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ARGEMINO BARRO escribe reportajes de política americana en El Confidencial y otros medios. Una tarea para la que se preparó, sin saberlo, en la antigua Unión Soviética.

En 2014 cubrió la guerra en el este de Ucrania y obtuvo el premio europeo «Belarus in focus» por su trabajo sobre la dictadura de Bielorrusia.

Estudió Periodismo en la Universidad Complutense de iMadrid y la ULB de Bruselas, aprendió ruso en el Instituto Pushkin de Moscú y ha sido investigador visitante de estudios postsoviéticos de la Universidad de Columbia.

En 2017 publicó en esta editorial El candidato y la furia: Crónica de la victoria de Donald Trump.

Hoy reside en Nueva York con su mujer y su hijo.

Una historia de Rus es una ventana hacia las profundas raíces de la tensión entre Ucrania y Rusia. Una crónica presencial de la guerra en la que pasado y presente se alternan de forma simbiótica, con un ritmo y un tono narrativo trepidantes. Desde las revueltas cosacas a la sublevación del Maidán, desde la hambruna estalinista a la nostalgia de la Unión Soviética.

Las diferentes caras de una vieja pulsión: el intento, por parte de Rusia, de revivir el reino mítico de la Rus de Kyiv.

«Historia hecha crónica periodística. Un relato cercano y escrito sobre el terreno para que el lector viaje a un momento clave de Ucrania y entienda los orígenes del conflicto», Mikel Ayestaran

«Argemino Barro ha escrito un libro muy bien informado y de una gran sutileza narrativa a la hora de desplegar los acontecimientos y las reflexiones», Cuadernos Hispanoamericanos, (sobre El candidato y la furia), Daniel B. Bro

Argemino Barro

Ensayo

UNA HISTORIA DE RUS

CRÓNICA DE LA GUERRA EN EL ESTE DE UCRANIA


© De los textos: Argemino Barro

Madrid, abril 2020

EDITA: La Huerta Grande Editorial

Serrano, 6. 28001 Madrid

www.lahuertagrande.com

Reservados todos los derechos de esta edición

ISBN: 978-84-17118-70-9

Diseño cubierta: La Huerta Grande sobre ilustración orginal de Tresbien Comunicación

Producción del ebook: booqlab.com

ÍNDICE
UNA HISTORIA DE RUS

CRÓNICA DE LA GUERRA EN EL ESTE DE UCRANIA

Nota liminar

I. El reino perdido

II. La venganza del Maidán

III. “Los ricos están con Europa y los pobres con Rusia”

IV. La guerra sagrada

V. Mad Max

VI. Russkii Mir

VII. El puño de hierro

VIII. Autócrata de Rus

IX. Maksim Petrujin

X. Leninopad (primera parte)

XI. Leninopad (segunda parte)

XII. Otras heridas

Bibliografía

A Ben y Constantine

NOTA LIMINAR

He respetado la ortografía original del ucraniano y del ruso, salvo por alguna simplificación puntual: al cosaco Jmelnytskyi, por ejemplo, lo he convertido en Jmelnitski.

Cuando no haya una versión española de uso común, los nombres geográficos de cada país están en sus respectivas lenguas oficiales.

La decisión más sensible hace referencia a la capital de Ucrania, Kyiv, que en España siempre hemos llamado por su denominación rusa, Kiev. Es sensible porque, para muchos lectores, puede resultar una palabra nueva y por tanto confundir, y es sensible también por las connotaciones políticas.

El Ministerio de Exteriores de Ucrania pide a la comunidad internacional que cambie el ruso Kiev por el ucraniano Kyiv. Es una manera de reivindicar su lengua oficial y mayoritaria, y de establecer una clara distinción frente a su vecino, Rusia, dada la historia en común.

Es un caso similar al de otros países que se independizaron en el siglo XX: Birmania quiso convertirse en Myanmar, Ceilán en Sri Lanka, o, si hablamos de ciudades, Bombay en Mumbai.

Varios gobiernos, empresas, aeropuertos, instituciones académicas y la práctica totalidad de los grandes medios anglosajones, como The Guardian, BBC o The New York Times, han adoptado el nombre ucraniano de Kyiv.

En España también han comenzado a usarlo algunos periodistas y académicos.

Por estos motivos lo he considerado apropiado.

I
EL REINO PERDIDO
1

Vaya pómulos y vaya expresión. La mujer parece una estatua comunista: una figura de bronce llamada a la acción y al sacrificio. Sus manos son como dos pulpos de piedra, y uno se la imagina subida a un tractor, inclinada sobre miles de espigas, construyendo el socialismo. Debería estar en un pedestal, y no ahí, comiendo pepinillos de un frasco, aburriéndose con la mirada en el paisaje. Es como si la mujer hubiera descascado el bronce, cual polluelo que sale del huevo, y se hubiera incorporado a la vida mundana.

El imperio ha muerto, pero su estela permanece. Por ejemplo en este vagón de tren. La tercera clase, o clase platskartny, es una institución de la antigua Unión Soviética. Un vagón comunal de literas, como un cuartel o un internado, en el que los desconocidos charlan y comparten comida. Dicen que en esta región del mundo las personas son poco dadas a la conversación ligera y casual. Ese diálogo instantáneo, tan anglosajón, les parece sospechoso: una treta para seducir y conseguir algo. En cambio, su maestría en la charla kilométrica es legendaria. El comienzo será torpe, habrá miradas huidizas, manos frotándose y preguntas a las que seguirán tímidos monosílabos, pero, cuando pase la primera barrera, cuando alguien infiera tu origen o haga un cumplido, ya está. La conversación rodará impetuosa. Se desplegará como una novela, sin tabúes, en carne viva.

La mujer, que se llama Svitlana, viaja para ver a su hija y a sus nietos, porque su yerno falleció el año pasado. Cáncer de cerebro. Era un hombre estupendo, ingeniero, guapo, de hombros anchos. El más atractivo del barrio. Tenía cuarenta y dos años. ¿Y usted? ¿Cuántos años tiene? ¿Está casado? ¿Y a qué espera? O Vassily, encogido como si aguantase una carga invisible. Bastan diez minutos para obtener su confesión: se va fuera el fin de semana para estar lejos de su mujer y de su hijo, para descansar. Les ha puesto la excusa de que va a ver a su madre anciana.

El imperio ha muerto, pero su eco todavía resuena, y lo hará con mucha mayor intensidad.

De momento, el zarandeo del tren, cálido y regular, mece las conversaciones. Decenas de pies cuelgan en el pasillo estrecho. Hay mantas enrolladas, mesitas desplegadas. Debajo de mi litera hay una señora y su hijo adolescente, rubio, delgado, con un pelotón de granos subiéndole por el mentón. Están cenando aperitivos con la intensidad cromática de un tapiz normando. Los colores incandescentes llenan la mesa, el tocino, la sal, las tiras de pimiento. Los pasajeros beben té del samovar de metal, porque así es el Tren del Pueblo: una comuna móvil y sobria.

Un fragmento del imperio perdido.

El amanecer pálido atraviesa el visillo blanco de las ventanas. Poco a poco, los viajeros se incorporan, se frotan los ojos y piden el primer té del día. El Donbás se estira, monótono, al otro lado del cristal.

«Perdone, ¿cuánto queda para Donétsk?», le pregunto a la señora.

«Daniétsk», me corrige, pronunciándolo en ruso. «Treinta minutos».

Su hijo desayuna medio litro de cerveza.

Son las ocho de la mañana del uno de abril de 2014.

Quedan cinco días de paz.

2
Nueva York, seis meses antes

La primera vez que lo vi, K entraba en clase como si le hubiesen dado una excelente noticia. Ordenó sus papeles arrugados, entrelazó los dedos sobre la mesa y nos miró con astucia. Era menudo y avizor como un puercoespín. De fina cabellera gris mate, afable, pero con las púas listas, agazapado en su arbusto mental. Nos dijo que el presidente de Ucrania, Viktor Yanukovych, iba a firmar el acuerdo de asociación con la Unión Europea.

«Es posible».

«¿Yanukovych? ¿El amigo de Putin?».

«Sí», respondió K.

«¿Pero Yanukovych no es prorruso?».

«¡Ah, pero este es un momento único! Yanukovych se ha mostrado muchas veces favorable a la Unión Europea, y fue primer ministro de Yushchenko», añadió con júbilo. ¿Cómo no iba a firmar, parecía decir, si tenía la oportunidad histórica de colocar a Ucrania junto al seno de Europa? ¿Quién iba a ser tan estúpido como para dejarlo escapar, habiendo llegado tan lejos?

Desde aquella ventana de Manhattan, el mundo parecía una maqueta ordenada y limpia. Todo encajaba, igual que los edificios recortados en el cielo, ensamblados de cristal, cemento y doseles curvos, con sus buhardillas y sus penachos de humo blanco. Igual que la ciudad, dividida por las calles en bloques nítidos, el tráfico fluyendo en línea recta, los semáforos marcando el ritmo. Allí dentro, en la facultad de Relaciones Internacionales, era difícil no ver el mundo como una maqueta. «Es el Departamento de Estado en pequeño», se decía. Los alumnos eran como pequeños generales. Deslizaban su mirada por un mapa extendido y tomaban decisiones. Entraban en clase con un vaso de café y se ponían a presentar un tema concreto sobre Ucrania. Cada semana era un tema diferente. Hablaban de comercio, inmigración y cálculos electorales, hacían predicciones y ponían cara de estadistas en tiempo de crisis. Luego buscaban soluciones bajo el delicado concierto de K.

Pero K era diferente al resto de profesores. No venía del universo claro y rectilíneo de Nueva Inglaterra. No era un producto de la Ivy League, ni de un máster de cincuenta mil dólares al año, ni de las mesas cubiertas de canapés. Él había desarrollado su carrera diplomática en las dos Ucranias: la actual, independiente, y la antigua Ucrania soviética. Él entendía el Viejo Mundo; había medrado en él. Por eso aderezaba sus clases con información extra. El profesor conocía en persona a la gente de la que hablaba: al presidente Viktor Yanukovych, al expresidente Viktor Yushchenko y a la opositora encarcelada, Yulia Tymoshenko. Podía medir, o hacer que medía, su peso moral y sus reacciones psicológicas. Él sabía que lo sabíamos y se permitía toques costumbristas. Le gustaba descolgar un teléfono imaginario, por ejemplo, y hablar como si fuese Yanukovych dándole una orden al presidente del parlamento:

«¿Volodia? Ya sabes lo que tienes que hacer».

Por eso, K tenía dos velocidades: una académica y otra informal. En debates y conferencias, cuando sabía que acechaban preguntas, ponía cara de apparatchik y se volvía duro como un rompehielos. Cedía la palabra como si le diese un latigazo a un caballo; era un monolito, un dios impertérrito. Luego sabía conquistar un salón tomando a los invitados del brazo. Cuando le pedías algo, te colocaba una mano en el hombro y acercaba el oído. Como lo veía venir, asentía con impaciencia. Cerraba los tratos en tono íntimo. Lo hacía por ti y por nadie más.

K era nuestro oráculo.

Los días optimistas, cuando Ucrania daba signos de entendimiento, cuando se acercaba un poco más a Bruselas, sus ojos centelleaban como dos topacios. Los días bajos, se apagaban en silencio. A veces saludaba con los brazos abiertos la cortina de sol que llenaba la estancia. Se sentaba con ligereza y leía sus notas en tinta azul. Otras, caminaba pesadamente, suspiraba y se pasaba una mano por la frente. Los alumnos intentaban comprender esa ironía de politburó, las gradaciones, los matices ocultos en el ropaje de funcionario soviético.

¿De dónde venía este señor menudo y astuto?

3

Los eslavos llegaron tarde a la crónica escrita. Si trazamos su prehistoria, hecha de reconstrucciones lingüísticas y pistas vagas, llegamos a los humedales que hoy dividen Bielorrusia y Ucrania. Las tribus eslavas crecieron separadas de la civilización grecorromana por cien mil kilómetros cuadrados de bosque y ciénagas. Tan ligadas estaban a los helechos y al musgo, a líquenes, riachuelos, simas y llanuras, que se bautizaron a sí mismas con nombres de árboles y accidentes geográficos. Allí se refugiaban de los nómadas que pasaban como un vendaval por la estepa vecina. Llegaban del este, huidos de sus patrias o buscando nuevos pastos. Algunos se quedaban, como los cimerios, durante cuatro siglos, o los escitas, guerreros iranios que vivían sobre sus caballos. Hasta que otra invasión los sacaba del mapa. Esta era y es la condición definitoria de Ucrania: su dramática exposición al mundo. Al oeste la ciñen los Cárpatos, que solo ocupan una franja de tierra escueta. El resto es una llanura fértil y bien conectada por el cruce de ríos navegables; un territorio que se expande, oceánico, hasta Siberia, y que ha servido de corredor eterno para los nómadas de Asia. Los escitas contuvieron la estepa durante varios siglos. Luego fueron vencidos, ellos también, por una nueva oleada.

Con su buen talante y modales recios, dentadura sana y disposición a la honestidad y a la indolencia, los primeros eslavos moraban en chozas de madera hundidas un metro en el suelo. Practicaban un credo forjado en tiempos de caza. Idolatraban la luz y el fuego, y rezaban para conjurar la fuerza de la naturaleza, representada por el oso y el fantasma del mamut. De sus dioses, Perún era el jefe, y desde el cielo impartía justicia. Cuando un rayo de Perún caía sobre un árbol, este se volvía sagrado en el acto. Svarog era el Sol, que mantenía girando el ciclo de la cosecha, y Volos cuidaba de los rebaños.

Azuzados, quizás, por la demografía o la promesa de aventura, los eslavos comenzaron a unirse a las expediciones nómadas que atravesaban Ucrania. Cada remesa de hunos, jázaros, ávaros u ostrogodos, abría camino a la suave expansión eslava. Su cultura sencilla penetró hasta el Elba, donde llenaron el vacío dejado por los pueblos germanos, que se habían derramado por el mundo latino. Los eslavos echaron raíces en Europa central y oriental; siglos después se escindirían, de nuevo, hacia el sur, hacia los Balcanes.

Mientras, los eslavos que se quedaron en su zona original, el norte de Ucrania, los eslavos orientales, chocaban unos con otros y ninguna tribu se imponía sobre las demás. La leyenda dice que, para buscar la paz, los eslavos orientales buscaron un cetro extranjero que los unificara, y lo encontraron en los varegos. En el siglo IX, este pueblo escandinavo bajó por el Dniéper hasta la actual Kyiv. Tres hermanos, capitaneados por el mayor, Rurik, consolidaron su poder sobre las tribus eslavas, fundaron ciudades y bautizaron la región con el nombre de su estirpe, Rus.

La dinastía ruríquida, que gobernó lo que hoy llamamos “Rus de Kyiv”, estuvo marcada por tres factores. El primer factor fue la guerra fraticida. Cuando moría el rey, su hijo mayor heredaba la jefatura en Kyiv; el resto, las otras ciudades importantes. Luego estallaba la guerra entre ellos y el hijo vencedor se imponía. El segundo factor era la estepa. Además de luchar para mantener unido su territorio, el rey tenía que protegerlo de los nómadas que seguían llegando del este. El tercer factor era Bizancio.

Las migraciones germánicas y una larga decadencia interna habían acabado con el Imperio romano de Occidente en el año 476. Pero la otra mitad, la mitad oriental, seguía firme en la intersección de Europa y Asia. Con sede en Constantinopla, el Imperio bizantino se extendía desde el Danubio a la costa norteafricana, Egipto y una buena porción de Oriente Medio. Sus habitantes hablaban griego y eran cristianos, y el monarca, el César, recordaba a una araña sagrada en el fondo de un laberinto. Una deidad que apenas se dejaba ver, rodeada por eunucos y aparatos mágicos, pasillos interminables y jardines donde se confundían el Cielo y la Tierra. Su poder residía en un palacio fortificado: una red en cuyos vericuetos florecía la conspiración. De ciento siete emperadores bizantinos, en mil años de historia, treinta y cuatro murieron de muerte natural y seis en la guerra. El resto, casi dos terceras partes, fueron asesinados.

Dado que solo esta mitad del imperio sobrevivió, Constantinopla defendía su papel de “Nueva Roma”. Se consideraba la única civilización del mundo. Una roca de saberes antiguos, comercio y músculo militar, rodeada por oscuridad y barbarie.

Conscientes de que estaban rodeados, al oeste, por los búlgaros, y en el Mediterráneo por los árabes sarracenos, los bizantinos decidieron absorber su flanco norte, los eslavos orientales. Sabían que el reino ruríquida estaba deshilachado por tribus y dioses paganos, y procedieron a civilizarlo. La primera misión evangelizadora se estableció en Crimea. Los monjes Cirilo y Metodio crearon un alfabeto basado en su griego natal, el alfabeto cirílico, en el que que tradujeron la Biblia al idioma eslavo. Una misión cristiana bizantina llegó a Kyiv en el año 860.

Un siglo después, el rey Volodimer de Rus abrazó el credo.

De Bizancio llegaban cada vez más misioneros, funcionarios y eruditos. Aparecieron iglesias y la sociedad fue asimilando los modos y costumbres griegos. Las multas reemplazaron al castigo corporal y los nobles de Rus comenzaron a vestir al modo lujoso del imperio, con sedas rojas y púrpuras sujetas con brocados brillantes. La primera arquitectura eslava oriental, los primeros textos, los iconos y la pintura nacieron como reflejo de la cultura bizantina.

La Rus de Kyiv alcanzó su apogeo con el rey Yaroslav, que embelleció la capital y mandó reunir las leyes en un primer código eslavo. Además del arte y el derecho, los bizantinos plantaron en Rus la semilla del mesianismo, una vocación universal de poder. Kyiv, apodada “Nueva Jerusalén”, “la Ciudad de la Gloria”, predicaba el advenimiento de una edad fabulosa. Yaroslav mandó glosar la historia de Rus en crónicas que producían los monasterios.

Pero fue un esplendor breve. A la muerte del rey, en 1054, estalló de nuevo la guerra entre los sucesores. El choque entre las ciudades las dejó desvalidas y otra invasión nómada arrasó el feudo. La Rus de Kyiv sucumbió a la pobreza y el caos. Por el trono pasaron dieciocho príncipes en una sola generación, y la siguiente incursión no pudo ser contenida.

Los mongoles, o “tártaros”, como quedarían grabados en la conciencia eslava, desolaron el reino dividido. Los guerreros del Gran Jan habían engullido Eurasia en solo treinta años. Sus jinetes cabalgaban trescientos kilómetros al día y al entablar combate parecían un banco de peces. Avanzaban y retrocedían a placer, lanzando nubes de flechas. Algunos pueblos eran asimilados y otros destruidos. Los mongoles asaban vivos a los rebeldes, masacraban a la población. La juntaban a las afueras de la ciudad y la descuartizaban. Sus orejas eran entregadas al general como prueba del castigo impuesto.

El ariete mongol rompió el reino eslavo oriental en 1240. Doblegaron ciudad por ciudad, y Kyiv, a la que ofrecieron rendirse, dice la leyenda, por la belleza de sus cúpulas, fue puesta bajo asedio. El tronar de los tambores nómadas, el sonido de sus cuernos y de sus miles de caballos era tal que los kyivitas no podían escucharse entre ellos. Las catapultas tardaron seis días en abrir una brecha. La capital fue ocupada; sus habitantes, diezmados. Kyiv se fragmentó en asentamientos empobrecidos. Parte de los supervivientes huyeron hacia las ciudades más lejanas del reino.

Hacia el oeste o hacia el norte, hacia la taiga.

4

Han pasado ochos siglos desde la caída de Kyiv y el profesor K entra en clase con lentitud. A veces tiene dificultades al afeitarse, o se olvida, y láminas de barba azul recogen las partículas de luz en su mentón. Estos días, los días malos, le cuesta encontrar palabras en inglés. Apoya los codos sobre la mesa, entrecierra los ojos, y frota suavemente los dedos como si fuesen las patas de un grillo. K está preocupado. El Gobierno de Yanukovych aún no ha liberado a la opositora, Yulia Tymoshenko, una de las condiciones más importantes que le ha puesto Bruselas para firmar el acuerdo. Su angustia se ha extendido por el departamento de estudios postsoviéticos de la universidad. El resto de profesores, algunos de origen ucraniano, lo comentan en clase y en los pasillos. No se habla de otra cosa. Las conferencias también han cambiado de tono. Hace unos días vinieron a hablar los embajadores de Ucrania y Lituania, que dirige las negociaciones en el lado europeo. Estaban entusiasmados, como antes de una cita, risueños y un poco nerviosos. El público también. Cuando el debate se volvía denso, alguien bromeaba y todo el mundo reía como un grupo de amigos.

Ya no. Los pesimistas, que nunca perdieron su gesto adusto, siempre en un rincón de la sala de conferencias, llegando tarde y marchándose antes de tiempo, han ganado peso. Uno de ellos, un profesor de lengua y cultura ucraniana, nunca tuvo ninguna duda. «¿Tú qué piensas?», le pregunté en octubre, cuando era obvio que Ucrania firmaría el acuerdo. «Es un farol», respondió. «Yanukovych usa las negociaciones con la Unión Europea para sacar más dinero a Rusia».

El proceso de negociación va mucho más allá de la geopolítica. Tiene un carácter simbólico, identitario, casi redentor. Ucrania elige entre Europa y Rusia. O, lo que es lo mismo, según la perspectiva nacionalista ucraniana, entre Occidente y algo más parecido al Oriente; entre la cultura de la libertad y la democracia, y una versión más rugosa, tendente a la sombra.

La Unión Europea lleva tiempo invirtiendo dinero en Ucrania mediante la Asociación Oriental, un foro creado en 2009 para mejorar las relaciones con los seis vecinos exsoviéticos. Solo en 2011 y 2012, Kyiv ha recibido 470 millones de euros para lubricar su gasto público. Si accede a efectuar reformas políticas y liberalizar parte de su economía, el acuerdo de asociación permitiría a Ucrania dar más salida a sus productos, ensanchar los canales financieros y acercarse a una lejana, potencial, entrada en la Unión. Los veintiocho países miembros ganarían mano de obra para sus fábricas y mayor seguridad energética, dado que podrían acceder al mercado de gas ucraniano; también limitarían la influencia rusa. Del otro lado, Moscú ofrece una Unión Aduanera menos consolidada y con socios más pobres, pero sin condiciones y basada en lazos económicos estables. Ucrania tiene un pie en cada orilla: exporta casi tanto a Rusia como a la Unión Europea. Mientras una sigue siendo el terreno tradicional, la opción que siempre ha estado ahí, la minería, el gas, los componentes militares, la otra, la Unión Europea, promete un futuro difuso de inversiones y nuevos mercados: la promesa de convertir a Ucrania en un país boyante y moderno. Esto ha enrarecido las relaciones entre Bruselas y Moscú, y ambas tratan de seducir a Ucrania como dos padres divorciados que buscan el favor de un hijo.

Las tensiones han ido creciendo. Moscú, para enseñar a Kyiv cuál sería el precio de darle la espalda, ha suspendido las importaciones de productos lácteos, chocolate y golosinas ucranianas, y ha endurecido los controles aduaneros. Tiene, también, la baza de los precios energéticos, presentes como una mano en la garganta. Si Ucrania se aleja, como ha ocurrido alguna vez, Rusia solo tiene que elevar el precio del gas o cerrar la espita en invierno.

El Gobierno de Ucrania tiene sus propios intereses, económicos y electorales. Con su coqueteo europeísta, el presidente Yanukovych, que ha sido tradicionalmente prorruso, intentaría desarmar a la oposición y ser reelegido en 2015. Parte de los opositores ven a Europa como un tren hacia la prosperidad y la madurez democrática; una oportunidad, también, para desarrollar su identidad ucraniana, lejos de Rusia. Según varias encuestas, la opinión pública de Ucrania favorece la opción europea en un 42% a nivel nacional, frente a un 37% en contra. El apoyo mayoritario se da en el centro y el oeste del país. La mayoría de los escépticos, por el contrario, están concentrados en el este: la región rusófona e industrial del Donbás. Yanukovych hace equilibrios, como si pudiera complacer a las dos partes: a los prorrusos y a los proeuropeos. El presidente habla de “política multivectorial”. Ni con unos ni con otros, sino un poco de cada cosa. Ha mencionado el concepto tantas veces que ya le apodan “Vector” Yanukovych.

Pero todas estas razones, la economía, la diplomacia, los cálculos electorales, solo son burbujas en la superficie de un caldo borboteante. Un guiso milenario de vínculos, afrentas, medias verdades, que de solo acercarse abrasa la piel y que es como dinamita bajo la mesa de negociaciones. Si uno quiere discernir el origen del problema, verá kilómetros de malentendidos, siglos de fronteras movedizas y un estatus, el de Ucrania, que varía según el interlocutor. Salvo en la actualidad y en un breve trienio a principios del siglo pasado, Ucrania nunca fue, sobre el papel, un país, sino una provincia o colonia de las potencias limítrofes. Un apéndice de Rusia, o de Polonia, o de Austria-Hungría, cuya personalidad constreñida se ha desarrollado siempre en medio de la fricción y la lucha.

Como el propio K, varios profesores de esta universidad son ucranianos, y su misión es definir la imagen de Ucrania en la mente de los estudiantes. Quitar, como quien limpia una moneda antigua, el barro de la ignorancia y de los estereotipos. Separar a Ucrania de esa postal fea de carcasa industrial que padece la ex-URSS. Es una misión ardua, ya que las ramas del árbol ruso tapan el paisaje. La voz de Ucrania, insisten, no es la voz de Rusia, donde los corresponsales extranjeros se impregnan del punto de vista ruso y lo proyectan al mundo. Porque Ucrania es otra cosa. Ucania es la poesía del Tarás Shevchenko, que de niño se perdía buscando en el monte las columnas que sostenían el cielo. Ucrania son los diez tomos de historia de Myjailo Hrushevsky y la mirada del documentalista Serhiy Bukovski. Es la épica de los cosacos y la tenacidad de Solomiya Krushelnytska, la soprano que salvó de la hoguera Madame Butterfly. La gente habla del ruso Tolstói, ¿y qué pasa con Iván Franko? En las escuelas de cine se estudia a Eisenstein, ¿por qué no la obra de Oleksander Dovzhenko?

El momento de firmar se aproxima. Con sus casi dos metros de estatura y sus cejas puntiagudas, el presidente Yanukovych lleva meses agitando la promesa europea frente a los ucranianos. La ansiedad crece dentro y fuera del país: la diáspora quiere ver el acuerdo firmado. Pero Yanukovych, de repente, aminora. Empieza a esquivar las preguntas y a dar largas sin motivo aparente. Los funcionarios europeos que viajan a Kyiv se topan con un muro de indiferencia, y se impacientan. No entienden por qué, después de tantas negociaciones y viajes y palabras, el líder ucraniano ha perdido el interés. Poco a poco emergen otros detalles. Resulta que Yanukovych se reunió en secreto con el presidente ruso, Vladímir Putin, el 9 de noviembre. Resulta que Rusia está aflojando la presión económica sobre Ucrania. No solo eso, también ofrece a Kyiv un préstamo de 15 000 millones de dólares en bonos y una rebaja del 25% en el precio del gas.

El optimismo se apaga en la universidad neoyorquina. Las ilusiones del profesor K, tan dicharachero hace dos semanas, se desinflan. Su mirada se embota y su discurso pierde agilidad. Es como si le hubieran dado un somnífero. Sus colegas y alumnos siguen consultando el oráculo: piden a K un diagnóstico tranquilizador. Quieren oír de sus labios que Yanukovych solo está jugando, que tal o cual vía de negociación oculta, nueva, de última hora, hará posible el acuerdo y situará a Ucrania donde debe de estar, en la gran familia europea. Pero K no puede, no quiere mentir, y un día reconoce:

«Es muy difícil que ocurra».

5

La invasión mongola fue el golpe definitivo a la Rus de Kyiv. El reino eslavo oriental, debilitado por generaciones de luchas intestinas, se quebró como quien pisa una placa de hielo. Varias grietas dividieron su territorio en tres bloques: tres partes que, desde entonces, pese a los roces, reuniones y solapamientos, pese a la historia en común y a los idiomas entroncados, se diferenciarían hasta formar las actuales Rusia, Bielorrusia y Ucrania.

Después de imponer su dominio en las ciudades, los mongoles se retiraron a mandar desde el Volga, dejando en Kyiv un gobierno ligero con dos pilares: el tributo y el orden. Si el tributo era concedido y había orden, la iglesia y los príncipes eslavos podrían seguir haciendo y deshaciendo a su antojo. La capital entró en decadencia y el poder se trasladó a las provincias: a Galicia-Volhinia en el oeste, y a Novgorod y Vladímir-Suzdal en el norte.

Si del este habían llegado los mongoles, en la frontera occidental surgieron otras dos potencias. Desde 1344, el Gran Ducado de Lituania y Polonia se extendieron sobre la mayor parte de Rus. Los lituanos se quedaron con lo que hoy sería Bielorrusia; los polacos, con la mayor parte de Ucrania.

A diferencia del nómada mongol, el noble polaco, el pan, no se limitó a recaudar impuestos. El pan dividió Rus en plantaciones e implantó en el campesinado un régimen de servidumbre. El pan se hizo con el mando político y militar, y dejó a las élites locales dos opciones: o hincar la rodilla ante el rey de Polonia, o perder su estatus. Muchos nobles de Rus, atraídos por el naciente fulgor polaco, aceptaron. Cambiaron sus apellidos, abrazaron la fe católica, se polonizaron, y permitieron que el pan llamara a su tierra “pequeña Polonia oriental”. Las torres góticas rivalizaban con las cúpulas bizantinas, y la cultura de Rus, perseguida, se replegó hacia el interior de las ciudades, o huyó hacia los territorios del norte.

En esta región fría, las ciudades norteñas de Rus, como Rostov, Novgorod, Yaroslavl o Vladímir-Suzdal, habían quedado separadas por un bosque denso, un invierno riguroso y un círculo de fortalezas tártaras.

Las condiciones del norte eran extremas. Sus habitantes moraban en cabañas de madera amenazadas por la chinche y el oso. El aislamiento, la pobreza del suelo y las heladas, que anulaban los ríos y quebrantaban las rocas, fomentaron una cultura hospitalaria, recia y vertical. Las imágenes de los santos conservaban en los hogares la herencia bizantina, su belleza intocable. Pintados sobre madera de pino y rodeados de velas, los iconos eran la autoridad suprema; protegían y encarnaban la alternativa divina al fracaso terrenal. La Iglesia del norte, abrigada en pequeños monasterios, cultivó la semilla del mesianismo e imaginó para su gente un futuro mejor.

En esta región, el dominio asiático se mantuvo.

Los tártaros, escasos de tropas, respetaban la religión y las costumbres locales: desarrollaron el sistema postal, el comercio, y legaron algunas de sus tradiciones a los conquistados, como la organización militar o el sistema impositivo. La subversión, sin embargo, era tratada con el martirio más laborioso. Los aristócratas rebeldes eran atados en una pila, por ejemplo, y encima se colocaba una larga mesa. Luego los tártaros se sentaban a comer y a beber hasta el último asfixiado. A veces les cosían los orificios corporales, o les retiraban la piel con un cuchillo especial. Una veta negra de terror, el “yugo tártaro”, se quedó grabada en el acervo de estos enclaves.

El ocupante delegaba algunas tareas y encargó la colecta del tributo a una pequeña localidad pantanosa llamada Moscú. El duque moscovita recaudaba el bukak de las otras ciudades y luego se lo entregaba al Jan. A cambio, la ciudad recibió un trato de favor: pudo desarrollarse en paz y se erigió como asilo para los nobles y comerciantes que venían de las otras partes de Rus. La antigua Iglesia de Kyiv, huyendo del dominio polaco, acabó mudándose a Moscú, reforzando así su prominencia.

Varias tradiciones confluyeron en esta nueva capital, como los arroyos tributarios de un río. El ambiente animista de Rus, la vocación mesiánica de Bizancio y el modelo vertical de los tártaros formarían una cultura nueva y distintiva. Una mezcla particular del este y el oeste.

Más que en ningún otro lugar de Europa, los poderes político y religioso de Moscú germinaron entrelazados. Los generales y los políticos se convertían en altos clérigos; los príncipes beneficiaban a la Iglesia y esta les cedía su vigor propagandístico, arropado en el fragor de las campanadas. El ducado moscovita acabó sumando ejército y clero, músculo y ritual, vida celestial y vida mundana, en un mismo cuerpo: un ente absoluto que reunía todas las herramientas del poder.

Cuando notó debilidad entre los mongoles, Moscú decidió probar su fuerza. En 1380, el príncipe Dimitry capitaneó a varias ciudades contra el ocupante. La rebelión, con aproximadamente la mitad de soldados que el enemigo, atacó primero. Los eslavos cruzaron el río Don antes de que los mongoles recibieran apoyo; sus armas chocaron en la llanura de Kulikovo. Los tártaros no pudieron maniobrar en este campo estrecho; fueron vencidos. La batalla de Kulikovo supuso el principio del fin. El yugo se disolvió un siglo después, y Moscú se vio libre para tender las primeras vigas del que sería un nuevo país.

El resto del mundo también se agitaba.

Los estados europeos emergían, unificados, del Medievo, y otros nómadas golpeaban a las puertas de Bizancio. Casi al mismo tiempo que los moscovitas se liberaban del cepo asiático, la grandiosa Constantinopla, la capital del cristianismo ortodoxo que había legado su credo y su civilización a los eslavos orientales, sucumbía al islam. El último faro romano, que había alumbrado mil años sin pestañear, se apagó. El asedio turco derribó en 1453 al Imperio bizantino.

Viendo la media luna brillar sobre Santa Sofía, Moscú se arrogó el título de potencia heredera. Su estrella había nacido al mismo tiempo que se extinguía la de Bizancio: se trataba de una señal. El fogonazo de un cambio de ciclo. La ciudad rusa, imbuida de mesianismo y agitada por los monjes nacionalistas, se autoproclamó “Tercera Roma”. Las dos primeras habían caído, dijo un clérigo, pero esta se mantendría en pie. El Gran Duque se casó con la hija del último emperador bizantino y adoptó su heráldica, el águila bicéfala, como símbolo del Estado. También imitó los mecanismos de poder: amuralló la autoridad política y religiosa en una fortaleza, o kreml’, y adoptó el título de tsar, o zar, la voz eslava del César.

Revestido con la pompa y los blasones bizantinos, el Ducado de Moscú nació con una misión similar a la de los españoles de entonces: defender el cristianismo frente a sus enemigos y reconquistar los territorios que estimaban suyos. El primer zar, Iván IV, descendía del mítico Rurik, fundador de la Rus de Kyiv, y consideraba su deber recuperar la ciudad madre.

El nombre del Estado que surgió en torno a Moscú resumiría estas dos inquietudes. Se llamaría como el reino perdido, Rus, pero con pronunciación bizantina: Rusia.

Más allá de las revoluciones y los cambios, lejos de las haciendas polacas y de las ambiciones rusas, había un territorio libre. Un mar de hierbas altas que peinaba el viento. La parte baja del Dniéper y el Don, el actual sureste de Ucrania, seguía siendo una zona de nadie.

Los caballos y los jabalíes corrían por este gran jardín, las marmotas nadaban en sus ríos, había bisontes y manadas de antílopes, y también algunos poblados campesinos. El colapso traumático de Rus había generado un goteo de labradores hacia la estepa. La represión polaca aumentó el número de escapados, y había otro factor: se trataba de una región fertilísima. El suelo era fecundo, esponjoso y negro. Si uno clavaba una pala, crecía un árbol, y los ríos tenían tantos peces que, al arrojar una pica al agua, esta quedaba de pie, apretada por la fauna.

Cada vez más, los asentamientos puntuaban la estepa. Vivían de su trabajo, vivían en libertad. Y empezaron a atraer depredadores.

Los tártaros habían acabado en la península de Crimea. Desde allí se dedicaban al comercio esclavista: cruzaban el estrecho, hacia la estepa, y volvían con filas de agricultores maniatados que luego vendían a los turcos.

Los campesinos se defendían, y en los márgenes de sus poblados, junto a las empalizadas, con la vista puesta en los nimbos de polvo que se formaban en el horizonte, fue germinando una sociedad guerrera; una casta de nómadas y mercenarios, de kozaki, o cosacos, “aventureros libres”. La estepa era un imán de rebeldes, siervos, bandidos y nobles renegados, y sus elementos más duros se unían a estos piratas de tierra firme.

Los cosacos vivían en lo efímero. Sus fronteras eran el cuadrado que formaban al aparcar sus carros, en cuyo interior debatían y tomaban horilka. Su credo era beber y pelear, sin distinguir a veces entre amigos y enemigos. Un alarido sonaba en la distancia, y unas figuras de botas rojas, montadas a pelo sobre sus caballos, aparecían blandiendo látigos y espadas curvas.

Estos aventureros de pantalones bombachos, bigote de herradura y jojol, ese mechón de pelo que brota de un cráneo lampiño, formaron parte de un movimiento con diferentes caras.

La conciencia original de Rus, desdibujada por las invasiones, volvió a despertar en el siglo XVI. Los restos de la religión ortodoxa y de las élites que ni se habían polonizado, ni habían emigrado a Moscú, se organizaron en hermandades. Crearon parroquias secretas, escuelas e imprentas para fomentar su cultura, y depositaron en los cosacos, fervientes ortodoxos, su defensa militar. La palabra Ucrania, evocadora de libertad y tierra, fue usada entonces. Los cosacos la adoptaron, le dieron un aire místico. Era su patria original: la porción de Rus que se había conservado. Una entidad libre, como ellos, frente a las presiones de los vecinos.

La antigua capital, Kyiv, se quitó el polvo de los ropajes; intelectuales y cosacos trabaron contacto. Los campesinos del latifundio, en las haciendas polacas, miraron hacia ellos, y entre todos formaron un embrión: la arcilla de un Estado que esperaba la llamarada, el fuego para amalgamarse.

Los cosacos, que defendían la frontera de Polonia a cambio de rango y territorios, se rebelaban una vez cada década, y en 1648 prendieron una guerra que se extendió a las ciudades y a los latifundios.

Varsovia atajó la insurrección y los cosacos se vieron al borde de la derrota. En un último recurso, pidieron ayuda a Moscú.

El zar Alexei les devolvió la atención, como quien mira una pera madura en la rama de un árbol. Los cosacos le habían abierto una puerta, una rendija por la que se veía el futuro: la opción de avanzar sobre la vieja Rus.

Y restablecer, según consideraba, su reino perdido.

6

La crispación y la parálisis ocupan el escenario. La misión europea ha visitado Ucrania veintisiete veces, sin resultado, y la irritación se dibuja en la cara de los negociadores.

El 21 de noviembre, un periodista ucraniano se da cuenta de que el presidente no va a firmar el acuerdo de asociación. Se llama Mustafá Nayem y ha pasado todo el día en el parlamento. No es un farol, piensa. No es una estratagema de Yanukovych para ganar tiempo. El acuerdo, simplemente, está muerto, y esa noche, a las ocho, Nayem convoca por Facebook una manifestación de protesta en la plaza principal de Kyiv, el Maidán. «Vamos, chicos, seamos serios», escribe. «Si de verdad queréis hacer algo, no os limitéis a pulsar ‘me gusta’ en este post».

Dos horas más tarde se juntan mil personas en el Maidán.

La manifestación ondea banderas europeas y ucranianas, y crece todos los días. Primero los kyivitas exigen al presidente que cumpla su palabra, que firme el acuerdo. Luego piden su dimisión. El 30 de noviembre, a las cuatro de la mañana, las autoridades cortan el servicio telefónico y las fuerzas especiales, el Berkut, dispersan a los manifestantes. Las cámaras graban a las legiones de negro persiguiendo a figuritas en la oscuridad, sus patadas, sus bastonazos. Treinta y cinco personas, la mayoría estudiantes, son heridas. La concurrencia se multiplica en las horas siguientes y el Ayuntamiento es asaltado.

Al otro lado del océano, pegados a internet y a las pantallas de sus teléfonos móviles, murmurando en los pasillos e intercambiando correos electrónicos de madrugada, el departamento de estudios postsoviéticos de la universidad neoyorquina sigue con fruición lo que ocurre en Kyiv. Incluso ahora, que las protestas se han tornado agresivas, los altos funcionarios europeos siguen volando a la capital ucraniana para arrancar algún gesto. Yanukovych, finalmente, alega que el precio del ajuste exigido, aún con préstamos del Fondo Monetario Internacional, es demasiado alto.

El 15 de diciembre, Bruselas rompe las negociaciones.

El Maidán cobra un tono azulado. Ha llegado el invierno, pero las protestas siguen ocupando el centro de Kyiv. La movilización ha crecido en número e intensidad. Se opone de plano al Gobierno de Yanukovych, a su propia existencia. Decenas de miles de personas denuncian la corrupción estructural, la dependencia de Rusia, la violencia contra los manifestantes y la detención de periodistas y líderes de la oposición. El Gobierno responde con la fuerza. En enero, el parlamento ucraniano vota a mano alzada, obviando los procedimientos legales, una serie de medidas que restringen la libertad de reunión, prohíben las donaciones extranjeras a las oenegés, blindan a los antidisturbios y facilitan la persecución legal de manifestantes y periodistas. Las “leyes de la dictadura”, como denuncia la oposición, inflaman los ánimos todavía más y el asalto a edificios públicos se multiplica en todo el oeste de Ucrania.

La textura de las manifestaciones también ha cambiado.

A los estudiantes envueltos en banderas amarillas y azules, con sus pancartas en inglés y su presencia en redes sociales, se unen grupos violentos de las provincias. Llevan la cabeza rapada, uniformes negros y brazaletes. Entre sus símbolos abundan el rojo y las formas gamadas. Se los puede ver desfilando a plena luz del día, dando entrenamiento a nuevos reclutas y desplegando campamentos verde olivo. Las milicias ultranacionalistas, que hasta entonces rumiaban en los márgenes de la política, ven su momento y lo capturan. Las avenidas que acceden al Maidán se erizan de barricadas hechas de neumáticos, el Berkut convoca autobuses llenos de efectivos y tanquetas blindadas, y la vieja capital de los eslavos orientales, cubierta de nieve, con los adoquines helados y el humo ensuciando el aire, se transforma en un campo de batalla.

El 22 de enero muere una decena de personas.

Las imágenes se propagan por internet. Los profesores universitarios, que hasta ahora han mantenido su armadura analítica, dejan al aire la crudeza de sus sentimientos. Los comentarios sutiles dan paso a pequeños picos de estrés y palabras moralizantes. Sus conferencias pierden serenidad y distancia, como si notasen el calor de los combates. Ahora las charlas empiezan con denuncias a Rusia y acaban con loas a Ucrania. Hay brindis, proclamaciones, artículos y protestas frente a la embajada ucraniana en Nueva York.

Una de las estampas que llegan de Kyiv es la de un grupo de señores con chaqueta de cuero gastado, una boina, pancartas mal hechas, gafas anticuadas. Llevan las manos en los bolsillos y parecen guardar en la boca un sabor amargo. Son gente del Donbás, la región minera del este de Ucrania, la zona más vinculada a Rusia de la que proviene Yanukovych. Han llegado a Kyiv para apoyar a su presidente y oponerse al Maidán. Su expresión agria no suele salir en las crónicas, más centradas en la narrativa de la lucha, en los comités y la guerrilla urbana que va formando una alternativa al Gobierno.

¿Qué opinan estos habitantes del Donbás?

«A esa gente la sobornas con un vaso de leche», dice un profesor.

Mientras, los cócteles molotov encienden vehículos de la policía, que reemplaza las balas de goma por las de verdad. El 18 de febrero los disparos reverberan en el centro de Kyiv. La sede oficial del partido gobernante es tomada y lenguas de fuego salen del edificio de los sindicatos. Los activistas se graban unos a otros con la cámara del teléfono móvil. Hay cuerpos derribados, caras bañadas en sangre, brazos y piernas colgando de las camillas que atraviesan la multitud. Los francotiradores, desde las azoteas y los puentes, disparan sobre el Maidán. En tres días mueren ochenta y dos personas, trece de ellas agentes, y hay más de un millar de heridos.

Con mediación europea, Yanukovych y la oposición acuerdan liberar a los presos y celebrar elecciones, pero es demasiado tarde. El centro de la capital ha caído en manos de los activistas. El presidente escapa al este y el parlamento ucraniano, en ausencia de la mayoría de diputados oficialistas, vota su destitución inmediata.

Mientras, novecientos kilómetros al norte de Kyiv, hay una persona que tiene todas sus fichas en la mesa de juego. Un hombre temido, desconfiado, de tez marmórea, que desde una fortaleza evalúa las dimensiones del problema. Mira a Ucrania, un corredor llano, directo a las ciudades rusas. Mira a las bases de la OTAN y a los portaaviones americanos en el Mar Negro. Y mira a su base naval de Sebastopol, en la península de Crimea.

En medio del tumulto, un aldabonazo, una saeta que hiende el aire. Primero son imágenes raras y gramos de información inconexa. Unos paramilitares que se han hecho con el parlamento local. Una fila de camiones en la noche de Simferopol. El amanecer del 28 de febrero revela puestos de control y soldados enmascarados. No se sabe de dónde vienen, pero han tomado las instituciones, los platós de televisión, las vías que llevan al continente. Es como si Ucrania hubiera sido partida por la katana de un samurái. El golpe ha sido tan rápido que el objeto aún tarda unos segundos en desgajarse.

Crimea ha sido ocupada.

II
LA VENGANZA DEL MAIDÁN
1

La plaza central de Kyiv, el Maidán, es un lugar de impecable factura estalinista. Sus edificios dominan el paisaje, o más bien lo avasallan: le retuercen un brazo y lo obligan a pegar la mejilla contra el suelo. La destrucción causada por la Segunda Guerra Mundial permitió levantar estos cíclopes de color plúmbeo. Los arquitectos de Stalin adoptaron la idea del París de Haussman y la llevaron más allá: la elevaron al nivel de un Estado omnímodo. Ahora los edificios del centro de Kyiv se mezclan con las nubes y forman una inmensa boina de acero. Un caparazón sobre las siluetas de los habitantes, reducidos a una brizna de hierba, una mota de polvo en la solapa de un coloso.

La supremacía del Hotel Ukraina, que parece a punto de colocarte encima su pie de hormigón; la infinita muralla que forma la central de correos o las ventanas huecas del edificio de los sindicatos, tiznado por las brasas de la revuelta, son un contraste llamativo con lo que se ve a sus pies: un campamento orgánico de pancartas, vapor y humanidad. Han pasado cuarenta días desde la batalla final y el Maidán sigue lleno de hogueras y tiendas de campaña. En una de ellas, bajo un techo arrugado y desigual, el aire cargado por la respiración y la ausencia de agua corriente, el vapor del té, matas de pelo enredadas y jerséis deshilados, Olga rememora los días de fuego. «En Ucrania hay hombres que no tienen miedo a la muerte, ¿y en España?», pregunta, sus ojos como dos huevos fritos chisporroteando. Sus hermanos han peleado contra las fuerzas especiales del Gobierno, y su hija, que habla inglés, hace de intérprete gratis a los periodistas extranjeros. Cada cual aporta lo que puede a la revolución: cocina, cura, conduce. La mayoría de los acampados, como Olga y su familia, vienen de fuera, y sus tiendas lucen en blanco el nombre de su pueblo o provincia: Boryslav, Lutsk, Mukacheve, Ternopil, Kremenchuk, Vinnitsya.

Si uno mira la evolución de las protestas, en base a diferentes sondeos, verá que, entre noviembre de 2013 y la caída de Yanukovych el febrero siguiente, el manifestante medio del Maidán se fue volviendo más pobre, más hombre y más de campo. Aquellos jóvenes profesionales de clase media que prendieron la mecha, los veteranos de guerra, las amas de casa, los estudiantes y los expatriados con ganas de aventura, se fueron retirando a medida que aumentaba la violencia. Su hueco fue rellenado por gente de otros pueblos y ciudades, la mayoría sin estudios universitarios. Unos aparecieron de manera independiente y otros como parte de grupos de extrema derecha.

Durante varias semanas, todos ellos, liberales o fanáticos, jóvenes o viejos, de pueblo o de ciudad, formaron una estructura activa y nervuda. Las cadenas humanas arrancaban los adoquines del suelo que, de mano en mano, terminaban lloviendo sobre la policía. Se pasaban los sacos de arena para levantar barricadas y compartían sabiduría práctica: cómo limpiar una herida o fabricar un cóctel molotov, cómo guisar una olla de borscht o defender el Ayuntamiento ocupado, rociando con aceite y hielo sus escaleras. Dado que, después de cada choque, la policía iba a los hospitales a raptar a los manifestantes heridos, estos improvisaron enfermerías en tiendas y edificios ocupados. El McDonald’s se transformó en una clínica de ayuda psicológica y la sede de los sindicatos en una universidad popular. Varios voluntarios daban clases de inglés, administración pública o historia de la resistencia civil; había charlas y ciclos de cine. Los vecinos traían jarros de pepinillos, salchichas, ollas de sopa, termos de té, radiadores, sábanas y chubasqueros. Había conciertos gratis y un piano comunitario pintado con los colores de Ucrania. Una antigua campeona de Eurovisión coordinaba los ejercicios para mantenerse en calor a veinte grados bajo cero. De los patios interiores llegaba el eco de los golpes. Eran los grupos de autodefensa, practicando con palos de madera.

Cientos de personas cedieron sus coches al activismo. Los grupos de conductores, apodados “Automaidán”, transportaban heridos, víveres y militantes. Patrullaban las calles y conectaban las revueltas de distintas regiones. La seguridad, coordinada por grupos de extrema derecha, se organizó en “centurias”, siguiendo el modelo de la caballería cosaca. En el momento más duro de la acción, dos cosacos llamaron a las armas tocando sus tambores con el pecho descubierto.

Hace cuarenta días de aquello. Pero los ojos de Olga siguen encendidos. Todavía reflejan las llamas de la plaza, que se ha convertido en un inmenso memorial. Los kyivitas honran al centenar de personas que perdieron la vida entre enero y febrero: la llamada “centuria celestial”, los mártires de la revolución.

El primero en caer fue Serhiy Nigoyan, un armenio-ucraniano del sur. Era fotogénico, popular. Su porte calmado y su barba negra de guerrero persa habían atraído la atención de las cámaras. Su fotografía cuelga ahora en el lugar donde fue tiroteado, entre flores y banderas. Un sismólogo de Lviv fue secuestrado en el hospital. Lo torturaron y lo dejaron tirado, con las piernas atadas con cinta adhesiva, en un bosque de las afueras. Murió congelado. La mayoría de estos soldados de última hora, blandiendo trozos de tubería, cascos de obrero y escudos hechos con restos de muebles, cayeron hacia el final, baleados por los francotiradores.

Las ancianas dejan flores en los pequeños altares, lloran y empuñan rosarios. De fondo, sobre un escenario, se celebra una misa de tambores lentos. La ciudad guarda luto, pero la épica sigue ardiendo en el pecho de los activistas. Cada vez que un vehículo tiene que pasar por el medio de una multitud, alguien grita ¡korridor! y se pone a empujar a la gente como si las balas zumbaran por encima de las cabezas. El uniforme ha tomado el control de sus vidas. Entran en los bares a toda prisa, dejando un olor acre, y fuman pendencieros con un fusil bajo el brazo. La falta de enemigo común ha desperdigado las energías, que antes corrían por un canal concreto, la revolución, y ahora se deslavazan en pequeños frentes. Los milicianos discuten por el espacio de las tiendas y la distinción entre ellos y los merodeadores se ha difuminado. De parques y bocas de metro surgen señores de cara púrpura que piden dinero en nombre del Maidán. Muchos uniformados pasan el día bebiendo cervezas de un litro y haciendo sonar las barras de hierro en el cemento. Junto a sus tiendas de campaña se multiplican las botellas de vodka vacías. Siguen acampados, dicen, como garantía armada: para que el Gobierno provisional cumpla sus promesas. El saludo oficial es una reliquia nacionalista:

«¡Gloria a Ucrania!».

«¡Gloria a los héroes!».

Y una mueca de satisfacción les llena el rostro.

Algunos kyivitas se empiezan a cansar. Miran desde arriba a los oriundos de los Cárpatos, que duermen en el centro de Kyiv con la excusa de proteger la revolución. Otros, más indulgentes, valoran el sacrificio brindado al Maidán. Pasar el día bebiendo y pidiendo cigarrillos, dicen, es poco premio por haber tumbado a Yanukovych.

2

El concepto de Maidán ha adquirido una talla divina. Desde la independencia de Ucrania, en 1991, esta plaza se ha convertido en el ágora donde se concentra la energía popular. El Maidán fue el escenario de las protestas contra la corrupción del presidente Leonid Kuchma y luego de la “revolución naranja”. En 2004, los partidos proeuropeos desbancaron a Viktor Yanukovych acusándolo de fraude electoral.

Ahora, el Maidán, alimentado por la victoria y el sacrificio humano, ha mutado en algo más grande: una fuerza indómita, sobrenatural. Un dios primitivo al que no se puede ofender. «El Maidán ha vuelto a la calle», se oye decir. «El Maidán decidirá». Todo es antes, o después, o según, o si lo permite, el Maidán.

Cada cual lo invoca según sus inquietudes.

Los milicianos, que ven pasar las horas entre los restos de las barricadas, se agarran a su bautismo de fuego. Aseguran ser el Maidán: ellos son quienes se han jugado la vida en las calles. Suyo es el derecho a reactivar la revolución si los gobernantes se desvían del camino indicado. Para las clases medias, el Maidán es una manifestación de su dignidad. Una manera de enfilar hacia ese futuro nebuloso de transparencia e imperio de la ley que representa la Unión Europea. Los políticos, que llevan meses navegando a ciegas, ven en el Maidán un vacío lleno de oportunidades. Con un ojo puesto en la opinión pública toman posiciones en el parlamento, los ayuntamientos y los órganos del Estado. Cambian de bando con disimulo y mueven sus piezas de cara a las elecciones presidenciales que se celebrarán el 25 de mayo.

Como después de un grave accidente, las mentes de Ucrania aún están adaptándose al nuevo orden. Un gobierno ha caído y Rusia ha invadido Crimea. La situación sigue teniendo un halo onírico, surrealista. Cada kyivita maneja su propia narrativa de lo que ha ocurrido y de lo que está por llegar. Muchas personas se miran al espejo para descubrir que han envejecido de golpe. Llevan tiempo sin conciliar el sueño, levantándose cada hora para mirar las noticias. Los ciudadanos se han quedado lívidos. Los políticos son presa de la excitación. Los escritores balbucean en los informativos. Se sientan a escribir y se quedan en blanco. «Recientemente, esta sensación de estar perdido con las palabras me viene cada vez más», escribió un novelista, Andrei Kurkov, en su diario. «O la vida se está haciendo más rica y extraña, o las palabras capaces de describirla están eludiendo su responsabilidad».

El Maidán no solo ha generado una cadena de cambios trascendentales para Ucrania: también ha revelado la debilidad burocrática y la magnitud de la corrupción.

Solo Mezhyhirya, la mansión absolutista del presidente huido, levantada sobre pilas de dinero de los contribuyentes, es una rica fuente de información sobre “La Familia”, que era como se conocía a la camarilla en el poder. Todos los vicios desarrollados en las últimas dos décadas, los magnates que se protegen comprando escaños, la “tecnología política”, que se inventa partidos títere y los legitima en las televisiones de los oligarcas, y la mera depredación de los bienes públicos, alcanzaron su máxima expresión en Viktor Yanukovych. En vez de regular los flujos de corrupción, como habían hecho los presidentes anteriores, Yanukovych tomó las riendas de cualquier fuente de riqueza ilícita. Su gobierno vendía gas subvencionado a los millonarios afines, que luego lo revendían para su propio lucro. Arropados por el Estado, estos podían evadir los aranceles del petróleo, hacerse con el control de diferentes industrias y obtener préstamos de compañías que luego se declaraban en quiebra. A cambio, La Familia, que constaba de apenas una decena de miembros, dos de ellos hijos del presidente, recibía pagos en negro que podían llegar al 50% de los contratos firmados. Luego los transferían a una red de compañías ficticias en Ucrania y el extranjero. Este dinero les servía para enriquecerse, comprar lealtades y engrasar una red de policías y burócratas en las diferentes regiones.

Ihor Rybakov, del partido de Yanukovych, fue grabado intentando convencer a un parlamentario para que se uniera a un partido nuevo que haría las veces de falsa oposición. Le ofrecía 450 000 dólares de golpe y 25 000 al mes. Según documentos revelados por el servicio secreto de Ucrania, el partido de Yanukovych se gastó sesenta y seis millones de dólares en estos menesteres.

También proliferaron el chantaje y la extorsión. Cualquier empresa rentable se colocaba en el punto de mira del Gobierno. Quienes no se plegaban al esquema criminal eran estrangulados con precios, impuestos o auditorías. Nadie sabe cuánto dinero acabó en manos de La Familia y sus aliados.

Esta realidad subterránea, bosquejada por los reporteros de investigación, quedó al descubierto el día en que huyó Yanukovych. Cuando los milicianos del Maidán alcanzaron la guarida del presidente el 22 de febrero, treparon la valla de cinco metros y clavaron sus botas en la cuidada hierba, todavía brillaban las brasas de las hogueras encendidas con documentos incriminatorios. Aquellos que la gente de Yanukovych no tuvo tiempo de quemar, en medio de la espantada, fueron arrojados a los estanques. Otros seguían a medio deshacer en las trituradoras u olvidados en cajones y despachos. Las facturas halladas, los contratos, los recibos de transferencias y los cheques sin cobrar de hasta doce millones de dólares explicaban cómo se había levantado la mansión de Mezhyhirya, digna de un jeque del petróleo. Retrataban la cleptocracia que había despojado a Ucrania, un país donde el ciudadano medio ha visto cómo su nivel de vida se ha desplomado varias veces desde el final del comunismo.

Mientras Hungría o Polonia hacían reformas de mercado y Rusia bombeaba gas y petróleo, Ucrania mantuvo una mezcla de economía estatal y privada solo conveniente para la élite. Cuando se desvaneció el comunismo, el Gobierno, desconectado de sus viejos mercados, liberalizó los precios, pero siguió subsidiando millones de empleos estatales. Como resultado, entre 1989 y 1992 la inflación subió un 2500%, el PIB decreció un 20% y el número de personas que vivían en la pobreza pasó del 15% a la mitad de la población. Desde entonces, los ucranianos no han podido alcanzar el ritmo de sus vecinos.

En 1989, la economía de Ucrania era un poco mayor que la de Polonia, país con una población similar. Ahora el PIB de Polonia es más del doble de grande. La riqueza por habitante de la Ucrania soviética era superior a la de Rusia. En la actualidad representa una cuarta parte de aquella. Incluso los bielorrusos ganan, de media, el doble que los ucranianos.

La economía no solo ha encogido, también se ha marchitado y llenado de agujeros. Según diferentes cálculos, una cincuentena de personas domina la mitad de la riqueza nacional, y el menudeo campea libre: desde la mansión del oligarca hasta los bloques masivos de apartamentos. En 2013, Ucrania ostentaba el puesto 144 de 175 en el índice de corrupción percibida de Transparencia Internacional. Una encuesta de ROMIR, afiliada a la agencia Gallup, recoge que ocho de cada diez ucranianos estima fundamental tener conexiones personales para conseguir algo de la administración pública.

Esta situación ha reforzado el estereotipo del ucraniano como el sureño de la Unión Soviética, un individuo capaz y astuto, dispuesto a funcionar por su cuenta de espaldas al Estado. Una tradición presente en los cosacos, reacios al control externo, y que se habría manifestado en el Maidán. Cuando Yanukovych rompió su promesa europea, los kyivitas montaron una sociedad paralela en el centro de la ciudad.

Entre los activistas, que siguen en las calles, prolifera una estética paramilitar. Hay cabezas rapadas con el mechón cosaco, camisas tradicionales ucranianas zurcidas con hilo negro, y hay, también, una miscelánea de estandartes rojinegros, símbolos nacionales y cruces sospechosamente gamadas.

3

Nadie sabe qué hacer con su adrenalina. Cómo darle salida. El exceso de oxígeno aún corre por las venas y una chica me agarra de la mano y me da una vuelta por los lugares clave de la revolución. Aquí hubo un combate muy duro, me dice, así que mucha gente se encerró en esa cafetería de ahí. Muchas cafeterías cerraron, pero esta no, y los camareros dieron café gratis a los activistas. Si miras por el suelo aún puedes encontrar casquillos de bala. O los puedes encontrar en los tenderetes. Y mira, aquí se daban conferencias de prensa. Ahí mataron a un chico de Crimea. Y ahí han puesto una exposición de fotos.

Los paseantes absorben cada detalle, como si estuvieran mirando un enorme cuadro del que los fueran a examinar. Saben que posiblemente nunca volverán a presenciar nada igual, el momento en el que la historia gira sobre un tiempo y espacio definidos. Sus abuelos vivieron la Segunda Guerra Mundial y sus padres la desintegración de la Unión Soviética. A ellos les ha tocado el Maidán.

Entre los campamentos sobresale un retrato: el busto ascético e inexpresivo de un hombre joven, afilado como una estatua de cera abandonada, pulida por la lluvia. Da la impresión de que el escultor se ha pasado con el moldeado y las facciones ya casi no existen; han sido bruñidas, alisadas, igual que su cráneo lampiño. Todo su ser está consumido por una mirada rígida y focalizada. Se trata de Stepán Bandera, el líder de la facción terrorista del nacionalismo ucraniano de los años treinta. Una figura reivindicada por los grupos radicales del Maidán. Para ellos, Bandera simboliza la lucha de Ucrania frente a Polonia y Rusia. El sacrificio por la independencia nacional.

La organización de Stepán Bandera, la OUN, nació en el oeste de Ucrania, entonces parte de Polonia, y recurrió al terrorismo para conseguir la autodeterminación. Los hombres de Bandera asesinaron a líderes polacos y a los ucranianos que favorecían el diálogo. Querían provocar tensiones para encender una guerra, dilatar sus filas y luchar por la liberación de Ucrania. La OUN también era un partido fascista. Su idea, una vez lograda la independencia, era instalar un régimen similar al de Mussolini: un partido único al servicio de la etnia ucraniana.

En la Segunda Guerra Mundial, Bandera vio en Alemania un poder capaz de pulverizar a sus dos enemigos, Polonia y la URSS, y crear así un espacio donde florecería la nueva Ucrania. El propio Bandera colaboró con la Gestapo, y muchos de sus seguidores participaron en los persecución de judíos ucranianos. La muchedumbre, azuzada por la propaganda antisemita, empujaba a las personas de religión judía a las afueras de los pueblos. Una vez asesinadas, el populacho saqueaba sus viviendas.

Los nazis, sin embargo, no estaban interesados en una Ucrania independiente.

Cuando Bandera declaró la independencia en 1941, a rebufo de la invasión de la Unión Soviética, fue enviado a un campo de concentración alemán.

Tres años después, cercano el derrumbe, Alemania liberó a Bandera para que luchara contra los soviéticos. La OUN se enfrentó al Ejército Rojo en el oeste de Ucrania. Fueron vencidos y Bandera se exilió. Acabó asesinado por un agente soviético en Múnich, en 1959.

La imagen de Bandera quedó enterrada por el comunismo. El régimen solo la usaba para mancillar los posibles atisbos nacionalistas. Décadas después, con la independencia, Bandera fue recuperado con una luz distinta. He aquí un hombre que hizo lo que pudo en esa difícil coyuntura, dijeron algunos nacionalistas. Un hombre que se enfrentó a nuestros enemigos y cuya valentía ha de ser reconocida. En 2010, el presidente Viktor Yushchenko nombró a Bandera “Héroe de Ucrania”, generando la protesta de Polonia y de la comunidad judía.

La versión dura de Bandera también fue reivindicada.

El Partido Social-Nacional de Ucrania, nacido en Lviv, se decía heredero del OUN y su emblema era una esvástica con dos brazos cortos. Para los social-nacionales, la independencia de Ucrania no era suficiente. Había que provocar también una “revolución nacional”.

Con todo, su peso era insignificante. En 1998 los social-nacionales se unieron a otros grupos ultraderechistas para concurrir a las elecciones parlamentarias. Ganaron el 0,16% de los votos. En 2004 el partido no tenía ni mil miembros en todo el país. Entonces se partió en dos facciones: una más comedida, Svoboda, que renunció a los símbolos y contenidos del fascismo, y otra radical, Patriota de Ucrania.

Este grupo irrelevante, que mantiene la obsesión antirrusa y continúa entrenándose en el bosque, como si fuera 1941, ve su momento en el Maidán. Su rol crece con la violencia, se vuelve útil. Patriota de Ucrania suma fuerzas con otros grupos y así se crea Pravy Sektor, de bandera roja y negra como el blut und boden fascista. Roja como la sangre, negra como la tierra.

El Maidán les da la oportunidad de brillar, y ellos la aprovechan.

Los choques con la policía les permiten reclutar voluntarios, que organizan en treinta centurias. Los nuevos soldados reciben entrenamiento y un arma blanca, en ocasiones una pistola. Sostenidos por la opinión pública en Kyiv, las centurias plantan cara al Estado, lanzan cócteles molotov y caen liquidados sobre los adoquines. La mayoría resiste y lucha hasta que Yanukovych tira la toalla.

Ahora la hermandad de sangre, forjada en el Maidán, se debilita. El cemento de la revolución se ablanda y las rencillas salen a la luz. Un activista de Pravy Sektor ha disparado su metralleta durante una discusión. Hay tres heridos, incluido un asesor del alcalde provisional de Kyiv. El presunto culpable se ha refugiado en el Hotel Dnipro. La noticia corre por el campamento y los milicianos salen de sus tiendas con bates y palos de plástico. Vuelven a la vida.

Sobre las tres de la mañana circulan rumores de disparos y varios policías sacan del hotel en volandas a un herido que meten dentro de un coche. Doscientos miembros de Pravy Sektor aceptan desalojar el edificio. La multitud con cara de sueño se marcha: el entusiasmo se esfuma. Todo tiene un aire manoseado, como si fuera la copia, de una copia, de una copia. Los días de fuego han quedado atrás. La rebelión tumbó al presidente prorruso y Moscú se vengó anexionándose Crimea.

Revuelta, caída, ocupación.

Las cuentas parecen iguales.

Solo falta una pieza. Una franja de tierra industrial y obcecada: la boca de la estepa, que mira desde la penumbra, como un actor a punto de salir al escenario.

III
“LOS RICOS ESTÁN CON EUROPA Y LOS POBRES CON RUSIA”
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«Daniétsk», dice la señora. «Treinta minutos». El amanecer lechoso de principios de abril llena el vagón. Los pasajeros se incorporan con los ojos abultados y el pelo formando extrañas figuras. Estamos a punto de llegar a la ciudad más importante del Donbás, la cuenca minera del este de Ucrania. El edén proletario en el que Stajánov sacó de la tierra catorce veces más carbón que sus compañeros, según la leyenda soviética. La estepa de humo y fábricas herrumbrosas.

Hace semanas que la palabra “Donbás” aparece unida a otra, “desestabilización”, como si padeciera los primeros síntomas de una fiebre o de un virus intestinal. La cobertura salvaje de Crimea y el Maidán ha dejado poco hueco en los informativos para las provincias del este, que también han registrado manifestaciones y episodios violentos. A principios de marzo, varios centenares de activistas prorrusos ocuparon durante cinco días el edificio del Gobierno regional de Donétsk. Hubo peleas entre grupos a favor y en contra del Maidán, palizas, amenazas, furgones policiales destrozados, tres muertos. Según el nuevo gobernador regional, nombrado por Kyiv, Rusia envía agitadores en autobuses para crear la ilusión de una guerra civil en ciernes y justificar una posible invasión. Mientras, el Kremlin efectúa maniobras militares en la frontera.

Pese a su reputación áspera, la ciudad de Donétsk se antoja manejable y cómoda. Una iglesia de cúpulas doradas brilla a través del ramaje desnudo, junto a la estación de tren, y por todas partes hay boinas de cuero negro. Uno de cada tres señores lleva una, normalmente a juego con la chaqueta: cuero negro, lacio, desabrido por los años. Caminan con las manos de piedra en los bolsillos y una cara enrojecida, casi fúnebre, de labios severos y curvos, como si les hubieran dado una terrible noticia.

El tranvía atraviesa los barrios verdes y paseables en dirección al centro. Si Kyiv ha sido construido por un coloso autoritario, Donétsk parece obra de un gigante amable. Alguien que duerme junto al río y pasa las mañanas montando edificios de colores claros. Como gigante, se ha asegurado de trazar vías amplias por donde caminar, parques para tumbarse a echar la siesta y fuentes circulares donde lavar sus enormes manos. El resultado es un lugar robusto y rectilíneo, sin ornamentos ni chucherías: una capital funcional, con avenidas tan anchas que dan ganas de aterrizar un avión en ellas.

La región del Donbás, que forman las provincias de Luhánsk y Donétsk, fue durante siglos una tierra de nadie en la que tártaros y cosacos practicaban su vida fugaz, hasta que las tropas de Catalina la Grande la ocuparon en el siglo XVIII. Esta provincia, bautizada como “Nueva Rusia”, guardaba un tesoro en el vientre: depósitos de carbón y hierro destinados a alimentar los sucesivos imperios rusos. En 1869, el industrial galés John Hughes, bajo comisión del zar, fundó una planta acerera y varias minas junto a la localidad que hoy llamamos Donétsk. Las minas atrajeron oleadas de inmigrantes rusos. A principios del siglo XX el Donbás ya producía el 87% del carbón imperial, el 90% del coque y más de la mitad del acero. Cifras sostenidas en un esfuerzo sobrehumano.

En aquel tiempo, los mineros se arrastraban por los túneles con un saco atado a la cintura. Cuatro de cada diez vivían en agujeros cavados en la tierra. Solo un tercio tenían cama y algunos pasaban el invierno junto a las calderas de las fábricas. Quienes dormían en los barracones tampoco se libraban de las epidemias de cólera o de las pulgas que infestaban las botas de fieltro. La mitad del salario se lo bebían o lo apostaban en peleas de boxeo sin guantes. Un minero del Donbás tenía cuatro veces más posibilidades de morir en el trabajo que un minero de Estados Unidos. Uno de cada tres acababan mutilados y en la treintena ya parecían abuelos.

Las ciudades crecieron ennegrecidas, sin asfaltar. Varias semanas al año, en primavera y en otoño, quedaban aisladas por una marea de lodo que atrapaba a los carruajes. Los barrios competían para ver cuál soportaba una vida más dura. Un barrio de Donétsk se llamaba Suciedad, otro Perro, y las noches brillaban como el día gracias al mural de gases tóxicos que decoraba el cielo.

La autoridad seguía siendo endeble en esta zona de minas separadas unas de otras por kilómetros de estepa. Como en épocas anteriores, criminales y fugitivos, revolucionarios y campesinos inquietos acudían al “campo salvaje” buscando libertad. La demanda de proletarios era tal que ninguna mina o fundición negaba un empleo. Pronto se formaron bandas étnicas. La mayoría ucraniana, fuerte en la campiña, y los rusos, que eran los obreros de las ciudades, chocaban en un contexto de movilidad y cambio económico. A diferencia de otras regiones mineras de Europa, el Donbás no mostró ni un ápice de cultura sindical o negociación colectiva. Los capataces mandaban como reyes. Azotaban públicamente a los insumisos con una barra de hierro y disponían de los cosacos del Don para aplastar las revueltas.

El humo y el polvo, las fábricas que vomitaban fuego, el látigo de los mayorales y las caras tiznadas rompieron la visión pura de la estepa; su amplitud legendaria, su aire frío con olor a líquenes. Pero la esencia nómada pervivió en los mineros de caras negras. Cada vez que el poder se creía consolidado en el Donbás, este se encabritaba como un caballo furioso y lo arrojaba de su montura. Durante la Revolución rusa y la guerra civil no hubo ejército ni caudillo, ni blanco, ni rojo, ni nacionalista, que lograra asentar un pie en esta zona feroz. El Gobierno regional cambió de manos veinte veces en tres años y los choques entre mineros y capataces se enredaron con la violencia política. La demagogia y el rumor desbordaban las doctrinas. Ninguna semilla ideológica arraigó en el campo salvaje.

El Donbás mantuvo destellos de libertad incluso en la época más dura del estalinismo. Cuando el Kremlin aplicó su programa de purgas y detenciones masivas; cuando los planes quinquenales dejaron un reguero de hambre y deportaciones, miles de campesinos hallaron refugio en las ciudades del este. Sus hornos y fundiciones trabajaban a toda máquina, necesitaban mano de obra, y fueron un imán para los bandidos y desheredados que huían de las autoridades, buscando un hueco en el submundo anárquico de las minas.

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251 стр. 2 иллюстрации
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9788417118709
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Bookwire
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