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Federico G. Lorenz
LAS GUERRAS POR MALVINAS

Las fuerzas argentinas desembarcaron en las Islas Malvinas el 2 de abril de 1982, y se rindieron el 14 de junio de ese mismo año. La contienda duró poco más de setenta días, un plazo breve para un conflicto armado entre naciones. Sin embargo, y a pesar de este tenaz calendario, podría decirse que la guerra comenzó mucho antes, y terminó mucho después, si es que en verdad ha terminado.
¿Por qué afirmar tal cosa? No se trata de una invitación a volver a las armas, sino más bien de un intento por comprender de qué manera se llegó a ellas, cuál fue el clima del país mientras los soldados de ambos países se mataban y qué sucedió desde que terminó la disputa hasta hoy.
Lo que Federico Lorenz indaga en este libro es la construcción de lo que podría llamarse “la causa Malvinas”, antes, pero sobre todo durante y después de la guerra. El rol de la educación primaria y secundaria; el nacionalismo; el clima de violencia y militarización de la década del setenta (de los militares, de los jóvenes de las organizaciones revolucionarias y, más ampliamente, de la política); el papel de la sociedad civil, los políticos, los medios de comunicación y los intelectuales entre el 2 de abril y el 14 de junio; las luchas en el interior de las Fuerzas Armadas; los derechos reclamados durante décadas por los ex combatientes; la relación entre los sobrevivientes del conflicto, los muertos en la guerra y los desaparecidos por el terrorismo de Estado; la manera en que los argentinos procesaron la derrota y su herencia.
Publicado por primera vez en 2006, Las guerras por Malvinas se ha convertido en una referencia ineludible para pensar la historia contemporánea de la Argentina. Esta nueva edición, que suma un prólogo y el análisis de “la causa Malvinas” durante el kirchnerismo, es la versión definitiva del texto y es una invitación directa al debate sobre un tema que aún resulta incómodo y que sigue gravitando sobre nosotros, como una memoria que no encuentra paz ni sosiego.
Lorenz, Federico
Las guerras por Malvinas / Federico Lorenz. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Edhasa, 2022.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-628-677-0
1. Guerra de Malvinas. I. Título.
CDD 997
Diseño de cubierta: Juan Pablo Cambariere
Edición a cargo de Juan Suriano
Primera edición: abril de 2022
Edición en formato digital: abril de 2022
© Federico G. Lorenz, 2006, 2022
© de la presente edición Edhasa, 2022
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ISBN 978-987-628-677-0
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Conversión a formato digital: Libresque
Índice
Cubierta
Portada
Sobre este libro
Créditos
Dedicatoria
Epígrafe
Agradecimientos
Prólogo a la edición definitiva de Las guerras por Malvinas
Prólogo a la reedición de 2012
Introducción
Primera parte. La guerra (abril-junio 1982) Capítulo 1. Jóvenes en armas Capítulo 2. Movilizaciones Capítulo 3. La guerra en casa Capítulo 4. La guerra en las islas
Segunda parte. Brechas e imágenes Capítulo 5. Mutilaciones Capítulo 6. Derrota y estupor Capítulo 7. Guerreros de dos guerras. Los militares y Malvinas Capítulo 8. La democracia y Malvinas (1983-1987) Capítulo 9. Volveremos. Los ex combatientes Capítulo 10. Se reabre el panteón
Tercera parte. Archipiélagos de la memoria Capítulo 11. Regresos Capítulo 12. Marcas Capítulo 13. Diálogo de sordos Capítulo 14. El silencio imposible: el kirchnerismo y Malvinas
Epílogo. Archipiélagos de la memoria: las islas ante portas
Fuentes y bibliografía citada
Sobre el autor
Para Iván, Vera, Ana y María Inés.
Para los que luchan, para los que no escriben verdad entre comillas.
Porque todavía falta mucho.
En memoria de los soldados conscriptos muertos en Malvinas, de sus compañeros ex combatientes, y de aquellos suboficiales y oficiales que sin estar manchados de sangre de compatriotas, cumplieron con su deber.
Algún día esta lista podrá hacerse.
¿De qué te hablo? ¿Qué celebramos –que la memoria haya puesto a salvo– en esta dulce tierra?
Andrés Rivera, En esta dulce tierra.
No figura en ningún mapa: los lugares verdaderos nunca figuran en ellos.
Herman Melville, Moby Dick.
Agradecimientos
A mis primeros entrevistados, Diego Rubino y Omar Olsiewich, compañeros de trabajo de Telefónica, y a todos los que a lo largo de estos años abrieron sus recuerdos para mí. Mi afecto y amistad para Antonio Reda, Miguel Ángel Trinidad, Gabriel Sagastume y David Zambrino, ex combatientes. Antonio y Miguel han sido interlocutores generosos y desprejuiciados. Sin el aporte de Miguel, algunas partes de este libro serían bastante más oscuras. A los cuatro agradezco, en especial, la compañía en un trabajo fascinante pero muchas veces también solitario e ingrato.
Agradezco a Salvador Vargas, padre de Alejandro, muerto en Malvinas, por mostrarme uno de los sentidos que se le puede dar al dolor.
Gracias a Anne Perotin–Dumon y Alex Wilde, colegas pacientes. Este libro tuvo su origen en una invitación de Anne, y a ella debo el impulso y el respaldo para avanzar en textos preliminares, escritos para un taller realizado en Londres en octubre de 2003. Desde entonces, ambos son de esos amigos que a la distancia siempre están.
Mi amigo Gabriel Ozón siempre tuvo tiempo para ayudarme en mis obsesiones, aún mientras armaba su hogar en Incalaperra.
En honor a la genealogía de una investigación, agradezco a Dora Schwarzstein, in memoriam, y a Paul Thompson, por creer en una carta.
Luis Alberto Romero hizo agudas y muy inteligentes lecturas de versiones iniciales de algunos capítulos, que me obligaron a revisar cuidadosamente mis ideas.
En Gran Bretaña, agradezco a los miembros de la Oral History Society, especialmente a Alistair Thomson y Robert Perks. También a Mark Burman, de la BBC, porque una promesa de las que se hacen después de algunas cervezas desembocó en mi viaje a Malvinas. Mi afecto a los malvinenses Kay McCallum, Patrick Watts y John Fowler.
Muchas gracias a Javier Trímboli y a mis ex compañeros del Ministerio de Educación de la Ciudad de Buenos Aires y de la Nación, por las posibilidades de discutir e instalar estas cuestiones en distintos espacios a lo largo de muchos años de trabajo conjunto. A Alberto Sileoni, Ministro de Educación de la Nación, que en su momento me brindó la confianza para desarrollar estas iniciativas, y a Alejandra Birgin, que escuchó la propuesta de trabajar sobre los treinta años del golpe y la apoyó desde un principio. Fue la posibilidad de comenzar a cubrir una vacancia.
Violeta Rosemberg, la incondicional, merece un agradecimiento especial. Valeria Morelli es de esas interlocutoras que ponen la vara alta y nos obliga a ser mejores en lo que decimos y hacemos.
Julio Calvo, veterano de guerra, y María del Carmen Gaitán, su esposa, aportaron materiales de Puerto Madryn. Cecilia Flachsland me dio información fundamental acerca del rock y las Malvinas. Silvina Jensen es una amiga y colega de lujo, y una de las personas más generosas que conozco.
Mi hermano Germán es mi sangre en la Patagonia y me envió gran parte del material fueguino. Con él pude volver a Malvinas en 2007. Betty y Carlos, mis padres, guardan hace años recortes para mí. Angélica y Eduardo, mis tíos, fueron la puerta al Sur. Bárbara Palma del Rey y Ángel Melgar, amigos antes que nada, son un apoyo afectivo y logístico imprescindible. Muchas horas de trabajo de las que demandó este libro fueron posibles gracias a mis suegros Norma y Erasmo.
También tuvieron que ver con este libro Jennifer Adair, Ernesto Alonso, José Asturi, Máximo Badaró, EVA, Juan Pablo Fasano, Lila Feldman, Mónica Galassi, Carlos Gamerro, Jennifer Herbst, Elizabeth Jelin, Guillermo Korn, Mirta Lobato, Maria Laura Guembe, Graciela Karababikian, Silvina Segundo, Pablo Palomino, el Núcleo Memoria (IDES), Laura Panizo, Fernando Peirone, Daniela Pelegrinelli, Gustavo Urpianello y Mariano Volpedo.
Un agradecimiento especial a los trabajadores del Archivo de la Comisión Provincial por la Memoria de La Plata, impecables, eficientes, pacientes y comprometidos.
Muchas gracias a Fabián Bosoer, Analía Roffo, Martín Granovsky, Juan Boido, Claudio Zeiger, Pablo Stancanelli y Carlos Gabetta por la posibilidad de publicar e intervenir en las discusiones sobre Malvinas desde distintos ángulos y en distintos lugares.
Mi agradecimiento a María Fernanda Cañás y a mis colegas y alumnos del ISEN, porque me obligaron a ser riguroso y me enseñaron muchas cosas.
Mi reconocimiento a Juan Suriano y Fernando Fagnani, mis editores, por confiar en mis tiempos de trabajo antes y ahora. Y a las chicas de Edhasa, siempre atentas y cordiales con mis obsesiones bibliográficas.
Muchas gracias a Julio Vezub, compañero de ruta reciente pero fundamental. A José Emilio Burucúa y Nicolás Kwiatkowski, por el diálogo inteligente y el apoyo. A Rubén Chababo, director del Museo de la Memoria de Rosario, otro de esos compañeros intelectuales de lujo.
Un scrimshaw y un brindis imaginarios en Nantucket con mi amigo Juan Bautista Duizeide, imprescindible compañero y fogonero de mis sueños.
Un saludo al Barón y al Winston, compañeros de ruta, y a Ismael y el General, por las discusiones interminables acerca de los temas de este libro.
María Inés, mi esposa, tipió gran parte de las citas y testimonios de este libro. Trabajamos a la par desde hace muchos años y es la compañera de mi vida. Imposible pensar en nada sin su ayuda y consejo. Iván y Vera, mis hijos mayores, toleraron compartirme con el cientificuento. Ana llegó a la familia después de la primera edición de este libro, pero también soporta mis ausencias. Cualquier cosa que escriba para ellos será insuficiente.
Prólogo a la edición definitiva de Las guerras por Malvinas
Cuando cesan los combates, ¿hasta cuándo duran los efectos de una guerra? ¿Hasta que se enfrían las armas? ¿Hasta que las heridas, aun las más horribles mutilaciones, sanan? ¿Hasta que los combatientes son sólo una palabra, murmurada como un rezo? ¿Para siempre, a pesar de conmemoraciones, apretones de manos y declaraciones altisonantes?
Basta recorrer la geografía argentina y detenerse en carteles, murales y monumentos para ver la latencia del recuerdo de la guerra y sus protagonistas superpuesto, confundido, con la disputa por la soberanía de las islas Malvinas, iniciado en 1833.
¿Todavía vivimos una posguerra? Aunque nos separen cuarenta años de la rendición argentina en las islas, es muy probable que sí. Al igual que con la violencia política de la década del setenta y el terrorismo de Estado, los ecos de ese pasado violento, como ondas concéntricas, llegan hasta el presente potenciados por las disputas políticas de los distintos presentes que hemos vivido desde aquellos sucesos. Basta ver la periodicidad casi patológica con la que algunos temas del pasado son agitados con fines coyunturales: una elección, una pandemia (durante 2020 se habló de la “malvinización” de la política sanitaria, en alusión al clima de efervescencia –y también de militarización– de la sociedad argentina en 1982).
De una manera sorprendente pero a la vez explicable, las representaciones sobre la guerra de Malvinas han quedado congeladas en el tiempo, condensadas en torno a aquellos relatos sobre lo que había sucedido que se construyeron durante el conflicto y en la inmediata posguerra. La consolidación de esos marcos conceptuales para pensar la guerra del Atlántico Sur y sus consecuencias son el tema central de Las guerras por Malvinas, que apareció por primera vez en 2007, tuvo una edición ampliada y corregida en 2012 y hoy aparece en la edición definitiva que los lectores tienen en sus manos.
En 2012 señalé que “estábamos ante un horizonte abierto, pero sólo eso”, en referencia al impulso y apropiación por parte del kirchnerismo de la causa Malvinas, que se materializó posteriormente en una serie de iniciativas públicas de memoria. Pero cuando escribí eso aún no había un Museo Malvinas e Islas del Atlántico Sur en el predio de la ex-ESMA (inaugurado en 2014), las identificaciones de los soldados enterrados en tumbas anónimas en el cementerio de guerra argentino en Darwin eran apenas un proyecto y vivíamos en un país muy diferente, aunque ya penosa y banalmente dividido. Un consenso implícito en la justicia del reclamo argentino sobre las islas congeló la posibilidad de profundizar las discusiones sobre las características y las consecuencias de la guerra de 1982 y, en definitiva, potenció aquellas lecturas que, como queda señalado (y este libro desarrolla), se construyeron en la primera década posterior a la guerra.
Es lógico que haya distintas memorias y relatos sobre la guerra, porque fue vivida de distintas formas. Lo que es llamativo es que aunque hoy podemos decir que hay más investigadores interesados en la aproximación al estudio del conflicto desde las ciencias sociales, su incidencia en la modificación o ampliación de los relatos públicos que circulan sobre el conflicto es pequeña. Por otra parte, el peso del mandato de la recuperación y, por qué no, la adhesión a esa causa nacional condicionan muchas de esas visiones. En consecuencia, algunos de esos trabajos, que deberían seguir las reglas del oficio de la investigación, están teñidos por los mismos límites al pensamiento crítico que son parte del problema. Tal vez esto sea más comprensible si pensamos que hablar de la guerra de Malvinas es hablar de la historia política argentina y de los usos públicos del pasado. Ese mecanismo ha hecho que las miradas sobre la guerra de 1982 se congelen. Y entonces, la única posibilidad de romper esa situación es producir más investigaciones sobre la guerra como fenómeno específico, y que estas incidan en nuevas miradas, más complejas, más abarcadoras y menos excluyentes, que intervengan en las discusiones públicas sobre ella.
Si hacia 2007 en el campo académico trabajábamos prácticamente en solitario Rosana Guber y yo, hoy hay más investigadores que han tomado como objeto la experiencia de la guerra de 1982. Se amplió el campo de estudios con la incorporación de nuevos temas: la experiencia de aviadores, artilleros, unidades militares específicas de las distintas fuerzas, enfermeras, civiles patagónicos y familiares de los muertos en la guerra. Estas nuevas investigaciones muestran dos cosas: la riqueza aún por explorar de ese campo temático y la idea de que aproximaciones analíticas más focalizadas y estudios de caso pueden romper lecturas muy generales sobre la guerra y el pasado argentino consolidadas desde los grandes centros de producción periodística y cultural.1 Podríamos decir que las miradas dominantes sobre Malvinas son un aspecto más de lo que llamo “porteñocentrismo”: la hegemonía de los relatos sobre el pasado y el país consolidados desde Buenos Aires.
Desde que apareció Las guerras por Malvinas, en 2007, en ocasiones me he sentido más arqueólogo que historiador. Como me han explicado en detalle,2 la noción de estratigrafía es central para la arqueología. A la hora de excavar, los arqueólogos parcelan el terreno en cuadrículas y deben registrar minuciosamente los materiales y sedimentos que encuentran. A medida que avanza su trabajo, la pared de uno de esos pozos muestra texturas y colores superpuestos, los que permiten datar y poner en contexto aquello que los investigadores encuentran.
Las guerras por Malvinas es un trabajo arqueológico de la memoria porque pone en su contexto, en el estrato correspondiente (o eso creo, al menos), aquellos núcleos duros del pensamiento acerca de la guerra. Lo sorprendente es que hecho ese trabajo, lo que emerge con fuerza en el espacio público es que pese a la variedad de capas que la investigación pone en evidencia, parecería que las memorias de Malvinas son de un monolítico celeste y blanco. Como si alguien llegara al sitio arqueológico cada noche con dos tarros de pintura y anulara lo que la observación muestra.
Ya no encuentro tan adecuada, como hace años, la metáfora de los archipiélagos de la memoria que acuñé para referirme a la fragmentariedad y el aislamiento de relatos sobre lo que habíamos vivido en 1982. Había allí una posibilidad de profundización de algunos aspectos de nuestros lazos y proyectos como sociedad que aún aguarda mejor suerte. Quien navega entre las islas que lo componen, al llegar de una a otra, lleva y trae novedades, noticias, experiencias, contempla diferentes paisajes. A la vez, el barco en el que se desplaza es una verdadera arca de Noé en el que se trasladan distintos organismos o pequeños animales que viajan y, al tocar en distintas costas, modifican la flora y la fauna de un lugar. Pero con la guerra de Malvinas, parecería que queremos perseverar en las miradas graníticas de 1982. Como queda dicho, no es que no haya producciones que hayan densificado las discusiones; pero poco pueden hacer contra el esfuerzo vital de replegarse en la propia experiencia de los actores, o de la pereza intelectual de quienes desde el Estado podrían fomentar debates que nos ayudaran a entender aquella guerra, y no sólo a sentirla. Al escribir Las guerras por Malvinas hice el camino precisamente inverso: por sentir aquella derrota, por solidaridad y respeto hacia sus protagonistas, quise comprenderla y explicarla. Pero encuentro a cuatro décadas que aún hay muy poco lugar para los matices.
Cuando este libro era un borrador, recibí una llamada de Juan Suriano, el asesor histórico de Edhasa. Me hizo una serie de observaciones sobre los textos, me recomendó algunas revisiones, y al final me dijo: “Discrepo con muchas de las cosas que planteás en el libro. El tema del nacionalismo, el tema del arraigo popular... No lo había pensado de esa manera. Disiento, como te digo, pero por eso mismo creo que es un libro que tiene que salir”. Ese gesto de honestidad intelectual y compromiso ético con la profesión, de respeto por las divergencias, es invaluable. No se trata de un respeto retórico, sino que se ponía en acto (pues, por ejemplo, podría haber hecho un informe de lectura desfavorable –y decisivo– sobre mi trabajo) cobró, con el paso del tiempo, mayores proporciones, sobre todo ante un clima de creciente intransigencia, pero que tiene y tendrá efectos nocivos sobre nosotros como sociedad.
Nadie debería tener que presentar documento de identidad, carnet partidario o lista de amistades para expresar lo que piensa sobre un tema. Un síntoma más de este clima estéril que vivimos es que gestos como el de Juan Suriano sean la excepción, y no la regla. Y por eso mismo creo que es importante recordarlo y, aun más importante, multiplicarlo en lo que nos toque.
En el “Epílogo” de la reedición de 2012 escribí: “Malvinas es –o debería ser– una gigantesca puerta de entrada a discutir los proyectos de país que se disputaron en la Argentina durante la segunda mitad del siglo XX, y las formas en que dicha disputa fue conducida. Formas que contuvieron mucho de violencia y poco, muy poco, de democracia. Autopercepciones acerca de la nación que quedaron enterradas en las islas junto a los muertos sacrificados en su nombre”. Esa certeza no se ha visto satisfecha. Con el paso del tiempo, el incipiente proceso de introspección moral y la autocrítica social y política que fue visible en la inmediata posguerra fueron desplazados por miradas autocomplacientes, tanto en la mirada tradicional de la épica patriótica como en discursos que, por ejemplo, incorporaron la agenda de los derechos humanos a Malvinas, y viceversa. El peso del mandato de recuperación aplastó las divergencias, produjo volteretas y simplificaciones.
Abandonamos la necesidad de cuestionar y pensar la guerra de 1982 para proyectar, a la vez, discusiones más amplias sobre la sociedad que la vivió y la que proyectamos. El potencial convocante de Malvinas está estancado por dos factores: por la despolitización de las miradas sobre la guerra y por el mandato de soberanía, que somete al pensamiento crítico. Por eso hoy conviven relatos contradictorios sobre la guerra y la posguerra: están encarnados en distintas facciones políticas que, aunque discuten, se alternan en la dominancia, o sea que subsisten sin avanzar en nuevos acuerdos y, sobre todo, porque por encima de cualquier discusión está la causa nacional. Entre miradas autocomplacientes y causas sagradas, la intervención crítica no vive con comodidad.
Somos sobrevivientes. De aquellos años, de una pandemia. Deberíamos ser mejores que el país que en 1982 envió a sus hijos a la guerra, cambió para siempre la vida de miles de familias y alejó probablemente para siempre a las islas de la Argentina. Por eso hoy por hoy, más que la metáfora de los archipiélagos de la memoria para referirme a la historia y memoria de la guerra de Malvinas, encuentro más adecuada la idea de la botella al mar, para que estas líneas encuentren tiempos mejores. Las ideas centrales de este libro, creo yo, mantienen su vigencia. El último dictamen al respecto, por supuesto, es de los lectores.
Notas
1 Algunos ejemplos de esta producción, además de las obras a las que me referiré en las páginas que siguen: Rosana Guber (2016) produjo una etnografía sobre los pilotos de aviones A4B Skyhawk de la Fuerza Aérea Argentina; el sólido trabajo de Andrea Belén Rodríguez (2020) sobre integrantes de la Armada argentina; Florencia Gándara, que desarrolla una promisoria investigación, publicó (2020 y 2021) sobre oficiales y suboficiales del Regimiento de Infantería 3, y Germán Soprano (2019) hizo lo propio sobre el Grupo de Artillería 3.
2 Agradezco especialmente a Danae Fiore nuestro intercambio al respecto.
Bibliografía
Gándara, Florencia (2020). “Empezar a contar: testimonios escritos de oficiales y suboficiales argentinos en la inmediata posguerra de Malvinas”. Contemporánea, año 11, vol. 13, pp. 75-90.
———, (2021). “Malvinas: diseño y experiencias de un regreso. El Centro de Recuperación del Personal de la Fuerza (junio-julio de 1982)”. Quinto Sol. Revista de Historia, vol. 25, n.º 2, pp. 1-20.
Guber, Rosana (2016). Experiencia de halcón. Ni héroes ni kamikazes: pilotos de A4B. Buenos Aires: Sudamericana.
Rodríguez, Andrea Belén (2020). Batallas contra los silencios. La posguerra de los ex combatientes del Apostadero Naval Malvinas (1982-2013). La Plata: Universidad Nacional de La Plata, Universidad Nacional de General Sarmiento y Universidad Nacional de Misiones.
Prólogo a la reedición de 2012
Tanto los reaccionarios como los intelectuales dieron por sentado, como si fuera una ley de la naturaleza, el divorcio entre patriotismo e inteligencia.
George Orwell
Desde la primera edición de este libro, en 2006, sucedieron muchas cosas. La primera de ellas, de la que me congratulo, es que me generó discusiones y contactos con muchos compatriotas aquí y en el exterior. Esos intercambios me obligaron a revisar algunas de mis ideas, y es sobre todo debido a ellas que esta edición corregida y ampliada ve la luz. El libro me permitió, centralmente, ponerme en contacto con personajes históricos del movimiento de ex combatientes. Algunos de ellos rechazaron mis argumentos y han polemizado con mis conclusiones (lo que es saludable para cualquier democracia) o se han dedicado a vituperios y ataques bajos (lo que sienta mejor a épocas pretéritas de nuestro país). Otros, consecuentes con su idea de que su causa trasciende a las personas, aunque muchas veces no coinciden con mis argumentos aceptaron ser entrevistados y compartir sus documentos para dar mayor precisión a una época muy compleja. El mayor trabajo de reescritura ha estado centrado en la historia de estas agrupaciones, tema que por otra parte será objeto de un libro en el que estoy trabajando. He incorporado, también, mucho del excelente material reunido en el Archivo de la Comisión Provincial por la Memoria de La Plata, siendo consecuente con la idea de que más allá de nuestros sentidos comunes en los registros de los servicios de inteligencia no iba a haber solamente “cosas de desaparecidos”. Y así fue.
Espero que los lectores encuentren interesante la última parte del libro dedicada al impacto de las políticas de memoria del kirchnerismo en relación con Malvinas, proceso que afortunadamente aún no está cerrado, a pesar de reiterados intentos que en este trigésimo aniversario encontrarán su clímax.
Quiero agradecer especialmente las observaciones de Valeria Manzano, que publicó una reseña muy favorable sobre mi libro, lo que no le impidió ser crítica. Recomendaba, fundamentalmente, mayores precisiones para la primera parte, dedicada a los jóvenes y el servicio militar obligatorio. He desatendido su consejo (por lo que espero me perdone) por dos motivos: porque afortunadamente luego de Las guerras por Malvinas pude publicar otros libros donde gradualmente he ido subsanando las falencias que me marcó con justeza, y porque bien pronto descubrí que no podía tampoco cumplir con todas las demandas de precisiones o ampliaciones. Sucede lo mismo, por ejemplo, en el capítulo sobre la experiencia del frente de guerra. Este libro no pretende dar cuenta de todas ellas, y se concentró en cambio en una modélica, que ofrecía los elementos para analizar los mitos sobre Malvinas que se construyeron después. Por supuesto que eso no impide que muchos protagonistas no se sientan representados.
Tampoco es este un libro que se ocupe de la “historia larga” del archipiélago, una demanda que nace de la confusión de los planos: este fue y es un libro sobre las luchas simbólicas en torno a la guerra, no sobre la historia de la disputa, aunque obviamente la marca del conflicto la tiñe desde entonces. Algunas cosas sobre esto digo, sin embargo, hacia el final.
Tantas observaciones, por otra parte, realzan lo que estimo como la principal virtud de mi texto: este es un libro de batalla. Como todo trabajo que se ocupa de la historia y de la memoria, Las guerras por Malvinas fue parte de las discusiones que estudiaba, y en ese camino fue cuestionado de diversas formas. Verificó sobre sí mismo una de sus ideas centrales: la fuerte presencia que el tema Malvinas tiene en los distintos espacios de nuestro país. Pero, también, la gran cantidad de malentendidos que aún genera.
Con mucha ingenuidad viví la aparición de la primera edición, en 2006, como la posibilidad de instalar una discusión pública más o menos importante sobre un tema que consideraba vacante. Seguramente también había en esa actitud algo de soberbia, y la mezcla de ambos elementos resultó frustrante para mí. Prácticamente no hubo verdaderas polémicas, y sí en cambio omisiones, ninguneos y ataques ad hominem.
Por supuesto, queda consignado que esta sensación de frustración puede deberse a un elevado narcisismo de mi parte, pero no obstante queda aún bastante tela para cortar, por ejemplo, en cuanto a las actitudes de los investigadores en relación con el tópico de la guerra de Malvinas, y a estas les he consagrado un capítulo nuevo. En 2006, salvo los trabajos pioneros de Rosana Guber (que por otra parte no proponen una mirada general como la de Las guerras por Malvinas) no había un libro que se ocupara de la historia de las memorias de Malvinas, ni del peso de la experiencia bélica durante la posdictadura. Afortunadamente hoy hay tesis, en curso o defendidas, y algunos investigadores dentro del campo de la historia reciente incorporaron el tema a sus preocupaciones. Pero a pesar de esto predominan en las discusiones importantes descalificaciones, que van desde lo explícito al más ramplón ninguneo, en lo que coinciden tanto los reaccionarios y autoritarios como los intelectuales ubicados en sus antípodas ideológicas. Por condescendencia, o por desprecio, pero en ambos casos por compartir la negativa a polemizar, tienen en común una peligrosa actitud: la del silenciamiento. No es esto lo mismo que el silencio; no es lo mismo la decisión de callar que la voluntad de callar a otro.
Como compensación, el libro circuló allí donde más fructífera es la disputa por las memorias: entre los docentes, en las escuelas, entre los ex combatientes.
Gracias a la posibilidad de discutir que el libro me dio he podido, espero, abrir las cuestiones asociadas a la experiencia de Malvinas a preguntas más complejas que las que me hacía inicialmente. Conocer otras realidades, como las fueguinas y las malvinenses, o trabajar con documentos que narraban una historia de los ex combatientes distinta de aquella que por ignorancia mi propio trabajo había contribuido a estereotipar, construyeron ese camino. Espero que eso aparezca reflejado aquí.
Creo que he podido transformar las sensaciones que describí y el proceso de aprendizaje desde 2006 en preguntas generales sobre la construcción del conocimiento histórico y la búsqueda social de la verdad y la justicia. En esa clave es que he revisado este libro, pero sobre el resultado serán los lectores quienes decidan. Si en 2006 me interesaba fundamentalmente señalar la necesidad de pensar Malvinas con su propio peso específico, considero que en la encrucijada del trigésimo aniversario de la guerra es el momento de (re)introducir dicho peso específico en el panorama cada vez más complejo del pasado reciente que hemos construido. Es una tarea urgente y estratégica.
Por otra parte, un hecho para nada menor es que en 2006 yo todavía no conocía las islas Malvinas. Pude viajar al año siguiente. Los recorridos por las antiguas posiciones, por esos páramos desolados tan parecidos a la Argentina continental, me han llenado de nuevas preguntas. Y si en la vieja edición traté de introducir la variable local para pensar el problema Malvinas, en el presente estoy convencido de que no hay otra forma de hacerlo que no sea esa, dejando abierta la puerta para la inscripción en relatos mayores, a escalas regionales y nacionales. Por supuesto que en esta obra sólo puedo trazar unas pinceladas gruesas para dar idea de esta complejidad; semejante tarea requeriría de un gran grupo de trabajo, lo que implica que esta reedición pueda tomarse como una (nueva) invitación.
También he intentado imaginar mi mirada sobre el pasado reciente como generacional. Los que éramos niños durante la guerra hemos vivido demasiado atados a genealogías y tradiciones pasadas, tal vez a falta de otras mejores. Pero los muertos no tienen derecho a enterrar a los vivos. No se trata de arrojar nada por la borda, pero sí de reivindicar un lugar específico en la discusión, aunque más no sea el de ser aquellos que barrieron las sobras y los escombros de certezas y proyectos anteriores y abrieron el camino para su recuperación crítica y, eventualmente, su reivindicación. Ese lugar por sí solo nos autoriza a decir que no tenemos por qué aceptar las diferentes tutelas intelectuales que nos han ofrecido o intentado imponer, o más bien, reconocerlas como etapas de un pensamiento nacional en el que nosotros (¿qué será nosotros?) también diremos algo.
Por todo esto es que Las guerras por Malvinas sigue siendo un libro incompleto e inconcluso. Por un lado, porque el conflicto diplomático que llevó a las Fuerzas Armadas argentinas a decidir las operaciones de 1982 está abierto. También porque las disputas en torno a un pasado irresuelto aún nos atraviesan. Pero, sobre todo, porque sigue pendiente la tarea principal: una guerra que despierta tantas sensibilidades como si hubiera sido ayer debe inscribirse en una perspectiva histórica más amplia.
Esos archipiélagos salvajemente bellos, subyugantes como tantos espacios de la Patagonia continental, son parte de un proceso histórico más amplio, complejo y rico. Desde los primeros avistamientos, durante las recaladas clandestinas de loberos, pasando por los viajes de los científicos, los piratas y los comerciantes, las colonizaciones y los conflictos, hasta el doloroso relámpago de 1982 (tan breve en esa historia multisecular como eterno en las vidas individuales), la historia larga de las islas Malvinas merece redoblados esfuerzos que las piensen como parte de nuestro país, y no solo que las crean parte de él.
No sé, en vísperas del trigésimo aniversario de la guerra, qué va a pasar dentro de otros treinta años, si las Malvinas serán efectivamente argentinas. Sí, en cambio, deseo que sea una sociedad más justa, sin impunidad, la que las recupere. Hacia allí va este trabajo.
Ramos Mejía, verano de 2012
Introducción
Probablemente haya empezado a escribir este libro en junio de 1982. Tengo grabadas las sensaciones del día posterior a la derrota en Malvinas, mi perplejidad en la escuela frente a la mirada de mis compañeros enfundados en sus delantales, y mi pregunta:
–¿No están tristes que perdimos en Malvinas?
Recuerdo claramente que dije “en”, y no “las”. Se trata, para este libro, de una distinción bien importante. La guerra de 1982, si bien fundamentada ideológicamente en un reclamo territorial, tuvo entonces, y tiene hoy, para muchos, un sentido mucho más amplio que ése. Pero si no perdimos “las islas”, “el territorio”, ¿qué es lo que perdimos allí?, ¿qué es lo que se pone en juego cada vez que pronunciamos el nombre del archipiélago? Es una cuestión central para no subsumir los significados otorgados a Malvinas después de la guerra en la construcción previa, aquella que contribuyó al amplio apoyo que ésta tuvo.
¿Qué guerra terminó en las islas Malvinas, el 14 de junio de 1982? ¿Qué guerras comenzaron ese mismo día? Ambas preguntas constituyen el eje de este libro: explorar las relaciones entre la experiencia de los actores, protagonistas y testigos voluntarios o involuntarios de una guerra y sus consecuencias. Recorrer las formas en las que la coyuntura política de la transición a la democracia en la Argentina condicionó a los portadores y herederos de las memorias acerca del conflicto del Atlántico Sur en los medios y formas para hacerse ver y ser escuchados. Analizar qué relatos y recuerdos acerca de la guerra llegan hasta hoy.
No es una historia de la guerra en las islas Malvinas, sino de las distintas formas en que ésta fue vivida, y de sus consecuencias, como una forma de pensar las relaciones entre la cultura y política argentinas y el archipiélago emblema. El libro se ocupa, sobre todo, de las memorias de y sobre los ex soldados combatientes1 para, por extensión, analizar el espacio en el que sus acciones comenzaron a circular entre sus compatriotas. Parte de la idea de que, aunque extremo por sus características, la guerra de Malvinas es un episodio emblemático de un proceso mucho más amplio: aquel mediante el cual la sociedad argentina se relaciona con sus jóvenes, les otorga y vive su protagonismo y los disciplina. Es, en consecuencia, una aproximación al lugar de las juventudes en la política.
Malvinas significa muchas guerras: viejas formas de entender a la nación y a la política entraron en crisis, autorrepresentaciones de las relaciones sociales y de la cultura cayeron para no levantarse más, o continúan siendo lloradas en secreto en cada aniversario del desembarco. Pero Malvinas, sobre todo, significa un puñado de jóvenes y sus familias que actuaron con sus cuerpos el drama de numerosas derrotas colectivas e individuales. No es posible pensar en una memoria sobre las islas que domine por sobre las demás, porque el reclamo de reconocimiento de los más afectados choca con las voluntades de olvido y las simplificaciones de quienes, conmovidos o incómodos por la presencia de Malvinas, apostaron a la posibilidad del cambio y la regeneración antes, durante y después de la guerra.
Este libro atraviesa y está atravesado por estas tensiones. Navega entre las islas que constituyen el archipiélago de experiencias y discursos sobre Malvinas a la manera de los exploradores de una tierra ignota, que acumulan indicios que poco a poco permiten intuir un conjunto: debe identificar, describir, otorgar un sentido a una serie de imágenes inconexas y muchas veces contradictorias, para volcarlas en una cartografía inexistente. Clasifica rocas, islotes, escolleras, bancos de algas, flora y fauna diversas, habitantes de costumbres extrañas y antagónicas, pero que la voluntad del viajero ubica en su mapa en construcción como integrantes de un mismo grupo insular. Pero hasta que tal cosa sucede, estos indicios son sólo una acumulación de sensaciones, imágenes y reflexiones, que deben ser mensuradas, fijadas en una carta que sirva para las posteriores navegaciones.
Las guerras por Malvinas propone una exploración semejante. Efectivamente, hay un mapa de relatos sobre la guerra en las islas, dibujado sobre todo en el quinquenio que va desde la derrota en el Atlántico Sur hasta los sucesos de Semana Santa de 1987. En ese lapso se conformó la mayor parte de las imágenes más fuertes acerca de Malvinas: los jóvenes inexpertos maltratados por sus oficiales, los chocolates donados vendidos en Comodoro Rivadavia, la pericia de los pilotos de la Fuerza Aérea, el hundimiento del Belgrano, del Galtieri borracho al Astiz cínico y cobarde, los “héroes de Malvinas” de Alfonsín, la gesta, la derrota, los veteranos en los colectivos, Sólo le pido a Dios, y tantas otras imágenes, concentran los sentidos acerca de la guerra y coexisten emergiendo alternativamente en respuesta a distintos estímulos políticos, sociales e históricos, ubicables en un tiempo concreto.
¿Cuál fue el lugar de los protagonistas más directos de la guerra en la construcción de tales emblemas? Es una pregunta central, pues el retorno de los jóvenes soldados derrotados se mezcló con la aparición de fantasmas en cada esquina, en cada cementerio de la república. Para responderla, la investigación se concentrará en los cinco años entre la derrota en el archipiélago y Semana Santa de 1987. Allí, predominó un proceso (más o menos completo y honesto, según quien lo describa, o según lo que necesitemos creer) de asunción de responsabilidades sociales en relación con la dictadura. Pero, sobre todo, fueron cinco años en los que campeó con fuerza la imagen de los jóvenes (y, más ampliamente, de la ciudadanía) como víctimas de la violencia, ejercida sobre todo desde el Estado. Cinco años en los que el lugar tradicional de las Fuerzas Armadas fue duramente cuestionado, y su relación como protectoras de la ciudadanía y de los sagrados valores de la Patria también.
Precisamente en ese marco, alrededor de diez mil jóvenes cuestionaron, con su mera existencia, el lugar de “defensores de la Patria” de las tres armas. Ellos habían combatido por la soberanía al mismo tiempo que eran “víctimas del Estado”. Como agrupación, reivindicaban su experiencia. ¿Qué lugar podía tener ésta, caracterizada por la violencia, aunque fuera en una “guerra justa”?
Desde 1982 aludir a Malvinas excede sobradamente la idea del reclamo territorial, aprendida por generaciones de argentinos bajo el lema de que las islas “fueron, son y serán argentinas”. Esta convicción (adquirida sobre todo en la escuela) fue el sustrato que alimentó la seguridad de muchos miles a la hora de apoyar la decisión del gobierno militar, en el poder desde 1976. Junto a ella, la noción de deber cívico, aprendida tras décadas de servicio militar obligatorio.
Estas dos certezas alimentan un lugar común, que reduce la guerra y sus consecuencias a un mero acto reflejo. Pero desde 1982 Malvinas refiere a la guerra, a los 74 días de conflicto con Gran Bretaña que culminaron con la rendición de Puerto Argentino y, por arrastre, con la retirada –más ordenada de lo que solemos declamar– de la dictadura militar más sangrienta de la historia argentina. Refiere a la única guerra convencional librada por la Argentina en el siglo XX, pero también –y este libro pretende demostrar que sobre todo– a la historia argentina reciente.
Para revisar nuestro pasado desde Malvinas describiremos y discutiremos la construcción de relatos acerca de la guerra, y de las legitimidades para hablar sobre ella. Los jóvenes protagonistas del conflicto dieron una dura batalla por intervenir en esa discusión, que comenzó ni bien llegaron al continente las noticias de la derrota. Imágenes, juicios y condenas, reclamos y reivindicaciones, tradiciones subterráneas y públicas se consolidaron y difundieron de la mano de la figura de los chicos de la guerra, devenidos ex combatientes y, más recientemente, veteranos. Pero en relación con el contexto histórico en el que actuaron, surge una disonancia: la Argentina es un país donde la voz de los testigos y actores ha desempeñado un lugar central en la construcción de los relatos acerca de la historia reciente, al punto de generar últimamente una serie de advertencias acerca de sus consecuencias por parte de algunos intelectuales.2 Dicha sobreabundancia refuerza una ausencia: la de aquellos hombres y mujeres afectados más directamente por la experiencia de la guerra, los soldados y sus familiares. A modo de ejemplo, cabe consignar que en el juicio que se le siguió a la tercera junta militar por la conducción de la guerra, no declaró ni un solo soldado conscripto, a pesar de que eran considerados víctimas de las Fuerzas Armadas. Contrariamente, el escenario del Juicio a las Juntas de 1985 tuvo a las víctimas como protagonistas principales.
¿Qué hubieran agregado estas voces a la discusión? ¿Qué agregarían hoy? Destacar esta asimetría no surge de una mirada conspirativa, ni de la voluntad de construir una jerarquía del dolor o el sufrimiento, sino de la preocupación ante las construcciones simbólicas que se traducen en las posibilidades para miles de compatriotas de acceder o no a la consideración pública, al reconocimiento y a la reparación. Es mi intención ofrecer algunas ideas para pensar este problema, asumiendo que la guerra de Malvinas sigue siendo hoy un tema profundamente controversial. Incomodidades, resquemores o directamente prejuicios a partir de ideas superficiales acerca de “lo militar” y “lo nacional”, cuando no directamente dificultades generacionales u originadas en la propia experiencia, alimentan el problema que genera Malvinas para algunos actores intelectuales, sobre todo dentro del campo vagamente llamado “progresista”.
Inversamente, sectores reaccionarios o reivindicatorios de la dictadura militar no tienen ningún inconveniente en hablar del tema, y apropiárselo, más por la vacancia de algunas voces que por la legitimidad para hacerlo. Y como la voluntad de saber no es un acto neutral, es mi intención que este trabajo dificulte aunque sea sólo un poco ese proceso.
Hace diez años, al comenzar esta investigación recibí, al comentar a mis compañeros y docentes del profesorado mi intención de “trabajar sobre Malvinas”, cuestionamientos como este:
–¿No estarás a favor de los militares, vos?
Pero a la vez, éstos eran proporcionales a la suspicacia con la que fui recibido por algunos ex combatientes, o funcionarios militares:
–Estamos cansados de que nos desprestigien.
Pienso que este panorama, al menos en relación con Malvinas, no ha cambiado mucho. Más recientemente, en un archivo oral sobre la experiencia del terrorismo de Estado trabajamos sin considerar incluir testimonios de ex soldados o de sus familiares, pero, en cambio, les preguntamos a nuestros entrevistados –exiliados, familiares de desaparecidos, sobrevivientes de los campos de concentración, militantes– sobre su experiencia acerca de la guerra. Malvinas, en gran medida, ha sido construida como memoria de una manera vicaria.
Pero más allá de silencios y apropiaciones, bajo las más diversas formas, Malvinas late en toda la extensión del territorio argentino. En homenajes, en monumentos, en pesadillas tan interminables como los dolores generados por ausencias irreparables. Hay miríadas de memorias sobre Malvinas: alguien saludó un tren cargado de tropas hasta que se perdió de vista y se arrepiente de ese gesto vano a la luz de la derrota, otro aún camina la ruta ensanchada de una ciudad patagónica, esperando el aterrizaje de emergencia de aviones que no volverán, o siente anudada la lengua ante los acordes del Himno, en una fiesta patria, o se reprocha una solicitada firmada en el exilio, guarda diarios amarillentos y menea negativamente la cabeza preguntándose acerca de su ceguera.
Muchos miles, también, recuerdan el silencio feroz que enfrentaron y debieron guardar por su oposición a la guerra. Y hay unos pocos miles que siguen viendo como injusto que sus acciones sean cuestionadas aún hoy, y que asocian esos cuestionamientos a una palabra que les fue negada: los entonces jóvenes soldados de 1982.
Escribimos historia a partir de la duda, pero sobre todo de la insatisfacción. ¿Cuál es el origen de una y otra, en mi caso? Probablemente esa sensación de latencia de Malvinas, palpable en cantidad de registros y niveles, y su ausencia de muchos espacios de discusión pública. Me cuesta entender la urgencia que tiene en algunos lugares y para muchas personas este tema, y la forma cristalizada, anclada en el tiempo, en la que lo seguimos tratando.
La investigación también se alimenta de la indignación. Uno de los modos habituales que hay para explicar la cantidad de suicidios de ex combatientes desde el final de la guerra es atribuirlos a la sordera social frente a sus experiencias. Aquí hay un buen motivo para explicar la voluntad que orienta este libro: la convicción de que un silencio que se traduce en muertes es, básicamente, una injusticia. Y pienso que es en este otro mar argentino, el del silencio, que Malvinas vuelve a ser un archipiélago, entre otros muchos, que atravesamos tratando de dibujar una cartografía que nos permita ubicarnos en el espacio y en el tiempo.
Ramos Mejía (Buenos Aires), noviembre
de 2005 - Merlo (San Luis), enero de 2006.
Notas
1 Ex combatientes, ex soldados combatientes y veteranos son términos que refieren a quienes pasaron por la experiencia bélica en las islas. Sin embargo, como nos ocuparemos de analizar, el uso de cada uno de ellos para referirse a los participantes en la guerra respondió a un contexto histórico bien específico. Esto no obsta para que en el presente se utilicen indistintamente. En general, reservaremos el uso de veteranos para la década del noventa, ex combatientes para la del ochenta, y ex soldados para aludir genéricamente a quienes combatieron en las islas, en tanto objetos del análisis.
2 Véase al respecto Beatriz Sarlo, Tiempo pasado. Cultura de la memoria y giro subjetivo. Una discusión, Buenos Aires, Siglo XXI, 2005, p. 23: “Este libro se ocupa del pasado y la memoria de las últimas décadas. Reacciona no frente a los usos jurídicos y morales del testimonio, sino frente a sus otros usos públicos. Analiza la transformación del testimonio en un icono de la verdad o en un recurso más importante para la reconstrucción del pasado; discute la primera persona como forma privilegiada frente a discursos de los que la primera persona está ausente o desplazada”.
Primera parte La guerra (abril-junio 1982)
Capítulo 1
Jóvenes en armas
Pro patria mori, morir por el cuerpo místico político, tenía sentido, cobró sentido, cuando se consideró igual, en cuanto a valoración y consecuencias, a la muerte por la fe cristiana, por la Iglesia, o por la Tierra Santa.
Ernst Kantorowicz, Los dos cuerpos del rey.
Los jóvenes argentinos mataban y morían desde muchos años antes de la guerra de Malvinas. En defensa del Estado, como parte de movimientos emancipatorios, o víctimas de atentados y represiones, centenares de hombres y mujeres de menos de treinta años entregaron cotidianamente su vida o la arriesgaron en forma más o menos consciente antes del único enfrentamiento bélico internacional librado por la Argentina en el siglo XX. Fueron decenas de miles de jóvenes formados en este contexto los que experimentaron como combatientes la breve guerra de 1982.
Cuando el 2 de abril de ese año los argentinos amanecieron con la noticia del desembarco en las islas Malvinas (en manos británicas desde 1833) el país llevaba seis años bajo el gobierno militar. El Proceso de Reorganización Nacional había tomado el poder el 24 de marzo de 1976. El gobierno de facto, cuestionado en forma creciente tanto por su política económica como por las violaciones a los derechos humanos se ponía al frente de una reivindicación que tenía un fuerte respaldo popular, que lo tendría durante la guerra, y que sería deslegitimada con posterioridad a la derrota. Las islas Malvinas, el territorio irredento ubicado frente a las costas patagónicas, se habían transformado desde principios del siglo XX en un emblema de la nacionalidad, en un proceso de construcción orientado fundamentalmente desde el Estado.1
Los protagonistas mayoritarios de la guerra de Malvinas fueron los jóvenes conscriptos, bautizados rápidamente como “los chicos de la guerra”. ¿Quiénes eran estos jóvenes? Para comenzar a adentrarnos en la experiencia bélica y posbélica de 1982, deberemos preguntarnos en primer lugar cuál era el lugar de la juventud en la política argentina de la segunda mitad del siglo XX.
Colimbas
El servicio militar obligatorio, una vieja institución en la Argentina (se había implementado en 1904) fue un hito importante en la vida de miles de jóvenes varones argentinos: desde 1973, al llegar a sus dieciocho años (hasta ese entonces era a los veintiuno) fueron sorteados para realizar la conscripción en alguna de las tres fuerzas, pero sobre todo en el Ejército. Popularmente conocido como “colimba” (corre-limpia-barre), hacia la década del setenta –y en muchos casos, aún después– el servicio militar obligatorio era visto como un proceso bajo el cual los jóvenes “maduraban” gracias a la disciplina castrense, traducido en algunos casos en servidumbres y maltratos recurrentes que algunos episodios de la guerra de 1982 exhibieron en sus más crueles consecuencias.2
Mediante la implementación del servicio militar obligatorio se buscó dar cohesión a la nueva república, reforzar el papel del Estado e inculcar una serie de valores nacionales y sociales a los jóvenes. Desde el punto de vista simbólico, estos ciudadanos soldados eran herederos y actores de una religión cívica que construía una escala de valores en base a las virtudes militares, por ejemplo a partir de las biografías de los guerreros de la Independencia, y que contribuía a delinear la autorrepresentación de la nación.3 Estos “cultos laicos” cumplían una función pedagógica, en tanto “celebrar a aquellos ciudadanos que habían cumplido con su deber era exhortar a otros a cumplir con el suyo”.4
Si el panteón argentino estaba habitado por militares exitosos (José de San Martín es el “padre de la Patria”), la consolidación del Estado nacional, durante la segunda mitad del siglo XIX, proporcionó otros modelos a seguir: los veteranos de la guerra del Paraguay y los “expedicionarios al desierto”. Pero con la progresiva intromisión de las Fuerzas Armadas en la política, los soldados bajo bandera, integrantes de regimientos acuartelados, golpistas o leales, comenzaron a verse involucrados en distintos procesos políticos que se produjeron a partir del derrocamiento de Juan Perón, en septiembre de 1955, y que tuvieron como carácter distintivo el alejarse cada vez más de la tradición republicana declamada idealmente a la par que se declaraban directamente herederos de ésta y del imaginario patriótico que la representaba.
En el prólogo a Operación Masacre, Rodolfo Walsh relata un episodio que funciona como metáfora de la crisis que el modelo de soldado-ciudadano comenzaba a sufrir. Si para el escritor la sublevación de los generales Tanco y Valle (junio de 1956) fue una suerte de despertar a la política, la muerte que describe retrospectivamente parece un anuncio del futuro que esperaba a muchos jóvenes en el violento proceso político argentino:
Tampoco olvido que, pegado a la persiana, oí morir a un conscripto en la calle y ese hombre no dijo: “Viva la patria” sino que dijo: “No me dejen solo, hijos de puta”.
Nada más lejos del ideario patriótico que esa muerte anónima y solitaria. Nada más alegórico, al mismo tiempo, de un Estado que comenzaba a volverse contra sus ciudadanos.
Esta reorientación de sus funciones se debía a la Doctrina de Seguridad Nacional, que asignaba a las Fuerzas Armadas y de Seguridad el carácter de policía interna en el enfrentamiento ideológico que los analistas y planificadores señalaban como característico de la política de la Guerra Fría.5
Un militante de la Juventud Peronista que hizo el servicio militar entre 1974 y 1975 en el Regimiento 3 de La Tablada (una unidad que combatió en Malvinas) recuerda que un subteniente los reunió para explicarles que ya no les darían cierta parte del entrenamiento (aquella relativa al combate urbano y manejo de armas pesadas), puesto que “luego lo usaban contra ellos”. Al mismo tiempo, “veía cómo cambiaban las cosas dentro del Ejército. Los pocos oficiales dentro del Ejército que eran de la Triple A se iban ensoberbeciendo, empezaban a operar... veía cómo afilaban en el cuero el cuchillo para la degollina”.6
Desde el año 1973, las organizaciones armadas –el ERP en particular, pero también los Montoneros con posterioridad a 1974– adoptaron como parte de su práctica militar los asaltos a cuarteles. Cuando el 23 de diciembre de 1975 el ERP fue masacrado en su ataque a Monte Chingolo, la memoria de muchos ya atesoraba los recuerdos de los intentos de copamiento, entre otros, del Comando de Sanidad (1973), Azul (1974) o el Regimiento Nº 29 de Infantería de Monte (1975).7
Miles de adolescentes y jóvenes bajo bandera vivieron en ese clima de enfrentamiento bajo la amenaza de los ataques guerrilleros, cuando no participaron directamente de los enfrentamientos.8 Dalmiro Bustos, padre de un soldado en Malvinas, señala esta situación:
Nuestros hijos pasaron junto con nosotros por el tremendo clima de la subversión. Fue lo más próximo a una guerra que hemos sufrido. En esa época los muchachos tenían unos catorce años, y no fueron protagonistas de esa situación. Fuera de esa situación, la Argentina desconocía la guerra. Dentro de nuestros hogares, a pesar de las diferencias lógicas de posturas y costumbres, nuestros hijos no habían salido aún de nuestra tutela protectora.9
Durante su servicio militar, los jóvenes podían ser víctimas de la guerrilla en una rutinaria operación de control –como Guillermo Félix Dimitri, el conscripto que murió en un tiroteo con Ana María González, la buscadísima autora del atentado contra Cesáreo Cardozo en 1976– o en combates abiertos, como en el caso de los copamientos a cuarteles. Y en el marco de la represión ilegal más de ciento veinte de ellos fueron secuestrados durante su servicio militar,10 como recuerda un ex conscripto que realizó su servicio en Campo de Mayo entre 1976 y 1977:
El sargento Salgado (...) aprovechó una formación para recomendarnos que fuéramos buenos soldados, que nos portáramos bien para que no nos pasara lo que a Parada “... que ahora le está cantando a los angelitos” (...) Aunque desde el momento en que vi cómo Parada era llevado del brazo y obligado a subir a una camioneta y más aún con lo que sucedió en días posteriores tuve la sensación de que era víctima de una acción represiva, en ningún momento se me ocurrió que podía hacer algo por evitarla. Con el paso de los años, mi convicción se ha mantenido inalterada. En las circunstancias en las que nos encontrábamos, ni yo ni mis compañeros podríamos haber hecho nada eficaz para evitar la desaparición de Parada.11
El servicio militar representaba una dura prueba para muchos de los que debieron hacerlo. El mismo ex conscripto señala que “al atardecer del primer día pensaba que me haría desertor y me fugaría al extranjero. No tenía novia ni una pareja estable que pudiera retenerme, mis padres eran relativamente jóvenes y se valían por sí mismos y no creía poder soportar cerca de doce meses en esas condiciones; cualquier cosa era preferible a ese lugar absurdo y ridículo en el que me encontraba y donde reinaba la más absoluta arbitrariedad”.12
Los colimbas participaban de controles, apoyo a operativos y custodia en fábricas. Así sucedió, por ejemplo, en grandes establecimientos industriales como Ford o Astarsa, en la zona Norte, o los astilleros Río Santiago, en la zona Sur, donde los conscriptos permanecieron meses vigilando las plantas y controlando al personal, y participaron en detenciones masivas en los días iniciales del golpe de 1976.
Además de la amenaza latente de los ataques de la guerrilla, convivían con indicios más o menos claros de la represión ilegal. En 1978 Marcelo Schapces, durante su conscripción en Campo de Mayo, conoció a “dos o tres suboficiales (...) que habían estado en Tucumán en el operativo Independencia” y que hablaban de su experiencia.13 Por otra parte, el joven testigo de la desaparición de su compañero de conscripción recuerda que un suboficial, Víctor Ibáñez,14 se franqueó con él:
–La verdad es que estoy repodrido de estar allá, en Plaza de Tiro –se refería al polígono que se hallaba a unos dos kilómetros de la compañía.
–¿Por qué? –pregunté yo.
–Es muy jodido, allá hay tipos detenidos, prisioneros...
–¿Ah sí? –fue mi poco expresiva respuesta.
–Sí, y los tipos están encadenados y encapuchados todo el tiempo. Es una porquería, a veces se cagan o se mean encima...
–¿Sí? ¿Y también hay mujeres?
–Hay hombres y mujeres.
–¿Y también las minas están... encapuchadas?
–Sí.
–Qué jodido... ¿y vos tenés que vigilarlos?
–Sí, en realidad, más que vigilarlos, prepararles algo de comida y darles de comer casi sin sacarles la capucha.
–Qué jodido... –el tono de mi comentario no connotaba ninguna desaprobación, sino más bien una cierta solidaridad ante alguien que tuviera que hacer algo meramente desagradable.
En medio de los bostezos de la hora de la siesta la conversación tomó otro rumbo. En realidad, sólo recuerdo este fragmento a través del cual por primera vez tuve conocimiento de que existían campos de detención que con el tiempo se calificarían de “clandestinos”, donde alojaban a los que después se denominarían “detenidos-desaparecidos” y que un sitio tan macabro se hallaba a menos de dos kilómetros de donde estábamos.15
En otras ocasiones, como le sucedió a Javier Saubiette, las vinculaciones con la represión eran mucho más directas:
Un amigo mío cumplió el servicio militar en Ejército, en Campo de Mayo. Le contó en 1978 a mi vieja que allí, cuando hacían las guardias, veían los helicópteros bajar a un edificio gigante. Al preguntar qué era esa edificación le contestaron “es el hotel”. Ahí tenían a los secuestrados. Es decir: todo lo veían los chicos del servicio militar, los colimbas. Una mezcla de impunidad e impericia (...) Me acuerdo de un día. Comían un asado, durante una guardia. Sabían que mi hermano estaba desaparecido y decían que los desaparecidos “son gente que se ha ido del país, unos pocos están muertos en combate”. Yo salté: “¿Cómo? Mi hermano desapareció y de acá mismo”. “Bueno”, replicaron, “es un caso” y lo repetían, lo repetían.16
Asociados a la experiencia de la colimba había una gran cantidad de episodios vinculados a las prácticas militares de disciplina y formación, que muchas veces adquirían la forma de tratos humillantes. Edgardo Esteban, un periodista que en 1982 combatió en las Malvinas recuerda muy críticamente su experiencia del servicio militar obligatorio:
En 1981 efectué el servicio militar en Paracaidismo, algo que yo quería hacer. Vi que en vez de servir a la patria terminabas siendo sirviente de los oficiales o suboficiales de turno. Racionalmente no se puede comprender el maltrato que ejercían sobre los soldados, llevarte a los cardales y hasta agarrar los cardos con las manos, andar como una cabra clavándote piedras en los testículos... Te preguntabas, ¿qué hice yo para merecer esto? Yo tenía diecinueve años; ¿qué habíamos hecho para ser castigados con esa brutalidad? (...) Había terminado el secundario (bachillerato) y quería huir de mi vida de entonces. Nada me podía hacer suponer que esa “huida” iba a ser tan larga. Fui un buen soldado, y en la colimba no hay que ser bueno: hay que ser vivo. Yo servía a las estructuras de ellos, era dócil. Ellos tenían unas soberbia de poder absoluta y total. Oficiales jóvenes trataban a un cabo como basura. Yo me preguntaba por qué. Trataba de entender esas torturas físicas y psicológicas que realizaban. Con temperaturas bajo cero llevarnos a los baños a limpiar obsesivamente los azulejos. Flexiones de brazos en terreno escarpado. Parecía que querían demostrarnos que éramos dóciles animalitos al servicio de sus caprichos. Buscaban lastimarnos. Se emborrachaban, se enfurecían cuando perdían un partido de cartas, te basureaban de una manera salvaje hasta que te necesitaban. Entonces olvidaban el maltrato. Los soldados éramos sirvientes de estos tipos, que se habían metido en la carrera militar por falta de un proyecto personal de futuro. Eran como castas, los oficiales, los suboficiales. Yo llegué en una etapa de final para ellos. Se venía abajo el poder militar.17
¿Qué se sabía de estas vejaciones antes del ingreso al cuartel? El folklore acerca del servicio militar obligatorio incluía gran cantidad de estos relatos. Sin embargo Esteban, como muchos otros, piensa que la colimba era algo que “quería hacer”.Y Marcelo, a quien ya citamos, tras evocar la sensación de aislamiento que le produjo el servicio militar y compartir valoraciones como las de Esteban acerca de sus superiores, recuerda el sufrimiento de vejaciones por su religión (“a vos te toca la guardia de Navidad porque total sos judío”) pero aun así valora positivamente el servicio militar porque “fue una experiencia copada desde lo físico (...) Una experiencia de supervivencia, desde lo moral, desde lo físico”.18
La disciplina tenía mucho librado a la arbitrariedad e imaginación de los encargados de hacerla cumplir. Los castigos físicos, las exhibiciones ridículas, eran parte del repertorio de la “justicia militar” ante faltas a la disciplina. Este esquema, como surgió de las denuncias que florecieron en junio de 1982, fue trasladado a las islas Malvinas durante la guerra:
También por esos días, después de un “baile” propinando por el suboficial responsable de Automotores, alrededor de diez soldados terminaron mojados al revolcarse en unos charcos producidos por la lluvia. La solución que encontró el suboficial consistió en ordenar que se suban a los tres o cuatro plátanos que se hallaban frente a la compañía hasta secarse (...) En alguna oportunidad llegué a presenciar unos soldados que, como castigo, eran estaqueados más o menos como en la época de Martín Fierro.19
Aun en este contexto, conviene no perder de vista que para muchos jóvenes el servicio militar obligatorio representaba una posibilidad real de inclusión social. Oscar Poltronieri, el soldado más condecorado en la guerra de Malvinas, lo recuerda de este modo:
Yo estuve un año haciendo el servicio militar y en el cuartel aprendí muchas cosas. Yo no sabía leer ni escribir y ahí me llevaron al colegio. A mí me gustaba con locura porque yo me hubiera podido salvar del servicio militar y no quise.20
Guillermo Huircapán, soldado del Regimiento de Infantería 25, señala como una particularidad que en su sección (45 personas) “casi todos teníamos el secundario completo, algunos incluso habían cursado unos años en la universidad. Por eso nos llevábamos bien y teníamos cierta capacidad para analizar las cosas, cosa que en la mayoría de las otras secciones no ocurría porque había muchachos que no sabían leer ni escribir”.21
Este último era el panorama más frecuente en los regimientos asentados en las zonas más pobres del país, y la modalidad de reclutamiento regional acentuaba tales contrastes. Así, un teniente 1º que combatió en las filas del Regimiento de Infantería Nº 5,22 al elevar un informe a sus superiores finalizada la guerra, consigna que “el 80% de su compañía eran analfabetos” y que en consecuencia proponía tener en cuenta la “no conveniencia de realizar incorporaciones regionales que produce un gran desequilibrio de nivel educacional entre las unidades (...) La incorporación de soldados con cierto grado de desnutrición que ante la disminución de calorías en la alimentación no contaban con las defensas suficientes y necesarias”.23
Revolucionarios
Algunos jóvenes comenzaron a participar en organizaciones políticas que le disputaron el monopolio de la fuerza al Estado, y que en ese proceso se apropiaron o resignificaron muchos de sus símbolos.24 La radicalización de la juventud fue un fenómeno que conmovió profundamente a las Fuerzas Armadas, encargadas tanto de “formarla” como de combatirla en sus aspectos más extremos.
En algunos casos, los jóvenes militantes fundamentaron su opción en la misma formación que el Estado les había impartido. El 28 de septiembre de 1966, durante el gobierno de facto de Juan Carlos Onganía, un grupo nacionalista secuestró un avión de Aerolíneas Argentinas que iba a Río Gallegos y lo desvió a las islas Malvinas, aterrizó en Puerto Stanley e izó la bandera nacional, en lo que se conoce como Operación Cóndor. El periodista Héctor Ricardo García recuerda que “un mes antes [Dardo] Cabo, jefe de la acción, reúne a 16 jóvenes cuyas edades oscilan entre 18 y 31 años, y comienza a prepararlos para el operativo. Primero, explicando lo que se hará, luego por qué, más tarde cómo. Y finalmente, lo más difícil: a lo que se expondrán. La cárcel es el tema número uno (...) Pero lo real es que todos estaban dispuestos a terminar en ella. Sin rencores y sin temores. Pese a su juventud promedio (el mayor tiene 31 años) no temen pasar varios años entre rejas, pues creen que su causa es más que justa, y que están colaborando en algo netamente argentinista”.25
Los jóvenes, entre quienes militaba una mujer, estaban vinculados al nacionalismo de derecha y al peronismo, y eran estudiantes y obreros, la mayoría relacionados con la Unión Obrera Metalúrgica. En su “Declaración” publicada por la revista Así meses después, reivindicaban su condición de “cristianos, argentinos y jóvenes”, pertenecientes a “una generación que (...) asume sin titubeos la responsabilidad de mantener bien alto el pabellón azul y blanco de los argentinos” y que “prefiere los hechos a las palabras”.
Esa responsabilidad la concretaron tomando la posta del Ejército en la defensa de la soberanía nacional, porque la instrucción que habían recibido los habilitaba para ello:
La responsabilidad de nuestra soberanía nacional siempre fue soportada por nuestras Fuerzas Armadas. Hoy consideramos le corresponden a los civiles en su condición de ex soldados de la Nación demostrar que lo aprendido en su paso por la vida militar ha calado hondo en sus espíritus pues creemos en una patria justa, libre y soberana (...) En nombre de todos cuantos habitan nuestro suelo y en especial la juventud argentina, o concretamos nuestro futuro, o moriremos con el pasado.26
Por último, las organizaciones armadas surgidas en las décadas del sesenta y setenta, por sus mismas características operativas, destinaron un lugar central a la formación militar, y a la vez se nutrieron y estimularon los aspectos propagandísticos vinculados a las virtudes militares leídas en clave revolucionaria.27 El PRT-ERP, por ejemplo, instituyó el 22 de agosto como el “Día del combatiente revolucionario”, en homenaje a sus militantes asesinados como represalia del intento de fuga de Trelew (1972). El número homenaje del Estrella Roja, publicado en el primer aniversario de la matanza, incluye semblanzas biográficas de los caídos en los que las menciones al cumplimiento del deber, la entrega de la vida y el sacrificio, tienen inmediatas resonancias con los calificativos empleados para hablar tanto de los revolucionarios como de los guerreros de la Independencia.
Carlos Astudillo, por ejemplo, “era simplemente un santiagueño bueno y sencillo, un muchacho que amaba a su patria y a su pueblo y un hombre que empuñó las armas porque no podía soportar que los patrones de adentro y de afuera sigan engordando con el sudor y la sangre de nuestros hermanos”. Mario Delfino “murió primero porque era uno de los mejores”.28
Vísperas
No deja de ser un elemento para mencionar que tres de las películas que abrieron la dictadura militar como tema de debate al gran público durante los años de la transición a la democracia tengan como espacio privilegiado a la escuela. Tanto La noche de los lápices (Olivera, 1986) como Los chicos de la guerra (Kamin, 1984) y La historia oficial (Puenzo, 1985) tienen una mirada muy crítica a las aulas, desde distintas perspectivas, pero enfatizando en los tres casos el carácter represivo y seudo militar del sistema educativo. Los jóvenes que transitaron la escuela secundaria en los años de la dictadura vivieron una experiencia teñida por el hecho de que el gobierno de facto veía en ellos tanto posibles subversivos como el futuro de la Nación.
Aquellos combatientes en Malvinas que pudieron hacerlo, por su edad, cursaron su escuela secundaria a partir de 1976, es decir, el mismo año del golpe militar. Y aunque miles de ellos ni siquiera habían terminado la escuela primaria, es importante destacar el clima cultural en relación con la juventud en el que crecieron. Algunas de las características más represivas de la escuela se exacerbaron, pero otras, de más larga data, continuaron funcionando como lo hacían desde principios de siglo. A finales del siglo XIX, sectores de las elites “preocupados por la formación de la nacionalidad” asignaron a la escuela un lugar central en este proceso, puesto que “para ellos la defensa de la integridad de la patria se convertía en una demanda fundamental, superior a la de los intereses individuales, de modo que los lazos que ligaban a los individuos debían asentarse en una moral patriótica que garantizara su actitud de entrega a la nación”.29
En relación con este punto, Rosana Guber reconstruyó en forma muy completa el lugar que la ocupación británica de las islas Malvinas ocupó en ese proceso, sobre todo a partir de la década de 1930. Los testimonios acerca de un sentimiento de algún tipo en relación con las islas Malvinas antes de 1982 son recurrentes: pasan por la reivindicación territorial, y el espacio central de su construcción fue la escuela:
Cuando estaba en 5° grado tenía una maestra que me hablaba mucho de las Malvinas. Empecé a tenerles una bronca terrible a los ingleses, por eso cuando fui a las islas me dio una gran alegría. Pensé en la Patria y no en los tiros, ésa es la verdad.30
Martín Balza, que combatió en Malvinas como teniente coronel y fue Jefe de Estado Mayor del Ejército en la década del noventa, recuerda que
“Las Malvinas son argentinas”, repetía la maestra allá en la escuelita de Salto, mi pueblo natal. En ese momento no comprendía el verdadero significado de esas palabras. Sin embargo, fueron forjando en mí un sentimiento difícil de explicar que, sin duda, compartimos la gran mayoría de los argentinos. La Escarapela, la bandera, el Himno y la imagen de Malvinas, en un marco de guardapolvos blancos, son símbolos que se arraigaron profundamente en el corazón de muchas generaciones.31
En resumen, la sociedad argentina de los años setenta y ochenta, además de tener incorporada la guerra en su vocabulario cotidiano, era un colectivo habituado a la muerte y a la violencia políticas, que a la vez tenían a los jóvenes como uno de sus actores principales. Una visión dominante establecía que esta última estaba originada en la “subversión” y el “terrorismo”, pero frente a estos hechos, desatados por “jóvenes descarriados”,32 la propaganda oficial podía oponer otra juventud como modelo, que en gran medida se nutría de virtudes militares. Un manual de Instrucción Cívica sostenía que
Se necesitan muchachos
de cuerpo robusto y alma sana
con ideas claras, sentimientos nobles
y voluntad firme.
Leales y generosos; puros y sinceros
respetuosos de sí mismos y de los demás
resueltos a capacitarse
para construir un mundo mejor
y una Patria más gloriosa [...]
La Patria necesita de esos muchachos
y los necesita con urgencia.33
La probabilidad de una guerra con Chile fue un episodio que retrospectivamente puede ser visto como un adelanto de las imágenes que poblarían la prensa argentina entre abril y junio de 1982: movilizaciones de tropas, solidaridad con los soldados, ansiedad y, sobre todo, una posibilidad de imaginar una Argentina unida. A finales de 1976 fue el primero de los incidentes entre las dictaduras chilena y argentina, y produjo un vuelo solidario de personalidades públicas a la zona en litigio:34
Nosotros. Los pasajeros del avión escucharon esa palabra miles de veces el sábado 23 de diciembre. En boca de los soldados que corrían a pedirles autógrafos (“... nosotros somos”). En boca de los oficiales que se sentaron junto a ellos y a los soldados (“Porque nosotros estamos...”). En boca de los mozos conscriptos que se acercaron con las bandejas con empanadas y locro (“Lo hicimos nosotros, los soldados de Jujuy que estamos en Río Grande). En boca de los choferes (“Nosotros le vamos a llevar la comida a los muchachos que están en los puestos de avanzada...”). Nosotros. Siempre nosotros (...) Al caer la noche a más de 3500 km de Buenos Aires, el soldado Jorge Washington Miranday, riojano, de 18 años, estaba nuevamente de guardia en el puesto número..., en algún lugar al Norte de Río Grande. Cerca de su ametralladora descansaba su tesoro: una libreta negra, con más de cien páginas firmadas, autografiadas. Además, revelada de urgencia en el laboratorio del batallón, había una foto. A esta altura, después de casi una semana, la foto está un poco ajada. Pero todavía se puede ver. Muestra a Silvana Suárez, Miss Mundo, birome en mano, firmando un autógrafo en una libreta de tapas negras. A su lado, fusil al hombro, un soldado sonríe con timidez.35
Frente a la escalada bélica, era posible imaginar la apelación a los valores presentes en algunos sectores de la juventud, aquellos orientados por los valores patrióticos. Como en tantas otras ocasiones de la historia, la inminencia de la guerra podía ser vista como una posibilidad de regeneración y reencuentro:
La Juventud Argentina, no puede permanecer indiferente (...) Muchos sectores de la juventud de hoy, amansada en los comités demagógicos o narcotizada con los triunfos efímeros del deporte, no concurre ante las grandes convocatorias de la Nación, pero no nos desalentamos. Como en el pasado, se hará presente si la Patria la llama.
Nuestro deber ahora es despertarla y enseñarle los problemas que nos afligen. No la llamamos a empuñar las armas. Ya llegará la hora y ojalá no llegue nunca el momento de hacerlo. Por ahora la llamamos para que participe en las maniobras pacíficas de la democracia.
Sabemos que el laudo es nulo y así debe declararlo el gobierno, pero sabemos también que esa resolución categórica y energética, no abrirá los caminos de la lucha armada, sino de las negociaciones decorosas y fraternales. Si así no fuera los argentinos no tendremos la culpa.
La Juventud Argentina quiere la Paz, pero no queremos una paz a cualquier precio. Es por eso que hago un llamado desde la tribuna a la juventud chilena.
No queremos encontrarnos frente a frente en los campos de batalla, sino juntos, en las mismas legiones libertadoras, como un Chacabuco y Maipú, frente al enemigo común: el comunismo.
No queremos enfrentarnos en los combates sangrientos, sino encontrarnos en el ágora de la defensa de los derechos humanos y en las asambleas libres de la democracia.
Si así no ocurre la culpa no será nuestra. Lucharemos como siempre defendiendo el territorio, los mares, los cielos y el honor de la República.36
En la arenga aparecen sintetizados los elementos que hemos venido describiendo: un fuerte imaginario patriótico, el lugar central que la sociedad asignaba a la juventud (obviamente, cuando ésta cumplía con determinadas características) y la noción de que el verdadero conflicto es el ideológico materializado en el enfrentamiento Occidente Cristiano-Comunismo, que había orientado la formación de las Fuerzas Armadas.
Con el desembarco en las islas Malvinas la sociedad argentina, en el otoño de 1982, recibía una nueva posibilidad de unirse frente a un objetivo común. Los protagonistas serían los jóvenes argentinos bajo bandera, los mismos que habían participado en la “lucha contra la subversión” y que “estaban haciendo guardia”, como rezaba una publicidad de diciembre de 1975, “para que usted y su familia puedan celebrar en Paz”.37 Otra vez sonaba la hora de la juventud. Nuevamente en un escenario académico, estas fueron las palabras de asunción de rector del Colegio Nacional de Buenos Aires en mayo de 1982:
Señores ex alumnos que están luchando por la Patria en las islas Malvinas, Georgias y Sandwich del Sur, y en los mares del Atlántico que bañan nuestras costas:
Sepan que el histórico Colegio Nacional de Buenos Aires, el Colegio de la Patria, siente orgullo de todos ustedes porque pelean por una causa justa.
Estamos seguros que defenderán el suelo argentino como lo hicieron nuestros mayores.
Esperamos el regreso para cuando el adversario reconozca la legitimidad de nuestros derechos.
Si alguno cae para siempre, ¡Dios no lo quiera!, el Colegio sentirá la sana envidia de saberlos reunidos con los grandes héroes de la Independencia.
¡Viva la Patria!38
Notas
1 Como señalamos en la Introducción, este libro se ocupa fundamentalmente de los sentidos otorgados a la experiencia bélica de Malvinas, es decir, a un aspecto particular de las relaciones entre el imaginario colectivo y las islas Malvinas conformado luego de la guerra. Rosana Guber ha analizado la construcción de las islas Malvinas como un espacio irredento para explicar su influencia en la identidad nacional de los argentinos. Al respecto véase: ¿Por qué Malvinas?: de la causa nacional a la guerra absurda, Buenos Aires, FCE, 2001. El libro ha logrado eludir un aspecto recurrente en los estudios sobre la guerra de 1982, como es el de reducir la acción militar exclusivamente a una mera necesidad política, y explicar qué es lo que llevó a los dictadores, en el marco de una crisis de esas características, a apelar a la recuperación de las islas australes.
2 En 1994, en un cuartel de la provincia patagónica de Neuquén, apareció el cadáver del soldado conscripto Omar Carrasco. Las investigaciones posteriores demostraron que había sido dejado agonizante allí luego de una golpiza sufrida a manos de un oficial y algunos de sus compañeros. Este incidente motivó que en junio de ese mismo año, por un decreto presidencial, el servicio militar dejara de ser obligatorio. Una excelente descripción literaria de las condiciones de vida de los ciudadanos durante la conscripción a finales de la década del sesenta es la novela de Guillermo Saccomano Bajo Bandera, Buenos Aires, Planeta, 1991.
3 George Mosse, Fallen Soldiers. Reshaping the Memory of the World Wars, Londres, Oxford University Press, 1990, p. 105.
4 Antoine Prost, “Monuments to the Dead”, en Pierre Nora (dir.), Realms of Memory. The Construction of the French Past, Nueva York, Columbia University Press, 1996-1997, Volumen II, “Traditions”, p. 329.
5 Ariel Armony, La Argentina, los Estados Unidos y la cruzada anticomunista en América Central, 1977-1984, Bernal, Universidad Nacional de Quilmes, 1999, pp. 34 y ss.
6 Entrevista a Juan Salinas, Asociación Civil Memoria Abierta. 6 y 11 de noviembre de 2002.
7 El libro de Gustavo Plis-Sterenberg Monte Chingolo. La mayor batalla de la guerrilla argentina, Buenos Aires, Planeta, 2003, reconstruye minuciosamente la mayor de estas operaciones armadas.
8 En Monte Chingolo, por ejemplo, murieron cuatro conscriptos y fueron heridos quince. Durante los bombardeos a Plaza de Mayo, en junio de 1955, murieron diez conscriptos. En el ataque montonero al cuartel de Formosa murieron diez conscriptos.
9 Dalmiro M. Bustos, El otro frente de la guerra. Los padres de las Malvinas, Buenos Aires, Ramos Americana Editora, 1982, pp. 57-58.
10 El libro de José Luis D’Andrea Mohr, El Escuadrón perdido, Planeta, Buenos Aires, 1998, registra 128 casos de desapariciones de jóvenes producidas mientras realizaban su servicio militar. Por parte de la fuerza éstas eran tramitadas como “deserciones”.
11 Guillermo Obiols, La memoria del soldado. Campo de Mayo (1976-1977), Buenos Aires, Eudeba, 2003, pp. 98-100.
12 Ibíd., p. 50.
13 Entrevista a Marcelo Schapces, Asociación Civil Memoria Abierta. 18 de noviembre de 2002.
14 Ibáñez protagonizó, a mediados de los años noventa, una saga televisiva a partir de su “arrepentimiento y confesión”.
15 Guillermo Obiols, La memoria del soldado…, op. cit., pp. 124- 125.
16 Susana Falcón, 20 años. Memorias de la impunidad y el olvido. Argentina 1976/1996, Sevilla, Organización Nacional de Ciegos de España, 1996, pp.162-163.
17 Ibíd., pp. 109-111.
18 Entrevista a Marcelo Schapces, Asociación Civil Memoria Abierta. 18 de noviembre de 2002.
19 Guillermo Obiols, La memoria del soldado…, op. cit., pp. 82- 83.
20 En Graciela Speranza y Fernando Cittadini, Partes de guerra. Malvinas 1982, Buenos Aires, Edhasa, 2005, p. 23.
21 Ibíd., p. 22.
22 Este regimiento tuvo su asiento en la isla Gran Malvina. Prácticamente librado a sus propias fuerzas debido a la superioridad aérea y naval británica, padeció severas restricciones alimentarias.
23 Fondo Luis Moreno Ocampo. Archivo de la Asociación Civil Memoria Abierta.
24 La superposición simbólica llegó a instancias insospechadas. En septiembre de 1976, en pleno embate represivo sobre sus cuadros, los Montoneros difundieron la Carta de un oficial del Ejército Montonero al General Carlos Alberto Salas, Presidente del Instituto Nacional Sanmartiniano:
“Señor General: Mensajes como el suyo del 17 de agosto desentonan gratamente con el coro de consignas tan fáciles como falsas, con que a diario se intenta aturdir y embrutecer a nuestro pueblo, simplificando lo que es complejo y embarullando lo que es claro (...) Este sistema corrompido, los militares indecentes que secuestran, torturan, violan, mutilan y matan prisioneros inermes en defensa de los negocios del General López Aufranc, presidente de Acindar, ya no pueden sostenerse, por más baños de sangre con que pretendan ahogar el clamor de todo un pueblo. Porque además, contra este sistema fundado en la negación de todos los valores que San Martín consagró con su vida ejemplar, insurge hoy una fuerza organizada.
Si ellos son hijos de Canning, de Rivadavia, de Mitre, de Sarmiento, de Roca, de Justo o de Braden, nosotros lo somos de Rosas, de Dorrego, del Chacho, de Felipe Varela, de Scalabrini Ortiz, de Perón. Y hemos aprendido con Evita que sólo la fuerza del pueblo organizado podrá derrotar a la fuerza de la antipatria.
¿A cuál se parece el ejército que San Martín organizó en el Plumerillo para llevar a Chile la Guerra, ‘vestidos con bayeta o en pelotas como nuestros paisanos los indios’, con armas rudimentarias fabricadas por el cura Beltrán, llevando a lomo de mula hasta el forraje para los caballos a través de la cordillera?
¿Al ejército cipayo que se entrena en Washington y dispone de todos los medios económicos para llevar a cabo una sucia guerra de exterminio? ¿O a este Ejército Montonero que estamos construyendo, improvisando soldados con abogados como Belgrano y con trabajadores explotados como los que guerrearon desde San Lorenzo hasta Ayacucho, sin más plata que la que hemos sabido conseguir jugándonos la vida, sin otras armas que las que podemos recuperar de los cuarteles y comisarías o de las que fabricamos con tecnología argentina y capital argentino expropiado a monopolios extranjeros?
Creemos como Usted, general, que la unidad nacional es un bien precioso a cuyo logro no deben escatimarse esfuerzos ni sacrificios (...) Es seguro que existen, ente usted y nosotros, distintas apreciaciones, sobre éstos y otro asuntos. Pero es un deber de hidalguía militar reconocer en sus palabras del 17 de agosto una buena fe, una limpieza de propósitos dignos de encomio. Los hombres como Usted siempre tienen un lugar disponible a nuestro lado, en este nuevo Ejército que estamos creando de la nada, como lo tuvo que hacer San Martín, para construir una nueva Patria, grande, potente, generosa, como la que alentó en los sueños el Libertador” (citado en Roberto Baschetti, Documentos 1976-1977. Golpe militar y resistencia popular, La Plata, De La Campana, 2001, p. 226).
Esto no fue privativo de los grupos vinculados al peronismo: El Ejército Revolucionario del Pueblo adoptó para su bandera la misma disposición y colores que la bandera del Ejército de los Andes, sólo que la estrella roja de cinco puntas reemplazaba al escudo nacional. Algunos de los atacantes al cuartel de Monte Chingolo se agruparon en el Batallón Urbano “José de San Martín”.
25 Citado en Eduardo Anguita y Martín Caparrós, La voluntad. Una historia de la militancia revolucionaria en la Argentina 1966-1973, Buenos Aires, Norma, 1997, Tomo I, p. 94.
26 Citado en Rosana Guber, “1966: La otra Operación Cóndor”, en Todo es Historia, Nº 417, abril de 2002, p. 22. Mi subrayado.
27 Para la mayoría de sus críticos, ésta fue la clave de su derrota. Véase por ejemplo: Pilar Calveiro, Política y/o violencia. Una aproximación a la guerrilla de los años 70, Buenos Aires, Norma, 2005.
28 Todas las citas en Estrella Roja, N° 23, 15 de agosto de 1973, en Daniel De Santis (selección), A vencer o morir. PRT-ERP. Documentos, Buenos Aires, Eudeba, 1998.
29 Lilia Ana Bertoni, Patriotas, cosmopolitas y nacionalistas. La construcción de la nacionalidad argentina a fines del siglo XIX, Buenos Aires, FCE, 2001, pp. 216-217.
30 Adrián Bravo, ex combatiente, citado en Jorge Grecco y Gustavo González, Argentina: el Ejército que tenemos, Buenos Aires, Sudamericana, 1990, p. 153.
31 Clarín, 2 de abril de 1997.
32 En junio de 1976, Ana María González, una joven montonera, colocó una bomba bajo la cama del jefe de la Policía Federal y lo mató. El modo en que se había infiltrado –fingiendo amistad con una de las hijas del militar asesinado– dio pie para que la propaganda construyera una imagen de la juventud que se volcaba a la subversión en términos alarmantes (González tenía 19 años). Uno de los nudos de esta caracterización era señalar a los jóvenes como carentes de ideales y espíritu de sacrificio, “arruinados” por unos padres que les daban todo. En particular quien se especializó en esta versión fue el conocido periodista Bernardo Neustadt, que publicó un artículo llamado “¿Se preguntó cuántas Ana María González hay?”. Poco después, la prensa controlada por el régimen daba a publicidad versiones alarmantes acerca de la “penetración subversiva en el ámbito educativo”. Ana María González murió luego de un enfrentamiento con las fuerzas de seguridad un año después.
33 Teófilo De María, Organización institucional y política Argentina vigente durante el Proceso de Reorganización Nacional. Auxiliar didáctico complementario de “Instrucción Cívica”, Buenos Aires, Ediciones Civismo, 1981, p. 4.
34 La tradición de los charter como práctica política en la historia argentina, desde el vuelo de retorno de Perón, a la propuesta de Bayer de cargar un avión con exiliados y aterrizar en Ezeiza para realizar una denuncia internacional, para llegar al vuelo de notables a Malvinas y el “tren de la anticumbre” de 2005, debería ser motivo de reflexión.
35 Gente N° 701, diciembre de 1976.
36 En Isaac Francisco Rojas, La Argentina en el Beagle y Atlántico Sur, Buenos Aires, Diagraf, 1978, pp. 124-125.
37 Eduardo Blaustein y Martín Zubieta, Decíamos ayer. La prensa argentina bajo el Proceso, Buenos Aires, Colihue, 1998, p. 222.
38 Colegio Nacional de Buenos Aires, Discurso pronunciado por el Doctor Alfredo de Las Carreras al asumir el cargo de rector del Colegio Nacional de Buenos Aires, p. 14.
Capítulo 2
Movilizaciones
Salimos temprano de Neuquén, en un ómnibus todo destartalado, indigno de la acción patriótica que nos había encomendado el general Perón. Íbamos a jugarles un partido de fútbol a los ingleses de las Falklands y ellos se comprometían a que si les ganábamos, las islas pasarían a llamarse Malvinas para siempre y en todos los mapas del mundo. La nuestra era, creíamos, una misión patriótica que quedaría para siempre en los libros de Historia y allí íbamos, jubilosos y cantando entre montañas y bosques de tarjeta postal.
Osvaldo Soriano, Cuentos de los años felices.
Reacciones
La cuestión del apoyo al desembarco en las islas Malvinas tiñe buena parte de las numerosas lecturas e interpretaciones en torno al conflicto. El fracaso en la guerra, el descrédito de la Junta Militar y sus crímenes bastaron para reducir la explicación del amplio respaldo que tuvo el episodio (sobre todo, el acompañamiento solidario –aunque con matices– a sus principales protagonistas, los soldados) a dos cuestiones principales y que permitirían agotar las especificidad de Malvinas como objeto de análisis: un reclamo territorial fuertemente arraigado a lo largo de generaciones de argentinos escolarizados, combinado con la necesidad política de crear consenso por parte de una dictadura militar desprestigiada.
De este modo, la movilización en torno a la guerra se restringe pura y exclusivamente al respaldo al desembarco del 2 de abril, y éste a un gesto automático de una masa nacionalista frente al estímulo de un general borracho y torpe que supo qué cuerdas pulsar para ponerlos a danzar en una plaza que les estaba vedada hasta hacía unos días.1 Estas lecturas, que tienen una base muy extendida, son juicios ex post que miden el respaldo a la guerra desde sus efectos y consecuencias, y no desde sus orígenes.2
Aquí no nos detendremos en la construcción de Malvinas como símbolo nacional, en tanto ha sido objeto de importantes estudios recientes.3 Nos ocuparemos, más bien, de otros sentidos otorgados al contexto político creado por el desembarco y la efímera recuperación del territorio insular. ¿Qué otras cuestiones puso en juego el operativo militar del 2 de abril? Probablemente arroje algo de luz a esta cuestión analizar los recuerdos y reacciones de actores que, en aquellos años, se opusieron a la guerra, o a los que militaban más o menos abiertamente en contra de la dictadura militar y que frente al episodio debieron tomar una posición.
Ana Chávez, actualmente militante de derechos humanos, en aquellos años era una joven que transitó la guerra de un modo ingrato. No recibió el desembarco con alegría: “Yo me recuerdo como una autista (...) Me recuerdo llorando en una esquina, por las Malvinas, y una bandera que se la hubiera quemado, a los de al lado (...) Había como valores (...) La vida no era un valor, entonces estaba bien ir a reventarse por un pedazo de tierra (...) Después de esa época no volví a cantar el Himno, canto O juremos con gloria vivir”.4
Daniela Pelegrinelli, una adolescente de dieciséis años en 1982, recuerda que se oponía a la guerra, pero al mismo tiempo participó en gran cantidad de actividades de apoyo a los soldados que marchaban al frente de paso por su pueblo, en el Sur de la provincia de Buenos Aires:
Al poco tiempo de declararse la guerra de las Malvinas, comenzaron a pasar por Pringles, el pueblo donde nací, trenes repletos de soldados. Pasaban a cualquier hora, más que nada de noche. Varias asociaciones, gente voluntariosa, jóvenes, iniciaron una campaña de recolección de ropa de abrigo y alimentos y un grupo de gente –los que podían– esperaba esos trenes para darles lo que se había reunido a los soldados. Muchas noches estuve en la estación, donde nos acomodábamos en una gran habitación con cocina, y me acostumbré a pasar varias horas allí, esperando, mientras se hacía chocolate y se cortaban tortas. Cuando llegaba un tren (a veces sabíamos el horario aproximado pero nunca exacto) los soldados se bajaban, tomaban el chocolate, comían y les dábamos gorros, pullóveres y bufandas. Sin embargo, uno de los principales motivos de nuestra presencia era tomar las direcciones de sus familias para escribir en su nombre comentando que habíamos visto a su hijo, que estaba bien, etc. (...)
Yo era contraria a la guerra, me parecía una locura; además, me repugnaba ese nacionalismo oportunista que rozaba el exitismo, que la gente estuviera tan contenta con algo que a mí me parecía espantoso. Seguramente, además, me daba miedo. Pero no tenía muchos argumentos así que apelaba a los religiosos y humanistas. Tampoco tenía muchos adeptos. Con una amiga solíamos decirles a los soldados que desertaran. Hoy veo la escena: era de noche, invierno, hacía mucho frío y unos chicos apenas más grandes que yo iban a una guerra inesperada, y en un pueblo perdido de la provincia de Buenos Aires unas chicas que le daban algo caliente y algo de comer le decían que no fueran. Pobres, ¡qué pensarían! Si ya estaban jugados. ¿O no? ¿O había alguna posibilidad de parar todo eso?
Sin embargo, a pesar de nuestro rechazo hacíamos esa tarea que creíamos humanitaria y escribíamos cartas.5
La evocación de Daniela muestra algunas de las profundas contradicciones que generaron los sucesos de Malvinas. En los años de la dictadura los espacios para el disenso nunca habían sido muchos, y al mismo tiempo, el episodio, anclado en una reivindicación territorial y nacional, llamaba a otras sensibilidades y trayectorias. Luis Piaggi, tripulante de un barco mercante, recuerda que durante la navegación escuchaban las noticias de la BBC y entonces estaban preocupados por el giro de los acontecimientos. Sin embargo:
Éramos muchos que lo que queríamos era llegar a Buenos Aires e ir a pelear. Queríamos ir a Malvinas. Había otros que decían que era una locura. Yo creo que todos sabíamos que era una locura, que se había desafiado a una de las potencias más poderosas del mundo y que no estábamos en condiciones de enfrentarlos, pero había algo que vos decías... querías ir. E ir a pelear, viste, era rebelarte contra toda esa opresión que uno entendía que no era sólo del país, era como intentar devolverles un poco de lo que se estaba haciendo.6
Este testimonio inserta la guerra en ciernes en el marco más amplio de las luchas contra el imperialismo. En la controversia más famosa en la comunidad de exiliados, aquella entre un grupo de intelectuales argentinos de México y León Rozitchner, exiliado en Caracas,7 éste fue un elemento principal para justificar el apoyo: la posibilidad de separar lo que se consideraba una guerra justa de un gobierno dictatorial que los había forzado a salir del país y que ahora generaba un hecho que podía ser leído en tono netamente popular. En todo caso, a la luz de los acontecimientos posteriores, el “apoyo a Malvinas sí pero a la dictadura no” generó en muchos una dificultad para pensar ese problema:
Nosotros, desde México, habíamos sacado una declaración imperdonable que, para peor, era algo más que una declaración, era una especie de estudio que yo quise creer que no iba a ser publicado, que no había sido escrito para que se le diera difusión pública. De todas maneras, yo estaba de acuerdo con lo que ahí se decía; las primeras respuestas críticas que recibimos nos hicieron ver lo errónea que era nuestra posición. Todavía no logro explicarme cómo pudimos escribir esa declaración. Fue quizá más que un grueso error. No era, por supuesto, una alabanza a la Junta Militar; se decía, por el contrario, que era una banda de asesinos, pero lo que se reafirmaba era que las Malvinas eran argentinas y que se habían recuperado... Esta declaración suscitó muchas discusiones y autocríticas. Si me preguntan ahora sobre Malvinas, yo me niego a hablar, porque ya lo hice y mal, así que prefiero que hablen otros.8
Para otros militantes, inclusive, la guerra logró lo que no había podido la represión:
Lo de la guerra me enfureció muchísimo. Además la confrontación bélica quebró mi relación con mi organización política, ya que no coincidíamos con el análisis de la guerra y la dictadura en esa coyuntura. Yo no compartía que se pudiera apoyar, de ninguna manera ni bajo ningún concepto, una barbaridad como la guerra.9
De todos modos, si algo distingue a las posiciones del exilio es el hecho de que no sólo separaban, efectivamente, la guerra en las islas de la dictadura, sino que podían pensar ambas cosas a la vez, cosa que a juzgar por muchas de las manifestaciones del público en la Argentina, no era posible. Para quienes estaban en el país, la posibilidad de hacerse este tipo de cuestionamientos llegó, más bien, a partir de la derrota (y produjo desgarros semejantes).
En el exilio, hubo aquellos para quienes la guerra significó la posibilidad de llorar a sus muertos. El cineasta David Blaustein, por ejemplo, recuerda que
Malvinas me agarra en parte en Nicaragua haciendo un documental que nunca se terminó sobre los indios Misquitos (...) Me acuerdo perfectamente estar en Nicaragua y enterarme del hundimiento del Belgrano, en pleno rodaje de la película... Y me acuerdo que debe haber sido de las pocas veces en el exilio que lloré, porque de repente se me juntaron las imágenes de los pibes del Belgrano, hundiéndose, con la figura de Augusto Conte [su amigo y compañero de militancia, secuestrado mientras hacía el servicio militar el 7 de julio de 1976]... Y me acuerdo que la imagen que yo tenía mientras lloraba es que... si el Motudo hubiese sobrevivido, probablemente podría haber perdido en Malvinas, que era como absurda la asociación, pero era evidentemente una especie de doble duelo.10
El peso simbólico de Malvinas, su presencia en determinadas tradiciones partidarias fue, a la vez, un elemento decisivo a la hora del posicionamiento ante la guerra. Un dirigente sindical exiliado combinaba, en su apoyo a la guerra, tanto la formación escolar como el aprendizaje político posterior:
Miremos hacia adentro del país. No se puede prescindir de quiénes somos, que es, en este caso, la pregunta ¿de dónde venimos? Con las primeras nociones sobre la Nación a la que pertenecíamos, la Patria y su geografía, oímos que las Malvinas son argentinas. Rima que es música viva. El mapa del país, como un espejo en los pizarrones escolares, más tarde felizmente pulimentado nuevamente por el desarrollo de la conciencia socialista, nos dibujaba la Argentina con las Malvinas, Georgias, Orcadas, Sandwich y Antártida Argentina. De ahí el nerviosismo, las emociones encontradas, el vértigo en nuestras cabezas al recibir las primeras noticias de prensa sobre la ocupación. Es que lo retorcido de nuestra suerte, la desgraciada paradoja, reside en que los asesinos de nuestros hermanos –que no hermanos suyos– los más sistemáticos entregadores de la soberanía y la dignidad argentinas, sean los que ejecutaron la ocupación de las Malvinas.11
Adrián Bravo, que marchó a Malvinas a combatir, encontró argumentos muy similares para justificar su alegría, a los que pudo agregar otros:
Me acuerdo que cuando estaba haciendo la primaria una maestra me habló de Malvinas y me habló de una forma muy especial. Por eso, cuando me enteré que iba a las Malvinas fue como sacarme el Prode. No lo puedo explicar bien pero fue una alegría muy grande. Aparte, conocer tantas cosas nuevas, yo nunca había viajado en avión, ni en barco, ni en helicóptero, ni en nada. Es como que todo eso, con tener ganas o no tener ganas, si me parecía bien o no me parecía bien, no tenía nada que ver. Era otra cosa.12
Ahora bien, el testimonio del sindicalista en el exilio agregaba a la genealogía de su vinculación con las islas el hecho de que se estaba diseñando un mapa político distinto. Para muchos, la dictadura militar había habilitado nuevamente el espacio público, y en consecuencia “es inexorable que sus relaciones de fuerza con el pueblo al que oprimieron ferozmente durante estos últimos seis años, no será la misma. El pueblo ha puesto el hombro: las banderas de libertades democráticas junto a las de anticolonialismo. Y las ha puesto en la calle”.13
El conflicto de Malvinas sintetizó la posibilidad de dos acciones concretas, que fueron leídas de distintos modos en el exilio y en la Argentina, pero que claramente funcionaron como un elemento movilizador: la oportunidad de volver a hacer política públicamente y la de una regeneración (nacional, de clase).
Malvinas y la vuelta de la política
Un hecho muy importante que precedió al desembarco del 2 de abril fue la movilización de la CGT a la Plaza de Mayo, brutalmente reprimida, el día 30 de marzo de 1982. En numerosos análisis el desembarco es leído como una respuesta a esta prueba de fuerza. De este modo, no sólo se refuerza la lectura de la guerra como una mera salida política de la Junta, sino que se aporta a la construcción de una masa que no encontraba inconvenientes en apoyar a quienes los habían reprimido días antes:
De Malvinas yo me acuerdo lo que fue la marcha del 30 de marzo, que fue una gran represión (...) El 2 de abril me toca ir a hacer una vidriera ahí en Capital. Y cuando estamos ahí (...) por ahí empezamos a ver la gente que empezaba a ir a la plaza (...) Y yo le digo al que estaba laburando conmigo: “Éstos son todos locos, ayer nos corrieron a palos y ahora éstos vienen a festejar que éstos tomaron las Malvinas, esto es una locura, cómo es la gente”, le decía yo, porque no me cabía en la cabeza, porque hacía dos días que te habían corrido a palos y después salir a festejar con los milicos (...) No entendía (...) En realidad uno decía bueno, la alegría de decir bueno, las Malvinas son nuestras, estamos en Malvinas, pero después vimos lo que pasó (...) En realidad salieron a matar pibes, porque no hubo otro sentido (...) Se hizo el tema de la desaparición acá, y mandaron los pibes allá a Malvinas, con el fin de eliminar a toda una generación (...) Yo no apoyaba. Incluso la gente se iba allá a festejar, y yo decía esto es una locura. Pero lo relacionaba con esto de que las Malvinas son argentinas.14
Pero otros encontraron en la movilización espontánea del 2 de abril y las posteriores convocadas por el gobierno de facto, la señal de una posibilidad de recuperar las calles. Un militante peronista que por entonces era un estudiante de Historia, recuerda:
Yo había participado muy activamente, entre estos grupos sueltos, en la organización de la movilización del 30 de marzo. Habíamos estado muy cerca de Ubaldini en ese episodio, en la organización (...) Habíamos puesto grupos bastante nutridos, no tanto de miembros de agrupaciones, porque no las teníamos, más bien de amigos. Fuimos nosotros, nuestras novias (...) Fuimos reprimidos duramente (...)
Hasta la marcha gigante de Muñoz, yo estaba... ni siquiera en contra de la guerra: No me lo creía, no creía que esto estuviera ocurriendo (...) Los hitos son que no lo creía, que en algún momento cambió mi modo de mirar las cosas, juraría quizás que por lo masivo de la movilización aquella. Fuimos a esa marcha, y nos pasamos puteando todo el acto a Galtieri (...) Luego sí terminé, después del bombardeo del 1º de Mayo (...) Me anoté de voluntario (...)
Entrevistadora: ¿Cómo es eso?
Supongo que... que se activaron los antiguos fragmentos del nacionalismo popular revolucionario de izquierda, los aires latinoamericanistas... los montoneros exiliados diciendo que venían a combatir... los aviones de Perú ofrecidos a las FAA... Un combate antiimperialista clásico. Yo nunca había sido muy fervoroso partidario de la causa Malvinas, honestamente (...) Nunca fue para mí un tema que me llamara la atención (...) pero bueno, lo del bombardeo sí me parece más fuerte. 15
Un opositor a la dictadura se termina enrolando como voluntario, en un proceso que a la vez lo lleva a revisar su compromiso ideológico:
Visto desde Malvinas, el mapa tradicional que yo mismo traía, y traía heredado de Montoneros (...) El mapa con el que yo había ordenado mucho tiempo la interna del peronismo no se ajustaba a lo que yo estaba viendo. Había grupos habitualmente ubicados dentro del peronismo tradicional (...) que hacían un análisis muy juicioso y muy preciso de la guerra. Siendo que la izquierda, y lo que suponía la izquierda del movimiento (...) compraba lo de la guerra rápidamente.16
Comparemos sus experiencias con esta carta enviada desde Buenos Aires al exilio y reproducida en una de las revistas de la comunidad argentina:
Baires, 11 de abril de 1982
Queridos amigos:
No he querido dejar pasar muchos días para escribirles sobre los acontecimientos, porque creo importante transmitirles las primeras impresiones de los hechos.
Y volvimos a la plaza... ¿Qué siente un peronista cuando vuelve a esa plaza que tanto significa para nosotros, y allí no está Perón? ¿Qué siente cuando sabe que, además, allí se encontrará a un enemigo? Esto pasó el sábado a la mañana. Casi sin comunicarnos, pero con la intuición de que allí nos encontraríamos todos (yo con mi mujer y mis tres chicos, que ya tienen edad para iniciarse en estas cosas) (...) Llegamos cerca de las once, y ya había gente. No era como antes, no había consignas, lugares ni organización. Frente al Cabildo, me encuentro con unos compañeros, abrazos, alegría y la onda: vamos a estar por Rivadavia (...)
Empezaron los bombos, y nosotros latíamos con ellos. Más de uno dejó escapar una lágrima. Uno de mis pibes, después de recorrer toda la plaza, y mirando a los muchachos que nos rodeaban, dice riéndose: “Aquí está lo peor de la plaza”. El único sector popular neto estaba allí, muchachos sin camisa saltando y tocando el bombo, muchos jóvenes, predominando sobre los militantes de nuestra generación.
Siguieron los cantitos: “Aserrín, aserrán, que se vaya el Alemann”, y poco a poco se fueron envalentonando: “Y ya lo ve, y ya lo ve, vinimos el 30 y hoy también”, “Se siente, se siente, Perón está presente”, y muchas más. Luego vino el Himno, pasado por los parlantes, y enseguida largamos la marcha. ¿Te das cuenta? ¡La marcha peronista! Desde el palco hacían de todo para taparnos con música y consignas.17
En ambos casos, los sucesos generados por Malvinas y la guerra misma fueron leídos en un marco ideológico más amplio, el de la experiencia militante y el de la lucha antiimperialista. En coincidencia, para el escritor Osvaldo Bayer, exiliado en Alemania, la cuestión de las Malvinas se trataba de un “problema eterno pero siempre desactualizado, tema eterno de pequeños conciliábulos nacionalistas y de almirantes retirados”. Sin embargo, advertía acerca de cometer la equivocación de interpretar el apoyo popular a la recuperación desde el “típico error de los que creen en las decisiones de balcón”, ya que
Lo más importante fue callado por las crónicas extranjeras: que en la manifestación realizada con motivo de la llegada de Haig a Buenos Aires, el ministro de Reagan fue estruendosamente silbado por la multitud. Y que el propio dictador Galtieri fue abucheado y silbado al autodenominarse “presidente de la Nación” e “intérprete del pueblo argentino”.
Y criticaba con dureza a los políticos de la Multipartidaria, quienes “prefirieron el camino demagógico de apoyar el ‘operativo Malvinas’ en vez de decir toda la verdad al pueblo y denunciarlo como maniobra de la dictadura, reservando el derecho de solucionar el problema del Atlántico Sur a un gobierno democrático elegido por el pueblo. Una clara posición así habría determinado la caída del gobierno de los generales”.18
Esta lectura “política” de las movilizaciones era compartida por otros sectores del exilio, que señalaban el hecho de que ambos sucesos mostraban una militancia que tras los años más duros de la represión comenzaba a reorganizarse:
Los acontecimientos que se desatan en Argentina a partir de la manifestación sindical y arrolladora maniobra malvinera, indican el regreso de “la política”. El llamamiento del gobierno para que lleven su gente a la Plaza, constituye un virtual levantamiento del Estado de sitio, una aceleración de las negociaciones en pro de una salida política para el régimen (...) A pesar del desmantelamiento, de las formas de relación política entre los explotados, producido a sangre y fuego por el partido militar y apoyado por los partidos políticos y las corporaciones del sistema, una nueva generación de militantes se abre paso en el país.
Desde unos ocho o diez meses atrás esa militancia comienza a dar muestras de re-organización (...) Su militancia no es de “oposición”, es de resistencia y antagonismo global, es de clase.
Carente de recursos; huérfana de espacio en los diarios y de diarios propios; fuera de las mordidas al presupuesto estatal y de toda protección legal; dividida en numerosos sectores; vigilada por la omnipotente maquinaria represiva y por las bandas fascistas parapoliciales de existencia intacta; frenada por el terror aún impreso en mucha gente y la desconfianza.19
No obstante, algunos no estaban dispuestos a pagar el precio del acompañamiento a la dictadura para lograr esa reaparición de la política, esa
Mecánica espiritual que se hace presente masivamente entre nosotros con la aventura de las Malvinas y el culto posterior de sus héroes. Es la vieja fascinación que irradia el héroe del combate y su inmolación redentora, a la que la mayor parte de los grupos del exilio también rindió tributo. No les sirvió la persistente campaña antidictatorial que venían realizando, el conocer mucho mejor que los que estábamos aquí la envergadura de la represión, los datos pormenorizados del genocidio: apoyaron a los genocidas en la gesta nacional-redentorista.
No quisieron privarse, como el conjunto de la sociedad nacional, de recibir el óleo que nos purificaba a todos. Un óleo de pólvora y sangre. Unción expiatoria de irracionalidad, de mística nacional. Los montoneros, desde el exilio, ofrendaban su carne sacrificial: ofrecían sus presos políticos a la dictadura para ir a combatir a las Malvinas. La tortura, la vejación, se purgaban; el combate suturaría las heridas, aliviaría el pudor de la carne. Seguirían con el mismo devocionario.20
Carlos Brocato, el autor del párrafo precedente, desarrolló en consecuencia otras formas de oposición, de la que nos ocupamos más adelante.
En abril de 1982 escribimos y discutimos cuatro argentinos anónimos el único trabajo que en la Argentina se opuso frontalmente a la aventura criminal y a la complicidad con la dictadura. Confeccionamos fotocopias que se distribuyeron a mano; éstas, por el interés que promovió ese texto solitario y los mecanismos de identificación que despertó en argentinos críticos, comenzaron a reproducirse espontáneamente y a circular por espacios que nos eran desconocidos.21
Otros grupos y actores, por los mismos motivos que Brocato, también encontraron en Malvinas una posibilidad de instalar discusiones y volver a tejer algunos de los vínculos culturales y políticos deshechos por la represión:
El acontecimiento que precipitó el cambio no sólo para nosotros (...) fue, como se sabe, la guerra de las Malvinas. Me acuerdo que redactamos en Punto de Vista un texto colectivo de repudio a la aventura militar, que era a su vez una declaración de apoyo a las gestiones que hacía Adolfo Pérez Esquivel a favor de una solución pacífica que detuviera la guerra. A partir de estas iniciativas nos pusimos en contacto con otra gente; y esto para nosotros era muy importante porque una de las características nocivas de aquellos años era el tema de la extrema fragmentación y la incomunicación (...) La oposición a la guerra de las Malvinas nos puso en comunicación con otra gente que suscribió esta declaración que circulaba clandestinamente, de mano en mano. Me acuerdo algunos nombres: Jorge Goldenberg, Luis Príamo, Hilda Sabato, Leandro Gutiérrez, todos conectados por el antimalvinismo, es decir, por la denuncia de la guerra.22
Pero para otros, las cosas parecían estar mucho más claras. Nuevamente en la sección de prensa de una revista del exilio, leemos que “en la gente, en los primeros momentos había resistencias o dudas. Hoy, el grueso de la militancia peronista ha comprendido que es una causa nacional, y no del gobierno militar”.23 Con esta convicción es que muchos militantes respondieron al igual que muchos de sus compatriotas, de acuerdo al viejo esquema cívico militar: presentándose como voluntarios. Marcelo Schapces era uno de ellos, y estaba en México por ese entonces:
El 30 de marzo, cuando fue la movilización de la CGT, y me contaron (...) hablando por teléfono con amigos y con mi hermano no aguanto más, pensé en volver; dos días después, cuando fue Malvinas, empecé a buscar la manera de comprar pasaje, y el 10 volví, volví horas después de que Galtieri había dado su discurso en la plaza, con toda la gente aplaudiendo. Volví, y me fui a ofrecer de voluntario para Malvinas y no paré de militar hasta supongo que el 85... 86.24
Para Marcelo, Malvinas fue un hito en su militancia política. Tomando una categoría central en las discusiones sobre Malvinas después de junio de 1982 (malvinizar),25 explica en qué consistió su activismo durante la guerra, y se diferencia de otros gestos igualmente comprometidos pero ideológicamente (para él) cuestionables:
Todo nuestro trabajo era para malvinizar (...) Yo sabía que la guerra se iba a perder, pero (...) había que estar con los soldados, no con los pibes, con los soldados... A partir de que Inglaterra plantea el enfrentamiento, la posición mía no era declinar el enfrentamiento (...) De ese enfrentamiento había que salir volteando a la dictadura (...) Era pelear contra Inglaterra, desenmascarar a Estados Unidos, demostrar que la dictadura eran los primeros vendepatria (...) No había posiciones intermedias, las posiciones eran extremas. O extremas de un patrioterismo estúpido, y apolítico, “vamos a vender nuestros anillos”, o eran de un pacifismo estúpido, liberal, con el que yo no podía sentirme de acuerdo, o a gusto.26
Es que en el marco de agitación de los dos meses y días del conflicto, el paraguas de la reivindicación de la lucha en las islas era un excelente marco para construir redes: “el activismo de Malvinas terminaba permitiendo casi todo”.27
En el exilio se dieron situaciones paradojales. Los Montoneros no sólo publicaron una solicitada en la que proponían a la dictadura militar una tregua para combatir contra Inglaterra,28 sino que las comunidades del exilio mexicano y peruano presenciaron campañas de reclutamiento de militantes para regresar en un charter a la Argentina y ofrecerse como voluntarios para combatir en las islas.29
Los militantes políticos presos también se vieron conmovidos por el episodio. Ante la noticia del desembarco, Jorge Giles, preso político desde 1975, protagonizó un incidente que hubiera sido insólito hasta el día anterior: el jefe del penal se cuadró ante él:
Malvinas fue un sacudón y una discusión muy grande (...) Yo fui parte de los presos que decíamos que más allá de que nosotros éramos presos de la dictadura y combatíamos a la dictadura, éramos enemigos de la dictadura, éramos victimas de la dictadura, etc., pero teníamos ese sentimiento de Malvinas que nos venía de nuestros viejos, de nuestra formación política ideológica. Teníamos el orgullo del papel de Dardo Cabo, que fue aquel argentino que pisó Malvinas cuando secuestraron el avión en los años 60, que después mata la dictadura estando preso (...) Siempre vimos Malvinas como parte de lo que es nuestra lucha nacional (...) Teníamos que ver de qué manera no permanecíamos ajenos a la gesta de Malvinas.
La respuesta para no permanecer ajenos fue la redacción de una carta, que “mucha gente puede pensar que fue un gesto de soberbia de los presos”, dirigida al jefe del penal. En ella le dijeron que “si nosotros tenemos que donar sangre, tenemos que ir a pelear a Malvinas, si nosotros tenemos que ir a pelear contra los ingleses, nosotros lo vamos a hacer porque ésta es nuestra formación como militantes”, y le pidieron una entrevista, a la que Giles concurriría como representante.
Los presos obtuvieron la audiencia, y Giles, esposado y escoltado por un guardia, se encontró en la oficina del director, que “estaba escribiendo algo en su escritorio” y que le dio esta orden al guardia: “Sáquele las esposas y retírese”:
Cuando me quedo solo sale de atrás del escritorio y viene y se cuadra delante mío (...) como si se cuadrara frente a un par, y me pasa la mano:
–Me emocionó mucho la carta que mandaron, y quiero charlar con usted porque el gesto de ustedes es un gesto invalorable.
Sin embargo, pese al gesto de respeto “el tipo lo que me dice es que muchas gracias (...) pero que ellos no se olvidan que somos enemigos, entonces por lo tanto ni nos van a pedir sangre, ni nos van a pedir absolutamente nada”.30
También otros espacios sospechosos a ojos del gobierno dictatorial se vieron atravesados por las contradicciones. El desembarco en Malvinas y el desarrollo del conflicto tuvieron, paradójicamente, el efecto de dar una dimensión pública a uno de los fenómenos culturales juveniles más ricos de la Argentina. El rock, que hasta 1982 había sido una suerte de contraseña cultural entre un “selecto” grupo de jóvenes, se convirtió en la banda de sonido de una guerra. El debate por lo nacional ya no era simbólico, ahora había territorios, cuerpos, vidas humanas.31
El 16 de mayo de 1982 se realizó en el Club Obras Sanitarias el Festival de la Solidaridad Latinoamericana, con tres objetivos centrales: exigir la paz en Malvinas, recaudar víveres y ropas para los combatientes, y agradecer la solidaridad de los países latinoamericanos. No se cobró entrada sino que se optó por pedir ropa y alimentos no perecederos. Concurrieron alrededor de sesenta mil personas, la mayoría jóvenes. El concierto fue transmitido en directo por TV, algo inédito para el rock argentino que no sonaba en los medios masivos de comunicación. El espectáculo fue conducido por Juan Alberto Badía y Graciela Mancuso. Desde el escenario se dijo: “La música progresiva nacional, que es parte de un lenguaje universal de amor y comunicación, se hace presente en este momento histórico para ratificar la voluntad constructiva de un pueblo de paz”. Muchos de los principales referentes del rock nacional participaron de ese evento inédito: Charly García, Luis Alberto Spinetta, León Gieco, Litto Nebbia, Nito Mestre, David Lebón, Rubén Rada, Raúl Porchetto, Pappo, Antonio Tarragó Ros, Miguel Cantilo, Tantor, Edelmiro Molinari, Ricardo Soulé, Javier Martínez, Dulces 16 y Beto Satragni, entre otros. Atendiendo a las tradicionales relaciones entre los jóvenes, sus músicos y el poder, se trataba de una situación inédita:
Ese mediodía, a las puertas de Obras se estacionaron camiones del Ejército, pero esta vez no para llevarse gente sino para cargar todo lo recaudado: 50 camiones de abrigos y alimentos. A las 3 de la tarde del 16 de mayo, cerca de 60 mil jóvenes asistieron al Festival de la Solidaridad Latinoamericana. El título aludía al apoyo que la mayoría de los países de América Latina le habían confiado a la Argentina en relación con el conflicto. Pero también hacía referencia a la mirada continental que el rock había empezado a tener. Por supuesto, la televisión y la radio transmitieron el festival. Con lo recaudado se juntaron 5.000 bolsos de donaciones que debían ir a Malvinas. Dos semanas después de que el submarino inglés Conqueror hundiera al General Belgrano con sus mil tripulantes, Somos tituló: El rock en el frente. Y Pelo le puso a su tapa: La hora del rock nacional.32
Continúa el relato:
Entre los que fueron al Festival de la Solidaridad Latinoamericana no hubo expresiones eufóricas ni mucho menos. Desde el césped de Obras pudo notarse la desazón de los músicos y la consternación de los oyentes, aunque algunos vitoreaban al país y a sus músicos favoritos. Era difícil poder pensar en otra cosa que no fuera en esos miles de chicos, de la misma edad del público reunido, que estaban en Malvinas con 15 grados bajo cero, mal calzados y mal alimentados en medio de una guerra que no habían elegido y representando a un gobierno que nadie había votado. Era imposible asociar el encuentro al sentido festivo que solían tener los recitales. Gieco cantó Sólo le pido a Dios y cuando terminó todo se fue corriendo a su casa, como si acabara de hacer algo en contra de su voluntad; no veía la hora de dejar todo eso atrás y empezar la segunda parte de su exploración del país. Spinetta tocó lo suyo, no sin antes aclarar que estaba ahí por la paz, no por la guerra. Lo mismo hizo Miguel Cantilo al entonar Gente del futuro. Edelmiro tocó rock and roll con Ricardo Soulé, pensando que al menos los que allí estaban recibirían un poco de aliento (...) Para el final, Charly García, David Lebón, Raúl Porchetto, León Gieco, Nito Mestre y Tarragó Ros hicieron Algo de paz.33
Sin embargo, en un contexto en el que era difícil expresar el desacuerdo como no fuera a través de esa sensación de ambigüedad, hubo otros grupos que no aceptaron participar del festival y, además, realizaron una lectura crítica de la guerra y su contexto. La familia Vitale estuvo organizada en torno al colectivo MIA (Músicos Independientes Argentinos) desde 1976 hasta 1982. Además de la escuela de formación musical que tenían, editaban discos y organizaban conciertos por toda la Argentina de forma autogestiva. En 1982 se habían convertido en el CECI (Centro de Cultura Independiente). Cuando Donvi y María Esther Soto –el matrimonio Vitale, gestor de los proyectos– se enteraron del desembarco argentino en las Malvinas se pusieron en contacto con un representante de la Cruz Roja con la idea de hacer un concierto en Ushuaia en contra de la guerra. Los Vitale se definían como “neutrales”. El proyecto no llegó a concretarse. Por otra parte, Virus y Los Violadores fueron dos de los grupos que decidieron no participar del Festival de la Solidaridad Latinoamericana.
En el caso de Virus, los hermanos Moura habían adquirido una fuerte conciencia política de una forma trágica. Su hermano Jorge, militante del ERP, había desaparecido. Fue secuestrado en la casa familiar que los Moura tenían en La Plata delante de sus padres y de su hermano Marcelo. Para los músicos de Virus era impensable sumarse a un concierto oficial, organizado por la Junta responsable del secuestro de su hermano. Roberto Jacoby, artista conceptual que en los sesenta estuvo cercano al Di Tella y luego investigó desde su obra la relación entre la política y el arte, se sumó en los ochenta a trabajar con Virus en la escritura de las letras. Una de ellas, El Banquete (1982) se refiere con ironía a la relación del rock con el festival y, también, a la guerra:
Nos han invitado
a un gran banquete
habrá postre helado
nos darán sorbete.
Han sacrificado jóvenes terneros
para preparar una cena oficial,
se ha autorizado un montón de dinero
pero prometen un menú magistral.
Es un momento amable
bastante particular,
sobre temas generales
nos llaman a conversar.
Los cocineros son muy conocidos
sus nuevas recetas nos van a ofrecer.
El guiso parece algo recocido,
alguien me comenta que es de antes de ayer.
Pero ¡cuidado!,
ahora los argentinos andamos muy delicados
de los intestinos...
La postura crítica del grupo punk Los Violadores, en cambio, derivaba directamente de la represión policial que caía sobre ellos una y otra vez. En el año 1982, en la revista Perfil, Piltrafa, uno de sus integrantes, decía:
Nosotros vivimos en la ciudad y acá hay ruido de autos, mugre y miseria. Es el medio ambiente el que genera la música. Miguel Cantilo o Pedro y Pablo, por ejemplo. Siempre hablando de la paz y el campo. Que se dejen de joder. Esto es cemento armado, basura, agresión, ciudad. ¿Y de qué hablan? ¿Contra la Señora Violencia, contra la Thatcher? Se ponen a favor del gobierno ¿por qué no hacen un tema que se llame Sr. Galtieri? La marcha de la bronca tiene una buena letra, pero es de 1972.34
En este caso, la disidencia entraba en un plano que excedía el de la guerra: se trataba del repudio a la dictadura materializada en una crítica a un movimiento cultural que fue visto como un espacio de resistencia a ésta. Por otro lado, ambos grupos estaban estéticamente influenciados por movidas inglesas –el punk rock y la new wave– de las que no pensaban renegar.
En el caso de los músicos que sí participaron del festival, la derrota generó una serie de (auto) cuestionamientos. León Gieco, por ejemplo, autor de Sólo le pido a Dios (un hit de las movilizaciones durante el conflicto con Chile, que retomó fuerza en el contexto de 1982) recuerda críticamente esa experiencia, pero establece distinciones en cuanto a qué cosas y a quiénes apoyó con su participación:
Lo del Festival de la Solidaridad fue un invento de los managers del rock para hacer algo con el tema. Todo el mundo estaba participando pero el rock no quería formar parte del circo que fue lo de la guerra. Hasta que en un momento se decidió que había que aportar, pero no desde el triunfalismo sino desde la paz. Al menos ésa era mi posición. Me llamaron para cantar Sólo le pido a Dios, un tema que los colimbas cantaban en las Malvinas, y solamente por eso fui. Pero me sentí muy mal, es el único recuerdo que tengo. No me acuerdo de los detalles ni de los otros músicos ni de la gente que fue. Solamente me acuerdo de una sensación horrible y de los pibes de dieciocho años. Por lo demás, siempre me importó un carajo el tema del nacionalismo planteado en estos términos o la preocupación por dos islitas de mierda perdidas en el mar. Lo único en lo que pensaba mientras cantaba Sólo le pido a Dios era en los pibes que estaban pasando hambre y frío sin posibilidades de hacer nada. Cuando terminó la guerra y supe que la comida no les llegaba, que los torturaron por robar un poco de comida o que los chocolates que la gente donaba en Buenos Aires aparecían en kioscos de Rosario confirmé todo lo que sospeché en ese momento. Me di cuenta que los militares argentinos no sirven para nada, ni siquiera para la guerra. Y que la única vez que consiguieron un triunfo, por así decirlo, fue cuando torturaron y mataron a los indefensos, a los que no tenían más armas que la palabra o las ideas: los desaparecidos.35
Este festival fue, hasta la tragedia ocurrida en Cromañón en 2004, el concierto que más polémicas ocasionó en el interior del rock.
La regeneración
Si situaciones como éstas fueron posibles se debe tanto a las características del nacionalismo como al hecho de que la guerra de Malvinas excedió esta causalidad, al ser vista por diversos sectores, aun antagónicos, como una posibilidad de regeneración o refundación social. Más allá del resultado del conflicto, ya nada sería igual. Para algunos, la guerra fue la posibilidad de volver a salir a las calles a hacer política. Para otros, se trataba de realizar acciones solidarias en el marco de una tradición patriótica. Los argentinos tenían la oportunidad de volver a encontrarse unidos en un esfuerzo común. Durante los días que duró la guerra, además de las movilizaciones, hubo una gran cantidad de acciones colectivas de apoyo a los soldados.
El festival televisivo de las 24 horas por Malvinas fue uno de esos momentos cumbre de participación, y es un episodio que hoy es recordado tanto para ejemplificar la estafa a la buena fe de los argentinos como la facilidad con la que éstos se predisponen a “ayudar”. Pero aun en ese espacio pudo haber un pequeño lugar para el disenso. Una revista de espectáculos muy popular en esos años, reduciéndolo al lugar de un chimento, decía a una interlocutora imaginaria que
Ese pueblo, esa señora, esos chicos que se desprendieron de los únicos objetos de valor que han tenido en su vida para darlos por su país, para darlos por los chicos que mueren en el Sur. Esa cantidad de parejas jóvenes o matrimonios maduros que se sacaron sus alianzas y las metieron en las urnas. Esa mujer (esposa de un suboficial que está en el Sur), que se sacó la cadenita para entregarla, esa señora que quería donar la pulsera que le había dejado su mamá pero como había subido de peso no se la podía sacar y un señor se la cortó con unas tenazas; esa cantidad de nenas que se sacaron los aritos, las pulseritas de identidad o las cadenitas del cuello.
Y que por eso
Llamó mucho la atención que mientras todos hablaban de orgullo por nuestros soldados, Analía Gadé pidiera perdón por lo que estaba pasando, en especial a los soldados por lo que les estamos haciendo. Cacho pasó un momento terrible porque no sabía cómo hacerla callar.36
Miles de argentinos en distintas edades y situaciones reaccionaron ante los hechos de Malvinas como ante la circunstancia histórica más trascendente de sus vidas, orientándola claramente en una dirección de futuro, en una posibilidad de transformación y protagonismo tras décadas de frustraciones. Si hubo miles de cartas enviadas “A un soldado argentino en las Malvinas”, “A un soldado de la Patria”, muchas sin duda habrán tenido el tono de ésta, de una chica de doce años, aparecida en el correo de lectores de un matutino:
¿Te diste cuenta (...) amigo mío, hermanos míos, que somos nosotros los que habremos de hacer una nueva Argentina de una Argentina desconocida ayer por el mundo? ¿Te diste cuenta (...) que atrás queda la historia con sus tristes y grandotes libracos que tuvimos que “tragar” de apuro para una calificación digna de papá y mamá? ¿Te das cuenta que con tu valentía y tus temores, con tu arrogancia frente al usurpador y tu fusil me estás enseñando la mayor lección de historia de toda mi vida?
Voy a pedirle a Dios, que nos ha dado vida con seis años de diferencia, que al finalizar tu lucha podamos encontrarnos a tu regreso en cualquier lugar, en un abrazo de héroes que hoy vivimos, un mismo anhelo y un mismo triunfo, porque nuestro será el triunfo, el triunfo de una nueva generación.37
Para otros, el desembarco abrió la posibilidad de comenzar a ser una república, a partir del reencuentro entre los dictadores y su pueblo:
Por primera vez en muchos años las Fuerzas Armadas han podido sentirse voceras de la voluntad popular. El 10 de abril conocieron, después de largo tiempo, la incomparable experiencia de la solidaridad incondicional de una nación que al verlas actuar se vio a sí misma.
La sensatez política y el futuro republicano aconsejan no desoír esta lección memorable. La recuperación de nuestras islas australes abre la perspectiva de una reorganización nacional porque despeja la atmósfera irrespirable del encono crónico y la desconfianza de ribetes patológicos.
Las FF.AA. argentinas cumplieron con su labor al restituir las Malvinas al cuerpo geográfico y cultural de la Nación. El pueblo argentino, a través de sus representantes partidarios y sus dirigentes gremiales, cumplió y cumple con el suyo, al ponerse al servicio de la defensa de la legitimidad de esa recuperación territorial, sin condiciones previas de ninguna índole: supo llevar la voz de sus hombres y mujeres a la Plaza de Mayo para que las Fuerzas Armadas la escuchasen como expresión de su propia voz.38
En un tono más crítico, la recuperación de las islas para la soberanía argentina debía ser el primer paso hacia la recuperación de las instituciones por el pueblo, única forma de una soberanía completa:
El 2 de abril de 1982, cuando todavía se respiraban en las calles los restos de los gases lacrimógenos del comienzo de una nueva etapa de dura represión policial, estalló la unidad nacional.
Las Fuerzas Armadas Argentinas tomaron las Malvinas cumpliendo los sueños infantiles y juveniles de varias generaciones de argentinos y el país advirtió con júbilo que aún tenía patria, orgullo y dignidad.
Todo el pueblo, sin distinción alguna de sector, credo o pensamiento, estuvo aquí y allá para afirmar, sin fisuras, su voluntad de defender lo que legítimamente le pertenece.
No fue el producto de un mero impulso emocional sino la reacción consciente, pensada y responsable del país maduro que asume la trascendencia de los hechos ocurridos y acude dispuesto a respaldarlos con lo que, dentro del mundo de la subsistencia, es lo más caro y preciado: la vida.
Pero cuando este capítulo de nuestra historia se cierre y se disipe la magia de la exaltación patriótica, el gobierno militar deberá comprender que al país que acudió al llamado sin dudas ni condiciones, no se le puede negar por más tiempo el legítimo derecho a la misma vida que estuvo dispuesto a ofrendar en apoyo y defensa de una decisión para la cual no fue consultado.
El 2 de abril –este 2 de abril– el gobierno se vio obligado a romper el cerco del aislamiento que comenzaba a asfixiarlo par compartir con todos los argentinos una dura prueba. Y con todos los argentinos deberá transitar de aquí en más el inexcusable camino hacia la normalidad institucional republicana, la soberanía popular y la vigencia plena del derecho y la Constitución Nacional.
Entonces sí que unidos será más fácil. Muchísimo más fácil.39
En los primeros días de junio, estas expectativas iniciales se traducían en propuestas más concretas, probablemente ante la certeza de la derrota. El radical Raúl Alfonsín, futuro presidente, tras afirmar que “un pueblo que ofrece su sangre por la Patria tiene la madurez y el derecho de conocer lo que pasa y lo que puede depararle el futuro”, se preguntaba: “¿Cuál será el rostro de la Argentina después de la guerra? ¿Comprenderán todos los sectores que sólo en la democracia encontrará el país la esperanza de su renacimiento?”. 40
Desde el primer momento la guerra por las islas Malvinas trascendió su circunstancia de conflicto bélico y reivindicación territorial: muchos, más allá de los directamente involucrados, vieron en las islas perdidas en junio de 1982 una posibilidad de regeneración, de salida, de futuro.
Movilizados
Para miles de argentinos, sin embargo, el futuro tenía un rostro y un nombre concretos. Los soldados movilizados, sus padres, familiares y amigos, vivieron la guerra de un modo diferente y mucho más directo, acaso sin tantas posibilidades de imaginar un país distinto tras la victoria, probablemente porque ésta podía significar la propia muerte o la del ser amado. La convocatoria llevada por patrulleros a las casas, los telegramas a los cuarteles, fueron situaciones que se reprodujeron en miles de casas, y que generaron reacciones distintas. En todo caso, para los conscriptos bajo bandera o vueltos a convocar, más allá de sus convicciones, había una cuestión legal: no presentarse los transformaría en desertores:
Llamamos desde una cabina móvil de ENTEL y rápidamente nos comunicamos con Alejandro.
Lo primero que le dije a mi hijo fue: “Ale vos no podés ir por el tema de tu pie, ¡por favor! Presentá el certificado que te dio el médico –no apto para usar borceguíes– y te vuelves a casa”. Su respuesta fue: “papá, eso no lo hago ni loco”, volví a insistir y su contestación fue más terminante.41
Distintos factores coadyuvaban a que muchos estuvieran de acuerdo y consideraran su deber ir. No tanto entre quienes habían sido recientemente convocados (en febrero, la clase 1963), sino entre quienes, dados de baja (la clase 1962) debieron volver a presentarse. Muchos soldados, sencillamente respondieron de acuerdo a sus valores y a su educación:
Hace poco, unos pibes que entraron a la secundaria después del 83 me preguntaron por qué fui a Malvinas. La verdad es que no se me ocurrió que podía no ir. No se me ocurrió no obedecer cuando vino la policía a decirme que tenía que presentarme ese mismo domingo de Pascua en el comando. Nos habían educado para que no se nos ocurriera la posibilidad de negarnos a obedecer.42
Un soldado que moriría en las islas, Pedro Voscovic, “no había recibido su citación para ir a Malvinas, [pero] su madre le dijo que fuera igual a presentarse, porque si no lo hacía jamás podría mirar la cara de sus compañeros”.43
Para muchos jefes, el inicio de las operaciones en Malvinas significó enfrentarse a cantidad de imprevistos que deberían resolver sobre la marcha. Martín Balza, jefe de artillería, al llegar desde Paso de los Libres a Bahía Blanca con su unidad tuvo que comprar “con dinero personal que tenía ahorrado (...) entre otras cosas, latas de picadillo de carne, paté de foie, duraznos al natural, pilas, baterías y decenas de metros de una tela especial denominada ‘agro plástico’”.44
El soldado Guillermo Huircapán se enteró de que desembarcaría en las islas Malvinas a bordo de la flota de desembarco, cuando el almirante Busser leyó un comunicado a las tropas, y recuerda haber pasado la noche sin dormir, conversando con un compañero cordobés que decía que “el tema era complicado, que los ingleses tenían mejores armas, mayor tecnología, que nos arriesgábamos mucho. Para tranquilizarnos calculábamos que en las islas habría unos pocos soldados que no iban a resistir”.45
Otro de los soldados embarcados, Carlos Moyano, también se enteró de su destino en ruta a las islas: “Nos preguntaron si estábamos de acuerdo. Pero en el medio del agua, ¿qué íbamos a decir?”.46
Con diferentes ideas y convicciones al respecto, por deber, o por obligación, desde el 2 de abril de 1982, miles de hombres, soldados conscriptos y cuadros de las tres fuerzas, comenzaron a actuar el drama que –desde la oposición al apoyo irrestricto– fue vivido como decisivo por sus compatriotas.
Notas
1 Algunos trabajos de investigación permiten establecer que el plan inicial para desembarcar en Malvinas se debe a una iniciativa de la Armada (y en particular de su jefe, Emilio Eduardo Massera) lanzada en 1977. A fines de 1981, Leopoldo Galtieri, el nuevo presidente de facto, arregló con Jorge Anaya, comandante de la Marina, que apoyaría la iniciativa militar de los navales en las islas a cambio del respaldo de éste en su pelea interna con Roberto Viola, su predecesor en la presidencia (Cardoso, Kirschbaum, Van der Kooy, Malvinas. La trama secreta, Buenos Aires, Sudamericana-Planeta, 1983, pp. 34 y ss). Por su parte Horacio Verbitsky, en Malvinas. La última batalla de la tercera guerra mundial (Buenos Aires, Sudamericana, 2002), ofrece la hipótesis de que hubo vinculaciones entre el material político y estratégico producido por algunos secuestrados como parte de su trabajo esclavo y la política naval en relación con las islas.
2 El capítulo 13 analiza estas versiones.
3 Véase Rosana Guber, ¿Por qué Malvinas?… (op. cit.), y Luis Alberto Romero, La Argentina en la escuela, Buenos Aires, Siglo XXI, 2004.
4 Entrevista a Ana Chávez, Archivo de la Asociación Civil Memoria Abierta. 6 de septiembre de 2002.
5 Daniela Pelegrinelli, comunicación personal.
6 Entrevista a Luis Piaggi, Archivo de la Asociación Civil Memoria Abierta. 14 de julio de 2003.
7 Los aspectos centrales de la polémica aparecen desarrollados en León Rozitchner, Las Malvinas: de la “guerra sucia” a la “guerra limpia”, Buenos Aires, CEAL, 1985; Jorge Bernetti y Mempo Giardinelli, México: el exilio que hemos vivido. Memoria del exilio argentino en México durante la dictadura 1976-1983, Bernal, Universidad Nacional de Quilmes, 2003, pp. 140 y ss. En su tesis de doctorado, Silvina Jensen analiza minuciosamente el impacto de la guerra en la comunidad de exiliados argentinos en Cataluña, pero la ubica en el contexto más amplio del debate que atravesó al exilio en ese momento. Debo a su ayuda la mayor parte de los documentos que utilizo para este aspecto de Malvinas. Véase Silvina Jensen, Suspendidos de la historia/exiliados de la memoria. El caso de los argentinos desterrados en Cataluña (1966-...), Bcn, Departament d´Història Moderna i Contemporània, Universitat Autònoma de Barcelona, 2004; en htttp//www.tdx.cesca.es/TDX-1024105-231137.
8 Emilio de Ípola, entrevista en Javier Trímboli y Roy Hora (comps.), Altamirano y otros, La izquierda en la Argentina, Buenos Aires, Manantial, 1998, p. 153.
9 “Daniel” (reserva su identidad), citado en Susana Falcón, 20 años. Memorias de la impunidad y el olvido…, op. cit., p. 65.
10 Entrevista a David Blaustein, Archivo de la Asociación Civil Memoria Abierta. 1° de noviembre de 2002.
11 Resumen de Actualidad Argentina, Nº 68, 1982, p. 36.
12 Graciela Speranza y Fernando Cittadini, Partes de guerra…, op. cit., p. 20.
13 Resumen de Actualidad Argentina, Nº 68, 1982, p. 37.
14 Entrevista a Carlos Álvarez, Archivo de la Asociación Civil Memoria Abierta. 26 de septiembre de 2003.
15 Entrevista a Alejandro Cattaruzza, Archivo de la Asociación Civil Memoria Abierta. 2004.
16 Ídem.
17 Revista Testimonio Latinoamericano, Año III, Nº 14, p. 24.
18 Resumen de Actualidad Argentina, Nº 65, 1982, p. 37.
19 Comunidad 30, mayo-junio 1982, p. 11.
20 Carlos A. Brocato, El exilio es el nuestro. Los mitos y los héroes argentinos. ¿Una sociedad que no se sincera?, Sudamericana-Planeta, Buenos Aires, 1986, pp. 191-192.
21 Ibíd., p. 198.
22 Carlos Altamirano, entrevista en Javier Trímboli y Roy Hora (comps.), La izquierda en la Argentina, op. cit., pp. 16-17.
23 Resumen de Actualidad Argentina, Nº 68, 1982, p. 37.
24 Entrevista a Marcelo Schapces, Archivo de la Asociación Civil Memoria Abierta. 18 de noviembre de 2002.
25 Véase capítulo 9.
26 Entrevista a Marcelo Schapces, op. cit.
27 Ídem.
28 Marcos Novaro y Vicente Palermo, La dictadura militar 1976-1983: del golpe de Estado a la restauración democrática, Buenos Aires, Paidós, 2003, p. 444.
29 Entrevistas a Pedro Galín (29 de septiembre de 2003) y Mario Kestelboim (12 de junio de 2003), Archivo de la Asociación Civil Memoria Abierta.
30 Las citas anteriores corresponden a la entrevista a Jorge Giles, Archivo de la Asociación Civil Memoria Abierta. 11 de septiembre de 2002.
31 Esta idea, y la información que sigue, se deben a la colaboración de Cecilia Flachsland, que muy generosamente aportó sus conocimientos y archivo para revelarme las “aristas musicales” del conflicto Malvinas. Por este motivo le estoy profundamente agradecido.
32 Sergio Pujol, Rock y dictadura, crónica de una generación (1976-1983), Buenos Aires, Emecé, 2005, p. 216.
33 Ibíd., p. 217.
34 En el disco Y ahora qué pasa, eh, editado en 1985, apareció “Comunicado Nº 166”, en alusión al último parte de la Junta Militar en tiempos de guerra: “La gran batalla ha terminado / El pueblo convocado a la plaza ha llegado / Quiere saber cuál es la situación / Pero ese día al balcón nadie asomó. / Miles de prisioneros esperaban la decisión / Que se firmara el pacto para su liberación / Pero los informes del estado mayor / Nos decían que la guerra continuaba aún hoy / Comunicado 166, comunicado 166 / Se ha perdido la batalla por falta de armamento / La CEE junto a la NATO nos hicieron el bloqueo. / Latinoamérica unida!! Gritó el pueblo entero. / El TIAR fue la mentira que todos creyeron / Comunicado 166, comunicado 166... / De qué sirvió esa unión que no logró la fuerza / Y no hay fuerza cuando no hay inteligencia / Porque EEUU ha demostrado / Que Occidente está en sus manos / Recién nos dimos cuenta / Cuando fuimos traicionados / Oh, oh, oh, la batalla se terminó / Oh, oh, oh, la batalla se acabó / Oh, oh, oh, la batalla se perdió / Reina la confusión / En las calles y en el gobierno / Se ha acabado una guerra / O ha empezado el infierno / Los Sea Harriers se han ido / La batalla ha terminado / Nos dejaron varios muertos / Y cientos de mutilados / Nos dejaron varios muertos / Y se las quedaron, se las quedaron ellos / Oh, oh, oh ellos / I’m sorry... Fuck yourself Maggie!”
35 En Oscar Finkelstein, León Gieco. Crónica de un sueño, Buenos Aires, AC Editora, 1994.
36 Radiolandia 2000, N° 2808, 14 de mayo de 1982.
37 Clarín, 25 de mayo de 1982. El subteniente Juan José Gómez Centurión recuerda que las cartas podían tener un efecto contraproducente: “En esos días empezaron a llegar las primeras cartas de familiares y fardos de cartas escritas por chicos de escuela, cartas ‘A un soldado argentino’, como decían los sobres. Los chicos en su inocencia pueden ser muy crueles a veces. Decían cosas como: ‘Querido soldadito argentino, estoy muy orgulloso de vos que estás en las Islas Malvinas, Sé que te vas a morir, pero...’”, en Graciela Speranza y Fernando Cittadini, Partes de guerra…, op. cit., p. 55.
38 Santiago Kovadloff, “Una lección memorable”, Clarín, 16 de abril de 1982.
39 Búsqueda, Año 1, Nº 12, Mayo 1982, p. 25.
40 Raúl Alfonsín, “Una propuesta para la transición a la democracia”, en Clarín, 4 de junio de 1982.
41 Salvador Vargas, Malvinas. Historias breves y sentimientos, Buenos Aires, Dunken, 2004, p. 20.
42 Roberto Herrscher, “Fotos borrosas y una carta perdida”, en Sí. Suplemento joven de Clarín, 12 de junio de 1992.
43 Salvador Antonio Vargas, Malvinas. Historias breves y sentimientos, op. cit., p. 83.
44 Martín Balza, Malvinas. Gesta e incompetencia, Buenos Aires, Atlántida, 2003, p. 60.
45 En Graciela Speranza y Fernando Cittadini, Partes de guerra…, op. cit., p. 28.
46 Ídem.
Capítulo 3
La guerra en casa
Lo ajeno a la naturaleza se llamó a silencio.
Permanece el viento, el único dios de la Patagonia.
Mario Markic, Cuadernos del camino.
El 3 de mayo ya nadie necesitaba la confirmación oficial del hundimiento y el 4 Giménez Berdy llamó a conferencia de prensa. Ese día un avión Super Etendard hundió el Sheffield y en Buenos Aires la venganza se festejaba por las calles. Pero no en Tierra del Fuego, donde el luto de las ventanas pesaba en toda su muerte.
Daniel Ares, Banderas en los balcones.
Abril-junio de 1982: la guerra, la “malvinización”
Aunque parezca redundante, es bueno recordar que la mayoría de los argentinos tuvieron el principal contacto con la guerra a través de la prensa. Siguieron las noticias en las particulares condiciones de unos medios restringidos, “cuando no acostumbrados”, a las pautas informativas de la dictadura militar.1
En ese marco, la juventud protagonizó simbólica y materialmente la guerra. Los jóvenes combatientes, conocidos popularmente como “los chicos de la guerra” en razón de su edad, concentraron durante la guerra y la posguerra las explicaciones acerca del conflicto y la derrota. Producido el desembarco, el 2 de abril, el gobierno argentino procedió a la movilización de sus efectivos. Con la excepción de la Fuerza Aérea, que por su papel en el combate desplegó fundamentalmente personal de cuadros, el grueso de las tropas destinadas a Malvinas eran soldados conscriptos: mayoritariamente jóvenes de entre dieciocho y veinte años de edad, en general de las clases 1962 y 1963.2
La propaganda oficial y los medios (aunque en ocasiones hoy resulta difícil la distinción entre una y otros) asignaron a la recuperación militar una trascendencia inédita: “Acaso ésta sea (realmente y en muchos sentidos) la última oportunidad de ser mejores, de ser más unidos, de tener un objetivo común y de pensar en un país en serio”.3 Una publicidad oficial mostraba un pulgar en alto y llamaba a los
¡Argentinos: a vencer! Por nuestra bandera y por nuestro destino (...) Porque la justicia y el derecho están de nuestro lado. Porque tenemos fe en nosotros mismos. Por nuestros hijos. Porque el enemigo está peleando por su pasado y nosotros por nuestro futuro.4
Y la vanguardia de esos cambios fueron los soldados conscriptos en las islas. En los jóvenes que aguardaban el ataque británico, durante abril de 1982 se concentraron imágenes de Patria e ideales de nación y de futuro. El conflicto fue visto como un momento de prueba para el pueblo argentino, una posibilidad de cambio precisamente porque los protagonistas eran los jóvenes:
A todos, cada uno de los chicos que hoy velan las armas en las islas del Sur: Podrán llamarse Pedro, José, Mario, Alberto, Carlos, quizá Juan, tal vez Claudio. Tendrán 18, 19, 20 años. Vendrán de Catamarca, o Santa Cruz, o Formosa o de la Capital Federal. No importan esos datos (...) Hoy importan esas caras, esos gestos, esa madurez. Importa el símbolo: esas caras, esos gestos, esa madurez nos obligan hoy, sin más palabras, a ser mejores. Deberían obligarnos a ser mejores. Porque uno puede adivinar que detrás de cada una de esas caras no hay un óptimo ejemplo de patria. La patria debe ser para ellos una imagen borrosa y confusa. No hemos acertado a mostrarles caminos ciertos, verdades irrefutables, conductas dignas de emulación.5
Al cumplir con su deber militar de ciudadanos, los conscriptos en Malvinas iban a estar habilitados para reclamar participación en la organización de la vida política argentina. En la batalla –y fundamentalmente en quienes participaran en ella– se encontrarían los elementos para recuperar un sentido de proyecto colectivo, según el autor de esta nota, perdido. El fracaso de los argentinos que precedieron, educaron y gobernaron a estos jóvenes realzaba su gesto de entrega:
Ni siquiera jamás han tenido la oportunidad de elegir un estilo de vida, de borrar con su voto tantos fracasos y frustraciones (...) No, no hay imágenes dignas de respeto detrás de esas caras adolescentes. Imágenes que los empujen a defender un valor tan importante como la patria, o a perder un valor tan irremplazable como la vida. Sin embargo y a pesar de todo, están ahí, en el Sur, velando armas. Cuidando de todos nosotros, y de todas las cosas que nosotros no supimos darles, pero que saben que existen. Están ahí, sí, y sin discursos, sin demagogias, sin actitudes heroicas, nos están diciendo a todos los argentinos que las cosas que uno quiere se defienden de una sola manera: con el ejemplo. Esas caras, esas actitudes, esa madurez, deberían hoy avergonzarnos. O deberían obligarnos a ser mejores, lo cual sería el exacto homenaje (...) Gracias por el país mejor que (...) ustedes nos mostraron hoy con su limpieza.6
La mención a los votos cobra sentido si tenemos en cuenta que desde tiempo antes se realizaban conversaciones entre la Junta Militar y distintos partidos políticos, con el fin de negociar la “salida electoral”.7
Los conscriptos poblaron las noticias de la guerra. Abundan crónicas que reproducen su vida en el frente, sus expectativas, sus historias de jóvenes bajo bandera. Poco después del desembarco en el rebautizado Puerto Argentino,8 la Junta Militar llamaba a filas a la clase 1962, recientemente dada de baja, mientras que un mes después –coincidentemente con el inicio de las operaciones militares en las islas– sería convocada la clase 1961. La clase 1963, también participante en el conflicto, estaba constituida por ciudadanos recientemente incorporados, en algunos casos con menos de dos meses de instrucción (la incorporación al servicio militar era en febrero). Pero esta situación (que sería uno de los argumentos centrales a la hora de analizar la derrota) no parece haber sido un elemento de alerta en los primeros días del conflicto. El traslado a las islas, en tanto no habían comenzado las operaciones, fue visto como una simple prolongación del servicio militar, aunque la eventualidad de la batalla estaba presente:
–¿Cómo te llamás?
–Norberto, señor.
–¿Desembarcaste el dos?
–Sí, ayer. Ayer llegamos todos.
–¿De dónde sos?
–De Córdoba, señor. Soy cordobés.
–¿Cuántos años tenés?
–Dieciocho.
–¿Y cuánto hace que estás haciendo la conscripción?
–Dos meses (...) Mire, hace un rato unos periodistas, como usted, pasaron por acá con el general y él les dijo: “Miren, de acá sólo nos sacan en cajones”.
–Pero vos sabés que eso quiere decir que si hay lucha va a ser hasta el último hombre.
–Yo lo sé, señor, yo lo sé. Pero acá vinimos a ganar o a morir y eso lo sabemos todos.9
En general, se consignaba sin alarma que los defensores de las islas eran “soldados de 18 años, que tienen como promedio unos tres meses de instrucción militar”.10 Es que los conscriptos, en ese momento previo a la batalla, tenían en su juventud un elemento que realzaba su compromiso, su condición de vanguardia para un cambio, y no, como sucedería tras la derrota, una causal de su fracaso. Nadie objetaba que su escasa instrucción, su inexperiencia, fueran un obstáculo ante un posible enfrentamiento con los británicos, que enviaron un contingente compuesto por tropas de elite. Más bien, los medios argentinos se dedicaron a descalificar al adversario, explicando que tras varias semanas en alta mar no estarían en condiciones de combatir, o enfatizando la corrupción de sus costumbres porque en el cuartel de los marines se habían capturado revistas y videos pornográficos.11
Los medios encontraron en la historia toda una serie de emblemas para caracterizar el conflicto. Argentina era una nación joven cuyos soldados, jóvenes como ella, enfrentaban a un poder anticuado y decadente.
La revista Gente, por ejemplo, ubicaba el desembarco en Malvinas como la conclusión de dos siglos de enfrentamientos. Las ocho invasiones inglesas, titulaba,12 apelando a la memoria escolar de cualquier argentino que encontraba resonancias en los enfrentamientos de 1806 y 1807. En este caso, estas ocho invasiones eran: enero de 1765 (enfrentamientos entre la corona española y británica por los puertos que controlaban la desembocadura del Río de la Plata); junio de 1806 y junio de 1807 (las dos invasiones inglesas que intentaron ocupar el puerto de Buenos Aires); enero de 1833 (la ocupación de las islas Malvinas por parte de James Onslow, a bordo de la “Clío”); noviembre de 1845 (el intento de forzamiento de los ríos del litoral argentino por la escuadra anglo-francesa); julio de 1908 (“ocupación” británica de las islas Georgias del Sur); y, finalmente, abril de 1982.
El conflicto, de este modo, se inscribía y asociaba con algunos hitos de fuerte presencia simbólica en el imaginario público argentino, y más específicamente en el relato histórico que era patrimonio de sectores nacionalistas que iban desde la más rancia derecha a la izquierda revolucionaria que, paradójicamente, había sido un blanco preferencial de la represión ilegal.
Esta linealidad histórica alimentó uno de los argumentos más fuertes de la guerra, aquel que consistió en caracterizar a Gran Bretaña como una vieja potencia colonialista, con pretensiones anacrónicas frente a una nación joven que venía a ejercer un derecho reivindicatorio legitimado por la historia:
Por un lado un país que, como el nuestro, es conocido por su larga tradición pacífica pero que, al mismo tiempo, se halla bajo un gobierno militar que no goza de lo que comúnmente se llama “buena prensa” en los principales centros informativos y difusores de información y de comentario del mundo libre; por el otro lado, una potencia de segundo rango que en muchos órdenes –por ejemplo, en lo que atañe a su Marina de Guerra– todavía está muy cerca de haber sido, hasta hace poco, una de las superpotencias mundiales.13
Frente a la contradictoria situación de tener que estigmatizar a un país que tradicionalmente había sido visto con ojos favorables, algunos analistas la resolvieron pintando a los británicos desgarrados entre una tradición cultural de gran prestigio y su condicionamiento por una vocación imperialista. Se trataba de una sociedad que debía enfrentar a “esa vieja bestia enardecida del colonialismo que no se resigna a morir”:
Los 18.000 kilómetros de involución histórica que ha recorrido Inglaterra desde Londres a las islas Georgias del Sur y Malvinas dejan caer sobre los hombros de los sectores más progresistas del pueblo inglés el peso de una labor ardua e inaplazable: liberarse del yugo colonialista que aún condiciona el curso de su cultura; sólo así podrá, de una vez por todas, deshacerse del moderno primitivismo que enajena la vida británica.14
A la decadencia de los británicos, la propaganda oficial argentina agregaba la falta de convicción de sus soldados. Los combatientes argentinos, por el contrario, conocían la legitimidad de su reclamo y esto alimentaría su convicción en la batalla:
Porque el enemigo no tiene en claro por qué pelea.
Porque nosotros sabemos por qué luchamos.
Porque no estamos caminando en contra de la historia.
Porque somos 28 millones de soldados.
Porque nunca perdimos una guerra.
Porque estamos peleando en nuestro país, por nuestro país.15
Guerra
El 1º de mayo de 1982 la guerra se transformó en una realidad: aviones británicos bombardearon la pista de Puerto Argentino, mientras que al día siguiente un submarino de la Royal Navy torpedeaba fuera de la zona de exclusión fijada unilateralmente por el Reino Unido al Crucero General Belgrano, 323 de cuyos tripulantes perecieron. Mientras los diarios informaban de esos acontecimientos, fijaban también una posición. La muerte generaba un nuevo compromiso:
Todo el país apoya a sus soldados (...) Los hechos desatados por la incalificable agresión británica a las islas Malvinas han conmovido a nuestro pueblo, que se acongoja por la suerte de sus hijos (...) En estos días la gente sencilla ha contribuido con alimentos o abrigos, ha escrito a los soldados, ha enseñado a sus hijos el valor de las Malvinas (...) ha hecho todos los gestos a su alcance para protagonizar de alguna manera la historia de la que forman parte.16
Con el transcurso de los días, el combate aeronaval relegó a un segundo plano las operaciones terrestres. Los ataques de la aviación argentina a la flota británica constituyeron el nudo central de las informaciones de guerra hasta fines de mayo. Las notas sobre “los halcones”, los pilotos de combate, dieron la sensación de que se estaban devolviendo los golpes del adversario. Se pintó un enfrentamiento desigual entre el coraje y las convicciones por un lado y el desarrollo tecnológico por el otro:
piloteando sus Douglas A4, Mirage, Dagger o Pucará de un modo sorprendente están enfrentando exitosamente a una flota aeronaval dotada de los más avanzados sistemas defensivos y logrando sobre ella resonantes victorias.17
Pero el 27 de mayo, con el desembarco británico en el Estrecho de San Carlos, los infantes recobraron el protagonismo. La captura de Puerto Darwin por los paracaidistas ingleses tras una cruenta batalla arrojó el resultado de centenares de prisioneros argentinos y la ominosa certeza del avance sobre Puerto Argentino. La derrota estaba en el aire y veinte años después, uno se pregunta cómo se mantuvo la expectativa en la victoria, aun cuando los titulares de prensa informaban de incesantes avances británicos.18 Así como en los primeros días de abril se vivía la conciencia de un hecho histórico encarnado en una victoria, se comenzaba a especular con una trascendencia de signo opuesto, como resultado del desenlace inminente: “La suerte de la batalla que se desarrollará en Puerto Argentino definirá el perfil político de la Argentina que comenzó a dibujarse el 2 de abril pasado con la reconquista de las Islas Malvinas”.19
Los jóvenes soldados, ante la batalla final, aparecen ahora como los que demandarán a sus conciudadanos por la validez de su sacrificio. Serán los rectores de la Argentina que vendrá. Y si antes su juventud era garantía de pureza en sus ideales, ahora comenzaba a transformarse en signo de inocencia y falta de albedrío. Al haber sido conducidos a la guerra, puede suceder que el espíritu de esa entrega sea malversado:
¿Para qué mueren? Es un chico. Apenas tienen dieciocho años. No eligió estar donde está. Sin embargo, hoy está en el frente, jugándose la vida. Hemos hablado con ellos: sabemos cómo piensan, cómo sienten, cómo actúan. Conocen muy bien su responsabilidad. Ven morir, ven matar, ven sufrir, ven llorar. También ellos mueren, matan, sufren y lloran. Y pese al sufrimiento, a la dureza del esfuerzo, a la vecindad de la muerte y a la crueldad de la guerra, no le escapan a su destino. Por el contrario, están orgullosos (...) Hay un ejemplo magnífico en estos soldados argentinos, en nuestros pilotos, en nuestros marinos, jóvenes también. Hay un testimonio aleccionador, que va más allá de la lucha en las islas Malvinas (...) Ojalá no seamos sordos. Ojalá no seamos necios. Ojalá no seamos pequeños. ¡Que aquellos que ya han muerto, que aquellos que van a morir, no mueran en vano!20
Cuatro días después, las fuerzas argentinas en las islas Malvinas se rindieron. La guerra había terminado, y 649 argentinos habían muerto. Cerca de diez mil emprendían el regreso como prisioneros al continente.
Patagonia: de puerta de entrada a puerta trasera
Frente a las islas Malvinas, la Patagonia fue la porción de la Argentina continental más próxima a las islas, y el único puente entre éstas y el resto del país. Las ciudades del litoral patagónico (Comodoro Rivadavia, San Julián, Río Gallegos, Río Grande, Bahía Blanca) se transformaron en la puerta principal al frente de batalla.21 No sólo por la proximidad al teatro de operaciones, sino por la misma historia de la región, la vinculación entre ésta y las Fuerzas Armadas era muy estrecha.22 Ésta es la situación que describe Daniel Ares, un corresponsal enviado por la prensa argentina a la ciudad de Río Grande, en su notable relato Banderas en los balcones, que describe la vida de un periodista en la Patagonia durante la guerra y, por extensión, la de las comunidades más próximas al teatro de operaciones:
A los periodistas que estábamos ahí –jóvenes antimilitaristas y pro democráticos–, nos llevó demasiado tiempo comprender lo que la Armada significaba para los civiles del lugar. Y eso que la ecuación era sencilla: si Tierra del Fuego existía, si Tierra del Fuego vivía todavía, si Tierra del Fuego no era territorio chileno, en buena medida se debía a la Armada, que ahí sí disponía de sus hombres para reparar caminos, colgar puentes, levantar escuelas y socorrer a los civiles en casos de emergencia.23
Los aprestos bélicos no eran una novedad para la región. La inminencia de una guerra con Chile por el conflicto del Canal de Beagle durante los dos primeros años del gobierno militar había generado importantes desplazamientos de tropas, y en consecuencia para muchos la presencia de un número mayor de vehículos militares o soldados no era algo inusual:
Acá la gente ya está acostumbrada. Desde que empezó el asunto de la guerra con Chile, desde el 78 que la gente acá vive distinto. Dos años atrás todavía se hacían simulacros de invasión y tenía que participar todo el mundo. Hasta el Intendente tenía que ir y era uno más entre todos. Porque ahí había que hacer de todo, por ‘ay le podía tocar hacer de enfermero, o de camillero o de herido a lo mejor. A mí una vez me tocó hacer de cadáver y tuve que estar más de media hora tirado en una playa en pleno invierno. Acá la gente hace mucho que sabe de la guerra, no es algo nuevo.24
Como resultado, los habitantes de la región debieron refrescar y reincorporar toda una serie de rutinas ya aprendidas entre los años 76 y 78:
Las familias continúan saliendo al cine o mirando televisión en sus hogares. Quizás la única señal de la guerra está dada en las noticias que emiten radios y televisores, tanto como en las prácticas de defensa civil que todos ya conocen. Los chicos ya saben cómo comportarse en las escuelas y las madres han aprendido que deben confiar en las maestras ante alguna eventual emergencia. Los conductores de vehículos también han debido acostumbrarse a prepararlos convenientemente, opacando sus cromados y disminuyendo la marcha cuando oscurece (...) En las calles actúan los denominados Jefes de Manzana, que vigilan el atento cumplimiento de las órdenes de oscurecimiento. “Aquí contamos con un ejército civil de casi tres mil personas, más los voluntarios de la Cruz Roja, y aquellos que se ocupan de otras tareas especiales”, dice una funcionaria municipal (...) Hace pocos minutos el fotógrafo de Clarín intentó tomar algunas fotografías en uno de los barrios suburbanos, e inmediatamente algunos vecinos concurrieron para interrogarlo.25
Para muchos, en esos días se trató de aprender a convivir con los planes de Defensa Civil, los distintos colores para identificar los grados de las recurrentes alertas, o acostumbrarse a tomar precauciones como los oscurecimientos, en algunos casos permanentes:
Un grueso hule negro que se vendía por metro lo fue tapando todo. Ventanas y puertas y tragaluces y claraboyas. Al principio los ponían recién por la tarde, cuando Defensa Civil daba la orden por radio. Pero un día los oscurecimientos se decidieron hasta nuevo aviso y los hules negros se quedaron para siempre. Y desde ese día, todos los días, a las seis de la tarde, borrábamos la ciudad de la faz de la Tierra.26
Durante abril, las crónicas enviadas desde las ciudades costeras patagónicas dejaron algún espacio para mostrar la preocupación en torno a la guerra, el contraste entre vivir en una posible zona de operaciones y en los grandes centros urbanos del Norte:
Ningún habitante del litoral patagónico pudo evitar que la euforia vivida desde el viernes hasta el domingo se fuera convirtiendo en un sensibilizado producto de la inquietud, especialmente en las ciudades grandes y estratégicas como este extremo del puente aéreo y militar que une el continente con las islas Malvinas. Los observadores asignan especial importancia a esa modificación, por cuanto el despliegue de los efectivos y la espectacularidad de las operaciones que se están desarrollando en el aeropuerto de esta ciudad, son mucho menos visibles que los aprestos cumplidos a fines de 1978.27
Pero al mismo tiempo, la amenaza de verse afectados por un posible enfrentamiento era una realidad mucho más concreta que “al Norte del río Colorado”:
Algunos pobladores de las localidades costeras de Santa Cruz se trasladaron con sus familiares hacia el interior de la provincia, por previsión a que el conflicto de las Malvinas tuviera repercusión en el continente.28
Con el avance de los días, y el recrudecimiento del control de la prensa, este espacio fue dejando lugar a informaciones más a tono con el mensaje triunfalista de los medios.29 En este sentido, el contraste entre estas informaciones con fuentes producidas a posteriori de la guerra del 82 resulta revelador de las percepciones acerca de esta guerra que existieron en lugares tan diferentes de la Argentina como su capital y las ciudades que eran base de las operaciones militares. Al igual que sus compatriotas combatientes en las islas, los habitantes de la Patagonia podían sentir que en Buenos Aires se vivía otra guerra, si es que existía la sensación de que había una. Mario Markic, otro periodista destacado en Tierra del Fuego entre abril y junio de 1982, evocó una década después esa sensación:
Nosotros estábamos en Río Grande, atentos a lo que pasaba, mirábamos la TV que trasmitían en directo, no me voy a olvidar nunca esa campaña que se hizo y en la que después se robaron toda la plata, una maratón que condujeron Cacho Fontana y Pinky, donde iban todos los famosos y la gente a donar dinero, joyas, etc. Era una realidad totalmente esquizofrénica, todos lloraban, y vos pensabas: “acá suenan tres veces por noche las sirenas de alarma, pueden caer un bombazo en cualquier momento, y allá a 3000 km, la gente llorando”, era una expresión humana que no se condecía con un momento tan desesperante como el que se vivía en el sur, donde la cercanía con la guerra era real; yo veía a los riograndenses caminando perfilados contra el viento, en una suerte de resignación, pero estoicamente, viviendo la situación con preocupación y concentración pero sin derramar una lágrima, y por otro lado toda esa cosa loca, mediática, la gente agitando las banderitas, y Galtieri hablando pelotudeces todos los días.30
Esto no obstaba, por supuesto, para que muchos de los patagónicos apoyaran de distintos modos las acciones que se desarrollaban en las Malvinas. Un conscripto comodorense muerto en el desembarco en las islas Georgias, fue objeto de un homenaje de sus vecinos: “La atención popular en el sepelio del conscripto de Infantería de Marina Mario Almonacid, abatido durante la recuperación de las islas Georgias. Su cuerpo fue velado desde el jueves a la noche en el gimnasio municipal y una multitud no inferior a las 5000 personas acompañó el cortejo fúnebre hasta el cementerio del Oeste, donde fue sepultado”.31
Las pequeñas ciudades afectadas por la guerra compartían su cotidianeidad con ésta, y como resultado,
El optimismo en Buenos Aires, en Grande casi causaba bronca: aquí la guerra no era ficción de los noticieros sino un hecho cierto, tangible, que de una manera u otra nos involucraba a todos personalmente. Los últimos festejos se remontaban a los ya lejanísimos días de la semana anterior con los hundimientos del 25. Desde entonces el silencio de radio apestaba el aire como las malas noticias y pronto empezamos a contar con los dedos los cazas que despegaban a la mañana para descubrir a la tarde que no todos volvían.32
Es que una ciudad como ésa, cabecera de los ataques a la flota británica, sede de una de las unidades de guarnición en las islas, y base de los puentes aéreos con Malvinas, vio afectada su cotidianeidad de distintas formas:
Los aviones nunca pasaban la noche en la pista. Eran estacionados distribuidos en los lugares más extraños y muchos no detenían sus turbinas en la noche para evitar los efectos de la crudeza del frío reinante. Así los escuchábamos por la noche (...) Defensa Civil había organizado a Río Grande para una alternativa de evacuación rápida por bombardeo aéreo. De tal manera, la organización contemplaba jefes de manzana, jefes de sectores barriales y un lugar definido en la playa, donde deberían confluir en caso necesario, y desde allí ser trasladados a algunas de las estancias cercanas, las que también tenían un número identificatorio sobre el techo. 33
En las conversaciones con quienes vivían en esos años en la Patagonia, la figura del retorno de los aviones es una constante, una forma de evocar la angustia y la tensión de esos días, la cercanía con ese borde delgadísimo entre la vida y la muerte, a la vez que mantiene esa distancia con la forma en la que la guerra fue vivida en las grandes urbes “del Norte”. Los grandes medios gráficos también evocaron esta escena, pero en general en un tono que no mencionaba las pérdidas propias, aunque sí los riesgos:
Un viento glacial y una llovizna helada azotan las pistas de cemento, mientras un cielo gris y encapotado parece amenazar con derrumbarse sobre la tierra.
Sin embargo, un continuo trajinar de hombres y máquinas indican que continúa incesante la actividad de los aviones de la Fuerza Aérea empeñados en una serie de misiones contra la flota de invasión británica. Un amplio comedor con ventanales de vidrio ofrece un refugio no muy tibio, a mecánicos, personal de tierra y tripulaciones de aviones de transporte. Algunos terminan un tardío almuerzo en las primeras horas de la tarde, otros beben despaciosamente sus tazas de café y fuman, pero una tensión evidente se hace sentir en la atmósfera.
De pronto, surgiendo de las nubes bajas y circunvolando las pistas aparecen cuatro Skyhawks, con el tren de aterrizaje bajo ya, en plena maniobra de aproximación y aterrizaje. Camiones de bomberos y de auxilio esperan con sus luces rojas giratorias en un extremo del aeródromo. (...)
En el comedor nadie dice nada, pero las miradas silenciosas van haciendo la cuenta: una, dos, tres máquinas van a posarse. Entrecejos fruncidos y miradas graves siguen sus maniobras.
De pronto, incontenible, espontáneo, como un resorte librado espontáneamente, estallan los aplausos: un cuarto avión se aproxima y el vuelo está completo.34
Ese tipo de información era el que se recibía en Buenos Aires, sin la angustia cotidiana de esa observación ni el riesgo –aparente o real– de sufrir algún tipo de ataque.35 De allí que por ejemplo durante la guerra se diera una actitud de compromiso distante con la guerra, otro de los elementos centrales a la hora de que aparezcan las dificultades para revisar las propias responsabilidades en relación con aquellos días. Nuevamente Daniel Ares, relata que pudo salir por unos días de Patagonia, para encontrarse con un Buenos Aires desconocido:
Un vecino con el que apenas me saludaba ese día me tocó el timbre y ni bien abrí la puerta me abrazó entre lágrimas como si yo fuera un héroe que volvía de andá a saber qué hazaña. Amigos y parientes me cagaron a preguntas sobre quién ganaría la guerra, cuándo y cómo y pronto empezaron los reclamos para que les contara historias del frente y yo que todo lo que tenía eran anécdotas de la censura naval y crónicas prostibularias. En cambio ellos, el resto del mundo, lo sabían todo de todo sobre estrategias y conflictos y tratados internacionales y alianzas diplomáticas, hablaban de satélites y miras infrarrojas, de misiles Super Etendard y del Mundial de España, donde debutábamos como campeones. No podíamos perder. Jugaba Maradona. La vittoria è nostra (...) Estábamos en guerra pero la guerra no estaba. Estaba en otra parte, lejos, en otro país, no en éste. Éste era un país rico gobernado por un borracho que mirá el desastre que hizo. Y encima en vísperas de un Mundial. Bah, hay que ver si vamos al Mundial. A ver si a Galtieri se le ocurre que no participamos... y así las charlas del resto se deshilachaban a mi alrededor sin que yo pudiera hacer otra cosa que asentir como un idiota o darle la razón a cualquiera mientras cantaba con todos que “No bombardeen Buenos Aires”.36
Si recordamos la anterior descripción del regreso de una escuadrilla, y la contraponemos con la evocación que hace Ares de un episodio semejante, veremos las diferencias entre las lecturas que se hicieron en la época de los mismos hechos. La descripción que sigue corresponde aproximadamente a la misma fecha en la que el corresponsal de Clarín informaba del regreso de una escuadrilla completa. Esto es lo que evoca Ares:
Río Gallegos era entonces un feudo de la Fuerza Aérea y desde allí despegaban el grueso de las misiones contra la Task Force. Algunos pilotos se alojaban en nuestro hotel y comían todos los días en la misma mesa. Parte de nuestra rutina, cada mediodía, consistía en contarlos para ver si estaban todos. Si faltaba alguno, se notaba en las caras del resto y todo quedaba claro. Ellos comían en silencio sin saber cuál iba a ser el próximo, y nosotros apuntábamos otra baja del lado de los buenos.
Cuando llegué a Gallegos, la mesa de los pilotos la formaban nueve hombres cuyas edades oscilaban entre los veinticinco y los cuarenta años. Me fascinaba observarlos. No eran pilotos de la Fuerza Aérea que hacían su trabajo, no para mí, para mí eran tipos normales, comunes, como yo, más valientes y mejor entrenados, es posible, pero con amigos y familia y expectativas y sueños y con la suerte sellada como un tipo cualquiera. La única diferencia era que ayer o mañana se subían a un caza y alzaban el vuelo sin otro destino que el Exacto Destino. Pequeña diferencia (...)
Entonces no lo sabía, no estaba tan claro ni tan ordenado como iban a ponerlo los historiadores; pero aquellos días fueron de una gran intensidad para esos pilotos que mirábamos comer. Cuando llegué a Gallegos hundían el Ardent y al día siguiente el Antelope. Pero también ese día, el 21, sin que nosotros lo supiéramos, se perdieron en el cielo de las islas dieciséis aparatos argentinos y siete más el 23 de mayo (...) El 24 de mayo, cuando al cabo de tres días logré salir de Gallegos, en la mesa de los pilotos, de los nueve que comían juntos, sólo quedaban cinco. Los otro cuatro ya eran héroes. Héroes de paso por la gloria camino del olvido.37
Así como el inicio del conflicto dio a la Patagonia una visibilidad pública como pocas veces tuvo, el final de la guerra y la derrota la convirtieron en la puerta de atrás del gobierno militar, aquello que de ser posible debería no ser visto. Tras la rendición, el 14 de junio de 1982, a los puertos atlánticos del Sur comenzaron a llegar los heridos y, finalmente, los prisioneros.38 Era el final, y a la vez el comienzo de una gran cantidad de nuevas situaciones: la desmovilización, la búsqueda del paradero de muchos soldados (lo que en algunos casos llevaría meses) y también la circulación, aun bajo una severa censura de prensa, de las primeras noticias de las condiciones en las que habían vivido y combatido los miles de soldados en las islas39:
La agencia de noticias DYN que recogió testimonios de los soldados argentinos llegados a Comodoro Rivadavia, consignó que las tropas sufrieron escasez de alimentos calientes desde su misma llegada a las Malvinas, y que las cocinas de campaña en muchos casos estaban en malas condiciones. Según DYN la organización logística no fue tampoco eficiente y las raciones frías llegaban diariamente pero no a todas las posiciones (...)
Antes del desembarco, varias decenas de vehículos esperaban en Puerto Madryn el inicio de la operación para trasladar al centro de la ciudad a los soldados, donde fue habilitada una barraca y varios gimnasios y escuelas como alojamientos transitorios.
(...) Las principales calles de Madryn se encontraban desde el mediodía de ayer cortadas y ocupadas por piquetes de soldados que vigilan la ruta que realizan los transportes de efectivos.
La población de la ciudad se ubicó desde la mañana en lugares próximos al mar, desde donde vio el acceso del Canberra, pintado íntegramente de blanco, al muelle de ALUAR (...) También llegaron a Madryn muchos de los familiares de los soldados prisioneros para intentar reencontrarse con ellos a poco de su llegada, pero sólo pudieron apostarse en las calles por donde pasaron el convoy de camiones militares, ómnibus y otros transportes, ya que el acceso a la zona del muelle fue vedado a los civiles desde temprano, incluyendo a los periodistas.40
El final de la guerra de Malvinas, concentrado simbólicamente en el regreso de los prisioneros a Puerto Madryn que describe la nota, comenzó a mostrar las tensiones que agitarían los días por venir: la circulación de informaciones que mostraban las condiciones en muchos casos patéticas en las que los soldados habían tenido que vivir y combatir durante la defensa del archipiélago, los esfuerzos por parte del gobierno militar por mantener controlada la situación y restringida la información. Una voluntad de silenciamiento que no fue acompañada, en muchos casos, por la población civil. Los soldados que consiguieron hablar con la prensa, explicaron que estaban sorprendidos por el recibimiento popular ya que
Nos dijeron que no íbamos a tener contacto con los habitantes de Madryn porque nos iban a apedrear (...) En el buque nos informaron nuestros jefes que el pueblo estaba enojado por la rendición en las Malvinas; que habían sacado a Galtieri y que temían que la población de esta ciudad nos fuera a apedrear, por eso no íbamos a tener contacto con la gente.41
Sin embargo, la población rompió los cordones de seguridad para acercarse a los soldados:
Los alrededores de la barraca Lahusen concentraron la mayor cantidad de gente que ante la llegada de los primeros vehículos y con un entusiasmo desbordante de júbilo y emoción, vivaban, aplaudían y alentaban a sus héroes.
El control de los efectivos destacados en el lugar se vio vencido por la muchedumbre que fue tomando contacto directo con los jóvenes, a quienes obsequiaban con cigarrillos y golosinas, mientras eran retribuidos con prendas del equipo de combate que eran lanzadas al aire y recogía el más rápido (...) Las escenas de honda emoción se sucedieron ininterrumpidamente y comenzaron a verse los termos con café o té, galletitas, sándwiches y todo cuanto pudo portar la familia madrynense a los soldaditos.
Un vecino se sacó las medias y se las entregó a un joven que no tenía (...) Un señor que portaba varias cajas conteniendo pizzas, ignoró la advertencia del efectivo de seguridad y siguió su camino para repartir su apreciado obsequio (...) Las muestras de solidaridad y cariño se evidenciaron una vez más y esta vez con más razón al poder tenerlos en persona, abrazarlos y besarlos entre lágrimas incontenibles. Estas escenas se extendieron hasta pasadas las 21 hs. cuando las tropas fueron convocadas para partir hacia Trelew.42
En la prensa local patagónica –a diferencia de los grandes medios nacionales– se encuentra gran cantidad de testimonios y críticas acerca de las restricciones no sólo a los periodistas, sino al público en general. No obstante, la ciudad, de acuerdo al cronista, había podido brindar un “caluroso recibimiento a 4.144 valientes”:
El hecho nos lastimaba a todos los circunstanciales espectadores del operativo amarre; mucho más nos lastimaba aún la presencia de camarógrafos y fotógrafos británicos registrando la escena desde la cubierta del buque. Durante casi veinte largos minutos, mientras la nave efectuaba la operación de amarre, tratábamos de descubrir a los chicos que con coraje, más que con armamentos acordes, hicieron cuanto pudieron para defender lo que nos pertenece. Y los vimos, o mejor dicho, vimos una bandera argentina que se asomaba tímidamente por una pequeña ventana; después, rostros impacientes por ver quiénes los esperaban y la primera pregunta a los que tomaron contacto furtivo con ellos: “¿Hay mucha gente esperándonos?” Era imposible explicarles en ese momento que un rígido e inexplicable operativo les impediría tomar contacto con la población que ansiosamente los aguardaba para brindarles un calor argentino que ellos seguramente ansiaban.43
A nivel local, estas medidas eran vividas como un aspecto más de la política centralista “del Norte”. Los mismos argentinos que habían vivido la guerra de un modo festivo, lejos del peligro, ahora impedían que la verdad llegara a todos:
Más de cuatro mil eran los que descendieron el sábado por la plancha. Sólo ese intenso júbilo de saberse vivos a pesar de todo.
En Buenos Aires, entretanto, alguien limpiaba ya de vestigios el ara para colocarle las viejas anteojeras al país. Pero ellos todavía no lo sabían...44
Para las regiones directamente afectadas por la guerra, o para los pueblos y ciudades cuyos jóvenes habían combatido, para los familiares, y para los jóvenes combatientes, esa búsqueda del silencio, en muchos casos, no sería posible. Apenas dos días después del final de los combates, por ejemplo, se anunciaba que
La provincia de Chubut dispondrá en breve el pago de una pensión vitalicia, al margen del retiro que otorga la Nación a los inválidos de guerra, para quienes se encuentren en esa situación y sean naturales de la provincia (...) Dispondrá la creación de un monumento a los caídos en Malvinas, con un mausoleo que se hará en cada uno de los pueblos de los que sean oriundos.45
En Sarmiento, otra localidad patagónica, la información da cuenta de que la actitud oficial local y militar fue otra que en el plano nacional:
Escenas de honda emoción tuvieron lugar el sábado pasado cuando la población de Colonia Sarmiento se volcó a las calles para recibir a ochenta efectivos del Regimiento 25 que combatió heroicamente en las Islas Malvinas.
El contingente que fue engrosado ayer con el arribo de tropas que condujo al continente el buque inglés Canberra, estaba al mando del teniente primero Daniel Esteban, convertido en leyenda de la guerra y el subteniente Gómez Centurión, quien dio muerte en combate al comandante de los boinas verdes,46 coronel Herbert Jones (...) Una verdadera multitud esperó a los soldados en el acceso a la guarnición militar cuando microómnibus de transporte de pasajeros llegaron con ochenta efectivos que lucharon en la zona de San Carlos. La población había sido convocada por la Cámara de Comercio y el intendente.47
Pero esas acciones, restringidas a lo local, faltaron o no fueron conocidas a escala nacional. Del mismo modo en que había procedido en la represión de su propio pueblo –en la clandestinidad, semioculto, negando la información– el gobierno militar comenzaba a disponer de los despojos de la guerra de Malvinas: de los muertos y de los vivos.
La Patagonia vivió la guerra como los padres de los combatientes, conviviendo con el entusiasmo y la preocupación:
Nuestra casa era el escenario en el que se desarrollaba una representación, y todos nos prestábamos a ella. Los chicos, Norma y yo nos ateníamos a los papeles que nos habíamos autoasignado. Confianza, optimismo, alegría por la recuperación de Malvinas, comentarios acerca de lo contento y orgulloso que estaría Miguel Ángel.
A la noche, en el dormitorio, nos sacábamos la careta a medias. Con Norma escuchábamos radio Colonia, no sujeta a la censura, que propalaba las noticias de fuentes británicas.48
Es que entre abril y junio de 1982 se vivieron diferentes guerras. Un escenario semejante se abriría en la posguerra.
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