Читать книгу: «Mildred Pierce»

Título original: Mildred Pierce
© James M. Cain, 1934.
© de la traducción: Helena Valentí.
© de esta edición digital: RBA Libros S.A., 2021.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: ODBO896
ISBN: 9788491878285
Composición digital: Newcomlab, S.L.L.
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En la primavera de 1931, en un jardín de Glendale, en California, un hombre colocaba estacas en los árboles. Era un trabajo pesado, porque primero tenía que arrancar las ramas secas, y luego envolver las débiles con protectores de lona, en los que enrollaba y ataba cuerdas, a fin de que quedaran unidas al tronco y pudieran soportar el peso de los aguacates que habían de madurar en otoño. Aunque la tarde era calurosa, el hombre no se impacientaba; silbaba mientras trabajaba concienzudamente. Era de pequeña estatura, tenía alrededor de treinta y cinco años, y a pesar de las manchas que le cubrían el pantalón, lucía su atuendo con elegancia. Se llamaba Herbert Pierce. Cuando terminó con los árboles, pasó el rastrillo y amontonó las ramas secas, que luego llevó al garaje y arrojó en el cajón en que guardaba los matojos para encender fuego. Luego extrajo una segadora mecánica y comenzó a cortar la hierba. Era un jardín como tantos otros que se ven al sur de California: una extensión de césped poblada de aguacates, limoneros y mimosas, alrededor de los cuales se mantenía un círculo de tierra removida. La casa era un clásico ejemplo de las residencias de estilo español: muros blancos y tejado de tejas rojas. Las casas españolas están hoy un tanto desfasadas, pero entonces eran distinguidas. Esta en particular no tenía nada que envidiarle a ninguna otra; de hecho, quizá fuera un poquito mejor que las demás.
Cuando terminó de segar el césped, sacó una manguera enrollada, la atornilló a un grifo de tuerca y se puso a regar. Esta tarea también la cumplía minuciosamente, arrojando el agua sobre la copa de los árboles para que cayera en los círculos de tierra removida, sin olvidarse de mojar el pequeño sendero de baldosas antes de regar el césped. Cuando ya todo estaba empapado y despedía ese olor característico de los días de lluvia, cerró el grifo, escurrió la manguera, la enrolló y la guardó de nuevo en el garaje. Hecho esto volvió de nuevo para examinar los árboles y comprobar que las cuerdas, con el agua, no quedasen demasiado apretadas. Finalmente entró en la casa.
Llegó a una sala que comunicaba directamente con el jardín. Era, en efecto, una sala típica de cualquier catálogo de grandes almacenes para casas de estilo español. Incluía un escudo de armas de terciopelo rojo colgado de la pared, cortinas también de terciopelo y del mismo color, colgadas en travesaños de hierro; una alfombra carmesí con estampados en los márgenes; un sofá frente a la chimenea, flanqueado por dos sillas de respaldos rectos y molduras en los asientos; una larga mesa de roble sobre la que descansaba una lámpara de vitral; dos lámparas de pie de hierro a juego con los travesaños, también de terciopelo carmesí, pues de ese material eran sus lámparas; una mesa en un rincón, de estilo Grand Rapids, y sobre ella una radio con caja de baquelita. En las paredes de color claro, además del escudo de armas, había tres cuadros: uno de un monte solitario a la luz del crepúsculo, con esqueletos de vacas en primer plano; otro en el que se veía a un vaquero conduciendo una manada de ganado por un campo cubierto de nieve, y un tercero que mostraba una caravana de carretas atravesando una planicie calcinada. Sobre la mesa larga había un ejemplar de la Enciclopedia de conocimientos útiles, título que aparecía grabado en hermosas letras doradas. Se podría objetar que el salón era, al mismo tiempo, frío y abigarrado, y que podía resultar algo claustrofóbico vivir en él. Pero nuestro hombre estaba orgulloso de lo que poseía, particularmente de los cuadros, que a su juicio eran «muy buenos». En cuanto a «vivir» en la sala, era algo que nunca se le había ocurrido.
Hoy no le dedicó ni una mirada ni un pensamiento. La atravesó apresuradamente, silbando, y se dirigió a su dormitorio, amueblado con un juego de siete piezas, en verde intenso, y que denotaba una mano femenina en algunos detalles. Se quitó la ropa de trabajo, la colgó y la guardó, y se dirigió desnudo al cuarto de baño, donde abrió el grifo de la bañera y dejó correr el agua. Allí se reflejaba de nuevo la civilización en que vivía, pero con una acentuada diferencia. Porque si bien es cierto que aquella era, y todavía es, una civilización más bien ingenua en cuanto a jardines, salas, cuadros y otras cosas de naturaleza estética, alcanzaba lo genial en cuanto a sentido práctico. El cuarto de baño en el que nuestro hombre estaba ahora silbando era una joya de la funcionalidad: acabado en azulejos blancos y verdes, y tan limpio como un quirófano, estaba ordenado milimétricamente y todo funcionaba con precisión. Veinte segundos después de haber abierto el grifo, nuestro hombre se deslizó en una bañera que tenía exactamente la temperatura que deseaba, se lavó hasta quedar impoluto, abrió el tapón, salió del baño, se secó con una toalla limpia y volvió de nuevo al dormitorio, sin haber perdido una sola nota de la canción que silbaba, y sin pensar que, en todo lo sucedido, hubiera nada de excepcional.
Se vistió tras haberse peinado. Todavía no se usaban los pantalones de fantasía, pero ya se conocían los de franela gris; se puso unos limpios, un polo y una cómoda chaqueta azul. Se dirigió entonces a la cocina, donde su mujer estaba decorando una tarta. Era bajita, considerablemente más joven que él, pero como tenía la cara manchada de chocolate y vestía un blusón verde muy suelto, era difícil decir algo sobre ella, salvo que tenía un par de piernas más bien voluptuosas, que se mostraban entre el blusón y los zapatos. Estaba estudiando un modelo en un libro de ilustraciones, en el que se veía un pájaro con un pergamino en el pico, y trataba de reproducirlo a lápiz en un papel. Él se quedó observándolo por un momento, echó una mirada a la tarta y dijo que le parecía hinchada. Quizás esta manifestación reflejara ignorancia, pues se trataba de una obra gigantesca, de cuarenta y cinco centímetros de diámetro y cuatro capas, recubierta de algo que brillaba como el satén. Pero después de dejar escapar, bostezando, este comentario, dijo:
—Bueno. No veo que tenga mucho más que hacer por aquí. Me parece que me voy a la calle a pasear un rato.
—¿Estarás de vuelta para cenar?
—Lo intentaré, pero si no he llegado a las seis no me esperes. Quizás estaré ocupado.
—Quiero saberlo.
—Ya te lo he dicho: si no he llegado a las seis...
—Con eso no resuelvo nada. Estoy haciendo esta tarta para la señora Whitley y me va a pagar tres dólares por ella. Si vuelves a comer a casa gastaré parte de ese dinero en unas costillas de cordero. Si no, compraré algo que a los niños les guste más.
—Si es así, no me esperes.
—Eso es lo que quería saber.
Había un tono sombrío en su voz que desentonaba con su buen humor habitual. Se quedó de pie, indeciso, y le mostró su aprecio a su manera.
—He arreglado los árboles. Los he atado bien, de modo que las ramas no se doblen cuando los aguacates crezcan y alcancen el tamaño de los del año pasado. También he cortado el césped. Creo que lo he dejado todo bastante bien.
—¿Vas a regar el césped?
—Ya lo he regado.
Lo dijo bien complacido, pues había caído en la trampa que le había tendido. Sin embargo, se hizo un inquietante silencio a continuación, como si fuera él quien hubiese sido la víctima de un ardid más elaborado que el suyo. Agregó con inquietud:
—Le he dado un buen remojón.
—Demasiado temprano para regar el césped, ¿no te parece?
—Bah, da igual una hora que otra.
—Casi todo el mundo, cuando riega el césped, espera que se haga más tarde y que el sol no pegue tan fuerte, para aprovechar mejor el agua y no desperdiciar lo que tiene que pagar otra persona.
—¿Quién, por ejemplo? No veo a nadie que trabaje aquí, además de mí.
—¿Ves algún trabajo que pueda hacer y no haga?
—Por eso terminas tan temprano.
—Habla claro, Mildred, ¿adónde quieres llegar?
—Te está esperando, de modo que ya te puedes ir.
—¿Quién me espera?
—Ya lo sabes tú muy bien.
—Si estás hablando de Maggie Biederhof, te diré que no la veo desde hace una semana, y que ella nunca ha significado nada para mí, a no ser alguien con quien podía jugar a cartas cuando no tenía ninguna otra cosa que hacer.
—Pues ya que lo preguntas, te diré que te ocurre constantemente.
—Yo no te lo he preguntado.
—¿Qué haces con ella? ¿Jugar un rato al rummy y, después de desabrocharle ese vestido rojo que siempre lleva sin sujetador, arrojarla encima de la cama? ¿Y disfrutar luego de un buen sueño, para más tarde levantarte, ver si hay un poco de pollo frío en su nevera, reanudar tu partida de rummy y volver a arrojarla otra vez sobre la cama? ¡Eso debe de ser estupendo! ¡No puedo imaginarme nada mejor!
La forma en que se endurecían los músculos de la cara de Herbert denunciaba su creciente indignación, y abrió la boca para decir algo. Entonces lo pensó mejor y no dijo nada. Luego, altivo y resignado, añadió:
—¡Oh!, muy bien, muy bien. —Y salió de la cocina.
—¿No te gustaría llevarle algo?
—¿Llevarle? ¿Qué quieres decir?
—Pues... con algo de la masa que ha sobrado he hecho unos pastelitos para los niños. Pero a ella, con lo gorda que está, seguro que le chiflan las golosinas. Espera, te los envolveré para que se los lleves.
—¿Y si te vas al infierno?
Apartó el dibujo del pájaro y se le encaró. Comenzó a hablar. No tenía mucho que decir respecto al amor, la fidelidad o la moral. Habló de dinero y de cómo fracasaba él cuando trataba de encontrar trabajo; y si mencionó de nuevo a la dama de sus pensamientos, no fue para presentarla como una sirena que le había robado su amor, sino, simplemente, como la causa de la negligencia y la despreocupación que últimamente se habían hecho presa de él. Él la interrumpió con frecuencia para excusarse, diciendo que no había trabajo, e insistiendo amargamente en que si la señora Biederhof había irrumpido en su vida era porque un hombre tenía derecho a gozar de cierta paz, en lugar de soportar los constantes lamentos por cosas que escapaban a su control. Los dos hablaron con rapidez, como si lo que tenían que decir les quemara en la boca y necesitaran refrescarse con saliva. Lo cierto es que la escena entera era de una fealdad antigua, casi ancestral, pues ambos intercambiaban idénticos reproches desde el principio de su matrimonio, y estos no incorporaban nada original a su decrépita unión, y mucho menos nada que tuviera que ver con la belleza. Al cabo de un rato se callaron y ella volvió a detenerle mientras él enfilaba la escapada:
—¿Adónde vas?
—¿Estoy obligado a decírtelo?
—¿Vas a casa de Maggie Biederhof?
—Supongamos que sí.
—En ese caso es mejor que recojas tus cosas ahora mismo y te vayas definitivamente, porque si sales por esa puerta no te volveré a dejar entrar nunca más. Y puedes estar seguro de que utilizaré este cuchillo si lo intentas.
Sacó un cuchillo de un cajón, lo blandió y lo volvió a colocar en su sitio, mientras él lo miraba con menosprecio.
—Sigue así, Mildred, sigue así. En cuanto te descuides, uno de estos días seré yo quien te amenace. Acabas de hacer méritos para recibir una buena tunda.
—Tú no me estás amenazando. Soy yo quien lo está haciendo. Si esta tarde vas a verla, será la última vez que veas esta casa.
—Yo iré a donde me dé la real gana.
—En ese caso, llévate tus cosas, Bert.
Su cara palideció y sus miradas se cruzaron durante un buen rato.
—Muy bien, lo haré.
—Es mejor que lo hagas ahora. Cuanto antes mejor.
—De acuerdo... de acuerdo.
Salió bruscamente de la cocina. Mildred llenó un cucurucho de papel con clara batida con azúcar, le cortó la punta con unas tijeras y comenzó a dibujar el pájaro sobre la tarta.
Mientras tanto, él ya había vaciado el armario y apilado todas sus maletas de viaje en el suelo del dormitorio. Lo hacía con estruendo, quizá porque alimentaba la esperanza de que ella lo oyera y viniera a pedirle que cambiara de idea. Pero eso no sucedió y no tuvo más remedio que ir llenando sus maletas. Su primera preocupación fueron todas sus prendas para vestirse de gala: camisas, cuellos, gemelos, corbatas y zapatos, además del traje negro al que llamaba «esmoquin». Lo envolvió todo cuidadosamente con papel de seda y lo puso en el fondo de la maleta más grande. La verdad era que había vivido mejores días que los presentes. Antes de cumplir veinte años había sido doble de jinetes en wésterns de acción y todavía presumía de sus habilidades para cabalgar. Por entonces se le murió un tío que le dejó una finca en los alrededores de Glendale. Glendale es ahora un suburbio interminable, que es a Los Ángeles lo mismo que Queens es a Nueva York. Pero entonces era un pueblo pequeño, plagado de matojos, con un muelle de carga en un extremo, campo abierto al otro y una carretera desfilando por el centro.
Así que se compró uno de esos inmensos sombreros de vaquero, tomó posesión de la finca y trató de sacarla adelante, aunque sin mucho éxito. Sus naranjas no eran de calidad, y al poco de decidirse por la uva, cuando sus viñas empezaban a rendir, llegó la Ley Seca, de modo que las reemplazó por nogales. Apenas terminó de elegir los árboles, subieron los precios de la uva, por la demanda del mercado clandestino, y se deprimió tanto que durante una temporada su tierra permaneció abandonada, mientras él procuraba restablecer su equilibrio en un mundo lleno de hechos desconcertantes. Pero un día recibió la visita de tres hombres que le hicieron una propuesta. Él no lo sabía, pero el sur de California, y Glendale en particular, estaba a punto de ser tocado por el boom de las urbanizaciones en los años veinte, un boom económico nunca visto por aquellos lares.
Fue así como, casi de un día para otro, con sus ciento veinte hectáreas, situadas exactamente donde los tres hombres deseaban construir, se convirtió en subarrendador, en constructor al servicio de la comunidad y en un visionario: había dado el gran golpe. Junto con los tres caballeros formó una compañía llamada Hogares Pierce, S. A., en la que figuraba como presidente. Dispuso darle su nombre a una calle, de modo que en el paseo Pierce, después de casarse con Mildred, levantó la misma casa en que ahora vivía, o la casa en la que le quedaban veinte minutos de vida. Aunque en aquellos tiempos ganaba grandes cantidades de dinero, no quiso construir un edificio pretencioso. Le dijo al arquitecto: «Las casas Pierce son para gente corriente, y lo que sirve para ellos sirve para mí». Claro que era ligeramente mejor de lo que satisface generalmente a la gente corriente. Tenía tres cuartos de baño, uno para cada dormitorio, y algunos detalles de la construcción eran casi de lujo. Ahora la casa se burlaba de él, había sido hipotecada y rehipotecada, y hacía tiempo que habían gastado el dinero así obtenido. Con todo, había sido algo, y todavía se enorgullecía al golpear las paredes con el puño y comentar su solidez.
En lugar de poner su dinero en el banco, adquirió acciones de una compañía telefónica y durante varios años tuvo el placer de regocijarse diariamente por su buen criterio, porque el precio de sus adquisiciones se elevó majestuosamente hasta alcanzar un beneficio de 350.000 dólares. Pero entonces llegó el Jueves Negro de 1929 y su ruina fue tan rápida que apenas le dio tiempo a ver cómo Hogares Pierce desaparecía, ahogándose en la nada. En septiembre había sido rico, y Mildred se había comprado un abrigo de visón para cuando el tiempo refrescara. En noviembre, con la temperatura algo más que fría, tuvo que vender el segundo de sus automóviles para poder pagar las cuentas. Se lo tomó todo con una envidiable filosofía, acaso porque muchos de sus amigos se hallaban en el mismo callejón, y podía hacerles chistes sobre el tema y aun jactarse de sus pérdidas. Lo que no le resultaba tolerable era el acartonamiento en que había caído su sagacidad. Tan acostumbrado estaba a pavonearse de su propio ingenio, que no podía resignarse a admitir que su éxito había sido pura cuestión de suerte, y se debía a la situación de sus tierras y no a sus cualidades personales. De modo que todavía pensaba en los grandes planes que llevaría a cabo en cuanto las cosas se pusieran un poco mejor. Buscar empleo era algo que no entraba en sus planes y, a pesar de todo lo que le había contado a Mildred, no había hecho nada por obtener uno. Así que su constante y paulatino deterioro, le habían arrastrado a su actual situación con la señora Biederhof. Era una dama de edad imprecisa, que contaba con una pequeña renta procedente de unas casuchas que alquilaba a mexicanos. Gracias a ello, vivía desahogadamente y disponía de mucho tiempo, mientras otros pasaban penurias. Escuchaba las historias que él le contaba de su grandeza, pretérita y futura, lo alimentaba, jugaba a las cartas con él y sonreía con timidez cuando le desabrochaba el vestido. Él vivía en un mundo de sueños, vagando por el río, mirando pasar las nubes.
Pierce seguía observando la puerta, como si esperase que apareciera Mildred, pero permaneció cerrada. Cuando la pequeña Ray llegó del colegio y se escabulló en busca de su pedazo de pastel, él se incorporó y la cerró con llave. Al instante, la niña intentó abrir el pomo apresuradamente, hasta que Mildred le pidió algo y ella volvió afuera, donde otros niños la esperaban. En realidad, el nombre de la niña era Moire, que al igual que su hermana Veda, había sido bautizada de acuerdo con los principios de la astrología, con algo de numerología. Sin embargo, el astrólogo se olvidó de comentarles cómo se pronunciaba el nombre que había escrito nítidamente en su partida de nacimiento, de modo que Bert y Mildred nunca supieron que era la variante gaélica de María y que se pronunciaba M-o-y-ra. Creyeron que se trataba de un exquisito nombre francés, y lo pronunciación Mo-e-ray, que pronto quedó reducido a Ray.
Una vez cerrada la última maleta, abrió la puerta y caminó dramáticamente hasta la cocina. Mildred todavía estaba trabajando en su tarta, convertida en un objeto de abrumadora belleza, con el pájaro descansando en una rama llena de hojas verdes y sosteniendo en el pico un pergamino que decía: «Para Bob, un feliz cumpleaños», en medio de un círculo de capullitos de rosa distribuidos primorosamente por el borde. El motivo sugería una especie de silencioso gorjeo. Ella ni levantó la vista. Él se humedeció los labios y preguntó:
—¿Está Veda en casa?
—No, todavía no.
—No he querido hacer ruido cuando Ray se ha acercado a la puerta. No veo ninguna razón para que se entere. En realidad, no creo que sea necesario que lo sepan ninguna de las dos. No quiero que les digas que me voy o algo por el estilo. Lo que puedes decirles es que...
—Yo me encargaré de eso.
—Muy bien. Entonces, queda en tus manos. —Se quedó indeciso un momento y después dijo—: Bien, adiós, Mildred.
Mildred se dirigió hasta la pared a trompicones, se reclinó en ella ocultando el rostro, y la golpeó una o dos veces con las manos, como desamparada, diciendo:
—Déjame, Bert. No hay nada más que decir. Vete ya.
Cuando ella volvió la vista, él se había ido; entonces rompió a llorar, manteniéndose alejada del pastel para que las lágrimas no le cayeran encima. Pero cuando escuchó el ruido del automóvil al salir del garaje, lanzó una exclamación tenue y amedrentada y se precipitó a la ventana. Lo usaban tan poco últimamente, a no ser los domingos, cuando tenían algún dinero para comprar gasolina, que se había olvidado completamente del vehículo. Por eso, al mismo tiempo que veía cómo su marido se desligaba de su vida, el único pensamiento que le cruzó meridianamente la cabeza fue que ahora no tenía manera de llevar el pastel.
Había puesto en su lugar el último capullo de rosa y estaba limpiando y dando los retoques finales al pastel con una bolita de algodón clavada en la punta de un palillo cuando escuchó un golpe en la puerta y entró la señora Gessler, su vecina de al lado. Era una mujer delgada, morena, de unos cuarenta años, con el rostro cubierto por líneas que tan pronto podían haber sido motivadas por las preocupaciones como por el alcohol. Su marido era transportista, y le iba bastante mejor que a sus colegas de profesión. Todo el mundo creía que los camiones de Gessler llegaban frecuentemente hasta Point Loma, donde ciertas lanchas rápidas y de poca altura alcanzaban la ensenada.
Al ver la tarta, la señora Gessler lanzó una exclamación y se acercó a examinarla. Realmente merecía la avidez de su mirada. Todos los adornos estaban donde les correspondía, y, a pesar de su aspecto convencional, destilaba un aroma, una textura, un conjunto que le otorgaba una gran distinción. Saltaba a la vista la garantía de que cada migaja del pastel estaba destinada a deshacerse en la boca.
Admirada, la señora Gessler murmuró:
—No sé cómo lo haces, Mildred. ¡Es espléndida, verdaderamente espléndida!
—Si tienes que hacerla, la haces.
—¡Pero es espléndida!
La señora Gessler fue al grano después de dirigirle una larga mirada final al pastel. Llevaba un pequeño plato en las manos, cubierto por otro vuelto del revés. Se lo entregó diciendo:
—He pensado que quizá te sirva. Lo había preparado para la comida, pero Ike ha recibido una llamada de Long Beach y he decidido acompañarle, y me temo que estará pasado cuando volvamos.
Mildred cogió un plato, puso el pollo que había traído la señora Gessler y lo guardó en la nevera. Lavó deprisa los platos de su vecina y se los devolvió.
—A mí, prácticamente, me sirve cualquier cosa, Lucy. Gracias.
—Bueno, me tengo que ir.
—Que te vaya bien.
—Dale saludos a Bert.
—Se los daré.
La señora Gessler se detuvo.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—Vamos, querida. Algo ha pasado. ¿De qué se trata?
—Bert se ha ido.
—¿Qué dices? ¿Para siempre?
—De momento, sí.
—¿Te ha dejado, así, sin más?
—Le he ayudado un poco, creo. Tenía que pasar.
—Sí, señor, ¡qué me dices de todo esto! ¡Y dejarte por esa repelente vieja gruñona! ¿Cómo puede siquiera mirarla?
—Pues a él le gusta.
—¡Pero si ni siquiera se lava!
—¡Bah!, ¿de qué sirve hablar? Si a ella le gusta, pues muy bien, ya lo tiene. No me quejo de Bert. No fue culpa suya. La culpa fue de... todo. Yo le hice la vida imposible. Él me decía que le fastidiaba, y él sabrá por qué lo decía. Pero yo no puedo soportar las contrariedades sin hacer algo. A mí no me importa si estamos o no en crisis. Si ella es despreocupada se llevarán bien, porque esa es, exactamente, la manera de ser de él. Pero yo tengo mis opiniones y no voy a cambiarlas, ni siquiera por él.
—Pero ¿qué harás?
—¿Y qué es lo que estoy haciendo ahora?
Un desagradable silencio envolvió a las dos mujeres. Después, sacudiendo la cabeza, la señora Gessler dijo:
—Te has incorporado al más grande de los ejércitos que hay en la tierra. Formas parte de la más grande de las instituciones norteamericanas, una que nunca se menciona el 4 de julio... una mujer separada que mantiene sola a dos hijas pequeñas. ¡Sucios bastardos!
—No, si Bert no es un mal hombre.
—Él no es malo, pero es un cerdo, igual que todos.
—Nosotras tampoco no somos perfectas.
—Pero no haríamos las cosas que ellos hacen.
Oyeron que se abría la puerta y Mildred hizo un gesto de silencio con el dedo. La señora Gessler asintió con la cabeza y preguntó si la podía ayudar en algo. Mildred deseaba pedirle que la acompañara en coche a llevar el pastel, pero ya se habían oído dos impacientes bocinazos a través del patio y no se atrevió.
—En este momento, no.
—Bien, ya nos veremos.
—Gracias de nuevo por el pollo.
La niña que entraba ahora en la cocina no correteaba como lo había hecho la pequeña Ray un rato antes. Entró con mucho cuidado, husmeó despectivamente la fragancia de la señora Gessler, y antes de besar a su madre, puso los libros del colegio sobre la mesa. Aunque no tenía más que once años, era una muchacha que llamaba la atención. Su desenfado al vestir y la perfección de sus facciones recordaban más a su padre que a su madre. Por lo general se decía: «Veda es una Pierce». Pero cerca de la boca la semejanza se desvanecía, pues la de Bert estaba atravesada por una línea oblicua que indicaba debilidad y que no existía en la de Veda. Su cabello rojo cobrizo y sus ojos azul claro, como los de su madre, brillaban aún más por el contraste con una piel salpicada de pecas y tostada por el sol. Pero lo más sorprendente de su personalidad era su manera de andar. Puede que a causa de su pecho alto y arqueado, quizás por sus finas caderas o sus piernas delgadas, andaba muy estirada, como exhibiendo una arrogancia que resultaba cómica en alguien tan joven.
Tomó un pastelito cubierto de chocolate y decorado con una uve blanca que le dio su madre, contó cuántos quedaban en la fuente, y con toda calma explicó su clase de piano. A pesar de todos los desastres del último año y medio, Mildred había conseguido destinar cincuenta centavos por semana para las clases de piano, porque tenía una profunda, casi religiosa convicción, de que Veda tenía talento, y aunque no sabía exactamente para qué, el piano le parecía una base firme, útil y un buen preámbulo para asentar, prácticamente, cualquier cosa. Veda daba muchas satisfacciones como estudiante, porque cumplía estrictamente con sus ejercicios y demostraba un vivo interés. El piano, adquirido cuando Mildred se compró su abrigo de visón, nunca llegó, de manera que practicaba en casa de su abuelo Pierce, donde había uno antiguo y vertical. A causa de ello siempre regresaba a casa más tarde que Ray.
Informó de sus progresos en el Grande Valse Brillante de Chopin, repitiendo varias veces el título de la obra, cosa que fascinaba a Mildred, porque lo pronunciaba esmeradamente, con un correcto acento francés, y evidentemente disfrutaba del elegante efecto que provocaba. Hablaba con la voz clara y afectada de las estrellas infantiles, y la verdad era que cualquier cosa que dijera parecía aprendida de memoria, para ser recitada luego del modo señalado en algún exigente libro de protocolo. Una vez que terminó de hablar del vals, se acercó al pastel y lo miró.
—¿Para quién es, mamá?
—Para Bob Whitley.
—¡Ah!, el chico de los diarios.
A Veda le parecía que el trabajo del joven Whitley, quien al salir de la escuela buscaba suscriptores para los periódicos, era un craso error de sociabilidad, por eso Mildred dijo sonriente:
—Y será «un chico de los diarios» sin tarta de cumpleaños si no encuentro la manera de llevarlo hasta su casa. Cómete el pastelito y vete a ver al abuelo para preguntarle si tiene inconveniente en llevarme en su coche hasta la casa de Whitley.
—¿No podemos usar el nuestro?
—Tu padre ha salido con él y es posible que llegue tarde. Anda, date prisa. Lleva a Ray contigo y el abuelo os traerá a las dos en el coche.
Sin apresurarse, Veda se marchó y Mildred oyó cómo llamaba a Ray para que volviera de la calle. En uno o dos minutos estuvo de vuelta. Cerró la puerta cuidadosamente y habló con una precisión aún más acentuada que la de costumbre:
—Mamá, ¿dónde está papá?
—Ha tenido que marcharse.
—¿Por qué se ha llevado su ropa?
Cuando Mildred le prometió a Bert «encargarse de ese asunto» se había imaginado vagamente una escena que terminaba con el clásico «ya te contaré algo más sobre esto algún día». Pero había olvidado la pasión que Veda sentía por la ropa de su padre, la orgullosa inspección diaria que hacía de su esmoquin, de sus pantalones de montar, de sus botas y de sus zapatos relucientes; algo que no iba a dejar de hacer por tener que ir a casa de su abuelo. Y también se había olvidado de que era imposible engañar a Veda. Comenzó a buscar un imaginario defecto en el pastel.
—Se ha ido.
—¿Adónde?
—No sé.
—¿Volverá?
—No.
Se sintió muy desgraciada y deseó que Veda se le aproximara para poder cogerla entre sus brazos y contarle todo de algún modo que no resultara tan vergonzoso. Pero los ojos de Veda permanecían fríos y no se movió. Era la predilecta de Mildred, porque era hermosa, por lo que su talento parecía prometer y por su esnobismo, todo lo cual constituía una vaga promesa de cosas superiores a las que poblaban su propia y corriente manera de ser. Pero, a su vez, Veda prefería a su padre, por sus maneras finas y señoriales, y cuando él desdeñaba el trabajo, ella se enorgullecía. En las interminables discusiones que se habían sucedido en los últimos meses, siempre se había manifestado en favor de su padre, ensombreciendo el espíritu de su madre con frases altaneras. Esta vez dijo:
—Ya entiendo, mamá. Solo quería saber.
Poco después entró Ray, una regordeta pelirroja, cuatro años menor que Veda y que era el vivo retrato de su madre. Comenzó a revolotear por todos lados, simulando que iba a introducir sus dedos en el pastel, pero Mildred la detuvo y le dijo lo que acababa de comunicarle a Veda. Ray se echó a llorar y Mildred la tomó en sus brazos hablándole tal como hubiera deseado hacerlo con Veda. Dijo que su padre pensaba que ellas dos eran lo mejor del mundo, que no les había dicho adiós para no hacerlas sufrir con la despedida, que no era culpa de él, sino de una cantidad de cosas que no podía mencionar en ese momento, pero que explicaría más tarde, cuando llegara la oportunidad. Todo esto se lo decía al parecer a Ray, aunque en realidad a quien hablaba era a Veda, que todavía estaba allí escuchando con aire serio. Después de algunos minutos, Veda, claro, se sintió obligada a comportarse más amistosamente, porque interrumpió para decir:
—Si te refieres a la señora Biederhof, mamá, estoy de acuerdo contigo. Es totalmente de clase media.
A Mildred esto la hizo reír, y aprovechó la ocasión para atraer a Veda y besarla. Seguidamente, envió a las dos niñas a casa de su abuelo. Estaba muy satisfecha consigo misma por no haber dicho una sola palabra sobre la señora Biederhof, y resolvió que sus labios nunca pronunciarían ese nombre en presencia de sus hijas.
El señor Pierce llegó con su automóvil y con una invitación para que fueran a comer con él, que Mildred aceptó después de reflexionar un momento. Había que comunicar a los Pierce lo que había ocurrido, y si lo hacía después de cenar con ellos, demostraría que no había enconos familiares y que deseaba mantener las relaciones como hasta entonces. Pero una vez entregado el pastel y tras acompañarles durante unos minutos, notó que había algo tenso en el ambiente. Ya fuera porque Bert se le hubiera adelantado o porque a las niñas se les hubiera escapado algo, las cosas no eran como de costumbre. En consecuencia, en cuanto terminaron la cena y las niñas se fueron a jugar, abordó recelosamente el asunto. El señor Pierce y su mujer, ambos de Connecticut, vivían en una de las casas más pequeñas —pero no por eso menos vulgares— construidas por la compañía Pierce, con la pensión que él recibía por ser jubilado ferroviario. Vivían con suficiente holgura y generalmente reposaban al anochecer en un pequeño patio de la parte trasera de la casa. Aquí fue donde Mildred les dio la noticia.
El silencio se apoderó de ellos, un penoso y largo silencio. La abuela, Mom, sentada en la mecedora, comenzó a tocar el suelo con la punta del pie. Al moverse, la silla crujía. Luego comenzó a hablar agitada, agriamente, sin mirar a Mildred ni al señor Pierce:
—Es esa mujer, la Biederhof. De ella es la culpa desde el principio hasta el fin. Ha sido culpa suya desde que Bert comenzó a verla. Esa mujer es una perdida. Lo supe desde la primera vez que la vi. ¡Comportarse así con un hombre casado! Y su marido murió no hace todavía un año. Y con esa casa que destila roña por todas partes. Y andando como anda, con los pechos casi sueltos, para que la miren todos, lo deseen o no. ¿Por qué tenía que elegir a mi hijo? ¿No hay por ahí suficientes hombres para que ella tuviera que...?
Mildred cerró los ojos y escuchó. El señor Pierce fumaba su pipa haciendo melancólicas observaciones. Todo se refería a la señora Biederhof, lo que en cierto modo constituía un alivio. Mildred se sintió absorbida por una sensación de inseguridad. Se daba cuenta de que esa noche era importante, porque todo lo que se dijera quedaría escrito indeleblemente en la memoria. Por consideración a las niñas, cuando menos, era vital no dar ningún falso testimonio, ni omitir palabras que disminuyeran la justicia de sus declaraciones o que, desde algún punto de vista, pudieran sonar falsas. Al mismo tiempo comenzó a sentirse un tanto molesta al ver la facilidad con que se culpabilizaba a una mujer que, en realidad, tenía poco que ver en el asunto. Dejó que Mom diera rienda suelta a sus emociones, y después de un largo silencio dijo:
—No es la señora Biederhof.
—¿Quién es entonces?
—Es una larga cadena de sucesos sin cuya participación Bert no la hubiera mirado a ella más que a una esquimal. La causa está en el fracaso de Bert en los negocios. Y en las penurias que hemos sufrido mientras tratábamos de vivir juntos. Y en la forma en que Bert finalmente se hartó. Y...
—¿Me quieres decir que esto es por culpa de Bert?
Mildred esperó un momento, temiendo que la amargura en la voz de Mom hiciera eco en la suya. Entonces dijo:
—Yo no digo que la culpa sea de nadie, a no ser de la crisis, y desde luego Bert no podía hacer nada contra eso. —Se detuvo, y después, tenazmente, arremetió contra lo que más temía. Tenía que hacerlo—. Al contrario, Bert no fue el único que se cansó. Yo también me cansé. Él no ha empezado el episodio de hoy. He sido yo.
—¿Quieres decir que tú has echado a Bert?
La aspereza en la voz de Mom era ya tan evidente que Mildred no se atrevió a pronunciar una palabra más. Lo hizo solo después de la intervención del señor Pierce y al cabo de unos apaciguadores cinco minutos:
—Tenía que suceder.
—Claro que tenía que suceder si tú ya estabas dispuesta a echar a ese pobre muchacho. Nunca he oído algo semejante en mi vida. ¿Dónde está él ahora?
—No sé.
—¡Y ni siquiera es tu casa!
—Está destinada a ser pronto la casa del banco si no encuentro el modo de pagar los intereses.
Cuando Mom le contestó, el señor Pierce se apresuró a hacerla callar, y Mildred sonrió amargamente para sí misma, al notar que la simple mención del dinero producía un rápido cambio de tema. El señor Pierce volvió a ocuparse de la señora Biederhof, y Mildred pensó que era más diplomático ponerse a tono:
—Yo no la defiendo ni un instante, ni le echo la culpa a Bert. Todo lo que digo es que lo que ha sucedido era ya inevitable, y que si ha ocurrido hoy, y he sido yo quien lo ha precipitado, es porque he creído que era mejor que todo sucediera ahora y no después, cuando se hubieran producido peores situaciones.
Mom no dijo nada, pero la mecedora continuaba chirriando. El señor Pierce dijo que la crisis había golpeado muy fuerte a mucha gente. Mildred esperó uno o dos minutos para que no pareciera que se iba enfadada, y entonces dijo que ya era hora de llevarse a las niñas a casa. El señor Pierce la acompañó hasta la puerta, pero no se ofreció a llevarla en su automóvil. De forma imprecisa le dijo:
—¿Necesitas algo urgente, Mildred?
—Por ahora no; gracias.
—De verdad lo siento mucho.
—Pasó lo que tenía que pasar.
—Buenas noches, Mildred.
Mientras se dirigía a su casa con las niñas, Mildred sintió un agudo resentimiento contra sus suegros, no solo porque se negaban a comprender cuál era el eje del problema, sino también por su avarienta ceguera ante la situación en que se encontraba, y ante la posibilidad de que sus nietas pudieran no tener qué comer. Cuando giró para meterse por el paseo Pierce, sintió cómo el frío se instalaba en su cuerpo, y tragó saliva para librarse del desamparo que le oprimía la garganta.
Después de dejar a las niñas en la cama fue a la sala, acercó una silla a la ventana y se sentó en la penumbra a contemplar el espectáculo habitual, tratando de quitarse de encima la melancolía que se apoderaba gradualmente de todo su ser. Luego fue al dormitorio y encendió la luz. Era la primera vez que dormía allí desde que Bert comenzó a cortejar a la señora Biederhof; hacía varios meses, pues, que dormía en la habitación de las niñas, a la que había llevado un supletorio. Entró de puntillas, cogió su pijama, volvió y se quitó el vestido. Se sentó frente a su tocador y comenzó a peinarse. Se detuvo para contemplarse, amarga, pensativamente.
Su estatura estaba por debajo de la media, y, pequeña como era, con su desteñido pelo rubio y sus ojos azules, parecía más joven de su edad. Había cumplido veintiocho años. En su rostro no había nada de particular. Era de esas mujeres más atractivas que guapas, y, según ella, podía «pasar inadvertida». Pero eso no era exactamente así. Si se la provocaba, si se burlaban de ella o la confundían, su mirada se endurecía de un modo que podía ser cualquier cosa menos atractivo, que delataba una sorprendente crudeza y un realismo —o como quiera llamárselo— que eran un indicio, sin embargo, de que en su interior había algo más que un perfecto vacío. Bert le había confesado que fue esa mirada la que le subyugó, la que lo convenció de que «tenía algo». Se conocieron justo después de la muerte de su padre, cuando cursaba tercer curso de secundaria. Su madre consideró comprar una de las viviendas Pierce tras vender el garaje del padre y cobrar el seguro. Podía destinar su pequeño capital al pago inicial y pagar el resto realquilando habitaciones. Entonces apareció Bert, y Mildred quedó impresionada, principalmente a causa de sus gestos tan resueltos.
Pero cuando llegó el día de ver la vivienda, la señora de Ridgely no pudo ir y Bert llevó a Mildred. Fueron en el descapotable, de línea deportiva, de Bert, y ella, con su cabellera al viento, se sintió deliciosamente inquieta y toda una mujer. Como broche de oro de este paseo se detuvieron en la casa piloto, que en realidad era la oficina central de la compañía, y que había sido construida como un hogar para estimular la imaginación de los clientes. A esa hora ya se habían ido las secretarias, pero Mildred lo inspeccionó todo, desde la magnífica sala en la parte delantera hasta los acogedores dormitorios del fondo, en los que se detuvo algo más de lo estrictamente recomendable. Durante el viaje de regreso, Bert estuvo muy solemne, como correspondía a quien acababa de seducir a una menor, pero, siempre galantemente, sugirió una reinspección al día siguiente. Al mes estaban casados. Ella dejó el instituto dos días antes de la boda, y Veda nació ligeramente antes de lo que estipulaba la ley. Bert disuadió a la señora de Ridgely de adquirir una casa Pierce para realquilarla, posiblemente temiendo pérdidas, y ella se fue a vivir, entonces, con la hermana de Mildred, cuyo marido tenía negocios navieros en San Diego. Su modesto capital fue invertido en acciones telefónicas, por consejo de Bert.
La silueta de Mildred llamaba la atención en cualquier parte. Tenía un cuello suave, infantil, que le erguía la cabeza en un ángulo de lo más estimulante; los hombros estaban caídos, pero con gracia, y su sujetador ligeramente hinchado con tan seductora carga. Sus caderas eran estrechas, como las de Veda, y daba la impresión de que era una niña, más que una mujer, la que había parido a dos hijas. Sus piernas eran realmente hermosas, y ella lo sabía. Solo había una cosa de ellas que le disgustaba desde que tenía uso de razón: eran perfectas al verlas reflejadas en el espejo, pero cuando se las miraba directamente, le parecían arqueadas. De ahí que se hubiera acostumbrado a doblar una pierna cuando estaba de pie y a andar a pasos cortos, doblando rápidamente la rodilla trasera. De esta manera esperaba que, si realmente existía la deformidad que ella se atribuía, no pudiera ser percibida por los demás. Esto le confirió una forma de andar saltarina, muy femenina, parecida a la de los corceles en el circo; ella no lo sabía, pero sus caderas se balanceaban de una forma francamente provocadora.
O quizá lo supiera.
Terminado su peinado, se levantó, se puso las manos en las caderas y se repasó el cuerpo frente al espejo. Por un momento la mirada dura apareció en sus ojos, como si supiera que esta era una de las noches excepcionales de su vida, y que debía hacer balance para saber qué podía ofrecer al mundo y a la vida que le esperaba. Se acercó al espejo, se miró los dientes, grandes y blancos, y se examinó las caries. No encontró ninguna. Retrocedió de nuevo e inclinó la cabeza hacia un costado, buscando una postura elegante. Casi enseguida la corrigió doblando una rodilla. Suspiró, se quitó la ropa que aún tenía puesta y se puso el pijama. Al apagar la luz, inducida por su largo hábito, miró hacia la casa de los Gessler para saber si todavía estaban levantados. Recordó, entonces, que no estaban en su casa, y después, lo que le había dicho la señora Gessler: «... la más grande de las instituciones norteamericanas, una que nunca se menciona el 4 de julio... una mujer separada de su marido que mantiene sola a dos hijas pequeñas». Y dejó escapar una agria risita mientras se introducía en la cama. Entonces, repentinamente, se quedó inmóvil, notando que el perfume de Bert la envolvía.
Un momento después se abrió la puerta y la pequeña Ray entró y corrió hacia ella llorando. Mildred dejó a la criatura acurrucarse a su lado, la apretó contra su cuerpo, le habló en voz baja y le cantó una nana hasta que contuvo el llanto. Más tarde, con los ojos clavados en el techo, se quedó dormida.
2
Durante un par de días, tras la partida de Bert, Mildred vivió en una especie de paraíso ilusorio: le habían encargado dos tartas y tres pasteles. De esta manera, extremadamente atareada, en lo único que pensaba era en lo que le diría a Bert cuando este llegara a visitar a las niñas: «¡Oh!, nos arreglamos muy bien... no tienes por qué preocuparte. Tengo tanto trabajo como puedo hacer, y aún más. Cuando alguien quiere trabajar realmente, siempre encuentra algo que está todavía por hacer». Igualmente acuñó otra versión, ligeramente distinta, para el señor Pierce y para Mom: «¿Yo? Me arreglo perfectamente. Tengo más encargos de los que puedo cumplir... pero les agradezco sus amables intenciones». Las tímidas averiguaciones del señor Pierce todavía la molestaban, le estimulaba pensar que todavía podía pincharles y sentarse, después, a contemplar sus reacciones. Le gustaba ensayar mentalmente esos encuentros, y obtener triunfos imaginarios ante las personas que, de una manera u otra, la habían entristecido.
Pero pronto comenzó a inquietarse. Pasaron varios días sin que recibiera un solo pedido. Le llegó entonces una carta de su madre, en la que le hablaba principalmente de las acciones de la compañía telefónica, que había pagado íntegramente, y cuyos precios habían caído hasta una cifra irrisoria. Culpaba enteramente y sin tapujos a Bert, y parecía estar convencida de que este podía y debía hacer algo para remediarlo. La parte de la carta que no se ocupaba de las acciones trataba de los negocios marítimos del señor Engel. Por el momento parecía que los únicos clientes con dinero eran los traficantes clandestinos de alcohol, quienes se movían en embarcaciones rápidas. Y el señor Engel solo suministraba material para grandes barcos de vapor. Por eso le pedía a Mildred que fuera a Wilmington, para ver si en ese puerto alguno de los proveedores quería intercambiar material pesado por ligero. Mientras leía esto, Mildred no pudo contener una risa histérica: la idea de desplazarse tratando de colocar un cargamento de anclas, le pareció de una comicidad indescriptible. El correo del día incluía también un breve comunicado de la compañía del gas: «Tercer aviso», en el que se informaba que el suministro de gas sería cortado si los recibos no eran pagados en un plazo de cinco días.
Todavía le quedaba algo de los tres dólares que le había cobrado a la señora Whitley y de los nueve obtenidos con los otros pedidos. Se fue a la compañía de gas y pagó la factura, conservando cuidadosamente el recibo. Contó lo que aún le quedaba y se acercó hasta un mercado donde compró un pollo, cien gramos de salchichas, un poco de verdura y una botella de leche. El pollo —primero lo asaría, luego sus restos servirían para hacer un caldo, con cuyas sobras, a su vez, haría croquetas— la aprovisionaría para todo el fin de semana. Las salchichas eran un lujo. Eran contrarias a sus principios, pero a las niñas les gustaban mucho, y siempre trataba de tener algunas a mano, para dárselas entre las comidas. La leche era un deber sagrado. Cualesquiera que fueran las dificultades por las que atravesara, Mildred siempre se las arreglaba para pagar las clases de piano de Veda y toda la leche que las niñas quisieran beber.
Era un sábado por la mañana cuando se encontró al señor Pierce al llegar a casa. Había venido a invitar a las niñas a que pasaran con ellos el fin de semana; no valía la pena llevarlas y traerlas: «El lunes por la mañana las llevo directamente a la escuela y de allí ya pueden volver a casa». Gracias a estas palabras, Mildred adivinó que le estaban tendiendo una trampa; probablemente viajarían hasta la playa, donde los Pierce tenían amigos, y Bert aparecería como por casualidad. Eso le disgustaba, y también que el señor Pierce no hubiera venido antes de que se hubiese gastado el dinero en el pollo. Pero la perspectiva de que alimentaran a sus niñas durante dos días era tan tentadora que fue de lo más agradecida, diciendo que, naturalmente, podían ir, y les preparó una pequeña maleta. Pero de improviso, cuando volvía a entrar en casa después de haberles dicho adiós, se echó a llorar y se fue a la sala para reanudar una vigilia que rápidamente se estaba convirtiendo en un hábito.
Parecía que todo el vecindario se dirigía a algún sitio, calle abajo, cargando mantas, remos y hasta embarcaciones en los techos de sus vehículos, y dejaban atrás un silencio abismal. Después de contemplar seis o siete de estas partidas, Mildred se estiró en su habitación apretando y aflojando los puños alternativamente.
Alrededor de las cinco de la tarde llamaron a la puerta. Tuvo el inquietante presentimiento de que era Bert, con un mensaje relacionado con las niñas. Pero abrió la puerta y allí le esperaba Wally Burgan, uno de los tres caballeros que llevaron a Bert a fundar Hogares Pierce, S. A. Era un hombre pequeño y robusto, rubio, de unos cuarenta años, que ahora trabajaba para los auditores que se habían hecho cargo de la sociedad. Esta era otra de las fuentes de irritación entre Mildred y Bert, pues ella creía que ese trabajo le debería haber correspondido a Bert, a quien le hubiese bastado con preocuparse un poco para conseguirlo. Pero fue Wally quien lo consiguió, y allí estaba, sin sombrero, saludándola despreocupadamente con la mano en la que sostenía el cigarrillo, ese cigarrillo que parecía acompañarle siempre.
—Hola, Mildred. ¿Está Bert?
—No, en este momento no.
—¿No sabes adónde ha ido?
—No, no lo sé.
Wally se quedó pensando un minuto y después se volvió para alejarse:
—Muy bien, ya le veré el lunes. Ha surgido un inconveniente; una complicación con un título de propiedad. Pensé que él nos podría ayudar. Pregúntale si puede ayudarnos, por favor.
Mildred dejó que se alejara hasta el extremo de la acera antes de detenerlo. Le resultaba violento ventilar sus cuestiones domésticas más allá de lo estrictamente necesario, pero la posibilidad de que asomara una pequeña ocupación para Bert, la obtención de unos pocos dólares como retribución por su asesoría, era demasiado tentadora para callarse.
—Wally, por favor, ven.
Wally regresó sorprendido. Mildred cerró la puerta.
—Wally, si es algo importante, será mejor que tú mismo localices a Bert. Ya... ya no vive aquí.
—¿Qué?
—Se fue.
—¿Adónde?
—Exactamente, no lo sé. No me lo dijo. Pero estoy segura de que su padre, el señor Pierce, debe de saberlo, y en el caso de que este no estuviera en su casa, se me ocurre que Maggie Biederhof podría saber dónde está.
Wally miró a Mildred durante un momento y dijo:
—¡Vaya! ¿Y cuándo pasó todo eso?
—¡Oh!, hace unos días.
—¿Quieres decir que os habéis separado?
—Sí, algo así.
—¿Para siempre?
—Sí, al menos que yo sepa.
—Pues si no lo sabes tú, no sé quién lo va a saber.
—Sí, es algo definitivo.
—¿Vives aquí completamente sola?
—No, tengo a las niñas conmigo. Han ido a pasar el fin de semana con sus abuelos, pero viven conmigo, no con Bert.
—Pues menudo panorama.
Wally encendió otro cigarrillo y la miró de nuevo. Sus ojos descendieron hasta sus piernas. Estaban desnudas, pues reservaba las medias que le quedaban, y se estiró la falda para cubrirlas lo máximo posible. Él recorrió con la mirada toda la estancia, para que pareciese que las había mirado sin querer, y después dijo:
—¿Y a qué te dedicas ahora?
—¡Oh!, trato de mantenerme ocupada.
—Pues no lo pareces.
—Es sábado. Hoy descanso.
—A mí no me importaría tomarme el día libre contigo. Digamos que siempre me ha gustado tenerte cerca.
—Pues qué callado lo tenías.
—Es que soy un hombre muy serio.
Los dos se echaron a reír, y Mildred sintió un hormigueo, al mismo tiempo que cierta perplejidad, al ver que ese hombre, que nunca antes se había interesado por ella, descubría sus intenciones justo al saber que ya no tenía marido. Él siguió hablando, con una voz que había perdido parte de su naturalidad, sobre los agradables momentos que podrían pasar juntos, a lo que ella respondió coquetamente que le parecía sospechoso. Estaba un poco aturdida por su desacostumbrada libertad. Al poco él suspiró y dijo que tenía un compromiso para esa noche.
—Pero, escúchame.
—Sí.
—¿Qué haces mañana por la noche?
—¿Por qué? Nada de particular.
—Bien, en ese caso...
Ella dejó caer sus ojos, se plisó el vestido sobre su rodilla y le lanzó una mirada.
—No tengo ningún inconveniente.
Él se puso de pie y ella hizo lo mismo.
—Entonces, saldremos juntos. Eso es lo que haremos. Saldremos a divertirnos.
—Espero no haberlo olvidado.
—Oh, ya verás como no. ¿Cuándo? ¿A las seis y media?
—Bueno.
—Mejor será a las siete.
—A las siete estaré lista.
Al día siguiente, mientras Mildred estaba preparando salchichas para el desayuno, apareció la señora Gessler, que la invitó a una fiesta esa misma noche. Mildred le sirvió una taza de café y le dijo que le encantaría aceptar, pero que ya tenía una cita, y no podría asistir.
—¿Una cita? ¡Vaya!, no pierdes el tiempo.
—Algo hay que hacer.
—¿Le conozco?
—Wally Burgan.
—Wally... bien, vente con él.
—Veré qué le parece.
—No sabía que le gustaras.
—Ni yo... La verdad, Lucy, no creo que le gustara. Jamás se fijó en mí. Pero, en el mismo instante que supo que Bert se había ido... mira, fue realmente gracioso ver el efecto que le causó. Se podía ver cómo se excitaba. ¿Podrías tú decirme por qué?
—Tendría que haberte advertido. La moral es una ventana a un mundo completamente nuevo. Cuando se enteró te convertiste en una mujer de lo más apetitosa.
—¿Cuando se enteró de qué?
—Eres una mujer separada. Estás de nuevo en el mercado.
—¿Me hablas en serio?
—Sí, y ellos también.
Mildred no había considerado su nueva situación, así que se quedó pensativa durante un rato, mientras la señora Gessler sorbía su café y parecía estar pensando en algo diferente. Poco después le preguntó:
—¿Está casado?
—¿Por qué? No, que yo sepa. No, por supuesto, no lo está. Siempre hacía chistes sobre la suerte que tenían los casados el día que tocaba pagar el impuesto de la renta. ¿Por qué lo preguntas?
—No le llevaría a mi fiesta si fuera tú.
—Cómo desees...
—Oh, no se trata de eso... os recibiríamos con mucho gusto. Pero... ya sabes. Los invitados son colegas de Ike, que vienen con sus mujeres. Son buena gente, pero poco refinados y un tanto ruidosos. Quizá sea porque pasan demasiado tiempo en sus fuerabordas. Sus mujeres son de las que emiten chillidos con facilidad. Nada que ver contigo, especialmente ahora que tienes en tus manos a un hombre joven y soltero; eso, por sí solo, cuestionaría tu moralidad y...
—¿Crees de verdad que me estoy tomando en serio lo de Wally?
—Si no lo haces, deberías hacerlo. Y si lo haces, ¿por qué no? Es un hombre joven, honrado, correcto, que quizá tenga aspecto de ratón con barrigote, pero trabaja y está soltero, y eso es suficiente.
—No creo que a él le molesten tus invitados.
—No he terminado. El asunto no es si él se molesta o no; lo que importa es si tú empleas tu tiempo como mejor te conviene. ¿Qué planes tiene, lo sabes?
—Sé que viene aquí y...
—¿Cuándo?
—A las siete.
—Error número uno, querida. No permitas que ese tonto te lleve a cenar. Yo le sentaría aquí y le serviría alguna de las especialidades de Mildred Pierce...
—¿Qué? ¿Trabajar yo, cuando él está dispuesto a...?
—Es una inversión, querida, es una inversión de tiempo, de esfuerzos y de materias primas. Mira, cállate y déjame hablar. Cualquier gasto que sea necesario corre de mi cuenta, porque me siento inspirada, y cuando lo estoy no reparo en cosas insignificantes. Será una velada tremenda. —Con la mano hizo un gesto señalando el tiempo, que estaba gris, frío y nublado, como sucede normalmente en la cumbre de la primavera californiana—. No va a ser una noche apropiada para salir, ni para un hombre ni para ningún bicho viviente. Y lo que es mejor, tú ya tienes la comida a medio hacer, y no lo arruinarás todo simplemente porque él venga con la insensata ocurrencia de salir contigo.
—Esa era la intención, pero es lo mismo.
—No te apures, querida; examinemos esa intención. ¿Por qué quiere salir contigo? ¿Por qué ellos siempre quieren salir? Dicen que para hacernos un cumplido, para divertirnos, para demostrar la gran consideración que nos tienen. Son una panda de puñeteros mentirosos. Además de ser unos sucios bastardos y unos charlatanes estúpidos, son también unos puñeteros mentirosos. Casi no existe nada que se pueda decir en su favor, además de que son lo único que tenemos. Nos invitan a salir con ellos por una razón, y por una razón solamente: para poder tomarse una copa. Y, en segundo lugar, para que nosotras nos tomemos también una copa, y sucumbamos a sus perversos designios al llegar a casa; pero principalmente para beber ellos. Y, querida, en ese preciso momento es cuando yo intervengo.
Abrió la puerta, desapareció por el patio y al cabo de un rato estaba de vuelta con una canasta llena de botellas. Las puso sobre la mesa de la cocina y continuó su charla:
—La ginebra y el whisky escocés están recién desembarcados; son lo mejor que habrá catado en años. Todo lo que la ginebra necesita para producir excelentes cócteles es un poco de zumo de naranja; fíjate bien y ponle mucho hielo para rebajarlos un poco. Ese es el vino de aquí, de California, pero él no lo distinguirá; no es malo, utilízalo todo lo que puedas. Esa es la clave, querida. Usa bien el vino, y el alcohol caro te va a durar, durar y durar. Llénalo de vino, todo lo que quiera, y todavía más; cuesta treinta centavos el litro, más medio centavo por la bonita etiqueta francesa, y cuanto más beba de esta botella tanto menos whisky deseará. Aquí tienes tres botellas de tinto y tres de blanco, que te doy porque te quiero, y porque deseo que te aclares. Con pescado, pollo y pavo, dale blanco, y con carne roja, tinto. ¿Qué es lo que tienes para esta noche?
—¿Quién ha dicho que tenga algo?
—¿Tendremos que volver a hablar de lo que ya hemos hablado? Querida, querida, mira, tú sales con él, te invita a comer, te embriagas un poquito y vuelves a tu casa, y algo pasa, y entonces ¿qué?
—No te preocupes. No pasará nada.
—¡Oh!, pasará. Si no es esta noche será cualquier otra, porque si no pasa, él perderá el interés, y eso es algo que no te gustará. Y cuando pasa es un pecado. Es un pecado porque tú eres una mujer separada de tu marido, y por ello una mujer accesible. Y él no estará en deuda contigo, porque ya te habrá invitado a comer, lo que equilibra las cuentas recíprocas.
—Seguro que mi Wally tiene un carácter maravilloso.
—El mismo que todos, ni mejor ni peor. Pero si lo invitas tú a comer, y cocinas de la manera que solo tú sabes, y, además, ocurre que estás muy guapa, con tu pequeño delantal, y algo ocurre, en ese caso se trata de la naturaleza. De nuestra vieja madre naturaleza, querida, y todas nosotras sabemos que no trabaja gratuitamente. Porque esa viuda de verano volvió a la cocina, el lugar al que pertenecen todas las mujeres, y eso es aceptable. Y Wally no habrá pagado nada, ni siquiera se habrá preguntado lo que te ha costado una patata. Pero lo hará. Y, por otra parte, esta es la vía rápida, pues si no me equivoco, lo último que me contaste es que estabas con el agua al cuello y que no te quedaba mucho tiempo por desperdiciar. Lleva esto bien y antes de una semana tu situación económica estará ya repuntando, y antes de un mes te estará rogando que le des la oportunidad de pagarte el divorcio. Si dejas que sea él quien te saque y te cuente su vida por sus locales habituales, pasarán cinco años y aún no estarás segura.
—¿Tú crees que yo quiero que me mantengan?
—Sí.
Poco después, Mildred no pensaba en Wally, por lo menos hasta el extremo de darse cuenta de que estaba pensando en él. Después de que la señora Gessler se marchara, se fue a su cuarto, y escribió unas cartas, en especial una a su madre, en la que le explicaba la nueva fase en la que había entrado su vida, y le detallaba por qué no podía vender las anclas. Al terminar se puso a remendar algunas prendas de las niñas. Pero a eso de las cuatro de la tarde, cuando empezó a llover, retiró la canasta de costura, fue a la cocina y examinó sus provisiones; de las tres o cuatro naranjas que tenía reservadas para el desayuno de las niñas, hasta las verduras que había comprado el día anterior en el mercado. Se aseguró de que el pollo estuviera todavía fresco. Sacó el litro de leche de la nevera, con mucho cuidado para no sacudir la botella, y, con un cucharón que utilizaba para la sal, extrajo la gruesa capa de crema que se había formado en la parte superior y la colocó en una jarra de vidrio. Abrió después una lata de arándanos, con los que hizo un pastel. Mientras este se cocía, rellenó el pollo.
A eso de las seis de la tarde encendió la chimenea, y se sintió un poco culpable, porque la mayor parte de la leña consistía en las ramas secas que Bert había cortado de los aguacates el día que se fue. No preparó el fuego en la sala, sino en la salita contigua, que tenía también una pequeña chimenea. En realidad, esta habitación era uno de los tres dormitorios, con su correspondiente cuarto de baño, pero Bert la había arreglado con un sofá, cómodas sillas y fotografías de los banquetes en los que él había hablado. Era donde recibían a sus visitas. En cuanto dispuso los troncos para que ardieran bien, se fue a su dormitorio y se vistió. Se puso un vestido estampado, el mejor que tenía. Examinó una gran cantidad de medias. Encontró un par que estaban en buenas condiciones y se las puso. Sus zapatos, que había usado lo menos posible, estaban en buen estado; eran negros, sencillos. Tras estudiarse en el espejo, admirando sus piernas, y recordando que tenía que doblar la rodilla derecha, se colocó el abrigo sobre los hombros y se fue a la salita. Cuando faltaban unos diez minutos para las siete, guardó el abrigo y aumentó un poco el fuego de la cocina. Después bajó las cortinas y encendió varias lámparas.
A eso de las siete y diez Wally tocó el timbre y se disculpó por llegar tarde; estaba deseando salir. Durante un largo momento Mildred se sintió tentada de aprovechar la oportunidad que se le ofrecía de conservar sus alimentos, y no tener que cocinar, y sobre todo, de poder ir a cualquier otra parte, sentarse en espacios de luz cálida, quizá escuchar una orquesta y bailar. Pero su boca se le adelantó y tomó las riendas de la situación con insospechada locuacidad.
—Pero, ¡por Dios!, ni en sueños se me habría ocurrido que desearas salir en una noche como esta.
—¿No es eso en lo que habíamos quedado?
—¡Pero fíjate qué tiempo! ¿No prefieres que te prepare algo aquí, y salimos otra noche?
—Ni hablar, el que aquí invita a salir soy yo.
—Muy bien, pero por lo menos esperemos un rato, a ver si la lluvia para un momento. No me gusta salir cuando el agua cae así.
Lo llevó hasta la salita, atizó el fuego, le cogió la gabardina y desapareció con ella. Regresó agitando una jarra en la que había un cóctel de naranja, y al mismo tiempo sostenía una bandeja con dos copas.
—Bueno, ¿qué es esto? ¡Qué sorpresa!
—He pensado que nos ayudaría a pasar el rato.
—Ya lo creo que nos ayudará.
Él tomó su copa, esperó a que ella cogiera la suya, dijo «¡Salud!» y probó el cóctel. Mildred se sorprendió de lo bueno que estaba. Wally lo elogió casi religiosamente.
—¿Y esto? ¡Ginebra auténtica! No la probaba desde... no sé desde cuándo. Todo lo que sirven en los bares clandestinos es pésimo, y el que acude allí expone peligrosamente su vida. Dime, ¿dónde aprendiste a preparar estos cócteles?
—¡Oh!, sobre la marcha.
—No de Bert.
—No he dicho de quién.
—Las bebidas de Bert eran muy malas. Le gustaba hacer sus experimentos y cuantas más cosas metía para matar el sabor, peor sabía. Pero esto... La verdad, Bert debe de estar loco si te ha dejado.
La miró con admiración, y ella le volvió a llenar la copa.
—Muchas gracias, Mildred, no podría decirte que no, aunque quisiera. Eh, no te olvides de la tuya.
Mildred, que no estaba acostumbrada a beber mucho, en ninguna circunstancia, había decidido aprovechar esa noche la oportunidad de exhibir cierta moderación femenina. Se rio sacudiendo la cabeza.
—¡Oh!, yo solamente tomo una.
—¿No te gusta?
—Me gusta mucho, pero no estoy acostumbrada.
—Tendré que educarte, para que puedas resistirlo.
—Ya me voy dando cuenta de eso. Pero lo haremos poco a poco. Por hoy, el resto es tuyo.
Él se rio nerviosamente, se acercó a la ventana y se quedó mirando cómo llovía.
—¿Sabes en qué estoy pensando? En que tenías razón en no querer salir. Hay más agua en la calle que en una lavandería. ¿Realmente hablabas en serio cuando decías que podías preparar algo para comer?
—Naturalmente que iba en serio.
—¡Te voy a dar un trabajo del demonio!
—¡Déjate de tonterías, si no es ningún trabajo! Además, comerás mejor aquí que fuera. Esta es otra cosa que podrías haber detectado en tus anteriores visitas. Nunca fui camarera, pero me precio de ser una magnífica cocinera.
—Venga ya. Eso lo hacía vuestra criada.
—¡Eso lo hacía yo! ¿Quieres comprobarlo?
—Naturalmente.
Mildred era, realmente, una maravillosa cocinera, y él contempló encantado cómo colocaba el pollo en el horno, mondaba cuatro patatas y preparaba una pequeña fuente de guisantes. Volvieron a la salita a esperar a que hirviera el agua para las verduras, y Wally se tomó otro cóctel. Mildred se había puesto su pequeño delantal azul, y él, torpemente, confesó que deseaba darle un tirón a las cintas.
—Será mejor que no lo hagas.
—¿Por qué?
—Porque igual me da por atarte y hacerte trabajar a ti.
—Por mí, no hay inconveniente.
—¿Te gustaría comer aquí, junto al fuego?
—Me encantaría.
Sacó una mesa plegable de uno de los armarios y la colocó delante de la chimenea. Sacó los cubiertos, la vajilla y las servilletas, y preparó la mesa para los dos. Él la seguía por todas partes como un perrito faldero, mientras sostenía en la mano la copa con el cóctel.
—¡Pero esto promete ser una verdadera cena!
—Ya te lo he dicho. Puede ser que no estuvieses escuchando.
—Soy todo oídos.
La comida triunfó más de lo que ella se había imaginado. Primero sirvió una gelatina de pollo que le había sobrado a mitad de semana, y que a él le pareció un plato refinadísimo. Una vez hubo retirado las copas de cóctel, trajo el vino, que seguía de casualidad en la nevera desde que lo dejó la señora Gessler, y, tras haberlo servido, dejó la botella sobre la mesa. Sirvió después el pollo, las patatas y los guisantes, todo hábilmente arreglado sobre una fuente de plata. Él estaba entusiasmado, pero cuando vio el pastel se extasió definitivamente. Le contó cómo su madre hacía los mismos pasteles, en Carlisle, su pueblo natal. Le habló de la escuela india, de las montañas, del quarterback de su equipo de fútbol americano.
Pese a todo, la comida le pareció algo secundario. Le pidió insistentemente que se sentara en el sofá, a su lado, y que no se quitara el delantal, y cuando Mildred trajo el café, se encontró con que él había apagado las luces para poderlo tomar al resplandor de la chimenea. Cuando terminaron, Wally la rodeó con el brazo. Mildred, no queriendo resultar inoportuna, dejó caer la cabeza sobre su hombro, pero cuando él le tocó el pelo con los dedos, ella se levantó.
—Tengo que sacar estas cosas de aquí.
—Yo pondré la mesa en su sitio.
—Me parece muy bien, y si cuando termines quieres pasar al cuarto de baño, lo encontrarás allí; esa es la puerta. En cuanto a la cocinera se refiere, tan pronto como termine de retirar los platos se irá a poner un vestido un poco más abrigado.
La lluvia y la penetrante y desagradable humedad nocturna hacían del vestido estampado una prenda muy incómoda, a pesar de su agradable apariencia. Mildred fue a su dormitorio, se lo quitó y lo colgó en el armario. Pero cuando trató de alcanzar su vestido de lana azul oscuro, oyó algo y se volvió. Wally estaba de pie en el umbral de la puerta, y en su cara se dibujaba una sonrisa idiota.
—He pensado que necesitarías un poco de ayuda.
—No necesito ninguna ayuda. Y además no te he invitado a venir aquí.
Le contestó en tono cortante, porque ese atropello había herido su intimidad y le produjo una indignación auténtica e inmediata. Y mientras lo decía, su codo golpeó contra la puerta del armario, y esta se abrió más, descubriéndola. Él contuvo su respiración y murmuró: «¡Dios mío!», pero enseguida pareció abrumado y confuso. Se quedó allí, mirándola sin mirarla.
Verdaderamente molesta, retiró de la puerta el vestido de lana y se lo puso por encima de la cabeza. Sin embargo, antes de que pudiera cerrar los broches, sintió que los brazos de él la tomaban mientras le susurraba disculpas con la voz entrecortada.
—Lo siento mucho, Mildred. No te imaginas cuánto. No me esperaba encontrarme con esto. Te juro por Dios que no he venido aquí con otra intención que estirar las cintas de ese delantal. Era una broma y nada más, nada más. ¡Qué diablos! Sabes que no cometería semejante bajeza.
Y para demostrar cuánto despreciaba esos trucos baratos, estiró el brazo y apagó la luz.
Ya no sabía si estaba enfadada o no. A pesar de la manera con que había atendido todas las instrucciones y del modo en que él había justificado todos los pronósticos, todavía no sabía bien qué quería de Wally. Pero justo cuando apartaba su cara para evitar que sus bocas se encontraran, se le ocurrió que si no abría la botella de whisky, podría obtener por ella seis dólares en algún sitio.
Hacia medianoche Wally encendió un cigarrillo. Mildred sintió calor, descorrió las sábanas hasta los pies de la cama y dejó que el aire húmedo y frío acariciara su dulce desnudez. Levantó una pierna, la examinó a consciencia y decidió definitivamente que no estaba arqueada y que ya no iba a tener más esa preocupación. Se puso a mover los dedos del pie. Era una actividad decididamente frívola, que nada tenía que ver con los pensamientos que cruzaban la cabeza de Wally mientras acercaba un cenicero y tiraba de la colcha para cubrir su propia desnudez, no tan atractiva. Estaba callado, casi ostensiblemente abrumado, mientras fumaba allí acostado; tanto que Mildred le preguntó en qué pensaba.
—Estoy pensando en Bert.
No le hizo falta saber más: Wally había conseguido lo que buscaba, y ahora preparaba el modo de escabullirse. Dejó pasar unos minutos, como hacía cuando se enfadaba, pero a pesar del esfuerzo por parecer despreocupada, le vibraba la voz.
—¿Qué pasa con Bert?
—¡Oh!, ya sabes.
—Si Bert me dejó, y ya no es parte de mi vida, ¿por qué tienes que pensar en él, cuando nadie más lo hace?
—Es que somos buenos amigos. Verdaderos amigos.
—Pero no tanto para usurparle un empleo que podía conseguir, y emplear todas las argucias políticas necesarias para hacerte tú con él.
—Los insultos no me hieren viniendo de ti.
—Las traiciones, en cambio, son despreciables vengan de donde vengan.
—Eso no me gusta.
—No me importa si te gusta o no.
—Lo que ellos necesitaban era un abogado.
—Lo necesitaron después de tus consejos. Por lo menos una docena de personas vinieron a ver a Bert para contarle lo que estabas haciendo y pedirle que te denunciara; pero él no lo hizo porque pensaba que no era lo correcto. Finalmente descubrió que sí que lo era y además se dio cuenta de qué clase de amigo eras tú.
—Mildred, te doy mi palabra...
—¿Y qué es lo que vale esa palabra?
Mildred saltó de la cama y comenzó a andar por la habitación oscura, repasando amargamente la historia de Hogares Pierce, las circunstancias de su quiebra y el comportamiento de los auditores. Él esgrimió una lenta y aparatosa defensa.
—¿Por qué no dices la verdad? Tú has tenido todo lo que querías de mí, ¿no es así? Un cóctel, una comida y otras cosas que prefiero no mencionar. Y ahora quieres escaparte y es justo cuando se te ocurre pensar en Bert. Es muy gracioso que no pensaras en él cuando viniste aquí, mientras fantaseabas con tirar de las cintas de mi delantal. ¿Te acuerdas?
—Yo no te he oído decir que no.
—No, yo he sido la estúpida.
Aspiró hondo, dispuesta a decirle que era como todos los otros, y también a repetirle la expresión de la señora Gessler, «sucios bastardos», pero por alguna razón no le salieron las palabras. Tenía un fondo tan dulce, que no podía aceptar la interpretación de la vida de la señora Gessler, por mucho que la cautivara en un primer momento. En realidad, no pensaba que todos fueran una panda de «sucios bastardos», y, además, le había tendido su red a Wally. Si él intentaba librarse de la presión lo mejor que podía, no tenía sentido culpabilizarle por cosas que nada tenían que ver con él. Se sentó a su lado.
—Lo siento mucho, Wally.
—¡Qué diablos!, no tienes por qué.
—Últimamente he estado un poco nerviosa.
—¿Y quién no lo estaría?
A la mañana siguiente, Mildred estaba lavando los platos, entristecida, cuando llegó la señora Gessler para contarle los detalles de la fiesta. No hizo ninguna referencia a Wally hasta que estuvo a punto de irse. Entonces, como si repentinamente se le hubiera ocurrido, le preguntó por él. Mildred le contestó que estuvo bien, esperó a que la señora Gessler agregara unos cuantos detalles más sobre su fiesta, y le dijo bruscamente:
—Lucy.
—¿Sí?
—Puedes pensar lo peor de mí.
—Bien, pero... no me dirás que terminó por dejarte el dinero encima de la mesa.
—Todo menos eso.
La señora Gessler se sentó en el extremo de la mesa, mirando a Mildred. No parecía que hubiese mucho que decir. El día anterior todo había parecido tan claro, tan simple y divertido, que ninguna de las dos había considerado que sus vaticinios pudieran cumplirse, o respecto a los «sucios bastardos», que eran unos «puñeteros mentirosos», pero no tan zoquetes como podrían haber sido. Una ola de impotente indignación se apoderó de Mildred. Alzó la botella de vino vacía, la arrojó contra la alacena y rio compulsivamente mientras se rompía en mil pedazos.
3
Desde ese momento, Mildred comprendió que tenía que conseguir trabajo. Recibió otra pequeña serie de pedidos de tartas y pasteles, pero pasaba el tiempo preocupada en lo que podría hacer, qué trabajo podría conseguir que le reportara algún dinero con el que evitar ser desalojada de la casa el primero de julio, fecha en que debía pagar el interés de la hipoteca. Buscó algo en los anuncios clasificados, pero apenas se ofrecían empleos. Daba a diario con algunos que solicitaban cocineras, criadas y chóferes, pero los ignoraba rápidamente. E ignoraba directamente las grandes ofertas encabezadas con: «Oportunidad», «Se buscan vendedores» y «Atención, señoras y señores». Le sonaban demasiado a los métodos de Bert para desprenderse de las casas Pierce. Ocasionalmente aparecía algo prometedor. Un anuncio pedía: «Mujer joven, de maneras y presencia agradables, para trabajo especial, se necesita», y se inscribió. Dos días después se emocionó mucho cuando recibió una nota firmada por un hombre, en la que se la requería en el barrio de Los Feliz de Hollywood. Se puso el vestido estampado, se acicaló y salió para allí.
El hombre la recibió en camiseta y pantalones de franela, y le dijo que era escritor. En cuanto a lo que escribía, no quedó bien definido, aunque manifestó que su búsqueda de información era continua y lo llevaba a muchas partes del mundo, adonde, naturalmente, ella tendría que acompañarlo. Con respecto a las obligaciones que le corresponderían no fue más preciso: tendría que ayudarle a «recopilar material», «archivar documentos» y «confirmar citas»; a lo que se sumaría hacerse cargo de su casa, para ponerla en orden, y llevar sus cuentas, pues, según él, sospechaba que le engañaban. Cuando se sentó a su lado y le anunció que, sin duda alguna, ella era la persona que buscaba, lo vio claro. No le había dicho una sola palabra sobre las cualidades que el trabajo exigía —si es que realmente existía un trabajo—, y llegó a la conclusión que aquel hombre no buscaba a alguien que lo ayudara a investigar, sino a una amante. Se fue bastante deprimida por haber desperdiciado la tarde y el dinero del viaje en autobús. Era su primer contacto con la publicidad libidinosa, que, en adelante, se encontraría por doquier. Se trataba siempre de un farsante que se hacía pasar por escritor, agente o cazatalentos, y que había descubierto que por un dólar y medio invertido en poner un anuncio, podía conseguir una procesión de muchachas desfilando durante todo el día por su casa, desesperadas por trabajar, dispuestas a todo.
Respondió a otros anuncios; recibió más ofertas, y fue a todas partes hasta que sus zapatos empezaron a desgastarse. Los llevaba constantemente al zapatero para que les remendase los tacones y les diera lustre. Empezó a odiar a Bert por haberse ido con el coche, que ella tanto necesitaba. Nada obtuvo de sus respuestas a los anuncios. Le decían que llegaba tarde, o no lo suficientemente preparada, o que no se la consideraba, por tener hijos, o bien porque, simplemente, no encajaba. Recorrió todos los grandes almacenes, y se familiarizó tristemente con los grupos de gente que aguardaban silenciosamente en las salas de espera de las oficinas de personal, y con la tensa, desesperada lucha que libraban para conseguir una posición estratégica cuando abrían las puertas a las diez de la mañana. Solo en una tienda se le permitió rellenar la solicitud de empleo. Era la Corasi Bros, un gran establecimiento, situado en la parte baja de Los Ángeles, que se especializaba en artículos para el hogar. En esta fue la primera en entrar y se sentó enseguida frente a una de las mesas acristaladas, reservadas para las entrevistas. Pero la encargada del departamento, a quien todo el mundo llamaba señora Boole, atendió antes a todos los que entraron después que ella, y esto, que consideró una injusticia, la enfureció. La señora Boole era de aspecto agradable, y parecía conocer el nombre de casi todos los solicitantes. Mildred estaba tan indignada, que súbitamente recogió sus guantes e hizo ademán de irse sin ser entrevistada. Pero la señora Boole, haciéndole señas con la mano, la detuvo, le sonrió y salió a su encuentro.
—No se vaya. Siento mucho hacerla esperar, pero casi todas estas personas hace tiempo que vienen por aquí, y me sabe mal no decirles enseguida que se vayan, para así darles tiempo a que se presenten en otras tiendas, y quizá tener un poco más de suerte. Por eso siempre hablo al final con las que se presentan por primera vez, cuando realmente puedo dedicarles algún tiempo.
Mildred se sentó de nuevo, avergonzada de su insolente tentativa de huir. Cuando la señora Boole, finalmente, se le acercó, comenzó a hablar, y en vez de responder a las preguntas de una forma cautelosa y defensiva, como lo había hecho en otros lugares, fue más espontánea. Hizo una breve alusión a la ruptura de su vida matrimonial, recalcó su conocimiento de todo lo relacionado con la cocina y expresó su seguridad de ser útil en el departamento de cocina, ya como vendedora, ya para demostraciones, o para ambas cosas a la vez. La señora Boole la interrogó detenidamente sobre este punto, y luego indagó sobre la búsqueda de trabajo de Mildred. Esta no le ocultó nada, y después de que la señora Boole se riera alegremente con el episodio de Harry Engel y sus anclas, sintió los ojos húmedos de cálidas lágrimas, porque si bien no había conseguido trabajo, por lo menos había ganado una amiga. Fue entonces cuando la señora Boole le hizo rellenar la solicitud de empleo.
—No hay ninguna vacante en este momento, pero recordaré lo que me ha dicho sobre los utensilios de cocina, y si se presenta alguna oportunidad al menos sabré dónde encontrarla.
Mildred se marchó tan contenta que se olvidó de sentirse defraudada por el resultado, y estaba ya por abandonar el gran salón cuando alguien la llamó. Era la señora Boole. La llamaba desde el pasillo, sosteniendo la solicitud en la mano, y enseguida se le acercó nerviosamente. Tomó a Mildred de la mano, se detuvo un instante mientras miraba hacia abajo, en dirección a la calle, y le dijo:
—Señora Pierce, le tengo que decir algo.
—¿Sí?
—No hay ninguna posibilidad de trabajo.
—Bien, ya sabía que las cosas andaban mal, pero...
—Óigame, señora Pierce. No le diría esto a la mayoría de los solicitantes que llegan aquí, pero usted es distinta y no quiero que vuelva a su casa manteniendo una vana esperanza. No la hay. Hemos contratado a solo dos personas en los últimos tres meses, una para reemplazar a un hombre que murió en un accidente de tráfico y la otra para ocupar el lugar de una mujer que se retiró porque estaba enferma. Preguntamos a todos los que vienen, en parte, porque creemos que es un deber, y, en parte, porque no queremos cerrar el departamento de personal. Simplemente, no hay vacantes, ni aquí ni en las otras tiendas. Sé que no le sentará bien, pero prefiero decírselo a que la engañen.
—¡Oh, por favor!, no es culpa suya. La entiendo perfectamente. Quiere evitar que estropee mis zapatos.
—Eso es. Los zapatos.
—Pero, si apareciera algo...
—¡Oh!, si apareciera algo... no se preocupe. Estaría encantada de poder comunicarle algo así por telegrama. Y si viene por aquí otra vez, ¿me vendrá a ver? Podríamos almorzar juntas.
—Estaría encantada.
La señora Boole la despidió con un beso y Mildred se marchó con los pies doloridos, hambrienta, pero feliz. Cuando llegó a su casa halló una nota colgada en la puerta. Se le indicaba que fuera a recoger un telegrama.
—Señora Pierce, todo ha pasado como en las películas. Apenas había entrado usted en el ascensor cuando ha ocurrido esto. Sinceramente, ha sido todo tan rápido que he pedido que gritaran su nombre en la planta baja con la esperanza de que aún no hubiera abandonado la tienda y respondiera.
Esta vez se sentaron en el despacho privado de la señora Boole, donde esta tenía un gran escritorio a cuyo lado se sentó Mildred. La señora Boole continuó:
—La estaba viendo bajar hacia el coche y admirando su silueta, si quiere que le diga la verdadera razón por la cual la miraba, cuando he recibido una llamada del restaurante.
—¿Se refiere al restaurante de la tienda?
—Sí, al salón de té que tenemos arriba. Naturalmente, ese no es un departamento de la tienda. Está realquilado, pero el gerente prefiere ocupar las plazas libres con nuestras solicitantes de empleo. Así se siente más vinculado a nosotros, y, además, como hacemos un buen rastreo de las solicitantes antes de incluirlas en las listas, él suele conseguir las mejores empleadas.
—¿Y en qué consiste el trabajo?
Mildred ya elucubraba con ser cajera, encargada de personal, o si debería cooperar en la dirección de la cocina; no sabía bien en qué consistían esos trabajos, pero estaba segura de que los iba a poder desempeñar. La señora Boole le contestó rápidamente:
—Nada muy especial. Una de las camareras se ha casado, y quieren reemplazarla. Es un empleo simple... pero esas chicas sacan bastante, considerando que trabajan cuatro horas; no están ocupadas más que a la hora del almuerzo; esto le dejaría a usted suficiente tiempo libre para ocuparse de sus hijas y de su casa... y, por lo menos, es un trabajo.
La idea de ponerse un uniforme, llevar bandejas y ganarse la vida con propinas la hizo sentirse mal. Sus labios temblaban, y los recorrió con la lengua para humedecerlos y tratar de serenarse.
—Señora Boole, le estoy agradecidísima, me doy cuenta, naturalmente, de que es una excelente oportunidad... pero no estoy segura de servir para eso.
Súbitamente, la señora Boole enrojeció y comenzó a hablar como si no supiera muy bien lo que decía.
—Bien, lo siento mucho, señora Pierce, si la he hecho venir para proponerle algo que no puede aceptar, lo siento. Yo tenía la impresión de que usted quería trabajar.
—Yo quiero, señora Boole, pero...
—¡Oh!, no se moleste, señora Pierce, lo entiendo perfectamente.
La señora Boole se había puesto de pie. Mildred huía hacia la puerta con el rostro enfurecido. Poco después se encontraba una vez más en el ascensor, y al salir a la calle se odiaba a sí misma y presentía que la señora Boole también la debía de odiar, además de despreciarla y considerarla una boba.
Poco después fue a inscribirse en una agencia de empleo. Consultó la guía telefónica y se decidió por la de Alice Brooks Turner, principalmente a causa de la llamativa brevedad de su anuncio:
CONTABLES
CAJEROS
VENDEDORES
GERENTES
Alice Brooks Turner
Únicamente personal experto
La señorita Turner, que tenía sus dependencias en uno de los edificios de oficinas del centro, resultó ser una persona muy estilizada, no mucho mayor que Mildred, y de aspecto duro. Fumaba en una larga boquilla, de la que se sirvió, sin necesidad de mirarla, para señalarle un pequeño escritorio al que dirigirse para rellenar un cuestionario. Esforzándose por escribir nítidamente, Mildred suministró lo que le pareció un absurdo y exagerado montón de información sobre sí misma; desde su edad, peso, altura y nacionalidad, hasta su religión, educación y exacto estado civil. Muchas de estas preguntas le parecieron improcedentes, y otras, francamente impertinentes. No obstante, las contestó. Cuando llegó a la pregunta: «¿Qué clase de trabajo desea?», tuvo una duda. ¿Qué clase de trabajo deseaba? Cualquier clase de trabajo por el que se le pagara algo, pero, evidentemente, no podía decir eso. Escribió: «Recepcionista». Igualmente consideró escribir «Endocrina», que pese a que ignoraba lo que significaba, le había llamado la atención hacía unas semanas, y sonaba suficientemente autoritario. Luego le llegaron los gigantescos espacios en blanco que debía rellenar con los nombres de sus antiguos empleadores. Con pesar escribió: «Sin empleo anterior». Luego firmó y fue a entregar sus respuestas. La señorita Turner le indicó que se sentara, examinó lo que Mildred había escrito, sacudió la cabeza y tiró el informe sobre el escritorio.
—No tiene ninguna posibilidad.
—¿Por qué?
—¿Sabe qué es una «recepcionista»?
—Bien, no sé qué es, pero...
—Una recepcionista es una holgazana, que no sabe hacer absolutamente nada y quiere estar exactamente donde todos pueden ver cómo lo hace. Es la que siempre lleva un vestido de seda negra, cortado muy bajo en la parte del escote y muy alto en la parte de las piernas, que se sienta a un paso de la puerta de entrada, frente a la más sencilla de las centralitas telefónicas, y que da con el número correcto una vez de cada cien. Ya sabe, la misma que le dice: «Tome asiento, el señor Doakes le atenderá dentro de unos minutos». Para luego continuar enseñando las piernas y arreglándose las uñas. Si duerme con Doakes, recibe veinte dólares por semana; de lo contrario, doce. No es nada personal, ni pretendo herir sus sentimientos, pero por lo que ha escrito en este cuestionario, yo diría que esa es la descripción que le corresponde.
—No, no me molesta. Ni me quitará el sueño.
Si el desplante de Mildred impresionó a la señorita Turner, el efecto no se notó. Movió la cabeza y dijo:
—Estoy segura de que usted duerme bien. ¿No lo hacemos todos? Pero yo no tengo una casa de citas, y sucede que, hoy en día, a las recepcionistas no las quiere nadie. Tuvieron su momento. Sus buenos tiempos, cuando incluso los prestamistas las exhibían en la entrada de sus negocios como señal de distinción. Pero después se descubrió que no eran estrictamente necesarias y los empresarios empezaron a acostarse con sus esposas. Fuera como fuere, creció la tasa de natalidad. Así que supongo que usted no ha tenido demasiada suerte.
—Aparte de recepcionista, podría ser alguna otra cosa.
—No, no podría.
—Pero, escúcheme...
—Si supiera hacer alguna otra cosa, lo hubiera escrito en este cuestionario con letras bien grandes. Cuando se escribe «recepcionista», para mí ya no queda ninguna esperanza. Es un caso perdido, y no vale la pena que usted me haga perder el tiempo ni que yo se lo haga perder a usted. Pondré su tarjeta en el archivo, pero ya se lo he dicho, y se lo vuelvo a repetir: no tiene la menor probabilidad de conseguir trabajo.
Evidentemente, la entrevista había llegado a su fin, pero Mildred forzó la situación para poder soltar un pequeño discurso para venderse. Se fue animando con sus propias palabras y explicó que se había casado antes de cumplir los diecisiete años, de modo que, mientras otras mujeres aprendían profesiones, ella formaba un hogar y criaba a dos niñas, hechos que, por lo general, no eran considerados una carrera desgraciada. Ahora que su matrimonio se había disuelto, deseaba saber si era justo que se la castigara por lo que había hecho, y se le negara el derecho de ganarse el sustento como cualquier otro ser humano. Además, agregó, no había estado dormida. Había aprendido a ser una buena ama de casa, una buena cocinera, hasta el punto de que el poco dinero que conseguía provenía de los postres que vendía en su vecindario. Si podía hacer eso, también podía hacer otras cosas. Y repetía:
—Lo que hago, lo hago bien.
La señorita Turner extrajo un montón de cajones y los puso en fila sobre el escritorio. Contenían tarjetas de todos los colores. Mirando intencionadamente a Mildred dijo:
—Le he dicho que usted no está cualificada. Muy bien, mire esto y comprenda lo que le quiero decir. En estos tres cajones figuran los que ofrecen empleo, personas que me llaman a mí cuando necesitan a alguien. A mí, precisamente a mí. Me llaman a mí porque yo no les engaño y les ahorro la molestia de hablar con memos, como usted. ¿Ve las tarjetas rosas? Significan «no queremos judíos». ¿Ve las azules? Esas significan «no queremos gentiles». No son muchas, pero hay algunas. Eso nada tiene que ver con usted, pero le dará una idea. En este escritorio vendemos a gente igual que se vende ganado en los corrales de Chicago, exactamente por la misma razón: tienen lo que el comprador busca. Muy bien, ahora mire un momento algo que a usted le interesa. ¿Ve esas tarjetas verdes? Esas significan «no queremos mujeres casadas».
—¿Podría preguntar por qué?
—Porque, precisamente cuando la actividad es mayor, las maravillosas amas de casa como usted tienen la costumbre de recibir una llamada telefónica para decirles que Juanito tiene tos, y allá se van corriendo. Y a lo mejor no vuelven hasta el día siguiente o... hasta la semana siguiente.
—Alguien tiene que cuidar a Juanito.
—Esta gente, estos patrones que figuran en las tarjetas verdes, no está muy interesada en Juanito. Y otra costumbre que ustedes, maravillosas amas de casa, suelen tener, es la de acumular gran cantidad de deudas, que, según creían, pagaría su adorado esposo. Pero cuando él no lo hace, ustedes salen a buscar trabajo. Y entonces ocurre que contra el primer pago que les corresponde se presentan dieciocho demandas de embargo... y la vida es demasiado corta para esas cosas.
—¿A usted le parece justo?
—Yo lo llamo verde. Me guío por el color de las tarjetas.
—Yo no debo un centavo.
—¿Ni uno?
Sintiéndose culpable, Mildred pensó en el interés de la hipoteca que debía pagar el 1 de julio, y la señorita Turner, viéndola vacilar, dijo:
—Ya me lo imaginaba... Ahora fíjese en estos otros cajones. Todos son de solicitantes de empleo. Estas son taquígrafas... se ofrecen por docenas casi gratis, pero, por lo menos, algo pueden hacer. Estas son secretarias graduadas y cualificadas... que se ofrecen también a docenas, pero que están en otro cajón. Aquí están las taquígrafas con experiencia en actividades científicas, enfermeras, ayudantes de laboratorio, químicas; todas ellas, capaces de hacerse cargo de un consultorio, dirigir un establecimiento que requiera tres o cuatro médicos o trabajar en un hospital. ¿Por qué la voy a tener yo a usted en cuenta antes que a ellas? Algunas de estas muchachas tienen doctorados y másters obtenidos en las facultades más prestigiosas del país. Aquí tiene una cantidad de taquígrafas que son contables. Cualquiera de ellas podría hacerse cargo de todo el trabajo de oficina de una empresa no muy grande, y aún disponer de tiempo para una siestecita. Estos son vendedores, hombres y mujeres; cada uno ofrece referencias de primera clase... Ellos son los que mueven realmente el producto. Todos están sin empleo, el producto detenido, y yo no sé cómo podría ponerla a usted delante de ellos. Y aquí está el grupo de los elegidos. Mírelo, un cajón entero, hombres y mujeres, todos ellos auténticos ejecutivos, directores, auditores o gerentes de cualquier negocio. Y cuando recomiendo a uno, sé que cobrará los honorarios que le corresponden. Todos están en casa, sentados junto al teléfono, esperando que les llame. Y no lo haré. No tengo nada que decirles. Lo que yo quiero que entre en su cabeza es esto: usted no tiene la menor posibilidad de conseguir trabajo aquí. Toda esta gente me duele, no duermo pensando en que no tengo nada que ofrecerles. Merecen que se les dé algo, y no encuentro el modo de hacer nada por ellos. Por eso no hay la menor probabilidad de que la coloque a usted por delante de ellos. No está cualificada. No existe ni una sola cosa que sepa hacer, y yo no soporto a la gente que no sabe hacer nada.
—¿Y cómo podría estar cualificada?
Los labios de Mildred temblaban de nuevo, del mismo modo que en la oficina de la señora Boole. La señorita Turner dirigió rápidamente la vista para otro lado y dijo:
—¿Me permite que le haga una sugerencia?
—Sí, claro.
—Yo no diría que usted tiene una belleza deslumbrante, pero sí una silueta de primera y dice que cocina bien y duerme mejor. ¿Por qué no deja de buscar empleo y le echa el anzuelo a un hombre para casarse de nuevo?
—Ya lo intenté.
—¿Y no dio resultado?
—Veo que no se le escapan los detalles. Eso fue lo primero que pensé, y por un rato pareció funcionarme. Él no lo dijo, pero creo que el hecho de tener dos hijas me descalificaba.
—Vamos, vamos, me parte el corazón.
—No sabía que usted tuviera corazón.
—Ni yo tampoco.
La fría lógica de las palabras de la señorita Turner le llegó hasta las entrañas, hasta donde no le habían llegado las caminatas, las esperas y las esperanzas de las últimas semanas. Volvió a su casa, no pudo contenerse más y lloró durante una hora. Sin embargo, al día siguiente se inscribió en otras tres agencias. Comenzó a hacer cosas desesperadas, como entrar súbitamente en una tienda cuando iba por la calle para pedir que le dieran trabajo. Un día entró en un edificio de oficinas, subió al piso más alto y llamó a todas las puertas hasta llegar de nuevo abajo. Solo consiguió que la atendieran en dos empresas. La proximidad del pago del 1 de julio la perseguía y poco a poco se fue debilitando y palideciendo hasta consumirse. Planchó tantas veces el vestido estampado que llegó a temer por las costuras, y las examinaba cuidadosamente cada vez que debía ponérselo. Se alimentaba de pan y cereales, reservando para las niñas los huevos, el pollo y la leche que podía comprar.
Una mañana la sorprendió una tarjeta que le enviaba la señorita Turner; le pedía que fuera a verla. No tardó más de cuatro minutos en vestirse, tomó el autobús de las nueve y a las nueve y media llegó a la pequeña oficina que ya conocía. La señorita Turner le hizo una seña para que tomara asiento.
—Surgió algo, por eso le envié la tarjeta.
—¿De qué se trata?
—Ama de llaves.
—¡Oh!
—No se trata de lo que usted piensa; no ponga ese tono de voz. Por lo que yo sé, no deberá quedarse a dormir. Y en esto no intervengo profesionalmente. Yo no me ocupo del servicio doméstico y no cobraré ninguna comisión. Pero la otra noche estaba en Beverly Hills, hablando con una señora que pronto se casará con un director de cine, y aunque el futuro marido todavía no lo sabe, introducirá grandes reformas en el nuevo hogar. Quiere un ama de llaves. Así que, de acuerdo con todas las habilidades domésticas que me contó, le hablé de usted; el puesto es suyo si lo desea. No hay problema con las niñas. Tendrá sus propias dependencias y creo que puede sacarle ciento cincuenta si se pone dura, pero será mejor que empiece por doscientos, para después negociar. Todo ese dinero será para usted neto, porque los uniformes, la comida, la lavandería, la calefacción, la luz y muchas otras cosas correrán por cuenta de la señora.
—No sé qué decirle.
—Lo que debe hacer es decidirse. Debo darle una respuesta.
—¿Por qué ha pensado en mí para este empleo?
—¿No se lo había dicho ya? Me partió el maldito corazón.
—Sí, pero... esta es la segunda vez que me ofrecen algo parecido. No hace mucho una señora me ofreció un trabajo de camarera.
—¿Y usted lo rechazó?
—Tuve que hacerlo.
—¿Por qué?
—No podría volver a casa y mirar a mis hijas si ellas supieran que me he pasado el día recibiendo propinas, usando un uniforme y recogiendo las migas.
—¿Y las puede usted mirar de frente sin llevarles nada de comer?
—Prefiero no hablar de eso.
—Óigame, esta es la simple opinión de una mujer, y puede ser que esté completamente equivocada. Yo tengo mi negocio, que en este momento no es boyante; apenas me sostengo, pero lo consigo a fuerza de almorzar en salones de té y no en un gran hotel. Y si las cosas van de mal en peor y me veo obligada a elegir entre mi estómago y mi orgullo, le puedo asegurar, sin lugar a dudas, que siempre me pondré de parte de mi estómago. Quiero decir que si tuviera que usar un uniforme, lo aceptaría.
—Por consideración a usted iré a ver a esa señora.
Por primera vez la señorita Turner perdió su inquebrantable dureza y pareció exaltarse.
—¿Qué tengo que ver yo con todo esto? Usted acepta o rechaza el trabajo. Si no lo quiere, me lo dice y todo lo que yo tengo que hacer es llamar a la señora y comunicárselo. Pero si usted lo quiere, hágame el favor de presentarse en esa casa y comportarse como corresponde.
—Iré por consideración a usted.
La señorita Turner sacó del cajón una tarjeta y furiosamente escribió unas palabras. Le salían chispas de los ojos cuando se la entregó a Mildred.
—Y ahora diré por qué le ofrecieron antes ese trabajo en el restaurante y por qué la he recomendado como ama de llaves. Es porque usted ha dejado que se le escapara la mitad de la vida sin aprender más que a dormir, a cocinar y a servir la mesa, y porque usted solo vale para eso. De modo que preséntese allí. Eso es lo que, en definitiva, tiene que hacer, y no hay ninguna razón para que no lo empiece a hacer ahora mismo.
Mildred cogió el autobús a Sunset temblando, y como desconocía la dirección, le pidió al conductor que le dijera dónde debía bajar. En Coldwater Canon, la calle en la que el conductor le dijo que se bajara, no había rastro de la dirección que buscaba, así que se puso a andar sin rumbo por un barrio desconocido, intentando orientarse. Las casas eran grandes e imponentes, con jardines y entradas para automóviles, y rodeadas de césped bien cortado. No se atrevió a llamar a ninguna para averiguar dónde se hallaba. No pasaban peatones, y caminó con pesadez durante más de una hora para intentar orientarse en aquellas calles serpenteantes. Le entró un odio histérico contra Bert por haberse llevado el coche, pues teniéndolo, no solo se hubiera ahorrado tanto andar, sino que hubiera podido ir a una gasolinera a preguntar de forma decente y conseguir que un empleado le indicara el camino en un mapa. Pero aquí no había gasolineras, ni nadie a quien preguntar: nada, aparte de kilómetros y kilómetros de asfalto desierto, sombreado por árboles espesos. Finalmente se acercó a un camión de una lavandería que se había detenido y el conductor la orientó. Encontró la casa; era una gran mansión rodeada por un seto bajo. Fue hasta la puerta y llamó. Apareció un criado vestido con chaqueta blanca. Cuando le preguntó por la señora Forrester, se inclinó y se hizo a un lado para dejarla pasar. Entonces se dio cuenta de que no había llegado en coche y, reaccionando, dijo:
—¿Ama de llaves?
—Sí, me ha enviado...
—Por allí detrás, entonces.
Sus ojos despidieron una luz que destilaba veneno, cerró la puerta, y, enfurecida, Mildred recorrió penosamente el camino hasta la puerta de servicio. El mismo criado la hizo pasar y le dijo que esperara. Estaba en una especie de patio para la servidumbre, y notó que, desde la cocina, que quedaba solo a unos pocos pasos, la observaban la cocinera y una criada. El criado la condujo a través de pasillos oscuros hasta una biblioteca, y allí la dejó. Se sentó, satisfecha de poder dar un descanso a sus doloridos pies. Pocos minutos después entró la señora Forrester. Era una mujer alta, que vestía un vaporoso salto de cama con mucho vuelo, y que hacía sentirse cómodo a todo el mundo con su inagotable amabilidad. Mildred se levantó, le entregó la tarjeta de la señorita Turner y se volvió a sentar, mientras la señora Forrester la leía. Evidentemente decía algo halagador, porque hizo un par de movimientos de aprobación con la cabeza. Sonriendo, la señora Forrester le dijo:
—Mildred, la costumbre establece que la servidumbre puede sentarse cuando la señora de la casa se lo indica, no por propia iniciativa.
Mildred se quedó tan sorprendida al escuchar que se dirigían a ella por su nombre de pila, que transcurrió un instante antes de que se diera cuenta de la situación en que se hallaba. Entonces se levantó de un salto, como si sus piernas fueran un par de resortes, con la cara roja y la boca seca.
—¡Oh!, perdóneme usted.
—No es para tanto, pero tratándose de una mujer sin experiencia, me parece bien comenzar desde el principio cuidando los pequeños detalles. Siéntese. Tenemos que hablar de muchas cosas y no quiero que se quede de pie tanto rato.
—Estoy perfectamente bien.
—Mildred, le he dicho que se siente.
Algo le oprimía la garganta, lágrimas de indignación pugnaban por asomarse a sus ojos. Mildred se sentó mientras la señora Forrester hablaba grandilocuentemente de sus planes para reorganizar la casa. Al parecer, era la residencia de su futuro esposo, aunque lo que hacía allí la señora en salto de cama, un mes antes de la ceremonia, es algo que no se molestó en explicarle. Mildred tendría sus habitaciones independientes encima del garaje. La señora Forrester tenía dos hijos de un matrimonio anterior, y, naturalmente, estaba prohibido que confraternizaran con las hijas de Mildred. No sería problema, pues Mildred y sus hijas tendrían su propia entrada por el callejón. Mildred escuchaba, o, más bien, trataba de hacerlo, hasta que, de repente, una visión le saltó a los ojos; vio a Veda, altanera y vanidosa, recibiendo la orden de utilizar solamente la puerta trasera y la de mantenerse a distancia de los hijos de Forrester. En ese momento, Mildred comprendió que si aceptaba la ocupación, perdería a Veda. Se iría con su padre, con su abuelo, a la policía, o a vivir en un banco de la plaza, pero nadie la haría quedarse a vivir sobre el garaje de los Forrester, ni siquiera a la fuerza. La ola de dignidad que adivinaba en la criatura penetró en su propia sangre y se puso de pie.
—Señora Forrester, creo que no soy la persona que usted necesita.
—La señora es quien determina cuándo finaliza la entrevista, Mildred.
—Señora Pierce, si no le importa. Y soy yo quien decide finalizar la entrevista.
Esta vez fue la señora Forrester quien se levantó como si sus piernas fueran resortes, y si contemplaba la posibilidad de continuar con sus instrucciones sobre las relaciones de la servidumbre con la señora, tuvo que cambiar de parecer. Se descubrió observando la mirada estrábica de Mildred y parpadeó inquietantemente. Apretó un botón y dijo fríamente:
—Harris la acompañará hasta la puerta.
—Muchas gracias, puedo salir sola.
Tomó su bolso y salió de la biblioteca, pero en lugar de dirigirse hacia la cocina se fue derecha a la puerta principal, la abrió, salió y finalmente la cerró con toda la calma. Fue flotando hasta la parada de autobús y atravesó Hollywood sin fijarse en nada en todo el camino. Cuando advirtió que se había bajado antes de tiempo y que tenía que andar dos manzanas para tomar la línea de Glendale, perdió el vigor que la sostenía y le empezaron a temblar las piernas. En Hollywood Boulevard, el banco estaba ocupado y se quedó de pie. Las cosas comenzaron a dar vueltas a su alrededor y la luz del sol adquirió una intensidad poco natural. Sabía que tenía que sentarse o caería allí mismo sobre la acera. Dos o tres puertas más adelante había un restaurante y se metió dentro. Estaba lleno de gente almorzando, pero encontró una pequeña mesa contra la pared, y se sentó.
Cogió la carta y la volvió a dejar rápidamente, para que la muchacha que la servía no notara que le temblaban las manos. Pidió un sándwich de jamón con lechuga, un vaso de leche y otro de agua, y le sirvieron tras una espera interminable. La muchacha que la atendía perdía el tiempo y no se concentraba en su trabajo, se quejaba de lo mucho que le exigían y de lo poco que le pagaban, y Mildred sospechó, vagamente, que la estaba acusando de haberle robado una propina. La posibilidad de caer desmayada le impidió entablar una discusión; solo insistió en que le trajeran el agua cuanto antes. Finalmente, llegó su pedido y se puso a comer maquinalmente. El agua le despejó la cabeza y la comida la reanimó, pero todavía se retorcía algo en su interior, algo que no tenía nada que ver con la caminata, las discusiones y los disgustos de toda la mañana. Estaba triste, y cuando a su lado oyó una resonante bofetada, apenas volvió la cabeza para mirar. La muchacha que la había servido se dirigía a otra, y mientras Mildred la observaba, le dio una segunda bofetada.
—¡Te he descubierto, ladrona, puerca! Te he pillado con las manos en la masa.
—¡Chicas! ¡Chicas!
—La he descubierto. Hace tiempo que lo hacía; robaba las propinas de mis mesas. Ha cogido diez centavos de la mesa dieciocho, antes de que se sentara esa señora, y ahora ha robado quince de la propina de cuarenta centavos de aquí... La he visto cuando lo hacía.
En un momento, el local se convirtió en una colmena; otras muchachas la acusaban también, la encargada trataba de restablecer el orden y el dueño salió de la cocina para ver qué ocurría. Era un griego pequeñito, de ojos negros, brillantes. Sin mayores discusiones, despidió a las dos muchachas y se disculpó ante los clientes. Cuando las camareras se marcharon tristemente, vestidas con sus trajes de calle, minutos más tarde, Mildred estaba tan absorta en sus pensamientos que ni siquiera devolvió el saludo a la que le había atendido. De hecho, no se percató de que se enfrentaba a una de las decisiones culminantes de su existencia hasta que tuvo a la encargada de frente, en delantal, sirviendo los pedidos. Necesitaban servicio, y lo necesitaban inmediatamente, era evidente. Miró el vaso de agua, apretó los labios y tomó una irrevocable decisión. Dejó diez centavos sobre la mesa. Se levantó, fue hasta la caja y pagó su cuenta. Luego, como si tuviera que dirigirse a la silla eléctrica, dio media vuelta y se dirigió hacia la cocina.
4
Las dos horas siguientes fueron para Mildred una pesadilla. No consiguió el empleo tan fácilmente como había supuesto. El propietario, cuyo nombre era Makadoulis, pero a quien todo el mundo llamaba señor Chris, tenía la intención de aceptarla, especialmente porque la encargada le gritaba en los oídos:
—Tiene que contratar a alguien. La terraza es un caos. Hay un desorden espantoso.
Cuando las otras camareras vieron a Mildred, y adivinaron por qué estaba en la cocina, la rodearon, y acaloradamente se opusieron a que le dieran el empleo, a no ser que Anna recuperara el suyo. Anna, según dedujo Mildred, era la muchacha que la había servido y que agredió a la otra; y como todas, aparentemente, habían sido víctimas de la ladrona, consideraban a Anna su representante, y se negaban a que fuera la cabeza de turco. Exponían sus razones ruidosamente, hacían aspavientos y sus gritos retumbaban por todas partes, mientras en el mostrador se acumulaban los pedidos. Una de las muchachas más nerviosas, al hacer un aspaviento, lanzó por los aires un plato que contenía un sándwich especial. Mildred lo recogió. Estaba deshecho, pero ella lo rehizo, y sus hábiles dedos lo volvieron a poner sobre el mostrador, en perfectas condiciones. El cocinero, un hombre gigantesco llamado Archie, observó su exhibición impasiblemente, pero cuando el sándwich volvió al mostrador le reconoció la obra con un gesto. Inmediatamente comenzó a golpear sobre la mesa con la palma de la mano. Se hizo un silencio absoluto, que nadie había podido imponer antes. El señor Chris se dirigió a las camareras:
—Muy bien, muy bien.
Se había arreglado así el problema de Anna y ya no hubo inconveniente en que la encargada llevara a Mildred al vestidor, donde le asignó una taquilla, al mismo tiempo que le mostraba un menú.
—Quítese el vestido y estudie este menú; así nos servirá de algo. Le buscaré un uniforme de su talla. ¿Cuál es?
—La diez.
—¿Ha trabajado antes en algún restaurante?
—No.
—Estudie la lista, especialmente los precios.
Mildred se quitó el vestido, lo colocó en la taquilla y miró fijamente la lista. Figuraban en ella almuerzos completos por cincuenta y cinco y sesenta y cinco centavos, además de platos individuales, como fiambres, chuletas, postres y bebidas de toda clase, muchas de las cuales tenían nombres incomprensibles para ella. A pesar de concentrarse cuanto podía, la lista le resultaba un embrollo. La encargada regresó enseguida con el uniforme; era de tela azul pálido, con puños, bolsillos y cuello blancos. Se lo puso mientras escuchaba.
—Aquí tiene el delantal. Usted paga el uniforme; se le descuenta de su primer salario; se lo entregamos a precio de coste: tres noventa y cinco; y se encarga de tenerlo limpio. Pero si no nos sirve, no tiene por qué llevárselo; simplemente le cobraremos un alquiler de veinticinco centavos. Si la aceptamos tendrá que pagarlo entero. Aquí pagamos veinticinco centavos por hora de trabajo, y además le corresponden las propinas.
—¿Cuál es su nombre, señorita?
—Ida. ¿Y el suyo?
—Mildred.
Mientras se dirigían al comedor, pasando por la cocina, Ida le dijo al oído:
—Le daré una tarea fácil. Las mesas tres, cuatro, cinco y seis; esas pequeñas que están contra la pared. Así no tendrá que atender a cuatro clientes a la vez. Las mesas de uno y de dos son más fáciles. Apenas llegan piden rápidamente, les tomas nota y enseguida están comiendo. Yo la ayudaré, y vigilaré también cómo marchan sus pedidos, para que no se confundan con las de las otras.
Llegaron al comedor, donde Ida le señaló las mesas que le correspondían. Tres de ellas estaban ocupadas por personas que habían pedido antes de la pelea; en la cuarta estaban dos mujeres que habían entrado más tarde. Todos, sin excepción, se sentían molestos con los retrasos. Sin embargo, a Mildred no se le permitió comenzar aún. Ida la condujo hasta donde estaba la cajera, una rubia con cara de pescado, que malhumoradamente le enumeró todas las quejas recibidas y la deserción de cinco clientes. Ida la hizo callar y le pidió una libreta de pedidos para Mildred.
—Tendrá que responsabilizarse de cada una de estas hojas. Aquí pone su número, que es el nueve, y al lado el de la mesa, y aquí la cantidad de clientes. Debajo apunte todo lo que le ordenen. Pero lo más importante: no hay que equivocarse. Todos los errores los paga el empleado; si se equivoca se le deduce del salario. Siempre paga usted.
Con esta desagradable advertencia resonando aún en sus oídos, Mildred se acercó a las dos mujeres que esperaban ser atendidas, les entregó la carta y les preguntó qué deseaban. Le contestaron que aún no sabían si tomarían algo en un lugar como ese, y le preguntaron qué clase de local era ese si ni siquiera se molestaban en disculparse con los clientes por haberlos hecho esperar. Mildred, casi histérica por lo que había tenido que soportar ese día, estuvo tentada de bajarles los humos con la misma contundencia que usó con la señora Forrester. Sin embargo, encontró la manera de sonreír, dijo que se habían producido unas pequeñas dificultades y que si tenían un poquito más de paciencia, ella buscaría el modo de que se las sirviera inmediatamente. Luego, aferrándose a lo único que recordaba de la lista, agregó:
—El pollo asado está buenísimo hoy.
Las mujeres, ya menos irritadas, se decidieron por el pollo que figuraba en el almuerzo de sesenta y cinco centavos, pero una de ellas exigió:
—Yo quiero el mío sin salsa, sin ninguna clase de salsa ni cosa parecida. No la puedo ver.
—Sí, señorita, muy bien.
Mildred se dirigió a la cocina, casi llevándose por delante a otra camarera que volvía cargada de platos. Llegó y le dijo a Archie:
—¡Dos pollos asados! ¡Uno sin salsa!
Por suerte, la siempre vigilante Ida estaba a su lado, y gritó, para corregirla:
—¡Reservamos una salsa, reservamos una! —Condujo a Mildred de un brazo hacia un lado, diciéndole con agitación—: Hay que hacer bien el pedido. No se puede trabajar en ninguna parte si no se mantienen buenas relaciones con el cocinero, y al cocinero hay que saber pedirle. Métase esto bien en la cabeza: si hay que sacar algún ingrediente de un plato, no basta con un «sin»; ha de decirle que «reservamos» lo que se trate.
—Sí, señorita.
—Tiene que llevarse bien con el cocinero.
Mildred comenzó a comprender vagamente por qué esos golpes sobre la mesa habían impuesto orden y, en cambio, el señor Chris no había podido hacer nada contra las camareras sublevadas, que le gritaban de cualquier manera. Siguiendo el ejemplo de las otras camareras, que rellenaban sus sopas, Mildred, se acercó a la olla de la sopa y sirvió una crema de tomate que sus clientes habían elegido. Pero Ida no la abandonaba.
—Lleve los entrantes. Lleve los entrantes.
Ante la mirada de incomprensión de Mildred, Ida tomó dos platos de ensalada del mostrador de fiambres, colocó dos porciones de mantequilla en sendos platitos y le indicó que los llevara rápidamente, mientras preguntaba:
—¿Ya les ha servido el agua?
—Todavía no.
Ida se fue hasta el grifo, llenó dos copas de agua y las colocó junto a los entrantes. Colocó dos servilletas y dijo:
—Sírvales antes de que se larguen.
Mildred contempló, asombrada, la variedad de cosas que debía transportar.
—¿Puedo utilizar una bandeja?
Ida, desesperada, levantó los platos, las copas y las servilletas, que quedaron extendidos como naipes por sus dedos y a lo largo del antebrazo en perfecto equilibrio.
—Coja las sopas y venga.
Antes de que Mildred terminara de admirar la rápida maniobra de Ida, esta había desaparecido. Mildred cogió cuidadosamente los platos de crema y, como las otras, abrió la puerta de salida con el pie. Puso tanto cuidado en no volcarlos que tardó bastante en llegar a la mesa. Allí estaba Ida, calmando a las dos mujeres, cuyas miradas indicaban que ya estaban al corriente de estar siendo atendidas por una camarera nueva e inexperta, y que, por favor, se le tuviera consideración. Enseguida las dos mujeres se entretuvieron a poner apodos a la camarera novata. Mildred se fue hacia la cocina para rebajar su malestar, pero no había forma de escaparse de Ida.
—Nunca salga o entre de la cocina sin llevar algo en las manos. Estará trotando todo el día y nunca terminará. Traiga esos platos sucios de la mesa tres. ¡Recoja algo!
La tarde se arrastraba pesadamente. Mildred se sentía atontada, pesada, lenta y torpe. A pesar de que trataba de llevar siempre algo en las manos, en las mesas que servía se acumulaban fuentes y platos sucios, y los pedidos se le amontonaban en la cocina, hasta tal extremo que pensaba que se volvería loca. El problema residía, según descubrió, en que carecía de la habilidad para llevar más de dos platos al mismo tiempo. Según le explicó Ida, las bandejas estaban prohibidas en el restaurante porque el espacio entre las mesas era muy reducido. Pero el arte de llevar media docena de platos a la vez se le escapaba. Hizo la prueba, pero su mano cedió bajo el peso, y casi perdió una copa de helado. El momento cumbre llegó a las tres de la tarde. En el comedor ya no quedaban clientes, y la cajera con cara de pescado se acercó para comunicarle que había perdido una cuenta. La comprobación subsiguiente demostró que la cuenta era de cincuenta y cinco centavos, lo que equivalía a decirle que no cobraría nada por su hora de trabajo. Hubiera deseado arrojar a la cabeza de la cajera todo lo que había en el comedor. En cambio, dijo que lo sentía mucho y recogió los últimos platos sucios que quedaban sobre sus mesas.
En la cocina, Ida y el señor Chris estaban enzarzados en una discusión que, obviamente, versaba sobre Mildred. Por la expresión de sus rostros presintió que se había resuelto algo en su contra, y esperó miserablemente a que le comunicaran la decisión, para alejarse de Ida, de los friegaplatos filipinos, del olor y del ruido, para preguntarse de nuevo, desesperadamente, qué iba a hacer en adelante. Pero cuando ambos pasaron al lado de Archie, este hizo un gesto como el que haría un juez con autoridad absoluta. Los dos se sorprendieron, pero aceptaron el veredicto. El señor Chris dijo: «Muy bien, muy bien», y se fue al comedor. Ida se acercó a Mildred.
—Bien, Mildred, por lo que a mí respecta, no creo que usted sirva para este trabajo, y el señor Chris tampoco está muy impresionado, pero como el cocinero cree que usted puede servir, la dejaremos a prueba contra nuestra mejor opinión.
Mildred recordó el arreglo del sándwich especial y el gesto que Archie le hizo; comprendió que realmente era importante llevarse bien con el cocinero. Sin embargo, su enfado con Ida crecía por momentos y no hizo ningún esfuerzo por disimularlo.
—Por favor, agradézcaselo a Archie de mi parte y dígale que espero no defraudarlo.
Habló fuerte, para que Archie la oyera, y este se lo agradeció con una risotada de oso feliz.
Ida continuó:
—Las horas que le corresponden son de once de la mañana a tres de la tarde; si quiere desayunar tiene que entrar a las diez y media, y si quiere almorzar aquí antes de irse, puede hacerlo. Por la noche no hay mucho trabajo, y por eso solo trabajan tres muchachas en ese turno. Para cumplir ese horario nos turnamos. A usted le tocará venir dos veces por semana, de cinco a nueve; el salario es el mismo que al mediodía. Los domingos cerramos. Necesitará unos zapatos blancos como los de las enfermeras. Los encontrará en cualquier tienda por dos dólares y noventa y cinco centavos. Bien, Mildred, ¿qué le pasa? ¿No quiere este empleo?
—Estoy un poco cansada, eso es todo.
—No me extraña, ¡trota usted de un modo!
Cuando llegó a casa, las niñas acababan de volver de la escuela. Les sirvió leche, les dio unas galletas y las envió a jugar afuera. Luego se cambió de vestido, se puso unas zapatillas para descansar sus doloridos pies, y estaba a punto de recostarse cuando oyó la voz de la señora Gessler, que llegaba bastante malhumorada. Ike, según dijo, había pasado la noche fuera. Telefoneó a eso de las nueve, diciéndole que un asunto urgente le impediría llegar hasta el día siguiente. Eran cosas normales dentro de su trabajo, y regresó a la hora prevista; sin embargo... quién sabía... La verdad era que la señora Gessler no confiaba en Ike, ni en nadie, más allá de lo indispensable. Momentos después, Mildred le preguntó:
—Lucy, ¿me prestarías tres dólares?
—Y más de tres.
—No, muchas gracias. He conseguido un trabajo y necesito algunas cosas.
—¿Los quieres ahora mismo?
—Puedo esperar hasta mañana.
La señora Gessler se fue y Mildred se dirigió a la cocina a preparar un poco de té. Cuando volvió, y se sentó satisfecha frente a la taza humeante, le tendió un billete a Mildred.
—No tengo tres, pero aquí tienes cinco.
—Gracias, ya te los devolveré.
—¿Qué clase de trabajo es?
—¡Oh!, un trabajo cualquiera.
—No quiero entrometerme... pero si es esa clase de trabajo que tú y yo sabemos, espero que hayas encontrado algo de calidad. Tú eres muy joven para ganar solo dos dólares, y por lo que a mí respecta, no me gustan los marineros.
—Trabajo en un restaurante.
—¡Qué gracioso! No es asunto mío, pero durante todo el tiempo que has buscado trabajo como vendedora o lo que fuera, no dejaba de preguntarme por qué no lo buscabas de camarera.
—Pero ¿por qué, Lucy?
—¿Qué sacarías con ser vendedora? Cualquiera que sea el modo de pago, cuando vendes mercancías lo haces, en definitiva, a comisión; porque si no vendes una determinada cantidad te despiden. Pero ¿quién compra nada hoy en día? Lo único que hubieras hecho es pasarte el día en la tienda, esperando la oportunidad de ganar algo, sin vender nada. Sin embargo, la gente come, incluso hoy, salen a comer. Así que siempre te entrará un dinero. Y además... no sé... te parecerá gracioso, pero creo que vender no es lo tuyo. Para esto, en cambio...
Todas las palabras de la señora Boole, todas las de la señorita Turner, todo lo que había tenido que aguantar, y luego la visita que hizo a Beverly Hills, todo junto se abalanzó sobre Mildred, de repente, como un torbellino, y tuvo que escapar al cuarto de baño. La leche, el sándwich, el té, lo devolvió todo entre sollozos inconsolables. La señora Gessler se le acercó, le sostuvo la cabeza, le secó la boca, le dio agua y la condujo cuidadosamente hasta la cama. Allí cayó en una crisis histérica, temblando, sollozando y retorciéndose. La señora Gessler la desvistió y la acarició. Le dijo que no se contuviera, que se desahogara, y las lágrimas le corrieron a borbotones por el rostro hasta que finalmente se tranquilizó. Era una tranquilidad triste y sin esperanza.
—No lo puedo hacer, Lucy. Simplemente no puedo.
—¡Pero querida! ¿Hacer qué?
—Usar el uniforme. Recibir las propinas. Atender a esa gente insoportable. Me ponen motes. Y uno de ellos me pellizcó la pierna. ¡Oh, aún lo siento! Aquí, aquí arriba.
—¿Cuánto te pagan?
—Veinticinco centavos por hora.
—¿Y las propinas?
—También.
—Querida, estás loca. Con las propinas te sacarás dos dólares diarios. Ganarás por lo menos veinte a la semana; mucho más de lo que has visto desde la quiebra de Hogares Pierce. Tienes que hacerlo, por tu bien. Nadie juzga a nadie por llevar uniforme a estas alturas. Estoy segura de que hasta te queda bien. Y, además, la gente tiene que hacer lo que puede...
—Basta, Lucy. Me voy a volver loca. Me voy a...
Al notar la mirada de su amiga, Mildred se contuvo para respirar y neutralizar su arrebato nervioso.
—Eso es lo que me han dicho, en las agencias y en todas partes, que lo único para lo que sirvo es para ponerme un uniforme y servir mesas...
—Y puede que tengan razón, de momento. Porque posiblemente te hayan querido explicar lo mismo que yo estoy tratando de decirte. Estás en la picota. Me gusta la gente con orgullo, y te admiro porque no lo hayas perdido. Pero te estás muriendo de hambre. ¿Crees que yo no me preocupo por ti? ¿No sabes que si no te traigo un asado, un jamón o algo así, todas las noches, es simplemente porque sé que me odiarías si lo hiciera? No tienes más remedio que aceptar ese trabajo.
—Ya lo sé. No puedo, y al mismo tiempo sé que tengo que hacerlo.
—Entonces, si tienes que hacerlo, hazlo y deja de llorar.
—Lucy, prométeme una cosa.
—Lo que quieras.
—No se lo digas a nadie.
—Nadie lo sabrá... Ni siquiera Ike.
—Ike no me preocupa. Tampoco no me preocupa lo que piense la gente. Te lo digo por las niñas, y si no quiero que se sepa es solo por miedo a que alguien se lo cuente. No lo deben saber... sobre todo Veda.
—Si quieres que te diga lo que pienso, diría que Veda tiene ideas raras.
—Yo respeto sus ideas.
—Yo no.
—Tú no la entiendes. En ella hay algo que yo también creía tener, pero que ahora he descubierto que no tengo. Orgullo o lo que sea. Nada en el mundo podría obligar a Veda a hacer lo que yo haré.
—Yo no daría un centavo por ese orgullo. Reconozco que es cierto lo que dices. Veda no lo haría, pero está perfectamente dispuesta a dejar que tú lo hagas mientras se come el pastel.
—Y eso es lo que yo quiero: que coma pastel y no pan duro.
Durante las seis semanas que invirtió en buscar trabajo apenas vio a Wally. La visitó una noche, después de que las niñas se acostaran. Se disculpó por lo que le había dicho en su primer encuentro y admitió que había actuado como un estúpido. Ella le dijo que estaba todo olvidado y lo invitó a pasar a la salita, aunque esta vez no se preocupó por encender la chimenea o servirle un cóctel. Y cuando se sentó a su lado y la rodeó con su brazo, se incorporó y aprovechó para dejarle las cosas claras con uno de sus pequeños discursos. Le dijo que se alegraría siempre de recibirlo, si venía como amigo. Que debía quedar perfectamente sobreentendido que lo pasado pasado estaba y no debía ser recordado bajo ninguna circunstancia. Si él estaba de acuerdo, ella estaría encantada de recibirle. Él contestó a todo que sí y confesó su atracción.
Desde ese día, volvió con bastante frecuencia, a eso de las nueve, pues no quería que las niñas se enteraran de cuán seguidas eran las visitas. Una vez, mientras las niñas pasaban el fin de semana en la casa de sus abuelos, fue a buscarla para invitarla a salir. Ella sugirió ir a un lugar modesto, porque su vestido estampado no podía ser exhibido en ninguna otra parte. Cogieron el coche y comieron en un restaurante de las afueras, cerca de Ventura. Una noche, cuando los problemas de Mildred habían alcanzado un punto desesperante, él se sentó a su lado, en el sofá, y ella no se movió. Cuando la rodeó con el brazo, de una forma entre amistosa y despreocupada, no se resistió, y cuando le acercó la cabeza al hombro, le dejó hacer. Se quedaron así, sentados largo rato, sin hablar. Y de este modo, con la puerta bien cerrada, las cortinas echadas y las cerraduras selladas, reanudaron su romance en la salita. Quizá «romance» no fuera la palabra, pues Mildred apenas sintió un cosquilleo. Pero fuera lo que fuera, le sirvió para conquistar dos horas de olvido, de alivio y de abandono.
Esa noche deseaba la visita de Wally para no tener que pensar en el uniforme que debía comprar al día siguiente, o en la frase que usaría al empezar a servir una mesa. Pero cuando el timbre sonó, se sorprendió, porque eran solo un poco más de las siete. Fue hasta la puerta, y allí, en vez de Wally, encontró a Bert.
—¡Oh!, ¿qué tal, desconocido?
—¿Cómo estás, Mildred?
—No me puedo quejar. ¿Y tú?
—Muy bien. Pensaba haceros una visita, y de paso llevarme un par de cosas que dejé en el escritorio.
—Muy bien, entra.
De repente la irrupción bulliciosa de las niñas pospuso cualquier posibilidad de que hablaran de sus cosas. Ambas llegaron corriendo y se lanzaron a los brazos de su padre. Al rato las estaba midiendo, solemnemente, para saber cuánto habían crecido desde que las había visto por última vez. Su conclusión fue que «como mínimo cinco centímetros o quizá más». Tal y como Mildred sospechaba, se habían visto el fin de semana anterior, porque no se crece tanto tan rápido, pero se suponía que era un secreto, y no tenía interés en violarlo, así que aprobó oficialmente los cinco centímetros. Pasaron todos a la salita y Bert se sentó en el sofá con una niña a cada lado. Mildred le contó las principales novedades: ambas habían sacado buenas notas, Veda continuaba estudiando piano con espléndidos resultados, y a Ray le había salido un diente nuevo. La niña lo mostró de inmediato, pero como era una muela tuvo que abrir mucho la boca para que se viera. Bert lo admiró y le dio una moneda para conmemorar el acontecimiento.
Las dos niñas le mostraron sus nuevos tesoros: las muñecas que les había regalado Gessler después de su viaje a San Pedro, apenas unos días antes; las coronas doradas que usarían para la fiesta de fin de curso en el colegio de aquí a dos semanas; algunas pelotas, dados transparentes y frasquitos de perfume obtenidos haciendo intercambio con otros niños. Luego Bert le preguntó a Mildred sobre varios conocidos, y ella le contestó en tono amistoso. Al dejar de ser el centro de atención, las niñas se empezaron a inquietar. Quisieron jugar a la pelota y Mildred se opuso, de modo que, tras recitar algunos de los versos que dirían en la fiesta escolar —lo que originó una discusión sobre quién los recordaba mejor—, Ray insistió en mostrarle a su padre el cubo de playa que le había regalado el abuelo. Como el cubo estaba en el garaje, y Mildred no tenía ganas de ir hasta allí, Ray se puso triste. Tomando el aire de quien salva una situación difícil, Veda dijo:
—¿Tienes mucha sed, papá? ¿Quieres que mamá abra la botella de whisky?
Mildred se enfadó todo lo que era capaz de enfadarse con Veda. Era el whisky regalado, que guardaba por si llegaba ese temido día en que tuviera que venderlo para comprar pan. No tenía la menor idea de que Veda estuviera enterada de su existencia, ni había supuesto que supiera cómo se abría una botella. Si la abrían, Bert se quedaría allí, sentado hasta consumir la última gota; y ella perdería, a un mismo tiempo, su whisky y su noche.
Ray se sumó a la propuesta de su hermana, se olvidó de su cubo de arena y dijo a gritos:
—Sí, papá, vamos a beber, emborrachémonos.
—Si tanto insistís, creo que podría tomar un vaso con mucho gusto.
Mildred se dio cuenta de que su whisky estaba perdido. Fue a su dormitorio, lo sacó de su armario y lo abrió en la cocina. Sacó los cubitos de hielo, preparó los vasos en una bandeja y buscó el sifón, que no se había movido de allí desde el invierno. Cuando terminó, apareció Veda y le preguntó:
—¿Te puedo ayudar, mamá?
—¿Se puede saber quién te ha dado permiso para hurgar en mi armario, haya bebidas o no?
—No sabía que fuera un secreto.
—De ahora en adelante, recuérdalo, soy yo la que invita.
—Pero mamá, es papá.
—No te quedes ahí mirándome como si no supieras de qué hablo. Sabes muy bien que no tenías por qué decir lo que has dicho, y lo sabías de antemano; se veía claramente en tu cara de pilla.
—Muy bien, mamá. Será como tú digas.
—Y deja ya de hablar como una tonta.
—Pero también te recuerdo que cuando papá invitaba, no se daban esta clase de tacañerías. Las cosas han cambiado en esta casa. Y no precisamente para mejor. Se diría que la casa ha caído en manos de campesinos.
—¿Sabes tú qué es un campesino?
—Un campesino es... una persona muy mal educada.
—Veda, algunas veces me pregunto si tienes algo de sentido común.
Veda se marchó y Mildred, dolorida, arregló la bandeja, pensando por qué su hija podía ponerla tan deprisa a la defensiva y, por extensión, herirla.
Tomar una bebida siempre había sido un motivo de alegría en esa casa desde que Bert preparaba ginebra casera en la bañera; así que el hábito impuso el tono de la noche. Bert sirvió primero a las niñas sendas bebidas bien cargadas, elucubrando en voz alta qué sería de ellas, y descubrió que no tenía la más mínima idea de cómo sería su generación. Para él y para Mildred sirvió dos porciones pequeñas, unas pocas gotas en cada vaso. Puso hielo y sirvió el sifón, colocó los vasos en la bandeja y se levantó para ofrecérselos. Valiéndose de un sorprendente malabarismo que Mildred nunca supo comprender, Bert siempre conseguía darles a las niñas las bebidas con poco alcohol, reservando para ellos las otras. Tan hábilmente lo hacía, que las niñas nunca le descubrían, y a pesar de observarlo atentamente, nunca conseguían los vasos que preparaba especialmente para ellas. En la época en que todas las bebidas eran del mismo color, siempre habían dudas. Bert aseguró a las niñas que les daba las bebidas cargadas, y como olían ligeramente a enebro, se lo creyeron. Y aunque esa noche el juego de manos fue tan hábil como de costumbre, el color del whisky destruyó el efecto. Necesitó confesar que estaba cansado y que necesitaba un estimulante para que las niñas aceptaran las bebidas «descoloridas», y le permitieran reservar los vasos bien cargados para Mildred y para él.
Esto era parte del ritual general, pero, una vez que estos efectos preliminares terminaban, cada una de las niñas disfrutaba la ocasión de una manera diferente. Para Veda era la oportunidad de lucir su meñique, de beber con rebuscada elegancia, haciéndose pasar por Constance Bennett. Era el momento de mostrar la conversación más refinada y de hacerle a su padre las más presuntuosas preguntas sobre «la situación». Él respondía con seriedad y extensamente, porque consideraba tales preguntas como un signo de inteligencia. Dijo que si bien las cosas habían ido mal durante algún tiempo, ahora estaban mejorando y creía que pronto volvería la prosperidad.
Para Ray esta era una oportunidad para emborracharse, como ella decía, y se entregaba a ello con un irrefrenable entusiasmo. En cuanto iba por la mitad del vaso, se ponía a saltar y a dar vueltas en medio de la habitación, riéndose a pleno pulmón. Mildred le aguantó el vaso a Ray mientras daba vueltas y vueltas hasta que se mareaba y caía, encantada de la vida. Cada vez que arrancaba su danza salvaje, Mildred sentía siempre que algo le atravesaba la garganta. Sentía vagamente que debía impedirlo, pero Ray lo disfrutaba tanto que nunca se atrevió. Esa noche, mirándola, le saltaban las lágrimas y se olvidó de su whisky. Veda, que ya no era el centro de atención, dijo:
—Personalmente, creo que es un espectáculo lamentable.
Ray pasó a cumplir la segunda parte de su ritual. Consistía en repetir una cancioncilla que decía:
Fui al zoo
de los pájaros y las bestias.
El viejo mandril
peinaba su pelo rojizo
a la luz de un candil.
El mono se embriagó,
y cayó sobre la trompa
del elefante, que estornudó
y cayó sobre sus rodillas.
¿Y qué fue del mono-monito?
Esa noche Ray introdujo algunos cambios; la palabra «bestias» no le gustaba y la cambió por «los pájaros y las abejas». Por la misma razón la palabra «rojizo» se convirtió en «marrón», y como la expresión «mono-monito» le resultaba muy simpática, la repitió varias veces: «mono-monito-monito-monito-monito-mono» Mientras tanto, su padre se quitó el cinturón e introdujo la hebilla en la parte posterior del cuello, de modo que, cuando se arrojó al suelo sobre manos y rodillas y dejó caer hacia delante, por encima de la cabeza, el otro extremo del cinturón, podía pasar por un elefante de circo. Ray se puso a dar vueltas a su alrededor, acercándose poco a poco, al mismo tiempo que cantaba. Cuando llegó a su lado y le torció la «trompa» dos o tres veces, él simuló estornudar ferozmente y se quedó tendido. Cuando se reincorporó, Ray había desaparecido. Lleno de ansiedad se dirigió a la chimenea gritando:
—Mono-monito-mono-monito.
—¿Has buscado en el armario?
—Mildred, estoy seguro de que está allí.
Abrió el armario, introdujo la cabeza y llamó. Mildred dijo que quizás estuviera en el pasillo, y allí fue. Luego buscó por todas partes, cada vez más alarmado. Finalmente, en un tono angustioso, preguntó:
—Mildred, ¿tú crees que ese mono-monito puede haberse evaporado por completo?
—Dicen que a veces ocurren cosas así.
—Eso sería terrible.
Veda cogió su vaso, con el meñique levantado, y bebió, dándose aires de importancia.
—De verdad, papá, yo no sé por qué te preocupas tanto. Me parece que cualquiera puede ver que está escondida detrás del sofá.
—Por decir eso te irás a la cama.
Los ojos de Mildred despedían llamas, y Veda se levantó rápidamente. Bert no les prestó atención. Arregló el cinturón que le colgaba de la cabeza y de nuevo, avanzando sobre las manos y las rodillas, cargó contra el sofá haciendo «¡buf, buf!». Tomó en sus brazos a Ray, que gritaba entusiasmada, le dijo que ya era hora de irse a la cama y le preguntó qué le parecía si esta vez su papá se encargaba de llevarla a dormir. Cuando Bert cargó a Ray, Mildred miró en otra dirección, porque reconoció que amaba a ese hombre como no podría amar a ningún otro, y sintió, en su corazón, un dolor opresivo.
Bert volvió del dormitorio de las niñas, se colocó de nuevo el cinturón y se sirvió otro whisky. Malhumorada, Mildred pensaba en el coche. No se le ocurrió pensar que Bert era la sexta persona con la que se había enfadado en lo que iba de día, y que todas ellas, de un modo u otro, eran solo las máscaras de su desesperación. Le faltaba inteligencia para reflexionar tanto; se trataba de un simple caso de injusticia. Ella estaba trabajando y él no. Se suponía que él no debía facilitarle la vida, aunque pudiera hacerlo sin problema. Bert le preguntó cómo estaba, y ella le dijo que muy bien, pero la presión de su cólera aumentaba y se daba cuenta de que explotaría de un momento a otro.
Sonó el timbre y ella fue a abrir, y cuando Wally le dio una palmada amistosa en el trasero, ella susurró apresuradamente:
—Está Bert.
El rostro de Wally mostró sorpresa, pero reaccionó de inmediato. Con una voz que se podía oír en toda la casa, dijo:
—Hola, Mildred, ¡cuánto tiempo sin verla! ¡Qué bien está usted! ¿Dígame, está Bert?
—Sí, aquí está.
—Tengo que verlo, aunque es solo cosa de un minuto.
Si Wally había decidido que Bert todavía residía allí, a Bert no le quedaba otra que seguirle la corriente. Lo recibió con un despliegue de hospitalidad, le ofreció whisky, como si fuera suyo, y se interesó por mil cosas, como si nada hubiera pasado. Wally dijo que le buscaba desde hacía dos meses para hablar de un asunto interesante y que por fin le había podido encontrar. Bert le respondió que así eran las cosas, que él realmente no sabía por qué corría el tiempo tan deprisa. El asunto, dijo Wally, era el de las tres casas de la manzana catorce; necesitaba saber si a los compradores se les había prometido verbalmente levantar una pared en la parte posterior. Bert dijo que no, y le contó escrupulosamente cómo habían ido esas ventas. Wally dijo que siempre le había parecido un poco absurdo el asunto, pero que quería estar seguro.
Mildred escuchaba a medias: ya no estaba de humor para Wally y se preguntaba cómo sacar el tema del coche. Se le ocurrió una idea endiablada, que decidió poner inmediatamente en práctica.
—Aquí hace muchísimo calor. ¿No se quiere quitar la chaqueta? ¿Y tú, Bert?
—Es una invitación interesante.
—¡Ya lo creo!
—A ver esas chaquetas, pues.
Los dos hombres se las quitaron, y Mildred las plegó sobre el brazo y se las llevó al armario para colgarlas. Una vez colgadas, deslizó sus dedos en uno de los bolsillos de la chaqueta de Bert, y allí, como se imaginaba, estaba la llave del coche. La sacó y se la escondió en el zapato. Volvió a reunirse con los hombres y recuperó su vaso de whisky, que apenas había tocado.
—Me parece que hoy me emborracharé.
—¡Bravo!
—Te echaré más.
Bert añadió cubitos de hielo y un poco más de whisky, y ella tomó un par de tragos seguidos. Hizo tintinear el hielo y contó el episodio de Harry Engel y las anclas, que divirtió mucho a sus dos acompañantes. Cuando terminó, palpó la llave del automóvil en el interior del pie y se le escapó una risa franca, como no le ocurría desde hacía muchos meses. Tenía una risa encantadora, algo parecida a la de Ray, y contagió automáticamente a Bert y a Wally, que se pusieron a reír con ella, como si nunca hubiesen estado en crisis, ni nunca se hubiese destruido su matrimonio ni quedado un sabor amargo después de que un socio le robara el trabajo al otro. Pero Wally, que estaba un poco nervioso e ignoraba qué papel desempeñaba, dijo que debía marcharse. Bert lo acompañó ceremoniosamente hasta la puerta, y solo allí Wally advirtió que no tenía puesta la chaqueta. Se apresuró a volver, y aprovechó para despedirse de Mildred.
—¿Ha vuelto? ¿Vive aquí de nuevo?
—No, solo está de visita.
—Entonces volveré a verte.
—Así lo espero.
Bert volvió a sentarse donde estaba, bebió un sorbo y dijo:
—Parece que no se ha enterado de nada de lo nuestro. Pensé que no valía la pena decírselo.
—Hiciste bien.
—Nada ganaría con saberlo.
—Así es.
La botella se estaba vaciando, y Bert se sirvió un nuevo trago antes de explicar su visita.
—Antes de que me vaya, Mildred, recuérdame que coja un par de cosas del escritorio. Nada importante, aunque mejor será que las tenga conmigo.
—¿Quieres que las busque?
—Mi póliza de seguros.
Su voz sonaba cautelosa, como si esperara que sobreviniera una discusión. La póliza era de mil dólares, con un valor actual de doscientos cincuenta y seis, y nunca la había aumentado porque no creía en los seguros tanto como lo hacía en la telefonía a la hora de invertir. Tal concepción había sido motivo de algunas discusiones con Mildred, pues para ella ese dinero era lo único con que podrían contar las niñas en caso de desgracia. En ese momento comprendió que la póliza no podría ser salvada y decidió no oponer resistencia, en contra de lo que Bert esperaba. Se la tendió suavemente y él se lo agradeció, aliviado. Y acto seguido le preguntó:
—Bueno, hablando francamente, ¿cómo te ha ido?
—Perfectamente.
—Tomemos otro whisky.
Vaciaron la botella, y él dijo que se iba. Mildred le alcanzó la chaqueta, le acompañó hasta la puerta y dejó que la besara tristemente. Cerró la puerta, apagó las luces, fue a su dormitorio y esperó. Como cabía suponer, minutos después sonó el timbre. Abrió, y allí estaba Bert, de pie.
—Siento molestarte, Mildred, pero la llave de mi coche no está en mi bolsillo. ¿Te importa si echo un vistazo?
—Claro, pasa.
Pasó, encendió la luz y buscó la llave en todos los lugares donde había jugado con Ray. Ella lo observaba con interés. Tras un momento dijo:
—¡Ah!, ahora que recuerdo, quizá fui yo quien cogió esa llave.
—¿La tienes tú?
—Sí.
—Bueno, pues dámela. Tengo que irme a casa.
Mildred se quedó de pie, sonriendo, mientras una terrible evidencia ensombrecía la cara de Bert. De repente ella dio un paso atrás para eludir las garras de Bert.
—No te la daré, y nada ganarás con tratar de quitármela, porque nunca la encontrarías. De ahora en adelante, el coche es mío. Estoy trabajando y lo necesito, y tú no trabajas y no lo necesitas. Si crees que voy a ir siempre a pie y en autobús, y perder todo ese tiempo, y ser una infeliz, mientras tú vives con otra mujer y ni siquiera lo utilizas, estás muy equivocado; eso es todo.
—¿Estás trabajando?
—Sí, eso he dicho.
—Muy bien, entonces, ¿por qué no lo has dicho antes?
—¿Quieres que te lleve?
—Te lo agradecería mucho.
—¿Estás viviendo con Maggie?
—Prefiero no decir dónde estoy viviendo. Vivo... donde vivo, pero si me dejas en casa de Maggie, me viene bien. Tengo que hablar con ella un minuto, de modo que si no tienes inconveniente...
—Cualquier lugar es conveniente para mí.
Salieron juntos y subieron al automóvil. Mildred cogió la llave del zapato y, en silencio, condujo el coche hasta la casa de la señora Biederhof. Una vez allí, le agradeció la visita, agregando que lo recibiría con gusto cuando quisiera volver, no solo por la alegría que era para las niñas, sino también por la suya. Él se lo agradeció solemnemente, le dijo que había pasado una noche muy agradable y abrió la puerta para marcharse. Entonces intentó arrebatarle la llave, tal y como Mildred había previsto. Ella rio maliciosamente.
—No te ha funcionado, ¿eh?
—Parece que no.
—Buenas noches, Bert. En casa tengo un par de sujetadores viejos. Dile a ella que están limpios, que se pase cuando quiera para llevárselos.
—Maldita sea, ya tienes el coche. ¿Me harías el favor de callarte?
—Lo que tú digas.
Volvió a casa con el coche. Cuando llegó, la luz estaba todavía encendida, y todo tal cual lo había dejado momentos antes. Observó el indicador de gasolina, vio que tendría cerca de diez litros en el depósito y continuó conduciendo. Al llegar a la avenida Colorado dobló. Era el primer bulevar por el que conducía, las señales de tráfico estaban apagadas, solo había algunas luces intermitentes. Hundió el pie en el acelerador y observó, excitada, cómo subía la aguja del cuentakilómetros. Iba a cien por hora en subida y escuchó un ruido metálico en el motor. Se le ocurrió delirantemente que lo mismo le iba a tocar cambiar los cilindros. Luego disminuyó un poco la velocidad, respiró profundamente y lanzó un tembloroso suspiro. El coche le estaba inyectando algo parecido al orgullo en las venas; acaso un punto de arrogancia, de dignidad recuperada, algo que ninguna palabra, ninguna bebida, ninguna forma de amor podía darle. Una vez más sintió que era ella, y comenzó a pensar en el trabajo con despreocupación, en vez de vergüenza. Sus problemas, desde equilibrar todos los platos hasta no olvidarse de servir los entrantes, cruzaron su mente, uno tras otro, y casi se rio, pensando en que pocas horas antes le hubiesen parecido descomunales.
Cuando dejó el automóvil en el garaje comprobó el estado de los neumáticos. Estaban en buenas condiciones, así que se quedó tranquila. Entró canturreando en casa, apagó la luz y se desvistió en la oscuridad. Fue al cuarto de las niñas, tomó a Veda en sus brazos y la besó. Como Veda se despertó a medias, le dijo:
—Algo espléndido ha ocurrido esta noche, y tú has sido la causa de ello. Retiro todo lo que te he dicho antes. Vuélvete a dormir y no pienses más en esto.
—Estoy muy contenta, mamá.
—Buenas noches.
—Buenas noches.
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