Читать книгу: «Amor entre viñedos - Un brote de esperanza»
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Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
N.º 458 - noviembre 2020
© 2010 Pamela Brooks
Amor entre viñedos
Título original: Red Wine and Her Sexy Ex
© 2008 Pamela Brooks
Un brote de esperanza
Título original: Hotly Bedded, Conveniently Wedded
Publicadas originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Estos títulos fueron publicados originalmente en español en 2014 y 2015
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-1348-936-0
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Créditos
Amor entre viñedos
Capítulo Uno
Capítulo Dos
Capítulo Tres
Capítulo Cuatro
Capítulo Cinco
Capítulo Seis
Capítulo Siete
Capítulo Ocho
Capítulo Nueve
Capítulo Diez
Capítulo Once
Capítulo Doce
Un brote de esperanza
Capítulo Uno
Capítulo Dos
Capítulo Tres
Capítulo Cuatro
Capítulo Cinco
Capítulo Seis
Capítulo Siete
Capítulo Ocho
Capítulo Nueve
Epílogo
Si te ha gustado este libro…

Capítulo Uno
Allegra Beauchamp había vuelto.
Xavier se despidió de su abogado y colgó el teléfono, alterado por la información que acababa de recibir.
Aquello era ridículo. Habían pasado varios años y ya no pensaba en ella. Lo había superado por completo. Entonces, ¿por qué reaccionaba de esa forma? Por ira; ira ante la perspectiva de que volviera e interfiriera en sus asuntos. Xavier había puesto todo su corazón y toda su alma en los viñedos, y no iba a permitir que Allegra apareciera de repente y destrozara una década de trabajo.
No confiaba en ella. Incluso descontando el hecho de que le había partido el corazón, de que lo había abandonado cuando más la necesitaba, era la misma mujer que había dejado en la estacada a su propio tío abuelo, al hombre que le había ofrecido su casa todos los veranos, cuando era una niña.
Allegra ni siquiera se había tomado la molestia de volver a Francia para asistir al entierro de Harry. Se había quedado en Londres, como si no le importara nada. Y ahora se apresuraba a volver para reclamar su herencia: una mansión y quince hectáreas de viñedos de primera calidad.
Su actitud era repugnante.
Pero, en cierto sentido, le facilitaba las cosas. Si a Allegra solo le importaba el dinero, le vendería su parte de la propiedad y se marcharía a pesar de lo que le había dicho a su abogado esa misma tarde. Allegra tenía una idea tan romántica como falsa de lo que significaba dirigir un viñedo, y Xavier estaba seguro de que se aburriría enseguida y volvería a Londres.
Lo mismo que había hecho diez años antes. Con la salvedad de que, esta vez, no se llevaría su corazón con ella. Solo se llevaría su dinero.
Xavier abrió el cajón de la mesa, sacó las llaves del coche y salió del despacho, decidido a hablar con Allegra. Quería solventar el asunto cuanto antes.
Allegra se llevó la taza de café a los labios, pero el amargo y oscuro líquido no la ayudó a despejarse.
Empezaba a pensar que había cometido un error al volver después de tanto tiempo. Debería haber aceptado la sugerencia de su abogado y haber vendido su parte de la propiedad al socio de Harry. Se debería haber contentado con ir de visita al cementerio, dejar unas flores en la tumba de su tío abuelo y volver a Londres. Pero había regresado a la vieja mansión de piedra en la que había pasado tantos veranos, durante su infancia.
Ni siquiera sabía por qué estaba allí. Solo sabía que se había arrepentido de haber tomado esa decisión en cuanto llegó a Ardeche. Al ver la casa, al distinguir el aroma de las hierbas que crecían en los tiestos de la cocina, se sintió profundamente culpable.
Culpable por no haber vuelto antes. Culpable por no haber estado cuando la llamaron por teléfono para decirle que Harry había sufrido un infarto. Culpable por no haberse enterado a tiempo del fallecimiento de su tío abuelo. Culpable por no haber podido estar, ni siquiera, en su entierro.
Además, todos los habitantes del pueblo la miraban mal. Había oído sus murmuraciones al cruzar la plaza; y había notado la frialdad de Hortense Bouvier, el ama de llaves de su difunto tío abuelo. En lugar de recibirla con un abrazo cálido y una buena comida, como había hecho tantas veces en otros tiempos, Hortense la había saludado de un modo brusco, sin molestarse en disimular su desaprobación.
Pero, al menos, no había visto a Xavier. Solo le habría faltado que apareciera de repente en la cocina y se sentara a la mesa, junto a ella, con su sonrisa devastadora y sus intensos ojos, de color verde grisáceo.
Allegra echó un vistazo a la cocina, llena de objetos que le recordaban al pasado, y se dijo que había pocas posibilidades de que Xav se presentara en la casa. Diez años antes, le había dicho que su relación estaba acabada y que se marchaba a París a empezar una vida nueva, una vida sin ella.
Ni siquiera sabía si seguía soltero. Quizás se había casado; hasta era posible que tuviera hijos. En cierta ocasión, Allegra intentó cerrar la brecha que se había abierto entre Harry y ella y los dos llegaron al acuerdo tácito de no hablar de Xavier. Ella no preguntaba porque el orgullo se lo impedía; él, por no crear una situación incómoda.
Agarró la taza de café y pensó que, después tantos años, ya debería haberlo superado. Pero, ¿cómo podía superar un amor que había sobrevivido desde la infancia? Se había enamorado de Xavier Lefevre cuando ella tenía ocho años y él, once. Fue amor a primera vista. Le pareció el chico más guapo del mundo.
Cuando llegó a la adolescencia, lo seguía a todas partes como si fuera una perrita. Siempre estaba perdida en sus ensoñaciones de amor; siempre, preguntándose qué sentiría si alguna vez se llegaran a besar. Incluso había llegado a practicar los besos, jugando con el dorso de la mano, para estar preparada cuando Xavier se diera cuenta de que era algo más que la vecina de al lado.
Todos los veranos perseguía al objeto de sus sueños con la esperanza de que se fijara en ella. Y todos los veranos, él se limitaba a responder con la misma amabilidad y el mismo distanciamiento que dedicaba a todos los demás.
Pero, al final, llegó el momento que tanto esperaba. Xavier dejó de tomarla por una niña irritante que lo seguía constantemente y empezó a verla como una mujer.
Desde entonces, se volvieron inseparables. Fue el mejor verano de la vida de Allegra. Estaba convencida de que su amor era recíproco; de que no importaba que ella tuviera que volver a Londres para continuar con sus estudios y él, marcharse a París para empezar a trabajar. Estarían juntos durante las vacaciones, se verían en Londres los fines de semana y, cuando ella saliera de la universidad, vivirían juntos.
Xavier nunca le había dicho que tuviera intención de pedirle matrimonio, pero Allegra sabía que estaba enamorado de ella y que lo quería tanto como ella a él.
Y entonces, todo se hundió.
Al recordarlo, Allegra tragó saliva y se dijo que no debía pensar en esas cosas. Había dejado de ser una adolescente llena de ilusiones absurdas y se había convertido en una mujer adulta. Además, el socio de Harry no era Xavier sino Jean-Paul Lefevre, su padre. Xavier no estaba allí. Por lo que ella sabía, seguía en París. Y tenía el convencimiento de que no se volverían a ver.
Justo entonces, Hortense entró en la cocina y declaró con frialdad:
–El señor Lefevre ha llamado. Estaba en los viñedos y me ha dicho que le gustaría verte. Llegará en un par de minutos.
Allegra frunció el ceño. Habían quedado para el día siguiente, pero supuso que era una visita de cortesía. Jean-Paul tenía fama de ser un hombre de modales impecables; seguramente, solo quería darle la bienvenida a Les Trois Closes.
Minutos después, la puerta se abrió. Pero el hombre que entró en la cocina no fue Jean-Paul, sino Xavier.
Allegra se llevó tal sorpresa que estuvo a punto de derramar el café. ¿Qué estaba haciendo allí? ¿Por qué había entrado sin llamar? ¿Creía que podía entrar en el domicilio de Harry, en la casa que ahora era suya, cuando le apeteciera?
–¡Xavier! Siéntate, por favor –dijo Hortense, dedicándole todo el cariño que le negaba a ella.
Hortense le dio un beso en la mejilla y, cuando Xavier se sentó, le sirvió una taza de café y se la puso en la mesa.
–Bueno, chéri, te dejaré a solas con la señorita Beauchamp.
Hortense se marchó y Allegra se quedó en silencio, demasiado sorprendida para pronunciar una sola palabra.
A sus treinta y un años, Xavier Lefevre era en un hombre hecho y derecho. Algo más alto de lo que ella recordaba, y de hombros más anchos. Su piel morena hacía que sus ojos, entre verdes y grises, parecieran aún más penetrantes.
Allegra se fijó en que llevaba el pelo revuelto y ligeramente largo, con un estilo que le pareció más propio de un músico de rock que de un genio de las finanzas. Además, no se había afeitado. Por su aspecto, cualquiera habría dicho que se acababa de levantar de la cama.
Pero, fuera como fuera, su presencia bastó para que se sintiera como si la temperatura de la cocina hubiera aumentado diez grados de repente. Y también bastó para que recordara lo que se sentía al quedarse dormida entre sus brazos, después de hacer el amor.
Por lo visto, tenía un problema. ¿Cómo mantener el aplomo y pensar con claridad si lo primero que le venía a la cabeza era el sexo y lo segundo, lo mucho que lo deseaba?
Tenía que sacar fuerzas de flaqueza y refrenar su libido.
–Bonjour, mademoiselle Beauchamp –dijo Xavier con una sonrisa enigmática–. He pensado que debía acercarme a la casa y saludar a mi nueva socia.
Allegra lo miró con desconcierto.
–¿Tú eres el socio de Harry?
Xavier asintió.
–En efecto.
–Pero, ¿cómo es posible? Pensaba que seguías en París.
–Pues no.
–No entiendo nada. El señor Robert me dijo que el socio de Harry era monsieur Lefevre –alegó ella.
–Y lo es… –Xavier le dedicó una reverencia burlona–. Permíteme que me presente. Soy Xavier Lefevre, siempre a tu servicio.
–Ya sé quién eres –replicó ella, irritada con su comportamiento–. Pero eso no responde a mi pregunta. Pensaba que mi socio era tu padre.
–Me temo que llegas cinco años tarde.
Ella soltó un grito ahogado.
–¿Es que tu padre ha… ?
–Sí.
–Lo siento. No tenía ni idea. Harry no me dijo nada –se apresuró a decir–. Si hubiera sabido que había fallecido…
–Oh, vamos, no me digas que habrías asistido a su entierro –la interrumpió–. Ni siquiera estuviste en el de Harry.
Allegra alzó la barbilla, orgullosa.
–Tuve mis motivos –se defendió.
El no dijo nada. Allegra pensó que, quizás, estaba esperando una explicación. Pero se dijo que no le debía explicaciones.
–Supongo que mi presencia te resultará molesta. Seguramente piensas que, habiendo sido el socio de Harry, tendría que haberte dejado toda la propiedad a ti.
–Ni mucho menos –declaró él–. Me parece normal que te dejara una parte. A fin de cuentas, eras su familiar más directo… Aunque nadie lo creería, teniendo en cuenta tu comportamiento de estos últimos años.
Allegra frunció el ceño.
–Eso es un golpe bajo.
Xavier se encogió de hombros.
–No es más que la verdad, chérie. ¿Cuándo lo viste por última vez?
–Hablaba con él todas las semanas, por teléfono.
–Hablar por teléfono no es lo mismo.
Ella suspiró.
–Seguramente sabes que Harry y yo discutimos cuando me fui a Londres –dijo ella, sin querer añadir que habían discutido por él–. Al final, nos reconciliamos… pero admito que no venir a verlo fue un error por mi parte.
Allegra tampoco quiso decir que la razón principal por la que no había vuelto era su miedo a encontrarse con él. Si se lo hubiera dicho, Xavier habría sabido que sus antiguos sentimientos no habían muerto; que su deseo había permanecido latente.
Un deseo que, en ese momento, se había despertado.
–Si hubiera sabido que se encontraba tan mal de salud, habría vuelto –continuó–. Pero no sabía nada. No me lo dijo.
–Por supuesto que no. Harry era un hombre orgulloso. Pero, si te hubieras tomado la molestia de pasar a visitarlo de vez en cuando, lo habrías sabido.
Ella guardó silencio.
–Ni siquiera viniste cuando supiste que estaba enfermo –siguió él.
–No vine porque el mensaje me llegó después, cuando ya era demasiado tarde.
–Pero tampoco estuviste en su entierro.
–Tenía intención de asistir, pero estaba en Nueva York, de viaje de negocios.
–Qué inconveniente –ironizó él.
Allegra respiró hondo.
–Bueno, ya ha quedado demostrado que soy una mala persona –dijo con frialdad–. Y como nadie puede cambiar el pasado, será mejor que lo olvidemos.
Él se encogió de hombros.
Ella pensó que era el hombre más irritante del mundo.
–¿Qué haces aquí, Xavier? ¿Qué quieres?
La quería a ella.
Xavier se dio cuenta en ese momento, y se quedó atónito. ¿Cómo era posible? Allegra lo había abandonado y, además, ya no era la dulce, tímida e insegura petite rose anglaise que había sido a los dieciocho años. Ahora era una mujer impecablemente arreglada y dura como el diamante bajo el traje que se había puesto. Y en sus labios no había nada dulce. Estaban tensos. Ya no le recordaban a las primeras rosas del verano.
Aquello era una locura. Se suponía que había ido a la casa para hablar con ella y convencerle de que le vendiera su parte de la propiedad, no para admirar su boca y recordar sus besos, sus caricias, el contacto de su piel cuando hacían el amor y el destello de sus ojos azules cuando estaba leyendo un libro y se daba cuenta de que él la miraba.
Tenía que hacer algo. No debía dejarse llevar por el deseo.
–¿Y bien? Estoy esperando una respuesta –dijo ella.
–No quería nada especial. Estaba dando un paseo por los viñedos y he llamado a Hortensia para saber si estabas aquí, sin más intención que saludarte y darte la bienvenida a Francia. Pero, ya que te pones así, hay un asunto que me preocupa.
–¿De qué se trata?
Xavier no había sido completamente sincero con Allegra. Era cierto que solo pretendía saludarla, pero también que quería aprovechar la ocasión para observar sus reacciones y valorar su actitud sobre las tierras que había heredado.
–Hace años que no vienes a Francia –contestó–. Supongo que los viñedos no te interesan demasiado, así que estoy dispuesto a comprar tu parte de la propiedad. Habla con algún especialista y pídele una valoración. Aceptaré el precio que considere oportuno. Incluso estoy dispuesto a pagar sus honorarios.
–No.
Xavier arqueó una ceja. No esperaba una negativa tan tajante. Pero existía la posibilidad de que solo fuera una estrategia para aumentar el precio, así que preguntó:
–¿Cuánto dinero quieres?
–No te voy a vender mi parte.
Él frunció el ceño.
–¿Es que se la vas a vender a otra persona?
Xavier se empezó a preocupar de verdad. Allegra no sabía nada de viñedos; era capaz de vendérselos a una persona que los descuidara demasiado o que utilizara pesticidas industriales y les hiciera perder el certificado de productos ecológicos.
–No se lo voy a vender a nadie. Harry me dejó la casa y la mitad de los viñedos por una buena razón… Quería que me quedara aquí.
Él hizo un gesto de desdén.
–Creo que te estás dejando llevar por tu sentimiento de culpabilidad, Allegra. Sabes que me deberías vender tu parte. Es lo más lógico.
Ella sacudió la cabeza.
–Me voy a quedar.
Xavier la miró con incredulidad.
–Pero si no sabes nada de viñas…
–Aprenderé. Y, entre tanto, dedicaré mis esfuerzos al marketing. A fin de cuentas, es lo que sé hacer.
Xavier se cruzó de brazos.
–No me importa lo que sepas hacer. No voy a permitir que juegues con mis viñedos. Te aburrirías enseguida y te marcharías al cabo de una semana.
–No me iré. Además, te recuerdo que también son míos –dijo ella con firmeza–. Harry me dejó la mitad y me siento obligada a hacer lo que pueda con ellos.
Xavier clavó la mirada en los ojos de Allegra y supo que estaba diciendo la verdad. Se iba a quedar porque se sentía en deuda con Harry.
Sería mejor que le diera un poco de cuerda y que retomara el asunto al día siguiente. Con un poco de suerte, Allegra lo consultaría con la almohada y entraría en razón.
–Muy bien, como quieras. –Xavier se levantó de la silla–. Supongo que Marc te habrá dicho que mañana tenemos una reunión…
Ella parpadeó.
–¿Marc? ¿Es que estás en contacto con el abogado de Harry?
–También es mi abogado –dijo él, sin querer añadir que Marc era amigo suyo–. Pero no te preocupes por eso. Te aseguro que no me ha dicho nada de ti. Es el hombre más profesional que conozco.
–Pues sí, ya sabía lo de la reunión. Es a la ocho en punto, ¿no?
Xavier asintió.
–Sí, aunque podríamos retrasarla un poco. Has hecho un viaje muy largo y sospecho que estarás cansada.
Ella entrecerró los ojos.
–¿Es que no me crees capaz de levantarme temprano?
–Yo no he dicho eso… Prefiero que retrasemos la reunión hasta las doce. En verano, no se puede estar en los viñedos a mediodía; por el calor –le explicó–. Trabajo en los campos a primera hora y, después, me encargo de los asuntos administrativos. ¿Qué te parece si quedamos al mediodía en mi despacho del château? Te invito a comer.
–De acuerdo. Como tú quieras.
Xavier dudó un momento. Había estado a punto de inclinarse sobre ella y darle un beso en la mejilla por ver si la desequilibraba un poco, pero se lo pensó mejor. Allegra le gustaba demasiado. Si le daba un beso de despedida, era posible que le saliera el tiro por la culata. Así que se limitó a decir:
–A demain, mademoiselle Beauchamp.
Ella inclinó levemente la cabeza.
–A demain, monsieur Lefevre. Nos veremos al mediodía.
Capítulo Dos
A la mañana siguiente, Allegra se conectó a Internet y se dedicó a mirar la página web del viñedo. Quería estudiar la situación para ir a la reunión con algunas ideas y propuestas.
El edificio no había cambiado nada durante su ausencia; seguía tan grandioso e imponente como antes, de piedra pálida salpicada por altos balcones de contraventanas blancas.
Cuando bajó del coche, un aroma a rosas se volvió tan intenso que intentó localizarlas con la mirada; pero no estaban a la vista y supuso que se encontrarían detrás de la casa.
¿De quién habría sido la idea de la rosaleda? ¿De la esposa de Xavier, quizás?
No se lo podía preguntar a Hortense sin dar la impresión de que Xavier le interesaba demasiado. Estaba allí por un simple asunto de negocios.
Miró la hora y vio que eran las doce y dos minutos. No había llegado tan pronto como pretendía, pero había llegado lo suficientemente pronto como para poder jactarse de ser puntual.
Se dirigió a la puerta y llamó. Al cabo de unos instantes, le abrió un joven de cabello rubio, que se quedó asombrado al verla.
–Mon Dieu, c´est Allie Beauchamp! ¿Cuánto tiempo ha pasado…? Bonjour, chérie. ¿Qué tal estás?
El joven sonrió de oreja a oreja y le dio un beso en la mejilla.
–Bonjour, Gay. Han pasado diez años… y estoy muy bien, gracias. –Allegra le devolvió la sonrisa–. Me alegro mucho de verte.
–Y yo de verte a ti. ¿Has venido a pasar las vacaciones?
Ella sacudió la cabeza.
–No exactamente. Soy la nueva socia de tu hermano.
Guy arqueó una ceja.
–Mmm.
–¿Mmm? ¿Qué quieres decir con eso?
–Nada, pero ya conoces a Xav.
–Sí, ya lo conozco.
–Por la hora que es, supongo que estará en su despacho.
–Lo sé. Me está esperando –dijo Allegra–. Pero olvidé preguntar dónde demonios está su despacho.
–Y él olvidó decírtelo, por supuesto…
–Eso me temo.
–Típico de él –dijo Guy–. No te preocupes. Te acompañaré.
–¿Vas a estar en la reunión?
–¿De qué vais a hablar? ¿De los viñedos?
Ella asintió.
–Entonces, no. Los viñedos son asunto de Xav, no mío. Yo me limito a venir los fines de semana, beberme sus vinos e insultarle un poco –declaró con una sonrisa pícara–. Por cierto, lamenté mucho lo de Harry. Era un buen hombre, Allie.
A Allegra se le hizo un nudo en la garganta. Desde su regreso a Francia, Guy era la primera persona que la recibía con afecto y la llamaba por su antiguo diminutivo, Allie. Era el único que no parecía despreciarla por haber cometido el delito de no asistir al entierro de su tío abuelo.
–Sí, yo también lo siento.
Guy la llevó por el lateral de la casa, hasta un patio que daba a una zona de oficinas.
–Gracias por acompañarme –dijo ella.
Él volvió a sonreír.
–De nada… Si te vas a quedar unos días, podrías volver otra vez y cenar con nosotros.
–Será un placer, Guy.
–Entonces, hasta luego.
Tras despedirse de Guy, Allegra entró en el edificio. Como la puerta del despacho de Xavier estaba abierta, ella vio que él estaba dentro y que estaba tomando unas notas en una libreta. Parecía sumido en sus pensamientos. Aquella mañana se había afeitado, pero tenía el pelo revuelto. Se había remangado la camisa y sus fuertes brazos revelaban el vello oscuro que los cubría.
Allegra lo encontró exquisitamente atractivo. Se tuvo que clavar las uñas en las palmas para no hacer algo absurdo como abalanzarse sobre él, ponerle las manos en las mejillas y darle un beso apasionado.
Respiró hondo y se recordó que ya no era su amante, el hombre con el que había soñado vivir.
Xavier miró a Allegra, que llevaba otro de sus trajes de ejecutiva agresiva. Desde su punto de vista, no podía estar más fuera de lugar. En esa época del año, todo el mundo se dedicaba a trabajar en las viñas; y los viñedos no eran el lugar más adecuado para llevar trajes y zapatos de tacón alto. Los trajes se podían desgarrar con las ramas y los tacones se hundían irremediablemente en el terreno.
–Gracias por venir… Pero siéntate, por favor.
Ella se sentó y le dio una cajita cerrada con un lazo dorado.
–Es para ti.
Él miró el objeto con interés.
–Me pareció que sería más apropiado que un ramo de flores o una botella de vino –continuó Allegra.
–Merci.
Xavier quitó el lazo, apartó el envoltorio y se encontró ante una de sus debilidades: una caja de bombones de chocolate negro.
Fue toda una sorpresa. Jamás habría imaginado que se acordara de sus gustos, ni esperaba que se presentara con un regalo.
–Muchas gracias, Allegra –repitió–. ¿Te apetece un café?
–Sí, por favor.
Ella lo siguió hasta la pequeña cocina americana.
–¿Te ayudo? –preguntó.
Xavier pensó que solo lo podía ayudar de una forma: vendiéndole su parte de la propiedad y marchándose de allí antes de que la tumbara sobre la mesa y le hiciera el amor. Pero, naturalmente, no se lo dijo.
–No, no hace falta.
–¿No me vas a preguntar si lo quiero con leche y azúcar?
Él sonrió.
–Siempre te gustó solo.
Sirvió dos tazas de café y las puso en una bandeja. A continuación, alcanzó un bol con tomates, un pedazo de queso, una barra de pan, dos cuchillos y dos platos. Cuando ya los había llevado a la mesa, dijo:
–Sírvete tú misma.
–Gracias.
Como Allegra no se movió, él arqueó una ceja y cortó un pedazo de pan y un poco de queso.
–Discúlpame por no esperar a que te sirvas tú –dijo–. Tengo hambre… He estado en los viñedos desde las seis.
–Bueno, ¿de qué quieres que hablemos? –preguntó ella.
–Podríamos empezar por lo más importante. ¿Cuándo me vas a vender tu parte de los viñedos? –replicó.
–No insistas, Xav; no tengo intención de vender –dijo–. ¿Por qué no me concedes una oportunidad?
A Xavier le pareció increíble que le preguntara eso. ¿Por qué le iba a conceder una oportunidad? Allegra lo había abandonado cuando más la necesitaba, y no se iba a arriesgar a que le hiciera otra vez lo mismo.
Además, empezaba a desconfiar de sí mismo en lo tocante a ella. No había pegado ojo en toda la noche porque no podía creer que Allegra le gustara tanto como a los veintiún años. Era una debilidad que no se podía permitir.
–Tú no perteneces a este sitio –replicó–. Mírate: ropa de diseño, un coche de lujo…
–Llevo un traje normal. Y el coche ni siquiera es mío; es alquilado –puntualizó ella–. Me estás juzgando mal, Xav. Estás siendo injusto.
Xavier arqueó una ceja. En su opinión, era bastante irónico que una persona que lo había dejado en la estacada lo acusara de ser injusto. Tuvo que hacer un esfuerzo para refrenar su irritación. Y fue un esfuerzo parcialmente fracasado.
–¿Qué esperabas, Allegra?
–Todo el mundo comete errores.
–Sí, claro que sí –dijo él con sarcasmo.
Ella suspiró.
–Ni siquiera me vas a escuchar, ¿verdad?
–¿Para qué? Ayer nos dijimos todo lo que teníamos que decir.
–Te aseguro que esto no es un capricho –insistió Allegra–. Estoy decidida a hacer un buen trabajo.
Justo entonces, Xavier se dio cuenta de que tenía ojeras y comprendió que tampoco ella había dormido bien. Por lo visto, él no había sido el único que había estado pensando en los viejos tiempos. Y debía admitir que, al menos, Allegra había tenido el coraje necesario para volver a un lugar donde sabía que todo el mundo la despreciaba.
–Está bien –dijo a regañadientes–. Escucharé lo que tengas que decir.
–¿Sin interrupciones?
–No te lo puedo prometer, pero te escucharé.
–De acuerdo.
Ella alcanzó el café y echó un trago. No había probado la comida.
–Harry y yo terminamos mal cuando me fui a Londres la primera vez. Terminamos tan mal que me juré que no volvería a Francia. Pero más tarde, cuando salí de la universidad, empecé a ver las cosas de otra manera e hice las paces con él. Desgraciadamente, ya me había asentado en Londres y… –Allegra se mordió el labio–. Bueno, olvídalo. No sé por qué intento explicártelo. No lo entenderías.
–¿Quién está juzgando a quién ahora?
Ella sonrió con timidez.
–Como quieras –dijo–. Tú creciste aquí, ¿verdad? ¿Cuánto tiempo lleva tu familia en estas tierras? ¿Un par de siglos?
–Algo así.
–Y siempre supiste que pertenecías a este lugar…
Él asintió.
–Sí, siempre.
–Para mí fue diferente. De niña, viajé con mis padres por todo el mundo. Cuando su orquesta no estaba de gira, mi madre daba conciertos como solista y mi padre la acompañaba. Nunca estábamos mucho tiempo en el mismo sitio, y las niñeras no duraban demasiado… Al principio, se alegraban de tener la oportunidad de viajar; pero luego se daban cuenta de que mis padres trabajaban todo el tiempo y de que esperaban que ellas hicieran lo mismo.
Allegra respiró hondo y siguió hablando.
–Cuando no estaban en un escenario, estaban practicando y no se les podía molestar. Mi madre practicaba tanto que a veces le sangraban los dedos. Y cada vez que yo me empezaba a acostumbrar a un lugar, nos íbamos otra vez.
Xavier comprendió lo que le pretendía decir.
–Y cuando te estableciste en Londres, no quisiste volver a Francia. Habías encontrado tu hogar. Habías echado raíces.
Ella asintió.
–Exactamente. Y podía hacer lo que quisiera con mi vida. No tenía a nadie que me presionara y me arrastrara a intereses que no eran los míos, por buenas que fueran sus intenciones –dijo Allegra–. Gracias por comprenderlo.
Xavier suspiró.
–Bueno, aún no lo entiendo del todo… –le confesó–. Siempre pensé que, para ti, la familia era lo primero.
–Y lo era. Pero yo tenía otros motivos para no volver a Francia.
–¿Yo?
–Sí, tú.
Xavier se alegró de que mencionara el asunto. Al menos, ya no tendrían que fingir que no pasaba nada.
–Pero has vuelto ahora…
–Porque pensaba que no estarías aquí.
Él frunció el ceño.
–¿Cómo es posible? He sido el socio de Harry desde la muerte de mi padre. Lo sabías.
Ella sacudió la cabeza.
–No sabía nada. Harry y yo no hablábamos nunca de ti.
Xavier entrecerró los ojos. ¿Estaba insinuando que Harry y ella habían discutido por él y que, tras hacer las paces, habían decidido no hablar de ello?
–¿Qué estás haciendo aquí, Allegra? ¿Por qué has vuelto precisamente ahora?
–Porque se lo debo a Harry. Y no me vuelvas a recordar que no asistí a su entierro –le advirtió–. No fue culpa mía. Además, ya me siento bastante culpable.
–No tenía intención de recordártelo –dijo Xavier con tranquilidad–. No tengo derecho a juzgarte por lo que pasó… Pero, además de ser mi socio, Harry era amigo mío. Y creo que merecía algo mejor.
Ella se ruborizó un poco.
–Yo también lo creo.
–¿Qué pudo pasar que fuera tan urgente? Dijiste que estabas de viaje de negocios… ¿No pudiste retrasar tus compromisos?
–Lo intenté, pero el cliente se negó a cambiar la fecha de nuestra reunión.
–¿Y no te podían sustituir?
Ella soltó un suspiro.
–Según mi jefe, no –dijo–. Hice lo posible por acelerar las cosas, pero terminé tarde y perdí el avión.
Xavier la miró con desconfianza.
–No me digas que no había otro vuelo…
– Estuve una hora en el aeropuerto, intentando encontrar una combinación que me llevara a Francia a tiempo de asistir al entierro de Harry, pero no la había.
–¿Y tus padres? Tampoco se presentaron –le recordó.
Ella se encogió de hombros.
–Estaban en Tokio y no podían asistir porque habrían tenido que suspender un concierto. Ya sabes cómo son…
–Sí, ya lo sé.
Allegra lo miró con intensidad.
–Si vas a decir que soy como ellos, ahórratelo. Es verdad; puse los negocios por delante de la familia. No debería haber sido así.
–Bueno, al menos admites que cometiste un error.
Ella no dijo nada.
–¿Y qué vamos a hacer ahora? –continuó él.
–¿Confiabas en el buen juicio de Harry?
Xavier inclinó la cabeza.
–Sí.
–Pues es evidente que Harry confiaba en mí. De lo contrario, no me habría dejado su parte de los viñedos.
–Comprendo. Me estás pidiendo que yo también confíe en ti.
–En efecto.
Él se pasó una mano por el pelo.
–Allegra… ¿Qué sabes tú de viñedos?
–¿Ahora mismo? Muy poco, por no decir nada –admitió–. Pero aprendo deprisa. Estudiaré y trabajaré lo necesario para poder ser útil.
–¿Y hasta entonces?
–Intentaré ser útil en otras facetas del negocio.
–¿Como por ejemplo…?
–Ya te lo dije ayer. El marketing. Fui jefa del departamento creativo de la agencia donde trabajaba. Soy capaz de organizar una campaña publicitaria con cualquier presupuesto. Pero necesitaré más información… ya sabes, para saber cómo van las cosas y dónde se puede marcar la diferencia.
–¿Qué tipo de información?
–Para empezar, los planes a cinco años vista. Tengo que saber qué producimos, cuánto producimos, a quién vendemos y cómo distribuimos los vinos.
–Ya veo…
–También tengo saber quién compite con nosotros y qué producen… Ah, y qué clase de campañas de publicidad has hecho en el pasado. Sé que tenemos una página web, pero necesito compararla con las páginas de la competencia –explicó–. Cuando estudie la situación, te daré un análisis general y mis recomendaciones al respecto.
–Oportunidades, amenazas, puntos débiles, puntos fuertes… –dijo él, mirándola a los ojos–. ¿Crees que no conozco mi propio negocio?
Ella se sintió derrotada y él se dio cuenta. Pero también se dio cuenta de algo más importante: que, bajo su apariencia segura y profesional, se encontraba una mujer vulnerable, terriblemente frágil.
Si la presionaba en ese momento, se rompería y le vendería su parte de los viñedos.
Sin embargo, sabía que más tarde se odiaría a sí mismo. De repente, sentía la necesidad de protegerla. ¿Cómo era posible? Aquella mujer le había partido el corazón. No debía protegerla. Debía protegerse de ella.
–¿Me estás diciendo que tienes intención de dirigir tu parte de los viñedos desde Londres? –preguntó con ironía.
–No. Desde aquí.
Xavier se quedó perplejo. ¿Allegra se iba a quedar en Ardeche? ¿Lo iba a condenar a verla todos los días?
–Hace unos minutos, me has dicho que tus raíces estaban en Londres.
Ella suspiró.
–Y lo están.
–¿Entonces?
–No he dicho que mi decisión sea racional, Xav. Es lo que es. Me quiero poner en los zapatos de Harry, por así decirlo… y, obviamente, no puedo hacer ese trabajo si me quedo en Londres –respondió–. Además, Ardeche fue mi hogar durante muchos veranos, cuando era una niña.Puede serlo otra vez.
Xavier pensó que llegaba diez años tarde. En otra época, habría deseado que se quedara y se convirtiera en su esposa. Ahora, solo quería que lo dejara en paz y volviera a Londres.
–¿Y qué vas a hacer con tu trabajo actual?
–Estoy en paro.
–¿Desde cuándo? –se interesó.
–Dimití ayer, después de hablar con mi abogado.
Xavier recibió la noticia con emociones contrapuestas. Por una parte, le alegró saber que el compromiso de Allegra era firme; al menos, ahora sabía que no tenía intención de vender su parte de la propiedad a otra persona. Por otra, aumentó su preocupación.
–¿Qué pasará si las cosas salen mal? ¿Por qué crees que van a salir bien?
–Porque pondré todo mi empeño en ello.
Él asintió; no podía negar que era una mujer resuelta y valiente, dos virtudes más que necesarias en su negocio. Pero seguía sin creer que mantuviera su compromiso.
–Trabajar en unos viñedos no se parece nada a trabajar en una oficina –alegó–. Tendrás que trabajar en las propias viñas… y no puedes trabajar con ese aspecto.
–El trabajo duro no me asusta. Enséñame lo que tengo que hacer y lo haré. Además, no necesito trajes y zapatos caros. No tengo ni los conocimientos ni la experiencia de Harry –continuó ella–. No estoy en modo alguno a su altura, pero aprendo deprisa y, cuando no sé algo, pregunto. No soy de las que cometen errores por falta de atención.
–Quizás deberías saber que Harry no trabajaba en el negocio –dijo en voz baja–. Era socio a distancia.
–Entonces, ¿no me vas a conceder esa oportunidad?
Él se pasó una mano por el pelo.
–Me has interpretado mal, Allegra. Harry tenía ochenta años y, obviamente, no podía trabajar tanto como yo. Él lo sabía, así que dejó los viñedos en mis manos.
–¿Qué me intentas decir? ¿Que me puedo quedar, pero solo si me mantengo a distancia? –preguntó–. Olvídalo, Xav.
–No te estoy ofreciendo un trato. Me limito a decirte cómo son las cosas –replicó–. A veces, acudía a Harry para pedirle consejo sobre algunos asuntos; pero contigo no podría porque, como bien has dicho, no tienes ni sus conocimientos ni su experiencia.
–También he dicho que tengo otras habilidades que, por cierto, son muy útiles. Si me das la información que te he pedido, te presentaré unas cuantas propuestas. No sé nada de viñas, pero sé de otras cosas que te pueden venir bien.
Xavier respiró hondo.
–La información que me pides es material clasificado, Allegra.
–Descuida. Soy tu socia y no voy a permitir que caiga en malas manos. Lo que afecta a nuestro negocio, me afecta a mí.
Xavier comprendió que no iba a renunciar y se preguntó si podía confiar en ella, si se podía arriesgar otra vez.
Allegra tenía razón en una cosa; Harry no le habría dejado la mitad del negocio en herencia si no la hubiera creído digna de confianza. Y Xavier siempre había respetado el buen juicio de su difunto socio. Además, Xavier no olvidaba que Marc había hablado en su favor cuando hablaron por teléfono y que Guy, su propio hermano, se había tomado la molestia de abandonar su precioso laboratorio durante unos minutos para acompañarla al despacho.
Por lo visto, Allegra contaba con el apoyo de las únicas personas en las que él confiaba. Un motivo importante para concederle una oportunidad.
La volvió a mirar y pensó que tal vez se había dejado llevar por los fantasmas del pasado. También era posible que se estuviera engañando a sí mismo por la sencilla razón de que la deseaba. Con su vuelta, Allegra había llenado un vacío que, hasta entonces, solo podía llenar con el trabajo.
–¿Y bien? –preguntó ella con suavidad.
Xavier asintió.
–Imprimiré los documentos que necesitas. Estúdialos a fondo y llámame si tienes alguna duda –declaró.
–Gracias. No te arrepentirás.
–Faltan dos meses para la vendimia. ¿Qué te parece si los aprovechamos como periodo de prueba? Si podemos trabajar juntos, excelente; si no podemos, me venderás tu parte de la propiedad y te irás. ¿De acuerdo?
Ella lo miró con desconfianza.
–Si no sale bien, ¿seré yo quien se tenga que marchar? ¿Yo quien sufra las pérdidas?
–Tus raíces no están aquí, Allegra; pero las mías, sí.
Allegra guardó silencio durante unos segundos. Luego, le ofreció una mano y dijo:
–Muy bien, dos meses. Cuando termine el plazo, volveremos a hablar. Pero consideraremos la posibilidad de disolver la asociación y de que yo me quede con los viñedos.
Xavier le estrechó la mano. Era tan obstinada como valiente.
Al sentir el contacto de su piel, se habría acercado a ella y habría asaltado su boca como en los viejos tiempos. Pero si querían que aquello saliera bien, tendrían que mantener las distancias.
–Trato hecho.
Capítulo Tres
Allegra dedicó el resto del sábado a estudiar los documentos de Xavier, consultar cosas en Internet y tomar notas. Xavier le había dado su número de teléfono, pero no su dirección de correo electrónico. Y no le podía enviar un informe al móvil, no si quería incluir gráficos y fotografías. Al final, le envió un mensaje donde le decía que se iba a Londres al día siguiente, que volvería el martes o el miércoles y que necesitaba una dirección de correo para enviarle sus propuestas.
Xavier contestó aquella misma noche, aunque de forma bastante escueta. Al parecer, se había convertido en un hombre escueto en palabras. Si lo quería impresionar, sería mejor que actuara en consecuencia y le enviara un informe lo más breve, conciso y exacto que fuera posible.
Los días siguientes, iba a estar muy ocupada. Tenía que cerrar los cabos sueltos de su vida en Londres y pensar en ideas que convencieran a Xavier de que podían hacer un buen trabajo.
–Lo siento, Guy. No tengo hambre.
Xavier miró la cassoulet y apartó el plato.
–Sé que está un poco pasada, pero estaría bien si hubieras contestado al teléfono cuando te llamé por primera vez.
–Lo siento.
–¿Por qué te has retrasado? ¿Algún problema en los viñedos?
–No.
–¿Algún cliente que no ha pagado lo que te debe?
Xavier sacudió la cabeza con impaciencia.
–Tampoco. Todo va bien.
Guy se cruzó de brazos y miró a su hermano con seriedad.
–¿Que todo va bien? Oh, vamos… trabajas hasta la extenuación y tienes unas ojeras como si llevaras varios días sin dormir. No me puedes engañar, Xav. Ya no soy un niño. Y no necesito que me protejas como hacíais papá y tú cuando la cosecha había sido mala y el banco se negaba a concedernos otro crédito.
–Lo sé… Pero no intento protegerte, Guy.
–Si es un problema de dinero, es posible que te pueda ayudar. La marca de perfumes va bien. Te puedo prestar lo suficiente para salir del agujero, como tú hiciste hace un par de años conmigo.
Xavier sonrió. Había ayudado a Guy cuando su exmujer lo dejó en la ruina y a punto de tener que vender su empresa para sobrevivir.
–Gracias, mon frere. Te lo agradezco mucho, pero no es necesario. Los viñedos van bien. No necesito dinero.
–Ah… se trata de Allie.
Xavier dudó un momento.
–¿Allie? Qué tontería.
–Lo siento, hermanito, pero te he pillado. Has tardado demasiado en responder –dijo–. La sigues queriendo, ¿verdad?
Xavier se encogió de hombros.
–Si aún la quisiera, no habría salido con otras mujeres.
–Mujeres con las que nunca has llegado a nada –dijo Guy–. No en el sentido que tuvo tu relación con Allie.
–Eso pasó hace muchos años, Guy. Los dos hemos crecido, cambiado… Ya no tenemos nada en común.
–Si tú lo dices… Pero tengo la impresión de que estás buscando excusas para convencerte a ti mismo.
–No, no es eso. Admito que su vuelta me ha descolocado un poco, pero solo porque no esperaba volver a verla –afirmó–. Olvida el asunto, Guy. No me apetece hablar de Allegra.
–Está bien, como quieras. Pero si necesitas hablar en algún momento, ya sabes dónde estoy. –Guy le dio una palmada en la espalda–. Estuviste a mi lado cuando Vera me la jugó, y yo estaré a tu lado cuando lo necesites.
Xavier asintió.
–Quién sabe. Puede que los Lefevre estemos condenados a elegir mal en cuestión de mujeres. Papá, tú, yo… Menudo desastre.
Guy sonrió.
–Sí, es posible. Y también es posible que no hayamos encontrado aún a las mujeres adecuadas para nosotros.
Xavier pensó que Allegra había sido la mujer adecuada para él; pero, lamentablemente, él no lo había sido para ella. Y si quería que su asociación funcionara, sería mejor que lo tuviera presente.
En Londres, Allegra no tuvo tiempo ni de respirar. Además de trazar un plan sobre los viñedos, tuvo que traspasar su piso de alquiler a su amiga Gina, decidir qué se quería llevar a Francia y qué debía dejar en Inglaterra, recoger las cosas que tenía en el despacho e intentar no llorar en exceso cuando descubrió que Gina y sus compañeros le habían preparado una fiesta de despedida a la que asistieron todos menos su exjefe.
Estuvo tan ocupada que ni siquiera pensó en Xavier.
Hasta que subió al tren que la llevaría de vuelta a Avignon. Entonces, estuvo pensando en él siete horas seguidas. En él y en el hecho de que no hubiera contestado a ninguna de sus propuestas ni le hubiera preguntado cuándo regresaba.
Pero se llevó una buena sorpresa cuando el tren se detuvo en la última estación, donde debía tomar otro para ir a Ardeche. Xavier la estaba esperando.
Llevaba unos vaqueros negros y una camisa blanca, remangada y con el cuello abierto. Estaba tan guapo que no parecía un vinicultor, sino un modelo de publicidad. Y todas las mujeres que pasaban, se lo comían con los ojos.
Cuando la vio, alzó una mano y la saludó. Allegra apretó el paso y, por fin, dejó las maletas en el suelo.
–¿Qué estás haciendo aquí?
–¿Es que no me vas ni a saludar?
–Bonjour, monsieur Lefevre –dijo con ironía.
–Bonjour, mademoiselle Beauchamp –replicó, sonriendo.
–Y ahora que ya nos hemos saludado, ¿qué estás haciendo aquí?
–Me tenía que acercar a Avignon por una reunión de negocios y tú necesitas que alguien te lleve a Les Trois Closes, así que decidí venir a buscarte.
Ella arqueó una ceja.
–Gracias, pero ¿cómo lo sabías?
–Me lo dijo Hortense.
Allegra parpadeó.
–¿Hortense?
–Sí. Y ahora, ¿nos vamos a quedar en la estación todo el día o prefieres que nos vayamos?
Xavier se encargó de sus maletas.
–Las puedo llevar yo –dijo ella.
–Por Dios, Allegra… Puede que los ingleses no tengan modales, pero estás en Francia.
–Está bien, como quieras.
–¿Qué tal te ha ido en Londres?
–Bien.
–¿Esto es todo lo que traes?
–He dejado el resto de mis cosas en un trastero –explicó.
–Por si las cosas no salen bien, supongo… –comentó él.
Allegra no supo si el comentario era un halago o un insulto, así que lo dejó pasar.
–¿Has recibido las propuestas que te envié?
–Sí.
–¿Y?
–Me lo estoy pensando.
Allegra decidió no presionarle al respecto.
–¿Qué tal tu reunión?
–Bien, gracias.
–Supongo que estaría relacionada con los viñedos…
–A decir verdad, no.
Allegra lo miró con cara de pocos amigos; por lo visto, estaba decidido a no darle explicaciones. Pero Xavier sonrió de repente y declaró:
–Bueno, te diré la verdad. No tenía ninguna reunión de negocios. Me he tomado el día libre y he estado comiendo con Marc.
–¿Con Marc? ¿Con monsieur Robert? ¿Con mi abogado?
–Con tu abogado que también es el mío –le recordó él–. Pero tranquila, no hemos estado hablando de ti.
Al salir de la estación, Allegra se llevó otra sorpresa. El coche de Xavier era el que su padre le había regalado en la adolescencia, el viejo coche con el que la había llevado por toda Ardeche y desde el que le había enseñado todas las maravillas de la naturaleza de la zona.
–¿Qué ha pasado con tu deportivo?
–Que no era práctico. Y este lo es.
–¿Que no era práctico? –preguntó perpleja.
Allegra no entendía nada. Xav había estado enamorado de aquel deportivo, un vehículo clásico que había arreglado con ayuda de Michel, el dueño del taller mecánico de la localidad. Le dedicó tanto tiempo que Guy y ella le tomaban el pelo constantemente.
–A veces, tengo que ir en coche por caminos de tierra o llevar varias cajas de vino a algún cliente –explicó Xavier.
–Lo comprendo… Pero, si ahora te interesan tanto las cosas prácticas, ¿por qué le has puesto una tapicería tan elegante? –se burló ella.
–Porque tampoco hay que exagerar, ¿no? –respondió él–. No esperarás que vaya por ahí con poco más que un carro y un burro…
–Desde luego, sería más ecológico –observó.
–El motor de mi coche es ecológico.
–¿Lo dices en serio?
–Bueno, en realidad es un híbrido; mitad eléctrico, mitad de gasolina –contestó–. Quizás te sorprenda, pero esas cosas me importan mucho. He invertido mucho dinero para conseguir que nuestros vinos tengan el certificado de producto ecológico.
Allegra se quedó perpleja. Era evidente que Xavier había cambiado.
Dos maletas no eran demasiado. Xavier sabía de mujeres que llevaban más equipaje para pasar un simple fin de semana, y Allegra iba a estar allí dos meses. ¿Qué pensaba hacer? ¿Volver a Londres a recoger el resto de sus cosas? ¿Encargarse de que se las enviaran?
Fuera como fuera, había otro asunto que le quería preguntar.
–¿Cómo te vas a mover por Ardeche?
–Supongo que el dos caballos de Harry sigue en la casa…
–Sí, pero hace años que no se utiliza. Tendrías que llevarlo a un mecánico para que lo ponga a punto, si es que se puede –declaró–. ¿Qué has hecho con tu coche? ¿Lo has dejado en Inglaterra?
–Yo no tengo coche. En Londres no lo necesito. Utilizo el transporte público.
–¿Y si tienes que salir de la ciudad?
–Entonces, voy en tren o alquilo un vehículo.
Él asintió y cambió de conversación.
–¿Por qué has dejado tu empleo? Podrías haberte tomado un año sabático.
–Dudo que ese canalla me lo hubiera concedido.
Xavier arqueó una ceja.
–¿Ese canalla? ¿Te refieres a su jefe?
–Al que ha sido mi jefe los seis últimos meses.
–Ah…
–Peter compró la agencia una semana después de que mi antiguo jefe se jubilara. Yo pensaba que me ascendería, pero ha contratado a otra persona para que ocupe su puesto. Es evidente que no cuento con su confianza.
–Lo siento.
Ella se encogió de hombros.
–No lo sientas. Me alegro de haberme marchado. Peter fue el culpable de que no pudiera asistir al entierro de Harry. Cuando le comenté lo sucedido y le pedí que cambiara la fecha de la reunión, me dijo que no podía ser… que la empresa estaba por encima de cualquier otra cosa –dijo.
–Comprendo que te hayas ido –replicó Xavier–. Pero, ¿qué habrías hecho si Harry no te hubiera dejado la mitad de los viñedos?
–No lo sé. Supongo que buscarme otro trabajo o establecerme por mi cuenta –contestó.
–Si me vendes tu parte de los viñedos, te daré una suma tan generosa que podrás abrir tu propia empresa. Podrías volver a Londres y hacer lo que quisieras.
Ella alzó la barbilla.
–No voy a vender, Xav. Me voy a quedar aquí –sentenció–. Deja de presionarme como si fueras un vulgar matón.
Xavier la miró perplejo.
–¿Como un vulgar matón?
–Bueno, quizás he exagerado un poco, pero intentas intimidarme.
–Yo no intento intimidar a nadie.
–Pero intimidas de todas formas. Tienes puntos de vista tajantes y ningún miedo a expresarlos en voz alta.
–Eso no me convierte en un matón. Yo escucho a la gente. El otro día, hasta te escuché a ti sin juzgarte… O por lo menos, sin juzgarte demasiado –dijo con humor.
–¿Y qué me dices de tu seguridad? Eso también intimida.
–Oh, vamos… No me dirás que tener confianza en uno mismo es un delito –razonó él–. Además, yo soy como soy. Si te intimido, qué se le va a hacer.
–Descuida. Soy perfectamente capaz de enfrentarme a ti.
–¿Me estás desafiando, Allegra?
–Por supuesto que no. ¿Por que tienes que sacar las cosas de quicio? –preguntó, cansada.
–Yo no estoy sacando las cosas de quicio. Preferiría que fueras un socio como Harry, que se mantenía al margen de los viñedos, pero es evidente que eso no va a pasar… Durante los dos próximos meses, estamos condenados a trabajar juntos. Espero que lo hagas lo mejor que puedas, pero no te voy a dificultar las cosas.
–Gracias, Xav. No te preocupes por mí; nunca he sido una vaga.
Xavier se preguntó por qué había dicho eso. ¿Es que su exjefe la había acusado de serlo? En tal caso, era un tonto además de un canalla. Con sus informes, Allegra le había demostrado que sabía trabajar. Era cualquier cosa menos una vaga.
Xavier detuvo el vehículo al llegar a la granja de Harry. Después, salió del coche, abrió el maletero y sacó las maletas de Allegra.
–Gracias –dijo ella–. ¿Te apetece un café?
–Te lo agradezco, pero tengo trabajo que hacer.
–Sí, claro… Supongo que te estarán esperando. Espero que mi presencia en Ardeche no suponga un problema para tu esposa.
Xavier la miró con humor.
–¿Intentas saber si estoy casado? Si te interesa, ¿por qué no me lo preguntas sin más? Déjate de subterfugios, Allegra. Es irritante.
Allegra se ruborizó.
–Tienes razón… ¿Estás casado?
–No. Y tú, ¿ya estás contenta?
Allegra se arrepintió de habérselo preguntado.
–Tu estado civil no me importa en absoluto. Simplemente, me preocupaba que tuvieras una relación con alguien y que me considere una especie de amenaza.
–Pues no, no mantengo ninguna relación con nadie –declaró–. Estoy demasiado ocupado con los viñedos. No tengo tiempo para complicaciones.
–No me digas que ahora eres célibe…
Él arqueó una ceja.
–¿Te interesa mi vida sexual,?
Ella se volvió a ruborizar.
–No, claro que no… Lo siento.
–Pero lo has dicho. Es evidente que sientes curiosidad.
–Olvídalo.
Xavier sonrió.
–No soy célibe. El sexo me gusta. Y me gusta mucho, como tal vez recuerdes. Pero, como ya he dicho, no tengo tiempo para complicaciones.
–Has cambiado mucho en estos años…
–Y tú. Por lo visto, los dos somos más viejos y más sabios.
–Sí, supongo que sí. En fin, gracias por ayudarme con las maletas.
Xavier se marchó enseguida. Allegra entró en la casa y, tras saludar a Hortense, subió las maletas. Mientras estaba guardando sus cosas, sonó el teléfono y encontró un mensaje de Xav. Le decía que la esperaba en su despacho al día siguiente, a mediodía. Y le pedía que llevara una barra de pan.
Cuando terminó con las maletas, habló con Hortense para que le diera las llaves del dos caballos de Harry y se dirigió al granero que su difunto tío abuelo utilizaba como garaje; pero, desgraciadamente, el coche no arrancó.
Ya estaba pensando en la posibilidad de alquilar un vehículo cuando vio una bicicleta apoyada en la pared. Y entonces, tomó una decisión. Aquella bicicleta iba a ser su medio de transporte. Hasta tenía una cesta en la parte delantera, donde podía meter el bolso y el ordenador portátil.
Era perfecta. Justo lo que necesitaba para empezar una nueva vida.
Capítulo Cuatro
A la mañana siguiente, Allegra se montó en la bicicleta para ir al pueblo y comprar una barra de pan antes de ir al despacho.
¿Creía Xavier que se contentaría con empezar su jornada laboral a última hora de la mañana? De ninguna manera. Ahora eran socios, y Allegra estaba decidida a trabajar tanto como él. Le había dicho que no era una vaga, y se lo iba a demostrar. Pero, cuando llegó a la bodega, descubrió que la puerta estaba cerrada.
No había nadie.
Allegra pensó que tenía tres opciones. La primera, ir a ver a Guy y preguntarle si tenía una llave del despacho; pero era improbable porque, como le había dicho el día anterior, los viñedos eran asunto de Xavier. La segunda, llamar a Xavier por teléfono; pero si estaba haciendo algo importante, le molestaría. Y la tercera, alcanzar el portátil que llevaba en la cesta de la bici, sentarse en el jardín y trabajar un rato al sol.
Al final, optó por la tercera.
Sacó el portátil, apoyó la bicicleta en la pared y se sentó bajo un castaño, con la espalda contra el tronco. Era un lugar verdaderamente bonito. Se oía el zumbido de las abejas que buscaban polen y olía a rosas y espliego. Parecía un paraíso en comparación con su antigua oficina de Londres, donde solo podía ver los edificios del otro lado de la calle.
A las doce menos cuarto, Xavier detuvo su vehículo en el vado, cerró la portezuela y caminó hacia Allegra.
–¿Qué estás haciendo?
–Trabajar.
–¿En el jardín?
Ella le dedicó la más dulce de sus sonrisas.
–Como la puerta del despacho estaba cerrada y mi socio no me ha dado una llave, no he tenido más remedio que sentarme en el jardín.
Él frunció el ceño.
–No se me había ocurrido, la verdad. Harry no tenía oficina en el edificio.
–Pero yo no soy Harry… Y no quiero tener que montarme en la bicicleta y venir a tu casa cada vez que necesite un simple folio.
Xavier se cruzó de brazos.
–Me temo que no hay ningún despacho libre.
–¿Ah, no? Recuerdo haber visto uno el sábado…
–Ese es el despacho de mi secretaria.
La explicación de Xavier le pareció creíble, salvo por el hecho de que tenía un defecto que saltaba a la vista.
–¿Y cómo es posible que no esté?
–Se ha tomado una semana libre. Su hija acaba de dar a luz y quería estar con ella –contestó Xavier.
A Allegra le agradó que Xavier fuera un jefe tan comprensivo como para ofrecer una semana libre a su secretaria por un asunto como ese, pero aún había una pregunta en espera de una respuesta.
–¿Por qué no has buscado una secretaria temporal para que la sustituya?
–Porque a Therese no le gusta que otras personas toquen sus cosas –dijo–. Si tenías intención de pedirme que te dejara usar su despacho, olvídalo.
Allegra soltó una carcajada. Le parecía increíble que un hombre tan poderoso como Xavier Lefevre permitiera que su secretaria le diera órdenes.
–¿De qué te ríes?
–De la idea de que tu secretaria te imponga condiciones a ti. Debe de ser una mujer verdaderamente imponente.
Xavier la miró con exasperación.
–Therese no me impone nada. Pero es una gran organizadora y la respeto.
–Si tú lo dices… –declaró con una sonrisa–. Supongo que vienes de los viñedos y que vas a volver esta tarde, ¿verdad?
–Sí.
–Entonces, tu despacho estará libre la mayor parte del día…
–Allegra…
–Excelente. Trabajaré en él mientras tú estás fuera –lo interrumpió–. Salvo que prefieras que te acompañe a los campos; en cuyo caso, estaría bien que me hicieras un sitio en tu despacho al mediodía, cuando el sol calienta demasiado para trabajar en el exterior. Las tareas administrativas no llevan mucho tiempo. Me llevaré mi ordenador portátil y, si es necesario, lo conectaré a tu red.
Él la miro con una mezcla de irritación y admiración.
–Lo tienes bien pensado…
–Sí.
–Eres un verdadero incordio.
Ella volvió a reír.
–Desde luego.
–La pelle se moque du fourgon –dijo él.
–¿Cómo?
–La pala se mofa del atizador –tradujo Xavier–. Es un dicho francés.
Allegra suspiró.
–Siempre tienes que tener la última palabra…
Él le ofreció una de esas sonrisas que habían permanecido en la memoria de Allegra durante años. Una sonrisa burlona, irónica y totalmente irresistible.
–Sí, así es. ¿Has traído la barra que te pedí?
–Voilà –Allegra señaló la cesta de la bicicleta–. Doy por sentado que será mi contribución a la comida…
–No –dijo él–. Pero entremos en mi despacho.
Xavier la llevó al despacho, abrió la puerta y dijo, antes de dirigirse a la pila de la cocina americana:
–Discúlpame un momento. Tenía intención de lavarme antes de que aparecieras, pero te has adelantado –Abrió el grifo de la pila y se lavó las manos–. Hoy tenemos carne fría y ensalada para comer.
–No espero que prepares la comida todos los días, Xav –dijo ella–. Me puedo traer un sándwich o un bocadillo.
Xavier se secó las manos.
–Como quieras. Pero hoy vamos a tener una comida de trabajo, así que la puedo compartir contigo. Ya he visto que has venido en bicicleta.
Ella asintió.
–Tenías razón con el coche de Harry; no lo pude ni arrancar. Hortense me ha dicho que hablará con el dueño del taller mecánico para ver si puedo hacer algo al respecto.
–Yo te puedo prestar un coche.
Allegra sacudió la cabeza. No quería que le hiciera favores. Le iba a demostrar que era capaz de salir adelante sin ayuda de nadie.
–No es necesario. Me las arreglaré con la bici.
Él arqueó una ceja.
–¿Y qué vas a hacer cuando llueva?
–Meteré el ordenador portátil en una bolsa de plástico, para que no se moje. O usaré tu ordenador mientras tú estés fuera y me enviaré las cosas que necesite por correo electrónico –contestó.
–Eres de lo más obstinada.
–La pelle se moque du fourgon.
Xavier rio.
–Vaya, me alegra saber que también tienes sentido del humor. No lo pierdas nunca.
–No lo perderé, descuida. Pero, ahora que lo pienso, ¿cual es el código de la alarma del despacho?
–La fecha del cumpleaños de Harry.
Allegra se preguntó si la estaba probando. Quizás pensaba que había olvidado la fecha del cumpleaños de su difunto tío abuelo; pero, en ese caso, estaba equivocado.
–Lo recordaré.
Xavier le dio dos platos.
–Toma, déjalos en la mesa. Yo me encargo de lo demás.
Allegra se sentó y esperó a Xavier, que llevó los cubiertos, la comida y dos vasos de agua helada, además de una barra que no era la que ella había comprado, sino un pan de aceitunas, el preferido del difunto Harry.
–¿Siempre comes en tu despacho?
–Es lo más conveniente. Supongo que tú hacías lo mismo en Londres.
–Supones bien.
–Pero no me esperes. Sírvete…
–Gracias.
Ya habían empezado a comer cuando ella dijo:
–¿Has recibido mis recomendaciones sobre la página web?
–Sí.
Xavier no dijo nada más.
–¿Y qué te parecen?
–Bueno… No estoy seguro de que me guste que se mencione la historia de mi familia –respondió.
Ella frunció el ceño.
–¿Por qué no? Es una parte importante de los viñedos, algo que podemos aprovechar en nuestro beneficio. Tu familia lleva muchos años en estas tierras. Si me dices cuándo llegaron, celebraremos el próximo aniversario y…
–Deja en paz el pasado, Allegra.
–¿Por qué?
–Porque no fue siempre tan bonito como ahora –dijo–. No quiero que la gente lo conozca. La menor sospecha de un fracaso, aunque sea un fracaso antiguo, podría asustar a nuestros clientes.
–¿Qué fracaso?
–Olvídalo.
Allegra no lo quería olvidar, pero era evidente que Xavier no estaba dispuesto a dar explicaciones, de modo que guardó silencio.
–Creo que nos deberíamos concentrar en lo que somos ahora, en lo que hacemos bien –continuó él–. Aunque, sinceramente, no me parece que necesitemos más campañas de publicidad. A los clientes les gustan nuestros productos y, por otra parte, no tengo intención de comprar más tierras ni de aumentar la producción actual.
–¿Quieres que los viñedos sean un éxito? ¿O no?
Xavier la miró con escepticismo.
–No hagas preguntas ridículas.
–Entonces, tenemos que hablar de lo que somos. Tenemos que decirle a la gente que somos mejores que la competencia.
Él arqueó las cejas.
–¿Tenemos?
Ella se ruborizó.
–Bueno, ya sé que yo no he participado en la cosecha vinícola de este año, pero estoy aprendiendo. Y estoy decidida a ponerlo todo de mi parte.
Xavier se limitó a cortar un trozo de pan.
–¿Quién diseñó la página web? –preguntó Allegra.
–Un conocido de Guy.
Allegra sintió curiosidad por el hermano de Xavier. Era evidente que trabajaba en la casa, pero no sabía en qué.
–¿A qué se dedica Guy?
–A oler.
Ella lo miró con desconcierto.
–¿A oler?
–Sí. Trabaja con perfumes. Y tiene mucho talento.
–Ah…
–Guy estudió química en la universidad –explicó Xavier–. Es socio de una empresa de perfumes de Grasse y dirige el Departamento de Investigación. La mitad del tiempo vive en la bodega y la otra mitad, en su laboratorio… Se queda aquí todos los fines de semana y se acerca cuando necesita un poco de paz. Y cuando llega la época de la vendimia, se sube a un tractor y lo conduce.
Allegra asintió.
–Tu madre estará encantada con su trabajo…
–Chantal ni siquiera vive aquí –replicó Xavier con brusquedad.
Allegra se acordaba bien de Chantal Lefevre. Era la quintaesencia de la elegancia, siempre perfectamente vestida, perfectamente peinada y maquillada lo justo, sin excesos. Pero, ¿por qué no vivía en la bodega, con sus hijos? ¿Es que no soportaba la idea de vivir en ese lugar sin Jean-Paul?
Además, Xavier se había referido a ella por su nombre de pila, como si no fuera su madre. A Allegra le había extrañado un poco, a pesar de saber que Chantal nunca había sido una mujer precisamente afectuosa. Pero no estaba en posición de juzgar las relaciones familiares de los Lefevre, de modo que cambió de conversación.
–Ayer dijiste que tus vinos tienen el certificado del producto ecológico, aunque en la página web no se menciona. ¿Desde cuándo lo tienes?
–Desde hace tres años. Si quieres ver los documentos, te los enseñaré… Pero te advierto que están en francés.
–Bueno, es obvio que mi francés no es tan bueno como antes, pero sería una ocasión tan buena como otra cualquiera para practicar –Allegra lo miró a los ojos–. Además, he pensado que podríamos abrir un blog en inglés y francés sobre lo que significa dedicarse a la vinicultura… ¿Me podrías echar una mano con las traducciones?
Él suspiró.
–Allegra, solo vas a estar aquí dos meses.
–Dos meses que tengo la intención de aprovechar a fondo.
–Ya veremos… –dijo, dubitativo.
–Xavier, tengo que empezar por alguna parte.
–En ese caso, te recomiendo que empieces por los productos. Por eso te pedí que compraras una barra de pan.
–No te entiendo…
–No me digas que ya no te acuerdas –declaró Xavier–. Es para limpiarnos el paladar después de cada cata.
–¿Vamos a catar vinos?
–Tú vas a catar vinos –puntualizó.
–Ah.
–¿Qué tipo de vinos sueles beber en Londres?
–Esto no te va a gustar… Suelo beber vinos americanos y neozelandeses.
Xavier se encogió de hombros, como si no le importara en absoluto.
–¿Y cuál es tu preferido?
–Un sauvignon blanc de Nueva Zelanda.
Él asintió.
–La sauvignon blanc es una buena uva. ¿Por qué te gusta?
–Por el sabor.
–¿Por qué más?
–Porque es afrutado.
–¿En qué sentido?
–Lo siento… No lo sé.
Xavier suspiró.
–Cuando dices que es afrutado, ¿a qué te refieres? ¿Tiene fondo a limón, grosella, fresa, melón, arándanos…?
–Mnm… Creo que grosella. ¿Eso está bien?
–No está ni bien ni mal; depende del resultado –le explicó–. Pero, de un buen sauvignon blanc de Nueva Zelanda, espero que tenga un fondo a grosellas y, quizás, a limón. Algunos son más interesantes y otros, menos. Tu primera lección de hoy consiste en saber que el sabor de un vino tiene mucho que ver con el vinicultor, pero también con el terroir.
–¿El terroir?
–Sí. La tierra de la que procede –contestó, frunciendo ligeramente el ceño–. ¿Harry no te enseñó nada de vinos?
–Me enseñó un poco, pero no le presté tanta atención como debía –confesó ella–. Además, me echaba agua en el vino cuando era niña…
Xavier sonrió.
–Eso es lógico. Se hace para que los niños se acostumbren al sabor y, entre otras cosas, sirve para que luego, cuando llegan a la adolescencia, hayan aprendido a beber y no se excedan.
–Vaya, no se me había ocurrido.
–Aquí, en el sur de Francia, producimos vinos parecidos a los que ahora se producen en Australia y Nueva Zelanda.
–Fundamentalmente, blancos y rosados… ¿Verdad?
–En efecto. El rosa es el vino del país, que está por encima del vino de mesa. Los mejores, llevan denominación de origen.
–¿Denominación de origen?
–Claro. Supongo que ya sabes que los vinos españoles y franceses se etiquetan por la zona de la que proceden, no por el tipo de uva.
–Sí, ya lo sé, pero no estoy segura de que eso ayude mucho a los consumidores…
–¿Qué quieres decir?
–Si alguien quiere un vino de uva garnacha, por ejemplo, ¿no sería mejor que la garnacha se mencione en la etiqueta, en lugar de mencionar la zona? Si el consumidor no está versado en esas cosas, no lo distinguirá.
–El tipo de uva también aparece en la etiqueta, Allegra –le explicó–. Y, ya que lo mencionas, casi todos nuestros rosados son de uva garnacha… muy fáciles de beber. Perfectos para tardes de verano.
Xavier se detuvo un momento y añadió:
–Podría estar hablando todo el día, pero solo aprenderás si lo experimentas. Eso es lo que vamos a hacer cuando terminemos de comer.
–¿Por qué me siento como si estuviera a punto de hacer un examen?
Él se encogió de hombros.
–No es para tanto, Allie. Solo es un principio. Si quieres que te enseñe, tengo que saber lo que sabes para no repetir cosas innecesarias.
Allegra se estremeció. La había llamado Allie, como en los viejos tiempos.
Sacudió la cabeza y se dijo que aquellos veranos habían desaparecido para siempre, que no se iban a repetir. Estaba allí para aprender el negocio. Nada más.
–Te lo agradezco mucho, Xavier.
Cuando terminaron de comer, le ayudó a limpiar la mesa. Luego, él abrió un cajón, sacó un mantel blanco y lo extendió.
–¿Para qué es el mantel?
–Para que distingas bien el color de los vinos. ¿Nunca has asistido a una cata?
–No, nunca… Pero, ahora que lo pienso, no debería beber. Luego tengo que volver a mi casa en la bicicleta.
Él sonrió.
–En las catas no se bebe vino. Se prueba, se escupe, tomas las notas que consideres oportunas y, a continuación, te limpias el paladar con un poco de agua y un trozo de pan blanco para pasar a la cata siguiente.
–Ah…
Xavier alcanzó una botella y la abrió.
–¿Pones tapones de plástico en las botellas de vino? –preguntó ella, sorprendida.
–Solo en los vinos de mesa. Para los vinos con denominación de origen, uso tapones de corcho. Contribuyen a que el vino envejezca mejor y, además, son biodegradables –dijo–. En fin, iba a permitir que leyeras la etiqueta, pero he cambiado de opinión. Prefiero que lo pruebes sin saber qué es.
Xavier sirvió un poco en una copa.
–Adelante. Pero antes de probarlo, observa el color y disfruta un momento de su aroma.
Allegra alcanzó la copa.
–No es tan oscuro como esperaba… Pensaba que los rosados tenían un color más rojizo –observó ella.
–Eso depende de la uva que se use, de la producción, de la mezcla y de otros factores. ¿Y bien? ¿A qué te parece que huele?
Allegra se acercó la copa a la nariz.
–Huele afrutado.
–¿No puedes ser más específica?
Ella sonrió.
–Ya lo tengo…
–Veamos si es verdad.
–Huele a arándanos.
–Ahora, pruébalo. Pero pásatelo por toda la boca, porque cada zona detecta un tipo diferente de sabor. El fondo de la lengua, los sabores amargos; los laterales, los sabores ácidos; el centro, la sal… y la parte delantera, el sabor dulce. Además, las encías reaccionan a los taninos del vino y hacen que parezca seco.
La voz de Xavier le pareció tan profunda y tan sexy que Allegra clavó la vista en sus labios y se acordó de sus besos.
–Pruébalo bien –continuó él–. Sopesa su cuerpo y dime qué te parece.
Allegra se estremeció una vez más. Sabía que Xavier se refería al vino, pero la mención del cuerpo hizo que pensara en algo muy diferente.
Sin embargo, se llevó la copa a los labios y lo probó mientras pensaba que estaba reaccionando como una adolescente. Estaban allí para catar vinos, no para disfrutar de una tarde de amor. Pero, ¿cómo podía catar algo si no se podía quitar a Xavier de la cabeza?
–Sabe un poco a frambuesa y a melocotón, aunque no estoy muy segura del melocotón; puede que el color del vino me haya influido.
–¿Y qué fondo te ha dejado?
–No estoy muy segura, la verdad… –le confesó–. ¿Puedo probar otro? Te prometo que estaré más atenta.
Él la miró con aprobación.
–Por supuesto. Apunta tu valoración y probaremos otra vez con el siguiente. Luego, compararemos tus impresiones con la etiqueta de la botella.
Xavier sirvió un vino de color dorado pálido y ella admiró su color y su aroma, como le había enseñado.
–Huele a flores… concretamente, a madreselva.
–Excelente. Parece que tienes un talento natural –dijo él.
Ella se lo llevó a la boca y lo probó.
–Tiene un fondo a pera… No, más bien, a melón y melocotón… y me ha producido un cosquilleo en la lengua –dijo–. Además, es seco y tiene un final más largo que el del vino rosado.
Xavier la miró con satisfacción.
–Pero, ¿sabes una cosa? –continuó ella–. Si estuviera en el jardín en una tarde de verano, preferiría el rosado.
Xavier se quedó agradablemente sorprendido con Allegra. O le había mentido y sabía más de vinos de lo que estaba dispuesta a admitir o, simplemente, aprendía deprisa.
Conociéndola, supuso que sería lo segundo. Pero sus dotes para la cata no le impresionaron tanto como su boca. Tuvo que hacer verdaderos esfuerzos para refrenarse y no besarla. De hecho, estaba tan alterado que, sin darse cuenta, descorchó una botella de Clos Quatre, el mejor de sus vinos.
Como ya no tenía remedio, lo sirvió. Allegra lo miró a los ojos y supo que aquel vino era especial, de modo que se concentró.
–Tiene color de rubí…
–Sí.
–También huele a arándanos… No, no, algo más intenso. ¿A moras, quizás? Y a una cosa que no puedo distinguir…
–Eso es la garriga, el olor de los matorrales en suelos calizos –explicó.
Allegra asintió y lo probó bajo la atenta mirada de Xavier, que no podía apartar la vista de sus labios.
¿Sería consciente de lo sexy que era?
Xavier notó que no llevaba maquillaje. De hecho, había renunciado a sus trajes de costumbre y se había puesto unos vaqueros de color claro, una camiseta sin mangas y unas zapatillas deportivas. Parecía una vecina normal y corriente que acabara de salir a la calle. Pero era cualquier cosa menos normal y corriente.
–Moras, sí –dijo ella.
–¿Cómo? –preguntó él, despistado.
–Que sabe a moras.
Allegra entreabrió la boca ligeramente y él se dio cuenta de que tenía una gota de vino en el labio inferior.
Aquello fue más de lo que podía soportar. Inclinó la cabeza, le lamió la gota y dijo:
–Sí, es cierto. Sabe a moras.
Allegra lo miró como si pensara que se había vuelto loco y le puso una mano en el pecho, para apartarlo. Entonces, él le pasó un dedo por el labio inferior y ella tuvo la sensación de que las piernas se le doblaban.
Ninguno de los dos supo cómo se empezaron a besar. De repente, se estaban devorando el uno al otro, entregándose y exigiendo al mismo tiempo. Él la abrazaba con fuerza y ella a él también. Hasta que, al cabo de unos segundos, Xavier se sentó en una silla y Allegra se acomodó en su regazo.
Cuando ella se frotó contra su erección, él soltó un suspiro. La deseaba con toda su alma. La deseaba tanto que sintió pánico.
No podían seguir adelante. No debían seguir adelante.
Rompió el contacto y pronunció unas palabras débiles, en voz baja.
–Esto no es una buena idea… Esto no…
Allegra se limitó a mirarlo con deseo.
–Allie… Tenemos que recuperar la cordura. ¿Cómo diablos vamos a… ?
Allegra lo besó otra vez.
–Creo que es una forma magnífica de catar vinos –dijo ella–. Los pruebo en tu boca.
Xavier estuvo a punto de perder el control. Le faltó poco para arrancarle la ropa allí mismo y penetrarla.
Pero se contuvo.
–No podemos hacer esto.
–¿Ya me estás expulsando otra vez? –dijo ella con amargura.
Xavier frunció el ceño.
–¿Expulsarte? Yo no te he expulsado nunca.
–Por supuesto que sí.
Él entrecerró los ojos.
–Fuiste tú quien puso fin a nuestra relación.
–Porque dejaste bien claro que ya no te interesaba. Que yo no tenía sitio en tu nueva vida –replicó Allegra.
–¿Cómo te atreves a decir eso? Yo estaba aquí, lo recuerdo perfectamente. No me puedes engañar.
–Yo también estaba aquí y también lo recuerdo. Te pregunté cuándo ibas a ir a Londres, a verme… Me dijiste que no podías porque estabas muy ocupado.
–¿Y no podías haber esperado un poco, hasta que las cosas se normalizaran? –le recriminó Xavier.
–¿Qué se tenía que normalizar, Xav? Te habías ido a París y te habías buscado un trabajo. Admito que necesitaras un par de semanas para acostumbrarte a tu nueva situación, pero… sinceramente, tuve la impresión de que nuestra relación ya no te interesaba. Pensé que solo había sido una aventura veraniega para ti, y que me estabas dando excusas porque no te atrevías a decirme la verdad. Hasta pensé que estarías con otra mujer.
–Yo no estaba con nadie –dijo él, ofendido–. Si me lo hubieras preguntado, te lo habría dicho… ¿Cómo es posible que confiaras tan poco en mí? Y ya puestos, ¿cómo es posible que te rindieras con tanta facilidad? Como no hice exactamente lo que tú querías, lo que a ti te venía bien, me abandonaste.
–No esperaba que lo dejaras todo y te vinieras a vivir conmigo –se defendió ella–. Pero me habría gustado que me llamaras tú alguna vez, aunque solo fuera una. Siempre tenía que llamarte yo.
–Ya te dije que estaba muy ocupado…
–¿Tan ocupado como para no poder descolgar un teléfono y dedicarme un par de minutos? –quiso saber.
Xavier se pasó una mano por el pelo mientras pensaba que Allegra era igual que su madre, igual que la exmujer de Guy.
–¿Se puede saber qué os pasa? Si no tenéis el cien por cien de la atención de un hombre, todo os parece mal.
–Yo no pedía el cien por cien de tu atención. Solo pedía un poco –declaró ella, con los brazos en jarras–. Pero tú no podías ser razonable.
–¿Razonable? ¿Y eso lo dice la mujer que me abandonó?
–No me dejaste más opción. Me cansé de perseguirte como si fuera un perrito… Sí, claro que te abandoné. ¿Qué esperabas? ¿Qué siguiera ejerciendo de mascota obediente hasta que tú me abandonaras a mí?
–No, solo esperaba que confiaras en mí. Pero no confiaste –Xavier se levantó de la silla–. Y ahora, discúlpame. Tengo cosas que hacer.
–¿Qué cosas? ¿Huir de la verdad?
Él sacudió la cabeza.
–No. Alejarme de ti un rato, para que no digamos cosas de las que más tarde nos podríamos arrepentir –contestó–. Lo que ha pasado hace un momento ha sido un error. Asumo toda la responsabilidad y, por supuesto, te aseguro que no volverá a suceder. Pero si quieres trabajar en los viñedos, será mejor que dejes de coquetear conmigo y te concentres en las catas, en tus notas y en las etiquetas de los vinos.
Ella se puso roja como un tomate.
–Yo no estaba coqueteando.
Xavier prefirió no discutir con ella.
–Me voy a trabajar. En cuanto a ti, haz lo que te parezca mejor.
Él pasó a su lado con mucho cuidado de no rozarla y salió del despacho.
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