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Marco Antonio Cortés Guardado
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Jiménez, Guillermo, 1861-1967.
Obras escogidas: narrativa y teatro / Guillermo Jiménez; comp. Ricardo Sigala Gómez, Milton Iván Peralta Patiño. -- 1a ed.– Guadalajara, Jalisco: Editorial Universitaria: Universidad de Guadalajara, Centro Universitario del Sur, 2012.
ISBN 978 607 450 620 4
1. Literatura mexicana-Colecciones 2. Antologías I. Sigala Gómez, Ricardo, comp. II. Peralta Patiño, Milton Iván, comp. III. t.
868.4 .J61 CDD
PQ7297 .J61 LC
Primera edición electrónica, 2012
Compilación
Ricardo Sigala Gómez
Milton Iván Peralta Patiño
Textos
Guillermo Jiménez
© Herederos de Guillermo Jiménez
© 1914, ¿Quién es el autor de la Imitación de Cristo?
© 1916, Almas inquietas
© 1917, Del pasado
© 1919, La de los ojos oblicuos
© 1920, La cancion de la lluvia
© 1921, Constanza
© 1933, Visita a Giovanni Papini
© 1933, Zapotlán, lugar de zapotes
© 1940, Zapotlán
Subdirección
Edgardo Flavio López Martínez
Coordinación editorial
Sayri Karp Mitastein
Producción
Jorge Orendáin Caldera
Diseño de maqueta
Editorial Universitaria
Diseño de portada y diagramación
Lopx. Diseño y Comunicación Visual
D.R. © 2012, Universidad de Guadalajara

Editorial Universitaria
José Bonifacio Andrada 2679
Colonia Lomas de Guevara
44657 Guadalajara, Jalisco
www.editorial.udg.mx
01 800 UDG LIBRO
ISBN 978 607 450 620 4
Noviembre de 2012
Hecho en México
Made in Mexico
Se prohíbe la reproducción, el registro o la transmisión parcial o total de esta obra por cualquier sistema de recuperación de información, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia o cualquier otro, existente o por existir, sin el permiso por escrito del titular de los derechos correspondientes.
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Índice
Prólogo
¿Quién es el autor de la Imitación de Cristo?
Almas inquietas
Cuentos
El collar
Nocturno
En rojo
Beso cruel
La nota blanca
La Petite Otero
Diario sentimental
Lágrimas de otoño
Venganza galante
Desencantado
La muerte de Mimí
Prosas
Las mujeres de la tropa
La tísica
Del pasado
Del pasado
María Elena
Trifaldín
Confidencia
La última sonrisa
Cartas de mujeres
Teatro
Amor ajeno
Berenice
La de los ojos oblicuos
La de los ojos oblicuos
Esta era un amiga gentil
En el… tea-room
Como la Desiderata de Daudet
El mercader de los libros
Historia de una nube
Mi amada no gusta de los libros
Un seno pequeñito
Pajaritas de papel
Música epistolar
Grageas
Y se perdió en la lluvia de las hojas…
Le sourvenir d’autres yeux
Diálogos furtivos
Serenamente…
La canción de la lluvia
La canción de la lluvia
El caso del señor Octavio
Aves perdidas
El encanto del misterio
Constanza
Visita a Giovanni Papini
Zapotlán, lugar de zapotes
Las huertas
El volantín
Amor, sangre
Los pecados
La Catedral
Un viejo amor
Gallo romántico
Hombres de temple
Fiesta de los indios
Zapotlán

Prólogo
Milton Peralta
Ricardo Sigala
I. Guillermo Jiménez
Cuando se trata de artistas, Zapotlán el Grande ostenta sus conocidísimas cartas de presentación: Juan José Arreola, José Clemente Orozco, Consuelo Velázquez y José Rolón, que le han dado fama mundial; sin embargo basta con asomarse a los archivos, a las bibliotecas, a las bibliografías, para encontrarse con autores inesperados que quizás por el brillo de aquéllos suelen dejarse de lado injustamente. Es el caso de Guillermo Jiménez, quien además de ser un sólido escritor fue también periodista, funcionario de gobierno, diplomático y hombre de mundo.
Nació el 9 de marzo de 1891. Comenzó sus estudios en Ciudad Guzmán y los continuó en Guadalajara para después hacer una estancia en el seminario. Inició su vida laboral en la oficina de correos —en Zapotlán y posteriormente en Guadalajara—. Ya en la Ciudad de México fue director del antiguo Museo de Antropología e Historia, trabajó en la Secretaría de Educación Pública, y se desempeñó en la Secretaría de Gobernación como director general de información de la nación y como director de Radio y Cinematografía. Sus incursiones en la Secretaría de Relaciones Exteriores lo llevaron a establecerse como canciller en España y Francia, y más tarde como embajador en Austria.
En estos años Jiménez tuvo el buen tino de enviar a Ciudad Guzmán a su amigo Alfredo Velasco una inapreciable cantidad de libros, que entre clásicos y contemporáneos constituyeron una emblemática biblioteca que representó la formación de varias generaciones de intelectuales guzmanenses, entre los que se encuentra Juan José Arreola. Guillermo Jiménez tuvo una intensa actividad social que le permitió departir con los artistas más reconocidos de la época: Pablo Picasso, Diego Rivera, María Izquierdo, Alfonso Reyes, José Gorostiza, Xavier Villaurrutia, Rodolfo Usigli, Ramón del Valle Inclán y Pablo Neruda; entre sus más allegados se encuentran Ándres Henestrosa y Alejo Carpentier, y entre sus coterráneaos, José Clemente Orozco y Lupe Marín.
Guillermo Jiménez publicó una veintena de títulos entre libros de cuento, ensayo, novela, memorias, teatro y prosa periodística, que fueron editados principalmente en México, algunos vieron la luz en España y Francia. Fundó la revista literaria Número, que se publicó entre 1933 y 1935. El escritor zapotlense fue objeto de reconocimientos y distinciones entre las que destacan las Palmas Académicas de Francia como Hombre de Letras (1947), la Orden de Caballero de la Legión de Honor de Francia como Hombre de Letras (1951), la Gran Cruz de Austria (1959), la medalla José María Vigil del Gobierno del Estado de Jalisco (1954) y el Diploma de Gratitud del Ayuntamiento de Ciudad Guzmán (1956). Diego Rivera lo incluyó en sus murales de la Secretaría de Educación Pública.
Guillermo Jiménez murió en la Ciudad de México el 13 de marzo de 1967, sus restos fueron depositados en el Panteón Jardín.
II. Guillermo Jiménez ante la crítica
Para algunos críticos, Zapotlán es un claro antecedente de La Feria de Arreola. Así lo han señalado, por ejemplo, Víctor Manuel Pazarín y Wolfang Vogt. El primero considera que existe una línea directa, «una especie de continuidad y homenaje» entre las obras de Refugio Barragán de Toscano (La hija del bandido), José Rolón (Zapotlán, sinfonía) y los dos libros citados. Por su parte, Wolfang Vogt destaca que ambos describen de manera extraordinaria la belleza de la ciudad: «La prosa modernista de su novela más importante, Zapotlán (1940), emociona al lector por su gran belleza. Con gran maestría evoca Jiménez el idílico Zapotlán de su infancia, un verdadero paraíso». Cabe señalar que, además de los evidentes paralelismos (la ciudad natal y el género de narrativa breve), existe afinidad en la búsqueda expresiva de los dos escritores. Enrique González Martínez sostuvo que el estilo fragmentario de Jiménez (y el de Arreola, podemos añadir) «cabe con holgura en una página y parece que demanda poca intensidad de labor, esfuerzo insignificante y brevísimo tiempo», es en realidad un género muy difícil, para el cual se requiere un enorme talento:
Cada nota de esas que parecen escritas a vuela pluma, ha menester un suave perfume de gracia, o una observación penetrante, o una discreta ironía, o una trascendencia oculta, o una emoción sutil y refinada. Estas minúsculas grageas literarias deben estimular como una droga excitante, producir picor en la lengua, o, cuando menos, perfumar el aliento. Lo soso está prohibido. De esta literatura, más que cualquier otra, debe desterrarse lo mediocre.
La fortuna ha sido caprichosa con Guillermo Jiménez, es cierto, pues apenas ahora comienza a valorarse en su justa dimensión la calidad de su obra. Sin embargo, no le han faltado críticas y comentarios de los escritores más connotados de su tiempo, entre los que podemos contar a José López Portillo y Rojas, quien en su artículo «Un cuentista mexicano», publicado en la prestigiada revista Nuestra América, celebró el inicio literario de Jiménez:
Admiro y aplaudo a Guillermo Jiménez, que hace su aparición en la arena de la literatura con dos libros bien acabados en la mano. Iniciarse así significa poner los pies en el camino del triunfo. Estilo formado ya, fuerte, refinado, exquisito; altiva imaginación, que crea cuadros de despiadada potencia; descripción vertiginosa y enérgica, que con unas cuantas pinceladas de claro oscuro, colorido y relieve a objetos y personajes; simpatía humana, honda, callada y penetrante, bajo capa de crueldad escondida, y sobre todo ello, un profundo sentimiento poético, difundido y como esfumado en el crudelísimo encanto de esas endechas en prosa.
Otro grande de la época, el ya citado Enrique González Martínez, «uno de los siete dioses mayores de la lírica mexicana», también saludó amablemente los pinitos literarios del joven autor zapotlense:
El autor de esta colección (Del Pasado) es un joven que ha publicado ya otra de mismo carácter con el sugestivo título de Almas inquietas. Ha tomado su labor en serio como conviene a escritores bien nacidos, y cuida de su arte como fin noble y no como vulgar pasatiempo. De un libro a otro el progreso es visible; pero yo garantizo que el mismo autor no presume de haber puesto ya fin y remate a su laudable esfuerzo. Como tiene juventud y alientos, como es trabajador, inteligente y entusiasta, y como está en camino de que el gusto y estilo se depuren, firmemente creo que hará la obra que sueña.
Hay otras referencias, también de escritores de renombre, que no pasan de ser meramente anecdóticas, como la de José Luis Martínez: «Guillermo Jiménez es un autor de agradables relatos sobre la vida de nuestra ciudad, de un breve estudio sobre La danza en México y de una cordial estampa de su ciudad natal, Zapotlán (José Luis Martínez)» y la de Enrique Fernández Ledesma: «Lo que tiene de estallante en su trato personal; las frecuentes estridencias de sus juicios, las crudezas de sus entusiasmos, se esfuman en esta bella obra [Constanza] para dar paso a la intelectual distinción del espíritu». Existen, asimismo, algunas críticas que intentan ubicar a Guillermo Jiménez en una línea literaria y establecer paralelismos con el estilo de otros autores: «La canción de la lluvia y La de los ojos oblicuos […] Son páginas en las que respira algo de lo mejor de Jiménez y mucho de las ensimismadas atmósferas que la literatura mexicana registró entre el final del siglo XIX y las primeras décadas del siguiente [el modernismo]». En el mismo tenor, el Diccionario de escritores mexicanos (1997) del Centro de Investigaciones Filológicas de la UNAM asegura que el tono poético de sus narraciones y crónicas recuerda al estilo de Azorín y de Gómez Carrillo. El prólogo de Constanza, escrito por Enrique Fernández Ledesma, esboza también un juicio crítico sobre el estilo de Guillermo Jiménez.
Constanza se lee en quince minutos y la emoción de la lectura nos ronda horas y horas… Así es de fina, de pura, la primaria belleza de los breves pasajes de la obra. Sus cuadros, realizados con una sobriedad mate, dan una impresión de pulimento discreto, de sedante refugio de tersura cordial. Porque lo más cautivador del minúsculo volumen es la concordancia entre su emoción y su estilo. Allí hay equilibrio. Y entre lo que se dijo y la forma en que se dijo, hay un nexo que regula los matices de la palabra y que pone a escala el crescendo de la emoción.
Si bien no son pocos los comentarios y referencias dignos de interés, la obra de Guillermo Jiménez no ha sido suficientemente tratada por la crítica, pues no se le han dedicado estudios que ofrezcan una valoración amplia y profunda de su riqueza literaria. La nueva edición que presentamos, pretende ser un estímulo para que los futuros investigadores lleven a buen puerto esta enorme (y apasionante) tarea pendiente.
III. Las obras escogidas
La obra de ficción de Guillermo Jiménez es prácticamente imposible de conseguir, el lector común o el estudioso de la literatura se enfrenta a esta carencia que ni la panacea de internet puede solucionar. Exceptuando un volumen que publicó la UNAM, otro par a cargo del Archivo Histórico de Zapotlán el Grande, por cierto con escasa o nula distribución en las librerías, y una novela corta en la web, sólo se puede constatar la existencia de la obra de este zapotlense por referencias bibliográficas especializadas. Ante esta realidad el Centro Universitario del Sur y la Editorial Universitaria de la Universidad de Guadalajara abrazaron el proyecto de conjuntar en un volumen la obra de ficción, narrativa y teatro, de Guillermo Jiménez para contribuir así a la divulgación de una obra que, a decir de muchos ha sido injustamente relegada.
Se incluyen en este volumen nueve títulos que fueron publicados entre 1914 y 1940, las plaquets con un solo cuento, ¿Quién es el autor de la Imitación de Cristo? (1914) y Visita a Giovanni Papini (1933); el relato breve Constanza (1921); los libros de cuentos Almas inquietas (1916), Del pasado (1917), La canción de la lluvia (1920) y Zapotlán, lugar de zapotes (1933); y las novelas breves La de los ojos oblicuos (1919) y Zapotlán (1940). Hemos optado por presentarlos en orden cronológico para que el lector pueda apreciar el desarrollo de la prosa claramente modernista en los primeros textos hasta la búsqueda en los experimentos narrativos del siglo XX en Zapotlán.
Nuestra pretensión inicial era incluir aquí toda la narrativa, se realizó un arduo trabajo de recuperación de primeras ediciones, ediciones únicas y reediciones, en bibliotecas públicas, archivos, librerías de viejo, bibliotecas particulares e internet, y se consiguió un corpus valioso de material. Sin embargo nos fue imposible encontrar La ventana abierta (1923), esperamos en una futura edición poder subsanar esa ausencia. En cuanto al teatro, se trata sólo de dos pequeñas obras incluidas en Del pasado como remate o colofón de la colección de cuentos, decidimos dejarlas como parte del volumen respetando la decisión original del autor.
Queremos agradecer a las autoridades del Centro Universitario del Sur y a la Editorial Universitaria por su disposición para consolidar el rescate de la narrativa del autor, a su hija la señora Margarita Constanza Jiménez de Suárez por su importante contribución a la realización de este libro y su confianza en que esta empresa llegara a buen puerto, a todas las personas que nos abrieron sus bibliotecas personales, al Archivo Histórico de Zapotlán el Grande, a Joanna Contreras que hizo la transcripción de los textos, a Didiana Sedano que colaboró en la laboriosa y meticulosa tarea de cotejar el texto con los originales, así como en la unificación de criterios y la corrección. Todos ellos han contribuido a que este volumen de las Obras escogidas… de Guillermo Jiménez sea una realidad.


La riente campana del seminario anunciaba la salida de clase. Después de rezar, todos los estudiantes abandonábamos el aula ávidos de libertad y de sol; se oían risas jocundas, gritos jubilosos y, en medio de tanta algarabía, vibraba la voz grave del rector (Sr. Pbro. Ignacio Chávez Gutiérrez), que imponía silencio.
Éramos muchachos de trece a catorce años de edad y parecíamos una parvada de pájaros que, agitando sus ligeras alas en la opulencia de un cielo azul, en una diáfana mañana de primavera, emprenden el vuelo al país del ensueño.
Dios mío: ¿por qué no guardaste siempre blanco mi espíritu, como una flor de nieve bañada de sol?
¿Por qué permitiste que manchara mi cándida vestidura de niño?
¡Oh! Señor, ¿para qué pondrías esa gota de púrpura en el suave armiño de mi alma?
¡Qué hermosos tiempos aquellos!
Era un enfermo día de febrero; parecía que un gran manto de tristeza envolvía los contornos de las cosas… El día anterior habíase celebrado el onomástico de nuestro amado rector con una flamante fiesta literaria.
Tarareando el melancólico ritornello de unos misterios religiosos, se pasaba el rector Chávez por los corredores del colegio jugando unas llaves minúsculas y viendo a todos los colegiales que descomponían el adorno del salón. Unos desprendían de los arcos y de las columnas los festones de aromático pino y de flores de papel de china, descoloridas ya por la brisa de la tarde; otros, bajaban los pabellones de gasa, las grandes lámparas de gas que habían iluminado la fiesta.
El patio estaba saturado de sillas y de escombros, y un sonido ensordecedor producía el caer de los telones del foro provisional, de las decoraciones y de las bambalinas que ostentaban horribles cariátides de reír eterno…
—Venga jovencito —me dijo con voz preñada de cariño el virtuoso padre Chávez, tendiendo sobre mi hombro su mano paternal; luego continuó—: ¿Por qué no se acomoda esa corbata y se abrocha el chaleco? Ya sabe, no me gusta que mis estudiantes sean jarochos —Me dio mil consejos y ofreció hacerme bibliotecario.
Había tanta bondad y dulzura en las frases amables del casto varón, que me pareció que de sus labios brotaban pétalos de nardo llenando el ambiente de un perfume celeste. Me sentí envuelto con la ternura de sus palabras, bañado con la humildad de sus pupilas, acariciado con la seda de sus manos y pensé ser bueno.
Señor: ¿por qué no vuelves a encender en mi alma el oro de mi fe?
Señor: ¿por qué no haces que vuelva a florecer en mi pecho esa rosa de fuego?
***
Dos días después por orden del rector, entré a la biblioteca.
Abrí las maderas de una ventana y un magnífico chorro de sol inundó el silencioso salón, salón oliente a papeles viejos.
Brillaron los aurinos lomos de los libros, los pergaminos parecía que temblaban con la suave caricia de la luz y ésta besaba reverente las góticas letras de oro de los misales, que ocultaban viñetas admirables, hechas por linfáticos artistas, ascetas y monjes demacrados…
Los cristales azulosos de la vieja estantería espejearon con mágicos fulgores.
Comencé a ver títulos y libros.
La Patrología, ocupaba tres grandes estantes, seguían Opera Omnia, Scripturam Sacram, Theologiae… No pude resistir la tentación de hojear la espléndida edición de La Santa Biblia: lo primero que vi fue «Adán y Eva en el Paraíso», encantadora estampa del atormentado dibujante Gustavo Doré. Eva aparecía en su radiante hermosura como una excelsa figura de alabastro; Adán ostentaba la belleza de un dios pagano, y en sus ojos de terciopelo brillaba la inocencia de los ángeles.
Después «Eva tentada por la serpiente». ¡Oh!, cuánta vida palpitaba en aquellos cuerpecitos núbiles, cuánto fuego en los ojos y deseo en los purpúreos labios… y la serpiente se retorcía en el árbol del «bien y del mal» que pródigo ofrecía frutas de oro.
Muchas tardes duré hojeando aquel sagrado libro, que guardaba tantos secretos y un raudal de emociones; un gran número de veces me deleité con los maravillosos dibujos del artista francés; ¡cuántos paisajes ideales, qué esbeltez en las figuras, qué suave armonía en las líneas impecables, qué delicadeza en el todo y qué soberbia de luz…!
En otros entrepaños, dormía El año cristiano, las historias de los confesores y de los mártires… unos macerados, otros arrojados a las fauces asquerosas y sanguinarias de las bestias; aquellos, sumergidos en calderas de aceite hirviendo; pero todos con la sonrisa a flor de labio, poseídos del divino amor, glorificados por la gracia del Mártir de los Mártires.
Ahí estaban las vírgenes con epidermis de rosa y lino, ahí lucían sus rostros anémicos las santas viudas; ahí ostentaban su estupenda hermosura Magdalena y Margarita de Cortona… el purísimo rey de Francia con un lirio en las liliales manos, y el inmaculado San Estanislao.
Mis ojos se inundaron de lágrimas al ver el cuerpo dardeado de San Sebastián y mi boca se impregnó de amargura al contemplar los maravillosos ojos de Lucía en una bandeja de plata.
¡Qué ganas de ser santo! —me decía— y ahora… ¡Oh, Dios mío!, ¿por qué no guardaste siempre blanco mi espíritu como una flor de nieve bañada de sol?
Estaban empastados con gran lujo los volúmenes de la Historia Universal y los de la Historia de la Iglesia.
En otros estantes velaban en compañía del rojo Dante, los poetas latinos, griegos y los clásicos españoles.
Entonces conocí a nuestro adorable padre Don Quijote, y saludé al buen Sancho.
Seguía una legión de autores místicos: Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz, Fray Luis de León, Fray Luis de Granada… y en un rincón obscuro, condenados con un mohoso candado, Voltaire, Spencer, Rousseau, los dos Dumas, Víctor Hugo y el tétrico Leopardi.
Una vez que estaba engolfado viendo las estampas de una «Mitología», entró el rector Chávez y lleno de afabilidad me preguntó qué leía.
—Es la historia de los dioses paganos, mire usted a Leda, y a Júpiter, que tomó la forma de cisne blanco…
—No lea usted eso, le voy a prestar un libro hermoso, a diario lea un trocito y verá cuánto provecho sacará de él —y me tendió un libro pequeño, empastado en tela negra que se titulaba Imitación de Cristo, y continuó diciéndome:
—Kempis es un escritor admirable, divino; su libro es el más popular, después de La Santa Biblia.
Leí el librito con suprema curiosidad de estudiante, y al terminarlo no me dije: Kempis es un escritor admirable; dije: Kempis es un gran beato.
En aquellos tiempos no me preocupaba por las bellas letras, y el Thomas V., se extinguió en mi memoria con la rapidez con que se apaga el fulgor de una estrella errante.
***
Dos años más tarde, cuando en mi «jardín interior» comenzaba a brotar la flor del arte: vi unos místicos versos escritos por Fray Amado —como le llamaron un tiempo a Nervo— dedicados a Kempis.
Entonces volví a leer la Imitación de Cristo, y al concluirla me dije: bien decía el sabio rector: es un libro admirable, escrito por un asceta divino.
Y siempre que he releído esos versículos singulares, la figura de Thomas de Kempis, en medio de mis pesares y tristezas surge como un astro esplendoroso de luz consolatriz que alienta mi esperanza enferma…
***
Ahora tengo una gran duda.
¿Thomas de Kempis es el autor de ese libro universal y único?
Guillermo Jünemann, en su Historia de la literatura afirma categóricamente que la Imitación de Cristo la compuso Thomas de Kempis, canónigo regular de San Agustín (Pag. 105).
En la Historia general de la Iglesia, escrita por el señor Abad de Chorsi, impresa en Madrid el año de MDCCLV (Tomo décimo, págs.: 333 y 334); se pone en duda que Thomas de Kempis sea el autor del mencionado libro.
Oíd lo que escribe el Abad de Chorsi:
«A Juan Gerson, canciller de la Universidad de París le atribuyeron mucho tiempo el libro del Contemptus Mundi, o Imitación de Jesu.Christo, impreso en su nombre. Después se atribuyó, sin razón, a Thomas de Kempis, canónigo Regular de San Agustín. Vivía Kempis en el decimoquinto siglo y su estilo y modo afectuoso en otras obras se parece en algo a ésta. Otros, fundándose mejor sobre algunos manuscritos, anteriores a Kempis, dijeron, que el Abad de Jesén de la Orden de San Benito era su autor…»
Don Wenceslao Ayguals de Izco, en su Panteón Universal, Madrid, 1853 (Pag. 305. Tomo III), dice lo siguiente:
«Kempis (Thomas Haemmerlen de A.), nació en 1380. Dedicado al estado eclesiástico desde niño, tomó el hábito de canónigo regular del monte de Santa Inés, del cual era prior su hermano, y en aquel retiro se ocupó principalmente en traducir La Biblia y otras obras ascéticas, hasta que electo sub-prior del mismo convento, dio a luz varias copias, muy apreciadas por su belleza caligráfica. Son éstas, el antiguo y nuevo testamento, y una recopilación de las máximas de los libros santos, titulada: Imitación de Cristo, que aun cuando se han encontrado escrita de propio puño y letra de A. Kempis, su verdadero autor es Juan Gerson…»
Ernesto Renan, en sus Estudios religiosos, al ocuparse del autor de la Imitación de Cristo, describe entre otras cosas:
«El libro que bajo el título equivocado de Imitación de Jesucristo, ha alcanzado tan extraordinaria fortuna, ha ejercitado más que otro alguno la sagacidad de los eruditos.
La historia de las diversas literaturas no ofrece acaso ninguna otra obra cuya paternidad esté tan borrada. El autor no ha dejado ni una huella de sí mismo; para él no existe ni el lugar ni en el tiempo; se creería en una inspiración de lo alto que no ha atravesado, para llegar hasta nosotros, la conciencia de un hombre. Desde las relaciones absolutamente impersonales de los primeros evangelistas, jamás voz tan desprendida de todo rasgo individual había hablado el hombre de Dios y de sus deberes.
La hipótesis de que su autor sea Thomas de Kempis, no es mucho más aceptable de que lo sea Gerson, bien que, bajo ciertos puntos de vista, encierre una parte de verdad. La fórmula que se encuentra al final del manuscrito de Amberes: FINITUS ET COMPLETUS PER MANUS THOMAE ANNO DOMINI 1441, indica, seguramente, la mano del copista o del compilador, pero no la del autor.»
El R. P. Mercier, S. J., en su obra Concordancia entre «Imitación de Cristo» y los Ejercicios espirituales de San Ignacio, escribe en Advertencia preliminar (Pag. 11):
«En el siglo XVII, en P. Heser, de la Compañía de Jesús, ardiente defensor de Thomas de Kempis, cuando la discusión acerca del autor de la Imitación de Cristo… Desde aquella época, algunos eruditos de primer orden en Francia, en Italia, en Alemania, en Inglaterra, en Bélgica y en Holanda, no han cesado de reivindicar a favor de Thomas de Kempis la paternidad de la Imitación, pero aún no se ha dicho la última palabra: ADHUC SUB JUDICE LIS EST.»
***
¿Quién será el autor de esas celestiales páginas?
¿Qué pluma divina escribiría esos bellos versículos, que han sido traducidos a todos los idiomas; y que según Tritemio y Belarmino, visitando un religioso la Biblioteca del Rey de Marruecos encontró un ejemplar del Contemptus Mundi traducido en lengua turca?
¿Fuiste tú, divino Kempis?
¿Fuiste tú, iluminado Gerson?
¿De tu pluma de radio, brotó beatífico Abad de Jesén?


El collar
PARA ALFREDO VELASCO
El viento de la tarde acombaba levemente las cortinas de la alcoba.
Matilde, frente al tocador, se arreglaba con refinamiento los bucles de oro.
A la caída del sol vendría el viejo ministro y le ofrecería el collar de rubíes que vio el día anterior en uno de los escaparates de la mejor joyería de la calle de San Francisco.
¡Qué bien se iban a ver en su cuello de nieve las ricas gotas de sangre cuajada!
¡Cómo resaltaría la blancura de su garganta cuando temblara sobre ella la fascinante pedrería!
Escogió un traje de terciopelo rosa muerto, adornado de armiño, que dejaba ver el principio seductor de sus senos de alabastro.
Satisfecha, volvió a mirarse en el espejo, haciendo un guiño con los ojos, y una sonrisa de orgullo aleteó en sus labios. Después, llena de gracia, sacó ligeramente la punta rosada de la lengua, oprimiéndola entre los dientes con diabólico deseo.
En el armonioso desorden del tocador, presurosa buscó el fino cepillo para quitarse el polvo de las rizadas pestañas.
El perfumador brilló en sus manos, y la rica estancia se pobló de aromas.
El ministro no aparecía.
Matilde, con gesto de enfado, vio el reloj de su pulsera, y daba vueltas al balcón, estrujando el pañuelito de batista.
¿Qué le habrá pasado?
¡Era tan cumplido a las citas!…
¡Tal vez estará en el Consejo!
¡Qué extraño! Por el teléfono no le había dicho una palabra, ni tampoco le había enviado una tarjeta.
Se volvió a asomar al balcón, y vio que, a lo lejos, venía el automóvil gris.
¡Por fin!: ¡era él!
Se paró el automóvil junto a la verja, y Matilde, de lo alto, arrojó un puñado de violetas, que bañaron el sombrero de seda del ministro.
Un beso desfalleciente —golondrina herida— se escondió en la boca entreabierta de Matilde.
—Te esperaba con ansiedad. ¿Por qué no venías? —asuntos del Ministerio— contestó el viejo secretario— tendiéndole un estuche de raso.
Un grito de asombro voló de los labios de Matilde.
—¡Ah!, ¡el collar!, ¡mi bien! ¡Está deslumbrador! Dame mil besos —Y se besaron en los ojos, en los oídos y en la boca…
—Hoy no salgo contigo —murmuró el ministro—; tengo urgencia… Irás a Chapultepec sola…
—¿Te vas?
—Nada más vine a satisfacer tu capricho de mujer. Me voy; te dejo el corazón mío.
—¿Volverás?
—Mañana.
La besó en la mano y se marchó.
Cuando se alejó el automóvil gris, Matilde, en el balcón, agitó el pañuelo de batista. Luego volvió a su alcoba y habló frente al espejo:
—¡Por fin se fue! A las diez de la noche vendrá el joven poeta con un ramo de rosas y un madrigal sonoro; cantará a mi belleza y a mi cabellera de luz; admirará la blancura y las líneas impecables de mi cuerpo. ¿Qué más? Cual una ninfa me verán sus ojos; en el fondo marchito del biombo luciré mi desnudez espléndida, y él, cual un sátiro joven, buscará la miel de mi boca y me dirá al oído: ¡Oh, mi gran amada!, ¡qué fascinantes se ven en tu cuello de nieve esas gotas de sangre cuajada!
Nocturno
Las tazas historiadas en que habían tomado el té, estaban en la mesita de laca.
Del cenicero salían lentas ondulaciones de humo, que despedía el puro que había dejado Ernesto.
La azulada luz de la lámpara prendía reflejos felinos en las floridas pupilas de María Eugenia y le acariciaba con suavidad los pálidos marfiles de las manos.
Su madre le dijo:
—No salgas; el viento puede hacerte daño; estás muy delicada. Yo acompañaré a Ernesto.
Los ojos de María Eugenia se velaron de lágrimas. Sentía esa inquietud desesperante de las horas de insomnio; vibraba en su pecho un tedio profundo y un aborrecimiento a todas las cosas. ¿Enfermedad? Ninguna. Hacía más de tres meses que el doctor le había ordenado dejara el arsénico y el rábano yodado, y que las crueles agujas de las inyecciones no martirizaran ya su carne de lirio. No se explicaba ese sobresalto, esas rápidas palpitaciones del corazón, ese enfado que había tenido a la hora del té toda la mañana, y hacía cuatro días estaba así; desde que María Leonor había estado a verla. ¿Nerviosidad? No, eso no; a diario, por la mañana, la esponja húmeda besaba su cuerpo aromado, y también iba al jardín y se bañaba de sol.
Tenía deseos de llorar y de gritar, y la elegante comisura de sus labios se plegaba ligeramente con una sonrisa de amargura; nombraba a su madre y a Ernesto, y luego tenía la sensación de remordimiento, como si hiciera una cosa prohibida, y cerraba lentamente los ojos, como para poner en fuga un pensamiento doloroso.
Cuando iba al jardín, se quedaba embobada con el agua de la fuente, que rizaba el viento, y no oía el sonoro eufonismo de los hilos de cristal que reían en la marmórea taza; en el paseo matinal por los senderos perfumados no abría el libro de versos que llevaba bajo el brazo, y, sonámbula, pasaba las horas viendo un jirón de cielo a través del encaje suntuoso de los árboles.
María Leonor le había dicho, en uno de esos momentos de intimidad en que las muchachas se cuentan sus lindas travesuras de amor:
—Soy tu amiga y te quiero como a una dulce hermanita… Ven, que nadie escuche; te voy a contar un secreto…
María Eugenia cerró el piano, y luego que oyó a María Leonor, palideció como una muerta, y en sus ojos asomaron dos flores de tristeza. No quería creer nada, absolutamente nada, y sin embargo sentía una emoción lamentable; pensaba sin pensar, miraba sin ver, y, contra su voluntad, juntaba en su interior el nombre de su prometido con el de su madre.
Mucho tiempo hacía que las fatigadas pupilas de María Eugenia fingían divertirse con las espirales que tenuemente salían del cenicero; después quiso leer; fue en busca de un libro y, al llegar a la puerta de la salita rosa, lo que vio en el espejo fue angustioso, horrible: ¡era una pesadilla lo que copiaba aquella insolente pupila de cristal! Permaneció rígida; las flores rosadas de sus mejillas huyeron; los grandes ojos le brillaron cual carbunclos encendidos; no pudo hablar; sintió que le reventaban las arterias y que su corazón lloraba sangre, y abrió más y más los negros ojos, como para impregnarse de aquella visión de opio.
¡Su madre y Ernesto, en la salita rosa, cambiaban caricias, envueltos en una nube de fiebre!
María Eugenia no pudo más; sentía que todos los objetos giraban en torno suyo; un temblor nervioso agitó su cuerpo, y, sin saber qué hacer, ebria de amor y de rabia, de tristeza y de celos, corrió al piano y tocó un nocturno de Chopin…
Fue un nocturno arrebatado, trágico: las notas brotaban bajo sus frágiles manos temblorosas, como lamentos y como injurias.
Las últimas emanaciones azules del puro que ardía en el cenicero, huían por la ventana como almas perseguidas.
En rojo
Un rumor de admiración y de lástima brotó de los labios de los concurrentes y llenó la sala del palacio penal.
En el banquillo de los acusados apareció un joven lívido, cual estatua de marfil, que clavó su mirada de cielo en el rostro bíblico del presidente del jurado; hundió sus dedos afilados en su cabellera al desgaire, y sus harapos temblaron como el plumaje de un pájaro herido.
El representante de la sociedad subió a la tribuna y pronunció un discurso presuntuoso, atestado de lugares comunes y de citas jurídicas, e hizo una glacial enumeración de las agravantes con que se había cometido el crimen.
—La víctima —gritaba el agente enfurecido, sacudiendo la fina cabritilla de los guantes—era una mujer joven y bella, en plena gestación de ideales. El asesino la asaltó cuando ella, indefensa, pasaba en su carroza, aristocratizando el bulevar, y hundió en el cuello de paloma la hoja perversa…
Y concluyó diciendo: «Las leyes de todos los países civilizados imponen la pena de muerte a los asesinos; y nunca, por cierto, es más justificable esta pena que hoy recae sobre un delito tan odioso y tan inhumano.»
El orador, satisfecho, descendió de la tribuna envuelto en un aleteo de zetas y de eses.
Sin levantar la vista del expediente, que hojeaba, y acariciándose con ademán familiar la rubia barba, dijo el presidente del jurado, dirigiéndose al acusado:
—Puesto que no ha querido usted nombrar defensores, se le concede la palabra.
El pálido muchacho de azules ojos comenzó a hablar. Su voz era débil; las palabras, serenas como la verdad, palpitaban en sus labios ajados, como si ha mucho tiempo las hubiera repetido en el rincón gris de su celda húmeda.
—Señor presidente: Desde antes de nacer he sido desgraciado; soy flor de pecado; un deseo brutal hecho carne; no corre sangre por mis arterias; es un líquido fangoso el que me da vitalidad. No tengo nombre; me llaman el hijo de Rosaura. Nací en el arroyo; mi primer llanto lo escucharon dos perros errantes y un borracho caritativo que dio agua a mi pobre madre. Parece que soy un advenedizo en la vida. Nunca he tenido el derecho de gozar la felicidad, como lo tienen los demás. Cuando cumplí seis años, mi madre murió paralítica en un hospital, y entonces pedí limosna de puerta en puerta. Fui creciendo, y una buena vieja me enseñó a leer y escribir. ¡Yo era bueno! Creí en la sociedad, y esa hipócrita sociedad me repudió, como si hubiera yo sido lobo sanguinario o perro rabioso. ¡Tal vez temía que con mi contacto se manchara su ridícula existencia!… Mis ilusiones volaban en países encantados y se perdían en brumas de crueldad; y en silencio, sin que mi boca vertiera una protesta, me bebía mis lágrimas. Nunca he conocido una mano piadosa que acaricie mi frente, ni una voz amable que arrulle mi tristeza. Me odian todos los hombres: parece que ostento sobre mi cabeza un emblema negro.
«Una noche en que arrastraba mi desesperanza por una avenida llena de luz, sorprendí, envuelto en raso y pieles, el fresco rostro de una mujer seductora que lucía grandes ojos negros, tan negros como mi desconsuelo. Un destello auroral encendió mi alma y me sentí un momento dichoso. Luego vino la tempestad. ¿A quién amaba? A una extraña que no me conocería nunca; a una mujer cuyos labios de rosa nunca deletrearían mi nombre… Pero ¿cuál nombre? ¡También ella me llamaría el hijo de Rosaura! Y entonces sufría más que nunca. Quise olvidarla, y la casualidad parecía que se burlaba de mi pena: dondequiera encontraba a aquella mujer que era para mí un misterio, un ensueño, una cruel obsesión.
«Un día vi que un joven que llevaba un solitario en la corbata le dio un ramo de camelias; y ella, del fondo de su carroza, tendió su mano pálida, y él besó aquel lirio palpitante… Sentí el espasmo, todo el peso enorme de mi fatalidad; odié a los hombres y a la vida. ¿Por qué yo no podía besar aquella mano de seda? ¿Por qué había de permitir que aquel hombre fuera dueño de mi amada? Y al pensar que él no había nacido en el arroyo y era feliz, y yo desgraciado; que él era rico y yo tenía talento… loco de rabia brinqué al carruaje y hundí el acero en aquella garganta de mujer, hecha de lino.»
Tres días después, el cielo, piadoso, bañaba de luz tres rosas de sangre que brotaban del pecho de aquel muchacho pálido de azules ojos: del hijo de Rosaura.
Beso cruel
A MARCELINO DÁVALOS
Pierrot preguntaba a la bruja con ansiedad suplicante:
—¿Qué ve usted?
—Una alcoba confortable, un lecho de encajes y una lámpara de luz verdosa.
—¿Qué más?
—A Colombina y el marqués.
—¡Por Dios! ¿Están muy lejos de aquí?
—Mucho…. Poco…. no puedo medir la distancia.
—Haga un esfuerzo.
—Es inútil… Me es imposible.
—¿Por qué?
—No sé.
—¿Y el marqués?
—El marqués lleva pechera esmaltada y en el ojal del frac una orquídea tallada en marfil.
—¿Y Colombina?
—Colombina viste de rosa: es un traje hecho de tules; y en este momento afloja sus trenzas de oro.
—¿No ve usted más?
—El marqués ha dejado los guantes perla, y besa la nuca lechosa de Colombina.
—¿Qué?
—Beben champaña y ríen como dos chiquillos.
—Pero… digo…
—El marqués acaricia con suavidad la piel diáfana de Colombina.
—Y ella ¿qué hace?
—Cambia su traje rosa por un transparente peinador.
—¿Y no está angustiada?
—Sonríe a cada beso que le da el marqués.
—¿La sigue besando? ¡Fíjese usted bien!
—Ahora se besan los dos.
—¿Es posible?
—Créalo usted.
—Y Colombina, mi rosada Colombina, ¿ama al marqués?
—No comprendo.
—Lea usted en ella.
—Me fatigo demasiado. No sé ver más de lo externo. Las emociones del alma y las tempestades del corazón nunca las he comprendido. Nunca… Nunca ….
—Entonces…
—Se besan, se besan mucho. Es lo único que veo. El mareo del champaña les enciende las mejillas y todo el cuerpo.
—Dígame…
—Colombina desfallece. Colombina llora y besa un medallón que lleva prendido al cuello. Es un retrato. Es usted…
—Concluya.
—Beben champaña, se acarician y se sientan en el lecho de encajes…
—¡Por Dios! ¿Qué más?
—Se me nubla la vista. El marqués apagó la lámpara verde. ¡No veo nada!
Pierrot pliega la boca para recibir el alma de un beso lejano; y en sus pestañas tiemblan dos lágrimas que manchan su rostro enharinado.
La nota blanca
A MARÍA LUISA ROS
Cristo, cual una nube, cual un lampo, caminaba por el sendero regado de luz crepuscular, con los ojos fijos en el infinito y las cándidas manos sobre el pecho.
Pedro y Santiago, y Juan, hermano de Santiago, le seguían.
Habían dejado la casa de Talitha, hija de Jairo.
En el camino les salió al encuentro una mujer que traía del brazo a un mancebo rubio.
La mujer, viendo de lejos a Jesús, corrió a él y le dijo:
—¡Señor, cura a mi hijo! Está enfermo de un extraño mal. Basta con que él toque la orla de tu manto o bese tu sandalia y será salvo.
Y Pedro murmuró:
—Es un poseído.
Y Santiago, hermano de Juan, dijo:
—Es un demente.
Sólo Juan, el discípulo amado, clavó sus pupilas llenas de preguntas en el rostro celestial del Maestro.
Cristo se aproximó al mancebo rubio; y su voz, que tenía las suavidades de una cadencia y el aroma de mil rosas, voló de sus labios.
—¿Qué camino sigues?
—El camino de la ilusión.
—¿A dónde vas?
—A coger una estrella para adornar el pecho de mi amada.
Y la mujer, con los ojos llenos de lágrimas, dijo a Jesús:
—Señor: está loco; quiere aprisionar astros, coger celajes; desea tejer una tela para una bella samaritana con rayos de luna y pétalos de rosa, y dice que dentro de su alma cantan mil pájaros divinos.
Y habló el mancebo rubio, y tendió su manto de seda en el camino.
—¡Oh, bendito sea el que viene en nombre del Señor! Pasa: tú eres más hermoso que las flores de Samaria, más diáfano que el agua: tú eres más bello que la belleza misma. Espera, buen nazareno, sobre mi manto: voy a coger aquel topacio luminoso para prenderlo en tu pecho, en tu pecho, que es más blanco que el vellón más blanco de las ovejas de mi rebaño.
Cristo se acercó, y puso un beso de paz en el oro que circuía la frente de aquel mancebo, y abriendo su boca divina, dijo a sus discípulos:
—En verdad, en verdad os digo: bienaventurados los tristes, bienaventurados los soñadores, porque ellos poseerán los alcázares dorados de mi Padre.
Y luego se alejó, cual una nube, cual un lampo, por el sendero regado de luna, con los ojos fijos en el infinito y las cándidas manos sobre el pecho.
La Petite Otero
A VIRGINIA FÁBREGAS
Conocí a la «Petite Otero» en un café cantante. Cuando la vi por primera vez, no le concedí ninguna importancia. ¡Estaba tan pequeña! Después la vi, una noche de primavera, en un teatro de variedades. Trabajaba en compañía de un italiano y de una bailarina rusa. ¡Era un trío famoso! En esa época la «Petite» tendría diecisiete años: era frágil y delicada como un lirio, ligera y flexible como una ninfa; tenía la real blancura del alabastro; sus ojos eran negros como el misterio y fascinantes como el abismo; sus labios remedaban una pequeña herida abierta, y sus pies eran diminutos, elegantes y nerviosos…; en fin, era gallarda como una ondina desprendida de un lienzo de Botticelli.
En esa noche fatal, la bella Graciela se robó mi corazón.
¡Si vieras cómo lamento haber conocido a esa mujer!
Desde entonces no falté una sola noche al salón de variedades. Me complacía con verla; me extasiaba con sus rítmicos bailes clásicos; me deleitaba con el fuego de sus ojos, y soñaba con el milagro de su cuerpo. Hace dos años me resolví a esperarla a la puerta de su teatro; la invité a cenar; aceptó mi invitación; tomamos un auto y charlamos con tal intimidad y ternura, como si fuéramos los mejores amigos. Pasamos la noche —noche inolvidable— bajo el mismo techo, libando en nuestras copas de champaña las delicias del amor…; y en la madrugada, cuando se desmayaban las estrellas, con un beso profundo sellamos nuestra despedida; y al verla que se alejaba untándose en la acera, envuelta en rico abrigo, sentí un extraño remordimiento. Volví a mi cuarto: sobre mi escritorio estaban las copas vacías y un ramo de claveles muertos; sobre un libro de versos, sus finos guantes perfumados, y en las ropas de mi lecho, una nota azul: su liga de seda…
La dulce amiga bailaba divinamente, y pronto sus triunfos corrieron de boca en boca; los cronistas no hablaban de otra cosa, llenos de admiración; celebraban con frases sonoras los movimientos magníficos, delicados y espiritualmente bellos de la «Petite»; los viejos empresarios se la disputaban; sus retratos adornaban las elegantes revistas de moda; diariamente recibía mil tarjetas ilustradas solicitando su autógrafo; las grandes casas amplificadoras exhibían los retratos en los mejores escaparates de las avenidas…, y yo, a cada día, a cada instante, me enamoraba más y más de tan hermosa y atractiva mujer.
La noche de su beneficio, después que bailó de una manera admirable la «Danza de las horas», ebrio de amor corrí a su camerino a felicitarla. Ella me echó los brazos al cuello, con lánguida voluptuosidad me besó, y sin darme cuenta la mordí en la boca. Me acuerdo bien que tenía los labios tan aterciopelados y tan rojos como una fresca flor de granado; y al sentir en mi pecho la amable presión de sus senos juveniles, exhalé un suspiro; y no obstante que estaba rodeada de multitud de admiradores beodos y lascivos que ostentaban relucientes pecheras, y que de una manera impúdica la estrujaban, y llenos de faunesca sensualidad le robaban besos, yo le ofrecí mi nombre; pero le puse una condición: que abandonara el teatro.
Entonces ella, haciendo un gesto de asombro y de reproche, me dijo en alta voz:
—No, imposible; tengo sed de triunfos, quiero asombrar al mundo, que me consagren los poetas y que la fragilidad y elegancia de mi cuerpo palpite en los lienzos de los grandes pintores parisinos.
—No seas mala, le contesté: yo te inmortalizaré con la música de mis versos; tú serás la heroína de mis novelas; tú, mi bien, serás el alma de mis libros…
—Quiero viajar; mis sueños, mis anhelos, son dejar una estela de admiración.
—Te llevaré a recorrer el mundo; viviremos en París, en la avenida del Bosque, en una pintoresca montaña de Suiza, en Roma, en Rusia, en Niza, a la orilla del mar…
—No pienses encadenarme. Amo las tablas, amo la farándula; tú no puedes darme las sublimes sensaciones que me da el teatro; mira: soy mariposa cuando, vestida de gasas, me baño de luz multicolor: soy reina cuando mis pies desnudos se mueven con locura y mi cuerpo de serpiente ondula: soy canéfora cuando en el vértigo de mi danza deshojo lirios y margaritas en el ara de mis dioses: me creo inviolable cuando me cubro con el sagrado velo del templo, y me siento mendiga cuando, vestida de harapos, bailo al son de los tamboriles y de las quejas de las flautas… Adoro mi arte, adoro al público que me aplaude con delirio.
No supe qué contestar. Di media vuelta para abandonar el perfumado camerino y tropecé con una hermosa columna que contenía un jarrón de violetas y claveles, que se hizo mil fragmentos; y a mis oídos llegaron rumores de risas irónicas de los varones que quedaron con la frívola mujer.
Mi amigo, al referirme esta historia triste, estaba agitado, nervioso. Arrojó la colilla del habano. Para serenarle un poco, le dije:
—Debes estar altamente agradecido con la bella «Petite» porque fue sincera contigo; si hubiera aceptado formar un hogar, tal vez hubiera sucedido lo que con la Nena Teruel, de los Quintero.
—¡No por cierto! Nena sacrificó su arte, sus ideales y sus sueños por el gran amor que sentía hacia José Manuel.
—Se sacrificó un momento…
—Se sacrificó toda la vida; nunca le fue infiel. No culpes a Nena, mira: si José Manuel le hubiera dedicado todas sus caricias, todos sus besos, todo su amor…
—José Manuel estaba locamente enamorado de la cómica.
—Sí; pero amaba más, mucho más, el estudio y la ciencia que su encantadora mujercita; ella sentía la nostalgia de sus caricias…
—No, ella sentía la nostalgia del teatro, la nostalgia de su arte, la nostalgia del público que la ovacionaba… Yo me hubiera consagrado por completo a ella, y con mis ternuras, con mis cariños y con mis besos hubiera hecho que olvidara la farándula y no sólo eso, sino también que olvidara su nombre de teatro; sólo la llamaría Graciela, Graciela mía. La gallarda «Petite» no lo quiso, prefirió la banalidad de su público, la falsedad de sus locos admiradores, y sacrificó mi amor sin ninguna recompensa.
—¿Luego su celebridad?
—¡Su celebridad!… Estoy seguro, mi querido amigo, de que raro es aquel que se acuerda de la seductora «Petite» y más raro aún el que sabe que murió en una fétida pocilga, hecha un andrajo humano, y que sus miembros lamentables reposan en una fosa común…
—¿Ha muerto Graciela?
—¿No ves? Ni tú lo sabías —me dijo Óscar, con aire de triunfo—: murió de la manera más triste. Ya verás —continuó hablándome, con los ojos inyectados, el rostro lívido y las manos temblorosas—. Cuando estuvo en París, un banquero judío, que se llamaba Samuel, se enamoró locamente de ella, al extremo de olvidar sus negocios. El indiscreto y entrometido público de la gran urbe contaba que la hermosa «Petite» explotaba cínicamente al sufrido y cándido millonario, quien dedicaba mensualmente gruesas sumas de francos para los antojos de la soberbia y espiritual bailarina. Graciela, en una función de gala, lució un maravilloso aderezo de perlas y brillantes, que, según rezan las crónicas, había sido valuado por los joyeros de la Rué de la Paix en una cantidad fabulosa.
Por una de tantas veleidades de la suerte, o por su descuido, el banquero Samuel se presentó en liquidación, y no alcanzaron los bienes que poseía para el pago de sus deudas. Uno de sus acreedores lo acusó de estafa: fue un proceso escandaloso; toda la prensa se ocupó de él; los jueces lo condenaron a diez años de prisión en unión de Graciela, por considerarla su cómplice. Al otro día del encarcelamiento, los grandes diarios publicaron los retratos del judío y de la bailarina, y el cable transmitió la noticia al mundo entero.
No se hablaba de otra cosa en París. En teatros y paseos sonaban con admiración los nombres de la «Petite Otero» y del millonario israelita.
La «Petite» logró comprobar su inocencia después de algunos meses, y sus abogados consiguieron la libertad de la célebre acusada; pero ¡oh desgracia!, las autoridades declararon que no era de devolverse nada de lo decomisado a la querida del banquero.
La bailarina salió del cautiverio con una afección del pecho. Tres meses más tarde, una eminencia médica de la Ciudad Luz diagnosticaba que era una tuberculosis aguda la enfermedad de Graciela.
¡No sé qué haría la pobre tísica para venir a morir a su patria!
Mira: hace cuatro días, en la puerta del hotel, recibí una tarjeta de ella. Me decía que si recordaba a la infortunada artista, le mandara una limosna; que hacía más de veintiséis horas no probaba alimento.
La mujer que me entregó la implorante misiva llevaba bajo el brazo un pequeño bulto; le pregunté lo que contenía, y me dijo en voz muy baja:
—Señor: es un viejo traje de teatro de la enferma; que me dio para que lo empeñara. Desde ayer ando recorriendo los bazares, y en ninguno me han querido prestar un centavo. Socorra usted, por amor de Dios, a esa pobre mujer, que se muere de hambre…
Acompañé a la enviada. Anduvimos muchas calles durante más de dos horas, y por fin nos metimos en una mísera vecindad. Mujeres asquerosas y despreciables pululaban en ella; hombres desgarrados, ebrios de pulque y hediondos, jugaban baraja, y, descarados, gritaban insolencias, y un perro ululante, esquelético, lanzaba ladridos lamentables… Entramos a un cuarto obscuro, húmedo y oliente a éter. En un rincón, entre arrugados trapos rojos, yacía el cuerpo de una mujer blanca… Era la Pequeña Otero, mi Graciela, mi adorada Graciela, que aspirando el voluptuoso perfume de un puñado de claveles blancos, se durmió para siempre…
En los ojos obscuros de Óscar brillaron dos gruesas lágrimas.
De los violines de la orquesta brotaron las notas de una marcha fúnebre; también se oían risas y chocar de copas.
—¿Qué más tomas?, me preguntó mi amigo clavando sus ojos letárgicos en mis pupilas somnolientas.
—Yo, nada. Óscar.
—Yo quiero ahogar mi pesar en vino verde…
—¡Mozo! ¡más vino verde!
Diario sentimental
AL AUTOR DE «LA CHIQUILLA»
Andrés, acodado en su escritorio, frente a un retrato de mujer, leía las páginas de su diario íntimo.
En el jarrón se deshojaban rosas blancas, y los pétalos caían, como perfumada ofrenda, sobre las cuartillas manchadas.
Marzo 9
El amor es una eucarística vela marina que se pierde en el horizonte verde.
Gaviota que se oculta en el encaje sutil de las nubes.
Gota de rocío que se evapora.
Fulgor de celaje que se muere.
Rayo de luz que nos besa en el alma.
Jugamos con ese beso… Después… ¡Oh desencanto! La hebra de oro se diluye en lo azul.
¡Magdalena, Magdalena, es imposible seguir viviendo unidos!
Marzo 13
Hoy se fue de mi lado el amor mío.
A mí me cansaron sus besos siempre iguales, y a ella le fastidiaron mis caricias locas.
Nuestro amor se moría. Había que separarnos para glosar nuestra existencia con el encanto del recuerdo…
¡Cosa extraña! Su beso último llevaba ondas musicales que me pasaron por todas las arterias, y con ritmo divino hizo vibrar mi alma y enloqueció mis sentidos.
Bella despedida: ni una lágrima, ni un suspiro…
Por la noche
Una nueva sensación: después de un año, voy a dormir solo. La caricia de las sábanas tal vez la sienta demasiado fría.
Tengo miedo que el discreto lecho guarde el suave olor de la amada y despierte mi deseo. ¡Puerilidad! ¡Si todo huele a ella todavía!
Y ¿qué hará Magdalena? ¿En este momento se acordará de mí? Besando otra boca, ¿pensará en mis labios? Que tiene que besar, no cabe duda; se fue en busca de sabias emociones. No puedo evitarlo, como ella no puede prohibirme que esconda mis manos en una cabellera blonda, y prenda mis labios en la húmeda boquita de Mimí Pinsón.
Muy buenas noches, Magdalena.
Marzo 14
Magdalena me envía un puñado de lirios de diáfana blancura, y en una postal me dice que a diario recibiré flores para mi mesa.
—No se firma —adorable exquisitez—, ni me cuenta dónde está. Estoy seguro de que aún vive sola; si no, ¿cómo ese ofrecimiento de tener en constante floración el jarrón que adorna mi escritorio?
En nuestro anhelo de separarnos, no nos pusimos de acuerdo para desligar también nuestros espíritus. Comprendo que esa fue una locura, porque ni ella ni yo vamos a ser dueños de un instante de tranquilidad, ni nos es posible poseer una libertad perfecta.
¡Si lograra olvidarla…!
Marzo 15
Anoche di un millar de besos al retrato de mi querida ausente. ¡Qué lástima que el retrato no sabe besar!
Después tuve una alucinación: oí su risa sonora, y sentí que su cabellera de ébano me bañaba cual una onda de seda. Ya no pude dormir; la fuga lenta de las horas prendió en mi alma flores de tristeza…
Muy temprano recibo un ramo de violetas, velado con gasa lila.
Marzo 20
Los días me parecen pétalos de una gran margarita que con languidez desesperante deshoja el príncipe Destino… ¡Ojalá caiga el último despojo de la blanca corola en un lago de olvido!
Hoy hace apenas ocho días que se fue Magdalena, y me han parecido una eternidad.
No me explico este sentimentalismo romántico: cuando la despedida, ni una lágrima, ni un suspiro… Nuestra separación no fue un desgarramiento y, sin embargo, me parece que todo lo que me rodea perdió su alma; hasta los rayos del sol los siento fríos, casi helados.
Y ella, ¿pensará en mí?
¿Se acordará que hace una semana, cuando concertamos nuestra despedida, ella bordaba y yo leía versos?
Marzo 29
El ramo es de botones de canarias.
Abril 1
Mes de los lirios, mes de las rosas blancas y de las rosas rojas, mes de los pájaros y de las policromías, mes de la luz y del amor pasional, contigo ha llegado a mi jardín una racha aromada, que ha hecho florecer mis pálidos rosales.
Con un ramo de claveles recibí una carta de Magdalena; en ella me habla de nuestra locura, de la castidad de su vida, y al finalizar se disculpa: «No te envío besos por temor de que se retarde la misiva, y ellos, por llegar a ti, pueden romper el sobre y extraviarse en el camino».
No puedo menos, pliego mi mano, la llevo a la boca, y envío un beso quemante a la encantadora Magdalena.
Amor: ¿llegó a ti mi caricia alada?
Abril 28
Mi jarrón está triste. Es el primer día que no recibo flores.
Mayo 3
Para quitar la melancolía a mi jarrón, hoy compré rosas en el mercado.
Mayo I5
Ni rosas, ni carta. No he visto al amor mío desde el trece de marzo.
¿Qué será de ella? ¡Pobre Magdalena! Tal vez su egregio cuerpo sea acariciado por manos lascivas, y su cabecita, como lánguida flor rizada, se recline en el pecho velludo de un viejo sileno…
Mayo 27
Nada sé de Magdalena.
Junio 6
Adiós, Magdalena.
Todo pasa; sólo el perfume de las memoraciones queda para aliviar un poco el desencanto.
Lágrimas de otoño
A JORGE ENCINO
Las luminosidades coruscantes del Café Imperial reían en la tibia blancura de los atrevidos escotes y encendían las burbujas doradas de las copas.
Las ramilleteras insinuantes dejaban en el mármol de las mesas su mercancía perfumada, y manos galantes las deshojaban en las cabelleras enjoyadas.
Era una fiesta de notas, de pétalos y de aromas capitosos.
Julia y Luciana charlaban de la moda con Jorge, viejo poeta simbolista que citaba decires de Camilo Manclair. «La elegancia es un instinto, una armonía natural del espíritu y del cuerpo. El gusto y la gracia no tienen nada que ver con la fortuna…»
Marcela llevó a sus labios frescos el baccarat rebosante, y con irónica furia roció estrepitosamente de champaña el rostro ascético de Jorge.
Todos quedaron perplejos de la estúpida broma de Marcela; y León, el buen León, atontado, casi lloroso, enjugó unas gotas ambarinas que cayeron en el liberty rojo del traje de Luciana.
—Está bien, Marcela —dijo el viejo poeta— y ¿por qué ese encono para tu primer amante?
—¿Todavía preguntas? Desde que nos separamos, con tus teorías extrañas y con tus lirismos locos, me hieres horriblemente. ¡Qué rabia! ¡Tienes celos!
—No, celos no: tengo fastidio por tu ingratitud; acuérdate: yo fui bueno contigo; una noche de invierno en el vestíbulo de este café, te compré todas las rosas que adornaban tu cesto, te llevé a mi lado, te cubrí de pieles y te presenté a mis camaradas. Haz por acordarte: tú no eras más que una linda ramilletera…
—Y tú, Jorge, eras un viejo ya.
—Y este viejo te separó de la gleba y te hizo lucir en los salones. Tú comprendiste lo mucho que te admiraban; tú sentías que mi amor crecía, crecía y crecía más, quisiste dominarme y… te dejé. Mi sombra, mi prestigio, te arrastró a los estudios de los pintores; fuiste la modelo predilecta, triunfaste; pero yo te inicié la senda. Qué me importa que besen sobre mis besos; yo bien sé que mis caricias fueron las primeras que ajaron los pétalos de tu cara. Y eso me basta.
—¡Eso te basta! ¡Presuntuoso! Tus barbas blancas eran escarcha en mis mejillas tiernas y mi boca lacre rojo sobre el pergamino helado de tus labios. En mi corazón, o en mi pecho, donde tú quieras, no había un tantito así de amor para ti; todo el fuego que ardía en mi joven entraña era para Mario, para tu hijo Mario, que sin saber que yo era tu querida, en la penumbra del bosque, a hurtadillas, besaba mi nuca y jugaba con mis erectos pezones…
—¡Marcela!
—Sí, por eso te dejé. Sentía repugnancia cuando tu hijo ponía sus labios amorosos donde tú ponías la boca fría. Mario es el único que ha besado sobre tus besos muertos. No era posible ya nuestra unión bestial: yo no quería ser la querida del padre y la amante del hijo. No y no; y tú me insultas, y tú me hieres, porque te salvé del ridículo. ¡Eres injusto, eres ingrato y muy ingrato!
Jorge lloraba silenciosamente.
León, el buen León, con la boca abierta, fue a coger el «aigrette» que se desprendió del espléndido peinado de Marcela.
Julia deshojaba rosas y Luciana bebía champaña.
El alba cantó su estrofa de oro, y, como vírgenes violadas, temblando murieron las luminosidades coruscantes de las regias arañas.
Venganza galante
PARA ALFONSO CRAVIOTO
«Querido mío:
Esta es la última que te escribo; porque estoy perfectamente convencida de que no me quieres. Tú no te pareces a todos los amantes: eres impenetrable y frío. Di lo que quieras; has querido jugar con el corazón mío y lo has conseguido.
Mira: no sé dónde leí que en el fondo del amor hay algo fatal e inevitable. Hasta ahora lo creo —demasiado tarde—, hasta ahora que sufro horriblemente con tus desdenes crueles. ¡Me tienes desencantada!
Yo siempre he considerado que el amor es esencialmente exclusivista —así como lo escribo—, y por eso, de celos me estoy volviendo loca. ¡Todo lo sé!: Sería puerilidad tuya negarme que te paseas con una flaca corista del Principal.
¿Y qué crees que he pensado?
Amándote como te amo, y viendo que tú te gozas en mi sufrimiento, no es posible soportar la vida. Bien sé que es una locura la que voy a hacer. ¡Bueno!
Pues la hago.
Oye: que si no vienes esta noche a las diez, a las diez y media, me arrojo por el balcón.
Intranquila te espera tu
Flavia.»
Claudio, desde el fondo de su estudio, veía que los últimos rayos del sol doraban el vetusto campanario gris; y sus ojos seguían el vuelo caprichoso de las palomas, que como pétalos de lirio, que cual copos de espuma, se mecían en la claridad de fuego.
No, no iría con Flavia, iría al teatro, a un café, o al centro a jugar ajedrez. Ahí, con las manos metidas en el gabán y oyendo música de Schumann, esperaría la fúnebre noticia.
—Esa mujer es una neurasténica y es capaz de suicidarse —decía Claudio interiormente— y se suicida por mí. ¡Qué bien! No sabe la pobre enamorada que va a hacerme dueño de una trágica alegría, de una sensación desconocida… Una mujer a quien mi amor abre las puertas del misterio; una vida que yo puedo salvar con un beso, con una caricia, con mi sola presencia… ¡Que se mate! Sí, sí… ; y dejando sobre la mesa un libro de Nietzsche que dormía en su mano, cerró los ojos y vio a Flavia con el cráneo despedazado en el asfalto, enseñando una pierna mórbida cubierta de seda, y rodeada de curiosos que se deleitaban con la escultórica forma.
—No se preocupe usted, Claudio, es la primera partida. ¡Al rey!
—Me rindo. Son las diez y veinte.
—¡Y qué! Vamos a la segunda. Ahora usted con las negras, amigo Claudio. Mi eterna salida: cuarta peón del rey, tercera del alfil.
Claudio contestó con la misma jugada.
—Un momento, su «dama» en casa blanca. Está usted nervioso.
Y siguió la partida.
Pedro, el criado, entregó una carta a Claudio, y éste la abrió con avidez febril.
—Con permiso —y comenzó a leer.
«Claudio:
El pensar que iba a morir por ti, que eres tan ingrato, me ocasionó un ataque de nervios; mi camarera llamó al doctor Preciado, mi antiguo amante, y estoy entre sus brazos.
¡Qué engaño el mío! Yo siempre había considerado que el amor era esencialmente exclusivista. Mentira, Claudio, mentira.
Ahora, adiós.
Flavia.»
Claudio, desesperado, movió la mesa y se desplomaron las piezas del ajedrez en loca confusión.
—¡Cómo! ¡Van seis jugadas!
—Adiós…
Y sin atender a los amigos, Claudio corrió a la casa de su querida.
Flavia, envuelta en telas impalpables que transparentaban la tibia turgencia de sus carnes, con un seno de fuera como la Magdalena de Battoni, estaba echada en su lecho blanco y perfumado.
—¡Flavia, Flavia! —gritó Claudio entrando a la alcoba iluminada.
—¡Vete! —dijo ella señalando la puerta con su brazo sonrosado y dejando ver su axila velluda y enloquecedora.
—¡Flavia… !
—Estoy sola y te desprecio. Ésa es mi venganza. En el fondo del amor hay algo fatal e inevitable…
¡¡¡Vete, Claudio, vete!!!
Desencantado
A FEDERICO GAMBOA
—Tu retrato no está bien aquí, Simoneta: colocaremos mejor el retrato de Pasteur o el de Claudio Bernard; aquí huele a formol y a fénico… no está bien; mejor en mi biblioteca, ahí donde duermen los autores queridos, junto al quinqué perla y entre estatuillas de porcelana.
Simoneta hizo un ligero mohín de tristeza y él continuó:
—Estarás rodeada de mis cosas íntimas y de bellos bibelots, y las rosas del jarrón se inclinarán a besarte. Tú serás la primera que verá las páginas de mi nuevo libro Sensaciones de estética y oirás mis extraños monólogos sobre la teoría de los microbios y la prolongación de la vida: ahí huele a flores y huele a ti…; aquí, miembros que se desgarran en la mesa fría, heridas ulceradas y fístulas que lloran pus…
—Pero si es que ya no vas a la biblioteca, ni siquiera me buscas en mi alcoba como en otros tiempos; esos malditos aparatos, y esos malditos microbios, y esa maldita ciencia, me han robado tu cariño. ¡No tienes tiempo ni para besarme! Siempre que vengo a tu laboratorio te encuentro ensimismado, abstraído con las quimeras de esos súbditos del zar y de esos franceses brujos que quieren prolongar la vida.
—Tú te fastidias injustamente; he llegado al triunfo, al triunfo que hemos de disfrutar tú y yo. He logrado unir las investigaciones del doctor Metchnikoff con las del doctor Doyen, y estoy seguro de poder combatir la vejez patológica y por consecuencia, es un hecho prolongar el término medio de la vida humana, y esto se consigue deteniendo desde su primer ataque a las enfermedades microbianas y… Ese Metchnikoff es un mago, llegó a pulverizar cerebros y corazones e hígados humanos, para inyectarlos en los caballos y de ahí sacar sueros que ejercieran su acción sobre los mismos órganos… A él estaba reservado determinar la teoría de la fagocitosis y al doctor Doyen inventar la fórmula de una solución coloidal que llamó «mycolysine»…
—No, no me expliques más; no entiendo nada de eso: yo sólo sé de amor y de besos.
—¡Simoneta!
—La señora fue al convento de Santa María de Gracia, doctor —contestó la camarera poniéndose encendida como una amapola.
—¿Y a qué?
—A diario va: está bordando un mantel de raso para el altar de Nuestra Señora.
—¿Quién la acompaña?
—El coche la espera en la puerta principal.
El doctor se entristeció acordándose de «La Devota» de Catulo Mendès: «¡hay más de una puerta en el templo de San Roque!», y filosofando fue a su laboratorio y en llamas verdes quemó su estudio inhumano sobre la prolongación de la vida.
La muerte de Mimí
PARA JOSEFINA, CONCHA Y GRACIELA GONZÁLEZ CASILLAS
Mimí está enferma. Mimí se va a morir.
Y Carmela, la diáfana niña de ojos garzos y de rizos de oro viejo, acariciaba a la linda muñeca con ternura infinita, la acomodaba con terneza maternal en la camita blanca, llena de encajes y de blondas, y besaba suavemente los pequeños labios de la enfermita consentida.
—Qué fría está tu boquita, vida mía, qué fría… No te mueras, Mimí, no te mueras, y el domingo te compro muchos vestidos de seda y unos zapatitos de charol, y un mueblecito de nombre y una vajilla de cristal y todo lo que quieras, Mimí; pero ¡no te mueras!
Mimí no contestaba; se había descompuesto la maravilla de los fuelles, y oprimiéndole el estómago, ya no decía ni papá ni mamá. Sólo un flébil y desgarrador lamento brotaba de su cuerpo sonrosado.
Carmela lloraba —era tan inocente que creía en la muerte de las muñecas— y sus lágrimas angelicales temblaban en sus mejillas cándidas y aterciopeladas; y luego, rodando, iban a morir en las pestañas sedosas de la agonizante rorra.
La diáfana niña de ojos garzos ya no jugaba con la pelota, ni se le veía en el parque brincar la cuerda con gentil donaire; abrazando a su adorada Mimí, distraía su tristeza infantil con los gritos y juegos de sus compañeras.
—Carmela, vamos a jugar.
—Carmela, préstame tu muñeca.
—¡Carmela!…
Y Carmela no oía el ruego alegre de las niñas.
Todas querían abrazar a Mimí y con avidez pueril venían a besarla.
—¡Pobrecita Mimí!
Mimí está enferma. Mimí se va a morir…
Y con su abrigo de armiño, y con sus mariposeantes manecitas, quería dar calor a aquel cuerpecito terso, la diáfana niña de ojos garzos y de rizos de oro viejo.
Fue una mañana llena de trinos, reverberante de sol y perfumada de azahar, cuando Mimí ya no abrió los ojos: se había roto el resorte que hacía funcionar los párpados de rosa.
Carmela bañó de besos a su rorra, regó de rosas blancas la camita llena de blondas y de encajes, y lloró mucho. Sus lágrimas empaparon el traje de muselina de la muñeca y empabilaron los rizos luminosos de la querida muerta. Lloró tanto, tanto, que cansada se quedó dormida junto al cuerpecito sonrosado.
La diáfana niña de ojos garzos y de cabellera color de oro viejo, no sabía que con su amada Mimí se había muerto su primera ilusión.


Las mujeres de la tropa
PARA ENRIQUE GONZÁLEZ MARTÍNEZ
Ustedes las han visto pasar, bajo la lluvia de oro del crepúsculo, tras de la columna gris del batallón que se aleja.
Pasan gritando, desenvueltas y asquerosas, con un gesto de cruel desencanto; parece que en sus almas no bulle una esperanza, que en sus pupilas cansadas no arde el fuego de la ilusión.
¡Pobres mujeres!
Son las madres, las esposas y las queridas de los juanes… El amor virgen y el dolor brutal vibra en sus cuerpos; y el amor y el dolor las arrastra al sacrificio: son flores de miseria y de sensualidad… y de caridad también. Ellas forman la familia momentánea de los hombres de la tropa; no tienen hogar, ni partido y tal vez ni religión, no les importa el pasado, ni les preocupa el mañana.
Yo me he deleitado viéndolas reír y gozar cuando calientan el rancho para su hombre.
Si las vieran ustedes, en la noche, en pleno campo, en rededor de la hoguera que chisporrotea; parece que de sus ojos se esfuma el intenso fastidio de la vida y que arden cuando copian los leños encendidos; las llamas locas lamen sus fuertes rostros de bronce y les chamuscan los pelos de la frente… se oye una risotada, una blasfemia, luego un beso; después, el idilio salvaje.
Más tarde, hinchadas de rabia, llenas de celos, se acuchillan con otra hembra que pretende robar el corazón de su Juan.
Corren a encontrarse vertiendo sus labios una tempestad de insultos, se desgreñan, se hieren y se matan…
Y así pasan la vida, vida insufrible, de amor, de caridad y de dolor…
Miradlas cómo siguen el cortejo guerrero, envueltas en una nube de tierra; todas feas, disgraciosas, mugrientas y disolutas; montadas en flacos rocines, cargadas de mil y mil baratijas que pesan más que una maldición, luciendo la media azul eléctrico que se enrolla en el calzado pardo; llevando en los brazos un muchacho que llora y en el hombro una cotorra que grita.
Llega la hora suprema, cuando millares de bocas de acero vomitan fuego sobre sus hombres; entonces las mujeres del batallón, sin miedo a la muerte, se precipitan sobre los heridos; sus manos ásperas se convierten en vendas milagrosas que restañan heridas y consuelan a aquellos infelices que se mueren… Son la esperanza de los que agonizan, son ángeles que cuidan de los que sufren, son la caridad materializada…
Yo admiro a esas flores de miseria en la sensualidad enervante de su desenvoltura, en la maravilla de su caridad heroica.
Ustedes las han visto pasar, envueltas en una nube de polvo, cuando de un crepúsculo de cristal caen diáfanas amapolas escarlata…
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