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HISTORIAS DE CINE
HOLLYWOOD Y ESTADOS UNIDOS
Biblioteca Javier Coy d’estudis nord-americans
http://www.uv.es/bibjcoy
Directora
Carme Manuel
HISTORIAS DE CINE
HOLLYWOOD Y ESTADOS UNIDOS
Fabio Nigra
Biblioteca Javier Coy d’estudis nord-americans
Universitat de València
Historias de cine: Hollywood y Estados Unidos © Fabio Nigra
1ª edición de 2013
Reservados todos los derechos
Prohibida su reproducción total o parcial
ISBN: 978-84-9134-147-5
Imagen de la portada: Sophia de Vera Höltz
Diseño de la cubierta: Celso Hernández de la Figuera
Publicacions de la Universitat de València http://puv.uv.es
Índice
PRESENTACIÓN
PRIMERA PARTE REFLEXIONES SOBRE EL CINE, LA HISTORIA Y LA REPRESENTACIÓN DEL PASADO
1. Las fórmulas típicas de las películas históricas en Estados Unidos
2. ¿Es aceptable la representación del pasado en las películas históricas?
3. Algunas herramientas para interpretar esas películas
4. Tensiones en la representación: el discurso de la Historia de Hollywood en el discurso del Cine
5. Trasposición y cine histórico
SEGUNDA PARTE CASOS CONCRETOS
6. Construyendo el pasado: La conquista del oeste
7. Respuesta ideológica doméstica en la segunda guerra mundial: Treinta segundos sobre Tokyo
8. Darwin, el senador McCarthy y la resistencia cultural en los Estados Unidos de la década de 1950
9. La versión oficial de los Derechos Civiles en Mississippi en llamas
10. Dándole la vuelta a lo que pasó: Black Hawk Down como el imperialismo de los derechos humanos
Presentación
Comencé a interesarme seriamente sobre las particularidades del cine histórico en 2005, a razón de algunas charlas mantenidas con un amigo historiador que venía trabajando desde tiempo atrás las películas del cine argentino. Como profesor en la Cátedra de Historia de los Estados Unidos de América, de la Carrera de Historia en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, mi campo de estudio es, evidentemente, este país.
Inicié el trabajo indagando si había un grado de fidelidad en la película histórica observada, si servía para explicar hechos o procesos históricos y si los desvíos normales en este tipo de films eran aceptables en términos científico-académicos. En pocas palabras, todas las dudas iban en la dirección de preguntarme si podían servir para enseñar la historia. Como un mecanismo de prueba y error, preparé un seminario de grado para los estudiantes de la carrera, en el que en las primeras reuniones se trabajaba el marco teórico desde el que se plantearían los análisis. Luego, terminada esa instancia, las clases repetían el esquema de iniciarlas con una explicación del contexto histórico al que refería la película, describiendo los procesos centrales y, a posteriori, yendo a los aspectos puntuales del film. Luego de exhibir la película y proceder a disparar el intercambio con los alumnos respecto a bondades o pesares de la misma, lanzaba siempre la misma pregunta: ¿sirve para explicar en un aula el hecho o proceso histórico abordado? ¿Sirve para enseñar Historia? Desde luego las respuestas eran tan dispares como el grupo y la calidad de los filmes. Pero con el paso del tiempo las cosas se fueron complicando, al ir incorporándose lecturas sobre teoría del film, de la narración y el discurso fílmico y la validez de “giro lingüístico” en Historia para la re-presentación de los hechos del pasado. O sea, desde Ferro y Rosenstone pasamos a White, Metz, Barthes…
Los seminarios de grado se repitieron dos o tres veces más, aunque los últimos autores fueron trabajados no en el grado, sino en seminarios de doctorado. Gracias a ello, la experiencia en la modalidad de dictado y las preguntas que funcionaban como disparadores se fueron perfeccionando; además se complejizaron los razonamientos para abordar el análisis de una película, porque a medida que avanzaba en los cursos también intentaba poner algunas de las ideas surgidas en textos, que fueron publicados en revistas locales y sudamericanas. Esto último tiene un punto de partida firme, que implica que no quiero estudiar a Estados Unidos con los supuestos, principios y metodologías con que lo hacen los historiadores estadounidenses, sino que mi interés principal es elaborar una perspectiva desde América latina de dicho país, dado que el imperialismo cultural de esa potencia mundial es tan fuerte que puede hasta imponer lecturas y perspectivas. Esto no implica que me abrace a consignas antiimperialistas simplonas, sino que pretendo generar una reflexión que refleje los intereses de mi subcontinente (en el fondo, tal como hacen ellos, pero con la diferencia de que poseen una potencia económica incomparable).
Asimismo, obtuve financiamiento de la Secretaría de Ciencia y Técnica de la Universidad de Buenos Aires (modesto, pero muy útil), para formar un grupo de investigación y avanzar en las toscas ideas que originaron los seminarios. El grupo mantuvo un núcleo duro de participantes que continúan en la actualidad, luego de tres proyectos sucesivos, gracias a lo cual hemos podido generar líneas de trabajo de un plazo mayor a dos años, y por ende enriquecer los problemas analizados a través de profundos intercambios de ideas y textos que circularon de una forma que hoy, podríamos decir, la intertextualidad de estos investigadores en mis escritos es tan fuerte como la mía en la de ellos. Valga aquí, entonces, mi reconocimiento a Florencia Dadamo, Leandro Della Mora y Mariana Piccinelli como los principales “intertextos” con quienes discuto.
Sin embargo, no quiere decir esto que el libro sea un paquete teóricometodológico cerrado desde el principio. Más bien, lo contrario. Con esto se quiere decir que a lo largo de los capítulos de la primera parte las conceptualizaciones fueron enriqueciéndose, y por ende se hizo necesario avanzar incorporando herramientas teóricas de campos que no son precisamente la Historia. Por ello es que debe verse al libro como con una vida propia, que “madura” a medida que se desarrolla. En efecto, se podrá advertir cómo, al avanzar en la lectura, los principales conceptos con los que se pretende analizar aspectos centrales van modificándose y tomando un volumen mayor. El primero fue el de la capacidad expresiva de hechos históricos, pero luego se advirtió que en las películas emanadas de los Grandes Estudios de Hollywood existía un metódico intento de transmitir determinados elementos ideológicos, en principio para consumo doméstico pero, obviamente, no había que descartar la capacidad de penetración de dichos elementos en el exterior, gracias a la enorme potencia de las distribuidoras. Aquí aparecieron conceptos que ayudaron a la reflexión, como el de máquina cultural (construida como la caja negra de von Bertalanffy, con el objeto de centralizar la reflexión en la historia y no en el lenguaje cinematográfico, por ejemplo), y el código de realidad, a fin de pensar sobre la modalidad de aceptación popular de lo observado en el film. Entonces se verá la evolución conceptual, que llega a incorporar el intento de comprensión de los diferentes discursos (el del cine, y también el de la historia gracias al giro lingüístico de fines del siglo pasado), junto a otros menores como el facilitador que ayuda al espectador a no sentirse tan lejano de lo que está viendo. El lector verá que existe cierta obsesión en la recurrencia de derivas en la escritura, y en la aplicación de conceptos, pero es así por la manera en que he ido desarrollando las reflexiones y conclusiones parciales. O sea, la manera de ir pensando los problemas se fue construyendo, y siguen en construcción.
En la segunda parte se analizan películas que por algún detalle o particular éxito en su construcción merecieron que me ponga a trabajar sobre ellas. Es por ello que este es un libro que habla de películas, históricas, pero películas al fin. Pero no necesariamente cuenta la totalidad de la historia. Esto quiere decir que se supone que quien quiera leerlo sin perderse gran cosa, por lo menos tiene que haber visto una vez cada película que aquí se analiza. En todo caso, sin agotar toda la riqueza que tiene cada uno de los films trabajados, se efectúa un recorte, algo que se entiende relevante por la capacidad de simplificar mensajes o problemas. Es decir, se seleccionan algunas escenas o anécdotas, para ilustrar lo que se quiere decir, pero no se hace un relevamiento sistemático de todas aquellas cosas que podrían verse, entenderse y analizarse. Ello queda para que el lector pueda ejercitar su propia mirada. A lo largo del tiempo, como podrá reconocerse, fue construyéndose una perspectiva personal, que se repite como una misma estructura en todos los textos que trabajan algún film en particular. Esta estructura determina que lo primero que se hace es analizar el contexto histórico general en términos académicos formales, esto es, gracias a una bibliografía que permita iluminar aspectos del período histórico a trabajar. En un segundo momento, también con bibliografía —pero más específica— y con fuentes cuando ellas son necesarias, se describe y analiza en términos históricos formales lo que la película cuenta, o se trabaja con puntos que no quedan claros en ese film. Finalmente, con todos los antecedentes, el texto se ocupa de la película.
En última instancia, la conclusión general a la que se llega dice que éste es solamente un comienzo, por el sencillo hecho de que la mayoría de las películas poseen un trasfondo nada inocente. Ese trasfondo se refiere a un conjunto de elementos de características ideológicas, que si bien se señalan, se destacan o se desnudan, no agotan su complejidad. Articular el mensaje ideológico desarrollado por imágenes, texto, música y sonidos es una tarea que no ha comenzado, aún. La búsqueda pretende entender por qué, en esta época “posliteraria” (al decir de Rosenstone), una película termina instalando la versión e interpretación de determinado hecho o proceso histórico, por encima de la historia académica. El objeto de la búsqueda, desde ya, es poder comprender la dinámica de expresión y representación por parte de los realizadores, y la recepción y aceptación por parte de los espectadores, ya que de lograr esto se avanzará en saber cómo se construye su sentido y ese sentido es asumido e internalizado.
El de la representabilidad de la Historia por el cine no es un hecho que se termine rápidamente. Dado que año tras año aparecen nuevas versiones, nuevas historias y nuevas modalidades, es éste un esfuerzo que no termina. Aquí se trabajan algunas de las muchas ya producidas, sin saber qué es lo que nos puede esperar. El futuro nos traerá más representaciones del pasado, para seguir reflexionando sobre esta particular fórmula expresiva.
Buenos Aires, diciembre de 2012
PRIMERA PARTE
REFLEXIONES SOBRE EL CINE, LA HISTORIA
Y LA REPRESENTACIÓN DEL PASADO
1
Las fórmulas típicas de las películas históricas en Estados Unidos1
Marc Ferro se preguntaba, hacia 1984: “¿qué conciencia de la historia evidencia el cine en Estados Unidos?”, ya que en este país, indicaba el autor, el cine ha jugado un papel esencial en la vida social y cultural.2 Para responder a esta cuestión propuso un esquema en el que, según su visión, ésta existía, y se había configurado gracias a una particular estratificación en cuatro capas. La primera presentaba y buscaba la diferenciación de la ideología católica, con respecto a las bondades del cristianismo protestante. Es decir, mientras la primera representaría la cosmovisión de América Latina y parte de la Europa latina, con su legado de oscurantismo, maldad, atraso y violencia; la segunda expresaba algo así como el pensamiento weberiano, donde el protestantismo expresaba la fórmula superestructural de capitalismo dinámico, lo bueno, lo luminoso. En términos cinematográficos marcaba que películas tales como The Sea Hawk, con Errol Flynn, identificaban al norteamericano con el inglés, y éstos eran simpáticos y abiertos, mientras que los españoles eran crueles, piadosos e incompetentes (sin perjuicio de que el objetivo de dicha película haya sido el combate ideológico contra el nazismo).
La segunda capa la encontraba Ferro en la mirada que el cine hizo sobre la guerra de Secesión, en la que además de superponerse a la primera capa, debe ubicársela cronológicamente como originada hacia fines del siglo XIX y principios de XX. El principal exponente de esta mirada es obviamente D.W. Griffith3 con El nacimiento de una nación, aunque existen otras —La cabaña del tío Tom (de Edison en 1903), En el viejo Kentucky (1909) o El cobarde (1914). Ferro sostiene que en éstas “los conflictos de la historia de los Estados Unidos constituyen el nudo de la intriga. Son películas de tono acusador, que se ponen de un lado o de otro”.4
La tercera es la capa correspondiente al melting pot, o crisol de razas. Estas películas dejan de tratar de analizar las causas de la guerra civil, para ponerse a pensar en sus consecuencias, en las que todos coincidían como desastrosas. Asevera que la guerra Civil es considerada —y en esto no yerra— un acto fundante de los Estados Unidos, desplazando —y aquí tal vez exagere— a la guerra de Independencia de ese lugar. Sin embargo, dice, los negros desaparecen del centro de la escena de la gran historia, para pasar a participar solamente en comedias o musicales.
Llamativamente, sostiene Ferro, todos los filmes que se ocupan de analizar la guerra de Secesión resultaron fracasos comerciales con excepción de Lo que el viento se llevó, película que no se ocupa de ninguno de los grandes protagonistas del conflicto ni refleja grandes batallas. En consecuencia —y en esto cabe concederle un acierto al autor—, se trata “de una obra de reconciliación nacional en la que se han limado todas las aristas políticas en beneficio de unos héroes individuales, Scarlett O’Hara y Rhett Butler, que no encarnan ningún ideal político en particular”.5 En consecuencia, la tercera capa cierra la etapa de crítica y desarrolla un cine que denomina conformista, sin perjuicio de establecer etapas — como la fuertemente cuestionadora del sistema que se desarrolla en la década de 1930—, o la anti-nazi de la guerra.
La cuarta y última capa se elabora como un cuestionamiento al melting pot. En ella, los negros y los judíos refutarán la eventual existencia del crisol de razas, tratando de generar la exaltación étnica. Mas que un crisol de razas, dice Ferro, este proceso derivó en una “ensaladera” (salad bowl), esto es, una mezcla cultural no integrada en la que las películas buscaban lograr el desarrollo de una identidad cultural propia. Como lógica continuación, se derivó en un proceso de reflexión crítica interna, en el que hasta los westerns se constituyeron en espacios de cuestionamiento al sistema (en suma, como casi la mayor parte de las expresiones de la década de 1970).
La perspectiva de Ferro merece ser asumida como un intento analítico valioso, pero que deja de lado importantes elementos ideológicos y culturales de los Estados Unidos, posiblemente por su perspectiva de allende los mares. Es por ello que aquí se postulará la existencia de invariantes ideológicos, conforme el período o etapa histórica en la que el país se encuentre, elaborados más como una herramienta de construcción pedagógica de consenso e ideología para adentro que como un aparato de difusión externo. Estos invariantes formularán aseveraciones y conclusiones funcionales a la necesidad de reproducir una mirada del pasado que, de alguna forma, justificará las decisiones y la política del presente.
El cine tiene un conjunto de elementos que, si se intenta analizarlos en su totalidad, pueden ser subsumidos al concepto elaborado por Beatriz Sarlo de máquina cultural.6 Este concepto, si bien no ha sido desarrollado con amplitud por la autora, nos permite reflexionar sobre cómo, desde un lenguaje particular, se construye ideología. La máquina cultural será aquí entendida desde la lógica de la teoría general de los sistemas, cuando elaboraba procesos sin entrar a cuestionar aspectos internos (básicos) de su funcionamiento. La caja negra de von Bertalanffy sería aquí dicha máquina cultural, en la que por el lado del input ingresarían palabras, imágenes, sonidos y música, y por el lado del output una historia que refleja —supuestamente— la Historia, sea de algún hecho ocurrido realmente, sea en el contexto de una historia imaginaria.
De alguna forma, permitirnos trabajar con el concepto de caja negra posibilitaría interpretar un código de realidad entre la pantalla y el espectador, sin tener que precisar cada una de las instancias que lo componen. La zona de frontera que se presenta al intentar analizar un fundido desde la implicancia ideológica-discursiva puede confundirse con aquella mirada artística que la entiende como hecho estético. Este último punto no será tratado aquí, ya que corresponde a otro campo, que es el de los estudios artístico-cinematográficos. Tampoco se hará eje en la mirada de Brent Toplin, quien hace hincapié en aquellos aspectos que rodean a la película (guionista, productor, director, grandes estudios cinematográficos, etc.), aunque pueden ser usados elementos que la componen. De esta forma, el código de realidad permite transportar una idea al espectador, basada en condicionantes previos y comunes.
Entonces, queda el mensaje, es decir, lo que se dice y lo que tal vez no necesariamente se quiso decir, pero finalmente se dijo. Aquí entran los invariantes mencionados más arriba, que pueden resumirse en pocas ideas:
a) La frontera como mecanismo para la construcción de la democracia norteamericana,
b) El excepcionalismo, lugar común para justificar el hecho de sentirse diferentes,
c) El patriotismo de todo norteamericano de bien,
d) El conflicto entre el bien y el mal, donde el bien —representado por los valores cristianos— siempre triunfa,
e) El consenso sobre las bondades del sistema norteamericano,
f) El cumplimiento del “sueño americano” (American dream).
Cada uno de ellos merece un tratamiento en particular, a fin de aclarar sus
implicancias:
a) El tópico de la frontera resulta constitutivo en términos ideológicos. Frederick Jackson Turner, en El significado de la frontera en la historia norteamericana,7 sostuvo que la línea de frontera entre los hombres blancos y la naturaleza (contando a los indios en el segundo término, por supuesto), resultó determinante en el surgimiento de la democracia norteamericana. Si bien el proceso de expansión territorial-democratización que propuso Turner se podía adscribir bastante con el conflicto sarmientino de la lucha de la civilización contra la barbarie, en la época en que lo escribió (fines del siglo XIX), el eje estaba puesto en la importancia de la vía norteamericana hacia la democracia. Turner quería diferenciar a los Estados Unidos de la experiencia europea, en un contexto en el que el desarrollo industrial que posicionaría a su país a la cabeza de las potencias mundiales, empezaba a mostrar excipientes desagradables. La urbanización desordenada con su necesaria consecuencia de concentración económica y degradación social motivó el desarrollo de una mirada del pasado tan particular. Escribió Turner que
hasta hoy, la historia norteamericana ha sido sobre todo la de la colonización del Gran Oeste. La existencia de una zona de tierras libres… explica el desenvolvimiento de la nación… Las peculiaridades de las instituciones norteamericanas radican en el hecho de que se han visto obligadas a adaptarse a los cambios de un pueblo en expansión.8
Con esta base ideológica —que obviamente es mucho más compleja y con puntualizaciones específicas, lo que se tratará en otro trabajo—, películas tales como La conquista del oeste o Pasaje al noroeste resultan formadoras de ideología, por cuanto le dice al espectador norteamericano qué es lo que tienen que pensar sobre su pasado, por un lado, como si fuera un manual de escuela primaria; pero, por otro, dichos filmes lanzan mensajes subterráneos, en los que, por ejemplo, un simple granjero abandonó el este pedregoso y, a través y gracias a la canalización del lago Erie, se pudo mudar al oeste a iniciar una nueva vida. El hombre común, el haber nacido en una “cabaña de madera”, expresa el ideal de simpleza con el que cualquier norteamericano se enorgullece.
Las películas indicadas, como muchas otras, construyen una visión específica del pasado, que se sostienen indudablemente en el desarrollo que pudo poner en palabras el estudio de Turner. Por eso este autor ha sido un referente clave en la construcción de un pasado que, es evidente, no se corresponde con mucho de lo que pasó, ya que este pasado resulta funcional a las necesidades de una clase dominante mucho más refinada y compleja que lo que se quiere transmitir como valores e ideales de lo norteamericano.
Cada escena en estas películas tiene un objetivo histórico y político, con un mensaje claro para cualquier espectador norteamericano. Sin embargo, también resulta importante el aparato cultural que desarrolla, porque más allá de su objetivo interno, con la capacidad económica y política de Hollywood, estas ideas son transmitidas al resto del mundo donde el mercado fílmico tiene penetración.
b) Con relación al excepcionalismo, puede verse en la mayor parte de las películas que tratan sobre aspectos históricos o socio-históricos, que los norteamericanos se creen diferentes al resto del mundo occidental, en virtud de lo aprendido en la dura lucha de la frontera. De esta forma entienden que “los Estados Unidos son y han sido diferentes, geográfica, social, política y económicamente”, gracias a que, detrás del planteamiento excepcionalista se esconde “una postura eurocentrista… junto con un profundo debate político-ideológico”.9
La doctrina del Destino manifiesto ha de hallarse como fundamento de toda película histórica que muestre, siquiera mínimamente, las relaciones exteriores. Esta mirada del mundo supone que Dios ha determinado que los Estados Unidos de América son el pueblo elegido para la realización del ideal democrático y capitalista, por lo que las decisiones de su política exterior se han de justificar en una concepción religiosa. Ya desde los Federalist Papers10 se estableció que el mejor gobierno para el mejor país debía abarcar de la costa este a la costa oeste, y puede verse la presencia de tal concepto a lo largo de todo el siglo XIX. Los políticos y publicistas que argumentan a favor de esta doctrina, sostienen que son tres los temas en los que se fundamentan:
i) la importancia y virtud de las instituciones políticas, sociales y económicas de los Estados Unidos de América;
ii) la obligación moral, por parte de los gobernantes del país, de llevar al resto del mundo la excelencia de dichas instituciones; y,
iii) el hecho de que fuera Dios quien impusiera esa misión, esa “carga de hombre blanco”.
La herramienta clave para llevar adelante la postura excepcionalista se encuentra en la Doctrina Monroe.11 En consecuencia, con esta base y vinculado al punto a), la expansión norteamericana sobre el resto del mundo es como si la frontera pudiera ser México o El Salvador, pero también China o Japón. En todos los casos Estados Unidos representa la civilización y la democracia, contra la barbarie y el autoritarismo que expresan sus opositores. Películas tales como 55 días en Pekín o El Álamo (en cualquiera de sus versiones y por tomar solo un ejemplo) son una expresión concreta de estas ideas.
Extensivamente, el hombre blanco dentro de los límites del país es un portador de democracia, contra la barbarie de los indios o la estupidez y brutalidad de los negros u orientales. Con base en estos fundamentos aparece el tercer invariante.
c) Con respecto al patriotismo de todo norteamericano de bien, deben considerarse los principales elementos que hacen al nacionalismo norteamericano, el que se construye de forma diferenciada a los nacionalismos europeos. Sin tener obligatoriamente una religión común, por cuanto las diferentes versiones de interpretación de la Biblia daban la posibilidad de desarrollar miradas distintas, la referencia última al cristianismo brindaba un punto de encuentro en un Dios que, gracias a su particular vinculación con los creyentes, marcaba la importancia y diferencia del creyente del norte de América con respecto a los católicos europeos y de la América Latina, tal como claramente estableció Max Weber en su trabajo sobre la íntima vinculación entre el desarrollo del capitalismo y el protestantismo.
Asimismo, el uso del inglés como lengua referente abroquelaba los distintos orígenes políticos, económicos y sociales de los colonos, tras una percepción común del origen. Basándose en los trabajos de Kohn, Dorado indica que el “cimiento principal del nuevo nacionalismo norteamericano era una idea de libertad compartida con la madre patria”.12 Los Estados Unidos han elaborado el concepto de que su origen es producto casi exclusivo de la necesidad de libertad, ya que la “idea americana de libertad, con su mensaje universal, estaba fuertemente arraigada en la histórica tradición inglesa. Sin esta raíz, el experimento americano pudo haberse perdido en utopías y radicalismo; pero sin trascender en su fundación nunca hubiera florecido en una idea nacional capaz de fundar una nueva nación”.13 En este punto el nacionalismo como ideología entronca, necesariamente, con el de la frontera, que ha sido con anterioridad expuesto. Gran parte de los estudiosos del tema indican que el nacionalismo norteamericano se basó en el conglomerado de problemas derivados de la lucha contra la naturaleza en la frontera, dando por esto la espalda a Europa y al Atlántico, para mirar hacia el Pacífico.
Detrás de todos los elementos apuntados, y por último en este somero análisis del nacionalismo, debe considerarse el principio federalista. Esta resolución política le hace sentir al ciudadano común que es libre, pero que también forma parte de un concepto continente mayor, que le brinda seguridad.
De esta forma, el patriotismo del norteamericano medio se basa en principios simples, pero comunes a todos, tales como la forma de vivir (the American way of life), de expresarse o la libertad que goza cualquiera.
Esto se ve desarrollado en filmes tales como El patriota, donde se dirime la tensión entre la lealtad a la corona inglesa o la lucha por la libertad de una patria que no existía (la tensión interna de un Mel Gibson que viene a representar la síntesis de tres o cuatro terratenientes que lucharon a favor de la causa revolucionaria), o expresiones tales como Revolución, en la que se muestra claramente que los que llevan adelante el proceso revolucionario son representantes de la burguesía comercial y portuaria (la representada por Natassia Kinski), contra el desinterés y la apatía que muestra el pequeño campesino (el personaje desarrollado por Al Pacino). La necesidad de consolidar la construcción de un pasado, en el que los “padres de la patria” tenían claro que su objetivo era el de independizarse de una potencia que los oprimía, lleva a la filmografía a presentar héroes cuyas motivaciones siempre resultaron desinteresadas, en términos personales, para inmolarse en el altar de la patria.
Sin embargo, el patriotismo no se elabora exclusivamente en las películas que se abocan al pasado revolucionario. En cualquier tensión internacional en la que estuvieran involucrados los Estados Unidos, el héroe es un hombre común que subordina sus intereses tras las necesidades de su patria, en tanto defensora de la libertad (desde películas tales como Los boinas verdes con John Wayne o Rescatando al soldado Ryan con Tom Hanks, a clásicos como Los inconquistables con Gary Cooper o Pasaje al noroeste con Spencer Tracy).
Mención aparte merece el hecho de que en toda película norteamericana aparece en primer plano o como complemento de la imagen, la bandera norteamericana. Es éste un recurso originado en una norma de los Estados Unidos gracias a la que la aparición de la enseña permite desgravaciones impositivas; pero no debe desestimarse por ello la decisión política que elaboró y votó esa ley. De esta forma la bandera aparece en muchas escenas de muchas películas, con un efecto psicológico reforzante de la identidad.
d) El conflicto entre el bien y el mal ha sido un recurso discursivo de la filmografía histórica norteamericana. Con fundamento en los valores cristianos, donde el bien puede estar claramente representado en los principios y valores de la moral cristiana, el bien ha de encontrarse normalmente en la prosecución del interés nacional. En líneas generales, lo que hace bien a la grandeza de los Estados Unidos es lo que está bien en la película de que se trate. Podría asegurarse con un mínimo margen de error que las películas históricas norteamericanas plantean una identidad entre el interés político coyuntural norteamericano con el bien en su lucha contra el mal. El mal, entonces, es la expresión de valores vinculados a lo que contradice o ataca los intereses que lleva adelante el gobierno de los Estados Unidos.
Es una antinomia simplificada, gracias a la cual el personaje o los personajes centrales (norteamericanos o sus aliados), poseen virtudes humanas y éticas, mientras que los oponentes (japoneses en la década de 1940; soviéticos o comunistas en la de 1950 y hasta la caída del Muro de Berlín; los musulmanes luego), son pérfidos, traidores, sin ningún basamento moral ni ético, brutales, insensibles. Por caso, valga el ejemplo de los somalíes que combaten a los rangers del ejército norteamericano.
Este elemento es un invariante que tiene múltiples acepciones. Esto es así por cuanto la orientación de cada gobierno no necesariamente persigue los mismos objetivos que su precedente y/o su sucesor. Sin embargo, debe tenerse presente como invariante, sin perjuicio de la necesidad de analizar cada filme en su contexto de producción, como hace Brent Toplin.14
Esto tiene su lógica si se articula con los principios rectores del Destino manifiesto y la frontera. La mirada imperial norteamericana no se inicia sino hasta el momento en que puede darse por cerrada la frontera, para justificar con el concepto de avance hacia la frontera la expansión colonial-imperialista, es decir, a principios del siglo XX, junto con el desarrollo de la fantástica herramienta de divulgación llamada cine.
e) Con respecto al consenso sobre las bondades del sistema norteamericano, el concepto debe ser pensado como la consecuencia ineludible de los puntos anteriores. Además de las necesidades ideológicas de los sectores dominantes de los Estados Unidos que a tal fin han desarrollado la fórmula historiográfica del consenso.15 Esta perspectiva ha sido determinante en la década de 1950, estableciendo pautas férreas a futuro. Es una escuela historiográfica que debe ser interpretada cuando menos como la sustentadora de la historia oficial, dado que Estados Unidos, dicen sus abogados, “al no tener un pasado feudal, nació libre y sin clases, y era intrínsecamente democrático”. Con este basamento, y en un contexto de fuerte presión interna condicionada por la guerra fría, el macartismo, y la consolidación de un empresariado vinculado a un estado federal imperial, se aceptó la idea de que los conflictos dentro de la sociedad norteamericana existían, pero siempre con una forma funcional. En suma, “los conflictos en la historia norteamericana son reales pero secundarios, y se generan por las disfunciones que crea el progreso histórico y el desarrollo socio-económico”, dijo Hofstadter.16
Este consenso se configura y reconfigura permanentemente, en función de las necesidades imperiales y empresariales. De esta manera puede verse cómo se ha desarrollado en las décadas de 1950 y 1960 lo que Geoffrey Hodgson ha llamado la ideología del consenso liberal. Según este autor,
la ideología contenía dos supuestos fundamentales: que la estructura de la sociedad norteamericana era básicamente sana, y que el comunismo era un peligro palpable para la supervivencia de los Estados Unidos y sus aliados. A partir de estas dos concepciones surgió una visión establecida del país. Esa visión defendía su posición más o menos de esta forma: el sistema económico norteamericano se ha desarrollado morigerando las injusticias y las brutalidades del capitalismo anterior, haciéndose más democrático, y ofreciendo abundancia a una porción mayor de la población. La clave tanto de la democracia como de la abundancia es la producción y el adelanto tecnológico; el crecimiento económico proporciona la oportunidad de estar a la altura de las necesidades sociales, de diluir los conflictos sociales y de hacer que los trabajadores ‘de cuello azul’ (obreros industriales, de la construcción, textiles, etc.) se incorporen a la clase media.17
De esta forma se vuelven menos complejos y explosivos los problemas emergentes de las desigualdades sociales, y por ello, se pueden encarar programas específicos para solucionar aquellos emergentes. Sin embargo, la amenaza a este modelo armónico se encuentra en el espectro del comunismo. Entonces, el “mundo libre”, conducido por los Estados Unidos “debe prepararse para una larga lucha contra el comunismo y apoyar a conciencia un sistema de defensa poderoso, ya que el poder es el único lenguaje que los comunistas pueden entender”.18 Por este motivo, la mayoría de las películas generadas desde Hollywood que se refieren al período se subordinan a la reproducción ideológica de los valores norteamericanos como valores relevantes de la humanidad misma.
f) Por último, el cumplimiento del así llamado American dream. Derivación lógica del trabajo señero de Turner, la posibilidad de ascender social y económicamente es consecuencia necesaria de las bondades del sistema.19 La historia es ejemplo concreto de ello: Abraham Lincoln, Herbert Hoover y otros, nacidos en una cabaña de madera pudieron llegar a la presidencia de la nación, exclusivamente gracias a su esfuerzo y capacidad. La idea de nacer en una cabaña refiere básicamente al hecho de que un hombre es de orígenes humildes, de una zona rural.
Esta es la visión política del antiguo republicanismo, quienes pretendían construir un modelo democrático sostenido en el individualismo agrario. Este modelo se basaba en el pensamiento político de Locke, quien argumentó con fuerza sobre la importancia política de la aceptación generalizada del derecho natural. Este es para los hombres “un estado de completa libertad para ordenar sus actos y para disponer de sus propiedades y de sus personas como mejor les parezca, dentro de los límites de la ley natural”.20 El respeto de esa libertad se hace principio rector para los constituyentes de 1787, entendiendo como poder político, con Locke, “el derecho de hacer leyes que estén sancionadas con la pena capital, y, en consecuencia, de las sancionadas con penas menos graves, para la reglamentación y protección de la propiedad; y el de emplear las fuerzas del estado para imponer la ejecución de tales leyes”.21
De esta forma, el republicanismo propugnaba que el ejercicio del derecho de tener en propiedad la tierra y trabajarla era la base de un compromiso social real y efectivo, y garantizaba de esta forma el orden político. Es por ello que la base de la nación se encontraba en la comunidad agrícola de origen y no tanto en el poder del estado central; conjunto de ideas que subsistirían subterráneamente durante todo el siglo XIX y emergerían en opciones políticas tales como el Populismo.
En consecuencia, la base del republicanismo jeffersoniano permite sostener el principio de que toda persona de orígenes humildes, con principios firmes, y temerosa de Dios puede alcanzar la meta que se proponga. Mejor aún si esa meta está vinculada al mantenimiento o recuperación de algún principio ético o moral. Películas tales como The Young Lincoln, Erin Brockovich, The People vs. Larry Flint, Hoffa o Alí muestran parcial o totalmente los argumentos expuestos en el presente apartado.
* * *
Para concluir, estos invariantes que han sido reseñados deben ser entendidos como substratos ideológicos de aquella máquina cultural mencionada, gracias a la cual un conjunto de principios sencillos, adecuadamente combinados, han podido reproducir una construcción ideológica funcional a las necesidades de un estado que a lo largo del siglo XX y principios del XXI se ocupó en controlar recurrentemente las producciones de Hollywood.
Estos elementos han de ser hallados, sin gran trabajo, hasta en filmes que supuestamente cuestionaban la fórmula y modalidad de ejecución del poder de la clase dominante. El trabajo que queda por hacer es buscar estos elementos, los que no necesariamente entran en contradicción con aquellas capas analizadas por Ferro, a fin de individualizarlos y ponerlos en evidencia.
Es un importante el esfuerzo intelectual el tratar de desnudar estos invariantes, en pos de profundizar en el trabajo analítico de cómo el poder ejerce su dominación ideológica y cultural.
Queda mucho por hacer.
1 Una vers@ión previa de este trabajo ha sido publicada en Siembra, Revista de Arte y Humanidades de la Universidad Autónoma de Chapingo, Año 3, Nº 7, mayo-agosto de 2007.
2 Marc Ferro, “Cine y conciencia de la Historia en Estados Unidos”, en Marc Ferro, Historia contemporánea y cine, Barcelona, Ariel, 2000, pág. 199.
3 El autor con El nacimiento de una nación logró un amplio prestigio, hasta tal punto que el mismo Wilson destacó la importancia para conocer la historia del propio país. Evidentemente, analizada desde hoy es una película con un fuerte contenido racista y hasta con elementos ideológicos que pueden pensarse como protonazis, pero en una época en donde todavía no se había resuelto el conflicto negro-blanco, la mirada de Griffith es hasta liviana.
4 Marc Ferro, “Cine y…”, op. cit., pág. 201.
5 Ibid., pág. 202. Esta idea es cuestionable, ya que el rechazo social que le dispensa la clase dominante sureña a Rhett Butler, debe interpretarse más como una mirada cultural y de clase que un desprecio a la persona en particular. Butler es un comerciante de armas, que no tiene inconvenientes en negociar con el norte. O sea, representa al capitalismo y por ello debe ser marginado, al no respetar los valores espirituales —y prácticos— de la pre-capitalista sociedad sureña. Es más, la película no deja de mostrar el cambio social, ya que cuando el sur está empezando a perder la guerra, los mismos que cuestionaron a Butler, lo pasan a ver como un salvador.
6Beatriz Sarlo, La máquina cultural. Maestras, traductores y vanguardistas, Buenos Aires: Ariel, 1998. Este concepto, lo utilicé en forma instrumental en los inicios de las investigaciones sobre cine e historia, y como se verá, irá tornándose más complejo al avanzar en los siguientes capítulos, de forma tal que mutará en otras ideas y conceptos.
7 Puede consultarse en Frederick J.Turner, La frontera en la historia americana, Madrid: Ed. Castilla, 1961.
8 La cita ha sido tomada de Pablo Pozzi y Roberto Elisalde, “Conflicto y consenso en la historiografía norteamericana: una historia politizada”, en Pablo Pozzi et al., Un pasado imperfecto. Historia de Estados Unidos, Buenos Aires: Manuel Suárez Ed., 1992, pág. 14.
9 Pablo Pozzi, “Excepcionalismo y clase obrera en los Estados Unidos”, en Pablo Pozzi et al., De Washington a Reagan: trabajadores y conciencia de clase en los Estados Unidos, Buenos Aires: Cántaro, 1990, pág. 20.
10 Los Federalist Papers son un conjunto de artículos escritos por Hay, Madison y Hamilton, para explicar a los ciudadanos de Nueva York las bondades del proyecto constitucional elaborado en Filadelfia. El objetivo era explicar los principales puntos del modelo y argumentar a su favor, a fin de lograr que se ratifique dicha Constitución.
11 La Doctrina Monroe, elaborada por el mismo presidente Monroe, “fue declarada en el último mensaje presidencial al Congreso, en diciembre de 1823. Afirmó que los continentes americanos ya no estaban abiertos a la colonización por potencias europeas y formuló una advertencia contra cualquier intervención europea en las nuevas naciones revolucionarias de América latina y contra la extensión de sistemas políticos europeos en las Américas. Expresión de un nacionalismo que tenía confianza en sí mismo, la declaración unilateral de Monroe reconoció la existencia de esferas de influencia y, por inferencia, reinvindicó una de ellas en América latina para los Estados Unidos”. En Charles Selliers, Henry May, y N. McMillan, Sinópsis de la historia de los Estados Unidos, Buenos Aires: Editorial Fraterna, 1988, pág. 181. También puede consultarse Ana Moyano Pahissa y Velasco J. Márquez, EUA. Documentos de su historia política I, México: Instituto Mora, 1988, págs. 387-397.
12Analía Dorado, “Los fundamentos del nacionalismo norteamericano: la construcción de una nación”; ponencia presentada en las Xmas. Jornadas Interescuelas-Departamentos de Historia, 20-23 de septiembre de 2005, Mesa 79: De la Revolución a la Reconstrucción: Política y Economía en los siglos XVIII y XIX de los Estados Unidos de Norteamérica, pág. 8.
13 H. Kohn, El pensamiento nacionalista en los Estados Unidos. Buenos Aires: Editorial Troquel, 1944, pág. 23. Citado en Dorado, “Los fundamentos…”, op. cit., pág. 8.
14 Robert Brent Toplin, History by Hollywood. The Use and Abuse of the American Past, Champaign, Illinois: Illinois University Press, 1996.
15 Puede consultarse al respecto Fabio Nigra. “Historiografía y versiones cinematográficas. Una aproximación al cine histórico de Estados Unidos”; ponencia presentada en las XIII Jornadas Interescuelas/Departamentos de Historia, San Fernando del Valle de Catamarca, agosto de 2011.
16 Pablo Pozzi y Roberto Elisalde, “Conflicto y consenso en la historiografía norteamericana: una historia politizada”, en Pablo Pozzi et al., Un pasado imperfecto. Historia de Estados Unidos, Buenos Aires: Manuel Suárez Ed., 1992, págs. 5-7.
17 Charles Maland. “Doctor Strangelove: comedia de pesadilla e ideología del consenso liberal”, en Peter Rollins (comp), Hollywood: El cine como fuente histórica. La cinematografía en el contexto social, político y cultural, Buenos Aires: Fraterna, 1987, págs. 252-253.
18 Idem.
19 Este es un tópico que deberá ser trabajado desde la perspectiva del folklore como sentido común, junto a elementos derivados del análisis ideológico, ya que su constitución deriva de aspectos funcionales de la cultura, constituida en un período clave de la organización institucional. Algo así como resolver el punto de si Turner es un transformador de algo que existía ya en el ambiente cultural, o si es un inventor de la idea, que será tomada por la clase dominante para su consolidación.
20 John Locke, Ensayo sobre el gobierno civil, México: Nuevomar, 1984, pág. 33.
21 Idem, pág. 32. El concepto de propiedad, para Locke, es que “cada hombre tiene la propiedad de su propia persona. Nadie, fuera de él mismo, tiene derecho alguno sobre ella. Podemos también afirmar que el esfuerzo de su cuerpo y la obra de sus manos son también auténticamente suyos. Por eso, siempre que alguien saca alguna cosa del estado en que la Naturaleza la produjo y la dejó, ha puesto en eso algo de su esfuerzo, le ha agregado algo que le es propio; y por ello ha de convertirlo en propiedad suya”. Idem, pág. 45.
2
¿Es aceptable la representación del pasado en las películas históricas?
En la película The Invention of Lying,1 ubicada en un planeta como el nuestro, pero en el que no existe la mentira, se muestra una particular forma del cine. Como se supone que ningún tipo de “mentira” es posible, por ello no existe la ficción (con lo que se da a suponer que en ese mundo cualquier tipo de re-presentación no transmite la verdad). Partiendo de estos supuestos, en el cine posible de este universo ha de verse solamente una cámara fija que enfoca a una persona sentada, que cuenta alguna historia. Pero no es una historia inventada que sería ficción y por ende mentira, sino que se cuenta algún momento de la Historia de la Humanidad. El actor principal de la película (Ricky Gervais) es un escritor del principal estudio de cine, y tiene tan mala suerte que le toca una época histórica que no era atractiva para la mayoría de los integrantes del Estudio (el siglo XIV, el de la Peste Negra). En este universo lo único posible a ser expresado es la Historia, y el éxito ha de encontrarse en la forma de elaborar el guión y en quién lo cuente y cómo.
Este fragmento del filme lleva a reflexionar sobre cuál sería la capacidad de una película histórica para contar el pasado con pautas que puedan, de alguna forma, denominarse “científicas” (en el irónico caso de que no exista la mentira), superando la idea de un hombre sentado contando los hechos como si fuera un aburrido profesor. Desde la historiografía académica se sostiene que este tipo de expresiones cinematográficas no podrá jamás acceder a pretensiones de seriedad científica, ya que el límite establecido para definir la autenticidad de un discurso y otro es la demarcación existente entre la verdad y la ficción, en el entendimiento de que la primera es episteme, mientras que la segunda es solo doxa. Un buen intento de réplica a este tipo de posiciones la brinda Rodrigo Henríquez Vázquez en un texto que buscó reinvindicar el cine y la narración literaria de tipo histórica. Este autor sostuvo que para algunos académicos representativos de la filosofía de la historia (como Morton White, Ankersmit o Rorty), la historia como disciplina “se refiere a hechos verdaderos y la ficción no y que, por el contrario, el CH y NH [cine histórico y la novela histórica] se refiere a hechos verosímiles. Esto, en teoría, los libraría de la responsabilidad de dar cuenta de la verdad de los hechos narrados”.2
Uno de los ejes centrales de la discusión de este autor es que, gracias a los planteamientos de Hayden White y sus seguidores (entre los que cita a Rosenstone y a Monterde, Masoliver, y Solá Arguimbau), la historiografía dio un importante giro gracias al cual ha dejado de tener el monopolio de la representación histórica, y por ello, el control del hecho histórico, al considerar que toda construcción es eminentemente discursiva y, por ende, ficcional. Discutir brevemente la manera de aproximación sobre lo realista, lo verosímil y la representación aportará sobre lo que se pretende reflexionar.
Verosimilitud y representación
Henríquez cuestiona que desde fines de la década de 1960 se aceptó como una verdad indiscutida el aserto de Roland Barthes, quien sostuvo que “el hecho solo tiene existencia lingüística”. De esta forma y gracias al “giro lingüístico” que ha tomado el trabajo historiográfico, “el acontecimiento (la realidad histórica) no tiene una relación de correspondencia con los hechos (la representación del pasado)”.3 Sin embargo este autor omite en su razonamiento que la única manera tradicional de referir al pasado es a través de la palabra (sea oral, sea escrita).4 En el fondo, la historia científica más ortodoxa postula, en la lógica de Alfred Tarski, la correspondencia entre enunciado y hecho histórico, a lo que Henríquez se pregunta ¿por qué el cine histórico no puede establecer esta correspondencia?5 Es decir, en otras palabras, ¿qué impide predicar algo con imágenes, sonido y parlamentos, en vez de un discurso escrito en primera o tercera persona, con la lógica de un narrador omnisciente apoyándose en un conjunto de elementos que de igual forma pueden servir al cine?
La discusión ha de formularse, entonces, entre la veracidad y la verosimilitud de la representación. ¿Qué es lo verosímil? Robert Rosenstone ha cuestionado la fórmula y concepción de los grandes estudios de Hollywood, gracias a las cuales una reproducción muy aproximada en lo que hace al escenario, el vestuario y la geografía ejercen la pretensión de ser Historia, con independencia de la dinámica cultural o sensorial de los participantes, amén de lo que el guión narra (es decir, que sea algo seriamente documentado, o seriamente falseado). Sin embargo el análisis de Roland Barthes, quien ha trabajado concienzudamente el efecto de realidad en la literatura, puede permitirnos reflexionar sobre qué es lo que consensualmente se entiende como realismo, y lo que será útil en la interpretación realista de la historia cinematográfica.
Barthes sostiene que en la literatura realista la acumulación en la descripción de detalles no cumple más que un papel de notación sin una función específica para el relato, más que agregar una información inevitable y sin profundo significado.6 Pero plantea un punto que para el análisis que aquí se desarrolla sobre la verosimilitud del cine histórico es relevante. Barthes indica que “al poner el referente como real simulando seguirlo servilmente, la descripción realista evita el dejarse arrastrar a una actividad fantasiosa…”.7 Es decir, y pensando en el cine histórico, la acumulación de detalles no cumple un papel despreciable ya que, al decir de Rosenstone, el objetivo de dicha exhibición se propone decir “así, más o menos, era una habitación en 1862; éstos eran los objetos que debía haber en la habitación…”.8 Entonces no importa la no funcionalidad de uno o más detalles, ya que denota ‘lo que ha ocurrido’, y por ello, sostiene Barthes, “lo real se vuelve la justificación suficiente del decir”.9
En esta línea de interpretación ingresa la escritura de la Historia por cuanto, conforme indica el autor, esta ciencia admite en su relato el llenar los espacios con notaciones estructuralmente superfluas. Debe destacarse, entonces, que nada casualmente el desarrollo de masas de la narrativa realista y/o naturalista temporalmente coincide con la consolidación epistemológica del Positivismo histórico. Esta escuela historiográfica planteaba, expresado someramente, que solo los “documentos” o fuentes históricas permitirían representar lo real sucedido en el pasado. Y lo real, dicho desde la Antigüedad Clásica, no puede ser contaminado con lo verosímil, porque esto último está sujeto a la opinión (la doxa), mientras que la Historia no. Ahora bien, el Positivismo ha calado muy profundamente tanto en las tendencias historiográficas del siglo XIX, como en gran medida en la percepción popular de lo que es la Historia verdadera (aún durante gran parte del siglo XX). En todo caso, la evaluación popular transitó por la duda de qué historiador decía “la verdad” y cuál no. Pero la discusión sobre el concepto de verdad quedaba oscurecido ya que era lo dado a priori, al suponerse que con la aportación de los “documentos” se alcanzaba a constatar (al estilo judicial) que efectivamente había sucedido lo que el historiador decía que pasó, y no que era una re-presentación de lo que ese mismo historiador interpretó que sucedió. El siglo XX ha cambiado en forma sustancial esta perspectiva, aceptándose que el supuesto dato objetivo es tan interpretable como otros datos, aquellos que desde el Positivismo se consideraron “irrelevantes”, “periodismo”, “fabulación” o lisa y llanamente mentira.
Según Roger Chartier, se pusieron en evidencia las dimensiones retórica y narrativa de la Historia gracias a la llamada de atención de tres obras relevantes, como las de Paul Veyne, Michel de Certeau y Hayden White.10 En pocas palabras, avanzaron directamente sobre la idea de que la narración histórica es un hecho del discurso, y por ende, una construcción a posteriori de lo que el historiador entiende que es lo que pasó. En suma, la Historia es lo que personas en el futuro, conforme la cosmovisión cultural, social, económica y política en la que se encuentran insertos, creen que sucedió. Para ello se apoyan en otros hechos del discurso (las fuentes), que ratificarían que eso que dicen es lo realmente sucedido, gracias a una acumulación de detalles que se validan en otro hecho discursivo. De esta forma, si los detalles denotan directamente lo real, dice Barthes, no hacen otra cosa que significarlo, y por ello “la carencia misma de lo significado en provecho solo del referente llega a ser el significado mismo del realismo”.11 En el fondo, la elaboración de un trabajo histórico implica la reunión de hechos sucedidos efectivamente (gracias a las fuentes que lo atestiguan, pero con una amplitud de aceptación de ellas mucho mayor que en el siglo XIX). Esos hechos existen en la medida que el historiador en su búsqueda determina que lo son (o sea, desde su marco teórico puede realizar la operación de convertir un hecho constatado de alguna forma, en dato representativo de su pesquisa); la puesta en correlación de sentido (a través de la presentación de tipo cronológica o, en otro tipo de perspectivas, analítica), y su exposición… en palabras y en el mejor de los casos, imágenes. Si la objetividad (entendida como el criterio de verdad) fuera tan estricta, es de suponer que no habría de necesitarse a tanto historiador trabajando momentos idénticos. En suma, para Barthes, el discurso histórico no concuerda con la realidad, porque como se indicó con anterioridad lo que hace —luego de las operaciones descritas— es significarla.
En lo que hace al cine, se produce un fenómeno similar. Tal como la mayoría de los analistas y estudiosos del cine sostienen, existe un “modelo de cine clásico de Hollywood”, que pretende borrar en el filme las marcas de su existencia, de su construcción. Es como que se pretende dar la idea de que la historia se cuenta por sí misma sin intermediarios, buscando lograr que el espectador participe pero como un voyeur. El carácter de hechos ocurridos, dice Monterde, “no es garantía de verdad, sino que solo forma parte de una estrategia de la representación”.12 Es como si el cine solamente se propusiera estar ahí, ante la realidad, para permitirle llegar hasta nosotros a través del objetivo de la cámara. De esta forma, “su verdad dependerá de la verdad de lo que exista ante la cámara, pues en principio la misma solo está obligada a restituir ese ‘ponerse ante la cámara’ como todo testimonio de su existencia”.13 Es por ello que esta apariencia de verdad le permite enmascarar que el relato es arbitrario, que la narración es intervenida como una construcción y que la sucesión de acciones tienen pautas específicamente elaboradas para su encadenamiento.14 El modelo de cine de Hollywood, llamado “clásico”, tiene un conjunto de ventajas que lo asemejan a la escritura tradicional de la Historia, tal como sostiene Monterde:
El placer obtenido de una película de ficción surge de una mezcla de historia y de discurso, en la que el espectador ingenuo (que uno sigue siendo) y el conocedor encuentran al mismo tiempo, con una muy ligera superación, motivo para estar satisfechos. El cine clásico obtiene de ahí su eficacia. A través de una regulación a la vez tenue y fuerte, la institución cinematográfica gana en los dos campos: si el espectador se desliza por y en la historia, aquella se le impone subrepticiamente; si atiende al discurso, es glorificada por su savoir-faire.15
En la misma dirección argumenta Ismail Xavier, cuando plantea que lo que él llama el naturalismo es la construcción de un espacio narrativo fílmico que busca una reproducción fiel de las apariencias inmediatas del mundo físico, y a la interpretación de los actores que plantean una reproducción del comportamiento humano, con reacciones “naturales”. El principio que está por detrás de esta operación es “el establecimiento de la ilusión de que los espectadores están en contacto directo con el mundo representado, sin mediaciones, como si todos los aparatos de lenguaje utilizados constituyesen un dispositivo transparente (el discurso como naturaleza)”.16 De esta forma, para Xavier, la representación es discurso y es retórica. Tal como sostiene respecto a los films históricos,
esa reproducción, dirigida hacia un evento natural o a la arquitectura, decoración, vestuario y ‘acontecimientos’ de un determinado período histórico, funciona como instrumento retórico. La ‘seriedad’ de la reconstrucción y el esmerado cuidado que se manifiesta en los detalles simbolizan una actitud de ‘respeto a la verdad’ que tiende a ser aceptada para el filme en su totalidad.17
Concluye, entonces, que esta construcción finamente elaborada por Hollywood tiene la pretensión de afirmar “discurso = verdad”.18 Pero puede irse más allá, ya que la misma realidad no es un dato que se nos aparece como algo inexorable. La realidad se encuentra condicionada por la producción social de sentido tal como la plantea Eliseo Verón (y es un punto que se analizará en el próximo apartado). El siguiente ejemplo pone en evidencia que el decir/hacer produce los determinantes de eso que da en llamarse realidad:
En 2004 en The New York Times, Ron Suskind reveló una conversación que había mantenido en 2002, con un asesor de George W. Bush: ‘Me dijo que las personas como yo «creen que las soluciones surgen de su juicioso análisis de la realidad observable». Yo asentí y murmuré algo sobre los principios de la Ilustración y el empirismo. Pero él me interrumpió: «El mundo ya no funciona de esa manera. Ahora somos un imperio, prosiguió, y cuando actuamos creamos nuestra propia realidad. Y mientras ustedes estudian esa realidad, nosotros volvemos a actuar y creamos otras realidades; y así es como pasan las cosas. Nosotros somos los actores de la historia. Y a ustedes, a todos ustedes, no les queda otra cosa que estudiar lo que nosotros hacemos»’.19
Es decir, los que tienen las riendas del poder —en este caso, podría decirse que mundial—, al hacer y decir son los que crean la realidad. El decir sobre esa realidad la significa, y por ello generan las condiciones para que el decir se adecue a su realidad. Juan Gelman lo destaca claramente:
La entonces encargada de relaciones públicas del Pentágono Victoria Clark dirigió a comienzos del 2002 un programa de analistas militares de pronta ejecución: contrató a 75 oficiales retirados que aparecían en los informativos de las radios y los canales de televisión o escribían columnas de opinión para ir creando un clima favorable a la guerra con Irak que preparaba la Casa Blanca (www.sourcewacht.com, 8/3/11). El Pentágono les bajaba línea en reuniones semanales y los medios los presentaban como expertos y verdaderos periodistas, dándoles espacio para la propaganda bélica como si fueran observadores objetivos.20
En otras palabras, los funcionarios del Imperio trabajan a tiempo completo construyendo realidad, en parte con actos, en parte con la invención del decir imperial.21 Esta serie de ideas, de alguna forma, buscan mostrar el camino de la construcción social posible, que generarán un universo simbólico y una construcción social de lo real.
Aparatos ideológicos y sentido común22
Aquí cabe reintroducir ideas desarrolladas por Althusser. Los aparatos ideológicos del estado para el autor, representan cierto número de realidades que se ponen en evidencia al observador inmediato bajo la forma de instituciones distintas y especializadas. En su análisis hizo especial hincapié en aparatos como la escuela o la iglesia, mientras que solo mencionó la existencia de otros, entre los que se cuentan los aparatos ideológicos del estado de información y los aparatos ideológicos del estado culturales.23 Este autor describe la totalidad de los aparatos con grados de represión vinculados a la participación de dichos aparatos en la vida de los ciudadanos comunes, destacando la censura en los aparatos ideológicos del estado culturales (cabe destacar para lo que aquí nos ocupa que en Hollywood la autocensura se encontró —y encuentra— expresada evidentemente en lo que se podía —o puede— o no mostrar o decir en las películas). Sin embargo, es válido el principio que sostiene que todos los aparatos ideológicos del estado concurren a obtener el mismo resultado, que no es otro que el de la reproducción de las relaciones de producción, o en otras palabras, las relaciones capitalistas de explotación.24
Ahora bien, el aporte más relevante de dicho planteamiento, solamente esbozado, es el de interpelación. Althusser sostiene que la ideología actúa o funciona “reclutando” sujetos entre los individuos, por medio de una operación que llamó interpelación: éste es un mecanismo gracias al cual se convierte a los individuos en sujetos (del proceso ideológico). Tal vez el ejemplo que el autor brindó no haya sido el mejor o el más ilustrativo, y ha dado la oportunidad para recibir duras críticas, como por ejemplo la de Eagleton.25 La interpelación parece ser el elemento gracias al cual un conjunto social puede llegar a elaborar imaginarios sociales, construyendo sentido con algunos elementos básicos de su imagen (la imagen de sí misma), dado que los grandes grupos sociales elaboran lo que Baczko denomina imaginarios sociales. Estos son referencias específicas “en el vasto sistema simbólico que produce toda colectividad y a través del cual ella ‘se percibe, se divide y elabora sus finalidades’”. De esta forma una colectividad designa su identidad elaborando una representación de sí misma de forma tal que expresa e impone ciertas creencias comunes, fijando modelos formadores (como el del jefe, el guerrero o el militante). Así entonces, se genera una “representación totalizante de la sociedad como un ‘orden’, según el cual cada elemento tiene su lugar, su identidad y su razón de ser”. Es gracias a ello que se “define un territorio”, las “relaciones con los otros”, forma “imágenes de los amigos y enemigos, de rivales y aliados; del mismo modo, significa conservar y modelar los recuerdos pasados, así como proyectar hacia el futuro sus temores y esperanzas”.26
El punto alrededor del cual el imaginario social se sostiene ha de hallarse en los sistemas simbólicos (entendidos como un objeto y las reacciones del sujeto hacia ese objeto), ya que a través de ellos opera la imaginación social. Todo campo de experiencias sociales está rodeado de un horizonte de expectativas y recuerdos, de temores y esperanzas, y se erige en una pieza del dispositivo de control de la vida colectiva. Esta dinámica ha sido claramente explicada por Williams, cuando trata de precisar el concepto de hegemonía.27 Es más, sostiene que una hegemonía es siempre un proceso, un proceso complejo efectivo de experiencias, relaciones y actividades que tiene límites y presiones específicas y cambiantes. Por ello, tal como indica Nun, nunca puede ser individual, porque debe ser continuamente renovada, recreada, defendida y modificada; y también continuamente resistida, limitada, alterada, desafiada por presiones que no le son propias.28 Ahora bien, resultaría muy inocente suponer que esta construcción de imaginario colectivo se produce en una dinámica social al estilo de Adam Smith, donde el libre juego de la oferta y demanda de ideas, símbolos y percepciones culturales fueran organizando un conjunto global. Por el contrario, debe destacarse una lógica de intereses contradictorios, que se enfrentan entre sí, y que por lo general adoptan intencionadamente las formas funcionales al poder.29 Por ello vale comprender las sutilezas de un concepto como el de aparato ideológico del estado, que el accionar del poder de la clase dominante busca configurar como si fuera el sentido común.
Es evidente que la esfera del sentido común refiere a la acción concreta, guiada por intereses, por lo que el criterio que lo sostiene es eminentemente pragmático. Para la sociedad que lo resignifica los conceptos que construyen el sentido común no tienen por qué ser coherentes y sin contradicciones. Pero sí son constructos que elaborados con cierta intencionalidad, sirven para definir los imaginarios sociales, desde cierta perspectiva ideológica, a fin de garantizar el éxito de una acción hegemónica. El eje alrededor del cual gira tanto el sentido común como las aseveraciones formales sujetas a reglas firmes de elaboración (como la filosofía) es el lenguaje. Y como Marx, Gramsci “concibe al fenómeno lingüístico como un ‘producto social’, inseparable de una forma de vida y de su ‘concepción determinada del mundo’”.30 El uso del lenguaje, desde esta perspectiva, pone su acento en su carácter social y práctico de su ejercicio.
En este contexto y para las necesidades funcionales de la clase dominante, son las palabras las que elaboran el sentido común y las que escriben la Historia. O de otra forma, las que de alguna manera inventan la realidad (como se puso en evidencia en el apartado anterior). Esta realidad, se postula aquí, es trasladada desde la fracción de clase hegemónica a través de los aparatos ideológicos del estado (como la escuela), al brindar una historia oficial funcional a sus intereses; pero también, como en un juego de pinzas, con las películas históricas que transmiten esa historia oficial como si fuera lo que efectivamente sucedió. De esta forma conceptos como la patria o los padres fundadores son el sentido común de cualquier norteamericano promedio; conceptos que fueron implantados en un proceso cultural.31 En consecuencia, a través de un conjunto de herramientas de reproducción de saberes se construye un universo simbólico apoyado en un sentido común (que como se dijo, es producto de las acciones y decisiones de la clase dominante junto a las resistencias de las fracciones subordinadas), que tendencialmente va en la dirección que la clase dominante necesita. ¿Cómo se construye esta realidad?
La construcción social del pasado
Una película que refiere a la Historia de una sociedad interpela a los individuosespectadores como sujetos de los valores, símbolos e ideas, para convertirlos, de alguna forma en sujetos de ese proceso histórico. Robert Rosenstone ha planteado que el cine es una herramienta importante como mecanismo de narración de la historia. Asumiendo que es una nueva manera de contar el pasado —como en su época lo fue la tradición oral al estilo de Heródoto—, y que “la historia filmada siempre será una reflexión sobre el pasado más personal que la que plantee un trabajo escrito”,32 este historiador sostiene que al vivir en una época posliteraria (esto es, donde la lectura ha sido relegada por los medios audiovisuales) “sin denigrar el poder de la palabra se debe defender la capacidad de reconstrucción de otros medios”,33 como en este caso es el cine histórico. Sin embargo, para ser considerado histórico, un film debe ocuparse “de los temas, las ideas y los razonamientos del discurso histórico”.34 En la medida que se cumpla con ellos el cine conlleva un valor agregado que lo diferencia, y es que tiene la posibilidad de representar y ficcionalizar los acontecimientos humanos del pasado, incorporándole verosimilitud a los hechos sin salirse de los parámetros de rigurosidad informativa que estipula la disciplina; mientras que la narración histórica se aleja de la anécdota y se aproxima a los procesos para incorporar una cierta lógica analítica a la narración, el cine puede por su parte reconstruir hechos, fenómenos y sensaciones que la palabra escrita no.
Ahora bien, con estos límites demarcados, Rosenstone hace una fuerte apuesta a la modalidad de la narración histórica en imágenes, apoyándose en los desarrollos teóricos elaborados por Hayden White.35 Asumiendo como válidos los presupuestos de este filósofo de la historia, Rosenstone sostiene que si se acepta que la historia escrita en forma tradicional es una ficción narrativa de los hechos del pasado, es factible que el cine pueda ser entendido como una ficción visual, esto es, no un espejo del pasado sino una representación. Si es así, una película histórica que cumpla con un conjunto de normas (normas que en la actualidad todavía no han logrado consenso sobre lo que se entiende por rigurosidad científica), podrá erigirse en una disciplina “colindante con la historia, al igual que otras formas de relacionarnos con el pasado como, por ejemplo la memoria o la tradición oral”.36
Dichas reflexiones han partido de un señero estudio de Hayden White, quien acertadamente denominó a esta fórmula historiofotía, esto es, “la representación de la historia y nuestro pensamiento acerca de ella en imágenes visuales y discurso fílmico”.37 La cuestión, sostiene White, es si se puede traducir un texto histórico, o su relato, a una especie de equivalente visual y auditivo, sin que ello produzca pérdida de contenido. Aquí retoma los argumentos de Rosenstone,38 entendiendo este planteamiento como un verdadero desafío. Por ello se pregunta White: “¿puede la historiofotía trasladar adecuadamente las discusiones complejas, cualitativas y críticas del pensamiento histórico sobre eventos, las cuales… es lo que hace de cualquier representación dada del pasado un relato claramente histórico?”.39
De manera similar a la de Rosenstone, sostiene que las imágenes necesitan un modo de lectura diferente al que se usa para un documento escrito, ya que la representación de los acontecimientos históricos por el cine tiene un léxico, una gramática y una sintaxis, o sea un lenguaje y un modo discursivo muy diferentes a los que se usan en un modo verbal. El cine de representación histórica, para White, es un discurso en su propio derecho capaz de decir cosas sobre su referente, que es tanto diferente del discurso verbal y del discurso en imágenes.40 No hay historia escrita que refleje absolutamente todo lo que sucedió, sino que es producto de “procesos de condensación, desplazamiento, simbolización y clasificación, exactamente, como aquellos usados en la producción de una representación fílmica”.41 Si se acusa al cine de pre-fabricado, una monografía histórica, dice, no lo es menos.42
Es por ello que se sostiene aquí que la identificación del espectador con el protagonista principal es una consecuencia pretendida por parte de los realizadores, aunque tal vez no siempre lograda. Y es que los espectadores llegan a la sala de espectáculos con un conjunto de ideas preconcebidas sobre lo que es lo correcto y lo que no, lo que representa aquello que desde la escuela le vienen insistiendo con que es lo que debe ser (desde qué se entiende por el bien como concepción valiosa de la sociedad en la que viven, como aquellos que representan qué es el bien).43
Para llegar a delimitar lo que es “lo correcto” en un universo simbólico específico, se hace necesario un conjunto de pasos tales como de qué forma se construyó ese sentido común, el universo simbólico, el discurso social y las posibilidades analíticas de la recepción del espectador. A tal fin, Eliseo Verón desarrolló una serie de herramientas para comprender la dinámica social como “procesos de producción de sentido”,44 ya que tanto la organización social o el conjunto de acciones sociales tienen una dimensión significante, y esta última “solo se puede desvelar cuando se considera la producción de sentido como discursiva”. Esta es la razón por la que Verón sostiene que “el análisis de los discursos sociales abre camino, de esa manera, al estudio de la construcción social de lo real, de lo que llamé la lógica natural de los mundos sociales”.45
Toda producción de sentido tiene, para este autor, una manifestación material (texto, imagen, etc.), y en cualquiera de estos soportes materiales lo que se da en llamar “discurso” es una configuración espacio-temporal de sentido. De allí que las condiciones materiales de producción delimitan restricciones para la generación de un discurso, y a la vez, restricciones de la recepción de ese discurso. Es que los discursos sociales circulan bajo condiciones determinadas y también producen efectos bajo condiciones determinadas, y por ello, el discurso no puede ser analizado en sí mismo de forma autónoma al contexto de producción en el que surge.46 Es por estas condiciones que un film sobre un hecho histórico puede rehacerse más de una vez, en parte por ser producto de su época tal como se encarga de repetir Marc Ferro,47 en parte por la necesidad intertextual que destaca Cid Jurado,48 que de alguna forma permite hacer aparecer los ecos de la época de filmación, pero también de todas las filmaciones anteriores de esa historia.
Esta construcción social de lo real como producción de sentido se compone de sistemas genéricos, repertorios tópicos, y reglas de encadenamiento de enunciados que en una sociedad organizan lo decible, y aseguran lo que Angenot ha dado en llamar la división del trabajo discursivo.49 Para ello este autor entiende como lógico tomar la producción social de sentido y la representación social del mundo, a fin de observar todo lo que se dice y escribe en un estado de sociedad, lo que se imprime, habla o representa en los medios. De esta forma, sostiene, puede verse lo que es decible y lo que no en una sociedad determinada. Los discursos sociales son hechos sociales y también hechos históricos, ya que estos discursos tienen eficacia social, y van más allá de las individualidades para ser expresión conceptual del conjunto en el que se inscriben.
Dado que este discurso social es un objeto compuesto de subconjuntos interactivos, con elementos metafóricos migrantes y donde operan tendencias hegemónicas y leyes tácitas, los enunciados de estos discursos deben ser tratados como eslabones de cadenas dialógicas, ya que no se bastan a sí mismos, y se encuentran llenos de “ecos y recuerdos”, penetrados por visiones del mundo, tendencias y teorías de una época.50 De esta forma (y tal como se vinculará con lo que propone Cid Jurado), los discursos sociales se nutren de elementos intertextuales (entendidos como pequeñas unidades significantes con aceptabilidad difusa en una doxa dada), y también interdiscursivos (como la interacción de influencias mutuas de axiomáticas del discurso). Por ello, sostiene que “lo que se enuncia en la vida social acusa estrategias por las que el enunciado ‘reconoce’ su posicionamiento en la economía discursiva y opera según este reconocimiento, el discurso social, como unidad global, es la resultante de esas estrategias múltiples, aunque no aleatorias”.51
Esto es, los enunciados tienen “estrategias”, que propenden a lograr resultados sociales, pero emitidos desde la individualidad del enunciante, porque se saben parte de un conjunto mayor y se entienden a sí mismos como que tienen una posición que busca mantener o modificar. Asimismo, por dicha estrategia, reconocen su lugar dentro de un modelo general de economía discursiva (algo así como la mejor y con menor uso de recursos —palabras— para expresar algo), y reconocen una ubicación dentro de lo socialmente aceptado, lo aceptable y lo entendible. Finalmente, si bien el discurso social puede usar diferentes estrategias para lograr sus fines, éstas no son aleatorias ni al azar, sino que poseen una lógica que logra insertarse dentro del conjunto general.
Cine de Hollywood y discurso social
Un ejemplo concreto de lo que se viene diciendo puede encontrarse en una película clásica de Hollywood, How the West Was Won (La conquista del oeste).52 En otro trabajo se ha desarrollado ampliamente las características centrales de la película53; sin embargo, tomaremos algunos aspectos principales para constatar lo dicho hasta aquí. En su oportunidad se observó que
La conquista del oeste, sea como acto o la misma película que se quiere analizar aquí, no es otra cosa que una construcción ideológica para fines domésticos. Es la tesis de Frederick J. Turner la que ha sido tomada como fundante, y no el hecho mismo de avanzar hacia el oeste, ya que durante mucho tiempo este movimiento fue considerado, desde la clase dominante norteamericana, como una válvula de descompresión para los white trash (la basura blanca), esto es, las clases bajas, el lúmpenproletariado, los desclasados.
En 1893 Frederick Jackson Turner, presentó una ponencia que sería tomada como una herramienta fundacional en la construcción del nuevo aparato ideológico de la clase dominante, llamada el significado de la frontera en la historia norteamericana.54 Allí expuso sus conclusiones derivadas de las investigaciones que había desarrollado, al cuestionarse sobre los orígenes de la democracia norteamericana. La respuesta que pudo encontrar relacionó la marcha sobre la frontera (en una mirada de aproximadamente los últimos 100 años de su propia historia), entendiendo el avance hacia el oeste como el que produjo el desarrollo y consolidación de las instituciones democráticas. Aseveró que debía desestimarse la importancia de las instituciones importadas de Europa, para sostener que la democracia norteamericana era original del territorio.
En su texto Turner efectuó una re-lectura de los hombres y mujeres que avanzaban sobre un territorio ocupado por indios, brindándole un lugar y una función específica a cada cual, y desestimando aspectos que hoy son claramente vistos como conflictos de clase, de raza, de género, y particularmente, políticoeconómicos. En su perspectiva, la guerra de Secesión fue un error entre hermanos, la apropiación del territorio indio y su genocidio como culpa de un capitalismo salvaje que podía ser corregido y la esclavitud no más que un incidente. En concreto, la democracia en los Estados Unidos era la mejor desarrollada del mundo, por cuanto sus instituciones se crearon desde las bases mismas —o sea, las personas comunes y corrientes—, que debieron enfrentar una realidad dura y elaborar respuestas políticas para garantizar la real representación y efectividad de dichas instituciones. En pocas palabras, la lucha contra los elementos, los indios y las sucesivas oleadas de gentes de diferentes orígenes permitió la constitución de un igualitarismo no estatal, que formó una práctica democrática original y autóctona.
Sin perjuicio de la opinión que este planteamiento pueda generar, resulta llamativo constatar que la película se construye casi al pie de la letra del artículo de Turner, pero resignificándola en función de las necesidades de la época en que se filmó. Tal como oportunamente se advirtió en el texto citado, en un contexto histórico particular para la evolución política y económica de Estados Unidos de la década de 1960, la aparición de este film, a diferencia de otros que refieren a algo que se presume conocido como lo eran las tradicionales películas western, en La conquista del oeste se ilustra, se explica, se muestra lo que debe saberse, suponerse y, como fin último, recordarse.55 Es el pasado propio, lo material concreto que se traduce en una fórmula que explica a la misma nacionalidad. El norteamericano común es un hombre de palabra, que busca en la frontera la libertad que el mercado comienza a cercenar, en suma, una expresión del liberalismo de la década de 1960 de Estados Unidos, por un lado; pero por el otro, la imbricación profunda con las raíces de la “norteamericanidad”.56
En esta película, en primer término, hay sentido común: un sentido común que se ha venido construyendo desde principios del siglo XX a partir un aparato ideológico del estado como la escuela, al elaborarse un discurso que produjo un giro de 180 grados respecto a lo que debía pensarse respecto al Oeste. Es que paso a paso, desde las Universidades, las escuelas primarias y secundarias, los discursos oficiales, las publicaciones periódicas y todo aparato de reproducción ideológica, se reiteró en forma sistemática que era el Oeste el lugar donde la esencia del norteamericano promedio se construyó.
Los espectadores, en tanto ciudadanos de Estados Unidos de América, en lo que hace a How the West Was Won, concurrieron a verla ya con un conjunto de “competencias de decodificación determinadas culturalmente”57: desde la escuela saben que el Oeste es la cuna de su democracia y el lugar gracias al cual el país llegó a ser lo que creen que es. Estas competencias de decodificación fueron aprendidas y reproducidas por diferentes “aparatos”, entre los que debemos sumar al cine, de forma tal que los espectadores participan de la exhibición de la película con un imaginario mediático en el que se sienten cómodos, partícipes y, por qué no, también reproductores. En pocas palabras esta película fue un instrumento que, luego del amplio desarrollo del western, usaba la memoria mediática de los espectadores para ratificar lo que en su universo simbólico era lo correcto, lo que de alguna forma se esperaba ver. Como indica Cid Jurado, “cada texto visual cinematográfico participa como vehículo de contenidos para distintos propósitos en los que el cine ve trascendida su principal función ligada fundamentalmente al entretenimiento. De esta manera se transforma en instrumento de la memoria mediática y consigue participar en la construcción de la memoria histórica con las características que ésta posee”.58
Avanzando un poco en esta idea, la memoria histórica puede poseer una doble perspectiva: por un lado se encuentra definida desde la construcción ideológica del pasado; por el otro, por las formas de recordarla por cada individuo. De esta forma “los enfoques para abordar el argumento específico (el hecho histórico narrado) varía de acuerdo a la conformación que sufre la memoria institucionalizada y la reconformación del proceso historiográfico”,59 que permite inferir que habría una relación dialéctica entre la ‘memoria institucionalizada’ y la ‘reconformación del proceso historiográfico’, que implicaría no solo el repreguntarse sobre los hechos, sino también la reconstrucción de las preguntas, porque en el fondo, ¿qué es lo que motiva las preguntas y repreguntas a la Historia en una sociedad?.
Si se acepta que esta ‘memoria institucionalizada’ se construyó a conciencia (tal como se destacó en el apartado Verosimilitud y representación), el discurso social estableció que lo puesto en evidencia en el film es lo efectivamente decible, ¿o son comunes los westerns donde el personaje principal es traidor, pro-mexicano y ateo? Por ello es que muchas de las escenas de la película How the West Was Won pueden ser consideradas tópicos,60 como por ejemplo el ataque de los indios a la caravana de carretas hacia el Oeste. Para llegar a esa escena, durante las décadas de 1930, 1940 y 1950 se repitió sistemáticamente ese tipo de enfrentamientos —en particular en el cine; no debe descartarse la escuela—, entendiéndose esta repetición como un proceso claro de intertextualidad.61 El espectador sabe bien que los indios atacarán de forma artera, que la caravana formará un círculo, que habrá intentos de penetrar ese círculo y que finalmente serán derrotados.62
Conclusiones
Efectuando una recopilación de los principales puntos desarrollados hasta aquí, tenemos que filmes de estas características (como el ejemplo desarrollado) poseen las siguientes cualidades:
a) partiendo de las tesis de Turner (que no es otra cosa que una interpretación del pasado, significada en términos culturales e ideológicos), han de ser entendidas como re-presentaciones realistas y verosímiles del pasado;
b) sin embargo, son una realidad creada desde los aparatos ideológicos del estado, que toman aspectos de dicho pasado y les confieren significados buscados;
c) por ello, interpelan a ciudadanos normales, convirtiéndolos en sujetos de un conjunto de valores que han sido denominados el “universo simbólico” de su sociedad;
d) como sujetos discursivos de este “universo simbólico”, forman parte de la construcción social de lo real, como actores pasivos, ya que los activos son quienes elaboran ese discurso;
e) pero como construcción discursiva, posee una elevada eficacia social, para mantener un entramado simbólico general con el objetivo de que el sentido común social vaya en una dirección determinada.
Si bien resta mucho trabajo aún, puede aventurarse la idea de que Hollywood, en tanto industria que mantiene fuertes lazos con el Estado,63 posee la capacidad de elaborar, reproducir y garantizar gracias a la reelaboración permanente de la memoria mediática, un discurso social (lo decible en un estado de sociedad) de una dimensión que aún no ha sido precisada.
1 The Invention of Lying (2009), conocida en Argentina como La mentira original, fue dirigida, escrita y protagonizad a por Ricky Gervais, junto a Jennifer Garner, Jonah Hill, Jeffrey Tambor y otros.
2 Rodrigo Henríquez Vázquez, “El problema de la verdad y la ficción en la novela histórica. A propósito de Lope de Aguirre”, en Manuscrits, Revista d’Història Moderna: Barcelona: Universidad Autónoma de Barcelona, Nº. 23, 2005, pág. 79.
3 Idem, pág. 81.
4 Puede objetarse que a lo largo del siglo XX se amplió considerablemente el criterio consensual sobre lo que es “historia”, a tal punto que se entiende por ella cualquier expresión proveniente del pasado, como pueden ser monumentos, objetos, vestimentas, etc. Sin embargo los objetos son solamente las fuentes en las que la acción humana, al ponerlas en un contexto y marcar su evolución de tipo cronológica, las define como historia. Evidentemente, esta puesta en contexto y cronología se ha de hacer con palabras, con lo que se vuelve al principio.
5 Ibidem, pág. 87.
6 Roland Barthes, “El efecto de realidad”, en AAVV, Lo verosímil, Buenos Aires: Ed. Tiempo Contemporáneo, 1970, pág. 95. Se ha reproducido en Roland Barthes, El susurro del lenguaje, Barcelona: Ed. Paidós, 1987.
7 Idem, pág. 98.
8 Robert Rosenstone, El pasado en imágenes. El desafío del cine a nuestra idea de la Historia, Barcelona: Ariel, 1997, pág. 56.
9 Roland Barthes, “El efecto…”, op. cit., pág. 99.
10 Paul Veyne, Cómo se escribe la Historia, Madrid: Alianza Editorial, 1984; Michel de Certeau, La escritura de la Historia, México: Universidad Iberoamericana, 1993; Hayden White, Metahistoria. La imaginación histórica en la Europa del siglo XIX, México: FCE, 1992.
11 Idem, pág. 100.
12 José Enrique Monterde, Cine, historia y enseñanza, Barcelona: Laia, 1986, pág. 92.
13 Idem, pág. 93.
14 Jacques Aumont, Alain Bergala, Michel Marie y Marc Vernet, Estética del cine. Espacio fílmico, montaje, narración, lenguaje, Buenos Aires: Paidós, 2011, pág. 121.
15 José Enrique Monterde, Cine…, op. cit., pág. 122.
16 Ismail Xavier, El discurso cinematográfico. La opacidad y la transparencia, Buenos Aires: Manantial, 2008, pág. 56.
17 Idem, pág. 57
18 Ibidem, pág. 57.
19 Palabras que citó Ron Suskind en The New York Times en octubre de 2004, y que han sido reposteadas en innumerables páginas web, cosa que he verificado. La cita aquí tomada fue escrita por Pablo Fuentes, “Un Dios para la cieguita”, Diario Páina. 12, 29-01-2012, pág. 32.
20 Juan Gelman, “¿Periodistas? ¿Qué periodistas?”, Diario Página 12, 19-02-2012, contratapa.
21 Esta última cita puede ser adscripta al concepto de propaganda. Si bien es correcto, aquí —y a partir de aquí— se pretende mostrar que además de la propaganda, existe una construcción discursiva que tiene por objeto inventar una realidad, apoyándose en un conjunto de herramientas materiales y discursivas, funcional a las propias necesidades. O sea, si la propaganda es o para ganar adeptos o para limitar las oposiciones, aquí el hecho descrito se interpreta como algo que va más allá, que es la invención y concreción de la voluntad/necesidad de los poderosos.
22 En este apartado, se han tomado algunos lineamientos establecidos en Fabio Nigra, “Ideología y reproducción material de la ideología a través del cine”, en Fabio Nigra (coord.), Hollywood, ideología y consenso en la historia de Estados Unidos, Ituzaingó: Ed. Maipue, 2010.
23 Louis Althusser, “Ideología y aparatos ideológicos del estado”, en Slavoj Zizek, Ideología. Un mapa de la cuestión, Buenos Aires: FCE, 2003, pág. 126.
24 Idem, pág. 133.
25 Dice Eagleton: “La ideología está centrada en el sujeto o es ‘antropomórfica: hace que veamos el mundo como algo que en cierto modo está naturalmente orientado hacia nosotros, espontáneamente ‘dado’ al sujeto; y el sujeto, a la inversa, se siente a sí mismo como parte natural de esa realidad, demandada y requerida por él. A través de la ideología, señala Althusser, la sociedad nos ‘interpela’ o nos ‘llama’, y parece distinguirnos como singularmente valiosos y dirigirse a nosotros por nuestro nombre. (…) Althusser, en efecto, ha producido una ideología del yo, más que del sujeto humano, y en este error de representación hay un cierto pesimismo endémico” (Terry Eagleton, “La ideología y sus vicisitudes en el marxismo occidental”, en Slavoj Zizek, Ideología…, op. cit., pág. 241).
26 Bronislaw Baczko, Los imaginarios sociales. Memorias y esperanzas colectivas, Buenos Aires: Nueva Visión, 2005, pág. 28.
27 “La hegemonía constituye todo un cuerpo de prácticas y expectativas en relación con la totalidad de la vida: nuestros sentidos y dosis de energía, las percepciones definidas que tenemos de nosotros mismos y de nuestro mundo. Es un vívido sistema de significados y valores —fundamentales y constitutivos— que en la medida en que son experimentados como prácticas parecen confirmarse recíprocamente. Por lo tanto, es un sentido de la realidad para la mayoría de las gentes de la sociedad, un sentido de lo absoluto debido a la realidad experimentada más allá de la cual la movilización de la mayoría de los miembros de la sociedad —en la mayor parte de las áreas de la vida— se torna sumamente difícil” (Raymond Williams, Marxismo y literatura, Barcelona: Península. 2000, pág. 132).
28 José Nun, “Elementos para una teoría de la democracia: Gramsci y el sentido común”, en José Jun, La rebelión del coro. Estudios sobre la racionalidad política y el sentido común, Buenos Aires: Nueva Visión, 1989, pág. 134.
29 Este planteamiento parte de Marx: “Las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes en cada época; o, dicho en otros términos, la clase que ejerce el poder material dominante en la sociedad es, al mismo tiempo, su poder espiritual dominante. La clase que tiene a su disposición los medios para la producción material dispone con ello, al mismo tiempo, de los medios para la producción espiritual, lo que hace que se le sometan, al propio tiempo, por término medio, las ideas de quienes carecen de los medios necesarios para producir espiritualmente. Las ideas dominantes no son otra cosa que la expresión ideal de las relaciones materiales dominantes, las mismas relaciones materiales dominantes concebidas como ideas; por tanto, las relaciones que hacen de una determinada clase la clase dominante son también las que confieren el papel dominante a sus ideas” (Karl Marx, La ideología alemana, Montevideo: Pueblos Unidos, 1985, pág. 50).
30 Idem, pág. 86.
31 Por caso, vale lo mismo para la imagen que tenemos en Argentina de la Generación de 1880, o la perspectiva sobre Bartolomé Mitre, Domingo Faustino Sarmiento o Julio Argentino Roca. Para el caso de Estados Unidos, puede consultarse Fabio Nigra y Pablo Pozzi, La decadencia de los Estados Unidos, de la crisis de 1979 a la megacrisis de 2009, Ituzaingó: Maipue, 2009, en particular el capítulo 3 “La república teocrática”.
32 Robert Rosenstone, El pasado en imágenes, op. cit., pág. 56.
33 Idem, pág. 34. Entiende que al decir que la época es “posliteraria”, asume una lógica teórica posmoderna, donde la mayoría de los ciudadanos comunes no optan por la lectura.
34 Ibidem, pág. 59.
35 En particular, su trabajo señero Metahistoria…, op. cit. Pero también, más actual, puede consultarse la posición analítica de este autor en Ficción histórica, historia ficcional y realidad histórica, Buenos Aires: Prometeo, 2010.
36 Robert Rosenstone, El pasado en imágenes…, op. cit., pág. 64.
37 Hayden White, “Historiografía e historiofotía”; en Hayden White, Ficción histórica…, op. cit., pág. 217.
38 Resulta interesante destacar que Rosenstone y White hacen referencias especulares a sus trabajos. White invoca a Rosenstone para justificar la pertinencia de su trabajo; el último invoca el texto “historiofotía” de White para justificar la pertinencia de su estudio.
39 Hayden White, “Historiografía e historiofotía…”, op. cit., pág. 217.
40 Idem, pág. 218.
41 Ibidem, pág. 219.
42 Sostiene White que “la ‘adecuación’ de cualquier relato dado sobre el pasado, entonces, depende de la cuestión de la elección del conjunto de conceptos usados por los historiadores en sus transformaciones de información sobre acontecimientos, no en ‘hechos’ en general, sino en ‘hechos’ de un tipo específico… La inestabilidad de la misma distinción entre hechos ‘históricos’ por un lado y no-históricos (hechos ‘naturales’ por ejemplo) por el otro, una distinción sin la cual una clase de conocimiento específicamente histórico sería impensable, indica la naturaleza constructivista de la empresa de los historiadores”. En Ibidem, pág. 221-222.
43 Por caso, al asistir a una película sobre San Martín (o por caso lo que sería para los Estados Unidos, Washington), el espectador promedio sabe que la misma transitará por ciertos márgenes precisos, y no a exactamente lo contrario sobre lo que se supone que es el gran hombre. José Enrique Monterde sostiene que “el elemento decisivo entre público y cine histórico estriba en si el film reafirma o cuestiona las someras ideas históricas recibidas por el espectador, sobre todo en su más o menos lejana época de estudiante, o a través de los restantes medios de comunicación susceptibles de transmitir discursos históricos. Desde el punto de vista comercial, hay una ley no escrita en favor de no contrariar las expectativas del espectador, que en este caso coinciden con sus conocimientos históricos previos: ése es el consenso más generalizado que conduce a la constitución de un rígido (y simplista) verosímil fílmico-histórico, muy difícil de superar so riesgo de la marginalidad elitista”. En José Enrique Monterde, Cine, historia y…; op. cit., pág. 147.
44 Eliseo Verón, “El sentido como producción discursiva”, en Eliseo Verón, La semiosis social, Buenos Aires: Gedisa, 1998, pág. 25.
45 Idem, pág. 26.
46 Vale recordar en este punto la construcción de la realidad efectuada por los funcionarios norteamericanos, esto es, la construcción del decir imperial ya mencionado.
47 De la forma en que es analizada por Marc Ferro en Historia contemporánea y cine, Barcelona: Ariel, 1995.
48 Alfredo Tenoch Cid Jurado, “El desembarco de Normandía y el imaginario cinematográfico: del hecho fílmico a la reconstrucción del hecho histórico” en revista Semióticas del cine, Maracaibo, colección de Semiótica Latinoamericana, Nº 5: Semióticas del Cine, 2007.
49 Marc Angenot, El discurso social. Los límites históricos de lo pensable y lo decible, Buenos Aires: Siglo XXI, 2010, pág. 21.
50 Idem, pág. 25.
51 Ibidem, pág. 25.
52 How the West Was Won (1962), dirigida por John Ford, Henry Hathaway, George Marshall y Richard Thorpe; y protagonizada por James Stewart, Karl Malden, George Peppard, Debbie Reynolds, Gregory Peck, John Wayne, Carroll Baker, Lee J. Cobb, Henry Fonda y muchos otros actores de primera línea. Ganadora de tres Oscars de la Academia de Hollywood en 1964 y nominada a muchos más, fue un film de relevancia en la época.
53 Una primera versión de las principales ideas se encuentra en “La (re)construcción del pasado norteamericano: How the West Was Won”, ponencia presentada en las XI° Jornadas Interescuelas/Departamentos de Historia, San Miguel de Tucumán, septiembre de 2007; aquí se reproduce en el capítulo 6. En este apartado se toman aspectos de dicho trabajo para dar ejemplos de las ideas expuestas con anterioridad.
54 Frederick J Turner. “El significado de la frontera en la historia americana” en Frederick Jackson Turner, La frontera en la historia americana, 1893, Madrid: Ediciones de Castilla, 1961.
55 Como por ejemplo la escena en que se muestra paso a paso cómo las carretas atraviesan un río caudaloso, o suben o bajan una colina empinada apoyándose en cuerdas y caballos.
56 Interesante resulta preguntarse por cuál eje es el relevante. Si se asume que es un claro producto de las necesidades objetivas de su época, que toma el pasado para legitimarse, aparece la figura de Marc Ferro trazando el eje teórico; por el contrario, si la lectura es a la inversa, es decir, una perspectiva a lo Rosenstone, cabe pensar que se hizo la representación del pasado con las herramientas de su época, pero lo relevante es la re-presentación y no el condicionante de su actualidad… En verdad, es un planteamiento que merece ser trabajado en mayor profundidad que extendería largamente el espacio del presente estudio.
57 Alfredo Tenoch Cid Jurado, “El desembarco de Normandía…”, op. cit., pág. 42.
58 Idem.
59 Ibidem, pág. 49.
60 Entendidos como un lugar común que la retórica antigua convirtió en fórmulas o clichés fijos y admitidos en esquemas formales o conceptuales de que se sirvieron los escritores con frecuencia, tal como describe el Diccionario de la Real Academia Española.
61 Entendiéndose este concepto como la interrelación de diversos “textos” que permiten la circulación de significado, tomando como punto de partida diferentes sistemas semióticos.
62 Sostiene Cid Jurado que “toda nueva versión que intenta actualizar el hecho histórico registrado en una nueva versión del hecho histórico narrado enfrenta la necesidad de una competencia por parte del lector, que es exactamente igual a aquella que realiza el espectador de una adaptación o de una traducción fílmica de otro género. Los recursos que permitan transformar el hecho ficcional de la historia en una versión verosímil del hecho histórico se ven obligados a recurrir a diversos criterios de construcción del significado, en este caso retomando fuentes intersemióticas que provienen de otros lenguajes como la fotografía, el documental, la cartografía militar, la objetística dela época, los planos de la maquinaria militar, etc”. (Alfredo Tenoch Cid Jurado, “El desembarco de Normandía…”, op. cit., pág. 50).
63 Una aproximación a esta idea puede constatarse en, por ejemplo, Valeria Lourdes Carbone, “La guerra cinematográfica: la segunda guerra mundial y la construcción gubernamental del patriotismo norteamericano”, en Fabio Nigra (coord.), Visiones gratas del pasado: Hollywood y la construcción de La segunda guerra mundial, Buenos Aires: Imago Mundi, 2012. También en David Robb, Operación Hollywood. La censura del Pentágono, Barcelona: Océano, 2006.
3
Algunas herramientas para interpretar esas películas1
Los casi veinte años transcurridos desde el inicio de la contraofensiva neoliberal, desarrollada con contundencia a principios de la década de 1990, implicaron la reducción de los análisis sobre problemas ideológicos, fundados tal vez en el hecho de que Francis Fukuyama vaticinó, en una paupérrima lectura de Kojéve, el “fin de la Historia”. Este autor profundizó una tendencia académicopolítica que venía ya de la década de 1980, conocida como “teoría posmoderna”, la que —en palabras de Lyotard— entendía que en las sociedades post-industriales no cabían ya los “grandes relatos de legitimación”, concebidos como aparatos ideológicos que brindaban contención a los pueblos y grupos políticos (y por ende, representaciones falsas de la realidad en la que vivían).
Contrariamente a las décadas de 1960 y 1970 en que dichos estudios estuvieron a la orden del día, el avance de la contrarrevolución liberal redujo la importancia e interés de los análisis ideológicos, transformando las necesidades de estudio en problemas más reducidos, microhistóricos, en consonancia con los grandes lineamientos que dispuso el Banco Mundial y el FMI respecto a las necesarias reestructuraciones económicas, sociales y políticas que, evaluaban, eran fundamentales para lograr el desarrollo de los países pobres. Dedicarse a estudiar aspectos ideológicos encuentra hoy un espacio abandonado por muchos años, por cuanto el pensamiento único, apalancado desde instituciones poderosas, condujo a la estigmatización de quienes seguían considerando que era un núcleo clave para comprender procesos sociales, políticos y económicos. Por el contrario, se apoyaron y financiaron estudios de clubes de barrio o prácticas políticas pueblerinas, con la idea de que su comprensión ayudaría al entendimiento de las experiencias culturales, consideradas como el substrato clave de la política y la economía en las sociedades.
Desde esta perspectiva, el desarrollo que aquí se propone podrá ser considerado viejo o anacrónico por el vanguardismo académico. Sin embargo, también puede pensarse que el péndulo sobre qué tipo de estudios son pertinentes ahora ha comenzado su retorno. La perspectiva que aquí se propone no pretende ser novedosa ni revolucionaria, ya que tiene claramente en cuenta que lo primero que hay que hacer ante un campo abandonado es desmalezar, poner la tierra en condiciones para ser trabajada, y luego tratar de avanzar.
Por ello resulta claro que para comenzar partimos de la idea de que el cine es un arte que incorpora múltiples lenguajes y dimensiones y que, desde comienzos del siglo XX, actuó como una verdadera herramienta de reproducción ideológica. Esto lo vemos en el cine norteamericano, el de la Unión Soviética y el nazi en la primera mitad del siglo XX, entre otros casos. En estos ejemplos se advierte la importancia del cinematógrafo como hecho social, en la construcción de las representaciones imaginarias del mundo, vistas a través de la lente de la cámara. Asimismo, el cine comercial es un medio de comunicación masivo que muestra en gran medida una perspectiva favorable al poder, perspectiva en la que el espectador, usualmente desprevenido, suele participar en forma acrítica.
Sin embargo, dado que resulta trascendente en términos de la construcción del conocimiento social, se hace preciso analizar las particularidades ideológicas en la elaboración de una historia, máxime si esta historia se refiere al pasado, a la Historia. En consecuencia, trabajar en esta dirección resulta relevante desde el momento en que dichas imágenes y visiones son las que finalmente quedan instaladas como la “verdad histórica”, sin tomarse en consideración el hecho de que en la mayor parte de los casos el asesoramiento histórico se subordina a las necesidades de la taquilla. En otras palabras, el cine —como medio de comunicación masivo— puede “inventar” un hecho que se transformará en historia real, hecho que previamente no tenía necesariamente peso en el registro histórico del ciudadano común, como puede interpretarse al ver películas tales como Corazón valiente.2
La industria cinematográfica norteamericana es uno de los más poderosos aparatos político-ideológicos del planeta, por lo que tiene una forma propia de observar y contar su propio pasado (valga por caso la mirada que se hace de la guerra de Vietnam, que va desde perspectivas abiertamente consensuales como Hamburger Hill3 y Fuimos soldados/héroes,4 a fuertemente críticas como Apocalipse Now o El francotirador).5 Es por ello que nos planteamos reflexionar sobre esta particular fórmula historiográfica y discursiva, con el objetivo de establecer pautas de trabajo y análisis. Aunque cada film puede y debe ser visto como una fuente del momento en que es producido, recorrer las visiones del pasado y de hacer historia de Estados Unidos por la acaudalada Hollywood nos acerca a una mirada historiográfica más vinculada a los poderes político-económicos, los que han construido el aparato ideológico de la hegemonía norteamericana.
Elaborar pautas de análisis desde la construcción ideológica que pretende implantarse impone reflexionar sobre qué se entiende por ideología, pero también cómo gracias a ella se elabora un relato que resultará legítimo al espectador, reforzando de esta forma las pautas ideológicas que el mismo ha recibido en forma consensual.
I
Casi todos los ensayos que tratan de analizar qué es la ideología comienzan mencionando que el primero en destacarla fue Destutt de Tracy, al ubicarla como una rama de la zoología, en el afán iluminista de registrar y encuadrar al universo de las cosas y las ideas.6 Sin embargo, aquí no se pretende desarrollar una historia del concepto, sino efectuar un camino que nos permita obtener una precisión instrumental, con el propósito de su utilización analítica del objeto Cine e Historia.
Merece destacarse que desde la década de 1970, como indica Vatalaro, se han desarrollado dos actitudes respecto al concepto de ideología. La primera le niega algún valor analítico y por ello, ignora su análisis. La segunda busca convertir al concepto en un objeto neutro, para utilizarlo solo como descriptivo, algo así como un sistema de opiniones, creencias, valores y símbolos que pueden ser vinculados con la acción socio-política, a fin de ser desmenuzado y analizado.7 Entonces, desde la perspectiva que nos planteamos, es preciso mencionar que aquí se pretende superar esta visión para inscribirnos en un campo más conflictivo, que es la perspectiva desarrollada dentro del marxismo. Por ello resulta válida como primera aproximación la síntesis efectuada por Raymond Williams, cuando sostiene que las tres versiones habituales del concepto que aparecen en el campo marxista son:
a)Un sistema de creencias característico de un grupo o clase particular.
b)Un sistema de creencias ilusorias —ideas falsas o falsa conciencia— que puede ser contrastado con el conocimiento verdadero o científico.
c)El proceso general de la producción de significados e ideas.
Aclara también que para una variante del marxismo, las ideas a) y b) pueden ser combinadas.8 Es evidente que todas las miradas surgen de lecturas e interpretaciones de diversos escritos de Marx y de Engels. El límite de las primeras dos posiciones, considerado reduccionista, se encuentra, según Williams, en que se produce una idealización del concepto, aplicando mecanismos de análisis lineales al pensar o el imaginar, ya que
la única materialización de estos procesos abstractos se consigue por el retorno a una referencia general de la totalidad del proceso social material (que por ser abstracto es efectivamente completo). Y lo que esta versión del marxismo examina especialmente es que ‘pensar’ e ‘imaginar’ son, desde el principio, procesos sociales… que se tornan accesibles solamente por medios indiscutiblemente físicos y materiales: en las voces, en los sonidos producidos por los instrumentos, en la escritura manuscrita e impresa, en el ordenamiento de pigmentos, en un lienzo o mortero, en el mármol o en la piedra trabajados.9
Williams, como la mayoría de los autores marxistas, culmina remitiéndose a un texto de Marx basamental para todos los análisis de ideología, que no es otro que La ideología alemana. El concepto de que no es “la conciencia la que determina la vida, sino la vida la que determina la conciencia”,10 es el eje alrededor del cual se elabora el edificio marxista de la ideología. Su desarrollo ha generado importantes controversias, de forma tal que en algunos casos autores reivindicándose marxistas, han controvertido y cuestionado dicho origen hasta tal punto que caen en el antimaterialismo.
Sin embargo, como destaca Zizek, nos encontramos dentro del espacio de lo ideológico en el momento en que el contenido es funcional respecto de alguna relación social de un modo no transparente: “la lógica misma de la legitimación de la relación de dominación debe permanecer oculta para ser efectiva”.11 Es evidente que aquí no se pretende dilucidar el hecho de si lo ideológico es verdadero o falso. Por el contrario, resulta evidente que el tema de lo verdadero es en última instancia una relación, que se encuentra permanentemente en movimiento. Pensar de otra forma implicaría asumir verdades inmanentes y teleológicas. Por ello, siguiendo a Vatalaro, se puede concebir que la dimensión epistemológica de la ideología lleva a que cada perspectiva ideológica “tiende a ofrecer una determinada interpretación de la realidad a través de una perspectiva ‘coherente’ pero ‘partisana’ de la realidad social”.12 De esta forma, los que adhieren a determinada ideología utilizan algunos y determinados conocimientos y valores para reconocer lo que para ellos resulta justo de lo que es equivocado o falso, porque comparten una similar concepción de cosas tales como la ‘naturaleza humana’, el ‘proceso histórico’ y la ‘estructura socio-política’.13
Sin embargo, como sostiene Capdevila, Marx defiende con claridad su idea de que el espíritu forma parte de alguna forma de lo social y se exterioriza, ya que la conciencia no está definida como propiedad interior de un sujeto (sea el alma o su cerebro), sino de las relaciones entre los individuos “que producen su vida material en condiciones sociales determinadas. Es por ello que la conciencia se identifica con el lenguaje. La conciencia siempre fue y será la conciencia de la vida, una traducción espiritual y material, ante todo lingüística, de las relaciones prácticas entre los individuos que constituyen el mundo material”.14
De esta forma, para el autor —quien sigue a Marx al pie de la letra—, la ideología es un lenguaje de la vida real porque las producciones intelectuales, explícitamente calificadas de ideológicas, como la lengua de la política, de las leyes, de la moral, de la religión, de la metafísica, etc., son una expresión “de las relaciones prácticas de los individuos y no tienen más objeto que esa realidad”.15 Y es que Capdevila, a contramano de muchos que se dicen marxistas, tiene bien claro que es Marx quien sostuvo que
el hombre tiene también conciencia. Pero, tampoco ésta es de antemano una conciencia ‘pura’. El ‘espíritu’ nace ya tarado con la maldición de estar ‘preñado’ de materia, que aquí se manifiesta bajo la forma de capas de aire en movimiento, de sonidos, en una palabra, bajo la forma del lenguaje. El lenguaje es tan viejo como la conciencia: el lenguaje es la conciencia práctica, la conciencia real, que existe también para los otros hombres y que, por tanto, comienza a existir también para mí mismo; y el lenguaje nace, como la conciencia, de la necesidad de los apremios del intercambio con los demás hombres.16
Capdevila aproxima una idea propia del concepto luego de seguir el camino de Marx en La ideología alemana, cuando indica que la ideología “se presenta entonces como el conjunto de las ideas características de una época, es decir como la conciencia de la vida común a los dominantes y a los dominados”.17 En sentido amplio, se puede concluir que para Marx la ideología abarcaría las representaciones que una clase social se da de sí misma, de sus relaciones con sus clases antagónicas, así como de la estructura general de la sociedad,18 gracias a un unificador determinante, que es la lengua. Este hecho englobador ha de ser, de alguna forma, simbólico.
II
Entonces, si se acepta el principio con anterioridad expuesto, gracias al cual grupos de personas asumen posiciones ideales de tipo generalizador alrededor de formas de entender y percibir el hecho social y sus relaciones, deben existir necesariamente un conjunto de aspectos que los vincule entre sí, encontrando un punto que supere la lineal vinculación y subordinación a la clase social (no solamente sorteando así la teoría del reflejo, sino también evitando caer en la idea de que la ideología explica de forma absoluta la totalidad del hecho social). Un camino para lograrlo puede encontrarse en la comprensión de cómo se construye un pasado, el que legitimaría el presente gracias a la explicación particular de la evolución de dicho pasado, al seleccionar algunos hechos y no otros, para darles forma y contenido funcionales a la necesidad de su preeminencia.
En primer término resulta útil remarcar el hecho, que hoy es aceptado en forma general, de que todo pasado histórico de una nación resulta un constructo, elaborado por un sector o clase social que necesita justificar su lugar de preeminencia. O como dice Shumway, el pasado nacional en la mayoría de los casos son ficciones orientadoras, “que suelen ser creaciones tan artificiales como ficciones literarias. Pero son necesarias para darles a los individuos un sentimiento de nación, comunidad, identidad colectiva y un destino común nacional”.19
El autor, para elaborar su reflexión se basa en los análisis políticos de Edmund Morgan, quien estudiando los orígenes del sistema político de su propio país llegó a la conclusión de que “todo gobierno necesita hacer creer en algo”, pero para que sea viable
una ficción debe tener una cierta semejanza con los hechos. Si se aparta demasiado de los hechos, la suspensión voluntaria de la incredulidad se desmorona… Entre las ficciones que aceptamos en la actualidad como evidentes por sí mismas están las que Thomas Jefferson consagró en la Declaración de la Independencia, la de que todos los hombres son creados iguales y la de que deben obediencia al gobierno solo si es su propio agente, si esta autoridad deriva de su consentimiento.20
Siguiendo dicha lógica, Shumway (quien toma a Morgan), indica que el convencimiento de los ciudadanos en el hecho de que se encuentran representados en el sistema, logra que obedezcan las leyes con un mínimo de coerción, destacando de esta manera que el gobierno federal representa sus propios intereses y escasamente el de los ciudadanos.21 Entonces, se debe crear un mito de origen, fundacional, y postularlo como base imprescindible de una particular legitimidad. Esta legitimidad, tal como la entiende Benedict Anderson, es una construcción y por ello, un “artefacto” cultural y de clase.22
Dicha construcción de un pasado, de una legitimidad, puede ser comprendida gracias a un aporte efectuado por Durkheim, quien concluyó que para que un sistema de representación colectiva tenga apoyo y consenso (en este caso, la referencia al pasado que hace que todos se sientan parte y pertenecientes a dicho conjunto), y para que la sociedad posea un mínimo de cohesión, “es imprescindible que los agentes sociales crean en la superioridad del hecho social sobre el hecho individual”, es decir una especie de conciencia colectiva como sistema de creencias y prácticas que de alguna forma los une.23 En suma, los grandes grupos sociales construyen lo que Baczko denomina imaginarios sociales. Estos son referencias específicas “en el vasto sistema simbólico que produce toda colectividad y a través del cual ella ‘se percibe, se divide y elabora sus finalidades (Mauss)’”. De esta forma una colectividad designa su identidad elaborando una representación de sí misma de forma tal que expresa e impone ciertas creencias comunes, fijando modelos formadores (como el del jefe, el guerrero o el militante). Así entonces se genera una “representación totalizante de la sociedad como un ‘orden’, según el cual cada elemento tiene su lugar, su identidad y su razón de ser”. Es gracias a ello que se “define un territorio”, las “relaciones con los otros”, forma “imágenes de los amigos y enemigos, de rivales y aliados; del mismo modo, significa conservar y modelar los recuerdos pasados, así como proyectar hacia el futuro sus temores y esperanzas”.24
El imaginario social, desde esta perspectiva, es una fuerza reguladora de la vida colectiva, y permite vincularlo al concepto de ideología desde el momento en que éste es una construcción que resulta complementada por aquel. Esto es posible por cuanto el corazón del imaginario social se encuentra en la validez del poder legítimo, poder que es elaborado teniendo en cuenta el conjunto “partisano” de ideas que un grupo o conjunto social desarrolla para percibir al mundo social que lo rodea. Si se asume que grandes agregados sociales (o cada clase o fracción de clase) generan una mirada del mundo de forma “partisana”, y que una vez detentando el poder político (y hasta tal vez desde antes) elaboran un proceso del pasado beneficioso a sus intereses, el imaginario social es una “representación de sí misma”, también “partisana”, pero con inclinación a beneficiar al grupo que logra imponer dicho relato como general.
El punto alrededor del cual el imaginario social se sostiene ha de hallarse en los sistemas simbólicos (entendidos como un objeto y las reacciones del sujeto hacia ese objeto), ya que a través de ellos opera la imaginación social. Todo campo de experiencias sociales está rodeado de un horizonte de expectativas y recuerdos, de temores y esperanzas,25 y se erige en una pieza del dispositivo de control de la vida colectiva.
Este universo simbólico que corresponde a grandes agregados humanos ha logrado desarrollar una correspondencia histórica dentro de la teoría social, que origina muchos estudios dentro de la región del sentido común, como indica Nun al destacar un aporte de Sorel, una región “donde se mezcla con todo; las fórmulas son verdaderas y falsas, reales y simbólicas, excelentes en un sentido y absurdas en otro: todo depende del uso que uno haga de ellas”.26 Y es que el sentido común es heredero y depositario de pesadas y confusas herencias filosóficas y teológicas. El concepto de sentido común es un importante aporte efectuado por Antonio Gramsci, que entendía era la “filosofía de los no filósofos”, la concepción del mundo absorbida acríticamente por los diversos ambientes sociales y culturales en que se desarrolla la individualidad moral del hombre medio.27
Este sentido común no es rígido (por lo que el universo simbólico tampoco debe serlo), desde más de una perspectiva. No lo es por cuanto los grupos sociales van mutando la construcción simbólica a medida que se desarrollan las contradicciones dentro de un proceso social (que va de los gustos a los tipos de sentimientos, de la percepción de la familia a la orientación sexual, de la reflexión sobre el pasado y las aspiraciones al futuro), pero también porque se transforma a medida que se incorporan nociones científicas y opiniones filosóficas, que se condicionan también por las costumbres. En última instancia, para Gramsci, el sentido común es el folklore de la filosofía para los grandes grupos sociales.28 Cabe destacar que algunas concepciones que pertenecen al folklore de las masas reflejan espontáneamente aspectos importantes de la vida social, y por ello no debe desestimarse la llamada “conciencia popular” por negativa, más bien debe analizársela de forma tal de poder diferenciar los aspectos reaccionarios de los progresistas.29
Aquí es donde debe considerarse el concepto de mediación, tal como lo desarrolla Raymond Williams, para comprender cómo el sentido común determina el universo simbólico, pero también lo modifica. Este concepto, siguiendo a la Escuela de Frankfurt, debe entenderse no como un disfraz o una distorsión, mas bien “todas las relaciones activas entre diferentes tipos de existencia y conciencia son inevitablemente reconciliados, mediatizados; este proceso no comporta una mediación separable —un ‘medio’—, sino que es intrínseco respecto de las propiedades que manifiestan los tipos asociados”.30 La mediación no se desprende ni se subordina a la vieja teoría del reflejo, sino que destaca un proceso activo de algún tipo. Se sostiene en este caso que estamos trabajando respecto a la posible mediación del cine y el público, es necesario hacer una traducción del proceso lenguaje-percepción del mundo-simbolización-folklore, de forma tal que permita al individuo-parte del grupo elaborar una particular conciencia constitutiva; traducción que va más allá del “simple reduccionismo en que cada acto o trabajo verdadero es metódicamente retrotraído a una categoría primaria aceptada, habitualmente especificada (autoespecificada) como ‘la realidad concreta’”.31 Gracias a ello el universo simbólico se modifica permanente, pero lentamente, desde la periferia hacia el centro, determinando espacios de creación y modificación de cada universo simbólico, de cada sentido común.
Sin embargo, debe destacarse que la mediación puede no ser inocente. Los grandes medios de comunicación de masas (que aquí son asumidos como expresiones del gran capital concentrado) cumplen un papel determinante en la elaboración del sentido común, lo que no quiere decir que “las masas” son manipulables o ignorantes. El universo simbólico recoge grandes cantidades de información que asume, procesa, critica o descarta. Pero la enorme capacidad de bombardeo que llevan adelante los diarios, las radios, las revistas, la televisión y el cine no puede ser desestimada por un prejuicio intelectual. Marx avanzó esta idea en una época en la que muchos de los medios indicados no existían: “…toda clase que aspire a implantar su dominación… tiene que empezar conquistando el poder político, para poder presentar su interés como el interés general, cosa a que en el primer momento se ve obligada”, porque
Las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes en cada época; o, dicho en otros términos, la clase que ejerce el poder material dominante en la sociedad es, al mismo tiempo, su poder espiritual dominante. La clase que tiene a su disposición los medios para la producción material dispone con ello, al mismo tiempo, de los medios para la producción espiritual, lo que hace que se le sometan, al propio tiempo, por término medio, las ideas de quienes carecen de los medios necesarios para producir espiritualmente. Las ideas dominantes no son otra cosa que la expresión ideal de las relaciones materiales dominantes, las mismas relaciones materiales dominantes concebidas como ideas; por tanto, las relaciones que hacen de una determinada clase la clase dominante son también las que confieren el papel dominante a sus ideas.32
¿Cómo las ideas de la clase dominante son el universo simbólico y la ideología dominantes? ¿Cuáles son los mecanismos a través de los cuales se produce el proceso lenguaje-percepción del mundo-simbolización-folklore, de forma tal que permita al individuo-parte del grupo elaborar una particular conciencia constitutiva? Estos temas han tenido un traductor relevante en Antonio Gramsci, a través del concepto de hegemonía y acción hegemónica. Este es el siguiente paso a dar.
III
La clase dominante en una sociedad domina porque, en principio, al poseer los medios de producción, genera instancias de reproducción de sus ideas mostrándolas como generales, como si fueran las únicas obviamente posibles. En esta línea de análisis, el concepto medios de producción debe ser considerado en su sentido más amplio, es decir, desde lo material hasta lo cultural, lo ideológico, lo simbólico. Gramsci comprendió que en una sociedad la clase dominante no puede garantizar permanentemente su dominio gracias a la coerción, sino que debe desarrollar herramientas para que los sectores sociales subordinados a su dominio, presten consenso a dicho dominio. El concepto de hegemonía entonces, tal como indica Portantiero, es una categoría organizacional que se sostiene en el desarrollo de ciertas instituciones, y es una práctica de la lucha ideológica y cultural.33
En pocas palabras, el concepto se refiere a un proceso gracias al cual una clase social se produce como sujeto histórico, con la capacidad —real o supuesta— de convencer al pueblo o la nación (esto es, las restantes clases sociales como un todo) de que es la conductora del proceso socioeconómico y político. En estas condiciones, dicha clase o fracción de clase elabora un conjunto de herramientas de consenso, a fin de convencer a las otras fracciones de clase, junto a aquellas clases subordinadas, de que los intereses de la dominante son los intereses generales de dicha sociedad.34 Este último desarrollo es entendido por el autor (quien explicita la oscura escritura de Gramsci) como la acción hegemónica. La acción hegemónica no es solamente una visión ideológica,35 por cuanto lo que se busca a través de la acción hegemónica es lograr que grupos que tienen intereses contradictorios a los de los que desarrollan dicha acción, reduzcan la tensión de su propia ideología, para asumir como propios aspectos sustanciales de la ideología dominante.
Y es que la hegemonía no es solamente una fórmula —entre otras— exitosa de la ideología, sino que
puede ser analizada discriminando sus diversos aspectos ideológicos, culturales, políticos y económicos. La ideología se refiere específicamente a la forma en que las luchas de poder se libran en el nivel de la significación; y aunque esa significación se encuentra involucrada en todos los procesos hegemónicos, no es en todos los casos mediante el nivel dominante que se sostiene el dominio.36
Como destaca Eagleton, Williams ha llegado a la determinación profunda de que la hegemonía no es un estado, sino una relación, ya que para este último, es siempre un proceso, es un complejo
de experiencias, relaciones y actividades que tiene límites y presiones específicas y cambiantes. En la práctica, la hegemonía jamás puede ser individual [ya que] debe ser continuamente renovada, recreada, defendida y modificada. Asimismo, es continuamente resistida, limitada, alterada, desafiada por presiones que de ningún modo le son propias.37
En consecuencia, una acción hegemónica no es estática e inmanente, sino que debe estar en un estado de alerta y receptiva a otras alternativas y la oposición que cuestiona o amenaza su dominación.38 De esta forma, resulta válida la idea propuesta por Williams, que sostiene que la tradición no es una, sino que resulta de un proceso selectivo. Desde esta perspectiva puede vincularse esta propuesta a la de imaginarios sociales antes descrito, construidos gracias a la acción hegemónica de clase. La tradición selectiva es una versión intencionalmente determinada de un pasado configurativo y de un presente preconfigurado, “que resulta entonces poderosamente operativo dentro del proceso de definición e identificación cultural y social”.39
En la acción hegemónica se construyen selectivamente pasados para lograr imaginarios sociales funcionales a la dominación, y por ello se debe retomar la idea del sentido común, ya que tal como argumenta Nun, el sentido común opera “como ese sexto sentido o ‘sentido de los sentidos’ que procuró conceptualizar Aristóteles porque se trata básicamente de un agregado social de significaciones que se aprenden, no de un mero conjunto de actitudes individuales —y, mucho menos, de estados mentales.”40
Es evidente que la esfera del sentido común refiere a la acción práctica, guiada por intereses, por lo que el criterio que lo sostiene es eminentemente pragmático. Por ende los juicios emanados de la dinámica efectiva del sentido común no son ni verdaderos ni falsos, son útiles o inútiles, adecuados o no.41 Es por ello que, para la sociedad que los utiliza y resignifica, no tienen por qué ser coherentes y sin contradicciones. Pero sí son constructos que elaborados con cierta intencionalidad, sirven para definir los imaginarios sociales, desde cierta perspectiva ideológica, a fin de garantizar el éxito de una acción hegemónica.
Nun sostiene que esta práctica del sentido común se encuentra sometido a ciertas reglas: una, gracias al uso del lenguaje ordinario, que garantiza la creación de máximas, aforismos, recetas, etc.; otra, operando de manera implícita, estableciendo parámetros comunes (que resultarían difíciles de explicar para un hablante común, algo así como explicar las reglas gramaticales). Estas reglas no son exhaustivas pero le sirven para comprender que de ellas se estructura la realidad que el sentido común toma por dada.42
El eje alrededor del cual gira tanto el sentido común como las aseveraciones formales sujetas a reglas firmes de elaboración (como la filosofía), es el lenguaje. Y como Marx, Gramsci “concibe al fenómeno lingüístico como un ‘producto social’, inseparable de una forma de vida y de su ‘concepción determinada del mundo’”.43 El uso de las palabras, desde esta perspectiva, pone su acento en su carácter social y práctico de su uso.
IV
Recordemos que Marx sostuvo que la conciencia nace tarada con el lenguaje, que es una herramienta para poder organizar la actividad social, es la conciencia real que sirve para coordinar las actividades del conjunto. Esto es posible porque cada palabra, y cada conjunto de palabras tienen un sentido, es decir, quieren decir algo (y no solamente las palabras: las imágenes y los sonidos también generan sentido). Para poder interpretar ese sentido se hace necesario contar con alguna herramienta que permita comprender la reproducción de dicho sentido, y también su reconocimiento. A eso, Eliseo Verón lo llama “gramática”, como un conjunto de reglas que describen operaciones que permiten formular la manera en que el discurso es engendrado en su producción.44 Si de esas reglas se puede analizar un conjunto de textos,45 y gracias a ello “pudimos identificar los invariantes que corresponden a lo que buscamos, podemos transformar las reglas descriptivas y producir un nuevo texto que tenga las mismas propiedades”. Desde ya que tal operación será imposible, primero, como dice Verón, porque se necesitaría un conjunto exhaustivo de reglas para su producción46; pero por el otro, porque el objeto aquí es comprender y explicar, no reproducir.
Ahora bien, este conjunto de operaciones nos puede permitir comprender la fórmula para la producción, mas no así su recepción. Esto es así porque es posible obtener las reglas que describan las propiedades de dicho texto, “pero en la medida que un mismo discurso puede conseguir efectos diferentes —lo que parece una banalidad— en el terreno del reconocimiento no tendremos una gramática, sino varias”.47 Esto nos permite comprender entonces por qué una película, construida con las mismas bases ideológicas, representando los mismos universos simbólicos, y constitutiva de la misma acción hegemónica, puede tener éxito de taquilla, o todo lo contrario.
Cabe insistir en que toda producción de sentido es eminentemente social, y necesariamente todo fenómeno social es un proceso de construcción de sentido. Por ello, como dice Verón, “solo en el nivel de la discursividad el sentido manifiesta sus determinaciones sociales y los fenómenos sociales develan su dimensión significante”. En consecuencia, el mínimo acto de un individuo en la sociedad supone la puesta en práctica de algo así como la estructuración socializada de las pulsiones. Por ello, trabajar en el análisis de los discursos sociales permite garantizar el estudio de “la construcción social de lo real”.48 Y esto es así porque cualquier fragmento de comportamiento social, de alguna forma, implica algún tipo de sentido.49
Con esto se puede retomar el planteamiento de lo ideológico, ya que en el juego de las relaciones sociales entre clases y fracciones de clases, el fondo material de lo discutido es el poder. Esto es posible por cuanto “lo ideológico es el nombre del sistema de relaciones entre un conjunto significante dado y sus condiciones sociales de producción”, y por ello, la “noción de ‘poder’ de un discurso solo puede designar los efectos de ese discurso en el interior de un tejido determinado de relaciones sociales”.50 Si la ideología era la representación de sí misma y de sus relaciones con otras que tienen una clase o fracción de clase, el conjunto significante de sí misma es enviado a las otras de forma simbólica, construyendo un “sentido común”, un universo social de representaciones del conjunto. Estos elementos, como se ha dicho, elaboran los pasos necesarios de la acción hegemónica de la clase o fracción dominante, a fin de lograr la suspensión de la incredulidad, como dice Morgan. Para “retomar la fórmula de Pierce, un pensamiento en un momento dado solo tiene una existencia potencial, que depende de lo que será más tarde. La red infinita de la semiosis social se desenvuelve en el espacio tiempo de las materias significantes, de la sociedad y de la historia”.51
Por todo esto, para Verón, la ideología es una gramática de generación de sentido, investidura de sentido en materias significantes.52 Desde esta perspectiva cabe retomar algunas ideas —hoy duramente cuestionadas, y desechadas— desarrolladas por Althusser. Los aparatos ideológicos del estado son, según su propia definición, cierto número de realidades que se presentan al observador inmediato bajo la forma de instituciones distintas y especializadas. Si bien su trabajo se abocó a la escuela o la iglesia, destaca la existencia de otros, entre los que se cuentan los aparatos ideológicos del estado de información y los culturales.53 Este autor los vincula con diferentes dosis de represión, pero ello no será un eje central aquí (por más que Althusser destaca la censura en los aparatos ideológicos del estado culturales, y que en Hollywood la autocensura se encuentra expresada evidentemente en lo que se podía o no mostrar o decir en las películas). Sin embargo, es válido el principio que sostiene que todos los aparatos ideológicos del estado concurren a obtener el mismo resultado, que no es otro que de reproducción de las relaciones de producción, o en otras palabras, las relaciones capitalistas de explotación.54
Ahora bien, el aporte más relevante de dicho planteamiento, solamente esbozado, es el de interpelación. Althusser sostiene que la ideología actúa o funciona “reclutando” sujetos entre los individuos, por medio de una operación que llamó interpelación: es un mecanismo gracias al cual se convierte a los individuos en sujetos (del proceso ideológico). Tal vez el ejemplo tomado no haya sido el mejor o el más ilustrativo, y ha brindado oportunidad para recibir duras críticas, como por ejemplo la de Eagleton.55 La interpelación parece ser el elemento gracias al cual un conjunto social puede llegar a elaborar imaginarios sociales, construyendo sentido con algunos elementos básicos de su imagen (la imagen de sí misma).
Una película que se refiere a la Historia de una sociedad de alguna forma interpela a los individuos-espectadores como sujetos de los valores, símbolos e ideas, para convertirlos, de alguna forma en sujetos de ese proceso histórico. La identificación del espectador con el protagonista principal es una consecuencia pretendida por parte de los realizadores, aunque tal vez no siempre lograda. Pero el consenso no es uniformidad, ya que con que una porción mayoritaria de los asistentes al film lean con sentido común, con concordancia simbólica los valores e ideas desarrollados, el objetivo de interpelar ha sido logrado. Es por ello que
puede presentarse un film para ilustrar una idea, teniendo presente siempre en cada caso que el ejemplo concreto con el cual se quiere ejemplificar la idea, implica su transposición a otro registro que complejiza y también enriquece su presentación. Es preciso entonces descender de lo universal al mundo concreto (como recomendaba Platón) y desde ese mundo volver a la idea; la diferencia es que la vuelta recompone la idea, la interviene, exige volver a pensarla nuevamente.56
Por este motivo, sostiene Rossi, que una de las tareas de la actividad interpretativa es la de producir significados con vistas a la comprensión del sentido, que como se dijo antes, es un producto social. Y el sentido no es el referente inmediato de la obra, sino que hay que elaborarlo.57 Para la autora citada, pueden analizarse los films desde diferentes perspectivas (como elaboración de fantasmas, como relato alegórico, como un documento de época o como indagación epistemológica). Aquí se tomarán dos formas, relevantes para trabajar con la ideología en el cine: como relato alegórico y como indagación epistemológica.
El primero, a pesar de su carga platónica, resulta útil por cuanto una alegoría “es un relato o una narración compuesto por figuras susceptibles de ser traducidas o traspuestas en otras, representadas metafóricamente por aquellas”.58 Según la autora, la alegoría moderna se diferencia de la antigua en que en esta última el contenido del relato personifica por lo general valores e ideas trascendentes; en cambio, en aquella la alegoría es concebida como derivada del proceso mismo de enunciación, escritura y lectura de textos o imágenes. En todo caso, y siguiendo a Jameson en La estética geopolítica,59 Rossi afirma que la “alegoría ofrece la solución más satisfactoria al problema de la representación de la totalidad”, y gracias a ello, el contenido de los dramas individuales puede deducirse el contenido histórico de un verdadero y actual drama colectivo.60 De esta forma, con este tipo de perspectiva hermenéutica se permite
medir el alcance ético de un film. La posibilidad de emitir juicios de tipo ético está dada por la enorme capacidad que tiene el cine de asumir valores y posiciones morales, volviéndolos visibles a través de personajes o fuerzas determinadas (…) Las grandes figuras arquetípicas que intervienen en los conflictos de la vida representan valores morales determinados: el coraje, la traición, la lealtad, la infidelidad, la pasión, el temor.61
Gracias a ello, el espectador no puede dejar de involucrarse éticamente y emitir su juicio, con independencia de lo obrado por los personajes. Pero, por otra parte, cuando se toma la perspectiva de indagación epistemológica, Rossi propone que la actividad interpretativa permita “un proceso de inferencia en el que los textos, en este caso los textos cinematográficos, se convierten en ‘oportunidades de percepción, cognición y emoción’”.62 De esta forma, sostiene, a través de la precisión del tema, el reconocimiento de las indicaciones o marcas, la ubicación de anomalías o datos reacios, la búsqueda de analogías, la localización de patrones y las operaciones de deducción lógica que podrá llevar adelante el proceso de búsqueda y análisis del sentido.
Con todo este trabajo se podrá elaborar lo que en otro lugar se ha dado en llamar el código de realidad.63 En primer término, gracias a que las imágenes de una película se ubican en un tiempo y espacio, “los aspectos de la realidad captados por la cámara resultan precisos, determinados, concretos, dando lugar a una representación unívoca”. Y eso deriva en una falsa e ingenua concepción de lo real, porque esa semejanza no surge espontáneamente, sino que está codificada, reclamando un “juicio de semejanza” generado a partir de una compleja codificación cultural.64 Debe aclararse que la intervención decodificadora del espectador permite hacer valer como real aquello que está ideológicamente codificado, construido como universo simbólico y estabilizado gracias al sentido común. La imagen persuade porque semeja una representación fotográfica de la realidad, y permite que así se confunda con el significado que trata de llevar. Pero para quien asume una lectura crítica de dicho texto, la semejanza no implica realidad. Además, debe destacarse que en la medida que las imágenes cinematográficas “componen un entramado hecho de imágenes-movimiento, entran dentro de los confines del universo narrativo, es decir, conforman una textualidad…”.65
Por ello, sostiene Rossi, cabe asumir a la imagen-movimiento como un signo que puede ser interpretado, decodificado, con características que lo diferencian del signo lingüístico porque es:
a) analógico: semeja la realidad, ya que se ha asimilado grandes cantidades de codificación;
b) continuo: al diferenciarse claramente de la puntuación lingüística;
c) de sentido inmanente: es inherente a la forma misma de la expresión. Si cambia el significante, cambia el significado;
d) no articulado: sin soldadura entre significante-significado por la inexistencia de un código especial y explícito;
e) invención del que enuncia: porque crea el modo en que va a denotar;
f) propietario de una cantidad indefinida de información: ya que la imagen es siempre habla, no unidad de lengua; y finalmente
g) obtiene su sentido por su ubicación en un entramado significante.
Por todo ello, los elementos de una película no son elementos de la realidad, sino
de un enunciado, de un constructo narrativo.66 Cuando esta construcción refiere a la Historia, la evocación de las ideas expuestas aquí cobra vital relevancia, ya que desde la perspectiva que se pretende utilizar el pasado formará parte de una mirada, de una perspectiva ideológicamente determinada.
Un ejemplo aplicando los puntos que se vienen desarrollando aclarará los problemas que puedan surgir.
V
Para poner operativos los conceptos antes destacados, puede tomarse como ejemplo la película Rambo III.67 Es esta película de fines de la década de 1980, donde se modifica parcialmente la dirección que tenían las dos anteriores, ya que éstas transcurrían en relación a la guerra en Vietnam; mientras que aquella se desarrolla en Afganistán. El objetivo claro fue el de propagar la perspectiva del gobierno en lo que hace a las relaciones internacionales de Estados Unidos. Resulta evidente que la película se rodó con una fuerte impronta ideológica, impronta que pretendía mostrar aspectos relevantes de las condiciones y necesidades de la política exterior norteamericana, en principio; luego, esa carga ideológica pretendió justificar el hecho de que dicha política estaba en lo correcto en la medida que se luchaba contra el país que encarnaba al demonio en términos materiales (el Afganistán bajo la Unión Soviética); por último, y algo así como una idea escondida dentro de los pliegues más internos de la película, que John Rambo es una representación analógica de la lucha que dio Ronald Reagan contra el partido Republicano en particular (del que provenía el mismo presidente, dado el descreimiento que había desde el aparato político en los lineamientos implementados), y contra los norteamericanos descreídos en general. Llamativamente, gran parte de este mensaje se genera en los primeros cincuenta minutos. Luego, lucha, explosiones, persecuciones, muertes (de enemigos).
En noviembre de 1980 Reagan resultó electo con el 50,1% contra el 41 de Carter. La victoria de Reagan llevó a entregarle la mayoría en el Senado, y una cantidad suficiente de representantes como para asegurar —en alianza con los demócratas conservadores— una mayoría propia, que iba a permitirle las transformaciones que pretendía. La política exterior de los Estados Unidos durante el mandato de Ronald Reagan representó cabalmente los intereses expresados (y también los ocultos) durante la campaña. El aumento del gasto en defensa, la creciente presencia política y militar de los Estados Unidos en diversos frentes, las guerras de baja intensidad en países del ‘patio trasero’ que corrieran riesgo (real o supuesto) de caer en las ‘garras del comunismo’, significaron, por un lado que el conflicto este-oeste volvía a intensificarse luego de la distensión intentada por Nixon y agravada por la supuesta inacción demócrata (recordar Nicaragua, Afganistán, etc.); pero también —según algunas interpretaciones— por la necesidad creciente del gasto militar para no caer en una depresión de incalculables límites.
Ronald Reagan asumió la presidencia con una visión simplificada de lo que representaban la Unión Soviética en el contexto internacional, y el comunismo como expresión político-ideológica. Su perspectiva se había formado casi exclusivamente con sus experiencias personales y no a través de una sólida formación intelectual. Considerando entonces al principal adversario del poder norteamericano como la representación del Demonio, como el “Imperio del Mal” (tal como llegó a asegurarlo el 8 de marzo de 1983), estaba decidido a combatir frontalmente a los soviéticos hasta lograr lo que entendía como la victoria. Según algunos autores, “la amenaza soviética se convirtió en la pieza central de la administración Reagan”, hasta el punto de considerarla como un imperativo de tipo político, pero también religioso. En pocas palabras, Reagan entendía al enfrentamiento no solamente como una cuestión de poder y política, sino como un conflicto entre el bien y el mal, “y probablemente era más ideológico que cualquiera de sus predecesores”.68 Es por ello que el término segunda guerra fría comenzó a escucharse cada vez con más fuerza en los foros internacionales y en el ámbito académico. Puede asegurarse que en más de una oportunidad la descripción que hacía el presidente Reagan de la conducta llevada adelante por los soviéticos era más caricaturesca que un análisis concreto de la realidad, al exagerar y sobredimensionar la eventual ‘perfidia’ soviética, postura que le dio buenos resultados políticos pero que carecía de base fáctica.69
Por otra parte, algunos sostienen que la política implementada por Reagan resultó más discursiva que otra cosa, con el objetivo de llevar adelante una guerra económica basada en el armamentismo y forzar al límite la función de la producción soviética, hasta su colapso.70 En verdad, si bien buscó parecer un cowboy salvaje, la realidad indica que fue muy cauto y cuidadoso. Conforme Spanier, la Doctrina Reagan fue una respuesta al avance político y geográfico logrado por la Unión Soviética como consecuencia de los fracasos norteamericanos a partir de Vietnam. Para lograr su cometido, el gobierno norteamericano buscaría deshacer las ventajas logradas por su enemigo, “apoyando sublevaciones en algunos de los países a los cuales se había extendido el poderío soviético en los años 70 (…) En un sentido, la Doctrina Reagan era una versión norteamericana de la estrategia de ‘liberación nacional’ de Nikita Kruschev. Apoyar a los ‘combatientes de la libertad’ se convirtió en una pieza central de la versión Reagan de la contención”.71
Reagan tenía la idea de que la confrontación con la Unión Soviética era un proceso de largo plazo, y que la fuerza militar era una pieza central de su estrategia general, aunque debe tenerse en cuenta que la plataforma del partido Republicano para las elecciones de 1980 ya prometía el restablecimiento de la superioridad militar norteamericana y el presidente lo dejó ratificado en pocas palabras, al referirse a los tratados de limitación de armas.
Ronald Reagan hizo de la guerra y en particular la guerra nuclear un modelo de negociación con la Unión Soviética. Utilizando un lenguaje extremadamente duro para denunciar a sus enemigos, en verdad “utilizaba la fuerza solo contra oponentes menores”. Nunca se enfrentó abiertamente contra las fuerzas soviéticas, pero “intentaba impresionar a Moscú con la disposición norteamericana a defender sus intereses utilizando su poderío militar contra los más pequeños amigos de Moscú”.72 Entonces, es lógica una película como Rambo III, en la que se infiltra y se brinda apoyo y hasta se combate contra los soviéticos en Afganistán. Dado que existía la firme convicción de la administración Reagan que “las armas podían establecer una diferencia”,73 el icono de la ‘lucha por la libertad’ John Rambo debía proveer dichas armas a los combatientes mujaidínes, enseñarles a usarlas y usarlas personalmente como una forma de explicar que los Estados Unidos ayudan a sus amigos, les dan las herramientas y participan en la lucha por la libertad, lo que lleva a pensar si existe alguna diferencia con el mensaje de Vietnam. ¿Es parte de la lucha contra el síndrome de Vietnam? Nathan y Oliver destacan que el haber dejado de lado las necesidades de los militares habría conducido a la derrota política, por lo que “el precio de la debilidad militar había sido la derrota electoral”, si bien no son los únicos autores que destacan la fuerte transformación presupuestaria (beneficiosa hacia los militares) que se venía desarrollando desde los dos últimos años de Carter.74
Shattman sostiene que Reagan ascendió al personal y aumentó los presupuestos de la Agencia de Información de Estados Unidos (USIA), de la Voz de América, de la Dirección de Radiodifusión Internacional, de Radio Liberty y de Radio Free Europe, amén de crear otras instancias y radios.75 El 6 de febrero de 1985, en su Discurso sobre el Estado de la Unión, Reagan dijo que
debemos estar al lado de todos nuestros aliados democráticos. Y no debemos defraudar a los que están arriesgando sus vidas —en todos los continentes, desde Afganistán hasta Nicaragua— desafiando la agresión que apoyan los soviéticos y defendiendo derechos que son nuestros desde el momento en que nacemos… Apoyar a los que luchan por la libertad es defensa propia y absolutamente concordante con las Cartas Orgánicas de la OEA y la ONU.76
Sin embargo, no fue Reagan quien comenzó con la transformación. Con un importante ejército en Afganistán sobre la frontera con Pakistán —dice Spanier— “(una nación apresada entre la esfera soviética y la poco amistosa India), y con el uso del espacio aéreo y las instalaciones portuarias de Etiopía y Yemen del Sur”, a fines de la década de 1970, la presencia política de la Unión Soviética en la zona amenazando la provisión y embarque de petróleo a los Estados Unidos era una realidad palpable. De esta forma se forjó la llamada Doctrina Carter que llevó a una profundización de una contra-presencia norteamericana en Oriente próximo, a fin de equilibrar la importancia de su enemigo y garantizar así el normal abastecimiento de petróleo luego de los shocks de 1973 y 1979.77 La agresiva política exterior norteamericana de la década de 1980 no fue producto de la recalentada imaginación de un hombre, sino un acuerdo generalizado sobre lo que debía hacerse, es decir, como lo sostienen Nathan y Oliver, respecto a la política exterior “muchas de las bases habían sido establecidas por los partidarios de la guerra fría de los últimos días de Carter”, es decir, que fue un esfuerzo bipartidario.78
Con esta lógica se apoyó la lucha de los mujaidínes contra las fuerzas de la Unión Soviética en Afganistán de diversas formas, también desde lo ideológico. Aquí es donde nace Rambo III. No resulta casual, entonces, la revaloración de un discurso de la violencia, culturalmente garantizado a través del cine. Puede decirse que este punto es uno de los principales ejes de este libro. Si bien es cierto que no se ha desarrollado aún un marco de análisis específico sobre la incidencia ideológica y cultural del cine sobre el espectador medio, se asume a priori que la conjunción de imágenes y sonidos que arman una historia tiene una capacidad de penetración poderosa, por lo que películas al estilo de Rambo no solamente desarrollan una historia para entretener, sino también para formar o condicionar.
El apoyo norteamericano a la lucha de los mujaidínes en Afganistán puede dividirse en dos etapas. La primera, de resistencia, en la que se brindó ayuda material en forma de armas, capacitación y dinero, y la segunda, en la que se les dio la tecnología clave como para producir un cambio irreversible en la guerra. Es preciso destacar, con carácter previo, que el levantamiento de los mujaidínes no fue producto de la invasión soviética de Afganistán, sino que empezó un año antes, en abril de 1978, cuando el gobierno afgano (prosoviético) intentó extender su poder de las ciudades a las aldeas.79 Al mes de la invasión soviética la administración Carter, junto a los chinos, los sauditas, los egipcios y los paquistaníes, remitieron armas a la resistencia afgana, que se reagrupó en Pakistán.
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