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Gaviotas a lo lejos
Gaviotas a lo lejos
©2020 Abel Gustavo Maciel
Corrección: M. Fernanda Karageorgiu
Diseño editorial: Alejandro Arrojo
Arte de tapa: Alejandro Arrojo
1ª edición: mayo de 2020
Producción editorial: Tequisté ediciones
contacto@txtediciones.com.ar
www.txtediciones.com.ar
ISBN: 978-987-4935-32-8
Se ha hecho el depósito que marca la ley 11.723
No se permite la reproducción total o parcial de esta obra, ni su tratamiento informático, ni su distribución o transmisión de forma alguna, ya sea electrónica, mecánica, digital, por fotocopia u otros medios, sin el permiso previo por escrito de su autor o el titular de los derechos.
Libro de edición argentina
Maciel, Abel Gustavo
Gaviotas a lo lejos / Abel Gustavo Maciel. - 1a ed . - Pilar : Tequisté. TXT, 2020.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-4935-32-8
1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. 3. Revoluciones. I. Título.
CDD A863
A mi hija, soledad
Puede haber mitos e imaginaciones utilizadas por el poder de la conciencia-fuerza para materializar sus propias ideas-fuerza; estas potentes imágenes pueden tomar cuerpo y forma, durar en algún mundo sutilmente materializado del pensamiento y reaccionar sobre su creador.
Sri Aurobindo
El ser ahí se comprende inmediata y regularmente por su mundo. El mundo del ser ahí es un “mundo del con”, el “ser en” es “ser con otros”. El “ser en sí” intramundano de estos es ser ahí con.
Martin Heidegger
Hay morales que deben justificar a su autor delante de otros; otras morales deben tranquilizarle y ponerle en paz consigo mismo; con otras su autor quiere crucificarse y humillarse a sí mismo; con otras quiere vengarse; con otras, esconderse; con otras transfigurarse y colocarse más allá, en la altura y en la lejanía; esta moral le sirve a su autor para olvidar, aquélla, para hacer que se lo olvide a él.
Friedrich Nietzsche

La vida es más que un cuerpo
o un pensamiento.
El espíritu que la anima fluye
a través de los paisajes
generando la sensación de movimiento.
Mira a tu alrededor.
La prisión que inventaste tiene
sus puertas abiertas.
Volar es posible, trascender…
Mucho más.
1
“Hubo cuatro mujeres en mi vida”.
La idea fue cobrando forma en su mente. A pesar de aquel territorio proyectado por necesidades de supervivencia, los cuatro rostros aparecían definidos en la pantalla.
—¿Cuatro dijo, don Pablo? Pues deberían ser suficientes, ¿no lo cree usted?
Leo hablaba permaneciendo de espaldas, como era su costumbre. Contemplaba el cielo azul, limpio de nubes, perdiéndose en la línea horizontal de aquella playa infinita.
—Pues no lo han sido —respondió don Pablo, sin mediar análisis previo a sus palabras.
—Por supuesto, nunca son suficientes, ¿eh? —había un dejo de ironía en la frase de Leo. El poeta decidió dejarla pasar.
—No me refiero a ese aspecto. Las cuatro han sido diferentes, salvo por la eventualidad de que, de alguna manera, todas han estado enamoradas de mí.
—Tal vez ellas han sido una sola persona. ¿Qué le parece esta idea?
Don Pablo no respondió. No tenía por qué hacerlo. Después de todo, Leo no era más que un intruso en su realidad virtual. ¿O representaba algo más que aquel concepto abstracto?
—Las cuatro se funden en una sola y se sintetizan en una quinta. Usted mismo lo escribió en Los Penitentes, ¿lo recuerda?
El poeta suspiró, impaciente. A veces Leo lograba colocarlo al borde de su tolerancia.
—Ese fue un mal libro —respondió con voz seca.
—Oh, no, don Pablo. Usted no ha escrito libros malos. Recuerde La Quinta Esencia. El último poema… Podríamos decir que lo ha hecho famoso en todo el mundo. Los franceses todavía estudian su extraña métrica.
—La fama no importa, Leo. Fueron cuatro y basta. De ellas se ha nutrido mi obra…
—No sea injusto, don Pablo. Recuerde… Los Penitentes… La Quinta Esencia… ¿Acaso va a dejar de lado a esa mujer, ahora, cuando no puede privarse de ningún recuerdo?
El poeta contempló a su confidente durante un minuto. Estaba molesto. Luego su mirada se aplacó y volvió a observar la playa sin mar que se explanaba delante de ellos hasta el infinito.
—Y bien, Leo, la quinta mujer… no entiendo, su rostro se muestra difuso… ¿quién ha sido ella?
—Dígame, don Pablo, cuando usted cierra los ojos y deja la mente en blanco, ¿qué paisaje es el que ve?
—Pues… cuando realizo esa práctica mental, veo… ¡Mi tierra!…
2
Enero de 1961. San Andrés, capital de Costa Paraíso, un país latinoamericano en los trópicos del Caribe.
Padre era buena persona. Solía relatarme en las tardes leyendas de antiguos guerreros luchando contra gigantes en pos de la liberación de alguna princesa. Todas sus historias terminaban bien: el dragón, dueño del castillo, era derrotado y los amantes vivían por siempre felices. Esos cuentos exacerbaban la imaginación de un niño que en sus sueños se veía montando un corcel y cabalgando por caminos de montañas que se dirigían a lejanos puertos.
Padre era el puente que me comunicaba con los otros mundos. Aquellos que están hechos con la sustancia de la ilusión, frágiles como pompas de jabón, volátiles y a la vez deseados. Territorios que la infancia nos permite recorrer en plenitud cuando la realidad circundante no nos conforma. Refugio de las almas inadaptadas a un paisaje decorado de agrestes llanuras…
Cuando regresaba en las tardes, madre le tenía preparado el café con leche. Intentaba congraciarse todo el tiempo con su esposo. Sus ojos denotaban respeto, admiración y también cierto temor que jamás pudo alejar de sí. Padre la miraba con el amor reverencial que un hombre siente por una mujer inalcanzable. No podía evitarlo. Ni siquiera cuando la vio allí, acusándolo desde el silencio, tendida en una caja de madera lustrada, con los ojos cerrados, seria, muy seria, y el rostro pálido, muy pálido…
A veces, él no retornaba a la hora acostumbrada. El teléfono se hacía escuchar y madre lo atendía. Una sombra recorría su mirada y al colgar disimulaba aquella sonrisa. Ella era mala actriz. La recuerdo acariciando mi cabeza, impostando ternura. De todas formas, el contacto de sus dedos con mis cabellos me producía un extraño placer. Algo parecido al sentimiento de protección.
En ausencia de padre, cuando el café con leche humeaba sobre la mesa de quebracho en la cocina, madre permitía que me sentara en el sillón de la cabecera y le hiciera honor a la merienda. Me gustaba ocupar ese lugar privilegiado. Acariciar la madera prusiana, áspera al contacto. Beber el brebaje preparado para su satisfacción y sentirme también como un guerrero, un implacable cazador de dragones y liberador de princesas oprimidas.
Sin embargo, extrañaba su figura caminando por el living con el garbo que lo distinguía. Solía lucir el uniforme militar hasta el momento de la cena. Siempre pensé que lo hacía para impresionarnos, buscando el respeto que todo guerrero necesita en el hogar antes de enfrentarse a los gigantes que acechan los senderos del mundo. Su paso era lento, mas no denotaba inseguridad alguna, más bien invocaba la cadencia tranquila de los vencedores. Aquéllos que han adaptado el andar a la grandeza de sus pensamientos, quienes se sienten bien consigo mismos, halcones que a su paso cauterizan las heridas abiertas en la tierra producidas por los soñadores de siempre. Halcones de mirada escudriñadora. Halcones dispuestos a dar caza a las palomas.
Su nombre era Roberto. Pero, a veces, cuando lo asistían extraños excesos de reminiscencias, confesaba que a su madre le gustaba llamarlo Leonardo. Tal era el nombre de un bisabuelo materno. Padre detestaba ese acto fallido. Persona orgullosa de su verdadero nombre, como buen servidor de las filas castrenses gregorianas, no aceptaba apodo alguno por más cariño que contemplara en su origen.
El uniforme le quedaba bien. El esmero de madre en cuidar cada detalle resultaba obsesivo, no se le perdía accidente en la tela sin necesidad de reparo: el alineo de su caída; la superficie de la chaqueta poblada de medallas en el flanco izquierdo del pecho; el color oscuro de la tela almidonada haciendo juego con el correaje lustroso, siempre lustroso, jamás ajado, rodeando su cuerpo robusto cual si fuera el límite perceptible de un espacio viril reservado para sí mismo.
Las botas llamaban mi atención. Relucientes, altas, cubrían la parte inferior de las piernas hasta la altura de la rodilla. En ellas concentraba madre su atención con referencia al cuidado de esa magna presencia. En mi pantalla mental la veía ataviada con su camisón, ése que destacaba un cuerpo joven y bien formado durante las mañanas, cuando dedicaba un par de horas a preparar el uniforme alternativo de padre. El halcón, como todos los oficiales de rango, solía contar con dos trajes castrenses. El segundo era una réplica perfecta del primero, colgado en el placar a la espera del recambio.
Ella preparaba los enseres cuidadosamente: pomada de origen alemán; algodón de finas hebras; agua destilada y tibia, principalmente en la temporada de invierno; alcohol militar que traía a casa el asistente de padre, un muchacho uniformado de aspecto serio y mirada esquiva. En sus ojos podía leerse la angustia provocada por su incursión en nuestro hogar. Ramiro era su nombre. Solía mirarme con gesto suplicante cual si buscara refugio ante la intromisión de su presencia.
Ella separaba los líquidos en pequeños recipientes metálicos y de forma cilíndrica.
Primero utilizaba un paño limpio, extremadamente limpio. Acariciaba el cuero acerado de las botas con la delicadeza de una geisha en plena tarea, limpiando “en seco” los residuos de polvo que hubieran quedado adheridos a la superficie. Como todas las faenas preliminares, resultaba la más importante en aquella liturgia.
Luego reemplazaba el paño por otro limpio. Sus manos realizaban movimientos eficientes, lentos, similares al tránsito de padre por el living vestido con su impecable ropaje, en tanto las medallas permanecían imperturbables en el pecho. Ella mojaba la tela en agua tibia y procedía a realizar la segunda caricia del cuero, cuya superficie comenzaba a mostrarse preservada del medio ambiente, brillando de acuerdo a su propia naturaleza.
Después cambiaba de recipiente y repetía la maniobra utilizando el alcohol militar, líquido de extrema volatilidad. Cada centímetro de la bota recibía la asepsia previa a esa cobertura protectora cuya acción estaba asegurada por las próximas veinticuatro horas.
Finalmente, la geisha completaba el ritual untando suavemente la pomada alemana sobre la superficie previamente preparada para su destino de grandeza y dejaba las botas en reposo durante veinte minutos en un altar del living acondicionado para tales fines.
Recuerdo contemplarlas a distancia prudencial, allí, en su pedestal, inalcanzables para mis brazos de infante. Era la oportunidad de reverenciarlas como reliquias en exposición pertenecientes al mundo maravilloso de padre.
Entonces, madre aprovechaba el tiempo para darse un baño breve. Me gustaba verla emergiendo de su habitación cubierta con uno de esos vestidos de una sola pieza, ceñido al cuerpo. Su larga cabellera oscura caía como cascada sobre los hombros. La sonrisa siempre disponible a flor de labios, la misma con la que recibía a su hombre por la tarde, intentando aflojar las tensiones que seguramente había absorbido en el día de trabajo.
Con el cuidado de preservar su propio alineo, ella retornaba al altar para concluir el procedimiento. Asiendo con delicadeza el cepillo preparado para tales fines, lustraba las botas con la paciencia de quien posee el arte de la alfarería. Concluida la maniobra las dejaba ocultas en el piso del placar, a la espera del recambio de indumentaria que padre realizaba todos los días.
Después del almuerzo que compartíamos en el jardín de invierno, ella realizaba el segundo ritual. La chaqueta y el pantalón de su hombre esperaban en el amplio lavadero de nuestra mansión. El aseo de la vivienda pertenecía a otro orden de cosas. La naturaleza de madre, alejada de las tareas domésticas debido a la liturgia personal emprendida en las cuestiones de su dueño, era de origen pagano. La servidumbre se encargaba del resto. Madre guardaba su arte ancestral para atender al hombre de casa.
De vez en cuando los paisajes de mi niñez acuden al llamado del presente. Después de todo, en esta celda donde se pudre mi cuerpo los recuerdos lejanos representan mi única posesión. Lo veo allí, como una sombra silenciosa, cumpliendo el ritual de aquellas tardes, caminando lentamente por el living, parsimonioso, seguro de sí mismo, presto a relatarme las historias de guerreros y dragones.
Padre era buena persona…
3
Madre era mala persona.
Fui descubriendo la naturaleza de esa telaraña que gustaba tejer a su alrededor en la medida que mi niñez se transformaba en adolescencia.
Al principio observaba su cuerpo radiante desplazándose por el living de nuestra mansión, lo hacía con la curiosidad de un infante a quien le agradan los paisajes bellos. Ella se veía hermosa, vestida con las túnicas de una sola pieza donde la desnudez de su cuerpo podía inferirse a partir de aquellas posturas que asumía de manera natural. Me gustaba mirarla clandestinamente, oculto tras el marco de alguna puerta. Podía pasar horas contemplando la redondez de sus senos insinuados por la delgada tela que los cubría sin mayor éxito. Era la parte de su cuerpo que más llamaba mi atención. También me subyugaba su cabello largo, rizado y mojado a causa del baño reciente. Impregnaba los ambientes con un delicioso perfume que poco a poco iba dominando el clima de la mansión. Siempre pensé que ese aroma formaba parte de la telaraña subyugante que madre extendía a su alrededor, evidentemente con la intensión de cazar a sus presas.
Madre, y me ha costado bastante tiempo arribar a esta conclusión, era una predadora innata. Gustaba de atraer a sus presas con el magnetismo de una viuda negra para sostenerlas durante un tiempo entre las hebras pegajosas de su telaraña y jugar con ellas a sus juegos sensuales.
Las visitas de tío Jorge resultaban frecuentes. Era el único hermano de padre. A pesar de vestir atuendos civiles, en mis primeros años caí en la cuenta de que pertenecía a la casta militar gobernante. El corte de sus cabellos, los bigotes angostos y germanos, la frialdad de aquellos ojos prestos siempre a posarse sobre las personas y observarlas cual si fueran potenciales víctimas, lo hacían diferente al resto de las “palomas” que asistían a las reuniones sociales que padre ofrecía una vez al mes en la mansión.
El tío solía llegar a casa a las dos de la tarde, en sincronía con la culminación del baño que madre tomaba, como si se hubieran puesto de acuerdo siguiendo un protocolo castrense. Padre en esas horas se encontraba en el cuartel, atendiendo sus importantes funciones logísticas que permitían la continuidad en el gobierno del general Atilio Fulgencio.
—Ese hombre es el liberador de la patria. Costa Paraíso le debe mucho —solía decir durante la cena—. Pero tiene enemigos. Aquéllos que no desean ver a nuestra nación desarrollada en plenitud, con orden interno y una economía sana. Ya verás, Pablito, como el general logra triunfar sobre esas fuerzas subversivas, traidoras a la patria. Él es nuestro líder.
En tanto concluía la frase, señalaba con su dedo el retrato de un halcón de mirada ceñuda, vestido de militar y expresión adusta, que parecía vigilarnos a toda hora desde una de las paredes del comedor. Aquella foto poseía una historia de larga data. La recordaba siempre allí, mirándonos en todo momento. Resultaba ineludible sentirse culpable de algo ante esos ojos. Cualquiera fuera la falta, la necesidad de cumplir con un castigo se volvía imperiosa. Tenía más poder sobre el espíritu de las personas que el otro retrato ubicado a un par de metros: la imagen del papa vigente en esos tiempos.
Padre no era persona practicante, a pesar de ser la religión uno de los principales poderes en Costa Paraíso. Tampoco madre, por supuesto, pero en mi niñez fui descubriendo que el catolicismo resultaba un factor importante en la vida social de aquel país ordenado y patrullado a toda hora.
Desde la ventana de mi cuarto, ubicado en el primer piso de la mansión, observaba la llegada de tío Jorge. Lo hacía en un vehículo de gran porte, color verde oscuro, seguido por otro de las mismas características. Los vidrios polarizados impedían ver su interior. Cuando las puertas se abrían me las ingeniaba para echar una rápida mirada dentro de la cabina. Solían acompañarlo tres personas, todas estaban vestidas de civil, con los cabellos extremadamente cortos y bultos ostensibles debajo de sus brazos. En cierta ocasión uno de ellos extendió la mano en dirección a la esquina y el arma quedó en evidencia pendiendo de la sobaquera. Un estremecimiento recorrió mi cuerpo. A partir de ese día comencé a mirar al tío con otros ojos.
El segundo vehículo solía estacionarse detrás del primero. Entonces bajaba un hombre de gran altura, fornido y de cabello también rapado. Me llamaba la atención que vistiera uniforme de policía. No estaba acostumbrando a verlos merodeando por casa. Le decía algo al tío y luego regresaba al automóvil. Aquellas personas mostraban un gran respeto por Jorge, obedecían sus instrucciones de inmediato y permanecían apostadas en el frente de la propiedad durante el tiempo que duraba su visita.
Uno de los policías, junto a otro hombre de civil, se paraba fuera de los automóviles cumpliendo funciones de vigilancia. Ambos portaban equipos de radio que solían producir descargas estáticas interrumpiendo el silencio del barrio.
La mansión estaba ubicada en la zona urbana privilegiada de San Andrés, militarizada desde hacía diez años. Todas las propiedades resultaban parecidas, casas de dos o tres pisos con trescientos metros cuadrados de superficie, rodeándolas jardines de una hectárea y abundante personal abocados a las tareas de mantenimiento.
Previo a la revolución que impusiera el gobierno popular en Costa Paraíso, las mansiones habían pertenecido a empresarios denunciados por corrupción o a personal diplomático caído en desgracia por los acontecimientos políticos. Las viviendas fueron confiscadas por el estado y entregadas para su cuidado a los funcionarios pertenecientes al régimen, tanto civiles como militares.
Florencia, mi entrañable amiga de la infancia, era la hija del ministro de hacienda del general Fulgencio, don Amílcar Bravo. El hombre había estudiado en Harvard y contaba con lazos americanos estrechos e importantes. El embajador del país del norte solía visitarlo de vez en cuando y organizaban tertulias con padre. Florencia y yo aprovechábamos esos encuentros para jugar en los jardines, lejos de las conversaciones aburridas. Pero ésa es otra historia.
Tío ingresaba en nuestra propiedad cual si fuera su dueño. Los guardias de seguridad, apostados en el portón de ingreso, lo reconocían de inmediato. También lo hacía el resto del personal militar que deambulaba por ahí con aspecto de personas aburridas.
Atravesaba con paso firme el sendero de piedras que comunicaba la entrada con la casa y saludaba demagógicamente a todos. Se lo veía contento. Inquieto, también. Ingresaba en la vivienda y tomaba asiento en uno de los mullidos sillones del living.
Jacinto, el sirviente interno de la mansión, no se hacía esperar con su servicio. De alta estatura, garbo parsimonioso y elegante, cabellos castaños de fuerte presencia debido a una tintura persistente, el hombre tenía la nobleza de las cortes antiguas, ajenas al ambiente castrense que nos rodeaba.
Mi relación con Jacinto era buena, pero a la vez distante. Fiel a la postura de los empleados domésticos de antaño, solía mantener el rostro adusto y una lenta sincronización en los movimientos.
Cuando yo era pequeño sufría con frecuencia de estreñimiento, circunstancia que hasta el día de la fecha me persigue en esta celda que mis captores me han destinado. La receta del médico de la familia resultaba infalible y a su vez ignominiosa: un par de enemas bien surtidos hasta que la sequía cediera sus territorios de perversión.
Madre resultaba persona incapaz de ejecutarlas dado su espíritu de pulcritud. Las geishas no son buenas impartiendo enemas. No quedaba otro soldado que el bueno de Jacinto para realizar tan odiosa tarea. Todavía lo veo en mi pantalla mental caminando por los pasillos con el garbo que lo caracterizaba en tanto transportaba la jarra con el líquido aceitoso, la manguera de goma y la cánula correspondiente. Me asomaba furtivamente a la puerta de mi cuarto para observar aquella figura que presagiaba la denigrante acción a punto de suceder. La voz de Jacinto, un tanto delicada para sus cincuenta años, se alzaba con total pulcritud:
—¡Señorito Pablo, prepárese! Ya llegó la hora de la merienda…
Pero volvamos a las visitas de tío Jorge a casa. Una vez instalado en el sillón del living y con la copa de coñac en la mano, el hombre cerraba los ojos para disfrutar de la música clásica a bajo volumen que madre gustaba de seleccionar. El equipo lo había adquirido padre en uno de sus viajes al extranjero.
Clorinda descendía por las escaleras que comunicaban la planta baja con el primer piso. Vestía una de sus túnicas de corte asiático. Su figura sensual se mostraba insinuante. Con amplia sonrisa parecía deslizarse por las baldosas anchas del living hasta ubicarse a escasa distancia de su cuñado.
—Ven, Pablo. Saluda a tu tío.
Yo la acompañaba en el periplo desde mis aposentos. Repetía siempre la misma ceremonia. Me mantenía parado en postura respetuosa a unos cinco metros de Jorge y esperaba dócilmente las instrucciones que no tardaban en hacerse oír.
—Abrázalo, tonto, que debe estar cansado de trabajar durante toda la mañana.
En esas épocas desconocía la naturaleza real de la profesión de mi tío. De haberlo sabido hubiera dado crédito a las palabras de madre en su verdadera dimensión. Torturar a las personas hasta convertirlas en un pedazo de carne sin vida, arrojar a la basura camisas embebidas en sangre al finalizar las jornadas y disponer sobre la vida y la muerte de los demás debe ser tarea agotadora.
—¡Muchacho, estás enorme! —eran siempre sus palabras. Me estrechaba con un abrazo poderoso, cortándome la respiración.
Luego me miraba con aquellos ojos gélidos y dominantes, como lo hace todo halcón en presencia de su presa.
—Lentamente vas pareciéndote al tipo de varón de la familia. Ése que hizo fuerte a Costa Paraíso. Seguramente vas a ser un buen estudiante en el liceo militar. ¡Un guerrero de don Atilio Fulgencio, el gran general del pueblo!
—Dale un beso al tío, Pablito. ¿No ves que espera tu saludo?
Obedeciéndole a madre entrecerraba los ojos y dirigía mis labios a esa piel curtida por años de soberbia y liderazgo. La cara de Jorge resultaba áspera y repulsiva.
—Muy bien, hijo, ahora puedes regresar a tus habitaciones. El tío y yo debemos conversar sobre asuntos de personas adultas. Ya le dije a Jacinto que te suba una leche malteada. Continúa con tu lectura del libro de Byron que padre ha mandado traer de Londres, en su lengua original, como lo pediste. Faltan quince días para el concurso nacional de poesía auspiciado por la Sociedad de Escritores y no querrás quedar en los últimos puestos…
Aquélla era la postura de madre cuando tomaba parte de mis tempranas incursiones en los territorios literarios. Presionaba a los auspiciantes hasta ubicarme en el podio de cuanto concurso circulaba en Costa Paraíso. Compraba jurados utilizando la poderosa red de sus influjos. Me encerraba en la biblioteca de la mansión durante horas, obligándome a leer poetas próceres o filosofías ajenas a mi interés.
Esperaba que ella concluyera sus palabras, agachaba la cabeza en señal de obediencia y luego volvía sobre mis pasos dispuesto a subir los escalones que me conducían a mis aposentos. El libro de lord Byron esperaba paciente sobre el lecho, una cama estilo gótico de dos plazas. Retomaba la lectura desde la página donde la había dejado.
A pesar de la altura indudable de aquella prosa inspirada en uno de los autores más exquisitos de la historia de la poesía, rechazaba el ornamento pincelado en esas formas naturistas que encerraban sentimientos victorianos de amores prohibidos.
Cuando estaba a punto de abandonar la lectura escuché los pasos retumbando afuera. Dejé el vaso de leche malteada sobre la mesita de luz y me dispuse a aguzar los sentidos.
Madre y tío Jorge avanzaban por el pasillo del primer piso conversando y riendo animadamente. Los imaginaba tomados del brazo, mirándose con la intensidad de los momentos previos a un acontecimiento predestinado. Pasaron por la puerta de mi cuarto sin advertir mi postura vigilante. Luego, detuvieron su marcha. Las voces dejaron de escucharse.
Cerré los ojos intentando conectarme con la situación, pared de por medio. A veces solía realizar esas prácticas esotéricas con algún éxito. Todo poeta viene a este mundo muñido de algún poder psíquico que le permite sobrevivir a su implacable contaminación. No resulta posible construir metáforas en los territorios subliminales que rodean a la densidad molecular sin estos prodigios del espíritu.
Los vi vagamente abrazados en la soledad del largo pasillo. Jorge acariciaba sus partes íntimas con gran impunidad. Besaba ardientemente aquel cuello tan preciado. Podía escuchar el chasquido de sus labios al tomar contacto con la piel tersa, suave, blanca y perfumada. El deseo gobernaba los movimientos. Clorinda respondía a los embates de su cuñado en silente postura, la de quien entrega el comando de la situación al otro esperando los resultados de sus ataques lascivos. Los labios de madre permanecían entreabiertos, manifestando dificultad al respirar. El color de su rostro intensificaba el rubor instalado con los primeros aprontes. Había apoyado la espalda contra la gruesa puerta de su cuarto. El siseo apagado del roce de su túnica contra la madera rompía la monotonía en el pasillo.
Jacinto y el resto de los sirvientes se encontraban en la parte trasera de la mansión. Realizaban actividades de rutina en las dependencias de servicio, ajenos a esos embates prohibidos. O tal vez, pendientes de ellos a la distancia.
Apreté los párpados con violencia. La proyección telepática parecía disolverse en el espacio virtual donde latía suavemente. Una energía de encendida potencia subía desde el plexo solar atravesando mi torso. En esos momentos los odiaba a ambos. El libro de Byron permanecía volcado hacia abajo perdido entre las sábanas. Sus palabras estaban amordazadas por el contacto con la tela húmeda.
La imagen se diluyó en la negrura de la nada. Abrí los ojos, recomponiendo el ciclo respiratorio. Silencio. Uno, dos, tres segundos. Luego, el sonido de las bisagras de la puerta maciza abriéndose. Otros tres segundos. Finalmente, el portazo estridente. Salté de la cama con la ansiedad de quien se siente traicionado. Ésa era la emoción que me embargaba, una mezcla de artera traición, promiscuidad, celos instalados en la zona oscura del corazón.
De pie ante la pared que separaba mis aposentos de los de Clorinda, presioné el oído sobre el revoque frío. Los sonidos apagados provenientes del cuarto vecino, a su vez nítidos merced al silencio de fondo, no tardaron en inundar mi percepción. Ahora no necesitaba la visión telepática. Un poeta también puede ver a partir de los sonidos del entorno.
Como ya he dicho, madre era mala persona…
4
Enero de 2005. Zona selvática y montañosa circundante a San Andrés, capital de Costa Paraíso.
Alfonso Valladares encendió el habano que llevaba en el bolsillo durante su duro periplo por la selva. Como todas las noches, lo hizo subrepticiamente. A sus cincuenta y cinco años de edad todavía mantenía los vicios de la juventud, cuando vivía en las tierras del norte. La caña y el tabaco de Santo Tomás lo acompañaban todo el tiempo.
La Patrona, o “La Patro” como todos los revolucionarios la apodaban cariñosamente, cuyo verdadero nombre era Juana Giménez, les tenía prohibido fumar en el transcurso de las guardias nocturnas. El enemigo podía encontrarse rondando el campamento. Las patrullas del coronel Mauricio Cabral eran famosas por sus desplazamientos silenciosos. A veces utilizaban perros adiestrados para realizar las pesquisas con gran eficacia. Aquellos animales tenían la suficiente ferocidad como para entrar en combate y despedazar al guerrillero mejor preparado. Alfonso conocía historias terroríficas al respecto. Algunas de ellas eran ciertas. También sabía que el gobierno, como suele suceder con aquéllos que intentan detentar el poder por toda la eternidad, utilizaba sus órganos de propaganda para difundir relatos horrendos.
El propósito de infundir miedo entre las tropas de los insurrectos era parte de la agenda cotidiana. Ellos llevaban más de treinta años combatiendo al régimen y haciéndose fuertes en la espesa selva que rodeaba la ciudad de San Andrés, capital del país gobernado desde hacía medio siglo por el general Atilio Fulgencio y su séquito de aplaudidores.
Cubriendo el extremo encendido del cigarro con la mano derecha y demostrando gran habilidad en la maniobra, Alfonso aspiró una buena bocanada de humo. Con gran placer lo exhaló, sintiendo el perfume del tabaco cultivado en Santo Tomás. Allí los campos eran trabajados por campesinos de piel oscura y miradas impotentes. Recibían los beneficios pagados por el gobierno, insípidos, como es costumbre en la trata de esclavos.
Conocía bien esa zona. Él mismo provenía de las tierras del norte. Su padre había sido uno de los obreros de la siembra y cosecha de tabaco, prácticamente la única producción que sostenía a duras penas a un país donde el hambre y la indigencia sometían al ochenta por ciento de la población.
La historia de Alfonso era la misma que la de muchos de los insurrectos alzados en armas. Estaban esparcidos de manera deshilachada en el territorio periférico de San Andrés, una de las tres ciudades civilizadas del país, la más populosa, la capital, donde sus habitantes aún podían comer una vez al día.
Las otras dos ciudades eran Santo Tomás, al norte, en donde Alfonso había nacido, y Santa Clara, pequeño poblado ubicado al sur. Allí, el presidente don Atilio Fulgencio contaba con cinco mil hectáreas de buena tierra que había sido expropiada a los hacendados ingleses, acólitos del régimen anterior.
Alfonso realizaba su guardia tendido sobre la hierba. En esa zona se mostraba débil y tierna debido a la abundancia de casuarinas añosas. Ellas no permitían el crecimiento de las malezas salvajes. Contempló el firmamento salpicado de estrellas en una de las famosas noches estivales de San Andrés. De pequeño había escuchado los relatos referidos a esos cielos, próximos a la zona costera. Abundaban en los barrios carenciados de Santo Tomás, donde el mar sólo se conocía por las historias de los forasteros.
El proyecto de vida de todo campesino joven contemplaba la marcha hacia el sur, poniendo rumbo a la capital del país. Intentaban poseer la supuesta abundancia ofrecida por una ciudad que representaba la meca para todo habitante del interior.
La niñez de Alfonso fue difícil como la de cualquier otro muchacho de las clases carenciadas. Historia repetida en un país condenado a permanecer en el subsuelo cultural de un mundo en pugna por los recursos energéticos. Su madre falleció de disentería cuando él tenía tres años de edad y fue criado por una tía adolescente. Ella supo convertirse en la nueva mujer de su padre. Era costumbre entre la gente del pueblo, por ello abundaban las cuñadas solteras a la espera de su oportunidad.
Acostumbrado a trabajar desde temprana edad en los sembradíos tabacaleros, Alfonso fue absorbiendo la rebeldía típica de las clases explotadas. En los años de niñez pudo percibir el espíritu revolucionario soplando entre sus mayores.
Los destinos de Costa Paraíso estaban conducidos entonces por el Partido Blanco que sostenía su continuidad mediante un juego democrático perverso. El voto de la gente se había transformado en la principal mercancía dentro del comercio político. El presidente de turno, doctor Hilario Fonseca, mantenía relaciones carnales con los poderes occidentales. Ello le permitía gozar de cierta impunidad en sus acciones y la perpetuidad en el gobierno. Una casta empresarial usufructuaba los beneficios económicos del sistema. No dudaba en asistirlo con los recursos necesarios para comprar voluntades y asegurar la práctica eleccionaria. El pequeño país se había transformado en el principal paraíso fiscal latinoamericano.
Como es costumbre cuando estos sistemas de gobierno se instalan por tiempo prolongado, la pobreza e indigencia creció hasta convertirse en una bomba de tiempo. Las protestas de los campesinos tabacaleros comenzaron en el norte a mediados de la década del cincuenta. Precisamente Alfonso pudo presenciar como espectador privilegiado —a sus cinco años de edad— el nacimiento de la Fuerza Gregoriana, un movimiento revolucionario que llevaba su nombre en honor a don Florencio Gregorio, prócer nacional del siglo diecinueve y principal activista de la independencia del país.
Los insurrectos al gobierno del partido Blanco se hicieron fuertes en Santo Tomás. Los campesinos tabacaleros no dudaron en tomar las armas para liberarse de una opresión más allá de toda razón de ser.
Cuando el hombre ya no tiene nada que perder, pues lo han despojado hasta de su propia dignidad, entregar la vida por una causa noble comienza a cobrar sentido. El miedo a la muerte es desplazado por un odio que transforma al sujeto en asesino indolente.
El ideal de la guerrilla se explanó como mecha encendida en todo el territorio de Costa Paraíso. Parte del ejército nacional se plegó a la revolución en ciernes. Entre los jóvenes oficiales se destacaba el teniente Atilio Fulgencio, quien no tardó en convertirse en general asumiendo el mando de la Fuerza Gregoriana. El hombre contaba con gran discurso al tiempo de realizar sus arengas públicas. Tenía el don de encender los corazones de sus seguidores, atributo necesario para todo aprendiz de dictador. Al pueblo se lo enamora desde la tribuna, con promesas demagógicas y repartiendo dinero o comida entre la muchedumbre. Una vieja fórmula usada por los líderes “populares” desde hace miles de años a la fecha.
Apoyada por intereses internacionales la Fuerza Gregoriana fue desarrollando su lucha denodadamente, batalla tras batalla. Avanzando desde las zonas selváticas linderas a San Andrés, donde los insurrectos poseían de facto el gobierno territorial, los soldados “rojos” —tal como se los denominaba dado el atuendo que usaban en combate— fueron venciendo a las tropas leales al gobierno.
En realidad, la resistencia del Partido Blanco ofreció una magra oposición durante cinco meses. La Fuerza Gregoriana fue ganando en adeptos, principalmente entre los campesinos tabacaleros del norte que se entregaron a pleno en la batalla. En un avance constante a partir de los cordones montañosos que rodean a San Andrés, los hombres comandados por el general Fonseca fueron liberando pueblo tras pueblo en el último mes de la contienda. Penetraron sin mayor resistencia en la capital de Costa Paraíso.
La clase sumergida de la ciudad los recibía en pleno jolgorio, arrojaban flores al paso y ofrecían sus mujeres a los valerosos libertadores.
Las clases altas y pudientes habían abandonado el país tres o cuatro días antes de la victoria final. Acompañaron a su líder democrático por miedo a las ejecuciones. Es decir, como suele suceder en este tipo de situaciones, algunos representantes de los grupos económicos permanecieron en San Andrés. Intentaban establecer acuerdos con las nuevas autoridades y asegurar la continuidad de sus negocios. Debido a la nueva relación de fuerzas a partir de ese día iban a contar con otros socios. Nada se pierde, todo se transforma, dicen los principios de las ciencias físicas.
Los grandes discursos del general en las plazas públicas fueron frecuentes durante los primeros cinco años del gobierno revolucionario. Eran tiempos donde los corazones se alimentaban de sueños y promesas de concreción en las necesidades postergadas.
Como era de esperarse, los imperios de turno se opusieron al nuevo régimen de facto instalado en Costa Paraíso. Los embargos internacionales no se hicieron esperar. De todas formas el pueblo campesino estaba acostumbrado a vivir con la escasez, la indigencia cultural y el desarrollo de una economía centrada únicamente en la exportación de habanos y café. La hambruna era cuestión secundaria. Poder caminar por las plazas libremente y emborracharse a la luz de un farol sin consecuencias con la ley, fomentó un sentimiento de liberación que produjo gran idolatría hacia la Fuerza Gregoriana y sus líderes.
Por supuesto, comenzaron las primeras disidencias entre los generales transformados en próceres de la revolución. Don Hilario Fonseca, haciendo gala de su sagacidad sólo comparable con las actitudes de gran orador, se las ingenió para enviar a la cárcel a una docena de patriotas revolucionarios.
El concepto de “alta traición” resultaba funcional a estos designios. Algunos perdieron su vida en situaciones inexplicables, accidentes de tránsito y crímenes a manos de autores anónimos. Otros sufrieron la tortura o la ignominia popular a partir de juicios públicos donde la condena estaba estipulada previo a toda defensa. Unos pocos prefirieron el exilio y otros, finalmente, consintieron la supremacía del general convirtiéndose en los brazos ejecutores de sus políticas.
Cincuenta años transcurrieron desde aquellos acontecimientos. La vida de Alfonso no resultó fácil. Tirado allí, sobre la tierna hierba bajo un firmamento poblado de estrellas, no dejaba de pensar en Rosita. ¿Qué habrá sido de ella? Diez años habían pasado desde su último encuentro en aquella tarde de Santo Tomás. Allí retozaron viviendo a pleno el descontrol sexual en un hotel de tercera categoría perteneciente a los suburbios de su pueblo natal. A veces, contemplando firmamentos salpicados de estrellas titilantes, dedicaba buena parte de la madrugada en fantasear con Rosita, su actualidad, sus necesidades, sus relaciones, sus posibles novios, sus abortos…
La conoció cuando ejercía la prostitución en los barrios bajos del pueblo. Ella era una muchacha popular entre los campesinos solteros de las tabacaleras. Desde el primer encuentro quedó prendado de aquella morocha de ojos verdes y piel cetrina. Durante tres años ocupó el rol de novio de una prostituta. Se sentía obligado a desviar la mirada ante los embates del viejo oficio ejercido por Rosita en la ciudad norteña.
En realidad, tenía la esperanza de afincarse con la joven en las tierras altas a las afueras de Santo Tomás. Proyectaba emplazar una plantación propia de tabaco y, además, por supuesto, formar familia al estilo clásico. Sin embargo, en esos tiempos soplaban vientos en otra dirección entre los pobladores de clase indigente que comenzaban a vivir las consecuencias de una guerra interna. Por supuesto, Rosita se resistía al abandono de su oficio. No era el beneficio económico el que pugnaba por mantenerla activa en la prostitución. En verdad, no se sentía a gusto haciendo otra cosa.
Vencido por un cúmulo de circunstancias adversas a su proyecto, un día Alfonso puso fin a sus sueños y marchó rumbo al sur, a la gran ciudad. Era uno más de los emigrantes de las tierras norteñas. Buscaba la felicidad prometida por la revolución gregoriana que, según dichos del Presidente, se disponía a establecer la justicia social entre una población ávida de discursos heroicos.
Las imágenes se apartaron violentamente de su mente al escuchar el crujido de una brizna de hierba a pocos metros de distancia. El entrenamiento prodigado por “La Patro” durante tantos años permitía mantenerlo alerta, a pesar del relajamiento producido por el habano y algún que otro trago de caña. Dejó caer el cigarro de sus labios. Dirigió el cañón de su ametralladora en dirección a la zona desde donde provenía el crujido.
—Tranquilo, hermano, soy yo… —escuchó una voz familiar proveniente de las sombras.
Alfonso no abandonó la presión ejercida sobre el gatillo del arma. Los insurgentes conocían la presencia de las tropas gubernamentales en la región y sólo confiaban en los propios instintos.
La silueta difusa apareció emergiendo del paisaje nocturno. Se trataba de un hombre de escasa estatura, ataviado con un uniforme similar al suyo. Lo siguió encañonando hasta que el visitante se ubicó a pocos metros, debajo de la luz de la luna. Allí lo reconoció.
Era Paco, su amigo de la infancia. Con él había abandonado la tierra natal para buscar su destino en la capital de Costa Paraíso.
—No dispares… Está todo bien.
La voz de Paco Valverde se escuchaba entrecortada. Había dado un paseo apresurado por el camino selvático que los separaba del campamento. Era un hombre de mirada afable, rostro enrojecido y cabellos un tanto largos, pero escasos. Su figura se veía regordeta. Todos reconocían en él la presencia de un espíritu noble ajeno a la crueldad instalada en esos montes, donde la resistencia de los “contras” insistía en realizar una lucha armada de incierto destino y larga data.
—La Patro quiere que te releve. Están interrogando al Johnny que secuestramos ayer. Jean Paul le pone mano dura al asunto, pero el tipo parece de hierro. Estos hijos de puta hacen cualquier cosa con tal de defender sus dólares.
—¿De modo que me estás relevando, Paquito? Está bien. Ya me estaba cansando de mirar el cielo y pensar tonterías.
El recién llegado se encogió de hombros.
—Te conozco, hermano. Seguramente no deben ser tonterías esos pensamientos. Siempre fuiste “rarito” en esas cosas… Muchos sueños en la cabeza de un simple campesino, ¿eh?
—¿Y qué con lo de campesino? No me arrepiento de mis orígenes, viejo. Nuestra casta ha logrado mantener a este país de pie. Nuestra hoja de tabaco la llevan muchos de estos Johnny´s en sus pulmones, quemándolas a partir de los habanos que fabricamos.
—Sí… Habanos. Lo único que aprendimos a exportar en doscientos años.
—Bueno. Es algo natural. Más útil que los transistores, cabrón. Esos no se pueden fumar, ¿no es así?
—Siempre te las arreglas para tener razón, carajo. El bueno de Alfonso, defensor de los ideales de Costa Paraíso. Mejor te apuras, hermano. Sabes que La Patro tiene pocas pulgas para las esperas.
Alfonso sabía que Paco decía la verdad. La jefa indiscutible del grupo insurrecto era conocida por su carácter complejo. Se puso de pie y comenzó a caminar siguiendo la ruta transitada por su amigo minutos antes. Cuando pasó frente a la posición de Paco, pudo ver en su rostro una sonrisa pícara. Estaba esperando un sermón de ese tenor.
—Además… Me parece que hoy te toca cumplir con la Juanita, ¿eh? La vi un tanto nerviosa antes de salir del campamento.
No respondió a la broma. Estaba acostumbrado a los comentarios insidiosos de sus compañeros. Después de todo, hablaban de un hecho que se había transformado en verdadero mito entre aquella gente sumergida en la espesura selvática. Alfonso aceptaba esas chanzas. A su vez, también ellas le otorgaban cierta posición asimétrica con respecto a los otros combatientes.
A pesar del temor que inspiraba la jefa militar y su veteranía, era mujer apetecible. En medio de la jungla un par de senos bien formados despertaba el apetito sexual de cualquier hombre. Sin embargo, nadie se le atrevía a La Patrona. La respetaban demasiado. Ella saciaba periódicamente su angustia personal debido a la ausencia de aquel poeta “chupado” por los grupos militares gubernamentales. Ya habían pasado treinta años de esos eventos. En aquellos tiempos Juanita contaba con veintisiete años y jamás había logrado superar la pérdida. Últimamente lo había elegido a Alfonso Valladares para cubrirla.
En medio de una noche cálida e iluminado por la luna y las lejanas estrellas, el veterano guerrillero se internó en la selva exuberante sin mayores miramientos. Mantenía el dedo presionando el gatillo de su ametralladora. La muerte podía esperar detrás de aquella frondosa vegetación.
5
En algún lugar fuera del espacio–tiempo molecular…
Era un noble paisaje, así lo había dispuesto su mente. El cielo se veía despejado de un color azul intenso. El bosque se mostraba demasiado prolijo para tratarse de un recorte de la naturaleza real. Los diferentes matices de verdes producían un sentimiento tranquilizador a todo aquél que los contemplara.
Así debía ser. Desde pequeño había aprendido a proyectar imágenes tridimensionales sobre su pantalla mental. Era una especie de necesidad que el agobio de soledad producía sobre su espíritu.
Dicen que los poetas son personas extrañas, que poseen un poder de visión equiparable a la de los antiguos brujos de todas las tradiciones, que pueden penetrar más allá de la realidad metafórica circundante y apreciar formas de una geometría oculta, que a su vez crean mundos con sus sueños y los precipitan en los propios territorios circundantes, que el mismo paisaje compartido por todos es modificado dada la influencia de sus campos ilusorios… No podemos menospreciar el poder de la palabra. Y mucho menos cuando se expresa desde la belleza o el atormentado acontecer del universo cotidiano.
Aquel escenario era siempre el mismo, es decir, con sus matices, por supuesto. Una creación mental nunca resulta exactamente igual cuando se vuelve a manifestar. Hay cierta indeterminación en todo fenómeno sensorio. La vida se guarda cierto grado de imprevisibilidad cuando derrama la cinética diaria. Otorga misticismo a la existencia.
Más allá del bosquecito prolijamente alineado podía verse una playa que se perdía en el horizonte. El sol, humilde en su geometría pero perfecto en el esplendor de sus atributos, se alzaba en lo más alto de su cenit iluminando aquellas formas con el garbo de un monarca. La playa explanaba su superficie perdiéndose en la depresión de un horizonte curvo.
No se trataba de una limitación de esa realidad virtual, ficticia para los que gustan atribuirle personería absoluta al nivel molecular de la existencia. Todo lo contrario, permitía entrever la posibilidad de un territorio disponible más allá del paisaje insinuado en aquel esquema mental. Los límites difusos siempre inducen curiosidad en el alma de un poeta. Esto le sucedía cada vez que se dejaba transportar al prolijo bosque ubicado más allá de la prisión donde su cuerpo mutilado descansaba a merced de los torturadores de turno.
Al principio una bruma espesa de color blanquecino se hacía cargo de sus sentidos externos. Lo rodeaba en conciencia, sometiéndolo a una placentera quietud donde el dolor acumulado en la realidad molecular quedaba momentáneamente de lado.
Renovado en cuerpo y alma, se dejaba guiar por las fuerzas misteriosas que gobiernan nuestro mundo interno. El sopor que ellas destilaban sobre su sistema nervioso lo suspendían en un espacio–tiempo diferente. Podía sentir la verdadera paz de una existencia ontológica precipitándose en el flujo de energía que desarrolla el Acto en la Forma.
Una vez aquietado el cuerpo emocional, los sonidos naturales del bosque comenzaban a penetrar sus espacios perceptivos. La bruma blanquecina se diluía a su alrededor en la medida en que la realidad virtual establecía dominios en una conciencia ávida de la exploración de otras dimensiones, otras posibilidades del ser más allá de la prisión impuesta por el mismo esquema de experiencias.
Al principio era el canto de los pájaros un trino enriquecido en melodías diatónicas e insistencias comunicacionales. Las lenguas de las aves, verdaderos mantras de un universo saturado de dimensiones ocultas, siempre habían atraído su atención. Sabía que en esos sonidos la naturaleza ocultaba grietas a partir de las cuales resultaba posible migrar el espíritu a otras regiones de mayor libertad. Podía apreciar el murmullo de fondo típico de toda palpitación contenida en las formas dinámicas usadas por la vida para proyectar el Acto de la existencia.
Es una suave melodía cadenciosa que está detrás de toda manifestación activa. La poseen las estrellas en el recorrido del orden molecular, desde el punto alfa al omega. Se manifiesta sustentando todo pensamiento emitido como perturbación electromagnética. Atraviesa los espacios remotos de un cosmos pleno de rozamientos de las posibilidades activas. Está detrás de los cielos impolutos, en la profundidad de los océanos o en los latidos de todo corazón enamorado…
Luego, la bruma se tornaba una capa delgada y permeable a la penetración de la luz emergente en aquella dimensión mental. La niebla blanquecina desaparecía y los paisajes del prolijo bosquecito permitían situarlo en un lugar fuera del tiempo convencional.
Por último, los aromas ricos en disonancias y fragancias estimulantes terminaban de instalar la sensación sólida que se le exige a toda realidad circundante para ser aceptada como tal.
La mente resulta ser un observador complicado a la hora de otorgar legitimidad a un suceso o todo un escenario donde el cuerpo ha de realizar su faena. El sentido del olfato siempre se ha considerado el más noble de todos, ya que puede atestiguar la veracidad de las experiencias vividas en la resonancia del sistema nervioso. El aroma perfumado de una flor ha sido fiel testigo de los acontecimientos sentimentales a lo largo de la historia. Lo mismo sucede con los paisajes naturales. Uno termina convencido de su autenticidad cuando los perfumes silvestres impregnan nuestras sensaciones.
Así fue como se encontró parado por vez primera en medio del bosque. Los rayos solares se filtraban a través de las ramas de las casuarinas, altas y orgullosas de gobernar el páramo desde la vera del sendero. Daban un aspecto mágico al encuadre, cual si se desprendiera de una dimensión perteneciente a las fábulas infantiles.
Tuvo una reminiscencia de su niñez. Sentía que una puerta cerrada en su corazón durante años ahora pugnaba por ser abierta. Estiró los brazos y las piernas con movimientos lentos. Temía que el dolor lo devolviera a la prisión de paredes húmedas y manchas de sangre salpicando el piso. Sin embargo, nada de eso sucedió. Sus miembros respondieron con la armonía que tuvieran de joven, cuando la vida sonreía y cualquier circunstancia resultaba lo suficientemente motivadora como para allanarle el camino a la poesía.
Sintió la agitación de las energías de aquella comarca movilizándose por su cuerpo. Respiró profundamente y, sin tomar reparos frente al impulso que lo invadía, comenzó a correr libremente por el sendero. La brisa del viento golpeaba su rostro, percibiéndola más bien como una caricia y no como una oposición a su despliegue. El aroma de la vegetación húmeda a consecuencia del rocío lo motivaba a continuar con la carrera. Podía observar la variedad de especies emplazadas alrededor del camino. Ellas lo contemplaban silenciosas, dando la impresión de indulgencia frente a la necesidad de un niño que intentaba conectarse con sus propias posibilidades.
De repente detuvo su marcha.
El ritmo de respiración se manifestaba alterado. Las mejillas se mostraban encendidas, cálidas al tacto, vivas. Le tomó un minuto recobrar el aliento. Observó hacia adelante y comprobó el motivo de aquella abrupta detención: el sendero, tanto como el bosque, desaparecía a unos diez metros de distancia. El terreno transformaba totalmente su naturaleza convirtiéndose en una playa de gigantescas proporciones. La arena se extendía en todas las direcciones, una especie de desierto de aspecto hermoso y deshabitado a su vez.
Caminó con decisión hasta el límite que separaba los dos parajes de su dimensión mental. Entonces, la duda lo obligó a detenerse. El instinto de supervivencia pulsaba a flor de piel en la envoltura del poeta. El bosquecito prolijo producía un sentimiento de protección de fuertes connotaciones infantes. Aquella naturaleza desplegada a su alrededor levantaba las paredes necesarias que lo aislaban de las fuerzas oscuras gobernantes en su realidad molecular. Un muro de contención que no podían penetrar las picanas eléctricas, el “submarino”, las herramientas de tortura del Cirujano o la permanente vejación de los guardias.
El bosque olía diferente a la prisión donde había permanecido durante el último mes de su vida. Y sin embargo desaparecía allí, delante de su vista, desvaneciéndose en aquel océano de arena sin solución de continuidad. El entramado verde se transformaba en un espacio infinito donde la sensación de vacío producía vértigo a la altura del plexo solar.
Observó el horizonte curvo donde aquella playa parecía introducirse en la lejanía, repujándose en los orígenes del mismo cielo. La libertad esperaba más allá de la finalización del sendero en cuyo extremo se encontraba parado. Una libertad total, sin paredes a la vista, sin tapujos de ninguna especie. Una libertad verdaderamente libre…
Volviendo a respirar profundamente, dio el primer paso. Cuesta abandonar la protección ficticia de la tierra para entregarse al misticismo del vuelo mágico, sin andamiaje, sin escudo protector, sin armadura. Y sin embargo, todo es parte de la trama.
Comenzó a caminar abandonando el sendero. La arena se mostró suave y receptiva bajo los pies. Las huellas de sus pasos fueron quedando detrás de sí, acabando con la virginidad de un territorio aún inexplorado. Después de todo, era el único peregrino autorizado a tales efectos. Nadie más puede reinar en los territorios que nosotros mismos hemos creado.
El sol en lo alto evidenciaba un mediodía estival. La temperatura, lejos de ser agobiante, se mostraba agradable para el periplo playero. A pesar de no contemplar océano alguno rodeando aquellas arenas, la brisa suave y fresca que las atravesaba denunciaban la presencia próxima de aguas salitrosas. El mar no podía encontrarse lejos. Ocultaba su presencia por algún motivo desconocido, pero en su fuero íntimo él sabía que no pisaba territorio desértico, más bien se trataba de la impronta costera de un océano de proporciones importantes.
Detrás de sí observaba la entrada al bosquecito prolijo donde había sentido la reminiscencia de sus energías juveniles. No quería perderlo de vista. Comenzaba a sentir el cansancio de la caminata. Sin más, tomó asiento en el piso cálido y a su vez mullido de esa playa donde se podía respirar el perfume salitroso de un mar oculto tras el repulgue del horizonte, lejano y difuso entre la línea curva donde un cielo azul tenía su origen.
Un movimiento en los cielos atrajo su atención. Hasta ese momento, desde que se instalara en aquel espacio–tiempo producto de sus necesidades psíquicas, la ausencia de cinética ex profesa había pasado desapercibida para su conciencia, ávida en la búsqueda de una libertad oculta.
En el cielo, poniendo proa en dirección al horizonte lejano donde la playa intentaba sumergirse en un mar ausente, se distinguía una bandada de gaviotas en vuelo lento y parsimonioso. Algún graznido podía percibirse desde el cuadrante donde realizaban el movimiento migratorio.
“Ésta es una buena señal”, se dijo esperanzado.
Las gaviotas confirmaban presencia marina más allá de una playa extendida a los cuatro vientos. Y la mar, como todos los poetas lo saben, representa el símbolo más preciado de la libertad…
6
Enero de 1965. Santa Elisa, un barrio cerrado de San Andrés.
Las fiestas en la mansión del ministro eran buenas excusas para dejar momentáneamente en el olvido las dificultades políticas y económicas por las que pasaba Costa Paraíso.
El doctor Amílcar Bravo pertenecía al seno de una familia acomodada en las épocas de la presidencia de don Hilario Fonseca. Su padre había sido Director del Banco Central y gozaba de prestigio entre los principales circuitos económicos del mundo occidental y cristiano. Desde temprana edad comenzó a pasar temporadas anuales en Boston, donde su progenitor contaba con una propiedad cercana a la prestigiosa casa de altos estudios. Allí obtendría su Maestría en Economía. Harvard se convirtió en su segundo hogar. Entonces, nacieron los principales vínculos que a la postre le permitirían operar financieramente desde su Ministerio de Hacienda.
Haber pertenecido a la élite de los amigos del poder en los tiempos de Fonseca no constituyó en escollo insalvable para la familia Bravo. Es más, hubo muchos de los beneficiados del anterior régimen que astutamente tomaron contacto con el general Fulgencio meses antes de que descendiera de las selvas aledañas para hacerse cargo de San Andrés en nombre del pueblo soberano. Eran esos mismos personajes que mantendrían sus situaciones de privilegio ofreciendo contactos y manipulaciones económicas, necesarios para el gobierno revolucionario. Las presiones internacionales en dirección de una salida democrática mantenían aislada la precaria economía del país caribeño.
La familia Bravo sobrevivió a la revolución sangrienta de la Fuerza Gregoriana y en los tiempos actuales se encontraba bien posicionada. El propio don Atilio Fulgencio solía visitar la mansión ubicada en el Barrio de Santa Elisa. En la exclusiva vecindad había pasado don Pablo Gutiérrez su niñez y juventud antes de convertirse en el enemigo intelectual del régimen.
Era sabido que el general se sentía atraído por doña Carlota Bravo, la mujer de su ministro. Algunos afirmaban que el viejo zorro ya la había hecho su amante. Esta situación resultaba apetecible para el propio don Amílcar. La impronta lo posicionaba en las altas cumbres dentro de las preferencias de Fulgencio. Sin embargo, el general se mostraba recatado con la frecuencia de sus visitas a la quinta de la familia Bravo. No le gustaba mostrar públicamente el lado flaco de su personalidad, por otra parte tan conocido y comentado en privado por los allegados. Las mujeres bonitas lo perdían y doña Carlota era una mujer de belleza irresistible.
Las reuniones festivas se realizaban una vez al mes en Santa Elisa. La gala dispuesta por los organizadores resultaba rigurosa y a la vez formidable. Todos acudían vistiendo atuendos antiguos, muñidos de largas pelucas victorianas y descendían de carrozas apropiadas a la jerarquía del evento.
La villa de don Amílcar era vasta en superficie y provista de jardines cuidados. Estos, bien iluminados, mostraban pérgolas, glorietas varias y estatuas de mármol que identificaban deidades paganas diseminadas alrededor de la casa.
Un bosquecito de abundantes pinos y coníferas se extendía alrededor de aquellos jardines. No había sendero visible que lo atravesara, tal era su densidad. Algunas parejas se perdían entre la abundante naturaleza buscando el necesario sosiego para dar rienda suelta a sus actos prohibidos.
El general Fulgencio conocía a la perfección la espesura del lugar. Doña Carlota se había ofrecido de guía en muchas ocasiones para mostrarle sus atributos femeninos. El Presidente tenía fama de portar un buen fusil entre sus pantalones y este detalle parecía ser del agrado de la joven mujer.
La noche se mostraba estrellada. Era verano, como casi siempre acontecía en Costa Paraíso dada su envidiable situación geográfica. Durante la tarde había llovido lo suficiente como para refrescar el acuciante calor de los últimos días, una tormenta de verano típica del clima tropical que gobernaba al país. Todavía podía percibirse el aroma fresco a vegetación mojada. La temperatura resultaba más que agradable para disfrutar de la fiesta.
Los invitados, vestidos con trajes de gala de la época victoriana, caminaban por los jardines formando grupos de evidente selección social. Los hombres maduros dedicaban el encuentro a definir negocios relacionados con el comercio exterior. Las damas permanecían sentadas en los cómodos sillones formando círculos exclusivos y aprovechaban la dialéctica para informarse sobre los deslices de las más osadas. Éstas, caminando despreocupadamente entre las estatuas y las pérgolas, vigilaban el ambiente con la actitud del ave de presa que va tras alguna nueva víctima.
Los jóvenes de ambos sexos jugaban al flirteo aprovechando la ocasión. Si la cosa iba bien, una o dos horas más tarde las muchachas estarían con sus espaldas apoyadas sobre los pastos del bosquecito, el vestido desarreglado a la altura de los senos y el cuerpo de algún osado haciendo el desgaste energético bajo la noche estrellada.
Los mozos, ataviados con las prendas exigidas por el protocolo, cruzaban todo el tiempo los jardines portando bandejas con copas de champagne francés y exquisito clericó. Las bebidas desaparecían cual si se tratara de agua ofertada en el desierto. Las mesas con los canapés y los platos calientes estaban diseminadas alrededor de la vivienda. A pesar de encontrarse reunidos al aire libre, las voces de los invitados se hacían escuchar en la medida que desarrollaban sus conversaciones grupales.
—Estas dos semanas no te he visto en el barrio —dijo Pablo con su manera pulcra de pronunciar las palabras.
A los diecisiete años había ganado cuanto concurso literario se organizara en San Andrés. Un libro de su autoría comenzaba a recorrer el país con gran éxito y ciertas editoriales europeas se manifestaban atraídas por “el joven poeta caribeño”. Los modales refinados adquiridos en el periplo del sendero culto y la ausencia de muchachas en su vida le habían otorgado el mote de “mariquita” entre los jóvenes del barrio.
—Me he dedicado a pulir mi francés —respondió Florencia Bravo, su amiga de la infancia—. Lo he dejado de lado en los últimos tiempos y deseo estar bien entrenada para el mes de abril.
—¿Abril? ¿Y qué sucede en abril?…
—Oh, ya lo has olvidado. Siempre el mismo despistado. “Pablito el despistado”, ¿eh? Así te decíamos en el colegio. ¿Qué importante evento va a suceder en el transcurso de ese mes, mi querido amigo?
El muchacho se sintió turbado por al apremio al que ella lo sometía. Le temblaron los labios durante unos instantes. A veces le sucedían esos síntomas. Inseguro de sí mismo durante los años infantes, no alcanzaba a construir una personalidad afirmada en la adolescencia. Al contrario de aquel arte profesado al escribir frases bellas y pensamientos profundos, el joven poeta caribeño se turbaba tempranamente al encontrarse rodeado de personas. Y principalmente frente a Florencia, a quien amaba perdidamente en lo íntimo de su corazón.
La muchacha lo conocía bien. Sabía de sus padecimientos adquiridos en el seno de una familia complicada. Le tenía gran aprecio al dulce caballerito que la acompañara desde que tenía uso de razón. Conocía el amor que Pablo dispensaba a su persona y esta situación la halagaba plenamente. Sin embargo, no le correspondía plenamente. En realidad, era cariño lo que ella sentía por el medroso poeta, un cariño persistente, ancestral y protector. Pero no estaba convencida de que aquello fuese amor. A su vez, tampoco hacía caso a las burlas de los otros compañeros, los consideraba idiotas indignos de su amistad.
La pérdida de la madre y, posteriormente, del mismo progenitor en situaciones tan trágicas, habían hecho del poeta un joven extremadamente vulnerable. En la actualidad lo criaba una tía materna que poco conocía la psicología del muchacho.
Cuando lo veía en alguno de esos trances dubitativos y expresando el temblor en el cuerpo, la joven se compadecía e intentaba darle rápida salida al problema:
—Está bien. Como buen despistado te olvidaste del asunto. En abril viajo con mi padre a París. Es más, estamos planificando una buena fiesta de despedida.
—¿A… París? ¿Tan lejos?… ¿Y por cuánto tiempo?
—No lo sé. Tal vez dos o tres meses. O más… El primo de padre, el doctor don Francis Duclau, está realizando todos los arreglos. ¡Ah!… ¡No veo la hora de que llegue el momento!…
Pablo dudó unos segundos. No era persona decidida a la hora de expresar sus sentimientos. Tomó con gesto frugal la mano de su amiga y la miró a los ojos. Ella sintió que aquellos paisajes verdes en la mirada profunda del poeta la conmovían. De pequeña había percibido ese brillo especial en las pupilas de su amigo. Estaba convencida de que él podía penetrar la espesura de su alma.
—Te voy a extrañar… —murmuró el joven con voz apagada.
Permanecieron durante un largo instante detenidos en el tiempo, mirándose como lo hacen los viejos amantes celestiales. Una voz solemne rompió el encanto del momento:
—Aquí estabas, querida Florencia. Te estuve buscando por todas partes…
Los jóvenes abandonaron el místico retiro de sus almas. Pablo observó con expresión beligerante al recién llegado. Florencia sonrió con el encanto típico de su rostro trigueño y cabellos castaños pletóricos de bucles. Los dientes blancos y perfectos otorgaban mayor luz a sus facciones.
El hombre se apostó entre los dos jóvenes con la impertinencia de quien se siente superior a los demás. Tendría unos treinta años de edad y vestía uniforme militar francés correspondiente a la temática de la fiesta. Le sentaba muy bien. El porte elegante de su postura, tal vez rayano en la arrogancia, y una considerable estatura le permitían mirar al mundo circundante desde una posición autoritaria.
Al cabo de algunos segundos Pablo abandonó su beligerancia inicial. Conocía bien el temple de aquellos halcones. Padre había sido uno de ellos, al igual que tío Jorge, o el propio don Atilio, a quien presentaran al tiempo de ganar su primer concurso literario. Tenía diez años de edad entonces. Esos tipos estaban acostumbrados a dar órdenes y ser obedecidos. Sin lugar a dudas el uniformado era uno de ellos.
—Creí que te encontrabas sola —dijo el recién llegado con evidente acento francés. Observó con indiferencia a Pablo, como si se tratara de un animalito alimentándose dentro de una jaula.
—Oh, él es Pablo Gutiérrez, Francis. El principal poeta de nuestras tierras —comentó Florencia sin dejar de sonreír—. Tiene publicado un libro que está dando vueltas por todo el país.
—El joven poeta caribeño —dijo el uniformado masticando sus palabras—. Esos versos que hablan de la libertad más allá de un horizonte marino…
—La Visión Pagana —mencionó Pablo, sintiéndose halagado por las palabras del hombre.
El militar lo miraba con extrema frialdad.
—Me gustaría conocer el real sentido de la metáfora —dijo con voz dura—. Tal vez… haya algo allí…
No concretó la frase. Dirigió una sonrisa de compromiso a la muchacha, le besó la mano con la cortesía de los nobles y dijo, mostrando cierto apuro:
—Más tarde nos veremos en la casa, querida. Tengo algunos asuntos que tratar con tu padre.
Sin más, el hombre se retiró perdiéndose entre la multitud que disfrutaba de la velada.
—¿Y ese? ¿Quién es, eh? —preguntó Pablo demostrando enfado.
—El primo francés de mi padre, Francis Duclau. Se está encargando de los preparativos del viaje. En realidad, él es el artífice de esta aventura.
—No me gusta ese tipo. Tiene una forma de mirar un tanto… extraña. Parece arrogante en extremo.
—No seas criticón, querido. Es el agregado cultural del gobierno galo en Costa Paraíso. Te imaginarás que representa toda una autoridad en las cuestiones de arte. Tal vez te convenga hacerte amigo de él. Digo, para buscar horizontes del otro lado del océano con tus trabajos.
—¿Ese… tipo? ¿Apoyándome? No me pareció mostrarse entusiasmado con mis poesías.
—Te equivocas. A mí me dio la impresión de interesarse en la Visión Pagana.
Pablo no realizó mayor comentario y se encogió de hombros, como hacía cada vez que un asunto lo superaba. La presencia del agregado cultural había roto el encanto instalado entre ambos.
El joven poeta sabía de pérdidas en la inspiración literaria, como de otras cuestiones en la vida. Aquello que se rompe en el alma no puede repararse. Debemos asumirlo y reemplazarlo por algo semejante, un sustituto. Florencia era su amiga del alma desde que tenía conciencia. Ella también era irreemplazable. Siempre había estado allí. Ese francés había dejado una estela inquietante tras de sí. El muchacho intuyó el advenimiento de malos tiempos en su relación con la joven.
Florencia lo miraba en silencio. Había aprendido a leer los pensamientos de su amigo a partir de los gestos. Ella conocía las verdaderas intenciones del pariente de su padre y, de manera impiadosa, jugaba con las mismas intentando caminar por sobre las aguas. Estaba decidida a conocer mundo, recorrer las viejas capitales europeas y beber de los mejores licores. A pesar de la diferencia de edad que tenía con Francis, el mecenas de la cultura podría representar una buena alternativa en pos de precipitar sus planes. Sin embargo, estaba allí Pablo, Pablito,el tierno muchacho a merced de un mundo que se complacía con fustigar a los débiles, perrito faldero acostumbrado a buscar protección con la amiga de la infancia.
Otra vez sintió la necesidad de obrar en consecuencia. La proximidad del joven poeta precipitaba aquel misterioso instinto maternal.
—Ven. Vamos a caminar —dijo, tomándolo de la mano.
El contacto con esa piel suave y a la vez cálida cambió el clima depresivo en el muchacho. Transitaron en silencio los alrededores del jardín. Algunos de los invitados comenzaban a sucumbir bajo los efectos del buen champagne. Las parejas se extraviaban en la espesura del bosque buscando algún cómodo lugar bajo el cielo estrellado.
A escondidas, Florencia y Pablo bebieron suficiente vino dulce como para desinhibirse también lo suficiente. Los ojos de la muchacha brillaban de manera extraordinaria. Casi a los empujones obligó a su amigo a penetrar en los territorios del bosquecito. Ninguno de los progenitores estaba ocupado en controlar sus acciones. Después de todo, ella sentía que algo le debía al poeta y no pretendía ser injusta con su perrito faldero.
7
Enero de 2005. Costa Paraíso
Aquellos hombres parecían decididos a seguirlo. Los había reconocido unos diez minutos atrás, cuando deambulaba por el reducido hall del aeropuerto de San Andrés. Estaba preparado para la intervención de alguna comitiva policial o guardias del ejército. Las personas uniformadas suelen dedicarse a perseguir turistas sospechosos en países como en el que se encontraba visitando o, por lo menos, esa era la visión que los periodistas extranjeros tenían de Costa Paraíso, luego de casi medio siglo de instalado el régimen gregoriano.
Eran dos hombres de mediana estatura. Vestían ropa de civil con los sacos abotonados, probablemente para ocultar el arma que cada uno portaba a la altura de la cintura. Ya había visto esa tipología de sicario en otros continentes del mundo por donde lo llevaran sus investigaciones.
Lino Bardot era hombre de unos cincuenta años bastante mal llevados debido a su afición por el juego, la noche y las mujeres de honorarios baratos. Como todo buen escritor que se precie de serlo, también reclamaba el alcohol un importante lugar entre sus vicios, pero en estas lides no admitía brebajes de bajo costo.
—Una cosa es el “amigo” y otra el hígado —solía decir entre confidentes, cuando movilizaba el primer trago rumbo a su boca decidido a emborracharse.
Sus compañeros de andanzas, todos ellos de vida disipada y aceptable poder adquisitivo, le tenían gran cariño. Sabían de su noble corazón y la decisión impuesta en la vida de recorrer cuanto sendero se le abriera por delante.
Burdeos, su terruño natal, había quedado lejos en el recuerdo. El único bien económico que tenía a su nombre era un departamento de dos ambientes en París, a unos quinientos metros de la torre Eiffel, asentado en un viejo edificio de dudosa reputación. Solía enclaustrarse en él luego de sus investigaciones por el mundo, decidido a redactar las notas editoriales que vendería a buen precio o sumergirse en el último libro que su editor bregaba por conseguir.
A pesar del excelente ingreso económico que su oficio de investigador le proporcionaba, Lino seguía aferrado a la bohemia descubierta en la juventud: viejos amigos de juerga, algunas novias de ocasión, un buen whisky de malta escocesa y los viernes póker hasta despuntar el alba. Alguna vez estuvo casado, pero no tenía mayor interés en hablar de eso.
Los dos hombres impostaban la situación de platicar entre ellos parados en un rincón del hall, sin embargo, el escritor conocía sus intenciones.
“El muchacho me lo advirtió. Dijo que tuviera cuidado, que me seguirían”, pensó con alguna molestia. ¿Cómo se llamaba su contacto? A veces se le escapaba el nombre, o mejor dicho, su apodo. Tal vez el chico también deseaba ocultar su identidad. Después de todo, él vivía bajo ese régimen todos los días. Debía ser un espíritu valiente para estar haciendo lo que hacía. Charito. Eso era. Charito. Así se hacía llamar.
Intentando demostrar total indiferencia, se dirigió fuera del hall principal para abordar un auto de alquiler. Una vez en la ruta pudo percibir que otro vehículo marchaba detrás del suyo manteniendo una distancia prudente. La figura difusa de los dos hombres en el asiento trasero no resultaba fácil de percibir.
Las sombras comenzaban a caer sobre el descampado que separaba los veinte kilómetros del aeropuerto con la ciudad capital. San Andrés, como todos los pueblos de los pequeños países caribeños, estaba rodeado por un cordón de pobreza que servía de muralla cultural para el predicamento de sus líderes sociales.
—¿Recién llegado, don? —preguntó el conductor del automóvil.
Era hombre de unos cuarenta años, piel cetrina, cabellos oscuros y enrulados a pesar del corte severo al que lo sometía. Usaba anteojos negros que ocultaban sus ojos y mejoraban la importancia de su rostro.
—Así es. ¿Puedo fumar? —preguntó Lino con total desenfado.
El chofer sonrió.
—Por supuesto, don. Éste es un país libre.
—¿Quiere uno? —ofreció el francés hablando un castellano bastante pasable y extendió la mano invitando un cigarrillo que sobresalía de la marquilla.
El conductor acentuó la sonrisa y tomó el cigarro con gesto rápido. Lo prendió con el encendedor del vehículo.
—Gracias, don. Aquí no se consiguen estas marcas europeas. ¿Es su primera visita a San Andrés?
—De hecho, sí. Me quedaré unos días. Tal vez una semana.
—Mire, señor. No sé a qué se dedica usted, pero fíjese por el espejo que ya lo están siguiendo esos tipos.
—Sí, descuide. Me percaté del detalle.
—No se preocupe demasiado por estas persecuciones. A la gente del gobierno no le gustan los extranjeros. Y mucho menos aquellos que viajan solos. En fin… Estas personas también tienen que trabajar, ¿no le parece?
—Por supuesto. Debe haber muchos como ellos dando vueltas por ahí, ¿no es así?
El chofer disfrutaba del tabaco exhalando volutas de humo en dirección a la ventanilla. Mantenía el vidrio abierto hasta la mitad. La velocidad que desarrollaban en la ruta, prácticamente deshabitada a esas horas, era tranquila. El otro automóvil se desplazaba a unos cien metros detrás, sin dar muestras de querer sobrepasarlos.
—El estado tiene muchos empleados, don. Nosotros los llamamos “los ñoquis”. A ellos no les agrada este apodo. Yo tengo a mi cuñado que trabaja para la guardia civil de don Atilio Fulgencio. Le pagan bien. A veces debe realizar procedimientos nocturnos. Como ya le habrán dicho, en la selva, los guerrilleros se hicieron fuertes en los últimos treinta años. La Patro tiene muchos admiradores, pero el coronel Mauricio Cabral le sigue los pasos de cerca. Ella es idolatrada por los campesinos. Pobre Juana. Un día de estos la van a matar.
—¿Y en la ciudad? ¿También se infiltraron los insurrectos? En Europa se habla mucho de esto…
—Oh, no, no. San Andrés sigue siendo pueblo leal a la Fuerza Gregoriana, pero usted sabe cómo son estas cosas. Hay espías del gobierno por todos lados. Mire, ya estamos llegando a la capital, ¿quiere que los pierda?
A Lino le resultó divertida la sugerencia. Un poco de adrenalina no vendría mal. En verdad, no se había hecho grandes ilusiones de correr aventuras interesantes en Costa Paraíso.
—Y Bueno, veamos, compadre, qué tal maneja.
—¡Pues yo soy el mejor, don! —exclamó el hombre arrojando la colilla de cigarrillos por la ventanilla.
El lugareño decía la verdad. Una vez ingresados en la densidad urbana, aceleraron la marcha y realizaron unas cuantas fintas en esquinas oscuras. Al cabo de cinco minutos, el vehículo escolta había desaparecido del espejo retrovisor.
—Ahora dígame adónde lo llevo.
—Al Hotel Mansilla, por favor.
El hombre hizo un gesto contrariado.
—Como usted diga.
Una vez llegado a destino, Lino le entregó un billete de grueso calibre y el atado completo de cigarrillos.
—Quédese con el vuelto. Vale la pena una buena aventura para comenzar a conocer el país.
—Gracias, don. Usted tiene pinta de escritor, ¿eh? Periodista o algo por el estilo. Mi nombre es Carlos. Acuérdese de mí en sus escritos. Ahora bien… —su rostro se ensombreció un tanto. Bajó la voz para continuar—, tenga cuidado en el lugar, señor. Dicen que en este hotel paran maleantes y algunos enemigos del régimen. Es un territorio peligroso.
—Tomaré en cuenta la sugerencia. Gracias, amigo.
Cinco minutos después, Lino Bardot dejaba caer su cuerpo en la cama de una plaza del cuarto que el propio Charito había reservado.
El Hotel Mansilla era un viejo edificio de ocho pisos. Había sido construido en la época donde el Partido Blanco gobernaba sin oposición, siguiendo una parodia de régimen democrático. Setenta años atrás el coronel don Ricardo Fonseca, padre de don Hilario, a la postre su sucesor, se encargó de construir el edificio. Es decir, una de sus empresas contratistas desarrolló el proyecto.
Sin un correcto mantenimiento en los últimos veinte años, el exterior aparecía lúgubre y vencido por el paso del tiempo. Sin embargo, los pasillos estaban bien iluminados y antiguos gobelinos cubriendo las paredes lucían bastante pulcros. Las habitaciones, a pesar del viejo mobiliario que poseían, eran espaciosas y frescas debido a los ventiladores de techo de baja revoluciones, siempre encendidos. Una pequeña heladera al costado de la cama estaba bastante bien provista de distintos brebajes apetecibles para todo buen escritor, entre ellos, una botella de whisky escocés. Sus primeros movimientos consistieron en colocar hielo en el vaso y derramar la bebida en él. Un viejo aparato telefónico descansaba sobre la mesa de luz. Lo miró con recelo.
Después del tercer trago buscó en la maleta la nota que había desencadenado aquel viaje. La letra del muchacho era pareja y perfectamente legible.
“Estas son cuestiones que se heredan”, se dijo sonriendo. Pensó en su padre, un oscuro periodista de barrio en la zona de Burdeos. Los ingresos entonces apenas alcanzaban para comer. Por eso se marchó Edith, su madre, a continuar el periplo de la vida con un empresario vitivinícola. En fin, el mundo gira y gira y todos hacemos lo que podemos para evitar marearnos.
Abrió la nota en tanto se colocaba los anteojos de lectura. El colchón era bastante mullido y el escocés estaba comenzando a realizar su trabajo de relajación. La leyó por quinta o sexta vez.
“Señor mío. Ciertos contactos que mantengo con los luchadores por la libertad en mi país me han informado que usted se encuentra investigando la vida de mi abuelo, el gran poeta caribeño don Pablo Gutiérrez, asesinado hace veinte años por la Fuerza Gregoriana. Desde hace décadas este régimen se ha instalado en el poder y ha eliminado a toda persona que piense distinto a él.
“Tengo la intención de brindarle toda la información que usted necesite para que salga a la luz la penosa pérdida de este valeroso patriota latinoamericano, así como también parte de su obra inédita que mantenemos oculta quienes creemos en su lucha.
“Mi abuela Florencia está dispuesta a contarle la verdad sobre estos acontecimientos, de manera privada, por supuesto. Los usurpadores del poder aún controlan la información circulante en nuestro amado país y resultaría extremadamente peligroso para todos que ellos se enteraran de esta situación. Por favor, le pido sea precavido una vez instalado en nuestra tierra. Los espías del régimen vigilan a los turistas. En el Hotel Mansilla estará seguro, pero cuide de que no le roben algo valioso del cuarto. Los muchachos en San Andrés están pasándola mal y sobreviven como pueden. Yo me pondré en contacto con usted. Charito.”
En un par de renglones el joven explicaba la ubicación geográfica del hotel y otros considerandos, así como una casilla de correos para enviar telegramas. La noche anterior, Lino le había remitido unas escuetas líneas comunicándole el horario de llegada. De ahora en más quedaba a la espera de los acontecimientos. Charito elegiría el momento más oportuno para contactarlo.
Todo aquel asunto tenía un halo a fantasía folklórica. Conocía parcialmente la historia de don Pablo Gutiérrez. Un antiguo miembro de la embajada francesa en Costa Paraíso había introducido parte de su obra en el continente europeo. En ese entonces el poeta ya era ampliamente conocido en distintos países latinos y su detención clandestina en San Andrés produjo grandes movilizaciones de famosos intelectuales a favor de los derechos humanos, reclamando la inmediata liberación.
Los libros de don Pablo dieron la vuelta al mundo y en los años sucesivos fue reconocido como uno de los grandes escritores de habla hispana. Por supuesto, su lucha por la libertad del país y posterior asesinato en una de las prisiones más salvajes del régimen gregoriano le otorgaron cierta mística a su persona. Debido a esto y a intereses políticos, gran parte de su vida privada se mantenía oculta a los ojos del mundo.
Hacía un tiempo que Lino se había volcado a investigar el asunto. La aparición de Charito fue providencial. La fama de Pablo Gutiérrez había crecido en Europa en los años posteriores a su muerte. Los intelectuales jóvenes se interesaron en su obra literaria y los libros reverdecieron una fama que se había apagado en el olvido que suele invadir la muerte de los escritores.
Ahora, el periodista se encontraba solo en una habitación de segunda categoría a merced de fuerzas desconocidas en un país gobernado por fanáticos y asesinos. Apuró el segundo vaso de whisky con cierto nerviosismo. Su único aliado era un joven de quince años que lo había invitado a participar de una aventura donde la vida estaba en riesgo.
Se puso de pie y comenzó a caminar por la habitación. Estaba ubicada en el cuarto piso. Intentando permanecer oculto tras la gruesa cortina, se asomó por la ventana que daba al frente del edificio. En la calle observó a los dos personajes que lo siguieran en el aeropuerto. Permanecían parados en la esquina y hablaban animadamente. Uno de ellos fumaba un habano, de esos que habían hecho famosa a Costa Paraíso en el mundo.
De repente, los tres golpes retumbaron en la puerta de entrada al cuarto. Eran espaciados, cadenciosos. Lino se apresuró a pararse delante de la mirilla y atisbó a través de la misma. La figura de una mujer morena voluptuosa y provocativa lo sorprendió.
—¿Qué desea? —preguntó con voz áspera.
—Vamos, chico. Abre la puerta. Soy un regalo que el hotel ofrece a los turistas.
La mujer sonreía divertida en tanto pronunciaba las palabras. Lino también sonrió. Después de todo, las cosas no estaban tan mal como lo creía.
Abrió la puerta lentamente. La dama ingresó a la habitación caminando con pasos cortos. Un perfume de aroma intenso flotó en el ambiente.
—Adelante. Si se trata de un regalo, puedo abrirlo con la misma generosidad de quienes lo han enviado…
El rostro de la morena cambió en esos momentos. Su gesto insinuante se transformó en una expresión colmada por la decepción. Antes de que pudiera Lino cerrar la puerta, la misma se abrió con fuerza inusitada. Tres hombres ingresaron intempestivamente en el cuarto. Uno de ellos esgrimía un arma de grueso calibre.
Otro, de mayor edad y barba desprolija, habló con voz tajante:
—Señor Lino Bardot, bienvenido a Costa Paraíso. Nuestro líder, el general Atilio Fulgencio, nos ha pedido que le mostremos la cordialidad del país…
8
La playa se mostraba apacible y digna de disfrutarse en soledad. Aquellas gaviotas se desplazaban extendiendo sus alas en dirección de un horizonte que se mostraba lejano, curvo, donde la arena se perdía sin solución de continuidad. Una brisa suave provenía de esa dirección. Se podía intuir la presencia de un vasto océano más allá de la línea que unía la playa de arenas blancas con un cielo de color azul, intenso, vivo. Sin embargo, las aves parecían mantener la misma posición a pesar del movimiento de sus alas. De todas formas, resultaba difícil percibir el desplazamiento real a partir de la distancia que lo separaba de ellas. Sin lugar a dudas, los pájaros avanzaban, pese a mantenerse dentro de las mismas coordenadas con respecto al horizonte.
Le agradaba contemplarlas incluso con aquel detalle, pequeño en relación con la existencia del mismo escenario que se veía tan real como su propio cuerpo. La mente suele realizar proezas formidables. Es la dueña de todas las metáforas en nuestras vidas y también de cada una de las prisiones del alma…
El bosquecito esperando a sus espaldas, las arenas que lo rodeaban siguiendo los cuatro puntos cardinales, las gaviotas volando a lo lejos y ese cielo de cuento de hadas…
Recordó un poema que había escrito en cierta oportunidad. Lo había dedicado a Florencia, en sus épocas de juventud, cuando el amor platónico aún tenía sentido en su vida. Todo era parte del mismo paisaje, incluso aquella celda pestilente donde su cuerpo sangraba y la muerte no se dignaba a hacer acto de presencia. Resultaban extraños esos recuerdos. No sentía nada por sus torturadores ni por la injusta detención a la que se veía sometido por persecución política. Simplemente lo embargaba un agradable vacío interior…
Extrañaba a sus mujeres, por distintas circunstancias, por supuesto, dado que jamás había sido bígamo en su vida.
Florencia era su gran amor. Los carceleros se encargaron de sustraerle una fotografía de ella que guardaba escondida dentro de la almohada. Poco a poco, en aquella prisión inhumana, la niña de su primera infancia se había transformado en la mujer de sus sueños.
Distinto era el caso de Juanita, La Patro. Ella lo había cuidado cuando se encontraba transitando el momento más vulnerable de su vida, odiado por la casta social que otrora había admirado la obra del joven poeta caribeño, con ambos progenitores muertos en distintas circunstancias y perseguido por el contenido de su literatura.
Juanita logró rescatarlo en el último minuto. Los tres meses pasados en el campamento de La Patro fueron suficientes para resarcir su espíritu rebelde. En esas noches calurosas donde las alimañas se las ingeniaban para acechar los cuerpos con picaduras molestas, alguna harmónica clandestina dibujaba tristes melodías en el ambiente.
El portal que lo conectaba con el territorio más allá de las metáforas mentales se abrió y el torrente de creatividad comenzó a fluir de manera tempestuoso en medio de la selva.
Fueron semanas de trabajo febril en el papel rústico que los guerrilleros le suministraban.
—Es lo que se consigue, don Pablo. Disculpe usted la grosería —decían con sumo respeto.
Aquella gente lo trataba bien. Consideraban importante su obra revolucionaria y la fama lograda en el mundo de habla hispana. Sabía que lo veían como personaje extraño en medio del fragor popular. Después de todo, el joven provenía de la clase acomodada de San Andrés y era el hijo de uno de los líderes fallecidos de las milicias gregorianas. Sin embargo, todos los recelos fueron dejados de lado cuando ese grupo de campesinos, analfabetos en su mayoría, conocieron a “don Pablo”, como ellos mismos comenzaron a llamarlo.
A partir del transcurso de los meses la idolatría popular por el poeta fue creciendo en las tierras aledañas a la capital. Además, había un ingrediente que fortalecía ese respeto: Juanita se enamoró de su protegido. Todos sabían lo que aquello significaba. El carácter fuerte de La Patro obedecía a su genética indígena mezclada con alemanes colonizadores. Ella podía mostrarse despiadada a la hora de interrogar a un prisionero o cortarle la garganta a un soldado gregoriano, como a su vez fogosa y amante primitiva en la cama.
Cerró los ojos y se tendió en la arena. A pesar del sol resplandeciente animando una tarde que eternizaba su presencia, sintió el lecho apropiado para distenderse. Como si fueran flashes de imágenes robadas al álbum de la memoria, los recuerdos insistieron en recrear escenas que exigían un lugar en su historia personal.
9
Padre era persona de hábitos sostenidos, principalmente en lo referido a los horarios. Partía a la mañana cuando el reloj del living indicaba las siete en punto. Lo recuerdo pues un pajarito de plumas tiesas asomaba su endeble figura en tanto la estridente música anunciaba la hora. Regresaba de sus importantes funciones en el Ministerio de Defensa a las seis de la tarde. Madre lo esperaba con la mejor de las sonrisas y una copa de licor en la mesa de la sala. Lo besaba ligeramente en la comisura de los labios y se sentaba a su lado para atenderlo en el curso de la conversación cuyos temas él mismo imponía.
Aquella obsesión de padre le permitía a madre desarrollar su vida paralela. Las visitas de tío Jorge poco a poco iban incrementando su frecuencia. Asomado a la baranda de la escalera los podía ver allí, en la sala, disfrutando de su relación clandestina. El perpetrador permanecía sentado en el mismo sillón donde horas más tarde, a las seis y cinco minutos exactamente, padre hablaba de su vida cotidiana, insulsa para quien lo escuchara, en tanto bebía mecánicamente el licor. En ambas situaciones madre se mostraba feliz. Dibujaba en su rostro una sonrisa ancha y serena y en los ojos aparecía aquella sonrisa que me cautivara desde pequeño.
Aquél era uno de mis primeros recuerdos de la infancia, cuando me entregaba confiado a sus brazos y disfrutaba plenamente sus abrazos, el roce con su piel, el perfume a savia natural que emanaba de su cuerpo luego del baño que tomaba por las tardes, cuando esperaba a padre en su puesto de trabajo cual si fuera una geisha instalada en la casa de té.
Mi lugar en esos momentos era el cuarto. Quedaba virtualmente encerrado en él por espacio de una hora. A veces, hora y media. Escuchaba los sonidos apagados provenientes de la habitación contigua y utilizaba mi poder mental para trasladarme hasta ese territorio prohibido donde tío Jorge y madre fornicaban como dos animales en celo. Mantenía mi proyección psíquica al lado del lecho que en las noches sería usado por padre con fines similares.
Tío Jorge no me interesaba demasiado. Siempre lo consideré persona peligrosa y execrable. Tenía sospechas de su oscura actividad y de los males que le producía a la gente perseguida por el régimen, pero en esos tiempos mi mundo infantil apuntaba de manera directa a madre. Ella me había sostenido en sus brazos desde pequeño. A través del contacto con su cuerpo aprendí lo que significa para un hombre estar a merced de una mujer, sentir su calor penetrando mi piel, cerrar los ojos y escuchar su respiración acompasada próxima, muy próxima; percibir la densidad de aquellos senos apretados contra mi pecho, los mismos que observaba detenidamente cuando ella salía del baño envuelta en alguna de sus batas de geisha…
Vuelvo a repetir. No era tío Jorge quien me interesaba al contemplar la difusa escena durante mi fatigosa proyección mental. El centro de atención era, por supuesto, ella. Y allí comprendía que madre era mala persona. La veía gemir bajo el cuerpo musculoso de mi tío, entrecerrar los ojos y abrir sensualmente los labios para emitir suspiros y aullidos entrecortados, moverse rítmicamente bajo el impulso del orgasmo en evidente muestra del placer que recorría su territorio… Entonces, tieso en mi lugar como una estatua de jardín, algunas lágrimas comenzaban a correr por mis mejillas.
Ella era mala, traicionera y egoísta. Su bata de seda permanecía tirada sobre la alfombra, vacía, inexpresiva, a la espera de la conclusión de ese rito sexual que se prolongaba por espacio de una hora. Y sin embargo, a pesar de su actitud perversa para conmigo, yo la amaba…No podía dejar de hacerlo. Sentía que le pertenecía, a pesar de no suceder la situación complementaria. Resultaba evidente que madre no era prenda de nadie o, tal vez, se pertenecía a ella misma, quizás al mundo, en lo que a su cuerpo concernía.
Después de todo, así son las geishas, ¿no es verdad? Es la actitud que uno ha ido asimilando a partir de la difusión de su profesión, mantenida en el más oscuro de los misterios durante siglos y pincelada con un halo de filosofía existencial. Las sacerdotisas atienden al hombre desde una postura de esclavitud… En mis épocas infantes no entendía el corazón de aquel servicio.
Una hora más tarde, me encontraba parado en medio de la sala. Tío Jorge y madre me observaban sonrientes a unos pocos metros de distancia. Ambos me miraban de manera solícita, tal vez con el sentimiento de culpa a flor de piel.
—Saluda al tío, Pablito, que se marcha de regreso a su trabajo.
Una de esas tardes, no recuerdo bien el día pero en la memoria me ha quedado el sol cálido del estío dibujado en un cielo limpio, en tanto contemplaba la escena de alcoba con el dolor de quien se siente traicionado, una alarma interna se disparó en mi cabeza. Lo sentí como un campanazo de fuertes proporciones sacudiéndome el sistema nervioso.
La respiración se me paralizó por algunos segundos. Regresé a mi cuerpo ubicado en la habitación contigua de manera instantánea, con un sobresalto. Abrí los ojos desmesuradamente. El sudor frío me empapaba la frente y caía groseramente sobre mi nariz, goteando. Una profunda angustia se había instalado en mi alma. Sabía que algo terrible estaba a punto de suceder. Observé el reloj de pared que hacía un par de semanas Jacinto instalara en el cuarto.
—Con esto podrá medir mejor las métricas de sus versos, señorito Pablo —dijo una vez finalizada la faena.
En realidad nunca he comprendido bien el alcance de aquellas palabras, pero el reloj me inspiró mayor confianza en mi trabajo sin conocer realmente la causa de ello. Tal vez la frase de Jacinto simplemente resultó lo suficientemente tranquilizadora.
Las agujas indicaban las cinco y cuarto, hora que jamás olvidaré por el resto de mis días. Corrí desesperado en dirección de la ventana que daba al jardín de entrada. No resultaba necesario observar el paisaje, dado que mi precognición me indicaba los sucesos que estaban a punto de suceder.
El automóvil de padre se estacionaba en esos momentos a un costado de la casa. Los guardias que custodiaban la entrada lo saludaron como lo hacían siempre a pesar de lo insólito de la hora. Me pareció que uno de los soldados pronunciaba unas palabras en voz baja a su compañero. Se veía en esos rostros expresiones de preocupación. Afuera, apostado en la calle, esperaba el vehículo de tío Jorge con sus ocupantes dentro de la cabina. A través del vidrio delantero podía percibirse claramente al uniformado que lo acompañaba en el periplo hasta la casa de su amante.
Vi la figura de padre descender del automóvil y observar durante algunos segundos al otro vehículo apostado en la calle. En la lejanía no podía apreciar el tenor de su mirada, pero sí intuirla desde mi difuso poder inductivo. Ningún sentimiento noble destilaba mi corazón en esos momentos. Hizo un gesto vago en dirección de los guardias, quienes respondieron afirmativamente con sus cabezas en actitud resignada. Luego, acomodando su gorra con rápido movimiento de la mano derecha, emprendió con paso firme el camino que lo llevaba hasta la mansión. Pude contemplar el bamboleo de su arma reglamentaria en la cartuchera que pendía de la cintura. Otro escalofrío recorrió mi cuerpo. En ese día la inocencia tenía la muerte asegurada.
Abrió los ojos lentamente al regresar de aquellos espacios internos. La pantalla mental otra vez estaba en blanco. A veces, cuando la sensación de peligro satura los niveles perceptivos en un estadio virtual actúan los mecanismos de defensa y la conciencia regresa a la realidad de mayor densidad. El cielo limpio de fuertes tonalidades azules le pareció familiar. Mucho más tranquilo que el ajado cielorraso de la prisión donde su cuerpo molecular permanecía de costado en el camastro, incapaz de realizar movimiento alguno sin aquel dolor que se había convertido en un persistente estado muscular.
Volvió a sentarse sobre la arena blanca. La tocó con los dedos dejando que los delicados corpúsculos se deslizaran a través de ellos y sintiendo el placer de esa suavidad impregnada en el tacto. A lo lejos, próximas al horizonte, las gaviotas continuaban con su vuelo insistente buscando un mar que se resistía a manifestarse. Otra vez calculó que debían encontrarse en la misma posición relativa a la línea curva donde la playa era devorada por el paisaje, pero a su vez el movimiento de los pájaros resultaba harto evidente.
El sol iluminaba con sus poderosos rayos sin producir sensación de ahogo. El perfume del salitre marino se impregnaba con mayor intensidad. Se incorporó y comenzó a caminar en dirección de los pájaros. El bosquecito a sus espaldas empezó a empequeñecerse. No le prestó demasiada atención al detalle. La playa ofrecía suficiente misticismo como para dejar de lado las precauciones originales. La idea de darse un baño en aguas cristalinas lo subyugaba. Aún podía sentir en el cuerpo las heridas producidas por los golpes de los guardias y las zonas donde ellos hicieran correr la corriente eléctrica. La sal limpiaría esos malos recuerdos.
De repente, detuvo la marcha. Aguzó la mirada intentando separar la visión de la realidad y el espejismo en aquellos niveles internos de su psiquis. A unos doscientos metros de distancia, o quizás más, podía percibir otra forma humana parada dentro de su propia proyección. Se trataba de un hombre. Las ropas blancas que vestía camuflaban su presencia en el territorio arenoso. El extraño, detenido en ese espacio–tiempo, lo miraba con insistencia.
10
Enero de 2005. Un campamento ubicado en algún lugar de la jungla circundante a San Andrés.
Juanita Giménez observó su rostro reflejado en el vetusto espejo ubicado en su carpa personal. Un par de arrugas nuevas habían aparecido en el transcurso de los últimos meses. A sus cincuenta y siete años de edad seguía teniendo la figura atractiva de una morena perteneciente a las tierras del norte, donde el obraje tabacalero dominaba el paisaje desde tiempo inmemorial.
“La jungla conserva a las hembras que le pertenecen”, pensó divertida. Los ojos color café de la imagen, grandes y brillosos, se clavaron en los suyos permitiéndole explorar los confines de su propia alma.
Con ambas manos comenzó a acariciarse el cuello, aún fresco y elástico como en los buenos tiempos cuando trabajaba en la plantación junto a su familia. Los dedos fueron bajando hasta adentrarse en el cuello amplio de la remera de campaña que solía usar.
Los senos se mostraban firmes al tacto, pletóricos como toda dama oriunda de Santo Tomás, ciudad famosa por el ardor de la caña y la belleza telúrica de sus mujeres. A Pedro le gustaba toquetearlos al paso en tanto realizaban la cosecha.
—Hoy está divina, Juanita. Cuando volvamos al rancho nos damos un buen revolcón en la cama, ¿eh?
Podía recordar su rostro redondo, cetrino y normalmente mal rasurado. Se habían casado muy jóvenes. Ella tenía dieciséis años y él veinte.
—No sea cosa que venga uno de esos blanquitos del sur y me la lleve a usted para la gran ciudad. Mejor nos casamos, princesita, y aseguramos el territorio, ¿no le parece?…
—No seas tonto —decía ella sin poder evitar el rubor en las mejillas—. Y deja de andar toqueteando, mierda, que la gente nos está mirando y se ríen…
—Mejor, Juanita, mejor. Estos tipos pagarían fortuna por pasar media horita con mi mujercita en sus camas. O simplemente, poder mirar las hermosas formas de sus pechos… ¡Si hasta a veces se me ocurre ponerle tarifa al asunto! Unos pesos de más no nos vendrían mal, ¿no le parece, hermosura?
—No digas idioteces —respondió en voz baja mirando hacia el suelo cubierto de hojas de tabaco.
Sabía que Pedro tenía razón. A los doce años comenzó a desarrollar sus atributos físicos y todos los lugareños, sin distinción de edad, quedaron prendados de aquella muchacha de contextura atlética y cuerpo exuberante. Sin embargo, Juanita era de cuidar mucho su sexualidad. Como el resto de las jóvenes de Santo Tomás, perdió la virginidad a temprana edad. A los trece años no quedaba joven en el pueblo que no hubiera pasado por su experiencia iniciática. A ella le tocó ser desflorada a los trece años por un tío sesentón que vivía en su propia casa, junto a otras diez personas. La familia aglutinante era común entre aquella gente. Esto aseguraba a las niñas perder la virginidad con los propios parientes, situación que era bien vista por los padres.
—Evita el trauma original de hacerlo por primera vez con un desconocido —decían los parroquianos apostados en los bares donde pasaban los atardeceres bebiendo caña y ginebra.
El momento llegó a la hora de la siesta, como solía suceder en esas lides. El tío, luego de haberse bebido media botella de caña y esperado pacientemente la siesta del resto de los habitantes del rancho, se aproximó a la inocente Juanita para decirle con la mejor de las sonrisas:
—Ven, niña. Vamos al galponcito. Quiero mostrarte algo.
La muchacha se encogió de hombros. En realidad, desde hacía unas semanas estaba esperando el desenlace. Los comentarios a medias palabras de sus mayores hablaban al respecto. Y ella misma ya no soportaba más una virginidad que la dejaba a la vera del camino emprendido por todas sus amigas. Obedeció mansamente al hombre de robusta figura y lentos movimientos. El tío Samuel le caía bien a pesar de su tendencia natural hacia el alcoholismo. Se trataba de una decisión familiar. Esta circunstancia la tranquilizaba.
—Vamos a hacerlo aquí —dijo Samuel con sonrisa paternal.
Una vez ubicados dentro del galponcito, el hombre señaló un rincón. El recinto estaba atestado de trastos viejos, herramientas oxidadas y diversos enseres que habían perdido su uso natural. Ella se recostó sobre una alfombra. El tío la había preparado en la mañana buscando facilitar su noble trabajo. Apenas iniciada la faena, Samuel preguntó:
—¿Está bien así, niña? ¿Duele mucho?
—No… no —respondió la joven jadeando.
Al cabo de unos minutos el dolor se transformó en placer y todo se desenvolvió dentro de los parámetros esperados.
—Aquí tienes, niña —dijo el hombre al finalizar su cometido.
Le tendió una gaza de tela delicada y limpia. Juanita pudo contener de esta manera la sangre que se escurría entre sus piernas. Conocía el detalle. Sus amigas le habían pronosticado el evento.
—No te preocupes por la sangría —comentaron ellas con rostro serio y experimentado—. Eso ocurre sólo la primera vez. Es como un bautismo para entrar en la nueva vida…
Las semanas pasaron y Juanita sintió el deseo de repetir las acciones desarrolladas en el galponcito. Durante tres meses el tío Samuel se dignó a ser compañero fiel de aquellas aventuras. Lo hacían dos o tres veces por semana. En algunas tardes y cuando el alcohol se lo permitía al buen hombre, repetían la impronta hasta que la noche instalaba sus dominios. En la casa los demás habitantes estaban al tanto de estos encuentros.
—Es la sed inicial —decía el padre en las sobremesas, cuando los practicantes se encontraban en el galpón—. Ya se va a calmar la niña. Las calenturas son típicas en la juventud y es bueno tener el apoyo de la familia. Los extraños se aprovechan de las circunstancias. Eso es malo. Samuel es hombre bueno. Estas cuestiones refuerzan el espíritu.
Las palabras del progenitor resultaron premonitorias. Pasado el tiempo de las “calenturas típicas” el deseo de la niña mermó considerablemente. El aliento alcohólico que el buen tío venteaba en los momentos culminantes de la faena y la diferencia de edad tranquilizaron las energías de la niña.
Samuel aceptó, no sin resignación, el final del contrato y dedicó los últimos tres años de su vida a mejorar su cultura etílica. Falleció una noche de verano en tanto dormía el sueño forzado. Con la mano derecha seguía sosteniendo la botella de caña vacía.
Juanita cuidó su cuerpo durante algún tiempo. Alternó con un par de muchachos compañeros del obraje tabacalero, simplemente para evitar los comentarios de muchacha difícil que comenzaban a circular en el pueblo. Santo Tomás, como todo caserío provinciano en Costa Paraíso, tenía grandes tendencias de estigmatizar a sus propios habitantes. Algunas de sus amigas se vieron forzadas a abandonar la cuna natal producto de ese chismerío implacable.
Sabía ella que no tenía gran oportunidad de supervivencia como lugareña soltera y de buena presencia. Entonces, apareció Pedro en su vida. Desenfadado y con grandes actitudes histriónicas, el campesino descollaba sobre el resto por su postura risueña y la frase pícara. Una tarde la esperó a la vuelta de su casa y le entregó un colorido ramo de flores con gesto ampuloso, en tanto decía:
—Si me permite, hermosa doncella, este caballero sería un hombre feliz si pudiera acompañarla una tarde a una caminata en la alameda…
Rápidamente Juanita se enamoró de un personaje tan especial. La boda se realizó en el invierno, a pesar de las recomendaciones insistentes por parte de la futura suegra. En ese tiempo contaba con dieciséis años.
—Mejor, princesita —decía Pedro con la sonrisa pícara—. Las noches de invierno son especiales para hacer “cucharita” —y mientras hablaba palpaba las nalgas prominentes de su “negrita”.
Ambos trabajaban en la cosecha de tabaco allende los campos que rodeaban Santo Tomás. A los dos años vino al mundo Juanito, quien a la postre sería el único hijo del matrimonio. A pesar de su nueva condición materna, los campesinos solteros continuaban cortejando a Juanita. En ciertas ocasiones, algunos de ellos “empinaban el codo” más de la cuenta e intentaban manosear aquellas partes que veían a diario con ojos libidinosos. Pedro, gentil hombre y de sonrisa fácil, también poseía un carácter difícil cuando se trataba de invocar las reglas del respeto. Sus puños eran certeros y dejaban rastros de sangre al entrar en acción.
De esta manera, viviendo en aquel rancho que el hombre había construido con sus propias manos, Juanita junto a su pequeña familia disfrutó de esos años, a pesar de estar signados por la pobreza. Esta situación resultaba común en el ambiente pueblerino. La hambruna a su vez se alternaba con la típica alegría de la gente sencilla.
Sin embargo, el destino tenía preparado otros territorios para esa mujer de espíritu simple e indómito. Llegaron los tiempos donde los excesos de la fuerza gregoriana comenzaron a producir reacciones entre los pobladores de Santo Tomás. Las violaciones ejecutadas por los soldados de la guardia urbana, un grupo de élite a las órdenes del intendente, resultaban frecuentes e insultaban el tranquilo acontecer de aquellos campesinos. No había forma de realizar denuncia alguna por los excesos. La policía se mostraba complaciente con esos borrachos uniformados y dilataba toda acción investigadora.
Una noche, Pedro regresó del obraje tabacalero cuando el sol comenzaba a esconderse detrás del horizonte. Se lo veía cansado. Juanita, como era costumbre, le sirvió una copa de caña.
—¿Estás cansado, Pedro? Esta noche te convendría acostarte temprano. Hoy vino don Luis y dijo que mañana te pasa a buscar al alba para ir a las plantaciones del norte.
—Sí, sí. Ayer me habló sobre ese viaje.
—Dice que allí pagan bien el día. Me comentó que podrían permanecer una semana levantando la cosecha. Mi hermana Asunción a lo mejor se viene para hacerme compañía. Le gusta leerle cuentos al niño.
Pedro giró la cabeza en dirección del camastro donde un muchacho de cinco años dormía profundamente.
—¿Y cómo anda el pendejo, eh? Los otros días lo bañé en la tina del galponcito. ¡El desgraciado promete ser pijudo como el padre, carajo!…
—Baja la voz, tonto. Además, no hagas alarde que no es para tanto.
—¿Así que esas tenemos, eh? —comentó Pedro mostrando nuevamente su sonrisa pícara. A pesar del cansancio reflejado en esas ojeras de color oscuro, apareció el brillo felino en sus ojos—. Vamos a probar “el calibre”, entonces, y así nos sacamos las dudas.
—¡Despacio, tonto! Juanito duerme…
Ella sabía que el comentario no detendría sus intenciones y tampoco tenía deseos de que sucediera eso. Emitió una risita cuando Pedro se levantó abruptamente de su silla para atraparla entre sus brazos y comenzar a besarla salvajemente.
De repente, la puerta de calle se abrió con extrema violencia. El ruido de la madera al quebrarse detuvo las efusivas acciones de la pareja.
—¿Qué mierda…? —comenzó a decir el dueño de casa mientras giraba el torso en dirección a la entrada del rancho.
Cuatro personas aparecieron de la nada. Eran hombres uniformados portando armas de grueso calibre. Todos tenían los cabellos rapados al buen estilo militar y demostraban con sus posturas poseer un fuerte estado etílico. Uno de ellos parecía tener la voz cantante. Carraspeaba antes de hablar. Echó un escupitajo en el piso y luego dijo, con voz autoritaria:
—¡A ver, campesino de mierda, ya es hora de compartir ese bombón que tienes con los héroes que liberamos este país!…
Los tres acompañantes miraban con ojos vidriosos a Juanita revelando sus verdaderas intenciones. Uno de ellos, de alta estatura y hombros anchos, había comenzado a desbotonarse la bragueta.
—¡Hijos de puta, van a tener que pasar por arriba de mi cadáver! —gritó Pedro con actitud salvaje.
Empujó a su esposa a un lado y se precipitó sobre la pequeña mesada para asir la cuchilla de trozar carne. El soldado de la bragueta abierta apuntó con su fusil en dirección al dueño de casa. Su rostro denotaba extrema tensión. El sudor recorría su frente y tenía los labios apretados. Al momento de escucharse la detonación una figura diminuta cruzó por delante del cañón aferrándose desesperadamente a las piernas de Pedro. La bala explotó sobre la espalda de Juanito, salpicando de sangre el entorno. El cuerpo del niño cayó hacia adelante hasta ubicarse debajo de la mesa en una postura desmembrada. Durante algunos segundos se hizo silencio como si el tiempo mecanizado hubiera detenido sus engranajes. Luego se escuchó el grito de Juanita, desgarrador:
—¡Mi niño!… ¡Mi niño!…
La mujer se arrojó debajo de la mesa para abrazar el cadáver ensangrentado y todavía caliente de su vástago. Sollozaba y gritaba a la vez, manchando el vestido con la sangre que manaba de Juanito.
Con el rostro iluminado por una furia indescriptible, Pedro emprendió la carrera contra los uniformados con la cuchilla por delante.
—¡No, asesinos, hijos de puta, con Juanito no!…
Los cuatro soldados dispararon a la vez. El estruendo fue tremendo. Un humo gris saturó el ambiente del rancho. El pecho de Pedro pareció estallar ante el impacto de las balas. Se mantuvo en pie durante una fracción de segundo que pareció una eternidad. La sangre salpicó profusamente en todas las direcciones y finalmente el cuerpo de Pedro, campesino de risa fácil y frases pícaras, cayó tres metros más allá de donde se perpetrara el crimen, rebotando contra una de las paredes.
Juanita dejó de sollozar. Apoyó el cadáver de su hijo en el piso y permaneció sentada en su lugar. Observaba la figura del esposo despatarrado a la distancia. Sus ojos color café se cubrieron de una película opaca y gélida que perduraría durante las próximas décadas.
Los soldados mantuvieron la posición unos instantes, contemplando el desastre que ellos mismos habían perpetrado. El líder extrajo de entre sus ropas una botella de caña a medio consumir y echó un trago largo, cerrando los ojos debido al ardor en la garganta. Luego le pasó la bebida a sus compañeros. Ellos apuraron el contenido con actitud salvaje. Los cuatro miraron a Juanita. La muchacha los contemplaba desde la pasividad de su estado psíquico.
—¿Qué esperamos? —preguntó balbuceando el hombre corpulento.
—Procedamos —dijo el líder con extraño brillo en la mirada—. Tranquilos. Tenemos toda la noche.
—Sí. Dicen que esta campesina es el mejor trofeo de la zona.
—Vamos a probarlo. Pero de manera ordenada. Vuelvo a repetir. Muchachos, tenemos toda la noche.
A pesar de las indicaciones, los cuatro se abalanzaron como perros en celo sobre Juanita. Ella no se resistió. Sentía que su cuerpo ya no le pertenecía. Esos salvajes podían hacer lo que desearan con él. Se mostraría pasiva frente a sus embates.
Tal como sentenciara el líder de los perpetradores, abusaron de Juanita durante toda la noche en las múltiples formas que el lado oscuro del alma humana puede pergeñar.
Al promediar la faena abundaba sangre en las partes íntimas de la víctima. Esto preocupó a los violadores y le permitieron a la mujer un descanso de media hora. Luego continuaron con sus salvajes apetencias hasta quedar extenuados. El día comenzaba a mostrar su aspecto diurno.
—¿Qué hacemos? —preguntó el fortachón—. ¿La matamos también?
—Tiene un culo delicioso —dijo otro, bebiendo de una botella recién empezada—. Yo quiero echarme otro por atrás, pero ya no se me para…
—Es cierto. Esta mujer no merece morir. Mejor la llevamos al destacamento, la bañamos, le damos de comer y a la tarde podemos disfrutar de otra fiestita.
El líder tomó a Juanita entre sus brazos y la dio vuelta. Ella estaba desnuda. Como lo había hecho toda la noche, se mostraba dócil ante las ocurrencias de sus captores. El hombre intentó penetrarla por detrás, obedeciendo a impulsos desatados por los comentarios de sus soldados. Le costó perpetrar sus apetencias. Él también pagaba peaje por la promiscuidad y la ingesta etílica. Sin embargo, en el cuarto movimiento logró su cometido. Se escuchó el típico sonido de un cuero desgarrado. Haciendo caso omiso a la impronta el oficial comenzó a realizar bruscos movimientos. Golpeaba su pelvis contra las nalgas de la mujer. Una y otra vez. Una y otra vez, siguiendo esa cinética compulsiva.
Las gotas de sangre cayeron sobre el piso, situación que exacerbó aún más al violador. Su respiración se escuchaba jadeante.
Juanita había perdido sensibilidad en las zonas íntimas. Su esfínter se mostraba laxo e indoloro. La grieta abierta por aquella acción era una más dentro de las penurias sufridas durante toda la noche. En las últimas dos horas había percibido un cierto placer a pesar de la violencia desatada en esas violaciones. El único objetivo anidado en su mente era sobrevivir. Sobrevivir y vengarse…
El hombre se tomó su tiempo. Una vez finalizado el último coito, tomó asiento al lado de la mujer, jadeando y cerrando los ojos. Los otros tres uniformados no estaban en mejores condiciones. El exceso sexual y las botellas de caña comenzaban a pasarles factura.
—Y bueno, jefe, si usted pudo hacerlo yo también lo voy a intentar. Esta campesina tiene buen aguante. Nunca vi nada igual…
—Dale. Cójansela una vez más ustedes y después la matamos —dijo el oficial, exhausto.
—Sus pedidos son órdenes, señor —respondió el soldado corpulento.
Como pudo, el hombre se arrastró en dirección a Juanita. Ella era consciente de lo que sucedía, como lo había estado durante toda la noche. Sabía que en algún momento tendría su oportunidad. Cuando el corpachón, con el miembro apenas erecto entre sus manos se acercó a Juanita, los movimientos de aquella campesina dócil y entregada a su destino fueron por demás rápidos y eficientes. Tomó el arma que pendía del cinturón del soldado. Sabía que no se había disparado durante la refriega. En dos segundos, ante la conmoción producida por sus acciones, verificó que el seguro no estuviera puesto y disparó sobre el hombre. El estruendo rompió la monotonía del amanecer.
Luego, apuntó a cada uno de sus violadores y apretó el gatillo con la frialdad de un sicario que no tiene nada para perder. Aquellos soldados murieron con el miembro entre sus manos, erectos, como todo centinela que se digna a cumplir con su guardia. Los cuatro cuerpos permanecieron tirados en el piso hasta que el alba estableció sus dominios. El charco de sangre crecía lentamente.
Juanita se levantó luego de veinte minutos. Las partes íntimas comenzaban a dolerle. Las violaciones continuas precipitaban sus consecuencias en el plano molecular. Sentía un fuego consumidor en las zonas erógenas. Llenó una batea de lavar la ropa con agua oriunda del pozo y tomó asiento en ella. El fresco reparador en las zonas lesionadas no se hizo rogar. Seis cadáveres permanecían en sus lugares en tanto ella cerraba los ojos y relajaba los músculos.
Sabía que aquellos cuerpos ya no pertenecían a Pedro y a Juanito. Eran las envolturas de las almas que transitaron durante un tiempo en esta tierra. También los de sus perpetradores, quienes seguramente ya ardían en el infierno.
A la mañana don Luis se atrevió a ingresar al rancho. El hombre contempló la escena con una mezcla de asombro y terror. A sus veinte años de edad Juanita sentía que ella también había muerto esa noche en la cabaña. La Patrona, parada con un fusil en el hombro, esperaba a don Luis mostrando la gélida mirada que jamás abandonaría su rostro…
11
Juanita regresó del viaje impuesto por el espejo. Era cierto. A sus años todavía mantenía una estampa apetecible para los hombres. Sin embargo, la experiencia vivida aquella noche en el ranchito treinta años atrás dejó sus huellas en el espíritu de la combativa mujer. Por una parte, su personalidad se endureció lo suficiente como para transformarse en líder de la guerrilla campesina alzada en armas contra el gobierno gregoriano encabezado por el general Atilio Fulgencio.
Emergió la figura de La Patro, respetada por todos los habitantes de los territorios aledaños a la capital, incluyendo a los propios soldados del coronel Mauricio Cabral. El hombre no cejaba en realizar sus persecuciones por la campiña de San Andrés. Ellos le temían cual si se tratase de un fantasma proveniente del mismo infierno.
Se urdían historias increíbles sobre el accionar de La Patro y su crueldad al tiempo de combatir a los seguidores del gobierno. Con el paso de los años se transformó en el enemigo público número uno del régimen.
Otra cuestión fue su vida sentimental. Masacrada su familia aquella noche, se estableció un muro impenetrable alrededor de su corazón. Apaciguaba el deseo sexual esporádicamente acostándose con alguno de sus subalternos. Ellos realizaban estas acciones como si se tratara de una obediencia debida de estricto corte militar. En la refriega no se atrevían siquiera a mirarla a los ojos. Terminaban el servicio y se marchaban sin decir palabras, con el torso encorvado y el rostro serio.
Juanita los escogía según la valentía demostrada en las batallas o, simplemente, por propio capricho. De esta forma, apaciguaba el deseo natural de la tropa dados los meses de permanencia en la selva. A la vez, instalaba una especie de premio mayor para mantener en alza sus espíritus combativos. Por supuesto, la situación había cambiado con el arribo al campamento de don Pablo Gutiérrez. Las acciones de su liberación de la prisión de Alcázar, un caserío militarizado por las fuerzas regulares, se convirtieron en emblema de la lucha. El escritor era personaje famoso entre los intelectuales de Costa Paraíso y los países latinos aledaños. Algunos de sus libros daban vuelta por Francia e Inglaterra. Lentamente comenzaba a construirse una leyenda a su alrededor. El poeta caribeño se transformó entonces en “el poeta del pueblo”, tal como lo había sido Antonio Machado en Andalucía.
Al principio el hombre le pareció a Juanita un tanto afeminado. Ella estaba acostumbrada al campesino de la selva, a sus modales groseros y densos olores. Al cabo de un par de semanas terminó plenamente enamorada. Lo veía escribir frenéticamente en el campamento. Permanecía gran parte del día sentado en el tronco que los propios insurrectos cortaban y preparaban para ofrecérselo a “don Pablo”, a quien reverenciaban.
El muro construido alrededor de su corazón esa noche en el ranchito de Pedro, cayó estrepitosamente ante el firme sentimiento que la invadió al compartir su lecho con el poeta.
—Patro… —la voz en la entrada de la carpa se mostró dubitativa. Nunca se sabía el humor que la líder podía mostrar—. Ha llegado Alfonso. Usted me dijo que…
—Está bien —respondió la mujer con sesgo autoritario.
El recuerdo de don Pablo precipitaba el deseo de escapar de tantas privaciones, tanta lucha y tanta sangre. Salió de la carpa irguiendo su figura. Era más alta que el resto de los combatientes. Ellos no se atrevían a sostenerle la mirada. Tampoco lo hizo Jean Paul, quien permanecía parado en actitud sumisa y esperando instrucciones.
El hombre era delgado y de baja estatura. Respondía al patrón genético del campesinado del norte. En una reunión social podría pasar por mendigo, o a lo sumo como miembro de la servidumbre. Sin embargo, aquel guerrillero era el más sanguinario dentro del pequeño ejército que respondía a Juanita. Junto a Mandinga, su hermano menor impostado por la propia líder, se había convertido en experto torturador y verdugo de los prisioneros que solían secuestrar en las refriegas.
A Jean Paul en particular le gustaba cortar cabezas. Disfrutaba morbosamente al desgarrar aquellos cuellos con su cuchillo de doble filo, famoso en toda la comarca. Mandinga, de porte lugareño, delgado como su hermano pero de movimientos atléticos y felinos, era persona de pocas palabras. A pesar de los años, la piel en su rostro no se arrugaba. Pronunciaba tan sólo monosílabos. Juanita lo había escogido como su sicario personal. Lo consideraba un hijo y por ello le encomendaba las misiones especiales. Era su brazo ejecutor a la distancia.
—¿Dónde está? —preguntó ella secamente.
—Espera en la entrada de la celda, jefa. Usted me pidió que lo llevara allí.
—Muy bien. Vamos.
Caminaron alejándose de la luz mortecina que alumbraba la entrada de la carpa de Juanita. Se perdieron en la noche selvática. La luna y las estrellas eran suficiente candela para quien conocía palmo a palmo el territorio.
La Patro llevaba el arma pendiendo de la cintura. Se trataba de un revólver de grosera munición. También portaba una cuchilla de grandes proporciones, con ella había decapitado a varios de sus enemigos. Uno de ellos fue el general Ildefonso, hermanastro del Presidente, encargado en su tiempo de comandar la lucha frente a los “contras” en la jungla montañosa. Eso le valió el título de enemigo público número uno.
Veinte minutos después arribaron a la precaria construcción de la cárcel del campamento. Debido a su vida nómade, realizaban las viviendas rurales con troncos del lugar. Aquellos hombres eran expertos en las faenas campestres, criados en los obrajes tabacaleros y hábiles para la manipulación de todo elemento cortante. Un centinela cuidaba la puerta de entrada. Alfonso se encontraba parado a su lado, fumando uno de los habituales habanos del norte. Ambos endurecieron la postura en presencia de La Patro.
—Te dije que nada de cigarros en el campamento —recriminó Juanita con dura voz.
Alfonso apagó la punta del habano y lo guardó en un bolsillo del pantalón.
—Disculpe, señora. Es que… tanta soledad…
—Ahora nos vamos a poner sentimentales, ¿eh?
La mujer suavizó su expresión. Comprendía lo que el subalterno intentaba decir. A ella le pasaba lo mismo cuando contemplaba en la intimidad la foto de don Pablo, única reliquia que le había quedado luego de su partida al exilio en París.
—¿Sabes por qué estás acá? —preguntó, mirándolo a los ojos. Ella lo consideraba el más inteligente del grupo. Por eso lo había elegido compañero de lecho.
—No —respondió Alfonso, intentando ser cauto en el tono de la voz. Una negativa delante de La Patro podía traer severas consecuencias.
Juanita dirigió un vistazo al centinela en tanto le decía:
—Abre la puerta y permanece alerta. No quiero escaramuzas con este hijo de puta.
El guardia obedeció la orden. Luego cargó con una bala la recámara de su fusil y mantuvo el cañón en posición horizontal. La líder hizo un gesto a los hombres e ingresó a la prisión, seguida de Jean Paul y Alfonso. El centinela se mantuvo franqueando la entrada en posición amenazante.
La luz en el interior del precario recinto era escueta. La generaba una lámpara de aceite que ardía tenuemente apoyada en una mesita de madera. El prisionero se hallaba tirado sobre un colchón carcomido por las polillas y los jejenes.
El doctor Albert Smith era persona de unos sesenta años, corpulento y de largos brazos. Su procedencia norteamericana resultaba evidente dado el color del cabello, rubio y ensortijado, y la tez rosada de sus facciones. Los ojos celestes y los labios delgados completaban el panorama.
Al observar a sus captores ingresando en el pequeño recinto, supo que algo no estaba bien. Hacía cinco días que lo habían secuestrado de su domicilio en San Andrés. Vivía en uno de los barrios ocupados por funcionarios públicos y empresarios extranjeros que colaboraban con el régimen. Su condición de agregado cultural de la Embajada de los Estados Unidos no lo beneficiaba en esos momentos. Sabía que aquella célula subversiva sospechaba de su trabajo clandestino en conjunto con la fuerza gregoriana. El imperio del norte fustigaba públicamente al régimen instalado en Costa Paraíso, pero en las sombras establecía una red de negocios con sus autoridades. Albert era valioso manipulando información militar por detrás de sus funciones diplomáticas. Todavía no tenía en claro el objetivo de su secuestro. Tal vez fuera el pedido de rescate o la obtención de información clasificada. Hasta ese momento lo habían torturado sin finalidad alguna.
El guerrillero de baja estatura parado a la derecha de la mujer había demostrado gran sadismo al aplicarle técnicas no convencionales de tortura. Parecía disfrutar a pleno su trabajo. Albert era resistente. Su pasado militar le permitía afrontar los malos tratos con cierta dignidad. En esos momentos presentaba la cara magullada y el traje blanco manchado de sangre. Sus gafas, redondas y de una buena cantidad de dioptrías, tenían el armazón doblado y uno de los vidrios quebrado. A veces las retiraban antes de proceder con las acciones.
El agregado cultural abrió la boca. Mostraba dos dientes faltantes, los labios hinchados y tumefactos.
—Señora… —habló con voz débil—. Por favor. Necesito beber agua…
Jean Paul caminó un par de pasos y le asestó un golpe en el rostro. El hombre cayó pesadamente hacia atrás. Luego, arrastrándose a duras penas en el colchón que también mostraba rastros de sangre, se volvió a sentar.
—No hables en presencia de La Patro, rata inmunda —dijo Jean Paul, masticando las palabras con odio.
—Necesitamos conocer sus contactos —habló Juanita con autoridad—. Si no confiesa, lo torturaremos hasta morir.
—¿Mis contactos?… Soy un funcionario de la embajada. Yo no…
El guerrillero esta vez utilizó su pierna derecha. Asestó una violenta patada sobre el prisionero. El rostro de Albert comenzó a sangrar profusamente. Otro diente saltó de su boca para caer a un costado, envuelto en un escupitajo de tonalidades rojizas.
—Sabemos que trabaja clandestinamente con el gobierno de Fulgencio —volvió a hablar Juanita. El rostro de la líder se veía serio, imperturbable, sádico.
—Mire, señora… —la voz de Albert se escuchaba débil—. Yo no sé de lo que usted habla…
Jean Paul se apropió de una bolsa de plástico que colgaba de un perchero adosado a la pared. Con movimientos bruscos enderezó el torso del prisionero y le colocó la bolsa en la cabeza. Asiendo el extremo de la capucha por detrás lo ajustó con sus manos para ceñirlo fuertemente. Albert comenzó a contornearse debido a la sensación de ahogo. Su rostro, deformado por la opacidad del plástico, se veía desesperado: los ojos extremadamente abiertos, la boca realizando movimientos compulsivos en la búsqueda de aire, las mejillas y nariz pegadas a la bolsa, palpitando con el intento respiratorio.
—Hijo de puta… —le decía Jean Paul hablándole al oído—. Vas a responderle a La Patro…
Cuando el hombre daba señales de sufrir un desmayo, Juanita hizo un gesto al subalterno. El guerrillero aflojó la presión sobre la capucha y volvió a patearlo. Albert cayó de espaldas y comenzó a luchar contra la bolsa. No le resultaba fácil la maniobra. El plástico se había adherido a su cabeza. El americano tosía con vehemencia y movía la corpulenta figura de un lado al otro. Finalmente, el colapso sobrevino. Detuvo sus convulsiones espasmódicas hasta yacer con los ojos cerrados.
Jean Paul le quitó la bolsa de un tirón. Juanita miró de soslayo a Alfonso, quien permaneció durante todo el incidente a un paso detrás de la jefa.
—Revísalo —ordenó ella.
Alfonso se inclinó sobre el cuerpo del agregado cultural. Posó dos dedos sobre el cuello del hombre y al cabo de unos segundos volvió a erguirse.
—Está vivo —dijo lacónicamente—. Sólo es un desmayo.
—Muy bien. Jean Paul, despiértalo.
El aludido tomó un balde con agua ubicado debajo de la mesa. Arrojó el contenido sobre la cabeza del prisionero. Albert abrió los ojos lentamente. Su rostro evidenciaba el peor de los pánicos. El torturador lo obligó a sentarse, apoyándole la espalda contra la pared húmeda. Lo pateó un par de veces en las piernas.
—¡Vamos, rata, despierta!…
El hombre abrió los ojos. Con ambas manos se tomaba el cuello, compulsivamente. La sensación de ahogo aún dejaba registro en su garganta.
—Esto es simple, señor Smith —volvió a hablar Juanita—. Nos dice los nombres de sus contactos con el gobierno y le aseguro que en veinticuatro horas regresa al hogar con su querida familia. Imagínese la preocupación de su esposa sin saber quién ha de pagar la tarjeta de crédito este mes o la de su hija, que ya no cuenta con el dinero para comprar droga en los suburbios de San Andrés. O Rosaura, su pobre amante, la cantante de cabaret, esperándolo como lo hace todos los viernes a la noche en el Macondo para luego dirigirse a la casa que usted mismo le ha comprado en la ciudad. No queremos que se pierda la dulce vida que nuestro gobierno corrupto le ofrece en Costa Paraíso. Hable, señor Smith, y evitemos este pequeño inconveniente.
Albert se removió intranquilo en su precaria postura. Un hilo de sangre cayó de sus labios deslizándose por el mentón hasta gotear rumbo al piso. La vista se le comenzaba a nublar. Habló con voz débil, quejosa, suplicante:
—Señora… Yo… no sé nada…
El puño de Jean Paul se estrelló repetidas veces sobre su rostro, que ya comenzaba a parecer una masa sanguinolenta. El interrogatorio se prolongó quince minutos más. Con las facciones deformadas y otros dos dientes en el piso, Albert volvió a desmayarse luego de una nueva imposición de bolsa.
—No hablará —sentenció Juanita, encogiéndose de hombros.
Giró la cabeza hasta mirar a Alfonso, quien había mantenido silencio durante la sesión.
—Es por esta circunstancia que te mandé a buscar.
—Patro —comenzó a decir el guerrillero intentando ser cuidadoso con las palabras—. Usted sabe, yo no soy muy bueno para la tortura. Tal vez Jean Paul pueda…
—No seas tonto —respondió Juanita haciendo un gesto divertido—. No es eso lo que necesito de ti. Cuando despunte el alba quiero que lo lleves al campamento del Chato. Él sabrá qué hacer con este hijo de puta.
—¿Las tierras del Chato? Pero, Patro, debemos cruzar el lodazal. Allí, las tropas de Cabral son fuertes.
Juanita endureció la mirada. Sabía que la misión encomendada a su actual compañero de lecho tenía sus riesgos, pero no podía darse el lujo de mostrar fisuras en sus decisiones.
—Sabrás resolver el problema.
Luego observó al prisionero que yacía despatarrado en el piso, en medio de un charco de sangre.
—Si la rata intenta escapar, no dudes en degollarlo —sentenció—. Al Chato no le va a gustar eso, pero nadie se le escapa a La Patro y sigue con vida. Te llevarás a Mandinga. No habla mucho. Será una buena compañía.
Alfonso asintió en silencio con movimientos sumisos de cabeza. Sabía el significado de la última frase. La Patro ponía en juego la carta de su sicario personal. Si algo fallaba en la misión, Mandinga se encargaría de asesinar al prisionero y también a él mismo. Nunca dejaba cabos sueltos. Era su especialidad.
La voz de Juanita se suavizó de repente. Ella conocía el tenor de las instrucciones impartidas a su protegido, pero no tenía otra salida más que realizar aquel movimiento. El Chato esperaba el recado. Era poderoso en su territorio y no podía fallarle.
—Ahora vamos a mi carpa —dijo en tono conciliador—. Todavía faltan unas horas para el amanecer…
Alfonso suspiró por lo bajo. Por lo menos, si ésa era la última misión que le tocaba cubrir, aquella noche disfrutaría el cuerpo deseado de Juanita. Sabía que, dadas las circunstancias, ella se mostraría solícita.
12
Enero de 1965, mansión de don Amílcar bravo en Santa Elisa.
Pablo se sintió desbordado por la situación. El bosquecito ofrecía lugares reparadores para las parejas que incursionaban por sus dominios. A pesar de no ser posible la visión directa, dificultada por la espesura de la vegetación, los murmullos y suspiros reprimidos flotaban en el ambiente conformando una atmósfera libidinosa. Esta circunstancia excitaba los sentidos de los concurrentes.
Florencia sonreía, divertida por la situación. Ambos estaban sentados sobre el colchón de hierba que se ofrecía como lecho natural a las parejas clandestinas que lo frecuentaban. Las estrellas brillaban en lo alto. Era una noche espléndida en San Andrés. A lo lejos se escuchaba la música y los murmullos apagados de los invitados a la fiesta. La sobremesa duraría hasta los primeros reflejos del alba.
Florencia sostenía la botella de champagne que había sustraído minutos antes de una de las mesas. Bebió un trago con ademán masculino y luego le ofreció a su amigo de la infancia. Ella poseía gran resistencia etílica. Solía decir que la había heredado de su padre. Aquél era un detalle importante para su próxima estancia en París, donde la esperaban veladas dulces todas las noches. Francis Duclau le había hablado sobre el particular. Se trataba de un diplomático muy relacionado en las altas esferas sociales.
—¿Qué te parece, querido? Jamás hubieras imaginado estar sentado aquí, en el bosquecito de los amantes. Y conmigo, para colmo de males.
El muchacho tomó un trago breve del exquisito brebaje. Su tolerancia al alcohol era débil. Los amigos del círculo de escritores se burlaban de esa situación. Durante la adolescencia, en más de una ocasión debieron regresarlo a su casa en condiciones precarias. Por suerte, el bueno de Jacinto se encargaba de llevarlo a su cuarto. Lo desnudaba cuidadosamente, cubriéndolo luego con las cobijas.
—Duerma, señorito Pablo —decía en voz baja, sabiendo que el joven no podía escucharlo—. Mañana volverá a escribir sus hermosos versos.
—¿Qué hacemos aquí? —preguntó, balbuceando las palabras—. No recuerdo cómo llegamos…
Florencia echó una risita. Ella también se mostraba alterada por el dulce brebaje. A poca distancia se escuchaban a través de la vegetación profundos suspiros y jadeos.
—Hablemos mejor en voz baja —dijo ella—. Hay parejas a nuestro alrededor que están realizando su… “trabajito”…
A pesar del mareo que sentía, Pablo se ruborizó con el comentario de su amiga. A los diecisiete años de edad la buena de Clorinda, que en paz descanse, se había encargado de mantenerlo virgen. Tampoco ayudaba su actitud timorata. Las relaciones que sus amigos pretendían tejerle con el sexo opuesto fracasaban merced a esa postura.
—No sé por qué estamos aquí —dijo, devolviéndole la botella a su compañera—. Deberíamos volver a la fiesta. Nos estarán buscando.
—¿Buscando?…
La joven volvió a reír de buena gana. Echó otro trago sin miramientos. Un delgado hilo de líquido se resbaló por su barbilla. Pablo observó el detalle y volvió a sentirse avergonzado.
—No seas tonto, querido. Aquellas personas están disfrutando con sus conversaciones y la buena música. A nadie se le ocurrirá pensar en nosotros.
—¿Y… ese francés autoritario?
—¿Quién?
—El primo de tu padre… Ése que… te mira de manera especial…
—¡Ah, Francis! Pobre Francis. Le gusto desde que era pequeña. La diferencia de edad lo cohíbe. ¡Cómo si eso fuera una traba en la relación entre un hombre y una mujer!…
—No te entiendo. Hablas como si ese… francés… te gustara.
—En realidad, no me disgusta.
—Yo creía que… No sé… Después de todo, es el primo de tu padre.
—De niña lo veía como una especie de noble caballero. Toda esa postura de hombre arrogante, seguro en cada uno de sus movimientos. Ese garbo superior al caminar…
—Entonces, ya de pequeña te gustaba.
—¡No seas ridículo, Pablito!… Una mujer, sin distinción de edad, siempre está mirando detalles en un hombre. Estoy hablando de esas cosas y no de meterme en su cama. De todas formas, no creo que algo tan liberal me repugne.
El poeta no daba crédito a lo que escuchaba. Su amor platónico por aquella muchacha era puro e inocente desde que tenía uso de razón. Ella siempre le había parecido un tanto zafada, pero lo atribuía a una forma divertida de ver la vida. Ahora, habiendo bebido ambos de aquel brebaje embriagador, podía observar con mayor profundidad el alma de su amiga. Y el paisaje que contemplaba no era de su agrado.
—Eso quiere decir que… no tendrías empacho en arrastrarte hasta su cama, a pesar de la diferencia de edad. Como si fueras una… ¡Prostituta!…
A Florencia le divertía la situación. Provocarle celos al poeta era uno de sus deportes preferidos. Lo había sido desde la infancia, cuando se floreaba con el resto de los chicos del círculo íntimo simplemente para mirarle el rostro ruborizado y aquella expresión montada en cólera.
—No estoy tan apurada, si eso es lo que te preocupa. Simplemente digo que las mujeres nos resguardamos el derecho de elegir al hombre con quien tener relaciones. Escucha a tu alrededor… Detrás de esos arbustos hay muchas damas que hicieron esa elección.
—Pero… insisto. No sé qué hacemos nosotros aquí, en el bosquecito.
—Bueno… Estamos bebiendo, ¿no es así?
—Podríamos hacerlo en la fiesta, junto a los demás.
—Vamos, amiguito mío, vamos… Ya no somos los niños de ayer. Tus versos comienzan a dar vuelta por toda Costa Paraíso y yo estoy planificando un largo viaje por Europa. Me parece que tenemos nuestro derecho al festejo.
Pablo se encogió de hombros. Resultaba difícil imponer algún criterio frente a su amiga. El espíritu indómito y liberal de la muchacha no admitía opinión en contra de sus argumentos. De todas formas, ese detalle de su personalidad era uno de los atributos que más lo atraía. Estaba perdidamente enamorado de la joven. Sus poemas apuntaban hacia ella, pero no se atrevía a comunicárselo personalmente. Sin embargo, Florencia conocía los secretos de su corazón. Tenía la potestad de iluminar las zonas oscuras y observar con pormenorizada atención los dolorosos sentimientos de su amigo. No era ajena a los mismos ni tampoco le resultaban indiferentes.
Tomó la mano de Pablo suavemente. Dejó la botella sobre la hierba, cuidando de no derramar el líquido.
—No te sientas cohibido por estar aquí conmigo. Después de todo, nuestras almas son amigas. Desde pequeños… Desde siempre.
La muchacha sabía que aquélla era la última oportunidad que tendrían en mucho tiempo, años tal vez, para disfrutar de una intimidad compartida. Ella tenía el don de la visión a futuro y a su vez gustaba jugar en su mente con las distintas posibilidades que el destino ofrece a los viajeros del tiempo. Pablo ocupaba un lugar importante en su vida. No era el centro de gravedad de su cinética cotidiana, pero se sentía responsable por aquel compañero de la primera infancia. No podía abandonarlo antes de emprender su viaje sin dejarle un regalo que atesorara durante un buen tiempo.
—Ven —dijo con voz delicada—. A pesar de los susurros que están dando vuelta podemos estar juntos.
El joven poeta se dejó manipular. En realidad, era lo que estaba esperando durante todos esos años. Ella lo tomó suavemente entre sus brazos, como se abraza a un niño que se ama verdaderamente, una mezcla de compasión y protección la embargaba. Pablo la dejó hacer. Su cuerpo temblaba como una hojarasca a merced del viento. Desconocía por completo aquellas lides, mucho más la impronta de aproximación entre amantes inexpertos.
Florencia lo besó dulcemente. Sus labios buscaron el contacto con la delicadeza del amor puro, siguiendo la inocencia del sentimiento que los uniera desde niños. El poeta cerró los ojos. Fue un movimiento instintivo de protección que a su vez le permitía disfrutar plenamente de una instancia tan esperada. Ella fue más allá del beso convencional y comenzó a jugar con su lengua sensualmente. La experiencia cautivó a Pablo. Abrió un poco los párpados. Lo suficiente como para generar una especie de bruma frente a la imagen de Florencia. El efecto lo transportaba a un territorio de ensueño. No se trataba de una proyección mental como a las que estaba acostumbrado en sus viajes metafísicos. Tampoco era un sueño incentivado por la ilusión que ahora se precipitaba en su mundo. Aquélla era una experiencia real, tan real como lo indicaba el contacto con los labios de su amada, o la presión de esos senos contra su pecho.
Con gran suavidad ella comenzó a acariciarle la entrepierna. Pablo sintió la dureza de la situación y de repente un poderoso sentimiento de vergüenza se apoderó de su alma.
Con movimiento compulsivo se apartó de la muchacha. Mantuvo los ojos esquivos contemplando la hierba. No se atrevía a mirarla en forma directa. El rubor en su rostro se intensificó a los pocos segundos.
—¿Qué pasa, Pablo? —preguntó Florencia, al principio sorprendida y luego divertida.
—Yo, no…
—Habla, vamos. Estábamos en lo mejor del momento.
—Ya lo sé. Es que yo… no… no puedo.
La joven lo observó. Tuvo la sensación de necesitar descargarse con una risotada, pero aquel rostro pleno de rubor y mirada esquiva la conmovió.
—Está bien. Ven. No te voy a tocar de esa… manera. Tan sólo quiero abrazarte.
Lo tomó jalándolo suavemente hacia sí. Al principio el escritor se resistió. Luego se dejó llevar y terminó en los brazos de Florencia, como cuando pequeño Clorinda lo estrechaba en su seno y le devolvía la sensación que todo poeta lleva a lo largo de su vida: la metáfora original, el útero materno.
—Pablo Gutiérrez —murmuró ella con expresión cálida—. El joven poeta del Caribe… Mi caballero andante…
La muchacha cerró los ojos. Por vez primera percibió un sentimiento diferente en la relación con su amigo, algo que iba más allá de la protección o la compasión, una sensación de profundidad desconocida por ella hasta ese momento.
Permanecieron durante largo rato abrazados bajo el firmamento de una noche estival, rodeados de murmullos y suspiros provenientes de espacios invisibles. De vez en cuando, acariciando suavemente los cabellos de Pablo, Florencia repetía en voz baja:
—Mi caballero andante…
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