Читать книгу: «Tarjeta negra»
© Enric Juliana, 2015.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2014.
Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: OEBO396
ISBN: 9788490068694
Composición digital: Àtona-Víctor Igual, S. L.
Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.
Índice
Dedicatoria
Del once del nueve al nueve del once
Código 11-9-11
Andorra entra en la historia de España
El nuevo eslogan: soberanismo es corrupción
«Y si gana Esquerra, mejor»
Una inesperada reunión en Moncloa
La imposible coalición antisoberanista
El pacto que lo habría cambiado todo
Londres relanza la tercera vía
Escuece Escocia
El paso atrás de los Aznar
Las dos banderas de la calle Sant Rafael
¿Cuándo dirá Rajoy: «Vosotros los catalanes»?
Vitamina V para la España inquieta
La Assemblea de Catalunya, reencarnada
En defensa de Pasqual Maragall
El combate de judo CDC-ERC
La culpa es de John Smith
Enric Miralles preside Escocia
Escocia: Cuando dices que nos vamos, la gente va y vota
Un no silencioso se impone en Escocia
Una lección, una gran lección
Devolución
El derecho a decidir a los sesenta y cinco años
Nessun dorma en Pekín
Los principios de Arriola
Soraya en Roma
El rey y el catalán
El cráter
El Partido Alfa, en la almena
La Brigada Aranzadi
Atención a los dos tercios
El balcón embrujado
Qué hacer
Avisos, advertencias y desafíos
Iglesia y soberanismo
Kompromat
Sis d'Octubre
El arte de la retirada
Pedro Sánchez, ¿un segundo Zapatero?
Lo de España no tiene nombre
Junqueras y Rodríguez de la Borbolla, azar en Sevilla
Aires de motín en el Palacio de Cristal
Generales y municipales en mayo, una hipótesis
Recuerdo de un Doce de Octubre
Cataluña y el principio de realidad
Little Italy
La hora de Madrid
Los neumáticos adherentes
Papeles de Suresnes: El PSOE autodeterminado
Informe al Comité Central
Lío en Génova
La jerga catalana
Podemos y Cataluña
Avanza el tercerismo
El cráter Pujol; el cráter Aznar
Mediterráneo con gas
Carne trémula
Todo comenzó con los irmandiños
La quiebra moral
En caso de urgencia, agite Cataluña
Octubre
Weidmann alucina
Una inquietante sucesión de errores
Conversación con Pablo Iglesias
La presión que viene de abajo
Europa nos observa
El alfiler y el elefante
Pedro Arriola tiene un problema
La zona de ruptura
Paralelas que convergen
Los vivos y los muertos
Protesta General Catalana
El contragolpe
Una derecha asustada
Empapelando
La querella que Maquiavelo no suscribiría
Llueve ceniza
El cuatrimestre negro de Rajoy
Podemos, décimo pasajero de la nave catalana
Momento catalán
Los relojes blandos del año 15
Agradecimientos
Las crónicas que analizan tres meses y medio políticamente apasionantes en los que se ponen a prueba las cuadernas de la política española y los muelles de la sociedad catalana.
PARA MONTSE J., QUE ESTÁ EN LA BATALLA.
DEL ONCE DEL NUEVE AL NUEVE DEL ONCE
Pasé buena parte del mes de agosto de 2014 fuera de España, sin teléfono móvil y con una disciplina monacal voluntariamente escogida: nada de redes sociales, nada de internet, nada de diarios digitales, nada de radio, nada de televisión. Solo algún sorbo de la prensa local, primero en Colombia, después en Brasil, para mantener un mínimo contacto con el mundo. Visita a la hija emigrada y ayuno informativo. Un verano distinto.
Ayuno con unas gotas de suero de El Tiempo de Bogotá y de Folha de São Paulo. Pude captar así alguna cosa, quizá lo esencial, del punto de vista de los colombianos y de los paulistas sobre algunos de los grandes asuntos del mundo. Esa eficaz lejanía mental de los latinoamericanos respecto de los dramas euroasiáticos. La mejor crónica sobre las contradicciones europeas después del salvaje derribo de un avión comercial en el espacio aéreo de Ucrania la leí en Brasil. Con gran concisión, el periodista de Folha lograba explicar la enorme dificultad europea para fijar una posición común frente a Rusia, más allá de la retórica y la propaganda. Lo explicaba muy bien. Si las sanciones a Rusia se ciñen a la compra de armas, pierde Francia. Si afectan a la importación de gas, pierde Alemania. Si afectan a los bancos rusos, pierde la City de Londres. Si limitan la importación de productos ganaderos y agrícolas, pierden Polonia y los demás países de la Unión limítrofes con el gigante ruso. Los europeos —añadía el cronista, con verdadera maestría— necesitan elaborar un baremo que equilibre los costes de las sanciones. Cuando lo tengan elaborado, decidirán.
Al cabo de unos diez días, Folha de São Paulo informaba, con notable alarde tipográfico, que Rusia había decidido comprar grandes cantidades de carne a Brasil como respuesta a las sanciones europeas. No hay nada mejor que la distancia para poder observar mejor los asuntos complejos. Venero el distanciamiento. Para mí, escribir es la búsqueda constante de la distancia. Y, al menos una vez al año, el ayuno informativo purifica. Sin teléfono móvil, sin internet, sin redes, sin radio ni televisión. Solo un periódico cada tres días.
Cuando regresé a España a finales de agosto todo me parecía novedoso. Pasé primero por Barcelona, antes de retomar el trabajo en Madrid, y tuve noticia de la impactante confesión de Jordi Pujol sobre su fortuna en Suiza y Andorra. La lectura de los diarios atrasados acabó rápidamente con los efectos del ayuno. El caso Pujol estaba abriendo un verdadero cráter en la sociedad catalana, un cráter del cual emanaba radioactividad, en vísperas de una serie de convocatorias políticas de gran envergadura. La celebración del Onze de Setembre, en la que se iba a recordar el 300 aniversario de la caída de la ciudad de Barcelona en la Guerra de Sucesión. El referéndum sobre la independencia de Escocia, el 18 de septiembre. Y la consulta convocada para el 9 de noviembre y negada tajantemente por el Gobierno español al considerarla anticonstitucional. Del once del nueve al nueve del once. Capicúa.
Más de sesenta días de alto voltaje político, alimentados por los medios de comunicación y por las redes sociales. Un clima agonístico. Ese sabor a competición deportiva que últimamente lo invade todo. He ahí uno de los signos de nuestra época. El gran triunfo de la crónica deportiva. Estábamos ante un trepidante inicio de curso. Los supuestos efectos desmovilizadores del caso Pujol en el catalanismo militante. La objetiva situación de ruina política del partido gobernante en Cataluña, tras la insólita confesión de su fundador. La convocatoria de un Onze de Setembre con el listón muy alto —avenida Diagonal y Gran Via de Barcelona—, que podía convertirse en sonoro fracaso si se confirmaba una pérdida de gas como consecuencia del asunto Pujol. El referéndum escocés, novedad radical en la política europea. Y, finalmente, la convocatoria del 9 de noviembre con un potencial conflictivo muy alto dada la negativa del Gobierno de Mariano Rajoy a autorizar cualquier tipo de referéndum o consulta no vinculante que pudiese cuestionar la unicidad de la soberanía nacional española. Once del nueve, nueve del once.
Más de sesenta días de alto voltaje. Una cápsula. Septiembre invitaba a escribir y el ayuno informativo en Latinoamérica me había tonificado. Me planteé publicar una serie de artículos diarios en la edición digital de La Vanguardia —parte de los cuales, los referidos a los acontecimientos más relevantes, también aparecerían en la edición impresa—, para poder atravesar con buen neumático dos meses con muchas curvas. Once del nueve, nueve del once. Tiempo político comprimido. En un primer momento había pensado en unos textos cortos, casi a modo de dietario, pero a los dos días me di cuenta de que en realidad pretendía otra cosa. Pretendía explicarme Cataluña a mí mismo, después de diez años de residencia en Madrid con el foco puesto en la política española. Explicarme Cataluña, escribiendo para un público muy heterogéneo, puesto que las ediciones digitales de los diarios tienen la virtud de romper viejas distancias. Escribir sobre Cataluña y España para un amplio abanico de lectores con perspectivas y opiniones muy diversas, puesto que La Vanguardia está consiguiendo, no sin grandes esfuerzos, mantener a su alrededor un público muy diverso y plural en tiempo de invocaciones a la radicalidad. Un diario abierto en la época de los «nichos» —cada uno con los suyos—, donde se grita mucho y se entierra la vieja elegancia del diálogo.
Lo que en un principio tenían que ser breves notas de dietario se convirtieron en artículos largos. Era necesario un enfoque amplio. Había que ir a Escocia. Había que prestar atención a lo inmediato, había que seguir el ritmo del 11-9-11, pero también había que recorrer algunas carreteras secundarias que ayudasen a entender mejor el curso de los acontecimientos. Había que pegarse al terreno y había que tomar distancia. Convenía escribir sobre el futuro, pero también era necesario recordar el pasado. Empecé el día uno de septiembre y acabé a mediados de noviembre.
Esa serie de artículos, más algunos textos posteriores que completan el último cuatrimestre de 2014, dan forma al libro que el lector tiene entre las manos con el título Tarjeta negra, una expresión que no figuraba en el primer guión del serial. A medida que iban pasando los días, especialmente a partir de octubre, me di cuenta de que la cápsula 11-9-11 contenía significativas novedades, que iban más allá de la inflamada cuestión catalana.
Me explico. Septiembre fue el mes del soberanismo. El mes de la gigantesca manifestación del Onze de Setembre en Barcelona, que acabó llenando la Diagonal y la Gran Via pese al bromuro del caso Pujol. Septiembre también fue el mes del referéndum en Escocia con victoria final del no, con diez puntos de ventaja sobre el voto independentista. Un ejercicio democrático impecable en el país europeo que mejor ha salvaguardado las libertades públicas. El mes en el que el Tribunal Constitucional admitió a trámite el primer recurso del Gobierno contra la convocatoria catalana del 9 de noviembre.
Octubre cambió de signo. Octubre fue el mes de los escándalos y de otros sucesos increíbles. El mes en el que el virus del ébola se descontroló en Madrid y provocó, durante unos días, una verdadera sensación de desconcierto en la sanidad pública. Octubre fue el mes en que la ciudad de Madrid revivió, creo que con mayor aspereza que en 2003, la atmósfera Prestige: torpeza oficial, malestar general. Octubre fue el mes de las tarjetas negras de Caja Madrid, el «caso» que más ácido ha derramado sobre la opinión pública española en los últimos tiempos. El trasiego de las tarjetas opacas de los directivos de Caja Madrid, una de las entidades financieras españolas que más recursos públicos ha consumido para evitar la quiebra. Las tarjetas fueron depuradas por la nueva dirección de Bankia, me consta que con el acuerdo del ministro de Economía, Luis de Guindos, un político que no se siente atado al pasado y que aspira a tener su propio recorrido en las instituciones europeas, donde la exigencia de pulcritud es alta. La depuración de las tarjetas negras de Caja Madrid fue un ejercicio de buena reputación ante las instancias europeas, pero también tengo constancia de que el Gobierno no se esperaba un calambre social tan fuerte. Se oyó aquellos días un rumor de fondo, una agitación sorda: «¡Hasta aquí podíamos llegar!». Una mano imaginaria mostró una tarjeta negra al poder, en señal de grave advertencia: «¡Basta!».
Los procesos de desgaste de la moral pública tienen corrientes subterráneas difíciles de percibir y de adivinar. Hace falta un agudo olfato político para intuir su profundidad y recorrido. La información detallada sobre los gastos de las tarjetas opacas de una entidad salvada in extremis de la quiebra se transformó en vitriolo para un país moralmente herido. Populares, socialistas, sindicalistas y algunos notables de Izquierda Unida, en el elenco de los beneficiarios. El concepto «casta» tomaba cuerpo sin necesidad de un mayor esfuerzo por parte de sus propagandistas. El discurso del nuevo partido Podemos se escribía solo. Las encuestas pronto darían fe de ello. La sociedad mostraba su propia tarjeta negra al poder y, en enero de 2015, una sentencia del Tribunal Supremo facilitaba la inculpación de todos los beneficiarios. El proceso judicial está en curso. Han pasado cosas mucho peores en España, ciertamente. Las tarjetas negras de Madrid podría decirse que son el chocolate del loro en la fenomenal cadena de escándalos de los últimos años. Pero estamos hablando de un loro con plumaje muy vistoso. En todas las grandes turbulencias siempre hay un acontecimiento aparentemente menor o secundario que acaba catalizando el gran malestar acumulado. La gota que colma el vaso. El grito desde el fondo de la sala que dice basta. La luz de alerta que parpadea en el tablero de mandos. Hay un momento en que el poder toma conciencia de haber entrado en zona de alto riesgo. Eso ocurrió en España entre mayo (elecciones europeas y abdicación del rey Juan Carlos) y diciembre de 2014. Tarjeta negra.
Octubre fue el mes de la máxima señal de alarma. El aznarismo en el juzgado. Octubre fue el mes en que se reactivó el caso Gürtel y el exministro y exsecretario general del Partido Popular, Ángel Acebes, también fue llamado a declarar, en calidad de imputado. Más aznarismo en el juzgado. Octubre fue el mes en que la ciudadanía supo que Oleguer Pujol Ferrusola, el más pequeño de los hijos de Jordi Pujol, había compartido despacho y negocios en Madrid con el yerno del exministro de Aznar y expresidente de la Comunidad Valenciana, Eduardo Zaplana. Un sotobosque desconocido hasta la fecha. Jordi Pujol y Eduardo Zaplana pertenecen a mundos muy distintos, pero mantuvieron una cordial relación política durante los años en que coincidieron sus mandatos en Cataluña y Valencia. Desde Barcelona, el nacionalismo no renunciaba, retóricamente, a los Països Catalans. Desde Valencia, el PP fortificaba el baluarte de la valencianidad contra el «expansionismo catalán». Las espadas estaban en alto, pero Pujol y Zaplana nunca rompieron puentes. Se veían discretamente en Madrid y pactaban, con inteligencia, los límites del desencuentro. En Madrid acordaron la constitución de la Acadèmia Valenciana de la Llengua, institución que regula la normativa del valenciano, sin dependencia de la academia catalana (Institut d’Estudis Catalans), pero sin romper con la matriz del idioma común de valencianos y catalanes.
En octubre se produjo la espectacular Operación Púnica en la Comunidad de Madrid que llevó a la cárcel a Francisco Granados, ex número dos de Esperanza Aguirre, y a diversos alcaldes de la región metropolitana madrileña, en su mayoría del Partido Popular, también en esta ocasión con acompañamiento socialista. En octubre, muchos españoles comenzaron a pensar que la podredumbre acumulada exigía un fuerte zarandeo. Tarjeta negra. En octubre, las encuestas empezaron a señalar que Podemos se colocaba en cabeza de la proyección de voto. En octubre, el jovencísimo movimiento político del círculo morado y del partisano Pablo Iglesias, aún en fase de organización, se consagró como el Partido de la Ira, sajando todos los sondeos. En octubre comenzó a entreverse que España empezaba a dirigirse a una cierta ruptura del esquema de 1977. Tarjeta negra. En paralelo, los mismos sondeos señalaban un repunte en la popularidad de la Monarquía. El país entraba en un torbellino. Todo parecía estar en juego, la tarjeta negra señalaba a todo el cuadro institucional, dejando a salvo la figura de Felipe VI. Retenga el lector este dato, puesto que es fundamental.
Noviembre trenzó las líneas de septiembre y octubre. Soberanismo catalán e inflamación general de la sociedad española. La consulta del 9 de noviembre finalmente tuvo lugar en formato simulado, con la participación de 2,4 millones de ciudadanos, cifra que puede considerarse una victoria simbólica del soberanismo, pero también la expresión de un límite. Casi dos millones y medio de electores, de los cuales 1,8 millones se pronunciaron inequívocamente a favor de la independencia. El censo electoral oficial lo forman cinco millones y medio de ciudadanos. El censo oficioso, que incluía a mayores de dieciséis años e inmigrantes con residencia, superaba los seis millones. Victoria mediática. Y límite. Las encuestas de noviembre también comenzaban a señalar una significativa intención de voto a Podemos en Cataluña, generándose así la hipótesis de un Parlament casi ingobernable.
En noviembre, los sondeos coincidían en dibujar una Cataluña-mosaico con diez partidos en intensa competición (ocho, si consideramos las coaliciones). Un panorama muy espeso. En noviembre, en medio de un denso juego de maniobras, comenzaba a quedar claro que no habría elecciones catalanas anticipadas en marzo. Demasiado riesgo para CiU. Y riesgo, también, para Esquerra Republicana. En noviembre, la cuestión de Cataluña comenzó a cambiar de rumbo, quizá de manera un tanto imperceptible. Finalmente, se han anunciado elecciones «plebiscitarias» para el 27 de septiembre de 2015. Pero aún no se han convocado. La situación política catalana está entrando, lenta y matizadamente, en otra fase. Nadie ha renunciado a nada. Ni lo va a hacer a corto plazo. No baja el soufflé, puesto que lo que ocurre en Cataluña no es una simple inflamación temporal de los ánimos. Tiene raíces. Es profundo. Es estructural. Pero está entrando en una nueva fase. La situación de Cataluña se halla hoy enmarcada por la inminencia de un reajuste en la política española. Las dos líneas de tensión están a punto de entrecruzarse, influenciándose mutuamente. Son mayoría los catalanes que no han «desconectado» de la esfera España, por muy elevados que sean el desafecto y el enfado. Las líneas comienzan a tocarse. Era una ingenuidad creer que ese cruce, constante en la historia política moderna del país, no se iba a volver a producir. Algunos catalanistas han caído en ese error de apreciación. Unos, por ingenuidad; otros, por error de cálculo.
Ochenta días de alta intensidad política que han labrado surco. En la actual fase de aceleración digital de la información, el periodismo tiende a abusar de los calificativos que contribuyen a llamar la atención del lector. Demasiada purpurina en los titulares. Algunos hechos se engrandecen más de la cuenta y todo tiende a ser presentado como «histórico» y «decisivo». Convendría enfriar un poco esa tendencia. Evitaré, por tanto, afirmar que el tiempo comprendido entre el once del nueve y el nueve del once fue «decisivo» en la conformación del cuadro crítico que a lo largo del año 2015 será sometido a un extenuante ciclo electoral. No se acaba el mundo, pero esos ochenta días de «tarjeta negra» convulsionaron la política española.
Elecciones regionales andaluzas en marzo. Elecciones municipales y autonómicas en trece regiones, en mayo. Elecciones catalanas se supone que a finales de septiembre. Y elecciones generales en noviembre, o quizás en enero de 2016, en caso de que el Gobierno, apurado por los sondeos, intentase forzar jurídicamente la cuenta atrás de la legislatura. Ese es el calendario que ahora tenemos por delante.
Me limito a señalar que en otoño de 2014, mientras España entera parecía girar en torno a la eficaz escenografía del soberanismo catalán, también ocurrían otras cosas. No todo era Cataluña. El malestar derivado de la crisis y el enfado social por los continuos escándalos de corrupción alcanzaban uno de sus puntos máximos. Empezaba a coagular la posibilidad de una fuerte corriente de rechazo, encarnada en una fuerza de nuevo tipo. Por primera vez desde 1977, un «tercer partido» rompía en los sondeos la barrera del 20% de forma muy homogénea en todo el territorio, incluyendo Cataluña y el País Vasco. Mientras la potente movilización soberanista catalana ponía en cuestión algo tan importante como la unidad nacional española, en los términos pactados en 1978, cristalizaba otra corriente dispuesta a cuestionar el statu quo en términos de ruptura del cuadro constitucional, o de reforma fuerte del mismo. Dicho más rápidamente: el factor Cataluña y el factor Podemos comienzan a confluir en octubre de 2014. Se cruzan, pero no se fusionan, puesto que son fenómenos de distinto alcance y naturaleza.
Es una confluencia que asusta a un sector amplio de la sociedad y que permite al actual partido gobernante afrontar el intenso ciclo electoral bajo la ya clásica premisa de «o nosotros o el caos», con el telón de fondo de una más que posible mejora del entorno económico. Un año con cinco convocatorias electorales presenta tal cantidad de variables que hacen imposible cualquier tipo de pronóstico. Más vale no intentarlo. Más que augurarlo, hay que vivirlo. Semana a semana. Mes a mes. Corrigiendo cada día las estimaciones de la jornada anterior. Cuando concluya 2015 y llegue el día de las elecciones generales —la cita más importante—, dos impulsos se van a cruzar: la tozuda y necesaria esperanza en la recuperación y la irritación. El impulso de conservación y el deseo de pegarle una buena sacudida al tablero. No quiero hacer pronósticos, pero sostengo, desde hace tiempo, que en la sociedad española, incluida Cataluña, por supuesto, los reflejos conservadores son mucho más intensos de lo que se percibe en el electrizante debate público, dominado en estos momentos por la protesta, la indignación, la angustia de una profesión periodística en crisis y la presión espasmódica de las redes sociales.
Tras un largo período de prosperidad hay mucha decepción, pero también mucho miedo al futuro. No todo el mundo lo ha perdido todo. Hay muchos que han seguido ganando, pese a la crisis. En una sociedad envejecida, con un porcentaje de jóvenes porcentualmente inferior al del período 1975-1982, es mucha la gente que hoy tiene bastante que perder. No vivimos en la posguerra. No estamos en una fase pre-insurreccional. Tampoco estamos en vísperas del levantamiento de Garibaldi en Barcelona. La gente quiere cambios y, a la vez, quiere seguridad. Quiere que todo cambie y que nada cambie. Esa es la gran contradicción europea. Sed de cambios, deseo de balneario.
Este libro es una narración parcial de la crisis española en curso, que da continuidad a otros tres libros anteriores, recogidos en el volumen España en el diván (RBA, 2014). Como ocurre con los viejos mosaicos, los fragmentos ofrecen en ocasiones datos suficientes para interpretar el conjunto. Este sería mi deseo. Tarjeta negra es la crónica de los meses en los que España recuperó el sabor fuerte de la política, entre el dramatismo y la banalidad, entre la decepción y la teatralidad, entre la leve esperanza en un futuro mejor y el fuerte deseo de zarandear el entero edificio. Entre el once del nueve y el nueve del once se acabaron de forjar los grandes temas del año quince. Ahora, a votar.
Madrid, 5 de febrero de 2015
CÓDIGO 11-9-11
Comienzan tres meses políticamente apasionantes en los que se van a poner a prueba las cuadernas de la política española y los muelles de la sociedad catalana
El cuadro institucional español se halla ante una situación inédita desde la restauración de la democracia. Y Cataluña vive una movilización social nunca vista, que ha coagulado alrededor de una idea aparentemente simple, que conecta con el núcleo principal de los actuales malestares europeos: «Volem votar». «Queremos votar».
Un eslogan de alta eficacia persuasiva en tiempos de padecimiento social y de grandes decepciones. Puesto que no podemos decidir sobre el curso general de los acontecimientos, quisiéramos decidir sobre aquello que nos es más próximo: los recursos y la capacidad de acción política de nuestra comunidad. Esta es la idea que ha triunfado en Cataluña. Una idea que hoy está presente en otras regiones de Europa en estado latente o parcial, puesto que su coagulación como programa hegemónico requiere de unas determinadas condiciones de humedad, calor, presión atmosférica, tradición histórica, economía, demografía, idioma, identidad cultural, espacio de debate público, sistema educativo, trasfondo religioso, sistema de competición entre partidos, ley electoral y una cierta psicología colectiva: voluntad de ser y deseos de continuidad. Condiciones que pueden definir un marco nacional.
Cataluña ha coagulado como nación. Sosiéguense los irritados. La Constitución de 1978 estuvo muy cerca de inscribir Cataluña en el registro nacional. El artículo 2 dice que España está compuesta por «nacionalidades y regiones». Es la primera vez en la historia de España que un texto constitucional distingue entre compuestos diferentes. Bastaría un cierto ajuste para acabar de afinar este principio dual, insisto, inédito en la historia de España. Aunque hoy parezca del todo imposible, no debe descartarse que esta mutación se produzca en un plazo relativamente corto de tiempo (no mañana, ni pasado mañana, me refiero al corto-medio plazo del tiempo político).
Lo escribiré de otra manera, Cataluña ha acabado de madurar como realidad nacional gracias a la Constitución de 1978. La cuestión ahora es la siguiente: se ajusta la Constitución, para que esta pueda reabsorber y enmarcar la dinámica realmente existente en la comunidad que encabeza el PIB español; se desborda la Constitución (este es el objetivo de los independentistas, pero no el de todos los que defienden la consulta); o se abre una dinámica de represión, posible en algunos aspectos, pero difícil de congeniar con los estándares democráticos europeos, hoy puestos en tensión en Ucrania por la potencia rusa.
Desbordamiento y represión topan con Europa, en un momento crítico, muy crítico, en su frontera oriental. Mal momento para poner en tensión el glacis occidental.
El trimestre que comenzamos no resolverá el trilema, pero mostrará con mayor claridad cuáles son las líneas de fuerza y las expectativas razonables a corto y medio plazo. Once del nueve y nueve del once. Estas son las dos fechas de referencia. 11-9-11. Este será el encabezamiento de una serie de apuntes diarios sobre el trimestre que nos aguarda. Un código irónico. 11911. Número que no se altera si se invierte el orden de sus cifras. Capicúa. Una simpática expresión catalana, absorbida por el léxico castellano, que sugiere buena suerte. La vamos a necesitar.
ANDORRA ENTRA EN LA HISTORIA DE ESPAÑA
Montoro, al galope en el Congreso, muestra la cabeza de Pujol con un mensaje: soberanismo es corrupción
En una misma jornada, se produce en Madrid una significativa coincidencia. Comparecencia del ministro de Hacienda en el Congreso para informar «sobre los avances en la lucha contra el fraude fiscal» y visita del jefe de Gobierno de Andorra, Antoni Martí, al presidente del Gobierno de España, Mariano Rajoy, en el palacio de la Moncloa.
Montoro ha hablado por la mañana, con gran dureza dialéctica, sobre los cuantiosos fondos que la familia Pujol ha reconocido tener en Andorra, después de haber sido detectados por la policía española, presuntamente gracias a la delación de un empleado de banca. Martí y Rajoy hablarán, oficialmente, de las negociaciones en curso entre España y Andorra para evitar la doble imposición, medida útil para la prevención del fraude fiscal. Hablarán también, sin duda alguna, del caso Jordi Pujol, un bombazo del que aún no se conocen todas las consecuencias, jurídicas y políticas, más allá de la fulminante muerte civil del expresidente de la Generalitat. En una misma mañana, potente foco sobre la familia Pujol en el Congreso e imagen de colaboración de Andorra con España. En la Moncloa no habrá conferencia de prensa, ni están previstas declaraciones del señor Martí a la prensa.
Había expectación esa mañana en el Congreso para escuchar a Montoro. Había interés por ver con qué intensidad el Gobierno del PP manejaba el foco. Máxima intensidad. Alto voltaje. Montoro ha salido en tromba, presentando el caso Pujol como el gran paradigma del fraude fiscal en España. El más escandaloso. El más pérfido. Cima de la corrupción. Con un lenguaje descarnado, jamás empleado por el Gobierno en otros casos recientes, Montoro ha intentado pulverizar lo poco que queda de la imagen pública del expresidente de la Generalitat, subrayando la fuerte vinculación de su figura con el movimiento soberanista catalán. Y ha enviado un mensaje a CiU: «Iremos hasta el final».
Independentismo igual a corrupción. Soberanismo igual a corrupción. Catalanismo igual a corrupción. Gracias al Estado, gracias a la fortaleza del Estado central, los ciudadanos catalanes, honrados y trabajadores, no acabarán de ser esquilmados por una élite corrupta que pretende manipularlos y embarcarlos en aventuras políticas equivocadas. En síntesis, este ha sido el mensaje del ministro de Hacienda, redactado en lenguaje «montorés», es decir, directo, rudo, sin rodeos y directo a la cabeza. Un comentario en Twitter de Carlos Cué, corresponsal político de El País, me parece relevante: «Llevo unos cuantos años en el Congreso y nunca había visto una comparecencia así». El lenguaje «montorés» es eficaz para el telediario de las tres, pero en algunas curvas derrapa. Ha hablado de Jordi Pujol, en términos durísimos, y de «don» Luis Bárcenas.
La conclusión es clara, el Gobierno está dispuesto a explotar a fondo el caso Pujol con cinco objetivos, al menos: advertencia a CiU, desmoralizar al soberanismo, alejar a los ciudadanos catalanes que no están por la independencia de la zona de influencia del «derecho a decidir», aparecer ante el conjunto de la población española como un rocoso adversario de cualquier tentación separatista y atravesar el bucle de la desconfianza ciudadana, reivindicando el papel del Estado como garantía última de estabilidad. El PP forma parte del problema, es verdad —caso Bárcenas, don Luis Bárcenas—, pero la derecha española se aferra al misterio de la Santísima Trinidad. Un discurso trinitario: partido, Gobierno y Estado; tres figuras distintas que, en última instancia, se funden en la autoridad el Estado. Todo está muy mal, nosotros hemos pecado, es cierto, pero la fuerza suprema del Estado nos redimirá a todos. El Gobierno comienza el curso con el objetivo de apoderarse de la bandera de la regeneración. El primer paso ha consistido en aparecer en el Congreso y ante las cámaras de televisión con la cabeza de Jordi Pujol en la mano. Será exhibida en público dentro de una jaula para escarnio y escarmiento general.
La visita de Martí a Rajoy ofrece una estampa de subordinación de Andorra al Gobierno de España. Lo parece y probablemente lo es. Quizá por ello, la magistratura andorrana anunció ayer —precisamente ayer— que acepta con condiciones la comisión rogatoria solicitada por el juez de la Audiencia Nacional Pablo Ruz, para investigar las cuentas de Jordi Pujol Ferrusola en el principado, por un posible delito de blanqueo de capitales. La juez encargada de elaborar el dictamen ha decidido mantener en suspenso, durante un mes, la citada comisión rogatoria, para que la parte afectada pueda aportar elementos en su defensa. Al cabo de treinta días tomará una decisión definitiva. Garantismo.
En pocas palabras, la magistratura del principado ha venido a recordar que Andorra se halla a mitad de camino entre las islas Caimán y Luxemburgo. No es un paraíso fiscal —en el 2009 logró ser excluida de la lista de paraísos fiscales de la OCDE—, pero tampoco es un enclave bancario miembro de pleno derecho de la Unión Europea. A Andorra le interesa seguir teniendo una banca atractiva por su discreción —baja fiscalidad y mucha privacidad, sin llegar a la total opacidad—, y a la vez necesita mantener las mejores relaciones posibles con los estados español y francés y con las autoridades comunitarias. Diversos bancos andorranos tienen ficha para operar en España y hay importantes inversiones andorranas en territorio español, no solo en Barcelona.
El primer ministro Martí tiene una buena sintonía personal con Rajoy (lo recordaba el periodista Ramon Aymerich en un imprescindible informe sobre Andorra y el caso Pujol publicado en La Vanguardia). El antecesor de Martí, el socialdemócrata Jaume Bartomeu (presidente entre el 2009 y el 2011), artífice de la salida de Andorra de la lista de paraísos fiscales, simpatizó de joven con el grupo Bandera Roja en la Universitat de Barcelona y cuenta con buenos amigos en la izquierda catalana. Y atrás han quedado dos relevantes figuras de la política y la economía andorranas, Marc Forné y Òscar Ribas, con estrechos vínculos con el nacionalismo catalán en los años ochenta y noventa. Dicho en pocas palabras, la influencia política de CiU en Andorra es hoy limitada. Los tiempos han cambiado. Matices, matices, matices que conviene tener en cuenta para descifrar el código 11-9-11.
El caso Pujol incomoda a Andorra. Sus bancos no quieren perder la atractiva marca de la privacidad, pero su actual estatus internacional exige buenas relaciones con Madrid, Bruselas y otras capitales europeas. Andorra tiene mucho que ver con Cataluña, pero no es un anexo de Cataluña. Moviéndose por este enrevesado cruce de intereses, la unidad de delitos fiscales de la policía española consiguió perforar en junio algunas de las cuentas de la familia Pujol en Andorra y generó lo que en Rusia llaman un kompromat, contracción de komprometiruishiy material: material comprometido, susceptible de ser utilizado políticamente mediante filtración. Un potentísimo kompromat que colocó contra las cuerdas a toda la familia Pujol, obligó a Jordi Pujol a una tremenda confesión pública —se supone que en beneficio de la defensa de su hijo mayor—, lo que provocó un cráter de colosales dimensiones en la política catalana en vísperas del 11-9-11. Una sacudida cuyas importantes consecuencias a corto y medio plazo no se pueden negar, ni minimizar. Se ha hundido un mito político y se han roto los últimos diques que impedían una mayor ola de desconfianza social en la política, una ola que recorre toda España, sin excepción, ni distinción. Como decía el semanario británico The Economist: «El constructor del orgullo nacional catalán ahora lo está minando».
El cráter es enorme y la radiación intensa. Algo importante se ha roto en Cataluña. Ha podido comprobarse en el Congreso de los Diputados. Mejor será no ignorarlo.
EL NUEVO ESLOGAN: SOBERANISMO ES CORRUPCIÓN
El Gobierno decide sacar todo el provecho posible del caso Pujol; esa brecha le fascina
La intervención del ministro Cristóbal Montoro en el Congreso ha provocado un efecto no sé si calculado por el Gobierno de España. Las palabras del ministro de Hacienda han irritado a gente que está muy enfadada con Jordi Pujol y su familia. Indignada por el fraude fiscal, por la ocultación del mismo, por el abrupto contraste entre la evasión fiscal y los constantes discursos moralistas del expresidente. Montoro ha conseguido irritar a gente más que enfadada por la estrategia defensiva de Pujol, claramente supeditada a la protección de su hijo mayor, un personaje que no se salvará del más radical oprobio, en el supuesto, improbable, de que logre salir indemne de las acciones penales que le van a caer encima.
Montoro ha herido la moral de gente que ya estaba desmoralizada por el degradante final de un hombre en el que habían confiado y al que habían admirado. Gente dolida, gente desfondada, gente desmovilizada. Gente que votó toda su vida a CiU y que hoy dice que se va a abstener por los siglos de los siglos, o que dará su papeleta a Podemos, para pegarle una buena patada a un sistema político hipócrita. Otros, evidentemente, votarán a ERC. No estoy fabulando. Este sentimiento existe entre electores del partido que ha gobernado Cataluña durante más de veintisiete años. (Veintisiete sobre un total de treinta y cuatro años de autonomía.)
La analogía entre soberanismo y corrupción fue demoledora. La fábrica de ideas del Partido Popular siempre ha manejado con bastante desenfado y eficacia las técnicas de la analogía. Pujol, padre del moderno nacionalismo catalán, ha defraudado a Hacienda durante treinta y cuatro años y algunos de sus hijos son sospechosos de otros oscuros manejos, por lo tanto, su culpa se proyecta sobre todo el soberanismo catalán y, si forzamos un poco más el argumento, se proyecta sobre toda la sociedad catalana. Un reciente editorial del diario ABC prefiguraba esta idea con las siguientes afirmaciones: «El nacionalismo catalán se ha instalado fuera de las reglas de la moral pública, no solo de los principios legales y democráticos [...]. Es una élite que lleva la corrupción en su código genético». Código genético, glups. La genética dejó de ser arma de combate político, en Europa, al concluir la Segunda Guerra Mundial. La fábrica de frames se ha puesto en marcha: soberanismo es igual a corrupción.
Evidentemente, si un partido o un periódico relevante afirmase que el caso Gürtel define a todo el Partido Popular como una organización delictiva, tendríamos un escándalo. Es verdad, en Twitter se pueden encontrar afirmaciones de ese cariz, pero no estamos hablando de los trinos electrónicos, estamos hablando de la técnica argumental del ministro de Hacienda en el Congreso de los Diputados. (Montoro, por cierto, se refirió al extesorero y administrador del PP, encerrado hace más de un año en la prisión de Soto del Real, como «don Luis Bárcenas».)
Imaginemos también que una relevante personalidad española afirmase públicamente que el caso de los ERE en Andalucía invalida todo el ideario socialdemócrata. Sí, es verdad, alguna invectiva de ese tipo puede leerse en alguna columna de prensa de Madrid, pero es difícil que lo oigamos en el Congreso. Podríamos poner muchos más ejemplos. En las magníficas biografías que hace unos meses se publicaron en todos los periódicos sobre Adolfo Suárez se recordó con mucha discreción, o ni siquiera se recordó, su relación con el banquero Mario Conde, que ayudó a financiar el CDS con trescientos millones de pesetas sustraídos de Banesto mediante una anotación contable falsa. (Así lo declaró al juez en 1992 uno de los acusados por el monumental desfalco en Banesto.) Adolfo Suárez, como es bien sabido, tuvo funerales de Estado.
Lo de Jordi Pujol es distinto. Pujol ha liderado durante más de cuarenta años una corriente política que cuestiona o pone en discusión algunos de los elementos estructurales del Estado español. En alianza con otras fuerzas, esta corriente consiguió inscribir en la Constitución de 1978 principios que aún no han sido digeridos por un sector significativo de la derecha. Por ejemplo, el artículo 2, donde se afirma que España está compuesta por «nacionalidades y regiones». (Los promotores de este redactado fueron Jordi Solé Tura, del PSUC, y Miquel Roca Junyent, de CDC, contando con el apoyo del socialista Gregorio Peces-Barba, cuando en el PSOE aún defendía que España era una «nación de naciones».) Pujol es distinto, porque como dijo Montoro, mientras defraudaba a Hacienda se convertía en adalid del independentismo catalán. La caída de Pujol, espectacular, tremenda e inapelable, es un hecho político de primera magnitud que el Gobierno ha buscado con ahínco. El ministro reconoció que el expresidente y su entorno venían siendo investigados desde antes del año 2000.
Mientras Montoro establecía la analogía entre corrupción y soberanismo, el presidente del Gobierno recibía al primer ministro de Andorra, país en el que se ha puesto al descubierto el «tesoro» de los Pujol, supuestamente por la delación de un directivo bancario descontento. Sin esa delación, el curso político habría empezado de otra manera.
Algunas personas —catalanas, pero no solo catalanas— se sintieron ofendidas por Montoro, que leyó su discurso, para así dejar claro que no estaba improvisando. Otras personas, menos susceptibles, se preguntaron desde la más absoluta racionalidad por qué diablos el Gobierno no deja que los hechos hablen por sí solos, sin empujarlos. Este parece ser el sino de la derecha española: cuando tiene al adversario en el suelo, malherido, humillado y en posición ridícula, necesita pisotearlo. ¿Por qué?
(En Italia esa actitud recibe un nombre muy musical: stravincere. Vencer en exceso. Allí suele estar mal visto.)
«Y SI GANA ESQUERRA, MEJOR»
En sectores del PP circula la idea de que una victoria de ERC contribuiría al colapso político catalán
La intervención de Cristóbal Montoro en el Congreso de los Diputados a propósito del caso Pujol ha cosechado algunas críticas en la prensa —no solo en la prensa de Barcelona— por un exceso de trilita en sus palabras. «Ya sabéis cómo es Montoro», se comentaba ayer, en Madrid, en círculos del Partido Popular.
¿Un arrebato? Montoro tiene su carácter, pero todo indica que compareció con un guión preestablecido. Un guión que pasaría por el máximo debilitamiento posible de Convergència Democràtica de Cataluña, el partido guía de la amplia corriente soberanista catalana. «El separatismo se ha quedado sin fetiche y el coloso se convertirá en un pegote, en un pingajo. Ya empiezan a movilizarse los iconoclastas», escribía, a la castiza manera, Raúl del Pozo, para mí el más genuino columnista madrileño (El Mundo). El más expresivo y el que transmite de una manera más colorista la sensibilidad dominante en la capital de España a pie de calle.
No voy a cometer la grosería de adjudicar el timbre fuertemente agresivo del ministro de Hacienda al «código genético» de la derecha española, para no emular al editorialista del diario ABC que atribuía los casos de corrupción detectados en Cataluña al «código genético» del catalanismo. En Alemania, una afirmación de este tipo —apelar a la genética para culpabilizar a un grupo humano— podría acabar ante un tribunal de justicia. Hay cosas que solo se pueden escribir desde un profundo resentimiento, y en tal caso resulta aconsejable pedir auxilio a la psiquiatría.
La acerada intervención del ministro de Hacienda en el Congreso obedece a una estrategia política, fríamente ponderada por los grupos de trabajo formados en la Moncloa para analizar, día tras día, sin pausas, ni vacaciones, la compleja situación catalana. La valiosa información obtenida por la policía fiscal sobre la existencia de unas cuentas de la familia Pujol en Andorra —información que, supuestamente, habría sido facilitada a la UDEF por un directivo de banca dispuesto a vender datos confidenciales— ha abierto una importante brecha. Y cuando se abre una brecha, la artillería no tarda en volver a disparar para agrandar el boquete. Creo que esto es lo que puede ocurrir en breve.
Cien años después de la Gran Guerra, en el tiempo posmoderno, las batallas de verdad, las batallas cruentas, las batallas con muertos y heridos, se producen en las periferias del sistema occidental. Lo estamos viendo en Ucrania, en Oriente Medio, en Sudán, en el Sahel... En el recinto central, en el interior del Palacio de Cristal, como diría el filósofo alemán Sloterdijk, las «batallas» se producen en el terreno de la competición económica, del dominio de la información y de la fabricación de hegemonía cultural. El primer objetivo que batir es la reputación de los adversarios. Lo estamos viendo.
«El soberanismo catalán tiene dos pilares; uno de ellos puede derrumbarse como consecuencia del caso Pujol y de sus secuelas; si ese pilar se derrumba, vamos a ver si el otro pilar es capaz de soportar todo el peso de la situación. Quizás asistamos a la implosión del movimiento soberanista. Digo implosión, no explosión». Este es el diagnóstico que me transmitía hace unos días una persona próxima al Gobierno. Los hechos de las últimas semanas corroboran que esta es la estrategia en curso: debilitar a Convergència Democràtica para que dé marcha atrás o sucumba.
¿El PP desea una próxima victoria electoral de Esquerra Republicana? ¿Quiere tener a ERC como interlocutor?
«Ni lo deseamos, ni lo dejamos de desear. Si un pilar se derrumba, veremos si el otro es capaz de gestionar y resistir la situación creada. Y veremos qué opina la sociedad catalana al respecto», concluyó mi interlocutor.
No es una estrategia nueva. Quien conozca un poco la política madrileña habrá oído más de una vez la siguiente expresión en los últimos meses: «Que Cataluña se cueza en su propia salsa. Que prueben a Esquerra Republicana durante una temporada y ya vendrán a pedir ayuda». José María Aznar lo formuló de una manera más cruda y directa hace dos años: «Antes de que se rompa España, se romperá Cataluña». Según algunos observadores madrileños, este escenario podría estar próximo. En el momento de escribir estas líneas —en estos momentos, insisto—, el pensamiento dominante en el Partido Popular y en el Gobierno parece ir en esta dirección. Ello ayudaría a explicar la virulencia de Montoro en el Congreso, aderezada por su estilo personal.
Hay más factores en juego, sin embargo. Una potente focalización del caso Pujol relativiza de alguna manera el caso Bárcenas, el caso Gürtel, el caso ERE, el caso Nóos y otros asuntos sucios, multiplicando el nihilismo social —«¡todos son iguales!»—, incrementando la indignación ciudadana y los deseos de enviar todo el sistema político e institucional a paseo. El escándalo de los Pujol ha abierto un enorme cráter en Cataluña, pero su radiación se expande por toda España, donde el líder catalán siempre fue observado con respeto por la mayoría. Su fulminante caída también ha decepcionado y ha dejado perplejos a muchos españoles no catalanes. A corto plazo, el caso Pujol favorece las expectativas electorales de la plataforma Podemos, principal recolectora de la ira ciudadana en estos momentos.
En este contexto, el Gobierno ha decidido comenzar el curso con la bandera de la «regeneración». Regeneración desde arriba, antes de que todo estalle desde abajo. El PP ha planteado, entre otras medidas, una drástica reducción de los aforamientos y una modificación del sistema electoral municipal —propuesta que parece inclinarse por la introducción de una segunda vuelta, no restringida a los dos primeros partidos— en teoría orientada reforzar las mayorías y evitar el filibusterismo de las minorías. Una reforma que hasta la fecha el PSOE sigue rechazando por considerarla «una cacicada».
El caso Pujol no solo golpea la política catalana y deja a CDC medio noqueada. También pone el foco en la denominada «amnistía fiscal», regularización de fondos en el extranjero, autorizada por el Gobierno en el punto más álgido de la crisis. En términos estrictamente jurídicos no está claro de momento que Hacienda pueda acusar a los Pujol de haber cometido delito fiscal, si la familia logra acreditar documentalmente que los fondos en Andorra estaban en el pequeño principado desde el año 2008. Esta circunstancia ayudaría a entender, desde otro ángulo, las palabras y el tono del ministro de Hacienda. Montoro acentuó el mensaje político ante la complejidad jurídica del caso. Los Pujol han escogido buenos abogados, que en estos momentos marcan la pauta del expresidente de la Generalitat, para desgracia y desespero del grupo dirigente de CDC.
Las coyunturas políticas descubren su complejidad a medida que intentamos desmenuzarlas. Hay estrategias en curso, evidentemente, pero en una situación como la descrita sería bueno no caer en la idea de que todo discurre de acuerdo con planes perfectamente planificados. Hay ajedrez, por supuesto. Hay grupos de inteligencia trabajando, es cierto. Pero también hay mucha improvisación y angustia en Barcelona y en Madrid. Código 11-9-11.
UNA INESPERADA REUNIÓN EN MONCLOA
Rosa Díez pide ayuda a Rajoy bajo el manto de Cataluña
Rosa Díez ha pedido ayuda a Mariano Rajoy y este le ha concedido una foto en el palacio de la Moncloa. Si tenemos en cuenta la aversión que el presidente del Gobierno siente por la lenguaraz fundadora de Unión para el Progreso y la Democracia —literalmente, no la soporta—, la reunión que ambos celebraron el pasado miércoles en la sede presidencial no tiene desperdicio. Ahí hay gato encerrado. Los pequeños detalles suelen contener claves muy interesantes.
La reunión fue solicitada un día antes por la líder de UPyD, para «hablar de Cataluña», y en horas, veinticuatro, Díez, toda de blanco, ya estaba sentada en los níveos sillones de la Presidencia del Gobierno. En la foto, ella expresa preocupación —manos extendidas, dedos abiertos, subrayando la gravedad del momento—, mientras el presidente la escucha con atención. Si no existiese la cuestión de Cataluña, me temo que este país —empezando por los propios catalanes— se aburriría mucho, o habría caído en una depresión mucho más aguda y agresiva. Podría ocurrir que, dentro de unos años, los historiadores lleguen a la conclusión de que el asunto catalán acabó actuando de airbag, absorbiendo emocionalmente parte del monumental trompazo del país europeo con la economía más dopada en el alba del siglo XXI. El soberanismo catalán no romperá España y puede que esté canalizando pasiones reactivas que, en su ausencia, habrían tomado otras formas y contenidos.
Recuerdo estos días el comentario que me hizo, hace dos años, un diplomático europeo recién llegado a Madrid: «España me sorprende. La cuestión territorial se ha convertido en un condensador tan potente de las tensiones internas, que ustedes casi no discuten de otra cosa. Si ese condensador estallase, sería peligrosísimo, pero la mayoría de los españoles, incluidos los catalanes, son conscientes de que no debe estallar, de manera que acaba actuando de válvula de seguridad». Creo que es una reflexión que hay que tener en cuenta.
La situación política en Cataluña enerva los ánimos, tensa los nervios, excita las tertulias, anima las sobremesas, permite soñar en voz alta —recientemente el periodista Arcadi Espada, al que saludo desde estas líneas, sugería en Madrid que se suspenda la autonomía de Cataluña «durante diez décadas si hace falta»— y evita que se hable de otros asuntos con equivalente pasión e intensidad. Cataluña sirvió de excusa a la señora Díez, que se halla en un momento de apuro, para solicitar una entrevista con el presidente del Gobierno. Y Cataluña fue buen argumento para que Mariano Rajoy sorprendiese a la solicitante con un generoso «Te espero mañana en la Moncloa». No hubo conferencia de prensa, pero sí foto e imágenes para el telediario. Aquel mismo día, el nuevo líder socialista, Pedro Sánchez, era recibido en el Palau de la Generalitat por Artur Mas.
UPyD consiguió un significativo avance en las elecciones europeas de mayo — pasó de uno a cuatro eurodiputados—, pero sus dirigentes esperaban muchos más. El cuadro directivo de UPyD soñaba con un avance mucho más contundente que les proyectase como la nueva fuerza emergente. La nueva bisagra capaz de dar nuevos movimientos al herrumbroso edificio político español. La fuerza capaz de redefinir, esta vez sí, el pacto constitucional. Abierta a pactar con el PSOE en algunas comunidades autónomas —pongamos por caso Valencia—, con el PP en otras —pongamos por caso Madrid—, para consagrarse en la próxima legislatura como la pieza imprescindible para la gobernación de España, dentro de los carriles de ortodoxia económica. Fortificación de la unidad interna, baldeo político, una cierta limpieza y respeto, en lo sustancial, a las exigencias del Directorio Europeo.
El camino parecía de rosas, pero surgieron algunos contratiempos. UPyD topó con la ambiciosa voluntad de competición de Ciudadanos, con el joven Albert Rivera al frente, catapultado por su éxito en Cataluña. Rivera, telegénico y mimado por los gestores italianos de Telecinco, sueña con ser el capitán del nuevo regeneracionismo español. La candidatura de Ciudadanos obtuvo dos eurodiputados. Cuatro más dos suman seis. Unidos habrían tenido un éxito notable. Pero prefirieron competir. Hay momentos en que es obligado medir las fuerzas.
No contaban con el tercer contendiente que destripó las encuestas. El laurel mediático se lo llevó Podemos con esos cinco eurodiputados que nadie esperaba. La resonancia pablista ha sido tan enorme desde entonces, que Podemos aparece en los sondeos como tercera fuerza política, desarbolando a Izquierda Unida —a la que seguramente acabará devorando— y pisándole los talones al PSOE. El efecto Podemos ha dejado a UPyD enmarcada como un partido pequeñoburgués. El partido de la enmienda parcial. Regeneracionismo con corbata, de fuerte raíz madrileña, más preocupado por la unidad nacional que por los desajustes profundos del sistema.
El estancamiento electoral de UPyD me lo pronosticó hace un año el politólogo valenciano Jaime Miquel, analista electoral de largo recorrido, que conoce bien el partido de Rosa Díez y que fue el primer profesional de su ramo en intuir que la crisis económica iba a generar en España una «zona de ruptura», formada por corrientes y candidaturas de distinta índole, capaz de poner en crisis el bipartidismo. «Adulada por los medios de comunicación de Madrid, UPyD se ha obsesionado con Cataluña y no entiende que la gente demanda un discurso de ruptura general. Pueden tener éxito en Madrid y las dos Castillas, pero con un discurso fuertemente antiautonomista no se avanza mucho en Galicia, en el País Vasco, en Andalucía, en Canarias; quizás un poco en Valencia, mientras que en Cataluña la plaza ya está ocupada por Ciutadans. UPyD va a quedar clavada en 1,2 millones de votos». Jaime Miquel efectuaba este pronóstico en otoño del año pasado. En las elecciones europeas de mayo, UPyD obtuvo poco más de un millón de votos. Ciudadanos rozó el medio millón, mientras que Podemos sumaba 1,2 millones.
Lógicamente no han tardado en surgir voces dentro de UPyD que proponen la inmediata unificación con Ciudadanos y comienzan a poner en cuestión el pétreo liderazgo de Rosa Díez, profesional de la política desde el inicio de la Transición. (Se estrenó en 1979 como diputada foral de Vizcaya por el Partido Socialista Obrero Español.) Hace unos meses, el nombre de Díez aparecía en la lista de los exeurodiputados españoles titulares de un fondo de pensiones gestionado por una sicav. No hay nada de ilegal en ello, pero no es un dato muy competitivo en el nuevo mercado regeneracionista.
El pasado verano estalló la discusión. El eurodiputado Sosa Wagner propuso el acercamiento a Ciudadanos y desde el grupo dirigente de UPyD se le respondió con bastante acritud. En los partidos nuevos, los lenguajes viejos resuenan de una manera muy especial. Resuenan mal. Un sector de la prensa de Madrid anima la unificación y Rosa Díez se resiste. Creo que habrá que ir prestando atención a Irene Lozano, la diputada más brillante de UPyD, contraria a la unificación con Ciudadanos, quizá llamada a tener un papel más relevante en los próximos meses.
Presionada por los «unificadores», Díez ha pedido una entrevista de Estado a Rajoy y este se la ha concedido al instante. El interés del PP por la citada unificación es perfectamente descriptible. El PP aspira a superar el ciclo electoral en curso con la bandera del voto de orden. Unidad nacional, recuperación económica, ni que sea lenta, y cuantas menos aventuras y experimentos, mejor.
O nosotros o el caos. O nosotros o Barrabás. O nosotros o la secesión de Cataluña, con Esquerra Republicana en la presidencia de la Generalitat, el bolchevismo 2.0 de Podemos y la tibieza menchevique del joven e inexperto Sánchez. En el horizonte, las elecciones municipales de mayo, con esa reforma electoral pensada para aprovechar la fragmentación de la izquierda y aminorar los bríos de los nuevos partidos de asalto.
Ha sido interesante esa reunión en la Moncloa. Siempre hay que prestar atención a los pequeños detalles.
LA IMPOSIBLE COALICIÓN ANTISOBERANISTA
La propuesta del PP es impracticable y tan solo busca robar espacio y protagonismo a Ciutadans
María Dolores de Cospedal ha propuesto en Badalona un gran frente antiindependentista en Cataluña, formado por el Partido Popular, el PSC, Unió Democràtica de Cataluña, Ciutadans y Unión para el Progreso y la Democracia. Un frente de rechazo que intente sumar 68 diputados, la mayoría absoluta en el Parlament de Catalunya, formar gobierno y ocupar el espacio de centro que puede dejar libre el posible colapso de la coalición CiU.
El llamamiento no parece haber tenido un éxito inmediato, puesto que ayer mismo PSC, Unió y Ciutadans rechazaban la propuesta. Incluso algunos dirigentes del PP acogieron con incredulidad y sorpresa el llamamiento de su secretaria general, avanzado unas horas antes por Alicia Sánchez-Camacho en unas declaraciones a TV3. La inmediata formulación de esta propuesta no habría sido discutida por la dirección del PP. Estaríamos ante una iniciativa acordada por Cospedal y Camacho para dar brío a la convención de Badalona. Hay que salir en el telediario.
Solo UPyD ha mostrado cierto interés en la oferta, lo cual no deja de tener sentido, por dos motivos: el partido magenta es totalmente irrelevante en Cataluña —en las últimas elecciones al Parlament, en noviembre del año 2012, obtuvo el 0,40% de los votos, por detrás del Partido Animalista y otras organizaciones menores—, y Rosa Díez acaba de iniciar una cierta maniobra de aproximación al PP para intentar frenar la presión, externa e interna, que en Madrid aboga por un pacto o fusión de UPyD con Ciudadanos, tal como veíamos en el anterior código 11-9-11.
Me imagino la reunión de los spin doctors del PP: «¿Qué decimos mañana en Badalona?». «Lancemos la idea de un frente antiindependentista, aunque no nos siga nadie. Se hablará de nosotros. Colocaremos a los demás partidos a remolque y le disputaremos terreno a Ciutadans, principal recolector del voto antisoberanista».
Desde este punto de vista, podríamos considerar que la iniciativa del PP ha sido eficaz: una pastilla efervescente en un vaso de agua. Un partido de gobierno, sin embargo, hace un triste papel cuando sus ofertas caen en saco roto en menos de veinticuatro horas. Y la oferta de formar una amplia coalición para gobernar Cataluña no es un movimiento táctico menor. Reducir este planteamiento, de indudable calado, a un movimiento de volante hacia el carril de Ciutadans demuestra hasta qué punto preocupa a la dirección del PP la actual posición marginal de su partido en Cataluña. Les preocupa Ciutadans y les preocupa una posible fusión o alianza de este grupo con UPyD, como hemos visto en el «gesto» de apoyo de Rajoy a Rosa Díez, gallardamente opuesta a la citada fusión. El PP sufre en Cataluña un estancamiento crónico, con tendencia a una mayor disminución.
Las encuestas de las que se comienza a tener noticia en Cataluña después del caso Pujol hablan de un tremendo desfondamiento de CiU, una persistente caída del PP, una cierta recuperación del PSC, un afianzamiento de Ciutadans, mientras que Unió se halla en incógnita, puesto que no se ha presentado jamás a unas elecciones en solitario. Ganaría ERC, con una fuerte irrupción de Podemos en el Parlament, que aún sería mayor si se formase una coalición de toda la izquierda no socialista bajo el título Guanyem Cataluña, por ejemplo. Hoy por hoy, ERC y esa hipotética Guanyem Cataluña conformarían una mayoría clara en el Parlament, empujada por la movilización social soberanista, de la que tendremos noticia el próximo Onze de Setembre, y el enorme malestar e irritación que está generando el caso Pujol. Personalmente tengo dudas de que CDC logre arrastrar a ERC a una candidatura unitaria y dudo también de que ambos partidos soberanistas —CDC y ERC— sumasen en estos momentos más de 68 diputados (mayoría absoluta). La marca Podemos está sajando todo el mapa electoral español y Cataluña no va a ser una excepción. Al contrario. Podemos es hoy el vector político más dinámico; el gran recolector del voto de protesta.
Cataluña se desplaza en estos momentos hacia la izquierda: hacia la izquierda soberanista, hacia la izquierda antiausteridad y hacia la izquierda que propone cambios radicales en la relación entre la sociedad y las instituciones. La «zona de ruptura» que desde hace meses viene anunciando el politólogo valenciano Jaime Miquel, al cual me he referido en varios artículos, alcanza hoy su máxima expresión en Cataluña. Ninguna coalición de centro o de signo antisoberanista puede frenar en el corto plazo esa tendencia. Si las próximas encuestas confirman este cuadro, veremos si Artur Mas convoca elecciones anticipadas. Tengo mis dudas. El presidente Mas se halla en una posición complicadísima, que podríamos comparar con la del rey ahogado en el juego del ajedrez. El rey no está en jaque, pero no se puede mover, porque todas las casillas a su alcance están amenazadas de jaque u ocupadas por otras piezas. En tal situación, la partida acaba en tablas. Tablas por rey ahogado. En política, sin embargo, no existen las tablas. O se gana o se pierde.
El presidente de la Generalitat puede quedar ahogado y ningún partido quiere hacer frente común con el PP, formación política que gobierna España con mayoría absoluta en las Cortes. El PP catalán es también un partido ahogado. Es difícil prever lo que ocurrirá en Cataluña en los próximos meses, en el plano político. Hay escenarios posibles, hay escenarios poco probables y hay escenarios imposibles. Entre los escenarios imposibles está la reconstrucción del espacio de centro con Alicia Sánchez-Camacho en un papel protagonista. Explicaré por qué en el siguiente código 11-9-11.
EL PACTO QUE LO HABRÍA CAMBIADO TODO
En 2005, Jordi Sevilla y Josep Piqué intentaron pactar el Estatuto de Cataluña, ambos fueron defenestrados
Josep Piqué y Jordi Sevilla intentaron pactar el nuevo Estatuto de Cataluña en el duro invierno de 2005. De haberlo conseguido, alguna cosa sería distinta en la España triturada por la crisis. De haberlo conseguido, la embajada española en Holanda no se habría visto obligada esta semana a hacer el ridículo suspendiendo la presentación de la novela Victus de Albert Sánchez Piñol, en el Instituto Cervantes de la ciudad de Utrecht. De haber prosperado aquel pacto, Jorge Moragas, jefe de gabinete de Mariano Rajoy, no habría alimentado ayer el despropósito de Utrecht, afirmando en Badalona que Victus es una novela que «manipula la historia» y que se pretendía utilizar una plataforma del Estado para divulgarla. ¡El Estado contra una novela! Es lo último que nos faltaba por ver.
Todo esto y otras muchas más cosas disparatadas no habrían pasado si Jordi Sevilla, ministro de Administraciones Públicas del primer Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, y Josep Piqué, presidente del Partido Popular de Cataluña y exministro de José María Aznar, hubiesen logrado encauzar, hace más de ocho años, una discreta negociación entre socialistas y populares sobre el nuevo Estatut. Ambos lo intentaron, pero la tentativa fue abortada desde la Moncloa y desde la calle Génova de Madrid. Ambos fueron marginados y acabaron fuera de la política. Siguen siendo amigos, han publicado libros y hace un par de años, en el peor momento de la crisis económica, cuando España parecía estar a punto de ser intervenida, ambos publicaron juntos algunos artículos de opinión pidiendo una política de amplio acuerdo; artículos que fueron interpretados en Madrid, donde todo se lee en clave conspirativa, como el intento de promocionar una gran coalición entre PP y PSOE. Una fórmula de gobierno que quizá no tardaremos muchos años en ver.
Josep Piqué fue frenado en seco por Eduardo Zaplana y Ángel Acebes, en aquel momento jefes de la guardia de hierro del PP, ante la aparente indiferencia de Mariano Rajoy, seguramente preocupado por lo que le esperaba si volvía a ser derrotado en las legislativas de 2008. (Efectivamente perdió, el aznarismo intentó liquidarle, logró cerrar un pacto de supervivencia con los barones territoriales de su partido y le salvó el gong de la crisis económica: empezó a cambiar el ciclo político y la victoria de los suyos en Galicia fue decisiva.) Piqué abandonó la presidencia del PPC en julio de 2007. En la actualidad es el consejero delegado del grupo constructor OHL.
Jordi Sevilla, figura importante en el círculo inicial de Zapatero —el hombre que le enseñó los primeros rudimentos de política económica, materia de la que el joven secretario general de León confesó no saber nada a micrófono abierto—, fue apartado de las carpetas importantes antes de ser relevado como ministro en el 2007. Zapatero le alejó de la negociación del Estatut para tomar él personalmente las riendas de un caballo que acabaría conduciendo al Partido Socialista al desastre.
Sevilla quería que el nuevo Estatuto de Cataluña saliese del Parlamento con los votos del PP. Ello significaba rebajar su contenido —¿más que el «cepillado» invocado por Alfonso Guerra?—, a cambio del desarme del debate social y de una tregua en la guerra de guerrillas del Tribunal Constitucional. En pocas palabras, la idea de Sevilla era evitar que la autonomía de Cataluña se convirtiese en la obsesiva piedra de toque del combate político español, entre un PSOE rejuvenecido que quería abrir un nuevo ciclo y un PP irritado y humillado por los hechos de marzo de 2004, dispuesto a zarandearlo todo —incluso a su líder nacional, Rajoy— para evitar el asentamiento de Zapatero.
Sevilla, valenciano, seguramente veía peligroso para la estabilidad del PSOE que la suerte de los socialistas dependiese casi exclusivamente de las reservas electorales de Andalucía y Cataluña, dos realidades sociales cada vez más divergentes. Fue relevado como ministro en el 2007. Actualmente trabaja para una consultora.
Piqué estaba dispuesto a negociar, por dos motivos. Entendía que la recuperación del PP en España pasaba por una superación estilística y conceptual del último aznarismo: más moderación, más conexión con las jóvenes generaciones y un poco más de peso del centroderecha español en Cataluña. En pocas palabras, quería hacer del PPC un partido más influyente en Barcelona, donde una insegura alianza tripartita había mandado a CiU a la oposición, despojándola también de casi todo su poder municipal. CiU estaba de cara a la pared. Había espacio para un PPC moderado, que cultivase complicidades con la burguesía de Barcelona y la nueva tecnocracia comarcal. Había margen para intentar recuperar el papel moderador de la coalición UCD-Centristes de Cataluña a finales de los años setenta. Si el PP pactaba el nuevo Estatut, Piqué se convertía en un punto de referencia muy interesante para el empresariado catalán y el catalanismo autonomista. No solo Jordi Sevilla estaba interesado en el pacto con Piqué. Pasqual Maragall, también. La aproximación de Piqué rebajaba la tensión de toda la cadena negociadora. CiU tenía que vigilar su flanco derecho y ello suponía menos presión para ERC. Maragall y Piqué, por lo demás, se llevaban bien. Congeniaban bastante.
Estamos hablando de los años 2005 y 2006. Aún no había comenzado la crisis económica y nadie sospechaba lo que se avecinaba, excepto algunos economistas visionarios a los que nadie hacía caso, algunos gabinetes de estudio perspicaces y algunos directivos de banca sensibles al recalentamiento, que comenzaron a retirarse del negocio inmobiliario intuyendo la llegada de una tremenda crisis. La Caixa, por ejemplo, comenzó a desprenderse de la inmobiliaria Colonial en el 2006.
Zapatero no quería negociar el Estatut con el PP. El presidente socialista lo quería negociar con Artur Mas, como así hizo, en secreto, en la Moncloa. A medida que descubría la complejidad de la cuestión catalana, Zapatero optó por recuperar la interlocución con CiU, sin perder del todo a ERC, mientras estudiaba cómo desembarazarse de Pasqual Maragall y de su hermano Ernest, cosa que consiguió en octubre de 2006. Sus asesores no podían ni ver a Ernest Maragall. Lo consideraban un desviacionista nacionalista obsesionado con la idea de dotar al PSC de una total independencia respecto al PSOE. La influencia de Ernest sobre Pasqual era cada vez mayor.
El papel de los hermanos Maragall en la Cataluña de los últimos veinte años es importante. Tendremos que hablar de los hermanos Maragall como unidad política en este código 11-9-11, puesto que Ernest sigue teniendo papel en la escena.
Resumo: Zapatero quería pactar el Estatut con CiU, sin perder a ERC, mientras domesticaba al PSC y mantenía la confrontación con el PP, totalmente colonizado por el aznarismo. Zapatero y su equipo leían con delectación las columnas de Federico Jiménez Losantos en el diario El Mundo, se solazaban con la Cope y rezaban por la reelección del cardenal Antonio María Rouco Varela.
¡Esa era la derecha que le interesaba! La «ceja» contra la «derechona». No sabían lo que se avecinaba. Y si lo intuían —el economista Miguel Sebastián, por ejemplo—, se lo callaban.
La guardia de hierro del PP tampoco quería pactar el Estatut, ni con los socialistas, ni con nadie. Todo lo contrario: ¡guerra sin cuartel al pacto del Tinell! Tensar, tensar, tensar, para evitar un nuevo asentamiento del PSOE en la vida política española. Nada más aprobarse el Estatut en el Parlament de Catalunya, en septiembre de 2005, los populares comprobaron que aquel asunto provocaba inquietud en muchos españoles. En los electores del PP y en una parte significativa de los electores socialistas, especialmente en el sur de España. La aguja del sismógrafo se movió; se alteró mucho más que con la aprobación de la ley del matrimonio gay. Y en Génova alguien dijo: «¡Ya los tenemos!».
Zarandear, zarandear, zarandear. No bastaba con presentar un recurso ante el Tribunal Constitucional, había que recorrer toda España, pueblo a pueblo, para recoger firmas contra el nuevo estatuto catalán. Recuerdo la mañana en la que una señora me paró en la calle Potosí de Madrid, muy cerca del mercado de Chamartín, para pedirme «una firma contra los catalanes» (textual). Le respondí: «Señora, lo veo difícil, puesto que soy catalán». Tiempo más tarde, Mariano Rajoy reconocería, en privado, que aquella campaña fue un error. Sin embargo, sería injusto cargar toda la responsabilidad en el dúo dinámico Zaplana-Acebes. Desde Andalucía, Javier Arenas también observaba con interés la fronda anticatalana y pensó que podía serle de ayuda en su campaña para la conquista de la Junta de Andalucía. Y Arenas, no lo olvidemos, siempre ha tenido gran influencia sobre Rajoy.
Cuando Piqué les planteó pactar el Estatut, los de la calle Génova se miraron perplejos. El ministro catalán de Aznar les proponía aceptar, ni que fuese con eufemismos y muchos equilibrios dialécticos, que el preámbulo del Estatut, sin carácter normativo, afirmase que Cataluña es nación. Aznar les iba a fulminar a todos. Piqué les estaba proponiendo que el PP entrase a formar parte de una nueva narración de España. No tardó en caer en desgracia.
El pacto no pudo ser y los resultados son conocidos por todos. Cuando dentro de unos años se escriba la historia de esta primera parte del siglo XXI en España, habría que prestar atención a ese intento de pacto. Es imposible saber lo que habría ocurrido. En todo ejercicio de ucronía siempre hay un poso melancólico. Aunque CiU hubiese tenido que prestar atención a la incursión del PPC por su flanco moderado, quizá ERC no habría soportado aquel pacto.
Lo que está claro es que en aquel momento se impuso la polarización, siguiendo la estela de la política norteamericana. Obama y sus consensos transversales aún estaba por llegar. Y la crisis nadie, o casi nadie, la olfateaba. Cuando llegó se encontró un país con las élites políticas muy enfrentadas y una sociedad relativamente calmada y perpleja. En menos de siete años el esquema se ha invertido: las élites empiezan a pensar en la necesidad de grandes acuerdos, mientras una parte de la sociedad comienza a gritar: «¡Fuera la casta!».
La ucronía sirve de poco. Todo aquello es hojarasca. Sin embargo, para entender alguna cosa más de la actual situación en Cataluña hay que rememorar la defenestración de Piqué.
La conexión del PP con Cataluña es hoy muy débil; más débil que su conexión con el País Vasco. Algunos cuadros muy bien colocados en el entorno de Rajoy: el jefe de gabinete Jorge Moragas, el secretario de Estado, Luis Ayllón...; una dirigente oxidada por el abuso de la gesticulación mediática; las alcaldías de Badalona y Castelldefels, y un único ministro con domicilio en Cataluña, uno solo, y un competidor imprevisto, que les supera en las encuestas: Ciutadans.
El nexo del PP con Cataluña comienza a parecerse al del Partido Conservador británico con Escocia, con un dato muy importante que hay que tener en cuenta: Escocia no representa el 19% del PIB de Gran Bretaña.
LONDRES RELANZA LA TERCERA VÍA
La semana del Onze de Setembre comienza con sabor escocés
Londres ofrecerá más autonomía y un pacto fiscal a Escocia por temor a que gane el sí a la independencia en el referéndum del día 18 de septiembre. Con esta noticia comienza la semana del Onze de Setembre y creo que merece ser etiquetada con el código 11-9-11.
El fin de semana previo, un sondeo del diario londinense Sunday Times, propiedad del grupo Murdoch, ha dado vencedor al sí, por primera vez en una encuesta. En la edición impresa de La Vanguardia, Rafael Ramos, corresponsal en Londres, un profesional que conoce bien Gran Bretaña y que está efectuando una cobertura muy ponderada de la campaña del referéndum escocés, explica que las luces de alarma se han encendido en Downing Street, en Westminster y en el palacio de Buckingham. La reina Isabel está muy preocupada. Es imposible ignorar la trascendencia de una victoria del sí. Veríamos al primer ministro británico, David Cameron, saltar por los aires y el inicio de la primera secesión pacíficamente acordada en la Europa occidental, desde la independencia de Noruega en 1901. La Unión Europea, a prueba; el Gobierno español, de los nervios, y media Cataluña, hombres y mujeres, vistiendo falda escocesa. El día 18 de septiembre será una jornada importante para la política europea.
Londres ofrece una valiosa ampliación de la autonomía y el Partido Nacional Escocés (SNP) sospecha que el sondeo del Times dominical puede formar parte de una estrategia londinense para dramatizar la recta final de la campaña, en la que el no está perdiendo fuelle. Otros sondeos siguen dando al voto negativo una ventaja de unos cuatro puntos. Sea como fuere, la posibilidad —casi al 50%— de una victoria de la independencia en el referéndum escocés está hoy encima de la mesa. Y este es un dato importante.
¿Qué ha pasado? El líder independentista, Alex Salmond, se ha convertido en el capitán indiscutible de la campaña y los electores laboristas parecen estar inclinándose en gran medida a favor del sí, porque identifican la independencia de Escocia con una mejor preservación del estado social en una sociedad de tradición colectivista que vivió intensamente el tiempo de las fábricas y fue durante decenios una de las principales bases electorales del laborismo británico. Escocia, más pobre que Inglaterra, tiende al colectivismo. Inglaterra, más rica, pivota hoy, en buena medida, alrededor de la City de Londres. Dos maneras de vivir la globalización.
El independentismo crece impulsado por la base social laborista. Creo que este es un dato clave. En Cataluña está ocurriendo algo parecido, con matices. La clase media catalanista que votaba a la izquierda socialdemócrata se halla hoy en el campo soberanista, siguiendo la estela de los hermanos Maragall. Y las bases de tradición obrera del socialismo catalán no son abiertamente hostiles al soberanismo, en su mayoría. No lo comparten en términos sentimentales, pero observan los acontecimientos sin atrincherarse, a ver qué pasa. Los resultados electorales en el área metropolitana de Barcelona en las últimas dos elecciones (autonómicas y europeas) así lo demuestran.
Retrato de Escocia: fuerte liderazgo de Salmond y creciente agrupación del voto socialdemócrata escocés alrededor de la ideación independentista. Me atrevería a recomendar a los analistas del palacio de la Moncloa que observen con mucha atención lo que está ocurriendo estos días en Edimburgo y en Londres. Seguro que lo están haciendo.
Salmond es un político de raza que recuerda al Jordi Pujol de los buenos tiempos, sin que el eficaz servicio de inteligencia británico le haya localizado cuentas ocultas en la isla de Man, en las Caimán o en Jersey. Venció con claridad el último debate televisivo con el responsable de la campaña del no, Alistair Darling, de perfil tecnócrata. El primer ministro escocés ha sabido recoger con habilidad el guante que le lanzó Cameron: sí o no a la independencia. Recordemos que la intención inicial de Salmond era la celebración de un referéndum con tres preguntas: independencia, ampliación de la autonomía o mantenimiento del actual statu quo, una autonomía en algunos aspectos inferior a la de Cataluña.
(Un dato de interés que retomaré más adelante: la sede del nuevo Parlamento escocés en Edimburgo es obra del arquitecto catalán Enric Miralles, un hombre de gran talento que falleció en el mejor momento de su carrera.)
Cameron lanzó el guante de Escocia movido seguramente por el democratismo inglés —a la democracia más antigua de Europa no le asusta votar— y por otras dos razones, un poco más maquiavélicas y probablemente más decisivas: descolocar al Partido Laborista en su feudo histórico y enviar un mensaje de complicidad a los euroescépticos: si ponemos a referéndum Escocia, quiere decir que también podemos poner a referéndum la pertenencia de Gran Bretaña a la Unión Europea.
España no es Gran Bretaña y Cataluña no es Escocia, de acuerdo, pero todos pertenecemos al espacio común europeo. Gran Bretaña es la democracia más antigua, sólida y prestigiosa de Europa. La reverberación del referéndum escocés en Cataluña ha sido muy fuerte estos dos últimos años. Escocia está mucho más cerca que Quebec.
«Si ellos se ponen de acuerdo para votar, ¿por qué nosotros no?». La pregunta es simple e incómoda para el Gobierno de España. La respuesta exige una excursión por el derecho constitucional comparado. La experiencia británica ha sido en este último año un potente alimentador de la corriente soberanista catalana y a nadie ha pasado por alto la atención, sensibilidad y simpatía con que la prensa anglosajona de calidad ha tratado el caso de Cataluña. The Economist y Financial Times, baluartes informativos de la City, vienen prestando una atención constante al caso catalán. ¿Para subrayar las problemáticas del sur europeo? ¿Para zarandear un poco a la Europa germanizada? ¿Para mantener vivo ese hilo de tensión que siempre ha existido entre Londres y Madrid?
¿Para dar lecciones de democracia? ¿O, simplemente, porque el caso de Cataluña, por analogía con Escocia, resulta una historia de interés para el público británico? De todo un poco, pero la analogía informativa pienso que es un factor importante. Recuerdo lo que me dijo en septiembre de 2012 el corresponsal de The Guardian y The Economist en Madrid, Giles Tremlett, autor de un magnífico libro sobre España (España ante sus fantasmas), después de asistir a la conferencia de prensa de Artur Mas que preanunciaba la convocatoria de elecciones en Cataluña bajo el signo del soberanismo: «Hoy empieza una gran historia periodística».
Esta semana empieza también con una gran historia periodística para cualquier observador político español con las antenas bien sintonizadas: la última oferta de Londres a los escoceses: más autonomía, más soberanía fiscal.
La tercera vía.
ESCUECE ESCOCIA
La «tercera vía» tiene tenaces adversarios; pasionales en Barcelona, fríos en Madrid
El acontecimiento escocés escuece en los principales centros de poder de Madrid. En los despachos y en algunas tertulias, David Cameron es tratado como un tonto por haberse metido en ese berenjenal. Tonto sin tapujos. Tonto e imprudente. «¿Quién le mandaba abrir esa caja de Pandora?». Preocupa que el sí pueda vencer en el referéndum del 18 de septiembre; preocupa que esa posibilidad de victoria se proyecte en las pantallas de Cataluña y del País Vasco, y preocupa, aún más, que Londres haya anunciado concesiones a los escoceses para evitar una catástrofe electoral.
Escuece Escocia porque la denominada tercera vía, la vía del pacto, la vía del compromiso, la vía de la concesión mutua, la vía de la generosidad, la vía del pragmatismo, tiene enemigos más poderosos en Madrid que en Barcelona, aunque el Twitter catalán soberanista sea inmisericorde con los «moderados».
Los enemigos o adversarios catalanes de la tercera vía, la consideran una ofensa para su estado de ánimo. La ven como una claudicación antes de hora. Como un indeseable freno o interrupción de un momento basado en el triunfo de la voluntad. Ara o mai. (Ahora o nunca.) Hay algo de acontecimiento olímpico en la convocatoria soberanista de 2014. Gran ceremonia de apertura el Onze de Setembre, con una monumental manifestación en las dos principales avenidas de la ciudad, que formará un gran mosaico humano con los colores de la bandera catalana. Una gigantesca puesta en escena pensada para el sistema internacional de transmisión de imágenes. Puro acontecimiento olímpico. Después del Onze de Setembre, 58 días de competición agonística: debate de política general en el Parlament, aprobación de la ley de Consultas, recurso del Gobierno ante el Tribunal Constitucional, suspensión cautelar de la ley y de la convocatoria de la consulta; mensajes y contramensajes; reuniones públicas y encuentros discretos; lanzamiento de disco, jabalina, amenazas y filtraciones, y finalmente la clausura del 9 de noviembre, con un programa aún por determinar, enmarcado por la negativa férrea del Gobierno español, pase lo que pase en Escocia.
Tricentenario de 1714. La ciudad de Barcelona en el centro de la escena internacional. Esta vez, sí, Barcelona foco indiscutido e indiscutible de la pasión catalanista. Efectivamente, hay algo de olímpico en el 11-9-11. Habrá que darle vueltas a esa idea.
En los centros de poder de Madrid —seguramente no en todos— y en los núcleos catalanes más opuestos al soberanismo (que reprochan a los citados centros de poder de Madrid un exceso de condescendencia durante demasiados años) ven la tercera vía como un peligro estructural. Toda concesión, por pequeña que sea, justificaría la movilización catalanista. La inscribiría en la historia con una significación positiva. Para este sector, cualquier pacto supondría una derrota moral y política, y, lo que es más grave, una oportunidad perdida. Su visión también es «olímpica». Están convencidos de que la convocatoria de 2014 puede concluir con una enorme derrota del catalanismo. Una derrota sin paliativos. Esta vez sin uso de la fuerza, o con un uso muy modulado de esta (a lo sumo, la suspensión parcial de la Generalitat, sometiendo a la autoridad del Estado el mando de los Mossos d’Esquadra, durante un cierto período de tiempo).
Esa derrota, piensan, enderezaría el rumbo político de España. La tercera vía obstruye por tanto la posibilidad, ahora sí, de romperle la crisma a un factor que ha perturbado la vida española durante más de un siglo. El colosal hundimiento de Jordi Pujol ratifica esa posibilidad. Es el Gran Augurio. Este otro planteamiento agonístico de la cuestión presenta, a mi modo de ver, un problema de difícil solución. Puesto que la autonomía y las elecciones no se pueden suspender sine die en Cataluña sin provocar un siniestro agujero en la malla democrática europea —un agujero imposible de aceptar por la Unión, mientras defiende la plenitud democrática en la frontera con Rusia—, es imposible romperle la crisma a nadie.
Lo máximo que se puede conseguir es transformar el catalanismo en un magma ingobernable durante un cierto período de tiempo, por la vía de la radicalización de sus componentes. Estos últimos días tiendo a pensar que esta es la estrategia realmente en curso. Desnucar a CDC y dejar que los catalanes prueben durante una temporada el jarabe de una mayoría parlamentaria formada por ERC y Podemos. La tercera vía es muy incómoda para ese enfoque de la cuestión.
Escuece Escocia porque los británicos no se están tomando ese asunto como un pugilato entre gente ofendida, con ganas de anularse mutuamente. Sin duda alguna, David Cameron tuvo una visión maquiavélica del dosier escocés al forzar un referéndum con solo dos preguntas: sí o no a la independencia. Cameron creyó que con su iniciativa descolocaba al Partido Laborista (tradicionalmente fuerte en Escocia) y contentaba de algún modo a los euroescépticos, puesto que preanunciaba un segundo referéndum sobre la pertenencia del Reino Unido a la Unión Europea. Cameron posiblemente se ha equivocado, pero ha demostrado tener una cultura política, casi libertaria, en la que la decisión política mediante voto directo parece ocupar un lugar central.
También por eso escuece Escocia.
EL PASO ATRÁS DE LOS AZNAR
La derecha española inicia el curso con dos fuertes estrategias de combate: PP-Podemos y Gobierno-Cataluña
Los Aznar dan un paso atrás ante la progresiva complicación de la política española, en la que ya no hay lugar para ambiciones dinásticas, fuera de la monarquía constitucional. Las condiciones para la competición social son cada vez más duras y las operaciones políticas de familia tendrán mayor penalización pública. En Cataluña, el intento dinástico de los Pujol ha tenido un trágico y siniestro final. Sin fuelle en las encuestas, Ana Botella renuncia a las elecciones municipales de 2015. En realidad, renuncia a encabezar una candidatura electoral por primera vez en su vida, puesto que llegó al cargo en sustitución del alcalde Alberto Ruiz-Gallardón, nombrado ministro por Mariano Rajoy en diciembre de 2011.
Era hábil la operación Gallardón. Hábil a la antigua usanza. Hostigado por el ala derecha del Partido Popular, como consecuencia de sus repetidos guiños al debilitado centroizquierda madrileño y muy particularmente a su diario de referencia, Ruiz-Gallardón dio uno de esos virajes que tanto gustan a la academia clásica de la política. Cambió de órbita para intentar orientar su carrera hacia la presidencia del Gobierno.
Cedió la alcaldía de Madrid a la concejal Ana Botella, esposa de José María Aznar, mujer de recio carácter y de manifiesta ambición política. Se instaló en el Ministerio de Justicia, cambió de equipo —prescindió abruptamente de algunas de las personas más valiosas que le habían acompañado en la alcaldía de Madrid—; restauró sus puentes con la derecha de toda la vida e intentó ganarse el favor del cardenal Antonio Rouco Varela y del sector más conservador de la Iglesia católica con una dura contrarreforma de la ley del aborto, contrarreforma que el Partido Popular ahora no se atreve a aprobar. Una magnifica cabriola. «Et voilà: le nouveau Gallardón est arrivé». Un renacido candidato de la derecha madrileña para la sustitución a medio plazo de Mariano Rajoy, que podía quedar carbonizado por la gestión de la crisis económica. Estamos hablando de cartas de navegación de 2012. Cartas con algunos rumbos equivocados. Rajoy ha demostrado tener una capacidad de resistencia superior a todas las previsiones. Posee una enorme voluntad de poder y una vanidad casi clandestina.
No se exhibe. Calla. Espera. Y es implacable cuando ataca. Lo acabamos de ver el pasado verano.
El Partido Alfa de las clases medias españolas y el emergente Partido de la Ira. PP-Podemos, esta es la dinámica que viene. Estos días se ha conocido la existencia de una encuesta oficial sobre las elecciones autonómicas en Valencia que ofrece unos resultados sorprendentes: el PP muy por debajo de la mayoría absoluta, y en segunda posición Podemos, ligeramente por delante del PS-PV-PSOE. Un campo de alianzas muy difícil. Hace una semana, una encuesta referida a Andalucía colocaba a Podemos en tercer puesto, rompiendo la actual mayoría PSOE-IU. En Asturias, Podemos encabeza los sondeos. Vengo insistiendo en ello desde hace un tiempo: Podemos saja el mapa electoral español. También en Cataluña. También en la hipótesis de unas elecciones plebiscitarias en Cataluña.
Podemos es una plasmación. Este novísimo fenómeno de la política española me hace pensar en la novela Solaris del escritor polaco Stanislaw Lem, llevada al cine por Andrei Tarkovski y Steven Soderbergh, un ruso y un norteamericano, cuyas dos versiones resulta fascinante comparar. Solaris es un misterioso planeta que tiene la capacidad de materializar los deseos, los sueños, los fantasmas y las neurosis de los cosmonautas que habitan la estación espacial que lo orbita.
Solaris ha creado Podemos porque un número creciente de ciudadanos siente el deseo de golpear el sistema y no tenía con qué.
El Partido Popular ha visto que esta nueva plasmación del malestar puede desbaratar a la izquierda clásica y en estos momentos siente enormes deseos de reorganizar el combate político español a partir de una polarización directa con Podemos. La actitud del Gobierno Rajoy ante la cuestión de Cataluña desde el estallido del caso Pujol creo que no es ajena a este esquema de trabajo. Polarización, polarización, polarización.
En lo que respecta a Cataluña, veremos qué hace Solaris. Resulta del todo evidente que la corriente soberanista intercepta y agrupa muy buena parte de los deseos de protesta. Lo veremos en la gigantesca manifestación de Barcelona. Pero el soberanismo no encauza todo el malestar acumulado. No de una manera uniforme en todo el territorio de Cataluña. Podemos está tomando fuerza en Cataluña, especialmente en los municipios del área metropolitana de Barcelona. Observando las encuestas publicadas el último fin de semana por algunos diarios, la suma de Podemos e ICV podría superar en estos momentos el 20%. Atención a la variable Podemos en la gran metrópoli barcelonesa.
Volvamos ahora a Madrid. Solaris le ha hecho una jugarreta a la alcaldesa. El planeta misterioso fabricó hace un año una extraña plasmación: un excéntrico asesor de imagen norteamericano apareció en la alcaldía y le hizo interpretar a Ana Botella una escena hilarante en la ceremonia de adjudicación de los Juegos Olímpicos de 2020. El famoso «relaxing cup of café con leche». De golpe, la capital de España descubrió que estaba desnuda. La capital; no la alcaldesa. Su dinamismo y su poderío, aglutinante del consenso político y social de los últimos veinte años, se había desvanecido, transformándose en una estampa ridícula en plena crisis económica. La alcaldía de Ana Botella concluyó aquel día. La renuncia ha tardado un año en formalizarse. Los Aznar han visto cuál es la dirección en la que sopla el viento y han actuado en consecuencia. Han actuado con prudencia.
Nadie sabe cómo actuará Solaris en las elecciones municipales y autonómicas de 2015, pero todo el mundo intuye que esas elecciones vienen cargadas de trilita y de incertidumbre, según la más viva tradición de las elecciones locales en la historia política de España. Mayo de 2015 será el momento clave del curso político que ahora empieza. El código 11-9-11 es solo un fragmento — vistoso, complejo y electrizante— de la secuencia larga que conduce a mayo.
El Partido Popular intentará, tal como ha anunciado, una reforma de la ley electoral municipal, con la introducción de una segunda vuelta, abierta a los partidos que superen un determinado porcentaje, de manera que puedan ser más de dos. Estimulará todo lo que pueda la competición entre PSOE y Podemos. Establecerá puentes con UPyD para procurarse un punto de apoyo allí donde lo necesite, a la vez que contribuye a bloquear la alianza UPyD-Ciudadanos, que podría perjudicarle. Y mantendrá una fuerte tensión con el soberanismo catalán para propiciar su radicalización y fragmentación interna. Esta tensión reforzará al PP como baluarte de la estabilidad institucional y de la marca España ante sus potenciales electores. O nosotros, o el caos. Habrá pocas concesiones al consenso en los próximos meses. Después ya veremos.
Si se impone la idea de una polarización reforzada con Podemos para intentar salvar Madrid, la candidata a la alcaldía será Esperanza Aguirre Gil de Biedma, innegable plasmación del planeta Solaris.
LAS DOS BANDERAS DE LA CALLE SANT RAFAEL
Una explicación del Onze de Setembre para lectores no catalanes
Onze de Setembre. Llevo días dándole vueltas a la crónica que podía escribir para esta jornada; para la edición de la mañana, por decirlo a la antigua manera, antes de que nos desborden las informaciones sobre la manifestación de Barcelona. Me gustaría explicar alguna cosa sobre el Onze de Setembre, pensando, sobre todo, en los lectores no catalanes.
Puesto que pertenezco a la generación que no pudo estudiar, en la escuela, la historia de Cataluña y ni siquiera la gramática y las normas ortográficas del catalán —los primeros cursos, en horario extraescolar, fueron autorizados a principios de los setenta—, me gustaría explicar cuáles fueron mis primeras noticias del Onze de Setembre. Me gustaría recordar a través de qué capas freáticas llegó esa fecha a oídos de un chico de Badalona, nacido en 1957, hijo de una familia catalanohablante, que, a la vieja usanza, podríamos calificar de menestral. (Padres, dos abuelos y dos hijos en la misma casa, trabajo en la fábrica y en el pequeño comercio.)
El primero en hablarme del Onze de Setembre fue mi padre. No, no fue una proclama patriótica, ni una rememoración nostálgica con lágrimas en los ojos. En mi familia, como en otras muchas de nuestro país —en Cataluña y en toda España—, se cruzaban dos miradas sobre el tiempo de la República y la Guerra Civil. Experiencias distintas en una misma ciudad de la periferia de Barcelona, llena de fábricas, a la vera de la primera línea de ferrocarril construida en la Península. Mis abuelos maternos eran republicanos. Mis abuelos paternos, simplemente supervivientes. Mi abuelo materno, alumno de una escuela de la Mancomunitat, mecánico ajustador, trabajó durante toda la guerra en un taller colectivizado que fabricaba munición para el ejército de la República. Solía explicar que de joven había simpatizado con Esquerra Republicana. El día que concluyó la guerra dejó de comprar el periódico para recluirse en las páginas de El Mundo Deportivo. (Los viernes, el diario deportivo y la entrega semanal de El Capitán Trueno para su nieto.) El día que murió Franco vino a casa con dos diarios.
Mi abuelo paterno, propietario de una pequeña panadería, estuvo a punto de ser asesinado por la FAI. Supo que estaba en la lista y en vez de huir a Burgos —seguramente no disponía de medios materiales para ello—, tomó otra decisión: cogió la escritura de propiedad, se presentó en el local de la CNT-FAI y ofreció la colectivización de su panadería. Conservo el acta de colectivización, firmada por Enric Juliana. El día que finalizó la guerra, mi abuelo supo que había logrado salvar la vida y el pequeño negocio que había conseguido levantar trabajando desde los trece años. Se adaptó a lo que vino. Leía cada día la prensa —recuerdo que en su casa siempre había un ejemplar de La Codorniz— y lo observaba todo con una mezcla de escepticismo y sarcasmo. Sus dos frases preferidas eran: «Aixequem-nos i aneu-hi», que podríamos traducir como ‘levantémonos, pero vais vosotros’, y «les masses piquen», ambiguo juego de palabras que encierra dos significados: ‘los excesos hacen daño’, y ‘las masas (sociales) pican (son agresivas)’. Un lector mañanero apunta, también, la similitud fonética entre masses y maces. Así, llegaríamos a la expresión «les maces piquen» (‘las mazas pican’). Mi abuelo componía su propio juego y se refería al disturbio social.
Mi padre vivió la guerra a través de esa mirada. Era un niño. Un día vio, horrorizado, cómo los anarquistas quemaban la iglesia de Sant Josep, a cincuenta metros de su casa. Y otro día supo que la bomba lanzada por un avión italiano —los bombardeos eran casi diarios— había matado a su mejor amigo en el barrio. Difícil encrucijada: o te mataban las bombas de la aviación de Mussolini o te mataba la FAI. De mayor, mi padre nunca quiso saber nada de política y una mañana me contó una historia muy divertida de un tío suyo, l’oncle Pelegrí, natural de Campdevànol, en la cuenca metalúrgica de Ripoll.
«El oncle Pelegrí —me dijo— cada día once de septiembre salía al balcón de su casa en Campdevànol y declamaba en voz alta un poema que decía: “Al Fossar de les Moreres no s’hi enterra cap traïdor, fins perdent nostres banderes serà l’urna de l’honor”». Mientras me lo contaba, mi padre reía. Y añadió: «L’oncle Pelegrí era de la flamarada”» (Flamarada: llamarada). Recuerdo la risa de mi padre, entre irónica y complacida. Años más tarde supe que esos versos fueron escritos por Frederic Soler, «Pitarra», y pertenecen a un poema patriótico de exaltación del lugar en el que fueron enterrados algunos de los defensores de Barcelona en el sitio de 1714. Pitarra, relojero, dramaturgo y autor satírico, popular y populista, escribió muchísimo y acuñó una de las frases más distintivas del individualismo catalán: «Tants caps, tants barrets» (‘tantas cabezas, tantos sombreros’).
La segunda vez que oí hablar del Onze de Setembre creo que tenía catorce años. Año 1971. Yendo a la escuela, recogí una octavilla del suelo. Era un llamamiento del Partit Socialista Unificat de Catalunya (PSUC), entonces clandestino, a celebrar el Onze de Setembre acudiendo a una concentración en la ronda Sant Pere de Barcelona, lugar donde había estado el monumento a Rafael Casanova. La octavilla animaba a luchar por el derrocamiento de Franco y por la recuperación del Estatut. El PSUC era el partido comunista catalán. Este partido, que en sus estatutos se definía como «nacional catalán», fue el principal constructor de una capa permeable entre el catalanismo y muchos de los obreros llegados a Cataluña desde otras partes de España. A mitad de los años sesenta, las Comisiones Obreras catalanas adoptaron el nombre de Comissió Obrera Nacional de Cataluña. Sin tener en cuenta ese nombre no se entiende nada de lo que ha venido después.
Tercer episodio y último. Septiembre de 1976. El gobernador civil de Barcelona Salvador Sánchez-Terán, siguiendo instrucciones del primer Gobierno Suárez, decide tolerar la primera celebración pública del Onze de Setembre desde el final de la guerra. Se convoca una gran concentración en una explanada de Sant Boi de Llobregat. Se editan pasquines llamando a la población a colocar banderas catalanas y damascos en los balcones. En la calle donde nací, en el centro de Badalona, muy cerca del mar, solo dos casas amanecen con la bandera catalana. (La bandera con la estrella en aquellos momentos la conocían muy pocos y parecía algo bastante extravagante.)
Solo dos casas con la bandera catalana. Sé cuáles eran. Los demás vecinos no estaban en contra de la convocatoria, la mayoría, no. Simplemente estaban expectantes. Sin ese «a ver qué pasa» no se entienden ni la Transición, ni el pujolismo. Esa prudencia, ese «a ver qué pasa», también formaba parte del sentimiento popular catalán, no nos engañemos y no construyamos pasados idílicos. Hoy, la calle Sant Rafael de Badalona habrá amanecido llena de banderas estelades. Hoy, la expectativa es otra y el mundo es otro. Han pasado 38 años. Muchísimo tiempo. Una eternidad.
Hoy, desde Madrid, mientras vea la manifestación de Barcelona por televisión, pensaré en mis dos abuelos. En el que se emocionaba cuando hablaba de Companys y en el que logró sobrevivir a la FAI. Hoy centenares de miles de catalanes dirán: «Aixequem-nos i anem-hi». Levantémonos y vayamos. Y buena parte de ellos, muy probablemente añadiría: «Aixequem-nos i anem-nos-en». Levantémonos y vayámonos.
Tan solo espero que hoy todo discurra pacíficamente —es decir, que discurra políticamente— y que las masas no piquen el anzuelo de la provocación, si la hubiere.
¿CUÁNDO DIRÁ RAJOY: «VOSOTROS LOS CATALANES»?
No hay prima europea para la independencia, pero ¿la hay para el inmovilismo después de la gigantesca manifestación del once del nueve?
El Onze de Setembre catalán figura en las portadas y en las páginas de los periódicos más influyentes del mundo. En las portadas de la prensa española, ningún periódico discute el éxito de la movilización, aunque el malhumor de alguna primera página madrileña podría estar mejor disimulado. Destacaría la elegancia de la portada de La Vanguardia («V mayúscula») y la lucidez política del titular del El Correo vasco: «Cataluña se aboca a un adelanto electoral tras un nuevo clamor independentista». En situaciones de complejidad política, la percepción de los vascos siempre debe ser tenida en cuenta.
Una gigantesca movilización social. Más que una manifestación ha sido un acontecimiento «olímpico». Lo he escrito ya y lo reitero. Hemos asistido a una enorme puesta en escena ciudadana, pensada para llamar la atención de los medios de comunicación de todo el mundo, previa movilización de las redes sociales. Estos dos objetivos han sido plenamente conseguidos por los organizadores de la V de Barcelona.
Centenares de miles de manifestantes formando un gigantesco mosaico humano con los colores de la bandera catalana. Un espectáculo digno de la ceremonia de inauguración de unos Juegos Olímpicos. Barcelona, ciudad organizadora de los magníficos Juegos de 1992, tiene gran experiencia en la materia. El filósofo alemán Peter Sloterdijk, del cual me confieso admirador, engloba este tipo de acontecimientos dentro de lo que él denomina, críticamente, la «cultura de estadio». El ciudadano-figurante al servicio del ágora mundial. La celebración de ayer fue cívicamente ejemplar. Ningún incidente. Ningún cristal roto. Un engranaje perfecto como en 2012 y 2013. Tres años consecutivos así.
Es casi imposible encontrar un precedente en Europa. La Barcelona que goza mostrándose al mundo ha vuelto a superarse a sí misma. Por mi parte, solo una objeción: me gustan más las manifestaciones sin uniformidad y sin «cultura de estadio», cada uno a su aire y sin el deber de componer mosaicos o figuras geométricas para el ojo de Google que todo lo ve. Cada uno con su radical individualidad. Pero no es ese el signo de los tiempos. Google es el dios oculto de nuestro tiempo.
No recordamos nada parecido de Escocia, aunque la cuestión de los escoceses consiguió llegar a los cines y televisiones de todo el mundo gracias a la película Braveheart, basada en la vida de William Wallace, héroe nacional escocés, interpretado por Mel Gibson. Cinco Oscar en 1995, entre ellos, el premio a la mejor película. Irlandeses y escoceses tienen buenos resortes en Estados Unidos. El soberanismo catalán aún no ha conquistado Hollywood y no parece que esté en vías de conseguirlo. Pero acaba de generar una gran producción audiovisual desde las dos principales avenidas de Barcelona y cuenta con el entusiasta apoyo de miles de jóvenes estudiantes y profesionales repartidos por casi todos los países del mundo. Y con innegables figuras de referencia, como el entrenador de fútbol Pep Guardiola.
Las dos gigantescas banderas catalanas de Barcelona comparten foco con Escocia, al alza en el quiosco internacional desde que se supo que su referéndum se presenta muy incierto. Hay mucha expectación. Con motivo: la victoria del sí provocaría un terremoto de inciertas consecuencias en Gran Bretaña, en toda la Unión Europea e incluso en la OTAN. En estas especiales circunstancias, el vector Escocia y el vector Cataluña se han cruzado en un punto seguramente inesperado, subrayando el despertar de las viejas nacionalidades europeas sin estado nacional específico. Este asunto está sobre la mesa de las preocupaciones europeas, a la espera del resultado del referéndum del 18 de septiembre.
El vector principal es Escocia, está claro, pero la magnitud, constancia y civismo de la movilización catalana no deja de ganar peso en los circuitos internacionales de información y opinión. El caso de Cataluña subraya la importancia del referéndum escocés. Y la incertidumbre de Escocia da profundidad a la movilización de Cataluña. El día 18 esta unidad dialéctica se verá reforzada o disminuida, pero no anulada o borrada.
Al final del día, el mensaje resultante es que Europa se está complicando a marchas forzadas. Y en la medida en que ello es así, de manera descarnada, el Gobierno de España adquiere una buena baza para ofrecerse como factor de estabilidad. Este es el camino emprendido por Mariano Rajoy en los últimos meses, con la explícita ayuda de Angela Merkel. España como factor de orden, estabilidad y seguridad.
La línea marianista está perfectamente trazada, pero la reacción del Gobierno de Londres intentando convencer a los escoceses de que no se vayan con una promesa formal de mayor autonomía, soberanía fiscal y consideración política lanza un mensaje contrapuesto a la resistencia berroqueña de la derecha española. Realza la vía de la conciliación.
A ninguno de los grandes países europeos le entusiasma la hipótesis de la secesión catalana. A ninguno. No hay prima europea a la independencia. Hasta aquí, de acuerdo. ¿Pero hay en estos momentos prima europea al inmovilismo de Madrid? Esta es la cuestión. Una cuestión que no podremos enfocar con total nitidez hasta el próximo jueves por la noche, en Edimburgo.
No creo que la gran manifestación de ayer en Barcelona imponga cambios inmediatos en la política española. No. Pero también creo que esa unidad dialéctica Escocia-Cataluña nadie se la esperaba de una manera tan intensa, basta leer la prensa anglosajona. El poder inglés ha decidido dirigirse de manera explícita a los escoceses con un amable y significativo «vosotros». Ese paso es el que la derecha española no se atreve a dar. Rajoy nunca se dirige a los catalanes con un «vosotros». ¿Decidirá hacerlo algún día, o se lo le pedirán desde Bruselas y Berlín?
Pasar del «ellos» al «vosotros». Esta puede ser la clave. La Constitución no lo prohíbe.
VITAMINA V PARA LA ESPAÑA INQUIETA
El Gobierno toma nota del gran Onze de Setembre catalán, pero ello no quiere decir que modifique su línea
La mejor prueba de que el Onze de Setembre de 2014 ha sido un éxito político es el desconcierto que la mañana siguiente reinaba en algunas destacadas cabeceras de Madrid. Dos días después ese desconcierto es aún perceptible. No ha habido ningún incidente al que agarrarse. No se puede hablar de un descenso en el número de participantes en relación con el año anterior, como hizo el mismo jueves por la noche, de manera muy sesgada, la presidenta del Partido Popular en Cataluña, Alicia Sánchez-Camacho. No hay ninguna nota escandalosa sobre la cual concentrar el foco. No ha habido otra opción que admitir el éxito de la manifestación más grande jamás realizada en España.
La mayoría de los diarios españoles así lo hicieron ayer, algunos con evidente malhumor, otros a regañadientes, y otros de manera muy lúcida, como El Correo vasco, que apuntaba a la celebración de elecciones anticipadas en Cataluña en un corto plazo. Si estas elecciones se acaban produciendo, habrá que recordar que la portada de El Correo fue la primera en señalarlo.
El Gobierno ha tomado nota de la magnitud de la manifestación. El año pasado, el ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel García-Margallo, sorprendió a todos reconociendo el éxito de la Via Catalana. Le dijeron de todo —algunos de los suyos—, pero su posición en el debate ganó credibilidad. El García-Margallo de este año ha sido el ministro de Economía, Luis de Guindos, único miembro del Gobierno que ayer se atrevió a calificar de «muy importante» la manifestación de Barcelona. Estas fueron sus palabras, en Bruselas: «La posición del Gobierno español es que respetamos la manifestación que hubo ayer, que fue muy importante, absolutamente. Pero nosotros apoyamos la legalidad, no podemos hacer otra cosa distinta». De Guindos es uno de los ministros más predispuestos a buscar vías de entendimiento con Cataluña, quizá porque conoce bien el peso de la economía catalana en el conjunto español y los riesgos que entraña un conflicto de alta intensidad entre el Estado y la Generalitat en un momento muy delicado para la imagen de España en el exterior. La deuda pública española, no lo olvidemos, se aproxima al cien por cien del PIB. El ministro madrileño De Guindos es un pactista. No sé si le hago un favor escribiéndolo.
El ministro de Economía también conoce, de primera mano, la opinión de destacados líderes europeos sobre la conveniencia de que España cuide mejor sus conflictos internos. Y sabe que esa preocupación se ha acentuado estos últimos días, espoleada por el incierto resultado del referéndum en Escocia.
La unidad dialéctica Escocia-Cataluña —ayer subrayada por los principales diarios anglosajones, comenzando por el norteamericano The New York Times— no estaba en el guión. No, de la manera como se ha producido. Esa concomitancia disminuirá si el no a la independencia vence en el referéndum escocés del próximo día 18, pero no desaparecerá. El independentismo escocés ya ha ganado políticamente el referéndum, aunque lo pierda en las urnas. Y el soberanismo catalán ya ha inscrito la cuestión de Cataluña en la agenda europea, aunque los próximos meses sean confusos y laberínticos, como muy probablemente van a ser. Los gobiernos de los principales países europeos pedían a sus antenas en Madrid informes urgentes sobre lo que está ocurriendo en Cataluña. Informes por vía oficial y oficiosa. Hay preocupación en Europa.
Y hay preocupación en el Gobierno de España. Por la magnitud de la manifestación —en un principio, en la Moncloa y en el Partido Popular se creyó que el caso Pujol iba a tener un gran efecto desmovilizador— y por la incertidumbre generada por el referéndum escocés. Es mejor no reproducir algunos comentarios que se oyen estos días en Madrid sobre el primer ministro británico, David Cameron. La preocupación gubernamental pudo observarse ayer en el tono empleado por la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría, durante la conferencia de prensa posterior al Consejo de Ministros. Un tono más neutro y comedido que en otras ocasiones. Un tono menos duro. El Gobierno no modifica su posición y nada va a cambiar en el discurso oficial hasta el 9 de noviembre. Otra cosa es lo que pueda ocurrir en las próximas semanas en los discretos canales que siguen comunicando políticamente Madrid con Barcelona. Las comunicaciones no están totalmente rotas. Sáenz de Santamaría y De Guindos modularon ayer el tono del Gobierno.
Este es un primer y provisional balance de los efectos «por arriba» del Onze de Setembre de 2014. Pero también es muy importante saber cuáles son los efectos «por abajo». Seguramente ya se están realizando encuestas al respecto. Puede afirmarse, sin riesgo de error, que la manifestación de Barcelona ha causado impresión al ciudadano español, sea cual sea su orientación política e ideológica. El gran éxito de la V ha acentuado la irritación de los irritados con la política catalana; ha aumentado la preocupación de los preocupados, y ha acentuado la atención de quienes ven en Cataluña la avanzadilla de la sacudida política y social que puede haber en toda España en los próximos meses, cuando se convoquen las elecciones municipales y autonómicas. Irritados y preocupados conforman una gran mayoría, pero puedo asegurar que la tercera posición existe y que no son cuatro gatos. Hay gente en España que lee los acontecimientos de Cataluña como un indicador avanzado de la sacudida política que le espera a España en mayo de 2015, si la economía no mejora de manera ostensible en los próximos meses (atención a los temores que manifestaba ayer De Guindos ante el riesgo de una nueva recesión europea). La decisión del Partido Popular de modificar la ley electoral municipal —intención que mantiene, después de que el propio PP haya decidido enfriar un poco el debate— forma parte de esa preocupación. Hay encuestas a escala regional que estos días ponen los pelos de punta a los dirigentes de los dos principales partidos españoles. La plataforma Podemos puede sajar el mapa electoral español. Mayo viene cargado.
El enorme impacto que ha tenido la manifestación de Barcelona me ha hecho pensar en el comentario que me hizo en una ocasión, en Madrid, un veterano político que tuvo un papel muy importante en la Transición, un hombre desde hace años retirado del primer plano. Me dijo: «Piense que el retorno de Josep Tarradellas a Barcelona en 1977 no solo tuvo un gran impacto en Cataluña; también lo tuvo en el resto de España. Muchos españoles se dieron cuenta en aquel momento de que la Transición iba en serio, que no era un simple maquillaje, y comenzaron a sentir verdadero interés por la autonomía de su región. Si los catalanes concedían tanta importancia a la autonomía, quería decir que la autonomía podía ser positiva, y muchos pensaron que su región no podía ser menos. Podríamos decir que el impactante retorno de Tarradellas a Barcelona, con miles de personas en la calle, estimuló el deseo de que hubiese café para todos». He recordado muchas veces esta observación y creo que es del todo acertada. La sociedad española jamás ha sido indiferente a lo que ocurre en Cataluña. Jamás.
¿La V barcelonesa estimula deseos independentistas o soberanistas en el resto de España? No, evidentemente, no. La radiación soberanista catalana llega al País Vasco, es cierto, donde el Partido Nacionalista Vasco se halla en una actitud muy vigilante y prudente. El PNV teme verse desbordado por Bildu y está dispuesto a colocarse delante de la manifestación antes de verse descolocado. Estos días, calla, estudia y observa. Hay una especial radiación de los acontecimientos catalanes en Navarra, atención a las elecciones autonómicas en Navarra, en mayo del año que viene. Tiene influjo en Canarias, donde Coalición Canaria, también preocupada por el notable resultado electoral de Podemos en las europeas —tercera fuerza política en Las Palmas, con el 16%—, intenta promover una consulta sobre las prospecciones petrolíferas en el archipiélago. Hay influjo en Valencia, donde las encuestas apuntan a una gran fragmentación en las autonómicas, pero es evidente que esta vez no hay demanda de café soberanista, un café de sabor mucho más fuerte que el afrutado café autonómico. Tengo la certeza de que la manifestación de Barcelona aumenta la inquietud general ante el estado de las cosas en España. E invita al criticismo. Muchos jóvenes españoles han quedado sorprendidos. Leído en Twitter: «Ellos se mueven por una idea, mientras los demás nos estamos quietos». No sé lo que ocurrirá en las semanas y meses siguientes en Cataluña, pero la V no ha dejado indiferente al resto de España y no todas las reacciones son de incomprensión y agresividad. Como en 1977, el complejo momento catalán puede ser un estímulo, un contradictorio estímulo, a la crítica social en España. Sí, las elecciones municipales vienen cargadas.
LA ASSEMBLEA DE CATALUNYA, REENCARNADA
La ANC, gran condensador de la corriente soberanista, reproduce esquemas de la principal plataforma unitaria contra el franquismo
La enorme manifestación del Onze de Setembre no ha pillado por sorpresa a todos los despachos de la capital de España, pero sí que ha sorprendido a más de uno. Se lo esperaban y no se lo esperaban. En la segunda mitad de julio comenzó a cundir la idea, en Madrid, y también en Barcelona, de que la demoledora confesión de Jordi Pujol sobre su patrimonio oculto en Andorra iba a tener efectos desmovilizadores en el movimiento soberanista. La Diada del 300 aniversario de 1714 podía pinchar. Un desfallecimiento que enmarcaría el debate público. Bastaba con que hubiese algunos claros bien visibles en la Diagonal o en la Gran Via.
A mediados de agosto, cuando la Assemblea Nacional Catalana, organizadora de la manifestación, lanzó un grito de alarma señalando que el número de inscritos en la manifestación era inferior al de la cadena humana del año anterior, la impresión de que se avecinaba un posible descalabro se acentuó.
Ignoro si el llamamiento de la ANC respondía a la realidad o no, pero es evidente que con aquel grito de alarma —«atención, que después del caso Pujol podemos acabar haciendo el ridículo»— consiguieron movilizar a los que aún no se habían inscrito en ese gigantesco mosaico humano. La ANC ha mostrado en sus dos años de existencia una notable capacidad política, actuando como «partido por encima de los partidos», en un momento de acentuada erosión del sistema político convencional.
La ANC tiende a reproducir en tiempos de democracia el papel que ejerció en los años setenta la Assemblea de Catalunya, plataforma unitaria de la oposición democrática que alcanzó un notable prestigio y una remarcable capilaridad social, con asambleas locales en los principales municipios y comarcas de Cataluña. Pese a la acción represiva de la policía, las iniciativas y convocatorias de la Assemblea de Catalunya consiguieron una notable extensión y formó una corriente civil democrática de confines difusos. Se podía participar en la Assemblea de Cataluña, que llegó a emitir carnets, sin necesidad de pertenecer a ningún partido clandestino. El triple lema de la Assemblea de Catalunya, «Llibertat, amnistía y Estatut d’Autonomia», acabó recorriendo toda España e incluso fue coreado en algunas manifestaciones en Madrid. No sin pugna con otros partidos, el principal director de orquesta de aquel organismo fue el Partit Socialista Unificat de Catalunya (PSUC), el partido comunista catalán, altamente especializado en la política de alianzas.
(Durante décadas, la gran obsesión de los comunistas fue evitar el aislamiento que les imponía la guerra fría. Procuraban estar en todas las plataformas de oposición y evitaron formar un sindicato clandestino a la vieja usanza, concentrando sus esfuerzos en las nuevas Comisiones Obreras, ilegales, pero también insertas en las estructuras del sindicato vertical.)
La ANC no es un calco de la vieja Assemblea de Catalunya, pero esa es su matriz histórica. No hay duda de que CDC y ERC son los partidos que más influyen en ella, pero mis datos indican que no es un satélite fácilmente controlable por la Generalitat. La imagen de Artur Mas y Oriol Junqueras disputándose el control de la marioneta creo que no sería del todo exacta. Esa lucha existe y puede que se haga más visible en cuestión de meses, pero la ANC no es una simple «correa de transmisión» de los partidos catalanistas, por decirlo a la antigua manera, cuando las fábricas y las máquinas inspiraban el lenguaje político.
Buena parte de los afiliados a la ANC no pertenecen formalmente a ningún partido, pero muchos de ellos tienen experiencia política. Y una notable calificación profesional, de promedio. La ANC ha reavivado en antiguos militantes el interés por la política y por el activismo. Hay muchos jóvenes interesados por un nuevo horizonte, pero también gente madura que ha redescubierto el placer de militar por una causa, sin la neurosis electoral y sin un aparato asfixiante encima. La ANC forma parte del catálogo de respuestas civiles a la crisis de la política profesional. He ahí una de las claves de su éxito. En la actualidad cuenta con unos cincuenta y un mil socios.
Además de los socios vinculados a CiU y ERC, destacaría otras tres corrientes en su interior: gentes provenientes de la izquierda independentista —durante décadas minoritaria y fragmentada—, personas que en algún momento pasaron por el PSC y antiguos militantes y cuadros del PSUC en la ciudad de Barcelona y en las comarcas. (En los municipios del área metropolitana de Barcelona, no son pocos los antiguos militantes y simpatizantes del PSUC que también se están interesando por los círculos de Podemos.) Gente que ha regresado a la política sin necesidad de comprometerse con ningún partido. No pocos profesionales jubilados, con tiempo libre y gran experiencia en tareas organizativas. Y un montón de independientes. Ese es el paisaje humano de la ANC. Un paisaje humano situado más a la izquierda que en el centro, no necesariamente amigo del pujolismo. El escándalo Pujol les habrá afectado, sin duda, puesto que su radiación negativa es enorme. Más allá de las filias y las fobias, del enojo, de la irritación y de la indignación, una gran mayoría de catalanes ha sentido vergüenza estas últimas semanas. Les ha afectado, pero no les ha desmovilizado. Al contrario.
Ahí tienen una de las claves del éxito de la manifestación de Barcelona.
La ANC ha creado una esfera política relativamente autónoma de los dos partidos principales del soberanismo. Y subrayo el adverbio «relativamente». CDC y ERC influyen en la ANC y, a su vez, la ANC les tutela. Algo parecido llegó a suceder con la Assemblea de Catalunya en su momento de mayor madurez. El PSUC marcaba las líneas principales, pero no la podía manejar a su antojo. Insisto, la ANC es un sujeto político complejo, muy vivo y en estos momentos entusiasmado por el monumental éxito de sus tres Onze de Setembre. Intentaré resumirlo: gente que ha logrado construir acción política fuera de los partidos hoy ve reflejado el éxito de su trabajo en las páginas de los principales diarios del mundo. No es poco. Pretender que el escándalo Pujol iba a frenarles refleja una cierta desinformación sobre el estado de las cosas en Cataluña.
Evidentemente, el éxito del Onze de Setembre también ha sido propulsado desde «arriba». Sobre este particular no caben ingenuidades. La Generalitat y el Ayuntamiento de Barcelona han puesto todo su aparato institucional al servicio de la convocatoria. Negar este extremo sería negar la evidencia. TV3 se ha volcado, poniendo en riesgo el mínimo de ecuanimidad exigible a una televisión pública. Esta vez ha ido mucho más allá que en otras ocasiones, lo cual no entusiasma a todos sus espectadores. El éxito de TV3 se ha basado, entre otros factores, en su prestigio social, gracias a una programación de verdadera calidad en la que se invierten muchos recursos, y en la capacidad de establecer unas fronteras difusas con los espectadores de otras cadenas. A lo largo de su historia, TV3 ha tenido niveles de rechazo relativamente bajos. Esa ha sido la clave de su innegable hegemonía. Cuando la polarización y la tendencia superan un cierto límite, el rechazo crece. El Sindicat de Periodistes ha emitido un comunicado manifestando su preocupación por este sesgo, reclamando una mayor neutralidad informativa. Este también es un dato importante para los meses por venir.
El monumental Onze de Setembre de 2014, por lo tanto, es fruto de dos impulsos, uno que venía desde «arriba» y otro que surgía desde «abajo». Negar la existencia del primero es pueril. Subvalorar el segundo, erróneo. Habrá que ver en los meses siguientes cómo evoluciona el equilibrio entre el Govern (monocolor de CiU), el Parlament (sin mayoría absoluta) y la acción ciudadana de signo soberanista (capitaneada por la ANC).
El caso Pujol en sí mismo —la confesión del expresidente— y la extraordinaria explotación política y mediática de este están teniendo un gran impacto en la sociedad catalana, pero no han perforado las planchas de la ANC, formada por gente con cultura política. La confesión de Pujol causó una profunda desazón y mucha irritación; la desaforada utilización del caso Pujol en el combate político ha activado mecanismos defensivos. Lo escribí en la edición impresa de La Vanguardia poco antes del Onze de Setembre, previendo el éxito de la manifestación: «Con el deseo de humillar no se ganan grandes batallas». La cuestión de la autoestima es muy importante en la dinámica de las sociedades y de las corrientes políticas. Al respecto recomiendo la lectura de un artículo publicado en un muy recomendable blog de ciencia política llamado Cercle Gerrymandering.
El caso Pujol no ha perforado las planchas de la ANC, pero va a tener efectos importantes en la política catalana, a corto, medio y largo plazo. El cráter es enorme y la radiación intensa. La capacidad operativa de CDC ha quedado disminuida y su refundación no va a ser fácil. Una vez concluida la demostración de fuerza del Onze de Setembre, comienza un impredecible combate de judo entre CDC y ERC. Este será el trasfondo de las próximas semanas, que, en algún momento, nos pueden parecer ilegibles.
Tengo un enorme interés por ver cuál será el comportamiento de la Assemblea Nacional Catalana a medida que la competición entre CDC y ERC se haga más intensa y explícita. El 13 de septiembre la ANC propuso la creación de una Taula de Forces Polítiques i Socials per a l’Estat Propi para «garantizar la unidad del proceso». (Ecos inconfundibles de la Assemblea de Catalunya.)
Evidentemente, el comportamiento del Gobierno de España puede influir decisivamente en el desenlace del combate de judo soberanista. ¿A quién prefiere Rajoy como interlocutor catalán ante una próxima legislatura sin probable mayoría absoluta en el Parlamento español? Quizás esta acabe siendo la pregunta clave del código 11-9-11.
No adelantemos acontecimientos. Entre tanto, para comprender mejor la composición de las fuerzas en presencia, me atrevería a recomendar a los lectores que repasen la historia de la Assemblea de Catalunya, fundada en 1971 y disuelta en 1977. Una de las pocas plataformas unitarias del antifranquismo que alcanzó una verdadera profundidad social, característica que no acompañó la corta vida de la Junta Democrática (1974) y la Plataforma de Convergencia Democrática (1975), promovidas por el PCE y el PSOE, respectivamente, como estructuras de carácter táctico en la recta final del franquismo.
La ANC es la reencarnación de la Assemblea de Catalunya, sin clandestinidad y con línea directa con el Palau de la Generalitat.
EN DEFENSA DE PASQUAL MARAGALL
Comienza una campaña para endosar la culpa del «secesionismo» a un hombre que ya no puede defenderse
El exministro de Defensa y expresidente del Congreso José Bono publicó ayer en el diario El País unas notas originales de su Diario de un ministro, libro de memorias de próxima aparición. Son unas notas referidas a una tensa conversación que mantuvo el 16 de octubre del año 2005 con Pasqual Maragall, entonces presidente de la Generalitat, en el curso de una recepción en el Palacio Real de Madrid al presidente de la República portuguesa, Jorge Sampaio. Fueron testigos de aquella conversación —según el relato de Bono— el expresidente de la Generalitat Jordi Pujol y su esposa, el entonces alcalde de Madrid, Alberto Ruiz-Gallardón, el ministro de Asuntos Exteriores de la época, Miguel Ángel Moratinos, el diplomático Alberto Aza, entonces secretario general de la Casa del Rey, el presidente de Extremadura, Juan Carlos Rodríguez Ibarra, Gregorio Peces-Barba y Manuel Fraga. Un círculo de primera división. Según Bono, algunas de estas personas también intervinieron en la discusión, que giró en torno al nuevo Estatuto de Cataluña, entonces recién aprobado por el Parlament.
En las citadas anotaciones, Bono se atribuye haber advertido a Maragall que el nuevo Estatut sentaba las bases de la secesión de Cataluña y haberle reprochado que el texto aprobado por la Cámara catalana era un «engaño» al PSOE, en cuya conferencia territorial de Santillana del Mar (30 de agosto de 2003) habría acordado unos límites inferiores para la revisión del Estado autonómico. En síntesis, el mensaje de Bono es el siguiente: «El principal culpable del grave problema que hoy tiene España es Pasqual Maragall». El diario con mayor difusión en España enfatizaba esta idea en portada con el siguiente titular: «Bono alertó que el “engaño” de Maragall traería la secesión».
El culpable ya ha sido señalado. El chivo expiatorio ya ha sido seleccionado y, como corresponde a la vieja tradición de los ritos sacrifícales —tan vieja como la humanidad misma—, el acusado no puede defenderse. No puede ofrecer ni siquiera su versión de aquella conversación en el Palacio Real. Como el lector sabrá, Pasqual Maragall i Mira no puede hablar de este asunto, ni de otros, porque su memoria ha sido destrozada por la enfermedad de Alzheimer. Maragall habla, recuerda algunas cosas, fragmentos de vida en el interior de un gran vacío, sonríe cuando alguien le sonríe, pero no puede acometer una discusión política y, menos aún, salir en defensa propia ante la acusación de haber cometido un delito de lesa patria.
En España ha empezado a ocurrir una cosa muy singular con los hombres políticos que sufren la enfermedad de Alzheimer. Adolfo Suárez comenzó a ser santificado el día en que se supo que había perdido la memoria y ya no estaba en condiciones de escribir un libro de memorias. Pasqual Maragall es señalado como el principal culpable de una hipotética secesión de Cataluña cuando ya no razona. El gran ritual ha comenzado. La culpa es de Maragall. Su sacrificio en la plaza pública salvará a los demás.
Los judíos enviaban un chivo al desierto con los pecados cometidos por la comunidad escritos en unos pergaminos. Los antiguos griegos seleccionaban a un pharmakós, habitualmente un demente, lo apedreaban y lo expulsaban del pueblo. Pharmakós, víctima propiciatoria que alivia el malestar del grupo. De ahí viene la palabra «farmacia». Más adelante, los griegos introdujeron el ostrakós, una piedra de pizarra en la que aparecía escrito el nombre del ciudadano condenado a abandonar la comunidad en situación de conflicto político. Por ello aún hoy decimos, en sentido figurado, que alguien ha sido condenado al ostracismo. Maragall recibe el tratamiento más cruel. Maragall es pharmakós: apedreado el loco, todos los demás quedan absueltos. Hace unos años comenzó a circular la especie que Maragall ya no estaba en sus cabales siendo presidente de la Generalitat. El rumor, falso, lo hicieron circular algunos de sus propios compañeros de partido. El «demente» es el culpable. Y ya no puede defenderse.
Algunos periodistas tuvimos noticia en el 2005 de esa acalorada discusión en el Palacio Real, aunque en una versión más sucinta. Bono aporta ahora todos los supuestos detalles, aunque llama la atención el estilo del relato. Se supone que los contertulios discuten de pie, con una cierta informalidad. Las palabras de Bono, sin embargo, han sido cuidadosamente editadas. Sus reflexiones son las de un senador romano en la pluma de Tito Livio. Declama y construye frases pensadas para la historia. Maragall y Pujol balbucean frases cortas.
Llevo diez años dedicado a la crónica política en Madrid. He publicado en este tiempo cuatro libros sobre los acontecimientos de la década que nos ha conducido de la euforia a la depresión y la perplejidad y he intentado reconstruir algunos fragmentos del mosaico. Un mosaico que tardará años en poder ser contemplado con la adecuada perspectiva. Es ardua la tarea que espera a los investigadores e historiadores que quieran reconstruir e interpretar los principales episodios de la década 2004-2014. Los periodistas, en el mejor de los casos, podemos aportar fragmentos.
Ante la publicación de las anotaciones de José Bono, me gustaría aportar dos fragmentos.
En la citada conversación, el exministro de Defensa acusa a Maragall de haber organizado «un pacto de perdedores» en Cataluña. Es cierto. Maragall presidió un gobierno formado por PSC, ICV y ERC, después de haber ganado las elecciones catalanas de 2003 en voto popular y haberlas perdido en la distribución de escaños. Ya había pasado en 1999, pero en aquella ocasión no había posibilidad de formar una mayoría alternativa a CiU. Maragall, gran artífice de los Juegos Olímpicos de 1992, era muy popular en Barcelona y su área metropolitana, donde vive más de la mitad de la población catalana, mientras que la Cataluña comarcal era baluarte de CiU, con mayor o menor intensidad. El sistema electoral da prima a las circunscripciones de Lleida, Tarragona y Girona.
Es cierto. El PSC no ganó en número de escaños y la ausencia de una victoria clara fue determinante en la debilidad de los dos gobiernos tripartitos: el que Pasqual Maragall presidió entre el 2003 y el 2006, y el que encabezó José Montilla —esta vez sin victoria en votos populares— entre el 2006 y el 2010.
El cambio de ciclo político se hizo de manera defectuosa en Cataluña. Muy defectuosa. La nueva mayoría parlamentaria carecía de solidez y reposaba en ERC, un partido que en aquellos momentos rondaba el 16% de los votos. Esa es una de las claves principales de la evolución política catalana en los últimos diez años.
Diversas son las razones que pueden explicar la victoria «corta» de Maragall. La solidez electoral de CiU, en primer lugar. La hegemonía político-cultural del nacionalismo, ciertamente. Pero también los torpedos que Bono, Ibarra y otros dirigentes del PSOE lanzaron contra el candidato socialista catalán cuando las encuestas parecía que le eran favorables. En plena campaña electoral de 2003, Bono hizo estallar una áspera polémica con la Generalitat a propósito de unos suplementos que el Gobierno de CiU quería pagar a las viudas para complementar la pensión. La cantinela de siempre: la igualdad. Mensaje de Bono quince días antes de la fecha de las elecciones: «A Jordi Pujol ya no le rige la cabeza». Un torpedo perfectamente calculado. Ofender a los electores de CiU para dejar a Maragall en posición de debilidad. Un regalo a los nacionalistas.
Maragall intentaba ganar convenciendo a sus electores de que disponía de una verdadera autonomía de movimientos respecto al PSOE, aun estando asociado al PSOE, aun queriendo seguir asociado al PSOE. Y Bono disparaba contra esa línea. ¡La igualdad entre los españoles! Me permito recordar que recientemente el presidente de Extremadura anunciaba una remuneración específica en su región para las mujeres mayores de setenta y cinco años y nadie, ni en Madrid, ni en Toledo, ha dicho ni pío. La igualdad va por barrios y la España asimétrica parece que, por fin, se va abriendo paso.
No diré que la victoria «corta» de Maragall tuviese como principal causante el torpedo de Bono, pero es del todo evidente que el entonces presidente de Castilla-La Mancha no deseaba una victoria del socialismo catalán. ¿Motivos? Dos, al menos: con CiU se vivía mejor —el paisaje ya estaba definido—, y el voto de los socialistas catalanes en el XXXV Congreso Federal del PSOE del año 2000 le fue adverso. Bono nunca ha perdonado que Maragall orientase el voto de parte de los delegados del PSC en favor de José Luis Rodríguez Zapatero. En pocas palabras, Bono no fue secretario general socialista —y presidente del Gobierno de España— por culpa de Maragall. La venganza dicen que es un plato que se sirve frío. A veces tan frío que el adversario ni siquiera puede defenderse.
El siguiente fragmento creo que puede tener más interés. Maragall y el PSC no promovieron la reforma del Estatut ni pactaron con ERC a espaldas del PSOE. No «engañaron» al PSOE, porque ese pacto fue objeto de una discusión específica en la comisión ejecutiva del Partido Socialista Obrero Español. Así me lo ratificó un alto dirigente socialista en el 2005. Lo recuerdo bien, una conversación a pie de calle, en la plaza de las Cortes: «Estuvimos discutiendo sobre el pacto con ERC, le dimos muchas vueltas y vueltas, sabíamos los riesgos que comportaba, pero finalmente dimos nuestro acuerdo». Una operación estratégica de largo alcance, visada por el órgano directivo de los socialistas españoles.
ERC, además de ser el garante de la coalición tripartita en Cataluña, formó parte de la primera mayoría parlamentaria de José Luis Rodríguez Zapatero. El portavoz de ERC en Madrid y posterior secretario general del partido, Joan Puigcercós, era llamado frecuentemente a consultas en el palacio de la Moncloa. No deja de ser curioso que compañeros y compañeras de Zapatero —la compañera Carme Chacón, por ejemplo— se refieran ahora a sus antiguos aliados de ERC como «los separatistas», un apelativo de vieja resonancia franquista que ni siquiera el PP utiliza en su vocabulario, nada condescendiente con los secesionistas, los independentistas o los soberanistas. «¡Maragall, culpable!», grita el sacerdote en el rito sacrificial. Maragall culpable y todos los demás absueltos.
¿Por qué decidió la ejecutiva del PSOE un pacto estratégico con ERC? Permítanme que reconstruya esta parte del mosaico. En 2003-2004, la deriva de la política española apuntaba a una victoria por mayoría relativa del Partido Popular tras la contundente mayoría absoluta de José María Aznar. El ciclo parecía ir a la baja y todo hacía augurar una victoria ajustada de Mariano Rajoy, que tendría que buscar alianzas en el Parlamento, preferentemente con CiU y PNV. En su última legislatura (1999-2003), Jordi Pujol había contado con el apoyo del PP en el Parlament de Catalunya, bajo una condición, impuesta por Aznar: dejar quieto el Estatut y no promover su reforma o ampliación.
La alianza PSC-ERC, bendecida por la ejecutiva del PSOE, ponía en crisis el eje PP-CiU y amenazaba a ambos con el aislamiento. La formación del primer Gobierno tripartito, con la propuesta de un nuevo Estatut como punto central de su programa, abría un difícil horizonte para la entente PP-CiU. Si Rajoy solo ganaba por mayoría relativa, difícilmente podría contar con el apoyo de los nacionalistas catalanes clásicos, empujados a la oposición y desposeídos de poder municipal. El nuevo Estatut era la cuña que rompía el cuadro de alianzas. A Rajoy le esperaba una legislatura muy difícil, y CiU podía desaparecer. El diseño estratégico era perfecto... pero la historia no admite muchos guiones preestablecidos. En marzo de 2004, un grupo de fanáticos islamistas hizo volar tres trenes en Madrid, España entró en estado de shock y al Gobierno Aznar le faltó inteligencia emocional para gestionar aquella terrible situación, en vísperas de las elecciones generales. La situación dio un vuelco inesperado. El PSOE ganó, propulsado principalmente por el voto de Cataluña.
El PSOE ganó y Rodríguez Zapatero supo de inmediato que iba a tener un serio problema: la alianza con ERC y su promesa pública de respetar el Estatut que aprobase el Parlament de Catalunya. CiU y PP pensaron lo mismo, en sentido inverso. CiU elevó la apuesta para desestabilizar al tripartito. Y el PP creyó que una gran ofensiva política y emocional con la palabra Estatuto de Cataluña bien enmarcada podía convertir a Zapatero en un gobernante breve.
El «nuevo» PSOE intuyó de inmediato que tenía que desembarazarse lo antes posible de los hermanos Maragall —Pasqual y Ernest formaban una auténtica unidad política— para restituir una alianza táctica con CiU que permitiese reconducir la situación. Los hermanos Maragall, cuyo objetivo era la configuración de un amplio centroizquierda catalán verdaderamente autónomo del PSOE, organizaron su línea de resistencia y pactaron en Cataluña un Estatut no desleído, con la palabra «nación» en el preámbulo, sin carácter normativo. En la situación presente — insisto, en la situación actual—, aquel preámbulo sería aceptado por casi todos los partidos del Parlamento español.
Nadie en el PSOE propuso entonces la ruptura con ERC. El objetivo era otro: eliminar a los Maragall, reconducir las relaciones con CiU y mantener el enfrentamiento con el PP... Pocos meses después, el ministro socialista Jordi Sevilla y el líder del PP en Cataluña, Josep Piqué, establecieron conversaciones para intentar un pacto que pudiese desactivar aquella «bomba de relojería» con un consenso político lo más amplio posible. Ambos fueron fulminados por sus respectivos partidos. El consenso no interesaba en la polarizada España de 2005. En el 2007 ambos ya habían abandonado la política.
¿Un poco complejo, verdad? La historia de los acontecimientos políticos siempre es compleja. Y con toda seguridad los fragmentos que acabó de aportar siguen sin explicar totalmente lo ocurrido. Será apasionante la labor de los historiadores de la década 2004-2014.
Bono, derrotado en el congreso socialista de 2000, ciertamente puede alegar que él nunca habría pactado con ERC, ni prometido un nuevo estatuto a los catalanes. Seguramente estaba disconforme con la línea de Zapatero, pero ello no le impidió aceptar un puesto muy relevante en el Consejo de Ministros y, más tarde, la presidencia del Congreso de los Diputados. Efectivamente, todo siempre es un poco más complejo de lo que pensamos. Nadie creía en los años 2004-2005-2006 que España iba a ser barrida por una crisis económica descomunal. Ni el PSOE, ni el PP, ni los catalanes, ni los vascos, ni los andaluces... La política española funcionó aquellos años bajo una fuerte polarización — expresamente deseada por las élites políticas— que no preveía la inminencia de una crisis económica brutal. Se hundieron puentes, se cometieron desmanes económicos y se incendiaron las ondas radiofónicas, creyendo que no «pasaba nada», puesto que la gente vivía relativamente tranquila y feliz. Ahora se está pagando la factura.
Efectivamente, todo siempre es un poco más complejo de lo que pensamos. Un raro material, la complejidad. Un material que no cotiza mucho en las tertulias y en la política del pim-pam-pum. La complejidad está reñida con la propaganda y con el intento, inmoral, de endosar toda la responsabilidad del más grave problema de España en muchas décadas a un hombre enfermo que ya no puede defenderse.
EL COMBATE DE JUDO CDC-ERC
Mas comienza a dibujar las elecciones anticipadas, en las que intentará un movimiento envolvente sobre Esquerra
El código 11-9-11 se va definiendo antes de que voten en Escocia. Artur Mas comenzó a descifrarlo ante el Parlament de Catalunya, reunido en sesión plenaria para el debate anual sobre política general. La consulta no tendrá lugar si no se puede celebrar con plenas garantías y habrá que ir pensando en elecciones anticipadas, dio a entender el president. Comicios bajo el signo de la declaración de independencia, antes de que comience la gran batalla por el poder local, en mayo de 2015.
A lomos de la extraordinaria movilización social de la Diada, el veterano partido de gobierno en Cataluña, maltrecho por el escándalo fiscal que ha provocado la muerte civil de su anciano fundador e intoxicado por el polonio que los aparatos del Estado vierten en su café (mediante la filtración de informes confidenciales que no pasan por el juez), intentará promover un frente común del soberanismo. Una candidatura unitaria de amplio espectro, que sea capaz de obtener más de sesenta y ocho diputados en una coyuntura de fortísima competición y de imprevisible deslizamiento de los electorados.
La fascinación catalana por el acto de volver a empezar tiene un nombre antiguo, con olor a leña. «Foc nou». Nuevas siglas, nuevos nombres, nuevas estructuras y el fuerte deseo de una joven generación política e intelectual, crecida en el interior de las estructuras de poder de la Generalitat, de no querer morir junto con su ayer admirado fundador. Frase habitual estos días en los entornos de CDC: «Yo no tengo por qué cargar toda mi vida con las culpas de Pujol y de sus hijos».
La joven generación de CDC intentará una audaz metamorfosis. Convocará a ERC a la cohabitación electoral invocando el espíritu de la Diada, la experiencia societaria de la Assemblea Nacional Catalana, y el reclamo de voces independientes, con el aliento mágico de la palabra unidad. ¡Unidad, unidad, unidad! A ERC no le será fácil resistirse.
Si la nueva generación de CDC consigue su propósito, estaremos ante un acontecimiento político muy relevante. El más veterano partido de gobierno de Cataluña, junto con Unió —veintisiete años en el poder desde las primeras elecciones al Parlament en 1980—, se habrá transformado en un «nuevo sujeto político», por decirlo a la italiana manera. Lo «viejo» se habrá hecho «nuevo», lo cual no deja de ser un prodigio vistos los tiempos que corren y el panorama judicial y mediático al que se enfrenta al aparato político de la calle Còrsega de Barcelona.
ERC recela de este movimiento envolvente, puesto que su objetivo prioritario —el de verdad— es acumular fuerzas en las elecciones municipales de mayo, intentar conquistar la alcaldía de Barcelona, disputarle el máximo de alcaldías a CiU y al PSC, ensayar con los disidentes del PSC una nueva coalición ERCUnió Socialista de Cataluña, que tanto éxito tuvo en los años treinta, y vigilar con mucho cuidado su flanco izquierdo, puesto que Podemos va a entrar fuerte por el área metropolitana. En los barrios se habla de Podemos. La idealización de una gran Esquerra con dos alas, una más liberal y otra más socializante, topa con Podemos. Podemos es hoy el vector más ascendente: la gran incógnita que trastoca todas las encuestas.
El combate de judo será muy interesante. Mas, pese a los lentos efectos del polonio, conserva la autoridad presidencial y el éxito de la Diada le ha renovado fuerzas. Y ERC tiene un límite: para Oriol Junqueras sería una pesadilla y probablemente un verdadero desastre verse en la presidencia de la comunidad autónoma de Cataluña negociando por teléfono el pago de la nómina de los funcionarios de la Generalitat con el ministro español de Hacienda, Cristóbal Montoro.
En el judo, se trata de aprovechar el empuje del adversario en beneficio propio. ERC podría acabar respondiendo a la presión de CDC con la aceptación de una candidatura unitaria, encabezada por un (o una) independiente. Es decir, una alianza electoral tutelada por la Assemblea Nacional Catalana. Para Mas podría suponer la hora del adiós. Todo dependerá de la cantidad de polonio que siga recibiendo en las próximas semanas.
A la espera de nuevos movimientos tácticos, las siguientes entregas de este código 11-9-11 se escribirán en Edimburgo.
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