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ENEMIGOS ÍNTIMOS
ESPAÑA Y LOS ESTADOS UNIDOS ANTES DE LA GUERRA DE CUBA (1865-1898)
Biblioteca Javier Coy d’estudis nord-americans
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Directora
Carme Manuel
ENEMIGOS ÍNTIMOS
ESPAÑA Y LOS ESTADOS UNIDOS
ANTES DE LA GUERRA DE CUBA
(1865-1898)
Andrés Sánchez Padilla
Biblioteca Javier Coy d’estudis nord-americans
Universitat de València
Enemigos íntimos: España y los Estados Unidos antes de la Guerra de Cuba (1865-1898)
© Andrés Sánchez Padilla
1ª edición de 2016
Reservados todos los derechos
Prohibida su reproducción total o parcial
ISBN: 978-84-9134-183-3
Imagen de la portada: Arxiu General de Fira de Barcelona (AGFB),
Arxiu Fotogràfic, Inst. Municipal d’Història, Negatiu A18489
Diseño de la cubierta: Celso Hernández de la Figuera
Publicacions de la Universitat de València
http://puv.uv.es publicacions@uv.es
Agradecimientos
Como cualquier trabajo de investigación, este es el fruto de la ayuda de muchas personas e instituciones que es imprescindible reconocer. En el apartado institucional, la investigación que ha dado lugar a este libro no habría sido posible sin la financiación del programa de contratos predoctorales del entonces Ministerio de Educación. Asimismo, es necesario mencionar al Departamento de Historia Contemporánea de la Universidad Complutense de Madrid, que amparó dicha investigación entre 2009 y 2013.
También me gustaría expresar mi agradecimiento al personal de los archivos, bibliotecas y universidades de los Estados Unidos en los que he desarrollado la parte más significativa de mi investigación: National Archives and Records Administration (NARA), Library of Congress, Georgetown University y Smithsonian Institution. La profesionalidad de estos centros salvó literalmente este trabajo cuando estaba a punto de naufragar.
En el capítulo personal, quiero expresar mi agradecimiento a Rosario de la Torre, cuya constante guía intelectual ha permitido llevar a buen puerto lo que inicialmente parecía un desafío inabarcable. Igualmente, este libro no habría sido posible sin el inquebrantable apoyo de José Antonio Montero, Pablo León Aguinaga y Francisco Javier Rodríguez, que me devolvieron mi fe en la academia española. Dentro del mundo académico, también han contribuido decisivamente a la finalización de esta obra Lorenzo Delgado, José Miguel Hernández Barral, Daniel Fernández de Miguel, Carlos Sanz, Antonio López Vega, Antonio Moreno Juste, Raquel Sánchez García, María Dolores Elizalde, Richard Kagan, Josep M. Colomer, Carmen de la Guardia, Sylvia Hilton y Carme Manuel.
Asimismo, no quiero dejar de recordar a mis compañeros de doctorado: Francisco José Rodrigo, Vanessa Núñez, Andrea Fernández-Montesinos, María Cristina Álvarez, María Migueláñez, Cristina Luz García o Miguel Artola Blanco, entre otros. Tampoco me puedo olvidar de los amigos que me han ayudado en tantos momentos sin saberlo: Moisés, Daniel, Marino, Carmen, Leopoldo, María Ángeles, Tomás, Chema, María y Fernanda.
Por último, este trabajo nunca hubiera sido posible sin el apoyo y la ayuda incondicional de toda mi familia, pero especialmente de mi madre, Ana, de mis dos hermanas, María y Asunción, y de mis tíos abuelos Lola, Josefina y Rafael.
Índice
Prólogo, Rosario de la Torre del Río
Introducción
Años de incertidumbre (1865-1877)
Acercamiento frustrado (1877-1889)
Áreas periféricas (1877-1889)
El final de la amistad bilateral (1889-1898)
Conclusiones
Fuentes y bibliografía
Prólogo
Rosario de la Torre del Río Universidad Complutense de Madrid
Tras la derrota de Napoleón y la reunión del Congreso de Viena (1814-1815), consumada la emancipación de los virreinatos americanos (1825), la Monarquía Española dejó de ser definitivamente aquella gran potencia atlántica que había sido en el siglo XVIII, sin ser todavía el pequeño Estado “euro-africano”, con su centro de gravedad estratégica en el estrecho de Gibraltar, que sería en la primera parte del siglo XX. Pues bien, en los setenta años que siguieron a la Emancipación, aquella reducida Monarquía Española se asentó sobre un amplio conjunto de territorios dispersos y aislados entre sí. Por un lado, el territorio peninsular, con una orografía abrupta que hacía muy difíciles las comunicaciones internas, situado en un confín de Europa, y comunicado con el continente por líneas férreas que no llegaron a Irún hasta 1864 y a Port Bou hasta 1878 y que cambiaban significativamente su ancho de vía al atravesar la frontera. Por otro lado, un amplio conjunto de islas en mares muy distantes: Baleares en el Mediterráneo y Canarias en el Atlántico, extremos del eje estratégico que pasaba por el estrecho de Gibraltar; Fernando Poo y otras islas menores en el golfo de Guinea; Cuba, Puerto Rico, y la parte oriental de Santo Domingo durante su fugaz integración (1861-1865), en el Caribe; Filipinas, Carolinas, Marianas y Palaos en el Pacífico. Finalmente, los enclaves africanos (Ceuta, Melilla, Alhucemas, Chafarinas y Vélez de la Gomera, así como la indeterminada Santa Cruz de Mar Pequeña cedida a España en 1860), y el territorio de Río Muni, en el golfo de Guinea.
La debilidad de la potencia española, muy mermada por la pérdida de los recursos de los virreinatos americanos y por las destrucciones de la guerra de la Independencia (1808-1814), se vio acrecentada por el deficiente grado de integración de su sociedad, que abordaría la revolución liberal con unas clases medias muy escasas y débiles, y con el recurso a la guerra civil a la hora de superar los conflictos. Las evidencias de la debilidad no se hicieron esperar: primero fue la descalificación internacional de España como consecuencia de la reclamación del Reino Unido y Francia sobre la conducta brutal de los ejércitos carlista e isabelino durante la guerra de los Siete Años (1834-1839), después llegaría la gestión del conde de Toreno (1786-1843) cerca del gobierno francés para que las tropas de Luis Felipe ocupasen en 1835 las Vascongadas y Navarra. El panorama no podía ser más negro ya que esta España debería afrontar, desde esa extrema debilidad, el conjunto de conflictos internacionales que podían surgir en las tres zonas en las que se agrupaban sus territorios más importantes: en el estrecho de Gibraltar, con el antagonismo franco-británico posterior a la conquista francesa de Argelia (1830); en el Caribe, con el crecimiento del poder estadounidense en detrimento del franco-británico; y en el Pacífico, con los asaltos de todas las potencias a los mercados de la zona.
Sin embargo, la España isabelina (1833-1868) no salió demasiado mal parada de aquellos riesgos. Las relaciones entre las cinco grandes potencias europeas fueron cambiando como consecuencia del éxito de las revoluciones de 1830 y del desarrollo de un nuevo capítulo de la Cuestión de Oriente. El sistema internacional pasó del “concierto diplomático” a una “rivalidad moderada” entre las grandes potencias occidentales (Reino Unido y Francia) y las grandes potencias orientales (Rusia, Austria y Prusia) facilitando la formación del subsistema occidental de la Cuádruple Alianza (1834); un subsistema que se formó con el objeto de proporcionar la ayuda de los dos gobiernos liberales de Londres y París a los dos gobiernos liberales de Lisboa y Madrid, enfrentados a duras guerras civiles contra el miguelismo y el carlismo, que contaban con el apoyo de las tres grandes potencias orientales1. La diplomacia española comprendió entonces que ya no tenía sentido buscar apoyo de Francia o de Rusia para frenar al Reino Unido en América y acuñó un nuevo principio duradero sobre el que asentar su acción exterior: cuando Francia y Reino Unido estén de acuerdo, marchar con ellas; cuando no lo estén, abstenerse. Sobre esta base, la España liberal se integró en un cuadrilátero cuyo perímetro se consolidaría a lo largo del siglo XIX: Londres, París, Lisboa y Madrid. Un cuadrilátero que tenía al sur la zona de intereses comunes y encontrados: la región del Estrecho con sus archipiélagos atlánticos (Canarias y Azores), con sus enclaves (Gibraltar, Ceuta y Melilla), con las Baleares en el punto en el que se cruzaban el eje francés que unía Marsella y Orán y el eje británico Gibraltar-Hong Kong, y con la inconcreta y común expectativa sobre Marruecos en el que confluían intereses españoles, franceses y británicos. Sin duda, la incorporación de España al subsistema de la Cuádruple Alianza fortaleció su posición internacional, pero conviene no perder de vista sus escasas posibilidades a la hora de diseñar una política exterior propia. Las dos grandes potencias que dirimieron la hegemonía mundial en la Península Ibérica entre 1808 y 1814 convirtieron este territorio en una zona bajo su directa influencia, abierta a su intervención económica y política. Las iniciativas de la política exterior española quedarían condicionadas por la política de estas dos grandes potencias europeas y por la de los Estados Unidos, el gran vecino de las colonias del Caribe2.
En estas condiciones, la política exterior española estuvo dominada por el recelo que suscitaba el intervencionismo franco-británico, por el recuerdo del inmenso coste de la política europea desarrollada por España desde el siglo XVI, por el firme convencimiento de que los abruptos territorios peninsulares eran invulnerables a un ataque exterior y por la constatación de la fortaleza de un statu quo internacional que conservaba para España un conjunto de colonias indefendibles con sus escasos medios. Teniendo en cuenta la continuidad de esta percepción, la “aparatosa” acción exterior de las expediciones militares de los gobiernos isabelinos podría parecernos incongruente si no la interpretásemos bajo el amplio concepto de “política de prestigio”. En efecto, si la intervención en Portugal (1847) se inscribió en el marco de la Cuádruple Alianza3 y la intervención en Italia (1849) en el proceso de contención de las revoluciones de 1848, la colaboración española en la expedición francesa a Conchinchina (1857-1863), la llamada guerra de África (1859-1860), la participación española en la expedición europea a México (1861-1862), la reincorporación de Santo Domingo a la Corona española (1861-1865) y el subsiguiente enfrentamiento con los dominicanos en su guerra de la Restauración, y la guerra del Pacífico contra Perú y Chile (1863-1866) no pueden ser entendidas ni como episodios de una política de engrandecimiento territorial (política imperialista) ni exclusivamente como episodios de una política de defensa de la situación existente (política de statu quo), sino también como un conjunto de esfuerzos deliberados para exaltar la imagen y posición internacional de España tanto en el exterior, para conseguir un mejor trato en las relaciones internacionales, esto es, el status de “potencia media”, como en el interior, para promover un consenso social por vía emocional en favor de los titulares del poder político4.
No es que no interesara la defensa de las colonias que seguían bajo soberanía española o la posibilidad de ampliarlas con Marruecos. De hecho, en 1844, el general Narváez (1800-1868) propuso sin éxito al gobierno francés una alianza sobre la base de las bodas reales, para actuar juntos en el Norte de África. Lo que ocurre es que, segura de la fortaleza del statu quo internacional, la política exterior de España no buscó tanto la garantía internacional de los dos grandes vecinos de la Metrópoli, cuanto incrementar su prestigio ante ellos, en la confianza de que así fortalecía los intereses comunes en el Caribe y en el Pacífico y, con ello, aseguraba los intereses españoles. Las limitaciones de esa política no deben pasar desapercibidas; no debemos olvidar que Francisco Martínez de la Rosa (1787-1862) rechazó, en 1845, la propuesta formal británica de un pacto tripartito anglo-franco-español que garantizase las Antillas españolas, frente a cualquier tentativa norteamericana, por considerar que su aceptación significaría el reconocimiento formal de la incapacidad española para defenderlas con sus propias fuerzas y que, por el contrario, durante la llamada guerra de África (1859-1860), todos los esfuerzos españoles para conseguir objetivos más ambiciosos que los de asegurar Melilla fueron neutralizados por la intervención decidida de Gran Bretaña y Francia, que se opusieron rotundamente a la alteración del statu quo marroquí.
En cualquier caso, la razón fundamental de las limitaciones de la política exterior española en esos años se encuentra, posiblemente, en la primacía alcanzada por el conflicto interno, que polarizó y absorbió la atención de los españoles en esos años y que impidió la formulación de una política exterior más ambiciosa. Así, cuando el equilibrio de fuerzas empiece a cambiar como consecuencia del resultado de las guerras de Crimea (1854-1856), de la unidad italiana (1859-1860), de secesión de los Estados Unidos (1861-1865) y de la unidad alemana (1866-1870), la política exterior española estuvo más pendiente de ese conflicto interno, agudizado hasta los extremos que muestra la corta y dramática historia del Sexenio Democrático (1868-1875), que de las posibilidades internacionales que se abrían en esos momentos de “rivalidad intensa” o “guerra” entre las grandes potencias. La percepción de los peligros inherentes a estas situaciones explica también el rechazo de los gobiernos españoles, tanto al compromiso que hubiese gustado a Otto von Bismarck (1815-1898) cuando comenzó la guerra Franco-Prusiana (1870), como a la alianza que propuso el gobierno provisional francés al comprender que la estaba perdiendo5. Por otra parte, en esos momentos, la experiencia del incidente del Virginius con los Estados Unidos puso de manifiesto que el gobierno de Washington seguía dispuesto a interferir en la política cubana y que una insurrección independentista en la isla podía proporcionar el casus belli que hiciera pasar a los norteamericanos de la interferencia a la intervención armada6.
La política exterior española de las primeras décadas de la Restauración (1874-1895), tanto la que protagonizaron los conservadores de Antonio Cánovas del Castillo (1828-1897) como la que protagonizaron los liberales de Práxedes Mateo Sagasta (1825-1903), presentó, de entrada, una cierta discontinuidad con la que habían realizado los moderados de la Época Isabelina (1833-1868) y con la que soñaron realizar los progresistas del Sexenio Democrático (1868-1874). La percepción correcta del significado del viraje internacional de 1870, la fuerza del sistema internacional bismarckiano, la conciencia de la debilidad del régimen político restaurado y los temores que suscitó una Francia primero legitimista y después republicana, condujeron a una política exterior que, en defensa del principio monárquico, giró alrededor de Alemania. Dado que los sistemas bismarckianos trataban de mantener el statu quo continental, aislando a Francia para que renunciara a la recuperación de Alsacia-Lorena y neutralizando el conflicto austro-ruso en los Balcanes, la relación de España con estos sistemas de alianzas tenía que ser muy prudente: debía protegerse del apoyo francés a los enemigos del régimen de la Restauración sin que Francia tomara represalias contraproducentes o frenara las exportaciones españolas; no debía dejarse enredar en ninguno de los dos conflictos mayores ─el franco-germano y el austro-ruso─, en los que nada podía ganar; debía mantenerse vigilante ante todo lo relativo a Marruecos si quería evitar un reparto que afectaría negativamente a su seguridad, y no podía perder de vista que la cuestión de Marruecos implicaba de manera directa a la seguridad del Gibraltar británico7.
¿Podría, además, haber buscado, a través de una decidida política exterior de alianzas, la garantía internacional que le hubiera permitido extender su control sobre Marruecos y frenar a los Estados Unidos en Cuba? En principio, no parece razonable esperar eso en aquellas condiciones internacionales que, si bien, no facilitaban las posibilidades de una alianza en toda regla, garantizaron la estabilidad territorial española en el marco de la fortaleza de todo el statu quo. A pesar de la situación de extrema debilidad por la que pasó España desde la crisis de la Monarquía isabelina hasta la consolidación de la Monarquía alfonsina, la estructura territorial del Estado no sufrió ninguna pérdida: los nuevos gobiernos reprimieron el movimiento cantonal, destruyeron el dominio carlista del Norte de la Península, neutralizaron la insurrección cubana, consolidaron el régimen canovista y el Estado continuó controlando el mismo espacio colonial que se mantuvo bajo su soberanía tras la independencia de los grandes virreinatos.
Así, el viraje de 1870/71, percibido correctamente como el inicio de una etapa de la política internacional dominada por los dictados de la realpolitik, por la formidable reacción conservadora que siguió al pánico creado por la Comuna, por el predominio de la Alemania bismarckiana y por la inseguridad generada por la Gran Depresión de 1873, fue puesto en relación con la experiencia española más reciente: guerra de Cuba, guerra carlista, inestabilidad política y levantamiento cantonalista, y llevó a una definición de la política exterior que, más allá del significado estricto de las expresiones con las que solemos conocerla ─de “recogimiento” cuando se trata de Cánovas y de “ejecución” cuando se trata de Sagasta─ fue siempre, en la práctica, una política exterior de defensa del statu quo y, por lo tanto, orientada hacia Alemania.
Pero no entenderíamos bien las cosas si nos limitásemos a recordar que, entre 1875 (inicio de la Restauración) y 1895 (inicio de la última insurrección cubana), la política de alianzas de conservadores y liberales no consiguió más que el “leve pacto” de diciembre de 1877, que preveía la colaboración diplomática alemana en el caso de que las “exageraciones radicales o ultramontanas” que pudieran surgir en Francia llegaran a ser una amenaza para España, y el acuerdo que supuso el intercambio de Notas con el gobierno italiano de mayo de 1887, que ligó a España con la estrategia anti-francesa de la Triple Alianza a través de unos Acuerdos Mediterráneos en los que participaba Reino Unido y que afirmó la política marroquí de defensa del statu quo desarrollada en el marco de la Conferencia de Madrid de 1880. Primero, porque existió una diplomacia del rey Alfonso XII (1857-1885)8, que se superpuso a la diplomacia de sus gobiernos, y que permite entender mejor los objetivos fundamentales de la política exterior española, así como el papel jugado por la defensa del principio monárquico y, sobre todo, por la orientación hacia Alemania. Después, y en contradicción con lo anterior, porque la defensa del principio monárquico, que aparece en la retórica de la mayor parte de los tratados bismarckianos, tiene un valor muy limitado en una época de realpolitik en la que los mecanismos diplomáticos para mantener el equilibrio de poder posterior a 1870/71 no actuaban en la periferia del sistema, dónde van apareciendo actores fundamentales del juego internacional que, como los Estados Unidos y Japón, no son europeos, y donde las reglas de la expansión colonial son distintas de las que venían imperando en el continente europeo.
El problema de la política exterior de la España de la Restauración es que podía encontrar apoyo diplomático en Alemania para defenderse de Francia, porque el aislamiento de Francia era un objetivo fundamental de la política bismarckiana; podía, con ese apoyo diplomático, frenar los peligros que pudiesen venir de Francia derivados tanto del legitimismo o del republicanismo como, incluso, de su expansionismo en Marruecos, pero con lo que no podía contar España era con un apoyo diplomático alemán para defender las colonias del Caribe de las ambiciones norteamericanas y las colonias del Pacífico de los asaltos de las potencias a sus mercados. Y eso era así por mucho que sus dirigentes repitiesen que la pérdida de la soberanía de aquellas colonias sería algo tan intolerable para el conjunto de la sociedad española que sería aprovechado por los enemigos del régimen para descalificar y hundir a la Monarquía liberal; y no lo debía esperar España porque el papel internacional que jugaba el Reich alemán en el continente europeo no tenía nada que ver con el que podía jugar en el Caribe, en el Pacífico o en el Norte de África. El comportamiento de Bismarck y de Cánovas durante la crisis de las Carolinas, en agosto de 1885, y la negativa alemana a que España protagonizase una hipotética intervención europea en defensa de la monarquía portuguesa, en agosto de 1891, ilustran muy bien los estrechos límites del apoyo diplomático alemán basado en la defensa del principio monárquico, y pueden ser interpretados ─sobre todo el segundo─ como la constatación del fracaso de toda la orientación de la política exterior de la España de la Restauración. La única gran potencia europea que, por su posición internacional, tenía intereses en todos los espacios y conflictos que afectaban a España, era el Reino Unido; sin embargo, si exceptuamos algunos momentos de la “cuestión marroquí”9, los intereses coloniales españoles y británicos no coincidían; eso, por no hablar ni de la tradición contraria a los compromisos permanentes de la diplomacia británica, ni de la primacía de sus intereses orientales, ni de la cuestión de Gibraltar, que podía envenenar, de improviso, cualquier acercamiento hispanobritánico.
Lo que ocurrió a partir de 1895 está relativamente claro: la defensa de Cuba se convirtió en el principal objetivo de una política exterior española que me he atrevido a considerar “nueva” y que, desde un planteamiento que presentaba la intervención norteamericana en la Isla como contraria a los intereses europeos en América y que identificaba el mantenimiento de la soberanía española en la Gran Antilla con la defensa del principio monárquico, buscó, de manera decidida, un compromiso diplomático con la Triple Alianza, con Gran Bretaña o con la Alianza franco-rusa que frenara la intervención de los Estados Unidos10. Sin duda, la diplomacia española no lo consiguió. No se trató de un problema de incompetencia profesional, sino de la consecuencia lógica de varias realidades: España no estaba siendo capaz de terminar con una guerra que perjudicaba intereses norteamericanos, los insurrectos no hicieron nada para buscar un compromiso que impidiera la intervención norteamericana, las grandes potencias europeas no tenían nada que ganar y sí mucho que perder con una intervención que los Estados Unidos rechazaban con rotundidad. Lo único que hubiese podido estar en manos de la diplomacia española hubiese sido el manejo de la mediación que los presidentes norteamericanos Cleveland y McKinley ofrecieron. Como el gobierno español consideró imposible la aceptación de esa interesada mediación, toda la actividad de la diplomacia española se tuvo que concentrar en la búsqueda fracasada de la intervención europea.
En este marco, y hasta 1895, fecha de inicio de la última insurrección cubana, la política exterior de la España de la Restauración en defensa de sus colonias no parece que se concentrase tanto en buscar una difícil garantía internacional, cuanto en abrir los mercados de esas colonias a las potencias interesadas en ellos con objeto de que no sintieran la necesidad de terminar con la soberanía española. Esta ha sido una hipótesis de trabajo que, a mi juicio, está verificada en lo que se refiere al Pacífico11, pero que no lo estaba, hasta ahora, en lo que se refería al Caribe. Y es aquí donde cobra sentido historiográfico el libro que el lector tiene en sus manos, Enemigos íntimos: España y los Estados Unidos antes de la Guerra de Cuba (1865-1898). Andrés Sánchez Padilla cubre un verdadero “agujero negro” de nuestra historiografía: las relaciones entre España y los Estados Unidos en las décadas que precedieron a la guerra hispano-norteamericana de 1898, cuestión ─ésta sí─ sobre la que la historiografía había vuelto una y otra vez.
Teníamos muchas preguntas sin respuesta satisfactoria sobre las relaciones hispano-norteamericanas en las décadas que precedieron a la guerra de 1898: ¿Qué percepción tuvieron las elites españolas de los riesgos y de las oportunidades que se les iban abriendo en el Caribe? ¿Cuáles fueron los objetivos de la política española hacia los Estados Unidos en esos años? ¿Qué papel jugaron las facilidades económicas que supuestamente ofreció entonces España a los Estados Unidos en Cuba? Estas son las preguntas que se plantea Andrés Sánchez Padilla.
El resultado de su trabajo ha sido, a mi juicio, especialmente satisfactorio. Para empezar, pone el foco, sobre todo, en la política norteamericana: ¿Qué determinó la política exterior de los Estados Unidos en el último tercio del Ochocientos? ¿Su gobierno? ¿Determinadas fuerzas no estatales? ¿Ideologías y percepciones colectivas? Si recordamos que, entre 1865 y 1898, los Estados Unidos no sintieron ninguna amenaza a su seguridad, podemos aventurar que su diplomacia se pudiera concentrar en intereses económicos y culturales. Pero ¿podía aquella España permitirse algo similar con respecto a aquellos Estados Unidos? Como el lector tendrá ocasión de comprobar, el libro que tiene en sus manos responde a estas y a otras preguntas verdaderamente significativas, y lo hace siguiendo el camino adecuado: revisión cuidadosa de la bibliografía existente, determinación de las preguntas e hipótesis que guiarían su investigación, consulta exhaustiva de las fuentes disponibles y narración razonada del proceso histórico estudiado. El resultado: una notabilísima aportación a la historiografía.
1 Menchén Barrios, María Tesesa. “La Cuádruple Alianza (1834). La Península en un sistema occidental”. Cuadernos de la Escuela Diplomática, segunda época núm. 2, 1989, pp. 31-51.
2 Jover Zamora, José María. “Caracteres de la política exterior de España en el siglo XIX”. En Homenaje a Johannes Vincke, Madrid, 1962-1963, Vol. II, pp. 751-797. Reproducido en Política, diplomacia y humanismo popular, Madrid, 1976, pp. 83-138. Ampliado en España en la política internacional siglos XVIII-XX, Madrid, Marcial Pons, 1999, pp. 111-172.
3 Rodríguez Alonso, Manuel. Gran Bretaña y España. Diplomacia, guerra, revolución y comercio. Actas: Madrid, 1991; Robles Jaén, Cristóbal. España y la Europa liberal ante la crisis institucional portuguesa (1846-1847). Universidad de Murcia: Murcia, 2003.
4 Jover. “Caracteres de la política exterior de España en el siglo XIX”. Obra citada; López-Cordón Cortezo, María Victoria. “La política exterior”. En La era isabelina y el sexenio democrático, tomo XXXIV de la Historia de España Ramón Menéndez Pidal dirigida por José María Jover Zamora. Espasa-Calpe: Madrid, 1981, pp. 819-899; Vilar, Juan Bautista. “España en la Europa de los nacionalismos: entre pequeña nación y potencia media (1834-1874)”. En Juan Carlos Pereira (coord.). La política exterior de España (1800-2003). Ariel: Barcelona, 2003, pp. 401-420 y “Aproximación a las relaciones internacionales de España (1834-1874)”. Historia Contemporánea, núm. 34, 2007, pp. 7-42; Inarejos Muñóz, Juan Antonio. Intervenciones coloniales y nacionalismo español. La política exterior de la Unión Liberal y sus vínculos con la Francia de Napoleón III (1856-1868). Sílex: Madrid, 2007.
5 Rubio, Javier. España y la guerra de 1870. 3 tomos. Ministerio de Asuntos Exteriores: Madrid, 1989.
6 Gómez-Ferrer Morán, Guadalupe. “El aislamiento internacional de la República de 1873”. Hispania, XLIII, 1983, pp. 337-399 y Álvarez Gutiérrez, Luis. La diplomacia bismarckiana ante la cuestión cubana, 1868-1874. CSIC: Madrid, 1988.
7 Salom Costa, Julio. España en la Europa de Bismarck. La política exterior de Cánovas. CSIC: Madrid, 1967, “La Restauración y la política exterior de España”. En Corona y Diplomacia. La Monarquía española en la historia de las relaciones internacionales. Escuela Diplomática: Madrid, 1988, pp. 135-182, y “La política exterior de Cánovas: interpretaciones y conclusiones”. En Cánovas y la vertebración de España. Fundación Cánovas del Castillo: Madrid, 1998, pp. 149-198; Rubio, Javier. El reinado de Alfonso XII. Problemas iniciales y relaciones con la Santa Sede. Ministerio de Asuntos Exteriores: Madrid, 1998, La cuestión de Cuba y las relaciones con los Estados Unidos durante el reinado de Alfonso XII. Los orígenes del “desastre” de 1898. Ministerio de Asuntos Exteriores: Madrid, 1995, y El final de la era de Cánovas. Los preliminaries del “desastre” de 1898, 2 tomos. Ministerio de Asuntos Exteriores: Madrid, 2004.
8 Schulze, Ingrid. “La diplomacia personal de Alfonso XII: una proyectada alianza con el Imperio Alemán”. Boletín de la Real Academia de la Historia. Vol. CLXXXII, septiembre-diciembre 1985, pp. 471-501.
9 Fernández Rodríguez, Manuel. España y Marruecos en los primeros años de la Restauración (1875-1894). CSIC: Madrid, 1985.
10 De la Torre del Río, Rosario. “La situación internacional de los años 90 y la política exterior española”. En Juan Pablo Fusi & Antonio Niño (Eds.). Vísperas del 98. Orígenes y antecedentes de la crisis del 98. Biblioteca Nueva: Madrid, 1997, pp. 173-203, y “1895-1898: Inglaterra y la búsqueda de un compromiso internacional para frenar la intervención norteamericana en Cuba”. Hispania, Vol. LVII/2, núm. 196, 1997, pp. 515-549.
11 Elizalde Pérez-Grueso, Maria Dolores. España en el Pacífico. La colonia de las Carolinas, 1885-1899. CSIC: Madrid, 1992, y De la Torre del Río, Rosario. “En torno al 98. Ingleses y españoles en el Pacífico”. En Juan Bautista Vilar (Ed.). Las relaciones internacionales en la España Contemporánea. Universidad de Murcia: Murcia, 1989, pp. 211-222.
Introducción
It is a common error to think of diplomacy as primarily and chiefly connected with questions of peace and war, acquisitions of territory, negotiations of treaties, etc. These are exceptional to the ordinary routine of diplomatic life. A reference to the subject of the “dispatches” will show that a hundred other questions, not of minor importance, affecting the rights or interests of citizens, employ the time and ability of those who have been called “the eye and the ear of a State”. In the eager and active competition of nations, in the struggle for markets and wealth, much can be done by foreign representatives for the extension of trade and in aid of investors, merchants, shippers and manufacturers. What is done by those abroad, in watchful promotion of American interests, is not made prominent in the newspapers, does not inflame the public mind and forms no issue in local or general elections. What is quietly discussed and decided in an office sometimes modifies international usage, is sometimes incorporated into mercantile or commercial law and habit and very often contributes to prosperity and friendship1.
La guerra hispano-norteamericana de 1898 es quizá el episodio más célebre de las relaciones entre Madrid y Washington. Pero su recuerdo no es el mismo a ambos lados del Atlántico. Para muchos españoles, sigue siendo el Desastre: la pérdida de las últimas colonias y el comienzo de una profunda crisis de identidad. Para los norteamericanos, en cambio, hace referencia a la emergencia de los Estados Unidos de América como gran potencia mediante su entrada en la carrera colonial. Pero este libro no pretende añadirse a la larga lista de monografías sobre el conflicto hispano-norteamericano. Al contrario. Su objetivo es analizar las relaciones bilaterales durante las tres décadas que precedieron al estallido de la guerra. En contra de lo que pudiera parecer, ese lapso de tiempo sigue siendo terra incognita. Hasta ahora, todos los trabajos sobre la Guerra de 1898 daban por supuesto que la relación bilateral entre 1865 y 1898 o bien no existió, o bien fue irrelevante.
Pero ni una cosa ni la otra son ciertas. La renovación de la historia de las relaciones internacionales durante las últimas décadas ha permitido superar los corsés que limitaban el estudio de las relaciones exteriores al estudio de la política exterior, y el estudio de la política exterior al estudio de la política de seguridad y defensa. Hoy en día se concede un papel crucial a la ideología, a la cultura y a la economía en los nuevos estudios internacionales. Desde este punto de vista, podemos interpretar las relaciones hispano-norteamericanas entre 1865 y 1898 como el periodo de nacimiento de las interacciones modernas entre ambos países2. Aunque el nexo entre política colonial y política exterior durante la Restauración impidiese normalizar las relaciones diplomáticas, la expansión económica de los Estados Unidos en la Península y la multiplicación de intermediarios culturales pusieron los cimientos sobre los que se fue desarrollando la relación bilateral en el siglo XX.
La presente investigación tiene como objeto de estudio las relaciones entre España y los Estados Unidos de América entre el final de la Guerra Civil norteamericana en 1865 y el estallido de la guerra hispano-norteamericana en 1898. El centro del análisis lo ocuparán las acciones y reacciones de los gobiernos de ambos Estados debido a que fueron los actores que protagonizaron las interacciones bilaterales durante el periodo de estudio. Sin embargo, también forman parte del análisis otros actores relevantes en la relación bilateral: las empresas multinacionales y los intermediarios culturales. El tema, sin embargo, debe ser acotado. No se pretende analizar aquí todos los contactos que tuvieron lugar entre España y los Estados Unidos. Muchas cuestiones bilaterales que ocuparon la atención de los agentes diplomáticos y que han dejado un registro no tienen un verdadero interés histórico. Se ha hecho una selección de los episodios relevantes para la agenda bilateral durante el periodo de estudio. Por otro lado, este trabajo tampoco pretende estudiar la historia colonial de Cuba, Puerto Rico y Filipinas. El factor colonial sólo ha formado parte del análisis cuando se ha detectado su influencia en las relaciones entre Madrid y Washington, pero no ha sido su objetivo principal. El conflicto colonial español no fue nunca el único asunto en la agenda bilateral durante el último tercio del ochocientos. De hecho, la cuestión de Cuba ni siquiera fue una prioridad para Washington antes de 1895.
La delimitación cronológica está justificada. El final de la Guerra Civil en los Estados Unidos inició un nuevo ciclo en las relaciones hispano-norteamericanas: la cuestión de Cuba siguió siendo la piedra de toque, pero la victoria de la Unión prolongó la amistad bilateral durante las décadas siguientes al cerrar la puerta a las tentaciones anexionistas en Washington. Sin embargo, aparecieron nuevos conflictos en el marco de la anomalía de la agenda bilateral debidos al desarrollo de los intereses políticos y económicos norteamericanos en las Antillas y en la Península. Tras el estallido de una nueva insurrección cubana en 1895, los desacuerdos intergubernamentales se acrecentaron dramáticamente hasta acabar con la amistad bilateral en la primavera de 1898. La guerra hispano-norteamericana es el límite temporal de esta investigación porque cerró ese ciclo e inició la normalización de las relaciones bilaterales.
No existe ninguna historia de las relaciones hispano-norteamericanas durante el periodo. Ni siquiera ha existido un diálogo entre los historiadores de ambos países al respecto. Ciertamente, la historiografía norteamericana no ha prestado mucha atención a lo que se ha escrito desde España3, pero a estas alturas todavía sigue siendo frecuente que muchos historiadores españoles hagan generalizaciones sobre la política exterior norteamericana sin tener un conocimiento aceptable de lo que se ha escrito en los Estados Unidos. Por suerte, la especulación y los clichés ya han empezado a ser arrinconados en los trabajos que han explorado la relación bilateral en el siglo XX4.
Algunos autores han analizado superficialmente ciertos capítulos de la agenda bilateral al final del ochocientos. Pocos años después de la Guerra de 1898 aparecieron las obras que han definido el estudio de las relaciones hispano-norteamericanas hasta la fecha. En los Estados Unidos, French E. Chadwick publicó una historia de las relaciones bilaterales desde sus orígenes hasta el estallido de la guerra basado en la documentación publicada por el gobierno norteamericano5. En España, Jerónimo Bécker dedicó a la relación bilateral varios capítulos de su voluminoso análisis de la política exterior española en el siglo XIX basándose en la documentación del Ministerio de Estado6.
La historiografía de la política exterior norteamericana no volvió a interesarse por las relaciones bilaterales anteriores a 1898 hasta la desclasificación de los archivos diplomáticos y la llegada de los historiadores revisionistas en los años sesenta 7. Pero la escuela revisionista tampoco estuvo muy interesada en las relaciones hispano-norteamericanas: su objeto de interés fueron las raíces domésticas de la política exterior norteamericana. Walter LaFeber estudió superficialmente los intereses económicos norteamericanos en Cuba en 1895-18988. James B. Chapin diseccionó la política norteamericana en Cuba durante la administración Grant9. Tom E. Terrill relacionó las negociaciones comerciales hispano-norteamericanas con los debates arancelarios en los Estados Unidos10. Tennant S. McWilliams analizó la misión de Hannis Taylor en España11. Richard H. Bradford dedicó una monografía a la crisis del Virginius12. Más recientemente, Louis A. Pérez ha aplicado la teoría de la dependencia al estudio de los intereses económicos norteamericanos en la Cuba colonial13.
Cerca —aunque no dentro— de la escuela revisionista por su especialización en la diplomacia económica, David M. Pletcher ha dedicado varios trabajos a las negociaciones comerciales hispano-norteamericanas14. Desde la historia política, Lewis L. Gould ha realizado el análisis más completo de la política de la administración McKinley durante los meses previos al estallido de la Guerra de 189815. Más recientemente, algunos autores han retomado el interés por cuestiones como la iniciativa multilateral de 187516. En todos los casos se ha excluido el ángulo español de la cuestión. La excepción la han constituido los trabajos de James W. Cortada y John L. Offner. Son los únicos autores norteamericanos que han utilizado fuentes de los dos países: Cortada se ciñó al estudio de la diplomacia bilateral entre 1855 y 186817; mientras que Offner ha escrito el análisis más completo de la diplomacia hispano-norteamericana entre 1895 y 189818.
En los últimos años, el dinamismo que caracteriza a la historiografía norteamericana ha dado lugar a trabajos innovadores sobre las relaciones hispano-norteamericanas que no centran su atención en la política exterior de ambos gobiernos. Richard Kagan e Iván Jaksic, por ejemplo, han estudiado las percepciones culturales sobre España y los españoles entre los primeros hispanistas norteamericanos 19. Por su parte, Ana María Varela-Lago ha analizado los problemas de integración cultural de la emigración española en los Estados Unidos entre las dos guerras civiles de ambos países20.
Por su parte, la historiografía española ha prolongado la metodología de las obras de Bécker y Chadwick, caracterizada por: la reducción del análisis a las coyunturas de conflicto; la primacía de la documentación publicada sobre las fuentes de archivo; y la selección exclusiva de fuentes domésticas. En 1962, José María Jover sugirió que el final de la Guerra Civil norteamericana era el comienzo de una nueva época en las relaciones hispano-norteamericanas21. Sin embargo, ese horizonte de investigación no fue explorado por la historiografía española. Julio Salom dedicó algunas páginas a la relación bilateral en su estudio sobre la política exterior canovista hasta 188122. Joaquín Oltra realizó un estudio pionero sobre la influencia norteamericana en la redacción de la Constitución española de 186923. Manuel Espadas y Luis Álvarez Gutiérrez analizaron brevemente la crisis del Virginius24. Pero su ejemplo no tuvo continuidad inmediata.
A partir de 1975, la historiografía internacionalista española se ha concentrado cada vez más en el siglo XX, y sólo en los últimos diez años ha prestado atención a la relación con los Estados Unidos durante la pasada centuria. En este vacío han florecido los trabajos de diplomáticos aficionados a la historia, como José Manuel Allendesalazar y Javier Rubio. Allendesalazar publicó una introducción sobre las relaciones bilaterales en los años noventa25, mientras que Rubio ha estudiado superficialmente algunos episodios de la relación bilateral en varias de sus obras: las negociaciones sobre la emancipación de Cuba de 1869-1870, la crisis del Virginius, la iniciativa multilateral de 1875, las negociaciones comerciales de 1883-1884 y las reclamaciones norteamericanas de los años noventa26. Pero se trata de trabajos muy limitados por sus abusos interpretativos y su escasa solvencia en el manejo de la historiografía y las fuentes norteamericanas. Como resultado, sus obras no han respondido a ninguna cuestión relevante de las relaciones bilaterales.
Mención aparte merece la voluminosa historiografía sobre los orígenes de la Guerra de 1898. El centenario del conflicto, en 1998, podía haber supuesto una buena ocasión para que la historiografía española empezase a tomar nota de las innovaciones que se habían producido al otro lado del Atlántico. No fue así27. En este sentido, el centenario sirvió, una vez más, para exhibir la predilección de la historiografía española por la reiteración de interpretaciones poco novedosas durante la conmemoración de efemérides. El resultado: la avalancha de publicaciones no añadió mucho al conocimiento sobre las relaciones bilaterales antes del estallido del conflicto28, con la excepción de algunos trabajos29.
Las principales monografías españolas sobre la diplomacia bilateral durante la crisis de 1898 se habían publicado antes del centenario: se trata de trabajos que manifiestan la persistencia de la especulación y los clichés —a menudo sonrojantes— de la peor historiografía española. Julián Companys hizo un uso testimonial de las fuentes norteamericanas para analizar la misión de Steward L. Woodford en España, pero su metodología, basada en la exposición de documentos sin contextualizar y la reiteración de juicios de valor, desvirtúa sus resultados30. Por su parte, Cristóbal Robles se ha dedicado a sintetizar la documentación española, agregando también los habituales juicios de valor, sin añadir nada significativo31. En los últimos tiempos, la historiografía internacionalista española ha oscilado entre los análisis sobre las relaciones interculturales bilaterales32 y los estudios diplomáticos tradicionales33.
Fuera de las relaciones internacionales, la historiografía americanista no ha prestado la atención suficiente a las relaciones con los Estados Unidos. No resulta satisfactorio apelar genéricamente, como se hace habitualmente, a los intereses norteamericanos en Cuba partiendo de la premisa de que la acción internacional de los Estados Unidos en el último tercio del ochocientos giraba en torno a esa isla; tampoco lo es que no se conozca el contexto doméstico en el que se elaboraba la política comercial norteamericana, que se citen libros de texto sobre los Estados Unidos como obras de referencia, que se confunda el bill McKinley con el Arancel McKinley, o el Arancel McKinley con el Arancel Wilson-Gorman34.
Por estas razones, son muy pocos los estudios americanistas que han aportado información útil sobre las relaciones hispano-norteamericanas en el periodo objeto de estudio. José Antonio Piqueras ha analizado el tratado de comercio de 1884 y el acuerdo comercial de 1891, pero su trabajo está limitado por la selección exclusiva de fuentes españolas y la ausencia de historiografía norteamericana35. Por su parte, Inés Roldán ha estudiado más detalladamente el contexto cubano de esos pactos internacionales. Su trabajo, basado en un amplio abanico de fuentes primarias, es muy convincente diseccionando los diferentes intereses políticos y económicos entre La Habana y Madrid, pero no lo es tanto relacionando esos intereses con las interacciones entre Madrid y Washington36. Fuera de la historiografía americanista, y a medio camino entre la historia colonial y la historia de las relaciones internacionales, Mª Dolores Elizalde ha analizado detalladamente los problemas entre España y los Estados Unidos causados por los misioneros norteamericanos establecidos en las Islas Carolinas37.
La historiografía económica también ha empezado a analizar la influencia económica de los Estados Unidos en la Península. Leandro Prados y José María Serrano Sanz fueron los primeros autores que llamaron la atención sobre la importancia del comercio norteamericano en la España del siglo XIX 38. Más recientemente, Jerònia Pons ha analizado el éxito de las compañías de seguros de vida norteamericanas en el mercado peninsular39.
Desde la historia intelectual se han explorado las transferencias culturales en el siglo XIX. Carmen de Zulueta y Carmen de la Guardia han ilustrado el establecimiento, durante la Restauración, de la primera institución cultural estadounidense en la Península, el Instituto Internacional, por parte de misioneros norteamericanos con la intención de mejorar la educación de las mujeres españolas 40. Isabel Pérez González ha detallado los primeros contactos entre intermediarios culturales de ambos países 41. Más recientemente, Gonzalo de Capellán ha rastreado el origen del interés de los krausistas españoles en el modelo estadounidense42. Desde la historia cultural también han empezado a aparecer trabajos sobre las percepciones entre ambos países: Kate Ferris, por ejemplo, ha estudiado el discurso público de las elites españolas sobre los Estados Unidos43.
Por su parte, la historiografía latinoamericana ha hecho escasas contribuciones al tema objeto de estudio. Víctor Manuel Pérez se sirvió de documentación española para denunciar la presión incesante del imperialismo norteamericano en Cuba en el periodo 1868-1898, pero la escasez de sus fuentes limita el valor de sus resultados44. Por su parte, Óscar Zanetti ha utilizado la teoría de la dependencia para analizar los acuerdos comerciales hispano-norteamericanos. A pesar de su amplitud, sin embargo, su trabajo es muy poco cuidadoso en la selección de las fuentes primarias, tanto españolas como norteamericanas, y no es capaz de integrar sus resultados dentro de los nuevos análisis dependentistas45.
Antes de seguir adelante, es necesario clarificar las hipótesis que articulan este volumen. Para ello será inevitable hacer referencia a los debates historiográficos relacionados con el objeto de estudio. La historia de las relaciones internacionales ha sufrido cambios dramáticos en las últimas décadas que han ampliado tanto su definición como sus límites46. Se ha roto el monopolio que poseían los Estados en los estudios internacionalistas y se ha multiplicado el número de actores objeto de estudio47. Más recientemente, el giro cultural de la historiografía ha concentrado los debates dentro de esta especialidad48.
Pero, ¿sigue teniendo sentido un estudio de relaciones bilaterales? La profunda renovación de la historia de las relaciones internacionales en las últimas décadas ha contribuido a desplazar el interés tradicional por la acción exterior del Estado hacia las actividades transnacionales de la sociedad civil. O, en palabras de Anders Stephanson, “Diplomatic historians […] seem less and less interested in the history of diplomacy”49. Es una buena noticia, porque las relaciones internacionales nunca se han reducido a la diplomacia, bilateral o multilateral. Sin embargo, no parece razonable dar por supuesto que el estudio de la política exterior se haya convertido en algo irrelevante. Primero, porque no todas las fuerzas transnacionales que operan en la actualidad existían en otras épocas históricas, como el siglo XIX. Segundo, porque ni siquiera en la actualidad ha perdido importancia la política internacional50.
Tradicionalmente, el estudio de la política exterior se había limitado a los problemas de seguridad y defensa. A veces, incluso, se ha reducido el trabajo a copiar y verter la documentación diplomática sobre el papel. Esta es una de las razones por las que el análisis de las relaciones hispano-norteamericanas se ha concentrado en episodios como la Guerra de 1898 y los Pactos de 1953. Algunos especialistas han concluido que ya no era posible descubrir nueva evidencia empírica y que la profesión debía dedicarse exclusivamente a reinterpretar las fuentes51. Sin embargo, hace ya mucho tiempo que se ha entendido (al menos, fuera de España) que la política exterior, la de ayer y la de hoy, no se reduce sólo a la política de seguridad y defensa. Tampoco lo más relevante es necesariamente lo que ocupa más papel52. El estudio de la política exterior ha generado numerosas teorías que han intentado explicar —a menudo, con pretensiones normativas— el comportamiento de las potencias en el sistema internacional53. Por su parte, los historiadores norteamericanos llevan décadas intentando explicar el comportamiento internacional de los Estados Unidos. En España todavía no se ha desarrollado una ambición interpretativa semejante54.
A pesar de su creciente poder, entre 1865 y 1898 los ejecutivos norteamericanos rechazaron habitualmente los compromisos internacionales, incluso en sus áreas de influencia tradicionales. Esa paradoja ha desconcertado a los historiadores desde entonces, hasta el punto de que durante décadas los teóricos realistas negaron la existencia de una política exterior norteamericana durante esos años55. La escuela revisionista propuso una interpretación alternativa innovadora: fueron “años de preparación” en los que la economía norteamericana se desarrolló incesantemente hasta que alcanzó tales niveles de superproducción en los años noventa que todos los intereses económicos exigieron la obtención inmediata de mercados exteriores para exportar sus mercancías, pacíficamente o —si era necesario— por la fuerza. Su argumento era que, a pesar de las apariencias, existía una profunda continuidad estructural en la política exterior de los Estados Unidos desde Appomattox a Vietnam56. Esta tesis gozó de gran aceptación debido a la politización del debate historiográfico durante la Guerra Fría57. Pero su éxito, en palabras de Paul S. Holbo, también se debía a que su sencillez ocultaba la complejidad de los problemas a analizar: “This thesis has the compelling appeal of simplicity. But its authors misread American political history and fail to note emotional and ideological ingredients that affected foreign policy”58. Lo cierto es que, a pesar de su materialismo, los autores revisionistas no habían prestado mucha atención a las evidencias económicas y sus tesis fueron duramente rebatidas por ello59.
Sin embargo, una de las consecuencias del fracaso revisionista ha sido desincentivar nuevas interpretaciones generales60. En su lugar, se ha preferido limitar los análisis a cuestiones más modestas61. Lo más cerca que se ha estado de un nuevo modelo general es la definición que David M. Pletcher dio de estas décadas como un periodo de transición: “What, then, was the significance of the period between 1865 and 1898? I suggest that this was simply a period of education, experimentation, and preparation but not of fulfillment”62.
Los trabajos más recientes sugieren ampliar el análisis. Fareed Zakaria y Robert Kagan han renovado las teorías realistas: Zakaria ha defendido que los gobiernos norteamericanos definieron su política exterior en función de una lógica autónoma y no sólo al servicio de intereses más o menos espurios63; Kagan ha insertado los principios ideológicos en la acción exterior de las administraciones norteamericanas decimonónicas64. Desde el análisis cultural, Frank Ninkovich y Anders Stephanson han defendido la persistencia de una ideología reticente a la política de poder y la intervención gubernamental en el exterior 65. Emily S. Rosenberg también ha afirmado la existencia de una ideología de “liberaldevelopmentalism” en la política exterior norteamericana con cinco características: “(1) belief that other nations could and should replicate America’s own developmental experience; (2) faith in private free enterprise; (3) support for free or open access for trade and investment; (4) promotion of free flow of information and culture; and (5) growing acceptance of governmental activity to protect private enterprise and to stimulate and regulate American participation in international economic and cultural exchange”66.
Michael H. Hunt también ha defendido el rol de la ideología en la política exterior de los Estados Unidos en el siglo XIX, aunque con un contenido diferente. Hunt identifica una potente ideología nacionalista como el motor de la expansión estadounidense, con tres puntos clave: la búsqueda de la grandeza nacional, el racismo y el miedo a las revoluciones67. Todas estas teorías se acercan a las tesis corporatistas —herederas del revisionismo—, aunque la estrecha cooperación entre el gobierno y el sector privado que defienden son difíciles de aplicar al ochocientos68. Sin embargo, a pesar de la renovación que suponen, el principal problema que plantean todos los análisis culturales sigue siendo su ambivalencia sobre el rol causal de la ideología, y en general del factor cultural, en la política exterior69. De hecho, los partidarios extremos del giro cultural se niegan a plantear el debate en términos de causalidad. En palabras de Volker Depkat: “There is a tendency among cultural studies scholars inspired by postmodernist theories to stop their work with deconstructing dominant discourses, with defining the limits of discursive formations and exposing their legitimatory function. As a result, they question the very possibility of intentional behavior; however, they do not really provide an answer for the question of why is it that people act the way they act”70.
A lo sumo, los mejores trabajos se conforman con establecer una correlación entre discurso y política exterior, como en el caso del papel de las ideologías de género en el estallido de la Guerra de 189871. Pero descubrir que el género está presente en todos los discursos no añade una herramienta analítica muy útil: “gender then hardly has any analytical meaning when it comes to explaining foreign relations. To claim that all aspects of past realities are culturally constructed is just as mundane as the somewhat traditional article of faith that men live in groups and that their behavior is therefore socially determined”72. A veces, los análisis culturales están peligrosamente cerca de caer en la tentación de confundir correlación con causalidad. En palabras de Frank Ninkovich, “cultural studies see discourses as fields of contestation. […] But this desire to highlight the openness and arbitrariness of culture coexists uneasily with a desire to attribute to it a powerful coercive force” 73. El principal problema analítico de este determinismo cultural es la incapacidad para explicar el cambio en la historia74:
For one thing, to what extent can domestic culture and ideologies, gender and sexuality, race and identity explain how or why the foreign policy of a given state evolved? Moreover, does a specific foreign policy evolve because of these cultural narratives? […]
If one wishes to argue that public narratives constitute a significant part of the decision-making processes, we need to know more about exactly which narratives influence decision making and how they function. Unless scholars can retrace the central role of cultural narratives in concrete situations of policy making, cultural approaches to foreign policy remain what they are: interesting but irrelevant75.
En otros casos, los análisis culturales han carecido de cualquier interés por la política exterior porque la han considerado irrelevante76. En estos trabajos, la ausencia, entre 1865 y 1898, de una política exterior definida ha facilitado la sustitución del análisis de la política exterior por enfoques culturales de las relaciones exteriores de los Estados Unidos. Exceptuando, claro, todo lo relacionado con el imperialismo. Con este concepto, sin embargo, ha sucedido algo similar al género: es omnipresente —e incluso omnisciente—, de tal manera que carece tanto de definición (es evidente en sí mismo) como de origen (no tiene principio ni fin)77. Pero, ¿cómo se puede entender cabalmente el rol del factor cultural en política exterior sin diseccionar, previa o simultáneamente, el entramado de la diplomacia? Por el contrario, parece más razonable no excluir ninguna dimensión —ni cultural, ni política— si se quiere avanzar intelectualmente: “Until culture and power are somehow integrated conceptually and practically, as they are in real life, there will remain two cultures in the history of foreign relations”78.
El objetivo de este trabajo no es tan ambicioso. La primera hipótesis que articula, por tanto, es que la política exterior de los Estados Unidos de América durante el último tercio del ochocientos estuvo determinada tanto por su poder e intereses crecientes como por la influencia de fuerzas no estatales (como empresas multinacionales o intermediarios culturales) e ideologías y percepciones colectivas. Pero se hace necesario acotar la cuestión. El centro del análisis lo ocuparán los problemas estructurales de las relaciones hispano-norteamericanas, tanto políticos como económicos. Por razones de espacio y tiempo, el análisis de la dimensión cultural de las relaciones bilaterales se limitará al papel de ambos Estados en la promoción de su imagen cultural durante las exposiciones internacionales celebradas en ambos países79.
El principal problema de la historia contemporánea no es la ausencia de fuentes, sino la selección de aquellas que puedan ser relevantes para el objeto de estudio. Las relaciones hispano-norteamericanas no son una excepción. En este caso, tampoco es viable un análisis de toda la diplomacia bilateral. Por eso, ha sido necesario priorizar los problemas bilaterales que pueden responder algunas de las preguntas que interesan hoy en día en la historia de las relaciones internacionales y que han sido peor tratadas historiográficamente. En cambio, se han excluido cuestiones que generaron un gran volumen de correspondencia diplomática, pero que resultan pequeñas en relación con los problemas estructurales de las relaciones hispano-norteamericanas.
El análisis, por tanto, no se limita a los problemas de seguridad y defensa que habían concentrado la atención de los historiadores hasta la fecha. Es lo que ha permitido extender el periodo de estudio desde 1865 hasta 1898: durante esas décadas, en ausencia de amenazas a su seguridad, la política exterior norteamericana se concentró en la diplomacia económica y la promoción cultural. De esta manera, la segunda hipótesis se podría formular así: durante las tres últimas décadas del ochocientos, los gobiernos de los Estados Unidos de América y España se enfrentaron políticamente en muy pocas ocasiones, pero lidiaron con problemas económicos y culturales igualmente significativos.
Pero, ¿por qué priorizar los intercambios entre ambos Estados? ¿No sería más innovador estudiar las interacciones entre ambas sociedades? Lo cierto es que, después de contemplar el panorama historiográfico, cualquier estudio diplomático ya es una innovación. Pero, además, se parte aquí de la premisa de que es necesario conocer la dimensión diplomática de las relaciones bilaterales antes de poder embarcarse en otra clase de análisis debido a que ha sido precisamente el poder de los Estados el que ha regulado —facilitando o entorpeciendo— cualquier otra clase de intercambios. Sin esta base analítica, los escasos trabajos que han estudiado otras dimensiones de las relaciones bilaterales no han sido capaces de evaluar adecuadamente el rol de la diplomacia, sobredimensionándola o infravalorándola, dependiendo del caso. Desde este punto de vista, el análisis de tratados polvorientos, incluso de aquellos que no llegaron a entrar en vigor, cobra mucho sentido: a veces es tan revelador estudiar lo que no se hizo como lo que se hizo. Ahora bien, que los gobiernos de ambos países sean los actores principales de la investigación no significa que sean actores monolíticos. Todo lo contrario. Los Estados son actores complejos condicionados por presiones exteriores e interiores. La ventaja del análisis diplomático es que permite identificar la influencia de otros actores en la política exterior.
Antes de identificar qué actores han interactuado con ambos Estados es necesario especificar cómo tomaban sus decisiones los aparatos estatales. El proceso de toma de decisiones en los Estados Unidos se puede reconstruir con relativa precisión a partir de la documentación diplomática debido a que el gobierno norteamericano poseía una estructura mucho más sencilla que en la actualidad. La ejecución de la política exterior estaba en manos del presidente, pero el Congreso controlaba todos sus pasos. En la práctica, los presidentes delegaban la mayoría de los problemas en el Departamento de Estado, que siempre contó con recursos muy limitados. Los demás departamentos no tenían demasiada influencia en la política exterior, con la excepción del Departamento del Tesoro, que intentó obtener el control sobre la red de consulados en el exterior en varias ocasiones. Los secretarios de Estado entre 1865 y 1898, a su vez, delegaban la diplomacia diaria en los jefes de misión en cada país. Por tanto, los jefes de misión tenían un gran margen de maniobra si no se salían de los límites establecidos por el Departamento de Estado: la defensa de los ciudadanos estadounidenses en el extranjero y la exposición de principios americanos como el Destino Manifiesto, la Puerta Abierta o la Doctrina Monroe.
La diplomacia secreta que practicaban las potencias europeas estaba formalmente prohibida por la Constitución norteamericana, lo que obligaba al presidente a informar periódicamente al Congreso de sus iniciativas diplomáticas. Sin embargo, el legislativo no prestaba una atención continua a la política exterior y delegaba el control diario del ejecutivo en dos comités: el Comité de Relaciones Exteriores del Senado —del que dependía, en la práctica, la ratificación de cualquier tratado internacional— y el Comité de Asuntos Exteriores de la Cámara de Representantes —que vigilaba la asignación de fondos al ejecutivo—. El Congreso era especialmente celoso de sus poderes económicos, lo cual reducía enormemente el margen de maniobra del Departamento de Estado en materia comercial80.
Pero, ¿qué otros actores intervinieron en la formulación de la política exterior de los Estados Unidos? El ejecutivo y el Congreso recibían la presión de diferentes agentes. Así, la intervención del Departamento de Estado era solicitada por los intereses comerciales y por las empresas que empezaban a operar fuera de las fronteras norteamericanas. El Congreso, en cambio, sufría la presión de las grandes industrias que actuaban en el mercado doméstico.
Sin embargo, el rol de otros actores no parece tan determinante. El papel de la opinión pública en la política exterior norteamericana, por ejemplo, sigue siendo muy difícil de evaluar correctamente y su función sigue sin estar clara81. En ese contexto, el rol de la prensa parece más útil si se analiza como portavoz de intereses sectoriales y de diferentes corrientes de opinión82.
Los intermediarios culturales que se han identificado, como los misioneros y los viajeros, solían actuar al margen de los canales diplomáticos aunque, si los utilizaban, recurrían exclusivamente a los servicios de las legaciones y consulados en el extranjero. Pero su papel en la política exterior del último tercio del siglo XIX tampoco está claro: siguieron siendo muy escasos en número y carecieron de canales institucionales para incrementar las transferencias culturales. Por tanto, la tercera hipótesis de esta investigación es que el conflicto de intereses entre el comercio y la industria fue más determinante que el rol de otros actores no estatales en la definición de la política exterior norteamericana durante las últimas décadas del siglo XIX.
El proceso de toma de decisiones español es mucho más difícil de diseccionar. No sólo se sucedieron diferentes regímenes políticos (monarquía, república, dictadura) durante el periodo objeto de estudio, sino que todavía no existe un volumen de trabajos aceptable sobre ellos. Las políticas exteriores de Isabel II y del Sexenio Democrático no han generado aún ningún debate académico83. Por su parte, la Restauración ha monopolizado una discusión limitada, con algunas excepciones84, a qué nombre dar a las políticas de Cánovas85. Pero debido a las dimensiones internacionales que concedieron todos los gobiernos españoles al conflicto colonial, parece razonable formular como cuarta hipótesis que en la definición de los intereses exteriores de la Restauración hasta 1898 tuvo un papel verdaderamente importante el nexo entre política colonial y política exterior86.
La evidencia sugiere que los diferentes regímenes españoles se ajustaron al sistema de diplomacia secreta vigente en Europa. La política exterior quedó en manos del jefe de Estado en todas las constituciones, pero sabemos que los monarcas habitualmente delegaron la diplomacia diaria en los presidentes del Consejo y en los ministros de Estado. Si bien existe evidencia de que Alfonso XII (1874-1885) practicó una diplomacia regia al margen de su gobierno, sigue sin estar claro si María Cristina de Habsburgo (1885-1902) actuó internacionalmente sin aval gubernamental87. En cualquier caso, era frecuente que los ministros de Estado despachasen los asuntos directamente con el monarca y al margen de la Presidencia del Consejo 88. El Ministerio de Ultramar también tuvo un papel destacado en la diplomacia española, tanto por sus competencias en política exterior desde 1872 como por la unión entre política exterior y política colonial durante la Restauración89. Las Cortes nunca tuvieron otros poderes específicos en política exterior que la ratificación de los tratados internacionales. Sin embargo, los gobiernos españoles —sobre todo durante la Restauración— se esforzaron, con éxito, por esquivar el control parlamentario sobre sus acciones exteriores mediante la denegación de información, la desinformación o la ocultación de acuerdos y negociaciones90.
En el caso de España también se pueden identificar otros actores influyentes en la política exterior. Desde el punto de vista de los intereses económicos, los industriales catalanes y vascos, y los agricultores castellanos tuvieron mucho éxito en la definición de una política proteccionista durante la Restauración91. Los intereses comerciales, en cambio, disfrutaron de mucha menos influencia92. En todos los casos, sin embargo, utilizaron las Cortes como su caja de resonancia. No parece que la opinión pública tuviese un rol relevante en un régimen sin apoyo popular y con una población masivamente iletrada. La prensa, con una circulación minúscula y con un interés escaso en las relaciones internacionales, funcionó casi exclusivamente como portavoz de los partidos políticos y del propio gobierno93. Cada vez está más claro que los emigrantes españoles jugaron el papel de intermediarios culturales, pero en la mayoría de las ocasiones al margen de un Estado que interpretaba negativamente el fenómeno de la emigración: en todos los casos, limitados por su escaso número94. Por su parte, los viajeros fueron aún menos influyentes entre una población analfabeta. Otros autores han sugerido que la ideología propia tuvo un papel verdaderamente importante, y que nociones como la de grandeza pretérita influyeron poderosamente en los dirigentes de la Restauración, especialmente a la hora de gestionar el conflicto colonial95. Por tanto, la quinta hipótesis que sostiene ese estudio es que la influencia de los intereses económicos y de otros actores no estatales en la política exterior de la Restauración durante las últimas décadas del ochocientos fue inferior en todo momento a la que ejercieron los intereses coloniales.
Este libro, pues, trata de responder a algunos de los interrogantes pendientes sobre las relaciones entre España y los Estados Unidos. ¿Cuál fue el papel de las colonias españolas en la política hemisférica de Washington? ¿Qué rol jugaron los intereses económicos norteamericanos en la Península y en las Antillas dentro de las negociaciones bilaterales? ¿Tuvieron las percepciones y estereotipos mutuos un rol relevante en las relaciones hispano-norteamericanas? ¿Qué papel desempeñó el nexo entre política colonial y política exterior de la España de la Restauración en sus relaciones con los Estados Unidos? ¿Qué influencia tuvieron los intereses económicos peninsulares en la relación bilateral? ¿Se puede rastrear el papel de alguna ideología o ideologías en la acción exterior de las administraciones norteamericanas? ¿Y en la de los gobiernos restauradores?
La elaboración de esta volumen ha exigido la localización de un amplio abanico de fuentes primarias en archivos norteamericanos y españoles. La selección de las fuentes se ha hecho a partir de las hipótesis de trabajo que han articulado este estudio. Aun a riesgo de haber caído en el cacareado “fetichismo” de las fuentes, se ha priorizado la búsqueda en los archivos que conservan la documentación inédita de las servicios exteriores de ambos países. Sin embargo, el grueso de la documentación utilizada se encuentra en los archivos norteamericanos custodiados por la National Archives and Records Administration (NARA) en su sede de College Park (Maryland), en las afueras de Washington, DC. Estos archivos contienen la mayor parte de la documentación generada por la diplomacia norteamericana y, además, la generada por otros departamentos gubernamentales que tuvieron papeles relevantes en la relación bilateral con España. El volumen de información custodiado es de tal orden de magnitud que no sólo ha permitido reconstruir las decisiones de los principales responsables de la política exterior norteamericana, sino que ha servido para compensar con solvencia las numerosas lagunas presentes en los archivos españoles.
Se han utilizado fundamentalmente tres fondos documentales de NARA. El grupo de fondos Record Group 59: General Records of the Department of State, guarda los archivos centrales del Departamento de Estado junto a una amplia muestra de la correspondencia con las representaciones norteamericanas en el extranjero. Es el grupo de fondos de NARA en el que hay que empezar cualquier investigación relacionada con la política exterior de los Estados Unidos. En este grupo se han utilizado las series Instructions, Diplomatic Despatches y Consular Despatches referentes a España. La serie Miscellaneous, en cambio, no ha proporcionado documentación de interés para el objeto de este estudio.
El grupo de fondos Record Group 84: Records of the Foreign Service Posts of the Department of State, contiene todos los fondos de las representaciones norteamericanas en el extranjero, tanto embajadas como consulados. Estos fondos incluyen la correspondencia duplicada con el Departamento de Estado y, sobre todo, la correspondencia con el gobierno español y con particulares españoles o extranjeros en la Península. Se han utilizado las series de la Embajada (entonces Legación) en Madrid, el Consulado General de Barcelona y los Consulados de Bilbao, Cádiz, La Coruña, Gibraltar, Málaga, Santander y Valencia. Este grupo de fondos ha sido fundamental para rastrear las relaciones entre la diplomacia y los intereses económicos norteamericanos en España.
El grupo de fondos Record Group 43: Records of International Conferences, Commissions and Expositions, contiene los fondos sobre las conferencias y exposiciones internacionales a las que hayan asistido los Estados Unidos o que hayan organizado en su territorio. En este caso, se han utilizado los fondos relativos a la Exposición Universal de Chicago de 1893 en la que España tuvo una participación destacada.
No todos los fondos de NARA han dado los resultados esperados, sin embargo. La documentación conservada por NARA en su sede central en Washington, DC, no ha ofrecido tanta riqueza informativa como la de College Park. El grupo de fondos Record Group 38: Records of the Office of Chief of Naval Operations, que contiene información sobre inteligencia naval, ha servido para clarificar qué evaluación de las fuerzas navales españolas hizo el gobierno de los Estados Unidos antes de 1898, pero los grupos de fondos Record Group 45: Naval Records Collection of the Office of Naval Records and Library, que conserva la documentación histórica del Departamento de Marina; Record Group 56: General Records of the Department of the Treasury, con toda la documentación generada por el Departamento del Tesoro; y Record Group 46: Records of the United States Senate, que contiene la documentación inédita producida por los comités del Senado —entre ellos, el Comité de Relaciones Exteriores—, han aportado escasa o ninguna información relevante. Pero los fondos de NARA no han sido los únicos archivos norteamericanos utilizados. También ha sido fundamental para la investigación la Manuscript Division de la Library of Congress, en Washington, DC. En esta sección se han encontrado varias colecciones particulares de diplomáticos norteamericanos: la de J.L.M. Curry, representante diplomático de los Estados Unidos en España entre 1885 y 1888; y la de John W. Foster, al frente de la misión diplomática norteamericana entre 1883 y 1885 y enviado especial a España en 1891. En cambio, las colecciones particulares de James G. Blaine, secretario de Estado en 1881 y 1889-1892, y Hannibal Hamlin, ministro norteamericano en España entre 1881 y 1882, no han proporcionado información interesante.
Fuera de los Estados Unidos, se han consultado algunos fondos conservados en The National Archives (TNA) del Reino Unido, situados en Kew, para completar el análisis de algunos problemas bilaterales. En estos archivos se han consultado los fondos ubicados en la sección Confidential Print del Foreign Office referentes a la participación de los Estados Unidos en la Conferencia de Madrid de 1880 sobre el sistema de protección en Marruecos y a los acuerdos comerciales hispano-norteamericanos. Esta documentación se ha completado con los informes de los consulados británicos en España entre 1856 y 1914, que se conservan digitalizados en la Biblioteca del Banco de España.
La investigación ha exigido el trabajo en un amplio número de archivos españoles debido a la dispersión de los fondos relevantes: el sistema de archivos español ha distribuido de manera pintoresca la información generada por los servicios exteriores del Estado entre varias instituciones. A pesar de las depredaciones documentales sufridas y el deterioro creciente de una parte de los fondos, esta documentación es imprescindible para conocer el ángulo español de las relaciones bilaterales. También se han utilizado los fondos conservados en los archivos militares sobre los agregados militares y navales en los Estados Unidos. Además, ha sido necesario consultar los archivos personales de varias figuras relevantes por dos motivos: a menudo, los diplomáticos españoles en los Estados Unidos evitaban la correspondencia oficial y se comunicaban con sus superiores por canales particulares; y en otras ocasiones, la superioridad se apropiaba de la correspondencia oficial y una parte de ella ha acabado en sus archivos personales96.
Los archivos que han concentrado la información del servicio exterior han sido, hasta hace poco, el Archivo del Ministerio de Asuntos Exteriores (AMAE), en Madrid97, y el Archivo General de la Administración (AGA), en Alcalá de Henares (Madrid). El AMAE conservaba la correspondencia del Ministerio de Asuntos Exteriores (entonces llamado de Estado) con la Embajada (entonces Legación) de España en Washington, con el Consulado General de Nueva York 98 y los Consulados de Baltimore, Boston, Charleston, Filadelfia, Nueva Orleans, Portland, Savannah y San Francisco, y con el personal diplomático norteamericano en Madrid en la secciones de Correspondencia, Política y Tratados. En la sección de Personal también se encontraba información sobre el personal diplomático español.
Sin embargo, ha sido imprescindible completar estos fondos con los situados en el AGA: en la sección de Asuntos Exteriores se encuentran los fondos originales de la Embajada en Washington, y en consecuencia, gran parte de la documentación enviada desde Madrid que ha desaparecido del AMAE. Además, en los fondos de la Embajada en Washington fue posible localizar la correspondencia entre la Legación y los Consulados. Por último, en la sección de Presidencia del Gobierno del AGA se encontró correspondencia cruzada entre el Ministerio de Estado y la Presidencia del Consejo a propósito de la Conferencia Panamericana de Washington y la celebración del Cuarto Centenario del Descubrimiento de América.
Después del AMAE y del AGA, el archivo público más importante ha sido el Archivo Histórico Nacional (AHN). En la sección Ultramar del AHN se localizaron fondos del Ministerio de Ultramar relevantes para las relaciones con los Estados Unidos debido a las competencias de este departamento en política exterior. Además, en la sección Diversos del AHN se encuentra una parte del archivo privado de Antonio Cánovas del Castillo, donde se conserva correspondencia con el personal diplomático español en los Estados Unidos durante los años que presidió el gobierno español.
También ha sido necesario consultar los fondos del Archivo General de Palacio (AGP) para rastrear la diplomacia regia. Dentro de la sección Reinados se han encontrado algunos documentos significativos producidos por los gobiernos de la Restauración, pero no se ha podido arrojar demasiada luz sobre el papel de la Corona.
Los archivos militares utilizados han sido el Archivo General Militar de Segovia (AGMS) y el Archivo General de la Marina Álvaro de Bazán (AGMAB), situado en Viso del Marqués (Ciudad Real). En la sección Asuntos del AGMS se localizó la documentación que se ha conservado de los agregados militares en los Estados Unidos99. En la sección Expediciones del AGMAB se ha encontrado cierta documentación sobre los agregados navales y la Comisión de Marina de España en los Estados Unidos.
Por último, ha sido necesario trabajar en varios archivos privados, tanto dentro como fuera de Madrid. En la Fundación Lázaro Galdiano (FLG) de Madrid se encuentra la parte de la correspondencia de Cánovas que no se encuentra en el AHN. Allí se ha localizado más correspondencia con el personal diplomático en los Estados Unidos. En el Museo de Pontevedra se ha encontrado la documentación del Archivo del Marqués de la Vega de Armijo (AMVA). En esa colección se ha localizado correspondencia con el personal diplomático en los Estados Unidos durante los periodos en los que el marqués fue ministro de Estado.
Además de esas fuentes inéditas, ha sido necesario recurrir a una serie de documentos publicados tanto en España como en los Estados Unidos. En el caso norteamericano, ha resultado imprescindible la utilización de los volúmenes de la serie Foreign Relations of the United States (FRUS), selección de documentos diplomáticos editada anualmente por el Departamento de Estado. Los volúmenes del siglo XIX ya han sido completamente digitalizados por la University of Wisconsin, Madison100. Igualmente importantes han sido los volúmenes anuales del Federal Register de este mismo Departamento, donde se recoge toda la información sobre el servicio exterior norteamericano y sobre el personal diplomático extranjero en los Estados Unidos. Asimismo, ha sido necesario utilizar la colección de tratados internacionales firmados por los Estados Unidos hasta 1910101. Se ha utilizado el Congressional Record para consultar los debates del Congreso de los Estados Unidos referentes a las relaciones bilaterales. Tres recursos web de especial utilidad han sido The American Presidency Project, que ha colgado en la red tanto los documentos públicos de los presidentes norteamericanos como los programas electorales de demócratas y republicanos102; The Congressional Biographical Directory, que recoge el perfil biográfico de todos los miembros del Congreso de los Estados Unidos desde 1776103; y la página del Departamento de Estado de los Estados Unidos (U.S. Department of State), que contiene una sección de información histórica104.
En el caso español, la Gaceta de Madrid, completamente digitalizada, ha sido fundamental para consultar las medidas legislativas del gobierno español que afectaron a las relaciones bilaterales105. Otro tanto ha ocurrido con los volúmenes anuales de la Gaceta Oficial de España, donde se conserva información sobre el personal diplomático español y extranjero. Igualmente ineludible ha sido consultar las colecciones de tratados firmados por España editadas por Alejandro del Cantillo, Mauricio Janer y el marqués de Olivart106. Los Diarios de Sesiones de las Cortes, a su vez digitalizados, han permitido acceder a los debates que han hecho referencia a las relaciones bilaterales. Por último, los Libros Rojos publicados por el Ministerio de Estado también han servido para completar la documentación sobre algunos problemas bilaterales.
La investigación se ha completado con el vaciado de publicaciones periódicas de ambos países. En los Estados Unidos fue posible localizar noticias de interés sobre las relaciones bilaterales en diarios como The New York Herald, The New York Times, The New York Tribune, The Washington Post, The Chicago Tribune, The Boston Globe y The Independent, entre otros. También se encontró información relevante en revistas señeras como The North American Review, Century Illustrated Magazine, Harper’s Bazaar y Harper’s Monthly. En España, el vaciado de publicaciones periódicas se restringió a los periódicos más importantes de la capital, como El Imparcial, El Liberal, La Época, etc, o cuya opinión interesaba a los diplomáticos de los Estados Unidos, como El Día. También se ha encontrado información de interés sobre las relaciones bilaterales en la Revista de España y el Boletín de la Institución Libre de Enseñanza.
El abanico de fuentes utilizadas ha respondido a las hipótesis que han guiado este estudio. Soy consciente de que se podría haber ido más allá, pero creo que las fuentes seleccionadas han cubierto los objetivos de esta investigación. Hubiera sido deseable poder consultar depósitos documentales adicionales para enriquecer el análisis, como los archivos de Standard Oil (University of Texas at Austin) y Singer Manufacturing Company (University of Wisconsin, Madison) en los Estados Unidos. Otros fondos documentales no han dado los resultados esperados: en los Estados Unidos, los Smithsonian Institution Archives en Washington, DC; en España, las colecciones particulares de Segismundo Moret y Juan Pérez de Guzmán en la Real Academia de la Historia, los fondos del Archivo de la Presidencia del Gobierno y del Archivo General Militar de Madrid.
1 NARA, RG 84, FSP Madrid, Vol. 40, Curry a Bayard, 71, 28-VI-1886.
2 Conceptualización acuñada por LEÓN, P. (2012), “La historiografía española y las relaciones con los Estados Unidos de América: las consecuencias del Pacto de Madrid y la Transición”, Cuadernos de Historia Contemporánea, 34, p. 358.
3 HERNÁNDEZ SANDOICA, E. (2004), “España, 1898-1998: un ‘fin de imperio’, cien años después”, en ESTEBAN DE VEGA, M. et al., eds., Jirones de hispanidad. España, Cuba, Puerto Rico y Filipinas, en la perspectiva de dos cambios de siglo, Salamanca, Universidad de Salamanca, p. 24.
4 Entre los trabajos que han renovado el estudio de la relación bilateral en los últimos años, cfr. FERNÁNDEZ DE MIGUEL, D. (2012), El enemigo yanqui. Las raíces conservadoras del antiamericanismo español, Zaragoza, Genueve; JIMÉNEZ RODRÍGUEZ, F.J. (2010), ¿Antídoto contra el antiamericanismo? American Studies en España, 1945-1969, Valencia, PUV; LEÓN, P. (2010), Sospechosos habituales: el cine norteamericano, Estados Unidos y la España franquista, 1939-1960, Madrid, CSIC; MONTERO, J.A. (2011), El despertar de la gran potencia: las relaciones entre España y los Estados Unidos (1898-1930), Madrid, Biblioteca Nueva.
5 CHADWICK, F.E. (1909), The Relations of the United States and Spain: Diplomacy, New York, C. Scribner’s Sons.
6 BÉCKER, J. (1924), Historia de las relaciones exteriores de España durante el siglo XIX (apuntes para una historia diplomática), Madrid, Jerónimo Ratés, 3 vols.
7 Sobre la escuela revisionista, también llamada escuela de Wisconsin o de la Puerta Abierta (Open Door), cfr. BUZZANCO, R. (1999), “What Happened to the New Left? Toward a Radical Reading of American Foreign Relations”, Diplomatic History, 23 (4), pp. 575-607; FRY, J.A. (1979), “William McKinley and the Coming of the Spanish-American War: A Study of the Besmirching and Redemption of an Historical Image”, Diplomatic History,3 (1), pp. 77-98; HOGAN, M.J. & PATERSON, T.G. (2004), “Introduction”, en HOGAN, M.J. & PATERSON, T.G., eds., Explaining the History of American Foreign Relations, New York, Cambridge University Press, pp. 1-9.
8 LaFEBER, W. (1963), The New Empire: An Interpretation of American Expansion, 1860-1898, Ithaca, NY, Cornell University Press. Más recientemente, LaFEBER, W. (1993), The American Search for Opportunity, 1865-1913, New York, Cambridge University Press.
9 CHAPIN, J.B. (1971), “Hamilton Fish and American Expansion”, Cornell University (tesis doctoral inédita).
10 TERRILL, T.E. (1973), The Tariff, Politics, and American Foreign Policy, 1874-1901, Westport, CT, Greenwood Press.
11 McWILLIAMS, T.S. (1978), “Procrastination Diplomacy: Hannis Taylor and the Cuban Business Disputes, 1893-97”, Diplomatic History, 2 (1), pp. 63-80.
12 BRADFORD, R.H. (1980), The Virginius Affair, Boulder, CO, Colorado Associated University Press.
13 PÉREZ, L.A. (1983), “Toward Dependency and Revolution: The Political Economy of Cuba between Wars, 1878-1895”, Latin American Research Review, 18 (1), pp. 127-142; (1983), Cuba between Empires: 1878-1902, Pittsburgh, PA, University of Pittsburgh Press. También PÉREZ, L.A. (1990), Cuba and the United States: Ties of Singular Intimacy, Athens, GA, University of Georgia Press.
14 PLETCHER, D.M. (1962), The Awkward Years: American Foreign Relations under Garfield and Arthur, Columbia, MO, University of Missouri Press; (1978), “Reciprocity and Latin American in the 1890s: A Foretaste of Dollar Diplomacy”, Pacific Historical Review, 47 (1), pp. 53-89. Pletcher ha ampliado sus tesis en PLETCHER, D.M. (1998), The Diplomacy of Trade and Investment: American Economic Expansion in the Hemisphere, 1865-1900, Columbia, MO, University of Missouri Press.
15 GOULD, L.L. (1982), The Spanish-American War and President McKinley, Lawrence, KS, University Press of Kansas.
16 SEXTON, J. (2006), “The United States, the Cuban Rebellion, and the Multilateral Initiative of 1875”, Diplomatic History, 30 (3), pp. 335-365.
17 CORTADA, J.W. (1973), “Conflict Diplomacy: United States-Spanish Relations, 1855-1868”, Florida State University (tesis doctoral inédita). Posteriormente, Cortada publicó parte de su tesis: CORTADA, J.W. (1980), Spain and the American Civil War: Relations at Mid-Century, 1855-1868, Philadelphia, American Philosophical Society. Por su parte, Earl R. Beck también dedicó algunas páginas a las negociaciones comerciales hispano-norteamericanas en su estudio del reinado de Alfonso XII, cfr. BECK, E.R. (1979), A Time of Triumph and of Sorrow: Spanish Politics during the Reign of Alfonso XII, 1874-1885, Carbondale, IL, Southern Illinois University Press.
18 OFFNER, J.L. (1992), An Unwanted War: The Diplomacy of the United States and Spain over Cuba, 1895-1898, Chapel Hill, NC, University of North Carolina Press.
19 JAKSIC, I. (2007), Ven conmigo a la España lejana: los intelectuales norteamericanos ante el mundo hispano, 1820-1880, México, FCE; KAGAN, R.L. (1996), “Prescott’s Paradigm: American Historical Scholarship and the Decline of Spain”, The American Historical Review, 101 (2), pp. 423-446; ed. (2002), Spain in America: The Origins of Hispanism in the United States, Urbana, IL, University of Illinois Press; (2010), “The Spanish ‘Craze’ in the United States: Cultural Entitlemente and the Appropriation of Spain’s Cultural Patrimony, ca. 1890-ca. 1930”, Revista Complutense de Historia de América, 36, pp. 37-58.
20 VARELA-LAGO, A.M. (2008), “Conquerors, Immigrants, Exiles: The Spanish Diaspora in the United States (1848-1948)”, University of California, San Diego (tesis doctoral inédita).
21 En su artículo “Caracteres de la política exterior de España en el siglo XIX”, reeditado en JOVER, J.M. (1999), España en la política internacional: siglos XVIII-XX, Madrid, Marcial Pons, p. 134. A finales de los años setenta, Jover también realizó una brillante y sugestiva reinterpretación de la guerra hispano-norteamericana de 1898 como parte de un proceso internacional de redistribución entre las antiguas y las nuevas potencias colonialistas, cfr. JOVER, J.M. (1979), 1898: teoría y práctica de la redistribución colonial, Madrid, Fundación Universitaria Española.
22 SALOM, J. (1967), España en la Europa de Bismarck. La política exterior de Cánovas, 1871-1881, Madrid, CSIC.
23 OLTRA, J. (1972), La influencia norteamericana en la Constitución española de 1869, Madrid, Instituto de Estudios Administrativos.
24 ESPADAS, M. (1976), “La cuestión del Virginius y la crisis cubana durante la I República”, en PALACIO ATARD, V., ed., Estudios de historia contemporánea, Madrid, CSIC, pp. 329-354; ÁLVAREZ GUTIÉRREZ, L. (1988), La diplomacia bismarckiana ante la cuestión cubana, 1868-1874, Madrid, CSIC, pp. 251-308.
25 ALLENDESALAZAR, J.M. (1996), Apuntes sobre la relación diplomática hispano-norteamericana, 1763-1895, Madrid, MAE.
26 RUBIO, J. (1995), La cuestión de Cuba y las relaciones con los Estados Unidos durante el reinado de Alfonso XII: los orígenes del “desastre” de 1898, Madrid, MAE; (2004), El final de la era de Cánovas: los preliminares del “desastre” de 1898, Madrid, MAE.
27 Los repertorios y los ensayos bibliográficos publicados entonces son un buen ejemplo de la escasez del esfuerzo para ponerse al día con la historiografía norteamericana, cfr. SANTAMARÍA, A.& NARANJO, C. (1999), “El ‘98 en América. Últimos resultados y tendencias recientes de la investigación”, Revista de Indias, 59 (215), pp. 203-274; VV.AA. (1998), La crisis del 98, Madrid, CINDOC.
28Dos balances exhaustivos en ELIZALDE, M.D. (2000), “Balance del 98: un punto de inflexión en la modernización de España o la desdramatización de una derrota”, Historia y Política, 3, pp. 175-206; (2001), “El 98 desde una perspectiva normalizadora. Reflexión historiográfica de un centenario”, Hispania, 61 (208), pp. 707-736.
29DE LA TORRE, R. (1997), “1895-1898: Inglaterra y la búsqueda de un compromiso internacional para frenar la intervención norteamericana en Cuba”, Hispania, 57 (196), pp. 515-549; ELIZALDE, M.D. (1997), “De nación a imperio: la expansión de los Estados Unidos por el Pacífico durante la Guerra Hispano-Norteamericana de 1898”, Hispania, 57 (196), pp. 551-588; HILTON, S.L. (1998), “La ‘nueva’ Doctrina Monroe de 1895 y sus implicaciones para el Caribe español: algunas interpretaciones coetáneas españolas”, Anuario de Estudios Americanos, 55 (1), pp. 125-151; (1998), “Los Estados Unidos como modelo: los federalistas españoles y el mito americano durante la crisis colonial de 1895-1898”, Ibero-Americana Pragensia, 34, pp. 11-29; (1999), “¿Modernos cartagineses o una nación patriótica? La capacidad militar de Estados Unidos en la retórica republicana española de 1895-1899”, en RUIZ-MANJÓN, O. & LANGA, A., eds., Los significados del 98: la sociedad española en la génesis del siglo XX, Madrid, Biblioteca Nueva, pp. 119-148; HILTON, S.L. & ICKRINGILL, S.J.S. (1998), “ ‘Americana en letra y espíritu’: la Doctrina Monroe y el presidente McKinley en 1898”, Cuadernos de Historia Contemporánea, 20, pp. 205-219; SÁNCHEZ MANTERO, R. (1998), “El 98 y la imagen de España en los Estados Unidos”, Revista de Occidente, 202-203, pp. 294-309; SEVILLA, R. (1998), “España y Estados Unidos, 1898: impresiones del derrotado”, Revista de Occidente, 202-203, pp. 278-293.
30 COMPANYS, J. (1991), España en 1898: entre la diplomacia y la guerra, Madrid, MAE.
31 ROBLES, C. (1990), “La lucha de los independentistas cubanos y las relaciones de España con Estados Unidos”, Hispania 50 (174), pp. 159-202; (1991), 1898: diplomacia y opinión, Madrid, CSIC.
32 GARCÍA MUÑOZ, C. (2009), Historia de un estereotipo: intelectuales españoles en Estados Unidos (1885-1936), Madrid, Langre; NIÑO, A. (2005), “Las relaciones culturales como punto de reencuentro hispano-estadounidense”, en ELIZALDE, M.D. & DELGADO, L., eds., España y Estados Unidos en el siglo XX, Madrid, CSIC, pp. 57-94.
33 CASTELLÓ, E. (2009), “Juan Valera: diplomático”, Universidad Complutense de Madrid (tesis doctoral inédita); SÁNCHEZ ANDRÉS, A. (1998), “Crisis colonial y política exterior española en la cuenca del Caribe (1878-1898)”, Revista Mexicana del Caribe, 5, pp. 6-30; (2007), “Una diplomacia defensiva: la política exterior española en el Caribe y el Golfo de México entre 1865 y 1878”, Hispania, 67 (227), pp. 487-516.
34 FRADERA, J.M. (1998) “La política colonial española del siglo XIX (una reflexión sobre los precedentes de la crisis de fin de siglo)”, Revista de Occidente, 202-203, p. 198; GONZÁLEZ MARTÍNEZ, C. (1998), “Historiografía hispano-cubana y perspectivas analíticas del 98: crisis del Estado Español”, Anales de Historia Contemporánea, 14, p. 27; PIQUERAS, J.A. (2003), Cuba, emporio y colonia: la disputa de un mercado interferido (1878-1895), Madrid, FCE, p. 162.
35 PIQUERAS, J.A. (1998), “Mercados protegidos y consumo desigual. Cuba y el capitalismo español entre 1878 y 1898”, Revista de Historia Económica, 16 (3), pp. 747-779; Cuba, emporio y colonia, pp. 161-186.
36 ROLDÁN, I. (2000), La Restauración en Cuba: el fracaso de un proceso reformista, Madrid, CSIC; ROLDÁN, I. (2003), “La política española en Cuba: una década de cambios (1876-1886)”, Ayer, 52, pp. 175-203.
37 ELIZALDE, M.D. (1992), España en el Pacífico. La colonias de las Islas Carolinas (1885-1899): un modelo colonial en el contexto internacional del imperialismo, Madrid, CSIC. Por otro lado, Elizalde es una de las pocas historiadoras españolas que conoce y maneja con solvencia la historiografía norteamericana, cfr. ELIZALDE, M.D. (1996), “La historiografía norteamericana ante la dimensión oriental de la Guerra Hispano-Norteamericana de 1898”, REDEN: Revista Española de Estudios Norteamericanos, 11, pp. 87-128.
38 PRADOS, L. (1986), “Una serie anual del comercio exterior español (1821-1913)”, Revista de Historia Económica, 4 (1), pp. 103-150; SERRANO SANZ, J.M. (1987), El viraje proteccionista en la Restauración: la política comercial española (1875-1895), Madrid, Siglo XXI.
39 PONS, J. (2005), “Large American Corporations in the Spanish Life Insurance Market (1880-1922)”, The Journal of European Economic History, 34 (2), pp. 467-481; (2008), “Multinational Enterprises and Institutional Regulation in the Life-Insurance Market in Spain, 1880-1935”, Business History Review, 82 (1), pp. 87-114.
40GUARDIA, C. (2000), “Misioneras y feministas. La empresa educadora de Alice Gordon Gulick”, en GONZÁLEZ GROVA, C., ed., Travelling across Cultures: The Twentieth Century American Experience, Santiago de Compostela, Universidade de Santiago, pp. 283-294; ZULUETA, C. (1992), Cien años de educación de la mujer española. Historia del Instituto Internacional, Madrid, Castalia.
41 PÉREZ GONZÁLEZ, I. (1999), Carolina Coronado (del romanticismo a la crisis de fin de siglo), Badajoz, Del Oeste Ediciones.
42CAPELLÁN, G. (2011), “La república norte-americana como modelo político para el krausismo español”, Bulletin d’Histoire Contemporaine de l’Espagne, 46, pp. 43-70.
43 FERRIS, K. (2008), “Modelos de abolición: Estados Unidos en la política cultural española y la abolición de la esclavitud en Cuba, 1868-1874”, en BLANCO, A. & THOMPSON, G., eds., Visiones del liberalismo. Política, identidad y cultura en la España del siglo XIX, Valencia, PUV, pp. 195-218; “Technology, Novelty, and Modernity: Spanish Perceptions of the United States in the Late Nineteenth Century”, Hispanic Research Journal, 11 (1), pp. 37-47.
44 PÉREZ, V.M. (1973), Las relaciones diplomáticas hispano-norteamericanas en torno al problema de Cuba, 1868-1898, Colón, Hudson.
45 ZANETTI, Ó. (1998), Comercio y poder: relaciones cubano-hispano-norteamericanas en torno a 1898, La Habana, Casa de las Américas; (1998), “Las relaciones comerciales hispano-cubanas en el siglo XIX”, en PALAZÓN, S. & SAIZ, C., eds., La ilusión de un imperio. Las relaciones económicas hispano-cubanas en el siglo XIX, Murcia, Universidad de Alicante, pp. 95-117. Sobre la renovación de la teoría de la dependencia después de las críticas sufridas desde los años ochenta, cfr. PÉREZ, L.A. (2004), “Dependency”, en HOGAN, M.J. & PATERSON, T.G., eds., Explaining the History of American Foreign Relations, New York, Cambridge University Press, pp. 162-175.
46 Cambios que afectan a la logomaquia sobre el propio nombre de la especialidad, que en otros países se conoce como historia diplomática o historia internacional. En España se ha impuesto el uso de historia de las relaciones internacionales, que es el que se empleará en el presente trabajo.
47 LILLEY, C.R. & HUNT, M.H. (1987), “On Social History, the State, and Foreign Relations: Commentary on “The Cosmpolitan Connection”, Diplomatic History, 11 (3), pp. 243-250.
48 GIENOW-HECHT, J.C.E. (2003), “Introduction: On the Division of Knowledge and the Community of Thought: Culture and International History”, en GIENOW-HECHT, J.C.E. & SCHUMACHER, F., eds., Culture and International History, New York, Berghahn Books, pp. 3-26; IRIYE, A. (1979), “Culture and Power: International Relations as Intercultural Relations”, Diplomatic History, 3 (2), pp. 115-128; (2004), “Culture and International History”, en HOGAN, M.J. & PATERSON, T.G., eds., Explaining the History of American Foreign Relations, New York, Cambridge University Press, pp. 241-256; NINKOVICH, F. (1989), “Interests and Discourse in Diplomatic History”, Diplomatic History, 13 (2), pp. 135-161; NIÑO, A. (2009), “Uso y abuso de las relaciones culturales en la política internacional”, Ayer, 75, pp. 25-61.
49 STEPHANSON, A. (1998), “Commentary: Diplomatic History in the Expanded Field”, Diplomatic History, 22 (4), pp. 595-603.
50 NIÑO, A. (1988), “Las fuentes para el estudio de la política exterior española”, Studia Historica. Historia Contemporánea, 7, p. 99.
51 BEISNER, R.L. (1986) [1975], From the Old Diplomacy to the New, 1865-1900, Arlington Heights, IL, Harlan Davidson.
52 RENOUVIN, P. & DUROSELLE, J.B. (1964), Introduction à l’histoire des relations internationales, Paris, Librairie A. Coulin.
53 Una introducción a las últimas teorías en HOLSTI, O.R. (2004), “Theories of International Relations”, en HOGAN, M.J. & PATERSON, T.G., eds., Explaining the History of American Foreign Relations, New York, Cambridge University Press, pp. 51-90. Sobre las diferencias epistemológicas entre la teoría y la historia de las relaciones internacionales, cfr. NIÑO, A. (2001), “Historia y teoría en el estudio de las relaciones internacionales”, en VV.AA., Relaciones internacionales: viejos temas, nuevos debates, Rosario, CERIR, pp. 137-198.
54 Sobre la evolución de la historia de las relaciones internacionales en España, cfr. DELGADO, L. (1999), “Las relaciones internacionales del régimen de Franco: una reflexión”, Arbor 163 (642), pp. 153-178; MORENO JUSTE, A. (2001), “La Historia de las Relaciones Internacionales y de la política exterior española”, Ayer, 42, pp. 71-96; PEREIRA, J.C. (1992), “De la historia diplomática a la historia de las relaciones internacionales: algo más que el cambio de un término”, Historia Contemporánea, 7, pp. 155-182; QUINTANA, F. (1996), “La historia de las relaciones internacionales en España: apuntes para un balance historiográfico”, en VV.AA., La historia de las relaciones internacionales: una visión desde España, Madrid, CEHRI, pp. 9-65.
55 ZAKARIA, F. (1998), From Wealth to Power: The Unusual Origins of America’s World Role, Princeton, NJ, Princeton University Pres, pp. 48-55. Uno de los padres del realismo, E.H. Carr, consideró irrelevante la política exterior norteamericana anterior a la Gran Guerra debido a la prohibición de la diplomacia secreta en la Constitución de Estados Unidos, cfr. CARR, E.H. (1974), The Twenty Year’s Crisis, 1919-1939: An Introduction to the Study of International Relations, London, MacMillan, p. 1.
56El texto fundacional de la historiografía revisionista es WILLIAMS, W.A. (1959), The Tragedy of American Diplomacy, Cleveland, OH, The World Publishing Co., aunque el ejemplo más sobresaliente de las tesis revisionistas es LaFEBER, The New Empire. El concepto de “años de preparación”, en pp. 1-61. También LaFEBER, The American Search. Sin embargo, ZAKARIA, From Wealth to Power, p. 51, ha subrayado como LaFeber sólo utiliza los años 1865-1889 como una introducción a su análisis de los años noventa.
57 Conviene no olvidar la vocación moralista de la escuela revisionista, que formaba parte de la New Left norteamericana. En palabras de Joseph A. Fry, “All new left scholars at least implicitly criticize United States policy for its aggressive nature and selfish, exploitative, economic goals”, FRY, “William McKinley and the Coming of the Spanish-American War”, pp. 92-93.
58 HOLBO, P.S. (1970), “Economics, Emotion, and Expansion: An Emerging Foreign Policy”, en MORGAN, H.W., ed., The Gilded Age, Syracuse, NY, Syracuse University Press, p. 207. También PLETCHER, D.M. (1990), “Caribbean ‘Empire’: Planned and Improvised”, Diplomatic History, 14 (3), pp. 447-460. Por otro lado, en España, las tesis revisionistas, aunque conocidas de segunda mano, han disfrutado a menudo de una aceptación acrítica.
59 BECKER, W.H. (1973), “American Manufacturers and Foreign Markets, 1870-1900: Business Historians and the ‘New Economic Determinists’”, Business History Review, 47, pp. 466-481; FIELD, J.A. (1978), “American Imperialism: The Worst Chapter in Almost Any Book”, The American Historical Review, 83 (3), pp. 644-668; PLETCHER, D.M. (1984), “1861-1898: Economic Growth and Diplomatic Adjustment”, en BECKER, W.H. & WELLS, S.F., eds., Economics and World Power: An Assesment of American Diplomacy since 1789, New York, Columbia University Press, pp. 119-171; THOMPSON, J.A. (1973), “William Appleman Williams and the ‘American Empire’”, Journal of American Studies, 7 (1), pp. 91-104.
60 Un fracaso, en todo caso, relativo. Tal y como dice Joseph A. Fry, las tesis revisionistas “nonetheless continue to set the contours of discussion and analysis”, FRY, J.A. (1996), “From Open Door to World Systems: Economic Interpretations of Late Nineteenth Century American Foreign Relations”, Pacific Historical Review, 65 (2), p. 303.
61 CRAPOL, E.P. (2000), “Coming to Terms with Empire: The Historiography of Late Nineteenth-Century American Foreign Relations”, en HOGAN, M.J., ed., Paths to Power: The Historiography of American Foreign Relations to 1941, New York, Cambridge University Press, pp. 79-116.
62 PLETCHER (1981), “Rethoric and Results: A Pragmatic View of American Economic Expansionism, 1865-1898”, Diplomatic History, 5 (2), p. 104. Otro intento de síntesis que no ha generado consenso, en el trabajo de BEISNER, From the Old Diplomacy.
63 ZAKARIA, From Wealth to Power.
64 KAGAN, R. (2006), Dangerous Nation, New York, Knopf.
65 NINKOVICH, F. (1982), “Ideology, the Open Door, and Foreign Policy”, Diplomatic History, 6 (2), pp. 185-208; STEPHANSON, “Diplomatic History”.
66 ROSENBERG, E.S. (1982), Spreading the American Dream: American Economic and Cultural Expansion, 1890-1945, New York, Hill and Wang, p. 7.
67 HUNT, M.H. (1987), Ideology and U.S. Foreign Policy, New Haven, CT, Yale University Press.
68 Sobre el corporatismo, cfr. McCORMICK, T.J. (1982), “Drift or Mastery? A Corporatist Synthesis for American Diplomatic History”, Review in American History, 10 (4), pp. 318-330; GADDIS, J.L. (1986), “The Corporatist Synthesis: A Skeptical View”, Diplomatic History, 10 (4), pp. 357-362; HOGAN, M.J. (2004), “Corporatism”, en HOGAN, M.J. & PATERSON, T.G., eds., Explaining the History of American Foreign Relations, New York, Cambridge University Press, pp. 137-148.
69 NINKOVICH, F. (1998), “No Post-Mortems for Post-Modernism, Please”, Diplomatic History, 22 (3), pp. 451-466; SCHWARTZ, T.A. (2007), “Explaining the Cultural Turn —or Detour”, Diplomatic History, 31 (1), pp. 143-147.
70 DEPKAT, V. (2003), “Cultural Approaches to International Relations: A Challenge?”, en GIENOW-HECHT, J.C.E. & SCHUMACHER, F., eds., Culture and International History, New York, Berghahn Books, pp. 185-186.
71 HOGANSON, K.L. (1998), Fighting for American Manhood: How Gender Politics Provoked the Spanish-American and Philippine-American Wars, New Haven, CT, Yale University Press.
72 DEPKAT, “Cultural Approaches”, p. 181. BUZZANCO, “What Happened to the New Left?”, p. 586, llega a una conclusión similar desde una perspectiva revisionista: “gender assumptions and choice of words are principally a good starting point for analysis rather than conclusive in their own right. Certainly, American policymakers, overwhelmingly male and products of privileged backgrounds in most cases, were predisposed to think, act, and talk in a certain way, and it adds to our understanding of foreign policies if we examine the cultures from which these men came and the way they looked at the world. It seems, however, that masculine ideologies or language, which are artificially constructed and reflect larger values, tend to be instruments of policy rather than agents”.
73 NINKOVICH, F. (2011), “Author’s Response”, en MADDUX, T. & LABROSSE, D., eds., H-Diplo/ISSF Roundtable Review of Frank Ninkovich. Global Dawn: The Cultural Foundation of American Internationalism, 1865-1890 (http://www.h-net.org/~diplo/ISSF/PDF/ISSF-Roundtable-3-3.pdf).
74 Es irónico que el análisis cultural pueda en algunos casos convertirse en un nuevo reduccionismo epistemológico cuando su origen se encuentra precisamente en la insatisfacción que había generado el determinismo de las teorías materialistas precedentes. Aunque hay otros historiadores culturales que tienen claro que el reduccionismo no permite avanzar en ninguna dirección: “If we must have an ideological explanation, it must do justice to the actual complexities of ideological experience”, NINKOVICH, “Ideology, the Open Door”, p. 206.
75 DEPKAT, “Cultural Approaches”, p. 182.
76 La cata de archivos con documentación diplomática también requiere más tiempo que el análisis del discurso, STEPHANSON, A. (1994), “Commentary: Considerations on Culture and Theory”, Diplomatic History, 18 (1), p. 116.
77 ADAS, M. “Review”, en MADDUX, T. & LABROSSE, D., eds., H-Diplo/ISSF Roundtable Review of Frank Ninkovich. Global Dawn: The Cultural Foundation of American Internationalism, 1865-1890 (http://www.h-net.org/~diplo/ISSF/PDF/ISSF-Roundtable-3-3.pdf); SHIBUSAWA, N. “Review”, en MADDUX, T. & LABROSSE, D., eds., H-Diplo/ISSF Roundtable Review of Frank Ninkovich. Global Dawn: The Cultural Foundation of American Internationalism, 1865-1890 (http://www.h-net.org/~diplo/ISSF/PDF/ISSF-Roundtable-3-3.pdf).
78 NINKOVICH, “Author’s Response”.
79 Soy consciente, sin embargo, de que las transferencias culturales entre ambos países no se limitaron a las exposiciones internacionales y que existieron intermediarios culturales independientes de ambos Estados (emigrantes, viajeros, misioneros, etc), cfr. NIÑO, A. (2008), “Relaciones y transferencias culturales internacionales”, en PELLISTRANDI, B. & SIRINELLI, J.F., eds, L’histoire culturelle en France et en Espagne, Madrid, Casa de Velázquez, pp. 179-205.
80 SCHUYLER, E. (1886), American Diplomacy and the Furtherance of Commerce, New York, C. Scribner’s Sons.
81 PÉREZ, L.A. (1989), “The Meaning of the Maine: Causation and the Historiography of the Spanish-American War”, Pacific Historical Review, 58 (3), pp. 293-322, advierte certeramente contra los abusos interpretativos que ha originado el rol causal otorgado con demasiada frecuencia a la opinión pública en la Guerra de 1898.
82 Un ejemplo en NINKOVICH, F. (2009), Global Dawn: The Cultural Foundation of American Internationalism, Cambridge, MA, Harvard University Press.
83 De momento, sólo existen trabajos aislados: INAREJOS, J.A. (2010), Intervenciones coloniales y nacionalismo español: la política exterior de la Unión Liberal y sus vínculos con la Francia de Napoleón III (1856-1868), Madrid, Sílex; SÁNCHEZ ANDRÉS, “Una diplomacia defensiva”. Un repaso de la bibliografía en VILAR, J.B. (2007), “Aproximación a las relaciones internacionales de España (1834-1874)”, Historia Contemporánea, 34, pp. 7-42.
84 GARCÍA SANZ, F. (1994), Historia de las relaciones entre España e Italia. Imágenes, comercio y política exterior (1890-1914), Madrid, CSIC.
85 RUBIO, J. (1995), “La política exterior de Cánovas: una profunda revisión”, Studia Historica. Historia Contemporánea, 13-14, pp. 167-197; SALOM, J. (1999), “La política exterior y ultramarina de Cánovas”, en TOGORES, L.E. & BULLÓN DE MENDOZA, A., eds., Cánovas y su época, Madrid, Fundación Cánovas del Castillo, pp. 1.087-1.136.
86 ELIZALDE, M.D. (1998), “Política exterior y política colonial de Antonio Cánovas: dos aspectos de una misma cuestión”, en TUSELL, J. & PORTERO, F., eds., Antonio Cánovas y el sistema político de la Restauración, Madrid, Biblioteca Nueva, pp. 233-288.
87 Aunque ya se ha empezado a especular al respecto, cfr. RUBIO, J. (2011), El tránsito del siglo XIX al XX: del Desastre de 1898 al principio del reinado de Alfonso XIII, Madrid, MAEC, vol. 2, pp. 1.215-1.240.
88 No hay que olvidar que hasta 1900, el Ministerio de Estado no tenía sede propia, sino que estaba ubicado dentro del Palacio Real, cfr. FERNÁNDEZ ESPESO, C. & MARTÍNEZ CARDÓS, J. (1972), Primera Secretaría de Estado. Ministerio de Estado. Disposiciones orgánicas, Madrid, MAE.
89 Sobre el Ministerio de Ultramar, cfr. SÁNCHEZ ANDRÉS, A. (2007), El Ministerio de Ultramar: una institución liberal para el gobierno de las colonias, 1863-1899, Santa Cruz de Tenerife, Centro de la Cultura Popular Canaria.
90 GARCÍA SANZ, F. (1998), “Los partidos políticos y la acción exterior”, Bulletin d’Histoire Contemporaine de l’Espagne, 28-29, pp. 36-43.
91 TENA, A. (1999), “Un nuevo perfil del proteccionismo español durante la Restauración, 1875-1930”, Revista de Historia Económica, 17 (3), pp. 579-621.
92 PAN-MONTOJO, J. (1994), “El vino y la política comercial en la Restauración”, Agricultura y Sociedad, 72, pp. 167-204.
93 ÁLVAREZ, J.T. (1981), Restauración y prensa de masas: los engranajes de un sistema (1875-1883), Pamplona, Universidad de Navarra.
94 DELGADO, L. (2002), “América como estímulo: regeneración nacional y tierra de oportunidades”, en GARCÍA SANZ, F., ed, España e Italia en la Europa Contemporánea: desde finales del siglo XIX a las dictaduras, Madrid, CSIC, pp. 455-476.
95 JOVER, J.M. (1986), “La percepción española de los conflictos europeos: notas históricas para su entendimiento”, Revista de Occidente, 57, pp. 5-42.
96 CONDE, M.L. (1988), “Fuentes documentales de la administración central: el Archivo General de la Administración”, Studia Historica. Historia Contemporánea, 6, pp. 157-168.
97 El AMAE ha dejado de existir en la actualidad. Después de un acuerdo secreto del Consejo de Ministros en 2010, el Ministerio de Asuntos Exteriores prohibió el acceso a la mayor parte de su documentación desde el otoño de 2011. En septiembre de 2012, el Ministerio de Asuntos Exteriores decidió resolver las numerosas quejas de los investigadores sobre su funcionamiento transfiriendo toda la documentación anterior a 1980 al Archivo Histórico Nacional (AHN) y al AGA. La documentación en el AHN, que abarca desde el siglo XVI hasta 1931, es accesible desde abril de 2014, pero la del AGA sigue estando clausurada. Por suerte, la mayoría de los documentos de interés para este trabajo depositados en el AMAE pudieron ser consultados antes del otoño de 2011. Respecto a este asunto, cfr. “Exteriores blinda todos sus documentos”, El País, 4-VI-2012; “Los secretos de Exteriores”, El País, 8-VI-2012; SANZ, C., “Documentación histórica”, El País, 15-V-2013; “Archivos históricos a cal y canto”, El País, 15-VII-2013; NIÑO, A. & SANZ, C. (2012), “Los archivos, la intimidad de las personas y los secretos de Estado”, Cuadernos de Historia Contemporánea, 34, pp. 309-342; PEREIRA, J.C. & SANZ, C. (2015), “«Todo secreto». Acuerdos secretos, transparencia y acceso a los documentos históricos de Asuntos Exteriores y Defensa”, Ayer, 97 (1), pp. 243-257.
98 Hasta el estallido de la Guerra Civil norteamericana, el Consulado General de España en Estados Unidos estaba en Nueva Orleans, pero después de 1865 Nueva York ocupó su puesto.
99 Habitualmente, el Ministerio de la Guerra prefería no conservar la documentación de los agregados militares en los Estados Unidos y, en consecuencia, la mayoría ha desaparecido. Es probable que el Ministerio de Marina aplicase el mismo criterio con los agregados navales.
100 http://uwdc.library.wisc.edu/collections/FRUS.
101 MALLOY, W.M. et al. (1910), Treaties, Conventions, International Acts, Protocols, and Agreements between the United States of America and Other Powers, Washington, DC, Government Printing Office.
102 http://www.presidency.ucsb.edu/index.php.
103 http://bioguide.congress.gov/biosearch/biosearch.asp.
104 http://history.state.gov/.
105 http://www.boe.es/buscar/gazeta.php.
106 CANTILLO, A. (1843), Tratados, Convenios y Declaraciones de Paz y de Comercio que han hecho con las potencias extranjeras los monarcas españoles de la Casa de Borbón desde el año 1700 hasta el día, Madrid, Imprenta de Alegría y Charlain; JANER, F. (1869), Tratados de España. Documentos Internaciones del reinado de doña Isabel II, desde 1842 a 1868, Madrid, Miguel Ginesta; OLIVART, Marqués de (1890-1906), Colección de los Tratados, Convenios y Documentos internacionales celebrados por nuestros Gobiernos con los Estados extranjeros desde el reinado de doña Isabel II hasta nuestros días, Madrid, El Progreso Editorial, 13 vols.
Años de incertidumbre
(1865-1877)
La política internacional se desestabilizó profundamente después de las revoluciones de 1848. Pero la relación bilateral se vió mucho más afectada por el estallido de la Guerra Civil norteamericana (1861-1865). Aprovechando el conflicto doméstico en los Estados Unidos, España se sumó a la política intervencionista en el continente del Segundo Imperio francés con resultados contraproducentes.
La victoria de la Unión en la Guerra Civil norteamericana, la sustitución del Segundo Imperio por la Tercera República francesa y la nueva hegemonía continental del Segundo Reich alemán a partir de 1871 dejaron a España en una situación muy vulnerable. Sin embargo, durante el decenio siguiente los Estados Unidos se conformaron con reafirmar los principios de la Doctrina Monroe: impedir la intervención de las potencias europeas en el continente americano y evitar comprometerse en los conflictos europeos.
La inacción de los Estados Unidos
La victoria de la Unión en la Guerra Civil norteamericana hizo temer a todas las potencias europeas el inicio de la expansión internacional de los Estados Unidos1. En su lugar, Washington se limitó a defender o aumentar su influencia en sus áreas de acción tradicionales: América Latina y el Pacífico. No parece casual que el presidente Johnson afirmase expresamente la vigencia de la Doctrina Monroe pocos meses después de acabar la guerra2.

Andrew Johnson
Fuente: NARA
La deuda generada por el conflicto y los problemas de la Reconstrucción de los Estados del Sur fueron un obstáculo insuperable para cualquier iniciativa expansionista hasta los años ochenta del siglo XIX. En vez de eso, la administración Johnson (1865-1869) concentró su atención en los problemas pendientes con México y Gran Bretaña. México había sido ocupado por las tropas francesas desde 1862 con el objetivo de imponer un protectorado con un monarca títere al frente, el archiduque Maximiliano de Habsburgo. Sin embargo, el gobierno republicano depuesto, presidido por Benito Juárez, había conseguido resistir en el norte del país con apoyo norteamericano. A partir de 1865, Washington presionó a Francia para que retirase sus tropas de México. Sin embargo, la administración rechazó la tentación de intervenir militarmente y se contentó con presionar diplomáticamente a Francia hasta que Napoleón III anunció la retirada de sus tropas en 18663.
Los problemas con Gran Bretaña no se resolverían hasta la llegada de la administración Grant. Washington responsabilizaba al gobierno británico de haber prolongado la Guerra Civil por su apoyo indirecto a la Confederación y reclamaba una indemnización económica por los daños directos causados por barcos confederados construidos en puertos británicos, como el emblemático C.S.S. Alabama. El poderoso chairman del Comité de Relaciones Exteriores del Senado, Charles Sumner, llegó a sugerir la anexión de Canadá como compensación y nacionalistas irlandeses establecidos en los Estados Unidos lanzaron varias expediciones infructuosas sobre el dominio británico, pero la resolución del conflicto siguió empantanada.
Los objetivos diplomáticos de William H. Seward, secretario de Estado bajo Lincoln y Jonnson (1861-1869), eran inicialmente mucho más ambiciosos: incluían tratados de comercio con países como Hawai’i y la adquisición de territorios estratégicos en el Caribe como las Islas Vírgenes. Pero la creciente oposición del Congreso a la política doméstica de la administración Johnson obstaculizó casi todas sus iniciativas en el exterior, con la excepción de la adquisición de Alaska a Rusia en 18674.
Después de las elecciones del otoño de 1866, el Partido Republicano aumentó su abrumadora mayoría en ambas cámaras del Congreso. Una vez que sus líderes se convencieron de que el presidente Johnson ejercía una obstrucción sistemática del programa legislativo de la Reconstrucción, trataron de procesarlo. Aunque el procesamiento del presidente no prosperó en el Senado, los líderes republicanos paralizaron sistemáticamente todas las iniciativas de la administración en el exterior, denegando tanto la ratificación de tratados como la autorización de gastos5.
La acción exterior de la administración Grant (1869-1877) también encontró obstáculos insuperables en el Congreso 6. Pero su principal problema fue la coexistencia durante varios años de una diplomacia presidencial al margen del Departamento de Estado. No obstante, después de la derrota en el Congreso de la principal iniciativa diplomática de la Casa Blanca —la anexión de Santo Domingo—, el presidente intervino cada vez menos en política exterior. Después de la reelección de Grant en 1872, su secretario de Estado, Hamilton Fish, dirigió sin oposición la diplomacia norteamericana.

Ulysses S. Grant
Fuente: NARA
La administración se enfrentó a lo largo de su mandato a la Guerra de los Diez Años en Cuba (1868-1878), pero ese no sería su único quebradero de cabeza7. Fish abandonó los planes más ambiciosos de Seward y se concentró en resolver los litigios pendientes y aumentar la influencia norteamericana en sus áreas de acción tradicionales. Pero los escándalos de corrupción y la depresión económica de 1873 disminuyeron considerablemente su autoridad. A pesar de sus esfuerzos, el ejecutivo republicano sólo cosecharía dos victorias diplomáticas rotundas durante sus ocho años de gobierno: la resolución de las reclamaciones contra Gran Bretaña mediante el Tratado de Washington de 1871; y la ratificación de un tratado de reciprocidad comercial con Hawai’i que estrechó decisivamente las relaciones con el archipiélago en 18758.

Hamilton Fish
Fuente: NARA
La descalificación internacional de España
Después de la victoria de la Unión en la Guerra Civil norteamericana, la política exterior española en América quedó a la deriva. Los últimos gobiernos isabelinos tuvieron que revertir su política de intervención en América Latina y concentrarse en la protección de las colonias del Caribe9.
La Revolución Gloriosa de 1868 daría comienzo a un proceso de descalificación internacional de España en Europa10. Al mismo tiempo que la Revolución triunfaba en la Península, en Cuba estallaba una insurrección independentista que daría lugar a la Guerra de los Diez Años (1868-1878). Este conflicto condicionaría las relaciones con los Estados Unidos hasta la Restauración: durante una década, las tropas españolas en la Gran Antilla combatieron a los insurgentes cubanos, que recibían armas y efectivos desde los Estados Unidos y otras naciones de la cuenca del Caribe, en una extenuante guerra de guerrillas11.
El ambiguo rol de España en el estallido de la Guerra Franco-Prusiana (1870-1871) y su neutralidad durante el conflicto marginaron a la nueva monarquía de Amadeo I (1870-1873) en la política europea. No obstante, la evolución posterior de su política exterior sigue sin conocerse bien12. En América Latina, el nuevo régimen consiguió restablecer las relaciones diplomáticas con México y reducir el apoyo mexicano a los insurgentes cubanos antes de que Amadeo I abdicase13. Sin embargo, los regímenes que le sucedieron sólo tendrían tiempo de pensar en su supervivencia. La Primera República —proclamada después de la abdicación de Amadeo I en febrero de 1873— nunca fue reconocida por las monarquías europeas. El régimen republicano naufragaría en menos de un año, lastrado por la división republicana, el estallido de una guerra carlista en el norte y una insurrección cantonal en el sur14.
En enero de 1874, el golpe de Estado del general Pavía estableció una dictadura con el general Serrano al frente que tampoco llegaría al año de existencia. El nuevo régimen fue incapaz de acabar con la guerra carlista en el norte de la Península y vio deteriorarse su situación en Cuba, aunque disfrutó de un reconocimiento internacional del que habían carecido sus predecesores. En última instancia, el constante deterioro militar convenció a los generales monárquicos de acabar con el experimento: en diciembre de 1874, el general Martínez-Campos proclamó rey a Alfonso de Borbón, hijo de Isabel II15.
Aunque su perfil conservador le garantizó un amplio reconocimiento internacional, la Restauración encontró muchos obstáculos para no sucumbir como los regímenes que le habían precedido. El hombre fuerte de la nueva monarquía, Antonio Cánovas del Castillo, llegaría a coquetear con una intervención europea para acabar con la guerra carlista en la primavera de 187516. El nuevo régimen también tropezó con la oposición de la Santa Sede cuando concedió la tolerancia a los cultos no católicos en la Constitución de 187617. Pero tras la derrota de los carlistas ese mismo año y el consiguiente desembarco de refuerzos en Cuba, la Restauración se convirtió en el primer régimen español en seis años que pudo empezar a pensar en algo más que su inmediata supervivencia.
Las percepciones entre España y los Estados Unidos
La imagen de España en los Estados Unidos
Las fuentes de información sobre España en los Estados Unidos empezaron a mejorar después de la Guerra Civil norteamericana. El personal diplomático siguió siendo reclutado por motivos políticos pero, por primera vez, algunos de sus miembros publicaron testimonios sobre sus experiencias en la Península. Por su parte, la generalización de los viajes transatlánticos incrementó el interés en España18. Cada vez más viajeros norteamericanos empezaron a desviarse de la ruta principal (Gran Bretaña, Alemania, Francia) para visitar la Península, atraídos por el exotismo del país.
John Hay, secretario de la Legación entre 1869 y 1870, publicó en 1871 un ensayo sobre su experiencia española que se reeditaría durante décadas19. Castilian Days estableció el modelo a seguir por todos los libros de viajes sobre España, incluyendo entre sus características la censura de costumbres españolas pintorescas como la tauromaquia, la admiración por la cultura española del pasado y la esperanza en el futuro republicano de España20.
Esa esperanza nació en 1868. Hasta ese momento, las percepciones sobre España en los Estados Unidos sólo se habían basado en la leyenda negra y en las imágenes construidas por una serie de intelectuales interesados en España: Washington Irving, William H. Prescott, Henry W. Longfellow, George Ticknor, Mary Mann o Caleb Cushing. Estos hispanófilos admiraban la cultura española del pasado, pero su juicio sobre la situación contemporánea era completamente condenatorio: España era un país en un proceso de decadencia irremediable21. Ningún acontecimiento alteraría tanto esas imágenes de España como la Revolución Gloriosa. El destronamiento de la monarquía de Isabel II y el establecimiento de un régimen democrático reavivaron el interés por el presente español y convirtieron a algunas figuras contemporáneas en mitos a la altura de los héroes literarios del pasado.
Por supuesto, no desapareció el interés por los elementos exóticos de España, desde la monarquía22 a las corridas de toros23. La visión romántica de la historia española siguió gozando del favor del público24. Pero los intelectuales de la Costa Este al frente de las principales publicaciones norteamericanas dedicaron cada vez más espacio a la nueva España que estaba emergiendo25. La libertad de cultos instaurada por los gobiernos revolucionarios fue quizás la reforma más celebrada debido a los prejuicios anticatólicos de la Leyenda Negra.
Entre las figuras españolas, el líder republicano Emilio Castelar alcanzó una estatura mítica tanto por su oratoria como por sus ideas políticas antes incluso del establecimiento de la Primera República. En 1870 se le propuso hacer una gira literaria en los Estados Unidos, que Castelar no aceptó26. En 1871, la editorial Harper & Brothers —la misma responsable de The Romance of Spanish History—le ofreció colaborar en su revista con una serie de artículos sobre el republicanismo en Europa. Esta vez, Castelar no rechazó la oferta27. Entre 1872 y 1875, Castelar publicaría sus reflexiones en Harper’s Monthly28. Durante esos años, todos los viajeros norteamericanos en España se preciarían de conocer al tribuno republicano, y la dictadura de Serrano llegaría a aprovechar su popularidad para nombrarle al frente de la comisión española en la Exposición Universal de Filadelfia29.
La imagen de los Estados Unidos en España
Las fuentes de información sobre los Estados Unidos en España también mejoraron después de la Guerra Civil norteamericana. El personal diplomático en los Estados Unidos siguió formado por funcionarios de procedencia aristocrática con fuertes prejuicios antiamericanos, pero la victoria de la Unión disparó la influencia cultural de los Estados Unidos como República modelo de los progresistas españoles30.
La figura de Lincoln se convirtió en un icono republicano inmediatamente después de su asesinato: fue cantado, entre otros, por la escritora Carolina Coronado —esposa de Horatio J. Perry, secretario de la Legación de Estados
Unidos entre 1854 y 1867—31. A su vez, la abolición de la esclavitud en los Estados Unidos impulsó el desarrollo del movimiento abolicionista español32. Rafael María de Labra, uno de los principales miembros de la Asociación Abolicionista Española, utilizó repetidamente el ejemplo de los Estados Unidos como propaganda para su causa33.
Pero sería después de la Revolución de 1868 cuando se multiplicaría la influencia cultural norteamericana, ya que todos los gobiernos revolucionarios expresaron, con más o menos intensidad, su afinidad ideológica con los Estados Unidos. La Constitución española de 1869 incluso copiaría literalmente partes de la Constitución de los Estados Unidos34. La nueva demanda de información aumentó la traducción de textos políticos sobre la república norteamericana, empezando por la propia Constitución35.
Aprovechando la nueva libertad de cultos, en 1871 llegó a España una pareja de misioneros congregacionalistas. El matrimonio Gulick se instaló en Santander para hacer proselitismo protestante. Con el paso del tiempo, los Gulick fundaron un duradero internado femenino —que se convertiría en el actual Instituto Internacional— y establecieron estrechos lazos con los institucionistas españoles36.
Los diplomáticos españoles también empezaron a difundir su visión de los Estados Unidos. Antes de 1868, los gobiernos españoles ya publicaban ocasionalmente en la Gaceta de Madrid las memorias comerciales enviadas por los cónsules en los Estados Unidos, pero su frecuencia se multiplicó después de la Revolución. Estas memorias consulares rara vez se limitaban a la información económica, y a menudo incluían análisis políticos e incluso sociales. En la mayoría de los casos, se transmitía una imagen muy positiva de los Estados Unidos. No sólo se admiraba la rapidez de la recuperación económica de posguerra, sino que se elogiaba su modelo político. Para Carlos Pié, cónsul en Nueva Orleans, los Estados Unidos eran “un país modelo de libertades”37. El cónsul en Filadelfia, Ricardo A. Palominos, se entretenía en la descripción de la ciudad donde se “expidió la memorable declaración de Independencia, Palladium de las libertades nacionales, como orgullosamente dicen los americanos” 38. El cónsul en Portland, Tomás Lozano, sería el que manifestaría más expresivamente su admiración por los Estados Unidos: “Este pueblo, Excmo Sr, que tanto y nunca bastante merece ser elogiado”; “Esta República, cuyos ciudadanos e instituciones tengo por excelentes”39.
Pero los prejuicios antiamericanos no desaparecieron dentro del cuerpo diplomático. De hecho, aumentaron con la llegada de la Restauración. El cónsul de España en Boston, Miguel Suárez —que jugaría un papel cada vez más relevante en las relaciones bilaterales—, no dudó en avisar al nuevo régimen de la creciente amenaza norteamericana contra Cuba y Puerto Rico: “siendo cada vez más grande la ambición que de estas gentes se apodera buscando ensanche al comercio, no es difícil explicar la mira más latente cada día hacia aquellas ricas islas”40. Después de 1875, dejaron de publicarse memorias comerciales sobre los Estados Unidos en la Gaceta de Madrid.
Uno de los principales publicistas antiamericanos desde los años cuarenta, José Ferrer de Couto, siguió en activo hasta su muerte en 187741. Irónicamente, Ferrer de Couto se convirtió en el director del diario El Cronista de Nueva York — subvencionado por el gobierno español— desde 1866, aprovechando esta plataforma para criticar repetidamente al gobierno norteamericano.
A pesar de su creciente impopularidad entre la colonia española de Nueva York, Ferrer de Couto conservó un gran prestigio en Madrid hasta su muerte. Sus artículos se reprodujeron frecuentemente en La Época y el propio Ferrer visitó varias veces la capital española para difundir sus puntos de vista contrarios a cualquier acercamiento bilateral42. Ferrer de Couto incluso aprovechó la crisis generada por la iniciativa multilateral de noviembre de 1875 para elevar hasta el extremo sus ataques contra los Estados Unidos. En ese momento, la administración Grant exigió que el gobierno español mandase a Ferrer lejos de Nueva York y dejase de subvencionar El Cronista. Las autoridades españolas decidieron complacer a Washington para reducir las tensiones bilaterales y se deshicieron de Ferrer: El Cronista perdió su subvención y fue adquirido por Las Novedades — también financiado por las autoridades españolas, pero cuya línea editorial era más abierta— después de la muerte de Ferrer en 187743. No obstante, las admoniciones del periodista español contra cualquier acercamiento bilateral dejaron una duradera huella en España44.
Las relaciones bilaterales hasta 1868
La monarquía de Isabel II tenía tres conflictos latentes con los Estados Unidos en la primavera de 1865. En primer lugar, España temía por los importantes territorios coloniales que todavía poseía, contiguos a la costa estadounidense: las islas de Cuba y Puerto Rico y una multitud de islotes deshabitados. Cuba era con diferencia la colonia española más valiosa por su extensión, población y riqueza. Antes de la Guerra Civil estadounidense había sido objeto de varias ofertas de compra y amenazas de anexión forzosa por parte de los gobiernos norteamericanos45. Por su naturaleza de colonia esclavista, su adquisición hubiera reforzado el poder del Sur dentro de la Unión. Sin embargo, después de 1861 las administraciones republicanas de Lincoln y Johnson abandonaron todo interés político en la adquisición de la isla de Cuba. El gobierno de la Unión, de acuerdo con la Doctrina Monroe, no cuestionaría la soberanía española sobre la Gran Antilla mientras la población cubana no manifestase sus deseos de emancipación. Esa política no cambiaría sustancialmente durante los siguientes treinta y tres años.
El segundo problema bilateral al acabar la guerra era la ocupación española de Santo Domingo desde 186146. Pero el anuncio del abandono inmediato de la isla caribeña en enero de 1865 desactivó en gran medida la irritación de los Estados Unidos. Por último, desde 1864, España estaba envuelta en una guerra de bajo nivel con Bolivia, Chile, Ecuador y Perú que molestaba mucho a la diplomacia estadounidense47. En los Estados Unidos se responsabilizaba a España del conflicto y se temía que fuese una nueva excusa para intervenir políticamente en el continente48. En el peor de los casos, podía llevar a la intervención de otras potencias europeas, como Francia y Gran Bretaña. Washington se esforzó por ofrecer su mediación para terminar con el conflicto, pero sobre todo para evitar la interferencia de las potencias europeas49. Los gobiernos isabelinos, sin embargo, rechazaron toda intervención exterior 50. No obstante, el enfrentamiento entre España y las repúblicas aliadas del Pacífico perdió su intensidad desde que ambos bandos cesaron los combates en 1866. Si bien España y las repúblicas del Pacífico continuaron en estado de guerra técnica hasta 1871, los enfrentamientos no volvieron a reanudarse.
Tradicionalmente, se ha interpretado que la Guerra Civil norteamericana habría supuesto un mero paréntesis en la relación bilateral y que el final del conflicto en los Estados Unidos devolvió la relación bilateral a la situación previa a 186151. Pero lo cierto es que la elección de Abraham Lincoln como presidente de los Estados Unidos y el estallido de la Guerra Civil supusieron un antes y un después en las relaciones hispano-norteamericanas.
Los cambios producidos no se deshicieron en la posguerra, aunque la retórica grandilocuente de William H. Seward pudiera hacer pensar lo contrario. Es común mencionar los planes del secretario de Estado para comprar la isla de Cuba, pero la evidencia al respecto es muy endeble52: el viaje “por motivos de salud” que el secretario de Estado emprendió al Caribe –con escala en Cuba– en enero de 1866 es la única prueba circunstancial de su interés estratégico en la Gran Antilla53, puesto que no se ha encontrado ninguna documentación que pruebe la existencia de esos planes 54. La única oferta documentada que Seward planteó al gobierno español fue la adquisición de dos diminutas islas inhabitadas, Culebra y Culebrita, cerca de la costa de Cuba. España ignoró esa oferta sin que las relaciones bilaterales se resintieran55.
No obstante, el gabinete de Ramón María Narváez, duque de Valencia (16-IX-1864/21-VI-1865), era muy consciente del peligro para la soberanía española sobre la Isla si la victoria de la Unión en la Guerra Civil norteamericana se traducía en la resurrección de su política prebélica. Los Estados Unidos, una vez resuelta su división interior, eran una potencia más amenazante que nunca debido a la magnitud de sus recursos materiales.
Por esas razones, el gobierno español buscó garantías concretas por parte del encargado de negocios de los Estados Unidos en Madrid, Horatio J. Perry, desde principios de 1865. Por su parte, el diplomático estadounidense aseguró al presidente del Consejo de Ministros que los Estados Unidos no estaban interesados en la anexión de la isla de Cuba. Lo que le interesaba a los norteamericanos era la expansión de sus intereses económicos en las Antillas españolas, una cuestión que se convertiría en el principal problema bilateral durante las tres décadas siguientes. En segundo lugar, los Estados Unidos estaban interesados en que se verificase lo antes posible la retirada española de Santo Domingo:
We desire intimate commercial relations with those islands, but political relations none at all. Whilst the Spanish rule should be continued in those islands we should never call in question or go to war to destroy it, but we should go to war with Spain against France or England, if it were necessary to prevent either of those powers from taking possession of Cuba or Porto Rico.
The Duke has promised me to get out of San Domingo as fast as he can, and there is no doubt at all that he will do it, if he can hold power here long enough56.
El último gobierno de la Unión Liberal, con Leopoldo O’Donnell al frente (21-VI-1865/10-VII-1866), quiso evitar nuevos roces bilaterales, acelerando la retirada de las últimas tropas españolas de Santo Domingo. Por su parte, su joven ministro de Ultramar, Antonio Cánovas del Castillo, se apresuró a elaborar una legislación que reprimiese efectivamente la trata de esclavos en las Antillas. Tanto O’Donnell como Cánovas eran conscientes del peligro de irritar a los norteamericanos. La República que había librado una Guerra Civil para abolir la esclavitud del territorio de la Unión no quería seguir tolerando el florecimiento del tráfico de esclavos delante de sus costas57.
Pero con la caída de O’Donnell y de la Unión Liberal en el verano de 1866, la política isabelina perdió el rumbo tanto en el interior como en el exterior. El retorno de Narváez a la presidencia del Consejo (10-VII-1866/23-IV-1868) no supuso ningún progreso en las relaciones hispano-norteamericanas. El último gobierno de Isabel II, presidido por Luis González-Bravo (23-IV-1868/19-IX-1868), tampoco mejoró la situación.
La administración Johnson trató de ofrecer su mediación en el conflicto entre España y las repúblicas aliadas del Pacífico una vez cesaron las hostilidades en 1866, pero los gobiernos de Narváez y González-Bravo rechazaron repetidamente los buenos oficios estadounidenses. Los últimos gobiernos isabelinos fueron incapaces de abandonar su propia retórica hispanoamericanista y consideraron la mediación estadounidense como una injerencia en las relaciones especiales entre la madre patria y las repúblicas emancipadas. A pesar de la creciente irrelevancia del conflicto, los Estados Unidos estaban muy interesados en evitar la persistencia indefinida de un estado de guerra entre países del Viejo y del Nuevo Mundo58.
Las relaciones hispano-norteamericanas también se deterioraron como consecuencia del conflicto entre la administración Johnson y el Congreso. A las dificultades en Washington se unió el creciente caos en la Legación en Madrid debido al conflicto personal entre el ministro John P. Hale y el secretario Horatio Perry desde 1866. La disputa entre ambos se manifestó abiertamente en la correspondencia con Washington, donde se cruzaron acusaciones mutuas de deslealtad en la representación de los intereses de los Estados Unidos 59. Finalmente, el Departamento de Estado decidió deshacerse de Perry en 1867.
La administración Grant y la cuestión de Cuba
Durante la administración Grant, la diplomacia bilateral fue conducida por los representantes estadounidenses en Madrid, el general Daniel E. Sickles (29-VII-1869/6-I-1874) y Caleb Cushing (20-V-1874/11-VI-1877). Pero tan importantes –e incluso más en ciertas ocasiones– que los representantes oficiales fueron los secretarios de Legación, John Hay (1869-1870) y, sobre todo, Alvey A. Adee (1870-1877)60. Si bien dichos funcionarios tenían sobre el papel una función burocrática dentro del servicio exterior de los Estados Unidos, la escasa profesionalidad o aptitud de los jefes de misión en España les obligó a ejercer funciones políticas extraoficiales61.
Sickles representó a los Estados Unidos durante uno de los periodos más convulsos de la relación bilateral. No pudo ser una elección más desafortunada. Como era habitual en el servicio exterior norteamericano, Sickles no tenía ningún tipo de formación diplomática o jurídica. Su nombramiento respondió a los criterios no profesionales frecuentes en la época, pero especialmente extendidos durante la administración Grant 62. En Madrid, Sickles se extralimitó frecuentemente en sus funciones para intervenir en la política española apoyando a los republicanos. Justificó sus acciones ante Washington argumentando que una república en España satisfaría mejor las demandas estadounidenses debido a la afinidad política entre ambos países63.
A menudo, Sickles se sintió autorizado a ir más allá de las instrucciones del secretario de Estado gracias a la protección personal del presidente. Sin embargo, su trabajo nunca dejaría de ser errático debido al desinterés por su misión, manifestado en sus frecuentes ausencias de la capital. Debido a su escaso conocimiento de la realidad española, Sickles tuvo que apoyarse frecuentemente en Hay y Adee. Adee sustituyó a su superior en sus frecuentes ausencias y consiguió imponer cierta coherencia en la acción diplomática de la Legación. No obstante, Sickles nunca dejó de ser una figura perturbadora en las relaciones bilaterales.
Las autoridades españolas no concedieron entera credibilidad al general Sickles porque percibieron su escasa influencia en las decisiones de Washington. Los gobiernos españoles eran muy conscientes de que los Estados Unidos no tenían intención de respaldar mediante la fuerza sus periódicas amenazas ante los excesos españoles en su lucha contra los insurgentes64. Sin embargo, la agresividad de Sickles supuso un grave obstáculo para mantener una comunicación cordial entre ambos gobiernos.
Caleb Cushing, el sucesor de Sickles a partir de 1874, tampoco era un diplomático profesional, pero sí un conocido hispanófilo: había visitado España en su juventud y escrito sobre su experiencia65. Además, a diferencia de Sickles, Cushing contó con la plena confianza de Fish. Durante su larga misión en España, Cushing elaboró amplios análisis sobre la situación en la Península y en las colonias, contribuyendo decisivamente a modificar la hostilidad inicial de Washington hacia la Restauración.
Las negociaciones sobre Cuba
En un principio, ni Grant ni Fish tenían intención de alterar la política de Johnson y Seward hacia España. Pero los acontecimientos en la isla de Cuba alteraron ese curso de acción desde la misma primavera de 1869. Para entonces, el avance de la insurrección independentista que había estallado en el este de la Isla en octubre de 1868 ya era considerable.
El movimiento independentista cubano contaba con las simpatías de muchos legisladores y de gran parte de la opinión pública norteamericana. Pero lo más importante era que la extraordinaria política represiva de España estaba empezando a dañar los intereses económicos estadounidenses y a afectar personalmente a norteamericanos residentes en la Isla.
La administración Grant, deseosa de ver desaparecer otra potencia europea del Nuevo Mundo, llegó a la conclusión de que el dominio de España en Cuba era dañino para los intereses de los Estados Unidos. A partir de ese momento, el ejecutivo estadounidense entendió que la solución del conflicto cubano sólo podía llegar con el final del dominio español en la Gran Antilla. Pero Washington no llegó a desarrollar ninguna política consistente para obtener este resultado por temor a desencadenar una guerra con España.
No obstante, el rápido deterioro de la situación llevó a la administración Grant a ofrecer su mediación en el verano de 1869. El proceso de negociaciones, conducido por Hamilton Fish, es relativamente bien conocido66. El gobierno Prim (18-VI-1869/4-I-1871) entró en conversaciones con los Estados Unidos para conceder la independencia a la Isla a cambio de una indemnización monetaria por parte de las futuras autoridades cubanas, indemnización que sería garantizada por el gobierno norteamericano67. Las negociaciones, sin embargo, acabaron rompiéndose debido al rechazo español a la exigencia norteamericana de declarar un alto el fuego inmediato en el combate con los independentistas cubanos como paso previo para llegar a un acuerdo68.
Tras el fracaso de las negociaciones, en el Congreso de los Estados Unidos aumentó la presión para reconocer a los rebeldes. Lo único que evitó que el presidente se aviniese a los deseos del legislativo y decidiese otorgar el estado de beligerancia a los insurgentes cubanos fue la oposición de Hamilton Fish, que amenazó con dimitir como secretario de Estado. En última instancia, Grant no estuvo dispuesto a perder al conductor de su política exterior y rechazó públicamente, en su mensaje especial del 13 de junio de 1870, las peticiones de reconocimiento de beligerancia de los rebeldes cubanos69.
Después de ese breve periodo de tensión, la relación bilateral entró en un letargo irregular hasta la crisis del Virginius. Debido al estancamiento de los combates en la Isla, Hamilton Fish entendió que Cuba había dejado de ser una prioridad para la política exterior norteamericana.
La abolición de la esclavitud en las Antillas
Aunque la abolición de la esclavitud en Cuba nunca fuese una prioridad en Washington, no por ello cejaría Sickles en sus deseos de convertir esa cuestión en el principal objetivo de su misión70. Después de que su estrategia de canalizar las demandas de los abolicionistas españoles no diese ningún fruto71, Sickles decidió actuar sin el apoyo de Washington para lograr la emancipación de los esclavos antillanos por su cuenta.
El diplomático norteamericano utilizó su influencia personal entre los líderes radicales y republicanos para tratar de acelerar el proceso abolicionista desencadenado por la Revolución de Septiembre y la Guerra de los Diez Años en Cuba. Y cuando en el verano de 1872 el rey Amadeo I otorgó su confianza a un gobierno radical encabezado por Manuel Ruiz Zorrilla (13-VI-1872/11-II-1873), Sickles interpretó la alternancia política como una ventana de oportunidad para llevar a cabo la abolición inmediata de la esclavitud72.
Desde el principio, el gobierno Ruiz Zorrilla se mostró más receptivo a las demandas estadounidenses en Cuba. El gabinete radical tenía un ambicioso programa de reformas que incluía implantar en las Antillas los derechos y libertades que había prometido la Revolución de Septiembre. Entre otras cosas, las reformas en Cuba y Puerto Rico tenían como objetivo evitar una intervención de los Estados Unidos que acabase con la soberanía española en las Antillas73.
Sin embargo, la fortaleza de los intereses opuestos a las reformas en Cuba era tal, que el gobierno radical no vio otra salida que sugerir confidencialmente a Sickles que el presidente de los Estados Unidos ofreciese sus buenos oficios para negociar la rendición de los insurgentes cubanos a cambio de reformas políticas y sociales en Cuba. Probablemente, el gobierno Ruiz Zorrilla calculaba que las reformas en Cuba serían mucho más aceptables si se convertían en el precio a pagar por la pacficación de la Isla.
Aunque en ningún momento recibió instrucciones de Washington al respecto, Sickles dejó la puerta abierta a esa mediación al contestar que el gobierno de los Estados Unidos no podría ofrecer sus buenos oficios mientras España no mostrase garantías tangibles de reformas en Cuba. En otras palabras, mientras no se comprometiese a abolir la esclavitud en la Isla:
I proceeded to indicate frankly some of the grounds for this belief, when Mr. Martos interrupted me […]. He said that, as I well know, the situation of Cuba was the most difficult of all the questions that embarrassed this Government […]. That to this end, speaking however for the moment unofficially, and confiding in the reserve which he must impose on the communication, he begged to ascertain, by an informal enquiry, whether the President would consent to exert his good offices for the purpose of endeavoring to restore peace in Cuba on the basis of reforms in its political, social and administrative system. I replied that I would report to you our conversation and suggested that an intimation of the particular reforms Spain was prepared to grant might promote the favorable reception of the overture. The Minister replied that they would certainly embraced municipal governments, a Provincial Legislature, and the gradual Abolition of Slavery within a brief term of years. That if the assurances were given to the insurgents by the President, accompanied by his advice and counsel, and should happily induce them to lay down their arms, Spain would at once proceed to the fulfillment of her promises74.
Motivado en parte por la necesidad de probar la sinceridad de sus intenciones para asegurar la mediación de Washington, en diciembre de 1872 el gobierno Ruiz Zorrilla presentó a las Cortes un proyecto de abolición inmediata de la esclavitud en Puerto Rico75. Aunque la influencia de los abolicionistas españoles en pro de la legislación fuese decisiva, parece que la presión diplomática de Sickles tampoco fue desdeñable. De hecho, el diplomático norteamericano no dudó en interpretar la medida como el primer paso para la emancipación de los esclavos cubanos76.
Sin embargo, la colaboración entre Sickles y el gobierno radical no llegó muy lejos. Como es sabido, la abdicación del rey Amadeo I el 11 de febrero de 1873 llevó a la proclamación inmediata de la República por parte de las Cortes, reunidas en Asamblea Nacional. Washington reconoció inmediatamente a la República, un movimiento que sólo sería imitado en Europa por la Confederación Helvética77. Entre otras exhibiciones públicas de apoyo, en Barcelona el Escuadrón de los Estados Unidos saludó públicamente al primer presidente republicano, Estanislao Figueras 78. Por su parte, Sickles, que se había mostrado partidario del establecimiento de la República desde el principio de su misión79, propuso elevar la Legación estadounidense en España al rango de Embajada80. Aunque el nuevo régimen no reanudó las conversaciones acerca de la posible mediación de Washington, el ministro de los Estados Unidos estaba convencido de que los republicanos acabarían con la esclavitud en Cuba sin necesidad de nuevas presiones. Asimismo, confiaba en que los nuevos gobernantes otorgarían la independencia, o al menos la autonomía política, a la Isla81.
Las nuevas autoridades agradecieron el apoyo a la República y procuraron fomentar las buenas relaciones con los Estados Unidos 82. Incluso llegaron a solicitar los buenos oficios del presidente Grant para negociar un tratado de paz definitivo con Chile y las repúblicas aliadas del Pacífico83. Sin embargo, ni se abolió la esclavitud en Cuba, ni se reformó el gobierno colonial.
Los gobiernos republicanos nunca consideraron que la abolición de la esclavitud en Cuba fuera una prioridad. Ciertamente, las nuevas autoridades no tuvieron más control sobre la Gran Antilla del que disfrutaron los gobiernos de Amadeo I: tanto las autoridades coloniales como el partido español eran hostiles al nuevo régimen republicano precisamente por sus propuestas abolicionistas84. Pero la principal razón del desinterés republicano en Cuba estuvo en la turbulencia política reinante en la Península.
La Primera República se enfrentó a un formidable doble conflicto interior que ocupó toda su atención: a la insurrección carlista que había estallado en el norte de la Península en 1872 se unió una rebelión cantonal en Andalucía y Levante a partir del verano de 1873. El desacuerdo sobre cómo sofocar ambos conflictos provocó la fragmentación progresiva del propio Partido Republicano Democrático Federal. En ese contexto, la abolición de la esclavitud en Cuba simplemente no encontró espacio entre las preocupaciones de los gobernantes republicanos. La caída de la República en enero de 1874, y el final de la misión de Sickles pocas semanas después, hicieron desaparecer definitivamente la abolición de la agenda bilateral85.
La protección de los intereses norteamericanos
Desde mediados de 1870, el principal interés del Departamento de Estado consistió en reducir los abusos españoles sobre los intereses estadounidenses en la Isla. Los Estados Unidos interpretaron desde el primer momento que la vigencia del artículo séptimo del Tratado de Amistad, Límites y Navegación (o Tratado de San Lorenzo) de 27 de octubre de 1795 –que otorgaba todas las garantías judiciales ordinarias a los súbditos norteamericanos en territorio español– se extendía a las colonias españolas de Ultramar86. España rechazó inicialmente esa interpretación, pero pronto se vio obligada a aceptarla en la práctica.
El principal obstáculo para que los gobiernos revolucionarios satisficiesen las demandas estadounidenses era la fragilidad de su control sobre las autoridades de la Isla de Cuba. Desde el comienzo de la insurrección la lealtad de las instituciones coloniales a los gobiernos revolucionarios de la Península había sido muy endeble. Esta insubordinación de baja intensidad fue posible debido a las dificultades de comunicación y transporte entre la Península y las Antillas.
En la práctica, las autoridades coloniales actuaban por su cuenta. Los gobiernos de Madrid se veían obligados a refrendar sus acciones a posteriori y tolerar que se incumpliesen sus órdenes en la Isla. La debilidad del Estado español en Ultramar se manifestaba con toda su crudeza en medio de una insurrección colonial que había estallado mientras se desarrollaba un dramático cambio de régimen en la Península.
La administración colonial funcionaba al servicio de la elite peninsular en las Antillas. Esta coalición de diferentes grupos sociales, conocida en la época como el partido español, estaba dirigida políticamente desde el Casino Español de La Habana. Extremadamente conservador, el partido español temía que el cambio de régimen pudiera poner en peligro el statu quo colonial del que se beneficiaba. El instrumento a través del que ejercía su control sobre las autoridades coloniales era la Real Orden de 28 de mayo de 1825 que otorgaba poderes extraordinarios al capitán general de Cuba. Como descubrían los referidos capitanes generales al llegar a la Isla, esos poderes extraordinarios sólo podían ejercerse con la anuencia de la elite peninsular. Llegado el caso, los Cuerpos de Voluntarios, milicia armada que no respondía ante nadie, eran capaces de deponer violentamente a cualquier autoridad nombrada por Madrid que actuase en contra de los intereses del partido español en Cuba87.
Por estas razones, no es sorprendente que los Estados Unidos tardaran más de dos años en obtener una respuesta de las autoridades españolas sobre las reclamaciones de ciudadanos estadounidenses afectados por la represión militar88. El principal punto de discusión entre ambos gobiernos era la ciudadanía de los reclamantes: la mayoría de ellos eran cubanos naturalizados como estadounidenses, en algunos casos de manera notoriamente irregular. España argumentaba que esos casos no podían discutirse por la vía diplomática porque los reclamantes no eran realmente súbditos norteamericanos, sino cubanos desleales que habían “comprado” su nacionalidad para blindar sus bienes y personas de la justicia española. Los Estados Unidos, por su parte, consideraban irrelevante si los norteamericanos que pedían la protección de su gobierno eran naturalizados o nativos porque se negaban a distinguir a sus ciudadanos en el exterior en función de su origen.
Ante la resistencia española, Washington terminó por ceder. En noviembre de 1870, Sickles propuso apartar todas las reclamaciones estadounidenses de la discusión diplomática mediante la creación de una comisión bilateral de arbitraje que resolviese todos los casos pendientes. Los ministros de Estado Práxedes Mateo-Sagasta (9-I-1870/27-XII-1870) y Cristino Martos (4-I-1871/24-VII-1871) aceptaron la proposición norteamericana y negociaron los términos con Sickles89.
A diferencia de otras comisiones internacionales, el principal obstáculo de la Comisión de Washington no residió en el carácter –final o no– de las resoluciones, sino en la cuantía de los gastos generados por la misma. Finalmente, el segundo gobierno de Francisco Serrano, duque de la Torre (4-I-1871/24-VII-1871), acabó aceptando las demandas de los Estados Unidos. Mediante el acuerdo bilateral del 11 de febrero de 1871, el gobierno español se comprometió a sostener todos los gastos que generase la comisión, así como a abonar las reclamaciones favorables que fallasen los árbitros una vez terminase su labor90.
Con una guerra en Cuba que no tenía un final a la vista, una comisión de arbitraje apartaba las molestas reclamaciones norteamericanas de la agenda inmediata del gobierno español y retrasaba el abono de las mismas en un momento en que la hacienda pública sufría la pérdida de los sobrantes de Ultramar. Asimismo, el acuerdo de febrero de 1871 removió temporalmente los problemas de interpretación del artículo séptimo del Tratado de San Lorenzo.
Sin embargo, los problemas resurgieron durante la Primera República. Ante la ausencia de avances en la cuestión de la abolición de la esclavitud, Sickles decidió priorizar la cuestión de los embargos de propiedades de ciudadanos norteamericanos en Cuba91. Si bien los casos de los ciudadanos estadounidenses cuya nacionalidad disputaba el gobierno español seguían siendo remitidos rutinariamente a la Comisión de Washington, el gobierno estadounidense denunciaba ahora que las autoridades coloniales, a través del Consejo Administrativo de Bienes Embargados, habían utilizado la persecución de posibles infidentes 92 en la Isla para expropiar valiosas propiedades de particulares norteamericanos, y que dichas propiedades habían sido adquiridas posteriormente por funcionarios españoles después de procesos irregulares de subasta93.
En respuesta a las demandas estadounidenses, el gobierno Pi y Margall (9-VI-1873/18-VII-1873) promulgó una medida sin precedentes: el Decreto de 12 de julio de 187394. Originalmente, el decreto no afectaba a las propiedades extranjeras, pero gracias a la presión de Sickles los efectos de la medida se extendieron a todos los residentes foráneos95. Aunque la República ya había aceptado oficialmente la vigencia en Cuba del artículo séptimo del Tratado de 1795, con este decreto el gobierno español iba más lejos que ninguno de sus antecesores al ordenar la devolución de todas las propiedades embargadas a súbditos extranjeros en la isla de Cuba96. Se desconocen las razones de la decisión, aunque no es descartable que los gobernantes republicanos estuviesen tratando de probar sus buenas intenciones en Cuba97.
Sin embargo, la oposición de la administración colonial impidió la publicación inmediata del decreto en La Habana y, por tanto, su ejecución. El gobierno Pi y Margall cayó seis días después de aprobar la medida, y el nuevo ejecutivo presidido por Nicolás Salmerón (18-VII-1873/7-IX-1873) fue desbordado por la insurrección cantonal98. En ese momento, las dimensiones del conflicto interno en España amenazaban con provocar una intervención europea para restaurar el orden en la Península99.
La satisfacción inicial de Sickles dio paso a una profunda decepción con la República100:
A Congress, with full powers, has been sitting for nearly four months, especially charged with the duty of dealing with the causes of no less than three civil wars that now afflict the Spanish dominions. The Carlist war is sustained by the priest-hood, and while the separation of Church and State has always been a dogma of the Republican party in Spain, the Church establishment still remains a dependency of the Commonwealth. The war of the Cantons is made by certain ultra partizans of a federal form of government; and although the Córtes declared, on the first day that body was organized, early in June last, that the form of the Republic was federal, all the public powers, without exception, are in the hands of the Executive at Madrid, as much so as in the time of Ferdinand the Seventh. The war in Cuba is a protest against the unqualified despotism which has for centuries oppressed that Island. The Republican party of Spain stood pledged to the abolition of slavery and the right of the people to a legitimate voice in their own self-government. No reform has been seriously begun in Cuba. To-day, the same as heretofore, the Captain General disposes as he pleases of the property, lives and rights of the inhabitants, and is not restrained in his authority by any order, decree or law of the Government at Madrid.
In a dispatch dated May 17th last, Nº 600, I expressed the fear that the republican movement in Spain, like other similar attempts at revolution which had preceded it, would be merely a superficial disturbance and end in giving new names to old abuses. And so it is […]. If this policy does not provoke a new and real revolution, it may end in a restoration of the monarchy101.
Sin embargo, bajo el gobierno presidido por Emilio Castelar (7-IX-1873/3-I-1874) se produjeron avances espectaculares en la protección de los intereses estadounidenses, si bien no sobrevivirían a la caída del régimen. El último gobierno republicano gozó de mayor estabilidad que sus antecesores gracias a la concesión de poderes extraordinarios por parte de las Cortes, pero inicialmente no prestó mucha atención a las demandas de los Estados Unidos102. Sólo cuando el jefe de misión estadounidense pudo desembarazarse del ministro de Estado, José Carvajal –poco favorable a acceder a las peticiones norteamericanas–, y tratar directamente con el presidente de la República, se obtuvieron resultados103. Gracias a la cercanía entre Castelar y Sickles, no sólo se publicó en noviembre en La Habana el Decreto del 12 de julio, sino que también se abolieron los poderes extraordinarios del capitán general de Cuba104.
En ese momento estalló la crisis del Virginius. Este litigio es el episodio más conocido de la relación bilateral antes de 1898, en parte debido a que se convirtió en el mayor ataque español a los intereses norteamericanos en Cuba. Por estas razones, los historiadores de ambos países le han dedicado una enorme atención, hasta el punto de ensombrecer el resto de la agenda bilateral. Pero en un primer momento ni las autoridades norteamericanas ni las españolas le dieron más importancia que a otros incidentes habituales en torno a las aguas de Cuba.
El Virginius era una embarcación de los insurgentes cubanos que utilizaba la bandera estadounidense para transportar tropas y pertrechos entre la Isla y los Estados Unidos desde 1870. El 30 de octubre de 1873, las fuerzas españolas la capturaron y enviaron a los prisioneros a Santiago de Cuba. Toda la tripulación — compuesta de cubanos, norteamericanos y británicos— fue rápidamente condenada a muerte. Las autoridades coloniales, plenamente conscientes de la nacionalidad de los prisioneros y deseosas de castigar ejemplarmente la supuesta ayuda encubierta de los Estados Unidos a los rebeldes cubanos, empezaron a ejecutar las sentencias inmediatamente. No se detuvieron hasta que fuerzas de la Royal Navy se situaron delante del puerto de Santiago el 8 de noviembre y amenazaron con bombardear la ciudad si no terminaba la carnicería. Para entonces, 53 prisioneros habían sido ejecutados, la gran mayoría de ellos norteamericanos.
Sólo cuando en Washington tuvieron información detallada del número de ciudadanos norteamericanos fusilados en Santiago de Cuba, se hizo evidente la gravedad de la crisis. El gobierno norteamericano exigió una satisfacción económica para los familiares de las víctimas y, sobre todo, la devolución de la embarcación capturada. Pero el gobierno de Madrid se encontró con muchos problemas para obligar a las autoridades coloniales a entregar el buque debido a la oposición abierta del partido español, dispuesto a ir a la guerra.
Las conversaciones tampoco avanzaron en Madrid debido a la posición agresiva de Sickles, igualmente partidario de una resolución bélica. Finalmente, el secretario de Estado estadounidense y el ministro español en Washington llegaron a un compromiso en diciembre por el cual España se comprometía a desembolsar una indemnización y a entregar temporalmente el Virginius a los Estados Unidos mientras se resolvía la cuestión de su bandera. Los problemas de España para desembolsar esa indemnización durante los años siguientes se sumaron a los demás litigios pendientes de resolución105.
Pero la seriedad de la crisis del Virginius no debe oscurecer el resto de los problemas bilaterales. Si bien este incidente fue extremadamente grave debido a que estuvo a punto de desencadenar una guerra entre España y los Estados Unidos, la crisis fue rápidamente contenida porque ninguna de las dos potencias contempló seriamente la acción armada. De hecho, el Departamento de Estado no alteró un ápice su política en relación con Cuba. La principal víctima de la crisis acabó siendo el propio Daniel E. Sickles, destituido por su agresivo belicismo.
El golpe de Estado del general Pavía, que acabó incruentamente con la Primera República el 3 de enero de 1874, no alteró seriamente las relaciones bilaterales. Para Washington, el régimen del general Serrano, surgido del golpe, fue una continuación de la República de 1873 a todos los efectos. Su reconocimiento diplomático se aceleró cuando el Departamento de Estado tuvo noticias de que las potencias europeas retrasaban esa acción para favorecer una restauración monárquica. El apoyo diplomático a un régimen que era a todos los efectos una dictadura —había nacido de un golpe militar y suspendido todas las garantías constitucionales— se consideraba preferible al triunfo de la reacción carlista o borbónica106.
A pesar de los buenos auspicios, los litigios que la Primera República no había tenido tiempo de solucionar siguieron sin resolverse e incluso se agudizaron. La dictadura de Serrano había nacido con el apoyo de los grupos coloniales y esto se tradujo en una escasa voluntad para proteger los intereses norteamericanos en Cuba107. Desde el principio, el gobierno presidido por el propio Serrano (3-I-1874/13-V-1874) enfrió la buena voluntad de los Estados Unidos negándose a cumplir dos de las condiciones del Protocolo de diciembre de 1873 que había puesto fin a la crisis del Virginius: el abono de las indemnizaciones prometidas a los familiares de los norteamericanos ejecutados en Santiago de Cuba y la persecución de los oficiales responsables de esas ejecuciones108. Pero el mayor problema bilateral siguió siendo el incumplimiento del Decreto del 12 de julio de 1873, una de las medidas que las autoridades coloniales y el partido español tenían más interés en revertir porque amenazaba el aumento de los patrimonios peninsulares que estaba acompañando a la Guerra de los Diez Años109.
Los gobiernos de Juan de Zavala, marqués de Sierra-Bullones (13-V-1874/29-VI-1874), y de Práxedes Mateo-Sagasta (29-VI-1874/31-XII-1874) trataron de sortear las protestas estadounidenses mediante la tradicional política dilatoria consistente en cuestionar la legitimidad de determinados casos individuales. Así, el gobierno español argumentó que la propiedad del cubano-norteamericano Fernández Criado había sido incautada, no embargada, y por tanto no era acreedora a los beneficios del Decreto de 12 de julio 110. El nuevo jefe de misión norteamericano, Caleb Cushing, que todavía estaba reconociendo la situación en España, decidió no ejercer demasiada presión sobre las autoridades de Madrid hasta que la dictadura de Serrano ofreciese pruebas de su estabilidad. El Departamento de Estado tampoco estaba convencido de que el nuevo régimen permaneciese mucho tiempo en el poder111.
La diplomacia estadounidense tenía razón al desconfiar de la permanencia de la dictadura de Serrano. El 29 de diciembre de 1874 el general Martínez-Campos se levantó en Sagunto reclamando el trono para Alfonso de Borbón, hijo de Isabel II, con el nombre de Alfonso XII. El pronunciamiento triunfó en pocos días debido al apoyo masivo de los principales mandos militares de la Península. El 31 de diciembre empezó a gobernar un ministerio-regencia presidido por Antonio Cánovas del Castillo. Había empezado la Restauración.
El acomodo de la Restauración
La restauración de la monarquía borbónica en España no fue exactamente un triunfo del tradicionalismo español. Pero la reacción inicial de Washington no resultó muy diferente a lo que hubiera ocurrido en ese caso. El nuevo régimen político español había nacido con un perfil conservador que la diplomacia estadounidense tardó en digerir. Además, el papel de los intereses cubanos en su establecimiento no le daba mejor crédito112.
Después de la decepción sufrida con la dictadura de Serrano, el secretario de Estado norteamericano ordenó retrasar el reconocimiento diplomático hasta que el nuevo régimen demostrase más estabilidad: “When the new Government shall become firmly established, it will be recognized in accordance with the policy of the United States of recognizing a de facto Government but this reactionary movement does not demand excessive promptiness of recognition at our hands”113.
La dictadura de Serrano no había llegado a abonar las indemnizaciones del Virginius y tampoco había puesto en práctica el Decreto de 1873; además, había decretado una elevación fiscal muy lesiva sobre los comerciantes estadounidenses en julio de 1874. La monarquía de Alfonso XII, que había empezado por suspender las garantías constitucionales, no nacía con visos de querer resolver esos litigios. Por esa razón, aunque la Restauración no tardaría en lograr el reconocimiento de las potencias europeas, no ocurrió lo mismo con los Estados Unidos. Washington no reconoció al nuevo régimen hasta que España abonó las indemnizaciones pendientes a los familiares de las víctimas del Virginius114. Sin embargo, el primer gobierno Cánovas (9-I-1875/12-IX-1875) resolvió con relativa rapidez esta cuestión menor, que sólo dependía de los problemas de liquidez de la hacienda pública.
La cuestión más acuciante para los Estados Unidos seguía siendo la devolución de las propiedades embargadas a los ciudadanos estadounidenses y, en general, el incumplimiento en Cuba del artículo séptimo del Tratado de 1795. Después de varios meses de espera, el maltrato constante a los ciudadanos norteamericanos en Cuba llevó a la Legación a cambiar de estrategia: en lugar de reclamar el cumplimiento del Decreto de 12 de julio de 1873, se limitó a exigir al gobierno Cánovas la ejecución del artículo séptimo del Tratado de 1795 en Cuba. Cushing argumentó ante sus superiores que si España promulgaba esas garantías en las Antillas, las propiedades confiscadas serían rápidamente restauradas a sus propietarios115.
Sin embargo, el gobierno Cánovas cayó debido a divisiones internas justo cuando las conversaciones diplomáticas parecían estar a punto de dar su fruto, siendo reemplazado por el gabinete encabezado por Joaquín Jovellar (12-IX-1875/2-XII-1875). El cambio de ministerio paralizó las negociaciones en Madrid y fortaleció la desconfianza creciente de Washington hacia el rumbo que seguía la Restauración116. Unas semanas después, el secretario de Estado norteamericano reiteró a Cushing la imposibilidad de enviar instrucciones para un país cuyos ministros cesaban en el cargo pocas semanas después de empezar a ejercerlo:
Under these circumstances, and with this condition of things, it seems impossible to furnish instructions in anticipation of events. It is difficult enough to follow the retreating figures of the successive Ministries of Spain, and call to mind their abortive attempts to restore order and establish governments in its proper sense, without attempting to speculate upon those which are to succeed them, or what name will be given a new form of government. It is my intention on an early day to review our relations with Spain, in view of the failure of your late negotiation with Mr. Castro […]117.
Esta instrucción ya anunciaba la amenaza de intervención colectiva que los Estados Unidos pondrían en marcha un mes después. Además, sugiere que Fish estaba pensando en endurecer las relaciones bilaterales debido a su irritación con la dinámica política en la Península y el estancamiento de la Guerra de los Diez Años. La monarquía de Alfonso XII no sólo había dado señales de ser un régimen mucho más reaccionario que cualquiera de los surgidos de la Revolución de Septiembre, sino que parecía ser tan pasajera como sus antecesores118.
La iniciativa multilateral anunciada por Hamilton Fish el 5 de noviembre de 1875 proponía la cooperación entre seis grandes potencias europeas (Gran Bretaña, Francia, Alemania, Rusia, Austria-Hungría e Italia) y los Estados Unidos para obligar a España a terminar con la insurrección y restablecer la estabilidad en la isla de Cuba. Como era previsible, la proposición dio origen a una grave crisis bilateral que se prolongó durante dos meses119. Sorprendentemente, esta iniciativa aún no ha despertado mucho interés historiográfico120. Ahora bien, tiene más sentido cuando se ubica en el contexto de las relaciones bilaterales. En el otoño de 1875, la incertidumbre política todavía persistía en España, pues la Restauración aún no había demostrado ser más estable que los regímenes que la precedieron (la monarquía de Amadeo I, la Primera República y la dictadura de Serrano). A ello se unía el estancamiento aparentemente indefinido de la guerra de Cuba. La documentación diplomática sugiere que ambos factores influyeron en una proposición tan sorprendente como endeble.
Aunque parece que el propósito de la iniciativa multilateral nunca fue provocar una guerra —algo que no entraba de ninguna manera en los planes estadounidenses—, sigue sin estar claro qué se proponían realmente los Estados Unidos:
In the instruction Nº 266 sent to you, and communicated to other Powers, the President had gravely and deliberately considered the course which he believed tended to the best interests of the country, and in the exercise of his constitutional powers he declared it solemnly and earnestly. Had he contemplated or apprehended a hostile movement toward Spain he would not have left it to vague speculation, and you would have been advised of any, however ultimate or remote, intention in that direction.
It is a sort of gratification to learn from the concluding part of the despatch now acknowledged, that the instruction of November 5, is appreciated in the sense which it was intended and that it meets your approval, as I am confident it will receive your cooperation121.
Por otro lado, la iniciativa estadounidense dependía completamente de la colaboración de las grandes potencias europeas, algo que el gobierno español entendió enseguida. Cánovas, que había vuelto a sustituir a Jovellar al frente del gobierno en diciembre, se apresuró a obtener garantías en las capitales europeas de que esa colaboración no se materializaría. Una vez estuvo claro que Gran Bretaña no tenía interés en formar parte del proyecto, la iniciativa de Fish se desinfló aceleradamente sin que el secretario de Estado se esforzase mucho por reanimarla. Asimismo, tampoco parece que Fish prestase mucha atención a las exóticas propuestas particulares que llegaron al Departamento de Estado utilizando la iniciativa multilateral como excusa para realizar la adquisición de la isla de Cuba122. La propuesta acabó siendo enterrada discretamente por gobiernos en enero de 1876.
Después de la tensión generada por este episodio, las relaciones bilaterales mejoraron gradualmente a partir de la primavera de 1876. En abril, el gobierno Cánovas se comprometió formalmente a satisfacer todas las demandas estadounidenses pendientes. Específicamente, prometió abolir la esclavitud una vez terminase la guerra en Cuba, abonar las indemnizaciones falladas por la Comisión de Washington lo antes posible y conceder protección judicial a los norteamericanos residentes en las Antillas mediante un nuevo convenio bilateral123.
Poco a poco, la Restauración empezó a dar signos de su creciente fortaleza interior. En agosto de 1876 las fuerzas liberales infligieron una grave derrota a los carlistas que puso fin a la guerra en el norte de la Península. Pero mucho más importante fue el hecho de que en el otoño de ese año el gobierno ordenase, gracias un nuevo préstamo a cuenta del tesoro de Cuba, el mayor embarque de tropas a las Antillas hasta la fecha. Por primera vez, los diplomáticos norteamericanos en Madrid informaron a Washington de que las fuerzas españolas podían derrotar a los independentistas cubanos y sostener la soberanía de la colonia124.
En ese contexto, Cushing decidió negociar un compromiso bilateral para garantizar la protección judicial de los norteamericanos en Cuba125. Una vez más, las negociaciones procedieron lentamente. El principal obstáculo era la resistencia española a conceder el grado de protección judicial que Washington deseaba para sus ciudadanos en Cuba sin al menos un compromiso de reciprocidad por parte de los Estados Unidos. Sin embargo, en un momento en que la suerte de las armas españolas en Cuba todavía era incierta, el segundo gobierno Cánovas prefirió ceder antes que exponerse, a causa de los excesos de las autoridades coloniales, a nuevos conflictos exteriores con la única potencia que amenazaba la soberanía española en Cuba. Por otro lado, las concesiones que se hicieran permitirían relegar otras peticiones mucho más molestas para la elite peninsular en la Isla, como el cumplimiento del Decreto de 1873.
Una vez que Cushing consiguió un compromiso de reciprocidad por parte del Departamento de Estado, se pudo firmar un protocolo judicial que concedía casi todas las peticiones estadounidenses: los ciudadanos de los Estados Unidos residentes en territorios españoles que fueran acusados de sedición, infidencia o conspiración contra el gobierno, pero que no fueran apresados con las armas en la mano, serían sometidos a la jurisdicción ordinaria (art. 1); los apresados con las armas en la mano, aun sometidos a la jurisdicción militar, conservarían todas las garantías judiciales otorgadas por la Ley de 17 de abril de 1821, como el derecho a un abogado y a la presentación de testigos y pruebas (arts. 2-4); y todas las sentencias tendrían que consultarse con la instancia judicial superior civil o militar (art. 5). A cambio, el gobierno de los Estados Unidos concedía a los súbditos españoles en su territorio las mismas garantías judiciales que poseían los ciudadanos norteamericanos acusados de cualquier delito126.
El Protocolo de 12 de enero de 1877 cerró una etapa en las relaciones bilaterales. Con este acuerdo, los norteamericanos consiguieron la protección judicial para sus ciudadanos en las Antillas que los gobiernos españoles les habían negado desde 1868. El protocolo también simbolizaba la aceptación norteamericana de la soberanía de la monarquía de Alfonso XII sobre la isla de Cuba. Hasta ese momento, la administración Grant se había negado a llegar a ningún acuerdo duradero con la Restauración porque no creía que la monarquía española fuese capaz de derrotar a los insurgentes cubanos y prolongar su dominio en la Isla. Por último, con este convenio la diplomacia norteamericana renunció implícitamente a la devolución de las propiedades embargadas a ciudadanos norteamericanos durante la guerra. Aunque sus representantes volverían a desenterrar el incumplimiento del Decreto de 1873 para negociar compensaciones económicas en el futuro, el acuerdo de 1877 cerró la puerta a demandas hostiles e inició el mayor acercamiento bilateral hasta ese momento127.
El episodio de las pesquerías canarias
Uno de los episodios más exóticos de la misión de Sickles en España ocurrió en el impasse posterior al armisticio de Washington entre España y las repúblicas aliadas del Pacífico. Se trató de una de las pocas ocasiones en que la administración Grant manifestó interés fuera de las áreas de acción tradicionales de los Estados Unidos, aunque la iniciativa partiera del personal diplomático norteamericano en España.
En la primavera de 1871, y a propuesta del agente consular estadounidense en Tenerife, Sickles patrocinó ante el Departamento de Estado un plan para adquirir una islote deshabitado en el archipiélago de las Canarias, la Isla Graciosa. El objetivo era obtener una base segura para que los pescadores estadounidenses pudiesen controlar el negocio pesquero entre las Canarias y la costa africana. Según los agentes estadounidenses en Lanzarote, las pesquerías canarias podían reportar pingües beneficios al comercio estadounidense, pero sólo si pescadores norteamericanos controlaban una base terrestre que también podía tener uso naval: “I am not without reasons for the belief that we might secure for a small sum the exclusive occupation of one of these Islands for the prosecution of this trade, which in American hands could be developed largely and advantageously. The island would at the same be useful as a dépôt for our mercantile and naval vessels”128.
Hamilton Fish autorizó a Sickles a conversar confidencialmente con el gobierno español sobre su plan mientras daba conocimiento del asunto al Comité de Comercio del Senado para conocer su opinión antes de seguir adelante. Sin embargo, al cabo de una semanas, el Comité de Comercio informó cordialmente al secretario de Estado de su desinterés por esa adquisición: aunque admitía el valor de poseer una base terrestre en el archipiélago canario, aplazaba indefinidamente la consideración de esa cuestión porque se encontraba indispuesto a deliberar sobre un asunto nuevo mientras estuviese en sesión129. El proyecto murió desde ese momento en Washington. El secretario de Estado no tardó en ordenar a Sickles que abandonase sus planes debido al rechazo del Congreso a dar “luz verde” a su iniciativa130. Aunque en otoño se volvería a remitir el proyecto al Comité de Comercio, el Senado no expresó mayor interés131.
Sin embargo, Sickles decidió continuar las conversaciones con el gobierno español por su cuenta. Lo más significativo del episodio es la aparición en escena de Segismundo Moret como interlocutor privilegiado del gobierno estadounidense. Moret no era el titular de Estado, sino de Hacienda (4-I-1871/10-VII-1871), pero es evidente que su fluidez en inglés facilitó las negociaciones. No sería la última vez que Moret ejerciese este rol —ostentando o no la cartera de Estado—132. Esta vez, Moret le comunicó a Sickles que el gobierno español veía favorablemente la idea de vender una de las islas del archipiélago canario, pero proponía una serie de modificaciones que no afectaban al fondo de la proposición: “The Minister regards the suggestion as practicable and the amendments he proposes to the bases submitted do not materially affect the advantages the project seems to offer to the United States”133.
Después de varios meses sin comunicaciones al respecto, el diplomático estadounidense volvió a insistir al gobierno español sobre la cuestión en mayo de 1871. Para entonces, sin embargo, Madrid se había asustado de las consecuencias políticas de la iniciativa y temía que las Cortes no aprobarían la cesión de una parte del territorio nacional a otra potencia. Sin embargo, el ministro de Estado, Cristino Martos (4-I-1871/24-VII-1871), sugirió que el gobierno podía conseguir que las Cortes aprobasen un arrendamiento de la Isla Graciosa que no fuese exclusivo ni entrañase cesión de soberanía. Sickles contestó que los Estados Unidos no tenían interés en esa oferta porque la cuestión crucial era poseer la ocupación exclusiva del islote canario –aprovechando para hacer una defensa de la superioridad moral de la política exterior estadounidense. Si España no estaba dispuesta a ceder en esa cuestión, todo lo demás era irrelevante:
Mr. Martos was apprehensive that the concession to the United States of exclusive jurisdiction for a term of years over the Island of Graciosa would not be approved by the Córtes; and for his own part he thought it might provoke apprehensions and suspicions, groundless of course, among some of the European powers, which it would be better to avoid. He recognizes the advantages, as well to Spain as to the United States, that would follow the development of these excellent fisheries, so long neglected while confined exclusively to Spanish enterprise.
I remarked that the principal use we should make of the Island would be to dry and cure fish, and as a dépôt and harbor for the vessels employed; that without suitable facilities for these purposes the concession would be greatly diminished in value to us; that, the Island being inhabited, it had appeared to me the concession might be made in the form I had suggested, without inconvenience; that no ulterior motive could be attributed to the United States in occupying this isolated spot in the Atlantic; we had always dealt fairly and openly with other nations in all territorial questions; we were in fact the only great power that had never acquired possessions by conquest; and that not even our intercourse with the Indian tribes furnished an exception to this broad statement134.
Después de esa reunión, el Ministerio de Estado prefirió entregar el proyecto a los departamentos de Fomento y Hacienda para su posible modificación, ya que Martos no creía que las Cortes lo aprobarían bajo la forma de una convención internacional. Al mismo tiempo, Martos le comunicó a Sickles que las Cortes no tendrían tiempo de examinar la cuestión antes de octubre de 1871. Era evidente que el gobierno español, aunque desconocía el desinterés de Washington, se había echado atrás y aplazaba indefinidamente la cuestión para no irritar al susceptible diplomático estadounidense135. Una vez perdido el interés en Madrid, y careciendo del apoyo del Departamento de Estado, Sickles fue incapaz de volver a resucitar la cuestión de las pesquerías canarias.
La compra de una de las Islas Canarias no fue, sin embargo, el único proyecto de adquisición de territorios españoles por parte de los representantes de los Estados Unidos durante la administración Grant. A finales de 1869, el cónsul estadounidense en Baleares había propuesto el establecimiento de una base naval en Menorca mediante la adquisición de la isla. Esa vez, sin embargo, ni la Legación ni el Departamento de Estado dieron su visto bueno a la idea136.
Comercio e inversiones estadounidenses en España y sus colonias
En 1866, el ministro de los Estados Unidos en Madrid solicitó al Departamento de Estado que convirtiese la agencia consular de Barcelona en un consulado remunerado con personal estadounidense. Entre otras razones, argumentaba que Barcelona no sólo era la primera ciudad comercial de la Península, sino que en los últimos años se había convertido en el principal destino de las exportaciones estadounidenses a España, a pesar de que Cádiz y Málaga siguiesen siendo los primeros puertos de exportación de la Península a los Estados Unidos137. Había empezado una nueva era en las relaciones económicas bilaterales.
La Guerra Civil norteamericana señaló un antes y un después en las relaciones económicas entre los Estados Unidos y el resto del mundo. Aunque el sueño original de los padres fundadores había incluido el libre comercio con todas las naciones, las restricciones impuestas por Francia y Gran Bretaña durante las guerras napoleónicas hicieron ver la necesidad de proteger el comercio estadounidense mediante barreras arancelarias y represalias. A partir de los años cuarenta del siglo XIX, sin embargo, las administraciones demócratas había ido reduciendo progresivamente los aranceles para fomentar el comercio exterior138.
La Guerra Civil norteamericana rompió esa tendencia al elevar la protección arancelaria hasta niveles desconocidos. La necesidad de ingresos exteriores para financiar la causa de la Unión dio como resultado un apresurado arancel de guerra que compensase con la renta de aduanas la reducción de la recaudación en los impuestos interiores139. Una vez acabada la guerra, los sectores beneficiados por los aranceles elevados –la industria doméstica y los trabajadores asalariados–frustraron cualquier intento de reducir la protección del exterior. Tras el final de la Reconstrucción, la protección arancelaria siguió elevándose casi ininterrumpidamente hasta la Primera Guerra Mundial 140. Entre las víctimas extranjeras del proteccionismo estadounidense se encontraron los comerciantes españoles de frutas y vinos, que habían encontrado un hueco en el mercado norteamericano en los años de protección reducida previos a la Guerra Civil.
Sin embargo, en un contexto de globalización de los intercambios comerciales transatlánticos, en los Estados Unidos se hicieron esfuerzos considerables para reducir los aranceles en beneficio de los sectores exportadores del Sur y del Medio Oeste. Los ejecutivos republicanos utilizaron la diplomacia para acordar reducciones recíprocas con países y territorios donde era posible introducir mercancías estadounidenses debido a la ausencia de industrias domésticas rivales, como América Latina o las islas del Pacífico. España y sus colonias en las Antillas fueron objeto de un interés preferente desde 1865.
Pero la victoria de la Unión en la Guerra Civil norteamericana no sólo significó un cambio en la orientación de la política comercial de los Estados Unidos. También dio comienzo a la inversión de empresas estadounidenses en el exterior. Los gobiernos estadounidenses no fueron enteramente ajenos a la expansión exterior de sus empresas. No obstante, las relaciones entre la diplomacia y la internacionalización de las empresas estadounidenses durante los años que siguieron a Appomattox no fueron nunca ni sencillas ni unidireccionales.
En busca de la reciprocidad comercial
En 1865, el comercio entre España y los Estados Unidos seguía regulado, al igual que el resto de la relación bilateral, por el Tratado de 1795. El comercio bilateral, además, estaba segmentado geográficamente: los intercambios entre los Estados Unidos y la Península eran muy escasos y se limitaban a los productos del suelo; la relación comercial entre los Estados Unidos y las Antillas, en cambio, se basaba en la ingente importación de la producción del suelo de Cuba y Puerto Rico hacia puertos estadounidenses a cambio de la exportación a las islas de un escaso número de mercancías norteamericanas141; en cuanto a las Filipinas, sólo después de 1865 el comercio entre esta colonia y los Estados Unidos fue significativo. A pesar de estas diferencias, las relaciones comerciales con la Península, con las Antillas y con Filipinas nunca dejaron de estar estrechamente entrelazadas.
Las limitaciones del Tratado de 1795 para fomentar el comercio bilateral habían sido evidentes para los Estados Unidos mucho antes del estallido de la Guerra Civil norteamericana. Después de perder las colonias americanas en los años veinte del siglo XIX, España había confeccionado unos elevados aranceles coloniales que convirtieron a las Antillas en un mercado protegido para la industria y el comercio peninsulares, así como excluyente para las potencias extranjeras. Asimismo, los aranceles peninsulares también habían establecido fuertes derechos diferenciales para las mercancías extranjeras. A partir de los años treinta, los Estados Unidos respondieron a la doble discriminación mediante represalias para las importaciones peninsulares y antillanas142.
A pesar de los aranceles discriminatorios, los principales cultivos de Cuba y Puerto Rico –el azúcar y el tabaco– siguieron abasteciendo el mercado estadounidense debido a la ausencia de competencia, pero la mayoría de las mercancías norteamericanas sólo llegaban a las islas a través del contrabando. Dentro de su política de fomento del comercio, las administraciones norteamericanas de los años cincuenta del siglo XIX trataron de corregir ese desequilibrio mediante tratados de reciprocidad143. Por su parte, gracias a las reducciones arancelarias de los años cuarenta y cincuenta en los Estados Unidos, las frutas españolas encontraron un espacio en el mercado estadounidense.
España rechazó las primeras ofertas de negociación de Washington, pero en 1854 llegó a acordar las bases de un acuerdo comercial sobre Cuba y Puerto Rico con el representante de los Estados Unidos en Madrid 144. Sin embargo, las negociaciones no llegaron a ningún sitio porque la administración demócrata en Washington estaba más interesada en aumentar el territorio esclavista de la Unión mediante la anexión de la isla de Cuba que en mejorar las relaciones comerciales, como puso de manifiesto el célebre manifiesto de Ostende145. Además, la política de acuerdos comerciales de las administraciones demócratas fue obstaculizada por los sectores proteccionistas del Congreso146.
Con el estallido de la Guerra Civil norteamericana en abril de 1861, todos los esfuerzos para fomentar el comercio exterior se subordinaron a la victoria de la Unión. Sólo con el final de la guerra podrían restaurarse los antiguos planes de expansión comercial. Sin embargo, los Estados Unidos de 1865 eran muy distintos a los de cuatro años antes. Los años de posguerra han sido descritos a menudo como una época de proteccionismo sin cortapisas, pero la situación fue algo más compleja. Las relaciones comerciales con España evidencian que los esfuerzos por fomentar el comercio exterior no desaparecieron en Appomattox.
Cuando el representante de los Estados Unidos en Madrid se entrevistó con Narváez en la primavera de 1865, le manifestó el interés norteamericano en mejorar las relaciones comerciales con Cuba. En el despacho que escribió a Washington señaló la oportunidad de la ocasión:
At a recent interview with Mr. Bermúdez de Castro in Biarritz, this minister called my attention to the vote of the Spanish Cortes in which the Queen’s Government was authorized to do away with the differential duties which weigh upon our produce introduced into the Islands of Cuba and Porto Rico.
You will recollect that in 1861 I wrote a despatch on this subject saying that in my opinion it would be possible to negotiate a commercial treaty with Spain by which the markets of Cuba & Porto Rico could be opened to our produce on the same or nearly the same terms imposed in those Islands upon the produce of Spain herself, and mentioned the compensation which would be sought in a reduction by us of the duties imposed on Spanish wines in the United States.
[…] The opportunity is now again presented by Spain under much more favourable circumstances for us. The idea has constantly been gaining ground in Spain that it will not do to tax the bread of the Cuban much longer for the exclusive benefit of a few Castilian flour dealers whose surplus produce is generally needed in other provinces of Spain herself147.
La administración Johnson (1865-1869) estaba dispuesta a reducir los aranceles de guerra para abrir mercados exteriores a la producción norteamericana. Cuba y Puerto Rico, por su cercanía geográfica y su ausencia de industria doméstica, eran destinos ambicionados por los comerciantes estadounidenses desde hacía mucho tiempo.
Los gobiernos españoles eran conscientes de la necesidad de abolir los derechos diferenciales entre las Antillas y los Estados Unidos para fomentar el comercio colonial. Después del fracaso de la anexión de Santo Domingo, los liberales españoles también entendían que el futuro de las colonias antillanas dependía del final de los privilegios de los peninsulares en las islas. Entre esos privilegios se encontraban los beneficios que obtenían burócratas y comerciantes peninsulares por la entrada de contrabando de mercancías norteamericanas sobrecargadas en las aduanas. Pero sólo tras el regreso de O’Donnell a la presidencia del Consejo de Ministros en junio de 1865, pudo la diplomacia española empezar a negociar las bases de un tratado de comercio con el representante de los Estados Unidos en Madrid148.
Los Estados Unidos no eran aún un mercado esencial para las exportaciones españolas, pero el último gobierno O’Donnell estaba muy interesado en diversificar el destino del comercio español para no depender tan estrechamente de los mercados de Francia y Gran Bretaña. Durante la Guerra Civil norteamericana, como ya vimos, el Congreso había elevado considerablemente todos los derechos arancelarios. Esa elevación arancelaria había afectado gravemente a las exportaciones peninsulares tradicionales, ya que desarticuló el mercado que habían encontrado desde los años cuarenta del siglo XIX las pasas, los tapones de corcho, los regalices y el aceite de oliva. Además, el gobierno español estaba interesado en que los Estados Unidos facilitasen la entrada de vinos españoles en su mercado. El vino era una de las principales exportaciones españolas, pero los aranceles estadounidenses lo gravaban con derechos más elevados que a los de otros países149. El gobierno O’Donnell era consciente del escaso peso de los productos peninsulares en el mercado norteamericano, pero creía que podía obtener ventajas a cambio de concesiones en los valiosos mercados antillanos.
La administración Johnson estaba dispuesta a reducir los derechos arancelarios sobre los vinos a cambio de facilitar la entrada de mercancías estadounidenses en Cuba y Puerto Rico. No estaba sola. Los comerciantes norteamericanos estaban insatisfechos con la política de represalias comerciales y también deseaban acuerdos para abrir los mercados antillanos150. El principal problema era que la reducción de los aranceles a través de acuerdos con otras potencias encontraba una oposición formidable en el Congreso151. Poco después de terminar la Guerra Civil norteamericana, el legislativo había rescindido con una amplia mayoría el tratado de comercio firmado con Canadá once años atrás. El primer y único intento de la administración Johnson de restaurar la política de acuerdos comerciales previa a la guerra fue el tratado de comercio firmado con Hawai’i en 1867. El Congreso, cuyos líderes ya habían decidido boicotear todas las iniciativas de la administración, no tuvo ningún reparo en rechazarlo152.
Antes de negociar cualquier concesión recíproca era necesario que España desmontase los aranceles diferenciales que convertían a Cuba y Puerto Rico en mercados protegidos de la Península. Sin embargo, el último gobierno O’Donnell perdió la confianza regia en julio de 1866 sin llegar a elaborar las bases de un acuerdo debido a la represión de la rebelión del cuartel de San Gil. En medio de una profunda crisis económica en la Península, el gabinete Narváez (10-VII-1866/23-IV-1868) detuvo todas las reformas en Cuba y, en consecuencia, cesaron las conversaciones con los Estados Unidos para reducir los aranceles de Cuba y Puerto Rico.
Acuciado por la depresión económica, el último gobierno Narváez decidió extraer recursos adicionales de los mercados antillanos aumentando los derechos diferenciales sobre las mercancías estadounidenses. El artículo quinto del decreto arancelario de 12 de marzo de 1867 ordenó que todas las importaciones en buques de bandera española adeudasen según la cuarta columna del arancel, correspondiente a las importaciones en buques de bandera extranjera153. No era un secreto que el grueso de las embarcaciones españolas que importaban productos extranjeros en Cuba y Puerto Rico introducían mercancías estadounidenses. De esta manera, el gobierno Narváez dificultaba la importación legal de mercancías estadounidenses y facilitaba el contrabando. El Congreso estadounidense no tardó en responder mediante un derecho extra de un diez por ciento sobre todas las procedencias de las islas de Cuba y Puerto Rico en buques de bandera española que se sumaba a los derechos diferenciales ya existentes 154. Para entonces, la administración Johnson ya había renunciado a cualquier iniciativa comercial.
El breve gobierno González-Bravo (23-IV-1868/19-IX-1868) no tuvo tiempo de revertir toda la política comercial de Narváez. Pero durante su gestión facilitó las transacciones bilaterales. En junio de 1868 dispuso la igualación de los derechos de puerto y navegación de las embarcaciones españolas con los de los barcos con bandera de aquellas potencias que otorgasen igual beneficio a las naves de España en sus puertos155. Inicialmente, el Departamento del Tesoro de los Estados Unidos no tuvo claro que el decreto español garantizase la reciprocidad, pero el Congreso decidió levantar los derechos diferenciales de puerto y navegación que exigía a las embarcaciones de España después de recibir aclaraciones suficientes por parte de los diplomáticos españoles. Desde mayo de 1869 los barcos estadounidenses disfrutaron en Cuba y Puerto Rico de los mismos derechos de puerto y navegación que las naves españolas156.
Los gobiernos del Sexenio heredaron el interés de la Unión Liberal por aumentar el comercio exterior en un contexto de globalización económica a través de tratados bilaterales de reducción arancelaria, pero se dividieron sobre la estrategia a seguir. La mayoría de los revolucionarios compartían una filosofía librecambista de influencia francesa y británica, pero no todos estaban dispuestos a un desarme inmediato como el que había llevado a cabo Gran Bretaña en 1846. El resultado, la Ley de Bases Arancelarias de Laureano Figuerola, fue un desarme gradual (especificado en su famosa Base Quinta) que incluía la supresión de los derechos a la exportación y los derechos diferenciales de bandera157.
Sin embargo, el desarme unilateral del arancel, aunque aplazado en el tiempo, reducía enormemente las opciones negociadoras del gobierno con otras potencias, puesto que España carecía de fuerza para exigir concesiones recíprocas a otros cuando de todas maneras iba a reducir automáticamente sus derechos de aduanas. Incluso los altos funcionarios del Ministerio de Hacienda criticaron el desarme unilateral porque privaba a España de las armas para obtener concesiones de los Estados Unidos158.
A diferencia de los gobiernos isabelinos, los gabinetes democráticos apoyaron consistentemente los intereses de los comerciantes sobre los de los grandes industriales y propietarios domésticos. Por ello, trataron de satisfacer las peticiones que recibieron desde muy temprano para negociar un tratado de comercio con los Estados Unidos159. Sin embargo, los gobiernos del Sexenio se encontraron con el mismo problema que sus antecesores: el comercio peninsular tenía escaso valor para los Estados Unidos y se iba a reducir todavía más una vez una vez se cumpliesen las disposiciones del arancel Figuerola. Los gabinetes del Sexenio estaban obligados a ofrecer concesiones en Cuba y Puerto Rico si deseaban obtener ventajas para los comerciantes peninsulares.
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