Читать книгу: «Ningún hueso roto»
Título original: Break no Bones
© 2006 by Temperance Brennan, L. P.
Publicado por acuerdo con el editor original, Scribner, una división de Simon & Schuster, Inc.
© de la traducción: Alberto Coscarelli, 2011
© de esta edición: RBA Libros, S.A., 2012.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2014.
Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: OEBO134
ISBN: 978-84-9006-029-2
Composición digital: Víctor Igual, S. L.
Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.
Índice
Dedicatoria
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Epílogo
De los archivos forenses de la doctora Kathy Reichs
Agradecimientos
Notas
En memoria de Arvils Reichs
9 de febrero de 1949-23 de febrero de 2006
DUSI SALDI
1
Nunca falla. Estás a punto de acabar un trabajo cuando alguien tropieza con el gran descubrimiento de la temporada.
Vale. Puede que exagere. Pero está rematadamente cerca de lo que ocurrió. El resultado final fue mucho más inquietante que cualquier descubrimiento de última hora de un trozo de cerámica o los restos de una hoguera.
Ocurrió el 18 de mayo, el penúltimo día del trabajo de campo de la escuela de arqueología. Tenía a veinte estudiantes cavando en un yacimiento en Dewees, una isla barrera al norte de Charleston, Carolina del Sur.
También tenía a un periodista. Con el coeficiente intelectual del plancton.
—¿Dieciséis cuerpos? —Plancton abrió una libreta de espiral mientras su cerebro elaboraba visiones de los dos famosos asesinos en serie Dahmer y Bundy—. ¿Identificación de las víctimas?
—Las tumbas son prehistóricas.
Puso los ojos en blanco y entrecerró los párpados hinchados.
—¿Antiguos indios?
—Nativos americanos.
—¿Me han mandado a cubrir indios muertos? —Seguro que no iba a recibir ningún premio a la corrección política.
—¿Le han mandado? —Cortante.
—El Moultrie News. El periódico de la comunidad de East Cooper.
Charleston, como Rhett Butler le dijo a Scarlett, es una ciudad marcada por la gracia genial del pasado. Su corazón es la Península, un distrito de casas anteriores a la guerra de Secesión, con calles adoquinadas y mercados al aire libre, limitado por los ríos Ashley y Cooper. Los charlestonianos definen su territorio con estos dos cursos de agua como referencia. Los barrios se denominan West Ashley y East Cooper; este último incluye Mount Pleasant y tres islas: Sullivan’s, Palms y Dewees. Supuse que el periódico de Plancton correspondía a este barrio.
—¿Y usted es? —pregunté.
—Homer Winborne.
Muy acertado. La sombra de la barba y la barriga trabajada a base de comida basura recordaban bastante a Homer Simpson.
—Estamos muy ocupados, señor Winborne.
Winborne no hizo el menor caso.
—¿No es ilegal lo que hacen?
—Tenemos un permiso. Van a construir una urbanización en la isla, y en este pequeño trozo van a edificar casas.
—Pero ¿por qué preocuparse? —El sudor empapaba la frente de Winborne. Cuando sacó un pañuelo, vi una garrapata que caminaba por el cuello de la camisa.
—Soy antropóloga de la Universidad de Carolina del Norte de Charlotte. Mis estudiantes y yo estamos aquí a petición del estado.
Aunque la primera parte correspondía bastante a la realidad, el resto quizás era exagerar un poco. En realidad lo que pasaba era lo siguiente.
La sección de Arqueología del Nuevo Mundo de la UCCN organizaba una excavación estudiantil cada mes de mayo. A finales de marzo de este año, la profesora había comunicado que había aceptado un cargo en Purdue. Ocupada en el envío de currículos durante el invierno, se había olvidado de la escuela de campo. Sayonara. Adiós profesora, adiós yacimiento.
Aunque mi especialidad es la forense, y de hecho ahora trabajo con cadáveres enviados a jueces de instrucción y médicos forenses, mi formación y los principios de mi carrera profesional estuvieron dedicados a difuntos no tan recientes. Para mi tesis doctoral había examinado miles de esqueletos prehistóricos recuperados de los montículos funerarios de toda América del Norte.
La escuela de campo es uno de los cursos más populares del Departamento de Antropología y, como siempre, el cupo estaba lleno. La inesperada marcha de mi colega hizo que el director del departamento entrase en un estado de pánico absoluto. Me suplicó que me hiciese cargo. ¡Los estudiantes no querían perdérselo! ¡El regreso a mis raíces! ¡Dos semanas en la playa! ¡Una paga extraordinaria! Creí que acabaría por incluir un Buick.
Le había sugerido que llamase a Dan Jaffer, un bioarqueólogo y colega mío del Departamento Forense de Palmeto State, en el sur. Alegué posibles casos en el Departamento Forense de Charlotte, o en el Laboratorio de Ciencias Jurídicas y Medicina Legal de Montreal, los dos organismos de los que soy consultora habitual.
El director dijo que lo consultaría. Buena idea, pero mal momento. Dan Jaffer estaba de camino a Irak.
Me había puesto en contacto con Jaffer y él me sugirió Dewees como lugar para una posible excavación. Iban a destruir un montículo funerario, y él había intentado detener a las excavadoras hasta que se pudiese valorar la importancia del yacimiento. Como era de esperar, el promotor inmobiliario hizo caso omiso de sus peticiones.
Me había puesto en contacto con la Oficina de Arqueología del Estado de Columbia, y por recomendación de Dan habían aceptado mi ofrecimiento de excavar unas cuantas catas, con el consiguiente disgusto del promotor.
Así que aquí estaba yo. Con veinte estudiantes. Y, en nuestro décimo tercer y penúltimo día, con Cerebro de Plancton.
Mi paciencia se agotaba por momentos.
—¿Nombre? —preguntó Winborne como quien pregunta por el nombre de una semilla.
Contuve el impulso de marcharme. Dale lo que quiere, me dije a mí misma. Se marchará. O, con suerte, morirá de un golpe de calor.
—Temperance Brennan.
—¿Temperance? —Divertido.
—Sí, Homer.
Winborne se encogió de hombros.
—No es un nombre que se oiga mucho.
—Me llaman Tempe.
—Como la ciudad de Utah.
—Arizona.
—Correcto. ¿Qué tribu de indios?
—Lo más probable es que sean sewee.
—¿Cómo sabe que estaban aquí?
—A través de un colega de la UCS-Columbia.
—¿Cómo lo supo él?
—Encontró un grupo de pequeños montículos mientras exploraba el lugar tras el anuncio de la construcción de una urbanización.
Winborne se tomó un momento para escribir unas notas en su libreta. O quizás estaba ganando tiempo para que se le ocurriese alguna pregunta inteligente. A lo lejos oía la charla de los estudiantes y el ruido de los cubos. Una gaviota lanzó un graznido y otra le respondió.
—¿Montículos? —A nadie se le ocurriría poner a este tipo entre los finalistas para el Pulitzer.
—Después de cerrar las tumbas, las tapaban con conchas y arena.
—¿Qué sentido tiene desenterrarlos?
Ya lo tenía. Le soltaría al muy cretino el remedio infalible para acabar con cualquier entrevista. La jerga técnica.
—Las costumbres funerarias de las poblaciones aborígenes de la costa sudeste son poco conocidas, y este yacimiento podría consolidar o refutar relatos etnohistóricos. Muchos antropólogos creen que los sewee eran parte del grupo cusabo. Según algunas fuentes, las prácticas funerarias cusabo incluían el descarnamiento de los cadáveres y luego colocaban los huesos en haces o cajas. Otros describen la colocación de los cadáveres en plataformas al aire libre para permitir la descomposición antes de enterrarlos en fosas comunes.
—Caray. Es muy fuerte.
—¿No lo es mucho más vaciar la sangre de un cadáver y reemplazarla con conservantes químicos, inyectar ceras y perfumes y aplicar maquillaje para simular la vida, y después enterrarlo en un ataúd hermético y en criptas para impedir la descomposición?
Winborne me miró como si le hubiese hablado en sánscrito.
—¿Quién hace eso?
—Nosotros.
—¿Qué han encontrado?
—Huesos.
—¿Solo huesos? —La garrapata avanzaba ahora por el cuello de Winborne. ¿Avisarle? Qué va. El tipo era un plasta.
Comencé con el típico rollo de poli y forense.
—El esqueleto nos da la historia de un individuo. Sexo. Edad. Antepasados. En algunos casos, la historia clínica o cómo murió. —Con mucha intención eché una ojeada a mi reloj, y continué con el rollo arqueológico—. Los huesos antiguos son una fuente de información de las poblaciones extinguidas. Cómo vivían, cómo morían, qué comían, las enfermedades que padecían...
La mirada de Winborne pasó por encima de mi hombro. Me volví.
Topher Burgess venía hacia mí, con diversos restos de materias orgánicas e inorgánicas pegadas a su torso bronceado. Bajo y rechoncho, con una gorra de punto, gafas con montura metálica y unas patillas enormes, el chico me recordó al pirata Smee, la mano derecha del capitán Garfio, en su época de estudiante.
—Hay un extraño intruso en el tres-este.
Esperé, pero Topher no dio más detalles. No tenía nada de particular. Los exámenes de Topher a menudo consistían en respuestas de una sola frase.
—¿Extraño? —lo animé.
—Es articulado.
Una frase completa. Gratificante, aunque no esclarecedora. Le hice un gesto con las manos en señal de «dime más».
—Creemos que es un intruso. —Topher pasó su peso de un pie descalzo a otro. Fue un gran esfuerzo.
—Lo comprobaré en un minuto.
Topher asintió, dio media vuelta y caminó de nuevo hacia la excavación.
—¿Qué significa «articulado»? —La garrapata había llegado a la oreja de Winborne y al parecer estaba considerando rutas alternativas.
—En una alineación anatómica correcta. Es poco frecuente en los enterramientos secundarios, los cadáveres sepultados después de perder la carne. Los huesos suelen estar mezclados, algunas veces en gavillas. De vez en cuando en estas fosas comunes aparecen uno o dos esqueletos articulados.
—¿Por qué?
—Por muchas razones. Quizás alguien murió momentos antes de que cerrasen una fosa común. Quizás el grupo se trasladaba, y no tenían tiempo para esperar a la descomposición.
Pasaron diez segundos dedicados a escribir, durante los cuales la garrapata desapareció de la vista.
—Intruso. ¿A qué se refiere?
—A que el cuerpo pudo ser colocado en la tumba en algún momento posterior. ¿Quiere echar una mirada?
—Me muero de ganas. —Winborne se llevó el pañuelo a la frente y suspiró como si estuviese en un escenario.
Me compadecí.
—Tiene una garrapata en el cuello.
Winborne se movió a una velocidad que parecía imposible en un hombre con semejante corpachón. Tiró del cuello de la camisa, se dobló y se palmeó el cuello, todo en un mismo movimiento. La garrapata cayó en la arena y se rehízo, al parecer acostumbrada al rechazo.
Me puse en marcha evitando los agrupamientos de avena de mar, con sus borlas inmóviles en el aire húmedo. Estábamos en mayo, y el termómetro ya marcaba treinta y tres grados. Aunque me encantaba la región del Lowcountry, me sentía muy afortunada de no tener que estar cavando aquí en verano.
Caminé deprisa, a sabiendas de que Winborne no podría seguir el paso. ¿Mala? Pues claro. Pero de todas formas, había poco tiempo. No podía desperdiciarlo con un reportero idiota.
Además mi conciencia estaba tranquila gracias a la garrapata.
En el radiocasete de alguno de los estudiantes sonaba una canción que no reconocí, interpretada por un grupo cuyo nombre no conocía y que no hubiese recordado de haberlo sabido. Prefería los gritos de las aves marinas y el ruido de las olas, aunque lo que escuchaban era mejor que el heavy metal que solían poner los chicos.
Mientras esperaba a Winborne, observé la excavación. Habían excavado y vuelto a llenar dos catas. En la primera no había nada más que tierra. En la segunda habían encontrado huesos humanos, una prueba inicial de las sospechas de Jaffer.
Otras tres zanjas continuaban abiertas. En cada una, los estudiantes trabajaban con paletas, acarreaban cubos y cribaban la tierra con unas mallas metálicas colocadas sobre caballetes.
Topher tomaba fotos de la cata más al este. El resto de su equipo permanecía sentado en la posición del loto, con la mirada fija en el foco de interés.
Winborne apareció a mi lado, junto al borde. Jadeaba y resoplaba a más no poder. Se enjugó el sudor de la frente al mismo tiempo que intentaba recuperar el aliento.
—Un día caluroso —comenté.
Winborne asintió, su rostro tenía el color del sorbete de moras.
—¿Está bien?
—De maravilla.
Me encaminé hacia Topher cuando la voz del periodista me detuvo.
—Tenemos compañía.
Al volverme, vi a un hombre con un polo rosa y pantalón caqui que caminaba a paso rápido a través, no alrededor, de las dunas. Era pequeño, casi del tamaño de un niño, con el pelo canoso cortado casi al rape. Lo reconocí en el acto. Ricard L. Dickie Dupree, empresario, promotor inmobiliario y un sinvergüenza de tomo y lomo.
Dupree venía acompañado por un basset cuya lengua y cuya barriga casi tocaban el suelo.
Primero el periodista, ahora Dupree. No había duda de que el día iba cada vez mejor.
Sin hacer caso de Winborne, Dupree se encaró conmigo con la decisión de un mulá talibán. El perro se quedó atrás para regar unas cuantas avenas de mar.
Todos sabemos lo que es el espacio personal, aquella zona vacía que necesitamos tener entre nosotros y los demás. Para mí dicha zona tiene una anchura de cuarenta y cinco centímetros. Si la traspasas, me pongo nerviosa.
Vale, algunos desconocidos se acercan por razones de oído o visión, otros, porque provienen de culturas diferentes. Pero este no era el caso de Dickie. Dupree creía que la proximidad le daba una mayor fuerza de expresión.
Se detuvo a treinta centímetros de mi rostro, cruzó los brazos y me miró a los ojos.
—Espero que todo esto esté acabado para mañana. —Más que una pregunta era una afirmación.
—Así es. —Di un paso atrás.
—¿Y después? —El rostro de Dupree era como el de un pájaro, los huesos afilados debajo de la rosada piel translúcida.
—Presentaré un informe preliminar a la Oficina de Arqueología del Estado la semana que viene.
El basset se acercó para olisquearme la pierna. Parecía tener unos ocho años como mínimo.
—Coronel, no seas descortés con la damita —le dijo Dupree. Después añadió—: Solo quiere conocerla. Disculpe sus modales.
La damita rascó a Coronel detrás de una de sus orejas sarnosas.
—Es una vergüenza desilusionar a las personas por un puñado de viejos indios. —Dupree sonrió con lo que sin duda consideraba una sonrisa de «caballero sureño». Lo más probable era que la ensayase delante del espejo mientras se cortaba los pelos de la nariz.
—Muchos consideran la herencia de este país como algo valioso —señalé.
—Así y todo, no podemos permitir que estas cosas detengan el progreso, ¿verdad?
No respondí.
—¿Comprende mi posición, señora?
—Sí, señor. La comprendo.
Aborrecía la posición de Dupree. Su meta era el dinero, ganado de cualquier manera que no le llevase a chirona. Al diablo con el bosque, los humedales, la costa, las dunas, y toda la cultura que estaba aquí antes de que llegaran los ingleses. Dickie Dupree habría volado el templo de Artemisa si hubiera interferido en sus planes.
Detrás de nosotros, Winborne permanecía inmóvil. Sabía que estaba escuchando.
—¿Y qué dirá ese erudito documento? —Otra sonrisa estilo «Sheriff de Mayberry».
—Que debajo de esta zona existe un cementerio precolombino.
La sonrisa de Dupree vaciló, se sostuvo. Al notar la tensión, o quizás aburrido, Coronel me abandonó por Winborne. Me sequé las manos en el pantalón corto.
—Usted sabe tan bien como yo lo que harán esos tipos de Columbia. Un informe de esa naturaleza me retrasará durante un tiempo. La demora me costará dinero.
—Un yacimiento arqueológico es un bien cultural no renovable. Una vez desaparecido, lo hace para siempre. Por la tranquilidad de mi conciencia no puedo permitir que sus necesidades influyan en mis hallazgos, señor Dupree.
Desapareció la sonrisa, y Dupree me miró con frialdad.
—Eso ya lo veremos. —La velada amenaza se suavizó un poco con el amable deje lugareño.
—Sí, señor, ya lo veremos.
Dupree sacó un paquete de Kools del bolsillo, encendió un cigarrillo. Arrojó la cerilla, dio una larga calada, asintió y se alejó hacia las dunas. Coronel le siguió.
—Señor Dupree —lo llamé.
Dupree se detuvo, pero no se volvió para mirarme.
—Es una irresponsabilidad ecológica caminar por las dunas.
Dupree levantó una mano y continuó su camino.
La furia y el desprecio crecieron en mi pecho.
—Parece que Dickie no es su favorito para el Hombre del Año.
Me volví. Winborne estaba desenvolviendo un chicle. Lo miré mientras se lo ponía en la boca. Le reté con la mirada a que se atreviese a arrojar el envoltorio de la misma manera que Dupree había arrojado la cerilla.
Captó el mensaje.
Sin decir palabra, hice un giro de ciento ochenta grados y caminé hacia el tres-este. Oí las pisadas de Winborne a mi lado.
Los estudiantes guardaron silencio cuando me reuní con ellos. Ocho ojos me siguieron cuando salté al interior de la fosa. Topher me pasó una paleta. Me agaché y me vi envuelta por el olor de la tierra removida.
También algo más. Dulce. Fétido. Débil, pero inconfundible.
Un olor que no debería estar ahí.
Se me hizo un nudo en el estómago.
Me puse a gatas y examiné la rareza de Topher, un segmento de columna vertebral que se curvaba hacia afuera por la mitad de la pared occidental.
Por encima de mi cabeza, los estudiantes ofrecían explicaciones.
—Estábamos limpiando los costados para poder tomar fotos de la estratografía.
—Vimos la tierra manchada.
Topher añadió unos pocos detalles.
No les oía. Estaba ocupada con la paleta para crear una vista de perfil del enterramiento en el lado oeste de la fosa. Con cada paletada mi aprensión iba en aumento.
Media hora de trabajo dejó a la vista la columna vertebral y el borde superior de la pelvis.
Me senté, con un cosquilleo en el cuero cabelludo.
Los huesos estaban unidos por los músculos y los ligamentos.
Mientras miraba, el sol se reflejó en el cuerpo esmeralda de la primera mosca que acudió.
Jesús bendito.
Me levanté. Me quité la tierra de las rodillas. Necesitaba un teléfono.
Dickie Dupree tendría que preocuparse de algo más que los antiguos sewee.
2
Los isleños de Dewees se sienten muy satisfechos con la pureza ecológica de vivir «al otro lado del camino». El sesenta y cinco por ciento de su pequeño reino está reservado al conservacionismo. El noventa por ciento no está urbanizado. Los residentes prefieren las cosas, como dicen, en estado salvaje. Nada de podas ni cuidados.
No hay puente. El acceso a Dewees se hace mediante un transbordador privado o en una embarcación particular. Las carreteras son de arena, y el transporte con vehículos de combustión interna solo se permite a los servicios de construcción y reparto. Claro que tampoco se pasan. La isla cuenta con una ambulancia, un camión de bomberos y un vehículo todoterreno del servicio forestal. Aunque aman la serenidad, los lugareños tampoco son tontos.
¿Quieren mi opinión? La naturaleza es fantástica cuando estás de vacaciones. Pero es un grano en el culo cuando quieres denunciar una muerte sospechosa.
Dewees tiene una superficie de seiscientas hectáreas, y mi equipo estaba excavando en el extremo sudeste, en un trozo del bosque marítimo entre el lago Timicau y el océano Atlántico. Ni la más mínima posibilidad de tener cobertura para un teléfono móvil.
Dejé a Topher a cargo de la excavación. Crucé la playa hasta una pasarela que utilicé para atravesar las dunas, y me senté en uno de nuestros coches de golf. Giraba la llave cuando una mochila cayó en el asiento junto a mí, seguida por las nalgas enfundadas en poliester de Winborne. Preocupada por encontrar un teléfono que funcionase, no lo había oído seguirme.
De acuerdo, mejor que viniese a dejar que curiosease sin ninguna vigilancia.
Sin decir palabra, arranqué, o lo que sea que se hace con los coches eléctricos. Winborne apoyó una mano en el salpicadero y con la otra se sujetó a uno de los soportes verticales del techo.
Circulé en paralelo al océano por Pelican Flight, giré a la derecha para ir hacia Dewees Inlet, pasé por delante de la zona de recreo, la piscina, las pistas de tenis y el centro de naturaleza y, al final de la laguna, giré a la izquierda en dirección al agua. Frené al llegar al muelle del transbordador y me volví hacia Winborne.
—Final de trayecto.
—¿Qué?
—¿Cómo ha llegado hasta aquí?
—En el transbordador.
—Y en el transbordador regresará.
—Ni hablar.
—Usted mismo.
Winborne no entendió el significado y se arrellanó en el asiento.
—Nade —aclaré.
—Usted no pue...
—Fuera.
—He dejado un vehículo en el yacimiento.
—Un estudiante lo devolverá.
Winborne salió del coche, las facciones distorsionadas por una mueca de disgusto.
—Que pase un buen día, señor Winborne.
Fui al este a toda velocidad por Old House Lane, crucé la verja de hierro forjado decorada con figuras de conchas y entré en la zona de servicios públicos de la isla. El cuartel de bomberos. La planta depuradora de agua. Las oficinas administrativas. La casa del administrador de la isla.
Me sentí como la primera persona que acude en ayuda después del estallido de una bomba de neutrones. Los edificios intactos, pero ni un solo ser vivo a la vista.
Decepcionada, rodeé de nuevo la laguna y me detuve delante de una casa de dos alas con una galería enorme. Con cuatro habitaciones para huéspedes y un pequeño restaurante, Huyler House era la única concesión de Dewees a los forasteros que necesitasen una cama o una cerveza. También era la sede del centro comunitario de la isla. Me bajé del coche de un salto y me apresuré a entrar.
Pese a la preocupación por el macabro hallazgo en el tres-este, no pude dejar de apreciar la construcción mientras me acercaba. Los diseñadores de Huyler House habían querido dar la impresión de décadas de sol y aire salado. Madera envejecida. Tintes naturales. No tenía ni diez años y ya parecía un edificio del patrimonio histórico.
Todo lo contrario de la mujer que salió por una puerta lateral. Althea Hunneycut Honey Youngblood parecía mayor, pero con toda probabilidad era anciana. El folclore local sostenía que Honey había sido testigo de la entrega de Dewees a Thomas Cary por el rey Guillermo III en 1696.
La historia de Honey era un tema que daba pie a muy diversas manifestaciones, pero los isleños estaban de acuerdo en algunos puntos concretos. Honey había visitado Dewees por primera vez como invitada de la familia Coulter Huyler antes de la Segunda Guerra Mundial. Los Huyler llevaban instalados en Dewees desde que habían comprado la isla en 1925. No había electricidad. Tampoco teléfono. Un pozo con molino de viento. No se puede decir que fuesen mis condiciones preferidas para un lugar de playa.
Honey había llegado con un marido, aunque las opiniones variaban en cuanto a la posición del caballero en la lista de esposos. Cuando falleció este marido, Honey continuó visitando la isla y acabó casándose con alguien de la familia R. S. Reynolds, a quienes los Huyler vendieron su propiedad en 1956. Sí. La familia del papel de aluminio. Después de aquello, Honey podía hacer lo que se le antojase. Decidió permanecer en Dewees.
La familia Reynolds vendió sus tierras a una sociedad de inversiones en 1972, y, al cabo de una década, se levantaron las primeras casas particulares. La de Honey tenía el número 1, una casa pequeña con vistas a Dewees Inlet. Con la creación de la Island Preservation Partnership, o IPP, en 1991, Honey fue contratada como naturalista de la isla.
Nadie sabía su edad. Honey no soltaba prenda.
—Hoy será un día caluroso. —Las conversaciones de Honey siempre empezaban con una referencia al tiempo.
—Sí, señora Honey. Lo será.
—Creo que hoy llegaremos a los treinta y cinco. —Las «aes» y las «íes» de Honey, y también muchas de sus sílabas, tenían vida propia. A través de nuestras muchas conversaciones, había aprendido que la anciana podía pronunciar las vocales de una manera única.
—No lo dudo. —Con una sonrisa, intenté continuar mi camino.
—Gracias a Dios y a todos sus ángeles por el aire acondicionado.
—Sí, señora.
—¿Están excavando junto a la torre vieja?
—No muy lejos. —La torre había sido levantada para avistar submarinos durante la Segunda Guerra Mundial.
—¿Han encontrado alguna cosa?
—Sí, señora.
—Fantástico. Nos vendrán muy bien unos cuantos especímenes nuevos para nuestro centro de naturaleza.
Estos especímenes no.
Sonreí, y de nuevo intenté seguir.
—Cualquier día de estos iré a echar una ojeada. —El sol se reflejó en los rizos blancos azulados—. Una muchacha tiene que mantenerse al corriente de lo que pasa en la isla. ¿Alguna vez le conté...?
—Por favor, discúlpeme, pero tengo prisa, señora Honey. —Detestaba quitármela de encima, pero necesitaba un teléfono.
—Por supuesto. ¿Dónde están mis modales? —Honey me palmeó el brazo—. Tan pronto como tenga usted tiempo libre, iremos a pescar. Mi sobrino vive aquí ahora y tiene una lancha preciosa.
—¿Sí?
—Claro que sí, yo se la regalé. Ya no puedo llevar el timón como antes, pero todavía me encanta pescar. Le daré una voz, y saldremos.
Dicho esto, Honey se alejó por el sendero, la espalda recta como una tabla.
Subí los escalones de la galería de dos en dos y entré en el centro comunitario. Al igual que la zona pública de trabajo, estaba desierto.
¿Había ocurrido algo que yo no sabía? ¿Dónde demonios estaban todos?
Entré en una de las oficinas, fui hasta una de las mesas, llamé a Información y después marqué el número. Una voz respondió casi en el acto.
—Oficina del Forense del condado de Charleston.
—Temperance Brennan al aparato. Llamé hace una semana. ¿Ha vuelto ya la forense?
Había llamado a Emma Rousseau poco después de llegar a Charleston, pero me había llevado una desilusión al enterarme de que mi amiga se encontraba en Florida. Sus primeras vacaciones en cinco años. Mala planificación por mi parte. Tendría que haberle enviado un e-mail antes de venir. Sin embargo, nuestra amistad nunca había funcionado de esa manera. Cuando estábamos lejos, nos comunicábamos poco, pero cuando nos reuníamos era como si nos hubiesemos visto solo unas horas antes.
—Por favor, aguarde un momento.
Mientras esperaba, recordé mi primer encuentro con Emma Rousseau.
Ocho años atrás. Yo era profesora invitada en el College de Charleston. Emma, enfermera diplomada, acababa de ser elegida forense del condado de Charleston. Una familia había puesto en duda que la causa de la muerte en la investigación sobre un esqueleto fuese «indeterminada». Necesitada de una opinión externa, pero con miedo a que yo me negase a intervenir, Emma había traído los huesos en un gran recipiente de plástico hasta mi clase. Impresionada por el gesto, acepté ayudarla.
—Emma Rousseau.
—Tengo a un hombre en la bañera que se muere por conocerte. —Un chiste malo aunque siempre lo repetíamos.
—Dios bendito, Tempe. ¿Estás en Charleston? —Las vocales de Emma no estaban a la altura de las de Honey, pero se acercaban bastante.
—Encontrarás un mensaje de voz mío entre la pila de mensajes en tu contestador. Estoy dirigiendo una expedición arqueológica en Dewees. ¿Qué tal Florida?
—Calurosa y húmeda. Tendrías que haberme avisado de que vendrías. Podría haber reorganizado mi agenda.
—Si te has tomado unos días libres, estoy segura de que necesitabas un descanso.
Emma no respondió al comentario.
—¿Sigue estando fuera Dan Jaffer?
—Estará en Irak hasta mediados del mes que viene.
—¿Has conocido a la señorita Honey?
—Por supuesto.
—Me encanta la vieja. Llena de energía.
—Así es. Oye, Emma, tengo un problema.
—Adelante.
—Jaffer me dio la idea de excavar en el yacimiento, creía que podían ser unas fosas comunes sewee. Acertó. Llevamos encontrando huesos desde el primer día, todos ellos típicos restos precolombinos. Secos, blanqueados, mucho deterioro post mortem.
Emma no me interrumpió con preguntas o comentarios.
—Esta mañana mis estudiantes encontraron un enterramiento reciente a unos cuarenta y cinco centímetros de profundidad. El hueso se ve sólido, y las vértebras están unidas con tejido blando. Lo limpié hasta donde creí prudente sin contaminar el escenario, y después me dije que lo mejor sería dar aviso. No estoy segura de a quién pertenece Dewees.
—El sheriff tiene jurisdicción para los asuntos delictivos. La evaluación de una muerte sospechosa me toca a mí. ¿Tienes alguna hipótesis?
—Ninguna que incluya a los antiguos sewee.
—¿Crees que el enterramiento es reciente?
—Las moscas abrieron una cocina popular en cuanto comencé a quitar tierra.
Hubo una pausa. Me imaginé a Emma consultando su reloj.
—Estaré allí más o menos dentro de una hora y media. ¿Necesitas algo?
—Una bolsa para cadáveres.
Esperaba en el muelle cuando Emma llegó en un Sea Ray de dos motores. Llevaba el pelo recogido debajo de una gorra de béisbol y su rostro se veía más delgado de lo que recordaba. Vestía vaqueros y una camiseta amarilla con la leyenda Forense del Condado de Charleston en letras negras. Las gafas de sol eran de Dolce & Gabbana.
Miré cómo Emma colocaba los protectores, maniobraba hasta el muelle y amarraba. Cuando llegué a la embarcación, me dio la bolsa para cadáveres, recogió el equipo fotográfico y saltó al muelle.
En el coche le informé de que, después de nuestra conversación telefónica, había vuelto a la excavación, marcado un cuadrado de tres por tres metros y tomado una serie de fotografías. Le describí con mayor detalle lo que había visto en la trinchera, y le advertí de que mis estudiantes estaban como locos.
Emma habló muy poco mientras viajábamos. Parecía taciturna, distraída. Quizá confiaba en que le hubiese dicho todo lo que necesitaba saber. Todo lo que yo sabía.
De vez en cuando la miraba de reojo. Las gafas de sol ocultaban por completo su expresión. A medida que entrábamos y salíamos del sol, las sombras trazaban dibujos en su rostro.
No mencioné que me sentía inquieta, preocupada por la posibilidad de haber cometido un error y estar desperdiciando el tiempo de Emma.
Bueno, para ser más exactos, en realidad estaba más preocupada por la posibilidad de estar en lo cierto.
Una tumba poco profunda en una playa solitaria. Un cadáver en descomposición. Pensé en algunas explicaciones. Todas indicaban una muerte sospechosa y la eliminación de un cadáver.
Emma parecía tranquila. Como yo, había trabajado en decenas, quizá centenares de escenas. Cuerpos incinerados, cabezas cortadas, niños momificados, miembros envueltos en plástico. Para mí nunca era fácil. Me pregunté si por las venas de Emma corría tanta adrenalina como por las mías.
—¿Aquel tipo es un estudiante? —La pregunta de Emma me sacó de mi ensimismamiento.
Seguí su mirada.
Homer Winborne. Cada vez que Topher le daba la espalda, el tipejo sacaba fotos con una pequeña cámara digital.
—Hijoputa.
—Lo tomaré como un no.
—Es un reportero.
—No tendría que tomar fotos.
—Ni siquiera tendría que estar aquí.
Salté del coche y me enfrenté a Winborne.
—¿Qué demonios está haciendo?
Mis estudiantes se convirtieron en estatuas.
—Perdí el transbordador. —El hombro derecho de Winborne bajó cuando deslizó el brazo detrás de la espalda.
—Deme la cámara. —Tono acerado.
—No tiene ningún derecho a quitármela, es de mi propiedad.
—Lárguese de aquí. Ahora. Si no, llamaré al sheriff para que lo detenga.
—Doctora Brennan.
Emma se había acercado. Winborne entrecerró los ojos al ver la inscripción en la camiseta.
—Quizás el caballero pueda mirar desde una cierta distancia. —Emma, la voz de la razón.
Pasé mi mirada furiosa de Winborne a Emma. Estaba tan enfadada que no se me ocurría ninguna réplica adecuada. «De ninguna manera» carecía de estilo, y «ni lo sueñes» tampoco parecía muy original.
Emma me dirigió un gesto apenas perceptible para indicarme que le hiciese caso. Winborne tenía razón, por supuesto. No tenía ninguna autoridad para confiscar su propiedad o darle órdenes. También Emma tenía razón. Más valía controlar a la prensa en lugar de hacer que se marchase furiosa.
¿Era posible que la forense estuviese pensando en las próximas elecciones?
—Lo que tú digas. —Mi respuesta no fue mejor que las que había descartado.
—Siempre y cuando podamos quedarnos con la cámara en custodia. —Emma tendió la mano.
Con una sonrisa satisfecha en mi dirección, Winborne le dio la cámara.
—No vale nada —mascullé.
—¿Dónde quieres que se sitúe el señor Winborne?
—¿Qué tal en tierra firme?
Tal como resultaron las cosas, la presencia de Winborne fue uno de mis menores problemas.
Al cabo de unas horas habíamos cruzado un horizonte que cambió mi excavación, mi verano y mi visión de la naturaleza humana.
3
Topher y un chico llamado Joe Horne comenzaron a trabajar con las palas; quitaban con cuidado la primera capa de mi cuadrado de tres por tres metros. A quince centímetros de profundidad nos topamos con un cambio de coloración.
Envíen al equipo A.
Emma filmó vídeos y tomó fotos, después ambas comenzamos a utilizar las paletas para quitar la tierra alrededor de la mancha. Topher se ocupaba del cedazo. El chico podía ser raro, pero era un fuera de serie con el cedazo. A lo largo de la tarde, los estudiantes se daban una vuelta para observar los progresos. Su entusiasmo de CSI se marchitaba en relación inversa con el aumento del número de moscas.
Para las cuatro habíamos destapado un torso apenas articulado, los huesos de los miembros, el cráneo, y una mandíbula. Los restos estaban envueltos en una tela podrida y coronados con mechones de pelo rubio claro.
Emma llamó varias veces por radio a Junius Gullet, el sheriff del condado de Charleston. En todas las ocasiones le informaron de que Gullet no estaba disponible, ocupado con un problema doméstico.
Winborne nos vigilaba como un sabueso a un conejo. Con la elevada temperatura y el olor, su rostro se había metamorfoseado en algo que se parecía a excrementos en una acera.
A las cinco, mis estudiantes subieron a los coches y partieron hacia el muelle para tomar el transbordador. Topher parecía ser el único dispuesto a trabajar todo el tiempo que fuese necesario. Él, Emma y yo continuamos quitando tierra, sudando y apartando a los califóridos.
Winborne desapareció mientras transferíamos los últimos huesos a una bolsa para cadáveres. No lo vi marcharse. En un momento miré por encima del hombro, y ya no estaba.
Supuse que Winborne corría a contárselo al editor y darle al teclado. Emma no parecía preocupada. Un cadáver no era una gran noticia en el condado de Charleston, con una media de veintiséis asesinatos al año para una población de apenas trescientas mil personas.
Emma afirmaba que habíamos hablado en voz baja y realizado nuestro trabajo con mucha discreción. Winborne no se podía haber enterado de nada que pudiese comprometer la investigación. Aparecer en la prensa podía ser una ventaja, atraería informes de personas desaparecidas, y en última instancia ayudaría en la identificación. Dudaba de eso, pero no dije nada. Era su territorio.
Emma y yo mantuvimos nuestra primera conversación a fondo cuando íbamos hacia el muelle. El sol estaba bajo y sus rayos eran trazos rojos que se filtraban por los árboles sobre la carretera. Pese a que estábamos en movimiento, el olor intenso de los pinos y el pantano no bastaba para disimular el hedor del pasajero de la parte trasera.
Puede que fuesemos nosotras. No veía la hora de lavarme el pelo, ducharme y quemar la ropa.
—¿Primeras impresiones? —preguntó Emma.
—Los huesos están bien conservados, aunque hay menos tejido blando de lo que esperaba tras examinar las primeras vértebras. Ligamentos, algunas fibras musculares en la zona profunda de las articulaciones y poca cosa más. La mayor parte del olor proviene de las prendas.
—El cadáver no las llevaba puestas, sino que estaba envuelto en ellas, ¿correcto?
—Correcto.
—¿IPM? —Emma preguntaba cuánto tiempo había transcurrido desde la muerte de la víctima.
—Para el intervalo post mortem necesitarás estudiar la intervención de los insectos.
—Llamaré a un entomólogo. ¿Un cálculo aproximado?
Me encogí de hombros.
—En este clima, enterrado a poca profundidad, diría que un mínimo de dos años y un máximo de cinco.
—Tenemos un montón de dientes. —Los pensamientos de Emma ya se centraban en la identificación.
—Y que lo digas. Dieciocho en las encías, ocho en el suelo y tres en el cedazo.
—También pelo —añadió Emma.
—Sí.
—Largo.
—No sirve si estás pensando en el género. Mira a Tom Wolfe. Willie Nelson.
—Fabio.
Esta mujer me encanta.
—¿Adónde llevas los restos? —pregunté.
—Todo lo que cae dentro de mi jurisdicción va a la morgue de la MUSC. —La Universidad Médica de Carolina del Sur—. Sus patólogos realizan todas nuestras autopsias. También trabajan allí mi antropólogo forense y el dentista. Creo que en este caso no pediré los servicios de un patólogo.
—El cerebro y los órganos han desaparecido hace mucho. La autopsia será solo del esqueleto. Necesitarás a Jaffer.
—Está en Irak.
—Regresará el mes que viene —dije.
—No puedo esperar tanto.
—Estoy ocupada con el trabajo de campo.
—Se acaba mañana.
—Tengo que llevar el equipo de vuelta a la UCCN. Escribir un informe. Las notas de los alumnos.
Emma guardó silencio.
—Puede que tenga casos en mi laboratorio de Charlotte.
Emma continuó con los labios sellados.
—Tal vez también en Montreal.
Continuamos el viaje en silencio durante un rato, acompañadas por el croar de las ranas y el zumbido del coche. Cuando Emma habló, su voz sonó de otra manera, más suave, y no obstante persistente.
—Es probable que alguien eche de menos a este tipo.
Pensé en la tumba solitaria que acabábamos de abrir.
Pensé en aquella clase tiempo atrás y el tipo en la bañera.
Dejé de poner excusas.
Reanudamos nuestra conversación mientras cargábamos al muerto en la embarcación y soltábamos amarras, pero en cuanto dejamos las aguas tranquilas se volvió a instalar el silencio. Emma aceleró y nuestras palabras se perdieron en el viento, el ruido de los motores y los golpes del agua contra la proa.
Mi coche estaba en el muelle del puerto deportivo de la isla de Palms, una angosta faja urbanizada entre Sullivan’s y Dewees. También la furgoneta del forense. Solo nos llevó cinco minutos transferir nuestra triste carga.
Antes de tomar por el canal de la costa, Emma me dejó con dos palabras.
—Te llamaré.
No discutí. Estaba cansada y hambrienta. Irritada. Quería irme a casa, ducharme y comerme la sopa fría de gambas y cangrejos que había dejado en la nevera.
Mientras atravesaba el muelle vi a Topher Burgess desembarcar del transbordador. Escuchaba su iPod, y no pareció verme ni oírme.
Observé cómo mi estudiante caminaba hacia su Jeep. Un chico curioso, pensé. Inteligente, aunque lejos de ser brillante. Aceptado por los compañeros, pero siempre distante.
Como yo a su edad.
Encendí la luz de cortesía de mi Mazda, saqué el móvil de la mochila y comprobé la señal. Cuatro barras.
Tres mensajes. No reconocí ninguno de los números.
Eran las nueve menos cuarto.
Decepcionada, guardé el móvil, salí del aparcamiento, crucé la isla y giré a la derecha por Palm Boulevard. El tráfico era escaso, aunque no duraría. Dentro de dos semanas los coches estarían taponando estas carreteras como el cieno en un sumidero de drenaje un día de tormenta.
Me alojaba en la casa de una amiga en la playa. Cuando Anne se marchó de Sullivan’s hacía dos años, no se anduvo con chiquitas. Su nueva casa tenía cinco dormitorios, seis baños y los metros cuadrados suficientes para albergar la Copa del Mundo.
Fui hacia la playa por las calles laterales, me adentré en el camino de acceso de la casa de Anne y aparqué junto a la puerta. Ocean Boulevard. Nada de segunda línea.
Todas las ventanas estaban a oscuras porque pensaba regresar antes del anochecer. Sin encender las luces, fui sin demora a la ducha exterior, me desnudé y abrí el grifo del agua caliente. Después de veinte minutos de enjabonado con esencias de romero y menta me sentí recuperada.
Salí de la ducha, metí mis prendas en una bolsa de plástico y las arrojé a la basura. De ninguna manera iba a abusar de la lavadora de Annie.
Envuelta en la toalla, entré en la casa por la galería de atrás y subí a mi habitación. Bragas y camiseta. Me cepillé el pelo. Maravilloso.
Comprobé de nuevo los mensajes mientras probaba la sopa. Nada. ¿Dónde estaba Ryan? Me llevé el móvil y la sopa a la galería. Me senté en una mecedora.
Anne había bautizado su casa con el nombre de Sea for Miles. Muy acertado. El horizonte se extendía desde La Habana hasta Halifax.
El océano tiene algo. Hacía solo un minuto estaba comiendo. Al siguiente me despertó el sonido del móvil. El plato y el cuenco estaban vacíos. No recordaba haber cerrado los ojos.
La voz no era la que esperaba oír.
—Yo.
Solo los chicos de la residencia universitaria y mi ex marido todavía dicen «yo».
—Tío. —Estaba demasiado cansada como para ser brillante.
—¿Qué tal la excavación?
Recordé los huesos que ahora estaban en la morgue de la MUSC. Recordé el rostro de Emma en el momento en que se apartaba del muelle. No quería hablar del tema.
—Bien.
—¿Terminas mañana?
—Quedan algunos cabos sueltos que quizá me lleven más tiempo de lo que esperaba. ¿Cómo está Birdie?
—Vigila a Boyd veinticuatro horas al día, los siete días de la semana. Tu gato cree que mi perro ha sido conjurado del lado oscuro para amargarle la vida. El Chow cree que el gato es un juguete de peluche mecánico.
—¿Quién tiene el control?
—Birdie es con toda claridad el alfa. Entonces ¿cuándo volverás a Charlotte? —Demasiada despreocupación. Algo se traía entre manos.
—No estoy segura. ¿Por qué? —Desconfiada.
—Un caballero vino ayer a mi despacho. Tiene algunos asuntos económicos que tratar con Aubrey Herron y al parecer su hija está enganchada con Herron.
El reverendo Aubrey Herron era un telepredicador con una pequeña pero ferviente audiencia en la región sudeste. Su iglesia se llamaba Divina Misericordia Además de las oficinas centrales y un estudio de televisión, la IDM sostenía varios orfanatos en el Tercer Mundo y clínicas gratuitas en las dos Carolinas y Georgia.
—God Means Charity.[1] —Herron cerraba cada programa con ese eslogan.
—Give Mucho Cash.[2] —Pete citó la variante popular.
—¿Cuál es el problema? —pregunté.
—No están enviando los informes financieros, la chica ha desaparecido y el reverendo Herron se muestra muy poco colaborador en ambos temas.
—¿No debería contratar papá a un investigador privado?
—Ya lo hizo. El tipo ha desaparecido.
—¿Piensas en el triángulo de las Bermudas?
—Alienígenas.
—Tú eres abogado, Pete. No un polizonte.
—Hay dinero de por medio.
—¡No!
Pete no hizo caso.
—¿Papá está preocupado de verdad? —pregunté.
—Va mucho más allá de la preocupación. Se sube por las paredes.
—¿Por el dinero o por la hija?
—Buena pregunta. En realidad, Flynn me ha contratado para que eche un vistazo a los libros. Quiere que le meta presión a la IDM. Si consigo averiguar algo de la hija, mejor todavía. Me ofrecí a achuchar un poco al reverendo.
—Y chamuscarle un poco las alas.
—Con mis conocimientos legales.
De pronto caí en la cuenta.
—Las oficinas centrales de la IDM están en Charleston —dije.
—Hablé con Anne. Me ofreció su casa, si a ti te parece bien.
—¿Cuándo? —Exhalé un suspiro que hubiese enorgullecido a Homer Winborne.
—¿El domingo?
—¿Por qué no? —Solo por un millón de razones.
Un pitido me avisó de una llamada entrante. Cuando aparté el móvil para mirar la pantalla, vi los dígitos que esperaba ver. El prefijo de Montreal.
—Tengo que dejarte, Pete.
Acepté la llamada.
—¿Llamo demasiado tarde?
—Nunca. —Sonreí por primera vez desde que había desenterrado el esqueleto en el tres-este.
—¿Solitaria?
—Dejé mi número en el lavabo de caballeros en Hyman’s Seafood.
—Me encanta que te pongas tan tierna cuando me echas de menos.
Andrew Ryan es detective de la División de Homicidios de la Policía Provincial de Quebec. Ya se lo pueden imaginar: Brennan, antropóloga, Laboratorio de Ciencias Jurídicas y de Medicina Legal; Ryan, poli, Sección de los delitos contra las personas, Sûrété du Québec. Hemos trabajado juntos en la investigación de homicidios durante más de una década.
No hacía mucho que Ryan y yo habíamos comenzado a trabajar también en otro tipo de asuntos. Asuntos personales.
Uno de ellos dio un salto al oír su voz.
—¿Un buen día en la excavación?
Contuve el aliento, me detuve. ¿Compartir? ¿Esperar?
Ryan advirtió la vacilación.
—¿Qué pasa? —me animó.
—Encontramos un enterramiento intrusivo. Un esqueleto completo con restos de tejidos blandos y ropa.
—¿Reciente?
—Sí. Llamé a la forense. Lo exhumamos entre las dos. Ahora está en la morgue.
Ryan era encantador, reflexivo, ingenioso, pero a veces también podía ser muy irritante. Adiviné su respuesta antes de que saliese de sus labios.
—¿Cómo te las apañas para meterte en estas situaciones, Brennan?
—Envío currículos muy bien redactados.
—¿Harás la consulta?
—Tengo que pensar en mis estudiantes.
El viento agitó las hojas de las palmeras. Al otro lado de las dunas, el oleaje machacaba la arena.
—Ja, aceptarás el caso.
No asentí ni negué.
—¿Cómo está Lily? —pregunté.
—Hoy solo tuvimos tres portazos. Cosas de segunda división. Nada de vidrios rotos ni maderas astilladas. Lo interpreto como una señal de que la visita va bien.
Lily era nueva en la vida de Ryan. Y viceversa. Padre e hija no habían sabido nada el uno del otro durante casi dos décadas. Entonces había llamado la madre de Lily.
Con diecinueve años y embarazada, sin decirle una palabra de su estado a Ryan, su desconocido amigo de fin de semana, Lutetia había huido de Canadá para ir a casa de sus padres en las Bahamas. Se había casado en la isla, divorciado cuando Lily tenía doce años y regresado a Nueva Escocia. En cuanto acabó el bachillerato, Lily había comenzado a salir con un grupo poco recomendable. Pasaba noches fuera de casa, la habían detenido por posesión. Lutetia conocía los síntomas. Ella también había conocido la vida rumbosa. Fue así como había conocido a Ryan, que estaba viviendo su propia revolución contracultural. Enterada de que su antiguo amante era ahora un poli, Lutetia había decidido que debía participar en el esfuerzo de rescatar a su hija adolescente.
La noticia había sido como un puñetazo para Ryan, pero había aceptado la paternidad y lo estaba intentando con todas sus fuerzas. Esta visita a Nueva Escocia era su última incursión en el mundo de su hija. Pero Lily no le estaba poniendo las cosas nada fáciles.
—Un consejo —dije—. Paciencia.
—Recibido, mujer sabia. —Ryan sabía de mis propios problemas con mi hija, Katy.
—¿Cuánto tiempo te quedarás en Halifax?
—Ya veremos cómo van las cosas. Aún no he renunciado a la idea de reunirme contigo si es que todavía estás dispuesta a quedarte unos cuantos días más.
Hala.
—Podría ser un tanto complicado. Pete acaba de llamar. Puede que se quede aquí un par de días.
Ryan esperó.
—Tiene que atender un asunto de trabajo en Charleston, y Anne lo invitó. ¿Qué podía decir? Es la casa de Anne y hay camas suficientes para acomodar al Colegio de Cardenales.
—¿Camas o dormitorios?
En ocasiones, Ryan tiene menos tacto que un cirujano con manoplas.
—¿Me llamas mañana? —Di por concluido el tema.
—¿Borrarás tu número de la pared del lavabo?
—Por supuesto.
Me sentía inquieta después de hablar con Pete y Ryan. Quizás era la siesta inesperada. Tenía claro que no dormiría.
Me puse un pantalón corto y caminé descalza por la pasarela de tablas. La marea baja había dejado quince metros de playa ante mí. Un trillón de estrellas titilaban en el cielo. Mientras caminaba por la orilla, dejé vagar los pensamientos.
Pete, mi primer amor. Mi único amor durante más de dos décadas.
Ryan, mi primer intento desde la traición de Pete.
Katy, mi maravillosa, frívola y por fin a punto de licenciarse hija.
Pero sobre todo pensé en aquella triste tumba de Dewees. La muerte violenta forma parte de mi trabajo. La contemplo a menudo, y sin embargo nunca me acostumbro a ella.
He llegado a pensar que la violencia es una manía que se perpetúa a sí misma, el poder de los agresivos contra los más débiles. Los amigos me preguntan cómo puedo soportar el trabajo que hago. La respuesta es sencilla. Estoy decidida a destruir a los maníacos antes de que destruyan a más inocentes.
La violencia hiere el cuerpo y la mente. Del que la ejecuta. Del que la sufre. De los que lloran. De toda la humanidad. Nos rebaja a todos.
A mi modo de ver, la muerte en el anonimato es el insulto final a la dignidad humana. Pasar la eternidad debajo de una placa que dice «Desconocido». Desaparecer en una tumba sin nombre sin que aquellos que te quieren sepan que te has ido. Es una ofensa. No puedo devolverles la vida a los muertos, pero sí que puedo reunir a las víctimas con sus nombres y darles a aquellos que viven un final de trayecto. De esa manera, ayudo a hablar a los muertos, a que digan un último adiós y, algunas veces, a decir qué les arrebató la vida.
Iba a aceptar la petición de Emma. Por ser quien soy. Por lo que siento, no me marcharé.
4
A la mañana siguiente me quedé en la cama mirando el amanecer del nuevo día. Me había olvidado de bajar las persianas, así que contemplé como el alba pintaba el océano, las dunas y la terraza al otro lado de los ventanales de Anne.
Cerré los ojos y pensé en Ryan. Su reacción había sido previsible, con la intención de divertir. Pero me pregunté qué hubiese dicho de haber estado aquí. Si hubiese visto la tumba. Lamenté haberme enfadado con él. Le echaba de menos. Llevábamos separados más de un mes.
Pensé en Pete. El cariñoso, encantador y adúltero Pete. Me había dicho a mí misma que lo había perdonado. Pero ¿lo había hecho de verdad? Y si no lo había hecho, ¿por qué no había solicitado el divorcio para liberarme por fin?
Los abogados y el papeleo. ¿Era esa la razón verdadera?
Me puse de lado y subí la colcha hasta la barbilla.
Pensé en Emma. No tardaría en llamar. ¿Qué le diría?
No tenía ningún motivo para negarme a la petición de Emma. Por supuesto, Charleston estaba lejos de mi ámbito natural de trabajo. Pero Dan Jaffer estaría fuera del país durante varias semanas más. Anne me ofrecía su casa todo el tiempo que quisiese. Ryan estaba en Nueva Escocia, pero había dicho que quizá vendría a Charleston. Katy se encontraba en Chile, en un curso de cuatro semanas de literatura española.
Sonreí. Mi hija había bautizado el curso de verano con el nombre de «Cervantes y cerveza». No importa el nombre, aquellos tres últimos créditos significarían el final de una licenciatura que le había ocupado seis años. ¡Sí!
Otra vez Emma. El dilema de Emma.
Mis estudiantes podían llevar el equipo a la UCCN. Yo podía completar sus evaluaciones desde aquí y enviar los resultados por e-mail. Podía hacer lo mismo con el informe para el arqueólogo del estado.
¿Se amontonaban los casos en Montreal? Podía llamar y averiguarlo.
¿Qué hacer?
Muy fácil. Café y un panecillo.
Aparté las mantas. Me vestí.
Un aseo rápido. El pelo recogido en una cola. Hecho.
Creo que fue lo que me atrajo de la arqueología. El no tener que maquillarme ni peinarme. Cada día es un viernes despreocupado. Más que despreocupado.
Mientras tostaba el pan, el café estaba en marcha. El sol ya se había levantado y la temperatura subía. Salí de nuevo a la terraza.
Soy adicta a las noticias. Las necesito. Cuando estoy en casa, mi mañana comienza con la CNN y un periódico. El Observer en Charlotte. La Gazette en Montreal. La edición electrónica del NY Times. Cuando viajo, compro el USA Today, la prensa local, incluso la prensa amarilla si estoy desesperada.
No había reparto a domicilio en Sea for Miles. Mientras desayunaba, leí el Post and Courier que había comprado el jueves pero que apenas si había hojeado.
Una familia había muerto en el incendio de una vivienda. El origen del fuego había sido un cortocircuito.
Un hombre había demandado a un restaurante de pollo frito después de encontrar una oreja en la ensalada de col. La policía y los inspectores de salud pública no habían encontrado a nadie que le faltase una oreja entre los empleados que se ocupaban de preparar las ensaladas. Se estaban haciendo los análisis de ADN.
Un hombre había desaparecido y las autoridades solicitaban la ayuda del público. Jimmie Ray Teal, de cuarenta y siete años de edad, dejó el apartamento de su hermano en Jackson Street alrededor de las tres de la tarde del lunes 8 de mayo para ir al médico. Desde entonces no se le había vuelto a ver.
Mis células cerebrales recibieron la señal. ¿La isla de Dewees?
De ninguna manera. Teal respiraba once días atrás. La víctima de nuestra bolsa de cadáveres no había respirado oxígeno por lo menos en dos años.
Había llegado a la sección semanal del barrio cuando sonó el móvil. Miré la pantalla. Arriba el telón.
Emma era una peleadora callejera. Fue directa a por los riñones.
—¿Quieres que ganen?
El sermón de anoche durante el paseo por la playa.
—¿Cuándo? —pregunté.
—¿Mañana a las nueve?
—¿Cuál es la dirección?
La apunté.
A diez metros de la orilla, una pareja de delfines quebró la superficie del mar, con sus lomos gris azulado brillantes bajo el sol de la mañana. Los miré elevarse, luego zambullirse para desaparecer en un mundo que no conocía.
Me hice la pregunta mientras me acababa el café.
¿En qué mundo desconocido estaba a punto de entrar?
El resto del día transcurrió con toda normalidad.
En el yacimiento, les expliqué a mis estudiantes lo ocurrido después de que se marchasen el día anterior. Luego me dediqué a guardar las últimas fotos y notas, y ellos fueron cubriendo las trincheras. Entre todos limpiamos las paletas, las palas, los cepillos y los cedazos, devolvimos los coches eléctricos al garaje del muelle y subimos a bordo del Aggie Gray para el servicio de las seis de la tarde.
Aquella noche, el grupo cenó gambas y ostras en el Boat House en Breach Inlet. Después de cenar, nos reunimos de nuevo en la galería de Anne para una última reunión de clase. Los estudiantes repasaron lo que habían hecho y verificaron que no habían olvidado catalogar ningún hueso o utensilio. Alrededor de las nueve, distribuyeron los equipos en sus vehículos, intercambiaron abrazos y se marcharon.
Sufrí la habitual desilusión del final de la experiencia colectiva. Claro que me sentía aliviada. La escuela de campo había concluido sin ningún desastre importante, y ahora podía centrarme en el esqueleto de Emma. Pero la partida de los estudiantes también me dejó con una profunda sensación de vacío.
No hay duda de que los chicos pueden ser cargantes. Las charlas incesantes. Las payasadas. La falta de atención. Por el otro lado mis estudiantes transmitían vitalidad, rebosaban entusiasmo, irradiaban juventud.
Me senté por unos momentos, envuelta en el silencio de la casa de un millón de dólares de Anne. Por irracional que parezca, percibí la quietud como una sensación de amenaza, no de calma.
Caminé por la casa, entretenida en apagar las luces, y subí las escaleras hasta mi habitación. Al abrir el ventanal, agradecí el sonido de las olas en la arena.
A las ocho y media de la mañana siguiente circulaba por Cooper River Bridge, una impresionante estructura posmoderna que une Mount Pleasant y las islas con Charleston. Con sus colosales columnas y los arcos de sostén, el puente siempre me hace pensar en un tricerátops impresionista, congelado en acero. El puente se alza a una altura considerable sobre la tierra firme, Anne todavía pierde el color cada vez que lo cruza.
La MUSC está en la parte noroeste de la península, a medio camino entre la Ciudadela y el barrio antiguo. Continué por la autopista 17 hasta llegar a Rutledge Avenue, y luego crucé el campus hasta el aparcamiento que me había indicado Emma.
El sol me calentaba el cuello y el pelo cuando crucé Sabin Street hasta un edificio enorme sin más nombre que el de Hospital Principal. Siguiendo las instrucciones de Emma, encontré la entrada de la morgue, subí la rampa y apreté el botón junto a un altavoz cuadrado. En cuestión de segundos se oyó el zumbido de un motor y se alzó una de las dos puertas metálicas de color gris.
Emma tenía un aspecto horrible.
El rostro pálido, la ropa arrugada. Las bolsas debajo de los ojos parecían lo bastante grandes como para contener varias mudas de ropa.
—Hey —dijo en voz baja.
—Hey. —Vale. Suena extraño. Pero es como nos saludamos los sureños.
—¿Estás bien? —pregunté. Sujeté una de las manos de Emma entre las mías.
—Migraña.
—Esto puede esperar.
—Ahora estoy bien.
Emma apretó un botón y la puerta se cerró detrás de mí.
—No me marcharé de la ciudad —añadí—. Podemos empezar cuando te sientas mejor.
—Estoy bien. —Muy bajo, pero sin ceder ni un ápice.
Emma me precedió por otra rampa de cemento. Cuando llegamos al final de la rampa vi dos puertas de acero inoxidable herméticas, tras las que supuse estaban los frigoríficos. Delante había una puerta normal que daba acceso a las partes más pobladas del hospital. Sala de urgencias, obstetricia y ginecología y la unidad de cuidados intensivos. Todas trabajan por la vida. Nosotros estamos en el otro lado. El lado de la muerte.
Emma señaló con la barbilla una de las puertas metálicas.
—Nosotros estamos aquí.
Nos acercamos y Emma abrió la puerta. Nos envolvió el aire gélido cargado con el olor de la carne refrigerada y la putrefacción.
La sala medía unos seis por cinco metros y contenía una docena de camillas con bandejas desmontables. En seis de ellas había bolsas de cadáveres, algunas hinchadas, otras que apenas si hacían bulto.
Emma escogió una bolsa que parecía lastimosamente plana. Quitó el freno con la punta del pie y empujó la camilla hacia el pasillo. Yo mantuve abierta la puerta que ella me había indicado.
Un ascensor nos llevó hasta un piso superior. Salas de autopsias. Vestuario. Puertas que daban a lugares que no podía identificar. Emma decía poco. Preferí no molestarla con preguntas.
Mientras nos cambiábamos, me explicó que hoy yo sería la estrella. Era la antropóloga. Ella la forense. Yo daría las órdenes. Ella sería mi ayudante. Más tarde, ella incorporaría mis hallazgos en un único expediente, junto a los de todos los demás expertos, y daría su dictamen.
Entramos en la sala de autopsias. Emma verificó de nuevo todo el papeleo, escribió el número del caso en una tarjeta de identificación y tomó fotos de la bolsa sin abrir. Yo encendí mi portátil y acomodé las hojas de trabajo en una tablilla.
—¿Número del caso? —Utilizaría el sistema de etiquetado del forense del condado de Charleston.
Emma levantó la tarjeta de identificación.
—Tiene el código 02, indeterminado. Este año es el muerto 277.
Escribí CCC-2006020277 en el recuadro del formulario.
Emma extendió una sábana sobre la mesa de autopsias y colocó un cedazo en el fregadero. Después nos atamos los cordones de los delantales de plástico detrás del cuello y en la cintura, nos pusimos las mascarillas sobre la boca y los guantes.
Emma abrió la cremallera de la bolsa.
El pelo estaba en un recipiente de plástico pequeño, los dientes sueltos en otro. Los coloqué en el mostrador.
El esqueleto estaba tal como lo recordaba, en su mayor parte intacto, con solo unas pocas vértebras, la tibia izquierda y el fémur unidos por restos de tejido reseco. Los huesos sueltos se habían mezclado durante el transporte.
Comenzamos por extraer todas las inclusiones de insectos visibles y las guardamos en tubos de ensayo. Después, Emma y yo limpiamos hasta donde pudimos la tierra adherida a los huesos, y la guardamos para una inspección posterior. A medida que avanzábamos, me encargué de colocar los elementos en orden anatómico en la sábana.
Para el mediodía habíamos acabado con el laborioso proceso. Teníamos dos cajas y cuatro tubos de ensayo en el mostrador, y el esqueleto en la mesa, con los huesos de las manos y de los pies desplegados como los de un espécimen en un catálogo de suministros biológicos.
Hicimos una pausa para una comida rápida en la cafetería. Emma tomó un vaso grande de Coca-Cola y gelatina. Yo comí patatas fritas y un bocadillo de atún que dejaba mucho que desear. A la una volvimos a la sala de autopsias.
Yo me ocupaba de inventariar, identificar y separar los huesos correspondientes a los lados izquierdo y derecho, y Emma tomaba más fotos. Luego desapareció con el cráneo, la mandíbula y los dientes sueltos para que hiciesen las radiografías dentales.
Estaba intentando descifrar el género cuando reapareció Emma. Sospechaba que la víctima era un varón, porque la mayoría de los huesos eran grandes y mostraban fuertes fijaciones musculares.
—¿Preparada para el sexo? —pregunté.
—Me duele la cabeza.
Sí, me gustaba esta mujer.
Cogí la mitad de una pelvis y señalé la parte delantera.
—El hueso púbico es fuerte, la rama inferior es gruesa, y el ángulo subpúbico es más en V que en U. —Le di la vuelta al hueso y pasé el dedo por dentro de un agujero debajo de la ancha hoja pélvica—. El agujero ciático es angosto.
—Estás pensando en el cromosoma Y.
Asentí.
—Veamos el cráneo.
Emma me lo pasó.
—Los promontorios de las cejas son anchos, los bordes orbitales romos. —Giré el cráneo. Tenía un bulto grande en mitad de la parte trasera—. La protuberancia occipital es lo bastante grande como para necesitar un código postal.
—Chico de pies a cabeza.
—Sí. —Escribí «varón» en el formulario.
—¿Edad? —preguntó Emma.
Por lo general, las muelas del juicio aparecen a finales de la adolescencia o en los primeros veinte años, más o menos al mismo tiempo en que el esqueleto acaba su desarrollo. La última marca del desarrollo es una pequeña unión en la clavícula por el lado de la garganta. La osificación clavicular junto con la aparición de las muelas del juicio son buenos indicadores de la edad adulta.
—¿Están todas las muelas? —pregunté.
Emma asintió.
Cogí la clavícula.
—La epífisis media está osificada. —Dejé el hueso en la mesa—. Por lo tanto, no es un adolescente.
Me ocupé una vez más de la pelvis. De nuevo me interesó la parte del vientre, en esta ocasión el punto que une las ramas superiores, derecha e izquierda, de los huesos púbicos durante la vida. En los jóvenes adultos, estas ramas tienen la topografía de una cordillera, puras montañas y valles. Con la edad, las montañas se desgastan y los valles se rellenan.
—La sínfisis púbica es lisa —comenté—. Con un borde alzado alrededor del perímetro. Echemos una ojeada a las radiografías dentales.
Emma encendió la luz de una de las cajas, y luego vació diez rectángulos negros de un sobre pequeño. Coloqué las placas sobre el vidrio iluminado en dos hileras, los dientes superiores e inferiores, con cada diente en la posición correcta.
A lo largo de la vida, los alvéolos dentales y los canales de las raíces se llenan con la dentina secundaria. Cuanto más viejo es el diente, más opaca es la imagen en la radiografía. Estos indicaban que se trataba de un adulto entre joven y de mediana edad. Además, todas las raíces molares estaban completas hasta el final, y el desgaste de las coronas era mínimo.
—Los dientes se corresponden con los huesos —afirmé.
—¿Lo cual significa?
—Entre cuarenta y cincuenta. Pero no olvides que los varones son variables.
—Estás siendo muy generosa —opinó Emma—. ¿Raza?
Volví al cráneo.
Evaluar los identificadores raciales por lo general suele ser complicado. No con este tipo.
La parte inferior no mostraba ninguna proyección frontal visto de lado. Los huesos nasales se unían en un ángulo en forma de campanario en la línea media. Las fosas eran constreñidas, con un afilado borde inferior y una cresta ósea en el centro.
—Nariz angosta y prominente. Perfil facial plano.
Emma me observó mientras yo alumbraba con una linterna el canal del oído.
—Todavía se ve la abertura oval del oído interno.
Alcé la mirada y vi que Emma tenía los ojos cerrados y se masajeaba las sienes con unos círculos lentos.
—Pasaré las medidas por el Fordisc 3.0, pero este tipo parece sacado de una página del libro de fotos de caucasianos.
—Un varón blanco de unos cuarenta y tantos.
—Para ir sobre seguro, yo diría entre treinta y cinco y cincuenta años.
—¿Intervalo de la muerte?
Señalé los tubos de plástico del mostrador.
—Muchas crisálidas vacías, unos cuantos escarabajos muertos y pieles de escarabajo. El entomólogo podrá darte un intervalo post mortem fiable.
—Los insectos llevan tiempo. Quiero introducir los datos en el CNIC cuanto antes.
Emma se refería al Centro Nacional de Información Criminal del FBI, un índice informatizado de los prontuarios policiales, los fugitivos, las propiedades robadas, las personas desaparecidas y las no identificadas. Con una base de datos tan enorme, cuanto más ajustado es el intervalo más fácil es obtener un resultado fiable.
—En un primer momento dije entre dos y cinco años, pero para estar seguras no podemos excluir ninguna posibilidad. Yo ampliaría el intervalo de uno a cinco años.
Emma asintió.
—Si en el CNIC no aparece nada, comenzaré a consultar las denuncias de personas desaparecidas de la región.
—Los dientes ayudarán —señalé—. Este tipo tiene unos cuantos empastes en la boca.
—Nuestro odontólogo lo tiene apuntado para el lunes. —Emma se frotó las sienes una vez más. Aunque lo intentaba con todas sus fuerzas, se la veía agotada.
—Mediré los huesos de las piernas y calcularé la estatura —dije.
Un débil gesto de asentimiento.
—¿Algún otro identificador?
Sacudí la cabeza.
—No he visto ningún trauma cicatrizado, ninguna anomalía congénita, ni una sola característica destacable en el esqueleto.
—¿Causa de la muerte?
—Nada obvio. Ninguna fractura, ninguna entrada o salida de bala, ningún corte de un instrumento afilado. Me gustaría observar los huesos ampliados cuando estén bien limpios, pero por el momento, nada.
—¿Radiografías de cuerpo entero?
—No harían ningún daño.
Sonó el móvil de Emma cuando yo comenzaba a medir un fémur. La oí caminar hasta el mostrador y abrir la tapa.
—Emma Rousseau.
Escuchó.
—Puedo soportarlo. —Con un tono cauto.
Una pausa.
—¿Hasta qué punto es malo?
Una pausa más larga.
—¿Y ahora qué? —Tensa.
La miré.
Emma me daba la espalda. Aunque su rostro estaba oculto, su voz me dijo que algo iba muy mal.
5
Emma tiró el móvil sobre el mostrador, cerró los ojos y permaneció inmóvil. La miré, consciente de que intentaba dominar el martilleo en su cabeza.
He padecido migraña. Conozco perfectamente el dolor. Sabía que ni siquiera en el caso de Emma, la fuerza de voluntad vencería. Nada calma la dilatación de las venas craneales excepto el tiempo y el sueño. Y los medicamentos.
Me centré de nuevo en las medidas. Lo mejor era acabar cuanto antes con la estimación de la estatura para que Emma pudiese irse a casa y dormir. Si quería hablar de la llamada telefónica, ya lo haría.
Oí como se abría y cerraba la puerta.
Había pasado de la tabla osteométrica a mi ordenador cuando se abrió de nuevo la puerta. Las pisadas cruzaron el suelo de azulejos mientras yo introducía la última medida y le pedía al programa que hiciese el cálculo.
—Revisé las prendas. —Emma estaba a mi lado—. No hay cinturón, zapatos, joyas o efectos personales. Nada en los bolsillos. La tela está podrida y las etiquetas apenas si se ven, pero creo que los pantalones son de una cuarenta y ocho larga. Si eran los suyos, el tipo no era bajo.
—Entre un metro setenta y cinco y un metro ochenta y dos. —Me aparté un poco para que pudiese ver mejor la pantalla.
Emma leyó la estatura estimada y se acercó a la mesa. Alargó una mano para acariciar el cráneo.
—¿Quién eres, hombre blanco, alto y cuarentón? —La voz de Emma era suave, tan íntima como una caricia—. Necesitamos un nombre, grandullón.
El momento era tan personal que me sentí como una espía.
Así y todo comprendía muy bien el significado de las palabras de Emma.
Gracias a las series policíacas de la televisión, que no están lo que se dice muy bien documentadas, el público tiene ahora al ADN como la brillante Excalibur de la justicia moderna. Hollywood ha propalado el mito de que la doble hélice resuelve todos los enigmas, abre todas las puertas, corrige todos los males. ¿Tiene huesos? Ningún problema. Extraiga el ADN y deje que la pequeña molécula obre su magia.
Por desgracia, no funciona de esa manera en el tema de los cuerpos sin nombre. Un ser anónimo existe en el vacío, despojado de todo lo que lo une a la vida. El anonimato significa no tener familia, un dentista, un hogar donde buscar un cepillo de dientes o un chicle.
Ningún nombre.
Con nuestro perfil, Emma podía ahora enviar al CCC-2006020277 al sistema y buscar las coincidencias entre las personas desaparecidas. Si las coincidencias dan una cantidad de nombres manejable, podía solicitar las historias médicas y dentales y ponerse en contacto con los familiares para comparar las muestras de ADN.
Levanté un poco el borde del guante de la mano izquierda para consultar mi reloj. Las cuatro cuarenta y cinco.
—Llevamos trabajando ocho horas —dije—. Este es el plan. Comenzaremos de nuevo el lunes. Tú pide las radiografías de cuerpo entero. Yo revisaré las radiografías y examinaré los huesos mientras el dentista se encarga de los dientes. Después lo pasas todo por el CNIC.
Emma se volvió. Las luces fluorescentes hacían que su rostro pareciese carne de autopsia.
—Estoy tan animada como Cerbero —comentó, con voz apagada.
—¿Quién es Cerbero? —pregunté.
—No estoy segura.
—Te vas a casa.
No discutió.
En el exterior, la tarde era pesada y húmeda. Era plena hora punta y el humo de los tubos de escape se mezclaba con el aire salado proveniente del mar. Aunque era mayo, la ciudad ya olía a verano.
Emma y yo bajamos la rampa. Antes de separarnos, titubeó, separó los labios como si fuese a hablar. Creí que iba a explicarme la llamada telefónica. En cambio, me deseó un buen fin de semana y se marchó por la acera.
El coche era un horno. Bajé las ventanillas. Puse el CD de Sam Fisher, People Living. Melancólica. Volátil. La música ideal para mi humor.
Al cruzar el río Cooper, vi los nubarrones que asomaban por el este. Se avecinaba una tormenta. Decidí pasar por Simmon’s Seafood y después cenar sola en casa.
La pescadería estaba vacía. En las bandejas de acero quedaban los restos de la pesca del día sobre un lecho de hielo picado.
Hasta la última célula de mi hipotálamo se despertó ante la visión del pez espada.
También los muchachitos de la conciencia. ¡Sobrepesca! ¡Especies en declive! ¡Incumplimiento de las leyes pesqueras!
Perfecto. De todas maneras, ¿no se supone que el pez espada está cargado de mercurio?
Eché un vistazo a las lampugas.
Ninguna protesta del púlpito de matones en mis lóbulos frontales.
Como siempre cené en la terraza, con la interpretación por parte de la naturaleza de un espectáculo de luz en tres actos. Me imaginé el libreto.
Escena I, la luz del sol se apaga y la noche va desplazando al día poco a poco. Escena II, los relámpagos danzan un fandango en las nubes de un color verde oscuro. Escena III, todo pasa a gris mientras la lluvia machaca las dunas y el viento fustiga las palmeras.
Dormí como un bebé.
Me desperté con el sol que alumbraba las cortinas. Y los golpes.
Me incorporé en la cama. Intenté ubicar el sonido. ¿La tormenta había soltado una de las persianas contra huracanes? ¿Había alguien en casa?
Miré el reloj. Las ocho cuarenta.
Me puse la bata, fui de puntillas hasta las escaleras, bajé tres escalones y me agaché para mirar la puerta principal. Se veía la silueta de una cabeza y los hombros a través del vidrio oval esmerilado.
Mientras miraba, la cabeza apoyó la nariz en el vidrio y después se apartó. Se reanudaron los golpes.
Sin caer en el melodrama, subí los escalones y, siempre de puntillas, fui hasta uno de los dormitorios del frente, aparté la cortina y miré el camino de entrada. Resuelto el misterio. El último juguete mecánico de Pete estaba aparcado detrás de mi Mazda.
Volví a mi dormitorio, me vestí con las mismas prendas del día anterior y bajé las escaleras a toda prisa.
Al acercarme a la puerta, los golpes dieron paso a los rasguños.
Quité el cerrojo. Los rasguños alcanzaron un nivel frenético.
Giré el pomo.
La puerta se abrió de golpe. Boyd se alzó sobre las patas traseras y apoyó las delanteras en mi pecho. Mientras intentaba recuperar el equilibrio, el chow bajó las patas y comenzó a correr alrededor de mis tobillos hasta que ambos acabamos enredados con su correa.
Sin alterarse por la conmoción, Birdie saltó del pecho de Pete. Las patas estiradas y las orejas planas en una perfecta muestra de aerodinámica, el gato cruzó el vestíbulo y corrió hacia la parte trasera de la casa.
Desconcertado, o quizá solo enormemente feliz por estar fuera del coche, Boyd inició la persecución, con la correa haciendo eses detrás. Patinó a través del vestíbulo y el comedor y pasó por la puerta de la cocina como una flecha.
—¡Bueeeenos días, Charleston! —Pete me estrujó entre sus brazos al tiempo que hacía su imitación de Robin Williams.
Apoyé las palmas en el pecho de Pete y empujé.
—Jesús, Pete, ¿a qué hora has salido de Charlotte?
—El tiempo no espera a nadie, bombón.
—No me llames así.
—Guisantito.
Algo fuera de nuestra visión se quebró.
—Cierra la puerta. —Me dirigí a la cocina.
Pete me siguió.
Boyd estaba investigando el contenido de un paquete de galletas. Birdie miraba desde la seguridad de lo alto de la nevera.
—Es la primera cosa que comprarás para Anne —dije.
—Está en la lista.
Boyd nos miró, con el hocico lleno de migas, y luego continuó lamiendo el paquete de Lorna Doones roto.
—¿No pudiste encontrar una perrera? —pregunté. Llené un cuenco con agua.
—A Boyd le encanta la playa —respondió Pete.
—A Boyd le encantaría un gulag si le dieran de comer.
Dejé el cuenco en el suelo. El perro comenzó a beber. Su lengua se movía como una larga anguila roja.
Mientras preparaba el desayuno, Pete descargó el coche. El cuenco y el cajón de arena del gato, comida canina y felina, once bolsas del supermercado, un maletín grande, una bolsa de trajes, y una maleta pequeña.
Típico de Pete. Un as en la cocina, un salvaje en materia de vestuario.
Con un cuello dos tallas más grande que el torso, mi ex marido nunca encuentra camisas que le vayan bien. Nada de qué preocuparse. Su forma de vestir en tres estilos no ha cambiado desde que lo conocí en los años setenta. Pantalón corto y vaqueros cuando era posible; americana para ocasiones más elegantes; traje y corbata cuando iba a los juzgados.
Hoy traía un polo de rombos Rosasen, pantalón corto y mocasines sin calcetines.
—¿Crees que has comprado víveres suficientes? —pregunté mientras sacaba una caja de una docena de huevos de una de las bolsas.
—Tanta comida. Tan poco tiempo...
—Lo estás haciendo lo mejor posible.
—Así es. —La gran sonrisa de Janis Pete Petersons—. Me dije que quizá no me esperabas para el desayuno.
Había esperado que llegase a última hora de la tarde.
—Estuve a punto de seguir viaje cuando vi el otro coche. —El gran guiño de Janis Pete Petersons.
Dejé de cascar huevos y me volví.
—¿Qué otro coche?
—Aparcado en la entrada. Salió, y pude entrar.
—¿Qué clase de coche?
Pete se encogió de hombros.
—Oscuro. Grande. Cuatro puertas. ¿Dónde dejo el cajón de la arena?
Moví un brazo hacia la despensa. Pete desapareció con el cajón del gato.
Intrigada, comencé a batir los huevos. ¿Quién podría haber venido aquí tan temprano un domingo por la mañana?
—Lo más probable es que fuese un turista que buscaba su casa de la playa. —Pete había vuelto a la cocina y se ocupaba de preparar café—. Hay muchísimas casas que se alquilan de domingo a domingo.
—Sí, pero la entrada nunca es antes del mediodía. —Saqué dos rebanadas de pan de la tostadora y puse otras dos.
—Vale. Alguien que se marchaba. Se detuvo para programar su GPS antes de dirigirse a Toledo.
Le di a Pete los manteles y los cubiertos. Los distribuyó y se sentó a la mesa.
Apareció Boyd, que apoyó el hocico en la rodilla de Pete. Él bajó una mano y comenzó a rascar la oreja del chow.
—O sea, que la escuela de campo ya es historia. ¿Tienes intención de pasar el día en la playa?
Le hablé del esqueleto de Dewees.
—No me jodas.
Serví el café, le pasé un plato a Pete y me senté en la silla opuesta. Boyd pasó de la rodilla de Pete a la mía.
—Un varón blanco de unos cuarenta y tantos. Ninguna señal de muerte violenta.
—Excepto que el tipo estaba en una tumba clandestina.
—Sí, excepto por ese detalle. ¿Te acuerdas de Emma Rousseau?
Pete masticó más lento. Levantó el tenedor.
—Pelo castaño largo. Unas tetas que...
—Ahora es la forense del condado de Charleston. Un dentista se ocupará el lunes de examinar los dientes del desconocido. Después Emma pasará las descripciones por el CNIC.
Boyd resopló, golpeó mi rodilla con el hocico para hacer saber que aún continuaba allí y que estaba interesado en los huevos.
—¿Cuánto tiempo te quedarás aquí? —preguntó Pete.
—Todo el tiempo que sea necesario para ayudar a Emma con esos huesos. El antropólogo forense local está de viaje. Explícame de qué va este asunto de Herron.
—El cliente vino el miércoles. Patrick Bertolds Flynn. Los amigos lo llaman Buck.
Pete se acabó los huevos.
—Un tipejo de lo más puritano. Le ofrecí café. Flynn me respondió que no consumía estimulantes. Se comportó como si le hubiese propuesto esnifar unas cuantas rayas.
Pete apartó el plato. Al oír el ruido, Boyd se dirigió al otro lado de la mesa. Pete le dio al chow un trozo de tostada.
—Con un porte que haría estar orgulloso a un sargento de instrucción. Mirada directa.
—Un análisis impresionante. ¿Flynn es un antiguo cliente?
Pete sacudió la cabeza.
—No lo era hasta ahora. La madre de Flynn es letona. Dagnija Kalnins. Me escogió porque soy de la tribu.
—¿Qué quería?
—Tardó horrores en ir al grano. No acababa nunca con la Biblia, los menos afortunados y la responsabilidad cristiana. Comencé a llevar la cuenta cada vez que escuchaba las palabras «obligación» y «deber». Renuncié cuando llegué al millón.
No parecía haber nada que mereciese un comentario, así que no dije nada. Pete interpretó mi silencio como un reproche.
—Flynn creyó que estaba tomando notas. ¿Más café?
Asentí. Pete llenó las tazas, se sentó y se balanceó en la silla.
—Para resumir. Flynn y un grupo de forofos de la Biblia han estado financiando a Herron y su Iglesia de la Divina Misericordia, la IDM. Los chicos de la pasta no están muy contentos con lo que consideran una falta de información financiera.
Unas patas golpearon el mostrador, después el suelo. Birdie abandonó la cocina a paso rápido. La mirada de Boyd no se apartó ni un segundo del plato de Pete.
—Por otro lado, la hija de Flynn se unió a Herron hará cosa de unos tres años. Helene, así se llama, trabajó en varias de las clínicas gratuitas que financia el reverendo. Según Flynn, al principio ella le llamaba con regularidad para comentarle el trabajo que la IDM estaba haciendo en beneficio de los pobres y lo gratificante que era colaborar en el esfuerzo.
Pete sopló el café antes de beber un sorbo.
—Después las llamadas se fueron espaciando. Cuando Helene llamaba, parecía desilusionada, se quejaba de que la clínica donde estaba nunca tenía todo lo necesario, que el mantenimiento era un desastre y que a los pacientes no se les atendía correctamente. Pensaba que la IDM podía estar trampeando las cuentas, o que el doctor que dirigía la clínica se quedaba con parte de la pasta.
Más café.
—Flynn admitió que se mostró poco comprensivo, creyó que Helene había emprendido otra de sus cruzadas en pro de los pobres. Al parecer, era algo que hacía con frecuencia. Además, Flynn quería que la chica emprendiese una carrera más tradicional. Como resultado, las cosas se volvieron no tan cálidas y cariñosas entre Helene y el viejo. Claro que Buck no es un tipo cálido y cariñoso que digamos.
—Así que ahora Flynn y sus amigos quieren saber cómo gastan su dinero. ¿Por qué el cambio?
—Por las razones que sean, un fallo en la comunicación, una dedicación excesiva a la salvación de almas perdidas, la IDM no se está dando ninguna prisa en responder a la pregunta inicial de Flynn.
—Y Flynn no es de los que tolera bien que no le hagan caso.
—Bingo. Por lo tanto, el dinero es mi objetivo primario. Pero hay algo más. Helene ha desaparecido, y Herron no se muestra muy dispuesto a ofrecer ninguna explicación en ese punto tampoco. Creo que el interés de Flynn en Herron puede surgir en parte de la arrogancia y el orgullo herido, y en parte por un sentimiento de culpa.
—¿Cuánto tiempo hace que Helene ha desaparecido?
—Flynn no ha sabido nada de su hija desde hace seis meses.
—¿Qué pasa con la señora Flynn?
—Falleció hace años. No hay hermanos ni hermanas.
—¿Y ha comenzado a buscar a su hija ahora?
—Su última conversación acabó en una pelea. Helene le dijo que no la llamase nunca más, y él lo hizo. La única razón por la que ha sacado a relucir el tema de Helene es que está decidido a solicitar una auditoría y al parecer cree que yo podría averiguar algo más sobre la desaparición de Helene ya que estoy metido en el asunto. Al menos es lo que dice.
Enarqué las cejas como una muestra de sorpresa.
—Flynn es un tipo muy rígido.
—¿Le preguntó a Herron por Helene?
—Sí. Pero ver al reverendo es como conseguir una audiencia con el Papa. La gente de Herron le dijo a Flynn que antes de marcharse, Helene había comentado a algunos miembros del personal de la IDM que se había interesado por un puesto de trabajo en una clínica gratuita en Los Ángeles. Mencionó que era un lugar importante.
—¿Qué más?
—Flynn consiguió convencer a la poli para que hablasen con la casera de la muchacha. Dijo que Helene le había enviado una nota donde le comunicaba su marcha. En el sobre estaba la llave y el dinero del último mes de alquiler. Helene dejó algunas cosas, pero nada de valor. El apartamento no era más que un estudio pequeño amueblado.
—¿Qué hay de las cuentas bancarias? ¿Las tarjetas de crédito? ¿Los registros de llamadas del móvil?
—Helene no creía en las posesiones mundanas.
—Quizá todo esto no tiene mayor importancia. Puede que se haya largado a la costa Oeste y no se haya molestado en comunicarlo.
—Puede.
Lo pensé por un momento. La historia no parecía muy creíble.
—Si Flynn es un patrocinador tan importante, ¿por qué Herron no se ha entrevistado con él en persona?
—¿Un millón y medio de pavos es mucho? Estoy de acuerdo contigo. Herron tendría que estar haciendo lo imposible para ayudar en la búsqueda de Helene. Aquí está pasando algo raro, y Flynn tendría que haber estado encima mucho antes. Pero en cualquier caso, mi trabajo principal es el dinero.
Pete se acabó el café y dejó la taza en la mesa.
—En palabras de aquel otro gran humanitario, Jerry McGuire: «Muéstrame la pasta».
6
Después de desayunar, Pete se marchó para hacer sus primeras averiguaciones en la IDM. Me instalé en la galería con Boyd a mis pies y veinte libretas azules en el regazo.
Quizá fuera el océano. Tal vez la calidad de los exámenes. Me costaba mucho concentrarme. No dejaba de visualizar la tumba de Dewees. Los huesos en la mesa de autopsias. La expresión dolida de Emma.
Emma había comenzado a hablar delante del hospital, y luego había cambiado de opinión. ¿Había estado a punto de explicarme lo que le habían dicho por teléfono? No cabe duda de que la llamada la había alterado. ¿Por qué?
¿Había estado dispuesta a decir algo acerca del esqueleto? ¿Estaba reteniendo información? Poco probable.
Continué con las calificaciones hasta que no pude más. Poco después de la una consulté la tabla de mareas, me calcé las Nike y caminé unos tres kilómetros por la playa con Boyd. No era temporada alta, así que la prohibición contra los «perros sueltos» no se aplicaba con rigor. El chow entraba y salía de la marea mientras yo caminaba por la arena dura que dejaba la retirada. Los correlimos no se mostraban entusiasmados en lo más mínimo con nuestra presencia.
A la vuelta crucé hasta Ocean Boulevard y compré los periódicos dominicales. Una ducha rápida, y luego Boyd y yo hicimos inventario de las contribuciones de Pete a la despensa.
Seis variedades de embutidos, cuatro quesos, pepinillos y pan de tres variedades: trigo, centeno y cebolla. Ensalada de col, de patatas y más bolsas de patatas fritas que la fábrica de Frito-Lay.
Pete podía tener muchas carencias, pero el hombre sabía cómo llenar una despensa.
Elaboré una obra de arte con jamón, queso y ensalada de col con mayonesa sobre una rebanada de pan de centeno, abrí una Coca-Cola light y me lo llevé todo, junto a los periódicos, a la galería.
Pasé una hora y media deliciosa con The New York Times, y eso sin contar los crucigramas. Todas las noticias que merecen publicarse. No se puede ser más feliz.
Boyd dormitaba a mis pies después de haberse comido todas las cortezas y el jamón que había estado dispuesta a compartir.
Cuando llevaba diez minutos con el Post and Courier casi devolví el sándwich.
La sección local. Página cinco, debajo del pliegue.
CADÁVER ENTERRADO EN UNA PLAYA
Charleston (C del S). Los estudiantes de arqueología que excavaban en un yacimiento en la isla de Dewees encontraron esta semana algo más que indios muertos. El grupo, dirigido por la doctora Temperance Brennan, del Departamento de Antropología de la UNC-Charlotte, tropezó con una tumba reciente ocupada por un cadáver muy moderno.
Brennan rehusó comentar el macabro hallazgo, pero los restos parecen ser los de un adulto. Según Topher Burgess, uno de los estudiantes, el cuerpo había sido envuelto en su ropa y enterrado a menos de sesenta centímetros de la superficie. Burgess calcula que la tumba tuvo que ser cavada en algún momento de los últimos cinco años.
Si bien no se llamó a la policía para que acudiese al lugar, la forense del condado de Charleston consideró el descubrimiento lo suficientemente importante como para supervisar en persona la excavación de la tumba. Rousseau, reelegida en dos ocasiones, ha sido criticada no hace mucho por la actuación de la Oficina del Forense por un dictamen erróneo en el caso de un fallecimiento a bordo de un crucero el año pasado.
Después de desenterrados, los restos sin identificar fueron llevados desde Dewees hasta la morgue de la MUSC. El personal de la morgue rehusó comentar el caso.
Reportaje especial para el Post and Courier de Homer Winborne.
Una foto en blanco y negro granulosa mostraba mi rostro y el trasero de Emma. Estábamos a gatas en Dewees.
Volé al interior de la casa con Boyd pegado a mis talones. Cogí el primer teléfono a mano y marqué el número. Mis movimientos eran tan violentos que necesité dos intentos.
Me respondió el contestador automático de Emma.
—Hijoputa.
Esperé a que acabase el mensaje, caminando de una habitación a otra.
Piiii.
—¿Has visto el periódico de hoy? ¡Qué día! ¡Salimos en las noticias!
Entré en el solario y me desplomé en el sofá. Me levanté. Birdie saltó al suelo y desapareció de la vista.
—¡Olvídate del Moultrie News! ¡Winborne ha encontrado su filón! El Charleston Post and Courier. ¡El chico va camino de la cumbre!
Sabía que le estaba gritando a una máquina. No podía contenerme.
—No me ex....
—Estoy aquí. —La voz de Emma sonaba pastosa, como si la hubiese despertado.
—No me extraña que el muy gusano entregase la Nikon. Tenía una cámara de reserva. ¡Quizá todo un lote!
—Tempe.
—¡Una réflex en los calzoncillos! ¡Un gran angular en la punta del bolígrafo! ¡Una cámara de vídeo atada a la polla! ¿Quién sabe? ¡Puede que nos llamen de Court TV!
—¿Has acabado? —preguntó Emma.
—¿Lo has visto?
—Sí.
—¿Y? —Pensé en destrozar el teléfono.
—¿Y qué?
—¿No estás furiosa?
—Claro que estoy furiosa. Tengo un culo enorme. ¿Has acabado de chillar?
Era eso, por supuesto. Chillar.
—Nuestra meta es identificar el esqueleto. —La voz de Emma sonaba apagada—. La publicidad podría ayudarnos.
—Eso fue lo que dijiste el viernes.
—Y lo que digo ahora.
—El artículo de Winborne podría alertar al asesino.
—Si es que hay un asesino. Quizás este tipo murió de una sobredosis. Puede que sus amigos se asustasen y acabaran por enterrar el cadáver donde creyeron que no lo encontrarían. Quizá lo único que tenemos es una violación del capítulo diecisiete.
—Vale. Y eso qué es.
—Enterramiento de un cadáver de manera incorrecta. Escucha. Es probable que alguien eche de menos a ese tipo. Si ese alguien es de por aquí, puede que lea la noticia y llame. Admítelo. Solo estás cabreada porque Winborne nos la jugó.
Levanté una mano en un gesto de «No me puedo creer lo que estoy oyendo».
Cuando se siente intrigado, Boyd riza los pelos de las cejas. Lo hizo ahora desde la seguridad del umbral.
—Te veré mañana por la mañana —se despidió Emma.
Subí las escaleras, fui al baño y apoyé la frente en el espejo. El cristal se notaba fresco en mi piel acalorada.
¡Malditos reporteros entrometidos! ¡Maldito Winborne!
Respiré hondo y solté el aire poco a poco.
Tengo mi temperamento. Lo admito. De vez en cuando, el temperamento me lleva a una reacción excesiva. También lo admito. Detesto esos episodios. Y detesto a aquellos que son capaces de apretar ese interruptor en mi cabeza.
Emma tenía razón. El artículo era inofensivo. Winborne hacía su trabajo y había sido más listo que nosotras.
Una vez más, respiré hondo.
No estaba furiosa con Winborne. Estaba furiosa conmigo misma por haber sido engañada por Plancton.
Bien erguida, me miré en el espejo para evaluarme.
Ojos color avellana, brillantes, algunos dirían que intensos. Patas de gallo, pero todavía mostrando mi mejor imagen.
Pómulos altos, la nariz un tanto pequeña. La mandíbula firme. Unas cuantas canas, pero el castaño color miel todavía está al mando.
Retrocedí un poco para verme de cuerpo entero.
Un metro sesenta y tres. Sesenta kilos.
En conjunto, no estaba mal teniendo en cuenta que el marcador de vida señalaba más de cuarenta.
Miré los ojos en el reflejo. Una voz conocida sonó en mi cerebro. «Haz tu trabajo, Brennan. No hagas caso de las distracciones y concéntrate. Hazlo. Haz lo que sabes hacer. Hazlo.»
Boyd se acercó y me tocó la rodilla con el hocico. Le dirigí mi siguiente comentario.
—Que le den morcilla a Winborne. Y a su artículo. —Los pelos de las cejas enloquecieron.
Boyd levantó el hocico para demostrarme su total acuerdo. Le palmeé la cabeza.
Me lavé la cara, me maquillé, me recogí el pelo en un moño y bajé las escaleras de dos en dos. Estaba llenando los cuencos de los animales cuando se oyó el golpe de la puerta principal.
—¡Cariño! ¡Estoy en casa!
Pete apareció con más bolsas del supermercado.
—¿Preparas una fiesta para toda tu unidad de marines?
Pete me dedicó un saludo y respondió con el lema del cuerpo de marines.
—Semper Fi.
—¿Cómo te ha ido con Herron? —Saqué un bote de arenque en escabeche de una de las bolsas y lo guardé en la nevera.
Pete pasó un brazo junto a mí, lo metió en la nevera, cogió una botella de Sam Adams y le quitó la tapa en el tirador de un cajón.
Me tragué el reproche. Los molestos hábitos de Pete ya no eran mi problema.
—Dediqué mi tiempo a hacer un reconocimiento —respondió Pete.
—No pudiste acercarte a Herron —traduje.
—No.
—¿Qué hiciste?
—Presencié muchísimos rezos y alegres cantos en homenaje al Señor. Cuando se acabó el espectáculo, mostré la foto de Helene a unos cuantos fieles.
—¿Y?
—Son un rebaño muy poco observador.
—¿Nadie la recordaba?
Pete sacó una instantánea del bolsillo y la dejó en la mesa. Me acerqué para mirarla.
La imagen era borrosa, la ampliación de la foto del carné de conducir o del pasaporte. Una joven miraba a la cámara sin sonreír.
Helene no era bonita, sus facciones eran regulares de una manera un tanto sosa. Llevaba el pelo peinado con raya en medio y recogido en un moño en la nuca.
Tuve que admitirlo. Helene Flynn tenía muy poco que la distinguiese de otro millar de mujeres de su edad.
—Después tuve una charla con la casera de Helene —me explicó Pete—. No me enteré de gran cosa. Helene era cortés, pagaba el alquiler puntualmente, no recibía visitas. Sí que me comentó que la muchacha parecía inquieta hacia el final. Sin embargo, la marcha de Helene la pilló por sorpresa. Hasta que no recibió el sobre con el dinero del último mes de alquiler, no tenía idea de que fuese a marcharse.
Miré de nuevo el rostro en la foto. Tan fácil de olvidar. Las descripciones de los testigos serían inútiles. Estatura mediana. Peso mediano. Ningún recuerdo del rostro.
—¿Flynn no tenía ninguna otra foto de su hija? —pregunté.
—Ninguna posterior al instituto.
—Curioso.
—Flynn es un tipo curioso.
—Dijiste que contrató a un investigador.
—Un poli retirado de Charlotte-Mecklenburg llamado Noble Cruikshank.
—¿Cruikshank desapareció sin más?
—Dejó de enviar informes y de responder a las llamadas telefónicas. Investigué un poco. Cruikshank no estaba en la lista para poli del mes en el departamento. Lo invitaron a dejar el cuerpo en el noventa y cuatro por abuso de sustancias.
—¿Cuál era su preferida?
—El bourbon a palo seco. Cruikshank tampoco fue candidato a Investigador Privado del Año. Al parecer, ha hecho el numerito de la desaparición con otros clientes. Acepta un trabajo, cobra un adelanto y se va de juerga.
—¿No pueden retirarle la licencia a un investigador privado por hacer algo así?
—Por lo visto, Cruikshank no cree en el papeleo. Otro de sus problemas con el Departamento de Policía de Charlotte-Mecklenburg.
—¿Flynn no sabía que Cruikshank bebía y que no tenía licencia?
—Flynn lo contrató a través de Internet.
—Arriesgado.
—El anuncio de Cruikshank dice que está especializado en personas desaparecidas. Es lo que necesitaba Flynn. También le gustó la idea de que Cruikshank trabajaba en Charlotte y Charleston.
—¿Cuándo lo contrató?
—El pasado enero. Un par de meses después de que Helene desapareciese. Flynn cree que su última conversación fue a finales de marzo. Cruikshank dijo que la investigación avanzaba, aunque no dio más detalles. A partir de entonces, nada.
—¿Adónde iba Cruikshank en sus escapadas anteriores?
—Una vez a Atlantic City. Otra a Las Vegas. Pero no todos los clientes de Cruikshank se mostraron descontentos. La mayoría de los que entrevisté manifestaron que habían obtenido un buen servicio por su dinero.
—¿Cómo los encontraste?
—Cruikshank le dio a Flynn una lista de referencias. Comencé con esos nombres y recogí otros nuevos a medida que investigaba.
—¿Qué sabes de las últimas actividades de Cruikshank?
—Nunca cobró el último talón que le envió Flynn. Era el pago de febrero. No se han producido operaciones con su tarjeta de crédito ni en la cuenta bancaria desde marzo. Le debe más de dos mil cuatro cientos dólares a la tarjeta, y tiene cuatrocientos cincuenta y dos dólares en la cuenta. La última factura de teléfono se pagó en febrero. Han cerrado la cuenta.
—Debe de tener un coche.
—Paradero desconocido.
—¿Móvil?
—Desconectado a principios de diciembre por falta de pago. No es la primera vez que le ocurría.
—¿Un investigador privado sin móvil en estos tiempos?
Pete se encogió de hombros.
—Quizás el tipo trabajaba solo. Hacía todas las llamadas desde casa.
—¿Familia?
—Divorciado. Sin hijos. El divorcio no fue amistoso. La esposa se casó de nuevo y no ha sabido nada de él en años.
—¿Hermanos? ¿Hermanas?
Pete sacudió la cabeza.
—Cruikshank era hijo único y sus padres fallecieron. Hacia el final de su carrera en la policía se había convertido en un tipo solitario y no trataba con nadie.
Volví a la IDM.
—Si no puedes hablar con Herron, ¿cuál será tu siguiente paso?
Pete señaló el techo con un dedo.
—No temas, bella dama. El Sabio Letón acaba de entrar en la carrera.
Pete estudiaba derecho cuando nos conocimos. Por aquel entonces ya utilizaba ese apodo. Nunca supe quién lo inventó. Sospechaba que había sido él mismo.
Puse los ojos en blanco, volví a ocuparme de las compras y guardé un paquete de queso feta en la nevera.
Pete echó la silla hacia atrás y apoyó los tacones en el borde de la mesa.
Fui a protestar. No era mi problema. ¿El de Anne? Ella lo había invitado.
—¿Qué tal tu día, bombón?
Cogí el Post and Courier, lo tiré sobre la mesa y señalé.
Pete leyó el artículo de Winborne.
—Vaya, bonito título.
—Pura poesía.
—Interpreto que no te ha hecho ninguna gracia que el chico hablase con la prensa.
—No me ha hecho ninguna gracia nada de todo esto.
Ni siquiera había pensado en Topher. ¿Cuándo le había abordado Winborne? ¿Cómo había convencido a Topher para que hiciese una declaración?
—La foto no está mal.
Fulminé a Pete con la mirada.
—¿De qué va esta historia del crucero donde tu amiga se equivocó?
—No lo sé.
—¿Se lo preguntarás?
—Por supuesto que no.
Pimientos asados, paté de salmón y helados a la nevera y el congelador. Chocolate y pistachos a la alacena. Después me volví hacia Pete.
—Un hombre ha muerto. Su familia todavía no lo sabe. Considero el artículo de Winborne como una invasión de la vida privada de la familia. ¿Estoy equivocada?
Pete se encogió de hombros. Se acabó la cerveza.
—Las noticias son las noticias. ¿Sabes qué necesitas?
—¿Qué? —Recelosa.
—Una merienda al aire libre.
—Comí un sándwich a las tres.
Pete devolvió la silla a la posición normal, se puso de pie, me hizo girar por los hombros y me empujó con suavidad fuera de la cocina.
—Ve a ocuparte de los exámenes o de lo que sea. Reúnete conmigo en el cenador a las ocho.
—No lo sé, Pete.
No lo sabía. Todas las células en el fondo de mi cerebro estaban ondeando una bandera roja de peligro.
Pete y yo habíamos estado casados durante veinte años, y solo llevábamos separados unos pocos. Si bien nuestro matrimonio había planteado muchos desafíos, la atracción sexual nunca había sido uno de ellos. Empezamos a hacerlo cuando éramos recién casados y todavía podíamos estar haciéndolo.
Solo con que no lo hubiese hecho fuera de la reserva.
Mi visión libidinosa de Pete me preocupaba. Las cosas iban bien con Ryan. No quería hacer nada que pudiese comprometer aquello. Y la última vez que Pete y yo habíamos pasado una velada juntos, habíamos acabado como unos adolescentes en el asiento trasero de un Chevy.
—Yo sí lo sé —dijo Pete—. Largo.
—Pete...
—Tienes que comer. Yo tengo que comer. Comeremos juntos y eso incluye un poco de arena.
Hay algo en lo más profundo de mi psique que vincula la comida con la interacción humana. Cuando estoy sola en casa, vivo de comida para llevar o platos precocinados. Si estoy de viaje, pido que me sirvan la comida en la habitación y ceno con Letterman, Oprah o Raymond.
Tener compañía no estaba mal. Además, Pete era un buen cocinero.
—Esto no es una cita, Pete.
—Por supuesto que no.
7
Corregí otros tres exámenes antes de quedarme dormida. Tumbada de lado en las almohadas, floté en aquel limbo entre estar despierto y dormitando, y tuve sueños sin sentido. Corría por la playa. Ordenaba huesos con Emma.
En uno de ellos estaba sentada en un círculo en una reunión de Alcohólicos Anónimos. Ryan estaba allí. Pete. Un hombre alto y rubio. Los tres mantenían una conversación, pero yo no escuchaba sus palabras. Sus rostros estaban en sombras, así que tampoco podía ver sus expresiones.
Me desperté en la habitación bañada por una luz naranja y una brisa que sacudía las hojas de las palmeras contra la galería. El reloj marcaba las ocho y diez.
Fui al baño y me rehíce el moño. Mientras dormía, a mis rizos les había dado por la rebeldía. Me humedecí el pelo, cogí un cepillo y puse en marcha el secador. Me detuve a medio peinarme. ¿Por qué? ¿Y por qué antes me había maquillado? Tiré el cepillo y me apresuré a bajar las escaleras.
La casa de Anne está comunicada con la playa a través de una larga pasarela de tablas. Un cenador ocupa una terraza en el punto más alto de la pasarela en su trayecto por encima de las dunas. Pete estaba allí. Bebía una copa de vino y los últimos rayos de sol calentaban sus cabellos.
El pelo de Katy. El eco genético era tan fuerte que nunca podía mirar a uno sin ver al otro.
Iba descalza, así que Pete no me oyó acercarme. Había dispuesto la mesa con un mantel, velas, un jarrón con flores, un cubo de hielo, platos, copas y cubiertos para dos. Una nevera en el suelo del cenador.
Me detuve sin más, retenida por una repentina sensación de pérdida.
No me creo la filosofía de «solo hay un compañero del alma», pero cuando conocí a Pete la atracción había sido como una fusión nuclear. Un puño me apretaba los intestinos cuando nuestros brazos se rozaban. El corazón se desbocaba cuando veía su rostro entre la multitud. Había sabido desde el primer momento que Pete era el tipo con el que me casaría.
Ahora miré su rostro, los surcos de las arrugas, la tez bronceada, la línea del pelo en la frente un poco más atrás. Me había despertado con aquel rostro delante de mis ojos durante más de veinte años. Aquellos ojos habían mirado con asombro el nacimiento de mi hija. Mis dedos habían rozado aquella piel mil veces. Conocía cada poro, cada músculo, cada hueso.
Todas las excusas que aquellos labios habían construido.
Todas las veces que la verdad había destrozado mi corazón.
De ninguna manera. Se había acabado.
—Hola, chico.
Pete se levantó y se volvió al oír el sonido de mi voz.
—Ya creía que me habían dado plantón.
—Lo siento. Me quedé dormida.
—¿Una mesa junto a la ventana, señora?
Me senté. Pete se puso una servilleta en el brazo, sacó una lata de Coca-Cola light del cubo de hielo y la apoyó en la muñeca para que la inspeccionara.
—Una cosecha excelente —comenté.
Pete me llenó la copa y después comenzó a servir la comida. Gambas con pimienta, trucha ahumada, ensalada de langosta, espárragos marinados, brie, cuadraditos de pan de centeno, pasta de aceitunas negras y anchoas.
Dudaba de que mi ex marido pudiese sobrevivir en un mundo sin una buena tienda para gourmets.
Comimos contemplando como los rayos de sol cambiaban de amarillo a naranja, y luego a gris. El océano estaba en calma y nos obsequiaba con el rumor de las olas en la playa como una sinfonía de fondo. De vez en cuando sonaba el grito de un ave marina y el de otra que respondía.
Acabamos la cena con una tarta de lima mientras el gris daba paso al negro.
Pete quitó la mesa y después ambos apoyamos los pies en el borde de la balaustrada.
—La playa te sienta bien, Tempe. Tienes muy buen aspecto.
Pete en su estilo desenfadado. Pete Peterson.
Repetí mi advertencia anterior.
—Esto no es una cita, Pete.
—¿No puedo mencionar el hecho de que se te ve bien? —Pura inocencia.
Unas mustias luces amarillas comenzaban a aparecer en las casas a lo largo de la playa. Se acababa otro día. Pete y yo mirábamos en silencio, la brisa jugando con nuestras cabelleras.
Cuando Pete habló de nuevo, su voz tenía un tono más profundo.
—Me cuesta mucho recordar por qué nos separamos.
—Porque me ponías de los nervios y eras espectacularmente infiel.
—Las personas cambian, Tempe.
Cualquier respuesta al comentario parecía idiota, así que no dije nada.
—¿Alguna vez has pensado...?
En aquel momento sonó mi móvil. Lo saqué del bolsillo y apreté el botón verde.
—¿Cómo está la mujer más hermosa del planeta? —Ryan.
—Bien. —Bajé los pies y me volví a medias en la silla.
—¿Un día ocupado?
—No está mal.
—¿Alguna noticia de tu esqueleto?
—No.
Pete se sirvió otra copa de chardonnay, y después levantó una lata de Coca-Cola en mi dirección. Negué con la cabeza.
Los sonidos se transmiten por las ondas. O tal vez Ryan captó mi reticencia.
—¿Es un mal momento?
—Estoy acabando de cenar. —Una gaviota chilló en pleno vuelo.
—¿En la playa?
—Hace una noche preciosa. —Una estupidez. Ryan sabía de mi preferencia por cenar sola—. Pete preparó una cena en la playa.
Ryan no dijo nada durante cinco segundos. Luego:
—Vale.
—¿Cómo está Lily?
—Bien. —Otra larga pausa. Después—: Hablaré contigo más tarde, Tempe.
Me encontré escuchando el zumbido.
—¿Problemas? —preguntó Pete.
Sacudí la cabeza.
—Me voy a la cama. —Me levanté—. Gracias por la cena. Ha sido un placer.
—El placer ha sido mío.
Comencé a caminar por la pasarela.
—Tempe.
Me volví.
—Cuando estés dispuesta a escuchar, quisiera hablar contigo.
Reanudé el camino hacia la casa, consciente de la mirada de Pete fija en mi espalda.
La siesta tardía me tuvo despierta hasta bien pasadas las tres de la madrugada.
¿No sería por la inquietud ante el desagrado de Ryan? Le había llamado varias veces pero no me había atendido.
¿Ryan estaba disgustado? ¿Estaba paranoica? Él era quien había ido a Nueva Escocia a visitar a Lily. ¿La madre de Lily no estaba en Nueva Escocia?
Lo que fuese.
¿Qué preocupaba a Emma? La persona que la había llamado el sábado no le había dado buenas noticias, eso era obvio. ¿Tenía problemas por el caso del crucero?
¿Quién había estado aparcado delante de la casa de Anne a primera hora de la mañana? ¿Dickie Dupree? Me había amenazado, y yo no lo había tomado en serio. ¿Dupree llegaría hasta al extremo de la intimidación física? No, pero bien podía haber enviado a alguien.
¿Dupree podía tener alguna relación con el esqueleto enterrado en Dewees? Parecía un tanto traído por los pelos.
¿Las bacterias habían contaminado de verdad los huesos del hombre del hielo? ¿Cinco mil años en los Alpes y ahora es comida para microbios?
¿Por qué kétchup se escribe de dos maneras? ¿Catsup? En cualquier caso, ¿cuál era el origen del nombre?
Di vueltas y más vueltas en la cama y el lunes me levanté más tarde de lo esperado.
Llegué al hospital pasadas las diez. Emma estaba allí. También el dentista forense, un gigante con un chándal que debía de haber comprado en alguna tienda que liquidaba por cierre. Emma me lo presentó como Bernie Grimes.
El apretón de manos de Grimes era uno de aquellos que no sabes cómo aceptar. Demasiado débil para sostener. Demasiado pegajoso como para que resbalase.
Liberé mi mano y sonreí a Grimes. Me devolvió la sonrisa, con el aspecto de un silo envuelto en poliester azul.
Emma ya había traído la camilla con el esqueleto desde el frigorífico. Yacía en la misma camilla que había ocupado el sábado, un gran sobre marrón le tapaba las costillas. Las placas dentales estaban colocadas en la caja de luz.
Grimes nos guio punto a punto por una descripción de las características morfológicas, la higiene oral y toda la historia dental de CCC-2006020277. Fumador. Mal cepillado. No usaba hilo dental. Empastes. Caries sin tratar y una enorme cantidad de sarro. No había visitado un dentista en muchos años antes de morir. Yo apenas si escuchaba. No veía la hora de comenzar con los huesos.
Grimes acabó por fin con las explicaciones y él y Emma se marcharon para rellenar un formulario del CNIC. Examiné una por una todas las radiografías de cuerpo entero. El cráneo. Los miembros superiores. Los miembros inferiores. La pelvis.
Nada. No me sorprendió. No había visto nada obvio mientras manipulaba los huesos.
Pasé al torso.
Como no quedaba carne para sujetar las costillas en su lugar, el técnico las había colocado planas y había hecho las radiografías desde arriba. No vi nada sospechoso en la arcada derecha. Estaba acabando con la izquierda cuando vi algo en forma de una media luna oscura cerca del extremo vertebral de la duodécima costilla.
Fui hasta la camilla, busqué la costilla y la puse bajo el microscopio. Al ampliarla, la imperfección parecía ser un corte pequeño y profundo con un reborde óseo en la parte inferior de la costilla. Aunque pequeño, el defecto era real.
¿El corte había sido causado por la hoja de un cuchillo? ¿Nuestro desconocido había sido apuñalado? ¿No podía ser la marca de un artefacto post mortem? ¿De una paleta? ¿Un caracol o un crustáceo? Por mucho que cambié el ángulo de la costilla, por mucho que incrementé los aumentos o ajusté la luz de fibra óptica, no podía decirlo.
Volví a las radiografías para examinar las clavículas y el esternón, los omóplatos y luego el resto de las costillas. No había nada extraño.
Pasé a la columna vertebral. Las vértebras habían sido radiografiadas separadas y planas, como las costillas, y a continuación articuladas y puestas de lado.
En un apuñalamiento, a menudo el arco posterior o el lado trasero del cuerpo vertebral es el que recibe el impacto. Repasé las placas de las vértebras. Ninguna daba una visión clara de dichas superficies.
Una vez más al esqueleto. Comencé la inspección hueso a hueso. Roté y observé cada elemento con la lente de aumento rodeada por un tubo fluorescente.
No encontré nada hasta que comencé con la columna.
Cada pieza está especializada. Incluso las vértebras. La séptima cervical soporta la cabeza y permite la movilidad del cuello. La duodécima torácica ancla la caja de las costillas. Las cinco lumbares dan la curva inferior. Las cinco sacras forman la cola ósea de la faja pélvica. Diferentes trabajos. Formas diferentes.
Fue la sexta cervical la que llamó mi atención.
Simplifico demasiado. Las vértebras del cuello tienen otro trabajo además de soportar la cabeza. Uno de ellos es ofrecer una vía de paso a las arterias que van a la parte posterior del cerebro. La ruta de paso incluye un orificio pequeño, o foramen, en el proceso transverso, una pequeña plataforma ósea entre el cuerpo de la vértebra y su arco. CCC-2006020277 presentaba una fractura en esquina que serpenteaba a través del proceso transverso izquierdo, en el lado del cuerpo del agujero.
Acerqué el hueso a la lente. Encontré una fractura del grosor de un pelo en el lado del arco del agujero.
No había señal de que hubiera soldado. Abierta. Aquí no había ninguna duda. Ambas fracturas habían sido causadas en hueso fresco. La herida se había producido alrededor del momento de la muerte.
Me recliné en la silla y pensé.
C-6. Parte inferior del cuello.
¿Caída? Las caídas causan un súbito impacto excesivo. Dicho impacto puede producir una fractura en la vértebra. Pero las fracturas debidas a las caídas por lo general son de naturaleza compresiva, y casi siempre afectan al cuerpo vertebral. Esta era una fractura en esquina. En el proceso transverso.
¿Estrangulación? La mayoría de las veces la estrangulación afecta al hioides, un hueso pequeño delante de la garganta.
¿Traumatismo cervical? Poco probable.
¿Un golpe en la barbilla? ¿En la cabeza?
No se me ocurría ninguna posibilidad que encajase con el patrón que estaba viendo.
Desilusionada, seguí adelante.
Encontré más cosas.
La duodécima vértebra torácica presentaba un par de muescas similares a la que había visto en la duodécima costilla. La primera y la tercera vértebra lumbar tenían una muesca cada una.
Como en la fractura del cuello, el patrón de las muescas era confuso. Todas estaban localizadas en la cara ventral.
¿Marcas de cuchillo? Para penetrar hasta la parte frontal de una vértebra lumbar tienes que empujar con la fuerza suficiente para atravesar todo el abdomen. Eso es mucho empujar.
Estas eran unas muescas muy pequeñas. Hechas con una herramienta muy afilada.
¿Qué demonios había pasado?
Continuaba pensando cuando volvió Emma.
—¿Grimes se ha marchado? —pregunté.
Emma asintió. El poco color que había mostrado antes se había esfumado de su rostro para acentuar las bolsas oscuras debajo de los ojos.
—Hemos rellenado el formulario. Ahora es cosa del sheriff.
Aunque el CNIC funciona las veinticuatro horas del día, siete días a la semana, durante todo el año, solo los miembros de las fuerzas de la ley federales, estatales y locales pueden introducir datos.
—¿Lo introducirá Gullet de inmediato?
Emma levantó ambas manos en un gesto de «¿Quién sabe?». Acercó una de las sillas que estaban junto a la pared y se sentó con los codos apoyados en los muslos.
—¿Qué te pasa?
Emma se encogió de hombros.
—Algunas veces todo parece tan inútil.
Esperé.
—Gullet no añadirá la etiqueta de urgente a este caso. Cuando introduzca a nuestro tipo en el sistema, ¿qué probabilidades tenemos de acertar? Para introducir a un adulto desaparecido en la base de datos de acuerdo con las nuevas reglas, la persona tiene que ser minusválida, víctima de un desastre, abducida o secuestrada, en peligro...
—¿Y eso qué significa?
—Que ha desaparecido en compañía de alguien en circunstancias que pueden sugerir que su seguridad física está en peligro.
—Por lo tanto, muchas de las personas desaparecidas no entran nunca en la base de datos. ¿Puede ser que nuestro tipo no entrase en el ordenador cuando se esfumó?
—El razonamiento es que la mayoría de los adultos desaparecidos se han marchado por voluntad propia. Maridos que abandonan la ciudad con sus amantes. Esposas cansadas que buscan algo más. Morosos que escapan de las deudas.
—La novia fugada. —Me refería a un caso que había sido exprimido al máximo por los medios hacía poco.
—Son los casos que aparecen en los titulares los que alimentan la idea. —Emma extendió las piernas y se reclinó en el respaldo—. Pero es verdad. La gran mayoría de los adultos desaparecidos son personas que solo intentan escapar de sus vidas. No hay ninguna ley que lo impida, e introducirlos a todos sobrecargaría el sistema.
Emma cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás.
—Dudo que este tipo desapareciese sin más —comenté, y me volví hacia la camilla—. Mira esto.
Estaba acomodando la vértebra cuando oí un movimiento y luego un golpe que me detuvo el corazón.
Me volví como un rayo.
Emma yacía acurrucada en el suelo de baldosas.
8
Emma había golpeado el suelo con la coronilla. Tenía la espalda encorvada y el cuello y los miembros estaban contraídos como las patas de una araña asada por el sol.
Corrí hacia ella y apoyé dos dedos en su garganta. El pulso era regular, pero débil.
—¡Emma!
No respondió.
La acomodé de lado con una mejilla apoyada en el mosaico. Luego salí a la carrera al pasillo.
—¡Socorro! ¡Necesito un médico!
Se abrió una puerta y asomó una cabeza.
—¡Emma Rousseau ha sufrido un colapso! ¡Llame a emergencias!
Se enarcaron las cejas y la boca formó un círculo.
—¡Ahora!
La cabeza desapareció. Corrí de nuevo junto a Emma. Segundos más tarde dos ATS entraron en la sala como una tromba. Comenzaron a hacerme preguntas mientras cargaban a Emma en una camilla.
—¿Qué pasó?
—Se desplomó.
—¿La movió?
—La puse de lado para despejar la tráquea.
—¿Enfermedades?
Lo miré sin saber qué decir.
—¿Tomaba alguna medicación?
Me sentí impotente. No tenía idea.
—Apártese, por favor.
Oí el ruido de las ruedas de goma en el mosaico. Un chirrido suave.
Después la puerta de la sala de autopsias se cerró con un chasquido.
Emma tenía los ojos cerrados. Un tubo iba de su brazo izquierdo a una bolsa de suero colgada por encima de su cabeza. El tubo estaba sujeto con cinta adhesiva. El color difería muy poco del color de la piel de mi amiga.
Ella siempre había sido pura energía, una fuerza de la naturaleza. Ahora no. En la cama del hospital se la veía pequeña y frágil.
Me acerqué de puntillas al cubículo y le sujeté la mano.
Emma abrió los ojos.
—Lo siento, Tempe.
Sus palabras me sorprendieron. ¿No era yo quien tenía que disculparse? ¿No era yo quien no había hecho caso de las señales de angustia?
—Descansa, Emma. Hablaremos más tarde.
—Linfoma no-Hodgkin.
—¿Qué? —Un acto reflejo. Negación. Sabía lo que Emma me estaba diciendo.
—Tengo el linfoma no-Hodgkin. LNH. Y no hablo de hockey. —Una sonrisa débil.
—¿Desde cuándo? —Algo helado comenzó a formarse en mi pecho.
—Desde hace un tiempo.
—¿Cuánto tiempo?
—Un par de años.
—¿De qué tipo? —Una estupidez. No sabía nada de linfomas.
—Nada exótico. Es el linfoma B difuso de célula grande. —De corrido, como si hubiese escuchado o leído las palabras mil veces. Dios bendito, era lo más probable.
Tragué saliva.
—¿Estás en tratamiento?
Emma asintió.
—Estaba en remisión, pero he recaído. Estoy recibiendo quimioterapia en régimen externo. Vincristina, prednisolone, doxorubicina y ciclofosfamida. Lo que más me preocupa es la infección. Las drogas citotóxicas se cargan el sistema inmunológico. Una buena ofensiva de estafilococos podría matarme.
Quería cerrar los ojos, hacer que todo esto desapareciera. Los mantuve abiertos.
—Eres una fiera. —Una sonrisa forzada—. Te pondrás bien.
—El sábado me enteré de que no respondo al tratamiento todo lo bien que esperaba el médico.
La llamada telefónica con la mala noticia. ¿Era esto lo que Emma había comenzado a compartir fuera del hospital? ¿Había estado yo demasiado ocupada con el esqueleto para escucharla? ¿Había hecho algo para desalentar su confianza?
—¿Se lo has dicho a alguien?
Emma negó con la cabeza.
—Lo del sábado no era migraña.
—No.
—Tendrías que habérmelo dicho, Emma. Podrías haber confiado en mí.
Mi amiga se encogió de hombros.
—No puedes ayudarme. ¿Para qué preocuparte?
—¿Tu personal lo sabe?
Los ojos de Emma se encendieron por un momento.
—He perdido algo de peso y pelo, pero aún puedo hacer mi trabajo.
—Por supuesto que sí.
Acaricié la mano de Emma. Comprendía a mi amiga. Aunque no del todo.
Emma estaba muy comprometida con su trabajo, y no permitiría que nada se interpusiese en su realización. En ese sentido éramos clones.
Sin embargo, había algo más que impulsaba a Emma Rousseau. Algo que nunca había comprendido del todo. ¿Un anhelo de poder? ¿De reconocimiento? ¿Algún deseo maníaco de destacar? Emma marchaba al ritmo de un tambor que yo no oía.
—En la actualidad tienen mucho éxito en el tratamiento del linfoma. —Fatal como consoladora, apelé a las frases manidas.
—Ya lo puedes decir.
Emma levantó una mano. Chocamos las palmas. Su mano cayó de nuevo sobre la sábana.
Linfoma B difuso de célula grande. Un linfoma de primera categoría. El cáncer era destructivo y se extendía deprisa.
Noté un escozor en los ojos. Una vez más, conseguí mantenerlos abiertos. Que mis labios mantuviesen la sonrisa.
El sonido apagado de Bad Boys llegó desde el armario de la mesa de noche.
—Es mi móvil —dijo Emma.
—¿No es el tema de COPS?
Emma hizo un gesto de impaciencia.
—Está en la bolsa de plástico junto con mi ropa.
Cuando saqué el móvil la música había cesado. Emma miró la pantalla y apretó la tecla de llamada.
Tenía claro que debía protestar, que debía recomendar el descanso y evitar el estrés, pero sería inútil. Emma haría lo que debía hacer. En ese aspecto, también éramos clones.
—Emma Rousseau.
Oí una voz débil en el altavoz del móvil.
—He estado retenida —explicó Emma.
—¿Retenida? —susurré.
Emma me hizo callar con un gesto.
Puse los ojos en blanco. Emma me señaló con un dedo admonitorio.
—¿Quién llamó?
La voz respondió sin que yo consiguiese entender las palabras.
—¿Dónde?
Emma me indicó que debía escribir. Saqué un boli y papel de mi bolso. El tubo del suero resonó mientras Emma escribía.
—¿Quién está al cargo?
La voz se explayó.
—Deme los detalles.
Emma cambió el móvil de posición y dejé de oír la voz. Siempre atenta a su interlocutor, su mirada buscó el reloj de pulsera. No estaba allí. Señaló el mío. Se lo mostré.
—No toquen el cuerpo. Estaré allí dentro de una hora.
Emma cortó la comunicación, apartó la sábana y pasó las piernas por encima del borde de la cama.
—Ni lo sueñes —protesté, y apoyé las manos en sus rodillas—. Si no me equivoco, acabas de perder el conocimiento hace unas horas.
—El médico de urgencias dice que es consecuencia de la fatiga producida por la medicación. Todas mis constantes vitales son correctas.
—¿Fatiga? —Incluso para Emma era exagerar demasiado.
—Te desplomaste y estuviste a punto de dejar los sesos en el suelo.
—Ahora estoy bien. —Emma se levantó, dio un paso y le fallaron las rodillas. Se sujetó a la cabecera de la cama y cerró los ojos. Intentaba obligar a su cuerpo a que funcionase—. Estoy bien —insistió.
No me molesté en discutir. Le solté los dedos, la acomodé de nuevo en la cama y la tapé con la sábana hasta la cintura.
—Tengo tanto que hacer —afirmó con voz débil.
—No irás a ninguna parte hasta que un médico te dé el alta —señalé.
Emma puso los ojos en blanco de una manera que me llegó al alma.
Miré a mi amiga. No tenía marido ni hijos. Ningún amante que yo supiese. Había hablado una vez de una hermana distanciada, pero de eso hacía años. Hasta donde sabía, Emma no tenía a nadie cercano en su vida.
—¿Tienes amigos que puedan cuidar de ti?
—Una legión. —Emma apartó una mota inexistente de la sábana—. No soy la loca solitaria que crees que soy.
—No lo he pensado ni por un instante —mentí.
En aquel mismo momento, entró en el cubículo un médico residente de urgencias. Tenía el pelo negro grasiento y el aspecto de llevar levantado desde que Reagan había ocupado la Casa Blanca. Una tarjeta de plástico blanca en la bata decía que su nombre era Bliss.[3]
¿Podía ser que la tarjeta fuese algo así como un mensaje subliminal? «Te deseo toda la dicha del mundo.»
Bliss comenzó a buscar entre las páginas del historial de Emma.
—Dígale que no me está viendo como la donante de órganos del día —le pidió Emma.
Bliss la miró.
—Está bien.
—Se desmayó hace dos horas —señalé.
—El tratamiento que recibe puede debilitarla. —Bliss se volvió hacia Emma—. No podrá correr la maratón, pero por lo demás ya puede marcharse. Siempre y cuando no olvide consultar con su médico.
Emma levantó el pulgar.
—Tiene la intención de volver al trabajo ahora mismo —comenté.
—No es una gran idea —dijo Bliss—. Váyase a su casa. Tómese su tiempo para recuperar fuerzas.
—No juego con los Carolina Panthers —protestó Emma.
—¿A qué se dedica? —Cansado, mientras tomaba notas en la planilla.
—Es la forense —respondí.
Bliss dejó de escribir y miró a Emma.
—Ahora sé por qué el nombre me resultaba conocido.
Apareció una enfermera. Bliss le dijo que retirase la vía del suero.
—Su amiga tiene razón. —Bliss volvió a pasar las páginas del historial—. Tómese el día libre. Si no reposa puede repetirse el episodio.
No había acabado de marcharse Bliss que Emma ya estaba llamando a Gullet. El sheriff había salido. Emma dijo que ella en persona se encargaría de dejar el formulario del CNIC.
Cortó la llamada, se vistió y salió del cubículo. La seguí, dispuesta a convencerla de que se fuese a su casa. Si no lo conseguía, me mantendría cerca por si acaso volvía a desplomarse.
Juntas, metimos a CCC-2006020277 en la bolsa de cadáveres y le pedimos a un técnico que lo devolviese al frigorífico. Después guardamos las placas radiográficas y recogimos las planillas. Mientras tanto, aproveché para seguir con mi campaña para que Emma se fuese a la cama.
—Estoy bien —fue la respuesta de Emma todas las veces.
Salir del hospital fue como meterse en una piscina de miel caliente. Emma se apresuró a bajar la rampa como si quisiera poner distancia entre nosotras.
Le di alcance y lo intenté por última vez.
—Emma —dije en un tono más brusco de lo que pretendía. Me sentía irritada y me había quedado sin argumentos—. Estamos a treinta y seis grados centígrados. Estás agotada. Ningún caso es tan importante que no pueda esperar hasta mañana.
Emma soltó un bufido, furiosa.
—La llamada que acabo de recibir era de uno de mis investigadores. Una pareja de chicos encontró esta tarde un cadáver en el bosque.
—Deja que se ocupe el investigador.
—El caso puede ser delicado.
—Todas las muertes son delicadas.
—Maldita sea, Tempe. Supongo que en los primeros dos mil o tres mil casos en los que he trabajado no me había dado cuenta.
Me limité a mirarla.
—Lo siento. —Emma se apartó el pelo de la frente—. Hará cosa de unos tres meses desapareció un chico de dieciocho años. Un historial de depresión, sin dinero ni pasaporte y sin que llevase ninguna pertenencia personal.
—¿La poli sospechó un suicidio?
Emma asintió.
—Nunca se encontró una nota o un cadáver. Mi investigador cree que podría ser él.
—Deja que el investigador se ocupe del traslado del cadáver.
—Aquí no hay margen de error posible. Su padre es un político de la región. El tipo está furioso, protesta a voz en cuello y tiene amigos entre los poderosos. Es una combinación peligrosa.
Me pregunté de nuevo si el revés sufrido en el incidente del crucero no estaba afectando más a Emma de lo que había creído.
—¿Qué alertó a tu investigador?
—Los restos cuelgan de un árbol. El árbol está a poco más de un kilómetro de la última dirección conocida del chico.
Me imaginé la escena. Era demasiado conocida.
—¿Se lo han comunicado al padre?
Emma sacudió la cabeza.
El plan B.
—A ver qué te parece esto —propuse—. Le dices a papá que la policía considera la desaparición de su hijo como un caso de máxima prioridad. Se ha encontrado un cadáver, pero los tres meses de exposición a los elementos complican los análisis. Se necesita la colaboración de un experto independiente para hacer la identificación.
Como siempre, Emma lo pilló de inmediato.
—La Oficina del Forense quiere lo mejor, y el coste no es un obstáculo.
—Me gusta como piensas.
Emma me obsequió con una sonrisa débil.
—¿Lo harías de verdad?
—¿Tienes autoridad para meterme en el caso?
—Sí.
—Lo haré si me prometes que te irás a casa y te acostarás.
—¿Qué te parece esto? —replicó Emma—. Yo le entrego los formularios del CNIC al sheriff, lo pongo a trabajar en el esqueleto de Dewees. Tú supervisas la recuperación de mi víctima ahorcada. Y nos mantenemos en contacto por teléfono.
—Después de que duermas.
—Sí, sí.
—Parece un plan.
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