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Federico G. Lorenz
LAS GUERRAS POR MALVINAS

Las fuerzas argentinas desembarcaron en las Islas Malvinas el 2 de abril de 1982, y se rindieron el 14 de junio de ese mismo año. La contienda duró poco más de setenta días, un plazo breve para un conflicto armado entre naciones. Sin embargo, y a pesar de este tenaz calendario, podría decirse que la guerra comenzó mucho antes, y terminó mucho después, si es que en verdad ha terminado.
¿Por qué afirmar tal cosa? No se trata de una invitación a volver a las armas, sino más bien de un intento por comprender de qué manera se llegó a ellas, cuál fue el clima del país mientras los soldados de ambos países se mataban y qué sucedió desde que terminó la disputa hasta hoy.
Lo que Federico Lorenz indaga en este libro es la construcción de lo que podría llamarse “la causa Malvinas”, antes, pero sobre todo durante y después de la guerra. El rol de la educación primaria y secundaria; el nacionalismo; el clima de violencia y militarización de la década del setenta (de los militares, de los jóvenes de las organizaciones revolucionarias y, más ampliamente, de la política); el papel de la sociedad civil, los políticos, los medios de comunicación y los intelectuales entre el 2 de abril y el 14 de junio; las luchas en el interior de las Fuerzas Armadas; los derechos reclamados durante décadas por los ex combatientes; la relación entre los sobrevivientes del conflicto, los muertos en la guerra y los desaparecidos por el terrorismo de Estado; la manera en que los argentinos procesaron la derrota y su herencia.
Publicado por primera vez en 2006, Las guerras por Malvinas se ha convertido en una referencia ineludible para pensar la historia contemporánea de la Argentina. Esta nueva edición, que suma un prólogo y el análisis de “la causa Malvinas” durante el kirchnerismo, es la versión definitiva del texto y es una invitación directa al debate sobre un tema que aún resulta incómodo y que sigue gravitando sobre nosotros, como una memoria que no encuentra paz ni sosiego.
Lorenz, Federico
Las guerras por Malvinas / Federico Lorenz. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Edhasa, 2022.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-628-677-0
1. Guerra de Malvinas. I. Título.
CDD 997
Diseño de cubierta: Juan Pablo Cambariere
Edición a cargo de Juan Suriano
Primera edición: abril de 2022
Edición en formato digital: abril de 2022
© Federico G. Lorenz, 2006, 2022
© de la presente edición Edhasa, 2022
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ISBN 978-987-628-677-0
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Índice
Cubierta
Portada
Sobre este libro
Créditos
Dedicatoria
Epígrafe
Agradecimientos
Prólogo a la edición definitiva de Las guerras por Malvinas
Prólogo a la reedición de 2012
Introducción
Primera parte. La guerra (abril-junio 1982) Capítulo 1. Jóvenes en armas Capítulo 2. Movilizaciones Capítulo 3. La guerra en casa Capítulo 4. La guerra en las islas
Segunda parte. Brechas e imágenes Capítulo 5. Mutilaciones Capítulo 6. Derrota y estupor Capítulo 7. Guerreros de dos guerras. Los militares y Malvinas Capítulo 8. La democracia y Malvinas (1983-1987) Capítulo 9. Volveremos. Los ex combatientes Capítulo 10. Se reabre el panteón
Tercera parte. Archipiélagos de la memoria Capítulo 11. Regresos Capítulo 12. Marcas Capítulo 13. Diálogo de sordos Capítulo 14. El silencio imposible: el kirchnerismo y Malvinas
Epílogo. Archipiélagos de la memoria: las islas ante portas
Fuentes y bibliografía citada
Sobre el autor
Para Iván, Vera, Ana y María Inés.
Para los que luchan, para los que no escriben verdad entre comillas.
Porque todavía falta mucho.
En memoria de los soldados conscriptos muertos en Malvinas, de sus compañeros ex combatientes, y de aquellos suboficiales y oficiales que sin estar manchados de sangre de compatriotas, cumplieron con su deber.
Algún día esta lista podrá hacerse.
¿De qué te hablo? ¿Qué celebramos –que la memoria haya puesto a salvo– en esta dulce tierra?
Andrés Rivera, En esta dulce tierra.
No figura en ningún mapa: los lugares verdaderos nunca figuran en ellos.
Herman Melville, Moby Dick.
Agradecimientos
A mis primeros entrevistados, Diego Rubino y Omar Olsiewich, compañeros de trabajo de Telefónica, y a todos los que a lo largo de estos años abrieron sus recuerdos para mí. Mi afecto y amistad para Antonio Reda, Miguel Ángel Trinidad, Gabriel Sagastume y David Zambrino, ex combatientes. Antonio y Miguel han sido interlocutores generosos y desprejuiciados. Sin el aporte de Miguel, algunas partes de este libro serían bastante más oscuras. A los cuatro agradezco, en especial, la compañía en un trabajo fascinante pero muchas veces también solitario e ingrato.
Agradezco a Salvador Vargas, padre de Alejandro, muerto en Malvinas, por mostrarme uno de los sentidos que se le puede dar al dolor.
Gracias a Anne Perotin–Dumon y Alex Wilde, colegas pacientes. Este libro tuvo su origen en una invitación de Anne, y a ella debo el impulso y el respaldo para avanzar en textos preliminares, escritos para un taller realizado en Londres en octubre de 2003. Desde entonces, ambos son de esos amigos que a la distancia siempre están.
Mi amigo Gabriel Ozón siempre tuvo tiempo para ayudarme en mis obsesiones, aún mientras armaba su hogar en Incalaperra.
En honor a la genealogía de una investigación, agradezco a Dora Schwarzstein, in memoriam, y a Paul Thompson, por creer en una carta.
Luis Alberto Romero hizo agudas y muy inteligentes lecturas de versiones iniciales de algunos capítulos, que me obligaron a revisar cuidadosamente mis ideas.
En Gran Bretaña, agradezco a los miembros de la Oral History Society, especialmente a Alistair Thomson y Robert Perks. También a Mark Burman, de la BBC, porque una promesa de las que se hacen después de algunas cervezas desembocó en mi viaje a Malvinas. Mi afecto a los malvinenses Kay McCallum, Patrick Watts y John Fowler.
Muchas gracias a Javier Trímboli y a mis ex compañeros del Ministerio de Educación de la Ciudad de Buenos Aires y de la Nación, por las posibilidades de discutir e instalar estas cuestiones en distintos espacios a lo largo de muchos años de trabajo conjunto. A Alberto Sileoni, Ministro de Educación de la Nación, que en su momento me brindó la confianza para desarrollar estas iniciativas, y a Alejandra Birgin, que escuchó la propuesta de trabajar sobre los treinta años del golpe y la apoyó desde un principio. Fue la posibilidad de comenzar a cubrir una vacancia.
Violeta Rosemberg, la incondicional, merece un agradecimiento especial. Valeria Morelli es de esas interlocutoras que ponen la vara alta y nos obliga a ser mejores en lo que decimos y hacemos.
Julio Calvo, veterano de guerra, y María del Carmen Gaitán, su esposa, aportaron materiales de Puerto Madryn. Cecilia Flachsland me dio información fundamental acerca del rock y las Malvinas. Silvina Jensen es una amiga y colega de lujo, y una de las personas más generosas que conozco.
Mi hermano Germán es mi sangre en la Patagonia y me envió gran parte del material fueguino. Con él pude volver a Malvinas en 2007. Betty y Carlos, mis padres, guardan hace años recortes para mí. Angélica y Eduardo, mis tíos, fueron la puerta al Sur. Bárbara Palma del Rey y Ángel Melgar, amigos antes que nada, son un apoyo afectivo y logístico imprescindible. Muchas horas de trabajo de las que demandó este libro fueron posibles gracias a mis suegros Norma y Erasmo.
También tuvieron que ver con este libro Jennifer Adair, Ernesto Alonso, José Asturi, Máximo Badaró, EVA, Juan Pablo Fasano, Lila Feldman, Mónica Galassi, Carlos Gamerro, Jennifer Herbst, Elizabeth Jelin, Guillermo Korn, Mirta Lobato, Maria Laura Guembe, Graciela Karababikian, Silvina Segundo, Pablo Palomino, el Núcleo Memoria (IDES), Laura Panizo, Fernando Peirone, Daniela Pelegrinelli, Gustavo Urpianello y Mariano Volpedo.
Un agradecimiento especial a los trabajadores del Archivo de la Comisión Provincial por la Memoria de La Plata, impecables, eficientes, pacientes y comprometidos.
Muchas gracias a Fabián Bosoer, Analía Roffo, Martín Granovsky, Juan Boido, Claudio Zeiger, Pablo Stancanelli y Carlos Gabetta por la posibilidad de publicar e intervenir en las discusiones sobre Malvinas desde distintos ángulos y en distintos lugares.
Mi agradecimiento a María Fernanda Cañás y a mis colegas y alumnos del ISEN, porque me obligaron a ser riguroso y me enseñaron muchas cosas.
Mi reconocimiento a Juan Suriano y Fernando Fagnani, mis editores, por confiar en mis tiempos de trabajo antes y ahora. Y a las chicas de Edhasa, siempre atentas y cordiales con mis obsesiones bibliográficas.
Muchas gracias a Julio Vezub, compañero de ruta reciente pero fundamental. A José Emilio Burucúa y Nicolás Kwiatkowski, por el diálogo inteligente y el apoyo. A Rubén Chababo, director del Museo de la Memoria de Rosario, otro de esos compañeros intelectuales de lujo.
Un scrimshaw y un brindis imaginarios en Nantucket con mi amigo Juan Bautista Duizeide, imprescindible compañero y fogonero de mis sueños.
Un saludo al Barón y al Winston, compañeros de ruta, y a Ismael y el General, por las discusiones interminables acerca de los temas de este libro.
María Inés, mi esposa, tipió gran parte de las citas y testimonios de este libro. Trabajamos a la par desde hace muchos años y es la compañera de mi vida. Imposible pensar en nada sin su ayuda y consejo. Iván y Vera, mis hijos mayores, toleraron compartirme con el cientificuento. Ana llegó a la familia después de la primera edición de este libro, pero también soporta mis ausencias. Cualquier cosa que escriba para ellos será insuficiente.
Prólogo a la edición definitiva de Las guerras por Malvinas
Cuando cesan los combates, ¿hasta cuándo duran los efectos de una guerra? ¿Hasta que se enfrían las armas? ¿Hasta que las heridas, aun las más horribles mutilaciones, sanan? ¿Hasta que los combatientes son sólo una palabra, murmurada como un rezo? ¿Para siempre, a pesar de conmemoraciones, apretones de manos y declaraciones altisonantes?
Basta recorrer la geografía argentina y detenerse en carteles, murales y monumentos para ver la latencia del recuerdo de la guerra y sus protagonistas superpuesto, confundido, con la disputa por la soberanía de las islas Malvinas, iniciado en 1833.
¿Todavía vivimos una posguerra? Aunque nos separen cuarenta años de la rendición argentina en las islas, es muy probable que sí. Al igual que con la violencia política de la década del setenta y el terrorismo de Estado, los ecos de ese pasado violento, como ondas concéntricas, llegan hasta el presente potenciados por las disputas políticas de los distintos presentes que hemos vivido desde aquellos sucesos. Basta ver la periodicidad casi patológica con la que algunos temas del pasado son agitados con fines coyunturales: una elección, una pandemia (durante 2020 se habló de la “malvinización” de la política sanitaria, en alusión al clima de efervescencia –y también de militarización– de la sociedad argentina en 1982).
De una manera sorprendente pero a la vez explicable, las representaciones sobre la guerra de Malvinas han quedado congeladas en el tiempo, condensadas en torno a aquellos relatos sobre lo que había sucedido que se construyeron durante el conflicto y en la inmediata posguerra. La consolidación de esos marcos conceptuales para pensar la guerra del Atlántico Sur y sus consecuencias son el tema central de Las guerras por Malvinas, que apareció por primera vez en 2007, tuvo una edición ampliada y corregida en 2012 y hoy aparece en la edición definitiva que los lectores tienen en sus manos.
En 2012 señalé que “estábamos ante un horizonte abierto, pero sólo eso”, en referencia al impulso y apropiación por parte del kirchnerismo de la causa Malvinas, que se materializó posteriormente en una serie de iniciativas públicas de memoria. Pero cuando escribí eso aún no había un Museo Malvinas e Islas del Atlántico Sur en el predio de la ex-ESMA (inaugurado en 2014), las identificaciones de los soldados enterrados en tumbas anónimas en el cementerio de guerra argentino en Darwin eran apenas un proyecto y vivíamos en un país muy diferente, aunque ya penosa y banalmente dividido. Un consenso implícito en la justicia del reclamo argentino sobre las islas congeló la posibilidad de profundizar las discusiones sobre las características y las consecuencias de la guerra de 1982 y, en definitiva, potenció aquellas lecturas que, como queda señalado (y este libro desarrolla), se construyeron en la primera década posterior a la guerra.
Es lógico que haya distintas memorias y relatos sobre la guerra, porque fue vivida de distintas formas. Lo que es llamativo es que aunque hoy podemos decir que hay más investigadores interesados en la aproximación al estudio del conflicto desde las ciencias sociales, su incidencia en la modificación o ampliación de los relatos públicos que circulan sobre el conflicto es pequeña. Por otra parte, el peso del mandato de la recuperación y, por qué no, la adhesión a esa causa nacional condicionan muchas de esas visiones. En consecuencia, algunos de esos trabajos, que deberían seguir las reglas del oficio de la investigación, están teñidos por los mismos límites al pensamiento crítico que son parte del problema. Tal vez esto sea más comprensible si pensamos que hablar de la guerra de Malvinas es hablar de la historia política argentina y de los usos públicos del pasado. Ese mecanismo ha hecho que las miradas sobre la guerra de 1982 se congelen. Y entonces, la única posibilidad de romper esa situación es producir más investigaciones sobre la guerra como fenómeno específico, y que estas incidan en nuevas miradas, más complejas, más abarcadoras y menos excluyentes, que intervengan en las discusiones públicas sobre ella.
Si hacia 2007 en el campo académico trabajábamos prácticamente en solitario Rosana Guber y yo, hoy hay más investigadores que han tomado como objeto la experiencia de la guerra de 1982. Se amplió el campo de estudios con la incorporación de nuevos temas: la experiencia de aviadores, artilleros, unidades militares específicas de las distintas fuerzas, enfermeras, civiles patagónicos y familiares de los muertos en la guerra. Estas nuevas investigaciones muestran dos cosas: la riqueza aún por explorar de ese campo temático y la idea de que aproximaciones analíticas más focalizadas y estudios de caso pueden romper lecturas muy generales sobre la guerra y el pasado argentino consolidadas desde los grandes centros de producción periodística y cultural.1 Podríamos decir que las miradas dominantes sobre Malvinas son un aspecto más de lo que llamo “porteñocentrismo”: la hegemonía de los relatos sobre el pasado y el país consolidados desde Buenos Aires.
Desde que apareció Las guerras por Malvinas, en 2007, en ocasiones me he sentido más arqueólogo que historiador. Como me han explicado en detalle,2 la noción de estratigrafía es central para la arqueología. A la hora de excavar, los arqueólogos parcelan el terreno en cuadrículas y deben registrar minuciosamente los materiales y sedimentos que encuentran. A medida que avanza su trabajo, la pared de uno de esos pozos muestra texturas y colores superpuestos, los que permiten datar y poner en contexto aquello que los investigadores encuentran.
Las guerras por Malvinas es un trabajo arqueológico de la memoria porque pone en su contexto, en el estrato correspondiente (o eso creo, al menos), aquellos núcleos duros del pensamiento acerca de la guerra. Lo sorprendente es que hecho ese trabajo, lo que emerge con fuerza en el espacio público es que pese a la variedad de capas que la investigación pone en evidencia, parecería que las memorias de Malvinas son de un monolítico celeste y blanco. Como si alguien llegara al sitio arqueológico cada noche con dos tarros de pintura y anulara lo que la observación muestra.
Ya no encuentro tan adecuada, como hace años, la metáfora de los archipiélagos de la memoria que acuñé para referirme a la fragmentariedad y el aislamiento de relatos sobre lo que habíamos vivido en 1982. Había allí una posibilidad de profundización de algunos aspectos de nuestros lazos y proyectos como sociedad que aún aguarda mejor suerte. Quien navega entre las islas que lo componen, al llegar de una a otra, lleva y trae novedades, noticias, experiencias, contempla diferentes paisajes. A la vez, el barco en el que se desplaza es una verdadera arca de Noé en el que se trasladan distintos organismos o pequeños animales que viajan y, al tocar en distintas costas, modifican la flora y la fauna de un lugar. Pero con la guerra de Malvinas, parecería que queremos perseverar en las miradas graníticas de 1982. Como queda dicho, no es que no haya producciones que hayan densificado las discusiones; pero poco pueden hacer contra el esfuerzo vital de replegarse en la propia experiencia de los actores, o de la pereza intelectual de quienes desde el Estado podrían fomentar debates que nos ayudaran a entender aquella guerra, y no sólo a sentirla. Al escribir Las guerras por Malvinas hice el camino precisamente inverso: por sentir aquella derrota, por solidaridad y respeto hacia sus protagonistas, quise comprenderla y explicarla. Pero encuentro a cuatro décadas que aún hay muy poco lugar para los matices.
Cuando este libro era un borrador, recibí una llamada de Juan Suriano, el asesor histórico de Edhasa. Me hizo una serie de observaciones sobre los textos, me recomendó algunas revisiones, y al final me dijo: “Discrepo con muchas de las cosas que planteás en el libro. El tema del nacionalismo, el tema del arraigo popular... No lo había pensado de esa manera. Disiento, como te digo, pero por eso mismo creo que es un libro que tiene que salir”. Ese gesto de honestidad intelectual y compromiso ético con la profesión, de respeto por las divergencias, es invaluable. No se trata de un respeto retórico, sino que se ponía en acto (pues, por ejemplo, podría haber hecho un informe de lectura desfavorable –y decisivo– sobre mi trabajo) cobró, con el paso del tiempo, mayores proporciones, sobre todo ante un clima de creciente intransigencia, pero que tiene y tendrá efectos nocivos sobre nosotros como sociedad.
Nadie debería tener que presentar documento de identidad, carnet partidario o lista de amistades para expresar lo que piensa sobre un tema. Un síntoma más de este clima estéril que vivimos es que gestos como el de Juan Suriano sean la excepción, y no la regla. Y por eso mismo creo que es importante recordarlo y, aun más importante, multiplicarlo en lo que nos toque.
En el “Epílogo” de la reedición de 2012 escribí: “Malvinas es –o debería ser– una gigantesca puerta de entrada a discutir los proyectos de país que se disputaron en la Argentina durante la segunda mitad del siglo XX, y las formas en que dicha disputa fue conducida. Formas que contuvieron mucho de violencia y poco, muy poco, de democracia. Autopercepciones acerca de la nación que quedaron enterradas en las islas junto a los muertos sacrificados en su nombre”. Esa certeza no se ha visto satisfecha. Con el paso del tiempo, el incipiente proceso de introspección moral y la autocrítica social y política que fue visible en la inmediata posguerra fueron desplazados por miradas autocomplacientes, tanto en la mirada tradicional de la épica patriótica como en discursos que, por ejemplo, incorporaron la agenda de los derechos humanos a Malvinas, y viceversa. El peso del mandato de recuperación aplastó las divergencias, produjo volteretas y simplificaciones.
Abandonamos la necesidad de cuestionar y pensar la guerra de 1982 para proyectar, a la vez, discusiones más amplias sobre la sociedad que la vivió y la que proyectamos. El potencial convocante de Malvinas está estancado por dos factores: por la despolitización de las miradas sobre la guerra y por el mandato de soberanía, que somete al pensamiento crítico. Por eso hoy conviven relatos contradictorios sobre la guerra y la posguerra: están encarnados en distintas facciones políticas que, aunque discuten, se alternan en la dominancia, o sea que subsisten sin avanzar en nuevos acuerdos y, sobre todo, porque por encima de cualquier discusión está la causa nacional. Entre miradas autocomplacientes y causas sagradas, la intervención crítica no vive con comodidad.
Somos sobrevivientes. De aquellos años, de una pandemia. Deberíamos ser mejores que el país que en 1982 envió a sus hijos a la guerra, cambió para siempre la vida de miles de familias y alejó probablemente para siempre a las islas de la Argentina. Por eso hoy por hoy, más que la metáfora de los archipiélagos de la memoria para referirme a la historia y memoria de la guerra de Malvinas, encuentro más adecuada la idea de la botella al mar, para que estas líneas encuentren tiempos mejores. Las ideas centrales de este libro, creo yo, mantienen su vigencia. El último dictamen al respecto, por supuesto, es de los lectores.
