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EQUILIBRIUM
© Alberto Fernández Rhenz
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Iª edición
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ISBN: 978-84-18230-62-2
Nota de la editorial: ExLibric pertenece a Innovación y Cualificación S. L.
ALBERTO FERNÁNDEZ RHENZ
EQUILIBRIUM
Para ti, Pilar, que me hiciste creer en esta historia desde el principio, mi amor, mi compañera siempre. Y para esas grandes mujeres, vosotras lo sabéis, que de una forma u otra habéis formado parte de este sueño conmigo. Y para ti, mamá.
EL COMIENZO DEL FIN
Castellón de la Plana, 1 de noviembre de 2020
¿Y ahora qué? Aquella mirada perdida delataba una actitud extrañamente relajada. El joven se encontraba absorto, su espíritu había abandonado aquel cuerpo gratificado por la inquietante tranquilidad del momento. Mientras, por su mente fluía una catarata de recuerdos, tiempos pretéritos felices al abrigo de los brazos de su padre. Al lado de aquel ser protector no había lugar para el miedo o la angustia. Papá Carber siempre había procurado ponérselo todo fácil, había sido su guía, su dios particular y, durante muchos años, su única religión.
Sin embargo, con el paso del tiempo, llegando a la adolescencia, Leo llegó a la conclusión de que su referente le había fallado. El choque entre dos caracteres tan diferentes fue inevitable y esa admiración fue tornando en una insana envidia, que hizo brotar en aquel muchacho un sentimiento de tenue frustración que le llevó a adoptar una actitud rebelde e inconformista ante la vida, algo que conviviría con él desde su temprana juventud hasta el final de sus días.
Leo había situado el listón de sus expectativas demasiado alto; su padre era un espejo donde mirarse, todo lo que él quería ser en la vida, y ese deseo lo empujó a un esfuerzo de continua autoexigencia; sin embargo, fracasó en el intento y ello lo llevó a adoptar un sentimiento irracional de resquemor hacia la figura de su progenitor.
Con el tiempo, aquel joven llegó a la conclusión de que la brillantez y el éxito no tenían un origen genético y que se trataba de virtudes que debían forjarse durante toda una vida de esfuerzo y experiencias. Posiblemente esas experiencias vitales hicieron que el joven Leo desistiese de seguir la estela de su padre.
En aquel instante se encontraba viviendo un momento místico, había dejado de lado la tragedia que acababa de vivir. Aún conservaba en su boca el sabor del último trago del bourbon barato que se había agenciado el día anterior en el saqueo al supermercado Lidl del Polígono Sur. Su aliento profundo e intensamente alcohólico invadía aquella estancia y Leo no podía dejar de hacerse preguntas. Pese a ello, se encontraba demasiado aturdido por el alcohol y las horas de vigilia como para encontrar respuestas.
Recordaba que no habían transcurrido más de cuatro días desde aquel instante de la madrugada del lunes en el que salió de aquel garito de copas del centro de la ciudad, para fumar un cigarro junto a su amigo Rick y todo saltó por los aires.
Leo le dio una profunda calada al cigarro y, solo un instante después, quebró en el interior de su cabeza un zumbido hueco y profundo. Aquella violencia desatada, fuese lo que hubiese sido, hizo que perdiese el equilibrio y que se disipara en él cualquier mínima noción de tiempo y espacio. Una abrupta desorientación se abrió paso entre una amalgama de desagradables sensaciones junto con un regusto a sangre que se apoderó de su boca.
A su lado, tirado en el suelo, hecho un ovillo dentro de una tela de forro de las que se utilizan en las obras de construcción, se encontraba Rick. El resplandor de aquella explosión le había cegado. Cuando todo saltó por los aires, le reventaron los tímpanos, y la observación directa de aquella bola de fuego provocó que sus retinas se contrajesen como dos trozos de plástico expuestos a la llama cercana de un fósforo.
La onda expansiva había sido de tal magnitud que lanzó a los dos jóvenes al suelo contra la pared de un edificio en rehabilitación que se encontraba a sus espaldas. Un golpe seco y profundo recorrió todos sus huesos y, por un momento, Leo sintió que se le escapaba la vida.
Aturdido, tardó en reaccionar, pero lo hizo antes que su amigo, que se había quedado postrado en el suelo, tapándose la cara con ambas manos y sangrando profusamente por los oídos.
Después del estruendo inicial, un silencio cómplice ahogó todo atisbo de vida. Un caos mudo recorría las calles de aquella acogedora ciudad del Levante español y solo adivinaba a oírse algún quejido de dolor y una suerte de lamentos ahogados por el ruido de los cascotes de escombros que caían de los edificios afectados y que se estrellaban bruscamente contra las aceras.
En pocos segundos la temperatura ambiente había aumentado en más de cuarenta grados. Junto a aquella sensación de intenso calor, el suelo se estremecía sin control, desde sus cimientos hasta el punto más alto de la ciudad, removiéndose bajo los pies de cuantos se encontraban en vigilia a aquellas horas de la madrugada.
Hacía días que sus huesos paraban en aquel sucio y viejo edificio de fachada blanca y puertas de madera envejecida, que nos recibía abriéndose hacia un patio interior encalado; sus paredes se encontraban descascarilladas por el inexorable paso del tiempo y por un deficiente mantenimiento; un viejo Peugeot de color gris descansaba su metálico esqueleto en la cara sur del recinto. En el lado norte reposaba un encofrado que delataba la ejecución de algunas obras de rehabilitación inconclusas, con la finalidad de remozar aquella añeja fachada.
En la planta superior, aún podían apreciarse los colgajos de lo que en su día debió ser un proyecto de enredadera: sin duda, una Hedera helix o hiedra común, y en unos macetones cercanos se hallaban numerosos tallos secos de lo que debieron haber sido en otros tiempos exuberantes plantas de geranios. Las barandillas blancas del fondo anunciaban la presencia de una escalera interior que daba acceso a la primera planta del edificio. En los escalones, desgastados por el uso, podían observarse restos de objetos personales de los pobres infelices que habían tenido que salir de su escondite a la carrera. Llamaba la atención la presencia de un muñeco de trapo inerte en el suelo, huérfano de su pequeño dueño, y a su lado un chupete de color azul con una cadena de plástico blanca que en su extremo disponía de un imperdible, también de plástico, con la púa abierta.
Unos escalones más arriba se adivinaban tirados en el suelo varios objetos: unas gafas de aumento pisadas, un viejo bastón partido, papeles, bolsas de plástico, botellas de cristal rotas y restos de envoltorios de comida preparada; todo un collage de prisa, desorden e improvisación.
Al llegar al rellano que daba acceso a la primera planta del edificio, se apreciaba una bifurcación en dos pasillos, uno a mano derecha y otro a mano izquierda. Un profundo olor putrefacto delataba lo que podíamos encontrar si tomábamos dirección al pasillo de la derecha. En aquella zona, las autoridades instalaron una improvisada morgue durante las primeras horas de desconcierto. Allí se apilaban los cadáveres de cuantos habían sucumbido a la deflagración y que fueron recogidos en la calle por los primeros efectivos de los servicios de emergencia que prestaron su auxilio instantes después de la catástrofe. Esa circunstancia empujaba instintivamente a dirigir los pasos hacia el pasillo de la izquierda, que a su vez daba acceso a una escalera que recorría el resto de las plantas del edificio.
Al final de un largo pasillo interior se accedía a una sala diáfana en la que se hacinaban colchones, colchonetas y algunos sacos de dormir. El resto de aquel viejo inmueble advertía las huellas de la desbandada general provocada por el pavor y el miedo, algo que se había reproducido en el resto de la ciudad.
Lo que en su momento debió de ser un improvisado dormitorio comunitario ahora se asemejaba a un mercado persa en el que podían encontrarse saldos de ropa, calzado y otros complementos de vestir, precipitadamente abandonados.
Las autoridades habían declarado el estado de emergencia y habían dispuesto distintos puntos de encuentro y de atención a las víctimas. Uno de ellos era el situado en aquel edificio oficial de la avenida de Lidón. El silencio reinaba en aquel viejo caserón convertido en improvisado refugio. Se trataba de un antiguo edificio que, en sus días de mayor gloria, llegó a albergar los Servicios Agrarios Municipales del Ayuntamiento de Castellón y un irrelevante organismo de la Generalitat Valenciana.
A espaldas del edificio se encontraba la plaza de María Agustina, lugar donde se ubicaba la antigua Subdelegación del Gobierno y en cuya fachada se podían apreciar algunas pintadas realizadas en color rojo y negro, que hacían alusión a la incompetencia de las autoridades, y otras proclamas malsonantes y desahogadas.
Se advertía algo inquietante: no podía oírse a ninguno de los cientos de pájaros que siempre reposaban en el enorme ficus centenario que reinaba impertérrito desde tiempo inmemorial en la plaza. Es más, era complicado encontrar el menor atisbo de aquello que algún día hubiese podido conocerse como vida.
Instantes posteriores a la deflagración, Leo recordaba los primeros consejos que facilitaron las autoridades a través de los medios de comunicación y mediante los conductos oficiales. Se prohibió a la población salir de sus domicilios y se pidió a los ciudadanos que esperasen en sus casas a que los servicios de emergencias hicieran su trabajo. La fuga de ácido clorhídrico había sido de tal magnitud que las consecuencias no tardaron en comprobarse.
El estallido de varios depósitos de ese veneno invisible dentro de la fábrica petroquímica del Grao, adyacente al puerto, había convertido aquel compuesto en un aerosol letal que hizo su trabajo de forma eficaz y certera. Tras el siniestro, todo aquello que se encontraba a menos de tres kilómetros fue pulverizado. Los servicios de emergencias colapsaron pasada una hora desde la explosión y se disipó cualquier atisbo de control sobre la situación. La gente moría por las calles, en sus casas o dentro de sus vehículos; allí no existía lugar seguro. La inhalación del vapor de la solución de ácido clorhídrico, sumada al calor de la explosión, provocó en los afectados un considerable cúmulo de síntomas, como irritación nasal, garganta inflamada, sofocamiento, tos y dificultad para respirar.
Se aventuraba el peor de los escenarios. Aquel compuesto provocó en las víctimas una acumulación de fluido en los pulmones y edema pulmonar; no obstante, aquello debía ir acompañado de algún otro agente corrosivo que destrozaba desde el interior a cualquier ser viviente que hubiese inhalado su mortífero hedor.
En cuestión de seis horas, Castellón se había convertido en la zona cero del comienzo del fin. Lo que en un principio se suponía un desgraciado accidente en la planta petroquímica del Grao, con el paso del tiempo fue tornando en un acto intencionado. Los muertos se contaban por miles; sin embargo, la destrucción que causaron aquella deflagración y el posterior escape tóxico no encajaba únicamente con la explosión de un depósito de ácido clorhídrico; es más, para que se hubiese podido llegar a una deflagración de esa envergadura debían haber coincidido otro tipo de compuestos químicos en gran cantidad.
Los comunicados oficiales posteriores a la explosión se habían limitado a justificar aquel acontecimiento como un accidente acaecido en una planta química cercana al Grao de Castellón. Pese a ello, nadie pudo explicar la potencia ni la intensidad del resplandor que causó la explosión que se observó desde localidades cercanas, como La Vila Real, Nules y Benicassim. Muchos vecinos dijeron haber visto una llamarada que se expandía hasta el cielo y una nube blanca a su alrededor que ganaba gran altura.
Todo eran conjeturas. El caos se apoderó del lugar. Las autoridades se vieron desbordadas por la magnitud de los acontecimientos y la ayuda tardó en llegar. Algunas informaciones hablaban incluso de que se había producido también otra explosión en una refinería en la cercana ciudad valenciana de Sagunto. La confusión era general y la información llegaba con cuentagotas. Únicamente una agencia independiente de noticias se atrevió a proporcionar, varias horas después el suceso, una información diferente a la facilitada por los canales oficiales: «La agencia New Line Time Press, según fuentes científicas consultadas, tuvo conocimiento de que las magnitudes físicas que se habían detectado en el momento de la explosión solo podían deberse a la deflagración de miles de kilos de TNT, algo que solo podía originarse a través de una reacción nuclear de grado medio».
Esa teoría resultaba ser acertada desde el momento en que los marcadores de radiación en media Europa se habían disparado después de la explosión de Castellón. Los datos habían sido recogidos en distintas estaciones de medición situadas en Francia y Alemania, instalaciones que se integraban en la Organización para la Prohibición Total de Pruebas Nucleares, con sede en Viena. Allí contaban con equipos de última tecnología que requerían una atención científica local para poder transmitir datos todos los días del año hacia la central del organismo. Por ello, sus mediciones debían ajustarse a la realidad hasta límites insospechados. A través de ellas pudo determinarse la presencia de partículas radiactivas en las capas altas de la atmósfera en la costa mediterránea española y que el nivel de contaminación alcanzado no era natural.
En el caso de la explosión de Castellón, la energía liberada debió de ser algo superior a un kilotón, pero con la suficiente potencia como para causar daños generalizados en un perímetro de algo más de tres kilómetros y para hacer saltar las alarmas de detección radiactiva en media Europa.
Los reporteros de la agencia New Line Time Press aseguraban que una explosión de un kilotón de TNT podría ser, más o menos, equivalente a un terremoto de magnitud 4, lo que podía coincidir con la magnitud del temblor que había experimentado Castellón después de la explosión ocurrida en la madrugada del lunes. Aquello corroboraba las primeras informaciones que consideraban que el temblor no había sido el causante de la explosión en la planta química, sino que el proceso fue a la inversa y que fue tras la explosión cuando se produjo el temblor de tierra.
Existía un dato científico innegable: en los terremotos, al igual que en las explosiones subterráneas con armas nucleares, solo una pequeña fracción de la cantidad total de energía transformada terminaba siendo radiada como energía sísmica. Por ello, una deflagración nuclear de grado menor podía cuadrar con el seísmo experimentado en la zona; sin embargo, quedaban por despejar muchas incógnitas, como descubrir la autoría, la causa y el origen de dicha explosión. Por tanto, la teoría del movimiento sísmico autónomo debía descartarse como detonante de la explosión, de ahí que tomara cuerpo la posibilidad inversa, en el sentido de que la deflagración hubiese sido provocada, y el posterior estremecimiento de la tierra se debiese a su onda expansiva interior.
En cualquier caso, la devastación fue de tal magnitud que ningún servicio de emergencias tuvo la posibilidad de entrar en acción de manera inmediata. El apagón eléctrico que se produjo instantes después de la explosión imposibilitó que se pudiese facilitar auxilio a las víctimas y contribuyó a que la magnitud de la tragedia se agrandase.
Pese a ello, los equipos de emergencias no se encontraban debidamente preparados para hacer frente a una catástrofe de aquella magnitud. Entraron en la zona afectada desprovistos de los medios de protección NBQ, lo que les llevó a convertirse de forma inconsciente en nuevas víctimas en lugar de en rescatadores.
Las informaciones facilitadas por la agencia New Line Time Press fueron ninguneadas por las autoridades, quienes mantenían la hipótesis de que la explosión se había producido como consecuencia del escape de gases provocado por un movimiento sísmico previo que había sacudido la zona. Ya ni tan siquiera admitían la negligencia como causa del desastre en la planta petroquímica y lo achacaban simplemente a un evento de carácter natural y a motivos de fuerza mayor.
Otras agencias independientes comenzaron entonces a acusar a las autoridades de falta de previsión ante un hecho de esa envergadura, aunque, la verdad sea dicha, ¿qué estado estaría preparado para afrontar una catástrofe nuclear provocada? Cuestión diferente era limitar el acontecimiento a una explosión provocada por una reacción química dentro un depósito de ácido clorhídrico. Pero había algo de lo que podíamos estar seguros: el incidente de Castellón iba a ser el comienzo del fin.
VÍSPERA
Washington D. C., viernes, 23 de octubre de 2020
Durante los últimos meses la actividad sísmica había experimentado un aumento exponencial desconocido en el planeta hasta ese momento. Un estado de especial inquietud recorría los despachos de la FEMA aquella fría mañana de otoño. Las noticias que llegaban de Europa eran inquietantes y esa inquietud había alcanzado los escalones más altos de la agencia, afectando de forma especial al director y al círculo de sus más íntimos colaboradores, entre los que se encontraba Anne Perkins, quien se dirigía de forma urgente al despacho de William Carber con la última cifra de víctimas registradas en los seísmos de Italia y Francia del día anterior.
Nada hacía pensar que los terremotos sufridos aquella madrugada a lo largo de la Costa Azul francesa y la región del Piamonte italiano tuviesen una causa común; si bien, resultaba ciertamente extraña la coincidencia temporal de ambos acontecimientos, dada la distancia existente entre las zonas afectadas y la ausencia de una placa tectónica de fricción que las conectase.
Era un hecho constatado que durante un periodo de dos años se había multiplicado por diez la actividad sísmica sin que existiese una explicación científica convincente para esclarecer dicho fenómeno. No obstante, distintas agencias federales de los Estados Unidos habían reconocido ese cambio planetario como un suceso cierto. Hacía cientos de miles de años que la tierra no temblaba a tal escala. Por ello, después de su nombramiento, el presidente Wilcox decidió adoptar medidas de prevención especiales ante la posibilidad de que se produjese un acontecimiento devastador a nivel global, así que no eran extrañas las órdenes facilitadas a los directores de las principales agencias gubernamentales, instándoles a mantener un estado de especial alerta.
A primera hora de aquella mañana, el director Carber había recibido instrucciones expresas de la Casa Blanca de mantener abierta una línea de comunicación directa con las autoridades francesas e italianas, a la vista de los acontecimientos ocurridos la madrugada anterior, algo que, en principio, escapaba de la competencia atribuida a una agencia federal, cuya función primordial era la coordinación de situaciones de emergencia dentro del territorio de los Estados Unidos.
Sin embargo, el presidente Wilcox tenía muy presentes las promesas que había hecho a sus aliados europeos en el mismo momento en que ganó las elecciones presidenciales, cuando aseguró que jamás abandonaría a su suerte a sus socios del otro lado del Atlántico en previsión de que tuviese lugar una eventualidad catastrófica y devastadora de carácter inminente en el planeta. En su momento nadie entendió aquel comentario e, incluso, los asesores del presidente tuvieron que salir al paso de aquellas manifestaciones, dando explicaciones banas sobre el sentido intrínseco de lo que Wilcox quiso decir con sus palabras, aunque, en realidad, fueron peores las explicaciones que el propio comentario en sí.
¿A qué podría referirse el presidente? ¿Acaso antes de tomar posesión de su cargo y ocupar el sillón en el Despacho Oval había sido conocedor de algo que el resto de mortales desconocía, o simplemente pretendía atribuirse un protagonismo mesiánico, valiéndose de informaciones privilegiadas pero sustentadas en simples bulos científicos? Lo cierto es que pocos meses después de su nombramiento Europa se vio sacudida por el mayor episodio de actividad sísmica de su historia más reciente.
¿Tenían aquellos acontecimientos algo que ver con el contenido oculto del enigmático mensaje lanzado por Wilcox el día de su toma de posesión? Esa era una pregunta para la que aún no se tenían respuesta; sin embargo, William Carber tenía muy presentes sus prioridades y sabía que se debía, en primer lugar, a los ciudadanos estadounidenses, aunque si el presidente le ordenaba mantener una línea directa de comunicación con sus aliados europeos, así lo haría, pero sin descuidar por ello el sentido y la razón de ser de la existencia de la propia agencia, que no era otro que el de mantener todos su medios alerta y preparados ante cualquier eventualidad de carácter catastrófico que pudiese producirse dentro de territorio americano.
Carber era director de una de las agencias gubernamentales más importantes de los Estados Unidos: la FEMA. Se trataba de la Agencia Federal para la Gestión de Emergencias, un organismo que dependía del Gobierno Federal y que se había creado para dar respuesta a situaciones de emergencia y desastre nacional.
Dado que hasta el momento de su creación esas actividades habían estado fragmentadas entre diferentes organismos independientes, lo que les restaba eficacia, se decidió crear la agencia a través de un decreto presidencial dictado en 1979, por el que se ordenaba la fusión de muchas de las responsabilidades relacionadas con las situaciones de desastre nacional en una nueva agencia federal que gestionaría el manejo de emergencias.
Este nuevo organismo había absorbido lo que en tiempos fueron las actividades de la Administración Federal de Seguros; de la Administración Nacional de Prevención y Control de Incendios; del Programa de Preparación de la Comunidad del Servicio Meteorológico Nacional; de la Agencia Federal de Preparación de la Administración de Servicios Generales y de la Administración Federal de Asistencia en Desastres del HUD.
La FEMA asumía, por tanto, un poder que en determinadas situaciones se encontraría únicamente por debajo de la autoridad presidencial y que, incluso dependiendo de las circunstancias, podía llegar a solaparla. Aquel monstruo de la Administración Federal acumularía todas las competencias del resto de organismos federales en caso de que un evento de carácter catastrófico se desatase a nivel estatal. Por ello, era fundamental elegir con el mayor de los celos y cautelas a su máximo responsable.
Posiblemente sin desearlo, la Administración norteamericana había creado el mayor “ente” institucional de todo el planeta, y en manos de su director iban a concentrarse los más amplios poderes para dirigir los designios de doscientos millones de personas en el momento en que se produjese una situación de emergencia nacional. La FEMA asumiría incluso las responsabilidades de defensa civil de la Agencia de Preparación de Defensa Civil del Departamento de la Defensa, que también podrían ser transferidas a la nueva agencia.
En este sentido, la agencia empezó a elaborar un sistema integrado de tratamiento de situaciones de emergencia con un enfoque global, dirigido a dar cobertura a una amalgama de riesgos que incluía sistemas de dirección, control y advertencia, que son comunes en la gama completa de circunstancias extraordinarias, y en eventos aislados hasta la máxima emergencia: la guerra.
La debacle sufrida con motivo de los atentados del 11 de septiembre de 2001 obligó a la agencia a marcarse nuevos retos: debía asumir la responsabilidad de dar respuesta a nuevas situaciones de seguridad nacional que la pusieron a prueba. De pronto, habían cambiado la finalidad y el sentido por los que fue creada: de coordinar situaciones de desastre natural, ahora debía implicarse y dar solución a cualquier tipo de evento que atentase contra la seguridad nacional. El escenario internacional había dado un giro de 180 grados y Estados Unidos había pasado de ser un país invulnerable a sufrir el mayor atentado terrorista de la historia, lo que lo involucraría en una guerra que jamás podría ganar.
Ante este nuevo escenario, con la asunción de cada vez mayores competencias, la FEMA se había convertido en un auténtico poder en la sombra, y ese poder se había depositado en las manos del director William Carber.
Los acontecimientos de Italia y Francia habían desconcertado no solo a geólogos y expertos en tectónica de placas, sino al mismísimo director de la agencia a miles de kilómetros de distancia. Era sorprendente comprobar que ambos acontecimientos carecían de una conexión física y, sin embargo, zonas tan distantes habían sufrido una potente sacudida el mismo día y a la misma hora. Los expertos de diferentes agencias mundiales, entre ellas la NASA y la ESA, desconocían los motivos de aquel evento planetario pero, sin duda, tenían una sospecha de dónde podría encontrarse la causa: el sol.
CARBER
La Administración Federal había depositado en William Carber una responsabilidad esencial. Aquel californiano no había llegado al cargo por un mero azar del destino. Una dilatada carrera a sus espaldas avalaba su nombramiento al frente de la agencia.
Se trataba de un funcionario eficaz, una persona de mente despierta que atesoraba una gran capacidad de trabajo. Había cursado sus estudios de Ingeniería Física en la Universidad de Pennsylvania. Aquel joven estudiante de pelo rubio y ojos azules comenzó bien pronto a despuntar entre el resto de compañeros de promoción. Siempre había mostrado una especial brillantez y con el tiempo supo sacar partido tanto a sus innatas facultades como a su excelente expediente académico.
Carber atesoraba una inteligencia privilegiada en la que habían reparado varias agencias gubernamentales durante su periodo de formación universitaria. Como consecuencia de ello, una vez terminada su preparación de posgrado en Europa, Carber fue captado por el Gobierno Federal para comenzar su carrera profesional, prestando sus servicios en la Administración Federal de Asistencia en Desastres, que había sido creada como un organismo dentro del Departamento de Vivienda y Desarrollo Urbano. Este primer destino fue decisivo para que aquel joven orientase su futuro dentro de la Administración Federal. Allí forjó un carácter luchador y demostró tener una gran capacidad de resolución ante circunstancias de extrema dureza, sabiendo aportar una visión valiente y atrevida ante momentos de calamidad pública derivados de desastres naturales.
Desde el principio de su carrera supo asumir responsabilidades impensables para un sujeto de su juventud e inexperiencia, lo que le facilitó la pronta obtención de galones. Mostró su eficacia durante la catástrofe vivida después del terremoto de San Fernando que sacudió al sur de California en el año 1971; aportó una especial visión en el campo de la ayuda a las zonas afectadas por corrimientos de terrenos. Al año siguiente, desempeñó un papel muy importante durante el azote del huracán Agnes. Su carrera profesional se fue amoldando a los cambios que experimentaban los organismos oficiales destinados a la atención de situaciones de emergencia dentro del territorio americano.
En 1974, el Gobierno Federal aprobó la Ley de Ayuda en Situaciones de Desastre, que establecía un procedimiento que preveía las declaraciones presidenciales de emergencia, y ya por aquel entonces Carber era candidato en todas las ternas de aspirantes a acceder a puestos de mayor responsabilidad dentro de la estructura de la Administración Federal. La gran oportunidad le llegó en 1979, año en el que el presidente Carter dio carta de naturaleza a la creación de la FEMA. Ya solo era cuestión de tiempo que aquel ambicioso funcionario entrase a formar parte del personal que prestaba sus servicios en aquel organismo recién concebido. Y así lo hizo en 1982, cuando el director Meyer requirió su presencia y entró a formar parte de la estructura de la agencia.
Carber acabó forjándose una fértil carrera, hasta que en febrero de 2015 terminó por asumir la dirección de la FEMA. Nadie como él sabría manejar aquel poder con la debida cordura y eficiencia. Conocía la casa y sus entresijos como su propia mano y se había convertido, sin desearlo, en la segunda persona con más poder de los Estados Unidos. O quizás en la primera, si todo sucedía como se venía planeando desde antes de que se produjera su nombramiento.
Fuera de los despachos, Carber era un tipo familiar. Tenía un carácter afable y un aspecto bonachón, pero no exento de una especial viveza. Se trataba del típico americano; parecía salido de cualquier película dulzona de los años sesenta rodada en Hollywood, un hombre hogareño y familiar, un sujeto de considerable estatura, pelo rubio, casi blanco, y unos ojos con un azul profundo que devoraban todo aquello cuanto miraban. Era una persona de trato sencillo, amante, esposo, padre entrañable y amigo de sus amigos. En definitiva, podía considerarse un americano modélico. Estaba casado con la rica heredera de una familia petrolera del oeste de Estados Unidos y juntos formaban una pareja envidiada en los más selectos círculos sociales de Washington, tanto por su complicidad mutua como por el amor que se profesaban. Eran padres de dos hijos, un niño y una niña, a los que Carber nunca pudo dedicar el tiempo suficiente, pero por los que sentía un profundo amor, aunque él siempre había sentido algo especial por su primogénito, Leo.
La relación con su mujer, Martha, era idílica. Más que un matrimonio, ambos formaban un tándem que sacudía sin el menor problema cualquier comentario sobre su vida privada y la de los suyos; sin embargo, durante los últimos años el trabajo había absorbido gran parte del tiempo que debía dedicar a los suyos, y eso le hacía sentirse culpable. En su círculo familiar nadie se lo reprochaba, todos sabían de la responsabilidad e importancia de su trabajo y de cuán necesario era que estuviese siempre presto a dar respuesta a las exigencias de su cargo.
No obstante, aquello no era excusa para que a veces Martha se sintiera vacía. La Agencia estaba acabando con aquel escenario idílico y agriando el carácter de su marido. El trabajo estaba haciendo que Carber se encerrase en sí mismo en los últimos meses. El estado de alerta y tensión que se vivía en la FEMA le hacía parecer a veces un extraño en su propio hogar, pero él siempre amparaba su comportamiento con la misma justificación: todo cuanto hacía y callaba era en beneficio de los ciudadanos norteamericanos y de la seguridad nacional.
Con el tiempo, aquellas habían dejado de ser razones válidas para Martha. William estaba cambiando, y no era para bien. Estaba hastiada de llamadas telefónicas de madrugada, de los eternos silencios con la mirada perdida y de reuniones de trabajo que se prolongaban hasta horas intempestivas y que restaban a Carber un precioso tiempo de su vida. Su marido había ido sustituyendo aquel carácter afable por un manojo de nervios y se había vuelto en poco tiempo un hombre irascible y receloso. Todo ello llevaba a pensar que algo grave estaba sucediendo dentro de la Agencia y que lo que fuese estaba afectando a su funcionamiento rutinario, algo que, sin duda, inquietaba de forma especial a Carber. Ese desmedido amor hacia su familia y su sentimiento de culpa podían influir en Carber a la hora de adoptar decisiones importantes al frente de la FEMA, y esa circunstancia podía convertirse en su talón de Aquiles en un futuro no muy lejano.
Aquella sensación tan arraigada en Carber, sumado a su mala conciencia por no haber dedicado a los suyos el tiempo necesario, podría convertirse con el tiempo en un cóctel envenenado que llegara a afectar a su gestión como director de una de las principales agencias federales.
LA CONVOCATORIA
Washington, lunes, 26 de octubre de 2020
Ese lunes, antes de llegar a su despacho en la octava planta del edificio central de la FEMA, en Washington D. C., el director fue abordado por Anne Perkins. Llevaba en la mano los últimos datos físicos recopilados con relación a los seísmos sufridos en Europa el pasado viernes. A esa catástrofe debían sumarse las alarmantes noticias que llegaban desde España, donde aquella madrugada se había producido una gran explosión en una planta química, provocada, según las primeras informaciones, por un temblor de tierra que había arrasado gran parte de una ciudad del Mediterráneo español. Las informaciones sobre la devastación eran impactantes, aunque escasas. Carber hizo un gesto con la mano indicándole a Perkins que lo siguiese. Al llegar al despacho, saludó de pasada con un escueto «Buenos días» a Lynda Evans, su secretaria, una fiel empleada que le había seguido en todos y cada uno de los destinos dentro de la Agencia.
Anne Perkins era la principal colaboradora de Carber. Se trataba de una mujer de mediana edad; su cabello era de un intenso color cobrizo que acostumbraba a llevar recogido; solía vestir sobrios trajes de falda y chaqueta que le proporcionaban una imagen de seriedad, elegancia y seguridad en sí misma. En definitiva, una mujer atractiva y ciertamente sensual. Había comenzado a trabajar para Carber prácticamente un año después de que este asumiera la dirección de la agencia y, desde entonces, había estado presente en cada una de las decisiones que este había tomado. Se había convertido en su máximo apoyo; ella era sus ojos y sus oídos dentro y fuera de la agencia, una fiel consejera, eficaz ayudante y gran confidente. Incluso entre ambos existía una especial conexión que, a veces, se podía haber llegado a malinterpretar. Pese a ello, aquel sentimiento no pasaba de ser un afecto y reconocimiento mutuos.
Antes de que Carber pudiese sentarse detrás de la mesa, Perkins llamó su atención acerca de un sobre blanco, cerrado con un sello lacrado en rojo que se encontraba encima de su escritorio y en el que podía apreciarse la palabra “millenium”. Carber le preguntó a la colaboradora cómo había llegado aquel sobre sin remitente ni franqueo a su despacho y quién lo había entregado sin que antes hubiese pasado por los filtros de seguridad de la agencia.
Aquel acontecimiento hizo que la reunión que debían mantener se pospusiera. Carber le pidió a su colaboradora que lo dejase a solas unos minutos. Aquel sobre había sido entregado en persona esa mañana a Anne Perkins por un sujeto que exhibía un pase de seguridad Grado Alfa colgado de la solapa izquierda de su americana. Aquello le habilitaba a disponer de plena libertad para moverse por las instalaciones de la agencia sin la menor restricción.
El enigmático emisario entró sobre las 8:30 de aquella misma mañana por el hall de entrada del edificio; se dirigió al control de accesos y exhibió su documentación. Entró sin pasar por el escáner y accedió a la zona de ascensores con plena naturalidad, como si conociese a la perfección el lugar, o como si se tratase de un empleado más de la agencia a la hora de su entrada al trabajo.
Se trataba de un sujeto de gesto adusto que hablaba con cierto acento europeo. Tenía el pelo negro engominado e iba impecablemente vestido con un traje oscuro y una corbata gris. En su mano derecha llevaba un portafolio de piel color marrón y se dirigió hacia el despacho de William Carber.
Al abrirse las puertas del ascensor en la octava planta, el sujeto se acercó a la recepcionista, a la cual preguntó directamente por la ayudante del director de la agencia. Aquella dulce y joven empleada rubia de la recepción pidió cortésmente al visitante que aguardase en una sala de espera acristalada que había a la izquierda de la salida de los ascensores. Pasados cinco minutos, hizo acto de presencia una mujer de mediana edad de pelo rojizo, ojos azules y tez pálida, que vestía una camisa de seda blanca con una falda entubada de color negro.
—Buenos días, soy Anne Perkins.
La colaboradora de Carber se presentó y el extraño se identificó como Louis Van Horn. Acto seguido, Anne le preguntó qué deseaba. El visitante, con gesto serio y ademán parsimonioso, sacó del interior de su portafolio un sobre blanco tamaño carta y se lo entregó a Perkins. A modo de cierre se podía observar un sello de lacre rojo con una palabra grabada: “millenium”. El extraño advirtió a la receptora de la misiva que se trataba de una comunicación personal que debía entregarse de manera exclusiva al director William Carber.
Perkins preguntó al emisario a quién debía identificar como remitente de la comunicación. El sujeto se dio la vuelta y se marchó del lugar después de pronunciar un cortante y escueto: «El director ya lo sabe. Buenos días».
Antes de retirarse, Perkins preguntó a Carber si llamaba a seguridad para que el sobre pasase por el control de escáner, pero este negó con la cabeza y volvió a pedir a su ayudante que abandonase el despacho y lo dejase un momento a solas.
Carber se sentó delante de la mesa de su despacho mientras tomaba entre sus manos aquel enigmático sobre. Su primera intención fue la de no abrirlo y deshacerse de él, quemarlo, pero la sola imagen de aquella palabra lo obligaba a comprobar su contenido.
Se levantó del sillón y paseó durante un rato entre aquellas cuatro paredes. Luego se asomó a la ventana y dejó que su mirada perdida se detuviese en los árboles de un parque cercano. Hacía más de un mes que no tenía noticias del remitente de aquella comunicación, pero recordaba la promesa que le había hecho a su amigo Alexander Grodding tiempo atrás, cuando su carrera en la FEMA ya era imparable; un compromiso que se afianzó cuando ambos coincidieron meses atrás en la mansión del magnate irlandés en la campiña galesa. Que el Grupo de los Milenaristas tuviera que reunirse era la señal de que había dado comienzo el principio del fin.
Por un momento, Carber dudó si aquella promesa podía atarlo durante tanto tiempo. Finalmente, se decidió a abrir el sobre, extrajo de su interior un folio tamaño cuartilla y tardó un instante en leer su contenido. Acto seguido llamó a Lynda Evans por el teléfono interno y le pidió que localizase a Anne Perkins. Carber debía improvisar un viaje relámpago a Europa; se veía obligado a atender aquel requerimiento sin la menor demora, así que dio las instrucciones oportunas a Perkins para que organizase el traslado.
EL VIAJE
Instalaciones de la FEMA en Washington, lunes, 26 de octubre de 2020
Ya se habían realizado numerosos estudios sobre los efectos del sol en nuestro planeta. Desde la más lejana antigüedad, el hombre se había sentido atraído por aquel astro, incluso en algunas culturas había llegado a considerarse una deidad; sin embargo, en nuestros días los vientos soplaban en una única dirección y esa indicaba que algo grave estaba a punto de suceder en el planeta y que el culpable iba a ser el sol.
No era solo un rumor. Desde hacía años, la FEMA almacenaba en sus instalaciones de todo el territorio americano millones de cajas de forma similar a los ataúdes y fabricadas con un material plástico de color negro. Aquella realidad, cierta y constatada, había hecho correr ríos de tinta en publicaciones sensacionalistas y en foros promovidos por amantes de la conspiración, que intentaban canalizar las noticias menos conocidas por el gran público. Ahora Carber se enfrentaba a una situación de posible crisis nacional y a su mente venían las imágenes de aquellas cajas apiladas por miles en hileras diseminadas por todo el país.
En los últimos meses, se había dotado de una importante partida del presupuesto de la agencia para el almacenaje de toneladas de alimentos y la adquisición de miles de generadores eléctricos que funcionaban con gasoil, algo que no había sido autorizado de forma expresa por el director Carber. La orden había llegado desde la mismísima Casa Blanca y su contratación fue llevada a cabo directamente por el subdirector de la FEMA, Nicholas Pope.
Los acontecimientos ocurridos en Europa la semana anterior junto con la catástrofe producida la madrugada pasada en Castellón de la Plana, en España, habían puesto en alerta a todos los servicios y efectivos de la FEMA. Esta situación coincidía con la agitación que durante los últimos meses se había vivido dentro de la propia Administración Federal Americana, periodo en el que las comunicaciones entre agencias habían alcanzado una intensidad desconocida. En un intervalo de sesenta días se habían mantenido doce reuniones al más alto nivel entre el director operativo de la NASA y los directores de la FEMA, el FBI, el Departamento de Seguridad Nacional de los Estados Unidos (NSD) y el Departamento de Defensa. La finalidad de estos encuentros era la coordinación de planes de contingencia ante la posibilidad de que se produjese un evento catastrófico en territorio americano. La idea era coordinar medios materiales y humanos de todas las agencias por si aquel acontecimiento tenía lugar.
Las advertencias de la ciencia relativas a la posibilidad de que se produjese una gran erupción de masa coronal proveniente del sol habían ido en aumento en los últimos años. Los datos relativos a la actividad solar, recopilados ese mismo mes de octubre por las distintas agencias espaciales, no habían hecho sino aumentar la inquietud entre la comunidad científica.
Era un hecho que el hombre llevaba miles de años observando el sol; sin embargo, atesoraba un pobre conocimiento de los ciclos de su actividad a largo plazo. Además, se disponía de una mínima experiencia empírica sobre su comportamiento, limitada a no más de quinientos años. Los astrónomos que empezaron a estudiar su comportamiento desde los años cincuenta del siglo XX tenían pocos elementos comparativamente temporales para llegar a conocer los ciclos reales de la estrella. Era prácticamente imposible predecir los picos de actividad solar, algo que, en el caso de un astro con una vida de más de cuatro mil millones de años, solo puede ser objeto de conocimiento a través de una observación continuada durante milenios. Por el contrario, en nuestro caso, el hombre no había dispuesto del tiempo suficiente para alcanzar dicho conocimiento. Era una realidad empírica y la ciencia sentaba sus bases en la observación, y la observación requería tiempo, mucho tiempo.
Era difícil entender cómo la ciencia moderna, a través de un periodo de observación inferior a cien años, podía hacernos estar seguros ante los caprichos temporales y ciclos vitales de un objeto celeste de una potencia y energía inimaginables, que se encontraba a una distancia de tan solo ciento cincuenta millones de kilómetros de nuestro planeta, y cuya luz nos alcanzaba en un lapso de tiempo de tan solo ocho minutos y diecinueve segundos. Por ello, era lógico pensar que la capacidad de previsión y reacción de la NASA y del resto de agencias espaciales ante un evento ligado a la actividad solar era ciertamente limitada.
Si éramos realistas, debíamos llegar al convencimiento de que la Tierra ya había sido castigada durante millones de años a capricho por su estrella y, pese a ello, el planeta siempre había vuelto a renacer de sus propias cenizas y se había autoregenerado.
Cierto era que la humanidad únicamente se encontraba en el primer segundo de su existencia en comparación con la edad de la Tierra y la del sol. Pero nuestra ciencia tenía la osadía de teorizar sobre el comportamiento de ambos como si los conociese desde su origen.
Al hombre solo le cabía teorizar acerca de esos ciclos a través de la observación comparativa de otras estrellas, obtenida gracias a la puesta en funcionamiento de telescopios de última generación, como el Hubble, que había llevado al hombre a tener un mayor, pero insuficiente conocimiento del comportamiento del sol.
La NASA no podía ocultar durante más tiempo esa realidad, y en los últimos meses había estado transmitiendo al resto de agencias gubernamentales advertencias sobre la posibilidad de que tuviese lugar un evento de carácter inminente a escala global relacionado con la actividad solar. En este sentido, era necesario que tuviesen preparados todos sus medios humanos y materiales ante cualquier posible eventualidad.
Carber tenía todos sus medios en alerta desde hacía semanas, con el fin de atender las necesidades de millones de ciudadanos, derivadas de una posible interrupción del fluido eléctrico durante un periodo de tiempo superior a seis meses. Para ello, la FEMA había procedido a la adquisición de miles de generadores de gasoil, circunstancia que no pasó desapercibida para algunas agencias estatales de noticias y que hizo correr ríos de tinta entre aquellos medios o publicaciones a los que siempre se les había tachado de sensacionalistas y conspiranoicos.
Algunas agencias federales habían mostrado su preocupación por los acontecimientos que se habían encadenado en Europa en tan corto espacio de tiempo. Esa inquietud se había convertido en una realidad ante el aumento de la actividad sísmica en muchos países de Sudamérica y en ciertas zonas del sudeste asiático. A estos debían sumarse los últimos movimientos sísmicos sufridos en la costa oriental española, en las Islas Azores, en Francia, en Italia y, fundamentalmente, los devastadores efectos del último seísmo ocurrido en la ciudad de Dodona, en Grecia. Estos acontecimientos habían disparado las alarmas de todos los gobiernos occidentales de la vieja Europa. La sensación de inseguridad era generalizada: ni la comunidad científica se atrevía a señalar con certeza un culpable de ese aumento de la actividad sísmica. Únicamente habían detectado un leve desplazamiento de las placas continentales, originado por un problema de polaridad planetaria en el que, sin duda, estaba influyendo la actividad solar y, además, estaba dejando notar sus efectos en el conjunto de la corteza terrestre y en la solidez del campo magnético de la Tierra.
Podía resultar insólito, pero durante los últimos meses la NASA había mostrado una sorprendente transparencia. Había facilitado informaciones concretas relativas a los últimos ciclos comprobados de la actividad solar, advirtiendo que la extraña tranquilidad que mostraba nuestro astro hacía presagiar la posible ocurrencia de un suceso de gravedad que podría relacionarse con una potente erupción solar y, con ello, la hipotética afectación del campo magnético terrestre.
Hecho distinto era poder encontrar un nexo causal entre el aumento de la actividad sísmica en el planeta durante los últimos dos años y su relación con la actividad solar en ese periodo. En este sentido, la colaboración entre la NASA y la ESA estaba dando importantes frutos, y los trabajos de la Agencia Europea habían proporcionado una nueva visión de la relación de la actividad solar con el campo magnético terrestre y la actividad sísmica.
Se había constatado científicamente que algunos cambios que estaba experimentando el planeta podían tener relación con el estado de actividad solar. La comunidad científica estaba profundamente desconcertada por el hecho de que el campo magnético de nuestro planeta se estuviese debilitando diez veces más rápido de lo que se creía.
Si a estos datos le unimos el hecho de que el norte magnético se mueve, y que una vez cada cien mil años los polos se invierten, nos podía dar que pensar acerca de la posibilidad de que estuviésemos ante el final de un ciclo y en puertas de un drástico cambio planetario.
La Agencia Espacial Europea había sido la pionera en este tipo de estudios. Con esta finalidad puso en marcha el programa Swarm, que había sido diseñado precisamente para analizar uno de los aspectos más misteriosos de nuestro planeta, el campo magnético, y poder estudiar cómo este interactuaba con los vientos solares y con las partículas cargadas que lanzaba todo el universo. Para ello, puso en órbita tres satélites cuya misión era medir con precisión las señales magnéticas emitidas por el núcleo, el manto, la corteza, los océanos, la ionosfera y la magnetosfera de la Tierra.
Los modelos del campo magnético generados por la misión Swarm debían ayudar a comprender mejor el interior de la Tierra. Estos datos, junto con las medidas de las condiciones en la atmósfera superior, debían contribuir a los estudios sobre el escudo magnético de la Tierra, la meteorología espacial y la radiación solar, y a la relación existente entre esas variables físicas.
Los datos facilitados por el sistema Swarm no podían ser más inquietantes: mostraban que el campo magnético de la Tierra se estaba empezando a debilitar más rápido de lo que había sucedido en épocas pasadas y, hasta el momento, los científicos no habían podido determinar las causas de la aceleración de ese nuevo ciclo.
Los nuevos registros sugerían que ese cambio de polaridad podría suceder mucho más temprano y sería una eventualidad para la que la humanidad no estaría preparada. El responsable de esa aceleración en el cambio podría ser el sol; además, no se podía descartar un acontecimiento inesperado derivado de su cambiante actividad solar.
Tanto Carber como el resto de directores de las diferentes agencias federales, comprometidas con programas de actuación en situaciones de emergencia, habían recibido los datos con cierta inquietud. Su misión era mantener a punto todos los medios disponibles y esperar instrucciones de la Casa Blanca para actuar. Sin embargo, faltaba que la NASA les facilitase más información sobre las posibilidades reales de que se produjese un suceso catastrófico relacionado con la actividad solar y de cómo podría interactuar nuestro campo magnético ante esa situación.
En este sentido, la NASA había puesto en conocimiento del resto de agencias gubernamentales que disponía de informes científicos que afirmaban que los terremotos se producían con más frecuencia en los años con mínima actividad solar. Era un hecho que el sol había entrado recientemente en su nivel más bajo de actividad en cuatro siglos, lo que había coincidido con un aumento en la actividad sísmica mundial. Pero faltaban datos que pudiesen conectar ambos acontecimientos.
La actividad solar estaba disminuyendo de forma acelerada desde comienzos de siglo. Parecía que en los últimos años el sol se había vuelto extremadamente tranquilo y algunos expertos anunciaban que dentro de poco podríamos ver un sol «completamente en blanco», es decir, libre de manchas solares. Y libre de manchas solares significaba «casi sin actividad solar», lo que podría derivar en una explosión de masa coronal del improviso como reacción ante esa situación de letargia.
Con los años, la ciencia había ido revelando y reconociendo la relación oculta entre la actividad solar y los movimientos de las placas tectónicas. La influencia del sol parecía haber sido notoria; una tremenda tormenta solar podría impactar contra el planeta, lo que provocaría que las placas tectónicas terminasen vibrando.
La tierra había temblado siempre y en todas partes del mundo. Sin embargo, un nuevo factor debía preocuparnos; cada vez era mayor el aumento de terremotos en zonas que no eran precisamente de riesgo sísmico, lo que alimentaba la posibilidad de que dicho cambio exponencial se debiese al efecto de las radiaciones solares sobre nuestro planeta.
Carber había activado todos los planes de contingencia de la FEMA con la finalidad de afrontar una inminente situación de emergencia nacional. Las órdenes para dar inicio a una situación de excepcionalidad habían coincidido en el tiempo con la recepción de aquella extraña misiva, remitida por Alexander Grodding, que le convocaba a una imprevista reunión en Ginebra. Era consciente de que no era el mejor momento para abandonar Washington, por lo que tuvo que improvisar un viaje relámpago a Europa. Llamó de inmediato a Anne Perkins a su despacho para que iniciase los preparativos del viaje.
Sin embargo, la situación era de preemergencia nacional. Las instrucciones dentro del Plan de Contingencia eran taxativas; en el momento en que el presidente declarase el estado de emergencia, todas las fuerzas de seguridad, las distintas Policías Locales y la Guardia Nacional se pondrían a las órdenes de Carber. Como primera medida, se cerrarían todos los aeropuertos del país al tráfico aéreo civil y se restringirían los vuelos a las operaciones de emergencia; se cerrarían las estaciones de ferrocarril, que serían tomadas por la Guardia Nacional, y se decretaría un toque de queda desde las 19:00 de la tarde que se declarase el estado de emergencia hasta el levantamiento del mismo por parte del presidente del Gobierno. Se controlarían los medios de comunicación y podrían ser intervenidos y clausurados si distribuían noticias que pudiesen provocar el pánico entre la población. Se anularían todos los permisos de los que disfrutasen los trabajadores de la Administración Federal y los miembros de las Fuerzas Armadas.
La gente quedaría confinada en sus domicilios y únicamente las fuerzas de la Policía y la Guardia Nacional tendrían autorización para patrullar por las calles. Lo cierto es que, aunque los planes de emergencia estaban perfectamente estructurados, aún no se había recibido una información concreta relativa al tipo de desastre que podía afectar a los Estados Unidos. Esa falta de noticias ponía nervioso a Carber y provocaba en él una ansiedad que transmitía a sus más directos colaboradores.
Carber dudaba acerca de la conveniencia de desplazarse a Europa ante aquella imprevisible situación. Todo podía quedarse en nada, pero resultaba ciertamente inconveniente que el director de la FEMA abandonase los Estados Unidos en ese preciso momento. Las directrices habían llegado directamente desde la Casa Blanca y no parecía que se tratase de un ejercicio de simulación; más bien parecía una puesta real en alerta máxima de todos los servicios de emergencia y de actuación rápida ante la posible ocurrencia de una eventualidad de dimensiones desconocidas; sin embargo, Carber sabía que no podía faltar a esa reunión, pues aquella tenía una relación directa con la situación que había llevado a su agencia a entrar en estado de prealerta.
Perkins había reservado dos pasajes en un vuelo de United que debía salir del aeropuerto de Washington-Dulles a las 05:00 del día siguiente, con llegada a Ginebra a las 13:00. Reservó también dos habitaciones en el Hotel Métropole, lugar donde debía celebrarse la reunión. Su vuelta a los Estados Unidos estaba prevista a las 21:00 del día siguiente. Carber había organizado al mínimo detalle su ausencia y había dejado instrucciones expresas a su colaboradora en caso de que aquella situación de alerta derivase en un supuesto de verdadera emergencia nacional.
Precisamente por esta razón, cuando Perkins le comunicó la hora del vuelo de United, Carber hizo rectificar a su ayudante; no podían depender de los caprichos de una compañía aérea comercial ni debía conocerse que el director de la FEMA iba a abandonar los Estados Unidos en aquel momento.
—Perkins, necesito que cancele cualquier reserva de vuelo que haya realizado. He dado órdenes expresas de que dispongan un pequeño jet de la agencia para el desplazamiento a Europa. Los pilotos son de máxima confianza y emprenderemos el vuelo sin ruta programada, ruta que conocerán en el momento en que embarquemos. Dígale a Lynda que entre en mi despacho, tiene que acompañarme y necesitará tiempo para preparar su partida. Compruebe que los pilotos y el personal de tierra cumplen mis instrucciones, y procure que el vuelo esté dispuesto para salir de Washington esta noche a las nueve con destino Europa.
—Así lo haré, director. Borraré cualquier rastro de la reserva y procederé según sus instrucciones.
—Anne, tengo que pedirle un favor, un gran favor. Es mi mayor colaboradora dentro de la agencia y la única persona en la que confío. La voy a dejar al mando, cubrirá mi puesto y vigilará que todo siga en su sitio durante mi ausencia estas cuarenta y ocho horas. Debe mantenerme al tanto de cualquier hecho o circunstancia relevante y taparme como si yo estuviese dentro de la casa.
—Señor, puede confiar en que así lo haré. Yo cubriré su ausencia y le mantendré informado de todo cuanto ocurra mientras se encuentre fuera de Washington.
La mayor preocupación de Carber era dejar al frente de la agencia a su segundo, Nicholas Pope, un cargo político cercano al presidente que tenía una visión diferente de la FEMA y en el que no confiaba, dado que su presencia le había sido impuesta por el mismísimo Wilcox. Por ello, encomendó a Anne Perkins que cubriera su ausencia y se convirtiera en su prolongación en la agencia durante dos días.
ANNE PERKINS
Washington, 26 de octubre de 2020
Anne Perkins salió de las instalaciones de la agencia sobre las ocho y media de la tarde. Había ultimado los preparativos del viaje del director a Europa y regresaba a casa por la avenida Pennsylvania. Andaba con una especial parsimonia y sentía cierto cosquilleo por el cuerpo. No en balde, Carber le había confiado la suerte de la agencia durante su ausencia. Aquella responsabilidad la hacía sentirse exultante a la vez que excitada; el reto no era menor.
Vivía en un barrio residencial próximo al distrito gubernamental de la capital. Era propietaria de un pequeño apartamento de nueva construcción cerca de la zona donde se encontraba la almendra central de la ciudad. Se trataba de un cómodo y funcional inmueble situado en la avenida Sur Caroline, con unas vistas envidiables. Desde sus amplios ventanales podía observarse la avenida Pennsylvania, el cercano Parque Garfield y, al fondo, podía adivinarse la impresionante silueta del edificio del Capitolio.
Perkins sentía un vértigo especial. Se veía a sí misma como aquella persona en la que acababan de depositar la mayor de las confianzas que nadie podía esperar. En ausencia del director, las instrucciones eran taxativas; ella, y solo ella, gestionaría los designios de la agencia y cubriría las espaldas de su jefe. Tenía órdenes expresas de mantenerle puntualmente informado de cuanto ocurriese en el país durante las horas que estuviese fuera de Washington. Carber le había confiado su suerte a aquella colaboradora, hasta tal punto que ni tan siquiera el todopoderoso Nick Pope podría hacerle sombra. Para ello habían sido alterados todos los protocolos de la agencia con la finalidad de que Perkins pudiese pasar por encima de la autoridad del subdirector de la FEMA. Esta situación se presentaba sin duda como una ocasión especial para que aquella leal funcionaria, que había crecido a la sombra de Carber, pudiese demostrar su auténtica valía.
Aquella chiquilla de Wisconsin llegó a Washington siendo una niña, cuando su padre, un simple empleado del Servicio Estatal de Correos, fue destinado a la capital para ocupar un prometedor puesto como mando intermedio en el Servicio Postal del Estado.
Ahora se encontraba ante el mayor reto de su vida. Si el director había depositado en ella toda su confianza, era cuestión de tiempo que la tuviese en consideración para asumir empresas de mayor envergadura dentro de la agencia. Quién sabía si entre ellas estaría su ascenso hasta la subdirección de la FEMA. Si Carber sabía jugar bien sus bazas con el presidente Wilcox, las posibilidades de Perkins se multiplicarían por diez. Por ello, no podía defraudar a su jefe ni dejar pasar de largo esta oportunidad.
Anne había recibido instrucciones de convocar una reunión con sus más cercanos colaboradores a primera hora de la mañana del día siguiente, con la intención de ponerles al corriente de los acontecimientos que iban a tener lugar de forma inminente en los Estados Unidos. Carber le había entregado los protocolos para activar la declaración del estado de emergencia. Todo debía estar preparado para iniciar el proceso una vez que el director hubiese regresado a Washington en menos de cuarenta y ocho horas.
El plan estaba trazado: a su vuelta a Washington, Carber declararía el estado de emergencia nacional con el apoyo del Jefe del Estado Mayor del Ejército y la complicidad de 68 senadores y 12 miembros del gabinete, aduciendo incapacidad manifiesta del presidente Wilcox. Era fundamental evitar que aquello que tuviese pensado hacer el presidente en los próximos días fuese abortado de raíz.
Perkins paseaba despreocupada como si el tiempo fuese algo irrelevante. Había dado por amortizada la jornada y deseaba darse un respiro disfrutando de aquel intrascendente paseo hasta su casa, a donde llegó pasada media hora desde que salió de la oficina.
Antes de subir, se detuvo en una pequeña tienda de barrio regentada por un matrimonio de comerciantes chinos. Se trataba de un pequeño bazar en el que podía encontrar desde una botella de vino, hasta un paquete de cigarrillos, pasando por cualquier clase de alimento fresco o preparado. Anne entró, se hizo con una cesta y se detuvo delante de la zona de lácteos, cogió un tetrabrik de leche desnatada y siguió curioseando entre aquel batiburrillo de productos. Se dirigió hacia una pequeña zona habilitada como frutería, cogió tres manzanas y dos enormes peras limoneras, que se llevó a la nariz dejando que su dulce olor colmase por completo sus sentidos.
Acabó de revisar con curiosidad unos estantes que tenía a su derecha y se dirigió hacia la zona de caja. En el camino se paró a coger una botella de vino blanco y un trozo de queso. En ese momento entraron en la tienda dos sujetos con la cara cubierta por pasamontañas, encañonaron al dueño del negocio y a su esposa con una pistola Beretta nueve milímetros y una recortada de dos cañones. Aquel pobre diablo temblaba detrás del mostrador y sentía que ese podía ser el último momento de su vida. Apartó a su mujer y se puso delante de ella, los encapuchados le exigieron el dinero y el tendero abrió la caja registradora, mientras le entregaba la recaudación del día al tipo de la pistola, el sujeto de la recortada giró sobre sí mismo y encañonó a Anne Perkins. Acto seguido y sin mediar palabra, le descerrajó dos tiros, descargando los cañones de la escopeta. Anne cayó fulminada al suelo mientras los dos sujetos salían del local y se subían a un vehículo oscuro que les esperaba con el motor en marcha, justo delante de la puerta de aquel bazar.
El Departamento de Policía de la ciudad de Washington lo tuvo claro desde el primer momento; la declaración de los testigos y las pruebas encontradas en el lugar de los hechos parecían no dejar lugar a dudas: la muerte de Anne Perkins había sido un homicidio cometido por dos ladrones a los que se les había ido de las manos su último golpe.
La investigación debía cerrarse de forma rápida y certera. Para ello era necesario encontrar dos cabezas de turco elegidas al azar entre las numerosas fichas policiales que obraban en las bases de datos del Departamento de Policía. La visita del director de la NSA al jefe de policía de la ciudad de Washington a la mañana siguiente supuso un acicate suficiente para dar carpetazo definitivo a la investigación del asesinato sin mayor trámite.
CASTELLÓN
Castellón de la Plana, España, 24 de octubre de 2020
Leo Carber había llegado aquella mañana a la estación de ferrocarril Joaquín Sorolla de Valencia. Allí debía enlazar con un tren de cercanías que le trasladaría hasta la ciudad de Castellón de la Plana, donde le esperaba su amigo Rick Phillips, que había llegado desde París el día anterior. Habían contratado un chárter turístico con la intención de recorrer parte de la costa mediterránea española. Primero tenían previsto practicar buceo en unas pequeñas islas de origen volcánico que se encontraban frente a la costa de Castellón. Al caer la tarde recalarían y harían noche en la ciudad para al día siguiente continuar viaje hacia las Islas Baleares, con la intención de explorar los fondos marinos de Ibiza y Menorca.
Al llegar a la estación de tren de Castellón, Leo contrató un vehículo de alquiler para poder moverse por la capital de La Plana durante el tiempo de estancia en la ciudad. Rick y Leo habían previsto desplazarse a las Islas Columbretes a bordo de una goleta turca que fondearía en calas vírgenes con una riqueza de fauna marina sin igual. Aquel, sin duda, sería un espectáculo para amantes del mar como ellos.
El plan de Leo era pasar aquella jornada buceando, volver a Castellón y hacer noche en la ciudad, con la intención de disfrutar de la gastronomía y el ambiente nocturno del lugar, para salir al día siguiente con destino a las Islas Baleares.
Las Columbretes constituían un lugar único. Se trataba de un archipiélago de origen volcánico, constituido por cuatro pequeños islotes: La Grossa, La Ferrera, La Foradada y El Carallot. No era un paraje excesivamente conocido, sin embargo, el lugar había sido declarado Parque Natural en 1988 y Reserva Marina desde 1994. Se encontraban en un entorno de 4400 hectáreas, situado a 27 millas náuticas de la costa de Castellón. En sus fondos marinos se extendían praderas de fanerógama y de maërl de algas calcáreas, ecosistema de gran importancia, ya que constituía una zona de refugio, alimentación y cría de numerosos organismos marinos.
Las profundidades rocosas daban cobijo a una especie de langosta roja de grandes dimensiones y a poblaciones de gorgonias rojas únicas en el Mediterráneo. La riqueza natural era inagotable. En las Columbretes existía una gran variedad de peces: nacras, corvas, doradas, sargos, morenas, cabrillas, serranos, peces verdes, castañuelas, salmonetes, bogavantes, barracudas, corvinas, cabrachos, mantas, esponjas y especies muy grandes de meros. En ocasiones, se podía incluso disfrutar de la presencia de delfines mulares y peces luna.
El fondo de las aguas de aquel paraje se caracterizaba por su especial belleza y riqueza: eran cristalinas y de una pureza virginal. Aquellos ingredientes convertían aquel lugar en un entorno ideal para aquellos que amaban el buceo y sobre todo la naturaleza.
Rick y Leo tenían previsto embarcar en el puerto de Castellón a las siete de la mañana y permanecer en las islas hasta el atardecer. El día había despertado con una deliciosa claridad, el sol calentaba con dulzura, como queriendo despedirse de la estación estival con suavidad y ofreciendo un mágico espectáculo.
Ambos subieron a la embarcación sobre las 6:45 y amontonaron sus bártulos en un banco de madera que se encontraba situado al fondo de la goleta. Pocos minutos después se dirigieron a la proa y a las 7:15 la embarcación empezó a enfilar la bocana de salida del puerto de Castellón.
Conforme ganaban velocidad, la suave y fresca brisa marina humedecía los rostros y brazos de los dos jóvenes, y una sensación de inmensidad invadió sus almas. Con los ojos cerrados y el viento moviendo sin orden alguno sus rubios cabellos, experimentaron un estado de plena libertad. Dejaron sus mentes en blanco, disfrutando del momento, y se dejaron llevar por la inmensidad que se abría paso ante sus ojos. Permanecieron en la cubierta de la goleta más de media hora, contemplando los agitados saltos de algunos atunes y el curioso remontar sobre las olas de bandadas de peces voladores.
Decidieron entrar en el interior de la embarcación para tomarse un café bien cargado. La hora tan temprana del embarque no les había permitido ingerir aquel delicioso brebaje tan reparador y necesario para desperezar el espíritu de buena mañana.
Pasadas dos horas de travesía, la goleta fondeó en Isla Grossa, una formación volcánica en la que podía apreciarse con claridad la existencia de lo que en su día fue la caldera de un volcán subacuático. Se trataba de una morfología circular espectacular en la que se hacía una bajada obligada a tierra para conocer algo más de aquel vestigio de los tiempos tan excelentemente conservado.
Lanzaron el ancla a pocos metros del lugar y todos comenzaron a embutirse en sus trajes de neopreno y a colocarse las bombonas de oxígeno y las aletas. La inmersión no debía durar más de 45 minutos, tiempo suficiente para tomar contacto con el fondo marino. Aquel era únicamente el primer tramo del largo día de buceo que tenían por delante.
Aproximadamente sobre las 12 del mediodía, una zódiac llevó a tierra a Leo y al resto de excursionistas. Pisaron Isla Grossa para acceder a una especie de pequeño embarcadero provisto de unas viejas escaleras de piedra negras, que llegaban hasta una rampa que conducía hasta el antiguo faro que dominaba la isla.
La Grossa constituía un ecosistema único, su origen volcánico y su lejanía de la costa le permitió mantener una diversidad de especies endémicas que no existía en el resto de la costa peninsular española. En la isla existía un viejo faro que había sido modernizado con el paso del tiempo. Se accedía a él a través de un camino empinado que convertía la subida en un paseo; sin embargo, un sol de justicia hacía que el calor a esa hora del día no se compadeciese de quienes afrontaban aquella caminata. En el trayecto pudieron ver numerosos lagartos y lagartijas escondiéndose al paso de los curiosos entre matojos o bajo las piedras, en cuyo interior encontraban suficiente humedad y frescor. En cambio, no encontraron ninguno de los temidos escorpiones blancos que habitaban la isla y cuyo veneno era poco menos que mortal. Por aquel motivo, era normal que las embarcaciones de recreo llevasen en su botiquín varias dosis de antídoto para inocular en caso de que se produjese una picadura.
En la isla, además, encontraba su hábitat un curioso escarabajo que no se hallaba en ningún otro lugar del planeta. Se trataba del escarabajo Bonachera, cuyo nombre se le dio en honor a uno de los únicos habitantes que albergó la isla, uno de los fareros que vivió en ella entre los años 1966 y 1989. Además, podían encontrarse otros animales endémicos, tales como la pardela cenicienta, que se alimentaba de moluscos, crustáceos y huevos de peces; el cormorán moñudo, un ave que podía sumergirse hasta 45 metros para alcanzar a sus presas; o la gaviota plateada, que se alimentaba de peces y carroña.
El antiguo faro que dominaba toda la isla, y cuyo mantenimiento había sido llevado a cabo por fareros que vivían en él con sus familias hasta el año 1989, ahora requería una mínima atención al haber sido acondicionado con luces led y baterías de carga solar, que hacían innecesaria la presencia de un farero todo el año; sin embargo, aquel lugar seguía sirviendo de guía a todos los barcos y buques que seguían navegando por el Corredor Mediterráneo con dirección a la costa francesa.
La vegetación de las islas era muy diversa y estaba compuesta por palmitera, lentisco, hinojo marino, zanahoria marina, alfalfa arbolea y algún tipo de planta endémica. Las islas tenían dos periodos diferentes, uno seco y otro húmedo entre marzo y junio, fecha en la que el aspecto de las Columbretes cambiaba radicalmente. Las pocas lluvias del año hacían que las islas estuvieran cubiertas de un bonito verde y una gran cantidad de flores, haciendo que presentaran una vegetación muy colorida y variada.
A las seis de la tarde aquella preciosa goleta levó anclas y llevó a los buceadores de vuelta a Castellón. Sobre las ocho de la tarde llegaron a puerto y Leo y Rick se dirigieron hacia el parking subterráneo donde habían dejado el coche. Se alojaban en el Hotel Jaime I, cerca del centro de la ciudad, y deseaban llegar pronto a la habitación para darse una buena ducha y salir a cenar.
Leo conocía las exquisiteces culinarias que brindaba la tierra, puesto que ya había viajado con sus padres numerosas veces por España, algo que le había ayudado a conocer el idioma. Además, a través de la información que le había facilitado el turoperador, tenía localizados varios restaurantes recomendados en la ciudad.
Buscaba un buen jamón ibérico y un vino de Rioja o Ribera de Duero que satisficiera sus gustos. Aquel joven americano de paladar exquisito decidió que el sitio idóneo para cenar era el restaurante El Pairal, conocido en la ciudad por su exquisita cocina, la calidad de sus productos y el esmero con que el servicio trataba a los clientes.
Los dos jóvenes salieron del hotel sobre las 9:30 de la noche. Llegaron al restaurante, que se encontraba con la puerta cerrada; llamaron a un timbre que había en una pared lateral de la entrada y acto seguido sonó el chasquido de un sistema de apertura a distancia.
Era la primera vez que Rick visitaba España y Leo quería impresionar a su amigo con sus conocimientos del país, de su cultura, de sus gentes y de su gastronomía. El joven californiano que acompañaba a Leo en aquella aventura había vivido en Perugia durante dos años en un programa de intercambio mientras realizaba sus estudios de biología. Quedó prendado de aquel país, donde había encontrado al amor de su vida, una joven y adorable muchacha italiana que se había hecho dueña de su corazón.
Comenzaron la velada pidiendo que les sacasen un buen caldo. La elección fue una botella de vino tinto de la bodega Vega Sicilia, un delicioso caldo con denominación de origen Ribera del Duero que acompañaron con una cumplida ración de jamón ibérico Cinco Jotas y otra de queso de oveja curado. Mientras se deleitaban con los manjares que tenían sobre la mesa, Juan Zafra, el maître y propietario del restaurante, les cantaba la carta como si se tratase de un texto sagrado. A fin de cuentas, aquella era su biblia particular, dado que tenía una fe ciega en todo aquello que ofrecía a sus clientes.
Rick decidió degustar un rodaballo salvaje al horno con patatas panaderas y Leo se decantó por un hermoso chuletón de ternera gallega. Pero antes ya habían dado buena cuenta de dos raciones de jamón ibérico, una botella de vino Ribera del Duero y una ración de queso.
En la cena conversaron de lo humano y lo divino. Ambos se conocían desde la infancia y habían compartido numerosas experiencias. Leo le contó a su amigo cómo su padre le había inscrito sin consultarle en un curso de posgrado en Ingeniería Física que se impartía a partir de octubre en la Morgan State University, y cómo eso lo había enfurecido. Le contó cómo ambos habían discutido como de costumbre porque William Carber no había contado con él una vez más para planificarle el futuro. Por aquel entonces, Leo ya había comprometido su viaje por Europa hacía meses y su intención era pasar veinte días en España buceando y haciendo turismo. Por ello, dando una larga cambiada a los planes de su padre, se colgó una mochila al hombro y tomó dirección al aeropuerto JFK donde un vuelo directo lo llevaría a Madrid. No era la primera vez que Leo plantaba cara a su progenitor y hacía gala a menudo de aquella aprendida rebeldía.
Leo había acabado Ingeniería en junio de ese mismo año y lo que menos deseaba era comenzar un curso de posgrado sin concederse una tregua. En mayo había cumplido 24 años y la mayor parte de ese tiempo lo había pasado estudiando y satisfaciendo los deseos y expectativas de su padre. Sin embargo, entre ambos existía un abismo generacional. William Carber había sido siempre excesivamente protector, aunque no más que cualquier padre que al fin y al cabo solo desea lo mejor para sus hijos, pese a que muchas veces hubiese sido sin contar con sus deseos. No obstante, nunca pudo dedicar a Leo el tiempo que este necesitaba como compañero de juegos, sueños e ilusiones, pues aquel brillante ingeniero había sido absorbido por su trabajo y había descuidado a su familia.
Leo siempre había encontrado frustración al intentar emular los pasos de su padre. Aquel fue un tema que los dos amigos tocaron durante la cena, dado que se conocían desde la infancia y habían compartido innumerables momentos juntos.
En los postres, los jóvenes degustaron tiramisú y tarta de queso con mermelada de arándanos. A la hora de tomar el café, Leo recordó lo que le había aconsejado el recepcionista de noche del hotel donde se alojaban con relación a una bebida típica del lugar, llamada «carajillo», que consistía en quemar un licor, normalmente brandy o ron negro de caña, mezclarlo con azúcar y deslizar suavemente una carga de café sobre el alcohol una vez quemado.
Una vez acabada la cena, Leo pagó la cuenta y dejó una jugosa propina. Antes de salir del restaurante, le preguntaron a Juan por algún lugar de moda donde poder tomarse una copa después de cenar. Al salir, tomaron el camino hacia su izquierda, buscando la cercana calle Lagasca, donde, según Juan, Leo y Rick podían encontrar varios locales de copas. La noche era deliciosa. Una temperatura muy agradable permitía pasear sin necesidad de llevar ningún tipo de ropa de abrigo. Caminaron unos 200 metros y llegaron a la puerta de un garito de copas llamado Exodus, donde les recibió un portero que se encontraba en la entrada y les dio acceso al local.
Bebieron un bourbon Four Roses. Cuando acabaron la copa salieron del local a fumar un pitillo y continuaron paseando en dirección al centro. Al llegar a la plaza de María Agustina, encontraron un garito abierto y decidieron tomarse allí la última copa. Serían las 2 de la madrugada del día 26 de octubre.
Leo le comentó a su amigo que sus padres le suponían haciendo un curso de posgrado. Él, sin embargo, había decidido tomar un camino diferente y volar desde Nueva York a Madrid para poder encontrarse con Rick en España y participar en su común afición, disfrutando de un tour de buceo por el Mediterráneo.
La rebeldía de Leo ya le había dado otros quebraderos de cabeza a sus padres, quienes siempre iban detrás de él reparando las averías que provocaba sin el menor rubor.
Mientras charlaban relajadamente y encendían un cigarrillo, escucharon un sonido ensordecedor y un estremecimiento les recorrió desde los pies hasta la cabeza. El suelo tembló y el resplandor originado por un gran fogonazo convirtió la noche en día, dejando cegados a ambos jóvenes, que de inmediato fueron lanzados al suelo hacia detrás, producto de la fuerza irresistible que sufrieron.
VIDA EN EL REFUGIO
Castellón, noviembre de 2020
Instantes después de la explosión en la planta química del Grao, el pánico hizo presa de los clientes de aquel local de copas situado en la calle Peñíscola. El estruendo inicial dio paso a un violento temblor que provocó que todos los que allí estaban se tambaleasen e hiciesen malabarismos para no caer al piso. Pasada la confusión inicial, todos salieron a la carrera de aquel garito por temor a que el edificio se les viniese encima.
Al llegar a la calle, y cerca de la puerta de entrada al local, se encontraban varias personas tiradas sobre la acera, entre ellas había dos jóvenes inmóviles tendidos en el suelo. Los clientes del pub, entre los que se encontraba una muchacha llamada Míriam, los ayudaron a levantarse y los llevaron al interior del local para prestarles los primeros auxilios. Leo estaba aturdido y su amigo Rick sangraba profusamente por ojos y oídos.
Aquel acontecimiento había hecho que la realidad diese un giro de 180 grados sobre sí misma, y que una extraña y desagradable sensación de pérdida de contacto con el mundo exterior se apoderase de la ciudad. Castellón de la Plana no era un lugar especialmente conocido fuera de España, pero después de aquella noche iba a situarse en el mapa como el epicentro de un destino fatal.
Los actores principales de aquel drama se encontraban allí porque el azar los había colocado en ese lugar sin que lo hubieran deseado. Nunca pidieron tener un papel principal en la escena; sin embargo, allí estaban, y a partir de aquel momento ya no serían dueños de su destino.
Míriam Jovaní era una joven castellonense que vivía en una zona residencial cercana a la avenida del Mar, una vía principal que conectaba la ciudad con el Grao y el puerto. Aquella chiquilla que parecía estar rodeada por un extraño halo de energía positiva había conocido a Leo Carber en el bar de copas esa misma noche. Para ella se trataba de un completo desconocido con el que había desplegado sus dotes de flirteo, un extraño al que las circunstancias habían amarrado a su lado de forma irremediable. Ella fue una de las personas que le prestó ayuda después de la explosión, y con el paso de los días lo convertiría en su amigo y en el primer y último hombre del que se enamoraría.
Después de la explosión, Míriam había intentado ponerse en contacto con sus padres pero las líneas de telefonía móvil habían caído, al igual que lo habían hecho la red eléctrica y todos los sistemas de comunicación. Su primera reacción fue como la del resto: buscar ayuda, refugio y algo de seguridad. Pasados unos minutos interminables, empezaron a escucharse las sirenas de los coches de policía y de las ambulancias que habían salido a socorrer a la población.
Los supervivientes habían salido de sus casas a la carrera, buscando algún lugar donde poder recibir ayuda o, cuanto menos, información. La Policía Local de Castellón se afanó desde el primer momento en habilitar diferentes centros de atención a las víctimas, y entre ellos había situado uno en la avenida de Lidón. Aquellos lugares se convirtieron en puntos de encuentro para todos los afectados. Allí se dirigían para preguntar por sus seres queridos, cuya suerte desconocían. En el centro habilitado en la avenida de Lidón se quedó al mando un Policía Local de nombre Arturo Revest, que se ocupó de atender a todos cuantos llegaban en busca de auxilio. Por aquel entonces, nadie conocía la gravedad de lo que acababa de suceder y se ignoraba el hecho de que la explosión hubiese devastado por completo algunas de las zonas más pobladas de la ciudad.
Leo y Míriam fueron unos de los primeros refugiados en llegar a aquel centro de acogida. El local de copas donde habían coincidido por la noche se encontraba a pocos metros del lugar, y el amigo de Leo, Rick, necesitaba ayuda y atención de inmediato, por lo que consideraron que entrar en aquel lugar era una prioridad.
Míriam asumió la iniciativa de acondicionar algunas estancias de aquel viejo edificio a modo de dormitorios. Era necesario que todos los que allí llegasen buscando ayuda encontrasen un lugar donde dejar reposar sus cansados y maltrechos huesos. Aquella muchacha mostraba una madurez impropia para su edad y que no se correspondía con una apariencia física de cierta fragilidad. Sin embargo, se trataba de una mujer fuerte y con carácter, que estudiaba el último curso de la licenciatura de Derecho en la Universidad Jaime I de Castellón. La madrugada del lunes se encontraba de marcha con unas amigas en el mismo local de copas en el que coincidió con Leo Carber. Era una joven muy bella, su largo cabello era de un intenso color negro y tenía unos preciosos ojos marrones. Su cuerpo, a la vez que menudo y delicado, era extremadamente sensual.
Pasados varios días, el desorden y la anarquía se habían apoderado de la ciudad. La ayuda había llegado únicamente a una pequeña parte de la población y después de no más de dos horas desde el comienzo de la situación de caos, los servicios de emergencias recibieron la orden de retirarse y las Fuerzas de Seguridad cerraron un cinturón de cuarentena alrededor del perímetro de la ciudad, que ya no podría ser franqueado por los que allí quedaron confinados. Al cabo de tres días, los pocos efectivos que quedaban prestando auxilio también terminaron por replegarse.
Los supervivientes que se habían quedado en Castellón no sabían cómo actuar; la mayoría permanecía en sus casas, si tenían la suerte de que estas siguiesen en pie después de la explosión. Otros habían salido a buscar los puntos de encuentro y de refugio que habían improvisado las autoridades durante las primeras horas.
La vida en el refugio de la avenida de Lidón transcurría de manera anodina, cualquier mínima noticia era recibida por todos como un gran acontecimiento. Sin embargo, con el paso del tiempo, la ausencia de novedades del exterior empezó a convertir la esperanza en impaciencia y, días después, pasó a convertirse en desidia y desanimo. La ausencia de electricidad había hecho que aquella ciudad volviese hacia atrás en el tiempo más de dos siglos. Caída la tarde, la oscuridad en las calles se hacía total y el mutismo se adueñaba totalmente de aquel lugar.
Aprovechando la ausencia de iluminación, algunos grupos de supervivientes comenzaron a darse al pillaje y al saqueo. Un vacío de poder se había adueñado de la ciudad y ya no existía el menor atisbo de autoridad ni orden; únicamente permanecían en la zona cero unos pequeños grupos de voluntarios de Protección Civil y de la Cruz Roja que se esforzaban por hacer más llevadera la vida de aquellos desgraciados que se habían quedado allí confinados. Daba la impresión de que aquella ciudad y sus habitantes habían sido abandonados a su suerte y la situación escapaba a la más mínima lógica, es más, nada parecía tenerla. La ausencia de noticias y la desconexión del mundo exterior solo podía entenderse si más allá de los límites de la ciudad, hubiesen sufrido la misma suerte. No era lógico que los servicios de emergencia, las fuerzas del orden e incluso la Unidad Militar de Emergencias (UME) no hubiesen intervenido para socorrer a los habitantes de Castellón de la Plana.
El motivo parecía ser evidente, en el supuesto de que se hubiese producido una explosión nuclear, los equipos de emergencias y las unidades de bomberos no estarían preparados para hacer frente a una catástrofe de tal magnitud. A la devastación inicial deberían sumarse los efectos de la radiación. Las unidades de emergencia convencionales carecerían de los medios materiales necesarios para entrar en una zona contaminada. Sin embargo, tanto tiempo sin que nadie del exterior les hubiese prestado ayuda no era lógico. Todo ello hacía pensar en la existencia de un evento global que hubiese afectado al resto del mundo.
Por aquel entonces, bien entrado el mes de noviembre, las noches se hacían cada vez más largas y oscuras y en pocos días habían bajado de forma considerable las temperaturas. Todo ello hacía presagiar que se acercaba un crudo invierno, algo que, sin duda, sería fatal si no volvía el suministro eléctrico en pocos días.
En aquel lugar flotaba en el aire un veneno invisible que estaba operando como un buen cirujano, abriendo capa a capa la humanidad de aquellos que habían sobrevivido a la explosión y permanecían en aquella ciudad fantasma. Los supervivientes deambulaban como sonámbulos por las calles desiertas o permanecían encogidos hasta el alma en lo que un día llamaron hogares, esperando una ayuda que nunca llegaría. No era sencillo huir del lugar, pues no funcionaban los vehículos y la única forma de salir de Castellón era tomar el primer camino de salida y empezar a andar sin rumbo fijo. Simplemente se trataba de salir a la aventura y dejar atrás aquella zona de destrucción y desolación.
La verdad sea dicha, por aquel entonces nadie tenía todavía un conocimiento cierto de lo que había sucedido. Un accidente en la planta petroquímica era la versión que habían aceptado y nadie se hacía más preguntas, o mejor dicho, no querían hacérselas. El apagón informativo y la interrupción del suministro eléctrico habían sido simultáneos, pero costaba entender que después de tantos días no hubiese llegado ayuda alguna del exterior, y menos que no se hubiesen dado soluciones para restablecer los servicios esenciales. Los habitantes de Castellón se sentían abandonados y con el paso de los días empezaron a pensar que ya nadie acudiría en su ayuda, que debían ser ellos mismos los que buscasen soluciones a su desesperada situación.
En el centro de acogida de la avenida de Lidón, en el silencio de la noche, recostado sobre su camastro, Leo recordaba con estremecimiento su vida en Washington. Aquellas largas charlas y paseos con sus padres, los viajes familiares y la alegría que sentían al estar todos juntos, y le embargaba un sentimiento de culpa que le empequeñecía. Él no debía estar allí y, sin embargo, la realidad de las cosas le había situado en aquel lugar. Sentía que en pocos días había madurado varios años.
Míriam y Leo habían despertado aquella mañana con las primeras luces del alba. Antes de emprender la marcha, compartieron una barrita de chocolate y una bolsa de frutos secos que se habían agenciado el día anterior en el saqueo a un bazar chino. La debilidad empezaba a hacer mella entre los que paraban en el refugio y una cierta apatía parecía pegarles al suelo como si llevasen a sus espaldas una mochila llena de piedras. Sin embargo, Míriam estaba hecha a prueba de desaliento; se había hecho el firme propósito de localizar el punto de encuentro donde hubiesen ido a parar sus padres y su hermano. No siendo Castellón una urbe excesivamente grande, lo cierto era que los puntos de ayuda y de encuentro habían sido instalados en zonas demasiado distantes unas de otras y las indicaciones sobre su ubicación también eran escasas, lo que dificultaba que los supervivientes pudiesen encontrarse con sus familiares. Pero Míriam seguía empeñada en recuperar a los suyos, por eso cada día se convertía en un nuevo reto para alcanzar aquel fin tan deseado.
Leo también había intentado comunicarse con su padre después de la catástrofe. No obstante, con la caída de la red eléctrica, también colapsó el sistema de telefonía y era misión imposible recibir noticias o comunicar al exterior la situación que se estaba viviendo dentro de la ciudad. El aislamiento parecía total y la incertidumbre invadía a todos los que allí quedaban con vida.
La escasez de víveres y de agua potable empezaba a hacer mella entre la población. Grupos de supervivientes habían salido a callejear buscando los grandes hipermercados de las afueras, ya que eran el único destino seguro para encontrar provisiones. Sin embargo, primero se habían empezado a saquear aquellos pequeños comercios del centro de la ciudad que no se habían visto afectados por la onda expansiva posterior a la explosión.
Los supervivientes que se dejaban caer por el centro de acogida de la avenida de Lidón y que encontraban allí refugio intentaban compensar con su trabajo (como buenamente podían) la bendición de encontrarse a salvo y seguros. En el refugio cada uno aportaba lo que tenía a su alcance; allí convivían unas sesenta personas, algunas permanecían en aquel lugar desde el principio, como Míriam y Leo, y otras habían ido llegando por azar después de vagar días y días por las calles.
Alrededor de la planta química del Grao se había creado un perímetro de dos mil metros en los que no quedó rastro alguno de vida. Todos los edificios habían sido borrados del mapa como si de casas de cartón se tratase. Otro perímetro de hasta tres kilómetros se vio afectado por un agente químico invisible que estaba acabando poco a poco con la vida de cualquier ser viviente. Más allá de ese perímetro, los daños en los seres humanos no eran visibles hasta pasados varios días. A pesar de ello, aquel límite era el punto de diferenciación entre la vida y la muerte.
Un día, a mediados del mes de noviembre, llegó al refugio Josep Selma, un enfermero del Hospital Provincial de Castellón. Fue él quien contó al resto de refugiados cómo después de la explosión se habían detectado preocupantes trazas de radicación en los pacientes que iban llegando al centro hospitalario. Además, los síntomas que se apreciaban en ellos al llegar eran demasiado evidentes como para pasarlos por alto. De cualquier forma, ya hacía días que Míriam y Leo habían llegado a la conclusión de que aquella situación iría para largo.
—Míriam, ¿qué nos está pasando? No entiendo nada, no sé qué hago aquí. Es más, no sé por qué sigo aquí. Tengo la impresión de que estoy viviendo la vida de otro. Hace menos de un mes estaba en Washington, en mi casa, con mis padres… Yo no debería estar aquí.
—Leo, no sé qué decirte ni cómo animarte. Este es el hoy. No hace un mes, ni un año, ni pasado mañana; hoy es hoy y no hay más. Siento verte pasarlo mal, pero no puedo solucionar tus dudas, debes ser tú quien despeje las incógnitas de la ecuación de tu vida. Lo que hubieses vivido antes ha dado paso a esto y si no te haces a la idea pronto, te vas a volver loco, y loco no me vales, te necesito despierto, vivo, atento a lo que pase día a día. Si no salimos nosotros de esta, no nos va a sacar nadie. Este es un laberinto sin salida y debemos buscar cómo escapar de él. Tarde o temprano encontraremos una solución, pero te necesito lúcido, aquí hay mucha gente que nos necesita. Despierta, Leo, no es momento para niñerías.
—Cada día que pasa me siento más pequeño y perdido. Yo en Washington era un estudiante prometedor, el hijo de unas personas importantes y acomodadas, y eso me hacía sentir seguro, aunque nunca hubiese sabido valorarlo. Me siento como si flotara, como en un sueño ajeno, siento que no debería estar aquí y que estoy viviendo una vida prestada.
—Leo, todos teníamos una vida antes de la explosión, pero esto es lo que nos queda. Cuanto antes te hagas a la idea, antes lo superarás. Nunca debes perder la esperanza, porque en algún momento saldremos de esta, te lo aseguro. Ahora necesito que me ayudes a hacer algo importante y no podemos dejarlo pasar más tiempo.
En el refugio sufrían una preocupante falta de alimentos, pero aquel era un problema que, siendo grave, podía tener solución, ya que varios grupos organizados salían cada día y se dedicaban a buscar víveres y provisiones. Sin embargo, había un asunto que no podía esperar más tiempo. El ala derecha del edificio albergaba una improvisada morgue y los cadáveres que allí se amontonaban empezaban a descomponerse, lo que hacía que el edificio se viese afectado por un intenso hedor y se generase un evidente peligro de epidemias. Por ello era necesario sacar los cadáveres de allí cuanto antes para depositarlos en algún sitio alejado.
A unos quinientos metros de la avenida de Lidón había un enorme foso excavado en el terreno con la finalidad de levantar los cimientos de un edificio en construcción. Míriam había pasado por delante en varias ocasiones y un día, por fin, se decidió a organizar el traslado de todos los cadáveres hasta aquel foso. Para ello se hicieron con dos carretillas de obra en las que iban sacando uno a uno los cuerpos que luego debían trasladar hasta su último lugar de reposo. Una vez depositados, se cubrían con una pila de arena de obra que había en el lugar.
Sin duda, aquel fue uno de los peores momentos que vivieron todos los habitantes del refugio de la avenida de Lidón. Había cadáveres que llevaban allí casi un mes y el hedor era insoportable. Sin embargo, las labores de vaciado se llevaron adelante con perfección militar y el refugio recuperó con prontitud un punto de dignidad.
Terminadas las labores necesarias para evacuar los muertos que se hacinaban desde hacía días en una de las salas del edificio, Leo y Míriam se decidieron a volver por el centro de la ciudad para comprobar lo qué había quedado en pie en aquella ciudad fantasma. Desde la plaza de María Agustina enfilaron la calle Mayor. Al llegar a la altura de la plaza de Cardona Vives, Míriam recordó que había un punto en alto que les podría servir para comprobar el grado de destrucción que había sufrido la ciudad. A pocos metros se encontraba la catedral de Castellón y desde su torre podría divisarse gran parte de la ciudad, la planta petroquímica y la cercana localidad de Almazora, limítrofe con la planta.
Se trataba de una torre que no se encontraba integrada en el edificio de la concatedral de Santa María. Era una de las pocas que existían en España con aquella configuración. Al lugar se le conocía como “El Fadrí”. Era una torre campanario exenta de planta octogonal y con una altura aproximada de 60 metros. Desde ella se podía observar la ciudad de Castellón y las zonas limítrofes con una envidiable claridad.
Accedieron al mirador que coronaba la estructura a través de unas escaleras de caracol configuradas en su interior. Al llegar a lo más alto, Míriam y Leo pudieron comprobar la destrucción que había sufrido la ciudad. La mayor parte de varios barrios, en especial el conocido como Peri 18, habían sucumbido a la explosión, al igual que lo había hecho la cercana localidad de Almazora, en la que pocos edificios se mantenían en pie. Observaron cómo una espesa capa humeante seguía subiendo hacía las alturas y hacía imposible que el sol tocase el suelo con sus rayos. Aquella circunstancia había contribuido, sin duda, al hecho de que las temperaturas hubiesen bajado de manera tan ostensible pasados varios días de la catástrofe.
Aquella explosión había sido algo más que un accidente en la planta química. El grado de destrucción era brutal y solo las zonas más cercanas al centro de la ciudad se veían aparentemente intactas. Míriam y Leo apreciaron la presencia de unas pocas personas en la calle pero no advirtieron la presencia de equipos de emergencias o de cualquier otro tipo de ayuda sobre el terreno.
Una vez comprobada la destrucción real, decidieron bajar y volver al punto de encuentro para poner a todos al corriente de lo que realmente había pasado en la ciudad.
DE COMPRAS
Castellón, finales de noviembre de 2020
Caía la tarde. Habían pasado más de veinte días desde el incidente en la planta química del Grao. Leo y Míriam acostumbraban a deambular por las callejuelas adyacentes al centro de la ciudad buscando provisiones que llevar al punto de encuentro. Rick había empezado a recuperar parte de la visión, aunque la ceguera que le había provocado la exposición a aquel resplandor era prácticamente irreversible, lo que haría imposible que volviese a ver de forma total.
Aquella otrora bulliciosa ciudad mediterránea se asemejaba a un campo yermo. El silencio se abría paso a través de las aceras de las principales avenidas, en las que únicamente podía advertirse la presencia de algún perro rebuscando entre las basuras o de algún grupo de supervivientes caminando sin destino fijo.
Las escaleras de acceso a los dormitorios del refugio estaban tenuemente iluminadas por velas. Quizá la noche era la peor hora del día; sin electricidad y sin tecnología las noches se hacían eternas y frías. Sin embargo, en el lugar se respiraba un ambiente ciertamente familiar. En medio del patio central del edificio, alrededor de una hoguera, se reunía muchas noches el grupo de siempre, donde cada uno contaba episodios de su vida. Aquel momento les servía a todos como terapia. Entre los habituales del corrillo siempre estaban Míriam, Leo, Josep, Laia y Arturo, el policía. Allí organizaban lo que debían hacer al día siguiente y repasaban lo que era necesario buscar para llevar al refugio.
A la mañana siguiente se repitió la misma rutina diaria, varios grupos salían del refugio a buscar todo aquello que se necesitaba, desde alimentos hasta elementos para improvisar la iluminación del lugar por las noches. Miriam y Leo salieron juntos, como de costumbre. Pasada media hora, después de andar un buen trecho, llegaron a la plaza del Juez Borrull. Se toparon con un grupo de supervivientes que se calentaban arremolinados alrededor del fuego de una pequeña hoguera improvisada, quemando hojas secas de palmera arrancadas de los árboles de un jardín cercano. El aire era denso y por momentos se hacía difícilmente respirable. Leo se acercó a aquel corrillo de polillas que revoloteaban alrededor de las llamas en busca de alguna noticia del exterior. Allí se encontraban una pareja con sus dos hijos, una abuela recostada en un banco de la calle con su nieta y dos muchachas jóvenes junto a sus padres. Todos parecían aturdidos, impasibles; únicamente se limitaban a mirar fijamente el chisporroteo que desprendían las llamas como si no hubiese otra cosa más que hacer. Leo llamó su atención, pero únicamente levantó la cabeza el más pequeño de los niños del grupo.
—¿Tenéis algo de comer? Tengo hambre —preguntó el chaval, que no tendría más de nueve años.
—Lo siento, no llevo nada. Estoy igual que tú. ¿Tenéis alguna noticia de lo que está pasando fuera? —contestó Leo apesadumbrado.
El pequeño guardó silencio y volvió a dirigir su mirada hacia las llamas. No parecían personas; prácticamente un mes sin electricidad ni alimentos les habían convertido en sombras espectrales. Leo metió la mano en el bolsillo derecho de su zamarra y le dio al niño un pastelito empaquetado que se había guardado de su ración del desayuno. Continuaron el camino y se dirigieron hacia la plaza Fadrell. A la altura de la calle del Maestro Ripollés, se encontraron con un grupo de personas que se dirigía hacia la salida de la ciudad por la avenida de Casalduch. Míriam interrumpió su camino y llamó su atención dándoles una voz.
—¿Sabéis algo de fuera?
Se giró hacia ellos una joven que vestía una parca estilo militar color verde.
—Nosotros teníamos una radio que funcionaba con pilas y lo último que escuchamos, hace ya más de veinte días, era que se había interrumpido el suministro eléctrico en todo el país y que el accidente de la planta del Grao no había sido tal sino un atentado terrorista. Pero a las pocas horas se perdió la señal de todas las emisoras y, además, nos quedamos sin pilas. Vamos al Lidl de la avenida de Valencia a buscar provisiones, agua, medicamentos y, por supuesto, pilas para la radio; puede que hayan vuelto a conectar las emisoras. ¿Venís con nosotros?
Míriam y Leo asintieron y se les unieron. Por lo menos estos parecían tener las ideas más claras que el grupo de zombis que acababan de dejar atrás. Siempre sería más seguro compartir fortuna acompañados que continuar camino a solas. Aquella cuadrilla siguió a lo largo de la avenida Casalduch hasta llegar a una rotonda cercana al antiguo Molí de Arrós. Cien metros a la derecha se encontraba su destino.
Al llegar al hipermercado Lidl, encontraron las puertas cerradas y fuertemente protegidas con cristales de seguridad, que hacían prácticamente imposible el acceso al centro. Aquel grupo no disponía de herramientas adecuadas para romper el acristalado que circundaba el perímetro del recinto, de forma que solo forzando los cierres de la puerta principal sería posible el acceso.
Míriam tiró del brazo de Leo y ambos se dirigieron a la parte trasera del híper. Allí se encontraba la zona de acceso para carga y descarga de mercancías. Al llegar encontraron un punto débil que sin duda podrían aprovechar para acceder al centro comercial. La entrada trasera estaba provista de una puerta de chapa galvanizada bastante gruesa. Sin embargo, su punto flaco se encontraba en el cierre que la anclaba al suelo, protegido únicamente por un grueso candado. Míriam le dio a Leo un adoquín del suelo y entre los dos golpearon el cierre con fuerza hasta hacerlo saltar como si de un muelle se tratase. Ya solo les faltaba levantar aquel pesado portón metálico. Una vez dentro, se harían con la mayor cantidad posible de provisiones para poder llevar al punto de encuentro, donde esperaban los supervivientes que convivían con ellos.
—Leo, coge un carro y sígueme. No creo que el resto tarde en comprobar que existe un acceso por la puerta de carga y descarga de mercancías. Sobre todo, coge latas de conservas, todas las que puedas; legumbres, verduras, carne, sobres de sopa instantánea, paquetes de harina, azúcar, botes de leche condesada, leche en polvo y agua, muchos envases de agua, de 5 o más litros. Yo mientras llenaré el otro carro de legumbres secas, arroz, sal, botellas de vino tinto y aquellos medicamentos que pueda encontrar en la parafarmacia del supermercado; analgésicos, antitérmicos, vendas, alcohol, agua oxigenada y todo tipo de desinfectantes sanitarios. Hay mucha gente con heridas en el refugio y necesitan ser tratadas. Procura coger todo aquello que no sea perecedero a corto plazo y, sobre todo Leo parecía perdido y desconcertado.
—Mírame, Leo. agua, mucha agua. Y algo muy importante: en cinco minutos te quiero ver aquí fuera. Si el grupo con el que vinimos nos encuentra, no tendrá ningún problema en quitarnos todo lo que hayamos cogido. Venga, Leo, date aire.
—En cinco minutos, Míriam, en cinco minutos, y sobre todo agua. OK. ¡Perdona, Míriam! —gritó Leo—. ¿Qué son legumbres?
Aquellos jóvenes corrieron como alma que lleva el diablo, ciñén-dose a las instrucciones dadas por Míriam. Se hicieron con dos carros de compra vacíos y comenzaron a llenarlos con productos de primera necesidad: botes de verduras y legumbres, latas de carne y cajas de sopa de sobre. Acapararon packs de agua mineral, refrescos y leche; alimentos fundamentales para los supervivientes que se encontraban en el edificio de la avenida de Lidón. Se aprovisionaron de todo tipo de pan envasado y latas de conserva variadas.
Haber encontrado una entrada más asequible a través de la puerta trasera les había facilitado el acceso a los víveres antes que a los demás. Aquello les concedía un valioso margen de maniobra de varios minutos para poder llenar los carros sin la menor oposición. En la parafarmacia del supermercado se hicieron con algunos medicamentos básicos como analgésicos, antipiréticos, colirios, vendas, esparadrapos y jarabes contra la tos. Cuando el resto de saqueadores hubiesen podido acceder al centro por una de las cristaleras de la entrada principal, Míriam y Leo ya habrían tomado rumbo al refugio. Se concedieron una pequeña licencia y se agenciaron dos botellas de bourbon barato con el que seguro templarían los nervios y harían su estancia en el refugio algo más placentera durante las largas noches de frio y vigilia.
Tomaron rumbo hacia la avenida de Casalduch, evitando pasar por delante de la puerta principal del híper. Al llegar a esa vía, tomaron un camino alternativo y se introdujeron por callejuelas que les apartasen de las calles principales de la ciudad. No querían que el preciado botín que portaban se convirtiese en objeto de deseo de algún grupo de supervivientes con menos fortuna para encontrar provisiones, y que pudiesen arrebatarles lo que tanto esfuerzo les había costado conseguir.
El paseo era largo pero se sentían gratificados. Era el primer momento reconfortante después de muchos días de penurias; por fin iban a poder disfrutar de víveres suficientes para aguantar unos días más en espera de que llegase la ayuda de fuera. Al menos eso esperaba todos cuantos se encontraban en el refugio.
Leo había conectado a la perfección con Míriam. Entre ambos se había establecido desde el primer momento una química especial. Ya en aquel garito de copas la noche de la explosión habían cruzado miradas cómplices y provocadoras y habían entablado un flirteo inocente pero consciente.
Míriam era una joven ciertamente atractiva, vestía unos vaqueros ajustados de color oscuro que dejaban adivinar sin el menor esfuerzo sus formas y calzaba unas botas altas, también oscuras y de tacón grueso. Su cara infantil desprendía cierto aire de inocencia que contrastaba con un cuerpo pequeño y voluptuoso que provocaba en los hombres un sentimiento entre el deseo y la ternura que la convertían en un ser irresistible.
—¡Joder, tío, cómo ha molado! Esto me hubiese gustado hacerlo hace mucho tiempo. ¿Te imaginas en una situación normal, llevarte un carro lleno de cosas por la cara? Si me hubiese visto mi padre, se habría muerto del susto; de todas formas, ha sido divertido. Y tú, Leo, ¿no dices nada? ¿Te comió la lengua el gato? Seguro que en Washington sois todos unos niños pijos que no habéis roto un plato en la vida, unos muermos.
—La verdad es que no. Este asalto nunca se me hubiese pasado por la cabeza si estuviese en casa.
—¿Ni para salvar a tu familia, Leo? ¿Tan buen chico eres o simplemente te faltan narices?
—No me gusta que me hables así, me haces sentir mal. Yo nunca me he metido contigo y siempre te he respetado, Míriam.
—Perdona, Leo. Me caes muy bien y no deseo que te pase nada malo, pero necesitas espabilar. Ahora estamos solos y debes endurecerte o morirás. Si no te mata lo que está en el aire, y que está acabando con todos en silencio, te matará algún grupo de supervivientes amigo de lo ajeno y con bajos instintos. Tienes que aprender rápido a valerte por ti mismo. Yo pronto encontraré a mi familia y tendré que marcharme con ellos. Entonces, ¿qué harás cuando no esté contigo tu ángel de la guarda? Debes olvidar que un día fuiste un niño pijo en Washington, hijo de un papá importante y una mamá rica. O te pones al día, o un día no volverás al refugio, así que espabila.
DE VUELTA AL REFUGIO
Miriam y Leo llegaron sobre las seis de la tarde al refugio de la avenida de Lidón. Bien entrado el mes de noviembre, los días se acortaban y a aquella hora había caído la noche cerrada. En la puerta principal se encontraban Josep y Arturo, que ayudaron a meter los carros con las provisiones hasta el interior.
En aquellas cuatro paredes se empezaron a arremolinar los refugiados. Todos estaban esperando a que volviesen ambos jóvenes, pues sabían que habían salido por la mañana temprano con una única finalidad: encontrar provisiones.
Aquellos víveres eran muy necesarios. Los residentes llevaban comiendo unos insufribles pastelitos dulces, empaquetados, caducados y con cierto sabor rancio. Tampoco disponían de agua; los grifos habían dejado de manar agua horas después de la explosión en la planta química y tampoco tenían agua embotellada para beber. Únicamente resistían gracias a unos pocos briks de zumo de piña que racionaban como buenamente podían. Además, habían colocado en el patio interior recipientes para recoger agua de lluvia y con ello llevaban aguantando desde el primer día.
Todos aguardaban con la esperanza de que aquella salida hubiese sido fructífera, por ello, la visión de dos carros llenos de comida les hizo explotar de júbilo. Aquel regalo les ayudaría, sin duda, a aguantar hasta que llegase la ayuda del exterior.
Un grupo de refugiados bajó desde la primera planta y ayudaron a descargar los carros, parecían escolares recorriendo las escaleras del colegio camino del patio del recreo. Aquellos pobres diablos revoloteaban sobre los víveres como si no hubiesen probado bocado en su vida.
Arturo, el policía local de Castellón que había quedado al mando de las operaciones en el refugio, tenía el firme propósito de asumir la responsabilidad de organizar la seguridad y la convivencia en aquel improvisado albergue. Por ello, se esforzaba en dejarse ver dando instrucciones con el fin de distribuir y almacenar los alimentos que Míriam y Leo habían llevado al refugio.
Una vez que se descargaron los carros con los víveres, Leo hizo un nuevo intento de ponerse en contacto con su padre en Washington. Para ello, mantenía apagado su teléfono móvil, al que le quedaba un treinta por ciento de carga de batería; sin embargo, fue un intento baldío, ya que no se captaba ninguna red ni señal alguna. Lo más cerca que había estado de conseguir hablar con su padre fue un día después de la catástrofe en el que acertó a conectar con la línea directa de su despacho en la FEMA. Una secretaria le comunicó que el director Carber estaría fuera de Washington unas horas. Nunca tuvo tan cerca la oportunidad de hablar con su padre por última vez. Después colapsaron las redes de telefonía móvil y se produjo el apagón informativo.
La única comunicación con el exterior se había limitado a algunas noticias que instantes después de la catástrofe pudieron recibirse a través de las emisoras de radio de onda corta. Algo, lo que fuese, había provocado un apagón eléctrico total y la ausencia de noticias se convertiría en una máxima con el paso de los días.
En un instante se habían esfumado las comodidades que proporcionaba la sociedad tecnológica. El simple hecho de pulsar un interruptor y que no hubiese respuesta se había convertido en un gesto que por obsesivo no dejaba de ser inútil; sin embargo, la falta de agua corriente se convirtió en una experiencia insufrible. A fin de cuentas, ¿quién podía hacerse a aquella situación? El hombre se había acostumbrado a una forma de vida cómoda y de pronto había tenido que renunciar a todas las comodidades. A pesar de ello, era curioso comprobar la capacidad de los habitantes del refugio para asumir su nueva situación. En pocos días habían pasado de una sociedad tecnológica a un mundo que había involucionado tres siglos de golpe.
No obstante, acostumbrarse a esa nueva situación no era lo peor. En el ambiente flotaba algo invisible que poco a poco les estaba robando a todos la vida, algo que les estaba arrebatando la sonrisa, las ganas de seguir luchando y la esperanza. Rara era la mañana en la que alguien no amaneciera con varias décimas de fiebre y con una tos profusa, seca y persistente. Otros se pasaban la noche vomitando y con dolores en el pecho y en el estómago. Simplemente era cuestión de tiempo que todos se viesen afectados por aquel mal.
La radiación no podía verse, no tenía sabor, ni olor, ni era posible sentirla en la piel. Tras la exposición y la posterior propagación, algunos empezaron a presentar ciertos síntomas, como náuseas, vómitos, mareos, debilidad o tensión baja. La aparición de los efectos variaba según la constitución física, la edad y la salud de la persona afectada. Pasados cuatro días de la explosión, los efectos se hicieron evidentes en muchos, únicamente aquellos cuerpos jóvenes y fuertes se resistían con mayor obstinación a sufrir los efectos de aquel mal.
Leo recordaba cómo su padre le contaba detalles de un desastre nuclear que ocurrió en el año 1986 en una central nuclear ucraniana, situada en la ciudad de Chernóbil, y los efectos que provocó en la población local la radiación que escapó de los reactores que habían explotado. Aquel agente invisible iba degradando de forma progresiva los órganos de los cuerpos sanos hasta que estos colapsaban.
Daba la impresión de que el mundo se hubiera parado y que hubiesen sido abandonados a su suerte. Era descorazonador comprobar cómo después de tantos días no hubiese llegado ayuda del exterior, pero aún más extraño era comprobar cómo la gente permanecía en sus casas y en los refugios esperando no sé qué. Nadie daba un paso para salir de aquella ciudad fantasma. Se había creado una situación que recordaba a una película de Buñuel, El ángel exterminador. Había algo en el ambiente que impedía a los supervivientes salir de aquel cementerio con vida; quizá era la propia cercanía a la muerte la que atenazaba la voluntad a aquellos infelices.
En el refugio raro era el día que no caía enfermo alguno de sus moradores. Rick hacía días que sufría fuertes golpes de tos, aunque no había tenido fiebre. Eso esperanzaba a Leo en la idea de que su amigo no se hubiese contagiado del mal que estaba acabando con otros refugiados.
La llegada de los dos carros llenos de provisiones y medicinas había sido recibida como un regalo caído del cielo. Con el agua, las legumbres, la harina y la comida enlatada habían llegado antitérmicos, analgésicos y jarabes para mitigar la tos de los más enfermos.
Josep poco podía hacer frente al mal que acechaba a todos los residentes. Los síntomas eran evidentes: las quemaduras en la piel, la tos persistente y los sangrados nasales apuntaban a síntomas derivados de exposición a radiación. Lo único que podía hacer era suministrar a quienes enfermaban analgésicos, comprimidos de vitamina C y vino tinto.
—Leo, Rick ha pasado mala noche. Ha estado vomitando y tosiendo y ha descansado poco, creo que su resistencia está flaqueando. Los síntomas coinciden con los de otros afectados y todo me lleva a pensar que son los efectos de algún tipo de radiación. Lo único que puedo hacer es aumentarle la dosis de analgésicos y hacer que beba mucho líquido, sobre todo zumo de naranja y vino tinto, para contrarrestar los efectos de la radiación en su cuerpo. El resto, Leo, es cuestión de tiempo. Es una persona joven y resistirá a la enfermedad, pero poco a poco esta irá haciendo mella en sus órganos. Lo lamento, Leo.
Leo escuchó con atención al enfermero y se acercó a sentarse junto a su amigo, que se encontraba acostado en un viejo camastro.
—¿Qué tal estás hoy, Ricky? Me ha dicho Josep que con los medicamentos y los alimentos que hemos traído mejorarás en poco tiempo. En menos de un mes volveremos a casa. Ya verás como nos sacan de este agujero los Marines.
Rick hizo un gesto de aprobación con la mano y cerró de nuevo los ojos para continuar dormitando después de haber tomado dos gramos de paracetamol.
GRODDING
Ginebra, miércoles, 27 de octubre de 2020
La temperatura era ciertamente agradable para aquella época del año. El Hotel Métropole Genève se encontraba en la ciudad de Ginebra, a orillas del lago Lemán, cerca del Jardin anglais, de la plaza de Bourgde-Four y de la fuente Jet d’Eau. Se trataba de un edificio construido en 1854 aprovechando las antiguas fortificaciones de la ciudad. Se había convertido en un establecimiento hotelero de prestigio, un lugar de encuentro para turistas que deseaban conocer aquella bella ciudad suiza, junto con aquellos otros que acudían por motivos de trabajo o de negocios, y de los que simplemente aprovechaban su estancia en aquella urbe como estación de paso para visitar centro Europa, en especial, las imperiales Viena y Budapest.
Las mesas del sobrio hall de entrada al hotel estaban decoradas con pequeñas plantas de orquídeas en floración, que daban un cierto toque de frescura a la artificiosidad inicial con la que nos recibía el lugar.
Grodding había elegido el momento y dispuesto el lugar donde debía celebrarse aquella reunión. Sabía que todos los convocados acudirían sin la menor excusa, pues se estaban jugando mucho en el envite. Por ello, contaba con que ninguno de sus viejos colegas faltase a la cita. A fin de cuentas, se trataba de encontrar una última solución para lo que ya parecía irreversible.
La gerencia del hotel se había visto obligada a improvisar cambios en las reservas al efecto de habilitar alojamiento a todos los invitados. Las circunstancias habían hecho que el evento fuese organizado de forma precipitada desde el mismo instante en que Grodding tuvo conocimiento de la existencia de las conclusiones de aquel informe.
A primera hora de ese jueves, accedió por el hall de entrada al hotel Alexander Grodding, se trataba de un empresario irlandés, dueño y señor de un importante grupo editorial, amén de propietario de diferentes medios de comunicación audiovisuales que comprendían la titularidad de numerosos rotativos, revistas de opinión, canales de televisión por cable y frecuencias de radio repartidas por todo el mundo.
Era una persona reservada, poco amiga de la ostentación y a la que le resultaban insufribles ese tipo de reuniones. Sin embargo, en esta ocasión era diferente, los motivos para aquella convocatoria y la identidad de quienes habían de reunirse eran en sí alicientes suficientes como para que aceptase de buen grado su celebración.
Grodding había viajado a Ginebra acompañado por su asistente personal, un sujeto de considerable estatura y complexión corpulenta que tenía un aspecto físico atlético. Iba vestido de forma impecable con un traje de confección italiana color gris oscuro. Era la sombra de su patrón y este jamás programaba un viaje sin contar con su aprobación. Más que su asistente, era su seguro de vida, su confidente y, seguramente, uno de los pocos amigos que le quedaban.
Robert Simons era un SEAL estadounidense que, cansado de operaciones encubiertas, asesinatos selectivos y destinos en países que ni tan siquiera eran reconocidos como tales a cambio de un salario que no compensaba los riesgos que asumía, decidió probar suerte como soldado de fortuna y orientó sus habilidades hacia el lucrativo sector de la seguridad privada. Sus excelentes credenciales y la escasez de profesionales de experiencia contrastada le facilitaron su entrada en el mundo de la protección personal, con el fin de ofrecer escolta a altas personalidades del mundo de la política, de la economía y las finanzas, deseosas de captar los servicios profesionales de sujetos que hubiesen servido en las Fuerzas Especiales estadounidenses, británicas o israelitas.
En el verano de 2012, Grodding se encontraba en Washington impartiendo un ciclo de conferencias sobre Medios de Comunicación y Futuro de la Información Global, y Jim Sloan, director de una cadena de televisión por cable americana propiedad del magnate, le puso en contacto con Robert Simons. Era público y notorio que el magnate irlandés estaba siendo objeto de amenazas en ambas orillas del Atlántico, ya que sus líneas editoriales le habían granjeado numerosos enemigos. Simons ya había hecho algunos trabajos de protección para la cadena en los que había supervisado la seguridad de las personalidades que acudían a sus instalaciones. Los invitados debían sentirse completamente seguros mientras se hallasen en la cadena y los resultados habían sido más que satisfactorios, por lo que Sloan le planteó a Grodding la posibilidad de contratar al ex SEAL.
Desde el principio, Simons y Grodding conectaron y se estableció entre ambos una relación especial que llevó al magnate, poco amante del trato con la gente, a confiarle totalmente su seguridad y, con el tiempo, su amistad y sus confidencias.
Grodding era un sujeto elegante, de aspecto enjuto y de aproximadamente unos 68 años. Su pelo blanco lucía exquisitamente engominado hacia detrás y vestía una americana informal de color azul conjuntada con unos pantalones beige y unos zapatos tipo mocasín de piel vuelta azul oscuro. Siempre se había considerado un hombre hecho a sí mismo, se sentía orgulloso y se vanagloriaba de ello. Presumía de que todo lo que había conseguido durante su vida se lo había ganado a pulso, a pesar de ello, sus orígenes no habían sido fáciles.
Era el cuarto de ocho hermanos de una humilde familia irlandesa, originaria de la ciudad costera de Galway, no tuvo una infancia excesivamente feliz. A su padre, devoto católico de oficio pescador, no le fue fácil sacar adelante tan nutrida prole, y a su madre, una costurera que trabajaba por horas para unos grandes almacenes de Dublín, tampoco le quedó demasiado tiempo para dedicarle a sus vástagos mimos y atenciones suficientes.
Grodding dejó los estudios a los 12 años y empezó a trabajar reparando redes en el puerto pesquero de Galway. Aquello suponía contribuir con unas pocas libras al sostenimiento familiar, pero también significó que aquel niño perdiese una parte importante de su infancia.
A los 16 años, cansado de remendar redes y sufrir las chanzas y humillaciones de los trabajadores del puerto a cuenta de su aspecto físico débil y enfermizo, aprovechó la primera oportunidad que le brindó el destino y decidió seguir a su hermano mayor, Peter, para huir de su pueblo natal con una sola idea en la mente: iniciar una gran aventura y cambiar el rumbo de su vida.
Al primogénito de la familia le habían ofrecido trabajo en una imprenta de Dublín, en la que ya trabajaba un hermano de su padre, y decidió llevarse con él a Alexander. Este no se lo pensó dos veces. Grodding comprendió entonces que las oportunidades pasaban por delante pocas ocasiones en la vida y aquella era una de ellas, así que siguió a su hermano y decidió sacar un billete de ida sin vuelta en busca de un futuro diferente al que le tenía reservado su Galway natal. Así, sin mirar atrás, y con todo por hacer, partió rumbo a lo desconocido.
No fueron sencillos sus comienzos. Al llegar a Dublín, se alojaron en una vieja pensión en el Temple Bar, uno de los barrios más antiguos de la ciudad. Peter le consiguió a Grodding trabajo como repartidor en la misma imprenta en la que él había comenzado a trabajar. El joven Álex nunca pensó que ese contacto con las rotativas y el olor a tinta pudiesen marcar el destino del resto de su vida.
En Dublín, Grodding retomó los estudios con la ayuda de su hermano Peter, que actuó como un auténtico mecenas. Una vez terminado el bachiller, ambos hicieron un último esfuerzo y consiguieron que el joven Álex se marchase a cursar estudios universitarios de Periodismo a la Universidad de Oxford. Grodding jamás pudo agradecerle lo suficiente a su hermano aquel obsequio.
Una vez licenciado, trasladó su residencia a Londres y en la City empezó a darse a conocer como freelance, se ofreció a diversas emisoras de radio y pequeñas cadenas de televisión local. Era un tipo inquieto y comenzó a hacer pequeños trabajos y colaboraciones en informativos: algún reportaje menor de interés humano y participando como contertulio en la sección política local de diferentes programas radiofónicos y de televisión. Poco a poco se fue haciendo un sitio en el mundo de las ondas y de la imagen hasta que le llegó su gran oportunidad: le ofrecieron presentar un programa informativo de fin de semana en una cadena inglesa de televisión por cable para la que llevaba haciendo trabajos desde hacía más de dos años. Allí se dio a conocer definitivamente. El público lo identificó y se rindió ante su encanto. Alexander resultó ser un tipo atractivo delante del micrófono y su imagen enamoró a la cámara. Con una voz profunda y convincente llegó a explotar sus cualidades periodísticas con maestría.
Su popularidad fue en aumento y ello le abrió camino en su trayectoria profesional. Le dio libertad para tratar en sus programas aquellos asuntos que él consideraba más polémicos y de actualidad, lo que lo convirtió en un producto atractivo para las masas.
Con el tiempo, llegó a dirigir y presentar un magazín informativo diario que se emitía de lunes a viernes. En este programa logró atraer hacía sí a personajes de toda índole, pero todos ellos con un factor en común: eran personas públicas que pretendían servirse del programa de Grodding como altavoz de sus ideas, pensamientos y propuestas, sin entender que era él el único que se aprovechaba de ellos para aumentar su popularidad y el share de la cadena y de su programa.
Se había convertido en un profesional de reconocido prestigio, sabía exprimir la noticia y a su protagonista, tenía un olfato especial para detectar a sus presas y, con el tiempo, aquellos sobre los que reparaba, sentían la presión de saberse escrutados. Cuando atrapaba a una presa, era muy difícil que se le escapase. Después de cazarla, la despedazaba y se regodeaba sobre su carnaza con insana satisfacción. El tiempo había agudizado en él un fino instinto depredador.
Después de diez años llegó su oportunidad. Los propietarios vendían la cadena de televisión New Prime Time TV e iba a ser adjudicada al mejor postor. Grodding meditó la operación; era su momento y les hizo una oferta a los dueños. En sus muchos años como personaje estrella de la cadena había amasado una pequeña fortuna; el resto sabía cómo conseguirlo y se puso manos a la obra.
Aquella pequeña cadena de televisión por cable, que él mismo había situado en un lugar de referencia en el mundo de la información, le sirvió como trampolín para crear en poco menos de veinte años un imperio mediático con implantación en más de treinta países por todo el mundo.
Cada vez que subía un nuevo peldaño en su imparable carrera, le costaba menos esfuerzo dejar de lado sus escrúpulos para poder sacar el mayor rendimiento a sus primicias, no le importaba pasar por encima de quien fuera, la noticia estaba por encima de su protagonista y si debía aplastarlo para exprimir la verdad lo hacía sin el menor dolor de conciencia. Quizá por ello, en sus momentos de soledad, sufría de mala conciencia y se sentía perseguido por los fantasmas de aquellos a los que había destrozado durante sus años de carrera profesional. Probablemente por eso Grodding llegó a convertirse en filántropo vocacional, aunque quizá con sus obras de caridad no pretendía limpiar su mala conciencia, sino simplemente intentar adoptar una imagen de decencia; sin embargo, conociendo su carácter histriónico, posiblemente podría llegar a pensarse que lo hiciera atendiendo a razones basadas en puro cinismo.
Se convirtió en un personaje influyente. A fin de cuentas, la información era poder y él era información en estado puro. Sus opiniones y, fundamentalmente, sus vaticinios eran escuchados con gran atención en cualquier foro, pero a su vez también muy respetados. Muchas veces la gente lo hacía con la única finalidad de evitar ser salpicado por el sarcasmo de la siempre mordaz crítica televisiva y radiofónica de sus cadenas y emisoras. Su grupo de empresas lo mismo encumbraba dioses como hundía a cualquiera en los infiernos.
Aquel periodista prometedor se había transformado en un sujeto frío y calculador. Su ausencia de sentimientos y empatía causaban escalofríos entre cualquiera que lo hubiese conocido tiempo atrás. Su carácter abrupto, extravagante y carente de moral le ayudaba a entender cómo comportamientos y situaciones normales, las que para cualquier otro mortal hubieran resultado rechazables.
Ya no quedaba nada de aquel muchacho que salió de Galway con dieciséis años. Grodding había protagonizado un proceso de deshumanización que había endurecido su carácter y le había hecho renegar de su propio origen. Hasta tal punto olvidó quién fue, que ni tan siquiera hizo el menor esfuerzo por estar presente en el funeral de su hermano Peter, que murió de cáncer después de luchar diez años contra aquella enfermedad. Tampoco acudió a reconfortar a su cuñada ni a ofrecerle su apoyo por la pérdida de su esposo de aquella forma tan cruel, y lo peor de todo ni tan siquiera se dignó a dedicar palabra alguna de consuelo a sus dos sobrinos, ni a preocuparse por sus necesidades. Su mundo ahora era él, no pedía nada a nadie y no esperaba que nadie le pidiese nada a él. Sin embargo, aquella forma de entender la vida estaba a punto de cambiar.
PROYECTO TIERRA
El último desafío que había despertado el apetito de Alexander Grodding comenzó a tomar cuerpo en el año 2017. Tenía por objeto la promoción y financiación de un proyecto de investigación científica, cuya finalidad era estudiar el estado de los recursos naturales del planeta y su relación con el problema de sobreexplotación que había creado el hombre, así como analizar con rigor la relación existente entre la actividad solar y el aumento de la actividad sísmica en determinadas partes del planeta en pocos meses, así como comprobar la veracidad de la información que aseguraba que el agotamiento de los recursos naturales del planeta era una realidad. Se había reconocido como un hecho constatado que en los últimos doce meses la actividad sísmica había experimentado un aumento anormal, y aquel trabajo pretendía dar luz a las posibles causas de ese cambio.
Un mes antes de iniciar aquel proyecto, había recibido en su mansión de Londres la visita de Louis Van Horn, un ejecutivo holandés, directivo de una importante empresa multinacional que ya había prestado sus servicios a Grodding en otras ocasiones. Aquel sujeto llevaba en su mano una gran exclusiva mundial: su representada se había hecho con parte de un Informe Confidencial del Departamento de Estado de los Estados Unidos, que, señalando fuentes científicas solventes, anunciaba la insostenibilidad de la sociedad global humana y que había comenzado un periodo de inestabilidad sísmica, provocado por los efectos de la actividad solar sobre el planeta.
Grodding no pudo resistirse a la idea de hacerse con ese documento. Sin embargo, antes de tomar alguna decisión, necesitaba contrastar aquella información. Su máxima era no publicar bulos o noticias de dudosa procedencia y, para asegurarse de la veracidad de lo que iba a dar a conocer a la opinión pública, emprendió una misión: dar vida al llamado Proyecto Tierra, una cruzada científica cuya finalidad era estudiar los efectos de la actividad solar sobre la tierra y su relación con el periodo de desestabilización que estaba viviendo la corteza terrestre en los últimos años.
La noticia de que aquel proyecto había llegado a su fin, junto con el contenido de sus conclusiones, fue la señal inequívoca que Grodding esperaba para convocar aquella reunión con urgencia. Tres años después de que hubiesen comenzado los trabajos, el Grupo de los Milenaristas debía volver a reunirse.
Aquel ambicioso proyecto iba a ser canalizado a través de Louis Van Horn, a fin de cuentas se trataba de la persona que había filtrado el informe del Departamento de Estado. Aquel sujeto tenía plenos poderes para gestionar el proyecto, pero el patrocinador le impuso la condición de que la dirección científica fuese asumida por dos científicos de la confianza de Grodding: uno Alfons Demirel, desde Suiza, y el otro, Thomas Torgessen, desde Noruega. Ellos se encargarían de coordinar los distintos grupos de trabajo que el propio Van Horn se ocuparía de contratar.
Las conclusiones de aquel estudio hacía que tomasen cuerpo las preocupantes noticias que desde hacía meses llegaban con relación a la desestabilización que se estaba experimentando en la corteza terrestre. Por fin empezaban a tener explicación los acontecimientos ocurridos en la costa este de Francia y en el norte de la península itálica, así como el devastador temblor de tierra sufrido en Dodona, Grecia, ocurridos todos ellos en un periodo inferior a 20 días. A estos debían unirse los temblores producidos a lo largo del centro y la costa oeste de los Estados Unidos y, en especial, el sufrido a unos 100 kilómetros de San Diego, en la zona de influencia de la falla de San Andrés.
Durante más de tres años, varios equipos compuestos por decenas de científicos habían trabajado sobre el terreno: unos en Europa, África y Asia y otros en territorio de los Estados Unidos, Sudamérica y Oceanía. Habían recopilado un mar de datos y aportado miles de valoraciones físicas, todos ellos suficientes como para sacar punta a lo que podía ser la noticia entre las noticias.
El cúmulo de informaciones compiladas, relacionadas con la inestabilidad que estaba sufriendo la corteza terrestre, iban en aumento. Pero la cuestión era encontrar, sin género de dudas, las causas de dicho cambio planetario, algo que conllevaría un precioso tiempo del que la humanidad ya no disponía.
Los grupos de trabajo de Grodding coincidían en que la posibilidad de que se estuviese fraguando un cambio en la orientación de la polaridad planetaria era poco probable, y no consideraban que, por tanto, aquella fuese la causa del aumento de la actividad sísmica en del planeta. Dicha hipótesis no podía ser científicamente constatada pero, sin embargo, abrieron una línea de investigación que ponía de manifiesto una relación directa entre el aumento de la actividad sísmica y la actividad solar.
A Grodding le causó especial sorpresa comprobar cómo las versiones que estaban facilitando al respecto los diferentes organismos oficiales y agencias espaciales coincidían con la información de la que él mismo disponía a través de un proyecto que pensaba dar a conocer a la opinión pública mundial en pocos días. Sin embargo, el Irlandés disponía de informes secretos que llegaban a la conclusión de que el cambio que estaba experimentando el planeta no tenía un origen natural y que estaba siendo provocado por un plan sistemático y programado. De ahí la importancia de dar a conocer aquella información a la opinión pública. Ese fue el motivo de la precipitada convocatoria del Grupo de los Milenaristas en Ginebra.
Ante el giro de los acontecimientos, Grodding decidió ponerse en contacto con su viejo amigo Thomas Torgessen, científico y catedrático de la Universidad de Stavangen que se había ocupado de coordinar y organizar los distintos grupos de trabajo junto con Alfons Demirel. Grodding necesitaba tener de primera mano la confirmación de que los datos que arrojaba el informe se ajustaban a la realidad.
Torgessen y Grodding se conocían desde su época universitaria. El noruego era un científico vocacional y un apasionado oceanógrafo que había flirteado en tiempos con el mundo de la política. Como miembro militante del Partido Verde, fue Ministro de Medio Ambiente en Noruega durante tres años, y en la actualidad era director de un grupo de investigación multidisciplinar adscrito al Departamento de Biología Oceánica de la Universidad de Stavangen.
Ambos se conocieron en Oxford en 1968 y trabaron una gran amistad. Les unían las mismas inquietudes renovadoras y modernistas, nacidas en aquella generación al albor de los nuevos tiempos, pasado el oscuro periodo de posguerra. Las nuevas corrientes de pensamiento habían calado en aquella generación de estudiantes que estaban llamados a ser el ariete que nos facilitaría la entrada en el cercano siglo XXI. Europa se había pasado gran parte de su historia desangrándose en guerras fratricidas y, ahora, a punto de comenzar la década de los setenta, un nuevo espíritu de concordia y colaboración impregnaba gran parte de los Estados europeos, que hasta entonces solo habían entendido como solución a sus problemas el enfrentamiento militar. El nacimiento del germen de una gran Europa unida era inquietante y apasionaba a los entonces europeístas más visionarios.
Thomas Torgessen amaba su tierra, sus islas entre montañas escarpadas, sus fiordos situados entre acantilados profundos, sus caminos enrevesados, sus glaciares y los cielos embellecidos por el resplandor de las auroras boreales. Noruega era un país con gran parte de su territorio ubicado en zonas glaciales, un territorio vasto y poco poblado. Torgessen adoraba la naturaleza que le rodeaba pero sobre todo amaba el mar, aquel mar de un azul oscuro intenso y profundo. Se sació estudiándolo, amándolo, viviéndolo, sintiéndolo, y cuando hubo satisfecho su curiosidad, se encerró en un oscuro despacho y brindó el resto de su vida a salvarlo de la acción del hombre, a apartarlo de las garras de aquella especie que llevaba menos de 100.000 años sobre la tierra y que se había arrogado el título de dueña y señora de todo cuanto había en aquella maravillosa y frágil esfera azul.
Desde su acceso a la política, Torgessen intentó sensibilizar al pueblo noruego de la importancia que debía darse al respeto de los distintos ecosistemas que coexistían en el país. Como diputado del Partido Verde, en coalición con los socialdemócratas, fue nombrado Ministro de Medio Ambiente. Desde el poder, impulsó una política de defensa y conservación de las especies que habían adoptado aquellas aguas y aquellas tierras como su santuario de vida.
Su trabajo al frente del ministerio caducó en menos de tres años, harto de darse golpes contra el muro de la incomprensión mostrada por sus colegas europeos y seriamente afectado por los desengaños políticos sufridos dentro de su propio país. Siempre cansado de remar a contracorriente, Torgessen abandonó la política y se encerró en sí mismo, en sus estudios y en su bendita universidad. Stavangen era su santuario y aquella universidad era lo que le quedaba en su vida. Nunca se planteó formar una familia, el trabajo absorbió su tiempo por completo y se convirtió en un ermitaño que consagró el resto de su vida a la investigación y al conocimiento.
Desde que abandonó la vida pública, Torgessen volcó todos sus esfuerzos en la investigación y siendo todavía catedrático en la Facultad de Ciencias y Biología de la universidad, solicitó una excedencia para llevar a buen puerto uno de los proyectos de investigación más ambiciosos que jamás le habían planteado. Debía estudiar la situación de los ecosistemas marinos a nivel planetario y valorar sus posibilidades de supervivencia en relación con la ausencia de sostenibilidad de la actividad humana.
Cuando Grodding tuvo conocimiento de las conclusiones de aquel informe, no pudo por menos que releer el contenido de un pasaje de las mismas:
«Los cambios que estaba experimentando el planeta a escala global, el aumento de la actividad sísmica en todos los continentes, el evidente agotamiento de los recursos naturales, la esquilmación de los bosques tropicales (en especial la deforestación experimentada en la selva amazónica) y el agotamiento de las especies marinas por una brutal sobreexplotación, sin que se respetasen las épocas de veda reservadas a la época de cría, estaban llevando al planeta a un punto de no retorno […].
Se estaba experimentando un cambio inexorable en el rumbo de los ciclos solares que las agencias oficiales no querían reconocer (sobre todo la NASA), cambio que estaba afectando de forma indefectible a la estabilidad de las placas continentales y actuando sobre el campo magnético terrestre […]».
COMIENZO DEL PROYECTO
Mansión de Grodding, campiña de Gales, verano de 2017
Carber leía de forma despreocupada la prensa del día sentado en una terraza exterior situada frente a un hermoso jardín, mientras tomaba un café que desprendía un intenso aroma. Con el paso de los años, la relación entre los cinco milenaristas había perdido frescura. Pese a ello, todos mantenían una conexión especial y les unía un interés común; sin embargo, Carber y Grodding conservaban desde su época universitaria una profunda amistad que se había ido reforzando con el paso de los años. Por ello, cuando el director de la FEMA recibió la invitación de su amigo, no pudo resistirse a la idea de pasar unos días con su mujer Martha en la campiña galesa junto a su viejo amigo. Además, sentía la necesidad de tomarse un respiro, apartar la agencia de su cabeza y dejar de lado las presiones de su cargo durante una semana.
El castillo de Gwydir, situado en el noroeste de Gales, era una mansión que tenía una larga historia que lo asociaba con fenómenos sobrenaturales y apariciones fantasmagóricas, como la de una joven sirvienta que, según la tradición local, fue asesinada en aquel lugar después de quedar embarazada.
Se trataba de una hacienda ligada desde sus orígenes a la más rancia aristocracia británica y que Grodding había adquirido a precio de ganga, gracias a las historias y supersticiones que arrastraba desde hacía siglos y no hacían sino ahuyentar a posibles compradores.
El anfitrión se encontraba en Gwydir desde hacía varios días y esperaba la llegada de Carber. Quería hacerle una importante propuesta y, para ello, debía aprovechar un momento idóneo en el que plantearle al director de la FEMA la ejecución de un gran proyecto; aquel verano de 2017 le brindó la ocasión oportuna.
Grodding había ido encerrándose en sí mismo y recortando su vida social. Sin embargo, entre él y William Carber perduraba un vínculo especial, el mismo que les había mantenido unidos desde los comienzos de aquel lejano otoño de 1968.
Eran dos de los principales miembros del Grupo de los Milenaristas y, con diferencia, a los que mayores vínculos y afinidades les unían. Su contacto era habitual, raro era que no hablasen tres o cuatro veces al mes, y mantenían una correspondencia regular a través del correo electrónico.
Por eso, cuando Carber recibió aquella invitación para pasar seis días de agosto en aquel refugio de la campiña inglesa, no se lo pensó dos veces. Él y Martha habían llegado la madrugada anterior, por lo que no habían podido coincidir todavía con Grodding.
Aquel jardín desprendía un agradable olor a flores y a hierba recién cortada. La temperatura era fresca pero ciertamente agradable, nada que ver con el caluroso verano de Washington, con temperaturas que rondaban los 32 ºC en las horas centrales del día y no bajaban de los 20 ºC por la noche. Además, en aquel lugar se respiraba una especial tranquilidad que invitaba a la meditación y al descanso.
Carber sintió como una mano se posaba sobre su hombro derecho, ejerciendo una leve presión. Al darse la vuelta, encontró a Alexander Grodding. Se levantó y ambos se fundieron en un fuerte abrazo, después se sentaron, reconfortados por el reencuentro, con la vista puesta en aquel hermoso edén.
A Grodding se le notaba ciertamente inquieto, parecía ansioso por hablar con Carber y contarle sus nuevos proyectos.
—¿Cómo estás, Carber? El viaje supongo que habrá sido placentero. ¿Y Martha? ¿Tan hermosa como siempre? Tenía muchas ganas de volver a verte, amigo.
—Me alegro de volver a verte, Grodding. Todos estamos bien. Gracias, compañero. Hacía tiempo que necesitaba un cambio de aires, por eso no dudé en aceptar tu invitación. Sé que tenemos que tratar asuntos que no pueden esperar más tiempo, ¿cierto? —preguntó Carber—. La verdad es que te noto inquieto desde hace tiempo. Tú y tus conspiraciones… Sin embargo, debo adelantarte que la situación en la agencia no indica que nada especial vaya a suceder en breve. Wilcox acaba de tomar posesión de su cargo y puedo garantizarte que no existe ninguna situación de emergencia encubierta ni plan alguno de contingencia relacionados con esta posibilidad.
—Tenía la necesidad de hablar contigo en persona, hay temas que no podemos tratar por email o por teléfono. Una de mis agencias de noticias ha abierto una vía de investigación inquietante. Se está produciendo un aumento de la actividad sísmica en el planeta, algo que no pasaría de ser un mero dato físico objetivo, si no fuese porque esa inestabilidad se está produciendo fundamentalmente en zonas que históricamente carecían de dicho riesgo. He tenido acceso a un informe secreto del Departamento de Estado de los Estados Unidos, en él se detalla un apocalipsis en un plazo no superior a 10 años y debo contrastar esa información antes de publicarla, dado que mi fuente no puede garantizarme la veracidad del documento.
—¿Habéis llegado a alguna conclusión, Grodding? —preguntó Carber.
Grodding negó con un gesto de cabeza. Sabía que existían algunos cabos sueltos pero aquella era una noticia de calado y, para llegar hasta el fondo, tenía la intención de poner en marcha un proyecto de investigación que arrojase alguna luz a las incógnitas que hacía varios meses le obsesionaban. Aquel informe del Departamento de Estado contenía unas conclusiones ciertamente inquietantes y Grodding sentía que debía poner en marcha aquel trabajo de investigación para respaldar la veracidad del documento que le había sido filtrado.
Con el paso de los años, Grodding se había obsesionado con las teorías que había compartido con sus compañeros de universidad durante su estancia en Oxford aquel curso de 1968. Pensaba que el hombre había incomodado al planeta y que solo era cuestión de tiempo que la tierra se revolviese. Sin embargo, los últimos acontecimientos apuntaban a que algo inquietante estaba empezando a suceder.
—¿Qué conocimiento tienes de la existencia de pruebas nucleares subterráneas controladas en lugares habitados? ¿Qué hay de cierto en esa práctica? Sinceramente, no creo que esto tarde en irse al carajo, a lo sumo, supongo que sucederá en un plazo no superior a diez años. Las autoridades mundiales ya no pueden mantener oculta la verdad a la población por más tiempo. Tengo intención de poner en marcha un proyecto de investigación y quiero que seas el primero con quien comparta la idea. Mi intención es difundir un informe en el que se ponga a la luz de la opinión pública la verdad de lo que le está haciendo el hombre al planeta. Luego propagaré a los cuatro vientos que estamos siendo engañados por nuestros gobiernos y que nos están conduciendo de una forma programada a la extinción —prosiguió Grodding—. El informe del Departamento de Estado de los Estados Unidos así lo acreditará. Además, sabrás que Wilcox quiere hacerte desaparecer de su administración. Nadie oculta que no eres de su agrado, es más, quiero pensar que le estorbas.
—Grodding, no sé a dónde quieres llegar, no tengo constancia de ningún informe secreto. Por mi posición al mando de la FEMA, cualquier mínima información al respecto me habría llegado a la vez que al propio presidente. No creo que sea más que una burda falsificación. Sinceramente, creo que te ha dado un ataque de paranoia. ¿Explosiones nucleares subterráneas? ¿Conspiraciones globales? No creo que la situación sea para tanto, puedes estar tranquilo. Pruebas nucleares subterráneas se han realizado desde siempre, pero se han practicado en zonas deshabitadas y bajo un estricto control de seguridad. Desconozco con qué otro acontecimiento quieres conectarlas pero te aseguro que el director de la FEMA lo conocería —aseguró Carber—. Tú y tus conspiraciones, Grodding. Siempre en busca de la última exclusiva, de la gran noticia. Lo que tú llamas informe, únicamente parece un trabajo de campo, un señuelo con una finalidad de distracción que te ha confundido. Lo único cierto de cuanto me has dicho es que el presidente no me quiere en la agencia pero no se atreve a tomar una decisión drástica recién comenzado su mandato; sin embargo, me ha colocado un topo. ¿Qué sabes de Nicholas Pope?
—Sé que es un halcón de Wilcox, un tipo despreciable, un medrador profesional que ambiciona algo más que la dirección de la FEMA. Auguro que durante el mandato de Wilcox será nombrado Secretario de Estado y se convertirá en la mano ejecutora del presidente.
—Tu información se ajusta bastante a la realidad. Pope me controla, vigila mis movimientos y se adelanta a todos los pasos que doy dentro de la agencia. Posiblemente aspire a algo más dentro del Gobierno Federal. A pesar de ello, no puedo llegar a conectar esa circunstancia con la existencia de conspiración global alguna.
—De cualquier forma, la única manera de conocer la veracidad o no de este documento es elaborar un informe paralelo. Si la información que contiene fuese veraz, los combustibles fósiles se agotarían en menos de 20 años y los recursos naturales colapsarían en un plazo no mucho más largo.
—Yo solo puedo ofrecerte mi ayuda, Grodding. Facilitaré en lo posible el trabajo de los científicos que desarrollen el proyecto en territorio americano, pero creo que estás malgastando tus esfuerzos en balde, pues la información contenida en ese documento que me has mostrado no deja de ser un simple bulo, una fotocopia, un documento sin el menor valor. Como mucho, un trabajo de campo que analiza posibles escenarios como una hipótesis.
Grodding entendió que Carber no tenía intención de entrar en el juego que le había planteado, por eso no quiso profundizar en el contenido de aquel documento que había llegado a sus manos. A fin de cuentas, sabía que con el tiempo, el propio Carber se vería afectado por aquel comunicado confidencial que había salido del Departamento de Estado de los Estados Unidos. Por ello, dejó pasar de largo el tema y se limitó a contarle las últimas amenazas de muerte que había recibido y cómo ciertamente temía por su vida. Grodding puso la mano sobre el hombro de su invitado y juntos bajaron las escalinatas que daban acceso al jardín. Estuvieron una larga hora paseando entre la fronda arbolada, haciendo tiempo hasta la hora del almuerzo.
De cualquier forma, Carber apoyaba el proyecto de Grodding y en aquel momento se comprometió a utilizar todas sus influencias en el Gobierno Federal para facilitarle las cosas a los grupos de trabajo desplegados por Grodding en los Estados Unidos; sin embargo, mostró su escepticismo con relación al proyecto. La finalidad era conseguir que aquel informe viese la luz, del resto se ocuparía Grodding. Sus agencias se encargarían de difundir la noticia por el mundo, por encima de lo que pudiesen comunicar las diferentes agencias oficiales.
La primera intención de Grodding fue desistir y dar carpetazo a aquel proyecto, enterrando la información que le había facilitado Van Horn. A fin de cuentas, tampoco tenía certeza de la autenticidad de aquel documento del Departamento de Estado. Sin embargo, se tomó un tiempo para meditar su decisión, se recostó en la butaca de su escritorio y realizó una profunda inspiración para llenar los pulmones de aire. Acto seguido, levantó el auricular del teléfono y dio las pertinentes instrucciones a Van Horn:
—Louis, soy Grodding. Pon en marcha el Proyecto Tierra.
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