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Muerte
Al Rey
Serie Diamante Rojo Vol.3
~Angy Skay~

Los personajes, eventos y sucesos que aparecen en esta obra son ficticios, cualquier semejanza con personas vivas o desaparecidas es pura coincidencia.
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© de la fotografía de la autora: Archivo de la autora
© Angy Skay 2019
© Editorial LxL 2019
www.editoriallxl.com
04240, Almería (España)
Primera edición: diciembre 2019
Composición: Editorial LxL
ISBN: 978-84-17516-91-8
Bryan,
Eidan,
Freya,
William.
Sois mi vida.
Un tiempo después se encontraron.
Ella le dijo a él: «Todavía te brillan los ojos».
Y él le contestó: «Todavía te siguen temblando las piernas».
Índice
1
Dolor
Jack Williams
2
Un trato
3
Siete meses
Micaela Bravo
4
Tú
5
Mi infierno
Jack Williams
6
Descubierta
Micaela Bravo
7
Perdiendo los papeles
8
Malas decisiones
Jack Williams
9
No te necesito para respirar
Micaela Bravo
10
Te odio
11
Títeres
12
Duele
Jack Williams
13
Peligro
Micaela Bravo
14
La trampa
15
Una nueva vida
16
Dame una oportunidad
Jack Williams
17
No lo soporto más
Micaela Bravo
18
Peones
19
¿Un cambio de bando?
20
Un juramento
21
Navidad
Jack Williams
22
Una extraña llamada
Micaela Bravo
23
Una posibilidad entre un millón
24
Una fabulosa cuenta atrás
Jack Williams
25
Un adiós muy doloroso
Micaela Bravo
26
Mi adorada Rusia
27
El juego del despiste
28
El plan
29
Verdades sobre la mesa
30
Huida
Adara Megalos
31
Te he encontrado
Micaela Bravo
32
La montaña
Tiziano Sabello
33
El gran dolor de la mentira
Micaela Bravo
34
Un salto mortal
Adara Megalos
35
Forjando un equipo
Micaela Bravo
36
En mi postura
37
Un favor por otro
Jack Williams
38
Mi pequeña
Micaela Bravo
39
En familia
Jack Williams
40
El bufón de la corte
Tiziano Sabello
41
¡Fuera!
Adara Megalos
42
El fin
Micaela Bravo
43
El futuro
Continuará…
Agradecimientos
Información
@angyskay
Tu opinión me importa
1
Dolor
Jack Williams
Roma, Italia
—¡¡Tiziano!!
—¡Me cago en la puta! —escuché a lo lejos.
—¡¡Tiziano, venga!! —grité, apremiándolo.
Miré hacia la derecha, intentando encontrarlo en algún punto de la cafetería, pero me fue imposible cuando las botellas que tenía delante estallaron por los aires gracias a la ráfaga de balas que empezó de punta a punta de la gran barra del bar. Me encogí y me cubrí el rostro con las manos en cuanto los cristales comenzaron a esparcirse por todo mi cuerpo. A lo lejos, escuché un gruñido enfadado procedente del italiano, que trataba de llegar hasta mí arrastrándose por el interior de la barra.
Observé cómo apretaba sus fuertes brazos contra el mármol del suelo en un obstinado intento por acercarse, pero se detenía cuando las botellas caían sobre él. Soltó un grito de frustración que retumbó en todo el local. Elevó sus ojos en mi dirección, los cuales echaban chispas debido al cabreo que llevaba a cuestas.
—No puedes llamarme para emborracharnos, por ejemplo —puso los ojos en blanco—, ¡nooo! —exageró, tratando de hacer un gesto con la mano—. Tienes que hacerlo para meterme en más problemas de los que ya tengo. ¡Cómo te odio! —dramatizó.
—¡Oh, cállate y pásame la puta bolsa! —le espeté con urgencia.
Dio un breve tirón del asa y la lanzó con toda la fuerza que pudo hasta que cayó a mis pies. Segundos después, llegó a mi lado y se sentó como yo, pegando su espalda a la zona baja de la barra. Las balas comenzaron a traspasar parte de la madera desde la otra esquina y abrí la cremallera con rapidez.
—¡Vamos, vamos, vamos! —me urgió.
—¡Si no hubieras tardado tanto en llegar! —Lo miré con mala cara.
—¿Y yo qué merda1 hago? ¡No haberme llamado a última hora!
—Lo sabías desde hacía dos horas —le recriminé.
—¡¿Dos horas son mucho para ti, don Urgencias de última hora?! —me discutió, acentuando su tono y su gesto de enfado.
Tras elevar mis ojos al cielo mientras escuchaba sin cesar los reproches de Tiziano, saqué dos explosivos y los tiré por encima de la barra hacia el lugar desde el que nos disparaban, donde había tres hombres a punta de rifle acribillándonos sin piedad. El artefacto tardó nanosegundos en explotar, y ambos nos agachamos como pudimos para que no reventáramos de la misma manera. Pegué mi espalda a la madera cuando no escuché nada más al otro lado. Tiziano me imitó y soltó un gran suspiro de alivio.
—Me alegro de verte. —Reí.
Asintió con lentitud y sus labios comenzaron a curvarse.
—Y yo. —Me acompañó en la risa.
Estreché mi mano con la suya y me pasé la otra por el rostro antes de levantarnos. Inspeccioné la zona, dando por concluida la fiesta y siendo consciente del gran desastre que habíamos montado en unos minutos en el local más famoso de toda Roma.
—¿Por qué aceptas estos trabajos? —renegó, dando un salto sobre la barra para llegar al otro lado.
—Porque me pagan.
Hice lo mismo que él y dirigí mis pasos hacia una de las vitrinas que se encontraban al final del local, a oscuras, porque a simple vista parecía parte de la decoración. Le propiné un golpe con mi codo y el cristal se hizo añicos. Extraje la diminuta caja de cristal que había en su interior y la cogí entre mis manos, llenas de heridas y sangre.
—¿Qué coño es eso?
La miré con detenimiento.
—No lo sé. Y tampoco me importa.
Un silencio se creó entre nosotros. Llevaba sin verlo un par de meses, ya que había tenido algunos trabajos en los que no había requerido su ayuda. Habían pasado ya siete meses, durante los cuales mi vida había sido un infierno. Y seguiría siéndolo hasta que no diese con el paradero de Micaela, quien había desaparecido de la faz de la Tierra.
Poco tiempo después de marcharme de Nueva York, acabé con la persona que se había dedicado hasta el momento a darme caza, la misma que había reventado su propio club por los aires y a la que solo tardé un mes en capturar. Durante las semanas siguientes, no hubo ningún altercado más por parte de quienes, de una manera u otra, habían asesinado bajo mis órdenes, y me di cuenta de que sin Micaela no podía seguir respirando. Así que, sin peligro, volví como un puto loco a por ella, dándome de bruces con la realidad cuando llegué al piso que teníamos en Nueva York.
Ya no estaba.
Ni ella ni sus cosas ni su simple perfume.
Nada.
Imaginaba a cada segundo el ansiado momento en el que me encontraría con ella de nuevo tras la puerta de nuestra casa, y sentía los nervios en estado puro al pensar en su reacción y en la mía. Pero el gran dolor que experimenté al ver que había desaparecido no tenía nada que ver con lo que apuñalaba mi pecho cada segundo del día.
—¿Sabes algo de ella? —le pregunté sin más.
Tiziano me miró con recelo y negó con la cabeza. Sabía que estaba mintiéndome. Micaela y él se llevaban muy bien como para no saber dónde se encontraba. Y lo que más me cabreaba era pensar en los contactos que habría podido usar para que ni Riley fuera capaz de localizarla. La primera vez que vi a Tiziano, poco después de irme, le pregunté por ella, sin embargo, se negó en rotundo a soltar una simple palabra acerca de su paradero. Pensé en torturarlo hasta que hablase, pero Riley aplacó mis instintos más feroces cuando entendí que, aunque lo fustigase durante toda una vida, su lealtad era tan acérrima a Micaela que ni muerto hablaría.
—Y si lo supiera, ten por seguro que no te lo diría.
«Las mismas palabras de siempre», pensé. Era lo único que me decía cada vez que intentaba de una forma u otra que me diese una mínima pista.
—Tiziano... —Mi tono salió desesperado, pero no me importó.
Juro que estaba en un punto en el que si tenía que ponerme de rodillas, lo haría ante cualquiera con tal de volver a verla.
—Tú decidiste dejarla, Jack. Ahora no vuelvas a joderle la vida.
—Solo quiero que me escuche.
—Y si después de eso no quiere volver a saber nada de ti, ¿te irás?, ¿la dejarás en paz? —ironizó—. Si ella ha rehecho su vida, si tiene otra vida, otra en la que tú no estás —me señaló con el dedo—, ¿te irás, Jack?
—No —sentencié.
Rio al escuchar mi tono firme, y supe que estaba perdiendo el tiempo, pues no me diría ni una palabra. Lo llamé, a sabiendas de que dispondría de todo el material que necesitaba para este trabajo en Roma, y también supe que vendría al momento, al igual que, por muy mal que me sentara, tenía claro que no le diría nada a Micaela sobre mi visita ni sobre las veces que nos habíamos visto.
Dolor.
Eso era lo único que sentía a todas horas. Sí, es penoso alejarte de la persona que más amas, aun sabiendo que lo hiciste por su propio bien, por proteger su vida. Pero eso no quita que te sientas el hombre más miserable del planeta, teniendo en cuenta que, seguramente, la persona por la que respiras día tras día quizá haya sufrido igual o más que tú. Y esa era la gran losa que llevaba a cuestas todos los días, ese era mi infierno particular, del que no podía escapar y del que no conseguía salir por más que lo intentase.
—Venga, te invito a una buena copa. Eso sí —me apuntó con el dedo de nuevo—, no quiero hablar de mujeres.
Asentí con una sonrisa en los labios. Había echado de menos su humor. Se dirigió hacia la barra, donde se sirvió como si estuviese en su casa, mirando con el entrecejo fruncido las botellas que seguían vivas. Paseó su mano en el aire de una punta a otra hasta que dio con una, y entonces sonrió como un jodido demente. Así era Tiziano, y eso no lo cambiaría nadie.
—¿Te da igual que sea ron? —me preguntó sin apartar la vista de las demás.
»Ron…»».
Todo, todo, absolutamente todo, me recordaba a ella: el ron, que era su bebida favorita; los putos cuadros pintados a mano, que parecía que me perseguían allá donde iba; las mujeres que se cruzaban en mi camino, que me hacían acordarme sin poder evitarlo, hasta que descubría al girarlas en mitad de la calle que no eran ella. Ninguna era ella. Por las noches, me colocaba en el lado en el que acostumbraba a dormir e imaginaba que estaba junto a mí como cada mañana, pero el frío invadía cada uno de mis sentidos y me veía de madrugada palpando una cama vacía, desértica y sin un halo de calor que me indicara que estaba allí. A veces deseaba dejar de respirar, no volver a levantarme ni una mañana más, para que, de esa manera, los sueños que tenía cuando conseguía dormir algunas horas seguidas se hicieran realidad.
—Sí —le respondí escueto.
Pasé mi mano por el taburete, quitando los pequeños cristales que había, y Tiziano hizo lo mismo en la barra antes de servir las copas. Le dio un sorbo a la suya y me observó desde su posición. El tiempo, aunque corto, no lo había cambiado en nada. Seguía con su habitual gesto de chulería, con su camisa bien puesta, remangada ahora hasta los codos, y varios botones abiertos en la parte superior, dejando lucir parte de las horas invertidas en el gimnasio.
—¿Sabes algo de tu hermana?
Lo miré a través de mis pestañas cuando me preguntó por Adara. Todavía no estaba acostumbrado a llamarla «hermana», y me reprendí a mí mismo cuando me di cuenta de que llevaba el mismo tiempo sin saber nada de ellas. Ni siquiera había sido capaz de llamarlas, y eso que en algunas ocasiones lo pensé. Había encontrado a mi familia, a la de sangre, pero en mi interior tenía claro que el dolor de Micaela habría sido más grande si lo hubiese hecho. Mientras buscaba como un loco a la mujer de mi vida, Riley se presentó por su cuenta en la casa de Agneta, mi madre, y verificó que Micaela no se encontraba con ellas y que tampoco sabían nada sobre su paradero; algo sumamente extraño que nos encargamos de confirmar. Y, en efecto, no nos mentían. Pero eso no quitaba que siguiese sin tener sentido.
—No la he visto desde que vine de Atenas. ¿No habíamos dicho que no hablaríamos de mujeres? —Arrugué el entrecejo.
Tiziano sonrió y alzó su vaso al techo, para después juntarlo con el mío en un brindis, ignorando así mi pregunta. No tenía ni idea de qué habría podido pasar entre Tiziano y Adara, pero estaba claro que algo se le escapaba de las manos al italiano. Y era un sentimiento muy parecido al que yo tuve cuando conocí a Micaela, aunque él nunca lo reconocería.
—Bueno, y, cuéntame, ¿qué ha sido de tu vida en este tiempo que no nos hemos visto?
—Trabajos y casa —le respondí, contemplándolo.
—Un resumen muy breve. —Asintió.
—¿Y tú?
Agarré mi vaso con ambas manos y le di otro sorbo al ron. Ese detalle lo pasé por alto, el de beber, beber hasta que caía casi en coma. Y no podía echarle la culpa a nada ni a nadie, puesto que si lo hacía era porque quería, a sabiendas de que la bebida no me traería nada bueno. Era la única manera de sentirla un poco más cerca y quizá de mitigar el punzante dolor que no cesaba.
—He tenido unos cuantos problemas con otros narcos, pero, a fin de cuentas, los he solucionado, ya me conoces. —Rio—. He pensado en dejar el negocio y dedicarme a otra cosa.
Su último comentario me paralizó. Lo contemplé fijamente mientras movía su vaso entre las manos y hacía una mueca con los labios.
—¿Tú a otra cosa? —ironicé.
—Sí, no me mires así. No sé, tomarme un tiempo sabático. Estoy cansado de los niñatos que se piensan que pueden controlar el mundo, y a mí ya me coge mayor.
Reí por su comentario sin poder evitarlo.
—Tiziano, tienes poder para aplastarlos como a hormigas. No me vengas con cuentos.
—¿A ti no te aburre matar? —Me observó extrañado.
—No —le contesté con sinceridad.
—Eres un puto loco.
—Es mi trabajo, y me gusta. ¿Sería mejor persona si fuese un policía corrupto?
Hizo una mueca de asco.
—No me nombres a la poli... Y no, no te haría mejor persona, aunque también dependería de si quisieras serlo.
—No me interesa, gracias —añadí con sarcasmo.
Apoyó sus brazos en la barra y sacó su habitual navaja de uno de los bolsillos de su pantalón. La movió con agilidad sobre sus dedos y lo contemplé durante un rato. Realmente, era un caso perdido, y él sí que estaba loco.
—¿Sabes? Creo que si te permites un tiempo sabático, podrías venir conmigo.
—Quieres utilizarme como baza —murmuró, alzando la vista. Negué con la cabeza, indicándole que ese no era mi pensamiento principal—. ¿A quién quieres engañar, Jack? —volvió al ataque con su pregunta.
—Esta vez te equivocas. Pero debo decirte que, de momento, el suicidio no entra dentro de mis planes, así que, a no ser que me maten antes, pienso recuperar lo que es mío.
Me observó con fijación mientras asentía con lentitud. Selló sus labios en una fina línea y movió su rostro, hasta que suspiró y levantó su copa.
—En ese caso, espero que tengas suerte, amigo. Vas a necesitarla.
Durante un rato, estuvimos hablando de temas banales sin que ciertas «mujeres» intervinieran en ellos, y tampoco hizo amago de volver a preguntarme acerca de Adara. Sabía que sospechaba algo, pero no tenía claro el qué.
Antes de subir a mi coche, me detuvo sosteniéndome del codo.
—No tardes demasiado en dejarte ver.
Asentí sin quitarle los ojos de encima.
—Espero que la próxima vez me digas algo más que esto —añadí.
—Y yo espero que hayas conseguido valerte por ti mismo. Sabes que no puedo ayudarte. —Le fastidió decir esto último—. Por mucho que quiera hacerlo.
Le di un golpe en la espalda en señal de agradecimiento. La lealtad era una de las cosas más difíciles de tener en esta vida, y él estaba demostrándomela con creces, aunque eso conllevara el sufrimiento de dos personas. Y sabía que en el fondo solo estaba protegiéndola, por lo que no podía echarle nada en cara.
—Nos vemos, Tiziano.
Abrí la puerta del coche. Antes de entrar, lo escuché decir:
—Cuídate, Jack.
Lo observé durante unos minutos, parado en mitad de la carretera y sin quitarme los ojos de encima, y supe que estaba barajando la posibilidad de hablar o no conmigo, pero su gesto se torció en una mueca de disgusto y se giró para encaminarse hacia su vehículo. Sabía que estaba pasándolo mal por mi culpa, y me arrepentía por ello, pero era la única persona que tenía al alcance que no quería matarme, y la única también que entendió mis motivos sin recriminarme nada; aunque bien era cierto que esa oportunidad no se la había dado a Arcadiy. Y era consciente de que los puñetazos volarían por doquier el día que nos cruzásemos.
Un rato después llegué al hotel, en pleno corazón de Roma. Al entrar, la recepcionista me observó lasciva, igual que lo había hecho el día anterior. Bien era cierto que no había buscado la manera de olvidarme de Micaela, de la forma que fuese, porque sabía que, por mucho que me esforzase, no tendría el éxito deseado. Estaba claro que mi corazón solo pensaba en una persona, y mi cuerpo también la reclamaba.
Cuando entré en el pasillo de la segunda planta, vi que había algo extraño en la puerta. Se encontraba entornada y no cerrada, como la había dejado; de eso estaba más que seguro. Sujeté mi pistola en la mano derecha. Al abrir con cautela, tal y como había supuesto, alguien había estado dentro. Avancé con cuidado, cerciorándome de que no había nadie en el interior, y atisbé un papel sobre la cama que llamó mi atención. Lo cogí después de cerrar la puerta y leí:
A las doce de la mañana te espero en el 68 de la Vía Nicola Salvi, frente al Coliseo.
Te reconoceré. Y tú a mí.
Deposité la nota sobre la cama y contemplé la blanquecina pared que tenía delante. Estaba escrita a mano, pero no conocía la letra. ¿Quién quería verme? Y, sobre todo, ¿quién cojones sabía que me encontraba en Roma? Me giré como un vendaval, encendí mi portátil tan rápido como me daban los dedos para pulsar la contraseña e inicié una videollamada. Pocos segundos después, un Riley medio dormido apareció tras la pantalla.
—¿El mundo está acabándose? —renegó.
—Alguien ha estado en mi habitación.
—¿Ya estás buscándote diversión para la noche? —Sonrió con chulería.
—¡¡Riley!! —lo amonesté enfadado al mismo tiempo que levantaba la nota para enseñársela por la cámara.
—¿Eso es una amenaza? —Alzó una ceja.
—No tiene pinta. —Puse los ojos en blanco—. Está citándome para mañana. ¡Por Dios, lee!
Se restregó los ojos durante lo que me pareció una eternidad, y solo ese gesto me desesperó. Últimamente, todo lo hacía.
—¿Tienes idea de quién puede ser? —Negué con la cabeza, confuso—. ¿Vas a ir? —volvió a preguntar.
—Sí.
—¿Y si es una encerrona?
No podía ser nadie del círculo en el que me movía. Mi paradero seguía siendo la cárcel de Brasil ante los ojos de todos mis antiguos enemigos. Pero alguien sabía que no era así, y estaba dispuesto a averiguarlo.
—Te mantendré informado. Si en una hora después de la cita no he dado señales de vida, recoge tus cosas y cambia de destino.
—Jack...
Lo corté con un gesto de mi mano. No iba a dejar que me convenciera de no hacerlo. Mi cabezonería ya no me lo permitiría.
—¿Has averiguado algo?
Negó con la cabeza al saber que me refería a Micaela.
—Eiren ha estado investigando por sus propios medios y con sus contactos. Ya sabes que conoce a mucha gente que podría encontrarla, pero no ha habido suerte.
—¿Le has comentado algo? —le pregunté tras soltar un suspiro.
—No. Como siempre, no sabe para qué es.
—Bien. Hablamos mañana.
Corté la conexión sin darle tiempo a continuar cuando iba a pronunciar algo. Cerré la pantalla, coloqué ambos codos en la madera del escritorio y sujeté mi cabeza entre mis manos. Me froté las sienes repetidas veces y volví a exhalar un fuerte suspiro que me desesperó.
—¿Dónde estás, Micaela?... —murmuré.
Mis ojos se desviaron hacia la esquina de la mesa y agarré la botella de whisky sin pensármelo dos veces.
Esa noche caería entera.
2
Un trato
A la hora indicada, llegué al Coliseo de Roma, no sin haber vigilado mi espalda examinando a cada persona que pasaba por mi lado. Me aproximaba al número señalado en la nota, la cual guardaba en el bolsillo de mi pantalón, y pensé en quién demonios sería la persona en cuestión. Una punzada de esperanza pasó por mi pecho al creer que quizá podría ser ella o Ryan, o incluso Arcadiy. Pero todo eso se esfumó como el aire cuando supe que si en siete meses no había dado señales de vida ni me había buscado, no iba a hacerlo ahora.
Sumido en mis pensamientos, tropecé con alguien, lo que provocó que dicha persona —en este caso, una despampanante mujer— cayera al suelo de rodillas, ocasionando que el contenido de su bolso se desparramara en mitad de la carretera. Me agaché con rapidez para ayudarla, momento en el que clavó sus ojos en mí de manera intensa y lujuriosa.
—No te había visto. —Me disculpé escueto.
—No pasa nada.
Alargó su mano para recoger los objetos que habían quedado esparcidos y me permití observarla durante un momento mientras la ayudaba. Larga melena rubia, peinada de tal forma que ni un cabello se extraviaba de aquel montón de pelo lacio, ojos azules y, sin duda, un cuerpo de infarto. Comprobé sus pertenencias, pocas a mi parecer, ya que el bolso estaba vacío y todo se encontraba en la carretera. Me sorprendí al darme cuenta de la lentitud con la que introducía las cosas en él. Cuando terminó, se levantó y se quedó frente a mí.
—Gracias por la ayuda.
Me miró sin titubear, gesto que no me pasó desapercibido. Desvié mi vista lo suficiente como para observar otro punto de la carretera, y cerca de una cafetería con los toldos blancos, algo —o, mejor dicho, alguien— llamó mi atención. Volví a contemplar a la chica, que permanecía con los labios sellados mientras me repasaba un par de veces sin dejarse ni un centímetro. Mudo, asentí, y pasé por su lado para marcharme, aunque detuve mi paso cuando la escuché decir:
—Te invito a tomar algo. —Se mantuvo callada un segundo, durante el cual no la miré—. Por las molestias —continuó como si nada.
Me volví con lentitud y clavé mi mirada en ella de manera intensa. Era atractiva. Demasiado.
—Para ser una mujer tan... —hice una mueca con mis labios— perfecta, llevas muy pocas cosas en ese trasto, ¿no? —Arqueé una ceja con ironía.
Sonrió de medio lado, haciéndose la remolona, y dio un paso hacia mí.
—Tengo muchas más cosas en mi casa. Si quieres, te las enseño —murmuró sensual.
Cazada.
Eran muchos años ya a mis espaldas en los que había aprendido a identificar los gestos. Una mujer tan sumamente cuidada era imposible que no llevase un simple pintalabios en el bolso. Y si me apuraba, a las doce de la mañana, en pleno Coliseo, la gente que pasaba por allí eran más turistas que residentes, por lo tanto, no iban tan arreglados, sino que sus ropas eran mucho más cómodas que el vestido ajustado que llevaba aquella mujer. Pero no conforme con esos pequeños detalles, lo que más confirmó mis sospechas fue su gesto al acercarse a mí de manera insinuante y peligrosa, retorciendo aquel mechón de pelo entre sus dedos mientras sus ojos se desviaban hacia abajo para evitar el contacto con los míos, que la observaban desafiantes.
Di un paso más, pegando mi cuerpo al suyo, notando su pecho junto a mi estómago, y agaché la mirada un poco. Tenía una buena estatura para contemplarla.
—¿Y qué tal si me dices quién está esperándome? —murmuré en el mismo tono, cerca de su oído.
Pude notar cómo se estremecía ante el contacto de mi aliento en su oreja, y escuché su saliva bajar por su garganta cuando, de nuevo, una sonrisa comenzó a asomar en sus labios. Volví mi vista a la reja de hierro que había al lado de la cafetería y, en cuanto las personas que pasaban como caballos desbocados por la acera se apartaron, lo vi.
—Pero, si lo hago, ¿después vendrás? —susurró provocativa.
Me despegué lo justo para observarla con fijeza. No tenía tiempo para tonterías, así que acentué un gesto temerario que poco le importó, y fui consciente de que me apuntaba con una pequeña pistola en el vientre.
—Si no lo hago, ¿me dispararás? —le vacilé.
—Mmm... Sería un desperdicio, nos lo pasaríamos bien. ¿Tienes miedo? —Sonrió ampliamente.
—Baja la pistola, rubia, o quizá la que deba tener miedo seas tú —la amenacé.
Se aproximó a mi cuello y, rozando con la punta de su nariz la línea de mi mandíbula, fue subiendo hasta que llegó a mi oído, donde musitó:
—Camina.
Agarró mi brazo como si fuésemos una pareja más entre la multitud y me obligó a cruzar la calle en dirección al hombre que se encontraba aún en el mismo lugar, quien abrió la reja para introducirse en el interior. Pasamos por un callejón antiguo y mis ojos siguieron la silueta que se perdía dentro de una vivienda casi abandonada, donde dejó la entrada principal abierta.
—¿También te lo follas a él? —le espeté con sarcasmo.
—Mmm..., puede. ¿Celoso? —ronroneó.
—No puedo estar celoso de alguien a quien no conozco —le contesté con desdén.
Apretó su brazo junto al mío. Noté que la mano que tenía en mi espalda subía y bajaba con peligrosidad hacia la cinturilla de mi pantalón. La miré, y ella sonrió lasciva.
—Si quieres, también puedo follarte a ti. Estoy segura de que no lo olvidarás en tu vida.
—Lo dudo —me jacté, seguro de mí mismo.
Nadie —y cuando digo nadie, es nadie— podría reemplazar a la salvaje de Micaela. Ese pensamiento me hizo sonreír, gesto del que ella no perdió detalle.
—Por lo que veo, otra ocupa tu mente.
—Chica lista.
—Yo puedo hacer que la olvides —volvió a la carga.
La miré con la seguridad que siempre me definía y pronuncié:
—Antes de eso, acabarías con un tiro entre ceja y ceja.
Una carcajada salió de su garganta justo cuando cruzábamos la desgastada puerta, y un interior desastroso y viejo me recibió. Pude ver una silla en mitad de lo que parecía un salón, y al instante supe que era para mí.
No me equivoqué.
—Deja la pistola en el suelo —me ordenó, esa vez con voz firme.
Metí mis manos por detrás de mi chaqueta, la saqué y la tiré. Seguidamente, ató mis manos a mi espalda con unas esposas para que no pudiera moverme. Alcé una ceja, y ella me contempló con la misma picardía que antes.
—No creas que vas a tenerlo tan fácil por ponerme unas esposas.
Se acercó a mi oído de nuevo y murmuró:
—Ya lo veremos...
La sala estaba a oscuras. Avancé debido a los empujones que la rubia me propinaba, consiguiendo a duras penas mover mi cuerpo, hasta que cedí en mis propios pasos y llegué al centro, sentándome a continuación en la silla. La observé desde mi posición, no sin buscar a la persona que había visto entrar segundos antes, pero no la encontré. Se sentó sobre mis piernas, entrelazando sus manos alrededor de mi cuello. Sin embargo, mis sentidos no estaban puestos en aquella despampanante rubia que deseaba que me la follara contra la primera pared de la casa, sino en la sombra que se acercaba por mi derecha de forma intimidante.
—Tú —bufé con ironía, aunque continué mirándola a ella.
—El mismo. —Extendió sus brazos en cruz—. Anda, siéntate —ironizó—. Ah, no, que ya estás sentado.
Palmeó sus manos en el aire, momento en el que mis ojos se desviaron hacia él mientras la rubia sonreía.
—Veo que ya conoces a Noa.
—No. No la conozco.
Mis ojos siguieron clavados en él. Entretanto, la tal Noa no paraba de sobarme, algo que estaba empezando a desquiciarme. Volví mis ojos hacia ella, advirtiéndola claramente en cuanto posó sus manos sobre mi entrepierna.
—Yo de ti quitaría las manos de ahí si no quieres arrepentirte cuando me levante —la amenacé con tono duro.
Soltó una fuerte carcajada.
—Quizá el que acabe arrepintiéndose seas tú, quién sabe... Y no me subestimes.
—¿Por qué no te dejas de tonterías y me sueltas las muñecas? —le sugerí con sarcasmo al hombre, quien se colocó a mi lado.
—¿Es que no eres capaz de quitártelas tú solo? —me retó.
Reí ante su comentario. Estaba claro que no sabía con quién cojones estaba tratando.
—¿Qué coño quieres? —le espeté de malas formas.
—Hacer negocios contigo. Ya sé que se te dan bastante bien. Como la bebida. —Señaló varias botellas que había rotas en el suelo—. Veo que las cosas no te han ido como esperabas.
—No creo que te importe una mierda si me han ido bien o no. ¿Qué quieres, Aarón?
Noa se levantó con parsimonia y se alejó unos pocos pasos, momento que Aarón aprovechó para situarse delante de mí y ponerse en cuclillas. Le hizo un gesto a ella para que se marchase, quien obedeció a regañadientes al segundo. Cuando la puerta se cerró, lo miré con mala cara, a la espera. Podría haberlo tumbado si me lo hubiese propuesto con un simple cruce de mis piernas, pero esperé paciente a saber qué tipo de negocio podría requerir un poli de mierda como él.
—Necesito a alguien como tú. Y he pensado que la mejor opción que tenía era un asesino a sueldo con peso.
—No pienso hacer nada que te beneficie —le aseguré tajante.
Rio con amargura, negando con la cabeza varias veces, gesto que me desesperó a partes iguales, pues no entendía cómo había dado conmigo ni la necesidad que tenía de que fuera yo quien ocupara el puesto que tanto buscaba, según había mencionado.
—¿Alguna vez te han dicho que nunca digas de esta agua no beberé? —citó con chulería.
—Muchas. Sin embargo, en este caso, lo digo. ¿Ahora eres un espía?, ¿y encima corrupto? Veo que vas mejorando —ironicé.
—No te equivoques. Todavía no has escuchado parte de mi trato.
—Ni me interesa —escupí.
Negó con la cabeza al mismo tiempo que una sonrisa se instalaba en sus labios de manera permanente; una sonrisa que ansiaba borrar de un solo puñetazo. En ese instante, me arrepentí de no haberlo matado hacía tiempo.
—Tengo entendido que andas buscando algo... —me miró a través de sus pestañas—, o a alguien.
Presté atención a cada gesto sin poder evitarlo. Sus ojos se agrandaron al ver mi interés, pues sabía que si ese «alguien» tenía nombre de mujer, me pondría del bando necesario, aunque eso significase ir contra mis normas o mi moral.
—Y, según tú, ¿a quién?
Hastiado, soltó un suspiro, acompañado de un ademán altanero. La balanza estaba más que posicionada a su favor, y lo sabía.
—¿Dónde está Micaela, Jack? No la veo contigo.
Apreté mi mandíbula con fuerza, tratando de evitar que mi gesto me delatase, y aunque sabía que no tenía nada que hacer, me jugué la última carta:
—A buen recaudo, como siempre. ¿Para qué necesitas saber dónde está? —le pregunté como si nada.
Rio.
—Pensaba que se te daría mejor mentir, pero ya veo que no.
—Entonces, si tú eres tan listo, ¿a qué estás esperando?
Antes de contestarme, esa persistente sonrisa volvió a su boca, marcando todas y cada una de sus facciones:
—Yo tengo toda la información que necesitas, y también es una parte fundamental en mi proposición, puesto que la necesito a ella. ¿Qué me dices, Jack? ¿Hay trato o no? —Sonrió con saña.
Maldito hijo de puta...
3
Siete meses
Micaela Bravo
»Siete meses... Siete meses de mierda».
Eso era exactamente lo que llevaba pensando todo ese tiempo, todos los putos días. Caminé por las calles de Londres tratando de no golpearme cada dos por tres con las personas que caminaban aceleradas hacia sus trabajos o a saber dónde, aunque tampoco me importaba. Las prisas en esa ciudad eran horribles, y cada día me arrepentía más de haberme ido de Barcelona sin mirar atrás.
Moví mis pies con rapidez hasta que llegué a la cafetería en la que había quedado con Vanessa, mi antigua psicóloga de Barcelona, que venía a quedarse unos días de vacaciones, y miré a ambos lados en busca de la cabellera morena que no conseguía localizar.
—¡Ey!
Escuché su voz cuando tocó mi espalda, y me giré con tal brusquedad y mala cara que casi me di de bruces con ella. Últimamente estaba al asalto, y era algo que no podía remediar.
—Vaya, perdona —se disculpó—. Eh, eh, tranquila, soy yo.
Suspiré, asintiendo, mientras movía mis hombros con delicadeza, hasta que la enfoqué, dándome cuenta de que de verdad era Vanessa. Llevaba hablando con ella por teléfono más o menos el tiempo que hacía que Jack había desaparecido de la noche a la mañana. Y me sorprendió la alegría por su parte al llevar casi un año sin saber nada de mí cuando recibió aquella primera llamada. Hacíamos las consultas por Skype, o simplemente por teléfono; según Ryan, para que me desahogara con alguien que no fuese solo con él. Al pobre lo llevaba por el camino de la amargura y lo arrastraba al pozo negro del que no pretendía salir, y también tenía que incluir en esa lista a mi hermano, a Tiziano y Adara, quienes, aunque no hablase lo mismo con ellos que con Ryan, se preocupaban de manera constante por mí.
—No te esperaba —justifiqué mi reacción.
Me estrechó entre sus brazos y la imité con desgana, como habitualmente hacía todo. Al separarse, colocó un mechón de mi pelo detrás de mi oreja y sonrió con alegría. Sin embargo, ese gesto no llegó a iluminar mis ojos.
Como cuando él estaba a mi lado.
—¿Pasamos? —me preguntó con una sonrisa a la que no correspondí. Extendió la mano hacia la cafetería para invitarme a entrar.
Recordaba aquel día como si hubiese sido ayer, tanto la desesperación que sentí al despertar de golpe en mitad de la madrugada como el frío que invadió mi cuerpo. Busqué por todo el piso, lo llamé hasta que mi tono fue apagándose al sentir aquella punzada de dolor que me indicaba que nada bueno estaba sucediendo, y no lo encontré. Sus pertenencias seguían en el mismo sitio, todo estaba tal y como lo habíamos dejado la noche anterior, a excepción de él, que parecía habérselo tragado la tierra.
Corrí desesperada por las calles de Nueva York, en medio de una lluvia que parecía enfadada conmigo, buscando una aguja en un pajar. Y, al final, regresé sobre mis pasos, sin encontrar ni rastro de Jack, calada hasta los huesos y arrastrando mis pies hacia el interior de la casa. Llamé a todas las personas que, probablemente, pudieran saber de su paradero, pero no tuve la suerte que esperaba. Intenté hablar con Riley, sin embargo, su teléfono estaba apagado, igual que el de Jack. Y, por último, para mi sorpresa, mi hermano llegó ese mismo día. «Se ha ido». Esas fueron las únicas palabras que salieron de su boca, bajo el marco de la puerta, paralizado. Me quedé petrificada, sin entender a qué se refería, hasta que un papel cayó al suelo de sus manos. Con lentitud, me agaché para recogerlo con nerviosismo, sintiendo cómo el pulso se me aceleraba. En él, la única frase escrita del puño y letra de Jack me heló la sangre, matando mis sentimientos y mi corazón.
Cuida de ella.
Por el contrario, en mi caso, no tuve ni una mísera despedida, un motivo, algo a lo que poder aferrarme desde que se marchó. El dolor que sentí pasó poco después a la rabia. Pero eso solo era por momentos. A fin de cuentas, la pena era la que se apoderaba de mi alma cada vez que su recuerdo acudía a mi mente. «¿Por qué, Jack?». Esa era la única pregunta que arrancaba los sollozos de mi garganta y conseguía asfixiarme por las noches; esas noches a las que sobreviví gracias a ellos. Con Arcadiy había conseguido crear un vínculo como el que nos merecíamos después de tanto tiempo.
Agneta, Adara y mi abuela tampoco tuvieron noticias de él, y por más que intentamos localizarlo bajo mis ataques desquiciados por encontrar una explicación, no lo conseguimos. Era inútil intentar cualquier cosa. Si se lo proponía, desaparecería, y yo no podría hacer nada para evitarlo, o a ese pensamiento me agarré cuando, finalmente, me di por vencida pocos meses después.
Siete meses.
No podía evitar contar los días en mi mente como si estuviese tachando un calendario para salir de la cárcel. No obstante, en este caso, mi penitencia era peor que todo lo demás. Me acordaba de sus besos, de sus palabras, de sus caricias, y por más que buscaba una respuesta a lo que había pasado, no la encontraba. ¿Tendría a otra persona?, ¿habría sido un engaño pese a que yo lo dejé todo por él? No daba con la respuesta en mi maldito rompecabezas a pesar de que lo intentaba, y eso estaba pasándome factura con el transcurso de los días.
—¿Qué tal estás? Te veo muy guapa —me comentó Vanessa con dulzura.
El camarero llegó a nuestra mesa antes de poder contestarle y pedimos un café para ella y un agua para mí. Las pocas personas que me rodeaban siempre trataban por todos los medios de desviarme de mi permanente tortura, pero era inevitable que cada paso que daba me recordase a él. Mis pesadillas, las mismas que desaparecieron de la noche a la mañana cuando Jack entró en mi vida, volvieron con más fuerza. Pero ahora no eran cuatro hombres los que me golpeaban y abusaban de mí como si no fuese más que un trapo, sino uno solo, quien además aparecía para abandonarme a mi suerte y sin darme una mínima explicación, rompiendo mi perfecto mundo a su paso. Porque, aunque fuera imperfecto, con él a mi lado no había obstáculos, sino metas que superar, ganas de vivir, anhelos que sentir.
—Intento amoldarme a los cambios, ya sabes. —Moví mis hombros con sequedad—. Londres no es Barcelona.
Contemplé mi alrededor. No quería estar allí. Deseaba volver a mi casa, a mi sofá, a sentarme con una manta y mirar la televisión; aunque en realidad no la veía, sino que simplemente la observaba, llenándome de recuerdos vanos que nunca más volverían. Y sí, parecía una jodida loca; una jodida loca que estaba destrozada por amor.
—Pero no puedes negarme que la ciudad es genial —me comentó con euforia—. Tienes un montón de sitios para visitar. Además, Ryan se la conoce al dedillo, y estoy segura de que te la ha enseñado.
Me observó con una sonrisa amplia y yo se la devolví de manera escueta. No tenía ganas de sonreír. ¿Tan difícil era de entender? ¿Por qué no me dejaban vivir mi pena a mi manera? Una pregunta que yo misma me contestaba todos los días: porque estaba consumiéndome.
Nos dejaron las bebidas en la mesa y le di un sorbo a mi botellín de agua. Echaba de menos el alcohol, y no era consciente de cuánto. Beber hasta desmayarme era lo que necesitaba con urgencia, intentar ahogar las penas en él, aunque supiese que al día siguiente todo seguiría igual; pero, por lo menos, evadirme de mi tortura de no saber qué demonios había pasado, de dónde estaba, de algo...
—No es lo mismo —murmuré sin más.
—Veo que esta mañana no estás receptiva. —Me miró a través de sus pestañas—. Como ninguna —apostilló.
—Ves bien. No sé por qué motivo me aguantas. Ya no te pago —le recordé.
Rio ante mi comentario. Por mi parte, lo único que recibió fue un suspiro demoledor bajo unos labios sellados. Era cierto, la llamé sin más y ella no dudó. Tampoco sabía con exactitud por qué motivo lo hice, pero fue la primera persona que me vino a la cabeza tras la constante machaca por parte de Ryan, que intentaba por todos los medios que me apoyase en alguien que consiguiera calmar los nervios que tenía a diario.
—¿Has ido al médico?
Su pregunta me sacó de mis pensamientos. Negué con la cabeza. Estaba en la recta final del embarazo, y últimamente tenía las famosas contracciones de vez en cuando, aunque eso era algo normal. Pensé en marcharme a Sicilia en los días siguientes, lo más pronto posible, para que me diese tiempo a volver antes de la fecha del parto. Necesitaba la compañía de otra de las caras conocidas que no dejaba de visitarme varias veces a la semana: Tiziano; siempre y cuando Adara no estaba conmigo, porque se encontraba terminando sus estudios.
Todavía no había conseguido entablar una conversación con ella sobre el tema, pero algún día lo haría y sabría qué narices les ocurría a aquellos dos. Al principio, ella venía todos los fines de semana para quedarse conmigo y hacerme compañía, y entre las dos forjamos una fuerte amistad, que era lo único que me hacía sonreír de vez en cuando. Era tan inocente que no podía creerme que hablar con ella me beneficiara tantísimo. Hasta que, hacía unos meses, sin más, sin pedírselo, se instaló en la casa en la que vivíamos para quedarse durante un tiempo indefinido, según sus palabras.
—¿Recogiste todas tus cosas del apartamento? —me preguntó, sacándome de mis pensamientos.
—Sí.
Mis respuestas eran realmente tristes, pero es que no me encontraba en disposición siquiera de hablar, en especial aquella mañana, tras haber pasado una noche de mil demonios. Estaba agotada, todo lo que vivía día a día me asfixiaba de manera interminable, y lo único que podía hacer era preguntarme si algún día se acabaría. En Barcelona ya no quedaba nada de mí, excepto un terreno vacío que estaba vendiendo al mejor postor, y estaba segura de que poco faltaría para ello. Tenía varios interesados en adquirir aquel trozo de tierra donde estuvo el tan conocido Diamante Rojo.
—Tienes muy poquita barriga para estar de ocho meses —añadió, cambiando de tema mientras le daba un sorbo a su café.
—El médico dice que es normal, que a algunas mujeres se les nota menos y eso —murmuré con desgana.
Era verdad. Veía a muchas embarazadas con unos prominentes vientres. Sin embargo, el mío era pequeñito y redondo. Y ahora, en la recta final, era cuando empezaba a notarse de verdad, pero no tanto como a las demás. Me habían dado más explicaciones; una de ellas, que el bebé se encontraba en la cadera y eso hacía que al principio pareciese que no estaba ni embarazada. Ahora, por lo que se veía, tenía mucho espacio en el interior, y ese era otro de los motivos por los cuales no estaba como el resto.
—No hables así, debes estar feliz. En poco tiempo serás madre y tu vida cambiará muchísimo, para mejor —me animó con delicadeza.
Reí con amargura. Si con «para mejor» se refería a estar merodeando entre la mierda de mi pasado y la desesperación que algunas veces sentía, no iba bien encaminada.
Oía su conversación de fondo mientras me contaba los planes que tenía para aquellos días, pero no la escuchaba realmente, sino que era como un murmullo que se había instalado en la lejanía de mi cabeza. No me sentí mal, aunque tenía claro que no estaba siendo la mejor de las compañías. Ella se preocupaba por mí y yo no le hacía ni el menor de los casos en aquel momento.
De repente, mis ojos se fueron a un hombre que entraba en la cafetería con aspecto chulesco, vestido de manera informal, con una chupa de cuero negra y unos vaqueros ajustados; un hombre que me resultó demasiado familiar, más de lo que deseaba. Cuando se giró, mi expresión cambió de golpe.
—¿Estás escuchándome? Micaela, ¿estás bien?
Noté su mano colocarse sobre la mía justo en el momento en el que los pasos de la persona en cuestión se aproximaban a mí, sin despegar sus ojos de los míos sorprendidos. Cuando llegó, Vanessa lo observó, dándole un repaso que ni en sus mejores sueños hubiese imaginado.
—¿Tienes unos minutos? —me preguntó.
Tardé en contestarle, pero lo hice cuando reaccioné:
—No —sentencié.
Me levanté de mi asiento como un vendaval, dejando una cuantiosa cantidad de dinero que cubría por dos el coste de nuestras bebidas, y miré a Vanessa antes de salir despavorida de la cafetería.
—Llámame antes de irte.
Ella asintió sin saber a qué se debía mi prisa. Pasé por al lado de Aarón dándole un fuerte golpe en el hombro mientras sujetaba mi abrigo con fuerza sobre mi vientre. Llegué a la puerta de la cafetería, maldiciéndome por la lluvia que comenzaba a caer, y me apresuré a colocarme la prenda sobre mi cuerpo. A esas alturas, no podía permitirme el lujo de coger un resfriado a lo grande.
—¡Micaela!
La voz de Aarón resonó en la calle cuando avanzaba a pasos agigantados para coger el primer taxi que se pusiese en mi camino, pero él apresó mi muñeca antes de que pudiera hacerlo. Siendo consciente de su escrutinio, me solté de su agarre.
—Tienes que escucharme —me pidió.
—No, Aarón. No tengo que escuchar nada. Ya te dejé claro lo que pasaría si volvías a interponerte en mi camino. No hagas que tenga que repetírtelo, porque no lo haré —le advertí inflexible.
—Esto te interesará.
Le lancé una mirada temeraria y después me giré para continuar con mi paso. No quería escucharlo, como tampoco saber cómo o qué hacía allí. Desde mi llegada a Londres, no había tenido ningún altercado, y mucho menos había coincidido con personas a las que ya recordaba como mi pasado.
—Puedo llevarte hasta Vadím Ivanov.
Detuve mis pies en seco. Llevaba cinco meses tratando de dar con su paradero, puesto que pensaba plantarle cara en cuanto diese a luz, pero me fue imposible, ya que había desaparecido como el humo. Giré mi rostro, despacio, y lo observé de soslayo, viendo que se colocaba a mi lado y que ponía el paraguas sobre mi cabeza, lo que ocasionó que terminásemos más juntos de lo que esperaba. Me contempló desde su posición con un brillo especial en los ojos, y después repasó mi cuerpo de pies a cabeza.
—Estás distinta —murmuró con una triste sonrisa.
—¿Por qué quieres ayudarme a asesinar a alguien? Tú no eres así. —Pronuncié mis últimas palabras con ironía, sin despegar mis ojos de los suyos.
—Ven mañana a las siete a esta dirección —me entregó un papel— y te lo contaré todo.
Siguió sin apartar sus ojos de mí, y contemplé el papel entre mis dedos con desconfianza.
—¿Y si no voy? ¿Vas a intentar meterme en la cárcel? —Sonreí con chulería.
Su respuesta tardó en llegar. Obviamente, sabía que lo tenía pillado por los huevos. Pero era cierto que Aarón nunca se rendía, y a la vista estaba.
—¿Eso es lo que quieres? —me preguntó, acercándose a mí de manera intimidatoria.
—Ahora mismo no me viene bien. No hagas que me arrepienta de no haberte pegado un tiro. —Chasqueé la lengua.
Rio, y seguí sin entender su postura después de la deslealtad que le mostré la última vez que nos vimos. Algo muy importante tendría que querer de mí cuando estaba bajándose los pantalones de esa forma.
—¿Cuento contigo?
Le lancé una mirada altanera y continué con mi paso, sabiendo que sus ojos se clavaban en mí con fijación, hasta que doblé la esquina y desaparecí entre la multitud. Unas calles después, paré un taxi que me llevó hasta la casa en la que actualmente vivíamos.
—¡Ya estás aquí! —se sorprendió Arcadiy—. ¿Cómo ha ido ese café?
Dejé el abrigo sobre el reposacabezas del sofá y me encaminé hasta la cocina, donde mi hermano se movía con soltura preparando comida, ataviado con unos simples pantalones de deporte que marcaban más de lo normal su trasero y con su pecho descubierto, únicamente tapado por el delantal. Apoyé mis manos en la pequeña barra que separaba el salón del otro espacio y suspiré. Arcadiy se giró y enarcó una ceja.
—Estás muy sexy con el delantal. ¿Es que no tienes frío? ¡Estamos en pleno diciembre!
—¿Y esa cara? —Ignoró mi comentario—. ¿No me digas que Vanessa no ha ido?
—Sí, sí ha venido. La que se ha ido he sido yo. —Tamborileé mis dedos sobre la encimera.
Se acercó con andares confiados, deshaciéndose del horripilante delantal que tapaba su musculoso pecho, y se colocó a mi lado sin quitarme los ojos de encima.
—Explícame eso —me pidió, moviendo sus dedos en mi dirección.
—Estando en la cafetería, me he encontrado con Aarón. Bueno, más bien ha sido él quien me ha buscado, para qué vamos a engañarnos.
Arrugó el entrecejo, momento en el que le pasé por encima de la barra el papel que me había entregado, dejando a la vista la dirección escrita, la cual se encontraba a cuatro calles de donde estábamos nosotros. Volvió sus ojos hacia mí con cierta confusión y le conté lo que me había dicho.
—¿Vas a ir?
Sonreí.
—Nunca hay que desaprovechar las oportunidades. Además, quiero saber qué va a ofrecerme. Ya me ha quedado claro que Aarón no hace nada sin pedir algo a cambio.
—¿Y si es una trampa?
—Entonces, lo mataré.
4
Tú
—Yo no me moveré de la puerta —sentenció Ryan.
—Y yo creo que no deberíamos —lo apoyó mi hermano.
Cargué la pistola que acababa de coger del cajón de mi mesita y me la coloqué detrás de la espalda, tapándola con el abrigo. Entretanto, observaba cómo ambos se enzarzaban en una negativa que yo pensaba ignorar. Adara permaneció en silencio en el otro extremo del salón, pero no me quitaba los ojos de encima mientras se tocaba la barbilla con nerviosismo.
—No deberías ir. Ese soplapollas no me gusta. ¿A santo de qué quiere algo de ti ahora? ¿Después de tanto tiempo? —me preguntó Ryan con un humor de perros.
—No lo sé —pasé la correa de mi abrigo por mi cintura, viendo que no me ataba—, por eso voy a ir. ¿Qué le pasa a esto? —Resoplé.
—Espera, que te ayudo.
Las manos de Arcadiy se colocaron en la parte trasera, abriendo la correa para que diera un poco más de sí, pero ni con esas conseguí cerrarlo. Sí, me reafirmé en mi decisión antes de ponerme aquel abrigo. Tendría que haber cogido el mismo que llevaba el día anterior, puesto que ese me quedaba perfecto, pero no podía perder más tiempo en ir a buscarlo a mi dormitorio.
—Vale, déjalo, me pondré este aunque me quede grande.
Cogí con rapidez otro de los abrigos que teníamos en el perchero, escuchando de fondo a Ryan:
—Sigo diciendo que es mejor que te quedes aquí. Yo iré por ti —se ofreció.
Puse los ojos en blanco y abrí la puerta de la calle, donde una ráfaga de aire congelado se estrelló contra mi rostro, haciendo que me estremeciera.
—Joder... —murmuré.
No soportaba el frío. Bueno, a decir verdad, por aquel entonces no soportaba ni que me respiraran cerca. Mi humor se había agriado de tal manera que no había quien me aguantara, y era plenamente consciente de ello.
Colocándose una bufanda en el cuello, Arcadiy salió después de mí. Ryan iba detrás, con su habitual bravuconería y con una simple sudadera que apenas le quitaba el frío. Lo miré horrorizada, pero evité hacer comentario alguno al respecto, dado que seguía renegando sin parar. Y le dio igual el gesto que le hizo mi hermano con los ojos, puesto que continuó como si no hubiera visto nada.
Antes de salir, escuché la dulce voz de Adara:
—Micaela... —me miró con cautela, acercándose a mí—, ten cuidado. —Posó una de sus pequeñas manos en mi vientre—. Tened cuidado —recalcó, mirando mi barriga.
Asentí con firmeza. Pude apreciar la preocupación que destellaban sus ojos al ser consciente de que nada me haría cambiar de opinión.
Cinco minutos después, Arcadiy aparcó el coche frente a un edificio antiguo y suspiró al ver el lugar. Negó con la cabeza varias veces, y soltó otro bufido más grande que el anterior al pensar, supuse, en el gran error que estaban cometiendo al dejarme acudir sola.
—Vaya, encima ha escogido el lugar más tétrico que había en todo Londres. Como te ocurra algo... —Me señaló con el dedo.
—Ryan, tu humor es peor que el mío. Relájate —le pedí, gruñendo.
—Qué ganas tengo de irme mañana a Sicilia —murmuró rabioso Arcadiy.
—¿Nos vamos mañana? —me sorprendí.
—Sí. Me ha llamado Tiziano hace una hora. Ya está allí.
Suspiré, agradecida por los cambios, y me planteé no demorar mucho la reunión para preparar la maleta y que las horas pasaran lo más rápido posible. Abrí la puerta cuando comenzaba a llover y escuché de nuevo a mi gruñón particular:
—Y encima sin paraguas. Es que no deberías ir...
Tuve que sonreír con desgana. Toqué mi arma con soberbia bajo su atenta mirada, que se mostraba enfurecida por no hacerle caso. Encaminé mis pasos con rapidez hasta el portal viejo y desgastado que estaba al cruzar la calle del tenebroso callejón y empujé la puerta, la cual, para mi sorpresa, se encontraba abierta. Saqué el papel de mi bolsillo y subí las escaleras con rapidez hasta que llegué a la segunda planta, no sin esfuerzo. Me quedé en el rellano, contemplando las cuatro puertas rojizas que había. Y, ahora..., ¿cuál era?
Mientras observaba cada una de ellas, escuché un leve clic a mi derecha. Giré mis ojos hacia esa dirección, encontrándome con Aarón detrás. Lo miré con desconfianza y él hizo lo mismo, solo que fijándose más de la cuenta en mi vientre, que se notaba bastante con el abrigo abierto de par en par. Me hice paso bajo su escrutinio y entré en lo que parecía un piso franco de los que usaba la policía para los testigos protegidos. Había un pequeño sofá, un escritorio y una silla en el salón. El resto de la estancia estaba casi vacía, por no decir completamente.
—Menudo hotel de cinco estrellas. —Arrogante, silbé.
Escuché la puerta cerrarse y después su respiración muy cerca de mi cuello. Al girarme, aprecié que sus ojos estaban clavados en mí, y pude contemplar la confusión que había en ellos. Su boca se quedó muy cerca de la mía, de manera que si alguno de los dos hacía un breve movimiento, nuestros labios se rozarían.
—¿Y bien? No tengo toda la noche.
Me separé de él, llegué hasta el sofá y me quité el abrigo para colocarlo sobre mi vientre, como últimamente solía hacer; quizá, intentando proteger del mundo entero lo que todavía no tenía entre mis manos.
Tragó saliva de forma notable y murmuró:
—Estás embarazada...
—Aparte de eso, ¿para qué me has hecho venir? —le pregunté con desdén.
Con desesperación, se pasó una mano por la cara y se apoyó en la mesa del escritorio que estaba cerca de donde me encontraba. Me senté con cuidado, no sin antes cerciorarme de que la pistola estaba a mi alcance por si debía hacer uso de ella.
—No vas a necesitar eso, ¡por Dios, Micaela!
—Últimamente, es mejor no fiarse de nadie. Y menos de personas con las que no has tenido buena experiencia. —Sonreí con falsedad.
—No la tuvimos porque tú no quisiste —me reprochó.
—¿El qué?, ¿la experiencia? ¿O te refieres a otra cosa? —Alcé una ceja, sugerente.
Negó con la cabeza y reí como una tirana. Sabía que lo sacaba de quicio, y lo mejor de todo era que no podía luchar contra lo que él mismo sentía sin darse cuenta de que dejaba entreverlo más de lo que pretendía.
—Imagino que sigues trabajando para esa brigada que todo lo sabe, y lo que quieres de mí es algo referente a comerme un buen marrón, ¿me equivoco?
Despegó sus ojos de mi vientre y pareció dudar sobre algo que no supe descifrar, hasta que contestó:
—Sí.
—¿Sí qué? —lo encaré con malas formas.
Negó con la cabeza, lo que me hizo suspirar y poner los ojos en blanco. Estaba comenzando a sacarme de mis casillas, y sabía que era por el desconcierto que sentía al verme en aquel estado que para nada esperaba.
—Aarón, por Dios bendito, que no es nada del otro mundo. Haz el favor de centrarte, que tengo que irme —bufé con tono hosco.
—Dentro de la brigada en la que estoy trabajando somos conscientes de que hay un grupo de la policía que no está haciendo bien su trabajo —comenzó con el discurso, al que intenté prestar atención—. El caso es que están vendiendo información peligrosa a personas como Vadím Ivanov, y el punto más fuerte que tiene es Angelo Fachinni. Creo que sabes perfectamente quién es quién. Estamos buscando un objeto como este. —Me señaló una fotografía en una carpeta. Asentí sin mostrar ningún gesto de emoción en mi rostro. Ya sabía yo que algo muy gordo tenía que ser para que viniese en mi búsqueda. Continuó—: Puesto que has tenido comunicación directa con él y me consta que volvió a intentar ponerse en contacto contigo hace meses, hemos pensado que la opción más viable para poder cazar al primero es consiguiendo una reunión con él.
—¿Hemos? —articulé desconfiada, pues no veía a nadie más en el salón.
—En unas semanas estarán el resto de los compañeros a la orden y procederemos con el operativo. Hasta entonces, he traído estas carpetas, donde podrás encontrar toda la información que necesitas saber. Dentro de ese tiempo prepararemos el operativo. Pero antes tenemos que allanar el terreno para llegar a Angelo.
Me ofreció la dichosa carpeta, la cual cogí con un sobresfuerzo inhumano. No me apetecía nada tener que trabajar con Aarón, y menos después de lo sucedido entre ambos. No me fiaba de él.
—Me imagino —comencé con ironía— que me quieres para llegar a Angelo, supuestamente para «algo» que todavía no sé qué es. Y, después de eso, ¿me llevarás hasta Vadím?
Arqueé una ceja, viendo que cruzaba sus fuertes brazos a la altura de su pecho de manera confiada, pero su gesto se torció al instante.
—Supones bien.
—¿Y dónde está? Si yo no he conseguido dar con él, dudo mucho que puedas hacerlo tú —me envalentoné.
—No olvides con quién estás hablando.
—Ni tú tampoco.
Era una amenaza en toda regla, y esperaba que se la hubiese tomado como tal, porque era lo que pretendía.
—Esas son las condiciones. Tú me ayudas y yo lo hago contigo. Después de eso, cada uno seguirá su camino.
No me convencieron sus palabras, pero no tenía otra opción. Si quería terminar con mi enemigo, el mejor trato que había encontrado hasta el momento era el suyo. Por consiguiente, pensaba agarrarme a un clavo ardiendo. A la vista estaba.
—Me pondré en contacto contigo cuando sea el momento. —Se calló—. Te espero entonces en Rusia, donde estará el centro de operaciones principal.
Abrí mis ojos de manera desmesurada.
—¡¿En Rusia?! —exclamé perpleja.
—Tengo entendido que, en ese tiempo, Vadím aparecerá por su país natal. Es el mejor momento para poder cazar dos pájaros de un tiro.
—No querrás usarme de cebo simplemente, ¿verdad? —Amusgué mis ojos con desconfianza.
La simple idea de volver a Rusia me fascinaba por momentos, sin embargo, me mataba de la misma manera. Recordaría paso por paso mi infancia allí, y eso era lo que menos necesitaba en el instante en el que tuviese al hombre de mis desgracias frente a frente.
—No. Micaela, es un trato justo. No hay cebos ni mentiras. No por mi parte.
Se levantó de su asiento y se quedó de pie delante de mí.
—Entonces, imagino que al igual que tú tienes tu equipo —añadí con desdén—, yo podré tener el mío y no te importará que no vaya sola, ¿no? —Alcé una ceja.
Esperé algún gesto que lo delatara. Y, efectivamente, lo hizo. Pero no conseguí entender el motivo.
—Podrás llevar a quien te plazca. No obstante, yo ya tengo a otra persona que necesito en ese círculo y que será la que te acompañe.
Carraspeé, y sus ojos reflejaron algo que no supe descifrar, pero era un sentimiento parecido al miedo, o quizá pavor. Seguía sin entenderlo.
—Así que ahora vas a ponerme un guardaespaldas —murmuré arrogante.
—Toda protección es buena, y no debes olvidar a quién te enfrentas. No conoces a Angelo ni a Vadím.
—Me hago una ligera idea con uno de ellos. Sé cuidarme sola, y no necesito a un mentecato de tus policías, espías o lo que cojones sean, que me impida actuar a mi manera. Yo me buscaré mi propia protección, no tú.
Suspiró con pesar mientras se alejaba hacia la salida con la intención de irse, imprevisto que me confundió. Antes de levantarme para seguirlo y marcharme de allí, se giró y me contempló con una mueca extraña de tristeza.
—No te molestes. Ahora mismo verás a la persona que irá contigo —añadió con pesar.
Arrugué mi entrecejo más de la cuenta, sin moverme del sofá, justo en el momento en el que un escalofrío me recorrió la columna vertebral por completo. Puse atención, y la puerta de la entrada se abrió de nuevo, lo que hizo que se me pusiera el vello de todo el cuerpo de punta. Aarón se pasó la mano por la barbilla con nerviosismo a la vez que me observaba, y llegué a pensar que mis pulmones se habían detenido en el instante en el que mis ojos se fijaron en la persona que estaba entrando.
Era él.
Él.
El pulso se me aceleró de tal manera que creí que mi corazón saldría corriendo de mi pecho. Mis ojos se fijaron más y más en la figura de la persona que, con cautela, se quedó petrificada en la puerta, movimiento que me confirmó que ya sabía que estaba allí. El silencio se hizo patente en la estancia cuando comenzó a avanzar hacia mí con la misma galantería que recordaba, sin titubear. Aparté mi mirada de él sin saber qué hacer o cómo reaccionar, contemplando la mesa que tenía delante, mientras apretaba mi abrigo con más fuerza a mi vientre. No podía descubrirlo.
No podía.
—Me pondré en contacto con vosotros en unos días.
Fueron las últimas palabras que escuché de la boca de Aarón antes de que desapareciera sin mirar atrás. Traté de tranquilizar mis pulsaciones, que estaban desbocadas, logrando que el bebé se moviera de manera incansable, dándome patadas en sitios donde nunca lo había hecho. Mi estado estaba alterándolo, y eso no era bueno para él. Necesitaba salir de allí lo más rápido posible, o moriría por tantas emociones antes de darme cuenta.
Llegó a mi lado y noté cómo sus ojos se clavaban en cada parte de mi cuerpo sin reparo. Desde la posición en la que estaba, era imposible que se percatara de la sorpresa que ocultaba bajo la prenda, y lo observé de soslayo sin ser capaz de crear esa conexión que tanto había echado de menos. Intenté tranquilizar mi respiración cuando se sentó a mi lado, y no supe cómo reaccionar.
Siempre fui de las que dijo que, ante una situación como la que estaba viviendo, seguramente me pondría como una loca a gritarle y a pedirle explicaciones de todo lo que había pasado, de los motivos, del porqué. Sin embargo, en ese instante no supe manejarlo, no conseguí mover ni un solo músculo, y sentí que un nudo comenzaba a crearse en mi garganta a pasos agigantados, asfixiándome de nuevo.
—Tenemos que hablar.
Sus palabras resonaron tan lejanas en mi cabeza que creí haber olvidado hasta el tono de voz que tenía, sensación que me puso nerviosa, como si mi cuerpo lo controlara en aquel instante una niña inmadura que no conocía nada de la vida. No conseguí mirarlo, ni siquiera lo intenté. Como pude, un susurro apenas audible salió de mis labios:
—No tenemos nada de qué hablar.
Veloz, me levanté de mi asiento, tapándome con el abrigo la zona del lateral que él podía ver a la perfección, de manera que no pudo comprobar nada. Le di la espalda mientras me dirigía con urgencia hacia la salida, a sabiendas de que correría detrás de mí hasta alcanzarme, y no me equivoqué.
—Micaela, por favor...
Noté su pecho pegado a mi espalda cuando me disponía a abrir la puerta, y temí por muchas cosas; una de ellas, que se percatara de mi estado. Aunque, si lo pensaba fríamente, tarde o temprano se daría cuenta si teníamos que comenzar a trabajar juntos, así que esperaba que fuese más tarde que pronto. Demasiados nervios estaba sufriendo ya el bebé como para tener que aguantar más.
Por el rabillo del ojo, vi su mano alzarse con intenciones de tocarme, pero no le di tiempo. Abrí la puerta con rapidez, empujando su cuerpo hacia atrás para salir, y bajé las escaleras del edificio, notando las lágrimas empapar mi rostro. Al llegar a la calle, la lluvia ya había comenzado a caer con furia, y sentí que me asfixiaba segundo tras segundo cuando una enorme presión se instaló en mi pecho. ¿En qué cojones estaba pensando Aarón? ¿Por qué había hecho aquello? ¿Por qué no me lo había dicho antes? ¿Y esa encerrona? ¡No le debíamos nada! ¿Qué narices estaba intentando? ¿Enfrentarnos quizá? Por más que lo pretendía, no entendía nada.
Era él...
Crucé la calle a toda velocidad, y antes de llegar al coche, que se encontraba a pocos pasos de donde estaba, la puerta del portal volvió a abrirse.
Supe que era Jack.
Y venía a por mí.
Avancé hasta el coche. Ryan se bajó con gesto hosco y, al apreciar mi semblante, hizo el amago de aproximarse. Fui más rápida y me metí dentro. Con la mano, le indiqué que entrase.
—Arranca —le ordené desesperada.
Fue lo único que me dio tiempo a decir antes de que los sollozos me ahogaran y las lágrimas corrieran como ríos por mis mejillas empapando mi ropa y mis manos, que eran incapaces de detenerlas. Me abracé a mí misma, tratando de tranquilizarme de la forma que fuese, sin éxito.
—¡Micaela! ¿Qué ha pasado? —me preguntó Ryan, asustado.
—É... Él... Él...
No conseguí detener mi llanto por más que lo intentara, y mi hermano me observó por el espejo retrovisor, a punto de perder los papeles mientras se dirigía a nuestra casa. Con los ojos llenos de lágrimas, pude apreciar que, con una preocupación palpable, sus nudillos blanquecinos apretaban el volante.
—¿Te ha hecho algo? ¡Háblame! —se desesperó.
Negué con la cabeza sin parar de hipar, y un terrible pinchazo me atravesó el cuerpo. Me doblé en el asiento sin saber reaccionar, presa del dolor, y escuché a Ryan rugir como un león:
—¡Da la vuelta!
Agarré su hombro, ejerciendo la fuerza que pude en él, y negué con la cabeza. En un susurro que apenas oí, murmuré un «No, por favor...» cuando Arcadiy ya daba un volantazo en mitad de la avenida. El brusco giro provocó que me sujetase al cabezal del asiento del conductor mientras él siseaba, lleno de rabia:
—Lo mato, lo mato, lo mato. Como te haya hecho algo...
Volvió a hacer el mismo movimiento con sus manos cuando le pedí con las mías que no diese la vuelta. Entretanto, Ryan le instaba a que volviese a la carretera principal, así que nos dirigimos en silencio hacia casa; un silencio que era interrumpido por mis hipidos constantes, que no dejaban de resonar sin querer. En ese momento, me di cuenta de que no había llorado de esa forma en mi vida, pero también de que no había sentido tanto dolor y rabia juntos nunca.
Estaba vivo.
Estaba bien.
Entonces, ¿por qué se marchó?
Las preguntas volvieron a mi mente como un huracán. Llena de confusión, cerré los ojos. Al entrar en casa, sentí que unos fuertes brazos me acurrucaban en su cuerpo, y por su olor supe que era mi hermano el que me llevaba a cuestas como una muñeca de trapo.
Y eso era en realidad.
Una muñeca de trapo, rota, rabiosa y dolida.
5
Mi infierno
Jack Williams
Se alejó.
Sin más, se marchó.
No me dio tiempo siquiera a saborear un segundo a su lado.
Bajé las escaleras a toda velocidad cuando la puerta casi se estampó en mi cara. Pero, por muy difícil que pareciera, no conseguí llegar hasta ella antes de que desapareciera de mi vista justo cuando se subió a un coche que no conocía. No pude ver quién había en su interior, y la rabia por que estuviese con otra persona que no fuese yo me consumió.
Empapado, caminé hasta la avenida por la que había desaparecido. A lo lejos vi cómo el coche daba media vuelta. Me quedé paralizado en mitad de la carretera, pensando que quizá se había arrepentido y volvía a toda velocidad hasta mí para permitirme que me explicara. Pero me equivoqué. De nuevo, giró en mitad de aquella amplia avenida y siguió su recorrido inicial, dejándome roto y desolado en medio del torrente de lluvia que se empeñaba en azotarme de manera incesante.
No sabía cómo iba a reaccionar. Sin embargo, lo que sí tenía claro eran los propios nervios que sentí tras aquella puerta cuando llegué. No pude evitar pegar la oreja a la desgastada madera, y temblé cuando escuché su voz; una voz firme que sonaba lejana en mi recuerdo pero que no había olvidado y añoraba cada puto día. Me entristeció comprobar que de su boca solo salían palabras frías, distantes y más duras que una roca. ¿Habría cambiado? Claro que lo habría hecho. El dolor tiene ese efecto: nos vuelve de otra forma distinta, nos cambia sin poder remediarlo.
En el momento en el que oí los pasos del poli acercarse a la puerta, mis piernas temblaron. Sí, las mías, las del hombre que no le temía a nada pero que estaba aterrado por volver a encontrarse con la mujer de su vida, la que le había robado hasta el último suspiro y a la que ansiaba con todas sus fuerzas y más.
Empujé sin poder esperar, y allí estaba. Tan bonita, tan atractiva, tan cambiada. Su belleza me desbordó. Aunque siempre me pareció una mujer deslumbrante, algo en ella había cambiado, y estaba más radiante aún de lo que recordaba. Vi su confusión a distancia y pude sentir los latidos de su corazón, los cuales, seguramente, irían al mismo compás que los míos: desbocados. Y cuando me senté a su lado..., creí que por fin había muerto, renaciendo a su lado, al lado del ángel que alumbraba la oscuridad en la que estaba sumido.
Y todo eso se esfumó en unos minutos.
Apreté los puños con rabia en mitad de la calle y grité. Grité por toda la rabia que sentía, por haberme separado de ella, por no darle una explicación, por haberla abandonado a su suerte, por hacerla sufrir...
Caminé cabizbajo por las calles de Londres. Había estado allí y no fui capaz de encontrarla. Ninguno lo fuimos. No lo entendí hasta el momento en el que hablé con Aarón. Y, claro, me di cuenta de que él había sido el encargado de desviar las posiciones de Micaela a cada segundo; de esa manera me tendría en el bote, y no me quedaría más remedio que ponerme a su favor si quería volver a verla. Lo había subestimado, pero era un tipo listo, un tipo al que pensaba matar en cuanto todo terminase. Me había robado meses de mi vida sin ella. Por su culpa no la encontré, y estaba dispuesto a hacer que pagara por ello.
Un rato después, llegué al hotel donde nos hospedábamos Riley y yo. Eiren se sumaría a nosotros cuando llegase el momento. Cuando abrí la puerta de mi habitación, alcé mi rostro al apreciar unas largas piernas, desnudas, sobre la cama. Mi polla reaccionó de manera inconsciente y me maldije por ello una y mil veces. Esa mujer era incansable, y pensaba conseguir lo que deseaba, costase lo que costase. Se levantó, sugerente, con un simple vestido negro que se transparentaba, dejando entrever unos erectos pezones sobre una figura que, como anteriormente creí, era de infarto.
«Pero no es ella...», pensé.
Avanzó hacia mí como una gata en celo y comenzó a subir su mano desde mi muslo hasta mi vientre, finalizando su recorrido en mi cuello. Me observó, pegándose, restregándose con ganas de más, y pensé que quizá un revolcón me haría expulsar toda la frustración que sentía. Pero ese pensamiento se esfumó al instante, como siempre.
Sus labios se colocaron con sutileza en mi mentón mientras yo permanecía impasible y quieto ante la situación, y comenzó con su lengua un reguero de lametones hasta mi cuello. Subió de nuevo a mis pómulos y continuó hasta llegar a mi boca, momento en el que me aparté de inmediato. No permitiría que me besara. No lo había hecho con nadie desde hacía siete meses.
Mis labios eran únicamente de ella.
—¿Esto también me lo privarás? —susurró con voz ronca, colocando su mano en mi entrepierna.
Estaba duro, sí, y ella lo sabía. Su sonrisa se acentuó de manera considerable mientras movía sus dedos con agilidad por encima de la tela de mi pantalón. La sujeté del cuello y la estampé contra la pared de mi izquierda. Apretando mi mandíbula, la miré fijamente. No tenía que contenerme, puesto que sabía que no encontraría lo que realmente buscaba. Yo la quería a ella, la deseaba con todas mis fuerzas, y ese «ella» tenía nombre y apellidos: Micaela Bravo.
—Es mejor que te marches —sentencié.
—Estás duro, Jack. Déjame aliviarte...
Sin descanso, tiró del botón de mi pantalón, abriéndolo. Podría parecer muy irónico, pero, aunque sintiese una necesidad temeraria por descargar mi furia con alguien, mis pensamientos volaron de nuevo a su recuerdo, a sus gemidos, a ella... Me aparté como si quemara y, tras dar dos grandes zancadas, abrí la puerta de la habitación, invitándola a irse sin ni siquiera mirarla. Escuché un gruñido por su parte.
Aarón apareció y carraspeó al ver la escena.
—Vuelvo después.
—No. Ella ya se iba. Aquí no hace nada —espeté de malas formas.
Escuché un suspiro de resignación por parte de la mujer, quien pasó altiva por mi lado soltando un último comentario antes de irse a su habitación:
—Caerás, Jack. Todos lo hacen.
Ignoré sus palabras y cabeceé hacia la derecha, instándole a Aarón a que entrase. Lo hizo dudoso, pero al final accedió. Cerré la puerta mientras veía cómo se alejaba con andares felinos, intentando provocar algo que no sucedería.
—Ten cuidado con Noa.
Después de fijar mis ojos en él, fui hacia la primera botella que atisbé en el minibar del hotel.
—¿Ahora también vas a preocuparte por mí? ¿O es que tu corazoncito de poli tiene nueva víctima? —ironicé.
—Noa es una de las mejores agentes que tiene la brigada, y puedo asegurarte que es... demasiado perversa y calculadora. Más de lo que te imaginas. Pero no soy nadie para decirte lo que debes hacer o no. Simplemente, te aviso.
—Pues guárdate tus avisos. No los necesito —bufé malhumorado.
Asintió, metió las manos en los bolsillos de su pantalón y suspiró cuando un silencio tenso se creó en el ambiente. Titubeó, aunque al instante cambió su gesto por otro más confiado.
—¿Cómo ha ido?
—¿Te alegrarás si te digo que mal? —rugí—. No te importa, Aarón. Dime qué quieres y déjame solo.
—No deberías pensar mal tan pronto —añadió molesto.
—Ah, ¿no? ¿Y qué se supone que debería pensar de alguien que sigue enamorado? —Arqueé una ceja con sarcasmo y le indiqué con desdén—: Se te nota a leguas.
Suspiró con resignación y habló:
—Que yo siga o no enamorado de Micaela no cambia nada. Ella te ama, te quiere de verdad, y eso no podrá cambiarlo nada ni nadie.
Su tono me pareció sincero, aun así, desconfié.
—¿Ahora vienes a hacer de Cupido? —le pregunté, usando el mismo tono—. No te pega, poli.
—La he visto salir —anunció, ignorando mi comentario y mis maneras de hablar.
—Entonces, no necesitas que te responda a esa gilipollez de pregunta que has hecho antes. Además, ¿piensas que soy tan estúpido como para no saber que por tu culpa no he podido encontrarla durante todo este tiempo? —Entrecerré los ojos, advirtiéndolo. Silencio. Eso fue lo que obtuve como respuesta—. Debería pegarte un tiro ahora mismo —le siseé, apretando mi mandíbula.
—Era necesario.
—¡Necesario para ti! —Lo señalé con el dedo, lleno de rabia.
Le di un trago a mi bebida y la dejé con un sonoro golpe sobre el escritorio de la habitación. Sentí cómo los ojos me abrasaban y cómo la impotencia y las ganas de matarlo me podían más y más. Noté que mi garganta quemaba, y no me importó; ya nada lo hacía si no podía recuperarla.
—Deberías plantearte dejar la bebida...
Me acerqué de manera intimidante, fulminándolo con los ojos. No se amilanó; al revés, su rostro se alzó, igual que el mío, retándome.
—No tienes que decirme lo que debo hacer o no, así que cierra la puta bocaza y lárgate de aquí si no quieres que te la reviente —lo corté.
—Solo pretendo ayudarte.
—¡¿Ayudarme a qué?! —me desesperé.
Alcé mi tono de voz junto con mis brazos, que se elevaron hacia el techo. Mis ojos se fijaron en el movimiento de su mano, que se introducía en el bolsillo de su pantalón, para después sacar un papel doblado por la mitad; todo bajo un gesto de arrepentimiento que no supe descifrar.
—Toma. —Extendió su mano—. Compruébalo por ti mismo.
Sin más, se marchó de mi habitación, dejándome una dirección apuntada en aquel folio blanco.
6
Descubierta
Micaela Bravo
Pasaron dos días y no supe nada de él, pero debía decir que, en cuanto llegamos a casa, era tal mi histeria que decidimos irnos esa misma noche a Sicilia. Arcadiy se desesperó por mi estado y salió a la calle en su busca antes de marcharnos. Recé para que no diese con él, ya que, si así sucedía, no sabía quién conseguiría ganar en una pelea mano a mano. Estaba hecho un basilisco.
—Voy a matarlo —añadió Ryan, apretando su mandíbula tanto que pensé que los dientes le saltarían por los aires.
Sujeté su brazo con fuerza en el instante en el que se encaminaba hacia la salida, igual que lo había hecho mi hermano, al que no pudimos detener ni Adara ni yo.
Ryan juró y perjuró que cuando lo viese le rompería todos los huesos del cuerpo, y después de eso, el silencio entre los tres se hizo patente en el salón mientras me cobijaba bajo sus enormes brazos, que me arropaban y acariciaban sin descanso, tratando de calmar mi dolor.
Llegamos a Cefalú, el municipio de Palermo donde Tiziano vivía y nos esperaba con los brazos abiertos en la puerta de su casa. Cambió su gesto al darse cuenta de que Adara venía con nosotros, y no pude evitar mirarlo mal. La necesitaba, y tendría que entenderlo. Aunque era su casa, ya lo había avisado de que aparecería conmigo. A Adara no le hacía mucha gracia ir a Italia, pero, según ella, si con eso yo sonreía un poco, lo haría, en vez de volver a Atenas.
Guardé los papeles que Aarón me entregó para intentar adelantar acontecimientos. Tiziano me había confirmado que Angelo se encontraba en Roma y que sería más fácil poder concretar una cita con él antes de que volviese a marcharse a Colombia. Una cita con la que todos estaban en desacuerdo.
—Es mejor que lo dejemos hasta que el poli te avise —me aconsejó Arcadiy mientras daba vueltas como un león enjaulado en el salón de Tiziano.
—No, no es mejor —lo contradije—. No podemos fiarnos de Aarón. Es más, estoy segura de que su trato no es limpio.
—¡Mira cómo estás! ¿Y si ocurre algo? —se desesperó.
Adara tocó mi barriga por encima de mi camiseta mientras yo lo miraba desde mi posición con cara de aburrimiento. Llevaba así todo el día. Más de una vez, los ojos de Tiziano volaron hacia la muchacha que adoraba mi redonda barriguita cada dos por tres, y sonreí. Tenía que averiguarlo como fuese, y esperaba ese momento con ansias.
—No pasará nada. Ya lo verás.
—¿Vas a dejarme hacerte un dibujo de esos que se llevan ahora? —me preguntó Adara, cambiando de tema—. Un león, tal vez.
—¿Un león? —le pregunté con curiosidad.
—¿Estás escuchándome? —me reprochó mi hermano, elevando los brazos.
—Creo que no. Está más pendiente del león —añadió Tiziano, y le dio un último sorbo a su café.
—Un león es símbolo de fuerza —prosiguió ella sin mirarlo—. Pero, si quieres, puedo dibujarte flores.
—¿Flores? —volví a preguntar en el mismo tono extrañado.
—¿No te gustan? —Arqueó una ceja.
—No. Son cosas inservibles que se mueren a los dos días. Nunca se me dio bien cuidarlas.
—Pues son muy bonitas. A mí me encantan —dijo como si nada.
Posó sus divertidos ojos en mí y soltó una pequeña risa mientras se levantaba y caminaba en dirección a su habitación; imaginé que para buscar unas pinturas que ya habría traído. Sonreí por su alegría y Tiziano resopló. Arcadiy salió al jardín con gesto hosco y cabreado hasta la médula y el italiano lo siguió.
Adara llegó a los pocos minutos al salón con lo que ya había supuesto y se colocó a mi lado con una sonrisa de oreja a oreja.
—Quizá deberías hacerle caso a tu hermano —añadió como si nada mientras sacaba un gran estuche lleno de pinturas—. Piensa que no sabes cómo va a reaccionar Angelo al verte, y no puedes obviar este pequeño detalle. —Señaló mi barriga.
—Solo quedaremos para hablar de negocios. El tema del bebé no tiene por qué afectar.
—¿Y si no es así? No sé, Mica, me da miedo.
—Tú siempre tienes miedo —evidencié con una sonrisa.
Alzó sus preciosos ojos hacia mí, y no pude evitar sentir una punzada de dolor al ver que eran iguales que los de su hermano. Mi gesto se contrajo pensando en él, recordando cada movimiento, cada milímetro de su cuerpo hacía tan solo dos días. Tragué saliva y desvié mi mirada a otro punto del salón.
—¿Cómo estás? —murmuró.
—Entonces, ¿flores? —Evité responder a su pregunta.
—Mica...
Me hacía gracia cuando me llamaba así. Las únicas personas que lo habían hecho eran Ryan y Eli, y eso me hizo regresar a los recuerdos de mi local saltando por los aires con la que se suponía que era mi amiga dentro. He de decir que, aunque la situación se dio de esa manera, me maldije mil y una veces por no haber hablado con ella antes. Habría agradecido una explicación de su propia boca; y, por supuesto, haber terminado con su vida con mis propias manos. Todavía seguía notando la ira crecer en mis venas, aunque tratara de olvidarlo.
—¿No te decides? —La miré con una sonrisa triste.
—Piensas que puedes con todo. Contra todo —se reafirmó—. Pero no es así, y lo sabes. —No contesté, aunque seguí con mis ojos fijos en ella—. A veces, los sentimientos escapan fuera de nuestro alcance y no podemos evitar que nos dañen. —Levantó mi camiseta, dejándola a la altura de mi pecho. Se dispuso con una agilidad asombrosa a limpiar mi vientre con una toalla, donde comenzó a dibujar lo que parecían los pétalos de un girasol. Sin mirarme, escuché atenta sus palabras—: Y te duele. Duele tanto que está consumiéndote por dentro. Ya sabes que siempre puedes contar conmigo y que te escucharé. Lloraré si hace falta. Porque —elevó sus ojos— no estás sola, Mica. Ya no.
No conseguí articular una sola palabra, y me impregné de la inocencia que transmitía sin ser consciente. Me percaté de que no había nadie en el salón y vi mi oportunidad.
—Yo puedo confiar en ti, pero tú no lo haces conmigo.
—Te equivocas, siempre lo he hecho.
Volvió a su labor y comenzó a dibujar.
—Entonces, dime qué pasó con Tiziano —añadí con seguridad.
Su mano se detuvo, pero tardó muy pocos segundos en continuar con su cometido, sin contestar a mi pregunta. Por mi parte, no despegaba los ojos de aquella cabellera rubia que no se atrevía a levantar la vista.
—No te he dicho nada porque no... —murmuró en un susurro.
La corté:
—No sigas mintiéndome, Adara.
Dudosa, elevó sus ojos titubeantes hacia mí, para apartarlos poco después y posarlos sobre la mesa del salón. Tragó saliva visiblemente y contempló sus manos manchadas de pintura. Entreabrió los labios como si le costase pronunciar las palabras que necesitaba oír, y decidí que ya era hora de dejar el tema cerrado. Si Tiziano le había hecho algo que no debía, lo mataría con mis propias manos, así que fui directa al grano:
—¿Te has acostado con él? —Abrió sus ojos de par en par y me miró. Se llenaron de lágrimas que deseaban salir con urgencia de sus prados verdes. Una presión gigantesca se instaló en mi pecho al pensar mal, y no pude evitar incorporarme lo suficiente para coger su cara con ambas manos—. ¿Te ha forzado? —No contestó. La inspeccioné con detenimiento, viendo cómo las diminutas gotas de agua resbalaban por sus pálidas mejillas—. Adara —apreté mis dientes—, no me hagas que vuelva a preguntártelo, o saldré en su busca.
Como se mantuvo callada, hice el intento de levantarme, movimiento que impidió sujetando mi brazo con fuerza para que volviese a sentarme. Tras limpiarse las lágrimas, se aseguró de que ellos siguiesen en el jardín. Entonces, musitó:
—Uno de los días que me quedé sola aquí, él entró en mi habitación...
Mis labios se juntaron en una fina línea y los instintos asesinos resurgieron con más fuerza que la de un vendaval. Volvió a dudar, sin parar de girar su rostro hacia la entrada del salón innumerables veces, gesto que me desesperó tanto que sujeté con fuerza su barbilla para que me encarase.
—¿Qué ocurrió? —Recalqué cada una de mis palabras.
—Estaba aterrada —susurró—. En realidad, él mismo me produce un pánico atroz. Un miedo que me hace temblar —me confesó, y se sorbió la nariz.
—¿Por eso lo dejaste? —Enfadada, fruncí el ceño.
Negó con la cabeza, y pude comprobar que sus mejillas se tornaban rojizas por la vergüenza que estaba sintiendo al contármelo.
—No pensé que llegaría a tanto. Te juro que temblaba como una hoja, pero... —Observé sus gestos dudosos, y ya no sabía si era miedo o que la simple palabra la aterraba.
—Pero te gustó —terminé por ella.
—Sí... —me confirmó en un susurró apenas audible.
Exhalé un gran suspiro y recosté mi cuerpo hacia atrás mientras ella seguía con la mirada en su regazo, sin ser capaz de fijar sus ojos en mí. Maldije a Tiziano una vez tras otra.
—No habías estado con un hombre nunca, imagino.
—No —musitó, aún con más vergüenza.
—Adara, el sexo no es malo. —Intenté quitarle hierro al asunto.
Dudó antes de continuar hablando, hasta que volví a escuchar las mismas palabras que había dicho antes:
—Me da miedo. Él me da miedo.
—Solo es un hombre.
Asintió con lentitud, sin convencimiento. No supe cómo seguir adelante con la conversación. Podía notar que se tensaba involuntariamente cuando me escuchaba. Joder, era una cría, una niña que no había conocido mundo, que ni siquiera había tenido la oportunidad de salir del cascarón, y a aquel jodido demente solo se le ocurrió meterse en su habitación.
—Si tanto miedo le tienes, ¿por qué no le dijiste que se marchase? —le pregunté, intentando encontrarle la lógica al asunto.
—Lo hice.
Volví a envarar mi cuerpo, presa de la rabia al pensar que la había obligado de alguna manera que no estaba contándome. Puso su mano sobre la mía, tranquilizándome cuando ya me ponía en pie.
—Fue mi culpa, Mica. Tendría que haberlo frenado, pero no pude.
—¿Por qué? —me desesperé. Negó con la cabeza—. Adara, si no me hablas claro, ¡es imposible que te entienda!
—¡No lo sé!
Las lágrimas cayeron con más fuerza, esa vez sobre sus manos. Se tapó la cara, que aún seguía encendida por la vergüenza que le producía no saber controlar un cuerpo que jamás había experimentado algo similar. Toqué su brazo con cariño y se destapó, pero cuando fui a decirle que se calmara, unos pasos resonaron en la entrada. Desvié mi foco de atención hacia el punto en cuestión. Ella también lo hizo.
Tiziano nos contempló a las dos con una expresión de incertidumbre extraña en su mirada. Pasó de la una a la otra de forma alternada, preguntándose tal vez qué estaba sucediendo. Adara se apresuró a limpiarse las lágrimas que quedaban en sus ojos y agachó la cabeza, haciendo como que buscaba las ceras para continuar con su dibujo. No obstante, mi vista no se despegó del imponente italiano, que seguía mirándola más a ella que a mí, puesto que lo único que yo hacía era lanzarle amenazas mudas que pensaba echarle en cara en cuanto tuviese la oportunidad.
Avanzó como un depredador hasta la mesa que teníamos delante. Viendo cómo seguía con mi escrutinio particular, amusgó los ojos al llegar a mi lado, y pude comprobar que el cuerpo de Adara se tensaba. Lo fulminé con la mirada. La suya, sin embargo, mostraba confusión al no entender el motivo de mis advertencias.
—Al final —miró mi barriga—, flores. —Se puso un dedo en la barbilla, pensativo. Adara no levantó la vista; tampoco contestó—. Me gustan las flores.
Ninguna de las dos dijo nada, y permanecimos un extenso rato en silencio mientras Adara terminaba de dibujarme un gran girasol, sin ocultar una sonrisa que le llegaba de un extremo a otro del rostro. Rellenó cada rincón con varias tonalidades, y tuve que poner los ojos en blanco cuando vi tanto colorín sobre mi vientre.
Poco después, Tiziano me contó la descabellada idea de entrar dentro de uno de los locales que poseía Angelo y, de esa manera, robar la información que necesitábamos para saber cuándo se reuniría con Vadím de nuevo. Una corazonada me decía que Aarón no estaba siendo del todo sincero, y estaba dispuesta a descubrirlo. Temí por el momento en el que se lo contase a mi hermano y a Ryan. Este último llegaría mañana, porque había tenido que zanjar algunos asuntos en Londres antes de venirse. Últimamente, estaba muy distante y parecía una roca cuando el tema de conversación no era yo. Me regañé a mí misma por no prestar más atención a sus gestos, pero era cierto que mi pena y tormento acaparaban casi todo mi día y me hacían olvidar a las personas que estaban protegiéndome.
—Mañana me dirán el local que es. Angelo tiene varios repartidos por Italia. Dependiendo de cuál sea, solo necesitaremos extraer las contraseñas y unos buenos planos para...
Dejó la frase en el aire cuando escuchamos la voz de Arcadiy —algo desesperada— en el exterior del jardín. Del susto, me levanté como un torrente de mi asiento, sin bajarme la camiseta y sin ponerme los zapatos que me había quitado minutos antes. Adara y Tiziano me siguieron. Cuando llegué a la entrada, tuve que abrir los ojos como platos al ver la escena que se presentaba ante mí.
Mi hermano se daba de hostias con Jack sobre el césped mientras ambos se decían palabras inentendibles a base de gritos y rugidos cada vez que el puño de uno impactaba sobre el otro. Los ojos de Jack se desviaron en mi dirección al notar la presencia de las tres personas que acababan de llegar, y Tiziano se apresuró a separar a mi hermano, que parecía estar poseído.
—¡¡Suéltame, Tiziano!! ¡¡¡Suéltame!!!
Le dio un fuerte empujón, pero el italiano consiguió reducirlo a duras penas en el suelo, ya que se revolvía cual lagartija, intentando escapar de su agarre. Jack se levantó con el semblante pálido, y noté que mi respiración se agitaba de manera considerable cuando sus ojos se desviaron involuntariamente al gran girasol que sonreía en mi vientre.
—¡¡Déjame!! —voceó Arcadiy—. ¡¡Voy a matarte!! —siseó entre dientes, mirando a su adversario.
Pero Jack no lo escuchaba. Estaba absorto en lo que sus ojos veían. Los abrió con sorpresa y, sobre todo, con confusión.
Retrocedí un paso atrás cuando se disponía a acercarse a mí. En ese momento, Adara se posicionó delante de mi cuerpo en un acto valiente, aunque sabía que por dentro estaba temblando.
Al dar un simple paso más, se armó el revuelo.
7
Perdiendo los papeles
Me giré a toda velocidad hacia el interior, con Adara a mi espalda siguiendo mis pasos. Me bajé la camiseta con rapidez al escuchar el rugido desencajado de la voz de Jack, que me pisaba los talones.
—¡¡Micaela!!
«Mierda, mierda y más mierda».
Mi corazón parecía querer escaparse de mi pecho. Llegar a mi dormitorio estaba haciéndoseme eterno. Mi respiración no me permitía siquiera pensar con tranquilidad para conseguir alcanzar la puerta. Necesitaba encerrarme, pensar que no estaba allí de verdad, tranquilizar por lo menos la histeria que comenzaba a sentir.
Los dedos de Jack rozaron mi brazo al tratar de detenerme, sin embargo, mi hermano llegó antes. Lo arrastró hacia atrás y comenzó a golpearlo de nuevo sin piedad.
—¡Ni se te ocurra tocarla! —le chilló.
—¡Arcadiy, para! ¡¡Para!!
Jack llegó hasta mí después de pedirle que se detuviera al ver que no cesaba de embestir contra él de manera bestial, y Tiziano trató de ponerse en medio de los dos, lo que ocasionó que se llevase más de un golpe al intentar separarlos otra vez. Mis pies se detuvieron cuando un grito ahogado salió de la garganta de Arcadiy. Giré mi cuerpo y me lo encontré doblado por la mitad mientras Jack arremetía contra él. Si seguía así, lo reventaría por dentro.
Mi hermano intentó ponerse de pie, pero un dolor punzante asomó en su rostro. Adara se apresuró a ayudar al italiano, que no conseguía retener al titán que se encontraba fuera de sí.
—¡¡Jack!! —le gritó Tiziano, empujándolo contra la pared—. ¡¡Jack, para!! ¡Vas a matarlo!
Sus ojos se desviaron hacia mí, y temí. Temí porque jamás lo había visto de esa manera. Parecía un puto demente sin control. Sus ojos echaban fuego y estaban rojos por la rabia, mientras que su mandíbula se tensaba de manera considerable al rechinar los dientes de forma bestial. Apretó los puños a ambos lados de sus costados y se separó de Tiziano para dar dos zancadas y colocarse frente a mí. Lo contemplé detenidamente, intentando no mostrar miedo ante el gesto tirano que asomaba por sus ojos. En cuanto se atrevió a sujetar mi brazo con fuerza, Adara volvió tras sus pasos y tiró de él en un intento en vano para que me soltara.
No conseguí moverme, dado que parecía una imbécil hipnotizada por sus actos. Por él. O quizá estaba aterrada por la forma en la que actuaba, aunque lo disimulé. Traté de soltarme de su agarre, cosa que no conseguí, pero Arcadiy se recuperó, y cuando ya casi había logrado alcanzarnos, Adara tiró de nuevo del brazo de Jack, desesperándolo. Se echó mano a la parte trasera de su pantalón y, seguidamente, sacó una pistola, con la cual encañonó directamente a Adara.
—¡Eh, eh, eh! —dije con desespero.
Moví mis manos para llegar hasta su brazo, pero me fue imposible. Me apartó, dejándome detrás de él, mientras contemplaba a las tres personas que estaban a su espalda. Arcadiy abrió los ojos de manera desmesurada y Tiziano cambió su expresión por una más fiera de la que habitualmente tenía. Con delicadeza, el italiano sujetó la muñeca de Adara, quien se encontraba petrificada mirando a su hermano, y tiró de ella hasta que la colocó detrás de su espalda, quedando él en primer plano, con el arma de Jack apuntándolo.
—Jack... —murmuró con tono amenazante—, estás perdiendo los papeles. Mírate.
Tras decirle aquello, Tiziano alzó las palmas de sus manos hacia él en señal de paz. Sin embargo, parecía no ver nada más que su propia ira; y no bajó el arma, que se mantenía firme y sin titubear apuntando al italiano. En un gesto que no conseguí ver, me encontré a mi hermano en la misma posición que él, con su pistola entre las manos.
—Si no sales de esta casa, te pegaré un tiro —lo amenazó.
Jack rio como un loco.
—Arcadiy, no me toques los cojones —siseó—, y vete a tomar por culo. Deja de apuntarme —añadió con desdén.
Movió su arma, instándolo, pero este no se amilanó; al contrario, siguió firme en su posición. La mirada de Jack volvió a mí durante un segundo, para después depositarse en mi vientre. Cerró los ojos con fuerza y murmuró algo que no conseguí entender. Se pasó la mano que sujetaba la pistola por la frente, desesperado. Mi hermano aprovechó ese gesto para dar un simple paso que me hizo temblar, y una detonación resonó en todo el pasillo cuando Jack disparó hacia una de las lámparas.
—No te muevas —masculló.
—Suelta a mi hermana, Jack. No voy a repetírtelo.
Comprobé que el cuerpo de Jack temblaba, y sabía que lo hacía por todos los sentimientos que estaban pasando por él en un angustioso intervalo de segundos. Desvió su mirada hacia Tiziano, reprochándole algo que no supe entender, hasta que habló:
—En tu casa... —murmuró con desprecio, sin poder creerse lo que él mismo estaba diciendo.
—No. No te equivoques, ella no ha estado aquí.
El tono de Tiziano salió normal pero cauteloso, tanto que no lo reconocí, y eso solo se debía a una cosa: sabía por lo que estaba pasando. Tragué saliva mientras los dedos de Jack se clavaban cada vez con más fuerza, ahora en mi muñeca, e intenté soltarme de su agarre otra vez, aunque sin éxito.
—Todo este tiempo... —masculló, lleno de ira y negando con la cabeza.
—Jack...
—¡¡Ni Jack ni hostias, joder!! —gritó, dejándose la garganta—. ¡¿Cuantas veces te lo pregunté?! ¡¡¿Cuántas, Tiziano?!!
Elevó sus brazos hasta el techo, exasperado. Soltó mi muñeca y dio un paso hacia el italiano, que le plantaba cara sin ningún miedo. Mi hermano dio otro hacia él, pero Jack fue más rápido y colocó el arma en su frente sin titubear.
—Un paso más, Arcadiy, y estás muerto.
Reuní todo el valor que fui capaz y recorrí la distancia que me separaba del hombre que se mostraba tenso de los pies a la cabeza. No desviaba los ojos de Tiziano, que seguía sin soltar a Adara mientras retaba a Jack.
Y caí en la cuenta...
Habían estado viéndose y yo no sabía nada.
Noté el temblor de mi mano cuando la subí hasta el hombro del desquiciado que tenía de espaldas a mí y la posicioné encima de él. Se tensó más, si es que eso era posible, pero no se giró.
—Ya basta. Por favor —le pedí casi en un susurro.
Sentí unas ganas de llorar terribles y me cabreé por la situación, por las putas hormonas y por todo lo que estaba pasando. Le hice un gesto con mi cabeza a Arcadiy para que bajara su arma. Puso mala cara, aunque obedeció.
—No le debes nada, Micaela. Él decidió abandonarte a tu suerte. No lo olvides —bufó, y aniquiló con sus ojos al que había sido su hermano durante tanto tiempo.
Jack no dijo nada. Simplemente, se giró cuando mi hermano abandonó el pasillo con enfado, sujetó mi brazo con fuerza y tiró de mí sin miramientos hacia el final, donde estaba mi habitación. Las zancadas de Tiziano no se hicieron esperar, y antes de que agarrase la manivela, el italiano le lanzó una amenaza bajo su semblante tirano:
—Como le ocurra algo... —lo contempló, fiero— a ella o al bebé... —Me miró. El gesto de Jack se contrajo, y solo pude apreciar un dolor descomunal—. Te juro que no saldrás de esta casa con vida.
Adara me observó desde su posición, detrás del italiano, negando con la cabeza para que no entrara con él. La tranquilicé con una simple mirada, pero no surtió el efecto que pretendía, puesto que la vi temblar cuando Jack abrió la puerta sin apartar los ojos de Tiziano y sin contestar a su amenaza.
Tragué saliva y entré.
Entrelacé mis manos a la altura de mi vientre, como si estuviera protegiéndolo, y me giré para encararme con el demonio que acababa de cerrar tras un sonoro golpe.
Sí, estaba desquiciado.
Exhaló un gran suspiro sin apartar la vista de mí, y un silencio sepulcral se hizo eco en toda la habitación. Nos miramos a los ojos durante una eternidad, hasta que volvió a fijarse en mi vientre y, sobre todo, en mis manos, que lo resguardaban de una manera u otra. Dio un paso hacia mí. No me moví de mi sitio, e intenté sacar toda la valentía posible para enfrentarme a la situación.
Al llegar, me contempló con adoración y tristeza, aunque seguía viendo en esos ojos verdes la rabia que sentía. Mi pecho subía y bajaba de manera descontrolada, movimiento que se aceleró cuando colocó su frente junto a la mía. Un cierto mareo se apoderó de mí, y tuve que hacer acopio de todas mis fuerzas para no caer al suelo, dado el duro momento que estaba viviendo.
Tanto tiempo sin él...
Entreabrió sus labios, dejando ir un pequeño suspiro de derrota. Sus manos ascendieron de sus costados hasta posarse sobre las mías, las cuales apartó con una delicadeza inhumana, sobre todo en el estado en el que se encontraba. Las dejó a ambos lados de mi cuerpo y, seguidamente, sus rodillas cayeron sobre la moqueta rojiza, quedando de cara a lo que minutos antes había estado protegiendo. Pude apreciar cierto temblor en sus manos cuando estas se pusieron sobre él, y comencé a notar que el bebé se movía inquieto en mi interior. Mis ojos se empañaron al ver la derrota que exhibía sin ser consciente, hasta que cerró sus párpados con fuerza y su frente se apoyó sobre mi vientre.
Toda la entereza que había mantenido durante mi vida se acrecentó con ese gesto que tanto me dolió, ya que él había decidido abandonarme, como bien había dicho Arcadiy minutos antes. Y no pensaba ponerle las cosas tan fáciles, aunque eso conllevara que mi sufrimiento se duplicara por dos después de todo lo que había pasado.
Las lágrimas se agolparon en mis ojos, pero me resistí. No pensaba llorar delante de él. No pensaba mostrar la debilidad ni el daño que me había hecho. Y aunque fuese inútil —pues si había estado viéndose con Tiziano, sabría más de lo que creía—, dejé que la Micaela más tirana y odiosa saliera a relucir. Más incluso de lo que era habitualmente.
No pronunció ni una sola palabra hasta que, un rato después, lo único que escuché en un hilo de voz quebrada fue:
—¿Por qué no me lo dijiste?
Su pregunta no llegó con tristeza únicamente, sino también cargada de resentimiento y odio, lo que ocasionó que mis ganas de golpearlo crecieran. Pero no era el momento, y como bien me dijeron una vez: «La venganza se sirve en un plato bien frío». Y eso era exactamente lo que pensaba hacer. Si en realidad había sufrido tras marcharse como un cobarde, ahora sufriría el doble.
Aparté sus manos con rabia, dando un paso hacia atrás. Levantó la cabeza para mirarme con confusión y con un cabreo descomunal que no había conseguido aplacar ni quedándonos solos, y eso que no alzamos la voz en ningún momento. Todavía. Sentí que mis mejillas ardían debido al rencor que tenía y, sobre todo, a sus palabras.
—¿Vienes pidiéndome explicaciones? —Lo fulminé con la mirada—. ¿Después de siete meses? —Alcé una ceja, irritada.
Sus ojos se clavaron con más intensidad en mí. Su ostentoso cuerpo se puso de pie, colocándose muy cerca, y me miró con un gesto serio que no me amilanó. Me fijé en su porte. Me di cuenta de que estaba más fuerte que la última vez que lo vi, y me regañé a mí misma al sentir que me humedecía.
—Micaela...
No lo dejé continuar. Aparté su mano como si quemara cuando la puso sobre mi brazo, reacción que no pude tener minutos antes. No quería escucharlo. Solo deseaba hacerle daño. El mayor daño que hubiese sufrido en su vida.
—¡No me toques! —Lo señalé con el dedo—. No tienes derecho a pedirme explicaciones de mi vida, como yo tampoco de la tuya. —Lo miré, traspasándolo, aunque en realidad temblaba como una hoja—. Tú y yo ya no somos nada.
Mi tono salió rabioso, y el dolor que mostró su mirada me desarmó. Sin embargo, ni con esas cambié mi gesto firme y seguro. Amusgué los ojos cuando escuché que decía:
—Déjame explicarte que...
—No quiero que me expliques nada. En realidad, no quiero escuchar nada, así que olvídate de mí y dedícate a hacer tu trabajo sin molestarme.
Pasé por su lado en dirección a la puerta. No intentó detenerme, pero entonces lo escuché de nuevo:
—Micaela, estás embarazada...
Giré sobre mis talones, quedándome frente a él, a una distancia prudencial. Ahí iba...
—¿Y? ¿Acaso te importa lo que «yo» —me señalé— haga con «mí» hijo? —Arrugó el entrecejo con confusión y terminé de rematarlo con desdén—: Han pasado siete meses, Jack, y que yo recuerde, no eras tú el que estaba en mi cama..., ni entre mis piernas.
Sujeté la manivela de la puerta, viendo y siendo consciente del gran daño que acababan de ocasionarle mis palabras, puesto que su mandíbula se tensó de tal forma que imaginé que sus dientes se partirían. Apretó los puños a ambos lados de sus costados con una fuerza desmedida. Abrí la puerta para irme, pero ese acto se quedó en un intento, porque su puño se estampó contra la madera, cerrándola.
Me giré, y sin querer, su nariz se rozó con la mía. Estábamos tan pegados que apenas el aire pasaba entre los dos. Dejó el brazo con el que había golpeado la puerta alzado para que no pudiera abrirla. Lo miré con chulería, lo que tensó su semblante aún más, horadándome con esos prados verdes que tanto adoraba y odiaba a partes iguales.
No desvié mi mirada, enfrentándolo, así que siseó:
—No juegues con fuego, y mucho menos con algo así. —Bajó sus ojos hacia mi vientre.
Me acerqué lo justo y necesario para quedar cerca de su oído. Cuando su aliento rozó mi mejilla, se me erizó el vello de todo el cuerpo. Pude comprobar que el suyo temblaba.
—La próxima vez que te acerques a mí, espero que sea para algo más que para lanzarme amenazas que no sirven de nada. Eso sí —puntualicé con toda la maldad del mundo—, tengo un precio. Y, seguramente, no podrás pagarlo.
Contemplando su mirada aniquiladora, me despegué y tiré de la manivela con fuerza, provocando que se abriera lo justo, mientras sus ojos me mataban lentamente. Salí sin perder el contacto, a sabiendas de que la bravuconería que tanto mostraba me costaría cara y que la que tendría que pagar un precio elevado sería yo con el paso del tiempo.
Examiné el pasillo y vi que Adara y Tiziano se encontraban cada uno en una punta, pero en el mismo sitio en el que los había dejado minutos antes. Me di cuenta de que la noche ya había caído sobre nosotros, y le hice un gesto con la cabeza a Adara para que se dirigiera a su dormitorio. Oí que algo dentro de mi habitación se hacía añicos, y supe que la ira de Jack había llegado a su límite. Ella obedeció sin rechistar.
Notaba cómo me ardían los ojos y cómo las lágrimas me abrasaban la piel. Tiziano me hizo un gesto, dándome a entender que él se encargaría de la fiera indomable que estaba en la estancia, pero no le contesté. Solo esperaba que no saliese tras de mí, o todo el papel de mujer valiente que había interpretado se esfumaría como el humo de un cigarro.
Llegamos a su habitación y cerré con desespero, echando el pestillo cuando ella entró. Me llevé las manos a la cabeza en un gesto exasperado.
—¿Qué ha pasado? —me preguntó preocupada.
Arrastré una de mis manos, llevándome con ella las miles de lágrimas que salían de mis ojos, y la coloqué sobre mi boca para acallar los hipidos que estaban a punto de asfixiarme. Adara se colocó frente a mí y sujetó mis hombros con fuerza. Mi otra mano seguía en mi frente, tratando de calmar algo que era imposible.
—Yo... Yo... le he di..., le he...
No conseguía atinar, ni siquiera formular una frase sin sentir que me faltara el aire. Estaba al límite de sufrir otro ataque de ansiedad. Adara me llevó como pudo hasta el borde de la cama, donde me sentó. Se acuclilló frente a mí y me pidió calma con sus ojos; una calma que no llegó. Me ahogué en un llanto desgarrador, intentando que ni un solo sonido se escapase de mis labios y me delatara, ya que no sabía en qué zona estaría Jack o si me escucharía.
Adara se levantó, presa del pánico, al ver el estado en el que me encontraba, y me dijo:
—Voy a por algo que te calme. No te muevas de aquí. Le diré a Tiziano o a Arcadiy que vengan.
Sujeté su brazo con fuerza y negué con la cabeza como una poseída. Por nada del mundo debía abrir esa puerta, o la seguridad en la que pensaba que estaba se iría como aquel demonio entrara por ella. Respiré varias veces, hasta que conseguí formular una pregunta idiota:
—¿Puedo quedarme contigo esta noche?
Asintió con tristeza. Subí mis pies a la cama sin importarme la ropa que llevaba y me tumbé en ella, acurrucándome en posición fetal. Ella se colocó detrás de mí y extendió su brazo por mi cintura hasta que llegó a mi vientre. Con la otra mano, acarició mi pelo en un vano intento de calmar mi pesar.
Un rato después y sin más fuerzas ni lágrimas que verter, conseguí quedarme dormida en los brazos de una niña que cada día estaba demostrándome más madurez de la que creía que tenía.
La misma que se había convertido en mi ángel de la guarda sin saberlo.
8
Malas decisiones
Jack Williams
Le di una profunda calada a mi cigarro mientras contemplaba la noche desde las escaleras de la entrada de la casa de Tiziano. Arcadiy había desaparecido, gesto que agradecí, ya que pensé que de un momento a otro se nos iría de las manos, y me di cuenta cuando me cegué golpeándolo hasta la saciedad para que dejara de perseguirme.
Sabía que, en el tiempo que había estado fuera, su relación con Micaela se había consolidado, pero no imaginé que tanto como para protegerla más a ella que a mí. Y no sentía celos, sino rabia porque no entendiera mi postura, porque no tratase de comprenderme siquiera. Al poner un pie en la mansión de Tiziano, me vio, y lo primero que hizo fue lanzarse de cabeza a golpearme.
Jamás me imaginé que Micaela estuviera embarazada, y más odié a Tiziano por no contarme aquel pequeño detalle. Aunque, en realidad, ¿eso habría cambiado algo mi decisión? Sí, claro que sí. Habría hecho lo imposible para mantenerlos a salvo a ella y a ese bebé. Ese era un pensamiento muy contradictorio por mi parte, porque podría haber hecho lo mismo sin el bebé. No podía dejar de repetirme que quizá no tomé la decisión acertada y la situación me superó.
No había salido de la habitación en toda la noche. Pensé en aporrear la puerta de Adara como un energúmeno hasta que cediese, pero también llegué a la conclusión de que ya era suficiente. Demasiadas emociones. Sus palabras se clavaron en mí como puñales, y el simple hecho de pensar que ese bebé podría ser de otro... Ni siquiera podía barajar la posibilidad de que hubiese estado con otro hombre.
Sus últimas palabras terminaron de rematarme, lograron que no moviera ni un ápice de mi cuerpo; y mejor así, ya que habría perdido la poca cordura que me quedaba: «Tengo un precio. Y, seguramente, no podrás pagarlo». ¡Maldita fuera! ¿Qué había pasado con la Micaela que un día conocí? ¿Dónde cojones estaba?
Apreté mi puño contra el frío suelo. Sentí una presencia detrás de mí, pero no me molesté en mirar de quién se trataba. Él ya se manifestó con un interminable bostezo acompañado de un chirriante sonido. Lo observé de reojo cuando se sentó a mi lado, o más bien cuando se tiró en las escaleras.
—¡Coño, qué frío! —Juntó sus brazos entre sí, pero los separó al instante para poder restregarse los ojos—. ¿Es que no tienes sueño? —Puso mala cara. Lo contemplé durante unos segundos, con mis labios sellados. Me había dejado otra de las habitaciones de su casa; lejos de la de Micaela, por supuesto, pero eso no impediría que me acercase a ella. Suspiré con fuerza—. ¿Desde cuándo fumas tanto?
Miró el cenicero que tenía a mis pies. Tras contar los cigarrillos que había, hizo una mueca con los labios, asombrado. Agarró la cajetilla, sacó uno, lo encendió y le dio una calada. Después, soltó todo el aire haciendo oes, con el mismo gesto instalado en su boca. Miré al frente y me coloqué de la misma manera. En ese instante, Arcadiy apareció en la verja.
Tiziano estiró sus piernas de manera chulesca y sin moverse, y el otro, cuando llegó hasta nosotros, me contempló desde su altura. Elevé mis ojos para encararlo. Estaba enfadado de verdad, como nunca lo había visto. Pensé que arremetería de nuevo contra mí, pero me sorprendió cuando se sentó en el otro extremo de las escaleras, a mi lado. Cogió la misma cajetilla de tabaco que Tiziano y sacó otro cigarro. En otras circunstancias les habría dicho que también podrían comprar tabaco, pero no era la ocasión para gastar una broma. Tampoco me apetecía.
—Otra vez lo has hecho.
La voz de Arcadiy hizo que entrecerrase los ojos, mirando al frente, como estaba. No contesté. Sabía a qué se refería: exactamente al momento en el que me marché de la fortaleza de Anker, dejándolo solo. Abandonándolo.
—Lo hice por su bien.
—Sí, claro. O por el tuyo —espetó con malhumor.
—No lo sabía —me defendí.
—¿Acaso hubiese cambiado algo su estado? —me preguntó con rabia.
Tiziano silbó como el que no quería la cosa, pero dejó de hacerlo cuando fijé mis ojos en él. Alzó las cejas con sorpresa e hizo una mueca con sus labios al saber que la patata caliente cambiaba de lado.
—No sé si hubiese cambiado algo o no, pero por lo menos cierta persona que yo sé podría haberme contado ese detalle.
—¿Os estabais viendo?
Noté el tono resentido de Arcadiy.
—¡Eh! A mí no me metas en tus mierdas. Solo lo hice por echarle una mano —miró a Arcadiy—, solo en trabajos. —Esa vez, alzó las manos al aire—. Y jamás abrí mi boca, ni para un bando ni para otro. Así que dejaos de gilipolleces conmigo.
—No puedo creérmelo... —murmuró atónito Arcadiy—. ¿Micaela lo sabe?
—No. Igual que yo tampoco sabía nada de ella —contesté por él—. Simplemente, ha sido un alfil en medio de dos batallas.
—Un alfil que también ha sufrido por partida doble —espetó Tiziano, dolido.
Cerré mi boca al ser consciente de lo mal que tendría que haberlo pasado viéndola a ella y siendo conocedor de mi desesperación y amargura cada vez que nos encontrábamos. Volví mis ojos al horizonte sin saber qué decir a la vez que escuchaba a Arcadiy suspirar.
—Ryan llega mañana. —Silencio—. Y no será nada delicado. Ni siquiera lo intentará.
—Asumiré las consecuencias —concluí.
—Pues espero que tengas fuerza para ello —murmuró Tiziano, perdido en sus propios pensamientos.
Terminamos viendo cómo amanecía. Eran las cinco de la mañana cuando Tiziano apareció, y al final acabamos en la cocina bebiendo un café tras otro, tratando de aplacar el cansancio que empezaba a apoderarse de los tres. Sabía que Arcadiy seguía resentido, pero intentaría por todos los medios que cambiase de opinión cuando se decidiese a escucharme.
—Tengo los planos y todo lo que necesitamos para entrar en el local de Angelo.
Arrugué el entrecejo, momento en el que el italiano se dispuso a contarme su brillante plan, el cual me cabreó más. Lo escuché con atención, pero me negaba en rotundo a aceptar que Micaela fuese a aquel sitio, ya que ese era un punto en común en cada una de sus propuestas.
—Ella no irá —sentencié.
—Dudo mucho que te haga caso —comentó Arcadiy con ironía.
—Me da igual. He dicho que no irá y no lo hará.
Mi tono sonó firme, pero no me pasó desapercibida la mirada que ambos se lanzaron. Sabían de sobra que no podría impedirlo, aunque con ello no cejara en mi empeño. No podía exponerse de aquella manera, y más estando en un estado tan avanzado.
—Tenemos que ir esta noche, cuando esté el ambiente en todo su auge. De esa manera, pasaremos desapercibidos.
—¿Has tenido contacto con Angelo alguna vez? —le pregunté.
—Sí —afirmó Tiziano—. Ya sabes que trae a la mayoría de las mujeres de Colombia, y necesita drogas casi siempre para eso.
—Y me imagino que tú le facilitas la tarea —añadí con amargura.
—Imaginas bien.
—¿Y cuál es el plan? —Lo miré.
Sacó varios documentos que había traído de su despacho y los dejó sobre la encimera de la cocina. Mientras los esparcía, iba enseñándonos algunos planos y varias cosas que nos serían de utilidad.
—Aquí está su despacho. —Lo señaló con el dedo—. Tenemos que llegar a él cuando esté entretenido.
—¿Y se puede saber quién se encargará de ese cometido?
Cabeceó varias veces con pesar, hasta que se señaló.
—Inventaré alguna excusa para hablar con él de material, ya sabes. —Movió su mano en el aire, quitándole importancia—. Seguramente, tendrá a varios hombres en la entrada de este pasillo. —Volvió a señalar otra zona—. Una vez que esté dentro con él, el resto es cosa vuestra. ¿Dónde está el friki? —Alzó una ceja al caer en la cuenta de que Riley no estaba conmigo.
—En un hotel —le contesté.
—Bien, eso quiere decir que lo tenemos de nuestro lado.
—En realidad, Eiren también ha venido.
No supe por qué motivo mi tono salió tan bajo y temeroso. Quizá por miedo a que me juzgasen sin saber. Y, en efecto, eso fue lo que sucedió cuando se contemplaron de forma interrogante, para después posar sus ojos en mí con detenimiento.
—¿Eiren? —preguntaron al unísono.
Asentí, y les conté quién era la susodicha. Ambos volvieron a mirarse dudosos entre sí, pero en cuanto vieron que yo mantenía mi mirada en ambos, desviaron las suyas y Tiziano carraspeó.
—Aquí arde Troya... —murmuró, mirando el plano, y cambió de tema con rapidez—: Cuando venga Ryan, lo dejaremos todo rematado y listo para esta noche.
La puerta de la cocina se abrió sin que lo esperásemos. Una Micaela recién levantada y con los ojos hinchados apareció tras ella. Se quedó petrificada al vernos a los tres, pero sobre todo al fijarse en mí. Antes de desviar su mirada hacia los demás con gesto amargo, pude comprobar cómo pasaba una mueca de desprecio por su rostro. Sabía que no sentía eso, o por lo menos eso era lo que creía, lo que esperaba y lo que deseaba con todas mis fuerzas.
Tiziano se acercó a ella y depositó un beso en su cabeza como muestra afectiva. Ese gesto provocó que apretara los puños, y Arcadiy se dio cuenta. Yo era el que tendría que estar teniendo esos gestos con ella, no él. Sentí celos, para qué negarlo, celos y unas ganas descomunales de partirle la boca a Tiziano por besar algo que consideraba mío, algo que pensaba recuperar al precio que fuese.
—Has madrugado mucho, bella2.
—No tenía ganas de seguir en la cama.
Abrió la nevera para coger el cartón de leche fría. Pasó por detrás de mí y me tensé de pies a cabeza. Joder, qué ganas tenía de poder abrazarla hasta que me faltase el aire... Sujetó un vaso de cristal con fuerza y se colocó al lado de su hermano, quien pasó una mano por su espalda con cariño, y otra punzada de celos me atravesó. No conseguía despegar mi mirada. Parecía no querer darse cuenta de ese detalle, pues no reparó en ningún momento en mi presencia.
—¿Has conseguido todo? —le preguntó con asombro.
—Sí, ragazza3, todo lo que necesitamos.
—Bien —añadió satisfecha.
Solté un fuerte suspiro que ocasionó que todos me mirasen. Todos menos ella.
—Tú no irás —sentencié.
Elevó sus ojos como una fiera, clavándolos de tal manera en mí que ocasionó que mi entrepierna apretase mi pantalón. Tomó un trago de su vaso de leche con tranquilidad y lo dejó con un suave movimiento sobre la encimera mientras sus ojos se mantenían firmes y altaneros.
—No estaba hablando contigo —añadió con arrogancia.
—Yo sí.
—¿Vas a prohibírmelo? —me vaciló.
Mi gesto se tornó más serio, y tuve que contenerme para no arrastrarla hacia el dormitorio y dejarla encerrada hasta que acabase el maldito día. De esa manera, estaba seguro de que no iría a ningún sitio y conseguiría que cambiase esa chulería por gemidos que inundaran toda la mansión.
—No. Directamente, no vas a ir —me reafirmé con tono autoritario.
Sonrió con malicia, sin romper la conexión tensa que ambos teníamos.
—Que te den por culo, Jack.
Fui a dar un paso hacia ella por su tono insolente, pero se quedó en un intento cuando la puerta de la cocina volvió a abrirse y un Ryan desencajado apareció. Primero miró a Micaela y después a mí. Apretó visiblemente los puños y Tiziano soltó una de las suyas:
—En mi cocina, os lo prohíbo. Os matáis en la calle, que me mancháis y rompéis todo, y después Cornelia se cabrea conmigo.
Interiormente, puse los ojos en blanco; Tiziano y sus tonterías cuando las cosas se ponían feas.
Micaela avanzó por la cocina hasta que llegó a su altura y lo sacó de allí como pudo. Ryan parecía una roca inamovible que no dejaba de fulminarme con la mirada. De hecho, si hubiese podido, me habría matado con ella.
—Se avecina tormenta.
—Tiziano, ¿nunca te callas? —le reproché.
—Mmm... —Se puso un dedo en la barbilla—. Sí, a veces sí, pero muy pocas. ¿Qué pasa? —me preguntó como si nada.
Bufé por su gesto. De verdad que era un caso perdido; un puto loco perdido, que no era lo mismo.
Arcadiy se mantuvo al margen unos segundos, hasta que dirigió sus pasos hacia la salida.
—Voy a calmarlo, pero esto no implica que siga odiándote. —Me miró.
Asentí, agradeciéndoselo. Bastante tenía con intentar recuperar lo que era mío. Porque lo era. Porque lo decía yo. Y me daba igual que sonara prepotente.
—Cambia el pensamiento, Jack. Micaela ya no es como antes. —La voz de Tiziano me hizo desviar mi atención hacia él. Arrugué el entrecejo, sin entenderlo, hasta que continuó—: Cuando dañas a alguien, en la mayoría de las ocasiones creas un muro infranqueable. Y, querido amigo, has terminado por desatar a la bestia.
—Haré lo que haga falta.
—No estés tan seguro de ello. La abandonaste, Jack. —Me miró con rabia—. El club voló por los aires. La perra mala que era una de sus personas de confianza la traicionó. Se enteró de que Vadím, el mismo que la trataba como a una hija, era su verdugo. Y la dejaste. Sola. Embarazada.
—¡No lo sabía! —me desesperé.
—¡Pero lo demás sí! —Se puso a mi altura y dio un puñetazo en la encimera.
Pasé mis manos por mi rostro, histérico, y comencé a dar vueltas por la cocina como un león enjaulado y con una sola cosa en mente.
—La recuperaré. Sea como sea, ella vendrá conmigo —juré. El italiano negó con la cabeza. Detuve mis pasos para mirarlo con fijación, hasta que su rostro cambió al de la preocupación cuando sentencié—: Quiera o no quiera, vendrá conmigo.
9
No te necesito para respirar
Micaela Bravo
—Tranquilízate. Estoy bien. —No soné convincente.
Bufó como un toro mientras se pasaba una de sus enormes manos por el mentón con desespero. Temí lo peor cuando aprecié que las venas de su cuello comenzaban a hincharse.
—Suéltame y estarás mejor cuando acabe con esa escoria —siseó entre dientes.
—Ryan, tú mismo me has dicho siempre que no hay que actuar en caliente. Déjame a mí.
Mentía como una bellaca. Lo único que deseaba era tirarme a sus brazos, y sabía que la fachada que estaba intentando mostrar exteriormente duraría menos de lo que pensaba, aunque le hiciese el daño suficiente como para que me odiara por un tiempo, pero no tenía ganas de que se enzarzaran en otra pelea que podía acabar peor que la anterior. Arcadiy, a fin de cuentas, le tenía aprecio. Ryan... no era lo mismo. Él lo odiaba igual o más que yo.
La puerta de la cocina se abrió y por ella salió mi hermano, intentando establecer paz:
—Ryan, cálmate.
La respuesta de Ryan fue un gruñido que no dejó lugar a la imaginación mientras se movía de un lado a otro con unas enloquecidas ganas de matar. La puerta volvió a abrirse sin darme tiempo a pronunciar otra palabra. Jack salió con el rictus serio y tenso. Ryan le lanzó una mirada de advertencia a la vez que daba un paso hacia él. Sujeté su brazo como pude, sin tener éxito a la hora de detenerlo. Se quedó a escasos milímetros de su rostro, y pude escuchar un ronco gruñido que me alteró. Me quedé casi entre los dos, tirando del brazo de Ryan, que parecía una jodida roca.
—Esto no va a quedarse así, soplapollas. —Apretó su mandíbula—. En algún momento, ella no estará delante, y será entonces cuando te romperé todos los huesos que tienes en el cuerpo.
Jack no contestó a su provocación, pero supe que poco le quedaba para perder los nervios cuando comprobé su rostro a punto de estallar. Caminé junto a Ryan, quien, a grandes zancadas, llegó hasta la habitación del otro pasillo, donde casualmente estaba la de Jack. Abrió la puerta hecho un basilisco, y tuve que sujetarla con fuerza para detener el golpe antes de que se estampase contra mi nariz.
—Ryan...
Tiró la bolsa sobre la cama. No giró su rostro en ningún momento, concentrado como estaba en sacar la ropa como un vendaval. La amontonó sobre la cama de malas maneras. Llegué a su altura y sujeté su mano con calma. Aprecié que en sus ojos había un fuego abrasador cuando desvió la atención una milésima.
—Le he insinuado que el bebé no es suyo —murmuré avergonzada en ese instante por el arrebato del día anterior.
Apretó los dientes y resopló. Le dio un manotazo a la ropa, se sentó en el borde de la cama y se pasó la mano por la frente.
—¿Y crees que se lo ha creído?
—No.
Asintió con lentitud. Miró al techo y volvió a soltar un fuerte resoplido.
—¿Qué vas a hacer? —me preguntó, temiendo mi respuesta.
—¿Ahora? Seguir como estoy.
—Pero sigues queriéndolo —puntualizó.
—Mucho.
Repitió el gesto afirmativo con un movimiento de su cabeza y tomó mi mano con más fuerza.
—¿Has dejado que se explique? —Negué. En realidad, no, no lo había hecho, ni siquiera habíamos tenido una conversación. El odio me cegó, e imaginé que, por su parte, el miedo fue lo que hizo que actuara de esa manera—. Entonces, hasta el momento...
—De momento seguiré dejando que mi rabia salga de paseo.
—No juegues con fuego..., que puedes terminar quemándote.
«Lo mismo que me dijo Jack», pensé.
—Será una quemadura digna de llevar. Sabes que me gusta chamuscarme si la situación lo requiere —añadí con ironía.
Un silencio se creó entre nosotros mientras lo contemplaba a través de mis pestañas. Le sucedía algo. No sabía cuál era el motivo principal, hasta que me lo dijo sin necesidad de que le formulara la pregunta:
—Lili se ha ido. —Arrugué el entrecejo al no entenderlo—. Estamos separándonos —continuó.
La que suspiró entonces fui yo, sin saber qué contestarle. Un leve «Vaya...» salió de mis labios en un murmuro apenas audible. Ryan volvió a pasarse la mano por la barba de varios días.
—¿Qué ha pasado? Si quieres hablar de ello...
—Según ella, paso demasiado tiempo fuera de casa. —Rio con amargura—. Como si ella estuviera todos los días... Me mudo, dejo Barcelona, me olvido de todo, cambio de aires, y ahora encima quiere separarse —escupió con rabia—. No hay quien entienda a las mujeres.
Intenté romper la situación incómoda que estaba creándose:
—Eso es porque no te enamoraste de mí... Lo siento, Ryan.
Sonrió ante mi primer comentario, y me alegré de sacarle una diminuta sonrisa. Extendió su brazo para arropar mis hombros con él y me juntó a su cuerpo. Me dio un beso con cariño en la cabeza y añadió, con ese tono bromista que lo caracterizaba:
—Tú tampoco te enamoraste de mí, sino de un soplapollas al cuadrado.
Reí.
—¿Por eso has estado tan distante? —le pregunté, recordando mi metedura de pata al no interesarme por sus constantes cambios de humor.
—Sí. Aunque, si te digo la verdad, era algo que me esperaba tarde o temprano.
—¿Entonces? ¿Por qué te molesta tanto? —No lo entendía.
—Porque lo he hecho todo, o casi todo, Mica, y aun así no es suficiente. Creo que tiene a otro.
—¿Cómo lo sabes? —Arqueé una ceja con sorpresa.
Me guiñó un ojo.
—Recuerda que tengo mis fuentes.
—Algún día tendrás que contarme de dónde sacas tantas fuentes. —Ese tema me tenía realmente intrigada, pero nunca había soltado prenda—. ¿Piensas hacer algo?
Negó.
—Dejar que sea feliz con otro. Si ahora mismo lo es, mejor para ella.
Suspiré, a sabiendas de que, por muy fuerte que pareciera, interiormente estaba sufriendo y no quería mostrarlo al mundo, pero a mí no podía engañarme. Solté un pequeño quejido cuando un dolor se instaló en mi bajo vientre.
Ryan me miró asustado.
—¿Estás bien? —Cogió mis hombros con ambas manos, girándome.
—Sí. Este pequeño se mueve mucho. —Chasqueé la lengua, para después cambiar mi gesto por una sonrisa.
—O pequeña —añadió.
—O pequeña —repetí sonriendo.
En realidad, no me importaba el sexo, solo quería que llegase sano y salvo. Lo demás ya lo afrontaría cuando llegase. No había querido saberlo. Algunas veces me arrepentía de mi decisión por culpa de los tres que vivían conmigo, que se empeñaban en que había que comprar muchas cosas como para enterarse a última hora. No quería adelantar nada, y por ese motivo, al final, me olvidaba de sus comentarios matutinos.
Me encaminé hacia mi habitación y llegué hasta el cuarto de baño, donde dejé que el agua de la ducha cayese con fuerza hasta conseguir la temperatura deseada. Me quité la ropa, me metí y me solté el pelo. Necesitaba despejar la mente para esa noche. De lo contrario, tantas emociones en tan poco tiempo me pasarían factura. Sentí otro pinchazo en el mismo sitio que el anterior, solo que con un poco más de intensidad, lo que provocó que apoyara mis manos en los azulejos para poder coger una gran bocanada de aire.
Un buen rato después salí de la ducha. Me envolví en una toalla blanca que ajusté a mi cuerpo como pude, porque no me cerraba del todo. Desde mi cadera hasta mitad del muslo, una gran abertura se abría sin dejar lugar a la imaginación. Me dirigí al dormitorio, dejando que una gran nube de vaho saliera por la puerta del baño, y llegué al pequeño armario de una de las esquinas de la estancia sin reparar en ningún punto concreto de la habitación, hasta que sentí un escalofrío recorrerme la columna. Me giré de sopetón cuando un movimiento, ocasionado por alguien, me sobresaltó. Mis ojos se abrieron en su máxima extensión, y me llevé una mano al pecho al verlo recostado en la puerta con una pose sugerente.
Su pierna estaba flexionada, apoyada sobre la madera, mientras que sus brazos permanecían fuertes, tersos y cruzados entre sí. Tenía sus destellantes esmeraldas clavándose en cada parte de mi figura, reparando más de la cuenta en zonas que deseaba proteger a toda costa. Tragué saliva con dificultad al ver su escrutinio, que me caldeaba más de lo que deseaba, e inevitablemente me puse a la defensiva:
—Márchate de mi dormitorio. Ahora.
Mi voz sonó firme y fría, aunque sabía que no deseaba por nada del mundo que hiciese tal cosa. Ignorando mi comentario, bajó su pierna hasta que tocó el suelo y, con pasos decididos, avanzó hacia mí sin mediar palabra. Retrocedí involuntariamente, viendo que se aproximaba y que quedaba menos distancia entre ambos, hasta que mi espalda chocó con la fría pared. Lo contemplé altiva, con mis labios sellados y apretados, rogando mentalmente que por favor no se acercara más.
—¿Nerviosa? —me preguntó, arqueando una ceja.
Suspiré con dificultad, intentando evitar que el nerviosismo se hiciera patente y que él lo notara. Le contesté desafiante:
—Ni en tus mejores sueños.
Se colocó frente a mí, dejando una distancia demasiado corta, tanto que, si daba un paso más, chocaría con mi vientre. La toalla pareció querer escapar de mi cuerpo cuando tomé una gran bocanada de aire, pero la sostuve entre mis dedos sin titubear, presionándola.
—Puedo asegurarte que en mis sueños siempre estás tú.
«No, no, no, no... —me repetí como un mantra—. No caigas, no lo hagas».
—Pues espero que sepas aprovecharlos mejor que en la vida real —le espeté con arrogancia.
«Qué guapo está...».
La toalla volvió a hacer de las suyas por el otro extremo, y antes de que cayera, dejando un costado de mi cuerpo al descubierto, las manos de Jack la cogieron, rozándome a conciencia.
Un escalofrío me recorrió el cuerpo de pies a cabeza, pero mis manos no obedecían ninguna orden directa de mi mente. Lo miré con intensidad, entreabriendo los labios cuando su mano comenzó a descender por el lateral que había quedado descubierto, lo que hizo que la toalla quedara arremolinada a mis pies. Aproximó su rostro al mío, quedándose a una distancia tan corta que llegaría a rozarlo si se me ocurriera abrir la boca. Noté que mi cuerpo se movía cuando un suspiro me atravesó sin poder controlarlo, momento en el que sus labios me acariciaron lo justo y necesario. Bajaron por mi mejilla hasta llegar a mi cuello, donde se detuvieron y se pasearon por encima de mi piel, erizándola.
Escuché a la perfección cómo aspiraba mi olor. Sin verlo, sabía que estaba cerrando los ojos. Podía notar su figura tensa e impaciente por tocarme de cualquier manera, pero no estaba dispuesta a permitírselo. Mi mente reaccionó a tiempo al notar que sus labios se entreabrían para besar mi piel, y me separé con un gesto de desprecio que no deseaba ni por asomo. Elevó sus ojos hasta posarlos sobre los míos de manera intimidante y colocó ambas manos en la pared, dejándome atrapada entre ellas y su abrumador cuerpo.
—Mírame —me ordenó cuando desvié mis ojos hacia otro punto de la habitación. Sentí que me quemaban; no sabía si de rabia o de las ganas que tenía de rendirme por primera vez en mi vida. Apreté la mandíbula, obviando su petición, hasta que volví a escucharlo con más firmeza, recalcando con rudeza—: Mírame.
Moví mi rostro lo suficiente para contemplarlo con chulería y me encontré con unas esmeraldas que refulgían más fuego que el de un volcán en erupción. Entrecerré los ojos a la espera de una sola palabra. Se acercó hasta que sus labios rozaron los míos.
—Te falta el aire... —musitó, a sabiendas de lo que las constantes sacudidas de mi pecho daban a entender.
—No te necesito para respirar —le aseguré altanera.
Sin moverse ni un ápice, sus ojos se clavaron en mí como puñales. Tenía frío, mis pezones comenzaban a erizarse, y no era solo por la brisa que entraba por la ventana, sino por la cercanía del hombre que se encontraba delante de mí con aquel porte enloquecedor. Pensé que se apartaría cuando bajó uno de sus brazos hasta dejarlo situado al lado de su costado, pero no fue así, y sus palabras volvieron a crear ese nudo tan particular en mi garganta:
—Yo sí.
Lo miré, traspasándolo, como él acostumbraba a hacer conmigo. ¿Qué cojones contestaba a eso? ¡No podía caer tan rápido, no de esa manera! Reuní todo el valor que fui capaz, dada la situación, y puse una mano en su pecho. Sentí que ardía; incluso creí que podía escuchar los latidos de su corazón, que tan próximo estaba a mi mano.
Lo empujé con suavidad, sin conseguir que se moviera ni un milímetro. Mi boca buscó el aire que le faltaba cuando volvió a acercarse de esa manera tan peligrosa, y la Micaela dañina volvió a resurgir:
—Para rozarme siquiera, vas a tener que pedir cita con antelación. Y, ahora —lo miré retadora—, no estoy disponible.
Conseguí salir de su encerrona cuando su rostro me contempló con asombro y confusión, y encaminé mi cuerpo desnudo hacia el interior del cuarto de baño. Cerré la puerta con pestillo, por si se le ocurría venir tras de mí. Coloqué una mano en mi pecho, sintiendo que mi corazón galopaba a una velocidad frenética, y solo respiré aliviada cuando escuché la puerta de la habitación cerrarse.
La noche cayó sobre nosotros y, con ella, todas las inquietudes pertinentes al saber que había llegado el momento de ir al local de Angelo. Me puse un vestido negro con algo de vuelo, disimulando mi barriga —aunque sabía que era un detalle que poco podría ocultar si uno se acercaba lo suficiente—, y me coloqué un abrigo de tres cuartos del mismo color para protegerme de las frías temperaturas. Cuanta menos gente supiese que estaba embarazada, mejor.
Contemplé desde la cama los altos tacones y resoplé por las pocas ganas que tenía de ponérmelos. Tenían el tacón cuadrado y una gran plataforma en la parte delantera, pero eso no quitaba que cualquier traspié que diese pudiera ser peligroso. Aun así, no podía presentarme con unas zapatillas de deporte o descalza.
Abrí la puerta de la habitación y escuché las voces procedentes del salón, incluida la de Jack, que discutía algo que no entendía con Tiziano. Al llegar al marco de la puerta, vi que estaban cogiendo las suficientes armas por si la cosa se ponía fea, y sujeté la mía bajo la atenta mirada de todos los que estaban en el salón, momento en el que reparé en que Riley también se encontraba allí.
Abrió los ojos como platos. Después, posó su vista en mi vientre, para, a continuación, volver a mirarme con sorpresa. Avanzó con cautela hasta mí, y yo, sin querer evitarlo, me tiré a sus brazos, sabiendo que ese gesto le dolería a Jack, pero fue un impulso que no pude reprimir. Su mano se colocó en mi pelo con cariño mientras depositaba un suave beso en mi mejilla. La cara de su amigo se contrajo; desvió sus ojos hacia otro punto y apretó los dientes con fuerza.
—Te he echado de menos —musité para que no me escucharan.
—Veo que tenemos muchas cosas de las que hablar. —Se separó de mí.
Queda, asentí, sabiendo el camino que terminaría tomando la conversación, y con una simple mirada, le indiqué que la tendríamos en otro momento. Sonrió con tristeza al ser consciente de la cara de Jack. Obvié ese gesto enmascarando mi rostro con las facciones más duras de las que era capaz.
—Bien —los miré—, ¿cuál es el plan?
—El plan es que tú te quedas aquí. Ve a cambiarte.
La voz de Jack resonó en todo el salón, lo que provocó que un silencio sepulcral no tardara en llegar. Miré a Tiziano, ignorando el comentario anterior y a su autor, quien se balanceó con sus pies hasta que sacó las manos de los bolsillos y habló:
—Yo entraré en el local y preguntaré por él. Los demás buscaréis la fabulosa entrada para llegar al pasillo que conduce a su despacho cuando os dé la señal y lo tenga todo bajo control. Ya sabéis los puntos en los que tendrá hombres guardando la entrada.
—Veo que lo habéis pensado todo sin contar con nadie —espeté malhumorada.
—¿Estás oyéndome?
Jack dio un paso en mi dirección. Lo esquivé, poniéndome al lado de Ryan, pues sabía que no ocasionaría un enfrentamiento a punto de marcharnos a Dios sabía dónde. Todos los contemplaron, tanto a uno como a otro. A Jack se le hinchaban las aletas de la nariz, pero me dio igual.
—¿Qué estamos buscando? —le preguntó Ryan, en desacuerdo total con que yo me involucrase dentro de ese grupo. Aunque no lo dijo.
Sentí los ojos de Jack fulminarme. Adara apareció de la nada y se colocó a mi lado. El italiano detuvo su explicación, observándola.
—Buscamos el punto de encuentro con Vadím. Vamos a ciegas, pero imagino que una reunión de tal calibre deberá tenerla programada. —Miró a la rubia que había a mi derecha y frunció el ceño—. ¿Se puede saber exactamente que va a hacer la niñata con nosotros?
Imité su gesto por la manera que había tenido de dirigirse a ella.
—Adara se quedará en el sitio que decidamos para mantener las conexiones.
—La furgoneta está a punto de llegar. —Riley contempló su reloj—. De hecho, creo que tiene que estar ya en la puerta.
Lo inspeccioné. Si estábamos todos en el salón, ¿quién faltaba? La voz de Carlo, el hombre de confianza de Tiziano, resonó, haciendo que todas las miradas recayeran sobre él.
—Hay alguien en la puerta esperando —pronunció al vernos expectantes.
Pude ver la confusión en Adara, al igual que ella la atisbó en mí. Cargué mi arma cuando comenzaron a salir de la estancia y me marché antes de que Jack, el mismo que no me quitaba los ojos de encima, pasara por mi lado. Al llegar a la calle, agarré mi abrigo con fuerza cuando el frío acribilló mis mejillas sin piedad. Una enorme furgoneta estaba aparcada en la entrada de la mansión. Desvié mis ojos hacia Tiziano, que evitó mi mirada, gesto que no entendí hasta que nos colocamos delante.
Del vehículo bajó una chica rubia y bastante guapa que buscó a alguien de entre todos los que salíamos de la casa. Antes de darme tiempo a adivinar a quién se dirigía, aprecié que sus ojos brillaban expectantes cuando Jack pasó por mi lado en su dirección.
Una sensación hasta ahora desconocida me atravesó el pecho, y noté que todos los ojos se dirigían a mí y a ella, como si estuviesen en un partido de tenis en el que las rivales fuéramos ambas. Jack llegó a su altura, quedándose a escasos milímetros de ella, y la chica levantó su rostro para poder mirarlo. Era bajita de más, y él un gigante.
Tragué saliva cuando ella le regaló una sonrisa llena de promesas y cuando los labios de Jack se curvaron antes de que su rostro comenzara a descender hasta su boca. Lo que pudo venir después me lo supuse, ya que me giré hacia el otro extremo del patio, donde esperaban el resto de los coches. Sentía un nudo en el estómago que me impedía respirar, y lo único que escuché de la boca de la imbécil que acababa de llegar, antes de abrir la puerta del vehículo, fue:
—Te he echado de menos.
Apreté los dientes con tanta fuerza que pensé que se me partirían, y me metí con la rabia recorriendo mis venas. Desvié la vista hacia otro punto, a través de la ventanilla, mientras Tiziano se subía en completo silencio. No era capaz de mirar. No quería mirar, o sacaría la pistola y me liaría a tiros como una jodida demente. «No, no, no, no, no», me repetí con los ojos clavados en un muro de piedra.
El rugido del coche no tardó en aparecer. Adara se subió en otro junto con Ryan y Arcadiy, cosa que agradecí. Al pasar por la furgoneta, pude ver que Riley se ponía al volante, y también que la chica se encontraba colgada del brazo de Jack. Su otra mano tocaba su cintura por detrás, instándolo a subir. Resoplé sin poder evitarlo.
—¿Celosa? —me preguntó con tono bromista.
—Tiziano, no me hables.
—Él se lo pierde. Es una cría. Ignóralo.
—Déjame.
No lo miré. Seguía inmersa en mis pensamientos. ¿Me había abandonado por irse con otra? Entonces, ¿a santo de qué venía todo el numerito montado en la mansión? No entendía nada, pero tenía claro que le daría con la puerta en las narices si pensaba que podía recuperar algo de lo que en otra ocasión fui. Y lo peor de todo y lo que más me remató, ¿me habría abandonado por esa niñata? No daba crédito a mis pensamientos, y si no trataba de darle el margen necesario para no volverme loca, la noche iría de mal en peor.
Una hora después llegábamos al dichoso local que se encontraba en el centro de Palermo, a las afueras de la ciudad, en completo silencio. Estaba tan cabreada que me era imposible hablar, ni siquiera pronunciar una palabra, hasta que me di cuenta de que no estábamos haciendo las cosas bien. No sabíamos siquiera si tendrían «algo», por así llamarlo, donde pudiéramos comprobar el día y la hora de esa reunión, así que por mi cabeza pasó un acontecimiento que se nos había pasado por alto.
—¿Recuerdas que Angelo volvió a buscarme después de mi primer plan fallido para negociar con él?
Desvió la vista de la carretera unos segundos y me miró confuso justo cuando aparcaba en la entrada trasera. Era una buena ubicación para pasar desapercibidos.
—¿En qué estás pensando? —me preguntó con preocupación e interés.
—No podemos entrar como si nada, montar un revuelo y después no saber qué tenemos que buscar.
—No veo otra forma de hacerlo. Entramos, cogemos lo que encontremos y después investigamos. —Movió sus manos en el aire—. Como he dicho antes, no tenemos nada claro. No sabemos si hay información de la reunión, si no. No sabemos nada. Pero lo que sí tenemos claro es que debemos ir un paso por delante del poli.
—¿Y si nos descubren? —Lo contemplé con atención—. Si te descubren.
—Pues... —pensó—, entonces, tenemos un problema.
—Es un riesgo innecesario.
Vi que varias personas se movían en el exterior y que todos se subían a la gran furgoneta que había delante de nosotros.
No miré. No quería mirar.
—¿Y qué propone esa mente perversa? —Desvió sus ojos del vehículo a mí.
—Yo entraré.
—Micaela —se alteró—, no estás en condiciones de...
—Ya está bien de decirme qué debo o no hacer. He dicho que iré yo, y no hay más que hablar. Además, creo que tú y yo tenemos una conversación pendiente.
Decidida y sin darle tiempo a réplica, bajé y caminé en dirección a la furgoneta mientras oía que Tiziano decía una palabrota tras otra gracias a mi estupendo plan y el desinterés que estaba mostrando por escucharlo, pero no me importó. Abrí la puerta con aires de suficiencia y mis ojos se clavaron en la mano que acariciaba con lentitud y adoración la espalda de Jack. Él estaba sentado frente a dos ordenadores, justo a su lado se encontraba Riley, y tras Jack, la puta niñata inclinada hacia delante, dejando que sus pechos se asomaran más de la cuenta por el escote pronunciado de su camiseta.
Sus ojos se clavaron en mí —los de ambos, en realidad—, y atisbé una señal de diversión en el rostro de Jack, gesto que me encabronó. Una mirada fugaz y llena de amenazas destelló de mí en dirección a la rubia, quien, presa del miedo, apartó sus ojos de los míos. Y ese gesto me gustó, pues si me temía, todavía no me conocía de verdad.
Me fijé en la chica. Era delgada, con unas curvas tonificadas y marcadas. Sus ojos eran marrones y su melena lucía suelta a la altura de los hombros. Cuando di un paso hacia el interior, Tiziano entró detrás de mí como un vendaval, despotricando todo lo que se le venía a la boca. Al escucharlo hablar, Ryan se tensó y me miró, negando con la cabeza, momento en el que todos los que estaban en el vehículo me contemplaron como si hubiese perdido el juicio, incluido Jack.
—Es la mejor opción que tenemos. No podemos hacer esto a la ligera, o tendrá grandes consecuencias para Tiziano como salga mal —añadí molesta, viendo la negativa del personal.
—Pero ¿estás oyéndote? —La voz de Arcadiy resonó por encima de las demás. Incluso Adara se atrevió a opinar, y no calló bajo mi mirada reprochadora por ponerse de parte de ellos.
Jack se mantuvo al margen, serio y sin pestañear, al contrario que Riley, que se negaba a que entrase, como los demás. Cuando el tiempo se me hizo más que eterno entre discusión y discusión, viendo que no llegábamos a ningún acuerdo mientras todos opinaban y discutían como gallinas, agarré la manivela de la puerta para salir, pero las manos de Tiziano me lo impidieron.
—Iré contigo. —Me miró serio—. Me quedaré merodeando por el local. —Lo fulminé con los ojos—. No me acercaré a ti a no ser que sea necesario, pero no puedes ir sola.
Agotada, suspiré por tanta tontería.
—Está bien, pero no te acerques, o sospechará.
—Él ya sabe que eres quien le pasaba la droga en el club, ¡es absurdo! —añadió Ryan con desesperación.
—Intentaré que no me vea —puntualizó el italiano.
—¿Y si lo hace? —le preguntó de nuevo con enfado.
Tiziano y yo nos miramos. No podíamos correr ese riesgo tampoco, y empezaba a darme cuenta de que todo había sido demasiado precipitado. Pero ya era tarde. Estábamos allí, y no podíamos desaprovechar la oportunidad antes de que Angelo se marchase de nuevo a Colombia.
Sujeté de nuevo la manivela, con más fuerza si cabía, y abrí. El italiano salió delante de mí, pero antes de que pusiera un pie en la calle, la mano de Jack tiró de la puerta para cerrarla. Me giré como un basilisco, llena de rabia.
—Te he dicho que no irías. Y no lo harás —sentenció.
Le pegué un fuerte empujón a la chapa y se abrió de par en par. Apreté mi mandíbula y, acercándome con peligrosidad a su rostro, siseé:
—Que te jodan a ti y a tus prohibiciones, Jack.
10
Te odio
Caminé a una distancia prudencial de Tiziano. Él se quedó en la puerta como el que no quería la cosa, hasta que uno de los porteros de la entrada le dio paso, saludándolo con una sonrisa en la cara.
Mientras esperaba a que entrara, recordé el estado paralizante en el que se había quedado Jack cuando escupí aquellas palabras con toda la ira que fui capaz de reunir antes de salir. Supe que estuvo clavándome los ojos hasta que giré la esquina, tras la que me perdió de vista, y oí un gran portazo que por poco no reventó los cristales de la furgoneta.
—¿Me escuchas bien? —La voz de Riley sonó al otro lado del pinganillo que me había colocado estratégicamente.
—Sí —me limité a responder.
—Estoy dentro. Angelo está aquí.
Tiziano dio el pistoletazo de salida. Dirigí mis pasos hacia el mismo hombre que le había dado paso al italiano. El gigante me miró con una sonrisa lasciva, lo que me produjo un asco considerable que se mostró en mi rostro.
—Tienes que esperar la cola, guapa.
—No tengo que esperar nada, imbécil. —Esa palabra no le gustó. Frunció el ceño y dio un paso hacia delante—. Llama a tu jefe y dile que Micaela Bravo quiere verlo.
Lo contemplé altiva. Presionó el pinganillo de su oreja derecha y repitió mi nombre con cierto enfado. Segundos después, abrió el cordón rojo para darme paso. Anduve sin quitarle los ojos de encima y entré en el local.
La música atronadora resonaba de tal manera que incluso me molestaba. Miré a mi alrededor, y no pude evitar sentir un halo de añoranza al recordar lo que había vivido durante tantos años en mi club. Recorrí la sala con la mirada, hasta que la detuve en una de las barras más alejadas de la pista de baile y los reservados. Estaba segura de que no tardaría en venir a mí, y rezaba para que el plan saliera tal y como lo tenía pensado.
Me coloqué en uno de los taburetes y un camarero se acercó a mí con premura para tomar nota de mi bebida. Pedí un refresco y esperé impaciente a que apareciese. Entonces, la voz de Tiziano me sobresaltó:
—Se dirige hacia ti.
Se escuchó un gruñido por parte de Jack en el pinganillo, y no pude reprimir los instintos asesinos que estaba produciéndome cada vez que abría la boca para llevarme la contraria. ¿Por qué se molestaba si, por lo que me pareció, estaba con aquella rubia tonta?
Sentí la presencia de Angelo en mi espalda y todo pensamiento hacia Jack se disipó. No se hizo de rogar cuando una de sus manos se posó en el lateral del taburete y me giró de cara a él. Lo observé con detenimiento; seguía igual de atractivo o más. Su pelo castaño se había oscurecido, y sus ojos estaban aún más negros de lo habitual. Sencillamente, era un pecado para la vista.
—Micaela Bravo. —Recalcó mi nombre como si estuviera acariciándolo con las manos—. ¿A qué debo el honor de tu visita?
Sonreí con ironía, sin despegar mis ojos de los suyos, que me devoraban como la primera vez que nos vimos.
—Tengo entendido que viniste a buscarme.
—En efecto.
Me repasó de los pies a la cabeza con su felina mirada sin dejarse un solo rincón por recorrer. Tomé la posición más sensual que pude y me mojé los labios en un acto reflejo por tentarlo como solo yo sabía. Todos los hombres funcionaban igual.
Tiziano se encontraba en el otro extremo de la sala, por lo que no volví a dirigir mis ojos hacia ese punto para no ser descubierta. Comprobé que sobre mi cabeza había una cámara que, posiblemente, nos enfocaba directamente a Angelo y a mí, por lo que Riley tendría las vistas necesarias; Riley y quien no era Riley.
—Pues aquí me tienes. Te escucho —le dije convencida.
Sonrió, mostrándome su perfecta dentadura blanca. Con desconfianza, se aproximó hasta quedar a escasos centímetros de mí, rozando mis rodillas. Mantuve mis pies apoyados en el metal del taburete, sin menearme ni un ápice.
—¿Y para qué se supone que me buscas ahora? Sé que tu local voló por los aires.
Me miró desconfiado, haciendo un gesto con las manos como si de una explosión se tratase, pensando que me había cazado. Pero lo que Angelo no sabía era que yo tenía más salidas. Escuché resoplidos al otro lado del pinganillo. Reí después de sus palabras, cosa que no entendió, y su rostro denotó confusión.
—¿Por casualidad no sabrás quién lo hizo? —Alcé una ceja con sarcasmo.
—Puedo tener una ligera idea. —Pegó su cuerpo al mío, y entonces se dio cuenta de la sorpresa que albergaba mi vientre cuando el suyo quedó completamente encajado entre mis piernas—. Vaya, no sabía que estabas embarazada. —Me contempló, esa vez con más deseo. Con lentitud, se acercó a mi oído—. Y tengo que reconocer que las embarazadas me ponen mucho, ragazza.
Una pequeña carcajada que emergió de mi garganta lo hizo sonreír. No me moví. Quería apresarlo en mis redes, y no tardaría en hacerlo si seguía por el mismo camino. Me fui por otros derroteros:
—Tengo pensado abrir otro local en Barcelona y, como comprenderás, necesito chicas que empiecen de cero en él.
—Mmm... —Se puso un dedo en la barbilla, pensativo—. ¿Piensas aceptar el porcentaje que te ofrecí?
Sin moverse del sitio, me observó con delirio, tanto que pensé que de un momento a otro se abalanzaría sobre mí. Volví a mojar mis labios, esa vez sin apartar mi mirada insinuante de él, y negué con la cabeza tras hacer un pequeño ruido al separarlos que apenas se escuchó por culpa de la música.
—No. Ya sabes que no soy una mujer fácil —lo contemplé con picardía— respecto a ese tema. Tendremos que negociarlo de otra forma y llegar a un acuerdo.
Durante un momento, sus ojos se desviaron por la sala y temí que diera con Tiziano, pero me di cuenta de que mi italiano era más listo y se movía sin perder detalle. En la sombra.
—Se me ocurre una genial idea para negociar ese trato —anunció tras un breve silencio por su parte que me desesperó—. Si al padre de la criatura no le importa, claro.
Colocó una de sus manos en mi muslo y comenzó a ascender hasta llegar a mi mejilla, delineándola con un claro deseo reflejado en sus ojos. Pude apreciar un enorme bulto entre sus piernas, así que me acerqué lo poco que pude, rozándome. Despacio, llevé mi boca hasta su oído de la misma manera que lo había hecho minutos antes él y musité con voz ronca:
—El padre de la criatura ni siquiera sabe que existe, así que poco le importará.
Giró su rostro lo necesario para quedar demasiado cerca de mis labios y me contempló expectante, a la espera de una respuesta. Sus ojos vacilaron entre mi boca y mi mirada. Poco después, carraspeó y se alejó de mí lo suficiente para pensar.
Lo tenía en el bote.
—Tengo un trato menos importante que cerrar, pero... —Me observó con fiereza y desespero—. Espérame aquí diez minutos y volveré.
Sus palabras sonaron a promesas indecentes que me calentaron sin poder evitarlo. Aun así, tampoco pensaba dejar pasar la oportunidad aunque tuviese que acostarme con él con tal de conseguir mis propósitos, y más sabiendo que era uno de los hombres con los que más contacto tenía Vadím últimamente. También podría sacarle su paradero; de esa manera, mandaría a Aarón a la mierda antes de lo esperado. Mataría dos pájaros de un tiro. Y eso me gustaba.
—Eso haré —le confirmé.
Antes de marcharse, se giró con rapidez y retrocedió sobre sus pasos. Yo me encontraba en la misma posición. Se aproximó de manera peligrosa, acercó su rostro y estampó sus labios contra los míos de manera salvaje. Me dejé llevar por el beso frenético, provocando que su impaciencia aumentara por segundos. Sentí su lengua recorriendo cada resquicio mientras su miembro se apretaba contra mí. Sus manos subieron por mis muslos, deseosas de arrancarme el vestido que impedía que tocase mi cuerpo, y acerté con sus sensaciones cuando apretó mi cintura con ahínco.
Escuché un revuelo seguido de voces y palabras incoherentes a través del pinganillo, y supe que era Jack el que perdía los papeles de nuevo, pero poco me importó. Lo que haría a continuación lo jodería más todavía.
Le pagaría con la misma moneda; eso lo tenía claro.
—Resérvame la noche entera, ragazza.
—Lo haré... —puntualicé sensual.
Dio media vuelta y comprobé que se perdía por uno de los laterales de la sala, desapareciendo entre la multitud de gente. Antes de girarme hacia la barra para esperarlo, tomé una gran bocanada de aire y dije:
—Marchaos. Cuando termine, iré a la mansión. No me esperéis.
—Micae...
La voz de Ryan se quedó en el aire al desconectar el pinganillo. Lo tiré al suelo, para después pisarlo, hacerlo añicos y apartarlo con un leve movimiento de mis pies de donde me encontraba. Me senté a la espera de que Angelo volviese de nuevo.
Segundos después, porque no llegó a pasar ni un minuto, sentí que alguien respiraba con tanta fuerza en mi oído que me alteré al saber quién era. Sujetó mi brazo con brusquedad y tiró de mí como si no fuese más que una muñeca de trapo en sus manos. Miré a ambos lados, esperando no encontrarme con Angelo, o todo se iría a la mierda por la maldita cabeza del demente que me arrastraba hacia la salida.
—¡Suéltame, imbécil! ¡¡Vas a joderlo todo!! —Arañé su brazo como pude.
Se volvió con los ojos inyectados en sangre y acercó su rostro al mío. Sin embargo, no pronunció ni una sola palabra. Simplemente, abrió la puerta trasera del local y siguió con su arrastre hasta que llegamos a uno de los coches, que, casualmente, ya estaba allí. Busqué con la mirada desesperada a los demás, pero no vi a nadie. ¿Dónde cojones estaban? No grité ni dije una sola palabra. Cualquiera podría vernos, y entonces estaría todo perdido. Pero si no entraba, el paripé no habría servido para nada.
Jack abrió la puerta del coche con malas formas y me empujó hasta que entré. Cerró con fuerza, haciendo que el golpe resonara en mis oídos, se metió, arrancó y salió de allí quemando ruedas. Se incorporó a una de las carreteras que no tenía ni idea de adónde nos llevaba y me giré para encararlo.
—¿Se puede saber qué demonios haces? ¡Da la vuelta, insensato! —No me contestó, cosa que me enfureció más—. ¡¡¡Que des la vuelta!!! —chillé desencajada—. ¡Vas a joder todo lo que he hecho por imbécil! —Lo miré fuera de mí.
Sus ojos se desviaron hasta que me enfocaron, y en el mismo tono o peor que el mío, respondió:
—¡¿Y qué se supone que ibas a hacer?! ¡¡¿Acostarte con él?!!
—¡Qué más te da lo que haga con mi vida! ¡¡Da la vuelta!! —insistí.
Apretó la mandíbula. Estaba más cabreado incluso que el día anterior. Viendo que no me hacía caso, tiré de su mano, lo que ocasionó que el coche se moviese hacia el otro carril y nos metiéramos donde no debíamos. Actué mal y no pensé por culpa del cegamiento, y ese acto provocó que terminara por perder los estribos.
—¡¿Estás loca?! —gritó—. ¿Es que quieres matarnos?
—¡¡Quiero que me dejes donde estaba y quiero que desaparezcas de una puta vez de mi vida!! —vociferé colérica.
Sus nudillos se tornaron blanquecinos al apretar el volante. Volvió a fijar la vista en la carretera y mantuvo con fuerza sus labios en una fina línea. Minutos después de un tenso silencio, desvió el coche hacia una carretera secundaria en la que había un gran aparcamiento al lado de un motel de carretera y dio un frenazo en seco antes de llegar. Bajó del coche como un toro y dio un fuerte puñetazo en el capó, comportamiento que provocó que yo también saliera. Si pensaba que él era el único que tenía derecho a estar cabreado, mal camino llevaba.
Dirigía mis pasos hacia él, no supe con exactitud para qué, cuando lo vi temblar en el momento en el que extendía una de sus manos hacia mí en forma de advertencia.
—No te acerques.
—¿Que no me acerque? —le pregunté con ironía—, ¿que no me acerque? —repetí de la misma forma—. Déjame donde estaba y vete a tomar por culo, gilipollas —escupí con rabia.
Sus ojos se clavaron en mí como dagas, enloquecidos por la cólera que recorría cada resquicio de su alma. Dio una zancada, temerario, y se colocó frente a mí. Su gesto era temible, e interiormente temblé de pies a cabeza. Lo observé altiva al ver que salía fuego de su rostro, y opté por tomar la misma posición que él.
—No vuelvas a insultarme —me amenazó.
Sonreí con sarcasmo.
—Lo haré cuando me dé la gana. —Le di con mi dedo índice en el pecho, provocándolo—. Imbécil. —Recalqué cada sílaba sin despegar mis ojos de él.
Aprecié su pecho subir y bajar de manera desquiciante, y cuando fui a golpearlo de nuevo, cogió mi dedo en el aire, sujetándolo con sus enormes manos para que no repitiera mi atrevimiento. Un gran suspiro salió de su boca y las aletas de su nariz se hincharon. Si seguía así, explotaría. No dejó de mirarme con el semblante serio y tirano, pero no me amilanó. No le tenía miedo.
—No vuelvas a tocarme —volvió a advertirme.
Acorté la distancia que quedaba entre ambos y siseé entre dientes, muy cerca de su rostro:
—Entonces, vete por donde has venido y no vuelvas jamás.
Di media vuelta, dejándolo solo. Si no hubiese estado embarazada, me habría abalanzado de tal manera sobre él que habría tenido que matarme para evitar que siguiera golpeándolo.
Cuando encaminaba mis pasos hacia el motel para pedir que llamaran a un taxi, volví a escucharlo:
—¡Lo hice por ti, joder! ¡Todo lo he hecho por ti! —gritó desencajado. Me detuve, sintiendo un terrible nudo en mi garganta que me impedía respirar, hasta que continuó—: No me has concedido ni el derecho a poder explicarte lo que pasó. —Lo noté detrás de mi espalda. No me moví. No era capaz—. Me marché para protegerte, para que no terminaras muerta cualquier día. —Apreté mis labios—. Una de las personas que... ¡Joder! —voceó—. Micaela...
Me volví para enfrentarlo y lo interrumpí:
—No quiero seguir escuchándote. No quiero saber nada —escupí con rabia. Se rompió poco a poco, lo cual me destrozó—. Te fuiste, me abandonaste, sin explicaciones, sin nada. —Tragué saliva bajo su expectante mirada—. Olvídate de mí, como yo lo he hecho de ti.
Apreté mis puños a ambos lados de mi cuerpo. Sabía que lo que acababa de decir no era verdad, que, en realidad, ansié tanto el momento de volver a verlo que los días estaban convirtiéndose en una pena de muerte agonizante.
Sus ojos me mostraron ese dolor punzante que me mataba con lentitud. Antes de girarme, me sujetó de las muñecas, desesperado, logrando que mi cuerpo permaneciese frente al suyo. Subió sus manos hasta colocarlas en mis mejillas, con tanta fuerza que empezó a hacerme daño.
—Micaela, por favor, ya basta —musitó derrotado.
Acercó su boca a la mía en un claro intento de besarme, pero me aparté de él como pude, aunque no fue suficiente. Presionó sus labios contra los míos, tratando de abrir mi boca, que se negaba a recibirlo. Subí mis manos hasta su camisa para apartarlo de mí, y él, con una de las suyas, sujetó de nuevo mis muñecas mientras con la otra presionaba mi nuca para acercarme. De repente, su lengua invadió mi boca con anhelo, buscando un contacto que me negaba a darle, pero mis fuerzas se vieron derribadas cuando noté que varias lágrimas descendían de mis ojos hasta llegar a mis mejillas sin poder retenerlas.
Sentí sus labios como un fuego que me abrasaba, noté que mis fuerzas flaqueaban, y me encabroné al ser consciente de que deseaba tanto ese beso como él; tanto o incluso más. Mi corazón sangraba, y lo hacía destrozando mi alma un poquito más, hasta el punto de ser inservible. Presioné su labio inferior ejerciendo una fuerza desmedida en él, saboreando su propia sangre, que comenzaba a emanar gracias a mí. La tensión se elevó a niveles insospechables cuando un frenazo resonó detrás de él. Me aparté como pude de su cuerpo, pero no conseguí soltarme.
—Jack, déjala.
El rudo tono de Ryan se escuchó en su espalda. Los ojos de Jack me contemplaron anegados de lágrimas; roto, destrozado, así estaba. A punto estuve de caer rendida a sus pies y decirle a Ryan que se marchara. Pero una presencia apareció a mi lado.
La rubia.
La niñata de mierda.
Jack no despegó sus ojos de los míos mientras ella le ponía una de sus manos en el antebrazo, instándolo a soltarme. Lo aniquilé con la mirada. Sentí que la rabia crecía con más fuerza en mi interior, y antes de deshacerme de malas formas de su agarre, le siseé:
—Te odio.
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