Читать книгу: «Cinco: La Gran Profecía»
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A mis padres, Juanma y Mari, porque mis logros han sido posible gracias a la educación, el amor, y el cariño que me habéis dedicado. Porque habéis trabajado mucho por y para los cuatro, sacrificándoos vosotros.
Porque os quiero tanto, aunque nunca os lo diga, os envío un beso bien grande de todo corazón. Uno para ti, mamá, y espero que te llegue otro a ti también, papá, allá donde te encuentres después de esta vida.
AGRADECIMIENTOS
Fue el poeta cubano José Martí quien señaló que: «Hay tres cosas que cada persona debería hacer durante la vida para dejar su legado: plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro». Árboles he plantado bastantes a lo largo de los años; he tenido dos maravillosos hijos a los que adoro: Ijan y Brenan; y escribir mi primer libro ha resultado más difícil de lo que imaginaba, con enormes y numerosas piedras interfiriendo en el camino, pero el resultado ha sido más gratificante de lo que jamás hubiera podido llegar a imaginar, y lo que espero que esté por llegar.
Dice el refranero popular que es de bien nacido ser agradecido y este espacio de agradecimientos es una excelente oportunidad que se me brinda para hacerlo.
Gracias en primer lugar a mi madre, Maruchi, porque siempre me aconseja y me apoya incondicionalmente, aunque no me guste lo que me diga en ocasiones. Es un poco bruja y acierta en sus predicciones: «Ya verás como al final…». No falla nunca.
Gracias mil a mi marido, Chus. Solo le llamo Jesús cuando estoy enfadada con él. Me ha soportado estoicamente estos dos años y pico de trabajo, tirando él de la casa y de los niños, apoyando y haciéndome volver a la realidad de vez en cuando. No sé qué haría sin él. Perdóname por el daño que te causé en el pasado y créeme, aunque sé que lo haces, cuando te digo y te repito que te amo con locura.
Mi gran amigo Jorge. Él es el culpable de que esta historia se pusiera en marcha. Durante una estancia en su casa, en la República Checa, me animó a comenzar una novela. Él sabía que hacía años que la idea me rondaba la cabeza pero nunca me atrevía a dar el primer paso. Jorge me lanzó al vacío pero tendiéndome su mano desde el principio hasta el final. Muchas gracias, Jorjuco, por estar siempre ahí y quererme tanto. Ya sabes que es recíproco.
Aida, nuestra Tata, mi buenísima amiga tan lejana en ocasiones pero tan cercana al mismo tiempo en nuestros corazones, poniendo el punto racional a mis ideas y emociones, corrigiendo mis escritos a pesar de su escaso tiempo. Gracias, Aiduca, por tu ayuda y por formar, al igual que Jorge, parte de nuestra familia. Te quiero mucho.
Mi lectora cero, mi Suave favorita, mi queridísima amiga Bego. Se leyó el manuscrito en tres días y me corrigió un montón de fallos. Gracias por tu celeridad, tu sinceridad y por preguntarme tantas y tantas veces que cómo llevaba la novela. Has sido un pequeño faro en la oscuridad del camino. Me has infundido ánimos y has entendido mis bajones, estando siempre ahí animando. Gracias por todo y por tu amistad. Te quiero un montón. ¡Siempre Suaves!
A Nuria y Víctor, mis abogados, asesores y buenos amigos. Gracias por estar siempre disponibles, tendiendo una mano más allá del deber de vuestro trabajo.
Bernardo, de Eggo Digital, por su desinteresada pero intensa hora y media de consejos.
Rosa Diego Güemes, escritora, mi panadera y vecina del pueblo de al lado. Gracias por tus recomendaciones y por tus ánimos.
David, de Magenta Publicidad, por su buen hacer y su paciencia conmigo.
Frank Garmasín, por dibujarme una portada y mi logo brujeril. Muchas gracias, artista.
Gracias a todos y cada uno de mis profesores de lengua castellana, literatura, latín y griego. Entre todos fueron sentando la base de mi amor por las letras, mi pasión por la lectura y el arte de escribir.
A mi familia, por quererme, aceptarme y apoyarme. Mis hermanos, David, Francisco y Diego, os quiero muchísimo. Mis sobrinos: Carolina, Lucía, Nico y Valeria. Mis suegros: Angelines y Aurelio. Mis cuñados: Paula, Cristina, Pedro e Ismael. A la gran abuela Pilar. Mis tíos y primos. Muchas gracias. Tengo mucha suerte de formar parte de dos familias maravillosas.
PRÓLOGO
Desde lo alto de la cima del monte Temon, podíamos divisar muy a lo lejos, como si de hormigas se tratara, a uno de los ejércitos que esa jornada se iba aproximando a las inmediaciones del castillo de Briatacán. Los emisarios que el príncipe Nicco envió en todas las direcciones hacía semanas habían cumplido su cometido, y las misivas mágicas explicando a los diferentes reinos y señores de la guerra la situación también habían surtido efecto. Los tres, Nicco, el duque Gejor y yo, oteábamos el horizonte en busca de alguna señal de Horcet el Destructor, príncipe del Inframundo, nuestro terrible enemigo. Después de pasar cientos de años olvidado en el abismo del recuerdo de los humanos, había regresado para apoderarse del mundo tal y como lo conocíamos. Según había predicho la Gran Profecía siglos atrás, las desgracias y el sufrimiento se habían ido sucediendo tras su despertar. Fenómenos atmosféricos jamás vistos azotaban la tierra e incluso el cielo, y manejaba el agua a su merced produciendo grandes calamidades que asolaban a todos los reinos.
La gran batalla contra Horcet y su maléfico ejército se estaba preparando entre los homas, los humanos y los mágicos: magos, hechiceros y brujos en sus dos géneros. Las bases de nuestros ejércitos se hallaban afincadas entre Briatacán y la fortaleza de Ávialer principalmente, pues gozaba de mejores defensas al ser el hogar de los mágicos.
—Creo que hoy poco más vamos a esperar, majestad —interrumpió nuestros pensamientos el duque Gejor, mientras yo contemplaba un amanecer teñido de rojo, tan rojo como la sangre que esperaba no se derramara en esta guerra.
—Soy de vuestra opinión, amigo. Lady Lía y yo nos quedaremos un rato más a solas. Podéis regresar a castillo —y dicho y hecho, el joven nos saludó con una reverencia, montó en su cabalgadura y comenzó a bajar por el camino de la empinada ladera hasta que le perdimos de vista en la frondosidad del bosque de Narf—. Os entregaría mil monedas de oro por conocer ya mismo vuestros pensamientos —me dijo sonriendo una vez que estuvimos a solas. Le miré con ternura al tiempo que aspiraba el aroma a hierba mojada por efecto de la tenue helada que había caído durante la noche. En breve el invierno llegaría con sus nevadas y nos sería muy difícil ascender a lo alto del monte.
—Ja, no queráis saber tanto.
—Me apetecía ya estar a solas con vos —confesó al tiempo que cogía mi mano y me la besaba.
—Y a mí, no creáis que no, mi rey —le correspondí dándole un cariñoso beso en la mejilla. Pero, aunque el momento encerraba en sí mismo todo el romanticismo y sensualidad necesarios para disfrutar de un rato a solas, mi cabeza estaba en otro sitio. Nicco lo notó cuando me tumbó boca arriba sobre la manta de lana y yo no continué con su juego.
—¿Qué os ocurre, Lía?
—Perdonadme. Sé que nuestro tiempo a solas es poco y muy valioso, pero hace muchas semanas que Jaín y Zahima no saben nada de mí ni de Adia y deben estar muy preocupados. No quisiera que nos ocurra algo y no volvieran a saber nada de nosotras.
—Deseáis regresar, ¿ahora? ¿Cuando la batalla está a punto de comenzar? —inquirió entre celoso y enfadado.
—Lo sé y por eso os pido disculpas, pero debéis poneros en mi lugar y entender lo que os acabo de decir. Ellos son también mi familia. La abuela se encargó de la tía Liatana y yo debo ocuparme de ellos, este es el momento —supliqué mientras él se ponía de pie y se alejaba unos pasos. Observé su alta figura, su porte varonil que me embriagaba de amor—. No os estoy pidiendo permiso, Nicco. Os estoy informando de que mañana a primera hora voy a regresar a 2019 y me gustaría hacerlo con vuestro beneplácito y acompañada por una pequeña escolta. Solo estaré fuera unas horas, os lo prometo. Antes de que caiga la noche retrocederé mil años para volver a vuestros brazos y acabar de una vez por todas con esa bestia inhumana.
—Entiendo —se disculpó, girándose y acercándose de nuevo a mí con el semblante serio, mirándome de frente con sus preciosos ojos azules tan profundos como un mar en calma—. Tiene toda la lógica. Marchad al amanecer y tened muchísimo cuidado. Ya sabéis que ese demonio va a por todas y no soportaría perderos ahora que al fin os he encontrado.
Comenzaba a levantarse un aire frío y decidí que el suelo, aun con la manta de lana por medio, no era buen sitio para permanecer sentada, así que con la ayuda de su mano me incorporé.
—Yo no puedo acompañaros. Le pediré a Gejor y a Nebran que encabecen un pequeño destacamento. Imagino que Fisoa, Risctani y Lisbae irán también con vos —continuó diciendo mientras una fuerte ráfaga de aire ondeaba su melena negra y se recogía el cabello con una pequeña cinta.
—No, solo se lo pediré a Fisoa. Prefiero que Lisbae y Risctani permanezcan uno en el castillo de Briatacán y otro parta hacia la fortaleza de Ávialer junto a Tina y mi abuela. Con Nebran y lady Ulcaí aquí, mi intención es mantener las fuerzas mágicas equilibradas.
—Buena estrategia. Y ahora, mi preciosa damisela, lo más sensato es regresar a castillo y descansar bien durante el día de hoy.
—Por supuesto, majestad —le sonreí pícaramente al tiempo que realizaba una perfecta reverencia y me incorporaba sonriendo, momento exacto que él aprovechó para acercarse raudo hasta mí y robarme un beso, como si del mejor de los ladrones se tratara—. Mañana volverán a separarnos mil años, pero mi corazón estará junto al vuestro, no lo dudéis —indiqué poniendo mi mano en su pecho.
Ahora, solo me quedaba pensar cómo me iba a presentar mañana en casa con ese grupo de guerreros y qué les iba a contar a mis mejores amigos.
CAPÍTULO 1
Lía
Según una definición que leí hace poco en una revista científica en la consulta de mi odontólogo, la palabra amanecer es el término que empleamos para indicar el momento de la salida del sol sobre el horizonte, es decir, la llegada de la luz del día, ese acontecimiento que implica la aparición de la luminosidad natural que nos hace saber que ya ha amanecido y que ha dado comienzo el día.
El amanecer, el alba, la madrugada, el alborear, la aurora, es mi momento favorito del ciclo del día y de la noche. Dura apenas unos minutos, pero posee una belleza infinita que me embelesa. Esos colores anaranjados que van surgiendo tímidamente de las tinieblas de la noche mientras las sombras nocturnas van tomando sus formas diurnas.
Recuerdo que en sexto curso de primaria, el profesor Otta, que impartía Ciencias Naturales, nos dijo en una ocasión algo que se me quedó grabado a fuego en la mente: «Trabajar duro por algo que no nos interesa se llama estrés. Trabajar duro por algo que amamos se llama pasión». Eso era exactamente lo que le definía como docente. Jamás he vuelto a tener un maestro tan apasionado, entregado y entusiasta con lo que enseñaba y cómo lo enseñaba. Aprendí tanto y de forma tan intensa que lo mantengo intacto en la memoria. En un tema sobre el Sistema Solar nos comentó que los astronautas que se encontraban en la Estación Espacial Internacional podían disfrutar de la salida del sol cada noventa y dos minutos, un total de quince amaneceres al día. Ahí es nada.
—Buenos días, preciosa. Hoy es 23 de julio y tienes muchas ganas de vivir.
Esta retahíla de palabras forma parte de mi día a día. Tras desperezarme, intentar abrir los ojos y despejarme, es lo primero que debo hacer mientras me observo con detenimiento en el espejo con marco de cuero marrón de mi desordenado dormitorio. La chica con el pelo revuelto que me mira desde el otro lado tiene cara de pocos amigos. Hay gente que confiesa que sin el primer café de la mañana no son personas, pero ese no es mi caso. Yo necesito saber quién soy, en qué día vivo y cuál es mi objetivo. Hoy lo tengo claro. Es mi cumpleaños, mi décimo octavo cumpleaños. Me llamo Lía y mi número favorito es el cinco.
La intensa luz que irradia el sol a las diez de la mañana en verano hace que pestañee varias veces y me ponga la mano sobre los ojos a modo de visera para poder observar el mar. Aspiro profundamente ese aroma salado que inunda mis pulmones y revolotea dentro de ellos como una fuerte marejada. Respiramos desde el instante en que nacemos hasta el instante en que morimos. Se trata de una necesidad vital y constante. Desde pequeña me gusta aspirar diferentes aromas para almacenarlos en un archivo de mi cerebro: mil y un olores del bosque, del mar, de la ciudad; el petricor, que es el nombre dado al olor que se produce cuando cae la lluvia sobre suelos secos; el olor de un libro nuevo o de uno viejo, el olor a hierba recién segada, a un bebé; el de un chocolate caliente con un poco de canela, el aroma de unas pastas recién salidas del horno; menta y romero, leña recién cortada, un café recién hecho. Todos tienen el poder de transportarme a cualquier otro lugar y momento. Evocar unos y otros recuerdos, diferentes personas y situaciones.
Muchas veces me he preguntado el porqué de mi predilección casi obsesiva por el número cinco y nunca he obtenido una respuesta a ello. El cinco aparece en una infinidad de ocasiones en mi vida, casualidad o no, quién sabe. Por otro lado, puede que sea mi número maldito, un buitre hambriento que se alimenta de mí en fechas fatídicas de mi existencia. El número cinco encierra en sí una belleza que siempre me ha atraído. Es el único cuyo nombre tiene la misma cantidad de letras que el valor que representa, así como la misma cantidad de vocales que tiene el idioma español. La naturaleza también está repleta de cincos: las plantas de las familias de las rosáceas tienen flores con cinco pétalos; las estrellas de mar tienen cinco brazos; hay cinco clases de vertebrados: peces, anfibios, reptiles, aves y mamíferos; cinco océanos, cinco continentes habitados; tenemos cinco sentidos y cinco dedos en cada mano y en cada pie. La distancia entre el codo y el extremo de la mano representa un quinto de la estatura de una persona proporcionada. Según Aristóteles, el mundo estaba hecho de cinco elementos: agua, tierra, aire, fuego y éter. El pentagrama, una estrella de cinco puntas, es considerado por muchas culturas como un amuleto de buena suerte y de defensa ante brujas y demonios.
En cuanto a mí, nací en una mañana invernal en pleno verano, algo que no se había visto en mucho tiempo. Cayeron más de mil rayos a lo largo de toda la noche, iluminando con sus largas garras huesudas la habitación del hospital en la que mi madre me trajo a este mundo. El granizo dejó incomunicada a la ciudad durante horas, bolas del tamaño de una nuez sembrando el caos por doquier. Cuando tenía ocho años, mis padres y mi único hermano, Divad, fallecieron en un accidente aéreo, un triste 5 de diciembre. Esas fueron las navidades más horribles y extrañas que recuerdo. No es que yo fuera una superviviente de aquella catástrofe, sencillamente no viajaba con ellos para asistir al nombramiento de mi tía Liatana como socia de un gran bufete de abogados. Mi abuela Adia, por parte de padre, me contó tiempo después que a mí no me llevaron porque me puse enferma y me dejaron a su cuidado. Cuestión de suerte ¿o no? En ocasiones me lo planteo, más de las que quisiera.
Partiendo del hecho de que nunca es un buen momento para transmitir semejantes noticias, la abuela no esperó mucho tiempo para comunicarme la muerte de mi familia. Me daba cuenta de que algo terrible había ocurrido por las reacciones de los adultos. Mis padres y mi hermano Divad no regresaban a casa y eso me preocupó. Yo preguntaba por ellos, pero la abuela y la tía Liatana me miraban con ojos llorosos e intentaban darme largas hasta que, pasados dos días del accidente, Adia se sentó conmigo en el porche de la casa. Se puso muy seria, y muy triste, y me lo contó, tal y como se le puede decir a un niño que se ha quedado solo en la vida. En ningún caso me mintió, me dijo la verdad de la forma más dulce posible, adaptando la información a mi edad. No me facilitó más explicaciones, ni las causas ni los detalles sobre el fallecimiento de mis seres queridos. No lo necesitaba, no con mi edad. Tuve que entender de golpe que la vida en ocasiones terminaba y que jamás iba a volver a verlos. Aquella fría noche de diciembre comprendí que la muerte existía y que podía llevarse en cualquier momento a las personas que más queríamos así, en un pispás, sin ningún motivo.
La abuela y la tía Liatana tuvieron miedo de que entrara en shock, pero no fue así. Respetaron mis tiempos de reacción y mi duelo. No me obligaron a asistir al funeral, eso fue decisión mía. Necesitaba enfrentarme a los tres féretros para despedirme de ellos y así lo hice, uno a uno. Con ocho años no me costó entender que mi hermano de once reposaba en ese ataúd blanco tan bellamente tallado, dormidito para siempre. No pude verle, pero me abracé a la caja de madera que contenía sus restos y lloré por su ausencia. Durante un tiempo me sentí muy triste, incluso rabiosa ante la pérdida de los tres. La abuela me dejaba llorar y expresar mis sentimientos, me hacía ver que era normal sentirme así. Yo también la veía llorar a ella a escondidas cuando creía que no la veía. «No pasa nada por llorar la muerte de un ser querido, es parte del duelo», me decía.
Al cumplir los dieciséis recibí mi herencia y con ella el acceso a toda la documentación de mis padres: testamentos, escrituras de las dos viviendas que poseían, partidas de nacimiento, cuentas bancarias, bonos, acciones, todo. Con el dinero que me habían dejado, más la triple indemnización del seguro de la compañía aérea, vivo holgadamente. Rectifico, en realidad soy una persona rica, casi podría decirse que millonaria. Por el momento, son la abuela y tía Liatana quienes lo administran todo en mi nombre, ya que soy menor de edad. Bueno, por lo menos lo hacían hasta hoy.
Estudio la carrera de medicina por vocación, por homenajear póstumamente a mi padre, que fue un reputado neurocirujano, y también por contentar a mi abuela Adia, que me repite una y mil veces que debo ser una mujer de provecho y no conformarme con lo que la vida me ha dado. Se refiere, naturalmente, al aspecto económico, porque en lo demás no puede decirse que por el momento sea exactamente una persona plena y feliz. Echo muchísimo en falta a mis padres y a mi hermano Divad, y eso hace que sea, en opinión del psiquiatra que me trata hace años y el culpable de mis deberes matutinos, vulnerable, introvertida, caótica y, resumiendo un poco mi cuadro psicológico, ansioso-depresiva. Esta es la valoración objetiva por parte de la rama científica. Por el otro lado, está la parte esotérica. Lo cierto es que desde bien pequeña recuerdo percibir «cosas» que los demás no pueden. Al principio me asustaban mucho, pero con el tiempo aprendí a aceptarlo como una parte de mí. Se puede decir que poseo percepciones extrasensoriales. Tengo ciertas capacidades para percibir u obtener algún tipo de discernimiento o información a través de sentidos que no son los que conocemos comúnmente, como gusto, tacto, oído, vista y olfato. Lo que llamamos un sexto sentido. Y hay más, alguna vez he conseguido mover un objeto de un lado a otro y puedo leer el pensamiento de alguien solo con proponérmelo, pero nunca lo he intentado con mis seres queridos. En más de una ocasión he anticipado algo que iba a ocurrir y siempre he acertado. Sé que la abuela Adia es conocedora de estas capacidades, pero jamás ha hablado de ello conmigo. No entiendo por qué es un tema tabú. He sentido ganas de preguntárselo y a continuación leer su mente, pero no me he atrevido porque quizás no quiero escuchar la respuesta que pueda ofrecerme. Prefiero seguir ignorando lo que puedo llegar a hacer e intento controlarme para poder llevar una vida lo más normal posible.
Mi primera relación amorosa la tuve a los diez años. Se trataba de un compañero de clase en primaria, Jaín. Nuestro amor duró lo que duran dos inviernos para luego transformarse en una gran amistad. Ahora, él y su gemelo idéntico, Zahima, son mis mejores amigos. Vivimos los tres juntos en la casa de la playa que mi madre decoró con tantísimo gusto e ilusión poco antes de fallecer. La preciosa y desconocida playa de Acurma donde se encuentra ubicada está bañada por un mar de aguas verdes y cristalinas. Posee una pequeña lengua de fina arena y una zona esquinada estratégicamente agitada por grandes olas, ideales para practicar nuestro deporte favorito, el surf, que te hace sensible a los olores del océano. Cuando llega septiembre, el aroma del mar es diferente, lo sientes en tu nariz. Este deporte se toca, se huele, se ve, se siente, y ese sentimiento es tan abstracto como la tristeza y la alegría, no desaparece cuando estás con los pies sobre la tierra. El surfista lo es tanto fuera como dentro del agua, y a nosotros tres nos apasiona.
La vivienda de la playa, la que mis padres eligieron para pasar allí nuestras vacaciones y que nunca llegaron a estrenar, fue construida siguiendo las indicaciones de mi madre, que era arquitecta. Consta de una planta baja más otra agaterada. No tiene una gran superficie, pero está edificada en un enclave paradisíaco y eso la hace única. A sus pies, la preciosa playa, y a sus espaldas, un escarpado monte, el Temon, rodeado de un frondoso y oscuro bosque llamado Narf —repleto de corpulentos árboles, algunos de ellos milenarios— que bordea el único camino polvoriento que da acceso a la finca y que muere allí. Escondida de la mirada de los curiosos, la casa es un refugio donde se respira paz y tranquilidad. Disponemos de cuatro dormitorios, cada uno de ellos con su cuarto de baño completo. En la planta baja hay un aseo, cocina americana con comedor, un enorme salón, una coqueta y surtida despensa, garaje con capacidad para tres coches y un trastero donde guardamos, entre otras cosas, nuestras tablas. Puede decirse que lo mantenemos en orden dentro de nuestro pequeño caos. Nos arreglamos bastante bien y hemos organizado las tareas de forma metódica para que la convivencia sea lo más placentera posible. Quisieron pagarme un alquiler por su estancia, pero a mí no me hace falta más dinero. Para que ellos estuvieran cómodos, les propuse que ese mismo importe que estaban dispuestos a abonarme cada mes lo ingresaran en una ONG de la que soy colaboradora. La propuesta los entusiasmó.
—Lía, ¿cómo puedes hacer para diferenciar a esos amigos tuyos tan iguales? Son como dos gotas de agua —me preguntó en cierta ocasión la abuela.
—Abu —le contesté pícaramente—, conozco un pequeño secreto para hacerlo.
Mi abuela se puso roja como la grana e hizo ademán de replicarme, pero solté una sonora carcajada y me adelanté a su comentario no sin antes guiñarle un ojo. Jamás les había visto desnudos, pero la sola idea me produjo un hormigueo.
—Es algo tan sencillo como que Zahima tiene un minúsculo lunar junto al labio. Es muy clarito y apenas se distingue.
Me sorprendí viendo la cara de alivio de Adia. Cómo podía siquiera mi abuela pensar en algo más ¿pecaminoso? De momento, conservaba mi virginidad intacta y mi intención era seguir manteniéndola. El sexo no era algo que formara parte de mis planes por el momento, pero esto era algo de lo que no pensaba hablar con ella.
—¡Vamos Lía! ¡Yuhuuuu!
La voz de Zahima se perdió entre el bramido enfurecido de las olas. Aquella tarde el mar estaba enfadado y nos estaba ofreciendo su más precioso espectáculo. Cuando hay olas grandes, los surfistas remamos con mucha antelación para mantener nuestra posición mientras la ola va creciendo y absorbiendo agua. El experimentar con olas grandes, además de la adrenalina que transmite, sirve para entrenar en olas pequeñas. Cabalgarlas supone una sensación contradictoria entre nervios, disfrute y decisiones rápidas. La falta de decisión genera los errores.
—¡Guauuuu! ¡Ha estado genial! —exclamó emocionado Zahima cuando llegamos a la orilla—. ¡Derrocho adrenalina por los cuatro costados!
—¡No puedo más! Estoy reventada, ha sido una tarde gloriosa —convine quitándome el invento del tobillo y desplomándome en la arena—. Jaín se lo ha perdido por ese dichoso examen.
—Bueno, yo también lo tengo y aquí estoy disfrutando del mar y de tu compañía. Él podría haber hecho lo mismo.
—Sí, pero tu hermano es mucho más juicioso y antepone las responsabilidades al placer.
—¡Eh! No me vengas con la charlita habitual. Tengo dieciocho años y necesito disfrutar de la vida —exclamó molesto—. Será mejor que me vaya a duchar.
Allí me dejó sentada en la playa, pensando en que quizás mis palabras habían sido algo duras. No le gustaba en absoluto que le compararan con su gemelo y yo había metido la pata hasta el fondo. Regresé a casa con cierta desazón, pero para mi alivio mi compañero de olas se había marchado y en la cocina me crucé con Jaín.
—¿Qué vas a hacer sin nosotros durante un mes entero, preciosa? —me preguntó—. Si te arrepientes, aún estás a tiempo de venirte. Nuestros padres te han invitado de corazón y a nosotros nos encantaría.
No pude evitar mirarlo de reojo de arriba abajo. ¡Diossss! ¿Cómo podía estar tan bueno? Iba sin camiseta, con un pantalón caqui que le caía por las caderas mostrando el perfecto mapa de su cuerpo: brazos musculados, unos pectorales bien definidos, abdominales admirablemente marcados que morían donde nacían sus ingles, el pelo alborotado y esa sonrisa blanca como la nieve… ¡Buf! Me estaba derritiendo. Me giré y abrí el frigorífico para darle la espalda. Me veía incapaz de continuar deleitándome con el recorrido por su cuerpo.
—Oh, ya lo sé y se lo agradezco mucho. Estaría muy bien, pero necesito unas semanas de relax y tranquilidad para dedicarme a descansar y a pensar en mis cosas —respondí un poco alelada—. Ya disfrutareis de mi agradable compañía en la escapadita que vamos a hacer cuando regreséis. Me apetece muchísimo pasar dos semanas en barco robándoos olas a todas horas —le sonreí pícaramente al darme la vuelta.
Sabía que era la envidia de muchas chicas por ir siempre acompañada de los gemelos. Físicamente eran muy atractivos: cuerpos atléticos, altos, bronceados, rubios y con unos ojos verdes maravillosos. En fin, un par de bombones para mí solita. Aunque eran prácticamente idénticos, tenían personalidades muy diferentes. Zahima era juerguista y dicharachero; Jaín era más introvertido, responsable y sensato; ambos divertidos, bromistas e inteligentes.
—Te voy a echar mucho de menos —se sinceró mirándome con esos ojos de carnerito degollado que me brindaba en ocasiones, dándome la impresión de que sus palabras querían significar algo más profundo—. Como no vamos a vernos el día de tu cumpleaños —continuó hablando—, me gustaría adelantar mi regalo y dártelo ahora. Espero que te guste, solo es una baratija.
Sacó del bolsillo una cajita negra y me la entregó al mismo tiempo que sus mejillas adquirían un tono rojo. La abrí y saqué con cuidado lo que había en su interior: unos pendientes de oro con forma de delfín, mi animal favorito. Eran preciosos, tallados con suma delicadeza. Le miré dedicándole una amplia sonrisa y, sin pensarlo dos veces, me lancé a su cuello y le abracé dándole un tímido beso en la mejilla. Nos quedamos así durante unos instantes, mientras mi cuerpo experimentaba cosquilleos de placer y el estómago me daba un vuelco. Me separé algo agitada esperando que él no lo hubiera notado.
—Muchísimas gracias, Jaín, son muy bonitos, me encantan —acerté a decir azorada mientras me los ponía. Él dirigió la vista hacia el suelo y cuando la levantó y se cruzó con la mía, saltaron chispas entre ambos. En ese preciso momento estuve casi segura de que sentía algo por mí y de que ese sentimiento era recíproco, pero, aunque me atraía enormemente, no quería dar ese paso ahora mismo. Necesitaba tiempo para poner en orden mi cabeza. Después, quién sabe.
Ese martes 23 de julio, día en que cumplí dieciocho años, permanece retenido en mi memoria. Por fin disfrutábamos de las ansiadas vacaciones de verano y no era para menos, el primer curso de la carrera lo había superado con unas notas muy altas. La abuela estaba muy orgullosa de mí y se pavoneaba cuando lo contaba a sus amigos y conocidos. Zahima y Jaín ya estaban de viaje con su familia, así que yo permanecía sola en casa, disfrutando de esta, de la playa y de las olas a mis anchas, aunque los echaba en falta. Tenía por costumbre pasar sola el día de mi cumpleaños y este año no iba a ser menos. Adia asistía a un retiro espiritual de un mes de duración y tía Liatana se hallaba inmersa en una vorágine de juicios. Era una famosa abogada que llevaba asuntos de personajes muy conocidos públicamente. Aun siendo tremendamente atractiva permanecía soltera y, que yo supiera, no había ninguna persona en su vida en la actualidad. Ella y la abuela, aparte de Zahima y Jaín, constituían toda mi familia y las quería con locura.
Aquella mañana amaneció bastante nublada, así que pensé que era el momento idóneo para pasear por el bosque de Narf y ascender al Temon. Me encantaba la compañía silenciosa de los árboles. La buscaba por su beneficio físico y mental, aunque estaba segura de que aún la humanidad desconocía gran parte de los beneficiosos secretos que esconden en sus entrañas. Los baños de bosque constituían otra de mis actividades favoritas. Me gusta la cultura japonesa y su forma de entender la naturaleza. En Japón, cada árbol tiene un significado y una utilidad. El más común de ellos es el «sugi», un árbol de más de mil años de vida y de gran altura. Existe la creencia que dice que en ellos viven «kodamas», que son deidades. Si alguien se propone talar uno de estos árboles debe saber que estará expuesto a sufrir una maldición.
Cogí una pequeña mochila con algo de fruta y una cantimplora con agua fresca, me puse calzado cómodo y me decidí a sufrir un poco subiendo la empinada ladera del monte. Mi intención era coronarlo, disfrutar de las estupendas vistas y regresar a tiempo para comer en casa y soplar las velas sobre un pastelito que compré en el supermercado cuando hice el pedido semanal.
La senda por el bosque fue muy reconfortante. Siempre que salía seguía la misma dirección y conocía bien cada árbol, cada recoveco, cada sonido. El olor a naturaleza me fascinaba; la diversidad de aromas provenientes de las flores, los helechos, el musgo, el rastro de algún animal. Este bosque, mezcla de pinos, abetos, robles y hayas centenarios de entre seiscientos y mil quinientos años de antigüedad, apenas había cambiado de aspecto en todo ese tiempo y sus tres mil hectáreas eran consideradas un lugar de especial interés científico por su excelente conservación, por lo que había sido nombrado reserva natural. En primavera, el suelo quedaba cubierto por el violeta de los jacintos, mientras que, en otoño, las hojas caídas formaban un manto de tonos ocres. Muchas veces había pensado en cuántos años podría tener, cuántas vidas de gente que había deambulado por sus caminos habría conocido, cuántas aventuras y desventuras había presenciado. Alguna vez lo he recorrido de noche, cuando había luna llena. Al anochecer, todo el bosque parece otro y las sensaciones cambian.
No hacía mucho calor e iba relajada, caminando a un paso normal. Cuando llevaba paseando aproximadamente una hora y media, comencé la ascensión intentando mantener el mismo ritmo. A la mitad del recorrido que lleva hasta la cumbre, paré a descansar y a degustar la fruta que había cogido: un plátano maduro, una manzana roja y un puñado de picotas. Proseguí la ruta tras el refrigerio y, en una hora, encumbré el monte. Las magníficas vistas resarcían con creces el esfuerzo de la ascensión. Se veía la casa diminuta como una hormiga. Visto desde arriba, el bosque de Narf dejaba al descubierto, como si fuera un secreto bien guardado que salía a la luz, las cascadas y los riachuelos que lo conformaban, los senderos, las ruinas lejanas de lo que debió ser un antiguo castillo. Su peculiaridad residía en el amplio abanico de árboles y colores: el inmutable verde de los pinos y los abetos se mezclaba en otoño con las hojas de las hayas, primero doradas y luego inflamadas de rojo, para dar paso en invierno a la caducidad de algunos y a la blanca perennidad de otros. En primavera y verano, el mismo color verde se imponía como una manta que lo cubría todo. Esta riqueza vegetal era un hábitat perfecto para la nutria, el oso pardo, el ciervo rojo, el jabalí y cientos de especies de aves. Me senté con las piernas cruzadas para absorber todo lo que había alrededor, en un intento por regenerar completamente mi organismo: el aire puro mezcla de brisa marina y olor a bosque, el trinar de los pájaros, el cri-cri de algún grillo, el murmullo de las hojas de los árboles postrándose a mis pies, el rugir lejano de las olas, las gaviotas. Me encontraba tan relajada que por un momento cerré los ojos y me dejé llevar sin siquiera imaginar todo lo que estaba por acontecer.
No debieron pasar más de diez minutos cuando lo oí por primera vez. Un largo y estridente alarido que me puso los pelos de punta. Un sonido que no fui capaz de identificar como humano ni como animal, algo chirriante, maléfico. En ese momento solo sentí que estaba asustada, tremendamente asustada. El corazón me latía a mil por hora, porque al mismo tiempo comencé a notar una sensación extraña que me produjo un intenso malestar. Sentí, justo sobre la nuca, una especie de respiración, un jadeo entrecortado que me heló la sangre. Una bocanada nauseabunda de aire frío penetró en mis entrañas y me produjo arcadas. ¿Había alguien o algo detrás de mí? El miedo surgió de inmediato, pero mi instinto de supervivencia avanzó más rápido que el terror que comenzaba a paralizarme el cuerpo y me obligó a darme repentinamente la vuelta. No había nada ni nadie. Las sienes me latían como un martillo golpeando sin cesar una pared, estaba sudorosa y me costaba respirar. Di un par de vueltas con cuidado de no marearme y me aseguré de que estaba sola en aquel claro. Noté un regusto dulzón y hediondo en la boca, por lo que escupí con asco mi propia saliva. Un frío glacial había impregnado hasta el último poro de mi piel y comencé a temblar. No eran más de las doce del mediodía, pero el cielo estaba cubierto de un color plomizo que daba la impresión de que en cualquier momento iba a desprenderse y caer. Nubes amenazadoras de lluvia se aproximaban a gran velocidad y se comenzaron a escuchar truenos cada vez más cercanos. En cuanto pude pensar con algo de claridad, decidí volver sobres mis pasos y regresar a casa, donde aun estando sola probablemente me iba a sentir más segura, mas no sabía con exactitud de qué. La cabeza me daba vueltas, pensando una y otra vez en el extraño suceso que acababa de vivir, pero eso no impedía que mi paso fuera mucho más rápido que en la ascensión. Casi podía decirse que bajaba volando, dirigiendo la mirada constantemente hacia atrás, asegurándome de no ser seguida. Los truenos retumbaban ya por encima, precedidos por unos relámpagos impresionantes que cruzaban como látigos de fuego en todas las direcciones. Se había formado una gran tormenta no pronosticada por el servicio de meteorología, algo de lo que me había cerciorado antes de salir. Comenzaron a caer gruesas gotas de lluvia que arreciaron de tal forma que se convirtieron en un auténtico aguacero. Ráfagas de viento soplaban vigorosamente y hacían que mis pasos comenzaran a tambalearse. Resbalé por la tierra mojada un par de veces y a la tercera me caí, desplomándome cuan larga era y golpeándome en la cara con una piedra, doblándome de mala forma el brazo con el que intenté mitigar el impacto. Todo se quedó negro.
—Papá, los truenos me dan mucho miedo —confesó Divav mientras permanecía en su cama casi oculto por el edredón. Afuera, una enorme tormenta arreciaba a pasos agigantados y se acercaba hacia nuestra casa.
—A mí también me lo daban, cariño.
—¿Ahora ya no te asustan? —pregunté yo incrédula. A todo el mundo le daban miedo los truenos. Cuando sonaban, parecía que el cielo iba a estallar.
—Cuando era pequeño como vosotros, la abuela Adia, una noche que hubo una grandísima tormenta eléctrica, me contó que los truenos no son más que los ruidos que producen nuestros seres queridos y antepasados jugando a los bolos en el cielo.
—Así que ese es el abuelo jugando con sus amigos —pregunté yo inocentemente, mientras Divav asentía sentado en la cama de al lado.
—Por supuesto, Lía. Al abuelo siempre le gustó hacer mucho ruido —me sonrió mi padre—. No debéis asustaros cuando los oigáis. Pensad en el abuelo y en lo bien que se lo estará pasando.
Me quedé quieta durante unos minutos que se me hicieron eternos, pero era incapaz de reaccionar. Una lacerante corriente de dolor me subió desde los dedos hasta el hombro, haciendo que tuviera que postrarme de rodillas en el suelo mientras un pitido me ensordecía, como si tuviera la sirena de una ambulancia metida dentro de la cabeza. Me encontraba dolorida, aterrada y tan sola que no pude evitar romper a llorar. Pensé en el teléfono móvil que había dejado encima de la mesa de la cocina. ¡Me hubiera venido tan bien poder contactar con alguien y solicitar ayuda! Pero no, en plena era de la tecnología, decidí salir sin él y ahora me arrepentía tanto.
Al incorporarme, el dolor en el brazo derecho se volvió casi insoportable, como el aguijonazo constante de una enorme avispa. La manga chorreaba sangre y al subírmela con mucho cuidado pude observar una herida punzante y algo blanquecino que sobresalía, lo que con toda probabilidad era un hueso roto. Comencé a marearme y temí perder el conocimiento. Saqué fuerzas de flaqueza, me desabroché el cinturón y me hice un torniquete como pude. Con la ayuda de los dientes apreté con fuerza y me puse la chaqueta que llevaba guardaba en la mochila a modo de cabestrillo, intentando inmovilizar el brazo lo máximo posible. Reanudé con sumo esfuerzo la marcha, ahora mucho más despacio por temor a volver a resbalar. Llovía torrencialmente y los truenos bombardeaban el cielo sin compasión. El instinto me decía que aquello era más que una simple tormenta y que lo mejor sería encontrar un sitio donde refugiarme. Ya no percibía los maravillosos olores ni los colores del bosque, atrás había quedado ese precioso paseo del que iba dispuesta a disfrutar. Mis sentidos estaban ocupados al máximo en guarecerme lo más rápido posible, mientras seguía avanzando despavorida y cerciorándome de que nada ni nadie me perseguía. No sabía si era a causa del ruido ensordecedor, pero no había vuelto a oír aquellos tremendos alaridos, aunque me costaba sacarlos de la cabeza. Los tenía grabados y con toda seguridad iban a estarlo durante mucho tiempo. La tenue luz con la frondosidad de los árboles, la negrura del cielo y la lluvia, que había menguado de forma considerable, hacían que me costara ver lo que había delante. El corazón no cesaba de repiquetear como una locomotora y el dolor lacerante del brazo aumentaba a cada paso. Empecé a sentir que me había extraviado y una ráfaga de pavor me atenazó, provocando que comenzara a correr. Esto fue lo peor que pude hacer, porque tras avanzar unos metros advertí que el suelo desaparecía bajo mis pies, caí hacia abajo gritando y acabé aterrizando contra un suelo de piedra al tiempo que emitía un grito de dolor. Eché un vistazo alrededor. Parecía que estaba en una cueva. Al momento perdí el conocimiento.
No sabía exactamente el tiempo que permanecí inconsciente, no pudo ser mucho, pero comencé a recuperar poco a poco el sentido y me sentí exhausta y extremadamente aturdida. Noté la mano del brazo roto muy hinchada y amoratada palpitando de dolor. No podía abrir un ojo y sentía unas fuertes punzadas en el tobillo izquierdo. Era consciente de que estaba gravemente herida, pero di gracias por estar viva. ¿Qué había ocurrido? ¿Dónde me hallaba? ¿Qué me había estado acechando? Las preguntas se agolpaban una tras otra e impedían que me tranquilizara. Pensé con no poca dificultad en las opciones que tenía: sin teléfono, malherida, inmóvil, perdida, atrapada —porque, por lo poco que pude observar mirando hacia arriba, me había precipitado por una especie de trampa o agujero de aproximadamente unos diez metros—. No sin cierta dificultad logré ponerme de pie y me quedé quieta unos instantes para asegurarme de no perder el equilibrio. El tobillo me dolía, pero no debía estar roto. No conseguía reflexionar con nitidez y mi primera decisión fue intentar salir de allí por otro espacio que no fuera por donde había caído, ya que iba a resultar imposible subir.
—¡Socorro! ¡Auxilio! ¿Alguien puede oírme ahí arriba? ¡Por favor! ¡Estoy atrapada en un agujero! —gritaba a duras penas, malherida, sin moverme casi—. ¡Aquí abajooo! ¿No se me oye, maldita sea? ¿No hay nadie más que yo en todo el bosque? Me duele, me duele mucho, mucho.
Continué llorando, desesperada de sufrimiento por tener parte de un hueso del brazo roto sobresaliéndome por la piel y un tobillo hinchado que casi no me permitía ponerme en pie. Sin poder prácticamente abrir un ojo y las manos sanguinolentas y repletas de heridas, continué mi perorata y mis quejidos durante casi una hora desde que caí en aquel fatídico orificio en la tierra, uno que jamás antes había visto durante mis incursiones por el bosque de Narf. Aquella terrible tormenta que había surgido de la nada en pleno día sofocante de verano me había puesto en esa peligrosa situación. Esa sensación tan extraña de que algo o alguien resoplaba sobre mi nuca, creando ese hedor tan nauseabundo y asqueroso, pero sin embargo no había nada ni nadie junto a mí. Por más que lo pensaba, no conseguía encontrar una explicación lógica. Me asusté y bajé corriendo el monte, quizás ese fue mi mayor error. Me dejé llevar por el miedo, cayendo y resbalando mil y una veces, mirando atrás sin cesar, aterrada mientras los truenos y los relámpagos sacudían los árboles como si fueran de juguete, al tiempo que los arbustos del camino me producían rasguños en los brazos y me hacían creer que eran huesudas garras con largas uñas que me iban arañando hasta que el suelo se abrió ante mí. Ya había decidido salir de aquella cárcel de piedra y tenía que moverme. Se adivinaba luz al fondo y hacia ella me dirigí cojeando. Por el camino volví a sentir la sensación de que alguien me observaba, pero continuaba estando sola. Me había quedado fría y el dolor había aumentado notablemente. La cavidad se iba estrechando a medida que avanzaba por ella y mi cuerpo entumecido protestaba. En pocos metros un sol cegador hizo que tuviera que ponerme la única mano que podía mover a modo de visera y sentí una andanada de aire fresco. Suspiré aliviada y volví a sentarme llorando. En apenas unos minutos había pasado de sufrir una feroz tormenta a disfrutar del cálido y soleado paisaje del bosque, donde me extrañó que todo estuviera seco. No había ningún rastro de la lluvia caída. ¿Cómo era eso posible? Desde donde me encontraba no se divisaba el Temon. Mi cuerpo extenuado me dio la férrea orden de parar y de nuevo volví a quedar inconsciente.
—Parece una mujer joven. ¿Estará muerta? —oí a alguien cuchicheando, una voz de muchacho.
—Esperad, ¡no la toquéis! —Otra voz diferente pero más autoritaria, también de hombre. Conseguí abrir un ojo pero no llegué a distinguirlos, ya que de forma brusca se echaron hacia atrás asustados. Se escucharon más pasos y murmullos, cascos, un relinchar de caballos y ladridos de perros que me taladraron la ya dolorida cabeza.
Un grupo de hombres vestidos con ropa antigua, barbas y largos cabellos me observaban entre curiosos y atemorizados. Intenté incorporarme pero fue imposible, no tenía fuerzas. Uno de ellos, el de la voz autoritaria, se acercó y me escudriñó. De mi boca no salía más que un tenue gemido lastimero consecuencia de los dolores que estaba soportando.
—Alteza, quizás no debierais ni rozar su cuerpo.
—Es una muchacha y está malherida. No podemos dejarla aquí en este estado —aseveró de nuevo el hombre de voz enérgica, quien con toda probabilidad debía ser quien estuviera al mando de todos ellos.
Levanté la mirada hacia él, ya que le tenía justo delante, y descubrí los ojos azules más profundos y penetrantes que había visto nunca. Era una mirada añil tan pura que tuve la sensación de estar siendo observada a través de dos lapislázulis preciosos y únicos que me atravesaron el alma. Era el rostro de hombre más perfecto y hermoso que había visto jamás. Pensé que estaba soñando y me dejé llevar de la mano de Morfeo una vez más.
CAPÍTULO 2
Nicco
Despierto como casi siempre hago, con el primer canto del gallo. Despunta el alba y con toda probabilidad se avecina una jornada calurosa. La luz comienza a inundar poco a poco mi alcoba y me incorporo en la cama sintiéndome algo apático. Se supone que hoy debería ser un gran día para mí, pero no estoy muy convencido de ello.
Es 23 de julio y hoy celebro mi décimo noveno aniversario. Nunca me ha gustado tener que madrugar. Prefiero disfrutar de la caída del sol, un momento durante el cual la luz es muy suave, muy difusa y con poca intensidad: el ocaso. Mi abuela siempre lo llamaba la hora dorada, mi momento preferido del día. Es cuando la noche está a punto de llegar y el mar rojizo lo demuestra. Disfruto paseando por la playa en soledad, meditando sobre todo lo que ha ocurrido durante el día, el ayer o el mañana. Mis problemas son llevados por la brisa y por el blanco oleaje que golpea una y otra vez contra la orilla. Ese momento mágico, en el que el sol atraviesa la línea del horizonte y desaparece de mi vista tras un leve parpadeo, me fascina. El hermoso y brillante sol bañando sus largos dedos de oro en el mar a lo lejos, un rojo anaranjado tiñendo las nubes bajas mientras el horizonte se va abriendo, brillando en una extraña luz. Se ciernen ya las sombras de la noche y el horizonte, a lo lejos, apenas se distingue, mar y cielo se funden en un mismo tono apagado. Es hora de regresar a descansar para dar paso a una nueva jornada.
Me llamo Nicco, soy príncipe del Reino de Briatacán y nací en un año bastante especial: mil, el año bisiesto del primer milenio de la era de la luz, el año cien del siglo XI.
Desciendo de una gran familia por parte de ambos progenitores, dos grandes linajes. Mi padre, el rey Jaunma, es hijo a su vez del rey Toberla, conocido como el Rey Eterno, ya que falleció a los sesenta y seis años, algo muy inusual en la época, un gran guerrero y estratega, muy temido y respetado por sus enemigos. Así podría seguir desgranando mi árbol genealógico durante cientos de años atrás. Por parte de Amma, mi madre, procedo de un linaje milenario de magos considerado sagrado por nuestro pueblo. Briatacán es un gran reino que ocupa una vasta extensión de tierra. Serpenteado por un largo río alimentado por tres afluentes que confluyen en él durante su andadura, se une al mar en un estuario formado por un solo brazo en el que sus aguas se mezclan juguetonas. El reino está formado por dos ciudades principales: Rálova, que es donde la familia real vive durante gran parte del año, y la ciudad de Boeg, nuestra residencia de invierno, ubicada más al sur, con lo que sus temperaturas son más suaves en esa época. De esta forma, hacemos patente nuestra presencia a lo largo y ancho del reino, ya que disponemos de otros pequeños castillos dispersos por varias zonas. Rálova está bañada por el mar. La pequeña playa de Acurma me sirve de refugio cuando quiero estar solo y galopar a mis anchas, una de mis grandes aficiones.
Soy el mayor de cinco hermanos. Como primogénito, a mí me corresponde heredar el trono a la muerte de nuestro padre. Después de mí sigue Gídeo, mi hermano favorito, que es con quien mejor relación tengo. Nos gusta pasar tiempo juntos y charlar frente a la chimenea en días lluviosos. Es un chico especial. Nuestra madre tuvo serios problemas durante el parto y desde entonces Gídeo tiene un pequeño retraso que, entre otras cosas, le hace ser como un niño grande. Con Jusés, el tercero, ocurre todo lo contrario. Nos llevamos como el perro y el gato, siempre peleando por los motivos más triviales y por otros asuntos más serios. Sin mucha intención de dedicar su vida a algún menester de provecho, le saca partido a su papel de príncipe y recorre las tabernas de los pueblos disfrutando de una existencia pendenciera de conquistador, mujeriego y jugador aun siendo tan joven. Le sigue Aleurio, que pese a su juventud está preparándose para ser el responsable de uno de los mayores tesoros del reino, la biblioteca real. Es bastante antigua y está compuesta de miles de libros, una escribanía y un taller de encuadernación. Lo curioso es que, a pesar de que puede resultar pesado y aburrido, es un cargo que le fascina. Pasa horas y horas encerrado en la inmensa sala ordenando, leyendo y revisando el trabajo del grupo de hombres que están a su cargo, avezados profesionales que se encargan de realizar los dibujos en los libros elegidos. Es, asimismo, el custodio del Libro Sagrado, nuestro mayor secreto. El benjamín es Nebran, a quien saco siete años. Es el más callado de los cinco, pero a la vez el más travieso. Ahora no se encuentra en castillo, ya que está estudiando en la fortaleza de Ávialer, a muchas leguas de distancia, para ser mago bajo la protección y las enseñanzas de nuestra tía Ulcaí y el Gran Maestro Mago Serca.
Como heredero al trono, ostento el cargo de general de nuestro ejército. Desde que tengo seis años llevo preparándome para ello bajo la tutela del conde Samiel, mi mentor y maestro. Me ha enseñado a manejar diestramente cualquier tipo de arma, a defenderme cuerpo a cuerpo, a seguir un rastro enemigo, a esconder el mío para no ser localizado, a cazar y a ser, en definitiva, un buen guerrero, el mejor. Controlo que todos los nobles, caballeros y todas las ciudades del reino presten ayuda militar al rey cuando se precise. En un primer momento, caballero es todo aquel que posee caballo, armas para hacer la guerra y jura lealtad al rey. Eso ya significa ser de un determinado estatus social y tener cierto poder adquisitivo, pues mantener caballo y armas adecuadas no es nada económico. Sin embargo, no es necesario venir de un linaje concreto, ni reunir unas condiciones de sangre que avalen la pertenencia a un grupo social privilegiado para ser considerado caballero. Los hombres que poseen caballo cada vez son más requeridos por los reyes para formar parte de sus mesnadas, y cada vez van obteniendo mayores privilegios y prebendas a cambio de sus servicios militares.
Hoy, a primera hora de la mañana, voy a salir con mis hombres a practicar mi actividad preferida por el bosque de Narf, la caza. Siempre he considerado que la caza nos permite poner en valor nuestros orígenes, volver sobre ellos y recuperar nuestras raíces, ya que logramos extraer parte de la esencia que llevamos dentro, de lo que somos. La caza es respeto. Para mí, no existe otra forma de relacionarme con la naturaleza y con la fauna que lo habita más que a través de la ética, la justicia y el respeto. La cuadrilla de esta jornada estaba dispuesta para partir. Escuché su jaleo abajo en el patio, con los perros ladrando y en medio de todo ello, como no podía ser de otra forma, las instrucciones de mi madre, una gran dama en todos los sentidos de la palabra.
—¿Habéis recogido en la cocina las viandas que os han preparado? —interpeló a mi fiel escudero, Depro, a quien la pregunta le cogió por sorpresa, ya que efectivamente lo había olvidado.
—Ciertamente no, mi señora —contestó afligido, anticipando una buena regañina.
Depro llevaba a mi servicio desde que nací. Era un buen hombre, trabajador y responsable, que nunca descuidaba sus tareas. Para mí, suponía el hombro sobre el que lloraba todas mis penas desde que tenía uso de razón.
—¡Depro! ¿En qué diantres estáis pensando hoy? Si no estoy yo al tanto, todo sería un auténtico caos —bramó enfadada Amma, taladrándole con la mirada.
—Disculpadme, majestad —respondió cabizbajo y haciendo una reverencia—. Ahora mismo voy a por ello.
Sonreí desde el ventanal viendo cómo Depro corría hacia las cocinas como alma que lleva el diablo. Bajando hacia el patio me crucé con mi hermano Gídeo, quien al verme me agarró por la cabeza, pillándome por sorpresa y dándome un sonoro beso en la frente. Era bastante corpulento y tenía una fuerza que, en ocasiones, no controlaba. Detrás de él apareció Aleurio.
—¡Felices diecinueve años, hermano! —exclamó dándome un abrazo—. Esta noche lo celebraremos como es debido.
—Muchas gracias a los dos por vuestras felicitaciones. No creáis que hoy me he levantado muy apetente de celebración alguna.
—¿Qué decís, Nicco? No puedo creeros. Pensé que estabais deseando volver a ver a la bella lady Plira—formuló Aleurio.
—¿Lady Plira? —le pregunté extrañado—. ¿Os referís a la hija pequeña de los condes de Luapa?
—Sí, hermanito, sí, no os hagáis el sorprendido. Sé de buena tinta que le tenéis echado el ojo y que ella a su vez os tira los tejos.
—Siento mucho tener que contradeciros —repuse. Desde niños, lady Plira y yo somos buenos amigos, pero solo es eso, amistad. No albergo por ella ningún otro sentimiento y me sentiría mal si ella no se viese correspondida, porque jamás le he dado pie a ello.
—Pues no es eso lo que tengo entendido —prosiguió argumentando y comenzó a incomodarme la conversación—. Nuestra prima Rolca y ella son inseparables, y me ha confesado que en sus conversaciones sale en multitud de ocasiones vuestro nombre. Creo que se os avecina un problema, hermanito. ¡Muchas felicidades!
Y riéndose a sonoras carcajadas, me dejó plantado con cara de asombro y sin saber reaccionar. Gídeo corrió tras él. Me parecía inverosímil que Plira sintiera por mí algo más profundo. Nunca percibí nada más en sus sonrisas y sus palabras. Sentía un cariño hacia ella, pero como pudiera haberlo tenido con una hermana. Poco a poco, mi cumpleaños iba torciéndose cada vez más y mi mal humor iba en aumento. Tenía pocas ganas de encontrarme abajo con Amma, mas, para mi ventura, encontró otro sirviente al que amonestar. Suspiré aliviado.
Mientras los cazadores ultimamos los preparativos, cada montero salió con su perro sabueso atado a la traílla para iniciar el rastreo de los jabalíes. Al poco se oyó el primer sonido de un cuerno no muy lejano. Habían hallado un rastro de la noche anterior. Comenzaron a seguir los pasos nocturnos del animal durante muchas leguas hasta dar con el lugar donde estaba encamado, descansando durante el día. Para corroborar que se encontraba en una espesura, monteros y sabuesos, después de dar entrada a su rastro en la misma, procedieron a rodearla para saber si el jabalí salió de la misma continuando su camino o bien permanecía en ella descansando. Comprobaron que había salido y tuvieron que proseguir siguiendo el rastro hasta otra espesura en la que repitieron la operación. Una vez que los distintos monteros con sus sabuesos iban volviendo al punto de encuentro previamente convenido, que ese día era la Gran Gruta, cada uno procedió a darnos cuenta al resto de lo que había encontrado. Preferentemente elegimos como objetivo los encames de jabalíes machos adultos. Cuando hubo un consenso sobre qué encame atacar, soltamos unos cuantos sabuesos sobre el rastro de entrada del jabalí en la espesura. Los canes fueron marcando el camino realizado por el jabalí durante la noche con su voz, a la que llamamos «latido», hasta que llegaron al lugar donde estaba descansando. Los perros comenzaron a ladrar de manera continua con valentía pero sin atacarlo frontalmente, de manera que el jabalí rompió a correr mientras los sabuesos lo perseguían ladrando, hasta que lo obligaron a pasar por el lugar donde nos encontrábamos apostados los cazadores.
Yo ya estaba cruzado y no me sonrió la suerte. La fiera se enfrentó valientemente al duque Gejor, mi mejor amigo, quien lo embistió a caballo con su lanza, dejándolo postrado en el suelo en ese primer ataque. Era un animal enorme, se resistía a su suerte e intentó incorporarse aturdido, pero el duque fue más rápido que él y de un gran hachazo le abrió su descomunal cabeza. Al instante el animal bufó un par de veces y soltó un último gruñido largo y lastimero que puso fin a su vida. Toda la cuadrilla soltó vítores de alegría por la victoria del duque.
—Enhorabuena por la pieza, Gejor —le felicité—. Suerte habéis tenido de pillarlo por sorpresa y que no os embistiera él a vos. No me hubiera gustado nada tener que haber acudido en vuestro auxilio —me reí sonoramente—. Creo que esta ha sido la jornada de caza más sencilla que hemos tenido nunca. Pena de cabeza para exhibir como trofeo en la sala de caza.
—Nada me hubiera complacido más que haber necesitado de vuestra ayuda —contestó—. Pero ya que hoy es vuestro aniversario, he creído oportuno libraros de tal tarea y ofreceros este preciado regalo —dijo y me señaló orgulloso la pieza caída, realizando una pequeña pero exagerada reverencia.
Desmontamos de los caballos y nos dimos un abrazo que se tornó en un amigable forcejeo. Gejor era cuatro años mayor que yo y para mi desgracia mucho más fuerte. Alto y bien parecido, poseía una abundante cabellera larga y rizada de tono castaño oscuro. Su cara era redonda y tenía los ojos color miel. Era mi mano derecha, no solo por la amistad fraternal que nos unía, sino también por el título heredado de su padre y su extraordinaria capacidad e intuición para la estrategia militar.
—Cargad la pieza y regresemos a castillo —ordené a mis sirvientes—. Almorzaremos por el camino. La sombra cercana a la Gran Gruta nos dará amparo ante este sol de mil demonios.
Volvimos sobre nuestros pasos a una chopera junto al río, a escasos pies de la entrada a la cueva. Unos mozos comenzaron a preparar el avituallamiento mientras otros refrescaban a los perros y a los caballos.
—Así que, querido Nicco, poco a poco os vais haciendo mayor —se mofó de mí Gejor, guiñándome un ojo cuando nos encontramos solos—. Estoy deseando que llegue esta noche para celebrarlo a lo grande con uno de esos espectaculares banquetes a los que nos tiene acostumbrados vuestra real madre y ese buen vino que guarda celosamente vuestro padre en la bodega.
—Hoy me he levantado sintiéndome extraño. Pensé que era apatía y aburrimiento pensando en la velada de esta noche, pero ese sentimiento ha ido cambiando a lo largo del día. Presiento algo, pero soy incapaz de expresarlo.
—¡Ay amigo mío! Con el paso de los años nos hacemos viejos y pensamos en rarezas —exclamó—. ¿Pretendéis decirme que no estáis ansioso por conocer cuál va a ser el presente con el que os van a agasajar vuestros padres este año? Cada año se superan.
—Miedo me da, Gejor —susurré—. Mucho me temo que su intención es ofrecerme la mano de mi futura esposa. Llevo observando hace tiempo las idas y venidas de mi madre y sus cuchicheos por las estancias de castillo. Cuando yo me acerco, comienza a parlotear tonterías. Lo que más me enfurece es que me lo quieran imponer. Por ahora no me interesa el amor de ninguna mujer. No, no digáis nada —levanté presuroso el tono de voz al ver que iba a hablar—. Lady Plira no despierta en mí ninguna pasión ni deseo. Lo hablé antes con Aleurio y doy por zanjado el asunto. No insistáis, por favor.
—Por supuesto, alteza —se disculpó mi amigo.
—Gracias por entenderlo. Volvamos con el resto y degustemos el refrigerio que nos han preparado —le agarré por el antebrazo y juntos nos dirigimos hacia la arboleda.
Transcurrieron unos minutos cuando los sabuesos comenzaron a ladrar enérgicamente. Los caballos se asustaron y comenzaron a relinchar. Los hombres se incorporaron con rapidez y cogieron sus armas, colocándose a la defensiva y organizando un gran revuelo que nos sobresaltó.
—¡Es allí, en la entrada de la Gran Gruta! Alteza, ¡hay algo tirado en el suelo! —vociferó uno de ellos.
—¡Deteneos! No os acerquéis ninguno. El duque y yo echaremos un vistazo —ordené.
Los dos nos dirigimos lentamente hacia el bulto con mucha cautela y espada en mano. Para sorpresa de Gejor, me adelanté a él agachándome. Era una mujer con un aspecto muy extraño y no parecía estar muerta pero sí malherida.
—¡Nicco! —suplicó—. Podría ser una trampa. ¡No lo hagáis! —Pero ya era demasiado tarde. No me lo pensé dos veces y comencé a mover mis brazos hacia ella.
No tuve problemas para recogerla del suelo, ya que era ligera como una pluma. Todo en ella era extraordinario: su vestimenta, su calzado, su aspecto en general. El cabello oscuro y rizado lo llevaba recogido, pero las exquisitas redondeces de su maltrecho cuerpo no dejaban lugar a dudas, era una mujer bastante joven como se adivinaba a pesar de la mugre que la cubría. Una de las manos la tenía muy hinchada y manchada de sangre; en la otra, un objeto negro de forma rectangular y de un material desconocido le rodeaba la muñeca. Lo observé curioso, y el baile constante de números e imágenes extrañas que desfilaron me dejaron más perplejo aún. Estaba malherida, completamente mojada, sucia de sangre y barro, se había golpeado en la cara y un ojo comenzaba a amoratársele. Sin dudarlo dos veces, la subimos en mi caballo y a galope rápido nos encaminamos en dirección al castillo, en donde rápidamente los sirvientes, con mi madre al frente, se hicieron cargo de ella. No me dejaron verla, pero recordaba esa mirada aterrada proyectada desde el único ojo que fue capaz de abrir antes de volver a quedar inconsciente. Un ojo de un verde esmeralda como no había visto nunca.
—La Gran Profecía se va a cumplir —sentenció ansiosa la gruesa mujer de cabello rojizo sentada en un gran sillón enfrente de la chimenea apagada, mientras mis tres hermanos y yo giramos las cabezas al oírle decir eso.
Esas siete palabras que acababa de pronunciar nuestra madre cayeron como una pesada losa. Disfrutábamos de una calurosa noche de verano mientras cenábamos en torno a una imponente mesa de roble, aunque en el salón el bochorno era llevadero debido a sus gruesos muros de piedra.
—Debemos obrar con cautela, sin aventurar nuestras palabras, querida, pero os otorgo toda la razón —contestó tajantemente Jaunma, nuestro padre, entrando a grandes zancadas en la estancia. Gruesas perlas de sudor iban descendiendo por su frente y, cogiendo un pañito humedecido que le ofreció un sirviente, se las secó con resolución. Amma le miró de soslayo al tiempo que una sonrisa triunfal torció su gesto, dando a entender a su esposo que ella tenía razón. Resultaba curioso el carácter contradictorio de mi padre. Era un aguerrido caballero, rey de un gran reino, pero cuando estaba con su esposa su alma de lobo se volvía de dócil cordero. Todos sabían que en lo referente a los asuntos internos del castillo quien daba las órdenes era ella y Jaunma le dejaba hacer. Mi madre era una vigorosa dama que nunca se quedaba para ella lo que pensaba y que siempre meditaba en profundidad lo que iba a decir. Todos la consideraban una mujer sabia, justa y con mucha intuición, no bien era hermana de lady Ulcaí, ambas descendientes de un antiquísimo linaje de magos.
—Hemos recibido la primera señal que aventura lo que está por llegar. El hallazgo en el día de ayer de esta doncella con ropajes tan extraños y ese artilugio en su muñeca no presagian nada bueno —auguró resueltamente—. Nicco y el duque Gejor la encontraron en la entrada de la Gran Gruta. Intuyo que de allí debió salir y por suerte para ella se encuentra reponiéndose en uno de nuestros aposentos.
—Madre —interrumpí—, nunca nos habéis hablado de la Gran Profecía ni a mis hermanos ni a mí. ¿No creéis que ha llegado el momento idóneo para ello? Desde niños sentimos curiosidad por conocerla y que me caiga aquí muerto si no hemos intentado abrir la caja donde reposa escrita más de una vez.
—¡Ups! Momento confesión —saltó Susje para romper el hielo, ya que nuestros progenitores, tras mirarse el uno al otro al escuchar mi revelación, guardaron un silencio sepulcral. Amma torció el gesto, debatiéndose entre si reprendernos por nuestras aventuras infantiles o desvelar de una vez por todas el secreto que afectaba a la familia. Padre se sentó algo inquieto junto a ella en el otro sillón y permaneció en silencio, frotándose la barba como hacía siempre que meditaba. Sus mejillas rugosas como la corteza de una vieja encina comenzaban a teñirse de rojo por el efecto del vino. Temiendo que mi madre hiciera caso omiso a mi pregunta, me sorprendí cuando comenzó a hablar. Todos nos sentamos dirigiendo nuestra vista hacia ella.
—Hace muchos cientos de años —empezó a decir lentamente—, un profeta errante vino a parar a estas tierras proveniente de otras mucho más lejanas. Fue muy bien recibido por nuestros antepasados y se estableció entre ellos, en una pequeña aldea que ya no existe, hasta el momento en que la muerte por fin le encontró. Con pequeñas visiones guiaba y ayudaba a sus vecinos sin pedirles nada a cambio. Muchas personas venían desde lejos a verle. —Se tomó unos segundos de reflexión y prosiguió narrando—. En sus últimos días empezó a desvariar, al mismo tiempo que comenzaron a originarse una serie de sucesos inexplicables que iban sobreviniendo y que tenían a la población aterrorizada: tinieblas al mediodía, oscuras y densas nubes que cubrían todo el cielo dejándolo literalmente a oscuras como una densa medianoche; dos soles que brillaban al unísono en un mismo amanecer teñido de sangre; columnas de luz que bajaban del cielo, grandes tormentas con granizos inmensos, días de calor extremo y noches de granizo y ventisca… —detuvo su relato para beber un poco de agua y prosiguió hablando mientras todos la escuchábamos intrigados—. Fue el último día de ese fatídico año —continuó Amma— cuando la muerte llamó a la puerta del profeta, quien la esperaba anhelante, y fue en su postrero aliento cuando anunció la Gran Profecía tal como hoy la conocemos y los guardianes de Ávialer la recogieron en un manuscrito ilustrado al que pusieron el nombre de Hud, que significa «mágico» en galés, en honor a uno de los primeros hechiceros que poblaron la Fortaleza de Ávialer en tiempos remotos. Procedía de una lejana isla cruzando los mares y fue quien inició la colección de libros que reposa en nuestra biblioteca. ¿A qué eso tampoco lo sabíais? —En ese instante dirigió su mirada hacia mí, noté que me ponía tenso y percibí lo mismo en mis hermanos. Lo que nos estaba revelando nuestra madre constituía un enorme misterio para nosotros y estábamos ansiosos por conocerlo—. Nicco —se dirigió a mí—, ¿os importaría acompañar a Aleurio a la biblioteca para traer la caja donde se encuentra custodiado el manuscrito? Lo mejor será leerlo palabra por palabra. Procurad que no os vea nadie.
—Sí, madre —respondimos ambos, saliendo del salón bajo la atenta mirada del resto de la familia.
—¿Alguna vez habéis visto el Hud? —pregunté a mi hermano mientras nos dirigíamos a la biblioteca. Me fijé en él. Su redonda cara poblada de pecas mostraba un semblante ansioso. Me miró y me sonrió, dejando al descubierto el hueco de un diente que perdió en una batalla de palos contra Jusés cuando eran niños. Para poder desarrollar más a gusto su trabajo en la biblioteca, llevaba el cabello más corto de lo habitual. Aún era imberbe, pese a la altura que tenía ya.
—No, es algo que tengo totalmente prohibido. Veo la preciosa caja dorada a diario, pero jamás me he atrevido a abrirla aun sabiendo dónde se encuentra la llave. Estáis tan impaciente como yo por conocer su contenido, imagino —afirmó mientras nos acercábamos a la enorme puerta que custodiaba el ejército de libros.
—Hermano, no os podéis hacer idea. Desde el día de ayer no hago más que ir de sorpresa en sorpresa, y no me refiero precisamente al regalo que me hicieron nuestros padres anoche. Lo que está sucediendo es algo tan inusual que me produce casi más curiosidad que miedo. Hallar a esa extraña joven en la Gran Gruta ha despertado la caja de los truenos.
Regresamos al salón cargando la caja no sin cierta dificultad, porque, a pesar de que no era muy grande, estaba fabricada de un metal bastante pesado. Resoplando por el esfuerzo, la depositamos en el suelo de piedra. Aleurio le dio a Amma la llave que llevaba colgada de una cadenita de oro en su cuello. Con ese simple gesto pareció que se estaba quitando un gran peso de encima. Diligentemente, Amma abrió la cerradura y levantó la tapa al tiempo que todos alrededor de ella mirábamos su interior.
—Esposo, quizá queráis tener el honor de leerlo vos —interpeló a mi padre.
—Querida mía, gentilmente lo declino en vuestro favor.
La mujer sonrió haciéndole una leve inclinación de cabeza y se frotó las manos para sacar el libro. Quitó con sumo cuidado una vieja bolsa de arpillera que lo cubría y lo colocó con celo sobre la mesa, que ya se encontraba limpia de los restos de la cena. Teníamos ante nosotros la respuesta a muchas preguntas que habían surgido con la narración de nuestra madre. Siglos de historia y secretos se encontraban allí guardados. Amma lo sacó de la bolsa y dejó ante nuestra vista otra funda, esta otra hecha de viejo cuero remachado con diminutos cristales de vivos colores. Desenvolvió el misterioso ejemplar, que por fin apareció resplandeciente ante nuestros ojos. La cubierta estaba revestida de papel de oro y presentaba un dibujo descolorido por el tiempo, minuciosamente realizado en la portada.
—Por fin llegó el momento de que conozcáis la Gran Profecía —manifestó Jaunma con tono solemne. Era un hombre parco en palabras y todos dirigimos la vista hacia él—. Vuestra madre os ha relatado la primera parte de la historia y ahora vais a descubrir la segunda y más importante.
A continuación, se dirigió a Amma con la mirada, en tanto que cerrando y abriendo los ojos en un leve parpadeo le indicó que procediera. El libro tenía un grosor medio, ni muy grueso ni muy fino, no más de unas cuarenta hojas amarillentas y acartonadas. Pasó las ocho primeras con suavidad e inició su lectura.
—Pasarán siglos durante los cuales Horcet permanecerá dormido, soñando con su regreso a nuestro mundo y esperando el día de su glorioso despertar. Su temible ejército de errantes le será fiel y se mantendrá aletargado esperando su señal. La humanidad olvidará su existencia y dejará de prepararse contra él, desprotegida. La maldad irá acrecentándose, furiosa por el paso de los años de obligada hibernación hasta llegar a ser insoportable. Las tinieblas gobernarán los días, las aguas tornarán de sangre, los animales agonizarán, los campos se secarán y los bosques arderán. Terribles plagas devastarán nuestras ciudades e incluso las aldeas más pequeñas. Los niños fenecerán en el regazo de sus progenitoras. El mal asolará nuestras tierras para gobernar implacable sobre ellas con su ejército oscuro. Nada ni nadie podrá impedir su vuelta —Amma realizó una breve pausa, mientras su semblante reflejaba la preocupación que le invadía al observar nuestros rostros.
—Madre, ¿esto es algún tipo de historia mitológica? —preguntó con sorna Jusés—. Lo que estáis leyendo es un sinsentido. ¿Pretendéis que creamos que existe un ser maligno que va a asolar nuestro reino? ¿Quién es ese Horcet al que tanto teméis? ¿Con un ejército de errantes? Por favor… —soltó en un tono despectivo que a ninguno se nos pasó por alto.
—Hijo mío, como bien sabéis todos, este libro es un tesoro para nuestro pueblo. Mas su existencia fue olvidada por nuestros súbditos, pues, generación tras generación, su contenido, que pasaba de padres a hijos, se perdió. Solo lady Ulcaí, el Gran Maestro Mago Serca, vuestro padre y yo sabemos de su existencia. Dejadme que prosiga la lectura y lo comprenderéis todo —intentaba disculparse mi madre.
Ya era de noche cerrada y a Amma, cuya vista ya no era como antaño, le costaba descifrar las letras. Titubeó antes de seguir leyendo y se dirigió de nuevo a mí.
—Nicco, haced el favor de continuar vos, pues mis pobres ojos ya no están acostumbrados a la tenue luz de las velas como antes.
—Como gustéis, madre —asentí. Me acerqué hasta donde estaba sentada y recogí el libro de sus manos. Por su aspecto creí que iba a resultar ligero, pero ciertamente su peso distaba mucho de serlo. Retorné a mi silla bastante nervioso, ojeé la página donde madre me había indicado, pero las letras bailaban burlonas en una caligrafía harto enrevesada. Cerré los ojos para concentrarme, inspiré y expiré aire profundamente antes de comenzar—. Hocert el Destructor es la estrella negra de un abismo sin fondo que cabalga sobre un monstruo alado encadenado al mal de por vida. Secretos habrá que él desconocerá y ellos lucharán porque así siga siendo. Mil años de diferencia los separarán. Cuando el doce siga al once y sea el mismo día, sus vidas se cruzarán. Su inevitable encuentro será el detonante que despierte a la fiera que todo lo asolará, mas ambos serán la luz que ilumine el camino hacia un nuevo futuro para la humanidad.
Con estas palabras finalizaba el escrito, dando paso a un pequeño grabado que podría ser un símbolo o un sello que representaba una figura semejante a un número ocho. La parte superior era un cuadrado y la inferior un círculo, las dos realizadas asemejando hojas diminutas de enredadera bellamente trazadas. Mis hermanos se acercaron para verlo y comencé a pasar las páginas. Una escalofriante colección de grabados nos ofreció imágenes de seres infernales acompañados de una pequeña descripción de cada uno. Quien hubiera realizado tal trabajo se había tomado muchas molestias en detallarlo escrupulosamente. Parecían tal cual moradores del infierno.
—Madre, con vuestro permiso, permitidme que os manifieste mi total incredulidad y desconcierto —rompió el silencio Aleurio—. No entiendo absolutamente nada de lo que he escuchado.
—Coincido con mi hermano —confesó irritado Jusés—, parece una broma de mal gusto. Alguien que murió hace siglos quiere hacernos creer que una fuerza del mal viene a por nosotros. Ja, ja —continuó con su molesta risita de niño malcriado. —Aún no habéis contestado a mi pregunta, ¿quién o qué es Horcet?
Gídeo y yo asentimos con la cabeza otorgando la razón a ambos. Todo resultaba incomprensible. Mi hermano aún no había abierto la boca y eso era mala señal. Sus ojos, abiertos como platos, insinuaban el miedo que lo estaba atenazando, motivo por el que probablemente esa noche tendría pesadillas.
—Horcet, llamado desde tiempos remotos El Destructor, es un príncipe del inframundo, una estrella caída de un abismo sin fondo y encadenado al mal de por vida —contestó al requerimiento de Jusés—. Hijos míos, permitidme que os lo explique con detenimiento, tal y como desde tiempos remotos mis antepasados lo han entendido. —Se levantó y se acercó a la chimenea, donde apoyó la mano en la repisa de madera. Se tomó un minuto de respiro mientras la observábamos impacientes, hasta que prosiguió hablando—: Inicié mi narración refiriéndome a la joven que halló Nicco en el día de ayer mientras cazaba. Aún permanece inconsciente y no he tenido la oportunidad de hablar con ella, pero todo me cuadra. Por su aspecto, su vestimenta y el extraño brazalete negro que ostenta en su muñeca, necesito confirmar el año del que proviene. Si tal como sospecho ese año es dos mil diecinueve… —comenzamos a murmurar y nos chistó ordenándonos callar—, si viene del año dos mil diecinueve, la profecía se cumplirá para nuestra desgracia, pero aún tenemos la oportunidad de salvarnos gracias a ella y a la persona elegida para compartir su destino.
—¡Madre! ¡Es imposible, totalmente imposible que esa mujer venga del futuro! —exclamó Jusés, levantándose exasperado y lanzando la silla hacia atrás con fuerza—. Tiene que haber una explicación razonable a todo esto. La gente no viaja por el tiempo como quien pasea por el bosque. Está fuera de todas las leyes de la lógica y del sentido común, ni los niños se creerían este cuento. Un príncipe de los infiernos, ¿estamos locos o qué?
Comenzamos a farfullar entre nosotros, subiendo el tono de nuestras voces hasta que un sonoro golpe nos hizo callar y dirigir nuestras miradas hacia la entrada de la estancia.
—Lo que os ha revelado vuestra madre es tan cierto como que cada día sale el sol al alba y se pone al atardecer —bramó con contundencia una voz conocida.
Era lady Ulcaí, nuestra tía, hermana de nuestra madre, considerada la maga más poderosa de Ávialer y quien dirigía, junto al Maestro Serca, la Fortaleza. Con su cayado había dado un fuerte bastonazo en el suelo que aún me retumbaba en los oídos. Su voz era imponente e infundía tal respeto que de inmediato nos levantamos para saludarle, como hacíamos siempre que la veíamos. Su entrada en el salón fue casi teatral.
—Horcet El destructor es una fuerza maligna muy poderosa. Todo lo que cuenta la Gran Profecía es sagrado, tan sagrado como nuestros linajes y no debemos menospreciarlo. Ese ser endiabladamente perverso ya estuvo una vez en la Tierra, aniquilando casi por completo a nuestra especie. En Ávialer encontramos refugio y siglo a siglo hemos ido lamiendo nuestras heridas mientras nos hacíamos cada vez más fuertes. Ahora, con la aparición de esa joven, el mecanismo se ha puesto de nuevo a funcionar y debemos estar preparados. Cuando el doce siga al once... —prosiguió hablando para de súbito interrumpirse—. Venid y sentémonos alrededor de la mesa para verlo mejor. Traedme algo para escribir —ordenó a un sirviente, quien rápidamente salió y regresó con lo que Ulcaí había pedido—. Prosigamos. Cuando el doce siga al once significa que al sumar las cifras del año mil diecinueve veréis que se obtiene el número once, y a su vez, sumando las de dos mil diecinueve, el resultado es doce —lo plasmaba todo en un pergamino, de forma que podíamos ir viendo lo que explicaba—. Si a once le sumamos doce, sale el número treinta y dos. Si volvemos a sumar, tres más dos resultan cinco. Además, sumando una a una las cifras de once y doce, el resultado también es cinco. Esto siempre lo hemos tenido claro en Ávialer. El número cinco, por el motivo que sea, desempeñará un papel crucial en todo este asunto. Lo que no acierto a entender es cuando se refiere a que sea el mismo día… —murmuró pensativa—. Por cierto, Jusés, lo que está por llegar no solo asolará nuestro reino si lo consigue, sino el mundo tal como lo conocemos. La intención de Horcet es reducir a la humanidad a la condición de esclavos.
—Gracias, querida tía, por esta magistral clase de matemáticas que nos habéis dado —se enfadó Jusés de nuevo, aplaudiendo lentamente en modo de sorna—. ¡Un auténtico galimatías que continúa sin tener sentido!
—¡Jusés, por favor! —amonestó mi padre con severidad—. Ya es suficiente. Buen rompecabezas tenemos ya como para que vos andéis poniendo trabas y perdiendo el respeto hacia los demás.
No era ni la primera ni la última vez que recibía una reprimenda por parte de nuestros padres, pero su carácter complicado y su negativismo siempre le hacían caer en lo mismo, así que las regañinas por un oído le entraban y por otro le salían. Si nuestros progenitores supieran de las andanzas de Jusés por las tabernas y sus actividades ilícitas, otro gallo cantaría. Necesitaba que le parasen un poco los pies.
—Amadísima hermana —saludó efusiva Amma, fundiéndose en un abrazo con ella con el fin de que la discusión no llegara a más—. ¿A qué debemos este honor?
—Aparte de realizar una visita a mi familia y contaros cómo va evolucionando el pequeño Nebran, quien os envía su saludo, hasta las gruesas murallas de Ávialer ha llegado la noticia sobre el hallazgo de una joven malherida en la Gran Gruta. Como es lógico, el maestro Serca me ha pedido que acuda a castillo a confirmarlo. Creo que ha sido un descubrimiento… inusual —Pronunció esta última palabra casi siseándola.
—Así es, lady Ulcaí, querida —intervino Jaunma, incorporándose del sillón para saludarla—. Como siempre, es un placer recibiros en la corte y disfrutar de vuestra compañía. Me alegra saber que Nebran saca provecho de su estancia en la Fortaleza.
—Majestad —respondió—, gracias por vuestra hospitalidad. Como comprenderéis, mi presencia aquí era muy necesaria.
—Por supuesto —afirmó Jaunma—. Nos enfrentamos a algo desconocido y todos estamos desconcertados. Yo el primero, por cierto. Resulta inverosímil pensar que justo sobre nuestras cabezas reposa una muchacha mil años mayor que nosotros.
Justo en ese momento, oímos un fuerte golpe en las escaleras y unos pasos que subían con rapidez hacia arriba. Me asomé y acerté a ver parte de un camisón blanco. Nuestra invitada había despertado.
CAPÍTULO 3
Lía
Me habían oído y uno de ellos me vio subiendo las escaleras. Regresé a la enorme habitación y me metí de nuevo en la cama. Estaba dolorida y un fuerte vendaje me sujetaba el brazo con algo duro que, con toda seguridad, era una tabla de madera. Me habían aseado y vestido con un camisón largo confeccionado con alguna tela que me provocaba picor en el cuello, algo realmente incómodo. La estancia, aparte de ser muy grande, estaba vagamente amueblada. La cama ocupaba gran parte del espacio y, además de ser amplia, era alta. De hecho, había un pequeño banquito de madera para poder subir y bajar de ella. Junto a un gran ventanal con vistas al patio, un tocador con una banqueta y una especie de espejo bastante rayado completaban el mobiliario. Sabía que era un tocador porque sobre él alguien había posado un cepillo para el cabello con las púas demasiado gruesas y el mango parecía confeccionado con hueso pulido.
—Querida —una voz femenina se dirigió a mí—, gracias sean dadas porque al fin habéis despertado. Hemos estado muy preocupados. Uno de mis hijos os halló muy grave. en el bosque, os trajo al castillo y aquí hemos curado vuestras heridas. Pero si estabais prácticamente muerta.
Me incorporé para poder verla y la visión me dejó descolocada. Me encontraba ante una mujer de mediana edad vestida de forma muy extraña, de época medieval, con una pequeñísima corona en su cabeza como si de una reina se tratase. Y este lugar, ¿qué era, un castillo? ¿Me habría golpeado la cabeza tan fuerte que estaba desvariando? Había oído toda su conversación sin poder dar crédito, pero no llegué a verles. ¿Entendí bien y me encontraba en otra época mil años atrás? Resultaba imposible. Lo último que recordaba era la caída por el agujero y que conseguí salir de la cueva. No me acordaba de nada más. Bueno, sí, de unos preciosos ojos azules que me inyectaron una dosis de tranquilidad con la que me dejé transportar al mundo de los sueños.
—Gracias, señora —atiné a decir con timidez—, han sido muy amables conmigo. Ahora, si no le importa, debo regresar a mi casa —dije levantándome de la cama, de la que por cierto me costó bajar—. ¿Cuándo y cómo he llegado a este lugar?
—Estáis en el Castillo de Rávola, capital de nuestro reino, Briatacán —me interrumpió—. Os encontraron ayer y habéis permanecido inconsciente hasta ahora. Permitid que las doncellas os vistan para poder acompañarme al salón y conocer a la familia. Por suerte, os puede valer alguna prenda de mi sobrina Rolca, sois más o menos de la misma talla. Vuestra ropa ha quedado inservible, rota, manchada de sangre y barro.
Cada vez estaba más sorprendida. Su forma de hablar y dirigirse a mí, su manera de andar, su carisma en general… Entre dos doncellas me quitaron con mucho cuidado el camisón y me colocaron un vestido largo de mangas amplias y transparentes. Me calzaron una especie de zuecos de cuero y madera y peinaron mis rizos suavemente con el cepillo que había visto sobre el tocador. Aparte de sentirme incómoda del todo, la imagen que me devolvió el espejo frente al que me colocaron para que pudiera verme no me gustó nada. Estaba ridícula y tenía la sensación de que estaba disfrazada para una obra de teatro. Cuando finalizaron, me presentaron ante la mujer, quien con un leve gesto de cabeza dio su aprobación. Estaba completamente limpia, así que intuí que debían haberme aseado a conciencia mientras estaba inconsciente.
—Venid, querida, nos están esperando.
Bajé con cautela las empinadas escaleras por miedo a rodar por ellas. Al fondo se oía un murmullo de voces. Nos aproximamos a una puerta y al cruzarla me encontré de frente con un grupo de personas que de inmediato me estudiaron detenidamente. Un hombre mayor, probablemente el cabeza de familia, tres muchachos, una mujer que me observaba con ojos de tigresa y estaba ataviada de forma aún más estrafalaria que el resto y tres hombres que permanecían al fondo, casi a oscuras.
—Qué descortés he sido, perdonadme, no pregunté vuestro nombre para las presentaciones —dijo la mujer regordeta que me acompañaba.
—Lía —acerté a decir—. Mi nombre es Lía.
—Un nombre precioso para una joven tan bella —elogió el hombre mayor con voz ronca.
—Permitid que os presente a su majestad —dijo la mujer que me acompañaba, señalándole educadamente con la mano extendida—. Mi esposo, el rey Jaunma de Briatacán, señor de Narf y de Acurma, protector de la fortaleza de Ávialer.
Me quedé impresionada al saber que estaba delante de un rey. Ni siquiera sabía si estaba soñando o desvariando, pero parecía todo tan real.
—Encantada, señor —contesté aturdida, sin saber si tenía que inclinarme ante él o no.
—El resto de la familia —intervino la mujer—. Mis hijos, los príncipes Gídeo, Jusés, Aleurio y al fondo su alteza Nicco, que fue quien os halló al borde de la muerte. Falta otro vástago, Nebran, pero no se encuentra en castillo en estos momentos. Ella es lady Ulcaí, hechicera del reino y hermana mía. Yo soy la reina Amma, con eso es suficiente.
Vaya, pensé, ella no necesitaba de la misma presentación que su marido. Les miré uno por uno a modo de saludo pero sin mediar palabra. Me encontraba inmersa en un espectáculo medieval, como si estuviera actuando. El recinto en el que nos encontrábamos era una estancia bastante amplia, una sala rectangular entre una y media y tres veces más larga que ancha y también más alta que ancha. Una enorme chimenea, con un elaborado sobremanto con tallas de piedra que podría contener el escudo de armas de la familia, constituía la pieza fundamental. Todo estaba iluminado por velas, largos tapices de seda colorida colgaban de las paredes, un par de armaduras vigilaban otra puerta que permanecía cerrada. Ellos vestían túnicas cortas con un cinturón de cuero en el que portaban la funda de un puñal, mallas y calzaban botas altas. Las mujeres llevaban un tocado provisto de un velo diminuto, el cabello recogido y coloridos vestidos largos como el que yo llevaba puesto.
—Si todo lo que les escuché hablar cuando estaba en la escalera es cierto, ¿entiendo que ahora estamos en 1019? —me atreví a preguntar con palabras entrecortadas—. Yo vivo en el año 2019, respondiendo a su pregunta, señora.
—¡Tal y como sospechaba! —exclamó Amma triunfante, realizando al unísono un gesto con su brazo—. ¡He aquí el encuentro de mil años de diferencia!
—Sigo sin encontrar el sentido a esto. ¿Qué habéis venido, galopando a través del tiempo o a través de algún poderoso hechizo? —me increpó el joven llamado Jusés en tono de mofa acercándose a mí.
—No. Paseaba por el bosque cuando me sorprendió una violenta tormenta. Tropecé y me lastimé el brazo y la cara. Pude seguir a duras penas y acabé cayendo en un agujero de considerable altura. Aterricé en el suelo de la cueva donde parece ser que me encontraron.
—¿Qué bosque, querida? ¿Cuál es su nombre? —preguntó el rey.
—El bosque de Narf.
—¡Increíble! ¿El mismo bosque dentro de mil años? —volvió a intervenir Jusés. Sus hermanos escuchaban atentos sin hablar—. Ahora nos diréis también que conocéis la playa de Acurma, ¿cierto?
—Pues sí. Es allí donde vivo, en una casa junto a la playa —contesté en tono cortante ante su ataque.
—¡Me rindo! No puedo con esto —espetó enojado de nuevo. Bastante enfadado, giró sobre sí mismo, levantó la cabeza y salió del salón sin más.
—Perdonad, querida —le disculpó Amma—, Jusés es muy incrédulo e impaciente. Se le pasará, ya veréis. En realidad no está enfadado con vos, faltaría más. Le sobrepasa esta situación porque se ve incapaz de controlarla. Tiene un carácter harto complicado.
Pues sí que…, pensé. Al menos él se encontraba en su hogar y en su tiempo, en tanto que yo estaba perdida y alucinando. No me gustó en absoluto esa primera impresión de él. Mi sexto sentido me estaba previniendo contra ese joven y no presagiaba nada bueno. En contraposición a sus hermanos, era bajo y regordete. Tenía el pelo de color castaño y lo llevaba largo, pero con un aspecto grasiento y casposo. Sus dientes superiores eran similares a los de un conejo, echados hacia adelante. Los ojos azules, demasiado juntos, le daban un aspecto bobalicón. No me gustó nada su aspecto en general.
—Bien, considero que lo más apropiado será dejar que nuestra invitada siga reponiéndose. Mañana alguno podríais mostrarle el castillo y los alrededores mientras pensamos en lo que vamos a hacer. Si lo consideráis oportuno, majestad. —Esta vez era la otra mujer la que hablaba, Ulcaí, dirigiéndose al rey Jaunma.
—Gracias por vuestra sugerencia —contestó este—, me parece muy acertada. Nicco —dijo dirigiéndose al joven del fondo, a quien aún no había logrado ver con claridad—, ya que vos fuisteis quien encontró a la dama, seréis vos quien se encargue de acompañarle durante su estancia con nosotros.
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