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ETERNO AMANECER

La muerte es solo el comienzo

Javf MzEnriquez


ETERNO AMANECER

La muerte es solo el comienzo

© 2020, Javf MzEnriquez

©Primera edición 2020 Portable Publishing Group LLC, 30 N Gould St, Ste R,

Sheridan, WY 82801, Estados Unidos de América.


www.editorialportable.com

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ISBN: 978-1-953540-33-1

Impreso en México – Printed in Mexico

ÍNDICE

DULCE PLACER

ETERNO AMANECER

I SUCESOS EXTRAÑOS

II YA NO TE AMO

III PRIMER ENCUENTRO

IV PESADILLAS

V EL ÚLTIMO ATARDECER

VI DESPERTAR

VII EL RECHAZO

VIII NUEVO AMIGO

IX LA PRIMERA CAZA

X HOMICIDIO

XI LA DECISIÓN

XII EL ÚLTIMO ADIÓS

XIII EL TRANCE

XIV EL NUEVO COMIENZO

DULCE PLACER

El frío llegó como una suave y delicada caricia, provocando el más placentero de los éxtasis. Mis ojos se abrieron dilatados por aquel placer frío y excitante que golpeaba una y otra vez dentro de mí, quemando y destruyendo cada célula, cada tejido. Aquel profundo dolor ardía con un fuego intenso que me sumergía en el más profundo de los abismos. De pronto se extinguió lentamente hasta desaparecer. Entonces me di cuenta de que ya no había nada dentro de mí, estaba completamente vacío, con el deseo infinito de sangre; y la vida, la vida se había ido.

A mis diecisiete años, a dos meses de cumplir la mayoría de edad, no me había detenido a pensar cómo iba a morir. Tenía muchos planes en mente para el futuro: terminar una carrera, viajar por todo el mundo, y mil cosas más; pero jamás me pregunté cómo iba a terminar mi vida, qué iba a provocar mi muerte. Una enfermedad, un accidente, un asesinato, etcétera. Jamás me lo había preguntado. Y ¿para qué? ¿Qué razón habría? No tendría ningún caso. Pero a veces la muerte anda tan cerca —acechando a su próxima víctima, como un cazador a su presa— que, cuando menos te lo esperas, cae sobre ti.

Sin que puedas defenderte, te deja inmóvil, roba tu último aliento; cierra tus ojos bajo una inmensa tranquilidad, relaja cada músculo, y no sabes que jamás volverás a ver la luz; que jamás volverás a ver a tu familia y a tus amigos, que no verás nuevamente brillar el sol o una noche forrada de estrellas. Pasarás a ser un dulce y tierno recuerdo en la mente de todos aquellos que te amaron. Volverás al polvo de donde un día naciste, te convertirás en nada.

Quizá en la más terrorífica de mis pesadillas había tenido algún encuentro cercano con la muerte. Quizá ahí había muerto de alguna forma extraña, pero no como iba a pasar en realidad, no como esa noche.

Vivir en un mundo de grandes avances tecnológicos aplicado hasta en la más simple de las actividades, en un mundo gobernado por el poder, un mundo que se autodestruye cada día, sin importarnos las consecuencias. Esto es fácil de entender porque es real y vives en él, pero vivir en un mundo oculto en la oscuridad, sumergido en una noche eterna, cuya existencia es imaginable mas no real, cuya adaptación y forma de vida son inhumanas, un mundo oculto en la historia, seres inmortales…

Pero sin un día descubres que ese mundo oculto ha existido desde siempre entrelazado con el mundo real, que esos seres inmortales si son reales y no una absurda teoría como la supuesta existencia de extraterrestres o vida en otro planeta. Si tuvieras que elegir entre ambos mundos, si tuvieras esa oportunidad, ¿Cuál elegirías tú? Pero si te arrebataran esa opción, esa única oportunidad y alguien más la eligiera por ti… ¿Cuál sería tu reacción?

ETERNO AMANECER

I
SUCESOS EXTRAÑOS

—“Perote, Veracruz. Pueblo situado a una altura de 2.400 metros sobre el nivel del mar, ubicado en las coordenadas 19° 34´´ latitud norte y 97° 15´´ longitud oeste. Su clima es frío-seco-regular, con temperatura media anual de 12 °C, con una precipitación anual de 493.6 mm.” Esta información está muy confusa. Latitud, longitud, grados, milímetros; no entiendo. No soy climatólogo.

—Deja de quejarte y continúa leyendo.

—“La vegetación predominante es de tipo aciculifolio y crasirosulifolio; compuesta por pinos, oyameles, encinos y sabinos. Hay exceso de tabaquillo. El llano está cubierto frecuentemente de pastos, magueyes, matorrales con izote, matorrales espinosos, etcétera. Su fauna…”

—¡Oh! Ahí viene lo interesante.

—“Su fauna, al igual que en todas las tierras frías y de elevadas alturas, aguarda a notables especies silvestres, como armadillos, ardillas, conejos, coyotes, gatos monteses y lobos.”

—¡Oh! Nada apetecible. Aquí moriré de sed.

—Creo que estaremos poco tiempo, después de todo.

—¡Oh, chicos! Conozcamos el lugar. Además por aquí cerca podremos encontrar algo más.

—Creo que hemos llegado, o al menos eso indica ese letrero: “Perote, Veracruz. Población: 61.272 habitantes”.

Estaba profundamente dormido, metido en el extraño sueño, cuando oí:

—Alexei, despierta. Ya es tarde.

Y el extraño sueño desapareció como nube de polvo cuando sopla el viento. Abrí los ojos y miré el reloj que estaba puesto sobre el buró, a un lado de la cama, nueve de la mañana.

—¡Rayos! Me quedé dormido —refunfuñé.

Es que el extraño sueño había ocupado gran parte de la mañana. Miré a través de la ventana los débiles rayos del sol que apenas se podían ver. El ambiente se sentía tenso y triste.

“Creo que regresan los días nublados”, pensé, y me dirigí al baño para lavarme la cara.

Mientras esperaba a que saliera el agua caliente, miré mi rostro en el espejo. De pronto, algo captó mi atención. El que se reflejaba en él no era yo, o al menos no al cien por ciento. Había algo diferente en mí. Mis ojos eran de otro color, la textura de mi piel se veía diferente; un ser atractivo y encantador. Digo, no soy un modelo de revista, pero tampoco estoy tan mal. De repente, vino a mi mente el extraño sueño que había tenido esa noche. Un sueño verdaderamente extraño. No soy supersticioso, pero mamá siempre hablaba del significado de los sueños. Nunca he creído en eso, simplemente pensé qué significaba todo esto, quiénes eran esas personas.

A pesar de que el sueño había sido largo, no había visto sus rostros. Estaba pensando cuando algo frío y húmedo me hizo volver a la realidad.

Me pregunto cuánto tiempo había estado en trance, que no me había dado cuenta de que el lavamanos se había llenado y el agua se estaba derramando.

—Maldita sea —dije enfadado—. Ahora tengo que limpiar todo este reguero de agua. Todo por pensar en tonterías. Con lo tarde que es. Además, ¿qué significado podrá tener ese tonto y absurdo sueño? ¿Cuántas veces había soñado con alguna tontería y nunca le había puesto atención? No tengo por qué hacerlo ahora.

Bajé al cuarto de limpieza por un trapeador. Venía de regreso a mi habitación, cuando me encontré con mi madre.

—¿Adónde vas con eso? —preguntó.

—¡Oh! Es que se botó el agua en el baño y voy a limpiar.

Me miró y se quedó pensando un rato, y luego preguntó:

— ¿Cómo es que se botó el agua?

Dudé un poco al contestar:

—Es que no cerré bien la llave del lavamanos y se derramó el agua.

¡Brillante respuesta! Simplemente no se me ocurrió algo mejor; como mentir, por ejemplo, y decir que iba a limpiar mi cuarto. Pero claro, eso iba a ser menos creíble, ya que nunca limpiaba mí cuarto y hoy mucho menos lo haría.

—¡Claro! Pues apúrate, porque tu padre te está esperando para ir a la ferretería.

¡Rayos! Se me había olvidado que iba a acompañar a papá a comprar material para reparar el agujero que había en el techo del garaje y reforzar las puertas y ventanas, ya que se aproximaban las fiestas del pueblo y no quería que alguien se metiera a la casa. Además, le habían dado vacaciones en su trabajo, así que en algo tenía que gastar el tiempo.

Corría por las escaleras rápidamente, cuando mi madre gritó:

—Tu padre te está esperando, vístete y baja a desayunar. Yo limpio.

Mi madre era la mejor del mundo. Sin dudar, busqué rápidamente algo que ponerme. Unos jeans y mi playera favorita, que había sacado de la basura más de una vez, ya que mi madre se quería deshacer de ella. Me puse mis tenis sin calcetas y tomé la gorra para esconder mi alborotada cabellera. Ya no tenía tiempo de peinarme. Luego bajé a gran velocidad.

Mi padre ya me esperaba en el auto frente a la casa. Me miró con ojos de desesperación. Yo le sonreí y me dirigí a la cocina. Tomé un poco de leche directamente de la caja, tomé un sándwich de los que había preparado mi madre y caminé hacia afuera.

—En un momento regresamos —le grité a mamá, quien no respondió.

Ella debía de estar en mi habitación, limpiando mi desastre en el baño y acomodando mi cuarto.

Me subí al auto, que ya mi padre había encendido, y nos dirigimos a la ferretería.

—Otra vez te acostaste tarde viendo tus películas triple equis.

Lo miré desconcertado.

—Papá, claro que no.

Él se empezó a reír y yo me sonrojé un poco.

—¡Oh, tranquilo, hijo! Y dime, ¿cómo vas con Nathaly? —preguntó.

Nathaly era mi novia. Una niña realmente encantadora, la más linda de toda la escuela. Ella estudiaba en el salón de enfrente, en la especialidad de Humanidades. Además, era la capitana del grupo de porristas. Más de una vez yo me había preguntado cómo es que se fijó en mí. Y pronto tendría la respuesta a esa pregunta.

—¡Muy bien, papá —respondí.

—Me da gusto, hijo —añadió.

—Por cierto, hoy en la noche iremos al cine. Hay una nueva película en cartelera, muy buena. Espero que terminemos temprano de reparar el garaje.

—No te preocupes. Si no terminamos hoy, continuamos mañana —me dijo mientras me guiñaba un ojo.

—O-key —dije sonriendo.

Mi padre era además un gran amigo, mi cómplice y mi confidente. Siempre tenía un consejo, una respuesta a mis dudas. También era muy divertido, me la pasaba súper bien con él. Aunque se la pasaba muy ocupado por su trabajo, siempre dejaba tiempo para mi mamá y para mí.

El camino se me hizo bastante corto platicando con papá. Estaba a punto de contarle sobre mi loco sueño, cuando alguien más intervino en nuestra conversación.

—Tomás Diaz mi viejo amigo. Ese milagro, que te dejas ver.

Era el señor de la Torre, un gran amigo de papá.

—Carlos de la Torre, ¡cuánto tiempo sin verte, amigo! Estás más viejo — bromeó papá.

—No todos llevamos la misma vida que tú, viejo. ¿Qué te trae por acá?

—¡Oh! Vine a comprar unas cosas para reparar el techo del garaje.

—¡Ah! Y vienes con el cachorro —dijo De la Torre dirigiéndose a mí.

Me enfurecía que me llamara así. No soy un perro.

—Hola, Alex.

Fingí una sonrisa y saludé con la mano. Volví la mirada hacia el otro lado. Sabía que esa conversación iba para largo; tenía que pensar en qué distraerme. Tenía cerca la sala de videojuegos, el restaurant, el puesto de revistas. Comprar el periódico o una revista no me agradaba mucho, así que descarte esa posibilidad.

—¡Oh, por Dios! —murmuré—. El nuevo disco de Green Day.

La tienda de discos ya estaba abierta. Era algo extraño, pues siempre abrían por las tardes. Abrí la puerta del coche y me dirigí a la tienda.

Papá estaba tan distraído con la conversación que no se dio cuenta cuando salí. Ese disco lo había estado esperando por semanas y, sin duda, iba a ser mío.

Entré a la tienda y saludé. Empecé a buscar entre la amplia colección de discos que había, de todos los géneros y para todos los gustos. La última vez había estado aquí no había tantos.

—¿Buscas algún disco en especial? —preguntó el vendedor.

—¡Ah sí! El nuevo álbum de Green Day.

—Excelente banda —dijo.

—Así es. La mejor —respondí—. ¿Por qué abrieron tan temprano? Siempre lo hacen en las tardes —pregunté.

—Ah, es que hoy es fin de semana —respondió—. Además, como ya vienen las fiestas del pueblo, la próxima semana, ya están llegando los turistas.

—¡Ah, sí! —respondí confundido.

—Así es amigo. No me sé el chisme completo, pero dicen que anoche llegaron unos extranjeros al pueblo.

—¿Anoche? —pregunté aturdido.

—Así es. ¿Sabes de la cabaña que está abandonada a la salida del pueblo, en el bosque cerca de la montaña?

—Sí, he escuchado hablar de ella —respondí.

—Ah, pues ahí se están quedando.

—¿Qué? —respondí asombrado.

Miles de historias de terror giraban alrededor de esa cabaña; secuestros, asesinatos, homicidios, leyendas sobre brujas, etcétera. ¿Qué persona, en pleno uso de sus facultades mentales, se hospedaría ahí? Algún aventurero o un loco psicópata; este último era más razonable. En el pueblo no había muchos hoteles, pero los tres o cuatro existentes eran bastante buenos y cómodos; al menos mucho mejores y mucho más cómodos que una cabaña abandonada, llena de ratas.

—¡Exacto! —continuó el vendedor—. Dicen que llegaron como a las cuatro de la mañana.

—¿Y cuántos son? —pregunté.

—Son cinco —respondió él—. Son algo extraños. Eso me dijo mi primo, que los acompaño hasta la cabaña. Tienen un aspecto fantasmal.

De pronto el sueño que había tenido esa noche vino a mi mente de nuevo. Pero esta vez sus voces eran más pronunciadas, como campanadas dentro de una dulce melodía. Las imágenes eran más coloridas, pero aún no veía sus rostros. Sus ropas cubrían todo el cuerpo, como si se cubrieran del sol. Vi la mano de uno de ellos; su piel era pálida, como muerta. Entonces vino a mi mente la imagen mía que había visto en el espejo esa mañana. Era del mismo color, como un muñeco de cera. Ese recuerdo me provocó un escalofrío que recorrió todo mi cuerpo, además de un gran vacío. Fue una sensación bastante extraña.

—¿Estás bien? —repitió varias veces el vendedor.

—Sí, no pasa nada —respondí algo aturdido —. Tengo que irme.

Salí de la tienda. Cuando iba caminando hacia donde estaba estacionado el coche, sonó mi celular. Era Nathaly.

—¡Hola, amor! ¿Cómo estás? —pregunté.

—Muy bien —respondió—. Solo te llamo para decirte que no voy a poder ir al cine como quedamos. Mi mamá se ha sentido un poco mal y no quiero dejarla sola.

—¿Todo bien? —pregunté.

—Sí, no te preocupes —respondió—. Te veo mañana, ¿vale? Yo te hablo para ponernos de acuerdo.

Y colgó antes de que yo pudiera decir algo.

La noté algo extraña, como si algo anduviese mal.

“Creo que el que anda mal soy yo”, pensé y seguí caminando.

Cuando llegué al auto, mi padre ya me estaba esperando. El señor de la Torre le había ayudado a comprar el material que necesitaba.

Durante el camino, no dije nada; ni mi padre preguntó algo. Todo fue silencioso. Mi mente estaba ocupada en la pesadilla que había tenido esa noche, y trataba de buscar alguna relación con los recién llegados al pueblo, esos extraños que se habían hospedado en la cabaña abandonada a kilómetros del pueblo. Quiénes eran, de dónde venían, qué querían y por qué querrían estar en ese lugar abandonado. Cientos de preguntas comenzaron a invadir mi mente, y a ninguna de ellas le encontré respuestas.

Llegamos a casa. Me bajé del auto y me dirigí hacia dentro, mientras mi padre recibía el material y checaba que no faltara nada.

Mi madre ya había preparado la comida, pero yo no tenía hambre. No tenía ánimos de nada. Crucé la sala y me proponía subir las escaleras para ir a mi cuarto, cuando mi madre me llamó:

—¿No vas a comer?

—En un momento bajo —respondí.

Llegué a mi habitación y puse el disco de Green Day que había comprado en la mañana. Subí el volumen no muy alto y me acosté en la cama. Abracé la almohada y cerré los ojos con la intención de poder dormir un poco. A lo mejor eso era lo que me hacía falta. Me dejé arrullar por la música y puse mi mente en blanco, tratando de relajarme y concentrarme en un profundo sueño. Después de algunos minutos, lo logré. Me sumergí en la inconsciencia para caer otra vez en el mismo sueño, como si alguien se encargara de repetirlo una y otra vez; como si alguien, a kilómetros de aquí, supiera que yo lo estoy sintiendo. ¿Acaso quería decirme algo? Pero ¿qué? ¿Qué significaba todo esto? De pronto, todo se volvió oscuro y no supe más.

El tiempo pasó bastante rápido. La tarde pronto se volvió noche. Cuando desperté, todo estaba oscuro. Las luces de la ciudad ya se habían encendido. El aire frío entraba por la ventana abierta. Miré el reloj: Ocho de la noche. ¿Qué estaba pasando? Otra vez me había dormido. El tiempo pasaba demasiado rápido. En realidad, ¿qué me estaba pasando? ¿Acaso me estaba volviendo loco? ¿Qué rayos estaba sucediendo?

Traté de quitarme esas ideas absurdas de la cabeza y me dirigí a la regadera. El agua fría me despertó de golpe y un alivio recorrió mi cuerpo. Salí del baño con la mente mucho más despejada. Más tranquilo, me vestí, arregle mi cabello, me puse loción y baje a la cocina en busca de algo para comer. Me moría de hambre; prácticamente no había comido en todo el día, así que en mi estómago había una gran batalla.

Mis padres estaban en la sala viendo la televisión. Fui a la cocina directo al refrigerador, saqué unas milanesas de pollo y un poco de arroz, y los metí al microondas. Tomé el vaso más grande que encontré y lo llené de jugo. De pronto, me pareció ver una pequeña niña frente al jardín, detrás de los rosales que mamá tenía tan bien cuidados. Me proponía averiguar, cuando el timbre del microondas comenzó a sonar indicando que la comida ya estaba lista. Saqué el plato y lo puse sobre la mesa, y me dirigí a la ventana para averiguar mi extraña visión; pero no había nada detrás de los rosales, solo el viento soplando delicadamente las rosas. Regresé a la mesa, tomé el plato y el vaso de jugo, y continúe hacia la sala donde mis padres veían la televisión. Me senté a un lado de mamá, coloqué el vaso en el piso y el plato sobre mis piernas.

—¡Vaya! Hasta que despertó el pequeño durmiente —dijo mi madre.

Sonreí incrédulamente.

—¿Estás bien? —continuó mamá.

—Sí, no te preocupes —respondí.

Papá seguía concentrado viendo su programa favorito, una serie estadounidense sobre asesinatos. Cuando veía ese programa no había poder humano que le hiciera despegar los ojos del televisor ni que pudiera calmar sus emociones.

—¿Planes para esta noche? —preguntó mamá.

—Los tenía. Iba al cine con Nathaly, pero su mamá enfermó y ella los canceló.

—¿Su mamá, enferma? —preguntó sorprendida.

—Así es, ¿por qué? ¿Alguna noticia al respecto?

—No —respondió.

—Entonces, ¿qué pasa? —pregunté.

—Es que hace un momento la vi en el súper, y no parecía enferma… Quizá ya está mejor. Eso ha de ser —dijo mamá.

—Bueno, voy a lavarme los dientes. Le hablaré a Nathaly para saber cómo están las cosas, y luego le marco a Fabián para ver si salimos un rato.

Coloqué los platos en el fregadero y subí a mi cuarto. Traté de llamar a Nathaly, pero al parecer tenía su celular apagado; en su casa nadie respondía, como si no estuvieran ahí. Después de insistir un buen rato, decidí marcarle a Fabián.

Fabián era mi mejor amigo desde la primaria. Habíamos estudiado juntos la secundaria y decidimos estudiar la misma área en la prepa. Por suerte nos tocó el mismo salón, ya que había dos grupos por cada una de las cinco áreas existentes en la escuela. Juntos habíamos vivido las mejores aventuras. Era un gran amigo, sabía escuchar y dar muy buenos consejos. Era muy comelón, comía a más no poder. Tanto que invitarlo a dar una vuelta requería pasar por un restaurant de comida rápida. Pero necesitaba hablar con él, necesitaba contarle sobre mi extraño sueño que ya se había convertido en una pesadilla. Tal vez él tendría alguna explicación al respecto, o al menos me distraería un rato, y dejaría de pensar en tonterías.

Le marqué a su celular y me contestó rápidamente. Parecía que estaba esperando mi llamada o no tenía otra cosa mejor que hacer. Sabía que no se iba a negar y así fue. Nos veríamos en veinte minutos en la sala de juegos frente al parque.

Miré por la ventana y, al parecer, estaba comenzando a bajar la temperatura, así que tomé mi chamarra de piel. Era mejor ir preparado. Bajé las escaleras y me despedí de mamá, ya que papá seguía concentrado en la televisión.

—Regreso en un rato, voy con Fabián a dar una vuelta. No me tardo.

—O-key —accedió mamá—. No llegues muy tarde.

—No te preocupes. No tardo.

Al salir, el aire frío me congeló hasta el alma. En verdad había bajado la temperatura como a unos cinco grados. Crucé la calle y comencé a correr, así llegaría más rápido y me serviría para entrar en calor; no quería congelarme.

Al parecer, el cambio de clima había obligado a todos a quedarse en sus casas porque las calles estaban desiertas, como un pueblo fantasma. Mirar el ambiente tan solitario me dio escalofríos. Así que apresuré mi paso. Al llegar a la calle principal, al ambiente cambió. Había más gente, aunque parecían zombis. El frío que comenzaba a descender esa noche era bastante fuerte. Las personas caminaban como tiesas, con los brazos enredados frente a su pecho. La neblina era bastante densa. Iba caminando con la mirada clavada en el piso para evitar que el aire diera directamente a mi rostro, cuando alguien haló mi chamarra por la espalda.

—¿Qué onda, brother? ¿Adónde vas?

Pero mi reacción fue algo brusca, a la defensiva, o más bien de miedo.

—¡Tranquilo! ¿Qué pasa? Soy yo, Fabián.

—Me asustaste, imbécil —respondí algo enojado.

Algunas personas que estaban en el lugar comenzaron a reírse por mi reacción.

—¡Órale! Bájale a tu humor, andas bastante irritable —me dijo con un tono burlón.

—¡Oh! Discúlpame, lo siento. Es que…

—No te preocupes —me dijo antes de que terminara lo que iba a decir—. Vamos a sentarnos y me cuentas lo que te pasa. Además, no quiero congelarme con este frío de los mil demonios que está haciendo.

Nos sentamos hasta el fondo, en una de las últimas mesas, para evitar que el frío llegara a nosotros. Fabián pidió una hamburguesa con papas y un refresco grande.

—¿Un refresco? —pregunté sorprendido—. Con el frío que está haciendo.

—¿Qué? No me voy a comer una hamburguesa con café, ¿verdad? ¿O sí? —preguntó.

—Supongo que no, o eso creo —accedí.

—Bueno, ¿me vas a contar qué te pasa o seguirás opinando sobre mi menú?

—Tienes razón.

—Sí que la tengo —respondió.

—Verás, anoche tuve un sueño bastante extraño.

—¿No vas a pedir nada? —me interrumpió.

— Un café americano, solo eso.

—Bien, ¿qué pasa con ese sueño? —dijo continuando con la conversación.

—Anoche, ya casi en la madrugada, tuve un sueño bastante extraño; cinco personas llegaban al pueblo. Eran bastante extrañas. Sus voces eran como una dulce canción y su piel como muñecos de cera. No vi sus rostros, pero eran diferentes, había algo diferente en ellos, no sé qué, pero…

—¿Algo más, chicos? —interrumpió el mesero con la orden que se había hecho.

—No, solo eso —dijo Fabián—. Continúa —dijo refiriéndose a mí.

—Estaba profundamente concentrado en eso cuando mi madre me despertó. Ya eran las nueve de la mañana.

Fabián escuchaba sin interrumpir mientras devoraba su gran hamburguesa. Eso me gustaba de él, escuchaba sin interrumpir, pero luego sería su turno de hablar.

—Me levanté y fui al baño a lavarme la cara. Entonces vi mi rostro en el espejo; mis ojos eran diferentes, mi piel era pálida, casi transparente. Después acompañé a papá a comprar unas cosas y, mientras él compraba, yo fui a ver unos discos. El chavo que atiende comenzó a contarme sobre los turistas que llegaron durante la noche. El sueño volvió a mi mente. Hoy me dormí toda la tarde y el mismo sueño. Como si alguien me estuviera informando algo, o me quisiera decir algo. Luego Nathaly está muy extraña, como si me estuviera ocultando algo, no sé. Estoy confundido. Ya sé lo que estás pensando que estoy loco, pero…

—No, no, claro que no, amigo. Lo de tu sueño sí que es extraño, pero no creo que tenga relación con los turistas que llegaron al pueblo. Ellos solo vienen de paso. Cuando las fiestas del pueblo terminen, ellos se irán; y como ellos, llegarán muchos al pueblo durante los próximos días. Así que tranquilo.

—Tienes razón —respondí mucho más tranquilo.

Sabía que hablar con mi amigo me tranquilizaría.

—Tu imagen en el espejo solo fue un espejismo —dijo muy serio, y luego soltó la carcajada—. Un espejismo. A lo que me refiero es que solo fue tu imaginación, producto del sueño que habías tenido. Además, ya vas a cumplir dieciocho, es normal que comiences a verte diferente. Pronto seremos mayores de edad —dijo con gran alegría.

Era verdad, dentro de dos meses más iba a ser mayor de edad.

—Pero con respecto a Nathaly… —dijo y me miró algo serio.

Conocía esa mirada, su comentario iba a ser fuerte.

—Siempre he dicho que oculta algo —prosiguió—. Lo sabes, no me inspira confianza.

A mi amigo nunca le ha hecho gracia que yo anduviera con Nathaly. Pensaba que solo me iba a lastimar, y que el único perjudicado iba a ser yo. Estábamos en la discusión, cuando la cara de Fabián cambio de disgusto a repulsión.

—¿Qué pasa? —pregunté confundido

—Ahí viene tu gran amigo Daniel —dijo.

Daniel era el capitán del equipo de futbol de la escuela. Se creía la gran cosa. Era el típico galán por el que todas mueren; ojos verdes, buen cuerpo y un auto de lujo. Era hijo del señor Riquelme, uno de los ganaderos más importantes del estado, y su rancho estaba ubicado, precisamente, a unos dos kilómetros del pueblo.

Jamás le había dirigido la palabra, hasta que comencé a salir con Nathaly dos meses atrás. Eran muy buenos amigos, ambos capitanes. Nathaly del equipo de porristas, y Daniel del equipo de futbol. Los más populares de toda la escuela, por eso a todo mundo le sorprendió cuando yo comencé a salir con Nathaly. A mí mismo me sorprendió. Pero él no era mi amigo, apenas y habíamos cruzado algunas palabras.

—Me pregunto qué querrá.

—Molestar, como siempre —dijo Fabián contestando a mi pregunta.

—¡Hola, chicos! ¿Cómo están? —preguntó Daniel.

Iba acompañado de sus inseparables amigos: Carlos y Luis.

—Bien —respondí, algo incrédulo.

—¿Por qué esa cara de tristeza? ¡No me digas que Nathaly ya te lo dijo!

—¿Decirme que? —pregunté algo irritado.

—No, no, no puede ser. Porque si lo hizo, ella pierde —dijo como si pensara en voz alta.

—¿Decirme qué? —insistí.

Pero Luis intervino, como intentando corregir algo:

—No, hoy se cumplen los dos meses. Exactamente hoy.

—Es verdad —dijo Daniel—. Hoy se cumplen. ¡Vamos! Tenemos que hablar con ella. Adiós, chicos —y salieron rápidamente.

Yo me quedé inmóvil, sin decir nada, ni contestar su saludo de despedida.

—¿De qué hablaban estos locos? —preguntó Fabián.

—No tengo ni idea, pero algo se traen —respondí.

—Eso está claro —concordó Fabián.

—Es mejor que nos vallamos, ya es algo tarde. Te llevo —dijo Fabián—. Papá me prestó el auto.

—Me parece bien —accedí—. No tengo ganas de caminar.

Íbamos rumbo a mi casa cuando recordé algo.

—¡Hoy cumplimos dos meses! —grité tan fuerte que Fabián detuvo el auto.

—¿Dos meses de qué? ¿Con quién o qué? —preguntó aturdido.

—Con Nathaly. Hoy cumplimos dos meses. Esa era la razón por la que íbamos a salir esta noche, celebrar nuestros dos meses de novios. Pero su mama enfermó y se canceló. Tengo que llamarle.

Continuamos el camino. Fabián no dijo ni una solo palabra, como si no quisiera decir algo que fuera a herirme. Sabía que yo era muy sensible y él, muy cobarde cuando de lastimar a alguien se trataba. No pregunté qué le pasaba, no quise presionar; sabía que tarde o temprano terminaría por decírmelo. Llegamos a casa y se estacionó enfrente.

—Nos vemos mañana, y gracias por escucharme.

—¡No te preocupes! —dijo un poco triste—. Para eso estamos los amigos.

Sabía que algo quería decirme y no se atrevía, pero no pregunté.

—¿Vas a ir mañana a practicar rapel? —preguntó.

Todos los fines de semana solíamos escalar la montaña en el Parque Nacional Cofre de Perote.

—Tal vez, en la tarde —respondí—. Por la mañana ayudaré a papá a reparar el techo del garaje. Si gustas, vamos en la tarde.

—¡Perfecto! ¿Te parece a las cuatro en el parque?

—Me parece bien —accedí—. Pero mejor yo te hablo para confirmar.

Nos despedimos. Yo entré a casa y me dirigí a la cocina por un poco de agua. El intenso frío me había resecado un poco la garganta. Abrí la llave y llené un vaso. Me estaba tomando el agua cuando algo me exaltó, por lo cual dejé caer el vaso al piso.

Una persona estaba frente a la ventana, una persona con las mismas características de las que había visto en mi sueño. Estaba frente a mí, a unos cuantos pasos. Me froté los ojos con las manos, y cuando volví la mirada ya no estaba, se había ido. Abrí la ventana y no había ni rastro de que alguien hubiese estado ahí. No se escuchó ni un solo ruido. Entonces volví a cerrar la ventana.

Me dirigí a mi cuarto, subí despacio para no hacer ningún ruido que despertara a mis padres. Entré a mi cuarto y encendí la luz. Miré a través de la ventana la silenciosa noche, se veía bastante apacible. Las luces se veían opacas bajo la neblina que cubría la ciudad con su blanco manto. Miré sus calles desiertas. Verdaderamente terrorífico. Bajé las cortinas y procedí a acostarme. A pesar de que había dormido toda la tarde, aún tenía sueño. Ya eran cerca de las doce de la noche.

Apagué la luz y cerré los ojos, concentrándome en dormir, pero no fue así. Mi mente se cubrió de dudas e incertidumbre. Esta vez no era sobre el extraño sueño de la noche anterior, sino sobre Nathaly. ¿Por qué estaba comportándose de esa manera? ¿Qué ocultaba? ¿Acaso me había mentido con lo de su mamá para no verme? ¿Por qué no contestaba el teléfono? ¿A qué se refería Daniel con lo de los dos meses? ¿Acaso algún tipo de apuesta? Pero ¿sobre qué?

Mil interrogantes aparecieron, desgarrando el alma; como filosas garras de un tigre sobre la sensible piel de su presa. Tenía que hablar con ella, tenía que darme muchas explicaciones. Solo ella tenía las respuestas a todas las interrogantes que había. No podía conciliar el sueño. Solo daba vueltas en la cama, de un lado a otro. Todo indicaba que iba a ser una larga noche, pero una dulce voz en mi inconsciencia me arrullaba, relajando cada pequeño musculo de mi cuerpo. No me pregunté qué pasaba o qué era esa voz; solo me dejé llevar por la dulce melodía de cuna en mi inconsciencia. Mañana tendré mucho tiempo para pensar, así que accedí y me quedé profundamente dormido.

Durante el resto de la noche no desperté, sino hasta el amanecer. A diferencia del día anterior, desperté temprano, a las siete de la mañana, y bastante relajado. No hubo pesadilla alguna o rastro del sueño de la otra noche. Me levanté de la cama y fui a encender el calentador del baño. Un regaderazo me caería muy bien. Mientras se calentaba el agua, me puse a hacer un poco de ejercicio. Había descuidado la rutina ya varias semanas y me hacía falta ejercitar los músculos. No quería perder lo ganado, ya que me había costado muchísimo.

Terminé de realizar las cinco rutinas de quince repeticiones cada una, busqué mi ropa y me dirigí a la regadera. Solo por curiosidad, me detuve frente al espejo para ver si mi piel o mis ojos estaban como la imagen que se había reflejado la mañana anterior. Pero no, mi piel seguía como siempre. Tal vez Fabián tenía razón, ya pronto cumpliría los dieciocho años; algunos cambios tendrían que ocurrir. Así que ya no le di mucha importancia a lo ocurrido y entré a la regadera.

Sentir el agua sobre mi piel me provocó una extraña sensación. Acaricié mi pecho con la yema de mis dedos y sentí como si una descarga de corriente eléctrica recorriera todo mi cuerpo. Un extraño deseo invadió mi ser, como si todo estuviese conectado en una misma sintonía, despertando algo más que mi curiosidad. Una sonrisa de oreja a oreja cubrió mi rostro. Sabía que todo esto era normal, pero creo que a los dieciocho iba a ser peor. Ese cambio llegó bastante inesperado. Solté una carcajada.

Salí del baño, me vestí con la ropa que había sacado del closet —un pants y una playera sport— y mis tenis viejos. Me habían gustado tanto que, a pesar de que ya estaban agujerados, había decidido no tirarlos aún. Salí de mi cuarto, bajé las escaleras y me dirigí a la cocina donde mi madre preparaba el desayuno.

—Buenos días. ¿Qué desayunaremos hoy? —pregunté.

—Huevos revueltos —dijo mamá.

Puse cara de desaprobación, ya que no se me apetecían los huevos; pero no dije nada.

Tomé la caja de cereal y serví un poco. Luego vacié un poco de leche, corté un poco de fruta y me dirigí a la sala para ver la televisión. Estaba por terminar el noticiero y se escuchó la última noticia:

—Asesinan a tigres en el African Safari de Tecamalucan, Puebla. Esta mañana los cuidadores encontraron tres tigres muertos en sus jaulas. El reportaje con nuestro corresponsal Juan Carlos. Adelante, Juan.

―Así es, amigos del auditorio. Esta mañana fueron encontrados tres tigres blancos muertos dentro de sus jaulas. Los cuidadores no se explican tal suceso. Y es que, quienes cometieron semejante atrocidad deben estar completamente locos, ya que los animales presentan dos pequeños orificios en el cuello y prácticamente ni una sola gota de sangre. Las autoridades sospechan que esta atrocidad fue cometida por algún tipo de secta con motivo de algún ritual. Pero lo más sospechoso es que ninguno de los cuidadores se dio cuenta y no se encontró ninguna huella del culpable. Reportando desde Tecamalucan, Puebla, para FC Noticias.

—¡Vaya que el mundo está cada vez más loco! ¿Quién podría ser capaz de cometer semejante atrocidad? —pensé en voz alta, lo suficiente como para que mamá me escuchara.

—Alguien sin oficio y sin nada mejor qué hacer —dijo mamá—. Hay mucha gente así, hijo. Hoy en día hay que tener cuidado hasta de la gente con la que convives.

—¿Y papá no piensa bajar?

—Tu padre fue al pueblo por unas cosas que le faltan para la protección de las ventanas.

—¿Tan temprano que no me pudo esperar? Yo le hubiese acompañado —dije algo indignado.

Cuando él estaba aquí, trataba de pasar el mayor tiempo posible con él. Además, ya pronto regresaría a trabajar y lo vería solo cada quince días.

—Ya lo conoces. Además, en la tarde saldrá de caza con su amigo Carlos así que debe apurarse si quiere terminar hoy.

—¡Oye, mamá! Cambiando de tema, ¿qué sabes de los extranjeros que llegaron ayer al pueblo?

— ¿Cuáles? No me he enterado, hijo. ¿Quién te dijo eso?

—El chavo de los discos. Ayer cuando acompañé a papá por el material para la reparación del garaje, pasé por la tienda y me dijo habían llegado cinco personas al pueblo. Dice que llegaron en la madrugada. Pero lo que me sorprendió fue que se están quedando en la cabaña abandonada cerca del bosque. ¡Qué extraño! ¿No crees?

—Pues sí, pero son turistas. A lo mejor de esos aventureros a los que les gustan las aventuras extremas o algo así.

—Tienes razón. Para qué preocuparse. Mejor desayunemos; ya tengo hambre.

La mañana transcurrió rápidamente. Papá regresó, y después de desayunar, le ayudé a colocar las protecciones en las ventanas. Yo había hecho planes para esta tarde, así que me quedaría en casa con mamá, mientras papá iba de cacería con su amigo.

Durante toda la tarde me la pasé acostado en el sofá, frente al televisor, viendo películas. Bueno, a medias, porque me quedé profundamente dormido. Cuando desperté, mamá preparaba la cena y papá ya se había ido de cacería. Fabián no había llamado, seguro había salido con su familia a algún lado.

Subí a mi cuarto y, sobre la cama estaba mi uniforme ya planchado, listo para ir al colegio la mañana siguiente. Aunque no podía decir los mismo de mi mochila; todos los libros, cuadernos y lapiceros estaban regados sobre el sofá, y la mochila debía estar tirada por algún rincón de la habitación.

II
YA NO TE AMO

La noche transcurrió pacíficamente. El sueño que me había atormentado dos noches atrás y me había hecho pasar un terrible fin de semana, esta vez no apareció. Como si nunca hubiera pasado. Dormí profundamente durante toda la noche, sin despertar un momento, y hubiese seguido así, si no fuera porque sonó el despertador, el cual había programado media hora antes de lo habitual. Tenía que llegar temprano a la escuela, ya que planeaba hablar con Nathaly antes de que iniciara la primera clase.

No la había visto desde el viernes, cuando la llevé a su casa después de clases. Durante el camino planeamos el festejo de nuestros dos primeros meses de novios. Estaba realmente emocionado. Ya hacía dos meses que Nathaly era mi novia; no lo podía creer. Además, desde que comenzamos nuestro noviazgo, siempre pasábamos juntos los sábados por la tarde, o en ocasiones me acompañaba los domingos a practicar rapel o andar en bicicleta. Excepto este último. Habíamos planeado ir al cine, estaba en cartelera una película de comedia romántica. Pero, por alguna extraña razón, cambió los planes, y no era porque su mamá estuviera enferma, como ella me había dicho. Había otra razón por la cual no quiso verme, por la que tampoco respondía a mis mensajes ni a las llamadas, y cuando fui a buscarla a su casa, casualmente había salido con sus amigas, o simplemente no me quiso recibir.

Algo extraño estaba pasando y tenía que averiguar cuál era el misterio que se traían Nathaly y Daniel. Así que hoy llegaría más temprano que de costumbre a la escuela para hablar con ella. Me levanté de la cama medio dormido. No tenía muchas ganas de levantarme, y mucho menos llegar a la primera clase con el señor Stanley. Sus clases eran de lo más aburridas. Los lunes le correspondían dos horas, y a las siete de la mañana; así que quedarse dormido era fácil, con tan solo escuchar: “Buenos días, chicos, ¿cómo están? ¿Qué tal su fin de semana?”.

Pero había cosas qué averiguar, así que hice caso omiso a mi flojera. Miré a través de la ventana. Apenas comenzaba a amanecer, entre oscuro y claro; la neblina parecía densa, las personas que tenían negocios en el mercado comenzaban a transitar por las calles muy bien abrigados, era una mañana bastante fría.

Procedí a encender el calentador del baño. Mientras el agua se calentaba busqué mi uniforme y lo coloqué sobre la cama. Ordené mis libros de las clases de hoy, y los guardé en la mochila. Luego procedí a bañarme.

Salí de casa a un cuarto para las seis. Solía desayunar antes irme a la escuela. Mi madre siempre me preparaba algo ligero para que no me fuera con el estómago vacío, aunque en esta ocasión aún no se levantaba.

Como era demasiado temprano, el único autobús que pasa por la escuela aun no comenzaba su rutina, así que me fui caminando. La escuela estaba a media hora de mi casa. durante todo el camino pensé una y otra vez en lo sucedido este fin de semana. ¿Qué escondía Nathaly?

Todo estaba muy raro y empezó justo el día que cumplimos dos meses.

¿Estaría esto relacionado con lo que había comentado Daniel el sábado en el restaurant? ¿Algún tipo de apuesta sobre mí? No, eso era absurdo. ¡Qué ideas las mías!

Así que deseché esa idea y seguí buscando otra explicación. Nathaly no era capaz de hacerme eso, de jugar conmigo y solo por una apuesta. Cientos de pensamientos se reunieron en mi mente, manteniéndola ocupada todo el camino, y cuando me di cuenta, ya estaba en la escuela. El camino me pareció bastante corto. La puerta de entrada estaba cerrada. Miré mi reloj: seis y veinte minutos de la mañana. Aún faltaba media hora para que el resto de los estudiantes comenzaran a llegar. Miré a través de las rejas de la valla que rodeaba la escuela, no vi a nadie. Todo estaba en completo silencio. Los colores pastel que cubrían las paredes de los edificios les daban un aspecto opaco, sin vida. La densa neblina y las grandes plantas de bambú a un costado completaban el aspecto de opaco a terrorífico; más que una escuela, parecía una construcción abandonada del siglo pasado. Contemplaba el interior de las instalaciones cuando escuché una voz aguda detrás de mí:

—¿Por qué tan temprano, joven? ¿Se cayó de la cama? —preguntó la voz, acompañada de una pequeña risa sin ganas, como fingida.

Al escucharla, pegué un salto por la impresión.

—Disculpa, no quise asustarte.

Era el señor Contreras, encargado de la limpieza de la escuela. Él siempre llegaba desde las seis de la mañana para poder limpiar todas las aulas antes del inicio de clases.

—¡No se preocupe! Estaba un poco distraído.

— ¿Y qué te trae tan temprano por acá?

—Acordé con un amigo llegar temprano para hacer una tarea.

—Mmmm —musitó un poco—. O-key. Pues pásale y ve a tu salón. No querrás congelarte con este frío. Ya falta poco para que comience a llegar el resto de tus compañeros y me faltan algunos salones por limpiar.

—O-key, yo me voy a mi salón a esperar a mi amigo.

—Adelante, y no falte a sus clases por ir detrás de una falda. No es bueno.

—Por supuesto, tendré en cuenta su consejo. Gracias y buena suerte con la limpieza.

Volvió a soltar una risa un poco floja, como si lo hiciera solo por cortesía, y se dirigió a continuar con sus labores. Hasta donde yo sabía, no tenía familia. Vivía solo en una pequeña casa de madera, a unos cuantos minutos de la escuela. Tal vez por eso nunca lo veías sonreír. La soledad se había extendido a tal grado de no juntarse con nadie: siempre estaba solo, con sus pensamientos.

Me dirigí a mi salón, que estaba ubicado en el segundo edificio. Planta alta, justo a un lado de las escaleras, a mano izquierda; y justo frente al campo de futbol. Imaginé que aún estaba cerrado. Así que no tenía caso subir, si no iba poder entrar. Crucé el edificio y, en el campo, estaban ubicadas unas bancas; así que decidí sentarme ahí a esperar a que llegara Nathaly.

Coloqué la mochila en uno de mis costados, subí las piernas, flexionando las rodillas, y cruce los brazos. La espera se hacía eterna, como si el reloj marcara los minutos en lugar de los segundos. Observaba un nido de pequeños pajarillos en una de las ramas, muy bien acurrucados por el frío. Los pequeños, recién nacidos, muy bien abrigados por la madre, apenas y se veían. Me recordó aquel momento cuando me convertí en el novio de Nathaly, siempre protegiéndola. Además, precisamente en este lugar pasaba horas platicando con ella, y habían ocurrido algunos sucesos espectaculares; cuando me dio el sí o nuestro primer beso. Jamás olvidaré esos momentos; sobre todo el primero. No sabía qué decir; fue algo…

Sonó mi celular y era Fabián.

—¿Hiciste la tarea? —preguntó.

—¿Cuál tarea?

—¿Cómo que cuál tarea? La de mate.

— ¿Había tarea de mate? —respondí sorprendido.

—¿No recuerdas la docena de ecuaciones que dejó el profe para hoy? No me digas que no la hiciste.

—Pues no, no las hice. Se me olvidó.

—No me digas eso. Contaba con que tú las habías hecho.

—Pues no, pero intentaré resolverlas.

—O-key. Te veo en un rato.

Fabián era de los que rara vez hacia la tarea. Siempre pedía la copia. No se preocupaba tanto, así que esta tarea debe ser importante porque…

—¡Es un punto extra para el examen final! —grité exaltado; y conociendo los exámenes del profe, era mejor entregar la tarea e ir acumulando puntos.

Eso era un punto clave para pasar la materia, o al menos era de gran ayuda. Saqué mi libro de matemáticas y el cuaderno de apuntes, me senté sobre una de las rocas y usé la banca como mesa para estar más cómodo; abrí el cuaderno y ubiqué la tarea.

¡Vaya sorpresa! Eran doce ecuaciones integrales. No me parecían muy complicadas, pero sí eran algo laboriosas. Resolverlas me llevaría algo de tiempo, y aunque faltaban algunos minutos para que comenzaran las clases, no el suficiente para resolver todas. Así que traté de concentrarme y buscar en el libro algún ejemplo que me guiara en la resolución.

Estaba realmente concentrado en la tarea, cuando una ráfaga de viento comenzó a soplar, sacudiendo las ramas de los árboles, dejando caer el sereno que deja la fuerte neblina de esa mañana. Decidí entrar al edificio y sentarme en las escaleras mientras abrían el aula. Entonces algo me cayó sobre el rostro. Inmediatamente solté el libro y dirigí mi mano hacia mi cara para limpiar lo que me había caído. Cuando miré mi mano, me di cuenta de que era espeso, de color rojo intenso, como pintura; pero no lo era, más bien era como…

—Sangre —dije en voz alta.

Me levanté de un salto y busqué en mi mochila algún trozo de papel o clínex para limpiarme. Cuando iba abrirla, me di cuenta de que la mochila también estaba salpicada con pequeñas gotas de color rojo, al igual que mi cuaderno. Pero no solo eso, también mi uniforme. Sentí algo húmedo sobre la espalda. Rápidamente me quité la chamarra que tenía una gran mancha roja. De pronto, el miedo comenzó a apoderarse de mí.

¿De dónde me había embarrado de sangre? Si es que era sangre.

Temblando de miedo, lentamente miré hacia arriba. Solté un grito terror ahogado en mi pecho por el impacto de la imagen que vieron mis ojos. Traté de correr, pero tropecé con la maldita piedra que había utilizado como asiento. Caí de frente sobre los botes de basura. Un profundo dolor en el abdomen me hiso jadear, mi estómago se estrelló en una de las esquinas de la banca. Me arrastré hacia la pared. El dolor era intenso, como si me hubiese quebrado una de las costillas.

Levanté la camisa, no había sangre; solo un enorme moretón en uno de los costados. Levanté la mirada hacia arriba, hacia donde había visto el cadáver. Suspiré de alivio, porque al observar bien aquella cosa, me di cuenta de que no era un cadáver. Bueno, sí lo era, pero no de humano, sino de un animal. Por el tamaño parecía un lobo. Guardé las cosas en la mochila y fui en busca del señor Contreras. En el camino me encontré con Fabián. Se sorprendió cuando me vio.

—¿Qué te pasó? ¿Por qué vienes así? ¿Quién te golpeo?

Su invasión de preguntas cayó sobre mí, como un inagotable interrogatorio de policía.

—Cálmate —le dije con voz desesperada—. No pasa nada. Acompáñame a buscar al señor Contreras. Te explico en el camino.

—O-key. Vamos. Pero dime: ¿Qué te pasó?

—Bueno, hoy llegué temprano, porque necesito hablar con Nathaly. Entonces, mientras esperaba, me senté en las bancas frente al campo de futbol. Cuando tú me llamaste para lo de la tarea, ya estaba allí. Me puse a resolverla cuando algo me cayó encima. Por un instante pensé que era agua, pero luego me di cuenta de que no era agua sino sangre. Miré alrededor y no había nada. Entonces miré hacia arriba y vi algo como un cadáver, una persona muerta sobre una rama. La verdad me asusté y traté de salir corriendo, pero tropecé con una piedra, me pegué en el estómago con la esquina de la banca. En realidad no era una persona sino un animal; un lobo o algo así.

—Pero ¿qué hace un animal muerto sobre una rama?

—Pues no sé, alguien lo mató y se le ocurrió ponerlo ahí. Le diré al señor Contreras para que lo baje.

Decirle al señor Contreras era enfrentar otro interrogatorio peor que el de Fabián. No me agradaba la idea de volver a narrar lo ocurrido una vez más, pero tenía que hacerlo.

En el camino me encontré con Nathaly, pero ella me cortó la vuelta, me evadió por completo. Pensé en ir detrás y que me dijera cuál era su problema, por qué huía de mí, pero…

—Ya déjala en paz —dijo una voz a mis espaldas—. ¿No entiendes que no te quiere? ¿De qué forma debe explicártelo para que entiendas?

Volví la mirada hacia atrás y era Daniel.

—¿De qué hablas? —le dije enojado—. ¡Según tú, ¿qué me tiene que explicar?! —grité, me lancé sobre él de forma agresiva y lo sujeté del cuello de la camisa —. ¿Qué te traes con mi novia?

Fabián intervino tratando de separarnos:

—Ya suéltalo, Alex. No armes un lío por una tontería que no vale la pena.

—¡Tontería! —grité enojado, mientras liberaba a Daniel lanzándolo contra la pared―. ¡Tontería, claro! Este imbécil, desde el viernes anda echando indirectas y no habla claro. Si tienes algún problema, dímelo y déjate de estupideces.

Estaba realmente enojado, la sangre hervía de coraje en mis venas. Una gran cantidad de compañeros se había reunido a nuestro alrededor para observar.

—A poco Nathaly no te ha dicho nada —preguntó con una sonrisa.

—¿Decirme qué? ¿Cuál es el misterio que traes?

Se proponía a responder cuando Nathaly llegó corriendo.

—Cállate, Daniel. Este es un asunto entre Alex y yo, no te metas.

—¿Que no me meta? También es asunto mío, un trato es un trato, ¿ o ¿qué? ¿Te echas para atrás?

— ¿De qué rayos habla este imbécil? ¿Qué trato? —pregunté confundido.

—¿Le dices tú o le digo yo? —dijo Daniel.

—¿Decirme qué Nathaly? Habla por favor. Sea lo que sea, ¡dilo!

—Sí te lo diré, pero después de clases.

—No, Nathaly. Lo que sea, dilo ahora.

—Estoy de acuerdo —dijo Daniel.

—Tú, cállate —gritó Nathaly, enojada.

—¿Qué está pasando aquí? —dijo una voz entre los espectadores reunidos, los cuales rápidamente se alejaron, dando paso a una persona en especial, el perfecto Brisares.

Todos en la escuela le temían a Brisares por tener un carácter fuerte y cruel, además de los terribles castigos tipo militar.

—Pregunté: ¿Qué pasa aquí?

—No pasa nada, solo un desacuerdo —respondí.

—Si eso es un desacuerdo… —alardeó Daniel.

—Bueno, pues arreglen sus desacuerdos en otro momento y en otro lugar. No quiero alborotos. Todos a su salón.

A la voz de “Ya”, todos salieron rápidamente a sus respectivas aulas. Tomé a Nathaly del antebrazo y nos dirigimos a un lado de los baños.

—Bueno, ¿ahora me puedes decir cuál es el misterio que traes con Daniel?

Ella cruzó los brazos e hizo un gesto de desaprobación.

—Ahora no, Alex, por favor —dijo casi con lágrimas en los ojos.

Verla así tan triste me rompió el corazón. Me acerqué a ella y acaricié su mejilla.

—¿Qué pasa, amor? —pregunté con tristeza.

—No pasa nada, Alex. Te veo a las tres en el parque del Cofre. Ahí te explico todo. Este no es el momento ni el lugar. Te veo ahí.

Se fue antes de que pudiera decir algo, pero era mejor no insistir. Por el momento, era mejor dejar las cosas así. De todos modos, ella me tenía que explicar fuera como fuera y donde fuera. Era mejor esperar.

Después de lo ocurrido durante la mañana, no me sentía muy bien. No quería entrar a clases ni ver a nadie. Lo mejor era irme a casa: estar solo me sentaría bien, así que decidí hacerlo. Me sentía pésimo y el dolor en el abdomen era cada vez más intenso. Camino a casa compré un analgésico. En la tarde iría al médico para que me revisara el golpe. No le diría nada a mis padres; no quería preocuparlos. Además, ¿qué caso tendría? Era un pequeño golpe sin importancia, aunque el moretón a un costado del abdomen demostrara lo contrario.

El analgésico comenzaba a hacer efecto, el dolor disminuía considerablemente. Durante las próximas dos horas no causaría ninguna molestia. Mis padres no se darían cuenta.

Ahora lo importante era hablar con Nathaly, pero esperaría hasta las tres, así que tenía tiempo para pensar y analizar las cosas antes.

Cuando llegué casa, un silencio profundo invadía el interior. Ni papá ni mamá estaban. Se me hizo raro, porque era muy temprano como para que no estuvieran en casa. Me dirigí a mi cuarto. Me quité el uniforme y limpié los rastros de sangre de mi rostro. Cuando me miré en el espejo, descubrí el rasguño que me había hecho con el filo del bote de basura. Una línea roja trazada desde la ceja hasta la mejilla. ¿Cómo le explicaría a mis padres cuando me vieran? Supongo que la verdad. Un suceso extraño pero verdadero. Por el momento no me preocupaba, no estaban en casa. Eché el uniforme al bote de la ropa sucia. Después baje a la cocina por algo para comer. Encontré una nota pegada en la puerta del refrigerador:

“Tu papá y yo fuimos a Xalapa por un asunto de su trabajo. Regresamos en la tarde. En el refrigerador hay comida preparada.”

Mi madre solía dejarme notas en lugar de enviar un mensaje al celular; no era muy fan de la tecnología. Me serví leche en un vaso y tomé un pan de la mesa; encendí el televisor y busqué un canal interesante, pero no había nada bueno. Así que subí a mi cuarto, encendí el estéreo y puse el disco de Muse, una excelente banda con un sonido musical único. Su fusión de distintos géneros musicales, desde progresivo, rock, electrónica hasta música clásica, es espectacular. Además, Mathew Bellamy, el vocalista, tiene una gran voz, y hace de Muse una de las mejores bandas de rock. Mi padre me regaló su última producción el Día de Reyes. También me regaló un libro sobre vampiros de la autoría de Anne Rice: Entrevista con el vampiro. Trata sobre aquellos que intentan conservar lo poco que les queda de humanidad y aceptar vivir bajo la tortura, alimentándose de animales en lugar de personas. O aquellos que aceptan de buena gana su condición y hasta se consideran dioses, mientras que los humanos son solo comida.

Este libro lo tenía desde hace cinco años, y aun no lo terminaba de leer, así que decidí continuar con su lectura. Me recosté sobre el sofá y empecé a leer. No recordaba exactamente donde me quedé, así que mejor empecé desde el principio.

Anne Rice explica en su libro que algunos vampiros no aceptan su condición o su nueva forma de vida; tener que vivir bajo las sombras y, sobre todo, rechazan tener que alimentarse de sangre humana. Evitan a toda costa el contacto humano, prefieren alimentarse de animales, ya que así tratan de conservar lo poco que les queda de humanidad; mientras que otros van más allá de aceptar esta condición. Establecen sus reglas y gobiernan como si fueran dioses.

Desde mi punto de vista era una historia demasiado fantasiosa, aunque interesante; la redacción era increíble. Aún no terminaba el segundo capítulo, cuando ya me había quedado profundamente dormido.

El tiempo pasó volando. Cuando desperté, ya eran las dos de la tarde. Me levanté de un salto del sofá, pero el movimiento me provocó un dolor en el abdomen. El analgésico que había tomado pera el dolor ya no surtía efecto alguno. Tendría que tomar otro para que el dolor no molestara.

El disco que había puesto se repitió como cuatro veces, estaba la misma canción: “I belong to you”. Me levanté algo adormecido y me dirigí al baño para lavarme la cara. El contacto del agua fría con mi piel terminó de despertarme. El rasguño en el rostro era más notable y dolía cuando hacía algún gesto. Busqué en el armario algo para ponerme; tomé lo primero que vi: unos jeans negros y una playera azul cielo. Me puse los tenis y bajé. Tomé una manzana del frutero que estaba sobre el comedor y salí a tomar el autobús. Si me iba caminando llegaría tarde y no quería que Nathaly estuviera esperando.

Estaba realmente nervioso. De una u otra forma sabía que lo que Nathaly me iba a decir no era bueno. No quería perderla, pero algo malo iba a suceder. El camino me pareció eterno, como si nunca fuese a llegar. Moría por verla, por abrazarla, besarla.

Cuando llegué, ella ya estaba esperándome sentada en una de las rocas a los pies de la montaña. Me acerqué para saludarla.

—Hola, amor. ¿Tienes rato esperándome? Discúlpame, es que me dormí y…

—Terminemos de una vez con esto, ya no aguanto. Te juro que ya no puedo más —me dijo con voz angustiada.

—¿Qué pasa? ¿Qué es lo que te tiene así?

—Alex, por favor, déjame hablar. No me interrumpas. ¿O-key?

—O-key, adelante…

Me miró y pensó un poco, buscando la forma de empezar a hablar. Se recostó sobre la roca y me miró de forma impasible.

—Alex, te mentí.

Inhalé profundamente. Era una respuesta coherente con todo lo sucedido. Me había mentido. Me causaba terror saberlo, pero debía preguntarlo:

— ¿En qué me mentiste?

—Alex, en todo. Te mentí en todo. Mi amor hacia ti nunca existió. Todo fue una farsa.

Su respuesta me confundió. Había pensado en esto por días. Imaginé muchas cosas, pero esto me dejó sin palabras. No sabía qué decir; tenía un nudo en la garganta.

— ¿Como que una farsa? ¿De qué hablas?

—Sí, fue una apuesta entre nosotros.

Le mire en un intento por comprender lo que quería decir. Me devolvió la mirada con frialdad. Con un desgarro en el pecho, entendí lo que me decía.

—Cuando dices “nosotros”… —murmuré.

—Me refiero a Daniel y sus amigos. ¿Recuerdas aquella vez que chocamos en la cafetería y me tiraste el refresco encima? Pues ese día Daniel hizo la apuesta y yo acepté.

Moví la cabeza de un lado a otro, tratando de aclararme. Me llevó un par de minutos que me regresara la voz.

—¿En qué consistía la apuesta?

Respiró profundamente y pensó un poco antes de hablar.

—Debía enamorarte y lograr que fuésemos novios por dos meses. Si lo lograba, ganaba la apuesta. El premio es lo de menos y, además, tonto, pero…

— ¿Por qué lo hiciste, Nathaly? ¿Por qué? ¡Maldita sea! Eres lo mejor que me ha pasado en la vida. ¿Por qué tenías que hacerlo? ¿Por qué?

—Perdóname, Alex. Sé que fui una tonta, pero…

—Pero lo hiciste, Nathaly, lo hiciste, y no hay perdón que valga —grité furioso, mientras las palabras explotaban dentro de mí como arma nuclear.

—Perdóname, Alex, por favor. Perdóname.

— No, Nathaly. Lo que hiciste no tiene perdón. Mira que divertirte conmigo como si fuese un juguete. ¿Y sabes qué es lo peor? ¿Sabes qué es lo peor? —grité mientras golpeaba una roca con el puño.

—Alex, cálmate —dijo con miedo.

—Te creí. Me enamoré de ti como un idiota. Creí en tus palabras, en tus besos, en todo; y mira lo que gané por imbécil, que te burlaras de mí.

—No, Alex, al principio sí fue por la apuesta, pero después…

—¿Después qué? ¿Te enamoraste de mí? —pregunté con un tono burlón.

—Después todo fue real, sincero y, aunque no lo creas, sí, me enamoré de ti.

Solté una carcajada y la miré repulsivamente.

—No seas hipócrita. ¿Pretendes que te crea? ¡Anda, dime: ¿pretendes que te crea?! ―grité con rabia.

Me miró con desilusión.

—No, tienes razón. No pretendo que me creas ni tampoco tienes por qué creerme; después de todo, yo fui la que mintió.

—Exacto, tú mentiste, y no te creo nada de lo que dices sentir.

—Pues, aunque no me quieras escuchar, lo voy a decir —su voz sonó desafiante.

—¿Decirme qué? ¿Que me amas? —dije con voz más calmada.

—Sí, que te amo; y aunque no lo creas, me enamore de ti; tu forma de ser, tu cariño, tu protección me hicieron darme cuenta de que eras alguien especial. Que personas así sí existen en la vida real y no solo en las películas. Y lo único bueno de todo esto, es que pude descubrir a una persona maravillosa, descubrí al amor de mis sueños.

—Sí, pero lo dejaste ir, ¿no crees?

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9781953540331
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