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Allan Kardec
El libro de los médiums
(texto completo, con índice activo)
e-artnow, 2021
EAN 4064066373955
Índice
INTRODUCCIÓN
PRIMERA PARTE - NOCIONES PRELIMINARES
CAPÍTULO PRIMERO ¿HAY ESPÍRITUS?
CAPÍTULO II - LO MARAVILLOSO Y LO SOBRENATURAL
CAPÍTULO III - MÉTODO
CAPÍTULO IV - SISTEMAS
SEGUNDA PARTE - DE LAS MANIFESTACIONES ESPIRITISTAS
CAPÍTULO PRIMERO. - ACCIÓN DE LOS ESPÍRITUS SOBRE LA MATERIA
CAPÍTULO II - MANIFESTACIONES FÍSICAS - MESAS GIRATORIAS
CAPÍTULO III - MANIFESTACIONES INTELIGENTES
CAPÍTULO IV - TEORÍA DE LAS MANIFESTACIONES FÍSICAS
CAPÍTULO V - MANIFESTACIONES FÍSICAS ESPONTÁNEAS
CAPÍTULO VI - MANIFESTACIONES VISUALES
CAPÍTULO VII - BI-CORPOREIDAD Y TRANSFIGURACIÓN
CAPÍTULO VIII - LABORATORIO DEL MUNDO INVISIBLE
CAPÍTULO IX - DE LOS LUGARES FRECUENTADOS POR LOS ESPÍRITUS
CAPÍTULO X - NATURALEZA DE LAS COMUNICACIONES
CAPÍTULO XI - SEMASIOLOGÍA Y TYPTOLOGÍA
CAPÍTULO XII - PNEUMATOGRAFÍA O ESCRITURA DIRECTA. - PNEUMATOFONÍA Escritura directa
CAPÍTULO XIII - PSYCOGRAFÍA
CAPÍTULO XIV - DE LOS MÉDIUMS
CAPÍTULO XV - MÉDIUMS ESCRIBIENTES O PSYCÓGRAFOS
CAPÍTULO XVI - MÉDIUMS ESPECIALES
CAPÍTULO XVII - FORMACIÓN DE LOS MÉDIUMS
CAPÍTULO XVIII - INCONVENIENTES Y PELIGROS DE LA MEDIUMNIDAD
CAPÍTULO XIX - PAPEL DEL MÉDIUM EN LAS COMUNICACIONES ESPIRITISTAS
CAPÍTULO XX - INFLUENCIA MORAL DEL MÉDIUM
CAPÍTULO XXI - INFLUENCIA DEL CENTRO
CAPÍTULO XXII - DE LA MEDIUMNIDAD DE LOS ANIMALES
CAPÍTULO XXIII - DE LA OBSESIÓN
CAPÍTULO XXIV - IDENTIDAD DE LOS ESPÍRITUS
CAPÍTULO XXV - DE LAS EVOCACIONES
CAPÍTULO XXVI
CAPÍTULO XXVII - DE LAS CONTRADICCIONES Y DE LAS MIXTIFICACIONES
CAPÍTULO XXVIII - CHARLATANISMO Y JUGLERÍA
CAPÍTULO XXX - REGLAMENTO DE LA SOCIEDAD PARISIENSE DE ESTUDIOS ESPIRITISTAS
CAPÍTULO XXXI - DISERTACIONES ESPIRITISTAS
CAPÍTULO XXXII - VOCABULARIO ESPIRITISTA
INTRODUCCIÓN
Índice
La experiencia nos confirma todos los días en esta opinión de que las dificultades y las decepciones que se encuentran en la práctica del Espiritismo, tienen su origen en la ignorancia de los principios de esta ciencia, y estamos felices por haber constatado que el trabajo que hemos hecho, para precaver a los adeptos contra los escollos de un noviciado, ha producido sus frutos, y que muchos han debido a la atenta lectura de esta obra el haber podido evitarlos.
Un deseo muy natural, entre las personas que se ocupan del Espiritismo, es el poder entrar por sí mismas en comunicación con los Espíritus; esta obra está destinada a facilitarles el camino, haciéndoles aprovechar del fruto de nuestros largos y laboriosos estudios, porque se tendría una idea muy falsa, pensando que para ser experto en esta materia basta saber colocar los dedos sobre una mesa para hacerla girar o tener un lápiz para escribir.
Se engañaría igualmente, si se creía encontrar en esta obra una receta universal e infalible para formar los médiums. Aunque cada uno contenga en sí mismo el germen de la cualidades necesarias para poderlo ser, estas cualidades no existen si no en grados muy diferentes, y su desarrollo proviene de causas que no dependen de ninguna persona el hacerlas nacer a voluntad. Las reglas de la poesía, de la pintura y de la música, no hacen ni poetas, ni pintores, ni músicos de aquéllos que no les tienen el genio: guían en el empleo de facultades naturales. Lo mismo pasa con nuestro trabajo; su objeto es indicar los medios de desenvolver la facultad medianímica, tanto como lo permitan las disposiciones de cada uno, y sobre todo dirigir el empleo de éstas de una manera útil, cuando la facultad existe. Pero eso no es el fin único que nos hemos propuesto. Al lado de los médiums propiamente dichos, hay la multitud, que aumenta todos los días, de personas que se ocupan de las manifestaciones espiritistas; guiarles en sus observaciones, señalarles los escollos que pueden y deben necesariamente encontrar en una cosa nueva, iniciarlas en la manera de tener relación con los Espíritus, indicarles los medios de tener buenas comunicaciones, tal es el círculo que debemos abrazar, bajo pena de hacer una cosa incompleta. Nadie quedará, pues, sorprendido, al encontrar en nuestro trabajo noticias que de pronto, podrán parecer extrañas: la experiencia demostrará su utilidad. Después de haberlo estudiado con cuidado, se comprenderán mejor los hechos de que será testigo; el lenguaje de ciertos Espíritus parecerá menos raro. Como instrucción práctica, no se dirige pues exclusivamente a los médiums sino a todos aquellos que están en disposición de ver y observar los fenómenos espiritistas. Algunas personas hubieran deseado que publicásemos un manual práctico muy sucinto, conteniendo en pocas palabras la indicación de los procedimientos que deben seguirse para entrar en comunicación con los Espíritus; piensan que un librito de esta naturaleza, pudiendo, por lo módico de su precio, circular con profusión, sería un poderoso medio de propaganda, multiplicando los médiums; en cuanto a nosotros, miramos tal obra como más dañosa que útil, al menos por el momento. La práctica del Espiritismo está rodeada de muchas dificultades, y no está exenta de los inconvenientes que un estudio serio y completo puede sólo precaver. Sería, pues, de temer que una indicación demasiado sucinta, provocase experiencias hechas con ligereza, que podrían dar lugar a arrepentirse; éstas son cosas con las cuales no es conveniente ni prudente jugar, y creeríamos prestar un mal servicio poniéndolas a disposición del primer atolondrado que tomase a diversión el hablar con los muertos. Nos dirigimos a las personas que ven en el Espiritismo un fin serio, que comprenden toda su gravedad, y no hacen juguete de las comunicaciones con el mundo invisible. Habíamos publicado una Instrucción práctica con el objeto de guiar a los médiums; ésta obra está hoy agotada, y aunque se hizo con un fin eminentemente grave y serio, no la reimprimiremos, porque no la encontramos aún bastante completa para ilustrar sobre todas las dificultades que pueden encontrar. La hemos reemplazado por ésta, en la que reunimos todos los datos que una larga experiencia y un estudio concienzudo, nos permitieron adquirir. Contribuirá, lo esperamos al menos, a dar al Espiritismo el carácter grave que es su esencia y evitar que se vea en él un objeto de ocupación frívola de diversión. A estas consideraciones añadiremos una muy importante que es la mala impresión que produce sobre las personas novicias o mal dispuestas, la vista de experiencias hechas ligeramente y sin conocimiento de causa; tienen por inconveniente el dar del mundo de los Espíritus, una idea muy falsa y de prestar el flanco a la burla y a una crítica muchas veces fundada; por eso es que, raramente, los incrédulos salen convertidos de estas reuniones, y poco dispuestos a ver el lado grave del Espiritismo. La ignorancia y la liviandad de ciertos médiums, han hecho más mal, del que parece, en la opinión de muchas gentes. El Espiritismo ha hecho grandes progresos desde algunos años, pero los ha hecho sobre todo inmensos, desde que ha entrado en la vía filosófica, porque ha sido apreciado por las gentes ilustradas. Hoy día nos es ya un espectáculo: es una doctrina de la que ya no se ríen, los que se mofaban de las mesas giratorias. Poniendo nuestros esfuerzos en dirigirle y mantenerle en este terreno, tenemos la convicción de conquistarle más partidarios útiles, que provocando, de cualquier modo, manifestaciones de las cuales se podría abusar.
Todos los días, tenemos la prueba de eso por el número de adeptos que ha hecho la sola lectura del Libro de los Espíritus.
Después de haber expuesto en el Libro de los Espíritus la parte filosófica de la ciencia Espiritista, damos en esta obra la parte práctica para el uso de aquellos que quieran ocuparse de las manifestaciones, ya por sí mismos, ya para darse cuenta de los fenómenos que pueden ser llamados a presenciar. En ella verán los escollos que se pueden encontrar, y tendrán así un medio de evitarlos. Estas dos obras, aunque continuación la una de la otra, son hasta cierto punto independientes: pero al que quiera ocuparse seriamente de la cosa diremos que lea desde luego el Libro de los Espíritus porque contiene los principios fundamentales, sin los cuales ciertas partes de esta obra serían tal vez difícilmente comprendidas. Mejoras importantes fueron introducidas en esta segunda edición que es mucho más completa que la primera. Se ha corregido con un cuidado muy particular por los Espíritus, que han añadido un número muy grande de observaciones y de instrucciones del más alto interés. Como todo lo han revistado y lo han aprobado o modificado a su gusto, se puede decir que esta edición es en gran parte su obra, porque su intervención no se ha limitado a algunos artículos firmados; no hemos indicado los nombres sino cuando esto nos ha parecido necesario para caracterizar ciertas citas un poco extensas, como emanadas de ellos textualmente; de otro modo nos hubiera sido necesario citarlos casi en cada página; notablemente en todas las respuestas hechas a las preguntas propuestas, lo que no nos ha parecido útil. Los nombres, como se sabe, importan poco en semejante materia; lo esencial es que el conjunto del trabajo, responda al fin que nos hemos propuesto. La acogida hecha a la primera edición, aunque imperfecta, nos hace esperar que ésta no lo será con menos favor. Como hemos añadido, en ella, muchas cosas, y muchos capítulos enteros, hemos suprimido algunos artículos que tenían doble colocación; entre otros la Escala espiritista que se encuentra ya en el Libro de los Espíritus. Hemos igualmente suprimido del Vocabulario lo que no entraba especialmente en el cuadro de esta obra, y que se halla últimamente reemplazado por cosas más prácticas. Por otra parte, este vocabulario no era bastante completo; lo publicaremos más tarde separadamente, bajo la forma de un pequeño diccionario de filosofía espírita; sólo hemos conservado las palabras nuevas o especiales relativas al objeto del que nos ocupamos.
PRIMERA PARTE - NOCIONES PRELIMINARES
Índice
CAPÍTULO PRIMERO ¿HAY ESPÍRITUS?
Índice
1. La duda concerniente a la existencia de los Espíritus, tiene por causa primera la ignorancia de su verdadera naturaleza. Se les figura generalmente como seres aparte en la creación, y cuya necesidad no está demostrada. Muchos no los conocen sino por los cuentos fantásticos que han oído desde la cuna, poco más o menos como se conoce la historia por los romances; sin investigar si estos cuentos, separados los accesorios ridículos, se apoyan sobre un fondo de verdad, sólo les impresiona lo absurdo; no quieren tomarse el trabajo de quitar la corteza amarga para descubrir la almendra y rehúsan el todo, como hacen con la Religión los que, por ver ciertos abusos, todo lo confunden en la misma reprobación. Cualquiera que sea la idea que se forme de los Espíritus, esta creencia está necesariamente fundada sobre la existencia de un principio inteligente fuera de la materia, y es incompatible con la negación absoluta de este principio. Tomamos, pues, nuestro punto de partida en la existencia, la supervivencia y la individualidad del alma, de lo que el "Espiritualismo" es la demostración teórica y dogmática, y el "Espiritismo" la demostración patente. Hagamos, por un instante, abstracción de las manifestaciones propiamente dichas, y raciocinando por inducción, veamos a qué consecuencia llegaremos.
2. Desde el momento que se admite la existencia del alma y su individualidad después de la muerte, es menester también admitir:
1º que es de una naturaleza diferente del cuerpo, pues que una vez separada de éste no tiene ya sus propiedades;
2º que goza de la conciencia de sí misma, puesto que se le atribuyen la alegría o el sufrimiento; de otro modo sería un ser inerte, y tanto valdría para nosotros no tenerla. Admitido esto, el alma va a alguna parte; ¿en qué se convierte y a dónde va? Según la creencia común, va al cielo o al infierno ¿pero dónde están el cielo y el infierno? Se decía en otro tiempo que el cielo estaba arriba y el infierno abajo; ¿pero qué es lo que está arriba o abajo en el universo desde que se conoce la redondez de la Tierra, el movimiento de los astros que hace que lo que es arriba en un momento dado venga a ser lo bajo en doce horas, lo infinito del espacio en el cual el ojo se sumerge en distancias inconmensurables? Es verdad que por lugares bajos se entienden también las profundidades de la tierra; ¿pero qué han venido a ser estas profundidades desde que se han ojeado por la geología? ¿Qué se han hecho estas esferas concéntricas llamadas cielo de fuego, cielo de las estrellas, desde que se sabe que la Tierra no es el centro de los mundos, que nuestro mismo sol no es más que uno de los millones de soles que brillan en el espacio, y que cada uno de ellos es el centro de un torbellino planetario? ¿Qué importancia tiene la Tierra perdida en esta inmensidad? ¿Por qué privilegio injustificable este grano de arena imperceptible, que no se distingue por su volumen ni por su posición, ni por un objeto particular, estaría él sólo poblado de seres racionales? La razón rehúsa admitir esta inutilidad de lo Infinito, y todo nos dice que esos mundos están habitados. Si están poblados, suministran pues su contingente al mundo de las almas; pero repetimos, ¿qué es de estas almas, puesto que la Astronomía y la Geología han destruido las moradas que les estaban señaladas, y sobre todo desde que la teoría tan racional de la pluralidad de los mundos, las ha multiplicado hasta el infinito?
La doctrina de la localización de las almas, no pudiendo ponerse de acuerdo con los datos de la ciencia, otra doctrina más lógica les señala por dominio, no un lugar determinado, y circunscrito, sino el espacio universal: es todo un mundo invisible en medio del cual vivimos, que nos circuye y nos rodea sin cesar. ¿Hay en esto una imposibilidad, alguna cosa que repugne a la razón? De ningún modo; todo nos dice, al contrario, que no puede ser de otra manera. ¿Pero entonces qué vienen a ser las penas y las recompensas futuras, si les quitáis los lugares especiales? Observad que la incredulidad, respecto a esas penas y recompensas, está, generalmente, provocada, porque se las presenta con condiciones inadmisibles; pero decid en lugar de esto que las almas sacan su dicha o su desgracia de sí mismas; que su suerte está subordinada a su estado moral; que la reunión de las almas simpáticas y buenas es una fuente de felicidad; que según su grado de depuración, penetran y ven cosas que se borran ante las almas groseras, y todo el mundo lo comprenderá sin trabajo; decid además que las almas no llegan al grado supremo si no por medio de los esfuerzos que hacen para mejorarse y después de una serie de pruebas que sirven a su depuración; que los ángeles son las almas que han llegado al último grado, el que todas pueden alcanzar con buena voluntad; que los ángeles son los mensajeros de Dios encargados de velar en la ejecución de sus designios en todo el Universo; que son dichosos de estas misiones gloriosas, y daréis a su felicidad un fin más útil y más atractivo que el de una contemplación perpetua, que no sería otra cosa que una inutilidad perpetua; decid, en fin, que los demonios no son otros que las almas de los malvados, todavía no depuradas, pero que pueden llegar a serlo como las otras, y esto parecerá más conforme a la justicia y a la bondad de Dios, que la doctrina de seres creados para el mal y perpetuamente dedicados a él. He aquí, repetimos, lo que la razón más severa, la lógica más rigurosa, en una palabra, el buen sentido, pueden admitir. Las almas que pueblan el espacio son precisamente lo que se llaman "Espíritus"; los "Espíritus" no son, pues, otra cosa que las almas de los hombres despojadas de su envoltura corporal. Si los Espíritus fuesen seres aparte, su existencia sería más hipotética; pero si admitimos que hay almas, es necesario también admitir los Espíritus que no son otros que las almas; si se admite que las almas están por todas partes, es necesario admitir igualmente que los Espíritus están por todo. No se podría, pues, negar la existencia de los Espíritus sin negar la de las almas.
3. Esto no es, en verdad, sino una teoría más racional que la otra; pero ya es mucho una teoría que no contradiga ni la razón ni la ciencia; si además está corroborada por los hechos, tiene para sí la sanción del razonamiento y de la experiencia. Estos hechos, nosotros los encontramos en el fenómeno de las manifestaciones espiritistas, que son así la prueba patente de la existencia y de la supervivencia del alma. Pero para muchas gentes, su creencia no va más allá; admiten la existencia de las almas y por consecuencia la de los Espíritus, pero niegan la posibilidad de comunicarse con ellos, por la razón, dicen, que seres inmateriales, no pueden obrar sobre la materia. Esta duda está fundada sobre la ignorancia de la verdadera naturaleza de los Espíritus, de la cual se forma generalmente una idea muy falsa, que se les considera sin razón como seres abstractos, vagos e indefinidos, lo que no es así. Figurémonos desde luego el Espíritu en su unión con el cuerpo; el Espíritu es el ser principal, pues, que es el ser "pensador y superviviente"; el cuerpo no es, por consiguiente, más que un "accesorio" del Espíritu, una envoltura, un vestido que deja cuando está usado. Además de esta envoltura material, el Espíritu tiene una segunda, semi-material que le une a la primera; en la muerte, el Espíritu se despoja de ésta, pero no de la segunda a la que nosotros damos el nombre de "periespíritu". Esta envoltura semi-material que afecta la forma humana, constituye para él un cuerpo fluídico, vaporoso, pero que, por ser invisible para nosotros en su estado normal no deja de poseer algunas de las propiedades de la materia. El Espíritu no es, pues, un punto, una abstracción, sino un ser limitado y circunscrito, al cual sólo falta ser visible y palpable para parecerse a los seres humanos. ¿Por qué pues no obraría sobre la materia? ¿Por qué su cuerpo es fluídico? ¿Pero no es entre los fluidos los más rarificados, los mismos que se miran como imponderables, la electricidad, por ejemplo, que el hombre encuentra sus más poderosos motores? ¿Es que la luz imponderable no ejerce una acción química sobre la materia ponderable? Nosotros no conocemos la naturaleza íntima del periespíritu; pero supongámosle formado de materia eléctrica, o de otra tan sutil como ésta, ¿por qué no tendría la misma propiedad siendo dirigida por una voluntad?
4. La existencia del alma y la de Dios, que son la consecuencia una de la otra, siendo la base de todo el edificio, antes de entablar alguna discusión espiritista, importa asegurarse si el interlocutor admite esta base. Si a estas preguntas: ¿Creéis en Dios? ¿Creéis tener un alma? ¿Creéis en la supervivencia del alma después de la muerte? - responde negativamente, o si dice simplemente: "Yo no sé; querría que fuese así, pero no estoy seguro de ello", lo que, las más veces, equivale a una cortés negativa, disfrazada bajo una forma menos explícita a fin de no chocar muy bruscamente lo que él llama “preocupaciones respetables”, sería tan inútil ir más allá, como el pretender demostrar las propiedades de la luz al ciego que no la admitiese, porque en definitiva, las manifestaciones espiritistas no son otra cosa que los efectos de las propiedades del alma; con aquél es necesario seguir otro orden de ideas si no se quiere perder el tiempo. Si se admite la base, no a título de "probabilidad", si no como cosa segura, incontestable, la existencia de los Espíritus, se deduce naturalmente.
5. Resta ahora la cuestión de saber si el Espíritu puede comunicarse al hombre, esto es, si puede hacer con él cambio de pensamientos. ¿Y por qué no? ¿Qué es el hombre si no un Espíritu encarcelado en un cuerpo? ¿Por qué el Espíritu libre no podría comunicarse con el Espíritu en prisión, como el hombre libre con el que está entre cadenas? Desde luego que admitís la supervivencia del alma, ¿es racional no admitir la supervivencia de los afectos? Puesto que las almas están por todas partes, ¿no es natural el pensar que la de un ser que nos ha amado durante su vida, venga cerca de nosotros, que desee comunicarse, y que se sirva para esto de los medios que están a su disposición? ¿Durante su vida no obraba sobre la materia de su cuerpo? ¿No era ella quién dirigía sus movimientos? ¿Por qué, pues, después de su muerte, de acuerdo con otro Espíritu ligado a un cuerpo, no tomaría este cuerpo vivo para manifestar su pensamiento, como un mudo puede servirse de uno que hable para hacerse comprender?
6. Hagamos por un instante abstracción de los hechos que, para nosotros, hacen la cosa incontestable; admitámoslos a título de simple hipótesis; pidamos que los incrédulos nos prueben, no por una simple negativa, porque su dictamen personal no puede hacer ley, sino por razones perentorias, que esto no puede ser. Nosotros nos colocaremos sobre su terreno, y puesto que quieren apreciar los hechos espiritistas con ayuda de las leyes de la materia, que tomen, por consiguiente, en este arsenal, alguna demostración matemática, física, química, mecánica, y fisiológica, y prueben por "a" más "b", partiendo siempre del principio de la existencia y supervivencia del alma:
1º Que el ser que piensa en nosotros durante la vida no debe pensar más después de la muerte;
2º Que, si piensa, no debe pensar más en los que ha amado;
3º Que si piensa en aquellos que ha amado, no debe querer ya comunicarse con ellos;
4º Que si puede estar por todas partes, no puede estar a nuestro lado;
5º Que si está a nuestro lado, no puede comunicarse con nosotros;
6º Que por su envoltura fluídica no puede obrar sobre la materia inerte;
7º Que si puede obrar sobre la materia inerte, no puede obrar sobre un ser animado;
8º Que si puede obrar sobre un ser animado, no puede dirigir su mano para hacerle escribir;
9º Que pudiendo hacerlo escribir, no puede responder a sus preguntas y trasmitirle su pensamiento. Cuando los adversarios del Espiritismo nos hayan demostrado que esto no puede ser, por razones tan patentes como aquellas por las cuales Galileo demostró que no es el Sol el que da vueltas alrededor de la Tierra, entonces podremos decir que sus dudas son fundadas; desgraciadamente hasta este día toda su argumentación se resume en estas palabras: Yo no creo, luego esto es imposible. Nos dirán sin duda que toca a nosotros probar la realidad de las manifestaciones; nosotros se la probamos por los hechos y el raciocinio; si no admiten ni lo uno ni lo otro, si aún niegan lo que ven, corresponde a ellos el probar que nuestro raciocinio es falso y que los hechos son imposibles.
CAPÍTULO II - LO MARAVILLOSO Y LO SOBRENATURAL
Índice
7. Si la creencia en los Espíritus y en sus manifestaciones fuese una concepción aislada, el producto de un sistema, podría con alguna apariencia de razón ser sospechosa de ilusión; pero que se nos diga ¿por qué se la encuentra tan viva entre todos los pueblos antiguos y modernos, y en los libros santos de todas las religiones conocidas?
Esto es, dicen algunos críticos, porque en todo tiempo el hombre ha amado lo maravilloso. - ¿Qué es, pues, lo maravilloso según vosotros? - Lo que es sobrenatural. -Qué entendéis por sobrenatural? - Lo que es contrario a las leyes de la naturaleza. -¿Acaso conocéis estas leyes con tanta perfección que os sea posible marcar un límite a la potencia de Dios? ¡Pues bien! Probad entonces que la existencia de los Espíritus y sus manifestaciones son contrarias a las leyes de la naturaleza; que esto no es y no puede ser una de estas leyes. Seguid la Doctrina Espiritista y ved si se eslabona con todos los caracteres de una admirable ley que resuelve todo lo que las leyes filosóficas no han podido resolver hasta este día. El pensamiento es uno de los atributos del Espíritu; la posibilidad de obrar sobre la materia, de hacer impresión sobre nuestros sentidos y por consecuencia de transmitir su pensamiento, resulta, si podemos expresarnos así, de su constitución fisiológica: luego no hay en este hecho nada de sobrenatural, nada de maravilloso. Que un hombre muerto y bien muerto, resucite corporalmente, que sus miembros dispersos se reúnan para volver a formar su cuerpo, he aquí lo maravilloso, lo sobrenatural, lo fantástico; eso sería una verdadera derogación que Dios no puede cumplir sino por un milagro, pero no hay nada de esto en la Doctrina Espiritista.
8. Sin embargo, se dirá, admitís que un Espíritu puede levantar una mesa y mantenerla en el espacio sin punto de apoyo; ¿acaso no es esto una derogación de la ley de gravedad? De la ley conocida, sí, ¿pero la Naturaleza ha dicho su última palabra?
Antes que se hubiese conocido la fuerza ascensional de ciertos gases, ¿quién hubiera dicho que una pesada máquina llevando muchos hombres, pudiera triunfar a la fuerza de atracción? A los ojos del vulgo ¿no debería parecer maravilloso, diabólico? El que hubiera propuesto, hace un siglo, transmitir un despacho a 500 leguas, y recibir la contestación en algunos minutos, hubiera pasado por un loco; si lo hubiese hecho, se hubiera creído que tenía el diablo a sus órdenes, porque entonces sólo el diablo era capaz de ir tan aprisa. ¿Por qué, pues, un fluido desconocido, no tendría la propiedad en circunstancias dadas, de contrabalancear el efecto de la gravedad, como el hidrógeno contrabalancea el peso del globo aerostático? Hacemos esta observación de paso, que es una comparación, mas no una asimilación, y únicamente para demostrar, por analogía que el hecho no es físicamente imposible. Pero fue precisamente cuando los sabios, en la observación de estas especies de fenómenos, quisieron proceder por vía de asimilación que se engañaron. Por lo demás el hecho existe; todas las denegaciones no podrán hacer que no sea, porque negar no es probar; para nosotros no hay nada de sobrenatural; es todo lo que podemos decir por el momento.
9. Si el hecho está constatado, se dirá, nosotros lo aceptamos, aceptamos aún la causa que acabáis de señalar, la de un fluido desconocido; ¿pero que prueba la intervención de los Espíritus? En esto está lo maravilloso, lo sobrenatural.
Sería menester aquí una demostración que no estaría en su sitio y tendría por otra parte doble colocación, porque resalta de todas las otras partes de la enseñanza. Sin embargo, para resumirla en pocas palabras, diremos que está fundada, en teoría, sobre este principio: todo efecto inteligente debe tener una causa inteligente; en práctica: sobre la observación que los fenómenos llamados espiritistas, habiendo dado pruebas de inteligencia, debían tener su causa fuera de la materia; que esta inteligencia no siendo la de los asistentes - esto es un resultado de experiencia - debía estar fuera de ellos; pues que no se veía el ser en acción, debía ser un ser invisible. Desde entonces fue, que de observación se llegó a reconocer que este ser invisible, al cual se ha dado el nombre de Espíritu, no es otro que el alma de aquellos que han vivido corporalmente, y que la muerte ha despojado de su grosera envoltura visible, no dejándoles más que una envoltura etérea, invisible en su estado normal. He aquí pues, lo maravilloso y lo sobrenatural reducidos a su más simple expresión. Una vez acreditada la existencia de seres invisibles, su acción sobre la materia resulta de la naturaleza de su envoltura fluídica; esta acción es inteligente, porque muriendo, ellos no han perdido más que su cuerpo, pero han conservado la inteligencia que es su esencia; ahí está la llave de todos estos fenómenos reputados sin razón sobrenaturales. La existencia de los Espíritus no es pues un sistema preconcebido, una hipótesis imaginada para explicar los hechos; es un resultado de observaciones y la consecuencia natural de la existencia del alma; negar esta causa, es negar el alma y sus atributos. Aquellos que crean poder dar, de estos efectos inteligentes, una solución más racional, pudiendo sobre todo dar razón de "todos los hechos", que tengan la bondad de hacerlo y entonces se podrá discutir el mérito de cada uno.
10. A los ojos de estos que miran la materia como la sola potencia de la Naturaleza, "todo lo que no puede ser explicado por las leyes de la materia es maravilloso o sobrenatural"; y para ellos, "maravilloso" es sinónimo de superstición.
Bajo este título la religión, fundada sobre la existencia de un principio inmaterial, sería un tejido de supersticiones; no se atreven a decirlo en voz alta, pero lo dicen bajito, y creen salvar las apariencias concediendo que es necesaria una religión para el pueblo, y para hacer que los niños sean sabios; luego, de dos cosas la una, o el principio religioso es verdadero o es falso; si es verdadero, lo es para todo el mundo; si falso, tan malo es para los ignorantes como para las gentes ilustradas.
11. Los que atacan al Espiritismo en nombre de lo maravilloso, se apoyan, pues, generalmente, sobre el principio materialista, porque negando todo efecto extra-material, niegan, por lo mismo, la existencia del alma; sondead el fondo de su pensamiento, escudriñad bien el sentido de sus palabras, y veréis casi siempre este principio, si no es categóricamente formulado, despuntar bajo las apariencias de una pretendida filosofía racional con que ellos lo cubren. Rebatiendo a cuenta de lo maravilloso, todo lo que se deduce de la existencia del alma, son consecuentes consigo mismos; no admitiendo la causa, no pueden admitir los efectos; de ahí en ellos una opinión preconcebida que les hace impropios para juzgar sanamente el Espiritismo porque parten del principio de la negación de todo lo que no es material. En cuanto a nosotros, de que admitamos los efectos que son la consecuencia de la existencia del alma, ¿se sigue acaso que aceptemos todos los hechos calificados de maravillosos; que seamos los campeones de todos los que sueñan, los adeptos de todas las utopías, de todas las excentricidades sistemáticas? Sería menester conocer muy poco el Espiritismo para pensarlo; pero nuestros adversarios no miran éste tan de cerca: la necesidad de conocer aquello de que hablan es el menor de sus cuidados. Según ellos, lo maravilloso es absurdo; pues el Espiritismo se apoya sobre hechos maravillosos, luego el Espiritismo es absurdo: esto para los mismos es un juicio sin apelación. Creen oponer un argumento sin réplica, cuando después de haber hecho eruditas investigaciones sobre los convulsionarios de San-Medard, los calvinistas de las Cevenas, o las religiosas de Londun, han conseguido descubrir hechos patentes de superchería que nadie niega; ¿pero estas historias son el evangelio del Espiritismo? ¿Sus partidarios han negado que el charlatanismo haya explotado ciertos hechos en su provecho; que la imaginación los haya creado; que el fanatismo los haya exagerado mucho? No es solidario de las extravagancias que se pueden cometer en su nombre, como la verdadera ciencia, no lo es de los abusos de la ignorancia, ni la verdadera religión, de los excesos del fanatismo. Muchos críticos juzgan el Espiritismo sobre los cuentos de hadas y las leyendas populares que son sus ficciones; es como si juzgáramos la historia sobre los romances históricos o las tragedias.
12. En lógica elemental, para discutir una cosa es menester conocerla, porque la opinión de su crítico no tiene valor, hasta tanto que hable con perfecto conocimiento de causa; sólo entonces aunque su opinión fuese errónea, puede tomarse en consideración ¿pero qué valor tendrá sobre una materia que no conoce? El verdadero crítico debe hacer prueba, no sólo de erudición, sino de un saber profundo respecto del objeto que trate, de un juicio sano y de una imparcialidad a toda prueba; de otro modo el primer músico del lugar podría arrogarse el derecho de juzgar a Rossini, y un aprendiz el de censurar a Rafael.
13. El Espiritismo no acepta, pues, todos los hechos reputados maravillosos o sobrenaturales; lejos de eso, demuestra la imposibilidad de un gran número, y el ridículo de ciertas creencias que constituyen, propiamente hablando, la superstición. Es verdad que en lo que admite, hay cosas que para los incrédulos, son puras maravillas, o sea, de la superstición; que sea, pero, al menos no discutáis sino estos puntos, porque sobre los otros no hay nada que decir y predicáis a convertidos. Atacándoos con lo mismo que él refuta, probáis vuestra ignorancia de la cosa, y vuestros argumentos caen en falso. ¿Pero, se dirá, en dónde se detiene la creencia del Espiritismo? Leed, observad, y lo sabréis. Toda ciencia sólo se adquiere con el tiempo y el estudio; así es que el Espiritismo que toca las cuestiones más graves de la filosofía, a todas las ramas del orden social, que abraza a la vez al hombre físico y al hombre moral, es por sí mismo toda una ciencia, toda una filosofía que no puede ser aprendida en algunas horas como cualquiera otra ciencia; habría tanta puerilidad en querer ver todo el Espiritismo en una mesa giratoria, como en ver toda la física en ciertos juegos de niño. Para aquel que no quiera detenerse en la superficie, no son horas, sino meses y años que son necesarios para sondearle todos los arcanos. Que se juzgue por eso del grado de saber y del valor de la opinión de aquellos que se arrogan el derecho de juzgar, porque han visto uno o dos experimentos, las más veces a manera de distracción y pasatiempo. Ellos dirán sin duda que no están siempre en disposición de ocuparse en este estudio: concedido; nada les obliga; pero entonces cuando no se tiene tiempo de aprender una cosa, que no se hable de ella y aún menos se la juzgue, si no se quiere ser acusado de ligero; y cuando más se ocupa una posición elevada en la ciencia, menos se le disimula el que trate ligeramente un objeto que no conoce.
14. Nosotros nos resumimos en las siguientes proposiciones:
1º Todos los fenómenos espiritistas tienen por principio la existencia del alma, su supervivencia al cuerpo, y sus manifestaciones;
2º Estos fenómenos, estando fundados sobre una ley de la Naturaleza, no tienen nada de maravilloso ni de sobrenatural en el sentido vulgar de estas palabras;
3º Muchos de los hechos son reputados sobrenaturales porque no se conoce su causa; señalándoles el Espiritismo una causa, les hace entrar en el dominio de los fenómenos naturales;
4º Entre los hechos calificados de sobrenaturales, hay muchos cuya imposibilidad demuestra el Espiritismo, y coloca entre las creencias supersticiosas;
5º Aunque el Espiritismo reconozca en muchas creencias populares, un fondo de verdad, no acepta de ningún modo la solidaridad de todas las historias fantásticas creadas por la imaginación;
6º Juzgar al Espiritismo por los hechos que no admite, es manifestar ignorancia, y quitar todo el valor a su opinión;
7º La explicación de los hechos admitidos por el Espiritismo, sus causas y sus consecuencias morales, constituyen toda una ciencia y toda una filosofía, que requieren un estudio serio, perseverante y profundo;
8º El Espiritismo no puede mirar como critico serio sino el que ha visto, estudiado y profundizado todo, con la paciencia y perseverancia de un observador concienzudo; la del que sabrá tanto sobre este objeto, como el adepto más ilustrado; la del que habrá por consiguiente sacado sus conocimientos de otra parte que de los romances de la ciencia, a quien no se podría oponer "ningún" hecho de que no tuviera conocimiento, ningún argumento que no hubiese meditado; que refutaría, no por negaciones, sino por otros argumentos más perentorios; la del que podría, en fin, señalar una causa más lógica a los hechos averiguados. Este crítico está todavía por encontrarse.
15. Hemos anunciado ahora mismo la palabra "milagro", una corta observación sobre este objeto, no estará mal colocada en este capítulo sobre lo maravilloso. En su acepción primitiva, y por su etimología, la palabra milagro significa "cosa extraordinaria"; "cosa admirable de ver"; pero esta palabra, como tantas otras, se ha separado de su sentido originario, y hoy día se dice (según la Academia) "de un acto de la potencia divina contrario a las leyes comunes de la Naturaleza. Tal es en efecto su acepción usual, y sólo por comparación y por metáfora se aplica a las cosas vulgares que nos sorprenden y cuya causa es desconocida. No entra, de ninguna manera, en nuestras miras examinar si Dios ha podido juzgar útil en ciertas circunstancias, derogar las leyes establecidas por él mismo; nuestro fin es únicamente demostrar que los fenómenos espiritistas, por extraordinarios que sean, no derogan de ningún modo estas leyes, no tienen ningún carácter milagroso, como tampoco son maravillosos o sobrenaturales. El milagro no se explica; los fenómenos espiritistas, al contrario, se explican de la manera más racional; éstos no son, pues, milagros, sino simples efectos que tienen su razón de ser en las leyes generales. El milagro tiene además otro carácter, el de ser insólito y aislado. Luego, desde el momento que un hecho se reproduce, por decirlo así, a voluntad y por diversas personas, éste no puede ser milagro.
La ciencia hace todos los días milagros a los ojos de los ignorantes; he aquí porque en otro tiempo, los que sabían más que el vulgo pasaban por hechiceros; y como se creía que toda ciencia sobrehumana venía del diablo, se les quemaba. Hoy día que se está mucho más civilizado, se contentan con enviarles a los manicomios.
Que un hombre realmente muerto, como hemos dicho al principio, vuelva a la vida por una intervención divina, eso es un verdadero milagro, porque es contrario a las leyes de la naturaleza. Pero si este hombre tiene sólo las apariencias de la muerte, si hay todavía en él un resto de "vitalidad latente", y que la ciencia o una acción magnética consigue reanimarle, para las gentes ilustradas, es un fenómeno natural; pero a los ojos del vulgo ignorante, el hecho pasará por milagroso, y el autor será apedreado o venerado, según el carácter de los individuos. Que en medio de ciertas aldeas un físico lance un cometa eléctrico y haga caer el rayo sobre un árbol, este nuevo Prometeo será ciertamente mirado como armado de una potencia diabólica; y sea dicho de paso, Prometeo nos parece singularmente haber adelantado a Franklin; pero Josué deteniendo el movimiento del Sol, o mejor, de la Tierra, he aquí el verdadero milagro, porque nosotros no conocemos ningún magnetizador dotado de tan gran potencia para operar tal prodigio. De todos los fenómenos espiritistas, uno de los más extraordinarios es, sin contradicción, el de la escritura directa, y uno de aquellos que demuestran de la manera más patente la acción de las inteligencias ocultas; pero aunque el fenómeno sea producido por seres ocultos, no es más milagroso, que los otros que son debidos a agentes invisibles, porque estos seres ocultos, que pueblan los espacios, son una de las potencias de la Naturaleza, potencia, cuya acción es incesante sobre el mundo material, así como sobre el mundo moral. El Espiritismo, ilustrándonos sobre esta potencia nos da la llave de una porción de cosas inexplicadas e inexplicables, por cualquier otro medio, y que han podido en tiempos anteriores pasar por prodigios; revela lo mismo que el magnetismo, una ley, si no desconocida, al menos mal comprendida; o por mejor decir, se conocían los efectos, porque se han producido en todo tiempo, pero no se conocía la ley, y la ignorancia de esta ley es la que ha engendrado la superstición. Conocida esta ley, lo maravilloso desaparece, y los fenómenos entran en el orden de las cosas naturales. He aquí porque los espiritistas no hacen milagros haciendo girar una mesa o escribir a los difuntos, como el médico haciendo revivir a un moribundo, o el físico haciendo caer el rayo. Aquel que pretendiese, con la ayuda de esta ciencia, "hacer milagros", sería, o un ignorante de la cosa o un farsante.
16. Los fenómenos espiritistas, lo mismo que los fenómenos magnéticos, han debido pasar por prodigios antes que se conociese la causa; pero, como los escépticos, los espíritus fuertes, esto es, aquellos que tienen el privilegio exclusivo de la razón y del buen sentido, no creen que una cosa sea posible desde el momento que no la comprenden: he aquí porque todos los hechos reputados prodigiosos, son objeto de sus bufonadas; y como la religión contiene gran número de hechos de este género, no creen en la religión, y de ahí a la incredulidad absoluta, sólo hay un paso. El Espiritismo explicando la mayor parte de estos hechos, les da una razón de ser. Viene pues en ayuda de la religión, demostrando la posibilidad de ciertos hechos, que por no tener el carácter milagroso, no son menos extraordinarios, y Dios no es por esto menos grande ni menos poderoso, que si hubiera derogado sus leyes. ¡De cuántas pullas ha sido objeto, San Cupertin, por elevarse con su cuerpo en el espacio! Mas la suspensión etérea de los cuerpos graves es un hecho explicado por la ley espiritista; hemos sido "personalmente testigo ocular" y M. Home, así como otras personas conocidas, han renovado muchas veces el fenómeno producido por San Cupertin. Luego este fenómeno entra en el orden de las cosas naturales.
17. En el número de los hechos de este género es menester colocar en primera línea las apariciones, porque éstas son las más frecuentes. La de la Salette, que dividió al mismo clero, no tiene para nosotros nada de insólito. Seguramente no podemos afirmar que el hecho haya tenido lugar, porque no tenemos la prueba material; mas para nosotros es posible, atendido que millares de hechos análogos "recientes" nos son conocidos; creemos en ellos, no sólo porque su realidad se ha averiguado por nosotros, sino sobre todo porque nos damos perfectamente cuenta del modo como se producen. Quien pretenda reportarse a la teoría que damos más lejos de las apariciones, verá que este fenómeno viene a ser tan sencillo y tan plausible, como una porción de fenómenos físicos que no son prodigiosos, sino por falta de tenerles la llave. En cuanto al personaje que se presentó a la Salette, es otra cuestión; su identidad no nos ha sido demostrada de ningún modo; nosotros hacemos constar simplemente que una aparición puede haber tenido lugar, lo demás no es de nuestra competencia; cada uno puede, respecto a esto, guardar sus convicciones; el Espiritismo no tiene que ocuparse de ello; nosotros decimos solamente que los hechos producidos por el Espiritismo nos revelan leyes nuevas, y nos dan la llave de una porción de cosas que parecían sobrenaturales; si algunos de aquellos que pasaban por milagrosos encuentran en él una explicación lógica, es un motivo para no apresurarse en negar lo que no se comprende.
Los fenómenos espiritistas son contestados por ciertas personas, precisamente porque parecen salir de la ley común y por lo mismo no pueden comprenderlos. Dadles una base racional y la duda cesa. La explicación, en este siglo en que no bastan palabras, es, pues, un poderoso motivo de convicción; así vemos todos los días personas que no han sido testigos de ningún hecho, que no han visto ni girar una mesa, ni escribir a un médium, y que, sin embargo, están tan convencidas como nosotros, únicamente porque han leído y comprendido. Si sólo se debía creer en lo que uno ha visto con los ojos, nuestras convicciones se reducirían a muy poca cosa.
CAPÍTULO III - MÉTODO
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18. El deseo muy natural y muy laudable de todo adepto, deseo que todo sería poco para alentar, es el de hacer prosélitos. Con la mira de facilitar su tarea, nos proponemos examinar aquí la marcha más segura, según nosotros, para alcanzar este objeto, a fin de ahorrarles esfuerzos inútiles. Hemos dicho que el Espiritismo es toda una ciencia, toda una filosofía; aquél que quiera reconocerla seriamente, debe, pues, como primera condición, dedicarse a un estudio serio, y persuadirse que, más que ninguna otra ciencia, no puede aprenderse jugando. Ya hemos dicho también, que el Espiritismo toca todas las cuestiones que interesan a la Humanidad; su campo es inmenso, y sobre todo debe considerárselo por sus consecuencias. La creencia en los Espíritus forma de él sin duda la base, pero no basta para hacer un espiritista ilustrado, como la creencia en Dios no basta para hacer un teólogo. Veamos, pues, de qué manera conviene proceder en esta enseñanza para conducir con más seguridad a la convicción. No deben asustarse los adeptos por esta palabra: “enseñanza”; la enseñanza desde la cátedra o de la tribuna no es la única; hay también la de la simple conversación. Toda persona que quiere persuadir a otra, ya por la vía de las explicaciones, ya por la de las experiencias, también enseña; lo que nosotros deseamos, es que su trabajo dé fruto, y para esto creemos deber dar algunos consejos, de los cuales podrán igualmente aprovecharse aquellos que quieran instruirse por sí mismos; aquí encontrarán el medio de llegar más pronto y con más seguridad al objeto.
19. Se cree generalmente, que para convencer basta mostrar los hechos; esto parece en efecto la marcha más lógica, y sin embargo, la experiencia enseña que no es la mejor, porque se ven muchas veces personas a quienes los hechos más patentes no convencen de ningún modo. ¿En qué consiste? Esto es lo que nos proponemos demostrar.
En el Espiritismo, la cuestión de los Espíritus es secundaria y consecutiva; no es el punto de partida, y aquí precisamente está el error en que se cae, y que muchas veces hace fracasar ante ciertas personas. Los Espíritus no siendo otra cosa que las almas de los hombres, el verdadero punto de partida es la existencia del alma. ¿Pero cómo puede admitir el materialista que haya seres que vivan fuera del mundo material, cuando cree que él mismo no es sino materia? ¿Cómo puede creer en Espíritus fuera de él, cuando no cree tener uno? En vano se acumularían a sus ojos las pruebas más palpables, pues las negaría todas, porque no admite el principio. Toda enseñanza metódica debe proceder de lo conocido a lo desconocido; para el materialista lo conocido es la materia ¿partid, pues, de la materia y procurad ante todo, haciéndosela observar, de convencerle que en él hay alguna cosa que escapa a las leyes de la materia; en una palabra, "antes de hacerle" Espiritista, "procurad hacerle" Espiritualista; pero para esto es necesario otro orden de hechos, una enseñanza enteramente especial, a la cual se debe proceder por otros medios; hablarle de los Espíritus antes que esté convencido de tener un alma, es comenzar por donde debería acabar, porque no puede admitir la conclusión si no admite las premisas. Antes, pues, de emprender el convencer a un incrédulo, aun por los hechos, conviene asegurarse de su opinión con relación al alma, esto es, si cree en su existencia, en su supervivencia al cuerpo, en su individualidad después de la muerte; si su contestación es negativa, sería trabajo perdido hablarle de los Espíritus. He aquí la regla; no decimos nosotros que sea sin excepción, pero entonces es que hay probablemente otra causa que le hace menos refractario.
20. Entre los materialistas, es menester distinguir dos clases: en la primera ponemos todos aquellos que lo son por "sistema"; entre éstos no es la duda, es la negación absoluta, razonada a su manera; a sus ojos el hombre no es más que una máquina que marcha mientras está montada, que si descompone, y sólo queda de ella después de la muerte el esqueleto. Su número es felizmente muy restringido, y no constituye, en ninguna parte, una escuela altamente reconocida; no tenemos necesidad de insistir sobre los deplorables efectos que resultarían para el orden social de la vulgarización de semejante doctrina: nos hemos suficientemente extendido sobre este objeto en el Libro de los Espíritus (núm. 147 y conclusión § III). Cuando hemos dicho que la duda cesa entre los incrédulos en presencia de una explicación racional, es necesario cuando menos exceptuar de ellos a los materialistas, aquellos que niegan toda potencia y todo principio inteligente fuera de la materia; la mayor parte se obstinan en su opinión por orgullo, y creen que su amor propio está obligado a persistir: persisten por y contra todas las pruebas contrarias, porque no quieren quedar debajo. Con estas gentes no hay nada que hacer; tampoco es conveniente dejarse sorprender por el falso semblante de sinceridad de aquellos que dicen: hacedme ver y creeré. Los hay que son más francos y dicen claramente: vería y no creería.
21. La segunda clase de materialistas, y de mucho la más numerosa, porque el verdadero materialismo es un sentimiento antinatural, comprende a aquellos que lo son por indiferencia, y se puede decir "a falta de otra cosa mejor"; no lo son con propósito deliberado, y su deseo es el de creer, porque la incertidumbre es para ellos un tormento.
Hay en ellos una vaga aspiración hacia el porvenir; pero este porvenir se les ha presentado bajo unos colores que su razón no puede aceptar; de ahí la duda, y como consecuencia de la duda, la incredulidad. Entre éstos la incredulidad no es, pues, un sistema; presentadles alguna cosa racional, y la aceptan con anhelo; éstos pueden
comprendernos, porque están más cerca de nosotros de lo que ellos mismos creen; con el primero no habléis ni de revelación, ni de ángeles, ni de paraíso, no os comprenderán; pero colocándoos sobre su terreno, probadle desde luego que las leyes de la fisiología son impotentes para dar razón de todo; lo demás vendrá en seguida. Otra cosa sucede cuando no se tiene opinión preconcebida, porque entonces la creencia no es absolutamente nula; es un germen latente, oculto y oprimido por malas yerbas, pero que una chispa puede reanimar; es el ciego a quien se le vuelve la vista, y se llena de gozo cuando puede volver a ver la luz; es el náufrago a quien se le echa una tabla de salvación.
22. Al lado de los materialistas propiamente dichos, hay una tercera clase de incrédulos, que aunque espiritualistas, al menos de nombre, no son por eso menos refractarios: estos son los "incrédulos de mala voluntad". Les sabría mal el creer, porque esto alteraría su quietud en los goces materiales; temen ver en ello, la condenación de su ambición, de su egoísmo y de las vanidades humanas, de las que hacen sus delicias; cierran los ojos para no ver y se tapan las orejas para no oír. No puede hacerse otra cosa si no compadecerles.
23. No hablaremos sino de memoria, de una cuarta categoría que llamaremos la de los "incrédulos interesados o de mala fe". Estos saben muy bien a qué atenerse sobre el Espiritismo pero, ostensiblemente, lo condenan por motivos de interés personal. Nada hay que decir y hacer con ellos. Si el materialista puro se engaña, hay al menos para él la excusa de la buena fe; se le puede conducir, probándole su error; éste, es ya un partido tomado contra el cual todos los argumentos vienen a estrellarse; el tiempo se encargará de abrirles los ojos y demostrarles, puede ser a sus costas, dónde estaban sus verdaderos intereses, porque no pudiendo impedir que la verdad se propague, serán arrastrados por el torrente, y con ellos los intereses que creían salvar.
24. Además de estas diversas categorías de opositores, hay una infinidad de grados, entre los cuales se pueden contar los "incrédulos por pusilanimidad": el valor les vendrá cuando vean que los otros no se queman; los "incrédulos por escrúpulo religioso": un estudio ilustrado les enseñará que el Espiritismo se apoya sobre las bases fundamentales de la religión, y que respeta todas las creencias, que uno de sus efectos es dar sentimientos religiosos a aquellos que no los tienen, y fortificarlos en los que están vacilantes. Después vienen los incrédulos por orgullo, por espíritu de contradicción, por indolencia, por ligereza, etc.
25. No podemos omitir una categoría que llamaremos la de los "incrédulos por decepciones". Comprende las personas que han pasado de una confianza exagerada a la incredulidad, porque han probado contrariedades; entonces desanimados, todo lo han abandonado, todo lo han desechado. Están en el caso de aquel que negaría la buena fe, porque habría sido engañado. Esto es también el resultado de un estudio incompleto del Espiritismo, y de falta de experiencia. El que está sofisticado por los Espíritus, generalmente es porque les pide lo que no pueden o no deben decir, o porque no está bastante ilustrado sobre la cosa para discernir la verdad de la impostura. Muchos, por otra parte, no ven en el Espiritismo sino un nuevo medio de adivinación, y se imaginan que los Espíritus son hechos para decir la buenaventura; pero los Espíritus ligeros y burlones se presentan y se divierten a sus costas: así es que ellos anunciarán marido a las jóvenes solteras; a los ambiciosos, honores, herencias, tesoros ocultos, etc.; de ahí muchas veces decepciones desagradables, pero de las cuales el hombre serio y prudente sabe siempre preservarse.
26. Una clase muy numerosa, la mayor de todas, pero que no podría colocarse entre los opositores, es la de los que "vacilan"; éstos son generalmente "espiritualistas" por principio, entre la mayor parte hay una vaga intuición de las ideas espiritistas, una aspiración hacia alguna cosa que no pueden definir; sólo falta a sus pensamientos el ser coordinados y formulados; el Espiritismo es para ellos como un rayo de luz: es la claridad que disipa la niebla: así es que lo acogen con ahínco, porque les libra de las angustias de la incertidumbre.
27. Si desde este punto echamos una ojeada sobre las diversas categorías de creyentes, encontraremos en primer lugar los "espiritistas sin saberlo"; propiamente hablando ésta es una variedad o matiz de la clase precedente. Sin haber oído jamás hablar de la Doctrina Espiritista, tienen el sentimiento innato de los grandes principios que se deducen, y este sentimiento se refleja en ciertos pasajes de sus escritos y de sus discursos, a tal punto que oyéndoles se les creería completamente iniciados en él. Muchos de éstos ejemplos se encuentran en los escritores sagrados y profanos, en los poetas, los oradores, los moralistas, y los filósofos antiguos y modernos.
28. Entre los convencidos por medio de un estudio directo pueden distinguirse: 1º Los que creen pura y simplemente en las manifestaciones. El Espiritismo es para ellos una simple ciencia de observación, una serie de hechos más o menos curiosos; a éstos les llamaremos "espiritistas experimentadores".
2º Los que ven en el Espiritismo otra cosa más que los hechos; comprenden la parte filosófica; admiran la moral que se deduce, pero no la practican. Su influencia sobre su carácter es insignificante o nula; nada cambian en sus costumbres, y no se privarían de un solo goce; el avaro es siempre miserable, el orgulloso siempre lleno de sí mismo, el envidiado y el celoso siempre hostiles; para ellos la caridad cristiana sólo es una bella máxima: éstos son los "espiritistas imperfectos". 3º Aquellos que no se contentan con admirar la moral espiritista, sino que la practican y aceptan con todas sus consecuencias. Convencidos que la existencia terrestre es una prueba pasajera, procuran sacar provecho de sus cortos instantes para marchar en el camino del progreso, el único que puede elevarles en la jerarquía del mundo de los Espíritus, esforzándose en hacer el bien y en reprimir sus malas inclinaciones; sus relaciones son siempre seguras, porque su convicción les aleja de todo mal pensamiento. En todas sus cosas la caridad es la regla de su conducta: éstos son los "verdaderos espiritistas”, o mejor dicho, los "espiritistas cristianos". 4º Hay, en fin, los "espiritistas exaltados". La especie humana sería perfecta si sólo tomara siempre la parte buena de las cosas. En todo, la exageración es dañosa; en Espiritismo da una confianza demasiado ciega y a menudo pueril en las cosas del mundo invisible, y hace aceptar, muy fácilmente y sin comprobación, lo que la reflexión y el examen demostrarán lo absurdo y la imposibilidad; pero el entusiasmo no reflexiona, ofusca. Esta especie de adeptos es más dañosa que útil a la causa del Espiritismo; éstos son los menos a propósito para convencer, porque se desconfía con razón de su criterio, son, de muy buena fe, el juguete, ya de los Espíritus mixtificadores, ya de los hombres que procuran explotar su credulidad. Si ellos debían sufrir solos las consecuencias, el mal sería a medias; lo peor es que dan, sin querer, armas a los incrédulos que buscan con ahínco más bien las ocasiones de divertirse que de convencerse, y no dejan de atribuir a todos el ridículo de algunos. Ciertamente esto no es ni justo ni racional; pero ya se sabe, los adversarios del Espiritismo sólo reconocen su razón como la más elegida, y conocer a fondo aquello que hablan, es el menor de sus cuidados.
29. Los medios de convicción varían extremadamente según los individuos; lo que persuade a los unos, nada produce sobre los otros; tal se convence por ciertas manifestaciones materiales, tal por comunicaciones inteligentes, y el mayor número por el razonamiento. Aún podemos añadir que para la mayor parte de aquellos que no están preparados por el razonamiento, los fenómenos materiales son de poco peso; cuanto más extraordinarios son estos fenómenos y más se separan de las leyes conocidas, más oposición encuentran, por una razón muy sencilla, y es que conduce naturalmente a dudar de una cosa que no tiene una sanción racional; cada uno la mira desde su punto de vista y se la explica a su manera: el materialista ve en ella una causa puramente física o una superchería; el ignorante y el supersticioso, una causa diabólica o sobrenatural; mientras que una explicación previa tiene por efecto destruir las ideas preconcebidas, y demostrar, sino la realidad, al menos la posibilidad de la cosa; se la comprende antes de haberla visto; pues desde el momento que se reconoce la posibilidad, la convicción está hecha en tres cuartas partes.
30. ¿Es útil tratar de convencer a un incrédulo obstinado? Hemos dicho que esto depende de las causas y de la naturaleza de su incredulidad; a menudo la insistencia que se pone en persuadirle le hace creer en su importancia personal, y es una razón para que se obstine más. Aquel que no se convence ni por el raciocinio ni por los hechos, es porque debe sufrir aún la prueba de la incredulidad; es menester dejar a la Providencia el cuidado de conducirle por circunstancias más favorables; bastantes son los que desean ver la luz para que no se pierda el tiempo con los que la rechazan; dirigíos, pues, a los hombres de buena voluntad, cuyo número es más grande de lo que se cree, y su ejemplo multiplicándose vencerá más resistencias que las palabras. El verdadero espiritista no faltará nunca en practicar el bien, aliviar corazones afligidos, dar consuelo, calmar desesperaciones, obrar reformas morales, ahí está su misión; en esto encontrará también su verdadera satisfacción. El Espiritismo está en el aire; se extiende por la fuerza de las cosas y porque hace dichosos a aquellos que lo profesan. Cuando sus adversarios sistemáticos le oigan resonar a su alrededor, entre sus mismos amigos, comprenderán su aislamiento, y se verán obligados a callarse o a rendirse.
31. Para proceder en la enseñanza del Espiritismo como se hace con las ciencias ordinarias, sería necesario pasar revista a toda la serie de fenómenos que pueden producirse, empezando por los más sencillos y llegando sucesivamente hasta los más complicados; pero esto es lo que no se puede, porque no es posible hacer un curso de Espiritismo experimental, como se hace un curso de física o química. En las ciencias naturales se opera sobre la materia bruta, que se manipula a gusto y se está casi siempre cierto de poder regularizar los efectos; en el Espiritismo tiene uno que habérselas con inteligencias libres, y nos prueban a cada instante que no están sometidas a nuestros caprichos, es menester, pues, observar, esperar los resultados; aprovechar las ocasiones. Decimos además, con toda convicción que "el que se lisonjeare en obtenerlas por su voluntad, no puede ser más que un ignorante o un impostor"; porque el verdadero Espiritismo no se pondrá en espectáculo ni se mostrará jamás en escena. Tiene también algo de ilógico el creer que los Espíritus vengan a ser examinados y someterse a la investigación como objetos de curiosidad. Los fenómenos pueden, pues, faltar cuando se tiene necesidad de ellos, o presentarse en otro orden que el que se desea. Añadamos también que para obtenerlos son necesarias personas dotadas de facultades especiales, y estas facultades varían hasta el infinito, según la aptitud de los individuos: luego como es extremadamente raro que una persona tenga todas las aptitudes, es una dificultad de más, porque sería menester siempre tener a la mano una verdadera colección de médiums, lo que no es posible. El medio de obviar este inconveniente es muy sencillo, es el de empezar por la teoría; en ella se examinan todos los fenómenos; se explican y se da cuenta de ellos, se comprende la posibilidad, se conocen las condiciones en las cuales pueden producirse y los obstáculos que pueden encontrarse, cualquiera que sea entonces el orden en el cual son conducidos por las circunstancias, nada tienen que pueda sorprender. Esta marcha ofrece además otra ventaja, es la de ahorrar una porción de contrariedades al que quiere operar; prevenido contra las dificultades, se puede poner en guardia y evitar el adquirir la experiencia a sus costas. Desde que nos ocupamos de Espiritismo, no sería difícil manifestar el número de personas que han venido a nosotros, y entre éstas, cuántas hemos visto que habían permanecido indiferentes e incrédulas en presencia de los hechos más patentes, y que más tarde se han convencido por una explicación razonada; cuántas otras han sido predispuestas a la convicción por el razonamiento; cuántas, en fin, han sido persuadidas sin haber visto nada sino únicamente porque comprendieron. Hablamos, pues, por experiencia, y por lo que decimos, creemos que el mejor método de enseñanza espiritista, es el de dirigirse a la razón antes que a los ojos. Este es el que seguimos en nuestras lecciones, y tenemos motivo para quedar satisfechos.[1]
32. El estudio previo de la teoría, tiene otra ventaja, es la de mostrar inmediatamente la grandeza del objeto y el alcance de esta ciencia; aquel que debuta viendo girar o golpear una mesa, está más inclinado a la burla, porque difícilmente cree que de una mesa pueda salir una doctrina regeneradora de la Humanidad. Hemos mencionado siempre que aquellos que creen antes de haber visto, sólo porque han leído y comprendido, lejos de ser superficiales son al contrario los que más reflexionan; adhiriéndose más al fondo que a la forma, para ellos la parte filosófica es la principal, los fenómenos propiamente dichos, son el accesorio, y dicen que aun cuando los fenómenos no existieron, no dejaría de quedar una filosofía, que sola resuelve problemas insolubles hasta el día; que sola da al pasado del hombre y de su porvenir la teoría más racional; pues prefieren una doctrina que explica, a las que no explican o explican mal. El que reflexiona comprende muy bien, que se podría hacer abstracción de las manifestaciones y que por eso no subsistiría menos la doctrina, las manifestaciones vienen a corroborarla, a confirmarla, pero no son la base esencial; el observador formal no las rechaza, al contrario, espera las circunstancias favorables que le permitirán ser testigo. La prueba de lo que avanzamos, es que antes de haber oído hablar de las manifestaciones, muchas personas tenían la intuición de esta doctrina, que no ha hecho si no dar un cuerpo, un conjunto a sus ideas.
33. Por otra parte no sería exacto decir que los que empiezan por la teoría, no tengan objetos prácticos de observación; por el contrario, los hay que a sus ojos deben tener mayor valor que los que puedan producir en su presencia, éstos son los hechos numerosos de las "manifestaciones espontáneas", de las cuales hablaremos en los capítulos siguientes. Hay pocas personas que no tengan conocimiento de éstas al menos de oídas; muchas las han tenido ellas mismas, a las cuales sólo habían prestado una mediana atención. La teoría tiene por efecto darles la explicación de esto mismo; y decimos que estos hechos son de un gran valor, cuando se apoyan sobre testimonios irrecusables, porque no se puede suponer ni preparación ni connivencia. Si los fenómenos provocados no existían, no menos subsistirían los fenómenos espontáneos, y aunque el Espiritismo no tuviese otro resultado que el de darles una solución racional, esto sería ya mucho. Así es que la mayor parte de los que leen por adelantado, transportan sus recuerdos sobre estos hechos, que son para ellos una confirmación de la teoría.
34. Se formaría un concepto equivocado sobre nuestra manera de ver, si se suponía que aconsejamos el que se desprecien los hechos; por los hechos hemos llegado a la teoría; es verdad que para conseguirlo nos ha sido necesario un trabajo asiduo de muchos años y millares de observaciones; mas ya que los hechos nos han servido y nos sirven todos los días, seríamos inconsecuentes con nosotros mismos si cuestionáramos su importancia, cuando sobre todo hacemos un libro destinado a hacerlos conocer. Sólo queremos decir, que sin el razonamiento no bastan para determinar la convicción; que una explicación previa destruyendo las prevenciones y mostrando que no tienen nada contrario a la razón, "prepara" para que se acepten. Esto es tan cierto, que de diez personas completamente novicias, que asistieran a una sesión experimental, aunque fuese de las más satisfactorias desde el punto de vista de los adeptos, nueve saldrían sin estar convencidas, y algunas más incrédulas que antes, porque los experimentos no habrán correspondido a lo que esperaban. Otra cosa será en cuanto a aquellas que podrán darse cuenta de las mismas por un conocimiento teórico anticipado: para éstas es un medio de comprobación, pues nada les sorprende, ni el mal resultado, porque saben con qué condiciones se producen los hechos, y que es preciso no pedirles sino lo que pueden dar. La inteligencia previa de los hechos, los pone, pues, en disposición de conocer todas las anomalías, además les permite coger una porción de detalles y pormenores, a menudo muy delicados, que son para él los medios de convicción, y pasan por alto al observador ignorante. Tales son los motivos que nos obligan a no admitir en nuestras sesiones experimentales, sino a las personas que poseen nociones preparatorias bastantes para comprender lo que en ellas se hace, persuadidos de que las otras perderían el tiempo y nos harían perder el nuestro.
35. A los que quieran adquirir estos conocimientos preliminares por la lectura de nuestras obras, he aquí el orden que les aconsejamos:
1º “¿Qué es el Espiritismo?” Este cuaderno, de un centenar de páginas solamente, es una exposición sumaria de los principios de la Doctrina Espiritista, una ojeada general que permite abrazar el conjunto en un cuadro reducido. En pocas palabras se ve el objeto y se puede juzgar su fondo. Se encuentran en él, además, la respuesta a las principales preguntas u objeciones que están naturalmente inclinadas a hacer las personas novicias. Esta primera lectura, que pide poco tiempo, es una introducción que facilita un estudio más profundo.
2º “El Libro de los Espíritus”, contiene la doctrina completa dictada por los mismos Espíritus con toda su filosofía y todas sus consecuencias morales; es el destino del hombre sin el velo que le cubre, la iniciación en la naturaleza de los Espíritus, y en los misterios de la vida de ultratumba. Leyéndole se comprende que el Espiritismo tiene un objeto serio, y no es un pasatiempo frívolo.
3º “El Libro de los Médiums”; está destinado a dirigir en la práctica de las manifestaciones, por el conocimiento de los medios más propios para comunicar con los Espíritus; es una guía, ya para los médiums, ya para los que evocan, y el complemento del Libro de los Espíritus.
4º “La Revista Espiritista”; es una colección variada de hechos, de explicaciones teóricas, y de fragmentos separados, que completan lo que se ha dicho en las dos precedentes obras y que de cierto modo es su aplicación. La lectura puede hacerse al mismo tiempo, pero será más provechosa y más inteligible, sobre todo después de la del Libro de los Espíritus. He ahí lo que nos concierne. Los que quieren adquirir todos los conocimientos de una ciencia, deben necesariamente leer todo lo que se ha escrito sobre la materia, o al menos las cosas principales, y no limitarse a un solo autor; deben asimismo leer el pro y el contra, tanto las críticas como las apologías, iniciarse en los diferentes sistemas a fin de poder juzgar por comparación. Bajo este aspecto no preconizamos ni criticamos ninguna obra, no queriendo influir en nada sobre la opinión que de ellas pueda formarse; llevando nuestra piedra al edificio, nos ponemos en las filas: no nos pertenece ser juez y parte, y no tenemos la ridícula pretensión de ser los solos dispensadores de la luz; corresponde al lector separar lo bueno de lo malo, lo verdadero de lo falso.
CAPÍTULO IV - SISTEMAS
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36. Cuando los extraños fenómenos del Espiritismo empezaron o producirse, o mejor dicho, se han renovado en estos últimos tiempos, el primer sentimiento que excitaron fue el de la duda sobre su misma realidad y aún más sobre su causa. Cuando se ha probado por testimonios irrecusables y por las experiencias que cada uno ha podido hacer, ha acontecido que todos también los han interpretado a su manera, según sus ideas personales, sus creencias o sus prevenciones; de aquí, muchos sistemas que una observación más atenta debía reducir a su justo valor.
Los adversarios del Espiritismo han creído encontrar un argumento en esta divergencia de opiniones, diciendo que los mismos espiritistas no están acordes entre sí. Esta es una razón muy pobre, si se reflexiona que todos los pasos de una ciencia naciente son necesariamente inciertos hasta que el tiempo haya permitido reunir y coordinar los hechos que pueden sentar la opinión; a medida que los hechos se completan y se observan mejor, las ideas prematuras se borran, y la unidad se establece, al menos sobre los puntos fundamentales, si no en todos los detalles. Esto es lo que ha tenido lugar en el Espiritismo; él no podía escapar de la ley común, y debía por naturaleza, prestarse más que otra cosa a diversidad de interpretaciones. Se puede aún decir que bajo este aspecto ha ido más aprisa que las otras ciencias sus primogénitas, que la medicina por ejemplo, que todavía divide a los más grandes sabios.
37. En el orden metódico, para seguir la marcha progresiva de las ideas, conviene colocar en primer lugar los que se pueden llamar "sistemas de la negación", esto es, los de los adversarios del Espiritismo. Hemos refutado sus objeciones en la introducción y en la conclusión del Libro de los Espíritus, así como en la pequeña obra titulada ¿Qué es el Espiritismo? Sería superfluo repetir lo mismo; nos limitaremos a recordar en dos palabras los motivos en que se fundan.
Los fenómenos espiritistas son de dos clases: los efectos físicos y los efectos inteligentes. No admitiendo la existencia de los Espíritus por la razón de que no admiten nada fuera de la materia, se concibe que nieguen los efectos inteligentes. En cuanto a los efectos físicos, los comentan a su punto de vista y sus argumentos pueden resumirse en los cuatro sistemas siguientes:
38. Sistema del charlatanismo. Entre los antagonistas, muchos atribuyen estos efectos a la superchería, por la razón que algunos han podido imitarse. Esta suposición transformaría a todos los espiritistas en bobalicones y a todos los médiums en forjadores de patrañas, sin considerar la posición, carácter, saber y honradez de las personas. Si mereciera una contestación, diríamos que ciertos fenómenos de la física también se imitan por los prestidigitadores, y que esto no prueba nada contra la verdadera ciencia. Además hay personas cuyo carácter aparta toda sospecha de fraude y es preciso estar desprovisto de toda educación y urbanidad, para atreverse a decirles en su cara que son cómplices de charlatanismo. En un salón muy respetable, un caballero, que se tenía por bien educado, habiéndose permitido una reflexión de esta naturaleza, la señora de la casa le dijo: "Caballero, puesto que no está usted contento, se le volverá a usted el dinero en la puerta"; y con un gesto le hizo comprender lo que debía hacer. ¿Es decir por esto, que jamás haya habido abusos? Sería necesario, para creerlo, admitir que los hombres son perfectos. Se abusa de todo, aún de las cosas más santas: ¿por qué no se abusaría del Espiritismo? Pero el mal uso que se puede hacer de una cosa, no puede prejuzgar nada contra la misma cosa; los informes que puedan tenerse con respecto a la buena fe de las personas están en los motivos que les hacen obrar. Donde no hay especulación, el charlatanismo no tiene nada que hacer.
39. Sistema de la locura. Algunos, por condescendencia, no quieren sospechar de superchería, pero pretenden que los que no tratan de engañar, lo son ellos mismos: lo que viene a decir que son imbéciles. Cuando los incrédulos ponen en ellos menos formas, dicen simplemente que uno es loco, atribuyéndose así, sin cumplimiento el privilegio del buen sentido. Ahí está el gran argumento de los que no les asiste la razón para oponerse. Por lo demás, esta especie de atacar ha caído en el ridículo por su poca sustancia, y no merece que se pierda el tiempo en refutarlo. Los espiritistas, por otra parte, no se aturden por eso; toman con valor su partido y se consuelan pensando que tienen por compañeros de infortunio bastantes gentes cuyo mérito podría nadie disputar. Es preciso en efecto convenir que esta locura, si la hay, tiene un carácter bien singular, y es que ataca con preferencia a la clase ilustrada, entre la que el Espiritismo cuenta la inmensa mayoría de sus adeptos hasta el presente. Si en el número, se encuentran algunas excentricidades, nada prueban contra la Doctrina que los locos religiosos no prueban contra la religión; los locos melómanos contra la música; los locos matemáticos contra las matemáticas. Todas las ideas han encontrado fanáticos exaltados, y sería menester estar dotado de un juicio bien obtuso para confundir la exageración de la cosa con la misma cosa. Para más amplias explicaciones sobre este objeto nos remitiremos a nuestro librito: ¿Qué es el Espiritismo? al Libro de los Espíritus. (Introducción § XV).
40. Sistema de la alucinación. Hay otra opinión, menos ofensiva porque tiene un pequeño color científico, que consiste en poner los fenómenos bajo el aspecto de la ilusión de los sentidos; de este modo, el observador sería de muy buena fe; sólo creería ver lo que no ve. Cuando ve levantarse una mesa y mantenerse en el espacio sin punto de apoyo, la mesa no se habría movido del sitio; la ve en el aire por una especie de ilusión óptica, o un efecto de refracción, como la que hace ver un astro, o un objeto en el agua, fuera de su posición real. Esto sería posible en rigor; pero aquellos que han sido testigos de este fenómeno han podido acreditar el aislamiento, pasando bajo la mesa suspendida, lo que sería difícil si no hubiese dejado el suelo. Por otra parte ha acontecido varias veces que la mesa se ha roto cayendo: ¿se dirá también que es un efecto de óptica? Una causa fisiológica bien conocida puede, sin duda, hacer que se crea ver dar vueltas a una cosa que no se mueve, o que se la crea girar sobre sí misma cuando está inmóvil; ¿pero cuando muchas personas alrededor de una mesa son arrastradas por un movimiento tan rápido que tienen trabajo en seguirla, que algunas son a veces echadas por tierra, se dirá que todas están atacadas de vértigo, como el borracho que cree ver pasar su casa por delante de sus ojos?
41. Sistema del músculo crujidor. Si esto sucediera con respecto a la vista, no sería lo mismo en cuanto al oído, y cuando se oyen golpes por toda una reunión uno no puede razonablemente atribuirlos a una ilusión. Téngase entendido que hacemos abstracción de toda idea de fraude, y suponemos que una atenta observación ha acreditado que estos fenómenos no se deben a ninguna causa fortuita o material. Es verdad que un sabio médico ha dado de los mismos una explicación perentoria, según él [2]. "La causa está, dice, en las contracciones voluntarias o involuntarias del tendón del músculo corto-peroné". Con este objeto entra en detalles anatómicos los más completos para demostrar por qué mecanismo este tendón puede producir estos ruidos, imitar los redobles del tambor, y aún ejecutar aires musicales, sacando en consecuencia que los que creen oír golpes en una mesa son engañados O por una mixtificación o por una ilusión. El hecho no es nuevo en sí mismo; desgraciadamente para el autor de este pretendido descubrimiento, su teoría no puede dar razón de todos los casos. Digamos desde luego que los que gozan de la singular facultad de hacer crujir cuando quieren su músculo corto-peroné o cualquier otro, y tocar aires por este medio, son sujetos excepcionales; mientras que la de hacer golpear las mesas es muy común, y que los que poseen ésta, no gozan todos ni de mucho de la primera. En segundo lugar el sabio doctor ha olvidado explicar cómo el crujido muscular de una persona inmóvil y aislada de la mesa, puede producir en ésta vibraciones sensibles al tacto; cómo este ruido puede reproducirse por voluntad de los asistentes en las diferentes partes de la mesa, en los otros muebles, contra las paredes, en el techo, etc.; cómo, en fin, la acción de este músculo puede extenderse a una mesa que no se toca y hacerla mover. Esta explicación por otra parte, si es que lo fuera, no comprendería más que el fenómeno de los golpes, pero no puede concernir a los otros medios de comunicación. Concluyamos que él ha juzgado sin haber visto, o sin haberlo visto todo, como debe verse. Siempre es sensible que los hombres de ciencia se apresuren a dar sobre lo que no conocen, explicaciones que los hechos pueden desmentir. Su mismo saber debería hacerles tanto más circunspectos en sus juicios, cuanto más lejos están para ellos los límites de lo desconocido.
42. Sistema de las causas físicas. Aquí salimos del sistema de la negación absoluta. Concediéndose la realidad de los fenómenos, el primer pensamiento que naturalmente vino al espíritu de aquellos que los han reconocido, ha sido el de atribuir los movimientos al magnetismo, a la electricidad, o a la acción de un fluido cualquiera, en una palabra, a una causa enteramente física y material. Esta opinión no tendría nada de irracional, y hubiera prevalecido si el fenómeno se hubiese limitado a efectos puramente mecánicos. Una circunstancia también parece corroborarla; ésta es, en ciertos casos el aumento de la potencia en razón del número de las personas; cada una de ellas podría así ser considerada como uno de los elementos de una pila eléctrica humana. Hemos dicho que lo que caracteriza una teoría verdadera, es el poder dar razón de todo; más si un solo hecho viene a contradecirla, es que es falsa, incompleta o demasiado absoluta. Pues esto es lo que no ha tardado en acontecer. Estos movimientos y estos golpes han dado señales inteligentes, obedeciendo a la voluntad y respondiendo al pensamiento; debían, pues, tener una causa inteligente. Desde entonces, que el efecto cesó de ser puramente físico, la causa por esto mismo, debía tener otro origen; así el sistema de la acción "exclusiva" de un agente material ha sido abandonado y no se encuentra sino entre aquellos que juzgan a "priori" y sin haber visto. El punto capital es, pues, el de acreditar la acción inteligente, y esto es lo que puede convencer a cualquiera que se tomara el trabajo de observar.
43. Sistema del reflejo. Una vez reconocida la acción inteligente, queda por saber cuál es el origen de ésta inteligencia. Se ha pensado que podía ser la del médium o de los asistentes que se reflejaba como la luz o los rayos sonoros. Esto era posible: sólo la experiencia podía decir su última palabra. Mas desde luego, observamos que este sistema se separa ya completamente de la idea puramente materialista; para que la inteligencia de los asistentes pueda reproducirse por la vía indirecta, sería preciso admitir en el hombre un principio fuera del organismo.
Si el pensamiento expresado hubiera siempre sido el de los asistentes, la teoría de la reflexión se hubiera confirmado; ¿pero el fenómeno, aún reducido a esta proporción, no sería acaso del más grande interés? ¿Reflejándose el pensamiento en un cuerpo inerte y traduciéndose por el movimiento y el ruido, no sería una cosa muy notable? ¿No habría motivo para excitar la curiosidad de los sabios? ¿Por qué, pues, le han desdeñado, aquellos que agotan sus fuerzas en la investigación de una fibra nerviosa? Sólo la experiencia, decimos nosotros, podía dar o dejar de dar la razón a esta teoría, y no se ha dado, porque demuestra a cada instante, y por los hechos más positivos, que el pensamiento expresado, puede ser no sólo extraño al de los asistentes, sino que muchas veces le es enteramente contrario; que viene a contradecir todas las ideas preconcebidas y desbaratar todas las previsiones; en efecto, cuando yo pienso blanco y se me responde negro, me es difícil creer que la respuesta venga de mí. Dicha teoría se apoya en algunos casos de identidad entre el pensamiento expresado y el de los asistentes; ¿pero qué prueba esto, sino que los asistentes pueden pensar como la inteligencia que se comunica? Nadie dice que deben ser siempre de opinión contraria. Cuando en la conversación, el interlocutor emite un pensamiento análogo al vuestro ¿diréis por esto que viene de vosotros? Bastan algunos ejemplos contrarios bien acreditados, para probar que esta teoría no puede ser absoluta. ¿Cómo, por otra parte, explicar que la reflexión del pensamiento, la escritura producida por personas que no saben escribir, las respuestas filosóficas de la mayor elevación obtenidas por personas no literatas, las que se dan a preguntas mentales o en un lenguaje desconocido del médium, y mil otros hechos que no pueden dejar duda sobre la independencia de la inteligencia que se manifiesta? La opinión contraria no puede ser sino el resultado de una falta de observación. Si la presencia de una inteligencia extraña está probada moralmente por la naturaleza de las contestaciones, lo es materialmente por el hecho de la escritura directa; esto es, de la escritura obtenida espontáneamente, sin pluma ni lápiz, sin contacto, y a pesar de todas las precauciones tomadas para garantizarse de todo subterfugio. El carácter inteligente del fenómeno, no puede ponerse en duda; luego hay otra cosa más que una acción fluídica. Además, la espontaneidad del pensamiento expresado fuera de toda espera, de toda cuestión propuesta, no permite ver en ello un reflejo del de los asistentes. El sistema del reflejo es bastante desatento en ciertos casos; cuando en una reunión de personas decentes, sobreviene inopinadamente una de estas comunicaciones irritantes por su grosería, sería hacer poco favor a los asistentes el pretender que proviene de alguno de ellos; y es probable que todos se apresuren a rechazarla. (Véase el Libro de los Espíritus, Introducción § XVI).
44. Sistema del alma colectiva. Es una variante del precedente. Según este sistema, sólo el alma del médium se manifiesta, pero se identifica con la de muchos otros vivientes presentes o ausentes, y forma un "todo colectivo" reuniendo las aptitudes, la inteligencia y los conocimientos de cada uno. Aunque la obrita en que esta teoría se expone se titule "la luz"[3], nos ha parecido de un estilo muy oscuro; confesamos haberla comprendido poco y no hablamos de la misma sino para que se tenga presente. Por otra parte, es, como muchas otras, una opinión individual que ha hecho pocos prosélitos. El nombre de "Emah Tirpsé" es el que toma el autor para designar el ser colectivo que representa. Toma por epígrafe: "nada hay oculto que no deba ser conocido". Esta proposición es evidentemente falsa, porque hay una porción de cosas que el hombre no puede ni debe saber; muy presuntuoso sería el que pretendiese penetrar todos los secretos de Dios.
45. Sistema de sonambulismo. Este ha tenido más partidarios, y cuenta todavía con algunos. Como el precedente, admite que todas las comunicaciones inteligentes tienen su origen en el alma o Espíritu del médium; pero para explicar su aptitud y tratar de objetos fuera de sus conocimientos, en lugar de suponer en él un alma múltiple, atribuye esta aptitud a una sobrexcitación momentánea de las facultades mentales, a una especie de estado de sonambulismo o de éxtasis que exalta y desenvuelve su inteligencia. No se puede negar, en ciertos casos, la influencia de esta causa; pero basta haber visto operar a la mayor parte de estos médiums, para convencerse que no puede resolver todos los hechos, y que forma la excepción y no la regla. Se podría creer que es así, si el médium tenía siempre el aspecto de un inspirado o de un extático, apariencia que por otra parte podía simular perfectamente, si quisiera hacer una farsa; ¿pero cómo creer en la inspiración, cuando el médium escribe como una máquina, sin tener la menor conciencia de lo que obtiene, sin la menor emoción, sin ocuparse de lo que hace y mirando a otra parte, riendo y haciendo diferentes cosas? Se concibe la sobrexcitación de las ideas, pero no se comprende que pudiese hacer escribir al que no sabe, y aún menos cuando las comunicaciones se transmiten por golpes, o con la ayuda de una tablita o de una cestita. Veremos en la continuación de esta obra la parte que es preciso conceder a la influencia de las ideas del médium; pero los hechos en que la inteligencia extraña se revela por señales incontestables, son tan numerosos y tan evidentes, que no pueden dejar ninguna duda. La falta de razón en la mayor parte de los sistemas nacidos en el origen del Espiritismo, es el haber sacado consecuencias generales de algunos hechos aislados.
46. Sistema pesimista, diabólico o demoníaco. - Aquí entramos en otro orden de ideas. Estando acreditada la intervención de una inteligencia extraña, se trataba de saber cuál era la naturaleza de esta inteligencia. El medio más sencillo era, sin duda, el preguntárselo; pero ciertas personas no han encontrado en eso una garantía suficiente, y no han querido ver en todas las manifestaciones sino una obra diabólica. Según ellas, sólo los demonios o el diablo pueden comunicarse. Aunque este sistema encuentra poco eco en el día de hoy, no ha dejado de gozar de algún crédito por algunos momentos por el carácter de aquellos que han tratado de hacerle prevalecer. Haremos, sin embargo, observar que los partidarios del sistema demoníaco, no deben estar colocados entre los adversarios del Espiritismo, antes al contrario. Que los seres que se comunican sean demonios o ángeles, siempre son seres incorpóreos; luego, admitir las manifestación de los demonios, siempre es admitir la posibilidad de comunicar con el mundo invisible, o al menos con una parte de este mundo. La creencia en la comunicación exclusiva de los demonios, por irracional que sea, podía no parecer imposible cuando se miraba a los Espíritus como seres creados fuera de la humanidad; pero desde que se sabe que los Espíritus no son otra cosa que las almas de aquellos que han vivido, ha perdido todo su prestigio, y se puede decir toda verosimilitud; porque se seguiría que todas estas almas son demonios, aunque fuesen de un padre, de un hijo o de un amigo, y que nosotros mismos muriendo, venimos a ser demonios, doctrina poco lisonjera y poco consoladora para muchas gentes. Será muy difícil persuadir a una madre de que el niño querido que ha perdido, y que viene a darle, después de su muerte, pruebas de su afecto y de su identidad, sea un dependiente de Satanás. Es verdad que entre los Espíritus, los hay muy malos, y que no valen más que aquellos que se llaman "demonios", por una razón bien sencilla: porque hay hombres muy malos, y que la muerte no les hace inmediatamente mejores, la cuestión está en saber si éstos son los únicos que puedan comunicarse. A los que lo crean así, les dirigimos las preguntas siguientes:
1ª. ¿Hay buenos y malos Espíritus?
2ª. ¿Dios es más poderoso que los malos Espíritus, o que los demonios, si así los queréis llamar?
3ª. Afirmar que sólo los malos se comunican, es decir que los buenos no lo pueden; si esto es así, una de dos: esto tiene lugar por la voluntad, o contra la voluntad de Dios. Si es contra su voluntad, es que los malos Espíritus son más poderosos que él; si es por su voluntad, ¿por qué en su bondad, no lo permitiría a los buenos para contrabalancear la influencia de los otros?
4ª. ¿Qué prueba podéis dar de la impotencia de los buenos Espíritus en comunicarse? 5ª. Cuando se nos opone la sabiduría de ciertas comunicaciones, respondéis que el demonio toma todas las apariencias para seducir mejor. Sabemos en efecto, que hay Espíritus hipócritas que dan a su lenguaje un falso barniz de sabiduría; ¿pero admitís acaso que la ignorancia pueda falsificar el verdadero saber, y una mala naturaleza remedar la verdadera virtud, sin dejar penetrar nada que pudiese descubrir el fraude?
6ª. Si el demonio sólo se comunica, puesto que es el enemigo de Dios y de los hombres, ¿por qué recomienda orar a Dios, someterse a su voluntad, sufrir sin murmurar las tribulaciones de la vida, no ambicionar honores ni riquezas, practicar la caridad y todas las máximas de Cristo; en una palabra, hacer todo lo que es necesario para destruir su imperio? Si es el demonio quien da tales consejos, es preciso convenir que tan astuto como es, es bien poco diestro en suministrar armas contra sí mismo[4].
7ª. Si los Espíritus se comunican, es porque Dios lo permite; viendo buenas y malas comunicaciones, ¿no es más lógico el pensar que Dios permite a unas para probarnos y a otras para aconsejarnos el bien?
8ª. ¿Qué pensaríais de un padre que dejase a su hijo a merced de los ejemplos y consejo perniciosos, que apartase de él, y le prohibiese ver las personas que pudiesen desviarle del mal? Lo que un buen padre no haría, ¿debe creerse que Dios, que es la bondad por excelencia, haga menos que lo que haría un hombre? 9ª. La Iglesia reconoce como auténticas ciertas manifestaciones de la Virgen y otros santos, en apariciones, visiones, comunicaciones orales, etc.; ¿esta creencia no es acaso contraria a la doctrina de la comunicación exclusiva de los demonios?
Creemos que ciertas personas han profesado esta teoría de buena fe; pero también creemos que muchas lo han hecho únicamente con el objeto de que no se ocupasen de estas cosas, a causa de las malas comunicaciones que se exponen a recibir; diciendo que sólo el diablo se manifiesta, han querido asustar, casi como cuando se dice a un niño: no toques esto, porque quema. La intención puede ser laudable, pero el fin es erróneo; porque la sola prohibición excita la curiosidad, y el miedo al diablo retiene a muy pocas gentes: se le quiere ver, aunque no sea sino para saber cómo está hecho, y se quedan admirados de no encontrarlo tan negro como se creían.
¿No se podría ver también otro motivo en esta teoría exclusiva del diablo? Creen algunas gentes que todos los que no son de su opinión van mal; así pues, aquellos que pretenden que todas las comunicaciones son obra del demonio, ¿no estarían acaso dominados por el miedo de que los Espíritus no fuesen de su mismo parecer sobre todos los puntos, principalmente sobre los que tocan a los intereses de este mundo, más que a los del otro? No pudiendo negar los hechos, han querido presentarlos de una manera pavorosa; pero este medio no ha contenido más que los otros. Cuando el miedo al ridículo es impotente, es preciso resignarse que las cosas sigan su curso.
El musulmán que oyera a un Espíritu hablar contra ciertas leyes del Corán, pensaría seguramente que éste era un mal Espíritu; lo mismo sería de un judío por lo que mira a ciertas prácticas de la ley de Moisés. En cuando a los católicos, hemos oído afirmar a uno que el Espíritu que se comunicaba no podía ser si no el "diablo", porque se había permitido pensar de otro modo que él sobre el poder temporal, aunque por otra parte sólo hubiese predicado la caridad, la tolerancia, el amor al prójimo, y la abnegación de las cosas de este mundo, máximas todas enseñadas por Cristo.
Los Espíritus, no siendo otros que las almas de los hombres, y los hombres no siendo perfectos, resulta de esto que hay Espíritus igualmente imperfectos, y cuyo carácter se refleja en sus comunicaciones. Es un hecho incontestable que los hay malos, astutos, profundamente hipócritas, y contra los cuales es preciso ponerse en guardia; pero, porque haya en el mundo hombres perversos, no es una razón para huir de la sociedad. Dios nos ha dado la razón y el juicio para apreciar a los Espíritus, así como a los hombres. El mejor medio de precaverse contra los inconvenientes que puede presentar la práctica del Espiritismo, no es el prohibirle, sino el hacerle comprender. Un miedo imaginario sólo impresiona un instante y no afecta a todo el mundo; la realidad claramente demostrada se comprende por todos.
47. Sistema optimista. Al lado de aquellos que no ven en estos fenómenos sino la acción de los demonios hay otros que sólo han visto la de los buenos Espíritus; éstos han querido suponer que el alma estando separada de la materia, ningún velo existía para ella, y que debía tener la soberana ciencia y la soberana sabiduría. Su ciega confianza en esta superioridad absoluta de los seres del mundo invisible, ha sido para muchos el origen de bastantes decepciones y han aprendido a sus costas a desconfiar de ciertos Espíritus así como de ciertos hombres.
48. Sistema uniespiritista o monoespiritista. Una variedad del sistema optimista, consiste en la creencia de que un solo Espíritu se comunica con los hombres, y que este Espíritu es Cristo, quien es el protector de la Tierra. Cuando se ven comunicaciones de la más baja trivialidad, de una grosería irritante, llenas de malevolencia y de maldad, habría profanación e impiedad en suponer que pudiesen dimanar el Espíritu del bien por excelencia. Además, si aquellos que lo creen no hubiesen tenido jamás sino comunicaciones irreprochables, se concebiría su ilusión; pero la mayor parte conviene en haberlas tenido muy malas, lo que explican diciendo, que es una prueba que el buen Espíritu les hace sufrir, dictándoles cosas absurdas; de este modo, mientras los unos atribuyen todas las comunicaciones al diablo, quien puede decir cosas buenas para tentar, otros creen que sólo Jesús se manifiesta, y que puede decir cosas malas para probar. Entre estas dos opiniones tan inversas, ¿quién fallará? El buen sentido y la experiencia. Decimos la experiencia, porque es imposible que los que profesan ideas tan exclusivas lo hayan visto todo como debe verse. Cuando se les oponen los hechos de identidad que atestiguan la presencia de parientes, amigos o conocidos por las manifestaciones escritas, visuales u otras, responden que es siempre el mismo Espíritu, el diablo según los unos, Cristo según los otros, que toma todas las formas; pero no nos dicen por qué no pueden comunicarse los otros Espíritus, ni con qué objeto el Espíritu de verdad vendrá a engañarnos presentándose bajo falsas apariencias, a burlarse de una pobre madre, haciéndole creer mintiendo, que él es el hijo por quien llora. La razón rehúsa admitir que el Espíritu Santo se rebaje, ejecutando semejante comedia. Por otra parte, negar la posibilidad de cualquiera otra comunicación, ¿no es quitar al Espiritismo lo que tiene de más dulce: el consuelo de los afligidos? Digamos sencillamente que dicho sistema es irracional, y no puede sostener un examen severo.
49. Sistema multiespiritista o poliespiritista. Todos los sistemas que hemos examinado, sin exceptuar los que son en sentido negativo, se apoyan en algunas observaciones, pero incompletas o mal interpretadas. Si una casa es de color encarnado por un lado, y blanca de otro, aquel que no la haya visto sino de un lado afirmará que es encarnada, el otro dirá que es blanca: los dos se engañarán y tendrán razón; pero el que haya visto la cosa por ambos lados dirá que es encarnada y blanca, y sólo él estará en lo verdadero. Lo mismo sucede en cuanto a la opinión que se forma del Espiritismo: puede ser verdadera bajo ciertos aspectos, y falsa si se generaliza lo que es sólo parcial, si se toma por regla lo que es sólo la excepción, por el todo lo que no es sino la parte. Por esto decimos que el que quiera estudiar seriamente esta ciencia, debe ver mucho y largo tiempo; sólo el tiempo le permitirá coger los detalles, observar los matices delicados, notar una multitud de hechos característicos que serán para él rayos de luz; pero si se detiene en la superficie, se expone a formar un juicio prematuro, y por consiguiente erróneo. He aquí las consecuencias generales que se han deducido de una observación completa, y que forman ahora la creencia, se puede decir, de la universidad de los espiritistas, porque los sistemas restrictivos sólo son opiniones aisladas.
1.º Los fenómenos espiritistas se producen por inteligencias extra-corporales, o sea por los Espíritus.
2.º Los Espíritus constituyen el mundo invisible; están por todas partes; cubren los espacios hasta lo infinito, los hay sin cesar alrededor nuestro, con los cuales estamos en contacto.
3º Los Espíritus reaccionan incesantemente sobre el mundo físico y sobre el mundo moral, y son una de las potencias de la Naturaleza.
4º Los Espíritus no son seres aparte en la creación; son las almas de aquellos que han vivido sobre la Tierra o en otros mundos, y que han dejado su envoltura corporal; de donde se sigue que las almas de los hombres son Espíritus encarnados, y que muriendo venimos a ser Espíritus.
5º Hay Espíritus de todos los grados de bondad y de malicia, de saber y de ignorancia.
6º Todos están sometidos a la ley del progreso, y todos pueden llegar a la perfección; pero como tienen su libre albedrío, llegan en un tiempo más o menos largo, según sus esfuerzos y su voluntad.
7º Son dichosos o desgraciados, según el bien o el mal que han hecho durante su vida, y el grado de adelantado a que han llegado. La dicha perfecta y sin mezcla sólo pertenece a los Espíritus que llegan al supremo grado de perfección.
8º Todos los Espíritus, en circunstancias dadas, pueden manifestarse a los hombres; el número de los que pueden comunicarse es indefinido.
9º Los Espíritus se comunican por el intermediario de médiums, que les sirven de instrumentos y de intérpretes.
10º Se reconoce la superioridad o inferioridad de los Espíritus en su lenguaje: los buenos sólo aconsejan el bien y no dicen sino cosas buenas: todo atestigua en ellos la elevación; los malos engañan y todas sus palabras llevan el sello de la imperfección y de la ignorancia. Los diferentes grados que recorren los Espíritus están indicados en la Escala Espiritista (Libro de los Espíritus, lib. II, cap. I, n.º 100). El estudio de esta clasificación es indispensable para apreciar la naturaleza de los Espíritus que se manifiestan, sus buenas y malas cualidades.
50. Sistema del alma material. Consiste únicamente en una opinión particular sobre la naturaleza íntima del alma. Según esta opinión, el alma y el periespíritu no serían dos cosas distintas o, por mejor decir, el periespíritu no sería otro que la misma alma, depurándose gradualmente por las diversas transmigraciones, como el alcohol se depura por las diversas destilaciones, mientras que la Doctrina Espiritista no considera al periespíritu sino como la envoltura fluídica del alma o del Espíritu. Siendo el periespíritu una materia, aunque muy etérea, el alma sería de este modo de una naturaleza material más o menos esencial, según el grado de su depuración. Este sistema no invalida ninguno de los principios fundamentales de la Doctrina Espiritista, porque nada cambia el destino del alma; las condiciones de su felicidad futura son siempre las mismas; el alma y el periespíritu forman un todo, bajo el nombre de Espíritu, como el germen y el perispermo lo forman bajo el nombre de fruto; toda la cuestión se reduce a considerar el todo como homogéneo en lugar de formarse de dos partes distintas.
Como se ve, de eso no se deduce ninguna consecuencia, y no hubiéramos hablado de ello si no hubiésemos encontrado personas inclinadas a ver una nueva escuela en lo que en definitiva sólo es una simple interpretación de palabras. Esta opinión, muy restringida por cierto, aunque fuese más general, no constituiría una escisión entre los espiritistas, así como las dos teorías de la emisión o de las ondulaciones no la constituyen entre los físicos. Los que quisieran formar partido separado por una cuestión tan pueril, probarían, por lo mismo, que dan más importancia a lo accesorio que a lo principal, y que están conducidos a la desunión por Espíritus que no pueden ser buenos, porque los buenos jamás aconsejan la acritud y la cizaña; por esto invitamos a todos los verdaderos espiritistas a ponerse en guardia contra semejantes sugestiones, y a no dar a ciertos detalles más importancia que la que merecen; lo esencial está en el fondo. Creemos, sin embargo, deber decir en pocas palabras, en qué se apoya la opinión de aquellos que consideran el alma y el periespíritu como dos cosas distintas. Se funda en la enseñanza de los Espíritus, que jamás han variado sobre el particular; hablamos de los Espíritus ilustrados, porque entre ellos los hay que no saben ni más ni menos que los hombres, mientras que la teoría contraria es una concepción humana. Nosotros no hemos inventado ni supuesto el periespíritu para explicar los fenómenos; su existencia se nos ha revelado por los Espíritus, y la observación nos la ha confirmado (Libro de los Espíritus, número 93). Se apoya además sobre el estudio de las sensaciones entre los Espíritus (Libro de los Espíritus, número 257) y sobre todo en el fenómeno de las apariciones tangibles, que implicaría, según la otra opinión, la solidificación y desagregación de las partes que constituyen el alma, y por consecuencia su desorganización. Sería menester también admitir que esta materia que puede hacerse sensible a los sentidos, es, por sí misma, el principio inteligente, lo que no es más racional que confundir el cuerpo con el alma, o el vestido con el cuerpo. En cuanto a la naturaleza íntima del alma, nos es desconocida. Cuando se dice que es "inmaterial" es preciso entenderlo en el sentido relativo y no absoluto, porque la inmaterialidad absoluta sería la nada; luego el alma o el Espíritu es alguna cosa; se quiere decir que su esencia es de tal modo superior que no tiene ninguna analogía con lo que nosotros llamamos materia y que así para nosotros es inmaterial. (Libro de los Espíritus, números 23 y 82).
51. He aquí la respuesta que sobre este asunto dio un Espíritu: "Lo que los unos llaman 'periespíritu' no es otra cosa que lo que los otros llaman envoltura material fluídica. Diré, para hacerme comprender de una manera más lógica, que este fluido es la perfectibilidad de los sentidos, la extensión de la vista y de las ideas: hablo de los Espíritus elevados. En cuanto a los Espíritus inferiores, los fluidos terrestres están todavía completamente inherentes a ellos, pues es materia como veis; de ahí los sufrimientos del hambre, del frío, etc., sufrimiento que no pueden padecer los Espíritus superiores, atendido a que los fluidos terrestres están depurados alrededor del pensamiento, es decir, del alma. El alma, para su progreso, tiene siempre necesidad de un agente; el alma sin agente es nada para vosotros o, por mejor decir, no la podéis concebir. El periespíritu para nosotros, Espíritus errantes, es el agente por el cual nos comunicamos con vosotros, ya sea indirectamente por vuestro cuerpo o vuestro periespíritu, o directamente con vuestra alma; de ahí la infinita variedad de médiums y de comunicaciones. Queda ahora el punto de vista científico esto es, la esencia misma del periespíritu; este es otro asunto. Primero comprended moralmente y sólo quedará una discusión sobre la naturaleza de los fluidos, lo que es inexplicable por ahora; la ciencia no conoce bastante, pero lo conseguiremos si ésta quiere marchar con el Espiritismo. El periespíritu puede variar y cambiar hasta lo infinito; el alma es el pensamiento; no cambia de naturaleza; bajo este aspecto no vayáis más lejos, es un punto que no puede explicarse. ¿Creéis, acaso, que yo no busco como vosotros? Vosotros buscáis el periespíritu: nosotros ahora buscamos el alma. Esperad, pues. - LAMENNAIS."
Pues si los Espíritus que pueden considerarse como avanzados no han podido aún sondear la naturaleza del alma, ¿cómo podríamos hacerlo nosotros mismos? Es, pues, perder el tiempo el querer escudriñar el principio de las cosas, que así como hemos dicho en el Libro de los Espíritus (números 17 y 49) está en los secretos de Dios.
Pretender ojear con ayuda del Espiritismo lo que aún no es competencia de la humanidad, es separarle de su verdadero objeto; es hacer como el niño que quisiera saber tanto como el viejo. Que el hombre haga servir el Espiritismo para su mejoramiento moral, es lo esencial; lo demás es sólo una curiosidad estéril y muchas veces orgullosa, cuya satisfacción no le hará hacer ningún paso, el sólo medio de avanzar es volverse mejor. Los Espíritus que han dictado el Libro que lleva su nombre, han probado su sabiduría encerrándose, por lo que concierne al principio de las cosas, en los límites que Dios no permite penetrar, dejando a los Espíritus sistemáticos y presuntuosos la responsabilidad de las teorías anticipadas y erróneas, más seductoras que sólidas, y que caerán un día ante la razón como tantas otras salidas de los cerebros humanos. Sólo han dicho precisamente lo necesario para hacer comprender al hombre el porvenir que le espera, y por lo mismo animarle al bien. (Véase continuación, 2ª parte, cap. 1º Acción de los Espíritus sobre la materia).
SEGUNDA PARTE - DE LAS MANIFESTACIONES ESPIRITISTAS
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CAPÍTULO PRIMERO. - ACCIÓN DE LOS ESPÍRITUS SOBRE LA MATERIA
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52. Separada la opinión materialista, como condenada a la vez por la razón y por los hechos, todo se reduce a saber si el alma después de la muerte puede manifestarse a los vivos. La cuestión, reducida de este modo a la más simple expresión, se encuentra singularmente despejada. Se podría preguntar, desde luego, por qué seres inteligentes que en cierto modo viven en nuestro centro, aunque invisibles por su naturaleza, no podrían atestiguar su presencia de una manera cualquiera. La simple razón dice que para esto no hay nada absolutamente imposible, y esto es ya alguna cosa. Esta creencia tiene, por otra parte, el asentimiento de todos los pueblos, porque se la encuentra por todas partes y en todas las épocas; luego una intuición no podría ser tan general, ni sobrevivir a los tiempos sin apoyarse en alguna cosa. Está, además, sancionada por el testimonio de los libros sagrados y de los padres de la Iglesia, y ha sido menester el escepticismo y el materialismo de nuestro siglo para relegarla entre las ideas supersticiosas; si estamos en el error, estas autoridades lo están igualmente.
Pero esto sólo son consideraciones morales; una causa, sobre todo, ha contribuido a fortificar la duda en una época tan positiva como la nuestra, en que se procura darse cuenta de todo, en que se quiere saber el porqué y el cómo de cada cosa, y consiste en la ignorancia de la naturaleza de los Espíritus y de los medios por los cuales pueden manifestarse. Adquirido este conocimiento, el hecho de las manifestaciones nada tiene de sorprendente y entra en el orden de los hechos naturales.
53. La idea que uno se forma de los Espíritus hace a primera vista incomprensible el fenómeno de las manifestaciones. Estas manifestaciones no pueden tener lugar sino por la acción del Espíritu sobre la materia; por esto los que creen que el Espíritu es la ausencia de toda materia, se preguntan, con alguna apariencia de razón, cómo puede obrar materialmente. Pero ahí está el error, porque el Espíritu no es una abstracción: es un ser definido, limitado y circunscrito. El Espíritu encarnado en el cuerpo, constituye el alma; cuando lo deja a la muerte, no sale despojado de toda envoltura. Todos los Espíritus nos dicen que conservan la forma humana, y en efecto, cuando se nos aparecen es bajo la que nosotros les conocíamos. Observémosle atentamente en el momento en que acaban de dejar la vida; están en un estado de turbación; todo está confuso a su alrededor; ven su cuerpo sano o mutilado según el género de muerte; por otra parte se ven y se sienten vivir; alguna cosa les dice que este cuerpo les pertenece y no comprenden que estén separados de él. Continúan viéndose bajo su forma primitiva, y esta visión produce en algunos, durante cierto tiempo, una singular ilusión: la de creerse aún vivos: les falta la experiencia de su nuevo estado para convencerse de la realidad. Disipado este primer momento de turbación, el cuerpo viene a ser para ellos un vestido viejo, del cual se han despojado, y que no lo echan de menos; se sienten más ligeros y como desembarazados de un peso; no experimentan ya dolores físicos, y son muy felices en poder elevarse, recorrer el espacio así como lo hacían diferentes veces, viviendo en sueños[5]. Sin embargo, a pesar de la ausencia del cuerpo, acreditan su personalidad; tienen una forma, pero una forma que no les molesta ni les embaraza; ellos, en fin, tienen la conciencia de su "Yo" y de su individualidad. ¿Qué debemos deducir de todo esto? Que el alma no lo deja todo en la tumba, y que algo se lleva consigo.
54. Numerosas observaciones y hechos irrecusables de que tendremos que hablar más tarde nos han conducido a esta consecuencia, a saber que en el hombre hay tres cosas:
1ª el alma o Espíritu, principio inteligente en quien reside el sentido moral;
2ª el cuerpo, envoltura grosera, material, de la que está temporalmente revestido para el cumplimiento de ciertas miras providenciales; y
3ª el periespíritu, envoltura fluídica semi-material, sirviendo de lazo entre el alma y el cuerpo. La muerte es la destrucción o, mejor, la desagregación de la envoltura grosera, de aquella que el alma abandona; la otra se separa y sigue al alma, que se encuentra de esta manera tener siempre una envoltura; esta última, bien que fluídica, etérea, vaporosa, invisible para nosotros en su estado normal, no por eso deja de ser materia, aunque hasta ahora no hayamos podido cogerla y someterla al análisis. Esta segunda envoltura del alma o "periespírítu existe", pues, durante la vida corporal; es el intermediario de todas las sensaciones que percibe el Espíritu, aquel por el cual el Espíritu transmite su voluntad al exterior y obra sobre los órganos. Para servirnos de una comparación material, es el hilo eléctrico conductor que sirve a la recepción y a la transmisión del pensamiento; es, en fin, ese agente misterioso que no puede cogerse, designado con el nombre de fluido nervioso, que tan gran papel juega en la economía, y del que no se tiene bastante cuenta en los fenómenos fisiológicos y patológicos. No considerando la medicina sino el elemento material ponderable, se priva en la apreciación de los hechos de una causa incesante de acción. Pero no es este el lugar de examinar esta cuestión; haremos solamente observar que el conocimiento del periespíritu es la llave de una porción de problemas hasta ahora inexplicables. El periespíritu no es una de esas hipótesis a las cuales se ha recurrido algunas veces en la Ciencia para la explicación de un hecho; su existencia no solamente es revelada por los Espíritus, sino que es un resultado de observaciones, como tendremos ocasión de demostrarlo. Por el momento y para no anticiparnos sobre los hechos que tenemos que relatar, nos limitaremos a decir que sea durante su unión con el cuerpo, sea después de su separación, el alma no está nunca separada de su periespíritu.
55. Se ha dicho que el Espíritu es una llama, una chispa: ésta debe entenderse del Espíritu propiamente dicho, como principio intelectual y moral, y al cual no se podría atribuir una forma determinada; pero en cualquier grado que se encuentre, está siempre revestido de una envoltura o periespíritu cuya naturaleza se va haciendo más etérea a medida que se purifica y se eleva en la jerarquía; de tal suerte, que para nosotros la idea de forma es inseparable de la de espíritu, y que no concebimos la una sin la otra. El periespíritu forma, pues, parte integrante del hombre; pero el periespíritu solo no es el Espíritu como el cuerpo solo no es el hombre, porque el periespíritu no piensa; es al Espíritu lo que el cuerpo es al hombre; esto es, el agente o instrumento de su acción.
56. La forma del periespíritu es la forma humana y cuando nos aparece es generalmente aquella bajo la cual hemos conocido al Espíritu en su vida. Se podría creer, según esto, que el periespíritu, separado de todas las partes del cuerpo, se amolda de algún modo sobre él y conserva su tipo, pero no parece que sea así. La forma humana, con algunas diferencias de detalle y salvo las modificaciones orgánicas necesarias para el centro en el cual el ser está llamado a vivir, se encuentra en los habitantes de todos los globos; al menos esto es lo que dicen los Espíritus; es igualmente la forma de todos los Espíritus no encarnados y que no tienen más que el periespíritu; es aquella bajo la que en todo tiempo se han representado los ángeles o Espíritus puros; de donde debemos deducir que la forma humana es la forma tipo de todos los seres humanos a cualquier grado que pertenezcan. Pero la materia sutil del periespíritu no tiene la tenacidad ni la rigidez de la materia compacta del cuerpo; es, si podemos expresarnos así, flexible y expansible por esto la forma que toma, aunque calcada sobre la del cuerpo, no es absoluta; se pliega a voluntad del Espíritu, quien puede darle tal o cual apariencia a su gusto, mientras que la envoltura sólida le ofrece una resistencia insuperable Desembarazado de esa traba que le comprimía e periespíritu se extiende o se estrecha, se transforma, en una palabra, se presta a todas las metamorfosis, según la voluntad que obra sobre él. A consecuencia de esta propiedad de su envoltura fluídica, es como el Espíritu que quiere hacerse reconocer, puede, cuando esto es necesario, tomar la exacta apariencia que tenía en su vida, hasta la de los accidentes corporales que pueden ser signos de reconocimiento.
Los Espíritus, como se ve, son, pues, seres semejantes a nosotros, formando a nuestro alrededor toda una población invisible en el estado normal; decimos en el estado normal porque, como lo veremos, esta invisibilidad no es absoluta.
57. Volvamos a la naturaleza del periespíritu, porque esto es esencial para la explicación que vamos a dar. Hemos dicho que, aunque fluídica, no deja de ser una especie de materia, y esto resulta del hecho de las apariciones tangibles, sobre las cuales volveremos a tratar. Se ha visto, bajo la influencia de ciertos médiums, aparecer manos teniendo todas las propiedades de manos vivientes que tienen calor, que se pueden tocar, que ofrecen la resistencia de un cuerpo sólido que os agarran, y que de repente se desvanecen como una sombra. La acción inteligente de estas manos, que obedecen evidentemente a una voluntad, ejecutando ciertos movimientos, aun tocando aires sobre un instrumento prueba que son la parte visible de un ser inteligente invisible.
Su tangibilidad, su temperatura, en una palabra, la impresión que hacen sobre los sentidos, puesto que se ha visto que han dejado señales sobre la piel, dar golpes dolorosos o acariciar delicadamente prueban que son de alguna materia. Su desaparición instantánea prueba también que esta materia es eminentemente sutil y se modifica como ciertas sustancias que pueden alternativamente pasar del estado sólido al estado fluídico y recíprocamente.
58. La naturaleza íntima del Espíritu propiamente dicho, esto es, del ser pensador, no es enteramente desconocida; no se revela a nosotros sino por sus actos, y sus actos no pueden afectar a nuestros sentidos materiales sino por un intermediario material. El Espíritu tiene, pues, necesidad de materia para obrar sobre la materia. Tiene por instrumento directo su periespíritu, como el hombre tiene su cuerpo, pues su periespíritu es materia, como acabamos de verlo. Tiene en seguida por agente intermediario el fluido universal, especie de vehículo sobre el cual obra, como nosotros obramos sobre el aire para producir ciertos efectos con ayuda de la dilatación, de la compresión, de la propulsión o de las vibraciones. Considerada de esta manera la acción del Espíritu sobre la materia, se concibe fácilmente; se comprende desde luego que todos los efectos que de esto resultan entran en el orden de los hechos naturales, y no tienen nada de maravilloso. Sólo han parecido sobrenaturales, porque no se conocía la causa; conocida ésta lo maravilloso desaparece y esta causa está toda entera en las propiedades semimateriales del periespíritu. Este es un nuevo orden de hechos que una nueva ley viene a explicar, y de la cual nadie se maravillará dentro algún tiempo, lo mismo que sucede hoy día con la correspondencia a larga distancia en algunos minutos por la electricidad.
59. Quizá nos preguntarán cómo el Espíritu, con la ayuda de una materia tan sutil, puede obrar sobre cuerpos pesados y compactos, levantar mesas, etcétera. Seguramente no sería un hombre de ciencia quien pudiera hacer semejante objeción; porque sin hablar de las propiedades desconocidas que puede tener este nuevo agente, ¿no tenemos nosotros bajo nuestros ojos ejemplos análogos? ¿Acaso la industria no encuentra sus más poderosos motores en los gases más rarificados y en los fluidos imponderables? Cuando se ve que el aire derriba los edificios, que el vapor arrastra masas enormes, que la pólvora gasificada levanta las rocas, que la electricidad rompe los árboles y agujerea las murallas, ¿es extraño admitir que el Espíritu, con ayuda de su periespíritu, pueda levantar una mesa, cuando sobre todo se sabe que este periespíritu puede venir a ser visible, tangible y obrar como un cuerpo sólido?
CAPÍTULO II - MANIFESTACIONES FÍSICAS - MESAS GIRATORIAS
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60. Se da el nombre de manifestaciones físicas a las que se traducen por efectos sensibles, tales como los ruidos, el movimiento y la traslación de los cuerpos sólidos. Los unos son espontáneos, esto es, independientes de toda voluntad; los otros pueden ser provocados. Primero hablaremos de estos últimos.
El efecto más sencillo, y uno de los primeros que se han observado, consiste en el movimiento circular impreso a una mesa. Este efecto se produce igualmente con todos los objetos; pero habiéndose practicado más con la mesa esta clase de ejercicios, porque era el más cómodo, el nombre de "mesas giratorias" ha prevalecido para designar esta clase de fenómenos.
Cuando decimos que este efecto es uno de los primeros que se han observado, nos referimos a estos últimos tiempos, porque se sabe que todos los géneros de manifestaciones han sido conocidos desde los tiempos más remotos, y no puede ser de otra manera; pues que siendo efectos naturales, han debido producirse en todas épocas.
Tertuliano habla en términos explícitos de las mesas giratorias y parlantes. Este fenómeno, durante algún tiempo, ha alimentado la curiosidad de los salones; después se ha dejado por otras distracciones porque no era más que un objeto de distracción. Dos causas han contribuido al abandono de las mesas giratorias: la moda para las gentes frívolas que raramente consagran dos inviernos a la misma diversión, siendo prodigioso el que hayan empleado en este tres o cuatro. Para las gentes graves y observadoras ha salido de ella alguna cosa seria que ha prevalecido; si abandonaron las mesas giratorias fue para ocuparse de las consecuencias mucho más importantes en sus resultados: han dejado el alfabeto por la ciencia; he aquí todo el secreto de este abandono aparente que tanta algazara ha movido entre los burlones. Sea de ello lo que quiera, las mesas giratorias no dejan de ser el punto de partida de la Doctrina Espiritista, y bajo este título les debemos algún desarrollo, tanto más que presentando los fenómenos en su mayor sencillez, el estudio de las causas será mucho más fácil, y una vez establecida la teoría, nos dará la llave de los efectos más complicados.
61. Para la producción del fenómeno es necesaria la intervención de una o muchas personas dotadas de una aptitud especial que se designan bajo el nombre de "médiums." El número de los que cooperan es indiferente, no ser que en la cantidad puedan encontrarse algunos médiums desconocidos. En cuanto a aquellos cuya mediumnidad es nula, su presencia es de ningún resultado y aún más dañosa que útil, por la disposición de espíritu que traen muchas veces.
Los médiums poseen, bajo este aspecto, un poder más o menos grande, y producen, por consecuencia, efectos más o menos pronunciados; muchas veces una persona, médium poderoso, producirá por si sola mucho más que otras veinte reunidas; le bastará colocar las manos sobre la mesa para que al instante se mueva, se levante, se caiga, dé saltitos o gire con violencia. 62. No hay ningún indicio de la facultad medianímica; la experiencia sólo puede hacerla conocer. Cuando en una reunión se quiere ensayar, es preciso sentarse simplemente alrededor de una mesa y colocar las manos extendidas encima, sin presión ni contracción muscular. Al principio, como se ignoraban las causas del fenómeno, se indicaron muchas precauciones, reconocidas después absolutamente inútiles; tal es, por ejemplo, la alternativa de los sexos, y también el contacto de los dedos pequeños de las diferentes personas, formando una especie de cadena no interrumpida. Esta última precaución había parecido necesaria cuando se creía en la acción de una especie de corriente eléctrica; después la experiencia ha demostrado su inutilidad. La sola prescripción rigurosamente obligatoria es el recogimiento, un silencio absoluto, y sobre todo la paciencia, si el efecto se hace esperar. Puede ser que se produzca en algunos minutos, como puede tardar media hora o una; esto depende de la potencia medianímica de los cooperantes.
63. Decimos, además, que la forma de la mesa, la sustancia de que está hecha, la presencia de los metales, de la seda, de los vestidos, de los asistentes, los días, las horas, la oscuridad o la luz, etc., son tan indiferentes como la lluvia o el buen tiempo. Solo el volumen de la mesa es de alguna importancia, pero únicamente en el caso de que la potencia medianímica fuese insuficiente para vencer la resistencia; en caso contrario una sola persona aun un niño puede hacer levantar una mesa de cien kilogramos, mientras que con condiciones menos favorables, doce personas no harían mover el más pequeño velador. En este estado, cuando el efecto empieza a manifestarse, generalmente se oye un pequeño crujido en la mesa se siente como un estremecimiento que es el preludio del movimiento; parece que hace esfuerzos para destacarse; después se pronuncia el movimiento de rotación y se acelera hasta el punto de adquirir una rapidez tal que los asistentes casi no pueden seguirla. Una vez establecido el movimiento, pueden también separarse de la mesa, la que continúa moviéndose en diversos sentidos, sin contacto. En otras circunstancias la mesa se levanta y se endereza, tan pronto sobre un solo pie como sobre otro; después vuelve a tomar con suavidad su posición natural. Otras, veces se balancea imitando el movimiento de ondulación de un buque; otras, en fin, pero para esto es preciso una potencia medianímica considerable, se destaca enteramente del suelo y se mantiene en equilibrio en el espacio, sin punto de apoyo, levantándose también algunas veces hasta el techo, de modo que puede pasarse por debajo; después vuelve a descender lentamente, meciéndose como lo haría una hoja de papel, o bien cae violentamente y se rompe, lo que prueba de una manera patente, que uno no es juguete de una ilusión óptica.
64. Otro fenómeno que se produce muy a menudo, según la naturaleza del médium, es el de los golpes dados en el mismo tejido de la madera, sin ningún movimiento de la mesa; estos golpes, algunas veces muy débiles, otras veces bastante fuertes, se hacen oír igualmente en los otros muebles de la habitación, contra las puertas, las paredes y el techo. Luego volveremos a tratar de esto. Cuando han tenido lugar en la mesa, producen en ésta una vibración muy sensible para los dedos, y sobre todo muy clara cuando se aplica el oído.
CAPÍTULO III - MANIFESTACIONES INTELIGENTES
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65. En lo que acabamos de ver, nada revela, seguramente, la intervención de una potencia oculta, y estos efectos podrían perfectamente explicarse por la acción de una corriente magnética o eléctrica, o la de un fluido cualquiera. Tal ha sido en verdad la primera solución dada a estos fenómenos, y que podía con razón, pasar por muy lógica.
Hubiera, sin duda, prevalecido si otros hechos no hubiesen venido a demostrar su insuficiencia; estos hechos son las pruebas de inteligencia que ellos han dado; pues como todo efecto inteligente debe tener una causa inteligente, es evidente que aun admitiendo que la electricidad o cualquiera otro fluido juegue en ello algún papel, se mezcla alguna otra causa. ¿Qué causa es esta? ¿Qué inteligencia? Las continuadas observaciones nos lo han hecho conocer.
66. Para que una manifestación sea inteligente, no es necesario que sea elocuente, ni de genio privilegiado o sabio: basta que pruebe un acto libre y voluntario, expresando una intención o respondiendo a un pensamiento. Cuando se ve una veleta agitada por el viento, se tiene la seguridad de que sólo obedece a una impulsión mecánica; pero si se reconoce en sus movimientos señales intencionales, si gira de derecha a izquierda, pronto o con lentitud, obedeciendo a una voluntad, nos veremos obligados a admitir no que la veleta sea inteligente sino que obedece a una inteligencia.
Esto mismo sucede respecto de la mesa.
67. Hemos visto moverse la mesa, levantarse y dar golpes bajo la influencia de uno o muchos médiums. El primer efecto inteligente que se notó fue el ver que estos movimientos obedecían a un mandato y, sin mudar de sitio, la mesa se levantaba alternativamente sobre el pie designado; después, volviendo a caer, daba un número determinado de golpes, respondiendo a una pregunta. Otras veces la mesa, sin el contacto de nadie, se paseaba sola por la habitación, yendo de derecha a izquierda, adelante o atrás, ejecutando diversos movimientos según la orden de los asistentes. Es muy evidente que, lejos de toda suposición de fraude, admitimos la completa lealtad de los asistentes, atestiguada por su honradez y su perfecto desinterés. Más tarde hablaremos de las supercherías contra las cuales es prudente estar preparado.
68. Por medio de los golpes, y, sobre todo, por los golpes íntimos que acabamos de hablar, se obtienen efectos aún más inteligentes, como la imitación de los diversos redobles del tambor, fuegos de fila o pelotón, cañonazos, como en un simulacro de guerra, el rechino de la sierra, los golpes del martillo, la cadencia de diferentes melodías, etc. Esto fue, como se comprende, un vasto campo abierto a la explotación. Se dijo que, puesto que allí había una inteligencia oculta, podía responder a las preguntas, y respondió, en efecto, por un "sí" o por un "no", mediante un número de golpes de convención. Estas respuestas fueron muy insignificantes; así es que se tuvo la idea de hacer que se designaran las letras del alfabeto, y componer de este modo palabras y frases.
69. Estos hechos, repetidos a voluntad por millares de personas y en todos los países, no podían dejar duda sobre la naturaleza inteligente de las manifestaciones. Entonces fue cuando surgió un nuevo sistema, según el cual esta inteligencia debía ser la del médium, la del interrogador o la de los mismos asistentes. La dificultad estaba en explicar cómo esta inteligencia podía reflejarse en la mesa e interpretarse por los golpes; una vez constatado que los golpes, no los daba el médium, lo serían por el pensamiento; pero, el pensamiento dando golpes, era un fenómeno aún más prodigioso que todos aquellos que se habían visto. La experiencia no tardó en demostrar lo inadmisible de esta opinión. En efecto, las respuestas se encontraban muy a menudo diametralmente opuestas con el pensamiento de los asistentes, fuera del alcance intelectual del médium, y aun en idiomas que no conocía, o relatando hechos ignorados de todos. Estos ejemplos son tan numerosos, que es casi imposible que el que se haya ocupado algo de comunicaciones espiritistas no lo haya visto diferentes veces. Sólo citaremos uno que se nos ha referido por un testigo ocular.
70. A bordo de un buque de la marina imperial francesa, en estación en los mares de la China, toda la tripulación, desde los marineros hasta el estado mayor, se ocupaba en hacer hablar a las mesas. Se tuvo la idea de evocar al Espíritu de un teniente de este mismo buque, muerto hacía dos años. Vino, y después de diversas comunicaciones que llenaron a todos de asombro, dijo lo que sigue, por medio de golpes. "Os suplico encarecidamente que paguéis al capitán la suma de… (indicaba la cantidad) que le debo, y que siento no haberle podido reembolsar antes de mi muerte." Nadie conocía el hecho; el mismo capitán había olvidado este crédito, por cierto muy insignificante; pero examinando sus cuentas, encontró el asiento de la deuda del teniente, y cuya cantidad era exactamente la indicada. Dígasenos de qué pensamiento provenía el reflejo de esta indicación.
71. Se perfeccionó el arte de comunicar por los golpes alfabéticos, pero el medio era siempre muy largo. Sin embargo se obtienen comunicaciones de cierta extensión así como interesantes revelaciones sobre el mundo de los Espíritus. Estos indicaron otros medios, y a ellos debemos el de las comunicaciones escritas. Las primeras comunicaciones de este género tuvieron lugar adaptando un lápiz al pie de una mesita ligera colocada sobre una hoja de papel. La mesita, puesta en movimiento por la influencia del médium, se puso a trazar caracteres, luego palabras y frases. Se simplificó sucesivamente este medio sirviéndose de mesitas tan grandes como la mano, hechas expresamente; después de cestitas, de cajas de cartón y, en fin, de simples tablitas. La escritura era tan corriente, tan rápida y tan fácil como con la mano; pero se reconoció más tarde que todos estos objetos no eran más, en definitiva, que apéndices, verdaderos lapiceros de los cuales no había necesidad, teniendo por sí mismo el lápiz; la mano, arrastrada por un movimiento voluntario, escribía bajo la impulsión dada por el Espíritu y sin el concurso de la voluntad, ni del pensamiento del médium. Desde entonces las comunicaciones de ultratumba no tuvieron más límites que la correspondencia habitual entre vivos. Volveremos sobre estos diferentes medios que explicaremos en detalle; los hemos bosquejado rápidamente para demostrar la sucesión de los hechos que han conducido a acreditar en estos fenómenos la intervención de inteligencias ocultas, o de otro modo, de los Espíritus.
CAPÍTULO IV - TEORÍA DE LAS MANIFESTACIONES FÍSICAS
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Movimientos y suspensiones. - Ruidos. - Aumento y disminución del peso de los cuerpos
72. Estando demostrada por el razonamiento y por los hechos la existencia de los Espíritus, así como la posibilidad para ellos de obrar sobre la materia, se trata ahora de conocer cómo se opera esta acción y cómo se arreglan para hacer mover las mesas y los otros cuerpos inertes. Una idea se presenta naturalmente y es la que hemos tenido ya; como fue combatida por los Espíritus, que han dado otra explicación de la que esperábamos, es una prueba evidente que su teoría no era nuestra opinión. Pero este primer pensamiento cada uno podrá tenerlo como nosotros; en cuando a la teoría de los Espíritus no creemos que haya venido jamás a la idea de alguien. Se reconocerá sin trabajo cuán superior es a la nuestra, aunque menos sencilla, porque da la solución a una porción de hechos que no encontraban en aquélla una explicación satisfactoria.
73. Desde el momento que se conoce la naturaleza de los Espíritus, su forma humana, las propiedades semimateriales del periespíritu, la acción mecánica que puede tener sobre la materia, que en los hechos de aparición, se han visto manos fluídicas y aun tangibles asir objetos y transportarlos, era natural el creer que el Espíritu se servía simplemente de sus manos para hacer girar la mesa y que la levantaba en el espacio a fuerza de brazos. Pero en este caso, ¿qué necesidad hay de tener un médium? ¿El Espíritu no puede obrar solo? Porque el médium, que coloca las más de las veces sus manos en sentido contrario del movimiento, o casi que no las coloca del todo, evidentemente no puede secundar al Espíritu con ninguna acción muscular. Dejemos, desde luego, hablar a los Espíritus que hemos interrogado con este objeto.
74. Las respuestas siguientes se nos dieron por el Espíritu de San Luis; después se han confirmado por muchos otros.
1. ¿El fluido universal es una emanación de la divinidad? "No."
2. ¿Es una creación de la divinidad? "Todo es creado excepto Dios."
3. ¿El fluido universal es al mismo tiempo el elemento universal? "Sí, es el principio elemental de todas las cosas."
4. ¿Tiene alguna relación con el fluido eléctrico del cual conocemos los efectos? "Es su elemento."
5. ¿Cuál es el estado en que el fluido universal se presenta a nosotros en su más grande simplicidad? "Para encontrarlo en su simplicidad absoluta sería preciso remontarse hasta los Espíritus puros; en vuestro mundo está siempre más o menos modificado para formar la materia compacta que os rodea; sin embargo podéis decir que el estado que se acerca más a esta simplicidad, es el del fluido que vosotros llamáis 'fluido magnético animal'."
6. Se ha dicho que el fluido universal es la fuente de la vida; ¿es el mismo tiempo la fuente de la inteligencia? "No; este fluido sólo anima la materia."
7. Puesto que es este fluido el que compone el periespíritu, parece que está en un estado de condensación ¿qué le acerca, hasta cierto punto, a la materia propiamente dicha? "Hasta cierto punto, como vosotros lo decís, porque no tiene todas sus propiedades; es más o menos condensado según los mundos."
8. ¿Cómo un Espíritu puede operar el movimiento de un cuerpo sólido? "Combina una parte de fluido universal con el fluido que despide el médium propio a este efecto."
9. ¿Los Espíritus levantan la mesa con ayuda de sus miembros solidificados de cierto modo? "Esta respuesta no conducirá todavía a lo que deseáis. Cuando una mesa se mueve balo vuestras manos, el Espíritu evocado va a tomar en el fluido universal de qué animarla de una vida ficticia. La mesa preparada de este modo el Espíritu la atrae y la mueve balo la influencia de su propio fluido desprendido por su voluntad.
Cuando la mesa que quiere poner en movimiento es demasiado pesada para él, llama en su ayuda a los Espíritus que se encuentran en las mismas condiciones que él. En razón de su naturaleza etérea, el Espíritu propiamente dicho no puede obrar sobre la materia grosera sin intermediario, esto es, sin el lazo que le une a la materia; este lazo, que constituye lo que vosotros llamáis el periespíritu, os da la llave de todos los fenómenos espiritistas materiales. Creo haberme explicado bastan te claro para hacerme comprender." Observación. - Llamamos la atención sobre esta primera frase: "Esta respuesta no conducirá todavía a lo que deseáis." El Espíritu había comprendido perfectamente que todas las preguntas precedentes no se hacían sino para llegar a ésta; e hizo alusión a nuestro pensamiento que esperaba en efecto, otra respuesta, esa es la confirmación de nuestra idea sobre la manera con que el Espíritu hace mover las mesas.
10. Los Espíritus que él llama en su ayuda, ¿le son inferiores? ¿están bajo sus órdenes? "Iguales casi siempre; muchas veces vienen por sí mismos."
11. ¿Todos los Espíritus son aptos para producir los fenómenos de este género? "Los Espíritus que producen esta clase de efectos son siempre Espíritus inferiores que no están aun enteramente desprendidos de toda influencia material."
12. Nosotros comprendemos que los Espíritus superiores no se ocupen de cosas inferiores a su esfera; pero preguntamos si en razón de estar más desmaterializados, tendrían la potencia de hacerlo, si lo quisieran hacer. "Tienen la fuerza moral, como los otros tienen la fuerza física; cuando tienen necesidad de ésta fuerza, se sirven de los que la poseen. ¿No se os ha dicho que se sirven de Espíritus inferiores, como lo hacéis vosotros con los cargadores"?
Observación. Se ha dicho que la densidad del periespíritu si puede expresarse así, varía según el estado de los mundos, parece que varía también, del mismo modo según los individuos. En los Espíritus avanzados "moralmente", es más sutil y se acerca al de los Espíritus elevados: en los Espíritus inferiores al contrario, se aproxima a la materia, y es la que hace que estos Espíritus de baja clase, conserven tan largo tiempo las ilusiones de la vida terrestre; piensan y obran como si aún estuvieran vivos; tienen los mismos deseos, y se podría casi decir, la misma sensualidad. Esta grosería del periespíritu dándole más "afinidad" con la materia hace a los Espíritus inferiores más propios para las manifestaciones físicas. Por la misma razón un hombre de mundo acostumbrado a los trabajos de la inteligencia, cuyo cuerpo es débil y delicado, no puede levantar un bulto pesado como un mozo de cordel. La materia en él es de cierto modo menos compacta, los órganos menos resistentes; tiene menos fluido nervicio. El periespíritu siendo al Espíritu lo que el cuerpo es al hombre, y su densidad estando en razón de la inferioridad del Espíritu, reemplaza en él la fuerza muscular, esto es, le da sobre los fluidos necesarios para las manifestaciones, una potencia mayor que la que podrían tener aquellos cuya naturaleza es más etérea. Si un Espíritu elevado quiere producir tales efectos, hace lo que hacen entre nosotros las gentes delicadas: lo hace hacer por un "Espíritu del oficio."
13. Si nosotros hemos comprendido bien lo que habéis dicho, el principio vital reside en el fluido universal; el Espíritu toma en ese fluido la envoltura semimaterial que constituye su periespíritu, y por medio de este fluido obra sobre la materia inerte.
"Sí esto es, que él anima la materia de una especie de vida ficticia: la materia se anima de la vida animal. La mesa que se mueve balo vuestras manos vive, como el animal; obedece por si misma al ser inteligente. No es éste el que la empuja como el hombre hace con un fardo; cuando la mesa se levanta, no es que el Espíritu la levan te a fuerza de brazos es la mesa animada que obedece a la impulsión dada por el Espíritu."
14. ¿Cuál es el papel del médium en este fenómeno? "Lo he dicho: el fluido propio del médium se combina con el fluido universal acumulado por el Espíritu; es menester la unión de estos dos fluidos, esto es, del fluido animalizado con el fluido universal, para dar vida a la mesa. Pero observad bien que esta vida es sólo momentánea; se extingue con la acción, y muchas veces antes del fin de la acción, tan pronto como la cantidad del fluido no es suficiente para animarla."
15. ¿El Espíritu puede obrar sin el concurso de un médium? "Puede obrar sin saberlo el médium; es decir, que muchas personas sirven de auxiliares a los Espíritus para ciertos fenómenos, sin pensar en ello. El Espíritu toma de ellas, como de una fuente, el fluido animalizado que necesita; así es que el concurso de un médium tal como lo entendéis, no es siempre necesario, lo que tiene lugar, sobre todo, en los fenómenos espontáneos." 16. La mesa animada, ¿obra con inteligencia? ¿piensa? "Piensa tanto como el bastón con el cual hacéis un signo inteligente; pero la vitalidad de que está animada le permite obedecer a la impulsión de una inteligencia. Sabed, pues, bien, que la mesa que se mueve no viene a ser 'Espíritu', y que no tiene por sí misma ni pensamiento ni voluntad."
Observación. - Muchas veces se sirve de una expresión análoga en el lenguaje usual se dice de una rueda que gira con velocidad que está "animada" de un movimiento rápido. 17. ¿Cuál es la causa preponderante en la producción de este fenómeno: el Espíritu o el fluido? "El Espíritu es la causa; el fluido es el instrumento; las dos cosas son necesarias." 18. ¿Qué papel hace la voluntad del médium en este caso? "Llamar a los Espíritus y secundarles en la impulsión dada al fluido."
- ¿La acción de la voluntad es siempre indispensable? "Ayuda a la potencia pero no es siempre necesaria, puesto que el movimiento puede tener lugar contra y a pesar de esta voluntad, y eso es una prueba de que hay una causa independiente del médium."
Observación. - El contacto de las manos no es siempre necesario para hacer mover un objeto. Las más de las veces lo es para dar el primer impulso, pero una vez que el objeto está animado, puede obedecer a la voluntad sin el contacto material; esto depende, ya de la potencia del médium, ya de la naturaleza de los Espíritus. El primer contacto ni siquiera es siempre indispensable; tenemos la prueba en los movimientos y mudanzas espontáneas que nadie piensa en provocar.
19. ¿Por qué todo el mundo no puede producir el mismo efecto, y por qué todos los médiums no tienen la misma potencia?
"Esto depende del organismo y de la mayor o menor facilidad con la cual la combinación de los fluidos puede operarse después, porque el Espíritu del médium simpatiza más o menos con los Espíritus extraños que encuentran en él la potencia fluídica necesaria. Sucede con esta potencia como con la de los magnetizadores, que es más o menos grande. Bajo este aspecto hay personas que son del todo refractarias; otras en las que la combinación no se opera por un esfuerzo de su voluntad; otras, en fin, entre las cuales tiene lugar tan natural y fácilmente que ni aun se lo conocen, y sirven de instrumento sin saberlo, como ya hemos dicho." (Véase más adelante el capítulo de las manifestaciones espontáneas). Observación. - El magnetismo es sin ninguna duda el principio de estos fenómenos, pero no tal como se entiende generalmente; la prueba es que hay magnetizadores muy poderosos, que no harían mover un velador, y personas que no pueden magnetizar, y también niños, a quienes basta colocar los dedos sobre una pesada mesa para hacerla mover; luego, si la potencia medianímica no está en razón de la potencia magnética, es que hay otra causa.
20. Las personas llamadas eléctricas, ¿pueden ser consideradas como médiums? "Estas personas toman en sí mismas el fluido necesario para producir el fenómeno, y pueden obrar sin el socorro de Espíritus extraños. No son entonces médiums en el sentido que se da a esta palabra; pero puede ser también que un Espíritu les asista y aproveche sus disposiciones naturales." Observación. Será respecto de estas personas como de las de los sonámbulos que pueden obrar con o sin el concurso de un Espíritu extraño, (véase el cap. de los médiums, artículo relativo a los médiums sonámbulos).
21. El Espíritu que obra sobre los cuerpos sólidos para moverlos, ¿está en la sustancia misma de los cuerpos, o bien fuera de esta sustancia?
"Lo uno y lo otro; hemos dicho que la materia no es un obstáculo para los Espíritus; penetran por todo; una porción del periespíritu se identifica, por decirlo así con el objeto que penetra."
22. ¿Cómo se arregla el Espíritu para golpear? ¿se sirve de un objeto material? "No, así como no se sirve de sus brazos para levantar la mesa. Bien sabéis que no tiene martillo a su disposición. Su martillo es el fluido combinado puesto en acción por su voluntad para mover o para golpear. Cuando mueve, la luz os trae la vista de sus movimientos; cuando golpea, el aire os trae el sonido."
23. Nosotros concebimos esto cuando golpea sobre un cuerpo duro; pero, ¿cómo puede hacer oír ruido o sonidos articulados en el espacio? "Puesto que obra sobre la materia, puede obrar sobre el aire lo mismo que sobre la mesa. En cuanto a los sonidos articulados puede imitarlos como los demás ruidos."
24. Decís que el Espíritu no se sirve de sus manos para remover la mesa; sin embargo se ha visto en ciertas manifestaciones visuales aparecer manos cuyos dedos se paseaban sobre un teclado, agitaban las teclas y hacían oír sonidos. ¿No parecería que el movimiento de las teclas se producía por la presión de los dedos? ¿Esta presión no es también directa y real, cuando se hace sentir sobre nosotros mismos y cuando estas manos dejan señales sobre la piel?
"Vosotros no podéis comprender la naturaleza de los Espíritus y su manera de obrar sino por comparaciones que sólo os dan una idea incompleta, y es un mal el querer asimilar siempre sus procedimientos a los vuestros. Sus procedimientos deben estar en relación con su organismo. ¿No os he dicho que el fluido del periespíritu penetra la materia y se identifica con ella, a la que anima con una vida ficticia? ¡Pues bien! cuando el Espíritu pone los dedos sobre las teclas, los pone realmente y también las mueve; pero no es por la fuerza muscular que comprime la tecla; lo que hace es animarla lo mismo que anima la mesa, y la tecla, obedeciendo a su voluntad, se mueve y toca la cuerda. En esto sucede también una cosa que os será difícil comprender, y es que ciertos Espíritus están tan poco adelantados y de tal modo materializados comparativamente con los Espíritus elevados, que tienen todavía las ilusiones de la vida terrestre y creen obrar como cuando tenían su cuerpo; no se dan más cuenta de la verdadera causa de los efectos que producen, lo mismo que un hombre del campo tampoco comprende la teoría de los sonidos que articula; preguntadles cómo tocan el piano: os dirán que golpean encima con sus dedos, porque creen golpear; el efecto se produce instintivamente en ellos sin que sepan cómo, y, sin embargo, por su voluntad. Lo mismo sucede cuando se hacen oír por palabras." Observación. Resulta de estas explicaciones, que los Espíritus pueden producir todos los efectos que producimos nosotros mismos, pero por medios apropiados a su organismo; ciertas fuerzas que les son propias reemplazan los músculos que nos son necesarios para obrar; de la misma manera que el gesto reemplaza en el mudo, la palabra que le falta.
25. Entre los fenómenos que se citan como prueba de la acción de una potencia oculta, los hay que son evidentemente contrarios a todas las leyes conocidas de la Naturaleza; entonces ¿no parece que debe permitirse la duda? "Es que el hombre está lejos de conocer todas las leyes de la Naturaleza; si las conociese todas sería Espíritu superior. Todos los días, por tanto, da en desmentido a aquellos que, creyendo saberlo todo, pretenden poner límites a la Naturaleza, y por eso no son menos orgullosos. Descorriendo el velo sin cesar de los nuevos misterios, Dios advierte al hombre para que desconfíe de sus propias luces, porque vendrá un día en que 'la ciencia del más sabio será confundida' ¿No tenéis todos los días ejemplos de cuerpos animados de un movimiento capaz de vencer la fuerza de gravitación? La bala lanzada en el aire ¿no vence momentáneamente esta fuerza? Pobres hombres que creéis ser muy sabios, y cuya tonta vanidad es a cada instante derrotada, sabed, pues, que aún sois muy pequeños."
75. Estas explicaciones son claras, categóricas y sin ambigüedad; resalta de ellas este punto capital que el fluido universal, en el cual reside el principio de la vida, es el agente principal de las manifestaciones y recibe su impulsión del Espíritu, ya sea encarnado o errante. Este fluido condensado constituye el periespíritu o envoltura semimaterial del Espíritu. En el estado de encarnación, el periespíritu está unido a la materia del cuerpo; en el estado errante, es libre; cuando el Espíritu está encarnado, la sustancia del periespíritu está más o menos adherente, si se puede expresar así. Entre ciertas personas hay alguna especie de emanación de este fluido por consecuencia de su organismo, y esto es lo que, propiamente hablando, constituye los médiums de influencias físicas. La emisión del fluido animalizado puede ser más o menos abundante, su combinación más o menos fácil; de ahí los médiums más o menos potentes; tampoco es permanente, y así se explica la intermitencia de esta potencia.
76. Pongamos una comparación. Cuando se tiene la voluntad de obrar materialmente sobre un punto cualquiera colocado a distancia, el pensamiento es el que quiere, pero el pensamiento solo no va a tocar este punto; le es preciso un intermediario que el mismo dirige: un bastón, un proyectil, una corriente de aire, etc. Observad, también, que el pensamiento no obra directamente sobre el bastón, porque si no se le toca no obrará por sí solo. El pensamiento, que no es otro que el Espíritu encarnado en nosotros, está unido al cuerpo por el periespíritu; así, pues, no puede obrar sobre el cuerpo sin el periespíritu, como no puede obrar sobre el bastón sin el cuerpo; obra sobre el periespíritu porque es la sustancia con la cual tiene más afinidad; el periespíritu obra sobre los músculos, los músculos cogen el bastón y el bastón toca el objeto. Cuando el Espíritu no es encarnado, le es preciso un auxiliar extraño; este auxiliar es el fluido con cuya ayuda hace que el objeto sea propio para seguir la impulsión de su voluntad. 77. De este modo, cuando se da movimiento a un objeto levantándolo o lanzándolo al aire, no es el Espíritu quien lo coge, lo empuja o levanta, como nosotros lo haríamos con la mano; él lo "satura", por decirlo así, con su fluido combinado con el del médium, y el objeto, vivificado así momentáneamente, obra como lo haría un ser viviente con la diferencia de que no teniendo voluntad propia, sigue el impulso de la voluntad del Espíritu. Puesto que el fluido vital tomado en cierto modo por el Espíritu, da una vida ficticia y momentánea a los cuerpos inertes, pues el periespíritu no es otra cosa sino este mismo fluido vital, se sigue que cuando el Espíritu está encarnado, él es quien da la vida a su cuerpo por medio de su periespíritu, al que permanece unido tanto como el organismo lo permite; cuando se retira, el cuerpo muere. Ahora, si en lugar de una mesa se hace una estatua de madera, y se obra sobre esta estatua como sobre una mesa, se tendrá una estatua que se moverá, que golpeará, que responderá por sus movimientos y por sus golpes; se tendrá, en una palabra, una estatua momentáneamente animada por una vida artificial; se han llamado mesas parlantes, se podrían llamar estatuas parlantes.
¡Qué luz no nos arroja esta teoría sobre una porción de fenómenos hasta ahora sin solución! ¡Qué alegorías y efectos misteriosos no explica!
78. Los incrédulos objetan también que el hecho de la suspensión de las mesas sin punto de apoyo, es imposible porque es contrario a la ley de gravitación. Nosotros les responderemos, desde luego, que su negación no es una prueba; en segundo lugar, que si el hecho existe, por más que fuese contrario a todas las leyes conocidas, probaría una cosa, y es que se apoya sobre una ley desconocida y que los que niegan no pueden tener la pretensión de conocer todas las leyes de la Naturaleza. Acabamos de explicar esta ley, pero esto no es una razón para que sea aceptada por ellos, precisamente, porque se ha dado por Espíritus que han dejado su vestido terrestre, en lugar de serlo por Espíritus que lo tienen todavía y que se sientan en la Academia. De tal suerte que si el Espíritu de Arago vivo hubiese presentado esta ley, la hubiesen aceptado a ojos cerrados; pero presentaba por el Espíritu de Arago muerto, es una utopía; ¿y por qué? porque creen que Arago, siendo muerto, todo ha muerto en él. No tenemos la pretensión de disuadirles: sin embargo, como esta objeción podría embarazar a ciertas personas, vamos a ensayar en contestarla poniéndonos desde su punto de vista, esto es, haciendo abstracción por un instante de la teoría de la animación ficticia.
79. Cuando se hace el vacío bajo la campana de la máquina neumática, esta campana se adhiere con tal fuerza que es imposible levantarla por causa del peso de la columna de aire que pesa sobre ella. Que se haga entrar el aire y la campana se levanta con la mayor facilitad, porque el aire de debajo hace contrapeso con el aire de encima; sin embargo, abandonada a sí misma, permanecerá sobre el platillo en virtud de la ley de gravitación. Ahora, que el aire de debajo esté comprimido, que tenga una densidad más grande que el de encima, la campana se levantará a pesar de la gravitación; si la corriente de aire es rápida y violenta, podrá sostenerse en el espacio sin ningún apoyo "visible", lo mismo que se hace con ciertos muñecos que, puestos en un surtidor de agua, dan volteretas. ¿Por qué, pues, el fluido universal, "que es el elemento de toda materia", estando acumulado alrededor de la mesa, no tendría la propiedad de disminuir o aumentar el peso específico relativo, como el aire lo hace con la campana de la máquina neumática, como el gas hidrógeno lo hace con los globos, sin que por esto se deroguen las leyes de la gravitación? ¿Conocéis todas las propiedades y todo el poder de este fluido? No; ¡pues bien! no neguéis un hecho porque no podáis explicarlo.
80. Volvamos a la teoría del movimiento de las mesas. Si por el medio indicado el Espíritu puede levantar una mesa, puede levantar cualquier otra cosa: un sillón por ejemplo. Si puede levantar un sillón, puede también, con una fuerza suficiente, levantar al mismo tiempo una persona sentada en él. He aquí, pues, la explicación de este fenómeno, que ha producido cien veces M. Home, en sí mismo y sobre otras personas; lo ha repetido durante un viaje a Londres, y a fin de probar que los espectadores no eran juguete de una ilusión óptica, hizo en el techo una señal con un lápiz, pasándole por debajo. Se sabe que M. Home es un poderoso médium para los efectos físicos; él era, en este caso, la causa eficiente y el objeto.
81. Acabamos de hablar del aumento posible del peso; en efecto, es un fenómeno que se produce algunas veces y sólo tiene de anómalo la misma resistencia prodigiosa de la campana, bajo la presión de la columna atmosférica. Se ha visto bajo la influencia de ciertos médiums que, objetos bastante ligeros, ofrecían la misma resistencia, y después ceder de repente al menor esfuerzo. En la referida experiencia, la campana no pesa en realidad ni más ni menos por sí misma, pero parece más pesada por efecto de la causa exterior que obra sobre ella; probablemente en esto sucede lo mismo. La mesa tiene siempre el mismo peso intrínseco, porque su masa no ha aumentado, pero una fuerza extraña se opone a su movimiento, y esta causa puede estar en los fluidos ambientes que la penetran, como la que aumenta o disminuye el peso aparente de la campana, está en el aire. Haced la experiencia de la campana neumática delante de un campesino ignorante, y no comprendiendo que es el aire que no ve él que obra, no será difícil persuadirle de que es el diablo. Puede que se diga que, siendo este fluido imponderable, su acumulación no puede aumentar el peso de un objeto: conformes, pero observad que si nos hemos servido de la palabra "acumulación" es por comparación y no por asimilación absoluta con el aire; este es imponderable, convenido; pero nada lo prueba; su naturaleza íntima no es desconocida, y estamos lejos de conocer todas sus propiedades. Antes que se hubiera experimentado el peso del aire, no se sospechaban los efectos de este mismo peso. La electricidad está también colocada entre los fluidos imponderables; sin embargo, un cuerpo puede ser detenido por una corriente eléctrica y ofrecer una resistencia grande al que quiera levantarlo; es, pues, que se ha vuelto más pesado en apariencia. Porque no se vea lo que le sostiene, sería ilógico decir que no existe. El Espíritu puede, pues, tener palancas que nos son desconocidas; la Naturaleza nos prueba todos los días que su potencia no se detiene en el testimonio de los sentidos.
No puede explicarse sino por una causa semejante el fenómeno singular, del que se han visto muchos ejemplos, de una joven débil y delicada, levantando con dos dedos, sin refuerzo y como una pluma, a un hombre fuerte y robusto, con el asiento en que estaba. Lo que prueba una causa extraña a la persona, son las intermitencias de la facultad.
CAPÍTULO V - MANIFESTACIONES FÍSICAS ESPONTÁNEAS
Índice
Ruidos, barahúndas, alborotos y perturbaciones - Objetos lanzados. - Fenómeno de los aportes
82. Los fenómenos, de los cuales acabamos de hablar, son provocados; pero algunas veces son, también, espontáneos, sin que participe para nada la voluntad; todo lo contrario, puesto que a menudo son muy importunos. Lo que excluye, por otra parte, el pensamiento de que puedan ser efecto de la imaginación sobrexcitada por las ideas espiritistas, es que tienen lugar entre personas que no han oído jamás hablar de ellas en el momento que menos lo esperaban. Estos fenómenos, que se podrían llamar Espiritismo práctico natural, son muy importantes, porque no pueden haber sospechas de connivencia; por esto invitamos a las personas que se ocupan de los fenómenos espiritistas a que recojan todos los hechos de este género que viniesen a su conocimiento, y sobre todo a hacer constatar con cuidado su realidad por un estudio minucioso de las circunstancias, a fin de asegurarse que uno no es juguete de una ilusión o de una mixtificación.
83. De todas las manifestaciones espiritistas, las más sencillas y las más frecuentes son los ruidos y los golpes; aquí es, sobre todo, donde es preciso temer a la ilusión, porque una porción de causas naturales pueden producirlos: el viento que silba o que agita un objeto, un cuerpo que se mueve por sí mismo sin apercibirse, un efecto acústico, un animal oculto, un insecto, etc. y también las bromas de mal gusto de algunas personas. Los ruidos espiritistas tienen, por otra parte, un carácter particular, afectando una intensidad y un timbre muy variados que les distinguen fácilmente, y que no permiten confundirlos con el crujido de la madera, el chisporroteo del fuego o el monótono tic-tac de un péndulo; esto son golpes secos, tan pronto sordos, débiles y ligeros, como claros distintos, algunas veces estrepitosos, que cambian de sitio y se repiten sin tener una regularidad mecánica. De todos los medios de comprobación, el más eficaz, el que no puede dejar duda sobre su origen, es la obediencia a la voluntad. Si los golpes se oyen en el paraje designado, si responden al pensamiento por su número y su intensidad, no se puede desconocer en ellos una causa inteligente; pero la falta de obediencia no es siempre una prueba contraria.
84. Admitamos ahora que por una indagación minuciosa se adquiere la certeza que los ruidos o todos los demás efectos son manifestaciones reales. ¿Es racional el asustarse? Seguramente que no; porque en ningún caso podría haber el menor peligro; las personas a quienes se persuade que es el diablo, son las únicas que se
afectan de un modo molesto, como los niños a quienes se hace miedo con las brujas. Es preciso convenir que estas manifestaciones adquieren en ciertas circunstancias proporciones de una persistencia desagradable y es muy natural que se desee desembarazarse de ellas. Con este motivo es necesario que hagamos una explicación.
85. Hemos dicho que las manifestaciones físicas tienen por objeto llamar nuestra atención sobre alguna cosa y convencernos de la presencia de una potencia superior al hombre. Hemos dicho también que los Espíritus elevados no se ocupan de esta clase de manifestaciones; se sirven de los Espíritus inferiores para producirlas, como nosotros nos servimos de los criados para los trabajos groseros, y con el fin que acabamos de indicar. Conseguido el objeto, la manifestación material cesa, porque ya no es necesaria. Uno o dos ejemplos harán que este se comprenda mejor. Hace algunos años, al principio de mis estudios sobre el Espiritismo, estando una tarde ocupado en un trabajo sobre esta materia, oí golpes alrededor de mí durante cuatro horas consecutivas. Era la vez primera que semejante cosa me acontecía, averigüé que no tenía ninguna causa accidental, pero por el momento no pude saber más. En esta época tenía yo ocasión de ver frecuentemente a un excelente médium escribiente. Desde el día siguiente interrogué al Espíritu que se comunicaba por su mediación, sobre la causa de estos golpes. Me contestaron: "Es tu espíritu familiar que quiere hablarte." ¿Qué quería decirme? - Replicó: "Tú mismo puedes preguntárselo porque él está aquí. - Habiendo, pues, interrogado a este Espíritu, se dio a conocer bajo un nombre alegórico (supe después por otros Espíritus que pertenece a un orden muy elevado, y que hizo sobre la Tierra un papel importante); me señaló errores en mí trabajo, indicándome las líneas en que se encontraban; me dio útiles y sabios consejos y añadió que estaría siempre conmigo y vendría a mí llamamiento todas las veces que quisiera preguntarle. En efecto, desde entonces no me ha dejado nunca. Me ha dado diferentes pruebas de gran superioridad, y su intervención "benéfica y eficaz" se me ha manifestado en los asuntos de la vida material, y en lo que concierne a las cosas metafísicas. Pero desde nuestra primera conversación los golpes han cesado. ¿Qué quería, pues? Entrar en comunicación regular conmigo; para esto le era preciso advertirme. Hecha la advertencia, puestos en inteligencia y establecidas las relaciones regulares, los golpes se hicieron inútiles; por lo tanto cesaron. Cuando los soldados están formados ya no se toca diana para despertarlos.
Un hecho casi parecido ha acontecido a uno de mis amigos. Desde algún tiempo en su habitación resonaban ruidos diversos que se hacían muy incómodos. Habiéndose presentado la ocasión de preguntar al Espíritu de su padre, por un médium escribiente supo lo que se le quería; hizo lo que le fue recomendado y desde entonces nada más ha oído. Es de notar que las personas que tienen en los Espíritus un medio regular y fácil de comunicación, rara vez tienen manifestaciones de este género, y esto se concibe.
87. Las manifestaciones espontáneas no se limitan siempre a ruidos y golpes; degeneran a veces en verdadera barahúnda yen perturbaciones; los muebles y objetos diversos son derribados; proyectiles de todas clases son lanzados desde fuera; se abren puertas y ventanas; y cerradas por manos invisibles, se ven romperse cristales, lo que no puede tomarse por ilusión.
El trastorno es a menudo muy efectivo, pero a veces sólo tiene la apariencia de la realidad. Se oye barahúnda en una pieza inmediata, un ruido de vajilla que cae y se hace pedazos, troncos que ruedan sobre el pavimento; corren a ver lo que hay y se lo encuentran todo tranquilo y en orden; después vuelve a empezar de nuevo la algazara.
88. Las manifestaciones de este género no son ni raras, ni nuevas; hay pocas crónicas locales que no encierren alguna historia de esta clase. Sin duda el miedo ha exagerado muchas veces los hechos, que han debido tomar proporciones extraordinariamente ridículas pasando de boca en boca; con ayuda de la superstición, las casas en que han tenido lugar estos hechos han sido reputadas por moradas de los diablos, y de ahí todos los cuentos maravillosos o terribles de fantasmas. Por otro lado, la bellaquería no ha dejado escapar tan buena ocasión para explotar la credulidad, y a menudo en provecho de intereses personales. Se concibe, por lo demás, la impresión que hechos de este género, aun reducidos a la realidad, pueden causar sobre caracteres débiles y predispuestos por la educación a las ideas supersticiosas. El medio más seguro de prevenir los inconvenientes que pudiesen ocurrir, puesto que no se pueden impedir, es el de hacer conocer la verdad. Las cosas más sencillas vienen a ser espantosas cuando se ignora la causa. Cuando nos familiaricemos con los Espíritus, y aquellos a quienes se manifiestan no crean ya tener una legión de demonios que les pisen los talones, dejarán de tener miedo.
Se puede ver en la Revista Espiritista la descripción de muchos hechos auténticos de este género, entre otros la historia del Espíritu golpeador de Bergzabern, cuyas burlas de mala especie duraron más de ocho años: (números.94 de mayo, junio y julio de 1858); la de Dibbelsdorf (agosto de 1858); la del panadero de Grandes- ventes, cerca de Dieppe (marzo de 1860); la de la calle de Noyers, en París (agosto de 1860); la del Espíritu de Castelnaudari, bajo el título de "Historia de un condenado" (febrero de 1860); la del fabricante de San Petersburgo (abril de 1860) y muchas otras.
89. Los hechos de esta naturaleza tienen frecuentemente el carácter de una verdadera persecución.
Conocemos seis hermanas que habitaban juntas, y que durante muchos años encontraban por la mañana sus ropas dispersadas, ocultas hasta en los techos, desgarradas y cortadas en trozos, a pesar de cuantas precauciones tomaban para encerrarlas bajo llave. Ha ocurrido muchas veces que personas acostadas y "perfectamente despiertas" veían sacudir sus cortinas, arrancar violentamente sus cobertores de la cama y sus almohadas, siendo levantadas sobre sus colchones y aún arrojadas fuera de la cama. Estos hechos son más frecuentes de lo que se cree; pero la mayor parte de las veces los que son víctimas no se atreven a hablar por temor al ridículo. Tenemos conocimiento de ciertos individuos que se han querido curar de lo que consideraban alucinación, sometiéndoles al tratamiento de los enajenados, y se les ha hecho volver realmente locos. La medicina no puede comprender estas cosas, porque no admite en las causas sino el elemento material, de donde resultan equivocaciones a menudo funestas. Algún día la historia contará ciertos tratamientos del siglo diez y nueve, como se cuentan hoy ciertos procederes de la Edad Media. Admitimos perfectamente que ciertos hechos son obra de la malicia o de la malevolencia; pero si hechas todas las averiguaciones resulta probado que no son la obra de los hombres, es preciso convenir que son: los unos dirán la obra del diablo; nosotros diremos de los Espíritus. ¿Pero de qué Espíritus?
90. Los Espíritus superiores, así como entre nosotros los hombres graves y serios, no se divierten en dar cencerradas. Muchas veces hemos evocado para preguntarles el motivo que les conduce a alterar así el reposo. La mayor parte no tiene otro objeto que el de divertirse; son Espíritus más bien ligeros que malos, que se ríen de los sustos que ocasionan y de las investigaciones inútiles que se hacen para descubrir la causa del desorden. A menudo se encarnizan con un individuo que se complacen en vejar y que persiguen de casa en casa; otras veces se aficionan a un local, sin otro motivo que su capricho. Algunas veces también es una venganza que ejercen, como tendremos ocasión de verlo. En ciertos casos su intención es saludable; quieren llamar la atención y ponerse en relación, ya sea para dar una advertencia útil a la persona a la cual se dirigen, ya sea para pedirle alguna cosa para ellos mismos. Hemos visto muchas veces pedir oraciones; otras solicitar el cumplimiento en su nombre de un voto que no habían podido cumplir; otras, en fin, querer, en interés de su propio reposo, reparar una mala acción cometida por ellos en su vida. En general se hace mal en asustarse; su presencia puede ser importuna, pero no peligrosa. Por los demás, se concibe el deseo que se tiene de desembarazarse de esto, y se hace generalmente todo lo contrario de lo que sería menester. Si son Espíritus que se divierten, cuánto más se toma la cosa en serio tanto más persisten, como los muchachos traviesos que hostigan, tanto más cuanto más ven que incomodan, y hacen miedo a los medrosos. Si se toma el prudente partido de reírse uno mismo de sus bromas pesadas acabarán por cansarse y quedar tranquilos. Conocemos a uno que, lejos de irritarse, les excitaba, les ponía en el caso de que hicieran tal o cual cosa y al cabo de algunos días ya no volvían. Pero como hemos dicho, los hay cuyo motivo es menos frívolo. Por esto es siempre útil saber lo que quieren. Si piden alguna cosa se puede estar seguro que cesarán sus visitas después de estar satisfecho su deseo. El mejor medio de enterarse sobre el particular es el de evocar al Espíritu por conducta de un buen médium escribiente; en sus contestaciones se verá en seguida con quién se trata y se obrará en consecuencia; si es un Espíritu infeliz, la caridad exige que se le trate con las consideraciones que merece; sí es un bromista de mal género, se puede obrar con él sin cumplimiento; si es malévolo, es preciso rogar a Dios que se mejore. De cualquier modo que sea, la oración siempre tendrá un buen resultado. Pero se ríen de la gravedad de las fórmulas del exorcismo y no hacen ningún caso de ellas. Si se puede entrar en comunicación con ellos es menester desconfiar de las calificaciones burlescas o medrosas que ellos mismos se dan algunas veces para divertirse de la credulidad. Volveremos a tratar más detalladamente sobre este objeto y sobre las causas que muchas veces hacen ineficaces las plegarias, en los capítulos de los "lugares frecuentados por los fantasmas" y de la "obsesión."
91. Estos fenómenos, aunque ejecutados por Espíritus inferiores, son muchas veces provocados por Espíritus de un orden más elevado, con el fin de convencer de la existencia de los seres incorpóreos, y de una potencia superior al hombre. El estremecimiento que resulta de esto, aun el espanto que esto causa, llaman la atención y acabarán por hacer abrir los ojos a los más incrédulos. Estos encuentran más sencillo el poner estos fenómenos en los efectos de la imaginación, explicación muy cómoda y que dispensa de dar otra; sin embargo, cuando los objetos son trastornados o se os han arrojado a la cabeza, fuera precisa una imaginación muy complaciente para figurarse que semejantes cosas suceden cuando no existen. Se observa un efecto cualquiera, este efecto tiene necesariamente una causa; si una "fría y tranquila" observación nos demuestra que este efecto es independiente de toda voluntad humana y de toda causa material; si además nos da señales "evidentes" de inteligencia y libre voluntad, "lo que es la señal más característica", no se puede menos que atribuirlo a una inteligencia oculta. ¿Cuáles son estos seres misteriosos? es los que los estudios espiritistas nos enseñan de la manera menos disputable, por los medios que nos dan para comunicar con ellos. Estos estudios nos enseñan también a ponernos de la parte que pueda haber de real, de falso o de exagerado en los fenómenos que nosotros no comprendemos. Si se produce un efecto insólito, ruido, movimiento o aun cuando sea aparición, el primer pensamiento que se debe tener es que obedece a una causa del todo natural, por ser la más probable; es preciso entonces buscar esta causa con el mayor cuidado y no admitir la intervención de los Espíritus sino a ciencia cierta; este es el modo de no hacerse ilusión.
Aquel, por ejemplo, que sin estar cerca de nadie, recibiese un bofetón, o bastonazos sobre las espaldas, como se ha visto, no podría dudar de la presencia de un ser invisible. Se debe estar preparado no sólo contra las narraciones que pueden ser más o menos exageradas, sino contra sus propias impresiones, y no atribuir un origen oculto a todo lo que no se comprende. Una infinidad de causas muy sencillas y muy naturales pueden producir efectos extraños al primer momento, y sería una verdadera superstición ver por todas partes Espíritus ocupados en derribar los muebles, romper la vajilla, suscitar, en fin, los mil enredos domésticos, que es más prudente atribuirlos a la impericia.
92. La explicación dada al movimiento de los cuerpos inertes se aplica, naturalmente, a todos los efectos espontáneos que acabamos de ver. Los ruidos, aunque más fuertes que los golpes dados en la mesa, tienen la misma causa; los objetos lanzados o cambiados de puesto lo son por la misma fuerza que levanta un objeto cualquiera. Una circunstancia viene también aquí en apoyo de esta teoría. Se podría preguntar: ¿dónde está el médium en esto? Los Espíritus nos han dicho que en semejante caso hay siempre alguno cuyo poder se ejerce sin que él lo sepa. Las manifestaciones espontáneas se producen muy raramente en los puntos aislados; tienen lugar casi siempre en las casas habitadas y por causa y mediación de ciertas personas que ejercen una influencia sin quererlo; estas personas son verdaderos médiums que ellos mismos ignoran su facultad, y que nosotros llamamos por esta razón "médiums naturales", son, con respecto a los otros médiums lo que los sonámbulos naturales son a los sonámbulos magnéticos, que también son dignos de observar.
93. La intervención voluntaria o involuntaria de una persona dotada de cierta aptitud especial para la producción de estos fenómenos, parece ser necesaria en la mayor parte de los casos, aunque haya algunos en que el Espíritu parezca obrar solo; pero entonces podría ser que tomase el fluido animalizado de otra parte que de la persona presente. Esto explica por qué los Espíritus que nos rodean sin cesar no producen a cada instante perturbaciones. Es menester, desde luego, que el Espíritu lo quiera, que tenga un fin un motivo, sin esto no hace nada. Luego es menester que en el acto encuentre, precisamente en el lugar en que quiera obrar, una persona apta para secundarle, coincidencia que se encuentra muy raramente. Sobreviniendo esta persona inopinadamente, se aprovecha de ello. A pesar de la reunión de circunstancias favorables, podría también ser impedido por una voluntad superior que no le permitiría obrar a su gusto. Puede no serle permitido hacerlo sino dentro de ciertos límites, y en el caso en que estas manifestaciones fuesen juzgadas útiles, ya sea como medio de convicción, ya sea como prueba para la persona que es el objeto.
94. No citaremos a este fin más que la conversación provocada a propósito de los hechos, que pasaron en junio, de 1860 en la calle de Noyers, en Paris. Se encontrarán los detalles en la Revista Espiritista número de agosto de 1860.
1. (A San Luis). ¿Tendréis la bondad de decirnos si los hechos que se dicen haber pasado en la calle de los Noyers son reales? En cuanto a la posibilidad no lo dudamos. "Sí, estos son hechos verdaderos; solo que la imaginación de los hombres los abultará, ya sea por miedo, ya sea por ironía; pero, lo repito, son verdaderos. Estas manifestaciones son provocadas por un Espíritu que se divierte un poco a costa de los habitantes del lugar." 2. ¿Hay en la casa una persona que sea causa de estas manifestaciones? "Estas manifestaciones son siempre causadas por la presencia de la persona a la cual se ataca; es que el Espíritu perturbador mirando el habitante del lugar donde está quiere hacerle ruindades o que se vaya de la habitación."
3. Nosotros preguntamos si entre los habitantes de la casa hay alguno que sea la causa de estos fenómenos por una influencia medianímica, espontánea e involuntaria. "Es muy necesario; 'sin esto el hecho no podría tener lugar'. Un Espíritu habita un paraje de predilección para él, permanece en la inacción hasta tanto que una naturaleza que le sea conveniente se presente en este lugar; cuando llega esta persona se divierte tanto como puede." 4. La presencia de esta persona sobre los mismos lugares, ¿es indispensable? "Es el caso más ordinario, y este es el del hecho que citáis; por eso he dicho que sin esto el hecho no podría tener lugar; pero yo no he querido generalizarlo; hay casos en que la presencia inmediata no es necesaria." 5. Estos Espíritus, siendo siempre de un orden inferior, la aptitud que les sirve de auxiliar es una presunción desfavorable para la persona? ¿anuncia esto una simpatía con los seres de esta naturaleza? "No, precisamente porque esta aptitud proviene de una disposición física; sin embargo esto anuncia muy a menudo una tendencia material que sería preferible no tener; porque cuanto más se está elevado moralmente, más se atrae a sí a los buenos Espíritus, que alejan necesariamente a los malos." 6. ¿Dónde va a tomar el Espíritu los proyectiles de que se sirve? "Estos objetos diversos son los más de las veces tomados en los mismos lugares o en la vecindad, una fuerza que viene del Espíritu los lanza en el espacio y caen en el paraje designado por este Espíritu." 7. Puesto que las manifestaciones espontáneas son muchas veces permitidas y aún provocadas con el fin de convencer, nos parece que si ciertos incrédulos fuesen personalmente el objeto se verían forzados a rendirse a la evidencia. Se quejan algunas veces de no poder ser testigos de hechos concluyentes; ¿podría depender de los Espíritus el hacerles dar alguna prueba sensible?
"Los ateos y los materialistas ¿no son a cada instante testigos de la potencia de Dios y del pensamiento? Esto no les impide negar a Dios y el alma. Los milagros de Jesús ¿han convertido a todos sus contemporáneos? Los fariseos que le decían: 'Maestro, hacednos ver algún prodigio', ¿no se parecen a los que en vuestros tiempos piden que les hagáis ver manifestaciones? Si no están convencidos por las maravillas de la creación menos lo están aun cuando los Espíritus se les aparecieren de la manera menos inequívoca, porque su orgullo les pone como los caballos rebelones. Las ocasiones de ver no les faltarán si las buscan de buena fe; por esto Dios no juzga a propósito hacer por ellos más de lo que hace por aquellos que procuran sinceramente la instrucción, porque sólo recompensa a los hombres de buna voluntad. Su incredulidad no impedirá el que se cumpla la voluntad de Dios; ved bien que ella no ha impedido a la doctrina su propagación. Cesad pues de inquietaros por su oposición, que es a la doctrina como la sombra es al cuadro y le da mayor relieve. ¿Qué méritos tendrían el ser convencidos por la fuerza? Dios les deja toda la responsabilidad de su terquedad, y esta responsabilidad será más terrible de que lo pensáis. Bienaventurados aquellos que creen sin haber visto, dilo Jesús, porque esos no dudan de la potencia de Dios."
8. ¿Creéis que sería inútil evocar este Espíritu para pedirle algunas explicaciones? "Evocadle si queréis; pero es un Espíritu inferior que no os dará más que contestaciones bastante insignificantes."
95. Conversación con el Espíritu perturbador de la calle de "Noyers." 1. Evocación.
"¿Qué me queréis que me llamáis? ¿Queréis, acaso, que os apedree? Entonces, se vería un bonito sálvese quien pueda, a pesar de vuestro grave aspecto." 2. Aunque tú nos apedrees no nos asustarías por eso y quisiéramos saber si podrías hacerlo. "Podría muy bien ser que no pudiera; tenéis un guardián que vela mucho por vosotros." 3. En la calle de "Noyers" ¿había una persona que te servía de auxiliar para facilitarte las bromas pesadas que hacías a los habitantes de la casa?
"Ciertamente encontré un buen instrumento, y ningún Espíritu docto, sabio y mojigato para impedírmelo; porque soy alegre y me gusta divertirme de cuando en cuando." 4. ¿Qué persona te ha servido de instrumento? "Una moza de servicio."
5. ¿Te servía de auxiliar sin saberlo?
"¡Oh! si, pobre muchacha. Ella era la que más se asustaba." 6. ¿Obrabas con un fin hostil?
"No tenía ningún fin hostil; pero los hombres que de todo sacan partido, se aprovecharán de esto." 7. ¿Qué entiendes tú por eso? No te comprendemos. "Procuraba divertirme; pero vosotros estudiaréis la cosa y tendréis un hecho más para demostrar que existimos."
8. Tú dices que no tenías ningún fin hostil, y sin embargo has roto todos los cristales de la habitación, de este modo has causado un perjuicio real.
"Es un detalle."
9. ¿Dónde te has procurado los objetos que han lanzado? "Son bastante comunes; los he encontrado en el patio, en los jardines vecinos." 10. ¿Los has encontrado todos o has fabricado algunos? (Véase después de cap. VIII). "Nada he creado, nada he compuesto."
11. Si tú no los hubieras encontrado, ¿habrías podido fabricarlos? "Hubiera sido más difícil, pero en rigor, se mezclan las materias y esto hace un todo cualquiera." 12. Ahora dinos cómo los has lanzado.
"Ah! eso es más difícil de decir; me he servido de la naturaleza eléctrica de esta muchacha, junto con la mía, menos material; de este modo hemos podido transportar entre los dos estas diversas materias."
13. Yo pienso que querrás darnos algunos indicios sobre tu persona. Dinos, pues, desde luego, si hace mucho tiempo que has muerto.
"Hace bastante tiempo; hará como una cincuentena de años."
14. ¿Qué eras tú cuando vivías?
"Poca cosa de bueno; yo recogía trapos en este barrio y se me decían algunas veces tonterías porque me gustaba mucho el licor rojo del buen hombre Noé; este es el motivo porque yo quería que todos levantasen el campo."
15. ¿Eres tú mismo el que ha contestado a nuestras preguntas y lo has hecho por tu propia voluntad? "Tengo un instructor."
16. ¿Quién es ese instructor?
"Vuestro buen rey Luis."
Observación. - Esta pregunta fue motivada por la naturaleza de ciertas respuestas, que parecían superar el alcance de este Espíritu por el fondo de las ideas, y aun por la forma del lenguaje. No tiene nada de admirable que fuese ayudado por un Espíritu más ilustrado, que quiso aprovechar esta ocasión para darnos una instrucción.
Este es un hecho muy ordinario; pero la particularidad notable en esta circunstancia, ha sido que la influencia del otro Espíritu se ha hecho sentir sobre la misma escritura; la de las respuestas en que ha habido intervención es más regular y más corrida; la del trapero es angulosa, gruesa, irregular, a menudo poco legible, y tiene otro carácter.
17. ¿Qué haces tú ahora? ¿Te ocupas de tu porvenir? "Todavía no; estoy errante. Se piensa tan poco en mí sobre la Tierra, que nadie ruega por mí; por lo mismo que no estoy ayudado, no trabajo."
Observación. - Se verá más tarde cuánto se puede contribuir al adelantamiento y al alivio de los Espíritus inferiores por la oración y los consejos.
18. ¿Cuál era tu nombre cuando vivías? "Juanito"
19. Pues bien, Juanito: nosotros rogaremos por ti. Dinos si nuestra evocación te ha gustado o te ha contrariado. "Antes me ha hecho placer, porque sois buenos muchachos, alegres vivientes, aunque un poco austeros; pero ¡qué importa! me habéis escuchado y estoy contento. Juanito."
Fenómenos de los aportes
96. Este fenómeno no difiere de los que acabamos de hablar sino por la intención benévola del Espíritu que es su autor, por la naturaleza de los objetos casi siempre graciosos y por la manera dulce y muchas veces delicada con que son traídos. Consiste en aportar espontáneamente objetos que no existían en el paraje en que se está. Son lo más a menudo flores, algunas veces frutas, cajas de dulces, alhajas, etc.
97. Decimos, desde luego, que este fenómeno es uno de los que más se prestan a la imitación, y que, por consiguiente, es preciso estar en guardia de la superchería. Se sabe hasta dónde puede llegar el arte de la prestidigitación con relación a experiencias de este género, pero sin referir-se a un hombre del oficio se podría fácilmente ser juguete de una maniobra hábil e interesada. La mejor de todas las garantías está en el "carácter", la "honradez notoria" y el "desinterés absoluto" de la persona que obtiene semejantes efectos; en segundo lugar, en el examen atento de todas las circunstancias con las cuales los hechos se producen; en fin, en el conocimiento ilustrado del Espiritismo, que sólo puede hacer descubrir lo que fuera sospechoso.
98. La teoría del fenómeno de los aportes y de las manifestaciones físicas en general, se encuentra resumida de una manera notable en la disertación siguiente por un Espíritu cuyas comunicaciones tienen un carácter incontestable de profundidad y de lógica. Muchas de éstas se encontrarán en la continuación de esta obra. Este Espíritu se ha dado a conocer bajo el nombre de Erasto, discípulo de San Pablo, y como Espíritu protector del médium que le ha servido de intérprete. "Es de todo punto preciso, para obtener fenómenos de este orden, tener consigo médiums que yo llamaré 'sensitivos', es decir, dotados del más alto grado de facultades medianímicas, de expansión y de penetrabilidad; porque el sistema nervioso de estos médiums, fácilmente excitable, les permite, por medio de ciertas vibraciones, el proyectar alrededor de ellos su fluido animalizado con profusión. "Las naturalezas impresionables, las personas cuyos nervios vibran al menor sentimiento, a la más pequeña sensación, que la influencia moral o física, interna o externa, sensibiliza, son sujetos muy aptos para ser excelentes médiums, para los efectos físicos de tangibilidad y de aportes. En efecto, su sistema nervioso, casi enteramente desprovisto de la envoltura refractaria que aísla este sistema en la mayor parte de los otros encarnados, les hace propios para el desenvolvimiento de estos diversos fenómenos. Por consecuencia con un sujeto de esta naturaleza, y no siendo las demás facultades hostiles a la medianimización, se obtendrán más fácilmente los fenómenos de tangibilidad, los golpes dados en las paredes y en los muebles, los movimientos inteligentes y aun la suspensión en el espacio de la materia inerte más pesada. 'A fortiori' se obtendrán estos resultados, si en lugar de un médium se tienen a la mano muchos que tengan las mismas dotes. "Pero de la producción de estos fenómenos a la obtención del de los aportes hay mucha distancia; porque en este caso no sólo el trabajo del Espíritu es más complejo, más difícil, sino que también el Espíritu no puede operar sino por medio de un solo aparato medianímico, esto es, que muchos médiums no pueden concurrir simultáneamente a la producción del mismo fenómeno. Acontece, por el contrario, que la presencia de ciertas personas antipáticas al Espíritu que opera estorba radicalmente su operación. A estos motivos que, como veis, no dejan de tener importancia, añadid que los aportes necesitan siempre concentraciones más grandes y al mismo tiempo mayor difusión de ciertos fluidos, que no pueden obtenerse sino con los médiums mejor dotados, aquellos, en una palabra, cuyo aparato "electromedianímico" es de mejores condiciones.
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