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GÉNEROS Y PSICOMOTRICIDAD
El libro se llama Géneros y psicomotricidad: las corporeidades en clave feminista, pero bien podría tener una contratapa que dijera: estudios sobre las ideas que conmocionan los cuerpos aferrados a los mandatos, o escritos en revuelta, o de cómo la pregunta horada las certezas patriarcales y colonizadoras; o de cómo la ternura descascara la oscura pátina del congelamiento afectivo que nos hace mirar al diferente como un extraño; o de cómo una mujer escribiendo denuncia las injusticias y anuncia las luchas posibles; o de cómo la psicomotricidad se posiciona de su objeto de estudio en clave feminista; o de cómo hacer que la ternura supere a la crueldad; o de qué hacer en un país donde cada veintiséis horas asesinan a una mujer; o Nunca Más, Ni Una Menos, Con Vida Las Queremos.
– Del prólogo de Daniel Calméls
Mara Lesbegueris es licenciada en Psicomotricidad, profesora de Educación Física, maestranda en Antropología Social. Es docente de la Universidad Nacional de San Martín, de la Universidad Nacional de La Matanza y de la Universidad CAECE. Miembro fundadora de la Asociación Civil Unidas por la Psicomotricidad y las Artes (AUPAS). Integrante del Colectivo de Psicomotricidad Feminista y Transfeminista. Ha publicado Niñas jugando: ni tan quietas ni tan activas (2013) y Juegos en el papel: análisis de la corporeidad en el plano gráfico (2012, en coautoría con Daniel Calméls).
COLECCIÓN EL CUERPO PROPIO
Dirigida por Daniel Calméls
MARA LESBEGUERIS
GÉNEROS Y PSICOMOTRICIDAD
Las corporeidades en clave feminista

Índice
Cubierta
Acerca de este libro
Portada
Agradecimientos
Prólogo. Ensayos sobre la ternura, Daniel Calméls
Introducción: re-unir
1. Leer corporizando la letra
2. Escribir con la fuerza del cuerpo
3. La “regulación” de las emociones: una posible lectura sobre las dimensiones del poder
4. El género desde los feminismos
5. Repensando el “bienestar corporal” desde las prácticas de crianza y el “sostenimiento de la vida”
6. La construcción de las corporeidades y la posibilidad de habitar o deshabitar los géneros
7. Contar a las niñas desde sus potencialidades
8. Compostura de muñecas
9. El juego desde la perspectiva de género: nuevas posibilidades para pensar la clínica corporal y la socialización
10. Cuerpos rebeldes: infancias con expresiones sexo-genéricas diversas y disidentes
11. La experiencia corporal: notas sobre la formación profesional y la práctica psicomotriz
12. Las lógicas de la formación corporal
13. La función corporizante de la escuela
14. La construcción social de los cuerpos indisciplinados
15. Pensar los cuerpos desde el recreo
Epílogo. Manifiesto de las corporeidades en clave feminista
Coda en tiempos de pandemia
Anexos
Bibliografía
Créditos
A lo largo de este libro se usará la letra e para remarcar y nombrar de un modo diferente el lugar de las disidencias sexo-genéricas, aquellas subjetividades que se corren de los marcos binarios de significación y no se reconocen en las expresiones gramaticales ni femeninas ni masculinas.
Más allá de las marcas discursivas sexistas y androcéntricas que se pueden rastrear en el lenguaje, y las posibles incomodidades que pueda ocasionar esta decisión para la lectura, sabemos que el lenguaje construye las realidades que vivimos, que la lengua no es algo inmóvil y fijo, sino producto de una actividad humana y colectiva.
La lengua “se usa”, “se mueve”, “está viva”, y sus movimientos siguen el de la vida social, política y cultural.
Si reconocemos que lo que no se nombra no existe, la posibilidad de emplear la letra e no es solo una forma de expresión sino un modo de acción con el que se busca visibilizar, dar reconocimiento y respeto a estas subjetividades.
Agradecimientos
A quienes me ayudan a respirar, en especial:
A Lola y Facundo, mis inspiraciones más profundas junto al desafío que supone “criar emancipando”.
Al amor y la poesía que me brinda cotidianamente mi gran compañero Daniel Calméls.
Al cuidado y cariño que desde pequeña me brindaron mis hermanos Gustavo y Sergio.
A la presencia amorosa de mi amiga y colega Fernanda Ruiz.
A Irene Fisicaro, que escucha semanalmente mis preocupaciones y mis sueños.
A la poesía de Alejandra Pizarnik, que sigue despabilándome.
Al impulso que cada una de las personas del Grupo de Estudio Ornitorrinco me da, desde hace más de nueve años, sabiéndonos en “acción lúdica y pensante”.
A la posibilidad de imaginar y trabajar para la realización de mundos más vivibles e inclusivos que me permite el colectivo Aupas (Asociación Uniendo la Psicomotricidad y las Artes) del cual formo parte, junto a las psicomotricistas y amigas Mariel Alasia, Carla Baglivo, María Paz Brown, Débora Brugos, Lucía Cimmino, María Noel Fabris, Rocío Farris, Lilen Nieva y Candelaria Santillán.
Al tejido de la red de psicomotricistas transfeministas que abriéndonos al transnacionalismo intentamos hilvanar, latiendo en un sentir-actuar colectivo que germina y se expande en posibilidades.
PRÓLOGO
Ensayos sobre la ternura
Daniel Calméls
Géneros y psicomotricidad: las corporeidades en clave feminista es un libro que, al leerlo, me invita a anunciar en este prólogo todos los hallazgos que encuentro como lector, pero la tentación de hacerlo me llevaría a realizar un texto que funcionaría casi como un espejo, que reuniría una condensación del propio libro.
Si bien cada capítulo tiene vida propia y se enlaza con los otros, hay uno clave, que no proviene solo de la psicomotricidad ni de la antropología ni de las cuestiones de género, aunque su contenido se refleja en todo el libro; este es el primer capítulo, “Leer corporizando la letra”. Siendo el primero, ubicado estratégicamente, nos prepara para la lectura. Yo, lector, comienzo a leer un libro que me habla de la lectura y, en su segundo capítulo, “Escribir con la fuerza del cuerpo”, de la escritura. ¿Me disponen para leer lo escrito?
Vayan, a modo de síntesis, frases del primer capítulo, “Leer corporizando la letra”:
Leer implica una acción deseante.
En el leer nos sentimos necesitados.
Ir al encuentro lector es dejar una zona abierta a lo otro, es hacer un espacio que dé hospedaje a lo tuyo extraño en lo mío.
Leer es una indagación –profana– de un texto.
Leer seriamente es hacer del texto un juguete.
Leer apasionadamente (no solo con entusiasmo) es una aventura dionisíaca que nos potencia corporalmente.
Fue necesario comenzar el libro con la lengua, en su lectura y escritura, desde una posición feminista, que excluye la queja para posicionarse en una práctica de la escritura, velada a las mujeres durante siglos: “Sabemos que el poder androcéntrico y el sueño lineal colonizador ha cercenado la lengua femenina, construyendo visiones del mundo desde la perspectiva masculina”.
No es un libro para leerlo de una sentada; es un libro extenso, no por la cantidad de hojas sino por su alcance. Va a ser leído por profesionales de diversas disciplinas. Los quince capítulos que dan cuerpo a este libro tienen entre sí un dinamismo tal que nos invita continuamente a realizar dos movimientos: releer y avanzar. En el primero, releer, se regresa para comprender, afirmar, disfrutar de una frase. En el segundo, avanzar, movido por el interés de seguir leyendo, querer más.
Este es el tercer libro de Mara Lesbegueris, quien antes publicó Juegos en el papel y ¡Niñas jugando! Mi cercanía con la autora me permite funcionar como testigo de la elaboración de su obra. En la intimidad de la cocina escritural de Mara Lesbegueris reconozco la tarea de otros futuros libros: En las fronteras del jugar, un libro de relatos cortos donde enlaza hechos reales que bordean un camino ficcional; otro texto que lleva por nombre Composturas de muñecas, que espera su tiempo de edición, y un libro dedicado a la formación de profesores y profesoras de Educación Física, que renueva la forma de pensar el cuerpo, libro que aún está en la búsqueda de un título.
Mara propone una política de los cuerpos en relaciones amorosas, de cuidado, propuesta que parte de la acción a la teoría, o sea que nace en una práctica amorosa que quienes están, estamos, en cercanía le reconocemos.
El lector encontrará un recorrido de sus participaciones en diversos ámbitos de la salud y la formación, lo cual da cuenta de una práctica vivida y una escritura ensayística donde la práctica del pensar tiene un apoyo empírico. Ha participado activamente durante décadas como docente en la formación corporal del psicomotricista y en el trabajo con docentes y profesionales de diversas áreas, experiencia que se concentra en el capítulo “La experiencia corporal: notas sobre la formación profesional y la práctica psicomotriz”. Dice allí:
El dispositivo de “formación corporal de la o el psicomotricista” predispone la experiencia corporal como una instancia ideológica y estratégica para ese particular modo de “hacerse” y “ser” psicomotricista. No se trata de informarse sino de formarse corporalmente, y es allí donde recursivamente pensamos la relación entre teoría y práctica, conceptos encarnados desde la experiencia y las prácticas que interpelan saberes instituidos, dando lugar a nuevas apropiaciones conceptuales.
Las reflexiones propuestas y la posición tomada desde la psicomotricidad con relación al género y al feminismo han sido bien recibidas por colegas de Argentina, Latinoamérica y España. Era necesaria en la psicomotricidad una posición de vanguardia que desde el feminismo y las cuestiones de género ampliara, a partir de nuestra práctica, la mirada hacia el cuerpo en sus manifestaciones.
No puedo eludir nombrar la presencia de las citas de mis escritos. En ellas, a modo de confesión, he encontrado sentidos que desconocía o había olvidado, por lo cual la lectura de este libro en el proceso de escritura de este prólogo fue un aprendizaje, no solo por este detalle anecdótico, sino por el amplio campo de lecturas que la autora tiene el estilo de nombrar lejos de la jactancia de erudición. Hace un desarrollo conceptual del conocimiento, con el detalle continuo y riguroso de la cita, sabiendo que implica hacer un lazo entre personas que no se conocen: citar implica un encuentro con el pensamiento del otro, una “cita” del pensamiento.
Dice Mara Lesbegueris: “Escribir es lengua y estilo, texto y contexto”. ¿Cuáles serían algunos detalles de su estilo, esos que a veces escapan de las lecturas? Hay cuatro formas que cualifican su escritura: el uso de la pregunta, la enumeración y el pie de página, así como, a nivel conceptual, el descentramiento.
Pie de página. Usa textos al pie de la página no cuando el texto desborda, no como exceso, sino para acotar datos que aclaran el contenido conceptual. Los pies de página cumplen con su fin de apoyo, en este caso a los conceptos que necesitan extenderse en sentido y diluir cierta pátina de oscuridad por la cual se deja al otro en el lugar de “no saber”.
En ocasiones el pie de página desarrolla una experiencia personal que compete al tema tratado, o una reflexión; o sea, funciona como un reservorio al cual se tiene la opción de entrar.
Preguntas. El uso de la pregunta es clave en su estilo. Más de 150 preguntas son el motor que dinamiza el texto. Si bien algunas son preguntas retóricas, en su mayoría –tomando las palabras de la autora– son “viscerales”. Trabaja con una afirmación seguida de preguntas, que movilizan lo afirmado y lo enriquecen con los interrogantes que le suceden. Parte de la idea de que “leer en clave feminista es rodear al escrito con preguntas que permiten, con suerte e insistencia, que ese texto y nuestro propio cuerpo se abran un poco más”.
Afirmación-pregunta:
Escribir es un momento intenso de intimidad. ¿Un refugio silencioso? ¿Una soledad necesaria para la apertura al mundo? ¿La soledad con alas?
En el texto escrito converge, por lo tanto, la historia del escribiente con parte de la historia de la humanidad. ¿La escritura como agenciamiento colectivo de enunciación? ¿Huella? ¿Signo móvil? ¿Sombra de mi sombra que se va empequeñeciendo hasta desaparecer?
En el capítulo dedicado a las emociones, esta pregunta es una vía de ampliación de sentidos, congelados por las instituciones universalistas: “¿La emoción se vive de igual modo en función de la clase, raza, género, diversidad funcional?”.
Enumeración. La enumeración tiene la función de completar una idea a partir de detalles que configuran la identidad conceptual de un todo y, al mismo tiempo, desplegar un ritmo que cabalga en la voz silente del lector:
A lo largo del tiempo y en las diferentes regiones las muñecas pueden devenir en objetos de adoración, de emblema, de protección, de suerte, de juego, de colección, de consumo. Pueden tener diversas formas y figuras, asumiendo el estatus de tótem, amuleto, talismán, fetiche, ofrenda, reliquia, juguete, acompañante, souvenir, espejo, doble o mercancía. Participan en numerosos ritos, fiestas y juegos.
Descentramiento. No solo hablo aquí del corrimiento del adultocentrismo y el logocentrismo, sino principalmente porque es una escritura descentrada, que trabaja con dos o más centros. Con dos centros como la elipse, en la medida en que integra dos ejes de simetría; en ese sentido, es una escritura barroca, de insistencia y variación, y a su vez una mirada más general en la cual la figura sería el triángulo, cuyas tres bisectrices de los ángulos internos se unifican en un punto de convergencia. La posición de Mara Lesbegueris es una “política de convergencia” de saberes de diversos campos: género, psicomotricidad y antropología, con el aporte de la filosofía de Gilles Deleuze y Michel Foucault, la semiología de Roland Barthes y la sociología reflexiva de Pierre Bourdieu.
El término “texto” es el adecuado para describir cómo se “tejen” conocimientos de diversas disciplinas. Escribe Mara Lesbegueris:
Este libro está escrito desde mis propias “transiciones profesionales”, en un “entre” que desborda (pero incluye) lo psicomotor, lo antropológico, los feminismos, lo queer, lo crip.
El libro se llama Géneros y psicomotricidad: las corporeidades en clave feminista, pero bien podría tener una contratapa, espacio que suele orientar al lector, que dijera:
Estudios sobre las ideas que conmocionan los cuerpos aferrados a los mandatos, o escritos en revuelta,
o de cómo la pregunta horada las certezas patriarcales y colonizadoras;
o de cómo la ternura descascara la oscura pátina del congelamiento afectivo que nos hace mirar al diferente como un extraño;
o de cómo una mujer escribiendo denuncia las injusticias y anuncia las luchas posibles;
o de cómo la psicomotricidad se posiciona de su objeto de estudio en clave feminista;
o de cómo hacer que la ternura supere a la crueldad;
o de qué hacer en un país donde cada veintiséis horas asesinan a una mujer;
o Nunca Más, Ni Una Menos, Con Vida Las Queremos.
Introducción: re-unir
Este libro es un intento de re-unir experiencias, escritos y análisis conceptuales que vengo desarrollando en estos últimos veinte años. Muchos de los capítulos formaron parte de intervenciones en libros, revistas, exposiciones, charlas, jornadas y conferencias a las que fui invitada; por ello contienen marcas “orales”, “gestos” y “movimientos” de otras épocas, pero que a partir de nuevas reelaboraciones me permitieron materializar esta nueva configuración.
Aunar la perspectiva de género con la psicomotriz me permite situar preocupaciones políticas, estéticas, éticas y teóricas sobre las infancias, pensando las dimensiones del poder junto con las manifestaciones de la vida corporal. En esta confluencia decido mirar “desde el cuerpo”, “desde abajo”, “desde los desvíos”, es decir, centrada en lo micropolítico, en las tácticas cotidianas, en los escenarios familiares, en las prácticas de crianza, en la intimidad de los consultorios, en las ficciones lúdicas y la capacidad imaginativa, en el decir de las infancias.
Me preocupan las infancias invisibilizadas, sea porque son activamente ignoradas o por ser consideradas diferentes, indisciplinadas, raras, rebeldes, dis-capacitadas, subalternizadas. Esas subjetividades nos impulsan a descentrarnos de ciertas teorías hegemónicas de interpretación, nos “incomodan” e interpelan críticamente, conmueven nuestro sentido común y mueven nuestras propias categorías conceptuales. Son también esas infancias subalternizadas las que nos ayudan a seguir produciendo nuevos sentidos y nuevas afectaciones en búsqueda de mayor comprensión y oportunidades para todes.
Niños, niñas y niñes que por algún motivo y/o circunstancia se alejan de las expectativas esperables para su edad, sexo-género, capacidad, nacionalidad, ciudadanía. Que portan alguna “rareza en sus cuerpos”, resistentes o que no terminan de performatizarse de acuerdo con alguna o varias formas de reconocimientos o validaciones que la sociedad prevé para ellos. Y esto vale (más allá de sus particularidades) tanto para una persona con discapacidad, un inmigrante, una persona pobre, una niña o un niño con un desarrollo psicomotor diferente, una niña o un niño indisciplinado, o une niñe con alguna inconformidad o disidencias sexo-genéricas.
Este libro es también un intento de pensar de un modo situado los lugares y las políticas de las diferencias, considerando las corporeidades en intersectorialidad1 de género, de edad, de discapacidad o diversidad funcional, de clase, de etnia, de raza, de nación.
Encuentro en el ámbito académico una gran resistencia a utilizar el lenguaje inclusivo, ajustándose cabalmente a la estructura lingüística de la convención imperante y la palabra oficial de la Real Academia Española.2 En la Argentina, la Ley de Identidad de Género 26.743 fue sancionada y promulgada en 2012, por lo cual constituye un derecho que tiene cualquier persona a que se la nombre tal y como se autopercibe.
Sabemos que los medios de interpretación y comunicación socioculturales están no solo codificados simbólicamente sino estratificados, es decir, organizados de modos congruentes a partir de los patrones sociales de clasificación. Por eso se hace imprescindible visibilizar y cuestionar el “cis-sistema heteronormativo”3 de asignación de sentidos y reconocimientos.
Advierto, por todo ello, que es por los márgenes de la desidentificación por donde incluso estas infancias parecen transitar, saliendo de estas normas hegemónicas interpretativas, vagando por fuera de los reconocimientos (con el peligro subyacente de patologización, moralización y judicialización).
Estas subjetividades, históricamente ignoradas, son las que nos permiten comprender las sociedades no como estructuras fijas sino en acción y transformación; con modos específicos de conflictividad y sufrimientos, con particulares maneras de constitución de subjetividades, de lenguajes, potencias y repertorios de acciones colectivas. Las lógicas binarias propias de la modernidad no resultan eficaces para pensar las diversidades contemporáneas.
Este libro está escrito desde mis propias “transiciones profesionales”, en un “entre” que desborda (pero incluye) lo psicomotor, lo antropológico, los feminismos, lo queer, lo crip.4 Un “entre” difícil de contornear, sintiendo mi existencia en una nueva forma de “extranjeridad”. Contiene mis propias incertidumbres, contradicciones y aprendizajes que como psicomotricista vengo experimentando, referidos al acompañamiento de niñes en su proceso de corporización y constitución de identidades, tratando de no ser un eslabón más en la cadena de “normalización” o, mejor dicho, de “heterociscapacitismo”5 y “normalización” de sus cuerpos y preguntándome qué tipos de reconocimientos y validaciones son necesarios construir para escuchar la pluralidad de interseccionalidades de la diferencia. ¿Somos capaces de reconocer dentro de las psicomotricidades los sesgos androcéntricos y patriarcales del discurso y de las construcciones teóricas que operan de manera diferencial aun sobre las corporeidades?
Si el patriarcado es ese sistema que, a través de un conjunto de estrategias y tecnologías, busca la opresión y subordinación de las mujeres y sus cuerpos, ¿cómo no preguntarnos como psicomotricistas por las niñas que son minoría en nuestros consultorios y estudios, por las mujeres y las economías del cuidado? ¿Qué interrogantes supone repensar la socialización de niñas, niños y niñes “desmarcada” de la constitución de la familia burguesa y el paternalismo?
¿Cómo no repreguntarnos por la acción, la transformación y la autonomía desde una perspectiva de género que desnaturalice los estereotipos masculinizados de estos sentidos encarnados?
¿Cómo respetar la propia autopercepción genérica que tienen les niñes sin intentar “heteronormatizar” sus expresiones y deseos?
¿Es posible desestabilizar ciertas categorías de normatización corporal como lo femenino/masculino, la capacidad/discapacidad, lo sano/enfermo, lo homosexual/heterosexual…?
¿Se podrá contarles a las niñas y los niños el valor de la historia de las brujas, de las insurrectas, de las luchadoras?
¿Cómo les transmitimos que la maternidad es una elección y no un mandato obligatorio?
Pareciera que la psicomotricidad, desde su propia genealogía, encuentra una convicción “interdisciplinaria”, esa que le dio a nuestra disciplina una identidad; una psicomotricidad que no es lo psico ni lo motor por separado, en una integración que transita una zona liminal de reconocimiento en la que aún tratamos de explicar y explicarnos qué es y cuál y cómo es el hacer de nuestra práctica. Pero advierto que este diálogo interdisciplinario fecundo que la psicomotricidad está habituada a realizar es con ciertas disciplinas afines como el psicoanálisis, la psicología, la pedagogía, incluso con la neurología y la pediatría. Tal vez por ello me entusiasma la idea de pensar en una frontera abierta de intercambios entre la psicomotricidad, la antropología y los feminismos, integrando los aportes de las teorías queer y crip, para que puedan llegar a impregnar y potenciar a la psicomotricidad apelando a la necesidad de una mirada sensible y crítica hacia el interior de la disciplina.
Entiendo que no basta con solo promulgar una ética del deseo y la progresiva autonomía de los cuerpos sin generar desde nuestras epistemologías espacios para repensar las dinámicas del poder, descolonizando y despatriarcalizando nuestras teorías y prácticas para pensar y habilitar un “buen vivir” para las infancias. El bienestar corporal, por el que abogan tanto los feminismos como las psicomotricidades, no se reduce solo al plano material o individual, sino que incorpora la dimensión colectiva, espiritual y ecológica.
Al politizar “lo personal-corporal”, los feminismos expandieron los límites de la protesta más allá de la distribución socioeconómica, para incluir en la reflexión la dimensión de género, las dinámicas del poder en la reproducción material y simbólica de los cuerpos desde el trabajo doméstico, de crianza, de educación, e incluso el terapéutico.
A pesar de las distintas cosmovisiones feministas, a lo largo del tiempo y dentro incluso de los actuales y diversos activismos, nos pensamos en una instancia de cuestionamiento sobre tres ejes productores de desigualdad: patriarcado, capitalismo, colonialismo. Nos encontramos en la lucha por el reconocimiento de desigualdades, la representación situada y la redistribución socioeconómica.
Desde la psicomotricidad valoro especialmente los desarrollos teóricos elaborados por Daniel Calméls porque junto a su perspectiva creo que es posible aunar y apostar a una pragmática vitalista, a una práctica de la ternura, a una poética que se expresa y trabaja (no desde las carencias o déficits, ni sobre las abundancias de capacidades o talentos) sino justamente en el despliegue de las posibilidades y potencias corporales que tiene cada sujeto, cada familia, cada comunidad; conjugando las dinámicas de los placeres, los deseos, las emociones y los afectos corporizados; constituyendo un lugar clave para pensar la socialización desde una ética feminista del cuidado, el reconocimiento y el respeto. Junto a su perspectiva y de la mano de los feminismos decimos, entonces, todos los cuerpos cuentan.
Por último, me asumo en un transfeminismo que practica la transformación sociocultural, repensando mi posición como psicomotricista junto al trabajo de cuidado y el sostenimiento de la vida, apostando desde la poética lúdica al bienestar corporal y efectivo de todas las infancias.
1. La interseccionalidad es el modo en que un tipo de discriminación interactúa con dos o más grupos de discriminación, creando una nueva situación. Busca comprender el modo en que la categoría de género se cruza con otras identidades y cómo los distintos cruces constituyen experiencias únicas de corporización, de opresión o privilegio.
2. Hay, no obstante, importantes avances en ese sentido, desde que algunas universidades argentinas –incluida la Universidad de Buenos Aires– han aceptado el uso del lenguaje inclusivo en producciones tanto escritas como orales.
3. Se denomina “cisgénero” a aquellas personas que se identifican con el género que se les asignó al nacer.
4. El término “crip” surge en el contexto anglosajón y proviene del diminutivo de la palabra cripple, que significa “tullido” en inglés. Al igual que lo sucedido con el vocablo queer (raro), el objetivo era escoger una denominación que había sido considerada en sus inicios de manera peyorativa para luego convertirla en un signo de orgullo por la diferencia (reapropiación y resignificación). Cabe aclarar que asumirse como crip no refiere a la adscripción de una identidad discapacitada sino a una posición ideológica y social que tiene como potencial el ser/hacer incluyente desde una ética que pugna por una vida digna y respetuosa de la diversidad.
5. Se denomina “capacitismo” a una forma de discriminación o prejuicio social contra las personas con discapacidad. Un ejemplo de ello es pensar las ciudades (el espacio urbano y los medios de transportes) únicamente desde la perspectiva masculina adulta, “automovilizada” y “capacitada” para desplazarse sin dificultades corporales. Desde otra concepción, se propone pensar las “diversidades funcionales” ligadas a la idea de dignidad, respeto y reconocimiento de las diferencias.
1. Leer corporizando la letra
Me propongo reflexionar sobre los modos en que la corporeidad se ve implicada en el acto de leer, sabiendo que la complejidad de dicho proceso merecería integrar otras relaciones, perspectivas y lecturas posibles.
Asumiendo tal recorte, me pregunto: ¿qué tipo de relación se establece entre el cuerpo del lector y el cuerpo del autor?, ¿qué lugar tienen nuestras propias escrituras corpóreas en el momento de leer?, ¿cómo se ponen en funcionamiento nuestra mirada y nuestra escucha para abrir legibilidad en lo escrito?, ¿cómo in-corporamos la corporeidad del otro de la enunciación?
Pensando en el lugar de las manifestaciones corporales:1 ¿es posible escuchar la voz del otro en el cuerpo de la letra? ¿Qué clase de indagación corpórea permite trascender lo literal de la letra?
¿Bajo qué condiciones un escrito puede transformarse en un texto?
¿Qué acciones y pasiones se manifiestan en el leer? ¿Qué vinculación tiene la lectura con los sabores, el placer y el hambre de significación?
Afectaciones
Leer no es una operación intelectual desprendida del cuerpo. Cuando leemos resonamos tónica, muscular y emocionalmente con lo leído. Nos afectamos, en el mejor de los casos. Asumimos una posición. Nos identificamos con lo dicho, lo rechazamos, lo valoramos –siempre– desde nuestras propias escrituras corpóreas. Leemos desde las voces y los textos que han tramado como soporte a nuestro cuerpo.
Efectuaciones
Leemos para que los otros nos escriban y nos ayuden a encontrar nuevas ideas, imágenes y sentires. Leemos y, cuando lo hacemos, lo escrito deviene en texto. Leemos y leer nos transforma, amplía nuestra mirada imaginante y nuestra escucha comprensiva. Leemos para construir significaciones más allá de lo literal. Leemos y abrimos la legibilidad de lo escrito desde el borde de lo que sabemos, imaginamos o pensamos construyendo nuevos espacios de significación.
Deseo
No hay una postura corporal ideal para leer. Leer implica una acción deseante. Se puede leer desde cualquier posición y contexto. Seguramente las condiciones ambientales de comodidad pueden facilitar la lectura, pero leer… leer se emparenta más con la necesidad que con la pedagogía de la postura y las posiciones, y, así, hasta de pie y apretujados, leer urge y se torna liberación.
Apertura
En el leer nos sentimos necesitados y eso arma una actitud de disponibilidad hacia los otros, una apertura, un compromiso cooperativo que termina de dar vida a un proyecto generativo.
Encuentro
Leer corporizando la letra es discontinuar mi propio decir para ir al encuentro de algo que está a punto de ser y me pone en suspenso. Sí, para leer tengo que suspender mis críticas y mis explicaciones, suspender lo mío, mío tallado en mis preconceptos, presentimientos y prejuicios (aunque las lecturas previas, incorporadas, sean las que me permitan contar con códigos de significación para poder leer). Ir al encuentro lector es dejar una zona abierta a lo otro, es hacer un espacio que dé hospedaje a lo tuyo extraño en lo mío. Leer encontrando una zona de proximidad en la sintaxis emigrada.
Indagación
Leer no es solo interpretar un escrito críticamente. Lectura crítica… como si fuera posible que ese texto construido estuviera por fuera o ajeno a mí. Tampoco se trata de una lectura devota, esa que toma un escrito como un objeto sagrado al que se le rinde culto de sumisión. Letra petrificada que deja de ser nómada y queda fijada como una estatua, ícono de significación.
Leer nos implica corporalmente en una tarea dedicada y nos compromete en su invención. Leer es una indagación –profana– de un texto. Cuando leo, ese escrito se dirige hacia mí y en ese tránsito se textualiza con mi cuerpo. ¿Qué viene a decirme ese escrito? ¿En qué me afecta? ¿Qué conceptos, ideas, imágenes, sensaciones, interrogantes despierta lo que dice? ¿Qué abre como acontecimiento inédito en mí? ¿De qué modo dice lo que me dice? ¿Qué dice en sus intersticios interpelándome?
Voces
Leer no es un acto perceptivo. No se trata de decodificar un código escrito a otro verbal-intelectual. Leemos y las palabras escritas susurran ideas, y la voz de otro se lee en el cuerpo de la letra, y la lengua nos toma por sorpresa y balbuceamos como si las palabras adquiridas necesitaran ser ritmadas de otras formas. En un enunciado puede haber múltiples2 voces, que se corresponden con puntos de vista diversos.
Transicional
Leer seriamente es hacer del texto un juguete. La experiencia lectora transcurre en un espacio y en un tiempo transicionales. Entre yo-lectora y otros-autores, entre lo interno y lo externo, entre lo que reconozco y lo que desconozco. No existe una única forma de leer sino modos particulares de leer. Leer es hacer texto. Leer “entre” es tomar cada palabra como si fuese un objeto que se puede lanzar, picar, estirar, encoger, transformar, inventar… no para borrar lo que el otro dice, sino para que lo escrito por el otro devenga en texto significante propio y provisorio para mí.
Acciones
Y, así, leer puede amalgamarse con otras acciones. Leer-correr para informarse, leer-saltar de párrafo en párrafo para encontrar algo, leer-soñar imaginando, leer-descansar para confirmar lo ya sabido, leer-conversar para contar con alguien, leer-picotear para endulzar los oídos, leer-arrojar para sacarse de encima ideas tormentosas, leer-bucear para profundizar en algo, leer-caer buscando un sostén, leer-viajar… viajar errante sobre las palabras, viajar sin amenazas por caminos inesperados, libre de absolutos y eternos saberes.
Pasiones
Leer apasionadamente (no solo con entusiasmo) es una aventura dionisíaca que nos potencia corporalmente. Leer sintiendo que el texto late en el cuerpo, aun sintiendo que se escapan líneas de significación.
Leer de forma obligada despotencia y mecaniza la lectura. La máquina de leer nos convierte en recitadores y nos garantiza su reproducción. Territorio sedentario en el que se asientan los cánones doctrinarios y disciplinadores del cuerpo.
Sabores
Leer con la lengua, lamer un texto –no con las yemas digitales que pasan las hojas–, sino leer comiendo las palabras. El placer por un texto nos hace devorantes de imágenes e ideas. Cualifica nuestros sabores y gustos lectores. Leer y saborear se unen en un acto, como si cada palabra se estacionara en la boca y se digiriera lentamente transformando lo incorporado en sentidos propios.
Leer corporizando la letra es leer con placer (un encuentro erótico con una lengua otra). Leer con placer y como encuentro que alimenta y me permite crecer. Leer, comer de la hoja, aunque sepamos que nos deja siempre hambrientos de significación.
Poder
En los textos también es posible analizar la distribución desigual de las competencias lectoras, que suponen un tipo de lector y no otro. Un párrafo extenso se dirige a un público más selecto que un texto organizado en párrafos breves. No solo el contenido del texto sino el tamaño de las letras, el uso de las itálicas, de las mayúsculas, etc., refieren a los aspectos simbólicos del diseño gráfico que tienen como intención orientar y “manipular” la recepción/lectura.
Leer en clave feminista
Es interpretarnos desde la propia experiencia como niñas, niños, niñes, mujeres, discapacitadas, discapacitados, migrantes, lesbianas, trans, trabajadoras, indígenas, afrodescendientes; como productoras de sentidos y de valor, en luchas comunitarias por la vida y los territorios, con particulares modalidades de interpretación que impone cada coyuntura, en contrahegemonía del poder patriarcal.
Leer en clave feminista es rodear al escrito con preguntas que permiten, con suerte e insistencia, que ese texto y nuestro propio cuerpo se abran un poco más.
1. Calméls (2019c: 17) señala que la presencia de las manifestaciones corporales son la prueba de la existencia del cuerpo. Es a partir del contacto, los sabores, la actitud postural, los gestos expresivos, la mirada, la escucha, la voz, la expresividad del rostro, las praxias, etc., como el cuerpo cobra existencia. Por ello afirma que “el cuerpo «es» en sus manifestaciones”.
2. Desde la perspectiva del análisis del discurso, la presencia de múltiples voces en el interior de un discurso es interpretada a la vez como una huella del fenómeno de heteroglosia descripto por Mijaíl Bajtín (2002) y como una huella de “la regulación de la formación discursiva” en la enunciación señalada por Michel Foucault (1980).
2. Escribir con la fuerza del cuerpo
Advertencia
En este texto la lectora o el lector no encontrarán reflexiones sobre cómo enseñar a escribir de manera alfabética. Tampoco encontrarán tips o fórmulas para estimular la escritura. No hay ejercicios morales de caligrafía para la “mala letra”, ni un camino correctivo para las disortografías del decir.
Menos aún se homologará el escribir al copiar, al registrar o al duplicar la palabra del otro.
También transmito mis precauciones para aquellos que quieran realizar un trabajo mono-gráfico. A ellas y ellos les digo: no hay un único camino, ni una única forma para el decir. Las citas no son formalidades sino lugares de hallazgo y de encuentro, por eso deben ser habilitadas, más que respetadas. No teman jugar y ensayar con las palabras: ese puede ser un potente camino académico que garantiza la pluri-grafía. “Existe una acción humana que une literalmente cuerpo y palabra: el acto de escribir” (Calméls, 2014: 20).
En este texto, mi intención es trabajar con los aspectos corporizantes de la escritura. Lo que el cuerpo impulsa para poder escribir, y lo que se inscribe corporalmente en el mismo acto del escribir.
Dice Marguerite Duras (1994: 26): “Uno se encarniza. No puede escribir sin la fuerza del cuerpo”.
… y la fuerza del cuerpo ¿se encuentra o se trabaja?, ¿se entrena o se asume?, ¿se impone o se juega?, ¿se quiere o se combate?, ¿escribir como si fuera un deporte?1
… y la fuerza del cuerpo ¿a qué fuerza cuando escribe?
Posición y palabra
Escribir no es solo comunicar ni expresar, sino elegir un modo particular de hacerlo. Dice Daniel Calméls (2013):
En esa búsqueda está, no solo lo que necesito decir, sino la forma que elijo para decirlo. Parafraseando a Jean-Paul Sartre, diría que uno no escribe porque tenga algo que decir, sino porque elige una forma de decirlo.2
Podríamos pensar, entonces, que al escribir elijo un modo particular de poner el cuerpo y la palabra, un modo de suspender algunas de las manifestaciones corporales y de potenciar otras. Un modo de posicionarme en el tiempo y en el espacio (toda posición es ideológica).
una mirada desde la alcantarilla
puede ser una visión del mundo
la rebelión consiste en mirar una rosa
hasta pulverizarse los ojos. (Pizarnik, 2001: 125)
Escribir, entonces, no es solo trabajar con las palabras sino con las imágenes. Hay que escribir pintando, esculpiendo, dándoles formas a aquellas palabras que como materia están a disposición para devenir en otra figuración. Las palabras están para ser combinadas de tal modo que adquieran movimiento, profundidad, color, espesura, ritmo, un nuevo orden.
Para ello, Calméls (2014: 100) dice que las experiencias corporales “son fuente de alimentación de las imágenes. Las vivencias primarias son material para nuestras metáforas verbales. El cuerpo siempre es reservorio”.
El trabajo de la escritura nos corre de la idea de genialidad artística. La escritura como un trabajo corporal “profano”, y no ya como inspiración divina, sagrada o suprema. De este modo, Calméls (2013) expresa: “La escritura no es idea que se exporta al papel, ni palabras que se importan del aire, sino trabajo original sobre el papel”.
Dudamos, tal vez por eso escribimos: “La escritura es lo desconocido. Antes de escribir no sabemos nada de lo que vamos a escribir” (Duras, 1994: 55).
Combatir las imposturas
Para escribir se necesita trascender la mecanización realista, desestabilizar los clichés habituales, los estereotipos, las imposturas. Hay que singularizar una sensación, subjetivar y tensar la palabra, autorizarse en un decir, hacer creíble un relato.
Trabajar la palabra necesita reescrituras, retrocesos y revueltas. Escribir no es solo contar una historia, sino que implica asumir una posición que se toma sobre ella. No se trata de decir “la verdad” sino de recrear la realidad, de instituir “verdades provisorias” desde la fuerza de la propia mirada y escucha.
La escritura no es una manera de explicar sino una forma de actuar y ponerse en acción.
La palabra como gesto
La riqueza de la vida se traduce por la riqueza de los gestos. Hay que aprender a considerar todo como un gesto: la longitud y la cesura de las frases, la puntuación, las respiraciones; también la elección de las palabras y la sucesión de los argumentos. (Nietzsche, 1844-1900)
Los gestos sutiles son quizá una de las mayores fuerzas de la escritura. Son los detalles-gestos los que le dan estilo al cuerpo del texto. Se trata no solo de palabras-detalles, sino de gestos-detalles, es decir, de un campo de expresividad que integra una particular mirada. Mirar entre la visión y la ceguera, como expresaría Calméls. Mirar, mirarse… focalizando búsquedas y dejándose sorprender con las distracciones. Expresar inscribiendo. Mirar con insistencias y con fugas que encuentran una nueva forma de ritmar para cada palabra.
Los gestos sutiles temporalizan las palabras. Hay que saber “dosificar el suspenso”, decía Roland Barthes (2011). Y en la sutileza las palabras pueden extenderse o encogerse, distanciarse o acercarse; pueden bordear los márgenes u ocupar el personaje principal del escenario textual.
Los gestos-palabras, sutiles, dicen y no dicen, se muestran por ocultación, esconden para seducir al lector. Tal vez por eso Marcel Proust (1971: 16) dijera: “Los libros hermosos están escritos en una especie de lengua extranjera”.
Soledad y mundo
Escribir es un momento intenso de intimidad. ¿Un refugio silencioso? ¿Una soledad necesaria para la apertura al mundo? ¿La soledad con alas?
Yo no sé de pájaros,
no conozco la historia del fuego.
Pero creo que mi soledad debería tener alas. (Pizarnik, 2001: 91)
Cuando se escribe se está solo, pero necesitado de otros. A veces, profundamente acompañado por los otros-textos que se han leído y que han dejado marca en quien los leyó. Se escribe no solo sobre el mundo sino desde el mundo corporizado y para el encuentro con otros cuerpos.
No es solo la escritura, lo escrito, también los gritos de las bestias de la noche, los de todos, los vuestros y los míos, los de los perros. Es la vulgaridad masificada, desesperante, de la sociedad. (Duras, 1994: 26)
En el texto escrito converge, por lo tanto, la historia del escribiente con parte de la historia de la humanidad. ¿La escritura como agenciamiento colectivo de enunciación? ¿Huella? ¿Signo móvil? ¿Sombra de mi sombra que se va empequeñeciendo hasta desaparecer?
No hay escritura que quede inmóvil. Una escritura está hecha justamente para entrar en otra escritura y perder en esa otra escritura parte de su origen, parte de su autor. Es decir, la huella perdió al autor. Quedó la huella. (Paín, 1997)
Escribir nos exige el esfuerzo de estar a la escucha de lo que sentimos, pensamos y/o valoramos en el mundo.
Herida y ausencia
Trabajar una materia con fuerza, fabricar o combinar palabras no es siempre darles preciosidad estilística, caligrafía estética, brillo sintáctico y belleza barroca a lo semántico.
Tampoco se trata del mito romántico que instala al escritor en un puro dolor, desgarramiento y/o desolación.
Pero si no es desde donde algo me falta y me duele, ¿para qué escribir? ¿Escribir es el lenguaje del ausente? ¿Para escribir hay que ser más fuerte que lo que se escribe?
La actividad creadora que requiere la producción de obras de arte tiene una función primordial en la constitución del sujeto, le permite poner a trabajar el dolor, darle una dimensión social, materializarlo… El objeto creado surge como resultado de una búsqueda, de una práctica en lucha contra el dolor y la alienación. (Calméls, 2013)
Se escribe y se lucha, entonces, con los aspectos saludables, con los que uno cuenta…
No forzosamente el escritor cuenta con una salud de hierro (se produciría en este caso la misma ambigüedad que con el atletismo), pero goza de una irresistible salud pequeñita producto de lo que ha visto y oído de las cosas demasiado grandes para él, demasiado fuertes para él, irrespirables, cuya sucesión le agota, y que le otorgan no obstante unos devenires que una salud de hierro y dominante haría imposibles… De lo que ha visto y oído, el escritor regresa con los ojos llorosos y los tímpanos perforados. (Deleuze, 2006: 14)
Escribir es de algún modo conectarse con el dolor y transformarlo. Duelar las palabras que no encuentro, tramitar las heridas, trabajar con los miedos, las incertidumbres, las broncas y las inseguridades. Cicatrizar.
Por eso escribir es arriesgarse, atreverse a decir, reinventarse corporalmente.
Lengua y estilo
Más que convención de la expresividad se trata de ser convincente con la expresividad de la palabra escrita. La lengua escrita, como sabemos, tradicional y arbitraria, instituye un orden social para el decir. Es el horizonte compartido por todos los hablantes. Los signos (palabras) se combinan conformando frases; sin embargo, eso solo no alcanza para constituirse como escritura. Escribir es lengua y estilo, texto y contexto.
El estilo refiere al cuerpo del escrito y del escritor en cuanto “expresión de su mitología personal”, al decir de Barthes (2011: 18). El estilo lucha contra la lengua (aun estando implicado en ella). El discurso escrito supone más que reglas gramaticales. “Es a través de las palabras, entre las palabras, que se ve y que se escucha” (Deleuze, 2006: 9).
¿Habrá que distanciarse de la ley instituida para encontrar el estilo instituyente? ¿Al escribir hay que separarse del camino protector: directo y convencional?
La dimensión discursiva se produce teniendo en cuenta su contexto de producción y de recepción –pero sin estar del todo sometido–; el estilo se torna subjetivo, creativo, revolucionario, “lengua extranjera” cuando se enlaza la creatividad con la sociedad.
… invención de una nueva lengua dentro de la lengua mediante la creación de sintaxis. “La única manera de defender la lengua es atacarla…” Cada escritor está obligado a hacerse su propia lengua. (Deleuze, 2006: 17)
El estilo, por su parte, expresa Calméls (2013), no está tanto en el talento sino en lo que falta y me sesga en su diferencia.
Asimismo, el estilo nunca es absolutamente personal ya que, al materializarse, está fuera de y, por lo tanto, se separa de algún modo del cuerpo del escritor.
Escribir con estilo es también dejar marcas personales sobre nuestra existencia sin la garantía de perpetuidad, ya que sabemos que el texto termina de conformarse en el cuerpo del lector.
No es desde la pura expresividad que se escribe con estilo, sino que desde la convención de la expresividad el estilo encuentra en la diferencia su modo particular de decir.
Voces y gritos
Un primer salto cualitativo en la historia de la escritura occidental se inicia con la invención del alfabeto griego (siglo IX a.C.), que proporciona un sistema de escritura fonético de enorme simplicidad. Con él llega de algún modo la “democratización de la cultura”. Preservación y expansión de conocimientos que multiplican las posibilidades del saber y el campo de la literatura.
En estos comienzos y hasta adentrada la Edad Media, la palabra escrita suponía un destinatario lector dispuesto a leer en “voz alta”. La letra en proximidad con el cuerpo del lector fue una de las primeras formas en las que las “letras mudas” pudieron encontrar voz. Los significantes sonoros se anticiparon a la construcción de significantes realizados por el ojo.
Cabe destacar que la escasez de soportes de escritura, añadido a que había muy pocas personas capacitadas para leer, creaba la necesidad de acudir a un cuerpo-soporte (el de un lector) que permitía la “multiplicación sonora de la letra”. De este modo, la voz del lector expandía la letra hacia los “oyentes del texto”.
Desde entonces y hasta bien avanzado el siglo XIX –cuando en Europa y en algunos países de América se implementó la educación primaria obligatoria–, el texto se escuchaba más de lo que se leía.
El escritor necesita encontrar una voz que pueda entonar las palabras escritas: suavizarlas, ritmarlas, silenciarlas, matizarlas o elevarlas si fuese necesario.
La textualidad femenina
Con “letra pequeña, prolija”, así me decían que tenía que escribir una niña…
Si las tachaduras y los borrones para la pedagogía disciplinaria siempre fueron motivo de sanción durante los aprendizajes escolares, en general, para todas las infancias, el cuaderno de una niña debía tener en particular aún más obligaciones y esforzarse por alcanzar el orden de “su apariencia”, bordar el nombre antes de practicar la firma (¿habré firmado alguna vez en el colegio?), la “buena forma” antes que jugarse con la propia palabra.
El refugio: los “diarios íntimos” ¿equivalente a la escritura autobiográfica en la literatura?
Las autobiografías, la poesía y las correspondencias fueron los lugares remanentes habilitados a lo largo de la historia para la textualidad femenina. Producciones reguladas donde prima lo íntimo, los afectos y la sensibilidad (siempre al servicio del otro).
En el ámbito literario, como en el arte en general, las mujeres han sido relegadas o reducidas a menciones parciales. Muchas veces tuvieron que recurrir a seudónimos, escribir de manera anónima, y por ello resignarse a ser personajes secundarios entre sus pares, los escritores varones.
Esconderse bajo el seudónimo masculino3 fue la estrategia encontrada por numerosas mujeres para proteger su vida personal y encontrar un lugar de “libertad de expresión”, desmarcadas de los usos y cánones de la época y el machismo. Una vez más, la postergación individual en función de lo público.
Sabemos que el poder androcéntrico y el sueño lineal colonizador han cercenado la lengua femenina, construyendo visiones del mundo desde la perspectiva masculina. Las estrategias de producción de verdad, las supuestas objetividades cientificistas, contienen fuertes estereotipos sexistas en los que es posible leer los hábitos de la virilidad, el paternalismo y la hegemonía.
La escritura es otro modo de problematizar la esfera de lo íntimo y de lo público, de lo inédito y de lo editado.
La escritura-autonomía implica una reinterpretación de los significados sociales de nuestro cuerpo como si pudiéramos expresar “dejen ya de escribir la historia por mí”.
Ritmo y devenir
Escribir es proceso, un medio, un entre, un devenir que excede lo realmente vivido, como lo expresa también Gilles Deleuze (2006: 12):
Escribir es un asunto de devenir, siempre inacabado, siempre en curso, y que desborda cualquier materia vivible o vivida. Es un proceso, es decir un paso de vida que atraviesa lo vivible y lo vivido. La escritura es inseparable del devenir.
Escribir, por lo tanto, tampoco es un estado. Escribir es pulsar, transcurrir, respirar, musicalizar, ritmar palabras, devenir en texto.
La posición desde donde se mira el mundo, la actitud postural que dispone a la escucha, la mano que traza las letras, los gestos sutiles que calman las heridas; las voces, los silencios y los gritos que se enuncian; la lengua y el estilo que se enlazan; el ritmo, las respiraciones y las intensidades encarnadas genéricamente en el texto nos advierten que “no se puede escribir sin la fuerza del cuerpo” (Duras, 1994: 26).
1. Gilles Deleuze (2006: 12) recuerda que, para el poeta Henri Michaux, el escritor “es un deportista en la cama”. Tal vez por eso la escritura se complejiza cada vez más a medida que se escribe pero, a diferencia del atleta, su “alto rendimiento” se encuentra en el mayor de los reposos.
2. Para más información al respecto, ver la entrevista realizada a Daniel Calméls (2013) en la revista digital Evaristo Cultural que lleva por título “Escribir con la fuerza del cuerpo”.
3. Algunas, entre muchas, de las que tuvieron que recurrir a un seudónimo masculino fueron las británicas Charlotte Brontë (“Currel Bell”, 1816-1855), Mary Ann Evans (“George Sand”, 1819-1880) y Anne Brontë (“Acton Bell”, 1820-1949), la española Clara Campoamor (“C. Campoamor”, “Clamor”, 1888-1972), las francesas Amantine Dupin (“George Eliot”, 1804-1876) y Sidonie Gabrielle Colette (quien publicó sus primeras obras bajo el nombre de su marido Henry Gauthier Villars o “Willy”; 1873-1954). En la Argentina, podemos mencionar a Emma de la Barra (“César Duayén”, 1860-1947) y a la poeta Olga Orozco (1920-1999), quien utilizó al menos ocho seudónimos masculinos en sus contribuciones periodísticas a la revista Claudia.
3. La “regulación” de las emociones: una posible lectura sobre las dimensiones del poder*
Pre-texto
Advierto a las lectoras y los lectores que este capítulo es un texto borrador que contiene más preguntas que certezas, que está escrito en lápiz (aunque ustedes lo lean en un ordenador o en una pantalla o lo tengan impreso ante sus ojos); que intenta problematizar, más que convencer o determinar, lo que es o se “debería” hacer; que procura –si fuera posible– escuchar más que decir, que contiene incluso mis propias emocionalidades y posicionamientos teóricos e ideológicos sobre el tema que me propongo desarrollar. Es decir, este escrito cuenta con mi conciencia histórica de las circunstancias actuales (situadas geográficamente en la ciudad de Buenos Aires, perteneciendo al colectivo de las psicomotricidades del sur de las Américas, sabiendo incluso que hay diversas psicomotricidades dentro de mi país) y mi interés profesional, académico y político sobre los cuerpos de las infancias subalternizadas.1
No contiene consejos, ni guías prácticas, ni ejercicios para aprender a “regular las emociones” en miras de conseguir “habilidades sociales”, sino que, muy por el contrario, intento reflexionar sobre cómo nuestros propios discursos y observaciones no son descripciones “neutrales”, sino que portan significaciones impregnadas de valorización, por más distanciamientos operativos que intentemos realizar.
Este texto fue escrito para el cierre del seminario del Grupo de Estudio Ornitorrinco en 2018, un grupo de estudio que coordinamos, desde hace más de nueve años, junto con mi compañero –el poeta, escritor y psicomotricista Daniel Calméls–, en el encuentro con colegas, amigas y amigos. Durante 2018 nuestro tema de estudio fue la emoción. Releímos y nos encontramos con textos y autores clásicos2 tratando de aproximarnos a sus líneas argumentales, desde la especificidad disciplinar y el contexto de producción de cada escrito, siendo conscientes de no haber abarcado el tema en su totalidad.
El objetivo en particular de este texto no será transmitirles la síntesis de lo estudiado, sino intentar leer entre líneas la dimensión del poder, esas marcas discursivas que se expresan de manera subterránea en los discursos y las perspectivas teóricas desde las cuales se estudia en este caso la emoción (incluida, por supuesto, la psicomotricidad). Me refiero al poder en el sentido que Foucault lo utiliza, en cuanto regla, prohibición, ley, pero también como potencia: lo que impulsa no solo a hacer sino a interactuar.
¿Cómo se ejerce el poder desde los discursos hacia los cuerpos y sus emocionalidades?
¿Cómo nominan, aprecian, describen, juzgan los diversos discursos las emociones?
¿Cómo se constituye la emoción como objeto de discurso?
¿Cómo percibir la micropolítica3 de las emociones? ¿Será posible revisar lo que decimos y reproducimos desde nuestras teorías y prácticas en psicomotricidad?
El tono con el que leemos las emociones
El conocimiento nunca es neutral, sino inherente a una ideología y a un contexto sociohistórico de producción. Todo saber/poder produce verdades culturales; algunas llegan a materializarse en prácticas y otras no: en cuanto son capaces de producir la realidad que enuncian, cobran una dimensión performativa, es decir, crean a partir de lo que dicen la realidad que enuncian.
Uno de los desafíos de los feminismos ha sido justamente cuestionar los “metarrelatos” de lo “universal” y “trascendente”, que funcionan como garantes de la ficción de un “saber verdadero y puro”. Sobre esa máscara de imparcialidad, está la visión hegemónica occidental y masculinizada que, junto a sus censuras, prejuicios y estereotipos opera en la universalización del sentido.
Desde estas concepciones se producen las categorizaciones que designan los criterios de identificación/diferencia, pertenencia/exclusión, prestigio/disvalor, capacidad/discapacidad.
¿Qué emocionalidades crea el colonialismo?
Pareciera que la emoción continúa presente en nuestro imaginario, junto a los impulsos y la irracionalidad del “pensamiento salvaje”. La portan las indias y los indios, las niñas y los niños, las mujeres, los trans, las personas pobres, negras, discapacitadas, los animales… De las diversas y complejas emociones, la estrategia colonizadora intenta domesticar en particular la ira: la pulsión agresiva, las “energías instintivas del ello”, la que fácilmente se desliza como desobediencia o falta de acatamiento.
Los pueblos originarios4 son derivados, desde un afán inclusivo, al “origen”, y así portan desde la mirada occidental un estatus residual que los confina a la etapa “infantil” de la humanidad. Del mismo modo, en función de la edad las infancias (y mucho más las que tienen una diversidad funcional o sexo-genérica) parecieran ser interpretadas por la “primitividad” de sus expresiones en cuanto requieren un tiempo para alcanzar una racionalización cerebral “más elevada” de la evolución de las funciones “superiores”5 del lenguaje, de las funciones yoicas y “superyoicas”, para poder “gobernar” las manifestaciones emocionales.
¿La sensibilidad griega tiene el mismo estatus que la amerindia? ¿Qué “pretensiones de verdad” portan los mitos-saberes griegos a diferencia de los mitos-creencias indígenas?
En la perspectiva amerindia6 los animales eran humanos y dejaron de serlo a partir de su evolución. Nuestra mitología pareciera haberse construido al revés: ¿algunos seres son más animales que otros? ¿Más culturizados? Conocemos muy bien la estrategia política civilizatoria, las “desapariciones” y los múltiples intentos por acallar la emocionalidad del rebelde, del desobediente, del transgresor…
Cabe destacar que los rasgos con que se elige representar al “indisciplinado” interesan no porque esas representaciones sean verdaderas o falsas, sino por la necesidad de instalar en el imaginario social esta idea, lo que equivaldría a reforzar su lugar de creencia (Oliven, 1999), cimiento de la tradición y construcción del “sentido común”.
¿La emoción se vive de igual modo en función de la clase, la raza, el género, la diversidad funcional?
Tanto la idea de raza como la de género fueron al mismo tiempo constructos coloniales para racializar y generizar a las sociedades sometidas. Según feministas africanas e indigenistas, antes del contacto con la colonización no existía en las sociedades yorubas ni en los pueblos indígenas de América del Norte un principio organizador parecido al del género en Occidente. Las mujeres tenían acceso igualitario al poder público y simbólico y sus economías se basaban en principios de reciprocidad. Asimismo, estas sociedades reconocían más de dos géneros y daban lugar a diversas expresiones de la sexualidad (Mendoza, 2010).
La emoción históricamente individualizada ha sido refinada y romantizada por la sensibilidad burguesa: el amor cortés, el amor maternal y la labor feminizada y reproductiva del mundo de los afectos.
Ochy Curiel (en Curiel y Galindo, 2015: 18) se pregunta si son mujeres las mujeres negras, pobres e indígenas de hoy, que aún siguen siendo producidas por la colonialidad: ¿en qué sentido lo son y en cuáles no? ¿Cuál es la relación entre patriarcado y colonialismo? Esta pregunta nos invita a comprender tanto el carácter estructural y sistémico de las opresiones como su vinculación de continuidad y discontinuidad con el pensamiento colonial.7
¿Cuáles son las manifestaciones de la neocolonialidad? ¿La domesticación tiene hoy rostro de femicidio, tráfico de mujeres pobres, turismo sexual, abuso sexual infantil?
¿Cómo se gestan las “diferencias” desde las emociones?
Si pensamos en el llanto de un bebé –como una de las emociones más originales de lo humano– y en sus modos de resolución tónica, podemos inferir que ahí ya comienza a organizarse una tonicidad diferenciada en función del género y de las representaciones, los símbolos y las acciones que se inscriben sobre ella.
El llanto no es solo una representación de un malestar. Presenta diferentes significaciones, de acuerdo con los motivos que lo provocan y las diferentes valoraciones y sentidos en función del género, la edad y el contexto social y epocal en el que se expresa. Por eso podemos decir que se trata de una acción social que se expresa en comunidad, pero que contiene aspectos tanto humanos como no humanos (ligados a la sacralidad, por ejemplo).
Los múltiples matices del llanto (llorar por alegría, por dolor, por tristeza, por ofensa, por injusticia, por bronca, pero también como acto de purificación, como un lujo, como sanación o como estado de gracia) se abren como posibilidad etnográfica cuando optamos por pensarlo desde las perspectivas nativas, relacionales y situadas8 (Viotti, 2017).
Sin embargo, muchos estereotipos comienzan operando desde una tendencia hegemónica generizada sobre la tonicidad y las emociones. El hecho de que las niñas sean más emotivas, más blanditas, más receptivas o más tranquilas que los niños varones no es consecuencia ni del carácter natural de las emociones, ni de sus condiciones innatas, sino de las convenciones sociales y culturales, que moldean los comportamientos esperables para cada género.
Las normas de género se nos “asignan”, contienen una dimensión ideal, pero es en el proceso de corporización que esas reglas se reinterpretan performativamente (Butler, 2007). Esta relectura (que nunca es exacta) puede expresarse en modos hiperbólicos o discrepantes de género,9 que disputan la hegemonía de los discursos institucionales, incluidos los parentales.
La “rebelión” de los cuerpos de las mujeres, abierta a nuevas reapropiaciones y formas de aparición identitarias, hace que ellas corran siempre el riesgo de ser maltratadas, patologizadas y criminalizadas.
¿Qué sucede con las emocionalidades del raro, el discapacitado, el diferente? 10
Lo extraño, lo raro, lo torcido, sea por saturación o por exceso, no es solo el comienzo del ocaso de los normales, sino que también podría ser un modo particular de crítica política y de resistencia frente a las normas, opresivamente respetables, relativas al género y la sexualidad.
También las niñas, los niños y les niñes que recibimos en consulta psicomotriz mayoritariamente se escapan de las normas. Sus cuerpos no son ni tan “dóciles” ni tan fáciles de “domesticar”. Suelen indisciplinarse, rebelarse, transgredir, estar “fuera de lugar y de tiempo normativo”.
Así como Judith Butler (2007) nos permitió visibilizar que las disidencias sexo-genéricas y las sexualidades “no normativas” pagan un alto precio para con-vivir en el sistema de la “heterosexualidad obligatoria”, la teoría crip impulsada por Robert McRuer (2006) señala también que existe una “capacidad o integridad corporal que se supone obligatoria. La mirada “capacitista” entiende que se nace con todas las capacidades, que lo “natural” son las capacidades y aquellas subjetividades que, por algún motivo o circunstancia no la tienen, son marginadas, estigmatizadas o in-capacitadas por su condición de dis-capacidad.
Desde esta perspectiva, las personas que no pueden acceder a los “estándares de capacidad exigidos” deberán rehabilitarse, estimularse (y pagar) para poder conseguir adaptar o recuperar algo de su “funcionalidad deficitaria”. El capacitismo se sustenta en una visión medicalizada del cuerpo normal y en una ética que devalúa la diferencia, pues cuantas menos capacidades tenga alguien, más restringidas serán sus posibilidades de decir, elegir y manifestarse con libertad.
En el sistema capitalista, la mirada “capacitista” se redefine desde un marcado interés en regular el campo de la sexualidad y la genitalidad pues, al “producir menos”, estas personas deben también “reproducirse menos”. La “infantilización” de la discapacidad o su contrapartida –el “impulso sexual desenfrenado”– han sido las ficciones propuestas para construir sobre estas sexualidades una des-erótica de sus cuerpos.
¿La emoción evoluciona?
¿Las infancias comparten la herencia común subcortical con los mamíferos? Perdura en ciertos discursos educativos, terapéuticos y clínicos la perspectiva evolucionista de la emoción, sea considerada como un patrón filogenético que se ha ido complejizando con su sociabilización, como cuando se la piensa solo vinculada a etapas que alcanzan su desarrollo “ideal” con la edad avanzada. La relación naturaleza-cultura es desde esta perspectiva una relación de continuidad progresiva; así, el esquema evolucionista interpreta que en “grado creciente” se accede a la cultura.
El método comparativo se instaura desde aquí tanto en su aspecto diacrónico (corte vertical) que determina etapas evolutivas como en su aspecto sincrónico (corte horizontal), que permite analizar las diversas sociedades o instituciones sociales que se encuentra en el mismo “estadio evolutivo”.11
Si bien es cierto que un bebé no se expresa emocionalmente de igual modo que una niña o niño de dos años, ni estos igual que una o uno de diez, habría que revisar ciertos términos que desvalorizan lo que cada edad contiene como potencia.
La lógica del “evolucionismo” se encuentra vigente en ciertas conceptualizaciones que designan la emoción como lo prelógico, lo preverbal, lo inmaduro, lo primitivo; perspectivas que se refuerzan de la mano del patriarcado colonial que mira desde lo alto del adultocentrismo12 y el logocentrismo.
Podemos pensar que tanto las mujeres como niñas, niños y niñes (entre otras minorías) se enuncian desde los denominados “grupos silenciados”, cuyas voces quedan amortiguadas en las estructuras de dominio y que para expresarse se ven obligades a recurrir a los modos de expresión de las ideologías dominantes (Ardener, 1975; Moore, 2009).
¿Es posible leer las emociones sin un principio de ordenamiento jerárquico y excluyente?
Pareciera que las “epistemologías de las emociones” no llegan a tener el poder de la “racionalidad científica occidental”. Guiarnos por el plano de los deseos, de las creencias, de los afectos e intuiciones se contrapone aún con la pretensión objetivista que busca des-animar, des-subjetivar, des-corporizar, tanto como sea posible, para evitar “distorsiones” en el proceso de conocimiento.
Cabe destacar que el desconocimiento y la violencia jerárquica no son mecanismos privativos de la mirada eurocéntrica sobre los indios, sino que perviven como mecanismo inconsciente ante lo otro que queremos “dominar” o “conquistar”. Las violencias epistemológicas son ese proyecto de orquestación remota y de largo alcance que ha constituido al sujeto colonial como Otro (Spivak, 2011: 14).
¿Cuál es el sentido de “regular” las emociones?
¿Qué sucede cuando las emociones de sufrimiento se gestan como regularidad en el cuerpo?
Junto a la imposibilidad de acallar las emociones, aparece la necesidad permanente de “ordenarlas” y “normatizarlas”. La medicalización y las “pedagogías del disciplinamiento” han buscado no solo calmar, sino anestesiar y “regular” panópticamente los cuerpos.
Otra forma donde operan afectivamente las “regulaciones” son los habitus13 (Bourdieu, 2002), las regulaciones en el cuerpo (Calméls, 2009c), eso que les permite a los bebés y a niñas o niños pequeños desde temprano ir armado, gracias a otro cuerpo (que cumpla las funciones de crianza), constantes espacio-temporales securizantes. Matrices de referencia que les permiten confiar que tras el llanto o el dolor alguien va acudir para calmarlas o calmarlos. Emocionalidades ritmadas que van armando los primeros códigos corporales afectivos de comunicación, cimientos de la continuidad existencial (Winnicott, 1975) y seguridad afectiva.
Las disposiciones duraderas, afectivas y securizantes, in-corporadas durante los primeros años de la vida, integran los sistemas simbólicos mediante las prácticas de crianza, de acuerdo con las variantes estructurales del habitus del grupo primario al cual pertencen.
Es en una situación de encuentro-placer-alegría donde nace la capacidad de confiar en los otros. Sus contrapartidas, la crueldad y la violencia, producen diversas formas de descorporización y sufrimiento. Si el otro deja de ser confiable; si las tensiones, las irregularidades y el desencuentro se incorporan como constante en los primeros tiempos de vida, los caminos hacia el “repliegue” o la salida hacia el “desborde” se convierten en casi el único camino defensivo. El miedo y la irritabilidad se manifiestan tempranamente a modo de respuestas de autoprotección frente a un contexto vivido como hostil o inseguro.
Las dificultades en el armado de rutinas securizantes se manifiestan para muchas niñas y niños pequeños como dificultades en la regulación del sueño y la alimentación.
Me interesa subrayar que las emociones, si se regulan directivamente, provocan la mayoría de las veces respuestas mecánicas o reactivas; si, por el contrario, se construyen en diálogo afectivo con otros cuerpos, permiten la corporización, y con ello la regulación efectiva y afectiva de otras funciones.
¿Qué emocionalidades crea el capitalismo?
“Las nuevas tecnologías van en sintonía con la descorporización de las emociones” (Calméls, 2013). Emoticones que traducen nuestros estados de ánimo. Caras sin rostros. Dispositivos que obligan a posar y mostrar lo “feliz”, lo “exitoso”, lo “popular”, lo “bello” de un individuo mercantilizado, “fotoshopeado”, banalizado.
El capitalismo, de la mano del espectáculo y el consumo, renueva y crea nuevas lógicas de expulsiones: no hay lugar comercial para proyectar emociones hambrientas, vulnerables, contradictorias, dolorosas, envejecidas, deterioradas, carentes o defectuosas.14 Pero esas emociones “subterráneas” que no deben salir a la luz permanecen en nuestros cuerpos, tapadas, disfrazadas y/o naturalizadas, cuando no diagnosticadas y medicalizadas.
Las estrategias globales apuntan a oprimir las emociones sin poder sublevarnos, porque el opresor ya se ha descorporizado: se ha transformado en un sistema complejo y perverso que combina personas, redes, máquinas, sin un centro tangible y visible. ¿A quién reclamar? ¿Contra quién enojarnos?
Por otra parte, podemos preguntarnos si no existen psicomotricidades ligadas a ciertas “corporaciones”: esas que venden y consumen emocionalidades, solidarias con el neoliberalismo que promueve técnicas de autocontrol, fortalecimiento de la autoestima, métodos de autorregulación personal y desarrollo de las competencias emocionales.
Las emociones para el capitalismo se entrenan, se ejercitan, se controlan, se evalúan. Sin duda, estas propuestas apuntan no solo a regular sino a hacer responsable al individuo, niña, niño, familia de lo que siente y vive sin preguntarse por las causas, sus condiciones materiales, su historia afectiva y las maneras en que los cuerpos viven y expresan su relación afectiva con otros cuerpos.
Las técnicas “globales” de relajación que en muchas escuelas se intentan promover subtienden los siguientes propósitos:
Tranquilizar a los cuerpos.
Ablandar tensiones deseantes.
Anestesiar sensibilidades.
Restringir necesidades de movimientos.
Silenciar los gestos expresivos.
Controlar acciones y pasiones.
En cambio, desde la psicomotricidad y el mapeo corporal propuesto por Calméls, nos interesa pensarnos en dispositivos de trabajo que integren procesos de relajación-acción, en función de potenciar la producción de las corporeidades y sus libertades.
Nos sentimos cerca de las intranquilas y los intranquilos, quienes, aun encontrando la calma, pueden conservar su rebeldía deseante y creativa.
El cuerpo y el poder de las emociones
Sabemos que donde existe opresión también existen respuestas contrahegemónicas, que cuando el placer encuentra alianza con el poder se motorizan las manifestaciones del cuerpo. ¿Qué espacios de fuga y deriva creativa encuentra la emoción?
¿Cómo se entreteje la emoción y el poder de manera positiva?
Spinoza, Deleuze, Guattari, Calméls nos advierten que las potencias colectivas se tejen en un juego dominado por una determinación recíproca (plano de inmanencia), no reglado de antemano por una lógica simbólica, sino deseante o constituyente. Tejen comunidad.
Retomando la filosofía spinoziana, el afecto no es solo un sentimiento sino la potencia corporal que impulsa a actuar e interactuar. La “ética de la alegría” se corresponde con la posibilidad y la potencia que tiene ese afecto en cuanto expande nuestras capacidades y posibilidades de encuentro afectivo con otros, y por lo tanto tiene un carácter transformador de nuestra existencia.
Por ello, la “emoción afectada” (Calméls, 2019c) se potencia en espacios compartidos, cuando se encuentra entre cuerpos: jugando, pintando, cantando, bailando e incluso protestando. Puede devenir-ser revolucionaria cuando los cuerpos pulsionales se encuentran congregados, apropiándose de las calles y de las plazas. En la fiesta y el carnaval, en las marchas y luchas populares, en las asambleas barriales y en los grupos que se aúpan mutuamente para existir.
Pienso-siento la existencia esperanzadora, de una emoción que se manifiesta en comunidad. En la energética vitalidad del acuerpamiento. Viviéndola colectivamente como el lenguaje y producción de lo común. Latiendo con otros cuerpos que gritan, lloran, ríen… una emoción que se expresa en la reunión. Esa emoción no me pertenece solo a mí, ni solo depende de mí, sino que es por el otro que la reconozco y cobra existencia.
La emoción nos dignifica cuando no es un hecho aislado, una respuesta individual, sino cuando me emociono por y con el otro, cuando me emociono de otro emocionado. (Calméls, 2020: 48)
Reducir la emoción a lo visceral o pulsional-orgánico le quita vitalidad al concepto. Desde Darwin en adelante sabemos que las emociones son algo en común que tenemos con otras especies; sin embargo, en los seres humanos constituyen parte esencial de la vida relacional, pues mediatizan el juego social, la interacción: “La respuesta frente al hecho emocional convierte al gesto emotivo en una relación sentida” (Calméls, 2020: 48).
Nacemos con la capacidad de producir emociones, que tienen un sustrato tónico muscular (Wallon, 1965). Pero, señala Calméls (2020), no nacemos con afectos; estos se gestan en la relación, y por ello en la medida en que se viven a través de las diversas manifestaciones corporales se expresan como “emocionalidades afectadas”.
Cuando las emociones entran en la dimensión del afecto (Calméls, 2020) se expresan de forma plural y corporeizada. Tienen efecto en lo social y lo social les da sentido. Toman la voz, la actitud postural, el gesto, el rostro, la forma en que contactamos y temblamos.
El desafío es tratar de comprenderlas en sus propios términos expresivos, en su identidad histórica y cultural e incluso en su particular cosmología. La emoción de un bebé, desde sus propios códigos comunicacionales, sin pretender adultizarlos. La emoción de una familia, junto a sus propias configuraciones, sin moralizar sus manifestaciones. La emoción de un ritual, sin teatralizar o ridiculizar lo exótico.
Por ello es necesario advertir la necesidad de que sean enunciadas como emocionalidades “situadas” en una experiencia, en una edad, en una problemática corporal, en una familia, en un grupo, en una geografía, en una cultura. El peligro es leerlas siempre desde nuestros propios códigos y sistemas de creencias, creyéndonos “neutrales” de emocionalidad.
Sí, nuestra perspectiva profesional contiene creencias y racionalidades consensuadas y legitimadas por el propio colectivo. Es importante, por lo tanto, revisar la problemática del “poder” que se nos atribuye, no solo como condición transferencial necesaria para cualquier proceso terapéutico, sino en su dimensión política, porque el “especialismo” no es más que una emocionalidad opresiva frente al otro (muy distinto es ser un especialista que “habilita al otro para…”) (Calméls, 2001).
Por otro lado, considero que si las emociones se reducen a lo orgánico, los sentimientos parecieran ser una construcción de la psique. Sin embargo, podríamos pensar no solo en términos evolutivos o dicotómicos. Complejizar sus relaciones, valorando lo corporal15 como aquello que permite integrar las emociones y los sentimientos en un devenir culturalmente codificado, nombrado, que perdura en el tiempo. El placer o el displacer dejan marca afectiva no solo en el psiquismo sino en la memoria del cuerpo.
Tal vez, incluso, las emociones nos encuentren a nosotros mismos en esa “entre-indeterminación” mucho más compleja que la que soñaban nuestros binarismos naturaleza-cultura. La dialectización walloniana elucidó el modo de pensarlas sin caer en reduccionismos biológicos.
Advierto que los cambios y las transformaciones no se dan por evolución, sino la mayoría de las veces por saltos cualitativos, acontecimientos.
¿Serán las “emocionalidades afectadas” (Calméls) las que cobran centralidad en la práctica psicomotriz?
Creo que la instancia relacional de las emociones es la que nos sigue convocando a las y los psicomotricistas, para sentir-nos en las maneras que tenemos de enunciarlas, colorearlas y habilitarlas –en nuestras conceptualizaciones y prácticas, como una instancia ética imprescindible– que nos permite posicionarnos junto a la otredad, para habilitar desde las infancias la construcción autónoma de las identidades corporales subjetivas/colectivas.
Las alternativas desde donde buscamos promover el “bienestar corporal” no pueden desconocer los modos en que los contextos producen deshumanización a través de las emociones ligadas a la excitación, el estrés, el aislamiento, la agresión y el miedo.
* Este texto se publicó en la revista Entrelíneas. Revista especializada en psicomotricidad, núm. 43, 2019.
1. La subalternidad (Spivak, 2013) es una condición de subordinación, sea esta generada por clase, género, etnia, edad, discapacidad o cualquier otra forma de opresión “cuya identidad es la diferencia”. La autora explica que el sujeto subalterno es hablado por el discurso dominante y esto es lo que le quita posibilidad de pensar con autonomía crítica. Solo transgrediendo su lugar asignado es posible que el sujeto subalterno pueda ejercer su poder epistemológico. Sin embargo, es importante señalar que quizá desde determinadas posiciones no se entienda el lenguaje subalterno, pero esto no quiere decir que ellos no hablen. Mientras no se los escucha, de todas formas, ellos se expresan. Sin duda, desde antes de nacer un bebé es anticipado por el discurso parental-cultural como condición posible de subjetivación, pero esto no quiere decir que el bebé no cuente, en el proceso de corporización, con formas expresivas e identitarias de subjetivación propia, que le permiten interactuar con los otros desde su identidad en formación. La crítica feminista y la poscolonial confluyen en la percepción de una analogía entre la posición subalternada de la mujer y de cualquier otro grupo colonizado/subalternizado.
2. Los autores trabajados fueron Charles Darwin, René Spitz, Lev Vygotski, António Damásio, Baruch Spinoza, Tran-Thong, y cerramos con Henri Wallon, teórico de referencia y de enorme vigencia cuando se trata de pensar las relaciones recíprocas del tono muscular y la emoción. La perspectiva walloniana de la emoción señala que esta tiene una raíz biológica, pero que se constituye gracias al intercambio social.
3. Concepto elaborado por Gilles Deleuze y Félix Guattari (1997) a partir de la reelaboración conceptual del término “biopolítica” de Michel Foucault (1976b).
4. El término “pueblo originario”, según Silvia Rivera Cusicanqui (2014: 60), “afirma y reconoce, pero a la vez invisibiliza y excluye a la gran mayoría de la población aymara o qhitchwahablante del subtrópico”. Según esta autora, se trata de “un término apropiado a la estrategia de desconocer a las poblaciones indígenas en su condición de mayoría, y de negar su potencial vocación hegemónica y capacidad de efecto estatal”.
5. Cabe destacar que, para las neurociencias, las emociones no se ubican solo a nivel subcortical. La información emocional se procesa en dos vías neurocognitivas diferentes, aunque interrelacionadas entre sí. En la vía implícita o mecanismo amigdalino la información va directamente desde el tálamo hasta la amígdala (sin pasar por la corteza cerebral). En la vía explícita o mecanismo hipocámpico la información sigue el camino cortical; va desde los centros de relevo hasta la corteza occipital y parietal (información visoespacial), a zonas temporales (información verbal) y parietales (información somática), teniendo al hipocampo, en el sistema límbico, como integrador del recuerdo (Burín, 2002: 26).
6. Para más información, véanse las reflexiones de Eduardo Viveiros de Castro (2013).
7. “En ese sentido, el feminismo decolonial es una apuesta que desestructura el supuesto sujeto del feminismo hegemónico institucionalizado y esencialista, al complejizar y situar una práctica política no solo basada en el género, sino también en la raza, la sexualidad, la clase, la geopolítica, etc., siempre situando las opresiones en una historia crítica que permita entender cómo estas se construyeron de forma imbricada desde las experiencias coloniales” (Curiel, en Curiel y Galindo, 2015: 22).
8. Pienso aquí en los espacios de formación corporal, en la relajación o en los momentos de “puesta en común” donde algunas y algunos estudiantes “lloran” o se emocionan al recordar parte de su historia corporal, o quienes tratan de contener el llanto, de no mostrarse llorando (los varones tal vez asumen más esta modalidad), o incluso reconociéndolo como instancia familiar y poco controlable: “Ya sabía que si empezaba a hablar me iba a inundar el llanto”, manifestaba en una ocasión una estudiante angustiada. Las discusiones entre lo íntimo/privado en estos espacios considerados formativos y la pregunta sobre las posibilidades terapéuticas o transformativas siguen siempre abiertas en los espacios de supervisión. Si bien en lo personal no adhiero a la idea de promover instancias que busquen provocar o sugerir emociones, me pregunto si el imaginario psicomotor en torno a la búsqueda del “equilibrio”, de la “armonía”, de “estar en eje”, del contactar con “el interior” no perdura como creencia significativa en estos dispositivos, y si la sacralidad en torno a ciertos conceptos como el “eje del cuerpo” (estar en para ir hacia), o la idea freudiana de la pulsión energética del movimiento, la “fluctuación tónica” o la sensibilidad no portan un plus por fuera del cuerpo como locus de enunciación. Sería conveniente que ciertos conceptos “sacralizados” puedan ser reconocidos con sus efectos y regímenes de producción de verdad.
9. El movimiento feminista de la década de 1970 ha puesto en visibilidad la constante explotación que supone el trabajo reproductivo no remunerado de las mujeres, cimiento de la estructura económica y social capitalista. La revuelta hacia este tipo de trabajo y la salida al mundo de la producción no han terminado de resolver la devaluación existente de la posición social de las mujeres (Federici, 2018b).
10. Sabemos que, para el patriarcado y el capitalismo, el colectivo trans atenta contra las lógicas tradicionales de la familia nuclear y la reproducción biológica de la especie; lo otro –“ambiguo”, “liminal”– es considerado peligroso, pasible de ser expulsado, abyectado.
11. El modelo evolucionista entra en crisis ante la imposibilidad de explicar las dinámicas de las transformaciones, lo que supone dejar de seguir pensando la historia de un modo lineal. Por el contrario, supone poder concebirla como un proceso de tipo “multilineal”, cuya estructura es dialógica. Entre el período de entreguerras las escuelas antropológicas comienzan a utilizar el término “diversidad” en reemplazo del de “diferencia”. La teoría funcionalista de Bronislaw Malinowsky y la teoría estructuralista de Claude Lévi-Strauss son decisivas para pensar de otro modo la “otredad”. La relación naturaleza-cultura, desde el estructuralismo, comienza a pensarse no ya en continuidad sino en oposición, y es el tabú del incesto el que introduce el paso a lo cultural, permitiendo la salida a la “exogamia” y la procreación. El tabú del incesto es para Lévi-Strauss el mecanismo por el cual se aseguran los intercambios dentro y fuera de la familia. Gayle Rubin (1998) destaca que es en el sistema sexo-género donde puede visibilizarse el origen de la opresión de las mujeres, pues “si las mujeres son el regalo, no están en condiciones de recibir ningún beneficio de su propia circulación”. Por ello, para las feministas no basta con hablar de “diversidad” sino que hay que introducir el término “desigualdad” junto con otros conceptos como los de dominación, explotación y hegemonías.
12. “Hay teorías que consideran al recién nacido en estado de prematurez, aunque la mayor fortaleza de un niño se encuentra en su supuesta «debilidad», en sus imposibilidades. Evaluamos como carencias, como falta, lo que es una condición de su existencia, lo que lo hace niño, porque el modelo con que se compara al niño es el adulto, por eso lo nombramos por sus supuestas faltas. El niño no nace incapaz, ni inmaduro” (Calméls, 2020: 30).
13. La noción de habitus es clave y transversal en la obra de Pierre Bourdieu, quien explica que la cultura no es algo estático y externo al sujeto, sino que existe mediante una práctica in-corporizada en el proceso de socialización de los sujetos. Estos “sistemas de disposiciones duraderas a hacer y ser” son los que garantizan la reproducción del orden social, permitiendo construir un sistema de referencia compartido por una comunidad que tiende a perpetuarse.
14. A mayor mercantilización de la vida, mayor precareidad relativa. El capital financiero es el que disciplina los mercados y las corporaciones, a medida que van creciendo e imponiendo sus intereses por sobre los intereses públicos. De este modo, para sostener el consumo, normalizan que nuestro vivir se sostenga con endeudamiento (Gaggo, 2014).
15. Dice Calméls (2019c: 17) que “en los primeros cinco años de vida se construyen las bases del cuerpo y de sus manifestaciones, que tendrán una configuración a nivel de la imagen –imagen del cuerpo– particular, única y original, y en la construcción de un esquema corporal, que permite espacialmente la localización del cuerpo en sus segmentos y articulaciones, así como el accionar eficaz sobre los objetos y el medio circundante”.
4. El género desde los feminismos
Algunas corrientes del movimiento feminista vienen advirtiendo acerca de la banalización que está sufriendo el concepto de género pues, al despolitizarlo, pierde su lugar como categoría de análisis de las relaciones de poder patriarcal. Observan que incluso la agenda neoliberal utiliza la “perspectiva de género” de manera tramposa (al servicio de intereses transnacionales, políticas del Banco Mundial, de las Naciones Unidas o de cualquier agencia de cooperación gubernamental). La “institucionalización” y la “oenegización” de las luchas sociales (Galindo, en Curiel y Galindo, 2015) no siempre contribuyen a dar fuerza a las luchas feministas en las sociedades del sur.
Para algunos sectores es más tolerable hablar de género que de feminismo, asociado este último a la imagen de mujeres movilizadas, en las calles, eufóricas, con pancartas, unidas en un grito en común, organizadas. Esta concepción del feminismo refleja solo una parte del movimiento y deja por fuera la posibilidad de pensarlo dentro de las prácticas cotidianas de crianza, de trabajo, de consumo. En los hogares, en las escuelas, en los hospitales, en los consultorios.
Releyendo a Diana Maffía (2007), y articulando con conceptos de la economía feminista, podemos situar tres saltos importantes que han dado impulso a los feminismos: el feminismo de la igualdad, el feminismo de la diferencia y el feminismo crítico.
El feminismo de la igualdad de los años 70 fue el que procuró la igualdad laboral, educativa, jurídica (patria potestad, divorcio, voto), proclamas que giraron en torno a la expresión “queremos ser iguales ante la ley”. Si bien estas luchas permitieron avanzar en términos de derechos, legitimaron en su misma proclama la jerarquización hombres-mujeres.
Para María Galindo (en Curiel y Galindo, 2015), al afirmar que el feminismo nace en el contexto de la Revolución Francesa y la lucha por los derechos de las mujeres, y posteriormente con las sufragistas, se corre el riesgo de atarse a la matriz europea. Por ello propone como alternativa pensar en una matriz planetaria.
En los años 70 comienza a instalarse el debate sobre el trabajo doméstico mediante la denuncia de la explotación en el hogar por parte de la producción capitalista, en el sentido de que, como los salarios tradicionalmente han sido insuficientes para la reproducción de la fuerza laboral, para asegurar esta reproducción el trabajo realizado en el hogar, por su carácter gratuito, es condición de existencia del sistema económico.
El modelo fordista de empleo se afirma con la división sexual del trabajo. La producción mercantil supone la existencia del modelo familiar “hombre proveedor de ingresos-mujer ama de casa”, caracterizado por una ideología que se concreta en el matrimonio tradicional con una estricta separación de trabajos y roles entre ambos cónyuges. El hombre es el “jefe” de familia y tiene la obligación de proveerla a través de un empleo a tiempo completo. A la mujer se le prescriben las tareas domésticas y de crianza vinculadas al mundo de los afectos y del cuidado.
En cambio, el feminismo de la diferencia, surgido en los años 80, buscó particularizar y exaltar la diferencia. Como si hubiese dicho “no queremos ser iguales, somos diferentes”, tenemos distintos cuerpos, distintas sensibilidades y manera de percibir la realidad. Estas proclamas, en un intento por subjetivar, reforzaron (sin quererlo) los estereotipos de género, exaltando incluso el rol maternal: “Las niñas son más apegadas a la madre, son más tranquilas, más afectuosas, conversan más que los niños varones”, por ejemplo.
Según Galindo (en Curiel y Galindo, 2015), en los años 80 se construye irónicamente la figura tecnocrática de “expertas en género y desarrollo”,1 quienes, desvinculadas de la matriz ideológica y las luchas del feminismo, quedan reducidas a producir “análisis culturales” que refuerzan el lugar de las mujeres como víctimas que necesitan ser protegidas mediante el otorgamiento de derechos por parte del Estado.
A comienzos también de la década de 1980, la incorporación de la variable etnia-raza permitió replantear el debate sobre el sujeto del feminismo. En primer término, irrumpieron en la escena pública los denominados feminismos disidentes (mujeres negras, indígenas, lesbianas, de clases populares, etc.), que empezaron a cuestionar por qué el feminismo hegemónico (blanco, occidental, heterosexual y de clase media) no las había considerado como sujeto, siendo ellas víctimas de opresión del racismo, del heterosexismo y del clasismo.
Comienza a delinearse desde entonces el denominado “feminismo decolonial” que elabora una genealogía del pensamiento producido desde los márgenes por feministas, mujeres, lesbianas y gente racializada en general. En diálogo con los conocimientos generados por intelectuales y activistas comprometidos, se propone desmantelar la matriz de opresión múltiple, asumiendo un punto de vista “no eurocentrado”.
El pensamiento desarrollado por las feministas decoloniales y antirracistas busca radicalizar la crítica al universalismo en la producción de teoría.
El feminismo crítico de los años 90, junto a las teorías deconstructivistas y el posmodernismo, será el que discuta las dicotomías, los binarismos, la jerarquización, las asimetrías interpelando los mandatos y roles obligatorios, reflexionando de un modo complejo desde los medios, las transiciones, las hibrideces, las relaciones paradojales, las intersecciones, los nomadismos de las identidades, lo ex-céntrico, lo abierto, lo dis-capacitado. Esta perspectiva desestabiliza teorías. Interpela al sentido común. Inquieta. Desborda lo esperable. Lo queer, lo crip comienzan a nominarse (y por lo tanto dejan de ser monstruosos o no tener lugar de nominación-existencia), avanzando en términos legislativos de gran importancia. Produce conocimientos que pueden definirse como transmodernos, transcapitalistas, transoccidentales, transcoloniales, transfeministas (Mendoza, 2010), abriendo espacios a saberes subalternizados.
Repensar al “sujeto político feminista” implica entonces no solo repensar los derechos de las mujeres en general, sino retomar un horizonte de lucha que permita desmantelar los mandatos y las estructuras patriarcales que oprimen no solo a las mujeres, sino a cualquier grupo que se encuentre en situación de subalternidad.
Desde esta perspectiva pensar el género es pensar en las injusticias que se generan tanto en el plano de la economía, como en el de la política y en el de la cultura. Hay formas económicas y políticas de explotación, marginación y privación específicas según el género; como también hay una diferenciación en la valorización cultural, pues el género estructura las formas de reconocimiento que dan lugar al androcentrismo y al sexismo cultural.
La lucha feminista consiste en una deconstrucción destinada a desmantelar el androcentrismo mediante la desestabilización de las dicotomías de género, dando lugar a redes de diferencias múltiples y en intersección, que sean cambiantes y no estén solidificadas. “Solo si dirigimos nuestra atención a concepciones alternativas de redistribución y reconocimiento podremos satisfacer las exigencias de justicia de todos” (Fraser, en Fraser y Butler, 2016: 66).
Hay quienes también consideran que se podría situar un cuarto movimiento, el de la llamada “vanguardia feminista” o “cuarta ola del feminismo”. Este salto se nutre de la colectivización del trabajo intelectual y artístico, entrelaza la estética y la política. Se organiza sobre la base de la horizontalidad, intersectorialidad y transversalidad de prácticas y saberes. Promueve una amistad política con alizanzas insólitas que buscan el tejido de un nuevo internacionalismo que viene desde el sur y desde abajo2 (Palmeiro, 2019).
La potencia colectiva de la creación y la cooperación son para la vanguardia feminista condición para la “construcción de lo común”. El acuerpamiento y la insurrección surgen de la intersección entre la experimentación poética y la acción política (Palmeiro, 2019).
La reapropiación colectiva de la creatividad opera en la construcción de lo común, activando potencias, afectando los cuerpos.
Para los feminismos, urge organizarse de un modo no patriarcal, no colonialista, no capitalista, no extractivista. Esto supone negación, pero también dehabituación y propuestas para otras vidas amorosamente vivibles.
Me detendré brevemente en los tres sistemas de opresión (funcionales entre sí) a los que alude el feminismo: el patriarcado, el capitalismo y el colonialismo.
El patriarcado no es solo una estructura general, sino muchas estructuras patriarcales a ser identificadas, descriptas, analizadas. El mismo concepto de patriarcado, si bien remite con claridad al sistema de opresión y subordinación sufrido por las mujeres, no es sencillo o simple, y alude a varios significados: a las relaciones de poder a través de las cuales los hombres dominan a las mujeres, a la subordinación de estas y la organización de los distintos modos de producción capitalista, al sistema de parentesco a través del cual los hombres intercambian mujeres, al poder simbólico que tienen los padres dentro de estos sistemas, a las relaciones de reproducción que existen dentro de la misma familia, a la posesión y el control de los hombres de la capacidad reproductiva de las mujeres, hasta la perspectiva feminista marxista que pone en relieve la subordinación de las mujeres como una forma de explotación de clase.
Al respecto, Gayle Rubin (1998) se pregunta qué es una mujer domesticada y cómo llega a ser una mujer oprimida. Considera que las mujeres son una reserva de fuerza de trabajo para el capitalismo, ya que proporcionan plusvalía extra al capitalista dado que son ellas las administradoras del consumo familiar y las que, con el trabajo hogareño, aseguran la reproducción de la mano de obra.
Desde esta perspectiva, el capitalismo es el conjunto de relaciones sociales donde la producción asume la “forma de conversión”: bienes materiales, servicios y también personas se convierten en capital. Rubin advierte que antes de que las cosas (comida, ropa, vivienda, etc.) se transformen en mercancía (consumo) tienen que pasar por un trabajo adicional. La comida debe ser cosida, la cama tendida, la ropa lavada…
Es por eso que el trabajo doméstico es clave en el proceso de reproducción. Como no recibe salario, contribuye a la cantidad final de plusvalía. Para Rubin, esto explica la utilidad de las mujeres para el capitalismo pero no el origen de su opresión, que debe buscarse en el elemento histórico y moral (patriarcado) al cual denomina “sistema sexo-género”:
Toda sociedad tiene su sistema sexo-género, un conjunto de disposiciones por el cual la materia prima biológica del sexo y la procreación humana son conformadas por la intervención humana y social y satisfechas en una forma convencional, por extrañas que sean algunas de las convenciones. (Rubin, 1998: 24)
Un salto importante en los estudios feministas ha sido la posibilidad de poner en interrelación sistémica la relación reproducción-producción:
Es así como la familia es considerada como lugar crucial de la subordinación de las mujeres, donde el modo de reproducción es funcionalmente necesario para el deseo del capital de flexibilizar y abaratar la fuerza de trabajo. (Beechey, 1979: 11)
Verónica Beechey advierte que dentro de las teorías feministas marxistas hay dos tendencias para definir el patriarcado. La primera lo hace en términos de ideología articulándolo con conceptos derivados de la teoría psicoanalítica, y la segunda lo concibe en términos de relaciones de reproducción, o de sistema sexo-género. Ambas aproximaciones intentan estudiar las relaciones entre patriarcado y el modo de producción capitalista.
La característica definitoria de una cultura patriarcal, según la primera tendencia, es aquella en la cual el padre asume, simbólicamente, el poder sobre la mujer; y afirma que es el padre y sus “representantes” y no los hombres (como se postula en los análisis feministas radicales y revolucionarios) los que poseen el poder determinante sobre la mujer en la cultura patriarcal. Para el psicoanálisis, construir la identidad es aceptar la ley del padre, el orden simbólico: fijo, monolítico y todopoderoso.3
Todos estos planteos retoman también la perspectiva estructuralista de Claude Lévi-Strauss, destacando cómo en los sistemas de parentesco el tabú del incesto promueve la exogamia, la procreación y el uso de las mujeres como objetos de intercambio. Rubin (1998) señala al respecto que, si las mujeres son el regalo u objeto de intercambio, no están en condiciones de recibir ningún beneficio de su propia circulación. El intercambio de mujeres se explica comprendiendo la opresión no dada por su condición biológica sexuada sino por una necesidad de organización social. El “tráfico de mujeres” (Rubin, 1998) refiere al modo en que estas son dadas como tributo, entregadas en matrimonio, intercambiadas por favores, compradas y vendidas; utilizadas como objeto de transacción, sea como esclavas, siervas o prostitutas, pero también como mujeres. En diversas sociedades los hombres tienen ciertos derechos sobre sus parientas mujeres, y estas no tienen los mismos derechos ni sobre sí ni sobre sus parientes hombres.
También Rubin (1998: 32) destaca que la “organización social del sexo” se basa en el género, en la heterosexualidad obligatoria y en el control de la sexualidad femenina: “El género es una división de los sexos socialmente impuesta”.
Para esta antropóloga, los postulados de Sigmund Freud y de Jacques Lacan se sostienen dentro de una “cultura fálica” de la sexualidad. La heterosexualidad obligatoria es el resultado del parentesco y la fase edípica constituye el deseo heterosexual.
En cuanto al colonialismo, es el mecanismo de racialización y generización, clasificatorio y jerárquico, que se utiliza para someter a los grupos que se intentan dominar. Como expresamos anteriormente, género y raza son constructos coloniales.
Nuestra alusión a la diversidad debe ser reexaminada a la luz del poder y la colonialidad de género tomando en cuenta nuestro propio lugar en el sistema de colonización interna que prevalece en nuestras sociedades. (Mendoza, 2010: 16)
Curiel (en Curiel y Galindo, 2015), por su parte, recupera el concepto de feminismo decolonial propuesto por María Lugones (2008), dando reconocimiento a una buena parte de las propuestas críticas feministas, de Abya Yala (la denominación kuna de América), de Estados Unidos y de Europa, situándolas desde nuestros contextos, teniendo como premisa la comprensión de que la modernidad occidental fue posible sobre la base al colonialismo, la expansión del capitalismo y la instalación del racismo. Para ello la autora propone comprender críticamente la no fragmentación de las opresiones, la heterosexualidad como régimen político moderno y colonial y las políticas del desarrollo del neocolonialismo.
Para Curiel, la “decolonización” implica “desuniversalizar y desencializar” al sujeto del feminismo, lo que supone un desenganche de los efectos del colonialismo que se expresan hoy en la colonialidad contemporánea. Manifiesta que la autonomía del género no puede estar desligada de clase, raza, sexualidad:4
En ese sentido, el feminismo decolonial es una apuesta que desestructura el supuesto sujeto del feminismo hegemónico institucionalizado y esencialista, al complejizar y situar una práctica política no solo basada en el género, sino también en la raza, la sexualidad, la clase, la geopolítica, etc., siempre situando las opresiones en una historia crítica que permita entender cómo estas se construyeron de forma imbricada desde las experiencias coloniales. (Curiel, en Curiel y Galindo, 2015: 22)
Siendo el feminismo un movimiento heterogéneo, Maffía (2007: 1) propone definirlo a partir de tres elementos. Según la autora, “el feminismo es la aceptación de tres principios: uno descriptivo, uno prescriptivo y uno práctico”. El principio descriptivo refiere a la posibilidad de comprobar estadísticamente que en todas las sociedades las mujeres están peor que los varones:5 “Nosotros podemos tomar una definición de qué significa «estar peor» y podemos mostrar estadísticamente que en todos los grupos sociales las mujeres están peor que los varones”. El principio prescriptivo refiere a una afirmación valorativa: “Una afirmación prescriptiva no nos dice lo que es sino lo que debe ser, lo que debe ocurrir, lo que está bien y lo que está mal, no lo describe sino que lo valora”. Está “mal” y es injusto que las mujeres estén peor que los hombres”, por ello apela a un tercer principio que es el práctico (vinculado a la praxis):
Un enunciado de compromiso, que podríamos expresar diciendo: “Estoy dispuesto o dispuesta (porque esto lo pueden decir tanto varones como mujeres) a hacer lo que esté a mi alcance para impedir y para evitar que esto sea así”, donde lo que está a mi alcance no es necesariamente una militancia con pancartas. Y lo que está a mi alcance puede ser la crianza de mis hijos, ser maestra de una escuela, ocuparme de las políticas públicas, puede ser ocuparme de los reclamos ciudadanos con respecto a las políticas del Estado, lo que está a mi alcance puede ser el compromiso que cada uno tome. (Maffía, 2007: 19)
Comprometernos con los movimientos autónomos que en el continente y a escala mundial llevan a cabo procesos de descolonización y restitución de genealogías perdidas es también una forma de disponernos a habitar de otro modo la vida corporal y colectiva.
Quizá algunas podamos imaginarnos una psicomotricidad feminista/transfeminista, un feminismo psicomotor, o simplemente un movimiento que impulse a la psicomotricidad a seguir atendiendo los sufrimientos del cuerpo, sin dejar de escuchar la intersección del poder, la desigualdad y los discursos que los legitiman.
1. “Son equipos de «traductoras» que lo que hacen es asimilar los parámetros de interpretación de la pobreza, la democracia y las relaciones norte-sur en los términos de los grandes organismos internacionales y construir en ese proceso de asimilación y de traducción verdaderos blindajes teóricos tecnocráticos que encapsulan la categoría de género dentro de los parámetros más conservadores que nos podamos imaginar” (Galindo, en Curiel y Galindo, 2015: 30).
2. El movimiento Ni Una Menos es un grito colectivo, un lenguaje poético y un acuerpamiento en las calles que expresa un reclamo social. La primera marcha del grupo fue realizada el 3 de junio de 2015, en la Argentina, a partir del femicidio de Chiara Páez en Santa Fe, la muerte evitable de una adolescente embarazada.
3. Para Nancy Fraser (2015: 180), esta perspectiva lacaniana (a la que denomina “simbolicismo”) no permite integrar la cuestión de la hegemonía cultural, ni reconocer la agencia, el conflicto y la práctica social. No es posible preguntar cómo se establece y cuestiona la autoridad cultural de los grupos dominantes en la sociedad, ni cuestionar las negociaciones desiguales entre diferentes grupos sociales que ocupan distintas posiciones discursivas, eliminando de este modo los recursos agenciales, las contradicciones y las posibilidades de cambio.
4. “El feminismo decolonial asume que un feminismo que no sea antirracista es racista, un feminismo que no sea anticlasista es clasista y un feminismo que no esté luchando contra los efectos de la heterosexualidad, como régimen político, es heterosexista” (Curiel, en Curiel y Galindo, 2015: 22).
5. Según la Encuesta Nacional de Condiciones de Vida (Encovi, 2006), el analfabetismo está asociado al sexo-género, el grupo étnico y el área en que se vive. El 31,1% de las mujeres que habitan en las áreas rurales no saben leer ni escribir, por lo que se considera que la mujer indígena, pobre y que vive en el campo sufre los mayores factores de riesgo.
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