Читать книгу: «Por la parte de Swann»
Título original francés: À la recherche du temps perdu I. Du côté de chez Swann.
© de la traducción: Carlos Manzano, 1999, 2013.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2014.
Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: OEBO628
ISBN: 978-84-9056-183-6
Composición digital: Víctor Igual, S. L.
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Índice
Dedicatoria del traductor
Dedicatoria
Primera parte: Combray
I
II
Segunda parte: un amor de Swann
Tercera parte: nombres de países. El nombre
Dedico este trabajo a la memoria de Luis Martín Santos y de Alejo Carpentier y a Rafael Sánchez Ferlosio, mis maestros en el arte de cierta prosa castellana contemporánea, inexistente, por lo demás, salvo en sus obras.
EL TRADUCTOR
AL SR. GASTON CALMETTE.
COMO TESTIMONIO DE PROFUNDA Y AFECTUOSA GRATITUD.
PRIMERA PARTE
COMBRAY
I
Durante mucho tiempo, me acosté temprano. A veces, nada más apagar la vela, los ojos se me cerraban tan deprisa, que no tenía tiempo de decirme: «Me duermo». Y, media hora después, al pensar que ya era hora de buscar el sueño, me despertaba; quería dejar el volumen que creía tener aún en las manos y apagar de un soplo la luz; mientras dormía, no había cesado de pensar en lo que acababa de leer, pero esos pensamientos habían cobrado un cariz algo particular; me parecía que era yo mismo aquello de lo que hablaba la obra: una iglesia, un cuarteto, la rivalidad entre Francisco I y Carlos V. Esa impresión sobrevivía unos segundos a mi despertar; no repugnaba a mi razón, pero me pesaba como escamas sobre los ojos y les impedía advertir que la palmatoria ya no estaba encendida. Después empezaba a resultarme ininteligible, como tras la metempsicosis los pensamientos de una vida anterior; el asunto del libro se separaba de mí y me sentía libre para prestarle o no atención; en seguida recobraba la visión y me resultaba extrañísimo encontrar a mi alrededor una obscuridad suave y relajante para mis ojos, pero tal vez más aún para mi espíritu, al que parecía cosa sin motivo, incomprensible, algo en verdad velado. Me preguntaba qué hora podía ser; oía el pitido de los trenes, más o menos lejano, como el canto de un pájaro en un bosque, que, al indicar las distancias, me describía la extensión del campo desierto por el que se apresura hacia la cercana estación el viajero, a quien —con la excitación procurada por lugares nuevos, actos inhabituales, la charla reciente y las despedidas bajo una lámpara ajena, que aún lo acompañan en el silencio de la noche, y la cercana dulzura del regreso— el caminito recorrido se le quedará grabado en la memoria.
Reclinaba tiernamente la cara en las hermosas mejillas de la almohada, tan llenas y frescas como las de nuestra infancia. Encendía una cerilla para mirar el reloj: faltaba poco para la medianoche. Ése es el instante en el que, despertado por un acceso, el enfermo que se ha visto obligado a salir de viaje y a acostarse en un hotel desconocido se alegra al advertir bajo la puerta una rayita de luz. ¡Qué dicha! ¡Ya es de día! Dentro de un momento, se habrán levantado los sirvientes, podrá tocar el timbre y vendrán a socorrerlo. La esperanza del alivio le infunde valor para sufrir. Precisamente ha creído oír pasos: se acercan y después se alejan y la rayita de luz bajo la puerta ha desaparecido. Es medianoche, acaban de apagar el gas, el último sirviente se ha marchado y tendrá que pasar toda la noche sufriendo sin remedio.
Volvía a dormirme y a veces ya sólo me despertaba un instante, el tiempo justo para oír los crujidos orgánicos de los artesonados, abrir los ojos y clavarlos en el caleidoscopio de la obscuridad y saborear, gracias a una vislumbre momentánea de la conciencia, el sueño en el que estaban sumidos los muebles, la alcoba, el todo del que yo era tan sólo una parte pequeña y a cuya insensibilidad volvía en seguida a sumarme, o bien, mientras dormía, había regresado sin esfuerzo a una edad para siempre desaparecida de mi vida primitiva, había revivido uno de mis terrores infantiles, como el de que mi tío abuelo me tirara de los bucles y disipado el día —fecha de una nueva era para mí— en que me los habían cortado. Durante el sueño había olvidado aquel episodio y, en cuanto había podido despertar para escapar de las manos de mi tío abuelo, recobraba su recuerdo, pero, como medida de precaución, me rodeaba la cabeza completamente con la almohada antes de volver al mundo de los sueños.
A veces, durante mi sueño, una mujer nacía —como Eva de una costilla de Adán— de una mala postura de mi muslo. Me imaginaba que era ella —creada por el placer que estaba a punto de experimentar— quien me lo ofrecía. Mi cuerpo, que sentía en el suyo mi propio calor, quería unirse con él y me despertaba. Junto a aquella mujer de la que me había separado unos momentos antes, el resto de los seres humanos me parecían muy lejanos; sentía aún en la mejilla el calor de su beso y el cuerpo dolorido por el peso de su talle. Si —como a veces sucedía— tenía las facciones de una mujer que hubiera conocido en la vida, iba a entregarme por entero a ese fin: volver a verla, como quienes salen de viaje para contemplar con sus propios ojos una ciudad deseada y se imaginan que se puede gozar en una realidad el encanto del sueño. Poco a poco su recuerdo se disipaba: había olvidado a la muchacha de mi sueño.
Un hombre que duerme está rodeado por el hilo de las horas, el orden de los años y de los mundos. Los consulta por instinto al despertarse y lee en ellos en un segundo el punto de la Tierra que ocupa y el tiempo transcurrido hasta su despertar, pero sus filas pueden mezclarse, romperse. Si hacia el amanecer, después de un lapso de insomnio, lo sorprende el sueño leyendo en una postura demasiado diferente de la que suele adoptar al dormir, basta con que alce el brazo para detener y hacer retroceder el sol y en el primer minuto de su despertar ya no sabrá qué hora es, creerá que acaba de acostarse. Si se adormece en una postura aún más inhabitual y divergente —por ejemplo, después de cenar, sentado en un sillón—, el desorden en los mundos desorbitados será completo, el sillón mágico lo hará viajar a toda velocidad por el tiempo y el espacio y en el momento de abrir los párpados se creerá acostado unos meses antes en otro lugar. Pero bastaba con que en mi propia cama mi sueño fuera profundo y relajara enteramente mi espíritu para que éste abandonase el plano del lugar en el que me había quedado dormido y, cuando me despertaba en plena noche, en el primer instante —por ignorar dónde me encontraba— ni siquiera sabía quién era; tenía tan sólo la sensación de la existencia en su sencillez primordial, como la que puede vibrar en el fondo de un animal; estaba más despojado que un hombre de las cavernas, pero entonces el recuerdo —aún no del lugar en el que estaba, sino de algunos de aquellos en los que había vivido y en los que podía encontrarme— venía en mi ayuda desde lo alto para sacarme de la nada de la que no habría podido salir solo; en un segundo pasaba por encima de siglos de civilización y la imagen, confusamente vislumbrada, de los quinqués y después de las camisas de cuello vuelto recomponía poco a poco los rasgos originales de mi ser.
Tal vez las cosas a nuestro alrededor deban su inmovilidad a nuestra certidumbre de que son ellas y no otras, a la inmovilidad de nuestro pensamiento ante ellas. El caso es que, cuando me despertaba así, agitándome mentalmente para intentar —sin conseguirlo— saber dónde estaba, todo —las cosas, los países, los años— giraba en torno a mí en la obscuridad. Mi cuerpo, demasiado entumecido para moverse, intentaba descubrir —por la forma de su fatiga— la posición de sus miembros para de ella deducir la dirección de la pared y el lugar ocupado por los muebles a fin de reconstruir y nombrar la morada en la que se encontraba. Su memoria —la memoria de sus costillas, sus rótulas, sus hombros— le presentaba sucesivamente varias de las alcobas en las que había dormido, mientras que a su alrededor las paredes invisibles —al cambiar de lugar según la forma del cuarto imaginado— giraban en las tinieblas, y, antes incluso de que mi pensamiento, que vacilaba en el umbral de los tiempos y las formas, hubiera identificado la casa al relacionar las circunstancias, él —mi cuerpo— recordaba en cada caso cómo era la cama, dónde estaban las puertas, adónde daban las ventanas, si había un pasillo, junto con lo que estaba pensando en el momento de quedarme dormido y que recobraba al despertar. La parte anquilosada de mi cuerpo, al intentar adivinar su orientación, se imaginaba, por ejemplo, tumbada frente a la pared en una gran cama con baldaquín y al instante me decía: «Hombre, al final me dormí, aunque mamá no viniera a darme las buenas noches»; estaba en el campo en casa de mi abuelo, muerto muchos años atrás, y mi cuerpo y el costado sobre el que descansaba, guardianes fieles de un pasado que nunca debería haber olvidado, me recordaban la llama de la lamparilla de cristal de Bohemia, en forma de urna, que colgaba del techo mediante cadenillas, la chimenea de mármol de Siena, en mi alcoba de Combray, en casa de mis abuelos, en días lejanos que en aquel momento me figuraba actuales sin representármelos exactamente y que después, cuando estuviera del todo despierto, volvería a ver mejor.
Luego renacía el recuerdo de una nueva actitud; la pared seguía otra dirección: estaba en mi alcoba de la casa de la Sra. de Saint-Loup, en el campo. ¡Dios mío! Son por lo menos las diez, ¡y ya habrán acabado de cenar! Habré prolongado en exceso la siesta que hago todas las tardes, al volver del paseo con la Sra. de Saint-Loup y antes de ponerme el traje. Pues han pasado muchos años desde la época de Combray, en la que —en las ocasiones en que más tarde regresábamos— lo que veía por los cristales de mi ventana eran los rojos reflejos del ocaso. Otra es la vida que llevamos en Tansonville, en casa de la Sra. de Saint-Loup, otro es el placer que experimento al salir tan sólo de noche, al seguir a la luz de la luna los caminos en los que en tiempos jugaba al sol, y, cuando regresamos, de lejos diviso la alcoba en la que me habría quedado dormido, en lugar de vestirme para la cena, atravesada por los fuegos de la lámpara, único faro en la noche.
Esas evocaciones, serpenteantes y confusas, nunca duraban más de unos segundos; con frecuencia, me resultaba tan difícil distinguir las diversas suposiciones que me inspiraba mi breve incertidumbre sobre el lugar en que me encontraba como difícil resulta —al ver un caballo al galope— aislar las posiciones sucesivas que nos muestra el cinetoscopio. Pero había vuelto a ver ora una ora otra de las alcobas que había habitado en mi vida y acababa recordándolas todas en las largas ensoñaciones que seguían a mi despertar: alcobas de invierno en las que, cuando estamos acostados, nos arrebujamos la cabeza en un nido que trenzamos con las cosas más dispares —un ángulo de la almohada, el extremo de las mantas, la punta de un mantón, el borde de la cama y un número de los Débats roses— y que acabamos cimentando con la técnica de los pájaros y a fuerza de apoyarnos sin cesar en él; alcobas en las que, cuando el tiempo es glacial, el placer que experimentamos es el de sentirnos separados del exterior —como la golondrina de mar, que hace su nido en el fondo de un subterráneo, al calor de la tierra— y en las que, al mantenerse vivo el fuego toda la noche en la chimenea, dormimos con un gran manto de aire caliente y humoso, atravesado por los fulgores de las ascuas que se reavivan, como en una recámara impalpable, una cálida caverna excavada en el propio cuarto, zona ardiente y móvil en sus contornos térmicos, aireada con hálitos que nos refrescan la cara, procedentes de los ángulos, de los puntos —cercanos a la ventana o alejados del hogar— que se han enfriado; alcobas de verano en las que nos gusta estar unidos a la tibia noche, en las que la luz de la luna, apoyada en los postigos entreabiertos, arroja hasta el pie de la cama su escala encantada, en las que dormimos casi al aire libre, como un alionín mecido por la brisa en el vértice de un rayo de luz: unas veces la habitación Luis XVI, tan alegre, que ni siquiera la primera noche me había sentido demasiado infeliz en ella y en la que las columnitas que sostenían ligeramente el techo se apartaban con tanta gracia para mostrar y reservar el lugar de la cama; otras veces, al contrario, la pequeña y de techo tan alto, abierta en forma de pirámide hasta la altura de dos pisos y parcialmente revestida de caoba, en la que desde el primer segundo me había sentido moralmente intoxicado por el ignoto olor del espicanardo, convencido de la hostilidad de los visillos violáceos y de la insolente indiferencia del péndulo, que parloteaba muy alto, como si yo no estuviera allí, en la que un extraño e implacable espejo de pie cuadrangular, que ocultaba oblicuamente uno de los ángulos del cuarto, se hacía a la fuerza —en la plácida plenitud de mi campo visual acostumbrado— un sitio que no estaba previsto, en la que —estando yo tendido en la cama con los ojos clavados en el techo, el oído ansioso, las ventanas de la nariz aleteando y el corazón palpitante— mi pensamiento —esforzándose durante horas por dislocarse, por estirarse hacia arriba, para cobrar la forma exacta del cuarto y acabar llenando del todo su gigantesco embudo— había pasado muchas noches crueles hasta que la costumbre cambió el color de los visillos, acalló el péndulo, enseñó la piedad al oblicuo y cruel espejo, disimuló —ya que no expulsó completamente— el olor del espicanardo y disminuyó en gran medida la altura aparente del techo. ¡La costumbre! Organizadora experta, aunque muy lenta, y que empieza dejando sufrir a nuestro espíritu durante semanas en una instalación provisional, pero que, pese a todo, representa un encuentro venturoso, pues, sin ella y reducido exclusivamente a sus medios, se vería impotente para hacernos habitable una vivienda.
Cierto es que entonces ya estaba despierto, mi cuerpo había dado una última vuelta y el ángel bueno de la certidumbre lo había detenido todo a mi alrededor, me había acostado bajo las mantas, en mi alcoba, y había situado aproximadamente en su lugar —en la obscuridad— mi cómoda, mi escritorio, la ventana que daba a la calle y las dos puertas, pero, aun sabiendo que no me encontraba en las moradas cuya presencia —pese a no habérmela presentado como una imagen nítida— me había hecho considerar posible —al menos por un instante— la ignorancia del despertar, la memoria se me había puesto en movimiento; por lo general, no procuraba volver a dormirme en seguida: pasaba la mayor parte de la noche recordando nuestra vida de antaño —en Combray, en casa de mi tía abuela, en Balbec, en París, en Doncières, en Venecia—, recordando los lugares, las personas que había conocido, lo que de ellas había visto, lo que de ellas me habían contado.
En Combray, todos los días, desde el atardecer —mucho antes del momento en que debería meterme en la cama y permanecer en ella sin dormir, lejos de mi madre y de mi abuela—, mi alcoba volvía a ser el centro fijo y doloroso de mis preocupaciones. Cierto es que —para distraerme en las noches en que mi expresión de infelicidad les inspiraba mayor inquietud— se les había ocurrido la idea de ponerme una linterna mágica, con la que, en espera de la hora de cenar, cubrían mi lámpara y, a semejanza de los primeros arquitectos y maestros vidrieros de la época gótica, substituían la opacidad de las paredes con impalpables irisaciones, con sobrenaturales apariciones multicolores, en las que, como en una vidriera vacilante y momentánea, aparecían representadas leyendas, pero con ello mi tristeza no hacía sino aumentar, porque el simple cambio de iluminación destruía la costumbre con la que me había hecho a mi alcoba y gracias a la cual se me había vuelto —salvo el suplicio del acostar— soportable. Ahora ya no la reconocía y me sentía inquieto en ella, como en una habitación de hotel o de chalet, a la que hubiese llegado por primera vez, tras bajar del tren.
Golo, embargado por un propósito perverso, salía, al paso nervioso de su caballo, del bosquecillo triangular que aterciopelaba con un verde obscuro la pendiente de la montaña y avanzaba a saltos hacia el castillo de la pobre Genoveva de Brabante, recortado en una línea curva que no era sino el límite de uno de los óvalos de vidrio insertos en el bastidor deslizable entre las ranuras de la linterna. Era sólo un lienzo de castillo y tenía ante sí una landa en la que soñaba Genoveva, ceñida con un cinturón azul. El castillo y la landa eran ambarinos y yo no había necesitado verlos para conocer su color, pues, antes que los vidrios del bastidor, la sonoridad de doradillo del nombre de Brabante me lo había revelado con certeza. Golo se detenía un momento para escuchar entristecido la salmodia leída en voz alta por mi abuela y que parecía comprender perfectamente, pues —con una mansedumbre que no excluía cierta majestad— adaptaba su actitud a las indicaciones del texto y después se alejaba con el mismo paso nervioso y nada podía detener su lenta cabalgada. Si movían la linterna, yo distinguía el caballo de Golo, que seguía avanzando por los visillos de la ventana, abombándose en sus pliegues, descendiendo en sus hendiduras. El propio cuerpo de Golo, de esencia tan sobrenatural como el de su montura, se adaptaba a todo objeto material, a todo objeto que se interpusiera en su camino, tomándolo como osamenta e interiorizándoselo, aunque fuese el pomo de la puerta, al que se amoldaba al instante y por el que flotaba invencible su roja vestidura o su pálido rostro, siempre tan noble y melancólico, pero que no dejaba traslucir inquietud alguna ante aquella transvertebración.
Desde luego, no se me escapaba el encanto de aquellas brillantes proyecciones que parecían emanar de un pasado merovingio y paseaban a mi alrededor reflejos históricos tan antiguos, pero no puedo expresar el malestar que no por ello dejaba de causarme la intrusión del misterio y la belleza en un cuarto que yo había acabado llenando con mi persona hasta el punto de prestarle tan poca atención como a ella. Extinguida la influencia anestesiante de la costumbre, me ponía a pensar, a sentir, cosas muy tristes. Aquel pomo de la puerta de mi cuarto, que para mí difería de todos los demás del mundo —en el sentido de que parecía abrirse solo, sin que necesitara yo girarlo, de tan inconsciente como había llegado a resultarme su manejo—, servía de pronto de cuerpo astral a Golo y, en cuanto llamaban para la cena, me apresuraba a correr al comedor —donde la gran lámpara colgada del techo, que nada sabía de Golo ni de Barba Azul y que conocía a mis padres y el asado de carne de vaca, daba su luz, como todas las noches— y a arrojarme en brazos de mamá, por quien los infortunios de Genoveva de Brabante me hacían sentir más cariño, mientras que los crímenes de Golo me hacían examinar mi propia conciencia con más escrúpulos.
Después de la cena, me veía —¡ay!— obligado a separarme en seguida de mamá, que se quedaba hablando con los demás: en el jardín, si hacía buen tiempo; en el saloncito al que, si estaba desapacible, se retiraba todo el mundo, menos mi abuela, según la cual era «una lástima permanecer encerrado en el campo» y que, los días en que llovía intensamente, mantenía discusiones incesantes con mi padre, porque éste no me dejaba permanecer fuera y me mandaba a leer a mi cuarto. «Así no se hará robusto y enérgico», decía con tristeza, «sobre todo un niño como éste, que tanto necesita cobrar fuerzas y voluntad». Mi padre se encogía de hombros y examinaba el barómetro, pues le gustaba la meteorología, mientras mi madre, procurando no hacer ruido para no molestarlo, lo miraba con respeto cariñoso, pero sin demasiada insistencia para no intentar penetrar en el secreto de sus superioridades, pero a mi abuela —hiciera el tiempo que hiciese: incluso cuando llovía a cántaros y Françoise, temiendo que se mojaran los preciosos sillones de mimbre, se había apresurado a meterlos dentro— se la veía, en cambio, en el jardín vacío y azotado por el chaparrón, apartándose sus desordenadas mechas grises para que la frente se le embebiera mejor con la salubridad del viento y la lluvia. Decía: «¡Por fin se puede respirar!», y recorría las encharcadas calles del jardín —demasiado simétricamente dispuestas, para su gusto, por el nuevo jardinero, carente del sentimiento de la naturaleza y al que mi padre había preguntado desde la mañana temprano si iba a arreglarse el día— con sus entusiastas y nerviosos pasitos, acompasados con los diversos impulsos que despertaban en su alma la embriaguez de la tormenta, el imperio de la higiene, la estupidez de mi educación y la simetría de los jardines, más que con el deseo, desconocido para ella, de evitar a su falda de color ciruela las manchas de barro bajo las cuales desaparecía hasta una altura que siempre era —para su doncella— un problema y un motivo de desesperación.
Cuando mi abuela recorría así el jardín después de cenar, sólo una cosa podía hacerla volver a entrar en la casa: que mi tía abuela —en uno de los momentos en que la revolución de su paseo la traía periódicamente, como un insecto, ante las luces del saloncito, donde se servían los licores sobre la mesa de juego— le gritara: «¡Bathilde! ¡Ven, anda, a impedir que tu marido beba coñac!». En efecto, para hacerla rabiar —es que había aportado a la familia de mi padre un carácter tan diferente, que todo el mundo le hacía bromas y la atormentaba—, mi tía abuela hacía beber a mi abuelo, quien lo tenía prohibido, unas gotas de licor. Mi pobre abuela entraba y rogaba encarecidamente a su marido que no probara el coñac; él se enfadaba e igual echaba el trago y mi abuela volvía a marcharse, triste, desanimada y, sin embargo, sonriente, pues era tan humilde de corazón y tan afable, que su ternura para con los demás y el poco caso que hacía de su propia persona y sus sufrimientos se conciliaban en una sonrisa de su mirada en la que —al contrario de lo que se ve en el rostro de muchos seres humanos— tan sólo había ironía para sí misma y, para todos nosotros, como un beso de sus ojos, que no podían ver a quienes quería sin acariciarlos apasionadamente con la mirada. Aquel suplicio que le infligía mi tía, el espectáculo de los inútiles ruegos de mi abuela y de su debilidad, vencida de antemano, al intentar en vano quitar a mi abuelo la copa de licor, era una de esas cosas a las que más adelante nos acostumbramos hasta considerarlas riendo y tomar partido por el perseguidor bastante resuelta y alegremente para convencernos a nosotros mismos de que no se trata de una persecución; entonces me causaban tal horror, que me habría gustado pegar a mi tía abuela, pero, en cuanto oía decir: «¡Bathilde! ¡Ven, anda, a impedir que tu marido beba coñac!», me comportaba —hombre ya por la cobardía— como lo hacemos todos, ya de mayores, ante los sufrimientos y las injusticias: no quería verlos; subía a sollozar al punto más alto de la casa, junto a la sala de estudio, bajo los tejados, a un cuartito que olía a iris y perfumaba también un grosellero silvestre, crecido fuera, entre las piedras de la muralla, y una de cuyas ramas en flor entraba por la ventana entreabierta. Aquel cuarto, destinado a un uso más especial y vulgar y desde el que, durante el día, se llegaba con la vista hasta el torreón de Roussainville-le-Pin, me sirvió durante mucho tiempo de refugio —seguramente porque era el único que me permitían cerrar con llave— para todas mis ocupaciones que reclamaban una soledad inviolable: la lectura, la ensoñación, las lágrimas y la voluptuosidad. Por desgracia, no sabía yo que —mucho más tristemente que los pequeños incumplimientos del régimen por parte de su marido— mi falta de voluntad, mi delicada salud y la incertidumbre que proyectaban sobre mi futuro preocupaban a mi abuela, durante aquellos paseos incesantes de la tarde y la noche, en los que se veía pasar y volver a pasar —con el perfil alzado hacia el cielo— su hermoso rostro de mejillas morenas y surcadas de arrugas —que con la edad se le habían vuelto casi malva, como las tierras labradas en otoño— y cubiertas, cuando salía, con un velito a medias alzado y en las cuales había siempre, secándose, una lágrima involuntaria, provocada por el frío o por un pensamiento triste.
Mi único consuelo, mientras subía a acostarme, era que, cuando estuviese en la cama, mamá vendría a darme un beso, pero aquellas buenas noches duraban tan poco, mamá volvía a bajar tan aprisa, que el momento en que la oía subir y después sentía, por el pasillo de doble puerta, el ligero roce de su vestido de jardín de muselina azul, del que colgaban cordoncitos de paja trenzada, me resultaba doloroso. Anunciaba el que iba a seguirle, una vez que me hubiera dejado y hubiese vuelto a bajar. De modo que llegué a desear que aquellas buenas noches que tanto me gustaban se retrasaran lo más posible, que se prolongase aquel momento de tranquilidad en el que aún no había venido mamá. A veces, cuando, después de haberme dado un beso, abría la puerta para marcharse, quería yo volver a llamarla, decirle: «Dame otro beso», pero sabía que al instante se le dibujaría el enfado en el rostro, pues la concesión que hacía a mi tristeza y mi desasosiego al subir a besarme, al traerme aquel beso de paz, irritaba a mi padre, que consideraba absurdos aquellos ritos, y habría preferido librarme de aquella necesidad, aquella costumbre, antes que dejarme adquirir la de pedirle —cuando ya se encontraba en el umbral— un beso más. Ahora bien, verla enfadada destruía toda la calma que me había aportado un instante antes, cuando había inclinado sobre mi cama su amorosa cara y me la había ofrecido como una hostia para una comunión de paz en la que mis labios saborearían su presencia real y la posibilidad de conciliar el sueño, pero las noches en las que mamá permanecía, a fin de cuentas, tan poco tiempo en mi cuarto eran aún gratas en comparación con aquellas en que había invitados a cenar y, por ese motivo, no subía a darme las buenas noches. Por lo general, el invitado era el Sr. Swann, quien era casi la única persona, aparte de algunos forasteros de paso, que venía a nuestra casa de Combray, unas veces, como vecino que era, a cenar —con menor asiduidad después de su desafortunado matrimonio, porque mis padres no querían recibir a su esposa— y otras después de la cena, de improviso. Las noches en las que, sentados —delante de la casa y bajo el gran castaño— en torno a la mesa de hierro, oíamos en el extremo del jardín, no el cascabel profuso y chillón que rociaba, que aturdía, al paso, con su ruido ferruginoso, inagotable y helado a toda persona de la casa que lo desencadenaba al entrar «sin llamar», sino el doble tintineo tímido, ovoide y dorado de la campanilla para los extraños, todo el mundo se preguntaba al instante: «Una visita: ¿quién puede ser?», pero de sobra sabíamos que sólo podía ser el Sr. Swann; mi tía abuela, hablando en voz alta, para predicar con el ejemplo, y esforzándose para que su tono pareciese natural, decía que no cuchicheáramos así, que nada hay más descortés para el recién llegado, pues le hace pensar que se están diciendo cosas que no debe oír, y enviábamos de exploradora a mi abuela, quien siempre se alegraba de tener un pretexto para dar otra vuelta por el jardín y de paso aprovechaba para arrancar subrepticiamente algunos tutores a fin de dar a las rosas un aspecto más natural, como una madre que —para ahuecarlo— pasa la mano por el pelo de su hijo, aplastado en exceso tras su paso por la peluquería.
Nos quedábamos todos pendientes de las noticias que mi abuela iba a traernos del enemigo, como si hubiéramos podido vacilar entre un gran número posible de asaltantes, y poco después mi abuelo decía: «Reconozco la voz de Swann». En efecto, sólo se lo reconocía por la voz, no se distinguía bien su rostro de nariz aguileña y ojos verdes bajo una alta frente rodeada de cabellos rubios casi pelirrojos, peinados a lo Bressant, porque manteníamos el jardín lo menos iluminado posible para no atraer los mosquitos, y yo, como quien no quiere la cosa, iba a decir que trajeran los refrescos; mi abuela insistía —por considerarlo más amable— en que no debía parecer algo excepcional y sólo para las visitas. El Sr. Swann, aunque mucho más joven, era muy amigo de mi abuelo, quien había sido uno de los mejores amigos de su padre, persona excelente pero singular, al que a veces bastaba, al parecer, una nadería para interrumpir los impulsos del corazón y cambiar el rumbo del pensamiento. Varias veces al año, oía yo a mi abuelo contar en la mesa anécdotas, siempre las mismas, sobre la actitud del Sr. Swann padre a la muerte de su mujer, a la que había velado noche y día. Mi abuelo, quien llevaba mucho tiempo sin verlo, había corrido junto a él en la propiedad que los Swann poseían en los alrededores de Combray y, para que no asistiera a su introducción en el ataúd, había logrado hacerlo abandonar un momento, deshecho en llanto, la sala mortuoria. Dieron unos pasos por el parque, donde brillaba un poco el sol. De repente, el Sr. Swann, tomando del brazo a mi padre, había exclamado: «¡Ah, amigo mío, qué felicidad pasearnos juntos con este buen tiempo! ¿No le parecen hermosos todos estos árboles, estos majuelos, y mi estanque, por el que nunca me ha felicitado usted? Parece usted afligido. ¿Nota este vientecillo? ¡Ah! Digan lo que digan, ¡la vida tiene sus cosas buenas, mi querido Amadée!». De súbito, le volvió el recuerdo de su esposa muerta y, considerando seguramente demasiado arduo intentar explicar cómo había podido dejarse llevar por un arranque de júbilo en un momento así, se contentó —mediante un gesto que le era familiar siempre que le venía al pensamiento una cuestión peliaguda— con pasarse la mano por la frente y enjugarse los ojos y los cristales de las gafas. Sin embargo, no pudo consolarse por la muerte de su esposa, pero, durante los dos años que le sobrevivió, decía a mi abuelo: «Es curioso, pienso muy a menudo en mi pobre esposa, pero no puedo hacerlo mucho de una vez».
«A menudo, pero poco de una vez, como el pobre Swann padre», había pasado a ser una de las frases favoritas de mi abuelo, quien la pronunciaba a propósito de las cosas más diversas. Si mi abuelo —a quien yo consideraba mejor juez y cuyo juicio, que sentó jurisprudencia para mí, me ha servido posteriormente para absolver faltas que habría sido propenso a condenar— no hubiera exclamado: «Pero, ¡qué dices! ¡Si tenía un corazón de oro!», aquel padre de Swann me habría parecido un monstruo.
Pese a que el Sr. Swann hijo vino con frecuencia, sobre todo antes de casarse, a verlos en Combray, durante muchos años, mi tía abuela y mis abuelos no sospecharon que en absoluto vivía ya en la sociedad frecuentada por su familia y que —con la perfecta inocencia de probos hoteleros que tienen en casa, sin saberlo, a un célebre bandido— albergaban, bajo el anonimato que en cierto modo le brindaba aquel nombre de Swann entre nosotros, a uno de los miembros más elegantes del Jockey-Club, amigo preferido del conde de París y del príncipe de Gales, uno de los hombres más mimados por la alta sociedad del Faubourg Saint-Germain.
Evidentemente, la ignorancia en que vivíamos de aquella brillante vida mundana de Swann se debía en parte a la reserva y a la discreción de su carácter, pero también a que los burgueses de entonces tenían una idea de la sociedad un poco hindú y la consideraban como compuesta de castas cerradas en las que cada cual se encontraba situado desde el nacimiento en el rango que ocupaban sus padres y del que nada —salvo los azares de una carrera excepcional o un matrimonio inesperado— podía sacarlo para hacerlo penetrar en una casta superior. El Sr. Swann padre era agente de cambio y bolsa; «Swann hijo» resultaba ser miembro para toda la vida de una casta en la que las fortunas, como en una categoría de contribuyentes, oscilaban entre tales y cuales ingresos. Se sabía cuáles habían sido las frecuentaciones de su padre y, por tanto, cuáles las suyas, con qué personas estaba «en condiciones» de codearse. Si conocía a otras, eran relaciones de juventud sobre las que los amigos antiguos de su familia, como mis padres, hacían la vista gorda de tanto mejor grado cuanto que, desde que se había quedado huérfano, seguía viniendo muy fielmente a vernos, pero se podía apostar sin miedo a equivocarse a que, si estando con nosotros se hubiera encontrado a aquellos para nosotros desconocidos a los que veía, no se habría atrevido a saludarlos. Si hubiese habido que aplicar a Swann un coeficiente social personal, entre los otros hijos de agentes de cambio y bolsa de situación igual a la de sus padres, habría sido, en su caso, un poco inferior, porque, como era de modales muy sencillos y siempre lo habían «chiflado» los objetos antiguos y la pintura, residía entonces en una mansión antigua en la que acumulaba sus colecciones y que mi abuela soñaba con visitar, pero situada en Quai d’Orléans, barrio que mi tía abuela consideraba infamante para vivir. «¿Es usted de verdad un entendido? Se lo pregunto por su bien, porque los marchantes deben de endilgarle una de mamarrachos», le decía mi tía abuela; en efecto, no le atribuía competencia alguna y ni siquiera tenía en gran concepto desde el punto de vista intelectual a un hombre que en la conversación evitaba los temas serios y mostraba una exactitud muy prosaica no sólo cuando nos transmitía, con todo lujo de detalles, recetas de cocina, sino incluso cuando las hermanas de mi tía abuela hablaban de temas artísticos. Incitado por ellas a dar su opinión, a expresar su admiración por un cuadro, guardaba un silencio casi descortés y, en cambio, se desquitaba si podía facilitar una información material sobre el museo en que se encontraba, sobre la fecha en que había sido pintado, pero, por lo general, se contentaba con intentar divertirnos contando todas las veces una historia nueva que acababa de sucederle con personas elegidas de entre las que conocíamos: con el farmacéutico de Combray, nuestra cocinera, nuestro cochero. Cierto es que aquellos relatos hacían reír a mi tía abuela, pero sin que distinguiese del todo si era por el papel ridículo que en ellos se atribuía siempre Swann o por la gracia con que los contaba: «¡La verdad es que es usted de lo más original, señor Swann!». Como era la única persona un poco vulgar de nuestra familia, procuraba hacer ver a los extraños —cuando hablaban de Swann— que, si éste hubiese querido, habría podido vivir en el Boulevard Haussmann o en la Avenue de l’Opéra, que era el hijo del Sr. Swann, quien debía de haber dejado cuatro o cinco millones, pero que se trataba de un capricho por su parte, que, por lo demás, había de ser, a su juicio, tan divertido para los otros, que, cuando el Sr. Swann iba el 1 de enero a llevarle en París su bolsa de marrons glacés, no dejaba de decirle, si había alguna visita: «¿Qué, señor Swann? ¿Sigue usted viviendo cerca del Almacén de Vinos para estar seguro de no perder el tren, cuando viaja a Lyon?». Y, con el rabillo del ojo, miraba, por encima de los lentes, a los otros visitantes.
Pero, si hubiesen dicho a mi tía abuela que aquel Swann —que, como hijo de su padre, era perfectamente «apto» para ser recibido por la «alta burguesía», por los notarios o los procuradores más encumbrados de París, privilegio al que no parecía atribuir demasiado valor— tenía, como a escondidas, una vida muy diferente, que, al salir de nuestra casa, en París, después de habernos dicho que volvía a la suya a acostarse, daba media vuelta, nada más doblar la esquina, y se dirigía a determinado salón jamás contemplado por los ojos de agente ni socio de agente alguno de cambio y bolsa, habría parecido tan extraordinario a mi tía como podría haberlo sido para una señora más letrada la idea de mantener relaciones personales con Aristeo —quien, después de conversar con ella, iba (y ella lo comprendería) a sumergirse en los reinos de Tetis, en un imperio substraído a los ojos de los mortales y en el que Virgilio nos lo muestra recibido con los brazos abiertos— o —por atenernos a una imagen que podía ocurrírsele con más probabilidad, pues la había visto pintada en nuestros platos para pastas de Combray— la de haber recibido a cenar a Alí Babá, quien, al saberse solo, penetraría en la caverna, deslumbrante de tesoros insospechados.
Un día en que había venido a vernos a París después de cenar y se había excusado por ir vestido de frac y, después de su marcha, Françoise había dicho que, según el cochero, había cenado «en casa de una princesa», mi tía, al tiempo que se encogía de hombros sin alzar los ojos de su labor de punto, había respondido con ironía serena: «Sí, ¡de una princesa de vida alegre!».
De modo, que mi tía abuela adoptaba una actitud impertinente para con él. Como creía que debía sentirse halagado por nuestras invitaciones, le parecía de lo más natural que en verano no viniera a vernos sin un cesto de melocotones o frambuesas de su huerto en la mano y que de todos sus viajes a Italia me trajese fotografías de obras maestras.
No se lo pensaban dos veces a la hora de ir a buscarlo en cuanto se necesitaba una receta de salsa gribiche o de ensalada de piña para grandes cenas a las que no lo invitaban por no considerarlo suficientemente digno de ser presentado a quienes venían a casa por primera vez. Si la conversación versaba sobre los príncipes de la Casa de Francia, mi tía abuela decía a Swann, quien tal vez llevara en el bolsillo una carta de Twickenham: «Esas personas que nunca conoceremos ni usted ni yo y de las que podemos prescindir, ¿verdad?». Las noches en que la hermana de mi abuela cantaba, le hacía empujar el piano y pasar las páginas mostrando para con aquel hombre tan solicitado en otros ambientes la ingenua brusquedad de un niño al jugar con una figurita de colección sin más precauciones que con un objeto barato. Seguramente el Swann que conocieron en la misma época tantos clubmen era muy distinto del que creaba mi abuela cuando —por la noche, en el jardincito de Combray, después de que hubieran tintineado los dos toques vacilantes de la campanilla— inyectaba y vivificaba con todo lo que sabía sobre la familia Swann al obscuro e incierto personaje que se destacaba, seguido de mi abuela, sobre un fondo de tinieblas y al que reconocíamos por la voz. Pero, incluso desde el punto de vista de las cosas más insignificantes de la vida, no somos un todo materialmente construido, idéntico para todo el mundo y sobre el que cada cual pueda informarse como sobre un pliego de condiciones o sobre un testamento; nuestra personalidad social es una creación del pensamiento de los demás. Incluso el acto tan sencillo que denominamos «ver a una persona conocida» es en parte un acto intelectual. Colmamos la apariencia física de la persona que vemos con todas las ideas que tenemos sobre ella y, en el aspecto total que nos imaginamos, dichas ideas ocupan, desde luego, la mayor parte. Acaban hinchando tan perfectamente las mejillas, siguiendo en una adherencia tan exacta la línea de la nariz, matizando la sonoridad de la voz como si no fuera ésta sino una funda transparente, que, siempre que vemos ese rostro y oímos esa voz, recobramos, escuchamos, dichas ideas. Seguramente, en el Swann que habían concebido, mis padres habían omitido, por ignorancia, infinidad de peculiaridades de su vida mundana gracias a las cuales otras personas, cuando estaban delante de él, veían las elegancias reinar en su rostro y detenerse en su aguileña nariz como en su frontera natural, pero también habían podido acumular en ese rostro desprovisto de su prestigio, vacío y espacioso, en el fondo de sus desdeñados ojos, el vago y grato residuo —recuerdo a medias y a medias olvido— de las horas ociosas pasadas juntos, después de nuestras cenas semanales, en torno a la mesa de juegos o en el jardín, durante nuestra vida de buena vecindad campestre. La apariencia corporal de nuestro amigo había quedado tan colmada con dichas ideas, además de con algunos recuerdos relativos a sus padres, que aquel Swann había llegado a ser una persona completa y viva y, cuando me remonto en la memoria desde el que más adelante conocí con exactitud hasta aquel primer Swann —aquel primer Swann en quien vuelvo a ver los encantadores errores de mi juventud y que, por lo demás, se parece menos al otro que a quienes conocí por los mismos años, cual si nuestra vida fuera como un museo en el que todos los retratos de una misma época tienen un aire de familia, una misma tonalidad; aquel primer Swann, todo ocio, perfumado por el olor del gran castaño, los cestos de frambuesas y una brizna de estragón—, tengo la impresión de dejar a una persona para acercarme a otra distinta.
Sin embargo, un día en que mi abuela había ido a pedir un favor a una señora a quien había conocido en el Sacré-Coeur, la marquesa de Villeparisis, de la célebre familia de Bouillon —y con la que, por nuestra concepción de las castas, no había querido mantener relaciones, pese a una simpatía recíproca—, ésta le había dicho: «Creo que conoce usted mucho al Sr. Swann, que es un gran amigo de mis sobrinos, los Des Laumes». Mi abuela había vuelto de su visita entusiasmada con la casa, que daba a unos jardines y en la que la Sra. de Villeparisis le aconsejaba alquilar un piso, y también con el chalequero y su hija, en cuya tienda, situada en el patio, había entrado a pedir que le hiciesen un pespunte en la falda, rasgada en la escalera. Aquellas personas habían parecido perfectas a mi abuela, quien declaraba que la pequeña era una perla y el chalequero el hombre más distinguido, el mejor, que había conocido jamás, pues, para ella, la distinción era algo por completo independiente del rango social. Se extasiaba con una respuesta que el chalequero le había dado, al decir a mamá: «¡Sévigné no se habría expresado mejor!», y, en cambio, refiriéndose a un sobrino de la Sra. de Villeparisis, a quien había conocido en su casa, decía: «¡Ah, hija mía! ¡Qué ordinario es!».
Ahora bien, las palabras relativas a Swann no habían tenido el efecto de realzarlo ante mi tía abuela, sino de rebajar a la Sra. de Villeparisis. La consideración —inspirada por mi abuela— que teníamos para con la Sra. de Villeparisis le había infundido —parecía— el deber —incumplido al enterarse de la existencia de Swann y al permitir a unos parientes suyos frecuentarlo— de nada hacer que la volviese menos digna de ella. «¿Cómo? ¿Que conoce a Swann? ¡Una persona emparentada, según decías, con el mariscal de Mac-Mahon!». Aquella opinión de mis padres sobre las relaciones de Swann les pareció posteriormente confirmada por su boda con una mujer de la peor sociedad, casi una casquivana, a quien, por lo demás, nunca intentó presentar, sino que siguió viniendo solo a nuestra casa, aunque cada vez menos, pero mediante la cual creyeron poder juzgar el medio, desconocido para ellos —suponiendo que de él procediera su esposa—, que solía frecuentar.
Pero en cierta ocasión mi abuelo leyó en un periódico que el Sr. Swann era uno de los más fieles asiduos de los almuerzos dominicales en casa del duque de X..., cuyos padre y tío habían sido los estadistas más destacados del reinado de Luis Felipe. Ahora bien, mi abuelo sentía curiosidad por todos los detalles nimios que podían ayudarlo a entrar con la imaginación en la vida privada de hombres como Molé, el duque Pasquier, el duque de Broglie. Le encantó enterarse de que Swann frecuentaba a personas que los habían conocido. En cambio, mi tía abuela interpretó aquella noticia en sentido desfavorable para Swann: alguien que elegía sus frecuentaciones fuera de la casta en la que había nacido, fuera de su «clase» social, experimentaba, para ella, un enojoso desclasamiento. Así se renunciaba de una vez —le parecía a ella— al fruto de todas las buenas relaciones con personas bien situadas que las familias previsoras habían mantenido y acopiado honorablemente para sus hijos: mi tía abuela había cesado incluso de ver al hijo de un notario de nuestros amigos, porque se había casado con una aristócrata, con lo que había descendido, para ella, del respetable rango de hijo de notario al de uno de esos aventureros, antiguos ayudas de cámara o mozos de cuadra, a quienes, según cuentan, las reinas hicieron algunos favores. Censuró el proyecto concebido por mi abuelo de preguntar a Swann, la próxima noche en que hubiera de venir, por aquellos amigos suyos cuya existencia descubríamos. Por otra parte, las dos hermanas de mi abuela, solteronas que tenían su noble carácter pero no su inteligencia, declararon no comprender el placer que podía encontrar su cuñado en hablar de semejantes boberías. Eran personas de aspiraciones elevadas y, por eso mismo, incapaces de interesarse por un chismorreo, aun cuando hubiera sido de interés histórico, y de forma general por todo lo que no se relacionara directamente con un objeto estético o virtuoso. El desinterés de su pensamiento por todo lo que parecía más o menos relacionado con la vida mundana era tal, que su sentido auditivo —tras haber acabado comprendiendo su inutilidad momentánea en cuanto la conversación en la cena cobraba un cariz frívolo o simplemente prosaico sin que aquellas dos ancianas señoritas hubiesen podido encarrilarla hacia los temas que les eran caros— dejaba en reposo sus órganos receptores y las hacía experimentar un auténtico comienzo de atrofia. Si entonces mi abuelo necesitaba llamar la atención de las dos hermanas, debía recurrir a esas advertencias físicas que utilizan los médicos alienistas para con ciertos maníacos de la distracción: golpear repetidas veces un vaso con la hoja de un cuchillo, coincidiendo con una brusca interpelación de la voz y la mirada, medios violentos que esos psiquiatras —ya sea por hábito profesional o porque consideran a todo el mundo un poco loco— transfieren con frecuencia a las relaciones corrientes con personas sanas.
Se interesaron más cuando, la víspera del día en que Swann, quien ya les había enviado personalmente una caja de vino de Asti, debía venir a cenar, mi tía —con un número de Le Figaro en el que, junto al nombre de un cuadro que figuraba en una exposición de Corot, se encontraban estas palabras: «De la colección del Sr. Charles Swann»— nos dijo: «¿Habéis visto que en Le Figaro hacen “los honores” a Swann?». «Pero, ¡si ya os he dicho siempre que tiene muy buen gusto!», dijo mi abuela. «Naturalmente, tú, con tal de sostener una opinión diferente de la nuestra», respondió mi tía abuela, quien, como sabía que mi abuela nunca era de la misma opinión que ella y como no estaba del todo segura de que nosotros le diésemos siempre la razón, quería arrancarnos una condena en bloque de sus opiniones y nuestra solidaridad —por la fuerza— con las suyas, pero guardamos silencio. Como las hermanas de mi abuela habían manifestado la intención de hablar con Swann sobre esa nota de Le Figaro, mi tía abuela se lo desaconsejó. Siempre que veía en los demás una ventaja, por pequeña que fuese, de la que ella no disfrutaba, se convencía a sí misma de que no era tal, sino un perjuicio, y los compadecía para no tener que envidiarlos. «No creo que sea de su agrado; a mí, desde luego, me resultaría muy desagradable ver mi nombre impreso así, con todas las letras, en el periódico y no me haría ninguna gracia que me lo comentaran». Por lo demás, no se empecinó en persuadir a las hermanas de mi abuela, pues éstas, por horror de la vulgaridad, ejercían con tal maestría el arte de disimular bajo perífrasis ingeniosas una alusión personal, que con frecuencia pasaba inadvertida incluso a aquel a quien iba dirigida. En cuanto a mi madre, sólo pensaba en procurar que mi padre accediera a hablar a Swann —no de su mujer, sino— de su hija, a la que adoraba y por la cual había acabado —según decía— contrayendo aquel matrimonio. «Podrías decirle unas palabras nada más, preguntarle cómo está. Debe de ser algo tan cruel para él». Pero mi padre se enfadaba: «¡Ni hablar! ¡Qué ideas más absurdas se te ocurren! Sería ridículo».
Pero el único de nosotros para el que la llegada de Swann pasó a ser motivo de preocupación dolorosa fui yo. Es que las noches en que había visitas —o sólo la del Sr. Swann— mamá no subía a mi alcoba. Yo cenaba antes que todos y después iba a sentarme a la mesa hasta las ocho, hora a la que —según lo convenido— debía subir a acostarme, y aquel beso precioso y frágil que mamá me confiaba habitualmente en mi cama, en el momento de quedarme dormido, había de transportarlo desde el comedor hasta mi habitación y conservarlo mientras me desvestía, sin que se desintegrara su dulzura, sin que se derramase y se evaporara su volátil virtud y, precisamente aquellas noches en que habría necesitado recibirlo con más precaución, debía tomarlo, arrancarlo brusca y públicamente, sin el tiempo ni la libertad mental necesarios para poner en lo que hacía el detenimiento de los maníacos que se esfuerzan en no pensar en otra cosa, mientras cierran una puerta, a fin de poder oponer victoriosamente a la incertidumbre enfermiza, cuando les vuelve, el recuerdo del momento en que la han cerrado. Estábamos todos en el jardín, cuando sonaron los dos tañidos vacilantes de la campanilla. Sabíamos que era Swann; no obstante, todo el mundo se miró con expresión inquisitiva y enviamos a mi abuela en misión de reconocimiento. «No os olvidéis de darle las gracias de forma inteligible por el vino: ya sabéis que es delicioso y se trata de una caja enorme», recomendó mi abuelo a sus dos cuñadas. «No empecéis a cuchichear», dijo mi tía abuela. «¡Qué agradable es llegar a una casa en la que todo el mundo habla en voz baja!». «¡Ah! Aquí está el Sr. Swann. Vamos a preguntarle si cree que mañana hará bueno», dijo mi padre. Mi madre pensaba que unas palabras suyas borrarían toda la pena que nuestra familia hubiera podido causar a Swann desde su boda. Se las ingenió para llevárselo un poco aparte, pero yo la seguí: pensando en que después tendría que dejarla en el comedor y volver a subir a mi habitación sin el consuelo de que viniera, como las demás noches, a darme un beso, no podía decidirme a separarme ni un paso de ella. «A ver, señor Swann», le dijo, «hábleme un poco de su hija: estoy segura de que ya es aficionada a las obras bellas, como su papá». «Venga, venga a sentarse con todos nosotros bajo el mirador», dijo mi abuelo acercándose. Mi madre se vio obligada a interrumpirse, pero incluso aquel obstáculo le inspiró otro pensamiento delicado, como los buenos poetas a los que la tiranía de la rima fuerza a encontrar sus mayores bellezas: «Ya volveremos a hablar de ella cuando estemos solos», dijo a media voz a Swann. «Sólo una mamá puede comprenderlo a usted. Estoy segura de que la suya sería de mi opinión». Nos sentamos todos en torno a la mesa de hierro. Yo habría querido no pensar en las horas de angustia que pasaría aquella noche, a solas en mi habitación y sin poder conciliar el sueño; intentaba convencerme de que no tenían la menor importancia, pues el día siguiente por la mañana las habría olvidado, y centrarme en ideas sobre el futuro que deberían haberme conducido, como por un puente, allende el abismo próximo que me espantaba, pero mi mente, tensa por la inquietud, convexa como la mirada que lanzaba a mi madre, no se dejaba penetrar por impresión ajena alguna. Sí que entraban los pensamientos en ella, pero con la condición de dejar fuera todo elemento de belleza o simplemente de gracia que habría podido emocionarme o distraerme. Así como un enfermo asiste con plena lucidez —gracias a un anestésico— a la operación que le practican, pero sin sentir nada, yo podía recitarme versos que me gustaban u observar los esfuerzos de mi abuelo para hablar con Swann del duque de Audiffret-Pasquier sin que los primeros me hicieran experimentar la menor emoción ni los segundos alegría alguna. Dichos esfuerzos fueron infructuosos. Apenas había formulado mi abuelo a Swann una pregunta relativa a ese orador, cuando una de las hermanas de mi abuela —en cuyos oídos resonó aquella pregunta como un silencio profundo, pero intempestivo, y que la cortesía exigía romper— se dirigió a la otra: «Imagínate, Céline, que he conocido a una joven institutriz sueca y me ha dado detalles de lo más interesantes sobre las cooperativas en los países escandinavos. Habrá que invitarla a cenar aquí un día». «¡Ya lo creo!», respondió su hermana Flora. «Pero yo tampoco he perdido el tiempo. Me han presentado en casa del Sr. Vinteuil a un anciano sabio que conoce mucho a Maubant y a quien éste ha explicado con el mayor detalle cómo se las arregla para componer un papel: algo de lo más interesante. Es un vecino del Sr. Vinteuil, cosa que yo no sabía, y muy amable». «El Sr. Vinteuil no es el único que tiene vecinos amables», exclamó mi tía Céline con una voz que, con la timidez, resultaba fuerte y, con la premeditación, artificial, mientras lanzaba a Swann una mirada —como ella decía— significativa. En el mismo momento, mi tía Flora, al comprender que aquella frase era el agradecimiento de Céline por el vino de Asti, miraba igualmente a Swann con una expresión en la que se mezclaban el pláceme y la ironía, ya fuera para subrayar simplemente la ocurrencia de su hermana, porque envidiara a Swann haberla inspirado o porque no pudiera por menos de burlarse de él, creyendo que se encontraba en un apuro. «Creo que podremos lograr que ese señor venga a cenar», continuó Flora; «cuando orientas la conversación sobre Maubant o sobre la Sra. Materna, se pasa horas hablando». «Debe de ser delicioso», suspiró mi abuelo, en cuya inteligencia la naturaleza no había tenido —por desgracia— a bien incluir la posibilidad de interesarse apasionadamente por las cooperativas suecas o la composición de los papeles de Maubant, como también había olvidado dotar a la de las hermanas de mi abuela con el granito de sal que debemos añadir para apreciar algún sabor en un relato sobre la vida íntima de Molé o del conde de París. «Pues mire», dijo Swann a mi abuelo, «lo que voy a decirle tiene más relación de lo que parece con lo que me preguntaba usted, pues en ciertos aspectos las cosas no han cambiado gran cosa. Esta mañana he releído en Saint-Simon algo que lo habría divertido a usted. Está en el volumen que versa sobre su embajada en España: no es uno de los mejores, es un simple diario, pero al menos está maravillosamente escrito, lo que constituye ya una primera diferencia con los tediosos periódicos que nos consideramos obligados a leer mañana y noche». «No soy de su opinión: hay días en los que la lectura de los periódicos me parece muy agradable...», interrumpió mi tía Flora, para hacer ver que había leído la frase sobre el Corot de Swann en Le Figaro. «¡Cuando hablan de cosas o personas que nos interesan!», encareció mi tía Céline. «No digo que no», respondió Swann, asombrado. «Lo que yo reprocho a los periódicos es que nos hagan prestar atención todos los días a cosas insignificantes, mientras que leemos tres o cuatro veces en nuestra vida los libros que encierran cosas esenciales. Puesto que todas las mañanas desgarramos febrilmente la faja del diario, deberíamos cambiar las cosas y poner en él, qué sé yo, los... ¡Pensamientos de Pascal!», y recalcó esa palabra con tono irónicamente enfático para no parecer pedante. «Y en el volumen de cantos dorados que tan sólo abrimos una vez cada diez años», añadió dando muestras del desdén por las cosas mundanas que fingen sentir ciertos hombres de mundo, «es en el que leeríamos que la reina de Grecia ha ido a Cannes o que la princesa de Léon ha dado un baile de disfraces. Así quedaría restablecida la proporción justa». Pero, lamentando haber caído en la tentación de hablar, aun con ligereza, de cosas serias, añadió, irónico: «Bonita conversación la nuestra, no sé por qué abordamos esas “cimas”», y, tras volverse hacia mi abuelo, añadió: «Pues, como le decía, Saint-Simon cuenta que Maulévrier había tenido la audacia de tender la mano a sus hijos. Es, verdad, ese Maulévrier del que dice: “Nunca vi en esa basta botella otra cosa que mal talante, grosería y necedades”». «Bastas o no, yo conozco botellas en las que hay cosas muy distintas», dijo con vivacidad Flora, quien también quería dar las gracias a Swann, pues el regalo de vino de Asti era para las dos. Céline se echó a reír. Swann, desconcertado, prosiguió: «“No sé si fue ignorancia o listeza”, escribe Saint-Simon, “pero quiso dar la mano a mis hijos. Lo advertí a tiempo para impedírselo”». Mi abuelo estaba ya extasiándose con lo de «ignorancia o listeza», pero la Srta. Céline, a quien el nombre de Saint-Simon —un literato— había impedido la anestesia completa de las facultades auditivas, se indignó: «¡Cómo! ¿Admira usted eso? ¡Muy bonito, hombre! Pero, ¿qué puede querer decir? ¿Es que no vale un hombre tanto como otro? ¿Qué puede importar que sea duque o cochero, si tiene inteligencia y corazón? Bonita manera tenía ese Saint-Simon de educar a sus hijos, si no les decía que dieran la mano a todas las personas honradas. Pero, ¡si es que es abominable, sencillamente! ¿Y se atreve usted a citar eso?». Y mi abuelo, consternado, al advertir la imposibilidad, ante aquella obstrucción, de lograr que Swann contara las historias que lo habrían divertido, decía en voz baja a mamá: «Recuérdame el verso que me enseñaste y que tanto me alivia en momentos así. ¡Ah, sí!: “Señor, ¡cuántas virtudes nos haces detestar!”. ¡Ah! ¡Qué bien está!».
Yo no quitaba la vista de mi madre, sabía que, cuando se sentaran a la mesa, no me permitirían permanecer durante toda la cena y que, para no contrariar a mi padre, mamá no me dejaría besarla varias veces delante de todo el mundo, como si estuviéramos en mi habitación. Por eso, en el comedor me prometía a mí mismo que, cuando comenzaran a cenar y sintiera que se acercaba la hora, haría por adelantado —de ese beso, que sería tan corto y furtivo— todo lo que pudiese por mí mismo: elegir con la mirada el punto de la mejilla que besaría, preparar mi pensamiento para poder —gracias a ese comienzo mental del beso— dedicar todo el minuto que me concedería mamá a sentir su mejilla contra mis labios, así como un pintor que sólo puede conseguir cortas sesiones de pose prepara su paleta y hace por adelantado y de memoria —gracias a sus notas— todo aquello para lo que, en caso necesario, no sea imprescindible la presencia del modelo, pero, mira por dónde, antes de que llamaran para la cena, mi abuelo tuvo la ferocidad inconsciente de decir: «El niño parece cansado, debería subir a acostarse. Además, esta noche cenamos tarde». Y mi padre, que no observaba tan escrupulosamente como mi abuela y mi madre la letra de los tratados, dijo: «Sí, anda, vete a la cama». Quise dar un beso a mamá en el preciso momento en que se oyó el timbre para la cena. «Anda, hombre, deja en paz a tu madre, ya os habéis dado las buenas noches: esas manifestaciones son ridículas. ¡Vamos, sube!». Y hube de marcharme sin viático; hube de subir cada peldaño de la escalera resistiendo el impulso de mi corazón, que, como dice la frase popular, «no me cabía en el pecho» y quería volver junto a mi madre, porque ésta no le había dado —con un beso— licencia para seguirme. Aquella detestada escalera, por la que siempre subía con tanta tristeza, exhalaba un olor a barniz que había en cierto modo absorbido, cristalizado, esa clase particular de pena que sentía todas las noches y la volvía tal vez más cruel aún para mi sensibilidad, porque con esa forma olfativa mi inteligencia quedaba anulada. Cuando dormimos y no percibimos aún un dolor de muelas sino como una muchacha a la que nos esforzamos doscientas veces seguidas en sacar del agua o como un verso de Molière que no cesamos de repetirnos, resulta un gran alivio despertar y que nuestra inteligencia pueda despojar la idea del dolor de muelas de todo disfraz heroico o cadencioso. Lo contrario de ese alivio experimentaba yo, cuando la pena que me daba subir a mi cuarto entraba en mí de forma infinitamente más rápida, casi instantánea, a la vez insidiosa y brusca, por la inhalación —mucho más tóxica que el encaje moral— del olor a barniz particular de aquella escalera. Una vez en mi cuarto, tuve que cegar todas las salidas, cerrar los postigos, cavar mi propia tumba, al deshacer la cama, y ponerme el sudario de mi camisa de dormir, pero —antes de enterrarme en la cama de hierro que habían añadido al cuarto, porque en verano tenía demasiado calor bajo las cortinas de reps de la cama grande— tuve un arrebato de rebelión y quise probar una artimaña de condenado. Escribí a mi madre para suplicarle que subiese por un motivo grave que no podía decirle en la carta. Lo que me aterraba era que Françoise —la cocinera de mi tía encargada de ocuparse de mí, cuando estaba en Combray— se negara a llevar mi nota. Me imaginaba que llevar un recado a mamá, cuando había visitas, le parecería tan imposible como para el portero de un teatro entregar una carta a un actor en plena representación. Tenía —respecto de las cosas que se pueden o no hacer— un código apremiante, profuso, sutil e intransigente sobre distinciones inasibles u ociosas (lo que le daba la apariencia de esas leyes antiguas que, junto a prescripciones feroces, como la de degollar a los niños de pecho, prohíben con exagerada delicadeza hervir el cabrito en la leche de su madre o comer el nervio de la pata de un animal). Dicho código, a juzgar por el repentino empecinamiento con que se negaba a hacer ciertos recados que le encargábamos, parecía haber previsto complejidades sociales y refinamientos mundanos tales, que nada del medio del que procedía Françoise ni en su vida de criada de pueblo había podido sugerírselos y resultaba inevitable pensar que había en ella un pasado francés muy antiguo, noble y mal comprendido, como en esas ciudades manufactureras en las que ciertas mansiones antiguas atestiguan que en tiempos hubo una vida cortesana y en las que los obreros de una fábrica de productos químicos trabajan entre delicadas representaciones esculturales del milagro de San Teófilo o de los cuatro hijos de Aymon. En aquella ocasión, el artículo del código con arreglo al cual era poco probable que, salvo en caso de incendio, fuese Françoise a molestar a mamá delante del Sr. Swann por un personaje tan insignificante como yo, expresaba simplemente el respeto que profesaba no sólo a los padres —como a los muertos, los sacerdotes y los reyes—, sino también al forastero al que se da hospitalidad, respeto que podría haberme conmovido en un libro, pero que siempre me irritaba en sus labios, por el tono grave y tierno que adoptaba para referirse a él, y más aún aquella noche en la que, en vista del carácter sagrado que confería a la cena, se negaría a perturbar su ceremonia. Pero, para valerme de una baza a mi favor, no vacilé en mentir y decirle que en modo alguno había sido yo quien había querido escribir a mamá, sino que había sido ella quien, al despedirse de mí, me había recomendado que no olvidara enviarle una respuesta sobre un objeto que me había pedido buscar y, desde luego, se enfadaría mucho, si no se le entregaba aquella nota. Me parece que Françoise no me creyó, pues —como los hombres primitivos, cuyos sentidos estaban más aguzados que los nuestros— discernía inmediatamente, por signos inasibles para nosotros, toda verdad que queríamos ocultarle; miró durante cinco minutos el sobre, como si el examen del papel y el aspecto de la escritura fueran a informarla sobre la naturaleza del contenido o a indicarle a qué artículo de su código debía referirse. Después salió con expresión resignada, que parecía significar: «¡Menuda desgracia para unos padres tener un hijo así!». Al cabo de un momento, volvió para decirme que aún estaban con el helado, que al jefe de comedor le resultaba imposible entregar la carta en aquel momento y delante de todo el mundo, pero que, cuando estuvieran con los enjuagadientes, encontrarían la forma de pasársela a mamá. Al instante mi ansiedad se disipó; mi separación de mi madre ya no era, como antes, hasta mañana, pues mi notita, al tiempo que la enfadaría seguramente —y más aún porque esa maniobra me ridiculizaría ante Swann—, iba a hacerme entrar al menos, invisible y encantado, en la misma sala que ella, iba a hablarle de mí al oído, ya que aquel comedor prohibido, hostil —en el que, aún un instante antes, el propio helado (el «granizado») y los enjuagadientes me parecían encerrar placeres malignos y mortalmente tristes, porque mamá los degustaba lejos de mí—, se abría a mí y —como un fruto que, al madurar, rompe su envoltura— iba a hacer brotar, proyectar hasta mi corazón embriagado, la atención de mamá, mientras leyese mis líneas. Ya no estaba separado de ella; habían caído las barreras, un hilo delicioso nos unía de nuevo y, además, no era eso todo: ¡mamá iba a venir sin lugar a dudas!
Si hubiera leído mi carta y hubiese adivinado su fin, Swann se habría burlado lo suyo —me parecía— de la angustia que acababa yo de experimentar; ahora bien, como supe más adelante, una angustia similar fue durante muchos años el tormento de su vida y tal vez nadie habría podido comprenderme tan bien como él: a él esa angustia que inspira sentir a la persona amada en un lugar de placer en el que no estamos, en el que no podemos reunirnos con ella, se la hizo experimentar el amor, al que está en cierto modo predestinada, por el cual será acaparada, especializada, pero, cuando, como en mi caso, esa angustia ha entrado en nosotros antes de que el amor haya hecho su aparición en nuestra vida, flota entretanto, imprecisa y libre, sin destino determinado, al servicio un día de un sentimiento y el siguiente de otro: ora de la ternura filial ora de la amistad por un compañero. Y la alegría con la que hice mi primer aprendizaje, cuando Françoise volvió a decirme que iban a entregar mi carta, Swann también la había conocido: esa alegría engañosa que nos da algún amigo, algún pariente, de la mujer que amamos, cuando, al llegar a la casa o al teatro en el que se encuentra, con ocasión de un baile, fiesta o estreno en el que va a verla, nos ve errando fuera, esperando, desesperados, alguna ocasión para comunicar con ella. Nos reconoce, nos aborda familiarmente, nos pregunta qué hacemos allí y, cuando inventamos la historia de que hemos de decir algo urgente a su pariente o amiga, nos asegura que nada es más fácil, nos hace entrar en el vestíbulo y nos promete que nos la enviará en menos de cinco minutos. ¡Cómo queremos —como en aquel momento quería yo a Françoise— al intermediario bienintencionado que con unas palabras acaba de hacernos soportable, humana y casi propicia la inconcebible, infernal, fiesta en la que torbellinos enemigos, perversos y deliciosos, alejaban —creíamos— y hacían reír de nosotros a nuestra amada! Si los juzgamos por él —el pariente que se nos ha acercado y que es también uno de los iniciados en los crueles misterios—, nada demoníaco debe de haber en los otros invitados de la fiesta. Mira por dónde, penetramos, por una brecha inesperada, en esas horas inaccesibles y torturantes en las que ella iba a saborear placeres desconocidos; uno de esos momentos de cuya sucesión estarían compuestas, un momento tan real como los demás, tal vez más importante incluso para nosotros, porque nuestra amada participa más en él, nos lo representamos, mira por dónde, lo poseemos, intervenimos en él, casi lo hemos creado: aquel en el que van a decirle que estamos ahí, abajo. Y seguramente los otros momentos de la fiesta no debían de ser de una esencia muy diferente de aquél, nada debía de haber en ellos más delicioso y que hubiese de hacernos sufrir tanto, puesto que el amigo benévolo nos ha dicho: «¡Cómo no! ¡Le encantará bajar! Va a preferir con mucho hablar contigo a aburrirse ahí arriba». ¡Ay! Swann lo sabía por experiencia: las buenas intenciones de un tercero carecen de poder ante una mujer que se irrita al sentirse perseguida hasta una fiesta por alguien a quien no quiere. Muchas veces, el amigo vuelve a bajar solo.
Mi madre no vino y, sin miramientos para con mi amor propio —empeñado en que la patraña de la búsqueda, cuyo resultado supuestamente me había pedido que le transmitiera, no resultara desmentida—, me transmitió por mediación de Françoise estas palabras: «No hay respuesta», que tantas veces he oído más adelante a porteros de «palacios» o a lacayos de garitos transmitir a una pobre muchacha asombrada: «¡Cómo! ¿Que no ha dicho nada? Pero, ¡es imposible! Pero, ¿de verdad le ha entregado usted mi carta? Muy bien, seguiré esperando». Y, tras haber rechazado el ofrecimiento de Françoise de hacerme una tisana o quedarse junto a mí —de igual modo que esa muchacha asegura sin falta que no necesita otra luz que el portero quiere encender para ella y se queda ahí y no oye ya sino las pocas frases sobre el tiempo que cambian el portero y un botones, a quien éste envía de pronto, al ver la hora que es, a refrescar con hielo la bebida de un cliente—, la dejé volver a la antecocina, me acosté, cerré los ojos y procuré no oír la voz de mis padres, que estaban tomando el café en el jardín, pero, al cabo de unos segundos, sentí que, al escribir aquella nota a mamá, al acercarme —con riesgo de enojarla— tanto a ella, que había creído rozar el momento de volver a verla, me había privado de la posibilidad de conciliar el sueño sin haber vuelto a verla y los latidos de mi corazón se volvían cada minuto más dolorosos, porque, al recomendarme a mí mismo una calma que era la aceptación de mi infortunio, aumentaba mi desasosiego. De pronto, se disipó mi ansiedad y, como cuando un medicamento potente comienza a hacer efecto y nos calma un dolor, me embargó la felicidad: acababa de adoptar la resolución de no intentar conciliar el sueño de nuevo sin haber vuelto a ver a mamá, de darle un beso a toda costa —aunque fuera con la certidumbre de estar después mucho tiempo enfadado con ella—, cuando subiese a acostarse. La calma resultante de mis angustias disipadas, no menos que la espera, la sed y el miedo al peligro, me infundía un gozo extraordinario. Abrí la ventana sin hacer ruido y me senté al pie de mi cama; apenas me movía para que no me oyesen desde abajo. Fuera, las cosas parecían también paralizadas en una atención muda para no perturbar la luz de la luna, que —al duplicar y hacer retroceder todas las cosas con la prolongación por delante de su reflejo, más denso y concreto que ellas— había afinado y engrandecido a un tiempo el paisaje, como cuando extendemos un plano, hasta entonces plegado. Lo que necesitaba hacerlo —algún follaje de castaño— se movía, pero su minucioso estremecimiento total, ejecutado hasta en sus menores matices y sus últimas delicadezas, no se comunicaba al resto ni se fundía con él, sino que permanecía circunscrito. Expuestos sobre aquel silencio que no los absorbía, los ruidos más lejanos, los que debían de proceder de jardines en el otro extremo de la ciudad, se percibían detallados con tal «primor», que parecían deber aquel efecto de lejanía exclusivamente a su pianissimo, como esos motivos en sordina tan bien ejecutados por la orquesta del Conservatorio, que, aunque ninguna nota se nos escape, creemos oír lejos de la sala de conciertos, y todos los antiguos abonados —las hermanas de mi abuela también, cuando Swann les había cedido sus localidades— aguzaban el oído, como si hubieran escuchado los avances lejanos de un ejército en marcha que aún no hubiese doblado la esquina de la Rue de Trévise.
Yo sabía que el trance en el que me colocaba era —de todos— el que podía tener para mí, por parte de mis padres, las consecuencias más graves, mucho más, en verdad, de lo que un extraño habría podido suponer, más que las que podían producir —habría creído él— sólo faltas de verdad vergonzosas. Ahora bien, en la educación que me daban el orden de las faltas no era el mismo que en la de los otros niños y me habían acostumbrado a colocar por encima de todas las demás —seguramente porque no había otras de las cuales necesitara verme protegido con más celo— aquellas cuyo carácter común es —comprendo ahora— el de que caemos en ellas cediendo a un impulso nervioso. Claro, que entonces no se pronunciaba esa palabra, no se declaraba ese origen, que habría podido hacerme considerar excusable por mi parte sucumbir a ellas o incluso considerarme tal vez incapaz de oponerles resistencia, pero las reconocía perfectamente por la angustia que las precedía y por el rigor del castigo que las seguía, si bien infinitamente más grave, y la que acababa de cometer era —lo sabía— del mismo género que otras por las cuales me habían castigado severamente. Cuando fuese a salir al paso de mi madre en el momento en que subiera a acostarse y ella viese que había permanecido levantado para volver a darle las buenas noches en el pasillo, no me dejarían permanecer más en la casa, me enviarían al colegio a la mañana siguiente: eso, seguro. Pues bien, aunque hubiese de tirarme por la ventana cinco minutos después, lo prefería con mucho. Lo que ahora quería era mi mamá, darle las buenas noches, había llegado demasiado lejos por la vía encaminada a la realización de aquel deseo para poder dar marcha atrás.
Oí los pasos de mis padres, que acompañaban a Swann, y, cuando el cascabel de la puerta me hubo avisado de que acababa de marcharse, me dirigí a la ventana. Mamá estaba preguntando a mi padre si le había gustado la langosta y si había repetido el Sr. Swann del helado de café y pistacho. «Me ha parecido muy poca cosa», dijo mi madre; «la próxima vez habrá que probar otro aroma». «Me resulta difícil explicar lo cambiado que encuentro a Swann», dijo mi tía abuela. «¡Está tan envejecido!». Mi tía abuela estaba tan acostumbrada a ver siempre en Swann al mismo adolescente, que la asombraba encontrárselo de pronto mayor de lo que seguía considerándolo y, por lo demás, mis padres empezaban a ver en él esa vejez anormal, excesiva, vergonzosa y merecida de los solteros, de todos aquellos para quienes parece que el gran día sin un mañana es más largo que para los demás, porque para ellos está vacío y los momentos se suman en él desde la mañana sin dividirse después entre los hijos. «Creo que tiene muchas preocupaciones con la tunante de su mujer, que, como todo Combray sabe, vive con cierto señor de Charlus. Es el hazmerreír de la ciudad». Mi madre comentó que, sin embargo, parecía menos triste desde hacía un tiempo. «También hace menos ese gesto, idéntico al de su padre, de enjugarse los ojos y pasarse la mano por la frente. Yo creo que, en el fondo, ya no quiere a esa mujer». «Pues claro que no la quiere», respondió mi abuelo. «Hace ya mucho que recibí una carta de él a ese respecto, que en un principio no me convenció y que no deja lugar a dudas sobre sus sentimientos, al menos de amor, para con su esposa. ¡Por cierto! ¿Lo veis como no le habéis dado las gracias por el vino de Asti?», añadió mi abuelo, al tiempo que se volvía hacia sus dos cuñadas. «¿Cómo que no le hemos dado las gracias? Me parece —dicho sea entre nosotros— que yo se lo he dado a entender con mucha delicadeza», respondió mi tía Flora. «Sí, te las has compuesto muy bien: me ha parecido admirable», dijo mi tía Céline. «Pero, ¡si tú has estado también muy bien!». «Sí, me siento bastante orgullosa de mi comentario sobre los vecinos amables». «¡Cómo! ¿A eso llamáis dar las gracias?», exclamó mi abuelo. «Yo lo he oído, pero que me lleve el diablo si me ha parecido que iba destinado a Swann. Podéis estar seguras de que no ha entendido nada». «Pero, bueno, Swann no es tonto, estoy segura de que lo ha apreciado. ¡No iba a ponerme a hablarle del número de botellas y del precio del vino!». Mi padre y mi madre permanecieron solos y se sentaron un instante; después mi padre dijo: «Bueno, pues, si quieres, podemos subir a acostarnos». «Si así lo deseas, mi amor, aunque no tengo ni asomo de sueño; ahora, que no puede haber sido ese helado de café tan anodino lo que me haya desvelado, pero veo la luz en la antecocina y, ya que la pobre Françoise me ha esperado, voy a pedirle que me desabroche el corpiño, mientras tú vas a desvestirte». Y mi madre abrió la puerta enrejada del vestíbulo que daba a la escalera. No tardé en oírla subir a cerrar su ventana. Me dirigí sin hacer ruido al pasillo; el corazón me latía tan fuerte, que me costaba avanzar, pero al menos ya no era de ansiedad, sino de espanto y júbilo. Vi en el hueco de la escalera la luz proyectada por la vela de mamá. Después la vi a ella y me lancé. En el primer segundo, me miró con asombro, sin comprender lo que había ocurrido. Después su rostro cobró una expresión de cólera, ni siquiera me decía una palabra y, en efecto, por mucho menos que aquello dejaban de dirigirme la palabra durante varios días. Si mamá me hubiese dicho alguna palabra, habría sido como reconocer que podían volver a hablarme, lo que tal vez me habría parecido, por lo demás, más terrible aún, como una señal de que, ante la gravedad del castigo que iba a prepararse, el silencio, el disgusto, habrían sido pueriles. Una palabra habría sido la calma con la que se responde a un criado cuyo despido se acaba de decidir, el beso que se da a un hijo al que se envía a alistarse, mientras que, en caso de contentarse con un enfado de dos días, se le habría denegado, pero oyó subir a mi padre del cuarto de aseo, al que había ido a desvestirse, y, para evitar la escena que me haría, me dijo con voz entrecortada por la cólera: «¡Vete, vete! Que al menos no te vea tu padre así, ¡esperando como un loco!». Pero yo le repetía: «Ven a darme las buenas noches», aterrado al ver que el reflejo de la vela de mi padre se alzaba ya en la pared, pero también utilizando su cercanía como un medio de chantaje y esperando que mamá —para evitar que mi padre me encontrara aún allí, si seguía negándose— me dijese: «Métete en tu cuarto, que ahora voy». Era demasiado tarde, mi padre estaba ya ante nosotros. Sin querer, murmuré estas palabras, que nadie oyó: «¡Estoy perdido!».
No fue así. Mi padre me denegaba constantemente permisos concedidos en los pactos más amplios otorgados por mi madre y mi abuela, porque no le importaban los «principios» y con él no había «derecho de gentes». Por una razón del todo circunstancial —o incluso sin razón— me prohibía en el último momento cierto paseo tan habitual, tan consagrado, que no se podía privarme de él sin cometer perjurio o —como había hecho también aquella noche, mucho antes de la hora ritual— me decía: «Vamos, sube a acostarte, ¡no hay nada que explicar!». Pero, como no tenía principios —en el sentido de mi abuela—, tampoco tenía, hablando propiamente, intransigencia. Me miró un instante con expresión de asombro y enojo y después, cuando mamá le hubo explicado, apurada, lo que había ocurrido, le dijo: «Pues vete con él, mujer, ya que decías precisamente que no tenías sueño; quédate un poco en su cuarto, que yo no necesito nada». «Pero que yo tenga o no sueño en nada cambia el caso, mi amor, no podemos acostumbrar a este niño...». «Pero no se trata de acostumbrarlo», dijo mi padre encogiéndose de hombros, «ya ves que está triste, este niño, tiene expresión de desconsuelo; vamos, ¡que no somos verdugos! Cuando haya caído enfermo, ¡ya verás! Como hay dos camas en su habitación, di a Françoise que te prepare la grande y acuéstate esta noche junto a él. Hale, buenas noches: yo, que no soy tan nervioso como vosotros, voy a acostarme».
No se podían dar las gracias a mi padre; habría sido irritarlo con sensiblerías, como él decía. Permanecí sin atreverme a hacer un movimiento; estaba aún ante nosotros —alto, con su blanco camisón de dormir bajo el pañuelo violeta y rosa de cachemira de la India que se anudaba en torno a la cabeza desde que tenía neuralgias— con el gesto de Abraham —en el grabado inspirado en Benozzo Gozzoli que me había regalado el Sr. Swann— en el momento de decir a Sara que debe separarse de Isaac. Hace muchos años de aquello. Hace mucho que no existe la muralla de la escalera, por la que vi subir el reflejo de su vela. También en mí se han destruido muchas cosas que, según creía, habían de durar siempre y se han erigido otras nuevas y han engendrado penas y alegrías nuevas que no habría yo podido prever entonces, así como las antiguas se me han vuelto difíciles de comprender. Hace mucho tiempo también que mi padre ha cesado de poder decir a mamá: «Vete con el niño». La posibilidad de tales momentos jamás renacerá para mí, pero desde hace poco empiezo de nuevo a percibir muy bien —si presto oídos— los sollozos que tuve fuerzas para contener delante de mi padre y que no estallaron hasta encontrarme solo con mamá. En realidad, nunca han cesado y sólo porque ahora la vida se calla más a mi alrededor los oigo de nuevo, como esas campanas de conventos, tan bien cubiertas por los ruidos de la ciudad durante el día, que parecen haber callado, pero vuelven a tañer en el silencio de la noche.
Mamá pasó aquella noche en mi alcoba; en el momento en que acababa de cometer una falta tal, que me esperaba verme obligado a abandonar la casa, mis padres me concedían más de lo que habría obtenido jamás de ellos como recompensa por una buena acción. El comportamiento de mi padre para conmigo —incluso en el momento en que se manifestaba en aquella gracia— conservaba el carácter arbitrario e inmerecido que lo caracterizaba, debido por lo general más a conveniencias fortuitas que a un plan premeditado. Tal vez incluso lo que yo llamaba su severidad, cuando me enviaba a la cama, mereciera menos ese nombre que la de mi madre o de mi abuela, pues su temperamento, más distinto en algunos aspectos del mío que el de ellas, probablemente no hubiera adivinado hasta entonces lo desdichado que me sentía yo todas las noches, cosa que mi madre y mi abuela sabían muy bien, pero éstas me querían lo suficiente para no consentir librarme del sufrimiento, querían enseñarme a dominarlo para atenuar mi nerviosa sensibilidad y fortalecer mi voluntad. En cuanto a mi padre, cuyo afecto por mí era de otra clase, no sé si habría tenido ese valor; para una vez que acababa de comprender que yo me sentía apenado, había dicho a mi madre: «Anda, ve a consolarlo». Mamá pasó aquella noche en mi alcoba y, como para no estropear con remordimiento alguno aquellas horas tan diferentes de lo que había tenido derecho a esperar, cuando Françoise —comprendiendo, al ver sentada a mi lado a mamá, que me tenía cogida la mano y me dejaba llorar sin regañarme, que ocurría algo extraordinario— le preguntó: «Pero, señora, ¿qué le ocurre al señorito, que llora así?», le respondió: «Pero, ¡si ni siquiera él lo sabe, Françoise! Está nervioso. Prepáreme a escape la cama grande y suba a acostarse». Así, por primera vez no consideraban ya mi tristeza una falta digna de castigo, sino un mal involuntario que acababan de reconocer oficialmente, como un estado nervioso del que yo no era responsable; sentía el alivio de no tener ya que mezclar los escrúpulos con la amargura de mis lágrimas, podía llorar sin pecar. También me sentía no poco orgulloso ante Françoise de aquella mudanza de las cosas humanas, que, una hora después de que mamá se hubiera negado a subir a mi habitación y me hubiese mandado la desdeñosa respuesta de que debía dormirme, me elevaba a la dignidad de persona mayor y me había hecho alcanzar de repente como una pubertad de la pena, una emancipación de las lágrimas. Debería haberme sentido feliz, pero no lo estaba. Me parecía que mi madre acababa de hacerme una primera concesión que debía resultarle dolorosa, que se trataba de una primera renuncia por su parte al ideal que había concebido para mí y por primera vez se confesaba —ella, tan valiente— vencida. Me parecía que, si acababa yo de lograr una victoria, había sido contra ella, que había conseguido —como podrían haberlo hecho la enfermedad, ciertas penas o los años— debilitar su voluntad y doblegar su ánimo y que aquella noche comenzaba una nueva era y quedaría como una fecha triste. Si me hubiese atrevido en aquel momento, habría dicho a mamá: «No, no quiero, no te acuestes aquí». Pero conocía la sabiduría práctica, pragmática —como se diría en la actualidad—, que moderaba en ella el temperamento ardientemente idealista de mi abuela, y sabía que, como el mal ya estaba hecho, preferiría dejarme al menos saborear su calmante deleite y no molestar a mi padre. Cierto es que el hermoso rostro de mi madre brillaba aún con la juventud aquella noche en que me tenía cogidas las manos con tanto cariño e intentaba hacer que cesaran mis lágrimas, pero precisamente me parecía que no debería haber sido así, su cólera habría sido menos triste para mí que aquella nueva dulzura desconocida para mi infancia; me parecía que con una mano impía y secreta acababa yo de trazar en su alma una primera arruga y hacer aparecer en ella una primera cana. Esa idea intensificó mis sollozos y entonces vi a mamá, que nunca se dejaba llevar por el enternecimiento conmigo, contagiada de pronto por el mío e intentar contener las lágrimas. Como notó que yo lo había advertido, me dijo riendo: «Ay, qué mimosito es este chiquitín mío, que, como sigamos así, va a volver a su mamá tan bobita como él. Mira, como tú no tienes sueño y mamá tampoco, no nos pongamos más nerviosos y hagamos algo: cojamos uno de tus libros». Pero no tenía yo ninguno allí. «¿Te haría menos ilusión que te sacara ya los libros que tu abuela va a regalarte por tu santo? Piénsalo bien: ¿no te sentirás desilusionado al no tener nada pasado mañana?». Al contrario, me encantó la idea y mamá fue a buscar un paquete de libros, de los que sólo pude adivinar, tras el papel que los envolvía, el tamaño corto y ancho, pero que, con aquel primer aspecto, aunque somero y velado, eclipsaban ya la caja de lápices de colores de Año Nuevo y los gusanos de seda del año pasado. Eran: La Mare au Diable, François le Champi, La Petite Fadette y Les Maîtres sonneurs. Según supe después, mi abuela había elegido primero las poesías de Musset, un volumen de Rousseau e Indiana, pues, si bien consideraba las lecturas fútiles tan malsanas como los caramelos y los pasteles, no pensaba que las grandes inspiraciones del genio tuvieran una influencia más peligrosa y menos vivificante en el propio espíritu de un niño que en su cuerpo el aire libre y el viento del mar, pero, como mi padre casi la había tildado de loca al enterarse de los libros que quería regalarme, había vuelto en persona a la librería de Jouy-le-Vicomte para que no me quedara sin mi regalo —era un día tórrido y había vuelto tan agotada, que en adelante mi madre, según le había advertido el médico, no debía dejarla fatigarse así— y se había conformado con las cuatro novelas campestres de George Sand. «Hija mía», decía a mamá, «yo no tendría ánimos para regalar a ese niño algo mal escrito».
En realidad, nunca se resignaba a comprar algo de lo que no se pudiera obtener un provecho intelectual y sobre todo el que nos procuran las cosas bellas al enseñarnos a buscar deleites distintos de las satisfacciones debidas al bienestar y a la vanidad. Incluso cuando tenía que hacer a alguien un regalo considerado útil, cuando tenía que regalar una butaca, unos cubiertos, un bastón, los buscaba «antiguos», como si, al haberlos privado de utilidad su prolongado desuso, parecieran más dispuestos a relatarnos la vida de los hombres de antaño que a satisfacer las necesidades de la nuestra. Le habría gustado que tuviera yo en mi cuarto fotografías de los monumentos o los paisajes más hermosos, pero en el momento de adquirirlas —y aunque la cosa representada tuviese un valor estético— le parecía que la vulgaridad, la utilidad, recuperaban demasiado pronto su lugar en el modo mecánico de representación: la fotografía. Intentaba usar ardides y —ya que no eliminar enteramente la trivialidad comercial— al menos reducirla, substituirla aún, en la medida de lo posible, por el arte, introducir en ella como «capas» de arte: en lugar de fotografías de la catedral de Chartres, de las fuentes de Saint-Cloud, del Vesubio, se informaba por Swann de si algún gran pintor los había representado y prefería regalarme reproducciones de la catedral de Chartres de Corot, de las fuentes de Saint-Cloud de Hubert Robert, del Vesubio de Turner, lo que representaba un grado artístico superior, pero, si bien el fotógrafo había sido apartado de la representación de la obra maestra o de la naturaleza y substituido por un gran artista, recobraba sus derechos para reproducir esa propia interpretación y, al llegar, así, al último reducto de la vulgaridad, mi abuela intentaba hacerla retroceder aún. Preguntaba a Swann si se había reproducido la obra en grabado y, cuando era posible, prefería grabados antiguos y que tuviesen aún un interés añadido: por ejemplo, los que representan una obra maestra en un estado en el que ya no podemos verla hoy, como el grabado de La Cena de Leonardo, obra de Morghen antes de su deterioro. Hay que reconocer que los resultados de esa forma de entender el arte de hacer regalos no siempre fueron muy brillantes. La idea que yo me hice de Venecia, según un dibujo de Tiziano cuyo fondo representa supuestamente la laguna, era, desde luego, mucho menos exacta que la que me habrían dado simples fotografías. Cuando mi tía abuela deseaba formular una requisitoria contra mi abuela, ya es que perdían la cuenta en la casa de los sillones que había regalado a novios jóvenes o a esposos ancianos y que, al primer intento de utilizarlos, se habían desplomado al instante bajo el peso de uno de los destinatarios, pero a mi abuela le habría parecido mezquino ocuparse demasiado de la solidez de un artesonado en el que aún se distinguían una florecilla, una sonrisa, a veces una hermosa imaginación del pasado. Incluso lo que en aquellos muebles correspondía a una necesidad, al ser de un estilo al que ya no estamos habituados, le encantaba como las formas antiguas de hablar en las que vemos una metáfora desdibujada, en nuestro lenguaje moderno, por el desgaste de la costumbre. Ahora bien, precisamente las novelas campestres de George Sand que me regalaba por mi santo estaban llenas, como un mobiliario antiguo, de expresiones caídas en desuso y convertidas en imágenes, como ya sólo se encuentran en el campo, y mi abuela las había preferido a otras, del mismo modo que habría aplaudido de mejor grado una propiedad en la que hubiera un palomar gótico o alguna de esas cosas viejas que ejercen una influencia afortunada en nuestro espíritu al infundirle la nostalgia de imposibles viajes por el tiempo.
Mamá se sentó junto a mi cama; había cogido François le Champi, libro al que su rojiza cubierta y su incomprensible título infundían, para mí, una personalidad propia y un atractivo misterioso. Yo no había leído aún novelas de verdad. Había oído decir que George Sand era el arquetipo del novelista, lo que me predisponía ya a imaginar en François le Champi algo indefinible y delicioso. Los procedimientos narrativos destinados a excitar la curiosidad o la ternura, ciertas expresiones que inspiran inquietud y melancolía —y que un lector algo instruido reconoce como comunes a muchas novelas— me parecían simplemente —a mí, que no consideraba un libro nuevo como una cosa semejante a muchas otras, sino como una persona única, que sólo tenía razón de ser en sí misma— una emanación turbadora de la esencia particular de François le Champi. Bajo aquellos sucesos tan cotidianos, aquellas cosas tan comunes, aquellas palabras tan corrientes, sentía como un tono, un resalte extraño. Se inició el relato, que me pareció tanto más obscuro cuanto que en aquella época, mientras leía, pasaba con frecuencia páginas enteras pensando en algo muy distinto y a las lagunas que esa distracción dejaba en el relato se sumaba la costumbre de mamá —cuando era ella la que me leía en voz alta— de saltarse todas las escenas amorosas. Por eso, todos los cambios extraños que se producían en las actitudes respectivas de la molinera y del niño y que sólo encuentran explicación en los avances de un amor naciente me parecían marcados por un misterio profundo cuyo origen debía de estar —me imaginaba de buen grado— en aquel nombre desconocido y tan agradable de «Champi», que infundía al niño así llamado —sin que yo supiera por qué— su color vivo, encendido y encantador. Si bien mi madre era una lectora infiel, lo era también —con las obras en las que encontraba el acento de un sentimiento verdadero— admirable por el respeto y la sencillez de la interpretación, por la belleza y la dulzura de su tono. Incluso en la vida, cuando eran personas y no obras de arte las que excitaban así su ternura o su admiración, resultaba conmovedor ver con qué deferencia apartaba con su voz, su gesto, sus palabras determinado estallido de alegría que podría haber dolido a aquella madre que antaño había perdido un hijo, determinada evocación de un santo, de un aniversario, que habría podido hacer pensar a aquel anciano en su avanzada edad, determinadas palabras domésticas que habrían parecido tediosas a aquel joven tan culto. Asimismo —cuando leía la prosa de George Sand, que siempre desprende esa bondad, esa distinción moral, que mamá había aprendido de mi abuela a considerar superiores a todo en la vida y que hasta mucho más adelante no le enseñaría yo igualmente a no considerar superiores a todo en los libros—, atenta a desterrar de su voz toda mezquindad, todo amaneramiento, que habrían podido impedir la recepción de aquella oleada pujante, infundía toda la ternura natural, toda la cabal dulzura requerida, a aquellas frases que parecían escritas para su voz y que armonizaban, por decirlo así, con el registro de su sensibilidad. Encontraba —para pronunciarlas en el tono debido— el acento cordial a ellas preexistente y que las dictó, pero que las palabras no indican; gracias a él, amortiguaba a la vez toda crudeza en los tiempos de los verbos, infundía al imperfecto y al pretérito perfecto la dulzura que hay en la bondad, la melancolía que hay en la ternura, dirigía la frase que acababa hacia la que iba a comenzar —ora apresurando ora aminorando la sucesión de las sílabas para modularlas, aunque sus cantidades fueran diferentes, en un ritmo uniforme—, infundía a aquella prosa, tan común, como una vida sentimental y continua.
Se habían calmado mis remordimientos y me dejaba llevar por la dulzura de aquella noche en la que tenía a mi madre junto a mí. Sabía que una noche semejante no podría repetirse, que el mayor deseo, para mí, del mundo —el de tener a mi madre en mi alcoba durante aquellas tristes horas nocturnas— era demasiado opuesto a las necesidades de la vida y los deseos de todos para que la realización que se le había concedido aquella noche pudiera no ser sino facticia y excepcional. Mañana volverían mis angustias y mamá no se quedaría allí, pero, cuando se habían calmado mis angustias, yo dejaba de entenderlas y, además, quedaba aún lejos la noche siguiente; me decía que tendría tiempo de prepararme, aunque éste no pudiera aportarme otro poder alguno, pues se trataba de cosas que no dependían de mi voluntad y que sólo me parecían más evitables gracias al intervalo que las separaba aún de mí.
El caso es que, durante mucho tiempo —cuando, al despertarme por la noche, me acordaba otra vez de Combray—, volví a ver siempre aquel como lienzo de pared luminoso, recortado en medio de tinieblas indistintas, igual al que la llamarada de una bengala o una proyección eléctrica iluminan y seccionan en un edificio cuyas demás partes permanecen sumidas en la noche: en la base, bastante amplia, el saloncito, el comedor, el comienzo de la obscura alameda por la que llegaría el Sr. Swann, autor inconsciente de mis tristezas, el vestíbulo por el que me dirigía yo hacia el primer peldaño de la escalera, cuya subida tan cruel me resultaba y que constituía por sí solo el tronco muy estrecho de aquella pirámide irregular, y, en la cima, mi alcoba con el pasillito con puerta de cristal para la entrada de mamá; en una palabra, la escenografía —siempre vista a la misma hora, aislada de todo lo que podía haber alrededor, destacando sola de la obscuridad— estrictamente necesaria —como la que sirve de frontispicio a las obras teatrales antiguas con miras a las representaciones en provincias— para el drama de mi desvestir, como si Combray hubiese consistido exclusivamente en dos pisos unidos por una escalera estrecha y siempre hubiesen sido allí las siete de la tarde. A decir verdad, habría podido responder —a quien me hubiera preguntado— que Combray constaba de alguna cosa más y existía en otras horas, pero, como lo que habría recordado me lo habría ofrecido tan sólo la memoria voluntaria —la de la inteligencia— y como las informaciones que ésta aporta sobre el pasado nada conservan de él, nunca habría tenido deseos de pensar en el resto de Combray. Todo aquello estaba, en realidad, muerto para mí.
¿Muerto para siempre? Era posible.
Mucho interviene el azar en todo esto y con frecuencia un segundo azar, el de nuestra muerte, no nos permite esperar por mucho tiempo los favores del primero.
La creencia celta de que las almas de aquellos a los que hemos perdido están cautivas en un ser inferior —en un animal, un vegetal, una cosa inanimada—, perdidas, en efecto, para nosotros hasta el día —que para muchos nunca llega— en que pasamos por casualidad cerca del árbol y nos adueñamos del objeto que es su prisión, me parece muy razonable. Entonces se estremecen, nos llaman y, en cuanto las hemos reconocido, se deshace el hechizo. Una vez que las hemos liberado, han vencido a la muerte y vuelven a vivir con nosotros.
Lo mismo ocurre con nuestro pasado. Intentar evocarlo resulta empeño perdido, todos los intentos de nuestra inteligencia son inútiles. Está oculto, fuera de su dominio y de su alcance, en algún objeto material —en la sensación que éste nos daría— que no sospechamos. Del azar depende que encontremos o no ese objeto antes de morir.
Hacía ya muchos años que —de Combray— todo lo que no era el teatro y el drama de mi acostar había dejado de existir para mí, cuando un día de invierno, al regresar a casa, mi madre —viendo que tenía frío— me propuso que, contra mi costumbre, tomara un poco de té. Al principio lo rechacé y —no sé por qué— después cambié de idea. Mandó ir a buscar uno de esos bizcochos, pequeños y rechonchos, llamados «magdalenas» y que parecen moldeados en la acanalada valva de una vieira y, abrumado por aquel día sombrío y la perspectiva de un triste mañana, no tardé en llevarme maquinalmente a los labios una cucharada de té, en la que había dejado ablandarse un trozo de magdalena, pero, en el preciso momento en que me tocó el paladar el sorbo mezclado con migas de bizcocho, me estremecí, atento al extraordinario fenómeno que estaba experimentando. Me había invadido un placer delicioso, aislado, sin que tuviera yo idea de su causa. Al momento me había vuelto indiferentes —como hace el amor— las vicisitudes de la vida, sus inofensivos desastres, su ilusoria brevedad, colmándome de una esencia preciosa: o, mejor dicho, esa esencia no estaba en mí, sino que era yo. Había cesado de sentirme mediocre, contingente, mortal. ¿De dónde podía proceder aquel intenso alborozo? Yo sentía que estaba vinculado al gusto del té y del bizcocho, pero que lo superaba infinitamente, que no debía de ser de la misma naturaleza. ¿De dónde venía? ¿Qué significaba? ¿Dónde aprehenderla? Bebí un segundo sorbo, en el que no encontré nada más que en el primero, y un tercero, que me aportó un poco menos que el segundo. Más valía dejarlo: la virtud de la bebida parecía disminuir. Estaba claro que la verdad que yo buscaba no estaba en ella, sino en mí. La había despertado, pero no la conocía, y no podía hacer otra cosa que repetir indefinidamente, cada vez con menor intensidad, aquel mismo testimonio que yo no sabía interpretar y que quería al menos poder solicitarle de nuevo y recuperar luego intacto, a mi disposición, mediante un esclarecimiento decisivo. Dejé la taza y atendí a mi mente. A ella correspondía encontrar la verdad, pero, ¿cómo? Grave incertidumbre, todas las veces que la mente se siente sobrepasada por sí misma, cuando ella —la que busca— es al mismo tiempo el país obscuro en el que debe buscar y en el que de nada le servirá todo su bagaje. ¿Buscar? No sólo eso: crear. Está ante algo que no es aún y que sólo ella puede realizar y después hacer entrar en su luz.
Y comencé a preguntarme otra vez cuál podía ser aquel estado desconocido que no aportaba ninguna prueba lógica, sino la evidencia de su dicha, de su realidad, ante la cual las otras se disipaban. Quería probar a hacerlo reaparecer. Retrocedí con el pensamiento al momento en que había tomado la primera cucharada de té. Recuperé el mismo estado sin una claridad nueva. Pedí a mi mente otro esfuerzo, que me devolviera una vez más la sensación que se disipaba, y, para que nada interrumpiese el impulso con que iba a intentar asirla de nuevo, aparté todos los obstáculos, todas las ideas ajenas, resguardé mis oídos y mi atención de los ruidos del cuarto contiguo, pero, al notar que mi mente se fatigaba sin lograrlo, la obligué, al contrario, a tomarse aquella distracción que le denegaba, a pensar en otra cosa, a reponerse antes de un intento supremo. Después, una segunda vez, hice el vacío ante ella, volví a colocar ante ella el sabor, aún reciente, de aquel primer sorbo y sentí vibrar en mí algo que se desplazaba, quería elevarse, algo que se hubiese desanclado a gran profundidad; no sabía yo lo que era, pero subía lentamente; experimenté la resistencia y oí el rumor de las distancias recorridas.
Lo que así palpitaba dentro de mí debía de ser —cierto era— la imagen, el recuerdo visual, que, unido a aquel sabor, intentaba seguirlo hasta mí, pero se debatía demasiado lejos, demasiado confusamente. Apenas si percibía el reflejo neutro en el que se confundía el inasible torbellino de los colores removidos, pero no podía distinguir la forma, pedirle, como al único intérprete posible, que me tradujera el testimonio de su contemporáneo, de su inseparable compañero —el sabor—, que me comunicara de qué circunstancia particular, de qué época del pasado, se trataba.
¿Llegaría hasta la superficie de mi clara conciencia aquel recuerdo, el instante antiguo que la atracción de un instante idéntico había venido desde tan lejos a excitar, conmover, despertar en lo más profundo de mi ser? No lo sabía. Ya no sentía nada, se había detenido, había vuelto a bajar tal vez: a saber si volvería a subir jamás de su noche. Diez veces tuve que volver a empezar, inclinarme sobre él, y en todas ellas la cobardía que nos aparta de toda tarea difícil, de toda obra importante, me aconsejó que lo dejara, que me bebiera el té y me limitase a pensar en mis problemas del presente, en mis deseos del mañana, que se dejaban rumiar sin esfuerzo.
Y de repente me vino el recuerdo: aquel sabor era el del trozo de magdalena que, cuando iba a darle los buenos días los domingos por la mañana en Combray —porque esos días no salía yo antes de la hora de la misa—, me ofrecía mi tía Léonie, después de haberlo mojado en su infusión de té o tila. Nada me había recordado la vista de la pequeña magdalena, antes de que la hubiera gustado, tal vez porque, al haberlas visto después con frecuencia, sin comerlas, en las bandejas de las pastelerías, su imagen había abandonado aquellos días de Combray para unirse a otras más recientes, tal vez porque de aquellos recuerdos abandonados, tanto tiempo fuera de la memoria, nada sobrevivía, todo se había disgregado; las formas —y también la de aquella conchita de repostería tan sensual, bajo sus severos y devotos pliegues— se habían abolido o habían perdido, adormecidas, la fuerza de expansión que les habría permitido llegar hasta la conciencia. Es que, cuando después de la muerte de las personas, después de la destrucción de las cosas, nada subsiste de un pasado antiguo, sólo el olor y el sabor —más débiles pero más vivaces, más inmateriales, más persistentes, más fieles— perduran durante mucho tiempo aún, como almas, recordando, aguardando, esperanzados, sobre la ruina de todo lo demás, portando sin flaquear sobre su gotita casi impalpable el inmenso edificio del recuerdo.
Y, en cuanto hube reconocido el sabor del trozo de magdalena mojado en tila que me daba mi tía —aunque no supiera aún descubrir, y hubiese de aplazarlo para mucho más adelante, por qué me hacía tan feliz aquel recuerdo—, la vieja casa gris que daba a la calle, donde estaba su cuarto, vino al instante como un decorado de teatro a ajustarse al hotelito, que daba al jardín, construido para mis padres en su parte posterior —aquel lienzo de pared truncado que era lo único que había vuelto a ver hasta entonces— y, junto con la casa, la ciudad, desde la mañana hasta la noche y a todas las horas, la plaza, a la que me mandaban antes de almorzar, las calles por las que iba a hacer recados, los caminos por los que, si hacía bueno, nos internábamos, y, como en ese juego en el que los japoneses se divierten mojando en un tazón de porcelana lleno de agua trocitos de papel, hasta entonces indistintos, que, en cuanto los sumergen en el agua, se estiran, se retuercen, se colorean, se diferencian, se vuelven flores, casas, personajes consistentes y reconocibles, también entonces todas las flores de nuestro jardín, las del parque del Sr. Swann, los nenúfares del Vivonne, la buena gente del pueblo, sus casitas, la iglesia, todo Combray y sus alrededores —todo aquello, que iba cobrando forma y solidez— salió —ciudad y jardines— de mi taza de té.
II
Visto desde lejos, a diez leguas a la redonda —desde el ferrocarril en el que llegábamos la última semana antes de Pascua—, Combray no era sino una iglesia que resumía la ciudad, la representaba, hablaba de ella y por ella a los que estaban lejos y, cuando nos acercábamos, mantenía arremolinados en torno a su alto manto obscuro —en pleno campo y contra el viento, como una pastora sus ovejas— los lanudos y grises lomos de las casas agrupadas, que un resto de murallas medievales cercaba aquí y allá con un trazo tan perfectamente circular como un pueblecito en un cuadro de un primitivo. Para vivir, Combray era un poco triste, como sus calles, cuyas casas —construidas en piedras negruzcas de la región, precedidas de peldaños exteriores, cubiertas con aguilones que hacían sombra delante de ellas— eran demasiado obscuras, por lo que, en cuanto empezaba a caer el día, había que alzar los visillos en las «salas»: calles —como la Rue Saint-Hilaire; la Rue Saint-Jacques, en la que se encontraba la casa de mi tía; la Rue Sainte-Hildegarde, a la que daba la verja; y la Rue du Saint-Esprit, a la que se abría la puertecita lateral de su jardín— con graves nombres de santos —varios de los cuales estaban relacionados con la historia de los primeros señores de Combray— y que viven en una parte de mi memoria tan remota, pintada con colores tan diferentes de los que ahora reviste, para mí, el mundo, que, en verdad, me parecen todas —y la iglesia que las dominaba en la plaza— más irreales aún que las proyecciones de la linterna mágica y en ciertos momentos me parece que poder cruzar aún la Rue Saint-Hilaire, poder alquilar una habitación en la Rue de l’Oiseau —en el viejo hostal de L’Oiseau Flesché, de cuyos tragaluces subía un olor a cocina que aún se eleva en mí en ciertos momentos, tan intermitente y cálido—, sería una entrada en contacto con el Más Allá más maravillosamente sobrenatural que la de conocer a Golo y hablar con Genoveva de Brabante.
La prima de mi abuelo —mi tía abuela— en cuya casa vivíamos era la madre de aquella tía Léonie, que desde la muerte de su marido —mi tío Octave— no había querido abandonar jamás primero Combray, luego su casa en Combray, después su alcoba y luego su cama y ya no «bajaba»: siempre acostada en un estado incierto de pena, debilidad física, enfermedad, idea fija y devoción. Su piso particular daba a la Rue Saint-Jacques, que mucho más lejos desembocaba en el Grand-Pré —por oposición al Petit-Pré, verdeante en medio de la ciudad, entre tres calles— y que —unida, grisácea, con los tres altos escalones de arenisca casi delante de cada puerta— parecía como un desfiladero abierto por un tallador de imágenes góticas en la piedra misma en la que hubiera esculpido un pesebre o un calvario. Mi tía ya sólo vivía prácticamente en dos cuartos contiguos y por la tarde permanecía en uno, mientras se aireaba el otro. Eran de esos cuartos de provincias que —así como en ciertos países zonas enteras del aire o del mar quedan encendidas o perfumadas por miríadas de protozoarios que no vemos— nos encantan con mil olores que en ellos desprenden las virtudes, la formalidad, las costumbres, toda una vida secreta, invisible, profusa y moral que la atmósfera mantiene en suspenso: olores naturales aún —cierto es— y color del tiempo como los del campo vecino, pero ya caseros, humanos y encerrados, exquisita jalea industriosa y límpida de todos los frutos del año que han pasado del huerto al armario, estacionales, pero mobiliarios y domésticos, que suavizan la acritud de la escarcha con la dulzura del pan blanco, ociosos y puntuales como un reloj de aldea, callejeantes y comedidos, despreocupados y previsores, lenceros, matinales, devotos y felices con una paz que no hace sino intensificar la ansiedad y de un prosaísmo que hace de gran depósito de poesía a quien los cruza sin haber vivido en ellos. El aire estaba saturado en ellos con la fina esencia de un silencio tan nutritivo, tan suculento, que yo avanzaba por él como con glotonería, sobre todo en aquellas primeras mañanas, aún frías, de la semana de Pascua en las que lo saboreaba mejor porque acababa de llegar a Combray: antes de entrar a dar los buenos días a mi tía, me hacían esperar un instante en el primer cuarto, en el que el sol, aún de invierno, había venido a calentarse delante del fuego, ya encendido entre los dos ladrillos y que impregnaba todo el cuarto con un olor a hollín, lo convertía como en uno de esos grandes «frontales de horno» del campo o esas campanas de chimenea de castillo bajo los cuales deseamos que fuera se declaren la lluvia, la nieve, alguna catástrofe diluviana incluso, para sumar al bienestar de la reclusión la poesía de la invernada; daba unos pasos del reclinatorio a los sillones de terciopelo estampado, siempre cubiertos con un reposacabezas de ganchillo, y el fuego, al cocer como una pasta los apetitosos olores con los que el aire resultaba tan grumoso y que el frescor de la mañana había hecho ya fermentar y «subir», los hojaldraba, los doraba, los arrugaba, los hinchaba, hacía con ellos un invisible y palpable pastel provincial, una inmensa «empanada», a la que —en cuanto había saboreado los aromas más curruscantes, más finos, más reputados, pero más secos también, de la alacena, de la cómoda, del papel rameado— volvía yo siempre con una avidez no confesada para enviscarme en el olor central —pringoso, insulso, indigesto y afrutado— de la colcha de flores.
En el cuarto contiguo, oía a mi tía, que hablaba sola a media voz. Siempre hablaba muy bajo, porque creía tener flotando en la cabeza algo roto y que, al hablar demasiado fuerte, podría haber desplazado, pero nunca permanecía mucho tiempo sin decir algo, ni siquiera cuando estaba sola, porque le parecía saludable para su garganta y, al impedir que la sangre se detuviese en ella, le resultarían menos frecuentes los ahogos y las angustias que padecía; además, en la inercia absoluta en que vivía, atribuía a sus menores sensaciones una importancia extraordinaria; las dotaba de tal motilidad, que le resultaba difícil guardarlas para sí misma y, a falta de confidente a quien comunicarlas, se las anunciaba a sí misma, en un monólogo perpetuo que era su única forma de actividad. Por desgracia, al haber adquirido la costumbre de pensar en alto, no siempre tenía la precaución de hacerlo cuando no hubiera nadie en el cuarto contiguo y con frecuencia la oía yo decirse a sí misma: «Debo recordar que no he dormido» (pues se empeñaba en sostener que nunca dormía y el lenguaje de toda la familia lo respetaba y conservaba su rastro: por la mañana Françoise no venía a «despertarla», sino que «entraba» a su cuarto; cuando mi tía quería echar una cabezada durante el día, decíamos que quería «meditar» o «reposar»; y, cuando se descuidaba al hablar y decía: «lo que me ha despertado...» o «he soñado que...», se ponía colorada y en seguida rectificaba).
Al cabo de un momento, entraba yo a darle un beso; Françoise le preparaba el té o, si mi tía se sentía nerviosa, pedía, en cambio, su tisana y yo era el encargado de dejar caer de la bolsa de la farmacia a un plato la cantidad de tila que después se había de echar en el agua hirviendo. La desecación de los tallos los había retorcido en un caprichoso enrejado en cuyos almocárabes se abrían las pálidas flores, como si un pintor las hubiera dispuesto, las hubiese hecho posar, de la forma más ornamental. Las hojas, tras haber cambiado de aspecto o haberlo perdido, parecían las cosas más dispares —una transparente ala de mosca, el reverso blanco de un membrete, un pétalo de rosa—, pero que hubieran sido apiladas, trituradas o trenzadas como en la confección de un nido. Mil pequeños detalles superfluos —encantadora prodigalidad del farmacéutico— que se habrían suprimido en una preparación artificial me daban —como en un libro en el que nos maravillamos de encontrar el nombre de una persona conocida— el placer de comprender que eran de verdad tallos de tilo, como los que veía en la Avenue de la Gare, modificados precisamente porque eran auténticos, no imitaciones, y habían envejecido. Y, como cada uno de los caracteres nuevos no era sino la metamorfosis de un carácter antiguo, en unas bolitas grises reconocía las yemas verdes que no habían podido desarrollarse, pero sobre todo el brillo rosa, lunar y suave que hacía desprenderse las flores en el frágil bosque de los tallos en el que estaban suspendidas como rositas de oro —signo, como el fulgor que revela aún en una muralla el lugar de un fresco difuminado, de la diferencia entre las partes del árbol que habían sido «de color» y las que no— me mostraba que aquellos pétalos eran, en efecto, los que, antes de florear la bolsa de la farmacia, habían embalsamado las noches de primavera. Aquella llama rosa de cirio era aún su color, pero a medias apagado y adormecido en aquella vida disminuida, semejante al crepúsculo de las flores, que era entonces la suya. Pronto mi tía podría mojar en la infusión hirviente, cuyo gusto a hoja muerta o a flor marchita saboreaba, una pequeña magdalena de la que me ofrecía un trozo, cuando estaba suficientemente reblandecido.
A un lado de su cama había una gran cómoda amarilla de madera de limonero y una mesa que parecía a un tiempo un escritorio y un altar mayor y en la que, debajo de una estatuilla de la Virgen y una botella de Vichy-Célestins, había libros de misa y recetas de medicamentos: todo lo que necesitaba para seguir desde la cama los oficios y su régimen, para no olvidar la hora de la pepsina ni la de vísperas. Por el otro lado, su cama quedaba paralela a la ventana, desde ella tenía la calle ante los ojos y en ella leía de la mañana a la noche —para distraerse, al modo de los príncipes persas— la crónica cotidiana, pero inmemorial, de Combray, que después comentaba con Françoise.
Llevaba yo menos de cinco minutos con ella, cuando ya mi tía me despedía por miedo a que la fatigara. Ofrecía a mis labios su triste frente pálida e insulsa, en la que a aquella hora matinal aún no se había arreglado los cabellos postizos y cuyos huesos se transparentaban como las puntas de una corona de espinas o las cuentas de un rosario, y me decía: «Anda, hijo, vete; corre a prepararte para la misa y, si te encuentras abajo a Françoise, dile que no se entretenga demasiado con vosotros y que no tarde en subir a ver si necesito algo».
En efecto, Françoise, que llevaba años a su servicio y no se imaginaba entonces que en el futuro pasaría totalmente al nuestro, tenía un poco abandonada a mi tía durante los meses que pasábamos allí. En mi infancia había habido una época —antes de que fuéramos a Combray, cuando mi tía Léonie pasaba aún el invierno en París, en casa de su madre— en que yo conocía tan poco a Françoise, que el 1 de enero, antes de entrar en casa de mi tía abuela, mi madre me ponía en la mano una moneda de cinco francos y me decía: «Sobre todo no te equivoques de persona. Antes de dársela, espera a oírme decir, mientras te toco ligeramente el brazo: “Buenos días, Françoise”». En cuanto llegábamos a la obscura antecámara de mi tía, veíamos en la sombra —bajo el encañonado de una cofia resplandeciente, enhiesta y frágil, como si hubiera sido de azúcar hilado— los remolinos concéntricos de una sonrisa de agradecimiento anticipado. Era Françoise, inmóvil de pie en el marco de la puertecita del pasillo, como una estatua de santa en su nicho. Cuando estábamos un poco acostumbrados a aquellas tinieblas de capilla, distinguíamos en su rostro el amor desinteresado a la Humanidad, el respeto enternecido para con las clases altas que exaltaba en las mejores regiones de su corazón la esperanza del aguinaldo. Mamá me pellizcaba el brazo con violencia y decía con voz fuerte: «Buenos días, Françoise». A aquella señal, mis dedos se abrían y soltaba la moneda, que encontraba para recibirla una mano confusa y tensa, pero, desde que empezamos a ir a Combray, yo no conocía a nadie mejor que a Françoise, éramos sus preferidos, sentía por nosotros, al menos durante los primeros años, además de la misma consideración que por mi tía, una preferencia mayor, porque al prestigio de formar parte de la familia (sentía por los vínculos invisibles que la circulación de una misma sangre traba entre los miembros de una familia el mismo respeto que un trágico griego) sumábamos el encanto de no ser sus amos habituales. Eso explica el alborozo con que nos recibía y lo que lamentaba que no nos hiciese un tiempo aún mejor, a nuestra llegada, la víspera de Pascua, en que con frecuencia soplaba un viento glacial, tras lo cual mamá le preguntaba por su hija y sus sobrinos: si era un niño bueno su nieto, qué iban a hacer con él y si se parecía a su abuela.
Y, cuando ya no había nadie delante, mamá, enterada de que Françoise lloraba aún a sus padres, muertos mucho tiempo atrás, le hablaba de ellos con cariño, le preguntaba mil detalles sobre su vida.
Había adivinado que Françoise no apreciaba a su yerno y que éste le amargaba el placer que le daba ir a ver a su hija, con quien, estando él presente, no podía hablar con tanta libertad. Por eso, cuando Françoise iba a verlos, a algunas leguas de Combray, mamá le decía sonriendo: «¡Cómo va usted a sentir —¿verdad, Françoise?— que Julien se haya visto obligado a ausentarse y haber de pasar todo el día a solas con Marguerite! Pero, ¿verdad que se va a resignar?». Y Françoise decía riendo: «La señora lo sabe todo; la señora es peor que los rayos X» —decía «X» con una dificultad afectada y sonriendo: para burlarse de sí misma, tan ignorante, por emplear aquel término científico— «que han traído para la Sra. Octave y que ven lo que tenemos en el corazón», y desaparecía, turbada de que se ocuparan de ella, tal vez para que no la viesen llorar; mamá fue la primera persona que le brindó aquella grata emoción de sentir que su vida, sus dichas y sus penas de campesina podían presentar interés, ser motivo de alegría o tristeza para otra persona. Mi tía se resignaba a estar un poco privada de ella durante nuestra estancia, pues sabía lo mucho que mi madre apreciaba los servicios de aquella criada tan inteligente y activa, que ya a las cinco de la mañana estaba en su cocina —bajo su cofia, cuyo resplandeciente y tieso encañonado parecía de porcelana— tan radiante como para ir a misa, que todo lo hacía bien y trabajaba como una mula, tanto si se encontraba bien de salud como si no, pero sin hacer ruido y como si tal cosa, la única de las criadas de mi tía que, cuando mamá pedía agua caliente o café negro, los traía hirviendo de verdad; era uno de esos servidores que son a la vez los que más desagradan en el primer contacto a un extraño a la casa —tal vez porque no se toman la molestia de conquistárselo y no dan muestras de deferencia para con él, pues saben perfectamente que no lo necesitan, que sus amos preferirían dejar de recibirlo antes que despedirlos a ellos— y los más apreciados, en cambio, por los amos, quienes han comprobado sus capacidades reales y no gustan de ese agrado superficial, esa palabrería servil, que causa una impresión favorable al visitante, pero muchas veces oculta una nulidad ineducable.
Cuando Françoise, después de haber velado por que mis padres tuviesen todo lo que necesitaban, volvía a subir una primera vez al cuarto de mi tía para darle su pepsina y preguntarle qué quería para almorzar, raro era que no hubiese de emitir ya su opinión o dar explicaciones sobre algún acontecimiento de importancia:
«Fíjese, Françoise: la Sra. Goupil ha pasado con un retraso de más de un cuarto de hora en busca de su hermana; a poco que se entretenga por el camino, no me extrañaría que llegara después de la elevación».
«Pues no sería de extrañar», respondía Françoise.
«Françoise, si hubiera venido usted cinco minutos antes, habría visto pasar a la Sra. Imbert, que llevaba unos espárragos el doble de grandes que los de la tía Callot, conque intente averiguar, por mediación de su criada, dónde los ha conseguido. Usted, que este año nos pone espárragos en todas las comidas, podría haber comprado de ésos para nuestros viajeros».
«No me extrañaría nada que procedieran de la casa del señor cura», decía Françoise.
«¡Ay, qué cosas tiene esta Françoise!», respondía mi tía, al tiempo que se encogía de hombros. «¡De la casa del señor cura! Como si no supiera usted que los que él cultiva son unos espárragos desmirriados. Le digo que ésos eran tan grandes como el brazo: no como el de usted, claro está, sino como mi pobre brazo, que tanto ha adelgazado también este año».
«Françoise, ¿ha oído usted ese jaleo que me ha dado dolor de cabeza?».
«No, señora Octave».
«¡Ay, hija mía! Debe de tenerla usted sólida, la cabeza, bien puede dar gracias a Dios. Era la Maguelone, que había venido a buscar al Dr. Piperaud, quien ha salido en seguida con ella y se han ido por la Rue de l’Oiseau. Debe de haber algún niño enfermo».
«¡Ay, Dios mío!», suspiraba Françoise, quien no podía oír hablar de una desgracia ocurrida a un desconocido, aunque fuera en una parte lejana del mundo, sin ponerse a gemir.
«Pero, Françoise, ¿por quién han doblado las campanas? ¡Ay, Dios mío, será por la Sra. Rousseau! ¡Pues no se me había olvidado que falleció la otra noche! ¡Ah! Ya es hora de que el Señor me llame a su seno, ya es que no sé dónde tengo la cabeza desde la muerte de mi pobre Octave. Pero le estoy haciendo perder el tiempo, hija mía».
«Qué va, señora Octave, mi tiempo no es tan precioso: quien lo hizo no nos lo vendió. Voy a ver tan sólo si no se me ha apagado el fuego».
Así enjuiciaban juntas, Françoise y mi tía, durante aquella sesión matinal, los primeros acontecimientos del día, pero a veces cobraban éstos un carácter tan misterioso y grave, que, al sentir mi tía que no iba a poder esperar al momento en que Françoise subiría, resonaban en la casa cuatro intensos campanillazos.
«Pero, señora Octave, aún no es la hora de la pepsina», decía Françoise. «¿Se ha sentido usted indispuesta?».
«Qué va, Françoise», decía mi tía, «o, mejor dicho, sí, ya sabe usted que ahora raros son los momentos en que no me siento indispuesta; un día pasaré a mejor vida, como la Sra. Rousseau, sin haber tenido tiempo de darme cuenta, pero no la he llamado por eso. ¿Quiere usted creer que acabo de ver, como la veo a usted, a la Sra. Goupil con una niña a la que no conozco? Conque vaya a comprar diez céntimos de sal a donde el Sr. Camus: me extrañaría mucho que Théodore no pudiera decirle de quién se trata».
«Pues será la hija del Sr. Pupin», decía Françoise, que prefería zanjar el asunto con una explicación inmediata, pues ya había estado dos veces en la tienda del Sr. Camus aquella mañana.
«¡La hija del Sr. Pupin! ¡Qué cosas tiene usted, mi buena Françoise! ¡Como si no fuera yo a reconocerla!».
«Pero si no me refiero a la mayor, señora Octave, sino a la pequeña, la que está interna en Jouy. Me parece haberla visto ya esta mañana».
«¡Ah! Eso debe de ser», decía mi tía. «Habrá venido de vacaciones. ¡Eso es! No hace falta preguntar: habrá venido de vacaciones. Pero entonces podría ser que viéramos luego a la Sra. Sazerat venir a llamar a casa de su hermana para el almuerzo. ¡Va a ser eso! ¡He visto pasar al chico de Galopin con una tarta! Ya verá usted como era para la Sra. Goupil».
«Mire, señora Octave, puesto que la Sra. Goupil tiene visita, no tardará usted en ver llegar a todos los convidados para el almuerzo, pues ya empieza a ser tarde», decía Françoise, a quien, como tenía prisa por bajar a ocuparse de la comida, le parecía de perlas poder dejar a mi tía esa distracción en perspectiva.
«¡Oh! Antes del mediodía, no», respondía mi tía con tono resignado, al tiempo que lanzaba al reloj una mirada inquieta, pero furtiva, para no hacer ver que, pese a haber renunciado a todo, enterarse de quiénes iban a comer en casa de la Sra. Goupil le daba un placer tan intenso y que, por desgracia, se haría esperar aún algo más de una hora. «¡Y, encima, va a coincidir con mi almuerzo!», añadió a media voz para sí. Su almuerzo le resultaba una distracción suficiente para no desear que hubiera otra al mismo tiempo. «Pero, ¿al menos no olvidará usted traerme mis huevos con nata en un plato liso?». Eran los únicos que estaban decorados con dibujos y mi tía se divertía en las comidas leyendo el rótulo del que le servían. Se ponía las gafas y descifraba: «Alí Babá y los cuarenta ladrones», «Aladino y la lámpara maravillosa», y decía sonriendo: «Muy bien, muy bien».
«Podría haberme acercado a donde el Sr. Camus...», decía Françoise, al ver que mi tía ya no iba a mandarla allí.
«No, no, ya no vale la pena, seguro que es la Srta. Pupin. Pobre Françoise, lamento haberla hecho subir para nada».
Pero mi tía sabía perfectamente que no había llamado a Françoise para nada, pues en Combray un «desconocido» era tan increíble como un dios de la mitología y, de hecho, no se recordaba ocasión alguna en que se hubiera producido una de esas asombrosas apariciones —en la Rue du Saint-Esprit o en la plaza— e investigaciones muy rigurosas no hubiesen acabado reduciendo al personaje fabuloso a las proporciones de un «conocido», ya fuera personal o abstractamente, en su estado civil, por tener cierto grado de parentesco con las gentes de Combray. Era el hijo de la Sra. Sauton, que volvía del servicio; la sobrina del padre Perdreau, que salía del convento; el hermano del cura, recaudador de contribuciones en Châteaudun, que acababa de jubilarse o había venido a pasar las fiestas. Al divisarlos, se había sentido la emoción de creer que había en Combray desconocidos simplemente porque no se los había reconocido o identificado en seguida, y, sin embargo, mucho antes la Sra. Sauton y el cura habían avisado de que esperaban a sus «viajeros». Sí: si —cuando, tras volver a casa, subía yo por la noche a contar a mi tía nuestro paseo— cometía la imprudencia de decirle que nos habíamos encontrado, cerca del Pont-Vieux, a un hombre al que mi abuelo no conocía: «¡Un hombre al que el abuelo no conocía!», exclamaba ella. «¡Ay! ¡Qué gracia me haces tú!». Sin embargo, como quería saber a qué atenerse sobre aquella noticia que la había intrigado, mandaba llamar a mi abuelo. «¿Con quién se ha encontrado usted cerca del Pont-Vieux, tío? ¿Con un hombre al que no conocía?». «Pues claro que lo conocía», respondía mi abuelo, «era Prosper, el hermano del jardinero de la Sra. Bouilleboeuf». «¡Ah, bueno!», decía mi tía, más tranquila y un poco ruborizada: «¡Es que este muchacho me había dicho que se había encontrado con un desconocido!». Y me recomendaban que la próxima vez me mostrara más circunspecto y no inquietase así a mi tía con palabras irreflexivas. Se conocía tan bien a todo el mundo —animales y personas— en Combray, que, si mi tía hubiera visto por casualidad pasar un perro «desconocido», no habría cesado de pensar en ello y de dedicar a ese hecho incomprensible su talento para la inducción y sus horas de libertad.
«Será el perro de la Sra. Sazerat», decía Françoise, sin demasiada convicción, pero para calmar a mi tía y para que no se «calentara la cabeza».
«¡Como si no conociera yo el perro de la Sra. Sazerat!», respondía mi tía, cuyo espíritu crítico no admitía tan fácilmente una realidad.
«¡Ah! Pues será el nuevo perro que trajo de Lisieux el Sr. Galopin».
«Pues eso será».
«Parece que es un animal muy afable», añadía Françoise, quien lo sabía por Théodore, «inteligente como una persona, siempre de buen humor, siempre amable, siempre haciendo gracias. Es raro que un animal tan joven esté ya tan bien educado. Señora Octave, voy a tener que dejarla, no tengo tiempo para entretenerme, falta poco para las diez y ni siquiera he encendido el horno y aún tengo que pelar los espárragos».
«Pero, bueno, Françoise, ¿otra vez espárragos? Pero, ¡qué manía le ha dado a usted este año con los espárragos! ¡Se van a cansar nuestros parisinos!».
«Qué va, señora Octave, les gustan mucho. Van a volver de la iglesia con apetito y ya verá cómo no van a andarse con remilgos».
«Pero ya deben de estar en la iglesia; haría usted bien en no perder tiempo. Vaya a ocuparse de la comida».
Mientras mi tía platicaba así con Françoise, yo acompañaba a mis padres a misa. ¡Cuánto me gustaba nuestra iglesia y cómo vuelvo a verla como si la tuviese delante! Su antiguo pórtico, por el que entrábamos, negro y picado como una espumadera, estaba —como la pila de agua bendita a la que nos conducía— alabeado y profundamente hundido en los ángulos, cual si el suave roce de los mantones de las campesinas, al entrar en la iglesia, y de sus tímidos dedos, al coger el agua bendita, hubiera podido adquirir a lo largo de siglos una fuerza destructiva, curvar la piedra y abrirle surcos, como los que traza la rueda de la carreta en el mojón contra el que choca todos los días. Tampoco sus lápidas sepulcrales —bajo las cuales el noble polvo de los abades de Combray, allí enterrados, empedraba espiritualmente el coro— eran ya materia inerte y dura, pues el tiempo las había vuelto suaves y había hecho manar como una miel fuera de los límites de su escuadra, que allí habían rebosado con una ola dorada —arrastrando a la deriva una florida mayúscula gótica, ahogando las violetas blancas del mármol, más allá de las cuales se reabsorbían en otra parte y contraían aún más la elíptica leyenda latina, introduciendo un capricho más en la disposición de aquellos caracteres abreviados, juntando dos letras de una palabra—, mientras que las demás habían quedado desmesuradamente separadas. Sus vidrieras nunca tenían tonos tan tornasolados como los días en los que el sol aparecía poco, por lo que, si fuera estaba cubierto, podíamos estar seguros de que en la iglesia estaría bien despejado: una estaba ocupada de arriba abajo por un solo personaje semejante a un rey de la baraja, que vivía allí arriba, bajo un dosel, entre cielo y tierra, y en cuyo oblicuo y azul reflejo, a veces los días de entre semana, al mediodía, cuando no había oficios —en uno de esos escasos momentos en los que la iglesia, aireada, vacía, más humana, lujosa, con su rico mobiliario bañado por el sol, parecía casi habitable, como el vestíbulo, de piedra esculpida y de vidrio pintado, de una mansión de estilo medieval—, se veía arrodillarse por un instante a la Sra. Sazerat, al tiempo que dejaba sobre el reclinatorio contiguo un paquete de pastas atado con cordeles que acababa de comprar en la pastelería de enfrente y que iba a llevar para el almuerzo; en otra, una montaña de nieve rosa, al pie de la cual se reñía un combate, parecía haber escarchado en la vidriera misma que hinchaba con su turbio granizo, como un cristal en el que hubiesen quedado burbujas, pero iluminadas por alguna aurora —por la misma seguramente que purpuraba el retablo del altar con tonos tan lozanos, que más parecían posados allí de momento por un resplandor de fuera que por colores adheridos para siempre a la piedra—, y todas eran tan antiguas, que se veía aquí y allá su antigüedad plateada brillar con el polvo de los siglos y mostrar —brillante y desgastada hasta la cuerda— la trama de su precioso tapiz de vidrio. Había una que era un alto compartimento dividido en un centenar de vidrieritas rectangulares en las que predominaba el azul, como una gran baraja semejante a las que debían de distraer al rey Carlos VI, pero un instante después —ya fuera porque hubiese brillado un rayo o porque mi mirada, al moverse, se hubiese paseado por la vidriera sucesivamente apagada e iluminada de nuevo: un incendio móvil y precioso— había adquirido los cambiantes destellos de una cola de pavo real y luego temblaba y ondulaba en una lluvia arrebolada y fantástica que goteaba desde lo alto de la sombría y rocosa bóveda, a lo largo de las húmedas paredes, como si por donde seguía yo a mis padres, con su devocionario en la mano, fuese por la nave de una gruta irisada de sinuosas estalactitas; un instante después, las vidrieritas en forma de rombo habían cobrado la profunda transparencia, la infrangible dureza, de zafiros que hubieran estado yuxtapuestos sobre un inmenso pectoral, pero tras los cuales se sentía —más grata que todas aquellas riquezas— una sonrisa momentánea del sol; resultaba tan reconocible en la ola azul y suave con la que bañaba las pedrerías como en el empedrado de la plaza o en la paja del mercado e, incluso en nuestros primeros domingos, cuando habíamos llegado antes de Pascua, me consolaba de la desnudez y negrura, aún, de la tierra, al abrir —como en una primavera histórica y que databa de los sucesores de San Luis— aquel tapiz deslumbrante y dorado de miosotas de vidrio.
Dos tapices de lizo alto, cuyos colores, al fundirse, les habían añadido expresividad, relieve, fulgor, representaban la coronación de Esther (la tradición atribuía a Asuero las facciones de un rey de Francia y a Esther las de una dama de Guermantes de la que estaba enamorado): un poco de rosa flotaba en los labios de Esther más allá del dibujo de su contorno, el amarillo de su túnica se desplegaba tan untuoso y generoso, que adquiría como una consistencia y se imponía con vivacidad sobre la atmósfera atenuada, y el verdor de los árboles, que había conservado su viveza en las partes bajas del entrepaño de seda y lana, pero se había «marchitado» en lo alto, hacía destacar con tono más pálido, por encima de los troncos obscuros, las altas ramas amarilleantes, doradas y como desvaídas por la brusca y oblicua iluminación de un sol invisible. Todo aquello —y, más aún, los objetos preciosos legados a la iglesia por personajes que eran, para mí, casi personajes de leyenda (la cruz de oro labrada, según decían, por San Eloy y donada por Dagoberto, la tumba de los hijos de Luis el Germánico, de pórfiro y cobre esmaltado), gracias a lo cual avanzaba yo por la iglesia, cuando nos dirigíamos a nuestras sillas, como por un valle visitado por hadas, en el que el campesino se maravilla de ver en una roca, en un árbol, en una charca, el rastro palpable de su paso sobrenatural— hacía que fuera para mí algo totalmente distinto del resto de la ciudad: un edificio que ocupaba, podríamos decir, un espacio de cuatro dimensiones —la cuarta sería el tiempo—, que desplegaba a través de los siglos su navío, que —de bovedilla en bovedilla, de capilla en capilla— parecía vencer y franquear no sólo unos metros, sino también épocas sucesivas de las que salía victorioso, ocultando el rudo y feroz siglo XI en el espesor de sus muros, de donde tan sólo aparecía con sus pesadas cimbras cubiertas y cegadas por bastos morrillos mediante el profundo corte que abría cerca del pórtico la escalera del campanario e, incluso allí, disimulado por las graciosas arcadas góticas que —como unas muchachas que se colocaran sonrientes delante de su hermano más joven, zafio, gruñón y mal vestido, para ocultarlo a los extraños— se apiñaban con coquetería delante de él, elevando en el cielo por encima de la plaza su torre, que había contemplado a San Luis y parecía verlo aún, y hundiéndose con su cripta en una noche merovingia en la que Théodore y su hermana —guiándonos a tientas bajo la bóveda obscura y de potentes nervaduras, como la membrana de un inmenso murciélago de piedra— nos iluminaban con una vela la tumba de la hijita de Sigeberto, en la que, según decían, una profunda valva —como el vestigio de un fósil— había sido abierta por «una lámpara de cristal que, la noche del asesinato de la princesa franca, se [había] desprendi[do] por sí sola de las cadenas de oro de las que colgaba en el lugar del ábside actual y, sin que se rompiera el cristal, sin que se apagara la llama, se [había] hundi[do] en la piedra y la [había] h[ech]o ceder blandamente bajo ella».
¿Se puede de verdad hablar del ábside de la iglesia de Combray, tan tosco, tan carente de belleza artística e incluso de ímpetu religioso? Desde fuera, como el cruce de las calles a las que daba, estaba en declive: su tosca muralla se alzaba de un zócalo, que no resultaba particularmente eclesiástico, en morrillos nada pulidos, erizados de cantos, las vidrieras parecían abiertas a una altura excesiva y todo él parecía más muro de cárcel que de iglesia. Y, desde luego, cuando, más adelante, recordaba yo todos los gloriosos ábsides vistos, nunca se me habría ocurrido comparar con ellos el de Combray. Sólo, que un día, desde un recodo de una calleja provinciana, vi, frente al cruce de tres calles, una muralla zafia y realzada, con vidrieras abiertas arriba y que ofrecía el mismo aspecto asimétrico que el ábside de Combray. Entonces no me maravillé, como en Chartres o en Reims, de la fuerza con que se expresaba en él el sentimiento religioso, sino que exclamé involuntariamente: «¡La iglesia!».
¡La iglesia! Pese a su aspecto familiar, a estar adosada —en la Rue Saint-Hilaire, a la que daba su puerta septentrional— a las dos casas contiguas a ella —la farmacia del Sr. Rapin y la casa de la Sra. Loiseau, con las que lindaba sin separación alguna—, a ser una simple ciudadana de Combray que habría podido tener su número en la calle, si las de esta ciudad los hubieran tenido, y en la que el cartero habría debido —parecía— detenerse por la mañana, cuando hacía el reparto, antes de entrar en la casa de la Sra. Loiseau y tras salir de la del Sr. Rapin, había entre ella y todo lo que no era ella una demarcación que nunca pude franquear mentalmente. Por mucho que las fucsias en la ventana de la Sra. Loiseau tuviesen la mala costumbre de dejar siempre desplegarse por doquier sus ramas con la cabeza gacha y faltara tiempo a sus flores, cuando eran bastante grandes, para ir a refrescar sus mejillas violetas y congestionadas contra la sombría fachada de la iglesia, no por ello resultaban sagradas para mí: aunque con los ojos no percibía intervalo alguno entre las flores y la piedra ennegrecida en la que se apoyaban, mentalmente distinguía un abismo.
Desde muy lejos se reconocía el campanario de Saint-Hilaire, que inscribía su inolvidable figura en el horizonte en el que aún no aparecía Combray; cuando desde el tren que, la semana de Pascua, nos traía de París, mi padre lo divisaba —siguiendo, uno tras otro, todos los cursos del cielo, haciendo correr en todas las direcciones su gallito de hierro—, nos decía: «Hale, coged las mantas, que ya hemos llegado». Y, en uno de los mayores paseos que dábamos desde Combray, había un lugar en el que la angosta carretera desembocaba de repente en una inmensa planicie cerrada en el horizonte por bosques recortados que sólo sobrepasaba la fina punta del campanario de Saint-Hilaire, pero tan delgada, tan rosa, que parecía simplemente trazada en el cielo por una uña que hubiera querido dejar —en aquel paisaje, en aquel cuadro puramente natural— aquella marquita de arte, aquella única indicación humana. Cuando nos acercábamos y podíamos divisar el resto de la torre cuadrada —menos alta y medio destruida— que subsistía junto a él, lo que sobre todo impresionaba era el tono rojizo y obscuro de las piedras y en una mañana brumosa de otoño parecía una ruina de púrpura, casi del color de la viña virgen, elevándose por encima del borrascoso violeta de los viñedos.
Con frecuencia, cuando regresábamos, mi abuela me hacía detenerme en la plaza para mirarlo. Desde las ventanas de su torre, colocadas, de dos en dos, unas encima de las otras, con esa justa y original proporción en las distancias que sólo infunde belleza y dignidad a los rostros humanos, soltaba, dejaba caer, a intervalos regulares, bandadas de cuervos que, durante un momento, se arremolinaban graznando, como si las viejas piedras que los dejaban juguetear sin parecer verlos —inhabitables de repente y exhalando un principio de agitación infinita— los hubieran golpeado y repelido. Después, tras haber listado en todas direcciones el violeta terciopelo del aire de la tarde, volvían —bruscamente apacibles— a quedar absorbidos en la torre, que de nefasta había pasado a ser de nuevo propicia: posados —algunos— aquí y allá, sin parecer moverse, pero atrapando tal vez de un bocado algún insecto, en la punta de un pináculo, como una gaviota detenida con la inmovilidad de un pescador en la cresta de una ola. Sin saber exactamente por qué, mi abuela veía en el campanario de Saint-Hilaire esa falta de vulgaridad, de engreimiento, de sordidez, que la hacían admirar y considerar preñadas de influencia benéfica la naturaleza —cuando la mano del hombre no la había, como el jardinero de mi tía abuela, empequeñecido— y las obras geniales, y seguramente cualquier parte de la iglesia que se divisaba la distinguía de cualquier otro edificio mediante un pensamiento, en cierto modo, que le era infuso, pero en su campanario era en el que parecía tomar conciencia de sí misma, afirmar una existencia individual y responsable. Era el que hablaba por ella. Creo sobre todo que mi abuela veía, confusamente, en el campanario de Combray lo que para ella era lo más preciado del mundo: el aspecto natural y el aspecto distinguido. Con su ignorancia de la arquitectura, decía: «Hijos míos, burlaos de mí, si queréis: tal vez no sea hermoso según los cánones, pero su vieja y extraña figura me gusta. Estoy segura de que, si tocara el piano, sonaría con “alma”». Y, cuando lo contemplaba, cuando seguía con los ojos su agradable tensión, la fervorosa inclinación de sus pendientes de piedra, que se aproximaban, al elevarse, como manos gigantescas que rezaran, se unía tan bien a la efusión de la flecha, que su mirada parecía lanzarse con ella y al mismo tiempo sonreía, amigable, a las viejas piedras desgastadas encendidas sólo en la cumbre por el ocaso y que, en cuanto entraban en aquella zona de luz, que las suavizaba, parecían haber subido muy arriba, lejanas, como un canto repetido con voz de falsete una octava más alto.
El campanario de Saint-Hilaire era el que daba a todas las ocupaciones, a todas las horas, a todos los puntos de vista de la ciudad, su figura, su coronamiento, su consagración. Desde mi alcoba yo sólo veía su base, que habían cubierto con pizarras, pero cuando las veía —en una cálida mañana de domingo estival— resplandecer como un sol negro, me decía: «¡Dios mío! ¡Las nueve! Debo prepararme para la misa mayor: si no, no voy a tener tiempo de ir antes a dar un beso a la tía Léonie», y sabía exactamente el color del sol en la plaza, el calor y el polvo del mercado, la sombra arrojada por el toldo de la tienda en la que, antes de la misa, tal vez entraría mamá a comprar —entre un olor a tela cruda— algún pañuelo, enseñado —arqueando el tronco— por el propietario, quien, al prepararse para cerrar, acababa de ir a la trastienda a ponerse su chaqueta del domingo y enjabonarse las manos, que, por costumbre, frotaba una contra otra cada cinco minutos —incluso en las circunstancias más melancólicas— con expresión mercantil, competente y triunfal.
Cuando, después de la misa, entrábamos a decir a Théodore que trajera una tarta mayor que de costumbre, porque nuestros primos habían aprovechado el buen tiempo para venir desde Thiberzy a almorzar con nosotros, teníamos delante el campanario, que —dorado y cocido él mismo, como una tarta bendita mayor, con escamas y goteos gomosos del sol— proyectaba su puntiagudo remate en el cielo azul, y al atardecer —cuando volvía yo del paseo y pensaba en el momento en que, al cabo de poco, habría de dar las buenas noches a mi madre y ya no verla más— resultaba, al contrario, tan grato con el ocaso, que parecía colocado y hundido como un cojín de terciopelo carmelita en el pálido cielo que hubiera cedido bajo su presión, se hubiese ahuecado ligeramente para dejarle sitio y refluyera en los bordes, y los gritos de los pájaros que giraban en torno a él parecían intensificar su silencio, alargar aún más su flecha e infundirle cierto cariz inefable.
Incluso durante las compras que debíamos hacer detrás de la iglesia, desde donde no se la veía, todo parecía ordenado en relación con el campanario, que surgía aquí y allá entre las casas, tal vez más conmovedor aún cuando aparecía así, sin la iglesia. Y, desde luego, hay muchos otros que son más hermosos, vistos así, y conservo en la memoria viñetas de campanarios sobresaliendo por sobre los tejados con un carácter mucho más artístico que las compuestas por las tristes calles de Combray. Nunca olvidaré —en una curiosa ciudad de Normandía, cercana a Balbec— dos encantadoras mansiones del siglo XVIII que me resultan en muchos sentidos caras y venerables y entre las cuales la flecha gótica de una iglesia que ocultan se alza —cuando se la contempla desde el hermoso jardín que desciende desde las escalinatas hacia el río— como si terminara, rematase, sus fachadas, pero con una materia tan diferente, tan preciosa, tan anillada, tan rosácea, tan barnizada, que no forma parte —resulta evidente— de ellas, como tampoco la purpúrea y dentada flecha de una concha ahusada como una torrecilla y bruñida de esmalte es una sola cosa con dos hermosos guijarros unidos, entre los cuales ha quedado presa en la playa. Incluso en París, en uno de los barrios más feos de la ciudad, conozco una ventana en la que —después de un primer plano, un segundo e incluso un tercero, formados por los tejados superpuestos de varias calles— se ve una campana violeta, a veces rojiza y a veces también —en las más nobles «pruebas» que de ella saca la atmósfera— de un negro decantado con cenizas, que no es otra que el domo de Saint-Augustin y que infunde a esa vista de París el carácter de ciertas vistas de Roma, obra de Piranesi, pero, como en ninguno de esos pequeños grabados, por mucho que fuera el deleite con que los ejecutara, podía mi memoria incluir lo que yo había perdido desde hacía mucho —el sentimiento que no nos hace considerar una cosa como un espectáculo, sino creer en ella como en una persona sin equivalente—, ninguno de ellos tiene bajo su dependencia toda una parte profunda de mi vida como lo hace el recuerdo de esos aspectos del campanario de Combray en las calles situadas detrás de la iglesia. Ya lo viésemos a las cinco, cuando íbamos a buscar las cartas al correo —a la izquierda y a varias casas de distancia, realzando bruscamente desde una cima aislada la línea de remate de los tejados—, o quisiéramos, al contrario, entrar a preguntar por la Sra. Sazerat y siguiésemos con los ojos aquella línea que había vuelto a bajar tras el descenso de su otra vertiente, sabiendo que habríamos de doblar en la segunda calle después del campanario, o —llegando más lejos, camino de la estación— lo divisáramos, al sesgo, mostrando de perfil aristas y superficies nuevas, como un sólido sorprendido en un momento desconocido de su revolución, o pareciese, desde las riberas del Vivonne, brotar el ábside —musculosamente contraído y realzado por la perspectiva— del esfuerzo que hacía el campanario para lanzar su flecha al corazón del cielo: a él era al que había que volver siempre, era siempre él el que lo dominaba todo, conminando a las casas desde un pináculo inesperado, erguido ante mí como el dedo de Dios, cuyo cuerpo hubiera estado oculto en la muchedumbre de los seres humanos sin que por ello lo confundiese yo con ella. Y aún hoy —si, en una gran ciudad de provincias o en un barrio de París que no conozco bien, un transeúnte que me ha «indicado el camino», levantando la punta de su bonete eclesiástico en la esquina de una calle que debo tomar, tras señalarme a lo lejos, como punto de referencia, una torrecilla de hospital, un campanario de convento, se vuelve para asegurarse de que no me extravío—, a poco que mi memoria pueda encontrarle algún obscuro rasgo de semejanza con la cara figura desaparecida, podrá verme, para su asombro, permanecer ahí, olvidado del paseo emprendido o del recado necesario, inmóvil durante horas ante el campanario, intentando recordar, sintiendo en lo más profundo de mi ser tierras reconquistadas al olvido que se desecan y se reconstruyen y seguramente entonces —y con más avidez que antes, cuando le pedía que me lo indicara— sigo buscando mi camino, doblo una calle... pero... en mi corazón...
Al volver de misa, con frecuencia nos encontrábamos con el Sr. Legrandin, quien, como lo retenía en París su profesión de ingeniero, tan sólo podía —salvo en las vacaciones estivales— venir a su propiedad de Combray desde el sábado por la noche hasta el lunes por la mañana. Era uno de esos hombres que —aparte de una carrera científica en la que, por lo demás, han triunfado brillantemente— poseen una cultura muy distinta —literaria, artística— que su especialidad profesional no utiliza y de la que se beneficia su conversación. Por ser más letrados que muchos literatos (en aquella época no sabíamos que el Sr. Legrandin tuviera cierta reputación como escritor y mucho nos asombró enterarnos de que un músico célebre había compuesto una melodía con versos suyos) y estar dotados de más «soltura» que muchos pintores, se imaginan que la vida que llevan no es la que les habría convenido e infunden a sus ocupaciones positivas una indiferencia mezclada de fantasía o una aplicación sostenida y altiva, desdeñosa, amarga y concienzuda. Alto como era, con porte apuesto y rostro pensativo y fino de largos bigotes rubios y ojos azulinos y desencantados y de una cortesía exquisita, y conversador como jamás habíamos escuchado otro mejor, constituía —a juicio de mi familia, que lo citaba siempre como ejemplo— el prototipo de hombre de una sociedad selecta y que entendía la vida de la forma más noble y delicada. Mi abuela le reprochaba tan sólo que hablara, en cierto modo, demasiado bien, demasiado como un libro, que no tuviera en su lenguaje la naturalidad de sus corbatas cobrizas siempre flotantes, de su chaqueta recta casi de colegial. La asombraban también las encendidas peroratas que lanzaba con frecuencia contra la aristocracia, la vida mundana, el esnobismo, «el pecado que sin lugar a dudas, según San Pablo, no tiene perdón».
La ambición mundana era un sentimiento que mi abuela estaba tan incapacitada para abrigar y casi para comprender, que le parecía muy inútil poner tanta fogosidad en reprobarlo. Además, no le parecía de buen gusto precisamente que el Sr. Legrandin, cuya hermana estaba casada cerca de Balbec con un gentilhombre de la Baja Normandía, se entregara a tales diatribas contra los nobles, hasta el punto de reprochar a la Revolución que no los hubiera guillotinado a todos.
«¡Hola, amigos!», nos decía viniendo a nuestro encuentro. «¡Qué suerte tienen de pasar mucho tiempo aquí! Yo mañana tendré que volver a París: a mi nicho».
«¡Oh!», añadía, con aquella sonrisa dulcemente irónica y desilusionada, un poco distraída, que le era propia. «Cierto es que en mi casa hay toda clase de cosas inútiles. Sólo falta en ella lo necesario: una gran porción de cielo como aquí. Intente conservar siempre una porción de cielo por encima de su vida, muchacho», añadía volviéndose hacia mí. «Tiene usted un alma hermosa, de una calidad poco común, y temperamento de artista: no la prive de lo que necesita».
Cuando, a nuestro regreso, mi tía mandaba preguntarnos si había llegado tarde a misa la Sra. Goupil, no podíamos informarla. En cambio, contribuíamos a su desconcierto al decirle que un pintor estaba copiando en la iglesia la vidriera de Gilberto el Malvado. Françoise, a la que enviaba en seguida a la tienda de ultramarinos, volvía como se había ido, dada la ausencia de Théodore, a quien su doble profesión de chantre encargado de una parte de la conservación de la iglesia y dependiente de tienda brindaba —gracias a sus relaciones en todos los ambientes— un saber universal.
«¡Ah», suspiraba mi tía, «me gustaría que fuera ya la hora de Eulalie. Sólo ella va a poder decírmelo».
Eulalie era una muchacha coja, activa y sorda que, tras la muerte de la Sra. de la Bretonnerie, a cuyo servicio había estado desde su infancia, se había «retirado» y vivía de alquiler en una habitación junto a la iglesia, de la que bajaba todo el tiempo a los oficios o, si no, a decir una oración o a echar una mano a Théodore; el resto del tiempo, iba a visitar a personas enfermas, como mi tía Léonie, a la que contaba lo ocurrido en misa o en vísperas. No hacía ascos a la hora de añadir algún dinerillo a la renta que le pasaba la familia de sus antiguos amos yendo de vez en cuando a echar un vistazo a la ropa blanca del cura o de cualquier otra personalidad destacada del mundo clerical de Combray. Llevaba, sobre un mantón de paño negro, una toquilla blanca, casi de religiosa, y una enfermedad de la piel daba a una parte de sus mejillas y a su curva nariz los intensos tonos rosados de la balsamina. Sus visitas eran la gran distracción de mi tía Léonie, que apenas recibía ya a nadie más, aparte del señor cura. Mi tía había excluido poco a poco a todos los demás visitantes, porque tenían, en su opinión, el defecto de corresponder a una u otra de las dos categorías de personas a las que detestaba. Unos —los peores y aquellos de los que se había deshecho primero— eran los que le aconsejaban que no fuese «tan aprensiva» y profesaban —aunque fuera negativamente y manifestándola sólo mediante ciertos silencios de desaprobación o mediante sonrisas de duda— la subversiva doctrina de que un paseíto al sol y un buen bistec poco hecho —¡cuando resulta que conservaba catorce horas en el estómago dos simples sorbos de Vichy!— le habrían sentado mejor que la cama y las medicinas. Componían la otra categoría quienes aparentaban creer que su enfermedad era más grave de lo que ella pensaba, tan grave como ella decía. Por eso, aquellos a quienes, tras algunas vacilaciones y gracias a las oficiosas instancias de Françoise, había dejado subir y que durante su visita habían demostrado cuán indignos eran del tamaño favor que se les hacía al aventurarse tímidamente a decir: «¿No cree usted que, si se moviera un poco un día de buen tiempo...?», o que, al contrario, cuando les había dicho: «Estoy en las últimas, pero es que en las últimas: es el fin, amigos míos», le habían respondido: «¡Ah! ¡Cuando falta la salud! Pero aún puede usted dar mucha guerra así», podían estar seguros —tanto unos como los otros— de que nunca volverían a ser recibidos. Y, si bien divertía a Françoise la cara de espanto de mi tía, cuando desde la cama había divisado en la Rue du Saint-Esprit a una de aquellas personas, que parecía venir a su casa, o cuando había oído la campanilla, más aún se reía —y como de una buena jugarreta— de sus artimañas para que no llegaran a entrar y de la cara de chasco que ponían al verse obligadas a volver por donde habían venido sin haberla visto y, en el fondo, admiraba a su ama, a quien consideraba superior a toda aquella gente por no querer recibirla. En una palabra, mi tía exigía a la vez que aprobaran su régimen, la compadecieran por sus padecimientos y la tranquilizasen sobre su futuro.
En eso sobresalía Eulalie. Mi tía podía decirle veinte veces en un minuto: «Es el fin, Eulalie, hija», y veinte veces respondía Eulalie: «Conociendo su enfermedad como la conoce usted, señora Octave, llegará a los cien años, como me decía ayer la Sra. Sazerin». (Una de las creencias más firmes de Eulalie —y no había bastado para rebatirla el imponente número de desmentidos brindados por la experiencia— era la de que la Sra. Sazerat se llamaba Sra. Sazerin.)
«No pido llegar a los cien años», respondía mi tía, que prefería no asignar a sus días un término preciso.
Y, como, además, Eulalie sabía como nadie distraer a mi tía sin cansarla, sus visitas, que se producían todos los domingos, salvo impedimento inopinado, eran, para mi tía, un placer cuya perspectiva la mantenía esos días en un estado agradable al principio, pero que, en cuanto Eulalie se retrasaba, se volvía en seguida doloroso. Prolongada demasiado, aquella voluptuosidad de esperar a Eulalie se volvía un suplicio: mi tía no cesaba de mirar la hora, bostezaba, sentía mareos. Si llegaba al final del día, cuando ya no la esperaba, el campanillazo de Eulalie la hacía casi sentirse enferma. En realidad, los domingos sólo pensaba en aquella visita y, en cuanto acabábamos de almorzar, Françoise nos apremiaba a abandonar el comedor para que pudiera subir a «ocuparse» de mi tía, pero —sobre todo a partir del momento en que se instalaba el buen tiempo en Combray— hacía mucho que la altiva hora del mediodía, bajando de la torre de Saint-Hilaire tras blasonarla con los doce florones momentáneos de su corona sonora, había resonado en torno a nuestra mesa, junto al pan bendito, obtenido también ritualmente al salir de la iglesia, cuando aún estábamos sentados ante los platos de Las mil y una noches, desmadejados por el calor y sobre todo por la comida. Es que, al fondo permanente de huevos, chuletas, patatas, mermeladas, bizcochos, que ya ni siquiera nos anunciaba, Françoise añadía —según las labores de los campos y los huertos— los frutos de la marea, los azares del comercio, las atenciones de los vecinos y su propio genio, hasta el punto de que nuestro menú reflejaba un poco —como esos cuatrifolios que en el siglo XIII se esculpían en el pórtico de las catedrales— el ritmo de las estaciones y los episodios de la vida: una barbada, porque la pescadera le había garantizado que era fresca; una pava, porque había visto una muy hermosa en el mercado de Roussainville-le-Pin; cardos con tuétano, porque aún no nos los había hecho de aquella forma; una pierna de cordero asada, porque el aire libre abre el apetito y hasta las siete tenía tiempo de bajar; espinacas, para variar; albaricoques, porque aún eran una rareza; grosellas, porque al cabo de quince días se habrían acabado; frambuesas, que el Sr. Swann había traído expresamente; cerezas, las primeras que daba el cerezo del jardín, tras dos años improductivos; requesón, que en tiempos me gustaba mucho; un pastel de almendras, porque lo había encargado la víspera; un bollo de leche, porque nos tocaba a nosotros convidar. Acabado todo aquello, se nos ofrecía nata con chocolate —preparada expresamente para nosotros, pero dedicada en particular a mi padre, muy aficionado a ella—, inspirada atención personal de Françoise, fugitiva y ligera como una obra de circunstancias, en la que había puesto todo su talento. Quien se hubiera negado a probarla diciendo: «Ya he acabado, no tengo más hambre», se habría rebajado inmediatamente a la altura de esos patanes que, incluso en el regalo que un artista les hace de una de sus obras, miran el peso y la materia, cuando lo único que en ella vale es la intención y la firma. Haber dejado incluso una sola gota en el plato habría sido prueba de la misma descortesía que levantarse antes del fin de la obra en las narices del compositor.
Por fin, mi madre me decía: «Vamos, no te quedes aquí todo el rato: si tienes demasiado calor fuera, súbete a tu cuarto, pero antes vete a tomar el aire un instante para no leer nada más acabar de comer». Iba a sentarme —junto a la bomba y su pilón, con frecuencia adornado, como una fuente bautismal gótica, con una salamandra, que esculpía sobre la piedra basta el relieve móvil de su alegórico y ahusado cuerpo— en el banco sin respaldo —bajo la sombra de una lila— del rinconcito del jardín que daba por una puerta de servicio a la Rue du Saint-Esprit y de cuya tierra, poco cuidada, se elevaba con dos escalones —formando un resalte de la casa y como construcción independiente— la recocina. Se veía su embaldosado rojo y brillante como pórfiro. Más que el antro de Françoise, parecía un templete consagrado a Venus. Rebosaba con las ofrendas de la mantequería, del frutero, de la verdulera, llegadas a veces de caseríos bastante lejanos para dedicarle las primicias de sus campos, y coronaba siempre su remate el arrullo de una paloma.
En otro tiempo, yo no me entretenía en el bosque consagrado que lo rodeaba, pues, antes de subir a leer, entraba en el pequeño gabinete que mi tío Adolphe, hermano de mi abuelo, antiguo militar que se había retirado con el grado de comandante, ocupaba en la planta baja y que —incluso cuando las ventanas abiertas dejaban entrar el calor, ya que no los rayos de sol, que raras veces llegaban hasta allí— exhalaba permanentemente ese olor obscuro y fresco, a la vez forestal y Antiguo Régimen, que, cuando entramos en ciertos pabellones de caza abandonados, hace soñar largo rato a las ventanas de la nariz, pero llevaba ya muchos años sin entrar en el gabinete de mi tío Adolphe, pues éste había dejado de venir a Combray a causa de una desavenencia surgida entre mi familia y él por mi culpa en las siguientes circunstancias:
En París, me enviaban, una o dos veces al mes, a visitarlo y me lo encontraba vestido —nada más almorzar— con una simple guerrera y servido por su criado, que llevaba chaqueta de trabajo de dril con rayas violetas y blancas. Se quejaba refunfuñando de que hiciera mucho que no había ido a verlo, de que lo tuviésemos abandonado; me ofrecía un mazapán o una mandarina y cruzábamos un salón —de paredes con molduras doradas, techos pintados de un azul que pretendía imitar el cielo y muebles acolchados con raso, como en la casa de mis abuelos, pero de color amarillo— en el que nadie se detenía nunca y nunca encendían fuego; después pasábamos a lo que llamaba su gabinete de «trabajo», en cuyas paredes había grabados que representaban sobre un fondo negro a una diosa entrada en carnes rosadas y conduciendo un carro o subida a un globo o con una estrella en la frente, los que gustaban en el Segundo Imperio, porque se les veía un aire pompeyano, fueron detestados después y empiezan a gustar otra vez por una y la misma razón, aunque se aduzcan otras: la de que tienen un aire de Segundo Imperio. Y me quedaba con mi tío hasta que su ayuda de cámara venía a preguntarle, de parte del cochero, a qué hora debía enganchar los caballos. Mi tío se sumía entonces en una meditación que su ayuda de cámara, maravillado, no se atrevía a perturbar con el menor movimiento y cuya conclusión, siempre idéntica, esperaba con curiosidad. Por último, después de una vacilación suprema, mi tío pronunciaba infaliblemente estas palabras: «Las dos y cuarto», que el ayuda de cámara repetía con asombro, pero sin discutir: «¿Las dos y cuarto? Bien... voy a decírselo...».
En aquella época sentía yo amor por el teatro —un amor platónico, pues mis padres nunca me habían permitido asistir a una representación— y me figuraba de forma tan poco exacta los placeres que en él se saboreaban, que casi me inclinaba por creer que cada espectador miraba como en un estereoscopio un decorado exclusivo para él, aunque semejante a los otros mil que miraban, cada cual por su lado, el resto de los espectadores.
Todas las mañanas corría yo hasta la columna Morris para ver los anuncios de espectáculos. Nada era más desinteresado y feliz que los sueños ofrecidos a mi imaginación por cada una de aquellas obras, condicionadas a la vez por las imágenes inseparables de las palabras que componían el título y por el color de los carteles, aún húmedos y abotargados de cola, en los que destacaba. Como mis padres me habían dicho que, cuando fuese por primera vez al teatro, tendría que elegir entre Los diamantes de la corona y El dominó negro y —a no ser una de aquellas obras extrañas, como El testamento de César Girardot o Edipo rey, que no figuraban en el cartel verde de la Opéra-Comique, sino en el morado de la Comédie-Française— nada me parecía más diferente del copete centelleante y blanco de la primera que el raso liso y misterioso de la segunda, al procurar ahondar sucesivamente en el título de una y en el de la otra —por ser lo único que conocía de ellas— para captar el placer que me prometía y compararlo con el que encerraba el otro, llegaba a representarme con tanta intensidad una obra deslumbrante y noble, por una parte, y, por otra, una dulce y aterciopelada, que me veía tan incapaz de decidir cuál preferiría como si, para postre, me hubieran dado a elegir entre arroz estilo Emperatriz y nata con chocolate.
Todas mis conversaciones con mis compañeros versaban sobre aquellos actores, cuyo arte, aunque aún me resultara desconocido, era la primera forma —entre todas las que reviste— con la que se dejaba presentir por mí el Arte. Entre la forma como uno y otro declamaba, matizaba, un parlamento, las diferencias más mínimas me parecían de una importancia incalculable y, según lo que me habían dicho de ellos, los clasificaba por orden de talento en listas que me pasaba el día recitando y que habían acabado solidificándose en mi cerebro y trabándolo con su inmovilidad.
Más adelante, ya en el colegio, siempre que durante las clases me carteaba —en cuanto el profesor volvía la cabeza— con un nuevo amigo, mi primera pregunta era siempre la de si había ido ya al teatro y si consideraba que el mayor actor era Got, el segundo Delaunay, etcétera, y, como situara a Febvre detrás de Thiron o a Delaunay después de Coquelin, la repentina motilidad con que este último, al perder la rigidez de la piedra, se contraía en mi mente para pasar en ella al segundo puesto y la agilidad milagrosa, la fecunda animación, que cobraba Delaunay para retroceder hasta el cuarto devolvían la sensación de florecimiento y vida a mi cerebro, ahora más ágil y fertilizado.
Pero, si bien los actores me inspiraban tanto interés, si bien ver salir a Maubant una tarde del Théâtre-Français me había inspirado un sobresalto y unos sufrimientos propios del amor, ¡cuánto más prolongada era la turbación que me infundía el nombre de una estrella resplandeciente a la puerta de un teatro, la vista —en la luna de un coupé que pasaba por la calle con sus caballos floridos de rosas en la frontalera— del rostro de una mujer que tal vez fuese —pensaba yo— una actriz y cuánto más impotente y doloroso era el esfuerzo que hacía para imaginarme su vida! Clasificaba por orden de talento a las más ilustres —Sarah Bernhardt, la Berma, Bartet, Madeleine Brohan, Jeanne Samary—, pero todas me interesaban. Ahora bien, mi tío conocía —y recibía en su casa— a muchas de ellas y también a mujeres galantes, a las que yo no distinguía claramente de las actrices, y, si sólo íbamos a verlo en determinados días, era porque en los otros acudían mujeres con las que su familia no podía coincidir —ésa era al menos la opinión de ésta—, mientras que la inmensa facilidad de mi tío para hacer a hermosas viudas que tal vez nunca hubieran estado casadas, a condesas de nombre rimbombante —simple nombre de guerra seguramente— la cortesía de presentarlas a mi abuela o incluso regalarles joyas de la familia había provocado ya, al contrario, más de una desavenencia con mi abuelo. Con frecuencia, al salir a relucir en la conversación un nombre de actriz, oía yo a mi padre decir, sonriendo, a mi madre: «Una amiga de tu tío», y pensaba que mi tío, al presentar en su casa a un chiquillo como yo una actriz íntima amiga suya e inaccesible para tantos otros, podía dispensarlo del período de espera, a veces de varios años, por el que en vano pasaban hombres importantes a la puerta de determinada mujer que no respondía a sus cartas y ordenaba al portero expulsarlos de su mansión.
De modo, que, un día distinto del reservado a las visitas que le hacíamos —con el pretexto de que el cambio de fecha de una clase me había impedido varias veces y me iba a impedir de nuevo ir a ver a mi tío y aprovechando que mis padres habían almorzado temprano—, salí y —en lugar de ir a contemplar la columna de carteles, paseo que me dejaban dar solo— fui corriendo hasta su casa. Advertí delante de su puerta un coche enganchado con dos caballos que tenían en las anteojeras un clavel rojo, como el que llevaba el cochero en el ojal. Desde el rellano oí una risa y una voz de mujer y —en cuanto hube llamado— un silencio y después el ruido de puertas que se cerraban. Vino a abrirme el ayuda de cámara y, al verme, pareció violento; me dijo que mi tío estaba muy ocupado y que seguramente no podría recibirme y, mientras iba, no obstante, a avisarlo, la misma voz que había oído yo decía: «¡Oh, sí! Déjalo entrar: tan sólo un minuto, me divertiría mucho. En esa fotografía que tienes en tu escritorio se parece tanto a su mamá, tu sobrina, cuya fotografía está junto a la suya, ¿verdad? Me gustaría verlo tan sólo un instante, a ese chiquillo».
Oí a mi tío mascullar, enfadarse y al final el ayuda de cámara me hizo pasar.
En la mesa había el mismo plato de mazapán que de costumbre; mi tío llevaba puesta su guerrera de diario, pero enfrente de él había una joven —vestida de seda rosa y con un gran collar de perlas al cuello— sentada y acabando de comerse una mandarina. La incertidumbre en que me encontraba sobre si había que llamarla señora o señorita me hizo ruborizarme y, sin atreverme demasiado a dirigir la vista hacia ella por miedo a tener que hablarle, fui a dar un beso a mi tío. Ella me miraba sonriendo y mi tío le dijo: «Mi sobrino», sin decirle mi nombre ni a mí el de ella, seguramente porque, desde que había tenido problemas con mi abuelo, procuraba a toda costa evitar cualquier vinculación entre su familia y aquella clase de relaciones.
«¡Cómo se parece a su madre!», dijo ella.
«Pero si usted sólo ha visto a mi sobrina en fotografía», se apresuró a decir mi tío con tono desabrido.
«Perdóneme, mi querido amigo: me la crucé en la escalera el año pasado, cuando estuvo usted tan enfermo. Cierto es que pasó como una exhalación y que la escalera de usted es muy oscura, pero me bastó para admirarla. Este joven tiene sus mismos ojos hermosos y también esto», dijo, al tiempo que se trazaba con el dedo una línea en la parte baja de la frente. «¿Lleva su señora sobrina el mismo nombre que usted, amigo mío?», preguntó a mi tío.
«Se parece sobre todo a su padre», gruñó mi tío, que tenía tan poco a bien hacer presentaciones diciendo el nombre de mamá a distancia como hacerlas de cerca. «Es el vivo retrato de su padre y también de mi pobre madre».
«Yo no conozco a su padre», dijo la señora de rosa con una ligera inclinación de la cabeza, «y nunca conocí a su pobre madre, amigo mío. Como recordará, nos conocimos precisamente después de que tuviera usted aquella pérdida irreparable».
Sentí cierta decepción, pues aquélla no difería de las otras jóvenes hermosas que había yo visto a veces en mi familia, en particular la hija de uno de nuestros primos a cuya casa iba yo todos los años el día de Año Nuevo. Aunque mejor vestida, la amiga de mi tío tenía la misma mirada viva y bondadosa, la misma expresión franca y afable. Ni rastro veía en ella yo del aspecto teatral que admiraba en las fotografías de actrices ni de la expresión diabólica apropiada para la vida que debía de llevar. Me costaba creer que fuese una mujer de vida alegre y, desde luego, si no hubiera visto el coche de dos caballos, el vestido rosa y el collar de perlas, si no hubiese sabido que todas las conocidas de mi tío eran del más alto copete, no habría podido creer que fuese una casquivana elegante, pero me preguntaba cómo podía el millonario que le regalaba el coche, la mansión y las joyas sentir placer en gastarse su fortuna con una persona de aspecto tan sencillo y como es debido y, sin embargo, al pensar en lo que debía de ser su vida, su inmoralidad me turbaba tal vez más que si se hubiera materializado ante mí en un aspecto especial: por estar así, invisible, como el secreto de una novela, de un escándalo que hubiese hecho salir de la casa de sus padres burgueses y hubiera encomendado a todo el mundo, hubiese hecho alcanzar su plenitud en belleza y hubiera elevado hasta el mundo galante y la notoriedad, a aquella a la que sus juegos de fisionomía, sus entonaciones de voz, semejantes a los de tantas a las que ya conocía yo, me hacían considerarla, a mi pesar, una joven de buena familia que ya no era de ninguna familia.
Habíamos pasado al «gabinete de trabajo» y mi tío, con expresión un poco violenta por estar yo delante, le ofreció cigarrillos.
«No, querido amigo», dijo ella, «ya sabe que estoy acostumbrada a los que me envía el gran duque. Le he dicho que le daban envidia a usted». Y sacó de una pitillera cigarrillos cubiertos de inscripciones extranjeras y doradas. «Pues claro», prosiguió de repente, «debí de conocer en su casa al padre de este joven. ¿No es su sobrino? ¿Cómo he podido olvidarlo? Estuvo tan amable, tan exquisito conmigo», dijo con expresión modesta y sensible. Pero, al pensar en lo ruda que podía haber sido la acogida —que decía haber considerado exquisita— de mi padre, yo, sabedor de la reserva y la frialdad de éste, me sentí violento, como ante una falta de delicadeza que hubiera cometido, ante aquel contraste entre el reconocimiento excesivo que se le concedía y su insuficiente amabilidad. Más adelante me pareció que una de las facetas conmovedoras del papel desempeñado por esas mujeres ociosas y aplicadas es la de que dedican su generosidad, su talento, un sueño disponible de belleza sentimental —pues, como las artistas, no lo realizan, no lo hacen entrar entre los límites de la vida común— y un oro que poco les cuesta a enriquecer con un engaste precioso y fino la vida, zafia y poco pulida, de los hombres. Así como aquélla desparramaba la suavidad de su cuerpo, su vestido de seda rosa, sus perlas y la elegancia que emana de la amistad de un gran duque en el fumadero en el que mi tío la recibía vestido con una guerrera, así también había tomado unas palabras insignificantes de mi padre, las había trabajado con delicadeza, las había torneado, les había dado una denominación preciosa y, tras engastar en ellas una de sus miradas de tan bellas irisaciones, matizada con humildad y gratitud, las devolvía convertidas en una joya de artista, en algo «totalmente exquisito».
«Hale, venga, ya es hora de que te vayas», me dijo mi tío.
Me levanté: sentía un deseo irresistible de besar la mano de la dama de rosa, pero me pareció que habría sido algo tan atrevido como un rapto. Sentía palpitaciones, mientras me decía: «¿Debo o no debo hacerlo?», y después dejé de preguntarme lo que debía hacer para poder hacer algo y, con gesto ciego e insensato, carente de todas las razones que un momento antes veía yo para apoyarlo, me llevé a los labios la mano que me ofrecía.
«¡Qué atento! Ya sabe ser galante, ya tiene ojo para las mujeres: sale a su tío. Será un perfecto gentleman», añadió ella apretando los dientes para dar a la frase un acento ligeramente británico. «¿No podría venir un día a tomar a cup of tea, como dicen nuestros vecinos los ingleses? Bastaría con que me enviara un “continental” por la mañana».
Yo no sabía lo que era un «continental». No comprendía la mitad de las palabras que pronunciaba aquella señora, pero el miedo a que encerraran alguna pregunta a la que hubiera sido descortés no responder me impedía dejar de escucharlas con atención, lo que me fatigaba mucho.
«No, no, es imposible», dijo mi tío, al tiempo que se encogía de hombros, «está muy ocupado, trabaja mucho. Saca las mejores notas de la clase», añadió en voz baja para que yo no oyera aquella mentira y no le contradijese. «A saber si no será tal vez un pequeño Victor Hugo, como un Vaulabelle, mire usted».
«Adoro a los artistas», respondió la señora de rosa, «sólo ellos comprenden a las mujeres... Ellos y las personas más selectas, como usted. Disculpe mi ignorancia, amigo: ¿quién es Vaulabelle? ¿Son esos volúmenes dorados que hay en la pequeña biblioteca acristalada de su gabinete? Recuerde que ha prometido prestármelos: se los cuidaré bien».
Mi tío, que detestaba prestar sus libros, no respondió y me acompañó hasta la antecámara. Locamente enamorado de la señora de rosa, cubrí de besos fervientes las mejillas impregnadas de tabaco de mi anciano tío y, mientras éste, bastante violento, me daba a entender, sin atreverse a decírmelo a las claras, su deseo de que yo no hablara de aquella visita a mis padres, yo le decía con lágrimas en los ojos que el recuerdo de su bondad estaba tan presente en mí, que un día encontraría la forma de demostrarle mi agradecimiento. Tan grande era, en efecto, que, dos horas después, tras unas frases misteriosas y que no parecieron dar a mis padres una idea bastante clara de mi nueva importancia, consideré más explícito contarles con todo detalle la visita que acababa de hacer. No pensaba que con ello causaría dificultades a mi tío. ¿Cómo iba a pensarlo, si no lo deseaba? Y no podía imaginar que parecería mal a mis padres una visita que a mí no me lo parecía. ¿Acaso no sucede todos los días que un amigo nos pida disculparlo sin falta ante una mujer a quien no ha podido escribir y no lo hagamos por considerar que ésta no puede atribuir importancia a un silencio para nosotros insignificante? Como todo el mundo, me imaginaba que el cerebro de los demás era un receptáculo inerte y dócil, sin capacidad de reacción específica ante lo que en él se introducía, y no sospechaba que, al depositar en el de mis padres la noticia sobre la persona que mi tío me había presentado, no les transmitía al mismo tiempo, como era mi deseo, el juicio positivo que me inspiraba. Por desgracia, mis padres, a la hora de apreciar la acción de mi tío, se atuvieron a principios totalmente distintos de los que yo les sugería. Mi padre y mi abuelo tuvieron con él una explicación violenta, según me informaron indirectamente. Unos días después, al cruzarme en la calle con mi tío, quien pasaba en coche descubierto, sentí el dolor, la gratitud y el remordimiento que me habría gustado expresarle. Me pareció que, comparado con su inmensidad, un saludo con el sombrero habría sido algo mezquino y habría podido hacerle suponer que me consideraba obligado a mantener tan sólo una cortesía trivial con él. Decidí abstenerme de ese gesto insuficiente y volví la cara. Mi tío, pensando que con ello seguía yo la orden de mis padres, no se lo perdonó y murió muchos años después sin que ninguno de nosotros volviera a verlo jamás.
De modo, que no volví a entrar en el gabinete de descanso, ahora cerrado, de mi tío Adolphe y, tras haberme entretenido en las inmediaciones de la recocina, cuando Françoise, apareciendo en el pórtico, me decía: «Voy a mandar a la chica de la cocina a servir el café y subir el agua caliente: tengo que ir a ver a la Sra. Octave», me decidía a volver a casa y subía directamente a leer en mi cuarto. La chica de la cocina era una persona moral, una institución permanente, a la que atribuciones invariables aseguraban como una permanencia e identidad mediante la sucesión de las formas pasajeras en las cuales se encarnaba, pues nunca tuvimos la misma dos años seguidos. El año en que comimos tantos espárragos, la chica de la cocina, habitualmente encargada de «pelarlos», era una pobre criatura enfermiza, con un embarazo ya bastante avanzado cuando llegamos en Pascua, y nos asombraba incluso que Françoise la dejara hacer tantos recados y tareas, pues empezaba a costarle llevar a su delantera la misteriosa canasta, cada día más llena, cuya magnífica forma se adivinaba bajo sus amplias blusas. Éstas recordaban a las hopalandas que llevan ciertas figuras simbólicas de Giotto, de las que el Sr. Swann me había regalado fotografías. Había sido él mismo quien nos lo había indicado y, cuando nos preguntaba por la chica de la cocina, nos decía: «¿Cómo está la Caridad de Giotto?». Por lo demás, ella misma, la pobre chica, por haber engordado con el embarazo, se parecía, en efecto, —hasta en la cara, hasta en las mejillas, de facciones rectas y cuadradas— bastante a esas vírgenes, fuertes y hombrunas, matronas más bien, que personifican las virtudes en La Arena y ahora caigo en que aquellas Virtudes y Vicios de Padua se le parecían también de otra forma. Así como la imagen de aquella chica estaba aumentada por el símbolo añadido que portaba en el vientre, sin que pareciera comprender su sentido, sin que nada en su rostro manifestara su belleza y espíritu, como un simple fardo pesado, así también encarna esa virtud, sin parecer sospecharlo, la corpulenta ama de casa representada en La Arena debajo del nombre «Caritas» y cuya reproducción tenía yo colgada en la pared de mi sala de estudio, en Combray, sin que su enérgico y vulgar rostro parezca haber podido expresar jamás pensamiento caritativo alguno. Gracias a una hermosa invención del pintor, holla con los pies los tesoros de la tierra, pero enteramente como si pisoteara uvas, para extraer su jugo o, mejor aún, como si se hubiera subido a unos sacos para estar más alta, y ofrece a Dios su ardiente corazón o, mejor dicho, se lo «pasa», como una cocinera pasa un sacacorchos por el tragaluz de su sótano a alguien que se lo pide por la ventana de la planta baja. La Envidia, por su parte, tenía ya una expresión más de envidia, pero en esa figura el símbolo ocupa un lugar tan importante y está representado con tanto realismo, la serpiente que sisea en los labios de la Envidia es tan grande, le llena tan por completo la boca abierta de par en par, que los músculos de su cara están distendidos para poder contenerla, como los de un niño que infla una pelota soplando, y la atención de la Envidia, totalmente concentrada —y nosotros con ella— en la acción de sus labios, apenas si tiene tiempo de abrigar pensamientos envidiosos.
Pese a la admiración que el Sr. Swann profesaba por esas figuras de Giotto, durante mucho tiempo no sentí placer alguno al considerar en nuestra sala de estudio, donde habíamos colgado las copias que me había traído, aquella Caridad sin caridad, aquella Envidia que parecía una simple lámina en un libro de medicina de la compresión de la glotis o la úvula por un tumor de la lengua o por la introducción de un instrumento del operador, una Justicia cuyo rostro, grisáceo y de una regularidad mezquina, era el mismo exactamente que en Combray caracterizaba a ciertas lindas burguesas piadosas y secas a las que veía yo en misa y algunas de las cuales se habían alistado de antemano en las milicias de reserva de la Injusticia. Pero más adelante comprendí que la asombrosa extrañeza, la belleza especial, de aquellos frescos radicaba en el importante lugar que ocupaba en ellos el símbolo y que el hecho de que no estuviese representado como tal, puesto que no eran expresión del pensamiento simbolizado, sino como algo real, efectivamente sufrido o materialmente manejado, daba un sentido más literal y preciso al significado de la obra y más concreto e impresionante a su enseñanza. ¿Y acaso el peso que portaba la chica de la cocina no la obligaba también a centrar la atención en su vientre? De igual modo, el pensamiento de los agonizantes se ve obligado en muchos casos a fijarse en la faceta efectiva, dolorosa, obscura, visceral, en ese reverso de la muerte que es precisamente la faceta que les presenta, que les hace sentir intensamente y que se parece mucho más a un fardo que los aplasta, a una dificultad para respirar, a una necesidad de beber, que a lo que llamamos la idea de la muerte.
Aquellos Vicios y Virtudes de Padua habían de encarnar gran parte de la realidad, pues me parecían tan vivos como la sirvienta encinta y ella misma no me parecía mucho menos alegórica, y tal vez esa falta de participación —al menos aparente— del alma de una persona en la virtud que actúa por ella tenga también —aparte de su valor estético— una realidad, ya que no psicológica, al menos fisiognómica, como se suele decir. Cuando más adelante tuve ocasión de conocer a lo largo de mi vida —en conventos, por ejemplo— encarnaciones en verdad santas de la caridad activa, tenían por lo general una expresión alegre, positiva, indiferente y brusca de cirujano apresurado, ese rostro en el que no se ve conmiseración alguna, enternecimiento alguno, ante el dolor humano ni miedo alguno a afrontarlo: el rostro sin dulzura, el rostro antipático y sublime, de la verdadera bondad.
Mientras la chica de la cocina servía un café que, según mamá, no era sino agua caliente —con lo que hacía brillar sin proponérselo la superioridad de Françoise, así como el error vuelve, mediante el contraste, más clamoroso el triunfo de la verdad— y después subía a nuestras habitaciones agua caliente que estaba apenas tibia, yo me había tendido con un libro en la mano en la cama de mi alcoba, que, contra el sol de la tarde, protegía temblando su frescor transparente y frágil tras sus postigos casi cerrados, en los que un reflejo de luz había logrado, sin embargo, hacer pasar sus alas amarillas y permanecía inmóvil, entre la madera y el cristal, en un rincón, como una mariposa posada. Apenas había claridad para leer y lo único que me transmitía la sensación de la luz esplendorosa eran los golpes que daba en la Rue de la Cure el Sr. Camus —avisado por Françoise de que mi tía no estaba «descansando» y se podía hacer ruido— contra cajas polvorientas, pero que, al resonar en la atmósfera sonora, especial cuando hace calor, parecían hacer volar a lo lejos astros escarlatas, y también las moscas que, con su pequeño concierto, ejecutaban ante mí como la música de cámara del verano; no es que la evoque al modo de un aire de música humana, que, al oírlo al azar cuando hace buen tiempo, nos la recuerda después, sino que va unida al verano por un vínculo más necesario: por nacer con los días hermosos, no renacer sino con ellos y contener un poco de su esencia, no sólo despierta su imagen en nuestra memoria, sino que, además, certifica su regreso, la presencia efectiva, ambiental, inmediatamente accesible.
Aquel obscuro frescor de mi cuarto era al pleno sol de la calle lo que la sombra es al rayo —es decir, tan luminoso como él— y ofrecía a mi imaginación el espectáculo total del verano, que, si hubiera yo estado de paseo, mis sentidos sólo habrían podido gozar fragmentado y, por tanto, se avenía con mi descanso, el cual, gracias a las emocionantes aventuras contadas por mis libros, soportaba —como una mano inmóvil en una corriente de agua— el choque y la animación de un torrente de actividad.
Pero mi abuela, aun cuando se hubiera echado a perder el tiempo tórrido, aun cuando hubiese sobrevenido una tormenta o un vendaval, venía a suplicarme que saliera y, como no quería renunciar a mi lectura, iba al menos a continuarla en el jardín, bajo el castaño, en una pequeña garita de espartería y tela en cuyo fondo me sentaba y me creía oculto a los ojos de las visitas que pudiesen tener mis padres.
¿Y acaso no era mi pensamiento también como otro refugio en cuyo fondo me sentía hundido, incluso para mirar lo que ocurría fuera? Cuando veía un objeto exterior, la conciencia de verlo permanecía entre él y yo, lo orlaba con un fino ribete espiritual que me impedía tocar nunca su materia directamente; se volatilizaba en cierto modo antes de que tomara contacto con ella, así como un cuerpo incandescente al que acercamos un objeto mojado no toca su humedad, porque va siempre precedido de una zona de evaporación. En la pantalla matizada de estados diferentes que, mientras leía, desplegaba en cierto modo mi conciencia y que iban desde las aspiraciones más profundamente ocultas para mí mismo hasta la visión por completo exterior del horizonte que tenía —en el extremo del jardín— ante los ojos, lo más íntimo que ante todo había en mí, el mando en incesante movimiento que gobernaba el resto, era mi creencia en la riqueza filosófica, en la belleza, del libro —fuera cual fuese— que estaba leyendo y mi deseo de apropiármelas, pues —aunque lo hubiera comprado en Combray, al verlo delante de la tienda de Borange, demasiado distante de la casa para que Françoise pudiera ir a proveerse en ella como donde Camus, pero mejor surtida en artículos de papelería y librería, sujeto con bramantes en el mosaico de los folletos y las publicaciones por entregas que cubrían los dos batientes de su puerta, más misteriosa, más sembrada de pensamientos, que la de una catedral— lo había reconocido porque me lo había citado como obra notable el profesor o el compañero que en aquella época me parecía dominar el secreto de la verdad y la belleza —presentidas a medias y a medias incomprensibles— cuyo conocimiento era el objetivo impreciso, pero permanente, de mi pensamiento.
Tras aquella creencia fundamental, que durante mi lectura ejecutaba sin cesar movimientos de dentro a fuera hacia el descubrimiento de la verdad, venían las emociones que me brindaba la acción en la que yo participaba, pues aquellas tardes estaban más llenas de acontecimientos dramáticos que toda la vida de algunas personas. Lo que yo leía eran los sucesos que sobrevenían en el libro; cierto es que los personajes a los que afectaban no eran «reales», como decía Françoise, pero todos los sentimientos que nos hacen experimentar el gozo o el infortunio de un personaje real se producen en nosotros tan sólo por mediación de una imagen de ellos; la ingeniosidad del primer novelista consistió en comprender que, al ser la imagen el único elemento esencial en el aparato de nuestras emociones, la simplificación consistente en suprimir pura y simplemente los personajes reales sería un perfeccionamiento decisivo. Una persona real, por mucho que simpaticemos con ella, es en gran medida percibida por nuestros sentidos, es decir, que nos resulta opaca, ofrece un peso muerto que nuestra sensibilidad no puede levantar. Si la aflige una desgracia, sólo en una pequeña parte de la idea total que tenemos de ella podremos sentirnos emocionados al respecto; más aún: sólo en una pequeña parte de la idea total que tiene de sí misma podrá sentirse emocionada ella misma. El hallazgo del novelista consistió en concebir la idea de substituir esas partes impenetrables para el alma por una cantidad igual de partes inmateriales, es decir, que nuestra alma puede asimilar. Poco importa entonces que los impulsos, las emociones, de esos seres de un tipo nuevo nos parezcan verdaderos, puesto que los hemos hecho nuestros, puesto que en nosotros se producen y mantienen bajo su dependencia —mientras pasamos febrilmente las páginas del libro— la rapidez de nuestra respiración y la intensidad de nuestra mirada, y, una vez que el novelista nos ha puesto en ese estado, en el que, como en todos los puramente interiores, la emoción se decuplica, en el que su libro va a turbarnos al modo de un sueño, pero más claro que los que tenemos al dormir y cuyo recuerdo durará más, va y desencadena en nosotros durante una hora todos los gozos y las desgracias posibles, algunos de los cuales tardaríamos años en conocer en la vida y los más intensos de los cuales nunca nos serían revelados, porque la lentitud con que se producen nos impide percibirlos. (Así cambia nuestro corazón en la vida, lo que constituye el peor dolor, pero sólo lo experimentamos en la lectura, en el pensamiento; en la realidad cambia —como ciertos fenómenos de la naturaleza— lo bastante despacio para que, si bien podemos advertir cada uno de sus distintos estados sucesivos, nos libremos de la sensación misma del cambio.)
A continuación venía, a medias proyectado ante mí, el paisaje —ya menos interior a mi cuerpo que esa vida de los personajes— en el que se desarrollaba la acción y que ejercía sobre mi pensamiento una influencia mucho mayor que el otro, el que tenía ante los ojos cuando los alzaba del libro. De modo, que durante dos veranos, en el calor del jardín de Combray, tuve, gracias al libro que estaba leyendo entonces, la nostalgia de un país montañoso y fluvial, en el que vería muchos aserraderos y en el fondo de cuya agua clara se pudrían trozos de madera bajo matas de berro: cerca de allí, ramilletes de flores violetas y rojizas se encaramaban por las paredes bajas. Y, como siempre estaba presente en mi pensamiento el sueño de una mujer que me amara, en aquellos veranos ese sueño quedó impregnado con el frescor de las aguas corrientes y, fuera cual fuese la mujer que evocaba, a cada lado de ella se elevaban al instante ramilletes de flores violetas y rojizas como colores complementarios.
No era sólo porque una imagen con la que soñemos quede siempre marcada, se embellezca y se beneficie, con el reflejo de los colores ajenos que por azar la rodean en nuestro ensueño, pues aquellos paisajes de los libros que yo leía eran para mí sólo paisajes análogos a los que Combray brindaba a mis ojos, pero representados con más viveza en mi imaginación. Por la elección que de ellos había hecho el autor, por la fe con la que mi pensamiento se anticipaba a su palabra como a una primicia, me parecían —impresión que no me ofrecía el país en el que me encontraba y sobre todo nuestro jardín, producto sin prestigio de la correcta fantasía del jardinero que mi abuela despreciaba— una parte verdadera de la propia naturaleza, digna de ser estudiada y ahondada.
Si mis padres me hubieran permitido —cuando leía un libro— ir a visitar la región que describía, me habría parecido dar un paso inestimable en la conquista de la verdad, pues, si bien tenemos la sensación de estar siempre rodeados de nuestra alma, no es como una prisión inmóvil; más bien nos vemos movidos junto con ella por un perpetuo impulso a superarla, a alcanzar el exterior, como con desaliento, oyendo siempre a nuestro alrededor esa sonoridad idéntica que no es un eco del exterior, sino resonancia de una vibración interior. Intentamos volver a encontrar en las cosas —que con ello resultan inestimables— el reflejo que nuestra alma ha proyectado en ellas y nos decepciona comprobar que en la naturaleza parecen desprovistas del encanto que en nuestro pensamiento debían a la vecindad con ciertas ideas; a veces convertimos todas las fuerzas de esa alma en habilidad, en esplendor, para influir en personas que están —lo sentimos perfectamente— situadas fuera de nosotros y a las que nunca alcanzaremos. Por eso, si yo imaginaba siempre en torno a la mujer a quien amaba los lugares que más deseaba visitar entonces y me habría gustado que fuese ella la que me los enseñara, la que me abriese el acceso a un mundo desconocido, no era por el azar de una simple asociación de ideas, no: es que mis sueños de viaje y de amor no eran sino momentos —que hoy separo artificialmente, como si hiciese secciones a alturas distintas en un surtidor irisado y en apariencia inmóvil— en un mismo e inalterable brote de todas las fuerzas de mi vida.
Por último, al seguir repasando de dentro a fuera los estados simultáneamente yuxtapuestos en mi conciencia y antes de llegar hasta el horizonte real que los rodeaba, descubro placeres de otra clase: el de estar bien sentado, el de percibir el buen olor del aire, el de no verme molestado por una visita y —cuando sonaban las horas en el campanario de Saint-Hilaire— el de ver caer retazo a retazo el lapso de la tarde ya consumido hasta oír la última campanada que me permitía calcular el total y después de la cual el largo silencio sucesivo parecía iniciar en el cielo azul todo el lapso que me estaba aún reservado para leer hasta la hora de la espléndida cena preparada por Françoise y que me repondría de las fatigas sentidas siguiendo, durante la lectura del libro, a su protagonista. Y a cada hora me parecía que sólo unos instantes antes había sonado la anterior: la más reciente acababa de inscribirse en el cielo muy cerca de la otra y no podía yo creer que aquel pequeño arco azul comprendido entre sus dos marcas de oro representara sesenta minutos. A veces incluso aquella hora prematura iba acompañada de dos campanadas más que la última; así, pues, había una que yo no había oído, algo sucedido no lo había sido para mí; el interés de la lectura, mágica como un sueño profundo, había sido un embeleco para mis atónitos oídos y había bordado la campana de oro en la azulada superficie del silencio. Hermosas tardes dominicales bajo el castaño del jardín de Combray, cuando pienso en vosotras, cuidadosamente depuradas por mí de los incidentes mediocres de mi vida personal que había substituido por una vida de aventuras y aspiraciones extrañas en un país regado por aguas vivas, seguís evocándome aquella vida y la albergáis, en efecto, por haberla contorneado y contenido —mientras yo avanzaba en mi lectura y declinaba el calor del día— en el cristal sucesivo, lentamente cambiante y cruzado por follajes, de vuestras horas mudas, sonoras, olorosas y límpidas.
A veces me sacaba de mi lectura, en plena tarde, la hija del jardinero, que pasaba corriendo como una loca —y, al hacerlo, derribaba un naranjo, se cortaba un dedo, se rompía un diente— y gritando: «¡Ya están aquí! ¡Ya están aquí!», para que Françoise y yo acudiéramos corriendo y no nos perdiésemos nada del espectáculo. Eran los días en que, para ir a hacer maniobras de guarnición, la tropa cruzaba Combray, por la Rue Saint-Hilaire generalmente. Mientras nuestros sirvientes, sentados, formando una fila, en sillas delante de la verja, contemplaban a los paseantes dominicales de Combray y se dejaban ver por ellos, la hija del jardinero había divisado —por la abertura que dejaban entre sí dos casas lejanas de la Avenue de la Gare— el brillo de los cascos. Los sirvientes habían entrado precipitadamente sus sillas, pues, cuando los coraceros desfilaban por la Rue Saint-Hilaire, ocupaban toda su anchura y el galope de los caballos pasaba rozando las casas, cubriendo las aceras, sumergidas como riberas que ofreciesen un cauce demasiado estrecho a un torrente desatado.
«Pobrecitos», decía Françoise, nada más llegar, deshecha ya en lágrimas, a la verja, «pobre juventud que será segada como un prado; sólo de pensarlo, me da un vuelco el corazón», añadía, al tiempo que se llevaba la mano al pecho, donde lo había sentido.
«¿No es hermoso, señora Françoise, ver a jóvenes que no tienen apego a la vida?», decía el jardinero para hacerla «saltar».
No había hablado en vano.
«¿Que no tienen apego a la vida? Pero, ¿a qué hemos de tener apego entonces, si no es a la vida, el único regalo que Dios nunca hace dos veces? ¡Ay, Dios mío! Pero, ¡es verdad que no le tienen apego! Yo los vi en el 70; ya no tienen miedo a la muerte, en esas miserables guerras; son unos locos, ni más ni menos, y, además, valen menos que la cuerda para colgarlos: no son hombres, son leones». (Para Françoise, la comparación de un hombre con un león nada tenía de lisonjera.)
La Rue Saint-Hilaire giraba un poco más allá, por lo que no se podía verlos llegar desde lejos y por aquella abertura entre las dos casas de la Avenue de la Gare se divisaban siempre los nuevos cascos que corrían y brillaban al sol. El jardinero tenía sed, pues el sol caía a plomo, y le habría gustado saber si quedaban aún muchos por pasar. Entonces, su hija, lanzándose de repente, como de una plaza asediada, hacia una salida, llegaba hasta la esquina de la calle y, después de haber desafiado cien veces a la muerte, venía a traernos, junto con una garrafa de agua de regaliz, la noticia de que eran por lo menos mil los que llegaban sin detenerse por la parte de Thiberzy y Méséglise. Françoise y el jardinero, ya reconciliados, hablaban de la conducta que se debía adoptar en caso de guerra:
«Mire, Françoise», decía el jardinero, «más valdría la revolución, porque, cuando se declara, sólo se van a ella los que quieren».
«¡Ah! Sí, al menos eso lo comprendo: es más franco».
El jardinero creía que con la declaración de guerra se detenían todos los ferrocarriles.
«Claro, para que nadie se escape», decía Françoise.
Y el jardinero: «¡Ah! ¡Qué astutos son!», pues se negaba a admitir que la guerra no fuera como una mala pasada que el Estado intentaba jugar al pueblo y que, si hubiese habido forma de hacerlo, no habría habido ni una persona que, pudiendo, no se hubiera escapado.
Pero Françoise se apresuraba a reunirse con mi tía, yo volvía a mi libro y los sirvientes se instalaban otra vez delante de la puerta a ver disiparse el polvo y la emoción que habían despertado los soldados. Mucho después de que se hubiera hecho la calma, una oleada inhabitual de paseantes ennegrecía aún las calles de Combray y delante de cada casa, aun de aquellas en las que no era costumbre, los sirvientes o incluso los amos, sentados y mirando, festoneaban el umbral con una orla caprichosa y sombría como la de las algas y las conchas cuyos crespón y bordado deja tras sí una fuerte marea en la orilla.
Salvo aquellos días, por lo general podía, al contrario, leer tranquilo, pero, a consecuencia de la interrupción de la lectura y del comentario que en una de sus visitas hizo Swann al verme leyendo un libro de un autor recién descubierto por mí, Bergotte, durante mucho tiempo después ya no se recortó la imagen de una de las mujeres con las que yo soñaba en una pared decorada con flores violetas en forma de huso, sino sobre un fondo muy distinto: delante del pórtico de una catedral gótica.
Yo había oído hablar de Bergotte por primera vez a uno de mis compañeros, mayor que yo y al que admiraba profundamente: Bloch. Al oírme confesarle mi admiración de Noche de octubre, él había soltado una carcajada ruidosa como una trompeta y me había dicho: «Desconfía de tu dilección, bastante ramplona, por el señor de Musset. Es un tipo de lo más dañino y un bruto bastante siniestro. Por lo demás, he de confesar que él e incluso el llamado Racine hicieron en sus respectivas vidas un verso bastante bien ritmado y que tiene a su favor el mérito supremo, a mi juicio, de no significar absolutamente nada. Son “La blanca Oloossone y la blanca Camyre” y “La hija de Minos y de Pasífae”. Me los señaló, en descargo de esos dos malandrines, un artículo de mi muy querido maestro, el padre Leconte, grato a los dioses inmortales. A propósito, toma este libro que no tengo tiempo de leer en este momento y que está recomendado, al parecer, por ese hombre inmensamente bueno. Considera, según me han dicho, al autor —al señor Bergotte— un tipo de lo más sutil y, aunque demuestre a veces mansedumbres bastante difíciles de explicar, su palabra es para mí el oráculo de Delfos, conque lee estas prosas líricas y, si el gigantesco recopilador de ritmos que escribió Bhagavat y El lebrel de Magnus está en lo cierto, por Apolo, que saborearás, querido maestro, los gozos nectáricos del Olimpo». Con tono sarcástico me había pedido que lo llamara «querido maestro» y lo mismo hacía él conmigo, pero, en realidad, por estar aún próximos a la edad en la que creemos crear lo que nombramos, ese juego nos daba cierto placer.
Por desgracia, no pude mitigar —al charlar con Bloch y pedirle explicaciones— la confusión en que me había sumido al decirme que los hermosos versos —a mí, que no esperaba de ellos nada menos que la revelación de la verdad— lo eran tanto más cuanto que nada en absoluto significaban. En efecto, Bloch no volvió a ser invitado a nuestra casa. Al principio había recibido una buena acogida en ella. Cierto es que, según mi abuelo, siempre que hacía más amistad con uno de mis compañeros que con los demás y lo llevaba a casa, se trataba de un judío, cosa que no le habría desagradado en principio —incluso su amigo Swann era de origen judío—, si no le hubiese parecido que por lo general no lo elegía de entre los mejores. Por eso, cuando llevaba a un nuevo amigo, raro era que no canturreara: «Oh, Dios de nuestros Padres» de La judía o «Israel, rompe las cadenas», tarareando sólo la música, naturalmente (Ti la lam ta lam, talim), pero yo temía que mi compañero la conociera y descifrara la letra.
Antes de haberlos visto, con sólo oír su nombre, que en muchos casos nada tenía de particularmente israelita, adivinaba no sólo el origen judío de aquellos de mis amigos que lo eran, sino también algo inconfesable que a veces había en su familia.
«¿Y cómo se llama ese amigo tuyo que viene esta noche?».
«Dumont, abuelo».
«¡Dumont! ¡Oh! No me fío».
Y cantaba:
¡Arqueros, manteneos ojo avizor!
Velad sin tregua y con sigilo.
Y, después de haber formulado con habilidad algunas preguntas más precisas, exclamaba: «¡Ojo avizor! ¡Ojo avizor!», o —si era al propio paciente al que había obligado, sin que éste lo supiera, mediante un interrogatorio disimulado, a confesar sus orígenes, para mostrarnos que ya no le cabía la menor duda— se contentaba con mirarnos canturreando imperceptiblemente:
¡Cómo! ¡De este tímido
israelita guiáis los pasos aquí!
o:
Campos paternos, Hebrón, dulce valle.
o también:
Sí, soy de la raza elegida.
Aquellas pequeñas manías de mi abuelo no entrañaban sentimiento malévolo alguno para con mis compañeros, pero Bloch había desagradado a mis padres por otras razones. Para empezar, había enfurecido a mi padre, quien, al verlo mojado, le había dicho con interés:
«Pero, señor Bloch, ¿qué tiempo hace? ¿Es que ha llovido? No comprendo: los datos del barómetro eran excelentes».
Sólo había conseguido esta respuesta:
«Señor mío, en modo alguno puedo decirle si ha llovido. Vivo tan resueltamente fuera de las contingencias físicas, que mis sentidos no se molestan en notificármelas».
«Pero, hijo mío, es idiota, tu amigo», me había dicho mi padre, cuando Bloch se hubo marchado. «¡Cómo! ¡Ni siquiera puede decir qué tiempo hace! Pero, ¡si nada hay más interesante! Es un imbécil».
Después Bloch había desagradado a mi abuela, porque, cuando ésta dijo, tras el almuerzo, que no se encontraba bien, había emitido un sollozo y se había enjugado unas lágrimas.
«¿Cómo quieres que sea sincero», me dijo, «si no me conoce? O, si no, es que está loco».
Y, por último, había disgustado a todo el mundo, porque, tras llegar al almuerzo con un retraso de hora y media y cubierto de barro, en lugar de excusarse, había dicho:
«Nunca me dejo influir por las turbulencias de la atmósfera ni por las divisiones convencionales del tiempo. Con mucho gusto rehabilitaría el uso de la pipa de opio y del kris malayo, pero ignoro el de instrumentos infinitamente más perniciosos y, por lo demás, prosaicamente burgueses, como el reloj y el paraguas».
A pesar de todo, habría podido volver a Combray. Sin embargo, no era el amigo que mis padres habrían preferido para mí; habían acabado pensando que las lágrimas que le había hecho derramar la indisposición de mi abuela no eran fingidas, pero sabían por instinto o por experiencia que los impulsos de nuestra sensibilidad tienen poco ascendiente sobre la continuidad de nuestras acciones y la conducta de nuestra vida y que el respeto de las obligaciones morales, la fidelidad a los amigos, la ejecución de una obra, la observancia de un régimen tienen un fundamento más seguro en hábitos ciegos que en esos arrebatos momentáneos, ardientes y estériles. Habrían preferido para mí —antes que Bloch— compañeros que no me diesen más de lo que se considera adecuado conceder a los amigos, según las reglas de la moral burguesa, que no me enviaran inopinadamente un canasto de fruta, porque hubieran pensado en mí aquel día con cariño, pero que —al no ser capaces de hacer inclinar en mi favor el justo equilibrio de los deberes y las exigencias de la amistad con un simple movimiento de la imaginación y de su sensibilidad— no la falsearan aún más para perjuicio mío. Ni siquiera nuestras faltas hacen incumplir fácilmente sus deberes para con nosotros a esos temperamentos cuyo modelo era mi abuela, quien, pese a llevar años indispuesta con una sobrina a la que nunca hablaba, no modificó el testamento en el que le dejaba toda su fortuna, porque se trataba de su pariente más próximo y era lo que «se debía hacer».
Pero yo apreciaba a Bloch y, como mis padres querían agradarme y los problemas insolubles que me planteaba a propósito de la belleza desprovista de significado de la hija de Minos y de Pasífae me fatigaban y me hacían padecer más que nuevas conversaciones con él, aunque mi madre las considerara perniciosas, habrían vuelto a recibirlo en Combray, si, tras informarme, después de aquella cena, de que todas las mujeres no pensaban en otra cosa que en el amor y ninguna había cuyas resistencias no se pudieran vencer, noticia que más adelante tuvo mucha influencia en mi vida y la hizo más feliz y después más desdichada, no me hubiese asegurado haber oído decir de la forma más segura que mi tía abuela había tenido una juventud tormentosa y había sido —públicamente— una «mantenida». No pude por menos de repetir aquellas palabras a mis padres, por lo que la próxima vez lo pusieron de patitas en la calle y, cuando más adelante lo abordé en la vía pública, estuvo extraordinariamente frío conmigo.
Pero respecto de Bergotte estaba en lo cierto.
Los primeros días, como una tonada musical que nos chiflará, pero que aún no distinguimos, no se me manifestó lo que me iba a gustar tanto de su estilo. No podía dejar la novela que estaba leyendo de él, pero me creía interesado sólo en el asunto, como en esos primeros momentos del amor en que, creyéndonos atraídos por una reunión, un entretenimiento, vamos todos los días a ver a una mujer. Después reparé en las expresiones poco comunes, casi arcaicas, que gustaba de emplear en ciertos momentos en los que una ola oculta de armonía, un preludio interior, elevaba su estilo y en esos momentos se ponía a hablar también del «vano sueño de la vida», del «inagotable torrente de las bellas apariencias», del «estéril y delicioso tormento de la comprensión y el amor», de las «conmovedoras efigies que ennoblecen para siempre la venerable y encantadora fachada de las catedrales» y expresaba toda una filosofía nueva para mí mediante imágenes maravillosas que parecían ser las que habían despertado aquel canto de arpas que se elevaba entonces y con cuyo acompañamiento brindaban algo sublime. Uno de aquellos pasajes de Bergotte, el tercero o el cuarto que había aislado del resto, me dio un gozo incomparable con el que me había inspirado el primero, un gozo que me pareció experimentar en una región más profunda de mí mismo, más unida, más vasta, en la que parecían haber quedado suprimidos los obstáculos y las separaciones. Es que —al reconocer entonces aquel mismo gusto de las frases poco comunes, aquella misma efusión musical, aquella misma filosofía idealista que había sido ya en las otras ocasiones, sin que me diera cuenta, la causa de mi placer— dejé de tener la impresión de encontrarme ante un fragmento particular de cierto libro de Bergotte, trazando en la superficie de mi pensamiento una figura puramente lineal, sino más bien ante el «fragmento ideal» de Bergotte, común a todos sus libros y al que todos los pasajes análogos, que venían a confundirse con él, habían infundido como una densidad, un volumen, que parecía engrandecer mi espíritu.
No era yo el único admirador de Bergotte; también era éste el escritor preferido de una amiga de mi madre muy letrada; por último, el doctor Du Boulbon hacía esperar a sus enfermos para leer el último libro aparecido de ese autor y de su consultorio y de un parque vecino de Combray salieron volando algunas de las primeras simientes de aquella predilección por Bergotte, especie tan rara entonces y hoy universalmente difundida y cuya flor ideal y común se encuentra por doquier en Europa, en América, incluso en el más pequeño pueblo. Lo que sobre todo gustaba a la amiga de mi madre y, al parecer, al doctor Du Boulbon en los libros de Bergotte era, como también a mí, esa misma corriente melódica, esas expresiones antiguas, algunas otras muy sencillas y conocidas, pero, por el lugar en el que las hacía resaltar, parecía revelar un gusto especial por su parte, y, por último, en los pasajes tristes, cierta brusquedad, un acento casi ronco. Y seguramente él mismo debía de sentir que en eso consistían sus mayores encantos, pues en los libros que siguieron —si había encontrado alguna gran verdad o el nombre de una catedral célebre— interrumpía su relato y en una evocación, un apóstrofe, un largo discurso, daba rienda suelta a esos efluvios que en sus primeras obras se mantenían en las profundidades de su prosa y sólo los revelaban las ondulaciones de la superficie, más suaves aún tal vez, más armoniosos, cuando estaban así velados y no se podía indicar de forma precisa dónde nacía, dónde expiraba, su murmurio. Aquellos en los que se complacía eran nuestros fragmentos preferidos. Yo me los sabía de memoria. Cuando reanudaba el hilo de su relato, me desilusionaba. Siempre que hablaba de algo —los bosques de pinos, el granizo, Notre-Dame de París, Atalía o Fedra— cuya belleza me hubiera resultado oculta hasta entonces, la hacía estallar en una imagen hasta mí. Por eso, sabiendo cuántos aspectos había del universo que mi deficiente percepción no distinguiría, si no me los aproximaba él, habría querido contar con una opinión suya, una metáfora suya, sobre todas las cosas y en particular sobre las que tuviera oportunidad de ver yo mismo y, entre ellas, sobre antiguos monumentos franceses y ciertos paisajes marítimos, porque por la insistencia con la que los citaba en sus libros había de considerarlos plenos de significado y belleza. Por desgracia, ignoraba yo su opinión sobre casi todas las cosas. No dudaba que fuera enteramente distinta de la mía, pues descendía de un mundo desconocido hacia el que yo intentaba elevarme; convencido de que mis pensamientos habrían parecido pura ineptitud a aquella inteligencia perfecta, yo había hecho hasta tal punto tabla rasa de todos, que, cuando por casualidad me encontraba en uno de sus libros uno ya concebido por mí mismo, mi corazón se henchía, como si un dios, con su bondad, me lo hubiera devuelto, lo hubiese declarado legítimo y hermoso. A veces ocurría que una página suya decía las mismas cosas que con frecuencia escribía yo por la noche a mi abuela y a mi madre cuando no podía dormir, hasta el punto de que esa página de Bergotte parecía una recopilación de epígrafes para encabezar mis cartas. Incluso más adelante, cuando empecé a componer un libro, encontré en Bergotte el equivalente de ciertas frases cuya calidad no bastó para decidirme a continuarlo, pues sólo entonces, cuando las leía en su obra, podía gozarlas; cuando era yo quien las escribía, preocupado por que reflejaran exactamente lo que columbraba en mi pensamiento, temiendo no «lograr un parecido», tenía tiempo de preguntarme si lo que escribía era agradable, pero, en realidad, sólo esa clase de frases, esa clase de ideas, me gustaban de verdad. Mis inquietos y contrariados esfuerzos eran, a su vez, una señal de amor: amor sin placer, pero profundo. Por eso, cuando de repente encontraba tales frases en la obra de otro, es decir, sin tener ya escrúpulos ni severidad, sin tener que atormentarme, me abandonaba por fin, encantado, al deleite que me procuraban, como un cocinero que, al no haber de cocinar por una vez, dispone al fin de tiempo para entregarse a la gula. Un día en que encontré en un libro de Bergotte una línea a propósito de una vieja sirvienta, una broma que el magnífico y solemne lenguaje del escritor volvía aún más irónica, pero que yo también había hecho con frecuencia a mi abuela hablando de Françoise, y otra vez en que —como vi— no consideraba indigno mencionar, en uno de aquellos espejos de la verdad que eran sus obras, una observación análoga a la que yo había tenido oportunidad de formular sobre nuestro amigo el Sr. Legrandin —observaciones sobre Françoise y el Sr. Legrandin que eran, desde luego, de las que yo habría sacrificado con mayor deliberación a Bergotte, convencido de que las consideraría carentes de interés—, me pareció de repente que mi humilde vida y los reinos de lo verdadero no estaban tan separados como había creído, que coincidían incluso sobre algunos puntos, y de confianza y de gozo lloré sobre las páginas del escritor como en los brazos de un padre recuperado.
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