mal dadas. La asimilación de ese mantra me ha convertido en una persona responsable, lo cual considero una cualidad siempre que no me lleve a la sumisión con que ella aceptó su destino y el fracaso de su matrimonio, gracias a los rígidos principios que le habían inculcado.
Me despido de Javier diciéndole que me alegra mucho que por fin haya buenas noticias en la familia. Me hubiera gustado hablar con mi hermano en esos días en que la enfermera y yo pasábamos la mayor parte del tiempo junto a mi madre inmóvil, contarle los sentimientos tan confusos que tenía, quizás muy parecidos a los suyos, pero él estaba tan tenso, tan afectado, que ante cualquier comentario sobre mamá se mostraba suspicaz e irritable. La situación había alterado nuestras vidas y estábamos todos muy susceptibles. A mí me parecía absurdo que Javier viniera a diario a visitar a mamá cuando sabía que papá no estaba en casa para no encontrarse con él. El origen de su enfrentamiento es profundo, aunque hasta hace poco yo creía que radicaba en el empeño de papá de que Javier fuera ingeniero y mi hermano decidiera estudiar cualquier carrera menos una ingeniería. La tozudez de Nino resulta incomprensible en una persona que también torció los planes de su padre, dueño de un taller mecánico en Aranda de Duero, que aspiraba a que su hijo mayor trabajara en la Michelin de la localidad. Papá dice que cumplió la voluntad de su progenitor hasta los veintiún años y que, al morir prematuramente el abuelo Teodosio, dejó su puesto en la fábrica para hacerse cargo del taller y más tarde, sacando tiempo de donde no lo había, completó los estudios de formación profesional superior en automoción.
Mi hermano también reivindicó su derecho a elegir y, aunque dio muchas vueltas antes de acertar con la carrera, al final se graduó en Económicas y se orientó hacia la cooperación internacional. Fue una decisión con la que dejó claro que no quería saber nada de la fábrica de papá. Durante algún tiempo Javier estuvo viajando por distintos países africanos colaborando en el diseño de proyectos de desarrollo y de salud pública, y así conoció a Rosa en Nigeria, donde ella estaba haciendo un estudio clínico en su calidad de médico especialista en enfermedades tropicales. Aunque ella ha vuelto varias veces a ese país, sé que su objetivo es conseguir una plaza fija en el hospital y terminar con la sucesión de contratos temporales que lleva firmando hace años. Por eso, desde el inicio de su relación ambos olvidaron los viajes y se centraron en conseguir una situación más estable.
Con la ayuda de mamá y del abuelo, Javier accedió a un puesto de coordinador de proyectos en una ONG de la Iglesia católica. Con ese movimiento, mamá vio culminada en su hijo la proyección de sus sueños: emplear el talento en el bien de la humanidad. ¿Qué otra cosa podría desear ella para presumir ante sus amistades? Y como premio de consolación ahora se casa con la doctora. No me extraña que el abuelo Iluminado se haya empeñado en celebrar la boda en su casa; para él es una alegría que nadie del resto de la familia le habría podido dar. A ver qué pasa cuando conozca a la novia, porque Rosa no es tan dócil como Javier: muy suavemente impone siempre su criterio. Bueno, quizás es el tipo de mujer que le va a mi hermano, a quien le gusta que le resuelvan los problemas sin complicarse demasiado la existencia. Me pregunto por qué a veces me invade esta amargura. Es posible que sea yo la que está equivocada, la que se ha descarriado del camino de una forma que nadie puede entender; pero no voy a utilizar un lenguaje que no es mío. Eso es lo que diría mi madre. Yo tengo veintiocho años y nadie de mi entorno sabe lo que siento y cómo soy.
Mi padre trata de mostrarse ocupado repasando unos papeles de la fábrica, pero espera ansioso que le cuente lo que hemos hablado. Yo demoro mis explicaciones porque hay más novedades y no sé cómo se las va a tomar. Decido que no es mi problema y le doy la enhorabuena porque, además de casar a su hijo, va a ser abuelo. Se queda con el bolígrafo suspendido entre los dedos, me mira incrédulo y de repente se le llenan los ojos de lágrimas. No me lo puedo creer; se abraza a mí y por primera vez no soy yo la que busca refugio en él. No hacen falta palabras, entiendo lo que pasa por su cabeza. Ambos sabemos que no hay forma de racionalizar los sentimientos. Mi padre humedece mi hombro con sus lágrimas y yo comprendo que está empezando a envejecer. Seguramente se acuerda de mamá, de lo mucho que le habría gustado acunar un nieto entre los brazos, aunque al principio no le habría hecho gracia que se casaran de penalti, como decían ella y sus amigas.
***
A mi hija le sorprende que la abrace emocionado, todavía ignora lo duro que es hacerse viejo y estar solo. Le doy a ella el abrazo que me hubiera gustado darle a Javier, pero mi hijo está molesto conmigo porque es otro que me responsabiliza de sus errores. De acuerdo que nunca he sido efusivo en mis afectos, pero creo que he sido un buen padre y merezco que me muestre un poco de respeto. Yo nunca necesité que mi padre me halagara para sentir que me quería, pero Javier siempre estuvo demasiado mimado por su madre y por el viejo, que ve en mi hijo al varón que le hubiera gustado tener. Espero que Javier al casarse y tener descendencia no cometa los mismos errores que yo. Claro que al principio todo son buenos propósitos, recuerdo la alegría que sentí cuando nació y pensé que ya había alguien que continuaría mi obra. Un engaño más, como tantos, lo cual no impide que sienta la llegada de un nieto como una nueva oportunidad para hacer las cosas mejor, aunque me pregunto para quién. ¿Para mi hijo o para mí?
Consigo reprimir la emoción y le digo a Carmen que mejor me detalle en casa lo que le ha contado su hermano por teléfono, que ahora estoy muy ocupado. Algo me dice que quizás debería llamar a mi hijo más tarde, pero inmediatamente me arrepiento y evito la mirada de ella, que me conoce bien y puede que me adivine el pensamiento. No tengo ganas de darle explicaciones, mi hija lo comprende y se marcha a su despacho no sin antes terminar la conversación que manteníamos sobre la reunión del próximo jueves acerca de los nuevos proyectos.
Carmen está ansiosa por convencer al consejo de que asumamos eso que ella llama de forma muy visual «el espíritu de los feriantes», que no es otra cosa que plantar nuestro negocio donde están nuestros clientes. Es una gran directiva y con los años lo va a ser más, hasta lo reconoce Manolo Arlanza, que siempre le pone peros a todo. Con Carmen el grupo va a consolidar su presencia internacional, ese es el reto que tiene en mente y que mi hija está dispuesta a asumir en unos años, cuando le traspase el mando por el que está peleando. Ella sí que tiene ilusión por dirigir la empresa. He ido madurando esta decisión con mis hermanos y las personas clave del grupo, entre otros Manolo, para que haga correr el rumor de la sucesión entre los trabajadores. Arlanza sabe bien cómo manejar estos asuntos.
No he tenido un representante sindical más duro e inteligente que él y tampoco más honesto, por eso lo ascendí a jefe de personal; ahora se dice director de recursos humanos. Se resistió a mi oferta durante años porque no quería que su sindicato y los trabajadores a los que representaba se lo tomaran como una traición. Claro que cómo iba a considerar que se ponía del lado del «enemigo» si yo nunca he sido el enemigo de nadie, soy Nino. Algunos criticaron a Manolo diciendo que había sido un caballo de Troya de la empresa en el corazón del sindicato y que su cargo era el premio por los servicios prestados, pero los que realmente le tenían afecto se alegraron de su ascenso y al resto se le fue pasando el cabreo con el tiempo. Fue una jugada maestra por mi parte para quitarme de enfrente un oponente de peso y unirlo a mi causa aun siendo consciente de que Manolo nunca dejará de decirme lo que realmente piensa.
Este grupo no sería lo que es sin la gente que trabaja en él y, aunque sean cosas que parece que se dicen de boquilla, yo así lo siento a pesar de los reproches y exabruptos que he tenido que oír de boca de muchos de ellos en estos años de crisis. No fue fácil, nunca lo es cuando hay que reducir plantilla, y ahí Manolo jugó bien sus cartas y con gran habilidad negoció la congelación de sueldos, las bajas incentivadas de gente a la que le faltaba poco para jubilarse y una suspensión temporal de empleos. El próximo ejercicio espero que se empiece a normalizar la situación, aunque no creo que sea suficiente para recuperar salario como quieren algunos. Ha supuesto un gran esfuerzo superar el bache en un panorama industrial devastado; nuestro mérito ha sido adelantarnos, ir de frente y tratar a la gente como se merece. No como hacía Iluminado y muchos otros como él, y así les fue. Me pregunto si mi hija y mis sobrinos, así como sus futuros hijos y descendientes, sabrán llevar este grupo de la misma forma. Pero ¿qué sabemos de lo que nos deparará el futuro? Posiblemente cuando llegue no me importe tanto lo que pueda suceder o simplemente ya no esté para dar mi opinión.
Me apesadumbra recordar estas cosas cuando debería estar contento porque mi hijo se casa y voy a tener un nieto, pero no me gusta haber sido el último en enterarme y, además, por teléfono. Casi ni conozco a la que va a ser su mujer, me la presentó en el funeral de Rosa como por compromiso y porque fui yo el que se acercó a ellos. Mi mujer, que estaba fascinada con el noviazgo de Javier, me había hablado bien de ella, pero yo no puedo decir mucho al respecto, solo que tiene buena apariencia, es alta como mi hijo y, sin ser una belleza, resulta en conjunto agraciada con su larga melena oscura y sus grandes ojos castaños. Y ahí concluye mi conocimiento sobre mi futura nuera, no conozco nada de su familia, si es que la tiene, y por las cuatro palabras que intercambié con ella ese día sé que se dedica a la investigación de enfermedades infecciosas en uno de los grandes hospitales de Madrid, aunque se quejaba de que carecía de plaza. Voy a ser un cero a la izquierda en la boda de mi hijo, tampoco debería extrañarme, pero aun así no me queda más remedio que tragar y hacer de tripas corazón para ir a finales de junio a Saldisetxea, la guarida del viejo, que a este paso nos va a enterrar a todos. Javier ni se ha parado a pensar lo que me va a costar fingir estar a gusto en esa casa.
***
No se escucha absolutamente nada más que el rumor del agua y los cantos de los pájaros que inician con revuelo el apareamiento de primavera. La respiración se me corta a veces porque estoy muy gastado. ¡Maldita vejez de mierda! Cada vez me cuesta más llegar hasta aquí, pero vengo bien provisto y tengo que darle la razón a Jon cuando se empeña en que me traiga el móvil, un artilugio detestable que nos roba la poca independencia que nos queda, pero que en caso de apuro me sería de gran ayuda. Y si se da esa circunstancia, me pregunto para qué quiero yo ayuda. Este cacharro me habría venido bien si lo hubiera tenido en mis buenos tiempos; ahora acepto que me impongan acarrear este chisme a cambio de que me dejen en paz y de que Amaia no me agobie con sus cuidados. Esa mujer, aunque es eficiente, se excede en sus competencias y me trata como a un chaval, todo el día dando la murga con que ya no tengo edad para andar solo por el monte, donde puede surgir cualquier imprevisto. «¿Y qué? —le contesto— ¿No te parece que ya he vivido demasiado?». La veo escandalizarse y, para calmarla, le digo: «Además, Dios me acompaña y Él es el único que gobierna mi destino». Con estas palabras la dejo sin argumentos y la pongo en su sitio, aunque soy viejo no soy estúpido.
Menos mal que Jon siempre tiene ideas para todo, ese chico tiene claro el lugar que ocupamos cada uno y nunca se propasa. ¡Qué bien hizo su padre en cederle la responsabilidad de ocuparse de mis asuntos! Ignacio Monreal siempre me sirvió bien, pero él sí que está viejo y su hijo Jon, que es un chaval de la edad de mi nieto, es mucho más listo y procura hacerme la vida más fácil. Jon sabe que yo he sido un hombre de mundo y que no me voy a amilanar por un teléfono sin cable, aunque tiene tantas funciones que me complica la vida. Por eso lo uso únicamente para lo que me interesa. Cuando vengo aquí le quito el sonido, no tolero que me molesten en este lugar donde solo la naturaleza tiene derecho a hablar, algo que ignoran todos esos turistas incapaces de saber cómo comportarse. Únicamente el tiempo lluvioso y frío nos libra de esas hordas de gente zafia y charlatana que en su vida ha pisado un monte y que cuando ven esto por primera vez empiezan con sus exclamaciones. Me entran ganas de empujarlos al río para ver si la corriente se los lleva y los hunde definitivamente al llegar al lago. Lástima que no pueda andar tan lejos como antes por esos senderos que casi nadie recorre, las piernas no me responden, pero estoy convencido de que las caminatas por esta selva de hayas son las que me mantienen vivo. No obstante, desde lo de Rosa me pregunto si no debería tirar la toalla, apenas me quedan motivos para seguir en este mundo. Sé que es una blasfemia lo que digo y, si diera el portazo definitivo, ofendería al Cielo; por eso acepto estar aquí hasta que el Señor me lleve con ellas. Las dos, madre e hija, me esperan, pero antes debo dejar resueltos y bien atados los asuntos terrenos.
Lo primero, celebrar esa boda, que ha sido la única alegría después de esta mala racha que, aunque peque al decirlo, me ha hecho sentir la vida como un castigo. ¿De qué me ha servido llegar a tan viejo para estar rodeado de soledad y lleno de ausencias que hacen que la muerte parezca un consuelo? Han transcurrido ocho meses desde que murió Rosa de los Ángeles. ¡Hay que ver cómo pasa el tiempo, ya estamos en mayo de 2011! Quién me iba a decir a mí que sobreviviría a una guerra y llegaría a cumplir los noventa y uno, pero así es la vida y debo centrarme en lo que importa: la boda de mi nieto. Me ocuparé de que se celebre por todo lo alto porque quizás sea lo último de provecho que haga en este mundo. Ni siquiera me planteo si llegaré al nacimiento de ese niño que me anuncian, pero tendrá un padre que sabrá cuidarlo, aunque antes debo convencerlo de que, ahora que la ley permite hacerlo, cambie el orden de sus apellidos. Javier es un Arlaiz de los pies a la cabeza y ese debería ser su primer apellido. Le quiero porque siempre se preocupó de mí y en estos meses tan duros me ha llamado, hemos hablado mucho y él se ha desahogado conmigo porque sabe que soy el único que entiende el vacío que ha dejado su madre. De su padre qué va a esperar, nunca estuvo donde debía, fui yo quien en los momentos difíciles le echó la mano que necesitaba y quien ha conseguido que, a pesar de ese desgraciado, Javier haya salido adelante. Me siento orgulloso de mi nieto, que me da una gran alegría casándose en Saldisetxea. No esperaba menos de él y me hubiera enfadado si hubiera decidido otra cosa. Hay que llamar a Ignacio para que los case y tengo que hablar con Jon de dinero para ver de cuánto habrá que disponer… Pero ¿qué digo? El padre Ignacio no podrá casarlos, también hace poco que ha muerto. Todos van dejándome solo, abandonado, hasta los recuerdos se van perdiendo.
No puedo seguir lamiéndome las heridas, nunca lo he hecho ni quiero volverme blandengue como todos los viejos, pero esta boda sin duda me va a dar fuerza y me permitirá descansar en paz. Solo te pido, Señor, que no me empiece a fallar la cabeza, no soporto la idea de convertirme en un ser que pueda manejar cualquiera. Nadie tomará decisiones por mí y menos el miserable de mi yerno. Mi nieto no me fallará, nunca lo ha hecho. Debo hablar con él sin demora. Aprovecharé la boda y esos días en que la casa volverá a cobrar vida para hacerlo. Temí durante algún tiempo que nunca llegaría este momento; llegué a verlo tan dubitativo, tan mal orientado por su padre, que ni de eso supo ejercer, que pensé que iba a malograrse, pero Javier tiene temple y se ha sobrepuesto a la adversidad. De lo contrario habría tenido que depositar mis esperanzas en Carmen, una chica lista, pero a la que veo mejor en otros cometidos, como su abuela y como su madre, que han dirigido la familia en circunstancias muy difíciles, bien sabe Dios, y han conseguido que todo funcionara. Sin embargo, mi nieta se acerca a los treinta años y ahí sigue sin casarse ni con trazas de hacerlo. Si Nino hubiera sido un padre como es debido, ya le habría encontrado marido; sé que eso ahora no se dice, pero se hace. Lo que cambia es la forma de hacerlo, porque las familias siguen presentando a sus hijos para que se emparejen y hagan buenos casamientos, pero Nino siempre se despreocupó de los suyos y nunca tuvo en cuenta estas consideraciones. Propio de la gente de su clase. Al fin y al cabo, aunque la mona se vista de seda, mona se queda, y Nino siempre será un desgarramantas. ¡Qué gran error cometiste, Rosa de los Ángeles! Claro que bien lo has pagado. Si yo hubiese estado a tu lado, no habrías muerto. Te habrían atendido enseguida, te habría llevado al mejor hospital y seguro que habrías salido adelante, pero Nino nunca te cuidó ni se ocupó de ti. Reconozco que cumplió su promesa y te ofreció dinero y una posición que nunca imaginé que pudiera procurarte, pero le falta clase y no lo ha podido compensar con la suerte que tiene para los negocios. Este país está en manos de gente así, arribistas sin educación ni principios y por eso nos va como nos va. Gente que se ha subido a la parra y ocupa puestos que no le corresponden.
Para Nino siempre fui un obstáculo, por eso nunca me quiso a su lado cuando podría haber aprovechado mi experiencia y mis conocimientos. Me ha apartado deliberadamente, pero hay que saber esperar porque, cuando menos se piensa, a todos nos llega nuestro momento. La vida nos pone a cada uno en su sitio y Nino tiene muchas facturas pendientes.
***
El viejo se ha detenido en medio del bosque, la irritación que siente le ha llevado a mantener consigo un diálogo en voz alta. Al darse cuenta, se calla bruscamente y trata de calmarse. Eleva la vista hacia el cielo y contempla con el mismo placer de siempre la luz que se filtra entre las ramas de las hayas que forman un entramado semejante al plomado de las vidrieras de una catedral gótica. Irati le inspira un fervor y una paz que no encuentra en ninguna otra parte. Se pasa la mano huesuda por el cabello aún bastante tupido y totalmente blanco, en un gesto que suele repetir cuando quiere alejar algún mal pensamiento que lo contraría, como el hecho de constatar que no solo ha perdido fortaleza física, sino también buena parte de la influencia y el poder que ejerció sobre su entorno, sus negocios y las personas que de él dependían. Se siente como un árbol viejo que cualquier día puede abatir una tormenta.
Amaia se ha asomado al portón a esperar al señor. Siempre lo hace porque no le gusta que vaya solo al monte y respira aliviada cuando ve aparecer por el camino su figura alargada, que aún conserva las trazas del hombrón que fue hasta no hace muchos años. La muerte de la señora fue para él como un hachazo del que, sin embargo, se repuso pronto; peor fue lo de la hija. Desde entonces el señor anda más encorvado, se ha vuelto taciturno y se encierra durante horas en el despacho haciendo que se interesa por alguno de los asuntos que despacha cada día con Jon después de la siesta. Amaia observa su mirada ausente cuando le lleva el café a media tarde y se da cuenta de que está muy lejos, hasta el punto de que no se entera de que sin su permiso lleva un tiempo sirviéndole descafeinados, porque con tantas tazas como bebe a lo largo del día no quiere que la cafeína le haga daño ni le altere el sueño.
Ya en el portón, el anciano mira a Amaia con reproche.
—¿No tienes nada mejor que hacer?
Es la pregunta de siempre y Amaia no se inmuta al escucharle ni tampoco se lo toma a mal. El señor es así, brusco, como todos los señores que ella ha conocido, porque hay cosas que nunca cambian y Amaia lleva tantos años en la casa que conoce mejor que nadie el humor y las rutinas diarias de los que la habitan. En Saldisetxea se madruga siempre. A las siete y media ya tiene preparado un desayuno que el anciano toma antes de salir al bosque. Cuando no llueve, Iluminado Arlaiz aprovecha y se interna en él hasta media mañana para regresar a casa a la hora de almorzar. Esta costumbre de andar la practica desde joven cuando vivía en Neguri. Allí era un vecino que todos conocían de verle realizar cada mañana el mismo recorrido desde su casa por todo Getxo, incluso hubo un tiempo en que por el puente colgante llegaba hasta Portugalete. De eso hace años porque ya le van fallando las fuerzas; lo que le extraña a Amaia es que todavía se pueda adentrar en Irati como lo hace, aunque cuando quiere acercarse hasta el lago Jon tiene que llevarlo y volver unas horas más tarde a recogerlo. El señor es arrogante y, cuando eso ocurre, se baja un kilómetro antes de llegar a Saldisetxea porque, aunque no lo dice, no le gusta que le vean regresar en coche como si ya no pudiera andar. Por las tardes habla del ganado y de las cuentas con Jon, antes de pasar a comentar la prensa económica que llega a media mañana al caserío. Después Amaia le sirve su último café del día y permanece encerrado en el despacho ensimismado en sus recuerdos hasta la hora de la cena. Amaia piensa que es una lástima que Ignacio Monreal ande tan delicado de salud, a pesar de ser bastante más joven que el señor. Siempre se entendieron bien y fue el primero que empezó a controlar el negocio del caserío, una responsabilidad que desde hace dos años ha recaído en su hijo Jon, el mediano de los tres que tuvo Ignacio y el único que, a juicio de Amaia, le ha salido bien.
Cómo ha cambiado todo en Saldisetxea donde desde hace más de un siglo viven los Saldise y los Monreal, los señores en el caserío y los pastores devenidos en administradores en una casa también dentro de la finca, en la que los abuelos de Ignacio y su familia ya vivían en el siglo XIX cuando el padre de la señora, Pedro Saldise, heredó el caserío. Los antiguos propietarios habían muerto sin descendencia y su sobrino Pedro era el pariente vivo más directo. Al principio tuvo que superar algún que otro conflicto que resolvió con habilidad, pues a diferencia de los antiguos dueños, que vivían en Pamplona y apenas pisaban la propiedad más que para recoger beneficios, el padre de la señora quiso tomar las riendas del caserío. Lo primero que hizo fue ponerle el nombre de Saldisetxea para que quedase claro quién era el amo, un gesto que los Monreal consideraron una amenaza a su futuro en aquellas tierras. Para aplacar las hostilidades, Pedro Saldise mandó restaurar la casa grande e hizo reparaciones en la más pequeña, que perdió su primigenio aspecto de choza; para terminar de contentarlos garantizó a la familia Monreal que seguirían siendo los encargados de cuidar la finca y los ganados. El bisabuelo Pedro también se ocupó de que Ignacio Monreal, que entonces era un niño seis años mayor que su nieta Rosa de los Ángeles, fuera a la escuela en Pamplona para hacer el bachillerato. Lo hizo con miras de futuro pues ya era un hombre mayor y sabía que a su hija y a su yerno, Iluminado, que tenía que atender su acería en Bilbao, les vendría bien alguien que controlase la actividad del caserío y llevase las cuentas. Iluminado apoyó la idea de su suegro, convencido de que necesitaba una persona de toda confianza para mantener una propiedad que un día sería suya y de su mujer y a la que durante muchos años solo pudieron acudir en los veranos y las grandes celebraciones familiares.
Cuando se hicieron mayores, la abuela Rosa tiró de su marido para pasar largas temporadas en el caserío. Ella veneraba el legado de su padre e Iluminado, que a pesar de su carácter endemoniado conocía muy bien a la gente, siempre respetó lo importante que era Saldisetxea para su mujer y convirtió en refugio ese rincón del Pirineo una vez que abandonó su actividad empresarial. En el pueblo se rumoreaba que le habían ido mal las cosas, pero ninguno de los que trabajaban en la casa tenía pruebas de que así fuera. Amaia y todos los que pasaron por el caserío recuerdan a doña Rosa Saldise como una anciana tímida y amable con el servicio y que, pese a su apariencia menuda, era la única que, sin decir una palabra más alta que otra, hacía recapacitar al señor cuando se equivocaba o soltaba alguna de sus impertinencias.
Fue ella quien le inculcó el amor por la tierra y la cultura conservacionista de sus habitantes y quien recondujo las desavenencias que se produjeron con Ignacio Monreal a la muerte de don Pedro, cuando Iluminado intentó convencerle de que era necesario aumentar el número de cabezas de ganado y crear una gran industria quesera. Con su mentalidad de industrial vasco pensaba que había margen para una mayor explotación cárnica del ganado, pero los pastores de la zona nunca consintieron que se les tratase como campesinos ambiciosos de propiedad. Para las gentes de esta zona, el monte y sus pastos siempre fueron comunales, por lo que, si alguien incrementaba desmesuradamente el número de cabezas, estaba atentando contra los derechos del vecino, y para hacer queso Idiazabal de la leche de las ovejas lachas les bastaba la producción casera o, si querían más, se agrupaban en una cooperativa. A regañadientes, y por la presión de su mujer, reacia a los cambios de costumbres y a cualquier tipo de enfrentamiento que afectase a su herencia, Iluminado aceptó que las cosas siguieran como estaban. Con el tiempo llegó a la conclusión de que se entendía mejor con los pastores de Navarra que con los obreros de su fábrica. De los primeros apreciaba su fidelidad, su amor a la tierra y su conformidad con lo que tenían, mientras no podía ocultar su desprecio por los obreros de la acería a quienes consideraba vagos y sin amor al trabajo bien hecho. «Esos solo se interesan por aumentar el salario», se le oía comentar con el padre Ignacio en sus largas sobremesas de verano.
Amaia llegó a conocer al señor en sus buenos tiempos, cuando todavía era un poderoso industrial vasco. Entonces le daba miedo y procuraba ser tan silenciosa y discreta como la señora para no ganarse una reprimenda. Ahora sabe que es un anciano solitario, que ha ido acumulando penas y que ya solo espera que se cumplan sus días, pero sigue siendo cabezón y no hay quien le lleve la contraria. A pesar de que Amaia es paciente, la trae loca con los preparativos de la boda y no sabe cuántas veces Jon y ella han tenido que dar cuenta de la marcha de las gestiones que realizan para que el señor compruebe que todo va a salir según su gusto. En unas semanas empezarán a llegar los invitados y la casa, ahora silenciosa, volverá a cobrar vida. Amaia está ilusionada con el acontecimiento, pero es mayor la preocupación que tiene por lograr que todo salga perfecto. Menos mal que los del catering de Pamplona parecen gente muy preparada y se va a librar de ese trabajo, porque ella ya tiene bastante con ocuparse de la casa, de la novia hasta que se celebre el matrimonio y del resto de invitados, además de las comidas, desayunos y cenas que habrá que preparar, ayudada por gente de la zona que se ha contratado para la ocasión.
***
Creía que nunca iba a llegar este día, pero aquí estoy. En esta casa a la que no se le puede poner ningún reparo, a pesar de que al principio no estaba muy convencida de que debiéramos celebrar aquí nuestra boda. Comprendo que el caserío significa mucho para Javier, que hasta en su aspecto físico se parece a su abuelo. Alto y grande como él, porque mi futuro suegro es más chaparro, pero Javier tiene más de la familia de su madre: la estatura, la nariz larga y la mandíbula fuerte son como las de Iluminado. Claro que la mirada de Javier es más luminosa, seguramente por la diferencia de edad y por el castaño más claro de sus pupilas, aunque, a cambio, el abuelo tiene esos ojos penetrantes que exigen armarse de valor para mirarlo. Tuve esa sensación cuando lo conocí en el entierro de Rosa y, a pesar de las veces que lo hemos venido a visitar desde entonces, me sigue impresionando porque observa a todos con un aire de desafío que le resta parte de la gran semejanza que guarda con mi novio, para quien la muerte de su madre fue un palo del que todavía le cuesta recuperarse. Me preocupa que en algún momento de la boda haga acto de presencia la nostalgia y nos arruine la fiesta. Ya veremos.
Me ha llamado la atención la amabilidad que ha mostrado Nino conmigo cuando ha llegado; las referencias que tengo por Javier de su padre no son precisamente buenas, pero quizás tenga razón cuando me ha dicho que no me fíe de él, que es un encantador de serpientes, y desde luego tiene pinta de serlo. No me agrada que me haya utilizado de correo con su hijo para pedirle que espere a que nos hayamos casado para informar a Iluminado de mi embarazo. A Javier le ha extrañado ese interés de su padre por no disgustar a su suegro, que está al tanto de la novedad por su boca y que, contrariamente a lo que piensa Nino, se ha alegrado mucho con la noticia de que vamos a ser padres. Lo más gracioso es que, al saberlo, Iluminado nos aconsejó exactamente lo mismo. Hay una guerra soterrada, de raíces profundas, entre esos dos hombres y está claro por quién se decanta Javier, pero me gustaría extraer mis propias conclusiones sobre el origen de tanta inquina. No es que desconfíe de mi novio, pero todo el mundo que le conoce medianamente sabe que puede ser muy manipulable y, para ser franca, Iluminado tampoco me inspira confianza. Tiempo habrá para ocuparse de eso, ahora voy a disfrutar de mi boda, es mi momento y no voy a consentir que me lo estropeen las peleas de familia. Javier se lo ha pedido a su abuelo y espero que le haga caso.
Para respetar las costumbres de la casa dormiremos en habitaciones separadas hasta el día de la boda. Nadie preguntó mi opinión al respecto, pero en este caso no me importa. Creo que para entrar con buen pie en Saldisetxea y evitar futuros problemas debo vigilar con cuidado en qué cedo y en qué me muestro intransigente. Tampoco está mal pensado gozar de un espacio propio para relajarme en los momentos de tensión que inevitablemente se producen en una boda, así podré organizar con tranquilidad los preparativos para un vuelco tan radical como el que va a dar mi existencia.
Me gusta mucho Saldisetxea y más cuando pienso que algún día no muy lejano puede ser nuestra y de Carmen. Ya veremos cómo funciona la convivencia, aunque la casa es grande para que cada una podamos mantener nuestra privacidad. Conocer a Javier, siempre tan atento, educado y, por qué no reconocerlo, con una fortuna a su alcance, ha colmado mis sueños. De él me gustan hasta sus flaquezas, como la habilidad que tiene para ocultar su falta de carácter bajo esa coraza de hermetismo que, además, le da un halo de misterio. Utiliza esa técnica con todos, incluso conmigo y también con su padre, si bien es cierto que a quienes le conocemos no nos engaña. Para Javier no fue fácil tomar decisiones contra la voluntad de su padre. No hace falta ser muy lista para ver que Nino está acostumbrado a mandar y a que le obedezcan. Responde al tópico del hombre hecho a sí mismo, esforzado y perfeccionista que exige a los demás los sacrificios que se impone. Está visto que el éxito de los padres dificulta mucho la relación con los hijos y comprendo que Javier se queje de Nino; menos mal que encontró amparo en su madre, porque sabía que solo no podía enfrentarse a la admirada e inalcanzable figura paterna, pero finalmente Javier ha encauzado su vida.
La decisión de celebrar aquí la boda ancla su posición en la familia y estabiliza nuestra economía; yo también pienso que con su trabajo de economista en la ONG y el mío en el hospital nos da para vivir sin problemas, pero con los medios que tiene esta gente Javier debe aspirar a más y ahora tiene la oportunidad de hacerlo. Yo sé que en cuanto nazca nuestro hijo afrontará su responsabilidad como padre y aliviará la presión que siento por tener que ir encadenando contratos en el hospital. No es justo dedicar tantos años al estudio y a la investigación sin lograr una mínima estabilidad laboral. La diferencia es que a partir de ahora ya no me desquiciaré cuando esté próximo el vencimiento del contrato ni temeré el periodo de incertidumbre que se produce entre la firma de uno nuevo y los meses que paso en la cuerda floja hasta que, por fin, se encauza la situación, te pagan lo atrasado y puedes devolver a los familiares y a los amigos lo que te han prestado. Desde hoy todo eso quedará atrás. Formar parte de los González Arlaiz nos tiene que proporcionar la solvencia económica que necesitará nuestro hijo; su nacimiento hará que Javier ponga los pies en la tierra y comprenda que si nunca le ha preocupado el dinero es porque no le ha faltado.
El poco tiempo que conocí a su madre fue suficiente para saber que fue ella quien llenó de pájaros su cabeza, algo que se puede permitir la gente que tiene el futuro asegurado. No sé si me comportaré igual con esta criatura que llevo dentro, me parece un pensamiento prematuro pues, salvo por unas mínimas molestias, todavía no soy consciente de su existencia. A estas alturas es un feto de dimensiones mínimas y todavía soy la única que advierte las transformaciones sutiles que experimento. Me pregunto cómo seré yo como madre y si haré como la difunta Rosa y este crío será lo más importante para mí igual que para ella lo fueron sus hijos. Bajo esa capa de seriedad, que debe de ser sello de la familia, pues Javier al principio me causó la misma impresión, creo que se ocultaba una mujer bastante sensible, es posible que mucho más comprensiva y afable de lo que parecía a primera vista. ¡Quién sabe! Desde luego Javier la adoraba, le parecía perfecta y no admitía que se la cuestionase. Tampoco es que yo me atreviera a hacerlo, sé muy bien cuando es prudente callarse y reconozco que no pude formarme una opinión sólida sobre Rosa, aunque era innegable la influencia que ejercía sobre él.
Desde el momento en que Javier vio que yo había obtenido el beneplácito de su madre le entraron los deseos de tener un hijo; accedí porque, aunque no estaba del todo convencida, intentarlo implicaba un compromiso por su parte que me agradó, significaba que Javier iba en serio. «Tu madre está muy enferma», le dije convencida de que la situación de Rosa había influido en su propósito. El me miró como si le hubiera leído el pensamiento y contestó: «Precisamente por eso. Todos, ella también, necesitamos buenas noticias». No encontraba argumentos para negarme ni siquiera apelando a la precariedad de mi situación laboral, ya que ello hubiera supuesto una demora que me acercaría a esa edad en que las posibilidades de concebir un hijo empiezan a reducirse. Aun así, me sorprendió quedarme embarazada seis meses después de aquella conversación, aunque ya fuera demasiado tarde para Rosa; también me impactó que Javier me propusiera casarnos nada más saber la noticia. Nunca hasta ese momento habíamos hablado de matrimonio, a pesar de que esperaba que me lo propusiera una vez que hubiera nacido el bebé, pero comprendo su decisión porque en su familia y en su trabajo no está bien visto tener un hijo sin estar casado. Si la que iba a ser mi suegra no hubiera estado tan grave, Javier se habría tomado este asunto con más calma, creo que le atolondró la certeza de que se moría. Además, así es Javier, primero hace las cosas y después evalúa sus consecuencias, pero reconozco que me fascinan sus ramalazos de niño mimado. Me encanta la libertad con que actúa, algo que yo nunca me he podido permitir porque para mí hasta ahora todo ha sido una sucesión de obstáculos y sacrificios para investigar, que es lo que me gusta. Una labor apasionante, a la que no se da importancia pese a que a todo el mundo se le llene la boca diciendo lo contrario.
Envidio que Javier hasta ahora haya podido permitirse el lujo de cometer errores, de tirar por la borda los estudios y luego volver a empezar. Tiene la confianza de quien sabe que cualquier desastre se puede arreglar y eso le da una libertad que yo nunca he conocido. Me gustaría decir que cuando me haya convertido en su mujer voy a compartir con él esa facultad; sin embargo, estoy segura de que yo no me voy a convertir en una inconsciente. Al contrario, espero que Javier madure y se dé cuenta de que esta criatura que llevo dentro exige que su padre juegue el papel que le corresponde. Estoy convencida de que lo hará porque la muerte de Rosa ha supuesto para él un duro golpe de realidad. Durante el tiempo que estuvo en coma después del ictus me preguntaba una y otra vez si no conocía algún centro, no importaba donde estuviera, donde la pudieran sanar. Me resultaba difícil decirle que muchas veces, la mayoría, hay enfermedades y situaciones que no podemos arreglar. La muerte de su madre, dolorosa para cualquier hijo, ha sido la primera pérdida que Javier no ha podido evitar. El dinero de su abuelo y de su padre juntos no habrían podido impedirlo, pero él se empeña en culpar a Nino de todo. Es un síntoma claro de esa inconsciencia que inicialmente encontraba divertida, pero ha llegado el momento de superarla y de que deje de ser Peter Pan.
***
No me lo puedo creer, por primera vez el señor me ha sonreído y me ha dicho: «Muy bien, Amaia, lo has organizado muy bien». Luego en un gesto de confianza ha tomado mi mano y me la ha apretado con cariño, un movimiento apenas imperceptible que me ha azorado. En los años que llevo a su servicio, el señor nunca había mostrado tanta cercanía. Don Iluminado está exultante y emocionado, parece haber vencido la tristeza de los últimos tiempos con la alegría de la boda del nieto, que ha llenado la casa y el jardín de invitados que disfrutan afanosos del catering elaborado por el mejor chef de Navarra. En la ceremonia, que al final ha oficiado el padre Ubaldo, párroco de la zona, el señor no ha podido contener las lágrimas. Llantinas ha habido muchas porque la familia se resiente aún de la pérdida de la madre del novio que, de alguna manera, ha estado presente durante todo el acto por la continua evocación de su recuerdo.
Ahora que todos han comido y bebido están más relajados y pueden bailar y gozar de esta hermosa noche de finales de junio en el Pirineo. Ha habido suerte porque para mañana pronostican lluvia y se nota en que el cielo ha empezado a encapotarse, aunque la fiesta podrá prolongarse hasta bien entrada la noche. El señor se está bebiendo un whisky y disfruta paladeando un sabor antiguo que parece que lo retrotrae a los tiempos en que estaba en su plenitud. De eso hace mucho, yo ni siquiera recuerdo la última vez que le serví uno. Hace años que lleva una vida franciscana y no abusa de comer ni de beber, y así está, que a este paso nos entierra a todos. Eso es lo que comentan en el pueblo, pero yo, que lo cuido a diario, sé que en los últimos tiempos ha descendido muchos escalones. La fortaleza que aparenta hoy es un espejismo, producto de este día que vive de forma tan especial. Más de uno, incluidos familiares y amigos, daría lo que fuera por saber qué piensa mientras contempla la fiesta desde su silla en la presidencia de la mesa junto a los novios, que hace ya un buen rato que se fueron a bailar con sus invitados. Siempre me llamó la atención lo bien que disimula sus cuitas esta gente, que hasta parece que existe armonía entre todos. Empezando por el señor, que distribuyó estratégicamente los asientos en la mesa principal para que los malpensados no pudieran captar recelos en las conversaciones de los comensales. Los novios, como es lógico, ocuparon el centro. Junto a la novia se sentó Nino, su suegro, y a continuación su madre, una mujer que no puede ocultar su entusiasmo por el enlace. Se ha vestido como un árbol de Navidad y no hace más que mostrar lo deslumbrada que está por el poderío de los Arlaiz. Desde que llegó y la acompañé a su habitación no he dejado de oírla alabar el caserío y la belleza del paisaje, y durante el banquete no ha parado de elogiar la exquisitez de la comida. Posiblemente a la difunta señora, doña Rosa Saldise, le resultaría un poco charlatana esta mujer que se muestra tan agradecida y satisfecha, pero en el fondo no difiere mucho de otras madres, contentas con el buen casamiento de una hija de la que se siente muy orgullosa cuando afirma que llegará a ser una científica reconocida. Enseguida conectó con Nino, con quien se nota que se encuentra a gusto pues no ha dejado de hablar con él desde que se sentaron.
El padre del señorito está aprovechando la locuacidad de su consuegra para saber más de su nuera, a quien prácticamente ha conocido en estos días. Por su parte, la novia parece que se maneja bien con toda la familia; tras haber conquistado al nieto, lo ha logrado con el abuelo en las sucesivas visitas que ha hecho con Javier a Saldisetxea en los meses previos a la boda y parece que ahora quiere congraciarse con Nino, con quien se ha mostrado muy amable en todo momento. Quizás para restar dureza a la fría cortesía con que Javier se relaciona con su padre. Me pregunto qué papel va a jugar este nuevo miembro de la familia, cuyo nombre parece que la predestina a suceder a la madre y a la abuela, una sucesión nominal que se rompió con Carmen por el expreso deseo de Nino de que llevara el nombre de su madre.
Los novios interrumpen su baile para descansar. Javier se acerca a su abuelo y bromea sobre su bebida. Don Iluminado le deja hablar y sonríe para sus adentros, se le ve complacido mientras la novia les observa y comprueba que el abuelo, a pesar de sus años, mantiene esa noche un brillo en la mirada que impresiona, porque le hace aparentar más joven de los noventa y uno que ya ha cumplido. Creo que a ella le produce un ligero nerviosismo el continuo análisis al que se ve sometida por el señor desde el día en que Javier se la presentó; utiliza esa treta con todos los que se le acercan para hacerlos sentir en su presencia como alumnos ante un tribunal de oposición. No obstante, Rosa tiene carácter y cuando se sabe a prueba, aunque posiblemente Javier le diga que son imaginaciones suyas, no se arredra. No pertenece a una familia acaudalada y conocida como los Arlaiz, pero muestra inteligencia y una formación sólida que sin duda le proporcionan los recursos para contraatacar cuando se ve asediada. Ahora, por ejemplo, está orientando la conversación de tal forma que pasa de examinanda a examinadora y ha conseguido que don Iluminado disfrute con el desafío, al menos me da esa impresión. No sabe el señor el esfuerzo que supone tratar con alguien como él, duro y firme en sus criterios y que, a pesar de su hablar pausado, conserva un discurso coherente sin fallos de memoria. Todos en la familia le reconocen esa fortaleza, que para Nino es obcecación y para Javier, motivo de admiración.
Me pregunto cómo se tomará la nueva señora esta relación tan particular entre abuelo y nieto, porque no me parece que Rosa sea una mujer dispuesta a que le disputen influencia sobre su marido. Parece muy moderna y su credencial de científica introduce un elemento ajeno en una familia donde el reparto de papeles entre hombres y mujeres siempre ha estado muy definido. En ese aspecto supongo que hará buenas migas con su cuñada, que quizás deje de sentirse como un bicho raro con la incorporación de otra mujer joven y preparada. No entiendo qué pretenden ni qué necesidad tienen algunas mujeres de complicarse la vida cuando podían ser tan felices casándose y teniendo hijos como me habría gustado a mí si hubiera tenido la vida resuelta desde la cuna. Reconozco que admiro a Carmen y la quiero tanto como a su madre, aunque me cueste entender sus razones para cubrirse siempre con ese velo de insatisfacción, con el que sabe Dios qué frustraciones esconde.
***
Mario, el hijo mayor de la tía Dora, la hermana de Nino, se acerca a la mesa y saca a bailar a la novia. Iluminado, como si hubiera estado esperando la ocasión, coge del brazo a Javier y hace a Amaia una seña para que le lleve el whisky a su despacho, no sin antes preguntar a su nieto, que lo rechaza, si quiere que también a él le lleve algo. Los dos hombres se levantan ante la mirada perspicaz de Nino, que quizás se pregunte qué estará tramando el viejo, de quien no se fía porque se ha pasado media vida enredando.
—¿Dónde está Javier?
La pregunta de la novia al regresar de la pista de baile llama la atención de quienes ocupan la mesa presidencial. Nino se percata por el tono de voz de que a su nuera tampoco le ha gustado ese aparte que ha hecho Iluminado con su nieto; pone cara de fastidio porque concluye que Javier ha buscado una mujer que lo controle, una debilidad que su hijo no es capaz de corregir. Disgustado, deja sin contestar la pregunta de Rosa y desvía su atención hacia la mesa donde Carmen se divierte con sus primos. La ve reír y esto le alivia.
—¿Alguien ha visto a Javier? —repite la novia.
—Ha entrado en la casa con el abuelo —se ve obligado a responder Nino.
Rosa se sienta junto a su madre, que sin palabras parece decirle que tenga paciencia y borre de su rostro esa mueca de desagrado que se ha dibujado en sus labios. Nino calibra que esta es la oportunidad que estaba aguardando para ir a sentarse un rato con sus hermanos. Durante toda la cena ha dirigido miradas furtivas hacia el grupo bullanguero de su familia y no le cabe duda de que son los que más están disfrutando de la boda. Sus hermanos se alegraron mucho con la noticia y han llegado con el sano propósito de festejar por todo lo alto el primer casamiento que se produce en la segunda generación de la familia. Va a levantarse cuando se acercan Carmen y Mario a la mesa; Nino cree que a ambos empieza a hacerles efecto el alcohol, porque su sobrino, siempre tan serio, se muestra muy locuaz y, sin que su tío pueda saber el motivo, comienza a contarle un cotilleo sobre dos empleados de la fábrica, en la que trabaja como el resto de sus familiares. A pesar de la indiferencia que muestra Nino, Mario añade nuevos comentarios sobre quién está liado con quién y los chascos que más de uno se ha llevado. Todos ríen sus ocurrencias, contagiados de su hilaridad, y Carmen muestra hacia su padre una actitud zalamera bastante inusual en ella. Nino sabe que su hija le quiere mucho, pero, como el resto de la familia, no es nada efusiva. Estas celebraciones afloran muchos sentimientos, pero aun así no se le escapa que desde que se han sentado Carmen se ha cogido de su brazo y Mario se ha ubicado en una silla que le tapa totalmente la visión de la pista de baile. Ahora, en un gesto inesperado, Carmen se levanta y le besa la coronilla calva al tiempo que el sobrino le pide que lo acompañe a los aseos con la disculpa de que no recuerda dónde están. Este comportamiento de Mario es tan inusual que advierte a Nino de que está sucediendo algo que tratan de ocultarle. Así descubre en la pista de baile el motivo por el que quieren distraer su atención: Jon Monreal y su mujer bailan entre los invitados, mientras Ignacio, el padre de Jon, los mira sentado en una silla de ruedas.
—Ve tú solo, Mario, que ya eres mayor para que te acompañe al servicio. Y tú, hija, no hace falta que tapes con zalamerías impostadas lo que no me gusta ver.
La novia y su madre, que se han acercado a ellos, se quedan perplejas sin saber a qué responde la desabrida contestación de Nino. Rosa piensa que posiblemente sea ese tipo de desplantes los que molestan a Javier y lo han alejado de su padre. Carmen se queda cortada y a Mario no se le ocurre otra cosa que hacer mutis por el foro y dirigirse al baño disgustado por el fracaso del plan que su prima y él habían montado cuando se enteraron de que los Monreal iban a acudir al baile después del banquete al que no habían sido invitados. Nino se da cuenta de su brusquedad.
—Disculpad —dice—. Son los nervios de la boda. ¡Mario! —grita al sobrino que se aleja—. Espera un momento, no hemos brindado con vosotros por los novios. Es un día muy importante para la familia y quiero que todo el mundo vea que los González somos capaces de superar nuestras desgracias.
—No tienes de qué disculparte, Nino —se adelanta la madre de la novia levantando su copa—. Entiendo lo que sentís y que en un día tan feliz las ausencias son más dolorosas. Rosa y yo también echamos de menos a su padre, a pesar de que hace años que soy viuda.
Los otros cuatro dan por buenas las palabras de la mujer, muy oportunas, aunque alejadas de lo que realmente ha sucedido en la cabeza de Nino.
CAPÍTULO 2
Han pasado siete meses desde la boda de Javier y Rosa y casi año y medio de la muerte de mamá; estoy de nuevo en Saldisetxea para recoger la casa, que es lo que se hace cuando alguien fallece, pero no sé bien por dónde empezar. Otra vez, en tan poco tiempo, este ritual de despedida que nos lleva a repasar la vida del difunto y nos descubre facetas olvidadas de esa persona. En cada cajón, en cada armario, en cada estantería nos asaltan los recuerdos. Encuentro cosas de mamá y de los abuelos de las que ya me había olvidado: escritos y antiguos libros de contabilidad de la acería, cuyas páginas repletas de números constituyen por sí solas una historia de ambición, decepciones y fracasos que nunca llegaré a entender. Estoy cansada de duelos y necesito que esta muerte ponga fin por mucho tiempo a la mala racha.
He acordado con Javier que me quedaría con estos papeles. Me extraña que a él no le interese guardar la historia de la familia, quizás es que está muy afectado por el fallecimiento del abuelo y no quiere avivar recuerdos. Yo también lo quería y por eso llaman mi atención los vestigios que hablan de su faceta como empresario, tan denostada por papá. Me intriga comprobar cuánto hay de verdad y cuánto de inquina personal en el juicio tan negativo que tiene del abuelo y hasta qué punto habla movido por la rivalidad que hubo entre ellos. Una disputa soterrada por el liderazgo de la familia que no ha cesado hasta ahora porque ninguno de los dos aceptaba que el otro impusiera su criterio.
En estos viejos libros de contabilidad, a los que hasta ahora no había tenido acceso, puede que encuentre lo que sucedió con la acería, un asunto del que, cuando le preguntaba al abuelo, este solo respondía suspirando: «Hija, la vida está llena de contratiempos». Era muy reservado para sus asuntos; claro que debe de ser cosa de familia porque yo también echo el candado para que nadie se meta en mis cosas. También es cierto que debía de considerar que eran temas que no interesaban a una adolescente. Si preguntaba a mamá, se limitaba a decir que eso eran cosas de hombres y que las mujeres nunca podríamos entender. Llegadas a este punto me daba por vencida, furiosa porque me incluyera en ese papel secundario que ella había asumido con tanta complacencia. Además, la alternativa de seguir hablando solía conducir nuestra conversación hacia una agria polémica que nos causaba a las dos un gran malestar. Ambas teníamos experiencia en mantener duras controversias, que al final desataban su enfado, con el consabido intercambio de reproches, y luego, cuando se convencía de que no iba a razonar como ella quería, echaba mano de un exasperante victimismo. Si papá trataba de mediar en la disputa era peor, porque entonces mamá, en vez de presentar batalla, se encerraba en un mutismo que duraba varios días.
Sé que la decepcioné profundamente y que nunca respondí al prototipo de hija de buena familia que ella deseaba; mi amistad con las amigas del colegio en Burgos y Pamplona, actualmente todas casadas y con hijos, se esfumó en cuanto nos fuimos a Madrid: descubrí otras formas de vivir y forjé amistades con gentes muy distintas de las que hasta entonces había conocido. A pesar de que todo resultara más duro, diría que más áspero, era tan real y tan vívido que durante unos años olvidé mis complejos y me sentí más cercana al vigor con que mi padre absorbía la existencia que a la melancolía con que mi madre dejaba pasar sus días.
Aun así, hay actitudes que ahora veo con más objetividad y entiendo que para ella fuera muy difícil mantenerse equidistante intentando no quemarse entre esos dos fuegos que eran mi padre y mi abuelo, sin que ninguno de los dos fuera capaz de calibrar el daño que le hicieron. Eso explica que hubiera etapas en las que ella se inclinaba hacia el lado paterno, para acercarse a Nino de nuevo después de pasado un tiempo. Me pregunto hasta qué punto eran sinceras esas reconciliaciones de mis padres, seguidas siempre de la abrupta interrupción de la visita mensual a Saldisetxea.
El abuelo echaba mano de cualquier pretexto, un papeleo o una revisión médica, para romper el hielo y recabar la presencia de su hija. A mamá siempre le sobraron los motivos para acudir a la casa de sus padres y, sin embargo, en los meses previos a su enfermedad, a raíz del intento de reconciliación más serio que hubo entre mis padres y del que yo fui testigo, se mostró por primera vez desapegada con el abuelo, que por entonces ya había enviudado y la necesitaba más que nunca. Alguna vez he tratado de abordar esta cuestión con Nino, ahondar en ese cambio de actitud inexplicable de mamá, pero se resiste a hablar de la misma forma en que yo tengo algunos asuntos que reservo para mi estricto ámbito privado y sobre los que me vuelvo escurridiza como una anguila cuando papá intenta abrir esa puerta que yo he cerrado con una llave después de tirarla al fondo de una sima a la que no me quiero ni asomar. ¿Para qué decirle la verdad si no lo entendería? A veces es preferible callar para no hacer sufrir a nadie, más cuando tengo asumido que yo sola debo arrastrar mi carga. Reconozco que no sé cómo abordarlo y trato de ignorarlo para aliviar esta presión que, a la postre, pesa sobre mi estado de ánimo y me descentra de mis ocupaciones. Curiosamente solo me siento segura en el trabajo, la fábrica me produce bienestar, incluso cuando hay problemas gozo de una tranquilidad que no encuentro fuera. Papá dice que soy como él, una adicta al trabajo, pero solamente yo conozco la causa de esta adicción que él ni siquiera imagina.
Dejo los papeles y le pido a Amaia que hagamos el recorrido por las habitaciones para disponer lo que se hace con algunas prendas del abuelo que ya no le servirán a nadie; le digo que se encargue de regalar la ropa y que haga lo mismo con los vestidos de la abuela, que todavía se conservan en los armarios y de los que él no se había atrevido a desprenderse. Se me inunda la pituitaria del olor a cera, lavanda y membrillo que exhalan los cajones, un aroma que me devuelve a la infancia cuando mamá y yo rebuscábamos telas en desuso para disfrazarme y ella abría esas puertas de nogal y se quedaba mirando igual que si se asomara a una ventana desde la que contemplar el paso del tiempo. Enseguida venía la abuela a ver qué le estábamos revolviendo. Era muy celosa de su orden y de sus cosas y no le gustaba que hurgáramos en los armarios. Un recuerdo amable de mi madre que me da otra perspectiva de ella, de un tiempo en que estábamos unidas.
Amaia se conoce todos los recovecos de la casa y es de agradecer lo bien que la cuida desde hace tanto tiempo. Como los Monreal, forma parte de la familia y de Saldisetxea, y así lo sienten todos ellos. A mí me trata como a una hija y con esa confianza me ha preguntado si pensábamos seguir contando con sus servicios. Sin dudarlo le he dicho que sí, ni siquiera le he consultado a Javier, aunque no creo que ponga ningún reparo. No sé qué dirá Rosa al respecto, pero mi hermano también aprecia a Amaia y a su edad, debe de rondar los cincuenta, no le vamos a hacer una faena. Cuando me planteo estas cuestiones cotidianas siento cierta inquietud por el futuro de Saldisetxea y me pregunto si, desde nuestras respectivas responsabilidades, sabremos conservar como se debe este lugar que a los dos nos trae buenos recuerdos.
Me revuelve por dentro el papel de notaria que hoy ejerzo. Este recorrido por la casa certifica el fin de una época, eso espero, marcada por la desaparición de seres queridos. El último ha sido el abuelo, con quien me unía un extraño sentimiento de amor-rechazo que nunca me he podido explicar. Disfrutaba cuando me dejaba acompañarle en sus largos paseos por el bosque, una costumbre que adopté desde bien niña cuando veníamos a pasar aquí el verano. Estoy segura de que le complacía mi compañía porque no interrumpía el silencio que solo él quebrantaba para explicarme los nombres de los árboles y de las plantas, para señalarme algún insecto curioso que no habría visto si no me lo hubiera enseñado, de los pájaros y de los animalitos que salían de sus madrigueras, cuando en total comunión con el paisaje nos deteníamos a observar durante un buen rato las ramas de las hayas columpiarse dulcemente en el cielo. Después proseguíamos y continuaba con sus explicaciones, cuyo término representaba para mí la señal de que ya podía preguntar todo lo que me había ido callando por el camino. En un momento determinado juzgaba que ya era hora de regresar y, de vuelta, me contaba habladurías del pueblo, recuerdos de su vida en Bilbao y de cuando mamá era pequeña.
No puedo evitar la congoja que me produce su ausencia, quizás porque añoro ese tiempo en que lo admiraba tanto. Realmente no lo aprendí todo de mi padre, el abuelo también me hablaba de los buenos tiempos de la acería, de la reverencia con que saludaban a su padre los obreros y el personal de las oficinas, de cuando empezó y mi bisabuelo le obligaba a acompañarle para que reconocieran en él al hijo del patrón que un día se haría cargo de todo aquello y le aconsejaba que evitara las malas prácticas de algunos que, si se veían en aprietos, estropeaban las coladas para venderlas como chatarra porque se las pagaban mejor. Me crie con estas historias, que el abuelo adornaba a su manera para dar ante mí su mejor imagen; era muy jactancioso, pero me ponía sobre la pista de actuaciones que atribuía a otros y que he llegado a sospechar que él también practicaba. Yo entonces era demasiado joven y me limitaba a escuchar, pero alguna vez he sentido que su voz regresaba como un eco y me recordaba que no me había llegado a contar el final del cuento. Siempre presentí, influida por los comentarios ácidos de Nino sobre su persona, que guardaba algo, una parte de su historia que le hubiese gustado relatarme, pero que no se atrevió a hacerlo.
Esta sensación cobra fuerza cuando recuerdo en él actitudes que me incomodaban, como esa superioridad con la que hablaba a quienes no formaban parte de su familia o de sus amistades. Ese rictus soberbio en sus labios, sobre el que no me interrogué hasta que me hice mayor, deshizo la magia que había entre nosotros e hizo que las acusaciones de mi padre cobraran sentido para mí y que yo me fuera alejando del abuelo poco a poco sin saber a ciencia cierta los motivos. Pese a todo, siento cierto remordimiento por haberlo dejado solo este último año en que ha debido de pasarlo tan mal, por no haberme acercado más a él como hizo mi hermano. El abuelo me conocía, leía mi pensamiento como un libro; quizás por eso prefería a Javier, que nunca le cuestionó, pues para mi hermano por encima de todo era su abuelo sin más disquisiciones. Javier siempre se sintió un Arlaiz de los pies a la cabeza. En cambio, a mí el abuelo me decía que tenía un «ramalazo peligroso», una expresión que entonces me resultaba muy ofensiva y hacía que me enfurruñase, mientras él se reía por hacerme rabiar. Boberías que ahora también me hacen sonreír porque reconozco que tengo un ramalazo de González del que, contrariamente a lo que él pensaba, me siento muy orgullosa.
***
Preparo café en la cocina para servirlo cuando los chicos se reúnan con Jon Monreal antes de pasar por la notaría en Pamplona. Entra Carmen y le pregunto si a su cuñada le irá bien tomar un café a media mañana.
—Lo digo por el embarazo —aclaro mientras le explico que mi madre siempre me habló de lo mal que le sentaba el café cuando estaba esperando que naciese.
Carmen ni se lo había planteado y sugiere que tenga preparada agua caliente por si prefiere una infusión. A Rosa ya le queda poco para salir de cuentas, pero, aparte de algunas molestias puntuales del final del embarazo, está disfrutando de una gestación muy tranquila, lo que demuestra su fortaleza. Esta es una cualidad que se aprecia en la familia Arlaiz y de la que siempre gozaron sus mujeres, aunque todas, abuela, madre e hija, ocultaron su verdadera naturaleza bajo una apariencia física frágil. Yo digo que las recubrieron al nacer con acero de la fundición del señor Iluminado, disciplinadas como ellas solas sin dejar que los sentimientos interfirieran en su sentido del deber. Carmen, al igual que su madre, es más de hacer que de hablar. En eso es muy diferente de su cuñada, pues la madrileña aprovecha para charlar con cualquiera de nosotros en cuanto se da la ocasión. A todos nos pregunta por nuestra vida en el caserío, qué hacemos y desde cuándo estamos aquí. Es curiosa y parece que se quiere empapar del funcionamiento de todo con la aquiescencia de su marido, que observa divertido los interrogatorios a que nos somete. Me molesta que haya ido asumiendo el papel de señora de la casa a medida que se multiplicaban las visitas desde antes de que muriera el señor. No me quejo, porque gracias a esa frecuencia con que venían estaban junto a él cuando se puso muy malito y tuvieron que llevarlo a Urgencias de Pamplona. Luego todo fue muy rápido, porque cuando falla el corazón la muerte no se hace esperar y sentí un gran alivio por no haberme encontrado sola en esos momentos. Javier se hizo cargo de todo, tomó las decisiones oportunas después de que su mujer, tras examinar a don Iluminado, como ella le llamaba, le dijera que llamara rápido a una ambulancia porque creía que no le quedaba mucho tiempo.
Todavía siento la necesidad de acercarme a la entrada cuando se acerca la hora de comer, como si el señor fuera a doblar de un momento a otro la última curva del camino de regreso de Irati; incluso me despierto pensando en servirle el desayuno, como he hecho una buena parte de mi vida en esta familia que prácticamente ha sido la única que he tenido. Doña Rosa y su hija me metieron el vicio de la lectura, me animaban a tomar prestados libros de la biblioteca; yo al principio lo consideraba una excentricidad a la que accedía para no disgustarlas, pero me fueron encarrilando, como decía la abuela, y le cogí el gusto. Después se lo agradecí porque, aunque en esta casa sobra el trabajo, los inviernos son muy largos y no soy amiga de televisores, a pesar de que no soy tan mayor no he dispuesto de una tele en el cuarto hasta hace diez años. Me afectan como a cualquiera de ellos tantos adioses como hemos tenido que dar últimamente y siento que envejezco a medida que se han ido apagando las vidas de esas personas a las que, a fuerza de servirlas, tomé cariño, como don Iluminado, a quien al final ya no tenía miedo y hasta aceptaba sus manías con la misma indulgencia con que se trata a un padre anciano que desvaría. Eso no significa que no sepa bien cuál es mi sitio porque, igual que mostraban detalles, tanto doña Rosa como su marido marcaban bien las distancias.
Me preocupa qué va a suceder ahora y que haría si me viera obligada a abandonar el caserío. Si Rosa de los Ángeles no hubiera fallecido de forma tan prematura, todo estaría más claro, las cosas continuarían como siempre, pero los chicos son otra cosa y nadie sabe qué van a decidir. En el pueblo se dice que posiblemente venderán Saldisetxea porque piensan que son gente de Madrid a quienes no les importa esto, y cuando les digo que para Carmen y Javier es la casa de sus abuelos, responden que los sentimientos no mandan en estos asuntos. Javier y su mujer tienen buenos empleos, pero no gozan ni de la posición ni de los ingresos de Carmen en González Fuez, que es una empresa muy sólida, a pesar de que el difunto señor le comentase a Jon Monreal que con esto de la crisis estaban reduciendo plantilla.
—Ese —le oí decir con tono de desprecio en referencia a su yerno— vendería Saldisetxea si pudiera para enjugar sus deudas, pero no lo hará mientras yo pueda impedirlo.
Don Iluminado dijo esas palabras en el despacho donde sus nietos se acaban de reunir con Jon. Me intriga lo que quiere decirles y me demoro sirviendo los cafés, pero nadie habla hasta que me retiro y cierro la puerta tras de mí con la tentación de quedarme pegada escuchando. Nunca lo he hecho y a mis años no me voy a convertir en una fisgona, a pesar de que me retire inquieta a la cocina dando vueltas a qué se cocerá ahí dentro. Mejor olvidar y dejarlos con su parlamento, que será una conversación de amigos porque se conocen desde niños, aunque se hayan distanciado con el tiempo. Me intriga tanto misterio porque Jon no es dado a solemnidades y eso indica que tiene que decirles algo importante. Me da miedo que sean ciertos los rumores que hablan de la venta de la casa y de echarnos a todos. Llego a la conclusión de que es una tontería hacer suposiciones y trato de centrarme en mis quehaceres, pero ya está todo hecho porque me he levantado temprano; ayer me enteré de que el notario les ha dicho que los Monreal y yo los acompañemos a Pamplona para asistir a la lectura del testamento. Eso significa que el señor ha tenido un detalle con nosotros, aunque me extraña, porque don Iluminado no hacía ese tipo de reconocimientos. Era muy suyo para los dineros.
***
En el despacho que ocupó el abuelo, Jon, el más apocado y discreto de los tres hijos de Ignacio Monreal, mira a sus amigos de la infancia con aire circunspecto porque conoce el contenido de la carta que les acaba de entregar.
—Vuestro abuelo me pidió que la leyerais antes de acudir al notario. Es importante —subraya mientras Javier, con la aquiescencia de su hermana, empieza a rasgar el sobre con un abrecartas.
Carmen y Rosa esperan expectantes a que comente el contenido del papel que hay dentro del sobre, pero Javier se ha quedado mudo y relee una y otra vez como si no diera crédito al mensaje escrito con la caligrafía antigua del difunto.
—¿Tú sabías algo de esto? —pregunta Javier a Monreal.
Jon afirma con la cabeza y explica que Iluminado le hizo prometer que guardaría el secreto hasta el día de su muerte. Javier, desconcertado, le pasa la carta a Carmen y Rosa, intrigada, le hace gestos para que desvele su contenido.
—El abuelo tenía casi seis millones de euros depositados en cuentas en Suiza y en Andorra, un dinero procedente de dos sociedades ubicadas en otros paraísos fiscales —aclara—. Esta carta indica la cuantía exacta y las claves para acceder a su titularidad, que podemos reclamar como sus legítimos herederos. Dice que, por razones obvias, no lo incluye en el testamento que nos leerá el notario.
Javier lo ha soltado de una vez con la voz todavía impactada por la noticia. De repente, la atmósfera del despacho se ha hecho densa y Jon, que siempre temió este momento, observa la reacción de las tres personas que tiene enfrente. Aunque no es de la familia, siempre supo más que ellos sobre la existencia de ese dinero desde que Iluminado Arlaiz le nombró su albacea, un asunto que dice que le desagrada y que cumple por la fidelidad de tantos años, pues mancha como el aceite cuando se desparrama y convierte en cómplices a quienes comparten el secreto. Después de haber entregado la carta, Jon se hace a un lado y deja caer sobre los nietos esa carga que, como deja ordenado el difunto, ambos hermanos han de repartir a partes iguales. Incluso Rosa, una mujer que en lo poco que la conoce Monreal no se amedrenta por nada, parece conmocionada. Quizás se había planteado en estos días cómo iba a cambiar su vida y la de su futuro hijo al ser beneficiarios por vía conyugal de una herencia que ya sabía considerable antes de conocer el contenido de la carta. Desde luego esto no se lo esperaba. Ni ella ni su marido ni su cuñada imaginaban que el abuelo pudiera atesorar esa importante cantidad de dinero negro, que les plantea el dilema de qué hacer con él.
Rosa ahora, como Jon, también observa y espera a que hablen Javier o Carmen. Piensa que a su marido se le acaba de derrumbar un mito, porque no esperaba eso de su abuelo; desconoce qué sentirá su cuñada al respecto, aunque sabe que siempre ha tenido los pies más aferrados a la tierra que su hermano. La observa mientras permanece callada, muy quieta en su asiento y con la cabeza gacha de forma que la melena trigueña le oculta parte del rostro e impide captar su mirada y saber que Carmen en este momento se está acordando de las críticas de su padre hacia el abuelo, de las explicaciones que nunca le dieron sobre el cierre de la acería durante la reconversión de los noventa y de aquella aparente bajada a los infiernos de Iluminado que lo llevó a encerrarse con la abuela en Saldisetxea y reducir drásticamente sus estancias en Neguri. Se pregunta por qué Iluminado no echó mano de ese dinero cuando lo necesitó y sobre todo se cuestiona cómo lo consiguió. Finalmente, Carmen sale de su mutismo y presiona a Jon para que les hable sobre el origen de ese capital, pero este responde que ignora su procedencia, al tiempo que les indica que el abuelo sugirió que les aconsejara que actuasen con inteligencia.
—¿A qué te refieres? ¿Tú sabes qué hacer en una situación como esta? —pregunta Javier sobrepasado por las novedades.
Jon, que esperaba esa pregunta, le contesta que el abuelo no quería que ellos tuviesen problemas, sino que buscasen la forma de legalizarlo. Les aconseja que consulten con un asesor fiscal, ya que, si se hacen cargo de la herencia, pueden desvelar la existencia de este dinero y declararlo ante Hacienda sin más consecuencias para ellos que pagar lo que corresponda y los intereses de demora pertinentes. A pesar de que con ello pierdan un buen pellizco, evitarían incurrir en un delito.
—Además, creo que vais a tener suerte si finalmente el Gobierno aprueba la amnistía fiscal de la que tanto se habla —concluye Jon antes de que Amaia, que había estado dudando si interrumpir la reunión, entre en el despacho para advertirles de que ya es hora de ir al notario.
Lo mucho que se han demorado en el despacho ha azuzado más la curiosidad de la mujer, sabedora de que, si es paciente, se enterará de lo que han hablado. Le dan las gracias y se percata de que esperan que se marche de nuevo, pero no se aleja demasiado y permanece en el pasillo hasta que por fin escucha el crujido de la puerta al abrirse. La reunión ha terminado y Jon de lejos le hace seña de que le siga al Renault donde Ignacio Monreal les espera sentado ya en el asiento del copiloto para ir a la notaría de Pamplona. Antes de arrancar, Amaia observa que los Arlaiz se dirigen al Audi de Carmen con rostro impenetrable.
***
En un aparte antes de entrar en el coche, Rosa me pregunta por qué mi abuelo no me había hablado de su dinero negro. Con un encogimiento de hombros la hago partícipe de mi perplejidad al pensar que, después de tanto como hemos conversado él y yo en los últimos tiempos, no me confiase este asunto y, en cambio, se lo dijese a Jon. Mi mujer insiste en que creía que gozábamos de total complicidad y yo reconozco mi desconcierto pues no encuentro explicación a esa forma de actuar. Trato de disculparlo argumentando que quizás temiera que me enfadase con él y le dejase solo porque yo era el único apoyo que le quedaba, aunque debía de saber que nunca lo abandonaría. Rosa me mira escéptica y sonríe, convencida de que me ciega el cariño.
En realidad, no importan las razones por las que calló ni debo mostrarme resentido por ello, lo que cuenta es que guardó ese dinero para nosotros y eso fortalece nuestra posición económica. ¡Cómo podríamos reprocharle nada! A él menos que a nadie. Gracias a su ayuda no tuve que recurrir a mi padre cuando decidí demostrarle que no era un desnortado, como este llegó a decir. Siempre haciéndome sentir que lo defraudaba, simplemente porque no acepté que fijara mi destino sin darme la más mínima posibilidad de decidir. Nunca ha sido consciente del daño que me hacía su incomprensión, del sentimiento de orfandad que me producía, un malestar que yo compensaba con el cariño de mamá, a la que tampoco entendió, y con el refugio protector del abuelo, que comprendía que yo debía seguir mi camino y confiaba en que lo encontraría.
Miro de reojo a mi hermana, que se concentra en la conducción, mientras yo, sentado a su lado, me doy cuenta de que también Rosa me observa acomodada en el asiento trasero cuidando de que el cinturón no le oprima la barriga, que ya está muy crecida. Tengo muchas ganas de ver cómo es ese niño que lleva dentro y al que podré llamar mi hijo, nuestro hijo. Me gusta decirlo y me deleito muchas veces pensando en cómo será y en qué hará cuando vaya creciendo. He de reconocer que la paternidad próxima me abruma por la responsabilidad de no decepcionar a esa criatura, porque yo, desde luego, no seré un padre ausente como el mío, yo estaré al lado de mi hijo, ayudándolo a crecer. Siento que el abuelo no lo vaya a conocer, pero se ha ido sabiendo que ha cumplido su misión en este mundo, estaba muy cansado y me reconoció que era muy duro ser el último en morir y soportar la desaparición de su mujer y de su única hija. Lo peor para él fue lo de mamá, una muerte absurda, insistía siempre, que no se hubiese producido si papá se hubiese ocupado más de ella, si se hubiese molestado en llamarla por teléfono como era su obligación. Rosa, ajena a mis pensamientos, pone su mano sobre mi hombro y yo la atrapo con la mía antes de que la retire para prorrogar esa caricia. Mi mujer me hace sentir bien y da sentido a mi vida. Parece una obviedad, pero ella calma mi ansiedad y me ayudó a replantearme algunas decisiones que tomé en el pasado por rabia, por miedo y por la necesidad de ir contra mi padre. Mis largas conversaciones con Rosa me hicieron ver que no podía mantener la actitud de un adolescente y me sirvieron de entrenamiento para demostrar al abuelo que no se había equivocado conmigo. Sé que me estaba examinando y que se quedó satisfecho. No lo defraudé y ahora no pienso hacerlo tampoco, por eso puedo contemplar con indulgencia los errores que haya podido cometer.
Como juré, no le he dicho nada a Carmen del contenido de mis conversaciones con el abuelo. Debo acercarme y alejarla de la influencia que ejerce papá sobre ella, pero buena es mi hermana para que nadie la proteja; simula que no lo necesita a pesar de que no sea cierto. Esa actitud la aísla y, aunque trata de evitarlo bajo una apariencia amable, es demasiado reservada para ser feliz, para encontrar una pareja y formar una familia, y se está convirtiendo en el prototipo de mujer que a los hombres nos da miedo. Yo tengo una mujer muy válida, tanto o más que mi hermana, pero, a diferencia de Carmen, Rosa no va de cerebrito y de mujer perfecta. Debería relajarse, abrirse a la familia y a los amigos, pero me da la impresión de que mi hermana solo disfruta con el trabajo y es tan competitiva o más que los directivos con los que se relaciona. Claro que es el ambiente donde se encuentra más a gusto, aunque se equivoca de objetivo, y con esa actitud proyecta una imagen de dureza que espanta a quienes no la conocen. Antes se parecía más a mamá, tímida y reservada como ella, pero ha cambiado; ahora me parece distante, casi hermética, y tengo la impresión de que no la conozco. Posiblemente note, como todos, la ausencia de mamá. Pobrecilla, me hubiera gustado ahorrarle disgustos y tengo que reconocer que ninguno se lo pusimos fácil ni supimos valorar lo mucho que valía. Papá, menos que nadie, porque a él solo le preocupan sus negocios y su ambición de crear un emporio empresarial para superar su complejo de pobre. Ese continuo esfuerzo por estar siempre en la brecha lo alejó de las personas que más lo queríamos y tanto lo necesitábamos; no sé si fue consciente de lo infeliz que hacía a mi madre y cómo sufríamos todos por ello. Encima la engañó y eso nunca, nunca se lo perdonaré. Mamá procuró ignorarlo y Carmen parece haberlo borrado de su memoria, pero yo no.
Rosa me pregunta si estoy bien. Me vuelvo, sonrío y acaricio su tripa enorme para tranquilizarla porque debe de haber advertido mi tensión interior. Me gustaría revelarle antes de llegar al notario el contenido del testamento, pero Carmen está delante, así que aguanto mis ganas de contarle los proyectos que estoy barajando y cómo van a mejorar notablemente nuestra vida y la de ese niño que esperamos. El abuelo me desveló sus últimas voluntades el día de la boda, pero me hizo jurar que no hablaría de ello con nadie.
—Cuando digo con nadie, Javier, es con nadie —me advirtió muy serio para dejarme claro que Rosa, que ese día se había convertido en mi esposa, tampoco debía saberlo.
No quise contradecirle porque eran obvias sus razones. Me costó cumplir mi palabra, pero no podía traicionar la confianza que había depositado en mí y, además, él ha sido la única persona a quien no he podido mentir. Rosa, que tarde o temprano me reprochará esta falta de complicidad, entenderá por qué callé para no romper mi promesa.
En cuanto a esos seis millones de euros depositados en Suiza y Andorra, no sé qué haremos. Le diré a Carmen que pregunte a papá por eso que nos dice Jon; tal vez él también tiene montado su chanchullo de sociedades y cuentas en el extranjero. No me extrañaría después de haberle escuchado decir tantas veces que el capital no tiene patria.
***
El notario inicia la lectura del último testamento firmado por Iluminado Arlaiz Celaya en fecha posterior al fallecimiento de su hija, Rosa de los Ángeles Arlaiz Saldise. Como se esperaba, nombra herederos a sus nietos, Javier y Carmen González Arlaiz, hijos de Saturnino González Fuez y Rosa de los Ángeles Arlaiz Haro. En la rutina de su quehacer profesional, el fedatario público coteja los datos de los DNI de los hermanos para cumplir escrupulosamente el trámite obligado, aunque en su caso innecesario porque conoce a estos chicos desde que nacieron. Incluso si no hubiera mantenido una relación amistosa con el abuelo, hay poca gente en Pamplona que no conozca a los miembros de esta familia. Todo ello no le exime de cumplir con su deber y de que siga una a una todas las comprobaciones exigidas por la ley. También lee los nombres del personal de servicio y pide sus documentos a Ignacio y Jon Monreal, a quienes Iluminado ha legado doscientos mil euros a repartir a partes iguales entre el padre y el hijo. A Amaia le deja cincuenta mil euros y aclara que estas cuantías son de agradecimiento por tantos años a su servicio.
Los tres sonríen satisfechos al conocer la noticia; después de todo, piensa Ignacio Monreal, Iluminado ha cumplido. Ese dinero le permitirá contratar a uno del pueblo para atender la casa y ayudarle en sus desplazamientos cuando dentro de poco se quede solo. Tras el ictus se maneja mejor en silla de ruedas, aunque con la rehabilitación ha recuperado más movilidad de la que se esperaba. Se alegra sobre todo por Jon, que se podrá ir con su mujer a Pamplona como planeaban y lo considera un acto de justicia, lo mínimo que Iluminado podía hacer por ellos y por Amaia, que lo cuidaron en sus últimos años. Además, nadie sabe qué decisiones van a tomar los nuevos propietarios de Saldisetxea; a Ignacio Monreal le resulta difícil hacerse a la idea de los cambios que se van a producir, porque Javier y Carmen son de la edad de sus hijos, pero son señoritos acostumbrados a la vida de Madrid. El que fue mano derecha de Iluminado Arlaiz en el cuidado y administración de la finca duda sobre lo que pueda pasar con el caserío y le preocupa que lo vendan, aunque prevé que el fallecido, a quien conocía mejor que nadie, habrá dejado todo previsto para que esto no suceda. Para él y para Amaia sería doloroso tener que marcharse, aunque, llegado el caso, Iluminado le ha legado medios para tener una vejez tranquila. Jon tampoco le preocupa, es joven y con sus cien mil euros y su titulación puede abrir, como siempre quiso, una gestoría en Pamplona, donde quería vivir con su mujer y los dos niños.
El notario prosigue la lectura del testamento. El difunto deja a su nieto Javier González Arlaiz el caserío de Saldisetxea con su correspondiente explotación ganadera y el 48 % de su participación en el Grupo Industrial Nino González Fuez y hermanos. Al oír esto, todas las miradas se dirigen hacia Carmen, que intenta asimilar la noticia y no puede disimular su sorpresa al conocer que, en detrimento de sus intereses, Iluminado ha dejado a Javier todo su paquete accionarial del grupo empresarial de Nino González. Ella esperaba que el abuelo repartiera esas acciones entre sus dos nietos, pero con su decisión Iluminado ha convertido a su hermano en socio mayoritario del grupo, lo cual inevitablemente traerá complicaciones. Carmen, que tiene en la cabeza todo el esquema accionarial, detecta enseguida que hay algo que no cuadra en el porcentaje que acaba de leer el notario. Mentalmente calcula que en el reparto inicial del capital de la empresa Nino poseía el 21 % de las acciones; Rosa de los Ángeles, el 15 %, y sus tres tíos, un 8 % cada uno. Con ello, Nino se aseguraba una situación holgada, pues tenía a su favor el 60 % del capital frente al 40 % de Iluminado. El reparto cambió con la muerte de Rosa, al dividirse su 15 % a partes iguales entre su viudo y sus dos hijos. Aun así, Nino mantuvo el control del 55 %, razón por la que aceptó la propuesta de Carmen de ceder a accionistas ajenos a la familia un 2 %, lo que le permitía seguir ostentando una mayoría suficiente frente a su suegro, que poseía el 40 % de los títulos de González Fuez, pero no el 48 % que todos acaban de escuchar.
—Por favor, ¿puede repetir el porcentaje que acaba de leer? —pide Carmen al notario.
Este accede y repite: 48 %. Ella, que sigue sin entender, mira a Javier intentando que la ayude a encontrar una respuesta, pero su hermano sugiere con un gesto de la mano que no interrumpa la lectura y que deje las dudas para el final. A Carmen le molesta que él no sea consciente de la gravedad de lo que está sucediendo y el dilema que plantea ese testamento: ¿contiene un error difícil de explicar o efectivamente el abuelo tenía mayor participación en el grupo de lo que pensaban? Ella no tiene constancia de esto último y mientras reflexiona sobre ello surge en su cabeza un cálculo que parece una locura, pero que cuadra perfectamente con los datos leídos por el notario: 40 más 8 conforman el 48 % que reza el testamento y, a continuación, surge la duda de cuál de los hermanos González Fuez puede haber vendido a Iluminado su participación en la empresa.
La sospecha la deja anonadada e indefensa ante la mirada de Ignacio Monreal, que la observa con descaro sin disimular que disfruta con lo que está pasando. Carmen siente esa inquina y le desagrada no encontrar apoyo entre los presentes. Javier, decidido a finalizar, evita mirarla directamente, Amaia intuye el malestar y contrae los labios desconcertada, y Rosa y Jon tratan de mostrarse ajenos. Ante la expectación que ha generado su pregunta, aunque nadie reconozca que no es la cuestión formulada, sino las disposiciones del testamento, lo que ha causado sorpresa, Carmen decide callar, temerosa de que pueda arrepentirse de expresar en voz alta lo que pasa por su cabeza en ese momento. Está acostumbrada a controlar sus emociones y no se debería sobresaltar por que las últimas voluntades del abuelo reflejen con fidelidad la personalidad del testador.
—Gracias, solo era una duda —dice al notario, que esperaba esa indicación para no demorar en exceso la lectura que está dando a Carmen González Arlaiz el disgusto de su vida.
Iluminado otorga la propiedad de la casa de Neguri, en Bilbao, a su nieta Carmen. El resto de los bienes —dos apartamentos de alquiler en Zarauz, seguros de vida, varios paquetes de acciones de compañías cotizadas en bolsa y el dinero existente en depósitos de cuentas bancarias— se dividirá a partes iguales entre ambos hermanos. Carmen siente que con Saldisetxea le arrebatan una parte de su pasado y, al quedar su hermano Javier como accionista mayoritario de la empresa, le trastocan el futuro; sin contar con el disgusto que se va a llevar Nino cuando se entere. Lo sensato, se dice, sería que Javier les vendiera una parte o todo su paquete de acciones, pero antes de dar cualquier paso es preciso aclarar si son correctos los datos de ese legado.
***
—¿Nos quedamos a comer en Pamplona? —propongo a mi hermano y a mi cuñada nada más salir del notario, una vez que los Monreal y Amaia se han despedido de nosotros.
Me siento conmocionada por la decisión de mi abuelo, que me ha relegado a un triste papel secundario, y me da rabia descubrir, aunque en el fondo ya lo sabía, que estas últimas voluntades no son más que la expresión genuina del machismo familiar. Aun así y conociéndolo, me molesta pensar que en la decisión del abuelo haya pesado de manera tan grosera que mi hermano sea un hombre y yo una mujer, sin reparar en lo que cada uno hemos hecho hasta ahora. Sé que el abuelo me quería, pero me reservó lo que menos apreciaba, quizás porque hablaba en serio cuando se refería a mi «ramalazo de González», como quien señala un defecto que corregir. Al final debió de llegar a la conclusión de que, a diferencia de mi hermano, no soy una auténtica Arlaiz y que era Javier, que hasta físicamente es como él, quien merecía ese puesto de honor. La prueba está en que me ha dejado la propiedad de Neguri, que solo conservaba por su elevado valor económico y a la que no se acercaba por ser el testimonio de su gran frustración. Nunca llegó a integrarse entre las grandes familias del barrio, que no lo aceptaron como había soñado en su juventud, así que él también les dio la espalda y ahora me lega la plusvalía de su mayor fracaso. ¿Por qué no lo ha repartido todo a medias y ha dejado que Javier y yo nos entendiéramos? Hilo demasiado fino, como me dice papá, y nadie entiende la vulnerabilidad que oculto bajo mi coraza. Saldisetxea es mi infancia, un refugio donde me he amparado cuando me han fallado las defensas, pero eso no es lo peor. Con el nuevo reparto accionarial del grupo, mi padre ya no tiene asegurada la mayoría en el consejo, a mí no me da ninguna opción y deja en manos de Javier, en contra de la voluntad que hasta ahora había manifestado, el futuro de la empresa. Esto es un terremoto emocional y económico de dimensiones incalculables: se trata de mi trabajo, de mi estabilidad personal y de mis anhelos, y debo abordarlo con calma, manteniendo la cabeza muy fría, sin precipitar conclusiones antes de tener certeza de cómo va a jugar sus cartas Javier y evitando que afloren entre nosotros los recelos.
Necesitamos analizar a qué responde esta estrategia que el abuelo debía de tener preparada hace tiempo, quizás desde el mismo día en que se supo que ya no había esperanza para mamá. No sé si ella estaba al tanto de los manejos de su padre y de todo ese dinero que tenía acumulado en el extranjero. Javier todavía no ha expresado su opinión al respecto. Comprendo que esté tan sorprendido como yo y que le resulte difícil bajar al abuelo del pedestal en que lo tenía subido; si no fuera por el apoyo que recibe de mi cuñada, mi hermano estaría muy confuso. Ella debe ver esto de una manera distinta y posiblemente considere que debería estar satisfecha por quedarme la casa de Neguri, en la que Rosa se habría sentido muy a gusto. Para ella, beneficiaria colateral de esta herencia, todo supone una mejora y nunca será consciente de que el abuelo Iluminado se ha despedido de nosotros dándole una bofetada a su yerno en mi cara.
—Niña, no dejes que te malmetan —me decía el abuelo refiriéndose a Nino de forma indirecta.
Ahora me pregunto de quién me debía haber protegido realmente, si de mi padre o de él, que andaba metido en asuntos turbios a la vista de la cantidad de dinero negro acumulado. ¡Menuda faena! Espero que no nos traiga problemas y, como dice Jon, baste con declararlo.
Dejo que mi hermano encargue el vino y la comida; ha tenido el buen gusto de elegir un restaurante donde disponen de un reservado en el que a los postres podremos charlar con tranquilidad. A ninguno nos apetece mantener esta conversación en Saldisetxea, donde las paredes oyen y todos están inquietos por saber qué sucederá de ahora en adelante. Estoy convencida de que a Amaia le ha sentado como un jarro de agua fría que yo no me quede con la casa, que heredó mi abuela y que hubiese heredado mi madre y posiblemente yo si ella hubiera tenido oportunidad de decidirlo. Aprovecho que el camarero se ha retirado tras servirnos los cafés para confesar mi estupefacción por un reparto que no entiendo.
—Me preocupa qué vamos a hacer con esos seis millones —dice Javier abordando el asunto del dinero ilegal—. No sé a ti, pero a mí me plantea un problema.
—Según Jon, si lo declaramos a Hacienda y encima se aprueba una amnistía fiscal, está solucionado, aunque igual que a ti me revuelve aceptar un dinero que no sabemos de dónde viene.
—No dudo de vuestro derecho a saber de dónde ha salido tanto dinero —interviene Rosa—, aunque no entiendo que os extrañe una práctica que parece habitual entre la gente acaudalada.
—No en nuestra familia —le respondo molesta—. En casa siempre se ha jugado limpio y me cuesta creer que el abuelo se metiera en ese tipo de líos.
—Nuestro abuelo —me apoya Javier, disgustado por el comentario de Rosa— era un hombre de principios, muy religioso y coherente. Estoy seguro de que en cuanto sepamos de dónde procede ese dinero encontraremos una explicación lógica. Nunca nos habría legado esa fortuna si no estuviera seguro de que haríamos con ella lo correcto.
—Sí, cariño —insiste Rosa—, vosotros, sí, pero ¿por qué no lo legalizó él y lo incluyó en el testamento con el resto de su patrimonio?
Javier y yo nos miramos sin encontrar respuesta.
—Creo que no debéis amargaros con este asunto —trata de animarnos Rosa—. Nadie es perfecto y vuestro abuelo tampoco lo era. Sin embargo, tenéis la oportunidad de destinar ese dinero a un buen fin. Iluminado se alegraría de que, por ejemplo, creaseis una fundación para financiar la investigación o el arte, o lo destinaseis a obras sociales.
No sé muy bien por qué, pero las palabras de mi cuñada en lugar de tranquilizarme me provocan urticaria. Quizás porque revelan que Rosa ya ha empezado a administrar el patrimonio que acaba de recibir su marido y considera que mi hermano y yo somos unos ingenuos chicos ricos fácilmente manipulables.
—Una fundación, ¡qué buena idea! —responde mi hermano complaciente con la genialidad de su mujer confirmando mis pensamientos.
—Si te preocupa conocer el origen de ese dinero —digo conduciendo la conversación a su inicio—, yo estoy dispuesta a indagar a fondo. Es más, hablaré con papá; me voy a tomar unos días porque hace tiempo que no tengo vacaciones y necesito tranquilidad para asimilar esta herencia que no entiendo.
—De acuerdo, pero antes de que hagas planes —reacciona mi hermano— hay más cosas que aclarar sobre otras cuestiones que plantea el testamento.
Me alegra que Javier haya puesto sobre la mesa lo que realmente nos preocupa a ambos. Rosa permanece callada y aprovecha para someterme a un exhaustivo escrutinio visual mientras mi hermano y yo hablamos.
—Para ser sincera —reconozco—, no entiendo por qué el abuelo te ha dejado a ti todas las acciones del grupo ni tampoco me cuadran los porcentajes del accionariado de González Fuez que figuran en el testamento.
—No te gustará, pero esa ha sido la voluntad del abuelo y no tiene sentido perder el tiempo en disquisiciones cuando debemos decidir qué vamos a hacer de ahora en adelante.
La respuesta de mi hermano me deja estupefacta y ha creado una tensión entre nosotros que me obliga a medir mis palabras mientras trato de entender qué se propone. Javier también calcula el efecto de lo que acaba de decir, que pone de manifiesto su complacencia con el reparto y su nula intención de contemporizar conmigo al respecto. No me esperaba esta reacción, que me obliga a calibrar la situación desde un prisma diferente, dejar de lado los afectos y obrar con la perspicacia de la hábil negociadora que soy cuando me muevo en mi ámbito profesional. Eso me hace ver a Javier de otra forma, con una mirada desconfiada, muy parecida a la de Nino, cuando trato de adivinar el propósito del comensal que bajo la apariencia de mi hermano se sienta a mi lado en la mesa. Lo intento, pero no puedo disociarlo de la imagen familiar, me doy cuenta cuando retengo las palabras para que la comida no derive en una pelea por culpa de la herencia de Iluminado. Qué vulgar y previsible resultaría y cómo dejaría al descubierto las miserias de una familia tan supuestamente ejemplar como la mía, empezando por mí, que pronto aprendí a ocultarme para evitar complicaciones.
El silencio tenso que guardamos me permite ver la expectación —¿miedo?— que genero en mi hermano y en su mujer, inquietos por mi reacción. ¿Acaso esperan que acepte sin rechistar una decisión injusta? Rosa parece apreciar mi ira y para calmarme en un gesto de reconciliación posa su mano sobre la mía que descansa sobre el mantel. No me engaña, la suavidad de la caricia se contradice con la dureza con que me observan sus ojos castaños y sus labios finos, apretados en un gesto que parece advertir que no me atreva a desafiarla, que no tendrá ninguna consideración si invado su territorio. Le devuelvo la mirada con el propósito de que se entere de que tengo la misma intención que ella, aunque ahora no sea el momento para dirimir unas diferencias que, aunque presiento, todavía nadie ha expresado abiertamente. Me digo que, si quiero dirigir el juego, no puedo permitir que me lleven a una encerrona y planteo que todavía no hemos informado a papá sobre el contenido del testamento del abuelo. Con todo lo que a mí me pueda doler, estas últimas voluntades irrumpen en el devenir del grupo como un elefante en una cacharrería. Al salir de la notaría confiaba en que Javier querría vendernos una parte de sus acciones, pero ese acatamiento de la voluntad del abuelo indica que con ese 48 % más el 5 % que le dejó mamá quizás asuma el papel de accionista de referencia. Eso es poco menos que un terremoto. Interrogo a Javier sobre este asunto y, por un momento, tengo la impresión de que va a ser Rosa quien conteste, pero mi hermano la contiene con una fugaz mirada de complicidad, que hace que ella se relaje y deje hablar a su marido. ¿Es un juego bien ensayado entre ambos o es Rosa el carácter dominante que, al igual que papá, duda de que Javier tenga aptitudes para abordar una empresa tan ardua? No lo creo, a mi hermano le va bien contar con el apoyo de personas que le hacen el trabajo sucio mientras él maquina en la sombra.
—Carmen —dice Javier respondiendo a mis preguntas—, papá y tú tenéis que entender que necesito tiempo para pensar. Se trata de un planteamiento nuevo que hasta ahora no entraba en mis planes.
—Dices hasta ahora. Y en adelante, ¿qué va a suceder?
Javier se encoge de hombros.
—Dame tiempo, por favor. No tenía ni idea de esta decisión del abuelo y tengo que analizar qué significa y por qué lo ha hecho.
No sé por qué, pero desconfío, pero por otra parte es lógico que pida tiempo, aunque sinceramente creo que no quiere decir todavía lo que piensa. Yo sí que necesito tiempo muerto, estoy furiosa y la rabia me ofusca hasta el punto de que cualquier detalle me molesta; recelo de la satisfacción que muestra Rosa con la respuesta de su marido y pienso que esconde algo detrás de su complacencia, lo cual me da mucho que pensar y nada bueno. Pero no sirve adelantar acontecimientos, así que apuro mi café y damos por zanjada la conversación.
Mientras esperamos la cuenta, le doy vueltas a la idea de que no hace tanto mi hermano se hubiera sentido molesto con esta herencia que le cae encima, posiblemente la hubiera rechazado inmediatamente y me habría propuesto algún tipo de acuerdo. Por el contrario, ahora guarda silencio y pide tiempo para pensar, algo que visto desde fuera puede parecer razonable, pero que no lo es tanto para quien como yo le ha oído denostar toda la vida la labor de mi padre y jurar que nunca trabajaría con él. Me desconcierta pensar que el abuelo, que tan bien nos conocía a todos, ha sembrado una cizaña que enraíza dentro de nosotros a una velocidad increíble. Tengo que hablar con Nino, a estas horas se estará preguntando por qué no le hemos llamado todavía.
—¿Quieres llamar tú a papá o se lo cuento yo? —pregunto sabiendo la respuesta de antemano.
—No, llama tú —responde—. Te entenderá mejor, ya sabes que él y yo...
—Pues ve practicando porque, si decides ejercer de accionista mayoritario, vais a tener que entenderos.
Javier no responde a mi indirecta. Aprovecha que el camarero ha traído las vueltas, deja propina y se levanta. Durante el trayecto de regreso a Saldisetxea nos encerramos cada uno en nuestros pensamientos. Rosa finge que dormita y Javier se ha convertido en una estatua sin emociones que, cuando miro de reojo, me recuerda el rostro del abuelo. Las coincidencias entre ambos terminan ahí porque tenían caracteres muy distintos que se complementaban bien. Respiro profundamente para aliviar la tensión que hace que bulla por dentro como una caldera de calefacción.
Al llegar, Javier y Rosa suben a echar la siesta.
—El médico dice que es bueno para el bebé —comenta mi hermano.
Yo aparco el coche, los veo alejarse y me quedo en el jardín donde el crujido de la cancela atrae mi atención. Siento el impulso de perderme por el camino que conduce al bosque y meditar allí sobre las novedades del día mientras paseo igual que cuando era niña y acompañaba al abuelo. Necesito poner orden en mis pensamientos y tal vez frente al lago comprenda por qué me ha hecho esto. Necesitaría, como en el pasado, que él me explicara con paciencia las cosas que no entendía. Sin pensarlo dos veces subo a mi cuarto a ponerme las deportivas y ropa de correr y le digo a Amaia que voy al bosque; ella me acompaña hasta la puerta y mientras me dirijo de nuevo al coche siento su mirada sobre mi nuca. No hemos hablado desde esta mañana, tampoco ha habido ocasión, pero me gustaría saber qué piensa de lo que ha dicho el notario y me pregunto si por haber estado más cerca del abuelo en los últimos tiempos entiende la razón de que me haya desterrado de Saldisetxea.
La luz de la tarde invernal se cierne sobre el embalse de Irabia y entre los troncos gigantes que rodean el lago me invade la melancolía. He dejado el coche en el aparcamiento de la cantera y, aunque todavía estoy al inicio, fuerzo el ritmo para evitar que me venza la nostalgia. Tomo la senda de los Paraísos y empiezo a notar los efectos balsámicos del ejercicio. Corro y siento el esfuerzo que realiza mi cuerpo, las zancadas cada vez más amplias, el sudor que corre por la espalda y las axilas, el corazón que aumenta los latidos, la vista centrada en sortear cualquier obstáculo, la piel de las mejillas enrojecida. No pienso, me siento vacía, libre de preocupaciones, y avanzo sin detenerme hasta que llego a los pastizales de la ladera del Mozolotxiki y alcanzo el mirador desde donde contemplo el embalse nublado por mis lágrimas. Yo he cambiado, pero este lugar permanece convertido en un refugio contra el paso del tiempo, porque en esas aguas, en los pastos y en las frondas se fraguaron los felices veranos de mi infancia. En el interior del bolsillo palpo el móvil, que he silenciado, y compruebo que tengo cuatro llamadas perdidas de papá, quien a estas horas se estará preguntando por qué no contesto. ¿Cómo voy a hacerlo si yo misma no encuentro las respuestas? Me resulta enojoso comunicarle por teléfono estas desagradables nuevas, sobre todo porque no estoy a su lado y no puedo ver en su rostro cómo las recibe. Mientras dejo pasar el tiempo intento convencerme de que Javier será sensato y de que no olvidará que somos su padre y su hermana. La pantalla se ilumina de nuevo, es otra vez papá que no cejará hasta que le responda, pero se corta porque aquí no hay cobertura. Bajo a casa, es hora de comunicar las malas noticias.
—Una venganza refinada, no me esperaba menos de Iluminado. —Estas son sus primeras palabras después de haberme escuchado sin interrumpir mientras relataba los acontecimientos de este día. Me extraña la calma con que se lo ha tomado y no sé qué decir cuando termina de hablar—. ¿Qué vas a hacer? —me pregunta al cabo de unos segundos de silencio.
Imagino su mirada inquisitiva, la misma que nos dirigía cuando nos ponía a prueba a Javier y a mí para calibrar nuestro temple. Pero yo no estoy ahora para exámenes.
—¿Y tú? —le respondo con otra pregunta, pero él calla y con su silencio me obliga a contestarle—. Hay que ver primero qué quiere hacer Javier.
—Totalmente de acuerdo. ¿No te ha dicho nada de sus intenciones? —pregunta Nino dejando entrever la ansiedad que hasta ahora había reprimido—. ¿Cuándo regresáis?
—No sé nada, papá, me ha dicho que tiene que pensar. Iremos a Burgos el domingo, Javier y Rosa tienen que estar el lunes en Madrid.
—Pues diles que os invito a los tres a comer en Burgos.
Nino se queda dando vueltas al 8 % con que incrementó Iluminado su participación. Un porcentaje demasiado redondo que alimenta una sospecha, casi certeza, en la que prefiere no pensar hasta tener toda la información que necesita.
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