Читать книгу: «De la caza. De la pesca. Lapidario órfico.»
BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 134

Asesor para la sección griega: CARLOS GARCÍA GUAL .
Según las normas de la B. C. G., las traducciones de este volumen han sido revisadas por M.ª CONCEPCIÓN SERRANO AYBAR .
© EDITORIAL GREDOS, S. A.
Sánchez Pacheco, 81, Madrid, 1990.
www.editorialgredos.com
REF. GEBO244
ISBN 9788424931735.
OPIANO
DE LA CAZA * DE LA PESCA
INTRODUCCIÓN
Biografía
Opiano es el nombre del autor de dos poemas didácticos: Cinegética o De la Caza y Haliéutica o De la Pesca. Pero las biografías conservadas, las referencias de la Antigüedad, las dedicatorias a los emperadores y el contenido mismo de ambos poemas, inducen a pensar que se trata de dos autores distintos de diferente época.
Todos los indicios apuntan a considerar como verdadero Opiano al autor de la Haliéutica. La Cinegética podría ser obra de un imitador. En todo caso existe cierta confusión al respecto.
Las dos «Vidas» que figuran en los manuscritos, (Vita I y Vita II) 1 en gran parte coincidentes, nos presentan al bifronte Opiano como poeta griego de Cilicia, nacido en Anazarba o Corico al final del reinado de Marco Aurelio, hijo de Agesilao y Zenódota. Su padre, hombre distinguido por su rango social, y afamado, no sólo por el prestigio que proporcionan la alcurnia y las riquezas, sino aún más por la extensión de sus conocimientos, su amor a la Filosofía y la norma de su conducta moral, dio a su hijo una esmerada educación. Opiano aprendió Música, Geometría y Gramática. Al finalizar sus estudios, un acontecimiento imprevisto vino a frenar sus altos vuelos.
Septimio Severo, encumbrado al trono recientemente, visitó Anazarba y el Senado se puso a sus pies. Aunque como hombre público Agesilao tenía el deber de presentarse ante el Emperador, se abstuvo de hacerlo, y Septimio Severo, enojado, despojó al filósofo de todos sus bienes y lo desterró a la isla de Melite (Meleda) en el Adriático. La Vita II sitúa el incidente en Corico, y menciona el lugar del destierro de manera más indefinida como «una isla del Mediterráneo», quizá confundiéndola con la isla de Malta.
Opiano siguió a su padre, y fue en aquel forzado retiro donde concibió y ejecutó sus dos poemas: De la Caza y De la Pesca. Según la Vita II en el destierro habría compuesto solamente la Haliéutica; la Cinegética y otra obra que se le atribuye, la Ixéutica, serían obras de juventud. Cuando les dio fin, vino a Roma, habiendo muerto ya Severo, y los presentó ante su hijo Caracalla, al que tanto agradaron, que invitó al poeta a pedir cuanto desease. Opiano únicamente pidió el regreso de su padre, y, el Emperador, encantado con los poemas y asombrado de su piedad filial, añadió al favor que le solicitaba el regalo de una moneda de oro 2 por cada uno de sus versos. Pero murió a la edad de treinta años, víctima de la peste que se propagó en Anazarba.
Sus conciudadanos le dispensaron honras fúnebres y le erigieron un monumento con la siguiente inscripción: «Yo, Opiano, gané gloria imperecedera; pero la envidiosa trama de la Parca me arrebató y me retuvo bajo el gélido Hades, siendo todavía joven, a mí, el vate de dulce canto. Si la envidia me hubiese permitido vivir más largo tiempo, ningún hombre sobre la tierra habría tenido gloria pareja a la mía».
Otra fuente biográfica es la Suda (léxico-enciclopedia del s. X) que hace el siguiente resumen: «Opiano, Cilicio, de la ciudad de Corico, gramático y poeta, nacido en tiempo de Marco Antonino rey. Haliéutica en cinco libros, Cinegética en cuatro, Ixéutica en dos libros (escribió)». Especifica que recibió en total veinte mil estateras de oro como recompensa por parte del Emperador. Ateneo, en los Deipnosophistaí 13 b, después de citar varios autores de Haliéutica dice: «y el nacido poco antes que nosotros Opiano de Cilicia»; y S. Jerónimo, Chronicon 237, 4: «Es conocido Opiano, poeta de Cilicia, que escribió la Haliéutica de admirable brillo».
Sozómeno (s. v) en la dedicatoria de su Historia eclesiástica a Teodosio II hace alusión al autor de Haliéutica. Hay otras referencias en los Geoponica (s. x), el Etymologicum Magnum (alrededor de 1.100), Eustacio (s. XII), y la biografía de Constantino Manases (s. XII), paráfrasis en verso de la Vita I.
Las obras mismas de Opiano nos proporcionan más información: la fecha de composición de Cinegética tiene que ser posterior al año 198, porque en ella se alude a la toma de Ctesifonte, y posterior a la muerte de Geta (212), puesto que Caracalla ya gobernaba solo. En todo caso no puede ir más allá del 217. Su autor procede de Apamea sobre el Orontes, en Siria, según se desprende de C . 125 y ss., donde refiriéndose al río Orontes dice: «él mismo, corriendo impetuosamente en medio de los campos, siempre creciendo y caminando cerca de la muralla, inundó con sus aguas, a la vez, el continente y la isla, mi ciudad»; y en C . II 156 s., después de nombrar el templo de Memnón, cercano a Apamea, dice: «pero celebraremos las extensas glorias de nuestra tierra, en el orden debido, con el canto amable de Pimplea».
El sabio editor J. S. Schneider, en 1776, observando la disparidad de estilo sospechó que Cinegética y Haliéutica pertenecían a dos autores distintos. El primero, oriundo de Cilicia y autor del poema De la Pesca, habría precedido al segundo en varios años. El autor del poema De la Caza se habría esforzado en reproducir las figuras de estilo del primer Opiano.
Bellin de Ballu refutó esta opinión en el prefacio de su edición de Cinegética publicada en Estrasburgo en 1786.
Los elementos externos e internos de los poemas, que avalan la tesis de la distinción de autores, fueron cuidadosamente reunidos y evaluados un siglo después de Schneider por A. Ausfeld (De Oppiano et scriptis sub eius nomine traditis, tesis, Leipzig, 1876). Un buen trabajo crítico sobre el mismo asunto es el de R. Keydell 3 .
A. Mair (Oppian, Colluthus, Tryphiodorus, Loeb. Cl. L., 1928, 1958, 1963, 1987) acepta la dualidad de autores y concluye que sólo Haliéutica es obra del cilicio Opiano. La Cinegética pudo haber sido compuesta por un imitador sirio y dedicada a Caracalla.
Desde luego, de los datos que proporcionan los poemas parece colegirse que la Cinegética está dedicada a Caracalla, la Haliéutica a Marco Aurelio; por consiguiente, la Haliéutica debe de ser anterior a la Cinegética, y quizá haya entre ellas la distancia de una generación. La fuerte dependencia, por otra parte, del poema De la Caza respecto al De la Pesca es muy clara. Pero no sabemos ni tenemos medios de conocer si el autor de la Cinegética se llamaba también Opiano.
Que el autor del poema De la pesca es un cilicio se deduce de H. III 7 y ss.: «por ti los dioses me han alzado para ser delicia y cantor entre los cilicios, al pie del templo de Hermes, y tú, oh Hermes, dios de mis padres, el más excelente de los hijos del Portador de la Égida, la mente más sutil entre los dioses inmortales, ilumíname y sé mi norte y guía, llevándome directo a la meta de mi canción».
Y de H. III 205 y ss.: «Aprende, en primer término, el astuto procedimiento de captura de los anthías, como lo practican los habitantes de nuestra gloriosa tierra patria, sobre el promontorio de Sarpedón, los que moran en la ciudad de Hermes, la población de Corico, famosa por sus barcos, y en Eleusa, ceñida por el mar».
Por tanto, parece que procede de Corico, pero estos datos no ofrecen total seguridad. Desde luego no es razonable que se refiera a Anazarba, ciudad interior, al describir los métodos de pesca, pero no es prueba definitiva la mención de Hermes, porque la efigie del dios aparece en otras monedas de Cilicia.
En H. I 3 hace la dedicatoria al Emperador: «Oh Antonino, excelso soberano de la tierra», y es opinión generalmente aceptada que se refiere a Marco Aurelio, porque en H. II 682 y ss. concreta: «desde que gobiernan conjuntamente, ambos alzados en un poderoso trono, el excelente padre y su espléndido retoño: por cuyo gobierno está abierto para mí un dulce puerto».
La Suda situó a Opiano en tiempo de M. Aurelio Antonino. Su hijo sería M. Aurelio Cómodo. Si el hijo estaba ya asociado a su padre en el trono, el poema puede fecharse entre 177 y la muerte de M. Aurelio, en 180.
Fuentes de las obras
Citamos los autores de textos de Zoología anteriores o contemporáneos de Opiano, y algunos otros de misceláneas y obras que guardan cierta relación con la misma materia.
Corpus Hippocraticum (grupo de unos 60 escritos médicos), compuesto entre el 450 y el 350 a. C.: En el libro II de Perì Diaítes se hace una clasificación de animales comestibles.
Aristóteles (385-322 a. C.), Historia de los Animales, donde cita a otros autores: Esquilo, Alcmeón de Crotona, Ctesias de Cnido, Demócrito, Diógenes de Apolonia, Herodoro de Heraclea, Heródoto, Homero, Museo, Pólibo, yerno de Hipócrates, Simónides de Ceos, Syennesis de Chipre. Según Ateneo, Alejandro Magno dio a Aristóteles la suma de 800 talentos para sus investigaciones, y según Plinio, el Rey puso a disposición del filósofo millares de hombres para cazar, pescar, y observar todo lo que él deseaba conocer.
Teofrasto de Éreso (alrededor de 372-287 a. C.), que escribió Sobre los animales, obra que sólo conocemos por acotaciones.
Aristófanes de Bizancio (s. III a. C.) que hizo un Epítome de la Historia de los Animales de Aristóteles, extractado después por Sópatro de Apamea (s. v a. C.) y en tiempo de Constantino Porfirogénito (s. x d. C.).
Clearco de Solos (s. III a. C.) que compuso Perì enydron, o Tratado sobre los animales acuáticos.
Nicandro de Colofón (s. III a II a. C.) que escribió Theriacá y Alexiphármaca.
Antígono de Caristos (hacia el 200 a. C.) que fue el fundador de las maravillas zoológicas.
Trifón de Alejandría (s. I a. C.) que compuso un Perì z ō i ō n (Sobre los animales).
Dorion (s. I a. C.) autor de Perì ichthýon (Sobre los peces) citado por Ateneo.
Yuba II, rey de Mauritania, educado en Roma, reinstaurado en el trono por Octavio en el año 30 a. C., hombre erudito que proporcionó abundante información sobre Asiria, África y Arabia, según los datos aportados por Plutarco y Plinio.
Metrodoro de Bizancio (s. I d. C.) su hijo Leónidas, y Demóstrato escribieron obras sobre los peces (citadas por Eliano).
Alejandro de Mindos (s. I d. C.) escribió Perì zōiōn , Theriacós y Thaumasíon syn agog ē ; utilizó el Epítome que hizo Aristófanes de la Historia de los Animales de Aristóteles, así como las obras de Leónidas de Bizancio y Yuba, y fue una de las fuentes de Eliano, Dionisio Periegeta y Plutarco.
Pánfilo de Alejandría (s. I d. C.) autor de un lexicón en 95 libros, glosario y enciclopedia de información general, extractado en época de Adriano, y que fue la base del Lexicón de Hesiquio.
Plutarco de Queronea (s. II d. C.) que compuso De sollertia animalium y Bruta ratione uti (Sobre la inteligencia de los animales y Que las bestias usan la razón).
Pólux de Naucratis (Egipto), contemporáneo de Opiano, que escribió un Onomasticón en 10 libros, dedicado a Cómodo.
Eliano de Preneste (alrededor de 170-235 d. C.) autor de la obra De natura animalium o Historia de los Animales en 17 libros y Varia Historia en 14 libros.
Ateneo de Naucratis, algo posterior a Opiano, según propio testimonio, que escribió Deipnosophistai (Sabios sentados a la mesa) en 15 libros.
Marcelo de Side que compuso un poema sobre los peces Iatría en la época de Adriano (s. II d. C.), inspirado en las Coiranides 4 .
R. Keydell y M. Wellmann 5 al comparar las coincidencias entre Eliano y Opiano, llegaron a la conclusión de que habían utilizado fuentes comunes, y que el origen de sus datos, muchas veces, es más gramatical que científico, pues ambos aprovecharon los escolios de los poetas y todo el caudal proporcionado por historiadores y geógrafos, además del material de los naturalistas.
Entre los libros de caza, o que se refieren de algún modo a esta actividad en Grecia y en Roma destacan: Cinegética de Jenofonte (s. v a IV a. C.), la Ciropedia y la Equitación del mismo autor, la Cinegética de Gratio (19 a. C.), la Cinegética de Arriano (s. I d. C.), las Res rusticae de Varrón (116-27 a. C.), Res rustica de Columela (s. I d. C.), el Onomasticón de Pólux (alrededor de 138 a 188 d. C.), la Cinegética de Nemesiano (284 d. C.), la más semejante a la de Opiano, especialmente en el prólogo; y De re rustica de Paladio (s. IV d. C.).
Entre los libros de pesca o que se refieren a ella, citemos la Haliéutica de Ovidio (de 16 ó 17 d. C.) y algunos Epigramas de Marcial (s. I d. C.).
Cinegética. Lengua, estilo y métrica
La Cinegética 5 bis comprende unos dos mil ciento cuarenta y cuatro versos y está dividida en cuatro libros.
Schneider (ed. de 1776 y 1813) no creía posible que siendo la Haliéutica una obra tan perfecta y proporciona da, escrita en lengua bastante pura, perteneciese al mismo autor que la Cinegética, no tan bien estructurada, desprovista de bella forma e ingenio, y tan apartada del uso y analogía de la lengua griega. Aún en el caso de que la Cinegética hubiese sido compuesta antes, y por ello adoleciese de los defectos propios del trabajo de un joven inexperto, consideraba difícil que se pudiese operar tan profunda transformación de estilo.
Por el contrario, Lesky señala 6 : «en el aspecto formal representa un paso más la Cinegética de un tal Opiano de Apamea en Siria, que dedicó su obra a Caracalla. La materia, muy del gusto de la prosa griega, desde mucho antes, es tratada aquí en verso con gran derroche de figuras musicales, especialmente rimas».
Señalamos algunos de los recursos empleados: metáfora (C. I 121): «Barcos de alas de lino»; metonimia (C. III 199): «trabajo de llitía» = parto; comparaciones con escenas reales a semejanza de las homéricas (C. I 494): «como cuando una muchacha en el décimo mes lunar…»; símiles (C. I 520): «como una flecha del arco o como la silbadora serpiente»; exclamaciones, en las que alcanza gran altura poética (C. II 34): «¡qué dulce es dormir sobre las flores en primavera!»; «¡qué dulce en verano el lecho en el suelo de una cueva!»; anáfora (C. II 593 y ss): «ni entre todos los que recorren la madre tierra, dadora de todos los regalos, ni entre todos los que surcan con alas el ancho aire, ni entre éstos que hienden las salvajes olas en las profundidades».
Es muy destacable la atención que presta a los colores (C. IV 367): «Al igual que una jovencita en la estación de la blanca primavera…» y (C. II 447): «Su color es como el de la leche en primavera…»; a los olores (C. IV 370): «la fragancia le anuncia antes la suave violeta»; y a los sonidos (C. II 136): «y alto rugió el profundo mar y resonó el poderoso cuerpo de la costa siria», y (C. II 69): «así el estrépito del choque de los toros asciende al cielo».
Usa abundantemente la coordinación (C. I 368 y ss.): «y los carneros de retorcidos cuernos… y los fieros jabalíes… y los machos cabríos». Pero también gusta de enumeraciones aposicionales y paratácticas, a veces con climax ascendente como en C . II 422 y ss.: «tales saetas de fuego tienes tú, fiero espíritu, amargas, consumidoras, destructoras de la mente, enloquecedoras…»; y emplea un procedimiento yuxtaposicional semejante en los retratos, así en C. III 142 y ss.: «con hosco semblante; de dientes aguzados, mortífera y alargada su boca, la nariz oscura, los ojos penetrantes, el tobillo rápido, el cuerpo ágil, la cabeza ancha».
Abundan los excursos que se refieren a la vida campesina, a historias del pasado, a personajes míticos. Son cambios escénicos que proporcionan al poema agilidad y belleza. Así en C . I 239: «yo he oído que, hace mucho tiempo, un príncipe de extensas posesiones…». Algunas de sus versiones míticas son únicas o poco conocidas, por ejemplo C . II 128 y ss.. En algunos pasajes personifica a los animales, con lo cual se aproxima a la fábula (C. II 360): «huid hijos queridos…».
Haliéutica: Lengua, estilo y métrica
La Haliéutica está dividida en cinco libros y contiene unos tres mil quinientos versos. Según A. W. James es, ciertamente, la obra más importante que perdura completa de la época más temprana del último Perìodo de la poesía épica griega. En la época bizantina fue utilizada como libro escolar.
Los antiguos juzgaban su estilo brillante y suave además de denso y abundante, y ensalzaron las sentencias y los símiles. J. Tzetzes (s. XII) la llama «Océano de gracias»; Escalígero (s. XVI) compara su estilo con el de Virgilio; Schneider reprocha su exceso ornamental.
Según R. Keydell, Opiano trata los asuntos con esmero y se puede decir que pone todo su empeño en captar el interés del lector por medio de su atractivo estilo y sus frecuentes variaciones.
Opinión semejante sostiene G. Bürner 7 . Pero U. von Wilamowitz 8 censura su oscuridad, exceso, aridez y uniformidad. Asimismo A. Lesky dice que no consigue despertar nuestro interés.
Los investigadores modernos que han hecho un estudio comparativo de las dos obras de Opiano están de acuerdo respecto a la superioridad de la Haliéutica sobre la Cinegética.
La lengua de Haliéutica ha sido estudiada por A. Wifstrand 9 , K. Lehrs 10 , Th. Lohmeyer 11 y G. Munno 12 . Se observan en ella gran número de innovaciones morfológicas y flexivas. Algunos de sus adjetivos compuestos no aparecen antes.
A. W. James 13 hace un estudio detallado y minucioso de los adjetivos, sustantivos y verbos, tanto simples como compuestos, adverbios e innovaciones morfológicas; analiza y compara las nuevas formaciones con las de otros textos y llega a la conclusión de que el autor de Haliéutica tenía un profundo conocimiento, no sólo de los poemas homéricos, sino también de sus interpretaciones eruditas, y de que muchas de sus innovaciones parten exclusivamente de modelos homéricos. Generalmente, dice James, Opiano muestra moderación y buen gusto, y no es culpable de las monstruosidades (se refiere a las innovaciones) que ocasionalmente aparecen en escritores como el autor de Cinegética o en Manetón.
La versificación sigue las reglas de la técnica de Calimaco, como ha indicado P. Maas 14 . Respecto a las cesuras ha hecho interesantes observaciones A. Wifstrand.
Recursos poéticos
Citamos a continuación algunos de los recursos poéticos usados por Opiano en la Haliéutica: metáforas, así en H. IV 334: «la risa de la última ola»; metonimias, muy frecuentemente, «Anfitrite» por «mar»; abundantes comparaciones con hechos de la vida cotidiana, en los cuales pone de manifiesto su sensibilidad y ternura, así en H. IV 195 y ss.: «Como una madre está angustiada en su corazón, temblando por el agudo dolor de su tierna hija en el trance de dar a luz a su primer niño…», y en H. IV 256 y ss.: «como cuando los padres transportan desde la casa a la tumba llena de lágrimas el cadáver de un niño muerto recientemente…».
Utiliza símiles (H. V 654): «corta como un segador el cuerpo de las esponjas»; exclamaciones (H. III, 457): «¡Necios peces, no saben cuánto más astutos son los hombres!», y (H. IV 413 y ss.): «Pero ¡que el hijo de Cronos, señor de lo profundo, evite este daño a nuestros marineros!», y anáforas (H. II 587 y s.): «ya surca las profundas olas como un huracán, ya se zambulle en las más bajas honduras».
Pasajes enteros están tomados de los poemas homéricos, como ocurre en H. IV 406 y ss.: «Cuando a una barca echada a pique por la tempestad…».
Destaca vivamente los colores, así en H. V 270 y ss.: «hierve el agua infinita con la sangre de la bestia y el grisáceo mar está de color rojizo»; asimismo los sonidos están realzados con el uso de aliteración, como en H. V 294 y ss.
Abundan los excursos sobre sucesos extraños y maravillosos del pasado, leyendas y costumbres de otros pueblos, así en H. II 497 y ss.: «Ese aguijón es el que una vez dio a Telégono su madre Circe…», y en H. IV 203: «Costumbres de matrimonio semejantes yo oigo que practican los asirios que moran más allá del río Tigris, y los habitantes de Bactra, pueblo de arqueros». Entre ellos destacan la leyenda de Mirra (H. III 403 y ss.), la leyenda de Menta (II. III 486 y ss.) y la del Pan de Corico (H. III 15 y ss.).
Por último diremos que personifica en algún pasaje a los animales, como en H. II 304: «¿Por qué te agazapas, astuto?» y que, a veces, su estilo se torna sentencioso, como se puede observar en H. I 683: «pues la edad hace a los hombres discretos», y en H. V 94 y ss.: «Así ni del valor ni de la belleza se obtiene tan gran provecho como de la sabiduría; y la fuerza con necedad es vana».
Comparación de algunos pasajes de « Cinegética» y «Haliéutica»
Nos parece oportuno señalar algunas de las coincidencias de asunto y forma de Cinegética y Haliéutica. La semejanza, tan acusada incluso en pequeños matices, a veces nos lleva a pensar que va más allá de la habilidad de un mero imitador.
Así en H. II 576 y ss., al describir la lucha de los amias y el delfín: «muchos se agarran a su cabeza, otros a sus grisáceas mandíbulas, otros se clavan en sus aletas; muchos fijan en sus costados sus quijadas asesinas, otros cogen el final de su cola, otros por abajo su vientre»; y en C. II 260, refiriéndose al ciervo y las serpientes: «Algunas arriba se dirigen a su cabeza y le clavan sus dientes en las cejas y frente, otras abajo desgarran con la boca su esbelto cuello y pecho, sus lomos y su vientre, otras se adhieren a sus costillas por cada lado».
En H. IV 549 ss., refiriéndose a las pelámides: «Al contemplarlas incluso un hombre de corazón de piedra se apiadaría de ellas por su desgraciada captura y muerte». Y en C . II 251: «A pesar de su crueldad quizá te apiadarías del voraz monstruo». De este modo explica la lucha del ciervo y la serpiente en H. II 291 y ss.: «y saca al reptil a tirones, y lo devora sin cesar, mientras la serpiente se enrolla alrededor de sus rodillas, su cuello y su pecho; y algunos de sus miembros yacen desparramados medio comidos, y todavía los dientes devoran muchos de ellos en las mandíbulas del ciervo»; y en C . II 248 y ss.: «y mientras aquella se enrosca alrededor de sus rodillas y su cuello, incesantemente la devora; y quedan esparcidos en la tierra muchos restos temblorosos y con espasmos de muerte».
Muy estrecho es el paralelismo en los pasajes que tratan de la colocación de redes. Así en H. III 66 y ss.: «Pero el pescador debería desplegar la vela a favor del viento: hacia el Bóreas, cuando sopla el húmedo Noto, hacia el Noto, cuando el Bóreas guía al mar; cuando se levanta el Euro hacia los senderos del Céfiro, y hacia el Euro lleve su barca el Céfiro»; y en C. IV 72: «Que den la espalda y las extiendan hacia el Noto, cuando se levanta el claro Bóreas; pero hacia el Bóreas, cuando brama el Noto fresco de rocío. Las lleven las brisas del Céfiro, cuando se levanta el Euro; cuando se agita el Céfiro las dirijan rápidamente hacia el Euro».
Asimismo las correspondencias son muy acusadas en aquellos versos que señalan las horas más apropiadas para la pesca y la caza en las distintas estaciones. Así H. III 63 y s.: «En la floreciente primavera el día entero es propicio para toda clase de pesca»; y en C . I 114 y ss.: «La luz toda se despliega propicia, serena, para que el cazador corra el día entero en la frondosa primavera».
Respecto a las cualidades del cazador y el pescador se advierte igual concordancia. Así en H. III 29 y ss.: «Ante todo el pescador debería tener cuerpo y miembros a la vez ágiles y fuertes, ni excesivamente gordos ni faltos de carne, porque, frecuentemente, para sacarlos a tierra, debe luchar con poderosos peces que tienen desmesurada fuerza»; y en C. I 81 y ss.: «Primero, dádme ágiles jóvenes que no sean muy gordos. Pues el cazador debe montar el noble caballo entre los riscos, debe brincar zanjas…».
El esquema es muy similar en lo que concierne a los ardides y costumbres de los animales. Así en H. II 86 ss., y en C . III 433 ss.
La aproximación es evidente en H. II 247 ss., y en C. III 173 ss. Situaciones semejantes se describen en H. V 579 ss.; y en C. III 118 ss., y en varios otros pasajes.
Sobre aparejos, artes, instrumentos y métodos de pesca
Muchos de los aparejos, artes, instrumentos y métodos de pesca mencionados por Opiano perduran aún, y son utilizados por los pescadores del Mediterráneo.
El aparejo de caña y mano llevaba amarrado al cordel un filamento de crin de caballo y un anzuelo curvo de bronce.
El delfín de plomo de que nos habla Opiano era un anzuelo de cebo artificial que aún se emplea.
El polyankístron sustancialmente es lo que en España llamamos «palangre» y que hasta hace muy poco tiempo ha tenido enorme interés en las costas mediterráneas: De un largo cordel madre penden ramales con anzuelos; cuando no está en uso, los anzuelos se adujan en cofas de esparto o palma clavándose en el borde superior de la espuerta.
Respecto a las redes, aunque no es fácil describir con precisión cada una de ellas, parecen semejantes a las redes actuales con relingas de corchos y lastres de plomo, si bien ahora, junto al algodón, cáñamo y lino, se emplean en su fabricación fibras sintéticas, y los corchos han sido sustituidos por flotadores de plástico o vidrio.
La red llamada grîphos (nombre genérico) y la sagena quizá eran semejantes al trasmallo: dos redes paralelas de mallas anchas entre las cuales se encuentra otra de malla tupida más fina, que se calan verticalmente con flotadores y plomos, o quizá re des de arrastre con dos pernadas y un copo como el «bou» o la jábega de nuestras costas.
La denominada gángamon parece semejante a los gamberos actuales, con un armazón de hierro y una red en forma de saco de malla tupida donde se almacenan las capturas. Del armazón de hierro salen cabos, y, en el punto de encuentro de éstos, hay un grueso cable que va amarrado a la embarcación desde la que se arrastra el aparejo.
La hypoché parece una red en forma de bolsillo, de empleo manual, que se impulsa mediante un fuerte mango por el fondo, en aguas poco profundas, manteniéndose abierta la boca por medio de un marco semicircular; se emplea para la pesca de langostinos o camarones.
La cálymma es una red de cubierta o envoltura, cuya forma y uso es difícil determinar con exactitud. Puede ser semejante a la red arrojadiza llamada amphíblestron; o quizá una red de bolsa similar a la hypoché usada en las Espóradas para capturar la langosta: Provista de un palo lleva en la parte superior del bolsillo un trozo de corcho de modo que queda abierto en toda su altura. Cuando entra la langosta, se eleva el arte bruscamente, y el peso del animal, haciendo de báscula, arrastra el bolsillo de arriba a abajo.
La red que Opiano denomina sphaíron parece que es nuestro esparavel, que se lanza desde la orilla o desde una lancha cayendo en forma circular sobre el agua.
Las redes semejantes a ciudades, mencionadas por Opiano en el pasaje de la pesca del atún, son similares a las almadrabas que se han usado en el Mediterráneo hasta tiempo reciente: un sistema de redes fijas colocadas junto a la costa forman una barrera que intercepta el paso de los peces migrantes; el cuadro de redes está subdividida en numerosos compartimentos hacia donde se dirigen los atunes.
Las nasas de mimbres, esparto, o juncos entrelazados, formando una especie de cestos, empleadas en la captura de langostas, bogavantes, calamares, anguilas y quisquillas, eran semejantes a las actuales, que todavía conservan su carácter industrial, aunque su interés ha decaído en el ánimo de los pescadores.
La potera o calamarera con su corona de púas o alfileres es en todo igual a las actuales.
El arpón es utilizado aún por los pescadores en la modalidad de pesca submarina, aunque su forma ha ido evolucionando.
Opiano menciona cebos que consistían en una mezcla de harina, queso y leche cuajada. Pues bien, todavía en algunas playas del norte de España se atrae a los peces con pasta de huevas de bacalao amasadas con harina o algo semejante; y en el litoral levantino, a veces, con una masa de harina y anchoas.
La captura por medio del arrastre de una hembra viva se ha mantenido a lo largo de los siglos. Tenemos un testimonio en el libro de Belisario Acquaviva 15 (s. XVI): «Estando yo en Tarento, recuerdo haber presenciado un hecho extraordinario. Lo referiré. Un cierto pez llamado “cefalón” perseguía por las aguas a una hembra de su especie, presa del morro y arrastrada por el hilo de los pescadores». Aún hoy se pescan así las jibias en la isla de Mallorca y otros lugares del Mediterráneo. En nuestras costas se llama pesca «al curricán» el arrastre de un pequeño pescado vivo (a veces con plumas y trapos). Es muy empleado este método por los moros del N. de África desde tierra.
Respecto al uso del fuego para atraer a los peces, todavía pervive en la isla de Mallorca un procedimiento muy parecido al antiguo: la pesca «al vol», que consiste en arponear peces grandes con la fisga o arpón, cuando pasan cerca de la barca. Esta operación la efectúan de noche dos o tres hombres que cuelgan de la popa un tedero (pieza formada por rejas de hierro sobre la cual ponen teas para alumbrar). En los puertos de Alicante se ha usado hasta tiempo reciente la «llum», trío de barcas, una de las cuales llevaba faroles, y que ahora se ha convertido en traíña con potentes lámparas eléctricas, de gasolina o butano y una sola embarcación.
En lo que concierne a la pesca con veneno, todavía se usa este procedimiento en algunas regiones cálidas para atontar a los peces. Se vierte el tóxico en el agua y se espera a que actúe, recogiendo luego los peces muertos que flotan en la superficie. A veces se emplean plantas narcóticas en los cebos, o sulfato de cobre, para obligar a salir de las rocas a determinadas especies.
Verdaderamente curioso resulta el artificio que nos describe Opiano en la pesca de los sargos: el disfraz caprino, aprovechando la extraña afición que ellos sienten por las cabras.
En Grecia aún se pescan esponjas buceando. En la actualidad la mayor parte de los pescadores de esponjas y de coral son griegos. Plinio menciona la costumbre de sumergirse llevando en la boca una esponja empapada en aceite para soltarlo poco a poco y Opiano habla de un buche de aceite. Con esta curiosa práctica trataban de mejorar la visión subacuática, ya que el aceite, extendiéndose ante los ojos del buceador, modifica el índice de refracción del agua (véase A. RIBERA JORDÁ , La Pesca submarina, Barcelona, Hispano-Europea, 1976, donde se dice que el pueblo griego cuenta también con el galardón de las primicias de la inmersión submarina).
En cuanto a la vigorosa secuencia de la captura de la ballena, sabemos que, hasta época muy reciente, se ha practicado y quizá todavía se practica en algunos lugares un método similar; así en Annobón (Guinea Ecuatorial) la pesca del ballenato guarda estrecha semejanza con el procedimiento descrito por Opiano.
Aspecto científico, creencias religiosas y morales en la «Cinegética» y en la «Haliéutica»
En cuanto al aspecto científico, cabe señalar que los datos, recogidos por Opiano en gran parte de la tradición, son bastante acertados, pero la Cinegética contiene algunos errores, sobre todo en lo que concierne a la interpretación de las causas o fines de los hechos. Así, refiriéndose a las glándulas suborbitales del ciervo dice Opiano en C. II 181: «las narices tienen cuatro orificios, cuatro conductos para la respiración»; o cuando explica que el oso se lame los pies para saciar el hambre, siendo la verdadera causa la muda del tejido de sus plantas.
Por otra parte, tiende a dar cabida al elemento maravilloso y extraño, así, refiriéndose al órix en C. II 454: «y se dice que esos cuernos son de naturaleza venenosa». Cree en la generación espontánea (C. II 560 y ss.): «Yo ignoro de dónde proceden, pero digo, según he aprendido, que quizá esta mortífera raza brota de las rocas, o quizá son hijos del suelo… Pues también en las profundidades del mar de caminos de agua hay tribus que nacen por sí mismas y sin madre».
Respecto a las creencias religiosas y a la moral, evidentemente están encuadradas dentro del estoicismo. Existe una razón universal (C. III 464): «¡Oh padre Zeus cuántas cosas has inventado, cuántas formas has creado para nosotros!». Destaca la primacía de la naturaleza (C. III 112): «¡en tan gran medida es la naturaleza más poderosa que todo lo demás!». Todas las cosas están ligadas entre sí, y existen atracciones o rechazos mutuos; así, en C. II 426 y s.: «Es una maravilla cuando los alados francolines brincan en el moteado dorso del cornudo cervatillo»; y en C. II 233 y s.: «Pero todas las razas de las serpientes y los ciervos mantienen amargo y recíproco odio».
Reprueba la lujuria; así, refiriéndose a la liebre en C. III 523 y s.: «y nunca la desvergonzada hembra olvida su lascivia»; el asesinato, en C . II 442 y s.: «miserable soûbos, perverso, por ti, astuto y asesino de peces los pescadores tramarán en adelante la matanza marina»; los celos, en C. III 237: «¡Oh padre Zeus, qué salvaje es el corazón de los celos»; la guerra, en C. III 210 y s.: «Del mismo modo que en la penosa guerra los crueles combatientes matan a un niño ante los ojos de su madre…».
Por otro lado, en la Haliéutica sorprende la rigurosa exactitud de muchos de los datos. Así, cuando señala la ausencia del pulpo y la langosta en el Mar Negro; en efecto, la composición del agua es inadecuada para el desarrollo de cefalópodos, equinodermos y otras especies.
Son numerosos los aciertos en lo que concierne al comportamiento de los peces. Así en H. III 121 dice: «la lubina cava en las arenas con sus aletas una trinchera», y es verdad que la lubina o róbalo se entierra en la arena cuando se ve cercada por las redes de pesca.
De los mújoles explica en H. II 649: «Comen verdes algas marinas e incluso el mismo barro»; y es cierto que ellos se alimentan de los detritos en suspensión en el agua o los contenidos en el limo del fondo.
En H. V 64 indica la escasa potencia visual de algunos grandes peces: «pues ellos no ven de lejos». Efectivamente, al parecer, los tiburones tan sólo perciben las variaciones de la intensidad de la luz.
En H. I 263 y s. dice que «el bogavante alberga en su corazón un amor desmesurado e indecible por su propio cobijo» y que en poco tiempo regresa al lugar del cual se le ha alejado por la fuerza; desde luego, no emprende migraciones largas: ejemplares marcados han sido capturados nuevamente a cuatro o cinco km de distancia, como máximo, del lugar donde fueron soltados. Generalmente los peces no tardan en reconocer los puntos de referencia de su espacio vital; se ha comprobado que lubinas capturadas durante la estación de la freza, marcadas y transportadas a distintas zonas, una vez liberadas, regresaban al lugar de origen, donde fueron recapturadas en las zonas de freza; y que los salmones vuelven a los ríos donde nacieron.
Respecto al pez piloto que, según Opiano, guía a la ballena, está comprobado que esa especie acompaña a los grandes escualos y mantas o rayas gigantes, y nada en los cardúmenes de los grandes túnidos.
En cuanto al aguijón de la pastinaca que Opiano considera mortífero, lo cierto es que ese pez posee en la base de su cola un aguijón defensivo y eréctil cuya picadura puede provocar una dolorosa inflamación local y fiebre alta.
Conoce la migración de las especies y el parasitismo. Así, informa en H. I 615 y ss.: «Se agrupan todos juntos en bancos, reuniéndose en un lugar al que acuden desde sus diversos escon drijos»; y, refiriéndose al cangrejo, en H. I 324 y s.: «Porque en cuanto ven una concha completamente aislada, por haber abandonado el hogar su propietario, se introducen bajo la ajena cubierta».
Tiene noticia de la influencia de la luna sobre los seres vivos, y barrunta algo de los ciclos de energía vital; así, refiriéndose a los testáceos, dice en H. V 590 y s.: «Se dice que todos ellos en la luna creciente están más llenos de carne».
Señala que las anguilas vienen de los ríos en H. I 120; y lo cierto es que las larvas, llevadas por las aguas del Atlántico, llegan a las costas europeas, entran en las aguas salobres y después remontan los ríos.
Cuando dice en H. I 747 y s.: «Otros protegen a sus hijos atemorizados acogiéndolos en la boca a modo de casa o nido» no yerra, pues es sabido que los cazones (tiburones pequeños) protegen a sus crías metiéndolas en la boca; además, otros muchos peces marinos y de agua dulce practican la incubación oral y, cuando salen las crías, pululan alrededor de la cabeza de la madre que los llama a su boca mediante movimientos de retroceso, si se presenta alguna alteración anormal.
Acierta, cuando indica en H. II 398: «pues los peces también respiran», ya que, generalmente, obtienen oxígeno moviendo el agua, pero también hay peces que practican la respiración aérea.
En la descripción de la rémora, en H. I 215 y s. dice: «Bajo su cabeza se dobla la boca aguzada y curva, como la punta de un curvado anzuelo». Pero hay una confusión con la lamprea; y exagera cuando afirma que es capaz de inmovilizar una nave.
Describe con bastante precisión algunas tretas defensivas de los peces, así, refiriéndose al orcýnos en H. III 136 y s.: «y si tocan el fondo en seguida golpean su cabeza contra el suelo, y se desgarran la herida, y escupen la punta». Es el mismo procedimiento que sabemos emplea la murena arponeada, ya que se enrosca sobre sí misma y alrededor del arpón intentando desgarrarse.
Su adhesión a las doctrinas estoicas se pone de manifiesto en su referencia a la unidad de la naturaleza (H. I 409 y ss.): «¡Oh padre Zeus, en ti y de ti tienen sus raíces todas las cosas, ya habites en la más alta morada del cielo o habites en todas partes!»; y en la trabazón que ve entre todos sus elementos (H. I 417 y ss.): «puesto que no está el cielo sin relación con el aire, ni el aire sin nexo con el agua, ni el agua separada de la tierra».
Cree que existe un encadenamiento riguroso y complejo de causalidades cuyo conjunto equivale al destino, y la ley divina es inmutable (H. II 4 y ss.): «Pues ¿qué pueden hacer los mortales sin los dioses? Ni tan siquiera levantar un pie del suelo»; y en H. II 8 y ss.: «Y un destino inmutable obliga a los hombres a obedecer, y no hay fuerza ni poder por los cuales uno lo arranque con arrogancia y con tercas mandíbulas, y escape, como un potro que rechaza las bridas».
Elogia las virtudes y capacidades del ser humano (H . V 9 y s.): «pues no hay nada más excelente que los hombres, a excepción de los dioses. Solamente a los inmortales cederemos el sitio». Ensalza la justicia, pero en cuanto a su presencia entre los peces muestra cierta contradicción, pues en H. II 44 afirma: «Entre los peces no hay justicia digna de ser tenida en cuenta, ni respeto, ni afecto»; en cambio, en H. II 654: «y así entre todos los seres se asienta la dignidad de la venerable Justicia».
Destaca la solidaridad en H. IV 48: «Cuando un escaro ha sido capturado en la bien entramada nasa, otro le arrebata y le salva de la muerte». Y en H. IV 242: «Por el amor y mutua ayuda perecen también el gáleo y los peces perro»; y la amistad (H. IV 323 y s.): «las cabras reciben al amigable coro de buen grado y los sargos no se sacian de alegría». Menciona la repulsa de contrarios en H. II 252 y ss.: «En mayor medida que todos los demás mantienen un acerbo y recíproco odio la impetuosa langosta, y la murena, y los pulpos». Y elogia la piedad filial en H. V 84 y s.: «Como un hijo rodea de cariño a su anciano padre, con solícita preocupación por sus años…»; y el amor maternal (H. V 550): «La madre nunca lo abandona».
Reprueba la gula y la ociosidad, así en H. II 217 y ss.: «Escuchad, generaciones de hombres, qué fin está reservado a los insensatos glotones», y en H. II 219 y s.: «Ojalá algún hombre con este ejemplo aparte de su corazón y de su mano la ociosidad…».
Libros relacionados con Opiano
Dos libros curiosos relacionados con las obras de Opiano son: La caza y la cetrería de Belisario Acquaviva (cf. n. 15), y un poema sobre la caza de Nicolás Fernández de Moratín.
Belisario Acquaviva combatió a las órdenes del Gran Capitán en Ceriñola y Garellano, y Fernando el Católico le concedió el ducado de Nardo. Escribió un tratado en latín en el que ensalza y enseña el arte de la caza, basándose en la Cinegética de Opiano, de la cual recrea varios pasajes. El mismo autor confiesa que buscando algo sobre qué escribir en sus ocios literarios llegó a sus manos una obra de Opiano sobre la caza «encontrada en los confines de Yapigia».
Nicolás Fernández de Moratín compuso un poema, La Diana o Arte de la Caza en sextas rimas en el año 1765 16 . Expone en su obra el origen y antigüedad de la caza y menciona peligros y enseñanzas, caza de aves y fieras, peces y astros. Y hace una expresa referencia a Opiano: «ni el grande emperador callar pretendo/que de la caza piscatoria a Opiano/los elegantes números oyendo/con franca, liberal, y larga mano/dio al poeta dulcísimo y sonoro/por cada verso una moneda de oro». Y a lo largo de todo el poema se perciben claras resonancias de Opiano. Así cuando dice, refiriéndose a Diana: «Esta beldad, del parto temerosa, aborreció los tálamos nupciales».
Ediciones de Opiano
Edición príncipe de Haliéutica: Oppiani de natura seu venatione piscium libri quinque, Bernardus Junta, Florencia, 1515.
Edición príncipe de Cinegética: Oppiani de piscibus libri V, Eiusdem de venatione libri IV. Laurentio Lippio interprete libri V, Venecia, Aldo, 1517.
Oppiani de Venatione libri IV, París, Vascosanum, 1549.
Oppiani Anazarbei de Pisca tu libri V, de Venatione libri IV, París, Turnebum, 1555.
Oppiani Anazarbei de Piscatu libri V. Laurentio Lippio interprete, de Venatione libri IV, París, Morelium, 1555.
Oppiani Poetae Cilicis de Venatione libri IV, de Piscatu libri V, Cum Interpretatione latina, Coment ariis et Indice rerum… Conradus Rittershusius, Lugduni Batavorum, 1597.
Poetae Graeci veteres carminis heroici scriptores qui exstant omnes, apposita est e regione latina interpretado, Iacobus Lectius, Aureliae, 1606.
Oppiani Poetae Cilicis de Venatione libri IV et de Piscatione libri V cum paraphrasi graeca librorum de Aucupio, graece et latine. J. G. Schneider, Argentorati, König, 1776.
Oppiani Poemata de Venatione et Piscatione cum interpretatione latina et scholiis… Tomus I Cynegetica J. N. Belin de Ballu. Argentorati, 1786 (el editor publica al año siguiente también en Estrasburgo una buena edición francesa con notas críticas y un extracto curioso de El Domaïri).
Oppiani Cynegetica et Halieutica… enmendavit Johannes Gottlob Schneider Saxo. Accedunt versiones latinae metrica et prosaica, plurima anecdota et index graecitatis, Leipzig, 1813 (la versión métrica de Cinegética es de David Peifer, 1555, no hay versión métrica de Haliéutica).
Oppiani et Nicandri quae supersunt… graece et latine edidit F. S. Lehrs, Poetae bucolici et didactici, París , Didot, 1846.
Oppian ‘s des Jüngeren Gedicht von der Jagd… I Buch, metrisch übersetzt und mit erklärenden Bemerkungen versehen von Max Miller, Programm, Amberg, 1885; II Buch (1-377), München, 1891; IV Buch, Programm, Amberg, 1886.
Oppiani Cynegetica (Oppien d’Apamée La chasse), edición crítica , P. Boudreaux, París, 1908.
Traducciones de Opiano
La traducción latina de Laurentius Lippius, impresa en 1478, precede en treinta y siete años a la primera edición del texto griego. Otras traducciones latinas han sido citadas ya en la relación de ediciones.
En lenguas vernáculas: Florent Chrestien tradujo los cuatro libros de la Cinegética en verso francés, y dedicó la obra al Príncipe de Béarn (Enrique IV), del cual era preceptor, a mediados del s. XVI.
Pierre de Fermat, ilustre consejero de Tolosa, hizo una traducción en prosa de la Cinegética de Opiano y Arriano, Traités de Chasse composés pour Arrian et Oppian traduits en français, Paris, 1680. Sólo contiene los dos primeros libros. Hay una traducción inglesa en verso de Haliéutica de Diaper y Jones, Oxford, 1722. Nueva versión de la Cinegética en francés de M. Limes, París, 1817. Traducción de Cinegética y Haliéutica en italiano de A. Salvini, Florencia, 1728; Milán, 1864. Reaparece en francés la Cinegética y Haliéutica en la Collection des petits poèmes grecs, por Augusto Desrez, París, 1839. Otra traducción de Cinegética y Haliéutica en francés de C. J. Bourquin, La Pêche et la Chasse dans l’antiquité, Coulommiers, 1878. La traducción de Cinegética y Haliéutica en inglés de A. W. Mair, Oppian, Colluthus, Tryphiodorus, Londres, Loeb. Class. Libr., 1928, ha tenido varias ediciones; la 4.ª en 1987.
Sobre esta traducción
La presente traducción de Opiano se ha realizado con la intención de llenar de algún modo el vacío y desconocimiento en nuestra lengua de las obras de un autor injustamente olvidado o relegado, a pesar de la alta calidad y la belleza de contenido de sus versos.
Quizá nuestra época, curiosa y escudriñadora, esté más dispuesta y capacitada que otras para estimar a Opiano y devolverle su antiguo prestigio, no sólo porque, después de muchos años de procurar saber cómo son los animales, ahora la ciencia desea saber cómo viven, y en este aspecto enlaza otra vez con los antiguos, sino también porque la sociedad actual tiene apetencia del elemento maravilloso y extraño. Opiano puede atraernos porque relata con deliciosa ingenuidad hechos sorprendentes, casi de ciencia-ficción, a la vez que nos informa de las costumbres de su tiempo y de sus propios sentimientos. Por otra parte, no existen prejuicios de otrora para rechazar las escenas de crudo realismo que aparecen en algunos pasajes.
Siempre es difícil tarea verter en prosa el brillo, el color y la musicalidad de los versos; pero es que, además, Opiano es un inventor audaz de vocablos novedosos, o recreador de otros escasamente usados con anterioridad; y hay otro escollo añadido: el de la parte científica.
Particularmente en el tratado de la pesca muchas de las especies mencionadas se nos escurren o metamorfosean cuando intentamos apresarlas; a veces son de difícil identificación (Opiano cita por vez primera dieciocho especies; algunas nunca aparecen en otros autores), bien por haberse extinguido o porque llevan nombres que sirven ahora para designar especies completamente distintas.
Hemos seguido el texto de la Loeb Class. Library, fijado por A. Mair, 4.ª ed., 1987, y hemos consultado también la edición de Schneider de 1813.
Si conseguimos despertar de algún modo la curiosidad y el interés por las obras de Opiano habremos cumplido una parte de nuestro propósito. Quizá, al menos, sirva esta traducción de reclamo o cebo para otros traductores que se propongan superarla.
CONTENIDO DE LAS OBRAS
La Cinegética o De la caza consta de cuatro libros:
I. ― Proemio (comprende una dedicatoria al Emperador y un diálogo entre la diosa Ártemis y Opiano).
― Triple división de la caza de animales salvajes.
― Cualidades físicas del cazador.
― Equipo del cazador.
― La caza en las distintas estaciones.
― Las armas del cazador.
― Caballos.
― Perros.
II ― Los inventores de la caza.
― Toros.
― Bisontes.
― Ciervos.
― «Cuernos anchos».
― Iorcos.
― Antílope.
― Gacela.
― Ovejas y cabras salvajes.
― Órix.
― Elefantes.
― Rinoceronte.
― Panteras, gatos y lirones.
― Ardillas.
― Erizos.
― Monos.
― Ratas ciegas (talpas).
III ― Proemio.
― León.
― Panteras.
― Linces.
― Afecto y cuidado que prodigan los animales a sus hijos.
― Osos.
― Onagro.
― Caballos salvajes.
― El lobo y la hiena.
― Tigre.
― Jabalí.
― Puercoespín.
― Icneumón, cocodrilo y áspid.
― Zorra.
― Jirafa.
― Avestruz.
― Liebre.
IV ― Proemio.
― Procedimientos de caza.
― Caza del león.
― Caza del chacal y del leopardo.
― Las panteras y Dioniso.
― Caza del oso.
― Caza de la liebre.
― Caza de la gacela.
― Caza de la zorra.
La Haliéutica o De la pesca consta de cinco libros:
I. ― Proemio (que incluye la dedicatoria al Emperador).
― Comparación de la caza, la pesca, y la captura de aves.
― Profundidad del mar.
― Razas y costumbres de varios peces.
― Apareamiento de varios peces.
― Apareamiento de anguilas, tortugas y pulpos.
― Apareamiento de la murena.
― Apareamiento del delfín.
― La prole de los peces en general.
― Moluscos, seláceos, etcétera.
― El delfín.
― La foca,
― Amor de los animales por su prole.
― El pez perro.
― El pez monje.
― El glauco.
― El atún.
― Testáceos y chanquetes.
II. ― Proemio.
― Peces: presas recíprocas.
― Torpedo.
― El rape.
― La sepia.
― El camarón.
― El pez buey.
― El cangrejo y las ostras.
― Estrella de mar y ostra.
― La pinna y su guardían.
― El pez rata.
― El erizo.
― El pulpo.
― La langosta, la murena y el pulpo.
― Peces venenosos, escolopendra.
― La doncella.
― El pulpo y la sepia.
― El gobio, el escorpión, la golondrina de mar o cuclillo de mar, el pez araña y los centrines.
― La pastinaca y el pez espada.
― Parásitos del atún y del pez espada.
― El delfín y el amia (¿bonito?).
― La muerte del delfín.
― El mújol.
― Epílogo.
III. ― Proemio (que incluye el ruego a Posidón).
― Cualidades del pescador.
― La pesca en las distintas estaciones.
― Instrumentos del pescador.
― Ardides de los peces.
― El mújol.
― La murena.
― La lubina.
― La herrera.
― La lubina.
― El orcýnos.
― El buey, la oveja de mar, la raya y el ónos (¿merluza?).
― El amia y los peces zorro.
― El torpedo.
― La sepia.
― Calamares.
― Cebos.
― Los anthías.
― Besugo.
― Admón.
― Leyenda de Mirra.
― La salpa.
― El salmonete.
― La oblada.
― El mújol.
― Leyenda de la menta.
― El pez espada.
― La caballa.
― El atún.
― El pez aguja.
― El dentón.
― El atún.
IV ― Peces capturados por amor.
― Invocación al amor (Eros).
― El escaro.
― El mújol.
― La sepia.
― El merlo y las ciclae (tordos marinos).
― El gáleo y los peces perro.
― Los pulpos.
― Los sargos.
― La llampuga.
― El pez piloto.
― Los calamares.
― La anguila.
― Las anchoas.
― Las pelámides.
― El sargo.
― El verrugato.
― Nasas, anzuelos, redes y tridentes.
― Captura por medio del fuego.
― Emponzoñamiento del agua.
V ― Proemio (elogio del ser humano).
― Los monstruos marinos.
― El pez guía.
― La captura de la ballena.
― La lamna (lamia).
― Los peces perro.
― La foca.
― Las tortugas.
― Los delfines: leyendas.
― Testáceos.
― La púrpura.
― Pescadores de esponjas.
― Epílogo.
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M. WELLMANN , «Alexander von Mindos», Hermes 2 (1891), 481566; «Leonidas von Byzanz und Demostratos», ibid. 30 (1895), 171-176.
M. L. WEST , «On Nicander, Oppian and Quintus of Smyrna», Classical Quarterly 13 (1963), 57-62.
K. Z IEGLER , Das hellenische Epos, Leipzig, 1934.

1 A. WESTERMANN distingue dos recensiones de manuscritos en Biógraphoi, Brunsvig, 1845.
2 Según P. HAMBLENNE , «La légende d’Oppian», Antiquité classique 37 (1968), 589-619, la evaluación de 20.000 piezas se basa, no en el estado primitivo de la obra, que no ha conocido el colaborador de la Suda, sino en su estado contemporáneo. Por los cinco mil versos conservados le habrían pagado cinco mil estateras de plata, o veinte mil dracmas antiguos. Pero el compilador de la Vita II ha creído que cada obra constaba de cinco libros, diez mil versos aproximadamente, lo cual le habría proporcionado diez mil estateras de oro, o veinte mil solidus aureus de la época bizantina.
3 R. KEYDELL , «Oppianos», Pauly-Wisowa Realenzyclopädie der Klassischen Altertumswissenschaft I, col. 698-708.
4 Bestiario que fue refundido con las Cyranides en época bizantina; trata de astros y animales.
5 M. WELLMANN , Mermes 23 (1888), 26 (1891), 27 (1892), 30 (1895), 51 (1916).
5 bis Ha sido estudiada, entre otros, por K. LEHRS , Quaestiones Epicae, Königsberg, 1837; K. PREUSS , Zum Sprachgebrauch des Oppians I. Prog. Liegnitz, 1880/1883; O. SCHMIDT , De elocutione Oppiani Apameensis, Leipzig, 1866 y «Zum Sprachgebrauch des Oppianos aus Apameia», Jahrb. für dass. Philologie XCIII (1866); P. BOUDREAUX , Oppien d’Apamée. La chasse. Bibl. de L’École des Hautes Études, fase. 172, París, 1908 (primera edición crítica de la Cinegética); O. REBMANN , Die Sprachlichen Neuerungen in den Kynegetica Oppians von Apamea, tesis, Basel, 1918, y W. SCHMITT , Komentar zum ersten Buch von Pseudo-Oppians Kinegetika, tesis, Münster, 1969 (dactilografiado). Según reseña de F. PIÑEIRO en Emerita XLI (1973), 514-16, Schmitt se basa principalmente en Lehrs y Rebmann para la observación de neologismos, y en Preuss para el estudio de la sintaxis. Su mayor mérito es el estudio del estilo: aliteración y efectos sonoros, empleo de monosílabos al final del verso, cambio de escenas, uso de comparaciones con intención general, reelaboraciones de expresiones épicas, declamaciones, anáforas, isokólon y versos espondaicos.
6 A. LESKY , Historia de la literatura griega , Madrid, 1968.
7 G. BÜRNER , Oppian und sein Lehrgedicht vom Fischfang, progr. Bamberg, 1911-1912.
8 U. WILAMOWITZ , S . Ber. Akad., 24, Berlín, 1928.
9 A. WIFSTRAND , Von Kalimachos zu Nonnos , Lund, 1933.
10 K. LEHRS , Quaestiones Epicae, tesis, V De Halieuticorum et Cynegeticorum discrepantia , Königsberg, 1837.
11 TH . LOHMEYER , De vocabulis in Oppiani Halieuticis aut peculiariter usurpatis aut primum extantibus , tesis, Berlin, 1866.
12 G. MUNNO , «Alcuni caratteri della lingua di Oppiano», Rivista Indo-Greco-Italica 4 (1920), 68-76.
13 A. W. JAMES , Studies in the Language of Oppien of Cilicia, Amsterdam, 1970.
14 P. MAAS , Creek Metre… (translated by Hugh Lloyd Jones), Oxford, 1962.
15 B. ACQUAVIVA , La caza y la cetrería, Madrid, Joyas Bibliográficas, 1971. Contiene: 1) De venatione et de aucupio, facsímil del incunable (Florencia, 1500); 2) Un incunable desconocido, por Carlos Romero de Lecea… Traducción al castellano por el P. Francisco Valcárcel.
16 N. FERNÁNDEZ DE MORATÍN , La Diana o Arte de la Caza, II, Madrid, Biblioteca de Autores Españoles, 1-65.
DE LA CAZA
LIBRO I
Proemio
Para ti 1 canto, afortunado, glorioso baluarte de la tierra, luz muy amada de los guerreros hijos de Eneas 2 , dulce vástago de Zeus ausonio 3 , Antonino, a quien dio a luz la poderosa Domna 4 para el poderoso Severo. Feliz [5] el marido que la desposó y feliz el hijo al que ella alumbró ― esposa del mejor de los hombres y madre de un noble hijo, Asiría Citerea 5 , luna no eclipsada― un hijo en nada inferior a la estirpe del Crónida 6 Zeus (sean indulgentes [10] conmigo el Titán Faetonte 7 y Febo 8 Apolo) a quien el padre, por obra de sus manos poderosas, dio en posesión toda la tierra firme y todo el húmedo mar 9 .
En verdad, para ti la tierra, dadora de todos los regalos, concibe y florece; para ti también el mar risueño alimenta sus espléndidas tribus; para ti fluyen todos los ríos desde el Océano; para ti nace con radiante sonrisa la gloriosa [15] Aurora.
Por todo ello deseo cantar los nobles artificios de la caza. Así me lo ordena Calíope 10 , así me lo ordena la misma Ártemis 11 . Yo he escuchado, como es conveniente, sí, yo he escuchado la voz celeste, y he respondido a la diosa que, la primera, me habló en estos términos: [20]
ÁRTEMIS .― Levanta, hollemos un áspero sendero 12 que jamás aún ha recorrido ningún otro mortal con su canto.
OPIANO .― Venerable diosa, séme propicia, y cualquier idea que discurra tu mente la manifestaremos con nuestra voz mortal.
ÁRT .― Yo no deseo 13 que cantes la fiesta trienal 14 de Baco, que anda errante por las montañas, ni sus coros [25] cerca de las aguas profundas del aonio Asopo 15 .
OP .― Dejaremos, según tus órdenes, los ritos nocturnos de Sabacio 16 ; con frecuencia he danzado alrededor de Dioniso, hijo de Tione 17 .
ÁRT .― No hables del linaje de los héroes ni de la marinera Argo 18 ; no cantes las batallas de los hombres, no me cantes al destructor 19 de los mortales.
[30] OP .― No mencionaré las guerras, ni las muy perversas hazañas de Ares; yo he meditado sobre los infortunios de los partos 20 y de Ctesifonte 21 .
ÁRT .― Guarda silencio acerca de funestas pasiones, y deja los cinturones 22 bordados del amor. Yo aborrezco aquello que los hombres llaman juguetes de la Hija del Mar 23 .
OP .― En efecto, nosotros hemos oído, bienaventurada señora, que tú no estás iniciada 24 en el matrimonio.
ÁRT .― Canta las batallas que libran las bestias salvajes [35] y los cazadores; canta las razas de perros y las variadas tribus de caballos, las sabias decisiones, las hazañas del hábil rastreo; dime los odios de las bestias salvajes, canta sus amistades y sus tálamos de amor sin lágrimas en los montes, y los nacimientos que entre las bestias tienen lugar [40] en parto sin partera.
Tales fueron los consejos de la hija del poderoso Zeus. Yo escuché, yo canto: ¡Ojalá que mi canto sea certero! 25 pero, tú 26 que gobiernas desde el Oriente hasta el Océano 27 con alegría serena bajo tus inmortales cejas, otorga [45] tu diestra favorable y próspera para la tierra, para las ciudades y para los cantos de la feliz caza.
Triple división de la caza de animales salvajes
Tres clases 28 de caza ha otorgado la divinidad a los hombres: la del aire, la de la tierra y la del delicioso mar. Pero desigual es la contienda; porque ¿cómo pueden ser actos idénticos sacar al palpitante pez de las profundidades, [50] y perseguir a las aladas aves del aire, o luchar en las colinas con mortíferas fieras?
Verdaderamente, ni para el pescador de caña ni para e¡ que captura pájaros con liga, la caza está desprovista de esfuerzo, pero su fatigosa tarea únicamente va acompañada [55] de deleite, no de matanza, y están libres del derramamiento de sangre.
El pescador de caña se sienta en las rocas cerca del mar y con sus curvadas cañas y mortíferos anzuelos, tranquilamente, se apodera del pez de reflejos variados; y se alegra cuando, traspasándolo con las puntas de bronce, [60] lleva a través del aire al palpitante danzarín marino que salta alto sobre las profundidades.
Y el trabajo del que captura pájaros es apacible, pues para su caza no lleva espada, ni hoz, ni lanzas de bronce, sólo le acompaña el halcón 29 en su camino hacia los bosques, [65] y largas cuerdas 30 , y la amarilla liga 31 pegajosa, y las cañas 32 que pisan un aéreo sendero.
¿Quién osaría cantar estas faenas como de peso igual? ¿Quién pondría al águila frente al león rey? ¿Quién compararía [70] a la murena con el veneno de los leopardos, o a los chacales con los halcones, o a los rinocerontes con los erizos, o a la gaviota con las cabras salvajes, o a todos los monstruos marinos con el elefante?
Los cazadores matan lobos, los pescadores matan atunes, los cazadores con redes se apoderan de los carneros; los cazadores de aves con cañas se apoderan de las palomas, los cazadores con sabuesos capturan al oso, y los pescadores de caña a la herrera 33 , los cazadores a caballo [75] capturan al tigre y los pescadores con los arpones capturan al salmonete, los rastreadores al jabalí, los cazadores de aves con liga capturan a los ruiseñores.
Pero, tú, Nereo 34 , y dioses del mar 35 , y el coro de Dríades 36 que se deleitan con los pájaros, otorgadme vuestra gracia. Porque ahora amados temas de canción me reclaman a uno y a otro lado y volviendo atrás 37 , torno [80] a cantar a los dioses de la caza.
Cualidades físicas del cazador
Primero, dadme ágiles jóvenes, que no sean muy gordos. Pues el cazador debe montar el noble ca bailo entre los riscos, debe brincar zanjas, y, con frecuencia, en los bosques, debe perseguir a las bestias salvajes con veloces [85] pies y ligeros miembros. Por tanto, que no sean gordos quienes vengan a la guerra de la caza, ni excesivamente flacos. También, a veces, el impetuoso cazador debe pelear con guerreras fieras salvajes; por eso yo desearía que [90] tuviese un cuerpo templado de tal suerte, que fuera al mismo tiempo veloz para correr y fuerte para luchar.
Equipo del cazador
En la mano derecha debe blan dir dos largas jabalinas 38 , y llevar un curvo cuchillo 39 en medio de su cintura, con doble objetivo, ocasionar amarga muerte a las fieras salvajes y proporcionarse a sí mismo defensa de hombres [95] malvados. Con su mano izquierda el cazador a pie debe guiar a sus sabuesos y el que caza a caballo debe guiar la brida que conduce a su corcel.
Que lleve una ligera túnica 40 ceñida, por encima de la rodilla, sujeta con cruzadas correas. A cada lado de su [100] cuello, retirado de las manos, deje el manto 41 flotar por detrás sobre sus fuertes hombros, para realizar su tarea sin estorbo. Con desnudos pies debe caminar quien observa las confusas huellas de las bestias salvajes, no sea que el ruido de sus sandalias resonando bajo sus vigorosos [105] pies, aleje el sueño de los ojos de las bestias salvajes. Es preferible que no lleve un manto largo, puesto que, muchas veces, un capote que se agita por el soplo del ruidoso viento alarma a las bestias salvajes y se precipitan a la fuga.
Así atavían los cazadores su ágil cuerpo, pues a esos ama la Arquera, hijo de Leto.
La caza en las distintas estaciones
Ya a una hora 42 , ya a otra persigan [100] a las fieras; al amanecer, y cuando el día languidece, y al mediodía, y alguna vez por la tarde. A veces, incluso en la oscuridad de no la noche ellos matan fieras salvajes bajo los rayos de la luna.
La luz toda se despliega propicia, serena, para que el [115] cazador corra el día entero en la frondosa primavera 43 y en el otoño 44 , cuando caen las hojas. Porque extraordinariamente templadas son las horas para las correrías de caballos, hombres, y perros feroces en la primavera de oro que pone en fuga a las frías nubes, cuando el mar [120] es navegable para los marinos que extienden las blancas jarcias de sus barcos de alas de lino, y cuando la tierra se regocija con los cultivadores de plantas, cuando ella también desata los lazos de capullos y flores; o de nuevo, muy entrado el otoño, cuando el año está de vuelta, cuando [125] la casa del rústico vendimiador prospera, cuando el fruto de Atenea 45 llena el reluciente balde, y los racimos de las cepas alegremente desbordan el lagar 46 . Cuando las mieles de lirio colman los panales de las abejas.
Pero en el rigor del invierno los cazadores deben cazar [130] en el medio del día, cuando en los bosques un pastor se refugia dentro de una cueva y reuniendo palos secos los amontona en una llama que se apaga pronto, y reclinado cerca del fuego hace su comida.
En el verano el cazador debe evitar el fiero asalto del [135] ardiente sol. Yo le exhorto a venir a su faena al rayar el alba, cuando a la primera luz de la mañana los agricultores con la bien labrada esteva guían el arado cortador de tierra detrás de los bueyes sometidos al yugo. O, al contrario, por la tarde, cuando el sol tuerce sus riendas 47 hauocia [140] el Oeste, y los pastores guían a sus manadas mientras vuelven de nuevo a sus apriscos, pesadas de pecho e hinchadas las ubres; y saltando con ímpetu de sus cobertizos de piedra todos brincan alrededor de sus amadas madres, los terneros de ojos brillantes en torno a las vacas de [145] grandes ojos, los corderos alrededor de las baladoras ovejas provistas de cuernos, los cabritos en torno de las baladoras cabras, y alrededor de las yeguas los rápidos potros.
Las armas del cazador
Y éstas son las armas de la gloriosa caza que los valientes cazadores deberían llevar a las colinas y bosques, y éstos sus utensilios que exhalan fuerte olor de la sangre de las bestias: redes de bolsa 48 , bien trenzados juncos, redes [150] largas barrederas 49 que pueden contener toda clase de caza, redes grandes, estacas ahorquilladas 50 penosos dogales de nudo corredizo 51 , arpón provisto de tres puntas, venablos de ancha cabeza 52 , varas para rematar a las liebres 53 , rápido arco alado, espadas 54 , hachas, tridente 55 matador de liebres, curvos ganchos y ganchos cerrados [155] de plomo 56 , cuerdas de retorcido esparto 57 y las bien tejidas trampas de pie 58 , lazos, estacas para redes y la red barredera de muchas mallas 59 .
Caballos
Que lleven a la caza orgullosos caballos sementales. No sólo porque las yeguas son inferiores en velocidad [160] para hacer una larga carre ra en los bosques, sino también, porque se debe evitar la amorosa pasión de los caballos de raudos pies, y apartar a las yeguas, no sea que en sus [165] ansias amorosas relinchen y, al oírlas, los ciervos, las rápidas gacelas 60 y las tímidas liebres 61 se lancen inconteniblemente a la fuga que hiela el corazón.
Variadas son las tribus de caballos como las incontables razas humanas, las diversas tribus de mortales que se alimentan de trigo; no obstante, yo voy a exponer cuáles son los mejores entre ellos, cuáles son los más destacados en las tribus de caballos; éstos son: los toscanos 62 , sicilíanos 63 , [170] cretenses, mázices 64 , aqueos, capadocios 65 , moros 66 , escitas 67 , magnesios 68 , epeyos 69 , jonios, armenios 70 , libios 71 , tracios 72 , erembos 73 .
Hombres de probada experiencia en carreras de caballos, y capataces de rebaños, dicen que el mejor caballo de todos es aquel cuyo cuerpo entero está adornado con [175] estas características: 74 cabeza pequeña que se eleva sobre el cuello, siendo el caballo de aspecto corpulento y de miembros redondeados; alta la testera, curvada hacia el cuello la mandíbula inferior, las cejas anchas y brillantes; [180] desde las sienes sus cabellos debe ondear en apretados bucles alrededor de la frente; los ojos claros, chispeantes, bajo el sobrecejo; las narices deben ser anchas, la boca suficiente, las orejas pequeñas.
El cuello del caballo de abundante melena debe curvarse [185] como la arqueada cresta de un empenachado casco; el pecho debe ser amplio, el cuerpo largo, la espalda ancha, con un doble espinazo que corre entre gordos lomos. Detrás debe derramarse una abundante cola de largo pelo; los muslos prietos, musculosos; en la parte inferior las [190] torneadas tibias deben ser rectas, largas y muy delgadas, y los miembros no deben ser carnosos, iguales a los de los cornudos ciervos de pies rápidos como el torbellino; la cuartilla 75 sesgada; la redondeada pezuña debe correr alta sobre el suelo, de apretada fibra, cornuda, fuerte.
Un caballo de esta naturaleza llevaría yo a la fiera lucha [195] contra las bestias salvajes, brioso, auxiliar en el combate, valiente, vigoroso.
Así son los caballos toscanos, los armenios, los aqueos, y los famosos caballos capadocios que pacen frente al Tauro 76 .
Yo he visto una maravilla entre los caballos capadocios de raudos pies: mientras tienen dientes de leche en su boca [200] y dura su lactancia, son débiles, pero a medida que crecen van adquiriendo mayor velocidad.
Esos son los caballos que deberías aprestar para la valerosa guerra y contra las feroces fieras; porque ellos son muy animosos para enfrentarse a las armas y romper la apretada falange, y luchar contra las belicosas bestias salvajes. [205]
¡Con qué atención escucha el caballo de guerra en la batalla la nota marcial 77 de las largas trompetas, provocadora del tumulto! ¡Cómo posa su mirada sin pestañear 78 sobre el apretado escuadrón de los esforzados hoplitas y sobre el rutilante bronce y las relampagueantes [210] espadas!
Pues él ha aprendido asimismo cuándo es necesario permanecer quieto y cuándo debe arremeter, y ha aprendido a reconocer la señal de los aguerridos capitanes.
Muchas veces también sosegadamente él acercó hasta las torres al batallón de hombres 79 cubierto de escudos en lo alto, cuando los hombres sobre sus cabezas apoyan [215] escudo sobre escudo de través, cuando están ansiosos de saquear la ciudad del enemigo, y construyen una planicie elevada de siete bueyes, bien labrada, compacta, y de muchas puntas; en frente la luz del sol despide destellos del bronce y por detrás un gran espacio del cielo brilla con [220] rayos refractados.
Pues la hábil naturaleza ha dotado a los caballos, más que a otras criaturas mortales, de mente y corazón sutiles. Siempre conocen a su amado auriga, y relinchan cuando ven a su espléndido conductor, y derraman muchas lágrimas 80 [225] por su compañero caído en el combate.
Una vez, en medio de la batalla, un caballo rompió la barrera del silencio, sobrepasando la norma de la naturaleza, y tomó voz humana y lengua 81 semejante a la de los hombres; Bucéfalo 82 , el caballo del rey guerrero de [230] Macedonia, luchó contra hombres armados; hubo un caballo que corrió con veloces pies sobre las espigas 83 , otro corrió sobre el mar y no mojó la cuartilla; un caballo llevó sobre las nubes al matador de la Quimera 84 , y el relincho de un potro por medio de los engaños de su auriga [235] hizo a uno rey 85 de los persas asiáticos.
Extraordinariamente honran los caballos a la Naturaleza; y nunca se ha oído de ellos que hayan complacido ilícita pasión, sino que permanecen limpios de infamia y aman con casto amor.
Yo he oído que, hace mucho tiempo, un príncipe de extensas posesiones tenía en sus campos un hermoso rebaño [240] de caballos, pero una enfermedad de caballos los aniquiló a todos completamente, excepto a dos, una yegua y un potro 86 todavía a los pechos de su madre; pero después cuando éste creció, el perverso hombre trató de aparear [245] al hijo con su madre. Y cuando se dio cuenta de que rechazaban el amor, y de que la boda estaba vedada para ambos, inmediatamente con pérfido designio ideó un sutil ardid, esperando recuperar su raza de caballos.
Lo primero de todo, astutamente, cubrió a ambos con [250] pieles ajenas; después ungió sus cuerpos totalmente con dulce y fragante óleo; pues esperaba borrar de este modo el olor guía del amor. Y esta malvada acción les pasó desapercibida ¡oh bienaventurados dioses! Y se llevó a cabo una extraña y exacrable unión, abominable para los [255] caballos, como aquel terrible matrimonio que se realizó hace mucho tiempo entre los hombres, la boda cadmea del errante Edipo 87 .
Pero, cuando ellos quedaron desnudos y advirtieron su culpa, afligidos y con ojos recelosos se miraron el uno al otro: la infortunada madre a su hijo sin honor de hijo, [260] y él, a su vez, víctima de vil boda de sacrílego lecho, a su pobre madre, desposeída de los nobles atributos de maternidad 88 ; brincaron alto, resoplando terriblemente, rompieron sus ligaduras y se fueron relinchando fuerte, como si ellos llamaran a los bienaventurados dioses por testigos [265] de su vil situación, y maldiciendo a quien maquinó su funesta boda; al fin, gimiendo y precipitándose salvajemente, ellos estrellaron sus cabezas contra las rocas, rompieron sus huesos, y apagaron la antorcha de su vida, asesinándose a sí mismos, reclinando sus cabezas uno en el otro. [270] Así canta la fama la historia de los antiguos caballos.
Ahora bien, de todas las razas de caballos que nutre la infinita tierra, los más rápidos son los sicilianos, que moran en el Lilibeo 89 y en donde la colina de tres picos que cubre a Encelado 90 , cuando vomita el rayo con los [275] fuegos que alcanzan el cielo, descarga la eterna hoguera del Etna de Sicilia.
Más veloces que los sicilianos son los caballos armenios, y los partos 91 de flotante melena, junto a las aguas del Éufrates.
Pero, en verdad, aventajan a los caballos partos los caballos íberos 92 que galopan sobre las llanuras con pies más veloces. Con ellos quizá sólo pudieran competir las [280] águilas 93 que vuelan sobre las cañadas del aire, o el halcón batiendo sus largas alas, o el delfín que se desliza sobre las encanecidas olas. Tan veloces son los caballos íberos de pies raudos como el viento. Pero son pequeños [285] y débiles de espíritu, y de corazón endeble, y en unos pocos estadios 94 disminuyen su velocidad; aunque están revestidos de bella apariencia y espléndido cuerpo, su pezuña no es fuerte, y están criados para terreno blando y amplio.
Las razas de caballos tordos de los moros aventajan mucho a todas las demás por sus dilatadas carreras y laboriosos [290] trabajos.
Para efectuar una larga carrera les siguen en importancia los libios, que moran en la pedregosa Cirene. Ambos son de tipo semejante, con la única salvedad de que los [295] fuertes caballos libios son más grandes de aspecto, pero de cuerpo alargado, y en sus flancos tienen más ancha costilla que los otros, por tanto son más corpulentos a la vista, mejores para arremeter, y valientes para soportar el fiero ardor del sol y el acuciante asalto de la sed del mediodía.
[300] Los caballos toscanos y las inmensas razas cretenses, al mismo tiempo son ligeros en la carrera y de cuerpo alargado.
Los sicilianos son más veloces que los caballos moros, pero con más ligereza que los sicilianos corren los partos de grisáceos ojos y eminentemente bellos; y son los únicos que resisten el alto rugido del león.
[305] Porque, verdaderamente, muchas razas de caballos son apropiadas para luchar contra diferentes razas de fieras salvajes, como lo indica el color de sus ojos.
Contra los ciervos de moteados pies deberías aparejar caballos de ojos oscuros; de ojos azules contra los osos, rojizos contra los leopardos, fieros y centelleantes contra [310] los jabalíes, de brillantes ojos grises 95 contra los leones de grises ojos.
El que sobresale más por su belleza entre todos los caballos es el niseo 96 , al cual conducen opulentos reyes, hermoso de aspecto, brioso para cabalgar, obediente a la [315] brida, pequeño de cabeza, pero de abundante melena, orgulloso de sus crines color de miel a ambos lados de su cuello.
Además podrías contemplar otra espléndida raza manchada de varios colores y brillante, a los que los hombres llaman orynges 97 , ya porque ellos crecen en las herbosas colinas, o porque están muy ansiosos de aparearse con las hembras.
Hay dos especies de orynges, de muy relevante belleza. [320] Una de ellas está marcada en el cuello y ancha espalda peluda con una serie de largas rayas, como los veloces tigres, los hijos del rápido Céfiro 98 . La otra está marcada toda alrededor con densas manchas de hermosas ruedas [325] como las de los leopardos. Los potrillos de esta especie son tatuados por diestros hombres que marcan su larga cabellera con candente bronce.
Hace mucho tiempo, los mortales inventaron otros sabios artificios para marcar al potro, mientras está en el vientre 99 de su madre. ¡Oh qué corazón, qué mente, poseen [330] los mortales! Ellos obran según su voluntad; y hacen caballos de variados colores, mientras están todavía envueltos en los lechosos lomos de sus madres.
Cuando el deseo de apareamiento acucia a la yegua, y espera la aproximación del caballo espléndido y brioso, [335] entonces los hombres, astutamente adornan al bello marido. Marcan completamente todo su cuerpo con manchas de colores variados, y lo conducen a su lecho, orgulloso de su belleza.
Del mismo modo que un joven, adornado por las mujeres que atavían a los novios con blancos vestidos y purpúreas flores y perfumado con aromas de Palestina 100 , [340] entra en la cámara nupcial entonando la canción de boda; así retienen largo tiempo ante su esposa al caballo presuroso que relincha su canción de boda, al espléndido marido que arroja espuma por su boca deseando ardientemente [345] su unión; y más tarde, por fin, le permiten ir a satisfacer su deseo.
Y la yegua concibe y alumbra un potro de muchos matices, tras haber recibido en su vientre la fértil simiente de su esposo, pero en sus ojos su forma policromada.
[350] Tales artificios idean asimismo, con astutas tramas, aquellos que realizan su tarea con las cañas, los cazadores de pájaros, cuando adornan a los pichones en el vientre de las palomas.
Pues cuando los veloces palomos van a aparearse y unen sus bocas 101 con sus esposas de grave susurro, entonces el reproductor de aves domesticadas inventa un espléndido [355] artificio: cerca de las hembras pone muchos bordados vestidos purpúreos, y ellas, al contemplarlos con ojos sesgados, deleitan su corazón, y dan a luz hijos cubiertos de púrpura.
Incluso los laconios urden un sutil artificio para sus esposas cuando ellas están preñadas; en su proximidad [360] ponen dibujos de bellas formas que han pintado en tablas, figuras de jóvenes que hace tiempo brillaban entre los mortales: Nireo 102 , Narciso 103 y Jacinto 104 de fuerte lanza, y Cástor 105 con su bello casco, y Pólux que mató a Ámico 106 , y los jóvenes mancebos que son admirados entre los bienaventurados dioses: Febo 107 coronado de laurel, [365] y Dioniso 108 de guirnalda de yedra. Y las mujeres se deleitan contemplando sus encantadoras formas, y, cautivadas por su belleza, dan a luz hermosos hijos.
Tantas cosas se cuentan de los caballos, pero ahora desciende, alma mía, a la canción de los perros. [370]
Perros
Estos son los más excelentes entre los perros y los que más interesan a los cazadores: los peonios 109 , ausonios 110 , carios 111 , tracios, íberos 112 , arcadlos 113 , argivos 114 , lacedemonios, tegeos, sármatas 115 , celtas 116 , cretenses 117 , magnesios 118 , amorgos y aquellos que en las arenosas riberas [375] de Egipto 119 pastorean los rebaños de bueyes, los locrios 120 y los molosos 121 de ojos brillantes.
Y si tu quisieras mezclar dos razas, ante todo dispón el apareamientos de perros en primavera 122 , porque en esa estación son más proclives las bestias al amor: los perros y las mortíferas serpientes, las aves del aire y las criaturas [380] del mar.
En la primavera la serpiente emponzoñada con rabioso veneno acude a la playa, a la cópula con su novia marina 123 ; en la primavera la entera profundidad del mar resuena de amor, y en la bonanza espumean los peces apareándose.
En la primavera los palomos persiguen a las palomas, [385] los caballos asaltan a las yeguas que pastan, y los toros anhelan a las terneras campestres.
Y los carneros de retorcidos cuernos en la primavera cubren a las ovejas, y los fieros jabalíes salvajes se aparean con las puercas, y los machos cabríos montan a las [390] peludas cabras. Y también en la primavera los mortales son más proclives al amor. Pues en la primavera el amor pesa sobre todos.
En el apareamiento de las tribus de perros, ten cuidado de que las razas sean adecuadas unas a otras y muy semejantes. Aparea arcadios con eleos, cretenses con peonios, [395] carios con tracios, razas toscanas con laconias; deberías poner a un esposo sármata para una novia íbera. Así tú harías las mezclas debidamente.
Pero lo más importante de todo es que las razas deben permanecer puras, y a esas los cazadores las consideran las mejores.
Las razas de perros son innumerables, pero sus formas [400] y prototipos serían aproximadamente éstos: el cuerpo debe ser largo 124 , fuerte y suficiente, la cabeza ligera 125 y con [405] buenos ojos; éstos de oscuro brillo 126 ; la boca debe ser amplia, de dientes aguzados; orejas pequeñas 127 con finas membranas deben coronar su cabeza; el cuello largo 128 , y en la parte inferior el pecho fuerte 129 y ancho; las patas delanteras 130 debe ser más cortas que las traseras; las tibias rectas, delgadas y largas, los omóplatos 131 amplios; [410] las hileras de las costillas 132 inclinadas oblicuamente, las caderas 133 de carnes apretadas, no gordas, y detrás la cola de larga sombra debe ser tiesa y saliente 134 .
Tales son los perros que deberían adiestrarse para las largas carreras de las gacelas, de los ciervos, y de la liebre veloz como el huracán.
[415] Hay otras especies impetuosas y de valerosa fuerza, que atacan incluso a toros barbados y acometen con violencia a los fieros jabalíes y los matan, y no tiemblan ni siquiera ante sus soberanos los leones; fornidas razas semejantes a las montañas de altas crestas. Son razas de [420] rostro achatado que tienen terribles cejas curvadas sobre sus fieros ojos de grises 135 destellos; su piel es peluda, su cuerpo fuerte, anchas sus espaldas. No son veloces, pero poseen dentro un gran vigor y fuerza natural indescriptible e intrépido coraje.
Por consiguiente, dispon para la caza a tales razas de [425] perros guerreros, que ponen en fuga a toda clase de bestias salvajes.
En cuanto a sus colores, los blancos y negros no son aconsejables en absoluto 136 , porque no son capaces de soportar fácilmente la fuerza del sol, ni la fuerza de la estación del invierno cargado de nieve. Entre todos los perros, [430] los mejores son aquellos cuyo color es como el de las voraces bestias salvajes, lobos matadores de ovejas, tigres rápidos como el viento, zorras y veloces leopardos, o aquellos que tienen el color 137 semejante al trigo de Deméter. [435] Porque esos son muy rápidos y fuertes.
Ahora bien, si tú te ocupas de la sabia crianza 138 de los perros, nunca pongas a los cachorros para amamantarse en los jóvenes pechos de cabras u ovejas, ni de las perras domésticas, porque ellos serán perezosos, endebles y pesados, sino en el pecho de ciervas o de leona domesticada, [440] o de gacelas, o de loba que anda errante por la noche, porque así los harás más fuertes y ágiles, muy semejantes a las nodrizas que los nutren con su leche.
Pon a los cachorrillos nombres 139 cortos y rápidos de [445] pronunciar, para que atiendan una orden pronta; desde su más tierna edad deja que se familiaricen con los fuertes caballos de caza, y que estén relacionados y sean amistosos con todos los hombres, únicamente hostiles contra las bestias salvajes. Y que no sean proclives a ladrar, porque [450] el silencio es regla para los cazadores, pero sobre todo para los rastreadores.
Hay dos clases de rastreo de las oscuras huellas; el de los hombres y el de los perros: los hombres de mente sagaz conjeturan y marcan el rastro por los ojos; los perros rastrean todas las huellas por las narices.
[455] Ciertamente, el invierno 140 es para los hombres una favorable estación, y rastrean la presa con ojos infatigables, puesto que cada huella escrita en la nieve se puede ver, y la forma de los pies queda impresa en el barro.
Para los perros es hostil la primavera 141 y grato el [460] otoño; porque en la primavera la tierra herbosa está fragante y cubierta de plantas y flores, y en derredor, por todas partes, las praderas de hermosas diademas sin cultivo se tiñen de púrpura, y los campos cultivados destruyen todo el olor que sirve de embajador a los perros de rastreo [465] de aguzado olfato. Pero en el otoño 142 , exuberante de fruta y dulce de uvas, la hierba, las plantas y las flores envejecen, y el olor de las bestias salvajes permanece intacto para los sabuesos.
Hay una valiente raza de perros rastreadores, pequeña [470] en verdad, pero digna de ser tema de un gran canto; los que crían las tribus salvajes de los tatuados britanos 143 y reciben el nombre de agaseos. Su tamaño es semejante al de los débiles y glotones domésticos perros de mesa 144 ; redondeado, flaco, peludo, de mirada opaca, tiene sus pies [475] provistos de atroces uñas y su boca afilada con apretados colmillos venenosos. En especial por sus narices el más destacado es el perro agaseo 145 y el mejor de todos para rastrear, pues que es muy sagaz para encontrar el rastro de los que andan por la tierra, pero muy hábil también [480] para advertir el olor del aire.
Cuando algún cazador desea probar a sus perros, lleva en sus manos desde las altas puertas una liebre muerta o viva, y anda adelante un desviado sendero, primero siguiendo un camino recto, después oblicuo, a izquierda y [485] derecha, dando rodeos en un tortuoso camino, pero, cuando ha llegado muy lejos de la ciudad y de las puertas, entonces cava una trinchera y entierra a la liebre.
A su regreso a la ciudad, en seguida lleva cerca del [490] sendero al astuto perro; éste inmediatamente se excita y resopla por el olor de la liebre, y busca la huella sobre el suelo; más, por mucho que se afana no es capaz de encontrarla y anda errante con gran angustia.
Como cuando una muchacha en el décimo mes lunar, agobiada por los dolores del parto de su primer hijo, [495] desata sus trenzas y suelta las vestiduras de sus pechos, y la pobre muchacha, sin túnica y sin velo, da vueltas por todos los aposentos; y, angustiada, ya se dirige al vestíbulo, ya corre a su lecho, y otras veces se arroja én el [500] polvo, y llora frotando sus rosadas mejillas; del mismo modo el perro, angustiado por la tristeza que devora el corazón, corre en varias direcciones y busca sucesivamente [505] cada piedra, cada montículo y sendero y árboles y viñas de jardín, vallados y eras. Y cuando por fin, encuentra el volátil rastro, se alegra y ladra contento y, al igual que las ternerillas brincan alrededor de las vacas de rebosantes [510] ubres, así el perro se regocija extraordinariamente, y da vueltas con impaciencia hollando lugares intrincados; y tú no podrías desviarlo, aunque lo llevaras muy lejos, sino que corre derecho con firmeza, prendido tenazmente del dulce olor, hasta que pone fin a su tarea y llega a su meta. Pero si tú le has adiestrado contra las liebres de [515] difícil captura, se acerca furtivamente, y planta huella sobre huella, escondiéndose acurrucado bajo las viñas o rastrojos, como el astuto depredador de cabritos, que, espiando de cerca atentamente al pastor que dormita, le roba sigilosamente. Pero cuando se acerca a la madriguera [520] de la liebre, veloz salta, como una flecha del arco, o como la silbadora 146 serpiente, a la que algún segador o labrador ha molestado cuando yacía quieta delante de su venenoso escondrijo.
Así el perro, alborozado, brinca rápido; y, si da alcance a su presa, fácilmente la somete con sus aguzadas garras, [525] y, sujetando con la boca su preciosa carga, sale al encuentro de su amo; la transporta rápidamente y la acerca fatigado y agobiado por el peso.
Al igual que el carro trae desde los campos de mies los frutos de la cosecha, y cargado de trigo se dirige hacia el patio, y los campesinos, al verlo, corren en tropel [530] y salen a su encuentro de frente; uno empuja las ruedas, otro la caja del carro, otro el eje, para ayudar a los bueyes; y, cuando entran en el patio, desatan el yugo, y los sudorosos bueyes toman resuello de su trabajo, y se regocija extraordinariamente el corazón del fatigado carretero; así el perro llega trayendo su carga en la boca, y el rápido [535] cazador sale a su encuentro gozosamente, y levantando a ambos de la madre tierra los pone en su seno, a la liebre y al mismo perro matador de fieras.

1 El poema está dedicado al emperador M. Aurelio Severo Antonino Augusto (Caracalla) hijo de Septimio Severo y Julia Domna. Reinó desde el 211 al 217 d. C. El sobrenombre Caracalla parece que se debe a una capa con capuchón que usaban los galos y que Basiano (su verdadero nombre) puso de moda en Roma.
2 Se refiere a los romanos como descendientes de Eneas. Según Virgilio, el troyano Eneas sale de su patria incendiada, y tras numerosas aventuras llega a las riberas de Italia, de donde procedía su antepasado Dárdano. VIRGILIO , Eneida VIII 648; LUCRECIO , I 1.
3 Ausonio es sinónimo de itálico. Los ausones eran un pueblo de origen oseo, de gran importancia en la protohistoria de Italia. Aquí el adjetivo está aplicado a Zeus = Divus, título que llevaban los emperadores romanos. En este caso se refiere a L. Septimio Severo Pertinax Augusto, emperador desde 193 a 211 d. C., padre de Caracalla, que procedía de África y murió en York.
4 Julia Domna, de Emesa, en Siria, segunda esposa de Severo; se suicidó en el año 217 d. C. Hija de Heliogábalo, sacerdote del Sol; contrajo matrimonio con Severo cuando éste era legado en la Galia lionesa. Mujer inteligente y de fuerte coraje, alentó a su esposo a aceptar el imperio y ella misma le acompañaba en sus expediciones militares. Él la hizo tomar el título de Domna. Se rodeaba de hombres de letras.
5 La asiria o siria Astarté, llamada también Astaroth o Ashtoreth, forma una tríada junto con los dioses Baal y Melkarth. De carácter lunar y al mismo tiempo fecundante y generador, diosa virginal y divinidad del amor, se asimila a Ártemis, Diana, Hera, Juno y Afrodita. Representada con cuernos simbolizaba la luna creciente. PLUTARCO , Obras Morales 357 B; LUCIANO , Sobre la diosa siria.
6 Zeus, hijo de Cronos.
7 Hijo del Sol y de la oceánida Clímene, o de la Aurora y Céfalo según otra versión. Para probar su origen pide a su padre que le deje conducir su cuadriga. Asustado en las alturas por las figuras monstruosas del Zodíaco, se sale de su ruta y está a punto de abrasar el cielo y la tierra. Zeus le fulminó con su rayo. Cf. OVIDIO , Metamorfosis II 19380. Los poetas usan a veces este nombre y el de Titán para el Sol. VIRGILIO , Eneida V 105, IV 119. Este pasaje es semejante al De la Pesca V 339. Aquí el poeta cree que se ha excedido en el elogio y por ello pide que le disculpen.
8 Epíteto de Apolo hijo de Zeus y de Leto, hermano gemelo de Ártemis, nieto de los titanes Ceo y Febe. Apolo era el dios profeta, músico, dios de las plagas, que aleja la enfermedad, pero también puede provocarla; a veces se le identifica con el Sol.
9 Semejante a LICOFRÓN , 1229 y LUCANO , I 83. Se refiere al extenso imperio que abarcaba las tres partes del mundo conocido: Italia, Hispania, Galia, Britania, Iliria, Dacia, Armenia, Arabia, Mesopotamia, Norte de África, Egipto…
10 Una de las Musas. Presidía la poesía épica.
11 Máxima divinidad de la caza y diosa lunar, tiene evidentes conexiones con la minoica diosa del árbol, señora de las montañas y de las fieras.
12 Semejante a LUCRECIO , I 920: Avia Pieridum peragro loca nullus ante trita solo, y NEMESIANO , Cinegética 8: «y lo guía por parajes extraviados jamás hollados por ruedas». Cf. VIRGILIO , Geórgicas III 221; HORACIO , Carmen Saeculare III 1, 2.
13 La preterición de temas mitológicos se observa también en NEME SIANO , Cinegética 15 y ss.
14 Ceremonia báquica. Se celebraba, al parecer, en años alternos. Citada en OVIDIO , Remedios contra el Amor 593, Metamorfosis VI 587; VIRGILIO , Eneida IV 302; EURÍPIDES , Bacantes 133; Himnos órficos: XLV, A Dioniso Basa reo, y LII, A Baco trienal.
15 En Beoda (Aonia) al NE. del Peloponeso. El nombre de este río significa «fangoso». Su hija Egina fue raptada por Zeus a quien persiguió. En castigo Zeus lo fulminó con su rayo, de ahí que sus aguas arrastren carbones.
16 Hijo de Zeus y Perséfone; antigua divinidad traco-frigia de carácter orgiástico que posteriormente se asimiló a Dioniso.
17 Se refiere a Sémele, hija de Cadmo y Harmonía, madre de Dioniso; cuando éste la rescató del Hades le dio el nombre divino de Tione. PINDARO , Pílicas III 39.
18 Nave en la que embarcaron Jasón y los Argonautas rumbo a la Cólquida para apoderarse del Vellocino de Oro. El nombre Argo significa «brillante» y «rápida». Construida por Argo con madera del Pelión, excepto la proa que hizo Palas Atenea dotándola de un don oracular.
19 Ares es el dios de la guerra, hijo de Zeus y de Hera. A veces se le identifica por metonimia con el combate mismo.
20 Severo ocupó Mesopotamia septentrional hasta el Tigris, pero tuvo que interrumpir la guerra porque Albino se había proclamado Augusto. Después de la muerte de Albino reanudó la campaña, ocupó Seleucia y Ctesifonte (198 d. C.) y estableció una paz por la cual los partos cedían a los romanos Mesopotamia.
21 Situada en la margen izquierda del Tigris; era la sede de los reyes partos en el siglo II d. C. HERODIANO , III 9; POLIBIO , V 45, 4; ES TRABÓN , XVI 1, 16.
22 Se refiere al ceñidor mágico de Afrodita que hacía que todos se enamorasen de la portadora. HOMERO , I líada XIV 214.
23 Afrodita, según HOMERO , es hija de Zeus y Dione, pero en la Teogonía de HESÍODO Afrodita surge de la espuma cuando Cronos, incitado por su madre Gea, castra a su padre y arroja al mar los órganos sexuales cortados.
24 Ártemis es representada como una joven cazadora y numerosas leyendas están relacionadas con su virginidad.
25 La metáfora del canto como flecha está en PÍNDARO , Olímpicas II 98, XIII 94; Nemeas VI, 27; IX 25.
26 El poeta invoca de nuevo al Emperador.
27 Es decir: Occidente.
28 La división también aparece en PLATÓN , Sofista 219 E. Coincide con la división popular que fue recogida por los autores de la Antigüedad. En la Antología Griega VI (11-16 y 179-187) se conservan unos epigramas en los cuales tres hermanos, Damis (cazador), Pigris (pajarero) y Chtes (pescador) ofrecen sus instrumentos.
29 Genérico: Falco rusticolus, Falco peregrinas, etc. La mención pone de manifiesto que conocían el arte de la cetrería.
30 También se mencionan en ARISTÓFANES , Aves 194 y 565 y ss. entre los utensilios del pajarero.
31 Elaborada con baya de muérdago o de corteza de acebo. Antología Griega VI 152.
32 Se unían varias cañas impregnadas en liga para cubrir un espacio.
33 Es el pagellus mormyrus.
34 Hijo de Ponto y Gea; es el viejo del mar, una de las divinidades de las fuerzas elementales del mundo, más antiguo que Posidón y benévolo para los marinos.
35 En griego Anfiírítes, que usa OPIANO haciendo una metonimia. Anfitrite era una nereida esposa de Posidón y hermana de Tetis. Se había escondido junto a Océano o Atlante para evitar el matrimonio, pero la encontró un delfín al que Posidón convirtió después en constelación.
36 Ninfas de los árboles. Propiamente eran ninfas de las encinas, pero por extensión se relacionan con todos los árboles.
37 Cf. II 158. EMPÉDOCLES , Fragmenta 35; LUCRECIO , I 418.
38 Usaban dos lanzas como se ve en HOMERO , Ilíada III 18; X 76; XII 298; VIRGILIO , Eneida I 313; XII 165, etc.
39 Ensis falcata, «cuchillo curvo», JENOFONTE , De la Caza 29; GRATIO , Cinegética 343. Rozón para cortar la maleza.
40 Es el quitón. OVIDIO , Amores III 2-31, Ars Amandi III 143; JU VENAL , VI 446. Ártemis es citada como quitona y ese es también el nombre de un demo del Ática.
41 Es la clámide, manto corto prendido en el hombro mediante un broche.
42 Acerca de las horas apropiadas para cazar en cada una de las estaciones, cf. JENOFONTE , De la Caza 4, 11.
43 JENOFONTE , De la Caza 5, 5 considera que es la estación apropiada para las correrías de los perros.
44 En griego tropaí no parece que está en el sentido estricto del solsticio, sino en el del equinocio.
45 Es el olivo. Era el regalo que Atenea había hecho al Ática para merecer que su pueblo la reconociese como soberana. Posidón le disputaba este honor y cada uno de ellos trató de ofrecer el mejor don para acrecentar sus méritos. Posidón de un golpe de tridente hizo surgir un lago salado en la Acrópolis de Atenas. Atenea hizo que brotase allí un olivo. Los dioses como árbitros dieron preferencia al olivo y confirieron a Atena la soberanía del Ática.
46 Bótrys h ē meríd ō n thltbón epit ḗ nia chaírei es un pasaje difícil que ha recibido diversos tratamientos por parte de los traductores. Hemos seguido la versión de D. PEIFER (1555): Cum premit arda nimis sibi torcularia botrus gaudens.
47 Se refiere al carro del sol tirado por cuatro caballos: Flegonte, Aetón, Pirois, Éoo. Cf. OVIDIO , Metamorfosis XI 257; HORACIO , Carmen Saeculare I 28, 21.
48 árkys en griego, se corresponde con la romana cassis. Era una red de bolsa en forma de embudo, semejante a las redecillas del cabello; en los bordes llevaba unas cuerdas que cerraban la boca hexagonal.
49 díktya en griego, era la panagria, red mayor que se empleaba en lugares llanos a nivel del suelo.
50 En griego schalís, en latín varae. JENOFONTE , De la Caza 2, 7 y ss.; LUCANO , IV 439.
51 Para sujetar la presa. GRATIO , Cinegética 90: «Se suele aconsejar hacerlos más bien con nervios de ciervo».
52 parece del mismo tipo expresado en VIRGILIO , Eneida IV 131 lato venabula ferro.
53 El vocablo griego harpálagon aparece solamente en este texto, pero probablemente es el lag ō bólon = palo para matar liebres. TEÓCRITO , IV 49, VII 128; JENOFONTE , De la Caza 6, 11: «un bastón en la mano sirve para asestar el golpe mortal a la liebre cogida en la red».
54 PÓLUX V 19 las menciona con armas de caza.
55 En latín tridens o fascina, usado principalmente para pescar.
56 En griego ancylídas (que solamente se mencionan aquí) y cor ṓ nas. Es difícil averiguar el verdadero significado. Parecen anillas, abiertas unas, otras cerradas.
57 Stipa tenacissima y especies semejantes que crecen en España y África. Uno de los lugares donde más abundaba esta gramínea era el campo alicantino, probándolo el hecho de que cuando los romanos ganaron Akra Leuka a los cartagineses, entre el botín hallado tras los muros había gran cantidad de esparto que, según LIVIO , los púnicos tenían destinado a usos náuticos. PLINIO , XIX 26 y ss.; JENOFONTE , De la caza 9, 13; ELIANO , Historia de los animales XII 43.
58 Es la podágra o podoslrabé, cepo o traba para que se enganchen las patas de los animales. Igual que la pedica dentata de los romanos. Consiste en un aro de madera que sostiene un armazón, en el cual hay colocados clavos de madera y hierro alternativamente; dentro del marco hay una soga, y atado a ella por una cuerda hay una traba. Se coloca todo ello en el suelo camuflado bajo hierbas. Cuando salta la trampa, al pisarla la fiera, la soga se enreda en sus pies, la traba estorba sus movimientos y, en todo caso, por el rastro que deja en el suelo, indica el camino de la huida. JENOFONTE , De la caza 9, 11 y ss.; GRATIO , Cinegética 92. PLUTARCO dice que la inventó Aristeo.
59 La sagena era una red grande de muchas mallas que se corresponde con la verricula de los romanos. Más usual entre los pescadores.
60 En griego dorcalís, gacella dorcas. Probablemente antilope dorcas.
61 HORACIO , Epodos II 35: pavidumque leporem .
62 Negros cabellos característicos.
63 PÍNDARO , Olímpicas III 2-4 menciona los caballos de la ciudad siciliana de Agrigento.
64 Mázices o mazaces. Al parecer se refiere a los caballos de un pueblo del N. de África, vecino de Mauritania, según los testimonios de Nemesiano, Suetonio, Claudio y otros autores. Mazaca era también un antiguo nombre de Cesárea en Capadocia (Asia Menor).
65 NEMESIANO , Cinegética 241: «Que ejemplares de buena raza reproduzcan las características de los capadocios».
66 NEMESIANO , Cinegética 259: «ten además el solípedo que envía la tierra mauritana»; ESTRABÓN XVII 3, 7; PAUSANIAS VIII 43, 3.
67 ESTRABÓN , VII 4, 8 refiere que era costumbre castrarlos para domarlos.
68 No se sabe con certeza si se refiere a Magnesia de Tesalia o de Lidia.
69 Según ESTRABÓN , VIII 3, 8, se refiere a los caballos de Elide. Los primeros pobladores de Elide fueron los epeyos cuyo nombre procede de su rey Epeos.
70 «Los caballos de la casa de Togarmah» en EZEQUIEL XXVIII, son los de Armenia o país vecino. ESTRABÓN , XI 13, 9.
71 Eran especialmente famosos los caballos de Cirene. ESTRABÓN , XVII 3, 20; PINDARO , Ístmicas I, IV.
72 Escoliasta de TEÓCRITO , XIV: «caballos tracios y mujeres lacedemonias». HOMERO , I líada X 545 y ss.; VIRGILIO , Eneida V 565 y ss.
73 HOMERO , Odisea IV 84; ESTRABÓN , I 2, 34. ARISTARCO los identificaba con los árabes.
74 JENOFONTE , De la equitación 1 y ss.; PÓLUX I 189 y ss.; VIRGILIO , Geórgicas 72 y ss.; COLUMELA , VI 29; NEMESIANO , Cinegética 245 y ss.
75 La porción de la pata encima de la pezuña.
76 Monte de Asia Menor.
77 Como en Job XXIX 19 y ss.
78 El uso de cardamý por scardamýssó está atestiguado en Hesiquio. En este pasaje acardamýtoisin, «sin pestañear».
79 Al parecer se refiere a la testudo , formación de asalto en la que los soldados se cubrían la cabeza con sus propios escudos a modo de caparazón.
80 VIRGILIO , Eneida XI 89.
81 En HOMERO , Ilíada XIX 404, Janto, el caballo de Aquiles, profetiza su muerte: «sí, una vez más te salvaremos aún, impetuoso Aquiles, pero está cercano el día fatal…».
82 Significa «cabeza de buey». Es el nombre del famoso caballo de Alejandro Magno, al que logró domar cuando era todavía niño, y tuvo después como caballo de batalla. Cuando murió le tributó grandes honores. Este caballo era oriundo de Tesalia, donde parece que había una raza equina de este nombre. ELIANO , Historia de los animales VI 44; DIODORO , XVII 76 y 95; PLINIO , Historia Natural VIII 154; ARRIANO , Anábasis V 14, 4, y V 19, 4.
83 En HOMERO , Ilíada XX 226 se cuenta que, con las yeguas de Erictonio, Bóreas engendró, en figura de caballo, doce potros tan ligeros, que cuando corrían sobre un campo de trigo no doblaban las espigas, y cuando lo hacían por la superficie del mar no la rozaban.
84 Se refiere al caballo Pegaso. La Quimera era un animal monstruoso con cabeza de león, cuerpo de cabra y parte trasera de serpiente (HOMERO , Ilíada VI 179; LUCRECIO , V 905) matada por Belerofonte (OVIDIO , Tristes II 397) con la ayuda de su alado caballo Pegaso (PÍN DARO , Olímpicas XIII 84, Ístmicas VI 44).
85 En HERÓDOTO , III 84 se cuenta que Darío, hijo de Histaspes, llegó a ser rey de Persia por la astucia de su palafrenero Ébares. Había seis candidatos al trono y estos decidieron que fuera rey aquel cuyo caballo relinchara primero al salir el sol. Ébares discurrió el ardid de conducir al caballo la noche antes al sitio donde iba a encontrarse con su yegua preferida. A la mañana siguiente, al pasar por el lugar donde había estado la yegua el caballo relinchó.
86 Historia narrada con algunas variantes por diversos autores: ARISTÓTELES , Historia de los Animales 631a 1-7; ELIANO , Historia de los Animales IV 7; ANTÍGONO , Conjunto de historias maravillosas 54; VARRÓN , Sobre la agricultura 7, 9; PLINIO , Historia Natural VIII 156.
87 Rey de Tebas que mató a su padre Layo y se desposó con su madre Yocasta ignorando su culpa.
88 También en SÓFOCLES , Electro 1154: m ḗ ter am ḗ tor.
89 Monte al SO. de Sicilia.
90 Gigante de cien brazos. Luchó contra Atenea quien consiguió vencerlo aplastándolo bajo su carro o arrojando sobre su cuerpo la mole de la isla de Sicilia. Allí, enterrado bajo el Etna, vomita fuego por su boca: APOLODORO , Biblioteca I 6, 2; CALÍMACO , Fragmenta 117; LUCA NO , VI 293; VIRGILIO , Eneida III 578. En El Cíclope de EURÍPIDES es Dioniso quien vence a Encélado con la ayuda de Sileno. A juzgar por la etimología se le asociaba como a Posidón e incluso al propio Dioniso con sacudidas o temblores de tierra. A. MELERO , «La muerte de Encélado», Est. Clás . 87 (1984), 159-166, viene a decir que Encélados significaría algo así como el que lleva en su interior célados «ruido» «susurro» «alboroto» o «entonación de un canto», y que célados es un equivalente poético de bromos y también es el término religioso específico para designar el ruido dionisiaco. De modo que el término significará «el que lleva o posee en su interior el sonido de Dioniso».
91 La mayor riqueza de los partos la constituía la ganadería, especialmente el ganado caballar. ESTRABÓN , XI 13, 7; GRATIO , Cinegética 508.
92 Cf. MARCIAL , XIV 199. En la Geografía de ESTRABÓN , III 4, 15, se dice que Hispania alimenta cabras y caballos salvajes que son semejantes a los de los partos: «por velocidad y destreza en correr superiores a todos los demás», y NEMESIANO : «Un vasto país se extiende tras las escarpadas crestas de Calpe, muy fecundo en buenos cornípedos; pues son capaces de lanzarse a largas galopadas por los prados…». Pero GRA TIO : «No me atrevería a intentar el combate con un hispano de guía…».
93 Como prototipo de rapidez el águila: PÍNDARO , Píticas II 50, V 112; Nemeas III 80; HOMERO , Ilíada XXI 252; el delfín: PÍNDARO , Píticas II 51, Nemeas VI 72; el halcón: HOMERO , Ilíada XV 237, Odisea XIII 86.
94 Cf. n. 92.
95 En griego quizá glaucós y charopós (usado aquí) sean dos matices del mismo color, el primero azul grisáceo, el segundo gris azulado.
96 Famosa raza de caballos de la llanura Nisea en Media. HERÓDOTO , III 106, VII 40; ESTRABÓN , XI 13, 7; ARRIANO , Anábasis VII 13.
97 Parece que OPIANO designa con este nombre dos especies de caballos. La primera con rayas en el cuello y en el lomo, como el tigre; la segunda, manchada como el leopardo. Considera a la primera como una raza natural y a la segunda como producto artificial. La primera puede ser la cebra. El poeta ha hecho un juego etimológico entre oúresin , «en los pastos», y oroúein , «aparearse».
98 El Céfiro o Favonio es el viento del Oeste; sopla suavemente dando vida a árboles y frutos.
99 En Génesis XXX 37 y ss. «Cogió Jacob varas verdes… y haciendo en ellas unos cortes las descortezaba dejando lo blanco de las varas al descubierto… y las que se apareaban a la vista de las varas parían crías rayadas y manchadas». En HELIODORO , Etiópicas IV 8 se menciona algo semejante: Persina, esposa de Hidaspes, rey de los etíopes, dio a luz a una niña blanca, por lo cual su marido la acusó de adulterio. Persina cayó en la cuenta de que, en el momento de la concepción, había puesto la mirada en la imagen de una Andrómeda desnuda que estaba pintada en la cámara nupcial.
100 No es rica Palestina en plantas aromáticas, pero las especias y perfumes del lejano Oriente venían a Europa por la ruta de Siria. Los perfumes procedían principalmente de Arabia según testimonio de TEOFRASTO y PLINIO EL VIEJO .
101 ARISTÓTELES , Historia de los Animales 560b 26.
102 Pretendiente de Helena, de gran belleza, hijo de Cáropo y de la ninfa Aglaya. Figura en el Catálogo de las naves de Ilíada II 671. En el curso de la lucha entre Aquiles y Telefo, en Misia, Nireo mató a la mujer de Telefo. EURÍPIDES , Ifigenia en Áulide 204.
103 Bello joven, hijo de Cefiso, o de Tespias, según otra leyenda, que, enamorado de sí mismo al verse reflejado en el agua, murió y fue transformado en la flor que lleva su nombre. Hay diversas variantes de la leyenda.
104 Bello joven espartano muerto casualmente por el disco que lanzó Apolo. De su sangre brotó la flor del jacinto.
105 Cf. De la Caza II n. 6.
106 Gigante hijo de Posidón y la ninfa Melia. Rey de los Bébrices, de carácter salvaje, que mataba boxeando a los extranjeros que llegaban a su país, Bitinia. Fue vencido por Pólux cuando los Argonautas arribaron a aquella tierra. Argonáuticas órficas 660.
107 Cf. n. 8.
108 Hijo de Zeus y Sámele, parece que en su origen era un dios de la vegetación. Le estaban consagrados la yedra y el mirto.
109 Cf. PÓLUX V 46 y s.
110 Cf. n. 3. GRATIO , Cinegética 172, «El umbro lo mismo que rastrea a sus enemigos huye de ellos si le hacen frente».
111 .Cf. PÓLUX V 37.
112 Parece que se refiere a los nacidos en la Iberia asiática, la actual Georgia, cerca del Cáucaso. ESTRABÓN , II 5, 12; NEMESIANO , Cinegética 127.
113 Cf. OVIDIO , Metamorfosis III 210.
114 Argólides en PÓLUX .
115 Saurómatas o sármatas. Al S. de Rusia. HERÓDOTO IV 110 y ss.
116 GRATIO , Cinegética 156; PLINIO , Historia Natural VIII 148.
117 JENOFONTE , De la Caza X 1; ELIANO , Historia de Ios Animales III 2; GRATIO , Cinegética 212; OVIDIO , Metamorfosis III 208.
118 De la Magnesia caria. ELIANO , Varia Historia XIV 46.
119 Aquí se refiere al Nilo. Perros egipcios: ARISTÓTELES , Historia de los Animales 606a 23; ELIANO , Historia de los Animales VI 53, VII 19; PLINIO , Historia Natural VIII 148.
120 JENOFONTE , De la Caza 10, 1; PÓLUX V 37.
121 De Molosia, región del Epiro. De ellos proceden los dogos actuales. ELIANO , Historia de los Animales III 2, XI 20; VIRGILIO , Geórgicas III 404; HORACIO , Épodos VI 5; GRATIO , Cinegética 181 y ss.; NEMESIANO , Cinegética 107.
122 Cf. JENOFONTE , De la Caza 7, 1 y ss.; GRATIO , Cinegética 263 y ss.: «cubrir a las perras en el invierno a fin de que las crías nazcan en primavera». ARRIANO , Cinegética 27 y ss.; VARRÓN , II 9, 11.
123 La murena. Cf. De la Pesca I 559 y n.
124 ARRIANO , Cinegética 4, 2 y s. coincide en la apreciación.
125 JENOFONTE , De la Caza 4, 1; PÓLUX V 57.
126 JENOFONTE , De la Caza l . c.; NEMESIANO , Cinegética 269.
127 JENOFONTE , l. c. Pero ARRIANO , Cinegética 5, 7 «las orejas sean grandes y blandas»; igualmente VARRÓN , II 9, 4.
128 JENOFONTE , l . c.
129 JENOFONTE , l . c.: «pecho ancho, no sin carne».
130 JENOFONTE , l . c.: «pequeñas, rectas, redondeadas».
131 JENOFONTE , l . c.; NEMESIANO , Cinegética 274.
132 JENOFONTE , l . c .
133 JENOFONTE , l . c .: «caderas carnosas».
134 JENOFONTE , l . c.: «colas largas, rectas, flexibles».
135 Cf. n. 95.
136 Coincide con JENOFONTE , De la Caza 4, 7. Pero ARRIANO , Cinegética 6 no considera importante el color para que sean buenos cazadores.
137 También HOMERO , I lítada V 500. El nombre de la diosa es una frecuente metominia por el mismo grano de trigo, y así aparece en otros muchos autores.
138 JENOFONTE , De la Caza 7, 3, aconseja que los cachorros sean alimentados por sus madres.
139 JENOFONTE , De la Caza 7, 5, aconseja también la brevedad en los nombres de los perros y da cuarenta y siete de dos sílabas: Psych ḗ , Thymos, Pórpax…
140 JENOFONTE , De la Caza 8 da instrucciones para cazar liebres en invierno.
141 Coincide con JENOFONTE , De la Caza 5, 5.
142 Coincide con JENOFONTE , De la Caza 5, 5.
143 Se refiere a la costumbre de tatuarse. HERODIANO , III 14; CÉSAR , Guerra de las Galias V 14: «Todos los britanos se tiñen con vitriolo».
144 Alusión en HOMERO , Odisea XVII 309.
145 ESTRABÓN , IV 4, 6: «perros hábiles para las cacerías»; NEMESIA NO , Cinegética 224 y s.
146 Epíteto onomatopéyico. En griego, adjetivo relacionado con syriz ō , «silbar». ē
LIBRO II
Los inventores de la caza
Ea, ahora, hija de Zeus, Febe 1 de hermosos pies, doncella de la diadema de oro, hermana gemela de Apolo, díme, te lo ruego, quién entre los hombres y esforzados héroes recibió de tu mano las gloriosas artes de la caza.
A los pies del Folóe 2 batido por el viento, las salvajes [5] tribus mezcla de bestias y seres humanos, hombres hasta la cintura, pero desde ella caballos semihumanos, inventaron la caza como pasatiempo para después del banquete.
Entre los hombres ocupa el primer puesto el que cortó la cabeza de la Gorgona 3 , Perseo 4 , el glorioso hijo de [10] Zeus de oro; pues, elevándose con las raudas alas 5 de sus pies, capturó liebres, chacales, la raza de las cabras salvajes y rápidas gacelas, las razas del órix y los mismos ciervos moteados de elevada cabeza.
Cástor 6 , el portador de luz, inventó la caza a caballo [15] y mató a algunas fieras con el lanzamiento certero de su jabalina, y a otras las persiguió con veloces caballos y las cazó 7 en la carrera del mediodía.
Pólux 8 el lacedemonio, hijo de Zeus, fue el primero que adiestró para las batallas contra las fieras a los perros [20] armados de aguzados dientes; pues él no sólo mató a pérfidos hombres en el pugilato, sino también domeñó a las salvajes fieras moteadas con rápidos sabuesos.
En el combate cuerpo a cuerpo en las colinas brilló extraordinariamente el hijo de Eneo, el guerrero Meleagro 9 . Hipólito 10 fue el primero que mostró a los cazadores [25] redes de bolsa, y lazos corredizos y retorcidas redes grandes, y la joven Atalanta 11 , la gloriosa hija de Esqueneo, cazadora de jabalíes, fue la primera que inventó la alada muerte para las fieras. El taimado Orion 12 fue el primero que ideó la caza con trampas por la noche.
[30] Éstos fueron los poderosos jefes de la caza de antaño.
Pero después dominó a muchos de ellos una violenta pasión amorosa, pues nadie que haya estado alguna vez seducido por los encantos de la deliciosa caza podría abandonarla jamás voluntariamente, retenido como está por inefables lazos.
¡Qué dulce es dormir sobre las flores en primavera! [35] ¡Qué dulce en verano el lecho en el suelo de una cueva! ¡Qué delicia para los cazadores la comida entre las altas rocas! y ¡qué alegría les embarga cuando cortan por sí mismos la flor de miel 13 del otoño! La fría agua clara [40] que brota de una gruta ¡qué dulce bebida y qué dulce baño para un hombre cansado! y en los bosques ¡qué gratos regalos les traen en gráciles canastillos los pastores que guardan cerca sus rebaños!
Toros
Pero, ea, ahora, en primer lugar, cantemos a la extremadamente celosa raza de los toros y la inmensa [45] contienda que sostienen con rabiosa furia por su apareamiento.
Un toro es el monarca de una manada, el jefe supremo de todos, que reina sobre los toros más pequeños y sobre las hembras. La manada tiembla ante su poderoso jefe cornudo, y tiemblan también las vacas del campo ante su fiero esposo cuando muge. Pero, cuando llega un [50] toro que se ha apartado del rebaño, arqueando su poderoso cuello, completamente solo, contra otro que es, a su vez, dueño y señor de otra manada, entonces se suscita entre ambos un violento combate.
Primero, frente a frente se lanzan una mirada feroz uno al otro, y los sacude un fuerte estremecimiento de [55] ardiente y salvaje rabia, y, respirando fiero aliento, escarban la tierra con sus pies, como si fueran atletas 14 que se rocían con arena.
Apostados a cada lado, se desafían llamándose mutuamente con gritos de guerra. Y, cuando han hecho sonar la trompeta para el penoso combate, se acometen de forma [60] incontenible, y en seguida con sus cuernos se hieren todo el cuerpo uno al otro alternativamente.
Como en una batalla en el mar, cuando el dios de los combates navales suscita la lucha, dos naves que destellan espléndidas con guerreros en formación cara a cara, chocan [65] de frente con proas opuestas, presurosas por el violento viento y los remos de los marineros; y resuena el estrépito de los hombres armados de bronce, y el choque de los barcos, y todo el mar hierve de olas, así el estrépito del choque de los toros asciende al cielo, cuando golpean implacablemente con sus cuernos y son golpeados, hasta que uno de los dos gana su ansiada y dudosa victoria.
Pero el vencido no puede soportar el yugo de la esclavitud; avergonzado y gimiendo profundamente se interna en un sombrío bosque, y pasta él solo entre las rocas, al igual que las estaciones giran en círculo, retirado en las [75] espesuras del monte, como un atleta en el entrenamiento.
Cuando ve reparado su vigoroso poder y su fuerza, puestos en entredicho, enseguida dirige su potente voz a las montañas; y el otro le responde, y el bosque resuena; pero cuando recobra su coraje por sus fuertes mugidos, [80] entonces rápidamente desde las colinas va al encuentro de su enemigo, y fácilmente le vence; porque él ha fortalecido su cuerpo con el pasto en la selva, lejos de la lujuriosa pasión debilitadora de la fuerza.
Muchas son las formas e incontables los temperamentos de los toros. Los toros egipcios 15 habitan cerca de las [85] orillas espléndidas de fruto del Nilo fértil en trigo, un río de muchas ramificaciones; los de color blanco sobresalen entre todos por su tamaño. Tú dirías que era un barco de gran calado que iba sobre la tierra, dulce de espíritu y amistoso con los hombres, y que obedece mansamente a cualquiera de ellos que lo mande.
[90] Los toros frigios son notables por su color, rubios y flameados. El cuello es muy carnoso; arriba se elevan altivas sobre sus cabezas sus curvas espirales. Y extraña es la naturaleza de sus cuernos, pues no están fijos firmemente [95] sobre sus poderosas cabezas, sino que oscilan 16 adelante y atrás desde ambos lados.
Los toros aonios 17 son solípedos, raza con manchas de varios colores y un solo cuerno; un terrible cuerno que proyectan hacia arriba desde el medio de la frente.
Los toros armenios elevan dos cuernos de forma curva con las puntas dobladas hacia atrás, temible azote.
Los toros asirios, razas del Quersoneso 18 , pastan en [100] torno al alto y bien fortificado Pela, fogosos, fuertes, de gran coraje, anchos de frente, campestres, poderosos, de potentes cuernos, salvajes de espíritu, de alto bramido, fieros, celosos, de abundante barba; pero no tienen los [105] cuerpos pesados por la grasa y carnosidad, ni tampoco son flacos o débiles; tan insignes regalos de los dioses llevan bien mezclados, siendo a la vez rápidos en la carrera y fuertes para la lucha.
Aquéllos son, según los relatos, los toros que desde [110] Eritia 19 condujo Heracles 20 , el poderoso hijo de Zeus, cuando realizaba sus trabajos, cuando luchó con Gerión 21 cerca del Océano y lo mató entre los riscos; puesto que estaba destinado a cumplir todavía otro trabajo, no por causa de Hera, ni por las amenazas de Euristeo 22 , sino lis [115] por su camarada Arquipo 23 , señor del sagrado Pela. Pues mucho tiempo antes se había inundado toda la llanura al pie del Emblón, ya que el río Orontes siempre iba muy crecido, presuroso, olvidado del mar de clara mirada, y ardiendo en deseos por la ninfa de ojos oscuros, la hija del Océano; y se quedó en las montañas y cubrió la tierra [120] fértil, no queriendo abandonar el amor deseperado de Melibea 24 .
Estaba ceñido el río alrededor por montañas que a ambos lados inclinaban sus cabezas unas hacia otras; del Este venía la elevada mole del Diocleo, y del Oeste el cuerno [125] izquierdo del Emblón; y él mismo, corriendo impetuosamente en medio de los campos, siempre creciendo y caminando cerca de la muralla, inundó con sus aguas, a la vez, el continente y la isla 25 , mi ciudad.
Por lo cual, en seguida, estaba destinado el hijo de Zeus, con su maza y sus potentes manos, a restablecer el cauce y dar curso separado desde la llanura a las aguas [130] de la laguna de trenzada cabellera y al rio de cabellera flotante; y realizó una magna empresa cuando cortó la diadema de las colinas circundantes y, liberándolo de las cadenas de piedra, desvió el río que vomitaba en sus bocas, ondulado de forma incontenible, y murmurando [135] salvajemente, y lo guió hacia las costas; y alto rugió el profundo mar y resonó el poderoso cuerpo de la costa siria.
No con tanta violencia descienden los dos ríos que viajan en sentido contrario a ambos lados del resonante mar: aquí el Istro 26 , que cortando las blancas bridas del Bóreas 27 [140] a través de Escitia 28 , ruge alto por todas partes, serpeando entre precipicios y cimas batidas por el agua; en el otro lado el resonante mar tiembla ante la sagrada corriente de Egipto 29 cuando se precipita sobre él desde Libia.
Así el poderoso río Orontes corrió resonando con terrible [145] bramido alrededor de las costas; y las orillas retumbarón fuertemente cuando recibieron en sus senos la recién llegada crecida del mar. Y la tierra oscura y fértil resurgió de nuevo, emergiendo de las olas, una nueva planicie de [150] Heracles; y por todas partes, aún ahora, los campos florecen de trigo, y en todos los lugares las labores de los bueyes han hecho rebosar los prósperos graneros cerca del templo de Memnón 30 , donde los habitantes de Asiria se lamentan por Memnón, el glorioso hijo de la Aurora, al cual mató rápidamente, cuando vino un día en ayuda de [155] los hijos de Príamo, el audaz esposo de Deidamía 31 ; pero celebraremos las extensas glorias de nuestra tierra, en el orden debido, con e! canto amable de Pimplea 32 ; ahora retorno al canto de la gloriosa caza.
Bisontes
Hay una terrible casta de mortíferos toros que reciben el nombre [160] de bisontes 33 , porque son oriundos de la tracia Bisonia. Su forma es como sigue: encima de sus hombros se encienden de color rojizo encrespados cabellos sobre sus carnosos cuellos, y también alrededor de sus tiernas quijadas; tienen una forma notable, como los reyes de las bestias, [165] los lanudos, rubicundos y fieros leones; aguzadas las curvas puntas de sus cuernos, semejantes a corvos anzuelos de bronce, pero las dagas de sus odiosos cuernos se curvan hacia dentro, de forma muy distinta a los de otras especies, una enfrente de la otra y sus mortíferos aguijones [170] se enderezan mirando hacia el cielo; por lo tanto, cuando encuentran y atacan a un hombre o bestia salvaje, levantan a la víctima en alto. Su lengua es estrecha, pero extremadamente áspera, como el instrumento de hierro limador del hierro, y con la lengua sacan sangre de la carne y la [175] chupan.
Ciervos
Además la tierra da vida a la raza de ciervos 34 de pies veloces, de hermosa cornamenta, de grandes ojos, gallardos, de manchada espalda, moteados, brillantes, que nadan 35 el río con la cabeza erguida, gordos de lomo, de [180] muslos delgados, de cuello fino y cola muy pequeña; las narices tienen cuatro orificios 36 , cuatro conductos para la respiración; su corazón es débil, y cobarde es el espíritu que alberga en su interior; los cuernos afilados que elevan tan alto les sirven únicamente de adorno, puesto que ellos [185] nunca combatirán con sus cabezas contra feroces bestias salvajes ni fieros perros, ni tan siquiera con las tímidas liebres de peludas patas.
Pero los ciervos tienen una fuerte pasión amorosa 37 y fuerte deseo, y un corazón inflamado por el apareamiento [190] todo el día, como los lascivos y belicosos gallos 38 y todas las aves aladas de plumaje de flores. Ellos llevan ocultos dentro de sus lomos, bajo el vientre, gemelos testículos, y si alguien los cortase, en seguida el animal se haría afeminado, y su cabeza quedaría despojada de todo el laberíntico y elevado vástago de muchas ramas de aguzados cuernos.
Más su forma de aparearse 39 difiere de la costumbre [195] de las otras bestias, y extrañas son las pasiones que los poseen; pues no de pie en los valles agrestes, ni yaciendo en los floridos lechos de hierba se unen los ciervos con las hembras sino que la cierva corre, y el ciervo la alcanza [200] corriendo con ligeros pies, y apresa a la fugitiva, y la abraza como esposa, pero ni aún así la persuade, y, llevando al macho sobre su espalda, ella huye sin cesar con implacable corazón; pero él siguiéndola ágilmente con dos pies no amaina su deseo y cumple los ritos nupciales. Y [205] después, cuando se completan los ciclos de las lunas y la hembra da a luz a su hijo, evita la vereda 40 de los hombres, porque los senderos de los mortales son impuros para las bestias salvajes.
Entre todas las fieras, sobresalen por su belleza los [210] ciervos de hermosa cornamenta 41 , que poseen un laberíntico vástago de cuernos. En verdad, cuando sus rameados cuernos caen en la debida estación, ellos cavan una trinchera en el suelo y los entierran 42 , para que nadie los coja, si los encuentra por casualidad en el surco, y ellos mismos se esconden en la espesura del frondoso bosque, [215] avergonzados de que las bestias salvajes pudieran verlos con la cabeza desnuda que antes se remontaba tan alta.
Los ciervos tienen doble género de vida, porque ellos pisan la sólida tierra y también cruzan las profundidades, viajando juntos 43 en grupo cuando recorren los vados marinos. [220] Uno, delante, conduce a los ciervos en filas ordenadas, como un piloto maneja el timón de una nave; y otro detrás, apoyando en su espalda su cuello y cabeza, atraviesa el mar en su compañía; y, llevando cada uno a su vez a otro, surcan el mar.
[225] Pero cuando el cansancio vence al que nada en primer término, éste deja su puesto y va al final de la línea, y colocándose sobre otro toma un pequeño respiro de su esfuerzo, mientras otro empuña el timón y viaja sobre el [230] mar. Y todos los nadadores, turnándose como jefes, reman las oscuras aguas con sus pies a modo de palas, y sostienen en alto la belleza variada de sus cuernos, confiándolos a las brisas, como las velas de un barco.
Pero todas las razas de las serpientes y los ciervos mantienen amargo y recíproco odio 44 siempre, y, por todas partes, en las hondonadas del monte el ciervo busca [235] a la audaz serpiente.
Pues, cuando él ve el rastro de la serpiente entretejido con largas espirales, llega exultante cerca del escondrijo y pone sus narices en el agujero, arrastrando con violento aliento al mortífero reptil a la batalla, y, aunque ella no [240] quiere combatir, el fuerte resoplido la incita a salir de su profundo cobijo.
En seguida la venenosa fiera ve a su enemigo y eleva alto en el aire su terrible cuello, y descubre sus blancos dientes terribles y afilados, y entrechoca sus mandíbulas, soplando con agudos silbidos. E inmediatamente el ciervo, [245] como si sonriera, parte con su boca a su enemiga que lucha en vano; y, mientras aquella se enrosca alrededor de sus rodillas y su cuello, incesantemente la devora; y quedan esparcidos en la tierra muchos restos temblorosos y [250] con espasmos de muerte.
A pesar de su crueldad, quizá te apiadarías del voraz monstruo, pieza de carne desgarrada con mortíferas heridas.
En las fronteras de Libia, criadora de caballos, anda errante una vasta e incontable hueste de mortíferas serpientes moteadas. Cuando un ciervo solitario está echado [255] en las arenosas colinas, en seguida le acosa desde todos los lados un hostil enjambre de infinitas serpientes y sus odiosas falanges venenosas; y le clavan sus aguzados dientes en la piel, bullendo alrededor de todos los miembros del ciervo. Algunas arriba se dirigen a su cabeza, y le [260] clavan sus dientes en las cejas y frente, otras abajo desgarran con la boca su esbelto cuello y pecho, sus lomos y su vientre, otras se adhieren a sus costillas por cada lado; otras comen sus muslos y espalda por arriba. Una aquí, [265] otra allá, se cuelgan de él y le acribillan cruelmente.
Él, atormentado por toda clase de dolores, primero quiere escapar con rápidos pies, pero no tiene coraje ¡tan [270] infinita muchedumbre de crueles serpientes moteadas le acosa! Entonces se queda quieto, abrumado por la atroz necesidad, y con sus mandíbulas desgarra a las infinitas tribus hostiles, mientras brama por causa de los dolores, y volviéndose a uno y otro lado destruye al enjambre de serpientes que no se esfuerzan en huir.
[275] Ellas no sueltan todavía su presa, sino que permanecen hasta la muerte implacablemente y con inmutable corazón. Él parte a algunas con sus mandíbulas, a otras las mata con sus pies y pezuñas, y cae al suelo un inextinguible [280] reguero de sangre de las serpientes; y el cuerpo y los miembros de las bestias medio devoradas se esparcen por tierra. A otras, medio muertas, las estruja sobre sus costillas; pues incluso mientras perecen todavía están sujetas con sus fuertes dientes, y todavía gimotean las cabezas solas pegadas a la piel. Pero el ciervo, conocedor del regalo [285] que ha recibido del cielo, busca por todas partes la oscura corriente de un río. Allí mata cangrejos 45 con sus mandíbulas y obtiene un remedio aprendido por sí mismo para su doloroso mal; y, en seguida los restos de las crueles [290] bestias caen de su piel espontáneamente a sus pies, y se cicatrizan por todas partes las heridas producidas por los dientes.
Por otra parte, el ciervo vive largo tiempo 46 , y con razón dicen los hombres que vive cuatro vidas de corneja 47 .
«Cuernos anchos»
A otros, los hombres los llaman «cuernos anchos» 48 . Estos son en todo como los ciervos, pero llevan en la parte superior cuernos de cuya naturaleza informa [295] el nombre de los animales.
Iorcos
A otros animales de los bosques los llaman iorcos 49 . Éstos tienen asismismo la forma de ciervo, pero en su espalda llevan una piel con manchas de varios colores, como las marcas que brillan sobre la piel de los salvajes leopardos.
Antílope
[300] El antílope 50 es de menor estatura que el «cuernos anchos»; pero mucho más fuerte que la gacela 51 , de brillantes ojos, de color agradable, de alegre aspecto. De su cabeza [305] nacen rectas las largas ramas de sus cuernos, pero se doblan de nuevo hacia atrás, hacia la espalda, con curvas puntas.
Más que las otras esta raza ama su propio lar, y sus habituales guaridas y su acostumbrada morada en los claros de los bosques. Incluso, si los cazadores lo atan con retorcidas cuerdas y lo transportan en seguida a otros lugares, [310] y de nuevo lo dejan en libertad, lejos, en valles profundos, fácilmente él regresa a su dulce lar, donde tiene su habitual residencia, y no soporta andar errante como un extranjero entre extraños.
Por tanto no son los hombres únicamente los que aman su tierra nativa, sino que también en los corazones de las moteadas bestias salvajes está enraizado el deseo del hogar.
Gacela
[315] De sobra todos nosotros conocemos las espléndidas tribus de las velocísimas gacelas, igualmente su belleza, estatura y fuerza.
Las lujuriosas perdices 52 , de color rojizo, de ojos brillantes y manchado cuello, sellan pacto de amistad con las gacelas en los valles, y son amigas, y viven en recíproca armonía y tienen sus nidos en [320] las proximidades, y se alimentan no lejos de ellas. Verdaderamente puede ocurrir que después recojan frutos amargos de su camaradería y triste provecho de su amistad, cuando hombres perversos idean una astuta trampa contra las desgraciadas criaturas, y ponen a las perdices como señuelo para sus amigas las gacelas, colocando, a su vez, [325] a las gacelas como reclamo para sus compañeras las perdices.
Ovejas y cabras salvajes
Por otra parte, hay tribus salvajes de cabras y ovejas. Éstas no exceden mucho en tamaño a nuestras ovejas y peludas cabras, pero son rápidas en la carrera y fuertes para la lucha, ya que tienen sus cabezas armadas con retorcidos cuernos; es más, la fuerza de las ovejas reside [330] en sus terribles frentes. Con frecuencia en los bosques, ellas embisten y derriban a los impetuosos jabalíes que caen revolcándose convulsivamente en el suelo. A veces, ellas se embisten mutuamente y luchan; y un fuerte estrépito llega al cielo; y no les está permitido esquivar a su [335] enemiga, sino que es obligación ineludible que una gane la victoria sobre la otra o perezca; tal refriega se suscita entre ellas.
Y las cabras salvajes tienen un estrecho canal 53 para la respiración que va a través de los dientes en medio de [340] los cuernos, desde donde, de nuevo, llega derecho al corazón y a los pulmones.
Y si uno derramase cera alrededor de los cuernos de la cabra salvaje, bloquearía los caminos de su vida y los conductos de su respiración.
Por otro lado, entre éstas, extraordinario es el cuidado que prodiga la madre a sus tiernos vástagos, y el que los [345] hijos toman por su madre en la vejez. E, incluso, igual que entre los hombres, cuando un padre está atenazado por las terribles cadenas de la vejez, con pies pesados, miembros torcidos, manos débiles, cuerpo tembloroso, ojos nublados, sus hijos le rodean de cariño, y le atienden con el mayor interés como pago del cuidado de su penosa [350] crianza, así los hijos de las cabras cuidan a sus queridos padres en la edad provecta, cuando tristes cadenas oprimen sus miembros. Les ofrecen comida jugosa y florida que han recogido con sus bocas, y para beber les llevan [355] agua oscura que sacan del río con sus labios; y con su lengua cuidan y ponen todo su cuerpo lustroso.
Pero, si capturases a la madre sola con trampas, en seguida deberías coger a los cabritillos con tus manos; pues creerías que ella estaba espantándolos con sus palabras y exhortándolos a que se alejaran de este modo: [360] «huid, hijos queridos, de los crueles cazadores, para que no os asesinen y me hagáis a mí, vuestra pobre madre, que ya no lo sea». Tales palabras creerías que ella había pronunciado, mientras los hijos, permaneciendo quietos, entonarían, tú lo imaginarías, un lúgubre canto en torno [365] a su madre, y después dirías que, rompiendo en balidos, hablarían con acento humano, como si ellos utilizaran el lenguaje de los hombres, y, como si suplicaran, saldrían de su boca estas palabras: «En el nombre de Zeus y en el de la misma Arquera 54 te suplicamos: suelta a nuestra querida madre y acepta como rescate todo lo que nosotros, infelices, podemos ofrecer por nuestra pobre madre, a nosotros mismos, desdichados. Ablanda tu cruel corazón, [370] respetando la ley de los dioses y la vejez de una madre, si tú mismo tienes una madre de edad en tu espléndida casa». Tal plegaria podría uno pensar que ellos pronunciarían. Pero, cuando ven que tu corazón es de todo punto inexorable, ¡qué grande es su respeto y cuán [375] grande su amor por los padres!, ellos van a las cadenas voluntariamente y se venden por propia iniciativa, como desertores.
Hay ovejas rubias en los límites extremos de Creta, en la planicie de Gortyna, ovejas con cuatro cuernos y brillante lana que cubre su carne, abundante, pero no suave; [380] tan áspera es que pudiera pararse con el pelo más duro de las cabras, no con la lana de las ovejas.
La misma piel de color rubio tiene también el brillante soũbos 55 , pero no tan peluda, ni rematada por cuatro cuernos, sino por dos fuertes cuernos sobre su amplia [385] frente. También es el soũbos anfibio, puesto que anda sobre la tierra; pero cuando va al mar y surca las rápidas olas, entonces le sigue una gran muchedumbre de peces, y navegan el mar junto a él, y le lamen sus extremidades, y se regocijan con su cornudo amigo, el soũbos de tierno [390] cuerpo. Principalmente los phagros 56 y las débiles obladas 57 , y los peces aguja 58 , y los salmonetes 59 y las langostas 60 lo siguen en derredor.
Un portento es esto, una maravilla indescriptible, cuando pasiones ajenas y extraños amores abruman a las bestias [395] salvajes. Pues, no sólo la divinidad les ha otorgado el necesario vínculo del mutuo amor, ni únicamente que su raza se propagase con vida siempre duradera. En verdad, es una maravilla que tribus que carecen de inteligencia estén dominadas por los lazos del deseo y conozcan [400] las pasiones por los de su propia especie, y, sin entendimiento, sientan atracción uno por otro, del mismo modo que el pensamiento y la inteligencia abren los ojos a los hombres y adentran amor en su corazón; pero las razas salvajes están también acuciadas en gran medida por el frenesí de extraños amores.
[405] ¡Qué pasión la de los arrogantes ciervos por el francolín! 61 ¡Cuán grande la de la perdiz por las gacelas de largos cuernos! por otra parte ¡cómo se recogijan las avutardas 62 de peludas orejas con los rápidos caballos!
El loro 63 y el lobo pacen juntos, porque los lobos [410] siempre sienten pasión por el ave de color de hierba. Poderoso amor, ¡qué grande eres! ¡qué infinito es tu poder! ¡cuántas cosas tramas, cuántas ordenas, con cuántas, oh poderoso espíritu, tu te recreas! La tierra es firme, pero tú la sacudes con tus rayos; inestable es el mar, pero tú lo estabilizas. Tú subes al éter y el alto Olimpo siente miedo ante ti. Todas las cosas te temen: la bóveda celeste [415] y todo lo que está debajo de la tierra, y las lamentables tribus de los muertos, que, aunque han bebido con sus labios la olvidadiza agua del Leteo y han huido de todos los dolores, todavía tiemblan ante ti. Y por tu poder pasas más allá de lo que nunca ha contemplado el brillante [420] sol; ante tu fuego incluso la luz cede el sitio temerosa, y asimismo lo ceden los rayos de Zeus. Tales saetas de fuego tienes tú, fiero espíritu, amargas, consumidoras, destructoras de la mente, enloquecedoras, de extenuante aliento, incurables, con las cuales incitas incluso a las bestias [425] salvajes a deseos sin norma natural. Es una maravilla cuando los alados francolines brincan en el moteado dorso del cornudo cervatillo 64 , o las perdices giran velozmente alrededor de las gacelas, y refrescan su sudor, y reconfortan sus corazones en el sofocante calor con el batir de sus [430] alas. O cuando la avutarda, planeando deliciosamente a través del aire, va delante del caballo de pezuñas que chocan ruidosamente; o cuando los sargos 65 se aproximan a los hatos de cabras.
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