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Manifiesto del Partido Comunista

(1848)

Karl Marx, Friedrich Engels


Índice de contenido

Manifiesto del Partido Comunista

Presentación

Manifiesto del Partido Comunista (1848)

I - Burgueses y proletarios3

II - Proletarios y comunistas

III - Literatura socialista y comunista

IV - Actitud de los comunistas ante otros partidos de oposición

APÉNDICES Prólogos de Marx y Engels a varias ediciones del Manifiesto

PRÓLOGO A LA EDICIÓN ALEMANA DE 187248

PRÓLOGO A LA EDICIÓN RUSA DE 188253

PRÓLOGO A LA EDICIÓN ALEMANA DE 188358

PRÓLOGO A LA EDICIÓN INGLESA DE 188860

PRÓLOGO A LA EDICIÓN ALEMANA DE 189071

PRÓLOGO A LA EDICIÓN POLACA DE 189276

PRÓLOGO A LA EDICIÓN ITALIANA DE 189378

Contribución a la Historia de la Liga de los ComunistasI

Principios Del Comunismo

I. ¿Qué es el comunismo?

II. ¿Qué es el proletariado?

III. ¿Quiere decir que los proletarios no han existido siempre?

IV. ¿Cómo apareció el proletariado?

V. ¿En qué condiciones se realiza esta venta del trabajo de los proletarios a los burgueses?

VI. ¿Qué clases de trabajadores existían antes de la revolución industrial?

VII. ¿Qué diferencia hay entre el proletario y el esclavo?

VIII. ¿Qué diferencia hay entre el proletario y el siervo?

IX. ¿Qué diferencia hay entre el proletario y el artesano?85

X. ¿Qué diferencia hay entre el proletario y el obrero de manufactura?

XI. ¿Cuáles fueron las consecuencias directas de la Revolución Industrial y de la división de la sociedad en burgueses y proletarios?

XII. ¿Cuáles han sido las consecuencias siguientes de la revolución industrial?

XIII. ¿Cuáles son las consecuencias de estas crisis comerciales que se repiten regularmente?

XIV. ¿Cómo debe ser ese nuevo orden social?

XV. ¿Eso quiere decir que la supresión de la propiedad privada no era posible antes?

XVI. ¿Será posible suprimir por vía pacífica la propiedad privada?

XVII. ¿Será posible suprimir de golpe la propiedad privada?

XVIII. ¿Qué vía de desarrollo tomará esa revolución?

XIX. ¿Es posible esta revolución en un solo país?

XX. ¿Cuáles serán las consecuencias de la supresión definitiva de la propiedad privada?

XXI. ¿Qué influencia ejercerá el régimen social comunista en la familia?

XXII. ¿Cuál será la actitud de la organización comunista hacia las nacionalidades existentes?

XXIII. ¿Cuál será su actitud hacia las religiones existentes?

XXIV. ¿Cuál es la diferencia entre los comunistas y los socialistas?

XXV. ¿Cuál es la actitud de los comunistas hacia los demás partidos políticos de nuestra época?

A noventa años del Manifiesto Comunista

Vida de Karl Marx y Friedrich Engels

Marx, Karl; Friedrich Engels

Manifiesto del Partido Comunista / Karl Marx ; Friedrich Engels ;

comentarios de León Trotsky. - 1a ed . -

Ciudad Autónoma de Buenos Aires : La Montaña, 2018.

152p. ; 17 x 12 cm.

ISBN 978-987-47672-2-6

1. Doctrina Política. I. Engels, Friedrich II. Trotsky, León, com. III. Título.

CDD 320.5322

Copyright © 2019. La Montaña

Belgrano 615, 3o J (C.P. 1067) Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina

Tel.: (54 11) 4343-9902

edicionessocialistas@gmail.com

ISBN 978-987-47672-2-6

Hecho el depósito que marca la ley 11.723

Impreso en Argentina

No se permite la reproducción parcial o total, el almacenamiento, el alquiler,

la transmisión o la transformación de este libro, en cualquier forma

o por cualquier medio, sea electrónico o mecánico, mediante fotocopias,

digitalización u otros métodos, sin el permiso previo y escrito del editor.

Su infracción está penada por las leyes 11.723 y 25.446.

Presentación

Ciento setenta años después de haber sido publicado por primera vez, el Manifiesto Comunista goza de una actualidad sorprendente. Obviamente sería necio no ver los enormes cambios producidos en el capitalismo durante todos estos años. Pero más necio aún es no ver la inmensa actualidad de las tesis expuestas aquí por Marx y Engels, indispensables para comprender el mundo actual y su dinámica.

Basta pensar por ejemplo en la crisis económica mundial desatada en el 2008, que nos recuerda que, tal como planteaba el Manifiesto, el desarrollo y la expansión capitalista viene acompañada con sus crisis periódicas, produciendo para lxs trabajadorxs un aumento de la miseria y la exclusión.

El método utilizado por Marx y Engels les permitió, analizado el capitalismo aún en su infancia, capturar las características esenciales y la dinámica central de ese modo de producción.

De hecho, si algo continúa asombrando al leer el Manifiesto, es que parece una obra contemporánea, que describe la sociedad actual, incluso más que la del siglo XIX.

Dice el Manifiesto: “Espoleada por la necesidad de dar cada vez mayor salida a sus productos, la burguesía recorre el mundo entero. Necesita anidar en todas partes, establecerse en todas partes, crear vínculos en todas partes... Obliga a todas las naciones, si no quieren sucumbir, a adoptar el modo burgués de producción, las constriñe a introducir la llamada civilización, es decir, a hacerse burguesas. En una palabra: se forja un mundo a su imagen y semejanza”.

Cuando se publicó el Manifiesto, el capitalismo sólo era dominante en unos pocos países de Europa. No hay dudas, sin embargo, de la actualidad que tiene esta tesis del Manifiesto que parece remitirse a la llamada “globalización” capitalista de este siglo XXI.

El Manifiesto comienza su análisis de la burguesía alabando el papel revolucionario que jugó en la historia. Le atribuyen al capitalismo el entierro del oscurantismo y el estancamiento de las sociedades anteriores, y el desarrollo sin precedentes de las fuerzas productivas, de la creación de una riqueza material capaz de acabar con la escasez que había acechado a la humanidad hasta entonces. Se trataba de la abundancia que haría objetivamente posible una sociedad de iguales: “La burguesía, con su dominio de clase, que cuenta apenas con un siglo de existencia, ha creado fuerzas productivas más abundantes y más grandiosas que todas las generaciones pasadas juntas”.

Pero el Manifiesto también describe al capitalismo como una sociedad de clases más, que concentra el poder y la riqueza en unas pocas manos, hunde a millones en la pobreza y la miseria, y transforma la vida en una rutina odiosa que le impide a la mayoría desarrollar su potencial. El desarrollo anárquico del capitalismo también lo lleva a incurrir en frecuentes y destructivas crisis, y conduce a la competencia entre Estados, la confrontación y la guerra. La única solución a estos problemas es la abolición del capitalismo y su reemplazo por un sistema en el que la mayoría de la población controle los recursos económicos democráticamente. Es decir, el comunismo.

Así el Manifiesto ubica al capitalismo en la historia, como parte del desarrollo social, y no como algo natural y eterno. Exponiendo, a su vez, uno de los mayores aportes del marxismo: su concepción materialista de la historia, o materialismo histórico. Se trata sin duda de la primera teoría científica sobre la sociedad humana, que Engels explica en su Prólogo a la edición alemana del Manifiesto de 1883: “que la producción económica y la estructura social que de ella se deriva necesariamente en cada época histórica, constituyen la base sobre la cual descansa la historia política e intelectual de esa época; que, por tanto, toda la historia (desde la disolución del régimen primitivo de propiedad común de la tierra) ha sido una historia de lucha de clases, de lucha entre clases explotadoras y explotadas, dominantes y dominadas, en las diferentes fases del desarrollo social; y que ahora esta lucha ha llegado a una fase en que la clase explotada y oprimida (el proletariado) no puede ya emanciparse de la clase que la explota y la oprime (la burguesía), sin emancipar, al mismo tiempo y para siempre, a la sociedad entera de la explotación, la opresión y las luchas de clases”.

Sin embargo, a diferencia de las interpretaciones deterministas que ven inevitable el triunfo del socialismo, el Manifiesto nos advierte que este desenlace no es inevitable. Se dirime en el terreno de la lucha de clases y termina con “la transformación revolucionaria de toda la sociedad o el hundimiento de las clases beligerantes” y un retroceso de la humanidad.

El Manifiesto señala a la clase obrera moderna como el sujeto revolucionario capaz de destruir el capitalismo y construir una nueva sociedad. Ese poder surge de su ubicación clave en la economía, su capacidad de frenar la producción y de arrastrar tras de sí a otros sectores sociales. Esa clase -el proletariado asalariado- que era un fenómeno nuevo, surgido en un puñado de ciudades cuando se publicó el Manifiesto, hoy comprende a la mayoría de la población mundial. Previendo esa dinámica, Marx y Engels plantearon que la revolución proletaria no crearía una nueva sociedad de clases, sino que, al liberarse, el proletariado liberaría al conjunto de la humanidad, sentando las bases de una sociedad igualitaria. También son enfáticos en el carácter mundial del sistema capitalista, y el necesario carácter internacionalista de la lucha revolucionaria del proletariado. El llamado final del Manifiesto “¡Proletarios de todos los países uníos!” no es una consigna moral abstracta, sino un llamado concreto a la organización política internacional.

Marx y Engels afirman que la emancipación del proletariado será obra del propio proletariado. Pero son igualmente claros en que la revolución no es posible sin la intervención activa de los revolucionarios conscientes. Estos revolucionarios comunistas “destacan y hacen valer los intereses comunes a todo el proletariado, independientemente de la nacionalidad” y “representan siempre los intereses del movimiento en su conjunto”. La crisis capitalista es inevitable, el triunfo de la revolución no. El capitalismo puede terminar en el “hundimiento de las clases beligerantes”. Sólo la intervención de los revolucionarios organizados -el sector más resuelto (del movimiento proletario)- puede lograr un desenlace positivo de la lucha de clases.

Por eso el Manifiesto es esencialmente un programa para la acción de una organización política de la clase trabajadora. Un llamado a la acción revolucionaria que mantiene plena vigencia para quienes hoy perciben la ruina a la que nos conduce el capitalismo y buscan luchar por un rumbo distinto para la humanidad.

Los editores

Mayo de 2017

A 170 años de la primera edición del Manifiesto del Partido Comunista

Manifiesto del Partido Comunista (1848)

K. Marx y F. Engels

Un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo. Todas las fuerzas de la vieja Europa se han unido en santa cruzada para acosar a ese fantasma: el Papa y el zar, Metternich1 y Guizot2, los radicales franceses y los polizontes alemanes.

¿Qué partido de oposición no ha sido motejado de comunista por sus adversarios en el Poder? ¿Qué partido de oposición, a su vez, no ha lanzado, tanto a los representantes más avanzados de la oposición como a sus enemigos reaccionarios, el epíteto zahiriente de comunista?

De este hecho resulta una doble enseñanza:

Que el comunismo está ya reconocido como una fuerza por todas las potencias de Europa.

Que ya es hora de que los comunistas expongan a la faz del mundo entero sus conceptos, sus fines y sus aspiraciones; que opongan a la leyenda del fantasma del comunismo un manifiesto del propio Partido.

Con este fin, comunistas de diversas nacionalidades se han reunido en Londres y han redactado el siguiente Manifiesto, que será publicado en inglés, francés, alemán, italiano, flamenco y danés.

I - Burgueses y proletarios 3

La historia de todas las sociedades que han existido hasta nuestros días es la historia de las luchas de clases4.

Hombres libres y esclavos, patricios y plebeyos, señores y siervos, maestros5 y oficiales, en una palabra: opresores y oprimidos se enfrentaron siempre, mantuvieron una lucha constante, velada unas veces y otras franca y abierta; lucha que terminó siempre con la transformación revolucionaria de toda la sociedad o el hundimiento de las clases beligerantes.

En las anteriores épocas históricas encontramos casi por todas partes una completa división de la sociedad en diversos estamentos, una múltiple escala gradual de condiciones sociales. En la antigua Roma hallamos patricios, caballeros, plebeyos y esclavos; en la Edad Media, señores feudales, vasallos, maestros, oficiales y siervos, y, además, en casi todas estas clases todavía encontramos gradaciones especiales.

La moderna sociedad burguesa, que ha salido de entre las ruinas de la sociedad feudal, no ha abolido las contradicciones de clase. Únicamente ha sustituido las viejas clases, las viejas condiciones de opresión, las viejas formas de lucha por otras nuevas.

Nuestra época, la época de la burguesía, se distingue, sin embargo, por haber simplificado las contradicciones de clase. Toda la sociedad va dividiéndose, cada vez más, en dos grandes campos enemigos, en dos grandes clases, que se enfrentan directamente: la burguesía y el proletariado.

De los siervos de la Edad Media surgieron los villanos libres de las primeras ciudades; de este estamento urbano salieron los primeros elementos de la burguesía.

El descubrimiento de América y la circunnavegación de África ofrecieron a la burguesía en ascenso un nuevo campo de actividad. Los mercados de las Indias y de China, la colonización de América, el intercambio con las colonias, la multiplicación de los medios de cambio y de las mercancías en general imprimieron al comercio, a la navegación y a la industria un impulso hasta entonces desconocido, y aceleraron, con ello, el desarrollo del elemento revolucionario de la sociedad feudal en descomposición.

El antiguo modo de explotación feudal o gremial de la industria ya no podía satisfacer la demanda, que crecía con la apertura de nuevos mercados. Vino a ocupar su puesto la manufactura. La clase media industrial suplantó a los maestros de los gremios; la división del trabajo entre las diferentes corporaciones desapareció, ante la división del trabajo en el seno del mismo taller.

Pero los mercados crecían sin cesar; la demanda iba siempre en aumento. Ya no bastaba tampoco la manufactura. El vapor y la maquinaria revolucionaron entonces la producción industrial. La gran industria moderna sustituyó a la manufactura; el lugar de la clase media industrial vinieron a ocuparlo los industriales millonarios, -jefes de verdaderos ejércitos industriales- los burgueses modernos.

La gran industria ha creado el mercado mundial, ya preparado por el descubrimiento de América. El mercado mundial aceleró prodigiosamente el desarrollo del comercio, de la navegación y de todos los medios de transporte por tierra. Este desarrollo influyó a su vez en el auge de la industria, y a medida que se iban extendiendo la industria, el comercio, la navegación y los ferrocarriles, se desarrollaba la burguesía, multiplicando sus capitales y relegando a segundo término a todas las clases legadas por la Edad Media.

La burguesía moderna, como vemos, es por sí misma fruto de un largo proceso de desarrollo, de una serie de revoluciones en el modo de producción y de cambio.

Cada etapa de la evolución recorrida por la burguesía ha ido acompañada del correspondiente éxito político6. Estamento oprimido bajo la dominación de los señores feudales; asociación armada y autónoma en la comuna7; en unos sitios, república urbana independiente; en otros, tercer Estado tributario de la monarquía8; después, durante el período de la manufactura, contrapeso de la nobleza en las monarquías feudales o absolutas y, en general, piedra angular de las grandes monarquías, la burguesía, después del establecimiento de la gran industria y del mercado universal, conquistó finalmente la hegemonía exclusiva del Poder político en el Estado representativo moderno. El Gobierno del Estado moderno no es más que una junta que administra los negocios comunes de toda la clase burguesa.

La burguesía ha desempeñado en la historia un papel altamente revolucionario.

Dondequiera que ha conquistado el Poder, la burguesía ha destruido las relaciones feudales, patriarcales, idílicas. Las abigarradas ligaduras feudales que ataban al hombre a sus “superiores naturales” las ha desgarrado sin piedad para no dejar subsistir otro vínculo entre los hombres que el frío interés, el cruel “pago al contado”. Ha ahogado el sagrado éxtasis del fervor religioso, el entusiasmo caballeresco y el sentimentalismo del pequeñoburgués en las aguas heladas del cálculo egoísta. Ha hecho de la dignidad personal un simple valor de cambio. Ha sustituido las numerosas libertades escrituradas y bien adquiridas por la única y desalmada libertad de comercio. En una palabra, en lugar de la explotación velada por ilusiones religiosas y políticas, ha establecido una explotación abierta, descarada, directa y brutal.

La burguesía ha despojado de su aureola a todas las profesiones que hasta entonces se tenían por venerables y dignas de piadoso respeto. Al médico, al jurisconsulto, al sacerdote, al poeta, al sabio, los ha convertido en sus servidores asalariados.

La burguesía ha desgarrado el velo de emocionante sentimentalismo que encubría las relaciones familiares, y las redujo a simples relaciones de dinero.

La burguesía ha revelado que la brutal manifestación de fuerza en la Edad Media, tan admirada por la reacción, tenía su complemento natural en la más relajada holgazanería. Ha sido ella la que primero ha demostrado lo que puede realizar la actividad humana; ha creado maravillas muy distintas a las pirámides de Egipto, a los acueductos romanos y a las catedrales góticas, y ha realizado campañas muy distintas a los éxodos de los pueblos y a las Cruzadas.

La burguesía no puede existir sino a condición de revolucionar incesantemente los instrumentos de producción y, por consiguiente, las relaciones de producción, y con ello todas las relaciones sociales. La conservación del antiguo modelo de producción era, por el contrario, la primera condición de existencia de todas las clases industriales precedentes. Una revolución continua en la producción, una incesante conmoción de todas las condiciones sociales, una inquietud y un movimiento constantes distinguen la época burguesa de todas las anteriores9. Todas las relaciones estancadas y enmohecidas, con su cortejo de creencias y de ideas veneradas durante siglos, quedan rotas; las nuevas se hacen añejas antes de haber podido osificarse. Todo lo estamental y estancado se esfuma; todo lo sagrado es profanado, y los hombres, al fin, se ven forzados a considerar serenamente sus condiciones de existencia y sus relaciones recíprocas.

Espoleada por la necesidad de dar cada vez mayor salida a sus productos, la burguesía recorre el mundo entero. Necesita anidar en todas partes, establecerse en todas partes, crear vínculos en todas partes.

Mediante la explotación del mercado mundial, la burguesía dio un carácter cosmopolita a la producción y al consumo de todos los países. Con gran sentimiento de los reaccionarios, ha quitado a la industria su base nacional. Las antiguas industrias nacionales han sido destruidas y están destruyéndose continuamente. Son suplantadas por nuevas industrias, cuya introducción se convierte en cuestión vital para todas las naciones civilizadas, por industrias que ya no emplean materias primas indígenas, sino materias primas venidas de las más lejanas regiones del mundo, y cuyos productos no sólo se consumen en el propio país, sino en todas las partes del globo. En lugar de las antiguas necesidades, satisfechas con productos nacionales, surgen necesidades nuevas, que reclaman para su satisfacción productos de los países más apartados y de los climas más diversos. En lugar del antiguo aislamiento de las regiones y naciones que se bastaban a sí mismas, se establece un intercambio universal, una interdependencia universal de las naciones. Y esto se refiere tanto a la producción material, como a la producción intelectual. La producción intelectual de una nación se convierte en patrimonio común de todas. La estrechez y el exclusivismo nacionales resultan de día en día más imposibles; de las numerosas literaturas nacionales y locales se forma una literatura universal.

Merced al rápido perfeccionamiento de los instrumentos de producción y al constante progreso de los medios de comunicación, la burguesía arrastra a la corriente de la civilización a todas las naciones, hasta a las más bárbaras. Los bajos precios de sus mercancías constituyen la artillería pesada que derrumba todas las murallas de China y hace capitular a los bárbaros más fanáticamente hostiles a los extranjeros. Obliga a todas las naciones, si no quieren sucumbir, a adoptar el modo burgués de producción, las constriñe a introducir la llamada civilización, es decir, a hacerse burguesas. En una palabra: se forja un mundo a su imagen y semejanza.

La burguesía ha sometido el campo al dominio de la ciudad. Ha creado urbes inmensas; ha aumentado enormemente la población de las ciudades en comparación con la del campo, sustrayendo una gran parte de la población al idiotismo de la vida rural. Del mismo modo que ha subordinado el campo a la ciudad, ha subordinado los países bárbaros o semibárbaros a los países civilizados, los pueblos campesinos a los pueblos burgueses, el Oriente al Occidente.

La burguesía suprime cada vez más el fraccionamiento de los medios de producción, de la propiedad y de la población. Ha aglomerado la población, centralizado los medios de producción y concentrado la propiedad en manos de unos pocos. La consecuencia obligada de ello ha sido la centralización política. Las provincias independientes, ligadas entre sí casi únicamente por lazos federales, con intereses, leyes, gobiernos y tarifas aduaneras diferentes, han sido consolidadas en una sola nación, bajo un solo Gobierno, una sola ley, un solo interés nacional de clase y una sola línea aduanera.

La burguesía, con su dominio de clase, que cuenta apenas con un siglo de existencia, ha creado fuerzas productivas más abundantes y más grandiosas que todas las generaciones pasadas juntas. El sometimiento de las fuerzas de la naturaleza, el empleo de las máquinas, la aplicación de la química a la industria y a la agricultura, la navegación de vapor, el ferrocarril, el telégrafo eléctrico, la adaptación para el cultivo de continentes enteros, la apertura de los ríos a la navegación, poblaciones enteras surgiendo por encanto, como si salieran de la tierra. ¿Cuál de los siglos pasados pudo sospechar siquiera que semejantes fuerzas productivas dormitasen en el seno del trabajo social?

Hemos visto, pues, que los medios de producción y de cambio, sobre cuya base se ha formado la burguesía, fueron creados en la sociedad feudal. Al alcanzar un cierto grado de desarrollo estos medios de producción y de cambio, las condiciones en que la sociedad feudal producía y cambiaba, toda la organización feudal de la agricultura y de la industria manufacturera, en una palabra, las relaciones feudales de propiedad, cesaron de corresponder a las fuerzas productivas ya desarrolladas. Frenaban la producción en lugar de impulsarla10. Se transformaron en otras tantas trabas. Era preciso romper esas trabas, y se rompieron.

En su lugar se estableció la libre concurrencia, con una constitución social y política adecuada a ella y con la dominación económica y política de la clase burguesa.

Ante nuestros ojos se está produciendo un movimiento análogo. Las relaciones burguesas de producción y de cambio, las relaciones burguesas de propiedad, toda esta sociedad burguesa moderna, que ha hecho surgir tan potentes medios de producción y de cambio, se asemeja al mago que ya no es capaz de dominar las potencias infernales que ha desencadenado con sus conjuros. Desde hace algunas décadas, la historia de la industria y del comercio no es más que la historia de la rebelión de las fuerzas productivas modernas contra las actuales relaciones de producción, contra las relaciones de propiedad que condicionan la existencia de la burguesía y su dominación. Basta mencionar las crisis comerciales que, con su retorno periódico, plantean, en forma cada vez más amenazante, la cuestión de la existencia de toda la sociedad burguesa. Durante cada crisis comercial, se destruye sistemáticamente, no sólo una parte considerable de productos elaborados, sino incluso de las mismas fuerzas productivas ya creadas. Durante las crisis, una epidemia social, que en cualquier época anterior hubiera parecido absurda, se extiende sobre la sociedad, la epidemia de la superproducción. La sociedad se encuentra súbitamente retrotraída a un estado de barbarie momentánea: diríase que el hambre, que una guerra devastadora mundial la han privado de todos sus medios de subsistencia; la industria y el comercio parecen aniquilados. Y todo eso, ¿por qué? Porque la sociedad posee demasiada civilización, demasiados medios de vida, demasiada industria, demasiado comercio. Las fuerzas productivas de que dispone no sirven ya al desarrollo de la civilización burguesa11 y de las relaciones de propiedad burguesas; por el contrario, resultan ya demasiado poderosas para estas relaciones, que constituyen un obstáculo para su desarrollo; y cada vez que las fuerzas productivas salvan este obstáculo, precipitan en el desorden a toda la sociedad burguesa y amenazan la existencia de la propiedad burguesa. Las relaciones burguesas resultan demasiado estrechas para contener las riquezas creadas en su seno.

¿Cómo vence esta crisis la burguesía? De una parte, por la destrucción obligada de una masa de fuerzas productivas; de otra, por la conquista de nuevos mercados y la explotación más intensa de los antiguos. ¿De qué modo lo hace, entonces? Preparando crisis más extensas y más violentas y disminuyendo los medios de prevenirlas.

Las armas de que se sirvió la burguesía para derribar al feudalismo se vuelven ahora contra la propia burguesía.

Pero la burguesía no ha forjado solamente las armas que deben darle muerte; ha producido también los hombres que empuñarán esas armas: los obreros modernos, los proletarios.

En la misma proporción en que se desarrolla la burguesía, es decir, el capital, desarróllase también el proletariado, la clase de los obreros modernos, que no viven sino a condición de encontrar trabajo, y lo encuentran únicamente mientras su trabajo acrecienta el capital. Estos obreros, obligados a venderse al detalle, son una mercancía como cualquier otro artículo de comercio, sujeta, por tanto, a todas las vicisitudes de la competencia, a todas las fluctuaciones del mercado.

El creciente empleo de las máquinas y la división del trabajo quitan al trabajo del proletario todo carácter sustantivo y le hacen perder con ello todo atractivo para el obrero. Este se convierte en un simple apéndice de la máquina, y sólo se le exigen las operaciones más sencillas, más monótonas y de más fácil aprendizaje. Por tanto, lo que cuesta hoy día al obrero se reduce poco más o menos a los medios de subsistencia indispensables para vivir y para perpetuar su linaje. Pero el precio del trabajo12, como el de toda mercancía, es igual a su coste de producción. Por consiguiente, cuanto más fastidioso resulta el trabajo más bajan los salarios. Más aún, cuanto más se desenvuelven el maquinismo y la división del trabajo, más aumenta la cantidad de trabajo13, bien mediante la prolongación de la jornada, bien por el aumento del trabajo exigido en un tiempo dado, la aceleración del movimiento de las máquinas, etc.

La industria moderna ha transformado el pequeño taller del maestro patriarcal en la gran fábrica del capitalista industrial. Masas de obreros, hacinados en la fábrica, están organizados en forma militar. Como soldados rasos de la industria, están colocados bajo la vigilancia de una jerarquía completa de oficiales y suboficiales. No son solamente esclavos de la clase burguesa, del Estado burgués, sino diariamente, a todas horas, esclavos de la máquina, del capataz y, sobre todo, del patrón de la fábrica. Y este despotismo es tanto más mezquino, odioso y exasperante, cuanto mayor es la franqueza con que proclama que no tiene otro fin que el lucro.

Cuanto menos habilidad y fuerza requiere el trabajo manual, es decir, cuanto mayor es el desarrollo de la industria moderna, mayor es la proporción en que el trabajo de los hombres es suplantado por el de las mujeres y los niños. Por lo que respecta a la clase obrera, las diferencias de edad y sexo pierden toda significación social. No hay más que instrumentos de trabajo, cuyo coste varía según la edad y el sexo.

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