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VOY CONTIGO
EL VALOR DEL EQUIPO PROFESIONAL EN LA POLÍTICA

ISAAC M. HERNÁNDEZ ÁLVAREZ
VOY CONTIGO
EL VALOR DEL EQUIPO PROFESIONAL EN LA POLÍTICA
Prólogo de D. Jerónimo Saavedra Acevedo
EXLIBRIC
ANTEQUERA 2019
VOY CONTIGO
© Isaac M. Hernández Álvarez
© de las imágenes de interior: Franyanne
Diseño de portada: Dpto. de Diseño Gráfico Exlibric
Iª edición
© ExLibric, 2019.
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ISBN: 978-84-17845-66-7
Nota de la editorial: ExLibric pertenece a Innovación y Cualificación S. L.
ISAAC M. HERNÁNDEZ ÁLVAREZ
VOY CONTIGO
EL VALOR DEL EQUIPO PROFESIONAL EN LA POLÍTICA
COMUNICACIÓN Y MARKETING POLÍTICO
Índice de contenido
Portada
Título
Copyright
Índice
DEDICATORIA
AGRADECIMIENTOS
PRÓLOGO
PRIMERA PARTE
EL VALOR DEL EQUIPO PROFESIONAL EN LA POLÍTICA
1. LA PROFESIONALIZACIÓN DE LA POLÍTICA
2. UNA EVOLUCIÓN NECESARIA
3. LA CONCILIACIÓN DE UNA VIDA PROFESIONAL, POLÍTICA Y FAMILIAR
4.EL CONSULTOR POLÍTICO
5.EL PROFESIONAL DE LA PSICOLOGÍA
6.PROTOCOLO Y POLÍTICA
7. LA FOTOGRAFÍA EN LA COMUNICACIÓN POLÍTICA
8.EL VIDEOMARKETING POLÍTICO
9.LA DIRECCIÓN DE ACTOS
10.LA PUBLICIDAD COMO AGENTE SOCIAL
11.EL NEUROMARKETING POLÍTICO
12. COPYWRITING Y POLÍTICA
13. STORYTELLING Y POLÍTICA
14.EL PERIODISMO EN LA POLÍTICA
15.LA FUNCIÓN SOCIAL Y POLÍTICA DE LA ABOGACÍA
16.DERECHO Y POLÍTICA
17.LA DIRECCIÓN DE COMUNICACIÓN POLÍTICA
18.EL PROFESIONAL DIGITAL
19.USO DE WHATSAPP EN COMUNICACIÓN POLÍTICA
20.LA IRRUPCIÓN DE INSTAGRAM EN LA POLÍTICA
21.EL USO DE TWITTER EN LA POLÍTICA
22.FACEBOOK Y LA VIDA POLÍTICA
23.LOS SIETE MAGNÍFICOS
24.EL ARTE DE LA GUERRA POLÍTICA
25.CAMPAÑAS POLÍTICAS
26.CAMPAÑAS Y ELECCIONES
27.CIEN PRIMEROS DÍAS DE GOBIERNO, MITO O LEYENDA
28.EPÍLOGO
DEDICATORIA
A las personas positivas, a la confianza y a la oportunidad…
AGRADECIMIENTOS
Cuántos mensajes y llamadas durante todo este tiempo. Cuánta confianza y profesionalidad a lo largo de estas páginas.
Sin sus manos esto no hubiera sido posible.
Gracias, Jenni, Juanmi, Lucía, Ángel, Rosa, Javier, Antonio Jesús, Daniel, Óscar, Rosi, Aythami, José Miguel, Jordi, profesionales de ahora y siempre y que han aportado el bien más preciado de una persona, su tiempo. Gracias a D. Salvador García y a D. Jerónimo Saavedra por no preguntar para quién ni para qué, sino cuándo.
Gracias a mi familia y amigos, a esos ratos del viernes por la tarde junto a Rafa y Roque.
Gracias a todas aquellas personas y políticos que de alguna manera me han ido obligando a ser mejor o al menos a intentarlo.
«Ningún individuo puede ganar un
partido por sí mismo».
PELÉ
PRÓLOGO
Es inevitable referirse a la célebre conferencia del filósofo y jurista alemán Max Weber, considerado uno de los padres de la sociología, pronunciada en los rigores revolucionarios e invernales de 1919, para tratar este asunto. Decía entonces: «Hay dos formas de hacer de la política una profesión: o se vive “para” la política, o se vive “de” la política. La oposición no es en absoluto excluyente. Por el contrario, generalmente se hacen las dos cosas, al menos idealmente; y, en la mayoría de los casos, también materialmente».
Basaba su razonamiento en que «quien vive “para” la política hace “de ello su vida” en un sentido íntimo; o goza simplemente con el ejercicio del poder que posee, o alimenta su equilibrio y su tranquilidad con la conciencia de haberle dado un sentido a su vida, poniéndola al servicio de “algo”. En este sentido profundo, todo hombre serio que vive para algo vive también de ese algo. La diferencia entre vivir “para” y vivir “de” se sitúa, pues, en un nivel mucho más grosero, en el nivel económico».
Para Max Weber, «vive “de” la política como profesión quien trata de hacer de ella una fuente duradera de ingresos; vive “para” la política quien no se halla en este caso. Para que alguien pueda vivir “para” la política en este sentido económico, y siempre que se trate de un régimen basado en la propiedad privada, tienen que darse ciertos supuestos, muy triviales, si ustedes quieren: en condiciones normales, quien así viva ha de ser económicamente independiente de los ingresos que la política pueda proporcionarle. Dicho de la manera más simple: tiene que tener un patrimonio o una situación privada que le proporcione entradas suficientes».
Señalaba el filósofo alemán que tres virtudes, convenientemente entrelazadas, propiciarían una labor del político que resultase socialmente beneficiosa. Por un lado, la pasión política, «pero no una pasión desaforada, sin rumbo ni objetivos, sino una pasión canalizada por el sentido de la responsabilidad del político». Este sentido de la responsabilidad, considerado como segunda virtud fundamental, «permitiría encauzar adecuadamente las energías y el entusiasmo del político en beneficio de la sociedad». Finalmente, Weber señala un tercer elemento: el criterio, definido como «la capacidad de dejar actuar a la realidad sobre uno mismo manteniendo la cohesión y la paz interiores, es decir, la capacidad de mantener distancia frente a las cosas y a las personas».
Desde entonces, las circunstancias históricas y sociales dan pie a una multiplicidad de interpretaciones que, de alguna manera, se contrastan en los contenidos de esta publicación. En España, desde la instauración de la democracia, la profesionalización de la política alimenta la controversia. Ahora mismo, en un marco muy extendido de rechazo o desafección hacia la política por numerosas razones, hay una creencia aceptada de que la política se ha convertido en un medio de vida. Ello hace de la supervivencia una cuestión de dependencia no fácil de solventar, pues se complica cuando los recursos son limitados y los factores sociopolíticos, incluida la pugna intrapartidista, condicionan notablemente la accesibilidad a tareas de responsabilidad pública.
Entonces, la necesidad antes que la vocación. Y ese es otro debate que cuesta afrontar. El historiador de las ideas morales y políticas Roberto R. Aramayo, autor de La quimera del rey filósofo, se preguntaba hace algún tiempo si acaso es tan difícil encontrar políticos vocacionales que no se conviertan en políticos profesionales. Citando de nuevo a Weber, «no se conseguiría lo posible si en el mundo no se hubiera recurrido a lo imposible una y otra vez». Para Aramayo, «abundan los políticos vocacionales amateurs e inmunes a la profesionalización política y que bastaría con hacerles sitio en la gestión pública, con ayuda de mecanismos democráticos como el sorteo o la espontánea postulación, tal como preconiza Arendt en las páginas finales de Sobre la revolución, sometiéndoles luego al escrutinio electoral. Pero eso significaría el final para muchos políticos profesionalizados, incapaces de advertir que la política nunca ha precisado tanto como ahora del compromiso estrictamente vocacional».
Pero compromiso impregnado de ideología, que algunos bandazos y comportamientos incoherentes desconciertan enormemente y nutren la desafección aludida, además de aumentar la merma de credibilidad. La política de nuestros días requiere de personas con preparación para estar a la altura de las exigencias de los cometidos y de la sociedad misma. En ese sentido, parece pasado el tiempo del voluntarismo, que fue inevitable cuando empezamos a convivir en democracia. Hoy, los partidos políticos deberían dedicar más tiempo y sensibilidad a la formación de sus recursos humanos así como a la captación de valores que reúnan las cualidades indispensables para convertirse en eficaces gestores de lo público. El expresidente de Uruguay, José Mújica, dijo que «la política no es un pasatiempo, no es una profesión para vivir de ella; es una pasión con el sueño de intentar construir un futuro social mejor».
En un sustancioso trabajo, el catedrático de Ciencia Política y de la Administración de la Universidad Pompeu y Fabra (UPF), Carles Ramió, señala que, para lograr eficacia, eficiencia y, especialmente, inteligencia y ética institucional que conduzca a un buen gobierno, es condición necesaria poseer buenos profesionales inteligentes y con buenos valores. «Pero no es la condición suficiente -explica-. La argamasa que permite canalizar en positivo (y desgraciadamente también en negativo) estos beneméritos recursos es el liderazgo institucional. Es tarea del líder, de los líderes, lograr la máxima capacidad de sus organizaciones públicas articulando los conocimientos, ideas y valores de los empleados públicos».
Abundando en estos conceptos, el médico y licenciado en Derecho andaluz, Ramón Ribes, ha afirmado recientemente en el diario Córdoba que «frente a los profesionales de la política, deben emerger con fuerza los profesionales en la política». De ahí que las siguientes páginas despierten el natural interés que deriva de los enfoques con que se afronte la profesionalización de la política, especialmente desde las perspectivas de mayor actualidad.
Que se hable aquí del consultor político, de la organización de eventos, del periodismo y la abogacía en la política, de la dirección de comunicación política, campañas y elecciones, y de fenómenos tan recientes como la storytelling, el copywriting o la irrupción de Instagram en el ámbito político, supone un acercamiento riguroso y bien fundamentado a esas materias para favorecer el entendimiento de las interioridades, de la evolución y de las perspectivas en su relación directa con la política. En definitiva, una acertada promoción de Isaac Hernández para una iniciativa editorial plausible.
Jerónimo Saavedra Acevedo
PRIMERA PARTE
1. LA PROFESIONALIZACIÓN DE LA POLÍTICA
Hasta ahora los partidos políticos tradicionales han ideado su estructura en un entramado de caminos y puestos orgánicos donde no aparece por ningún lado el agente más importante, el ciudadano. La profesionalización de la política viene a poner remedio a este problema y a colocar al elector en el lugar que le corresponde. Comités locales, ejecutivas, presidencias, vicepresidencias, secretarías, áreas de no sé qué y así un sinfín de nomenclaturas que, si bien son importantes para la organización legal y jurídica de las organizaciones políticas, de cara a las nuevas formas de orientar y dirigir los partidos políticos no tienen ya razón de ser. A eso hay añadir que, dependiendo del color o la ideología política, puedes encontrarte con el añadido extra de más divisiones o cargos que, francamente, a mí me cuesta entender. Bueno, la verdad, no tanto: nos gusta mucho la titulitis y la palabra jefe, aunque sea de sí mismo.
Hablamos de innovar y de vender un producto llamado candidato político. El votante es el componente más relevante de la estructura de cualquier formación dedicada a vender confianza y a cambio obtener más papeletas en las urnas. ¿Cuántas veces escuchas esa frase de «eso también es política», refiriéndose a realizar gestiones o tareas relacionadas con la sociedad? Bien, compro una parte, pero no toda. Trabajar gobernando y gestionando un departamento o presupuesto público es eso, trabajo, una responsabilidad y en casi todos los casos una obligación. Los modelos de organización de ayuntamientos, gobiernos, diputaciones, comunidades o cualquier otra entidad pública fragmentada en áreas son gestión de recursos o de carteras de gobierno y no búsqueda de votos. Cuando hablas con cualquier dirigente político de cómo tiene definido o dividido su equipo, en el gobierno o en la oposición, enseguida oyes carteras, concejalías o departamentos como hacienda, igualdad, trabajo, patrimonio, turismo, servicios sociales, infraestructuras, deportes, etc.
Y ahora ¿dónde está el cliente político en todas esas definiciones? Solo en el discurso o mensaje político; solo ahí, encorsetado en palabras y en publicaciones de todo tipo en los canales de comunicación ya conocidos o las nuevas plataformas como las redes sociales, internet y todos los que forman la política 2.0. Los nuevos sistemas políticos deben orquestarse en base a procesos políticos de trabajo; unos claramente estratégicos, unos procesos más operativos; y otros más de apoyo, como puedan ser aquellos relacionados con la comercialización del producto político, la administración y contabilidad del partido o aquellos que dan soporte en el día a día y que son también importantes para el correcto funcionamiento de los equipos políticos. Son las nuevas formas de entender las estructuras políticas las que orientan la organización al votante, a dar respuesta a sus inquietudes o necesidades; nuevos diseños organizativos donde el ciudadano está al inicio y al final de cualquier proceso relacionado con el producto político y que serán los que darán posibilidades de continuar representando a su electorado. Operaciones, procesos, procedimientos, perfiles políticos son algunos de los nuevos conceptos que implantar en partidos que realmente quieran ganar elecciones. Es en este nuevo contexto donde ya no es suficiente ser político, simpatizante o aficionado a esa rama de las ciencias sociales llamada política. Ahora toca contar con profesionales. Profesionales de la empresa política.
Son las nuevas formas de entender las estructuras políticas las que orientan la organización al votante.
La política tiene demasiada relación con la economía, con las personas, con los medios de comunicación, con la evolución y el desarrollo de las sociedades; entonces es evidente que ya no basta con declarar buenas intenciones y afrontar un proyecto político. Hace falta mucho más. ¿Por qué? Porque hay un factor que sí ha hecho cambiar el ritmo político de la sociedad actual: la competencia política, esa que nos hace ser mejores para poder subsistir. En próximos procesos electorales y en las décadas venideras veremos evolucionar hacia estos nuevos formatos, modelos que en sociedades más avanzadas cada vez están más implantados. Hablamos de vender política, ¿verdad? Entonces, ¿hasta cuándo los partidos políticos actuales van a seguir actuando en modo burocracia y no como empresa política que busca resultados?
La respuesta la tienes en la profesionalización de la política.
2. UNA EVOLUCIÓN NECESARIA
«De eso se trata, de coincidir con gente que te haga ver las
cosas que tú no ves. Que te enseñe a mirar con otros ojos».
MARIO BENEDETTI
Hace algunos años me tropezaba con un mail que me llegaba desde Almería. En él, un político inquieto quería una reunión conmigo. A partir de ese día conocí a un hombre apasionado por su tierra y por su partido. Hasta aquí todo puede parecer normal, pero lo que no lo es tanto es encontrar a alguien tan querido por toda la estructura comarcal y nacional de un partido político y mucho menos con tantos años en primera línea.
Antonio Jesús se levanta todos los días para llevar a sus hijos a un colegio que está a media hora de coche de su pueblo, se acuesta pensando en política, sueña y se despierta con la gestión pública en su cabeza y, cuando esta le da algún respiro, le susurra algo relacionado con política. Con él he tenido la oportunidad de ver lo más ilusionante y lo más ingrato de este mundo tan complejo, la vida pública. Este nijareño es diputado por la provincia de Almería, sabe bien cómo se mueven los hilos de las formaciones políticas y conoce su tierra como nadie, a su gente y su idiosincrasia.
Si he aprendido algo estos años recorriendo miles y miles de kilómetros es que esto no va de siglas políticas; va de gente que, como Antonio Jesús, defiende y quiere trabajar por unas ideas, independientemente del color político que representen. Este abogado lleva años buscando el bienestar para su pueblo, acertada o equivocadamente, pero él no entiende la política de otra manera. Primero, el ciudadano; luego, el partido.
Antonio dice que el mejor destino para hacer turismo de cine es Almería. Yo digo que Tenerife. Ahí no nos ponemos de acuerdo. A ver cómo acaba la película…
EL BUEN PLAN
Los partidos, sea cual sea su origen, ya sean los que hoy mal denominamos «partidos clásicos» o las nuevas formaciones emergentes, basan su actividad en dos ejes fundamentales, la función política y la función electoral. Es verdad que en los últimos tiempos puede parecer que se tiene más activado el modo electoral que el modo político, pero no por ello deja de ser importante el segundo. Los partidos políticos y sus representantes son la manifestación ideológica de cómo hacer las mismas cosas. La esencia debe ser esa, ya no tanto si se es de derechas o se es de izquierdas, pero es cierto que debe quedar claro cómo se afrontan las cuestiones desde la perspectiva política y esta debe ser diferente en función de los principios y de la ideología de cada formación. Esto es fundamental y cuando esto se pierde o tiende a perderse creo que se hace un flaco favor al arte de la política.
Siendo esa la esencia de la política, no es menos cierto que para ponerla en práctica, para demostrarlo, es imprescindible ganar elecciones, luego es imprescindible el modo electoral. Hace tiempo que entendí que las elecciones no se ganan solo en los mítines ni se ganan en las notas de prensa o en las entrevistas en los periódicos, televisiones o radios. Tampoco se ganan solo en las redes sociales, ni tan si quiera repartiendo folletos con tu programa electoral. Se ganan en el conjunto de todas esas cosas y probablemente algunas más. Por eso entiendo que es importante el marketing electoral y, sobre todo, profesionalizar el marketing electoral, que lo entiendo como algo más que profesionalizar la comunicación o la imagen. Es, bajo mi punto de vista, el conjunto de cosas que hay que hacer para que todo fluya ordenadamente y en la misma dirección, para evitar las ocurrencias aisladas y que todo vaya encaminado al cumplimiento de un objetivo. Esta fue mi inquietud cuando por primera vez contacté con mi amigo Isaac: buscar un profesional que me ayudara a conseguir el objetivo, que no era fácil, de volver a ilusionar a un electorado que ya llevaba tiempo confiando en nuestro proyecto a nivel local en el mejor pueblo del mundo, que es, sin duda para mí, Níjar. Creo que cometimos un error: simplemente, no haber empezado antes. Las acciones encaminadas a que los ciudadanos confíen en un proyecto deben empezar justo el día después de abrir las urnas electorales, con la vista puesta en la siguiente cita. Si bien es verdad que la retentiva humana es corta y que nos puede parecer que un tuit en la jornada de reflexión o una acción en los días de campaña pueda ser determinante, no es menos cierto que otros aspectos fundamentales a la hora de decidir un voto, como la credibilidad, la cercanía, la capacidad o la dedicación, son cuestiones que hay que trabajar con tiempo y no solo en los últimos días. Y además trabajarlas ordenadamente, con un buen plan de marketing electoral. Un buen plan te hará ir a lo importante, a lo que verdaderamente cala, a hacer posible que el electorado «compre tu producto». Nadie pide en el bar un refresco de cola: todos pedimos Coca-Cola. Este es el claro ejemplo de cómo una marca puede colmar un sentimiento, una necesidad… No quiero un refresco, quiero una Coca-Cola. El ciudadano no quiere, porque a lo mejor no tiene tiempo de analizarlo, conocer cuál es la tasa de reposición del personal laboral fijo del Ayuntamiento de Níjar que va a aplicar Antonio Jesús Rodríguez cuando sea alcalde o la bonificación en el IBI. El ciudadano quiere estar seguro de que con este candidato va a ser más feliz que con este otro. Si a esta pequeña reflexión, que comparto con el autor de esta obra, añadimos la reticencia histórica de los partidos a dejarse aconsejar, entendiendo que solo en nuestros cuadros de mando está el saber de la política, surge lo que hoy está pasando: que quien se ha adelantado a esto ha obtenido, en la mayoría de los casos, un buen resultado y ha calado su marca. Como conclusión pondría un ejemplo: si queremos mejorar nuestra salud no nos reunimos en la mesa del salón de casa a hacer diagnósticos y tomar decisiones; vamos a un profesional de la medicina, el mejor que nos permita nuestra economía. Pues en política no es muy diferente. Si tenemos un buen proyecto, las mejores ideas, el mejor partido y las mejores personas y además queremos ganar elecciones, nos ayudará a conseguirlo el ponernos en manos de buenos profesionales, en este caso de profesionales del marketing electoral. Quejarnos en la noche electoral es fácil, lamentarnos también, pero tener la tranquilidad de haber hecho todo lo posible es de valientes y te reconforta. El análisis y los riesgos hay que realizarlos y asumirlos antes de las votaciones. Después es demasiado fácil.
A huevos vistos, macho seguro.
ANTONIO JESÚS RODRÍGUEZ SEGURA
3. LA CONCILIACIÓN DE UNA VIDA PROFESIONAL, POLÍTICA Y FAMILIAR
«Cúrame, viento. Ven a mí y llévame lejos. Cúrame,
tiempo. Pasa para mí y sálvalos a ellos. Sálvalos a ellos».
MORGAN. Sargento de hierro
Pocas veces me he tropezado con gente tan valiente, con tanta fuerza y al mismo tiempo con tantas ganas de vivir la política.
Jennifer Miranda Barrera es la hija de Pedro y de Rosi, la mamá de Pedro y de Ana, la pareja de Beni. Granadillera, licenciada en Derecho y Ciencias Políticas y abogada en ejercicio, ha sido para mí todo un descubrimiento, ya que tardé 44 años en conocerla. Pero ¿qué más da el tiempo? Mujer, madre joven como muchas de las que se dedican a ofrecer su tiempo por una causa tan ingrata a veces como es la política, ha sido capaz de tomar la bandera de un proyecto progresista en los tiempos más difíciles por los que atravesaba su partido político. Viví con Jenni una etapa para mí muy especial y aprendí mucho de su forma de ver la política desde el espejo de la necesidad vecinal. La he visto llorar, reír, enfadarse, con ojeras, incluso descalza, y todo esto me hace preguntarme muchas veces por qué le cogí tanto aprecio. Tanto que ha sido la única figura política por la que me he posicionado públicamente al ver la injusticia que se llegó a hacer con su persona a poco de celebrarse unas elecciones. Error o acierto, lo hice; por algo sería. Normalmente, esta mujer del barrio de San Isidro desde que arranca su jornada diaria pone la quinta velocidad, siempre con la vista puesta en la mejora social de su entorno, su Granadilla o quién sabe qué lugar. Llegará hasta donde ella quiera llegar. Necesita seguir trabajando en eso que hablamos aquella noche, al poco de celebrarse las últimas elecciones. Solo es cuestión de tiempo.
Les voy a contar un secreto. Hace unos meses me prestaba un libro, Fuego y cenizas, de Michael Ignatieff, un político canadiense. Tenía subrayadas en amarillo varias frases a lo largo de todas las páginas de la obra. Aquellos trazos en un fucsia chillón resaltaban siempre los fragmentos relacionados con la gente, el pueblo, la escucha activa que ella tanto defiende. Me llamó mucho la atención aquella forma de destacar palabras que para muchos políticos resultan vacías o pasajeras. Jenni sabe más que nadie qué quiere la sociedad; solo necesita tiempo para convencerla de que no es una política más. Es una mujer preparada, entregada y convencida de su proyecto en la vida. Jennifer vive la política sin término medio: lo entrega todo sin mirar a quién. No la entiende de otra forma. Quizás por eso hemos iniciado este camino.
No sé las veces que intenté colocarle un mechón de pelo que nos desafiaba una y otra vez. Más temprano que tarde lo conseguiremos, jefa.
¿CONCILIAQUÉ?
Se sienta una delante de la hoja en blanco con la intención de escribir en unas pocas líneas cómo se hace eso de compatibilizar la labor política con el papel de madre y con las exigencias profesionales. Tres ámbitos: familia, política y ejercicio de la profesión. La pregunta que tantas veces me han hecho en campaña electoral ha sido: ¿cómo lo haces? La respuesta, ahora que reflexiono sobre ello y que no me escucha ni me lee nadie, se me revela de manera inmediata: la conciliación en política no existe; la política lo invade todo.
Esta afirmación tan categórica parece, en principio, difícil de digerir. Diría incluso que resulta políticamente incorrecto hablar en estos términos. Lo sencillo, lo idílico, lo hermoso desde un punto de vista teórico-poético-político sería hacer afirmaciones del tipo «es muy sacrificado, pero haciendo el mayor de los esfuerzos se consigue» o «la organización del tiempo es la clave para dar lo mejor de ti en cada una de estas facetas». No hay realidad en ninguno de estos enunciados. Las personas que han entregado meses o años a la labor política, a la batalla de los procesos electorales, a la dura tarea de llevar un proyecto o un mensaje a la ciudadanía, al ejercicio del gobierno para la mejora de los lugares en los que vivimos, saben que tengo razón. Es posible que ninguno, que ninguna, lo diga abiertamente. Sin embargo, estoy segura de que todos empatizan con esta arriesgada formulación.
Cuando se toma la decisión de liderar un proyecto, de adentrarse en la lucha y en la reivindicación de la mejora social, toda concesión es insuficiente. En el momento en que aceptas el reto, admites sin contemplaciones que todo el tiempo del mundo es exiguo. Aceptas que vas a entregar tu vida a esta empresa, que te olvidarás de comer a horas normales y de dormir lo suficiente, que tu despacho profesional va a pasar a un segundo plano, que en el calendario ya no habrá festivos, que el ocio y el deporte han pasado a mejor vida y que tus hijos van a tener que hacer los deberes con su padre porque tú no estarás en casa cuando salgan del colegio.
Mi hijo Pedro caminó por primera vez cuando tenía once meses. Mi pequeña Ana pintó sobre lienzo un hermoso garabato que resultó ser, según ella, una flor y un sol para mamá. Me perdí ambas cosas. Te pierdes estos y otros tantos momentos cuando decides adentrarte en este mundo, que exprime de ti hasta la última gota de entrega. Pero lo haces, lo hice, lo hago.
¿Por qué? ¿Qué lucha merece que se pague este altísimo precio?
Hay quienes ven en la política una forma de mejorar su situación económica. Hay otros con carrera en la práctica de engrandecer el ego personal y encuentran en la política el filón perfecto para hacerse eternos o para renombrarse, para reafirmarse. Pero también hay individuos, seres en peligro de extinción, que creen tener realmente claro cómo crear espacios que hagan más felices a los pequeños, qué políticas hay que poner en marcha para que los profesionales, empresarios y las familias incrementen su calidad de vida o cómo restablecer el equilibrio perdido entre naturaleza e injerencia humana en la debida lucha por la sostenibilidad. La certeza de tener un plan justifica la renuncia vital.
Renuncias a tiempo con tus hijos o a atender mejor a tus clientes, renuncias a hacer ejercicio o a salir con tu pareja a tomar algo un sábado por la tarde. Esta despedida temporal es casi tan amarga como dulce. El sentimiento de culpabilidad, esa especie de remordimiento que se convierte en un detestable compañero de viaje, no te abandona nunca. Sin embargo, compensa esa sensación, la de tener la seguridad de que esta lucha también es por ellos, de que cada minuto invertido en fraguar y llevar a la práctica la pacífica revolución de las cosas bien hechas es una deuda de la que ellos son acreedores. Mis hijos, el propietario del negocio donde tomo café cada mañana y que no termina de ver la luz; mi vecina, que lleva meses sin trabajo; la abuela de mi amigo, que necesita una residencia que no existe, o la joven que no acaba de encontrar su lugar en su centro de estudios. Retomando, por tanto, aquella arriesgada formulación, la duda se disipa y lo puesto negro sobre blanco se vuelve incuestionable: no existe la conciliación cuando quieres liderar un proyecto político. Y no existe por pura elección, por la renuncia consciente de quien decide enfangarse los pies en este charco. Eliges a conciencia la entrega más amplia y la abdicación más necesaria.
No quiere decir esto que la conciliación no tenga que seguir siendo una máxima, una reivindicación, una exigencia social, política y familiar. Tampoco significa que las mujeres hayamos conseguido por fin hacer añicos, de una manera definitiva, los lustrosos techos de cristal que antaño eran de hormigón. Todas estas luchas forman parte, de una manera transversal, del ser y del hacer de quien afronta la dirección de un proyecto político progresista. Sin embargo, salir victorioso en el gran combate final, que es el combate de todos, va a depender en gran medida de todo lo que estés dispuesta a entregar, a sacrificar de ti misma. La política en muchos casos es eso, abdicación, renuncia, sacrificio. Y con estas afirmaciones no trato de victimizar a quienes deciden dar el paso. Tampoco intento engalanar con mensajes buenistas la figura de las líderes del nuevo siglo. Como decía algunos párrafos antes, la decisión de dedicarle cada hora del día a la política se adopta de manera lúcida y a sabiendas de lo que implica. Pero para que funcione realmente, para que ese terrible compañero de viaje que te susurra que no le dedicas el suficiente tiempo a tus hijos, que tus clientes necesitan una llamada o que tu pareja requiere mayor atención no acabe torpedeando tu voluntad firme de contribuir a la transformación de la realidad, hay un ingrediente que resulta clave y que cuando no se tiene o se pierde hace que la meta se vaya alejando cual oasis en el desierto. El componente de la fórmula mágica es, sin duda, la pasión.
Qué disparate. Eso dirían, si levantaran la cabeza, muchos de mis más admirados filósofos y politólogos al leer lo que asevero. La pasión ha sido casi siempre la oveja negra de la familia, conceptualmente hablando. En contraposición a lo racional, lo pasional fue denostado y maltratado como aquella cosa vulgarmente humana y sediciosa que nos incita a tomar decisiones inapropiadas o poco razonables. Sin embargo, en política la dicotomía que hay que considerar no es la de razón-pasión. La verdadera dualidad imperante, la que te lleva a salir de la comodidad familiar y profesional, la que te hace entregar temporalmente tu vida a esto, la que te arrastra a tomar las riendas del liderazgo político, es la de pasión-indiferencia. Solo la pasión por lo que haces, la determinación por fraguar el cambio, la voluntad firme de querer contribuir a un bien que trasciende lo meramente personal, es el verdadero impulsor de la acción política. Es la que sostiene el liderazgo, la que te ayuda a convivir con tus demonios internos y la que te acerca a la meta propuesta.
Hegel escribió que «nada grande se ha realizado en el mundo sin pasión». Con pasión procuro criar a mis hijos, con pasión defiendo a cada persona que necesita mi asistencia en los tribunales, con pasión hablo sobre la tribuna para llevar a la ciudadanía la convicción de que la transformación y una realidad social distinta son posibles. Sin duda, la vida y la política están hechas para la gente apasionada.
JENNIFER MIRANDA BARRERA
www.jennifermiranda.es
4.EL CONSULTOR POLÍTICO
Cuando hablamos de consultoría política, en este caso de la figura del consultor político, nos referimos al profesional que trabaja para las marcas políticas en los campos de la comunicación, el marketing político, la investigación y la organización política. Un consultor político, además, hace de estratega en elecciones o campañas electorales, aportando su experiencia y capacidad analítica, estableciendo las pautas que seguir por las organizaciones políticas para conseguir campañas electorales exitosas y obtener la mayor cantidad de votos en las urnas. Viene a ser un aliado que colabora más estrechamente, ejerciendo de experto en diseñar verdaderas estrategias adaptadas al momento, al equipo, al candidato y a los lugares de trabajo. El consultor político va mucho más allá de asesorar a un candidato o partido político sobre qué hacer o cómo gestionar determinados asuntos o situaciones. La consultoría política, a través de los profesionales que se dedican a esta labor, puede ser la cabeza pensante y planificadora de cualquier proyecto político. Es importante entender que cada profesión o cada profesional tiene que ofrecer garantías de éxito, dar la tranquilidad de que lo que se haga u ofrezca será sinónimo de trabajo bien hecho. Y para que esto se consiga deben combinarse la visión y experiencia tanto del profesional consultor como del cliente que contrata sus servicios.
ÁREAS DE ACTUACIÓN
Los campos y áreas de actuación más importantes de un consultor político pueden ser los siguientes:
Investigación para campañas electorales exitosas: Analiza, identifica y estudia al electorado. Filtra y hace segmentos de audiencias, utilizando para ello bases de datos, resultados de campañas anteriores, encuestas de intención de voto y otras herramientas o métodos como son el barómetro electoral o el focus group, DAFO del candidato y sus competidores.
Comunicación del candidato. El jefe de gabinete: Trabaja la comunicación verbal y no verbal de los gobernantes o aspirantes a puestos públicos. Asiste en los proyectos de campaña electoral para una mejor comunicación en política 2.0. Diseño del plan de comunicación de la marca política.
Discursos políticos: Argumentario y mensaje político, desarrollando y elaborando los diferentes discursos y mensajes para enviar al electorado. Para ello utiliza los diferentes medios de comunicación tradicionales y los medios online.
Asistencia en la elaboración del programa electoral: Ayuda y asistencia en el diseño, redacción y organización de los diferentes contenidos de un programa electoral adaptado a la estrategia y a los nuevos tiempos y canales de comunicación.
Organización de eventos: Asistencia al candidato y al partido político en la creación y dinamización de eventos políticos, apariciones públicas, entrevistas y actos políticos de diferente índole. Ayuda en la comunicación pública del candidato en sus apariciones en actos oficiales, en medios de comunicación como la radio, la televisión y otros escenarios o contextos políticos.
Diseño de las estrategias de campañas: Ayuda y establece las diferentes estrategias en conjunto al candidato y en base a los resultados obtenidos de encuestas electorales, datos estadísticos, análisis y estudios de mercado. Las estrategias de marketing electoral siempre estarán alineadas con la consecución de los diferentes objetivos políticos del gobierno o aspirantes al cargo público.
Coordinación y relación con las agencias publicitarias: El consultor político ejerce de elemento de conexión entre la marca política y los profesionales del mundo publicitario (diseño, producción audiovisual, agencias de marketing digital, usos y creación de tendencias como el videomarketing político, asistencia en los debates televisivos y otros). Asesora en la mejor asignación de presupuesto en propaganda política, elementos de merchandising, etc. En determinados casos trabaja en proyectos junto con agencias de comunicación política.
Asistencia y motivación al equipo de trabajo: Ejerce de coach y de elemento impulsor de los proyectos de campañas y comunicación. Los candidatos y equipos de partido muchas veces no tienen tiempo para labores de planificación y coordinación. Es el consultor político quien se encarga de ayudar a candidatos, senadores, alcaldes, concejales, presidentes u otros dirigentes a conseguir los objetivos del plan de campaña política.
Gestión de crisis: Es la persona encargada de asesorar y orientar sobre cómo se debe actuar ante situaciones difíciles, que siempre están presentes durante épocas de gobierno.
Seguimiento de campañas: La labor del consultor político comprende, finalmente, el medir constantemente el resultado y cómo se están consiguiendo las diferentes metas establecidas al inicio de cualquier plan estratégico. Para ello, hace uso de diferentes indicadores de control y otras herramientas para controlar el buen funcionamiento del plan y del desarrollo de la marca política.
Un consultor político es un mentor para muchos candidatos. Se acaba convirtiendo en un componente más del equipo de trabajo, en el director de orquesta para una organización política. Si bien es cierto que para mantener la objetividad en los proyectos políticos el consultor debería mantenerse un tanto distante, se hace difícil que no acabe integrado en los equipos de trabajo. Para conocer el día a día hay que estar. Así de simple. El mundo de la empresa privada lleva ventaja en el sentido de entender la necesidad de subcontratar o buscar servicios externos a la organización. Vemos como muchos de estos servicios o productos que una organización pudiera hacer contando con recursos propios son buscados fuera de la misma, pues entiende que debe contar con empresas y profesionales especializados. Como ejemplo vemos las gestorías, transportes, limpieza, seguridad, marketing digital, abogacía, etc.
Viene a ser un aliado que colabora más estrechamente, ejerciendo de experto en diseñar verdaderas estrategias adaptadas al momento, al equipo, al candidato y a los lugares de trabajo.
Uno de los motivos, uno de los más importantes por los que se requiere contar con un consultor político, es la actualización diaria hacia las nuevas formas de hacer política, los nuevos canales de comunicación, la publicidad política, los usos de las nuevas tecnologías, los cambios constantes de la sociedad, las tendencias y nuevos planteamientos para obtener la confianza ciudadana. También hay que entender que vivimos en una sociedad donde muchas personas ofrecen servicios profesionales, opinan y asesoran de cualquier temática sin estar acreditadas o formadas para ello. También existen verdaderos profesionales que, con su experiencia y visión, han sido capaces de desempeñar funciones de asistencia a gestores públicos con gran dedicación y profesionalidad, aunque son menores los casos.
5. EL PROFESIONAL DE LA PSICOLOGÍA
«Nunca rompas el silencio si no es para mejorarlo».
LUDWIG VAN BEETHOVEN
Quienes hemos tenido la oportunidad de charlar con Daniel Eskibel nos damos cuenta de que tras ese acento charrúa se encuentra un hombre con mucha capacidad de autocontrol.
Un día, compartiendo mesa en una cafetería de Sevilla, le pregunté por qué había participado en mi anterior libro, Ganadores, sin apenas conocerme. Entonces me dijo: «Me gustó la temática del libro y quiero seguir compartiendo mi trabajo y mi conocimiento con todo el mundo». Daniel lleva muchos años aportando al ecosistema político luz, otra dirección para la comunicación y, sobre todo, una nueva forma de entender la planificación en el espectro electoral. Él, enemigo del cortoplacismo, ha participado en infinidad de campañas políticas por países de Latinoamérica. Tengo la suerte de que con este uruguayo encuentro más cercanía profesional, pese a la distancia, con todo un Atlántico de por medio, que con muchas otras personas más cercanas en el ámbito laboral. Compartiendo momentos en alguna que otra conferencia te vas dando cuenta de su pasión por saber cómo actúan las personas, cómo viven y cómo se relacionan entre sí a diario.
Este hombre, de conversación pausada y sonrisa destacada, es el mayor especialista en psicología política del mundo de habla hispana y uno de los cien profesionales de la política más influyentes del mundo. Afirma que el elector en muchas ocasiones no sabe lo que quiere, que es más una cuestión de bucear en el subconsciente de las mentes. Será por lo que a veces afirma, poniéndose en el lugar del pueblo: «No me des lo que te pido porque no era eso».
Amigo Daniel, los silencios en la música también son música…
PSICOLOGÍA POLÍTICA
¿Cuántos votos se pierden por desconocer el modo en que funciona el cerebro del votante? ¿Cuántos errores se cometen por desconocer la psicología política del elector? ¿Cuántas oportunidades se dejan escapar entre los dedos? ¿Cuántos resultados nos resultan poco menos que inexplicables?
Si quieres comprender lo que hace el votante en el cuarto secreto y cómo y por qué lo hace, tendrás que incorporar la psicología política a tu caja de herramientas. Y si quieres que tu comunicación política sea más persuasiva y efectiva, también tendrás que incorporar una buena dosis de psicología política.
¿Psicología política?
Que no. Que no me refiero al consultorio, la clínica, la psicoterapia ni los pacientes. Que menos, mucho menos, a la pseudo-psicología de salón, de charla liviana, de supuesto test en revista frívola, de charlatanería bonita y al uso. De eso nada. Cuando digo psicología política estoy hablando de ciencia. Estoy hablando de una explicación científica que nos permita entender cómo cada ciudadano decide su voto y sus preferencias políticas. Un conocimiento que, además, sea operativo a la hora de trazar estrategias de comunicación política.
Maquiavelo y Freud en el siglo XXI
Nicolás Maquiavelo nació en Florencia en 1469 y fue activo protagonista de la vida política de aquella ciudad-estado hasta su muerte en 1527. Fue funcionario público, diplomático, filósofo y escritor. Y podríamos decir que construyó el rol social del analista político y del consultor político.
Sigmund Freud nació en 1856, vivió casi toda su vida en Viena y falleció en 1939. Fue un destacado científico, médico y creador del psicoanálisis. Su descubrimiento de la vida psíquica inconsciente cambió para siempre la psicología e influyó poderosamente sobre la cultura de todo el siglo XX. Ni Maquiavelo ni Freud se ajustaron a sus respectivas caricaturas. Son figuras de enorme trascendencia que no se reducen al estrecho espacio en el que cierta vulgarización busca recluirlos. Ambos fueron hombres de su tiempo, destacados y lúcidos, que abrieron caminos insospechados hacia el porvenir.
¿Por qué Maquiavelo y Freud? ¿Por qué ahora, en pleno siglo XXI? ¿Por qué recordarlos sin ser «maquiavélicos» ni «freudianos» en los sentidos más vulgares de estos términos? ¿Por qué buscar su (casi) imposible encuentro? Porque la reunión de estos dos nombres sintetiza rápidamente un concepto: la psicología iluminando la práctica política, arrojando luz sobre ella no solo para comprenderla mejor, sino fundamentalmente para operar mejor sobre ella.
La psicología política es una disciplina que estudia la toma de decisiones políticas y que surge en una zona de confluencia entre la psicología y otras ciencias humanas y sociales. Es esencial para comprender la psicología del votante, para saber cuándo, por qué y cómo decide su voto. Pero, además, es clave para comprender la psicología del político, la psicología del candidato y la psicología del gobernante. Por si fuera poco, la psicología política es una formidable herramienta para mejorar la comunicación política y para hacer campañas electorales más efectivas.
Porque una campaña electoral no se juega en los medios de comunicación ni en la calle, sino en el cerebro humano. Allí está la clave. Es el cerebro de cada elector quien recibe los mensajes de la campaña, los decodifica, los analiza, los archiva, los vuelve a recuperar, los interpreta y hasta los modifica. Es en ese campo de batalla donde luchan los mensajes de los distintos candidatos. Allí tienen que dar lo mejor de sí para persuadir y lograr el voto. Allí es donde el elector despliega sus ideas, sus recuerdos y sus emociones. Y allí se produce la decisión de voto. Donde el marketing político se da la mano con la psicología.
Breve historia de la psicología política
En la antigua Grecia, hace alrededor de 2.500 años, surgieron las primeras reflexiones acerca de la psicología. Aquellos griegos curiosos ya comenzaron a observar y analizar el comportamiento humano, las conductas, los sentimientos, el razonamiento, las emociones, las relaciones sociales, las fantasías, la voluntad…
Uno de aquellos filósofos, Aristóteles, fue de los que más avanzaron en el estudio de esta zona del conocimiento. Aristóteles definía al ser humano como un «animal político». Político venía de «polis», en referencia a la ciudad. El hombre, entonces, era esa especie animal que se ocupa de los asuntos colectivos de la ciudad en la que vive. Durante unos cuantos siglos la psicología creció y se desarrolló al amparo de la filosofía. Siglos y siglos acumulando saberes hasta dar el gran salto en las décadas finales del siglo XIX. Primero fue Wilhem Wundt, que fundó el primer laboratorio de psicología, buscando aplicar metodologías similares a las de las ciencias naturales; y luego Sigmund Freud, revolucionando el concepto mismo de psicología con su descubrimiento del inconsciente. La psicología se separó finalmente de la filosofía y se hizo ciencia. Durante todo el siglo XX acumuló una fantástica y tal vez poco conocida base de conocimientos y se desarrolló en todas las direcciones, generando aplicaciones para literalmente todos los ámbitos humanos. En ese contexto surge la psicología política propiamente dicha. El primer trabajo sistemático sobre psicología política fue publicado en 1910 por Gustave Le Bon y se tituló Psychologie politique. Le Bon ya concebía que la psicología política no era solo una disciplina teórica y académica, sino que además era una ciencia que podía ayudar a corregir una gran cantidad de errores políticos prácticos. El concepto de psicología política reapareció en 1924, en un trabajo de Charles Merriam. Su discípulo Harold Lasswell sería luego considerado el padre de la psicología política a partir de una serie de libros publicados después de 1930, el primero de los cuales sería Psychopathology and politics.
En 1950, Theodor Adorno publica uno de los primeros grandes clásicos de la psicología política: La personalidad autoritaria. A partir de sus propios estudios, Adorno construyó una herramienta práctica: la escala F (un test psicológico para medir prejuicios y tendencias antidemocráticas). Durante la segunda mitad del siglo XX la psicología política se expande por el mundo, surgiendo especialistas de la talla de José Luis Pinillos en España o de Ángel Rodríguez Kauth en América Latina. Ya a fines de la década de los 70 se crea la primera organización que aglutina a los especialistas en psicología política de todo el mundo: la International Society of Political Psychology (ISPP). También en los 70 se publica el Manual de psicología política de Jeanne Knutson. Luego van apareciendo otras publicaciones de referencia: en 1979 la revista de ISPP, Political Psychology; en 1986 Psicología política, de Margaret Hermann; en 1988 Psicología política, de Seoane y Rodríguez; en 1990 la revista española Psicología Política, dirigida por Adela Garzón; en 2002 la revista Cahiers de Psychologie Politique, dirigida por Alexandre Dorna; en 2003 Psicología política, de Sears, Huddy y Jervis…
El siglo XXI encuentra a la psicología política integrando los programas académicos formales de numerosas universidades y produciendo una vasta cantidad de trabajos de investigación. Asimismo, el campo de la psicología política sigue expandiéndose en diversas direcciones, estudiando el comportamiento electoral, los fenómenos grupales y de masas, los liderazgos, la influencia de los medios de comunicación, la violencia política, la psicología del votante, la psicología del político, la comunicación política y otros temas vinculados. La psicología política es una disciplina científica, claro está. Estudia la vida política, colocando el foco sobre los procesos mentales del elector. Ilumina las zonas del cerebro activadas por los mensajes políticos y las campañas electorales. Estudia, experimenta, analiza, investiga, formula hipótesis, vuelve a experimentar, observa, saca conclusiones, vuelve a observar… La psicología política produce. Y produce mucho: artículos, libros, conferencias, cursos, seminarios… Y lleva ya unas cuantas décadas en esa tarea. Sin embargo, la inmensa mayoría de los dirigentes políticos desconoce completamente que en la psicología política pueden estar las respuestas para las preguntas que surgen en cada campaña electoral. Por otra parte, las campañas electorales se suceden en todo el mundo sin solución de continuidad. Siempre hay campañas en marcha. De hecho, la campaña política misma se hace permanente. Y los políticos, los publicistas, los consultores, los periodistas y los estrategas también producen y aportan mucho, pero la inmensa mayoría de quienes saben de psicología política se quedan en sus ámbitos académicos y no salen a la arena política. Y mientras todo ello ocurre, los partidos políticos se quedan sin comprender a sus votantes. Lo cual es lo mismo que decir que se quedan sin votos.
Seis pasos para ponerte en los zapatos de tus votantes
Los políticos suelen creer que comprenden a sus votantes, que saben ponerse en sus zapatos por su propia experiencia, porque conocen a la gente o porque siempre están en contacto con las personas. Pues no es así. Y los políticos más inteligentes perciben que no es así. Porque, en realidad, es muy soberbio creer que se conoce a los votantes sin realizar una investigación profesional sobre ellos. Ya sabes: no se trata de olfato, sino de ciencia.
Spoiler. Quienes creen comprender a sus votantes sin mayor esfuerzo generalmente son los que pierden. Los que ganan son los que estudian al electorado. Porque cuando no comprendes a tus votantes suelen suceder dos cosas:
1 Tu comunicación fracasa.
2 Pierdes la elección.
Comprender a tus votantes, entonces, es asunto de vida o muerte política. Comprenderlos es ponerte en sus zapatos, saber cómo piensan, cómo actúan y cómo sienten. Claro que no puedes leer sus mentes, pero sí puedes saber mucho más de lo que sabes. Y mucho más de lo que ellos mismos saben.
Comienza por estos seis pasos:
1. Investiga el perfil psicológico del electorado. Agrega a tu encuesta unas pocas preguntas para identificar el rasgo de personalidad dominante de cada encuestado. El cuestionario abreviado Mini-IPIP es para ello una herramienta de acceso libre y que cuenta con una fiabilidad respaldada científicamente.
2. Segmenta a los votantes en base al modelo Big Five. Clasifica a la población según el modelo de personalidad más consensuado: el Big Five (también conocido como OCEAN). Tendrás así cinco grupos de acuerdo con el rasgo predominante: extroversión, minuciosidad, apertura mental, amabilidad y neuroticismo.
3. Agrega la dimensión psicológica a tu target. Cruza los datos para definir con claridad al público objetivo de tu campaña. Tu target tiene características demográficas y políticas que habitualmente se investigan, pero además tiene características de personalidad. Y son decisivas.
4. Monitorea las emociones del público. Las emociones son el motor que mueve el voto. Y las emociones básicas son pocas: tristeza, alegría, ira, desprecio, sorpresa, asco y miedo. ¿Qué está sintiendo el votante ante cada coyuntura política importante? Si no lo sabes, estás a ciegas.
5. Analiza lo inconsciente. El 98 por ciento de la vida mental es inconsciente. Si te limitas a estudiar lo consciente, te quedas solo con la parte visible del iceberg. Quedas atrapado en lo aparente, en la superficie. Mientras tanto, hundido en las profundidades psicológicas, lo inconsciente manda, determina, domina.
6. Comunica con psicología. Sintoniza tu comunicación con la psicología de los votantes. Conecta tu mensaje con la personalidad de tu público, con sus motivaciones inconscientes, con sus emociones, su lenguaje, sus fantasías y sus mitos.
En resumen: los votantes están siempre en sus zapatos. Tu campaña política también tiene que estar allí. La psicología te proporciona herramientas técnicas para lograrlo. Tu caja de herramientas necesita de la presencia y la acción de la psicología política. De lo contrario, estarás dejando que gran parte de tus votos potenciales se desvanezcan.
DANIEL ESKIBEL
maquiaveloyfreud.com
6.PROTOCOLO Y POLÍTICA
«Los buenos modales tienen mucho que ver con las emociones.
Para hacerlos sonar como verdad hay que sentirlos, no solo exhibirlos».
AMY VANDERBILT
Durante mis años de profesión me he visto inmerso en una infinidad de actos y eventos relacionados con la vida política de dirigentes y gobernantes. En la gran mayoría de estos momentos existe siempre un grado de incertidumbre asociado al «quién se encarga de esto». Lo cierto es que el protocolo en la actualidad está demasiado ceñido al gobierno, a lo institucional, al evento supuestamente importante, pero ¿cuántos eventos se celebran en una provincia o municipio a diario? ¿Tenemos claro cómo, cuándo y qué hacer a la hora de organizar y asistir a invitados y colaboradores en un acto donde van a confluir sensaciones, expectativas, diálogos y gente?
No lo tengo tan claro, al menos yo.
Cuando empezaba a escribir este libro tenía claros muchos pasajes de él y quiénes me acompañarían en las frases de este trabajo. Algunos fueron apareciendo a posteriori, pero tenía a una persona en mi cabeza desde el primer momento. Mi historia con ella es simplemente diferente.
Lucía Suárez trabaja desde hace muchos años en el departamento de protocolo del Gobierno de Canarias. Es graduada en Protocolo y Organización de Eventos y máster internacional en Gestión y Organización de Eventos, Protocolo, Ceremonial y Relaciones Institucionales. Cuando estás con ella te das cuenta de que a tu alrededor los detalles, esos pequeños detalles, toman protagonismo: el ruido ambiente cambia, su tono de voz te va envolviendo y quieres disfrutar cada minuto de su compañía. Debo decir que en esta parte no puedo ser nada objetivo. Si tuviera que describir la relación que me une a Lucía, tendría que tirar de almanaque hacia atrás, eso sí. Me ha acompañado durante muchos años en mi formación académica y personal. Ha sido mucho más que una amiga.
Esta mujer sabe bien lo que es la evolución constante en su profesión, en su vida, en la importancia de seguir formándose y adaptando su profesión a los cambios de la sociedad. Lucía es protocolo en su inmensa esencia.
PROTOCOLO INSTITUCIONAL
Para hablar de protocolo, como de cualquier otra disciplina, debemos empezar por su definición. Y, como casi siempre, las definiciones son múltiples y variadas y, en muchos casos, subjetivas.
Cuando el ser humano comenzó a relacionarse le surgió la necesidad de organizarse, de establecer una serie de normas o reglas básicas para que esa organización funcionase. Con el paso del tiempo las normas se fueron sofisticando, adaptándose a las circunstancias del individuo en sociedad y siguiendo determinados modelos sociales y formas de comportamiento. El escenario en el que se suceden las relaciones políticas, interpersonales, interprofesionales es el de los eventos, los actos organizados por los profesionales del protocolo. Que una negociación tenga un final positivo va a depender en gran medida del profesional del protocolo, puesto que su papel no se limita a colocar adecuadamente las banderas en su lugar o a recibir con una sonrisa a los invitados. Ambas cosas son igual de importantes, pues la mala colocación de una bandera o un saludo irrespetuoso pueden provocar serios conflictos, pero su labor va mucho más allá, por lo que su formación debe ir acorde con esa responsabilidad. El respeto a las personas, a su cultura, ideas, costumbres, a la libertad de los demás hasta los límites necesarios para la convivencia armónica, las buenas maneras, los modales, la manera de hablar, de comer, de vestirnos son condiciones básicas que necesariamente deben estar presentes en nuestro día a día, mucho más cuando nos referimos al ámbito del protocolo.
Ahora bien, esto no basta cuando hablamos de la enorme responsabilidad que supone el que las negociaciones entre países o cualquier tipo de relaciones internacionales o interprofesionales sean satisfactorias. Aquí lo importante es conocer con profundidad todos aquellos aspectos diferenciales entre personas de países y culturas diferentes: religión, costumbres, dietas…, teniendo siempre presente que cualquier descuido puede convertirse en un problema de Estado. El profesional del protocolo debe velar por que esto no ocurra. Cortesía, buenas maneras, educación son elementos básicos que deben estar presentes en el perfil de un buen profesional del protocolo, a lo que hemos de añadir una amplia formación multidisciplinar que abarque, además de los contenidos de los estudios de protocolo, las técnicas y las normas protocolarias, conocimientos de derecho, geografía, historia, sociología y comunicación. Detrás de la organización de cualquier acto existen unos objetivos y en función de ellos debemos aplicar tanto nuestras habilidades sociales como la inteligencia emocional y los conocimientos adquiridos durante nuestra formación. La conjunción de todo ello hará posible que esos objetivos se consigan de manera más o menos satisfactoria. La palabra que más se repite en el caso de protocolo es «norma». La RAE la define como «regla que se debe seguir o a que se deben ajustar las conductas, tareas, actividades, etc.». El ser humano difícilmente se maneja en el caos, no se manifiesta positivamente, busca la normalidad para entender las cosas, para relacionarse con comodidad, para sentirse bien. Necesita tener unas normas a las que ajustarse para ver lo que sucede a su alrededor con claridad, con coherencia. Y es aquí donde actúa el protocolo como instrumento organizativo, donde justifica su necesidad. Según Carlos Fuente Lafuente[1] , «protocolo es el conjunto de normas, tradiciones, costumbres y técnicas que la sociedad y los individuos disponen para la organización de sus actos, su convivencia y sus relaciones internas y externas». Carlos Fuente habla de convivencia y relaciones; efectivamente, una correcta organización favorece las relaciones entre personas y, en consecuencia, la convivencia. Somos conocedores de la importancia que tienen estos dos conceptos en todos los ámbitos de nuestras vidas. Imaginemos cuando hablamos de relaciones entre Estados. En más de una ocasión un acto mal organizado, un fallo protocolario, ha dado al traste con la toma de un acuerdo importante. Pero no debemos caer en la trampa de lo que pretenden algunos políticos al utilizar como disculpa un fallo protocolario para justificar una estrategia política. Es aquí donde el profesional necesita conocer a fondo la norma y saber manejar todos los argumentos que justifiquen una decisión. Jorge J. Fernández[2] nos dice que «las normas que proceden de los usos y de las costumbres sociales se implantan como una necesidad social, sirven para normalizar las relaciones entre todas las personas y entre instituciones y gobiernos». Nos interesa señalar los objetivos que se persiguen con la organización de esos grupos y para ello hemos elegido los que señala Fernández:
El protocolo está basado en la cortesía, esencia de la educación, que significa el respeto a las personas, sea cual sea su condición tanto social como personal o, lo que es lo mismo, el respeto integral.
El fin próximo del protocolo es que las actividades en las que interviene o tiene prioridad de normativa se hagan bien; debe resolver problemas, no buscarlos o crearlos. El objetivo final del protocolo es la convivencia, que ha de ser positiva; pues si no lo es, este no existe.
Cuando nos vemos en la situación de tener que organizar grupos de personas nos enfrentamos a la necesidad de establecer un criterio. Pero este ya está inventado y recogido en las normas que han sido legisladas en el Real Decreto 2099/83 sobre Ordenación General de Precedencias en España. Por mucho que de forma generalizada se esté pidiendo a gritos una profunda revisión, es el código que debemos aplicar quienes nos dedicamos a esta difícil tarea; así como el Decreto 202/1997, que recoge el Reglamento de Precedencias en el ámbito de la Comunidad Autónoma de Canarias. Cuestionado por muchos, pero es la norma en la que debemos basarnos en la organización y protocolo de nuestros actos. En muchas ocasiones se precisa la conjunción de ambas leyes para establecer las precedencias, lo que requiere grandes dotes de negociación para acordar analogías entre cargos que no aparecen en una u otra normativa.
Después de esta introducción, a través de la que cualquiera entendería el protocolo como una necesidad social e institucional, sigue habiendo algunas voces que dudan de su necesidad, siempre por desconocimiento, y a ellas va dirigido este artículo.
El ser humano difícilmente se maneja en el caos, no se manifiesta positivamente, busca la normalidad para entender las cosas, para relacionarse con comodidad, para sentirse bien.
Escribir sobre protocolo en un libro de política es raro, pero si ese libro es sobre la profesionalización de la política resulta cuando menos sorprendente y un gesto para agradecer por quienes nos dedicamos a esta hermosa profesión, tan poco valorada en el mundo político. Sin embargo, el abanico de aspectos que abarca el protocolo es tan amplio que centrarnos en lo que se nos ha pedido (importancia, funciones del responsable, cómo hacer buen protocolo, qué se debe tener en cuenta en un acto) resulta muy complicado. Cuando de pronto te encuentras en el departamento de protocolo de una institución como la Presidencia del Gobierno autonómico pueden suceder dos cosas: que la inconsciencia te haga sentir importante o que, por el susto de ver a qué te enfrentas, te den ganas de salir corriendo. Esta afirmación merece una explicación. Este es un ámbito muy desconocido por dentro y que desde fuera se ve, a través del ojo de la cámara, como algo de lucimiento, de cierto boato. Pero la realidad es otra: es la que te empuja a salir corriendo cuando varias personas te hablan y piden cosas al mismo tiempo, cuando todo lo que falla se debe a tu incompetencia. Los nervios, el estrés, la preocupación, la chispa que salta en mitad de la noche. ¿Le dije la hora al técnico de sonido? ¿Cerré el programa con la gente de prensa? Esa sí es la realidad del protocolo.
Cuando comencé a trabajar en este ámbito, una buena compañera me dijo que cuando empieza un acto «es como cuando se sube el telón del teatro y comienza la función, solo que la protagonista eres tú, aunque no estés en el escenario. Si algo sale mal, todo el mundo te mirará a ti». Tenía razón. Y mucho más cuando nos enfrentamos a esa otra realidad, de enorme repercusión, que es donde radica la importancia del protocolo institucional, ese que será el espejo del gobierno para el que trabajas. La afirmación «importancia del protocolo» encierra el resto de las cuestiones en las que se centra este artículo. La colocación de las autoridades en el sitio que les corresponde es solo la puntita de un alfiler comparada con las innumerables tareas que debemos desarrollar en nuestro día a día. Las funciones del responsable de protocolo son tantas como definiciones podemos encontrar. Según J. Fernández Vázquez, «el fin próximo del protocolo es que las actividades en las que interviene o tiene prioridad de normativa se hagan bien». La puesta en escena de la declaración de emergencia climática se lleva a cabo por medio de una rueda de prensa, sobre la que el botánico Wolfredo Wildpret dice: «La declaración la realizó… arropado por su gabinete en pleno, con la solemnidad de las grandes ocasiones». Un buen ejemplo de la intervención del protocolo para introducir las claves que dan solemnidad a un acto.
¿Por qué es de agradecer que en un libro que se dedica a la profesionalización de la política se nos tenga en cuenta? Cuando un equipo de gobierno llega a la institución, por quien pregunta en último lugar es por el equipo de protocolo y a quien necesita en primer lugar es a alguien de protocolo. ¿Por qué? El equipo de protocolo está presente desde el momento de su investidura y toma de posesión. Y a partir de ahí… El titular de la presidencia debe asistir a un acto. ¿Cuál es la finalidad de ese acto? ¿En qué consiste? ¿Cuál es su misión como presidente o presidenta? ¿Lo debe presidir? ¿De cuánto tiempo dispone, en caso de tener que intervenir? ¿Cuál es la etiqueta que debe llevar? ¿Cuánto dura? Y así muchos más detalles que la persona responsable de protocolo se ocupa de recopilar para, con ellos, elaborar un programa que deje muy claro todo lo que sucederá en ese acto desde el momento en que llega el presidente. ¿Qué pasaría si no existiera esa figura encargada de la tarea de buscar la información de aquí y de allá? Pues, sencillamente, que nuestro jefe o jefa iría al acto como una persona ciega que tiene que cruzar una calle de cuatro carriles. ¿Y si nos visita el embajador o embajadora de Alemania, de Japón, de Marruecos? ¿Preguntará en la recepción por el despacho del presidente, subirá a la segunda planta y tocará de puerta en puerta? No. El o la responsable de protocolo estará en la puerta de entrada al edificio, esperando a que llegue el coche que trae al embajador para recibirlo a pie de coche y acompañarlo hasta donde le espera el presidente. Pero también se dan aquellos casos en los que es necesario trasladar a la sociedad un proyecto que el Gobierno decide sacar adelante y lo hace celebrando un acto, a modo de conferencia, jornada… Para ello, el equipo de protocolo se emplea a fondo, planificando, coordinando, organizando todas las fases necesarias para sacar adelante ese objetivo. A partir de que se nos comunica lo que se desea hacer y lo que se quiere conseguir, todo queda en manos de protocolo, desde elegir el lugar, la hora, averiguar a quién va dirigido, elaborar lista de invitados, diseñar y enviar invitación, supervisar el montaje del lugar de celebración con los recursos audiovisuales, mobiliario… hasta que llega la puesta en escena, con la comprobación de que todo funcione, de que las personas que tienen que intervenir lleguen puntualmente y así un largo etcétera. Sería interminable enumerar todas las tareas que llevamos a cabo quienes nos dedicamos al protocolo institucional. Pero con lo que llevamos dicho ya queda muy atrás la idea de que ponemos banderas, colocamos personas (que también) y de que nos gusta salir en la foto. Nada más lejos de la realidad o, por lo menos, nada más lejos de las intenciones de un buen profesional del protocolo. Entramos en un terreno delicado o al menos comprometido, porque es cierto que en esta profesión nos encontramos con muchos egos que debemos gestionar y, posiblemente, en algunos casos también existe el ego del profesional del protocolo; pero, en mi opinión, debemos ser invisibles: el mejor profesional es el que no se ve. Aunque pueden estar tranquilos, porque no se le ve, pero todo el mundo sabrá que está ahí, pues si no estuviera todo el acto sería un desastre. Por último, debo decir que el protocolo es muy socorrido, es a lo que todo el mundo recurre cuando no se sabe qué hacer con algo o cómo hacerlo. Y, ¡curioso!, debe de ser que desarrollamos un sentido especial para superar imprevistos, pues solemos encontrar las soluciones. Como dice Carles Cortina, secretario de la Asociación Catalana de Protocolo y Relaciones Institucionales, «el protocolo soluciona problemas». Pues bien, eso es algo más de lo que hacemos cada día.
LUCÍA SUÁREZ RODRÍGUEZ
[1] Fuente, C. Protocolo oficial: las instituciones españolas del Estado y su ceremonial. Ediciones Protocolo. 2004. Madrid.
[2] Anuario Jurídico y Económico Escurialense. XLV (2012). 737-754. ISSN: 1133-3677.
7. LA FOTOGRAFÍA EN LA COMUNICACIÓN POLÍTICA
«La fotografía ayuda a las personas a ver».
BERENICE ABBOTT
¿Es importante la fotografía en comunicación política? No, es mucho más que eso. Es uno de los elementos imprescindibles para poder optar a ganar elecciones. La palabra fotografía viene del vocablo de origen griego phos (luz) y grafis (escritura) o, lo que es lo mismo, significa escribir o dibujar con luz. Es esa misma luz la que, a través de la imagen que un candidato proyecta de sí mismo, puede conseguir importantes resultados a la hora de alcanzar los objetivos estratégicos en política.
Bien sea en comunicación tradicional o en comunicación política más tecnológica, las fotografías pueden ser utilizadas para fortalecer o dar una mala imagen del candidato o partido político, generando interacción o participación si resultan ser lo suficientemente atrayentes y generadoras de expectación ante los usuarios y espectadores. La gran mayoría de la información que hoy en día se comunica en política, al igual que en cualquier aspecto de la sociedad, es de tipo no verbal. Las palabras pasan a un segundo término cuando el lenguaje del cuerpo explica quiénes somos. Es la comunicación no verbal mucho más visual, más directa, más potente e inmediata; de ahí la importancia de la fotografía en política. Los partidos políticos y los candidatos hacen uso de la fotografía, me atrevería a decir, muy a la ligera. El uso de contenidos fotográficos tiene que tener un capítulo específico y destacado dentro de la estrategia política. ¿Cuántas buenas fotos hacen falta para ganar elecciones? A veces basta con una.
¿Y entonces cómo y por dónde empezamos a crear contenidos fotográficos? ¿Cuándo los vamos a publicar? ¿A quiénes queremos destinar nuestra imagen política? ¿Los hacemos por nuestra cuenta o buscamos un fotógrafo profesional? Estas y muchas cuestiones más nos deberían hacer reflexionar y tener otra visión de la importancia de las imágenes de nuestra marca política. Dentro de nuestro plan de comunicación, si lo tenemos, deberíamos atender y estudiar las características que hacen que nuestras publicaciones de imagen tengan mayor o menor interacción cuando se utilizan: en qué ambientes, la naturalidad de estas, los colores y edición de imagen… en política son importantísimos. Con la llegada del smartphone, hacer una foto está a un solo clic; publicarla, a tan solo dos; reenviarla, a tres; y recibirla, a solo un poco más de tiempo. Una foto mal publicada puede hacer ganar o perder la confianza de un electorado cada vez más pendiente de lo audiovisual. Al cerebro le encanta la imagen, se siente más atraído por una foto que por cualquier texto. La fotografía solo representa el presente y no hay tiempo para leer y estudiar programas electorales extensos. Vivimos en la era de la imagen rápida, el vídeo corto, el multicontenido de pocos segundos.
De vuelta a los objetivos para alcanzar por una marca personal política o por una campaña política, ¿tenemos claro qué imagen queremos transmitir de nuestro candidato o líder? ¿Queremos mostrar una impronta de persona cercana, una persona divertida, un candidato o candidata serio y preparado para gobernar una ciudad, una persona realmente amigable, un futuro gobernante que proyecte pasión y empatía? ¿Qué es lo que queremos conseguir? ¿Y por qué no una imagen de atención a los ancianos, a los jóvenes o a las mujeres? ¿Cuál de sus atributos y características más destacables queremos poner en valor? ¿Cuál es el arquetipo que queremos poner frente al ciudadano?
Al cerebro le encanta la imagen, se siente más atraído por una foto que por cualquier texto.
Producir y seleccionar imágenes para un partido político tiene que estar en mano de profesionales y personas objetivas. No siempre podemos quedar bien. No pasa nada si la foto no es la apropiada y no se publica; no hay que salir sí o sí. Es por lo que la selección de imágenes en cualquier trabajo debe ser muy coherente y consecuente con lo que se quiere transmitir. El retrato de un candidato político evidencia muchas de sus virtudes, cualidades o defectos a través de la expresión facial, de cómo viste, de cómo camina, de su postura ante la conversación o en un evento. Por lo tanto, cuidar la comunicación audiovisual es fundamental para ofrecer aquello que se pretende, que no es otra cosa que una buena imagen ante la opinión pública. La naturalidad en política encuentra en la fotografía uno de sus mejores aliados. Somos lo que somos y no lo que pretendemos ser.
La buena fotografía
Pero no todo es fotografía en comunicación. El aparentar y postularse, en ocasiones de cara a la galería, llega a ser en muchos casos contraproducente. No todos los políticos quedan bien inaugurando un nuevo parque con una pala en la mano y un casco de construcción, asistiendo a una fábrica o un hospital, posando para una foto que es más que evidente que lo que pretende es justificar el haber participado de un acto. Si no hay naturalidad, no hay conexión con la ciudadanía. La fotografía es como la prueba del algodón: no engaña. Los contenidos fotográficos son el medio que puede llegar a resumir una gestión y un proyecto finalizado; de ahí su importancia para enseñar lo bien y necesario de comunicarse con esta herramienta política. Una mala foto puede llevar al traste una gran gestión política. Además, debemos tener muy presente no caer en el egocentrismo fotográfico. No beneficia para nada.
No hay fotografías buenas o malas. Hay fotos que fortalecen o debilitan la imagen de una persona, más aún en política. ¿Podemos incluir pequeños textos o citas en nuestras fotos? Por supuesto. Son un complemento ideal para invitar al comentario o a la interacción con nuestros seguidores o personas que visualizan nuestros contenidos. Una buena fotografía con un breve mensaje o texto que cause sorpresa o llamada a la acción funciona muy bien para conseguir que pueda compartirse y llegar a ser viral, aunque en este último no sea tan frecuente. También la fotografía se ha ido relacionando en los últimos años con los hashtags o las famosas etiquetas de las redes sociales, así que no podemos obviar la potencialidad del mensaje que se va a incluir en la foto que publiquemos en prensa, revistas, medios digitales y otros canales de comunicación. La fotografía profesional y bien elaborada en política tiene mucho recorrido aún, le queda mucho por mejorar. Es en ese campo de mejora donde las organizaciones políticas tienen que tomarse más en serio la importancia de la comunicación no verbal. El discurso político tradicional no basta por sí solo.
El fotógrafo profesional
«Si tus fotografías no son buenas es
porque no te acercaste lo suficiente».
ROBERT CAPA
Si te digo Juan Miguel Alemany Tejera, seguramente desconozcas a quién me refiero. Ahora bien, si en cambio te digo Juanmi Alemany la cosa seguramente cambie. Este granadillero y tinerfeño es amigo y compañero de trabajos desde hace tiempo. Lleva años creando imágenes en su cabeza; la cámara fotográfica es secundaria. En estos últimos años hemos podido compartir muchos ratos, pero quizás no tan intensos como la última campaña política. Él busca la imagen; yo, el mensaje. La profesionalización de la política pasa obligatoriamente por contar con personas como este apasionado de la fotografía. Juanmi colabora con revistas tan prestigiosas como National Geographic y ha recibido multitud de premios por su trayectoria profesional. A lo largo de todo este tiempo ha estado siempre trabajando y mejorando técnicas en capítulos tan importantes y decisivos como la luz, el encontrar esa impronta que llame la atención. Cuando nos sentamos a revisar trabajos, rara vez encontramos puntos dispares en cuanto a la selección de la mejor fotografía. ¿Sabes por qué? El trabajo ya estaba previamente hecho y era al que le dedicamos más tiempo durante jornadas de preparación: qué buscamos, qué puede llegar a transmitir el candidato o líder, el lugar de trabajo, si la mañana o el atardecer, si el despacho o la calle, aquí o allí. Juanmi no improvisa. Él no.
Hablando en uno de nuestros múltiples viajes, conversando en una de las cafeterías del aeropuerto de Sevilla, le dije: «Jefe, si tú fueras asesor político, ¿qué le dirías a alguien que se dedique o quiera dedicar a la política sobre la importancia de trabajar profesionalmente la fotografía en la comunicación?». Lo que viene a continuación es cosa de él: la fotografía juega un papel vital en el mundo de la comunicación. Es una herramienta poderosa, con la que podemos transmitir un mensaje en un espacio muy corto de tiempo e incluso llegar mucho más allá.
Podemos llegar al corazón. Y eso no tiene precio.
Desde hace unos años, sobre todo en Estados Unidos, fotografiar el día a día de un político se ha convertido en algo decisivo e innegociable para acercar al político al pueblo. Especial relevancia tiene el fotógrafo Pete Souza, quien comenzó la fotografía política con Reagan en la Casa Blanca. Se convirtió en un miembro más del staff, tan importante o más que cualquier otro. Si el fotógrafo Miguel Ruiz es parte del equipo del F. C. Barcelona y plasma en imágenes el día a día, ¿por qué los políticos no se dan cuenta de la importancia de dejar en manos de un profesional su imagen? Lamentablemente, en España aún no se tiene en cuenta al fotógrafo como parte fundamental de la comunicación y no le damos importancia a esa valiosa herramienta que tiene un fotógrafo en su cabeza. Sí, digo en su cabeza y no en sus manos o en su cámara. La fotografía se crea en la mente y aquí es donde aparecen los tres pilares que, desde mi punto de vista, hay que intentar conjugar para conseguir grandes imágenes: luz, composición y momento. Igual que cuando niños nos enseñaron a identificar en una oración sujeto, verbo y predicado, en una buena fotografía debemos incluir una buena luz, una correcta composición y esperar el momento o crearlo si es necesario. Con estas tres herramientas podemos hacer de una idea una gran imagen.
Vivimos rodeados de imágenes, de teléfonos con cámaras más profesionales; vivimos rodeados de filtros y programas de edición. Creemos que eso hace que tengamos buenas fotografías con pulsar un botón, pero no es tan fácil. El resultado final es esa fotografía, pero para llegar a crearla ha habido una historia antes. Ha habido un análisis, un estudio para una buena producción. Hay que ser conscientes de la herramienta que tenemos, el poder de enseñar la imagen correcta que lleva el mensaje correcto o, por el contrario, no saber utilizarla y enviar una imagen y un mensaje equivocado al espectador. Basta con realizar una búsqueda en la red para darse cuenta de las malas fotografías que pueden llegar a publicar algunas personas dedicadas a la vida política. La gran mayoría de ellas no tienen en cuenta ninguno de los tres pilares y eso les está haciendo daño a ellas mismas. Hay que saber qué debemos incluir en la fotografía y qué no. Es tan importante lo que dejamos fuera como lo que incluimos. También hay que saber qué tipo de luz es mejor para cada persona.
Me pasa a veces que políticos de referencia nacional me preguntan por qué las fotografías que les he podido hacer en algún momento son mejores o llegan más que las que se publican en portada de todos los periódicos, siendo en el mismo sitio y en el mismo momento. La respuesta es fácil: la luz, la composición y el momento son diferentes. Hay que ver cómo le afecta la luz a la persona, hay que saber qué meter en ese lienzo blanco que tengo en mi cabeza, como quien va a pintar un cuadro. Y una vez lo tengo, espero a que suceda algo. Ahora solo hay que apretar el botón, pero antes de eso hay mucho trabajo.
Una imagen habla por sí sola, genera más veracidad y, lo que es más importante, permanece en la memoria. Y el fotógrafo es el encargado de conseguirlo. Cuando comencé profesionalmente en el mundo de la fotografía me costó horrores fotografiar a personas. Estaba especializado en fotografía submarina. Publicaba para revistas esas imágenes de ballenas o tiburones y, de repente, me veo fotografiando a personas. Eso impone mucho más que cualquiera de los tiburones que he fotografiado, pero sin duda ha sido apasionante. No es lo mismo hacer un retrato que crear una imagen, crear una idea. Una marca, por así decirlo. Cuando trabajas en una imagen política lo haces pensando en un producto. Hay que explotar sus lados positivos, crear sensaciones y para llegar a eso hay que trabajar duro.
Sinceramente, nunca pensé que llegaría a fotografiar a políticos y cuando recibí la llamada de Isaac Hernández para trabajar codo con codo me dio cierto respeto. Después de esa primera oportunidad han venido muchas más, recorriendo todo el territorio nacional. Lo que creo en mi cabeza para cada uno de ellos y ellas es buscar la forma de hacer lo más atractiva posible su imagen política. Y eso solo es posible cuidando la luz, la composición y el momento.
JUANMI ALEMANY
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