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GOLD BEACH

Isabel Montes

Primera edición: abril de 2015

© Copyright de la obra: Mª Isabel Montes Ramírez

© Copyright de la edición: Angels Fortune Editions

ISBN: 978-84-943785-0-8

Dipòsit Legal: B-8045-2015

Corrección: puntoyaparte - info@puntoyaparte.net

Diseño e imagen de portada: Duodisseny

Maquetación: Celia Valero

Edición a cargo de Mª Isabel Montes Ramírez

©Angels Fortune Editions

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Printed in Spain - Impreso en España

Impreso por: Tecnoart, S.L.

A Gran Bretaña,

país al que adoro y que tanto me inspira.

A Elwyn y Peggy Elisabeth, mis segundos padres,

cuyas vidas han inspirado esta historia.

Y a Philip, el amor de mi vida.

Aunque nadie puede volver atrás y hacer un nuevo comienzo,

cualquiera puede comenzar a partir de ahora y hacer un nuevo final

El 14 de noviembre de 1940 la Luftwaffe casi destruye Coventry. A partir de aquel día pocas fueron las ciudades que escaparon a los bombardeos alemanes, las más castigadas fueron las más industrializadas: Londres, Southampton, Liverpool, Glasgow, Birmingham… Parecía que la idea de Hitler era conquistar un país en cenizas. Quizá pensó que de esta forma le sería más fácil reconstruirlo a su imagen y semejanza, pero con lo que no contó fue con que este país ya estaba forjado por su historia. Una historia de la que el pueblo británico se sentía tremendamente orgulloso, y por la que lucharía hasta el final con el único objetivo de conservarla y engrandecerla.

En aquellos días de oscuridad, orgullo y esperanza fue cuando empezó esta historia.

Capítulo 1. Philip

Moffat, Escocia, 5 de julio de 1975

Mr. Young me dijo que tenía que estar más al tanto de las señales. Su tono de voz y las palmaditas que me dio en la espalda al despedirnos me hicieron recordar a mi primer padre. Desde que huí a Lichfield con una diminuta maleta, siempre me trató como si yo fuera alguien especial para él, y así era en realidad aunque en ese momento no tuviera conciencia de ello. Le dije que tenía razón y que lo haría, para seguirle la corriente, aunque en mi interior pensaba: “¿qué está diciendo este hombre?” Pero cuando entré en el pub con Isobel y escuché la nueva canción de Pink Floyd Wish you were here empecé a entender a qué se refería.

Mi reciente ruptura con Claire me había hecho replantearme mi vida. Tenía una familia con la que apenas mantenía contacto, a excepción de mi madre y mi hermana pequeña y a mis treinta años parecía que nunca conseguiría sentar la cabeza. Una vez que tomamos la decisión de romper, o mejor dicho una vez que ella la tomó, la convivencia se hizo tan insoportable que necesité alejarme de Lichfield hasta que ella abandonase mi casa definitivamente, pero ¿dónde podía ir para no tener que dar explicaciones a nadie? La solución se me presentó cuando llamé por teléfono a mi madre. Parecía que el destino se había empeñado en devolverme al punto de partida. Desde que mi madre abrió el Bed & Breakfast nunca había hecho vacaciones en verano hasta, casualmente, ese año. Durante todo el mes de julio veranearía con su marido y mis hermanas en Saundersfoot en el país de Gales, así que la casa de mi infancia estaría libre para recibir a un solo inquilino: yo. Aprovechando la oportunidad que se me presentó le hice creer que había decidido finalmente pasar unos días en Moffat. Cuando me escuchó, se quedó sin palabras durante unos segundos como si no diera crédito a lo que le acababa de decir. No me hizo falta verla para saber que estaba llorando. Cuando pudo recomponer su voz, me dijo que aquel era el regalo que llevaba años esperando. Mi escueta y brusca respuesta le dio a entender que no quería hablar sobre el pasado así que no tardó en cambiar de tema. Ni siquiera me preguntó por Claire. Supongo que como no la mencioné, ya se imaginó lo que habría ocurrido. Como mi madre siempre estuvo al corriente del ir y venir de las mujeres que pasaron por mi vida desde que mi relación con Isobel terminó, su discreción en estos temas era absoluta. Después de darme las gracias por querer pasar unos días en casa, me suplicó que la esperase hasta su regreso. Y fue entonces cuando, sin saber porqué, le pregunté por Isobel. Desde que tomó la decisión que me rompió el corazón trece años atrás, no la había vuelto a ver. Aquel día no solamente rompí con ella, también lo hice con mi familia porque los consideré culpables de nuestra ruptura. Al cabo de unos años de aquel fatídico día, retomé la relación con mi madre pero nunca más volví a saber nada de Isobel. Para mi sorpresa descubrí que seguía viviendo en Moffat, que era la profesora más querida del colegio y que inexplicablemente no tenía pareja. ¿Sería una señal?

Tardé cerca de cinco horas en recorrer con mi Mini las doscientas treinta y tres millas que separaban Lichfield de Moffat, pero en ningún momento el viaje se me eternizó. Aquellas horas me sirvieron para intentar poner un poco de orden en mi cabeza. El dolor y la tristeza, fieles compañeros de las rupturas sentimentales, no me acompañaban en esta ocasión. Ahora parecía que las señales de las que me habló Mr. Young las veía con claridad. Tenía que haber dejado a Claire mucho tiempo atrás. Pero lo que en realidad me sorprendió fue volver a sentir esa alegría casi adolescente al no poder sacar de mi mente a Isobel. ¿Por qué había preguntado por ella? Parecía que el orgullo que me impidió regresar entonces hubiese desaparecido por completo. ¿Acaso estaba haciendo ahora el viaje de regreso a mi hogar, que nunca llegué a hacer entonces? Únicamente el tiempo me lo diría.

Cuando las agujas del reloj rozaban las doce del mediodía llegué a Moffat. Nada más cruzar la puerta de entrada de la casa que me vio crecer, los recuerdos y sentimientos que había conseguido encerrar en el olvido los últimos años, se agolparon en mi mente como si me estuviesen exigiendo que les prestara atención. Hacía una semana que la casa estaba cerrada pero todavía seguía oliendo a flores frescas. Me detuve unos minutos para mirar a mi alrededor. Aunque la decoración había cambiado ligeramente, no me sentí en una casa ajena. Dejé la maleta en el suelo y empecé a abrir las cortinas para que entrara la luz de un sol radiante que lucía sorprendentemente en la ciudad. Lo primero que hice fue dirigirme a mi antiguo dormitorio para deshacer la maleta. Al abrir la puerta comprobé que seguía estando tal y como yo lo dejé. Con un movimiento de negación de mi cabeza, cerré los ojos y suspiré apenado. ¿Cómo había sido capaz de hacer sufrir tanto a mi madre? En ese instante hubiese deseado tenerla a mi lado para abrazarla, pero una vez más nos separaban unas cuantas millas. Al abrir los ojos, sacudí mi cabeza con energía como si me estuviese diciendo que había llegado el momento de rectificar, al menos con ella y mis hermanas. En un abrir y cerrar de puertas y cajones coloqué toda la ropa con pulcritud y orden. Después de muchos años de oír la misma frase en boca de todas las mujeres que habían pasado por mi vida, desde mi madre hasta Claire, habían conseguido finalmente pulir mi ordenado desorden. Antes de salir miré a mi alrededor. Sobre la almohada de mi cama me sorprendió encontrar una nota. Me acerqué para leerla con curiosidad. Estaba escrita del puño y letra de mi madre.

Isobel. 5, Warriston Rd.

Le hará mucha ilusión volver a verte.

Mamá xxx

Isobel, repetí en mi mente. ¿Realmente se alegraría de verme después de las cosas que nos dijimos aquel día en la estación de tren? Tenía mis dudas. Lo que estaba claro era que no había regresado a Moffat para reencontrarme con ella. Esa historia ya estaba zanjada y terminada. Quizá mi madre me malinterpretó al preguntar por ella. Lo único que buscaba en Moffat era estar solo y alejarme del mundo, al menos durante el próximo mes. Aquella pregunta no había sido más que pura cortesía. Arrugué la nota y la guardé en el bolsillo del pantalón para tirarla después a la basura.

Bajé las escaleras como si llegara tarde al colegio. Al cruzar el recibidor para dirigirme a la cocina, me detuve junto a la mesa de madera que había frente a la entrada de casa. Estaba tal y como yo la recordaba. En el centro había un ramito de flores secas, en esta ocasión de color lila, sujetas por un lazo rosa junto a una vela blanca aún por encender. A la izquierda una foto de John con su bata blanca y su corbata, a la derecha una foto de Elwyn con su uniforme militar. Los dos hombres a los que había amado mi madre compartían, en igualdad de condiciones, aquel diminuto santuario. Miré detenidamente a mis dos padres. Al primero lo recordé con cariño, al segundo seguía sin poder quererle.

Al abrir los armarios de la cocina mi estómago empezó a gruñir. Si hubiese llamado antes a mi madre, la despensa estaría llena, pero no era el caso. Afortunadamente encontré algo de comer. Literalmente engullí un plato de beans on toast acompañado de una taza de té como si fuese un simple aperitivo. Fregué los platos y recogí la cocina ante mi total asombro. Al recordar las recriminaciones diarias de Claire para que no dejara los platos por medio, sonreí al ver que finalmente lo había conseguido. Lástima que no estuviera conmigo para saborear su victoria. Me dirigí al recibidor, me puse la chaqueta, cogí las llaves del coche y salí de casa para ir al supermercado.

En los trece años que no había vuelto a aparecer por Moffat, la ciudad había cambiado bastante. Conduje por Old Carlisle Rd intentando recordar donde estaba el supermercado más cercano. Al llegar a la calle The Holm giré a la izquierda para dirigirme al centro del pueblo pero inexplicablemente en lugar de seguir recto, giré en Park Circle, cogí la gran rotonda y salí la segunda a la derecha. “¿A dónde iba?”, pensé. Frené y estacioné en cuanto pude para dar la vuelta porque literalmente estaba perdido. Había vivido durante diecisiete años en esa ciudad pero parecía como si fuese la primera vez que la visitaba. Miré alrededor para tratar de ubicarme. Me había detenido delante de cinco casas pareadas. Todas ellas tenían un pequeño jardín en la entrada, cercado por unas vallas perfectamente barnizadas que daban un toque de color a la monotonía del gris de la fachada. Busqué a derecha e izquierda el nombre de la calle, 5 Warriston Rd. Volví a leer el nombre con los ojos desorbitados, estiré las piernas, palpé el bolsillo del pantalón e introduje lentamente la mano para extraer la nota que había olvidado tirar a la basura. Cuando la leí cerré los ojos. “Me rindo Mr. Young, tiene usted toda la razón”, pensé.

Mi pulso se aceleró y supe exactamente porqué. Una falsa lógica que no hacía más que enmascarar mi propio orgullo me decía que lo que tenía que hacer era dirigirme al supermercado y olvidar historias pasadas, pero algo en mi interior, al que me negué a llamar corazón, me repetía constantemente su nombre. Miré el reloj. Era la una y media. Con un poco de suerte la podía invitar a comer, pensé. Hasta las seis de la tarde tenía tiempo para hacer las compras. Pero entonces la razón me devolvió a la realidad. ¿Me podía presentar ante ella al cabo de trece años para invitarla a comer como si nada hubiese pasado? La arrogancia de creer que aquella relación ya no me afectaría y el carisma que había cosechado con todas las mujeres que habían pasado por mi vida me hicieron creer que sí. De repente las nubes pusieron fin a la tregua que le habían concedido al sol. El cielo se había vuelto gris.

Durante unos minutos mi cabeza intentó encontrar las respuestas adecuadas para lo que pudiese surgir con este reencuentro, pero aunque seguía pensando que aquello no era una buena idea, no me amedrenté. Salí del coche, estiré mi ropa y cuando estaba a punto de cruzar la valla me acordé de Claire. Tan solo habían transcurrido unas horas desde que la dejé en Lichfield. Miré la puerta de entrada de la casa. Lo que iba a hacer no era una nueva conquista, simplemente iba a visitar a una amiga de la infancia.

Las nubes habían oscurecido completamente el cielo. En breve empezaría a llover. Permanecí frente a la entrada de su nueva casa durante unos minutos sin atreverme a pulsar el timbre hasta que finalmente lo presioné. Cuando abrió la puerta me miró con aquellos maravillosos ojos azules que nunca había conseguido olvidar. Su mirada no pudo esconder la sorpresa que le supuso mi inesperada visita. Inmediatamente se subió el cuello alto de su jersey sin mangas hasta cubrir la mandíbula y se ajustó la chaqueta de punto que llevaba puesta para cubrir su hombro descubierto. Durante unos segundos nos miramos sin reparos como si quisiéramos admirar los cambios que el tiempo había generado en nosotros. Y fue entonces cuando entendí porqué no me había funcionado con nadie más.

Isobel se había convertido en una preciosidad. Su piel seguía tan fina y blanca como yo la recordaba. Su melena azabache había crecido hasta cubrir su espalda con unas ondulaciones que parecían suaves olas del mar. Literalmente tuve que morderme las ganas de besarla en ese mismo instante. Lo que menos me esperaba al verla era volver a sentir una pasión que ya creí olvidada. Durante unos segundos maldije mi maldito orgullo por no permitirme regresar por ella años atrás. Las palabras de Mr. Young cobraron vida una vez más: “Philip, aunque nadie puede volver atrás y hacer un nuevo comienzo, cualquiera puede comenzar a partir de ahora y hacer un nuevo final”. Hubiese dado lo que fuera necesario por saber qué estaba pensando ella. El silencio se hizo tan incómodo que no se me ocurrió nada mejor para romper el hielo, que utilizar la frase más moderada de mi repertorio de ligón de ciudad: “te invito a una cerveza en el pub”. Sin decir una palabra, dio media vuelta y desapareció en el interior de casa. Mi primera reacción fue pensar: “te lo mereces”, pero como la puerta siguió abierta me quedé esperando sin saber qué hacer. Aquellos diez minutos fueron los más largos de mi vida pero cuando volvió a aparecer, la espera había merecido la pena. Se había cambiado de ropa y retocado su melena en un tiempo récord. Lucía un vestido corto sin mangas, de cuello alto con grandes estampados florales en colores cítricos. El bolso y la chaqueta colgaban de su brazo. Ornamentó su melena con una ancha diadema de color blanco a juego con unos zapatos de grandes plataformas que casi la ponían a mi altura. Estaba impresionante. Cerró con llave y con su sonrisa infantil me dijo: “vamos antes de que empiece a llover”. La miré y sonreí porque tuve la sensación de que me estuviese esperando. Y como si todos esos años se hubiesen convertido simplemente en unas horas, retomamos nuestra amistad allí donde yo la abandoné.

Al entrar en el pub, Isobel empezó a tararear en voz alta la canción de Pink Floid que sonaba entre el bullicio de la gente. Después de pedir en la barra, nos sentamos en una mesa junto a la ventana. Brindamos con nuestras pintas sin apenas mirarnos a los ojos. Ninguno de los dos podíamos mantenernos la mirada. Ella cruzó las piernas con decisión y empezó a preguntarme por mi vida. Enseguida descubrí avergonzado de que estaba al corriente de todo lo que me había sucedido, incluso sabía que había roto con Claire. La discreción de mi madre tenía una excepción: Isobel.

—¿Cómo estás? —preguntó con una dulzura que denotaba preocupación.

—Bien, aunque suene extraño. Hay rupturas que duelen y otras que liberan. Afortunadamente esta es una de ellas.

—¿Has vuelto a Moffat a pasar el verano o solo para desconectar unos días en tu casa? —dijo mientras bebía un sorbo de su cerveza.

—La verdad es que aún no lo sé. En teoría tenía que impartir unas clases de recuperación las próximas dos semanas, pero Mr. Young me recomendó que empezara mis vacaciones, así que no tengo que regresar a Lichfield hasta finales de agosto.

—¿Quién es Mr. Young? —preguntó como si no lo supiese.

—El director de la escuela donde trabajo. Es una gran persona y un gran profesional al que no le gustan los escándalos, así que cuando Claire se presentó en el claustro de profesores contando a los cuatro vientos nuestra ruptura y su parte de verdad, me llamó a su despacho para que le informara de lo ocurrido. Evidentemente no era su intención inmiscuirse en mi vida privada, pero quería estar al corriente de los hechos para tomar las decisiones oportunas. Aún no sé porqué, pero me tiene en buena estima y creo que hasta se alegró de que terminara con ella. Claire nunca fue santo de su devoción. Me dijo que ya buscaría un suplente para las clases de recuperación y que lo mejor que podría hacer era regresar al punto de partida y volver a empezar. Y por eso estoy aquí.

—Pero cuando regreses a Lichfield y te encuentres de nuevo con ella ¿no volverás a caer en sus brazos? —me preguntó apretando la mandíbula.

—Afortunadamente ha decidido regresar a Londres. Dice que echa de menos las ciudades de verdad.

—Pues en Moffat se hubiese muerto de asco, ¿no crees? —dijo con una carcajada.

—Seguramente. En un par de semanas, cuando termine su trabajo en la escuela, regresará a Londres. Le dijo a Mr. Young que no contase con ella el curso siguiente, así que asunto resuelto.

—Ahora que lo pienso ¿cómo te has atrevido a dejarla sola en tu casa? ¿Y si cuando regresas te la encuentras vacía o destrozada?

—Es una histérica con clase. Cogerá sus cosas y se marchará sin más.

La madurez de sus treinta años le había permitido conservar sus facciones juveniles y su comportamiento dicharachero y en ocasiones un poco infantil. La Isobel que yo recordaba se había convertido en una mujer hermosa que ocultaba las heridas de su infancia bajo telas de colores. Mi sonrisa, mi silencio y la forma en cómo la miré la ruborizaron tanto que no tardó en cambiar de tema

—¿Cómo has podido aguantar tanto tiempo con una mujer así? Dime al menos que en la cama era buena porque no lo entiendo. Inglesa, profesora de matemáticas, rubia, ¿pero qué viste en ella?

Por lo visto mi madre le había hecho una descripción exhaustiva de mi última pareja. En el fondo tenía razón. ¿Qué había visto en Claire? ¿Qué esperaba conseguir con esa relación? ¿Y con las anteriores? Sin darme cuenta había seguido los consejos de Mr. Young al pie de la letra. Me encontraba en el lugar donde todo empezó y ahora que la veía frente a mí supe que estaba donde tenía que estar. Sonreí y sin dejar de mirarla a los ojos levanté mi pinta de cerveza para brindar.

—Por los nuevos comienzos, Isobel.

Ella me miró durante unos segundos sin saber qué decir. Sus mejillas se enrojecieron sutilmente hasta que sus labios se empezaron a curvar en una leve sonrisa.

—Y para que sean definitivos, Philip.

A las seis y media salimos del pub. La tarde había transcurrido sin apenas darme cuenta, incluso me olvidé de que estaba hambriento. Una fina lluvia caía sobre nosotros como si fuese el rocío de la mañana. La temperatura había bajado considerablemente, así que subí la cremallera de mi chaqueta hasta el cuello. La acompañé a su casa como si volviéramos a ser los mismos adolescentes de años atrás. Durante el camino de regreso la Isobel de siempre volvió a aparecer con aquella alegría innata tan contagiosa que te hacía sentir feliz. Era lo que menos me esperaba pero lo agradecí. No sé qué habría hecho si se hubiese comportado como me merecía. Al llegar a casa nos cobijamos bajo el techo de la entrada para guarecernos de la lluvia. Si ninguna excusa de última hora lo impedía, la hora de la despedida había llegado pero yo no me quería marchar. Había añorado tanto su compañía que las horas que habíamos pasado juntos me supieron a poco. Isobel me daba paz. Cuando le vi sacar las llaves del bolso, improvisé lo primero que me vino a la cabeza para volverla a ver. Ella se giró y me miró con cara de interrogante al preguntarle si le apetecería acompañarme a pescar a la mañana siguiente. Qué poco tacto había tenido con aquella proposición, pero ya era demasiado tarde para rectificar. “Si esperas que acabemos como la primera vez que me invitaste, estás muy equivocado”, me dijo. Cuando pude reaccionar me separé de ella tímidamente y me limité a decirle con el semblante serio: “solo quería verte y pasar la mañana contigo, nada más”. Ella me sonrió, me guiñó un ojo y me dijo: “mañana a las diez en punto. El pícnic corre de mi cuenta”. Se despidió con la mano y una sonrisa que me llegó al alma, y sin más cerró la puerta con decisión. Yo permanecí unos minutos sin moverme porque me negué a creer que no me invitara a entrar, pero no volvió a abrir. Mi físico y mis dotes de seducción que para otras eran completamente irresistibles, parecían no afectarle ya lo más mínimo. Aquel verano prometía ser el curso de recuperación de una asignatura que tenía pendiente de aprobar desde hacía muchos años.

Me dirigí hacia el coche porque de repente recordé que seguía hambriento y sin pensármelo dos veces puse rumbo a Marias Fish & Chips shop en High Street para darme un merecido banquete. Ya encontraría un momento al día siguiente para llenar la despensa.

La casa de mi infancia estaba situada a las afueras del pueblo. Una vez que pasabas el campo de rugby, girabas la primera a la derecha para adentrarte en una carretera estrecha y oscura que atravesaba un bosque frondoso. La luz del sol apenas podía entrar a través de aquellos árboles altos y espesos. Al cabo de una escasa milla, se abría un claro en el bosque y aparecía mi hogar. Aquella casa había sufrido varios cambios a lo largo de los años. Inicialmente se construyó como una granja con área de cultivo y ganado. Al adquirirla mi padre, la transformó en su consulta médica y en su hogar. Las tierras pasaron a manos del ayuntamiento y las cuadras se transformaron en un porche para el coche y en habitaciones para ampliar la casa. Antes de morir la convirtió en el Bed & Breakfast que era hoy en día. Literalmente estábamos en medio del bosque.

Al entrar agradecí que la calefacción llevase tiempo funcionando porque la verdad es que hacía frío. Había olvidado que los veranos en Escocia se convertían en inviernos cálidos al anochecer. Me quité los zapatos nada más entrar para no manchar la mullida y pulcra moqueta del recibidor, colgué la chaqueta en el perchero y me dirigí al dormitorio para calzarme mis slippers. Antes de salir de la habitación me dirigí a la ventana. Si algo me gustaba de aquella estancia era las vistas que tenía. Abrí la cortina para admirar las frondosas montañas siempre húmedas y verdes que parecían estar allí para resguardar la parte de atrás de la casa. Las ovejas pastaban plácidamente desperdigadas por las laderas como si estuviesen en su paraíso particular. Durante el mes de julio en los picos de las montañas se podía ver una franja de luz que no desaparecía en toda la noche, como si fuese un continuo amanecer. Dejé la cortina abierta y me dirigí a la cocina para prepararme una taza de té que me ayudase a entrar en calor. No eran ni las ocho de la tarde y no tenía más planes que ver la televisión y dormir así que me lo tomé todo con calma. Afortunadamente Claire no tenía el teléfono de casa así que no me molestaría con sus insultos, recriminaciones y las insistentes sugerencias para que visitara a un psiquiatra. La soledad de la casa fue lo que más agradecí en ese momento.

Al entrar en el salón noté un ligero cambio de temperatura. Hacía frío. Mi cuerpo tembló de arriba abajo. Miré a un lado y al otro como si estuviese buscando algo pero evidentemente solo vi muebles, cortinas y decoración de porcelana. La lámpara que estaba en la mesita junto al sofá estaba encendida. Me sorprendió mucho ya que traté de recordar sin éxito cuándo la había encendido. Mientras caminaba hacia el sofá, me negué a aceptar que el calor que brotó desde el interior de mi cuerpo lo hubiese provocado el miedo. “¿Miedo de qué?”, pensé. Suspiré enérgicamente y negué con la cabeza para alejar aquellas tonterías de mi mente. Me dirigí al televisor, lo encendí, me dejé caer sobre el sofá y cuando iba a dejar la taza de té sobre la mesita fue cuando lo vi.

El diario de mi madre descansaba junto a la lámpara como si me estuviese esperando. No me podía creer que lo hubiese dejado allí olvidado con lo cuidadosa que era para proteger las palabras de su vida. En esta ocasión lo cogí y lo abrí sin remordimientos. Con la ayuda de mi pulgar pasé las páginas rápidamente hasta llegar al final.

23 de junio de 1975

Sé que perdí a Philip hace años. Y lo peor de todo es que ya no sé cómo recuperarlo. A él le debo que mi vida volviera a brillar y sin embargo yo permití que la suya se oscureciera. Lo que creímos hacer por su bien acabó alejándolo de mi lado. ¿Cómo pude mantenerle al margen de mí? Me avergüenzo cada día de mi actitud y solo espero que el destino me lo devuelva pronto para poder enmendar mis errores y ayudarle a encontrar su camino. Sé quién le puede hacer feliz. ¿Soy una mala madre por no decirle lo que tiene que hacer? Seguramente no aceptaría mis consejos. Necesito que vuelva. Quiero que regrese junto a mí. Por favor Philip, vuelve”.

Una vez más aquel diario volvía a cambiar el rumbo de mi vida. Las palabras de mi madre me partieron el corazón. Me moría de ganas por volverla a ver. Lo cerré despacio y lo devolví a la mesita. En esos momentos lo que menos quería era recordar todo aquello. Dirigí los ojos hacia la televisión para olvidarme de lo que había leído, pero ya estaba en manos de un destino que no dejaba de enviarme señales, tal y como me profetizó Mr. Young. El programa Top of the Pops anunciaba una nueva actuación. Sobre el escenario 10cc empezaba a entonar I’m not in love. La letra de esa canción resumía mi propia realidad. Yo también conservaba una foto de Isobel. La luz de la lamparita empezó a parpadear como si de un momento a otro la bombilla se fuese a fundir hasta que se apagó. La sala de estar se quedó iluminada solo con la luz del televisor. Yo me acurruqué en el sofá como si tuviese frío pero en realidad, aunque me avergonzaba la idea, sentí miedo. Mientras la canción repetía big boys don’t cry miré el diario y recordé la primera vez que lo vi. Yo solo tenía catorce años y a partir de ese momento, toda mi vida cambió.

El baúl que guardaba mi madre en la buhardilla de casa fue mi juego preferido hasta que se convirtió en mi gran obsesión y en el mayor descubrimiento de mi vida. ¿Qué hubiese sido de nosotros si no hubiese descubierto lo que escondía en su interior? Aunque a día de hoy me sigo arrepintiendo de la aventura que emprendí, siempre pensé que mi madre se merecía ser feliz.

Cuando era un niño siempre me decía que debía protegerlo porque dentro guardaba un gran tesoro, y en cierta forma así era. Los días que el frío del invierno impedía jugar en el jardín de casa, pasaba las horas en la buhardilla luchando con la espada de madera que me había hecho mi padre, frente a un ejército imaginario para defenderlo. Durante los años de mi infancia nunca le pregunté a mi madre qué guardaba dentro del baúl, porque mi propia fantasía me hacía creer que estaba lleno de joyas, pero cuando crecí y le pedí que me enseñara la fortuna que había estado protegiendo en mis juegos, ella se limitó a decirme que solo guardaba ropa antigua y nunca encontró el momento adecuado para abrir el misterioso baúl en mi presencia. Si sus palabras eran ciertas ¿por qué lo tenía cerrado con llave? Unos años más tarde pasé de ser su ferviente defensor a convertirme en el más obsesivo saqueador. Intenté abrirlo de mil formas diferentes sin ningún resultado. Si mi madre hubiese estado al tanto de mis fallidos intentos, seguramente se habría alegrado de tener su secreto a salvo, pero sobre todo de ver mis nefastas dotes de ladrón. Tampoco pude descubrir donde guardaba la llave para abrirlo. La única opción que me quedaba era romper el candado, pero si no quería ganarme una buena reprimenda debía fingir que algo había caído sobre el baúl para romperlo. Aunque no me hizo falta llevar a cabo mi ingeniosa idea. Creo que el destino me había elegido para cambiar el curso de nuestras vidas.

La mirada siempre melancólica de mi madre, su inseparable cuaderno negro de tapas gruesas donde decía que escribía recetas de cocina que nunca puso en práctica, sus visitas de madrugada a la buhardilla cuando pensaba que yo dormía y aquel baúl que parecía tener vida propia, se habían convertido en un gran interrogante al que necesitaba encontrar respuestas. Algo en mi interior me instaba a abrirlo.

Al principio pensé que su tristeza se debía a la muerte de mi padre, pero entonces empecé a recordar cómo era ella cuando él aún vivía, y si había un rasgo que la caracterizaba era los momentos en los que parecía estar ausente con la mirada perdida y muy lejos de nuestro lado.

Mi padre, John McCoolant, había sido durante toda su vida el médico de Moffat, así que le resultó fácil diagnosticarse la enfermedad que acabó con él. Una de las ventajas de su profesión era que, desde el primer momento, podías averiguar, con un margen de error, el tiempo que te quedaba de vida. Él lo utilizó para dejarnos la nuestra resuelta. Cuando años más tarde le pregunté a mi madre la causa de su muerte, su respuesta no hizo más que sembrar en mí la incógnita que me llevaría a descubrir su gran secreto. Nadie se muere de tristeza.

Recuerdo los cinco años que la vida me permitió disfrutar de la compañía de mi padre como lo mejor de mi infancia. Parece increíble que el paso del tiempo no haya conseguido borrar las cosas que viví con él. Sus pacientes eran su vida y nosotros dos su pasión. Cuando terminaba la consulta, dejaba su bata sobre la silla, se desabrochaba la corbata y corría escaleras arriba en mi busca para jugar un rato mientras mi madre preparaba la cena. Cuando terminábamos de comer, recogían juntos la cocina, preparaba dos tazas de té y nos dirigíamos al salón a descansar y a ver un poco la televisión. Siempre nos sentábamos en el sofá de la misma forma. Él en la esquina porque siempre tenía algo que leer a la luz de la lámpara que había sobre la mesa. Mi madre se tumbaba con las piernas encima de un par de cojines y su cabeza sobre la pierna de mi padre y yo, acurrucado encima de él hasta que me dormía. Aunque parecía que era un sueño, siempre era consciente de la dulzura con la que me arropaba en la cama y me daba las buenas noches con un beso.

Si tuviese que escoger tres días de esos cinco años no tendría ninguna duda de cuáles elegiría. El primero, el día que mi padre me llevó de la mano al porche de casa para hacer mi espada. Cepillamos la madera, sus manos sobre las mías, después de que la cortara con un serrucho, hasta que la dejamos suave y sin ninguna astilla. Le dimos varias capas de barniz para ponerla reluciente y lustrosa y la dejamos secar hasta la mañana siguiente. Aquel año, Papa Noel me trajo un sombrero pirata, un parche para mi ojo y un cinturón donde poder envainar mi espada.

El segundo día fue la primera vez que me llevó a pescar. Mi madre nos preparó una cesta con bocadillos y galletas, un termo de té para él y otro con leche para mí. Aunque aquella mañana de domingo lucía un sol radiante, ella se quedó en casa. Cuando emprendimos el camino hacia el río se despidió de nosotros con la mano y una sonrisa que denotaba felicidad. Por mi parte me sentí como si ya fuera mayor, aunque cuando vi el primer pez que luchaba por volver a su ámbito natural, me asusté tanto que me refugié a la espalda de mi padre para no ver aquel agónico baile. Creo que lo devolvió al río al imaginarse que sería incapaz de comérmelo más tarde. Supongo que pensó que con el tiempo acabaría apreciando su gran afición.

Y el tercer día, cuando me despedí de él.

Dos días antes de su muerte, mi madre me hizo entrar en el dormitorio para darle las buenas noches. Su lenta y pesada respiración era una agonía constante. Recuerdo perfectamente la palidez de su rostro y lo envejecido que estaba. La perenne sonrisa que se dibujaba en sus labios no consiguió esconder su tristeza y dolor. Me abrazó y me colmó de besos con las pocas fuerzas que le quedaban. Literalmente se estaba despidiendo de mí. Aunque le costaba hablar, sacó fuerzas de donde no las tenía para decirme cuatro cosas que quedaron grabadas en mi mente para siempre.

—¿Estás malito, papá? —le pregunté preocupado.

—No, solo estoy un poco resfriado, por eso tengo que descansar. Pero antes de que me duerma necesito que me prometas una cosa.

—Lo que quieras papá —le dije mientras me acercaba a su lado como si fuera a decirme un secreto al oído.

—Prométeme que cuidarás de tu madre y que pase lo que pase siempre harás lo que sea necesario para que sea feliz.

A mi tierna edad era casi imposible que entendiera a qué se refería, pero aquellas palabras me hicieron sentir otra vez mayor, así que se lo prometí sin dudar y sin ser consciente de que acababa de asumir la primera misión de mi vida.

—Te lo prometo, papá —le dije mientras trazaba con el pulgar una cruz sobre mi corazón y sellaba mi promesa con un beso en mi dedo tal y como él me había enseñado.

—Buen chico. Y una última cosa, hijo mío. Prométeme que no olvidarás nunca lo mucho que te quiero y lo feliz que me has hecho.

Yo se lo prometí sin entender a qué venía todo aquello. Mi madre me abrazó y necesitó unos momentos para recomponer su voz encogida por el llanto.

—Yo me encargaré de que no te olvide nunca, John. Anda, Philip, dale un beso de buenas noches a papá.

Cuando me acerqué a él para besarle vi unas discretas lágrimas que caían por su rostro. Le besé y al salir de la habitación me despedí con la mano.

La noche que mi padre murió, mi madre me había acostado temprano pero sus lamentos no me dejaron conciliar el sueño. Me levanté de la cama y caminé descalzo hacia la habitación donde ellos se encontraban. Al llegar, me quedé agazapado bajo el dintel de la puerta. La muerte era para mí algo desconocido hasta ese momento, así que cuando vi a mi padre tumbado en la cama con los ojos cerrados pensé que simplemente dormía. Mi madre estaba de rodillas en el suelo junto a él. Lo tenía cogido de la mano y su cara descansaba junto a su pecho. Entre sollozos no dejaba de repetir sin descanso: “perdóname”. Años más tarde entendería a qué se refería. El pecho de mi padre se levantaba en un ronquido agónico como si fuese a dar su último suspiro de un momento a otro. De repente abrió los ojos y giró la cabeza hacia donde yo estaba como si se le hubiese caído hacia ese lado. Yo me asusté pero cuando vi como me sonreía, me tranquilicé. El pecho de mi padre descendió lentamente y ya nunca más volvió a elevarse.

Meses antes de su muerte, mi padre había convertido nuestra casa en una casa de huéspedes o Bed & Breakfast, como se empezó a llamar después de la guerra, pero tendrían que pasar seis meses desde su fallecimiento para que mi madre tuviera el negocio a punto para abrir las puertas. A primeros del mes de agosto nuestra vida cambió de la noche al día. Los primeros inquilinos empezaron a aparecer como si estuviesen esperando en la puerta para entrar, y yo pisé por primera vez las aulas del colegio. Allí fue donde conocí a Isobel. Aunque tenía unas ganas tremendas de que llegara el primer día de clase, porque mi madre me había dicho que allí era donde me enseñarían a convertirme en un hombre, cuando vi que ella se quedaba en la puerta y yo iba de la mano de una desconocida, mi desesperación me llevó a gritar como un niño aterrado. No sé quién lloraba más, si ella o yo. Como mi profesora la conocía, le permitió a mi madre unos minutos más para que nos volviéramos a despedir. Ella me abrazó y con sus dulces palabras consiguió calmarme. “Recuerda lo que le prometiste a papá, me dijo, tienes que estudiar y convertirte en un hombre para cuidarme”. Por supuesto que lo haría. Me sequé las lágrimas con las manos, besé a mi madre y de la mano de mi profesora me dirigí al aula con una misión que cumplir.

Desde el primer día nunca nos faltaron los clientes. De lunes a viernes poca era la ayuda que le podía ofrecer pero los fines de semana eran diferentes. Aunque ella nunca me despertaba, yo me levantaba tan pronto la oía en la cocina. Me aseaba, me peinaba los rebeldes rizos y me vestía con ropa limpia para bajar a servir los desayunos y dar un poco de conversación a nuestros huéspedes. A todos les hacía mucha gracia ver los hoyuelos de mis mofletes cuando sonreía. Después, mientras ella limpiaba las habitaciones y cambiaba las sábanas, yo fregaba los platos. Al principio tenía que hacerlo de pie sobre una silla hasta que crecí lo suficiente para llegar al fregadero por mí mismo.

Los sábados por la tarde era mi momento preferido, ya que cuando terminábamos de comer, nos dirigíamos al parque a jugar con Betty, la border collie que adoptamos al morir mi padre, y a pasear junto al río hasta la hora de cenar. Solo entonces parecía ver a mi madre realmente feliz.

La casa nunca se cerró al público a excepción de un solo día: el seis de junio. Durante toda la jornada mi madre parecía estar ausente. Año tras año aprendí a respetar su silencio porque pensé que era el día en el que teníamos que recordar a mi padre. Y la verdad es que así era. Se levantaba de madrugada y aunque caminaba despacio por la buhardilla para no despertarme, la madera no dejaba de crujir bajo sus pies. Cuando la oía bajar para preparar el desayuno, me levantaba para acompañarla. Al cruzar el recibidor para dirigirme a la cocina ya me encontraba sobre la mesita de la entrada una vela blanca encendida y un diminuto ramo de flores secas sujetas por un lazo, junto a la foto que había puesto de John. Entraba en la cocina casi de puntillas y me sentaba en la mesa sin decirle ni buenos días para no interrumpir sus pensamientos. Cuando dejaba mi plato de porrish junto a mí, se acuclillaba para ponerse a mi altura, cogía mi cara con ambas manos y me miraba a los ojos con una sonrisa llena de melancolía. Durante varios minutos se perdía en mis facciones como si en ellas encontrase la calma que necesitaba en ese día. Luego me besaba y nos sentábamos a desayunar en silencio. Cuando crecí me surgieron dudas que nunca me atreví a preguntarle. ¿Qué tenía que ver el seis de junio con mi padre? No era su cumpleaños, no era la fecha de su muerte. ¿Acaso fue el día que se conocieron? Todas esas incógnitas estaban a punto de encontrar respuestas.

El 6 de junio de 1959 empezó como todos los anteriores, pero ese día la vida de Isobel y la mía cambiarían para siempre. Estaba amaneciendo cuando mi madre subió a la buhardilla. Su sigiloso caminar me despertó pero esperé acurrucado bajo las mantas a que bajara a la cocina. No había pasado ni una hora cuando oí ladrar desesperadamente a Betty. Me incorporé en la cama de un salto alarmado por los ladridos y por los gritos de Geena pidiendo auxilio.

Geena era la madre de Isobel y la mejor amiga de mi madre. Al igual que muchas mujeres, había perdido a su marido en la guerra así que no tuvo más remedio que criar a Isobel sola. Aunque era una mujer joven y guapa no había encontrado todavía el hombre que pudiera igualar a Gareth. Trabajaba de cocinera en el pub del pueblo y desde que mi madre abrió el Bed & Breakfast, hacía unas horas por la mañana en nuestra casa para ayudarla y sacarse un dinero extra. Isobel y yo teníamos la misma edad así que íbamos juntos a la misma clase, pero no sería hasta este suceso cuando empezó nuestra verdadera amistad.

Me puse las zapatillas y corrí escaleras abajo hacia la puerta de entrada con mi madre tras de mí. Durante los años que estuvo casada con mi padre se había convertido en una magnífica enfermera. Nadie curaba las heridas tan bien en todo Moffat como lo hacía ella.

—¡Geena! ¿Qué ocurre? —preguntó mi madre mientras la cogía por los brazos para tratar de calmarla.

—¡Por favor ayúdame! —gritó desesperadamente con los ojos inundados de lágrimas. ¡A mi hija se le ha caído una olla de agua hirviendo encima!

Al oír aquello mi madre emitió un angustiado ¡Dios mío! mientras corría hacia el interior de casa en busca de su botiquín. Betty no dejaba de dar vueltas alrededor de ella como si estuviese tratando de encontrar la forma de ayudar. La voz de Geena solo repetía una y otra vez “mi niña” con unos lamentos desgarradores que me hicieron temblar al pensar en el dolor que estaría sufriendo Isobel. Se tapaba los ojos con las manos como si no quisiera que la viera llorar. Me acerqué a ella sin saber qué decir para consolarla pero sobre todo para abrazarla fuertemente ya que parecía que de un momento a otro se desplomaría en el suelo. Geena se aferró a mí con fuerza, presa de los nervios y la desesperación. Cuando mi madre salió de casa, literalmente la arrancó de mis brazos y empezaron a correr hacia la valla de la entrada de casa para coger el coche. Geena se dejaba llevar. Yo me quedé en la puerta sin saber qué hacer hasta que las vi desaparecer por el camino hacia el pueblo. Betty se sentó junto a mí y levantó su mano para acariciar la mía mientras emitía unos gemidos de tristeza. Por aquel entonces Isobel y yo no éramos grandes amigos. Íbamos a la misma clase pero apenas hablaba con ella, sin embargo sentía que no me podía quedar de brazos cruzados sin hacer nada. Tenía que vestirme, coger la bicicleta y dirigirme a su casa por si mi madre necesitaba ayuda. Con catorce años ya era lo suficientemente mayor para aprender a curar heridas. Pero cuando llegué a mi habitación para cambiarme de ropa, me acordé del baúl. Por un instante pensé que lo más importante en ese momento era ayudar a Isobel pero luego recapacité sobre si esta era la oportunidad que había estado esperando durante tanto tiempo. Finalmente decidí subir a la buhardilla para comprobar si el baúl estaba cerrado con el candado o si, por el contrario, estaría abierto. Betty me siguió. Subí las escaleras despacio como si fuera consciente de que estaba cometiendo un grave error, pero seguí adelante con paso firme. Cuando llegué junto al baúl y vi que estaba sin candado cerré los ojos asustado. Betty empezó a ladrar suavemente mientras avanzaba y retrocedía como si me quisiera decir que nos fuéramos de allí. Me agaché para ponerme a su altura y le empecé a rascar detrás de las orejas.

—Tienes que ayudarme, Betty. Necesito ver lo que mi madre guarda en este baúl pero ella no se tiene que enterar, así que avísame cuando ella regrese, ¿lo entiendes?

Betty se dirigió a la ventana, se incorporó sobre sus patas y se apoyó en el marco. Me miró y movió su cola con energía como si me estuviese diciendo que estaba preparada. Yo le dije: “buena chica” y caminé despacio hacia el baúl. Cuando estuve frente a él supe que iba a traicionar la confianza de mi madre, pero aunque mi comportamiento me avergonzaba, decidí seguir adelante. Durante unos segundos pensé que si ella no había querido compartir conmigo lo que guardaba en su interior, tenía que ser por algún motivo, o a lo mejor era cierto que solo guardaba ropa antigua y habían sido mis propias fantasías las que me hicieron creer que allí dentro encontraría algún secreto inconfesable. Mis pensamientos luchaban separados en dos bandos, unos a favor de abrirlo y otros en contra. ¿De qué manera podía contentar a las dos partes y encontrar un poco de calma? La solución se me ocurrió de repente. Antes de abrirlo me hice la promesa de que encontrase lo que encontrase, nunca le desvelaría a mi madre que lo había abierto, así su secreto siempre quedaría a salvo.

Me arrodillé frente al baúl. El candado estaba en el suelo junto a la llave. Aquello era lo mejor que me podía haber ocurrido. Levanté la tapa y con la respiración contenida miré en su interior. Sobre el fondo del baúl solo encontré tres cosas: unos zapatos de claqué negros y relucientes, un vestido azul de manga corta doblado perfectamente y unos calcetines blancos. Me senté sobre los pies con la boca abierta como si me hubiesen echado un cubo de agua fría por encima. Seguramente debía de tener cara de tonto. Cuando reaccioné, cerré la boca y fruncí los labios. Estaba decepcionado. ¿De quién era aquella ropa? Que yo supiera, mi madre nunca había bailado claqué. Cuando recordé todos los años en los que había intentado abrir aquel baúl me eché a reír. ¿Cómo había podido dudar de mi madre? Así que era verdad lo que me había dicho. Aún con la sonrisa en los labios apoyé mis manos en el fondo del baúl para incorporarme cuando inesperadamente cedió. Levanté mis manos rápidamente al pensar que lo había roto, pero pronto descubrí que solo era un falso fondo. Me volví a agachar para extraer con sumo cuidado aquella madera. La dejé en el suelo junto con el vestido y los zapatos y miré el interior.

Todo estaba perfectamente colocado. Numerados y ordenados uno junto a otro guardaba doce cuadernos negros de tapas gruesas como el que tenía para anotar sus recetas. Junto a ellos encontré unas fotografías, una nota escrita a mano y cinco cartas metidas en sus correspondientes sobres y atadas todas ellas con un lazo rosa. Cogí la nota y la leí detenidamente.

“Es necesario esperar, aunque la esperanza haya de verse siempre frustrada, pues la esperanza misma constituye una dicha, y sus fracasos, por frecuentes que sean, son menos horribles que su extinción” Samuel Johnson. Te quiere, Daddy.

La devolví a su sitio y cogí la primera foto para verla más de cerca. En ella aparecían dos parejas abrazadas entre sí en un parque. Todos sonreían menos una de las mujeres. Aquellas personas eran unos completos desconocidos para mí. La devolví a su sitio y cogí unas fotos que estaban envueltas en un papel de color rosa muy desgastado. La primera era la de un joven soldado que sonreía y lucía unos hoyuelos idénticos a los míos. En la parte de atrás había escrito una frase: “Sueña con el primer amanecer que podremos ver juntos sin tener que separarnos nunca más”. Birmingham, 21 de mayo de 1944.

La segunda fotografía fue un gran descubrimiento. Aquella joven que lucía un vestido idéntico al que tenía junto a mí era mi madre. Miré el reverso y pude leer lo siguiente: “El día que esta foto te hable, yo dejaré de quererte”. Birmingham, 2 de mayo de 1944.

Cómo había cambiado mi madre en esos quince años. No cabía duda de que la vida había hecho mella en su rostro. Volví a mirar las fotos y las fechas. ¿Qué significaba todo aquello? ¿Quién era aquel hombre? ¿Su primer novio? Si allí dentro había querido encontrar respuestas, lo único que conseguí fueron más preguntas.

Con la foto aún en la mano, traté de recordar la convivencia de mis padres. Aunque solo tenía cinco años cuando mi padre murió, aún guardaba en mi memoria momentos de nuestras vidas. Yo era feliz, éramos una familia feliz, o al menos eso fue lo que yo creía. ¿El motivo por el que mi madre le pedía perdón cuando mi padre murió era por el hombre de la foto? Me negaba a creer que ella quisiera a otro hombre en ese momento. Mi padre no se merecía tal cosa. La volví a dejar en su sitio con rabia e indignación. Mi mala interpretación de los hechos me hizo odiar a mi madre en ese momento. Cerré el baúl de un golpe como si quisiera romperlo. Betty se asustó pero siguió atenta a su cometido. Apreté mis puños cerrados junto a mi cara porque no quería llorar pero las lágrimas ya seguían su propio curso. Empecé a bajar por las escaleras para alejarme de allí pero de repente me paré en seco. ¿Por qué guardaba los libros de sus recetas bajo llave? ¿No sería más lógico que los tuviera en la cocina? Betty me miró extrañada pero siguió mis pasos sin rechistar. Cuando vio que volvía a abrir el baúl, retomó su posición de guardia. Miré los cuadernos con la mandíbula apretada preso de los nervios y de la incertidumbre. No sabía cuál coger primero, pero como estaban numerados decidí empezar por el principio. Al abrirlo, encontré en la primera página una fecha: 5 de marzo de 1944, seguido de una perfecta caligrafía. “Brenda me ha dicho su nombre, se llama Elwyn… Allí no había recetas de cocina. Pasé unas cuantas páginas más: ”me ha dicho que mañana marcha hacia el sur para unirse al ejército”… Mi corazón se aceleró sin control. Aquello que tenía entre mis manos era el diario de mi madre.

Miré hacia la ventana, Betty seguía alerta por si ella regresaba. Ni siquiera volví a pensar en la pobre Isobel. Delante de mí tenía doce cuadernos que debía de leer hasta el final, pero estaba claro que en cuanto mi madre regresase, volvería a cerrar el baúl. Dejé el libro en el suelo y empecé a dar vueltas con los ojos cerrados tratando de encontrar una solución. Me detuve frente al candado, lo miré, vi la llave y entonces apareció la respuesta que estaba buscando. El candado de mi bicicleta. Bajé las escaleras seguido de Betty como si estuviéramos haciendo una carrera. Corrí hacia el porche de casa, saqué el candado que colgaba de la rueda y volví a subir escaleras arriba hasta mi habitación. Empecé a abrir los cajones de mi armario para tratar de encontrar la segunda llave que me habían dado cuando lo compré. Por primera vez maldije no haber hecho caso a mi madre cuando me repetía cada día que pusiera orden en mi habitación. ¿Dónde estaba la maldita llave? Después de remover cielo y tierra sin éxito, cogí la caja donde guardaba las canicas y el tirachinas y finalmente la encontré. Suspiré agradecido mirando hacia el techo como si quisiera darle las gracias al cielo. Cuando compré el candado, coloqué una de las llaves en mi llavero y gracias a que mi madre me dijo que guardara la segunda copia, no la tiré. Me dijo que quizá algún día la podría necesitar. Qué razón tenía. Volví a correr hacia la buhardilla seguido de mi desorientada mascota. Dejé mi candado y mi llave en la misma posición que el de mi madre y el suyo lo coloqué en mi bolsillo para guardarlo más tarde. Me asomé a la ventana para controlar si había regresado. De momento todo estaba bajo control así que sin perder más tiempo volví a adentrarme en los secretos de mi madre. Betty volvió a su posición y yo me acomodé en el suelo para empezar a leer el tiempo que me permitiesen las heridas de Isobel.

Aquel diario era una sucesión de anotaciones encabezadas por fechas. Era como si mi madre hubiese escrito las decisiones que había tomado o momentos que habían significado algo importante en su vida para no olvidarlos nunca.

Birmingham, 21 de mayo de 1944

Querido diario:

He tomado una decisión. No lo sabe nadie, ni siquiera se lo he dicho a Brenda. Solo te lo digo a ti porque sé que me guardarás el secreto. Voy a pasar la noche con él. Lo he pensado mucho pero al final me he decidido. Esta tarde he quedado con Elwyn para despedirnos. Mañana de madrugada marchará al sur para unirse al ejército. ¿Y si le ocurre lo mismo que a mi padre? ¿Y si no vuelve? Si pudieras hablar me dirías que solo soy una niña de dieciséis años, pero como dice la madre de Brenda: “en tiempos de guerra se madura antes”. Me siento como una mujer perdidamente enamorada que sabe lo que quiere y lo que quiero es estar con él. Aún no se lo he dicho y tampoco sé a dónde iremos pero no me pienso echar atrás. Lo que menos me preocupa es el castigo que me pondrá mi tía cuando sepa que he pasado la noche fuera de casa, pero no me importa porque lo peor que me podría ocurrir es no volverle a ver nunca más.

Birmingham, 22 de mayo de 1944

Mi querido diario:

Seré incapaz de olvidar mientras viva la noche que viví ayer con Elwyn. Tan solo te diré que él es y será siempre el hombre de mi vida. Ojalá esta guerra acabe pronto y pueda regresar junto a mí para no tener que separarnos nunca más. Cuando he terminado de trabajar en la panadería, mi tía me ha encerrado en mi dormitorio con llave sin cenar. No quiero escribir aquí todas las cosas que me ha dicho. No quiero volver a repetirlas. Menos mal que Peter me dio dos scones esta mañana. Me los comeré cuando termine de escribir. Los insultos que me ha dicho no me han ofendido porque no son ciertos. Hoy me he dado cuenta que tengo los días contados en esta casa. Tengo que escribir todo lo que me ha contado Peter. Ahora entiendo muchas cosas. Sabía que había alguna explicación que justificase el comportamiento de mi tía. Pero yo no tengo la culpa de nada de lo que ocurrió. Solo puedo contar con Brenda y Peter hasta que Elwyn regrese.

Birmingham, 25 de junio de 1944

Querido diario:

Acabo de llegar del hospital. Esta mañana, cuando me tocó el turno de revisar las listas de los fallecidos en el frente, ha ocurrido lo que llevaba todo este tiempo temiendo. He visto su nombre. Las piernas me flaquearon y me caí al suelo. Entre dos hombres me levantaron mientras yo no dejaba de llorar desesperadamente. Cuando recobré las fuerzas salí corriendo de allí sin apenas darles las gracias. No lo oí. Nadie lo oyó. Las sirenas no nos avisaron. Tan solo cuando volé por los aires y me desplomé en el suelo oímos la explosión de la bomba que había caído sobre la ciudad. Eileen avisó a mi tía Jennifer de que estaba en el hospital. Creo que vino para comprobar si por fin estaba muerta. El médico que me atendió nos dijo que milagrosamente solo tenía varias magulladuras que sanarían pronto y que en cuanto al bebé deberíamos de esperar para ver lo que ocurriría en los próximos días. Estoy embarazada de Elwyn. Acabamos de llegar a casa. Mi tía me ha dicho que me vaya, que no piensa mantener y criar al hijo de nadie más. No sé a dónde ir. Si no llevara en mis entrañas a su hijo, me quitaría la vida ahora mismo.

Los latidos de mi corazón resonaron en mis oídos como si fuesen los tambores que marcan el ritmo de boga. Mi respiración se aceleró y un sudor frío empezó a aflorar en mi frente. Todo aquello se me escapaba de las manos. No alcanzaba a creer que lo que acababa de leer fuese en realidad la vida de mi madre. Ahora podía entender los momentos en los que ella parecía estar ausente. ¿Quién puede olvidar y superar un pasado así? A raíz de lo que había leído me empezaron a asediar un sinfín de preguntas sin respuesta. ¿Qué había pasado el seis de junio? ¿Tuvo mi madre a ese hijo? ¿Lo perdió con la explosión? ¿A dónde se fue cuando su tía la echó de casa? Lo primero que pensé era que en algún lugar de mi geografía cercana tenía un hermano, pero se me hacía imposible creer que mi madre lo hubiese abandonado. Inmediatamente después supuse que ese niño nunca llegó a nacer. ¿Cuándo entraba mi padre en escena? ¿Cuándo se conocieron? ¿Cuándo fui engendrado? Volví a repasar las fechas y al contar con los dedos de mis manos los meses que transcurrieron desde ese suceso hasta mi nacimiento, llegué a la dolorosa conclusión de que posiblemente ese niño podía ser yo.

Betty empezó a ladrar con nerviosismo. Ni siquiera me asomé a la ventana para confirmar si era mi madre o no. Coloqué el cuaderno en su sitio, las fotos tal y como estaban y devolví el falso fondo a su lugar. Cerré con cuidado el baúl, palpé mi bolsillo para confirmar que tenía el candado a buen recaudo y agarrando el collar de mi fiel guardiana, bajamos escaleras abajo como si nos siguiera el propio demonio. Al llegar al recibidor mi madre entró en casa.

—¡Philip cariño qué susto me has dado! ¿Qué te pasa, mi amor? Estás pálido.

Corrí hacia ella y la abracé llorando. Mi desesperación era absoluta. No le podía decir que había descubierto su secreto, no le podía pedir que me explicara lo que había leído, no le podía preguntar quién era en realidad mi padre.

—Tranquilízate cariño, Isobel está bien. La pobrecita ha sufrido mucho pero con el calmante que le he puesto podrá descansar un poco. Geena me la traerá cada día para que le haga las curas pero por desgracia no podré evitar que su piel se quede marcada para siempre. Por suerte el agua hirviendo no le ha tocado la cara, pero el cuello y el pecho derecho están lesionados.

Mi madre me separó de ella un poco para coger mi cara y mirarme a los ojos. Con sus pulgares arrastró mis lágrimas.

—Prométeme que a partir de ahora vas a hacer lo posible para que Isobel no se sienta sola. Quiero que seas su mejor amigo. ¿Me lo prometes?

—Te lo prometo mamá y también te prometo que te cuidaré y que haré todo lo posible para que seas feliz.

Mi madre me miró extrañada.

—¿A qué viene todo esto Philip? Yo ya soy feliz. Te tengo a ti.

Volví a abrazar a mi madre con fuerza incapaz de poder dejar de llorar. Ella me estrechó entre sus brazos y me empezó a besar para tratar de calmarme. En ese instante empezó mi aventura.

Capítulo 2. Isobel

Moffat, Escocia, 6 de junio de 1959

El accidente de Isobel casi le hizo olvidar el día que era. Estaba tan preocupada por lo que había ocurrido que se movía con la misma rapidez y ligereza de un día normal de trabajo. Afortunadamente, como era habitual en esa fecha, no tuvimos inquilinos. Ese sábado tampoco fuimos al río a pasear con Betty. Sin embargo, la vela permaneció encendida durante toda la jornada hasta que se consumió al anochecer.

Mientras mi madre se dirigía a la cocina a preparar el desayuno, yo subí a mi habitación a asearme y vestirme, pero sobre todo a guardar el candado y la llave en un lugar seguro. En mis pensamientos, no dejaba de rogar al cielo para que mi madre no descubriera el cambio que había hecho y así poder regresar a ese pasado que guardaba bajo llave, siempre que quisiera. Antes de bajar me detuve frente al espejo. Me miré con detenimiento y desesperación en busca del más mínimo parecido con el que hasta ese momento había creído que era mi padre, pero lo único que encontré fueron los hoyuelos que compartía con el tal Elwyn que acababa de conocer. Mi cabello rizado y de un castaño claro, nada tenía que ver con el pelo ondulado y negro de John. El dolor que oprimía mi pecho se acentuó tanto que apenas podía respirar. Esa fue la primera vez de muchísimas más que odié haber abierto mi particular caja de Pandora, pero ya no había marcha atrás. Inimaginable era para mí lo que acababa de empezar. Mi madre me llamó desde la cocina para que bajara a desayunar pero yo me sentía incapaz de contener las lágrimas y de comer nada. Por un lado quería que se marchara de casa para poder regresar cuanto antes a esa historia que acababa de descubrir, pero por otro lado deseaba no haberla descubierto nunca. Desafortunadamente, los acontecimientos del día no me permitieron regresar a la buhardilla hasta bien entrada la noche. Cuando me volvió a llamar aparté las lágrimas con las manos, suspiré y escudándome en la desgracia de Isobel me dirigí a la cocina.

Aquel día que hubiese agradecido el silencio habitual de mi madre, no dejó de hablar durante todo el desayuno. Mis respuestas monosilábicas le hicieron sonreír más de una vez, confundida por los verdaderos motivos.

—No sabía que fueras tan amigo de Isobel —dijo con una sonrisa—. Nunca la habías nombrado en casa, pero me alegro de que os llevéis tan bien. En un par de horas Geena me la traerá para que se quede en casa mientras ella trabaja. Me ha dicho que la recogerá por la noche pero creo que es mejor que se queden a dormir aquí, así si ocurre algo estaré a su lado para atenderla. ¿No te importa verdad?

—No —contesté sin levantar la mirada del plato aunque para mis adentros no dejaba de pensar si aquella inesperada visita entorpecería mis planes.

—Te enseñaría a curar heridas de este tipo pero no creo que a Isobel le haga mucha gracia.

—Me lo imagino —dije sin entrar en más detalles.

Le contestaba por inercia, no porque verdaderamente la estuviese escuchando. Mi mente no dejaba de dar vueltas a las fotos que había visto y a lo poco que había leído. Necesitaba respuestas. En mi interior se estaba librando una batalla que no podía contener por más tiempo en las trincheras. Me salió sin pensar. Ni siquiera valoré las consecuencias. La primera pregunta que le hice marcó el inicio de mi aventura.

—Mamá, ¿por qué nunca me cuentas nada de cuando vivías en Birmingham? Apenas me hablas de mis abuelos. Solo sé sus nombres y que murieron hace muchos años —le dije con voz pausada y la mirada firme.

Mi madre me miró sorprendida mientras su sonrisa empezó a desaparecer de su rostro. Al cabo de unos segundos tragó saliva lentamente y me respondió.

—Tienes toda la razón, Philip. Debería hablarte de ellos más a menudo. No se merecen que los tenga guardados entre mis recuerdos como si no hubiesen existido nunca.

Su respuesta me tranquilizó porque intuí que no le importaría hablar de su pasado. La puerta se acababa de abrir. Estaba listo para cruzarla y empezar a caminar.

—¿Fue en Birmingham donde conociste a mi padre? —pregunté siendo muy consciente de cómo había formulado la pregunta.

Mi madre me miró en silencio durante unos segundos en los que sus labios temblaron ligeramente. Finalmente me contestó agachando la cabeza.

—No. Tu abuela Bárbara murió al poco tiempo de mi nacimiento y tu abuelo Robert murió en Dunkerque. Al quedarme huérfana, mi tía Jennifer me acogió pero al cabo de unos años decidí marcharme a vivir lejos de allí. Otro día te explicaré porqué. Una mañana emprendí el camino a Moffat con el hermano de tu padre, tu tío Michael, que vivía cerca de mi amiga Brenda. Al llegar aquí, tu padre me ofreció un trabajo que no pude rechazar en aquel momento.

—Se enamoró de ti nada más verte, ¿verdad? —le pregunté con una sonrisa para tratar de calmarla porque vi la tristeza que había en sus ojos.

—Era muy fácil querer a tu padre. Nos enamoramos al poco tiempo de conocernos.

—¿Por qué no tienes fotos del día de la boda?

—Eran otros tiempos, Philip. Nos casamos en la iglesia una tarde acompañados de Michael y Geena, nuestros testigos. No hicimos fiesta ni celebración, simplemente nos casamos y punto.

—Entonces cuando decías que te ibas a visitar a la familia y me dejabas con papá o con Geena ¿era para ver a tu tía Jennifer?

—Pues sí. Iba a Birmingham, la visitaba, pasaba la noche allí y regresaba a casa al día siguiente.

Aquella respuesta me tranquilizó. Por un momento pensé que aquellos viajes eran para ver a Elwyn, pero pronto descarté esa ridícula teoría ya que aquel hombre, según el diario de mi madre, había muerto años atrás.

—¿Por qué ya no la visitas? —pregunté extrañado.

—Porque no quiero dejarte solo —mintió—. Ahora la llamo por teléfono una vez al mes para ver que tal sigue y así me evito el viaje. Ella lo entiende.

—Y ¿vive sola?

—Philip, no quiero seguir hablando de ella —dijo con voz firme.

Su reacción no me sorprendió al recordar lo que había leído de la tía Jennifer en su diario. Había cometido un error al preguntar por ella. La conversación había terminado. Mi madre agachó la cabeza hacia su plato con el rostro cargado de tristeza. No me atreví a preguntarle qué día se casó con mi padre porque estaba seguro de que mentiría. Las fechas hablaban por sí solas. Mi madre tuvo que llegar a Moffat embarazada.

—El sábado que viene, cuando vayamos al río a pasear con Betty, ya me contarás cosas de mis abuelos ¿de acuerdo? —le dije con una sonrisa para relajar la tensión que había creado mi desafortunado interrogatorio.

Mi madre me miró con los ojos brillantes y una sonrisa temblorosa. Se levantó de la mesa sin haber terminado su desayuno y empezó a lavar los platos sin decir una sola palabra. Yo terminé mi porridge sin ganas, dejé el plato en el fregadero, recogí la mesa y le pregunté si no le importaba que me fuera a pasear un rato con Betty. Sin siquiera mirarme me contestó que estuviera el tiempo que quisiera. Seguramente no se despidió de mí con un beso, como hacía siempre, porque no querría que la viera llorar.

Salí de casa corriendo como si pudiese escapar de ese pasado que había convivido todos esos años conmigo escondido en la buhardilla. Mi fiel guardiana siguió mis pasos atenta a lo que yo pudiera necesitar. Ni siquiera me pidió que jugara con ella como hacía cada sábado. Se limitó simplemente a estar a mi lado y a hacerme compañía. Empezamos a caminar por el sendero en dirección opuesta al pueblo. Aunque ahora ya caminaba despacio mi corazón seguía latiendo como si continuase la carrera. Cuando llegué al claro del bosque que tanto me gustaba, me senté para tomar aliento e intentar poner en orden mis pensamientos. Había dos cosas que me torturaban. La primera, imaginarme lo mucho que debió de sufrir mi madre para que se le pasara por la cabeza la idea de quitarse la vida, y la segunda, pensar en mi padre y en lo que debió suponer para él criar el hijo de otro hombre. Al recordar las últimas palabras que me dijo entendí que la quería con locura sin importarle su pasado. “Prométeme que cuidarás de tu madre y que pase lo que pase harás lo que sea necesario para que sea feliz”. ¿A qué se refería con “pase lo que pase?”. ¿Trataba de decirme que descubriera lo que descubriera debía procurar hacerla feliz? ¿Sabía realmente él la historia de mi madre? ¿Acaso había leído su diario? ¿Qué debió de sentir al saber que estaba enamorada de otro hombre? Todo aquello me angustiaba pero me hizo querer mil veces más al que yo consideraba mi padre. Los pilares sobre los que se había sostenido mi vida hasta ese momento se habían desmoronado. No me quedaba más remedio que indagar para descubrir la verdad y empezar a construir mi nueva realidad. ¿Sería capaz de leer todos los secretos de mi madre y mantenerlos dentro de mí como si no los hubiese descubierto? Si era cierto que ese hombre había muerto en la guerra, lo único que quedaba pendiente era afrontar la verdad sobre quién era realmente mi padre. No sabía por dónde empezar ni hacia dónde me llevaría todo aquello, pero la clave se encontraba en ese diario. Las palabras que me dijo mi padre en su lecho de muerte las convertí en la misión de mi vida. Mi madre se merecía ser feliz. Me levanté con decisión como si me dijese a mí mismo: “adelante”. Betty me miró y movió enérgicamente su cola como si me dijera: “cuenta conmigo”. Le acaricié la cabeza y rasqué detrás de sus orejas, sonreí y emprendimos el camino de regreso.

Al llegar a casa, vi que Geena acababa de aparcar en la entrada. Corrí para acercarme a ellas y ayudar a Isobel a salir del coche. Nada más verme ajustó su chaqueta para que no viera las heridas del cuello. Abrí la puerta y le tendí la mano para ayudarla. Ella la cogió suavemente pero enseguida la apretó como si quisiera transmitirme sin palabras su dolor. Nunca me había fijado en la belleza de sus ojos hasta ese momento. Mi madre las acomodó en casa como si fuesen de la familia. Yo no sabía qué hacer. Me movía por los pasillos con torpeza como si estuviese ausente y desorientado. Al cabo de media hora, Geena se marchó al pub a trabajar. Precisamente el sábado era el día que le tocaba hacer horario completo. Besó a su hija repetidas veces como si así pudiese aliviarle el dolor y muy a su pesar, se marchó. Después de hacerle una nueva cura, mi madre me pidió que la acompañara al salón y le hiciera compañía mientras ella se marchaba al pueblo a hacer unas compras. La tristeza habitual de ese día había vuelto a ella, quizá motivada esta vez por mi desafortunado interrogatorio. Yo la obedecí sin rechistar. Mi primera intención fue prepararle un té, encenderle la televisión y una vez que estuviese cómoda, subir a la buhardilla a leer todo lo que pudiera antes de que mi madre regresara, pero finalmente no lo hice. La compañía de Isobel me dio paz en aquel horrible día. La acomodé en el sofá y la tapé con una manta fina que mi madre siempre tenía allí para cubrirse las piernas. Yo me acomodé en el lado opuesto donde mi padre siempre se sentaba a leer. Encendí la lámpara de la mesita, aunque eran las diez de la mañana, porque apenas entraba luz por la ventana. El cielo estaba completamente cubierto de nubes. Betty se tumbo en la alfombra frente a nosotros para hacernos compañía.

—Ya te imaginas cómo me llamarán el lunes en el colegio cuando se enteren de lo que me ha ocurrido, ¿verdad? —me preguntó mientras su cabeza negaba de un lado al otro.

Yo la miré sin saber qué decir. No tenía ni idea a qué se refería.

—Pues la verdad es que no lo sé —le dije mientras me acomodaba en el sofá.

—Gowdie. Me llamarán Isobel Gowdie —dijo mientras fruncía los labios.

—¿Y esa quién es? —pregunté desconcertado.

Isobel me miró sorprendida.

—¿Y tú has nacido en Escocia? Madre mía, ¡todo el mundo conoce la historia de Isobel Gowdie! —me dijo mientras se descalzaba y subía las piernas al sofá—. No hará más de cuatro años corrió el rumor de que un soldado británico había visto el fantasma de Isobel mientras acampaba en Auldearn. ¿No te acuerdas de haberlo oído?

—Pues la verdad es que no. ¿Y cómo murió?

—Quemada en la hoguera —me dijo en un susurro como si no quisiera que la oyeran.

—¿Era una bruja? —pregunté con curiosidad.

—Pues no lo tengo muy claro pero según cuenta la historia parece ser que era una ama de casa a la que acusaron de brujería. Nació en Auldern, en las tierras altas, donde aquel soldado dijo que vio su fantasma. Parecía que era una mujer normal y corriente hasta que la acusaron, pero claro ¿qué puedes hacer con una mujer cuando te dice que tiene el don de convertirse en el animal que quiera? Por lo que he leído, su confesión puso los pelos de punta a todo aquel que la oyó hablar. Y como lo contó todo con tanta exactitud y detalles, aunque no tuviera el aspecto ni se comportara como si realmente fuese una bruja, la acabaron condenando a morir en la hoguera. Cualquiera la dejaba con vida después de lo que había explicado. Ahora los historiadores dicen que posiblemente lo que tenía era alguna enfermedad mental y que se inventó la confesión para librarse de las llamas, pero ya ves, la locura te acaba matando de una forma u otra.

—¿Quién te contó esta historia?

—Nadie. Me gusta leer. Leo novelas y cuentos pero sobre todo libros de historia.

—¿Libros de historia? —pregunté extrañado.

—Sí. Siempre me he preguntado si la muerte de mi padre mereció la pena o no, por eso leo todo lo que puedo sobre la II Guerra Mundial. Cuando sea mayor seré profesora de Historia. Enseñaré a mis alumnos lo que ocurrió en el pasado para que no vuelva a ocurrir en el futuro. Y tú ¿qué piensas ser de mayor?

Isobel me estaba dando una lección de madurez. Su vida no había sido tan fácil como la mía. Mientras yo disfrutaba de mi tiempo libre pescando, ella hacía las tareas de su casa para ayudar a su madre. Yo estudiaba porque era mi obligación, ella lo hacía para labrarse un futuro que mejorara el bienestar de su hogar. Nunca me había planteado esa pregunta seriamente.

—Pues la verdad es que no lo sé —contesté levantando los hombros.

—Bueno, tienes este negocio y algún día, cuando tu madre se retire, quedará para ti, aunque siempre he pensado que serías un buen profesor.

—¿Por qué dices eso? —pregunté extrañado.

—Primero porque sacas buenas notas y eso dice mucho de ti, y segundo por la forma que tienes de ayudar a Malcom Johnson con los deberes del cole. No te das ni cuenta pero le estás dando clase, y la verdad es que lo haces muy bien.

La discreción con la que Isobel había seguido mis movimientos me demostró lo despistado que era. Había vivido todos esos años en mi mundo sin prestar atención a lo que tenía a mí alrededor. Lo que decían de que las chicas maduraban antes que nosotros era cierto, al menos en el caso de Isobel.

—Le voy a pedir a tu madre que me deje venir a trabajar a tu casa. Así la mía podrá descansar un poco. Y de aquí a unos años, cuando ya sea profesora, trabajaré en el colegio del pueblo para poder retirar a mi madre.

—Tú tampoco conociste a tu padre, ¿verdad? —le pregunté directamente como si diera por hecho que compartíamos la misma desgracia.

Ella me miró sorprendida al ver el giro inesperado que le había dado a la conversación.

—¿Qué quieres decir con “tampoco”? Tu padre no murió en la guerra y tú sí que tuviste la suerte de conocerle, aunque solo fueran unos años —me dijo sorprendida.

—Tienes razón —dije con una sonrisa forzada para disimular mi torpeza. Al menos ¿sabes qué le pasó y dónde murió?

—Claro que lo sé —contestó frunciendo la frente como si le hubiese ofendido la pregunta—. Hoy hace quince años que debería haber muerto, pero lo hizo un día después de ver a Charles de Gaulle hacer su primer discurso el catorce de junio en Bayeux. Tuvo muy mala suerte. Desembarcó en Gold Beach en la primera oleada. Sobre las seis y media de la mañana ya pisó tierras francesas. Lo que resultó ser un milagro fue lo que acabó con su vida.

—¿Qué quieres decir?

—Logró salvarse de aquella matanza con solo un par de heridas. Pero había tanta muerte a su alrededor que ni siquiera se prestó atención. Siguió luchando con su regimiento hasta que liberaron Bayeux al día siguiente del desembarco. Cuando por fin las tropas se dieron su primer respiro se dio cuenta de lo débil que estaba. Murió en el hospital de esa ciudad de una septicemia.

Al ver mi cara de interrogante supo que era la primera vez que oía aquella palabra.

—Una septicemia es una infección muy grave que se expande rápidamente por todo el cuerpo y es mortal. Si se hubiese encontrado peor quizá lo hubiesen atendido y ahora estaría vivo —dijo agachando la cabeza.

Yo me acerqué a ella para cogerle de la mano. Ahora que recuerdo aquel momento soy consciente de que nada sucede por casualidad. En el fondo el destino tiene su plan secreto aunque nosotros no lo entendamos en un principio. El 6 de junio de 1944 la vida de nuestros padres se cruzó con un fin al igual que lo hizo la nuestra.

—¿Y cómo supisteis lo que le ocurrió? —le pregunté sorprendido.

—Por las cartas que escribió a mi madre. En la última que recibió escrita por él le pidió que me llamara Isobel y si nacía un niño, que le pusiera su nombre, Gareth. Un mes más tarde, mi madre recibió una carta del hospital en la que le confirmaban su muerte. Creo que una de las monjas que lo cuidó fue la que nos escribió.

—Supongo que tu madre te habrá explicado cómo era, ¿no? —pregunté mientras soltaba su mano y me alejaba discretamente de ella.

—Por supuesto. Le conozco como si hubiese vivido con él. Me siento muy orgullosa de mi padre. Sus fotos son mi mayor tesoro. Sé que fue un valiente que luchó por defender a su país. He leído sus cartas tantas veces que ya me las sé de memoria. Incluso en mitad de la batalla no dejó de ayudar a sus compañeros. Imagínate que hasta salvó a un soldado al que todos daban por muerto. Recuérdame algún día que te enseñe la foto que se hizo con él. Al oír sus palabras, algo en mi interior despertó. ¿Y si por aquellas casualidades del destino, el primer amor de mi madre aún viviese? La miré directamente. El azul cielo de sus ojos me tranquilizó tanto que estuve a punto de confesarle mi descubrimiento, pero finalmente no lo hice. Preferí seguir con la conversación.

—¿Dónde está enterrado?

—En el cementerio que construyeron para los nuestros en Bayeux. Dicen que es muy hermoso, que parece un perfecto jardín británico con sus árboles y un césped verde como si estuviera siempre recién cortado. En la entrada han construido un monumento con una inscripción que demuestra lo orgullosos que somos.

—¿A qué te refieres?

—“Nosotros, que una vez fuimos conquistados por Guillermo, liberamos ahora la patria de nuestro conquistador” —dijo con voz solemne.

—¿Guillermo? —pregunté otra vez a la espera de una nueva reprimenda.

Isobel me miró con la boca abierta. Supongo que no daba crédito a mi ignorancia en temas históricos.

—¿Robin Hood? ¿Normandos y sajones? ¿No te suena nada? —dijo sorprendida pero sin querer entrar en el tema—. Creo que fue idea de Churchil desembarcar en Normandía para saldar las deudas que teníamos pendientes con ellos. Otro día te lo explicaré, ¿vale? —dijo al ver mi cara de desconocimiento—. Pienso trabajar sin descanso hasta que pueda reunir el dinero suficiente para visitar el cementerio y llevarle flores a mi padre.

Aquellas palabras me encogieron el corazón. “¿Y si Elwyn también estaba enterrado en aquel cementerio?”, pensé. Mientras la miraba sin saber qué decir, tuve la certeza de que la vida de Isobel y la mía habían transcurrido por caminos paralelos hasta que el destino nos unió en ese día por algún motivo que en ese momento aún desconocía.

—Yo te llevaré, te lo prometo —dije con el total convencimiento de que algún día cumpliría mi promesa.

Isobel me miró sorprendida pero con una luz en su mirada que denotaba la alegría que le había supuesto aquella afirmación. Cuando vi que sus ojos se empezaban a nublar, intenté animarla.

—Tu padre tuvo que ser un héroe —le dije con entusiasmo—. Si has leído tantos libros de historia, debes de conocer un montón de anécdotas de la guerra. ¿Me explicas alguna?

—Por supuesto —dijo con una sonrisa de satisfacción—. Hay una que es la que más me gusta.

—Soy todo oídos —dije mientras me acomodaba en el sofá.

—Cuando te la cuente, verás como tú también te sentirás orgulloso de ser escocés.

Nuestra conversación le había hecho olvidar las heridas de su cuerpo. Se la veía feliz, pero no tan solo por hablar de su padre y de las historias que le fascinaban sino, como sabría al cabo de un tiempo, por disfrutar de mi compañía. Isobel empezó a relatar aquella historia como si me estuviera contando un cuento.

—Sobre las ocho de la mañana del día D, el General Lord Lovat desembarcó en Sword Beach con dos mil hombres a su cargo. Su misión: enlazar con las unidades de la 6ª División Aerotransportada que habían descendido en planeadores y paracaídas durante la noche anterior.

—Pero ¿cómo sabes que era la 6ª División Aerotransportada? —pregunté con cara de asombro.

Isobel me miró con cara de enfado.

—Ya te he dicho que leo libros de historia. ¿Quieres que te cuente lo que pasó o no?

—Claro que sí —contesté educadamente.

—Pues entonces calla y escucha. A todos sus hombres se les identificaba rápidamente. A diferencia del resto de los soldados ninguno llevaba casco sino boinas verdes. Que machotes que eran ¿verdad?

—Por supuesto, y lo seguimos siendo —dije con una sonrisa.

—Ya lo creo. Pero tú no sabes lo mejor y es que cuando se iban acercando con las barcazas a la orilla, se levantaban y gritaban a los alemanes: “¡Aquí, estoy aquí! ¿No me ves? ¿Quién te ha enseñado a disparar? ¿Tu madre?”. Y cuando las bombas caían al lado de las barcazas se levantaban y se reían de la mala puntería que tenían y así todo el rato hasta que llegaron a la playa. En fin, que me hubiese gustado verlo, la verdad. Cuando llegaron a la orilla se encontraron con la primera oleada de soldados inmovilizadas por los alemanes. Sus comandos, al son de las gaitas, avanzaron a través de las líneas de infantería hasta que derrotaron a las ametralladoras alemanas. La playa ya estaba conquistada y el camino libre, ahora solo les quedaban por delante diez kilómetros que debían de recorrer en apenas tres horas y media. Si querían llegar a tiempo no podían permitirse tropezar con los alemanes, así que eligieron, astutamente, una ruta alternativa. Los comandos avanzaron a través de setos, atravesaron alambradas y cruzaron fosas antitanques. Y ahora viene lo mejor. Al toparse con un campo de minas prefirieron atravesarlo antes que perder tiempo en un largo desvío.

—No me lo puedo creer —dije con la boca abierta—. ¿Y la atravesaron?

—Por supuesto.

—¿Y no pisaron ninguna mina?

—Si lo hicieron en los libros no dicen nada así que vamos a pensar que no. Sobre las doce del mediodía, Lord Lovat y sus hombres se aproximaron al punto de encuentro. La 6ª División Aerotransportada llevaba luchando más de doce horas. Las fuerzas y la munición de aquellos hombres estaban llegando a su fin. Pero entonces empezaron a oír a los lejos el sonido de las gaitas. Sobre la una de la tarde los vieron llegar mientras tocaban Blue Bonnets over the Border. Aquella música hizo olvidar a los soldados donde se encontraban. Empezaron a saltar, a gritar, a abrazarse y a correr hacia sus salvadores ante los ojos atónitos de los alemanes, que no entendían lo que estaba ocurriendo. Antes de regresar al combate unidos, Lord Lovat se dirigió al coronel al mando y echando un vistazo a su reloj, dijo con voz tranquila: “Siento haber llegado con unos minutos de retraso”.

Isobel empezó a aplaudirse con una sonrisa de satisfacción y yo me uní a ella con una carcajada. Qué hombre debió de ser Lord Lovat, pensé. Aquella historia me entusiasmó y me hizo olvidar tan solo por un tiempo mi otra realidad.

—Caramba, no tenía ni idea de esta historia, pero tienes razón, los escoceses somos únicos —dije con orgullo—. El lunes, al salir de clase, si no te importa te acompañaré a tu casa para que me enseñes esos libros y las fotos de tu padre. Me gustará conocerle.

Isobel no dijo nada, simplemente me miró con una sonrisa y un suspiro que no me pasó desapercibido. Fue como si finalmente hubiese conseguido lo que llevaba tiempo esperando. Aquel día empezó nuestra amistad.

Mi madre regresó a casa al cabo de una hora que transcurrió como si solo hubiesen pasado unos minutos. La compañía de Isobel me embrujó de tal forma que me hizo olvidar que el mundo seguía existiendo fuera de las paredes de mi casa. Al oír la puerta de entrada nos levantamos del sofá a la vez como si nos hubiesen sorprendido haciendo algo incorrecto. Acudimos al recibidor al encuentro de mi madre para ofrecerle nuestra ayuda, pero ella, después de darnos las gracias, se negó en redondo. Cuando la miré supe que buscaba soledad. Isobel se quedó de pie en el recibidor frente a la vela que se consumía despacio al lado de la foto de mi padre y me miró extrañada. Desoyendo la petición de mi madre, la acompañé a la cocina para ayudarla a guardar la compra. Isobel nos siguió y se sentó junto a la mesa.

—Sra. McCoolant, ¿murió su padre en el desembarco de Normandía? —preguntó con curiosidad.

Mi madre no fue capaz de girarse para mirarla. Siguió guardando la compra como si no la hubiese oído. Al cabo de unos segundos en los que supe que no podía responder a aquella pregunta, salí en su ayuda.

—No. Mi abuelo murió en Dunkerque. Si lo preguntas por la vela, es una costumbre que tiene mi madre. De vez en cuando la enciende en recuerdo de mi padre.

Mi madre se giró muy despacio para mirarme de reojo. Estaba llorando pero con su sonrisa supe que me daba las gracias. Me apresuré en guardar todo lo que había comprado. Tenía que sacar de allí a Isobel para que mi madre tuviera la soledad que necesitaba ese día.

Aquel seis de junio representó un antes y un después en mi vida. No solo por todo lo que descubrí en el diario de mi madre, sino también por lo que empezó entre Isobel y yo.

Aunque Geena llegó a casa bien entrada la noche, todos quisimos esperarla despiertos. Sus facciones denotaban el cansancio de su larga jornada laboral pero eso no fue inconveniente para que corriera al encuentro de su hija y la abrazara con mucho cuidado de no lastimarla. Mi madre preparó té para todos y unas galletas que saboreamos en el salón, mientras Isobel le explicaba a su madre lo bien que lo había pasado conmigo y con Betty. Geena sonreía al ver que su hija estaba feliz y no pensaba, de momento, en las secuelas que le quedarían de aquel fatídico accidente.

No había transcurrido más de media hora cuando decidimos ir a dormir. El día había sido demasiado largo para todos. Cuando nos dirigimos escaleras arriba hacia los dormitorios mi corazón empezó con su particular carrera, al ver que se acercaba el momento de regresar a la buhardilla. Después de darnos las buenas noches en el rellano cada uno se dirigió a su dormitorio. Madre e hija caminaron abrazadas hacia una de las habitaciones de invitados pero antes de desaparecer tras la puerta, Isobel se giró hacia mí para regalarme una sonrisa que consiguió ruborizarme. Mi madre sonrió al ver el color de mis mejillas. Se acercó a mí, me abrazó y me besó con la ternura que era habitual en ella, pero esta vez se me quedó mirando como si quisiera decirme algo. Sé que intentó hablar pero finalmente no lo hizo. Yo traté de sonreír pero creo que fui incapaz de disimular el remordimiento que me consumía por dentro. Me acarició el pelo y finalmente se dirigió a su dormitorio. Yo no me moví hasta que la vi desaparecer tras la puerta.

El recibidor se había quedado sumido en la penumbra de la noche. Miré escaleras arriba. Quería subir a la buhardilla cuanto antes pero debía ser cauto. Tenía que esperar un tiempo prudencial para asegurarme de que todas estuvieran durmiendo. Entré en mi dormitorio y encajé la puerta sin llegar a cerrarla del todo para evitar cualquier ruido. Me puse el pijama, me senté en la cama y esperé pacientemente mientras miraba el cielo estrellado a través de la ventana. Al cabo de un cuarto de hora los ojos me pesaban como dos losas. Me levanté de la cama porque sabía que si me tumbaba acabaría durmiéndome. Froté enérgicamente la cara con las manos mientras caminaba hacia la ventana y una vez allí acerqué la mejilla al cristal para conseguir que el frío me despertara. Los ojos me seguían pesando pero la ansiedad me apremiaba a retomar el camino que había emprendido esa misma mañana. Con sumo cuidado saqué del armario una linterna. Mi llavero ya estaba en el bolsillo del pijama. Cogí la manta pequeña que cubría la parte baja de la cama, me envolví en ella y empecé a caminar. Después de encajar la puerta de mi dormitorio con el mayor sigilo posible, miré el recibidor. Todo estaba en calma. No quise encender la linterna así que esperé a que mis ojos se acostumbraran a la penumbra. Finalmente conseguí ponerme en marcha sin romper ni la luz ni el silencio de la noche. Mi única preocupación era el crujir del suelo de la buhardilla. En el último tramo de escaleras encendí la linterna. Cuando finalmente llegué, me sorprendió encontrar la puerta abierta de par en par pero la tensión del momento me impidió recordar si la había cerrado o no esa mañana. Me quedé en la puerta petrificado como si hubiese visto la cara de Medusa. Nunca antes había subido allí de noche. En el exterior, el sonido de los árboles meciéndose al compás de un viento agitado me hizo temblar de frío pero en realidad, aunque no lo quise reconocer en ese momento, no era solo frío lo que sentía. La única ventana que había era demasiado pequeña para que entrara la suficiente luz que iluminara toda la estancia. Tan solo se veía con claridad el centro de la habitación pero el resto quedaba sumido en la oscuridad. Ni siquiera me atreví a dirigir la luz de mi linterna para echar un vistazo general, porque tenía la extraña sensación de que me estaban observando. Aunque conocía perfectamente lo que había en cada rincón de esa habitación, ahora parecía como si fuese el escondite perfecto para cualquier intruso. Me tuve que repetir varias veces que estaba solo para armarme de valor y entrar, pero cuando fui a dar el primer paso pensé que era mejor regresar de madrugada. No me lo pensé dos veces. Me giré decidido a volver a mi habitación pero cuando estaba bajando las escaleras me avergoncé de mi cobardía. Volví a subir y sin querer mirar nada de lo que me rodeaba, me dirigí directamente hacia el baúl con la mirada fija en el suelo. Más que caminar, deslicé los pies para no hacer crujir la madera. Cuando mi linterna iluminó el baúl casi me quedé sin respiración. Estaba abierto. No tenía la menor duda de que lo había cerrado por la mañana para dejarlo tal y como lo encontré. Mi corazón empezó a latir como si hubiese perdido el control sobre sí mismo. Lo que me esperaba era encontrarlo cerrado con el candado, por eso traía mis llaves. Por la tarde habría jurado oír a mi madre subir a la buhardilla. Pensé que lo había hecho para cerrarlo. ¿Por qué ahora estaba abierto? ¿Acaso me estaba dando permiso para que leyera su diario? No sabía qué hacer. Mi pesada respiración rompía el silencio de la noche. No me atrevía a mirar ni a derecha ni a izquierda y mucho menos a mi espalda. ¿Estaba mi madre escondida en algún rincón? Durante unos segundos valoré la idea de preguntar en voz alta: “¿mamá, estás aquí?” pero finalmente no lo hice. Cerré los ojos y me dije “adelante”. Me acurruqué bajo mi manta como si pudiese desaparecer dentro de ella. Alargué mi mano temblorosa hacía el baúl y saqué el primer cuaderno. Me senté en el suelo con las piernas cruzadas y sin poder controlar el temblor que sacudía todo mi cuerpo retomé la lectura allí donde la dejé esa misma mañana.

El 25 de junio de 1944 marcó un antes y un después en la forma de escribir ese diario. De anotar frases cortas, sentimientos y hechos concretos, pasó a convertirse en lo más parecido al relato de una vida. Mi madre ya no quería tan solo recordar momentos, ahora lo que pretendía era conservar cada detalle de lo que había vivido.

Las primeras palabras de aquella historia me hicieron olvidar lo aterrado que estaba.

Capítulo 3. Elisabeth

Birmingham, 26 de junio de 1944

El gimnasio del Yardley Wood School se convertía, los sábados por la tarde, en lo más parecido a una sala de baile. Las luces de colores y la música que sonaba sin parar me hacían olvidar durante unas horas que fuera de aquellas paredes se estaba librando la II Guerra Mundial.

Esas tardes significaban para mí mucho más que una simple diversión: era el único momento en el que conseguía olvidar la soledad y la tristeza que me acompañaban desde la muerte de mi padre. Bailar me hacía sentir que ellos aún vivían. Bailaba como si me estuviesen viendo. Durante aquellas horas era feliz. Todos los que estaban en aquel gimnasio esperaban con entusiasmo mi actuación. Cuando anunciaban por el altavoz mi nombre, la gente estallaba en aplausos como si fuese a actuar una gran estrella. A mis dieciséis años ya era famosa en la ciudad. Según la Srta. Connolly, mi profesora de danza, me esperaba un futuro muy brillante. Empecé mis lecciones de baile a los dos meses de morir mi padre. En los últimos cuatro años me había convertido en una experta bailarina. Aunque mis orígenes nada tenían que ver con Escocia o Irlanda, mis pies se movían al son de las danzas gaélicas como si me hubiese criado allí desde pequeña. Aquel esperado baile marcaba el inicio de la fiesta y convertía a todo el gimnasio en lo más parecido a un céilidh 1. Aunque me faltaban tres personas para completar el baile, a nadie de los allí presentes parecía importarles. Fue en una de esas tardes cuando le besé por primera vez.

Céilidh. Festejo con danza tradicional de los pueblos gaélicos (Irlanda y Escocia).

Jamás me atreví a preguntar a mi tía quién pagaba aquellas clases porque lo único que sabía con certeza es que ella no lo hacía. Nunca vino a verme bailar aunque la Srta. Connolly no dejaba de insistirle para que lo hiciera. Durante esos cuatro años no dejé de preguntarle a mi profesora quién estaba costeando todo aquello, pero lo único que conseguí sonsacarle fue que se trataba de alguien que me tenía un cariño muy especial. Esa persona se convirtió en lo más parecido a un ángel de la guarda. Te imaginas que existe, crees que te cuida y te protege pero no puedes verle ni disfrutar de su compañía ¿por qué? Si era justo lo que yo necesitaba.

En aquellos oscuros años de mi vida, las palabras de la Srta. Connolly mantenían mi esperanza viva. Me dijo que si no hubiese estallado la guerra, ya habríamos viajado a Londres para hacer una prueba y que con toda seguridad ya me hubiese convertido en una bailarina famosa.

Ese viaje representaba para mí huir definitivamente de Birmingham y de mi tía Jennifer para empezar una nueva vida. Antes de conocer a Elwyn solo quería que aquella guerra acabase cuanto antes para poder escapar de allí, pero cuando le conocí mis prioridades cambiaron. El baile quedó en segundo término, desbancado por mi único deseo de que regresara cuanto antes para empezar mi vida junto a él.

El sábado once de marzo, al subir a mi habitación para cambiarme de ropa y marcharme al gimnasio a bailar, me encontré una caja encima de mi cama. La abrí con la misma ilusión que un niño abre sus regalos el día de Navidad. Cubierto por un papel muy fino de color rosa encontré un vestido azul de manga corta, unos calcetines blancos cortos y unos zapatos negros de un charol brillante. Sobre ellos había una nota escrita a mano: “Esta tarde brillarás como una estrella”. Cogí el vestido, lo abracé y empecé a dar vueltas con una sonrisa de felicidad como hacía tiempo que no sentía. Cuando me lo puse, me quedaba perfecto, como si me lo hubiesen hecho a medida, al igual que los zapatos. Al mirarme en el espejo me sentí tremendamente bonita. Lo único de desentonaba de aquella imagen eran los rulos que me colgaban del pelo. Me senté frente a mi tocador y empecé a deshacerme de ellos con rapidez. Con unas simples pasadas, el cepillo terminó de moldear mi melena. Bajé las escaleras a toda prisa para dirigirme al salón a dar las gracias a mi tía. Siempre supe que algún día nuestra relación volvería a ser como años atrás. Estaba sentada en el sofá tejiendo un jersey con la radio puesta. Me puse delante de ella mientras mi mano derecha desplegaba el vuelo de mi falda. Ni siquiera se dignó a mirarme: “a mí no me des las gracias, no me gastaría un chelín más en ti, bastante gasto tengo ya con mantenerte”, me dijo sin apartar los ojos de su costura. Cerré los ojos y apreté con fuerza la mandíbula para tratar de calmar el dolor que me provocaron sus palabras. Mi mano descendió lentamente hasta que la falda retomó sus propios pliegues. Me dirigí a la puerta de entrada, cogí mi abrigo y las llaves y me marché al gimnasio del colegio para intentar hacer brillar la estrella que todos decían que era.

Durante todo el camino no dejé de llorar. Los últimos años de mi vida no eran más que trabajo, sufrimiento y preguntas sin respuesta. La única amiga en la que podía confiar era Brenda, y aunque su madre en cierto modo me daba un poco de miedo, cuando estaba en su casa me sentía como si estuviera en un hogar donde se me aceptaba y quería.

En esos momentos en los que me sentía tan infeliz, siempre acudía a mi mente la frase del escritor Samuel Johnson que mi padre me dejó escrita antes de partir hacia Dunkerque: “Es necesario esperar, aunque la esperanza haya de verse siempre frustrada, pues la esperanza misma constituye una dicha, y sus fracasos, por frecuentes que sean, son menos horribles que su extinción”. “¿Cuánto tiempo más tenía que esperar?”, me repetía cada mañana al despertar. Afortunadamente la espera había llegado a su fin.

Cuando Brenda me vio llegar, corrió a reunirse conmigo mientras yo me apresuré a secarme las lágrimas. Su entusiasmado abrazo me confirmó que algo importante tenía que decirme.

—¡Está aquí! —me dijo con una sonrisa nerviosa.

—¿Quién? —pregunté desconcertada.

—Pues Colin y ¡su amigo! —me dijo con un histérico susurro—. Se llama Elwyn y según me ha dicho Colin, desde que te vio bailar hace tres semanas no deja de hablar de ti. Dice que cuando termina de trabajar se pasa las horas delante de la panadería para verte. Supongo que te espera sentado en un banco del parque a que termines para acompañarte a casa. El pobre aún no sabe que vives en el piso de arriba.

Al oír sus palabras cerré mis ojos ilusionada. Por lo visto parecía que Brenda no sabía que ya había hablado con él. No me podía creer lo que me estaba ocurriendo. Por fin le volvería a ver.

Yo también hacía días que me había fijado en él. Al tercer día de verle sentado en el mismo banco mirando fijamente hacia la panadería, supe que ya no estaba allí por casualidad, sino más bien para verme. Durante esas semanas intenté encontrar una excusa para salir y provocar un encuentro, pero por miedo a las reprimendas de mi tía no lo hice. Creo que me enamoré de él el mismo día que entró a comprar pan. Sin yo saberlo, la historia de mis padres volvió a repetirse. Cuando le vi caminar hacia el interior de la panadería empecé a temblar de nerviosismo pero a la vez de felicidad. Lo único que repetía en mi mente sin parar es que mi tía se quedara dentro de casa y me dejara disfrutar de aquel momento. Él también parecía estar nervioso. Su forma de mirarme, su torpeza al hablar provocada por la timidez y el color encarnado de sus mejillas los encontré tremendamente encantadores. Seguramente no necesitaba comprar pan porque cuando le pregunté “¿qué quería?” se me quedó mirando sin saber qué responder. Finalmente le volví a preguntar “¿pan de molde cortado?” Antes de responder, sonrió. Los hoyuelos de sus mejillas le hacían parecer simpático pero sobre todo, muy atractivo. “Sí, por supuesto” contestó. Cuando me preguntó cuánto me debía, le contesté que ya estaba más que pagado por todos los días que se había pasado sentado frente a la panadería.

—¿Así que me has visto? Y yo que pensaba que no te habías fijado en mí —dijo un poco más tranquilo.

—Claro que te he visto —contesté.

Después de unos segundos de silencio en los que me miró fijamente a los ojos, volvió a hablar.

—Me encanta cómo bailas —dijo directamente en voz baja, casi susurrando.

Yo agaché mi cabeza avergonzada pero a la vez feliz.

—Me encantaría…—empezó a decir hasta que mi tía apareció de repente.

—A mí lo que me encantaría es que si ya no tienes nada más que comprar salieras de mi panadería. Y otra cosa, como te vuelva a ver sentado en el banco controlando cómo trabajamos, llamaré a la policía —dijo mi tía señalándole con el dedo.

Yo me quedé paralizada sin saber cómo reaccionar y Elwyn se puso firme al escucharla y obedeció.

—Siento las molestias ocasionadas señora. No volverá a ocurrir. Que tengan una buena tarde.

Me miró, movió su cabeza en señal de saludo y salió de la tienda con paso firme. Al verle marchar cerré los ojos aterrada, no por todo lo que tendría que oír de boca de mi tía sino más bien por no saber cuándo le volvería a ver. El sábado de esa misma semana recibí mi correspondiente castigo por no haberle cobrado el pan de molde. Mi tía me hizo limpiar a fondo la panadería de arriba abajo y de esquina a esquina. ¿Qué mejor forma de castigarme que privándome de bailar? Cuando acabé estaba tan agotada que hubiese sido incapaz de dar un solo paso de baile. Ni siquiera cené, después de asearme me fui directamente a dormir. En mi mente únicamente estaba él y la angustia por saber cuándo le volvería a ver. Finalmente, la espera había llegado a su fin.

—¿Y está aquí? —pregunté mientras miraba sobre el hombro de Brenda.

—Pues claro, ¿es que no has oído lo que te he dicho? —me dijo mientras me cogía del brazo y emprendíamos el camino hacia ellos.

Colin y Elwyn nos esperaban en la puerta de entrada del gimnasio. A medida que nos acercábamos, la sonrisa de Elwyn crecía hasta completar la curva perfecta para que los hoyuelos aparecieran en sus mejillas. Brenda abrazó a Colin y le besó como si no le importara lo que pensara la gente de ella. Yo me quedé inmóvil frente a Elwyn hasta que Colin nos presentó. Su primera reacción fue la de acercarse a mí para darme un beso pero enseguida retrocedió. Qué lástima, pensé, sorprendida de mi actitud. La verdad es que me moría de ganas de besarle. Estiró su brazo educadamente para darme la mano y yo precipité la mía para unirme a la suya. Durante unos instantes la apretó con fuerza como si no quisiera separarse de mí. Colin se echó a reír.

—Le vas a romper la mano, galés —dijo mientras le daba una palmada en el espalda—. Venga, vamos adentro, que tengo ganas de bailar y de un poco de oscuridad.

Colin abrazó a Brenda por la cintura, ella me guiñó un ojo y desaparecieron tras la puerta. Nosotros dos nos miramos unos segundos presos de una terca timidez que no nos dejaba hacer otra cosa que sonreír. Finalmente Elwyn me cogió de la mano tímidamente y con un escueto “vamos” entramos en el gimnasio. Ese simple gesto despertó en mí sentimientos que ya tenía olvidados como la protección, la ternura y ¿el amor? ¿Me estaba aferrando a él para huir de mi vida, o realmente era cierto que el amor a primera vista existía? Muchos sábados me había fijado en chicos que me devoraban con la vista al verme bailar, pero ninguno de ellos había despertado en mí esta sensación de alegría y ganas de vivir. Ahora entendía las palabras del escritor Samuel Smiles: “La esperanza es como el sol, que arroja todas las sombras detrás de nosotros”. Frente a mí solo veía luz, comienzo, felicidad. Atrás quedaban las sombras que me habían acompañado durante esos cuatro años.

Una vez dentro, me soltó de la mano tan despacio que lo sentí como una caricia. Empezamos a mirar a todas partes en busca de nuestros amigos. Finalmente Elwyn los encontró en una esquina oscura y apartada, a merced de una pasión sin trabas. Yo me sonrojé y aparté la vista de ellos rápidamente. Elwyn me volvió a sonreír.

—Creo que no nos acompañarán durante un buen rato —dijo levantando los hombros—. Mejor, así podremos hablar y conocernos un poco. Supongo que esta vez tu tía no aparecerá de repente ¿no?

Yo me eché a reír.

—No, no vendrá. Nunca ha venido a verme a bailar.

—Ella se lo pierde. Por cierto ¿no me digas que creíste que no te volvería a ver? Si lo pensaste es que no me conoces bien todavía.

—Pues la verdad es que tenía mis dudas. Como no has vuelto por la panadería…

—Quise dejar pasar unos días para que pensara que le había hecho caso. Además creí que el sábado te vería pero como no apareciste supuse que tu tía no te dejó venir. Si no hubieses venido hoy, hubiese ido en busca tuya.

Las luces de colores que iluminaban intermitentemente el gimnasio me hacían sentir como si estuviera dentro de un sueño, pero lo que más agradecí fue el alto volumen de la música. Si quería oír lo que me estaba diciendo, tenía que acercarme a escasos centímetros de él. Cada vez que me preguntaba algo, cerraba mis ojos como si estuviese esperando que me besara. Ni yo misma me conocía. Giraba mi cara lentamente como si mi oído estuviera en mi boca. Nunca antes había sentido ese deseo tan abrumador, que me hacía olvidar cómo debía comportarse una chica decente y envidiar la libertad con la que Brenda se dejaba llevar. Lo que más deseaba en ese momento, además de besarle, era abrazarle. Su compañía me había devuelto las ganas de vivir. A su lado, el tiempo parecía haberse detenido. Al cabo de un rato me cogió de la mano y nos dirigimos a la pista a bailar. Como si fuese un bailarín profesional, me hizo girar en redondo para que mi falda luciera en todo su esplendor. Empecé a dar los primeros pasos despacio para que pudiera seguirme sin dificultad, pero cuál fue mi sorpresa al descubrir que no tardó ni un segundo en marcar el ritmo de aquel baile. Al final era yo la que le seguía a él. La gente de alrededor dejó de bailar para fijarse en nosotros. Al cabo de unos minutos estábamos solos en la pista dando una lección magistral de cómo bailar en pareja. Cuando la orquesta acabó la canción, Elwyn me cogió en volandas y empezó a dar vueltas, mientras todos los allí presentes estallaron en aplausos y vítores de alegría. Estar en sus brazos me hacía sentir una mujer adulta. Se detuvo y me hizo descender poco a poco hasta que mis pies tocaron el suelo sin dejar de mirarme. Mi corazón latía a una velocidad incontrolable. Estábamos tan cerca el uno del otro que nuestros alientos se mezclaban en uno solo. Le quería besar pero mi terca educación no me lo permitía. Afortunadamente, la suya fue más flexible. Cuando le vi acercar lentamente su cara a la mía cerré los ojos, pero la magia del momento desapareció en un suspiro. La realidad cayó sobre nosotros como una guillotina que te sesga la vida en un segundo. Las sirenas empezaron a alertarnos de un nuevo bombardeo alemán. Sus manos firmes me apretaron contra él para hacerme sentir segura en sus brazos. Nunca antes había agradecido tanto un bombardeo como en ese día. La música cesó de repente para dejar paso a la voz del director que nos alertaba, a través del micrófono, de que los alemanes se acercaban, y que el gimnasio no era un lugar seguro. Nos dijo que debíamos de buscar un refugio lo antes posible. Las luces de colores desaparecieron para dejar paso a las potentes luces blancas de los focos, que permanecieron encendidas hasta que la última persona salió de allí, para luego apagarse y unirse a la absoluta oscuridad que se cernía sobre la ciudad cada vez que había un ataque aéreo. La gente corría despavorida hacia la salida. Elwyn me abrazó y me retuvo hasta que el colapso de la puerta se desvaneció. Yo le dije que debíamos de buscar a Brenda pero su respuesta fue tajante. Colin cuidará de ella, me dijo mientras me apretaba contra él. Cuando conseguimos salir a la calle, todo era ya oscuridad. Sobre nosotros el ruido de los aviones marcaba el inicio de una noche muy larga. Las sirenas que nos alertaban se mezclaban con las sirenas de los bomberos que ya habían empezado a circular a gran velocidad por las calles oscuras y desiertas, a excepción de unos cuantos rezagados. Los trozos de los edificios bombardeados empezaron a caer sobre nosotros como si fueran granizo. La metralla incandescente volaba por los aires nada más estallar las bombas y caía a nuestros pies como si quisieran cerrarnos el paso. Aquel bombardeo parecía el final del mundo. Por primera vez en esos cuatro años le supliqué a la muerte que me dejara vivir unos años más, pero las bombas, la oscuridad y el fuego parecían tener otros planes para mí. Corríamos sin saber hacia dónde ir. Elwyn tiraba con fuerza de mi mano para que le siguiera en busca de un lugar seguro donde refugiarnos, pero el cielo estaba tan plagado de aviones que fueras donde fueras no había escapatoria posible. Exhaustos y rendidos a nuestro destino, Elwyn me arrinconó contra un edificio, me abrazó con fuerza y cubrió mi cabeza con sus brazos. El calor que se desprendía de su agitada respiración me hacía temblar todo el cuerpo al notarlo en mi cuello. Me sentí tan protegida que el miedo desapareció completamente. Qué forma más dulce de morir, pensé. Por mi mente no pasaron mis años vividos, sino todo lo contrario, cerré los ojos y soñé todo lo que me hubiese gustado hacer con él. Lloré, pero no de miedo sino de impotencia al pensar que nunca llegaría a vivirlo. El tiempo se acababa pero yo no podía morirme sin antes besarle. Levanté despacio mi cabeza para intentar ponerme a la altura de sus labios. Él acarició mi melena suavemente. Yo le dije “gracias” y él me contestó “a ti”. Nos besamos como si fuéramos amantes obligados a separarse para siempre. Nuestros cuerpos se apretaron como si quisieran traspasar la ropa, mis manos sobre su espalda le impedían alejarse lo más mínimo de mí. Su mano sujetaba mi nuca con la misma intención mientras que la otra se aferraba a mi cintura. ¿Fue quizá la pasión la que hizo un nuevo pacto con la muerte? ¿O quizá el amor había conseguido negociar con ella para dejarnos vivir una vida plena? Fuera como fuera, la muerte siempre tendría la última palabra.

Los aviones se alejaron dejando nuevamente la ciudad en ruinas. Milagrosamente habíamos sobrevivido. La gente empezó a salir de sus casas para ayudar a los heridos, los gritos de los que pedían auxilio te hacían mirar en todas las direcciones para tratar de encontrarlos. Los bombardeos dejaban tras de sí gente enterrada en vida bajo los escombros, niños que lloraban desorientados en busca de sus padres, bomberos intentando extinguir los incendios, familiares gritando el nombre de los que no encontraban, oscuridad, miedo, muerte. Ahora no era momento para la pasión, ahora tocaba agradecer un día más de vida. Me abracé a él llorando. Sus palabras me tranquilizaron.

—¿Por qué no vienes a mi casa esta noche? No creo que tu tía haga nada por protegerte si esos alemanes vuelven.

—Me encantaría pero no puedo. Tengo que regresar cuanto antes a mi casa para ver si todavía sigue en pie y si mi tía está bien. Ella es la única familia que me queda. Lo entiendes ¿verdad?

—Está bien —me dijo—, pero no olvides que ahora me tienes a mí. Si me necesitas, vendré a buscarte. Pity nos ayudará.

Al oír aquel nombre, algo se despertó en mi mente. Fue como si un recuerdo olvidado y lejano, que no podía ubicar, hubiese vuelto al presente.

—¿Quién es Pity? —pregunté.

—Es el propietario del pub que hay justo al lado de donde vivo. Es un buen tío. Me ha ayudado mucho desde que llegué a Birmingham.

En mi cabeza no dejaba de repetirme la misma pregunta: ¿De qué me suena ese nombre?

A medida que nos acercábamos a casa pudimos comprobar con alivio que todo seguía intacto. Creo que fue la primera vez que vi a mi tía preocupada por mí. Estaba de pie en la puerta de la panadería. Parecía como si me estuviese esperando. Cuando nos vio llegar hizo un intento por acercarse a nosotros pero finalmente permaneció inmóvil hasta que llegamos junto a ella.

—¿Estáis bien? —preguntó escuetamente.

—Sí, gracias tía. Si no hubiese sido por Elwyn no creo que esta vez hubiese sobrevivido.

Durante unos instantes aquella pregunta me hizo recordar la bondad que había visto en mi tía años atrás, pero rápidamente el odio que asomaba a través de sus ojos me devolvió a la realidad.

—Pues gracias, Elwyn —dijo frunciendo el ceño—. Venga, pasa a casa a cenar que mañana hay que madrugar.

Me cogió del brazo y tiró de mí sin apenas darme la oportunidad de despedirme de él. Ni siquiera sabía dónde vivía, así que otra vez me quedaba con la incertidumbre de saber cuándo le volvería a ver.

Pero esta vez Elwyn regresó antes de lo esperado, dispuesto a ganarle la batalla. Cada día, después de trabajar, se presentaba en la panadería a comprar pan y a preguntarle muy educadamente a mi tía si nos daba su permiso para pasear hasta la hora de cenar. Cuando día tras día las excusas se le fueron acabando, supo que Elwyn no descansaría hasta conseguir su propósito, así que finalmente se limitó a decirme que hiciera lo que quisiera. Desde ese día nos vimos diariamente en nuestro escaso tiempo libre hasta que decidió alistarse en el ejército.

El gimnasio había quedado reducido a cenizas en el último bombardeo, así que nuestras tardes de baile se habían terminado hasta que con el tiempo lo volvieran a reconstruir. En las pocas aulas que habían quedado en pie los alumnos se apelotonaban para recibir sus lecciones diarias y seguir adelante con el día a día. Nadie en aquella ciudad parecía estar deprimido sino todo lo contrario, con cada bombardeo que recibíamos, parecía que nuestra autoestima y orgullo seguían creciendo. La señorita Connolly sufrió varias heridas que la mantuvieron alejada de sus clases durante un tiempo. Aunque yo echaba de menos bailar, ahora prefería pasar la tarde con Elwyn.

En esos escasos dos meses que estuve con él, mi tía no volvió a llamarme la atención. Me levantaba temprano, preparaba el desayuno, hacía las tareas de casa, trabajaba en la panadería, recogía, me cambiaba de ropa y finalmente me iba con él a pasear. Mi vida, por fin, volvía a tener sentido. Como la única condición que nos impuso mi tía era que saliéramos con Brenda y su novio, siempre me esperaban en la puerta de la panadería para aparentar que pasábamos la tarde los cuatro juntos, pero en el momento que girábamos la calle, cogíamos caminos diferentes. Después de recorrernos la ciudad en busca de un lugar donde encontrar un poco de privacidad, Elwyn se atrevió a preguntarme si no me importaría acompañarle a donde vivía. Aunque lo deseaba, tenía muy presente que esa proposición me acercaba a una frontera que no debía de cruzar. Finalmente accedí pero imponiendo unas condiciones que él prometió cumplir. Al menos en su habitación no pasaríamos frío.

Cada día que pasaba a su lado, me resultaba más difícil regresar a casa con mi tía. En aquella habitación me sentía como si estuviese en mi hogar. Nos pasábamos la tarde abrazados en la cama, él siempre buscando dar un paso más, y yo poniendo límites en contra de mi voluntad, así que opté por no dejar de hacerle preguntas.

—Aún no sé nada de ti. ¿Cuándo me vas a explicar algo de tu familia? Ni siquiera sé dónde naciste.

Elwyn me miró con aquella sonrisa que tanto me enloquecía. Parecía que nunca encontraba el momento de hablar sobre ese tema. Finalmente entendí por qué.

—Así que la señorita quiere saber de dónde vengo. Ya habrá tiempo para hablar de eso.

Después de insistirle varios días, una tarde se presentó con una carta.

—¿Esto qué es? —pregunté desconcertada.

—Si tanto interés tienes en conocer mis orígenes aquí lo tienes todo escrito. Esta noche la lees y si mañana no quieres quedar conmigo, lo entenderé.

Aunque en aquella carta hubiese confesado que era un asesino, no creo que hubiese sido capaz de dejar de quererle, pero la verdad es que sus palabras me asustaron. ¿Qué motivo podía esconder para que yo decidiera romper con él?

Al día siguiente le vi sentado en el banco frente a la panadería. Ni siquiera se atrevió a esperarme en la puerta como hacía cada día. Cuando llegó la hora de cerrar, me cambié de ropa y salí a su encuentro. Nada más verme, se levantó y cerró sus manos con fuerza. Estaba nervioso. Empecé a caminar despacio hacia él pero al ver su rostro compungido, eché a correr para abrazarle. Sus brazos me estrecharon con tanta fuerza que apenas podía respirar.

—¿Pero cómo has podido pensar que te dejaría después de leer la carta que me has escrito? —le recriminé furiosa.

—Gracias —me dijo con la voz entrecortada. No te imaginas la noche tan horrible y el día tan angustioso que he pasado. No sé qué haría si me dejases.

—Nunca, ¿me has oído? Nunca te dejaré de querer.

—Ni yo a ti tampoco.

Solo la muerte hubiese conseguido que rompiéramos nuestras promesas.

No habían pasado ni dos meses desde que nos conocimos cuando una mañana Brenda entró en la panadería con una expresión en su rostro de ausencia. Cuando la vi me asusté al pensar que podría estar enferma. Estaba pálida, tenía ojeras y había perdido un poco de peso.

—¿Qué te pasa, Brenda? —pregunté mientras la cogía por los brazos.

Como mi tía estaba despachando, aproveché para salir a la puerta y hablar con ella con un poco de intimidad.

—Se marchan —dijo con la mirada perdida—. No me puede dejar así. No se puede ir ahora.

—¿Qué quieres decir? —pregunté sin ser consciente de a qué se refería.

—Se marchan —me volvió a repetir mirándome a los ojos. Se han alistado en el ejército, Colin y Elwyn. En dos días se marchan hacia el sur.

Por más que trataba de hablar, las palabras no salían. Aquello no podía ser cierto. Elwyn me lo habría dicho.

—Me ha dicho Colin que esta tarde Elwyn te lo dirá a ti también.

La volví a mirar mientras seguía agarrando sus brazos con fuerza como si quisiera evitar caerme. El abandono que había conseguido olvidar en esos dos meses, cayó sobre mí como una pesada losa de la que sería incapaz de deshacerme por mí misma. Me abracé a Brenda llorando. Tampoco a mí me podía dejar así.

Cuando aquella tarde le vi acercarse a la panadería, salí a su encuentro. Las facciones de su cara me confirmaron que lo que me había dicho Brenda era cierto. Corrí hacia él pero no para abrazarle. En esta ocasión levanté mis puños para pegarle. Antes de que lo hiciera me cogió por las muñecas y me detuvo. Yo rompí a llorar desconsoladamente. Cuando notó que mis brazos ya no luchaban, me abrazó.

—¿Por qué me haces esto? —le pregunté sollozando.

—Porque es lo que tengo que hacer. ¿No lo entiendes? No me puedo quedar quieto mientras esos alemanes no dejan de bombardear las ciudades. ¿Y si mueres?

—¿Y si mueres tú? —le grité cerrando mis puños otra vez con fuerza.

—No lo haré, te lo prometo. Acabaremos con esta maldita guerra de una vez por todas. Vendré a por ti, me casaré contigo le guste a tu tía o no y formaremos una familia.

—Mi padre no regresó y mira en lo que se ha convertido mi vida. Si tú no regresas, no creo que pueda seguir adelante.

—No digas eso, ¿me oyes? Mírame —me dijo mientras cogía con fuerza mis brazos y me zarandeaba—. Voy a regresar, voy a regresar a por ti. Te lo prometo.

Apenas tenía fuerzas para mantenerme en pie así que me aferré a él llorando desconsoladamente.

—Mañana pasaré la noche contigo —le susurré sin pensar ni tan siquiera en las consecuencias. Él me estrechó entre sus brazos mientras mi tía nos miraba fijamente desde la panadería.

Al día siguiente me comporté como si fuese un día normal y corriente. Al terminar mi jornada, subí a mi dormitorio para cambiarme de ropa, pero en esta ocasión la elección de mi atuendo fue mucho más meditada. Me despedí de mi tía como si fuese a volver al cabo de dos horas para cenar pero por la forma en cómo me miró, supuse que debía intuir algo. Al salir por la puerta fui consciente de que acababa de iniciar un camino sin retorno.

Elwyn me esperaba en el parque. En su cara se veía incertidumbre y nerviosismo. Cuando me acerqué a él, le besé tímidamente en los labios. Aquel simple gesto le hizo ver que no me había echado atrás. Nunca antes le había besado en plena calle. Me sonrió y sin perder un segundo me cogió de la mano y empezamos a caminar. La casa donde vivía estaba en Strarford Rd., a dos manzanas de la mía. Durante el trayecto no cruzamos una sola palabra. Yo ni siquiera pensé en mi tía ni en el castigo que me esperaría al día siguiente, lo único que me preocupaba en ese momento era estar a la altura de las circunstancias, pero sobre todo que Elwyn regresara. Cuando llegamos a la entrada de una pensión, nos detuvimos.

—¿Estás segura de que quieres hacer esto? —me preguntó Elwyn nervioso.

—Segurísima —contesté con una sonrisa.

—Sobre todo no digas que tienes dieciséis años. Pity es un buen tío pero a lo mejor se echa atrás si se entera de lo joven que eres. Le he hablado mucho de ti, así que ya casi te conoce.

—¿Vamos a pasar la noche en esta pensión? Yo creí que iríamos a tu habitación —dije sorprendida.

—No. Allí no hay intimidad y no quiero que cualquiera de los que viven conmigo nos moleste.

Yo le cogí la mano y le di mi conformidad con una sonrisa. Quizá tenía razón. Al entrar vimos que la recepción de la pensión estaba vacía. Ambos miramos hacia la izquierda por el largo pasillo que acababa en el pub desde donde el propietario nos vio. Terminó de servir un par de pintas sin dejar de mirarme y, con una sonrisa que no supe interpretar, se dirigió hacia nosotros con un lento caminar provocado por una cojera.

—Bienvenida, pequeña Turner —dijo nada más llegar junto a nosotros.

—¿Me conoce? —pregunté sorprendida al oír cómo me había llamado.

—Ya te he dicho que le he hablado mucho de ti —respondió Elwyn—. Él fue el que me animó a que fuera cada día a la panadería hasta conseguir que tu tía se hartara de mí y te dejara salir conmigo.

—Sí, ya me lo dijiste pero me ha llamado pequeña Turner y solo mi padre me llamaba así. ¿Usted le conoció? —pregunté.

—Más de lo que te imaginas. Y hablando de familia. ¿Qué piensas tú que hará tu tía cuando se entere de que te he dado una habitación? —dijo mientras levantaba una ceja y fruncía los labios.

—No tiene por qué enterarse. Si me pregunta le diré que pasé la noche en la habitación de Elwyn, porque sea aquí o en otro lugar pienso pasar la noche con él. Mañana de madrugada parte hacia el sur y no sé cuándo regresará. Esta noche es lo único que nos queda.

—Tienes los ojos de tu madre y por lo que veo el carácter decidido de tu padre. Esta noche dormirás en mi pensión. La cocina ya está cerrada pero os he guardado algo para cenar. Enseguida os lo subirán.

Elwyn no entendía nada de lo que estaba pasando allí.

—Entonces ¿la conoces? —preguntó extrañado.

—Claro que sí. Y ten por seguro que si no hubieses sido de mi agrado, no te hubiese permitido acercarte a ella.

—Ya lo veo. Así que he sido engañado sin darme cuenta. Yo, venga a contarte cosas de ella, y tú haciéndote de nuevas. Por cierto, te agradezco lo de la cena pero no sé si podré pagártelo todo —dijo Elwyn abatido.

—No te preocupes. La habitación y la cena ya están más que pagadas. Considéralo un regalo de despedida.

—Muchas gracias Pity.

—¿A dónde te envían muchacho?

—Aún no lo sé, solo tenemos órdenes de partir hacia la costa, supongo que una vez allí nos dirán nuestro objetivo.

—Malditos alemanes. ¿Cuándo se enterarán de que no les dejaremos poner los pies en nuestra tierra? Hazme un favor, chico, y vuelve sano y salvo, no quiero que dejes sola a esta muchacha, ¿entendido?

—Lo haré. No tengas la menor duda. Muchas gracias, Peter, por todo.

—Habitación catorce, aquí tenéis la llave, por las escaleras segunda puerta a la izquierda. Mañana te espero, pequeña Turner, bien temprano para desayunar —me dijo mientras intentó sonreír—. Me gustará recordar a tus padres.

—Muchas gracias, Peter. Lo estoy deseando —contesté ilusionada.

—Anda, tirad para arriba, que ahora os llevo algo de cena.

—Hasta mañana, contestamos los dos al unísono.

Cuando llegamos a la habitación, Elwyn abrió la puerta, me miró y con una sonrisa me invitó a entrar. La habitación era pequeña pero el calor que fluía del único radiador y la gruesa moqueta que cubría toda la estancia la hacían muy acogedora. Suspiré y cerré mis ojos. Ojalá estuviese viviendo un reencuentro y no una despedida. Todo el mobiliario estaba en perfecta armonía. La cama de matrimonio mostraba unas sábanas blancas inmaculadas tapadas por varias capas de mantas y cubiertas por una colcha de punto. En el fondo de la habitación había un armario de madera que relucía como si estuviera recién barnizado. La ventana, que daba a la calle principal, dejaba entrar la luz a través de unos finos visillos que intentaban dar un poco de intimidad a la habitación. Junto a la puerta había una mesa redonda con dos sillas, un hervidor, dos tazas con sus respectivas cucharas, té, azúcar y galletas. Sin pensármelo dos veces me giré hacia él y le pregunté lo que ya sabía, con la intención de volverlo a escuchar.

—¿Volverás por mí, verdad? Porque tú me quieres.

—Elisabeth, estoy loco por ti. Te quiero tanto que solo pienso en el día de mi regreso para no separarme nunca más de tu lado. Te escribiré cada día que pueda, así tendré la sensación de que estoy hablando contigo. ¿Me escribirás tú también?

—Cada día, tenga o no tenga dirección a donde enviarte las cartas.

La tensión del momento me hizo llorar. Elwyn se acercó a mí pero antes de que me pudiera abrazar para consolarme, llamaron a la puerta. Yo me giré y me dirigí a la ventana. Elwyn abrió y apareció una mujer, de no más de treinta años, con la cena que Peter nos había guardado. Se la entregó y con un guiño se despidió de él. Elwyn le dio las gracias con una sonrisa de complicidad. Dejó la bandeja sobre la mesa y se acercó a mí. Apoyó su cuerpo en mi espalda y me abrazó por la cintura. Me hubiese pasado horas así. Sus labios no tardaron en recorrer mi cuello en un sin parar de besos dulces y lentos. Aquel momento era demasiado especial para arruinarlo pensando en lo que el futuro nos depararía. Tenía que sacar de mi mente todo el miedo que me anulaba y vivir el presente y quizá, con un poco de suerte, conseguir que nuestro amor no se perdiera con el tiempo. Me giré con decisión dispuesta a entregarme a él. Elwyn me cogió la cara suavemente y me besó en los labios, pero el terco pudor que no me abandonaba le hizo creer que me estaba echando atrás. Elwyn dejó de besarme y me miró desconcertado.

—Será mejor que te lleve a casa —dijo mientras se dirigía cabizbajo hacia la puerta de la habitación.

—Pero ¿por qué? —pregunté desesperada y sin entender a qué venía aquel cambio.

—No quiero forzarte a hacer algo que no quieras y mucho menos que te acarree consecuencias.

—Estoy donde quiero estar, ¿me oyes? Y ninguna posible consecuencia me hará cambiar de opinión.

Mentiría si dijera que no sentía un poco de vergüenza, pero ¿quién no lo siente en su primera vez? Me desabroché el abrigo y lo dejé caer sobre la silla sin dejar de mirarle. Con gran esfuerzo finalmente aislé en mi mente el pudor y empecé a desnudarme delante de él. Bajé la cremallera del vestido y lo dejé caer a los pies para mostrarle la combinación que llevaba tiempo reservando para un momento especial como aquel. Me quité los zapatos. Desabroché el liguero y me lo quité junto con las medias mientras él empezó a desnudarse. Bajé despacio el tirante de mi combinación hasta que esta cayó a mis pies. La expresión de sus ojos al ver mi cuerpo desnudo me ruborizó tanto que crucé los brazos para cubrir mis pechos. Elwyn decidió apagar la luz y dejar la habitación en penumbra para que yo estuviera más tranquila. Se acercó a mí, me tendió la mano y cuando la estreché empezamos a caminar despacio hasta llegar a la cama. Mientras él separaba las mantas para que pudiéramos acostarnos, yo me deshice de la única ropa interior que me quedaba puesta.

Recuerdo que al llegar a ese punto, cerré de golpe el diario de mi madre. Me daba vergüenza seguir leyendo. Hice un intento de devolverlo al baúl y olvidarme de todo aquello porque sentí que estaba usurpando su intimidad, pero luego recapacité. Ya tenía catorce años. Ya no era un niño. Si algún día mi madre descubría que lo había leído, le diría que esa parte la pasé sin leerla. Por nada del mundo querría que se sintiera avergonzada, así que lo volví a abrir, pasé despacio las páginas hasta que llegué al punto donde lo había dejado y continué leyendo.

Cuando se giró hacia mí para permitirme que me echara primero, me encontró frente a él completamente desnuda y cubriendo con las manos la parte mi cuerpo que más deseaba en ese momento. Sin pensármelo dos veces, me acomodé en la cama para buscar refugio bajo las sábanas, sin saber muy bien si el calor que me ahogaba era de rubor o de deseo. Cuando vi como se deshacía de la ropa interior, giré la cara. Creo que él lo agradeció, ya que por primera vez se incomodó al ver cómo era incapaz de controlar su excitación. Cobijados bajo las sábanas nos miramos, incapaces de dar el primer paso.

—¿Tienes miedo? —preguntó Elwyn casi en un susurro.

—Solo de que no vuelvas.

—Volveré. Te lo prometo.

—Lo sé. Te quiero.

Al oír mis últimas palabras se incorporó ligeramente para mirarme pero antes de que pudiera tomar la iniciativa, le rodeé con mi brazo y le besé. La Elisabeth tímida y pudorosa que era, se acababa de entregar a los deseos de su cuerpo para descubrir, por primera vez, lo que significaba hacer el amor. Mis labios empezaron a besarle marcando el inicio de un recorrido que pretendía ser lento y placentero. Un camino de descubrimiento que el destino había elegido para unirnos para siempre. Elwyn me rodeó con su brazo, sin dejar de besarme, mientras que con el otro me llenó de caricias. El primer roce que sentí sobre mi pecho hizo que toda la piel se me contrajera. El calor que crecía en mi cuerpo llegó a un punto que yo creí que era el máximo cuando Elwyn descendió hasta mi pecho para besarlo. Mis piernas, que habían permanecido tensas y juntas, se empezaron a relajar y separarse lentamente, en un suave deslizar sobre las sábanas. Aquel movimiento representó para él una puerta abierta que le permitía entrar en un lugar prohibido hasta ese momento. Su mano empezó a descender por mi vientre en dirección a mi entrepierna en una suave caricia. Al rozar el vello que anunciaba la llegada a su destino cerré las piernas de golpe. Sin retroceder lo más mínimo del camino recorrido, Elwyn me miró con una sonrisa que me infundió confianza.

—Lo siento —me disculpé avergonzada.

—No te disculpes y no tengas miedo —dijo mientras se acercaba a besarme.

Sin prisas y con una paciencia controlada esperó a que yo me tranquilizara. Sus besos no tardaron en conseguirlo. Poco a poco deslicé las piernas y las volví a abrir para entregarme definitivamente a él. El camino se reanudó hasta que sus dedos resbalaron en mi interior. Yo me estremecí sin control. Quise gemir de placer pero su boca, que me besaba apasionadamente, ahogó mis gemidos con los suyos. Acabábamos de cruzar el punto de no retorno. Ahora lo único que quería era dejarle entrar en mí pero él parecía no tener prisa. Sus dedos se empezaron a mover rítmicamente a la vez que mi respiración se aceleró hasta que tuve que dejar de besarle para poder coger el aire suficiente. Su boca regresó a mi pecho sin perder un segundo. Parecía estar tremendamente excitado pero seguía sin querer dar el paso final. Sus dedos me hicieron perder el control. Mis caderas se empezaron a mover arrastradas por una sabiduría natural. Creía que era imposible sentir más calor pero con cada nueva sensación me daba cuenta de que aún no había llegado al final. El vaivén de mis inmaduras caderas provocó en Elwyn la necesidad lujuriosa de perderse en mi sexo antes de entrar en él. Con un rápido movimiento guiado por una incontrolable excitación, apartó las mantas que nos cubrían y se arrodilló frente a mi entrepierna, rodeando mis muslos con sus brazos. Yo me incorporé de inmediato para impedirle llevar a cabo aquel acto que tanto me avergonzaba pero sus manos firmes no me dejaban retirarme lo más mínimo. Los movimientos de su lengua me hicieron olvidar poco a poco los perjuicios que me acosaban. Cerré los ojos y me dejé caer sobre la cama para entregarme por completo a aquel prohibido descubrimiento. Mi cuerpo entero estaba al borde de un abismo de placer en el que estaba deseando caer. Me aferré a mi melena como si así confiara en no perder la cabeza. Mi agitada respiración y mis gemidos no eran más que la motivación que necesitaba para continuar ¿hasta cuándo? Todo mi cuerpo estaba descubriendo nuevas experiencias desconocidas que me estaban llevando a una excitante locura. Quería gritar, quería suplicarle que no parara. Estaba llegando a algo nuevo que no paraba de crecer. Mis piernas se tensaron, bajé las manos hasta las sábanas para retorcerlas con fuerza hasta que un inmenso placer inundó mi interior y me hizo vibrar una y otra vez.

No me atreví a mirarle. Estaba tan avergonzada que subí las manos para cubrir mi cara. Mis piernas se deslizaron por la cama sin fuerza hasta que poco a poco mi respiración empezó a encontrar un poco de calma. Elwyn no me dio un respiro. Se abalanzó sobre mí con una agilidad felina. Yo le abracé y abrí mis piernas todo lo que pude. Su mirada delataba tanta excitación que tuve miedo de que me hiciera daño. Sé que quiso ir despacio pero él tampoco pudo controlar sus actos, así que sin esperar tregua alguna se hendió en mi interior rompiendo la barrera que nos separaba para sentirnos una y otra vez. Me fue imposible contener un grito de apasionado dolor que aplaqué clavándole las uñas en la espalda. Después del primer momento recibí las sucesivas embestidas con una total entrega, como si fuese el preludio de mi eterna unión con él. El placer que sentía Elwyn se materializó en unos continuos gemidos que me hicieron olvidar el dolor que me infringía. A cada embestida me apretaba más, como si quisiera llegar al fondo de mis entrañas. Yo me mordía el labio para permanecer callada y sumisa. Intentaba pensar qué podía hacer para que disfrutara más pero el peso de su cuerpo sobre el mío apenas me dejaba moverme. Ya no podía abrir más mis piernas pero sí que podía subirlas. Mis manos abandonaron su espalda para coger mis muslos y subirlos lo máximo posible. Aquel cambio pareció gustarle porque empezó a moverse más rápido. La nueva postura me dolía y me escocía pero sin embargo me gustaba. Parecía que hubiera perdido la razón. Él buscó desesperadamente mi boca para perderse en un beso húmedo y salado de pura lujuria. Me apretaba, me embestía, me rompía pero yo seguía firme en mi total entrega hasta que finalmente se derramó en mi interior.

Durante unos segundos permanecimos abrazados. Elwyn me susurró un sincero te quiero que me agrandó el alma. El amor, el miedo y la desesperación se adueñaron de nuestros cuerpos en una continua lucha de poder. Él se acomodó junto a mí y yo me cobijé entre sus brazos. Fue entonces cuando me atreví a preguntarle por el vendaje que llevaba en el brazo.

—¿Qué te ha pasado? ¿Tienes una herida? —pregunté preocupada.

—No, bueno sí, pero ya está cicatrizando. ¿Por qué no me retiras el vendaje y le echas un vistazo? A lo mejor te gusta —me dijo enseñando sus hoyuelos.

Sorprendida por sus palabras, retiré la venda para descubrir, ante mi total asombro, mi cara tatuada en su brazo.

—Si me llevo la foto que me diste la puedo perder, me la pueden quitar o se puede romper. Así me aseguro de que siempre te llevaré conmigo.

—Elwyn, no sé qué decir. Es lo último que me hubiese imaginado, pero si te he de ser sincera, me encanta. Te quiero. ¿Lo sabes, verdad? Jamás podré querer a nadie como te quiero a ti.

La mirada de Elwyn se cristalizó pero antes de que sus ojos se nublaran, me abrazó y me besó en la frente.

—Yo también te quiero mi pequeña Turner. No habrá nadie que pueda ocupar tu lugar. Pase lo que pase siempre serás tú la única. No lo olvides nunca.

Permanecimos abrazados hasta que pudimos controlar nuestras lágrimas. Tan solo nos quedaba esa noche para estar juntos. No pasaron más de diez minutos cuando decidimos saborear la cena que nos había traído Peter. Me levanté, me puse únicamente la combinación para cubrir mi cuerpo y prepararé la mesa. Comimos un suculento shepherd’s pie sentados uno frente al otro, sin apenas hablar, presos de la angustia por el futuro que nos esperaba. Cuando terminamos de comer, preparé un té para acompañar los scones. La mermelada que Elwyn tenía en la comisura de los labios fue la excusa perfecta para que me sentara sobre él y empezara a besarle hasta que acabamos haciendo el amor sobre aquella silla, mientras la noche avanzaba sin freno. De regreso a la cama nos abrazamos y empezamos a hablar para permanecer despiertos.

—Cuando regrese de la guerra pienso acabar mis estudios de carpintería y quién sabe, a lo mejor acabo dando clases en alguna escuela. No me veo toda mi vida en una fábrica haciendo tornillos, la verdad.

—¿Y qué harás conmigo? —pregunté con incertidumbre.

—¿Contigo? Pues sencillamente en cuanto llegue lo primero que haré será pedirte en matrimonio y si tu tía me lo impide, te dejaré embarazada para que no tenga más remedio que claudicar. Que sepas que pienso formar una gran familia.

—¿Cómo de grande? —pregunté.

—¿Cinco hijos te parece bien?

—¿Cinco? —dije sorprendida.

—Sí, cinco me parece un buen número y ya hasta sé qué nombres les pienso poner.

—Dímelos.

—Al primero me gustaría llamarle Philip porque lo encuentro un nombre con clase. El resto será muy fácil, Robert y Bárbara por tus padres, Jennifer por tu tía…

—¿Quieres que una de nuestras hijas se llame como mi tía después de cómo se está comportando con nosotros?

—Sí, será una lección para ella que no olvidará. Y si finalmente te convenzo para tener el quinto, me gustaría que se llamara Colin, como mi amigo. ¿Qué te parece?

—La idea de poner el nombre de mis padres la encuentro maravillosa. ¿No se enfadarán los tuyos?

—Afortunadamente ellos siguen vivos y dudo mucho que se molesten. Y viviremos felices hasta que la muerte nos separe.

—No digas eso —dije con miedo.

—Elisabeth, mírame. No me pienso morir en esta guerra. Me moriré, sí, pero de viejo y junto a ti. Tenemos una larga vida por vivir y muchas cosas por hacer y no pienso dejar que nada ni nadie se interponga entre nosotros, así que no te queda otro remedio que esperarme. ¿Lo harás, verdad?

—Sí, te esperaré —contesté con los ojos vidriosos.

—Anda, dame un beso e intenta dormir un poco.

—No, no quiero dormir.

—Está bien, pues nos quedaremos despiertos hasta que amanezca.

La luz del amanecer irrumpió en la habitación para anunciarnos que el momento de la despedida se acercaba. El nudo que oprimía mi garganta me obligó a llorar. Elwyn tampoco pudo hablar. Hicimos el amor despacio, con la misma pasión como si fuera la última vez, después nos vestimos rodeados de un silencio sepulcral que solo interrumpimos para decirnos adiós.

—Por favor, Elisabeth, no llores, no me lo pongas más difícil todavía. Deja que la última imagen que tenga de ti sea tu sonrisa —me suplicó con los ojos inundados.

Con un suspiro entrecortado, conseguí detener mis lágrimas y esbozar una sonrisa cargada de tristeza y de temor.

—Tendrás cuidado, ¿verdad? —supliqué—. Pero qué estúpida soy, ¿cómo se puede tener cuidado en medio de una guerra? Por favor, lucha con todas tus fuerzas, pero para regresar junto a mí cuanto antes. ¿Lo harás?

—Te lo prometo y tú sé fuerte. Nunca pierdas la esperanza porque regresaré, ¿me oyes? Pase lo que pase volveré a por ti. Sueña con el primer amanecer que podremos ver juntos sin tener que separarnos nunca más. No sabes lo mucho que me duele alejarme de ti. Te quiero tanto. No lo olvides nunca.

—Lo haré. Soñaré con ese amanecer hasta que lo viva contigo. Te quiero.

Nos fundimos en un último abrazo cargado de pasión e incertidumbre. Elwyn me miró, me dio un tímido beso en los labios y desapareció tras la puerta con paso firme sin detenerse ni tan siquiera a cerrarla. El abandono que regresó a mí para quedarse me hizo temblar como una niña desamparada en medio de un mundo al que no le importase su vida. La angustia me hizo precipitarme a la puerta para bajar escaleras abajo y volver a abrazarle pero cuando oí a Peter hablar con él, me quedé junto a la puerta para escucharles.

—No te avergüences de llorar muchacho. Es lo más normal. Toma, te he preparado algo de comer para el viaje.

—Muchas gracias Pity —respondió Elwyn—. Eres muy amable. Te agradezco mucho tu hospitalidad y la cena de anoche. ¿Te puedo pedir un último favor?

—Lo llevo haciendo desde que Robert me lo pidió antes de partir a Francia, tal y como me lo vas a pedir tú ahora. No te preocupes por Elisabeth que yo cuidaré de ella hasta que regreses, pero regresa. No temas, que esta vez lo conseguiremos. Sé fuerte muchacho y vuelve pronto. Anda, deja que te de un abrazo.

—Adiós, Peter, y gracias por todo.

Al oír que se marchaba, me dirigí hacia la ventana. El nudo que tenía en el estómago apenas me dejaba respirar. Abrí las cortinas para apoyar mis manos y mi frente en el frío cristal. Elwyn caminaba decidido por mitad de la calle cuando de repente se paró y se giró para mirarme. Me vio apoyada en la ventana con las palmas de las manos abiertas. Se quedó quieto mirándome durante unos segundos hasta que finalmente levantó su mano para decirme adiós. Se besó los dedos y los dirigió hacia mí. Yo no pude moverme. Tan solo lloraba y temblaba. Le vi cerrar su mano con fuerza. Se dio la vuelta y empezó a caminar hacia la estación en busca de Colin.

Recibí su último beso con la amarga sensación de que no le volvería a ver en mucho tiempo. Las lágrimas me nublaron la vista. Cerré los ojos porque la sola visión de ver como se alejaba me desgarraba por dentro. Lloré sin importarme que me oyeran porque volví a sentirme sola y abandonada. Las fuerzas desaparecieron de mi cuerpo y me hicieron sentir frágil y vulnerable. Poco a poco me dejé caer en el suelo hasta que mi cuerpo se amoldó como si fuera una muñeca de trapo. La soledad había regresado a mi vida con la firme decisión de no abandonarme en mucho tiempo. Al menos ahora podía contar con Peter.

Cerré el cuaderno despacio y lo dejé en el suelo a mi lado. El pasado de mi madre, que acababa de descubrir, me hizo llorar desconsoladamente al ser consciente de lo mucho que tuvo que sufrir años atrás. En ese instante entendí muchas cosas. Su forma de ser tenía un motivo. Me acurruqué bajo mi manta porque tenía frío pero, aunque era bien entrada la noche, el sueño había desaparecido. No pude regresar a mi habitación sin antes conocer algo más sobre el verdadero amor de mi madre. En sus escritos descubrí que mi nombre no fue puesto por azar sino más bien por cumplir un sueño que se quedó a medias. En mi cabeza batallaban un sinfín de preguntas, sentimientos y tristeza que me abrumaban. Quería a John, mi padre, pero las palabras de mi madre consiguieron que una parte de mi corazón empezara a querer a Elwyn. Necesitaba conocerle. Quería saber cómo era y cómo murió. Me sequé las lágrimas con las manos, me acerqué al baúl y saqué un grupo de cartas que estaban atadas con un lazo. El destinatario: Elisabeth Turner, el remitente: Elwyn Griffiths-Jones, mi padre.

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Возрастное ограничение:
0+
Дата выхода на Литрес:
22 октября 2025
Объем:
390 стр.
ISBN:
9788494378508
Издатель:
Правообладатель:
Bookwire
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