Читать книгу: «Contra la corriente»

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«John Lennox dio en el clavo una vez más. Al combinar un pensamiento profundo, una investigación intensa y una mirada precisa a la cultura contemporánea occidental, Lennox ha logrado establecer paralelismos estrechos y reveladores entre la vida y las circunstancias de Daniel, y la vida y las circunstancias del creyente contemporáneo. A mi modo de ver, lo más interesante de Contra la corriente es cómo Lennox destaca que, aunque Daniel estaba inmerso en las altas esferas de una cultura pluralista, cada vez más hostil a la religión bíblica, él no se contentó con testificar solamente mediante la piedad personal. Al contrario, Daniel mantuvo el compromiso público con las ideas y prácticas existentes en su época. Por último, Lennox ofrece un consejo sabio y una aplicación práctica en cuanto a cómo podemos convertirnos en Danieles modernos. Recomiendo de todo corazón la lectura de este libro.»

J. P. Moreland, profesor distinguido de Filosofía, Biola University [Universidad de Biola], La Mirada, California y autor de The Soul: How We Know It’s Real and Why It Matters [El alma: cómo sabemos que es real y porqué es importante]

«Yo leo todo lo que John Lennox escribe debido a su asombrosa mezcla de erudición rigurosa con percepciones y aplicaciones prácticas para todos nosotros. ¡Usted no puede dejar de leer este importante libro! Léalo y luego déselo a un amigo.»

Doctor Rick Warren, Una vida con propósito

«Este libro constituye un ejemplo excelente de nuestra responsabilidad de entender la Palabra de Dios y la cultura en la que vivimos, y luego establecer las conexiones entre las dos. John Lennox está dotado de forma única para ayudarnos a lograr esto, ya que él aborda los grandes temas de la obra de Dios en la historia, el lugar de la moralidad, la naturaleza del género humano, los desafíos de la fe, la fiabilidad de la Escritura y el llamado a proclamar la verdad, sin importar el costo. Como maestro de la Biblia, científico y discípulo valiente de Cristo, John Lennox nos ha proporcionado un recurso extraordinario. Le recomiendo encarecidamente este importante libro.»

Jonathan Lamb, director general y ministro general, Keswick Ministries

«John Lennox ha logrado una cosa rara: erudición excelente, fidelidad bíblica y aplicación cultural por excelencia. Su análisis de la historia de Daniel pone de manifiesto las tensiones profundas que Israel enfrentó, y nos recuerda que muchos de esos desafíos todavía existen. Así como Daniel mantuvo integridad y fidelidad a Dios, nosotros también podemos. Este es un libro de reflexión teológica aplicada que rebosa esperanza. Los desafíos que aborda son muy reales, pero las respuestas que brinda son impresionantemente sencillas y desafiantes en gran manera.»

Malcolm Duncan, pastor principal, Iglesia Bautista de Gold Hill

«Pocas partes de la Escritura son más conscientes del conflicto entre la sabiduría de Dios y la sabiduría del mundo que el libro de Daniel, en el Antiguo Testamento. Pocos autores de hoy son más expertos que John Lennox en cuanto a analizar y plantear ambos elementos. Es una combinación magistral, y el resultado es extraordinario.»

Reverendo doctor John Dickson, director fundador del Centro para la Cristiandad Pública, miembro honorario, Departamento de Historia Antigua, Universidad Macquarie

«No puedo pensar en un libro más importante para una época secular y pluralista. John Lennox desafía a los cristianos a atreverse a ser como Daniel, quien testificó con denuedo en los niveles más altos de una nación que no compartía su fe. Este libro es un gran estímulo para todos los cristianos que desean vivir para Dios de manera fiel y útil en un mundo hostil.»

Amy Orr-Ewing, directora de programas, Oxford Centre for Christian Apologetics [Centro Oxford para la apologética cristiana]

«John Lennox tiene un don único como profesor bíblico. Él aplica el texto de forma muy profunda al mundo de hoy, y a sus filosofías predominantes. Esta exposición académica de Daniel muestra cómo este libro hace críticas enérgicas a las idolatrías modernas, ya sean ateas o secularistas. Todo lector de este volumen verá la profundidad y la coherencia del libro de Daniel de una manera nueva.»

Doctor Peter J. Williams, director, Tyndale House, Cambridge

El autor

John C. Lennox es profesor de Matemáticas en la Universidad de Oxford y miembro emérito de Matemáticas y Filosofía de la Ciencia en Green Templeton College. Él da conferencias sobre fe y ciencia en Oxford Centre for Christian Apologetics, y es autor de una serie de libros sobre las relaciones entre la ciencia, la religión y la ética. John y su esposa Sally viven cerca de Oxford. johnlennox.org

Del mismo autor: God’s Undertaker [Sepulturero de Dios]; Disparando contra Dios; God and Stephen Hawking [Dios y Stephen Hawking]; Seven Days that Divide the World [Siete días que dividen al mundo].


Contra la corriente: La inspiración de Daniel en una era de relativismo

© 2017 por John C. Lennox

Publicado por Editorial Patmos, Miami, FL. 33169

Todos los derechos reservados.

Publicado originalmente en inglés por Lion Hudson plc | Monarch Books | Wilkinson House, Jordan Hill Road, Oxford, OX2 8DR con el título Against The Flow: The inspiration of Daniel in an age of relativism.

© 2015 por John C. Lennox

A menos que se indique lo contrario, las citas de la Biblia se toman de la versión Reina-Valera © 1960 Sociedades Bíblicas en America Latina; © renovado 1988 Sociedades Bíblicas Unidas. Usada con permiso.

Las citas de la Biblia con las siglas NBLH son de la versión Nueva Biblia Latinoamericana de Hoy®, Copyright © 2005 vi The Lockman Foundation. Usada con permiso. www.Lockman.org

Las citas marcadas con DHH son de la Biblia Dios habla hoy ®, Tercera edición © Sociedades Bíblicas Unidas, 1966, 1970, 1979, 1983, 1996. Usada con permiso.

Traducido por Grupo Scribere

Diseño de portada: Getty

Adaptación de portada y diagramación: Adrián Romano

Conversión a libro electrónico: Cumbuca Studio

e-ISBN: 978-1-64691-193-6

Categoría: Vida Cristiana

Este libro está dedicado a mis nietos, Janie Grace, Freddie, Herbie, Sally, Lizzie, Jessica y Robin con la esperanza de que ellos formarán parte de una nueva generación que se inspirará en Daniel y vivirá contra la corriente.

Agradecimientos

Este libro nunca habría sido escrito si no fuera por la inspiración que recibí durante muchos años de mi amigo y mentor el profesor David Gooding. Fue él quien primero abrió mis ojos a la riqueza de la Escritura y me enseñó a pensar bíblicamente. Su trascendental obra sobre Daniel, tal como se contempla en la Conferencia de Tyndale de 1981, fue el estímulo para comenzar a meditar en el valor de este antiguo libro como medio para comunicar la cosmovisión bíblica al mundo contemporáneo.

Como siempre, me siento inmensamente agradecido a la Sra. Barbara Hamilton por su inestimable ayuda de secretaría, además de salvarme de desaciertos gramaticales y de estilo.

También quiero agradecer a mi esposa Sally por estimularme constantemente a seguir escribiendo, y por los muchos amigos alrededor del mundo (demasiados como para mencionarlos a todos), que me expresaron que tal esfuerzo valdría la pena. Confío en que no se sentirán decepcionados.

Contenido

Por qué debemos leer el Libro de Daniel

1. Una cuestión de historia

2. Ciudad de ídolos

3. Una cuestión de valores

4. Cuestión de identidad

5. La resolución y la protesta

6. La cosmovisión de Babilonia

7. La forma de la protesta

8. La estructura lógica de Daniel

9. Sueños y revelaciones

10. Una sucesión de imperios

11. Cuando el estado se convierte en dios

12. El testimonio de Nabucodonosor

13. La escritura en la pared

14. La ley de Media y de Persia

15. La ley de la selva

16. Las cuatro bestias y el Hijo del Hombre

17. La visión del carnero y del macho cabrío

18. Jerusalén y el futuro

19. Las setenta semanas

20. La semana setenta

21. El hombre sobre el río

22. El libro de la verdad

23. El tiempo del fin

Apéndice A: La naturaleza del reino de Dios

Apéndice B: Traducción del texto del cilindro de Ciro

Apéndice C: La estructura del libro de Daniel

Apéndice D: Daniel 11 y la historia

Apéndice E: Fecha de composición del libro de Daniel

Preguntas de reflexión y debate

Bibliografía

Notas

Por qué debemos leer el Libro de Daniel

La historia de Daniel trata sobre una fe extraordinaria en Dios, vivida en el pináculo del poder ejecutivo, a plena luz de la vida pública. Relaciona acontecimientos cruciales en la vida de cuatro amigos, Daniel, Ananías, Misael y Azarías, que nacieron en el diminuto estado de Judá en el Oriente Medio, hace unos 2.500 años. Como miembros jóvenes de la nobleza, probablemente adolescentes aún, el emperador Nabucodonosor los llevó cautivos y los trasladó a su capital, Babilonia, para capacitarlos en la administración babilónica. Daniel nos relata cómo ellos finalmente llegaron a los niveles más altos del poder, no solo en el Imperio mundial babilónico sino también en el imperio medo-persa que lo sucedió. (Sé muy bien que esta datación tradicional del Libro de Daniel ha sido puesta en duda y que muchos creen que esta obra data del siglo II y no del siglo VI a. C. Este tema se abordará en varias partes del libro y en el Apéndice E se puede encontrar un resumen de las fundamentaciones.)

Lo que hace extraordinaria la historia de su fe es que ellos no continuaron sencillamente la devoción privada a Dios que habían aprendido en su tierra natal; sino que mantuvieron un testimonio público prominente en una sociedad pluralista que cada vez se hacía más antagónica a su fe. Es por eso que su historia contiene un mensaje tan poderoso para nosotros en la actualidad. Las fuertes corrientes de pluralismo y secularismo en la sociedad occidental contemporánea, reforzadas por una corrección política paralizante, marginan cada vez más la expresión de fe en Dios, y la confinan, si es posible, a la esfera privada. Cada vez es menos aceptable mencionar a Dios en público, y mucho menos confesar la creencia en algo exclusivo y absoluto, como la singularidad de Jesucristo como Hijo de Dios y Salvador. La sociedad tolera la práctica de la fe cristiana en forma de devoción privada y en los servicios de la iglesia, pero menosprecia cada vez más el testimonio público. Para el relativista y secularista, el testimonio público de la fe en Dios le suena mucho a extremismo proselitista y fundamentalista. Por lo tanto, lo consideran una amenaza progresiva para la estabilidad social y la libertad humana.

La historia de Daniel y sus amigos es un llamado inequívoco a nuestra generación a ser valientes; a no amilanarnos ni permitir que diluyan y expulsen la expresión de nuestra fe del espacio público, y de esta forma se vuelva débil e ineficaz. Su historia también nos dirá que es poco probable que logremos este objetivo sin pagar un precio.

Ya que la corrección política sofoca el testimonio cristiano, el ateísmo parece llevar la voz cantante en la arena pública. Richard Dawkins en The God Delusion [El engaño de Dios], Sam Harris en su Letter to a Christian Nation [Carta a una nación cristiana], Christopher Hitchens en God is Not Great [Dios no es grandioso] y Michel Onfray en Atheist Manifesto [Manifiesto ateo] han estado agrupando las tropas detrás de ellos al anunciar los peligros de la religión y la conveniencia de eliminarla. Para lograrlo, estos llamados nuevos ateos aprovechan el inmenso poder cultural de la ciencia. En una conferencia en el Instituto Salk de Ciencias Biológicas en La Jolla, California, en noviembre de 1994, el Premio Nobel, Steven Weinberg, sugirió siniestramente que la mejor contribución que los científicos podrían hacer en esta generación era eliminar la religión por completo.

Weinberg y otros presentan el ateísmo como la única cosmovisión intelectualmente respetable. La intolerancia a la religión y una creciente falta de respeto hacia las personas con convicciones religiosas son rasgos fundamentales de su ataque cada vez más vociferante. De hecho, su constante repetición de fundamentaciones harapientas y filosóficamente superficiales nos lleva a sospechar que su gran emperador del ateísmo está empezando a temblar debido a la falta de ropa.

Si Daniel y sus tres amigos estuvieran con nosotros en la actualidad, no tengo duda alguna de que estarían en la vanguardia del debate público, contraatacando a los autodenominados «cuatro jinetes del nuevo ateísmo», como Dawkins y sus aliados Dennett, Harris y Hitchens se llaman a sí mismos. En este libro trataremos de aprender algo sobre qué fue lo que dio la fuerza y la convicción a ese antiguo cuarteto de estar preparados, a menudo corriendo un gran riesgo, para nadar contra la corriente en la sociedad en que vivían, y expresar públicamente de forma inequívoca y audaz lo que ellos creían. Esto fortalecerá sin duda nuestra determinación, no solo para sacar la cabeza por encima del parapeto, sino también para asegurarnos de antemano que nuestra mente y corazón estén preparados (que nuestro casco esté bien colocado) para que la primera salva no nos destroce.

CAPÍTULO 1

UNA CUESTIÓN DE HISTORIA

Daniel 1

Necesitamos algunos antecedentes históricos que nos ayuden a entrar en el ambiente de la historia de Daniel.1 (Para conocer otros antecedentes históricos, yo recomiendo leer importantes artículos que aparecen en The New Bible Dictionary [El nuevo diccionario bíblico] publicado por IVP). El diminuto estado de Judá se localizaba en un nexo geográfico en el antiguo Oriente Medio, donde los intereses de las grandes potencias chocaban frecuentemente, por lo que este vivía bajo constante amenaza de invasión por parte de las superpotencias vecinas de la época. Alrededor de medio siglo antes de que Daniel naciera, la superpotencia, Asiria, dominaba el mundo (al menos, la parte importante para nosotros). En los días de Ezequías, uno de los mejores reyes de Judá, el emperador asirio Senaquerib marchó sobre Judá en el 701 a. C. Como lo expresó Byron (en «La destrucción de Senaquerib»): «Bajaron los asirios como al redil el lobo». Las ovejas se prepararon para un holocausto. De repente e inesperadamente Senaquerib se retiró (pero eso es otra historia), y Jerusalén se salvó por el momento.

Con el tiempo, Nínive, la gran ciudad capital de Asiria, cayó en el 612 a. C. ante los ejércitos babilónicos y medos, quienes posteriormente continuaron con la tradición de amenazar con exterminar a Judá por completo. Como si fuera poco, Egipto continuaba en el sur, ya no era una superpotencia pues su antigua gloria ya se desvanecía, sin embargo, era una espina constante. Anteriormente uno de los reyes reformistas de Judá, Josías, había perdido su sentido de perspectiva y se había embarcado en una misión temeraria para ayudar a los babilonios en su intento de enfrentar el poder del ejército egipcio. Su esfuerzo fracasó y terminó asesinado. El Faraón destituyó rápidamente al hijo de Josías, Joacaz, lo deportó a Egipto, y puso como gobernante títere al hermano de Joacaz, Eliaquim; ahora llamado Joacim. Para colmo de males, Faraón impuso una desmesurada multa a Judá de 100 talentos de plata y uno de oro; una bonita suma en aquellos tiempos de miseria.

Joacim resultó ser incompetente y en poco tiempo también fue destituido, pero no por los egipcios sino por el emperador de Babilonia, Nabukudirriusur II (Nabucodonosor II como se conoce más comúnmente, o Nabucodorosor; existe evidencia de cambio de -r- por -n- en transcripciones de nombres babilónicos). Con anterioridad, en el verano del 605 a. C., Nabucodonosor había derrotado a los egipcios en la batalla decisiva de Karkemish en el Éufrates, al noreste de Jerusalén. No mucho tiempo después de aquella insigne victoria militar, murió Nabopolasar, padre de Nabucodonosor, quien regresó a Babilonia como rey. A partir de entonces, él realizó visitas frecuentes a los territorios conquistados en el oeste, para cobrar impuestos, llevar personal y administrar justicia (ver Wiseman 1991, página 22). Y fue una de esas visitas la que cambió para siempre la trayectoria de las vidas de Daniel y sus amigos.2

Esto sucedió de la siguiente manera. Como parte de su política con las naciones conquistadas, Nabucodonosor tomaba lo mejor de sus hombres jóvenes a fin de capacitarlos para el servicio en su administración. Se estimó que Daniel y sus amigos eran material idóneo para esa capacitación, por lo que fueron arrancados de sus familias, de su sociedad y cultura y llevados a una tierra muy lejana, desconocida y extraña. Ellos no solo tuvieron que lidiar con el trauma emocional de ser separados de sus padres, sino también con la total rareza de todo lo que los rodeaba: un idioma nuevo, nuevas costumbres, un sistema político nuevo, un nuevo sistema educativo, nuevas creencias. ¿Cómo se las arreglaron con todo esto?

Dios y la historia

La explicación de Daniel de cómo ellos finalmente se adaptaron es el fruto de haber reflexionado durante toda su vida sobre los acontecimientos claves que moldearon su vida y lo convirtieron en lo que fue. Él comienza su libro con una descripción escueta de lo que para él fue el sitio trascendental de Jerusalén por Nabucodonosor, y su posterior deportación a la más ilustre de las capitales de la antigüedad: Babilonia en el Éufrates.

En el año tercero del reinado de Joacim rey de Judá, vino Nabucodonosor rey de Babilonia a Jerusalén, y la sitió. Y el Señor entregó en sus manos a Joacim rey de Judá, y parte de los utensilios de la casa de Dios; y los trajo a tierra de Sinar, a la casa de su dios, y colocó los utensilios en la casa del tesoro de su dios. Y dijo el rey a Aspenaz, jefe de sus eunucos, que trajese de los hijos de Israel, del linaje real de los príncipes, muchachos en quienes no hubiese tacha alguna, de buen parecer, enseñados en toda sabiduría, sabios en ciencia y de buen entendimiento, e idóneos para estar en el palacio del rey; y que les enseñase las letras y la lengua de los caldeos. Y les señaló el rey ración para cada día, de la provisión de la comida del rey, y del vino que él bebía; y que los criase tres años, para que al fin de ellos se presentasen delante del rey. Entre éstos estaban Daniel, Ananías, Misael y Azarías, de los hijos de Judá (Daniel 1:1-6).

Muchas de las cosas que Daniel pudiera haber mencionado, que a nosotros nos hubiera encantado leer, han sido omitidas de forma decepcionante. Por ejemplo, no se plantea nada en absoluto sobre la niñez de Daniel en Judá, ni sobre las lamentables intrigas y la confusión políticas en los años anteriores a su deportación. Daniel decide comenzar con los acontecimientos del 605 a. C. cuando Nabucodonosor volvió su atención militar hacia Jerusalén, en las afueras de su imperio. Su estado insurreccional irritó al emperador por lo que este la sitió. Dado el absoluto poder militar de los babilonios, el resultado fue inevitable. La ciudad fue tomada, el rey de Judá se convirtió en vasallo, y comenzó la primera oleada de deportaciones a Babilonia. La ciudad de Jerusalén como tal sobrevivió en ese momento, hasta que Nabucodonosor la destruyó en 586 a. C.

Estos acontecimientos están documentados en más detalle en las antiguas Crónicas de Babilonia. Las tablillas cuneiformes de piedra confirman que Daniel nos cuenta una historia real y no invenciones de su propia imaginación. Más adelante comentaremos sobre la historicidad de su relato, ya que a menudo ha sido cuestionada.

La gran interrogante para alguien con los antecedentes de Daniel era: ¿por qué Dios había permitido que tal cosa sucediera? Después de todo, ¿no era su nación una nación especial? ¿No era la nación de Moisés a quien Dios le había entregado la ley directamente? ¿No era la nación que ese mismo Moisés había sacado de los campos de trabajo forzado de Egipto y traído a la tierra que Dios les había prometido como herencia? ¿No era también la nación de David, el gran rey unificador, que había hecho de Jerusalén su capital, y cuyo hijo Salomón había construido un templo único para el Dios viviente? ¿Acaso no había hablado Dios a patriarcas, sacerdotes, profetas y reyes de esa nación, de forma cada vez más clara, sobre un Rey venidero, el Mesías (Ungido), que sería un descendiente del Rey David y que presidiría en el futuro sobre un período inigualable de paz y prosperidad en la tierra? Ciertamente, esta visión mesiánica se hace eco en los corazones de los seres humanos de todas las culturas y ha captado las mentes de las naciones contemporáneas, de tal manera que está grabada en la pared del edificio de las Naciones Unidas en Nueva York para que todo el mundo la lea:

… y volverán sus espadas en rejas de arado, y sus lanzas en hoces; no alzará espada nación contra nación, ni se adiestrarán más para la guerra (Isaías 2:4).

¿Qué sería de esa visión si Jerusalén fuera saqueada y el linaje de David eliminado? ¿Tendría la promesa del Mesías que ser relegada al cesto de basura de ideas utópicas fallidas? ¿Y qué de Dios mismo? ¿Podría Él, por decirlo así, sobrevivir a semejante fracaso? ¿Cómo podrían Daniel y sus amigos seguir creyendo que había un Dios que se había revelado a Su nación de una manera especial? Si Dios es real, ¿cómo podría un emperador pagano como Nabucodonosor violar la santidad del templo único de Dios y salirse con la suya? ¿Por qué Dios no hizo nada? En esencia, esta es la difícil interrogante que aún está muy presente hoy en mil formas específicas y diferentes. ¿Por qué la historia a menudo da un giro que zarandea la confianza en la existencia de un Dios que se preocupa?

Por supuesto, para el historiador secular no hay nada extraño en lo que ocurrió en el distante 605 a. C. La conquista de Judá fue sencillamente un ejemplo más de la ley del más fuerte: una nación con un gran poder militar destruye a un estado pequeño. Judá no tenía la capacidad militar para hacer frente a las tropas muy bien entrenadas y fuertemente armadas de Nabucodonosor. Con cerbatanas no se puede enfrentar a los tanques. Seguramente no había nada más que esto…

De hecho, los secularistas podrían muy bien añadir que si el otro lado se hubiese alzado con la victoria y Judá hubiese ahuyentado a Babilonia, tal vez se podría comenzar a hablar de una intervención de Dios. Pero no fue así; ocurrió de la manera que cualquiera hubiese predicho. Así que ellos afirman que simplemente debemos afrontar el hecho de que la idea de que los descendientes de David son especiales no es más que un mito tribal, inventado para sostener una casa real bastante inestable en un estado diminuto del Oriente Medio. El templo de Jerusalén no era más que un edificio, sus utensilios no más que artefactos humanos, por hermosos y valiosos que fueran. La idea de que Dios, si hubiera un Dios, estuviese interesado en semejante asunto insignificante, es absurda a todas luces. ¿No es la explicación más fácil, y con mucho la más probable, que el templo no tiene un Dios y por lo tanto no es suyo? ¿Por qué esperar que ocurra algo? ¿No roban objetos valiosos de las iglesias en la actualidad? ¿Los detiene Dios con un rayo del cielo?

Esta perspectiva parece muy verosímil para muchas personas, ya que es la única perspectiva lógica abierta a los secularistas. Sin embargo, ciertamente esta no era la perspectiva de Daniel; y al menos podemos afirmar que él estaba personalmente al corriente de los acontecimientos en cuestión. También sabía lo que había en juego en términos de su credibilidad cuando afirmó audazmente que Dios estaba detrás de la victoria de Nabucodonosor: Y el Señor entregó en sus manos a Joacim rey de Judá… (Daniel 1:2).

De modo que lo primero que Daniel plantea sobre Dios en su libro es que Él participa en la historia humana: una declaración de inmensa trascendencia, de ser verdad. Daniel no se contenta con informarnos lo que sucedió; él está mucho más interesado en por qué sucedió. Él interpreta la historia, y la interpreta de una manera muy provocativa para la mente contemporánea, por no decir otra cosa. Afirmar que hay un Dios detrás de la historia es volar contra el viento predominante del secularismo y, por lo tanto, provocar la compasión, si no el ridículo (especialmente en un departamento de historia en una universidad). Sin embargo, como Lesslie Newbigin afirma: «Desde Agustín hasta el siglo XVIII, la historia en Europa fue escrita con la creencia de que la clave para entender los acontecimientos era la providencia divina» (1989, pág. 71). Sin embargo, hace mucho que pasaron los días cuando un historiador destacado como Herbert Butterfield, pudo escribir de buena gana sobre la providencia de Dios como «una entidad viva y activa tanto en nosotros como en su movimiento a lo largo y ancho de la historia» (1957, pág. 147).

Es una ilusión pensar que la interpretación de la historia que rechaza cualquier posibilidad de acción divina es la manera objetiva, mientras que la manera de Daniel es subjetiva. Toda la historia es historia interpretada. La interrogante verdadera es: ¿hay evidencia de que la interpretación de Daniel es verdadera?

Creencia y evidencia

La próxima vez que alguien le afirme que algo es verdad, ¿por qué no decirle?: «¿Qué tipo de evidencia apoya eso?» Y si no pueden darle una buena respuesta, espero que considere muy bien antes de creer una palabra de lo que dicen. (Dawkins, 2003, pág. 248.)

Estoy totalmente de acuerdo con Richard Dawkins sobre este punto. De hecho, como David Hume señaló hace mucho tiempo, el carácter mismo de la ciencia es adecuar la creencia a la evidencia. Hasta aquí todo bien. Pero entonces Dawkins hace una distinción entre el pensamiento legítimo basado en la evidencia, que es la característica distintiva del científico, y lo que él llama la fe religiosa, que pertenece a una categoría muy diferente.

Creo que se puede asegurar que la fe es uno de los males más grandes del mundo, comparable al virus de la viruela, pero más difícil de erradicar. La fe, como creencia que no se basa en la evidencia, es el principal vicio de cualquier religión.3

Sería un error pensar que esta perspectiva extrema es típica. Muchos ateos no se sienten felices en lo absoluto con su militancia, por no mencionar sus connotaciones represivas, incluso totalitarias. Sin embargo, son estas declaraciones excesivas las que reciben la publicidad de los medios de comunicación, con el resultado de que muchas personas conocen esas opiniones y han sido afectadas por ellas. Por lo tanto, sería una locura ignorarlas; debemos tomarlas en serio.

Según lo que Dawkins plantea, está claro que una de las cosas que (tristemente) ha generado su hostilidad hacia la fe en Dios es su impresión de que mientras que «la creencia científica se basa en evidencia públicamente verificable, la fe religiosa no solo carece de evidencia; su independencia de la evidencia es su gozo, lo cual se pregona a los cuatro vientos».4 En otras palabras, él asume que toda fe religiosa es fe ciega. No obstante, si tomamos el propio consejo de Dawkins, mencionado anteriormente, debemos preguntarnos: ¿cuál es la evidencia de que la fe religiosa no se basa en la evidencia? Por desgracia hay personas que mientras profesan fe en Dios, adoptan un punto de vista abiertamente anticientífico y obscurantista. Su actitud desacredita la fe en Dios y es deplorable. Tal vez Richard Dawkins ha tenido la desdicha de conocer a muchísimos de ellos.

Sin embargo, eso no altera el hecho de que el cristianismo convencional insistirá en que la fe y la evidencia son inseparables. De hecho, la fe es una respuesta a la evidencia, no un regocijo en la ausencia de evidencia. El apóstol cristiano Juan brinda la explicación siguiente de su relato sobre Jesús: Pero éstas se han escrito para que creáis… (Juan 20:31). Es decir, él comprende que sus escritos deben ser considerados como parte de la evidencia en la que se apoya la fe. El apóstol Pablo plantea lo que muchos pioneros de la ciencia moderna creían, que la naturaleza misma es parte de la evidencia de la existencia de Dios:

Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa (Romanos 1:20).

No es parte de la perspectiva bíblica creer en cosas que no están respaldadas por la evidencia. Así como en la ciencia, la fe, la razón y la evidencia van de la mano. Por lo tanto, la definición de Dawkins sobre la fe como «fe ciega» resulta ser exactamente lo opuesto de la fe bíblica. Es curioso que al parecer él no está consciente de la discrepancia.

La definición idiosincrásica que Dawkins ofrece de la fe proporciona un ejemplo contundente de la misma clase de pensamiento que él dice aborrecer: el pensamiento que no se basa en la evidencia. En una demostración de inconsistencia impresionante, pues evidencia es lo que él no puede proporcionar para su afirmación de que la fe se goza en la independencia de la evidencia. Y la razón por la que él no proporciona tal evidencia no es difícil de encontrar, porque no existe. No hace falta ningún gran esfuerzo investigativo para determinar que ningún estudioso o pensador bíblico serio apoyaría la definición de fe que Dawkins brinda. Uno podría ser perdonado por ceder a la tentación de aplicar la máxima de Dawkins a él mismo; y no creer una de sus palabras sobre la fe cristiana.

Historia y moralidad

Entonces, ¿qué evidencia poseía Daniel como base para su interpretación de la historia? La evidencia es acumulativa, y en un sentido esta consiste en todo su libro. Por ejemplo, él después nos informa (Daniel 9) que fue su creencia en Dios lo que lo llevó a esperar una invasión y una conquista babilónicas. Podríamos afirmar de forma justificada que Daniel estaba tan convencido de esto que, si Nabucodonosor hubiese sido detenido por una defensa inesperadamente enérgica de Judá, o incluso por alguna intervención divina directa, esto habría creado problemas para su fe en Dios. Dejaremos los detalles para su propio contexto, y nos detendremos solo para enfocarnos en el tema central: la relación de la historia con la moralidad.

Los padres y maestros de Daniel en Jerusalén le habrían enseñado, basados en el relato del Génesis, que los seres humanos son seres morales, hechos a la imagen de Dios. Esto conformó el fundamento de su comprensión del universo y de la vida. El universo era un universo moral. El Creador no era una especie de mago cósmico que vivía en un templo en forma de caja y hacía magia para proteger sus posesiones o su grupo de favoritos. El carácter moral de Dios le exigía no ser neutral con el comportamiento humano. Este mensaje formaba una parte central de los escritos de los profetas hebreos. En los años antes de que Jerusalén fuera atacada, Jeremías había advertido repetidamente a la nación sobre las graves consecuencias de su creciente compromiso con las prácticas paganas inmorales y la idolatría de las naciones vecinas. Ellos no escucharon a Jeremías, y no pasó mucho tiempo antes de que Babilonia invadiera la nación y llevase al exilio a la mayoría de la población, como él había predicho explícitamente.

Judá no había comprendido que la lealtad de Dios a su propio carácter, y por lo tanto a sus propias criaturas, tenía implicaciones serias. Algunos de los líderes de Judá cayeron en el error de pensar que como su nación había sido elegida para desempeñar un papel especial para Dios en la historia, realmente no importaba cómo los líderes o la nación se comportaran. Esto constituía una irresponsabilidad peligrosa y socavaba el carácter moral del pueblo, porque conducía a la racionalización del comportamiento corrupto e inmoral, que era incompatible con la ley de Dios, aunque para las naciones circundantes era una práctica generalizada. Tal comportamiento repercutió en hacer que la afirmación de la nación de jugar un papel especial pareciera absurda.

En nuestro mundo actual, la conducta moral inconsecuente por parte de aquellos que afirman seguir a Cristo, desvaloriza la fe cristiana y hace que la gente se burle de ella. Lo que los líderes y muchas de las personas en Judá no pudieron entender era que Dios no tiene favoritos cuyos pecados Él sencillamente ignora. Dios no hace acepción de personas, no importa de qué nación o nivel social provengan.

Este hecho se había destacado muchas veces antes de los días de Daniel. El eminente historiador de Cambridge, Herbert Butterfield (1957, pág. 92), escribe:

Los antiguos hebreos se destacan por la forma en que llevaron a su conclusión lógica la creencia de que hay moralidad en los procesos y en el curso de la historia. Ellos reconocían que, si la moral existía de algún modo, estaba allí todo el tiempo y era el elemento más importante en la conducta humana; y que también la vida, la experiencia y la historia debían interpretarse a la luz de esta.

Moisés y los profetas habían subrayado constantemente que Dios disciplinaría al pueblo si este ignoraba las exigencias morales de la ley. Es más, la nación de Judá debería haber sabido esto mejor que nadie. Alrededor de un siglo antes, los asirios habían invadido Israel precisamente por esta razón, y deportado a la mayoría del pueblo. Dios les había advertido a través de Isaías, pero ellos lo ignoraron. Ahora la historia se repetía. Judá, la única parte que aún quedaba, conducía a toda velocidad, ciega a todas las luces de advertencia, y se dirigía al mismo desastre que ya su hermana Israel había experimentado.

No mucho antes de que Nabucodonosor sitiara Jerusalén, Jeremías hizo una advertencia directa de lo que ocurriría, y por qué:

Así ha dicho Jehová: Haced juicio y justicia, y librad al oprimido de mano del opresor, y no engañéis ni robéis al extranjero, ni al huérfano ni a la viuda, ni derraméis sangre inocente en este lugar. Porque si efectivamente obedeciereis esta palabra, los reyes que en lugar de David se sientan sobre su trono, entrarán montados en carros y en caballos por las puertas de esta casa; ellos, y sus criados y su pueblo. Mas si no oyereis estas palabras, por mí mismo he jurado, dice Jehová, que esta casa será desierta. Porque así ha dicho Jehová acerca de la casa del rey de Judá: Como Galaad eres tú para mí, y como la cima del Líbano; sin embargo, te convertiré en soledad, y como ciudades deshabitadas. Prepararé contra ti destruidores, cada uno con sus armas, y cortarán tus cedros escogidos y los echarán en el fuego. Y muchas gentes pasarán junto a esta ciudad, y dirán cada uno a su compañero: ¿Por qué hizo así Jehová con esta gran ciudad? Y se les responderá: Porque dejaron el pacto de Jehová su Dios, y adoraron dioses ajenos y les sirvieron (Jeremías 22:3-9).

Judá no escuchó, y lo moralmente inevitable sucedió. Daniel destaca esto en la declaración inicial de su libro, donde registra que Nabucodonosor sitió la ciudad, y el Señor entregó en sus manos a Joacim rey de Judá. Ese pedacito de historia tenía sentido cuando se analizaba desde una perspectiva moral a la luz de las advertencias de Dios. El castigo se ajustaba al delito. La nación había cedido ante la inmoralidad, la injusticia y la idolatría, y ahora la nación más idólatra de la tierra la llevaría cautiva.

Sí, la conquista de Judá por Nabucodonosor tenía sentido moral en el diseño divino, pero eso no significa que Daniel y sus amigos lo aceptaran de inmediato o fácilmente. Una cosa es llegar a una valoración sobria de acontecimientos turbulentos y traumáticos después de muchos años de reflexión; pero otra cosa es tener que vivir en medio de ellos, como Daniel y los demás. En un nivel, ellos podían ver que los acontecimientos representaban el juicio de Dios por el comportamiento de la nación, y especialmente de sus líderes. Pero como seres humanos que pensaban y sentían, seguramente habrían tenido preguntas, al igual que nosotros.

Por ejemplo, ¿por qué deberían ellos (o nosotros) sufrir por las acciones de otros? Después de todo, ellos eran jóvenes normales, llenos de energía y ambición; sin embargo, estaban decididos ya en sus corazones a tratar de seguir a Dios. Entonces, ¿por qué tendrían que pasar por el dolor de la separación familiar? No había (y no hay) respuestas inmediatas y fáciles a estas preguntas. De hecho, puede haber pasado mucho tiempo para que llegaran las respuestas como ellos las recibieron. Pero al final Daniel y sus amigos pudieron comprender que Dios no solo se interesa en la historia global, sino también en la historia personal de aquellos que a menudo quedan inocentemente atrapados en sus trágicas secuelas.

Por supuesto, soy consciente de que algunos desearán cuestionar el hecho de que exista un significado general en la historia. Consideran esta idea como un legado anticuado de lo que denominan la «forma de pensar judeo-cristiana». John Gray, profesor de Historia del Pensamiento Europeo en London School of Economics [Escuela de Economía de Londres], lo expresa así (2003, pág. 48):

Si usted cree que los seres humanos son animales, no puede existir tal cosa como la historia de la humanidad, sino solo las vidas de seres humanos en particular. Si hablamos de la historia de la especie en algún modo, es solo para referirnos a la suma inescrutable de estas vidas. Al igual que con otros animales, algunas vidas son felices, algunas miserables. Ninguna tiene un significado más allá de sí misma. Buscar significado en la historia es como buscar patrones en las nubes. Nietzsche lo sabía, pero no podía aceptarlo. Estaba atrapado en el círculo de tiza de las esperanzas cristianas.

Me pregunto cómo Gray sabe esto. Supongo que él aceptaría que su libro, del que acabo de extraer la cita, es parte de su vida e historia. Si él tiene razón en lo que afirma, entonces su libro no puede tener ningún significado más allá de sí mismo; y por lo tanto, seguramente, ningún significado para usted ni para mí. Su teoría de la falta de sentido de la historia no es válida para nosotros, por lo que él no puede saber que la historia suya (del lector) o la mía no tiene sentido. El círculo en el que está atrapado por su incoherencia lógica está hecho de un material más duro que la tiza. Como todos los que apoyan tal relativismo, Gray cae en el error de hacer de él y de sus ideas, una excepción a las consecuencias lógicas de esas ideas. Su epistemología es incoherente.

Herbert Butterfield asume una perspectiva muy diferente (1957, páginas 10-11):

El significado de la conexión entre la religión y la historia llegó a ser trascendental en los días en que los antiguos hebreos, a pesar de ser un pueblo tan pequeño, se encontraron entre los imperios rivales de Egipto, luego Asiria o Babilonia, de manera que se convirtieron en actores y en un trágico sentido en particular demostraron ser víctimas en la forma de hacer historia que implica luchas colosales por el poder… En conjunto tenemos aquí los intentos más grandes y deliberados que se hayan emprendido de luchar con el destino e interpretar la historia y descubrir el significado en el drama humano; sobre todo para lidiar con las dificultades morales que la historia presenta a la mente religiosa.

Lo que esto implica es la importancia de darse cuenta de que el significado de la historia yace fuera de la historia. Este es un ejemplo particular del principio de que el significado de un sistema está fuera del sistema. Ludwig Wittgenstein expresó acertadamente esto (1922, 6.41):

El significado del mundo debe estar fuera del mundo. En el mundo todo es como es y sucede como sucede. En él no hay valor; y si lo hubiera no tendría ningún valor. Si hay un valor, que sea de valor, debe estar fuera de todo lo que sucede y existe. Pues todo lo que sucede y existe es accidental. Lo que lo hace no accidental no puede estar en el mundo, porque de lo contrario esto sería accidental nuevamente. Debe estar fuera del mundo.

El corazón del monoteísmo es que Dios, que está fuera de la historia, es el garante del significado. Como Aquel que está fuera del cosmos en expansión, Él está capacitado de forma excepcional para darle significado. Uno de los principales enfoques de la obra de Daniel es la lucha con las dificultades morales que la historia presenta. Pero Daniel, al igual que los otros escritores bíblicos, no quiere por ese motivo insinuar un fatalismo o un determinismo que reduzca a los seres humanos a peones indefensos cuyas vidas individuales, con sus amores y elecciones, sus éxitos y fracasos, no tienen ningún significado fundamental. Es evidente que en un universo completamente determinista el amor y la elección genuinas serían imposibles.

Cuando Pablo, el apóstol cristiano, se dirigió al augusto tribunal filosófico ateniense, el Areópago, señaló que ni la explicación estoica del universo (que resalta procesos deterministas) ni la explicación epicúrea (que resalta procesos fortuitos) eran adecuadas para captar la sutileza de las cosas como ellas son.

Y de una sangre ha hecho todo el linaje de los hombres, para que habiten sobre toda la faz de la tierra; y les ha prefijado el orden de los tiempos, y los límites de su habitación; para que busquen a Dios, si en alguna manera, palpando, puedan hallarle, aunque ciertamente no está lejos de cada uno de nosotros (Hechos 17:26-27).

Según Pablo, Dios tiene el control total de la historia; pero esto no elimina, evita o invalida la responsabilidad humana de buscar y acudir a Dios.

Este tema ha sido objeto de debate filosófico durante siglos. Sin embargo, la Biblia no trata la cuestión mediante un tratado filosófico sobre el tema, sino que más bien centra la atención en la forma en que esto funciona en la historia práctica. Este es un método de comunicar las ideas que encontramos en la buena literatura rusa. En un sentido real, sus filósofos son sus novelistas. Si los rusos desean explorar ideas profundas y complejas, como el problema del mal y el sufrimiento, escriben novelas sobre el tema, La guerra y la paz de Tolstoi o Los hermanos Karamazov de Dostoievski son ejemplos de ello.

Así sucede también en la Biblia. El apóstol Pablo indica en otra parte (en Romanos 9–11) que podemos comprender mejor la relación entre la participación de Dios en la historia y la responsabilidad humana al echar un vistazo a la (compleja) historia de Jacob, a cuyos padres se les comunicó antes de su nacimiento que él jugaría un papel especial. Como el relato del Génesis lo muestra, esta elección soberana ciertamente no implicaba un determinismo divino que privara a Jacob de su libertad de elegir. De hecho, la narración muestra en detalle cómo Dios responsabilizó a Jacob por los métodos que adoptó para asegurar ese papel, y como consecuencia Dios lo disciplinó, particularmente a través de su relación con sus propios hijos. Por ejemplo, Jacob engañó a su padre Isaac, quien estaba casi ciego, al usar la piel áspera de un cabrito para fingir ser su hermano mayor Esaú. Muchos años más tarde, el mismo Jacob fue engañado cuando lo hicieron pensar que José, su hijo favorito, había muerto, cuando sus otros hijos le llevaron la capa de José empapada en la sangre de un cordero. Esta historia por sí sola es suficiente para mostrar cuán compleja es la obra del control general de Dios en la historia, al tener en cuenta un grado de verdadera libertad y responsabilidad humanas.

Historias como estas también muestran que nosotros, con todas las limitaciones de nuestra humanidad, nunca podemos tener una comprensión plena de la relación entre el gobierno de Dios en la historia y la libertad, y las responsabilidades humanas. No obstante, eso no significa que no debemos creer en ambas cosas. Después de todo, la mayoría de nosotros creemos en la energía, aunque ninguno de nosotros sabe lo que es. La creencia de que tanto el gobierno de Dios como la libertad humana son reales, se justifica principalmente porque esta perspectiva tiene un poder explicativo considerable. (De manera similar, en las explicaciones físicas de la luz se tolera el conflicto de ver la luz simultáneamente como partículas y como onda.) La narrativa bíblica, y de hecho la historia misma, tiene más sentido a la luz de esta compleja perspectiva que negar ya sea el gobierno de Dios o un grado de libertad humana. También se requiere mucha humildad, en vista de lo que en última instancia (y quizás necesariamente) está marcado por cierto grado de misterio.

Poder explicativo

En una ocasión, después de dar una conferencia sobre la relación de la ciencia con la teología en una institución científica importante en Inglaterra, un físico me preguntó cómo yo podía ser un científico matemático en el siglo XXI y mantener la creencia fundamental de la fe cristiana de que Jesucristo era humano y Dios a la vez. Le respondí que estaría encantado de atender a su pregunta si él primero me contestaba una pregunta científica mucho más fácil. El aceptó.

—¿Qué es la conciencia? —Pregunté.

—No lo sé —respondió él, después de vacilar un poco.

—No importa —le dije—. Pensemos en algo más fácil. ¿Qué es la energía?

—Bueno —expresó—, podemos medirla y escribir las ecuaciones que rigen su conservación.

—Sí, lo sé, pero esa no fue mi pregunta. Mi pregunta fue: ¿qué es la energía?

—No lo sabemos —dijo con una sonrisa— y pienso que usted está al tanto de eso.

—Sí, he leído a Feynman al igual que usted y él afirma que nadie sabe qué es la energía. Eso me lleva a mi punto principal. ¿Estoy en lo correcto al pensar que usted iba a descartarme (y a mi creencia en Dios) si no era capaz de explicar la naturaleza divina y humana de Cristo?

Él sonrió otra vez y no dijo nada. Yo proseguí: —Bueno, del mismo modo, ¿se sentiría usted feliz si ahora yo lo descartara y a todo su conocimiento de la física por no poder explicarme la naturaleza de la energía? Después de todo, de seguro la energía por definición es mucho menos compleja que el Dios que la creó.

—¡Por favor, no lo haga!

—No, no voy a hacerlo, pero voy a formularle otra pregunta: ¿por qué cree usted en los conceptos de conciencia y energía, aunque no los entienda plenamente? ¿No es por el poder explicativo de esos conceptos?

—Veo a dónde quiere llegar —respondió—. Usted cree que Jesucristo es Dios y hombre a la vez porque esa es la única explicación que tiene el poder de dar sentido a lo que sabemos de él. ¿No es así?

—Exactamente.

Si no hemos de sentirnos intimidados innecesariamente por este tipo de argumentación, necesitamos comprender que los creyentes en Dios no son los únicos que creen en conceptos que no entienden por completo. A los científicos también le sucede esto. Descartar a los creyentes en Dios como si no tuvieran nada que decir, porque no pueden explicar la naturaleza de Dios, sería tan absurdo y arbitrario como descartar a los físicos por no saber qué es la energía. Sin embargo, eso es exactamente lo que a menudo sucede.

Esta argumentación, útil a nivel de un debate académico, también puede ayudar a calmar las aguas tempestuosas de la experiencia práctica. Daniel no brinda una explicación filosófica detallada, que resuelve el conflicto entre la soberanía de Dios y la responsabilidad humana; aunque con su conocimiento de la Escritura, sospecho que habría sido capaz de hacerlo. Sea cual sea la respuesta a esa pregunta, no es difícil imaginar que las predicciones de Jeremías fueron una ayuda inmensa para prepararlo a él y a sus amigos para los días oscuros y turbulentos de su deportación:

Porque así dijo Jehová: Cuando en Babilonia se cumplan los setenta años, yo os visitaré, y despertaré sobre vosotros mi buena palabra, para haceros volver a este lugar. Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice Jehová, pensamientos de paz, y no de mal, para daros el fin que esperáis. Entonces me invocaréis, y vendréis y oraréis a mí, y yo os oiré; y me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón. Y seré hallado por vosotros… (Jeremías 29:10-14).

Si analizamos la historia de Daniel es obvio que él tomó en serio lo que Jeremías había profetizado; y así debemos hacer nosotros también. En tiempos de estrés y agitación es profundamente reconfortante saber que el Dios que es todo soberano sobre la historia global no se mantiene distante ni alejado de los altibajos de nuestra trayectoria personal. Dios tiene planes, planes individuales para aquellos que confían en Él. De seguro no parecía ser así cuando los cuatro adolescentes salían dando tumbos de Jerusalén, observando (como podemos imaginarlos) a través de ojos llorosos, mientras las caras ansiosas de sus afligidos padres se perdían en la distancia. En aquellos momentos conmovedores quizá no sintieron que Dios les iba a dar un futuro y una esperanza. Pero Él al final lo hizo.

Esto nos debe alentar cuando nuestra fe en Dios se vea sometida a pruebas duras, cuando nuestras oraciones parezcan rebotar en un cielo aparentemente impenetrable y las dudas se acumulen ante las circunstancias adversas y el creciente ataque público contra la fe cristiana. Cuando las emociones de Daniel y de sus amigos se quebrantaron, ellos encontraron consuelo al saber que lo que les estaba sucediendo, aunque era profundamente traumático, había sido predicho por los profetas. Y nosotros podemos hacer lo mismo. Después de todo, el mismo Señor Jesús dejó claro que aquellos que lo siguieran serían tratados como Él:

Estas cosas os he hablado, para que no tengáis tropiezo. Os expulsarán de las sinagogas; y aun viene la hora cuando cualquiera que os mate, pensará que rinde servicio a Dios (Juan 16:1-2).

Jesús les dijo esto con antelación a Sus discípulos para que cuando al final los persiguieran y acosaran, supieran que Dios aún los tenía en Sus manos. Tal vez una analogía puede ayudarnos. Piense en un mapa de carreteras. Uno casi nunca lo necesita cuando el camino es ancho y las señales están bien iluminadas. Sin embargo, cuando el camino se torna estrecho y escabroso y parece no conducir a ninguna parte, tener un mapa que muestre que este terreno difícil es precisamente lo que usted debe esperar en esta etapa del viaje le da mucha tranquilidad, si es que usted no ha perdido el camino. Y es ese tipo de «mapa» el que nos puede ayudar cuando el «camino» de la vida se torna escabroso. Para Daniel fue muy escabroso, pero estaba claramente marcado en el mapa que Jeremías había proporcionado.

Por supuesto, el realismo nos plantea que aún quedan muchas preguntas inquietantes que contestar. ¿Qué quiere decir Jeremías cuando afirma que Dios no tiene planes de hacernos daño? ¿No fueron dañados Daniel y sus amigos al ser arrancados de la estabilidad de sus hogares y llevados a Babilonia? ¿No es dañada una persona por lesiones o enfermedades, persecución o hambre? ¿No daña un cáncer que se lleva a una esposa de su esposo, o a una madre de sus hijos, a ese marido y a esa familia? Entonces, ¿qué puede significar que Dios no tiene planes de hacernos daño? La respuesta la podemos encontrar al considerar qué significa la palabra daño desde la perspectiva de Dios. Jesús expresó:

Y no temáis a los que matan el cuerpo, mas el alma no pueden matar; temed más bien a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno. ¿No se venden dos pajarillos por un cuarto? Con todo, ni uno de ellos cae a tierra sin vuestro Padre. Pues aun vuestros cabellos están todos contados. Así que, no temáis; más valéis vosotros que muchos pajarillos (Mateo 10:28-31).

Jesús deja claro que el tipo de daño que mata al cuerpo no es daño como Dios considera el daño. El apóstol Pedro planteó algo similar, para reforzar la fe de los cristianos que estaban a punto de atravesar por un tiempo difícil de persecución:

¿Y quién es aquel que os podrá hacer daño, si vosotros seguís el bien? Mas también si alguna cosa padecéis por causa de la justicia, bienaventurados sois. Por tanto, no os amedrentéis por temor de ellos, ni os conturbéis (1 Pedro 3:13-14).

Es triste que a veces los cristianos profesantes acarrean problemas y sufrimiento sobre sí mismos por no ser justos. Pedro aquí escribe a los que sufren por ser justos, y los anima a no tener miedo.

¿Qué es lo que marca la diferencia? ¿Podría ser que lo que pensamos que es daño se ve diferente desde la perspectiva eterna de Dios? Si la muerte física es el fin de la existencia, como afirman los ateos, entonces las palabras de Pedro son vacías por completo. Peor que eso, son positivamente engañosas. Si la muerte no es el fin, sino una puerta que marca una transición hacia algo mucho más grande, todo se ve diferente.

Daniel tenía esa perspectiva. Él termina su libro al declarar confiadamente la esperanza de la resurrección. Las últimas palabras que él registra se las dijo un mensajero de otro mundo:

Y tú irás hasta el fin, y reposarás, y te levantarás para recibir tu heredad al fin de los días (Daniel 12:13).

No hay nada que enfurezca más a los nuevos ateos que hablar de otro mundo más allá de este, y de una resurrección en este mundo. Bueno, tal vez no sea así. Ellos serían felices con otros mundos según su convicción de una evolución universal que debió haber producido vida en abundancia; pero ciertamente no están felices de imaginar la resurrección. Por definición, un agujero sobrenatural en la historia no puede verse a través de la lente de una cosmovisión materialista (o naturalista). Pero eso no prueba que no esté allí. Un aparato físico que esté diseñado solo para detectar la luz en el espectro visible, nunca detectará los rayos X, pero esto no prueba que los rayos X no existen.

Y existe un agujero muy bien certificado en la historia, un punto singular que no encaja en una teoría reduccionista de la historia ni de la ciencia. Como escribió el teólogo de Cambridge C. F. D. Moule (1967, páginas 3,13):

Si la aparición de los Nazarenos, un fenómeno que el Nuevo Testamento certifica de manera innegable, abre violentamente un gran agujero en la historia, un agujero del tamaño y la forma de la Resurrección, ¿cómo pretende taparlo el historiador secular? […] El nacimiento y el rápido ascenso de la iglesia cristiana… sigue siendo un enigma sin resolver para cualquier historiador que se niegue a tomar en serio la única explicación que la propia iglesia ofrece.

La historia ya da testimonio de la resurrección corporal de Jesús, alrededor de 600 años después de la época de Daniel. La resurrección constituye una prueba poderosa que establece que Él era el Mesías, el Hijo de Dios. Por supuesto, también demuestra que la muerte física no es el fin.

Pero estamos avanzando demasiado rápido. Debemos dejar el debate del final del Libro de Daniel para el momento apropiado. Menciono aquí la resurrección solo para señalar que nunca entenderemos la estabilidad y resolución de la vida de Daniel hasta que captemos la disposición de ánimo que caracterizó su vida. Aunque vivió en este mundo, no vivió para él. Fue en otro mundo donde invirtió su vida, y es ahí donde ahora disfruta su herencia.

Sobra decir que sería necio vivir para otro mundo si ese mundo no existiera. Eso en verdad sería gravemente delirante. Por otro lado, si ese mundo de hecho existe, no invertir la vida en él sería igualmente delirante, ¿no es verdad?

CAPÍTULO 2

CIUDAD DE ÍDOLOS

Daniel 1

Es muy probable que Daniel y sus amigos quedaran profundamente admirados cuando vieron por primera vez la ciudad de Babilonia, a pesar del trauma y el dolor que habían sufrido en los meses anteriores. Si la apreciamos con detenimiento, comprenderemos mejor la actitud y las decisiones de este joven hebreo.

Alan Millard, experto en el Cercano Oriente, escribe (en Hoffmeier y Magary 2012, pág. 279):

El Libro de Daniel, al igual que Heródoto y otros escritores griegos, refleja de manera precisa la actividad constructora de Nabucodonosor y el uso del arameo en la corte babilónica, un aspecto que era también bastante conocido, sin lugar a dudas.

Babilonia era una ciudad espectacular que superaba con creces cualquier otra cosa que un joven de Judá hubiera visto o imaginado. Abarcaba más de 1.000 hectáreas (10.000.000 m2) así que era la más grande del mundo en aquella época. Jerusalén, la ciudad capital que Daniel conocía, debe haber lucido bastante pequeña en comparación con esta enorme metrópoli asentada en la orilla oriental del gran Río Éufrates.

Casi un siglo antes, Senaquerib, el emperador asirio, había destruido Babilonia, y los emperadores babilónicos, en especial Nabucodonosor, habían emprendido inmensos programas de reconstrucción, los cuales a la llegada de Daniel ya estaban prácticamente terminados. En efecto, nueve décimas partes de los ladrillos desenterrados de la ciudad tienen inscrito el nombre de Nabucodonosor, una práctica que Saddam Hussein siguió muchos siglos después con menos éxito. Nabucodonosor hizo de Babilonia una ciudad única. Cuando el historiador griego Heródoto la vio mucho más tarde, en el año 450 a. C., expresó que superaba en esplendor a cualquier ciudad del mundo conocido.

La ciudad tenía una forma casi rectangular y el Éufrates la atravesaba de norte a sur. Desde el norte, con el Éufrates a la derecha, se entraba a través de una puerta espléndida que llevaba el nombre de uno de los dioses babilónicos, al igual que las otras. Era la Puerta de Ishtar. Ishtar (la portadora de luz o estrella) era la diosa de la fertilidad, del amor y de la guerra y como tal, era la suprema diosa madre del panteón babilónico. A poca distancia de la puerta, dentro de la ciudad, existía un magnífico templo dedicado a su culto.

La Puerta de Ishtar constituía una de las ocho puertas fortificadas asentada entre las murallas de aspecto inexpugnable que rodeaban la ciudad. Estas murallas, según Heródoto, tenían 24 metros de ancho (80 pies), 97 metros de alto (320 pies) y 90 kilómetros de largo (56 millas), aunque los arqueólogos opinan que las murallas realmente tenían solo unos 18 kilómetros de largo (11 millas) y que no eran tan altas. La vasta torre en la que estaba emplazada la puerta estaba cubierta con cerámica vidriada de un azul intenso, adornada con motivos intercalados de leones blancos y amarillos, de dragones y de toros amarillos. Era muy llamativa: estaba construida para impresionar a quienes entraran por ella con el poder, la riqueza, el esplendor arquitectónico, la estabilidad del Imperio babilónico y, sobre todo, la gloriosa majestad del emperador Nabucodonosor en persona.

INSCRIPCIÓN DEDICATORIA DE NABUCODONOSOR EN LA PUERTA DE ISHTAR

Nabucodonosor, rey de Babilona, el príncipe fiel designado por la voluntad de Marduk, el más alto de los príncipes, amado de Nabu, prudente de consejo, que ha aprendido a abrazar la sabiduría, que penetró su ser divino y reverencia su majestad, el gobernador eterno, que lleva siempre en el corazón el cuidado del culto de Esagila y Ezida y que trata constantemente del bienestar de Babilonia y Borsippa, el sabio, el humilde, el vigilante de Esagila y Ezida, el hijo mayor de Nabopolasar, el rey de Babilonia.

Bloqueé las entradas de Imgur-Enlil y de Nimit-Enlil, siguiendo el relleno de la calle de Babilonia que estaba cada vez más bajo. Por lo tanto, tiré estas puertas y puse sus cimientos con asfalto y ladrillos, y los hice hacer de ladrillos con la piedra azul en la cual los toros y los dragones maravillosos fueron representados. Cubrí sus azoteas poniendo cedros majestuosos longitudinalmente sobre ellos. Colgué las puertas del cedro adornadas con el bronce en todas las aberturas de la puerta. Coloqué toros salvajes y dragones feroces en las entradas y las adorné así con esplendor lujoso de modo que la gente pudiera mirarlas maravillada.

Dejo el templo de Esiskursiskur (la alta casa del festival de Marduk, lugar del señor de los Dioses, un lugar de alegría y de celebración para los dioses principales y de menor importancia). Lo hice firme construido como una montaña en el recinto de Babilonia de asfalto y de ladrillos brillantes.

Ante la Puerta de Ishtar estaba el templo de Akitu, que jugaba un papel clave en la celebración babilónica de la interpretación popular de la historia. Una vez al año se celebraba el gran festival de la primavera para que los humanos participaran en la renovación de la naturaleza. Los babilonios creían que al terminar el invierno el cosmos volvía de nuevo a ser caos, por lo que la historia pasada desaparecía. Todo el destino del país dependía en aquel momento del juicio de los dioses, y se celebraba el festival de la primavera para aplacarlos y evitar las crisis. Los sacerdotes llevaban el ídolo del dios Nabu desde su templo en Borsippa hasta el templo de Akitu. Nabu era el dios patrón de la sabiduría y de la escritura, y era el hijo de Marduk, jefe de todos los dioses. Le sucedían una colorida secuencia de ceremonias que se centraban en la lectura de una de las piezas más famosas de la literatura babilónica: el Enuma Elish («Cuando en lo alto»), que describe las guerras entre los dioses y la creación del universo. Los sacerdotes del templo ejercían un enorme poder; controlaban gran parte de la tierra y, por lo tanto, recibían inmensas ganancias. Incluso el emperador tenía que reconocer esa realidad públicamente. En el clímax del festival de la primavera, Nabucodonosor tenía que someterse a una humillación ritual, delante de todo el pueblo, por parte de los sacerdotes, durante la cual la costumbre era darle bofetadas hasta que sus lágrimas brotaran.5 Se hacía para recordarles a todos que los sacerdotes eran el poder que sostenía el trono. Concluida esta ceremonia, podían empezar los grandiosos banquetes para anunciar la llegada de la primavera.

La Puerta de Ishtar estaba situada en un extremo de la Avenida de las procesiones, que atravesaba toda la ciudad. Sus casi veinte metros de ancho, y el tamaño y la grandeza de los edificios a ambos lados de la misma, dejaban atónitos y llenos de admiración a los viajeros. Los babilonios eran arquitectos e ingenieros muy experimentados.

En el horizonte de la ciudad se erguía una colosal torre o zigurat (zaqqaru en acadio, que significa «ser alto o elevado») llamada Etemenanki. Este nombre sumerio significa Casa de la fundación del cielo y de la tierra, detalle que de inmediato nos recuerda a Babel, la ciudad original que se encontraba en el mismo lugar, y su famoso intento por construir una torre que llegara al cielo (Gén. 11:4).

Por supuesto que la antigua torre se había derrumbado desde hacía bastante tiempo y la sustituía otra que había tardado 100 años en construirse. Sus siete pisos de gran altura se elevaban a casi 100 m sobre la calle, y probablemente esta fue la construcción del mundo antiguo más parecida a un rascacielos. En la parte superior había varias salas dedicadas a las deidades babilónicas de primer rango. Marduk, el dios principal, compartía la habitación con su esposa Sarpanitu; Nabu, el dios-escriba y su esposa Tasmetu, ocupaban una segunda habitación; y en otras habitaciones vivían Ea, el dios del agua, Nusku, de la luz, y Anu, el del cielo. Al final, había un lugar para el dios sumerio Enlil (Señor del Aire), predecesor de Marduk. Existía una séptima habitación llamada «la Casa de la Cama». Contenía un trono y una cama. Había otra cama en el patio interior del templo, en la plataforma más elevada del zigurat. Nadie sabe a ciencia cierta la finalidad de las camas. Algunos pensaban que Bel vendría a dormir en ellas; otros, que una mujer babilónica dormía sola en el lugar. Es probable que el techo se utilizara como observatorio, un campo muy desarrollado en Babilonia ya que la astrología ocupaba un lugar preponderante.

Muchos otros edificios majestuosos bordeaban la Avenida de las procesiones. Entre ellos destacaba el palacio de Nabucodonosor, situado al oeste de la puerta de Ishtar, cuyo nombre sumerio significaba «La casa que asombra a la humanidad». La sala del trono era espectacular y estaba diseñada para que los visitantes sintieran un temor reverente e, incluso, miedo del emperador. Sus jardines en la azotea eran una de las llamadas siete maravillas del mundo antiguo. Según reza la historia se diseñaron para que la esposa de Nabucodonosor, una muchacha de procedencia campesina, se sintiera más cómoda. Su verdadera apariencia continúa siendo motivo de imaginativas especulaciones y tema para muchas obras pictóricas.

Al pasar Etemenanki y en el mismo lado de la Avenida de las procesiones estaba la Esagila (la casa de cabeza erguida), el vasto complejo de templos dedicados a Marduk, el dios supremo. Se le consideraba tan santo que su nombre nunca se pronunciaba, y le llamaban Bel, «el señor». Pero Babilonia era mucho más que un centro religioso: era también un centro comercial e intelectual. Muchos de sus templos poseían importantes bibliotecas; y existían lugares para el estudio del derecho, la astronomía, la astrología, la arquitectura, la ingeniería, la medicina y el arte. En términos modernos, era una exitosa ciudad universitaria.

De seguro hubo dos aspectos de esta ciudad que desconcertaron a Daniel y sus amigos. En primer lugar, la virtuosa elegancia arquitectónica y el alto nivel de conocimientos que ostentaba; en segundo lugar, que la idolatría impregnaba de forma increíble toda la sociedad. Había dioses por todas partes: las puertas principales llevaban sus nombres, y había una cantidad enorme de templos, más de 1.000 por aquella época.

Tal amalgama debió plantear una difícil interrogante para Daniel y sus amigos. Sus profetas hebreos les habrían dicho que los dioses de los babilonios eran deificaciones idólatras de los poderes elementales de la naturaleza, el sexo, la agresión, la codicia, el poder, la riqueza, etc.

Pero si esto era así, ¿cómo pudo una cultura tan encumbrada (superior en muchos sentidos a la cultura que Daniel había dejado atrás) haber surgido de ideas religiosas y filosóficas inadecuadas, ingenuas y, en su opinión, completamente erróneas? ¿En verdad era posible que un comercio, una cultura y una educación de este nivel tuvieran como base una filosofía falsa? ¿O era una fuerte evidencia de que su Dios era una ilusión? Había demasiadas cosas que sopesar en sus primeros días en Babilonia.

CAPÍTULO 3

UNA CUESTIÓN DE VALORES

Daniel 1

Y el Señor entregó en sus manos a Joacim rey de Judá, y parte de los utensilios de la casa de Dios; y los trajo a tierra de Sinar, a la casa de su dios, y colocó los utensilios en la casa del tesoro de su dios (Daniel 1:2).

La mención de la toma de los utensilios del templo de Jerusalén y el traslado a Babilonia por parte de Nabucodonosor puede parecer extraño en un primer momento, pues podríamos pensar en un inicio que es un detalle de poca importancia en comparación con la derrota del rey de Judá y la deportación de Daniel y de muchos otros. Sin embargo, Daniel decide mencionar estos utensilios aquí por lo que seguiría.

Quizás se encontraban en el complejo del templo Esagila donde Nabucodonosor tenía su casa del tesoro. Es probable que fuera similar a un museo, con habitaciones que contenían bellos e innumerables artefactos de gran valor, lo mejor de los «tributos» (¡botín, en realidad!). Este Nabucodonosor acumuló de forma regular de todos los estados súbditos en su vasto imperio durante sus conquistas. En la actualidad, muchos de estos objetos aún se pueden apreciar en los principales museos del mundo.

En el Libro de Esdras aparece un inventario del tesoro que se tomó de Jerusalén, al menos un inventario de lo que Ciro, rey de Persia, finalmente les dio a los judíos para que devolvieran a Jerusalén al fin del exilio en Babilonia. La cantidad era 5.400 utensilios de oro y plata (Esdras 1:11).

Una cuestión de valores

Pudiéramos imaginar que Daniel y sus amigos iban de vez en cuando al museo para admirar los utensilios que Nabucodonosor había tomado de Jerusalén, y reflexionar sobre su significado. Para ellos, esos utensilios de oro que brillaban sobre las mesas de exhibición eran sagrados, en el sentido original de la palabra: eran utensilios apartados para la gloria de Dios. El oro con el que se habían hecho era el metal más precioso que se conocía en aquella época. Además, era muy difícil de conseguir en Israel, por lo que era especialmente apropiado para expresar la gloria de Dios y el hecho de que Él era «el valor supremo» (como pudiéramos expresar) de la nación. Los utensilios del templo de Jerusalén habían sido hechos por artesanos que amaban a Dios, como lo hacían Daniel y sus amigos.

Los cristianos también deben estar familiarizados con este concepto de santidad. Cuando el Señor Jesús enseñó a Sus discípulos a orar, indicó que debían comenzar con las palabras Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre (Mateo 6:9). La palabra «santificado» es una variante más antigua de la palabra «santo». Lo primero y más importante que los creyentes deben hacer es, de su propia voluntad, apartar el nombre de Dios como especial. Dios debe ser su valor supremo, y ellos deben recordar esto cuando se dirigen a Él. (Lo más triste es, entonces, cuando este concepto, fundamental para la expresión de la vida cristiana, se pierde en una oración formal susurrada sin pensar por una congregación.)

Aquellos utensilios de oro hechos de obra primorosa representaban todo lo que era esencial para la vida de aquellos cuatro jóvenes. Para ellos, eran un vínculo bien tangible con el templo de Dios en Jerusalén y todo lo que este representaba. El hecho de que no estuvieran más en el templo era un triste recordatorio de la catástrofe moral y espiritual en la que había sucumbido su tierra natal. Les recordaba que su nación había perdido el sentido de la gloria y la santidad de Dios.

Algo similar puede aún suceder hoy. No es necesario hacer un gran esfuerzo para darse cuenta de que, a los ojos de muchas personas, Dios ha perdido Su gloria y valor; la santidad se ha degenerado a un concepto exclusivamente negativo. Lejos de pensar en la santidad de Dios como algo glorioso, se asocia con monotonía y ausencia de vida y color, todo lo opuesto a gloria.

Cuando vemos imágenes tomadas por el telescopio Hubble de la belleza impresionante de los grupos de estrellas en el cielo nocturno, cuya luz centelleante es el producto de miles de millones de estrellas; o de igual forma cuando observamos a través de un telescopio terrestre; ¿cómo podríamos siquiera imaginar que el Creador es aburrido?

Y, sin embargo, así como las densas nubes o la contaminación lumínica debido al resplandor de las luces artificiales de la Tierra en ocasiones nos impiden ver el cielo nocturno en toda su gloria, quizás hay más contaminación moral y espiritual que oculta la gloria de Dios. ¿Pudiera ser también que hemos perdido algo de esa sensibilidad, por nuestra propia insuficiencia y fracaso, que Isaías el profeta indicó cuando, mucho antes del tiempo de Daniel, vio la gloria de Dios en el templo?

En el año que murió el rey Uzías vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y Sus faldas llenaban el templo. Por encima de él había serafines; cada uno tenía seis alas; con dos cubrían sus rostros, con dos cubrían sus pies, y con dos volaban. Y el uno al otro daba voces, diciendo: Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de Su gloria. Y los quiciales de las puertas se estremecieron con la voz del que clamaba, y la casa se llenó de humo. Entonces dije: ¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos (Isaías 6:1-5).

El temor de la santidad de Dios, que la gloria del templo de Jerusalén estaba diseñada a transmitir, se perdió con facilidad. Y cuando se pierde, el peligro está en que los símbolos que alguna vez indicaron el camino a realidades espirituales y morales más profundas tienden a convertirse en fines en sí mismos. Una admiración por la arquitectura de la iglesia, o una apreciación del arte y ritual religiosos, no es lo mismo que la adoración a un Dios de gloria. Después de todo, no hay ni siquiera que creer en Él para admirar las cúspides de las torres y los altos techos arqueados de una catedral, o para disfrutar el canto de un coro de iglesia bien ensayado.

Para los estudiantes exiliados, aquellos utensilios de oro eran destellos de luz en un mundo sombrío, recordatorios de la esencia del sistema de valores que habían moldeado sus vidas. Para ellos, Dios, Su nombre y Su reputación eran sagrados.

¿Estoy exagerando con respecto a estos utensilios del templo de Jerusalén? No ciertamente, pues los volvemos a encontrar en la mitad del libro, donde toman el centro del escenario en el banquete del rey Belsasar, donde, de modo inextricable, están relacionados a su dramática caída.

Relativizar lo absoluto

Daniel tiene una cosa más importante que expresar sobre los utensilios de oro. Él enfatiza no solo que fueron llevados de un templo a otro, sino que fueron colocados en la casa del tesoro del templo del dios de Nabucodonosor. La mención de una casa del tesoro refuerza el hecho de que aún pensamos en valores, pero en este caso los valores de Nabucodonosor. Al colocar los utensilios de oro aquí, sin duda, Nabucodonosor pretendía mostrar que tenían cierto valor. Después de todo, eran objetos adquiridos en una de sus conquistas, así que su valor podría calcularse de manera simplista al demostrar la gloria superior de Nabucodonosor y sus dioses. Sin embargo, estos tesoros particulares de Jerusalén no eran más especiales a los ojos de Nabucodonosor que cualquiera de los miles de artefactos que había acumulado en sus cruzadas. Estos utensilios, con certeza, no transmitían ningún sentido de valor absoluto para él, como lo hacían para Daniel. Para Nabucodonosor, solo tenían valor relativo.

Daniel quizás mencionó los utensilios en este momento importante, al comienzo de su libro, porque lo que Nabucodonosor hizo con ellos era un ejemplo de una tendencia que observaría durante toda su vida. De hecho, es una tendencia que se aprecia en las culturas y las sociedades a través de la historia; y es tomar algo de valor absoluto y reducirlo a algo de valor relativo.

Por lo tanto, en este sentido, la acción de Nabucodonosor se puede entender como relativizar lo absoluto. Al tomar objetos que fueron diseñados para señalar al único Dios verdadero, Creador del cielo y la Tierra, y colocarlos al mismo nivel de objetos de culto a otros dioses, Nabucodonosor, ya sea que se diera cuenta o no, estaba relegando a Dios de Su posición única y haciéndolo uno entre muchas otras posibles deidades.

Tal relativización de lo absoluto es típica en la sociedad postmoderna de «escoge y mezcla» de nuestro propio siglo, especialmente en Occidente. Ya sea que crea en Jesús, Buda, los Beatles, cristales, la Madre Tierra, o alguna otra cosa que llame su atención, todo debe considerarse al mismo nivel; todo tiene el mismo valor para el relativista. De hecho, muchos están convencidos de que esta posición es por mucho la más segura de adoptar. Ellos expresan: los absolutistas son peligrosos, en especial las religiones absolutas. Sam Harris escribe (2005, pág. 15): «Hemos sido lentos en reconocer el grado al que la fe religiosa perpetúa la inhumanidad del hombre hacia el hombre». La solución que sugiere es radical: «Palabras como “Dios” y “Alá” tienen que seguir el camino de “Apolo” y “Baal”, o van a deshacer nuestro mundo» (pág. 14). Él no solo desea relativizarlos, sino relegarlos al museo de la historia de las ideas anticuadas y descartadas. Considera el ateísmo como la única opción defendible.

La historia sin duda ha mostrado que esto no puede ser tan simple, si no existe otra razón, por el hecho evidente pero fácilmente ignorado de que el comunismo inspirado en el ateísmo ha sido responsable de más derramamientos de sangre que la suma de todos los conflictos por motivos religiosos, sin importar cuánto Dawkins, Harris, Hitchens y otros intenten disimularlo (ver Lennox 2011, cap. 4). Sin embargo, debemos tomar en serio su crítica, ya que la cristiandad ha sido marcada de forma trágica por escándalos penosos e inexcusables, no son para menos las Cruzadas de la Edad Media y la violencia en Irlanda del Norte. Es importante analizar por qué estos eventos fueron inexcusables. La razón es que la misma Persona que las Cruzadas decían que representaban, abiertamente les prohibió a Sus seguidores el uso de la espada para defenderlo a Él o Su mensaje. Lejos de ser seguidores de Jesús, estaban desobedeciéndolo. (Tenga en cuenta que la cuestión de la defensa de un país o nación en particular lógicamente no tiene que ver con la defensa de Cristo y Su mensaje.)

Es necesario aclararle a nuestra generación (muchos de los cuales solo tienen una vaga idea de los hechos, cuanto más) que cuando Jesús fue traído ante el procurador romano bajo la acusación de activismo político contra el estado, es decir, fomento del terrorismo, Pilato públicamente lo declaró inocente de esa acusación. Bajo interrogatorio, Jesús con detenimiento le explicó a Pilato la naturaleza de Su reino y gobierno: Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían (Juan 8:36). Así que estaba bien claro para el gobernador romano que Jesús no representaba ninguna amenaza revolucionaria. Pilato habría sabido que Jesús quería decir lo que expresó, porque él habría recibido el informe de las circunstancias que rodearon Su arresto. En especial, sabría que cuando uno de los discípulos de Jesús, Pedro, hizo una salvaje acometida con una espada y le cortó la oreja a uno de los siervos del sumo sacerdote, Jesús le ordenó que pusiera a un lado la espada, y le sanó la oreja a aquel hombre. Se nos pudiera perdonar si tan solo reconociéramos que el uso de espadas o cualquier otra fuerza física para defender a Jesús y Su reino tiene el efecto de cortar orejas, de una forma u otra: la violencia sigue siendo una de las principales razones por la que las personas no escuchan el mensaje de Cristo.

La principal implicación de todo esto es obvia. Si alguien usa fuerza de cualquier tipo para imponer el mensaje de Cristo a las personas desafía Sus mandamientos explícitos. En otras palabras, está involucrado en actividades anticristianas. Por lo tanto, se prueba que su pretensión de ser seguidor de Cristo es falsa. La existencia de dinero falso no prueba que no exista lo real y lo genuino, aun cuando se haga más difícil encontrarlos.

Rechazar las afirmaciones de Cristo sobre la base de que son absolutistas y que de forma inevitable conducen al derramamiento de sangre, sería una reacción muy superficial y desequilibrada. Sería mucho más justo para la historia leer sus declaraciones contra los antecedentes que, desde tiempos remotos, el cristianismo genuino ha tenido un registro positivo por cuidar a los miembros débiles e indefensos de la sociedad.

Relativizar la verdad

La tendencia a relativizar no termina con la religión. De hecho, cuando usted analiza esto, se da cuenta de que cualquier tendencia a relativizar afecta de forma inevitable los valores y al final incluso la verdad en sí misma. Este aspecto del postmodernismo está lejos de ser nuevo. Alrededor de tres siglos después de la época de Daniel, el sofista griego Protágoras desestimó la noción de la verdad absoluta sobre la base de que las personas bien podrían tener diferentes opiniones sobre si el viento se sentía frío o no. Más tarde, Sócrates expuso el error en la lógica de Protágoras, al hacer la distinción entre la verdad objetiva y nuestra respuesta subjetiva a ella. Nos preguntamos qué habría hecho Protágoras con un termómetro.

En el centro del postmodernismo yace una patente auto contradicción. Espera que aceptemos como verdad absoluta que no existen verdades absolutas. Debemos notar esta característica común y funestamente errónea del pensamiento relativista: trata de excluirse a sí mismo de sus propios pronunciamientos. El hecho es que nadie puede vivir sin un concepto de verdad absoluta. Si usted no cree esto, trate de convencer a un gerente de banco de que las cifras rojas que ve en su computadora debajo de su número de cuenta no son valores absolutos.

De hecho, en los negocios prácticos y comunes de la vida, las personas tienden a ser relativistas solo en aquellas áreas que consideran asuntos de opiniones y no de hechos. Todos actuamos como si creyésemos que los relojes nos indican la verdad sobre el tiempo. No somos pluralistas sobre si Londres es la capital de Inglaterra, o si 2+2=4. Los nuevos ateos no son postmodernos cuando se trata de proclamar la verdad del ateísmo y negar la existencia de Dios.

Este punto merita énfasis. Es muy superficial expresar que alguien es un relativista, por la sencilla razón de que nadie es un relativista en todas las áreas. De hecho, en la mayoría de las áreas, todos resultamos ser absolutistas.

CAPÍTULO 4

CUESTIÓN DE IDENTIDAD

Daniel 1

Aunque Nabucodonosor era un monarca despiadado, poseía la inteligencia y perspicacia suficientes como para no adoptar una política de total opresión a la hora de gobernar sobre los disímiles pueblos de su imperio. Creía que podía cambiar a las personas, así que elegía a los más capaces entre los cautivos de las naciones conquistadas y los entrenaba a fondo. Adiestraba a los jóvenes porque generalmente las personas mayores tienen conductas muy arraigadas y resulta más difícil moldearlas. Debían ser bien parecidos, poseer una excelente presencia física y mostrar grandes aptitudes tanto intelectuales como administrativas. Era necesario que aprendieran el idioma y la literatura babilónicos. Nabucodonosor conocía la importancia del lenguaje y de las letras en el proceso de asimilación cultural. Insistía en que su futura élite recibiera un curso intensivo de saturación cultural por tres años. Su intención a todas luces era que, al finalizarlo, los aprendices fueran partidarios y no extranjeros. Con el tiempo enviaban a algunos de los graduados a sus países de origen, para que combinaran su formación con el conocimiento local y ejercieran como representantes del gobierno de Babilonia. Sin embargo, Daniel y sus amigos demostraron ser tan capaces que permanecieron en el círculo de poder del imperio.

Daniel es parco en detalles. Registró un incidente temprano, que revela el tipo de ingeniería social que formaba parte de la filosofía de Babilonia. Estaba relacionado con los nombres. Aspenaz, el funcionario encargado de los nuevos reclutas del curso élite de la universidad, les comunicó a los cuatro jóvenes que iba a reemplazar sus nombres hebreos por nuevos nombres babilónicos. Pudiera parecernos algo inofensivo, pero en realidad era una forma de erradicar cualquier tipo de distinción que sus nombres extranjeros pudieran comunicar.

Las autoridades impedían tal posibilidad porque sus nombres no solo indicaban su origen hebreo, sino que daban testimonio del Dios en quien creían. A juzgar por el relato que sigue, podrían utilizarlos con facilidad en sus conversaciones y de esta manera comunicar algunos atributos de Dios que resultarían completamente nuevos para sus compañeros de estudios en Babilonia.

¿Qué transmite un nombre?

Imaginemos una conversación entre Daniel, sus amigos y tres estudiantes babilonios a quienes llamaremos Adapa, Ninurta y Nabu. Entramos en el debate cuando se enteran de que Adapa toma su nombre del primer mortal, hijo de los dioses Enlil y Ninlil, que Ninurta significa «señor de la tierra», el dios sumerio de la guerra, la fertilidad, la lluvia y el viento del sur, y que el hijo del dios Marduk precisamente se llamaba Nabu.

—¿Los nombres hebreos son así también? —pregunta Nabu.

—Sí —responde Daniel—. Mi nombre significa «Dios es mi juez.»

—Uf, suena un poco pesado —dice Adapa—. Me parece una visión de Dios bastante deprimente y estrecha. Como si tu Dios fuera un aguafiestas que siempre trata de sorprenderte en algo para castigarte.

—No es tan malo —aclara Daniel—. Para nosotros un juez no es solo la persona que preside un tribunal de justicia, aunque, por supuesto, forme parte de sus funciones. De hecho, en nuestra nación hubo etapas anteriores en las que fuimos gobernados por hombres llamados «jueces» antes de que tuviéramos reyes como David. En mi caso, la palabra «juez» transmite la idea de que Dios es quien gobierna y guía mi existencia, y eso es algo positivo. Significa que Él no está lejano. Le interesa mi vida y quiere lo mejor para mí. Por eso obedezco Sus leyes.

—Aun así, me suena opresivo y legalista —replica Ninurta.

—¿Verdad? —dice Azarías—, pero ese punto no es de por sí lógico, ¿no? Veamos, a ti te gusta tocar la lira, y a nosotros nos encanta escucharte. Me he dado cuenta de que antes de tocar (e incluso mientras lo haces) miras una tabla de arcilla con notas musicales. ¿Por qué? Porque para lograr una buena interpretación necesitas seguir las notas. Solo si las conoces y las obedeces, por así decirlo, tocarás melodías de primera calidad. Lo mismo sucede con nosotros. Queremos hacer música con nuestras vidas, y su calidad depende de la atención que le prestemos a la «partitura» de nuestras leyes, la Torá.

—Esa analogía es precisa hasta cierto punto —repara Misael—. No somos máquinas regidas por cierto engranaje. De hecho, nuestra Torá solo nos enseña los principios, no las acciones detalladas; y tenemos que pensar con cuidado cómo aplicarlos en diversas situaciones.

—Tienes razón —observa Azarías—. Déjame desarrollar un poco más mi metáfora musical. La música establece las notas que deben tocarse; pero es Ninurta quien determina el verdadero énfasis, el timbre y la expresión precisa; él expresa libremente su personalidad. Dos músicos pueden tocar las mismas notas y sin embargo sonar diferente. ¡De hecho la interpretación musical de dos artistas nunca es igual, aunque toquen la misma partitura!

—Pero bueno, Daniel, también te referías a la parte legal en el concepto de juez, ¿no? ¿Qué nos dices de eso?

—Sí, claro, algunas personas perciben el juicio como algo negativo, máxime si se trata de un juicio final. Pero si no hay un juicio, podemos deducir que no habrá una rendición de cuentas definitiva, así que en realidad no importa lo que haga porque nunca daré cuenta de ello. Ninguna sociedad puede funcionar así sin caer en la anarquía. Por eso, ustedes tienen el Código de Hammurabi y lo aplican en los tribunales. El estado babilónico sostiene que la ley se aplica mediante sanciones punitivas, de lo contrario no tiene sentido. Si funciona a nivel social, con seguridad también funciona en nuestra relación con Dios.

—La conclusión es que, dar cuentas de nuestros actos, le confiere dignidad y valor a nuestra persona. A ninguno de nosotros nos gusta que nos traten como si fuéramos irresponsables o descuidados. Dios nos ha creado con cierta libertad: podemos decidir. Negar esa rendición de cuentas final me denigra como ser humano, porque si mis acciones no tienen importancia, entonces yo tampoco la tengo.

—Además, si no hay que rendir cuentas, entonces el sentido de justicia que todos poseemos no es más que una vana ilusión; no se corresponde con ninguna realidad moral. Nos burla con la falsa promesa de que las cosas se arreglarán algún día.

—En este contexto, podemos entender por qué nuestros poetas frecuentemente expresaban satisfacción al pensar que un día Dios intervendrá para juzgar el mundo. Escucha esto:

Alégrense los cielos, y gócese la tierra; brame el mar y su plenitud. Regocíjese el campo, y todo lo que en él está; entonces todos los árboles del bosque rebosarán de contento, delante de Jehová que vino; porque vino a juzgar la tierra. Juzgará al mundo con justicia, y a los pueblos con su verdad (Salmos 96:11-13).

—El poeta imagina como se regocija la creación al saber que un día Dios entrará en la historia para dar Su última sentencia. ¿No deberíamos alegrarnos?

—Pero a mí no me gusta la idea de un juicio final —dice Nabu—. No estoy seguro de que quiera rendirle cuentas a un dios, y menos al tuyo. Porque si hay un solo Dios, y es santo como dices, ¡tú también estarás en problemas! Después de todo, no eres perfecto, ¿verdad?

(En su famoso libro Los hermanos Karamazov, el novelista ruso Fiódor Dostoyevski escribió: «Si Dios no existe, todo está permitido.» Por supuesto, Dostoyevski no sugiere que un ateo no pueda ser moral porque algunas veces los ateos aleccionan moralmente a cristianos profesos. Lo que expresa es que, si no hay Dios, entonces la moral no es necesaria. Muchos pensadores contemporáneos no están de acuerdo y proponen que podemos encontrar una moral aceptable en aspectos de la biología o incluso que la misma viene determinada por nuestros genes. Mis razones para cuestionar esta proposición se encuentran en otros trabajos [2011, páginas 97-114]).

—Creo que, en este sentido, tendrás que conversar con Ananías —señala Daniel—, porque mi nombre solo expresa una faceta de Dios.

—Correcto —dice Ananías—, el mío significa «el Señor muestra gracia.»

—¿Qué es la gracia? —pregunta Adapa.

—La gracia es la pura generosidad que Dios expresa al darnos lo que no merecemos. Por ejemplo, en el sitio de Jerusalén Nabucodonosor me perdonó la vida mientras que otros murieron. ¿Crees que yo merecía su perdón? ¿Merecía tener una familia maravillosa, mientras que otros han tenido experiencias trágicas en sus hogares? De hecho, ¿merezco tener nuevos amigos como tú aquí en Babilonia? Veo estas, y muchas otras cosas, como una expresión de la gracia de Dios.

—¡Un momento!, lo que Daniel explicaba, ¿no es completamente diferente? ¿Daniel adora al dios-juez y tú adoras al dios-gracia? Ustedes tienen diferentes dioses, igual que nosotros.

—¡No, ¡para nada! —aclaran al unísono—. Solo hay un Dios, piénsalo de esta manera. Nosotros declaramos que los seres humanos están hechos a la imagen de Dios, lo que significa que uno puede aprender sobre Él con solo mirar a los seres humanos. Nosotros somos personas, y Dios también lo es. Mira, piensa en alguien a quien respetas; esa persona está llena de matices, no es inflexible o monótona. Posee diferentes características: puede ser graciosa pero firme a la vez, ¿no es así? Lo que queremos expresar es que nuestros nombres reflejan la amplitud del carácter del único Dios verdadero. Espero que así lo entiendas mejor.

—Creo que es mi turno —dice Misael—, porque mi nombre se relaciona con la singularidad de Dios. Significa: «¿Quién es como Dios?» Por supuesto que la interrogante tiene una respuesta negativa: «Nadie es como Dios. Él es único.» Creo que mis padres lo tomaron de un pasaje del profeta Isaías: ¿A qué, pues, haréis semejante a Dios, o qué imagen le compondréis? (Isaías 40:18). Así protestó contra el politeísmo y defendió la fe en el único Dios verdadero.

—¿Y tú, Azarías? Dinos, ¿qué significa tu nombre?

—Significa: «el Señor ayuda» —responde—. Mis padres me lo pusieron para expresar su gratitud a Dios por la ayuda que les había dado en vida. Pero no solo mis padres se sintieron así. Nosotros la hemos experimentado personalmente. Su palabra ha sido nuestro salvavidas. Por ejemplo: Jeremías no solo profetizó que Nabucodonosor nos invadiría y que deportaría a muchos de nosotros, sino también por qué debía suceder. Gracias a eso pudimos enfrentar la situación. De hecho, cuando hago un recuento de nuestras vidas, veo que Dios nos ayuda a través de Su trato con nosotros por medio de la Palabra, cuando escuchamos Su voz.

—Disculpen —dice Nabu—, pero eso me parece inconsistente. Es una interpretación bastante subjetiva de las cosas. Quizás debo señalar que mi nombre es el del dios patrón de la ciencia y que, curiosamente, yo soy un científico. Ustedes afirman que los seres humanos estamos hechos a la imagen de Dios. Pero, pudiera ser al revés. En la universidad tenemos un profesor de psicología que nos ha enseñado que todos los dioses son en esencia proyecciones de nuestras propias ideas; por eso todos poseen una humanidad profunda y predecible, no existen de forma autónoma. Por cierto, a los sacerdotes no les gustan esas conversaciones; así que él se cuida mucho de lo que dice en público. Es difícil oponerse a los modelos establecidos.

—Es más, cuando afirmas que tu Dios te ayuda, yo mismo pudiera decir que Nabu me ha ayudado a convertirme en un científico y a obtener resultados relevantes en mis exámenes; o que Istar me ha ayudado a conseguir una novia estupenda. ¿Dónde está la diferencia en lo que dices? No puedes eludir la interrogante. ¿Cómo sabes que Dios te ayuda? ¿Cómo puedes asegurar que no estás acomodando tus experiencias para que apoyen tus creencias?

—¡Guau, no se te escapa nada! — responde Azarías—. Tu pregunta está plenamente justificada. Sin embargo, es una espada de doble filo. Supongamos que te preguntara cómo sabes que la impresionante novia que mencionaste te ama. No importa cuántos argumentos me des, yo siempre podría rebatirlos. Es imposible obtener las pruebas del amor por medio de las matemáticas, como Ananías pretende hacerlo. Pero la percepción sí es posible, ¿no es cierto? Si te observo a ti y a tu novia durante un tiempo, creo que podría asegurar si te ama o no. Entonces, ¿por qué no nos observas con atención durante los próximos meses? Si no logras percibir que Dios está con nosotros y que nos ayuda en nuestra vida diaria, entonces no tendrá sentido que lo afirmemos. Pero espero que logres ver, a través de nosotros, que Dios es real.

La oportunidad de usar sus nombres para iniciar una conversación no duraría mucho, si alguna vez la tuvieron. Enseguida, Aspenaz, el funcionario a cargo de los estudiantes, hizo una reunión con los extranjeros y allí les informó que, para facilitar su integración a la sociedad, les pondrían nombres babilónicos. Los nombres extranjeros estaban terminantemente prohibidos.

Ya incluso los habían elegido. Daniel se llamaría Belsasar (Balat su ussur), que significa «Que Bel (Marduk) proteja su vida» o también, «príncipe de Bel» (algo que resulta intrigante). A Ananías le pusieron Sadrac, que significa «mandato de Aku» (el dios-luna); y a Azarías lo llamaron Abed-nego, que se traduce como «servidor de Nabu» (el hijo de Marduk). Nabu o Nebo forma parte del nombre Nabucodonosor (Nabu kudurri usur); así que, Azarías y Daniel tenían nombres que formaban parte del nombre del emperador. Pero con Misael fueron más crueles. Su nombre babilónico se parecía al suyo en hebreo, pero lo que hacía era parodiarlo lingüísticamente. Le pusieron Mesac, que significa: «¿Quién es como Aku (el dios de la luna)?» No permitieron de ninguna manera que Misael usara en público el concepto de la singularidad del único Dios verdadero. Es probable que los jóvenes amigos usaron alguna que otra vez sus nombres cuando conversaban y es posible que se los explicaran a otros; pero, por supuesto, debían ser cuidadosos. Babilonia quería arrojar al olvido sus nombres y sus significados. (Se ha sugerido que Daniel deletrea de forma incorrecta algunos de estos nombres babilónicos, como si dijera: «En realidad no importa cómo me llamen, no pueden cambiar mi identidad».)

Cambiar sus nombres era una acción estratégica. Fue un primer intento de ingeniería social, encaminado a eliminar distinciones inconvenientes y homogeneizar a las personas para controlarlas con más facilidad. A lo largo de la historia, con frecuencia tales intentos vienen acompañados por el socavamiento de la dignidad humana. Un ejemplo actual de este fenómeno es la corrección política que, aunque originalmente estaba destinada a evitar la ofensa, se ha convertido en un intransigente supresor del debate público abierto y honesto.

De seguro este fue un momento difícil para Daniel y sus amigos, y quizás pensaron en protestar. Sin embargo, la Palabra no lo dice, así que solo podemos hacer conjeturas. Una cosa es evidente: Babilonia podía cambiar sus nombres, pero no sus identidades. La historia demuestra que el nombre de Daniel sobrevivió al Imperio babilónico, gracias al libro que nos legó. Tampoco perdió su identidad. Y podemos pensar que, entre ellos, usaban sus nombres propios todo el tiempo.

Babilonia y su búsqueda de sentido

Aún queda bastante por decir sobre los nombres y las identidades en este contexto, porque es el tema central de la fundación de Babilonia. Génesis relata lo siguiente:

Tenía entonces toda la tierra una sola lengua y unas mismas palabras. Y aconteció que cuando salieron de oriente, hallaron una llanura en la tierra de Sinar, y se establecieron allí. Y se dijeron unos a otros: Vamos, hagamos ladrillo y cozámoslo con fuego. Y les sirvió el ladrillo en lugar de piedra, y el asfalto en lugar de mezcla. Y dijeron: Vamos, edifiquémonos una ciudad y una torre, cuya cúspide llegue al cielo; y hagámonos un nombre, por si fuéremos esparcidos sobre la faz de toda la tierra (Génesis 11:1-4, énfasis mío).

Cada gran capital del mundo tiende a ser un símbolo de la ideología de la nación. Por ejemplo, durante la guerra fría, la radio anunciaba mensajes de este tipo: «Moscú dice esto, Washington ha respondido aquello, pero Londres cree lo otro.» Todos los oyentes sabían cuál era la posición de cada capital. Representaban ideologías opuestas. El pasaje de Génesis nos revela lo que Babilonia representaba. Su lema, hagámonos un nombre, nos muestra las bases filosóficas tanto de su construcción como de sus ambiciones.

Sin embargo, debemos ser cuidadosos en nuestro análisis. A fin de cuentas, ¿no significa esto que el proyecto babilónico era una búsqueda genuina de su identidad? ¿Qué hay de malo en ello? De por sí, todos queremos poseer una identidad. ¿No es precisamente el sentido lo que le da un propósito a la vida?; entonces ¿qué hay de malo en buscarlo?

¡Nada! El texto de Génesis no enseña que no debemos buscar el sentido; sino que lo importante es la manera en que lo buscamos. Desde la perspectiva de Dios, algo andaba mal con la forma en que los antiguos abordaron el proyecto original, porque Él intervino y lo destruyó.

Babel buscaba su identidad en la vanguardia de los logros científicos y tecnológicos de la época. Como hemos visto, los antiguos babilonios eran arquitectos e ingenieros expertos, y sus aspiraciones de construir los edificios más impresionantes del mundo fueron encausados por una sucesión de emperadores, principalmente Nabucodonosor.

El deseo de construir edificaciones que lleguen al cielo como una forma de mostrar los logros humanos se repite a través de los siglos: las pirámides, las imponentes estructuras mayas, el Empire State Building, las Torres Petronas, El Burj Khalifa; y ya se planean construcciones más altas. Todos son símbolos poderosos, tan poderosos, que cuando los terroristas quisieron golpear a Estados Unidos, eligieron las Torres Gemelas para su atentado.

No hay nada malo en buscar la excelencia en la arquitectura y en la ingeniería. Con razón admiramos a los babilonios y a otras naciones por sus magníficos logros. Entonces, ¿qué problema tienen con su búsqueda de sentido? El Libro de Génesis lo explica en el capítulo siguiente. Allí aparece un registro del mandamiento que Dios le dio a Abraham, un antepasado de Daniel, al ordenarle que saliera de Harán, una ciudad antigua situada en la misma región que Babilonia.

Pero Jehová había dicho a Abram: Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré. Y haré de ti una nación grande, y te bendeciré, y engrandeceré tu nombre, y serás bendición. Bendeciré a los que te bendijeren, y a los que te maldijeren maldeciré; y serán benditas en ti todas las familias de la tierra (Génesis 12:1-3, énfasis mío).

Este llamado debe considerarse como uno de los sucesos más importantes de la historia. Lord Sacks, el Gran Rabino del Reino Unido, escribe (2011, página 8):

Las civilizaciones surgen y desaparecen. La fe de Abraham sobrevive… Lo que hizo único el monoteísmo abrahámico es que dotó la vida de sentido. Pocas y raras veces entendemos este punto… Cometemos un grave error si concebimos el monoteísmo como un desarrollo lineal del politeísmo, como si la humanidad primero adorara a muchos dioses para luego reducirlos a uno solo. El monoteísmo es algo muy diferente. El sentido de un sistema se encuentra fuera del sistema. Por lo tanto, el sentido del universo está fuera del mismo. El monoteísmo, con su revelación del Dios trascendental, el Dios que está fuera del universo y que es Su creador, posibilitó que por vez primera creyéramos que la vida tiene un sentido, y no solo una explicación mítica o científica.

La filosofía babilónica sigue resonando hoy día en el cientificismo que nos anima a buscar el sentido y la salvación en la ciencia y en la tecnología. Pero ni el análisis ni la explicación científica nos proveen ese sentido que anhelamos como personas. Babilonia nos deja vacíos.

Dios no lo dejará vacío, así lo vio claramente el filósofo Ludwig Wittgenstein (1979, página 74e):

Creer en Dios quiere decir comprender el sentido de la vida. Creer en Dios quiere decir ver que con los hechos del mundo no basta. Creer en Dios quiere decir ver que la vida tiene un sentido.

El Señor Dios trascendente se revela a Abraham y le dice dónde encontrará el sentido de su vida: Engrandeceré tu nombre. Esta afirmación, inmediatamente después de presentarnos la ideología de Babel, nos invita a contrastar la filosofía fundacional de esta nación con la fe de Abraham en Dios. El Nuevo Testamento afirma que la fe de Abraham constituye la filosofía fundacional de otra ciudad que juega un papel del todo opuesto a Babilonia en la historia bíblica. Una ciudad celestial llamada Jerusalén.

La carta de Hebreos narra por qué Abraham salió de la ciudad de Ur:

Por la fe Abraham, siendo llamado, obedeció para salir al lugar que había de recibir como herencia; y salió sin saber a dónde iba. Por la fe habitó como extranjero en la tierra prometida como en tierra ajena, morando en tiendas con Isaac y Jacob, coherederos de la misma promesa; porque esperaba la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios. Por la fe también la misma Sara, siendo estéril, recibió fuerza para concebir; y dio a luz aun fuera del tiempo de la edad, porque creyó que era fiel quien lo había prometido. Por lo cual también, de uno, y ese ya casi muerto, salieron como las estrellas del cielo en multitud, y como la arena innumerable que está a la orilla del mar. Conforme a la fe murieron todos estos sin haber recibido lo prometido, sino mirándolo de lejos, y creyéndolo, y saludándolo, y confesando que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra. Porque los que esto dicen, claramente dan a entender que buscan una patria; pues si hubiesen estado pensando en aquella de donde salieron, ciertamente tenían tiempo de volver. Pero anhelaban una mejor, esto es, celestial; por lo cual Dios no se avergüenza de llamarse Dios de ellos; porque les ha preparado una ciudad (Hebreos 11:8-16).

Era natural y estaba bien que, como nosotros, Abraham estuviera interesado en su propia identidad. Sin embargo, la diferencia entre su actitud y la de los babilonios era que estos últimos confiaban en su propia capacidad y fuerzas para crear un «nombre» o una identidad. Ellos lo hacían al estilo Sinatra, «a mi manera»; pero Abraham aceptaba la identidad y el sentido que Dios le había dado. Eso lo distinguía como alguien que de verdad confiaba en el Señor, y la fe es el principio básico de la ciudad celestial de Dios. ¡Él no se opone a las ciudades! La cuestión radica en el sentido de las mismas.

En el caso de Abraham, de Daniel y del nuestro, el asunto no es en qué ciudad vivimos, sino para qué ciudad vivimos. En este sentido la Biblia narra la historia de dos ciudades. Volveremos a esta idea cuando analicemos Daniel 9.

Es fácil hablar de lo que hizo Abraham, pero no es fácil hacerlo. La mayoría, si no todos nosotros, tenemos problemas con la identidad. A veces nos resulta difícil encontrarles sentido a nuestras vidas, y nos preguntamos con tristeza: «¿para qué estoy aquí?» Al mismo tiempo, observamos claramente cómo otros tienen vidas llenas de logros y hasta deseamos ser uno de ellos. Son más talentosos que nosotros y tienen una personalidad más profunda e interesante. A veces pensamos que no enfrentan muchos problemas en sus familias o en sus trabajos. Es como si fuera sencillo reconocer el «nombre» de ellos, pero muy difícil reconocer el nuestro. Parecen tener definido «el porqué» de sus vidas mientras que nosotros no.

Seamos sinceros: en ocasiones es una batalla, incluso para los creyentes, aceptar el sentido que Dios nos ha dado. Es muy fácil buscar nuestro sentido en algo aparte del Señor y desgarrarnos en el proceso.

La pregunta: «¿quién soy realmente?», es una de las más profundas que podemos hacernos. La sicóloga Nola Passmore lo expresa con claridad:

La raza humana clama con desespero por un significado y un propósito, por un sentido de pertenencia cuando las relaciones humanas no satisfacen, por la necesidad de saber que alguien nos ama sin condiciones a pesar de nuestras circunstancias, por la necesidad de saber que no somos producto de la casualidad, sino de un diseño, por saber que tenemos un futuro y una esperanza incluso cuando todo a nuestro alrededor se está derrumbando.

Viktor Frankl, el psicoterapeuta vienés que sobrevivió al Holocausto, escribió un libro titulado El hombre en busca de sentido, en el que describe un tratamiento psicoterapéutico que llamó «logoterapia» (de la palabra griega logos, que significa «palabra» o «significado», la misma que los filósofos estoicos utilizaron para expresar el principio racional detrás del universo y que luego los cristianos usaron en el Nuevo Testamento para referirse a Cristo como el Verbo de Dios.) Él creía que la principal fuerza motivacional humana es la búsqueda de sentido. El hecho de que millones de ejemplares de su libro se hayan vendido en muchos idiomas, demuestra el doloroso vacío que existe en el corazón del hombre. Pensaba que lo más importante que podemos hacer por nuestros semejantes es darles esperanza para el futuro. Eso fue lo que Dios hizo con Abraham al darle promesas que se cumplieron después. Le dio un logos, una palabra esperanzadora.

En este contexto, vale la pena pensar no solo en los nombres individuales, sino en el nombre genérico de toda la raza humana. ¿De dónde vino? La respuesta bíblica es que vino de Dios. Génesis lo relata:

Este es el libro de las generaciones de Adán. El día en que creó Dios al hombre, a semejanza de Dios lo hizo. Varón y hembra los creó; y los bendijo, y llamó el nombre de ellos Adán [hebreo: adam], el día en que fueron creados (Génesis 5:1-2).

Lo interesante del relato de la creación en Génesis, es que hay muy pocas partes en las que Dios asigna nombres (día, noche, cielo, tierra y mares en Génesis 1:5, 8, 10), pero le asigna a Adán la tarea de nombrar a los animales.

Al señalar que Dios en persona nombró a los humanos, Génesis enfatiza que el sentido último de nuestra raza parte del hecho de haber sido creados a imagen de Dios. Deducimos entonces que al separamos de Él perdemos tal sentido. (No estoy insinuando que los ateos no pueden o no crean un sentido de significado y de propósito para su existencia. Lo que estoy sugiriendo es que su propia visión del mundo les impide conocer el sentido último de sus vidas.)

La afirmación más importante del cristianismo es que Jesús es el Verbo (Logos), idéntico a Dios y con Dios desde el principio (Juan 1:1-2). Él es la Palabra que se hizo humana para que pudiéramos oír de Su boca las palabras que nos dan sentido. De hecho, ese es el motivo de este libro: que, cuando leemos lo que dice Daniel, escuchamos que Dios nos habla. De hecho, ese es el tema del libro: Dios le habla a Daniel y por medio de él lo hace con nosotros. Es una afirmación bastante atrevida en una sociedad secular y escéptica. Luego profundizaremos en este sentido.

Finalmente señalamos la gran diferencia entre Abraham y Daniel. El primero, por un llamado de Dios, salió de Mesopotamia. Se fue por su voluntad y se convirtió en nómada, con rumbo a la tierra que más tarde llevaría el nombre de su nieto, Israel (Jacob). Aprendió lo que significa confiar en Dios; y el Nuevo Testamento nos lo presenta como un reto para nosotros (Hebreos 11). El segundo, por el contrario, fue forzado a entrar en la tierra prometida, en la misma región de la que Abraham había salido. El Señor llamó a Daniel, como un verdadero hijo de Abraham, a vivir y a testificar su fe públicamente dentro de Babilonia. Esta es la otra parte de la lección. Cuando aprendemos, al igual que Abraham, a confiar en Dios como peregrinos en el camino de la vida, Él nos enviará de nuevo a la sociedad para que seamos «sal y luz» (Mt 5:13-14), para que allí provoquemos sed de Dios y alumbremos el camino hacia Él por medio del Señor Jesucristo, Su Hijo encarnado.

Matthew Arnold

A menudo, en las más concurridas calles del mundo,

En los más estruendosos conflictos,

Se levanta un deseo inexplicable

Después del conocimiento de nuestra vida enterrada;

Una sed de derrochar nuestro fuego y el inquieto vigor,

De seguir nuestro rumbo verdadero;

Un anhelo de investigar

El misterio de este corazón latiente,

Tan salvaje, tan profundo en nosotros, para conocer

El origen de nuestras vidas y hacia dónde van.

La vida enterrada (1852)

Friedrich Nietzsche

Quien tiene un porqué para vivir, encontrará casi siempre el cómo.

Crepúsculo de los ídolos [Maxim 12] (1889)

La confusión del lenguaje

El pasaje en Génesis que registra los orígenes de Babilonia nos enseña el significado de su nombre:

Y descendió Jehová para ver la ciudad y la torre que edificaban los hijos de los hombres. Y dijo Jehová: He aquí el pueblo es uno, y todos estos tienen un solo lenguaje; y han comenzado la obra, y nada les hará desistir ahora de lo que han pensado hacer. Ahora, pues, descendamos, y confundamos allí su lengua, para que ninguno entienda el habla de su compañero. Así los esparció Jehová desde allí sobre la faz de toda la tierra, y dejaron de edificar la ciudad. Por esto fue llamado el nombre de ella Babel, porque allí confundió Jehová el lenguaje de toda la tierra, y desde allí los esparció sobre la faz de toda la tierra (Génesis 11:5-9).

Según la Escritura aquí se originaron los múltiples idiomas que existen, y fue lo que provocó que el hebreo fuera diferente del arameo y del caldeo. Como hemos visto, Nabucodonosor estaba claramente decidido a revertir los efectos de las diferencias lingüísticas y culturales a través de su política educativa, al insistir en que los jóvenes cautivos como Daniel y sus amigos aprendieran el idioma y la literatura del Imperio babilónico. Fue incluso más lejos cuando les cambió los nombres, como si intentara sacarlos de circulación.

Pudieran reprocharme que profundizo demasiado en este aspecto, pero hacerlo no le resta fuerza a lo que quiero expresar. La ola de relativismo que inunda hoy día el pensamiento occidental, presiona cada vez más para eliminar ciertas palabras de nuestros idiomas y reemplazarlas por otras que promuevan los planes seculares de descomponer la naturaleza misma de los seres humanos y de la sociedad en la que vivimos.

Por ejemplo, algunas palabras empiezan a carecer de corrección política: verdad, mandamiento, dogma, fe, conciencia, moralidad, pecado, castidad, caridad, justicia, autoridad, marido, esposa; mientras que otras palabras y conceptos ocupan el centro: derechos, no discriminación, elección, igualdad de género, pluralidad, diversidad cultural.

Estos cambios profundos surgen de una descomposición postmoderna de la verdad, que pretende desplazar la verdad del terreno objetivo hacia el subjetivo, y así relativizarla de manera efectiva. El Cardenal Ratzinger, antes de convertirse en el Papa Benedicto XVI, advirtió sobre la «dictadura del relativismo» en la sociedad europea al afirmar:

Se va constituyendo una dictadura del relativismo que no reconoce nada como definitivo y que deja solo como medida última al propio yo y sus apetencias.6

Suena paradójico, pero no lo es. La presión se hará evidente desde el mismo momento en que cuestionemos cualquier aspecto de este relativismo; por ejemplo, tenemos que aprobar todos los estilos de vida. El derecho a elegir va primero que todo lo demás, incluyendo la tradición y la revelación divina. Este es el único absoluto en un mar de relativismo, aunque sea algo contradictorio.

Hemos observado que el posmodernismo contiene la evidente autocontradicción de que «no hay verdad absoluta» pero que declara esto como una verdad absoluta; así que no es sorprendente que su lenguaje sea tan confuso. De hecho, el posmodernismo medra en la ambivalencia lingüística. Su propósito es eliminar cualquier objetividad de nuestra aprehensión de la «realidad» y reducirlo todo a un texto que debemos interpretar y en el que cada interpretación es válida siempre que no aborde el terreno de los valores.

Jürgen Habermas (de hecho, un ateo) ha advertido claramente los peligros del cambio de una base moral judeo-cristiana a una base posmoderna (2006, páginas 150-151):

El igualitarismo universalista, del que derivan los ideales de libertad y una vida colectiva solidaria, la conducción autónoma de la vida y la emancipación, la conciencia moral individual, los derechos humanos y la democracia, es el legado directo de la ética judía de la justicia y la ética cristiana del amor.

Este legado ha sido objeto de una constante apropiación e interpretación crítica, sin sufrir transformaciones sustanciales. Al día de hoy no existe ninguna alternativa a él. Y a la luz de los desafíos actuales de una constelación posnacional, seguimos alimentándonos de esa fuente. Todo lo demás son chácharas postmodernas.

¡Sí, una «Babel» posmoderna!

CAPÍTULO 5

LA RESOLUCIÓN Y LA PROTESTA

Daniel 1

Es probable que Daniel y sus amigos no tuvieran oportunidad de protestar contra los nombres paganos que se les dieron. No sabemos, ya que el asunto pasa inadvertido. Pero observamos con interés y descubrimos en qué momento los tres jóvenes comienzan a plantar su bandera de testimonio a Dios en la universidad de Babilonia. No se tarda en llegar.

Un estudiante de santidad

Daniel nos relata que los estudiantes de élite, como él y sus amigos, fueron entrenados durante tres años en un amplio plan de estudio que incluía las lenguas y literatura de los babilonios. El gobierno no escatimó en los gastos, y ya que la cultura babilónica le daba un alto valor a la apariencia física, a los estudiantes se les asignó el mejor alimento, de hecho, la misma comida que se le servía al emperador. Como estudiantes al fin, para ellos aquella comida representaba un gran beneficio de haber sido seleccionados para el curso. Es cierto que estos cuatro cautivos de una ciudad empobrecida producto de un sitio, nunca antes habían visto nada comparado a esa calidad de alimentos: estaba más allá de los sueños de aquellos acostumbrados a las raciones de guerra.

Y Daniel propuso en su corazón no contaminarse con la porción de la comida del rey, con el vino que él bebía (Daniel 1:8).

El descontento con la comida que se sirve en el colegio no es nada nuevo. Numerosas generaciones de estudiantes han encontrado mucho de qué hablar sobre la cantidad o calidad de los alimentos del comedor de su escuela. De seguro este no era el caso aquí. La comida era de suprema calidad, traída de la propia cocina del emperador. Era comida de mesa presidencial. Entonces, ¿por qué Daniel decidió no comerla?

Su propia explicación es que no quería «contaminarse». Hablamos de una resolución interior, en el corazón y la mente, que precedió a su acción exterior. Se levantó en correspondencia con las convicciones bíblicas de Daniel sobre la santidad. Este concepto tiene tanto aspectos positivos como negativos. En lo positivo, santidad es dedicación y compromiso con Dios. Como sabemos, Daniel quería vivir a la luz de lo que los utensilios de oro del templo representaban, la gloria y la santidad de Dios.

En la segunda mitad del capítulo uno de este libro, vemos como Daniel claramente entendió que, para testificar de la gloria y santidad de Dios, necesitaba asegurarse de que su carácter y personalidad fueran moldeados por esa santidad. Eso significaría que debía evitar contaminarse. Antes de tratar de identificar lo que esto involucraba de forma precisa, debemos detenernos a pensar en esta decisión, ya que es crucial para comprender la calidad y el poder del posterior testimonio de Daniel. Fue una decisión que tomó en su corazón antes de que hiciera algo. En una famosa declaración, el apóstol Pedro expresó que los cristianos deben caracterizarse por estar prestos para dialogar: Estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros (1 Pedro 3:15).

Al menos esta es la parte que siempre se cita. Sin embargo, como aparece aquí, la cita está incompleta pues no tiene verbo directo. Aquí está la oración completa (versículos 14-16):

Por tanto, no os amedrentéis por temor de ellos, ni os conturbéis, sino santificad a Dios el Señor en vuestros corazones, y estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros; teniendo buena conciencia, para que en lo que murmuran de vosotros como de malhechores, sean avergonzados los que calumnian vuestra buena conducta en Cristo.

La declaración completa de Pedro nos ayuda a analizar no solo por qué Daniel tomó su decisión sino también cómo la llevó a cabo. Lo primero que se debe notar es que el contexto es temor. En los tiempos de Pedro existía temor a una reacción hostil y quizás violenta contra el mensaje cristiano. De seguro, el temor no estaba lejos de las mentes de Daniel y sus amigos. Como ya hemos visto, conformidad era el nombre del juego en Babilonia, nadie querría atraer la atención por tener algún distintivo religioso. Sin embargo, los estudiantes estaban pensando hacer un movimiento que, por lo menos, provocaría interrogantes, y quién sabe qué más. Tiene que haber sido un momento difícil. Aun si nunca hemos experimentado hostilidad violenta, el temor es algo que podemos identificar con facilidad si hemos hecho algún intento de expresar de manera pública nuestra fe.

¿Qué fue lo que fortaleció los corazones y mentes de Daniel y sus amigos, que tuvieron el coraje para vencer el temor natural a lo desconocido? Con seguridad fue el hecho de que apartaron a Dios como santo en sus corazones. Ellos habían puesto a Dios como el único director de sus vidas. Eso es exactamente lo que Pedro expresa que debemos hacer. Para combatir nuestras ansiedades y prepararnos para dar respuesta a aquellos que pregunten, en primer lugar, debemos poner a Cristo como Señor en nuestros corazones. De hecho, ¿cómo puede haber convicción y poder en nuestro evangelismo sino es así? Ciertamente, es por lógica espiritual elemental que si deseamos persuadir a otros de que Dios es real y de que es posible tener una relación viva y significativa con Él, nosotros debemos ser en lo personal fieles a Dios y a Su Hijo, y ajustar nuestras vidas para ser consistentes con nuestra confesión cristiana fundamental, «Jesucristo es Señor». Daniel sabía que contaminarse podía arruinar su relación con Dios y destruir su testimonio personal. Y lo mismo sucede con nosotros.

Daniel también sabía que Dios con mucha frecuencia le había advertido a Israel a través de Moisés y de los profetas que le sucedieron, del peligro de contaminarse con las prácticas de ciertas culturas paganas vecinas; en particular, los cananeos, conocidos por su inmoralidad, infanticidio (sacrificio de niños) e idolatría. En el Nuevo Testamento, Dios nos alerta de peligros similares. Ninguno de nosotros estamos exentos de la presión de las tentaciones de un mundo al que no le interesa Dios. Si somos honestos, no necesitamos que se nos enseñen las cosas que contaminan; las conocemos muy bien, en especial en esta era de Internet en que la influencia diabólica está solo a un clic de distancia. Para servir a Dios debemos luchar contra ellas. Lo que está en riesgo es nada menos que nuestra lealtad a Dios.

Leyes sobre los alimentos

Bien temprano en la historia de Israel, Dios comunicó este mensaje al instituir ciertos rituales y leyes ceremoniales. Por ejemplo, el pueblo recibió instrucciones de que no debían comer ciertos alimentos «inmundos». Tales regulaciones hacían inevitablemente que fuera difícil la mezcla de su sociedad con otras culturas. Podemos ver un ejemplo de esto en el relato del Nuevo Testamento de la visita del apóstol Pedro a la casa de Cornelio, el centurión romano (ver Hechos 10). Como judío piadoso apegado a las leyes sobre los alimentos puros, Pedro no hubiera sido capaz de aceptar la invitación de Cornelio. Dios tuvo que prepararlo al darle una visión para recordarle lo que Cristo había enseñado, esto es, que las leyes sobre los alimentos habían sido anuladas. Cristo había señalado el hecho evidente de que la comida no puede en sí misma contaminar a una persona. Su verdadera preocupación era la contaminación moral y espiritual.

… todo lo de fuera que entra en el hombre, no le puede contaminar, porque no entra en su corazón, sino en el vientre…

Lo que del hombre sale, eso contamina al hombre. Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, la lascivia, la envidia, la maledicencia, la soberbia, la insensatez. Todas estas maldades de dentro salen, y contaminan al hombre (Marcos 7:18-23).

Por tanto, fue la prohibición de Dios que hizo los alimentos impuros, la que hace que surja la pregunta de por qué las leyes sobre los alimentos fueron instituidas en primer lugar. ¿Por qué no simplemente hablar de la necesidad de evitar las actitudes interiores de la mente que contaminan? Pablo nos da la respuesta en la carta de Gálatas. Nos enseña que, así como en la costumbre antigua un niño tenía un tutor que lo protegía hasta la madurez, para Israel la ley actuó como tutor hasta que Cristo vino. Hay un sentido en el que Cristo trató a la infanta nación de Israel como a un niño, cuidándolo con leyes y regulaciones para las primeras etapas de su desarrollo.

Si seguimos la analogía podemos ver una posible razón para la imposición de regulaciones que proporcionó una barrera contra la influencia negativa externa. Piense en esto de esta manera: solo una minoría de adultos abusan de los niños. Sin embargo, consideramos sabios a los padres que enseñan a sus hijos a no aceptar nada de ningún adulto que no conocen. De forma similar, no todos los gentiles eran moralmente corruptos en aquella época. Pero un grupo suficiente lo era, de modo que Dios puso una barrera para inculcarle a Israel los peligros del compromiso con la idolatría y sus prácticas acompañantes.

Ahora, la desventaja obvia con este esquema es que aquellos que están bajo este, pueden caer en el peligroso error de confundir el guardar las leyes y regulaciones con respecto a la limpieza ceremonial exterior, con la limpieza moral real e interior. En consecuencia, ellos pueden comenzar a pensar que son mejores que otros cuando, de hecho, no lo son. Incluso pueden pensar erróneamente que son aceptables delante de Dios sin importar lo malo que hagan (como hicieron algunos en Israel, y tristemente como algunos que profesan ser cristianos hacen en la actualidad); mientras que los gentiles son inaceptables para Dios sin importar el bien que hagan. Por supuesto, esto no tiene sentido.

Cuando Cristo vino, canceló el sistema de leyes sobre los alimentos (Marcos 7:19), y algo completamente nuevo tomó su lugar. El Espíritu Santo vino a habitar en los creyentes; y les dio el poder interior de resistir la corrupción, de modo que pudieron llevar su testimonio a los gentiles, mezclarse con ellos y aun así resistir las presiones del mal, tanto en su pensamiento como en su comportamiento.7 Sin embargo, las leyes sobre los alimentos estaban en vigor cuando Daniel vivió y, por lo tanto, habrían constituido una fuerte razón para que él y sus amigos rechazaran la comida imperial.

La segunda razón para su acción tiene que ver con la matanza y preparación de la carne. Las leyes levíticas prohibían comer sangre o productos derivados de esta, sobre la base de que la vida de la carne en la sangre está (Levítico 17:11). Esta regulación se estableció para recordarle a Israel de una manera simbólica la santidad de la vida, pero aquellas leyes de seguro no operaban en la carnicería de Babilonia.

Una elección: ¿Dios o los ídolos?

La tercera razón posible para la protesta de Daniel puede haber sido que la comida había sido sacrificada a los ídolos, o de alguna manera había estado involucrada ceremonialmente con el paganismo que caracterizaba la cosmovisión babilónica. En realidad, el texto en sí no menciona la idolatría en ese preciso momento, por lo que muchos piensan que es una especulación sin base para presentar esto como una explicación a la protesta de Daniel. Sin embargo, sabemos que la cultura babilónica estaba cargada de adoración politeísta en una forma única para el mundo antiguo. En su trabajo magistral (1992, pág. 85), Georges Roux escribe:

Por más de 300 años los dioses de Sumeria fueron adorados por los sumerios y semitas al igual; y por más de 3.000 años las ideas religiosas promovidas por los sumerios desempeñaron un papel extraordinario en la vida pública y privada de los habitantes de Mesopotamia, moldearon sus instituciones, adornaron sus obras de arte y literatura, y se difundieron en todo tipo de actividades, desde las funciones más elevadas de los reyes a las ocupaciones diarias de sus súbditos. En ninguna otra sociedad antigua la religión ocupó una posición tan prominente, pues en ninguna otra el hombre se sentía tan dependiente por completo de la voluntad de los dioses.

Las bibliotecas y las instituciones educacionales en particular se encontraban adjuntas a los templos en las principales ciudades del imperio. Según los arqueólogos, Babilonia tenía muchos templos en aquella época, cerca de unos 1.000. En la actualidad, la mayoría de los colegios seculares de Inglaterra en las Universidades de Oxford y Cambridge aún tienen una oración en latín que los estudiantes o asociados repiten en las comidas. Sin duda, sería casi increíble si la universidad de Babilonia, permeada como estaba de idolatría, no tuviera rituales paganos durante las comidas. Habría constantes ofrendas y brindis a los dioses.

Daniel nos da una pequeña e importante evidencia que fuertemente apunta en esta dirección. Él menciona su intención de rechazar no solo la comida sino también el vino. Las leyes bíblicas no tenían nada que expresar sobre el vino (solo advertir sobre el peligro del exceso). Entonces, ¿por qué se menciona aquí? La respuesta no es difícil de encontrar, ya que hay una comida que se describe más adelante en el Libro de Daniel donde el vino ocupa el lugar central, aquel famoso banquete donde el rey Belsasar mandó a traer las copas de oro que Nabucodonosor había tomado del templo de Jerusalén, y forzó a sus nobles a unirse a él en un deliberado insulto a Dios, al llenar las copas de vino y brindar por los dioses paganos de madera y piedra. Dios no se quedó callado, y escribió Su fatídico veredicto sobre la pared del palacio.

De esta manera, las copas de oro que se mencionan en la primera mitad del capítulo uno, y el vino que se menciona en la segunda mitad, aparecen juntos de una forma espectacular y trágica en el funesto banquete de adoración pagana que se describe en Daniel 5.

En vista de esto, sin duda no es irracional pensar que Daniel, aun en sus primeros días como estudiante, viera el peligro de comprometer su lealtad a Dios. El rechazó involucrarse en el tipo de ritual de bebida pagano que, escrito en grande, metafóricamente y literalmente, al final significaría la caída de Belsasar y de su imperio. Daniel decidió correctamente y con valentía, desde el mismo comienzo de su carrera universitaria, que debía trazarse una línea, establecerse una dirección.

Si este es el caso, la protesta de Daniel fue en esencia una protesta contra la cosmovisión idólatra de los babilonios: una cosmovisión que moldeó el paradigma de base para su sistema educacional. Él estaba determinado a no contaminarse con esto. Sin duda, no es difícil para nosotros relacionar esto. En el mundo occidental, la academia está dominada por la idea de que el ateísmo es la única cosmovisión respetable desde un punto de vista intelectual, lo que exige protesta por parte de aquellos de nosotros que creemos que eso es falso.

Pero, ¿cómo se hace esto? Daniel nos narra cómo él y sus amigos respondieron ante esta situación. Por supuesto, no nos enseña cómo debemos aplicar lo que ellos hicieron a nuestro contexto. A primera vista, su cultura parece muy diferente a la nuestra, por lo que debemos proceder con cuidado y tratar de razonar nuestro camino a través de los sucesos que ocurrían en Babilonia, y luego ver si existe algún paralelo con nosotros en la actualidad.

CAPÍTULO 6

LA COSMOVISIÓN DE BABILONIA

Daniel 1

Nuestra primera tarea en esta etapa es descubrir un poco más sobre la cosmovisión babilónica, contra la cual Daniel protestaba, y ver cómo se contraponía a la suya.

Dios, los dioses y el universo

Tomemos, por ejemplo, la cuestión de los orígenes. Daniel creía que había un Dios verdadero, Creador del cielo y de la Tierra. Por el contrario, los babilonios creían en muchos dioses, y los conocemos por la literatura con la que él seguramente tenía contacto; por ejemplo, la famosa epopeya babilónica de la creación, la Enuma Elish, un mito que relata los orígenes del universo y de los dioses (cosmogonía y teogonía), y que detalla la guerra entre ellos por la supremacía, la cual provocó que Marduk reemplazara a Enlil como el dios más alto del panteón mesopotámico.

El poema cuenta que los dioses surgieron de una especie de combinación primordial de Apsu, el agua dulce eterna delos ríos, y Tiamat, el agua salada del océano. Leemos en sus primeras líneas:

Cuando arriba los cielos no habían sido nombrados, la tierra firme abajo no había sido llamada con nombre; nada sino el Apsu primordial, su progenitor, Mummu y Tiamat, la que los dio a luz a todos, sus aguas, como un solo cuerpo, confundían; los desechos del junco no se habían hacinado, el carrizal no había aparecido; cuando cualesquiera de los dioses no habían sido traídos al ser ni llamados con nombre, no destinados sus destinos entonces sucedió que los dioses fueron formados en el seno de ellas. Generaciones de dioses Lahmu y Lahamu fueron producidos, con nombre fueron llamados. Luego de que crecieron en estatura y en edad, Anshar y Kishar fueron formados, que sobrepasaron a los otros. Hicieron largos los días, añadiéronles los años…8

En esta descripción poética vemos que los dioses babilónicos formaban parte de la sustancia (material) básica del universo, aunque en la mitología babilónica los comienzos están envueltos en la neblina de tiempos remotos, anteriores a Nammu, a quien llamaban la señora de los dioses, la madre del universo.

Los griegos tenían ideas bastante similares. Hesíodo compuso su Teogonía alrededor del siglo VII a. C., aunque probablemente se basó en fuentes más antiguas. Veamos unas líneas:

Elevando su voz sagrada, celebran primero la raza de los dioses venerables a quienes, en su origen, engendraron Gea y el anchuroso Urano; porque de éstos nacieron los dioses… [líneas 64-66].

Decidme estas cosas, Musas de moradas olímpicas, y cuáles de entre ellas fueron las primeras en un principio.

Antes que todas las cosas fue Caos; y después Gea la de amplio seno, [líneas 164-66], asiento siempre sólido de todos los Inmortales que habitan las cumbres del nevado Olimpo y el Tártaro sombrío enclavado en las profundidades de la tierra espaciosa; y después Eros, el más hermoso entre los dioses inmortales… [líneas 169, 171-172].

Werner Jaeger (1967, pág. 16-17) señala la abismal diferencia entre la cosmovisión griega y la hebrea:

Si comparamos la hipóstasis griega del Eros creador del mundo con el Logos del relato hebreo, observamos una abismal diferencia en la perspectiva de ambos pueblos. El Logos es una sustanciación de una propiedad intelectual o un poder del Dios creador, que está por encima del mundo y que lo trae a la existencia por su decreto y voluntad personal. Los dioses griegos habitan en el mundo; son descendientes del cielo y de la Tierra… generados por el vigoroso poder de Eros, quien también pertenece al mundo como una fuerza primitiva que lo engendra todo. Así que están sujetos a lo que llamamos leyes naturales. Cuando el pensamiento de Hesíodo finalmente dio paso al pensamiento filosófico, lo divino se buscó dentro del mundo, no fuera de él, como lo expresa la teología cristiana judía del Libro del Génesis.

La afirmación clave es: «Los dioses griegos habitan en el mundo.» No debemos pensar que la única diferencia entre la cosmovisión hebrea y la griega es que los hebreos redujeron el número de dioses a uno solo. El monoteísmo hebreo no es una versión reducida del politeísmo pagano. El Dios de los hebreos está fuera del mundo. Esta es una diferencia absoluta de categoría, no una simple diferencia de rango. También es por eso que, como ya hemos señalado, el Dios de los hebreos da sentido al mundo, mientras que los dioses paganos no lo hacen. El significado del sistema no se encuentra en el propio sistema.

Así queda demostrado un defecto argumentativo cada vez más popular del ateísmo. Cuando se dirigen a los creyentes del Dios bíblico, señalan: «Ustedes, respecto a Artemisa, Baal, Diana, Odín, Zeus y miles de otros dioses, son ateos al igual que nosotros. Solo que nosotros tenemos uno más en el listado.»

Tal argumento deslumbra a algunos debido a su astucia aparente, pero no aborda la cuestión que ya hemos abordado con anterioridad: el Dios de la Biblia no es «uno más» en el panteón de todos los dioses conocidos. Todos ellos son productos del cielo y de la tierra; pero el Dios que revela la Biblia creó los cielos y la Tierra. Esta diferencia es profunda y echa por tierra el argumento ateo.

Pudiéramos resumir estas antiguas filosofías de la siguiente manera:

• La materia es eterna y existía antes que los dioses.

• En su estado primigenio, la materia era un caos sin forma, sin orden y sin límites.

• Algún dios ordenó y dio forma a la materia básica del universo (cosmos), y tal proceso es lo que entendemos por creación.

• Este dios, como todos los demás, surgió de la materia original, y es parte de la materia, o una de las fuerzas del universo.

• Todo en el universo emana de él, como los rayos del sol, y así, de alguna manera, todo es dios.

Según dicho punto de vista, la materia es el compuesto primigenio del universo; los dioses y todo lo demás derivan de ella. En efecto, a la señora de los dioses, Nammu, mencionada con anterioridad, a veces se le describía como un mar primitivo de donde salieron los dioses. ¡Claramente la idea de una sopa primigenia no es nada nuevo! En ese sentido, su filosofía era, en esencia, naturalista; de hecho, materialista. Muchos de sus dioses eran deificaciones de las fuerzas e instintos básicos que se encuentran en la naturaleza. Así que su cosmovisión era del todo opuesta a la bíblica, que sostiene que la materia no es eterna ni autónoma sino Dios, que es Espíritu. Dios no deriva de nada. Él creó la materia; no la materia a Dios. De Él derivan la materia y todo lo demás.

El reduccionismo materialista está vivo y sano

Nuestro interés inmediato es examinar cuán semejante es el pensamiento de Babilonia al del mundo contemporáneo. La idea de que la masa-energía es primitiva, y de que todo deriva de ella, es la esencia del reduccionismo materialista que pretende dominar la sociedad occidental. Según tal punto de vista, la masa-energía está sujeta a las leyes naturales (de dondequiera que provengan, una cuestión que se olvida con facilidad, y que los materialistas deberían examinar) y debe tener la capacidad innata de producir todo lo que vemos a nuestro alrededor, incluyendo la vida, el cerebro, la mente humana y la idea de Dios, ya que, en tal hipótesis, Dios, como tal, no existe.

¿No es irónico que aquellos que invalidan a Dios les atribuyen poderes creativos a procesos materiales fortuitos y sin dirección? Por supuesto, en el mundo cerrado del materialista reduccionista no es posible una explicación alternativa. Como dice Richard Lewontin, genetista de Harvard, no podemos dejar que un pie divino cruce la puerta:

No es que los métodos y las instituciones de la ciencia nos obliguen a aceptar una explicación materialista del mundo fenomenológico, sino, por el contrario, que nosotros estamos forzados por nuestra adherencia a priori a las causas materiales para crear un aparato de investigación y una serie de conceptos que producen explicaciones materialistas sin importar qué tanto vayan en contra de la intuición, sin importar qué tan místicas sean para el que no ha sido iniciado. Más allá de eso, el materialismo es un absoluto, pues no podemos dejar que un pie divino cruce la puerta.9

Debemos reconocer la honestidad de Lewontin. Afirma que su materialismo es a priori, es decir, cree en el materialismo antes de hacer ciencia. Lejos de afirmar que su materialismo deriva de su ciencia, está abiertamente preparado para aplicarlo a la misma y permitir que lo primero influya en lo último.

Esta convicción materialista es tan fuerte en muchos científicos que, aun cuando encontraran evidencias de una inteligencia superior en el universo, optarían por decir que tal inteligencia no puede ser, por supuesto, sobrenatural, sino natural, producto de fuerzas naturales fortuitas y sin dirección, igual que todo lo demás. Por ejemplo, Paul Davies sostiene que la delicada sintonía del universo demuestra la actividad de algún tipo de inteligencia superior. Basado en el hecho de que las principales constantes físicas del cosmos tienen que permanecer dentro de una tolerancia en extremo delicada para que la vida sea posible, el científico afirma (1988, pág. 203):

Parece como si alguien sintonizara finamente los números de la naturaleza para hacer el universo… La impresión del diseño es irresistible.

Sin embargo, cuando se le pregunta sobre la naturaleza de esa inteligencia, Davies sostiene que en última instancia es parte de la materia del universo; es decir, aunque puede ser una inteligencia sobrehumana, no es sobrenatural. Su razonamiento no se diferencia mucho del de los antiguos babilonios.

Comprender la cosmovisión a nuestro alrededor

Así que, a primera vista, el mundo de Babilonia nos parece lejano; sin embargo, cuando reflexionamos, vemos que Daniel estaba rodeado de una cosmovisión muy similar al naturalismo de hoy en día, y por su profunda lealtad a Dios, estaba decidido a oponerle resistencia. No obstante, debemos tener en cuenta que en realidad él no protesta contra la educación en la universidad de Babilonia. Claramente se dedicó a sus estudios y podemos imaginar que disfrutó su curso universitario. Él y sus amigos pusieron tanta energía en el aprendizaje de las lenguas, la literatura, la filosofía, la ciencia, la economía, la historia y todas las demás asignaturas, que fueron alumnos destacados y terminaron con los más altos títulos académicos, muy por encima de los demás. Daniel no protestó como un espectador ajeno al sistema: protestó dentro del mismo.

Es importante tenerlo en cuenta, más aún, cuando escuchamos el término «literatura apocalíptica» que se utiliza para el Libro de Daniel. La descripción tiende a dar la idea de un salvaje e irracional profeta de la condenación, quien les advertía a las personas que escaparan de la sociedad, que se enclaustraran como monjes o como ermitaños a esperar el cataclismo inminente y destructor el cual marcaría el fin de la historia. Bueno, si eso es lo que significa «apocalíptico», entonces no se aplica ni a Daniel ni a sus amigos. No negamos que este profeta anuncia muchos acontecimientos futuros en su libro, algunos de sombría trascendencia. Pero, lejos de llevarlo a huir de la sociedad y de la responsabilidad, la revelación que recibió sobre el futuro lo llevó a vivir una vida profesional plena, en los niveles más altos de la administración imperial. Su comprensión de Dios no lo hizo desarrollar una mentalidad atrasada, sino desarrollarse de forma completa y prominente en la sociedad babilónica.

Es importante notar que la comprensión de Daniel no representaba una posición de compromiso: era del todo bíblica. Estaba bien familiarizado con los escritos de Jeremías, un profeta que no solo había predicho el exilio babilónico, sino que además había escrito una carta a los líderes de los judíos deportados:

Estas son las palabras de la carta que el profeta Jeremías envió de Jerusalén a los ancianos que habían quedado de los que fueron transportados, y a los sacerdotes y profetas y a todo el pueblo que Nabucodonosor llevó cautivo de Jerusalén a Babilonia (después que salió el rey Jeconías, la reina, los del palacio, los príncipes de Judá y de Jerusalén, los artífices y los ingenieros de Jerusalén), por mano de Elasa hijo de Safán y de Gemarías hijo de Hilcías, a quienes envió Sedequías rey de Judá a Babilonia, a Nabucodonosor rey de Babilonia. Decía: Así ha dicho Jehová de los ejércitos, Dios de Israel, a todos los de la cautividad que hice transportar de Jerusalén a Babilonia: Edificad casas, y habitadlas; y plantad huertos, y comed del fruto de ellos. Casaos, y engendrad hijos e hijas; dad mujeres a vuestros hijos, y dad maridos a vuestras hijas, para que tengan hijos e hijas; y multiplicaos ahí, y no os disminuyáis. Y procurad la paz de la ciudad a la cual os hice transportar, y rogad por ella a Jehová; porque en su paz tendréis vosotros paz. Porque así ha dicho Jehová de los ejércitos, Dios de Israel: No os engañen vuestros profetas que están entre vosotros, ni vuestros adivinos; ni atendáis a los sueños que soñáis. Porque falsamente os profetizan ellos en mi nombre; no los envié, ha dicho Jehová.

Porque así dijo Jehová: Cuando en Babilonia se cumplan los setenta años, yo os visitaré, y despertaré sobre vosotros mi buena palabra, para haceros volver a este lugar. Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice Jehová, pensamientos de paz, y no de mal, para daros el fin que esperáis. Entonces me invocaréis, y vendréis y oraréis a mí, y yo os oiré; y me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón. Y seré hallado por vosotros, dice Jehová, y haré volver vuestra cautividad, y os reuniré de todas las naciones y de todos los lugares adonde os arrojé, dice Jehová; y os haré volver al lugar de donde os hice llevar (Jeremías 29:1-14).

He mencionado una extensa porción de la carta para dejar claro que Daniel sabía su contenido, ya que cita lo predicho sobre la duración del exilio en Daniel 9. No sabemos cuándo fue consciente de todos los detalles de este mensaje, pero es indiscutible que obró poderosamente en su espíritu. El mensaje de Jeremías permanece vigente en nuestros tiempos, cuando nos enfrentamos a la actual invasión de Babilonia. En efecto, tales palabras resultan un inmenso apoyo para esos jóvenes de cuna cristiana que entran a cursar los altos estudios. Como embajadores de nuestro Rey celestial nos animan a perseguir el bienestar de la «ciudad» primero en la universidad y luego en el mundo exterior.

Precisamos detenernos por un momento, porque algunos dirán que el Salmo 137 nos habla de una reacción bastante diferente ante Babilonia:

Junto a los ríos de Babilonia, Allí nos sentábamos, y aun llorábamos, acordándonos de Sion. Sobre los sauces en medio de ella colgamos nuestras arpas. Y los que nos habían llevado cautivos nos pedían que cantásemos, y los que nos habían desolado nos pedían alegría, diciendo: Cantadnos algunos de los cánticos de Sion. ¿Cómo cantaremos cántico de Jehová en tierra de extraños? Si me olvidare de ti, oh Jerusalén, pierda mi diestra su destreza. Mi lengua se pegue a mi paladar, si de ti no me acordare; si no enalteciere a Jerusalén (Salmos 137:1-6).

Sí, es una reacción diferente; pero no es incompatible con el mensaje del Señor por medio de Jeremías. Quizás hubo momentos en que Daniel y sus amigos lloraron, y les resultó difícil cantar con entusiasmo. Habría sido muy extraño que esto no sucediera. En definitiva, la nostalgia era tan real como lo es hoy. La obediencia al mensaje de Jeremías no significaba olvidar Jerusalén y todo lo que representaba. Inevitablemente, muchos de Judá terminaron haciéndolo; pero Daniel y sus amigos no olvidaron su identidad nacional y espiritual. Buscaban el bienestar de Babilonia viviendo en esa ciudad como sal y luz para Dios. Esa postura significaba atreverse y protestar contra la visión del mundo que subyacía en el sistema babilónico y enfrentar las consecuencias. No significaba olvidar a Jerusalén o no lamentar su destino.

El lenguaje de la protesta

¿Qué hacemos nosotros hoy? Si estamos convencidos de la visión bíblica del mundo, ¿no deberíamos protestar contra el secularismo occidental que amenaza con tragarnos? ¿No deberíamos actuar contra la noción de que el ateísmo es la única posición intelectualmente respetable? Claro que pudiéramos hacerlo. Pero en ese caso, debemos usar el lenguaje de la protesta con sumo cuidado, porque nuestro mundo está lleno de protestas violentas y crueles que dañan y destruyen la vida de millones de personas. Necesitamos recordar siempre (como lo hicimos en el capítulo 3) que Cristo prohibió la violencia para imponer la verdad, algo que la violencia de todos modos no puede hacer.

La batalla diaria del cristiano, que sí es una batalla, es el mismo conflicto no violento en el que Daniel protestaba, y que tiene lugar en el pensamiento: en el reino de las ideas y las cosmovisiones, no en el ámbito militar. El apóstol Pablo lo describe así:

Pues, aunque andamos en la carne, no militamos según la carne; porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo… (2 Corintios 10:3-5).

Observamos que el énfasis aquí está en el argumento bien fundado. Los primeros apóstoles cristianos, razonaban con las personas dondequiera que iban: en las sinagogas, en las plazas del mercado y, si tenían la oportunidad, dialogaban en las salas de conferencias académicas del mundo (ver Hechos 17:2, 17; 18:4; 19:9-10). La palabra griega apología, de donde proviene el vocablo «apologista», significa «defensor». Es importante entender esto porque el Nuevo Testamento no hace distinción entre evangelismo y apologética; cualquier evangelismo significaba defender el evangelio. Los primeros cristianos con frecuencia enfrentaban objeciones a su mensaje. A menudo, los malinterpretaban y los acusaban de predicar revoluciones políticas, de promover el antinomismo, o de introducir dioses extranjeros. Así que, para despejar el camino del evangelio, tenían que derribar las barreras en la mente de las personas. Para hacerlo se reunían con ellos, respondían a sus preguntas, y defendían el mensaje cristiano contra los malentendidos, la tergiversación y la difamación. De hecho, fue (y es parte) del poder convincente del mensaje cristiano el dar respuestas creíbles. Lo que desarrollaban estos hombres y mujeres era un «evangelismo persuasivo».10 Aquí está la esencia del testimonio cristiano que estamos llamados a dar.

Una llamada al compromiso

Ahora bien, como la batalla es de esta naturaleza, requerimos una seria preparación para pelearla. Ya hemos visto el prerrequisito más importante: ser fieles a Jesucristo y demostrar que lo somos al tenerlo en nuestros corazones como Señor. Pero hay más; porque no solo necesitamos la lealtad moral, sino también la intelectual y la espiritual.

Quizá comprendamos mejor qué es lealtad moral, si conocemos aquello que amenaza la integridad moral. Pero ¿qué se entiende por lealtad intelectual y espiritual? Pablo se lo explica a los corintios de esta manera:

Porque os celo con celo de Dios; pues os he desposado con un solo esposo, para presentaros como una virgen pura a Cristo. Pero temo que como la serpiente con su astucia engañó a Eva, vuestros sentidos sean de alguna manera extraviados de la sincera fidelidad a Cristo. Porque si viene alguno predicando a otro Jesús que el que os hemos predicado, o si recibís otro espíritu que el que habéis recibido, u otro evangelio que el que habéis aceptado, bien lo toleráis (2 Corintios 11:2-4).

El apóstol estaba preocupado por el compromiso intelectual y espiritual que tenía con Cristo. Las imágenes que usa son elocuentes. Habla del desposorio: la relación entre un hombre y una mujer antes del matrimonio en el mundo antiguo. Era mucho más fuerte que a lo que hoy llamamos compromiso. El desposorio era parecido al matrimonio, ya que solo podía disolverse a través del divorcio. Antes de que una mujer se desposara podía considerar a todos los posibles pretendientes; pero cuando ya lo estaba, cuando había «dado su palabra de fidelidad», se consideraba inmoral que sus ojos o su corazón miraran a otro. Significaba una deslealtad a su futuro esposo.

La analogía es muy acertada. Los cristianos de la Corinto pluralista y politeísta habían entregado sus vidas a Cristo; lo habían aceptado como Señor en sus corazones y le habían jurado lealtad solo a Él. Al menos, eso es lo que afirmaban. Pero Pablo estaba preocupado por los crecientes rumores de que su lealtad había sido socavada. Había sido pura, es decir, exclusiva en su enfoque, con Cristo como su único objeto. Sin embargo, otras voces que no estaban contentas con el cristianismo histórico, habían comenzado a reclamar la atención de los cristianos de dicha ciudad, y algunos de ellos estaban sucumbiendo bajo estas ideas nuevas y embriagadoras.

A lo largo de la historia ha ocurrido lo mismo. Tarde o temprano llegarán los innovadores con sus «reinterpretaciones» del evangelio. Su mensaje presentará a otro Jesús, uno carente de singularidad y Deidad, reducido al nivel de todos los demás maestros, por grandes que sean. O, tal vez, otro espíritu, que intenta fusionar el evangelio con el animismo o el espiritismo. Quizás otro evangelio, que confunde la verdadera base de la relación con Dios únicamente a través de la fe en Cristo, pervirtiendo la verdad al elevar el mérito humano, y sacarle provecho. O torcer el mensaje para permitir la inmoralidad bajo el disfraz del «amor». La lista es extensa.

Hoy día, en nombre de la tolerancia, la singularidad de Cristo y de muchas doctrinas que definen el cristianismo enfrentan ataques como nunca antes. Bajo tal presión, es fácil empezar a coquetear con ideas teológicas desleales a Cristo. Muchos, en los bancos, detrás del púlpito, y en la universidad teológica han sido tan bombardeados por el pensamiento de la ilustración pseudocientífica que ya no creen en la preexistencia de Cristo, su concepción sobrenatural, sus milagros, su resurrección y su ascensión, y se han entregado a un agnosticismo ambiguo.

Todos necesitamos examinar de vez en cuando la salud de nuestra lealtad intelectual y teológica a Cristo, y solo podemos hacerlo al escudriñar constantemente la Biblia. Es muy fácil olvidar cómo la Escritura llegó a nuestras manos. John Wycliffe y William Tyndale trabajaron duro y en condiciones muy peligrosas para entregarnos la Biblia en inglés. Tyndale fue quemado vivo en Bélgica por la traición de un coterráneo suyo. Cranmer, Ridley y Latimer fueron quemados vivos en Oxford. Estos valientes hombres estaban decididos a entregarles la Escritura a las personas. Sus esfuerzos encendieron un fuego en los corazones de hombres y mujeres en todo el mundo, estimulando e inspirando, incluso a los más humildes, a estudiar la Biblia por su cuenta y escuchar la voz de Dios, en vez de inclinarse ante alguna autoridad eclesiástica externa y opresora. ¿Qué pensarían si vieran las Biblias, ahora disponibles gracias a sus sacrificios, en las estanterías sin que nadie las lea?

A todos nos gusta estar en contacto. Es por eso que hoy los teléfonos móviles superan en número a las Biblias en las manos y los bolsillos de los cristianos en todo el país (¡aunque los teléfonos tienen Biblias en ellos!). Pero, aunque sea importante escuchar a los demás, nuestra prioridad es escuchar a Dios. Al menos, es uno de los retos de la vida de Daniel.

CAPÍTULO 7

LA FORMA DE LA PROTESTA

Daniel 1

La forma en que Daniel llevó a cabo su protesta es un modelo para nosotros. Una vez más usamos la declaración de Pedro para ilustrarlo:

Por tanto, no os amedrentéis por temor de ellos, ni os conturbéis, sino santificad a Dios el Señor en vuestros corazones, y estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros; teniendo buena conciencia, para que en lo que murmuran de vosotros como de malhechores, sean avergonzados los que calumnian vuestra buena conducta en Cristo (1 Pedro 3:14-16).

La necesidad de ser sensibles

Ahora nos enfocamos en la última parte de la declaración de Pedro, donde él se centra en la forma en que defendemos el mensaje. Él expresa que debemos hacerlo «con mansedumbre y respeto». Daniel ejemplifica esta actitud de manera exacta. Primero se dirige a Aspenaz, el jefe de los eunucos en la corte, quien parece haber sido una especie de oficial administrativo responsable del bienestar de los estudiantes. Daniel le pide autorización para no servirse de la comida. Él no golpea de repente la mesa del comedor y exige otra comida como un derecho (en nombre de su religión, derechos humanos, o alguna otra cosa). De forma educada le hace su petición a Aspenaz en privado.

El hombre tiene miedo y confiesa su temor a Daniel. Esto es notable. La explicación es: «Dios le dio a Daniel favor y compasión» a los ojos del oficial. No se narra, pero podemos estar seguros de que Daniel había orado por la situación. También podemos estar convencidos, por lo que sigue, de que Daniel se había comportado de una forma amable y respetuosa con el oficial y se ganó su confianza. Si tenemos que iniciar algún tema difícil con las personas, de igual modo debemos aprender a ser gentiles y respetuosos con ellas. Es triste que haya algunos cristianos a los que estas dos cosas les sean muy engorrosas. Vale la pena analizar por qué ocurre esto.

Para algunos, la convicción de que «conocen la verdad» les produce una actitud agresiva que apesta a superioridad y es muy desagradable. Olvidan que Aquel de quien profesan ser testigos, Él que es la verdad (Juan 14:6), fue el más gentil de los hombres. Él era manso y humilde de corazón (Mateo 11:29). Por supuesto, esto no significa que era un derrotista tonto, aburrido y sin fuerza de carácter. Cristo estaba lleno de valor y autoridad moral, y mostró (justa) ira cuando fue necesario. Pero siempre fue cortés y respetuoso. Aquellos de nosotros a quienes les es muy difícil respetar o ser gentiles con los que no están de acuerdo con nosotros, necesitan esforzarse mucho para aprender a ser así.

Con cuánta facilidad olvidamos que el hombre o la mujer con quien hablamos es una criatura, como nosotros, infinitamente preciosa porque fue hecha a la imagen de Dios. De hecho, eso es parte de la gloria del mensaje que deseamos transmitir a nuestros semejantes. No son meras excrecencias casuales en el universo, sino que tienen una dignidad dada por Dios como su Creador. Caemos entonces ante nuestro primer obstáculo si no reflejamos esa dignidad en nuestras actitudes. Queremos también que ellos sepan que Dios amó tanto al mundo, lo amó de tal manera que, de hecho, dio a Su Hijo para que muriera por él. Poco nos ayudará comunicar este mensaje si lo transmitimos con un aire de superioridad y arrogancia. Nuestro objetivo debe ser fraternizar con las personas como Jesús lo hizo, no simplemente hablar a posibles conversos. Si no estoy interesado en una persona como persona, es comprensible que ella no se interese en mí o en mi fe.

Entonces, ¿cómo acercarnos a otros con una verdadera motivación? C. S. Lewis, como en muchas otras cosas, es útil en este punto. En una ocasión sugirió que si queremos saber cómo es amar a alguien, debemos preguntarnos qué haríamos si amáramos a la persona, y entonces ir y hacerlo. Lo mismo sucede con el respeto. Necesitamos tomar tiempo para meditar en lo que haríamos si respetáramos a la persona con la que hablamos, y entonces hacerlo. En lugar de esperar a que nuestros motivos sean perfectos, hacemos lo correcto y dejamos que los motivos se resuelvan. El Señor Jesús nunca excusó el pecado. Lo expuso y lo trajo a la luz, pero (y esto es esencial) lo hizo de tal manera, que las personas que estaban en verdad arrepentidas podían entender que Él ofrecía perdonarlos de forma gratuita. Jesús no aprobó el adulterio de la mujer que fue llevada ante Su presencia (Juan 8:1-11). Él le dijo que se fuera y no pecara más y al mismo tiempo le ofreció Su perdón y un retorno a la decencia sobre la base de su arrepentimiento y confianza en Él. Pero al mismo tiempo expuso la hipocresía en los corazones de aquellos que la condenaban.

Tomemos otro ejemplo. Los dos hombres que fueron crucificados con Cristo eran insurgentes. Cristo no aprobó su violencia, sin embargo, fue gentil con el terrorista arrepentido. En su momento de morir, Cristo le aseguró que estaría, ese día, con Él en el paraíso (Lucas 23:39-43).

La manera sensible con la que el Señor trató a tales personas es excepcionalmente magnífica. Pero ¿algo no nos dice que Él dejó Sus pisadas para que las sigamos, y debemos hacerlo, aunque cometamos errores?

Una confianza tranquila

Aspenaz no solo le confesó a Daniel que tenía miedo. Confió en él lo suficiente como para revelarle la razón de su ansiedad:

Temo a mi señor el rey, que señaló vuestra comida y vuestra bebida; pues luego que él vea vuestros rostros más pálidos que los de los muchachos que son semejantes a vosotros, condenaréis para con el rey mi cabeza (Daniel 1:10).

Aspenaz había sido responsable de cambiar los nombres de Daniel y sus amigos, de acuerdo con la política de Nabucodonosor de hacer que todos lucieran igual. En esta ocasión Aspenaz temía que Daniel luciera peor que sus compañeros, y que él fuera condenado como culpable. Ahora no es tanto una cuestión de identidad sino de imagen. Al igual que muchas culturas antiguas, Babilonia premiaba la apariencia física. Las personas, en especial aquellos que buscaban altos cargos, no solo tenían que ser buenos, tenían que lucir bien. (¿Le suena familiar?) La forma en que las personas lucen puede valer más que lo que tienen que decir, incluso en la esfera de la política y la administración. ¿Tienen la imagen correcta? Si no, entonces ¿podemos transformarlos para crear la imagen correcta?

Aspenaz vivió mucho antes de la época de los sofisticados asesores, pero tenía una responsabilidad similar e importante de asegurar que sus encargados se presentasen bien. Estaba claro que le costaba la vida si Daniel no lucía físicamente tan bien como los otros. No podía arriesgarse. Nunca se le ocurrió que si aceptaba la sugerencia de Daniel, podía haber otro posible resultado. No conocía otra fuente para lucir bien que la comida que el rey suplía.

El asunto podía haber terminado aquí, pero Daniel no iba a rendirse con tanta facilidad. Él pudo entender con claridad que no lograría nada con presionar tan duro a Aspenaz, así que le habló al oficial subalterno a quien este había designado para los cuatro estudiantes. Es probable que el oficial supiera lo que su jefe le había dicho a Daniel, sin embargo, estaba lo suficientemente impresionado con Daniel como para escuchar su propuesta. Daniel sugirió que, en silencio y sin agitación, llevarían a cabo una prueba controlada, la primera vez en la historia que leemos esto. La prueba era que debían comer comidas sencillas, que consistieran solo de vegetales, por un período de diez días. El mayordomo luego debía actuar de acuerdo a lo que viera. La prueba fue un éxito, y hubo evidencia de una diferencia notable en la apariencia de los cuatro. En realidad, ahora lucían mejor que los estudiantes que comían la comida real, y se les permitió continuar con la dieta básica.

La convicción de Daniel de que tenía que honrar a Dios a pesar de las consecuencias es impresionante, pero también lo es la forma delicada en que hizo su protesta. Él comprendió las responsabilidades de sus oficiales y sus temores, y fue cuidadoso de respetar sus sentimientos. Le dio al oficial subalterno el tiempo para reunir la evidencia de que había verdad en lo que decía. Se necesita valor para hacer eso, y Dios lo honró a él y a sus amigos por esto.

Aquí hay una lección simple pero importante para nosotros. Daniel tomó tiempo. Él no estaba en un apuro frenético, y fue sensible a la necesidad de tiempo de los otros. En ocasiones olvidamos que el mensaje cristiano es muy extraño y nuevo para muchas personas. Contiene ideas con las que ellos no están familiarizados, y necesitamos darles tiempo para asimilarlas. Es muy fácil, por la gran cantidad de nuestros argumentos, hacer que las personas interesadas se sientan asfixiadas. Debemos darles espacio para respirar, o simplemente las vamos a alejar, y la culpa será nuestra.

¿Cuán bien luciré? ¿No es esa una de las presiones que pueden afectar nuestra disposición de defender nuestra fe y ser contados dentro de aquellos que lo hacen? Puedo recordar bien la primera vez que esto me sucedió. En una ocasión, cuando era estudiante, me encontraba en una cena, sentado al lado de un ganador del premio Nobel. Traté, como mejor sabía en aquel momento, de involucrarlo en una conversación sobre la realidad de Dios. Después de la cena, me invitó junto con algunos de sus colegas profesores a su oficina para un café. Yo era el único estudiante presente y la atmósfera era intimidante, para expresar lo menos. Cuando estábamos más o menos acomodados (excepto en mi caso) me preguntó si me gustaría hacer una carrera seria en la ciencia:

—Sí, señor —expresé. Él respondió:

—Entonces desiste de esas ideas infantiles sobre Dios. Solo te van a traer desventaja intelectual entre tus compañeros.

Era un momento decisivo. Le pregunté qué tenía para ofrecerme como explicación racional sobre el universo y sus leyes, como una alternativa a Dios. Me sorprendió al tratar de explicar que el responsable era algún tipo de «fuerza vital». Yo creía que tal tipo de pensamiento estaba arcaico. Traté de hacerle ver de manera gentil que para mí eso era menos racional que lo que ya yo creía. Quedé descartado de inmediato.

La presión aumenta hoy en día. Si va a lucir bien, desde el punto de vista de muchos científicos y de aquellos que los siguen, entonces es mejor que sea ateo. Una prometedora estudiante de Biología de Oxford me contó que sus profesores le habían repetido mucho esto. Ellos le expresaban que las convicciones sobre el mundo que ella tenía solo obstaculizarían su ciencia. ¡Como si su propio ateísmo no fuera una cosmovisión! Los nuevos ateos se denominan los «brillantes» (término de Dan Dennett), la implicación es que el resto somos tontos.

Si va a ser tolerante en estos días, se le informará que no puede confesar de manera pública que Jesucristo es el camino, y la verdad, y la vida (Juan 14:6). Tendrá que reconocer que todas las religiones son formas válidas de buscar algún tipo de realidad última: Dios, dioses, o lo que sea. No se puede permitir que una aldea global sea dividida por demandas de verdad absoluta. Y así sucesivamente…

Por tanto, es cada vez más difícil evitar la marginalización como resultado de caminar fuera de la línea políticamente correcta. Puede ser un negocio costoso. Daniel y sus amigos estaban dispuestos a pagar cualquier precio con tal de mantener a Dios como su valor supremo.

Leemos que Dios los honró, y no solo con una mejor apariencia física: les dio instrucción y capacidad en toda ciencia y literatura. Además, Daniel resultó estar especialmente dotado para entender visiones y sueños, un don que pronto sería puesto a prueba. Cuando Nabucodonosor en persona los examinó al final del curso intensivo de tres años, Aspenaz debe haber estado orgulloso al ver que sus encargados eran los mejores de la clase. De hecho, el emperador los halló diez veces mejores que a cualquier otro en todo el imperio. Estaban claramente destinados para la prominencia.

Sin embargo, sería un error (tal vez doloroso) pensar que esta historia de algún modo nos garantiza que si honramos a Dios con nuestro testimonio Él nos hará genios intelectuales y administrativos como Daniel y sus amigos. Es bien cierto que Dios les dio su capacidad. Eso es lo que Dios hizo por cuatro personas en aquel tiempo. No es garantía de que hará lo mismo por nosotros en nuestro tiempo. Él tenía un propósito muy especial para ellos, y también tiene uno para nosotros. Así como Dios los equipó para su propósito, Él nos equipará para el nuestro; pero quizás ambos propósitos sean muy diferentes. En términos cristianos: como a Él le plació, Dios nos ha incluido en el gran cuerpo de Cristo, esa unidad orgánica que es la iglesia. Cada uno de nosotros tiene una función diferente. Todas son de igual modo necesarias y valiosas, aunque no todas son tan visibles (ver 1 Corintios 12:1-26). Debemos aprender a contentarnos con el valor que Dios nos da, como hizo Abraham (como vimos en nuestro estudio de la ideología de Babilonia); y el contentamiento viene cuando entendemos que a Dios le plació hacernos tal cual somos.

La primera etapa del relato de Daniel ahora está completa. Él y sus amigos han puesto a Dios como su objetivo. El resto del libro nos contará cómo esa resolución inicial se desarrolló hasta ser un hábito establecido de por vida.

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Дата выхода на Литрес:
23 июня 2025
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ISBN:
9781646911936
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