Читать книгу: «Historia de un invisible»

Шрифт:

EMMA SEPÚLVEDA PULVIRENTI

Historia de un invisible

Sepúlveda Pulvirenti, Emma

Historia de un invisible. Mario Sepúlveda antes y después de la tragedia minera / Emma Sepúlveda Pulvirenti

Santiago de Chile: Catalonia, 2019

ISBN: 978-956-324-723-7

ISBN Digital: 978-956-324-733-6

BIOGRAFÍA

920

Ilustración de portada: Francisco Javier Olea / @oleismos Diseño y diagramación: Sebastián Valdebenito M. Documentos gráficos: archivo personal del autor Corrección: Cristine Molina Dirección editorial: Arturo Infante Reñasco

Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, en todo o en parte, ni registrada o transmitida por sistema alguno de recuperación de información, en ninguna forma o medio, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia o cualquier otro, sin permiso previo, por escrito, de la editorial.

Primera edición: agosto 2019

ISBN: 978-956-324-723-7

ISBN Digital: 978-956-324-733-6

Registro de Propiedad Intelectual: A-305609

© Emma Sepúlveda Pulvirenti, 2019

© Catalonia Ltda., 2019

Santa Isabel 1235, Providencia

Santiago de Chile

www.catalonia.cl – @catalonialibros

Índice de contenido

Portada

Créditos

Índice

Orfandades subterráneas

El porqué de la historia

Huérfano en el sur de Chile

El primer patrón

La vida en la calle

El servicio militar voluntario

De Parral a Santiago

Una mujer que no se rinde

La hija, Scarlette

El hijo mayor, Francisco

Cambia, todo cambia

Abajo la noche oscura

Después de sesenta y nueve días de noche

El diagnóstico

La nueva esperanza

Mario y Marito

El futuro y los ecos del pasado

Agradecimientos

Archivo gráfico

Apuntes de Mario Sepúlveda al interior de la mina San José

Fotos familiares

Película "Los 33"

Recortes de diario

A la memoria de Ángela Pulvirenti Salinas.

***

Hace más de nueve años estuve en el desierto de Atacama, en el campamento Esperanza, entrevistando a las mujeres de los treinta y tres mineros atrapados después del accidente de la mina San José. Con esos testimonios escribí el libro Setenta días de noche. 33 mineros atrapados: historia oculta de un rescate. En un capítulo de esa obra, aparecieron algunos detalles de la vida del minero Mario Sepúlveda relatados por su familia. En este nuevo texto está su verdadera y completa historia, antes y después del accidente que le cambió la vida para siempre, contada, en parte, con sus propias palabras.

E. S. P.

La vida no es sino una continua sucesión de oportunidades para sobrevivir.

Gabriel García Márquez

ORFANDADES SUBTERRÁNEAS

¿Cuántas vidas puede haber en una historia de vida? ¿Están bien los 33? Los mineros llegan a la superficie como si nunca hubiesen estado en ella. No vuelven porque pareciera que nunca hubiesen estado arriba, como si siempre hubiesen estado sepultados, ocultos, subterráneos. ¿Existían en la superficie antes del accidente que los rescató del anonimato? Por supuesto, pero eran invisibles. Es la elocuente invisibilidad que ve Emma Sepúlveda al profundizar, ahondar, sobre la tragedia que vivieron los 33 mineros que estuvieron sepultados accidentalmente en la mina San José, de Copiapó, en el norte de Chile. En la trastienda de la tragedia, en medio de la incertidumbre, Emma entrevistó a las mujeres de los mineros. Luego vino su libro Setenta días de noche. 33 mineros atrapados: historia oculta de un rescate (2010).

En la doble emergencia -el accidente y la salida- la representación del conjunto, la vocería principal, la asume Mario Sepúlveda. Su personalidad arrolladora y liderazgo concitan la atención mediática y de quienes quisieron aprovechar algo del aura de fama transitoria que emitía. El halo de la popularidad. Mario Sepúlveda se convierte en la personificación del resto de sus compañeros de desgracia. Este libro nos revela que él se preparó, intuitivamente, para la ocasión; para ocupar el escenario y las eventuales conferencias.

Personifica la tragedia, el vencimiento de la adversidad, la actitud heroica. Es Súper Mario: persona y personaje. Más allá del ícono y de la superficialidad de la superficie, Emma Sepúlveda observa a la persona, su entorno inmediato y singularidad. Mario Sepúlveda es, al mismo tiempo, representativo y especial. Ampliando el estudio etnográfico, tal vez de las historias de vida de los 33 podría resultar que otros podrían tener esas cualidades como estereotipos del minero y arquetipos del héroe. Pero Súper Mario llamó la atención.

Concentrándose en él y su entorno familiar Emma Sepúlveda extrae un retrato caleidoscópico de un Chile popular. Su infancia increíble es la infancia increíble de muchos y muchas. La pareja compuesta por Mario y Katty ilustra el extenso guacherío presente en la pobreza chilena y latinoamericana. Niños y niñas que padecen el abandono, con padres conocidos o desconocidos; que sufren abusos; que soportan la sordidez y promiscuidad de la violencia intrafamiliar, el alcoholismo, la manipulación, las burlas, el miedo; víctimas de la explotación del trabajo infantil. Niños repartidos “como animalitos, entre los familiares que nos aceptaban”. Guachos. Vulnerados y vulnerables especialmente por la carencia de familia, de cariño. La soledad. El abandono. Las humillaciones. Parece extraordinario, pero no lo es. Las salidas de escape son reconocibles: el internado, la conscripción militar, el vagabundeo (con su tacita choquera y una cuchara), la delincuencia, la religión. Y, en el mejor de los casos, la resiliencia con empatía social que rompa el círculo de la desesperanza: el estudio vespertino, el trabajo: “Los pobres sabían que yo era uno de ellos y, aunque no sabían los detalles de mi vida, adivinaban que mi pasado era igual al de ellos”.

La infancia de Mario y Katty está marcada por el guacherío. Son resilientes, protegen a sus hijos para que no vivan la niñez de sus padres, hacen realidad el sueño de la casa propia; sin embargo, el fantasma del abandono, del aislamiento, ronda ese hogar como un fatalismo: otra adversidad que enfrentar.

La tragedia en la mina San José, entonces, no es el primer quiebre biográfico de la víctima de un país indolente. Mario Sepúlveda es un sobreviviente desde antes. No de la sepultación en la mina, sino de una vida de abusos. Siente felicidad allá abajo. El accidente, paradójicamente, es la oportunidad para su protagonismo; para salir, eufórico, de la invisibilidad personal y de sus compañeros: “Sentí que en mis hombros estaba el peso de la vida de todos los treinta y tres”. Y el humor, uno de los principales pilares de la resiliencia comunitaria, fue su recurso característico que lo ayudó a cohesionar el grupo.

La indolencia se expresaba de otra manera: una extensión de un patrón explotador que había tenido en su niñez: “La seguridad de los trabajadores no era importante para los dueños de la mina; solo querían ganar más lucas y punto”. Los empresarios no atendieron las advertencias sobre el peligro, no instalaron la escalera de escape para caso de accidentes, la comida para esos casos estaba vencida. Después, las promesas, el presidente de gira con el papelito “Estamos bien los 33” y un ministro corrupto se empinó desde ahí como presidenciable. La invisibilidad de los pobres continúa. En tanto, los Mario Sepúlveda toman la vida como un desquite, reconocen sus vergüenzas, superan los miedos, mantienen el humor, defienden su memoria. Los invisibles buscan la grieta por la cual salir de la oscuridad.

Jorge Montealegre I.

El porqué de la historia

Supe la historia de Mario Sepúlveda mucho antes de conocerlo a él en persona. Me enteré de los detalles de su vida cuando grabé la historia afuera de la mina San José. Durante las semanas que estuve en el campamento Esperanza, pasé largas horas hablando con su familia, especialmente con Scarlette Sepúlveda, la hija mayor de Mario. En nuestras conversaciones me contaba a menudo anécdotas de su padre, un hombre poco convencional, pero al mismo tiempo religioso, comprometido y luchador incansable por los derechos de los trabajadores. En medio de esas historias de vida había algo diferente, intrigante y complicado en las imágenes que me presentaban de esta persona. Un mundo confuso, magnético y a veces irracional aparecía como parte integral de la existencia de Mario Sepúlveda.

Sus hijos y su esposa a menudo me hablaban del increíble sentido de humor que tenía Mario, que conseguía hacerlos reír en los momentos más difíciles y convertirse siempre en el payaso de todas las fiestas, pero también podía ser un hombre serio, un líder generoso y fuerte, capaz de mover montañas y lograr lo que se proponía “aunque tuviera a medio mundo luchando en su contra”. Me contaron también de la vida difícil y dolorosa que había tenido Mario, prácticamente huérfano, que se crio en la más terrible de las pobrezas en el sur de Chile. Y durante estas largas conversaciones, entre lágrimas de dolor y desesperación —por la inseguridad de las operaciones de rescate que se llevaban a cabo en la mina San José—, esta familia aseguraba, con increíble confianza, que Mario Sepúlveda saldría de la mina vivo. No tenían dudas de que este hombre, más grande y fuerte que un coloso humano (interiormente), lograría salvarse y salvar a su grupo en el rescate más conmovedor de principios del siglo XXI. Y así fue. La confianza que tenía esta familia en las habilidades y el poder invencible de Mario, junto con su inquebrantable fe en una fuerza divina, fueron claves para que sobrevivieran los treinta y tres mineros atrapados, después del derrumbe del 5 de agosto de 2010.

Antes de que salieran de la mina los treinta y tres mineros, me parecía conocer a Mario Sepúlveda sin haberlo visto nunca, ni haber hablado con él en ninguna ocasión. Por lo que había escuchado, me sabía su vida de memoria. La conocía porque me la habían contado desde varios puntos de vista: su mujer, sus hijos, algunos miembros de la familia y varios amigos. Lo conocía también como personaje de las historias de otros. Historias en que, irónicamente, a menudo, Mario era el protagonista y no un personaje secundario.

Sin embargo, las sorpresas de quién era verdaderamente Mario, de cómo fue y es su vida ahora, vinieron después. Llegaron cuando lo conocí en persona y tuve la oportunidad de pasar horas hablando con él. El Mario con el que compartí, de muchas maneras, no era el mismo hombre que yo había creado en mi mente con los testimonios de los otros. Después de enfrentar esas múltiples versiones de la misma persona, empecé a hacerme preguntas y a hacerle preguntas a él mismo. En nuestras largas conversaciones traté de entender cuál era la diferencia entre estas narrativas. No fue fácil encontrar los hilos que unían la historia para hilar la tela de su vida completa, separando el antes y el después del accidente en la mina. Mario, a menudo, me cambiaba las historias, aumentando o disminuyendo el impacto de las experiencias, de acuerdo con su estado de ánimo. Y esos cambios repentinos me llevaban siempre a la misma pregunta: ¿quién fue y quién es, ahora, este campesino-minero convertido en héroe, en ídolo, para muchos? No he encontrado una respuesta clara y específica a esta pregunta. He encontrado varias, y todas ellas aparecen en las páginas de este libro.

Mario, personaje inmortalizado en el cine por Antonio Banderas, minero que se salvó milagrosamente de un accidente único en la trayectoria de la minería en Chile, tiene más que una historia. Es un hombre que antes era invisible y ahora muchas veces se siente mesiánico, líder, y otras tantas… loco. Pero entre estas definiciones hay un amplio espacio desconocido que es bueno conocer. Un niño abandonado por la familia y la sociedad. Un vagabundo que durmió y comió con los perros las sobras de un patrón miserable e inhumano. Un campesino del sur de Chile, que hace el servicio militar voluntario en los tiempos de la dictadura como única alternativa a una vida mejor. Un huaso que nunca quiso alejarse de la tierra donde nació, pero a quien la pobreza obligó a abrirse camino lejos. Un minero por accidente, que se enamoró del espacio profundo y silencioso del fondo de la tierra. Un minero que descubrió la belleza inconfundible del interior de las minas, cuando lo abrazaron con la fascinante iluminación de sus paredes cubiertas de brillos secretos. Esos espacios profundos que se convirtieron en refugio de sus alucinaciones y que un día, sin misericordia, lo traicionaron y lo encerraron prisionero de un devastador derrumbe, que le cambió la existencia para el resto de sus días.

Mario era un campesino invisible, como tantos otros. Un minero que no tuvo vida importante para nadie, incluso para su propio padre, hasta que esa misma vida lo acercó a la muerte. Y cuando se salvó, recién empezó a existir para Chile y el resto del mundo. Escaparse de la muerte lo hizo visible, le dio la existencia de personaje que nunca tuvo antes. Y desde ese momento en que sobrevivió la tragedia minera, ha empezado la lucha más grande de su vida, para continuar sobreviviendo.

Recuerdo que, la noche del rescate, Scarlette me expresó que su padre era muy diferente al hombre que salía de la cápsula. “Algo extraño le está pasando a mi papá”, me dijo después de verlo salir alterado de la cápsula. Esa noche Mario fue trasladado al hospital con su familia y permaneció internado después de que el resto de los mineros volvieron a sus casas. Fue el único que estuvo bajo intenso cuidado médico luego del rescate. Cuando le dieron de alta en el hospital se fue, con su familia, a un lugar alejado de la prensa y de todo el mundo que quería entrevistarlo para conocerlo más.

En un abrir y cerrar de ojos, Mario pasó desde el completo anonimato, de ser un don nadie, otro de los muchos invisibles, a llegar a ser alguien, a tener una inmensa popularidad y convertirse en la cara y la voz de la historia de los treinta y tres. Chile lo convirtió, de la noche a la mañana, en el Súper Mario.

Durante el desarrollo de este enorme fenómeno del accidente minero más grande de los últimos tiempos en Chile y el posterior exitoso rescate del siglo, sobresalió siempre un personaje central. Un hombre que algunos tildaron de “mediático” y otros admiraron por su bondad, tanto como por su magnética personalidad. La gente lo paraba en la calle para abrazarlo y sacarse fotos con él. En el extranjero hablaban de Mario y lo invitaban a contar su historia en casi todos los continentes. Muchas veces, él era la historia de los treinta y tres. Pero, paralelo al aparente triunfo mediático, al supuesto éxito económico, la súbita fama y los idealizados viajes por el mundo, Mario seguía en una batalla que ya no le daba más treguas.

Cuando la familia me visitó por primera vez, dos meses después de salir de la mina, Mario no podía mantenerse por más de unos minutos en ningún espacio de la casa. No podía sentarse y tampoco podía estar de pie por mucho tiempo. Solamente caminaba o comía para poder calmarse. Y cuando recordaba el accidente, lloraba sin poder controlarse. Mario estaba enfermo. Algo le había pasado en la mina, y la urgencia de un diagnóstico era imprescindible.

En los meses posteriores al accidente, el momento de la fama no le permitió preocuparse de su salud. Mario siguió sin parar, semana a semana, viajando, tomado remedios que lo alteraban más y sintiéndose tan atrapado como cuando estaba enterrado en la mina. Y a veces peor. Pero ahora no estaba escondido y alejado del mundo, sino que se encontraba en el gigantesco y crítico escenario del público demandante. En pocos meses se había convertido en un protagonista incansable. El mundo le pedía energía y él le respondía dando su euforia, que lo mantenía en una constante levitación.

En el gran teatro público, Mario era un personaje carente de guion establecido, capaz de decir lo que se le viniera a la cabeza sin pedir disculpas. “Las cosas como son”, decía a menudo en las entrevistas. Los garabatos a flor de piel y un gran entusiasmo por las controversias lo hicieron visitar casi todos los programas populares, en la mayoría de los medios de comunicación nacionales y algunos extranjeros. Pasaron los meses y Mario, sin poder detener su euforia, viajó enfermo por Chile y el mundo.

En medio del caos y la enfermedad de Mario, Katty, su esposa, descubrió que estaba embarazada. Mario sintió que la vida le traía un nuevo milagro, después del rescate, y la suerte golpeaba a su puerta para traerle otra sorpresa y ayudarlo a mejorarse y seguir sobreviviendo. Ese milagro también le cambió la vida, pero de una forma muy diferente al desastre minero.

La vida de Mario es, por accidente, literalmente, una vida pública ahora. Pasó del anonimato a convertirse en el Súper Mario de la noche a la mañana. Pero en la realidad es un hombre que, junto a su familia, persigue la existencia, la sobrevivencia, escapándose de los vaticinios constantes de la muerte. Todos ellos son un ejemplo de seres humanos que siguen dándole gracias a la vida, aunque esta les ha quitado tanto.

Huérfano en el sur de Chile

Mario Sepúlveda nació el 4 de octubre de 1970, en Parral. La fecha y el lugar son los únicos detalles de los que Mario está “casi” seguro, hasta ahora. Le han contado que su madre falleció al momento de nacer, pero no tiene claro cómo murió. No sabe si murió después del parto o en el momento en que le hacían una cesárea. Solo sabe con certeza que, el mismo día, él nació y su madre murió. Le han contado muchas historias que solamente se han agregado a la confusión que tiene sobre sus primeras horas de vida. Para Mario, la única verdad de su historia es que no tuvo ni madre ni padre en los primeros años de su existencia. Al morir la madre y dejar tres hijas y a él recién nacido, Mario, el padre, decidió repartirlos entre los que estuvieran dispuestos a hacerse cargo de ellos. El viudo empezó, emocionalmente, una nueva vida lejos de la familia, pero de muchas maneras dentro de esta. Y lo hizo casándose con la hermana de su fallecida esposa y abandonando a sus hijos con quienes quisieran recogerlos.

Crecí sabiendo que mi madre había muerto, pero sin saber quién era mi padre. Me acuerdo que a veces, cuando andaba jugando en la calle, con los cabros del barrio, pasaba por el frente de la casa de mis abuelos un hombre moreno y delgado, y los cabros me agarraban pa’l chuleteo. Me decían: “Oye, Mario, ese es tu papá, salúdalo”. Muchas veces quise correr y peguntarle si él era mi padre, pero me daba vergüenza que me rechazara frente a mis amigos y los cabros hueones se rieran de mí todavía más. Pero otras veces pasaba cualquier gallo por la calle, e igual me agarraban pa’l leseo y me decían: “Oye, Mario, ahí va tu papá, y ahora sí que es verdad. Anda a saludarlo”.

Cuando mi mamá murió, nos repartieron a mis tres hermanas y a mí, como animalitos, entre los familiares que nos aceptaban. Esa fue la razón por la que nos criamos desconectados y prácticamente como desconocidos entre los hermanos. Nos dejamos de ver por años, pero yo tuve la suerte que los padres de mi madre me recogieron a mí con una de mis hermanas chicas. Mi pobre hermana mayor nadie quería aceptarla en sus casas porque era fea. Muy crueles las familias cuando recogen a los hijos de otros.

Las memorias de Mario lo llevan siempre a una niñez sin padres, pero junto a sus abuelos maternos. Los mejores recuerdos son de la vida en Parral con su abuela Bristela, quien fue realmente su única madre hasta que murió, cuando Mario tenía trece años. Antes de que ella falleciese, la vida en el campo era humilde pero feliz. La abuela tenía la simpleza de los que nacen y crecen con lo mínimo para sobrevivir, pero satisfechos y orgullosos de tener lo que han adquirido con el esfuerzo resignado del trabajo en el campo. La familia vivía en un pueblo llamado Santa Cecilia, en la comuna de Retiro. Aquel fue el lugar donde Mario asistió a la escuela primaria. Cursó desde el primer hasta el quinto año de la enseñanza básica. Una vida idílica para un niño que todavía no entendía los efectos de la extrema pobreza. Caminaba a la escuela y jugaba el resto del día con los amigos del barrio. Jugaban con una pelota de trapo, pretendiendo ser jugadores populares y famosos, de algún equipo de fútbol favorito, o trepando árboles para comer la fruta de los vecinos cuando tenían hambre.

Después del quinto año se cambió de escuela. En ese nuevo plantel se encontró con niños que se burlaban de él y sus amiguitos pobres, que caminaban a la escuela con ojotas hechas de neumáticos viejos y pedazos de cuero duro, muchas veces mal curtido. Su ropa era siempre la misma. Pantalones y camisas hechas con pedazos de géneros que la abuela Bristela rescataba de prendas viejas, desechadas por algún adulto de la familia.

Cuando Mario tenía doce años, su abuelita, que lo había criado, cuidado y educado con los valores que él aún mantiene, enfermó gravemente. Como resultado de la dolencia quedó paralizada y limitada a una silla de ruedas para el resto de su vida. La familia materna, los hermanos de su madre, no tenían una situación económica estable que les permitiera hacerse cargo del joven Mario y de su hermana menor. La vida en la casa de los abuelos cambió durante esos meses para los nietos “recogidos” y para el resto de la familia. Al enfermarse la matriarca del hogar, el espíritu que unía al clan comenzó a desarmarse y a desplomarse al mismo tiempo. Ya no se juntaban todos en la casa de la abuela los domingos y, poco a poco, la familia se distanció. La enfermedad de la abuela fue el comienzo de un largo peregrinaje para el adolescente campesino. Al principio, Mario fue el enfermero de la abuela, el único que la cuidaba y la alimentaba, pero no pudo lograr extenderle la vida a la mujer que iba consumiéndose a diario frente a sus propios ojos. Mientras más se debilitaba la abuela y más se desarmaba la familia, la vida de Mario se volvía más incierta.

Mario se daba cuenta de que era un niño difícil de criar. Le decían que era hiperactivo, que le gustaba mucho discutir, que siempre andaba defendiendo a todos los que no podían (o no querían) defenderse solos. Esto lo hacía un niño combativo y complejo de controlar en la escuela, en el barrio y en la casa. Un niño que podía ser no solo un desafío para los que quisieran hacerse cargo de él, sino que también podía ser un grave problema para una familia que ya tenía suficientes necesidades económicas e incertidumbres que enfrentar. La familia entera reconoció que nadie en el núcleo cercano podía proteger, cuidar y querer a Mario como lo había hecho su abuela, su segunda madre. Y eso Mario lo sabía. Como también sabía que, con la parálisis de su abuela Bristela, él empezaba a perder no solo a la única persona que lo entendía en sus locuras, sino también a la persona que, hasta ese momento, más había amado. Pero, con el deterioro de la abuela, también se iba alejando de Mario la protección y el amparo del único hogar que había conocido y la casa donde había pasado casi la mayoría de su corta vida.

La enfermedad de mi abuelita Bristela no fue larga, pero pa mí fue eterna. Todavía me duelen los momentos que pasé con ella antes de su muerte. Y nunca he podido olvidar la crueldad que vi de sus propios hijos, con ella. En esos años era más que común en la vida de los campesinos emborracharse como algo rutinario todos los fines de semana. Era como vestirse de huaso o comerse un buen asado. Puta, siempre me acuerdo, con tanta pena, que un día domingo, mientras estaba mi abuelita en su sillita de ruedas vieja, afuera, en el patio de la casa, en el campo, llegaron mis tíos borrachos, tencas, a caballo. Entre groserías y risotadas, uno de ellos, hueón, como si estuviera en la mitad de la medialuna de un rodeo, le pegó por detrás, muy fuerte, con el trasero del caballo a la silla de ruedas de mi abuelita. La pobre salió rodando por la tierra. Nadie me ayudó a levantarla. Pa todos fue motivo de risas y no un acto de crueldad. Llevé a mi abuela de vuelta a su dormitorio y ese día, como tantas veces lo había hecho antes, me dijo “el alcohol se convierte en un vicio y cambia a la gente. Nunca te olvides de eso y no bebas, hijo mío”. Y aunque mi abuela murió hace muchos años, yo nunca en mi vida me he emborrachado. No bebo y no me gusta el alcohol, y no solo por los consejos de mi abuelita, sino porque vi con mis propios ojos el daño que le puede hacer el trago a los hombres, a las mujeres, a los niños y a las familias enteras.

Yo creo que mi abuelita fue la gran influencia en mi vida desde mi niñez hasta ahora todavía. Tengo presente diariamente sus enseñanzas, sus palabras tanto como su generosidad y amor por todos los que estaban cerca de ella. Era la típica abuela-madre del sur y del campo de Chile. La que criaba a los hijos de los hijos y cualquiera que no tuviera padres. “Donde come uno comen todos”, decía la abuela, cuando no tenía ni pa uno, la pobre, a veces. Ella era la fuerza de la familia y el ser que nos mantenía a todos unidos. Ella fue prácticamente la familia hasta enfermarse.

Mario no recuerda con muchos detalles quiénes lo decidieron —porque nadie le preguntó su opinión—, pero un día le dijeron que tenía que juntar sus pocas pertenencias, salir de la casa donde lo había criado su abuela e irse a vivir al internado del pueblo más cercano. Viviendo allí se dio cuenta de la diferencia que existía entre los muchachos que tenían padres y familiares que los visitaban y los otros, los que parecían estar de más y sobrar. Esos que prácticamente habían sido tirados en el internado porque no tenían nadie que los quisiera recoger.

En el internado lo pasé como la cresta al principio, porque me agarraban pa’l chuleteo a diario. Tenía un puro pantalón y un par de camisas y me los sacaba solo para lavarlos cuando podía. El único par de zapatos que tenía era tan viejo y gastado que las suelas estaban llenas de hoyos. Y más encima me quedaban grandes, como botes en los pies, porque habían sido de uno de mis tíos. Yo como podía les ponía papel de diario para que no me tocara el suelo el pie y se me rompieran los calcetines también. Pero cuando había agua en el patio o la cancha, el diario se me mojaba y hasta ahí llegaba la protección de mierda, cuando jugaba a la pelota. Volaban pedazos de diario mojado por todos lados y los compañeros hueones se burlaban de mí. Yo hubiera preferido andar con mis ojotas en vez de ese par de zapatos que no me servían más que pa que mis compañeros me agarraran pa’l hueveo.

Como nadie se presentaba a las reuniones de apoderados, yo mismo escribía una comunicación inventando una excusa por la ausencia y firmaba con el nombre de cualquier tío. Era el único cabro guacho que nadie visitaba o iban a buscar al internado los fines de semana. Las pasé como la cresta. Pero gracias a Dios tenía esa personalidad que me hacía salir de las burlas y me hacía popular entre los mismos cabros que se reían de mí. Era fuerte y me sabía defender solo contra el que se me presentara, pero también podía hacer reír a todos con las hueás que se me ocurrían. Había aprendido desde cabro chico que, para sobrevivir, tenía que encontrarle lo cómico a la vida. Reírme hasta de mí mismo. Reírme en vez de llorar y también, como un payaso, hacer reír a los que estaban a mi alrededor.

De esos años recuerdo cosas dolorosas que me marcaron. Me acuerdo que un día jueves me tomé la micro y me fui del internado al pueblo a ver a mi abuelita, así no más medio arrancadito. Caminé a la casa y, cuando abrí la puerta, vi a mi abuelita en un estado deprimente. Ya no podía hablar muy bien y como pudo me estiró su manito flaquita y me mostró la llave del agua de la cocina diciéndome que tenía sed. Fui y le traje un vasito de agua y se lo tomó con desesperación. Me senté en el suelo, al lado de ella, y poquito a poco me empezó a decir, con las pocas palabras que podía sacar, que tenía hambre, que nadie le había dado nada de comer por días. Sentí como una puñalada en el corazón y le prometí que iba a ir a buscar comida donde pudiera y como pudiera. No tenía ni una chaucha en el bolsillo, así que fui a sacar unas manzanas de un árbol que encontré y volví a la casa a molerle pedacitos de manzana y, como pude, se los di en la boca para calmarle el hambre.

El día que murió mi abuela Bristela yo creí que se me terminaba el mundo y que una parte de mí se iba con ella. Ella falleció el día de Navidad, el 25 de diciembre de 1986, y desde ese año yo nunca he vuelto a celebrar la Pascua.

Murió la abuela, dejando a Mario solo y sin nadie que pudiera tomar la responsabilidad de mantenerlo y seguir guiándolo. A los trece años se encontró nuevamente solo, un “guacho”, sin nadie en la familia de su madre que quisiera recogerlo. Pero su destino estaba decidido de antemano por los mayores. Ese mismo día, con un bolso con cuatro trapos y los zapatos rotos, lo llevaron a vivir con los abuelos paternos. La familia de su madre no quería hacerse cargo de un “cabro con problemas” y, como la otra no lo conocía, aceptaron recogerlo sin hacer muchas preguntas. Mario no sabía que la generosa oferta venía con un alto precio: necesitaban un mozo que trabajara gratis en la casa de los abuelos y por eso se lo llevaron.

Desde el día en que llegó a vivir con la nueva familia, Mario se convirtió en el mozo y el sirviente de todos. Desde la madrugada a la noche tenía que limpiar la casa y encargarse del cuidado del jardín y de todo lo que se necesitara en el hogar de los abuelos y tíos. Su abuela paterna lo obligó a dejar los estudios porque no alcanzaba a trabajar en la casa como ella demandaba y era mejor no “perder el tiempo yendo a la escuela y haciendo tareas”. No entendía por qué, si ya había aprendido a leer y a escribir, tenía que seguir estudiando. Mario se dio cuenta de que, en esos años, empezaba a moverse entre dos fuerzas poderosas de la familia, que lo definirían para el resto de su existencia: la abuela materna, quien lo quiso como a un hijo y lo animó a estudiar y a ser mejor en la vida, y la abuela paterna, quien lo humillaba diariamente, lo explotaba y le insistía que era incapaz de estudiar y salir adelante. Esta fue la primera persona en la familia que lo calificó de “loco”. Un ser enfermo, sin ninguna posibilidad de futuro.

Había un mundo de diferencia entre mis dos abuelas. Para la abuela Bristela yo era un hijo más; para mi otra abuela yo era un guacho recogido. Una me cuidaba, me protegía y me quería; la otra parecía que me odiaba y me trataba como si fuera un miserable, incapaz de nada. En esa casa me sacaba la cresta el que quería y yo, muchas veces, me las aguantaba, porque sabía que no tenía adónde cresta irme que fuera mejor que ese calvario. Pa rematarla, ahí estaba mi padre, que era casi un desconocido pa nosotros y nos había abandonado, y ahora ya tenía un montón de cabros más con su nueva esposa, que era también mi tía. Para él yo no era un hijo más, era un desconocido, un puro problema que le molestaba no más. Toda la familia hacía una diferencia clara entre esos hijos de mi padre y nosotros, los recogidos, los prácticamente guachos que en cualquier momento nos podían tirar de nuevo a la calle, de una pura patada en la raja.

El primer patrón

A la vida de explotación que vivió en la casa de los abuelos paternos se unió el abuso físico. A menudo acusaban a Mario de todos los conflictos y robos que ocurrían en la casa. Sus tíos le pegaban a diario y lo golpeaban brutalmente cada vez que había algún problema en la familia, con los otros hijos, con la abuela o, simplemente, porque no se habían hecho las cosas en la casa tal como se exigía.

Un día cualquiera de verano, después del abuso acostumbrado, le dijeron a Mario que arreglara el bolso con sus cuatro miserables pertenencias porque se tenía que ir. Lo vendrían a buscar a la mañana siguiente. La familia había decidido otro cambio para el futuro del adolescente, sin ninguna explicación. Lo despertaron de madrugada, cuando llegó a la casa de los abuelos un hombre desconocido para el joven Mario. Este manejaba una camioneta blanca con un toldo de lona atrás. La abuela solamente le dijo que se tenía que ir con él al campo por un tiempo, hasta que fueran a buscarlo. Mario sintió como si hubieran hecho una transacción en la cual se pasa un animal por otro, se espera si el comprador está de acuerdo y, si no, se paga la diferencia. El hombre lo miró detenidamente, desde la cabeza a los pies, y después hizo que se diera vuelta para mirarlo de espaldas. “Vale lo que me piden”, habrá pensado el hombre, porque dijo: “Me lo llevo”. Y con esas palabras se hizo el intercambio de productos y se cerraron las negociaciones. El nuevo dueño le dijo que se subiera con el bolso en la parte de atrás de la camioneta, mientras conversaba con los otros miembros de la familia sobre los detalles del cambalache. Y así fue como Mario dejó el segundo techo, la casa de los abuelos paternos. La misma casa donde ahora vivía su padre con su nueva esposa-cuñada y los medios hermanos de Mario.

El hombre no le dijo ni una sola palabra más a Mario y nadie de la familia salió a despedirlos. Patrón y obrero tomaron el camino y salieron antes de que alumbrara el sol de verano en Parral. Anduvieron largas horas por caminos de tierra sin ver más que alguna carreta guiada por caballos, y hombres y familias, yendo y viniendo de las faenas diarias del campo. En un momento, pasaron frente a los ojos de Mario unos animales buscando mejores pastorales en algún potrero escondido. Eso era lo que necesitaba ver antes de que se escondiera el sol detrás de los cerros. Se le quitó un poco el miedo viendo el peregrinar de los animales en busca de comida y quiso pensar que, quizás, su futuro sería mucho mejor que el pasado.

Con la poca esperanza que llevaba consigo, lloró todo el camino. No sabía si era de pena o de rabia. Nadie le había dicho que un desconocido lo transportaría por horas, como carga animal, y tampoco le habían informado a qué pueblo se lo llevarían.

Finalmente llegaron, tarde en la noche, al fundo del nuevo patrón, el dueño del esclavo recién adquirido. El hombre solamente le indicó dónde estaba el galpón y le dijo que lo despertaría en la mañana para empezar a trabajar. No le dio ni una manta para taparse ni un pedazo de pan para comer, recuerda Mario.

Hay patrones buenos y hay patrones malos. Desde la primera noche que llegué al fundo, ese viejo infame, desgraciado, me enseñó que él no era de los buenos. Cuando abrí la puerta que me había mostrado el patrón, entré en el galpón y casi me cagué de miedo. No se veía nada y yo no tenía ni un fósforo de mierda para iluminar por donde cresta caminaba. Los perros se volvieron locos y yo pensé que ahí no más me comerían vivo. Creo que les di lástima, porque después se calmaron y me empezaron a olfatear y se dejaron de ladrar. Yo les hice cariño para que se quedaran cerca de mí, y cuando me acostumbré un poco más a la oscuridad me tiré encima de un poco de resto de fardos y me largué a llorar. Lloré a moco tendido, en silencio, para que nadie me escuchara. No pude parar en todo el resto de la noche. Tenía miedo, tenía frío, sed y hambre. Meé en un rincón que encontré cerca de la entrada del galpón, solo una vez desde que entré en esa horrible oscuridad. Creo que de tanto llorar se me secaron hasta los riñones, conchesumadre.

Yo siempre había sido un hueón miedoso, hasta el extremo, desde cabro chico. Ese galpón oscuro, con guarenes corriendo de un lado a otro, perros asustándolos y centenares de otras ratas más chicas corriendo cerca mío, me daban horror. Chucha, no se veía nada, nada. Solo se sentían animales correr cerca de mí, comer y escarbar en cajas y sacos. Y lo peor es que yo me asustaba más imaginándome puras hueás en esa oscuridad espantosa. Por la cresta, al principio no me veía ni las manos. Pensaba que si me dormía aparecerían los murciélagos, las arañas pollito, que sé yo, hasta culebras de mierda para morderme y envenenarme. Y también se me ocurrían hueás sobrenaturales. Creo que empecé a pensar que se me podían aparecer ánimas, espíritus, todas esas hueás que le dan miedo a los cabros asustadizos del campo, en lugares oscuros. Aunque vivíamos en la pobreza más grande con mi familia, y mis tíos me habían pegado mucho, yo jamás había dormido y comido con los animales. Toda esa hueá me parecía un castigo. Una tortura, conchesumadre.

No solo me moría de miedo en las noches en ese galpón asqueroso, sino que los días eran como la mierda también. Empezaban cuando el patrón me tiraba piedras desde su casa, al techo del galpón, para avisarme que tenía que levantarme a trabajar. Empezaba mi esclavitud antes de que saliera el sol y no paraba ni un segundo en todo el día, hasta que todos se iban a almorzar. A esa hora preparaba algo con los huesos y verduras podridas que me daban para hacerles la comida a los perros. Yo, feliz, porque metía todo en esas ollas grandes viejas y después me comía lo mejor antes de repartirles la comida a mis amigos, los perros. Cuando calentaba el agua en las ollas me abrigaba un poco con ese calorcito y eso me daba un poco de energía para el resto de la tarde. Aprendí a sobrevivir con mis compañeros animales y las sirvientas que trabajaban en la casa del patrón. Ellas escondían algún engañito y me lo llevaban al galpón en las noches y eso me ayudaba a alimentarme un poquito mejor y a los guarenes también, con lo que me quedaba por ahí en el galpón.

Mario dice haber aprendido siempre de las experiencias que le da la vida. Y el tiempo en ese fundo le enseñó a amar a los animales, a vivir con ellos, a entenderlos, protegerlos y cuidarlos. Aprendió, también, cómo su patrón podía tratar mejor a los animales que a sus obreros. Durante su estancia en ese fundo del sur, captó que las órdenes se dan una sola vez y a gritos, y que, si no se siguen las órdenes al pie de la letra, el resultado son los golpes. Las palizas que le daba el patrón eran abusivas y brutales. Cuando se enojaba con el muchacho, nadie podía parar la furia del amo. El hombre solo se detenía cuando sentía que los gritos de Mario podían ser escuchados por otros trabajadores o vecinos del fundo del lado. El joven esclavo no tenía ninguna alternativa a la explotación y al abuso físico y verbal que recibía de su patrón. No tenía casa donde volver, ni familia a quien acudir. Estaba solo; desamparado y maltratado por alguien a quien su familia lo había entregado, como se proporciona un animal para arar la tierra o una herramienta de trabajo para que se use como el nuevo dueño estime conveniente.

Nadie tiene derecho a tratarte peor que a un animal. Este hombre lo recuerdo como una de las personas más crueles que he encontrado en mi vida. Me hacía trabajar desde la madrugada hasta la madrugada. Me sacaba del galpón antes de salir el sol y me hacía trabajar hasta las dos o tres de la mañana. Yo rara vez dormía más de tres horas por noche. Y eso sin contar las que me pasaba llorando desesperado. El hombre me hacía rodear las vacas para llevarlas al establo a ordeñarlas. Y si faltaba algún trabajador, ahí no más me mandaba a arar la tierra, o a ensillar caballos. Era el hueón que hacía de todo y por nada. Si había que baldear el establo, ahí volando mandaban a Mario a sacar la mierda de las vacas. Si había que matar una gallina, ahí partía el esclavo a hacerlo todo. Y miércales si decía pío, porque ahí me sacaban la mierda no más. Nunca supe lo que era jugar con cabros de mi edad, ni tener una tarde libre para escuchar un partido de fútbol en la radio, o, puchas, encumbrar un volantín pa’l 18 de septiembre. Nada. Esa vida era peor que una cárcel, donde, por lo menos, te dejan descansar unos minutos al día, leer una revista o recibir alguna visita.

Siempre me acuerdo que una vez le dije al patrón que no aguantaba más el dolor de una muela. Me dijo: “Sácatela, poh, hueón”. Y fue tal mi desesperación que busqué un cordel fuerte y me lo até, como pude, a la muela. Después amarré la cuestión a un poste de madera del galpón y tiré con toda la fuerza que pude. ¡Puta el dolor infame! Creí que me iba a romper el pescuezo, pero salió la muela de mierda volando, como al tercer intento. Para detener la sangre me puse unas hierbas que tenía pa tomar té, en mi jarrito de lata que me había hecho de taza. Después me enjuagué con esa misma agua de hierbas y me apreté con los dedos el hoyo que me quedó de la muela. El dolor era terrible después también y me sentí como si me fuera a desmayar. Se me hinchó la cara y el cuello como si tuviera paperas. Cuando me vieron las mujeres que trabajaban en la casa, se asustaron más que la mierda y me dieron unas penicilinas que tenían de alguna enfermedad que les había dado a ellas, y me las tomé. Creo que eso me salvó. El viejo ni me dio pelota por tener la cara enorme de hinchada y me sacó a trabajar en el campo sin importarle una chucha lo que me pasaba.

Después de un año, Mario no había recibido sueldo ni un solo día de descanso. Las palizas no disminuían, sino todo lo contrario. Pero, después de pasar hambre un fin de semana entero y recibir una paliza casi fatal, Mario decidió detener el abuso. Él sabía que el patrón y sus hermanos se acostaban con las mujeres que trabajaban en la casa cuando su esposa se iba a la ciudad. Lo hacían en grupo o individualmente, dependiendo de la cantidad de alcohol que habían consumido. Si estaban más borrachos, se ponían más agresivos y acudían varios de ellos a los cuartos de las empleadas a gozar en patota. Pero, si era la hora de la siesta, pasaban delicadamente de a uno al cuarto ubicado atrás de la cocina para seleccionar la que más les gustaba. Las mujeres dormían amontonadas en ese cuarto oscuro. De tanta visita patronal seductora, una de ellas quedó embarazada. El patrón culpó a Mario. Después de esa acusación de “pescarse a las sirvientas, en las noches, mientras todos en la casa dormían”, Mario sufrió la “pateadura” más brutal del año y esta vez en presencia de la esposa del patrón. “Para que aprendas a ser más hombre y a respetar a las mujeres”, le dijo el patrón después de terminar de pegarle. La esposa agregó: “Qué se ha creído este huaso bruto, cuando nosotros le hemos dado amparo y comida por tanto tiempo. Lo hemos tratado como de la familia, y nos falta el respeto de esta manera, acostándose en nuestra propiedad con estas mujeres”. Mario nunca ha olvidado esa escena.

Yo no cacho si alguien me vendió como pertenencia a ese dueño de fundo. El viejo no me pagaba sueldo, no me daba días libres ni me dejaba salir del fundo. Pasaba hambre y frío, y mis únicos compañeros eran los otros animales que estaban debajo de ese techo y las empleadas que trabajaban en la casa de los patrones. Quizás yo hubiera aguantado por años esa vida, porque no tenía a nadie, ni tampoco a dónde ir. Hubiera aguantado si no me acusa de ser padre de la guagua de una de las empleadas y haberme dado la media ni qué paliza, enfrente de todos. Esa fue la última gota que rebalsó el cántaro que ya estaba casi llenito. Llenito de penurias, dolor, soledad, abuso y maltrato. La noche de la última paliza, esperé hasta que todos dormían para escapar. Pero estaba tan machucao que no podía ni caminar, y yo sabía que el camino iba a ser largo y difícil. Escapar de esta miserable vida no iba a ser fácil.

En la madrugada me levanté más adolorido que la chucha, pero igual estaba decidido, y antes de sentir las piedras del patrón en el techo del galpón me fui calladito casi corriendo por ese camino de tierra oscuro y sin un alma caminando por ningún lado. Puta, tenía más miedo que adentro del galpón que ya me había acostumbrado a aguantar. No me arrepentí y seguí pa adelante no más. No me llevé nada más que la ropa que tenía puesta y mi tazón hecho de un tarro y una ollita del mismo material. Me fui como llegué, con una mano adelante y la otra atrás, y cagado de miedo. Me acuerdo como si fuera ahora; iba caminando por la tierra, húmeda, con ese frío sureño que te cala los huesos y mirando el camino a mis espaldas, asustado, pensando que, si el viejo conchesumadre me venía a buscar, me llevaría a patadas de vuelta al fundo, y ahí seguro que me mataba el desgraciado.

Me daba tanta rabia la injusticia de ver que este viejo y la patota de hermanos degenerados que tenía se pescaban a las niñas que ayudaban en la casa, y las trataban como si fueran pa todo servicio cuando se iba la patrona. Y a veces, a la hora de la siesta, cuando la vieja estaba ahí mismo, igual se metían con las cabras. Y yo lo sabía porque ellas me contaban lo que los viejos les hacían y ellas se tenían que dejar no más, porque si no, las tiraban a la calle y nadie les iba a dar trabajo, comida y lugar donde vivir. Yo, en esos años, no sabía ni lo que era masturbarme y me iba a meter a tener relaciones sexuales con esas señoras. ¡Nica! Yo era como un hijo pa ellas.

Salió del fundo en la madrugada y no paró de caminar hasta que empezó a oscurecer. La combinación del miedo con la emoción de saber que era por fin libre del abuso del patrón le dio un tipo de energía que Mario recuerda como parecido al efecto de una droga. Caminar y caminar, pensando, llorando a veces, y mirando todo a su alrededor. Sentía como si hubiera estado en una cárcel, encerrado, sin ver el mundo de afuera y a nadie más que sus amigos animales, las mujeres que trabajaban en la casa, los otros campesinos que estaban en el fundo y al patrón: el déspota, el abusador.

Llegó a un pueblo llamado El Carmen Oriente y paró a buscar un lugar para dormir. Solo tiene en su memoria que, en medio de todo lo que sintió esa noche, echó de menos a los perros, sus compañeros de cada noche y cada hora de comida. Los amigos que no le contestaban cuando les hablaba, pero que estaba seguro de que lo entendían, porque veían cómo lo trataba el patrón y, muchas veces, hasta le ladraban al amo cuando le pegaba a Mario delante de ellos.

Se durmió arriba de un árbol, fuera del pueblo al que llegó la primera noche. Sentía que allá arriba, lejos de la vista de todos, iba a estar más protegido y más oculto por si llegaba el patrón en su camioneta blanca a buscarlo. Despertó cuando llegaron los primeros pájaros a disputarle espacio entre las ramas. Mario bajó y buscó algo para comer. Volvió al pueblo El Carmen Oriente y, por primera vez, empezó a pedir. No a pedir limosna, sino trabajo, cualquier trabajo a cambio de comida. Y le fue bien. Por ahí alguien le dijo que le sacara leche a una vaca y le dieron una tortilla de rescoldo enorme, según lo que recuerda Mario, con un pedazo de arrollado que se le salía por las orillas del enorme pan. Pasó el primer día mucho mejor de lo que él había pensado que sería la vida de un guacho sin techo, regalado o vendido por su familia. Un buen día para un esclavo abusado por su primer patrón, sin un centavo en los bolsillos y nada que ponerse encima para mitigar el implacable frío del sur de Chile.

La vida en la calle

La experiencia del maltrato, la explotación y el abuso marcó al joven Mario. Pero las huellas no quedaron impresas por el odio, sino que le hicieron desarrollar un profundo sentido humano y social. Al ver desde tan cerca —y en carne propia— el maltrato y la crueldad, decidió nunca llegar a ese extremo con nadie y dedicar el resto de su vida no solo a protegerse, sino que también a resguardar a quienes estuvieran a su alrededor. Los abusos fueron su escuela y la calle sus libros. Vio lo peor, pero dejó como educación lo que él mismo convirtió en lo mejor. Todo lo que hacía lo hacía por instinto, o quizás por lo que recordaba que le había enseñado esa abuela que apostó por él, cuando nadie le daba ninguna posibilidad de sobrevivencia y éxito en la vida.

Mario vivió en la calle, durmió debajo de puentes, arriba de árboles o en establos y caballerizas que le abrieron los dueños para darle trabajos temporales y un lugar donde dormir. Cortó pasto en jardines de lindas casas patronales del sur, domó caballos y cosechó fruta en los enormes fundos de patrones nobles y dignos que apreciaron y valorizaron su dedicación al trabajo. Mario aprendió a respetar porque también lo hicieron con él. Trató de no mirar atrás y hasta optó por nunca más volver a nombrar al viejo patrón. Hasta se convenció a sí mismo de olvidar el nombre y apellido de ese hombre.

Los meses de verano fueron siempre mejores para la vida de un vagabundo que iba de pueblo en pueblo, por Punta Arenas, Puerto Natales, Puerto Montt, Concepción, Valdivia y todos los de entre medio, buscando trabajo temporal y viviendo en las soledades del campo. Durante el verano era más fácil bañarse en el río o en los canales. Era más práctico cocinarse algo con leña seca de eucalipto que encontraba entre los árboles muertos que soportar la lluvia con hambre. Entre enero y abril, había más oportunidades, también, de conocer gente que anduviera trabajando en las faenas temporales de pueblos cercanos y hacerse de amigos para pasar el tiempo libre acompañado. Mario recorrió el sur y se siguió enamorando de la tierra, la gente y sus costumbres. Aprendió conociendo y conoció recorriendo, trabajando y luchando.

Vivir de lo que te da la gente y dormir donde te pilla la noche es duro. Pero esas eran las únicas dos alternativas que tenía en ese tiempo: que me maltrate un hombre desgraciado hijo de puta, o que me maltratara la miseria de vivir sin casa y pidiendo comida. Para mí, por la cresta, no había comparación. Aparte de eso, me di cuenta de que ese viejo de mierda no era como otros patrones. Viviendo de lo que me daba la gente, a cambio de mi humilde trabajo, me di cuenta de que en este país hay gente buena, requetecontrabuena. Gente buenísima, a veces sin un peso en los bolsillos, pero comparte un techo pobre, un plato de comida hecho con amor y una palabra de aliento y de apoyo. Lo mismo la gente con plata, con mucha plata, que alguna vez encontré en mi camino de vagabundo pobre y hambriento. Esos fueron patrones súper distintos que me pagaron siempre lo justo y me ayudaron harto en todo lo que yo necesitaba. Hay que estar viviendo en la calle y muerto de hambre para conocer bien y de cerca el alma de Chile y de los chilenos. Aquí hay harta gente generosa en este país, y el que no lo crea, que salga a vivir en la calle. Siempre me encontré con personas que, aunque no tenían mucho, me daban una manta para abrigarme y un calor donde arrimarme cuando vivía solo y sin casa. No la pasé bien. Nadie la pasa bien cagándose de hambre y de frío en la calle. Pero, en medio de toda esa miseria y desesperación, yo sabía, desde lo más profundo de mí, que eso era solo una etapa de mi vida. Yo sabía, y nunca perdí la esperanza, que vendrían días y años mejores. Y no es que esté repitiendo el dicho tampoco de que “No hay mal que dure cien años ni hueón que lo aguante”. Yo estaba seguro, porque nunca, nunca, en mi vida he dejado morir las esperanzas. Hasta en esos años de vivir en la calle, sabía que yo algún día podría salir adelante. Hasta en los peores momentos de mi vida nunca, jamás he perdido las esperanzas. Y por eso he sobrevivido tantas tragedias.

La vida errante le enseñó mucho a Mario. Una de las múltiples lecciones fue que, para ganarse un salario digno, tenía que terminar la educación secundaria. Y para ello necesitaba un lugar estable para vivir y un trabajo permanente que le ayudara a ganar suficiente dinero para poder ahorrar. La mejor respuesta a sus inquietudes fue tratar de volver a la familia. Después de todo, ya tenía casi diecisiete años y, con los golpes recibidos, incluyendo los físicos, había madurado. Y si no había madurado, como los otros esperaban de él, por lo menos sabía con más claridad qué quería pedirle a la vida y pedirse a sí mismo.

Regresó a la casa de su abuelo, en Parral. No fue bien recibido desde el momento que golpeó la puerta de entrada. Nada había cambiado en esa casa y nadie lo había echado de menos. O por lo menos eso fue lo que sintió Mario. El padre continuaba siendo el mismo y su crueldad con los hijos seguía, si no igual, tal vez peor de lo que había sido antes. No había espacio para Mario y eso se lo hicieron saber desde el primer día que llegó a la casa: “Te vas y tu cama pasa a ser de otro”. Pero la verdad también es que “Si vuelves, ya no eres de donde eras, porque ya no eres el mismo que cuando te fuiste”.

Las diferencias que habían existido entre Mario y su padre se profundizaron. Y si antes habían sido dos extraños, ahora eran casi dos enemigos. No se entendían y no se toleraban. Ninguno de los dos hacía el esfuerzo para llevar una vida familiar sana y tranquila. Mario no estaba de acuerdo con la forma en que su padre estaba criando a sus medios hermanos, y el padre no soportaba que este extraño le dijera lo que tenía que hacer o no hacer en su propia casa. Su padre no tomaba en cuenta que esa casa también era la de sus padres y de los otros miembros de la familia.

Yo a veces sentía que mi padre estaba ensañado conmigo en esos años. Puta, por la cresta, tenía hasta el nombre de él: Mario Sepúlveda, y el hombre no me toleraba. Era muy cruel conmigo, aunque yo fui su único hijo hombre del primer matrimonio. Me hizo pasar años de sufrimiento. No solo me abandona al nacer, sino que vuelve a mi vida pa puro hacerme sufrir, otra vez. Nunca he podido entender a mi padre. Y es quizás por esa terrible relación que tuve con él que siempre busqué la amistad de señores mayores que me aconsejaran y me ayudaran con mis decisiones en la vida. Así fue como conocí a uno de los hombres que me cambió, de muchas maneras, con sus consejos.

Mario tenía claro que había que salir de esa casa otra vez y alejarse de la familia lo antes posible. Necesitaba un lugar donde vivir, estudiar y trabajar. La pregunta que se hacía en esos tiempos era: “¿Existe algún lugar en Chile para un pobre diablo como yo?”. La repuesta la encontró leyendo los diarios y hablando con los amigos del barrio, especialmente un viejito que le daba consejos, le prestaba libros y le decía que él podía hacer lo que quisiera si tenía la disciplina, el hambre de lograrlo, las ganas y, sobre todo, si estaba dispuesto a sacrificarse. “Nada es fácil en la vida, Mario. Nada te va a caer del cielo en las manos”, le decía el señor Martínez, repitiéndolo como una letanía.

Бесплатный фрагмент закончился.

895,71 ₽
Возрастное ограничение:
0+
Объем:
198 стр. 47 иллюстраций
ISBN:
9789563247336
Издатель:
Правообладатель:
Bookwire
Формат скачивания:

Похожие книги