Читать книгу: «El palacio de los Cranks»

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Para Lynette, mi amada esposa, mi mejor amiga divertida, mi compañera de aventuras, quien siempre será mi primera lectora y mi mayor soporte.

Para nuestros hijos, Wesley, Bryson, Kayla y Dallin, las últimas piezas del rompecabezas, quienes que me inspiran día a día y guían mi vida.

Para el amigo de mi hijo Wesley (y ahora de nuestra familia), Tomoya, quien fue la chispa para el personaje de Keisha.

Por último, para mis lectores y lectoras, quienes me enseñan todos los días a luchar por un futuro mejor.

Nota del autor

Siempre me fascinaron los virus y las plagas. ¿Qué dice eso de mí? No estoy seguro. Pero nuestra historia está repleta de períodos devastadores de enfermedades que acabaron con gran parte de la población. La vida está llena de cosas tenebrosas, cosas que pueden matarte, pero para mí morir por culpa de un invasor microscópico que uno no ve venir… bueno, creo que es bastante aterrador.

No debería sorprender entonces que la Llamarada fuera un elemento central de la saga de Maze Runner. Era bastante consciente de que ese tema ya se había hecho ad nauseam, es decir, incontables veces, en libros, películas, series de televisión antes de que yo escribiera todo esto. Pero no me molestaba. Quería usar al terror como telón de fondo, por lo que decidí utilizar mi miedo más aterrador, con cierto giro. Un virus que atacara directo al cerebro, que te hiciera perder la cordura lentamente, que quitara todo rastro de humanidad de tu cuerpo, hasta que no fueras nada más que una bestia rabiosa e irracional.

Muy alegre, ¡lo sé!

Y ahora tenemos un virus propio que está atacando a todo el mundo. El Covid-19 no es la Llamarada, pero trajo el mismo miedo y sufrimiento a quienes se vieron afectados por él. Y mientras escribo esto, no está ni cerca de estar bajo control. Tenebroso. Doloroso. Con suerte, lo podremos conquistar tarde o temprano si nos unimos para derrotarlo.

La razón por la que menciono esto es porque a una gran parte de El palacio de los Cranks la escribí luego de que el último coronavirus comenzara a esparcirse hacia otros continentes, sin dejar de lado ningún rincón de la Tierra, sin importar lo lejos que estuviera. Fue una experiencia extraña. Le agregó profundidad y un cierto grado de miedo personal y cercano que tal vez les faltaba a los libros anteriores. Sobre todo, porque sé que afectó a muchos de mis lectores y lectoras allí afuera.

El 2020 también sacó a la luz numerosas luchas que nos atraviesan. Y quiero que sepas que me preocupo por ti, mucho, y que mi gratitud por tu apoyo y amor por esta saga excede mi capacidad de crear con las palabras. Estoy trabajando en muchas cosas para mostrarte de una forma más tangible toda la gratitud que sentí a lo largo de estos años y meses, así como también mi deseo por escucharte y saber cómo estás.

Esta novela corta es algo que vengo planeando desde hace tiempo, pero ganó más fuerza durante el último año. Trata sobre Newt en un período de La cura mortal en el que no sabemos nada de él, mucho menos lo que pasaba dentro de su cabeza. Bueno, estás a punto de descubrirlo. Será un viaje agridulce, te lo aseguro.

Este libro es para ustedes. Todas las ganancias de cada edición, en cada idioma, etc., serán donadas a causas caritativas que mis seguidores elegirán en sus redes sociales. Es el primer detalle por el que puedo empezar a agradecerles, en la forma de un paquete pequeño, para que vivan, celebren y lloren con Newt una última vez. Espero que lo disfruten.

Parte uno

Bienvenido al vecindario

Capítulo uno

Ahí van.

Newt observó a través del cristal sucio del ojo de buey del Berg cómo sus amigos caminaban hacia el portón inmenso e imponente que bloqueaba uno de los pocos pasajes hacia Denver. Una pared formidable de cemento y acero que rodeaba a los rascacielos golpeados de la ciudad que aún se encontraban en pie, con solo unos pocos puestos de seguridad, tal como el que los amigos de Newt estaban por cruzar. O al menos, intentar. Al ver las paredes grises, los tornillos, las juntas y las bisagras de los refuerzos en las puertas, era imposible no pensar en el Laberinto, en donde toda esta locura había comenzado. Bastante literalmente.

Sus amigos.

Thomas.

Minho.

Brenda.

Jorge.

Newt había sentido mucho dolor en su vida, tanto externo como interno, pero creía que ese mismo instante, al ver a Tommy y al resto dejarlo por última vez, era su nuevo punto más bajo. Cerró los ojos y el dolor en su corazón comenzó a pesarle como diez Penitentes. Algunas lágrimas brotaron de sus ojos cerrados y se deslizaron por su rostro. Su aliento se entrecortó. Le dolía el pecho con todo ese malestar. Una parte suya quería desesperadamente cambiar de parecer, aceptar los caprichos insensatos del amor y la amistad y abrir la escotilla inclinada del Berg, correr por el chasis desvencijado, unirse a sus amigos en su misión para encontrar a Hans, quitarle sus implantes y aceptar lo que siguiera.

Pero recobró la compostura de su mente, por más frágil que fuera. Si existía un momento en su vida en el que podía hacer lo correcto, algo desinteresado y lleno de bondad, era este. Salvaría a la gente de Denver de su enfermedad y les evitaría a sus amigos la agonía de verlo sucumbir a causa de esta.

Su enfermedad.

La Llamarada.

La odiaba. Odiaba a la gente que intentaba encontrar una cura. Odiaba que no fuera inmune y odiaba que sus mejores amigos sí. Todo esto era un conflicto constante que se propagaba con furia en su interior. Sabía que estaba cayendo en la locura lentamente, un destino al que raramente se podía escapar si tenías el virus. Había llegado a un punto en el que no sabía si podía confiar en sí mismo, tanto en sus pensamientos como en sus emociones. Tal circunstancia espantosa podría volver loca a cualquier persona si desde un principio no estaba bien en su camino a ese destino solitario. Pero mientras tuviera un gramo de control, debía hacer algo. Debía moverse antes de que esos pensamientos pesados acabaran con él antes que la Llamarada.

Abrió los ojos y se secó las lágrimas.

Tommy y el resto ya habían cruzado el puesto de seguridad, o al menos habían ingresado al área de pruebas. Lo que ocurrió luego quedó fuera de la vista de Newt una vez que se cerró el portón como un último golpe a su corazón moribundo. Le dio la espalda a la ventana, respiró profundo algunas veces e intentó calmar la ansiedad que lo amenazaba como una ola de treinta metros de altura.

Puedo hacerlo, pensó. Por ellos.

Se puso de pie y corrió hacia la litera que había usado en el viaje desde Alaska. Casi no tenía ninguna posesión en este mundo, pero guardó lo poco que tenía en su mochila, incluyendo un poco de agua, comida y un cuchillo que le había robado a Thomas para recordarlo. Luego tomó lo más importante: un cuaderno y un bolígrafo que había encontrado en uno de los gabinetes del Berg. Estaba en blanco cuando lo encontró, aunque un poco desgastado y sucio, sus páginas blancas interminables sonaban como el aleteo de un ave agitada cuando las hacía pasar con su pulgar. Algún alma perdida que había volado en esa lata, quien sabe a dónde, había intentado escribir la historia de su vida en estas páginas, pero se arrepintió. O murió. Enseguida, Newt encontró el lugar para escribir su propia historia y mantenerla en secreto del resto del mundo. Solo para sí mismo. Quizá algún día, para otros.

De pronto, oyó una bocina estruendosa y duradera por fuera de las paredes de la nave que lo hizo estremecerse y arrojarse a la cama. Su corazón se aceleró por un momento mientras intentaba reorientarse. La Llamarada lo había hecho más asustadizo, más propenso a la ira; un desastre en todo sentido. Y solo empeoraría. De hecho, parecía que la maldita cosa estaba trabajando horas extra en su pequeño cerebro. Estúpido virus. Deseaba que fuera una persona para poder patearle el trasero.

El sonido se detuvo luego de unos segundos, seguido por un silencio tan vacío como la oscuridad misma. Solo en ese silencio Newt comprendió que antes de ese estruendo podía escuchar afuera un murmullo de personas erráticas y… mal. Cranks. Debían estar por todas partes alrededor de la ciudad, mucho más allá del Final, intentando entrar por ninguna otra razón más que la locura que les decía que lo hicieran. Desesperados por comida, como los animales primitivos en los que se habían convertido.

En lo que él se convertiría.

Pero tenía un plan, ¿verdad? Muchos planes, según las circunstancias. Pero cada uno de ellos tenía el mismo final; era solo cuestión de cómo alcanzarlo. Viviría tanto tiempo como fuera necesario para escribir lo necesario en ese diario. Algo en ese cuaderno simple y vacío, a la espera de llenarse, le había dado un propósito, una chispa, un camino serpenteante que lo ayudaría a asegurar que los últimos días de su vida tuvieran cordura y sentido. Y dejar una marca en el mundo. Escribiría con toda la cordura que le quedaba antes de que fuera dominada por su opuesto.

No sabía qué había sido la bocina ni quién la había tocado o por qué de repente todo había quedado en silencio afuera. No quería saberlo. Pero quizá se había liberado un camino para él. Lo único que debía hacer era descubrir cómo hacérselo saber a Thomas y al resto. Quizá para darles una especie de cierre. Ya le había escrito una nota deprimente a Tommy; tal vez podría escribir otra.

Pensó que no le haría mal a su cuaderno arrancarle una página. Una vez que lo hizo, se sentó para escribir un mensaje. Cuando el bolígrafo tocó el papel, se detuvo como si las palabras perfectas se hubieran desvanecido de su mente como humo. Suspiró y empezó a sentirse irritado. Ansioso por salir de ese Berg y marcharse, con renguera o sin ella, escribió algunas líneas antes de que algo cambiara, lo primero que se le vino a la cabeza.

Ellos lograron entrar. Me llevan a vivir con los otros Cranks. Es lo mejor. Gracias por ser mis amigos. Adios.


No era del todo verdad, pero pensó en el sonido de esa bocina y en toda la conmoción afuera del Berg y supuso que estaba cerca. ¿Era lo suficientemente corta y tajante para evitar que lo fueran a buscar? ¿Para hacerles entender a sus cabezas duras que no había esperanzas para él y que solo sería una carga? ¿Que no quería que lo vieran convertirse en los restos de un humano loco, delirante y caníbal?

No importaba. No importaba en lo más mínimo. Se iría de una forma u otra.

Y les daría a sus amigos la mejor oportunidad de tener éxito, sin obstáculos.

Sin Newt.

Capítulo dos

Las calles eran todo un caos, una masa de desorden sacudida como un dado y arrojada sobre el terreno.

Pero esa no era la parte aterradora. Lo aterrador era lo normal que se sentía todo; era como si el mundo hubiera estado avanzando hacia este momento desde el día en que su superficie rocosa se enfrió y los océanos dejaron de hervir. Los restos de los suburbios eran solo ruinas dispersas como basura; edificios y hogares con las ventanas rotas y la pintura descascarillada; basura por todos lados, desparramada como trozos de un cielo destruido; vehículos de todo tipo volcados, sucios, quemados; maleza y árboles en lugares en donde no debían crecer. Pero lo peor de todo eran los Cranks que deambulaban por las calles, jardines y aceras como si todas las tiendas estuvieran haciendo una rebaja de invierno masiva: ¡Todo a mitad de precio!

La vieja herida de Newt estaba haciendo de las suyas, ya que empeoraba su renguera más de lo usual. Se desplomó en la esquina de una calle y se sentó con pesadez contra un poste caído cuyo propósito original siempre sería un misterio. En uno de sus momentos más extraños y aleatorios, las palabras “rebaja de invierno” lo desconcertaron. No entendía del todo por qué. Si bien había perdido sus recuerdos hacía mucho tiempo, siempre había sido algo extraño. Él y el resto recordaban innumerables cosas de un mundo que nunca habían visto o vivido: aviones, fútbol, reyes, reinas, televisores. El Neutralizador había funcionado más bien como una pequeña máquina que hurgaba en sus cerebros y cortaba los recuerdos específicos que definían su identidad.

Pero, por alguna razón, esta rebaja de invierno, este pensamiento extraño que se abría paso hacia su mente entre las escenas apocalípticas que lo rodeaban, era diferente. No era una reliquia del pasado que apenas conocía por asociación de palabras o conocimiento general. No. Era…

Maldición, pensó. Era un recuerdo real.

Miró a su alrededor mientras intentaba procesar todo esto y vio Cranks en distintas etapas deambulando por las calles, aparcamientos y jardines repletos de porquerías. Solo podía asumir que estas personas estaban infectadas, cada una de ellas, independientemente de sus acciones o tendencias; de otro modo, ¿por qué estarían aquí, al aire libre de esta forma? Algunos tenían la consciencia y capacidad de movimiento normal como él, como si aún estuvieran en una etapa temprana de la infección, sus mentes aún casi completas. Vio a una familia acurrucada sobre una porción de césped marchito, comiendo lo que habían encontrado, mientras la madre sostenía una escopeta para protegerse; vio a otra mujer de espaldas a una pared de cemento, con los brazos cruzados, llorando, y ojos que revelaban la desesperación de la circunstancia, aunque no había rastros de locura en ellos, no aún; vio algunos grupos pequeños de personas que hablaban con susurros y observaban el caos a su alrededor, probablemente planeando una vida que ya no tenía los planes que alguien quisiera.

Otros en el área parecían estar entre la primera y última etapa, ya que se movían erráticos y furiosos, y se los veía inciertos, tristes. Vio a un hombre en una intersección de calles con su hija pequeña de la mano, quien miraba al mundo como si estuvieran yendo al parque o a la tienda a comprar dulces. Hasta que, repentinamente, el hombre se detuvo en medio de la calle, le soltó la mano a la niña, la miró como un extraño y empezó a llorar como un niño. Vio a una mujer que comía un plátano (¿de dónde había sacado ese endiablado plátano?), hasta que se detuvo a mitad de camino, lo arrojó al suelo y empezó a pisarlo con ambos pies como si fuera una rata que había estado mordisqueando a su bebé en su carrito tumbado.

Y, por supuesto, también estaban aquellos que, sin lugar a duda, estaban más allá del Final, esa línea en la arena que dividía a los humanos de los animales, a las personas de las bestias. Una muchacha, que no podía tener más de quince o dieciséis años, yacía recostada en el suelo en medio de la calle más cercana, hablando incoherencias, masticándose los dedos lo suficientemente fuerte como para llenarse el rostro de sangre. Y reía cada vez que esto pasaba. No muy lejos de ella, también había un hombre en cuclillas sobre lo que parecía ser un pollo crudo, pelado y rosado. No lo comía, no todavía, pero movía los ojos de izquierda a derecha, de arriba abajo, desprovistos de toda cordura, listo para atacar a cualquier tonto que se atreviera a quitarle su comida. Más adelante por la misma calle, algunos Cranks peleaban como una jauría de lobos, mordiéndose, arañándose y desgarrándose como si los hubieran arrojado en un coliseo de gladiadores y solo uno pudiera salir con vida.

Newt bajó la vista y se sentó en el pavimento. Se quitó la mochila de sus hombros, la sujetó entre sus brazos y sintió el borde duro del Lanzador que había robado del arsenal de Jorge en el Berg. No sabía cuánto duraría la energía del dispositivo lanza proyectiles, pero supuso que no le haría mal tenerlo. Aún tenía el cuchillo grande en uno de los bolsillos de su pantalón, enfundado, por si alguna vez debía defenderse cuerpo a cuerpo.

Pero ese era el asunto. Tal como había pensado antes, todo lo que veía a su alrededor se había convertido de cierto modo en la “nueva normalidad” y, sin importar cuánto lo intentara, no podía entender por qué no estaba aterrado. No sentía miedo, ni recelo, ni estrés, ni el deseo innato de correr, correr, correr. ¿Cuántas veces se había cruzado con los Cranks desde que escapó del Laberinto? ¿Cuántas veces casi se ensucia los pantalones por el miedo? Quizá era el hecho de que ahora era uno de ellos, descendiendo rápidamente hacia sus niveles de locura, lo que estancaba su miedo. O quizá era la locura misma que destruía cada uno de sus instintos más humanos.

¿Y todo eso de la rebaja de invierno? ¿La Llamarada finalmente lo liberaría de las garras del Neutralizador de CRUEL? ¿Podría quizás ser el boleto de partida hacia su último viaje más allá del Final? Ya sentía la desesperanza más intensa y miserable que jamás había sentido en su vida luego de abandonar a sus amigos para siempre. Si los recuerdos de su vida anterior, de su familia, comenzaban a invadirlo sin piedad, no sabía cómo los tomaría.

El sonido estruendoso de muchos motores finalmente lo apartaron con compasión de esos pensamientos cada vez más deprimentes. Tres camiones aparecieron por la esquina de una calle que se alejaba de la ciudad, aunque llamarlos camiones era como decirle gato a un tigre. Esas cosas eran inmensas, de unos diez a quince metros de largo y la mitad de eso en altura y ancho, estaban completamente blindados y tenían las ventanas polarizadas con barras de acero para reforzarlas en caso de ataques. Solo las ruedas eran tan altas como Newt. Lo único que podía hacer él era mirar y preguntarse sorprendido qué era lo que estaba a punto de presenciar.

Una bocina resonó de los tres vehículos a la vez, un estruendo que hizo que sus tímpanos vibraran con fuerza. Ese era el sonido que había escuchado antes desde el interior del Berg. Algunos de los Cranks cercanos se marcharon a toda prisa al ver a los monstruos metálicos sobre ruedas, ya que aún eran lo suficientemente inteligentes como para saber que el peligro había llegado desde el horizonte. Sin embargo, la mayoría no parecía comprender la situación y se quedaron mirando, al igual que Newt, curiosos como bebés recién nacidos que veían luces y escuchaban voces por primera vez. Tenía a su ventaja la distancia y muchas hordas que lo separaban de los recién llegados. Sintiéndose a salvo en uno de los lugares más peligrosos, Newt observó la situación, no sin antes abrir su mochila y colocar una mano sobre la superficie metálica y fría del Lanzador robado.

Los camiones se detuvieron, el sonido devastador de sus bocinas se detuvo como un eco destrozado. Un grupo de hombres y mujeres salieron de la cabina vestidos de pies a cabeza con atuendos negros y grises, algunos llevaban camisas rojas, protección sobre sus pechos y cascos que eran tan brillosos como un cristal oscuro. Todos tenían armas largas que hacían ver a su Lanzador como un juguete. Al menos una docena de estos soldados comenzaron a disparar indiscriminadamente, apuntándole a todo lo que se moviera. Newt no sabía nada sobre las armas que usaban, pero los destellos de luz que brotaban de los disparos y su sonido le recordaban a Sartén, cuando golpeaba un trozo de metal retorcido con un palo pesado que había encontrado en las partes bajas del Área para avisar que su última y mejor comida estaba lista para que la devoraran. Era un wump vibrante que hacía que todos sus huesos retumbaran.

No estaban matando a los Cranks. Solo los aturdían temporalmente, provocándoles una parálisis. Muchos aún gritaban y lloraban cuando caían al suelo y continuaban haciéndolo mientras los soldados los arrastraban con la menor delicadeza posible hacia las puertas inmensas de la parte trasera de los camiones. Alguien las había abierto mientras Newt observaba la cacería y detrás de ellas esperaba una celda cavernosa para los cautivos. Los soldados debían comer mucha carne y tomar mucha leche porque levantaban los cuerpos de los Cranks y los arrojaban al interior de la oscuridad como si no fueran más que fardos de heno.

–¿Qué rayos estás haciendo?

Una voz, una seguidilla firme de palabras, resonó por detrás de Newt y dejó salir un gritito lo suficientemente fuerte que lo hizo estar seguro de que los soldados dejarían de hacer lo que estaban haciendo para atraparlo. Giró y se encontró con una mujer a su lado, ocultándose detrás del poste caído con un niño en brazos. Probablemente tenía tres años.

El corazón de Newt se sobresaltó al oír su voz. Era la primera vez que le había pasado desde que se encontraba afuera, a pesar de todos los horrores que estaban ocurriendo a su alrededor. No podía encontrar las palabras para responderle.

–Tienes que correr –le dijo ella–. Harán una limpieza completa de todo el maldito lugar hoy. ¿Estabas dormido o qué?

Newt negó con la cabeza, preguntándose por qué la mujer estaba perdiendo tiempo con él si debían salir de allí tan rápido como pudieran. Buscó algo para decir y lo encontró entre toda la neblina que últimamente llenaba su mente.

–¿A dónde los llevan? Creo que vi un lugar desde el Ber… Quiero decir, escuché de un lugar al que llevan a los Cranks. Donde viven los Cranks. ¿Es allí?

La mujer levantó la voz para que pudiera escucharla entre toda la conmoción.

–Quizá, probablemente. Lo llaman El Palacio de los Cranks. –La mujer tenía cabello oscuro, piel oscura y ojos oscuros. Se veía tan miserable como Newt se sentía, pero al menos sus ojos aún guardaban algo de cordura con un poco de bondad en su interior. El niño estaba tan asustado como cualquier humano que Newt había visto, tenía los ojos cerrados con fuerza y los brazos envueltos alrededor del cuello de su madre como si fueran dos barras de acero retorcidas–. Aparentemente, hay gente que es inmune a la Llamarada –dijo y Newt sufrió con intensidad al oír esa palabra, inmune, pero se mantuvo en silencio mientras la mujer seguía hablando–, gente que es lo suficientemente buena o estúpida, o que simplemente paga un montón de dinero para cuidarlos en el Palacio hasta que… ya sabes. Ya no se los puede cuidar. Pero oí que el lugar se está llenando y quizá abandonen toda esa idea. No me sorprendería ni un poco si toda esta redada termina en los pozos de llamaradas.

Dijo las últimas tres palabras como si fuera algo que cualquiera con dos neuronas conociera, una imagen que parecía apropiada para su nuevo mundo.

–¿Pozos de llamaradas? –preguntó.

–¿Qué crees que es ese humo constante al este de la ciudad? –su respuesta lo dijo todo, aunque Newt no había notado eso–. Ahora, ¿vienes con nosotros o qué?

–Sí, voy con ustedes –le contestó y cada palabra brotó de su boca sin consideración previa.

–Bien. Mi familia está muerta y me vendría bien un poco de ayuda.

Incluso detrás de la conmoción de sus palabras, reconoció el motivo egoísta de acercarse a él, de otro modo, sospecharía que era una trampa. Newt empezó a hacerle una pregunta, no sabía exactamente sobre qué, algo sobre quién era o hacia dónde iba, pero la mujer ya había volteado y se alejaba a toda prisa de los soldados que aún arrojaban los cuerpos sin vida, pero vivos, en el compartimento de carga de los camiones. Los gritos y llantos de angustia parecían un campo de niños moribundos.

Newt se calzó la mochila sobre sus hombros, se ajustó las cintas, sintió el Lanzador contra su espalda y se marchó con su nueva amiga y el pequeño aferrado a su pecho.

Capítulo tres

La mujer tenía más energía que un Corredor del Laberinto, y vaya que esos sujetos corrían por los pasadizos, cuchillas y abismos de esa bestia todo el día, todos los días. Newt había perdido el estado físico en algún momento, por lo que respiraba como si alguien hubiera robado todo el oxígeno de Denver con una red mágica. Y su maldita renguera no ayudaba. Habían recorrido poco más de un kilómetro antes de finalmente saber el nombre de la mujer.

–Keisha –dijo cuando se detuvieron a recuperar el aliento en un vecindario destruido, justo por debajo de las ramas esqueléticas y muertas de un maple, casi sin ninguna otra persona a la vista. Newt se sintió un poco mejor cuando la vio agacharse, respirando con dificultad, y puso a su hijo a un lado para descansar. Humana, después de todo–. Mi hijo se llama Dante. Quizá has notado que no habla mucho. Bueno, es así. No hay nada que pueda hacer, ¿verdad? Ah sí, se llama así por el poema épico.

¿Qué poema épico?, quería preguntarle Newt. No tenía idea de lo que estaba diciendo, pero tenía la sensación de que un recuerdo estaba intentando entrar a su cerebro desde el otro lado de una puerta oculta. Quizá lo sabía antes de que le implantaran el Neutralizador. Intentó no preguntar qué podría pasarle al niño para que no hablara. ¿Estaría traumatizado? ¿Tendría alguna discapacidad? ¿O era simplemente tímido? Quería conocer su historia, pero no estaba seguro de tener el derecho.

–¿El poema de los nueve círculos del Infierno? –insistió ella, ignorante de los pensamientos internos de Newt–. No leían muchos libros en tu lugar, ¿eh? Una lástima. Te perdiste una obra maestra. Es extraordinaria.

Newt estaba seguro de que había leído libros, tan seguro como de que había comido y bebido agua antes de que le quitaran su memoria. Pero no recordaba ninguna de las historias y el pensamiento lo llenó de una tristeza pesada.

–¿Por qué llamaste a tu hijo por el Infierno? –le preguntó, intentando relajar el ambiente.

Keisha se sentó y le dio un beso a Dante. Newt había esperado que el niño fuera un cretino y empezara a llorar con todas sus fuerzas en un lugar como este. Pero hasta ese entonces no había emitido ningún sonido.

–No se llama así por el Infierno, tonto –le respondió Keisha, de algún modo, con cariño–. Lo llamamos así por el sujeto que definió al Infierno. Quien lo abrazó y se apoderó de él.

Newt asintió, con los labios bien cerrados, intentando mostrarse impresionado sin tener que mentir o decirlo en voz alta.

–Muy cursi, ya lo sé –le contestó Keisha al ver su expresión–. Creo que estábamos ebrios.

Newt se arrodilló a su lado, aún intentando recuperar el aliento sin que fuera demasiado obvio que lo necesitaba tan desesperadamente.

–Suena bien. Ebrios y cursis es la manera de afrontar estos días –extendió una mano y le acarició suavemente la mejilla a Dante, intentando hacerlo sonreír. Para su sorpresa, el niño le esbozó una sonrisa y le mostró sus dientecitos que resplandecían bajo la luz de la tarde.

–Ah, le agradas –dijo Keisha–. ¿No es lo más lindo del mundo? Felicitaciones, eres su nuevo papá.

Newt estaba en cuclillas, por lo que, al oír eso, se cayó hacia atrás sobre su trasero. Keisha rio, un sonido tan agradable como el canto de un ave.

–Relájate, tonto. No pareces estar listo para ser un padre, era solo una broma. No importa. Todos estaremos locos como los Looney Tunes en un mes de todas formas.

Newt esbozó una sonrisa, deseando que no se hubiera visto tan forzada como se sentía. Algunas hojas se dispersaron sobre el pavimento de la calle a medida que la brisa ganaba fuerza, mientras las ramas sobre ellos crujían al golpearse entre sí. Podía oír voces y gritos en la distancia, como si avanzaran con la brisa, pero no estaban lo suficientemente cerca como para entrar en pánico. Estaban a salvo. Al menos, por algunos minutos.

Se armó de valor e hizo la pregunta que tenía en su mente.

–Mencionaste que tu familia estaba muerta. ¿A qué te referías? ¿Perdiste a mucha gente?

–Así es, mi amigo de cabello suave –dijo. Keisha tenía una forma muy particular de decir cosas alegres de un modo muy triste–. Mi esposo. Dos hermanas. Un hermano. Mi viejo. Tíos. Tías. Primos. Y a mi otra… a mi otra… –En ese momento perdió toda esperanza de que el mundo aún fuera un lugar para llamar a la gente amigo de cabello suave. Su rostro cayó en la desesperación, bajó la vista hacia el suelo y algunas lágrimas brotaron de sus ojos hacia las grietas de la acera. En silencio, sus hombros se movieron con cada sollozo.

–No tienes que contarlo –le aclaró Newt. Era tan obvio como el calor del sol y la blancura de la luna. Había perdido a una hija. El pobre Dante no había sido su único hijo–. Yo… yo… lamento mucho haberte preguntado. –Soy una mierda, se castigó a sí mismo. Había conocido a esta mujer hacía solo una hora.

Sollozó con fuerza y luego levantó la cabeza y lo miró, secándose las lágrimas que habían quedado aferradas a sus mejillas.

–No, está bien –dijo las palabras con un tono monótono distante, como si se sintiera melancólica y afligida a la vez–. Solo hazme un favor. No me vuelvas a preguntar… nunca… cómo los perdí. No importa cuánto sobrevivamos o si te conozca desde hace un día o un mes. Nunca me lo preguntes. Por favor. –Sus ojos brillosos finalmente se encontraron con los suyos y en ese momento supo que eran los ojos más tristes que había visto desde que vio a Chuck por última vez afuera del Laberinto.

–Sí, te lo prometo –le dijo–. Lo juro. No tenemos que hablar de esas cosas. No debería haber empezado.

Keisha negó con la cabeza.

–No, deja de ser tan culposo. Solo en cuanto no me preguntes… ya sabes. Todo estará bien.

Newt asintió, deseando egoístamente desvanecerse en el aire y acabar con esta conversación incómoda y horrible. Miró a Dante, quien estaba sentado quieto y en silencio, mirando a su madre como si se estuviera preguntando qué le ocurría. Quizá no era lo suficientemente grande como para recordar todo lo malo que les había ocurrido a aquellos con quienes compartía sangre.

–¿Y cuál es tu plan? –le preguntó Keisha después de un minuto y algo de silencio–. No tienes que contarme tu historia ni nada por el estilo, lo que es justo, es justo, pero ¿qué estabas haciendo recostado allí como una paleta esperando a que esos cretinos te atraparan?

–Yo… –empezó, pero no tenía idea de qué decir–. Descubrí hace poco que tengo la maldita Llamarada y no podía soportar la idea de que mis amigos me vieran degenerarme en un lunático desquiciado. O arriesgarme a lastimarlos. Por eso los dejé. Ni siquiera me despedí. Bueno, les dejé una nota diciéndoles que me iría a vivir con los infectados, a ese Palacio de los Cranks, supongo, el que mencionaste. Ah, y dejé otra nota pidiéndole a mi mejor amigo que me matara si alguna vez me encontraba completamente demente y…

Se detuvo cuando comprendió que Keisha lo estaba mirando con los ojos bien abiertos, sin ninguna lágrima que reflejara la luz tenue del sol.

–¿Demasiada información? –le preguntó.

La mujer asintió lentamente.

–Demasiada. Ni siquiera sé por dónde empezar. ¿Tengo que estar preocupada? No intentarás comerme el brazo, ¿verdad? ¿O a mi hijo? –tosió con una risa falsa que lo puso incómodo.

–Lo siento. Solo… no sé. No estoy bien, supongo.

–Sí, nadie lo está. Pero… qué demonios. Hay tantas preguntas. O sea, primero, ¿tus amigos no se contagiaron la Llamarada por ti? Y ¿escapaste de Denver o algo?

Negó con la cabeza.

–No, no, es una larga historia. –No estaba listo para contarle a nadie nada de toda la mierda por la que había pasado y a la que lo habían puesto cruelmente con un grupo de personas que eran inmunes al virus. ¿Qué sentido tenía? Él y todas estas personas estarían muertas o más allá del Final pronto.

–Está bien –dijo Keisha lentamente, como si estuviera siguiéndole la corriente a las historias absurdas de un niño. Debía tener mucha práctica con eso–. Entonces pongámonos obras en las manos…

–¿Qué?

La mujer frunció el ceño como si le estuviera reclamando algo.

–Tendrás que acostumbrarte a mi sentido del humor, jovencito.

Casi se queja una vez más (no podía tener más de diez años que él), pero se quedó en silencio al ver que su ceño se fruncía aún más.

–Ahora escúchame y escúchame bien. ¿Qué demonios estabas pensando cuando dijiste que querías ir a vivir con los infectados al Palacio de los Cranks? Ya sé que nos estamos volviendo locos, ahora, pero todavía no estamos listos para bajarnos del tren. O al menos eso creo, de todos modos. Pero si vas a quedarte sentado aquí, parloteando sobre querer ir a ese lugar, entonces ya estabas bastante loco desde antes de tener la Llamarada. No me vengas con algo tan estúpido como eso.

Probablemente habría seguido, pero ese fue su turno de detenerse al ver los ojos de Newt.

–¿Qué? –le preguntó ella–. ¿No me crees?

Newt trastabilló con algunas palabras sin sentido antes de poder decir algo coherente.

–Lo que más quiero es dejar a mis amigos atrás antes de salirme de mis cabales. Quizá ese sea el mejor lugar para ir. Estar con otros tontos penosos que también están infectados. Quizá tengan comida y refugio, todos estamos en el mismo bote. –No creía ninguna palabra que salía de su boca–. ¿Qué más puedo hacer? ¿Poner una granja y criar ganado para los idiotas de Denver?

–Criar ganado para… –repitió Keisha y las palabras se desvanecieron en su boca a medida que negaba con la cabeza, maravillada por la estupidez del comentario–. Mira, voy a dejar de tratarte como a mi tercer hijo, ¿está bien? ¿Trato hecho? No tengo tiempo para esas tonterías. Ahora, vámonos. La redada seguro continuará toda la noche hasta que ya no puedan encontrar otra alma para arrojar a esos camiones. No les gusta que unas ratas sucias como nosotros nos acerquemos demasiado a su preciosa ciudad.

Se puso de pie y tomó de la mano al pequeño Dante para levantarlo. Newt hizo lo mismo. No tenía las ganas ni los argumentos para discutir con ella. No importaba. Ya estaba lejos de Tommy y el resto, y ese había sido el objetivo principal desde un principio. ¿A quién le importaba lo que le ocurriera luego?

Keisha señaló hacia el sol, que ahora se hundía con firmeza en el horizonte oculto detrás de las casas, árboles y montañas distantes.

–Por lo que sé, tenemos que hacer algunos kilómetros más y probablemente podamos encontrar una casa para dormir. Con suerte también algo de comida. La mayoría de los locos terminan congregándose como hormigas alrededor de la ciudad, por lo que deberíamos estar a salvo cuanto más lejos nos…

De repente, el sonido eléctrico de un arma la interrumpió, un sonido similar a la carga de un Lanzador, y Newt quedó invadido por un miedo instantáneo. Volteó y se encontró con tres soldados de camisa roja apuntándoles sus armas incómodas a Newt y a su nueva amiga. El resplandor azul de las armas era brillante incluso bajo la luz del día.

–Necesito que levanten las manos –les dijo uno de los soldados, cuya voz resonaba a través de un altavoz en su casco. Aparentemente, era una mujer–. Parecen gente decente, pero debemos hacerles una prueba y ver si…

–Ni se molesten –dijo Keisha–. Tenemos la maldita Llamarada y lo saben. Solo déjennos ir. ¿Por favor? Tengo un hijo, cielo santo. Les prometemos irnos en la otra dirección, no molestaremos a nadie. Nunca nos acercaremos a la ciudad. Lo juro con mi vida, que me parta un rayo.

–Sabes que no podemos hacer eso –le contestó la mujer–. Se acercaron demasiado y deberían haberlo sabido. Queremos que estas calles queden vacías.

Keisha hizo un sonido furioso que Newt nunca antes había oído hacer a ningún humano, ni siquiera a un Crank. Algo que brotó desde lo más profundo de su pecho, como un gruñido.

–¿No escuchaste lo que acabo de decir? Nos vamos a alejar de la ciudad. Nunca nos volverás a ver.

–En ese caso, entonces no les molestará que los acompañemos, ¿verdad? –dijo la soldado, sujetando con más firmeza su arma para dejar en claro el punto. Se acercó y apuntó directo a la cabeza de Keisha–. Ya sabes, esta cosa te derribará sin importar en dónde te toque, pero los disparos en la cabeza son bastante malos. Vomitarás y verás doble por semanas. Ahora pórtense bien, ¿entendido?

Keisha asintió.

–Ah, vaya que lo entiendo.

Los siguientes dos segundos ocurrieron tan rápido y tan lento que Newt se sintió como si lo hubieran transportado a un sueño en el que nada tenía sentido. Keisha tomó un revolver antiguo, aparentemente de la nada, como si se hubiera materializado con un hechizo de magia. Pero incluso cuando levantó el brazo y efectuó dos disparos, la soldado que había estado hablando disparó su arma. Un destello de luz avanzó por el aire como un estallido sordo, un rayo casi silencioso que fue más bien una sensación que un sonido. Una energía azul se dispersó por el rostro de Keisha mientras gritaba como si la estuvieran matando, completamente dolorida. Su cuerpo colapsó en el suelo y sus brazos y piernas temblaron con espasmos. El pequeño Dante estaba a menos de un metro de ella y, por primera vez desde que se habían conocido, comenzó a llorar como cualquier niño. Los sonidos combinados de la angustia de una madre y su hijo fueron suficiente para encender la ira que avanzaba por las venas saturadas de Newt.

Gritó como un animal, un alarido primal, y se abalanzó sobre el soldado más cercano que parecía perplejo, haciendo nada, con su arma apuntada al suelo. La mujer que le había disparado a Keisha estaba de rodillas, apretándose la herida en su estómago. El tercer soldado yacía en el suelo en un charco de sangre que se extendía por debajo de su casco destrozado por el disparo. Newt se lanzó sobre el único que quedaba en pie, el único que parecía estar completamente perdido.

Estrelló su hombro contra el pecho del soldado, incluso aunque el hombre gritara (al menos, creía que era un hombre) pidiendo ayuda a través del sistema de comunicación que utilizaran. Newt lo envolvió entre sus brazos y el impulso los hizo caer a ambos al suelo con violencia, el otro hombre amortiguó la caída. En cierto punto, Newt sabía que estaba actuando de manera imprudente, que una ira irracional lo había consumido y vuelto… inestable. Pero eso no lo detuvo de gritar una vez más, sentarse sobre el estómago del soldado, sujetar su casco con ambas manos, levantarlo y estrellarlo contra el suelo, una y otra vez, hasta oír un crujido y un quejido de dolor que se desvaneció con un último aliento.

El cuerpo completo del soldado quedó inmóvil.

Newt respiraba con pesadez, su pecho se esforzaba tanto que casi se desmaya y colapsa junto al hombre. Pero de repente otro aluvión de adrenalina se apoderó de su cuerpo. Se sentía invencible. Exultante. Histéricamente eufórico. Pero aún estaba lo suficientemente firme en la realidad como para saber que el virus lo estaba cambiando cada día más. Esta sería su vida pronto.

Un ser ansioso por sentir la emoción y el deleite de una ira descontrolada.

Pero luego algo apareció en el fondo de su mente y su breve momento de guerrero terminó con él en el suelo como un globo desinflado. No se desvaneció por completo de su entorno, aún podía ver a Keisha recostada en el suelo con Dante a su lado en pánico y llorando, pero unos segundos más tarde vomitó todo.

¿Por qué mierda había salido del Berg?

Capítulo cuatro

La próxima hora fue una eternidad de dolores de cabeza, náuseas y movimientos extraños.

Se quedó despierto la mayor parte del tiempo; el hiperentusiasmo que había sentido durante dos minutos se había desvanecido por completo. Gastado. Ya no tenía energía para nada, de hecho, no levantó ni un dedo para defenderse cuando los soldados de apoyo hicieron lo que quisieron con él. Por lo menos no lo separaron de Keisha y Dante. No podría tolerar perder la pequeña conexión que había tenido con ambos luego de tan poco tiempo.

De pronto, se acercó un camión. Era mucho más pequeño que las bestias que había visto antes junto a las paredes masivas de Denver. Dos personas lo levantaron del suelo sin ningún cuidado y lo arrojaron a la parte de carga del vehículo. Esperaba aterrizar sobre una pila de cuerpos retorcidos, una docena de Cranks que luchaban con desesperación para salir de ese lugar. Pero en cambio, cayó sobre la superficie de acero dura y perdió el aliento por unos segundos. Keisha fue la próxima, aún sin rastros de movimientos voluntarios en sus extremidades.

Pero sus ojos.

Sus ojos parecían conscientes y despiertos, con el pánico más puro que Newt jamás había imaginado. Pero eso disminuyó un poco cuando colocaron a Dante a su lado, con un poco más de cuidado del que les habían dado a ellos. El niño aún lloraba, pero se había convertido en un ruido constante de fondo, como la corriente de un río rocoso cerca. El niño apoyó la cabeza sobre el hombro de su madre y envolvió sus pequeños brazos alrededor de su cuello. Algunas lágrimas brotaron de los ojos de Keisha.

–Ella está bien –murmuró Newt, aunque dudaba de que el niño lo escuchara o entendiera–. Ella solo… Se pondrá bien pronto –cada palabra que salía de su boca resonaba en su cabeza como una campanilla rota.

Un soldado subió en la parte trasera del camión con ellos y se quedó en cuclillas de espaldas a la ventanilla de la cabina. Llevaba algo que parecía más bien una ametralladora que un arma de energía, por lo que Newt entendió que tenía menos de una oportunidad por su mal comportamiento. La próxima vez lo recompensarían con algunas balas en el cerebro para acabar con todo esto.

El camión encendió el motor y abandonó el vecindario tranquilo, seguro por la limpieza que habían realizado en la zona. Newt creía que quizá algún espía los había reportado desde la oscuridad, desde atrás de algunas cortinas rotas y cristales destruidos. Pero para su sorpresa, descubrió que no le importaba. A lo mejor el virus ya le había comido esa parte del cerebro; esa parte que se preocupaba y agonizaba por lo que depararía el futuro cercano. Simplemente no importaba. La locura lo esperaba al final del camino y no había forma de aminorar la marcha. No había forma de que le importara lo turbulento que pudiera ser el viaje.

Newt se acostó de espalda y levantó la vista hacia el cielo. Azul y blanco, más nubes que de costumbre, pero de esas que carecían de forma o sustancia, solo pinceladas dispersas en el cielo hechas por un pintor sin disciplina. Algunos decían que el cielo nunca había tenido el mismo color cuando las llamaradas solares catastróficas azotaron a la Tierra décadas atrás. Newt nunca lo sabría, nunca podría saberlo. Lo que veía parecía ser suficientemente natural y, a pesar de su repentina indiferencia por el mundo, le daba cierta comodidad que lo entristecía un poco, ya que nunca más podría tener una vida plena y significativa bajo ese cielo.

El camión se detuvo de golpe luego de un rato. Cuánto tiempo había pasado, no lo sabía. Quizá media hora. Habían aparcado entre dos plataformas de concreto a cada lado que parecían flotar a solo unos pocos metros del camión y tenían unas barandillas de acero a cada lado. En cada una de ellas había personas vestidas con atuendos protectores robustos y autoritarios que parecían algo típico de CRUEL en un mal día. Newt rápidamente miró a Keisha, quien le daba la espalda y tenía los brazos envolviendo a su hijo. Tal vez estaba dormida; notó que su espalda subía y bajaba con cada respiración. Suspiró aliviado.

Miró a los extraños que los observaban desde arriba y se apoyó sobre sus codos para levantarse. Abrió la boca para decir o preguntar algo, pero de repente asomaron una manguera desde las barandillas y la apuntaron en su dirección. Fue suficiente para callarlo.

Un chorro de agua (o al menos eso esperaba que fuera) brotó con energía de la boca de la manguera y lo impactó con tanta fuerza que lo hizo caer sobre la superficie metálica del camión, mientras gritaba por el frío cortante del golpe. El impacto fue bastante doloroso y el frío hizo que se sintiera como un ácido que corroía su piel como un millón de bofeteadas. Intentó gritar, pero se le llenó de agua la boca y se ahogó, por lo que lo único que pudo hacer fue toser. Keisha parecía haber vuelto completamente a la normalidad, ya que se movía y pataleaba, mientras cubría a Dante lo mejor que podía. La manguera apuntó a Newt, luego a Keisha, y una vez más a Newt. Esta tortura duró uno o dos minutos antes de que un ángel decidiera cerrarla. Newt y Keisha quedaron empapados, escupiendo y tratando de recuperar el aliente, todo esto entre los gritos chillantes de Dante.

–¿Qué rayos fue eso? –preguntó Keisha, quien sonaba como alguien que acababa de nadar quince metros bajo el agua y finalmente hubiera salido a la superficie para respirar.

Una persona con un traje anticontaminación le respondió con una voz robótica.

–Es lo mejor que podemos hacer para desinfectarlos. Lo siento. Ya no tenemos tantas opciones. Esperamos que el niño esté bien. –Con ese comentario empapado de compasión, los saludó con un gesto de su mano. El camión arrancó nuevamente con un chillido de su motor. Una vez más, retomaron el viaje.

Levantaron velocidad. Al estar mojados, parecía que la temperatura hubiera bajado unos treinta grados. Keisha sacó a flote su lado maternal y acurrucó a Newt junto a su hijo. Dante estaba en silencio, quizá temblaba con tanta intensidad que no podía llorar. Newt no se quejó. Se aferró al cuerpo de Keisha para mantener el calor tanto como fuera posible. Tenía imágenes de una mujer en su mente, sombras hechas de luz, sin facciones, más bien una presencia que otra cosa. Su mente se estaba yendo, ya lo sabía, y esa ironía era tan grande que hasta podía cortarse con un hacha. Pronto recordaría a su madre por completo, solo para olvidarla en la locura de la Llamarada.

Unos minutos más tarde, cruzaron un portón abierto en un muro enorme de madera. Vio que había un letrero en una de las puertas, pero pasó tan rápido que no pudo leerlo. Enseguida, algunas personas se reunieron a su alrededor. Notó que tenían golpes y rasguños en sus rostros, y todos llevaban Lanzadores. Ninguno parecía estar muy contento de tener visitas. Vio algunos árboles en las inmediaciones, la mitad muertos y la otra mitad verdes, coloridos y fuertes. El mundo estaba regresando a la vida, lento pero seguro, en especial en las zonas más elevadas.

El camión se detuvo una vez más. Había pasado tiempo suficiente para que su piel se secara, pero todavía faltaba su cabello y ropa. Ambas puertas del vehículo se abrieron y cerraron, y algo parecía decirle que el viaje había terminado, que nunca estarían en otro carro o camión por el resto de lo que quedaba de sus vidas.

–¿Nos matarán? –preguntó Keisha al aire vacío sobre ellos con una voz temblorosa, fue la primera vez que Newt la vio genuinamente asustada–. Por favor, no lastimen a mis hijos.

Hijos. ¿Acaso su mente dispersa le estaba haciendo creer que Newt era su hija que había regresado de la muerte? ¿O aún estaba lo suficientemente aferrada a su consciencia como para pensar que le tendrían más misericordia si estaba con sus hijos? Antes de que alguien se molestara en responder esas preguntas, los tres se sentaron y se separaron del abrazo cálido que compartían. Dos soldados aparecieron por la parte trasera del camión, mientras las puertas aún permanecían cerradas. Llevaban cascos y sus rostros no eran más que un reflejo negro desalmado como un par de robots. Uno de ellos habló con una voz familiar, apagada y ligeramente mecanizada, tan grave como un gruñido que casi parecía estática.

–Tienen suerte de seguir con vida –dijo–. En especial, luego de haber asesinado a mis amigos. Si se quejan, les daré una paliza que nunca olvidarán. Lo juro sobre toda su familia muerta.

–Guau. Qué intenso. ¿Te levantaste del lado equivocado de la cama esta mañana? –le dijo Keisha y Newt se maravilló de que su compañera tuviera las agallas para seguir haciendo bromas.

El soldado que había hablado se subió al área de carga con los puños cerrados y el cuero de sus guantes rechinó por la fuerza.

–Repite lo que dijiste. Vamos, una vez más. ¿Te piensas que sería la primera vez que rompemos una orden por accidente? Sería una lástima para ese niño que su mamá muriera porque no quiso… colaborar.

Para el alivio inconmensurable de Newt, Keisha no respondió. Miró a Dante y encontró toda la fuerza que necesitaba en los ojos de su hijo, en su vida.

–Solo bájense del camión –dijo otra soldado que apareció por detrás–. Ahora. Pasarán el resto de sus vidas en este infierno así que será mejor que se sientan como en casa. –Accionó un pestillo y la puerta trasera del camión se abrió emitiendo un crujido metálico y pesado.

De repente, Newt quedó invadido por un pánico abrumador, la incertidumbre de su vida, todo junto, luchando contra la cordura una vez más. Se movió para esquivarlo, avanzó a toda prisa hacia adelante hasta que se bajó del camión y se paró en el suelo, una mezcla de hierbas dispersas y tierra. Un vistazo rápido a su alrededor le hizo notar muchos árboles y docenas de pequeñas cabañas y tiendas, tan desordenadas como los primeros días en el Área. Newt extrañaba a sus amigos y esos días pasados con la misma intensidad de esos tiempos.

Keisha le pasó a Dante y luego bajó de un salto a su lado. Era la primera vez que Newt sostenía al niño, quizá la primera vez en su vida que había sostenido a alguien tan joven. Para su sorpresa, el niño no lloró, tal vez estaba demasiado distraído con su nuevo entorno, tal vez aún sentía una euforia falsa por la ausencia de una manguera furiosa. Incluso Newt se sentía así. Aún estaba muy fresca en su mente y, extrañamente, hacía que todo el mundo fuera más agradable. Ya no debía soportar la presión del agua congelada sobre su rostro.

Uno de los soldados cerró la puerta trasera del camión y aseguró el pestillo. Enseguida, avanzaron hacia la cabina sin decir nada, abrieron las puertas y se subieron.

–Esperen –dijo Newt, entregándole a Dante a su madre–. ¿Qué se supone que hagamos aquí?

El soldado en el asiento del acompañante lo ignoró y cerró la puerta de golpe. La conductora se detuvo con un pie sobre el escalón interior, pero no volteó hacia él cuando le respondió.

–Como dijimos, solo agradezcan que están vivos. Ya no traen a nadie a este lugar. Está casi lleno. A la mayoría de los Cranks simplemente… Ya sabes. Los llevan a un lugar mejor.

El Palacio de los Cranks. Una parte retorcida de su mente habría reído. Después de todo, aquí estaba, incluso después de que Keisha le hubiera dicho sin sutileza que era la idea más tonta de todos los tiempos.

–Pero ¿por qué? –preguntó Keisha, meciendo a Dante suavemente entre sus brazos–. Si están matando a la mayoría de los infectados, ¿por qué a nosotros no? ¿Después de lo que hicimos? –No había ni una gota de arrepentimiento en su voz. Ni un poco.

–¿Te estás quejando? –le preguntó la soldado–. Te llevaré a los pozos de llamaradas con mucho gusto si es lo que dicta tu corazón. Te lo mereces.

Newt intervino.

–No, no. Gracias. Estamos bien. –Sujetó a Keisha del brazo con cuidado y la alejó del camión. No quería volver a relacionarse nunca más con esta gente. Pero ella insistía, como si estuviera resuelta a que los asesinaran o quemaran en los pozos.

–¿Por qué? –le preguntó–. ¿Qué nos ocultan?

Si bien no podían ver el rostro de los soldados, cada centímetro de la armadura de la soldado dejaba en evidencia lo que sus expresiones faciales no. Frustración. Molestia. Ira. Al cabo de unos segundos, se relajó, todos sus músculos se aflojaron de inmediato y su pie cayó al suelo. Volteó hacia ellos y habló con su voz mecanizada, desprovista de toda emoción.

–Es él –señaló a Newt–. Saben quién es y… ella quiere vigilarlo. Tú y tu hijo solo tienen suerte de haberse hecho un nuevo amigo. De otro modo, habrían muerto antes de llegar a los pozos. Ahora adiós y que tengan una vida maravillosa. Corta y dulce, como dicen.

Una vez que terminó, se subió nuevamente al camión y se marchó, lanzando rocas y tierra con las ruedas.

–¿De quién estaba hablando? –le preguntó Keisha–. ¿Quién es… ella?

Newt solo negó con la cabeza, mirando al camión a medida que se hacía más pequeño en la distancia. Finalmente, dobló en una esquina junto algunos árboles y desapareció. Bajó la vista hacia el suelo.

–Ahora no –fue lo único que logró decir.

Ella.

No se animaba a decir su nombre.

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9789877477924
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