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Ernesto Ganuza es sociólogo en el Instituto de Políticas y Bienes Públicos del CSIC. Su investigación se ha desarrollado en torno a la democracia y los mecanismos que pueden contribuir a mejorar su práctica. Esto le ha llevado a trabajar sobre cuestiones relacionadas con los procesos de innovación democrática (funcionamiento de los mecanismos y procedimientos; impacto de los procesos), así como los elementos que dificultan o contribuyen a mejorar las relaciones democráticas (la polarización política, la implicación pública, la capacidad de argumentación de la ciudadanía o la génesis y desarrollo de la protesta social). Fue el impulsor junto a otros investigadores del IESA-CSIC de las primeras encuestas deliberativas realizadas en España (2007 y 2008). Es miembro fundador de la asociación Antígona Procesos Participativos (https://antigona.info/), orientada a asesorar en la implementación de procesos de innovación democrática. Vivía hasta hace poco en Córdoba y vive ahora en Madrid.


Arantxa Mendiharat es licenciada en Ciencias Políticas del Instituto de Estudios Políticos de Burdeos, Francia, y titular de un Máster en Gestión cultural de la Universidad Heriot-Watt de Edimburgo. Lleva en paralelo la cocreación y gestión de proyectos culturales ligados a la transformación social (Borradores del futuro) y el codiseño e implementación de procesos deliberativos.

Es y ha sido parte de colectivos ligados a la economía social (mecambio.net), procesos colaborativos (Wikitoki y Arquitecturas colectivas), y ha trabajado en la búsqueda de nuevos modelos de democracia basados en el sorteo y la deliberación como cofundadora de democraciaporsorteo.org, de Deliberativa y de la red internacional Democracy R&D. Vive en Bilbao.


Fotografía: Elssie Ansareo

La democracia es posible

Sorteo cívico y deliberación para rescatar el poder de la ciudadanía

Ernesto Ganuza y Arantxa Mendiharat


Autoría Ernesto Ganuza y Arantxa Mendiharat

Corrección Sonia Berger

Diseño de colección Rosa Llop

Imagen de cubierta Joan Negrescolor

Producción del ePub Bookwire

Edición consonni

C/ Conde Mirasol 13-LJ1D

48003 Bilbao

www.consonni.org

Primera edición en español:

septiembre de 2020, Bilbao

ISBN: 978-84-16205-59-2

Esta obra está sujeta a la licencia Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional (CC BY-NC-ND 4.0). Los textos, traducciones e imágenes pertenecen a sus autoras/es.


consonni es una editorial con un espacio cultural independiente en el barrio bilbaíno de San Francisco. Desde 1996 producimos cultura crítica y en la actualidad apostamos por la palabra escrita y también susurrada, oída, silenciada, declamada; la palabra hecha acción, hecha cuerpo. Desde el campo expandido del arte, la literatura, la radio y la educación, ambicionamos afectar el mundo que habitamos y afectarnos por él.

Índice

Prólogo

1. Banalidad y fatiga democrática ¿Hay alternativas al actual sistema político?

2. Cómo el sorteo (y la deliberación) puede(n) organizar la política

3. El sorteo y la idea de que cualquiera puede participar

4. El sorteo como elemento central en la Grecia clásica y su reaparición a finales del siglo XX

5. El sorteo, la deliberación y el poder de decidir: las Asambleas Ciudadanas (años 2000)

6. El sorteo y la deliberación en marcha: tres casos destacados

7. En pocas palabras: ¿qué es el sorteo cívico?, ¿cómo funciona? y ¿para qué sirve?

¿Hacia otro sistema político?

Agradecimiento de las personas autoras de este libro

Prólogo
Previsión: peligro
Jane Mansbridge
1. Tormentas por delante

Mientras escribo, la pandemia del COVID-19 está mostrándonos en todo el mundo lo conectadas que estamos las personas y lo frágiles que son nuestros sistemas interconectados. Nos enseña cuán profundamente desiguales son esos sistemas, empujando a la muerte a muchos mientras unos pocos continúan con relativa comodidad. Está mostrando lo difícil que es para nosotros resolver problemas de manera efectiva y trabajar juntos colectivamente. Al mismo tiempo, también muestra cuán valientes somos muchos de nosotros, arriesgando nuestras vidas por otras personas y cuán agradecidas podemos estar, tanto colectiva como individualmente, por esos muchos actos de heroísmo cotidiano.

Sin embargo, no hemos visto lo peor. Esta pandemia forma parte de lo que yo llamo «problemas del gorrón» (de free-rider) y que otros calificaron de «problemas de acción colectiva». Estos causarán durante muchos años tanto crisis épicas como una lenta corrosión en la capacidad colectiva. El sorteo, o el «sorteo cívico», es un enfoque innovador para poner algunos de esos problemas bajo nuestro control colectivo. Aquí explicaré brevemente la lógica de la acción colectiva, la forma en que el problema de los gorrones (free-riders) crea crecientes necesidades de coerción estatal, y la importancia que tiene la solidaridad, el deber y la coerción legítima para resolver esos problemas. Por coerción, o poder coercitivo, me refiero a lograr que las personas hagan algo en contra de su voluntad mediante la amenaza de sanción o el uso de la fuerza. En el futuro no solo necesitaremos cada vez más solidaridad mutua y deber cívico, sino también, por razones que explicaré, cada vez más coerción estatal.

Las deliberaciones bien diseñadas de ciudadanos seleccionados mediante sorteo cívico pueden ayudar a aumentar nuestro sentido de solidaridad y deber, a la vez que refuerzan la legitimidad de la coerción. El sorteo cívico tiene problemas potenciales, pero también grandes fortalezas. Este libro muestra cómo el sorteo cívico, una institución central en el inicio de la democracia en Atenas, ha resurgido lentamente durante el último medio siglo en respuesta a la legitimidad fundacional de tantas democracias.

Las próximas cinco décadas son inimaginables. Podemos esperar grandes disrupciones y grandes mejoras en nuestras vidas, pero no podemos adivinar fácilmente cuáles serán. Si logramos salir adelante será porque, como los seres humanos han hecho a lo largo de la historia, nos reinventaremos. El sorteo cívico es una forma creativa y muy prometedora de reinvención.

2. La necesidad de mayor coerción estatal para proteger los bienes comunes

A mediados del siglo XX, algunos seres humanos descubrieron la lógica del problema del gorrón. Al igual que la lógica de la oferta y la demanda, la esencia de esta lógica moduló la toma de decisiones humanas desde tiempos inmemoriales y llevó siglos formularla con claridad. Sin embargo, una vez hecho, nadie pudo discutirla. Solo se debatían sus implicaciones.

¿Qué es esta lógica? Comienza con nuestra necesidad de lo que llamaré «bienes de uso libre». Son bienes que, una vez producidos, cualquiera puede usar sin pagar. Una carretera gratuita es un bien de uso gratuito. También la defensa común. La ley y el orden. El aire limpio. Un clima estable. O una interacción libre de virus en un espacio público. El problema con los productos de uso libre es que, si se pueden obtener gratuitamente, tenemos pocos incentivos para pagarlos. Como resultado, no suelen producirse mucho. Muchas personas contribuyen voluntariamente a producir bienes de uso libre. Actúan por motivos de deber, diciéndose a sí mismas, mientras contemplan la idea de no contribuir: «Pero ¿qué pasaría si todas las personas hicieran eso?». También actúan por motivos de empatía y solidaridad, poniéndose en el lugar de las demás personas y no queriendo decepcionarlas. Se incorporan voluntariamente para construir el camino. Se ofrecen como personas voluntarias para la defensa común. Se abstienen de hacer trampas y robar porque eso es lo correcto. Se quedan en casa cuando están enfermas o usan máscaras para no poner en peligro a nadie más.

Sin embargo, no todo el mundo actúa desde el deber y la solidaridad. Algunas personas simplemente usan los bienes que otros producen e ignoran sus propias obligaciones. Se aprovechan de los esfuerzos de otras personas. Los productos de uso libre llevan a los problemas del gorrón (free-rider).

Introduce la coerción. Esta es la solución humana milenaria al problema del free-rider, reconocida en la práctica mucho antes de su formulación lógica. Introduce lo que yo llamo una «periferia coercitiva» para proteger y mantener el «núcleo moral». Un ceño fruncido o una palabra altisonante entre personas íntimas, una amenaza implícita o explícita de represalias entre personas cuya reputación puede ser conocida, y la coerción estatal entre personas que no se conocen sirve para disuadir a aquellas personas que de otro modo «desertarían» o no contribuirían voluntariamente. Las multas por no pagar impuestos permiten a «buenos» ciudadanos pagar sus impuestos voluntariamente sin ser tomados por tontos.

La coerción ayuda a mantener un nicho ecológico en el que el deber y la solidaridad pueden sobrevivir. Para evitar que el incentivo extrínseco de la coerción expulse los incentivos intrínsecos del deber y la solidaridad, la coerción debe ser mínima, bien diseñada y, lo más importante, legítima. De manera problemática, a medida que el mundo se vuelve más interdependiente y nuestras actividades humanas crean más «externalidades» que afectan a las demás personas sin que tengamos que pagar los costos, el número de problemas causado por la lógica del gorrón aumenta rápidamente, posiblemente exponencialmente. Debido a que se producen tantas interacciones entre personas desconocidas, para quienes las represalias voluntarias individuales «ojo por ojo» a menudo son imposibles, el problema del gorrón tiende a producir una demanda creciente de coerción estatal.

Todavía no tenemos los recursos conceptuales o institucionales para hacer que ese aumento en la coerción estatal sea tan legítimo como necesario. Por esta razón, entre otras, la confianza en los gobiernos está cayendo hoy en día en muchas democracias.

3. Posibles salidas: innovaciones democráticas

La innovación democrática es crucial. Aquí el sorteo cívico más la deliberación ciudadana, combinadas en alguna de las versiones que se hacen de una asamblea ciudadana, están emergiendo rápidamente como un potencial complemento del gobierno electo, que puede aumentar la solidaridad, el deber ciudadano y la legitimidad de las decisiones estatales.

Reducir la corrupción en el gobierno es fundamental para la legitimidad. El corto plazo por el que los ciudadanos elegidos al azar son elegidos (un fin de semana o muchos fines de semana durante un año) tiende a prevenir la corrupción. Una asamblea ciudadana deliberativa también puede justificar una legislación que podría descartarse como producto de la corrupción.

La descentralización también es importante para la legitimidad, tanto porque la solidaridad cívica y el deber a menudo son más fuertes a nivel local como porque la coerción necesaria puede adoptar formas más aceptables a nivel local. Sin embargo, nuestra interdependencia en constante aumento requiere enfoques comunes para problemas comunes. Las asambleas ciudadanas pueden reunir un microcosmos de toda la sociedad en condiciones tales que sea posible el conflicto, se aclaren tanto intereses comunes como conflictivos, se fomente la creatividad y se promueva el entendimiento mutuo, el compromiso y la resolución de problemas en lugar de la polarización hostil.

Idealmente, ¿qué necesitamos? Una muestra representativa de ciudadanos lo suficientemente grande como para reflejar la diversidad de la población con al menos una pequeña masa crítica de cada uno de los grupos poblacionales relevantes. Incentivos y apoyo para que personas habitualmente marginadas aparezcan en números representativos. Tiempo para absorber la importante información de fondo, reunirse y cuestionar a un grupo equilibrado de personas expertas, y discutir los problemas entre las personas con cierta profundidad. Buena facilitación en grupos pequeños. Lograr todo esto es costoso y difícil. Sin embargo, grupos más pequeños y menos organizados pueden proporcionar valiosos consejos tanto a la ciudadanía como a los legisladores. Cuanto mayor es el poder de una asamblea ciudadana, más dependerá su legitimidad del buen diseño. Esa legitimidad también depende de su vínculo con otros ciudadanos. Sin un vínculo electoral, la rendición de cuentas vuelve a su significado original: dar cuentas. Mientras más ciudadanos puedan ver y escuchar a ciudadanos seleccionados por sorteo explicando sus razones para concluir como lo hicieron, mayor será la legitimidad de esas conclusiones.

En marzo de 2020, el mundo fuera de China comenzó a sufrir los estragos del COVID-19. A finales de abril, algunos grupos deliberativos experimentales de 175 o más ciudadanos estadounidenses, elegidos por sorteo cívico, se habían reunido con sus representantes en el Congreso para discutir las implicaciones del virus. En mayo, la Convención ciudadana francesa sobre el Clima, elegida por sorteo cívico, estaba discutiendo el efecto del virus en el futuro de Francia. Estos grupos deliberativos no tenían poder para afectar directamente la legislación. Sin embargo, llevaron la perspectiva de la ciudadanía a la arena decisional de un modo más directo que cualquier otra innovación democrática en nuestras vidas. Al igual que otros casos de deliberación con sorteo cívico, constituyen una cuerda de salvamento importante para la legitimidad futura. Este libro te cuenta por qué.

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Banalidad y fatiga democrática ¿Hay alternativas al actual sistema político?

En el mes de diciembre de 2018, el centro de Madrid amaneció repleto de carteles de lo que parecía un nuevo partido: «TEA». Su eslogan, sencillo, en letras blancas sobre negro, decía: «El primer partido político que NO miente». Debajo del cartel electoral aparecía la referencia a su página web («decimoslaverdad.com»). Vimos el cartel en la estación de Atocha. Nos sorprendió que apareciera ya, tan pronto, publicidad electoral. Quedaban aún meses antes de las elecciones generales en abril de 2019. Dimos por hecho que, al fulgor de lo que habíamos vivido durante los últimos años después del 15M, había nacido un nuevo partido político. Solo entre 2011 y 2012 nacieron 492 partidos, según información del Ministerio del Interior1. Nos pareció como un último coletazo de aquellos días, ciertamente un poco lejano, pero tenía un eslogan motivador, pensado para insertarlo en el espacio publicitario de un reality show. Tocaba el corazón de lo que muchas personas piensan en sus conversaciones cotidianas cuando hablan sobre los partidos políticos. Nos pareció algo burlón y le sacamos una foto con el móvil, pero no le dimos más relevancia. Imaginábamos que un partido así no tendría mucho recorrido en un proceso electoral en el que posicionarse con opciones reales en un hipotético parlamento es una tarea muy complicada. Pasó con Podemos, pero hay muchos partidos con eslóganes creativos que nunca obtienen ningún premio electoral. ¿Se acuerdan del Partido X? No obstante, mientras salíamos de la estación de Atocha, uno de nosotros reparó en el despliegue publicitario: «Hay que disponer de muchos recursos para poner carteles de publicidad en una ciudad y que la gente lo vea». Y si hay recursos, ¿quién los ha puesto? Cuando Podemos obtuvo cinco diputados europeos en las primeras elecciones a las que se presentó (elecciones europeas de mayo de 2014), apenas había publicidad del partido. Su primer éxito se fraguó en las redes digitales.

La curiosidad nos venció y lo buscamos por internet. Copiamos la dirección web de la foto que habíamos sacado y… sorpresa. Era una campaña publicitaria de la Confederación de Autismo en España. Parecía una noticia de guiñol, pero efectivamente leímos la información que la Confederación había colocado allí en la web para que cualquier otro atraído por esa publicidad como nosotros leyera qué es el TEA (Trastorno del Espectro del Autismo). Frente a los estigmas que vivencian a diario, la campaña jugaba con las palabras y la referencia a unos partidos que siempre mienten para hablar sobre las múltiples capacidades que tienen las personas con TEA, destacando, entre ellas, la honestidad y la sinceridad. O sea, lo contrario de lo que la gente piensa de los partidos y sus políticos.

Estamos habituados a pensar que la política no le interesa a nadie, pero no parece que sea así si mencionamos la banalidad con la que solemos mirarla. El anuncio (los partidos políticos mienten) ponía el dardo sobre una cuestión compartida entre la opinión pública. Que la gente está harta de los partidos, porque es sabido y compartido que no son de fiar. Es algo tan popular que una compañía de publicidad utiliza ese marco en su reclamo para visibilizar algo tan distante como las personas con TEA. Que la política ha sido objeto de mofa popular desde que se inventó la política no es un problema mayor. El dilema que retrata el falso partido hoy es lo que implica esa banalidad con la que miramos ahora la política. En las conversaciones informales, los partidos se vuelven prescindibles. Y, entonces, ¿qué?

Las implicaciones de la banalidad

El 29 de octubre de 2018, durante la reunión anual del Congreso de Empresa Familiar en España, uno de los empresarios más conocidos en el país, José Manuel Entrecanales, presidente ejecutivo de Acciona, hizo un llamamiento a los empresarios a ocupar cargos públicos ante el deterioro de la política2. Pensaba que una vez un gran ejecutivo empresarial hubiera acabado su carrera, podía (o «debía») irse a la política con el fin de poner al servicio de esta la experiencia ganada en el mundo empresarial. No es raro, esto pasa más a menudo de lo que parece. El Presidente de Estados Unidos, sin ir más lejos, Donald Trump, fue antes un reconocido empresario. Berlusconi, en Italia, antes que Presidente, y mientras ejercía como tal, era un empresario.

La idea de renovar la política con personas «capaces» no es de todas maneras solo cosa de los empresarios, mayor incluso ha sido el empuje para poner experimentados profesionales en los gobiernos. El breve mandato de Mario Monti como primer ministro de Italia entre finales del año 2011 y finales del 2012 sería un buen ejemplo. Economista y Comisario Europeo durante casi once años, además de asesor de grupos empresariales como Goldman Sachs, una de las grandes corporaciones financieras del mundo, fue propuesto como primer ministro sin elecciones de por medio, en el seno de una crisis institucional en la que Berlusconi se vio obligado a dimitir. El anhelo por un gobierno dirigido por expertos tiene un recorrido más amplio que el de los empresarios. Desde hace mucho tiempo, por ejemplo, la política monetaria es habitualmente gestionada por los Bancos Centrales, cuyos cargos no son elegidos en ninguna elección, sino que son seleccionados por sus perfiles profesionales. Y la influencia de las decisiones adoptadas por los Bancos Centrales en la política es, sin duda, muy elevada, al condicionar, por ejemplo, el valor de los intereses que pagan los consumidores en sus créditos bancarios. También la investigación académica ha desvelado la creciente presencia de personas expertas y técnicas en los puestos claves de los gobiernos (ministerios), cuya presencia ha crecido ostensiblemente los últimos años3.

La política no vive su mejor momento y los hasta ahora responsables de ella, los representantes de los partidos, son criticados una y otra vez por una tarea que es calificada por muchas personas como desastrosa. El desgaste y el deterioro de la política desde la perspectiva de la ciudadanía ha incrementado las preguntas sobre la mejor forma de hacer política, lo que cuestiona constantemente el perfil de quienes deberían asumir las responsabilidades de gobierno. Se suele pensar que en esta situación el perfil profesional de una persona ayuda a salvar esa desconfianza política que tiene la ciudadanía. El problema es que esta solución vacía de sentido político el arte de gobernar.

Nos podríamos preguntar por qué pasa esto con las democracias, por qué estas siempre son objeto de crítica o por qué son tan cuestionadas cuando vienen mal dadas, como cuando se presenta una crisis económica. En momentos de crisis, la posibilidad de que un gobierno sea formado por la gente o, en su defecto, elegido por ella, enciende siempre la llama de quienes piensan que la política debería ser llevada por quienes saben, sean estos empresarios o técnicos profesionales. Las palabras de José Manuel Entrecanales ponían la guinda a una encendida defensa del valor de las y los empresarios, por su capacidad mostrada para gestionar y crear riqueza, algo que el supuesto nuevo gobierno progresista (PSOE y Podemos) por aquel entonces, recién formado después de una moción de censura a finales del año 2018, estaba poniendo en cuestión con sus medidas, destinadas entre otras cosas a recaudar más dinero a través de un incremento de los impuestos a las empresas. La idea de que la política actúa a menudo guiada por el oportunismo electoral, destinada a satisfacer a sus votantes como sugería José Manuel Entrecanales, sustenta una de las ideas más enraizadas que acorrala una y otra vez la democracia. Si en lugar de un sistema basado en la opinión de la gente tuviéramos uno basado en el saber de cierta gente, todo, se dice, iría mejor.

Sin embargo, una de las principales críticas que asola a los partidos desde hace tiempo ha sido precisamente la contraria: su progresivo aislamiento de lo que la gente deseaba o decía. Frente a la idea de «representar» a la gente, algunas investigaciones han puesto de manifiesto que la evolución de los programas de los partidos durante los últimos años ha girado en torno a las obligaciones impuestas por instituciones supra nacionales (las “responsabilidades de los Estados”)4. Esta evolución ha facilitado que la agenda política se haya visto muy condicionada por los compromisos adquiridos por el Estado, tanto por su integración en la Unión Europea, como en los foros internacionales sobre el cambio climático, la Organización Mundial del Comercio, la OTAN, etc. Unos compromisos que han atado y seguramente han ayudado a homogeneizar la percepción que se ha tenido sobre los partidos que se sucedían en el gobierno, pues, al fin y al cabo, el trasvase de soberanía hacia arriba (la Unión Europea o la Organización Mundial del Comercio, por citar solo dos) supone la aceptación de normas y procedimientos ajenos a un Parlamento elegido democráticamente. Todo eso ha constreñido mucho la capacidad de maniobra de los gobiernos.

Representar a la gente se ha vuelto cada vez más difícil para los partidos, no solo porque la sociedad haya cambiado, sino también porque el supuesto papel que tradicionalmente han realizado los partidos, ese de agregar las demandas y estructurar las opiniones, es cada vez peor realizado por unos partidos que progresivamente han visto cómo sus bases se desconectaban y sus vínculos con la sociedad civil se difuminaban. Por eso, gobernar implica para muchos especialistas alejarse de la ciudadanía, en tanto en cuanto la responsabilidad como gobierno impide que la agenda política del partido pueda efectivamente desarrollarse plenamente.

Esta paradoja dibuja una tensión que no es nada nueva, entre democracia y eficiencia, entre las opiniones y demandas plurales de la ciudadanía y las responsabilidades que tienen los gobiernos respecto a la gestión del Estado. Podríamos pensar que si la tecnocracia o el ímpetu de los empresarios para reclamarse buenos gobernantes inclina la balanza hacia los peligros que tiene un gobierno democrático que no sea responsable (y eficiente) con los asuntos del Estado, el auge de los populismos inclina la balanza hacia el otro extremo, poniendo el énfasis en la escasa conexión de los partidos que gobiernan con los deseos y las necesidades de la gente, es decir, evidenciando el déficit democrático de unos gobiernos que parecen mirar siempre para otro lado.

Democracia y sorteo

Solemos pensar que políticamente no hay muchas alternativas a lo que tenemos hoy. Estamos tan acostumbrados a entender la democracia solo mediante los partidos que cualquier otra alternativa suena fantasiosa. Incluso la llegada de los populismos o los profesionales a la política tiene lugar de la mano de los partidos. Por eso, quizá, banalizamos tanto la política, como si nos pareciera que diera igual lo que dijéramos de ella porque no se puede cambiar, a pesar de lo aburridos que estemos. Sin embargo, esto no se corresponde con la reciente historia política, al menos, en Europa. Si es cierto que siempre nos han contado que la democracia era lo que hacían los partidos, y que sin estos no tendríamos democracia, resulta extraño descubrir que en realidad no fue así casi nunca. Más bien al contrario. La democracia surgió hace unos 2.500 años, entre otras cosas, para evitar que la política quedara en manos de grupos y facciones enfrentadas, como los partidos. A partir de aquí, la democracia, como nos podemos imaginar, no tiene mucho que ver con lo que nos han contado o, al menos, es posible entenderla de otra manera.

Pensemos en lo que significa la política para desbrozar lo que la democracia ha sido siempre en la historia política. Según la RAE, es la actividad de quienes rigen o aspiran a regir los asuntos públicos. O sea, que mediante la política alguien o algunas personas establecen la forma mediante la cual un conjunto de personas convive. Uno de los problemas mayores de la política, por supuesto, es quiénes se encargarán de esa actividad. La historia está llena de cruentas batallas por hacerse con sus riendas, porque ha sido siempre, y lo sigue siendo ahora, una actividad que determina muchas cosas en la convivencia (quién y cómo se pagan impuestos; qué es legal y qué no es legal; etc.) y, por tanto, la política ofrece poder, para discriminar, a quien se hace cargo de ella. Pues desde el principio de los tiempos en la civilización occidental, es decir, desde que los griegos empezaran a hablar de política hace 2.500 años y les siguieran después los romanos, se distinguieron siempre tres formas distintas de ejercer esa actividad, todas ellas diferenciadas según quién ostentaba el control de la actividad política. La primera era la monarquía, cuando la actividad era monopolizada por una persona. La segunda era la aristocracia, cuando se elegía entre pocos candidatos las personas más adecuadas para ejercer la política. La tercera era la democracia, que significaba que la política la realizaba el conjunto de la población, lo que implicaba no ya que todas las personas gobernaran a la vez, sino que cualquiera podía hacerlo5.

Decir que hoy no vivimos en democracia, siguiendo la lógica de ese esquema, es un asunto muy peliagudo, pero incluso aquellos que inventaron el diseño institucional que ahora tenemos (elecciones periódicas para elegir a los gobernantes) rechazaban el apelativo «democracia» para su invento. Fue en la Revolución francesa (1789) y estadounidense (1776) del siglo XVIII. Los revolucionarios solían calificar el nuevo régimen político como república, lo que solo posteriormente acabó llamándose democracia representativa. Según el historiador francés Rosanvallon6, la propia palabra «democracia» no fue de uso habitual en los manuales, la prensa, las cartas personales entre los intelectuales o en los discursos políticos hasta otra revolución que tuvo lugar en 1848 en Francia, más de sesenta años después. En sus disputas sobre quiénes deberían encargarse de la actividad política, los revolucionarios de 1789 en Francia y 1776 en Estados Unidos siempre apostaron por un régimen político de naturaleza aristocrática, es decir, que los gobernantes fueran elegidos entre los más capaces mediante un sufragio censitario, que solo daba derecho a votar a una minoría masculina y propietaria. El sufragio universal no llegaría hasta 1848 en Francia, y solo paulatinamente se fue extendiendo al resto de los países. Y es ahí cuando se extiende el sufragio a toda la población, primero masculina, y mucho después, la femenina, cuando los partidos políticos tal como los conocemos adquieren su protagonismo en el escenario político. Podríamos decir que es ahí cuando empieza a hablarse de lo que llamamos ahora democracia representativa.

La referencia que hacemos a la historia es intencionadamente esquemática, porque no pretendemos plantear con ella un debate sobre lo que debería ser la democracia, sino comprender mejor dónde estamos ahora y qué alternativas podríamos imaginar para mejorarla. Porque para hablar hoy de democracia, bajo la exclusiva participación de los partidos, se ha erradicado de la vieja ecuación política el sentido aristocrático que las elecciones han tenido siempre en la historia, porque la «elección» ha sido siempre el procedimiento característico de los gobiernos que fundamentaban la tarea política en un ejercicio basado en el conocimiento y la capacitación de unos pocos. Si hoy decimos que lo que tenemos es democracia es porque hemos asumido que tanto las elecciones, como la necesidad de que la política sea ejercida por personas competentes, son rasgos inherentes a ella. Y el caso es que no siempre fue así. ¿Cómo ha ocurrido ese salto?

La decisión por la que las revoluciones francesa y estadounidense en el siglo XVIII, en las que se luchaba por liberarse de las cadenas de los opresores, no apostaron por la democracia (por sorteo) es aún tema de debate entre los académicos. Pero no es hasta hace muy poco (mediados de la década de 1990) cuando se empezó a discutir sobre esta cuestión de forma abierta, gracias a la fama que ganó un libro escrito por un profesor francés, Bernard Manin, que tenía por título Los orígenes de la democracia representativa7. Allí lo que el autor nos enseñaba era la compleja urdimbre que prosiguió a las revoluciones en su deseo por ofrecer un sistema político alternativo a las monarquías calificadas como despóticas, haciendo un equilibrio entre la eficiencia y un sistema que tenía que gobernar para todos (democracia). Rechazado el sistema que había, en ningún caso se podía abrazar un gobierno que no implicara a la población en general. Ambas revoluciones, al fin y al cabo, se hicieron con el objeto de acabar con las injusticias que cometían aquellas monarquías sobre la población. La democracia parecería corresponder mejor que ningún otro sistema político a esas intenciones. Sin embargo, para la mayoría de las y los revolucionarios esto no era viable hacerlo con los procedimientos característicos de la democracia (como el sorteo), porque: 1) pensaban que se necesitaba conocimiento y experiencia para ejercer una actividad compleja (la eficiencia política); 2) porque los nuevos gobiernos regirían un territorio amplísimo (los nacientes estados nacionales), lo que dificultaría extraordinariamente la gestión; y 3) porque los gobernados serían una multitud enorme, difícil de articular en una supuesta democracia.

La democracia (mediante el sorteo), ciertamente, solo había tenido lugar hasta entonces en territorios pequeños, ciudades básicamente, lo que ha sido constantemente tomado como justificación de la imposibilidad de una democracia, digamos, plena en los estados-nación. Para muchas investigaciones es por esto por lo que se suele hablar de la democracia representativa como la segunda mejor opción posible, después de la democracia clásica que se hacía mediante el sorteo8. Los argumentos que suelen apoyar el procedimiento representativo en la democracia giran alrededor de dos elementos. El primero tiene que ver con un fundamento epistemológico sobre la ciudadanía en general («no está preparada»). El segundo tiene que ver con problemas en su mayoría técnicos («imposibilidad de gestionar grandes territorios y grandes poblaciones con una democracia plena»). En los siguientes capítulos queremos ofrecer respuestas razonables a estos argumentos porque si podían ser fundamentos irrefutables hace dos siglos, hoy no lo son tanto. La sociedad del siglo XXI tiene poco que ver con aquella que dio luz a las revoluciones liberales en el siglo XVIII. Los avances tecnológicos, por ejemplo, nos sitúan en un escenario muy diferente, en el que no parece ya tan inverosímil una gestión política más democrática en grandes territorios. Como veremos, el impulso de las experiencias de sorteo cívico en el mundo durante los últimos quince años se han dirigido específicamente a problematizar esta cuestión con propuestas tendentes a racionalizar una gestión política basada en el sorteo en sociedades plurales, heterogéneas y de grandes dimensiones. Por otro lado, se puede cuestionar el hecho por el que se piensa que la ciudadanía no está preparada. No solo es que el perfil y preparación de la ciudadanía en general sea muy diferente hoy día al que tenía hace dos siglos, lo que de por sí podría ayudar a la verosimilitud de un argumento más democrático en el sistema político, sino que se puede fundamentar con buenas razones la eficacia política que implica la participación de la ciudadanía corriente y no especializada en los asuntos públicos.

El punto de partida: ¿por qué hablamos de sorteo?

Si hoy hablamos de sorteo (cívico) es, sobre todo, porque las experiencias de sorteo se han multiplicado en el mundo en estos últimos años tratando de dar una respuesta política razonable al descenso dramático de la confianza política por parte de la ciudadanía en muchos países del mundo. Al hilo de ese descenso dramático, hemos experimentado un incremento notable de la protesta social que ha tenido como objeto de crítica un sistema político percibido como poco democrático e injusto para muchas personas (el 15M en España, por ejemplo). Poco a poco ha ido creciendo la voz de una ciudadanía anónima que ya no acepta cualquier solución política. Esta puede cuestionar las decisiones adoptadas y tiene capacidad para informarse individualmente de lo que se ofrece y de las alternativas posibles. Un dato ilustrativo de esta situación lo encontramos en España: al tiempo que incrementaba de forma transversal la desconfianza hacia las instituciones políticas desde el año 2008 hasta el 2015, aumentaba el interés político de la gente, las conversaciones políticas informales entre amigos o familiares y el sentido de la eficacia política individual, es decir, el hecho por el cual cada vez más personas se sienten competentes para tener una voz y acción relevante en la esfera política9. Sin embargo, el resultado de este proceso social ha sido hasta cierto punto distinto del esperado. No ha habido una mayor democratización del Parlamento en términos de debate, no ha habido un mayor ejercicio de transparencia y diálogo entre los partidos, ni tan siquiera un mayor ejercicio de implicación ciudadana en los debates políticos «institucionales», sino un incremento de la fragmentación política mediante la inclusión en el Parlamento de más opciones políticas (desde Vox a Podemos). Uno de los efectos más tangibles de esta fragmentación ha sido el incremento de la polarización política. Muchas investigaciones contemporáneas subrayan la percepción que tiene la gente sobre la fragilidad del hilo que une las decisiones administrativas y la vida de la ciudadanía, lo que ha reforzado soluciones maximalistas o ancladas en posiciones de fuerza al margen de argumentos razonables. El resultado es un desgaste de las instituciones representativas. Las vías de comunicación entre partidos que gobiernan y ciudadanía están diseñadas para evitar el contacto, salvo en el ejercicio del voto cada cierto tiempo y, por supuesto, a través de la protesta social. Muchas de las investigaciones que han trabajado sobre el sorteo giran alrededor de esta «fatiga democrática» para reflexionar hasta qué punto las instituciones políticas actuales pueden dar una solución pragmática a este entuerto10.

El sorteo se ha expandido en el mundo recientemente como parte de la solución a este problema. Ofrece un procedimiento sencillo basado en dos elementos: el sorteo y la deliberación de un problema a partir de información proveniente de fuentes diversas. Dado que nunca antes habíamos tenido tanta información científica a nuestra disposición y tantos colectivos ciudadanos organizados en torno a temáticas concretas, la recuperación hoy del sorteo pretende hacer converger la reflexión serena de una porción aleatoria de la ciudadanía con la información cualificada y diversa de especialistas sobre la temática que se esté abordando. En este sentido, la mayoría de las veces el sorteo hoy día no se presenta como un procedimiento que reemplace el sistema político contemporáneo, sino que se organiza con el fin de implicar directamente a la ciudadanía en la toma de decisiones políticas relevantes para la comunidad. Ciertamente, la organización de procesos basados en la selección aleatoria de la ciudadanía implica muchas más cosas, pues trae de suyo una manera diferente de organizarnos políticamente. Por tanto, sería posible, como ya hacen algunas investigaciones, pensar un sistema alternativo basado en el uso del sorteo, como ocurría en la Grecia clásica11. Pero es cierto que la vuelta del sorteo al debate político tiene que ver mucho con esa banalidad que poco a poco contamina la política hoy día y que ha generado un grado elevado de incertidumbre sobre el futuro político. Si pretendemos reforzar la democracia, las tendencias populistas y tecnocráticas son una amenaza. La puesta en marcha de una organización basada sobre el sorteo plantea una alternativa en la dirección opuesta, con el firme propósito de transformar los sistemas políticos abriéndose a la ciudadanía. De alguna manera, podemos pensar que la expansión que experimenta el sorteo en el mundo se debe a que muchas personas se han tomado en serio el desafío político por el que transitamos.

De hecho, este desafío no solo se ciñe a la esfera de las instituciones políticas, sino que se expande también a otros ámbitos. Prueba de ello, una experiencia de seis años, desde 2014, en varias escuelas de Bolivia, en las cuales los consejos escolares se crean por sorteo, a partir de alumnado voluntario12. También en la esfera cultural, con un experimento que se hizo en el marco de la capitalidad cultural europea de Donostia-San Sebastián en 2016, durante la cual comités ciudadanos elegidos por sorteo (bajo el nombre de Ardora) fueron encargados de seleccionar los 132 proyectos del programa Olas de Energía (una línea de subvención de 483.840 euros abierta a iniciativas culturales diseñadas y producidas por la propia ciudadanía)13. Igualmente, en el ámbito académico, algunas voces proponen sustituir los comités de evaluación de los proyectos de investigación por procedimientos con sorteo14. O incluso seleccionar las y los jueces que forman parte de los Tribunales Constitucionales mediante el sorteo en lugar de ser elegidos por los partidos políticos15.

El sorteo, como es obvio, concita anhelos y rechazos que intentaremos desgranar a lo largo de estas páginas. A grandes rasgos, la experiencia basada en el sorteo, tal y como se practica en la actualidad, es un procedimiento mediante el cual se selecciona un grupo de personas aleatoriamente con el objetivo de debatir un problema concreto o una pregunta sobre posibles futuros y ofrecer después medidas políticas orientadas a solucionar ese problema. El principio que rige este mecanismo es que cualquier persona tiene igual oportunidad de ser seleccionada, que es donde reside también la legitimidad política del proceso. La pregunta que intenta responder este tipo de experiencias podría formularse como sigue: ¿cómo trataría la gente un problema si tuviera tiempo y recursos para aprender y deliberar acerca del mismo con el fin de tomar una decisión informada? Todos los procesos que englobamos bajo el sorteo se distinguen por estas tres características: 1) la selección de los participantes mediante el sorteo; 2) la realización de un debate informado con expertos; y 3) un proceso de toma de decisiones que habitualmente tiene que alcanzar una mayoría amplia entre los participantes.

En las siguientes páginas vamos a tratar de ofrecer las razones por las cuales pensamos que el sorteo y el debate público que se asocia con él puede alumbrar nuevas formas de asignar las responsabilidades de quienes se encargan de regir los asuntos colectivos, siendo una opción tan eficiente como democrática. El sorteo es un procedimiento muy antiguo que se utilizó hasta las revoluciones del siglo XVIII. No era solo un procedimiento de la democracia griega, pues durante la Edad Media, por ejemplo, algunos monarcas empleaban el sorteo para designar los gobernantes en los municipios y evitar así las guerras que se sucedían por alcanzar el poder, lo que ocurría a menudo en el territorio de la Corona de Aragón y algo menos en el de la Corona de Castilla. Los ejemplos emblemáticos del uso del sorteo en esa época son de todas maneras las ciudades italianas renacentistas, como Venecia, que empleó el sorteo para designar al jefe de la república durante 500 años16.

Sin embargo, hoy día hablar del sorteo no tiene que ver con los mundos pretéritos, bien sea la antigua Grecia o la Edad Media. Lo que queremos contar es que en el contexto actual, en el que se cuestiona más que nunca la política ligada a los partidos, en el que la ciudadanía tiene muy poca confianza en lo que hacen los y las representantes políticas y en el que se reclama una eficacia política que solucione los problemas de la convivencia, el sorteo cívico es una opción a la altura de nuestro tiempo.

1Simon Tormey y Ramón A. Feenstra, «Reinventing the political party in Spain: the case of 15M and the Spanish mobilisations», Policy Studies, 36:6, 2015, págs. 590-606.

2 https://www.elmundo.es/economia/empresas/2018/10/29/5bd74b35268e3e15508b45d4.html

3Antonio Costa Pinto, Maurizio Cotta y Pedro Tavares de Almeida (eds.), Technocratic Ministers and Political Leadership in European Democracies, Palgrave Macmillan, 2018.

4Peter Mair, Gobernando el vacío: la banalización de la democracia occidental, Madrid: Alianza Editorial, 2015.

5Josiah Ober, «The Original Meaning of ‘Democracy’: Capacity to Do Things, Not Majority Rule», Princeton/Stanford Working Papers in Classics Paper No. 090704, 2007.

6Pierre Rosanvallon, «L’histoire du mot démocratie à l’époque moderne», La pensée politique, vol.1: Situations de la démocratie, Paris: Gallimard/Le Seuil, 1993.

7Bernard Manin, Los orígenes de la democracia representativa, Madrid: Alianza Editorial, 1995.

8Adam Przeworski, Democracy and the Limits of Self-Government, NY: Cambridge University Press, 2010.

9Ernesto Ganuza y Joan Font, ¿Por qué la gente odia la política?, Madrid: Catarata (cap. 1), 2018.

10David Van Reybrouck, Contra las elecciones: cómo salvar la democracia, Madrid: Taurus, 2017.

11Terril G. Bouricius, «Democracy Through Multi-Body Sortition: Athenian Lessons for the Modern Day», Journal of Public Deliberation: Vol. 9: Iss. 1, Article 11, 2013.

12Más detalle en: https://democraciaenpractica.org/

13Aquí un vídeo explicativo: https://www.youtube.com/watch?v=hZ-zHJo-IDs&feature=emb_logo

14Gérard Mauger, «A favor del uso del sorteo en las instancias de evaluación científica», Daimon Revista Internacional de Filosofía, (72), 2017, págs. 117-124.

15Gerhard Sonner, «Give Chance a Chance: An Alternative Process for Selecting U.S. Supreme Court Justices», en Alternatives: Global, Local, Political, 2020 (https://doi.org/10.1177/0304375419901220)

16Yves Sintomer, Petite histoire de l’expérimentation démocratique, París: La Découverte, 2011.

2
Cómo el sorteo (y la deliberación) puede(n) organizar la política

Hablar de sorteo y deliberación implica pensar la política desde un procedimiento democrático. El sorteo en sí mismo no resuelve nada, sino que es un medio por el que una sociedad decide elegir a las personas que tendrán la responsabilidad de regir los asuntos públicos. Y lo hace desde un punto de vista imparcial, no tiene en cuenta ni los méritos de los candidatos, ni las trayectorias de los y las elegibles. Rompe, en este sentido, con nuestra tradición política basada en el desarrollo de las carreras políticas en los partidos o en los méritos ganados por una u otra persona en el campo profesional. El valor político que el sorteo ha tenido siempre reside en esa forma de organizar la política según la cual cualquier persona puede ser elegida. Desde este punto de vista, el sorteo plantea una reorganización del poder, lo distribuye entre la ciudadanía y lo desconcentra. Más allá de cómo pensemos que se puede llevar a cabo, lo que veremos en los capítulos finales del libro, esa desconcentración del poder trae consigo una manera diferente de organizarnos políticamente, introduciendo también en el centro de la política un proceso deliberativo mediante el cual las personas pueden dialogar intensamente sobre los problemas políticos, entre ellas y con las personas expertas sobre la cuestión tratada. Y es precisamente esta forma de organizarse lo que deberíamos pensar para valorar en qué medida el sorteo ofrece una alternativa viable.

En este capítulo vamos a ofrecer las razones por las que pensamos que el sorteo y la deliberación implican una organización del poder que merece la pena considerando varios de los elementos que son cardinales para entender la política hoy día. Primero, la división de tareas sobre la que la democracia representativa ha erigido su funcionamiento, aislando al conjunto de la sociedad de las tareas políticas. En segundo lugar, veremos el peculiar modo que la deliberación tiene de plantear la política, más centrada en la resolución de los problemas; la lucha ideológica deja de ser un vector de organización política para insertarse en el debate público. En tercer lugar, veremos hasta qué punto el sorteo y la deliberación pueden ayudar a establecer un marco de debate público que allane la polarización política. Por último, mencionaremos la peculiar respuesta del sorteo ante los problemas de corrupción política.

La democracia de los idiotas

«Idiota» originalmente no era un insulto (hoy en día «persona corta de entendimiento», según la definición de la RAE), sino un adjetivo con el que se hacía referencia a lo privado o algo personal. La palabra tiene su origen en la Grecia clásica y describía a la persona que se ocupaba principalmente de sus asuntos, sin prestar atención a los asuntos públicos. En la antigüedad clásica la palabra vino a convertirse en un insulto porque allí la vida pública era muy importante entre las personas libres. Preocuparse «solo de lo suyo» estaba mal visto. Haciendo un paralelismo con lo que pasa actualmente, podríamos decir que vivimos en una sociedad llena de «idiotas», es decir, de personas que van a lo suyo.

Este fue, y sigue siéndolo, uno de los argumentos principales con los que los intelectuales del siglo XIX justificaban su rechazo a la democracia mediante el sorteo. Según Benjamin Constant, uno de los filósofos políticos más renombrados que haya escrito sobre la revolución francesa, la idoneidad de lo que entonces se llamaba república (y luego democracia representativa) se justificaba porque la libertad era entendida de manera muy diferente en su época, respecto a lo que se entendía por ella en el mundo clásico. De forma muy resumida, en su famoso ensayo («De la libertad de los antiguos comparada con la de los modernos») venía a decir que antes la libertad se asociaba a la participación pública, mientras que ahora (el ensayo fue escrito en 1819) se asociaba a la vida privada. El hecho de tener unos representantes que se encargaran de los asuntos públicos liberaba precisamente de esas tareas a la ciudadanía, pudiendo dedicar el tiempo a sus asuntos. Este será uno de los rasgos básicos de nuestra democracia, la división de tareas, por la que unos, los representantes, se encargan de los asuntos colectivos, y otros, la sociedad en conjunto, se encarga de sus asuntos privados.

No vamos a entrar a discutir los pormenores del planteamiento de Benjamin Constant, pero lo que no se puede negar es que su originaria parábola ha hecho fortuna en nuestra sociedad. Junto a la idea que «la gente no está preparada», la división de tareas en los sistemas políticos modernos es uno de los mayores escollos con el que nos encontramos al hablar del sorteo. Es, por decirlo de alguna manera, uno de los contraargumentos predilectos para rechazar cualquier propuesta política que implique participación de la ciudadanía en política. Unas personas dicen que no tienen tiempo ni ánimo de hacerlo; otras, que no saben o que no son sus asuntos. En definitiva, es un argumento tan arraigado en nuestros razonamientos políticos que, efectivamente, parece imposible de esquivar. Y no es un argumento sencillo de rebatir. La vida está organizada de tal manera que, tras el trabajo, ajustar las cuentas, cuidar la familia y las amistades, hacer la compra, así como descansar, eso de participar en asuntos que no son necesariamente solo tuyos pierde peso en la escala de prioridades de cualquiera. Plantear la posibilidad del sorteo en este contexto corre el riesgo de considerarse una quimera, solo apta para militantes o activistas. Aparentemente, ni tenemos tiempo, ni conocimiento, ni ganas de dedicarnos a los asuntos públicos. Si pensamos la política desde ahí, podemos acercarnos al abismo que supone esta crisis política, porque esa división de tareas propia de la democracia que tenemos no implica que a la gente le dé igual la política, sino que podemos aceptar que la política la hagan otros, aunque incluso no necesariamente piensen en términos de democracia. Este no es un argumento marginal. Recientemente, por ejemplo, un profesor de economía de Estados Unidos. ha publicado un libro en el que mantiene que nos iría mucho mejor si confiáramos más en las élites y menos en la ciudadanía, abogando por estructuras políticas menos democráticas de las que tenemos1. Justamente lo contrario de lo que pensamos: más democracia sería mejor.

El sorteo tiene una virtud enorme en un escenario en el que el tiempo es escaso, no todo el mundo quiere implicarse y la gente quiere instituciones políticas que se centren en resolver los problemas compartidos. El sorteo, que se puede organizar de distintas maneras, selecciona un número limitado de personas durante un corto plazo de tiempo, con el fin de buscar soluciones a problemas concretos. Las personas seleccionadas por sorteo no debaten en el vacío, sino que reciben información cualificada sobre el problema en cuestión, dialogan con personas expertas que interpretan el problema desde perspectivas distintas y se les da tiempo para debatir esa información. El fin último de lo que hemos llamado el sorteo cívico es proponer medidas políticas orientadas a resolver una cuestión concreta, de una manera razonada y pública, para que todo el mundo pueda valorar y entender las propuestas realizadas. El supuesto rechazo al sorteo tiene mucho que ver con el desconocimiento de este procedimiento político. Para ello vamos a intentar responder algunas preguntas importantes, que todo el mundo se hace cuando piensa por primera vez en el sorteo: ¿por qué el sorteo es aceptable políticamente? ¿No supone eso un retroceso en la política? ¿Se pueden resolver asuntos centrales con la participación de personas no-expertas? ¿El sorteo es eficiente políticamente? A continuación, vamos a presentar nuestra idea de por qué el sorteo y el tipo de política que conlleva su práctica tienen más sentido del que podríamos pensar.

El sorteo: la política como resolución de problemas

El punto de partida del sorteo modifica por completo la idea que tenemos sobre la política. Es como darle la vuelta al calcetín. Si nos hemos acostumbrado a asociar la política a las disputas ideológicas entre los partidos y a la lucha partidista por alcanzar los suficientes apoyos para gobernar, con el sorteo (y la deliberación asociada a ella) la política se vincula a los problemas propios de la convivencia. En este sentido, el sorteo da a la política un carácter muy pragmático. No es que el sorteo erradique las ideologías, ni las disputas políticas, sino que la entrada en política no se hace a través de ellas, sino a través de problemas concretos que reclaman soluciones por parte de todas las personas. Significa, en definitiva, empezar la casa por el lado contrario. Veamos.

Según los manuales de ciencia política, por ideología deberíamos entender un mapa cognitivo mediante el cual se establecen respuestas a problemas habituales de la convivencia. Esto ayuda mucho a interpretar el mundo complejo que nos rodea; reduce, en definitiva, la complejidad. Estamos habituados a distinguirlas en un espectro que va de derecha a izquierda. Por mucho tiempo, las ideologías proporcionaron una identidad a aquellos que se inclinaban hacia un lado u otro del espectro ideológico. En el siglo XIX, según los estudios que se han realizado, ser de izquierdas (o de derechas) era casi un estilo de vida2, es decir, alguien que votaba a un partido socialdemócrata estaba vinculado a una amplia red social que giraba alrededor de ese partido. Sin embargo, poco a poco esa identidad ha ido perdiendo fuerza, aunque la ideología sigue siendo un eje fundamental para entender la política contemporánea. La mayoría de los estudios que se hacen en ciencia política hoy día analizan los fenómenos teniendo siempre en cuenta la ubicación ideológica de las personas. Esta es una pregunta básica en cualquier encuesta de opinión pública, pues para los analistas permite ordenar mucha información dispersa y tiene capacidad para explicar una variedad grande de comportamientos sociales.

Desde este punto de vista, los partidos se presentan con un programa establecido y reclaman ser portadores de unos valores que los electores pueden asociar a un espacio ideológico determinado. Más allá que desde el siglo XIX al siglo XXI las grandes ideologías se hayan podido difuminar, sobre todo, respecto a las fronteras que separaban los grandes bloques, no estamos diciendo que esa distinción ideológica carezca de sentido, eso sí, la distinción tiene más ambigüedades de las que había antes. La lucha, por ejemplo, que los partidos establecen por el centro político no es un capricho de sus dirigentes, es que la mayoría de la población, según los estudios de ciencia política, se ubica en el centro. Desde hace años hemos visto incluso un incremento de los líderes políticos que reivindican que no son ni de derechas ni de izquierdas, aunque los analistas suelen finalmente asociarlos a un lado u otro del espectro. Su intención básicamente es atrapar ese centro. Como vemos, entre los partidos es muy importante el relato con el que se afronta la cuestión ideológica.

Votar a un partido se convierte por ello en un ejercicio, hasta cierto punto, ideológico, lo que supone votar a representantes que se alinearán en el Parlamento de acuerdo a sus principios ideológicos. Eso quiere decir que la gente puede esperar más o menos que un partido de izquierdas intentará subir la presión fiscal y aumentar las ayudas sociales; mientras que un partido de derechas intentará bajar los impuestos, limitar las ayudas sociales y hacer políticas favorables al crecimiento empresarial. Aunque esa capacidad para discernir lo que tu partido va a hacer respecto a muchas otras cuestiones no está tan clara en un mundo en el que, por ejemplo, en España hay que acatar las normas establecidas por Bruselas, que pueden perfectamente ir en dirección contraria a lo que defiende tu partido, sea de derechas o de izquierdas. Por no hablar de lo que dicten las autoridades monetarias, habitualmente independientes de los poderes políticos, que pueden decidir subir los intereses y dar al traste con las políticas económicas que se habían planeado. Aun así, la ideología es utilizada ampliamente para construir la retórica con la que los y las representantes reclaman atención de sus votantes. Ya dentro del Parlamento, la historia puede cambiar. No solo porque las personas que toman las decisiones entre bambalinas suelen decir que se llevan mucho mejor de lo que muestran en público, es decir, que la crispación (ideológica) que muchas veces vemos desde fuera entre unos y otras puede que no sea tanta cuando tienen que resolver cuestiones concretas o acatar decisiones que no pueden ignorar. Sino porque también el hecho de gobernar requiere pactar con otros partidos, más en un escenario fragmentado políticamente, y hoy más que nunca gobernar requiere negociar con grupos (lobbies o asociaciones en defensa de ciertos intereses) que pueden perfectamente hacer virar las propuestas realizadas en campaña. En el fondo, hoy más que nunca, la política se hace después de las elecciones y no antes, es decir, en contacto y negociando con distintos grupos políticos o sociales e instituciones supranacionales (como la Unión Europea, la Organización Mundial del Comercio, etc.) que condicionan la agenda política originaria3.

Si tenemos todo eso en cuenta, la dificultad que plantea la vertebración de la política contemporánea mediante el discurso ideológico es que simplifica enormemente los problemas sociales y dificulta más de lo necesario el establecimiento de acuerdos sobre cómo tratar los problemas. La complejidad del mundo en manos de la política representativa parece menos de lo que es. La complejidad se traduce para nosotros en una cantidad de datos científicos sobre los fenómenos sociales y naturales que desborda cualquier posición ideológica que se pueda tener frente a ellos. Resulta difícil de entender el empecinamiento a organizarnos políticamente de una forma que desprecia por completo el debate sereno con datos científicos contrastados y los constreñimientos institucionales reales (Bruselas, por ejemplo). En este sentido, hoy día parece algo más que ridículo tener un debate político sobre la contaminación o las políticas que hay que poner en marcha para afrontar el cambio climático sin contrastar los datos existentes o sin conocer la legislación supranacional que nos obliga. Pero igual que ese tema, cualquiera que podamos imaginar. En la política sufrimos mucho el efecto de esta lucha ideológica que, siendo importante, puede bloquear y arruinar medidas políticas concretas. En España, por ejemplo, desde el año 1970 hemos tenido siete leyes de educación distintas (la octava estaba ya en marcha en 2019 antes de las elecciones de abril y noviembre), cada cual justificada por el partido del gobierno desde un lado del espectro ideológico. No estamos hablando de tarifas o tasas por un servicio que suben y bajan para ajustar el presupuesto de una Administración, sino de uno de los elementos que más cohesión social puede ofrecer a un país. Sin embargo, la lucha ideológica ha impedido hasta la fecha el establecimiento de un mapa compartido de lo que la educación debe ser. No por casualidad, la lucha ideológica es uno de los problemas más mencionados cuando se habla de la «fatiga democrática». El escritor belga Van Reybrouck, a quien debemos esa descripción4, hablaba de las dificultades que esa lucha imponía para establecer políticas a largo plazo, cómo generaba un estrés mediático que simplificaba la misma política y arruinaba cualquier posibilidad de diálogo sereno. En este contexto, ¿qué puede ofrecer el sorteo?

En términos generales el sorteo solo ofrece una cosa, la imparcialidad a la hora de seleccionar las personas que van a discutir y resolver los asuntos públicos5. Cada una de las personas seleccionadas tendrá su ideología, por supuesto, pero el hecho de ser seleccionada por sorteo no se debe a su peculiar ideología. Eso favorece que el centro de gravedad del debate público no gire en torno a los bloques ideológicos, sino a los problemas que hay que resolver. De inmediato, el sorteo (y la deliberación) facilitan abordar un problema desde todas sus aristas, porque a diferencia de lo que ocurre con un sistema que se organiza a través de las ideologías de sus partidos, las soluciones tendrán que partir de la diversidad de los participantes y los datos que exponen las diferentes personas expertas sobre la cuestión (además de los contextos institucionales). En las experiencias que se hacen hoy día siempre hay un debate con personas expertas que interpretan el fenómeno del que se trata de forma distinta. Esa es la complejidad en la que vivimos, que las soluciones no son cristalinas, sino que tienen muchas implicaciones y, en consecuencia, la viabilidad de aquellas depende también de la capacidad para afrontar y gestionar las consecuencias que se derivan de su implementación. Dado que la decisión que se adopte, sea la que sea, tiene siempre muchas implicaciones, ¿por qué no se plantea como una decisión colegiada entre la ciudadanía? El hecho de que las personas seleccionadas por sorteo no sean profesionales y, por tanto, no estén educadas en defender una idea por encima de cualquier otra cosa o no deban lealtades a los cargos o líderes de los partidos, facilita, por supuesto, el diálogo entre personas con ideología distinta. El caso más reciente, y que luego comentaremos más pormenorizadamente, lo constituye el debate que una asamblea ciudadana en Irlanda tuvo sobre el aborto en 2016. Con una de las leyes más conservadoras respecto al derecho de las mujeres a abortar en Europa y unos partidos que eran incapaces de plantear un debate parlamentario sobre la cuestión condicionados por los bloques ideológicos en su seno, el gobierno solicitó a una asamblea ciudadana sorteada debatir sobre el problema. La asamblea propuso al gobierno, después de debatir y contrastar las opiniones de diferentes personas expertas tanto a favor como en contra de una ley sobre el aborto más permisiva, la organización de un referéndum, en el que se pedía la aceptación de una ley homologable a la que tiene la mayoría de los países europeos o su rechazo. En el informe que elaboró la asamblea ciudadana se ofrecía información sobre ambas posturas de forma ecuánime (la aceptación y el rechazo). Finalmente, la población irlandesa aprobó una nueva ley con una clara mayoría (66 %). Esta experiencia nos permite poner en valor de qué manera tan distinta se puede vertebrar la política. Una vez dejas de lado las posiciones ideológicas fuertes como elemento vertebrador del escenario político, pueden surgir soluciones pragmáticas a partir de hechos constatables y debates plurales sobre ellos. Como expresaba un participante en la asamblea irlandesa a un periódico: «Sacó el debate del reino del cálculo temeroso de los intereses propios de los partidos»6.

La polarización del debate político y el sorteo

Muchas personas piensan que marginar la ideología en la política es lo mismo que acabar con ella. En estos casos, siempre se mencionan los ejemplos de dictadores que con una retórica anti-ideológica gobernaban apoyándose en la represión de las posturas que cuestionaban su mandato y sus políticas. El auge del populismo, reivindicando el fin de las ideologías, sería otro ejemplo de lo que podría pasar si echamos a las ideologías del debate público. La reivindicación de un tipo de política que va más allá de derechas e izquierdas genera por eso mucha sospecha. Las personas defensoras de los partidos y del papel de la ideología en política asocian casi de forma natural los partidos a la pluralidad de visiones en una sociedad. Por tanto, dejar de vertebrar la política a través de la ideología supone para muchas personas despolitizar la vida social. El asunto es crucial, porque estamos completamente de acuerdo en que despolitizar la vida colectiva puede tener consecuencias mucho más perniciosas que beneficiosas, como que dé igual que un gobierno haga una cosa u otra, siempre y cuando garantice, por ejemplo, unos niveles de bienestar razonables. El éxito de muchas dictaduras se ha fundamentado precisamente en eso.

El caso es que, si analizamos los efectos de las experiencias de sorteo cívico, vemos que no hay una despolitización de la vida colectiva. Más bien al contrario, porque introducen o reintroducen en el debate político a personas alejadas de la política y, por tanto, no hacen sino ampliar los espectros y las formas con las que se ve un problema. La democracia, si por algo se ha distinguido siempre, ciertamente, es por darle un hueco a la pluralidad en la vida colectiva y, por tanto, a la idea de que siempre hay diferentes maneras de solucionar los problemas. El hecho de que unos piensen unas cosas y otros otras es lo que da entereza a la democracia. Precisamente, el sorteo garantiza mejor que ningún otro procedimiento la pluralidad política. Por supuesto, mucho más que la estructura de partidos que ahora tenemos. Y la razón es muy sencilla. El hecho de que pueda participar cualquier persona, al margen de lealtades organizacionales y desde un debate basado en datos, garantiza que haya una pluralidad de voces que permite que todas las presentes estén además expuestas a alternativas razonables a lo que piensan, que es de lo que se trata al buscar soluciones a los problemas concretos desde la pluralidad. Los problemas asociados a una posible despolitización tendrán que ver con las formas con las que se organiza el debate, quién participa, por ejemplo, lo que veremos más adelante, pero no porque se piense en la idoneidad de plantear un problema de forma abierta, transparente y desde múltiples perspectivas.

Desde hace tiempo se ha encendido la alarma sobre una mayor polarización en la política. Algo que todo el mundo entiende como un problema, porque las posiciones opuestas no suelen encontrar soluciones intermedias, lo que nos condena a vivir siempre con posturas radicalizadas que fundamentan sus políticas en un apoyo mayoritario, que no deja de ser, por supuesto, transitorio en una democracia. Cuando llegue otro gobierno con otros apoyos, ejercerá su derecho a presentar las medidas que crea convenientes, que serán juzgadas como radicales por los otros. Este juego no se cuestiona, siempre y cuando se haga desde el apoyo democrático. En el fondo todo el entramado institucional que hay detrás de los gobiernos garantiza que las medidas más radicales y opuestas a las del otro bando tendrán que pasar por filtros legales y condicionamientos normativos antes de hacerse realidad. No obstante, la polarización política es perniciosa para cualquier sociedad y mina las posibilidades de entendimiento.

Debemos a Carl Sunstein, profesor estadounidense, el análisis exhaustivo de las razones por las que un grupo social se polariza7. Según este profesor, la polarización emerge cuando un grupo, formado para debatir un asunto concreto, se mueve hacia uno de los extremos del debate tomando como referencia la tendencia previa que tenían sus miembros. Para verlo de forma sencilla imaginemos, por ejemplo, que un grupo de personas preocupadas porque los niños tienen muchos deberes, y piensan que sería mejor implementar otros métodos, se reúnen para discutir qué hacer con las nuevas normas del colegio a este respecto. Según el teorema de la polarización es muy probable que todas ellas acaben el debate mucho más comprometidas con la idea de que los deberes no son necesarios. Sunstein se refiere a los debates que de forma cotidiana tenemos las personas. Solemos juntarnos con otras personas que piensan parecido a nosotras y los debates en esos grupos suelen tener como resultado una inclinación hacia el extremo de las posiciones originales de las que se partían. Nos cuesta, en definitiva, escuchar y considerar interpretaciones diferentes de los hechos sobre lo que discutimos.

Sunstein describió dos mecanismos para explicar dicho efecto. Por un lado, la influencia social sobre el comportamiento. Siguiendo experimentos en psicología, el profesor apuntaba que solemos dejarnos llevar por lo que otras personas dicen, bien porque entendemos que lo que otros dicen apunta hacia lo que es deseable socialmente (y pocas personas van a encararse a lo que quiere un grupo), bien porque entendemos que lo que se dice, aunque no se esté de acuerdo con ello, encierra lo que socialmente se espera de una (y pocas se enfrentarán al hecho de quedarse fuera del grupo). El otro mecanismo sería la limitada muestra de argumentos alternativos a la que nos exponemos por estar en un grupo que piensa de forma más o menos homogénea. Dentro de un debate, dice Sunstein, la posición de una persona se debe en parte al tipo de argumento que dentro de ese grupo ha sido más convincente. Si solo hay argumentos en una dirección, es más probable que el conjunto de personas que no hablan tanto, que suele ser una mayoría, se mueva en esa dirección. Sus explicaciones apuntaban a los efectos perniciosos que tenía en política la homogeneización social. Para este investigador estadounidense, la expansión de las redes digitales tenía por ello un regalo envenenado, pues a la vez que nos conecta con muchas personas, también provoca una mayor polarización, pues la gente se conecta con las personas y las cosas que le interesan.

Dado que la democracia se justifica en gran medida por su capacidad para debatir, es decir, que no solo se trata de opinar, sino de debatir a la luz de otras opiniones y el análisis de los hechos, la ley de la polarización de los grupos plantea en el fondo muchas interrogaciones sobre la estructura política que tenemos. La pregunta es, si es cierto el teorema de la polarización, ¿por qué no va a ser adecuado un procedimiento político que evita muchas de las situaciones que producen la polarización? Desde el punto de vista de personas espectadoras, que es lo que somos en la política contemporánea, los debates parlamentarios son exposiciones cerradas de representantes que ni escuchan ni tratan de comprender las posiciones de las otras personas. Las votaciones están predeterminadas antes incluso de que tenga lugar el debate, labradas en privado, lo que genera mucha desconfianza entre la ciudadanía. Puede que los partidos en su seno debatan. Si así fuera, de todas maneras, el modo en que tendría lugar el debate se ajustaría sospechosamente bien a lo que Sunstein calificaba como polarización. ¿Quién, en el seno de un partido, va a llevar la contraria a la persona que lidera, cuando además se depende orgánicamente de la misma? ¿Quién va a romper la lanza por un argumento contrario al que la mayoría dice cuando gran parte de los argumentos van en la misma dirección? Ciertamente, el hecho de que muchos partidos hayan introducido recientemente elecciones primarias abiertas a los militantes ayuda a presentar ideas diferentes. Pero una vez elegida la persona que lidera, la situación es la misma o incluso peor, pues con la legitimidad de las elecciones ganadas se puede emplear más fuerza aún en la generación de espacios de debate homogeneizados, como, por ejemplo, desterrar de los órganos de decisión del partido a aquellas personas que no votaron por la persona ganadora.

El sorteo como mecanismo de selección de las personas que van a participar en un debate político se caracteriza precisamente por introducir diversidad en los debates desde el principio, o sea, introduce una variabilidad que dificulta la polarización. Cualquiera puede participar en el debate en condiciones de igualdad si entra dentro de la terna del sorteo. Hoy día las experiencias suelen utilizar sofisticadas herramientas estadísticas para garantizar esa diversidad. En este sentido, se ha dicho que el sorteo cívico plantea una representación más descriptiva de la sociedad. Las personas seleccionadas finalmente responden a una serie de rasgos y perfiles previamente valorados por representar descriptivamente la comunidad política. Este asunto genera controversia entre las personas críticas con el sorteo. Primero porque no se podría hablar estadísticamente de una representación de la sociedad. Dado que habitualmente se selecciona un número pequeño de personas, entre 30 y 150, cualquier idea de representatividad es ciertamente quimérica. Para que esta se diera o pudiéramos empezar a hablar de ella, tendríamos que reunir a un número más extenso de personas. No obstante, la selección genera mucha más diversidad y responde a trayectorias mucho más diferentes que cualquier institución política vigente que imaginemos. Por contra, la homogeneidad (social) de los perfiles de nuestros representantes es un asunto muy estudiado y analizado. En España, por ejemplo, la mayoría tiene estudios universitarios, una amplia experiencia en la Administración pública como funcionarios o abogados, y suelen además formar parte desde hace años (puede que décadas) de las estructuras de sus respectivos partidos8. La selección por sorteo de las personas participantes garantiza, en cambio, una pluralidad acusada respecto a los habituales foros políticos. El hecho de que no sean profesionales de la política favorece la llegada de personas corrientes, que no han sido educadas en un grupo corporativo que instrumentaliza los recursos para alcanzar sus fines, sino que se acerca a los problemas con una actitud menos instrumental, a partir de los datos que se le ofrecen en un debate abierto y transparente.

No hablamos en términos ideales. Ya hemos dicho que las experiencias de sorteo cívico han sido analizadas empíricamente de forma extensa y lo seguirán siendo. Muchos trabajos académicos muestran de qué manera la gente cambia sus preferencias hacia un problema en un debate estructurado bajo los principios de la deliberación y con personas facilitadoras, entre otras cosas, porque tiene nueva información. Un grupo de investigación demostró recientemente en un experimento que la polarización era más probable en debates que no son estructurados bajo normas deliberativas. En cambio, cuando el debate sigue los principios básicos de la deliberación, junto a la presencia de personas facilitadoras, la polarización disminuye. La investigación realizó un experimento en el que reunieron personas en Finlandia para hablar sobre la inmigración. Un grupo que tenía una actitud desde la moderación a la hostilidad hacia las personas migrantes se movió a actitudes más tolerantes en un escenario estructurado deliberativamente. En cambio, un grupo de similares características, pero en un escenario de debate no estructurado, se movió hacia posiciones más extremas. Como podemos apreciar, la deliberación entre personas sorteadas puede dar soluciones al problema de la polarización9.

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