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DAVID CERDÁ

ÉTICA PARA VALIENTES

El honor en nuestros días

EDICIONES RIALP

MADRID

© 2022 by DAVID CERDÁ

© 2022 by Ediciones Rialp, S. A.,

Manuel Uribe 13-15 - 28033 Madrid

(www.rialp.com)

Preimpresión y realización eBook: produccioneditorial.com

ISBN (versión impresa): 978-84-321-6055-4

ISBN (versión digital): 978-84-321-6056-1

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A los héroes de la pandemia

La virtud es la fuente de la que brota el honor

(Christopher Marlowe, La masacre de París)

ÍNDICE

PORTADA

PORTADA INTERIOR

CRÉDITOS

DEDICATORIA

CITA

I. QUÉ HONOR

CUÁNTOS HONORES

EL HONOR ÉTICO

HONOR Y DIGNIDAD

HONOR Y COSMÓPOLIS

ALGUNOS HOMBRES BUENOS

II. UNA MORAL SENTIDA Y DE LA ACCIÓN

LOS USOS DEL CORAZÓN

SENTIMIENTOS MORALES

VERGÜENZA

COMPASIÓN

REVERENCIA

PATROCLO, HÉCTOR, AQUILES Y PRÍAMO

LAS CREENCIAS ESENCIALES SOBRE UNO MISMO

DEL SENTIMIENTO AL CARÁCTER Y DE AHÍ A LOS COMPORTAMIENTOS

III. CORAJE

TEMER O NO TEMER

CÓMO SE HACE UNO VALIENTE

EL CORAJE FÍSICO, EL MORAL Y LA VIOLENCIA

EL BIEN Y LA VALENTÍA

IV. LA CIENCIA DEL BIEN

DE ANIMALES Y HOMBRES

ALTRUISMO Y EVOLUCIÓN

EL CEREBRO Y EL HONOR, LA MORAL Y EL CORAJE

EL CÁLIDO INNATISMO DEL HONOR

V. SOBERANÍA PERSONAL

LA LIBERTAD COMPLETA

QUÉ ES LA AUTONOMÍA

QUÉ ES LA RESPONSABILIDAD

LA LLAMADA DEL DEBER

SOBERANÍA PERSONAL Y ASERTIVIDAD MORAL

SOLO ANTE EL PELIGRO

VI. LA RACIONAL ESPERANZA INCONQUISTABLE

CONTRA EL RELATIVISMO

CIMIENTOS DE UNA ÉTICA UNIVERSAL

EL BIEN COMO ORDEN Y BELLEZA

UNA ÉTICA DE LA CONVICCIÓN

ESTADIOS DEL DESARROLLO MORAL

LA RACIONAL ESPERANZA INCONQUISTABLE

VII. ALBORADA Y EXTRAVÍO DEL INDIVIDUO

ORÍGENES

MODERNOS

ROMÁNTICOS

POSMODERNOS

EXPANSIVOS Y SOLOS

UN FORMIDABLE DESAFÍO

VIII. DEMOCRACIA Y HONOR

LA FATIGA DE LAS DEMOCRACIAS POSMODERNAS

DE LA ÉTICA A LA POLÍTICA

HONOR Y VERDAD

TRANSVERSALIDAD POLÍTICA DEL HONOR

EL ECLIPSE DEL HONOR EN LA CONSOLIDACIÓN DE LA DEMOCRACIA. TOCQUEVILLE EN AMÉRICA

EL HONOR COMO DIQUE DEMOCRÁTICO A LOS DESMANES POSMODERNOS

¿PODEMOS LOGRAR QUE CUNDA ESTA ÉTICA PARA VIGORIZAR NUESTRAS DEMOCRACIAS?

IX. PODEMOS SER HÉROES

LA BANALIDAD DEL HEROÍSMO

VIDAS HEROICAS

EJEMPLARIDAD

LA AMENAZA DE LOS MEDIOCRES

EL SUEÑO IMPOSIBLE

X. RECOMPONER LA CADENA DEL VALOR

LA TRAMA QUE NOS UNE

SENTIDO E IDENTIDAD

EL BIEN, NO LA FELICIDAD

MOLON LABE

DA CAPO

MARLOWE, QUIJANO

AGRADECIMIENTOS

BIBLIOGRAFÍA

AUTOR

I.

QUÉ HONOR

APENAS INICIADA LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL, Robert Campbell, capitán del ejército británico, está al mando del Primer Regimiento East Surrey en una posición cercana al Canal de Mons-Condé, al sur de Bélgica. Su unidad es atacada y derrotada por el ejército alemán; Campbell, veintinueve años, resulta gravemente herido, es capturado y trasladado a un hospital militar en Colonia. De allí pasa, tras restablecerse, al campo de prisioneros de guerra de Magdeburgo.

En octubre de 1916, cuando ya lleva dos años recluido, recibe una carta en la que se le informa de que Louise, su madre, padece un cáncer terminal. No cuesta adivinar la angustia, la frustración y la tristeza que embargan al joven capitán, alejado de quien le dio la vida y ahora inicia la breve cuenta atrás de sus días. Tras horas de reflexiones sombrías, Campbell decide que escribirá al káiser Guillermo para pedirle permiso para visitar a su madre, bajo la promesa de retornar después de pasar una semana con ella. Semejante proposición, en su momento ya estrafalaria, nos parecería hoy inconcebible, un burdo ardid al que el enemigo jamás se prestaría. Sin embargo, el káiser accede y permite a Campbell viajar al hogar familiar en Gravesend (Kent), con la única condición de que le dé su palabra de caballero y oficial del ejército británico de que al cabo del periodo acordado regresará al campo de prisioneros.

De algún modo que nos es desconocido, aunque, esto es seguro, sorteando grandes peligros al atravesar líneas amigas y enemigas, Campbell consigue desplazarse hasta Holanda, cruzar el canal de la Mancha y llegar a Kent para pasar esos últimos momentos con su madre. En ese tiempo puede cuidarla y hacerle saber cuánto la quiere. Al séptimo día, se despide de ella y vuelve a Magdeburgo tan misteriosamente como ha llegado y tal y como había prometido. Louise muere tres meses más tarde. Durante el resto de su cautiverio, siguiendo el principio militar que dicta que los prisioneros de guerra tienen la obligación de intentar escapar para mantener ocupados a los enemigos y tratar de recuperar su puesto en las filas, Campbell intenta fugarse en varias ocasiones junto a otros militares cautivos. En una de esas tentativas, tras huir por un túnel que hubieron de excavar durante nueve meses, son interceptados en la frontera con Holanda y devueltos al campo de prisioneros. Neutralizados todos sus intentos de huida, Campbell permanece confinado hasta que termina la guerra.

He compartido la peripecia de Robert Campbell con muchas personas, de edades, procedencias y sensibilidades muy distintas. En todos los casos me encontré lo mismo: la sensación, transmitida por los ojos brillantes de quienes la oían, de que les conmovía hallarse ante algo grande e importante, algo que ensancha el entendimiento y el corazón en igual medida. Cada vez que les pregunté por las palabras que escogerían para describir lo que habían oído, escuché invariablemente estas dos: valentía y honor.

Este libro plantea una ética del honor y el coraje para nuestro tiempo. Quiere ser una corrección necesaria a ciertas derivas de las sociedades libres, cuyos cimientos están siendo corroídos por peligrosas enfermedades que amenazan ruina. Sin embargo, no es un texto catastrofista, mucho menos nostálgico, sino gozoso, porque describe algo que existe. José Luis López-Aranguren distinguía entre ethica docens, filosofía moral elaborada, y ethica utens, moral vivida. La ética que aquí se refiere es sin duda ethica utens, y no una elucubración académica. Así pues, esta obra no pretende elaborar una nueva propuesta en una especie de laboratorio ético, sino desbrozar la maleza para revelar un monumento al bien que ya existe, aunque la posmodernidad lo haya encubierto con malas hierbas. Ese imponente palacio se ha ido construyendo durante siglos, supone una culminación moral en nuestra especie y si ha sido hurtado a nuestra vista en los últimos tiempos es por razones de las que también se dará cuenta.

La aventura que ahora emprendemos es doble. En primer lugar, queremos depurar de sus resabios arcaicos e inmorales una de las grandes ideas y prácticas que el ser humano ha concebido, el honor, para mostrarlo en todo su esplendor y explicar el poder que tiene para mejorarnos. Esos resabios han impedido una investigación seria sobre este asunto; desde hace un centenar de años es habitual tomar el rábano por las hojas, el honor por sus formas caducas e ilícitas. Trazaremos, a tal fin, una nítida línea en el suelo para distinguir las versiones ancestrales del honor de la que reclama el ciudadano democrático en nuestros días. Subrayando sus componentes y distinguiendo su trayectoria de otras fuerzas culturales prevalentes, contaremos en qué consiste ese honor al que apellidaremos «ético». En segundo lugar, reivindicaremos el coraje no como una virtud más, ni como un acelerador o un embellecedor del comportamiento moral, sino como la almendra misma de las acciones justas. Como se argumentará, las personas decentes y buenas son fundamentalmente personas valientes, aunque para precisar esto tendremos que distinguir la valentía de la temeridad, y explicar qué relación tiene con el miedo, la vulnerabilidad o la violencia.

Hay una serie de aspectos que toda exploración sobre el honor y el coraje ha de tener en cuenta. El papel que la razón y la emoción desempeñan en nuestras vidas morales es uno de los más importantes. También es necesario reflexionar sobre nuestros valores, creencias, caracteres y comportamientos, elementos que en sí y en sus interrelaciones tienen inmensas consecuencias prácticas. Para poder abordar rigurosamente tales asuntos, habrá que fundamentarlos científicamente, pues solo así sabremos si la propuesta que haremos se compadece con la naturaleza humana. En el curso de estas averiguaciones emergerá uno de los grandes protagonistas de nuestra ética, ignorado y denostado a partes iguales en nuestro siglo: el deber. Habrá igualmente que elucidar qué es lo que nos hace soberanos de nuestras vidas, y fundar cierta objetividad moral sin la cual la ética carece de sentido. Esa fundamentación no será analítica, porque el texto no se concibió pensando en los académicos, sino en el gran público; pero aspira a ser sólida y convincente para todos.

El gran proyecto moral de nuestra especie, fundamentar una convivencia justa y hacer sitio al individuo libre, es inherentemente precario, y además ha vivido perjudiciales desvíos en los últimos tiempos. Luego de indagar dónde nos perdimos en la aventura de la individualidad, explicaremos qué pueden hacer el honor y el coraje por nuestras democracias. A continuación, nos preguntaremos hasta qué punto esa cumbre ética que llamamos heroísmo es una posibilidad al alcance de cualquiera. Por último, trataremos de averiguar cómo puede esta propuesta contribuir a reconstruir el sentido vital, víctima necesaria del relativismo y el absurdo imperantes.

La obra quiere ser una salida del atolladero posmoderno que dignifique las sociedades libres; quiere alentar una elevación personal y colectiva. En Ejemplaridad pública, Javier Gomá, luego de apuntar que la causa de nuestro descontento se encuentra en la escisión entre individualización y socialización que es propia de la cultura democrática, afirma que para salir de esas pantanosas aguas necesitamos una nueva paideia que aleje al individuo del yo hastiado y ensimismado y lo lleve mediante «incitaciones conscientes y realistas a la virtud pública, presentadas al ciudadano en una bandeja de usos, hábitos y mores cívicos y socialmente generalizados». La alternativa, viva y poderosa, que aquí va a presentarse, aspira a ser esa paideia que tanta falta nos hace.

Esta es la carta de navegación que utilizaremos en nuestra travesía. Cada trayecto de nuestro viaje —cada explicación y cada historia— tendrá por fin último ofrecer armas para el combate. No nos conformamos con retomar saber pasado y construir saber futuro; queremos conseguir que el lector vuelva a enamorarse de su vida moral y de su polis, para que pueda acudir debidamente pertrechado a su encuentro con lo que es justo. En su ensayo The Sovereignty of Good, Iris Murdoch afirma que la ética no debería limitarse a analizar la conducta mediocre y ordinaria, sino que debería aportar hipótesis sobre la buena conducta y sobre cómo puede alcanzarse. No tendría por tanto que ser una etología (que es lo que abunda: descripciones), ni reducirse a un comentario de las morales que con anterioridad alumbramos. La ethica utens que vamos a argumentar quiere cubrir el vacío en el que la posmodernidad nos ha sumergido, desde el convencimiento, compartido con Murdoch, de que «cualquier cosa que altere la conciencia en la dirección del altruismo, la objetividad y el realismo ha de conectarse con la virtud».

CUÁNTOS HONORES

Del honor nos impactan, para empezar, tanto su índole atemporal y ubicua como su polisemia. En cuanto a lo primero, comparten todas sus modalidades el ser un sistema normativo que ordena la realidad social, asigna valor a personas y grupos en base al respeto y se materializa en conductas. También es característica su fuerza motriz, el coraje. Este armazón común explica que historias como la del capitán Campbell puedan ser casi universalmente entendidas y sentidas. «Honrar» —el verbo que en esta obra corresponderá al sustantivo «honor»— es una actividad que concierne al comportamiento individual en el ámbito colectivo; veremos que esta tensión entre lo único y lo comunal, que es una de las tramas esenciales de la historia humana, es decisiva para el animal social que aspira a vivir libremente.

Pero el honor no es un concepto, sino una categoría, de ahí la polisemia. Hay honor entre ladrones y entre soldados, en la mafia, en los deportes, en la Academia, y a pesar de lo que comparten son todos razonablemente distintos. Stephen Darwall ha distinguido dos tipos de respeto: un «respeto de valoración», juicios positivos respecto a un estándar, excelencia, areté; y un «respeto de reconocimiento», en función de algún hecho que distingue, como el estatus o un cargo, relativo a honores que son concedidos. Ambos tipos de respeto han dado origen a cinco honores esenciales a lo largo de la historia: el honor tribal, el meritorio, el honorífico, el privilegiado y el íntegro. A los cuatro primeros los denominaremos «honores ancestrales» para deslindarlos del quinto, que, enriquecido con las vetas nobles de los otros honores, va a protagonizar la plenitud ética de nuestra especie.

El honor tribal debió ser el primero de todos en manifestarse, pues integrados en bandas o tribus hemos vivido la mayor parte de nuestra historia, y por idéntico motivo ha de ser la base antropológica de los demás honores. Consiste en la inquebrantable lealtad a un grupo de referencia y la asunción de un código de comportamiento que cierra filas en torno a ese colectivo. Es el honor que aborda Peter Berger en su clásico artículo “On the Obsolescence of the Concept of Honor”, caracterizándolo como un patrimonio comunal que queda mancillado por el insulto u otras acciones ajenas (un daño infligido que exige respuesta). Es un honor sin objetividad y sin ideales en el que el individuo solamente asume deberes frente a sus iguales, no existiendo otra verdad que la que su tribu establezca.

Por más arcaico que pueda parecernos, este honor está muy vivo en muchas sociedades subdesarrolladas, en bandas urbanas, en grupos de hooligans, en ámbitos criminales y en cuerpos militares o paramilitares. Suele prevalecer en circunstancias similares a las habituales en tiempos ancestrales: cuando el extremo riesgo, la violencia corriente y la inseguridad rampante exigen una cohesión grupal sin fisuras. E igualmente aflora en situaciones de acrecentada visceralidad —de peligro impostado— como las que abundan en las internáuticas redes sociales. Hoy reconocemos que este honor es moralmente problemático, por excluyente, literalmente xenófobo. En su artículo, Berger lo enfrenta a la dignidad, calificándolo de pseudoética inferior a la ética contemporánea, igualitaria y de suyo antiviolenta.

El honor tribal concita emociones poderosas. Apela constantemente a lo que Freud denominó «narcisismo de las pequeñas diferencias»: la acentuación de lo que distingue a grupos humanos colindantes con el fin de espolear un colectivismo identitario. Su «nosotros» se conforma por oposición a un «ellos»; es un honor de capuletos y montescos. Dice Tebaldo, detectando a Romeo en una fiesta en la que no es bienvenido: «Por la voz parece Montesco. Tráeme la espada. ¿Cómo se atreverá ese malvado a venir con máscara a perturbar nuestra fiesta? Juro por los huesos de mi linaje que sin cargo de conciencia le voy a quitar la vida». ¿Quién, tras leer Romeo y Julieta, no queda espantado por la tremenda similitud entre capuletos y montescos, y el terrible resultado de sus nimias diferencias? Todos los nacionalismos, los patriotismos ciegos («mi país, tenga razón o no») son variaciones sobre el tema del honor tribal.

El castigo máximo que aplica la tribu es la expulsión, que preludia el exterminio, por la doble vía de la disolución del yo (es el grupo el que me identifica, sin él no soy nada) y la soledad ante el peligro (retiradas sus protecciones). Tan importante ha sido la solidaridad tribal que aún late en las profundidades de nuestra psique, asomando en los momentos más insospechados. Recientes experimentos han mostrado que los mecanismos cerebrales —ligados a la amígdala y al canal del miedo— que se disparan en los jóvenes cuando son repudiados por los grupos a los que pertenecen son los mismos que los que se activan en los niños abandonados. Estas emociones pueden alcanzar una intensidad inusitada; algunas de estas situaciones acaban en suicidios.

A diferencia del resto de honores ancestrales, que son competitivos, el honor tribal es entre iguales. Es el juramento de los mosqueteros —«uno para todos y todos para uno»— y la arenga de Enrique V en la batalla de Agincourt según la imaginó Shakespeare: «We few, we happy few, we band of brothers». Es también el código de los vestuarios en los equipos deportivos, donde la justicia se aplica entre todos y los trapos sucios se lavan en privado, y es la prieta formación de escudos de los espartanos. A pesar de sus muchos defectos, el honor tribal ha sido un factor de solidaridad e igualdad indudable en nuestra historia, que en su mayor parte ha protagonizado.

El honor tribal mantiene una complicada relación con las mujeres. Los llamados asesinatos de honor son asesinatos tribales. Sigue dándose una cantidad insoportable de casos en Pakistán, Afganistán, India, Turquía y otros lugares. La perversidad de estos actos nos muestra la peor cara del honor tribal, el modo en que puede llegar a cebarse con los más vulnerables; también su abyecta lógica retributiva. Con el honor de las mujeres, en muchos de estos sitios, literalmente se comercia; en estas sociedades hay tablas de equivalencia no escritas con las que se calculan las atrocidades: por perder la virginidad, apenas por flirtear, o a veces por nada, en pago de una «deuda de honor» ajena. En las culturas tribales, muchas de ellas sanguinariamente machistas, el honor de una mujer suele pertenecerle al padre, al marido, al hermano; tales culturas están entre las más atrasadas, menos libres y más inmorales que existen.

Ese atávico comercio está ejemplarmente recogido en Abril quebrado, la novela de Ismaíl Kadaré. Allí se cuenta la historia de Gjorg Berisha, un joven que debe matar a un miembro del clan rival para saldar una deuda de sangre. La deuda nace de la aplicación del Kanun, el código de honor albanés, que contempla incluso la existencia de un «Libro de sangres» en el que, generación tras generación, cada afrenta es asentada. El honor tribal genera a menudo esta clase de contabilidad que depara verdaderos tratados de venganzología.

El honor meritorio se basa en la excelencia. Es intrínsecamente motivante; mientras que el honor tribal se exige, el meritorio se ansía. Tiene además una dimensión pública muy importante que lo distingue del honor íntegro. Nace de la comisión de ciertos actos admirables, acciones egregias que proyectan una luz que invita a que otros las emulen. Es trascendencia en la tierra, en la memoria de las mujeres y los hombres.

El honor meritorio se conquista. El honor homérico es su primera manifestación en Occidente. El término griego para la virtud o excelencia es areté (ἀρετή), de la que derivarán aristós (ἄριστος) y aristocracia, vocablos que, originariamente relacionados con el mérito bélico, quedarán con el tiempo vinculados a los privilegios. El guerrero clásico por excelencia es Aquiles. En la Ilíada, la palabra «honor» está indefectiblemente ligada a los dioses o a la gloria del héroe; la sed de honor de sus protagonistas es insaciable. La areté era nobleza conjugada con bravura militar, coraje moral y físico, un honor que se alcanzaba no solamente a través del heroísmo en la batalla, sino también mediante discursos convincentes, muestras de lealtad y otros comportamientos afines. Este mundo griego, por supuesto, está estratificado; pero la areté no se hereda sin más, ha de refrendarse en los actos. En Ética a Nicómaco, Aristóteles dice que el honor es precisamente el premio de la areté.

Las raíces ancestrales del honor meritorio son tanto masculinas como femeninas, y tienen que ver con la tradicional división de funciones entre ambos sexos y su respectiva contribución a sus comunidades (una división que, por supuesto, conoce múltiples excepciones). La cepa, en los hombres, es guerrera; en las mujeres está ligada a la castidad y la familia. Los sentimientos esenciales son, respectivamente, el pundonor (o el orgullo) y el pudor. En las novelas pastoriles, la mujer virtuosa defiende su honor hasta la muerte. En Cárcel de amor, de Diego de San Pablo, leemos que una mujer ha de estimar la honra más que su propia vida, y evitar hacer incluso lo que dé pie a malas interpretaciones, porque esa honra requiere una convalidación externa.

En cuanto a los hombres, desde la Edad Media y hasta el siglo XIX, la caballerosidad es la quintaesencia del honor meritorio. En España se inaugura literariamente en los cantares de gesta y en los romances, y se reaviva en el Renacimiento con la publicación del Amadís de Gaula. Varias generaciones de jóvenes impresionables quedaron impactadas por el coraje poético de los caballeros, un caudal de sentido y emociones que también impregnaría a los místicos. Santa Teresa leyó en su juventud con avidez estos libros, calificados por algunos clérigos como «sermonarios del diablo». Escribe en su Libro de la vida: «Era tan en extremo lo que en esto me embebía que, si no tenía libro nuevo no me parece tenía contento». Fue este también un tiempo de hazañas militares y grandeza geopolítica: Carlos V, Felipe II, la lucha contra el infiel, el imperio donde el sol jamás se ponía. Al fondo hay una idea de perfección, un anhelo de excelencia que fascina al individuo, aunque su consecución descanse en el juicio social.

En el Amadís no aparece la palabra «honor» —que será de recepción menor y tardía en nuestro idioma—, pero sí «honra», de origen romance. La «honra», en tanto buen nombre, es una de las derivaciones predominantes del honor en nuestra cultura. No obstante, la honra aporta una novedad moralmente perniciosa: puede ganarse por apariencia, mientras que el pundonor en la batalla o el pudor verdadero no pueden fingirse. En La Celestina hallamos un enfrentamiento frontal entre la honra real y su apariencia; la alcahueta trafica con la honra, destruyendo y rehabilitando vidas según convenga a su bolsa.

Cuando la estima social se escenifica hasta constituir el meollo del honor, este deviene honorífico, esto es, fama, premios, medallas. Pudiera parecer poco más que un matiz al honor meritorio, pero hay un paso decisivo: el honor se materializa, y hay una cuerda que ata a quien es honrado y quien honra. El honor honorífico es más externo y susceptible de simularse y mercadearse; cabe recibirlo sin mérito, y requiere de una celebración ostensible. Como explica Julian Pitt Rivers en su artículo “Honour and Social Status”, «el argumento funciona así: el sentimiento de honor inspira una conducta que es honorable, la conducta recibe el reconocimiento y establece la reputación, y la reputación es finalmente santificada mediante el otorgamiento de honores. El honor sentido se convierte en honor reclamado y el honor reclamado se convierte en honor pagado».

El honor meritorio se distingue del honorífico; pero uno y otro se dan de algún modo la mano en los caballeros de vida errante a la caza de renombre. Hablamos entonces de honor glorioso, a medio camino entre ambos. La gloria es póstuma, inmaterial o trascendente; en cualquier caso, puede ser un premio. La palabra griega para esta reputación sublime es kleos (κλέος). Se obtiene en el campo de batalla y puede transferirse a la descendencia. En la Odisea, Telémaco teme que su padre muera en el mar, pues en tal caso el kleos que ganó en Troya se hundiría con él y se perdería para siempre. Este ancestral honor glorioso no solo se obtiene por las armas; también en Olimpia. De modo que hay una veta deportiva en este honor en el que confluyen la areté y los trofeos, materiales o inmateriales.

Con el paso de los siglos, gloria y honor se irán desgajando, a medida que la gloria mute en popularidad y se comercialice. En Parerga y Paralipomena, Schopenhauer distingue honor de fama, apuntando que esta última se gana, mientras que el otro solo puede perderse. La ausencia de fama es oscuridad; la de honor, vergüenza. La fama es gradual, el honor es absoluto. El honor no puede agotarse, mientras que la fama se reparte, es un competitivo juego de suma cero. En esta misma línea y en su ensayo La sociedad decente, Avishai Margalit ha enfrentado el honor social (la fama) a la dignidad, que como se verá conforma la base del honor íntegro.

El cuarto de los honores ancestrales, el privilegiado, es posición, abolengo. Es un honor jerárquico y comparativo que, por más que se herede, no está exento de deberes y puede requerir excelencias para no resultar peligrosamente socavado. Berger también lo menciona en su ensayo, señalando su parentesco con la nobleza feudal en Occidente. Así como en el honor meritorio se afirmaba una filiación de los héroes homéricos con los dioses, los regentes han apelado, en defensa de su honor privilegiado, a una designación divina.

El honor privilegiado se desarrolla al ritmo al que lo hacen las jerarquías. Este vínculo es una de las razones por las que los honores ancestrales han pervivido especialmente en ámbitos estratificados, de ahí que sigan presentes en la era moderna en los grupos que han conservado una visión jerárquica de la sociedad, como la nobleza o el ejército, y en profesiones tradicionales como la ley y la medicina. Como en el honor tribal, también hay aquí un código, relativo a un club y que solo obliga a sus miembros. En los códigos de honor de casta, además de un acrecentado respeto por quienes los cumplen, hay desprecio por quienes no lo hacen. En cuanto a las personas ajenas a ese círculo que pretenden adherirse al código, se las considera ilusas, impostoras, o peor, individuos que, queriendo imitar, insultan. Quien quiere parecerse a la casta copiando su fachada es un esnob, es decir, alguien sine nobilitas.

Si hay una economía de la tribu y la fama —y tal vez de la gloria—, también hay una economía de los privilegios. El honor privilegiado es eminentemente patrimonial, y como tal comporta una contabilidad bastante precisa. Cuando Paris rapta a Helena, no solo quiebra las leyes tribales de la hospitalidad, desfalca además el patrimonio honorable del rey Menelao. El asalto a Troya y las maquinaciones de Agamenón, incluida la decisión de arrebatar Briseida a Aquiles, forman parte de un intrincado cálculo de honores que es determinante para dirimir quién manda y cuánto.

La realeza, la nobleza y la plutocracia están esencialmente asentadas en este tipo de honor ancestral y jerárquico. Los enlaces dinásticos, con sus negociaciones, ofertas y pactos, reflejan palmariamente esta economía honorable. Seguramente, este honor patrimonializado ha sido y sigue siendo una necesidad política; no obstante, supone un retroceso ético frente al honor meritorio. Como explica Alasdair MacIntyre en Tras la virtud:

En una sociedad donde ya no existe un concepto compartido de bien de la comunidad definido como bien para el hombre, tampoco puede existir concepto alguno substancial de lo que más o menos contribuya al logro de ese bien. De ahí que las nociones de mérito y honor se desgajen del contexto en que estaban ambientadas originariamente. El honor se convierte en un distintivo del rango aristocrático y el propio rango, enlazado con la tenencia de propiedades, tiene muy poco que ver con el mérito.

No obstante, mal haríamos en despachar esta nobleza como una burda economía de estatus sin acciones virtuosas que la sustenten. Comporta también, en muchos casos, demostrar que se tienen las cualidades necesarias para desempeñar un cargo y cumplir los deberes que esa posición exige. El estatus sin ejemplaridad es una elección socialmente peligrosa; emplear continuamente la violencia para defender un castillo es una práctica costosa y de pronóstico incierto. Incluso a los más poderosos les conviene legitimar su condición ventajosa comportándose de determinada manera (o simulando). Esta consideración, de la que da cuenta la psicología social cuando estudia la autoridad y la obediencia, es tan vieja como el mundo. Según nos cuenta Platón en su Apología, Sócrates se lo explicaba así a los atenienses: «Si alguien se ha colocado por sí mismo en un puesto que ha creído excelente, o si ha sido colocado en este por el arconte, estimo que debe permanecer a toda costa, sin preocuparse de la muerte ni de otra cosa, excepto del deshonor».

De modo que el honor de casta, a pesar de su historial de abusos, no es un simple amasijo de derechos defendidos por las armas, sino que también entraña obligaciones para su supervivencia. Noblesse oblige es su divisa; quien quiera ostentar privilegios, señaladamente posiciones de mando, habrá de asumir una serie de deberes en correspondencia. En eso consiste la legitimidad, un requisito que cada día cobra más relevancia, aunque sea de siempre. En la Ilíada, antes de perecer a manos de Patroclo, Sarpedón se lanza fieramente a la batalla y aguijonea con su actitud a los troyanos. Así explica a Glauco el porqué de su bravura:

Mostrémonos ahora dignos de tantos honores, yendo al combate delante de nuestros guerreros, para que los licios no tengan más remedio que decir: «En verdad que nuestros reyes no gobiernan sin merecimiento la fértil Licia. Con razón se alimentan de lo mejor de nuestros rebaños y beben los vinos más deliciosos, y no como esos reyes holgazanes que solamente sobresalen en los festines. Ahora que ha llegado la ocasión, mirad adónde llega su indomable valor y de qué manera se exponen los primeros a todos los peligros».

Hoy, cuando se ha desatado la ira contra las castas por culpa de la proliferación de los reyes holgazanes, no está de más recordar que no hay estatus que nos parezca admisible si no se atiene a determinados estándares morales.

En estos cuatro primeros honores ancestrales, los más representados en la literatura y los más ostensibles en la historia, importa principalmente lo que los demás opinan de nosotros: nuestro grupo de referencia, quienes han de apreciar nuestra excelencia, quienes públicamente nos celebran y quienes han de atenerse a nuestros privilegios. Son en su mayor parte formas de honor externas en las que el balance moral entre individuo y colectividad está descompensado hacia este segundo polo; formas que nacieron y crecieron en un mundo en el que el proceso de individuación no se había completado. Puesto que, como se argumentará, la dignidad y la consideración objetiva del bien como igualdad y libertad necesitan que exista un individuo autónomo, los honores ancestrales no pertenecen al último estadio de nuestro desarrollo moral. Cuando es el grupo el que honra, el individuo no es soberano; cede esa soberanía para mantener su valor social y su identidad de acuerdo con las reglas y valores que sanciona el todo al que pertenece. Las honores ancestrales castigan la disidencia, y así aplastan muchas vidas y perpetúan muchas injusticias, al tiempo que dan consistencia a las sociedades y ofrecen pautas morales y un orden que las preserva del caos. También son, por lo general, sistemas éticos retributivos, calculistas, en los que la persona es un medio para el grupo y carece de valor en sí misma. Su carácter estratificado y desigual (excepción hecha de la tribu, hasta cierto punto) se compadece mal con los principios de nuestras democracias. Además, los honores ancestrales son relativistas, y su especificidad para con su comunidad los convierte en una fuente de conflicto entre colectivos. La violencia que propugnan no es siempre defensiva, ni procura de suyo amparar a los más débiles.

Pero no todo es externo y colectivo en los honores ancestrales. En la interacción con el grupo, el individuo desarrolla sentimientos morales muy relevantes, como la vergüenza o el respeto. Aunque sea de manera incompleta, concurre en ellos la conciencia de la persona implicada. E incorporan también, como todos los sistemas normativos, una pregunta por la justicia, normas que regulan la paz social y dan estabilidad a las comunidades. Hay, en definitiva, aspectos ligados al honor como categoría conjunta, a sus mecanismos, orientación y motivaciones, que hacen de los honores ancestrales un patrimonio moral de la humanidad, por más que en su variante atávica resulten moralmente indefendibles.

Hemos distinguido el quinto de los honores, el íntegro, de los ancestrales, porque para que llegase a ser capital los seres humanos tuvimos antes que superar importantes obstáculos y completar algunas revoluciones morales. El honor íntegro tiene una estructura motivacional deontológica, y conlleva el cultivo personal de la virtud y la adhesión autónoma a un código de conducta universalmente justo. Esta lealtad escogida, por supuesto, no es solipsista, y tiene muy en cuenta a los otros; pero la mueve la conciencia. Requiere por lo tanto una evolución suficiente de la individualidad y la independencia de juicio, aunque, como expresión aislada, ha existido también desde siempre.

Mientras en la Ilíada el honor proviene de la reputación, en la Eneida, que retoma el ideal homérico, pero filtrado por el tamiz estoico, está en la propia naturaleza de los actos. En esta obra, el honor, sin dejar de ser profundamente social, se está trasladando del veredicto ajeno al propio. Importa también el sexo de quienes encarnan estos honores; en Homero, Aquiles y Héctor, en Virgilio, Dido y Eneas; el poeta es muy consciente de que una mujer romana no puede ser confinada en un gineceo. Aquiles impone su voluntad, es orgulloso; Eneas asume deberes, es responsable, y por eso rescata el Paladio, la estatua sagrada, y cumple con honor su cometido de alejarse de Troya. Ha de abandonar a su amada Dido para, con el tiempo, reconstruir su estirpe en la fundación de Roma, un designio que cumplirán sus descendientes, Rómulo y Remo.

Lo llamamos «honor íntegro» porque la persona que lo profesa considera que es uno de los aspectos que vertebra su vida; a menudo, el más importante de ellos. Todos los honores hacen aportaciones a la identidad y el sentido social; pero es en esta modalidad donde eso es lo de más, y su utilidad social (normativa, pacificadora, ordenadora), lo de menos. Ser, en sentido íntegro, una persona de honor, es algo que caracteriza al individuo.

El suelo del honor íntegro es la dignidad. La dignidad no ha sido tematizada hasta hace poco; no obstante, la idea de asignar un valor absoluto y universal al hecho de ser humano hunde sus raíces en la noche de los tiempos. Las religiones y sabidurías que brotaron en la que Karl Jaspers denominó era axial (siglos VIII a II a. C.) —el budismo, el brahmanismo y el jainismo, el taoísmo y el confucionismo, el zoroastrismo, el judaísmo y la filosofía griega entre otras— cambiaron la faz moral de la humanidad en este sentido. Posteriormente, el cristianismo supondrá un impulso definitivo para el avance de la dignidad, que corre en paralelo a la emancipación del individuo.

El honor íntegro no es aparte y tampoco se opone irremediablemente a los honores ancestrales. Claro que es una veta con sustantividad propia; no obstante, todos los honores están culturalmente emparentados, y sus bases biológicas, emocionales y evolutivas son en gran medida comunes. De hecho, el honor íntegro no puede concebirse desconectado del honor guerrero y la ética del cuidado. Distinguir entre honores es esencial para saber a qué carta quedarse, pero igual de necesario es entender a qué se debe el aire de familiaridad que todos ellos comparten.

EL HONOR ÉTICO

Llamamos honor ético a la versión más avanzada del honor en términos morales, desarrollada sobre la cepa del honor íntegro injertada con lo mejor de los honores ancestrales. Cumple respecto a cierta comunidad sin oprimir al individuo; incorpora determinada excelencia; no requiere, para motivar a quien lo ejerce, de reconocimientos públicos; y es una forma de integridad. Tiene su sede en la conciencia, pero es social porque rinde cuentas ante los demás y nace de la mirada del otro. El componente colectivo, dominante en los honores ancestrales, existe en el honor ético apropiadamente equilibrado con el espacio que exige la libertad completa del individuo.

Que el honor ético supere y aboque a la obsolescencia a sus predecesores no quiere decir que se erija sobre su desprecio. De un lado, ya se ha dicho, lo mejor de ellos pervive en él; de otro, forma parte de su esencia considerar que somos parte de una contigüidad, un capítulo de una historia moral y cultural que continuará tras nosotros. Desdeñar los honores ancestrales, despacharlos, sin más, como depravaciones arcaicas, sería una muestra de ruin ahistoricismo. La persona éticamente honorable no puede ser adánica, porque el adanismo es una forma de inmadurez intelectual y moral que propicia comportamientos antisociales. Tomemos por ejemplo el honor guerrero. El código de honor en las guerras ha supuesto una elevación ética, traducida en el trato a los prisioneros y a los civiles, en el respeto a los muertos y a ciertos símbolos e instituciones. Han sido las contiendas deshonrosas, como la guerra total auspiciada por William Tecumseh Sherman, que arrasó el Sur estadounidense, o el infame ethos genocida nazi y su contestación soviética, y la conducta criminal e individual de algunos soldados, las que han rebajado moralmente a nuestra especie, y no en sí los conflictos. Los enfrentamientos bélicos, siempre que puedan evitarse, son inmorales. No obstante, en el experimento humano que supone hacer la guerra se dan cita lo peor y lo mejor de nuestra especie, lo más egoísta y lo más altruista, la entrega total y la mezquindad absoluta. El campo de batalla puede ser, ha sido y será un campo de coraje y honor.

No se escatimarán críticas, al exponer en qué consiste el honor ético, a los importantes inconvenientes sociales y perjuicios para la justicia que han producido y producen los honores ancestrales. Con todo, conocerlos, y respetar y salvar todo lo que hay en ellos de aprovechable, no es una forma de tradicionalismo, sino de lucidez, pues además no habría honor ético si no hubieran existido aquellos. Como dijo Gustav Mahler, la tradición es la transmisión del fuego, no la adoración de las cenizas. Ese fuego sagrado tiene un valor incalculable; portarlo hasta sus siguientes destinatarios es una de nuestras misiones honorables. Lo explicaba Roger Scruton en un programa de radio sobre la música de Wagner:

Las cosas sagradas crean puentes a través de las generaciones: nos dicen que los muertos y los no nacidos están presentes entre nosotros, y que su «presencia real» vive en cada uno de nosotros y cada uno de nosotros en ellos. El declive de la religión nos ha privado de las cosas sagradas. Pero no nos ha privado de la necesidad de ellas.

Contaba Stendhal en Sobre el amor que si echaba una rama seca y deshojada en una de las minas de Salzburgo y la recogía al día siguiente la rama aparecía cubierta de cristalitos brillantes, convertida en una especie de varita con diamantes ensamblados. Al honor íntegro se han ido adhiriendo, por así decirlo, algunos rasgos de los honores de antaño. Tras ser decantados por el avance moral de los tiempos, estos valiosos aspectos que a continuación describimos han pasado a formar parte del honor ético.

Del honor tribal, el vigor de los sentimientos y la afirmación sin tibiezas de un «nosotros». También la idea de un «código», que remite a un orden regulado y moralmente objetivo, y la defensa activa de los demás miembros del colectivo. La importancia del respeto y el deber de conseguir que se extienda, sin posibilidad de descargar la tarea en otros hombros. Finalmente, la asunción de una reciprocidad, la característica igualdad de quienes pertenecen a una misma tribu.

Del honor meritorio, la aspiración a un bien que se busca, y el merecimiento, la cualidad arética. El énfasis en los comportamientos, al que acompaña una estética de la valentía. Del guerrero, la determinación de contestar las hostilidades, la violencia positiva, el hilo invisible que une la vulnerabilidad al coraje. De la honra femenina, no la castidad, sino la ética del cuidado, y el pudor como autoprotección y autorrespeto.

Del honor honorífico, la ejemplaridad. También la estima de los demás y su reconocimiento, elementos de pedagogía social y símbolos de autosuperación que contribuyen a la convivencia. De su fusión con el honor meritorio, el honor glorioso: la admiración, la mirada que juzga y motiva, y el pundonor u orgullo positivo cuando se ronda o se alcanza la mejor versión de uno mismo.

Del honor privilegiado, la mesura que establece una proporcionalidad en la respuesta a las agresiones. Noblesse oblige, la responsabilidad y la dignidad del liderazgo (el capitán nunca abandona el barco). También una jerarquía estructurante, junto a la idea y la práctica de la rectitud. El desprecio del servilismo, que no de quien sirve, pues el honor, especialmente desde el puesto de mando, sirve.

Tras asimilar todos estos aspectos, el honor íntegro se hace ético. ¿En qué consiste entonces? En su expresión más apretada, en una deontología de la virtud que reconoce un bien objetivo y se mide exclusivamente en sus acciones. El honor ético es cumplimiento, es servicio, sacralidad de la palabra dada, defensa activa del más débil, coraje para atender todos estos cometidos. Por asentarse en la dignidad y el respeto y entender que la igualdad y la libertad son los dos pilares esenciales de la justicia, es democrático y humanista. Es moralmente asertivo y rehúye las abstracciones y los cálculos, ateniéndose a los principios. Es arético, es decir, es un hito del carácter, una conquista excelente y no algo que uno reciba grapado a su partida de nacimiento. Es libre porque es autónomo, lúcido y responsable, y no hay instancia que lo conceda, salvo uno mismo. Va mucho más allá de la reputación, es legítima valía; no admite componendas ni fingimientos y es puesto a prueba a diario. Comporta admirar y aspirar a convertirse en ejemplo. Existe gracias al impulso de determinados sentimientos morales y a una mirada ajena que nos compromete. Es parte fundamental de la identidad del individuo y contribuye en extraordinaria medida a que su vida tenga sentido.

¿Seremos capaces de encontrar este honor ético en los diccionarios? Si tenemos en cuenta cuál es la supuesta prelación mundial entre culturas en nuestro siglo, lo convencional, al ir en su búsqueda, sería indagar en diccionarios norteamericanos, ingleses, alemanes o franceses. Veamos. De la voz «Honour» el Merriam-Webster enumera estas ocho acepciones: «1. Reputación 2. Reconocimiento 3. Privilegio 4. Mérito 5. Premios, honores 6. Castidad 7. Pureza 8. Integridad»[1]. Como vemos, solo en último lugar se alude al honor íntegro. En el Cambridge Dictionary no tenemos mucha más suerte; la definición de «Honor» es laxa y confusa: «Elevado respeto por alguien, o el sentimiento de orgullo y el placer resultante de que nos muestren respeto; un buen carácter o una recompensa pública para mostrar aprecio por logros inusuales»[2]. El Larousse, por su parte, exagera lo externo y lo afectivo al decir que el «Honneur» es un «conjunto de principios morales que nos incitan a no realizar nunca una acción que nos haga perder nuestra autoestima o la estima que otros nos tienen», tras lo cual añade que es «reputación, gloria, testimonio de estima, privilegio»[3]. ¿Qué propone el diccionario alemán Duden? Cuatro acepciones de «Ehre»: «1. Prestigio a causa de una estimación públicamente reconocida o supuesta (especialmente por motivos morales) 2. Señal o manifestación de la estima 3. Sentimiento del propio honor 4. Virginidad de una joven»[4]. Como se ve, en todos los casos y descontadas algunas pinceladas tenemos la impresión de seguir anclados en los honores ancestrales.

Lo cierto es que la definición más acabada del honor ético está en el Diccionario de la Real Academia Española, cuya primera acepción afirma sin rastro de ambigüedad que el honor es la «cualidad moral que lleva al cumplimiento de los propios deberes respecto del prójimo y uno mismo». De forma que es el DRAE el que más se acerca, de entre los diccionarios más reputados de los idiomas occidentales más importantes, a la definición del honor más avanzada moralmente. Lo hace además recurriendo a una fórmula que, sin dejar de ser general, capta admirablemente lo nuclear sobre el honor ético, acuñando, tal vez, su mejor lema.

Para poder ser ético y acumular lo mejor de los honores ancestrales, este honor íntegro evolucionado ha tenido que esperar a que se completase el proceso de individuación de nuestra especie, un hecho relativamente reciente, desigualmente consumado en el planeta y todavía incipiente en muchos lugares. El resultado es un honor que, sin dejar de ser intensamente social, se actualiza en el comportamiento individual y se plasma en el carácter. Las personas honorables conforman una unidad de actuación sobre el mundo que tiene el bien como propósito; un club de entrada libre, sin inscripciones ni jerarquías. Tampoco puede ser ya un club de hombres. En el mundo civilizado contemporáneo es inmoral cualquier distinción de derechos u oportunidades entre ambos sexos. El honor ético solventa la situación objetual y desplazada de la mujer en el honor de viejo cuño, superando su restricción a la masculinidad y desmintiendo la decrépita versión de lo honorable femenino, vinculada al recato sometido. Hoy hay mujeres soldados y hombres consagrados al cuidado. No existe diferencia alguna entre mujeres y hombres en lo que respecta al honor ético, y el feminismo que lucha contra estas discriminaciones es justamente una cuestión de honor.

También es universal y absoluto: no está vinculado a ningún contexto social, latitud o momento histórico. Es un deber frente a uno y el prójimo que nos liga a la humanidad entera y nos reúne con personas honorables de todas las épocas. Admiramos al capitán Campbell porque, como explica William Lad Sessions en Honor for Us, «el honor ha inspirado, y continúa inspirando a muchas personas para actuar decente, modesta, respetuosa, civil, hospitalaria, amable, generosa, gentil, valiente y graciosamente».

Necesitamos urgentemente que el honor ético ocupe el centro moral de nuestras malparadas sociedades libres. Las relaciones internacionales, el ámbito laboral y comercial, el proceder político, los sistemas educativos y las prácticas corrientes del hombre de a pie se están deshonorando, y los resultados de esa deriva son impredecibles. Con la torpe excusa del progreso, nos hemos embarcado en una carrera ciega y perpetua en la que parece no haber sitio para algo tan imperioso como honrar nuestras vidas. En su obra Sociedad humana: ética y política y en 1954, alguien tan racionalista y comprometido con la modernidad y la justicia como Bertrand Russell escribía:

Aunque sus manifestaciones eran a menudo absurdas y a veces trágicas, la creencia en la importancia del honor personal tuvo méritos importantes, y su decadencia no es ni mucho menos una completa ventaja. Suponía valor, veracidad, incapacidad de traicionar una confianza, y caballerosidad hacia aquellos que eran débiles sin ser inferiores socialmente. Si te despiertas durante la noche y ves que tu casa está ardiendo, está claro que tu obligación es, si puedes, despertar a los que están dormidos antes de ponerte a salvo; este es un deber de honor […] Otra cosa que prohíbe el honor es la vileza de someterse a una autoridad injusta, por ejemplo, tratar de congraciarse con un enemigo invasor. En temas menos importantes, traicionar secretos y leer las cartas de otro se consideran acciones deshonestas. Cuando la concepción del honor se libera de la insolencia aristocrática y de la propensión a la violencia, queda algo que ayuda a preservar la integridad personal y a promover la confianza mutua en las relaciones sociales. No me gustaría que ese legado de la época de caballería se perdiera para el mundo.

Este honor que Russell defiende no ha llegado a desaparecer nunca, porque es un hecho que la dignidad necesita, además de leyes e instituciones democráticas, defensas personales y corrientes para no ser ultrajada. La propia democracia no será más que un trampantojo del poder si una proporción elevada de la ciudadanía deja de ser honorable. Toda sociedad libre tiene a este respecto un punto de no retorno; no con ánimo tremendista, sino para concienciar y servir de revulsivo, esta obra tratará de explicar lo cerca que actualmente estamos de ese precipicio.

HONOR Y DIGNIDAD

En el último medio siglo no han faltado voces que proclamasen que las morales de la dignidad y las del honor son opuestas e irreconciliables. Berger fue uno de los más destacados defensores de que la dignidad, tras las revoluciones modernas, ocupó el lugar del honor y lo hizo obsoleto. Opinaba que el honor era una cosa de caballeros y aristócratas, y que había pasado a ser tan pintoresco como la castidad. «La dignidad» —escribió— «por contraposición, se relaciona siempre con la humanidad intrínseca desprovista de cualquier rol social o norma impuesta. Pertenece al yo mismo, al individuo independientemente de su lugar en la sociedad». Sostenía Berger que un código de honor, en cambio, solo aplica por completo entre quienes poseen el mismo estatus en la jerarquía. Por su parte, Pierre Bourdieu dijo en su estudio sobre “El sentimiento de honor en la sociedad cabilia” que el ethos del honor era fundamentalmente opuesto a la moral que afirma la igualdad en la dignidad de todos los seres humanos, no solo porque establece deberes y derechos diferentes para mujeres y hombres, sino además porque «los dictados del honor, directamente aplicados al caso individual y cambiantes según la situación, no son en modo alguno susceptibles de ser universalizados». Berger creía que en el honor la identidad es indisociable del grupo, mientras que en la dignidad es independiente de los colectivos. En su ensayo añade este toque posmoderno, adánico: «En un mundo de honor, la identidad está firmemente vinculada con el pasado a través de la reiterada comisión de actos prototípicos. En un mundo de dignidad, la historia es la sucesión de las mistificaciones de las que el individuo debe liberarse para alcanzar la “autenticidad”». Pensaba en consecuencia que la tarea actual es entender por qué la modernidad ha dejado atrás el honor para echarse en brazos de la dignidad, y las implicaciones antropológicas y éticas que esto ha tenido.

Quienes contraponen honor a dignidad entienden que el primero es externo al yo, comunión con el grupo, mientras que la dignidad es interna, renuncia a la disolución en el colectivo y afirmación de la individualidad propia. Pero sabemos que tanto Berger como Bourdieu se referían al honor tribal, que es el que abordaron en sus mencionados escritos, y la misma referencia ancestral toman la mayoría de quienes critican el honor desde que los tiempos son posmodernos. Claro que hasta hace poco la dignidad y el honor han chocado, cuando no se han repelido. Filoctetes, antiguo pretendiente de Helena y miembro de la expedición aquea hacia Troya, es abandonado por los suyos en la isla de Lemnos tras ser mordido por una serpiente. Neoptólemo, hijo de Aquiles, acude en su busca, pero al no verlo dispuesto a retornar a la batalla se dispone a desampararlo de nuevo. La dignidad de Filoctetes, desnudo y desahuciado, contrasta poderosamente con el honor del caballero enfundado en sus símbolos, desindividualizado y ultrasocializado. Su queja ante Neoptólemo, tal y como la imaginó Sófocles —«no me dejes así, solo, abandonado […] Has de saber que para los seres nobles solo lo repugnante es hostil, y lo honroso, glorioso»—, tanto muestra esa contraposición como apunta cómo puede resolverse, recurriendo a la integridad.

El propio Berger, en su mencionado artículo (“On the Obsolescence of the Concept of Honor”), nos dice que un redescubrimiento del honor en el futuro desarrollo de la sociedad moderna es no solo empíricamente plausible, sino también moralmente deseable. Y añade: «La constitución fundamental del hombre es tal que resulta prácticamente inevitable que construya una vez más instituciones que le provean de una realidad ordenada»; instituciones que por supuesto no se oponen y ni siquiera compiten con las que conforman el Estado de derecho, sino que las robustecen. Ese Estado de derecho, huérfano de una rectitud objetiva que lo sustente y de las costumbres que materializan esa objetividad virtuosa, vuelve a estar amenazado por el caos. De ahí que la ética que proponemos tenga consecuencias políticas, como se verá más adelante. Concluye así Berger: «La prueba ética para cualquier institución futura, y los códigos de honor que esta entrañe, será que logre imponerse y a un tiempo dar cuerpo y estabilizar los descubrimientos de la dignidad humana que constituyen unos de los principales logros del hombre moderno»; de eso se ocupa exactamente el honor ético.

En La sociedad decente, Margalit dice algo muy interesante a este respecto: que el concepto de dignidad humana evolucionó históricamente a partir de la idea de honor social. Estaríamos por tanto ante un desarrollo, y no ante una ruptura. La clave estriba en entender que la individualidad es impensable desconectada de la sociabilidad, y que la extraordinaria importancia que tuvieron y tienen los comportamientos honorables está ligada, como el propio Berger admite, a cómo estamos constituidos, a cómo sentimos, razonamos y vivimos. En La ética de la autenticidad, el libro con el que Charles Taylor se afanó en que la modernidad recuperase ciertas fuentes de la moral que había preterido, denunciando un olvido que nos está dejando ciegos para la verdad y la justicia, se explica el tránsito desde el honor aristocrático a la dignidad democrática. Esa transformación chocante, de oruga a mariposa, no debe ocultarnos que sus orígenes son comunes. El propio Taylor, en su obra más hercúlea, Fuentes del yo, se había adelantado a Margalit unos años al afirmar que «la ética del honor ha sido en gran medida el trasfondo de una interpretación de la dignidad muy extendida».

¿Qué es la dignidad? Dice Javier Gomá, que es «un poder antiguo, ancestral, que hunde sus raíces en los estratos más profundos de la historia y la naturaleza humana, y al mismo tiempo poder novísimo, como acabado de nacer y que se hubiera estrenado esta misma mañana». La dignidad es el lujo que se concede la especie humana de elevar un ideal humanitario a ley moral que se impone a la natural ley del más fuerte. Añade Gomá que podría definirse «precisamente como aquello inexpropiable que hace al individuo resistente a todo, interés general o bien común incluido», y que por lo mismo estorba a muchos poderes e intereses creados. La dignidad es bisagra entre lo individual y lo colectivo, y es su diamantina entidad la que suscita la tarea honorable de combatir su abuso.

El proceso por el que el honor se despoja de su heráldica y se compadece del lamento de Filoctetes coincide con aquel por el que la dignidad se democratiza. Las culminación de esa travesía es bien reciente. Una edición del diccionario del doctor Johnson publicada a principios del siglo XIX definía todavía la dignidad como «elevación del rango o el aspecto, grandeza», algo que recuerda poderosamente al honor privilegiado. Hoy en día reclamamos en cambio esa grandeza para todos los seres humanos, y es deber de todas las personas honorables defenderla.

La vulnerabilidad del ser humano es la clave de bóveda de su dignidad; de igual modo, el reconocimiento de la vulnerabilidad propia es la antesala del honor. Vemos todo ello reflejado en el bushido, que es una filosofía de vida de quienes se enfrentan constantemente a la muerte, una suerte de mortalidad visibilizada. Tanto en Los cinco anillos como en Hagakure, textos escritos por samuráis a partir de sus propias experiencias, la mortalidad está en todo momento presente. A pesar de ello, no son escritos sombríos, sino lúcidos y valientes. En Hagakure, leemos: «Con tan solo mirar un poco uno ve aparecer, sin más, toda la dignidad contenida en una persona».

Cuando el honor es ético, dignidad y honor resultan inseparables, como lo son nuestra naturaleza social y nuestra conciencia indelegable. Dice Kant en Metafísica de las costumbres que «el honor justo (honestas juridicum) consiste en afirmar el valor propio como ser humano en relación con los otros». La terminante cesura entre uno mismo y los demás es un infundio. La dignidad es la sacralización de lo común humano en lo inigualable individual. Lo sagrado remite al verbo latino sancire, «convertir en inviolable por un acto religioso». El honor es una defensa personal y activa de la dignidad propia y ajena, consideradas sagradas; sabemos que estamos ante una acción honorable cuando esta tiene por fin restaurar una dignidad lastimada. La dignidad, pese a ser proclamada, no asegura el bien ni protege del mal. G. K. Chesterton, al enfrentarse en su tiempo a la prostitución ideológica del lenguaje, dijo que llegaría un día en que sería preciso desenvainar una espada para afirmar que el pasto es verde. Esa espada, en cuanto hace al bien y por lo tanto a la dignidad, es el honor; y a fe que debe ser desenfundada. Un derecho o un valor que no se está dispuesto a defender, ¿cuánto vale?

Se ha dicho que la dignidad es indestructible y el honor puede perderse; se ha dicho para distinguirlos artificialmente, y, por cuanto hace al honor, por consideraciones ancestrales. La ética del honor y el coraje lo niega. Sostiene que una dignidad violada es una dignidad destruida, y que nadie, salvo nosotros mismos, puede arrebatarnos el honor, que está en nuestros actos. Hay en la historia un reguero de casos que lo confirman. Miremos por un instante a lo ocurrido en Europa en los últimos cien años; la dignidad recibió un tiro en la nuca en los campos de la muerte del Gulag y el Holocausto. La trayectoria humana es una recua de atrocidades, un grito desgarrador que necesariamente perturba, pero allá tocamos fondo. Nadie en su sano juicio puede negar que no solo hubo muertes, sino la instauración del terrorífico reino de lo indigno. Tal vez el alma inmortal sea invulnerable; la dignidad no lo es. Y si queremos decir todavía que no puede perderse, tendremos que admitir por fuerza que sí puede sepultarse a profundidades insondables.

La dignidad, en definitiva, es la matriz de los derechos universales, pero es el honor el que introduce los deberes que logran que esa matriz siga viva. En rigor, tales derechos no son verdaderos derechos, sino exigencias morales; su realización en el mundo corresponde, dentro y fuera de las instituciones, a los individuos de carne y hueso. Todas las garantías institucionales que quepa poner en marcha quiebran si no hay al frente personas honorables. No hay sistema policial, jurídico y legislativo que asegure lo ético, que es previo a lo político y sostiene ese edificio. Hay muchas situaciones en las que no se puede esperar a los jueces o a las «fuerzas del orden» para que la dignidad prevalezca. Ni el más sofisticado y dotado sistema tribunal del mundo puede asegurar la paz social en una sociedad de individuos inmorales. Por ser un honor en la polis, el honor ético es civil por antonomasia, pero no admite ingenuidades.

HONOR Y COSMÓPOLIS

Los honores ancestrales, y en muchos casos el honor íntegro, son relativos a contextos sociales particulares. Sin embargo, en el honor ético ese contexto es la humanidad entera; su comunidad de referencia es la Cosmópolis.

El cosmopolitismo honorable no tiene nada que ver con el turismo global, la macdonaldización de la cultura, la Alianza de Civilizaciones y otras imposturas. Tiene en cambio mucho que ver con la reivindicación de la autonomía del individuo y con el reconocimiento del prójimo. Los cínicos fueron sus precursores; a Diógenes de Sinope se le atribuye la expresión kosmopolitês, de κόσμος, mundo, y πολίτης, ciudadano. El breve y célebre encuentro entre Diógenes y el primer estadista global, Alejandro Magno («si no fuera Alejandro, quisiera ser Diógenes»), marca el inicio de un proceso de doble vía que sigue avanzando en nuestros días, con luces y sombras: la globalización y la individuación.

Recogerían el testigo de los cínicos quienes más hicieron en la Antigüedad por la dignidad del individuo: los estoicos y los cristianos. Antes de ellos, derechos y deberes dependían decisivamente de la procedencia, la condición libre o esclava y la situación que uno tuviese en el estamento. Los estoicos, de Zenón en adelante y bajo la sombra de Sócrates, concluyeron que esas particularidades eran circunstanciales, negaron la dicotomía entre griegos y bárbaros y postularon que todos los seres humanos comparten un mismo logos (λóγος, la recta razón que gobierna el universo, conectando lo humano y lo divino). El helenismo, la globalización cultural de los últimos tres siglos de la era precristiana, anegó Roma de estoicismo. Cicerón y Séneca y luego Epicteto combatieron contra el pedigrí, aduciendo que el conocimiento está al alcance de todos porque la luz universal de la razón a todos nos ilumina. Si, como apunta Marco Aurelio, el universo es un ser vivo con una sola sustancia y un alma sola, todos nos debemos todo a todos y el cosmos es la ciudad que compartimos.

Por su parte, Pablo de Tarso hizo del cristianismo un cosmopolitismo al acabar con la distinción entre judíos y gentiles: «Ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús» (Gálatas 3, 28). Propuso una oekumene (οἰκουμένη), una comunidad global de vivientes en la religión superpuesta a la oekumene geopolítica (orbis terrarum) que los romanos estaban forjando. Fueron las legiones romanas, y la subsiguiente romanización de los territorios conquistados por la vía civil de las costumbres y el Derecho, las que sembraron el cosmopolitismo estoico y cristiano que germinaría en el mundo, un avance coronado primero con la cristianización del imperio y después con la de los pueblos germánicos que lo demolieron. En términos simplificados, para el hiperracional estoico, todos los demás han de importarnos tan poco como nosotros mismos, y nuestros deberes son un compromiso personal; para el compasivo cristiano, el prójimo ha de importarnos mucho, tanto como nosotros mismos, y nuestra obligación es con Dios. La conciencia que alumbra el honor ético es hija de ambas ideas-fuerza: de la común racionalidad natural que compartimos y del amor que es regla de un Dios único que a todos nos cobija.

En los albores de la modernidad, las primeras expresiones geopolíticas acabadas de este cosmopolitismo están en los humanistas renacentistas; señaladamente en Erasmo y su Querela Pacis y en Juan Luis Vives y su De concordia et discordia in humano genere. No obstante, es Kant quien en Sobre la paz perpetua plantea un ius cosmopoliticum, unas leyes mundiales que serán la base de algunas de las instituciones que hoy por hoy, con mayor o menor fortuna, tratan de ocuparse materialmente de la solidaridad terráquea. Sostiene Kant que para que la paz duradera sea posible en este mundo es preciso que exista una «ciudadanía mundial» establecida exclusivamente en términos morales, sin mediar leyes o coerción política, una auténtica Cosmópolis o ciudad sin Estado.

El quid de la cuestión, en lo que a la moral concierne, es si la humanidad puede ser una comunidad verdadera. MacIntyre ha negado esa posibilidad, limitando el poder de la virtud para promover comportamientos morales a la existencia de colectividades cercanas, digamos sociológica o antropológicamente admisibles. En este mismo sentido, Joseph de Maistre, crítico contrarrevolucionario, se quejaba de que ese «hombre» que Diógenes de Sinope buscaba con su candil afanosamente era ininteligible, y la Cosmópolis una abstracción estéril. Si estas críticas son de la mayor importancia es porque hoy somos dolorosamente conscientes de cómo esa abstracción nos ha llevado a un cosmopolitismo desafecto e incapaz de solventar nuestros desafíos globales. El cosmopolitismo humanista está en retroceso, y el localismo y el individualismo, en auge, como resultado de una compleja combinación de factores socioeconómicos, geopolíticos y culturales. La tecnología nos une, pero también nos aísla, y la aldea global a la que se refirió Marshall McLuhan cada vez se inclina más al aldeanismo, y por lo tanto al tribalismo. Cosmópolis e individuo están separando sus caminos. La posmodernidad ha volado todos los puentes que iban del sujeto al cosmos, y esa voladura metafísica tiene consecuencias morales. El honor ético reconstruye esos puentes; el cosmopolitismo que incorpora huye de las entelequias, y actúa siempre respecto a un tú concreto.

Al referirse en su obra Bushido al código de honor de los guerreros samuráis, Inazō Nitobe habla de una flor autóctona que requiere para brotar de un suelo y un clima determinados. Es innegable que la cultura y las instituciones moldean los caracteres, y que las prácticas locales tienen un efecto cierto en cuanto imitamos y aprendemos. Pero no es menos cierto que la tecnología ha comprimido la Tierra, y que la capacidad de expansión de los sentimientos y las ideas está borrando las fronteras. En un mundo extraordinariamente conectado por el transporte físico y definitivamente conectado en el ámbito virtual, es difícil defender que las redes sociales «no son verdaderamente sociales», que las relaciones amorosas que cruzan océanos «son solo virtuales» y que la hermandad entre pueblos solo puede ser estética y moral en ningún caso. Tenemos innumerables ejemplos de solidaridad entre personas y comunidades enormemente distanciadas; y si el asesinato de un ciudadano en Minneapolis genera intensas respuestas reales en los más diversos puntos del globo, no se puede afirmar que la oekumene no es una comunidad.

También sabemos que la antroposfera es de hecho una comunidad de destino; lo que la ciencia desvela sobre el medioambiente tiene inexcusables consecuencias políticas. En El camino de Wigan Pier, George Orwell aporta la metáfora adecuada: el mundo es una especie de balsa que navega por el espacio y contiene suficientes provisiones para todos, de forma que la idea de que todos debemos cooperar y velar por que cada uno haga su parte justa del trabajo y obtenga una parte de esas provisiones es tan obvia que nadie podría negarse a aceptarla a no ser que tuviese «algún motivo corrupto para aferrarse al sistema presente». Desde que Orwell escribiera esto han pasado muchas cosas, y casi todas abundan en su mismo sentido. En su ensayo “The Economics of the Coming Spaceship Earth”, Kenneth E. Boulding expuso años después una metáfora similar, según la cual el mundo es una aeronave que nos transporta a todos como pasaje, haciendo de la humanidad una comunidad de comunidades donde se juntan lo universal y lo personal y más cercano. En esta «aeronave» todos somos tripulantes; están con nosotros quienes nos precedieron y las generaciones futuras. Frente al discurso sincrónico y ególatra de la ideología consumista y la cerrazón localista de los populismos, la solidaridad de nuestra era, que tanto puede y tanto sabe, es diacrónica y es global o es moralmente irresponsable. Las consecuencias del cambio climático, las pandemias sin confines posibles y la geoestrategia de los arsenales nucleares dejan bien a las claras cuánto nos jugamos a propósito de esto. Sabemos de nuestra vulnerabilidad como especie, y es deber de todos postergar cuanto podamos la caída de esa noche infinita.

Afirmaba uno de sus principales estudiosos, Hans Speier, que el honor es un complejo multidimensional situado en el espacio y el tiempo. En cuanto hace al honor ético, ese espacio y ese tiempo están forzosamente globalizados. En estas páginas vamos a aclarar que eso es perfectamente compatible con desterrar las abstracciones, que en lo moral terminan siendo infructuosas. Los seres humanos compartimos destino. La alternativa a un solo mundo es una breve algarabía de localismos seguida de una aniquilación segura. Las aumentadas capacidades humanas del siglo XXI llevan aparejadas responsabilidades superiores. Noblesse oblige.

ALGUNOS HOMBRES BUENOS

En el resto de este libro se hablará, en aras de la simplicidad y salvo cuando se especifique otra cosa, de honor a secas. Antes de eso, merece la pena detenerse en una muestra cinematográfica de la transición del honor tribal al ético. Algunos hombres buenos, basada en la obra teatral homónima de Aaron Sorkin, cuenta la historia del juicio por la muerte del Marine Willy Santiago. El cabo Harold Dawson y el soldado Louden Downey, a petición de sus mandos, aplicaron a Santiago un «código rojo», un castigo oficioso por un comportamiento juzgado desleal a su unidad. Irrumpieron de madrugada en su cuarto, lo amordazaron, le propinaron algunos golpes. Pero algo salió mal: a causa de una afección previa y desconocida, la represalia acabó con la vida del soldado, y ahora han de afrontar un consejo de guerra en el que se les acusa de asesinato.

Santiago había tenido problemas para estar a la altura de su unidad, destacada en la base naval de la Bahía de Guantánamo, a causa de algunos problemas físicos. Como resultado de ello, estaba siendo acosado por sus compañeros. Cada vez más solo y angustiado, al presenciar una acción irregular de Dawson (su protector en muchas ocasiones), vio su oportunidad de pedir un traslado comunicando fuera de la base el incidente. Las cartas que escribió fueron interceptadas por sus mandos, el teniente James Kendrik y el coronel mayor Nathan Jessep, que decidieron meterle en vereda. Había que enseñar a Santiago a respetar el Código, a pesar de las reticencias del coronel Matthew Markinson, que sostenía que lo de las cartas se sabría y el acoso subiría de tono, por lo que aconsejaba su traslado.

Se encarga la defensa de Dawson y Downey al teniente Daniel Kaffee, un joven abogado de la Armada especialmente hábil en la negociación de acuerdos. Kaffee tendrá como asistente a la capitana Joanne Galloway, que sospecha que se ha aplicado un «código rojo» y que por lo tanto los acusados son inocentes del cargo de asesinato que se les imputa. Por supuesto, Jessep ordenó a Kendrik la acción disciplinaria, y este la transmitió a sus ejecutores; una vez constatada la tragedia, y por tratarse de un procedimiento ilegal, aunque tribalmente asumido, dejaron que los soldados cargasen con la culpa. Al visitar Kaffee la unidad y enfrentarse a Kendrik, este le explica, rebosando desprecio: «El soldado Santiago ha muerto, y eso es una tragedia. Pero ha muerto porque no tenía Código, ha muerto porque no tenía honor». Cuando Kaffee pregunta a Dawson por qué había que aleccionar a Santiago, este alude a que se saltó la cadena de mando y mancilló el Código: «Unidad, Cuerpo, Dios, Patria».

Sabiendo que el todopoderoso Jessep controla numerosos resortes en el ejército, y con el fin de finiquitar rápidamente el asunto, Kaffee obtiene sin demasiadas dificultades una ventajosa propuesta de acuerdo: sus defendidos se declararán culpables y serán condenados a dos años, de los que solo cumplirán seis meses. Frente a la perspectiva probable de cumplir cadena perpetua, esa parece una gran noticia. Pero al comunicárselo a Dawson (que ejerce un paternal control sobre Downey), este se niega a aceptarlo. El cabo es, a fin de cuentas, un hombre de honor: su moral atiende a principios y no a consecuencias. «No hicimos nada malo, señor» —le dice a Kaffee— «Hicimos nuestro trabajo, y si trae consecuencias, las aceptaré. Pero no diré que soy culpable». Hay algo que asusta más a Dawson que pasar el resto de su vida en la cárcel: que a él y a Downey los licencien con deshonor. «Nos hicimos Marines porque queríamos vivir la vida bajo un cierto Código y lo encontramos en el Cuerpo. Y ahora nos pide que firmemos un papel que dice que no tenemos honor […] Si el tribunal decide que lo que hicimos está mal, asumiré el castigo que se me imponga, pero no me deshonraré a mí mismo, a mi unidad y al Cuerpo para irme a casa a los seis meses».

A estas alturas de la historia, la tensión entre el pragmatismo de Kaffee y la ética no consecuencialista de Dawson ha alcanzado sus más altas cotas. Dawson está todavía atrapado en una variante de honor moralmente errónea; pero cree en la objetividad del bien y es fiel a unos principios. «¿Cree que hicimos lo correcto?», pregunta a su abogado; «creo que perderéis», le responde este. A lo que Dawson replica: «Es usted un cobarde. No puedo creer que le dejen llevar uniforme». Cuando Kaffee, contrariado, se vuelve antes de abandonar la sala para exigirle respeto («¿qué pasa con el saludo a un oficial cuando abandona la sala?»), Dawson lo mira desafiante y entierra en los bolsillos sus manos.

El teniente Daniel Kaffee está viviendo su propio proceso; un viaje a las entrañas de su coraje. Es hijo de un difunto abogado célebre por su entrega a las causas sociales, y esa alargada sombra lo persigue a todas partes. Tiene la brillantez y las habilidades, e incluso, sepultados por la soberbia y el éxito, los ideales; le faltan redaños. En una de las discusiones que tiene con la capitana Galloway, en la que Kaffee grita que él sabe de leyes, esta le dice: «No eres nada, un picapleitos, un vendedor de coches usados. Vive con eso». El teniente sabe de reglamentos y negociaciones, pero olvidó la justicia. Cuando pisa por primera vez la sala donde tiene lugar el consejo de guerra, admite que lo eligieron por su historial de acuerdos rápidos, para que la causa no llegase nunca a un tribunal. Decide entonces dar un paso al frente y defender la inocencia de Dawson y Downey, asumiendo graves riesgos profesionales y personales.

Kaffee hace que el honor ancestral se siente en el banquillo. Cuando interroga al teniente Kendrik a propósito de una ocasión en la que Dawson fue amonestado por seguir su propio criterio y pasar comida al soldado Bell, que había sido castigado por un incidente menor, Kendrik le dice: «Tengo dos libros en mi mesilla de noche, teniente: el Código de Conducta de los Marines y la Sagrada Biblia, y no respondo a otra autoridad que a mi superior, el coronel mayor Jessep, y a Dios nuestro señor». Kendrik está reconociendo que el honor ancestral es jerárquico y heterónomo, que no permite enjuiciar personalmente si algo está bien o mal; y sabemos que en aquel suceso el honor ético estaba del lado del acusado, Dawson, que alimentó a un hambriento. «Por seguir el dictado de su propia conciencia, Dawson fue castigado», dice Kaffee, que pregunta a Kendrik: «¿Puede Dawson decidir por sí mismo qué orden puede obedecer?». «No, no puede», responde el teniente.

Cuando Kaffee decide llamar a declarar al comandante en jefe de la unidad destacada en la Bahía de Guantánamo asistimos al clímax de la cinta. Jessep está deseando reconocer que fue él quien ordenó el «código rojo», aunque se cuida de hacerlo, pues sabe que lo incriminaría en el asesinato. Kaffee lo acorrala, y entonces Jessep estalla y hace esta orgullosa declaración de principios:

Nosotros usamos palabras como Honor, Código, Lealtad, las usamos como columna vertebral de una vida consagrada a defender algo. Tú las usas como gag. Y no tengo ni el tiempo ni las más mínimas ganas de explicarme ante un hombre que se levanta y se acuesta bajo la manta de la libertad que yo le proporciono y después cuestiona el modo en que la proporciono.

Jessep tiene una misión encomendada, en virtud de la cual él se sitúa por encima del bien y del mal y niega a Kaffee su derecho a enjuiciarle; una misión en la que la muerte de Santiago o la reclusión de Dawson y Downey son males necesarios, anécdotas que hay que olvidar a toda prisa. Y si al abogado no le parece bien ese sistema, ya puede él coger un arma y ponerse a la tarea. Con una última presión, Kaffee logra que Jessep confiese que fue quien dio la orden, porque nada de lo que ocurre en su unidad sucede sin su consentimiento, ya que él, por designación jerárquica, es sencillamente la ley.

Encausado Jessep por su confesión, los acusados son absueltos del crimen que se les imputaba, pero son licenciados con deshonor por «conducta impropia de un miembro del Cuerpo de Marines de los Estados Unidos». El soldado Downey, desolado, no entiende qué está pasando; ¿por qué los castigan si no han hecho nada malo? Dawson, que ya ha entendido que es al honor ético al que un verdadero soldado se debe, le responde: «Sí lo hemos hecho. Nuestro deber era luchar por la gente que no podía luchar por sí misma. Nuestro deber era luchar por Willy». Decía el general Douglas MacArthur que un soldado tiene el encargo de proteger al débil y desarmado, sea amigo o enemigo, pues esa es la esencia de su propósito. Kaffee remacha, dándole la vuelta, la idea de Dawson: «El honor no es solo una pegatina en el brazo». Reconciliado finalmente con su abogado, ahora que un solo bien obliga a ambos y un solo principio los cobija, Dawson muestra sus respetos a Kaffee cuando este se dispone a abandonar la sala de juicios: «¡Firmes! Hay un oficial en la sala».

[1] [Todas las consultas de estos diccionarios se realizaron a mediados de 2021]. «1. Reputation 2. Recognition 3. Privilege 4. Credit 5. Badge-decoration 6. Chastity 7. Purity 8. Integrity».

[2] «Great respect for someone, or the feeling of pride and pleasure resulting when respect is shown to you; a good character, or a reputation for honesty and fair dealing; a public reward to show appreciation for unusual achievement».

[3] «Ensemble de principes moraux qui incitent à ne jamais accomplir une action que fasse perdre l’estime qu’on a de soi ou celle qu’autrui nous porte […] réputation, gloire, témoignage d’estime, privilège».

[4] «1. Ansehen aufgrund offenbaren oder vorausgesetzten (besonders sittlichen) Wertes; Wertschätzung durch andere Menschen 2. Zeichen oder Bezeigung der Wertschätzung 3. Gefühl für die eigene Ehre 4. Jungfräulichkeit eines jungen Mädchens».

II.

UNA MORAL SENTIDA Y DE LA ACCIÓN

LOS USOS DEL CORAZÓN

POR MÁS QUE ESTÉ CIENTÍFICA Y filosóficamente superada, persiste la oposición de razón a emoción como modos de conocimiento y sensibilidad, respectivamente. Seguimos huérfanos de una educación sentimental competente. Contribuyen al desbarajuste la machacona persistencia del entretenimiento sentimentaloide (canciones baratas, concursos infumables, películas ñoñas), al que se han unido los magros y muy rimbombantes hallazgos de la «psicología positiva», la engañifa de la «educación emocional» en las escuelas y una pujante industria terapéutica en torno al fluido e inconsistente mundo de los coaches. Bajo la rúbrica de la mal llamada «inteligencia emocional», estas instancias han confundido más que aclarado lo que Pascal dijo: que el corazón tiene razones que la razón desconoce. Por ser la del honor una ética asentada en los denominados sentimientos morales, conviene dedicar unos párrafos a aclarar algunas cuestiones básicas sobre nuestra vida sentimental.

En tanto órgano rector del organismo, el cerebro tiene el cometido esencial de mantenernos con vida. A tal fin ha desarrollado los más complejos mecanismos para analizar nuestro entorno. Entre sus principales tareas están hacer predicciones sobre el comportamiento ajeno y evaluar la importancia de nuestros empeños. Las emociones son señales que, unidas a las sensaciones, las ideas y a cuanto nuestra memoria atesora, conforman interpretaciones del mundo en función de las cuales decidimos qué haremos. Decidir es una tarea inabordable desde el puro intelecto y la mera percepción de los sentidos. El nuestro es un mundo social, y así pues intencional y sometido a los múltiples dilemas dimanantes del libre albedrío. Como ha explicado Antonio Damasio mediante su «teoría del marcador somático», nuestra toma de decisiones depende de cambios homeostáticos sutiles o evidentes que detectamos por la emoción o los sentidos y constituyen las entradas —en su mayoría inconscientes— para nuestro decisional sistema de ecuaciones.

Damasio sostiene que «presentamos» continuamente opciones o perspectivas a nuestro corazón, y que las emociones que siguen son predicciones sobre sus resultados futuros. Nuestro organismo crea relaciones entre situaciones del entorno y cómo nos sentimos —«casos de emociones»— en función de nuestros objetivos, motivaciones y proyectos. Cuando nuestra conducta logra un encaje adecuado con la situación planteada (cuando, digamos, estamos ante un «caso de éxito»), aquella queda registrada para ser repetida en el futuro. No podemos posicionarnos razonablemente en nuestro medio, plagado de otros sujetos con sus propias intenciones, deseos y objetivos, sin contar con un escáner emocional. Por este y otros motivos llama Damasio a las emociones «la joya de la corona de la regulación automatizada de la vida».

La emoción es un acontecimiento fisiológico; su evaluación es el sentimiento, cuyo alcance cognitivo puede apreciarse en cómo modifica o refuerza nuestras creencias. Robert Zajonc, uno de los psicólogos sociales más importantes del último medio siglo, llamaba a las emociones «cogniciones calientes»; asumimos esa definición cambiando «emoción» por «sentimiento». Si una idea es la cognición de una ocurrencia, un sentimiento es la cognición de una emoción. En La gaya ciencia, Nietzsche cuenta una anécdota del escritor y filósofo francés Fontenelle, una ocasión en la que alguien le puso la mano en el corazón y le dijo: «Lo que usted tiene aquí, amigo mío, también es cerebro». Lo sentido es información, significado y entendimiento, un juicio vivo y un ingrediente imprescindible para la acción.

Las emociones son tan inconscientes como las ocurrencias; ambas «nos ocurren», en el sentido psíquico más profundo de la expresión. Prívese el lector por un instante de estímulos externos y atienda al flujo de su conciencia: descubrirá un sinfín de «pensamientos impensados», tan aparentemente ajenos a su gobierno como las emociones. Cualquiera que haya vivido un «momento eureka», el instante en que emerge a la conciencia la solución a un problema previa e infructuosamente reflexionado durante un largo tiempo, sabrá a qué nos referimos. En cambio, nuestros sentimientos, como nuestros pensamientos en forma de argumentos, hipótesis o teorías, son conscientes. Las emociones «brotan» (aunque no aleatoria, sino causalmente); los sentimientos son una elaboración, más o menos hábil o acertada. Las emociones son hechos; sin embargo, son posibles, y hasta frecuentes, los sentimientos erróneos.

La idea de que hay sentimientos erróneos chirría tanto en el emotivista ambiente en el que hoy nos movemos («el corazón nunca engaña») que merece ser subrayada con un ejemplo. Sabemos que la confianza es un sentimiento, es decir, un conjunto de emociones inducidas por ciertos indicios e interpretadas de determinada manera. Sabemos también que cuando alguien confía en nosotros segregamos oxitocina, y que esa hormona contribuye a su vez a que confiemos nosotros. Ahora bien: un embaucador conoce los trucos, es decir, sabe generar los indicios para que la oxitocina y las emociones concomitantes se disparen, de modo que, si no estamos alerta, confiaremos en él —sentiremos confianza— equivocadamente.

Lo «inconsciente» del proceso emocional no conlleva, estrictamente hablando, involuntariedad, sino que ocurre «en proceso de fondo» (tal y como la creatividad opera, en buena medida). Si el lector considera discutible esta afirmación, le invito a que piense en cómo desarrollamos nuestros automatismos: decisiones pasadas, aprendizaje acumulado, experiencias, instancias todas que en mayor o menor medida dependen conscientemente de nosotros. Joseph LeDoux afirma en The Emotional Brain que tenemos un escaso control directo sobre nuestras reacciones emocionales; la clave está en el adjetivo «directo». Nuestras respuestas sentimentales se configuran en función de las circunstancias, la biología, la cultura y nuestras voluntades. Por lo demás, que algo no sea totalmente involuntario no significa que se pueda eludir en todos los casos. No puedo evitar sentir miedo en este instante; pero tengo algo que decir en la explicación de por qué he sentido miedo, y sobre todo en cuanto a cómo me conduzca en respuesta a esa emoción.

Lisa Feldman Barrett, investigadora de las emociones y directora del Interdisciplinary Affective Science Laboratory, tiene una tesis interesante: el alfabeto emocional es relativamente simple, y por lo tanto inespecífico, es decir, una misma emoción puede dar lugar a un amplio ramillete de sentimientos distintos; consecuentemente, el vocabulario sentimental es mucho más amplio. Hay una sola emoción de vergüenza —un solo patrón de respuesta fisiológica llamado «vergüenza», con distintas intensidades—, pero hay muchos sentimientos de vergüenza distintos. No es lo mismo avergonzarse por haber ofendido a alguien que hacerlo por haber sido ridiculizado, y nada tiene que ver la vergüenza que el xenófobo hace sentir al extranjero con la que siente quien ha fallado a un amigo.

Richard Lazarus, que investigó a militares que trataban de superar el miedo y el estrés postraumático, explica que las emociones son evaluaciones globales de la situación vital del sujeto. Las emociones no solo informan, también preparan para la acción; esa es una de las notas de su pujanza. Cuando siento ira, mi corazón se acelera y hay más riego sanguíneo; mi cuerpo se prepara para entrar en combate. Cuando estoy triste, mi cuerpo se ralentiza, me pongo a resguardo; me dispongo a la reflexión. Gracias a nuestra «maquinaria emocional» podemos también conocer las emociones, creencias e intenciones de los otros, y de ahí deducir sus proyectos vitales. Esta información es clave para la interrelación y la convivencia.

Es el sentimiento el que propicia todos los sentidos (vitales). Si solo tuviésemos lógica, «racionalidad» —o mejor: intelecto—, no nos levantaríamos de la cama ni sabríamos adónde ir luego; no tendríamos porqués, tan solo cómos. De modo que al sentir no solo reaccionamos al mundo, sino que lo creamos. Si el honor, como hemos dicho, asigna valor a las personas y los grupos, necesariamente dependerá del sentimiento, que es el que subraya la importancia de nuestros proyectos evaluando en consecuencia el entorno. Lo que cuenta, se siente. El honor incorpora creencias sobre los objetos del mundo y los tasa en función de un ideal del bien, generando comportamientos; y lo hace sintiendo.

No es casual que emociones y motivaciones compartan raíz léxica latina (motus, motio, términos relativos al movimiento); unas y otras nos mueven. Tanto las emociones como las motivaciones tienen intensidad, duración y dirección. La motivación puede sentirse, aunque, curiosamente, a «un motivo» lo llamamos también «una razón». El honor es igualmente una de las más poderosas «motivaciones intrínsecas» que existen; se denominan así a las que nacen en nosotros mismos y no las disponen otros. No hay lance social alguno que no tenga aspectos emocionales y motivacionales, y, por lo tanto, si quiere ser razonable, no hay ética que pueda desentenderse de ellos.

Hay en la razón una pretensión y una ilusión de dominio. En cambio, la emoción nos vincula a lo que no controlamos plenamente, y de este modo se nos muestra como una derivada de nuestra constitutiva vulnerabilidad. La razón pura puede llegar a establecerse como un caudillo insobornable, y por lo tanto inconmovible y eventualmente destructivo. No existe, en cualquier caso, enemistad natural ni de suyo efecto desplazamiento entre emoción e intelecto; si bien cualquier sobrestimación de uno y otro polo, como ocurre en la psicopatía y en los trastornos impulsivos, conduce a comportamientos indeseables.

¿Adónde apunta todo esto que sabemos sobre cómo funcionan nuestros vastos corazones? A que el comportamiento moral, que tiene que ver con lo que está bien y lo que está mal, y, por lo tanto, con las empresas vitales propias y ajenas, no es posible a espaldas de los sentimientos. Como sabía Pascal y han sancionado las modernas neurociencias, el corazón es nuestra brújula moral. Incluso Kant, quien, como enseguida veremos, apeló a la pura razón en su propuesta sobre lo que es justo, tuvo un momento para reconocerlo: esa propuesta nació y creció a la lumbre de un poderoso sentimiento, y así, en la Crítica de la razón práctica, leemos: «Dos cosas llenan mi ánimo de creciente admiración y respeto, a medida que pienso y profundizo en ellas: el cielo estrellado sobre mí y la ley moral dentro de mí».

SENTIMIENTOS MORALES

En el lapso entre las dos guerras más cruentas que el mundo ha visto, W. H. Auden escribía estos versos en memoria de otro poeta, W. B. Yeats:

La vergüenza intelectual

nos mira desde cada rostro humano

y los mares de la piedad

se encierran y se hielan en cada ojo[1].

Las éticas más exitosas de los últimos tiempos, en cuanto a su poderío cultural y su repercusión legal y académica, han sido las intelectualizadas, esto es, aquellas que han querido fundar la moral en la razón de un modo casi exclusivo, sea en su versión trascendental (Kant) o calculista (utilitarismo). No es de extrañar que estas éticas intelectualizadas hayan tenido dificultades para promover el bien en el mundo. Para empezar, han hecho excesivo hincapié en los juicios morales, en detrimento de las costumbres y los comportamientos; además, no han entendido suficientemente lo que va de esos juicios a las acciones, es decir, el papel que desempeñan las motivaciones y las emociones.

Esta preponderancia racional tiene orígenes muy venerables. En tiempos homéricos, todas las emociones eran pasiones: el ser humano padecía lo que los dioses proponían. Sentir era ser poseído, por las Erinias o por Zeus; digamos que había arrebatos, raptos emocionales, y solo en menor medida, sentimientos. Los estoicos combatieron contra este poder caótico de las emociones poniendo el corazón bajo el yugo del intelecto. Platón imaginó en Fedro que nuestra alma era tripartita, siendo su vértice racional el auriga que debía domeñar con el látigo los otros dos vértices, el corcel de la parte irascible y el de la concupiscible. El impacto de esta partición entre lo razonable y lo sentido aún perdura, a pesar de Pascal y de lo que su coetáneo, Baltasar Gracián, se pregunta en El héroe: «¿Qué importa que el entendimiento se adelante, si el corazón se queda?».

Si la deontología kantiana no ha tenido sobre el mundo todo el impacto que su profundidad y alcance merecían es precisamente por esta desmesura intelectualista, que cabe imputar, uno, a lo que su tiempo ignoraba sobre el cerebro, las emociones y los motivos, y dos, a su gélido puritanismo. Para Kant, solo es moral el comportamiento desprovisto de motivaciones sensibles. Escribe en Fundamentación de la metafísica de las costumbres: «Lo práctico de la capacidad judicativa solo comienza a mostrarse de manera convenientemente provechosa cuando el entendimiento común excluye de las leyes prácticas todos los móviles sensibles». No obstante, es lo que nos emociona y nos motiva lo que causa nuestras acciones; la razón, como se ha dicho, establece esencialmente el cómo. Una creencia que no es sentida es una creencia inerte, incapaz de engendrar actos. Por más que pueda y me ayude deducirla, he de sentir la «ley moral dentro de mí» para hacer lo correcto.

La visión omnímoda de la razón, que ignora que hay cognición en el sentimiento, es un modo pobre de concebir nuestra vida mental (y, por descontado, nuestra vida afectiva). Para Kant, como para los estoicos o los confucianos, la razón es un asunto de todo o nada, y el hombre sabio y el bueno siempre coinciden. Ni uno ni otros necesitan «fines» para las personas; pero nosotros sabemos de su importancia y que el humano es el ser que necesita motivos para iniciar cada nuevo día. Cuando en el segundo volumen de su Tratado de la naturaleza humana Hume dice que «la razón está, y solo debe estar al servicio de las pasiones», se adelanta al menos dos siglos a los hallazgos psicológicos y filosóficos en cuanto a que son los sentimientos los que determinan que vivir tenga sentido.

Kant afirma en la Fundamentación que «la razón manda por sí misma, e independientemente de todos los fenómenos, lo que debe suceder»; pero solo puede estar en lo cierto si con «razón» se refiere a «cognición» y por lo tanto al pensamiento y al sentimiento, y no puede estarlo si pretende excluir la incidencia en nuestra vida mental de lo emotivo. John Rawls, en cuya filosofía la influencia de Kant es muy notable, escribe en cambio en su Teoría de la justicia: «Por atractiva que una concepción de la justicia pueda ser en otros sentidos, es gravemente defectuosa si los principios de psicología moral son de tal carácter que no suscitan en los seres humanos el deseo indispensable de actuar de acuerdo con ella». Los deseos, tal y como dice Hume, no pueden ser racionales —todo lo más, incoherentes o razonables—; se sienten. «La razón» —añade— «es perfectamente inerte y no puede prevenir ni producir una acción o afecto», y de hecho «puede resultar racional preferir la destrucción del universo a sufrir un rasguño en la mano». Rawls entiende que su propuesta sobre la justicia se atiene a la índole deseante de nuestros comportamientos, al tiempo que apunta por qué el cálculo utilitarista (sumatorio de placeres menos sumatorio de dolores) no cumple tal requisito: la «ley psicológica» en la que se basa, según la cual nuestra vida sentimental entera puede reducirse a un esquema de motivaciones egoístas, es errónea.

No hay duda de que el honor se siente. Esta verdad sencilla y poderosa, universalmente constatable, constituye de por sí una enmienda a la totalidad de las morales intelectualizadas. De ahí que el bushido sea un código para guerreros transmitido por tradición oral y que, como dice Nitobe, esté «escrito sobre las frescas tablas del corazón». Para un samurái, el intelecto está subordinado a la emoción ética; el universo de los samuráis es moral por entero. Quien, enfrentado a una situación precisa, siente lo correcto, hace lo correcto, sin necesidad de intervención intelectiva. La propia reflexión moral, desvinculada de la acción, es poco más que un juego; valioso para los filósofos, inane para el común de los mortales.

Jonathan Haidt, que ha desarrollado una «teoría del intuicionismo social», habla incluso de un «estupor o un pálpito moral» al que sigue una racionalización más tardía. Primero sentimos lo que hay que hacer; después, si alguien lo pide o nosotros mismos nos lo exigimos, somos tal vez capaces de justificarlo. Con esto no quiere decirse que el intelecto sea irrelevante, ya que nuestras reflexiones también inciden en nuestras creencias y por lo tanto en nuestros sentimientos en el medio y largo plazo; decimos que por sí solo el intelecto no puede engendrar una vida moral, y que tampoco puede protagonizarla.

Destacar la sentimentalidad de la moral —que no su sentimentalismo— es también una manera de reconocer la profunda interconexión que existe entre corazón e intelecto en cuanto al comportamiento justo. El principio «las personas han de tener las mismas oportunidades» será fuente de actos morales si lo he hecho mío hasta el punto en que, enfrentado a una situación discriminatoria, yo sienta vergüenza e indignado me vea impelido a hacer algo al respecto. Mis experiencias pasadas, todas entreveradas de sentimiento, tendrán un efecto en esa respuesta, y también mis reflexiones y conversaciones, mis interpretaciones de esos hechos y mis teorías sobre la humanidad y el mundo.

Por supuesto, en nuestra vida sentimental también hay afectos e inclinaciones. Cuando Kant sostiene que lo subjetivo es «sumamente perjudicial para la pureza misma de las costumbres», cabe leerlo refiriéndose a lo que amamos u odiamos, lo que nos gusta o disgusta. Efectivamente, el emotivismo, la filosofía que sostiene que «robar está mal» no es una proposición que pueda ser verdadera o falsa y es por tanto la expresión de una «preferencia», es una ética sin fundamento. Aunque el honor se sienta, el juicio moral no proviene de los sentimientos como afectos, sino de los principios que emanan de la existencia de un bien objetivo. Actúo porque siento; pero sé por qué lo siento, y ese saber es universalmente accesible, además de sentimentalmente provechoso. No es que el honor consista sencillamente en actuar «porque siento que se hace un mal», sino más bien «cuando siento que se hace un mal», partiendo esta consideración de un juicio imparcial que, como se verá, no es complicado, pero tengo que haberlo interiorizado previamente. El sentimiento no valida el mandamiento moral; le da eficacia. Obrar honorablemente implica estar educado para sentir lo que corresponde, siendo tales sentimientos los resortes que propician la acción.

Sabemos, por experimentos realizados con niños de muy corta edad e incluso con recién nacidos, que no venimos al mundo moralmente como «lienzos en blanco». Pero a pesar de nuestro repertorio emocional y conductual innato, es absurdo pensar que nuestros sentimientos morales puedan ser solo el resultado de no haber sido «estropeados» por una infancia destructiva o algún fallo genético. Las potencialidades existen y son universales, pero compiten con otras, de forma que para que los sentimientos morales proliferen es necesario un esfuerzo formativo. Sobre la base de un talento heredado más o menos abundante, a sentir se aprende. La educación moral es una educación sentimental, es decir, de las emociones y sus interpretaciones (cogniciones). A este respecto y en Tras la virtud, MacIntyre refiere que las virtudes son disposiciones no solo para actuar de maneras particulares, sino para sentir de maneras particulares. Actuar virtuosamente no sería, como dijo Kant, actuar contra la inclinación, sino actuar desde una inclinación formada para cultivar las virtudes.

No se trata simplemente de sentir más, tampoco de sentir menos, sino de sentir mejor. No sobra emoción, sino sentimientos desencaminados; faltan corazones educados. Dice López-Aranguren en su Ética (y hoy son legión quienes piensan lo mismo) que «los sentimientos nos son dados, no dependen de nosotros». Ahora bien, podría decirse tal cosa, si acaso, sobre las emociones, y tan solo parcialmente y en el corto plazo, pues incluso estas en muchas ocasiones nos alcanzan según hayan sido nuestras decisiones, compañías y experiencias pasadas. Nuestros sentimientos, por ser cognición y emoción, se inscriben sin duda en el ámbito de nuestras responsabilidades morales; y más aún nuestros comportamientos, los cuales, impulsados por nuestros vientos emocionales, no se relacionan unívocamente con dichos sentimientos. Hay, en definitiva, cuatro «momentos» emocionales, en cuanto hace a nuestra intervención volitiva: uno, todo lo que nos predispone y enfrenta a determinadas emociones; dos, la experiencia misma de la emoción; tres, la elaboración cognitiva que supone el sentimiento; y cuatro, la respuesta conductual. El momento uno, como acaba de decirse, depende parcialmente de nuestras resoluciones. Los momentos dos a cuatro pueden sucederse a gran velocidad; en todo caso, la educación sentimental repercute decisivamente en si la respuesta es buena o mala, impulsiva o madura; no necesariamente «controlada» ni «meditada», sino «educada», y por lo tanto menos propensa a errores. «Controlar» suena un tanto a «refrenar», y «meditar» a que la razón es el auriga que toma las riendas, y por eso evitamos ambos verbos; estamos hablando de acertar con lo que interpretamos y subsiguientemente decidimos.

Como mencionamos al hablar de la confianza y la oxitocina, es un error muy extendido —muy romántico y posmoderno— considerar que el corazón nunca se equivoca. La ignorancia sentimental existe. Los estudios de la doctora Barrett indican que las personas cuyo sistema conceptual para las emociones es pobre no pueden sentir como aquellas en las que es rico. Existe incluso el analfabetismo sentimental, la alexitimia, que es un déficit cognitivo en el procesamiento y modulación de las emociones. Por razones neurológicas o psicológicas, la persona alexitímica no sabe lo que siente; experimenta emociones que no es capaz de interpretar y por lo tanto convertir en sentimientos adecuados. Por la misma razón, la persona alexitímica no es capaz de expresar lo que verdaderamente siente, y a veces somatiza esas emociones a las que no puede dar cauce; en consecuencia, le cuesta socializar y decidirse.

La segunda gran conexión entre ética, honor y sentimientos se refiere a la relevancia que estos tienen para que las personas determinemos nuestras prioridades y construyamos nuestros sentidos vitales. Lo explica Martha Nussbaum en Paisajes del pensamiento: «En lugar de concebir la moralidad como un sistema de principios que el intelecto imparcial ha de captar y las emociones como motivaciones que apoyan o bien socavan nuestra elección de actuar según esos principios, tendremos que considerar las emociones como parte esencial del sistema de razonamiento ético». Sentir es la manera —compleja, no calculista— que tenemos de responder a la pregunta: ¿qué es lo que de veras importa? A quienes prefieren los robots y los algoritmos a las personas suele decepcionarles enormemente que sea sentimental el método para tamaña empresa, pero lo cierto es que lo humano es varios órdenes de magnitud más complicado que la circuitería digital o la cibernética.

Esta relación sentimental con el mundo que la moral supone es específicamente humana; es una sofisticación necesaria para el más intensamente social de los seres vivos. El resto no alcanzan nuestras complejidades, y puedo programar un ordenador para que haga trampas al ajedrez, pero no para que se sienta culpable por hacerlo. De la densidad y el carácter de las relaciones que los Homo sapiens establecemos se sigue que para convivir necesitemos ética. Hay un nexo misterioso entre lo que un ser es capaz de sentir y su nivel de conciencia que está detrás de esta especificidad prodigiosa.

La trama sentimental del honor es rica y frondosa. No obstante, hay tres sentimientos morales que resultan capitales. Cada uno de ellos opera en una dirección precisa y necesaria: como sentimiento descendiente, la vergüenza, que es un malestar ante lo inferior; como sentimiento horizontal, la compasión, una especial proximidad ante lo igual; como sentimiento ascendente, la reverencia, la admiración ante lo superior. Tenemos que hablar de estos tres sentimientos, de los que dependen los comportamientos honorables.

VERGÜENZA

Platón cuenta en su diálogo Protágoras que en tiempos inmemoriales los seres humanos, pese a haber desarrollado multitud de artes tecnológicas, se seguían destruyendo entre sí. Zeus decidió entonces enviar a Hermes para que les llevase el pudor y el sentido de la justicia, aidós (αἰδώς) y diké (δίκη), «a fin de hacer posible el orden político y crear un lazo de amistad y unión». Platón creía que el pudor era una condición indispensable para una vida social sana, y que la sabiduría política era un feliz matrimonio entre diké y aidós.

En tanto emoción básica e inespecífica, la vergüenza puede experimentarse en muy distintas situaciones. Hay además vergüenzas erróneas, e incluso patológicas; sea como fuere, la importancia social de la vergüenza no puede exagerarse. En Sartor Resartorus, Thomas Carlyle dice que «la vergüenza es el suelo de todas las virtudes, de las buenas maneras y de la moral recta». Es posible que sea la más universal de todas las emociones; también es una de las más ostensibles. Aristóteles llamó al hombre «el animal de las mejillas rojas», a sabiendas de que somos el único ser vivo que se ruboriza. Es tal la importancia social de mostrar que nos avergonzamos, que esa innovación somática ha prevalecido genéticamente en la especie. El arrebol vergonzoso cumple la función de denotar contrición y poner de manifiesto que se entiende la falta, morigerando la respuesta, el eventual castigo que aplicarán quienes han sido ofendidos. En el dialecto ashanti del idioma twi, hablado por ancestrales tribus de Ghana, cuando alguien hace algo deshonorable se emplea una expresión que quiere decir «su cara se ha caído». Hay una locución idéntica en chino, y nosotros decimos que «se nos cae la cara de la vergüenza» porque agachar la vista es la reacción natural ante lo deshonroso. Como apuntaremos en su momento, hay para las personas de honor una mirada que compromete; ante ella bajamos los ojos cuando algo nos avergüenza.

El paisaje sentimental de la vergüenza honorable tiene tres campos principales: avergonzarse de la mala acción propia, de la mala ajena si impedir esa vileza está en nuestra mano y pudor o vergüenza autoprotectiva ante los ataques que nuestra propia dignidad recibe. Lo de menos, para una persona éticamente honorable, es que uno mismo sea el ofendido; nos repugna que se ataque al bien mismo y por fuerza quedamos concernidos. En De la evasión, Emmanuel Lévinas dice que la vergüenza es la representación que nos formamos de nosotros mismos como seres disminuidos con los que nos duele identificarnos. La intensidad de esta vergüenza «descansa precisamente en nuestra incapacidad para identificarnos con ese ser que se ha vuelto extraño para nosotros mismos y cuyos motivos para actuar hemos dejado de comprender». Es como si intentásemos escondernos de los demás, pero también de nosotros mismos. «Lo que aparece en la vergüenza» —dice Lévinas— «es entonces justamente el hecho de quedarse prendado de uno mismo, la radical imposibilidad de huir de uno mismo para esconderse de uno mismo».

Gomá habla en Dignidad del escándalo de lo indigno como motor de nuestras acciones. El asco ante la indignidad, dice el autor, indica a la humanidad el camino de su progreso moral. Lo apropiado, al contemplar lo indigno, es ciertamente indignarse, pero hay dos formas de hacerlo: desde el sentimiento de superioridad que nos alza en presencia de lo ínfimo y nos incita a su arrogante desprecio, o desde la corresponsabilidad que nos obliga a tomar cartas en el asunto, como el honor establece.

Esta vergüenza no es solo un sentimiento que genera respuestas honorables. También forja honor futuro; más que una reacción, es un bucle. Aristóteles fue el primero que supo ver estos dos «momentos», que deslindó con su fino escalpelo. En Retórica habla de la aischýne (αἰσχύνη), que es el pesar que sigue a la pérdida de reputación por cometer actos deshonrosos o no evitarlos. Homero había empleado el término aîschos para referirse a algo impúdico y repugnante que no debiera verse. En Ética a Nicómaco, Aristóteles habla de aidós, que es un escrúpulo inhibidor que opera antes de que el mal se cometa, el pudoroso temor al desprestigio. Aidoia, derivado de aidós, era la palabra que solían utilizar los griegos para designar los genitales. Para el filólogo W. K. C. Guthrie (Historia de la filosofía griega) tener aidós es tener «conciencia» (en sentido moral, social), un decoro de sí que nos abre al reconocimiento del otro y a lo que en justicia le debemos. Así pues, quien siente aischýne se arrepiente y se reforma o actúa para evitar un daño, y quien siente aidós se detiene antes de mancillarse. Interesa decir que la Retórica y la Ética se ocupan de cosas distintas: la primera, de la persuasión y por lo tanto de cómo inducir comportamientos; la segunda, de la adecuación de esos comportamientos a lo que es justo. Combinando aischýne y aidós inaugura Aristóteles el hoy fértil campo de la psicología moral.

Kant habla en Fundamentación de la metafísica de las costumbres del «autodesprecio que les hace aborrecerse a sí mismos en su fuero interno» a quienes obran inadecuadamente. Y en Observaciones sobre el sentimiento de lo bello y lo sublime liga la vergüenza al honor con estas palabras:

La Providencia ha puesto en nosotros cierto sentimiento delicado que puede empujarnos a la acción o servir de contrapeso al grosero egoísmo y al vulgar deseo de placeres. Es el sentimiento del honor, y su resultado, la vergüenza. La opinión que de nuestro valer tengan los demás y su juicio sobre nuestros actos, es un móvil de gran importancia, y nos lleva a muchos sacrificios. Lo que gran parte de los hombres no habría hecho por impulsos de espontánea bondad ni por principios, se hace bastante a menudo merced al prestigio aparente de una preocupación muy útil, aunque en sí muy superficial, como si el juicio de los demás determinase nuestro valor y el de nuestros actos.

Para el hiperracionalista Kant, esta virtud impulsada por la vergüenza es menos valiosa que la que incita el respeto a la ley por la ley misma, aunque «con todo, como el sentimiento del honor es delicado, puedo denominar resplandor de la virtud aquello análogo a lo virtuoso que por él es ocasionado». Además, reconoce poco después en ese mismo texto que esta pasión honorable está muy extendida en el corazón de los hombres, aunque en medida diferente, y dice que «presta al conjunto una encantadora belleza, rayana en lo maravilloso». Culmina Kant estas reflexiones con una advertencia y un guiño a la «utilidad» del honor: «Aunque el deseo de honor es una loca quimera cuando se convierte en regla a la cual se subordinan las demás inclinaciones, como impulso concomitante resulta muy útil».

Aristóteles distingue entre el akratés (ἀκρατής), el incontinente que a pesar de todo experimenta el conflicto interior, y el akolastós (ἀκόλαστος), el licencioso que no siente vergüenza y es por lo tanto incorregible. También advierte que este último es el más peligroso. No es casual la rotundidad del adjetivo «sinvergüenza», con el que designamos a quien es capaz de todas las inmoralidades, porque describe a quien carece de lo más elemental para una vida ética.

La culpa, la vergüenza y su derivado, el pecado, son sentimientos estrictamente necesarios para alcanzar la mayoría de edad moral. El pecado no es más que la constatación de un orden perturbado, junto a la conciencia de tener un papel en esa perturbación. La persona honorable asume el deber de restaurar ese orden siempre que esté en su mano. Hoy son muchos quienes creen que el pecado es un asunto exclusivamente religioso, y por lo tanto un tema cerrado; se equivocan. En su segunda acepción, el DRAE lo define como «cosa que se aparta de lo recto y justo, o que falta a lo que es debido», lo cual remite de inmediato a la primera acepción del honor que recoge el mismo diccionario. Además de quien viola un tabú o infringe un mandato divino, peca quien atenta contra la dignidad propia o ajena, sea creyente, agnóstico o ateo.

En Teoría de la justicia, Rawls, exento de toda sospecha de necesitar precepto religioso alguno en el que sustentar su ética, se refiere al pecado sin nombrarlo. Dice que actuar injustamente es fracasar en la expresión de «nuestra naturaleza» en tanto seres racionales, libres e iguales. Semejantes acciones, dice, atentan contra nuestro autorrespeto y nuestra autoestima, siendo la vergüenza la experiencia de esa derrota. Pecar no es otra cosa que actuar «como si perteneciésemos a un orden inferior, como si fuésemos una criatura cuyos primeros principios son decididos por contingencias naturales». Matiza en la misma obra Rawls que el enojo, la indignación, la culpa y el remordimiento toman a menudo formas perversas y destructivas. Es innegable que hay una vergüenza tóxica, una impugnación punitiva del yo que puede tener consecuencias dramáticas. Cuando la vergüenza social es excesiva, puede llevar al individuo al incumplimiento de los deberes consigo mismo, incluso a acabar con su vida. Hay emociones que tornan injustas y demoledoras. Pero lo mismo cabe decir de prácticamente todas las emociones, y no habrá persona en sus cabales, ni profesional de la psicología o la psiquiatría que se precie, que proponga que hay una sola emoción que constituya un error evolutivo del que convenga, sin más, desembarazarse. Cabe, por supuesto, avergonzarse, compadecerse y venerar equivocadamente, pero no existen las emociones equivocadas de suyo. Tampoco la vergüenza moral conlleva ineludiblemente una respuesta positiva y reparatoria: puede dar pie a explosiones desproporcionadas. No obstante, en la vergüenza honorable, es su combinación con la compasión y la reverencia la que conforma un todo armónico y virtuoso; y es lo que nos debemos a nosotros mismos lo que nos protege de los efectos autolesivos e inaceptables de una vergüenza descaminada.

El pudor es la tercera acepción de la vergüenza honorable. La posmodernidad lo ha dejado tocado y casi hundido; a fuerza de combatir contra el recato opresivo hemos terminado por convalidar todas las impudicias como liberadoras. Sin embargo, el recato no es siempre una expresión forzada de obediencia. En Sobre el pudor y el sentimiento de vergüenza, Max Scheler afirma que es función del pudor corporal proteger al individuo vivo y, por así decirlo, envolverlo; y añade que la vergüenza es en general un sentimiento protector del individuo (y así el gesto, natural y espontáneo, de cubrirse los genitales, no se debe mayormente a un resabio timorato, sino a que se trata de una zona muy vulnerable). La desvergüenza es negación de la intimidad; el pudor, en cambio, individualiza, de ahí que los colectivismos suelan ser impúdicos. El pudor libre no es ridículo excesivo ni mojigatería, sino una forma de orgullo, un abrigo escogido para poner a salvo lo valioso y propio y una forma elemental de respetarse a sí mismo.

Se ha recurrido en el pasado a la diferencia entre vergüenza y culpa como criterio para distinguir las sociedades orientales y colectivistas de las individualistas y occidentales. Por lo que a nuestra ética respecta, la culpa no es más que una vergüenza sin testigos. Si la vergüenza es el mensaje de los demás de que no puedes vivir con ellos y la culpa la conclusión personal de que no serás capaz de vivir contigo mismo, no es posible para un ser que se sabe social e individual divorciar ambas cosas. En el honor no hay vergüenza sin culpa, porque hay dos frenos a la posibilidad de hacer lo malo o incluso verlo y no darse por aludido: el deber y el coraje.

La vergüenza, por lo tanto, es la conciencia de que hay algo que se valora menos de lo debido. Dice Bernard Williams, que le dedicó un libro a la materia, que tiene por fin crear una «comunidad de sentimiento». Dado que todo proyecto de convivencia se funda sobre la creencia en un bien común, es un sentimiento estrictamente necesario para la ciudadanía. Quien no tiene vergüenza y por lo tanto honor es un idiotés (ἰδιώτης), alguien que se niega a contribuir a la polis, una señora o un señor a quien no le importa nadie. Tanto la vergüenza moral como la culpa implican que nos interesamos por los demás, y ambas expresan que aceptamos ciertos principios sobre el bien y la justicia. El akolastós, el sinvergüenza, es asocial, un peligro público; su manifestación extrema es el sociópata.

La vergüenza, como el honor, no es solo una potencia ética, sino también un elemento de construcción personal insoslayable. En el bushido, antes de que apareciese la palabra «honor» propiamente dicha, los samuráis empleaban otras como na (nombre), men-moku (semblante) o ren-chi-sin (vergüenza). Avergonzarse es un modo emocionalmente muy poderoso de descubrir lo que aspira a ser uno. Puesto que somos ese filamento incandescente entre los hilos conductores de lo que hoy podemos y aquello de lo que somos capaces, la vergüenza nos constituye. Además, en nuestra identidad tienen un papel esencial el autorrespeto y la autoestima, que dependen, como veremos después, de lo que opinemos de nuestra valía y de lo que estemos dispuestos a hacer por defendernos de las agresiones ajenas.

COMPASIÓN

Dice Irene Vallejo en un bello artículo sobre la “Épica del cuidado”: «Nunca olvides que los primeros pasos de nuestra civilización fueron los de un hombre a punto de derrumbarse, con un anciano a las espaldas y un niño de la mano». La estampa de Eneas abandonando Troya fue inmortalizada por Bernini, que imaginó al viejo Anquises llevándose consigo los penates —los dioses domésticos— y al niño, Ascanio, guareciendo el fuego sagrado del hogar. La virtud que embarga al protagonista de la Eneida es la pietas; Virgilio lo concibió como el máximo representante de esta cualidad que remite al cumplimiento de los deberes con la familia y los dioses.

Mucho antes de que se descubrieran las «neuronas espejo», Hume sostuvo que la base de la simpatía es nuestra percepción de cómo los demás se nos asemejan. Advertirnos iguales nos une a otras personas en el sentimiento y el pensamiento; los llamados «estados empáticos» son tanto emotivos como cognitivos. Existe una gradación entre dichos estados, de tal modo que los más elementales, como la imitación y el contagio emocional, son accesibles incluso a muchos vertebrados, mientras que el más avanzado de ellos, el compasivo, es el que caracteriza a la persona de honor.

Fue Edward Titchener en 1909 quien, al traducir el término alemán Einfühlung, introdujo «empatía» al lenguaje anglosajón, un término que se extendería después por el mundo. La empatía es la capacidad de entender lo que otro siente y, en algunos casos, la de sentirlo a su vez a modo de réplica. El psicópata carece de ella (o, cuanto menos, su depredador deseo sobrepuja ese entendimiento); no así un torturador convencional, que entiende lo que le pasa a su víctima, pero prosigue. No tiene por qué deparar un afecto negativo; de hecho, puede hacernos sentir bien, si la empatía es sádica o masoquista. En la simpatía, en cambio, ya hay una preocupación, un quedar concernido. Sympatheia (συμπάθεια) es «sentir con», «lo mismo que otra persona». Coincide la valencia o sentido de lo que sentimos y lo que observamos que el otro siente: nos duele su dolor o nos alegra su alegría. Cuando simpatizo, siento por el otro, no siento en mí a causa del otro ni meramente lo comprendo.

La pietas es un sentimiento y un pensamiento reparador y por lo tanto solo opera en lo negativo. Llamamos compasión a aquella variante de la simpatía que, por su intensidad y en virtud del carácter de quien la siente, motiva a la acción. No entendemos la compasión sin que algo ocurra, de mayor o menor alcance, respecto al sufrimiento presenciado. Es inconcebible un torturador compasivo; compadecerse implica hacer algo o dejar de hacerlo.

La empatía es condición necesaria pero no suficiente para el comportamiento moral; la compasión lo es para el honorable. La compasión supera con creces a la empatía, porque no es la mera capacidad de reconstruir la experiencia mental del otro, sino que exige conductas. Como explica Leslie Jamison en un artículo en la Boston Review (“Forum: Against Empathy”):

[La empatía] también puede ofrecer la peligrosa sensación de haber terminado: de que algo se ha hecho porque se ha sentido algo. Es tentador pensar que sentir el dolor de alguien es necesariamente virtuoso por sí mismo. El peligro de la empatía no está solo en que nos haga sentir mal, sino en que también puede hacer que nos sintamos bien, lo que a su vez puede llevarnos a pensar en la empatía como un fin en sí mismo en vez de una parte de un proceso, un catalizador.

Es decir, la empatía puede ser recreativa y autista. Desgraciadamente, está creciendo una empatía-espectáculo a la sombra de las interacciones a distancia y las redes sociales. Veo a alguien que pasa un mal trago, me siento mal, clico en «me gusta», añado un #hashtag, comparto y me siento bien, he hecho justicia. Este ciclo de la telempatía se agota en lo individual y no es honorable, sino que amoraliza, al crear una bondad impostada y autosatisfecha que es perfectamente compatible con llevar una vida deshonrosa.

De la empatía a la simpatía hay desprendimiento, salida de sí; de la simpatía a la compasión, hay coraje. En Los dos problemas fundamentales de la ética, Schopenhauer dice que la compasión ilimitada hacia todos los seres vivos es la garantía más firme y fiel de moralidad de las acciones, y que está más allá de cualquier casuística. El honor, como se explicará en su momento, es moral sin casuística, y por eso su ética considera que con la empatía no basta. Honrar es compadecerse; es Antonio cubriendo a Bassanio frente a Shylock en El mercader de Venecia, es jugarse una libra de la carne de uno. «Quien está lleno de este sentimiento seguramente ya no ofenderá a nadie» —concluye Schopenhauer— «a nadie la causará sufrimiento, sino que todas sus acciones llevarán inevitablemente el sello de la justicia y la misericordia».

La compasión, como todo sentimiento, no es solo emoción, sino también cognición. Martha Nussbaum ha estudiado a fondo en Paisajes del pensamiento esos elementos cognitivos, encontrando que hay tres de ellos que son esenciales. El primero es la gravedad del sufrimiento ajeno, su magnitud. La sociedad de la información ha supuesto un gran paso a este respecto, logrando que cada vez sean más quienes conozcan lo que otros padecen; pero también propende a la saturación, por la que el dolor ajeno puede quedar psicológica y socialmente trivializado. El segundo es la medida en la que quien sufre no merece su sufrimiento. Aquí importan sobremanera las creencias, y por eso el honor incorpora las suyas y es capaz de acrecentar la compasión que sentimos. El tercero tiene que ver con lo posible que nos parezca que nosotros podamos pasar por lo mismo; con la igualdad en la vulnerabilidad. Aquí dependemos, de un lado, del cosmopolitismo verdadero, de un humanismo efectivo; cuanto más humanos nos sintamos, y menos ruandeses, ilerdenses o bávaros, tanto más nos compadeceremos. Tenemos que conseguir que quien sufre se integre en el propio «círculo de inclusión eudaimónico», en la expresión de Nussbaum, una circunferencia que engloba a las personas que son importantes para nuestro proyecto de vida. De otra parte, nos iguala a los demás padecer como ellos, tanto ejerciendo nuestra imaginación moral como pasando por situaciones reales. En la obra de Sófocles, Neoptólemo es ajeno a lo que sufre Filoctetes hasta que a él mismo lo hacen gemir de dolor, tras lo cual, declara: «Una profunda compasión por este hombre se ha apoderado de mí».

Nussbaum menciona como obstáculos principales a la compasión la percepción de una inferioridad en el otro, la envidia y el asco. Las grandes deshonras de nuestro pasado están ligadas a estos sentimientos minusvalorantes: la animalización del judío, la envidia revolucionaria hacia los burgueses (justificada o no), el asco ante los homosexuales o la aporofobia. Mirando hacia delante, constituyen una nueva amenaza las fantasías transhumanistas que postulan vidas infinitas e indoloras, esto es, inhumanas, quimeras que sin duda crearían, de materializarse, una élite transhumana a la que asquearían los prosaicos mortales. La compasión, como el respeto, por ser netamente horizontal es una cualidad íntegra, ética y extraña a honores ancestrales como el honorífico y el privilegiado.

Año 2002: la palestina Arin Ahmed, veinte años, estudiante de comunicaciones y programación en la universidad de Belén, ha sido captada por un grupo terrorista. Su vida no ha sido fácil: su padre murió siendo ella una niña, su madre la abandonó más tarde. Odia a los judíos israelíes, que mataron a su novio cuando preparaba una acción terrorista. Ha decidido Arin que será una shahida, una mártir. Se ciñe al cuerpo los explosivos, escribe una carta de despedida para su familia y se dirige a Rishon LeZion, al sur de Tel Aviv, donde tendrá lugar la acción suicida. Está en la plaza en la que se dispone a atentar cuando repara en los jóvenes judíos, charlando, practicando skate, compartiendo bocados y bebidas. Permanece diez minutos observando y entiende de pronto que son jóvenes, antes que judíos, sus iguales, y que a pesar de lo que le suceda —el rechazo de los suyos, luego la cárcel— no va a matar a nadie.

REVERENCIA

La persona de honor no solo se desazona ante lo inferior y se conmueve ante lo igual: también experimenta la elevación. La común expresión «es un honor» nos remite precisamente a la reverencia. Digo que hacer algo es un honor cuando percibo que la tarea me eleva; cambia mi rostro y hasta mi disposición corporal mientras sinceramente lo afirmo. Y las muestras de honor ajeno «tiran de mí hacia arriba», fundiendo «el cielo estrellado sobre mí y la ley moral dentro de mí» en un todo que me gobierna.

Hay una acepción de aidós distinta de la que hemos visto. Walter Otto le dedicó algunas páginas de su obra Teofanía. El espíritu de la antigua religión griega, refiriéndose al «pudor» en estos términos alternativos:

Pero no es el pudor por algo de lo cual deberíamos sentir vergüenza sino el recato sagrado frente a lo intocable, la delicadeza del corazón y del espíritu, la consideración, el respeto […] lo venerado y lo que venera, lo puro y el sagrado recato frente a lo puro. La aidós está con los reyes, a quienes se les debe rendir honor; por eso se llaman los venerables (aidioí); pero también con el forastero, que necesita protección y hospitalidad; y con la esposa, a quien corresponde la consideración honrosa.

También Nietzsche encontró que el aidós es una emoción conectada con el temor de ofender a los dioses y las leyes eternas, el instinto de veneración convertido en hábito en el hombre noble, una suerte de disgusto ante la idea de ofender lo que es venerable. Lo esencial de este sentimiento es el reconocimiento de una excelencia que se nos impone y nos arrodilla precisamente desde lo opuesto a la sumisión y la violencia.

El agradecimiento y la reverencia son disposiciones sentimentales, es decir, cognitivas y emocionales. Surgen de lo que Pierre Hadot llamó en No te olvides de vivir «la mirada desde lo alto», la representación imaginativa de lo sublime, el vuelo que emprende el espíritu para contemplar lo absolutamente valioso. En el honor ético son dos las fuentes de ese sentimiento excelso: la conciencia de la dignidad del otro, que nos induce al respeto, y el heroísmo y otras manifestaciones intensas del honor ajeno, que nos llevan a admirar a los héroes, tratar de emularlos y superarnos hasta alcanzar la mejor de nuestras versiones. Los griegos reconocían dos fuerzas tras la reverencia: eros (ερως), o la propensión a lo bello, y alethéia (ἀλήθεια), o la propensión a la verdad.

En Crítica de la razón práctica, Kant explica que, nos guste o no, el respeto es un tributo que no podemos negarnos a entregar al mérito; podemos incluso negarnos a expresarlo, pero no a sentirlo interiormente. En la Fundamentación, concreta que es la representación de un valor que doblega nuestro amor propio. Para poder reverenciar hay que estar dispuesto, libremente, a inclinarse. Las personas que, por defender su magullada autoestima, elaboran imágenes magníficas de sí mismas, se niegan este respeto, y así pues el honor. Al miserable no lo conmueven ni la dignidad ajena ni los mejores ejemplos; jamás mira hacia arriba. Porque le humilla toda diferencia, agacha la vista, medra y conspira. No compite con los mejores; elige, si acaso, ser su némesis. En el documental Bowling for Columbine, Michael Moore entrevista a un chico al que la policía había interrogado a raíz del monstruoso tiroteo en el instituto de Colorado y a causa de su afición por los explosivos caseros (había fabricado un bidón de veinte litros de napalm), un chico que se enteró, con gran fastidio, que solamente era el número dos en el ranking policial de los estudiantes más problemáticos. Una parte importante del crimen que existe es fruto de una baja autoestima que aborta las vías ascendentes y busca las que descienden como forma de distinguirse.

Desechados los privilegios y los elitismos, seguimos teniendo muy poderosas razones, ahora éticas, para la reverencia. La primera, como se ha dicho, es nuestra común humanidad, y parte de la creencia en que con el otro se comparte aventura en el cosmos. Ese otro, se insistirá en ello, no es una entelequia, sino un tú concreto; podemos no conocerlo, tampoco hay que amarlo, pero saber que existe exige en nosotros determinada respuesta. Para ello tenemos que evitar quedar atrapados por lo que nos distingue, para poder sacralizar lo que nos une.

En segundo lugar, las grandes personas son un referente, y venerarlas es asumir el deber de estar a su altura cuando a nosotros nos toque hacer nuestra parte. Este sentimiento ascendente ha hecho malas migas con la vulgaridad que caracteriza al ideal democrático, a pesar de no existir incompatibilidad alguna, como sabrá todo aquel que haya visto el Monumento a Lincoln en Washington. Las personas honorables han sido educadas con el ejemplo y conocen la sensación de que el pecho se caliente y se dilate, a la que acompaña el ferviente deseo de convertirse en una mejor persona. Es difícil que la biografía de una heroína o un héroe no nos los muestre en su edad más temprana expuestos a algún patrón de bondad y valor extraordinarios. A la inversa, enseñar a no admirar, bajo la excusa que sea, es la mejor forma de contribuir a que menudeen los mezquinos y los cobardes. Como se verá en el próximo capítulo, la admiración es uno de los caminos que hay hacia la valentía.

PATROCLO, HÉCTOR, AQUILES Y PRÍAMO

Tenemos un primer caso literario de esta encrucijada de sentimientos honorables en el final de la Ilíada, en el que Homero, tras una vorágine sangrienta, nos habla de lo que se respeta y se protege.

Aquiles vela a su difunto y amado Patroclo después de que Zeus lo conmine, para cumplir el aidós, a recuperar el cadáver que dejó Héctor. La cuestión, para quien pierde a un ser querido, de tener un cuerpo que enterrar no atañe solamente al duelo psicológico, sino también al aidós, el oprobio que supone estar muerto sin que los restos permanezcan en un lugar en el que puedan honrarse. Tras completar ese empeño, Aquiles, roto de dolor y embriagado de ira, se dirige al encuentro de Héctor. Este sabe que si se enfrenta al Pélida le espera la muerte; pero entre la rendición y la gloria escoge esta última. Le ruega que al menos devuelva su cuerpo exánime a los suyos cuando concluya el desafío, y él mismo se compromete a hacer otro tanto si es quien vence. Pero Aquiles no atiende a razones —«los perros y las aves de rapiña destrozarán tu cuerpo»—, clava su lanza en el estrecho hueco junto al cuello no cubierto por la armadura y da muerte al príncipe troyano.

Cada mañana arrastraba Aquiles el cadáver de Héctor tres veces alrededor del túmulo de Patroclo. «Pero Apolo, compadecido por Héctor aun después de su muerte, alejaba de su cuerpo todo lo que pudiera descomponerlo y lo cubría con su égida de oro, a fin de que no lo hiciese pedazos de tanto arrastrarlo». La integridad de un cadáver, una vez más, importa, porque no es carne y huesos y sangre muerta, sino la dignidad de un alguien. El comportamiento de Aquiles escandaliza a los dioses; dice Apolo: «Así ha perdido Aquiles la misericordia, y ni aun la vergüenza conserva».

Aconsejado por la diosa Iris, Príamo hace ofrendas para que le devuelvan el cuerpo sin vida de Héctor. Pero no hay respuesta en el campamento de los aqueos, así es que el viejo rey decide ir hasta ellos para hacer su petición en persona. Su esposa, Hécuba, le ruega que no lo haga, pues teme con razón por la vida de su esposo. Príamo le responde: «Que me mate Aquiles si me queda tiempo para abrazar el cadáver de mi hijo y agotar mis lágrimas». Cuando Príamo llega hasta la tienda de Aquiles, lo detienen sus hombres. Sale el Pélida al encuentro del anciano, que le dice: «Respeta [aideio] a los dioses y apiádate de mí recordando a tu padre». Le pide que piense en cómo a él, acabada la guerra, lo recibirá su padre jubiloso, porque aparecerá vivo y lleno de gloria, en tanto que Príamo no volverá a ver a su hijo; le pide, en definitiva, que se compadezca, y lo hace poniéndose de rodillas.

Aquiles, cuya rabia no se ha extinguido, experimenta la reverencia: un viejo rey desarmado se ha inclinado ante él en un acto de honor. Lo levanta del suelo, lo acoge en su tienda, lo alimenta, conversan: no es diké, la justicia, sino aidós, lo que los ha unido. Príamo el rey y Aquiles el héroe semidivino descienden y se igualan, cobijados a un tiempo por la fresca sombra del respeto, que aplaca la pena que los abrasa. Aquiles llora por Patroclo, Príamo por Héctor. «Es menester que sea de bronce tu magnánimo corazón», le dice Aquiles, conmovido. Manda entonces acicalar el cadáver, y él mismo lo sube al carro del anciano, que le pide descansar esa noche en el campamento aqueo y doce días de tregua para velar a su hijo. Aquiles se lo concede todo; y tras ello el fiero guerrero «estrechó por el puño la diestra del anciano para que no sintiera en su alma temor alguno».

LAS CREENCIAS ESENCIALES SOBRE UNO MISMO

En el acto III de la «comedia famosa» de Lope de Vega Los comendadores de Córdoba, se dice:

Honra es aquella que consiste en otro.

Ningún hombre es honrado por sí mismo,

que del otro recibe la honra un hombre…

Ser virtuoso un hombre y tener méritos

no es ser honrado… De donde es cierto,

que la honra está en otro y no en él mismo.

Por más que el honor ético no sea honra en tanto buen nombre, los demás siguen teniendo un papel indiscutible en cómo me evalúo y qué clase de conclusiones sentimentales saco sobre lo que soy y cómo me comporto. El honor, en términos sentimentales, implica también una serie de creencias sobre uno mismo. Dichas creencias, conscientes o no y expresadas con más vigor o con menos, tienen hechuras sociales, y por supuesto se sienten, es decir, producen eventos emocionales. Puesto que mis comportamientos dependen enormemente de lo que creo y siento respecto a mí mismo, nos hace falta entender los procesos psicológicos y sociales que fijan o modifican estas creencias fundamentales.

La primera de estas creencias es la autoestima, que es la evaluación de uno mismo. Cada vez que decido cuánto me estimo —el proceso es dinámico y continuo—, analizo cómo me veo y me califico. Cierta autoestima es un requisito para la vida psíquica sana. Es la valoración que más nos importa y tiene innumerables efectos en el modo en que nos conducimos. En sus Recuerdos de la Revolución de 1848, Alexis de Tocqueville escribe:

No hay hombre para quien la aprobación sea más saludable, ni que tenga más necesidad que yo de contar con la estimación y la confianza públicas para elevarse hasta las acciones de que es capaz. Esta extremada desconfianza en mis fuerzas, esta necesidad que yo siento constantemente de encontrar, de algún modo, las pruebas de mí mismo en el pensamiento de los otros, ¿nacen de una verdadera modestia? Yo creo más bien que proceden de un gran orgullo que se agita y se inquieta como el espíritu mismo.

Cuando es excesiva, la autoestima pierde su rostro para convertirse en pretenciosidad y egolatría. Hay un tope moral para la autoestima, ante todo, como se dijo, cuando esta es defensiva, una reacción compensatoria a la falta de estima ajena, en especial cuando esa carencia proviene de quienes supuestamente más deberían querernos.

Tener autoestima no es «quererse». «Amarse» es una expresión muy desafortunada, porque amar es salir de uno e ir al encuentro de otro ser, un acto transitivo. En el amor hay necesariamente un tú; y cuando ese tú es un yo, estamos ante una excentricidad o una patología, en función de la intensidad que tenga ese imposible movimiento del alma. Si esto nos parece una obviedad, pensemos que nuestro siglo ha inventado la sologamia, que significa lo que parece: la aberrante pretensión de casarse con uno mismo. Ya hay quienes la plantean como una alternativa al matrimonio de siempre, o, simplemente, como otra forma de compromiso. Lo cierto es que solo es posible comprometerse con alguien que no sea uno mismo, y que resulta perturbador y paródico un acto que pretende materializarse tras pronunciar estas palabras: «Sí, me quiero».

Para poder estimarme, he de creer en mi propia madurez, responsabilidad e independencia. También habré de conocerme, pues no puede evaluarse lo que se ignora; quien no emprende ese camino hacia el interior debe confiar, como un ciego sin bastón, en extraños que le crucen la calle. Lo que siento, quiero, necesito o deseo forma parte de ese diagnóstico, junto a mis culpas, y saber si son o no merecidas y en caso de serlo qué estoy haciendo al respecto. Hay una relación entre integridad y autoestima, velada por la avalancha de mensajes publicitarios que aseguran que la autoestima es solo aceptarse y mimarse. Además, la integridad entre nuestros pensamientos, sentimientos y conductas es un componente central de nuestra salud psicológica, del bienestar del espíritu. El estrés, los peligros y la adversidad son fuerzas disociativas; ahí es donde revela toda su fuerza el honor ético, es decir, íntegro, como constructor del carácter.

Justo al revés de quien está ocupado en «quererse», la persona de alta autoestima apenas pierde el tiempo en pensar lo maravillosa que es. Puede volcarse gozosamente en una tarea, sumergirse en el estudio o participar de una conversación enjundiosa; sin perder los atributos de una individualidad plena, puede zafarse de las trampas que la vanidad despliega a su paso. Lo hace «saliendo ahí afuera» y asumiendo un papel en el mundo. Y es que esta es la paradoja de la autoestima: que, puesto que somos animales sociales, ni esa estima nos la podemos dar a nosotros mismos. Este papel que los demás tienen no amenaza la propia independencia, tampoco nuestra valentía; sencillamente nos pone en relación con el prójimo. Además, quien se estima no escatima a los demás su aprecio, y contribuye así a que lo bueno destaque y atraiga, produciendo imitadores.

El papel de la autoestima respecto al honor es doble, y se revela cuando su falta es grave. De un lado, esta severa carencia nos desmoraliza, drenando cuantiosos recursos psíquicos que necesitamos para que nuestros comportamientos sean morales. De otra parte, genera una vergüenza lesiva (desprecio del yo) que puede, o bien concurrir con la vergüenza honorable y hundir al sujeto, o bien generar una reacción contraria que justifique conductas deshonorables con las que salvar la cara.

Para calibrar los efectos morales de la baja autoestima tenemos que entender que una de nuestras principales fuentes de acción es el deseo de sentirnos a gusto con cómo nos vemos, con lo que llamamos autoimagen. Como ha expuesto Claude Steele en su «teoría de la autoafirmación», disponemos de una especie de sistema homeostático encargado de preservar dicha autoimagen, un sistema que entra en acción cuando algún suceso la amenaza. Digamos que nos consideramos personas justas y protectoras del débil; y a la vuelta de un recado nos topamos en un callejón con una persona que está siendo agredida. Percibimos los riesgos que comporta actuar, que es lo que se compadecería con esa autoimagen. ¿Qué haremos? Los caminos que se abren son dos: acción o autojustificación; hacer lo que hay que hacer, refrendando cómo nos concebimos, o excusarnos —«seguro que la policía vendrá enseguida, empeoraré las cosas, tampoco sé qué ha pasado antes»—. Los trabajos de Steele y otros psicólogos han demostrado la flexibilidad del sistema de autoevaluación y la importancia de que haya coherencia entre esas dos imágenes. También han puesto de manifiesto que, a mayor autoestima, más capaces somos de admitir estas disonancias, dejando así que la duda nos enseñe, bloqueando la racionalización y abriendo espacios para una mejora personal genuina a medio y largo plazo.

Autoimagen y teoría de la autoafirmación vienen a explicar que existe una causalidad continua entre lo que sentimos, creemos, experimentamos y decidimos. Cuando estudia el poder que la situación tiene en nuestros comportamientos mediante el célebre experimento de la cárcel de Stanford, Philip Zimbardo concluye que la maldad es una pendiente muy resbaladiza: una justificación lleva a otra hasta que finalmente comulgamos con ruedas de molino. Pero lo mismo puede decirse de la bondad, porque la teoría de la autoafirmación funciona en ambos sentidos. El coraje, como Zimbardo descubrió en sus investigaciones, funciona como inhibidor de las excusas, vigía de la moralidad propia y garantía de que el deber se cumple.

Las personas con baja autoestima son más capaces de convivir con lo intolerable. Ya conviven, a fin de cuentas, con malas y hasta insoportables imágenes de sí mismas, y son en consecuencia menos valientes y tienden a exigirse menos. Y lo que es peor: en busca de una consistencia con esa mala autoimagen, suelen situarse por debajo de sus posibilidades (como el chico que fabricaba napalm). El efecto es extrapolable a la sociedad entera: una comunidad en la que abunda la baja autoestima, una comunidad cínica y autoparódica en la que la desconfianza reina, es proclive al deshonor. La autoestima nos proporciona una creencia sobre nuestra valía desde la que podemos desarrollar una firme convicción de que defender el bien merece la pena. En cambio, sin autoestima, desde el des-ánimo que nos eviscera el alma, es más probable que renunciemos a llevar ese ideal a cabo.

Ya decía Pascal que la decepción con uno mismo está en el origen de muchas inmoralidades. También José Ortega y Gasset asimiló al inmoral y al desmoralizado. En “Por qué he escrito ‘El hombre a la defensiva’”, Ortega dice que el vocablo «moral» le irrita «porque en su uso y abuso tradicionales se entiende no sé bien qué añadido de ornamento puesto a la vida y ser de un hombre o de un pueblo», cuando él prefiere entenderlo por lo que cree que significa, no contrapuesto a «inmoral», sino en el sentido que adquiere cuando de alguien se dice que está desmoralizado. «Entonces se advierte que la moral no es una performance suplementaria y lujosa que el hombre añade a su ser para obtener un premio, sino que es el ser mismo del hombre cuando está en su propio quicio y vital eficacia», de modo que «un hombre desmoralizado es simplemente un hombre que no está en posesión de sí mismo, que está fuera de su radical autenticidad y por ello no vive su vida». El hombre desmoralizado es cobarde, es inmoral, es deshonroso. La raíz de la palabra virtud, vir, significa fuerza, y, como explica López-Aranguren en su Ética, «las virtudes arraigadas en el alma constituyen una “fuerza” de esta para el bien».

En segundo lugar, el autorrespeto. En la que hace la número cincuenta de las reglas de su Oráculo manual y arte de la prudencia, Gracián nos dice:

Nunca perderse el respeto a sí mismo. Ni se roce consigo a solas. Sea su misma entereza norma propia de su rectitud, y deba más a la severidad de su dictamen que a todos los preceptos extrínsecos. Deje de hacer lo indecente más por el temor de su cordura que por el rigor de la autoridad ajena.

El autorrespeto es la atención debida a la dignidad propia, es decir, la consideración de uno mismo como sujeto libre, responsable y capaz de defenderse. Es el «lugar» en el que yo entro, como beneficiario, en mi propio esquema ético; el contenido del autorrespeto es lo que me debo. Si la autoestima es la estimación de mi valía, el autorrespeto es su afirmación y su defensa activa en cuanto a lo que no depende de evaluación alguna.

La vida es honorable cuando se respeta. El término proviene del latín respicere, que significa «mirar atrás», y está relacionado con una disposición luminosa: «tener miramientos». El respeto, además de sentirse, puede verse en el rostro que me mira desde el espejo. También está en el nombre. El honor se opone a que se cometan ignominias, es decir, literalmente, a que se nos sustraiga el nombre. Por eso a priori anonimato y respeto se excluyen mutuamente. Perder el autorrespeto es asomarse al abismo de no ser; hay un buen número de suicidios detrás de autorrespetos dramáticamente quebrados.

Cuando de respetarme se trata, las formas importan, porque la dignidad las exige. En su Teoría de los sentimientos morales, Adam Smith expone un par de casos. En cuanto a las condenas a los criminales, señala que no es lo mismo que el juez condene al patíbulo que a la argolla, pues esta última conlleva una deshonra. Y en el caso de un príncipe que apaleó a un general ante sus tropas, dice que con tal procedimiento «lo desacreditó de forma irrecuperable», y que hubiese sido una sanción mucho más leve matarlo de un tiro. «Según el código del honor» —concluye— «ser castigado con un palo es una ignominia, mientras que con una espada no lo es, por razones obvias».

Hay un vínculo muy estrecho entre vergüenza (pudor) y autorrespeto. Quien se respeta a sí mismo no permite que lo humillen, ni está dispuesto a humillarse para obtener favores. Se concibe como una persona moral dueña de una dignidad innegociable. Quiere solo los reconocimientos que merece y se le otorgan libremente. Respetarse implica igualmente tener un proyecto de rectitud, tener principios. Y sin tener por qué ser feliz ni que el hecho de no serlo sea culpa de nadie, también es saber que uno merece intentarlo.

Las amenazas al autorrespeto no son exclusivamente externas. Cabe perderse el respeto, tratarse desconsideradamente e incumplir los deberes para con uno mismo. Se puede renunciar a la libertad, puede uno irresponsabilizarse, desistir de protegerse, hacerse indigno. El propio comportamiento inmoral genera una vergüenza que atenta contra el autorrespeto, un daño que, entendido y afrontado, señala el camino de nuestra mejora.

Vivimos en la sociedad que ha encumbrado la autoestima, porque ha exorbitado los afectos; en la sociedad del quererse. Los programas de televisión, los espectáculos de los influencers y las mal llamadas revistas del corazón son algunas de sus manifestaciones. En cuanto a nuestra experiencia del amor, nace en la familia, y hoy consideramos, con buen criterio, que es dañino condicionar el amor familiar a la conducta. Sin embargo, si solo el amor cuenta y este corta todos sus vínculos con el merecimiento, nace la tentación de no aspirar a excelencia alguna. El respeto, en cambio, hay que ganárselo. Lo más virtuoso del amor incondicional (el estar más allá de todos los juicios) es también la fuente de sus mayores peligros, cuando la exigencia es nula. Se da lo mismo en las amistades, que cuando son livianas o las contraen personas inmaduras o lindan con los intereses espurios generan autoestima sin autorrespeto, mientras que las amistades excelentes producen ambas cosas y son inconfundiblemente morales.

No hay en principio oposición, sino mutuo reforzamiento, entre autoestima y autorrespeto, siempre y cuando supongan un empeño conjunto. Sin embargo, el desproporcionado énfasis que nuestro tiempo hace en la felicidad y la autoestima está desequilibrando la balanza. Resulta además que parte de esa estima de sí se está buscando mediante el desprestigio de la vergüenza, la responsabilidad y la culpa y mediante el encumbramiento de la autosuficiencia, bajo la excusa de la «liberación». Jean-Baptiste Clamence, el protagonista de La caída, de Albert Camus, es un buen ejemplo de ello. En la novela, Clamence explica a su interlocutor su modo de afrontar la vida, en la que hubo un evento revelador: cierta ocasión en la que en mitad de la noche oyó a una mujer ahogarse y pedir socorro y no hizo nada para salvarla.

A mí me gusta la vida, esa es mi verdadera felicidad. Me gusta tanto que no tengo ninguna imaginación para todo lo que no sea ella. Semejante avidez tiene algo de plebeyo, ¿no es cierto? La aristocracia no puede imaginarse sin algo de distancia respecto a uno mismo y a la propia vida. Si es necesario morir se muere, antes romperse que doblegarse. Yo, en cambio, me doblego, porque sigo queriéndome. Por ejemplo, después de todo lo que le he contado, ¿qué cree usted que me ocurrió? ¿Sentí repugnancia de mí mismo? Vamos, hombre, eran sobre todo los demás los que me repugnaban. Yo conocía mis fallos y los lamentaba, por supuesto. Sin embargo, continuaba olvidándolos con una obstinación bastante meritoria. Por el contrario, en mi corazón tenía lugar sin tregua el juicio contra los demás […] La cuestión es no quedar afectado y, sobre todo, ¡oh, sí!, sobre todo la cuestión es evitar ser juzgado. No digo evitar el castigo. Porque el castigo sin juicio resulta soportable. Además, hay un término que garantiza la inocencia: el infortunio. No, se trata por el contrario de atajar los juicios, de evitar ser siempre juzgado, y que nunca se pronuncie sentencia.

Dice Confucio en Analectas que el hombre vulgar necesita embellecer sus errores. Este es otro aspecto, mucho más oscuro, de «quererse», «perdonarse» y «aceptarse a uno mismo»: que fácilmente resultan en disculparse. La cultura plebeya de la felicidad ante todo, la que descarta todos los juicios, abjura de todos los ideales y cancela todas las responsabilidades, propicia el comportamiento inmoral y cobarde.

La autoestima es intensamente social; el autorrespeto descansa más en el individuo, y es indisociable de una vida íntegra. Walt Kowalski, el agrio protagonista de Gran Torino, de Clint Eastwood, conoce muy bien esta diferencia. Está mortalmente enfermo, ha perdido a su mujer, aún carga con horribles recuerdos de su experiencia bélica y malvive contrariado en un mundo y con una familia cuyos valores le espantan. Es algo así como lo opuesto a Clamence; no es feliz y no puede serlo. El joven padre Janovich, a instancias de su difunta esposa, pretende que confiese las espeluznantes cosas que le ordenaron hacer durante la guerra, para que su conciencia descanse. Kowalski le corrige: lo que realmente atormenta a un hombre es aquello que hizo sin que nadie se lo ordenase.

A pesar de su incalculable amargura, Kowalski vive de pie, es una persona honorable. Su joven vecino, Thao Vang Lor, intenta robar su Ford Gran Torino para ganarse el aprecio de la banda que lo acosa y lo humilla. Tras algunas peripecias, Kowalski termina tomándolo a su cargo. Supera su acendrada xenofobia —una fachada con la que poder alejar a otros seres humanos, estar a solas y regodearse en sus decepciones— y trata a Thao y su hermana Sue con humanidad y después con cariño. Kowalski sabe que Thao necesita respetarse. Observa cómo se relaciona con las chicas, y sabe de su baja autoestima; pero es más importante que se respete. Perdido entre generaciones y culturas, desubicado y solo, ha de aprender a defenderse, y para eso tendrá que hacerse digno, libre y responsable. Kowalski no se limita a quererlo, ni le entrega de inicio un respeto que todavía no merece; deja que compense su falta ayudándole con algunas tareas, le introduce en un oficio y le ayuda a encontrar un trabajo, es decir, le da oportunidades para que conquiste ese respeto.

Kowalski no se limita a despertar a Thao: también compromete a su comunidad, atrapada en una forma ancestral de honor. Para librar a Thao del acoso, Kowalski ataca a la banda a modo de aviso; esta responde tiroteando la casa de Thao y Sue y violando a esta última. La comunidad Hmong, entre los que hay varios que han visto lo sucedido, se niega a denunciar los hechos, imponiéndose la ley del silencio. Sabiendo el peligro y las consecuencias que Thao, ciego en su sed de venganza, tendría que sobrellevar, Kowalski planea su sacrificio final: hará que la banda lo mate asegurándose de que haya testigos, que en esta ocasión el honor tribal ceda ante el ético y que los Hmong denuncien y Thao y su familia puedan vivir en paz, como efectivamente sucede.

El honor, en cuanto al respeto y la estima, incorpora un peculiar sentimiento placentero que denominamos pundonor. Pariente de la gloria y del orgullo a veces insano y hasta ridículo de los hidalgos, el pundonor es el opuesto positivo de la vergüenza. Frente al orgullo-arrogancia y el amor propio excesivo, el pundonor es satisfacción por lo logrado y determinación futura a superarse. Procedente del point d’honneur caballeresco, es también la elevación sentida por los deberes cumplidos, y una especie de patrimonio sentimental devengado cada vez que se está a la altura de las circunstancias. Este sentimiento que acompaña a la acción correcta contrapesa la austeridad del deber y la entrega. Michael Mascolo y Kurt Fischer[2] se refieren al «orgullo moral» como una emoción generada al evaluar que se es responsable de un resultado socialmente valorado o una persona socialmente valorada. Para poder ser positivo, esta clase de orgullo ha de vivirse con naturalidad, debe huir de la ostentación. Para poder ser ético, implica además que se renuncia a toda superioridad de rango. Es un plus de energía y una barrera contra la desmoralización; cuando las fuerzas flaquean, el pundonor nos salva.

DEL SENTIMIENTO AL CARÁCTER Y DE AHÍ A LOS COMPORTAMIENTOS

Los sentimientos que posibilitan el honor propician a su vez la forja de un carácter honorable, propio de quien mira a los ojos, arrostra adversidades y no se humilla ante nadie. Las creencias sobre uno mismo, plasmadas en la autoestima y el autorrespeto y sentidas como pundonor, apuntalan el carácter. La firmeza en las creencias se traslada subsiguientemente a las conductas. La persona honorable es recia, íntegra. Cuando el honor era ancestral, el carácter era una horma que replicaba al grupo, un patrón impersonal e intercambiable; al hacerse ético, esta estructura heroica se hizo espíritu.

Que el honor tenga su sitial en el carácter no quiere decir que sea algo exclusivamente interno. El honor no es un cúmulo de «valores», sino de acciones, porque no consiste en tener una disposición ante la justicia, sino en hacerla. De ahí que las personas honorables desprecien las palabras que no están respaldadas por los actos. Hay muchas formas de apartarse del camino recto; pero al inicio de casi todas está la incoherencia. En su Ética, López-Aranguren se une a Scheler para sostener que la ética del deber conduce de por sí a la ética de los valores, y de ahí a la de las virtudes. Ese esquema es una recreación académica. En puridad, los valores no existen, es decir, no son más que una manera de conceptualizar lo que tienen en común determinados actos. No hay una estación de paso ni un filtro de valores previo a nuestras acciones, como parece deducirse de la extraña y contemporánea pretensión de «educar en valores», cuando lo único que tiene sentido es educar en comportamientos.

No «tenemos» valores, sino que somos lo que hacemos. Además, tratar de averiguar los valores de alguien es darse de bruces con la autoimagen, la distorsión en las percepciones y las carencias en el autoconocimiento, las convenciones sociales y otros obstáculos psicológicos que nos escamotean la verdad moral acerca de nuestras conductas. Los valores subsisten perfectamente en el terreno de las meras intenciones. Pretender que los «grandes valores» que uno «tiene» prueben la propia valía es una argucia ética específicamente posmoderna. Vale más hablar de ideales, puesto que en cuanto a ellos no hay duda de que son aspiracionales y no algo que uno pueda atribuirse como un triunfo moral en sí mismo. Cada vez que uno se topa con quien hace gala de superioridad moral, se encuentra con un baúl rebosante de excelsos valores que su supuesto poseedor abre una y otra vez para deslumbrar a propios y extraños.

Hay una prueba vulgar de que los valores, de por sí, no son nada: lo que está ocurriendo en las fraternidades de muchas universidades norteamericanas. Tomemos por ejemplo los valores de Sigma Alfa Épsilon (SAE), de la Northwestern University, que «se esfuerza para dar a los hombres jóvenes el liderazgo, los conocimientos, el servicio y las experiencias sociales que necesitan para sobresalir y para formar a sus miembros como caballeros, para que puedan establecer un ejemplo en la sociedad actual»; o Beta Theta Pi, una de las más antiguas de Norteamérica, con más de cien sucursales en Estados Unidos y Canadá, que pretende «desarrollar hombres de principios para una vida ejemplar». Pues bien: las estadísticas[3] dicen que los hombres que pertenecen a las fraternidades universitarias norteamericanas (todas las cuales tienen declaraciones de valores tan magníficas sobre el papel como las que hemos visto) muestran índices de abuso del alcohol y violaciones en los campus por encima de la media. Los valores sí pueden ser una pegatina en el brazo, como decía el teniente Kaffee, un honor como el que despreció Falstaff, quien en Enrique IV lanza esa andanada cuyo eco aún se escucha:

El honor, ¿puede unir una pierna? No. ¿O un brazo? No. ¿O quitar el dolor de una herida? No. Entonces el honor, ¿no sabe cirugía? No. ¿Qué es el honor? Una palabra. ¿Qué hay en la palabra honor? ¿Qué es ese honor? Aire. ¡Bonita cuenta! ¿Quién lo tiene? El que murió el otro día. ¿Lo siente? No. ¿Lo oye? No. ¿Es que es imperceptible? Para los muertos, sí. Pero, ¿no vive con los vivos? No. ¿Por qué? Porque no lo permite la calumnia. Entonces, yo con él no quiero nada. El honor es un blasón funerario, y aquí se acaba mi catecismo.

Nos hemos referido en diversas ocasiones al bushido, el código de honor de los samuráis. El término se construye a partir de tres monosílabos: bu (militar), shi (caballero) y do (camino, senda). Es do lo que aleja al código de ser una filosofía abstracta y la convierte en práctica viva; es un camino que no basta con pensar, sino que ha de andarse. Hay una expresión anglosajona que dice de la autenticidad y la integridad y apunta a lo mismo: walk the talk. Es por ello que el bushido apenas cuenta con algunas obras escritas, personales y enigmáticas, que nos digan en qué consiste. Es la creación orgánica de muchos, no la libresca doctrina de un gran maestro.

Cuando en El espíritu de las leyes Montesquieu trata de dilucidar qué es lo característico del honor, dice que es que se dé en el mundo real y no en las aulas. Al exponer las que a su juicio son sus tres reglas esenciales, todas atañen a los comportamientos: «Debemos exhibir cierta nobleza en nuestras virtudes, cierta franqueza en nuestra ética y una cierta cortesía en nuestra conducta». Añade Montesquieu que nos está permitido fijar un precio a nuestra fortuna, pero que nos está absolutamente prohibido fijar uno a nuestra vida; que asumir puestos de responsabilidad entraña no hacer ni permitir nada que denigre ese rango; y que «estas cosas que el honor prohíbe están más rigurosamente prohibidas cuando las leyes no concurren en esa prohibición, y las que ordena las exige con mayor intensidad cuando resulta que la ley no las ordena».

El modo en que las conductas honorables operan es también característico: como un resorte. Puesto que se aparta de las intelectualizaciones y debido a la fuerza de los sentimientos que lo impulsan, el honor es una matriz de respuestas automáticas. El honor no duda, porque se atiene a unos principios que no negocia y apenas sopesa. Es una moral interiorizada y garantizada por el valor. Para poder vencer grandes obstáculos y asumir vastas empresas, debemos reducir el coste psicológico de decidirnos. Sabemos que contamos con una memoria de trabajo —la encargada de las labores ejecutivas— que está sometida a las limitaciones de la carga cognitiva: reflexionar y deliberar consume abundantes recursos. La vía cerebral para solventar estas limitaciones es automatizar ciertas decisiones, que pasan a ser gestionadas simplificadamente por el inconsciente, en base a un modelo de estímulo-respuesta. Pensemos en la situación en que alguien, delante de nosotros, esté siendo mortificado, o en un soborno que se nos ofrece y que hemos de tomar o dejar ipso facto. Un extenso análisis de la situación (circunstancias, factores culturales, peligros implicados, consecuencias legales) nos aleja del honor, y por lo tanto de la acción justa. Solo hace lo que hay que hacer quien de inmediato pone manos a la obra; en tesituras agudas, hay que abaratar el coste mental de la rectitud para que esta se imponga. Claro que no todas las decisiones morales se ventilan en un marco temporal tan estrecho; pero es distintivo del honor que bastantes deliberaciones se abrevien. ¿Y qué es un hábito virtuoso, sino una buena conducta repetida en la que se reduce la intervención consciente?

La reflexión, el estudio y el diálogo contribuyen a construir creencias, y, subsiguientemente, sentimientos morales. Pero son nuestros automatismos los que sustentan nuestras excelencias éticas. Al abordar la virtud y en cuanto a esto, MacIntyre se equivoca. Cuando afirma que el agente moral debe saber lo que está haciendo cuando juzga o actúa virtuosamente, no cabe contradecirle. Pero sí cuando añade que el soldado puede hacer lo que el valor le exigiría solamente porque está bien entrenado o porque tiene más miedo a sus propios oficiales que al enemigo, y sobre todo cuando concluye que «el agente auténticamente virtuoso actúa sobre la base de un juicio verdadero y racional». ¿Qué hace pensar a MacIntyre que un soldado carece de un juicio previo sobre lo que hace? Hay soldados y soldados; y podemos, desde luego, con el miedo y como a los perros, condicionar a una persona para que mate. Pero es descabellado pensar que ningún soldado ha razonado primero lo que después cumple sin recurrir al neocórtex. Al entrar en combate, el mecanismo psicológico que opera en el soldado de honor y el que no es más que un asesino uniformado es el mismo: ambos actúan sin mediar una reflexión consciente. Como explica el sociólogo Morris Janowitz (The Professional Soldier: A Social and Political Portrait), «la efectividad del honor militar opera precisamente porque no depende de una justificación moral elaborada». Despreciar la valentía de un buen soldado aduciendo que falta «la base de un juicio verdadero y racional» es una baladronada de académico, y denota que se desconoce tanto lo que ocurre en un campo de batalla como aspectos esenciales sobre el funcionamiento del cerebro.

El 20 de julio de 2012, James Eagan Holmes irrumpió armado hasta los dientes en un cine de Aurora, Colorado. Lanzó granadas de gas lacrimógeno y disparó indiscriminadamente a los presentes. Sin pensarlo un segundo, cuatro hombres se echaron sobre los cuerpos de las mujeres que los acompañaban. Jonathan Blunk cubrió el cuerpo de Jansen Young con el suyo, y lo mismo hicieron Matt McQuinn con Samantha Yowler, Alex Teves con Amanda Lindgren y John Larimer con Crystal Lake. Por su parte, Gordon Cowden se interpuso entre las balas y sus dos hijas adolescentes. Los cinco murieron acribillados; ellas se salvaron. Fue un acto reflejo, un acto de honor.

Para su cumplimiento adecuado, el deber exige comportamientos automáticos, que en el ámbito civil y en situaciones no agudas llamamos costumbres. La honestidad está urdida a base de hábitos y otros automatismos. El honor mismo consiste en hacer de la defensa del bien un instinto. Es la neurobiología de la automaticidad, y no la falta de juicio, la que explica que nos baste un grito y una imagen fugaz para lanzarnos a un mar embravecido a salvar a un niño que se ahoga. Los imperativos morales, cuando han de aplicarse, no se razonan, y quedan desactivados si optamos por calcular costes y beneficios. Y que Dios ayude a quien pueda desentenderse de ese grito.

[1] Intellectual disgrace | Stares from every human face, | And the seas of pity lie | Locked and frozen in each eye.

[2] “Developmental Transformations in Appraisals for Pride, Shame, and Guilt”

[3] Véase, a modo de ejemplo, “2019 AAU Campus Climate Survey on Sexual Assault and Misconduct”, que prepara la universidad de Stanford.

III.

CORAJE

LA VALENTÍA ES EL PUENTE ENTRE los sentimientos y las creencias y la acción honorable. El valor es el instrumento que el honor requiere para que el bien no se ahogue en intenciones y pueda materializarse.

Debemos la definición más incisiva y tal vez intraducible de lo que es el coraje a Ernest Hemingway: «Courage is grace under pressure». Valiente, dice el DRAE, es aquella persona «capaz de acometer una empresa arriesgada a pesar del peligro y el posible temor que suscita». Siendo la vida una aventura difícil y grave, y dado que el honor es, como acabamos de decir, comportamientos, el valor es la segunda naturaleza de aquel, pues consiste en mantener la compostura y hacer lo apropiado cuando la presión arrecia. El coraje es tensión resuelta a la acción. La alusión que Hemingway hace a la gracia tiene dos interpretaciones, ambas necesarias: la eficacia y la disposición, que se alimentan entre sí.

En Hagakure se mencionan tres valores del bushi: inteligencia, benevolencia y valentía. Esta última, dice el samurái Yamamoto Tsunetomo, «no es otra cosa que aguantar el dolor apretando los dientes». Soportar lo que crees que no puedes soportar: eso es «soportar», verdaderamente. Se nos opone un poder contra el que en principio nos faltan recursos (¿por qué, si no, habríamos de ser valientes?), y en ese quicio, como diría Ortega, yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella, no me salvo yo.

El valor es un alarido que viene de las entrañas. Lo cuenta C.S. Lewis en un pasaje de Las crónicas de Narnia:

Aslan alzó su melenuda cabeza, abrió la boca, y emitió una única y prolongada nota: muy fuerte, pero llena de poder. El corazón de Polly dio un brinco al oírla. Estaba segura de que se trataba de una llamada, y de que cualquiera que oyera aquella llamada querría obedecerla y (lo que es más) sería capaz de obedecerla, sin importar cuántos mundos y épocas los separaran.

Ese toque de corneta que rasga el silencio acaba con todas las neutralidades; tras escucharlo solo cabe empequeñecerse o engrandecerse. Cada una de esas encrucijadas nos moldea, porque arroja una conclusión de largo recorrido sobre nosotros mismos (autoestima, autorrespeto). Decía Pierre de Lamartine que el coraje es la elocuencia del carácter. En la persona honorable, el coraje no es puntual, sino que existe incorporado a su modo de ser. El valor, en definitiva, no es algo que se tiene, sino que valiente es algo que se es.

No se puede ser auténticamente valiente, ni honrado, ni nada que importe, si uno solo lo es ocasionalmente. Nuestras cualidades más esenciales, o bien nos caracterizan, o son un endomingado traje para las ocasiones de gala. En tal caso, no valen de mucho; da igual a quién se engañe, puesto que no cabe engañarse. Esa es la diferencia entre una virtud y una habilidad, profesional o del tipo que sea. Hoy se habla con insistencia de las soft skills, una expresión anglófona que remite a habilidades interpersonales susceptibles de ser entrenadas. Su utilidad está fuera de duda, y muchas pueden, además, ser semillas de virtudes. Pero para llegar a serlo han de hacerse permanentes, profundas; han de encarnarse. El valor de Héctor es el mismo cuando se despide de Andrómaca y cuando se enfrenta a Aquiles, porque Héctor es valiente.

TEMER O NO TEMER

No es valiente quien no tiene miedo, sino quien es capaz de domeñarlo. Demuestra coraje quien hace algo a pesar del temor. El miedo es una emoción; la cobardía, en cambio, es un comportamiento.

Aristóteles, que le dedica importantes páginas en Ética a Nicómaco, dice que la valentía no es ceguera ante el miedo. Habla de sufrir y de atenerse a la razón mientras se es valiente, y de afrontar no el mayor de los peligros, sino el más noble. En cuanto al honor incumbe, no hay coraje que valga si el objetivo no es el bien. Los que no temen son locos o insensibles. Juan sin Miedo, el improbable protagonista del cuento de los hermanos Grimm, no era valeroso, sino un tarado, un enfermo. «El que se excede en atreverse en las cosas temibles es temerario, pero parece que también es un fanfarrón y un simulador de valentía», dice Aristóteles. Al otro lado, el cobarde «se excede en afligirse»; es «un hombre desesperanzado», esto es, desanimado —desalmado—, desmoralizado.

Aristóteles sitúa al valiente entre la plena confianza y el miedo pleno; allá donde la duda no paraliza y se resuelve. Es valiente quien se enfrenta, no quien esquiva: «Blandura es eludir las situaciones duras, y aquel que lo hace aguanta no porque sea bueno, sino por huir de lo malo». Aristóteles no explica dónde reside la esperanza del valiente que al cobarde le falta. Se refiere a la animosidad (encarnada por Diomedes y Aquiles), que vendría a ser el «motor ciego» que alumbra el coraje, sin coincidir con este, pues falta un elemento de razón. No obstante, y a diferencia de Platón, Aristóteles no es un intelectualista, y en otras partes de su obra subraya que es el hábito el que determina el carácter. Es algo así como el primer conductista; no cree en la virtud desplegada como un silogismo, sino en hacerse valiente haciendo cosas valientes.

El valiente es vulnerable, aunque pueda ser fuerte; el coraje va de la mano del dolor. «Serán dolorosas la muerte y las heridas» —continúa Aristóteles— «para quien es valiente y las recibe voluntariamente, pero las soporta porque es ello bueno o porque es malo el no soportarlas». Añade el filósofo que cuanto más aprecie uno la vida, cuanto más feliz sea, tanto más se afligirá por la posibilidad de morir, y será por tanto más valiente quien prefiera lo bello que hay en su acción al mero hecho de preservarse. Sin percepción de la vulnerabilidad no hay valentía, sino inconsciencia. Mostrar debilidad, que es lo propio del cobarde, no es mostrar vulnerabilidad, que es lo propio del valiente. «Tiene valor» —escribe Nietzsche en Así habló Zaratustra— «quien conoce el temor, pero lo domina, quien ve el abismo, pero con ojos de águila; quien con garras de águila se aferra al abismo: ese tiene valor».

Tener coraje es echar pie a tierra: la amígdala —el sistema límbico— dice «huye», la defensa del bien dice «aguanta». El miedo se enfrenta. Richard Lazarus ha propuesto una teoría del coping, un término que se refiere a los esfuerzos que hacemos consciente e inconscientemente para resolver problemas y reducir el estrés al enfrentarnos a una situación prevalente. Junto a Susan Folkman, Lazarus ha estudiado qué pensamientos y emociones influyen en nuestro comportamiento en tales situaciones en función de nuestro carácter, concibiendo el coping como la adaptación constante de esos pensamientos y emociones para gestionar con nuestra conducta las demandas externas e internas arduas. Enfrentados al miedo, a lo que a priori nos sobrepasa, realizamos según estos autores tres evaluaciones. La primera es una toma de conciencia de ese estrés, una tasación del peligro. En la segunda valoramos si disponemos del vigor necesario para enfrentar la amenaza, para lo cual hay dos estrategias básicas: una cognitiva, racionalizar el miedo, buscar perspectivas más benignas; y otra emocional, usar como un trampolín las emociones negativas que experimentamos para lograr un sentimiento activador con el que reunir fuerzas para solucionar el problema. La tercera de nuestras evaluaciones reúne las dos anteriores y depara una acción.

No hay una relación inversa entre honor y estrés, en el sentido en que el primero elimine al segundo. Lo que hacemos es tragar saliva —conciencia de lo que uno se juega, de que puede ser lastimado o destruido— y evaluar positivamente nuestro vigor —es decir, nuestra virtud— para emprender la acción debida. De hecho, la persona honorable, con sus automatismos, suele incrementar ese estrés (el riesgo para su integridad, la probabilidad del dolor) con tal de reducir otros sentimientos que la hieren, especialmente la vergüenza. Ahí reside la grandeza del coraje, que actúa «contra gradiente instintivo», nada menos que contra la todopoderosa ley de la autoconservación. Como dice Vladimir Jankélévitch en su Traité des vertus, «yendo contracorriente de los instintos y reflejos perniciosos que nos pierden queriendo salvarnos, el coraje nos proporciona una sobrenaturaleza, una naturaleza contranatural, corrige nuestra teleología natural, impidiendo que la bestia perezosa recule».

Al negarse a sucumbir al miedo, el valiente se sitúa por encima de lo esperado. Si, como Hobbes y muchos otros creen, somos esencialmente egoístas y la vida es variaciones sobre el tema «sálvese quien pueda», el coraje es una sorpresa, una extravagancia evolutiva, y lo mismo puede decirse de la moral en las situaciones más espinosas. La naturaleza no hace prisioneros, no le interesan los débiles, los desvalidos, los Willy Santiago de este mundo; para el honor lo son todo. En cualquier caso, y como se expondrá en el capítulo siguiente, esa visión del ser humano como esencialmente egoísta carece de soporte científico, y estamos aquí, entre otras cosas, porque la carrera de relevos genética ha premiado a los desprendidos.

El coraje honorable echa mano del deber como recurso capital para que la evaluación secundaria a la que se refieren Lazarus y Folkman (¿puedo con este peligro?) dé lugar a un comportamiento valeroso. El deber, una vez asumido, es un principio que tiene un poder extraordinario. Como explica Nitobe en Bushido, en el momento en que el deber se torna oneroso, entra en juego la recta razón para impedir que lo rehuyamos. El deber es ese pie que se clava en la arena y nos sostiene para que no caigamos. En El león, la bruja y el armario, hay un lobo gigantesco que se aproxima a Susan, la hermana de Peter. C. S. Lewis describe la escena: «Peter no se consideraba valiente; en realidad, en aquella situación sintió como si estuviera a punto de marearse. Pero no podía permitir que eso afectase a lo que debía hacer». No se busca «la felicidad» con ese gesto; hay firmeza, esto es, una gestión excelente del estrés.

Hay una conexión entre el coraje y la capacidad de soportar frustraciones, que también nos estresan. La valentía es en el fondo una renuncia a la inmediatez en favor de lo grande. El valiente acepta inconvenientes inmediatos (que pueden ser muy severos) a cambio de un premio tardío, ya sea el pundonor, el autorrespeto o un posterior examen frente al espejo resuelto sin tener que avergonzarse. La serenidad y el dominio de la atención contribuyen a gestionar dichas frustraciones y a saber demorar las recompensas. Puesto que vivimos en un mundo sobrestimulado en el que está desapareciendo el silencio del corazón y el intelecto, el monto de valentía existente se está reduciendo.

En Los miserables, Victor Hugo escribe:

Escribir el poema de la conciencia humana, aunque sea a propósito del hombre más insignificante, sería unir, fundir todas las epopeyas en una sola grandiosa y completa. La conciencia es el caos de las quimeras, de las ambiciones, de las tentativas; el horno de los delirios, el antro de las ideas vergonzosas, el pandemónium de los sofismas, el campo de batalla de las pasiones. Si a ciertas horas penetrásemos a través de la faz lívida de un ser humano que reflexiona; si mirásemos detrás de aquella faz, en aquella alma, en aquella oscuridad, descubriríamos bajo el silencio exterior combates de gigantes como en Homero, peleas de dragones y de hidras, y nubes de fantasmas como en Milton, espirales visionarias como en Dante. No hay nada más sombrío que este infinito que lleva el hombre dentro de sí, y al cual refiere con desesperación su voluntad y las acciones de su vida.

Afirmaba H. G. Lord, hace más de cien años, en The Psychology of Courage, que el coraje ocurre cuando la emoción del miedo, más básica, es sobrepasada por un sentimiento más noble. En nuestro interior se libran diariamente mil combates como este: emociones, deseos e intereses que pugnan por imponerse. Somos ese fragoroso campo de batalla; el yo es una incierta contraposición de acontecimientos físicos y mentales. La resolución de ese conflicto nos distingue. La persona de honor tiene las creencias adecuadas y los sentimientos precisos para vencer al miedo y actuar valerosamente.

CÓMO SE HACE UNO VALIENTE

Decía Ralph Waldo Emerson que un héroe no es más valiente que un hombre ordinario, pero que lo es cinco minutos más. En la medida en que la valentía es un comportamiento, puede aprenderse. Este asunto, potencialmente inabarcable, puede abordarse en lo esencial desde cuatro prismas distintos. El primero tiene que ver con la habituación por exposición a las dificultades. El segundo, con el papel que desempeñan la admiración y la fuerza de los ejemplos. El tercero gira en torno a los llamados «factores situacionales». Por último, hemos de hablar de la autoeficacia.

Aristóteles explica en Ética a Nicómaco que nos hacemos valientes realizando actos de valentía. Hay, por lo pronto, un factor de habituación, que no es tan básico como el que empleamos para hacer que una paloma accione una palanca o un ratón salga de un laberinto, sino que toma pie en cómo el único ser vivo autoconsciente se ve a sí mismo. Si retomamos a Steele y su «teoría de la autoafirmación» veremos que cada acto de valor nos envía este mensaje: «Eres valiente, digno de aprecio», un mensaje que refuerza la estima ajena si es que concurre y la percibimos. En la siguiente ocasión en que hayamos de enfrentarnos al miedo, el estrés y el peligro, compararemos esa autoimagen con lo que la situación demanda, queriendo resolver la tensión para que aquella no resulte dañada. Nuestro desempeño anterior sirve de freno a nuestra retirada, un mecanismo que fortaleceremos con cada desafío que superemos.

Para ser valiente hay que exponerse a dificultades. En la fatalidad, despierta el coraje; se duerme en las comodidades, se agosta en la falsa seguridad del mundo virtualizado. Uno de los precios que hemos pagado por el Estado del bienestar es el incremento de la aversión al riesgo, que no solo genera prudencia, sino también cobardía. Cuando la vida era más dura, el deber era algo corriente, y la solidaridad, cosa obligada y rutinaria. Puesto que es difícil renunciar a lo confortable, las sociedades contemporáneas se enfrentan al dilema de tener que procurar por otros medios lo que el infortunio generalizado proveía antaño. Hoy pocas de esas sociedades son conscientes de ello —de ahí, por ejemplo, el eclipse en la educación reglada de la valentía—, porque son muchas las que siguen creyendo que «el progreso proveerá».

Entre las principales aportaciones del deporte está su capacidad para recrear situaciones que demandan intrepidez y tesón, situaciones aventuradas. No obstante, para poder contar como formación experiencial en el coraje, el deporte ha de ir en serio. Practicarlo como un divertimento no tiene nada de malo, al contrario; es solo que a estos efectos no sirve para robustecer el carácter, y ni siquiera deberíamos llamarlo deporte, sino juego. De hecho, es común a todos los deportes de competición que no darlo todo sea una deshonra; forma parte de sus leyes más importantes, las no escritas. No debemos ver en ello solamente una herencia guerrera u olímpica, honor de gloria. El esfuerzo y la superación que el deporte exige contribuyen a que seamos íntegros.

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Дата выхода на Литрес:
23 октября 2025
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470 стр. 1 иллюстрация
ISBN:
9788432160561
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