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DANIELLE MCLAUGHLIN

Dinosaurios

en otros planetas


Traducción: Rosario Lázaro Igoa

Ilustraciones: ca_teter


Para mis padres, Mary y Ted

El arte del vendado de pies

Comience el día de la fiesta de la diosa Guanyin, para que le conceda misericordia. O en el apogeo del invierno, cuando el frío adormezca los huesos astillados como hielo de un lago roto. Comience cuando ella sea joven, cuando los huesos estén más cerca del agua y un pie pueda alterarse como el curso de un arroyo de montaña.

Es martes y estuvo la mujer que viene a limpiar. Dejó olor a taxi en el pasillo, una fragancia de pino sintética llamada Primavera Alpina, aunque sea la primera semana de noviembre. Janice se desabotona el saco mojado y lo cuelga en un perchero. Pensó en decirle que no le gusta el olor, pero la limpiadora y ella rara vez se cruzan, y por escrito —«No me gusta el desodorante de ambiente»— es una queja que parece trivial, casi mezquina. Además, está el hecho de que la mujer también les limpia a otras madres de la escuela. Janice ya nota una jerarquía de lealtades, sospecha traiciones menores e indiscreciones.

Llega música del piso de arriba, el golpe sordo de un bajo que vibra a través del techo: el sonido de Becky, que faltó al entrenamiento de hockey. Vendrá la señora Harding, la vecina de al lado. Debió de estar sentada junto a la ventana de su casa, esperando el regreso de Janice, y ahora estará metiéndose en su saco de piel hasta el tobillo, atándose los zapatos, lista para asaltar los escalones de Janice. Se quejará de que las hojas mojadas los dejan resbaladizos, como si Janice hubiera tendido una trampa y, después, cuando pare la música, se quedará sentada una hora en la mesa de la cocina, oliendo una taza de té y hablando.

Al subir la escalera, Janice se detiene en el descanso para reorganizar la colección de cristales, figuras en miniatura de pájaros y animales. Están en una mesa junto a la ventana donde la luz los favorece. Todos los martes, la limpiadora los saca para repasar la mesa, y todos los martes vuelve a ponerlos en orden inverso. Hoy, inexplicablemente, no parece haber repasado la mesa, pero igual están fuera de lugar.

En el cuarto de su hija, una hilera de peluches mira desde un estante. Los años no han sido amables y cada juguete sufre su propia discapacidad peculiar: un Igor harapiento y sin cola, un oso de peluche pelado y de un solo ojo. Becky pone mala cara cuando ve a su madre.

—Te dije que golpearas —dice apagando la música.

Cumplió catorce años en julio, y de repente creció en ancho y en altura. La cara, que ya era demasiado redonda para ser linda, se le redondeó más, y empezó a usar el pelo largo y castaño, su mejor atributo, en un rodete apretado. Está sentada sobre la cama y aún tiene puestas la camisa y la pollera del uniforme. Se sacó los zapatos y las medias grises de lana y enrolla unas medias cancán de Janice alrededor de su pie derecho; el nailon ya se corrió en la parte que se estira entre los dedos del pie.

—¿Qué estás haciendo? —le pregunta Janice.

—Me vendo los pies.

Janice mira a su hija, que trata de doblar los dedos del pie hacia abajo, y observa cómo le vuelven al lugar:

—Me estás jorobando, ¿no?

—Es para un trabajo de historia de la profesora Matthews. Básicamente, es sobre el sufrimiento de las mujeres hace tiempo.

—Igual no entiendo por qué te vendás los pies.

—¿Así puedo em-pa-ti-zar? —responde Becky—. ¿Así sé cómo era ser oprimida? Básicamente.

—¿Qué edad tiene la profesora Matthews?

Becky no responde. Está enrollándose las medias cancán como una venda alrededor de los dedos. Justo debajo del tobillo tiene una cicatriz rosada, casi plateada, porque de niña se lo atrapó con una puerta, y la piel ha vuelto a crecer un poco más clara. Toma una tira de material blanco de un montón al lado de la cama y empieza a vendarse el pie; le da vueltas y vueltas con la tela, hasta que se transforma en un muñón blanco.

Abra el vientre de un ternero vivo y coloque los pies de la niña en la herida, hondo, de modo que la sangre le cubra los tobillos. Si no hay ternero, caliente la sangre de un mono hasta que hierva, agregue la raíz de morera y el tanino. Remoje los pies hasta que la piel quede suave.

El cuarto está frío y Janice se abre camino a través de los restos en el suelo —ropa interior, revistas, latas de aerosol— para cerrar la ventana. Hay tampones con envoltorios de colores brillantes desparramados como golosinas de una caja en el tocador, junto a sombras de ojos y brillo de labios. Parecen fuera de lugar, estas cosas de adultos, como si una niña jugara con el contenido de la cartera de su madre. El cuarto queda en la parte posterior de la casa y da a un jardín angosto que baja hasta del río. Cuando Becky era chica, a Janice le preocupaba que se fuera caminando y se ahogara, y un verano Philip construyó un cerco de chapas clavadas a postes de madera. Cumplió su finalidad, pero ahora es un adefesio, unas chapas de metal dobladas y oxidadas. Cuando llegue la primavera, piensa Janice, cuando los días sean más largos y el clima más benigno, lo va a desarmar. Cierra la ventana y corre las cortinas.

Becky todavía está ocupada con las medias cancán. Junto a ella, en la cama, hay varias hojas de papel, incluyendo una con el título «El arte del vendado de pies». Es una copia de baja calidad de un manual escrito a mano. Al lado hay una página con fotos y diagramas, algunas acompañadas de instrucciones: «Frote los pies con piedra bian o con un pedazo de cuerno de toro». Janice no identifica de inmediato que lo que aparece en las fotos es un pie. Es un bulto de color blanco grisáceo, con los dedos que se funden en la suela como un plástico que quedó demasiado cerca del fuego. La dueña del pie sonríe a la cámara con timidez. Hay algo grotesco, casi sórdido, en la manera de mostrar su deformidad, como el acto insólito de un antiguo circo ambulante, y Janice desvía la mirada de vuelta hacia los pies de su hija. Mientras observa a Becky darle vueltas y vueltas a la tira, reconoce el delicado festón de las almohadas de algodón egipcio del cuarto de visitas.

—¡Mierda, Becky! ¿Sabés cuánto cuestan las almohadas? ¿No podrías haber usado otra cosa? ¿Cualquier otra cosa?

—Busqué por todos lados —responde Becky—, es lo único que encontré. Si hubieras estado en casa, te podría haber pedido otra cosa, pero no estabas.

—Tal vez tendría que explicarle a la profesora Matthews el costo opresivo de las fundas de almohada.

Becky frunce el ceño, deja de enrollar las vendas.

—¿Por qué sos tan perra con la profesora Matthews?

—¿No te pedí que no usaras esa palabra?

—¿Qué palabra?

—Vos sabés qué palabra. Y que conste: no tengo ningún problema con esa profesora, solo creo que tiene ideas raras para los deberes.

—La odiás —dice Becky.

Janice respira profundo.

—No la odio —dice despacio—, ni siquiera la conozco.

Pero mientras dice esto, le viene el recuerdo de la jornada de puertas abiertas, dos años atrás: una mujer flaca, pelirroja, con un corte revuelto y asimétrico, y botas Ugg, aunque en aquel momento pensó que era una alumna, difícil de distinguir de la manada de adolescentes reunidas a su alrededor.


—Si hubieras ido a la reunión de padres y maestros, la conocerías. Papá la conoció. A papá le cae bien.

Janice considera esto último; decide dejarlo pasar. Se pone a levantar ropa del piso y a colgarla en el ropero.

Becky sigue vendándose el pie.

—La profesora Roberts también la odia —dice—, pero Roberts está celosa porque Matthews es una estrella y todos piensan que la Roberts es una conchuda. Lo que es cierto, básicamente.

—¡Becky! —Janice para de juntar ropa—. No vuelvas a decir esa palabra, ¿me escuchaste?

—La profesora Matthews nos deja decir lo que queramos.

—Te advierto, Becky… —Entonces llega el sonido que estaba esperando, el sonido del teléfono de la casa—. No terminamos con esto, Becky —dice apuntando el dedo índice hacia su hija—, ni por asomo.

Cuando la piel esté suave, quiebre los cuatro dedos pequeños por debajo de la segunda articulación y dóblelos hacia abajo. Tome un cuchillo y retire las uñas. Pueden reptar como el gusano de la muerte de Mongolia en la oscuridad del talón y de esa manera un pie estaría perdido.

La noche anterior, Janice había ido con Philip a un cumpleaños de cuarenta en un restaurante de Douglas Village. Angela, la cumpleañera, era una antigua amiga de la universidad. En realidad, era una antigua amiga de la universidad de Philip, porque, aunque todos habían sido de la misma barra en un momento, a Janice nunca le había caído bien. Las tres hijas adolescentes de Angela estaban allí, con vergüenza por el comportamiento de su madre: la risita tímida y coqueta, una tendencia a pararse demasiado cerca y a provocar contacto innecesario. Habían corrido hacia Philip, gritando, y una de ellas, la del medio, lo llamó «tío» y le dio un beso.

En el auto, a la vuelta, Janice dijo:

—Creo que Angela está demasiado flaca, se le nota en la cara.

—A mí me parece que le queda bien —respondió él—. No parece de cuarenta, eso seguro.

Janice manejaba. Lo observó en el asiento del pasajero, pero él miraba por la ventana.

—¿Sabés qué me contó la hermana? —dijo—. Que Angela las tiene a todas a dieta. Pobres chiquilinas. La más chica no debe de tener más de doce.

—Catorce —apuntó él—, la misma edad que Becky.

—Igual es muy chica, Philip.

—Les prohibió las papas chips y el chocolate —dijo él dándose vuelta hacia ella—. No me parece un asunto de derechos humanos.

Se estaban acercando a un cruce y ella frenó de pronto.

—¿Y era sobre eso que Angela y vos hablaban, metidos los dos en la barra toda la noche?

Philip suspiró.

—A Angela le caés bien —dijo—, lo único que ha intentado siempre es ser una amiga. Me gustaría que le dieras una oportunidad. Estábamos hablando de Becky, en realidad, de cómo engordó.

—Lo que hay que oír… —dijo Janice.

—Por favor —dijo él—, seguro que vos lo notaste también.

—Te voy a decir lo que noté —dijo—. Noté que te chamuyaste a esa Angela de plástico toda la noche. Y cuando no era a Angela, era a una de las hijas. No te creas que no te vi. La rubia casi que te puso la mano en el culo en un momento; es peor que la madre.

—Dejame bajar —dijo él—, dejame bajar acá. Voy a caminar hasta casa—. Estaban parados en el semáforo y él manoteó la puerta del auto, pero estaba trancada.

—Gran gesto de mierda, Philip, debemos estar a cinco minutos de distancia.

Pero ella lloraba y se secaba los ojos disimuladamente con el dorso de la mano. Él podría haberle pasado por delante y destrancado la puerta, pero se quedó en su asiento, y cuando el semáforo cambió ella siguió manejando. Philip no volvió a hablar hasta que pararon frente a la casa. Janice sollozaba ahora, las lágrimas le bajaban por los cachetes. Él se desabrochó el cinturón de seguridad y dijo:

—¿Alguna vez pensaste que nuestras vidas iban a ser así?

Prepare vendas de seda blanca o algodón, de diez chi de largo y dos cun de ancho. Quiebre el arco del pie y enrolle las telas en forma de ocho, y anúdelas en el empeine y el tobillo. No se alarme por los gritos: la brisa que ondula de noche sobre el bulbo de loto por la mañana da paso a un sol floreciente.

Ella atraviesa rápido el pasillo rumbo a su cuarto y levanta el teléfono.

—Hola —dice.

—Hola.

Estas conversaciones posteriores a las discusiones tienen el carácter de una danza folclórica, un complicado sistema de avance y retirada, ejecutado con diversos niveles de gracia. Si se realizan los movimientos correctos, en el orden correcto, al final serán devueltos al punto de partida.

—Escuchame —empieza él—, no debería haberte dicho eso anoche. Perdoname.

—Los dos estábamos cansados —responde ella—. Angela siempre me saca. No sé por qué dejo que me haga entrar.

—Angela sabe hacer entrar a la gente —dice él—, es su talento especial.

Y ella sabe que no es lo que él piensa, sabe que Angela le gusta, que es probable incluso que se la haya cogido alguna vez, pero también entiende que le está ofreciendo a Angela a modo de disculpa. Se recuesta en la cama y cierra los ojos.

—Estuve pensando —sigue ella— en lo que dijiste anoche sobre el peso de Becky. Voy a hablar con ella.

—No, por favor —responde él—, estuve mal.

—No, no estuviste mal —dice ella, sobre todo porque es lo que se espera que diga, pero ahora que lo dice en voz alta, se pregunta si él tal vez tiene razón.

—No quiero que se enoje —dice él—, es una chiquilina increíble. Pero hacé lo que te parezca mejor.

—No le haría mal perder un par de kilos. —Janice espera a que Philip diga algo más, pero él se queda en silencio. Siente que está preparándose para colgar—. ¿Venís a cenar? —le pregunta mientras trata de pensar en algo más que decir, algo que lo retenga.

—Me parece que no. Tengo que ir a cenar con unos clientes.

—¿A dónde los vas a llevar? —le pregunta, pero él ya está despidiéndose.

—Chau, chau. —Y después ya no está.

Pone de vuelta el teléfono en la base y se sienta un segundo en el borde de la cama. Estas llamadas en general actúan como una especie de ungüento, por el hecho de que ocurran y no tanto por lo que se diga. Esta fue diferente. Fue la forma de apurarse para decir chau, piensa ella, la forma en que logró despedirse con tanta facilidad. Va al espejo para arreglarse el pelo. Su mano vuela a su garganta cuando ve a Becky en la puerta.

—¡Dios mío, Becky! —dice—, me asustaste.

—¿Era papá el que llamó?

Janice asiente. ¿Hace cuánto que está ahí?, se pregunta.

Becky empieza a patear rítmicamente el marco de la puerta: cinco patadas con el pie derecho, cinco con el izquierdo. Tiene los pies envueltos en una pelota de funda blanca de almohada.

—¿Va a venir a cenar?

—No, va a salir con unos clientes. —Señala las vendas en los pies de su hija—. Sacate eso y andá a terminar los deberes.

Becky niega con la cabeza.

—Imposible. Recién me las puse.

Janice se le acerca y tira de un extremo de tela suelto en el pie derecho de su hija. Becky chilla y patea, agarrando a su madre por la muñeca. Se da vuelta y va con paso extraño y tambaleante hacia su propio cuarto; sostiene los brazos a los lados como si se equilibrara sobre una cuerda floja. Una de las vendas se suelta, se despliega tras ella mientras camina.

Janice se frota la muñeca.

—Perfecto, Becky —dice y la sigue a través del pasillo—. Mañana voy a ir a la escuela. Voy a hablar con la profesora Matthews.


Becky ya está en la puerta del cuarto.

—Qué coincidencia —dice—, porque la profesora Matthews quiere verte.

Saca un pedazo de papel del bolsillo de la pollera, lo arruga como una pelota y se lo tira a su madre. Le da en el pecho. Luego entra al cuarto, pega un portazo y gira la llave.

Janice levanta el pedazo de papel y lo alisa. Es una citación con el escudo azul de la escuela como membrete, y tiene los espacios para día y hora en blanco. Una nota manuscrita en letras grandes y redondas, con pequeños círculos sobre las íes, le pide que llame por teléfono para agendar una reunión. No hay nada más, ninguna pista sobre la naturaleza del encuentro solicitado, solo una firma con la misma letra redonda: Madeleine Matthews. La hoja tiene fecha de dos días atrás. Janice golpea la puerta de su hija.

—Becky —dice—, ¿por qué quiere verme la profesora Matthews? —Pero no obtiene respuesta. Trata de nuevo—. No seas infantil, Becky. Tenemos que hablar de esto.

Y Becky sigue sin responder. Pero cuando Janice va por la mitad de la escalera, le parece oír a su hija decir algo, algo que suena muy parecido a «perra».

Si el pie es grande, o los dedos pulposos, coloque pedazos de vidrio o porcelana entre los vendajes. Esto traerá la descomposición de la carne, que con el tiempo caerá, y el pie quedará más pequeño y agradable. Vende al menos dos veces por semana, o, si la familia es rica, todos los días. Pronto, habrá un valle entre la hendidura y el talón, oscuro y secreto como una puerta de jade.

En el piso de abajo, Janice se sirve una copa de vino y se sienta a la mesa de la cocina. Piensa en Philip, en un restaurante de por ahí, comiendo platos atractivos servidos por mozas atractivas de bocas suaves y brillantes. Cierra los ojos, pero en lugar de desaparecer, la imagen de las mozas queda en foco: una troupe de mujeres jóvenes, sonrientes y agradables. Y a medida que la imagen se torna más nítida empieza a transformarse. Las mujeres se superponen hasta fundirse en una sola mujer con el pelo rojo y desmechado, parada, de manera absurda para un restaurante, junto a un pizarrón. Es la profesora Matthews. La feliz e ilesa profesora Matthews, brillando con esa emoción singular de la juventud: la esperanza. La inconsciente profesora Matthews, que se remonta en los siglos para encontrar problemas. Y aunque Janice sabe que es un truco de la mente, igual la perturba.

No ha habido otra mujer, al menos ninguna importante, desde la madre de Mandy Wilson hace seis años; de eso está bastante segura. Tal vez haya habido un desvío ocasional y discreto, evidente por el distanciamiento pasajero cuando vuelve de un viaje de negocios, una restricción en la forma en que la toca. Pero nada como aquel momento en que tuvo miedo de haberlo perdido. En ese entonces, incluso durante las noches en que él dormía a su lado, ella se levantaba y caminaba por la casa de madrugada, tocaba cosas, deslizaba los dedos por las paredes, por el respaldo de las sillas, como si tratara de retener lo que fuera que se estaba desvaneciendo.

Otras noches sacaba cosas al jardín, cosas separadas durante el día para ser destruidas: adornos, fuentes, un caracol de un viaje de vacaciones. Iba hasta el final del terreno, donde Philip no oía, y las estrellaba contra el cerco. Una noche de esas, con vidrios esparcidos por el suelo junto a sus pies, miró hacia el jardín y vio que se prendía una luz en la casa de al lado. Vio las persianas levantadas y el perfil de la señora Harding en la ventana.

Pero ella había resistido al fin y al cabo, y su resistencia había sido recompensada. Él había entrado en razón, como sabía que entraría, y cuando llegó el cumpleaños de Becky, Janice se acercó a la madre de Mandy Wilson en la puerta de la escuela y le entregó una invitación. La madre de Mandy apareció en la casa aquel viernes por la tarde. La hija, tímida, estaba a su lado con un vestido azul de fiesta. Aceptó una copa de cóctel de sauco y elogió el tipo de cristal. Y después se enredó con otras madres y con Janice en una conversación estridente y vertiginosa, llegó a reírse, aunque un poco histéricamente, mientras las niñitas subían y bajaban la escalera o se sentaban en círculos en el piso y se hacían trenzas en el pelo.

Vaya antes del amanecer a la estatua de la Doncella de Pies Diminutos. Allí debe dejar bolas de arroz mezcladas con bayas de goji, y un par de zapatillas de seda, no más grandes que un gorrión.

La escuela tiene tres bloques de dos pisos de la década de 1970 y una extensión de vidrio y acero que alberga los laboratorios de computación. La insignia de la institución, «Mater Misericordiae», está escrita en letras de acero sobre la entrada. La profesora Matthews la espera en un salón vacío mientras corrige trabajos en un escritorio largo y rectangular. Inclinada sobre un cuaderno, el pelo le cubre la cara. Hay un juego de lápices de colores, todos con punta, al lado de una engrampadora rosada y de una caja de clips de varios colores.

—Debés de ser la madre de Becky —dice y se levanta para darle la mano—. Janice, ¿no?

—Sí —responde Janice. Nota que la profesora Matthews no le indica cómo llamarla.

—Por favor —dice la profesora y hace un gesto hacia una silla al otro lado del escritorio. Janice se sienta.

La profesora Matthews se sienta en su propia silla y sus manos estallan en una ráfaga de agitación. Mueve la engrampadora unos centímetros hacia la izquierda, empareja los bordes de una pila de hojas. Janice observa cómo pasa un dedo por la parte interna del cuello de su blusa, para ajustarlo, aunque ya está tan rígido que debe de ser almidonado.

—Entonces —dice la profesora Matthews y pone las manos sobre el escritorio que tiene adelante—. Recibiste mi citación.

—En realidad, quería hablar contigo de todos modos.

—Ah, ¿sí? —La mano de la profesora Matthews vuelve al cuello, pero solo un roce esta vez.

—Sí, por el vendado de pies. No me parece que sea… —y hace una pausa para darle más resonancia a la palabra— apropiado.

La cabeza de la profesora Matthews se inclina un poco hacia el costado.

—Es algo que hago con mis chicas todos los años. En general, les parece interesante.

¿Sus chicas?, piensa Janice. ¿Qué reclamo de propiedad puede hacer esta mujer, ella, que es poco más que una adolescente? ¿Cómo que todos los años? ¿Hace cuántos años, exactamente? ¿Tres? ¿Cuatro?

—Es un poco medieval, ¿no? —dice Janice—. Literalmente.

—Bueno, en realidad —dice la profesora—, y esto es muy interesante, se practicó en algunas partes remotas de China hasta la década del cuarenta. Pero no se trata de fechas, ¿verdad? Yo prefiero adoptar una perspectiva sociológica más amplia.

Agarra una lapicera y la golpea contra el escritorio, nada muy diferente a lo que Becky haría, y Janice tiene que aguantarse las ganas de decirle que pare.

—Tienen catorce años —dice Janice—. Los pies les siguen creciendo, podrían lastimarse los huesos.

La profesora Matthews frunce el ceño.

—Disculpame —dice—. No te entiendo…

—Vi la fuerza con que Becky enrolla esas vendas. Podría cortarse la circulación.

La profesora Matthews mueve su silla hacia atrás, poniendo una fracción más de distancia con Janice.

—Por supuesto —dice— que en realidad no hacemos ningún tipo de vendado real de pies. Básicamente, discutimos, vemos videos en YouTube, ese tipo de cosas.

De repente, el salón le parece caluroso y sofocante. Janice quiere abrir una ventana, pero la profesora Matthews sigue hablando.

—Quizá —dice— esto nos lleva, de forma indirecta, a la razón por la que quería hablar contigo. ¿Notaste que Becky anda nerviosa últimamente, más retraída de lo normal?

¿Qué es «de lo normal»? ¿Y Becky es retraída? Tranquila, claro que sí, pero retraída es diferente, ¿no? Ser retraída es otra cosa.

—Es una adolescente —dice Janice—, «retraída» es la marca de fábrica. —Y se odia a sí misma apenas lo dice.

—Como ya sabés —dice la profesora—, para Becky la escuela es socialmente desafiante. Eso siempre fue un problema pero, básicamente, se está agudizando. Las burlas por el peso no ayudan, pero yo he tratado de que se terminen.

—¿Y por qué me entero recién ahora? —pregunta Janice.

La profesora Matthews mira con melancolía por la ventana, hacia el verde inmaculado de la cancha de hockey, donde las niñas con equipos amarillos de gimnasia retozan como corderos a pesar del viento helado de noviembre.

—Se lo dije al padre de Becky —retoma—, en la reunión de padres y maestros. —Apoya la mano sobre el juego de lápices de colores como si fuera un talismán—. Por lo que sé —dice—, ¿tienen problemas en la casa?

—¿Qué querés decir?

—Becky dijo que había tensiones…

Claro que va a haber tensiones, piensa Janice, cuando llegue a casa y hable con Becky. Le viene la necesidad de encontrar su salón de clase y arrastrarla hacia afuera por el cogote, y preguntarle qué cree que está haciendo al hablar de los asuntos que tienen, los asuntos íntimos, con esta desconocida.

—No sé por qué lo decís —responde.


La profesora Matthews abre la boca. Este es el punto en que un poco de edad la habría salvado, que un año o dos podrían haber hecho toda la diferencia, pero en realidad es la adolescente que Janice suponía, y entonces sigue:

—Lo decía por las tensiones entre el padre de Becky y vos.

Su posición se desplaza un poco hacia la puerta, el cuerpo delante de la mente, preparándose para la huida.

Janice quiere agarrarla del pelo y cachetearla. Sabe lo que la profesora Matthews está tratando de decir, y también sabe que no puede decirlo. Vuelve a hablar, lo que no debe decir se le retuerce en la lengua y emerge en dardos vacilantes de palabras y frases.

Al otro lado de la habitación, debajo de un cartel del desierto de Gobi, hay una papelera. Janice llega a la papelera a tiempo para vomitar. Vomita encima de una caja de jugo vacía y virutas de lápiz enruladas como una tira de cáscara de naranja. Después vomita de nuevo. Se endereza y se limpia la boca con la mano. Tiene los ojos húmedos y se los seca con la manga, pero la humedad aumenta y ella se da cuenta de que está llorando. Cuando camina hacia la puerta del salón, mira a la profesora Matthews y ve que está afligida, impactada; Janice piensa que está más impactada que si la hubiera cacheteado.

El pie, una vez vendado, quedará vendado para siempre: pocos pueden soportar el dolor cuando los huesos se despiertan. Cuídelo con atención, pero siempre en la oscuridad. La belleza atrapada bajo las vendas podría disiparse con la luz.

Se sienta en un café por un par de horas hasta que los empleados ponen las sillas sobre las mesas y empiezan a trapear a su alrededor. Cuando por fin vuelve a la casa, encuentra el pasillo y las habitaciones de abajo a oscuras, a no ser por el parpadeo del televisor en el living. Becky está despatarrada en el sillón; tiene los pies atados con vendas blancas y apoyados sobre un puf. Janice prende la luz.

—Becky —le dice—, tenemos que hablar.

Becky parpadea, se frota los ojos. Murmura algo por lo bajo; después agarra el control remoto y empieza a hacer zapping.

Janice se interpone entre su hija y la pantalla.

—Hoy fui a ver a la profesora Matthews. —Becky deja el control remoto y la televisión queda en un canal de dibujos animados—. Tu padre y yo somos muy felices, Becky. ¿Entendés eso? —Becky la observa en silencio—. Y si alguna vez eso te preocupa, o te preocupa cualquier cosa, primero hablás conmigo, ¿queda claro? No te culpo por nada, Becky, por favor, no creas que te estoy culpando, pero somos una familia, un equipo, y tenemos que confiar uno en el otro.

Becky está mirándose las uñas, sacándose las cutículas.

Janice suspira.

—Está bien —dice—, voy a poner en marcha la cena. Después nos vamos a sentar juntas y me vas a contar qué le dijiste a la profesora Matthews.

—No me acuerdo bien —responde Becky—, hablamos de muchas cosas.

Janice siente que le vuelven las náuseas.

—Tenés que tratar de acordarte —le dice—, es importante. —Señala los pies de Becky con la cabeza—. Y sé que esto no forma parte de los deberes, así que sacate esas vendas.

Becky no da señales de haberla escuchado.

—Te dije que te las saques.

Lentamente, Becky pone un pie en el sillón. Empieza a sacarse las vendas y las deja caer en espirales al piso. Debajo, el pie se ve blanco y pálido y asustado. Tiene marcas rojas que atraviesan los dedos donde ahora Janice nota que Becky usó bandas elásticas para sostener las medias en el lugar. Becky se examina los dedos, el arco del pie. El meñique está de un color blanco azulado y empieza a ponerse rosado a medida que la sangre le bombea de nuevo. Por un segundo, se olvida de que estaba peleando con su madre.

—Mirá —dice mientras se sostiene el pie—, se achicó.

Janice se inclina y entorna los ojos ante el pie de su hija.

—Está exactamente del mismo tamaño que siempre.

—No —dice Becky—, está más chico.

Se levanta y va de un salto hasta donde dejó un par de championes de lona. Desliza el pie descalzo dentro de uno y lo retuerce.

—¿Ves? —sigue—, me queda flojo. Antes no me quedaba flojo.

Cruza de un salto otra vez la habitación y se desploma en el sillón. Agarra una tira de tela del piso.

—¿Qué vas a hacer?

—Voy a dormir con las tiras puestas; quiero ver cómo me quedan los pies por la mañana.

—De ninguna manera.

—Me odiás —dice Becky—, querés que tenga unos pies de payaso grandes y feos como la profesora Roberts.

Janice le saca la tira de la mano a su hija, la rasga en dos, y después en dos de nuevo, y tira los pedazos a la alfombra.

—¡Pará! ¡Las estás arruinando! —grita Becky.

Sale del sillón, se equilibra un segundo y salta sobre el pie sin vendas. Trata de juntar las tiras, pero Janice las patea y las dispersa por el piso.

—¡Te odio! —sigue—. ¡Ojalá no fueras mi madre! ¡Ojalá tuviera cualquier otra madre en el mundo menos vos!

Cojea hasta la escalera con un pie todavía vendado. Agarrándose del pasamano, salta por el primer tramo de escalones y se detiene en el descanso.

—Bajá ya mismo —le dice Janice. Empieza a subir la escalera detrás de ella.

Becky niega con la cabeza. En la calle, se encienden las lámparas y un resplandor suave cae sobre la escalera, sobre la mesa con los animales de cristal, que brillan como si los hubieran prendido fuego, y crepitan con luz y llamas. En ese momento, Becky también está en llamas, feroz y hermosa como la estrella de una película antigua en blanco y negro, con el pelo que le cae suelto sin rodete y los cachetes rosados. Y un segundo después, vuelve a ser una niña, afligida, confundida, abrasada por la savia vital que le bulle por dentro.

Janice está a su lado ahora.

—Vamos, Becky, no seas boba.

Becky se seca una lágrima.

—¿Te parece? —le responde—, bueno, capaz que soy boba, pero por lo menos no soy una patética de mierda. Con razón papá te odia.

Su mano golpea a Becky en el pómulo, justo debajo del ojo izquierdo. Ve, como en cámara lenta, a su hija que cae hacia atrás y la mesa que se estrella contra el piso. Las pequeñas figuras chocan al caer, se agrietan, se astillan, y los trozos de cristal se incrustan como estalagmitas en miniatura en la alfombra. Y la secuela inmediata, por un segundo nada más, es un silencio total y absoluto; ese breve y fugaz silencio que les ha escuchado describir en televisión a los sobrevivientes de ataques terroristas y explosiones. Becky se para temblando, con una mano apoyada en la pared para estabilizarse. Tiene la cara pálida, además de un corte rojo debajo del ojo, que ya empezó a sangrar.

—Ay, no —murmura Janice—, ay, no.

Se desploma junto a la mesa dada vuelta; el piso alrededor brilla con añicos de pájaros y animales. Se mira la mano, que todavía le hormiguea por la fuerza de la cachetada. El anillo del dedo del medio fue regalo de Philip hace años y ella lo ha guardado con la intención de mandarlo a ajustar. Giró, como siempre, y las piedras, la cresta dura de diamantes, se encuentran hacia abajo.

Becky se lleva una mano al cachete cortado. Casi no parece registrar la sangre en los dedos cuando los aleja. Como aturdida, levanta la mesa, la pone de nuevo en su lugar bajo la ventana. Después se deja caer sobre las manos y rodillas, y empieza a juntar los cristales: los que sobrevivieron y los rotos, decenas de miembros amputados y torsos destrozados.

—No —le dice Janice sollozando—, no te preocupes, no tiene sentido. —Extiende la mano y sigue con un dedo el rastro de sangre en la cara de su hija—. Ahora me va a dejar —murmura—, no va a querer estar conmigo después de esto.

Qué hermosas son las zapatillas diminutas, el paso ondulante que la alejará para siempre de los cultivos. Que empiece ahora la dote: zapatillas bordadas con peces y flores de loto, hechas con sus propias manos.

Hay un manzano ornamental, plantado por algún propietario anterior, al final del jardín, y el suelo alrededor es pura pulpa machucada que cayó con el viento, aunque ella juró que este año lo cosecharía. Se recuesta en el tronco y escucha el río que corre del otro lado del cerco. Al mirar hacia atrás, ve una luz prendida en el cuarto de Becky y las cortinas cerradas. Más tarde, se prenden las luces de abajo y ve a Philip que se mueve en la cocina, y ella vuelve por el jardín hacia la casa.

Desliza la puerta del patio para abrirla y nota que lo asusta. Philip todavía tiene puesto el saco y está agarrando una cerveza de la heladera. Se da vuelta y ella le estudia la cara a través de la cocina para tratar de descifrar si sabe algo.

—Me asustaste —dice él—, no me di cuenta de que estabas acá. ¿Dónde está Becky? —Como ella no responde, él se le acerca y le pasa un brazo alrededor de los hombros—. No seguís enojada conmigo, ¿no? —le pregunta—. Pensé que ya estaba todo bien. —Y le da un beso en la frente.

—Philip… —empieza a decir, pero en el piso de arriba se abre una puerta y ella oye pasos bajando la escalera.

Janice se aleja de su marido, camina y se para en la otra punta de la habitación. A Becky, el pelo le cae por la espalda en una sola trenza y ya no parece de catorce años, sino una niña de once o doce. Se lavó la cara y se puso un apósito en el cachete, un vendaje cuadrado de tela que le cubre no solo el corte, sino también toda la piel alrededor. Se sacó todas las vendas y tiene puestas unas pantuflas rosadas en los pies.

—Hola, princesa —la saluda Philip—, ¿qué te pasó en la cara? —Deja la cerveza y se le acerca—. ¿Te pasó algo en la escuela? Si está pasando algo en la escuela, tenés que contarnos. Janice, ¿ya la viste?

Becky se estremece cuando él le toca el cachete.

—Me caí contra la valla jugando al hockey —responde—. Es un raspón nada más.

—Dejame ver —dice Philip, pero ella retrocede un paso.

—Estoy bien, en serio —dice—, mamá ya lo vio. Le puso un poco de antiséptico.

Él baja los brazos en señal de derrota.

—Okey —dice—, supongo que ustedes, las chicas, tienen todo bajo control. —Agarra la cerveza y se va al living.

Más tarde, mientras Philip mira televisión, Janice sube discretamente al piso de arriba. En el descanso, ve que los animales de cristal están ensamblados, las víctimas pegadas de nuevo, de manera tosca pero efectiva, y cada figura se encuentra de nuevo en su lugar. Se para afuera del cuarto de Becky y escucha. No hay ruidos, solo un sonido suave, de papel, como de páginas que pasan. Tantea el picaporte, pero está trancado, y enseguida hasta el sonido de las páginas se detiene, y está tan silencioso que, a través de la pared, puede oír a la señora Harding moviéndose en la casa de al lado. Piensa en llamar a Becky desde la puerta, pero no sabe qué decirle, y tiene miedo de que Philip las escuche. Pasan unos minutos y vuelve al piso de abajo.

Empezó a llover; primero es una llovizna y enseguida un chaparrón horizontal que martilla el vidrio de las puertas que dan al patio. Janice se sienta en la mesa de la cocina, observa la oscuridad del jardín y mira cómo el agua de lluvia se filtra por la junta de las puertas y forma un charco en el piso de la cocina. Mira el charco que se agranda, sin preocuparse en agarrar un lampazo y un balde, como normalmente haría. Es algo que pasa siempre que llueve; una falla de la instalación original de las puertas. Ha tratado de que las arreglen o las cambien, pero será imposible conseguir a alguien que haga el trabajo tan cerca de Navidad. Esperará hasta enero, que es cuando todo se calma, y entonces lo hará.

Rara vez un hombre tocará un pie vendado. Teniendo esto en cuenta, en la menor de las zapatillas, déjela coser un bolsillo: allí guardará sus secretos más oscuros.

A quienes combato no odio

Ranelagh un sábado de verano, veredas salpicadas de flores, el aire que latía con el tamborileo rítmico de las máquinas de cortar pasto. Kevin se paró junto a la ventana del living de los Miller y miró a unas diez niñas chicas posando para la foto en el jardín de adelante. Su propia hija estaba entre ellas. Tenía los rulos rubios tirantes y sujetos en una trenza, por lo que, al principio, en medio de tantas otras cabezas trenzadas, le costó reconocerla. Los Miller vivían en una casa victoriana de ladrillo cerca de la iglesia, y Fiona Miller había insistido en hacer la fiesta. No es ningún esfuerzo, decía si alguien trataba de echarse atrás. Sería algo lindo para las niñas, y tanto Bob como ella estaban felices de recibirlas, pues sabían que no todo el mundo era tan suertudo como ellos. Las niñas chillaron y rieron, alborotadas de azúcar y verano, y, después, más repuestas, se alisaron las faldas de los vestidos blancos y levantaron las manos pequeñas y cuidadosas para ajustarse los velos y las tiaras.

—Divinas, ¿no? —dijo Kevin al darse vuelta hacia la mujer que estaba en la mesa de las bebidas.

Ella puso mala cara. No era la moza, sino una amiga de Fiona Miller, o tal vez una de las hermanas, y eso la colocaba rigurosamente en las filas de gente que lo odiaba.

—Qué bueno que paró de llover —dijo, porque seguro que eso era algo que no le podía objetar, pero la mujer empezó a mover las botellas sobre la mesa como si fueran piezas de ajedrez. Las agarraba del cuello y las ponía en nuevas posiciones con inconfundible hostilidad.

El sol, inclinado, pasó a través de las persianas. Encendió el brillo de las tarjetas sobre la repisa de la chimenea y rebotó en las ametralladoras del modelo de avión preferido de Bob Miller —un Sopwith Camel de la primera guerra mundial—, expuesto en un soporte junto a la puerta. El bisabuelo de Bob había servido en los Rifles Irlandeses de Londres, y había perdido un brazo en Flers-Courcelette. Su uniforme y la gorra con la insignia del arpa y la corona estaban expuestos en una gran caja de vidrio al final del hall de los Miller. En la caja también había pertenencias de otros hombres muertos: balas, brazaletes y cartas que Bob había comprado por internet. A Bob le gustaba bromear con que había sido militar en otra vida, aunque en esta fuera el actuario sénior de una compañía de seguros. Kevin se dio vuelta hacia la ventana otra vez. Su mujer también estaba en el jardín, hablando, ahora lo notaba, con el hombre que una vez él había tenido de jefe. Más temprano, ese hombre y él habían intercambiado saludos ásperos en el pasillo. Le había preguntado a Kevin —y ¿por qué todos se sentían obligados a preguntarle?— si ya le había salido algo, y una vez agotado el tema, se había retirado a una distancia prudente. Kevin vio que el hombre apoyaba una mano de forma consoladora sobre el brazo de su esposa, mientras ella se secaba los ojos con un pañuelo. Necesitaba tomar algo. Hubiera querido que la mujer de las bebidas se fuera al jardín con los demás, pero seguía en su puesto, con los brazos cruzados sobre el pecho. Al salir de la habitación, Kevin tocó con un dedo las hélices del avioncito e hizo que las cuchillas giraran en un borrón de madera y metal.

Por las dudas, había traído una petaca de vodka escondida en el bolsillo interno de la campera. Pero apenas llegó, Aoife, la hija mayor de los Miller, se quedó con su campera.

—No te preocupes —le dijo—, me la voy a dejar puesta, hace un poco de frío. —Aunque estaban a fines de mayo, el día era cálido, el aire estaba cargado de polen y de los paracaídas sedosos de los panaderos que volaban en ráfagas blancas por la avenida.

Aoife —indignada por tener que ocuparse del servicio de guardarropa— igual le había sacado la campera de los hombros a los tirones, y ahora él sentía que le faltaba la petaca como si fuera un miembro fantasma. Cuando caminó rumbo a la cocina, se abrió la puerta principal y las niñas se abalanzaron por el hall. Una de ellas traía una sombrilla metida debajo del brazo como si fuera una bayoneta. Se hizo a un lado contra la pared para que pasara ese batallón de novias en miniatura, con sandalias blancas que retumbaron contra las baldosas. Un velo le rozó el brazo y el rasguño de la gasa le pareció demasiado áspero. Al final del hall de los Miller, antes de la caja de vidrio con el uniforme vacío, las niñas viraron a la izquierda rumbo a la sala de música, y de allí salieron al jardín para correr en círculos alrededor de la casa con gritos que subían y bajaban en efecto Doppler.

Fiona Miller estaba en la cocina exprimiendo naranjas. Era una morocha de piel bronceada, algunos años mayor que él.

—No tendrías que haber venido— le dijo. Usaba una juguera eléctrica: ponía naranjas gordas de un lado y cosechaba gotas lentas dentro de una jarra del otro.

—Vos me invitaste.

—Tuve que invitarte. Pero no tendrías que haber venido. ¿En qué estabas pensando, Kevin?

Ella siempre lo había hecho sentir pequeño; pequeño y ordinario y falto de etiqueta. ¿Te olvidaste de todo lo que cogimos?, le hubiera gustado decirle, ¿qué etiqueta había ahí? En cambio, dijo:

—¿Bob sabe? —a sabiendas de que Bob no sabía nada.

—No me hagas esto, Kevin —pidió ella—, porque si me hacés esto, en serio, te vas a arrepentir.

Agarró dos naranjas más y las tiró a la juguera. Tenía puesto un vestido negro escotado y él no pudo evitar pensar que sus tetas eran como dos naranjas chicas, y que los pezones contra la tela eran como dos semillas duras. Se acordó de sentirlas entre las manos, y cuando volvió a la cara de Fiona con los ojos, vio que ella notaba que la estaba observando, y entonces desvió la mirada hacia el hall, donde su esposa hablaba con otra de las madres. Sostenía varias sombrillas, ninguna de las cuales era de su hija; a su suegra, que había comprado el conjunto, las sombrillas le parecían terrajas. Su esposa lo miró. Una de las ventajas de estar con una persona por tanto tiempo era que podía darse cuenta enseguida, incluso a lo lejos, de que ella estaba enojada.

La juguera hizo un par de ruidos hasta detenerse.

—Me quedé sin naranjas —dijo Fiona.

—Voy a buscar —ofreció Kevin al entrever la oportunidad, porque había una licorería en el pueblo.

—No, Aoife se ocupa. Puede ir en bicicleta. Va y viene en un minuto.

Fiona golpeó la ventana de la cocina. Aoife estaba sentada en la hamaca del patio trasero, hablando por teléfono. Levantó la vista y le hizo una mueca a su madre, pero no se movió. Fiona volvió a golpear el vidrio. Aoife se bajó despacio de la hamaca, con insolencia, y empezó a caminar hacia la casa.

—¿Qué edad tiene ahora? —preguntó él—. ¿Dieciséis?

—Cumple dieciocho el mes que viene. O sea, vamos a tener que hacer toda esta mierda otra vez.

—Bueno, yo no voy a venir —dijo él—, así que no te preocupes.

—No estoy preocupada —respondió Fiona—. No estás invitado.

Aoife entró desde jardín y dio un portazo. Arrancó el billete de diez euros que su madre le entregaba.

—Naranjas —dijo Fiona—. Dos bolsas, y fijate que estén bien maduras. —Aoife puso los ojos en blanco y se fue.

Después oyeron el ruido de unos pies arrastrándose por el pasillo y un suspiro húmedo y jadeante. Era difícil que Bob Miller tomara a alguien por sorpresa.

—¿Una cerveza, Kev? —le ofreció al abrir la heladera, y enseguida, antes de que Kevin respondiera, corrigió—: Perdón, ¿una Coca?

—No, gracias.

Bob se destapó una lata.

—Un tiempazo sin verte —le dijo—. Justo hoy de mañana le pregunté a Fiona: ¿cuándo fue la última vez que vimos a Kevin? Y no pudimos acordarnos, ¿verdad Fiona?

Fiona golpeaba un trapo mojado —al azar, le parecía a Kevin— contra las superficies de la cocina. Luego escurría el trapo en la pileta, al tiempo que dejaba correr agua ruidosamente sobre una palangana.

—Entonces —dijo Bob—, ¿en qué andás?

—En nada.

—¿Conseguiste algo?

—No, todavía no.

—¿Pediste en la oficina de empleo?

Una niña llorosa y con la rodilla raspada entró a la cocina. La siguieron cuatro niñas más, que formaron un círculo mientras Fiona le ponía pomada —aunque sin mucha suavidad, observó Kevin— y una curita. Apenas despacharon a las niñas para afuera, volvió Aoife con los cachetes rosados por la bicicleteada e hilos de panaderos metidos en el pelo. Tiró una bolsa de plástico sobre la isla de la cocina.

—Trajiste mandarinas —le dijo Fiona mirando dentro de la bolsa, pero Aoife ya se había ido volando al jardín para volver a su lugar en la hamaca. Bob hizo una guiñada.

—Las delicias, ¿no Kev? —dijo, y se dejó caer en una silla en un rincón.

Fiona puso las naranjas, o mandarinas, en la pileta y empezó a refregarlas con un cepillo de alambre, como si hubieran rodado por el piso de un depósito de desechos nucleares. Las amontonó en un bol y después las fue soltando de a una en la juguera, y el goteo lento empezó otra vez.

—Perdonen —dijo Kevin, fingiendo que chequeaba el celular—. Tengo que atender una llamada.

Cuando salió al hall, fue a la puerta del living y miró hacia dentro. La mujer de la mesa de las bebidas seguía en su puesto. Estaba ocupada ahora; los encargados del catering habrían traído bandejas de ensaladas y carnes frías, y todo el mundo había entrado desde el jardín. Trató de pensar dónde habría puesto Aoife su campera. Había estado muchas veces en esa casa, casi siempre cuando no debería haber estado.

En el descanso de la escalera, se detuvo a mirar unas fotos. No se acordaba de haberlas registrado antes, pero bueno, seguro que antes su mente había estado en la curva de las caderas de Fiona mientras subía la escalera delante de él. No eran las instantáneas usuales a orillas del mar o de cumpleaños, sino fotos de guerra, en blanco y negro. Los biplanos se elevaban desde pistas achicharradas hacia cielos negros e infernales llenos de humo. Soldados de ojos hundidos con cascos Brodie de acero se encontraban boca abajo sobre el barro. Cómo envidiaba a Bob Miller. No es que le envidiara las fotos de cosas macabras, que ya le provocaban los primeros revoltijos de náuseas. Tampoco le envidiaba la mujer, o la casa, o el trabajo, aunque hubo una época en que le envidiaba todas esas cosas. No, lo que más le envidiaba era la falta de imaginación, una carencia que lo salvaba hasta cuando fallaba, que le permitía a Bob hacer de la guerra un hobby, mirar con complacencia el horror de los demás, contento de que no le pasara a él, seguro de que nunca le pasaría. Qué suerte, qué suerte tenía Bob, que conocía tan poco dolor que lo tenía que pedir empaquetado con cuidado en eBay, para colgarlo de su pared en marcos barnizados.

En el cuarto de visitas, los abrigos estaban sobre la cama, en una masa retorcida de mangas vacías. Muchos se habían caído de la pila a la alfombra. Primero revisó los de la cama; los fue levantando y poniendo a un lado hasta que, a mitad de camino, encontró su campera. Cuando la levantó, entendió su ligereza en un nivel subterráneo, animal, antes de que el pensamiento se le hubiera formado siquiera en el cerebro. La petaca no estaba. Buscó debajo del resto de los abrigos encima de la cama, y después siguió por la pila en el suelo.

—¿Todo bien, Kev?

Sostenía un blazer verde de mujer con las manos cuando giró y vio a Bob en la puerta.

—Todo bárbaro, Bob —le respondió—, estaba buscando las llaves del auto.

—Pero ¿vas a manejar, Kev?

—No, preciso una cosa del auto. —Titubeó al buscar, mentalmente, algo plausible—. El inhalador. De mi hija.

—Entonces —dijo Bob—, mejor que encontremos esas llaves. —Y se inclinó para levantar un saco de hombre azul marino del piso.

Kevin tuvo la súbita visión de Bob encontrando la petaca.

—Gracias, Bob —dijo—, justo las encontré. —Se tanteó el bolsillo del vaquero—. Estaban abajo del ruedo de la cama.

Bob se enderezó. Parecía confundido.

—Qué bueno —dijo.

Kevin se dio cuenta de que todavía sostenía el blazer y lo tiró de inmediato a la cama. Por un segundo, se quedaron parados en un silencio incómodo. Se miraron uno al otro, mientras que por la ventana abierta se oían las risas de las niñitas jugando a la mancha en la entrada del auto de los Miller.

—Vamos para abajo, ¿no? —dijo Bob.

—Claro.

—Vamos.

Bob le hizo un gesto a Kevin para que saliera primero del cuarto, y cuando ambos estuvieron fuera, cerró la puerta y sacó algo del bolsillo. Después vino el humillante sonido de la llave girando en la cerradura. Los hombres bajaron la escalera juntos, con cuidado de no mirarse, sin hablar. Cuando llegaron abajo, Kevin no se detuvo, sino que siguió caminando por el hall hasta la puerta principal y cruzó la entrada de adoquines, donde su esposa había estacionado el auto junto al cordón. Se recostó contra la pared del jardín y observó el auto. No tenía las llaves: las tenía su esposa. Últimamente, era ella la que se encargaba de guardarlas siempre. Sentía como si alguien lo estuviera mirando, y sabía que, si se giraba, encontraría a Bob, pero no se dio vuelta. Que me mire, pensó, porque en la calle había calma, el aire estaba limpio y tenía olor dulce; el único ruido que se oía era el ladrido de un perrito allá lejos, en la avenida. A la distancia, más allá del pueblo, más allá de la ciudad, vio campos y colinas, extensiones verdes despobladas y vírgenes.

Cuando volvió a la casa, en la terraza acristalada estaban cortando la torta. Era un postre gigante de tres pisos, rematado por una troupe de mini-niñas de glaseado blanco con vestidos de glaseado blanco. Las niñas de verdad estaban sentadas alrededor de la mesa de caballetes, con capas de plástico para protegerles la ropa. Su esposa se encontraba en una punta de la mesa, distribuyendo pedazos de torta y cubiertos de plástico, pero él no entró. En cambio, fue al living, donde, con una sensación embriagadora parecida a la alegría, encontró la mesa de bebidas desierta. Era un páramo de botellas vacías: vino, Pimms, prosecco; pero en medio de los escombros había una botella de vodka, casi entera.

En la cocina, se sirvió jugo de naranja en un vaso. Por la ventana, vio a Aoife en la hamaca, con sus largas piernas colgando y la punta de los Converse blancos raspando el piso. No tenía nada que ver con el padre; los genes de Bob habían perdido esa trifulca específica. Aoife era flaca y morocha y linda, como debía de haber sido Fiona a su edad. La observó un minuto, después sirvió un segundo vaso de jugo y salió al jardín con el vodka y los vasos. La expresión en la cara de la muchacha era casi la de una sonrisa burlona, pero se iluminó cuando vio la botella. El día seguía agradable, aunque había algo amenazador en la quietud de las nubes, como si hubieran dejado de moverse y pudieran caer de pronto a la tierra. Aoife se bajó de la hamaca.

—Por acá —dijo señalando un agujero en el cerco—, no les gusta que tome.

—Tampoco les gusta que yo tome —agregó él.

Cuando ella se rio, era la risa de su madre, grosera con un toque de desprecio, y sus piernas, cuando se acomodó a su lado en el pasto detrás del cerco, eran las de su madre: largas, bronceadas y de huesos finos. Soltó una risita mientras Kevin servía el vodka, y en el momento en que se dio vuelta para sonreírle, notó que tenía los ojos un poco vidriosos. Estaban sentados en un terreno de pasto alto y maleza, una franja estrecha de tierra de nadie entre los fondos de las casas y un parque público cercado. Las margaritas y las amapolas crecían salvajes y alborotadas, derramando pétalos y semillas por el suelo. Sintió el hueso de su cadera a medida que ella se le acercaba más, y cuando con el pelo largo le rozó el brazo, notó un olor a vainilla y a otra cosa, algo joven y femenino, como manzana o frutos del bosque. Tomó un poco de vodka y miró hacia el cielo. Las nubes parecían más grises y oscuras y ya no estaban quietas, sino que se movían de forma errática y sobresalían del marco del cielo. Era como si algo intentara abrirse paso desde atrás y las empujara hacia delante en una masa espesa y prominente, por lo que no se desplazaban como nubes, sino como humo. Al mirarlas, vio rápidos y repentinos destellos plateados en las profundidades. Tal vez fuera un intento final del sol, pero le hizo acordar a la luz que brillaba sobre las ametralladoras de metal del modelo Sopwith Camel de Bob Miller. Y cuando Kevin le tocó la cara con la mano, supo que el sonido que se oía a lo lejos no era el ronroneo de las máquinas de cortar pasto, sino el zumbido de una aeronave volando bajo.

Todo sobre Alice

Agosto estaba saturado de moscardones moribundos. Se juntaban en rebaños de azul aterciopelado en los vidrios de las ventanas y golpeaban las alas de gasa contra el cristal. Se arrastraban negros y lánguidos por los alféizares. Alice se reclinó en el sillón de la cocina observando el curioso ballet de su padre. La parte de abajo del pantalón, arremangado encima de los tobillos, se le bajaba más y más a cada jeté tambaleante. El diario trazaba círculos frenéticos en el aire mientras les pegaba a los moscardones.

—¡Soretes! —gritó—. ¡Trolos!

Enloquecidos, los moscardones serpentearon como cazas de guerra. Rebotaron en la pantalla de las lámparas y resonaron contra las vitrinas donde se encontraban las medallas de danza irlandesa de Alice. Uno vino a posarse, oscuro y brillante, sobre el televisor. ¡Zas! Un moscardón cayó al piso. Alice miró por la ventana mientras en la cocina crujían los moscardones contra el linóleo.

Afuera, en el jardín, el domingo había aquietado el techo de chapa de la ampliación del baño, llevándose el ruido de los camiones que pasaban y dejando en su lugar una capa de hojas tempranas esparcidas sobre la cumbrera. Una bolsa de nailon revoloteaba entre los arbustos del jardín. El padre de Alice se dejó caer en la silla, con la cara colorada y triunfante. Apartó un ala traslúcida de la tapa de la sección «Deportes» y pasó la página.

—¿Querés más té, papi?

Alice no se movió para alcanzar la tetera. Su padre nunca tomaba más té. Sobre la mesa detrás de él, tenía las pastillas alineadas en un tecnicolor fascinante. Alice miró el reloj. Eran las diez y media. A las cuatro su padre se tomaría el ómnibus a West Cork para pasar una semana de vacaciones con la prima Olive. Hacía tres días que su valija estaba lista en el hall. Alice también había estado pendiente del tiempo, contando los días, feliz por la perspectiva de tener la casa para ella sola. Tenía cuarenta y cinco años.


El lunes de mañana, como primer acto de delincuencia desde la partida de su padre, Alice colgó cinta atrapamoscas del techo. Su padre odiaba la cinta atrapamoscas. Enseguida había un moscardón muerto girando sobre la cabeza de Alice mientras tomaba té. Después del desayuno, puso los platos en la pileta y los dejó en remojo dentro de una sartén llena de agua sucia. En un estante sobre la pileta había una foto de una mujer con aspecto severo, de unos sesenta largos, con el pelo atado en un rodete tirante. Sus ojos, como los de Alice, eran grises moteados de verde. Una vez, un hombre le había dicho a Alice que sus ojos tenían el color de una tormenta en el mar, pero los ojos que la observaban desde la foto eran hundidos y pasivos. Pobre Mami.

Alice llevó una taza de té a la sala. Examinó su imagen en el espejo. Las líneas y sombras que habían aparecido durante el tiempo que estuvo lejos se acentuaban con cada año que pasaba. Se sentó en el sillón de estampado floral, descolorido por el polvo y el sol, y pensó qué hacer. La semana entera se extendía frente a ella: un lejano oeste de libertad que esperaba la embestida de la carreta de Alice. Entonces le vino un recuerdo, un fragmento de una mañana hacía muchos años: Barcelona con el sol a través de la abertura de una cortina blanca, las migas de una magdalena amarilla sobre el plato del desayuno. Y, después, la ciudad, vasta y gloriosa, resplandeciendo frente a ella.

Alice sintió que la esperanza le daba vueltas en la barriga, sintió que se expandía suavemente con el té. Quiso dejar su vida como un globo que sale volando de un parque de diversiones. Soltar la mano sudorosa de la vida e irse flotando. Miró el reloj de pulsera. Se imaginó a su padre caminando por la playa con Olive, pisando burbujas de algas negras y oyéndolas estallar. El tiempo pasaba. Se acercó a la ventana, miró la hilera de edificios grises a lo largo de la calle Main y se preguntó de nuevo qué hacer hoy, hasta que al final se le ocurrió algo. Hornearía una asadera de magdalenas para llevar a lo de Marian.

—No es todo romance, ¿sabés, Alice? Vos pensás: ahí está Marian con su casa perfecta y su marido perfecto y un Fiesta nuevo en la puerta. Bueno, te voy a ser sincera, Alice, ya que me preguntaste: no todo es color de rosa.

Alice estaba bastante segura de que no le había preguntado nada. Marian le había abierto la puerta con el recién nacido sobre un hombro y el otro hijo chiquito alrededor de los tobillos. Ahora se movía en un vals lento sobre las baldosas de la cocina, con un repasador bajo los pies para limpiar vómito de bebé. A cada giro, el bebé le goteaba más vómito sobre el hombro.

A través de las puertas de la terraza que daba al jardín, Alice pudo ver la luz del sol danzando en la cubierta plateada de la barbacoa y templando el deck de roble barnizado. El sol destacaba los elegantes tonos de beige y gris pardo de los muebles de jardín y se demoraba entre las flores del final del verano que se abrían en macetas de terracota. Desde que Marian se había casado con Eugene, todo era «barbacoas» y «cenas» y estufas de jardín de acero inoxidable. Alice se alisó el top de lentejuelas nuevo y esperó que Marian lo notara. Pero hoy Marian se olvidaba de las líneas, pifiaba. Estaba más preocupada que de costumbre por el flujo de demandas de los niños.

—Issy, sé buenito. ¿Issy? ¡Issy sisi! —Marian estaba inclinada sobre el bebé en el sillón, cambiándole el pañal—. De-de-ditos, de-de-ditos —dijo, y acercó los labios al pie regordete y rosado del bebé, como si fuera a comérselo.

El bebé se estremeció de alegría, balbuceó y Marian le mordió los dedos del pie y se rio con él. Alice calentó el agua y buscó un plato limpio para las magdalenas en el aparador. Empezó a ponerlas en círculos prolijos.

—¿Dónde tenés los sobrecitos de té?

Marian se sacó el pie del bebé de la boca y miró alrededor, desorientada. Era como si se hubiera olvidado de Alice del todo.

—Eugene no quiere que haya ninguno en casa —dijo—. Son cancerígenos.

—¿Los sobrecitos de té?

—Sí, hasta los que son orgánicos. ¿Podés creer?

Marian puso al bebé, que quedó retorciéndose boca arriba, en el corral, después abrazó al otro niño y lo dejó junto a su hermano. Preparó una tetera de té en hebras y se sentó frente a Alice.

—Gracias por los muffins. —Para Marian ahora eran muffins. Desde que estaba casada con Eugene, Marian ya no decía magdalenas.

—Papá no va a estar esta semana —dijo Alice.

—Me enteré.

—Creo que yo podría hacer algo también.

Marian agarró una caja de leche y le puso un chorrito al té.

—¿Algo como qué?

Alice levantó los hombros.

—No sé. Ver a alguien.

Marian suspiró, juntó las migas de la magdalena con el dedo y se las metió en la boca.

—¿Decís un hombre? —Alice asintió—. El problema con los hombres de la vuelta, Alice, es que todos te conocen.

—Pensé en ir a Dublín —respondió Alice.

Marian sacudió la cabeza:

—Es muy peligroso.

—¿Multicitas?

—Mucha gente perdiendo el tiempo.

Alice sintió que la esperanza de la mañana se le empezaba a agriar en el estómago. Hizo otro intento:

—Podría salir a bailar.

—¿Sola?

Marian hablaba con la boca llena.

—Esperan mucho de las mujeres ahora. —Miró a Alice con seriedad—. Cosas que ni te imaginás.

Marian, pensó Alice, hablaba como si fuera la única en el pueblo que había tenido sexo alguna vez. Hablaba como si supiera todo sobre Alice. Alice quería decirle a Marian que la noche anterior había hecho el amor en la parte de atrás del ayuntamiento con un ingeniero de sonido de algún lugar extranjero que tenía el cuerpo lleno de tatuajes. Eso no había pasado, por supuesto. La noche anterior, Alice se había quedado dormida en un sillón y se había despertado con frío e incómoda en plena madrugada, con una taza de té rancio en la mesa de al lado. En realidad, hacía cuatro años que Alice no se acostaba con nadie. Y Marian, como todo el mundo en el pueblo, sí que sabía todo sobre Alice.

Alice ya había alcanzado el fondo de la taza de té. Tenía miedo de mirar por si surgía una forma entre las hebras. Tenía miedo de tener el don para eso. Pobre Mami tenía el don y le había servido mucho. En vez de mirar el fondo, miró a Marian del otro lado de la mesa, los círculos oscuros bajo los ojos, el pelo grasiento, el vómito en el buzo. Con inesperada claridad, vio el páramo desolado que era la ruina de su amiga y, con la misma claridad, lo vio reflejar el suyo propio. Sintió que el sol se desvanecía, que la tarde y la cocina la acorralaban.

Se le había escapado un día entero.

—¿Eugene no tiene algún amigo?

Alice sintió que un pedazo de magdalena se le trancaba en la garganta ante la mención de Eugene, ese hombre beige, insípido. Los niños gemían ahora y Marian estaba de vuelta en el corral con un bebé lloroso sobre el hombro. El otro niño empezó a ahogarse y Marian se agachó para sacarle una vaca de plástico de la boca. Cuando volvió a pararse, dijo:

—Hay un par de tipos nuevos en el equipo de fútbol. Vienen mañana de noche a una barbacoa. Podés pasar y ver qué onda.

Se sentó frente a Alice otra vez con el bebé en la rodilla. Paró la vaca de plástico, que todavía brillaba de baba, arriba de la mesa, entre ellas.

—Son tipos jóvenes, de Limerick —continuó. Sus ojos se apartaron de la pelusa suave de la cabeza del bebé por un segundo y se fijaron en Alice—. No conocen a nadie acá.

Entonces miró a lo lejos, a través de las puertas de la terraza y hacia el jardín, donde la brisa movía las flores en las macetas de terracota.

—Lo único que te digo —retomó— es que juegues bien tus cartas. No tenés que decirles tu edad. No tenés que decirles nada.

Sin contar los bebés, había seis personas en la barbacoa de Marian. Eugene y ella estaban en el deck, discutiendo sobre salchichas crudas. Uno de los tipos del equipo de fútbol había traído a su novia, una flacucha de unos dieciocho años con un piercing en el labio. Alice se sentó en la mesa de la terraza con un hombre que se llamaba Jarlath y miraba cómo una avispa se ahogaba en un frasco de mermelada. Jarlath tenía unos veintipico, a lo sumo treinta. Su pelo iniciaba una retirada temprana de las sienes. No tenía un pasado oscuro; al menos nada que Alice pudiera detectar. Era poco probable, como diría Pobre Mami, que tuviera mucho arrastre. No era el hombre más lindo del mundo, tampoco el más elocuente. Pero tenía los hombros anchos, era alto y a Alice le gustó cómo se sonrojaba cuando se dirigía a ella.

—Entonces —dijo Jarlath—, Marian me contó que fuiste profesora de danza irlandesa.

Marian, pensó Alice, no tenía criterio. Podría parecer bastante inofensivo, pero Alice sabía por experiencia que era cuestión de un paso mínimo, de una mera combinación de palabras, para explicar por qué ya no era profesora de danza. Alice sabía que no había ninguna cerradura para trancar su pasado. El pasado era una puerta abierta y lo mejor que podía hacer era apurarse en el pasillo. Suspiró y arrimó la silla a la de Jarlath para que sus piernas se rozaran.

—Ya hablamos bastante de mí —le dijo.

Esa misma tarde, el padre de Alice la había llamado desde West Cork para recordarle sacar la basura y firmar como desempleada, aunque Alice hacía años que se reportaba como tal. Al final de la noche, Jarlath no le pidió el teléfono, pero Alice lo anotó en una servilleta y se lo dio igual.

Los dos días siguientes, Alice se sentó en la cocina, tomó té y esperó. Los cadáveres de moscardones se multiplicaron en la cinta atrapamoscas. Agarró una franela y limpió la foto de su madre. Pobre Mami. Se había venido abajo muy rápido mientras Alice estaba lejos; todos lo habían mencionado. Al regresar, Alice encontró a una mujer de paja. «Neumonía», decía la partida de defunción. Podría haber dicho «Alice».


El jueves de tarde sonó el teléfono. Era su padre, para decirle que le pidiera al carnicero un trozo de lomo de cerdo curado para el domingo, no demasiado grande ni demasiado gordo. Seguía sin saber nada de Jarlath. El jueves de noche, Alice se puso colorete, pintalabios y la blusa de lentejuelas más escotada que tenía, y esperó afuera de la cancha de fútbol. Cuando Jarlath la vio, se quedó paralizado. Por un momento atroz pareció que seguiría de largo, pero en realidad se acercó, se paró frente a ella y Alice hizo el resto.

En la penumbra del cuarto de Jarlath, Alice estaba acostada de espaldas. Vio una gran mancha con forma de ameba en el techo y, en la parte de arriba del ropero, un cono naranja de tránsito. En el piso de abajo, los dos jóvenes con los que Jarlath compartía la casa habían subido el volumen de la música. Jarlath estaba acostado al lado de ella, con el jean todavía enredado en los tobillos. La música se detuvo y por un momento reinó el silencio, a no ser por el ruido de un auto que pasó por la calle. A Alice la venció el maldito impulso de hablar.

—Estuve lejos un tiempo.

Los dedos de Jarlath pararon de bajar a lo largo de su cuerpo y quedaron suspendidos dando vueltas sobre el ombligo.

—¿De vacaciones?

Alice se puso de costado para quedar frente a él.

—Jarlath —le dijo—, ¿alguna vez hiciste algo de lo que te arrepentiste mucho?

Jarlath levantó los hombros y no dijo nada.

—Una vez —retomó Alice—, cuando yo todavía era profesora de danza, me enamoré del padre de uno de los alumnos. Vivía en una de esas casas grandes del otro lado del río. Su mujer sigue viviendo ahí.

Los ruidos apagados del verano tardío se filtraban entre las cortinas: el ladrido agudo de los perros chicos, el zumbido de las bordeadoras, los estridentes llamados de cortejo de los adolescentes.

—Yo pensé que era amor —continuó Alice. Se largó a reír, pero la risa rebotó en las paredes del cuarto y la abofeteó de vuelta—. Una vez me llevó a Barcelona un fin de semana. —Se apoyó en un codo y le preguntó—: ¿Fuiste a Barcelona alguna vez?

Jarlath sacudió la cabeza. Se había alejado de ella en la cama de forma casi imperceptible y ya se estaba subiendo el pantalón.

—Tenés que ir—prosiguió ella—. Es preciosa.

Observó a Jarlath, que se calzaba el jean y tanteaba el cierre. Un poco antes, mientras tenían sexo, ella lo había sorprendido con su vigor. Marian se habría impresionado.

—Cuando trató de dejarme —dijo—, entré en pánico. Le dije que le iba a contar a la mujer.

Se estaba haciendo tarde, el cuarto iba quedándose a oscuras. Jarlath se sentó en la cama para atarse las botas. Cada palabra que brotaba de la lengua de Alice parecía tragar un poco más la escasa luz, pero ella no podía parar.

—Obvio que yo nunca le iba a contar a su mujer. —Sus ojos siguieron a Jarlath cuando él se inclinó para levantar la camisa del piso—. Pero él creyó que yo le iba a contar. Me dio diez mil para que me callara.

Jarlath paró de abotonarse la camisa.

—¿Diez mil?

Alice asintió.

—Invité a mi madre a Londres para visitar a mi tío, cambié el auto y compré un linóleo nuevo para la cocina. Después le pedí más.

—¿Y él te pagó más?

—Estuvo dos años pagándome y después llamó a la policía.

Jarlath estaba parado al pie de la cama. En la pared detrás de él, había un póster de Radiohead con bordes desparejos y pintarrajeado con aerosol. Alice se dio cuenta de que acá en el cuarto, con la cara sonrosada y el pelo húmedo de transpiración, parecía mucho más joven que en la barbacoa.

—¿Y entonces qué pasó?

—Me mandaron a la cárcel —siguió Alice—. Salió en todos los diarios. A Pobre Mami le cayó muy mal; Pobre Mami creía que yo todavía era virgen.

Jarlath deslizó los pies por la alfombra y desvió la mirada. Alice sintió pena por él.

—Igual dejó a la mujer —agregó—. El primer verano que yo no estuve, desapareció con una portuguesa que vino a trabajar al hotel.

—¿Y a dónde se fueron?

Alice levantó los hombros.

—A algún lugar lejos.

Jarlath vino por el costado de la cama y se agachó para darle un abrazo. Fue un abrazo seguro y compasivo, del tipo de abrazo que su prima Olive le daría a su padre cuando lo dejara en el ómnibus de vuelta el domingo de mañana. Él le tocó el hombro desnudo.

—Cuidate —le dijo.

Alice miró a Jarlath, que se puso la campera, preparándose para salir de su propia casa. Sabía que había hablado demasiado, sabía que Marian pondría los ojos en blanco y que estaría furiosa, pero no había cómo parar. Se sentó en la cama, apretando las sábanas contra sus tetas.

—Tengo cuarenta y cinco —dijo.

La valija de su padre está de nuevo en el hall, lista para que la deshagan y la guarden bajo la escalera por un año más, o tal vez por varios años más. Alice sacó las cintas atrapamoscas.

—¿Querés té, papi? —Le sirve una taza y la pone sobre el platillo con un puñado de pastillas de colores. Pero su padre está parado; merodea la cocina con un diario enrollado.

—¡Trolos! —grita—, ¡soretes!

Hay un revuelo en los pliegues de las cortinas, un murmullo en el aire pegajoso de la cocina. Y todo a lo largo de los vidrios de las ventanas, los moscardones, negros y aterciopelados, se levantan en un último y frenético saludo a la vida y al verano. Y zumban y saltan y golpean las alas de gasa contra el vidrio.

Junto al río salpicado de garzas

Agarró el raspador de hielo con las manos enguantadas y lo pasó de un lado a otro del parabrisas. Levantó una nube de partículas de hielo que se posó sobre el capó del auto. Estaba oscuro todavía, pero el sol empezaba a levantarse tiñendo los campos blancos de rosado. A su alrededor, la tierra era dura y silenciosa; la zanja que separaba su propiedad de la granja del vecino estaba plateada y tenía el pasto quebradizo. A lo lejos, se veía la línea de árboles junto al río, con las ramas cubiertas de una fina capa de nieve. Había una garza parada junto al pequeño estanque ornamental; acuchillaba la superficie congelada con el pico. El sábado anterior, Cathy había ido a la ciudad y había vuelto con unas seis carpas koi; algunas, naranjas y color crema, otras, grises. Él la había visto soltarlas en el estanque, confundidas y alarmadas. Dejó el raspador, golpeó las manos y la garza se enderezó y se fue volando.

La casa tenía una buhardilla, daba al sur, en dirección al río, y estaba enclavada en un hueco del terreno. Desde donde él estaba, en el camino de entrada, parecía un adorno de Navidad, con la escarcha sobre el techo y la condensación redondeando los cuadrados de luz en las ventanas. Podía ver a Cathy, que se movía por la cocina en bata, con Gracie apoyada en la cadera, preparando el desayuno.

—¿Pudiste dormir? —le había preguntado él más temprano.

—Dormí, sí —respondió ella—, mucho.

Pero la había sentido deslizarse fuera de la cama durante la noche, había escuchado sus pies sobre las tablas cuando fue al piso de abajo. Sabía que estaría hablando por teléfono con Martha, la hermana, que vivía en Castleisland. No sabía qué pensaba Martha de esas llamadas nocturnas. Martha solo le hablaba cuando los temas relacionados con Cathy o Gracie lo requerían, de mala gana incluso en esos casos, y una vez por mes mandaba un cheque para la cuota de la guardería.

Terminó con el parabrisas, dejó el motor prendido para que el auto se calentara y entró de nuevo a la casa. En el hall, se sacó los guantes mojados y los puso a secar en el radiador. Podía escuchar que su esposa y su hija cantaban Itsi Bitsi Araña en la cocina. Las observó a través de la puerta, las siluetas distorsionadas por el vidrio decorado. Cathy estaba haciendo avena con leche. Sacudió la cuchara de madera contra el borde de la olla y se contoneó hasta el piso. Su bata cubrió a Gracie como una carpa. La niña gritó y se escapó, pero enseguida gateó de nuevo hacia su madre y tiró de la bata para envolverse. Asomó la cara a través de un hueco entre los botones y soltó unas risitas. Cuando entró a la cocina, él sintió que algo se fugaba, como el lento silbido de aire de un pinchazo.

Cathy esquivó a su hija y cruzó la cocina para darle un beso en el cachete. Tenía círculos oscuros bajo los ojos. Le agarró las manos entre las suyas, se las frotó con suavidad y frunció el ceño por lo frías que estaban.

—¿Muy frío? —le preguntó inclinando la cabeza hacia la ventana.

—Helado. Cuidado cuando vayas a la guardería más tarde.

—Va a estar derretido a esa hora. ¿Querés un café?

Él sacudió la cabeza.

—Voy a tomar uno en la oficina.

Gracie se tambaleó a través de la cocina para recuperar a su madre. Cathy la abrazó para levantarla y ella se le aferró al cuello como una lapa. Sobre la hornalla, la avena burbujeó en la olla.

—Yo me ocupo —dijo él cuando vio que Cathy se daba vuelta—. Andá a sentarte.

Sirvió dos bols de avena y los llevó a la mesa. Cathy puso a Gracie, que pateaba y protestaba, en su sillita y le sujetó las correas.

—Martha nos invitó a la casa unos días —dijo.

Él sacó la silla que estaba al lado de ella.

—¿Cuándo?

—Me dijo que podría ser la semana que viene. Hay un festival y van a ir algunos de nuestros primos.

Ella le agregó un poco de leche a la avena, sopló suavemente una cucharada y la llevó hacia la boca de Gracie. Él vio cómo la niña apretaba la boca y retorcía el cuerpito para apartarse hacia el otro lado.

—¿Te parece? —dijo—. Me preocupa que estén allá solas.

—No vamos a estar solas, va a estar Martha. —Agarró a Gracie de la pera y la inclinó con suavidad de nuevo hacia la cuchara—. Vos podés venir el fin de semana, quedarte unos días.

—¿Martha sugirió eso?

Sabía lo que Martha sentía por él. Era lo mismo que él sentía por Martha.

—Vos sabés que siempre está pidiendo que vayamos.

A vos, pensó él, siempre te está pidiendo a vos que vayas de visita, y justo en ese momento Gracie soltó un bolo de avena que había retenido en el cachete. Vio cómo la mano de Cathy salía disparada y lo atajaba con la cuchara. Su propia avena intacta se solidificaba en un disco frío y gris.

—Dame —dijo él, y trató de agarrar la cuchara—. Dejame darle de comer y vos te comés tu avena.

Pero ella negó con la cabeza.

—Yo puedo —respondió—, además, tenés que irte a trabajar.

Él se levantó de la silla y se acercó a la ventana. Afuera, la luz se extendía desde el este. El jardín se veía puntiagudo por los tallos de plantas sin hojas y un montón de pasto cortado que fermentaba, cubierto de blanco, apoyado contra el cerco. El triciclo de Gracie, que había quedado afuera de noche, también estaba cubierto de escarcha, y los fragmentos de púrpura aparecían acá y allá.

Fue una mañana igual a esa, blanca y silenciosa sobre los campos, cuando encontraron ese lugar. Habían llegado desde Dublín la noche anterior. El único alojamiento era una casa de huéspedes en un pueblo a diez millas de distancia, donde él le había hecho el amor a Cathy con cautela bajo sábanas gastadas y mantas ásperas. Ella estaba en la primera parte del embarazo y él se había movido dentro de su cuerpo con una nueva moderación, con pavor de lastimar al bebé, sin saber lo segura que estaba su hija entonces, lo protegida que estaba. Al día siguiente, se encontraron con el subastador en el campo; las tierras de cultivo alrededor eran pliegues de colinas blancas como un vestido de novia, engalanadas de escarcha. Pequeños pájaros oscuros, con las plumas hinchadas contra el frío, entraban y salían volando de los setos vivos.

—¿Alguna vez viste algo tan hermoso? —había susurrado Cathy—, parece Narnia.

—¿Te ves viviendo acá? —recuerda haberle preguntado mientras caminaban detrás del subastador hacia donde estaba estacionado el auto, en la entrada.

—Sí —había respondido ella—, creo que me veo.

Miró la hora y vio que eran casi las ocho. Se acercó para darle un beso a Cathy y cuando ella levantó su cara hacia él, la avena se deslizó de la cuchara y cayó a la bandeja de la sillita. Gracie la estudió, la tocó e hizo espirales con los dedos, vueltas y vueltas, en la bandeja. Cathy no hizo más que levantar los hombros, y limpió la avena con la manga de la bata. Había mañanas en las que le inquietaban su voluntad de agradarlo y la transparencia de sus esfuerzos por simular felicidad. Esa mañana parecía más tranquila, más luminosa; la sonrisa con la que lo despidió era menos forzada.

Pero unos minutos después, cuando ya estaba en el auto con la llave puesta, ella apareció en la puerta de adelante. Se abrió camino por la entrada de pedregullo con las pantuflas de tela fina y envuelta en sus propios brazos para evitar el frío.


—Vos no tenés que ir a Manchester este mes, ¿no? —le preguntó cuando él bajó la ventanilla.

—No —respondió—, no creo. —Y vio alivio en su cara cuando lo despidió con la mano.

Después de atravesar la portera, salió manejando por la calle, quebrando membranas de hielo que se extendían sobre los charcos, y luego dobló hacia el camino principal. En el puente de Twomey, contra el borde, había un guardabarros abollado y un panel lateral, blancos como huesos, como esqueletos a lo largo de una antigua ruta de la seda, una advertencia a otros viajeros. El teléfono estaba sobre el tablero. Le gustaba ponerlo donde lo pudiera ver, aunque sabía que no sonaría. Una vez que tomó el camino del río perdió cobertura hasta que llegó a la doble vía. El camino del río era un portal entre mundos: de un lado, su casa; del otro, la ciudad. Y en el medio, una tierra de nadie de tiempo y espacio en la que su esposa y su hija quedaban fuera de su alcance, inaccesibles.

La niebla emergía del río, atravesaba los árboles negros y vacíos como un fantasma. Las garzas que vivían a lo largo de la orilla habían salido todas juntas en masa, haciendo equilibrio sobre sus patas finas. Estaban paradas quietas, con sus cuellos largos y curvados hacia delante, como si, al igual que a los árboles y al pasto, también las hubiera inmovilizado la escarcha. El camino era peligroso y desparejo. Cada primavera, el ayuntamiento mandaba hombres y máquinas con camiones de asfalto para ponerle una nueva capa. Y cada invierno el río se la arrancaba otra vez, por lo que, cuando llegaba febrero, lo que quedaba no era una carretera, sino un camino de tierra.

Su oficina se encontraba en un edificio de fachada cuadrada, de los setenta, en el centro de la ciudad. Los escalones, llenos de chicles y empapados de hipoclorito, llevaban a un vestíbulo tapizado de avisos de diferentes productos financieros. Vio que Cahill, el supervisor, esperaba el ascensor, y decidió ir por la escalera. Sabía que Cahill estaba perdiendo la paciencia. Había pensado en hablar con él, pero nunca parecía un buen momento, y ahora era como si hubiera perdido la oportunidad. Últimamente, había notado un cambio en la forma en que Cahill le hablaba, y si se cruzaban en los pasillos o en la cantina, Cahill casi siempre miraba para otro lado.

Su cubículo quedaba en el cuarto piso, en una habitación larga y rectangular con ventanales hasta el techo. Más vidrio separaba el espacio de las oficinas de la escalera y la cantina de los empleados. Prendió la computadora y vio que Cahill lo había incluido en un email sobre el viaje a Manchester, previsto para la semana siguiente. Apretó el botón de «Responder», escribió un par de oraciones y paró. Por un segundo, miró la pantalla sin escribir más nada, y después guardó la respuesta en «Borradores» para terminarla más tarde.

Se hizo una taza de café en la cantina y la llevó de vuelta a su escritorio. La mujer del cubículo de al lado alzó la cabeza por encima de la pared divisoria. «Cahill te estuvo buscando», le dijo con la voz cantarina y ceceosa que tanto le irritaba, y después volvió a trabajar con las uñas postizas volando en clics sobre el teclado. Abrió sus emails y retomó la respuesta a Cahill. Leyó lo que había escrito, agregó un par de palabras, después la cerró y se puso a hacer otra cosa.


A las once y treinta y cinco de la mañana le sonó el celular. Era Martha.

—Estoy preocupada —dijo.

Ya le había dicho mil veces a Martha que trabajaba en un espacio abierto.

—Esperá —le pidió.

Se levantó y salió al vestíbulo. Se imaginó a Martha en la otra punta del teléfono con los cachetes chupados de enojo por haber esperado y tirando de los botones de su saco como si hasta ellos la hubieran ofendido. Entre los ascensores y el placard de productos de limpieza había un espacio encajonado y angosto. Había descubierto que si se apretaba contra la pared podía ver su cubículo a través del vidrio sin que lo vieran con facilidad.

—Okey —retomó—, decime.

—¿Notaste algo últimamente?

—Nada como para comentar.

—Eso quiere decir que notaste algo.

Él se preguntó cómo dos personas que amaban a Cathy se podían llevar tan mal entre sí.

—No está yendo a correr —dijo—, pero es por el clima, sobre todo.

—¿Algo más?

Imaginó que la incomodidad de Martha se ponía más feroz, que se le salía un botón del saco y rodaba por el piso de la cocina. Cerró los ojos y respiró hondo. Estaba a punto de traicionar a su esposa.

—Se salteó las pastillas un par de veces, dos o tres, no más. Y está cansada, pero es que Gracie anda intensa estas semanas.

Hubo un segundo de silencio y entonces Martha le dijo:

—Gracie no fue a la guardería hoy.

—¿Cómo sabés?

—Llamé a la guardería y me dijeron.

—No tenés que andar llamándolos.

—Los llamo todo el tiempo —respondió Martha—, alguien tiene que hacerlo. ¿Vos sabías que se olvidó de ir a buscar a Gracie dos veces la semana pasada? Tuvieron que avisarle porque no aparecía.

—Seguro llegó tarde —dijo él—, llegar tarde no es olvidarse.

—Llegó más de una hora tarde. ¿Y ayer? ¿Sabés qué pasó cuando fueron a cambiar a Gracie? Tenía el vestido mugriento. Mugriento y roto en un costado, y tampoco tenía puesta una camiseta abajo.

Apoyó la frente contra la madera del placard de limpieza y sintió el olor a hipoclorito y a desinfectante. A su esposa la habían desposeído de cada pequeña cosa, y habían puesto todo eso desnudo bajo una luz dura y artificial; todas las fallas desfilaban frente a un espejo de feria, magnificadas y deformadas, y hasta el más mínimo lapsus era señal de una catástrofe.

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0+
Дата выхода на Литрес:
23 октября 2025
Объем:
236 стр. 28 иллюстраций
ISBN:
9789974879072
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