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DOCENCIA PEQUEÑA

LECCIONES COTIDIANAS

DE LAS CIENCIAS DEL APRENDIZAJE

JAMES M. LANG

DOCENCIA PEQUEÑA

LECCIONES COTIDIANAS

DE LAS CIENCIAS DEL APRENDIZAJE

Traducción

Óscar Barberá

UNIVERSITAT DE VALÈNCIA

Esta publicación no puede ser reproducida, ni total ni parcialmente,ni registrada en, o transmitida por, un sistema de recuperación de información, de ninguna forma ni por ningún medio, sea fotomecánico, fotoquímico, electrónico, por fotocopia o por cualquier otro, sin el permiso de la editorial. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

Título original: Small Teaching: Everyday Lessons from the Science of Learning

© John Wiley & Sons, Inc., 2016

© James M. Lang, 2016

© Publicacions de la Universitat de València, 2018

© De la traducción: Óscar Barberá, 2018

Publicacions de la Universitat de València

http://puv.uv.es

publicacions@uv.es

Corrección y maquetación: Letras y Píxeles, S. L.

Diseño y fotografía de la cubierta: Celso Hernández de la Figuera

ISBN: 978-84-9134-332-5

Para Katie, Madeleine, Jillian, Lucie y Jack, que tanto me enseñaron cuando eran pequeños

ÍNDICE

Agradecimientos

Sobre el autor

Introducción: Docencia pequeña

Parte I. Conocimiento

Capítulo 1. Recuperar

Capítulo 2. Predecir

Capítulo 3. Intercalar

Parte II. Comprensión

Capítulo 4. Conectar

Capítulo 5. Practicar

Capítulo 6. Autoexplicarse

Parte III. Inspiración

Capítulo 7. Motivar

Capítulo 8. Crecer

Capítulo 9. Expandir

Conclusión: Comenzar

Obras citadas

Índice

Agradecimientos

Primero, y ante todo, debo expresar mi gratitud por los encuentros mensuales con Mike Land y Sarah Cavanagh del grupo de escritores, que han proporcionado una revisión increíblemente inteligente y útil a cada uno de los capítulos de este libro. Mike y Sarah han hecho a la perfección de lectores avanzados y entusiastas, y han conseguido que este libro sea mejor en todos los aspectos posibles. Agradezco especialmente a Sarah por ayudarme a evitar el tipo de errores manifiestos en el uso de la terminología y las teorías de su disciplina, la psicología, y por mostrarme numerosos artículos que ayudaron a que mi investigación cogiera cuerpo.

He tenido la ocasión de presentar la investigación de este libro –y de comprobar su utilidad para los docentes– en muchas universidades mientras escribía y revisaba sus borradores. Por ello debo dar las gracias tanto a mis anfitriones como a los participantes de los talleres que tuvieron lugar en Olds College (Canadá), Misericordia University, Regis College, University of Denver, Fisher College, Florida Institute of Technology, King’s Academy (Jordania), MacEwan University (Canadá), Indiana State University, the DeLange Conference at Rice University, University of Texas-San Antonio Health Sciences College, Bucknell University, Georgia Tech y Columbus State Community College.

La semilla de este libro se plantó en un encuentro con David Brightman en la Teaching Professor Conference de Nueva Orleans; fue un guía espléndido mientras me iba abriendo camino en la concepción y las propuestas de organización. Su compromiso con la educación superior y con la publicación de libros excelentes lo convierte en un editor ideal. Pete Gaughan y Connor O’Brien mostraron la misma dedicación al proyecto, y agradezco especialmente a Connor sus apuntes de desarrollo sobre el primer borrador del libro. Dos revisores externos también me ayudaron a mejorar el libro de diversas formas importantes, y se lo agradezco igualmente.

Assumption College me concedió un año sabático que me permitió terminar el borrador del libro y cumplir con los plazos de entrega, y son muchos los colegas de allí, tanto profesores como personal de administración, que han apoyado mi trabajo.

Escribí la mayor parte de este libro en el Nu Café de Worcester, en Massachusetts (EUA). Gracias por todo ese té verde. Parece que ayudó.

Vengo de una familia de maestros, y algo debía de haber en el agua con la que me crie. Sigo encontrando inspiración especialmente en mi hermana Peggy, que ha sido maestra y ha dirigido a diversas poblaciones urbanas de estudiantes en Chicago, y en mi hermano Tony, a quien he ido pisándole los talones como estudiante, como profesor, como escritor y como ser humano desde que de niños compartíamos litera.

Gran parte de mi pensamiento extracurricular sobre el aprendizaje procede del resultado de observar las experiencias de mis hijos, a quienes dedico este libro, por lo que les agradezco el entusiasmo que siempre han mostrado por aprender, tanto en la escuela como fuera de ella.

Una parte mayor aún de mis pensamientos sobre educación es resultado de mis conversaciones con mi esposa, maestra de escuela. Parte del tiempo que pasé escribiendo este libro lo empleé como voluntario en su aula de educación infantil las mañanas de los viernes, algo que me recordaba todas las semanas el valor increíble de la profesión de maestra y el compromiso absolutamente abnegado que muchos maestros tienen con sus alumnos. Estos recordatorios renovaron constantemente mi inspiración para poder escribir este libro.

Así pues, mi último y más sentido agradecimiento es para Anne, por todo.

Sobre el autor

James M. Lang es profesor de inglés y director del Centro para la Excelencia Docente del Assumption College de Worcester, en Massachusetts (EUA). Es autor de cuatro libros: Cheating Lessons: Learning from Academic Dishonesty (Harvard University Press, 2013), On Course: A Week-by-Week Guide to Your First Semester of College Teaching (Harvard University Press, 2008), Life on the Tenure Track: Lessons for the First Year (Johns Hopkins University Press, 2005) y Learning Sickness: A Year with Crohn’s Disease (Capital Books, 2004). Escribe una columna mensual sobre enseñanza y aprendizaje en The Chronicle of Higher Education; su trabajo ha ido apareciendo en The Chronicle desde 1999. Sus reseñas de libros y sus escritos académicos sobre educación superior han sido publicados en una gran variedad de periódicos y revistas, incluyendo Boston Globe, Chicago Tribune y Time. Forma parte del grupo Fullbright de especialistas de alto nivel en educación superior y ha dirigido talleres sobre aprendizaje para instructores en más de cincuenta universidades de Estados Unidos y de otros países. Se graduó en inglés y filosofía en la Universidad de Notre Dame, obtuvo un postgrado en inglés en la Universidad de St. Louis y el grado de doctor en inglés en la Universidad del Noroeste. Para más información visítese su página web: <http://www.jamesmlang.com/>.

Introducción: Docencia pequeña

… mucho de lo que hemos estado haciendo como maestros y estudiantes no nos ha servido de mucho, pero algunos cambios comparativamente sencillos pueden transformar de verdad las cosas.

Brown et al., 2014: 9

En octubre de 2014, los seguidores de las grandes ligas estadounidenses de béisbol se deleitaron viendo cómo los aguerridos Kansas City Royals se abrían camino hasta la final de la Serie Mundial. Lo que cautivó la atención de tantos entusiastas del béisbol fue que la clave del éxito de los Royals a lo largo de la temporada había sido una manera de jugar pasada de moda, conocida como «bola pequeña» [small ball] o «bola astuta» [heady ball]. En lugar de confiar en musculosos bateadores capaces de golpear home runs1 con las bases ocupadas y conseguir carreras, los Royals utilizaron la sencilla estrategia de progresión que permite que los equipos vayan moviendo poco a poco a sus corredores de una base a la siguiente, evitando así que el equipo rival pueda anotar: toques de bola, robos de bases, bolas elevadas con golpeos de sacrificio y una defensa muy sólida. Estos logros tan poco vistosos en el terreno de juego no hacen que los jugadores de béisbol consigan los elogios que sí conseguirían con bateos espectaculares, con home runs que ganan un partido, pero los equipos que juegan a la bola astuta de manera conjunta y efectiva no necesitan esa clase de épica llamativa. Es más, algunos analistas del béisbol señalan que el éxito de los Royals, que consiguieron sus victorias con un presupuesto modesto, es una evidencia del futuro del béisbol. «Los Royals han encontrado una fórmula ganadora», escribió Sean Gregory, el columnista de béisbol de la revista Time.

Actualmente, si uno se propone batear para sacar la bola del campo, es más fácil que nunca acabar eliminado. Por lo tanto, hay que limitarse a poner la bola en juego… y jugar tus bazas con tus piernas, robar bases para racionar esas, cada vez más, escasas carreras. La bola pequeña es barata, y efectiva. A ella es hacia donde se dirige el juego.2

Como señala el artículo, el hecho francamente maravilloso de la astuta bola pequeña es que es a la vez efectiva y barata –por tanto, accesible a cualquiera–. Incluso los equipos que gastan su dinero en bateadores espectaculares pueden jugar a la bola pequeña –como se puso en evidencia en la final de la Serie Mundial, en la que el mayor presupuesto de los San Francisco Giants arrebató la victoria a los Royals al batirlos con su propio juego, anotando dos de cada tres carreras con bolas de sacrificio altas nada vistosas.3

Mi familiaridad con la bola pequeña procede de una historia menos espectacular que la diseñada por los Kansas City Royals en el otoño de 2014. Tengo cinco hijos y vivo en una ciudad de Nueva Inglaterra en la que la pasión por el béisbol viene de lejos. Esa es la razón por la que cada final de primavera de los últimos quince años paso dos meses sentado en incómodos bancos de metal viendo a mis hijos jugar a softbol y béisbol en distintas categorías de las ligas de nuestra ciudad. La liga concreta que juegan mis hijos es una de las de toda la vida; muchos de los entrenadores jugaron en esa liga cuando eran chicos. A menudo estos entrenadores se toman los partidos muy en serio, quizá en un intento de recuperar la gloria de los días de juego de su infancia. Como resultado, buscan y seleccionan a los mejores jugadores que salen cada año de las ligas más jóvenes, dejando a los entrenadores más novatos o menos experimentados un conjunto bastante más reducido de talento del que elegir a los componentes de sus equipos. No obstante, a pesar de las ventajas que consiguen esos entrenadores más agresivos fichando a los mejores jugadores, no siempre ganan. Tanto en ligas menores como en mayores, los entrenadores que parecen tener más éxito son los que centran su atención –y la atención de sus jugadores– en dominar todas las minúsculas partes del juego. Los entrenadores de bola pequeña indicarán a sus corredores de base que roben cuando los de campo se descuiden un poco al lanzar la bola de un lado a otro del cuadro interior, o se asegurarán de que siempre haya alguien apoyando un lanzamiento a la primera base en caso de que la pierda quien se encuentra en esta. Dado que en un equipo de softbol de chicos de ocho años no hay nadie que pueda batear y mandar las bolas fuera del parque, la bola pequeña representa realmente la única estrategia que garantiza el éxito a largo plazo.

La idea de este libro comenzó a tomar forma al acabar una de esas largas temporadas de softbol, cuando estaba preparándome para hacer una ronda de visitas en otoño a campus de otros colegas para promocionar mi anterior libro. Había tenido mucha suerte en años previos con las invitaciones de otras instituciones para llevar a cabo talleres de enseñanza y aprendizaje en educación superior para profesores de universidad, una tarea que agradecí y disfruté. Cuando comencé con las presentaciones, tuve la suerte de poder hablar con mis colegas profesores de universidad sobre las profundas transformaciones que podrían aplicar a sus cursos. Por desgracia, normalmente llevaba a cabo esas visitas a mitad de semestre, lo que implicaba que los participantes debían esperar hasta el semestre siguiente para poder implementar cualquiera de mis sugerencias. Incluso a los profesores con la mejor disposición para revitalizar su docencia podía parecerles demasiado exigente incluir en su planteamiento para el curso que comenzarían el siguiente enero o agosto lo que habían aprendido en las aproximadamente dos horas de octubre del taller, dada la cantidad de trabajo que en el ínterin mantendría bien ocupadas sus mentes. En román paladino, la transformación profunda y súbita de la docencia propia es una tarea ardua que puede resultar muy difícil de vender a profesores con muchas responsabilidades, exigiéndoles tanto tiempo y dedicación. Yo mismo, como profesor en activo, doy cursos de literatura y de escritura todos los semestres, por lo que sé muy bien cuál es el alcance de tal desafío. Por más que sintiera a menudo la urgencia de darle un revolcón a mis prácticas docentes con innovaciones radicalmente nuevas, casi nunca lo hice. Concebir de nuevo los cursos desde la base supone un tiempo y una energía que la mayoría de nosotros no tenemos a mitad de semestre, y que durante los intervalos entre semestres consumimos normalmente en nuestras investigaciones.

Mis reflexiones sobre este dilema me llevaron a considerar si debería incorporar en mis talleres más actividades que los profesores pudieran utilizar para dar un vuelco a sus clases de mañana o de la siguiente semana sin necesidad de revisar exhaustivamente su docencia –en otras palabras, los equivalentes pedagógicos de la astuta bola pequeña–. Con esta expectativa en mente, me sumergí en las publicaciones sobre enseñanza y aprendizaje en educación superior con otra mirada, buscando recomendaciones de bola pequeña que resultasen fáciles de adoptar, a la vez que estuvieran bien respaldadas por la investigación. Esta búsqueda de varios meses me condujo al trabajo de psicólogos de la cognición que estudian los mecanismos del aprendizaje, a neurocientíficos y biólogos que me ayudaron a comprender algunos aspectos básicos de la ciencia del cerebro y a la investigación en campos relacionados con el aprendizaje, como las emociones y la motivación. Me quedé gratamente sorprendido al encontrar en estos campos un número manejable de principios de aprendizaje que me parecieron directamente extrapolables a las aulas de educación superior. Comencé de manera gradual a buscar ejemplos prácticos de cómo esos principios podrían aplicarse en el aula, y empecé a recomendar algunas de las estrategias que iba descubriendo a los participantes en mis talleres. Podía notar cómo aumentaba la energía y la excitación en la sala cuando los participantes podían vislumbrar que había poca distancia entre el taller de la tarde de ayer y un cambio concreto y positivo para sus clases de la mañana siguiente. Pero nada me interesó y motivó más que los pequeños éxitos que experimenté yo mismo al incorporar a mi propia aula algunas de las estrategias que había aprendido. A lo largo del curso de ese semestre de otoño, en el que trabajé en mi propia docencia a la vez que conversaba con otros profesores sobre estas ideas, quedé convencido de la noción aparentemente paradójica de que mediante pequeños cambios era posible una mejora pedagógica sustancial, de la misma manera que fue posible ganar la Serie Mundial a los Royals robando bases y golpeando bolas altas de sacrificio.

Esta convicción recién descubierta dio lugar, finalmente, a la noción de docencia pequeña, un enfoque que persigue desencadenar cambios positivos en la educación superior por medio de astutas modificaciones, pequeñas pero trascendentes, en el diseño de nuestro curso y en nuestras prácticas docentes. La docencia pequeña, como estrategia completamente desarrollada, busca en el depósito profundo de la investigación sobre aprendizaje y educación superior para crear, con lo encontrado, un enfoque deliberado, estructurado y progresivo que cambie nuestros cursos a mejor. Las últimas décadas nos han proporcionado un cuerpo creciente de investigaciones y conocimientos sobre cómo aprenden los seres humanos, y una generación nueva de estudiosos en estos campos ha comenzado a trasladar sus descubrimientos, desde los laboratorios de investigadores de la memoria y la cognición, a las aulas de educación superior actuales. Sus hallazgos sugieren, cada vez con más fuerza, el potencial de algunos cambios pequeños en el diseño de nuestros cursos, en nuestra manera de dirigir nuestras aulas y de comunicarnos con nuestros estudiantes. Algunos de los descubrimientos sugieren también vías de cambio para una transformación profunda de nuestros cursos (señalaré unas cuantas en el capítulo final de este libro). Pero si lo que estamos buscando es estimular el aprendizaje del contenido del curso por parte de nuestros estudiantes, mejorar sus destrezas intelectuales básicas –como la escritura, el habla y el razonamiento crítico– y prepararlos para que tengan éxito en sus carreras, entonces creo que podemos encontrar en la docencia pequeña un enfoque para nuestro trabajo compartido de educar estudiantes que resulta efectivo a nuestros alumnos y accesible al mayor número de profesores de universidad en activo.

Una accesibilidad generalizada es algo muy importante para los profesores en activo, especialmente si consideramos el rango increíblemente diverso de contextos en los que opera la educación superior en nuestros días. Las innovaciones docentes con el potencial de espolear grandes cambios tienen que resultar igual de accesibles tanto para los mal pagados y sobrecargados profesores asociados como para los profesores titulares y los catedráticos de las universidades más prestigiosas. Han de encontrar un sitio en los campus de las universidades pequeñas, así como en los grandes campus universitarios de las afueras de las grandes ciudades. Deben tener algo que ofrecer tanto a las tradicionales clases magistrales dadas en aulas enormes como a las discusiones en seminarios pequeños. Las actividades que se describen en este libro, tomadas como un todo, cumplen estas directrices: siendo mínimamente creativo se pueden adoptar en cualquier tipo de entorno de educación superior concebible, desde clases magistrales en aulas enormes a discusiones en pequeñas salas de seminario, desde cursos absolutamente presenciales a cursos completamente a distancia, y en cualquier combinación posible entre ambos extremos. Se fundamentan en principios muy básicos sobre cómo aprendemos los humanos, de ahí que puedan aplicarse a cualquier tipo de disciplina y de contenido –tanto si se está enseñando a los estudiantes a memorizar hechos y fórmulas, como a desarrollar su expresión oral o a resolver problemas complejos–. No todos los instructores en todas las disciplinas y en cualquier contexto docente encontrarán un hueco para todas las actividades de docencia pequeña aquí descritas, pero cualquier lector encontrará a buen seguro oportunidades para poner en práctica al menos algunas de ellas. Se pueden implementar mañana por la mañana, el viernes de la próxima semana, en el diseño del siguiente cuestionario o prueba, e incluso –como veremos en la parte final del libro– en el correo electrónico que se vaya a enviar a los estudiantes.

Para asegurar que estas técnicas poseyeran ese tipo de accesibilidad universal, y que por tanto merecieran considerarse bajo el paraguas de la docencia pequeña, los principios recogidos en este libro debían cumplir tres criterios básicos. Primero, tenían que tener su base en las ciencias del aprendizaje. Afortunadamente, en los últimos diez o veinte años, una cohorte de científicos del aprendizaje ha comenzado a presentar hallazgos de esas disciplinas en formas que resultan accesibles a quienes, como yo, no somos especialistas. Libros como el de Daniel Schacter, The Seven Sins of Memory, el de Daniel Willingham, Why Don’t Students Like School?, o el de Peter Brown, Henry Roediger y Mark McDaniel, Make It Stick, presentan los resultados de la investigación en neurociencia y en teoría cognitiva, de manera que describen con todo lujo de detalles y claridad sus implicaciones para docentes y estudiantes. Segundo, estos principios de aprendizaje deben tener un impacto positivo en ambientes educativos del mundo real –de educación superior siempre que sea posible–. Este criterio se mostró como el más difícil de superar; algunas estrategias que me parecían plausibles, o que tenían su origen en fascinantes experimentos de laboratorio, no acabaron formando parte del libro, ya que no fueron capaces de superar netamente este obstáculo esencial. Tercero y último, de alguna manera, tuve que observar directamente los principios por mí mismo, bien gracias a mi propia experiencia como docente o discente, bien presenciando otra docencia y otros ambientes de aprendizaje. Se me puede acusar de exceso de prudencia, pero necesitaba que estos principios superasen esta prueba de fuego para estar completamente seguro de que podía recomendarlos a docentes en ejercicio. La mayoría de los capítulos que siguen comienza con un ejemplo de cómo he descubierto estos principios en alguna experiencia de aprendizaje, en mi propia vida o en las vidas de mis estudiantes, incluso en las de mis hijos, y confío en que estos ejemplos personales puedan ayudarte a identificar momentos en los que tú también los hayas visto en acción en tus propias situaciones de aprendizaje.

Asumiendo que una actividad de enseñanza y de aprendizaje cumple los tres criterios, todavía debería ser posible implementarla de manera que cayera bajo el paraguas de la docencia pequeña. Tal y como descubrirás en las páginas que siguen, un enfoque o una actividad de docencia pequeña puede tomar una de estas tres formas:

• Actividades de aprendizaje breves (5-10 minutos) en el aula o a distancia. Me encanta esta idea de pequeñas intervenciones en una sesión de aprendizaje que puedan captar (o recuperar) la atención de los estudiantes, proporcionar oportunidades ágiles para que los estudiantes se comprometan y afianzar o introducir aprendizaje nuevo. Incluso cuando se tiene planeada una sesión muy densa, se puede encontrar tiempo para una actividad de cinco minutos capaz de proporcionar un estímulo al aprendizaje de los estudiantes.

• Intervenciones únicas en un curso. Al igual que en el caso del ejercicio de la tesis de un minuto del capítulo 4, el significado de pequeña puede ocasionalmente virar desde «una pequeña parte de una clase» hasta «una pequeña parte del curso». En otras palabras, algunas de las actividades de docencia pequeña pueden ocupar una sesión completa de clase, pero solo una vez durante el semestre.

• Pequeñas modificaciones en el diseño del curso o en la comunicación con tus estudiantes. Estas recomendaciones puede que no se traduzcan directamente en actividades de diez minutos o de las que se hacen solo una vez. Pero tampoco exigen un replanteamiento radical de los cursos. Pueden inspirar variaciones o pequeños cambios en la manera en que organizas el programa diario del curso, en cómo redactas la descripción del curso o las hojas de tareas, o en cómo respondes a los textos de tus estudiantes. Las estrategias de la III parte encajan especialmente en esta categoría de enfoques de docencia pequeña.

Una cualidad esencial compartida por estas tres formas de docencia pequeña es que exigen una preparación y una corrección mínimas. Dado que estamos siempre muy ocupados, esta característica de la docencia pequeña se me antoja que es especialmente importante para los profesores que impartan distintos cursos en varios campus o que tengan otras dedicaciones adicionales. Un profesor que pueda entrar en clase cada día con un pequeño conjunto de ejercicios de docencia pequeña puede reducir, en buena medida, el tiempo total de preparación distribuyendo en su docencia estas poderosas actividades de aprendizaje. Actividades únicas como la tesis de un minuto o una sesión de práctica de conciencia plena, que requieren muy poca preparación y son fáciles de corregir, pueden servir también como recurso cuando ha faltado o se ha reducido el tiempo de preparación habitual debido a la enfermedad de un hijo, a una emergencia médica o a uno de esos días en que uno se encuentra escaso de fuerzas.

Y, aun así, estas actividades, que pueden encontrar un lugar en el aula por primera vez como relleno de esos diez últimos minutos o de una clase no planeada, tienen la capacidad de generar tanto o más aprendizaje que el que hayas previsto para tu clase cuidadosamente preparada. Para mí, esto es lo que representa el valor auténtico y la promesa de la docencia pequeña. Espero que los capítulos que siguen te demuestren que la docencia pequeña no es un compromiso pragmático, una elección inferior que haya que hacer por carecer del tiempo o la energía para emprender los cambios profundos que realmente tendrían una influencia decisiva en nuestros estudiantes. Poseemos excelentes evidencias del poder que sobre el aprendizaje ejercen las actividades de docencia pequeña; un estudio tras otro, tal y como comprobarás en los siguientes capítulos, ha demostrado que las actividades de docencia pequeña mejoran las calificaciones de las tareas de aprendizaje de los estudiantes en dos o más puntos sobre diez. Esta es una evidencia poderosa, tan poderosa como cualquier otra que se haya visto nunca en la investigación sobre aprendizaje, incluidos los estudios dedicados a enfoques globales que aparecen en los encabezados de revistas especializadas como The Chronicle of Higher Education u otras propias de nuestra profesión.

Además de estos argumentos a favor del gran poder que pueden tener los enfoques pequeños y progresivos (y del hecho de que todos estamos siempre muy ocupados), encontrarás diversos niveles en cada capítulo para comprender estas estrategias recomendadas de docencia pequeña. Conseguirás la mejor comprensión posible de cada uno de los enfoques dados de docencia pequeña leyendo el capítulo completo, pero también podrás pasar a las secciones de aplicaciones prácticas de la segunda mitad de los capítulos si lo que buscas es ayuda rápida e inmediata. La estructura de cada capítulo incluye los elementos siguientes:

• Introducción: Habitualmente encontrarás en ella ejemplos de cómo puede aparecer en la vida diaria el fenómeno concreto de aprendizaje que se describe en el capítulo.

• En teoría: Esta sección indaga en la investigación que da apoyo a las recomendaciones del capítulo e incluye descripciones de los experimentos de laboratorio y aula, así como descripciones breves de hallazgos clave o de principios de las ciencias cognitivas.

• Modelos: Se describen cuatro o cinco modelos en detalle en cada capítulo, ejemplos detallados y completos de cómo los profesores pueden incorporar un enfoque de docencia pequeña en el diseño de su curso, en su aula o en la práctica a distancia, así como en su comunicación con los estudiantes.

• Principios: Deseo y confío en que los docentes no se limiten a seguir los modelos, sino que también adopten la estrategia general y que desarrollen sus propios modelos. Los principios proporcionan directrices para crear estrategias propias de docencia pequeña.

• Docencia pequeña rápida: Recordatorios de una frase de la manera más sencilla de poner en práctica la estrategia de docencia pequeña del capítulo; hojéalos o retómalos cuando dispongas de quince minutos antes de empezar la clase y necesites un consejo rápido para una actividad de aprendizaje con la que comprometerse.

• Conclusión: Una reflexión final de la teoría principal o de la estrategia del capítulo.

Espero que la primera lectura de cada capítulo te ayude a ver inmediatamente cómo realizar cambios en tu docencia de los que se beneficiarán tus estudiantes. Pero también que sigas confiando en el libro mucho tiempo después de esa primera lectura. Tenlo a mano y hojéalo de vez en cuando, y siempre que sientas la necesidad de probar algo nuevo y diferente para tus clases. Utiliza el libro para iniciar nuevas conversaciones, o para infundirles nuevo vigor, en tu campus acerca de cómo podemos ayudar a nuestros estudiantes a aprender mejor y sobre cómo podemos promover cambios positivos en la educación superior. Por último, cuando estés listo para estudiar con mayor detalle la investigación sobre enseñanza y aprendizaje en educación superior e ir más allá de estas recomendaciones concretas, el listado de obras citadas puede proporcionarte más propuestas de lectura. He intentado mantener su número tan reducido como me ha sido posible para no abrumar a los lectores nuevos en este campo, y para centrarme en algunos textos clave y estudios seminales que son fácilmente accesibles a la mayoría de lectores (hay que decir que el campo de investigación de cada uno de los temas de cada capítulo de este libro va mucho más allá de mis sobrias citas).

Los modelos y principios de docencia pequeña que encontrarás en los capítulos que tienes por delante pueden tomarse individualmente, como acicates únicos para la innovación de una sesión específica de un curso o del programa de una unidad, pero también pueden combinarse para crear un enfoque completamente nuevo para tu docencia. Si estás leyendo este libro en vacaciones, cuando no impartes clase, piensa en lo que puedes extraer de manera sistemática de cada una de sus tres partes principales para el planteamiento del próximo curso, creando una estrategia completa para mejorar el aprendizaje de los estudiantes de tu clase. Pero si lo estás leyendo durante el semestre docente, cambia tu punto de vista y pasa del bosque a los árboles. Elige una actividad o una modificación para el curso y comprométete con ella para el resto del semestre. Asegúrate de que das tiempo a las actividades nuevas para que florezcan; nada funciona a la primera, tal y como nos gustaría, por lo que deberían llevarse a cabo varios intentos antes de que empiecen a dar resultado actividades como los ejercicios de predicción al comienzo o al término de las clases. Y, tal y como defenderé en la conclusión, busca maneras de evaluar los efectos de tus cambios en la docencia pequeña y determina si deben pasar a formar parte de tu repertorio docente permanente. Apóyate en el servicio del centro de enseñanza y aprendizaje de tu campus, si tiene uno, para entender mejor cómo medir el impacto de los cambios específicos en tu docencia en el aprendizaje de los estudiantes. En otras palabras, los estudiantes no son los únicos que se beneficiarán del aprendizaje nuevo resultante de la docencia pequeña; tú mismo puedes utilizar estas actividades para dar un enfoque más sistemático a tu docencia, pensando deliberadamente sobre la puesta en marcha, la evaluación y la modificación de un abanico de posibles estrategias docentes, de manera que sigas aprendiendo y creciendo como docente a lo largo de toda tu carrera.

Pero no deberíamos tener tanta prisa preocupándonos por toda la carrera que nos queda por delante. Asumo que mañana tendrás clase, o el lunes, o en uno o dos meses, y que estás buscando ideas.

Empecemos pues por lo pequeño.

1 Un home run es cuando se golpea la bola de manera que se dirige a la zona buena del terreno de juego y llega a las gradas o sale del estadio. Si la pelota no llega a salir del campo pero el bateador se anota igualmente la carrera, se dice que el home run ha sido dentro del campo (N. del T.).

2 Sean Gregory: «The Kansas City Royals are the future of baseball», Time, 15 de octubre de 2014.

3 Sean Gregory: «Dynasty! The San Francisco Giants win it all», Time, 29 de octubre de 2014.

Parte I

Conocimiento

Imagina la tormenta desatada en los medios de comunicación en 1956 por la publicación de un libro de educación con el atrayente título de Taxonomy of Educational Objectives: The Classification of Educational Goals, Handbook 1: Cognitive Domain.1 El autor de este escalofrío fue el psicólogo Benjamin Bloom, que buscaba articular un conjunto de objetivos que los profesores pudieran utilizar como guía para sus actividades de instrucción. A pesar de ese título que tira de espaldas, el contenido del libro acabó convirtiéndose en un texto sagrado para teóricos y administradores de la educación de todo el mundo, pues les proporcionó un marco teórico y un vocabulario para articular lo que ellos esperaban que los docentes pudieran conseguir en sus aulas. La taxonomía que creó Bloom contiene seis categorías principales: conocimiento, comprensión, aplicación, análisis, síntesis y evaluación. Una mirada rápida a las seis categorías sugeriría que siguen una progresión desde menores a mayores órdenes de complejidad, desde una posesión de conocimiento inalterable hasta formas más creativas de razonamiento en las categorías de síntesis y de evaluación. Además, la taxonomía se representa a menudo en forma de pirámide, con el conocimiento en la base y la evaluación y la creación en la cúspide.

Desafortunadamente, la imagen visual de la taxonomía de Bloom como una pirámide, con la que es fácil que todos los docentes nos hayamos encontrado en algún momento de nuestras vidas, ha conducido a numerosos profesores de educación superior a considerar las categorías de Bloom de una manera distorsionada. Después de todo, cuando se piensa en una pirámide, ¿dónde le gustaría a uno estar? Arriba del todo, claro. Nadie desea encontrarse en la base de la pirámide, aplastado por el peso de las filas que ascienden, sin posibilidad alguna de alcanzar las estrellas. Por eso, algunos profesores parecen creer que el aprendizaje de hechos o conceptos, o ayudar a los estudiantes a recordar hechos y conceptos –incluso procedimientos o destrezas básicas–, es algo que queda por debajo de ellos; únicamente se interesan por actividades de orden superior como el pensamiento crítico, o razonar, o producir conocimiento nuevo. Los profesores de universidad parecen especialmente propensos a este deseo de saltarse la franja inferior de la pirámide –o, dicho de una manera más amable, a asumir que la educación primaria y secundaria son las que deberían haber ayudado a los alumnos a aprender a memorizar las cosas, o que ese dominio del conocimiento que los estudiantes necesitan debe ser alcanzado fuera de las aulas, porque el tiempo de clase debe consagrarse exclusivamente a actividades cognitivas superiores–. En los últimos años, esa clase de profesores ha utilizado un nuevo argumento para justificar su abandono de la categoría conocimiento de la taxonomía de Bloom: la omnipresencia de Google. ¿Por qué deberíamos preocuparnos por ayudar a los estudiantes a recordar hechos –se sigue del argumento– cuando todos los hechos del mundo los tienen a su disposición solo con usar las yemas de sus dedos? Los hechos llegan ahora en forma de teléfono inteligente, y la mayoría de nuestros estudiantes tienen uno –al menos en las economías desarrolladas–, o como mínimo alguna manera de acceder regularmente a internet. Dejad que internet les proporcione los hechos, y nosotros emplearemos nuestras energías en las actividades cognitivas superiores que hacen uso de esos hechos.

Por atractivo que pueda parecer descargar la responsabilidad de enseñar a nuestros estudiantes conocimiento básico en sus maestros de la escuela primaria o en Google, la investigación de los psicólogos de la cognición y los hábitos básicos de estudio de la mayoría de estudiantes sugieren que no podemos hacerlo. Una de nuestras primeras y principales tareas como docentes es ayudar a los estudiantes a desarrollar un valioso cuerpo de conocimientos en nuestras áreas de contenido –en caso de no hacerlo, entorpecemos gravemente su capacidad para comprometerse con actividades cognitivas como razonar, evaluar y crear–. Al igual que defiende el psicólogo cognitivo Daniel Willingham, no se puede pensar sobre algo de manera creativa a no ser que se posea en la mente información sobre ese algo con la que pensar. Dice: «La investigación realizada en ciencias cognitivas ha mostrado que las clases de destrezas que los profesores quieren para sus alumnos –tales como la capacidad de análisis y el pensamiento crítico– exigen un vasto conocimiento de hechos» (Willingham, 2009: 25). En otras palabras, tenemos que saber cosas para razonar críticamente sobre ellas. Sin información alguna fácilmente disponible en nuestros cerebros, tendemos a considerar los hechos nuevos (los procedentes de las búsquedas de Google) de manera aislada, de formas descontextualizadas que conducen a un pensamiento superficial. Los hechos se relacionan con otros hechos, y cuantas más relaciones seamos capaces de considerar, más capaces nos mostraremos de hacer análisis crítico y de pensar de manera creativa. Los estudiantes que no se preocupan de memorizar nada, nunca irán mucho más allá de deslizarse por la superficie de un tema.

Pero el asunto es más profundo que todo esto. Cuando aprendemos hechos nuevos, estamos construyendo estructuras mentales que nos permiten procesar y organizar el siguiente conjunto de hechos nuevos con mayor efectividad. El conocimiento es fundacional: no tendremos en orden las estructuras para razonar en profundidad si no hemos pasado tiempo dominando un cuerpo de conocimiento relacionado con ese razonamiento. En realidad, la representación de la taxonomía de Bloom como una pirámide da cuenta de este principio; después de todo, no se pueden alcanzar los niveles más altos de pensamiento crítico y creativo sin una amplia y sólida base de conocimiento por debajo de ellos. Tal y como expone Willingham:

Razonar bien exige conocer hechos, y eso es así no solo porque se necesite algo con lo que pensar. Los auténticos procesos que los profesores más valoran –procesos de pensamiento crítico como razonar y resolver problemas– están íntimamente interconectados con el conocimiento de hechos que se almacenan en la memoria a largo plazo (que no se encuentran simplemente en el entorno) (Willingham, 2009: 28).

Una sencilla ilustración de la interconexión de hechos y razonamiento es considerar el ejemplo de una abogada que tiene que construir una argumentación en el transcurso de un juicio en respuesta rápida a los testigos o a las actuaciones del juez. Podríamos pensar en una abogada que se maneja con habilidad en tales situaciones como una pensadora experta y creativa, capaz de responder prontamente nada más levantarse de su asiento y de construir argumentos con facilidad. Pero si nos ponemos a escuchar su argumentación, es fácil que oigamos montones y montones de hechos: principios legales, ejemplos de otros casos famosos, declaraciones de otros testigos, etc. Sin duda, la abogada demuestra en este caso destrezas cognitivas y creativas al construir argumentos con todos estos hechos, pero un razonamiento así no surgiría sin tales hechos. Más importante todavía es que el dominio gradual de la abogada de un cuerpo de hechos, en el transcurso de años de estudio y práctica legal, la capacita para lo que pueda encontrarse en este juicio y llevándolo con sentido al conectarlo con casos y juicios previos, lo que la hará estar mejor preparada para la siguiente sesión de razonamiento crítico que tenga lugar en la sala. Asimismo, sé que si pido a los estudiantes que razonen críticamente sobre el significado de un poema romántico en mi curso de estudios literarios, el estudiante con un conocimiento fáctico profundo del contexto histórico en el que fue escrito me ofrecerá un análisis mejor que otro que se limite a darle un vistazo y busque azarosamente en Google algunos hechos relacionados. Necesitamos material fáctico en nuestra memoria para cada destreza cognitiva que podamos querer enseñar a nuestros estudiantes.

Tampoco podemos asumir que los estudiantes son perfectamente capaces de memorizar tal información por sí mismos. De hecho, la investigación sobre las estrategias de aprendizaje de los estudiantes sugiere que habitualmente hacen malas elecciones cuando intentan aprender información nueva –y que siguen haciendo las mismas malas elecciones incluso cuando saben que hay otras mejores–. Brown, Roediger y McDaniel, los autores de Make It Stick, describen un experimento fascinante en el que se les proporciona a unos estudiantes dos estrategias diferentes para aprender a identificar características de la obra de diversos pintores: estudiando las pinturas bien en grupos similares (básicamente, estudio masivo), bien todas mezcladas (básicamente, estudio intercalado). Quienes estudiaron los cuadros de manera intercalada hicieron mejor las pruebas a las que fueron sometidos tras los periodos de estudio, pero esto no pareció suponer diferencia alguna en la manera en que pensaban sobre estudiar; tal y como lo expresó uno de los autores:

A pesar de estos resultados, los estudiantes que participaron en estos experimentos persistieron en su preferencia por la práctica masiva, convencidos de que les resultaba más útil. Incluso después de que hicieran la prueba y de que supiesen por sus propios resultados que la estrategia de intercalado era la mejor para el aprendizaje, siguieron aferrándose a su creencia de que el visionado concentrado de pinturas por artista era mejor (Brown et al., 2014: 54).

En otras palabras, ¡estos estudiantes seguían creyendo en el poder superior de una estrategia de estudio que acababan de demostrarles que era menos efectiva que una alternativa sencilla! Al igual que todos nosotros, estos estudiantes mantienen sesgos e ideas equivocadas sobre el aprendizaje y su funcionamiento. Pídele a los estudiantes que estudien para un examen, y la mayoría de ellos abrirá sus libros de texto y sus cuadernos de apuntes y los leerán una y otra vez, a pesar de los montones de investigaciones que les dicen que esta es precisamente la estrategia de aprendizaje menos efectiva para dominar un cuerpo de información nuevo. Incluso en el caso de que los estudiantes se hayan encontrado con esta investigación o que hayan sido instruidos en estrategias de estudio más efectivas por profesores anteriores, es muy probable que sigan persistiendo en estrategias de aprendizaje inefectivas.

Por ello, si nos importa que los estudiantes adquieran el conocimiento que les permita poner en práctica sus destrezas cognitivas de orden superior, deberíamos ayudarlos a adquirir ese conocimiento. Puede que, acertadamente, no estemos dispuestos a invertir una desmesurada cantidad de tiempo y energía en este aspecto de su aprendizaje, lo que lo convierte en un terreno perfecto para la docencia pequeña. Tal y como leerás a continuación, efectuar actividades de docencia pequeña en los primeros y últimos minutos de una sesión de clase puede proporcionar un estímulo poderoso para que el estudiante domine el contenido; también, igualmente, lo pueden facilitar pequeñas variaciones en la organización del curso y en el orden en que presentas materia nueva y revisas materia ya dada. Sacar ventaja de estas oportunidades sencillas para ayudar a los estudiantes a recordar la materia del curso garantizará que los estudiantes puedan comprometerse con mayor profundidad y significado con las tareas complejas de aprendizaje en las que deseas emplear más tiempo y energía –y que trataremos con más detalle en la II parte.

1 Hay traducción al español de Marcelo Pérez Rivas, Taxonomía de los objetivos de la educación: clasificación de las metas educativas. Manuales I y II, de Benjamin S. Bloom (ed.): Buenos Aires, El Ateneo, 1971. (N. del T.)

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Recuperar

INTRODUCCIÓN

Casi todas las palabras de este libro las he escrito sentado en una cafetería que está a un par de manzanas de mi casa. La mayoría de los días de la semana iba hasta allí caminando, buscaba un sitio con un enchufe a mano, encendía mi portátil y después me dirigía al mostrador a pedir algo. Soy una persona de rutinas en lo que concierne a la bebida y la comida, por lo que todos los días durante unos seis meses pedí lo mismo: un té verde de tamaño mediano. La cafetería también tenía sus rutinas, lo que quiere decir que la mayoría de las veces se lo pedía a la misma joven. Y, aun así, a pesar de que veía mi cara sonriente tres o cuatro veces a la semana pidiendo siempre lo mismo, ella, al acercarme, siempre me miraba con cierta expectación, como si yo no hubiera pedido lo mismo antes un centenar de veces. Hasta me hacía las dos mismas preguntas sobre mi té cada vez: «¿Caliente o frío?», «¿Miel o limón?». Y «Caliente» y «No» era la respuesta en todas y cada una de las ocasiones. Conforme iban pasando las semanas y los meses, llegó a ser para mí una pequeña diversión comprobar si alguna vez recordaría lo que yo tomaba. Nunca lo hizo. Es decir, hasta que un día entré y me sentí un tanto travieso:

–¿Qué desea? –preguntó.

–¿Lo adivinas? –repliqué.

Me miró como si me viera por primera vez, y sonrió un poco avergonzada.

–¡Vaya! –exclamó–. No sé por qué me he quedado en blanco.

–No importa –la ayudé–. No te preocupes. Un té verde, mediano. Caliente, sin nada.

La siguiente vez que aparecí por la cafetería fue un par de días más tarde. Entré, encontré un sitio, encendí el portátil y me acerqué a mi olvidadiza amiga de la barra. Para mi sorpresa, me señaló sonriendo y me dijo: «¿Un té verde mediano, caliente, sin miel ni limón?».

Esta pequeña historia ilustra a la perfección un fenómeno de aprendizaje denominado efecto de recuperación (a veces denominado también efecto de examinar). Explicado de la manera más sencilla posible, el efecto de recuperación quiere decir que, si se desea recuperar conocimiento de la memoria, se tiene que practicar la recuperación de conocimiento de la memoria. Cuantas más veces practiques recordar alguna cosa, más capaz serás en el futuro de recordarla. Todas las veces que entré al café y le pedí algo a la camarera, ella recibía la información como nueva; no tenía que sacarla de su memoria. Ella estaba haciendo el equivalente de la estudiante que mira y remira sus notas una y otra vez –una práctica que los psicólogos de la cognición te dirán que muy probablemente es la estrategia de estudio menos efectiva que pueden adoptar los estudiantes–. Cuando introduje un pequeño cambio en nuestra interacción, al examinar si ella recordaba lo que yo pedía –incluso no habiéndolo recordado–, tuvo que practicar por vez primera a recuperar esa pieza de información de su memoria. Y dado que era una pieza de información muy simple, un único ejercicio bastó para ayudarla a que la recordara en la siguiente ocasión. No resultará tan simple en el caso de nuestros estudiantes, que deben recordar una materia bastante más compleja que mi pedido de la cafetería. Pero el principio es exactamente el mismo. Cuantas más veces practiquemos, cualquiera de nosotros, recordar algo que estamos intentando aprender, con mayor fijeza lo alojaremos en nuestros recuerdos, en nuestra memoria a largo plazo.

Este efecto de recuperación ha sido protagonista de numerosos artículos de prensa en los últimos años, pues los hallazgos de la investigación de los científicos de la cognición han saltado de sus laboratorios a los portátiles de periodistas y divulgadores de la educación. Pero la conciencia psicológica popular de este fenómeno arranca de la Grecia clásica. El filósofo Aristóteles lo describió cuando dijo en su ensayo sobre la memoria que «los estudios conservan la memoria, llevando a acordarse; y este ejercicio no es otra cosa que la consideración frecuente de la representación concebida como una copia y no en sí misma».1 Al emplear los términos ejercicio y conservar también inició una larga tradición, ahora repetida con frecuencia en artículos en la prensa popular sobre el efecto de recuperación, de pensar el cerebro como si de un músculo se tratara. Esta comparación ayuda a ilustrar el hecho de que la práctica de la memoria mejora la destreza de memorizar del mismo modo que la práctica de la natación mejora la destreza de nadar. No obstante, esta analogía también tiene el potencial de horrorizar a nuestros amigos de la neurociencia porque el órgano físico del cerebro nada tiene que ver con un músculo. Pero si somos capaces de limitarla a la afirmación de que entrenarse en recordar algo se asemeja a entrenar un músculo para hacer algo, en el sentido muy limitado de que ambos requieren práctica (o ejercicio) frecuente y deliberada, podemos darla por buena.

El efecto de recuperación a veces también es denominado efecto de examen como una manera de ayudar a los profesores a reconocer su importancia para el aprendizaje de los estudiantes en sus aulas. Los profesores (y los estudiantes y sus padres) habitualmente piensan en los exámenes como medios para medir el aprendizaje de los estudiantes. Pero los exámenes, pensados de la manera más general posible, son en realidad ejercicios de memoria. Y si la investigación sugiere que los ejercicios de memoria mejoran nuestros recuerdos, eso debería significar que nuestros exámenes tienen el potencial no solo de medir el aprendizaje, sino también de mejorarlo realmente. El problema de usar la frase «efecto de examinar» es que muchos de nosotros tenemos una comprensión muy limitada de lo que significa el término examen –nos recuerda a estudiantes con ansiedad mordiendo la goma de sus lápices mientras sudan al responder en un examen final con preguntas de elección múltiple–. Obviamente, los exámenes de un curso pueden hacerse de mil formas distintas, desde breves cuestionarios diarios a exámenes orales, o con preguntas de respuesta breve en línea. La investigación que vamos a considerar incluye diversos tipos de estas actividades de examen, todos ellos útiles para ayudar a los estudiantes a ejercitar sus músculos de la memoria y mejorar y dar solidez así a sus conocimientos básicos. Examinar, en este caso, significa sencillamente forzar a los estudiantes a que recuerden, recuperen de su memoria información, conceptos o destrezas ya aprendidos. Puede fácilmente tomar la forma tanto de preguntas en voz alta durante los primeros cinco minutos de clase como de un examen final de importantes consecuencias. Por esa razón, continuaré hablando de aquí en adelante sobre todo del efecto de recuperación y de la práctica de recuperación para evitar restringir lo que pienses sobre lo que podría suponer esta estrategia docente en tu aula, y especialmente para ayudarte a pensar cómo implementar la práctica de recuperación mediante un conjunto diverso de actividades de docencia pequeña.

EN TEORÍA

Los experimentos más recientes llevados a cabo en condiciones reales y diseñados para ilustrar el poder del efecto de recuperación proceden del Memory Lab de Henry L. Roediger, de la Universidad de Washington en St. Louis, que reúne a múltiples especialistas que investigan las implicaciones educativas de su trabajo sobre el aprendizaje, la cognición y la memoria. Tal y como relatan Roediger y sus colaboradores en Make It Stick: The Science of Successful Learning, los investigadores del laboratorio de la memoria comenzaron a trabajar en 2006 con una escuela de secundaria de Columbia, Missouri, para ver si podían utilizar el poder del efecto de recuperación para mejorar el aprendizaje de los alumnos. El investigador auxiliar Pooja K. Agarwal trabajó con una maestra de ciencias sociales de sexto curso,2 Patrice Bain, para explorar si en su clase de sexto un conjunto estructurado de actividades de práctica de recuperación ayudaría a mejorar el aprendizaje de sus alumnos. En lugar de utilizar práctica de recuperación con unas clases y no con otras, dividieron la materia del curso –materia típica de libro de texto convencional de ciencias sociales de primaria, que cubre las principales civilizaciones– en tres partes y trataron cada una de ellas de manera diferente. Para la primera parte de la materia, a los estudiantes se les dio tres oportunidades para hacer práctica de recuperación en forma de cuestionarios periódicos, que fueron administrados de la siguiente manera: uno al comienzo de la clase, después de haber leído la materia del curso como tarea en casa, pero antes de que la abordara la maestra; otro al final de la clase, tras haber discutido la materia, y el tercero justo antes de cada examen principal que realizara la clase. La maestra se ausentaba del aula durante los cuestionarios; a los estudiantes se les daba las respuestas correctas después de que hubieran respondido a los cuestionarios, que no contaban para sus calificaciones. Para la segunda parte de la materia, los estudiantes tuvieron la oportunidad de volver a estudiar conceptos clave del curso que podrían salir en los exámenes. Bain dio la tercera y última parte de la materia de la manera habitual en que solía hacerlo, sin ningún repaso adicional y sin prácticas de recuperación. Es conveniente saber, antes de discutir el resultado, que la práctica de recuperación adicional no supuso añadido alguno al tiempo normal de aula de los estudiantes. Tuvo lugar durante las horas reguladas de clase, lo que implica que se hizo en lugar de alguna otra cosa –explicaciones o discusiones en clase, o tiempo de estudio libre o lo que fuera que hiciera la maestra los días que no se pasaban cuestionarios–. Esto merece mencionarse, ya que algunos maestros podrían temer que la práctica de recuperación les quitara tiempo de otras actividades de aprendizaje más importantes.

El experimento rindió, para nuestro propósito, tres resultados importantes. Primero y principal, explican los autores (Brown et al., 2014: 35), demostró la potencia de la práctica de recuperación: «Los chicos sacaron calificaciones dos puntos más altas en la materia sobre la que habían hecho cuestionarios que en la que no los hicieron». Un año después, el grupo de investigadores hizo este mismo experimento en asignaturas de ciencias de octavo curso de la misma escuela, y los resultados fueron incluso más pronunciados: «Al final de los tres semestres, los de octavo promediaron un 79 % (aprobado alto) en la materia de ciencias que no había entrado en los cuestionarios, y un 92 % (sobresaliente) en la que sí había entrado». Un segundo resultado, igualmente importante, fue que las calificaciones obtenidas en la segunda parte de la materia (para la que se había dado a los estudiantes tiempo de estudio adicional) no fueron mejores que las obtenidas en la tercera parte de la materia (en la que no hubo intervención especial alguna). En otras palabras, el tiempo adicional de estudio no les proporcionó ningún beneficio en el aprendizaje. Los autores concluyen que «Limitarse a repasar no sirve de mucho». Por último, y quizás lo más importante, los resultados positivos del experimento perduraron en el tiempo: «El efecto de examinar persistía ocho meses después de los exámenes finales del curso». Este hecho tiene implicaciones obvias para nosotros como profesores; queremos que nuestros estudiantes recuerden la materia del curso más allá del momento del examen, y la práctica de recuperación espaciada (veremos más sobre este espaciado en el capítulo 3) parece que tiene la capacidad de impactar positivamente en el aprendizaje a largo plazo. Pero no puedo terminar este párrafo sin recalcar estos resultados una vez más: un cuestionario breve (y sin calificar) de elección múltiple al principio y al final de la clase y una prueba adicional antes del examen aumentaron las calificaciones de los estudiantes en el equivalente de dos puntos sobre diez.

Veamos otras dos demostraciones del poder de la práctica de recuperación antes de discutir los mecanismos que hay tras ella y su traducción en actividades de docencia pequeña. El número de experimentos en esta área está aumentando espectacularmente año tras año, por lo que hay mucho donde elegir. No obstante, a mí me gusta una elegante demostración de Roediger y Butler (2007) porque ayuda a confirmar lo que muchos lectores ya sospechaban: que no todos los tipos de examen son iguales. En este experimento, Roediger y Butler tuvieron a unos estudiantes asistiendo a tres clases magistrales de treinta minutos de historia del arte, con diapositivas, a lo largo de tres días. Al final de cada clase, los estudiantes hicieron una de estas cuatro cosas: a) respondieron a un cuestionario de respuestas cortas de la materia que acababan de dar; b) respondieron a una prueba con respuestas de elección múltiple sobre esa materia; c) repasaron algunos de los hechos clave de la clase, o d) abandonaron el aula sin actividad adicional alguna (lo que suele ocurrir, casi siempre, al término de la mayoría de las clases en la universidad). Los estudiantes regresaron treinta días después de la última de las clases para hacer un examen final de respuestas breves sobre la materia; este lapso de tiempo creó lo que los autores denominaron «una escala de tiempo más realista en la que los estudiantes pueden retener la información de las clases antes de un examen». En otras palabras, los estudiantes suelen aprender materia en clase y no son examinados sobre ella hasta muchas semanas más tarde; una prueba final treinta días después del periodo de aprendizaje remedaba ese intervalo más largo. Los estudiantes que hicieron las pruebas de respuesta breve directamente después de las clases (a) consiguieron la mejor puntuación en el examen final, un 47 %; los estudiantes que hicieron las pruebas de respuesta múltiple (b) y los que tuvieron tiempo de estudio adicional (c) obtuvieron la misma puntuación, un 36 %; aquellos que no hicieron ninguna actividad (d) obtuvieron una puntuación de alrededor del 20 %. Estas cifras pueden parecer un tanto desalentadoras, pero hay que pensar que en este experimento los estudiantes no tuvieron razón alguna, ni oportunidad, para repasar la materia dada en el intervalo de treinta días entre las clases y el examen final, lo que, hasta cierto punto, hace que los resultados conseguidos por los estudiantes que hicieron las pruebas de respuesta breve resulten verdaderamente extraordinarios, pues recordaron casi la mitad de la materia dada treinta días después, sin tiempo de estudio y sin haberla vuelto a ver en absoluto.

Este estudio nos permite extraer algunos matices. Primero, los estudiantes con mejores resultados fueron los que tuvieron necesidad de más razonamiento activo para contestar a las preguntas de respuesta breve. Tal y como sucintamente lo expresó Daniel Willingham (2009: 54), «la memoria es el residuo del razonamiento». Aquellas respuestas breves exigieron a los estudiantes que formularan respuestas con sus propias palabras, por lo que pasaron más tiempo respondiendo que los que lo hicieron con las preguntas de elección múltiple. Segundo, mencionar que, en este caso, los estudiantes que tuvieron la oportunidad de comprometerse con lo que los autores denominan «repaso centrado» rindieron mejor que los estudiantes que no tuvieron actividad alguna. Encuentro alentador este resultado porque no he pasado toda mi carrera utilizando esta clase de práctica de recuperación de docencia pequeña que ahora recomiendo en este capítulo, ¡y me gustaría pensar que los estudiantes que estudiaron a base de bien al menos algo aprenderían! Por lo que mientras que algunos experimentos, como el primero que hemos visto, han mostrado que hay muy poca diferencia entre estudiantes con tiempo de estudio extra y estudiantes que no dispusieron de estudio adicional ni de pruebas, este rinde un resultado diferente, algo más positivo. Tercero y último, los estudiantes que obtuvieron las mejores calificaciones en la última prueba de respuestas breves fueron los estudiantes que previamente habían hecho pruebas de respuesta breve. Esto podría indicar que la similitud de formato entre los dos tipos de preguntas produjo los mejores resultados de aprendizaje. En otras palabras, puede ser que responder preguntas de respuesta múltiple al finalizar la clase produzca un tipo de aprendizaje, y que ese tipo de aprendizaje no se traduzca adecuadamente en conseguir buenos resultados con preguntas de respuesta breve.

Para abordar esa posibilidad, y para defender el poder especial de la escritura y de las actividades de resolución de problemas como parte de la práctica de recuperación, quiero considerar un experimento final, esta vez no llevado a cabo por investigadores de la memoria en el laboratorio sino por el profesor en el escenario real de unos cursos de química en la universidad. Brian Rogerson (2003) detalla en este estudio el resultado de un experimento que realizó durante cinco semestres dando un curso de introducción a la química en el Richard Stockton College de Nueva Jersey. Durante tres de los semestres, que incluyeron su primer curso como profesor de la facultad a tiempo completo, dio clase utilizando técnicas docentes convencionales. En dos de ellos introdujo un pequeño cambio en el curso: 10 minutos antes de terminar cada una de las clases de 75 minutos se detenía y pedía a los estudiantes que respondieran a una pregunta relacionada con la materia que acababa de dar en la clase. Esta pregunta era el equivalente en química a una pregunta de respuesta breve, como puede verse en esta sencilla cuestión que planteó: «Proporciona dos razones por las que el potasio (K) es más reactivo que el litio (Li)». En algunas de ellas se pedían respuestas en forma de ecuación o de fórmula, pero todas ellas exigían algo más que la mera repetición de memoria. Los estudiantes escribieron sus respuestas dos veces, una en un formulario que le devolvían a él y otra en un papel que se quedaban ellos. Esto permitía a Rogerson revisar las preguntas antes de la siguiente clase, si bien no las puntuaba ni se las devolvía, y abordar los problemas detectados mediante sus respuestas nada más empezar la siguiente sesión con los estudiantes, quienes podían comprobar así las respuestas que habían dado.

En los tres semestres en los que no hizo estas evaluaciones al final de cada clase (que derivó del merecidamente famoso libro de Angelo y Cross, 1993), la proporción de estudiantes que suspendió o abandonó el curso fue del 35 %. En los semestres en los que llevó a cabo esta práctica, esa proporción disminuyó hasta el 17 %. El número de aprobados aumentó en las evaluaciones semestrales, lo que implica que los estudiantes que habrían suspendido estaban ahora en la franja del aprobado –no es como para considerarlo milagroso, pero sí impactante, no hay por qué negarlo–. Las proporciones de notables y sobresalientes se mantuvieron más o menos estables en ambas cohortes, lo que puede reflejar en parte el hecho de que los estudiantes de notable y de sobresaliente no tienen tanto espacio de mejora como los de aprobado. Es interesante que, en la introducción y en la discusión que hace Rogerson del experimento, no se mencione la posibilidad de que la práctica de recuperación puede ayudar a explicar los resultados de esta experiencia. Al igual que la mayoría de profesores que utilizan evaluaciones del tipo que sea, él las realizó como medio de valorar el aprendizaje de sus estudiantes, y solo después las vio como una oportunidad para proporcionarles una revisión del trabajo que hacían. Pero percibirás la similitud entre la pequeña tarea que él pedía a sus estudiantes y la que los investigadores del último experimento exigían a sus sujetos: justo al término de la clase planteaban a sus estudiantes preguntas de respuesta breve sobre la materia que acababa de darse. Los resultados ante tales preguntas pueden resultar decepcionantes, tal y como señaló Rogerson (2003: 163): «Incluso después de clases en las que sentía que había explicado algo realmente bien y cuidadosamente, había estudiantes para los que la respuesta a la pregunta de evaluación no resultaba obvia». Pero incluso cuando los estudiantes proporcionan respuestas equivocadas frecuentemente, como lo hicieron con Rogerson y como lo harán en tus clases –siempre y cuando les proporciones la revisión que les ayude a corregir sus errores–, los resultados de estos experimentos son muy difíciles de obviar.

Solo nos queda mencionar brevemente la razón por la que funciona la práctica de recuperación. La versión muy breve es que los investigadores de la memoria parece que actualmente creen que nuestros recuerdos a largo plazo son capaces de mantener una enorme cantidad de material. Como escribió la psicóloga cognitiva Michelle Miller (2014: 94), «Hay un amplio consenso entre los investigadores de la memoria acerca de que la capacidad de la memoria a largo plazo es prácticamente ilimitada». Sin embargo, esa capacidad de almacenamiento sin límite puede resultar un problema, tanto como lo sería una memoria a largo plazo con menos capacidad. En un ensayo previo sobre lo que los profesores de universidad deberían saber sobre la memoria, Miller (2011: 119) explicaba que

en la memoria a largo plazo el factor limitante no es la capacidad de almacenamiento, sino la capacidad de encontrar lo que se necesita cuando se necesita. La memoria a largo plazo es algo así como disponer de una enorme cantidad de espacio de almacén –es fácil guardar muchas cosas, pero es difícil recuperar el ítem que se necesita en el momento oportuno–.

Por lo que el desafío para los estudiantes, o para cualquiera de nosotros, no es meter a empellones hechos e información en nuestros recuerdos a largo plazo, sino recuperar esos hechos o informaciones cuando los necesitamos o cuando pueden servirnos de ayuda. Cada vez que recuperamos un pedazo de información o una experiencia de nuestra memoria, reforzamos las vías neuronales que conectan nuestra memoria a largo plazo con nuestra memoria de trabajo, que es donde podemos utilizar nuestros recuerdos para razonar, tomar decisiones y entrar en acción. Cuantas más veces lo recuperemos de la memoria, más sólida haremos esa vía, y con más facilidad recuperaremos esa información o esa experiencia en el futuro. Por ello, la práctica de recuperación, ya sea de manera informal, recordando cosas, como el té verde que pide alguien, ya sea con exámenes formales o cuestionarios en un ambiente escolar, tal y como hemos visto en los experimentos recién mencionados, nos ayuda a allanar el camino para mejorar y reforzar nuestra memoria.

MODELOS

No tienes que pensar demasiado en cómo proporcionar a tus estudiantes práctica de recuperación efectiva; solo debes proporcionársela. Las trabas con las que se encuentran los profesores surgen menos del diseño de estrategias que de la preocupación por el tiempo: ¿cuánto del tiempo planificado de aula quieren emplear para ayudar a sus estudiantes a recordar conocimientos básicos? La docencia pequeña puede aquí llegar al rescate, ya que puede ayudar a los instructores a concebir cómo incorporar práctica de recuperación en intervalos muy breves, tales como los primeros y últimos minutos de la clase, y en ejercicios concisos en cursos en línea o semipresenciales.

Preguntas para empezar

El método más rápido para cultivar la práctica de recuperación en el aula toma la forma de hacer preguntas, ya sean orales o escritas, sobre la materia que hayas impartido o que los estudiantes conozcan. Por tanto, en lugar de entrar en el aula y hacer un resumen de la clase anterior o recordar a los estudiantes la unidad más inclusiva a la que pertenece lo que vas a dar en esta clase en concreto, pídeles a ellos que te proporcionen esa información.

• Antes de que empecemos, ¿alguien puede recordarme lo que explicamos el lunes? ¿Qué es lo que trabajamos la semana pasada?

• Antes de que veamos la tercera teoría principal que daremos en el curso, ¿cuáles han sido las dos teorías que hemos discutido hasta ahora?

• Ya hemos visto varios experimentos de este campo este trimestre, ¿alguien puede recordarnos los resultados observados?

Debería mencionar de mi experiencia personal que, en el caso de que nunca hayas probado a hacer esto antes, puede que te sorprenda y que te desilusione lo difíciles que encontrarán tus estudiantes al principio estos ejercicios de recuperación. Se te quedarán mirando boquiabiertos cuando les preguntes sobre la materia que diste anteayer –esa que estuviste preparando cuidadosamente durante horas en tu despacho–. Anímate y persevera. Cuanto más lo hagas, mejor responderán –y cuanto mejor respondan, más profundo será su aprendizaje sobre ello–. Si deseas formalizar este tipo de actividad, puedes seguir la estela de Annie Blazer: ella comienza todas las clases con un estudiante en particular que proporciona un resumen de entre tres y cinco minutos de la clase anterior, y cada estudiante debe hacer esto al menos una vez por semestre.

Naturalmente, las mismas clases de preguntas servirán para la materia que los estudiantes hayan leído por adelantado o para cualquier tarea que hayan realizado fuera del aula. Una vez más, antes de comenzar a dar un tema o a llevar a cabo una actividad del curso programada para el día, pide a los estudiantes que te hagan un resumen de lo que han leído o del trabajo que han realizado la tarde anterior. Mis estudiantes hacen breves ejercicios escritos de este estilo al inicio de casi todas las clases. Cuando empecé a utilizar estos ejercicios, al principio de mi carrera docente, no sabía nada del poder de la práctica de recuperación para el aprendizaje. Los puse en marcha por una razón muy diferente: para ayudar a desencadenar la discusión. Había descubierto que limitarse a entrar en el aula y pedir a los estudiantes que se pusieran a discutir asuntos complejos no funcionaba demasiado bien; funcionaba mucho mejor si planteaba una pregunta, les daba cinco o diez minutos para responderla y después abría un espacio para la discusión. Pero también las utilizaba para plantear cuestionarios poco exigentes, solo para asegurarme de que los estudiantes habían leído el material. Cada pregunta pedía que el estudiante recordase algo y que razonase un poco. Si los estudiantes tenían que leer las primeras 75 páginas de una novela, por ejemplo, yo podía pedirles que me describieran los principales atributos o las características del narrador del relato. Incluir la palabra principales los obliga a hacer algún juicio sobre las distintas características que puede que recuerden. A lo largo de quince años de docencia a tiempo completo, he llegado a reconocer que estos pequeños ejercicios por escrito constituyen el mejor método que tengo para apoyar el aprendizaje de mis estudiantes en mis cursos –incluso habiendo dado con esta estrategia por pura casualidad o gracias a razones equivocadas, al igual que me ocurrió con las experiencias docentes más positivas que he tenido–. Aunque los estudiantes se quejaran ocasionalmente de los ejercicios escritos en la asignatura durante el (largo) semestre, también reconocían a menudo su valor tanto en conversaciones que mantenían conmigo como en las evaluaciones del curso.

Brian Rogerson (2003: 163) señaló en su trabajo que uno de los beneficios de pedir a los estudiantes que respondan preguntas por escrito, en lugar de hacerlo oralmente, es que exige que participen todos los estudiantes. Sobre sus preguntas al término de sus clases, escribió: «Estas evaluaciones pretenden alcanzar a todos los estudiantes de la clase, no solo a los que más hablan, como ocurre cuando se plantean las preguntas en voz alta en el aula». En otras palabras, cuando lanzas diariamente tus primeras preguntas, debería preocuparte estar proporcionando práctica de recuperación solo a los estudiantes que participan habitualmente en clase, dejando al resto sin este beneficio. No obstante, puede que no sea este el caso. Un experimento de memoria en el que a los sujetos se les pidió que miraran un mapa y que practicaran la recuperación de las características del mapa de manera encubierta (por ejemplo, solo pensando en ellas, sin escribir o decir en voz alta respuesta alguna), seguía mostrando un aumento de su capacidad de reproducir el mapa de memoria. Esta investigación sugiere que «la práctica de recuperación encubierta es una buena práctica manifiesta en beneficio de la retención posterior […] ambos métodos producen un sólido efecto de examinar» (Pyc et al., 2014: 80). Por supuesto, esto solo funcionará si se proporciona la oportunidad de la recuperación encubierta, lo que significa que se deben realizar preguntas, dejar algo de tiempo para permitir que todos se involucren en la práctica de recuperación y después recurrir al estudiante que tiene la respuesta preparada. Incluso los estudiantes que no dan la respuesta en voz alta pueden beneficiarse de las preguntas preliminares si se les da un rato para pensar.

Preguntas para terminar

Extrapolar desde las preguntas para empezar hasta las preguntas para terminar no exige demasiado pensamiento creativo, y gran parte de la investigación sobre prácticas de recuperación –como el experimento con aquellas lecciones de historia del arte– se ha centrado en los efectos que tiene realizar preguntas a los estudiantes sobre la materia que acaban de dar. Por ello, sabemos que las preguntas para terminar son una estrategia efectiva de docencia pequeña, y los mismos principios antes articulados son también de aplicación aquí: centrarse en los conceptos clave que se desea que retengan los estudiantes al salir del aula y primar las preguntas por escrito frente a las verbales siempre que sea posible. Si se usan actividades para empezar como la predicción (se tratará en el siguiente capítulo) o la práctica de recuperación de las tareas hechas fuera del aula, y hay solo uno o dos conceptos clave o ideas que se desea que se lleven a casa, puede considerarse plantear la misma pregunta al principio y al final de la clase. Si pregunto a mis estudiantes al principio de la clase cuáles consideran que son las características principales del narrador de la novela que leyeron ayer mismo, y después discutimos esa cuestión y escribimos en la pizarra la lista de unas cuantas características, podría acabar la clase pidiéndoles que reconsideren y redefinan lo que pensaban, y que me escriban para finalizar unas pocas frases sobre lo que ahora consideran que son las características más notables del narrador. Igualmente, si se pide a los estudiantes que hagan una predicción sobre la materia que estás a punto de comenzar a darles (una actividad que consideraremos en el siguiente capítulo), puede concluirse la clase pidiéndoles que reconsideren su predicción del principio, explicando por qué ha resultado correcta o incorrecta, y escribiendo lo que han aprendido hoy en la clase. Pueden encontrarse cierto número de variantes para las preguntas para terminar una clase en Classroom Assesment Techniques (Angelo y Cross, 1993), y también utilizando esa misma frase [«closing questions for a class»] para buscar en internet otras estrategias.

Vale la pena comentar otros dos puntos rápidamente. Primero, asegurarse de que las actividades con preguntas para terminar se procesan de alguna manera. Procesar las predicciones del comienzo de la clase o las recuperaciones se lleva a cabo de una forma muy natural, pues se tiene a la clase sentada y expectante, con ganas de saber si lo han hecho correctamente. Esto mismo puede resultar logísticamente algo más exigente cuando se les pide que recuperen información o que resuelvan problemas o que ejerciten algunas destrezas al término de la clase, cuando los estudiantes la abandonan poco después. Esto se puede resolver de varias maneras. Si la pregunta que se ha planteado para terminar es lo suficientemente sencilla, se puede convertir en el penúltimo ejercicio, y hacer que una breve revisión de la respuesta sea la última actividad. Si se está en un entorno virtual de aprendizaje o se utilizan redes sociales como Twitter o Facebook como parte del curso, se pueden enviar las respuestas al término de la clase. Si ninguna de ambas opciones es posible, hay que asegurarse de abordar la pregunta del final de la clase anterior al principio de la clase siguiente. Como veremos en el próximo capítulo, las respuestas erróneas en actividades de este tipo no perjudicarán necesariamente el aprendizaje de los estudiantes, siempre que no se permita que la incorrección perdure. Conviene asegurarse de que esto no ocurra buscando maneras de revisar sus respuestas tan pronto como sea posible tras el ejercicio.

Por último, si se formula a los estudiantes preguntas basadas en la recuperación, ya sea al principio o al final de las clases, habrá que pasar al menos unas cuantas clases del principio recordándoles que no busquen en los apuntes o en los libros las respuestas. Te aseguro que esa va a ser su primera intención. Lanza una pregunta sobre lo que acabas de dar o sobre lo que diste la semana pasada, y ellos inmediatamente comenzarán a hojear sus apuntes para encontrar la respuesta. Deberás recordarles que no están en una especie de búsqueda del tesoro para encontrar respuestas, ni en una carrera para ver quién las encuentra más rápido. Les estás ayudando a recordar información, y esto solo los beneficiará si se toman el tiempo de extraer la información de sus cerebros y no de sus apuntes. Si pasas mucho tiempo leyendo experimentos sobre aprendizaje y memoria, como he hecho yo mientras preparaba y escribía este libro, te darás cuenta de que casi todos los experimentos utilizan una condición de control en la que los estudiantes se limitan a repasar sus apuntes, libros o conceptos clave en una guía de estudio. En casi todos los experimentos con los que me he encontrado en esta investigación, este método se muestra como el menos efectivo para la retención a largo plazo. En otras palabras, casi cualquier cosa que hagan los estudiantes con la información aprendida o con ideas o destrezas funciona con más efectividad que limitarse a repasar sus apuntes, incluso si lo hacen muchas veces (si bien actividades como comparar o reescribir los apuntes propios pueden producir resultados más positivos). Puede que quieras explicar a tus estudiantes el propósito de las preguntas al comienzo y al final de las clases y cómo les ayudarán a aprender la materia de un modo más consolidado; así no se quedarán tan perplejos cuando introduzcas actividades de docencia pequeña que les exijan cerrar sus libros y cuadernos y les pidas que recuerden algo que hayan aprendido, ya sea al comenzar o al terminar la clase.

Recuperación en la red

El desafío de implementar prácticas de recuperación en entornos de red es que los estudiantes suelen trabajar alejados de nosotros, por lo que no se puede controlar si tienen o no acceso al material que se les ha puesto como tarea que deben recordar. Por lo tanto, puede que cuando se les pregunte que recuerden algo, ellos se limiten a buscar las respuestas en sus apuntes, lo que no les proporcionará esa práctica de recuperación tan valiosa. Dicho esto, volvamos a considerar las sugerencias de Miller para actividades de docencia pequeña o mínimas variaciones en el diseño del curso como maneras de ofrecer a los estudiantes a distancia o de cursos híbridos la oportunidad de comprometerse en prácticas de recuperación, incluso si no se puede asegurar totalmente su cumplimiento.

Controles de lectura. La práctica de recuperación puede comenzar cuando los estudiantes tienen el primer contacto con los materiales que les has proporcionado a través de la red. Incluye preguntas de recuperación al final de cada página o sección del material. Asegúrate de que los estudiantes no pueden pasar a la siguiente sección hasta que no hayan cumplimentado el breve cuestionario. Miller (2014: 78) comenta un estudio en el que los alumnos que leen materia nueva y a los que se les pasa un cuestionario sobre ella consiguen mejores resultados en el examen final que los estudiantes que nos han hecho los cuestionarios. Ella menciona un efecto añadido demostrado en el estudio:

a pesar de que las interrupciones frecuentes para pasar los cuestionarios mantienen preocupados a los estudiantes, no parece que les causen ansiedad; los estudiantes que fueron sometidos a los cuestionarios intercalados, en realidad declararon tener menos ansiedad respecto del examen acumulativo.

Cuestionarios frecuentes. Crear o encontrar un banco de preguntas tan amplio como sea posible y pedir a los estudiantes que respondan cuestionarios en red con frecuencia. Si el banco es lo suficientemente grande, puedes facilitar repeticiones múltiples del cuestionario, lo que ayudará a mejorar la memoria ya que cada repetición constituirá una nueva ocasión de práctica de recuperación (si el banco no es lo suficientemente amplio, pueden aparecer problemas con quienes hacen trampas). Tal y como mostró el experimento con las lecciones de historia del arte, y como Miller (2014: 108) también afirmó, «las preguntas de respuesta breve tienen una cierta ventaja respecto de las de elección múltiple». Sin embargo, como también comentó ella, «el mejor cuestionario es el que responden realmente los estudiantes –luego no dejes que lo mejor sea enemigo de lo bueno y genera más oportunidades para examinar frecuentemente». Si los cuestionarios de respuesta múltiple hacen que tu tarea de calificar se suavice y te dejan tiempo para hacer más preguntas, utiliza cuestionarios con preguntas de respuesta múltiple. Fijar límites de tiempo para los cuestionarios puede ayudar a asegurarnos de que los estudiantes no tienen demasiado tiempo para rebuscar en sus materiales del curso y puede animarlos a comprometerse más en auténticas prácticas de recuperación con tus cuestionarios.

Distanciar las fechas de entrega. Cuando establezcas las fechas de entrega de tu curso en red, espácialos de manera que los cuestionarios y las evaluaciones aparezcan en un calendario regular y frecuente (una buena práctica también para los cursos presenciales). Cuanto más frecuentemente tengan tus estudiantes que comprobar y ofrecer algunas demostraciones de su aprendizaje, más a menudo les estarás proporcionando práctica de recuperación. Miller (2014: 109) recomendaba establecer «una programación semanal repetitiva en la que cada tipo de trabajo (discusión, cuestionario, trabajo fuera del aula y cualquier tarea de mayor compromiso como exámenes finales o trabajos) se haga un día de la semana diferente». Una recomendación así puede ayudar con la práctica de recuperación y con el intercalado, otra herramienta clave para el aprendizaje.

El programa para la recuperación

Terminaré con una sugerencia sencilla para el uso del programa de la asignatura para promover la práctica de recuperación. Uno de los beneficios que puede proporcionar una programación a los estudiantes es ayudarles a tener una visión de conjunto de los temas del curso y cómo encajan unos con otros. Por esta razón recomiendo que el programa del curso recoja el plan de trabajo con tanto detalle como sea posible. Hay que incluir frases, incluso párrafos, que describan lo que ocurrirá en las diferentes unidades del curso, de manera que los estudiantes puedan seguir el programa como un documento vivo que los guíe a lo largo del semestre. Si se hace así, se puede también utilizar como un instrumento de docencia pequeña para la recuperación. Pide a los estudiantes que lleven a clase todos los días el programa con su plan de trabajo, y de vez en cuando utiliza esos valiosos primeros y últimos minutos de la sesión para hacer un ejercicio muy sencillo. Pide a tus estudiantes que saquen el programa, señálales el contenido dado un día anterior y pídeles que durante unos minutos escriban lo que recuerdan de ello. Puedes hacer esto de manera informal, pidiéndoles que lo anoten en sus cuadernos, o puedes plantearlo como un ejercicio escrito que debe entregarse. Puedes hacerlo incluso verbalmente. Señala la fecha, dales un minuto para pensar y luego pide colectivamente a la clase que te recuerde qué conceptos clave o destrezas aprendieron en ese tiempo de clase o en esa unidad del curso. Demasiado a menudo el programa hace su aparición el primer día del curso y a partir de ahí permanece encerrado en una carpeta durante el resto del semestre, sirviendo únicamente como una lista de las tareas que se han de realizar o de sus fechas de entrega. Utiliza tu programa del curso como un medio de fomentar la práctica de recuperación mediante momentos breves de docencia pequeña en las sesiones individuales de clase.

PRINCIPIOS

La práctica de recuperación ayudará a tus estudiantes a retener materia básica, la que suele encontrarse en cursos introductorios o básicos de tu campo. De ahí que, cuando consideres cómo incorporar la recuperación en tu repertorio docente, atiende en primer lugar las clases de nivel más elemental que estés impartiendo. Los siguientes principios pueden ayudar guiándote en el uso de los modelos anteriores o creando ejercicios de recuperación distintos ajustados a tus cursos.

La frecuencia es importante. La primera y última implicación de toda esta investigación sobre la práctica de recuperación es muy clara: cuanto más practiquen la recuperación los estudiantes, mejor aprenderán. La frecuencia importa. La forma más sencilla de implementar una práctica frecuente es mediante cuestionarios regulares. Ponles pruebas al menos una vez por semana, y que no te preocupe hacerlo en cada sesión. Pero todas esas pruebas pueden significar numerosas preguntas que corregir y calificar, especialmente si utilizas preguntas de respuesta breve. Si no quieres dejarlo todo en manos de los cuestionarios, combina estos con preguntas de docencia pequeña (ya sean verbales o escritas) al principio o al final de las clases. Cualquier estrategia o mezcla de estrategias que elijas, impleméntala con tanta frecuencia como te resulte posible, teniendo en cuenta todas las demás necesidades que precisan tiempo.

Alinea práctica y evaluaciones. Independientemente del tipo de tareas de memorización que pidas a tus estudiantes para tus evaluaciones más importantes (como los exámenes parciales y finales), deberían aparecer en la práctica de recuperación que utilices. Si pides a tus estudiantes que recuerden nombres y fechas de pensadores clave de tu campo en tu examen final, asegúrate de que han practicado recordando a esos pensadores a lo largo del semestre. Si pones exámenes finales con preguntas de elección múltiple, utiliza preguntas del mismo tipo en el aula para que practiquen la recuperación en contextos de elección múltiple. Si les pides exámenes en los que tengan que escribir ensayos que exijan algo de memoria y algo de razonamiento, ponles ejercicios escritos en clase en los que tengan que responder preguntas del tipo que aparecerán en el examen final.

Exige razonamiento. ¿Recuerdas el axioma de Willingham por el que recordamos aquello en lo que pensamos? Ayuda a tus estudiantes a recordar dándoles algo en lo que tengan que pensar. Tu práctica de recuperación puede adquirir en ocasiones la forma de ejercicios sencillos de memoria; después de todo, es fácil que cualquiera de nosotros poseamos ciertos hechos clave o información básica que queremos que nuestros estudiantes lleguen a dominar. Por ejemplo, yo deseo que mis alumnos del curso de literatura británica sepan que Robert Burns es escocés, porque su identidad escocesa influyó en gran medida en lo que escribió. Ellos no podrían elaborar un análisis exhaustivo de un poema de Burns en un examen final si no tienen presente ese hecho fundamental. Pero en lugar de pedir a mis estudiantes que intenten recordar su nacionalidad seleccionándola de una lista, puedo plantearles preguntas de respuesta breve que les exijan recordar ese hecho y que lo hagan valer de alguna manera: ¿En qué medida influencia la identidad nacional de Robert Burns en sus escritos?

CONSEJOS RÁPIDOS DE DOCENCIA PEQUEÑA: RECUPERACIÓN

La recuperación de la memoria funciona especialmente bien en intervenciones breves en el aula. Puedes encontrar un momento para la recuperación en casi cualquier clase o sesión de aprendizaje, especialmente si te supone solo un minuto. Pero mis ocasiones favoritas para la recuperación aparecen al principio y al final de las clases, o a modo de cuestionarios o de ejercicios escritos regulares.

• Plantea con frecuencia cuestionarios poco trascendentes para la calificación (al menos semanalmente), para ayudar a tus estudiantes a afirmar contenido básico del curso; favorece las respuestas breves o la resolución de problemas siempre que sea posible, de manera que los estudiantes tengan que procesar o utilizar lo que están recuperando.

• Habilita momentos de clase o sesiones a distancia para pedir a tus estudiantes que te recuerden el contenido dado en sesiones previas de clase; dales un poco de tiempo a tus estudiantes para facilitar que reflexionen si lo haces de manera verbal.

• Termina las clases pidiendo a los estudiantes que escriban el concepto más importante de ese día y que hagan una pregunta o señalen algo que no les ha quedado claro en sus mentes (por ejemplo, el trabajo de un minuto).

• Termina las clases realizando un breve cuestionario o unas preguntas por escrito a tus estudiantes sobre la materia dada ese día o un problema que deban resolver relacionado con ella.

• Utiliza tu programa para reorientar a tus estudiantes en el contenido previo del curso mediante cuestionarios o preguntas en voz alta seguidas de discusión.

CONCLUSIÓN

He escuchado expresar a profesores de universidad reticencias sobre el uso regular de cuestionarios porque creen que infantilizan a los estudiantes o que cambia la atmósfera del aula de una de aprendizaje compartido y discusión a otra de pruebas y evaluaciones. Yo tuve esa misma sensación en torno a los cuestionarios cuando empecé mi carrera docente. Mi único deseo era embarcarme en discusiones interesantes sobre literatura con mis estudiantes y no entorpecer nuestras relaciones con tácticas agresivas como cuestionarios y exámenes. Fui estúpido.

No obstante, han sido demasiadas las ocasiones en las que he mantenido conversaciones interesantes sobre literatura con estudiantes que no habían realizado las lecturas asignadas (pero que eran muy buenos a la hora de disimularlo discutiendo) y que no recordaban nada de lo que habíamos discutido al finalizar el semestre como para que esa perspectiva me durase demasiado. Por eso comprendo cualquier titubeo emocional que puedas sentir ante la expectativa de incluir regularmente prácticas de recuperación en tus clases, pero recuerda que esas prácticas ayudan a tus estudiantes a aprender conocimientos básicos de un modo más efectivo que cualquier otro método que conozcamos. Piensa en la práctica de recuperación tal y como la hemos discutido aquí: como una actividad que se presta perfectamente a la docencia pequeña y que, por tanto, no requiere que le dediques grandes cantidades de tiempo o de energía. Si la contemplas con esta luz y te animas a plantear regularmente cuestionarios o prácticas de recuperación, es fácil que te encuentres con que tus estudiantes te lo agradezcan al final del semestre. Además de la práctica que proporciona a la memoria de los alumnos, también asegura que se mantengan al día en sus tareas o lecturas, lo que implica que no se encontrarán atascados al finalizar el curso con montones de aspectos que recuperar. Como siempre, puedes ayudarles a que reconozcan el valor de esos cuestionarios mediante una docencia trasparente. Cuéntales lo que dice la investigación del valor de examinar y de la práctica de recuperación y sobre tu decisión de adoptarlos. Puede que ni así les guste responder cuestionarios a lo largo de las atareadas semanas de octubre, pero reconocerán su valor y recibirán su recompensa en esos exámenes finales de diciembre.

1 Aristóteles: Parva Naturalia, 451a, Madrid, Alianza, 1993, p. 71. Citado en Brown et al. (2014: 28).

2 El sistema educativo no universitario estadounidense numera los cursos del 1 al 12, siendo el primero el que se cursa a los seis años de edad. Dado que las divisiones entre la enseñanza primaria y la secundaria en nuestro sistema ni coinciden ni se muestran estables en el tiempo, se ha mantenido a lo largo del texto la denominación original de los cursos. (N. del T.)

2

Predecir

INTRODUCCIÓN

Cada noche de jueves un grupo reducido de personas de mi universidad se reúne en una taberna local para socializar y relajarse. Tres de nosotros somos seguidores del fútbol americano universitario, lo que significa que desde septiembre hasta marzo añadimos al placer de conversar el visual de echarle alguna mirada al partido. Hace un par de años nos decidimos a animar la visión de estos partidos –y de otros que coincidieran a lo largo del fin de semana– eligiendo cada semana tres de ellos para hacer predicciones sobre los ganadores. Añadimos unas apuestas modestas para hacer que todo resultase un poco más interesante: si cualquier semana mi predicción resulta acertada en el mayor número de partidos, los otros dos me pagan una cerveza el jueves siguiente. Según este particular índice del bar para el intercambio de dinero por cerveza, yo confío en ganar nueve dólares en cerveza a cambio de poder perder cuatro dólares y medio a la semana. A pesar de la mínima cantidad en juego, nuestra pequeña apuesta predictiva ha aumentado incuestionablemente nuestro interés a la hora de seguir los partidos televisados. Cuando se disputan partidos la misma tarde del jueves, los tres los vemos con interés, cada uno con la emoción de ver si gana nuestro equipo, a pesar de que la apuesta sea tan baja. A veces hemos puesto a prueba la paciencia de los camareros plantándonos de pie ante la pantalla en el último minuto de un partido para ver si un equipo sin calificación1 es capaz de ganarle a otro en una amistosa competición septembrina sin propósito alguno.

Las apuestas de nuestra pequeña quiniela subieron en las últimas semanas del año natural, cuando tras finalizar las ligas comienzan unos enfrentamientos en los que todos los equipos a los que mejor les ha ido en esa temporada juegan partidos únicos de muy alto perfil unos contra otros, y compiten por un puesto en la final. Seguimos haciendo nuestra quiniela de pronósticos hasta el final, y cada uno de nosotros elige por turno a los ganadores en cada enfrentamiento, de nuevo apostando una cantidad muy pequeña. Tener éxito prediciendo el resultado de estos enfrentamientos tras finalizar la temporada regular exige saber o recordar algunas de las cosas que le han ocurrido a cada equipo en el transcurso de la liga: ¿cuántos partidos ganaron o perdieron? ¿Ganaron o perdieron contra los rivales más fuertes? ¿Y contra otros finalistas? ¿Jugaron mejor o peor de lo que se esperaba que lo hicieran? Reconociendo el hecho obvio de que toda esta clase de información no garantiza pronósticos perfectos, cuanto más pueda recordar de los partidos que se jugaron en la temporada, mejor informado estaré a la hora de pronosticar los resultados de las finales. Al término de la primera temporada en la que comenzamos a hacer estas quinielas informales entre nosotros, mientras estudiaba los emparejamientos de las eliminatorias e intentaba recuperar de la memoria todo lo que pudiera recordar sobre victorias y derrotas a lo largo de la temporada, me di cuenta de algo sorprendente: los partidos y equipos que mejor y con más claridad recordaba eran aquellos sobre los que había realizado pronósticos durante la liga. En toda la temporada universitaria de fútbol americano puede que viera unas cuantas docenas de partidos, la mayoría de los cuales se desvanecieron de mi memoria poco después de verlos. Pero los partidos que formaron parte de nuestros ejercicios de predicción anteriores permanecieron conmigo más firmemente que los que había visto pero sobre cuyo resultado no había hecho ningún pronóstico.

Esta experiencia propia respecto a la predicción del resultado de los partidos y el posterior recuerdo más firme de sus resultados reales que de los partidos que no había pronosticado es reflejo de un principio básico que los investigadores de la memoria han estado investigando desde hace muchos años hasta ahora mismo: hacer predicciones sobre la materia que deseas aprender aumenta tu capacidad de comprensión de esa materia, así como su posterior recuperación. Si antes de haber realizado ninguna investigación sobre este asunto me hubieras preguntado cómo podía explicar ese poder de la predicción en mi experiencia con el fútbol americano universitario, puede que hubiera ofrecido un par de teorías populares sobre ello. Primera, que hacer una predicción implica prestar más atención a los partidos que si no la hubiera hecho, puede que debido a la curiosidad de saber si mi predicción acabaría siendo cierta. Es más probable que me siente y me ponga a ver de verdad un partido sobre el que he hecho un pronóstico, incluso si se trata de un partido sin importancia para el desenlace de la temporada, que otro sobre el que no he predicho nada, y durante el cual posiblemente compruebe mi correo, hojee el periódico o doble la ropa. El mero hecho de prestar más atención puede mejorar mi recuerdo de los partidos. Segunda, que la predicción engancha mis emociones al partido. Dado que he hecho un pronóstico de lo que estimo que conozco del fútbol americano universitario, cada partido pronosticado me proporciona un pequeño estímulo placentero cuando lo acierto y un leve suspiro de frustración cuando lo fallo. Como se verá en el capítulo 7, las emociones tienen la capacidad de centrar nuestra atención y proporcionarnos un rápido estímulo cognitivo, por lo que quizá esa pequeña inversión emocional que hice al pronosticar un partido ayudó a alojarlo más firmemente en mi memoria.

Si bien estas explicaciones contienen parte de verdad, el poder de la predicción para mejorar el aprendizaje va más allá de la atención y la emoción de las noches de los jueves en la taberna de Joey. Nos ofrece un medio muy sencillo de ayudar a los estudiantes a adquirir tanto conocimiento como comprensión, y puede hacerse de formas que cuadran perfectamente en el ámbito de la docencia pequeña.

EN TEORÍA

Para entender mejor cómo y por qué la predicción mejora la retención y la comprensión de la materia aprendida, consideremos primero una elegante serie de experimentos sobre el aprendizaje y la predicción llevados a cabo por tres investigadores en la Universidad de California en Los Ángeles (Kornell et al., 2009). En uno de estos experimentos los autores pidieron a los sujetos que memorizaran una serie de parejas de palabras no demasiado relacionadas entre sí, como ballena-mamífero. A un grupo de sujetos se le dio trece segundos para estudiar cada pareja de palabras; al otro grupo se le dio ocho segundos para ver solo la primera de las palabras y para predecir la segunda, tras lo cual tuvo cinco segundos adicionales para ver la pareja completa. Dado que las dos palabras de la pareja no compartían conexiones obvias (ya que bien podía haberse pronosticado mar, u océano o grande al ver la palabra ballena), lo normal en los participantes es que erraran al intentar adivinar la segunda palabra de la pareja. Hay que señalar también que los sujetos del segundo grupo (con predicción) tuvieron solo cinco segundos para ver la respuesta correcta, es decir, ocho segundos menos que los del primer grupo (sin predicción). Y aun a pesar de este tiempo de estudio más breve, e incluso aunque los sujetos del segundo grupo predijeran casi siempre erróneamente la segunda mitad de la pareja de palabras, estos sujetos del segundo grupo obtuvieron resultados mucho mejores que los del primer grupo en un examen posterior en el que se les pidió que rememoraran las parejas de palabras: 67 % de exactitud en el segundo grupo frente al 55 % del primero. «Los intentos fallidos de recuperación», escribieron los autores (refiriéndose a las predicciones incorrectas de la segunda mitad de las parejas de palabras), «fueron, notablemente, más efectivos que el hecho de utilizar la misma cantidad de tiempo estudiando la respuesta que hay que recordar después» (Kornell et al., 2009: 994). En otras palabras, tomarse unos cuantos segundos para predecir la respuesta antes de conocerla, incluso si la predicción resulta incorrecta, parece incrementar la retención posterior del material aprendido. Esto fue cierto incluso cuando el tiempo invertido en esa predicción es sustituido, no suplido, por formas más convencionales de estudio.

Los resultados de experimentos como este dieron pie a que otro grupo de investigadores, dirigido por la psicóloga de la cognición Elizabeth Bjork, comprobara si podían reproducir este efecto positivo de la predicción en el aprendizaje en una clase real. Los investigadores pasaron a los estudiantes de la clase de introducción a la psicología de Bjork unos cuestionarios breves de elección múltiple antes de dar las clases de su asignatura. Dado que las preguntas eran sobre materia que aún no había sido dada, los estudiantes respondieron a estas pruebas previas con el mismo resultado que habrían obtenido con suposiciones al azar –es decir, de nuevo, al igual que en el experimento de laboratorio, respondieron con un montón de predicciones erróneas–. Al término del curso, los estudiantes hicieron un examen final que contenía preguntas de elección múltiple similares a las de las pruebas previas a las clases. Los resultados fueron casi exactamente los mismos que se obtuvieron en el experimento de laboratorio: los estudiantes respondieron un 10 % mejor en las preguntas de las partes de la asignatura en las que habían hecho pruebas previas que en las que no las habían hecho. Bjork concluyó de este experimento que «poner a los estudiantes una prueba previa sobre temas que se van a dar en una clase mejora su capacidad de responder a preguntas relacionadas con esos temas en un examen final posterior».2 Mencionar que, claro, aunque aquí ha cambiado ligeramente el vocabulario –de predicción a prueba previa– la actividad cognitiva es similar: pedir a los que aprenden que respondan a preguntas o que anticipen resultados de los que aún no tienen suficiente información o comprensión.

Antes de que exploremos las razones por las que la predicción promueve el aprendizaje, consideremos un último ejemplo de predicción en educación superior, este tomado de un entorno a distancia. Tres investigadores de la Universidad Carnegie Mellon desarrollaron un programa de tutorización a distancia que demostró el poder de la predicción para ayudar a los estudiantes a mejorar su comprensión intercultural en cursos de lengua semipresenciales. Los dos cursos de francés descritos en el experimento se reunían una vez a la semana en un entorno presencial, pero el resto del curso lo hacían los estudiantes a distancia. Parte del objetivo de estos cursos era ayudar a los estudiantes a desarrollar lo que los autores llamaron «competencia intercultural, es decir, la capacidad de pensar y actuar de manera culturalmente adecuadas» (Ogan et al., 2009: 268). Esto puede resultar una destreza extremadamente difícil de desarrollar, como puede atestiguar cualquiera que haya viajado alguna vez a un país extranjero. La capacidad de hablar la lengua del país extranjero no garantiza necesariamente la capacidad de saber cómo hay que pagar un taxi, pedir un menú o preguntar a un extranjero en el metro de París qué tren puede llevarte a tiempo al aeropuerto para tomar tu vuelo de vuelta a casa (como descubrí en cierta ocasión, para mi disgusto). Por lo que en este experimento nos estamos moviendo desde el ámbito del simple conocer y retener información hacia el más amplio de la comprensión –es decir, comprender cómo utilizar y aplicar en otros contextos la información que se ha aprendido–. La competencia intercultural deseada por estos instructores exige a los que aprenden que piensen y actúen con lo que saben, no solo que lo reseñen de vuelta.

Para ayudar a los estudiantes a adquirir esta clase de comprensión más profunda, dos expertos en aprendizaje asistido por ordenador trabajaron con un profesor de lengua para desarrollar un programa de tutorización a distancia basado en el uso de películas breves. En la condición de control de este experimento se mostró a los estudiantes películas cortas que presentaban actitudes o comportamientos culturales que normalmente se enseñan en clases elementales de francés. Los estudiantes que veían los cortos tenían la oportunidad de tomar notas de lo que veían. En cambio, los estudiantes del grupo experimental tuvieron la oportunidad de utilizar el poder de la predicción para mejorar su aprendizaje. Sus cortos se pausaban en momentos clave, en los que se les pedía que hicieran una predicción de lo que iba a ocurrir, y después se les pedía, una vez finalizado el corto, que ponderaran lo que realmente había pasado: los autores describen su secuencia en tres partes con el pegadizo lema «pausar-predecir-ponderar» (Ogan et al., 2009: 270). La predicción de los estudiantes tuvo en realidad que hacerse eligiendo entre las opciones de un menú desplegable, pero después pudieron abrir cuadros de texto para explicar en ellos por qué habían hecho esa predicción. Después de haber visto el resto del corto, tuvieron que responder a una pregunta sencilla, contestando si su predicción había sido o no correcta, y después responder a preguntas que los ayudaban a reflexionar sobre su predicción, como: «Si tu predicción ha sido correcta, ¿has visto algo que no esperases de la cultura francesa? En caso de no haber sido así, ¿qué ocurrió para que no pudieras predecirlo?». Los estudiantes, en ambos casos, al acabar de ver los cortos llevaron a cabo una serie de envíos requeridos a un panel de discusión que les permitía procesar y revisar lo que habían visto.

Tras la clase, los investigadores se fijaron en dos tipos de medidas para ver si los ejercicios de pausar-predecir-ponderar habían mejorado el dominio de la competencia intercultural en los estudiantes: las puntuaciones de los estudiantes en pruebas de conocimiento cultural y sus destrezas de pensamiento o razonamiento cultural más general mediante sus envíos al panel de discusión. Los estudiantes que habían podido hacer predicciones superaron a sus compañeros en el primer examen en más o menos el mismo margen del 10 % que hemos visto en los experimentos anteriores, con alguna disminución en las respuestas a tareas posteriores –lo que podría indicarnos que la predicción, como muchas otras intervenciones activas que veremos en este libro, ayuda especialmente a los que aprenden por primera vez–. Las calificaciones de los envíos al panel de discusión también mostraron que los estudiantes de la condición experimental puntuaron mucho mejor en la evaluación de la competencia intercultural que los de la condición de control. En la discusión de sus resultados, los investigadores afirmaron que los estudiantes hicieron predicciones correctas en solo un 40 %, aproximadamente, de los casos, otro punto a favor de la noción de que las predicciones incorrectas no producen daño alguno (algo que se matizará enseguida). También señalaron un interesante beneficio colateral del que fueron testigos: los estudiantes de la condición experimental hicieron más envíos al panel de discusión, y acertaron con mayor frecuencia, que los de la condición control. «El grupo experimental mostró una mejor capacidad de mantener una discusión provechosa que el grupo control» (Ogan et al., 2009: 283). Parece que en este caso la actividad de predicción también ayudó a involucrar más directamente a los estudiantes en la materia, al igual que me ocurrió a mí con los partidos de fútbol americano de la noche de los jueves.

Para comprender mejor cómo la predicción fomenta la retención (o memorización de hechos) y la comprensión (o el uso de estos hechos en otros contextos), ayuda el comprender sucintamente un asunto que retomaré en el capítulo 5: la naturaleza conectada del aprendizaje. Tal y como expresa Benedict Carey (2014: 20) en How We Learn, «el cerebro no almacena hechos, ideas y experiencias como lo hace un ordenador, como cuando abrimos un archivo, mostrando siempre la misma imagen. Los encastra en redes de percepciones, hechos y pensamientos». Una forma sencilla de ilustrar esta noción de conocimiento en red es señalar la diferencia entre un experto en un área (alguien como tú) y un principiante (alguien como tu estudiante). Cuando tu estudiante se encuentra con hechos de tu disciplina por primera vez, los considera como unidades fragmentadas, aisladas, casi como fechas de acontecimientos históricos esparcidas al azar en una cronología. Si señalara cualquiera de esas fechas, un aprendiz que ha memorizado los hechos no podría decirme más que una única cosa: 1865, fin de la Guerra de Secesión. Pero ahora imagina que señalo esa fecha y le pido a un historiador estadounidense que me hable de ella. Tendría una enorme red de información que podría darme sobre esa fecha, y podría conectar esa fecha con otras fechas importantes de la cronología. Esa fecha se relaciona en su mente con decenas o cientos de hechos distintos. Y eso, de acuerdo con una comprensión básica de lo que es el saber humano, es lo que constituye el conocimiento: la red de conexiones que tenemos entre las cosas que sabemos. Según How Learning Works: 7 Research-Based Principles for Smart Teaching, una diferencia importante entre el conocimiento de expertos y el de noveles es «el número o la densidad de conexiones entre los conceptos, los hechos y las destrezas que conocen» (Ambrose et al., 2010: 49). Los expertos tienen densos tejidos de conexiones entre todos los hechos e informaciones que conocen, y los noveles las tienen escasas e incompletas. La densidad de conexiones afecta tanto al conocimiento como a la comprensión. Cuando se entretejen hechos nuevos en la densa red de conexiones, estos se implantan más firmemente y es más sencillo que se activen en múltiples contextos. Y debido a que están ligados a un montón de hechos e información diversos, el experto puede ver más fácilmente la manera de utilizar y de aplicar un hecho a otros contextos que un principiante.

Profundizaremos más en esta teoría del conocimiento en el capítulo 4, pero por ahora ya tenemos información suficiente para comprender una razón principal por la que la predicción ayuda a quienes aprenden a retener y utilizar información nueva: las actividades predictivas preparan tu mente para el aprendizaje llevándote a buscar conexiones que te ayudarán a hacer una predicción certera. Carey lo explica así en el New York Times:

[Las actividades predictivas] remodelan nuestras redes mentales empotrando conceptos desconocidos […] como asuntos que conocemos al menos parcialmente […] Incluso si un asunto no está claro del todo y su solución es desconocida, una suposición comenzará por sí misma a conectar las preguntas con posibles respuestas. Y esas redes se encenderán como un árbol de navidad cuando volvamos a escuchar los conceptos (Carey, n. 2).

En otras palabras, cuando uno se ve forzado a hacer una predicción o a dar una respuesta a una pregunta de la que no tiene información suficiente, se obliga a buscar cualquier información posible que pudiera estar relacionada con el asunto y que ayude a que la predicción resulte plausible. Esa búsqueda activa el conocimiento previo que se posea sobre la materia en cuestión y prepara al cerebro para alojar la respuesta, cuando se reciba, en una red de hechos más profusamente conectada. La predicción aporta una base para un conocimiento más rico, más conectado. Roediger y los coautores de Make It Stick lo describen así: «Los intentos infructuosos de resolver un problema estimulan un procesado más profundo de la respuesta cuando se consigue posteriormente, creando un sustrato fértil para su codificación, algo que no ocurre con la mera lectura de la respuesta» (Brown et al., 2014: 88). El sustrato es fértil porque el cerebro de quien aprende ahora tiene activadas varias conexiones entre la pregunta y otros posibles contextos, y cuando llega la respuesta se arraiga más rápidamente y con mayor firmeza debido a ese nexo entre la respuesta y esos otros contextos.

Esta parece ser la principal virtud de las actividades predictivas en términos de la mecánica de la cognición. Pero Carey ofrece otras dos explicaciones posibles del porqué las actividades de predicción pueden ayudar en el aprendizaje. Primera, que cuando se pide a los estudiantes que hagan predicciones o se les administran pruebas previas sobre la materia del curso, a la manera que se hizo en el experimento de Bjork, consiguen una comprensión más clara de cómo será su evaluación final –y eso, a su vez, puede mejorar sus subsecuentes actividades de estudio y estrategias de preparación–. Como señaló Bjork: «Hacer exámenes de prueba y responder de manera equivocada parece mejorar el estudio subsiguiente, porque el examen ajusta de alguna manera nuestro pensamiento al tipo de material que necesitamos saber» (Carey, n. 2). Los cuestionarios previos o las actividades predictivas ponen en alerta a los estudiantes sobre lo que el profesor considera importante que ellos sepan, y dirige su estudio a esas áreas. Por poner un ejemplo sencillo, tres de los cursos de mi departamento proporcionan panorámicas generales de la literatura británica o estadounidense. Son impartidos por profesores diferentes, yo uno de ellos. Al menos uno de mis colegas considera importante que los estudiantes sepan los nombres de los autores principales y las fechas y títulos de sus mejores obras, y les pide esa información en los exámenes. Yo no considero que esa información sea una prioridad en mi visión general y, en vez de en ella, centro mis exámenes en la capacidad de mis estudiantes para reconocer de forma más general corrientes literarias e históricas de la época. Una estudiante que se cambiase del curso de mi colega al mío podría pasar la primera mitad de mi curso, hasta el examen parcial, intentando recordar nombres, fechas y títulos. No sabría que, aunque esa información podría resultarle útil en mis exámenes con preguntas más abiertas, de desarrollo, su auténtica tarea es reconocer tendencias históricas generales y establecer conexiones. Una prueba rápida breve en mi curso la ayudaría a reconocer cómo modificar sus estrategias de estudio durante mi clase para hacer bien mis exámenes, y no los exámenes que ella imaginaba que pondría según las clases a las que ella había asistido antes. Incluso actividades predictivas informales que pudiera utilizar en el aula, como pedir a los estudiantes que especulen sobre cómo puede influir un suceso histórico en los desarrollos literarios posteriores, les ayudarían a determinar las áreas del curso en las que debían centrarse.

Segunda, que las actividades de predicción pueden ayudarnos a reconocer con más precisión nuestras lagunas de conocimiento. «Las suposiciones fallidas –escribió Carey– exponen nuestras ilusiones de dominio, nuestra falsa impresión de que “sabemos” cuál es la capital de Eritrea porque la vimos una vez o la estudiamos en una ocasión […] Las pruebas previas funcionan a la manera de una especie de vacuna frente al dominio». Las ilusiones de dominio representan uno de los desafíos más importantes que debemos afrontar para ayudar a los estudiantes a aprender con detalle la materia de las asignaturas. Cualquiera que haya dado clase durante más de un curso o dos se ha encontrado con el estudiante confuso que viene al despacho después de un examen o una tarea y explica que ha pasado muchas horas estudiando la materia y que pensaba que se la sabía de pe a pa. Esta clase de estudiantes trabajan bajo la ilusión de dominio, quizá debido a que utilizan estrategias de estudio habituales como leer el libro o repasar los apuntes una y otra vez. Los estudios sobre el aprendizaje humano revelan repetidamente que esas estrategias se muestran efectivas en principio para el aprendizaje a corto plazo. Si buscamos para nuestros estudiantes aprendizaje a largo plazo, debemos enseñarles (y aconsejarles que lo estudien por sí mismos) con estrategias de aprendizaje más activas, como las descritas en estos capítulos. Los estudiantes que hacen pruebas previas o que hacen predicciones se obligan a enfrentarse a la profundidad de su conocimiento, y esa confrontación –cuando revela lagunas o debilidades– puede estimularlos para conseguir un mejor aprendizaje, más decidido.

Debemos matizar la afirmación que hice antes sobre que las predicciones erróneas no parece que dañen el posterior aprendizaje. Quienes aprenden deben recibir con bastante inmediatez alguna revisión de la exactitud de sus predicciones o de sus pruebas previas, si no queremos que esas respuestas equivocadas dejen una impresión más profunda que las correctas. En todos los experimentos antes mencionados, los estudiantes recibían siempre una revisión inmediata: en el caso del primer experimento, a los ocho segundos; en el tutorial de lengua, el corto seguía inmediatamente después de que los estudiantes hubieran escrito su explicación, lo que ayuda a explicar por qué no retenían las respuestas erróneas que habían dado originalmente. No hay duda de que las respuestas erróneas pueden retenerse o llevar a confusión en caso de que se dejen sin corregir. Si bien las actividades de predicción deben, sin duda, seguirse rápidamente de una revisión de las respuestas, no he visto fórmula concreta alguna que indique cuán inmediatamente debe llegar la revisión. Parece razonable que cuanto más pronto llegue mejor –si no en la misma sesión de clase de la actividad de predicción, en la clase siguiente.

Queda un punto final por ver antes de explorar algunos modelos de cómo pueden utilizar los profesores actividades de predicción en sus cursos. Podemos pensar en las actividades de predicción como en una versión cognitiva de algo que solemos pedir a los estudiantes que están intentando dominar una destreza: concretamente, les pedimos que practiquen la destreza antes de que estén preparados para ejecutarla con éxito. Todos podemos recuperar fácilmente de nuestras experiencias intentos de dominar destrezas de uno u otro tipo, y sabemos bien que por más que pudiéramos leer sobre cómo lanzar un balón de fútbol americano, pintar un retrato o dar un discurso, el aprendizaje de verdad comienza después de habernos puesto en situación de hacerlo por primera vez sin éxito. Cuando tomé clases para conseguir el permiso de buceo, pasé la primera parte de cada clase en un aula tomando notas sobre alguna destreza que tendría que poner en práctica en la piscina. Lo normal es que saltara a la piscina en la segunda mitad de la clase pensando que ya la dominaba; en pocos minutos mi ilusión de dominio se evaporaba, e iba un rato a trompicones haciéndolo todo mal hasta que mi instructor nadaba hasta mí y me hacía alguna corrección (inmediata), momento en que empezaba el auténtico aprendizaje.

Facilitamos esta clase de aprendizaje en entornos académicos continuamente al pedir a los estudiantes que prueben con destrezas cognitivas que aún no han desarrollado por completo. No empleo el semestre entero diciéndoles a mis estudiantes de primer curso de composición todas las técnicas de escritura que necesitarán para escribir un ensayo académico perfecto, para después ponerles una tarea final que muestre su dominio de esas destrezas. Les pido que hagan ensayos desde el propio comienzo del semestre, sabedor de que parte de lo que necesitan para acabar escribiendo buenos ensayos académicos no lo habrán dado hasta cuatro, ocho o doce semanas más tarde. Pedir a los estudiantes que hagan predicciones antes de aprender materia nueva no es más que otra versión de este enfoque docente casi cotidiano.

MODELOS

El terreno ideal para las actividades de docencia pequeña relacionadas con la predicción es el mismo que se ha mostrado tan efectivo en la recuperación: los primeros y los últimos minutos de las clases. Los primeros minutos de una clase posibilitan que los estudiantes hagan pronósticos sobre lo que va a darse en esa clase; las actividades de predicción en los minutos finales de las clases les ayudarán a preparar el trabajo que deberán completar antes de la siguiente sesión. Consideremos los siguientes modelos para utilizar esos minutos al comienzo y al final de las clases con actividades de predicción.

Pruebas previas

Tanto para la retención como para la comprensión, puede seguirse la guía de Elizabeth Bjork y sus colegas, que pasan pruebas previas a sus estudiantes sobre la materia del curso que están a punto de aprender. Esto puede hacerse de una infinita variedad de maneras: una prueba previa principal al inicio del semestre, comparable al examen final; breves pruebas previas a cada unidad del curso, o incluso cuestionarios previos aún más breves antes de la clase de cada día. El enfoque de docencia pequeña parece apuntar más hacia esas sucintas pruebas previas diarias (quizás semanales) como las menos disruptivas para una programación normal y las más fáciles de incorporar a una rutina docente tradicional. Si quieres ayudar a tus estudiantes a que se orienten hacia el tipo de aprendizaje que les resultará útil en los exámenes más importantes del curso, deberías utilizar el mismo formato de preguntas tanto en las pruebas previas como en los exámenes largos. Por tanto, si sueles emplear preguntas de respuesta múltiple en el examen final, haz pruebas previas con preguntas de respuesta múltiple. Si pones normalmente preguntas de desarrollo, incluye preguntas de desarrollo –pero quizás alguna que se pueda responder brevemente, sin necesidad de desarrollarla demasiado–. No es necesario puntuar las pruebas previas individualmente, pero sí se debe hacer inmediatamente una revisión de estas. Se pueden revisar las respuestas ante toda la clase inmediatamente después de ser respondida la prueba previa, con los mismos estudiantes corrigiendo sus respuestas. Puede hacerse sin avisar de que las pruebas previas no van a ser puntuadas, pero es cierto que puedes recogerlas y utilizarlas para controlar la asistencia o para averiguar los conocimientos previos de tus estudiantes en una determinada área. Puedes incluso realizar las pruebas previas de modo oral, en un formato de discusión, lanzando una pregunta y dejando cinco minutos para que los estudiantes respondan.

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9788491343325
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