Читать книгу: «Perros salvajes»
Título original: Even Dogs in the Wild
© John Rebus Ltd., 2015.
© de la traducción: Efrén del Valle Peñamil, 2016.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2016.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: ODBO012
ISBN: 9788490567609
Composición digital: Newcomlab, S.L.L.
Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.
Índice
PRÓLOGO
PRIMER DÍA
1
2
3
SEGUNDO DÍA
4
5
6
7
8
TERCER DÍA
9
10
11
12
13
CUARTO DÍA
14
15
16
QUINTO DÍA
17
18
19
20
SEXTO DÍA
21
22
23
24
25
26
SÉPTIMO DÍA
27
28
29
30
OCTAVO DÍA
31
32
33
34
35
NOVENO DÍA
36
37
38
DÉCIMO DÍA
39
40
41
42
EPÍLOGO
GANADORES DEL PREMIO RBA DE NOVELA NEGRA
IAN RANKIN. JOHN REBUS
IAN RANKIN. MALCOLM FOX
NOTAS
PRÓLOGO
Al final, el pasajero sacó la cinta de casete y la lanzó al asiento trasero.
—Eran The Associates —protestó el conductor.
—Pues que vayan a asociarse a otro sitio. Parece que el cantante se haya pillado los huevos en una prensa.
El conductor pensó en ello unos instantes y sonrió.
—¿Recuerdas cuando se lo hicimos a...? ¿Cómo se llamaba?
El pasajero se encogió de hombros.
—Debía dinero al jefe. Eso era lo que importaba.
—No era mucho, ¿no?
—¿Cuánto falta?
El pasajero miró por el parabrisas.
—Menos de un kilómetro. Hay movimiento por estos bosques, ¿eh?
El pasajero no medió palabra. Estaba oscuro y no habían visto ningún coche en los últimos siete u ocho kilómetros. La campiña de Fife, tierra adentro, con los campos esquilados aguardando el invierno. Una granja de cerdos cercana que ya habían utilizado antes.
—¿Cuál es el plan? —preguntó el conductor.
—Solo tenemos una pala, así que nos jugamos a cara o cruz quién suda la gota gorda. Le quitamos la ropa y luego la quemamos.
—Solo lleva pantalones y un chaleco.
—No he visto tatuajes ni pendientes. No hará falta cortar nada.
—Ya hemos llegado. —El conductor detuvo el coche, salió y abrió una puerta. Un sendero serpenteante se adentraba en el bosque—. Espero que no nos quedemos atascados —dijo al subirse de nuevo. Luego, al ver la mirada de su acompañante—: Era broma.
—Más te vale.
Recorrieron lentamente unos centenares de metros.
—Aquí tengo sitio para dar la vuelta —dijo el conductor.
—Pues perfecto.
—¿Te suena esto?
El pasajero sacudió la cabeza.
—Hace mucho tiempo...
—Creo que hay uno enterrado ahí delante y otro a la izquierda.
—En ese caso, podríamos probar al otro lado del camino. ¿La linterna está en la guantera?
—Con pilas nuevas, como pediste.
El pasajero lo comprobó.
—De acuerdo.
Los dos hombres se apearon y permanecieron inmóviles casi un minuto, acostumbrando la vista a la oscuridad y atentos a cualquier sonido inusual.
—Elijo yo el sitio —dijo el pasajero, que se llevó la linterna consigo.
El conductor se encendió un cigarrillo y abrió la puerta trasera del Mercedes. Era un modelo antiguo y las bisagras rechinaban. Cogió el casete de The Associates del asiento y se lo guardó en el bolsillo de la chaqueta, donde entrechocó con unas monedas. Necesitaría una para el cara o cruz. Luego cerró la puerta, se dirigió al maletero y lo abrió. El cuerpo estaba envuelto en una sábana azul. O lo había estado. El trayecto había aflojado la improvisada mortaja. Pies descalzos, piernas delgadas y pálidas y caja torácica visible. El conductor apoyó la pala en una de las luces traseras, pero acabó cayendo al suelo. Maldiciendo, se agachó a recogerla.
Fue en ese momento cuando el cadáver cobró vida, salió de debajo de la sábana y del maletero y casi hizo pegar un brinco al conductor cuando sus pies tocaron el suelo. El conductor jadeó y se le cayó el pitillo de la boca. Apoyó una mano en el mango de la pala e intentó levantarse con la otra. La sábana quedó colgando del borde del maletero y su ocupante desapareció entre los árboles.
—¡Paul! —gritó el conductor—. ¡Paul!
La linterna precedió al hombre llamado Paul.
—¿Qué coño pasa, Dave? —gritó.
El conductor solo acertó a extender una mano temblorosa para señalar.
—¡Ha escapado!
Paul observó el maletero vacío y dejó escapar un siseo entre dientes.
—Vamos a por él —gruñó—. O alguien cavará un agujero para nosotros.
—Ha resucitado —dijo Dave con voz trémula.
—Pues lo mataremos otra vez —repuso Paul, y sacó un cuchillo del bolsillo interior—. Aún más lentamente que antes...
PRIMER DÍA
1
Malcolm Fox despertó de otra de sus pesadillas.
Creía saber por qué había empezado a tenerlas: la incertidumbre por su trabajo. No estaba del todo seguro de seguir queriéndolo y temía que, en cualquier caso, estuviera ocupando una plaza que sobraba. El día anterior le habían dicho que debía viajar a Dundee para cubrir una vacante durante un par de turnos. Cuando preguntó cuál era el motivo, le respondieron que al agente al que iba a sustituir le habían ordenado que cubriera a otra persona en Glasgow.
—¿Y no sería más fácil que me mandaran a Glasgow? —propuso Fox.
—Puede preguntar, supongo.
Así que cogió el teléfono e hizo justamente eso, pero descubrió que el agente de Glasgow iba a Edimburgo a ocupar una plaza temporal, así que tiró la toalla y se dirigió a Dundee. ¿Y hoy? A saber. Su jefe en St. Leonard’s no parecía saber qué hacer con él. Era un inspector de sobra.
—Son los oportunistas —había dicho el inspector jefe Doug Maxtone a modo de disculpa—. Están obstruyendo el sistema. Hace falta que se jubilen unos cuantos ...
—Entendido —había respondido Fox.
Tampoco es que él fuera precisamente un joven idealista. Dentro de tres años podría jubilarse con una buena pensión y mucha vida por delante.
Barajó sus opciones en la ducha. El bungaló de Oxgangs en el que vivía podía alcanzar un buen precio, el suficiente para poder trasladarse. Pero debía tener en cuenta a su padre. Fox no podía irse muy lejos mientras a Mitch le quedara oxígeno en el cuerpo. Y luego estaba Siobhan. No eran amantes, pero últimamente habían pasado más tiempo juntos. Si uno de los dos se aburría, sabía que siempre podía llamar al otro. Iban al cine o a algún restaurante, o comían aperitivos viendo un DVD. Siobhan le había regalado media docena de películas por Navidad y habían visto tres antes de que terminara el año. Pensó en ella mientras se vestía. A ella le gustaba más el trabajo que a él. Siempre que quedaban, Siobhan estaba lista para contarle cualquier novedad o cotilleo. Luego le preguntaba a él, que se limitaba a encogerse de hombros y a soltar de vez en cuando cuatro datos. Ella los recibía como una auténtica exquisitez, cuando para él no dejaba de ser información de lo más corriente. Ella trabajaba en Gayfield Square, bajo las órdenes de James Page. La estructura allí parecía mejor que la de St. Leonard’s. Fox se había planteado solicitar un traslado, pero sabía que no se lo concederían jamás; supondría para ellos el mismo problema: un inspector de más.
Cuarenta minutos después de terminar su desayuno estaba aparcando en St. Leonard’s. Se quedó sentado en el coche unos instantes, recomponiéndose y pasando las manos por el volante. Era en momentos como aquel cuando le apetecía un cigarrillo, algo con lo que ocupar el tiempo, algo con lo que olvidarse de sí mismo. En lugar de fumar, se puso un chicle encima de la lengua y cerró la boca. Un agente uniformado había salido al aparcamiento por la puerta trasera de la comisaría y estaba abriendo un paquete de tabaco. Cruzaron miradas cuando Fox se dirigió hacia él, y el agente asintió levemente. El hombre sabía que Fox había trabajado en Asuntos Internos; toda la comisaría lo sabía. A algunos no parecía importarles; otros dejaban entrever su disgusto sin tapujos. Fruncían el ceño, contestaban a regañadientes y, en lugar de sujetar la puerta, dejaban que se le cerrara en las narices.
—Eres un buen policía —le había dicho Siobhan en más de una ocasión—. Ojalá te dieras cuenta.
Cuando llegó a la sala del DIC, Fox vio que ocurría algo. Estaban moviendo sillas y material de un lado a otro. Su mirada se cruzó con la de un estruendoso Doug Maxtone.
—Tenemos que hacer sitio a un equipo nuevo —explicó Maxtone.
—¿Un equipo nuevo?
—De Gartcosh, lo cual significa que casi todos serán de Glasgow, y ya sabe lo que opino de ellos.
—¿A qué se debe?
—Nadie ha dicho nada.
Fox siguió mascando chicle. Gartcosh, una antigua planta siderúrgica, albergaba ahora el Campus de la Justicia Escocesa. Funcionaba desde el verano anterior, y Fox nunca había tenido ocasión de cruzar el umbral. El lugar era una amalgama de policías, fiscales, forenses y agentes de aduanas, y su jurisdicción abarcaba el crimen organizado y las operaciones antiterroristas.
—¿A cuántos tendremos que dar la bienvenida?
Maxtone le dedicó una mirada fulminante.
—Francamente, Malcolm, dudo que vaya a darle la bienvenida a nadie, pero necesitamos mesas y sillas para media docena.
—¿Y ordenadores y teléfonos?
—Traerán los suyos. Pero sí que piden... —Maxtone sacó un papel del bolsillo y lo consultó con gran teatralidad—: ayuda complementaria, con derecho a veto.
—¿Son órdenes de arriba?
—Del mismísimo jefe de policía. —Maxtone arrugó la hoja y la lanzó sin mirar en dirección a una papelera—. Llegarán en una hora más o menos.
—¿Limpio un poco el polvo?
—No estaría mal. Igualmente no tendrá donde sentarse...
—¿Voy a perder mi silla?
—Y su mesa. —Maxtone inhaló y exhaló ruidosamente—. Así que si hay algo en los cajones que no quiere que vea nadie... —Esbozó una sonrisa sombría—. Habría preferido quedarse en la cama, ¿eh?
—Peor aún, señor. Empiezo a pensar que habría sido mejor quedarme en Dundee.
Siobhan Clarke había aparcado en una zona de estacionamiento prohibido en St. Bernard’s Crescent. Era la calle más lujosa que podía encontrarse en la Ciudad Nueva de Edimburgo, llena de fachadas con columnas y ventanas de suelo a techo. Había dos terrazas georgianas en forma de arco a ambos lados de un pequeño jardín privado con árboles y bancos. Raeburn Place, con sus grandes tiendas y restaurantes, estaba a dos minutos a pie, al igual que el Water of Leith. Siobhan había llevado un par de veces a Malcolm al mercado de comida de los sábados y bromeaba con que debería cambiar su bungaló por un piso colonial en Stockbridge.
En ese momento sonó el teléfono. Hablando del rey de Roma... Clarke atendió la llamada.
—¿Has vuelto al norte?
—De momento no —dijo él—. Pero aquí se están produciendo cambios drásticos.
—Yo también tengo noticias. Me han transferido a la investigación de Minton.
—¿Cuándo?
—Hoy a primera hora. Iba a contártelo a la hora del almuerzo. Han puesto al mando a James y me quería en el equipo.
—Es lógico.
Siobhan cerró el coche y se dirigió hacia una puerta negra con un reluciente picaporte de cobre y buzón, donde montaba guardia una agente uniformada, que inclinó levemente la cabeza, cosa que Clarke recompensó con una sonrisa.
—¿Queda sitio para alguien que ocupa poco espacio? —preguntó Fox. Intentaba que sonara a broma, pero Siobhan se dio cuenta de que hablaba en serio.
—Tengo que dejarte, Malcolm. Hablamos luego.
Clarke colgó y esperó a que la agente abriera la puerta. Los medios de comunicación ya se habían ido. Alguien, probablemente un vecino, había dejado un par de ramos de flores en el escalón. Junto a la columna situada a la derecha de la puerta había un tirador antiguo y encima una placa en la que se leía la palabra MINTON, así, en mayúsculas.
Cuando se abrió la puerta, Clarke dio las gracias a la agente y entró. En el suelo de parquet había correo. Lo cogió y vio que en una mesa auxiliar había más cartas que alguien había abierto, probablemente el equipo de Incidentes Graves. También había los folletos habituales, incluido uno de un restaurante hindú que conocía en la parte sur de la ciudad. No se imaginaba a lord Minton pidiendo comida para llevar, pero nunca se sabe. La unidad científica había buscado huellas en el vestíbulo. Lord Minton —de nombre completo David Menzies Minton— había sido asesinado dos noches antes. En el barrio nadie se había percatado del allanamiento ni del ataque. Quienquiera que fuese el autor, había escalado dos muros en la oscuridad para llegar hasta la pequeña ventana de la despensa, situada a la altura del jardín y adyacente a la puerta trasera, que estaba cerrada con llave y pestillo. Había roto la ventana para entrar. Minton estaba en su estudio de la planta baja. Según el examen post mortem, le habían golpeado en la cabeza, lo habían estrangulado y después habían seguido golpeando su cuerpo sin vida.
Clarke permaneció en el silencioso vestíbulo tratando de orientarse. Después sacó una carpeta del bolso y releyó el contenido. La víctima tenía setenta y ocho años, no se había casado nunca y llevaba treinta y cinco años viviendo allí. Había estudiado en la George Heriot’s School y en las universidades de St. Andrews y Edimburgo. Había ascendido en las pululantes filas de abogados de la ciudad hasta lograr el cargo de abogado de Su Majestad, lo cual le había servido para ejercer de fiscal en algunos de los juicios criminales más destacados de Escocia. ¿Enemigos? Debió de ganarse muchos en sus momentos de gloria, pero en los últimos años había vivido apartado de los focos. Hacía algún que otro viaje a Londres para sentarse en la Cámara de los Lores. Visitaba casi todos los días su club de Princes Street para leer la prensa y hacer tantos crucigramas como encontrara.
—Un robo que se ha complicado —había afirmado el inspector jefe James Page, el superior de Clarke—. El autor no espera encontrar a nadie en casa. Le entra el pánico. Fin de la historia.
—Pero ¿por qué estrangular y pegar otra vez a la víctima cuando ya estaba muerta?
—Como le decía, le entró el pánico. Eso explica por qué el atacante huyó sin llevarse nada. Probablemente iba colocado y necesitaba dinero para meterse algo más. Buscaba lo típico: teléfonos e iPad, que son fáciles de vender. Pero el aristocrático lord no tenía ese tipo de cosas. Quizá eso molestó a nuestro hombre y descargó su frustración allí mismo.
—Tiene lógica.
—¿Le gustaría verlo por sí misma? —asintió Page lentamente—. Allá vamos, entonces.
Salón, comedor formal y cocina en la planta baja, estancias para el servicio en desuso y despensa en el sótano. Habían tapado con tablones el marco de la ventana de la despensa y habían retirado los fragmentos de cristal para que los examinaran los de la científica. Clarke abrió la puerta trasera y estudió el pequeño y cuidado jardín privado. Lord Minton tenía jardinero, pero en invierno solo iba un día al mes. Lo habían interrogado y había expresado su tristeza, amén de su preocupación porque no había cobrado el mes anterior.
Al subir la silenciosa escalera de piedra hasta el primer piso, Clarke se dio cuenta de que, aparte de un baño, solo había otra habitación. El estudio estaba oscuro y las gruesas cortinas de terciopelo rojo corridas. Por las fotografías que llevaba en la carpeta, pudo ver que el cuerpo de lord Minton había sido hallado delante de su mesa, sobre una alfombra persa que también se habían llevado para examinar. Cabello, saliva, fibras: todo el mundo dejaba algún rastro. La conclusión era que la víctima estaba sentada a la mesa extendiendo cheques para pagar las facturas de gas y electricidad. Había oído un ruido y se había levantado a inspeccionar. No había llegado muy lejos cuando irrumpió el atacante y le golpeó en la cabeza con alguna herramienta. Por el momento no habían descubierto ningún arma, pero el patólogo suponía que se había utilizado un martillo.
La chequera estaba abierta sobre la mesa antigua junto a una pluma aparentemente cara. Había fotos familiares —en blanco y negro, tal vez los padres de la víctima— en marcos de plata. Eran pequeños y un ladrón habría podido echárselos al bolsillo, pero seguían allí. Clarke sabía que habían encontrado la cartera de lord Minton en una chaqueta colgada en el respaldo de la silla, y el dinero y las tarjetas de crédito estaban intactos. También llevaba puesto el reloj de oro.
—No estabas tan desesperado, ¿eh? —murmuró Clarke.
Dos veces por semana iba a limpiar la casa una mujer llamada Jean Marischal. Tenía llave y había encontrado el cuerpo a la mañana siguiente. En su declaración manifestó que el lugar no requería demasiadas atenciones; creía que a «su señoría» le gustaba tener compañía.
En el piso de arriba había demasiadas habitaciones. Una sala de estar y un comedor que no parecían haber recibido nunca una visita; cuatro dormitorios, aunque solo se necesitaba uno. La señora Marischal no recordaba un solo invitado que hubiera pasado la noche allí, ni tampoco una cena u otro tipo de reunión. Clarke no se entretuvo en el cuarto de baño, así que bajó de nuevo al vestíbulo y se quedó allí de brazos cruzados. No habían encontrado huellas, aparte de las de la víctima y la limpiadora. Nadie había visto a gente merodeando ni se sabía de visitas inusuales.
Nada.
Habían convencido a la señora Marischal para que visitara de nuevo la escena aquel mismo día. Si alguien se había llevado algo, ella era su máxima esperanza. Entre tanto, el equipo tendría que parecer ocupado. Se esperaba que lo estuviera. El actual abogado de Su Majestad y el primer ministro querían información de última hora dos veces al día. Habría sesiones para la prensa a las doce y a las cuatro de la tarde, en las que el inspector James Page debería tener algo que anunciar.
El problema era qué.
Cuando se iba, Clarke dijo a la agente apostada fuera que mantuviera los ojos bien abiertos.
—Eso de que el culpable siempre vuelve no es cierto, pero a lo mejor esta vez estamos de suerte...
De camino a Fettes, se detuvo en una tienda y compró dos periódicos. En el mostrador comprobó que contuvieran necrológicas del difunto de un tamaño decente. Dudaba que fuese a averiguar nada que no hubiera encontrado ya rastreando en Internet durante media hora, pero engrosarían la carpeta.
Puesto que lord Minton era quien era, habían decidido instalar al equipo de Incidentes Graves en Fettes en lugar de en Gayfield Square. Fettes —también conocida como «la Casa Grande»— había sido el cuartel general de la policía de Lothian y Borders hasta el 1 de abril de 2013, cuando las ocho regiones policiales del país desaparecieron y fueron sustituidas por una única organización conocida como la Policía de Escocia. En lugar de un jefe de policía, Edimburgo tenía ahora un comisario llamado Jack Scoular, que era solo unos años mayor que Clarke. Fettes era dominio de Scoular, un lugar en el que la administración tenía prioridad y en el que se celebraban reuniones. No había agentes del DIC allí, pero sí contaba con medio pasillo de despachos vacíos, que habían ofrecido a James Page. Dos agentes, Christine Esson y Ronnie Ogilvie, estaban ocupados colgando fotos y mapas en una pared por lo demás desnuda.
—Pensamos que te gustaría la mesa al lado de la ventana —dijo Esson—. Al menos tiene vistas.
Sí, vistas a dos escuelas muy distintas: Fettes College y Broughton High. Clarke echó un vistazo durante tres segundos, colgó el abrigo en el respaldo de la silla y se sentó. Dejó los periódicos encima de la mesa y se concentró en el informe sobre la muerte de lord Minton. Contenía parte de su historial y varias fotografías desempolvadas de los archivos: casos en los que había participado, fiestas en los jardines reales, su primera aparición vestido de armiño.
—Un soltero empedernido —dijo Esson mientras clavaba otra chincheta.
—De lo cual no podemos deducir nada —advirtió Clarke—. Y esa foto está torcida.
—Si haces esto, no.
Esson inclinó la cabeza veinte grados y luego colocó bien la foto. En ella se veía el cuerpo in situ, desplomado sobre la alfombra como si se hubiera quedado dormido a causa de una borrachera.
—¿Dónde está el jefe? —preguntó Clarke.
—En Howden Hall —respondió Ogilvie.
—¿Ah, sí?
En Howden Hall se encontraba el laboratorio forense de la ciudad.
—Dijo que si no volvía a tiempo, la rueda de prensa era toda tuya.
Clarke consultó el reloj: disponía de una hora.
—Su habitual gesto de generosidad —farfulló, y miró la primera necrológica.
Había terminado de leerlas y estaba ofreciéndoselas a Esson para que las colgara en la pared cuando llegó Page, que iba acompañado de un subinspector llamado Charlie Sykes. Normalmente, Sykes trabajaba en el DIC de Leith. Le faltaba un año para jubilarse y más o menos lo mismo para sufrir un infarto, y lo primero trascendía prácticamente en todas las conversaciones que Clarke había mantenido con él.
—Una puesta al día rápida —comenzó Page, jadeando mientras reunía a su brigada—. Las visitas casa por casa continúan, y tenemos a un par de agentes comprobando los circuitos cerrados de televisión de la zona. En algún lugar, alguien está trabajando con un ordenador para comprobar si hay otros casos, en la ciudad o fuera, que encajen con este. Tendremos que seguir entrevistando al círculo de amigos y conocidos del difunto, y alguien tendrá que ir al sótano a repasar la vida profesional de lord Minton con detalle... —Clarke miró en dirección a Sykes. Este le guiñó un ojo, lo cual significaba que algo había ocurrido en Howden Hall. Por supuesto que algo había ocurrido en Howden Hall—. También tenemos que poner la casa y su contenido bajo el microscopio —prosiguió Page.
Clarke se aclaró la garganta ruidosamente y Page dejó de hablar.
—Cualquier novedad que quiera comunicarnos, señor —dijo con sorna—; porque estoy segura de que ya no cree que se trate de un ladrón al que le entró el pánico.
Page agitó el dedo índice en un gesto de advertencia.
—No podemos permitirnos descartar esa posibilidad. Pero, por otro lado, ahora también tenemos esto. —Page sacó una hoja del bolsillo interior de la americana. Era una fotocopia. Clarke, Esson y Ogilvie se acercaron a él para verla mejor—. Estaba doblada dentro de la cartera de la víctima, detrás de una tarjeta de crédito. Una lástima que no la vieran antes, pero igualmente...
La fotocopia era de una nota escrita en letras mayúsculas en un trozo de papel de unos doce centímetros por ocho.
TE MATARÉ POR LO QUE HICISTE.
Se oyó a alguien tomar aire y luego se impuso el silencio absoluto, que rompió un eructo de Charlie Sykes.
—De momento no diremos nada de esto —anunció Page a los allí presentes—. Si se entera algún periodista, rodarán cabezas. ¿Entendido?
—Pero esto lo cambia todo —intervino Ronnie Ogilvie.
—Esto lo cambia todo —reconoció Page asintiendo varias veces.
2
—¿Por qué Fettes? —preguntó Fox aquella noche cuando se sentó frente a Clarke en un restaurante de Broughton Street—. No, déjame adivinar: ¿es para que refleje el estatus de Minton?
Clarke masticó y asintió.
—Si asoman la cabeza altos mandos o políticos, Fettes no tiene ni punto de comparación con Gayfield Square.
—Y es un sitio más agradable para una rueda de prensa. Vi a Page en el canal de noticias, pero a ti no.
—En mi opinión lo hizo bien.
—Si no fuera porque en un caso como este, que no haya noticias no son precisamente buenas noticias. Las primeras cuarenta y ocho horas son cruciales. —Fox se llevó el vaso de agua a los labios—. Quien lo haya hecho tiene que aparecer en nuestros registros, ¿no? ¿O es su primera vez? Eso podría explicar por qué la cagó.
Clarke asintió lentamente, evitando el contacto visual y sin mediar palabra. Fox dejó el vaso encima de la mesa.
—Me ocultas algo, Siobhan.
—Lo estamos manteniendo en secreto.
—¿Estáis manteniendo en secreto qué?
—Lo que no te estoy contando.
Fox esperó, mirándola fijamente. Clarke soltó el tenedor y volvió la cabeza a izquierda y derecha. En el restaurante, dos tercios de las mesas estaban vacías y nadie alcanzaba a oírlos. No obstante, bajó la voz y se inclinó hacia delante hasta situarse a solo unos centímetros del rostro de Fox.
—Había una nota.
—¿La dejó el asesino?
—Estaba escondida en la cartera de lord Minton. Puede que llevara allí días o semanas.
—Entonces, ¿no sabéis con seguridad si era del agresor? —Fox reflexionó al respecto—. De todos modos...
Clarke asintió de nuevo.
—Si Page se entera de que te lo he dicho...
—Entendido. —Fox se recostó en la silla y pinchó un trozo de zanahoria con el tenedor—. Pero esto complica las cosas.
—Dímelo a mí. O mejor no lo hagas. Cuéntame qué tal te ha ido el día.
—Ha llegado una gente de Gartcosh, salidos de la nada. Se han instalado esta tarde y Doug Maxtone está furioso.
—¿Conocemos a alguien?
—Todavía no nos han presentado. Al jefe no le han dicho por qué están aquí, aunque por lo visto le informarán por la mañana.
—¿Podría ser una investigación antiterrorista? —Fox se encogió de hombros—. ¿Son muchos?
—En el último recuento eran seis. Se han instalado en la sala del DIC, lo cual significa que hemos tenido que trasladarnos a una ratonera del pasillo. ¿Qué tal la merluza?
—Está buena.
Pero apenas la había tocado y se había concentrado en la jarra de vino blanco de la casa. Fox se sirvió más agua y vio que la copa de Clarke seguía llena.
—¿Qué decía la nota? —preguntó.
—Quien la escribió prometía matar a lord Minton por algo que había hecho.
—¿Y no era la letra de Minton?
—Estaba escrita en mayúsculas, pero no lo creo. Era un bolígrafo negro barato, no una estilográfica.
—Todo muy misterioso. ¿Crees que es la única nota?
—El equipo de registros llegará a la casa al amanecer. Ya estarían allí si Page hubiera podido organizarlo. Hay presupuesto para los siete días de la semana y todas las horas extra que sean necesarias.
—Tiempos felices.
Fox alzó la copa de agua. El teléfono de Clarke empezó a vibrar. Lo había dejado encima de la mesa, al lado de la copa de vino. Miró la pantalla y decidió contestar.
—Es Christine Esson —explicó a Fox al llevarse el teléfono a la oreja—. ¿No deberías estar descansando en casa, Christine? —Pero, mientras escuchaba, entrecerró un poco los ojos. Con la mano que le quedaba libre cogió la copa de vino como por instinto, pero ahora estaba vacía, al igual que la jarra—. De acuerdo —dijo al fin—. Gracias por avisar.
Clarke colgó y se dio unos golpecitos con el teléfono en los labios.
—¿Y bien? —dijo Fox.
—Han denunciado disparos en Merchiston. Christine acaba de enterarse por un amigo suyo que trabaja en la sala de control. Ha llamado alguien que vive en la misma calle. Un coche patrulla va de camino.
—A lo mejor era una vieja tartana petardeando.
—La persona que ha llamado ha oído cristales que se rompían, por lo visto en la ventana del salón. —Hizo una pausa—. La ventana de una casa que pertenece a un tal señor Cafferty.
—¿Big Ger Cafferty?
—El mismo.
—Interesante, ¿no te parece?
—Gracias a Dios que no estamos de servicio.
—Desde luego. Ni se te pase por la cabeza ir a echar un vistazo.
—Tienes razón.
Clarke cortó un trozo de merluza con el tenedor y Fox la estudió por encima del borde de la copa.
—¿A quién le toca pagar? —preguntó.
—A mí —respondió Clarke, que dejó el tenedor en el plato e hizo un gesto al camarero.
El coche patrulla estaba aparcado encima de la acera con la sirena encendida. Era una calle ancha bordeada de casas de la época victoriana tardía. Las puertas del camino que conducía a la casa de Cafferty estaban abiertas y había una furgoneta blanca. Un par de vecinos habían ido a curiosear. Parecían tener frío y probablemente volverían pronto a casa. Los dos agentes uniformados —un hombre y una mujer— eran conocidos de Clarke, que presentó a Fox y preguntó qué había ocurrido.
—Una mujer que vive enfrente ha oído un estruendo. Aparentemente también se ha producido un fogonazo y ruido de cristales rotos. La mujer se ha acercado a la ventana, pero no ha visto a nadie. Las luces del salón se han apagado, pero se ha dado cuenta de que la ventana estaba rota. Las cortinas estaban descorridas.
—No ha tardado nada en llamar a un cristalero.
Fox señaló con la cabeza hacia la casa de Cafferty, donde un hombre estaba tapando la ventana con una lámina de contrachapado.
—¿Qué dice el inquilino? —preguntó Clarke a los agentes.
—No abre la puerta. Dice que ha sido un accidente y niega que se oyera un disparo.
—¿Y cómo os lo ha dicho?
—Gritando por el buzón cuando intentábamos que nos abriera la puerta.
—Es Big Ger Cafferty. Una especie de gánster, o al menos lo era.
Clarke asintió y vio que a su lado había un perro —un tipo de terrier— olisqueándole la pierna. Clarke lo ahuyentó, pero el animal se sentó sobre las patas traseras y la miró con curiosidad.
—Debe de pertenecer a un vecino —dedujo uno de los agentes—. Cuando hemos llegado andaba arriba y abajo por la acera.
El agente se agachó a acariciar al perro detrás de la oreja.
—Comprobad el resto de la calle —dijo Clarke—. A ver si hay más testigos.
Clarke enfiló el camino hacia la puerta principal y se detuvo al lado del cristalero, que estaba clavando el tablón en el marco de la ventana.
—¿Todo bien por aquí? —preguntó.
Según vio, las cortinas del salón estaban corridas y la estancia a oscuras.
—Ya casi he terminado.
—Somos policías. ¿Podría contarnos qué ha pasado?
—Ha sido una rotura accidental. He tomado medidas y mañana estará como nuevo.
—¿Sabe que los vecinos dicen que esto lo ha hecho una bala?
—¿En Edimburgo?
El hombre sacudió la cabeza.
—Antes de marcharse tendrá que facilitar su información de contacto a mis compañeros.
—Ningún problema.
—¿Había trabajado antes para el señor Cafferty?
El hombre sacudió de nuevo la cabeza.
—Pero sabe quién es, ¿verdad? Entonces, no es descabellado que se haya producido un tiroteo...
—Me ha dicho que ha tropezado y se ha caído contra el cristal. Sucede a menudo.
—Imagino —terció Fox— que le habrá pagado bien para que viniera inmediatamente.
—En mi furgoneta pone «urgencias» porque me dedico a eso, a reparaciones de urgencia. Respuesta inmediata siempre que sea posible.
El hombre hundió el último clavo y evaluó su trabajo. Había una caja de herramientas en el suelo y un banco portátil, sobre el cual había serrado el tablón. En un recogedor estaban los fragmentos de cristal, los más grandes apilados unos encima de otros. Fox se había agachado a examinarlos; al levantarse, la mirada que lanzó a Clarke le indicó que no había visto nada relevante. Ella se volvió hacia la puerta, que parecía maciza, y pulsó el timbre media docena de veces. Al no hallar respuesta, se agachó a abrir el buzón.
—Soy la inspectora Clarke —dijo—. Siobhan Clarke. ¿Podemos hablar un momento, señor Cafferty?
—¡Vuelva con una orden judicial! —gritó una voz desde dentro.
Clarke se acercó al buzón y pudo ver una figura oscura en el pasillo.
—Ha hecho bien en apagar las luces —dijo—. Es un blanco más difícil. ¿Cree que volverán?
—¿De qué está hablando? ¿Ya ha vuelto a beber? Me han dicho que últimamente le ha cogido mucho cariño.
Clarke notó que la sangre le subía a las mejillas, pero logró contenerse al ver la reacción de Fox.
—Podría estar poniendo en peligro su vida y la de sus vecinos. Piénselo, por favor.
—Usted sueña. He chocado contra el cristal y se ha roto. Fin de la historia.
—Si lo que quiere es una orden judicial, puedo conseguir una.
—Pues lárguese y pídala. ¡Déjeme en paz!
Clarke soltó la solapa del buzón y se incorporó con la mirada clavada en Fox.
—Estás pensando que tenemos algo mejor que una orden judicial, ¿verdad? Adelante. —Señaló el teléfono que Clarke llevaba en la mano derecha—. Llámalo...
3
El bar Oxford estaba casi vacío y John Rebus tenía la sala trasera para él solo. Estaba sentado en un rincón, desde donde divisaba la puerta. Era algo que uno aprendía siendo policía. Si entraba alguien que pudiera causar problemas, uno quería verlo con toda la antelación posible. Aunque Rebus no esperaba problemas, allí no.
Además, ya no era policía.
Hacía un mes de su jubilación. Al final se había ido discretamente, sin ostentaciones y rechazando la oferta de una copa con Clarke y Fox. Desde entonces, Siobhan lo había llamado varias veces con pretextos diversos, pero siempre había encontrado alguna excusa para no verla. Incluso Fox se había puesto en contacto con él. ¡Fox! Antiguo miembro de Asuntos Internos, un hombre que había intentado cazar a Rebus muchas veces, con torpes intentos por compartir cotilleos antes de ir al grano.
¿Cómo le iba a Rebus?
¿Lo llevaba bien?
¿Le apetecía que se vieran algún día?
—A la mierda —farfulló Rebus para sus adentros, y apuró su cuarta IPA.
Ya era hora de irse a casa. Cuatro eran muchas. Su médico le había dicho que lo dejara del todo y Rebus pidió una segunda opinión.
—También debería dejar de fumar —le había dicho el doctor.
Rebus sonrió al recordarlo, se levantó del banco y llevó el vaso vacío a la barra.
—¿Una para el camino? —le preguntó el camarero.
—Por hoy ya basta.
Pero, al salir, se detuvo a encender un cigarrillo. Quizá una más, ¿eh? Fuera hacía un frío espantoso y un viento que cortaba la respiración. Un pitillo rápido y de nuevo adentro. Había una chimenea de carbón. La veía por la ventana, sin compartir su calor con nadie ahora que él estaba fuera. Consultó el reloj. ¿Qué otra cosa podía hacer? ¿Pasear por la calle? ¿Ir a casa en taxi, sentarse en el salón y pasar de los libros que había prometido leer? Escucharía música, tal vez se daría un baño y se acostaría. Su vida estaba convirtiéndose en una pista de CD en modo repetición. Cada día era igual al anterior.
Se había sentado un día a la mesa de la cocina a confeccionar una pequeña lista: hacerse socio de la biblioteca, explorar la ciudad, irse de vacaciones, ver películas, empezar a ir a conciertos. En el papel había un cerco de café y pronto lo arrugaría y lo tiraría a la basura. Lo que sí había hecho era organizar su colección de discos, y encontró varias docenas de álbumes que no ponía hacía años. Pero uno de los altavoces no funcionaba bien: los agudos iban y venían. Así que tendría que añadirlo a la lista, o empezar una nueva.
Redecorar.
Sustituir ventanas podridas.
Cuarto de baño nuevo.
Cama nueva.
Moqueta del vestíbulo.
—Sería más fácil un traslado —dijo a la calle vacía.
No hacía falta que tirara la ceniza del cigarrillo; ya lo hacía el viento por él. ¿Volver dentro o ir a casa en taxi? ¿Lanzar una moneda al aire?
Teléfono.
Lo sacó y miró la pantalla. Era Shiv, abreviatura de Siobhan, que no consentía que la llamaran así a la cara. Se planteó no responder, pero pulsó la pantalla y se llevó el aparato a la oreja.
—Interrumpes mi entrenamiento —protestó Rebus.
—¿Qué entrenamiento?
—Estoy pensando correr el maratón de Edimburgo.
—¿Veintiséis pubs, no es eso? Siento fastidiarte el programa.
—Voy a tener que colgar. Me está llamando alguien menos listillo por la otra línea.
—Perfecto. Pensé que podía interesarte saberlo...
—¿Saber qué? ¿Que la policía de Escocia está desmoronándose sin mí?
—Es tu viejo amigo Cafferty.
Rebus hizo una pausa y cambió de parecer.
—Continúa.
—Es posible que alguien le haya disparado.
—¿Está bien?
—Es difícil saberlo. No nos deja entrar.
—¿Dónde estáis?
—En su casa.
—Dadme quince minutos.
—Podemos pasar a recogerte...
Un taxi con la luz naranja encendida había doblado por Young Street. Rebus bajó de la acera y le indicó que parara.
—Quince minutos como máximo —le dijo a Clarke. Y colgó.
—¿Queréis que llame yo al timbre? —preguntó Fox.
Estaba en el escalón de entrada de la casa de Cafferty, flanqueado por Rebus y Clarke. El cristalero había desaparecido, y los agentes del coche patrulla seguían recabando información entre los vecinos. Habían apagado la luz azul parpadeante, que había sido sustituida por el brillo anaranjado de las farolas cercanas.
—Al parecer, quiere comunicarse pegando gritos por el buzón —añadió Clarke.
—Creo que podemos hacer algo mejor —dijo Rebus.
Buscó el número de Cafferty en su teléfono y esperó.
—Soy yo —dijo cuando atendió la llamada—. Estoy delante de la puerta y voy a entrar, así que puedes abrir o esperar a que rompa otra ventana y me cuele entre los destrozos. —Escuchó unos instantes con los ojos clavados en Clarke—. Solo yo. Entendido.
Clarke iba a protestar, pero Rebus sacudió la cabeza.
—Aquí hace un frío que pela, así que hagámoslo rápido y podremos irnos todos a casa. —Guardó el teléfono en el bolsillo y se encogió de hombros—. Yo puedo entrar, porque ya no soy policía.
—¿Eso ha dicho?
—No ha hecho falta.
—¿Has hablado con él últimamente? —añadió Fox.
—Al contrario de la opinión generalizada, no me paso el día confraternizando con gente como Big Ger.
—En su día sí.
—Puede que sea más interesante que otros que me vienen a la cabeza —le espetó Rebus.
Parecía que Fox iba a responder, pero en ese momento se abrió la puerta. Cafferty se encontraba detrás, prácticamente oculto en las sombras. Sin mediar palabra, Rebus entró y la puerta volvió a cerrarse. Siguió a Cafferty hasta el vestíbulo interior. Cafferty pasó por delante de la puerta del salón, que estaba cerrada, y entró en la cocina. Rebus no pensaba seguirle el juego, así que se dirigió al comedor y encendió la luz. Había estado allí antes, pero se habrían producido cambios: un tresillo de cuero negro y un gran televisor de pantalla plana encima de la chimenea. Las cortinas de la ventana voladiza estaban corridas y se disponía a abrirlas cuando entró Cafferty.
—Has recogido casi todos los cristales —comentó Rebus—. Aun así, yo no me arriesgaría a caminar descalzo. Pero al menos las tablas de madera son mejor que la moqueta. Los trozos de cristal son más fáciles de ver.
Con las manos en los bolsillos, se volvió hacia Cafferty. Ahora eran hombres mayores, con una constitución y un pasado similares. Si hubieran estado sentados en un pub, un mirón podría haberlos confundido con dos amigos que se conocen desde el colegio. Pero la historia era otra: peleas y situaciones al borde de la muerte, persecuciones y juicios. La última temporada de Cafferty en la cárcel se acortó porque le habían diagnosticado un cáncer, pero el paciente se recuperó milagrosamente una vez que fue puesto en libertad.
—Felicidades por tu jubilación —dijo Cafferty arrastrando las palabras—. No te acordaste de invitarme a la fiesta. Un momento... Tengo entendido que no la hubo. ¿No te quedan amigos suficientes para llenar siquiera la sala trasera del Ox?
Con gran afectación, Cafferty sacudió la cabeza en un gesto de comprensión.
—Entonces, ¿la bala no te ha alcanzado? —repuso Rebus—. Una lástima.
—Parece que todo el mundo está hablando de esa bala misteriosa.
—Ojalá aún tuviéramos pinchado tu teléfono. Estoy seguro de que minutos después estabas echando la caballería encima a todos los villanos de la ciudad.
—Mira a tu alrededor, Rebus. ¿Ves guardaespaldas? ¿Ves protección? Hace demasiado tiempo que estoy fuera del negocio como para tener enemigos.
—Es cierto que, de un modo u otro, mucha gente a la que odias ha muerto antes que tú. Aun así, los que quedan son suficientes para hacer una lista considerable.
Cafferty sonrió y señaló la puerta.
—Ven a la cocina. Voy a servir unas copas.
—Tomaré la mía aquí, gracias.
Cafferty suspiró, se encogió de hombros y se dio la vuelta. Rebus recorrió la habitación y se encontraba junto a la chimenea cuando volvió Cafferty. No era un trago excesivamente generoso, pero el olfato de Rebus le dijo que era whisky de malta. Bebió un sorbo y lo saboreó antes de tragarlo, mientras que Cafferty optó por engullir el suyo de un trago.
—¿Sigues nervioso? —aventuró Rebus—. No me extraña. Deduzco que no tenías las cortinas echadas. Probablemente creías que no las necesitabas. Hay un buen arbusto entre la casa y la acera. Pero eso significa que estaba en el jardín, justo delante. ¿Qué estabas haciendo? ¿Buscar el mando a distancia, quizá? En ese momento, el hombre no estaba a más de ocho o diez metros. Pero no podías verle: aquí había luz y fuera estaba oscuro. Sin embargo, por alguna razón ha fallado, lo cual significa que, o bien es una advertencia, o bien es un novato. —Rebus hizo una pausa—. ¿Qué opinas tú? A lo mejor ya conoces la respuesta.
Bebió otro trago de whisky y observó a Cafferty mientras se apoltronaba en el sofá de piel.
—Supongamos que alguien ha intentado asesinarme. ¿Crees que sería tan tonto como para quedarme quieto, que no habría salido por piernas?
—Es posible. Pero si no tienes ni idea de quiénes están detrás de esto, eso no te ayudará a encontrarlos. A lo mejor te has armado hasta los dientes, has pedido unos cuantos favores y estás haciendo tiempo hasta que lo intenten otra vez. Morris Gerald Cafferty preparado es una criatura muy distinta de la que han cogido desprevenida.
—Así que cuando te digo que había tomado una copa de más, que he tropezado y me he chocado contra la ventana...
—Tienes todo el derecho del mundo a mantener tu versión. Yo ya no soy policía; no puedo hacer absolutamente nada. Pero si crees que necesitas ayuda, Siobhan está fuera y yo de ti le confiaría la vida. Probablemente le confiaría incluso la mía.
—Lo tendré en cuenta. Por mi parte, espero no haber interrumpido lo que sea que hacen los polis como tú cuando cuelgan las botas.
—Normalmente nos pasamos el día recordando a la escoria que hemos metido en la cárcel.
—Y a los que escaparon también, qué duda cabe.
Cafferty volvió a ponerse en pie. Actuaba como un anciano, pero Rebus estaba convencido de que podía ser peligroso si se veía arrinconado o amenazado. Seguía teniendo la mirada dura y fría, unos ojos que reflejaban la inteligencia calculadora que se ocultaba detrás.
—Dile a Siobhan que se vaya a casa —le indicó Cafferty—. Y lo de ir puerta a puerta es una pérdida de tiempo y energía. Es solo una ventana rota. Es fácil de arreglar.
—Pero las cosas no son así, ¿verdad? —Rebus había seguido a Cafferty unos pasos, pero se detuvo junto a la pared opuesta a la ventana voladiza. Allí había un cuadro y, cuando Cafferty se volvió hacia él, Rebus lo tocó con la yema del dedo—. Este cuadro estaba allí —señaló otra pared con la cabeza—. Y ese pequeño estaba aquí. Se nota en las zonas donde la pintura es más clara. Eso significa que los han cambiado recientemente.
—Me gustan más así.
Cafferty tenía la mandíbula apretada. Rebus sonrió tímidamente, extendió los brazos y quitó el cuadro más grande de su alcayata. Cubría una muesca pequeña y casi circular en el yeso. Cerró un ojo y miró más de cerca.
—Has sacado la bala —comentó—. Nueve milímetros, ¿verdad? —Buscó el teléfono en el bolsillo—. ¿Te importa que haga una foto para mi álbum de recortes?
Pero Cafferty lo agarró del antebrazo.
—John, déjalo, ¿de acuerdo? —dijo—. Sé lo que me hago.
—Entonces cuéntame qué está pasando aquí.
Cafferty sacudió la cabeza y soltó el brazo de Rebus, que agarraba férreamente.
—Vete —dijo en un tono más suave—. Disfruta los días y las horas. Esto ya no es asunto tuyo.
—Entonces, ¿por qué me has dejado entrar?
—Ojalá no lo hubiera hecho. —Cafferty señaló el agujero—. Pensaba que estaba siendo inteligente.
—Ambos lo somos. Por eso hemos durado tanto.
—¿Piensas contárselo a Clarke? —preguntó, refiriéndose al agujero de bala.
—Puede. Y es posible que vaya a buscar esa orden judicial.
—Cosa que no te llevará a ningún sitio.
—Al menos el agujero descarta una teoría.
—¿Cuál?
—Que disparaste tú mismo la pistola desde aquí. —Rebus señaló la ventana con la cabeza—. A alguien que estaba ahí fuera.
—Menuda imaginación tienes.
Ambos se miraron y Rebus resopló ruidosamente.
—Supongo que es mejor que me vaya. Ya sabes dónde encontrarme si me necesitas.
Rebus colgó de nuevo el cuadro y aceptó la mano que le tendía Cafferty. Fuera, Clarke y Fox esperaban en el coche de este. Rebus se montó en la parte de atrás.
—¿Y bien? —preguntó Clarke.
—Hay un agujero de bala en la pared del fondo. La ha sacado y de momento no tiene ninguna intención de entregárnosla.
—¿Crees que sabe quién fue?
—Diría que no tiene ni idea. Eso es lo que le asusta.
—¿Y ahora qué?
—Ahora —dijo Rebus, que se inclinó hacia delante y dio una palmada en el hombro a Fox— me lleváis a casa.
—¿Estamos invitados a tomar café?
—Es un piso, no un puto bar. Cuando me dejéis, vosotros, que sois jóvenes, podéis terminar la noche donde más os apetezca. —Rebus miró al terrier, que observaba a los ocupantes del vehículo desde la acera con la cabeza inclinada—. ¿De quién es ese chucho?
—No lo sé. Los agentes han preguntado por aquí pero nadie ha echado en falta una mascota. No será de Cafferty, ¿verdad?
—Es poco probable. Las mascotas requieren cuidados y ese no es su estilo. —Rebus había sacado el tabaco del bolsillo—. ¿Os importa que fume?
—Sí —dijeron ambos al unísono.
El perro seguía observándolos cuando el coche inició la marcha. Rebus temía que empezara a seguirlos. Clarke se volvió hacia el asiento trasero.
—Estoy bien —le dijo Rebus—. Gracias por preguntar.
—Todavía no lo había hecho.
—No, pero estabas a punto.
—Me alegro de verte.
—Sí, yo también —dijo Rebus—. ¿Cabría la posibilidad de que Jackie Stewart pisara un poco el acelerador? En la meta hay un pitillo que lleva mi nombre...
En la cocina, Cafferty se sirvió otro whisky, añadió un poco de agua del grifo y lo apuró en dos tragos. Expulsó aire entre los dientes, dejó el vaso vacío encima de la mesa y se pasó las manos por la cara. La casa estaba cerrada con llave y había comprobado todas las puertas y ventanas. Del bolsillo sacó la bala, que estaba comprimida por el impacto. Era de nueve milímetros, tal como había conjeturado Rebus. En su día, Cafferty guardaba una pistola de ese calibre en la caja fuerte de la sala de estar, pero tuvo que deshacerse de ella. Dejó la bala deforme junto al vaso de whisky vacío, abrió un cajón y, al fondo, encontró lo que estaba buscando: la nota que alguien había dejado en el buzón unos días antes. La desdobló y volvió a leerla:
TE MATARÉ POR LO QUE HICISTE.
Pero ¿qué había hecho Cafferty? Cogió una silla, se sentó y empezó a pensar.
SEGUNDO DÍA
4
A la mañana siguiente, Doug Maxtone pidió a Fox que saliera de la atestada oficina y lo acompañara al pasillo de la comisaría de St. Leonard’s, donde no había nadie.
—Acabo de recibir noticias de nuestros amigos del oeste —dijo Maxtone.
—¿Algo que pueda comentar?
—Hemos hablado de la petición de «apoyo complementario» que mencioné ayer...
Maxtone guardó silencio y esperó. Fox se golpeteó el pecho con el dedo y observó mientras su jefe asentía lentamente.
—Usted trabajaba en Asuntos Internos, Malcolm, así que sabe cómo mantener la boca cerrada. —Maxtone hizo una pausa—. Pero también es un experto en espionaje. Será usted mis ojos y mis oídos ahí fuera, ¿entendido? Quiero partes con regularidad. —Consultó su reloj—. En un minuto, llamará usted a la puerta. Para entonces, ya sabrán cuánto deben contarle y cuánto creen que pueden ocultar.
—Me parece recordar que querían vetar a posibles candidatos.
Maxtone hizo un gesto negativo.
—He dejado muy claro que usted es nuestra única oferta.
—¿Saben que antes trabajaba en Asuntos Internos?
—Sí.
—En ese caso, imagino que me recibirán con los brazos abiertos. ¿Algún otro consejo?
—El jefe se llama Ricky Compston. Es un cabrón enorme con la cabeza afeitada. Típico de Glasgow: cree que está de vuelta de todo y que nosotros nos pasamos el día indicando a los turistas dónde está el castillo. —Maxtone hizo una pausa—. Los demás no se han molestado en presentarse.
—Pero ¿le han dicho por qué están aquí?
—Guarda relación con...
Maxtone frenó en seco cuando se abrió la puerta de la sala del DIC y apareció un rostro que los fulminó con la mirada.
—¿Es él? —preguntó con brusquedad—. Cuando esté listo...
La cabeza desapareció y la puerta quedó entreabierta.
—Será mejor que vaya a saludar —dijo Fox a su jefe.
—Hablamos al final de la jornada.
Fox asintió y se fue. Se detuvo delante de la puerta, concediéndose un momento, y luego la abrió de par en par. Dentro había cinco personas, todas de pie, la mayoría de ellas de brazos cruzados.
—Cierre la puerta —dijo el que la había abierto primero.
Fox dedujo que aquel era Compston. Tenía más o menos las dimensiones y la apariencia general de un toro. No se estrecharon las manos. Fueron directos al grano.
—Para que quede constancia —anunció Compston—, todos sabemos que esto es una mierda, ¿verdad? —Parecía esperar respuesta, así que Fox realizó un gesto que podía interpretarse como afirmativo—. Pero, por un espíritu de cooperación, aquí estamos. —Compston extendió un brazo y describió un arco. En las mesas apenas había nada, tan solo ordenadores portátiles y teléfonos móviles enchufados a sus cargadores. Casi no había papeles y las paredes estaban desnudas. Compston dio un paso al frente, llenando el campo de visión de Fox, para que supiera quién estaba al mando—. Ya sé qué piensa su jefe: cree que irá a verlo cada cinco minutos con el último cotilleo. Pero eso no sería muy inteligente, inspector Fox, porque, si se filtra algo, estoy tan seguro como de que he echado una cagada hace un rato que no será responsabilidad de mi equipo. ¿Está claro?
—En el cajón tengo lactulosa, si puede servirle de algo. —Uno de los agentes soltó una risilla por debajo de la nariz e incluso Compston dibujó una leve sonrisa—. Como ya saben, antes trabajaba en Asuntos Internos —prosiguió Fox—. Eso significa que mi club de fans aquí cuenta ni más ni menos que con cero socios. Probablemente eso explique por qué me ha elegido Maxtone. Así no tiene que aguantarme. Además, dudo de que crea que esto vaya a ser una fiesta continua. Puede que me necesiten ustedes y puede que no. Me parece perfecto quedarme sentado jugando al Angry Birds el tiempo que dure todo esto. Seguirán ingresándome la nómina en el banco.
Compston estudió al hombre que tenía delante y luego volvió la cabeza hacia su equipo.
—¿Cuál es vuestra valoración inicial?
—El típico gilipollas de Asuntos Internos —respondió un hombre que llevaba una camisa azul claro y que parecía ejercer de portavoz del grupo.
Compston arqueó una ceja.
—Alec no suele ser tan efusivo. Por otro lado, casi nunca se equivoca con la gente. Efectivamente, es un gilipollas de Asuntos Internos, así que vamos a sentarnos y pongámonos cómodos.
Tomaron asiento y finalmente hicieron las presentaciones. El de la camisa azul era Alec Bell. Debía de rondar la cincuentena; era cinco o seis años mayor que Compston. Un agente más alto, joven y desnutrido respondía al nombre de Jake Emerson. La única mujer se llamaba Beth Hastie. A Fox le recordaba un poco a la primera ministra: tenían más o menos la misma edad, cabello y forma facial. Por último estaba Peter Hughes, probablemente el más joven del equipo y enfundado en una chaqueta tejana con parches y vaqueros negros.
—Pensaba que eran seis en total —comentó Fox.
—Bob Selway anda ocupado en otras cosas —explicó Compston.
Fox esperó más información.
—Eso suman cinco —dijo.
Los miembros del equipo se miraron. Compston se sorbió la nariz y cambió de postura.
—Exacto —respondió.
Fox se percató de que no se habían mencionado rangos. Estaba claro que Compston llevaba las riendas y que Bell era su mano derecha. Los otros parecían soldados rasos. Si tuviera que hacer una suposición, diría que se conocían desde hacía poco.
—Sea cual sea su cometido, necesitarán que exista una vigilancia —dijo Fox—. Comprenderán que la vigilancia era una parte importante de mi trabajo, así que en ese aspecto podría resultarles útil.
—De acuerdo, listillo. ¿Cómo lo sabe?
Fox se quedó mirando fijamente a Compston.
—Selway anda «ocupado en otras cosas». Por su parte, Hughes va vestido para no llamar la atención en determinadas situaciones. Se le ve bastante cómodo, además, lo cual significa que ya lo ha hecho antes. —Fox hizo una pausa—. ¿Voy bien?
—¿De verdad que Maxtone no se lo dijo?
Fox sacudió la cabeza y Compston respiró hondo.
—Habrá oído hablar de Joseph Stark...
—Supongamos que no.
—Su jefe tampoco había oído hablar de él. Increíble. —Compston sacudió la cabeza con afectación—. Joe Stark es un gánster de Glasgow de muy mala reputación. Tiene sesenta y tres años y no está dispuesto a pasar el testigo a su hijo...
—Dennis —interrumpió Alec Bell—, también conocido como un mierda repugnante.
—Hasta el momento coincido con usted —dijo Fox.
—Últimamente, Joe y Dennis, junto con algunos de sus hombres, han estado disfrutando de un pequeño viaje por carretera. Primero Inverness y luego Aberdeen y Dundee.
—¿Y ahora están en Edimburgo?
—Llevan un par de días aquí y no parece que vayan a moverse.
—¿Y los han tenido vigilados en todo momento? —preguntó Fox.
—Queremos saber qué se traen entre manos.
—¿No lo saben?
—Tenemos una corazonada.
—¿Me dirán de qué se trata?
—Es posible que estén buscando a un tal Hamish Wright. Vive en Inverness, pero tiene amigos en Aberdeen, Dundee...
—Y aquí.
—Digo «amigos», pero contactos sería una descripción más acertada. Wright regenta una empresa de transporte, lo cual significa que tiene camiones viajando hasta las Hébridas Occidentales, Orcadas y Shetland, e incluso Irlanda y el continente.
—Sería el hombre perfecto para distribuir algo ilegal. —Habían entregado a Fox una fotografía de Wright y estaba estudiando su rostro. Era rollizo y pecoso, y tenía el cabello pelirrojo y rizado—. Tiene la pinta escocesa de alguien que se llame Hamish —comentó.
—Sí.
—¿Está transportando droga?
—Por supuesto.
—¿Para los Stark? —Fox vio que Compston asentía—. ¿Y por qué no le han detenido?
—Estábamos a punto de hacerlo.
—Pero pensamos que cazaríamos también a Stark y a su hijo —añadió Bell—. Entonces, Wright desapareció.
—¿Y Stark es la mejor opción para encontrarlo? —Fox asintió para indicar que lo entendía—. Pero ¿por qué está tan interesado Stark?
—Tiene que haber alguna razón —dijo Compston.
—¿Relacionada con el dinero?
—Con el dinero y la mercancía, sí.
—¿Y dónde están Stark y sus hombres? ¿Con quién están hablando?
—Ahora mismo están en una cafetería de Leith. Se hospedan en un hostal situado cerca de allí.
—¿Los está vigilando Bob Selway?
—Hasta que yo lo releve en cuarenta minutos —intervino Peter Hughes.
—¿Cree que el joven Peter pasará desapercibido? —preguntó Compston a Fox—. Estábamos pensando si hoy por hoy no le vendría bien una barba hipster en vista de lo moderno que se ha puesto Leith.
—Como si tuviera edad suficiente para dejarse barba —dijo Alec Bell con un resoplido.
Hughes le dedicó una peineta, pero ya parecía haber oído antes todas aquellas bromas. Fox notó que el equipo estaba ablandándose un poco. No es que lo aceptaran, pero estaban dejando de verlo como una amenaza inminente.
—Así están las cosas y esa es la razón por la que estamos aquí —dijo Compston encogiéndose de hombros—. Y si nos permite ponernos manos a la obra, le dejaremos con su Angry Birds.
Pero Fox tenía una pregunta.
—¿Stark y sus hombres estuvieron en la ciudad ayer por la noche? ¿Qué hicieron?
—Cenaron y tomaron unas copas.
—¿Los vigilaron toda la noche?
—Casi. ¿Por qué?
Fox torció el gesto.
—Imagino que habrá oído hablar de Morris Gerald Cafferty, conocido como Big Ger.
—Supongamos que no.
—Increíble —dijo Fox—. Hasta hace poco era un pez gordo de la costa este. Tiene más o menos la misma edad que ese Joe Stark.
—¿Y?
—Al parecer, alguien decidió dispararle ayer por la tarde, alrededor de las ocho.
—¿Dónde?
—En su casa. El tirador estaba fuera y Cafferty dentro, lo cual significa que pudo ser algún tipo de advertencia.
Compston se pasó la mano por la mandíbula.
—Interesante.
Miró a Alec Bell, que se encogió de hombros.
—«De siete a nueve estuvieron en Abbotsford» —recitó Bell—. «Copa en el bar, comida en el restaurante del piso de arriba».
—¿Y dónde estábamos nosotros?
—Peter estuvo en el bar en todo momento.
Hughes asintió.
—Aparte de una pausa rápida para mear. Pero Beth estaba apostada fuera.
—Al final de Rose Street, a veinte metros de distancia como máximo —confirmó Beth Hastie.
—Probablemente no haya nada, entonces —dijo Compston, que no logró dar credibilidad a sus palabras. Después, a Fox—: ¿Cree que su hombre, Cafferty, tenía tratos con los Stark?
—Puedo intentar averiguarlo. —Fox hizo una pausa—. Suponiendo que estén dispuestos a confiar en mí hasta ese extremo.
—¿Conoce a Cafferty lo suficiente para hablar con él?
—Sí.
Fox logró no pestañear.
—¿Puede mencionar a los Stark sin que sospeche que están sometidos a vigilancia?
—Por supuesto.
Compston miró a los otros miembros de su equipo.
—¿Vosotros qué opináis?
—Es arriesgado —contestó Hastie.
—Coincido —farfulló Alec Bell.
—Pero Fox tiene razón en una cosa —dijo Compston mientras se ponía en pie—. Los Stark llegan a la ciudad y, casi de inmediato, alguien dispara a la competencia en su propia casa. Podría ser un mensaje. —Sus ojos se clavaron en los de Fox—. ¿Cree que puede hacerlo?
—Sí.
—¿Cómo?
Fox se encogió de hombros.
—Me limitaré a charlar con él. Se me da bastante bien interpretar a la gente. Si sospecha de los Stark, puede que suelte algo. —Hizo una pausa—. Supongo que tienen acceso a un arma... —Alec Bell resopló—. Lo interpretaré como un sí. —Luego, a Compston—: Bueno, ¿hablo con él o no?
—Pero no dé una sola pista sobre el dispositivo de vigilancia.
Fox asintió y después señaló a la figura silenciosa y cadavérica de Jake Emerson.
—No habla mucho, ¿no?
—Delante de Asuntos Internos no —dijo Emerson con desdén—. Sois todos bazofia.
—¿Lo ve? —terció Compston con una sonrisa—. Jake suele guardarse sus opiniones para él, pero, cuando habla, siempre merece la pena escucharlo. —Tendió una mano a Fox—. Está usted en periodo de prueba, pero, por si sirve de algo, bienvenido a la Operación Júnior.
—¿Júnior?
Compston sonrió con frialdad.
—Si tiene usted madera de detective, ya averiguará por qué —dijo al soltarle la mano.
5
Fox se encontraba delante del edificio de cuatro plantas de Arden Street, y realizó la llamada con la mirada fija en una ventana del segundo piso.
—¿Qué quieres? —preguntó Rebus.
—¿Estás en casa?
—Todavía falta una hora para la partida de bolos.
—¿Utilizarás el pase de autobús para ir?
—Cada vez eres más agudo. De eso sirve una temporada en el DIC.
—¿Puedo subir?
El rostro de Rebus apareció en la ventana.
—Estaba a punto de bajar a la tienda.
—Te acompaño. Pensé que podríamos hablar de Cafferty.
—¿Y por qué íbamos a hablar de él?
—Te lo cuento cuando bajes.
Fox colgó y sostuvo el teléfono lejos de su cuerpo para mayor efecto. Rebus permaneció unos instantes al lado de la ventana y desapareció. Dos minutos después, envuelto en un abrigo tres cuartos de lana negra, salió a la calle. Dobló a la izquierda y empezó a subir la cuesta con Fox detrás.
—Antes de que preguntes, he bajado el ritmo —informó a Fox mientras sacaba un cigarrillo de un paquete casi vacío.
—¿Has probado a vapear?
—Odio esa palabra.
—¿Pero lo has probado?
—Un par de veces. No es lo mismo. —Rebus se detuvo un momento para encender el cigarrillo—. ¿Hay noticias de Cafferty?
—No exactamente.
Rebus miró a Fox por primera vez desde que este salió del edificio.
—¿Así que lo de Cafferty era un pretexto?
Echó a andar de nuevo.
—¿Te suenan de algo los nombres de Joe y Dennis Stark?
—Joe es un viejo matón de Glasgow. Su hijo no le va muy a la zaga.
—¿Has tratado con alguno de los dos?
—No.
—¿Es posible que Cafferty sí?
—Casi seguro. Es imposible que una ciudad pise el territorio de otra sin que estalle una guerra.
—¿Así que los dos han mantenido reuniones?
—Y sus equivalentes de Aberdeen, quizá Dundee...
—Eso es interesante.
—¿Por qué?
—Porque los Stark han visitado esos lugares recientemente.
—¿Qué estás pensando, Malcolm? —Rebus miró a Fox—. Y, por cierto, ¿tú y Siobhan os acostáis?
—¿Te molestaría que fuera así?
—Siempre cuidaré de ella. Si alguien le hace daño, tendrá que responder ante mí.
—Es adulta, John. Puede que sea incluso más dura que tú y que yo.
—Puede, pero te lo digo para que lo sepas.
—Somos amigos, eso es todo.
Habían doblado la esquina al final de la calle. Al otro lado había un Sainsbury’s, y Rebus se detuvo junto a la puerta, dio un par de caladas y pisó la colilla.
—Ni siquiera me lo he fumado todo —dijo—. No olvides decírselo a Siobhan. No has contestado a mi pregunta.
Fox entró detrás de él en la tienda.
—¿Qué pregunta?
—¿Por qué quieres información sobre los Stark?
—Llegaron a la ciudad hace un par de días. Quería saber si puede haber algún motivo para que vayan a por Cafferty.
Rebus entrecerró los ojos mientras cogía una cesta y guardó silencio al enfilar el primer pasillo. Café instantáneo, una barra de pan pequeña, un litro de leche y paquetes de ristras de salchichas y bacón. Cuando pasaron al lado del vino y la cerveza, Rebus hizo un gesto con la mano que le quedaba libre.
—Dile que no he comprado una sola lata o botella.
Sin embargo, en el mostrador añadió otro paquete de tabaco a la compra, además de un bollo de salchicha pasado por la plancha.
—Un hombre tiene que tener algún vicio —dijo cuando se dirigía a la salida. Fuera, retiró un poco el envoltorio de papel y dio un bocado. Las migas de hojaldre le salpicaron las solapas del abrigo—. ¿Qué quieres que haga? —preguntó.
Fox se metió las manos en los bolsillos y encogió los hombros para protegerse de la gélida brisa.
—¿Cafferty hablaría conmigo sobre los Stark?
—¿Crees que Joe Stark es responsable de lo de ayer por la noche?
—O su hijo. Una venganza por algún agravio.
—No sé si Dennis habría fallado. Debe de haber practicado un poco en todos estos años.
—Entonces era una advertencia, alguien que intentaba meter miedo a Cafferty. Tienes que reconocerlo: es raro que pase esto el día después de que los Stark lleguen a la ciudad.
—Eso es cierto —reconoció Rebus—. Pero imagínate que se lo mencionamos a Cafferty...
—Sí...
—Bueno, podría querer estudiar esa posibilidad.
—Podría —coincidió Fox.
—Y las cosas podrían ponerse feas.
Fox asintió lentamente mientras Rebus masticaba. Cuando dejó de hacerlo y esbozó una sonrisa, Fox supo que había cumplido su cometido.
Era la hora del almuerzo y el Golden Rule estaba casi vacío. La barra principal estaba unida por unas escaleras a una zona más amplia con mesas en la que había otra barra, solo abierta cuando había muchos clientes. Tenían la sala para ellos. Cafferty parecía cómodo, sentado a una mesa esquinera lejos de la ventana. Delante tenía un whisky doble. Rebus llevaba una pinta en la mano, mientras que Fox, que iba un par de escalones por detrás, no había pedido nada.
—Malcolm Fox, ¿verdad? —Cafferty le tendió una mano y Fox se la estrechó—. Según tengo entendido, ya no trabaja en Asuntos Internos. Imagino que ahora que John se ha retirado le parecerá que el trabajo ya no supone ningún reto.
Hizo un brindis mirando a ambos y bebió un sorbo.
—Gracias por acceder a reunirse conmigo —dijo Fox.
—No me reúno con usted, hijo. Me reúno con su excompañero. Siempre merece la pena averiguar qué pasa en esa cabeza suya.
—Que así sea...
Cafferty aleteó una mano para indicar a Fox que parara. Alrededor de la mesa reinaba el silencio, interrumpido solo por el sonido del televisor de la lejana barra. Finalmente, Rebus dejó el vaso encima de la mesa y habló.
—Anoche te dispararon; eso lo sabemos todos. La mayoría de tus enemigos más obvios desaparecieron hace mucho tiempo...
—Exceptuándote a ti —dijo Cafferty, alzando el vaso otra vez.
—Pero entonces el inspector Fox descubre que Joe Stark y su hijo están en la ciudad.
—¿Todavía no han encerrado a Dennis? —preguntó Cafferty haciéndose el sorprendido.
—Estamos pensando si podría haber alguna conexión —prosiguió Rebus—. Me he pasado la noche dándole vueltas y solo se me ocurren un par o tres de nombres.
—Ah, esto me interesa. ¿Qué nombres?
—Billy Jones.
—Por lo que sé, vive en Florida.
—Eck Hendry.
—Se fue a vivir con su hija a Australia. Creo que hace un par de meses sufrió una embolia.
—Darryl Christie.
Los labios de Cafferty formaron una O.
—Ah, el joven Darryl.
—Antes era tu protegido.
—Nunca lo ha sido. Darryl siempre se ha valido por sí mismo. Le va muy bien, según me han dicho. Está ampliando el negocio y no tiene una sola mancha en su expediente. —Miró a Rebus a los ojos—. Es como si tuviera a la ley de su parte.
—A lo mejor siempre ha sido un poco más astuto que tú.
—Debe de ser eso —coincidió Cafferty fingidamente—. Pero dudo que me considere una amenaza para sus intereses, al menos ahora mismo.
—No parece que esté usted seguro al cien por cien —terció Fox, que no pudo evitar interrumpirlo.
—Vivimos en una época de incertidumbre. No hace ni seis meses creíamos que pronto seríamos un país independiente.
—Todavía podríamos serlo.
—¿Y no sería un plan excelente?
Cafferty sonrió por detrás del vaso y se lo llevó a los labios.
—Hay algo que debes saber sobre Big Ger —explicó Rebus a Fox—: si parece que está ofreciéndote algo, es que está jugando. No descarta a Darryl Christie, quizá con la esperanza de que busquemos a Darryl y averigüemos algo, algo ventajoso para el propio Big Ger.
Cafferty guiñó un ojo a Fox.
—Parece que me conoce mejor que yo mismo. Me ahorro una fortuna en terapia. —Luego, desviando su atención otra vez hacia Rebus—: Pero me tienes intrigado. ¿Por qué está aquí Joe Stark?
—Sea lo que sea, obviamente no va a compartirlo contigo.
—Su hijo pronto estará al mando de todo. A lo mejor Joe está presentándolo en sociedad.
—Es una teoría —reconoció Rebus.
—Hasta que hay pruebas, todo lo es. ¿Irás a preguntarle a Darryl?
Rebus aguantó la mirada de Cafferty.
—¿Olvidas que estoy jubilado?
—¿Usted qué opina, inspector Fox? ¿Se comporta Rebus como un hombre al que han llevado ya al desguace? Hablará con Darryl. Él y Darryl son viejos amigos. ¿No se hacían favores el uno al otro no hace tanto?
—No creas todo lo que te cuentan —dijo Rebus, que se levantó y se puso el abrigo.
—¿No te acabas la bebida? —Cafferty señaló la pinta, que estaba medio llena—. Supongo que hay una primera vez para todo. —Luego, extendiendo de nuevo la mano—: Me alegro de verle, inspector Fox. Salude a la perfumada Siobhan de mi parte. Y, por favor, dígale que está usted chupándole rueda a Rebus. Es muy posible que pueda darle un sabio consejo al respecto.
Cafferty soltó una pequeña carcajada, que no hizo sino intensificarse cuando Fox se negó a estrecharle la mano y siguió a Rebus hacia la salida.
6
Clarke se pellizcó el tabique nasal y cerró los ojos con fuerza. Durante casi tres horas había estado leyendo acerca de David Minton: su infancia, su educación, su trayectoria en el mundo del derecho, su fallido intento por convertirse en parlamentario conservador y su posterior título de noble. Como abogado de Su Majestad, había podido hablar en el Parlamento escocés, pero la administración actual había modificado su papel, de modo que ya no asistía a las reuniones del gabinete. El compañero más cercano a Minton era la agente de la Corona Kathryn Young. Esta estaba presionando a Page y su equipo; llamó por teléfono cuatro veces y se presentó sin avisar en dos ocasiones. Lo mismo ocurrió con la procuradora general, que al menos hizo que uno de sus esbirros ejerciera de inquisidor; era más fácil despedirlo a él que a la propia agente de la Corona.
Clarke creía saber algo sobre el mundo del derecho. En su trabajo pasaba mucho tiempo con abogados de la fiscalía. Pero aquello estaba por encima de su salario y tenía problemas para esclarecer la función del abogado de Su Majestad. Pertenecía al gobierno, pero no estaba en el gobierno. Dirigía el servicio de la fiscalía, pero su papel como asesor legal del gobierno de la época entrañaba complicaciones, a saber, posibles conflictos de intereses. Después del traspaso de competencias, el cargo de abogado de Su Majestad ya no contemplaba la prebenda de un título nobiliario vitalicio, pero el nombramiento de Minton era anterior a la instauración del Parlamento escocés. Era inusual en el sentido que había decidido no convertirse en juez una vez que hubo terminado su trabajo como abogado de Su Majestad, algo que solo había hecho otro compañero, lord Fraser de Carmyllie.
¿Y qué función desempeñaba la procuradora general?
Luego estaba el fiscal general de Escocia, que asesoraba al gobierno británico en cuestiones de ley escocesa. Vivía en Londres, pero tenía una oficina en Edimburgo, y había habido llamadas telefónicas de ambas. La fiscal (en realidad una delegada del fiscal) adjunta al caso Minton se llamaba Shona MacBryer. Clarke había trabajado con ella en el pasado y le caía muy bien. Era avispada y meticulosa, pero lo bastante relajada como para poder bromear con ella. Había ido a ver a Page varias veces, pero Clarke todavía no había pedido de rodillas una breve explicación sobre la jerarquía legal escocesa. Ningún agente de policía quería que un abogado los considerara más estúpidos de lo que ya los consideraban la mayoría de los abogados.
A falta de algo mejor que hacer, Clarke se dirigió a la cafetería —lo bueno de Fettes es que al menos tenía cafetería— y se sentó a una mesa con una taza de té y un Twix. Estaba recordando que Malcolm Fox trabajó allí durante toda su estancia en Asuntos Internos. No creía que se hubiera adaptado todavía al DIC. Era un buen tipo, quizá demasiado. Visitaba a su padre en la residencia de ancianos casi todos los fines de semana y llamaba a su hermana de vez en cuando en un intento fallido de reconciliarse con ella. A Clarke le gustaba estar con él, y no porque lo considerara un gesto caritativo, como le había explicado semanas antes. Su respuesta —«Por supuesto, yo tampoco lo hago por caridad»— la había enfurecido, y no había mediado palabra durante el resto de la película que estaban viendo. Aquella misma noche, había contemplado su reflejo en el espejo del cuarto de baño.
—Cabrón engreído —había dicho en voz alta—. Soy una joya.
Y, para rematarlo, había dado varios puñetazos a la almohada antes de conciliar el sueño.
—¿Le importa que me siente?
Clarke levantó la cabeza y vio a James Page, taza de café en mano.
—Claro que no —dijo.
—Parecía que estaba pensando en cosas importantes.
—Siempre.
Page dio un sonoro sorbo a su taza.
—¿Estamos progresando? —preguntó.
—Hacemos lo que podemos. Todos los ladrones de la ciudad han sido puestos sobre aviso: si nos dan un nombre, tendrán un amigo cuando lo necesiten.
—De momento no ha surtido efecto...
—X delata a Y, Y a Z y Z a X.
—En otras palabras, no son optimistas.
—Optimistas, no; curiosos, sí.
—Continúe.
Page volvió a sorber sonoramente. Las pocas veces que se habían visto —hacía ya un tiempo—, había hecho lo mismo, con independencia de si la bebida estaba caliente, tibia o fría. Ella le había pedido que parara, pero Page era incapaz y no le suponía problema alguno.
—Primero tiene que dejar esa taza hasta que yo me vaya. —Page intentó mirarla fijamente, pero acabó cediendo—. Al principio —prosiguió Clarke— dejamos a un lado la vida privada de Minton. Pensamos que era un robo que se había complicado. Pero la nota lo cambia todo. El difunto hizo algo que molestó a alguien.
—Probablemente en su vida profesional, no en su vida privada —advirtió Page.
—Esa es la razón por la que Esson y Ogilvie están escrutando varios años de casos y juicios. La cuestión es que debía ser un caso muy importante para que alguien llegara a la conclusión de que la presunta injusticia merecía una amenaza de muerte, ¿no cree? Además, tenía que ser algo reciente. De lo contrario, ¿por qué mostrarse tan encolerizado de repente?
—A lo mejor el culpable acaba de salir de la cárcel.
—También tenemos a alguien comprobando historiales. Pero puede que estemos abordando el asunto de la manera equivocada. Por lo que he descubierto sobre lord Minton, es casi demasiado perfecto. Todo el mundo tiene secretos.
—Hemos registrado su casa y hemos examinado el contenido de sus ordenadores personales y de trabajo. No hay correos electrónicos inusuales o acusatorios. En su oficina dicen que no han recibido cartas fuera de lo común. He preguntado y, aunque el correo electrónico fuera privado o personal, lord Minton había dado instrucciones de que lo abrieran. No hubo llamadas telefónicas; hemos comprobado su teléfono fijo y el móvil. Ahí no hay nada, Siobhan.
—Entonces, ¿de qué estamos hablando? ¿De un caso de identidad errónea? ¿De una nota enviada a la persona equivocada, de una ventana rota en la despensa de la casa equivocada? —No pudo evitar pensar en la víspera en casa de Cafferty—. Conservó la nota, James. Es más, la llevaba con él. Yo creo que sabía que significaba algo.
—Pero ¿por qué no se lo contó a nadie?
—No lo sé. —Clarke se pasó una mano por el pelo—. Quizá deberíamos hablar otra vez con sus amigos, empezando por los más íntimos.
—Íntimos como Kathryn Young, ¿no?
—Según tengo entendido, sí.
Page guardó silencio unos instantes.
—Aun así, no estoy convencido, Siobhan. El agresor entró por la fuerza. Minton no abrió la puerta a un conocido.
—Entrar por la puerta principal es peligroso, hay una calle llena de testigos potenciales.
—Pero trepar muros, colarse por jardines traseros...
—Dudo que estemos buscando a alguien de la generación de la víctima, aunque nunca se sabe.
Page suspiró ruidosamente.
—¿Ya puedo tomarme el café?
Clarke sonrió y se puso en pie.
—Nos vemos arriba —dijo.
Había un Starbuck’s en Canongate, y Kathryn Young había acordado reunirse con ellos allí. Disponía de cuarenta minutos hasta la siguiente reunión en el Parlamento escocés, así que mandó un mensaje de texto a Clarke diciéndole lo que quería tomar. Las mesas eran pequeñas y poco discretas, pero Page hizo lo que pudo. Estaban en un rincón al fondo de la sala, y creía que el ruido regular de los trabajadores calentando leche y moliendo granos de café impediría a los demás clientes oír la conversación.
Young llevaba un bolso que parecía pesar mucho. Con él, una de las abogadas más importantes de Escocia recordaba a una profesora abrumada por una semana de trabajos pendientes de corregir. Iba bien vestida, pero el viento que aullaba en dirección al Parlamento había despeinado su melena castaña y le había enrojecido las mejillas.
—Un poco de café con leche —dijo Clarke, empujando la taza hacia ella.
Young asintió a modo de agradecimiento y se quitó el abrigo y la bufanda.
—¿Hay noticias?
—Hay algo que nos gustaría comentarle —dijo Page en voz baja, inclinándose hacia delante con los codos apoyados en las rodillas y las manos juntas como si estuviera rezando—. Hemos estado debatiendo el móvil del crimen.
—Yo creía que era un caso claro de allanamiento.
—Nosotros también, hasta que encontramos esto.
Page hizo un gesto a Clarke, que tendió a Young una fotocopia de la nota. La abogada frunció el ceño mientras leía.
—Alguien se la envió a lord Minton —explicó Clarke—, y este se la guardó en la cartera. A mi entender, eso significa que no se lo tomó a broma. Nos preguntamos quiénes podían ser sus enemigos.
—No lo entiendo. —Young devolvió la nota—. ¿No lo han hecho público?
—No creímos que fuera a resultar útil, al menos de momento —explicó Page.
—Usted lo conocía mejor que nadie —terció Clarke, que, al establecer contacto visual con ella, se dio cuenta de que Young tenía los ojos del mismo tono marrón que su cabello—, así que pensamos que tal vez podía arrojar algo de luz. ¿Alguna vez mencionó que hubiera recibido amenazas o a alguien que le tuviera resentimiento, ya fuera real o se lo pareciera?
La agente de la Corona sacudió la cabeza.
—No habíamos intimado tanto. Conocía a David desde hacía doce o trece años, pero creo que casi todos sus amigos de verdad, de los que hablaba, están muertos. Eran otros abogados, al menos un diputado, empresarios... —Sacudió la cabeza de nuevo—. Lo siento, pero no se me ocurre nadie que pudiera querer hacerle daño.
—¿Pudo ser un caso en el que trabajara? —insistió Clarke.
—Siempre fue muy precavido. Hablaba de manera general o comentaba temas de procedimiento, diligencia o prioridad. Había memorizado juicios famosos del pasado...
—¿Y no notó algún cambio en él recientemente? ¿Estaba más callado, quizá? ¿Tenso?
Young se concentró en el café mientras reflexionaba la respuesta.
—No —dijo finalmente—. Nada. Pero la señora Marischal sabrá más que yo. Pasaba más tiempo compartiendo una taza de té con él que quitando el polvo. O cualquiera que trabaje en su despacho ahora mismo. ¿Les han preguntado?
—Sí, pero quizá volvamos a intentarlo.
—No es seguro que la persona que envió la nota sea la misma que entró en su casa —afirmó Young.
—Somos conscientes de ello.
—Deberían hacerlo público. La nota, quiero decir. Alguien podría reconocer la caligrafía. —Consultó su reloj y bebió otro sorbo de café—. Lo lamento, pero debo irme. Siento no haber sido de mucha utilidad.
—¿Cree que merece la pena que hablemos con alguien del New Club? Iba allí casi a diario.
Young volvió a enfundarse el abrigo y cogió la bufanda.
—Sinceramente, no tengo ni idea. —Dobló las rodillas para recoger el bolso—. Luego hablan de oficinas digitalizadas —dijo con una sonrisa desangelada antes de dirigirse a la puerta.
—A esto lo llamo yo aprovechar bien el tiempo —comentó Page entre dientes.
—Puede que tenga razón en lo de la nota. Es lo único que tenemos; sería una lástima no utilizarlo.
—La prensa armará un escándalo —advirtió Page—. La gente se asustará y se irá de casa porque hay un asesino ahí fuera y cualquiera podría ser su próximo objetivo. Además, saldrán de la nada pirados con las premoniciones y teorías de siempre.
—Y nuestro asesino, sabiendo que ya no lo consideramos un robo fallido, tendrá mucho tiempo para hacer las maletas y marcharse a otro sitio. —Clarke asentía con la cabeza—. Todo eso es cierto, James.
Page la miró.
—Pero, aun así, ¿cree que deberíamos hacerlo?
—¿Sabe qué es un lanzamiento controlado? Nada de ruedas de prensa. Le damos la información a un medio, a alguien que la difunda sin sensacionalismos. Las redes sociales harán circular la noticia, pero será nuestra versión. Cuando llegue a oídos de otros periódicos, la tormenta habrá remitido un poco.
—Imagino que tendrá a algún periodista en mente...
Clarke asintió, cogió el teléfono y lo inclinó hacia Page.
—En cuanto me dé luz verde.
Page se recostó en la silla y cruzó los brazos. Su gesto de aprobación fue a lo sumo poco entusiasta. Clarke realizó la llamada de todos modos.
Laura Smith llegaba a la cafetería veinte minutos después, momento en el cual Page ya había regresado a la oficina. Se había disculpado diciendo que tenía una reunión, pero Clarke sabía que estaba poniendo tierra de por medio entre él y el plan. Si les estallaba en la cara, Clarke sería la única que debería dar explicaciones al jefe.
—Te has dejado el pelo largo —dijo Clarke cuando Smith hubo pagado un botellín de agua y se sentó en la silla de Page.
—Y tú te lo has cortado. Te queda bien.
Smith quitó el precinto del botellín y dio un sorbo.
—¿Cómo va el negocio de los periódicos?
Todavía bebiendo, Smith puso los ojos en blanco. Apenas rebasaba el metro y medio de altura, pero cada centímetro de su cuerpo estaba encaminado a salir adelante, lo cual era difícil cuando la profesión que habías elegido parecía estar agonizando. Se secó los labios con el dorso de la mano y volvió a enroscar el tapón de la botella.
—Hay más despidos a la vista.
—No deberían afectarte, ¿no?
—Bueno, soy la única periodista de sucesos que tienen, y la última vez que miré, los sucesos seguían vendiendo periódicos, así que... —Se encogió de hombros y centró su atención en Clarke—. ¿Se trata de lord Minton?
—Sí.
—¿Puedo citar la fuente?
—Más o menos. Aunque preferiría que utilizaras «fuentes policiales». Y necesitaré leer lo que escribes antes que tu director.
Smith hinchó los carrillos.
—¿No es negociable?
—Me temo que no.
Smith torció el gesto y sacó el teléfono del bolsillo.
—¿Puedo grabar la conversación de todos modos? Como recordatorio...
—No veo razón para que no lo hagas, pero enseñaré más que hablaré.
Smith estaba toqueteando la función de grabación del teléfono. Cuando por fin levantó la vista, Clarke tenía en la mano la nota fotocopiada.
—De la cartera de lord Minton —dijo.
El ruido que emitió Laura Smith —capturado por su teléfono— era algo a medio camino entre un chillido y un hurra.
7
—¿Ahora es cuando me preguntas por el favor que supuestamente le he hecho a Darryl Christie? —dijo Rebus a Fox.
Iban en el Saab, con Rebus al volante. Fox agarraba el cinturón de seguridad con una mano y la maneta de la puerta con la otra.
—Ya no trabajo en Asuntos Internos.
—Pero eso no significa que no meterías entre rejas a un poli corrupto, ¿no?
—Tal como insistes en recordarme, ya no eres policía. ¿Vamos al Gimlet?
Rebus negó con la cabeza.
—Lo olvidaba: una vez te llevé allí a ver a Darryl. Pero ya no frecuenta sitios como ese. Tiene un par de discotecas en el centro de la ciudad, además de un casino y un hotel boutique, que no sé qué significa.
—Normalmente significa que es caro.
—Pues estamos a punto de averiguarlo.
—¿Qué te hace creer que lo encontraremos allí?
Rebus miró a su pasajero.
—La gente me cuenta cosas.
—¿Aunque te has retirado de la policía?
—Aun así.
El coche había descendido desde Queen Street hasta el corazón de la Ciudad Nueva. Justo antes de llegar a Royal Circus, Rebus aparcó encima de la acera. Puso el freno de mano, pero el coche siguió avanzando.
—Siempre se me olvida que le pasa eso —dijo, y puso primera antes de apagar el motor.
—¿Alguna vez te has planteado dar el salto al siglo XXI?
Fox estaba peleándose con el cinturón de seguridad. Finalmente consiguió desabrochárselo y se apeó, mientras Rebus acariciaba el techo del Saab y le decía que no escuchara a ese hombre malvado.
El hotel formaba parte de una típica casa georgiana y los letreros eran discretos. Dentro había un vestíbulo en el que no se encontraba un mostrador de recepción obvio. Rebus giró hacia la izquierda y entró en una lujosa coctelería. Un esbelto asiático con un chaleco rojo brillante los esperaba con una sonrisa.
—¿Vienen a registrarse, caballeros? Siéntense y les atenderá alguien en un instante.
—Hemos venido a ver a Darryl —precisó Rebus.
—¿Darryl...?
Su sonrisa se endureció.
—Darryl Christie, hijo —le espetó Rebus—. Sé que no le gustan las visitas, pero hará una excepción. Dígale que ha venido a verle Rebus.
—¿Rebus?
Este asintió y se apoltronó en un mullido sofá de velvetón negro. Fox permaneció de pie, estudiando la decoración. Gruesas cortinas de terciopelo atadas con cuerdas trenzadas de color dorado. Espejos de formas extrañas. Gominolas y galletas de arroz en cuencos pequeños sobre unas mesas de cristal. Rebus estaba sirviéndose un puñado de cada.
El camarero había desaparecido en la parte trasera y estaba hablando por teléfono en voz baja. Sonaba música, pero no apabullaba. Era algo electrónico.
—Le va bien, entonces —comentó Fox.
—Y, como dijo Cafferty, a simple vista todo parece legítimo.
—Pero ¿aun así tiene las manos sucias?
—Por supuesto.
—¿Y por qué no hemos hecho nada?
Fox se sentó delante de Rebus.
—Porque ha tenido suerte. Porque es inteligente. Porque quizá tiene amigos en los lugares adecuados.
—¿Tú qué crees?
Rebus tragó el último bocado de aperitivo y empezó a sacarse restos de comida de entre los dientes con una uña.
—A veces existen los criminales responsables.
—Explícate.
Fox se inclinó hacia delante, dispuesto a aprender.
—Bueno, siempre existirá el crimen organizado. Eso lo sabemos. En todo el mundo, la sociedad ha intentado hacer oídos sordos, pero no funciona. Mientras haya cosas que consideremos ilegales y gente que las quiera, aparecerá alguien que las proporcione. En un lugar del tamaño de Edimburgo, una ciudad pequeña donde el delito no es un gran problema para la mayoría de sus habitantes, puede haber sitio para un especulador de una envergadura aceptable. Y, mientras ese especulador no se vuelva demasiado avaricioso, demasiado arrogante o demasiado violento...
—¿Es probable que se les tolere? ¿Porque mantienen parte del orden público por nosotros?
—Es una cuestión de control, Malcolm. Eso y actuar con responsabilidad.
—¿Cómo era Cafferty cuando este era su territorio?
Rebus se tomó unos momentos para elaborar su respuesta.
—Era el matón del colegio. Era todo músculo y le importaban un comino las consecuencias.
—¿Y Christie?
—Darryl es un negociador. Si se hubiera dedicado a la bolsa o a vender Bentleys a banqueros, habría amasado una fortuna. Pero eligió esto.
El camarero había vuelto a aparecer. Intentó sonreír de nuevo, pero no lo consiguió.
—El señor Christie dice que estará con ustedes en breve. También me ha dicho que pidan algo de beber mientras esperan.
—Muy amable por su parte —dijo Rebus—. ¿Quiere algo, inspector Fox?
—¿Un Appletiser, quizá?
—Pues un Appletiser para mi compañero y un Laphroaig para mí. —Rebus señaló con la cabeza la estantería de whisky de malta—. Que sea doble, mejor.
—¿Recuerdas el máximo de alcohol permitido para conducir? —advirtió Fox.
—Lo llevo tatuado en el antebrazo.
—¿Quiere agua o hielo, señor? —preguntó el camarero.
—¿La pregunta es para mí o para él? —respondió Rebus.
El camarero captó la indirecta y se puso a trabajar.
Sus bebidas acababan de llegar a la mesa cuando apareció Darryl Christie en el umbral. Con un gesto, indicó al camarero que se fuera y se sentó en el sofá al lado de Fox y delante de Rebus. Este lo conocía desde que era adolescente, pero ahora tenía algo más de veinte años y todos los rastros de acné y juventud habían desaparecido. Su rostro se había endurecido, y lucía un corte de pelo profesional. El traje no parecía barato y los zapatos tampoco. Llevaba una camisa con el primer botón desabrochado y unos llamativos gemelos en ambos puños. A simple vista, el reloj valía más que el coche de Rebus, incluso restándole unos cuantos miles de kilómetros al marcador.
—¿Qué tal va el negocio? —preguntó Rebus.
—Mejorando. Han sido unos años difíciles para todo el mundo.
—Sin duda te ha envejecido, Darryl. ¿Eso que tienes en las sienes son canas?
—Dijo el hombre que había entrado en su ocaso.
—¿Te han dicho que he dejado el cuerpo?
—¿No viste los fuegos artificiales? Aquí montamos una buena fiesta, créeme. —Christie apoyó los brazos en el respaldo del sofá y señaló a Fox—. ¿Estás entrenando a tu sustituto? Ya nos conocemos, ¿verdad?
—De pasada —contestó Fox.
—Creo recordar que te felicité por tus modales —dijo Christie asintiendo.
—Estamos aquí por lo que le ocurrió a Big Ger Cafferty ayer por la noche —terció Rebus.
—¿Es decir...?
—Alguien disparó una bala a través de la ventana de su comedor.
—¿Está bien?
—El tirador falló.
—Madre mía.
—Quizá deliberadamente, ¿quién sabe?
Rebus dejó el vaso vacío encima de la mesa de cristal.
—¿Cafferty os ha dicho que fui yo?
—Ya sabes cómo es.
—Sé que me odia. Por eso está hablando con los Stark.
—¿Joe Stark? —preguntó Rebus, fingiendo sorpresa.
—Vino a la ciudad hace un par de días. Se instaló en una pensión y el propietario pensó que podría interesarme.
—¿Estás seguro de que Joe ha venido para ver a Cafferty?
—No tanto Joe como Dennis. Cafferty quiere que lo pongan al mando.
—¿De qué? —preguntó Fox, que no comprendía.
—¡De esto! —Christie se puso en pie con los brazos en cruz—. La ciudad, mi ciudad.
—¿Seguro que no has visto demasiadas veces El precio del poder? —preguntó Rebus.
Christie volvió a sentarse, pero la agitación que había estado ocultando ahora resultaba evidente en su postura. Movía una rodilla al hablar.
—Es la historia de siempre: el enemigo de mi enemigo es mi amigo. A Cafferty no le quedarán más de dos años. Lo último que quiere es estar en su lecho de muerte y saber que yo sigo aquí. Dennis Stark es la elección perfecta. Para empezar, está loco. Si le piden que acabe conmigo, se asegurará de que sea un trabajo sucio. ¿Y quién más hay? Cafferty no conoce los nuevos regímenes de Aberdeen y Dundee. Pero conoce a Joe Stark. Son como dos caras del mismo papel de váter.
—Creo que estás malinterpretando la situación —dijo Fox.
—Además —intervino Rebus—, si Cafferty se está haciendo amigo de los Stark, te está dando aún más motivos para advertirle con una bala.
—Contrariamente a lo que pueda parecer, he descubierto que una bala es un objeto bastante contundente —dijo Christie—. Reconocedme un poco más de sutileza. —Estaba recobrando la compostura—. Y si hay pistoleros de por medio, yo apostaría siempre a que los Stark están implicados. Es posible que quieran cerciorarse de que Cafferty obedece y de que sepa que no puede jugar con ellos. En su mundo, esa es su manera de hacer negocios.
—¿Te has reunido con ellos? —preguntó Fox—. ¿Habéis hablado?
—Todavía no.
—Cafferty cree que están paseando a Dennis por todo el país para que conozca a todas aquellas personas a quienes debe conocer, personas como tú.
—No tengo nada anotado en la agenda, si es eso lo que está preguntando.
—Un consejo, Darryl —dijo Rebus—. Sabes muy bien que son de la vieja escuela. Tú mismo lo has dicho. La sutileza no te servirá de mucho con ellos.
—Lo tendré en cuenta.
—A lo mejor Fox y un par de compañeros suyos podrían hablar con ellos y hacerles saber que no son bienvenidos.
—El inspector Fox no parece muy convencido.
—No... es solo que... quizá...
—Da igual —dijo Christie, que se dio una palmada en las rodillas y se puso en pie—. Gracias por venir. Ambos sabemos que ha sido una pérdida de tiempo. Cafferty con sus juegos de siempre. Pero, de todos modos...
—Ojalá hubiera podido menguar un poco más tus beneficios. —Rebus señaló el vaso de whisky vacío—. Y recuerda lo que he dicho sobre los Stark. Puede que Dennis sea el perro rabioso, pero es Joe quien controla la correa.
Christie asintió lentamente y los acompañó al vestíbulo, subiendo los escalones de dos en dos.
—Un joven con prisa —comentó Fox cuando salían del edificio.
—Pero le está pasando factura —dijo Rebus pensativamente—. No me gustan los gánsteres acelerados. —Se encendió un cigarrillo. Fox se disponía a montarse en el coche, pero Rebus no se movió—. ¿A qué te referías cuando le has dicho que estaba malinterpretando la situación?
—A nada.
—Me estás ocultando algo. ¿Cómo supiste que los Stark estaban en la ciudad y que habían hecho paradas en Aberdeen y Dundee? Dudo que tengas soplones que merezcan ese nombre.
—Alguien lo mencionó en St. Leonard’s.
—Pero ¿por qué? Los Stark probablemente hayan ido allí una docena de veces este último año y nadie ha dado la voz de alarma. Y Christie tenía razón sobre tu mirada cuando dije que el DIC podía advertir a los Stark. ¿Por qué no es buena idea, Malcolm?
—No estoy autorizado a decírtelo.
—¿Por qué no?
—Así son las cosas.
—Esto no es una canción de Bruce Hornsby.1 ¿Quieres que te ayude pero no puedes contarme nada? Pues muchas gracias, colega, pero no creas que volveré a darte mi último Sugus.
Dicho lo cual, Rebus tiró la mitad del cigarrillo que le quedaba a los pies de Fox y echó a andar hacia el coche a paso ligero.
Cafferty estaba sentado a la mesa de la cocina. Había cerrado las contraventanas de madera para que nadie pudiera verlo. Había telefoneado a un conocido —un exmilitar que gestionaba a la mitad de los porteros de discoteca de la ciudad— y ahora había dos hombres de constitución fuerte en un coche aparcado en el camino, justo al otro lado de la verja. El coche estaba encarado a la acera, de modo que cualquiera que pasara por allí pudiera verlos. Y, cada diez minutos, uno de ellos recorría la propiedad y miraba por encima del muro trasero para asegurarse de que no había nadie en el jardín vecino. No era gran cosa, pero era algo. En el pasado, Cafferty tenía un guardaespaldas, que dormía en una habitación situada encima del garaje, pero aquello se había convertido en un lujo. Años antes tenía media docena de hombres a su alrededor a todas horas, lo cual sacaba de quicio a su mujer de entonces. Se levantaba de noche para ir al baño y encontraba a uno observándola desde las escaleras. Y cuando iba de compras o quedaba con amigas, allí estaba el consabido chófer, que tenía órdenes de no perderla nunca de vista.
Ahora era distinto, o eso pensaba Cafferty.
Se había pasado la última hora y media realizando llamadas. El problema era que mucha gente a la que conocía había quedado reducida a cenizas o se había mudado a la otra punta del mundo. Aun así, había hecho correr la voz de que estaba dispuesto a pagar una ingente suma por información fresca sobre los Stark, padre e hijo, además de sus asociados, cercanos o de cualquier índole. Ya sabía que habían visitado ciertas empresas en Aberdeen y Dundee la semana anterior, lo cual respaldaba su teoría de que Dennis estaba conociendo a gente antes de recoger el testigo de su padre. El teléfono estaba encima de la mesa, cargado y aguardando noticias. A su lado se encontraba la bala aplastada. Cafferty la empujó con la yema del dedo. En su día habría tenido a alguien en el bolsillo, un miembro del DIC o del laboratorio forense. La habría entregado y averiguado todo lo que pudiera. Ahora no sabía por dónde empezar, aunque, una vez más, había mencionado su interés a algunas de las personas que había llamado. Tal vez alguien conocía a alguien.
Estaba Rebus, por supuesto. Pero ¿por qué iba a llevarla a escondidas al laboratorio en lugar de entregársela al DIC?
Y, en todo caso, ¿qué importaba? Tenían que ser los Stark o Darryl Christie: los Stark porque sí, y Darryl Christie para darles la bienvenida a la ciudad y mostrarles el nuevo orden jerárquico.
Fuera lo que fuera, lo averiguaría. Y pagarían por ello.
Siobhan Clarke no podía hacer otra cosa que esperar. The Scotsman publicaría la noticia en su edición digital vespertina y la compartiría en su cuenta de Twitter. Probablemente no sucedería hasta las nueve o las diez para que cuando apareciera la edición matinal contara todavía con la exclusiva impresa. Smith le había enviado un mensaje asegurando que iría en primera plana, a menos que un miembro de la familia real muriera o fuese captado por una cámara esnifando una raya de coca.
—Dios me libre —murmuró Clarke para sus adentros.
Esson y Ogilvie estaban ocupados. Habían recopilado una lista de las muertes producidas a causa de robos durante los últimos cinco años no solo en viviendas privadas, sino también en lugares de trabajo: guardias de seguridad golpeados con barras de hierro y parejas de ancianos amenazadas con ser torturadas si no revelaban dónde guardaban sus objetos de valor. Alrededor de tres cuartas partes de los casos habían sido resueltos.
—O al menos alguien fue a la cárcel —dijo Esson medio en broma.
Encontró uno del año anterior, una mujer que había sido atacada en su dormitorio en Edimburgo. El sospechoso era su marido, pero nunca hallaron pruebas lo bastante satisfactorias para el fiscal como para llegar a un veredicto de culpabilidad. Otro caso despertó la curiosidad de Clark, uno que se había producido en Linlithgow quince días antes. Era un asistente social jubilado al que tres años antes le había tocado un millón de libras en la lo-tería. Se gastó la mitad del dinero en una gran casa con vistas a Linlithgow Palace. El hombre vivía solo, ya que su mujer había fallecido. Lo habían encontrado en el vestíbulo de la planta baja con el cráneo hundido a causa de un golpe asestado desde atrás. El caso seguía abierto. Clarke pidió a Esson y Ogilvie su opinión.
—¿Valdría la pena comparar notas? —preguntó Esson.
—En su día fue noticia —añadió Ogilvie—. Lo de la lotería, quiero decir.
—¿Qué? ¿Alguien sabe que tiene algo de pasta y entra pensando que estará amontonada encima de la mesita?
Pero Clarke les pidió que indagaran de todos modos. Luego se dirigió al depósito de cadáveres de la ciudad, donde, al entrar por la puerta de personal, sorprendió a uno de los asistentes quitándose la bata en el pasillo, que estaba desierto.
—He venido a ver a la profesora Quant —dijo.
—Está arriba.
Clarke sonrió como disculpándose al pasar junto a él.
—Bonitos tatuajes, por cierto —dijo, y vio que el joven empezaba a ruborizarse.
Deborah Quant se encontraba en su despacho, bien iluminado y ordenado. Detrás de una de las puertas había una mampara de ducha y Clarke podía oler el gel y el champú.
—¿Molesto?
—Adelante, Siobhan. Siéntate. —Quant se había recogido la melena pelirroja con una goma—. Acabo de terminar —explicó—. Pero tengo que asistir a un acto esta noche, así que...
Clarke había visto el vestido colgado de una percha.
—Es precioso —comentó.
—Más de lo que merecen la mayoría de los invitados: académicos y doctores.
—¿Llevarás acompañante?
—¿Se te ocurre alguien?
—Me han dicho que has salido un par de veces con un hombre que se ha retirado hace poco.
Quant sonrió.
—Solo a cenar y tomar unas copas. Pero ¿realmente te imaginas a John soportando un acto de gala con un montón de cirujanos y profesores vejestorios?
—¿Se lo has preguntado?
—Pues la verdad es que sí. Declinó la oferta.
—Con elegancia, estoy segura de ello.
—Apenas soltó tacos. Y bien, ¿qué puedo hacer por ti, Siobhan?
—Es por la investigación del caso Minton. Tú practicaste la autopsia.
—Sí.
—He consultado el informe y me preguntaba si se te había ocurrido algo más.
—¿Sobre qué?
—Lord Minton había recibido una carta con amenazas. Bueno, en realidad era solo una nota. —Clarke le entregó otra fotocopia—. Quería saber si eso te hace cambiar de parecer en algún sentido.
—El hombre murió por una combinación de traumatismos y estrangulamiento. Seguramente lo uno o lo otro habría bastado. Le atacaron desde delante o desde un lado, aunque yo me decantaría por lo primero. La víctima iba camino de la puerta de su estudio porque oyó un ruido, y el atacante entró y le golpeó con el mismo martillo que había utilizado para romper la ventana de la despensa. Las marcas que encontramos en el cuello nos dicen que el atacante tenía las manos grandes y que probablemente era un varón. —Quant se encogió de hombros—. La nota no cambia nada. ¿La encontraron en el cajón?
—En su cartera. ¿Por qué lo preguntas?
—En las fotos de la escena del crimen, el cajón de la mesa estaba abierto unos cinco centímetros. Pensé que los primeros agentes que llegaron allí...
—Nunca se les hubiera ocurrido tocar nada. —Clarke entrecerró los ojos, tratando de recordar el escenario del crimen. Cuando ella llegó, el cajón estaba cerrado. No había nada de raro en ello—. Por casualidad no harías la autopsia a ese ganador de la lotería hace un par de semanas...
—¿El de Linlithgow? —Quant sacudió la cabeza—. También fue un traumatismo, ¿verdad? Durante un robo. Pero, si mal no recuerdo, no había signos de estrangulamiento.
—No me importaría ver el informe.
—Eso tiene fácil solución. Pero, por supuesto, tendrá que haber un quid pro quo.
—¿A qué te refieres?
Quant movió la cabeza en dirección al vestido.
—Tienes que hacerte pasar por mí esta noche. A mí solo me apetece irme a la cama.
—Te diré lo que puedo hacer —propuso Clarke—. Puedo llamar a tu móvil cuando lleves una hora allí. Hay una situación complicada y te necesitan urgentemente...
—¿Tienes mi número? —preguntó Quant con una sonrisa.
—Dámelo —respondió Clarke.
8
Cuando Fox volvió a la oficina, solo encontró allí a Ricky Compston y Alec Bell. Estaban comiendo tarta de crema y bebiendo té con los pies encima de sus respectivas mesas.
—¿Dónde ha estado? —preguntó Compston—. Aparte de dorándole la píldora a su jefe.
—La verdad es que no he visto a Doug Maxtone. Pero he ido a hablar con Big Ger Cafferty.
—Si quiere podemos esperar todo el día.
—¿Dónde están los demás?
—Los Stark han estado moviéndose. Utilizamos dos coches para que no nos detecten. De ahí el éxodo. ¿Con eso le basta, inspector Fox?
Fox se sentó en una de las sillas vacías.
—Por lo visto, Cafferty cree que un criminal de la zona llamado Darryl Christie podría estar detrás del tiroteo, quizá para impresionar a los Stark. Piensa que los Stark han venido aquí para que Dennis pueda tantear la ciudad antes de tomar las riendas del negocio familiar. Eso también explicaría las paradas en Aberdeen y Dundee.
—Ya le hemos dicho por qué están aquí los Stark.
—Sea como sea, decidí hablar con Darryl Christie. Él ya sabía que los Stark estaban en la ciudad.
—¿Sacó él el tema o lo hizo usted?
—No necesitó que lo incitaran.
—¿Me está diciendo que dos jefes de Edimburgo se sinceraron con usted?
Fox se encogió de hombros.
—¿Quiere oír que más dijo Christie?
—Adelante, figura, impresióneme.
Compston se limpió unas migas de hojaldre de la corbata.
—Christie es de la opinión que los Stark han venido para reunirse con Cafferty. ¿Para qué? Para que Cafferty pueda ayudarlos a derrocar a Christie e imponer a Dennis como nuevo jefe de la ciudad. Hasta donde sabemos, eso no es cierto, pero es lo que opina Christie.
—¿Cómo sabía que estaban en la ciudad? —preguntó Alec Bell.
—Por el propietario del hostal.
—Vaya, vaya, vaya —dijo una voz por detrás de Fox. La puerta, que este no había cerrado del todo, ahora estaba abierta de par en par, y Rebus tenía las manos apoyadas en las jambas—. Debo reconocer que esto no es lo que me esperaba.
Fox se levantó como un resorte.
—¿Cómo has entrado?
—Alguien se ha olvidado de informar a los de recepción de que ya no figuro en los registros.
—El puñetero John Rebus —dijo Bell.
—Eh, Alec. —Rebus saludó con la mano—. ¿Sigues al pie del cañón?
—He oído hablar de usted —dijo Compston.
—Entonces me lleva ventaja.
Rebus le tendió la mano y Compston se la estrechó al tiempo que se presentaba.
—Tenemos mesas para cinco, lo cual significa que nos faltan unos cuantos —reflexionó Rebus mientras estudiaba la sala—. Y apenas hay documentos. Es confidencial, ¿verdad? ¿Están aquí para atrapar a los Stark?
Compston miró a Rebus con cara de pocos amigos, esperando una explicación. Rebus intentó poner a Fox una mano en el hombro, pero este se apartó.
—La culpa no la tiene Malcolm —dijo Rebus—. Yo era la única forma de llegar hasta Cafferty y Christie.
—¿Es eso cierto?
Compston tenía la mirada clavada en Fox y este en el suelo.
—Al jefe de policía deben de provocarle erecciones los Stark. Un equipo como este no sale barato. —Rebus se sentó encima de una mesa con los pies colgando—. Supongo que Foxy es su enlace local y me pidió ayuda porque quería impresionarlos con su actitud entusiasta y voluntariosa. ¿Qué tal lo ha hecho?
—Este no es sitio para un civil, Rebus —dijo Compston.
—Si estallan guerras en la ciudad, es malo para cualquiera, vaya de uniforme o no. Si están vigilando a los Stark, ya conocen el paño. Puede que estén preparándose para acabar con Darryl Christie.
—No están aquí por eso —terció Alec Bell, que recibió una mirada fulminante de Compston.
—Darryl sí lo cree. Se le ha metido en la cabeza que van a por él, espoleados por Cafferty.
—No se han reunido con Cafferty ni con el tal Darryl Christie —afirmó Compston.
—¿De modo que no están introduciendo a Dennis en los bajos fondos? —Rebus se rascó la mejilla—. ¿Están seguros?
—Los tenemos vigilados.
—Por casualidad uno de ellos no se pasaría por el rinconcito de Cafferty anoche y le disparó...
—No lo creemos.
—Puede que haya lagunas en el dispositivo de vigilancia —intervino Fox—. Lo bastante grandes para que eso sea una posibilidad.
—Ahora mismo desearía haberle dejado en un rincón con el puto juego de Angry Birds —masculló Compston, que se levantó y recorrió la sala.
—Por si sirve de algo —dijo Rebus—, Malcolm no me ha contado absolutamente nada sobre esta operación y no ha revelado nada delante de Cafferty y Christie.
—Pero usted lo averiguó.
Rebus sacudió la cabeza.
—Me picaba la curiosidad, eso es todo. —Miró el reloj de pared—. ¿Me permiten llevarlos aquí enfrente a tomar una copa? No es el peor bar de la ciudad, y estoy seguro de que nadie ha tenido la decencia de bautizarles, por así decirlo.
—Se supone que debemos esperar el informe de los muchachos —advirtió Bell.
Compston meditó unos instantes.
—Pero no nos haría ningún mal, ¿verdad? No más del que ya ha causado el inspector Fox. Puedes quedarte al mando si quieres, Alec.
—Cuantos más seamos, mejor, Ricky. Te acompaño.
—Entonces hay unanimidad. —Rebus se bajó de la mesa—. Tú primero, inspector Fox. A fin de cuentas, la ronda la pagas tú.
El pub estaba lleno de trabajadores que volvían a casa y de estudiantes jugando al ajedrez y las damas. No quedaban mesas libres, así que el grupo se instaló al fondo de la barra. Fox pagó las bebidas: tres pintas y un agua con gas.
—Si hubiera sabido que no bebía —le reprendió Compston—, habría estado fuera de mi equipo desde el primer minuto.
Cogió la primera de las cervezas que le ofrecieron, bebió un sorbo y se relamió.
—¿Cómo estás, John?
Bell y Rebus brindaron.
—No me puedo quejar, Alec. ¿Sigues en Glasgow?
—Ahora mismo me han trasladado a Gartcosh.
—Enhorabuena. Es un avance si lo comparamos con detener a drogatas y maltratadores de mujeres.
—Sí.
—Y bien, ¿alguien está paseándose por su ciudad con un arma de fuego? —interrumpió Compston—. No lo he visto en las noticias.
—Cafferty dice que fue un accidente, que tropezó y rompió una ventana. Los vecinos cuentan una historia diferente y hay un agujero de bala en la pared de su salón.
—¿Son ustedes íntimos, entonces?
—En la medida en que me he pasado media vida intentando meterlo entre rejas.
—¿Hubo suerte?
—Fue puesto en libertad por problemas de salud, seguidos de una recuperación milagrosa. —Rebus dejó el vaso encima de la mesa—. Entonces, ¿van a contarme algo o seguiremos mareando la perdiz?
Compston miró a Alec Bell.
—Pese a su apariencia, John es buen tipo —confirmó Bell.
—Los Stark —dijo Compston tras pensárselo unos instantes— están buscando a un hombre llamado Hamish Wright. Es propietario de una empresa de transportes y distribuía droga por todo el país en sus contenedores. Llevamos tiempo vigilando a los Stark y, cuando abandonaron Glasgow y visitaron el guardamuebles de Wright en Inverness, supimos que se cocía algo. Después fueron a Aberdeen y Dundee, y ahora están aquí.
—¿Han buscado a Wright?
—Se ha largado. La mujer está cubriéndole el trasero. Dice que ha viajado a Londres por negocios, pero no ha hecho una sola llamada con su teléfono y nada corrobora que esté allí.
—¿Y su coche?
—Aparcado en el garaje de casa.
—¿La mujer parece asustada?
—Yo diría que sí.
—¿Tiene Wright algo que pertenezca a los Stark? —especuló Rebus.
—Probablemente droga y dinero —aventuró Bell.
El teléfono de Compston empezó a vibrar.
—Es Beth —dijo.
Se llevó el teléfono a la oreja y se tapó la otra con la mano que tenía libre. Pero el ruido del bar era excesivo, así que se dirigió a la puerta. Una vez fuera, Rebus se centró en Bell.
—¿Qué tal es, Alec?
—No está mal.
—¿Mejor que tú?
Rebus no parecía convencido.
—Distinto. Es un asunto de drogas y dinero, por cierto. Y ambas cosas en cantidad. Eso de hacer la competencia a Christie no es cierto. Y tampoco que vayan a por Big Ger Cafferty.
—¿Habéis instalado micrófonos? —preguntó Rebus.
—Mejor aún. —Bell miró a Fox, comprobó que la puerta estuviera cerrada y agitó el dedo índice—. Que esto no salga de aquí. —Fox levantó las manos en un gesto apaciguador—. Tenemos un infiltrado. Está muy asentado.
—¿Bob Selway? —aventuró Fox, pero Bell negó con la cabeza.
—Nada de nombres. Lleva tres años infiltrado, acercándose cada vez más a los Stark.
—Hay que tener aguante —dijo Rebus impresionado.
—Eso explica por qué mi jefe pensaba que íbamos a recibir a seis personas —añadió Fox.
—Sí, la cagó alguien en Gartcosh y se llevaron una reprimenda de Ricky Compston por sus esfuerzos.
—¿El equipo existe desde hace tres años?
Bell volvió a negar con la cabeza.
—Ha habido otros antes. Los Stark están detrás de la mitad de los delitos que se cometen en Glasgow y otros lugares. Hasta el momento, ninguna operación ha sido capaz de acabar con ellos.
—Parece que vuestro topo no está ganándose el suelo precisamente —comentó Fox.
Bell lo miró con cara de pocos amigos.
—¿Y cuál es la historia de ese transportista? —preguntó Rebus antes de llevarse la pinta de cerveza a los labios.
—No estaba contento distribuyendo material para los Stark. Podríamos decir que quería ser más autónomo. Estaba hablando con gente de Aberdeen y otros lugares.
—¿Aquí también? —Alec Bell asintió lentamente—. ¿Te refieres a Darryl Christie?
—Muy posiblemente.
—Con lo cual, los Stark querrán un cara a cara con Darryl.
—Puede, pero preferirían encontrar primero a Hamish Wright si tiene en su haber medio millón en cocaína y éxtasis y otro tanto en efectivo.
—¿Os lo ha dicho vuestro hombre?
—Sí.
—¿Basta para llevarlo a juicio?
—Más o menos.
—Pero queréis más.
Bell esbozó una sonrisa de oreja a oreja.
—Siempre.
—Cuanto más tiempo esté infiltrado vuestro hombre, más riesgo habrá de que lo descubran.
—Es consciente de ello.
—Pase lo que pase, se merece una medalla.
Bell estaba asintiendo cuando Compston abrió la puerta y se dirigió hacia el grupo, frotándose las manos para entrar en calor.
—Los Stark se han reunido con un hombre llamado Andrew Goodman.
—Dirige un grupo de porteros de discoteca —dijo Rebus.
—Exacto. Lo cual significa que tiene voz y voto en cuanto a lo que entra y no entra en pubs y discotecas.
—Sus chicos la tienen —corrigió Rebus.
—Incluidas sustancias ilegales —añadió Fox— y a quienes las llevan con intención de venderlas.
—Muy bien —dijo Compston.
—¿Conoce a Hamish Wright? —preguntó Rebus.
Compston se encogió de hombros.
—Esta partida va a ser larga. Pero al final haremos encajar todas las piezas del rompecabezas.
Rebus frunció la nariz.
—Pero a veces se pierde una entre los tablones del suelo. O no venía originalmente en la caja.
—Optimista, ¿eh, cabrón? ¿A quién le toca pagar otra ronda?
—Yo tengo que irme —dijo Fox.
—¿A informar a su jefe en la acera de enfrente? ¿Ya ha decidido cuánto va a contarle?
Al ver que Fox no respondía, Compston le indicó con un gesto que se marchara, pero él no se movió.
—Ya sé por qué se llama Operación Júnior —afirmó.
Compston arqueó una ceja.
—Váyase ya.
—En las películas de Iron Man, Robert Downey Jr. interpreta a un personaje llamado Stark.
Compston fingió aplaudir cuando Fox salió.
—¿Lo mismo, John? —preguntó Bell.
Rebus asintió, observando a la figura que se marchaba. Luego se volvió hacia Compston.
—Malcolm puede ser mejor o peor, pero si algo se puede asegurar sobre él es que no juega sucio. Así que, si se pasa usted de la raya, puede que él haga saltar las alarmas. Hasta entonces, no le creará problemas.
—No me gusta que le haya metido en esto.
—Me ha contado lo mínimo. Hasta que entré en St. Leonard’s no sabía lo que iba a encontrarme.
—Pero se dio cuenta de que él estaba ocultándole algo.
—Solo porque soy bueno en esto. ¿Dónde están los Stark ahora mismo?
—Dennis y sus chicos están comiendo en un hindú de Leith Walk y su padre camino de vuelta a Glasgow. Por lo visto tenía negocios pendientes allí.
—¿Con un par de miembros del equipo siguiéndolo?
—Jake y Bob —confirmó Compston, más para informar a Bell que a Rebus—. Eso significa que puede que tengamos que sustituir a Beth y Peter más tarde.
—Por mí no hay problema —respondió Bell.
Compston volvió a centrar su atención en Rebus, mirándolo de arriba abajo con énfasis.
—Entonces, ¿qué hacemos con usted, señor Rebus?
—¿Aparte de pedir la siguiente ronda, quiere decir?
—Aparte de eso, sí.
—Bueno, supongo que podría hablarle un poco de Cafferty y Christie. Solo por pasar el rato. —Rebus señaló una de las mesas, en la que dos estudiantes habían acabado una partida y estaban levantándose—. O podría darle una paliza a las damas. Lo dejo a su elección.
Doug Maxtone iba caminando por el pasillo, poniéndose el abrigo, cuando Fox llegó a lo alto de las escaleras.
—Pensaba que me habían dejado plantado —dijo Maxtone—. He ido a la oficina pero está todo a oscuras.
—Lo siento, señor. Algunos están de vigilancia y los otros han salido a tomar algo.
Maxtone se detuvo y se colocó la bufanda.
—¿Y bien? —preguntó.
—¿Qué le han dicho en la sesión informativa? Para no contarle lo que ya sabe...
—Compston y su equipo han venido a la ciudad siguiendo a una banda dirigida por Joe y Dennis Stark.
—Y los Stark están aquí porque...
—Porque alguien se ha esfumado y quieren encontrarlo. —Maxtone hizo una pausa—. Creía que era usted quien iba a rendir informe.
—Para serle sincero, no puedo añadir gran cosa. El equipo de Compston está realizando maniobras de vigilancia, pero, hasta el momento, el hombre al que buscan no ha aparecido.
—Y Edimburgo es solo un alto en el camino, ¿verdad?
—Eso es, señor. Ya lo han buscado en otras ciudades.
—Y si no lo encuentran pronto, ¿irán a otro sitio?
—Supongo que sí.
—Perfecto. —Maxtone hizo ademán de irse, pero se detuvo—. ¿Compston está comportándose? ¿Está incumpliendo alguna norma o pisoteando a alguien?
—Que yo sepa, no.
—Pero ¿usted lo sabría?
—Creo que sí.
—Perfecto —repitió Maxtone—. Nos vemos mañana, Malcolm.
—Claro.
Fox observó a su jefe bajar por las escaleras. No había razón para que Maxtone supiera nada sobre Cafferty y Christie, la droga desaparecida o el policía que se había infiltrado en la banda de Stark. No había razón para que nada de aquello alterara la velada de Doug Maxtone.
Se dirigió a la puerta de la oficina de la Operación Júnior y giró la maneta.
Estaba abierta. Encendió las luces y entró. Había dos ordenadores portátiles, ambos en modo reposo. Pasó un dedo por los paneles táctiles y vio que estaban protegidos con contraseña. Encima de una mesa había varios documentos y una fotografía de Hamish Wright. Debajo había una copia de una factura de teléfono; para ser más exactos, la factura de móvil más reciente de Wright. Alguien había comprobado los números y había anotado los detalles en el margen. Fox sacó su teléfono e hizo una foto. Luego volvió a ordenarlo todo, fue hacia la puerta y apagó la luz.
Era la noche en que llamaba a su hermana, cosa que haría en cuanto llegara a casa. Luego pensaba encender el ordenador y ver qué podía averiguar sobre los Stark y sus compinches.
Y si no le llevaba tanto tiempo como se temía, llamaría a Siobhan antes de acostarse para preguntarle cómo le había ido el día y tal vez contarle cómo le había ido el suyo.
TERCER DÍA
9
Fox paró en un kiosco a comprar el periódico, se montó de nuevo en el coche y llamó a Siobhan Clarke, que respondió al sexto tono.
—Intenté localizarte anoche —dijo Fox mientras leía el titular de portada.
—Reconozco que tuve un día un poco ajetreado.
—¿Le pasaste la noticia a tu amiga Laura?
—Sí.
—Supongo que hoy también estarás ocupada.
—Lo cierto es que me alegro de que James acapare todo el protagonismo. Christine y yo vamos camino de Linlithgow. Estamos a punto de llegar.
—¿Ah, sí?
—¿Qué estás haciendo tú?
—¿Recuerdas los visitantes de los que te hablé, los de Gartcosh? Estoy ejerciendo más o menos de enlace.
—¿Maxtone te ha pedido que los vigiles?
—Algo así. Están en la ciudad porque unos gánsteres de Glasgow...
—Lo siento, Malcolm, no te oigo bien y tengo que empezar a buscar la salida.
—¿Hablamos más tarde, entonces?
Pero la llamada se había cortado. Fox apagó el teléfono y volvió a leer el artículo. Después dejó el periódico en el asiento del acompañante, encima de una gruesa carpeta. En Internet encontró abundante información sobre la familia Stark. La había impreso casi toda y se la había llevado a la cama, junto con una libreta de papel pautado. La esposa de Joe Stark había muerto joven, cosa que lo obligó a criar solo a su único hijo, Dennis. A juicio de Fox, Joe carecía de las aptitudes paternas más básicas. Estaba demasiado ocupado ampliando su imperio y consolidando su reputación como uno de los matones más despiadados de los bajos fondos de Glasgow, lo cual no era una hazaña menor teniendo en cuenta la competencia existente. Dennis había causado problemas desde sus primeros días en la escuela primaria. Acosado (y, lo que tal vez sea peor, despreciado) por su padre, él también se había convertido en un acosador. A ello contribuyó que hubiera crecido rápido y que hubiera desarrollado músculos para acompañar sus amenazas. En sus primeros años de adolescencia, un abogado astuto había impedido que cumpliera condena por un ataque delante de un campo de fútbol.
Había utilizado una navaja, similar al arma predilecta de Joe en los años setenta. Eso interesó a Fox: el hijo imitando al padre con la esperanza de ganarse su aprobación. Siendo veinteañero, Dennis había pasado un par de temporadas en la cárcel de Barlinnie, lo cual no solo apenas había servido para frenar sus excesos, sino que le había proporcionado nuevos aliados. Fox no había logrado averiguar mucho sobre su camarilla. La mayoría de los hombres de Joe tenían entre cincuenta y sesenta años, y protagonizaban con frecuencia las historias sobre los bajos fondos de Glasgow. Pero los compinches de Dennis eran una generación más joven y habían aprendido el arte del subterfugio. No aparecían en las portadas de los diarios y apenas figuraban en los archivos judiciales. De camino a St. Leonard’s, Fox se preguntó si, en caso de que le mostraran fotos, sabría detectar al policía infiltrado.
En la oficina solo estaba Alec Bell. En lugar de saludar, soltó un bostezo y removió el café.
—Ricky está durmiendo —explicó.
—¿Hizo el turno de noche? —aventuró Fox.
Bell asintió y se frotó los ojos.
—Pero no le gusta. Cabe una pequeña posibilidad de que Joe lo reconozca.
—¿Se conocen?
—En su día tuvieron un par de encontronazos. Pero sabiendo que Joe está en Glasgow ahora mismo...
—¿Compston cree que es seguro que participe en el dispositivo? —asintió Fox—. ¿Hay algo más que deba saber? —preguntó mientras colgaba el abrigo.
—La verdad es que no, a menos que conozcas un buen restaurante hindú. De momento, Glasgow gana de lejos a tu carísima ciudad.
—Lo pensaré. Entre tanto, me gustaría saber si tenéis informes sobre los Stark, algo con lo que pueda pasar el rato.
—Está casi todo en el ordenador.
—¿Hay fotos de la operación de vigilancia?
—¿Para qué las quieres?
Fox se encogió de hombros.
—Anoche me di cuenta de que no sé qué aspecto tiene su comitiva.
Bell se puso manos a la obra con el ordenador portátil e indicó a Fox que se acercara. Este se dirigió a la mesa y estudió la pantalla desde detrás de Bell.
—Ese es Joe —dijo Bell, utilizando el cursor para rodear la cara de Joe Stark. En la foto aparecía un grupo de hombres caminando por la acera—. El de la izquierda es Walter Grieve y el de la derecha Len Parker. Esos tres se conocen de toda la vida. Probablemente, Joe confía más en Walter y Len que en Dennis.
—¿Hay tensión entre padre e hijo?
—¿Sabes que el príncipe Carlos se ha pasado toda la vida esperando a tomar las riendas de la empresa?
—Pues donde dice Carlos, pon Dennis. —Fox asintió para indicar que lo entendía.
Estaba estudiando a Joe Stark. Por supuesto, indagando la noche anterior en Internet había visto muchas fotos suyas, pero esta era reciente. Tenía más arrugas, y el pelo, que llevaba peinado hacia atrás, era más ralo.
—Se parece un poco a Ray Reardon, ¿no? —comentó Alec Bell.
—¿El jugador de billar inglés? —Fox pensó en ello—. Es posible.
Aunque la verdad es que no les encontraba parecido. En los ojos de Ray Reardon siempre se apreciaba un destello. En el rostro de Joe Stark solo veía fría mezquindad.
Bell había minimizado la imagen y estaba escrutando las otras fotografías que tenía en pantalla. Hizo clic encima de una. Era el interior de un pub abarrotado y había cinco hombres sentados a una mesa.
—Son Dennis y sus hombres —dijo Bell, señalando a cada uno de ellos cuando mencionaba su nombre—. Bob Simpson, Callum Andrews, Jackie Dyson, Tommy Rae y el propio Dennis.
—No se parece mucho a su padre.
—Se parece a su madre, según dicen —contestó Bell.
—Es corpulento. ¿Va al gimnasio?
—Es adicto a las pesas. Consume todas las pociones y polvos de culturismo que existen.
—¿Lleva permanente o es rizo natural?
—Que yo sepa es de nacimiento.
—¿Has hablado con él alguna vez?
Bell sacudió la cabeza.
—No estaría en el equipo si lo hubiera hecho. No podemos permitir que nos descubra nadie de la banda de Stark.
—Eso no parece aplicable a tu jefe —observó Fox.
—Es una exoneración especial. Ricky presionó mucho para crear la Operación Júnior. —Bell volvió la cabeza y estudió a Fox—. Continúa —dijo—. Estás deseando preguntar.
—Bueno, si insistes. ¿Vuestro hombre es uno de los cuatro que están con Dennis?
—¿Tú qué crees?
—Ninguno tiene pinta de poli.
—¿Adónde llegaría nuestro hombre si la tuviera o si hablara o actuara como un policía?
—Imagino que no utiliza su verdadero nombre.
—Por supuesto que no.
—¿Y le habéis creado una vida por si alguien indaga?
—Sí.
—¿Cuánto tiempo dices que lleva en la banda?
—Creo que no lo he dicho.
De repente, Bell se mostraba hermético. En lugar de abrir el resto de las fotos del álbum, bajó la tapa del portátil y bebió otro trago de café. Pero no pasaba nada. Ahora Fox tenía nombres. Cuando gozara de cierta privacidad, haría otra búsqueda en Internet por si acaso.
—¿Hay noticias de Glasgow? —preguntó mientras se dirigía al centro de la sala.
—Joe sigue allí.
—¿Se llevó con él a sus dos lugartenientes?
—Sí.
—Por tanto, ¿aquí solo quedan Dennis y sus cuatro hombres? ¿Tenéis idea de qué harán hoy?
—Buscar a Hamish Wright.
—¿Han pasado más tiempo aquí que en Aberdeen o Dundee?
—Eso parece.
—Podría significar algo. Quizá están convencidos de que está aquí.
—Quizá —reconoció Bell.
—¿Vuestro infiltrado no ha mencionado nada?
Bell lo miró con dureza.
—No tiene demasiadas oportunidades de ponernos al día.
—¿Cuándo fue la última vez que tuvisteis noticias suyas?
—Hace cinco días.
—¿Antes de que vinierais a Edimburgo?
—Eso es. Nos llamará cuando los Stark den caza a Wright, si es que eso ocurre.
—¿Cuánto hace que...?
—Joder, ya basta de preguntas, Fox. Ojalá no hubiera abierto nunca la boca.
—Pero lo hiciste. Yo creo que intentabas alardear delante de Rebus. ¿Voy bien?
—Piérdete.
—Es difícil hacerlo en mi propia oficina. —Fox extendió ambos brazos para reforzar su argumento—. Y anoche dejaste caer que vuestro topo lleva más de tres años infiltrado. —Se dio unos golpecitos en la frente—. Lo bueno de no beber es que suelo acordarme de las cosas.
—Entonces no habrás olvidado lo que te dijo Ricky el primer día: que estás de prueba. Y después de ese truquito tuyo acudiendo a Rebus a nuestras espaldas... —Bell meneó la cabeza lentamente—. ¿Cómo está tu padre, por cierto?
Fox entrecerró los ojos.
—¿Mi padre?
—Y tu hermana Jude. No estáis muy unidos, ¿verdad? —Bell sonrió maliciosamente—. Ricky necesitaba cerciorarse de que conocía al tipo de persona con la que estaba trabajando. Tu jefe vino con una biografía resumida. Si hubiera sido Ricky, habría facilitado detalles mínimos con algún que otro error garrafal. El inspector jefe fue mucho más servicial. Recuérdalo cuando redactes tu próximo informe. Algunos jefes son mejores que otros, y algunos equipos son equipos de verdad. Cuanto antes dejes de ejercer de chivato de Maxtone, antes lo descubrirás.
—¿Eso es un hecho?
—Piénsalo. Tú mismo dijiste que aquí estás solo un escalafón por encima de un paria. A lo mejor podemos ofrecerte algo mejor por una vez.
—¿Mejor que Angry Birds?
—Dejaré que juzgues tú mismo —respondió Bell, que levantó de nuevo la tapa del ordenador.
—Los periódicos lo llamaban la «trágica víctima de la lotería» —dijo Christine Esson—. Es como si la lotería hubiera acabado con él.
—Lo cual es cierto si alguien lo mató por su dinero —respondió Clarke.
La casa de ladrillo, con dos plantas y construida hacía poco, estaba rodeada de un muro alto y una verja eléctrica que habían dejado abierta. El camino era corto y llevaba a un aparcamiento circular asfaltado. A la derecha de la casa había un garaje con capacidad para tres vehículos. Clarke detuvo su Astra delante, junto a un BMW Serie 3 del que se apeó un hombre alisándose la corbata y abrochándose un botón del traje.
—¿Subinspector Grant? —preguntó Clarke. El hombre asintió—. Soy la inspectora Clarke, y esta es la agente Esson. Gracias por reunirse con nosotras.
—Ningún problema.
Grant volvió a meterse en el coche el tiempo suficiente para buscar una carpeta y ofrecérsela.
—Examen post mortem, datos de la escena del crimen y el informe forense.
—Se lo agradezco mucho. El caso sigue abierto, ¿verdad?
—Por supuesto.
—No soy periodista, Jim. Puede contarnos la verdad.
Grant esbozó una leve sonrisa.
—Supongo que no hay mucho más que podamos hacer. El equipo ha quedado recortado a mínimos. Hemos interrogado a todas las personas que se nos han ocurrido, hemos tanteado el terreno, hemos estudiado las cámaras de vigilancia del centro de la ciudad y las rutas de entrada y salida de Linlithgow...
—Más o menos lo mismo que hemos hecho en Edimburgo.
—Víctimas de renombre; es el único vínculo sólido que puedo ver.
—Y hombres que vivían solos —terció Esson.
—Pero Michael Tolland no era un solterón como lord Minton —repuso Grant—. Estuvo casado veinticinco años. Su mujer ya estaba enferma cuando ganó la lotería. Tenía cáncer de hígado. No vivió lo suficiente para disfrutar el premio, pero, después de su muerte, el marido extendió un cheque de seis cifras a la beneficencia.
—Entre eso y la casa no debía de quedarle mucho.
—Unas 275.000 libras.
—¿Tenían hijos?
Grant negó con la cabeza.
—Parece que se lo van a llevar todo los hijos de su hermana, que falleció hace ocho meses.
—Pese a las apariencias, no es la familia más afortunada del mundo.
Clarke estaba estudiando la parte delantera de la casa.
—¿Quieren entrar? —preguntó Grant, agitando un juego de llaves.
—Usted primero.
Aún había manchas de sangre en la moqueta beige. Clarke sacó las fotografías de la escena del crimen y se las enseñó a Esson. Al final del vestíbulo había un amplio salón, dominado por un enorme televisor y altavoces de sonido envolvente. Había unos cuantos ornamentos, pero no muchos, y una única fotografía enmarcada del matrimonio el día de su boda en el registro civil. Ella Tolland había trabajado como administradora del ayuntamiento. Era diez años más joven que su marido. En la imagen había logrado sonreír, pero tenía la boca cerrada, a diferencia de él, que enseñaba toda la dentadura y llevaba a la novia agarrada del brazo como si quisiera impedir que huyera.
—¿Eran un matrimonio feliz? —preguntó Clarke.
—No hay razón para pensar lo contrario. He incluido un DVD en la carpeta. Son un par de entrevistas que concedieron después de ganar la lotería.
—Gracias.
Grant las acompañó a la cocina y les enseñó dónde habían forzado la puerta, que había sido retirada como prueba y sustituida por algo más básico.
—Creemos que utilizaron una palanca o algo similar.
—¿Y es lo que usaron para atacar a la víctima?
—No se encontró ningún arma, así que solo podemos especular, pero el patólogo cree que encaja. Sin embargo, ¿comentaba usted por teléfono que en Edimburgo piensan que utilizaron un martillo?
—Ahora que ha mencionado la palanca, puede que nos lo replanteemos.
—¿No encontraron el arma?
—Hemos registrado las calles cercanas, jardines, contenedores de basura e incluso el puerto de Leith.
—Aquí igual. Mandamos a una docena de hombres a recorrer la carretera que va desde aquí hasta la autopista: campos, zanjas, de todo.
—¿Alguna idea, Christine? —dijo Clarke.
—¿El subinspector Grant está al corriente de la nota?
El propio Grant decidió responder
—Sí, pero aquí no encontramos nada parecido.
Clarke había abierto la nevera.
—No cocinaba mucho, ¿verdad?
—Por lo que nos han contado sus amistades, al parecer comía a menudo en el pub o compraba comida para llevar. —Grant abrió un cajón y sacó un montón de folletos de restaurantes—. Le gustaba la comida china e india, y no todos eran restaurantes de la ciudad. Pero bueno, si tienes dinero, la distancia no es problema.
—¿Han registrado la casa de arriba abajo? —preguntó Clarke—. Sería fácil que la nota pasara inadvertida.
—No me importaría dar otra pasada si mi jefe me facilita personal.
Clarke miró a Esson.
—¿Tú qué opinas?
—Creo que las posibilidades de que ambos casos guarden relación son escasas.
—¿Cómo de escasas?
—Prácticamente nulas. Tenemos dos víctimas sin ningún vínculo. No se conocían y se movían en círculos sociales muy diferentes.
Clarke estaba repasando el contenido de la carpeta.
—¿El señor Tolland nunca tuvo problemas con la ley? ¿Algún proceso judicial?
—Limpio como una patena, aunque me atrevería a decir que algunas de las personas a las que cuidaba no eran ajenas a las citaciones.
—¿A qué se refiere?
—Era trabajador social. Ayudaba a gente con problemas y ese tipo de cosas.
—¿Es posible que alguno le guardara resentimiento?
—Lord Minton nunca se ocupaba de ese tipo de casos —dijo Esson.
—A lo mejor sí que lo hacía tiempo atrás —respondió Clarke.
—Dudo que esto sea algo personal —afirmó Grant—. No es un ataque, sino un allanamiento de morada que salió mal.
—¿Y qué se llevaron? —preguntó Clarke, que cerró una vez más la carpeta—. Ni siquiera desaparecieron su ordenador portátil y su iPhone. Las tarjetas de crédito, el dinero y el reloj Breitling siguen aquí, igual que ocurrió en casa de lord Minton. ¿Por qué el autor no esperó a que la casa estuviera vacía? No había viviendas en casi un kilómetro a la redonda. Nadie podía oír nada. Por algún motivo, la víctima tiene que estar en casa. —Hizo una pausa—. ¿Quién encontró el cuerpo, por cierto?
—Un viejo amigo. Tolland debía asistir a un concurso en el pub, pero no se presentó. Era el capitán del equipo y se lo tomaba muy en serio. Al ver que no cogía el teléfono, el amigo vino aquí. La verja estaba cerrada, pero cuando se subió al muro vio que el televisor estaba encendido. Al final fue a la parte de atrás y encontró la puerta abierta.
—¿Cuánto hacía que eran amigos?
—Desde la escuela, creo.
—Tal vez deberían hablar otra vez con él. Si Tolland recibió algún tipo de amenaza, es posible que se lo comentara. Como mínimo debía de estar ansioso o malhumorado.
—De acuerdo —dijo Grant.
—En ese caso, creo que ya hemos terminado aquí. —Clarke estrechó la mano a Grant—. Y gracias de nuevo por reunirse con nosotras.
—Ha sido un placer —dijo Grant.
Mientras el Astra recorría el camino de entrada marcha atrás, Clarke preguntó a Esson qué pensaba.
—No es mi tipo. Seguramente se plancha los calzoncillos.
—Tiene cara de maniquí, ¿verdad? ¿Crees realmente que hablará otra vez con el amigo?
—Sí, pero solo porque así tendrá una excusa para volver a hablar con nosotras. Cuando te has dado la vuelta para abrir la nevera...
—¿Qué?
—Solo le ha faltado desnudarte con la mirada.
Clarke se ruborizó.
—Pensaba que le gustabas tú.
—Diría que hace tiempo que no está con una mujer. ¿Tiene tu número de móvil?
—Sí.
—Probablemente no será el próximo mensaje, sino el siguiente.
—¿Qué?
—Y no será sobre trabajo, créeme. —Clarke torció el gesto—. Si te gusta apostar, aceptaré gustosamente tu dinero —bromeó.
—¿El próximo mensaje no sino el siguiente? ¿Un mensaje y no una llamada?
—Veinte libras a que sucede una cosa o la otra.
—De acuerdo, veinte libras.
Clarke soltó el volante para estrechar la mano a su acompañante.
10
Rebus pasó por delante de la casa de Cafferty y vio el coche en el camino, justo al otro lado de la verja, que estaba abierta. En la parte delantera había dos hombres observándolo. Aparcó en una zona de pago y volvió caminando hasta la casa. Los hombres no se movieron cuando pasó junto a ellos, pero notó su mirada cuando se aproximó a la puerta principal y llamó al timbre. La ventana del salón había sido reemplazada y la masilla de color ladrillo estaba por pintar. Cafferty abrió la puerta.
—Imagino que les avisaste de que venía. —Rebus señaló el coche—. Es inteligente contar con un poco de seguridad.
—Adelante.
Cafferty lo acompañó al comedor. Habían retirado el cuadro que cubría el agujero de bala, que ya estaba tapado. La masilla parecía fresca, pero sería preciso pintarla de nuevo.
—Por teléfono parecías agotado —dijo Rebus—. ¿Ha ocurrido algo?
Cafferty se había sentado al borde de una butaca y Rebus se acomodó delante de él.
—¿Has visto el periódico?
The Scotsman estaba encima de la mesita y Cafferty le dio la vuelta. Había una foto de David Minton y un titular sobre la amenaza de muerte.
—Lo he visto.
Cafferty sacó algo del bolsillo del pantalón y lo depositó sobre la mesita. Era la bala que había extraído de la pared, medio envuelta en un trozo de papel.
—¿Qué se supone que debo hacer con eso? Recuerda que ya no soy policía.
—Mira ese papel.
Rebus entrecerró los ojos, cogió la nota y la desdobló.
—Dios —dijo—. Siobhan tiene que ver esto.
—¿Está trabajando en el caso Minton?
Rebus asintió, con los ojos clavados en la nota y su escueta amenaza:
TE MATARÉ POR LO QUE HICISTE.
—¿De dónde ha salido? —preguntó Rebus.
—La encontré una mañana detrás de la puerta principal.
—¿Así doblada?
—No, estaba desdoblada, con el mensaje hacia arriba, como si alguien la hubiera deslizado por debajo de la puerta en lugar de utilizar el buzón. Querían que la viera al momento.
—¿No tienes cámaras?
—¿Un circuito cerrado de televisión? ¿Sabes lo inútiles que son?
Rebus volvió a observar la nota.
—¿Cuánto hace?
—Cinco días.
Eran letras mayúsculas escritas a mano con lo que parecía un bolígrafo negro.
—¿Quién la envió?
—La misma persona que me disparó.
—¿Lo sabes con certeza o es pura intuición?
—Estoy sumando dos y dos.
—El asesino de lord Minton no utilizó una pistola.
—Pero ambos recibimos notas idénticas. ¿Me estás diciendo que el pistolero podría no ser la misma persona?
—No estoy diciendo nada...
Rebus estuvo a punto de llamar a Cafferty por su nombre de pila, pero no lo hizo. ¿Big Ger? ¿Morris? ¿Gerald? Era Morris Gerald Cafferty. Era Big Ger. Nada habría sonado apropiado.
—John —dijo Cafferty pausadamente—, ¿de qué va todo esto?
—Alguien cree que tú y David Minton lo tratasteis mal y tiene intención de hacéroslo pagar.
—No sabía quién era Minton hasta que vi en las noticias que había muerto.
—¿Nunca te tropezaste con él en un juzgado? ¿Nunca encerró a uno de tus hombres?
—No.
—Él es la ley, tú un gánster. Ya hay conexión.
Rebus se dio cuenta de que había sacado el tabaco. Tenía el paquete y un encendedor en la mano.
—Fuma si lo necesitas —dijo Cafferty.
—Puedo esperar. —Rebus los guardó de nuevo—. La enviaremos a balística. Está bastante maltrecha, pero si el arma ha sido utilizada antes, podríamos encontrar coincidencias.
—De acuerdo.
—Y Siobhan tendrá que hablar contigo. De manera oficial.
—Tienes que prometerme que la noticia no se filtrará. Lo último que necesito es a la prensa acechándome.
—Ya sabes cómo son las investigaciones.
—Sé que son igual de herméticas que un barco de papel.
—Eso significa que tendrás que arriesgarte. Siobhan hará lo que pueda. Pero si cree que hacer pública la investigación puede ayudar...
—Sí, está bien.
De repente, Cafferty parecía cansado y viejo.
—Puede que con esos dos gorilas de ahí fuera no baste. Yo de ti buscaría un lugar un poco más anónimo.
—¿Una pensión, quizá? Con los Stark en el mismo pasillo.
—¿Sabes dónde están?
—He hecho unas cuantas llamadas. Hay que conocer al enemigo, ya sabes.
—¿Crees que...?
—¿Cómo coño voy a saber lo que creo? Lo creo todo. ¿Hasta dónde llega la lista de todos los cabrones a los que he tratado mal?
—Muchos de ellos deben de estar muertos. O algunos, pero no sabes dónde están los cuerpos.
—Tienes la misma gracia que un infarto.
—Yo diría que estás a punto de sufrir uno. Pero exasperarte no te ayudará. ¿De verdad no se te ocurre por qué alguien pudo enviarte esa nota?
—No.
—¿Y no viste quién te disparó?
—Vi... una sombra muy difusa. Llevaba un abrigo acolchado y la capucha puesta.
—¿Varón?
—A juzgar por su constitución, sí.
—¿Edad?
—Ni idea. Debía de medir un metro ochenta. Lo vi de refilón cuando se rompió la ventana. Pero me agaché y fui hacia la puerta. Quería salir del maldito salón.
—Hace veinte años habrías salido de casa y lo habrías perseguido por la calle.
Cafferty sonrió forzadamente.
—Con un cuchillo de carnicero en la mano.
—Si queremos llegar al fondo de la cuestión, me gustaría ir a juicio. No quedaría bien que el sospechoso muriera mientras está en prisión preventiva.
—No estaría respetando el acuerdo.
Rebus tenía el teléfono en la mano.
—Antes de llamar a Siobhan, necesito que me lo prometas.
—¿Que no me cargaré al que intentó matarme? Lo prometeré si tú me prometes que los medios de comunicación no sabrán de la existencia de esa nota.
—¿Por qué te supone un problema?
—Usa la cabeza, John. ¿Con los Stark paseándose por la ciudad? Y Darryl Christie... Imagino que hablaste con él.
—Me dijo que no tenía nada que ver con la bala, pero se le veía inquieto.
—¿Por los Stark?
—Al parecer cree que podrían intentar introducirse a la fuerza, con tu ayuda.
Cafferty meneó la cabeza lentamente.
—Ocurra lo que ocurra, no puedo aparentar debilidad o que de repente estoy intimando con las fuerzas de la ley y el orden.
—¿No has dejado el negocio del todo?
—Nadie lo ha hecho. Es imposible.
Cafferty sonrió de nuevo.
—¿Sigues pensando que uno u otro podrían estar detrás de esto?
—Todo es posible.
—¿Y dónde encaja lord Minton en todo esto?
—Quizá aceptó un soborno en algún momento y dejó en libertad a los hombres de Stark o de Christie. A lo mejor pretendía limpiar su conciencia hacia el final de su vida... —Cafferty se encogió de hombros—. El policía aquí no soy yo.
—Tal vez ha llegado la hora de que llame a uno —respondió Rebus.
—Tal vez —dijo Cafferty, recostándose en la butaca.
Clarke llegó con Christine Esson. Al parecer, eso también incumplía el trato, así que Esson tuvo que esperar en el coche. La nota y la bala estaban encima de la mesita, y Clarke las vio de inmediato.
—De acuerdo — dijo mirando a ambos—. ¿Quién de los dos quiere hablar?
—Él —contestó Rebus, señalando a Cafferty con la cabeza—. Tengo que poner dinero en el parquímetro y fumar un cigarrillo.
Volvió a salir y pasó junto al coche de los guardaespaldas. Dentro solo había uno. El otro se dirigía al jardín trasero como si fuera un centinela y no vio a Rebus. Este dio unos golpecitos en la ventanilla y el hombre que ocupaba el asiento del conductor la bajó un par de centímetros.
—¿Solo estáis vosotros? —preguntó Rebus.
—Nos turnamos con otros dos. El señor Cafferty nos ha dicho que eras poli.
El hombre observó a Rebus mientras se encendía un cigarrillo.
—Antes fui militar. Estaba en el regimiento de paracaidistas. —Rebus exhaló humo—. ¿Y tú? —El hombre asintió lentamente—. Normalmente lo intuyo.
—Yo también suelo reconocer a un poli. ¿Lo que le ha pasado al señor Cafferty es grave?
—Podría serlo.
—Mientras esté aquí será un blanco fijo.
—Es justo lo que le he dicho. —Rebus tiró la ceniza al suelo—. Seguid trabajando así de bien, ¿de acuerdo?
Mientras recorría la calle rebuscando monedas en el bolsillo vio a Christine Esson agachada en la acera al lado del Astra de Clarke. Estaba acariciando al terrier de pelo áspero.
—Parece que has hecho un amigo —comentó Rebus.
Esson se irguió.
—Es agradable sentirse querida. —Luego, señalando la casa de Cafferty—: No me gusta que me dejen al margen.
—Siobhan te lo contará todo.
—Entonces, ¿por qué no estoy ahí dentro?
—Porque Cafferty no es precisamente uno de los principales donantes del Fondo de Beneficencia de la Policía.
—Exacto. Y, sin embargo, aquí estamos, ofreciéndole ayuda.
Rebus observó al perro, que le olisqueó los zapatos hasta que decidió volverse hacia Esson, que le procuraba más atenciones.
—A veces nuestro trabajo es así, Christine, nos guste o no.
—¿Olvidas que estás jubilado?
Rebus se la quedó mirando.
—Pues ahí dentro se me ha olvidado por un segundo. Aunque ser civil tiene sus ventajas.
—¿Por ejemplo?
—Para empezar, no respondes ante nadie. Y al final de la jornada no hay formularios que rellenar. ¿Cómo va el caso Minton, por cierto?
—Acabamos de volver de Linlithgow. Al ganador de la lotería lo asesinaron hace un par de semanas.
—Lo recuerdo. ¿Siobhan cree que podría haber relación?
—Un leve vínculo como mucho.
—¿No dejaron una nota en la escena del crimen?
—El equipo local tendrá que registrar otra vez la casa.
—Puede que debáis cambiar vuestras prioridades —advirtió Rebus.
—¿Por qué?
Rebus se limitó a sonreír y siguió caminando. Pisó la colilla y pagó un nuevo tique de aparcamiento en la máquina. Esson estaba jugando de nuevo con el perro cuando pasó a su lado de camino a la casa.
Había dejado la puerta principal abierta y encontró a Clarke sentada en la silla que él había dejado vacía. Tenía a Cafferty delante. Clarke estudió la nota.
—¿De quién es el perro? —preguntó Rebus a Cafferty.
—¿Qué perro?
—El que está siempre fuera.
—Apareció hará cosa de una semana. Creo que es un perro callejero.
—Pero parece que alguien le está dando de comer.
—En esta calle hay mucho bonachón, mejorando lo presente.
Rebus desvió su atención hacia Clarke.
—¿Qué opinas de todo esto? —preguntó.
—El señor Cafferty no quiere que esto se haga público —respondió Clarke—. Le he dicho que eso es decisión del inspector jefe Page. De momento quiero que lleven la bala al laboratorio forense para analizarla. Si el equipamiento no está a la altura, quizá la envíen a otro sitio. Los resultados podrían tardar un poco en llegar.
—¿Y la nota?
—Parece el mismo bolígrafo, y probablemente la misma mano. Me gustaría contar con la opinión de un experto.
—¿Crees que encaja? —Rebus se cruzó de brazos—. Minton fue atacado dentro de casa. No es ni de lejos el mismo modus operandi que disparar a través de una ventana desde el jardín.
—¿Crees que las notas y el disparo no guardan relación?
—Simplemente planteo una duda. El asesinato de Linlithgow tiene más en común con Minton que este.
—¿Qué asesinato de Linlithgow? —terció Cafferty.
—Nada importante —dijo Clarke.
—Hace unas semanas mataron a un hombre al que le había tocado la lotería —añadió Rebus, que vio recompensados sus esfuerzos con una mirada de desaprobación de Clarke.
—Recuerdo haber oído hablar de ello —dijo Cafferty.
—No tiene ninguna importancia, de verdad —insistió Clarke.
—¿Y ahora qué? —preguntó Rebus.
—El señor Cafferty tiene que venir a la comisaría a prestar declaración.
—De ninguna manera —dijo Cafferty, levantando una mano—. Si entro ahí saldrá en todos los medios.
—Podríamos traer aquí el equipo de grabación —propuso Rebus. Clarke le lanzó otra mirada—. Con «podríamos» me refiero a la Policía de Escocia, por supuesto.
—No sé si la oficina del fiscal lo aceptaría —dijo Clarke.
—¿Podrías preguntarlo?
—Primero tengo que llevarle esto al inspector jefe Page.
Clarke estaba buscando el teléfono en el bolso.
—No quiero más polis aquí —le advirtió Cafferty—. No pienso tolerar a nadie más que a usted.
—¿Y a John?
Cafferty miró a Rebus.
—Por ahora supongo que sí —respondió.
—Tengo que hablar con Page de todos modos.
Clarke se puso en pie y se dirigió a la puerta, realizando la llamada sobre la marcha. Cafferty se levantó y se situó delante de Rebus.
—Los hombres que tienes fuera... —dijo este—. Cuatro personas, dos turnos de doce horas...
—¿Qué pasa?
—¿De dónde han salido?
—¿A qué te refieres?
—A si forman parte del espectáculo de Andrew Goodman.
—¿Y eso qué más da?
—Pues que Goodman ha mantenido al menos una reunión con los Stark desde que llegaron a la ciudad.
—Ya lo sé. Me lo contó Andrew. Es un buen tipo.
—¿Y por casualidad te dijo qué querían de él los Stark?
—Mencionaron a un tipo de las Tierras Altas llamado Hamish Wright, pero solo de pasada. Por lo visto, no estaban buscándolo a él, sino algo que tiene escondido en algún lugar.
—Y ambos sabemos de qué se trata.
—La cuestión es que estamos hablando de algo de un volumen considerable.
—¿No es fácil de esconder?
—Ni de trasladar sin que nadie se dé cuenta. Es imposible que Wright utilice uno de sus camiones.
—Entonces, ¿es posible que se ponga en contacto con otros transportistas?
—Si cree que tiene que trasladarlo. En todo caso, puede que esté escondido en algún lugar donde él crea que nadie puede encontrarlo.
—¿Conoce a gente en la ciudad?
—Yo diría que sí.
—¿Tú no eres uno de ellos?
—No estoy de humor para entrar en eso.
—Lo cual más o menos responde a mi pregunta. ¿Sabes dónde está Hamish Wright?
—Me sorprendería que estuviera en algún sitio. En algún sitio que no sea bajo tierra, quiero decir.
Rebus entrecerró los ojos.
—Entonces, ¿por qué están buscándolo los Stark?
—¿Qué te hace pensar que lo están buscando?
—¿A qué te refieres? —Pero Cafferty sacudió la cabeza, puso una mano en el hombro de Rebus y lo acompañó a la puerta—. ¿Cuánto sabías cuando Fox y yo hablamos contigo?
—¿Te preocupa que no esté siendo sincero, John?
—Supongo que hay una primera vez para todo.
—Para que te quedes tranquilo, no supe de la existencia de Goodman hasta después de que tú y yo tuviéramos aquella charla en el Golden Rule.
—Te llevaré a un lugar seguro —dijo Rebus, que se detuvo al lado de la puerta principal—. Será tuyo en cuanto me digas qué está ocurriendo.
—Vete a jugar una partida de dominó. Si quiero consejos en materia de protección, consultaré a la policía, no a un pensionista.
—Me hubiera gustado que esa bala te hubiera alcanzado en ese cráneo tan duro que tienes.
Cafferty se detuvo en el umbral y pensó unos instantes.
—No, no te hubiera gustado —dijo mientras abría la puerta e invitaba a Rebus a salir.
El terrier estaba junto a la verja, observando a ambos y meneando la cola.
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