Читать книгу: «El último trabajo de Mark Green»
EL ÚLTIMO TRABAJO DE MARK GREEN
FERNANDO PÉREZ RODRÍGUEZ


EL ÚLTIMO TRABAJO DE MARK GREEN
© Fernando Pérez Rodríguez
© Corrección ortotipográfica: Pau Almenar Subirats
© de esta edición: Loto Azul, 2020
ISBN: 978-84-17307-74-5
Producción del ePub: booqlab
No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, sea este electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito del editor. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (Arts. 270 y siguientes del Código Penal). Las solicitudes para la obtención de dicha autorización total o parcial deben dirigirse a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos).

KALOSINI, S. L.
Grupo editorial Olé Libros
www.olelibros.com
A mis padres
Nunca es tarde para cortar la cuerda,
para volver a echar las campanas al vuelo,
para beber de ese agua que no ibas a beber.
Benjamín Prado.
Un domingo cualquiera
—No me gusta tratar estos asuntos aquí —afirmó el maduro empresario molesto por la interrupción de su descanso semanal. La inesperada aparición del trajeado banquero había acabado con la trivial charla de los dos hombres sobre lo ocurrido hacía unos minutos en el campo de golf.
—No hay tiempo para organizarlo de otro modo. Además, este es un lugar tan discreto como cualquier otro —dijo el recién llegado.
El tercer hombre, aún vestido con ropa deportiva, permaneció callado, recostado sobre la silla mientras los otros dos dirigían sus miradas hacia él. Nadie en aquel elegante club parecía prestar atención a aquella reunión improvisada en la terraza del bar. Sus rostros eran muy conocidos, cada uno de ellos estaba situado en una de las cumbres del poder político-económico del país. Un constructor, un banquero y un político juntos no era una imagen muy habitual en los principales medios de comunicación, pero sí en ciertos lugares.
—La próxima vez procura venir vestido adecuadamente para pasar desapercibido —insistió el empresario, también ataviado con ropa deportiva.
—No me fastidies con chorradas. Como nos pillen se nos va a terminar a todos la buena vida.
—Lo que propones es muy arriesgado. —El empresario aún sudaba pese a ya no estar jugando. Apartó la mirada de sus interlocutores para concentrarse en la tarea de limpiar sus gafas con una pequeña gamuza.
—Los demás ya han dado el visto bueno.
—¿Puede hacerse sin levantar mucho revuelo? —susurró con tranquilidad el consagrado político cortando el rifirrafe entre ambos.
El empresario se colocó las gafas con un ligero temblor antes de volver a mirar a los otros dos.
—¿Estamos planeando asesinatos?
—Ya hemos matado antes y…
—Pero en esa ocasión —le cortó el empresario con un hilo de voz—, solo se trataba de algún inmigrante o delincuente.
El afamado político, más acostumbrando a mandar, dio por terminada la reunión:
—No hay más que hablar, ponte manos a la obra y hazlo lo antes posible.
El empresario intentó protestar, pero el máximo responsable de todo aquel montaje, ya de pie, cortó la conversación:
—No tenemos más opciones. Y ninguno de nosotros está dispuesto a acabar con un negocio de millones de euros al año por culpa de algunos entrometidos.
***
El otoño, fiel a su cita anual, se había instalado en aquel barrio residencial de la capital cuando María García regresó de la calle con una bolsa de cruasanes y dos periódicos para saborearlos, sin prisa, junto a su marido. Aquel era uno de los pocos placeres que habían sobrevivido a los cambios radicales producidos en su vida por culpa del trabajo.
—¡El desayuno ya está! —anunció al cruzar el umbral de la puerta.
Desde la habitación, donde andaba ajetreado Alberto Fernández, le llegó una respuesta ininteligible. María sonrió mientras dejaba sobre la mesa de la cocina la bolsa con la bollería junto a los dos vasos llenos de zumo de naranja.
—¡Qué vida más dura! —murmuró su marido con una leve sonrisa antes de sentarse a la mesa para empezar a disfrutar del desayuno. A la vez, comenzó a hojear los periódicos.
María, habituada a tratar con los peores instintos, huía de la sección de noticias de los diarios y se refugiaba en las revistas dominicales llenas de reportajes grandilocuentes y entretenidas entrevistas.
Por el contrario Alberto se sumergía con prisa en las noticias diarias, leyendo solo los titulares que, en ocasiones, pese a las advertencias repetidas de su mujer, se empeñaba en comentar en voz alta.
—¿Has visto esto? —le preguntó obligándola a abandonar la insípida lectura de una entrevista a un famoso actor.
—Te he dicho un montón de veces que… —María no pudo terminar la frase al ver la foto. Otra vez aquellas imágenes. Tragó saliva y volvió a desviar su mirada hacia el estúpido artista para intentar borrar aquellos otros rostros. Rostros hinchados. Rostros demacrados. «Malditos periodistas. No les importa nada, solo buscan una foto, un titular».
Alberto ya había abandonado el periódico para preparar un par de cafés cargados. «Pobre gente», murmuró mientras se comía otro crujiente cruasán.
María sintió deseos de gritar, pero se limitó a asentir. En su mente ya se había grabado aquella instantánea que no iba a poder borrar.
Él la intentó animar mientras le servía el café:
—No es culpa tuya. Tú haces lo que puedes.
Ella lo miró sin decir palabra. «No sabes nada. Esto es culpa de todos. También es culpa nuestra». Apretó los dientes.
Ante el silencio, Alberto cambió con rapidez de conversación.
—¿Has hablado esta semana con la niña?
—La niña —suspiró María y añadió—: solo una vez, entre la diferencia horaria y la semana que llevo…
—Cuando regresemos, la llamamos los dos juntos.
María asintió. Su hija iba a cumplir pronto diecisiete años, ahora mismo se encontraba a miles de kilómetros de distancia. La decisión la había tomado toda la familia, pero lo que más había pesado fue el deseo de la pequeña y el miedo de su madre. Su hija estaba feliz por la aventura de pasar su último año de bachiller en Estados Unidos, su madre solo quería que ella estuviera lejos. Aquel iba a ser un año muy duro para María. Sentir a su hija a salvo le había ayudado a volcarse de lleno en aquella sucia guerra.
Alberto volvió a interrumpir las reflexiones de su mujer.
—He quedado con mi hermana para tomar algo antes de comer.
—Perfecto —murmuró. Su mente volvía a centrarse en aquel titular que acompañaba a las fotos: «Media docena de cuerpos de inmigrantes aparecen ahogados en las playas de Tarifa».
María sabía que esas fotos irían a engrosar el enorme dosier en que se había convertido su despacho, y sus últimos años de vida, desde que había accedido a investigar el tráfico ilegal de personas. «Mierda de mundo», suspiró intentando alejar todo eso de su presente a la vez que se arreglaba para disfrutar de uno de sus pocos domingos libres.
El encargo
La llegada de las primeras lluvias había constatado el fin del verano en aquella zona un tanto alejada del centro de Donostia que se asomaba al mar desde un precipicio ensordecedor e inaccesible. Ese cambio de tiempo devolvió a la zona su acostumbrada tranquilidad alejando a los turistas y a los vecinos ocasionales.
Mientras la lluvia golpeaba los cristales y los árboles se movían empujados por el intenso viento, Mark Green, uno de aquellos residentes casi fijos, recorría su casa con un sobre cerrado. La vivienda, un sólido y antiguo caserío, estaba formada por gruesas paredes de piedra y un fuerte esqueleto de madera que a Mark le gustaba acariciar. Lo había reformado por completo hacía cinco años con el único propósito de abrir aquel enorme ventanal frente al cual solo estaba la inmensidad del mar. No era la casa que había imaginado de adolescente en su Montana natal, aun así, aquel lugar poseía ciertos rasgos que habían formado parte de sus ensoñaciones; la madera, el crepitar del fuego, el horizonte despejado del mar, la soledad…
Mark había cumplido los cincuenta con un trabajo que lo obligaba a mantenerse en plena forma, pero los achaques iban llegando. Hasta hacía un par de años su cuerpo era una máquina bien engrasada. Ahora, por el contrario, debía acudir de forma regular a un fisioterapeuta para que le aliviara las molestias que le surgían en la región lumbar y en el hombro izquierdo.
Abrió con decisión el sobre para comprobar su contenido. Sus ojos azules se fijaron en la foto intentando retener todos los detalles. Mujer madura, de su misma edad, media melena tostada, ojos oscuros y saltones, nariz decidida y labios gruesos. Aquel rostro le pareció familiar, como si ya la hubiera matado antes. En el dorso de la foto se podía leer una fecha. Dentro del sobre, además de la imagen, había una pequeña llave que guardó en su bolsillo sin dejar de observar la cara de su próximo encargo. La mirada de aquella mujer lo golpeó en su subconsciente. Parecía una mujer honesta, nada que ver con sus anteriores trabajos: hombres y mujeres de rostros crueles o codiciosos; durante un leve instante dudó. En ese momento, no podía saber que aquel encargo iba a dar al traste con todos sus planes futuros poniendo en riesgo su propia vida.
***
Mark suspiró antes de lanzar la foto junto con el sobre al fuego de la chimenea. La decisión ya estaba tomada. Solo tenía dos semanas para hacer el trabajo. Apenas un día para aceptarlo.
—¡Qué prisas! —murmuró con un toque de tristeza recordando los viejos tiempos cuando aprendió el oficio, hacía más de veinte años, y cada encargo se organizaba durante meses. Ahora todo se había vuelto urgencia, y su gremio, antes casi una secta, se había llenado de chapuceros y de psicópatas.
Mark era un profesional. Solo aceptaba casos claros, sin connotaciones políticas, religiosas o raciales, para eso ya estaban los grupos ultras o los extremistas religiosos. Además de esas condiciones solo tenía otra más: nada de niños. Con las mujeres no tenía problemas, él no hacía discriminaciones.
Observó cómo las llamas consumían los papeles antes de ir a la cocina a prepararse un batido de frutas. Después, salió a la terraza que casi colgaba sobre el acantilado para tomárselo. Aquella mañana había cumplido rigurosamente con su hora y media de entrenamiento diario, incluyendo cuarenta minutos de carrera por los caminos cercanos.
Consultó el reloj, en unas horas tendría que marcharse para llegar a tiempo de dar su contestación. Se podría haber ahorrado el viaje de casi quinientos kilómetros, pero prefería tomar la decisión con tranquilidad en su refugio. Aquello formaba parte de un ritual que lo había mantenido a salvo durante muchos años, las llamadas o mensajes podían convertirse en hilos para llegar hasta él.
Aquel vasto paisaje le ayudaba a poner paz en su ajetreada mente. Nunca había pensado en surcar los mares, pero su contemplación durante horas era un bálsamo tranquilizador. Desde su mirador se podía adivinar con facilidad, en un día claro y soleado, una buena parte de la costa guipuzcoana y vizcaína. Se tomó unos minutos antes de regresar con paso acelerado al interior. Su bolsa de viaje era escasa, solo iba a estar fuera unas horas, y todo tenía que entrar en los cofres de la moto. Además, lo único imprescindible estaba ya archivado en su cabeza. Sobre la enorme cama, nunca compartida, fue depositando lo necesario para su breve escapada: una jersey grueso gris, un gorro de lana, un pantalón vaquero, una gorra, dos cazadoras de diferentes colores y un par de mudas. Entremedias de toda esa ropa escondió un pequeño botiquín, un puño americano, un objeto negro que acababa de terminar de cargar y un fajo de billetes de cien euros. En su armario entreabierto, se podían observar media docena de jerséis, cazadoras y pantalones similares a los que acababa de escoger. En los cofres laterales fue colocando lo seleccionado con cuidado y en un orden determinado, asegurándose un par de veces de que no le faltaba nada, luego sacó la moto del garaje sin arrancarla.
Con el equipaje listo volvió a hojear en internet los horarios de los trenes que llegaban a la capital, así como las líneas de metro que conectaban sus próximos destinos. Se terminó de vestir con ropa informal antes de ponerse el mono de cuero de color oscuro con protecciones. Miró el reloj, tenía el tiempo casi justo, apenas media hora de margen, para realizar el recorrido previsto.
Tras comprobar la alarma dos veces, repasar de nuevo su equipaje y cerrar su casa, se subió a una potente BMW de mil centímetros cúbicos que lo esperaba junto al muro de la villa, para salir minutos después derrapando por aquellos caminos llenos de curvas y mal asfaltados que rodeaban su residencia.
Al internarse en la autopista la conducción se volvió más monótona, casi sin curvas ni coches, y Mark rememoró la primera vez que llegó a la ciudad donde ahora estaba su hogar. Como a cualquier norteamericano joven de clase media alta, le encantaba viajar, y Europa era un destino perfecto para conocer muchas culturas diferentes en poco tiempo. Con una extensión inferior a su país, aquel pequeño continente acumulaba una historia registrada de varios miles de años.
Mark había recalado por accidente en aquella ciudad norteña; él prefería el sol y las gentes del Mediterráneo, con ese espíritu había recorrido durante dos meses las costas de Grecia, Yugoslavia e Italia, pero su viaje se torció tras discutir con sus compañeros en la frontera alpina entre Italia y Francia. Sus amigos de la universidad continuaron hacia el sur, rumbo a España, con la idea de llegar hasta Marruecos. Él partió solo en dirección contraria: hacia París. Más tarde, cuando se cansó de recorrer calles asfaltadas, sus pasos lo llevaron hasta el océano Atlántico, y al cruzar la frontera de Francia descubrió su actual hogar.
Mark no recordaba en aquel momento, con una recta interminable por delante, el porqué de la discusión, pero desde aquel día no volvió a verlos, tampoco volvió a viajar acompañado.
Cuatro horas después, con una sola parada para repostar y estirar las piernas, abandonó su moto en el parking de la terminal 4 del aeropuerto de Barajas. Allí mismo se quitó el mono, dejando al descubierto su vestimenta; una camiseta y unos pantalones vaqueros que completó con un grueso jersey, una cazadora a juego y una gorra con el logo de una conocida ciudad. En una mochila guardó algo de ropa; el resto, excepto el dinero, se quedó en los cofres de la moto. Verificó su aspecto en un baño público, se caló la gorra y bajó a la estación de metro. Tras efectuar varios cambios de línea sin necesidad, y con cierta prisa tras consultar el reloj, volvió a la superficie en plena Puerta del Sol, donde cogió un taxi hasta la estación de Atocha.
En la puerta del enorme edificio se distrajo un rato esperando la llegada de varios trenes. Cuando la estación estaba casi en ebullición por el número de personas, avanzó con pasos decididos hacia la consigna para localizar esa taquilla cuyo número aparecía escrito en la llave. Sin dejar de prestar atención a lo que ocurría a su alrededor recogió el sobre de la taquilla antes de volver a desaparecer en el metro.
Desanduvo el recorrido con más tranquilidad. Durante unas horas se perdió por el centro de la ciudad observando el paisaje urbano, a la vez que su mente, sin distraerse, intentaba organizar el siguiente paso. Ya había aceptado el trabajo, ese recorrido disparatado de cientos de kilómetros desde su casa hasta la consigna de la estación solo tenía aquel fin. En unas horas recibiría el primer pago por el encargo, la tercera parte del total, pero mientras esperaba el momento oportuno para verificar ese ingreso, debía ponerse manos a la obra. Dos semanas no era mucho tiempo.
La pequeña tienda regentada por un chino parecía perfecta. Recorrió las estanterías llenas de trastos, observando a las pocas personas que había en su interior y volvió al mostrador donde el chino no paraba de moverse vaciando cajas a medio abrir.
—Buenos días. Quiero un teléfono móvil.
—Buen día. ¿Qué clase tú quiere?
—Uno normal, con cámara y conexión a internet —solicitó Mark.
—Tenemos este. Muy bueno —aseguró el chino mostrándole un teléfono más grande que la palma de su mano y dentro de una caja con caracteres chinos.
—¿Tiene conexión a internet?
—Sí, señol.
—¿Wifi? ¿Cámara de fotos?
—Todo completo.
—¿Cuánto?
—Ciento diez eulos. Regalo funda —contestó el chino con su mejor sonrisa.
—Necesito también una tarjeta para poder hablar.
—OK. ¿Qué compañía?
Mark miró detrás del mostrador y señaló una. Le daba igual cuál fuera.
El chino volvió a sonreír.
—Muy buena. Necesito calnet.
Mark sacó sin inmutarse varios billetes junto a un viejo carnet de conducir de color rosado. El chino leyó en voz alta aquel nombre falso y cogió con rapidez el dinero, luego se dedicó a rellenar el contrato. Mark firmó con un garabato; después, encendió el móvil. El icono de la señal aparecía parpadeando, metió el pin de la tarjeta y efectuó una llamada de comprobación al mismo bazar chino. Una vez satisfecho, abandonó la tienda deambulando entre callejuelas con el teléfono apagado y la batería quitada. Se paró a comer el menú del día en un atestado restaurante para turistas. A los postres, por fin abrió el sobre. Dentro había un papel con una dirección y un número de teléfono anotados. Lo guardó en el bolsillo antes de pedir la cuenta. En el baño, destrozó el ajado carné junto con el papel con la dirección y tiró los restos por el retrete. Tras asegurarse de que desaparecía por el desagüe, abandonó aquel insulso local camino de una boca de metro.
El tema de la documentación era uno de los dos puntos flacos de su trabajo, uno de los hilos por los cuales podían llegar hasta él. Para cada encargo necesitaba una distinta. Hasta la fecha él mismo se las había confeccionado, pero con la desaparición del viejo carné de conducir y tras los atentados de Madrid, tendría que recurrir tarde o temprano a los profesionales. Por esa, y otras razones, aquel era su último encargo, tenía el dinero suficiente para vivir holgadamente el resto de su vida y más muertos de los que deseaba sobre su espalda.
Al salir del metro, muy cerca de la dirección archivada en su mente, Mark volvió a colocar la batería al móvil y lo conectó para mandar un breve mensaje al número escrito en el papel. Minutos más tarde un pitido le avisó de la contestación: «Todo OK».
Mark sonrió, en teoría su cuenta se había incrementado en doscientos mil euros, el tercio por adelantado de este trabajo. La crisis también había traído una bajada en los honorarios. Hacía apenas dos años, por este pedido habría ganado un millón de euros. Ahora tenía que conformarse con seiscientos mil.
Sus pasos lo llevaron cerca de donde vivía su próximo encargo. Dio una vuelta rápida por las manzanas que rodeaban aquel lujoso edificio del barrio de Salamanca. No había nada extraño ni ninguna dificultad añadida. Ninguna comisaría de policía nacional o local, nada de sucursales bancarias, joyerías o locales de lujo atestados de alarmas ni locales de copas con vigilantes. Era un área residencial de edificios amplios con aceras grandes llenas de árboles, poco tráfico y bastante actividad comercial. En un rápido vistazo contabilizó dos peluquerías, cuatro panaderías, tres fruterías, dos tiendas de comida tipo gourmet, un gimnasio, media docena de restaurantes pequeños, tres tiendas de ropa y un incontable número de bares de diseño. La zona destilaba elegancia y pijoterío a partes iguales.
Mark entró en uno de los locales situados frente al portal. Pidió una cerveza y comenzó a hojear el periódico sin perder de vista su objetivo. La espera tuvo sus frutos: la mujer se bajó de un enorme coche negro al otro lado de la calle. Del interior del vehículo salieron, además de ella, dos hombres con ropa informal, uno de ellos se alejó con prisa hacia la entrada del inmueble.
Mark ya sabía lo que suponía aquello, su presa tenía dos sombras, lo cual la convertía en un pez gordo o difícil de pescar. Por eso se lo habían encargado a él, querían un trabajo discreto, sin ruido. Ahora era tarde para renegociar su tarifa, los que le habían contratado no se andaban con tonterías a la hora de zanjar sus negocios. Solo había realizado dos trabajos para aquella gente, el último hacía año y medio. En aquella ocasión había tenido que liquidar a un antiguo socio que se había esfumado con un montón de pasta y una identidad nueva. Al final no tuvo tantos problemas para encontrarlo. La estupidez y la avaricia suelen ir de la mano. Aquel tipo se había empeñado en despilfarrar demasiado dinero en un paraíso fiscal poblado de palmeras y ojos atentos.
Abandonó el bar no sin antes memorizar la hora y la matrícula del coche. El principal objetivo de ese viaje era aceptar el trabajo y hacer un primer reconocimiento de la zona. Sin duda durante las próximas dos semanas iba a tener que emplearse a fondo para poder realizar el encargo que acababa de aceptar. Sintió un leve nudo en el estómago, la presencia de escoltas iba a obstaculizar el cumplimiento de los plazos previstos, necesita más tiempo o hacer las cosas más deprisa, ninguna de las dos le parecía una buena opción.
No le costó mucho llegar hasta la terminal del aeropuerto: dos taxis y un par de transbordos en el metro. En uno de los cambios de línea se deshizo de la gorra y de la cazadora. Una vez en la terminal, volvió a embutirse, sin quitarse los pantalones ni la camisa, en el mono de cuero. Exhaló con fuerza un par de veces. Sentarse en la moto le hizo sentirse como en casa pese a la distancia, pero en su mente ya se había colado una duda. No podía volver a su refugio sin haber hecho antes otra cosa.
Ya en la carretera, se detuvo en la rotonda para observar los carteles de dirección. Miró el reloj varias veces hasta dar cuerpo a una decisión que ya había tomado.
—Bueno. —Con un suspiro, enfiló con la moto revolucionada hacia el cartel que indicaba Madrid. Tenía que adelantar algo de tarea para la semana próxima. Las dificultades se habían incrementado, no podía perder demasiado tiempo en los preparativos. Era sábado por la noche, el momento ideal para conseguir el material que iba a necesitar.
Mark tenía por costumbre trabajar solo en todos los aspectos, nada de encargar a otros su documentación y nada de comprar sus armas a tipos de dudosa reputación. Además, lo hacía a la vieja usanza, es decir, eliminaba a sus objetivos a corta distancia sin regodearse, las torturas o los rifles automáticos se los dejaba a los salvajes o a los cobardes. Él prefería, aunque a veces le quitara el sueño un par de días, matar a sus encargos con dos precisos disparos a un par de metros de distancia. No quería sentir los últimos espasmos de sus víctimas ni mancharse con su sangre, pero tampoco quería disparar desde la lejanía sin ver sus caras, eso ya lo había hecho antes. Por culpa de esos planteamientos, de esa especie de código, Mark tenía algunos problemas para conseguir sus herramientas de trabajo. No era difícil adquirir unos cuchillos o navajas para rajar a alguien rápida o lentamente según el gusto, tampoco era difícil hacerse con un rifle de caza, pero conseguir una pistola, eso era otra historia. España no era todavía como su país, donde cualquier descerebrado podía acumular un arsenal en el trastero de su casa, aunque los cambios en la legislación durante los últimos años le habían facilitado la tarea.
Un asesino a sueldo, además de buena puntería, debía tener buena memoria, le había repetido hasta la saciedad su socio y mentor, que llevaba seis meses muerto por culpa de una enfermedad degenerativa y una bala en la cabeza. Nada de repetir lugares, nada de frecuentar los mismos bares u hoteles cuando se está trabajando, aunque sea en encargos diferentes. Nada de utilizar varias veces el mismo nombre o disfraz y, sobre todo, nada de conseguir las herramientas en el mismo sitio. Douglas Shoot llevaba poco tiempo muerto, sus consejos todavía anidaban con claridad en su mente. Tenía sesenta años cuando un disparo acabó con su vida tras dos años de sufrimiento.
Mark recordaba todo con precisión milimétrica, sin necesidad de anotar nada. Seis encargos en Madrid, el último hacía tres años. Pese a ser una gran ciudad eso le limitaba el campo de acción en la tarea que quería realizar aquella noche. La crisis había afectado a casi todos los sectores de la economía española, salvo a los locales de lujo y a los prostíbulos. Eso sí, la desesperación o la codicia habían disparado los atracos en ambos tipos de establecimientos de las ciudades y los había llenado de guardas jurados o de matones sin mucha pericia, pero armados hasta los dientes. Aquel era su supermercado, en esos sitios podía agenciarse pistolas sin problemas y sin dejar pistas.
Con la decisión ya tomada, paró en una de las gasolineras de la M-40 de Madrid para encontrar lo que necesitaba. Encendió su nuevo móvil para consultar un par de páginas web antes de volver a ponerse en marcha.
No le costó encontrar el sitio, las indicaciones en internet eran claras y los letreros luminosos casi visibles desde la carretera. Dio un par de vueltas alrededor del local para ubicarse, luego se alejó para aparcar la moto en un lugar discreto cercano a la salida hacia la carretera que le permitiera salir con rapidez si la ocasión lo requería. Después de quitarse el mono se puso la cazadora guardando todas sus pertenencias en el cofre salvo las llaves, un fajo de dinero y aquel objeto negro parecido a un teléfono móvil.
El club estaba casi vacío, pese a ser medianoche. En la puerta, bajo los letreros luminosos, dos gorilas de gimnasio muy abrigados le cachearon amablemente para asegurarse de que no iba armado antes de dejarle entrar. Él también se aseguró de que aquellos dos tipos llevaban lo que iba buscando.
Mark estaba sobrio, así debía mantenerse durante las próximas horas, pero su pequeña representación había comenzado. Nada más entrar se agarró a la barra como si fuera su tabla de salvación. Con los ojos entrecerrados observó al barman mientras pedía una copa.
—Un gin-tonic —elevó un poco el tono—, pero de verdad. No esa mierda de la última vez.
Ya había logrado lo fundamental para un actor, llamar la atención. Con la elevación del tono y una palabra malsonante había conseguido que un montón de caras, la mayoría de mujer, se volvieran a observarlo.
—Hola —Mark saludó a una mulata que estaba en frente.
—Hola, guapo. —Ella se acercó al tiempo que el barman depositaba un gin-tonic mal mezclado en la barra.
—¡Eh! —gritó Mark—. No tengas tanta prisa, seguro que esta chica quiere tomar algo.
La mulata sonrió de manera forzada:
—Claro, cariño, pero no hay prisa.
—¿Qué quieres? —insistió Mark.
—Champán.
—¿Seguro?
La mulata asintió, mientras el resto de clientes y de chicas del local se alejaban poco a poco de la nueva pareja.
—¡Eh, chico! Trae una botella del mejor champán para esta señorita.
La mulata lo acarició con calma un par de veces antes de susurrarle.
—¿Quieres que vayamos a un sitio más tranquilo?
Mark, pese a estar representando un papel, no puedo evitar cierta tensión en su entrepierna. Llevaba más de un mes sin tener sexo. Eso era mucho tiempo.
—No, ahora quiero beber contigo, ya me la chuparás luego —dijo Mark, elevando el tono de nuevo para que pudieran oírle.
En el local, además del tipo que atendía en la barra, solo había otro hombre, que parecía recoger las mesas o vigilar a las chicas. Ambos tenían más o menos su edad, ninguno estaba precisamente en buena forma. El resto de clientes tampoco parecían adversarios potenciales y las chicas ya tenían bastante con lo suyo como para meterse en líos. La norma de un sitio como aquel era muy clara: nada de broncas dentro del club, las peleas se resolvían siempre fuera para evitar la presencia de la policía en el interior.
—Vale —susurró la mulata simulando beber algo de champán al igual que Mark.
Las últimas palabras de él habían logrado la atención del otro tipo del local. Lo vio desaparecer tras una puerta durante unos minutos.
—Me estoy aburriendo —dijo Mark con desgana teñida de desprecio—. Vete a buscar un par de amigas para que organicemos una buena fiesta.
La mulata pareció obedecer las órdenes, pero en realidad se escabulló entre el resto de las chicas.
—¿Dónde vas? —gritó Mark. Con paso vacilante se apartó de la barra, tirando la botella al suelo. Sus manos habían empezado a sudar; una de ellas se la llevó inconscientemente al pecho. ¿Qué le estaba ocurriendo?
Antes de poder acercarse al grupo de clientes y chicas, los dos tipos de la puerta ya estaban dentro.
—Señor, tiene que irse del club ahora —ordenó uno de los hombres, situándose frente a él. El otro ya estaba colocado a su espalda.
—¡Dejadme en paz! —gritó, intentando zafarse de su presencia sin decisión mientras le empujaban hacia el exterior.
Nada más cerrarse la puerta a su espalda los dos matones lo inmovilizaron. Ya sabía lo que iba a ocurrir. El puñetazo lo dobló por la mitad y le arrancó el primer grito sincero de aquella última hora. Medio doblado y sin fingir, Mark se dejó arrastrar lejos del local, entretanto una de sus manos rebuscaba en su bolsillo su táser.
Fuera no había nadie. Los dos tipos rebasaron el murete de cierre de la parcela. Estaban acostumbrados a aquel trabajo: un par de golpes más fuera de miradas curiosas antes de dejarle tirado entre los matorrales.
—Ahora no gritas, ¿eh? —le susurró el que lo había golpeado. El tono amable y correcto se había esfumado—. Te vas a enterar. Ya tenía yo ganas de dar un par de hostias —insistió ante el silencio del otro con una sonrisa. Su compañero aflojó inconscientemente la presión.
Aquellos dos matones de gimnasio no habían tenido un buen maestro, ni siquiera eran capaces de diferenciar entre víctimas y adversarios. Mark recordó, justo antes de soltarse, las palabras de su mentor y amigo: «No te confíes. Si un trabajo es demasiado fácil, esconde una trampa».
Esos tipos eran muy confiados; tal vez aquel día aprenderían una lección vital para su oficio.
Mark no tardó en librarse del que le sujetaba los brazos. Extendiendo la mano derecha hacia su otro adversario, ya con el aparato listo, pulsó el botón. La descarga eléctrica tumbó al fanfarrón de ciento veinte kilos de músculo sin cerebro. Sin perder tiempo, hizo un giro digno de un hombre más joven que él para alcanzar con una nueva descarga al otro oponente.
—A ti te durará menos el dolor de cabeza. —Sonrió Mark aún dolorido.
Aquel secarral seguía sin público, ahora con dos cuerpos en el suelo. Sin un minuto que perder, los ató de pies y manos, luego los amordazó para evitar gritos. Tras registrarlos y apropiarse de aquellas dos pistolas Star de 9 mm, se marchó, sin prisa. Ya tenía herramientas para su próximo encargo.
Los preparativos
Aquella mañana Mark había renunciado al despertador y a su habitual entrenamiento diario. Cosa rara en él. Quizá con la edad estaba perdiendo su naturaleza metódica. O tal vez su excursión nocturna había sido un poco azarosa. Desde luego el viaje de vuelta hasta su refugio no había resultado tan gratificante como el de ida. Había estado a punto de acabar en el suelo en dos ocasiones por culpa del cansancio.
Medio desnudo se acercó a la ventana para contemplar el paisaje. Sintió un pinchazo en el abdomen cortesía del golpe recibido. Sin duda empezaba a hacerse mayor para esas cosas.
—Shit! —murmuró—. Menos mal que este es mi último encargo.
Lo tranquilizó la visión de aquel trozo de horizonte, solo reservado para sus ojos. Con una leve sonrisa regresó a la cocina para prepararse un copioso desayuno: un zumo multicolor, un montón de tostadas regadas con aceite y una gran variedad de embutidos y quesos. Aquella era su pequeña recompensa por lo ocurrido la noche anterior, además de ser un ritual para ocasiones especiales.
Con el estómago lleno y la mente despierta, se acercó al ordenador para conectarlo. Deseaba comprobar el ingreso de los doscientos mil euros. No era una tarea sencilla. La única forma de acceder a sus datos era utilizar claves encriptadas para entrar a su cuenta en Gibraltar a través de la página web de un banco de apariencia normal. Efectivamente, el saldo había crecido, ya se acercaba a esa cifra mágica de diez millones de euros. Aquella idea le hizo sentirse contento, borrando de forma definitiva cualquier malestar fruto de lo sucedido en Madrid. Luego se dedicó a curiosear los periódicos locales en busca de alguna referencia a lo acontecido hacía unas doce horas a cuatrocientos cincuenta kilómetros de distancia. Mientras leía por encima los diferentes titulares, la gran mayoría dedicados a hurgar en distintos casos de corrupción política, recordó dos instantes de la noche anterior: su tensión en la entrepierna y aquella molestia en el pecho.
La tensión en su entrepierna tenía una explicación sencilla, llevaba tiempo sin estar con una mujer. Por el contrario, aquel dolor era algo desconocido e inquietante para él. Intentó apartar ese esbozo de miedo volviendo a concentrarse en su tarea.
Su concienzuda búsqueda tuvo sus frutos. En un apartado de sucesos pudo leer dos líneas sobre lo sucedido. «Incremento de la violencia en los barrios periféricos de la capital. Anoche, dos vigilantes de seguridad nocturna de un pub fueron agredidos por varios desconocidos cuando expulsaban del local a un hombre que había increpado a varios clientes».
La breve nota no se acercaba mucho a la realidad, pero si había aparecido en el periódico solo podía significar que la policía había estado en el lugar de los hechos recopilando información.
Mark no sabía con certeza qué podían recordar de su aspecto aquellos dos descerebrados. En cualquier caso su ropa había desaparecido hacía bastantes horas en un contenedor en el camino de regreso. Se vio reflejado en la pantalla del ordenador: barba compacta, canoso pelo largo… Debía empezar a preparar su disfraz antes de volver a escena.
Había cometido un error de principiante, ese cambio de opinión en el último minuto motivado por la presencia de los dos escoltas era impropio de él. No era la primera vez que las circunstancias de un trabajo se habían alterado de forma brusca durante su larga carrera profesional, pero nunca había modificado tan rápido sus cuidadosos preparativos. Era cierto que ya tenía el encargo localizado y las armas necesarias, aunque inicialmente solo había pensado ubicar a su objetivo. De todas formas, ambas tareas las había realizado con la misma ropa y aspecto, aquello era un fallo inconcebible para él. No podía volver a repetirse. Dudó un instante frente al espejo del baño. Le gustaba su aspecto actual, había tardado más de un año en conseguirlo. Cerró los ojos y la ruidosa maquinilla recorrió parte de la cara y la cabeza sin orden aparente.
—Ya no tiene arreglo —susurró con una sonrisa al observar el montón de pelos blancos en el lavabo.
Regresó al salón para poner música con la que amenizar su radical cambio de look. De vuelta al baño, terminó de raparse ambas partes casi al cero al tiempo que canturreaba a ritmo de AC/DC: «Highway to hell… Highway to hell».
Al pasarse la mano por el recién rasurado mentón se vio a sí mismo con treinta años menos. En aquella época, tras varios años de recorrer Europa, primero acompañado y luego solo, decidió volver a su país para hacer algo diferente. Al llegar, no solo se reencontró con su familia, sino con un país lleno de banderas y de proclamas llamando a la guerra. Como a todos los jóvenes de cualquier época, aquello lo atrapó desde el primer instante. Su sed de aventuras unido al gran ideal de la lucha por la libertad fueron su excusa para alistarse en el Ejército de los Estados Unidos. Volvió a abandonar su patria rumbo a un desierto desconocido para no regresar jamás.
Durante esa guerra Mark aprendió su oficio actual y perdió lo único que puede atar a un ser humano a sus congéneres: la confianza en su propia raza. La muerte enseña muchas cosas al hombre cuando la puede ver de cerca, pero la guerra solo destruye su espíritu. A su mente volvió el recuerdo de aquellos niños, pequeños e inocentes todos ellos, sepultados bajo la arena del desierto, donde habían ido cayendo, entre cuerpos de hombres y mujeres civiles, mientras huían de los bombardeos de sus salvadores. Esos pequeños era lo único que recordaba de esa guerra ya olvidada para el resto del mundo.
—Vete acostumbrando, niñato. Esto es la guerra —le había escupido un sargento cuando Mark vomitaba. Ese asco se convirtió en tanta rabia que se pasó las dos siguientes semanas en un calabozo tras agredir a ese mismo sargento.
Esa primera experiencia en el frente decidió su papel en aquel conflicto y, sin duda, el rumbo de su existencia. Después se integró, casi a la fuerza, en una unidad especial del cuerpo de marines donde aprendió a matar deprisa y con precisión. Ese aprendizaje, sin remordimiento, le salvó de la locura que arrastró a la mayoría de sus compañeros, pero le condenó a su vida actual, solitaria y cruel. Durante esa época conoció a su mentor, Douglas Shoot. Dos años después de terminar la guerra volvieron a reencontrarse en un país y en una situación muy diferentes. En ese momento Mark subsistía gracias a trabajos mal pagados, su amigo, por el contrario, ganaba mucho dinero dedicado a ocupaciones poco claras. Ese reencuentro marcó de forma determinante la vida de Mark hasta convertirse en lo que era ahora.
Aquel fogonazo, aquel recuerdo frente al espejo solo duró unos instantes, como en otras ocasiones. Sin embargo esa vez vino acompañado de un sudor frío en las manos y de una punzada de dolor en el pecho. El sudor frío no le era desconocido: lo había sentido muchas veces durante la guerra antes de apretar el gatillo, pero el pinchazo le tenía desconcertado. Respiró profundamente varias veces, tal como le habían enseñado en el ejército. Poco a poco fue consiguiendo recuperar la calma. Un grito desde lo más profundo alejó cualquier reflexión.
Tras desnudarse, se sumergió bajo la ducha durante un buen rato. El agua caliente fue arrastrando los restos del corte de pelo, al igual que aquellos recuerdos perturbadores.
Se vistió para salir. Era domingo por la tarde, todavía tenía mucho que hacer, pero decidió darse un respiro. Como cualquier guerrero, así se veía en ocasiones, no podía ir a realizar un trabajo con otras cosas revoloteando en su cabeza, por lo que con una idea muy clara se subió al todoterreno y abandonó su casa con cierta urgencia.
Lejos de su refugio, en pleno centro de la ciudad, se metió en una cabina de teléfonos y marcó uno de los tantos números que tenía memorizados. Cada vez quedaban menos cabinas por la calle. La compañía de teléfonos empezaba a ponérselo difícil.
—¿Qué tal? Soy John… Sí, he andado bastante liado con el trabajo y la familia… Me gustaría verte… ¿En una hora?… Perfecto… Allí estaré.
Mark Green, esta vez John, había llegado ya al lugar de su recién concertada cita. Se sentó en un bar frente al conocido portal a curiosear tranquilamente el periódico, sin perder de vista ni su reloj ni los movimientos cercanos al edificio. Una cerveza sin alcohol acompañada de unas patatas fritas amenizaron la espera.
Apenas prestó atención a los aburridos titulares sobre corrupción. Su mente y su entrepierna se obstinaban en recordar el último encuentro con Abril. Aquella mujer le volvía loco, tenía un cuerpo espectacular, de portada de Playboy, y un humor y encanto difíciles de resistir.
Mark se había enamorado poco y mal, es decir, que tan solo lo había hecho una vez y de la persona equivocada. Eso le había servido de vacuna contra cualquier recaída y, sin duda, con Abril, pese a dedicarse a la profesión más antigua del mundo, podría haber incurrido con facilidad.
Mark fue directo al portal tan pronto como el reloj llegó a la hora prefijada de la cita. Abril lo recibió en su casa. Un traslúcido camisón, que dejaba adivinar toda su anatomía, y una sonrisa encantadora era todo lo que llevaba puesto. No necesitaba nada más. Y él tampoco.
—Hola, guapo. ¡Cuántas ganas tenía de verte! —Mark sonrió.
—Eso se lo dirás a todos.
—Es cierto, pero contigo es verdad. —Se volvió tras cerrar la puerta para que la siguiera.
La suave música envolvía el enorme salón e invitaba a relajarse.
—¿Quieres tomar algo? —le susurró rozándole al pasar.
—No, gracias.
—¿Qué tal te va la vida? —preguntó Abril, mirándolo a los ojos como intentando escarbar bajo la coraza. Era una pregunta indefinida, sin compromiso. Ella ya había notado el cambio radical de look y el aspecto cansado de su cliente.
Mark retiró un segundo la mirada y contestó:
—La misma mierda de siempre, por eso estoy aquí.
Ella aflojó la sonrisa y bebió un trago largo antes de volver a la carga. Lo empujó con suavidad hacia el sofá que reinaba en aquella habitación.
—Ponte cómodo. —Lo ayudó a desprenderse de la cazadora y de los zapatos.
Abril no se detuvo ahí. Conocía su oficio. Con gestos precisos acompañados de delicadas palabras le dejó el torso desnudo. Luego rozó con suavidad, casi con cierto cariño, el pequeño moratón que adornaba la parte baja de sus costillas.
Él sintió el deseo aun antes de que ella lo rozara. La atrajo hacia él para abarcarla con sus brazos mientras buscaba la firmeza de sus formas. Ella suspiró en cada contacto y las manos de él continuaron recorriendo su anatomía.
—Me encanta cómo me tocas —le susurró Abril al oído.
Mark quiso creérselo. Aunque imaginaba que era mentira. Sin ser consciente se dejó llevar hacia la cama situada en la habitación contigua. Los papeles de aquella función estaban ya repartidos, Mark guiaría los actos de la mujer buscando su propio placer y Abril fingiría sentir el suyo. Los murmullos de monosílabos se fueron convirtiendo en gemidos contenidos. Las manos de Mark recorrieron todo el cuerpo de ella junto con sus labios. Un leve gesto de él bastó para que ella entendiera que ahora quería otra cosa; se apartó un instante para colocarle el preservativo sin dificultad y su boca se lanzó a jugar con su pene. Mark, recostado, disfrutaba de toda aquella escena: la cabeza de Abril moviéndose arriba y abajo, los pechos medio escondidos entre sus piernas y su firme trasero adivinado tras su abundante cabellera.
Más tarde, Abril se colocó encima de él. Aquellas tetas moldeadas con el bisturí empezaron a agitarse frente a su rostro mientras ella empujaba con fuerza. Sus manos no daban abasto repartiéndose entre aquellos senos perfectos y un firme trasero.
El deseo de Mark no tenía límite, lo quería todo y en ese momento. Derribó a Abril suavemente sobre la cama para luego salir de su interior y colocarla a cuatro patas. Comenzó a embestirla guiado por las palabras de ella, que lo impulsaban a continuar.
No tardó mucho en correrse. Llevaba una larga temporada sin estar con una mujer. Además, sus desahogos solitarios también se habían reducido considerablemente.
Mark había conocido a Abril, cinco años atrás, cuando se cansó de perseguir a mujeres más jóvenes que él por los locales de moda y decidió también dejar de ir a otros lugares llenos de prostitutas, de clientes y de alcohol. Ahora solo concertaba citas con Abril. Pese al tiempo transcurrido, seguía manteniendo las precauciones iniciales aun conociéndola bastante bien; solo se citaba en el piso de ella, siempre pagaba en metálico y nunca llevaba ningún tipo de documentación que lo delatara.
—¿Te quedas esta noche? —preguntó Abril.
—No puedo —mintió Mark—. La próxima vez.
Se levantó de la cama. Desnudo, se dirigió al cuarto de baño para darse una ducha. Abril no tenía muchos clientes, los escogía con cuidado. Solo tenía otro que fuera tan generoso como Mark, ninguno que fuera tan enigmático.
—¿Bastará? —preguntó él con un fajo de billetes en la mano al regresar de la ducha casi vestido.
—Sí —contestó ella y añadió—: ¿Cuándo me vas a contar a qué te dedicas?
—Ya te lo he dicho. Tengo una pequeña empresa que fabrica piezas de automoción.
Abril sonrió, conocía lo suficiente a los hombres como para saber que todos le mentían para evitar ser descubiertos por su familia o para que alguien se aprovechara de sus debilidades, pero John parecía esconder algo más.
—No tienes aspecto de empresario.
—Y, ¿qué aspecto tienen los empresarios?
Ella no contestó y dejó que el hombre la abandonara en la cama. Sin duda se sentía atraída por John —era un tipo apuesto, educado, generoso y poco corriente—. Abril, pese a estar rodeada de hombres, llevaba mucho tiempo sola. Cada día cruzaba por su mente la idea de abandonar ese oficio, pero su soledad no le ayudaba a tomar esa decisión.
—¡Qué pena! —suspiró cuando la puerta se cerró.
Ninguno de ellos podía imaginar en aquel momento cómo iban a cambiar sus vidas en un futuro inmediato por culpa de aquella relación.
En la calle ya era noche cerrada cuando Mark abandonó el edificio. Sin prisa deambuló por el barrio hasta asegurarse de que no lo seguían, luego con paso acelerado se dirigió a un garaje cercano donde había aparcado su coche hacía unas horas. El parking estaba casi vacío, por lo que su voluminoso todoterreno llamaba aún más la atención. Aquel vehículo, al igual que Mark, tampoco era lo que aparentaba: pese a ser un vehículo de serie, ocultaba dentro del capó una potente motorización. El blindaje preparado para resistir impactos de todo tipo de munición era otro extra. Nunca lo había necesitado, pero el mundo se estaba haciendo más peligroso, o él simplemente más viejo.
Sentía cierta euforia casi adolescente después de su encuentro con Abril. Estaba demasiado despierto para volverse a su refugio, por lo que enfiló directo por unas calles desiertas hacia la autopista. Un paseo a buena velocidad le ayudaría a pensar. Dentro de poco debería irse a Madrid para empezar a observar a su víctima antes de realizar el encargo. Iba a tener que encontrar una buena forma de acercarse a aquella mujer sin que sus dos sombras se dieran cuenta.
Conducir por carreteras solitarias lo relajaba y, ya sin tensión sexual, su mente se abrió antes de haber recorrido cien kilómetros. Su sonrisa, acompañada de una brusca maniobra con el coche, mostraban que había resuelto cómo aproximarse a su objetivo. Aquella noche Mark durmió de un tirón, sin ninguna preocupación y con una idea clara de cómo realizar sus próximas tareas.
Al día siguiente, después de cumplir rigurosamente su ritual de entrenamiento físico y desayunar, con la ropa aún sudada, se dirigió al pequeño huerto que tenía ubicado en la trasera de la casa medio oculto entre unos arbustos descuidados. Pisó sin miramientos algunos pequeños brotes removiendo la tierra con una azada hasta que golpeó sobre algo duro. La pequeña caja de hierro contenía unos bultos plastificados cuidadosamente organizados. Después de recontar los que había, extrajo tres paquetes de billetes que se guardó en el bolsillo. La caja volvió a su lugar. Dedicó tiempo a igualar todo el huerto, incluso replantó los brotes maltratados.
A partir de ese momento sus actos se volvieron casi mecánicos; una ducha rápida, preparar dos maletas iguales y un repaso concienzudo de la casa antes de abandonarla. En cada una de las pequeñas maletas guardó lo mismo: dos jerséis gruesos, dos pantalones vaqueros, dos gorras, dos cazadoras, ropa de deporte y cuatro mudas. También metió en el equipaje un botiquín, un neceser y una bolsa que incluía varios destornilladores, ganzúas, unos alicates y una navaja. Repasó con cuidado el contenido de ambas antes de cerrarlas. Su armario se estaba quedando vacío, aunque seguramente no necesitaría más ese tipo de uniforme para su trabajo. Las dos pistolas conseguidas hacía un par de noches, junto con parte del contenido de los sobres de la caja, fueron a parar al interior de la rueda de repuesto de su pesado vehículo.
Abandonó su residencia camino de Madrid, aunque antes tenía que realizar una breve parada para conseguir más material para su encargo. Esta vez no era necesaria ninguna aventura nocturna, podía escogerlo a la luz del día, pese a lo cual volvió a tomar precauciones. En algo menos de una hora, disfrutando del paisaje costero de la autopista, se plantó en aquella ciudad exindustrial, casi pegada al mar y ahora entregada al culto de su propia modernidad.
Mark no tardó mucho en localizar el establecimiento cuya ubicación había conseguido en internet. Aquella iba a ser la primera y la última vez que lo visitaba. El poco discreto rótulo le llamó la atención: «La tienda del espía». No entró en el local hasta asegurarse de que estaba vacío.
—Buenas días. ¿Qué desea? —lo saludó solícito el único dependiente.
—Hola —contestó sin entusiasmo—. Estaba buscando algo.
Mark observó las estanterías sin interés. De todo lo que había seleccionó dos despertadores y dos radios compactas que depositó en el mostrador junto al dependiente.
—¿Algo más? Tenemos varios equipos de vigilancia en oferta que le podrían servir.
—Así está bien. Gracias —dijo Mark mientras extraía varios billetes de cien euros para pagar sus compras.
Antes de abandonar la ciudad norteña, Mark dedicó unos minutos en el interior de su coche a reducir a piezas sueltas lo adquirido seleccionando algunos componentes con sumo cuidado: cuatro chips, cuatro microlentes y varias pilas de botón con sus conexiones que terminaron en una pequeña caja dentro de la guantera. En realidad, para el trabajo que estaba preparando solo iba a necesitar dos elementos de cada tipo. Los otros eran de reserva frente a imprevistos o errores que él nunca cometía. El resto de las piezas, junto con las instrucciones, los separó con cuidado para depositarlos en diferentes contenedores para su posterior reciclaje. Los nuevos tiempos y la tecnología habían dejado atrás las largas horas de espera en las proximidades de los portales, escondidos en algún coche u observando desde una ventana cercana. Ahora todos éramos capaces de vigilarnos a todos, pero no había que olvidar —Mark no lo hacía nunca— que eran unos pocos los que seguían teniendo los medios para obtener información de los restos abandonados en la escena; un chip, una huella… suponían un error que podía dar al traste con una operación y, lo que era más importante, con una vida tranquila.
—Mi último trabajo —murmuró Mark repetidas veces, como si de un mantra se tratara, mientras tiraba lo que no le servía con los guantes aún puestos.
En plena autovía camino de Madrid, y con el limitador de velocidad fijado para evitar sobresaltos, Mark repasó susurrando el contenido de su coche: dos Star de 9 mm, cincuenta mil euros en varios paquetes, dos pasaportes y una pequeña caja llena de aparatos electrónicos. Sin duda ese cargamento, la mayoría bien escondido, unido a su documentación extranjera y a un coche blindado serían muy difíciles de explicar en un control de la Guardia Civil.
Mark agarró con fuerza el volante con las manos un poco sudadas. Sintió un leve y repetido dolor que lo obligó a salir en la primera área de descanso.
—¡Otra vez! —maldijo abandonando el coche y llevándose la mano al pecho.
Se encerró en el baño de la estación de servicio unos minutos. Respiró hondo. Se mojó la cara repetidas veces con agua. Era la tercera vez que le ocurría en los dos últimos días. El leve e intenso pinchazo desapareció como había llegado.
Hacía menos de un mes que se había realizado una revisión médica completa en una clínica privada. Una nueva costumbre adquirida con los años que repetía con una frecuencia semestral pese al elevado coste y a los constantes resultados perfectos.
Mark volvió al coche con paso tranquilo.
—Me estoy haciendo viejo —murmuró—, además del trabajo voy a tener que empezar a hacer actividades propias de mi edad.
A su mente le llegaron las últimas palabras del fisioterapeuta que le trataba la tendinitis del hombro: «Tiene que bajar un poco el pistón. Para curar esto necesita reposo absoluto».
Mark le había hecho caso solo unos días, luego volvió a sus pesas y a sus series de repeticiones, que no había modificado, pese a las modas, en los últimos diez años.
—Bueno, después de este trabajo me dedicaré a los paseos por el monte y a la natación —aseguró en voz alta mientras abandonaba la autovía hacia el aeropuerto de Madrid.
Solo un titular
La ventana permanecía abierta aportando algo de vida al interior del despacho. Los sonidos de la calle no distraían a María de su tarea, muy al contrario: la ayudaban a concentrarse en ella. Aquella mañana, sin embargo, el ruido era diferente de los habituales, más intenso. Se levantó con la idea de cerrarla, pero su mirada se concentró en la multitud que se agolpaba frente al adusto edificio de los juzgados de la Audiencia Nacional donde ella estaba. Consultó el reloj, ya era la hora. Había aceptado aquella cita como una mera distracción en su quehacer diario. Ahora se estaba arrepintiendo de haber cedido a las recomendaciones de su jefe y a la insistencia de un reportero.
Tras las vallas custodiadas por los policías se agolpaban personas cada vez más alteradas con pancartas. Dentro de la multitud se distinguía la presencia de unas cuantas cámaras de televisión que intentaban relatar lo que estaba ocurriendo en aquel instante. María sabía lo que sucedía, todos estaban esperando la salida de un conocido político reconvertido en empresario y ahora acusado de estafador. Su cara, unas veces seria, otras impasible, había aparecido demasiadas veces en las portadas de los periódicos. Por eso, cada nueva comparecencia en los juzgados desataba una estampida de medios de comunicación a la espera de unas palabras o de una instantánea que se convirtiera en titular.
La valla cedió unos segundos y permitió el paso de un hombre que fue acompañado hacia el interior del edificio, seguramente era su cita. María desde la ventana de su oficina no pudo ver su aspecto, pero sí pudo observar sus pasos rápidos y cómo iba vestido: chaqueta clara y pantalones vaqueros. Sin duda, prejuzgó, sería un joven ambicioso con ganas de publicar un artículo en la portada.
El fuerte pitido la devolvió al presente. Al regresar a su mesa reorganizó varias carpetas antes de bloquear el ordenador para mantener su trabajo a salvo de miradas indiscretas; luego dio paso a la cita concertada pulsando el interfono. Después se sentó a esperar.
—Buenos días —saludó el periodista tras cruzar la puerta del despacho—. Teníamos una cita.
María respondió con un cabeceo antes de levantarse para estrecharle la mano sin mucho entusiasmo. La voz de su interlocutor le pareció agresiva, y dio por buena la primera valoración realizada en la distancia. Ahora solo deseaba acabar lo antes posible con una entrevista que no debería haber aceptado.
—¿Qué es lo que quiere saber exactamente? —indagó sin ceremonias volviendo a sentarse tras la mesa.
El periodista, sin amilanarse, se sentó obedeciendo el gesto de invitación a hacerlo. Cruzó las piernas, sin prisa, al tiempo que miraba la fila de estanterías, repletas de dosieres, libros y archivadores, que cubrían tres de las cuatro paredes de aquel despacho. Todo en perfecto orden.
—Como ya le comenté, ando buscando datos sobre el tráfico ilegal de personas —respondió una vez acomodado. El periodista carraspeó para romper el silencio que había creado María—: me han dicho que esa investigación la lleva usted y…
—Lo han informado mal —lo cortó ella, seca.
—… pero usted por teléfono me había dicho que…
—Yo le confirmé que sabía de esas pesquisas. —María respiró con profundidad —. Lo cual es cierto. Pero la realidad es que en estos momentos no hay ningún caso abierto sobre ese tema.
—¿Cómo lo sabe? —preguntó él, extrañado por la noticia.
María mantuvo su mirada. No quería dar explicaciones. Todavía no podía darlas.
—El último sumario sobre esa materia lo llevé yo hace unos dos años. Se cerró por falta de pruebas y testigos. —«Al menos eso es verdad», pensó sin apartar la vista del joven.
—¿Por falta de pruebas y testigos? —repitió el periodista, no muy convencido.
María se obligó a dar más explicaciones. Debía convencerlo para que no siguiera indagando en un asunto que podría poner a muchas personas en peligro. Apoyó los codos en la mesa acercándose a su interlocutor.
—La denuncia la presentó una ONG, pero se trataba más de una campaña publicitaria que de una investigación seria. —Tenía el papel perfectamente aprendido. Lástima que no fuera todo verdad.
—¡Qué raro! —murmuró él con el ceño fruncido. Por lo visto, no era tan sencillo de persuadir, pensó María. El periodista decidió cambiar de táctica—. ¿Qué opina usted sobre este asunto?
Tal y como él había previsto que hiciera, ella se atrincheró en su puesto.
—Estoy en el despacho de un juzgado: no puedo dedicarme a emitir juicios de valor sobre cada tema. —Su voz destilaba frialdad.
—¿No le importa este asunto? —insistió él, poco dispuesto a ponérselo fácil.
Ella no respondió. Esperaba que no se diera cuenta de lo tensa que estaba. En ese momento le hubiera gustado zarandear al prepotente periodista, mientras le explicaba lo mucho que le importaba ese asunto. Tanto, que llevaba cuatro años de su vida dedicada completamente a esa tarea.
Cuatro largos años rebuscando entre la basura de lo peor de la sociedad. Dejándose la piel para encontrar algo en aquella maraña de negocios: prostitución, compraventa de órganos, mano de obra esclava…, negocios que se sustentaban sobre el tráfico ilegal de personas. ¡Que no le importaba, decía! Le hubiera gustado soltarle toda la verdad; sin embargo, se limitó a invitarlo a irse con la cortesía y sosiego que pudo. Por desgracia, no podía hacer otra cosa.
Dio por terminada la entrevista y esperó a que la puerta se cerrase, tras la salida del reportero, para dejarse caer sobre el sillón. Derrotada. Cerró los párpados con fuerza, como si de ese modo pudiera borrar el horror que había visto y con el que estaba obligada a convivir.
Así la encontró su jefe cuando entró minutos después.
—¿Qué tal te ha ido esta vez? —preguntó Martín con preocupación. Agarró el borde del respaldo de la silla donde había estado sentado el joven, clavando la mirada en ella.
—Como siempre. —Ella levantó la cabeza y se enderezó dispuesta a recobrar la fuerza. No podía permitirse ser débil—. Otro periodista con ganas de un titular que lo lleve a la fama.
—No los culpes, es su trabajo.
—Lo sé —suspiró María—. Es solo que estoy harta de andar escondiéndome. No se puede vivir en guardia a todas horas.
Su jefe movió la cabeza con pesar.
—Es por nuestra seguridad y por el éxito de la investigación. Ya no nos queda nada —aseguró con firmeza golpeando el borde con el puño—. En menos de un mes habremos pillado a esos tipos.
María se obligó a sonreír. «Otra noticia que apenas llenará unas líneas de alguna portada».
Se levantó, con una mano se frotó la frente. Volvía a dolerle la cabeza. Inquieta, se acercó al ventanal. Abajo, el joven periodista se alejaba a grandes pasos, tras cruzar la valla de seguridad que separaba al nutrido grupo de personas aún presente del acceso al edificio. ¿La habría creído? ¿Se conformaría con esas escuetas respuestas? Ella no lo haría, desde luego.
—¿Crees de verdad que los pillaremos? —pronunció sin dejar de mirar por la ventana.
—Claro.
—¿Y la calle estará tan llena de periodistas esperando su aparición como ahora? —formuló con desánimo.
—¡Por supuesto que sí! —aseveró su jefe, al parecer más confiado en el resultado que ella.
«Pobre iluso», pensó María. Regresó a su sitio junto a la mesa. Debía repasar las notas que había dejado en suspenso ante la aparición del joven. Aún le quedaban unas horas antes de volver a su casa o, más bien, a ese refugio temporal. Tenía mucho trabajo que hacer.
—¡Joder! —exclamó Martín poco dispuesto a abandonar el despacho—. ¿Has visto las fotos en los periódicos de la mañana?
María odiaba más aquellas fotos que a los periodistas en busca de una primicia. Demasiada exactitud en la recreación del dolor ajeno. Demasiados detalles. Demasiada barbarie para ella.
Ya debería estar acostumbrada. Llevaba mucho tiempo lidiando con asuntos de la peor calaña, pero esas fotos, esa brutalidad, era más de lo que podía soportar.
—Por encima. Preferiría no haberlas visto —masculló entre dientes.
—Ten paciencia —declaró su jefe—. Ya queda poco.
María no lo tenía tan claro, pero se obligó a esbozar una mueca a modo de despedida. Una vez sola, las paredes de su despacho parecieron venírsele encima. Le hubiera gustado alejarse de allí por unas horas. Separarse de aquellas carpetas, cada una con una historia de horror documentada con fotos. Porque detrás de cada caso, siempre había imágenes muy precisas y pistas insuficientes.
Con el mismo tesón que le había llevado a ese puesto, abrió la primera carpeta y comenzó a leer el informe. No podía permitirse aflojar. No iba a dejar que ellos ganasen la partida.
Un poco más cerca
El barrio residencial destilaba cierta tranquilidad tras el ajetreo propio de los fines de semana. La mayoría de los bares y restaurantes de la zona aún permanecían cerrados. Mark, después de esperar un rato, consiguió aparcar el coche alquilado cerca del edificio. Antes de abandonarlo abrió una bolsa de patatas fritas y vació media botella de whisky en la cuneta cercana para, posteriormente, dejarlo en el interior del vehículo en un desorden aparente. Con su nuevo aspecto, cabeza rapada y barba de un par de días, deambuló por el barrio con una mochila a su espalda hasta localizar el pequeño gimnasio situado un par de calles más abajo del inmueble.
—Buenos días —saludó Mark a una joven morena de apretado uniforme.
La chica respondió con una amplia sonrisa.
—Buenos días. ¿En qué puedo ayudarle?
Mark dudó un instante.
—He venido un par de meses casa de amigo. Me gustaría hacer deporte —explicó forzando un acento lejano al habitual.
La chica lo bombardeó con todo tipo de explicaciones, luego continuó enseñándole las instalaciones de aquel gimnasio de barrio elegante. Mark respondió con exclamaciones y frases cortas a las preguntas de su particular guía mientras su mirada se concentraba en identificar lo que había visto en la página web. Finalmente la conversación acabó en el apartado económico.
—Tratándose de pocos meses no podemos aplicarle ningún descuento —se disculpó la chica—. La cuota se quedaría en cien euros al mes para tener acceso a todas las salas y actividades del gimnasio.
—OK —respondió Mark.
—Además puede alquilar una taquilla para dejar las cosas por veinte euros al mes, y por diez más podría utilizar las toallas que quiera.
—¡Bien! —murmuró falsamente sorprendido. Pagó el mes completo a cambio de una tarjeta con un nombre falso y una llave.
Nada más apuntarse entró en el gimnasio para malgastar media hora en una cinta de correr, pegarse una ducha y dejar una bolsa abandonada con unas zapatillas viejas, una pistola de 9 mm y un paquete de dinero con restos de tierra.
La noche anterior, antes de alojarse en una pensión de mala muerte en la otra punta de Madrid, había distribuido la peligrosa carga de su coche en tres lotes, uno de los cuales acababa de quedarse en la taquilla del gimnasio.
Después de comer algo en un bar cercano, tres cuartos de hora antes del encuentro con su objetivo, se dejó caer por una cafetería situada frente al edificio. Pidió un descafeinado para degustar con tranquilidad sin perder de vista el portal mientras simulaba dedicarse a trabajar con su ordenador.
Mark era un defensor de la puntualidad, su nuevo encargo también. Cuando las agujas del reloj se juntaron en su parte inferior, la mujer abandonó el coche con paso decidido hacia el inmueble hasta donde la acompañaron sus guardaespaldas.
«Una persona de costumbres, ¡qué suerte!», pensó sin que una sola sílaba se escapara de sus labios. Era aún pronto para saberlo, pero aquello le iba a ahorrar unas cuantas complicaciones pese a los problemas que surgirían después.
La cafetería se fue llenando y vaciando durante las horas siguientes según el ritmo de vida de aquel barrio. Cuando, a media tarde, Mark llegó, todavía había rastros del trasiego familiar: madres y padres acelerados, niños recién salidos del colegio. Ahora, por el contrario, la mayoría de las mesas estaban copadas por caras más relajadas, sobre todo parejas jóvenes o grupos de amigos cuya jornada laboral había terminado. El fin de semana todavía estaba lejos, lo que complicaba su trabajo de observación esa noche, pero facilitaría mucho las labores de reconocimiento posteriores.
Mark continuaba escondido tras su ordenador, a la vez que vigilaba la actividad en el edificio cercano. No era una tarea sencilla, ya que además de permanecer atento a la entrada y salida de personas en el portal situado frente a la cafetería, también debía estar alerta ante cualquier movimiento sospechoso donde se encontraba. Era cierto que en ese momento no llevaba consigo nada comprometedor, pero su presencia durante varias horas en aquel sitio podía convertir su cara en un rastro a seguir días después.
Pasadas las once, el local amenazaba con quedarse vacío, por lo que optó por desaparecer antes de que lo avisaran de que iban a cerrar. Durante ese tiempo, había ido apuntando en el ordenador lo que ocurría en el edificio: desde las diez de la noche nadie había salido o entrado de aquel portal. Horas después pudo comprobar que esa situación se mantenía inalterable hasta las cinco de la mañana.
Vigilar en la calle era una tarea más complicada, pero Mark ya tenía previsto su siguiente punto de observación. El coche alquilado a primeras horas de la mañana estaba bien aparcado a pocos metros de su objetivo, lejos de las farolas y medio escondido tras un grueso tronco de árbol. Tampoco había ningún contenedor ni portal cerca del mismo. Desde esa situación, elegida estratégicamente, podía ver sin dificultad el acceso al edificio y, lo más importante ahora, los movimientos en el coche de los guardaespaldas. Una vez dentro del vehículo, Mark le dio un trago a la botella casi vacía de whisky tirando un poco de su contenido en el interior del coche. El olor fuerte y agrio se extendió con rapidez por el pequeño espacio. En la parte del copiloto se acumulaban otros rastros olvidados de forma consciente: latas vacías, bolsas de patatas fritas a medio consumir… Aquel escenario permitiría responder a preguntas sencillas de cualquier interesado en conocer las razones de su presencia allí. Por si eso fallaba, todavía tenía una navaja abierta al alcance de su mano derecha junto al asiento.
Dos horas después pasó junto a Mark un automóvil muy despacio que no se detuvo hasta llegar a la altura de los guardaespaldas. Pese a estar recostado dentro de su coche, Mark pudo ver con claridad que se trataba de un turismo normal con dos ocupantes. Ambos coches estuvieron juntos durante unos minutos, luego el que llevaba toda la tarde se marchó. Era la una de la mañana, acababa de producirse el relevo.
Mark esperó hasta las siete de la mañana para abandonar el barrio camino de un merecido descanso. Apenas había dormido algo a partir de las cinco de la mañana, cuando decidió que su labor de observación había terminado con el inicio de actividad en el barrio y en el edificio.
La tarea para la noche siguiente era más arriesgada, pero necesitaría menos tiempo. Ahora tenía bastantes horas por delante, que decidió aprovechar para devolver el coche alquilado. Antes de entregar el vehículo lo limpió con cuidado, sin dejar rastro de los restos de alimentos esparcidos previamente. La agencia de alquiler, situada en la estación de Chamartín, estaba abierta, aun así Mark optó por aparcar el coche y dejar las llaves en el buzón previsto para devolver los vehículos en horas intempestivas. Todavía le costó más de una hora llegar hasta la habitación que tenía alquilada. Pese al cansancio de una noche en vela, Mark volvió a repetir su rutina de seguridad cambiando un par de veces de línea de metro para asomar en plena Puerta del Sol, desde donde cogió un taxi hasta las inmediaciones de la pensión.
—¡Uf! —suspiró, dejándose caer sobre la cama. Necesitaba estar descansado para el trabajo de esa noche, por lo que decidió darse una tregua. Antes de cerrar los ojos atrancó la puerta con una silla y escondió la navaja bajo la almohada al alcance de su mano.
Un pitido se fue colando en su sueño hasta despertarlo en el instante en que mataba desde lejos a su primer enemigo en aquella contienda olvidada en un desierto remoto. Esa pesadilla se le repetía últimamente, arrancándolo de su sueño con el corazón acelerado y la boca reseca, como si hubiera vuelto a ese infierno de calor y espera que fue su guerra. La primera guerra del Golfo para el resto de la humanidad.
Le costó ubicarse antes de apagar la alarma del móvil. El resto de soñolencia se la quitó con un poco de agua sobre su cara en el lavabo. También se enjuagó un par de veces la boca, luego volvió a sentarse en la cama sin dejar de preguntarse qué demonios estaba haciendo allí.
—Decididamente, ya no estoy para estos líos —murmuró Mark en la soledad de una habitación amueblada con trastos viejos y paredes llenas de manchas de humedad.
Mark abandonó su escondite para terminar de despejarse. En la calle, sin ser consciente, el olor de la comida marcó el destino de sus pasos hasta un restaurante de barrio donde se pasó un par de horas, sin prisa, recuperando fuerzas. No estaba acostumbrado a trasnochar, sus últimos trabajos los había realizado sin necesidad de tantas horas de vigilancia, pero la presencia de los guardaespaldas había modificado esa posibilidad. Habían pasado tres años desde el último encargo que le había obligado a pasar noches en vela.
El breve descanso y el almuerzo lo animaron a continuar con su plan, tenía que dar el siguiente paso. Al mediodía, tras varios transbordos en el metro, llegó de nuevo al barrio de Salamanca para revisar sin testigos los alrededores del edificio. Con paso despistado se coló en el interior del mismo aprovechando el descuido de un vecino. Ni el tipo de ascensor ni la distribución de la primera planta ponían trabas al tipo de vigilancia que pensaba realizar. Antes de abandonar el portal colocó masilla en la cerradura. Tenía la mitad del trabajo hecho para su próxima visita nocturna.
Con más tiempo del necesario, Mark se dirigió a recuperar su coche, que estaba aparcado desde el día de su llegada a Madrid en la estación de Atocha. No fue directo, esta vez optó por recorrer parte del trayecto en autobús, luego un taxi lo llevó desde la Gran Vía hasta su destino. Se acercó a su coche con cautela, a cierta distancia del mismo comprobó con su móvil que nadie había accedido al vehículo. Una vez en su interior, constató que la otra maleta, el dinero y la pistola estaban tal cual los había dejado. No le costó mucho regresar al lugar donde residía su objetivo, se había aprendido el camino tras sus últimas visitas. Aparcó su coche junto a un parque, a varias manzanas, y esperó un par de horas antes de dirigirse hacia su objetivo.
El barrio estaba vacío, tal como había observado la noche anterior, incluso habían pasado los camiones de la basura. Aún tenía tiempo antes de que aparecieran los primeros repartidores o los vecinos más madrugadores salieran a correr.
El portal, al igual que los otros de la calle, estaba en penumbra con una escasa luz amarillenta procedente de alguna farola demasiado rodeada de árboles como para alumbrar uniformemente. Examinó el entorno. Su mirada se detuvo un instante en el coche de los guardaespaldas, situado a escasa distancia del edificio. Tras comprobar que no se apreciaba ningún movimiento en su interior, se dirigió a la entrada con aparente tranquilidad. Sin duda, este era el momento más arriesgado de su plan.
La entrada cedió sin problemas a su presión gracias al obstáculo colocado horas antes en el pestillo. Cerró despacio. Se paró en seco, esperando una reacción a todos esos ruidos que acababa de hacer. Nada, ni siquiera se encendió la luz. Tampoco notó ninguna actividad procedente de la calle. Recuperó el pulso, concentrándose en su respiración. El sudor humedecía sus manos bajo los guantes. Comenzó a subir las escaleras con ayuda de la linterna, midiendo cada paso y cada ruido, como si estuviera buscando minas en pleno desierto. A medida que avanzaba empezó a sentir un pinchazo en el pecho. Unos metros antes de llegar junto a su nueva víctima sintió que le faltaba el aire. Inspiró hondo, mientras se decía a sí mismo que todo iba bien, que aquel era su último trabajo.
La puerta blindada parecía reciente, además contaba con una cerradura con seguro electrónico último modelo. Mark suspiró, aquel encargo no dejaba de complicarse. Tampoco sabía con seguridad si le esperaban otras sorpresas al otro lado: ¿otro guardaespaldas?, ¿su objetivo iría armado? Intentó olvidarse de sus preocupaciones para centrarse en la labor de reconocimiento prevista para esa noche. Retrocedió contando sus pasos después de haber sacado un par de fotos a la cerradura y a la puerta. Había que estudiar todas las alternativas. También observó las puertas cercanas, otras tres, que pese a ser blindadas no disponían de ninguna seguridad o alarma añadidas.
Mark subió un par de pisos antes de localizar el ascensor. Entró con la cara cubierta y pulsó el botón del último piso. Allí podría completar su tarea con tranquilidad. En la décima planta solo había dos puertas, también blindadas y sin alarmas, y una pequeña escalera que conduciría seguramente a una azotea o a unos trasteros. Consultó el reloj, apenas disponía de otras dos horas, respiró hondo varias veces e intentó concentrarse en lo que tenía que hacer.
La ficha del ascensor indicaba que quedaban tres meses para la próxima revisión. Sacó una foto a la misma con el teléfono antes de comenzar a desmontar la caja de control para dejarlo inutilizado durante unos minutos, luego quitó uno de los paneles del techo.
Localizó la pequeña cámara de televisión. Tal como había previsto estaba desconectada antes de que él la tocara. Eso era una norma no escrita en los equipos con cierta antigüedad, más electrónica suponía más avisos por parte del sistema automático, lo que equivalía a más visitas y menos beneficios. La cámara estaba en buen estado, pese a lo cual decidió sustituirla por una de las que llevaba. Tras montar la nueva procedió a conectarla con un cable al móvil que había preparado para recibir las imágenes. Con un poco de cinta aislante aseguró los equipos antes de volver a colocar el panel del techo.
Miró el reloj, solo disponía de una hora para terminar. Con el ascensor todavía fuera de servicio se dirigió por la escalera hacia la siguiente planta. Tal como Mark había supuesto, en el último piso había varios trasteros y una salida a la terraza del edificio. Al intentar abrirla, esta cedió sin resistencia. Mark se llevó sin pensar la mano al bolsillo buscando algo que no tenía: «Shit!», maldijo mientras empujaba muy despacio la puerta metálica.
Instintivamente se encorvó para hacerse menos visible, sus brazos se contrajeron. Con movimientos lentos se alejó de la entrada, pendiente de cualquier ruido. Intentó controlar su respiración, solo el corazón lo delataba. Su mirada revisó la azotea. No había nadie. Suspiró con fuerza. Con pasos seguros recorrió el lugar tomando fotos y observando los alrededores, luego efectuó una llamada con un voluminoso teléfono. Tenía que comprobar que el sistema instalado funcionaba antes de irse.
Las imágenes aparecieron nítidas ante sus ojos, sin duda el cableado del propio ascensor actuaba como una enorme antena. Conectó y desconectó un par de veces el teléfono. Abandonó la azotea para terminar lo que estaba haciendo en el piso inferior.
Montó la caja de control casi sin ser consciente de lo que hacía. «El último trabajo», se repitió de forma insistente, mientras sus dedos repasaban lo realizado. Trataba de ignorar las manos humedecidas y la garganta seca. Marcó el botón del primer piso con un ojo puesto en el reloj. Faltaba media hora para las cinco de la mañana. Mark se sobresaltó cuando el ascensor se paró en la planta indicada. Abrió la puerta muy despacio. Todavía con el pasamontañas puesto comenzó a bajar las escaleras.
Un sonoro portazo quebró la tranquilidad del inmueble, luego el edificio se llenó de luz. A mitad de escalera el cuerpo de Mark se paralizó. No podía respirar. Se quitó el pasamontañas sin ninguna precaución. Inhaló pesadamente. Sus músculos se volvieron a tensar. Esta vez una de sus manos estrangulaba un destornillador. Mark, apretujado contra la pared, esperó.
Después del primer golpe solo se oyeron sonidos mecánicos de puertas abriéndose y cerrándose hasta que el ascensor se puso en marcha. La luz se extinguió de golpe. Aliviado, se dejó caer sobre el suelo. Comprobó el reloj, aún debía esperar media hora antes de poder salir del portal con su disfraz de corredor. Su corazón fue recuperando el ritmo normal pese a la sucesión de ruidos que ya parecían menos amenazadores.
Los minutos pasaron despacio mientras organizaba el atuendo que le debería hacer pasar inadvertido ante las miradas soñolientas de los guardaespaldas. Con una gorra calada y su ropa deportiva salió trotando del portal simulando un precalentamiento a la vez que se alejaba del lugar. A dos calles del inmueble, aún envuelto en la oscuridad del final de la noche, se desprendió de los guantes y la sudadera oscura repartiéndolos en diferentes contenedores de basura. Del resto de la ropa, también de color oscuro, se libraría más adelante con calma en su coche.
Durante el trayecto camino de su refugio de cuatro ruedas, la respiración se fue haciendo más pausada. Ahora su mente deambulaba concentrándose en los detalles de lo que había hecho en las dos últimas horas. Tuvo que descartar un par de pensamientos turbadores sobre los posibles rastros que había dejado.
—Todo está bien —repitió con un murmullo como si fuera un nuevo mantra capaz de alterar la realidad o, más bien, su percepción de la misma.
Tras cambiarse de ropa en la seguridad de su coche, se recostó sobre el asiento a comprobar cómo funcionaba el nuevo sistema de vigilancia. Pese al instante de retardo, la cámara le trasmitía las imágenes con claridad. Desde el ángulo que estaba ubicada podía observar a la perfección toda la zona de la puerta del ascensor y la pared donde estaba el panel de botones.
Observó con detalle a la mujer que se encontraba dentro del ascensor. Era delgada y morena, no muy alta, llevaba el pelo recogido y debía de tener unos sesenta años. Arrastraba un pesado cubo lleno de agua y una fregona.
Mark sonrió: «¡Has venido más pronto esta mañana! ¡Menudo susto me has dado!», luego arrancó el coche. La calle se estaba llenando de testigos indiscretos, además él tenía que volver a su refugio para adecentarse y dedicar algo de tiempo a la observación de su objetivo. La pensión estaba medio escondida en las calles del barrio de las Ventas de Madrid. No tenía ningún cartel ni propaganda en el exterior del edificio, solo unas letras manuscritas delataban su existencia en el timbre exterior de la puerta. Seguramente se trataba de una pensión medio ilegal, lo que favorecía que ni se fijaran en él ni en su documentación falsa y manoseada.
Mark se dejó caer sobre la desgastada cama después de quitarse la ropa. El sueño atrasado lo venció mientras la pantalla del teléfono permanecía encendida registrando todo el trasiego de gente por el ascensor del inmueble. De nuevo esa pesadilla repetida, esta vez sin interrupciones, venía a perturbar su descanso. Tendido en la arena, con su cuerpo engullido y su boca reseca —al igual que en su modesta cama—, se ajustó el casco. Por la mirilla de su M4 vio desfilar y caer a sus adversarios. El golpeteo mecánico levantaba una molesta humareda que no le dejaba ver, pero su dedo continuó presionando hasta que se paró. Su arma se había encasquillado. Por la mirilla vio a una mujer. ¡Ese rostro!
Se despertó sobresaltado. Sus manos buscaron aquel fusil que no estaba a su lado.
—Shit! —gritó en la intimidad de su habitación para liberar la tensión.
Decididamente no se encontraba bien. La tensión acumulada por ese encargo o por una vida de trabajos como ese le estaba pasando factura. Se movió estirando su cuerpo en la habitación. Todavía eran las doce de la mañana, le quedaba bastante faena que hacer antes de poder dejar todo eso atrás.
Durante un minuto estuvo tentado de recoger sus cosas y abandonar esa operación. Primero esos dolores en el pecho. Ahora ese sueño repetido casi premonitorio. La parte lógica que aún gobernaba su cabeza le recordó que abandonar suponía convertirse en objetivo. Quizá, si en ese momento hubiera tenido una bola de cristal, habría podido saber lo que iba a ocurrir unos días después. La vida cambia por las decisiones que se toman, también por las que no se toman.
Borró aquellas ideas de su cabeza con un poco de agua sobre su cara para terminar de reconciliarse con la vida con una cerveza muy fría y un pincho de tortilla en una terraza cercana, luego volvió a su habitación para ponerse manos a la obra. En el pequeño ordenador ya había grabadas más de seis horas de vida alrededor de aquel receptáculo de cuatro paredes que se desplazaba arriba y abajo sin parar. Empezó desde el principio poniéndolo en modo de reproducción rápido para poder apreciar lo que ocurría sin gastar demasiado tiempo.
En un papel aparte apuntaba lo que iba ocurriendo cada hora. Pasadas las cinco de la mañana el ascensor era casi propiedad de la mujer encargada de la limpieza del inmueble. Antes de las seis ese tráfico se veía reforzado por la presencia de cuatro hombres de pisos diferentes ataviados con ropa deportiva. A las siete la mujer desaparecía para ser sustituida por hombres y mujeres trajeados, con pequeños maletines o bolsos modernos, que permanecían absortos en sus móviles. Después el público se volvía más heterogéneo: los deportistas sudorosos se mezclaban con los primeros niños arrastrados por padres, madres o hermanos mayores. A las siete y media un hombre corpulento abrió la puerta del ascensor sin prisa, observó el interior y antes de entrar conversó con alguien al que no pudo ver, luego subió hasta el tercer piso y bloqueó el elevador dejando la puerta entreabierta. Cinco minutos más tarde regresó acompañado de su objetivo. «Profesionales», pensó Mark. El ascensor se paró en el primero, donde el hombre corpulento impidió la entrada a un inofensivo padre acompañado de su hijo. Al llegar a la planta baja, el hombre salió, mientras la mujer se quedó dentro. Un minuto después ella abandonaba el ascensor. Mark revisó, cual director de cine, la escena de apenas diez minutos unas cuantas veces para ir captando hasta el más mínimo detalle y memorizar los rostros. El guardaespaldas no llevaba chaleco, pero tenía un voluminoso bulto en su costado izquierdo. «Diestro», apuntó Mark en su cabeza además de hacerlo en el cuaderno de notas.
Бесплатный фрагмент закончился.
