Читать книгу: «Siete caras de la Transición»
Siete caras de la Transición
Arias Navarro, Juan Carlos I, Adolfo Suárez, Manuel Fraga, Torcuato Fernández-Miranda, Santiago Carrillo, Carmen Díez de Rivera
Juan Antonio Tirado

© SAN PABLO 2021 (Protasio Gómez, 11-15. 28027 Madrid) Tel. 917 425 113 - Fax 917 425 723
E-mail: secretaria.edit@sanpablo.es - www.sanpablo.es
© Juan Antonio Tirado
Distribución: SAN PABLO. División Comercial Resina, 1. 28021 Madrid
Tel. 917 987 375
E-mail: ventas@sanpablo.es
ISBN: 9788428564021
Todos los derechos reservados. Ninguna parte de esta obra puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio sin permiso previo y por escrito del editor, salvo excepción prevista por la ley. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la Ley de propiedad intelectual (Art. 270 y siguientes del Código Penal). Si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos – www.conlicencia.com).
www.sanpablo.es
A Alicia, mi niña, que quiere ser tan famosa
como Pepito Cuadros
A María, recordando otro libro
A mi padre, que se fue en primavera
A mi madre, convaleciente de melancolía
«He sido estúpidamente falangista.
Quien está permanentemente satisfecho de su pasado o es un farsante o un imbécil».
Pedro Laín Entralgo, 1976
Agradecimientos
Por poca cosa que sea un libro, es raro que nazca sin la colaboración de muchas personas, de las que uno termina abusando. Debo gratitud a Teófilo Ruiz, que siendo un prodigio de inteligencia y saberes es, más que nada, amigo. A Luis Eduardo Siles, a quien la suerte me puso en el camino hace treinta años y que me ha dado sugerencias e ideas que han mejorado este pequeño y para mí querido objeto. A Jesús Nieto Jurado, que llegó a Madrid siguiendo la pista de Umbral, y que me ha aportado soluciones para mejorar estos papeles, mientras ponía letras a la solapa. A Daniel Rivas Pacheco, becario de Informe Semanal, que me asombra con sus conocimientos varios, que incluyen la ortografía y la gramática. A Paul Ingendaay, prestigioso corresponsal alemán en España, que me sirvió de inspiración una noche en el Café Gijón, cuando yo no sabía muy bien aún por qué camino echarme a escribir. A Juan José Mardones, mi viejo amigo televisivo, que corrige con minucia y paciencia. A Joaquín Armada, que me leyó con atención y afecto. A Pilar Pineda, que me ha ayudado con su olfato de prosista intuitiva. A Juan Cívico Llamas, que siendo muy niño me hizo del Atlético de Madrid y ahora me ha puesto en las manos las impagables Memorias de Teodulfo Lagunero. A Víctor Márquez Reviriego, un grande de estas cosas de la escritura con quien conversé una tarde muy grata. A Raúl del Pozo, a quien leo sin hartazgo va para cuarenta años. A María y Alicia, que me han animado a escribir incluso en vacaciones. A María Ángeles López, que me ofreció este libro. Ella siempre me hace los mejores encargos. Y a muchos amigos que dejo fuera de estas páginas, no de mi corazón, para no alargar la cadena.
Prólogo: La leyenda de la Inmaculada Transición
Después de unas décadas celebrando el milagro de la Transición llegó el momento de desmontar el prodigio: ahora dicen que se construyó sobre olvidos y silencios. Juan Carlos Monedero, gramsciano intelectual orgánico del Asalto a los Cielos explica que la Transición fue una mentira de familia que ocultaba un pasado poco heroico. «El mito fue construido –escribe Monedero– en los pasillos de la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad Complutense de Madrid, donde profesores como Ramón Cotarelo o José Álvarez Junco forjaron la leyenda de la Inmaculada Transición». Ahora dicen que la Transición fue una mentira de familia, que Franco murió en la cama, que se fabricaron «resistentes» como en la Francia ocupada, pero muchos, como Juan Antonio Tirado, autor de este libro, no han olvidado los vergajazos, las pistolas en las esquinas, los asesinatos de demócratas, trabajadores y abogados. La Transición no fue un cuento, ni un milagro, sino el esfuerzo de millones de españoles, apoyando a unos políticos, para que desmontaran el aparato del terror, como se desactivan las bombas. Gracias a ellos pudimos votar en libertad, legalizar los partidos y firmar la paz entre las dos Españas: lo explica muy bien en este relato Juan Antonio Tirado. Se dijo que la historia es la relación de los hechos que se consideran verdaderos, así como la fábula es la relación de los hechos que se consideran como falsos. Juan Antonio Tirado está más cerca de la historia que de la fábula, del periodismo que de la ficción, en su libro Siete caras de la Transición. No abusa del vicio de opinar y hace bien porque la historia de las opiniones –como escribe Voltaire– no es más que la recopilación de los errores humanos. Confiesa el autor que «se acostó niño franquista y por la mañana se levantó adolescente demócrata y rebelde, sin llegar a airado». No cuenta sino hechos, recurre a los cronistas de aquel instante. Ni milagro, ni montaje, simplemente historia de España. «Da la impresión de que algunos consideran que en la Transición tenían que ganar la guerra los que la habían perdido en el 39, como si se disputara la segunda vuelta de la contienda civil». Enumera los poderes fácticos contrarios a la democracia, los momentos felices e inquietantes y defiende la Transición como el logro más importante de la España del siglo XX. El libro es un ensayo minucioso de aquella época a la que se llamó Santa y quizá por eso, recurre a los evangelistas o cronistas canónicos. Ahora que se reabren los debates sobre el tiempo del cambio, sobre el consenso de la Transición, Juan Antonio presenta un libro valiente y riguroso, sin apartarse, recurriendo a la crónica histórica y a sus propios recuerdos. «Los recuerdos de Tirado sobre la Transición –escribe un crítico– son los recuerdos de un niño de la Alta Andalucía, entre olivares y algún gobernador, aún en plenitud, que iría oscilando entre el búnker y el aperturismo». Agrupa el momento más apasionante de nuestro pasado mediante los perfiles de sus protagonistas: Suárez, el héroe trágico, Fraga, el hombre que vivía a borbotones, Tierno Galván, Carmen Díez de Rivera, la rubia misteriosa…
Raúl del Pozo
Preludio sentimental
Aquella noche me acosté niño franquista y por la mañana me levanté adolescente demócrata y rebelde, sin llegar a airado. Efectivamente, el dinosaurio todavía estaba allí, pero por poco tiempo. Se fue por la Barranquilla o al Valle de los Caídos, le pusieron encima una piedra de mil quinientos kilos de granito y hasta hoy. Ni siquiera resucitó al tercer año como deseaban Vizcaíno Casas y los cien mil franquistas que perpetuaron la memoria del venerado dictador. Con emoción y lágrimas en los ojos o, sencillamente, por no perderse la cita con la historia, enormes colas de españoles desfilaron durante horas delante del Caudillo de cuerpo presente. Una España lloró a Franco, otra España brindó con champán por la muerte del caimán y la tercera España soñó con vivir en un país decente, con libertad sin ira, mientras quizá acariciaba el deseo de no tener que ir a Londres a abortar ni a Perpiñán a ver el culo de Marlon Brando y a Maria Schneider sin bragas. Yo era de la tercera España, pero yo en realidad no tenía ni idea de lo que era ni de lo que se me venía encima. A mis 14 años, con una infancia rural andaluza iluminada con un candil, bajo cuya luz titubeante aprendí a leer, creía que Franco era un hombre bueno, el mejor y más ejemplar de los españoles. En casa no se hablaba de política. Yo había tenido dos abuelos: uno falangista a carta cabal y el otro republicano sin aspavientos, esto lo supe después. Mis padres poco sabían de política, pero sufrieron desde niños la ofensiva de la peor España, la del señoritismo, esa fiesta perpetua tan andaluza. No es por hacer pornografía sentimental pero mi padre aprendió la a y la e y la i mientras guardaba los cerdos y un maestro de los de entonces, de los de la mucha hambre, le iba introduciendo en los secretos del alfabeto. Tenía cinco años y se levantaba a las seis de la mañana. A los cinco años, mi madre también hacía faenas varias, en un tiempo en que tenía un solo vestido. Un día se lo comió una cabra, en fin, menuda historia. Esa es una España, no sé si de las dos o de las veintidós, de los años de aquel Franco al que en el 1975 unos lloraban con sinceridad mientras otros, más listos y también más necesarios, se reprimían para no quedarse en el andén del futuro.
Yo tenía catorce años y un completo desconocimiento de las cosas de la vida pública, era un ejemplo acabado de aquello que con tanto afán cultivó el régimen: el apoliticismo, coronado con la genial frase cínica del propio Franco: «Haga usted como yo, no se meta en política». En septiembre había ingresado en el instituto de bachillerato Luis Barahona de Soto de Archidona, mi pueblo, como integrante de la promoción que estrenó el BUP. Cuando apenas dos meses después la radio y la televisión transmitían el lento apagarse de la vida de Franco, y en las casas y las calles se hablaba de la cuestión con más inquietud que esperanza, empezaba a hacerme cargo de que aquello iba a cambiar, quién sabía de qué manera. Me extrañaba que los compañeros del instituto, sobre todo los de cursos superiores, asistieran al desenlace de aquella obra con espíritu festivo, expresando la aversión hacia un personaje que en mi incultura, ya digo, creía modélico. Tardé muy poco en ponerme al tanto en la materia, de manera que al cabo de unas semanas era ya un sincero antifranquista. Eso sí, el día del entierro, en la solemnidad del hecho histórico, seguido a través de Radio Nacional, lloré sinceramente, lo que mi padre me ha recordado de vez en cuando como señalándome un pecadillo. En realidad, más que al pesar por el hombre muerto, que también, mi llanto, sereno, tenía más que ver con la pasión por el gran acontecimiento, que es un tic que no he perdido.
Era domingo y a las tres, Iñaki Gabilondo, entonces joven director de Radio Sevilla de la SER, leyó un folio o improvisó un comentario en el que aludía al importante momento histórico que se inauguraba en España. Y José María García, en Carrusel deportivo, expresó un pesar que en el recuerdo se me antoja sincero.
En los meses siguientes la vida fue transcurriendo con la cadencia con que pasan las cosas en la adolescencia. En la memoria se me quedaron grabadas estampas deportivas y sentimentales antes que el discurrir a galope histórico de la noble causa política. El Atlético de Madrid ganó la última copa del Generalísimo, ya presidida por el Rey, al derrotar al Zaragoza por uno a cero, gol de mi ídolo de la infancia, José Eulogio Gárate. Francisco Umbral, que estaba a punto de convertirse en mi ídolo de la adolescencia y la primera juventud, ganó el premio Nadal con su novela Las ninfas. Un payaso genial, conocido en el siglo y en su oficio como Fofó, nos dejó y su mutis me conmovió más que la escapada por el telón de la historia del general gallego. Desde la televisión nos invitaban a ahorrar energía, porque «aunque usted pueda pagarlo, España no puede». A sus catorce años la gimnasta rumana Nadia Comanecci asombró al mundo en los Juegos Olímpicos de Montreal al conseguir nueve medallas, cinco de ellas de oro. Y en España, la noche en que se conoció el nombramiento de Adolfo Suárez como presidente del Gobierno era sábado y se estrenó en TVE el programa Palmarés. Los telespectadores se asombraron con las piernas infinitas y el ritmo descaradamente sensual de Bárbara Rey.
El destape fue el Dorado de la Transición, una fiebre de varias primaveras vivida intensa y gozosamente, se supone que con mayor gusto por los hombres, porque ellos, nosotros, fuimos los principales destinatarios de un diluvio de imágenes calientes que venían a corregir una sequía de cuarenta años de forzada abstinencia. Para un adolescente como yo, aquello fue un paraíso de traseros memorables, pechos de oro y almendra y bragas fantasiosas. La revista Interviú desnudaba a las mujeres más deseadas y en el cine las actrices más deslumbrantes comentaban que ellas solo se desnudaban si lo exigía el guion. Ah, pero el guion era muy exigente y sus reclamos siempre eran de cama. En aquellas películas, tan alejadas de la nouvelle vague, vimos a Nadiuska, Eva Lyberten, María Luisa San José, Victoria Vera o Ágata Lys. No era exactamente un paisaje feo para un adolescente. A propósito de estas quimeras de lujuria y erótica del poder escribió Umbral:
Vuelve el mini-short, el pantalón caliente, aquella prenda escueta y grácil que se pusieron ellas en verano. Hasta Carmen Díez de Rivera dicen que se va a poner el hot-pant. De modo que todos estamos cachondos y ha empezado el besuqueo preelectoral. Las elecciones van a ser un juego de prendas y el personal político ya ha empezado a quitarse la ropa.
Con la Transición llegó la prensa libre, todo ello en medio de una impresionante crisis económica, incontables huelgas, la compañía inseparable del terrorismo, de extrema izquierda y de extrema derecha… Al volver la esquina, en Madrid esperaba una primavera municipal en la que brotaría la Movida, epifenómeno urbano juvenil, expresión alegre a contrapié del gris estanco del franquismo.
La Transición no estaba escrita
El proceso que en la segunda mitad de los setenta condujo a España a la democracia no fue obra de un único autor, ni un solitario jugado desde el poder para que todo siguiera igual al lampedusiano modo. Nada fue lo mismo desde 1976, las cosas cambiaron muy lentamente o muy rápidamente, según las expectativas. Los ciudadanos, gobernados con mano férrea, se acostumbraron a que su voz tuviera eco y a que las bocas y las rotativas respiraran con regularidad y sin sustos. No fue el milagro español, como alardearon los más febril e infantilmente satisfechos, pero tampoco una chapuza ni una traición a los vencidos de la Guerra Civil como ahora proclaman quienes hablan del régimen del 78 para referirse al edificio levantado durante unos años de emociones políticas y miedo escénico.
Los críticos a la totalidad de la Transición olvidan que Franco murió en la cama de un hospital y no víctima de una emboscada revolucionaria. No fue derrocado por sus opositores, sino por la naturaleza. Y en la España que él dejó, como se demostró, no todo estaba atado y bien atado, pero tampoco estaba manga por hombro, en descuidada anarquía, para facilitar que algún avispado revolucionario o reformista sin mácula se pusiera a los mandos de la nave y nos condujera por los transparentes mares de una democracia sin pecado original.
La acusación más sostenida por los refutadores de la Transición es la que alude a que se hizo un pacto de amnesia para olvidar los crímenes de los franquistas durante tres años de guerra y treinta y seis de posguerra, en tanto los vencidos cargaban con la humillación de una segunda derrota. Pero los gritos de «amnistía, amnistía» conformaron la banda sonora de aquellos años y no como una reivindicación de las derechas, sino como una exigencia innegociable de la izquierda. Como han apuntado historiadores conservadores, pero también otros progresistas, da la impresión de que algunos consideraran que en la Transición tenían que ganar la guerra los que la habían perdido en 1939, como si se disputara la segunda vuelta de la contienda civil. Pero aquella guerra ya estaba jugada y ganada, o perdida, y para poco valían las ensoñaciones como no fuese para poner obstáculos en el entendimiento de las dos Españas, que en realidad eran más de dos. Quienes creen que se debieron juzgar en 1976 los crímenes de los treinta y nueve años anteriores tendrían que explicar qué sistema pensaban usar, de qué mecanismos se hubieran valido para realizar ese proceso. El verdadero poder fáctico era en aquellos años el ejército, en silencio y aparente estado ausente mientras tocara, pero preparado para intervenir tan pronto como fuera preciso. De los noventa y cinco generales de brigada que formaban las Fuerzas Armadas, setenta y ocho habían hecho la guerra; todos los generales de división eran radicales de derechas y los cuatro tenientes generales votaron en contra de la ley para la Reforma Política. El ejército, franquista hasta la médula, era la institución que menos había evolucionado en el transcurso de los años. ¿Es imaginable que algún gobernante hubiera podido poner en funcionamiento el aparato judicial para perseguir a los culpables entre los vencedores estando muchos de ellos, con seguridad, en el propio ejército o en su área de influencia? Entonces no se pedía siquiera que se abrieran las fosas en que estaban enterrados los asesinados por el franquismo. Pero han pasado los años y seguimos ante una asignatura pendiente, por falta de voluntad política y de fondos económicos. Si tanto tiempo después no se ha logrado un objetivo tan humano, tan justo y tan irrenunciable, es que no sería tan fácil. Pretender que se hubiera realizado con el Partido Comunista de España tocando a las puertas de la legalidad y los militares haciendo planes para asaltar el Congreso es más una tontería que una ingenuidad. Teodulfo Lagunero, fiel compañero y amigo de Santiago Carrillo en el exilio, ha reflexionado en sus Memorias[1] sobre el cambio producido tras la Transición:
Este cambio radical de España en todos los órdenes –y evidentemente para mejor– es la realidad de lo que se ha conseguido con la Transición. ¿Se hizo bien? ¿Pudo hacerse mejor? Se hizo como se pudo, y no hay más cera que la que arde. Los nostálgicos de la ruptura saben que esta, como ellos la entienden, no fue posible porque el pueblo español no estaba por la labor. Esas masas que se movilizaban contra el régimen, no eran las mismas que estuvieron dispuestas a enfrentarse al fascismo en 1936. No hay que darle más vueltas.
El de la Transición es un cuento, a veces feliz, a veces inquietante que adquiere sentido a partir de la presencia callada y obsesiva de la Guerra Civil, lobo feroz que inteligentemente mantiene vivo durante décadas el franquismo. La Transición, Caperucita de la democracia, nace y vive en un periodo histórico marcado por la incertidumbre, por el miedo y también por el deseo de conseguir que España se incorporase a la normalidad de sus vecinos europeos. Durante muchos años nuestro país había quedado apartado del inventario político occidental hasta el punto de ser relegado a la categoría de extrañeza pintoresca y anomalía autocrática. El relato de la Transición se fue escribiendo al tiempo que se desarrollaban las obras de desmontaje del régimen franquista y fue una historia seguida en vilo por la sociedad española, tan afanosa por conquistar tierras democráticas como desconocedora de los materiales con que construir el nuevo sistema. No había día sin emoción, sin estremecimiento, sin el temor de que el edificio político se viniera abajo.
La Transición se vivió como una gesta y así fue exportada a algunos países latinoamericanos. Los europeos, que suponían que volveríamos por los fueros guerracivilistas, nos observaron con curiosidad y luego con admiración. Todo ello llevó a la autocomplacencia a los protagonistas de aquel proceso. No faltaron ya en ese momento los relatos críticos, aunque ha sido en los últimos años cuando se han hecho más frecuentes los discursos de quienes argumentan que la Transición fue una traición a los perdedores de la Guerra Civil. Para estos críticos, todo quedó en un pacto de las élites del régimen anterior con una oposición vendida o medrosa ante el lobo franquista.
En este libro defiendo la tesis de que la Transición es el logro más importante, atendiendo a su desarrollo y a lo perdurable del sistema engendrado a partir de él, de la España del siglo XX. Un siglo convulso, con más sombras que luces, con dos dictaduras, con una guerra que sembró el país de muertos y odio para décadas y una república que fue la gran apuesta en busca de una España mejor y más justa, pero que quedó frustrada por la fiereza y resentimiento de las derechas y también por los errores y ceguera de la izquierda. A partido jugado, a fuego extinguido, las opiniones no están condicionadas por el fragor del momento, por lo que son a la vez más libres y más cómodas. Distintos partidos, intelectuales, asociaciones de la sociedad civil y politólogos se han propuesto demoler el edificio de la Transición democrática. Así, Juan Carlos Monedero, uno de los fundadores de Podemos, decía en 2015, en el programa de televisión La tuerka:
El simpático arribista y obsequioso con el poder Adolfo Suárez le lavó la cara a un país que necesitaba que le dijeran que hizo más de lo que hizo, donde las impotencias cruzadas de los franquistas y los demócratas se zanjaron en una reforma pactada que sobre todo en el campo de la izquierda necesitaba alguna mentira para ser digerida. Esa mentira la brindó Suárez. Este país que se acostó franquista y se levantó demócrata le regaló a los franquistas el honor de apuntarse el tanto de la democracia, pero no es verdad, la democracia no la trajo ni Suárez, ni el Rey, ni Felipe González, ellos solo lucharon por su puesto de trabajo.
Con un argumentario similar al esgrimido por Monedero, pero desde la derecha, Enrique de Diego, en su libro La monarquía inútil[2], dibuja las que, a su juicio, son las líneas que conforman la Transición. Sobre De Diego ha dicho humorísticamente el Gran Wyoming que «es un periodista tan de derechas que hasta lo echaron de Intereconomía». Estas son sus palabras:
Lo que se denomina como el pacto de la Transición, que da lugar al llamado consenso de la Constitución de 1978, es el acuerdo de todos los partidos políticos en no cuestionar la monarquía, en asegurar el puesto de trabajo (vitalicio y hereditario) de Juan Carlos y la familia Borbón. El denominado pacto constitucional puede resumirse en la evitación del referéndum monarquía o república. […] Toda la Transición, en origen, se plantea como un abrumador neocaciquismo monárquico. A fuerza de derroche y de generar una gigantesca estructura burocrática y partidaria se consigue el objetivo de que el monarca quede fuera del debate, porque en todo se podía ceder menos en ese punto.
Estudiar la historia como una cuadrícula de líneas imaginarias, procurando que no quede por encajar ninguna pieza en el puzle es una tarea inútil. Pretender formatear el sentido de las cosas que ocurrieron hace cuarenta años en un país que todavía no era este país para llegar a proposiciones políticas que permitan sustentar un proyecto ideológico en el presente es jugar con trampa. La España de 1976 no era un territorio enaltecido por la pasión política, sino más bien un país que tendía a la asepsia y que desconfiaba de los partidos y sus líderes. ¿Cómo iba a ser de otro modo después de casi cuarenta años de pedagogía franquista? El ciudadano medio de aquel tiempo, suponiendo que tal cosa exista, y existe, se movía entre dos polos: el recuerdo vivo de la guerra y la primera posguerra y el descrédito de la política como oficio. No era fácil ser inmune a las prédicas del poder día tras día, tras mes, tras año, tras década. Claro está que existían muchos luchadores contra la dictadura, valientes y concienciados ciudadanos para los que la política era un arma para cambiar las cosas, pero no era esa la España mayoritaria que hubiera podido protagonizar la ruptura. El informe FOESSA (Fundación para el Fomento de Estudios Sociales y Sociología Aplicada) de 1975 señalaba que un 80% de los ciudadanos creía que lo más importante era mantener el orden y la paz. El sociólogo Víctor Pérez Díaz, que ha impartido clases sobre la Transición en prestigiosas universidades internacionales, además de escribir un libro sobre la cuestión, España puesta a prueba[3], ha señalado que el análisis de la cultura ciudadana de los españoles antes de la muerte de Franco mostraba un amplio desinterés por la política, con la presencia incluso en el discurso de fuertes factores de carácter autoritario, y eso pese al proceso real de modernización que se había producido en el país desde los años sesenta. Al fantasma del desorden público recurrió el régimen y luego el búnker y sus aledaños en los años posteriores al fallecimiento del dictador. Quien tenga memoria de aquel tiempo recordará que desde los órganos conservadores y ultraconservadores manaba una suerte de consigna que caló en importantes capas de la sociedad. La idea prevalente era que con Franco vivíamos en paz y orden y que con la democracia había llegado el desarreglo, cuando no la anarquía. El miedo a salir de noche se convirtió en una expresión de uso común, incluso fue el título de una película, y quizá se creó entonces esa penosa expresión referida a los delincuentes según la cual por una puerta entran y por otra salen. La llamada España real, si por esta se entiende la sociológicamente mayoritaria, andaba por esos derroteros en los años del tardofranquismo. La memoria es frágil, pero las hemerotecas, reveladoras. Este es un fragmento del editorial que publicaba el diario El País el 20 de noviembre de 1976, un año después de desaparecido el general Franco. En él se hace un acercamiento al personaje histórico, contextualizando su papel como generador de orden, ese orden que está en el imaginario ciudadano como el gran logro del autoproclamado Caudillo:
El dictador se limitó en principio a hacer aquello para lo que había sido llamado: poner orden en un país caótico y temerariamente abandonado al vértigo de la historia. Lo hizo a su modo, expeditivo y elemental. […] La tranquilidad en las calles era obvia, fue obvia por lo menos hasta la aparición del terrorismo. Eso permitió un sosiego en el trabajo y un adormecimiento de las clases dirigentes. La tranquilidad y el orden tuvieron además la contrapartida de las cárceles, el exilio y las persecuciones. […] La tranquilidad permitió además la reconstrucción material primero y el enriquecimiento económico después de un país destrozado por la Guerra Civil. Franco tuvo la suerte de incorporarse aun desde fuera al boom del desarrollo europeo de los sesenta. […] Bajo Franco se reconstruyó la infraestructura nacional y se multiplicó la renta individual de los españoles. No gracias a él o a pesar de él, sino bajo su mandato, y cualquier análisis no parcial que pretenda hacerse de la era franquista ha de reseñar ese hecho.
Javier Pradera, intelectual ya fallecido, ligado a la actividad clandestina durante la dictadura, desde su detención y encarcelamiento en los conocidos como sucesos de 1956, y miembro destacado del diario El País desde su fundación, entre otras muchas actividades, como la codirección junto a Fernando Savater de la revista Claves de razón práctica, ha dedicado agudas reflexiones a la Transición en un libro reeditado tras su muerte[4], en el que interpreta el tardofranquismo como una obra en marcha y no como un plan preestablecido:
A la muerte de Franco, el repertorio de posibilidades históricas y políticas no era ilimitado, pero sí muy amplio. La situación geoestratégica de España y la herencia del pasado marcaban las fronteras, interiores y exteriores, de cualquier proyecto –de transformación o involución– imaginable en aquellos momentos. Sin embargo, las variantes concebibles dentro de ese marco eran muy numerosas, desde una república rupturista hasta una monarquía continuista. Al principio de la partida inaugurada con el fallecimiento de Franco, el juego no estaba hecho, ni las cartas marcadas. […] La Transición es una etapa histórica animada por la interacción de múltiples centros autónomos de poder, cuyos actores fueron numerosísimos y donde la participación popular y las movilizaciones de masas alcanzaron una importancia decisiva. Mención aparte merece la labor realizada por los medios de comunicación en defensa de los valores democráticos y la crítica del continuismo franquista durante las fases iniciales de la Transición, con medios como El País o Cambio 16 que ayudaron a romper el oligopolio de la prensa conservadora colaboracionista.
En un sentido similar se expresa el historiador Santos Juliá, conocido por sus trabajos sobre la España del siglo XX y experto internacional en la figura de Manuel Azaña, para quien una de las claves positivas de la Transición fue que «del Rey abajo a nadie se le preguntó por su pasado con tal de que estuviera dispuesto a colaborar en el presente»:
La potencia del mito de la reconciliación resultó un relato que daba sentido al futuro y eso hizo que todo el mundo viniera a abrevar en sus aguas. Los políticos, desde los azules a los rojos de antaño, descubrieron el placer de encontrarse y presumieron de un alto grado de integración institucional. […] La Transición fue menos excitante que una revolución o que una fiesta, pero fue mucho más eficaz y duradera en su capacidad de integración y en la solidez de sus resultados. En este nuevo clima político y moral resultó relativamente fácil inaugurar una original política de integración y solidez de sus resultados.
Que la puesta en marcha de los mecanismos de reforma del sistema franquista estuvo protagonizada por personalidades del régimen anterior es obvio. Los actores iniciales del cambio, empezando por el monarca, son franquistas. Son franquistas, más o menos moderados, los que copan los puestos relevantes de la Administración; los antifranquistas están en el exilio, exterior o interior, lejos, en todo caso, de los mecanismos donde se deciden las cosas. Son los Fernández Miranda, los Suárez, los Osorio, los Areilza, los Martín Villa quienes desde dentro empiezan a transformar las estructuras de la dictadura. Pero esos cambios no hubieran sido posibles sin la presión constante de la oposición, organizada sindicalmente a través de CCOO y articulada desde fuera por el PCE de Santiago Carrillo. La calle, que ya desde mediados de los sesenta había sido escenario de numerosas manifestaciones y revueltas, se tornó vendaval que removía los cimientos fosilizados del franquismo. Esa urgencia de la calle impulsó y profundizó la Transición, acortando las fases. En ese contexto, la legalización del PCE fue un hecho fundamental. Al reparto de la reforma, además de los iniciales e inexcusables actores franquistas, fueron incorporándose Santiago Carrillo, Marcelino Camacho, Ramón Tamames, Felipe González o Enrique Tierno Galván. De ellos y de millones de españoles es el éxito de aquella aventura colectiva.
La Transición tuvo un desarrollo imperfecto, lleno de fallas, en unos casos por la forzada improvisación y en otros, los más graves, porque se hizo, básicamente, desde arriba, con la autoría de quienes habían vestido la camisa azul. Pero no entiendo que se hubiera podido desarrollar de otro modo, a menos que se hubiera desencadenado un proceso revolucionario. Para eso tendría que haber existido un ánimo en la gente, que no existió. Franquistas o antifranquistas, los españoles del utilitario, la televisión y una cierta holgura económica no estaban por esas aventuras. En realidad, el cambio había comenzado a fraguarse en los años sesenta, con el Plan de estabilización puesto en marcha por el Gobierno de los tecnócratas, que empezaron a sacar a España de la autarquía para meterla en el capitalismo al estilo de los otros países europeos. La llegada millonaria de los turistas y los millones en divisas enviados por los emigrantes fueron claves para el cambio de ciclo económico, que llevó aparejado también una relajación de los usos y costumbres y una rebeldía contra la idea totalitaria del régimen. Las huelgas fueron a partir de entonces moneda corriente. Los ministros del Opus, los famosos lópeces: López Bravo, López Rodó, López de Letona, constituyeron el primer paso, aunque involuntario, hacia la democracia. Así lo entiende el periodista Teófilo Ruiz, autor de El milagro del Opus Dei[5], para quien otro protagonista relevante y antagónico a este es el Partido Comunista.
La crítica radical a la Transición la hizo, veinte años antes de la aparición de Podemos, Pablo Castellano. En su libro Yo sí me acuerdo[6], el entonces dirigente socialista hace un análisis profundo y sin concesiones de una realidad que conoció en su germen y paso a paso. En su opinión, el pecado original de la Transición es que no abrió el cauce para partidos y sindicatos verdaderamente preocupados por la gente, sino que estos surgieron y se desarrollaron como grupos oligárquicos en manos de élites:
Los democráticos líderes de la oposición –escribe Pablo Castellano– actuaban igual que los herederos del régimen, los unos disponiendo en almoneda del Movimiento Nacional y los otros de la historia y tradición de sus organizaciones, de sus militantes y sus programas, así como de su patrimonio.
A los apologetas les gusta decir que la Transición, amén de modélica, fue pacífica. Pero no es cierto, los datos desmienten esa afirmación. Entre 1975 y 1983 fueron asesinadas 591 personas. Son datos recogidos por Mariano Sánchez en su libro La Transición sangrienta[7]. De estos crímenes, ETA reclamó la autoría de 334, el Grapo de 51, los grupos incontrolados de extrema derecha mataron a 49 personas, los grupos antiterroristas o paramilitares a 16 y la represión policial acabó con la vida de 54 personas. Otras 8 fueron asesinadas en la cárcel o en comisarías; 51 murieron en enfrentamientos entre la policía y grupos terroristas. Son números que refutan cualquier ensoñación de proceso pacífico hacia la democracia.
Un fino analista político de ABC, Lorenzo López Sancho, que fue también un espléndido crítico teatral, escribía en febrero de 1976 sobre el estrecho margen en que iba a moverse en un primer momento el cambio político todavía por estrenar. La reflexión es interesante sobre todo teniendo en cuenta la filiación conservadora del periodista y del periódico:
Toda la reforma que se haga será hecha por la clase política establecida hace 37 años en el poder. La posibilidad reformista es la que se encierra entre dos extremos: Girón y Fraga. Latitud enorme la que resta fuera de esos dos meridianos. El pueblo seguirá por ahora siendo sujeto pasivo de la acción política en la que no tendrá participación alguna hasta la muy categorizada del Referéndum final.
Ese tejido político, pensado y también improvisado, hecho a partir de una realidad cruda y con muchas limitaciones, nunca en una circunstancia ideal, dejó partes mal zurcidas y otras directamente fallidas. El dibujo del mapa autonómico no está entre los logros de aquel proceso, visto al menos cómo se ha desarrollado el sistema que un día se llamó coloquialmente del café para todos. No, no fue una Transición perfecta, pero a partir de ella hemos vivido los cuarenta mejores años de los últimos cien. De otros impulsos colectivos salimos peor parados.
Las lágrimas de Arias
20 de noviembre de 1975: Temblaron los teletipos, se sobresaltó el país. «Españoles: Franco ha muerto», musitó entre lágrimas el presidente del Gobierno, Carlos Arias Navarro. Por fin el hecho biológico, tan temido, tan deseado. Treinta y seis años antes, el general más joven de Europa había entrado triunfalmente en Madrid, a guerra terminada, a mantel de dictadura puesto. En ese tiempo, eterno para muchos, Franco había creado una España que era un traje a su medida de sastre gris, una España temerosa de los enemigos de Dios y la civilización cristiana, si bien es cierto que casi cuarenta años dan para mucho y aquella nación profunda, pacata y callada de los cuarenta y los cincuenta había despertado con la llegada de las primeras suecas y, sobre todo, con los aires nuevos y limpios de unas generaciones para las que la guerra quedaba lejos y que tuvieron en la universidad su forja de jóvenes rebeldes y comprometidos. Aquel Franco ya no era el Franco victorioso que se hizo un hombre en Marruecos y que se había pasado tres años jugando a la guerra en su tablero de militar fabuloso, ya no era el dictador implacable de las dos primeras décadas, el hombre que se había inventado una patria de misa y cuartel, a la que había sometido con mano de hierro, la mano que se le había vuelto más fofa y parkinsoniana, pero que aun así no le tembló al ordenar los cinco últimos fusilamientos de una biografía pródiga en sangre, apenas dos meses antes de cambiar definitivamente la vida por la historia. Franco había dejado de existir y aquella España todavía era su España, pero menos, él mismo había ido comprobando que el traje que había tejido tenaz y tercamente iba quedando en desuso y se imponían modelos más atrevidos. En este momento se produce gran agitación en los armarios, muchos prohombres del régimen y sus aledaños se apresuran a cambiar de chaqueta para ponerse una acorde con el tiempo venidero. Una vieja historia que nunca deja de ser emocionante.
Que la patria que fraguó Franco, la de los tiempos heroicos, formaba parte ya de otro paisaje lo prueba, entre otras cosas, el surgimiento de una nueva Iglesia, bajo la inspiración del Concilio Vaticano II, donde junto a nombres conocidos como el padre Llanos o Francisco García Salve, el cura Paco, un jesuita miembro del Partido Comunista de España y de Comisiones Obreras, existen decenas de curas obreros. Es verdad que la Iglesia de Trento y el bajo palio tenía insignes representantes, pero había dejado de ser uniforme. Había, al menos, dos Iglesias. En ese retablo eclesial destaca el cardenal Vicente Enrique y Tarancón, hombre fundamental en la Transición, que ya había oficiado el funeral por el almirante Carrero Blanco, entre insultos, gritos de «Tarancón al paredón», el «Cara al sol» cantado con desgarro por un nutrido grupo de ultras y avisos por parte de la policía de que su vida corría un riesgo cierto durante el desfile de la comitiva fúnebre por el paseo de la Castellana. En el funeral y la homilía por Franco, el Gobierno prescindió de Tarancón, que era presidente de la Conferencia Episcopal Española. Ofició el ultraconservador Marcelo González, primado de Toledo. Tarancón fue el encargado de pronunciar la homilía en la ceremonia de coronación de don Juan Carlos, una misa del Espíritu Santo en la que hizo un discurso medido, una verdadera obra de orfebrería en la que entre líneas dibujó la senda de una monarquía para todos los españoles.
Pido para Vos, Señor, un amor entrañable y apasionado a España. Pido que seáis el rey de todos los españoles, de todos los que se sienten hijos de la Madre Patria, de todos cuantos desean convivir, sin privilegios, ni distinciones, en el mutuo respeto y amor. Amor que, como nos enseñó el Concilio, debe extenderse a quienes piensan de manera distinta de la nuestra pues «nos urge la obligación de hacernos prójimos de todo hombre». Pido también, Señor, que si en este amor hay algunos privilegiados, estos sean los que más lo necesitan: los pobres, los ignorantes, los despreciados… aquellos a quienes nadie parece amar.
Algunos años después, en declaraciones a la serie La Transición, de Victoria Prego, emitida por TVE, Tarancón hablaba de aquel inolvidable 27 de noviembre de 1975:
Había terminado una época y era preciso abrir horizontes de esperanza delante del pueblo español, era necesario hacer ver a los españoles y a todo el mundo que la Iglesia estaba en una actitud clara con respecto al futuro. La homilía tuvo un gran impacto, yo incluso lo noté materialmente al salir de los Jerónimos porque la gente estaba entusiasmada, yo diría que había recobrado la esperanza porque veía ya un futuro abierto.
A propósito de esto escribía en la revista Triunfo el teólogo seglar Enrique Miret Magdalena:
Hacía nuestro cardenal figura de otros tiempos, a pesar de su moderno lenguaje. Semejaba en aquellos momentos solemnes a nuestro clásico cardenal Cisneros cuando fue primero confesor de la reina, más tarde gobernador del Reino y regente después. Los liberales españoles, los centristas y una buena parte de la izquierda vieron con excelentes ojos aquel acto y aquellas palabras de nuestro presidente de la Conferencia Episcopal.
Un periódico inglés del día siguiente tituló: «Nada ha cambiado pero ya todo será diferente». La muerte de Franco fue recogida en la prensa española (toda oficial menos algunos semanarios democráticos), con una lluvia torrencial de elogios, escritos para calar hasta los huesos del lector afín e incluso mojar al tibio o desorientado. El diario falangista Arriba, convertido desde hacía tiempo en periódico gubernamental (así seguiría con los sucesivos gobiernos de Arias y Suárez, hasta su cierre en 1979), publicó, como los demás periódicos, varias ediciones urgentes el mismo 20 de noviembre. Emilio Romero, el periodista más célebre e influyente del franquismo, era en 1975 delegado nacional de la prensa del Movimiento. Romero escribe en la primera página de Arriba:
La España que Franco heredó del régimen monárquico de Alfonso XIII y de la República de socialistas, liberales y comunistas era una pesadilla y la actual es el resultado de su talento y sacrificio.
Emilio Romero era un franquista sin escapatoria y un artista heterodoxo, y muchas veces genial, del retablo periodístico de la «situación», como a él le gustaba decir. No quiso quedar en cantor del régimen ido sino que se probó en su armario de malabarista de la política y el periodismo cuantas chaquetas creyó apropiadas para desenvolverse por los salones de la Transición. Pudo haber dado el pego, como tantos, pero tuvo la mala suerte de que el azar controlado de Juan Carlos y Torcuato situara al frente de la presidencia del Gobierno a Adolfo Suárez, viejo enemigo desde los tiempos en que ambos compartieron la búsqueda de votos para aquella charanga que eran las elecciones a procuradores en Cortes. Los dos abulenses: de Cebreros, uno; de Arévalo el otro. Romero ganó justa fama con sus gallos en el periódico Pueblo, que dirigió durante casi veinte años. Los gallos eran piezas de fino análisis y mala leche sin edulcorantes, donde Emilio hacía transformismo periodístico, al modo en que lo permitían los tiempos: el talento encuentra acomodo en cualquier postura. A Emilio Romero le conocí recién llegado yo a Madrid en 1979 cuando dirigía Informaciones. En mi ingenuidad, que no era ni siquiera naíf, le llevé un puñado de artículos y tuve la suerte de que al monstruo sagrado le gustaran y me recibiera durante un buen rato, en el que departió conmigo, pueblerino despistado, sobre la historia, la literatura y los periódicos. A Romero le he leído en algún sitio que en aquellas elecciones a procuradores, Suárez y él se recorrieron la provincia de Ávila. De pronto llegaban a un bar y Adolfo decía: «Venga, Emilio, vamos a abrazar a esta gente». Romero, viejo castellano hosco, dice que se negaba a la ceremonia, pero que Suárez entraba en el local y repartía con obsequiosidad y a destajo abrazos y sonrisas. El 25 de noviembre escribe Emilio Romero en Arriba:
Y un triste día de noviembre se muere Franco en una clínica de la Seguridad Social, que además se llama La Paz –esa Seguridad Social que no pudieron hacer, o alcanzar, los socialistas instalados en la República de 1931–, y el pueblo hace la más grande y espontánea y emocionante demostración histórica de despedida a un hombre de Estado. No hay un solo precedente como este, pero no solo aquí sino en el mundo entero. […] Pero tenía que suceder un día la muerte de Franco, porque era solamente un hombre.
En Arriba brillaban dos columnistas, gallegos ambos, que se repartían la primera página: Pedro Rodríguez, estilista de un barroquismo fantasioso y anfetamínico, y Fernando Ónega, quien a sus 28 años era ya subdirector del periódico. De la pluma de Ónega salieron esos días, en tropel, palabras como racimos de ditirambos.
A las seis horas de faltarnos, supimos que Franco había tenido la previsión de estadista de dejar su testamento político, escrito desde el amor y el perdón. […] Entre el amor y el perdón ha entrado en la historia. Así no mueren, viejo continente, los dictadores. Así solo mueren los grandes hombres de la civilización. […] No hubo, españoles de la historia futura, otro protagonista que el pueblo. Miradlo: kilómetros y kilómetros de fila hacia aquel túmulo que la pequeña pantalla puso también en todos los hogares. […] Deteneos ante aquel capitán legionario que dejó su gorra a los pies del capitán muerto. Sumad las lágrimas de las madres emocionadas y de los jubilados agradecidos y del trabajador sin corbata. Añadid las fuerzas que aún quedaron para un saludo brazo en alto, para una cruz en el pecho, para mantenerse en pie más de seis horas. Ojead las páginas de los periódicos, con cientos de opiniones. Contad los crespones negros del taxista asalariado y del automóvil utilitario, y las banderas de los balcones y las corbatas negras, españoles de la historia futura, nietos de la España de Franco, y habréis obtenido el verdadero veredicto: ha sido un referéndum. No ha sido un adiós. Ha sido una consulta popular. ¿Y ahora? El viejo general de todas las batallas deja, además, un pueblo agradecido.
Juan Luis Cebrián tenía 31 años y era ya un periodista de prestigio. Era hijo del también periodista Vicente Cebrián, director de Arriba entre 1957 y 1960, y hasta 1970 secretario general de la prensa del Movimiento. Juan Luis se estrenó como redactor en Pueblo, el diario de los Sindicatos Verticales, que dirigía Emilio Romero. No tardó en ser nombrado subdirector. De ahí pasó al Informaciones de Jesús de la Serna, también como subdirector. En 1974, bajo la presidencia de Carlos Arias Navarro, ocupó durante ocho meses la dirección de los servicios informativos de TVE. Así despedía Cebrián a Franco en Informaciones el 22 de noviembre en el artículo titulado La mano que nos tiende Europa:
Acercarse a las colas interminables que conducen al último adiós a Franco, entre el frío de la aurora o el del ocaso, contemplar ese pueblo bien trajeado, silencioso y prudente desfilando con orden por las calles vacías de coches evoca sin remedio en este Madrid contaminado y bullicioso a un país nórdico europeo. ¿Dónde está la ingobernabilidad de estos hombres? ¿Dónde la incapacidad de convivencia y respeto mutuos? No ha sido necesario ser franquista, en la muy definida y tradicional acepción del término, para sumarse al luto nacional por la pérdida del Jefe del Estado. Este Madrid en duelo nos recordaba más a París o a Estocolmo que al Buenos Aires que lloró histéricamente a Perón.
Unos días después, el 29 de noviembre, Cebrián profundiza en esa línea argumental y compara a Franco con De Gaulle:
El franquismo no ha sido una ideología, diga lo que diga mi amigo Amando de Miguel, sino una situación. No una teoría, sino una praxis. Nada malo –ni bueno– significa eso en principio. Al gaullismo le pasaba algo semejante, desaparecida la figura histórica desaparece también inevitablemente el esquema mismo.
Si en periódicos normalizados de la «situación» se despide a Franco con metáforas altisonantes no habremos de extrañarnos del tratamiento que se da al asunto en el diario El Alcázar, propiedad desde 1975 de la Confederación Nacional de Excombatientes, que preside José Antonio Girón de Velasco. Tras la muerte del general Franco, El Alcázar se convierte en el órgano de expresión del llamado búnker: civiles y militares franquistas contrarios a la Transición. Curiosamente, entre 1966 y 1968 El Alcázar había sido un periódico liberal, en la amplitud que cabe dar a ese vocablo en el franquismo: un diario con una inclinación aperturista. En la ceremonia de los adioses de este periódico, que a la muerte del Generalísimo ya no era liberal, nos quedamos con un párrafo de Alfonso Paso, autor hoy bastante olvidado, pero que entonces era un comediógrafo que llenaba los teatros. Entre los sesenta y los setenta hubo ocasiones en que se representaron hasta cuatro obras de Paso en otros tantos escenarios madrileños. Paso era yerno del genial Enrique Jardiel Poncela. La maledicencia cuenta que Paso entró a saco en los muy abundantes papeles que dejó Jardiel a su temprana muerte a los 51 años. De Alfonso Paso se cuentan muchas maldades. Dice Marcos Ordóñez en su libro Ronda del Gijón[8] que en los años en que los actores, pintores o escritores que acudían a diario al café suspiraban por cualquier vianda, Alfonso Paso ocupaba una mesa central del Gijón y cuando veía pasar a alguno de aquellos artistas hambrientos agarraba una cigala, como quien coge unas tenazas, y hacía ostentación del manjar para desaliento de las tripas del menesteroso. La verdad es que el prolífico comediógrafo lució siempre una espléndida redondez y una cara sonrosada, con un puro ostentoso como marca de la casa. De esta manera escribió Paso sobre Franco en su columna diaria de El Alcázar:
Todos los que nos observáis desde el extranjero, desde las cómodas tribunas de una democracia que no encubre sino corrupción y degenerado vendimiento al marxismo internacional no veréis las cosas como nosotros. Nunca veréis a un pueblo velar el cadáver de su jefe de Estado con la unción, el respeto y el amor con que todos los españoles velamos a Francisco Franco… Suecos, noruegos, daneses, italianos, alemanes, franceses… vosotros, godos de Europa, esto no lo comprenderéis nunca.
La España de 1975 tenía un complejo frente a Europa que se refleja en todas estas citas y en muchas otras que podrían venir a colación. El franquismo había aislado a nuestro país durante casi cuarenta años y, ahora, en esa isla de fobias a lo extranjero, muerto el padre dictador se abría un periodo de incertidumbre. Como me contaba Víctor Márquez Reviriego, octogenario, maestro en los periódicos, pluma de largo alcance analítico e ingenioso de la que no salió una frase bañada en incienso para el general, en ese momento la mayoría de la gente se temía lo peor, la vuelta a viejas querencias cainitas o el mantenimiento férreo de la dictadura sin dictador. No había mucho sitio para la esperanza. Muerto Franco, las instituciones eran el latiguillo oficial. O sea, muerto Franco, Franco con otro rostro. Pero eso no se lo creían ni los ultras de la pura cepa, era obvio que algo tenía que ocurrir, que en ese cruce de caminos de la historia había que tomar alguna dirección, cualquier cosa menos quedarse en el sitio.
De la soledad internacional de la España franquista es muestra la menguada representación de mandatarios extranjeros en el entierro del Caudillo. En Madrid estuvieron Rainiero de Mónaco, Imelda Marcos, esposa del dictador filipino, el vicepresidente de los Estados Unidos, Nelson Rockefeller, el autócrata Hussein, rey de Jordania, y el presidente de la república de Chile, Augusto Pinochet, tocado con una llamativa y muy comentada capa gris. El panorama que se le abría al Rey, cumplidas las previsiones sucesorias (uno de los tópicos eufemismos del régimen para eludir la condición mortal de Franco) era desangelado y más bien oscuro, por otra parte él no levantaba demasiadas expectativas en ninguna de las dos Españas rimadas por Machado. El tiempo, en aquella encrucijada histórica, apremiaba y don Juan Carlos lo sabía. Aunque entonces la mayoría lo ignoraba, el Rey planeaba meter al país en caminos que a la postre confluyeran con los de Europa. En ese afán, la suerte le sonrió al morir Franco el 20 de noviembre. Si se hubiera demorado la defunción unos días, a don Juan Carlos se le hubiera planteado un serio problema, pues el 25 se cumplía el mandato de Alejandro Rodríguez de Valcárcel, presidente de las Cortes y del Consejo del Reino, que se hubiera prorrogado automáticamente por cinco años. Valcárcel era un hombre de ademán y verbo impostados y antiguos y de muy probada fidelidad franquista. Fue él quien tomó el juramento de los principios del Movimiento al Rey, declamando aquella frase altisonante de: «Señores procuradores, señores consejeros… desde la emoción en el recuerdo a Franco, ¡viva el Rey! ¡Viva España!». Basta ver hoy esas imágenes, a golpe de Google, para comprobar hasta qué punto intimidan. Incluso los ojos humedecidos del Rey, y su semblante muy serio, parecerían probar que a él también le impresionaba la escenografía, si bien hay que suponer que ya estaba suficientemente impresionado por todo lo que se le venía encima. Por mi parte, apunto que en las muchas imágenes vistas durante los meses de preparación de este libro me han sobrecogido a menudo aquellos ministros, aquellos políticos hieráticos y de una seriedad como embalsamada.
El Rey aprovechó la circunstancia de la muerte al límite, pero a tiempo, de Franco para agradecer los servicios prestados a Valcárcel y comenzar las maniobras para nombrar a su sucesor. Don Juan Carlos sabía a quien quería, pero no era fácil la operación. La llave estaba en el Consejo del Reino, que debía ofrecer una terna para que el monarca nombrara al presidente de las Cortes, que lo era también del propio Consejo (un órgano que asesoraba al jefe del Estado en su toma de decisiones). El Consejo del Reino era el que presentaba las ternas, piedra angular de la democracia orgánica. Con Franco, no tenía mayor trascendencia pues él lo cocinaba todo a su gusto; pero el Rey, pese a ser su sucesor, no tenía todos los poderes del general ni mucho menos su carisma, así que tendría que aceptar la terna salida del Consejo del Reino, que estaba integrado por los elementos más carcas de la vida eclesiástica, militar, jurídica y civil del franquismo.
La intención de don Juan Carlos era colocar al frente de las Cortes y del Consejo del Reino a su preceptor desde 1960, Torcuato Fernández-Miranda, un catedrático de largo aliento académico y un político que había sido secretario general del Movimiento, vicepresidente del Gobierno con Carrero Blanco y presidente provisional tras el asesinato de este. Pese a su trayectoria, Torcuato no era querido por ninguna de las familias del régimen, el mismo Franco había declinado nombrarle presidente tras la muerte de Carrero, reconociendo que era un buen político, pero que no se fiaba de él. Desde luego, los miembros del Consejo del Reino no querían verlo ni en dibujo, de modo que los intentos del Rey porque fuera en la terna se estrellaban con la intención clara de los consejeros de no incluirlo. Como quiera que el monarca estaba convencido de que Fernández-Miranda era fundamental para poner en marcha la Transición siguió insistiendo y echó mano del presidente del Gobierno, Carlos Arias Navarro, quien tampoco tenía la menor simpatía por Torcuato, pero ante la petición del Rey para que ejerciera todas sus influencias para convencer a los consejeros, se metió de lleno en el papel y fue reuniéndose con ellos uno a uno. Parece que Arias debió sobreentender que si conseguía que Fernández-Miranda entrase en la terna quedaría garantizada su continuidad al frente del Gobierno. Fue así como el 3 de diciembre de 1975, Torcuato Fernández-Miranda juró ante el Rey como presidente de las Cortes. Ese día dejó su impronta con una de esas frases deliberadamente ambiguas que le dieron justa fama de sofista: «Me siento total y absolutamente responsable de todo mi pasado. Soy fiel a él, pero no me ata, porque el servicio a la patria y al Rey son una empresa de esperanza y de futuro». Estaba claro, Torcuato era el hombre apropiado para echar a andar la Transición.
Al día siguiente, 4 de diciembre, el Rey confirmaba como presidente del Gobierno a Carlos Arias Navarro. Una semana más tarde tomaban posesión los miembros del primer Gabinete de la monarquía en el que destacaban dos pesos pesados de la política del momento: Manuel Fraga y José María de Areilza. Ambos compartían una línea aperturista y, en los futuribles políticos, se daba por hecho que en uno u otro tendría que confiar el Rey si quería desarrollar un proceso hacia la democracia. A esos efectos, el nostálgico Arias estaba incapacitado, pero los cambalaches políticos habían obligado a Juan Carlos a mantenerlo en su sitio para así asegurarse la presencia de Torcuato Fernández-Miranda en el Consejo del Reino y las Cortes, desde donde habría de maquinar los principios prácticos de la Transición.
Carlos Arias Navarro, el hombre que sinceramente emocionado lloró al comunicar a los españoles la muerte de Franco, había nacido en Madrid en 1908. Hizo su carrera política bajo el franquismo. Antes, en la guerra, en el desempeño de su cargo como fiscal, desarrolló una intensa actividad represiva en la Málaga que había caído en manos de los nacionales en 1937, lo que le valió, popularmente, el apodo de Carnicerito de Málaga. Fue gobernador civil de León, Tenerife y Navarra, alcalde de Madrid, director general de Seguridad y era ministro de la Gobernación el día en que Carrero voló por los aires de la calle Claudio Coello de Madrid. Fue él, precisamente, quien sustituyó a Carrero como presidente del Gobierno. En 1974 sacó al debate político lo que bautizó como espíritu del doce de febrero, que era una pequeña apuesta por la apertura. Tuvo que retroceder, temeroso ante el ataque de los representantes del búnker, con Girón al frente. Confirmado en la presidencia por el Rey, la figura de Arias tiene un perfil hamletiano. No es tonto y sabe que las cosas no pueden seguir como estaban, pero sentimental e ideológicamente es incapaz de desarrollar una política que refute en algo al franquismo, de modo que durante los seis meses que dura su aventura y su calvario interior como Jefe del Gobierno se empeñará en el improbable metafísico de una Transición sin Franco pero franquista. En un libro importante de la época, Diario de un ministro de la monarquía[9], su autor, José María de Areilza, el titular de la cartera de Asuntos Exteriores, va anotando las minucias y los hechos relevantes de aquel Gabinete. En la entrada del 11 de febrero apunta Areilza que, repentinamente, Arias les ha confesado a los ministros: «Yo lo que deseo es continuar el franquismo. Y mientras esté aquí no seré sino un estricto continuador del franquismo en todos sus aspectos». Areilza apostilla: «La monarquía no puede consolidarse con un hombre honesto y patriota, pero vacilante, que sigue creyendo que Franco está vivo y dirige el país desde la tumba».
En la entrada del 26 de diciembre de 1975, dos semanas después de constituirse el Gobierno, escribe José María de Areilza:
Aquí no hay orden, ni concierto, ni propósito, ni coherencia, ni unidad. Así no se puede dirigir no ya un país ni siquiera una empresa de tamaño medio. El presidente Arias contempla en general el espectáculo desde el tendido, sin parecer impresionado ni afectado lo más mínimo. ¿A qué juega? ¿Cuál es su estrategia? ¿O es la esfinge sin secreto? Este hombre es desconcertante. Desde luego que no es capaz de dominar Consejos, ni de meterlos en cintura. O no quiere hacerlo.
Destacados columnistas de la derecha se lanzaron, apenas enterrado Franco, a una campaña de acuerdo con la cual ya había llegado la democracia. Por arte de birlibirloque, muerto el Generalísimo había brotado el pluralismo político como una planta natural de la España legada por aquel. Fernando Ónega, una semana después de la muerte de Franco, se refería admirativamente, en su columna del diario Arriba, al indulto parcial decretado por el Rey tras su llegada a la Jefatura del Estado:
Ahora, la libertad. Cerca de las doce de la noche del 23 de noviembre los televisores encendieron en diez mil hogares españoles la luz del nuevo abrazo. Había indulto general. […] Muchas cárceles se quedarán vacías, muchas multas no tendrán que ser pagadas y poco antes de las doce de la noche del día 25 de noviembre comenzaba el primer capítulo de una palabra que se va a escribir subrayada: concordia nacional.
Ónega abundaba, con derroche de adjetivos, en la realidad de un país que de la noche a la mañana se había levantado demócrata:
El país es como una ilusión en flor. El presidente Arias tuvo una frase que es un eslogan, un marco, un rumbo: «Libertad fuera de toda amenaza totalitaria». El teniente general de Santiago era la presencia de las Fuerzas Armadas como un respaldo para los nuevos tiempos. Mañana habrá declaración programática con sabor a Fraga, con sabor a apertura y autoridad, con horizonte de democracia, pero sin revolución, lentamente.
El día de Navidad, solo un mes después de la muerte del general, Pedro Rodríguez escribe en La colmena, su columna en Arriba, una página singular. Conviene detenerse un momento en la figura de Rodríguez, un periodista que hoy no sale apenas ni en Google (¡ay, la fugacidad de este oficio!), pero cuya prosa e influencia fueron notables en el último tramo del franquismo y durante la Transición y los primeros años del gobierno socialista. Rodríguez escribía con una sintaxis entre entrecortada y vertiginosa, adjetivaba con primor y resolvía sus crónicas con la elegancia de un escritor urgente y aparentemente despreocupado. Su contenido era primero franquista, e irónicamente demócrata y antisocialista después, pero lo que más importaba y le importaba era el continente. Como decíamos, él y Ónega, con su columna El péndulo, eran las estrellas de Arriba, aunque en ese momento Rodríguez aventajaba en edad y en calidad de articulista a su paisano. Pedro Rodríguez fue a morir de un infarto en La Toja, rondando la Navidad de 1985, cuando aún no había cumplido el medio siglo y fue despedido con hermosos obituarios por sus compañeros de oficio. Acabada la excursión biográfica vamos con la cita de Rodríguez del 24 de diciembre de 1975:
Бесплатный фрагмент закончился.
